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CAPITULO VIII

Con los zapatos en una mano y una bolsa de pomelos en la otra, Bird comenzó a subir las escaleras en dirección a la habitación en que estaba su esposa. En ese momento el doctor del ojo de vidrio comenzaba a bajarlas. Se encontraron a mitad de trayecto y el doctor se detuvo varios escalones por encima de Bird. Cuando habló, a Bird le pareció sumamente arrogante, aunque sólo dijo:

– ¿Cómo va todo?

– Está vivo -contestó Bird.

– ¿Van a operarlo?

– Temen que se debilite y muera antes de que puedan operar -informó Bird, y se ruborizó.

– En fin; tal vez sea lo mejor.

El rubor de Bird se intensificó y las comisuras de sus labios se crisparon. El doctor también se sonrojó y, desviando la mirada por encima de Bird, continuó:

– Su esposa todavía no lo sabe. Le dije que el bebé tiene un órgano defectuoso. Evidentemente, el cerebro es un órgano, así que no la he engañado. Si uno miente para salir de un apuro, debe hacerlo de manera que no necesite mentir otra vez cuando se conozca la verdad. ¿Comprende?

– Sí -dijo Bird.

– Pues bien, llámeme si hay algo que yo pueda hacer.

Se saludaron con una inclinación de cabeza y prosiguieron sus respectivos caminos. En fin; tal vez eso sea lo mejor, había dicho el doctor. Que se debilite y muera antes de la operación. Eso significaba librarse de un bebé vegetal sin mancharse las manos con un asesinato. Sólo había que esperar a que se debilitase y muriese naturalmente en un reputado hospital. El único trabajo de Bird en el asunto sería intentar olvidarlo. En fin; tal vez eso sea lo mejor. La vergüenza, profunda y oscura, reapareció en su interior y sintió que su cuerpo se ponía rígido. Como las embarazadas y las parturientas que pasaban a su lado, como aquellas que llevaban en sus cuerpos una masa viva que se contorsionaba, Bird avanzaba con pasos cortos y precavidos. Él también estaba embarazado, en el vientre de su cerebro, y tenía una gran masa que se contorsionaba: la vergüenza que había concebido. Sin motivo, las mujeres que pasaban a su lado en el corredor le miraban con arrogancia, y Bird bajaba la cabeza humildemente. Eran las mismas mujeres que lo habían visto salir del hospital en una ambulancia y con un bebé monstruoso, la misma multitud de ángeles embarazados. Por un momento lo obsesionó el que supieran lo ocurrido con su bebé, y que tal vez murmuraran: «Ah, a ese bebé lo han puesto en un eficiente sistema de transporte hacia un matadero y en este momento se debilita hasta la muerte… En fin; tal vez eso sea lo mejor».

El llanto de los bebés rodeó a Bird como un remolino. Su mirada buscó enloquecida hasta dar con las cunas de la sala de recién nacidos. Huyó de allí casi corriendo; le parecía que varios bebés le habían mirado.

Frente a la puerta de la habitación de su esposa, se olió las manos, los brazos y los hombros, incluso el pecho. La situación, difícil de por sí, se complicaría mucho si ella llegara a descubrir el perfume de Himiko. Se dio la vuelta como para asegurarse de que había un camino para escapar: a lo largo del corredor en penumbra, varias mujeres de pie, enfundadas en batas, observaban a Bird. Tuvo la intención de devolverles una mirada altanera, pero se limitó a mover la cabeza y darles la espalda. Golpeó la puerta tímidamente. Estaba representando el papel del joven marido que acaba de sufrir una desgracia imprevista.

Cuando entró en la habitación, su suegra estaba de pie, de espaldas al frondoso follaje que se veía por la ventana. Su esposa miraba en dirección a la puerta, levantando la cabeza como una comadreja por encima del montículo que la manta formaba sobre sus rodillas dobladas. Ambas tenían una expresión de miedo. Bird comprobó que, en circunstancias de asombro y tristeza, el vínculo sanguíneo entre ambas mujeres se manifestaba intensamente en sus rasgos faciales y hasta en los gestos más insignificantes.

– No pretendía asustarte. Llamé, pero nadie…

Excusándose ante la suegra, se acercó a la cama de su mujer.

– Ah, Bird -suspiró ella, fijando en él sus ojos gastados y lagrimeantes. Sin maquillaje, su cara tenía el aspecto firme y varonil de la tenista que había sido cuando ambos se conocieron, varios años atrás. Bird se sintió horriblemente vulnerable a su mirada.

