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CAPÍTULO 9

– A lo mejor si te comes el donut se te pasa.

– Que no, te digo.

– Pues entonces me lo como yo.

– A mi lado, ni se te ocurra, eso que se te quite de la cabeza.

Se levantó, sin molestarse, ajena al tono de mis palabras, empujó de su carro y se fue comiendo el donut mientras caminaba hacia detrás de los arbustos y se metía en el jardincillo acotado de hierba, allá donde se acumulaban las botellas de cristal y de plástico desperdigadas, los envases en los que los chavales habían hecho la mezcla de las distintas bebidas, las bolsas de palomitas, de cortezas, de patatas, y sobre todo los vómitos, los vómitos que me habían levantado el estómago y provocaban unas náuseas que me habían obligado a sentarme. Vomita, me había dicho Milagros, te quedarás mejor, y, al fin y al cabo, un vomito más, un vómito menos, no se iba a notar.

– Dime, Milagros -le grité-. ¿Cómo puedes comer, dime, cómo puedes comer en este ambiente?

Me saqué del bolsillo un cigarro. Tengo siempre un paquete en el bolsillo del uniforme porque de vez en cuando me dan ganas de fumarme uno a media mañana y no me gusta depender de las invitaciones. Existen los gorrones del cigarrito. No es mi caso.

Sentí cómo el humo me raspó a fondo los pulmones como una lija, pero me quitó las náuseas. Eso es algo que tengo comprobado. Todos los viernes de madrugada me pasa.

– ¿Sabes lo que te digo, Milagros? -le dije sin verla, la imaginaba engullendo el donut a dos carrillos y recogiendo vidrios-, que todos estos hijos de puta estarán ahora en la cama, que se van a levantar a la una de la tarde, y que encima ahí estará su madre con el desayuno preparado, tomarán su leche con cereales a la hora de la comida, porque éstos son de los que desayunan leche con cereales, y tú y yo, aquí, Milagros, siete horas antes, recogiéndoles la mierda… ¿Qué te parece el panorama?

– Envidia que les tienes.

– ¿Envidia yo? Qué poco me conoces, Milagros.

– Envidia de su juventud, de que se habrán puesto ciegos a beber y a meterse mano.

Envidia de su juventud, decía. Qué sabría Milagros de eso. ¿Envidia de beber hasta caer muerto, de follar en un parque, de tener que pedir dinero en casa? Quién quiere eso. Sólo los gilipollas quieren quedarse en esa fase de la vida. Los del síndrome de Peter Pan. Morsa se independizó el año pasado, ¡el año pasado!, y aún le lleva la ropa a su madre a lavar los fines de semana. La ropa sucia va en una bolsa en el maletero del coche desde Fuenlabrada a Usera todos los sábados. Morsa, le dije, eres capaz de pasear los calzoncillos sucios por la M-40 y por la M-30, sólo la imagen, le dije, me pone enferma. Y él me dijo que lo hacía por su madre. Yo le dije, eres tú, que tienes el síndrome de Peter Pan. Y me dijo, qué síndrome es ése. Qué síndrome es ése, me dijo. Con Morsa tengo limitados mis temas de conversación porque hay cantidad de cosas que le tienes que explicar desde el principio. Si se esforzara un poco no sería tan zote. En cuanto a Milagros, es natural que ella sintiera envidia de la vida juvenil, ella era una adulta a su pesar. Pero yo, qué envidia podía sentir yo, qué bobada, recuerdo que pensé.

Recuerdo el placer de ver el humo saliendo de mi boca en círculos, recuerdo la humedad de la noche que se terminaba y cubría las cosas con un manto de cristal, recuerdo el azul marino convirtiéndose poco a poco en añil. Recuerdo escuchar a Milagros a mis espaldas cantando A mi manera, partes en español y partes en un inglés inventado: «Bebí, lo disfruté, y me drogué, a cada instante / gasté, un dineral, en invitar a bogavantes / al fin, ya me ven, sólo llegué a ser barrendera / y qué, si me lo fundí: a mi manera. / did it my way…».

