40357.fb2 Una cuesti?n personal - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

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CAPÍTULO XI

El domingo por la mañana, cuando Bird despertó, la habitación rebosaba de luz y aire fresco. La. ventana estaba abierta por completo y corría una brisa agradable. Desde la sala de estar llegaba el zumbido de una aspiradora. Habituado a la penumbra de la casa, Bird se sintió incómodo. A toda prisa, antes de que apareciera Himiko y se burlara de su desnudez, se vistió y fue a la sala de estar.

– Buenos días, Bird -lo saludó Himiko con vivacidad.

Tenía la cabeza envuelta en una toalla a modo de turbante y esgrimía la aspiradora como si fuera un palo con el que quisiera aplastar un ratón escurridizo. Su rostro había recuperado el aire juvenil.

– Ha venido mi suegro. Está dando un paseo mientras termino con la limpieza -dijo alegremente.

– ¿Tu suegro?… Será mejor que me vaya.

– No tienes por qué huir, Bird.

– Últimamente me siento como un convicto. Resulta difícil conocer a alguien cuando se vive en un escondrijo.

– Mi suegro sabe que a menudo hay hombres aquí. No le importa ni le molesta. Pero creo que sí le molestaría que mis amigos escapasen a todo correr cuando le vieran aparecer.

El rostro de Himiko se puso serio de pronto.

– De acuerdo. Entonces me afeitaré.

Regresó al dormitorio. La expresión seria de Himiko le había sorprendido. Desde que vivía en su casa sólo pensaba en si mismo, y a Himiko la consideraba un apéndice de su personalidad y sus problemas. No dudaba de sus prerrogativas, pero ella acababa de recordarle que en esa casa no era monarca absoluto.

Bird terminó de afeitarse y se miró en el espejo: un rostro pálido y marchito, no sólo a causa de que había perdido peso sino también por la desgracia personal que él dimensionaba al infinito.

– Desde que irrumpí en tu vida me he comportado como un egoísta -afirmó Bird cuando regresó a la sala de estar-. Incluso empiezo a sentir como si ésa fuera la única manera de actuar.

– ¿Estás disculpándote? -dijo Himiko burlona. Su rostro había recuperado la dulzura habitual.

– He dormido en tu cama, he comido de tu comida y hasta te he hecho participar de mis problemas. No tengo derecho a todo ello y sin embargo me he sentido como en casa.

– Bird, ¿piensas marcharte? -preguntó ella preocupada.

Bird la miró y experimentó la sensación de algo ineluctable: nunca encontraría a otra persona tan adecuada para él.

– Aunque acabes marchándote, todavía no lo hagas. Por favor, Bird.

Él volvió al dormitorio, se acostó boca arriba y cerró los ojos. Sentía una profunda gratitud hacia Himiko.

Más tarde, los tres se sentaron a la mesa y hablaron sobre los gobernantes de los nuevos estados africanos y sobre la gramática del swahili. Himiko descolgó el mapa de África de la pared de su habitación y lo extendió sobre la mesa para mostrárselo a su suegro.

– ¿Por qué no hacéis un viaje a África? -propuso de pronto el anciano-. Si vendieras esta casa y algo más, tendrías el dinero suficiente.

– Pues… no es mala idea -dijo Himiko, y miró a Bird-. Tú podrías olvidar al bebé y yo a mi esposo.

– Sí, así es. Y eso es lo más importante -afirmó el suegro de Himiko con entusiasmo-. ¡Haced el viaje juntos!

El proyecto sacudió las fibras íntimas de Bird.

– Yo… no podría. Simplemente no podría -dijo inseguro.

– ¿Por qué no? -le desafió Himiko.

– Porque… es un truco. Olvidarlo todo durante un viaje a África… Yo… -balbuceó y se ruborizó-. ¡No podría hacerlo!

– Bird tiene principios muy firmes -bromeó Himiko.

Bird se sonrojó e hizo un gesto de reproche hacia Himiko. En realidad, hubiese aceptado gustoso un viaje con el objetivo de liberar a Himiko del fantasma de su marido ahorcado. Sin embargo, la idea de que el anciano pudiese sugerir el viaje de ese modo le aterrorizó, y al mismo tiempo ansiaba oír esas palabras.