Dejó sobre la manta la bolsa de pomelos, se inclinó y puso los zapatos bajo la cama. Si al menos, pensó, pudiera hablar desde el suelo, arrastrándome como un cangrejo. Imposible. Bird se incorporó y se obligó a sonreír.

– ¡Hola! -dijo procurando mantener un tono ligero-, ¿ya ha desaparecido por completo el dolor?

– Todavía duele de vez en cuando. Y a veces tengo una contracción como un espasmo. Pero aunque no duela, igual me siento mal. Reír me hace daño.

– Lo siento de veras.

– Es horrible, Bird. ¿Qué tiene el bebé?

– ¿Que qué tiene?… El doctor del ojo de vidrio te lo ha explicado, ¿no es así?

Al hablar, procurando conservar el tono despreocupado, Bird miró fugazmente a su suegra, como el boxeador que no confía en sí mismo mira a su entrenador. Por detrás de la cabeza de su esposa, entre la cama y la ventana, la suegra le transmitía desesperadas señales en clave. Bird sólo entendía que no le dijera nada a su mujer.

– Si por lo menos me aclararan lo que tiene -dijo su mujer con tono solitario y hermético.

Bird comprendió que los demonios de la duda le habían hecho susurrar esas mismas palabras un centenar de veces, en el mismo tono lastimero y como para sí mismo.

– Hay un órgano defectuoso en alguna parte, ya sabes. El doctor no quiere entrar en detalles. Es probable que todavía esté haciendo pruebas y análisis. Además, los hospitales universitarios son el colmo de la burocracia.

Bird percibió el hedor de la mentira en el mismo momento que la decía.

– Presiento que es el corazón, por eso tienen que hacer tantas pruebas. Pero ¿por qué tuvo que pasarle a mi bebé?

El desaliento de su mujer hizo que Bird sintiera nuevamente ganas de escabullirse por el suelo, pero sólo dijo con aspereza y afectación:

– Ya que hay expertos en la materia, por qué no dejas que ellos diagnostiquen. ¡Especular no nos servirá de nada!

Poco seguro de sus palabras, Bird miró hacia la cama. Su mujer había cerrado los ojos. Viéndola así, se preguntó si lograría recuperar su aspecto normal y cotidiano; los párpados estaban demacrados, las aletas nasales hinchadas y los labios inmensos. Ella yacía inmóvil con los ojos cerrados, parecía estar quedándose dormida. Pero de pronto surgió un río de lágrimas por debajo de los párpados cerrados.

– En cuanto nació, oí que la enfermera exclamaba «¡Oh!». Así que sospeché que algo no iba bien. Pero entonces oí que el director se reía, o eso me pareció… Cuando volví en sí ya se habían llevado al bebé en una ambulancia. -Habló con los ojos cerrados

¡El director, aquel peludo hijoputa! La rabia se atoraba en la garganta de Bird. Había montado el numerito en la sala de partos, con su risita de gilipollas. ¡Le esperaré en la oscuridad y le aplastaré la cabeza! Pero la ira de Bird era como la de los niños: momentánea. Sabía que nunca atacaría a nadie en la oscuridad; había perdido la autoestima necesaria para ello.

– He traído algunos pomelos -dijo con voz que imploraba perdón.

– ¡Pomelos! ¿Para qué? -dijo ella, desafiante.

Bird comprendió su error.

– ¡Maldición! No recordaba que odias el olor de los pomelos. No entiendo cómo pudo pasar…

– Probablemente porque nunca has pensado en serio en mí ni en el bebé. ¿Alguna vez piensas en alguien aparte de en ti? ¿No recuerdas que hasta discutimos sobre los pomelos cuando decidíamos el postre en nuestra boda? ¿Cómo es posible que lo hayas olvidado?

Bird sacudió la cabeza en señal de impotencia y se volvió hacia su suegra, que seguía transmitiéndole mensajes en clave desde su posición entre la cama y la ventana. Los ojos de Bird imploraron ayuda.

– Quise comprarte algo de fruta y recordé que los pomelos tenían un significado especial para nosotros. No me paré a pensar qué era ese significado especial…

Bird había ido con Himiko a la frutería, y sin duda su presencia le había impedido pensar en los pomelos y sus consecuencias. A partir de ahora, pensó, la sombra de Himiko influirá en todos los detalles de mi vida.