Recuerdo que me dio la risa. Escuchaba las rimas absurdas que hacía Milagros detrás de los setos, era una de sus costumbres, cuando quería hacerme reír muy a mi pesar, cuando estaba borracha, cuando conducía el taxi. Recuerdo haber pronunciado las siguientes palabras mirando uno de los anillos del humo que se perdían por encima de mi cabeza:

– Qué bonito es el mundo, qué bonito.

Y recuerdo escuchar mis palabras sin encontrarles un sentido, como si hubiera sido otra quien las hubiera pronunciado por mí.

– ¿No te gustaría drogarte como ellos los viernes por la noche, sosa, más que sosa? -me preguntó.

– No tengo dinero yo para gastármelo en drogas.

– No hace falta dinero, te invitan.

– Quién te invita.

– La gente.

– Pues a mí la gente no me ha invitado.

– Porque te ven la cara de sosa. Yo bien que te invitaba, acuérdate, te invitaba a los canutitos, y anda que no te gustaba, anda que no disfrutabas tú de tu petardito por las mañanas, que yo te decía, pásamelo, pásamelo, Rosario, y tú ni puto caso, parecía que lo tenías pegado a los dedos con Superglú.

– Ni me lo recuerdes. Ahí empezó mi ruina.

– Pues bien bonito que es para mí ese recuerdo. En cuanto me aprueben el teórico vuelvo al taxi -dijo con ese tono de aplomo que ponía cuando hablaba de sus planes de futuro, como si te estuviera haciendo partícipe de decisiones muy meditadas.

– ¿Ah sí? No me lo habías dicho.

– Porque lo acabo de pensar ahora mismo. En el taxi no se pasa frío -pasó un rato sin decir nada, un rato en el que estuvo sopesando los pros y los contras-. Te salen almorranas, eso sí, pero no pasas frío.

– Hemorroides.

– Lo que tú digas, prima. A mi tío le tuvieron que operar de las almorranas y lo pasó muy mal, pero que muy mal en el postoperatorio.

– Ay, Milagros, no me cuentes más cosas de tu tío que me da mucho asco. A saber por qué coño me tengo que enterar de los detalles más desagradables de tu tío.

– Sólo una cosa, sólo una: yo creo que se ha liado con la ecuatoriana.

– ¿Por qué lo sabes?

– Porque le vi una caja de condones en el cajón de la mesilla de noche, y luego, no sé, me pareció que a la ecuatoriana se la ve más contenta. Se ve que habrán llegado a un acuerdo.

– ¿Y por qué le mirabas tú a tu tío en el cajón de la mesilla?

– Yo qué sé, por gusto. Pasé por allí de camino al servicio y voy y me digo, a ver qué tiene éste en la mesilla, y eso le vi, la caja de condones abierta.

– Anda que te iba a dejar yo que zascandilearas tú sola por mi casa.

– Eh, eh, cuidadito, que yo en tu casa nunca he fisgado nada, yo a ti te tengo mucho respeto. No te compares con mi tío Cosme.

– Aggg, qué asco, Milagros, una jeringuilla -ahí estaba, al lado de mis botas chirucas-. Qué gente más marrana.

– De eso no le eches la culpa a la juventud, Rosario, que la juventud hoy en día ya no se pincha, gracias a Dios. Ahora todo se lo meten por la boca.

Al lado de la jeringuilla había un vaso de plástico y más allá una litrona.

– El más pequeño de la casa bebe y toma pastillas, el papá se pica y el abuelo se emborracha. ¿Qué te parece, Milagros? Estoy hecha una antropóloga -me daba la risa al decirlo-, la basurera antropóloga. ¡Milagros!, ¿oyes lo que te digo? La antropóloga de la basura.