– Más o menos dentro de una semana Bird regresará junto a su esposa -añadió Himiko.

– Comprendo… -dijo el suegro-. Sólo he sugerido la posibilidad del viaje porque es la primera vez que encuentro a Himiko tan vital tras la muerte de mi hijo. Espero no haberle molestado.

Bird miró perplejo al anciano. Tenía una cabeza maciza y calva, y no se sabía con certeza dónde acababa pues el cráneo se prolongaba en una sola pieza hasta el cuello y de allí hasta los hombros. Una cabeza que recordaba a un león marino, y dos ojos tranquilos, ligeramente nublados. Bird buscó algún indicio sobre la naturaleza de aquel hombre, pero no encontró ninguno. De modo que se mantuvo en silencio y sonrió vagamente, ocultando la desilusión que le subía desde el pecho hasta la garganta.

Bien entrada la noche, Bird e Himiko hicieron el amor largamente en la oscuridad. Lo hicieron en silencio, sin interrupciones, como dos animales perfectamente acoplados. Para ellos, el sexo ya formaba parte de la vida cotidiana. Bird tenía la sensación de llevar casi un siglo haciendo el amor con Himiko, y ella alcanzaba varios orgasmos cada vez. Los genitales de Himiko ya no representaban ningún peligro para Bird, su vagina ya no era algo inescrutable, sino la simplicidad misma, una bolsa de suave resina sintética de donde no podía surgir ninguna bruja para atormentarle. Se sentía en paz. Con su esposa, por el contrario, todo había sido timidez mutua, miedo al riesgo de embarazo, bajones psicológicos. Incluso ahora, tras años de matrimonio, las piernas y brazos largos y torpes de Bird solían hacer daño al cuerpo de su mujer, marchito y rígido en su afán por superar la repugnancia; y a ella siempre le daba la sensación de que Bird pretendía golpearla. Y trataba de vengarse, golpeándole a él. Al final siempre acababan igual: una discusión sin salida y la retirada de Bird, o una conclusión a toda prisa con la horrible sensación de estar recibiendo caridad. Bird había cifrado esperanzas de una revolución en su vida sexual a partir del nacimiento del bebé…

Himiko apretaba una y otra vez el pene de Bird, como si lo estuviese ordeñando, mientras flotaba en sus orgasmos. Bird contenía el suyo por miedo a la larga noche que vendría. E Himiko seguía flotando de orgasmo en orgasmo, aterrizando de tanto en tanto para descansar. Fue en uno de estos aterrizajes cuando Bird oyó que el teléfono sonaba. Intentó ponerse en pie pero Himiko lo retuvo unos instantes.

– Ve ahora, Bird -le dijo luego.

Bird saltó en dirección al teléfono que seguía sonando en la sala de estar. La voz de un hombre joven preguntó por el padre del bebé en cuidados intensivos. Bird se puso rígido y respondió con un gemido de mosquito. Era un interno que llamaba para dar un mensaje del médico encargado del caso.

– Disculpe que llame tan tarde, pero hemos estado algo atareados por aquí. He de rogarle que venga a la cátedra de cirugía cerebral mañana a las once; es la oficina del director adjunto. El doctor hubiese querido llamar personalmente, pero estaba agotado. Hemos trabajado hasta muy tarde…

Bird respiró hondo y pensó: el bebé ha muerto y proyectan practicarle la autopsia.

– Comprendo. Estaré allí a las once.

El bebé ha muerto, se dijo Bird cuando colgó el auricular. Pero ¿qué habría sucedido para que el doctor estuviera tan fatigado? Sintió el gusto amargo de la bilis que le subía desde el estómago. Algo colosal y terrible le observaba desde la oscuridad, justo frente a sus ojos. Bird regresó a la cama a hurtadillas, como un entomólogo que hubiese caído en un hoyo lleno de escorpiones, temblando de pies a cabeza. Entonces, como queriendo hundirse más en el hoyo, intentó penetrar a Himiko. Sólo lo consiguió con ayuda de los dedos de la chica, y enseguida empezó a moverse frenéticamente. Himiko le correspondió. Pero en el momento culminante, Bird se retiró y eyaculó en solitario. Luego se acurrucó junto a ella y se le ocurrió que un día moriría de un ataque al corazón.