– Tendrías que saber muy bien que no soporto los pomelos. El olor que despiden me irrita -dijo la esposa. Bird se preguntó si acaso habría detectado la sombra de Himiko-. Llévatelos a la oficina de las enfermeras. O a cualquier sitio, pero sácalos de aquí.

La suegra no paraba de enviarle mensajes cifrados. La luz que se filtraba por la ventana a sus espaldas rodeaba sus ojos, profundamente hundidos, y los laterales anchos y chatos de su nariz respingona, dándoles un tono verdoso. Bird lo comprendió al fin: su suegra, como una aparición radiactiva, intentaba decirle que le esperaría en el corredor cuando él regresara de la oficina de las enfermeras.

– Enseguida vuelvo -dijo-. ¿La oficina está en la planta baja?

– Junto a la sala de espera de la clínica -contestó la suegra, mirándole.

Bird salió al corredor en penumbra llevando la bolsa de pomelos bajo el brazo. Mientras caminaba, olfateó el aroma típico de los pomelos. Podría provocarle crisis a los asmáticos, reflexionó. Luego pensó en su mujer que yacía, obstinada, en cama. Y en esa mujer que tenía la nariz verdosa y le hacía señales como en una danza kabukt. Y en él mismo, especulando sobre las relaciones entre los pomelos y los asmáticos. Todo el mundo no hacía más que representaciones teatrales, todo era una comedia de segunda; menos el bebé con una protuberancia craneal: él era lo único real. El bebé que se debilitaba poco a poco con su dieta de agua azucarada en lugar de leche. Pero ¿para qué azucarar el agua? Una cosa era retirarle la leche, pero darle sabor al sustituto ¿no convertía el desagradable asunto en un truco aún más despreciable?

Bird entregó los pomelos a una enfermera fuera de servicio e intentó presentarse. Pero de pronto, como si recayera en su tartamudez infantil, no pudo pronunciar ni una palabra. Consternado, inclinó la cabeza y se alejó a toda prisa. A sus espaldas, resonó la risa de las enfermeras. Todo es una representación, todo es falso, ¿por qué ha de ser todo tan irreal? Con el ceño fruncido y respirando fuerte, Bird subió los escalones de tres en tres y pasó sin mirar ante la sala de recién nacidos. No quería mirar.

Frente a una cocina de servicio para uso de familiares y acompañantes estaba su suegra, de pie y sosteniendo una tetera, erguida en actitud orgullosa. Bird descubrió en sus ojos un vacío tan doloroso que le estremeció. Entonces se dio cuenta de que no estaba erguida por orgullo, sino por agotamiento y desesperación.

Hablaron sin dejar de vigilar la puerta de la habitación donde yacía la mujer de Bird. Cuando la suegra se enteró de que el bebé todavía no había muerto, dijo en tono de reproche:

– ¿No puedes hacer que se solucione más rápido? Si mi hija llegase a verlo se volvería loca.

Bird permaneció en silencio.

– Si al menos hubiera un médico en la familia -agregó la mujer y suspiró con melancolía.

Somos un hato de canallas, pensó Bird, una despreciable liga de defensores de nosotros mismos. No obstante, presentó su informe en voz baja, temiendo que alguien más le escuchara:

– Le están reduciendo la medida de leche. En su lugar le dan agua azucarada. El doctor que lleva el asunto dijo que obtendría resultados en pocos días.

Mientras escuchaba a Bird, la suegra fue como perdiendo las fuerzas y finalmente hizo un lento gesto afirmativo con la cabeza. Como si tuviera sueño, dijo con un hilo de voz:

– Comprendo… Cuando todo haya acabado, lo del bebé será un secreto entre nosotros dos.

– Sí -prometió Bird, sin mencionar que ya había hablado con su suegro.

– Si mi pequeña se enterase no querría tener más bebés. ¿Lo entiendes, Bird?

Bird asintió. Pero la aversión que sentía por su suegra se incrementó. Ella entró a la cocina y Bird regresó a reunirse con su esposa. ¿Acaso no le resultaría muy fácil descubrir un engaño tan simple? Todo era teatro y los personajes de la obra sólo eran un hatajo de hipócritas.

Cuando entró en la habitación, su mujer le recibió con expresión tranquila. La histeria de los pomelos ya había pasado. Bird se sentó en el borde de la cama.