– Bird, sí que sabes ser un mamarracho -dijo Himiko mirándole con ironía y tal vez lamentándose del orgasmo perdido.

– Lo siento.

– ¿El bebé?

– Quieren que vaya al hospital. Al parecer les ha dado mucho trabajo -dijo Bird estremeciéndose.

– Será mejor que tomes algunos somníferos y te duermas. Ya no habrá llamadas telefónicas. -La voz de Himiko era dulce.

Mientras la chica iba a la cocina, Bird se tapó los ojos con ambas manos e intentó analizar lo que le preocupaba: ¿por qué el bebé había mantenido tan ocupado al doctor? Pero Himiko regresó muy pronto con las píldoras y algo de whisky. Bird lo ingirió todo de una sola vez.

– ¡Eh, algunas eran para mí!

– Lo siento -dijo él como atontado.

– ¿Bird? -Himiko se acostó a su lado.

– ¿Sí?

– Te contaré una historia hasta que te duermas…, un episodio de esa novela africana. ¿Has leído el capítulo sobre los demonios piratas?

Bird negó.

– Cuando una mujer concibe, los demonios piratas eligen a uno de los suyos para que se cuele en casa de la mujer. Durante la noche, este diablo quita el feto y se mete él mismo en el vientre de la mujer. Y así, el día del parto, nace el demonio pirata en lugar del bebé…

Bird escuchaba en silencio. Este demonio recién nacido enfermaba indefectiblemente, y las ofrendas y ruegos de la madre eran frustrados por el resto de diablos. Muerto el supuesto bebé, en el momento del entierro el demonio pirata recuperaba su forma verdadera y regresaba a la ciudad…

– … al parecer, el diablo nace con un aspecto de bebé muy hermoso para así conquistar el corazón de su madre, que luego, cuando su hijo enferma, no duda en ofrecer todo lo que tiene con tal que su hijo se salve. Según los africanos, estos bebés «llegan al mundo para morir». ¿No te parece que han de ser muy hermosos cuando nacen?

Bird pensó en contarle esa historia a su mujer, a ver si ella lograba imaginar que su hijo era un bebé hermosísimo, ya que había nacido para morir. Sería el engaño más grande de toda mi vida, supuso Bird. Mi bebé monstruo ha muerto con una cabeza horrible, mi bebé tendrá dos cabezas por toda la eternidad… Bird cayó en las profundidades de un sueño hermético. Himiko le miró dormir y se preguntó si él no habría entendido mal la llamada del hospital. Quizá el bebé no había muerto y volvían a darle leche normal, quizá se estaba recuperando. Tal vez querían que fuese al hospital para hablar sobre la operación… Observó a Bird y le pareció un ser patético, digno de compasión. Bajó de la cama para dejarle todo el sitio y se dirigió a la sala de estar envuelta en una sábana. Tenía intención de estudiar los mapas de África hasta el amanecer.

Bird se sonrojó, como si lo hubiesen puesto en ridículo a plena conciencia: acababa de llegar a la oficina del director adjunto, donde le esperaban varios doctores jóvenes, incluido el pediatra a cargo del caso, y ya sabía que el bebé no había muerto. Se sentó en medio del círculo que formaban los médicos, sintiéndose como un convicto recién capturado. Su fuga del bebé monstruo había fallado.

El pediatra lo presentó:

– Este señor es el padre del bebé. -Sonrió y se retiró.

– He examinado a su hijo ayer y hoy. Creo que podremos operar si se fortalece un poco más -dijo el cirujano de cerebro.

¡No cedas!, se ordenó Bird antes de que le dominara el pánico. Debes resistirte a estos bastardos, protegerte de esa monstruosidad. Rechaza que lo operen, no permitas que el bebé irrumpa en tu mundo como un ejército de ocupación.

– ¿Hay posibilidad de que crezca con normalidad si lo operan? -preguntó Bird fingiendo indiferencia.

– Todavía no lo sabemos con certeza -contestó el director adjunto.

Bird hizo un gesto para dar a entender que a él no se le engañaba fácilmente. En su cerebro se encendió el fuego de la vergüenza y se preparó para hacerle frente.

– ¿Qué es más probable, que crezca con normalidad o no?