– Estás agotado -dijo ella, extendiendo de pronto una mano afectuosa y tocando la mejilla de su esposo.

– Lo estoy…

– Comienzas a parecerte a una rata de alcantarilla que pretende escurrirse por un agujero.

La bofetada lo cogió totalmente desprevenido.

– ¿Sí? -preguntó para darse tiempo-. ¿Como una rata de alcantarilla?

– Mamá teme que empieces a beber de nuevo. Como antes, día y noche.

Bird recordó aquella borrachera interminable: la cabeza encendida y la garganta reseca, el estómago dolorido, el cuerpo de plomo, los dedos entumecidos y el cerebro atontado y lleno de whisky. Varias semanas viviendo como un cavernícola, encerrado entre grutas de whisky.

– Si lo hicieras, acabarías no sirviendo para nada, Bird. Y ahora nuestro bebé te necesita.

– Nunca volveré a beber de esa manera -aseguró Bird.

De la reciente resaca había podido escapar sin recurrir otra vez al alcohol. Pero ¿qué hubiera ocurrido si Himiko no le hubiese echado una mano? ¿Hubiera recaído en ese mar oscuro y agonizante, de una anchura equivalente a innumerables horas? No estaba seguro y, como no podía mencionar a Himiko, resultaba difícil convencer a su mujer sobre su supuesta entereza para resistir la tentación alcohólica.

– Realmente espero que estés bien, Bird. A veces pienso que en cada ocasión crucial que se presente, tú estarás borracho o dominado por algún sueño fantástico, y que te irás flotando por el cielo como un pájaro.

– Después de tanto tiempo casados, ¿todavía piensas eso de tu esposo?

Bird habló en tono jocoso, pero su esposa no picó el anzuelo. Por el contrario, le dio la vuelta y dijo:

– Ya sabes, a menudo sueñas con irte a África y gritas cosas en lengua swahili. No te lo había mencionado, pero yo sé que no tienes ninguna gana de llevar una vida tranquila y decorosa con tu mujer y tu hijo. ¿Verdad, Bird?

Contempló en silencio la mano de su esposa, sucia y débil, que descansaba sobre su rodilla. Entonces, como la protesta de un niño ante una reprimenda que considera justa, replicó:

– Dices que grito en swahili. ¿Y qué digo, si puede saberse?

– No lo recuerdo, Bird. Lo oigo sin despertar del todo. Además, no entiendo el swahili.

– ¿Entonces cómo estás tan segura de que es swahili?

– Palabras tan similares a los aullidos de bestias salvajes no pueden proceder de un lenguaje civilizado.

Bird reflexionó sobre la falsa idea que su mujer tenía sobre el swahili.

– Cuando mamá me dijo que estabas en el otro hospital, sospeché que te habías emborrachado o te habías ido a cualquier sitio. Tuve mis dudas, Bird.

– ¿Piensas que tenía ánimo para una cosa así?

– ¡Pero te ruborizas!

– Porque me enfado -replicó Bird con brusquedad-. Con el bebé recién nacido, ¿por qué querría escapar a cualquier sitio?

– Pero cuando te dije que estaba embarazada, ¿acaso las hormigas de la paranoia no recorrieron tu cuerpo? Bird, ¿querías tener un hijo? Dime la verdad…

– Eso… eso puede esperar hasta que el bebé se reponga. Es lo único importante en estas circunstancias -dijo Bird, escabulléndose como mejor pudo.

– Por supuesto que es lo único importante. Y que se reponga o no dependerá de tus esfuerzos y del hospital que hayas elegido. Yo no puedo levantarme; ni siquiera sé qué parte del bebé está mala. Dependo de ti para todo, Bird.

– Muy bien. Entonces confía en mí.

– Precisamente intentaba pensar en ello, en si puedo confiar en que te ocupes del bebé y… creo que no te conozco tan bien como suponía, Bird. ¿Eres el tipo de persona que asumiría esa responsabilidad incluso a costa de sacrificios personales? -preguntó-. ¿Eres responsable y valiente?

Con frecuencia Bird pensaba que de haber ido a la guerra sabría con certeza si era valiente o no. Era una idea que albergaba desde antes de casarse. Y siempre lamentaba no poder dar una respuesta definitiva. Hasta su anhelo de ponerse a prueba en la selva africana, un medio totalmente opuesto al vivir cotidiano, surgía de la sensación de que al mismo tiempo podría descubrir y librar su propia guerra personal. Pero en este momento Bird tuvo la certeza, sin necesidad de guerras ni expediciones africanas, de que en verdad era un pusilánime, alguien en quien no se podía confiar.