– Tampoco lo sabemos con certeza, al menos antes de operar.

Sin ruborizarse siquiera, Bird se desembarazó del fuego de la vergüenza.

– Creo que será preferible que no lo operen -dijo con decisión.

Le pareció que todos los médicos le observaban y contenían el aliento. Bird ya era capaz de hacer las afirmaciones más desvergonzadas a voz en cuello. El cirujano de cerebro intervino para decir que Bird se había expresado con suficiente claridad.

– En tal caso, ¿se llevará usted al bebé? -preguntó bruscamente el pediatra.

– Sí, eso haré -respondió Bird casi sin darse cuenta,

Bird se puso de pie y los doctores le imitaron. He vencido al monstruo, he librado la última batalla, pensó.

– ¿Está seguro de su decisión? -le preguntó el pediatra cuando llegaron al corredor.

– Vendré por él esta tarde.

El doctor apartó la mirada y se alejó por el corredor.

Bird salió a toda prisa a la plaza que había frente al hospital, donde le esperaba Himiko en el coche. Se acercó a grandes zancadas y dijo con claro resentimiento:

– No ha sido más que un malentendido. Se han reído a mi costa.

– Me lo temía.

– ¿Por qué? -dijo Bird, furioso.

– Lo supuse… -respondió Himiko tranquilamente.

– He decidido llevarme al bebé.

– ¿Adonde? ¿A otro hospital? ¿Con tu mujer? ¿A tu apartamento?

Bird se paró en seco. Ni siquiera se había detenido a pensar en eso, sólo había querido librarse de esos médicos que pretendían probar sus conocimientos en el bebé y luego cargárselo a él por el resto de sus días. El otro hospital jamás aceptaría que le devolvieran «la cosa». Y en su apartamento no podría quitarse de encima a la curiosa de la casera, aparte de que los berridos del bebé serían insoportables. Y si moría tras algunos días de berrear, ¿qué doctor le extendería un certificado de defunción? Bird se vio a sí mismo arrestado por infanticidio y no quiso ni imaginar las historias que aparecerían en la prensa.

– Mierda, tienes razón. No puedo llevarle a ningún sitio. -Se dejó caer en el asiento completamente abatido.

– Pues a mí se me ocurre algo…

– ¿Qué?

– Conozco a un doctor que estaría dispuesto a echar una mano… Hace un tiempo me hice un aborto en su consulta… Creo que comprendería tus motivos, Bird.

Bird se sobresaltó y le invadió el pánico. Se sentía como el último soldado de un pelotón aniquilado por el ataque del bebé monstruo. Entonces doblegó aún más el fuego de la vergüenza:

– De acuerdo. Si él está dispuesto…

– Naturalmente, comprendes las implicaciones… Seremos cómplices de un delito muy grave.

– ¿Seremos? ¡No! ¡Yo seré el único cómplice! -Esas palabras eran como descender un escalón más hacia el calabozo.

– Seremos cómplices… Ya lo verás… ¿Te importa… conducir? -Himiko hablaba lentamente a causa de la tensión.

Bird se sentó en el asiento del conductor y vio que el rostro de Himiko tenía un color ceniciento y pálido. Su propia cara debía de tener un aspecto igualmente lastimoso. Encendió el motor y partieron a toda velocidad.

– Bird, ese doctor es aquel hombre que viste por mi ventana, el de la cabeza de huevo. ¿Lo recuerdas?

– Sí, lo recuerdo -dijo, y pensó que en algún momento le había parecido posible vivir toda su vida sin relacionarse con esa clase de personas.

– Primero le telefonearemos. Luego nos ocuparemos del bebé y de lo que necesita para salir del hospital.

– El doctor me dijo que llevase ropa.

– Vayamos a tu apartamento. Ahí tendrás ropa de bebé, supongo.

– Mejor no, a mi apartamento no.

Bird recordaba claramente los preparativos en su apartamento: la cuna blanca, el tocador de marfil blanco, la ropa.

– No puedo coger esa ropa…

– Sí, lo entiendo. Tu mujer no te lo perdonaría nunca…

Aunque no cogiera nada del apartamento, pensó Bird, su esposa no le perdonaría la muerte del bebé. Ya no le sería posible prolongar su vida matrimonial, por más engaños que intentara.