La mujer apretó la mano sobre la rodilla de Bird, una mano que quemaba de tanta hostilidad que desprendía.

– Bird, me pregunto si no serás la clase de persona que abandona al débil cuando más te necesita… ¿No abandonaste así a Kikuhiko? -Abrió bien los ojos para observar la reacción de su esposo

¿Kikuhiko?, pensó Bird. Sí, lo recordaba muy bien. Un amigo suyo durante la etapa de joven pendenciero en una ciudad de provincias, más joven que Bird. Kikuhiko le seguía los pasos dondequiera que fuese Bird. En cierta ocasión tuvieron una experiencia extraña en una ciudad vecina. Habían aceptado el trabajo de atrapar a un loco fugado de un manicomio, y debían recorrer en bicicleta la ciudad toda la noche. Pero Kikuhiko se fatigó pronto, comenzó a hacer el payaso y acabó extraviando la bicicleta, que era del hospital. En cambio, la fascinación de Bird por el loco aumentaba y aumentaba, y prosiguió su búsqueda ardorosamente durante el resto de la noche. El loco creía que el mundo real era el Infierno y temía a los perros porque los consideraba demonios disfrazados. Al amanecer se proyectaba soltar una jauría de perros pastores tras el rastro del enfermo. Por ello Bird no cejaba en su búsqueda, antes del amanecer. Pero cuando Kikuhiko insistió en que abandonaran y retornaran a su ciudad, Bird, enfadado, le humilló recordándole que conocía la aventura que había tenido con un homosexual norteamericano. Más tarde, cuando Kikuhiko regresaba a casa en el último tren, vio a Bird pedaleando en medio de la noche y desde una ventanilla le gritó:

– ¡Bird! ¡Tenía miedo! -La voz resonó a llanto.

Pero Bird no le hizo caso y prosiguió la búsqueda. Finalmente encontró al loco ahorcado en una colina en medio de la ciudad. Fue una etapa crucial en su vida. En efecto, en la siguiente primavera ingresó en la universidad de Tokio y se despidió de su vida de gamberro pueril. ¿Qué había sido de Kikuhiko después de aquella noche? El fantasma de su viejo amigo había surgido de la oscuridad para saludarlo.

– ¿Por qué me atacas ahora con algo perteneciente a un pasado tan lejano? Ni siquiera lo recordaba.

– Si teníamos un niño pensaba llamarlo Kikuhiko -dijo ella.

Bird se estremeció. No se imaginaba al bebé monstruo con un nombre propio.

– Si abandonas a nuestro bebé me divorciaré de ti -remachó la mujer, mientras miraba el follaje más allá de la ventana, en una aptitud sin duda previamente ensayada.

– ¿Qué dices? No podríamos divorciarnos.

– Tal vez no, pero discutiríamos el asunto. Tenlo por seguro.

Y como final, pensó Bird, tras sentenciarlo como pusilánime en quien no se puede confiar, se lo tipificaba como hombre inservible para esposo. En este instante, en una sala brutalmente iluminada el bebé está debilitándose y a punto de morir. Y yo tan sólo espero a que ocurra. Y mi esposa apuesta el futuro de nuestro matrimonio a que yo asuma la responsabilidad de recuperar al bebé… El juego está perdido de antemano. Sin embargo, de momento no podía hacer más que cumplir con su obligación.

– El bebé no morirá -dijo confundido.

Entonces entró la suegra con el té. Como ninguno de los tres quería revelar las relaciones particulares entre ellos, durante el té hablaron intrascendencias. Bird incluso intentó dar un toque de humor negro y relató lo del hombrecillo y su bebé sin hígado.

Bird se dio la vuelta y comprobó que todas las ventanas del hospital quedaban ocultas tras los árboles. Luego se acercó al coche. Himiko dormía profundamente sobre un asiento. Bird se inclinó para despertarla y de pronto sintió que acababa de escapar de un círculo de extraños y ahora regresaba a casa. Echó un nuevo vistazo atrás.

– ¡Hola, Bird!

Himiko lo saludó desde el MG como si fuera una estudiante. Luego se incorporó y le abrió la portezuela. Bird entró rápidamente.

– ¿Te importaría pasar primero por mi apartamento y luego por el banco, antes de ir al hospital? Sólo será un momento -dijo.

Himiko encendió el motor y aceleró brutalmente. Bird perdió el equilibrio y apenas pudo darle las señas del apartamento. Himiko conducía endiabladamente.

– ¿Seguro que estás despierta? ¿O crees que volamos en sueños por una autopista?

– ¡Claro que estoy despierta! Hoy he soñado que follaba contigo.

– ¿Nunca piensas en otra cosa? -preguntó Bird sorprendido.

– No, después de un viaje como el de anoche. No ocurre con frecuencia de esa manera, e incluso contigo no durará para siempre. ¿No sería fantástico saber cómo prolongar para siempre coitos tan maravillosos? En un santiamén ya no seremos capaces de reprimir los bostezos al vernos desnudos, pronto lo comprobarás.

¡Pero si acabamos de empezar!, iba a decir Bird, pero la frenética conducción de Himiko ya había alcanzado el acceso a la casa en donde Bird alquilaba un apartamento.

– Vuelvo en cinco minutos. Esta vez procura mantenerte despierta. ¡No lograrás soñar un buen coito en cinco minutos!

Arriba, en su habitación, Bird reunió lo poco que necesitaría para quedarse en casa de Himiko. Lo arregló dándole la espalda a la cuna del bebé, que parecía un pequeño ataúd blanco. Cogió una novela escrita en inglés por un profesor africano. Quitó de la pared sus mapas de África y, tras doblarlos cuidadosamente, se los metió en el bolsillo de la chaqueta.

– ¿Son mapas de carretera? -preguntó Himiko en cuanto los vio.

Ya estaban otra vez en camino, rumbo al banco.

– Sí, son mapas de carretera muy prácticos.

– Entonces veré si puedo encontrar un atajo para llegar al hospital mientras tú estás en el banco.

– Te costaría lo suyo. Estos mapas son de África -dijo Bird-, los primeros mapas verdaderos que tengo en mi vida.

– ¿Piensas usarlos alguna vez? -dijo Himiko con aire burlón.

Mientras Himiko esperaba sentada al volante, Bird fue a tramitar lo necesario para la hospitalización del bebé. Pero tuvo problemas porque el bebé carecía de nombre. Tras responder a las numerosas preguntas que le formuló una recepcionista, finalmente no pudo contenerse:

– Oiga, mi hijo se está muriendo. Tal vez en este momento ya esté muerto. ¿Le importaría decirme por qué estoy obligado a ponerle un nombre?

Sorprendida por la reacción de Bird, la chica no puso más reparos. Pero en ese instante Bird tuvo la sensación de que el bebé había muerto. Incluso preguntó alguna cosa sobre la autopsia y la cremación.

En la sala de cuidados intensivos, el doctor que le recibió dijo:

– ¿Por qué se impacienta tanto? La hospitalización no es muy cara, ¿sabe usted? Además, imagino que tendrá algún tipo de seguro médico. En cualquier caso, efectivamente su hijo se está debilitando, pero todavía vive. Así que, ¿por qué no se relaja y empieza a comportarse más normalmente?

Bird le anotó al médico el número telefónico de Himiko y le pidió que telefoneara en caso de que ocurriese algo definitivo. Sentía que allí todos le trataban como a un ser despreciable y regresó directamente al coche, sin siquiera echar un vistazo a la incubadora donde estaba su bebé.

Esta vez Himiko también se había dormido. Ambos sudaban. La chica encendió el coche y partieron a toda velocidad. Iban a casa de Himiko, donde yacerían desnudos, en esa tarde calurosa, a la espera de la llamada que anunciara la muerte del bebé.

Y durante toda la tarde, su atención estuvo concentrada en el teléfono. Bird permaneció en casa incluso a la hora de ir a comprar la cena. Después de cenar, escucharon un programa radiofónico en el que tocaba un famoso pianista ruso, pero siempre atentos al teléfono, tensos, nerviosos. Finalmente, Bird se durmió. Una campanilla que sonaba en su sueño le despertó varias veces. Más de una vez el sueño se prolongaba hasta coger el auricular y oír la voz del médico anunciando la muerte del bebé. En medio de la noche, Bird sintió la misma incertidumbre del condenado a muerte durante el aplazamiento de la ejecución. Y fue consciente de que la compañía de Himiko le daba ánimos y fuerzas para sobreponerse. Nunca, siendo adulto, había necesitado tanto a otra persona. Era la primera vez.