El coche se aproximaba a la intersección con una avenida de varios carriles. El semáforo los detuvo. El cielo encapotado estaba muy bajo, soplaba viento y la lluvia era inminente. Bird se sintió atraído por ese cielo nublado y gris, a la vez que lo desconcertaba estar detenido frente a un semáoro junto a muchos coches cuyos conductores nunca habían planeado un infanticidio.

– ¿Desde dónde quieres telefonear? -preguntó, sintiéndose como un delincuente que huye.

– Desde una tienda de comestibles. Así también podremos comprar algo de comida. Salchichas.

– De acuerdo -dijo sumiso, pese a la desagradable resistencia que sentía crecer en su interior.- Pero ¿crees de verdad que tu amigo estará dispuesto a colaborar?

– No te dejes engañar por su benigna cabeza de huevo. Ha hecho cosas verdaderamente espantosas… Por ejemplo…

Himiko se interrumpió y se pasó la lengua por los labios. De modo que el hombrecillo se las traía. ¿Tan horribles serían sus actividades que Himiko no se atrevía a mencionarlas? Bird sintió náuseas. Descartó por completo una comida a base de salchichas.

– Después de telefonear deberíamos comprar algo para el bebé -dijo-. Ropa, una cesta, cosas así. Oye, mejor olvidemos esas salchichas. Lo más rápido será ir a unos grandes almacenes, aunque no me entusiasma comprar cosas de bebé.

– Yo compraré lo necesario. Tú puedes esperar en el coche.

– Poco después de que mi mujer quedara embarazada, fuimos de compras. El lugar estaba lleno de futuras madres y de niños… La atmósfera tenía algo de animal. -Bírd miró a Himiko y la vio ponerse pálida; también debía de sentir náuseas.

Continuaron avanzando, pálidos y silenciosos. Cuando él volvió a hablar, lo hizo llevado por la necesidad de humillarse:

– Cuando todo haya pasado, imagino que nos divorciaremos. Entonces seré realmente libre. Ni siquiera tendré que ir a la academia pues me han despedido. Durante años he soñado con esto. Sin embargo, no me siento entusiasmado.

– Bird, cuando realmente seas libre, podremos vender la casa e irnos juntos a África -casi gritó Himiko, debido al viento que apagaba las palabras.

¡África! Pero el continente que Bird podía imaginar ahora era desolado e insípido. Por primera vez, desde que siendo muchacho se apasionara por ella, África perdía todo atractivo. Un hombre libre se detenía, desolado, en medio del Sahara. Había asesinado a un bebé en la isla con forma de libélula a ciento cuarenta grados longitud este. Después había huido a África, la había recorrido de punta a punta sin lograr atrapar ni una musaraña. Y ahora estaba de pie, como un imbécil, en medio del Sahara.

– ¿África? -dijo casi sin fuerzas.

– Ahora te sientes retraído, como un caracol en su concha. Pero una vez pises suelo africano recuperarás tu vieja pasión.

Bird permaneció en silencio, melancólico.

– Tus mapas me fascinan. Quiero viajar a África con un Bird divorciado y libre. Usar tus mapas sobre el terreno. Anoche los estuve estudiando, durante horas, sabes, durante horas. Bird, te necesito como hombre libre, de veras. Por eso seremos cómplices en todo, incluso en el viaje a África, ya lo verás.

Como vomitando una dolorosa flema, Bird dijo:

– Como quieras.

– En principio nuestra relación se limitaba a lo sexual. He sido un refugio sexual contra tu angustia y vergüenza, ésa es la verdad. Pero anoche surgió en mí la pasión por África. Ahora hay una nueva relación entre nosotros, Bird, ahora tenemos un mapa de África entre nosotros. Siempre esperé que esto ocurriese, ¿lo comprendes? Nos hemos elevado sobre lo meramente sexual. Siento una intensa pasión por África. ¡Por eso te llevo a ver a mi amigo el doctor! ¡Por eso seré tu cómplice!

Una fina lluvia comenzó a caer y el cielo se oscureció por completo, como si de pronto hubiera llegado el crepúsculo.

– ¿Este trasto tiene algún techo que se le pueda poner? -preguntó Bird como un pobre idiota-. De lo contrario el bebé se empapará.