Pero Milagros no me contestó, estaba inmersa en su ocupación favorita, en su vicio. En vez de dejarla, como me había propuesto tantas veces y como debería haber hecho, me levanté como si tuviera un resorte en el culo y salí corriendo, saltando la pequeña valla que protegía el césped, con la agilidad repentina que me entra cuando noto que me sube la rabia a las venas del cuello.

– Pero, ¿se puede saber qué haces?

Milagros tenía en la mano una parrilla, una parrilla negra, sin brillo y rugosa. Una parrilla que había cumplido su misión, a la vista estaba, durante muchos años. No sé por qué agarré la parrilla por el otro extremo, lo hice con decisión, pensando que de un solo tirón se la arrancaría de las manos, pero no, Milagros tenía mucha más fuerza que yo y nos quedamos las dos, absurdamente, agarradas cada una de un lado de aquel artilugio, como si nos estuviéramos peleando por una ganga en el primer día de las rebajas.

– Suelta de ahí -me dijo-, quiero llevarme esta parrilla.

– Ya sé que quieres llevarte esta parrilla, pero no te vas a llevar esta parrilla.

Entonces ella, que no hubiera sido capaz, de hacerme daño en una situación normal, tiró de la parrilla con tanta furia que me la arrancó de las manos. Noté un fuerte dolor en el dedo corazón, como si me lo hubiera roto.

– Idiota, bestia, que eres una burra, una burra y una loca.

– Sí digo que me la llevo, me la llevo -y lanzó la parrilla sin más al carro de la basura, como dando el asunto por concluido. La parrilla hizo tal ruido al caer al fondo del cubo que las dos nos pegamos un susto.

– A ver si lo entiendes, Milagros, este carro es para qué vayas echando la basura. ¡No es el carrito del Pryca, no es el carro de la compra!

– Me hace falta una parrilla.

– …

– ¿Qué te pasa, te has hecho daño?

– No, no, yo no me he hecho daño: me has hecho daño. Mira, tengo un raspón, ay, cómo me duele, en el mejor de los casos me habrás roto el dedo, en el peor, a lo mejor me da el tétanos.

– Si quieres te acompaño a que te pongan la vacuna.

– Vale, me acompañas, pero si antes dejas la parrilla.

– No, la parrilla no la dejo.

– Pues entonces nada, no vamos, eso sí, si me da el tétanos y me muero que caiga ese crimen sobre tu conciencia.

– Hija, cómo eres.

– ¿Tú es que no te das cuenta, perturbada, de que esa parrilla la ha podido haber estado mordisqueando una rata?

– Qué imaginación. ¿Y tú no te das cuenta de que hoy en día la gente tira las cosas por tirar en nuestra sociedad? Y qué si yo lo aprovecho, con la cantidad de gente en el mundo que pasa necesidad. Y qué si a mí me gustan las cosas que la gente tira. Mira el despertador que me llevé el otro día.

– Pero eres boba, lo tiraron porque la alarma suena a las horas y a las medias. No hay corazón que resista eso.

– Peor era el de tu casa y a mí no me molesta.

– Pues a mí me hizo la vida imposible.

– Porque tú eres muy delicada.

– Hala, muy bien, llévate la parrilla, pero no se te ocurra nunca, oye lo que te digo, invitarme a comer una chuletada en tu casa.

– Anda que será que vienes tú mucho a mi casa.

– Y menos que voy a ir.

– Las amigas van a casa de las amigas y las amigas se devuelven las visitas.

– Pero para qué voy a ir a tu casa, si tú te pasas la vida en la mía.

– Lo dices como si fuera una pesada, pero bien que me pedías que fuera porque te daba miedo de las apariciones -se me quedó mirando un momento-. Ahora ya casi no me dices que te acompañe por las noches, se ve que por las noches guardas un secreto.

– Qué secreto voy a tener, ya quisiera yo tener secretos. Anda, sigue rebuscando por ahí, guapa, a ver si encuentras ahora un mortero para machacar el ajo.

– No te hagas la irónica conmigo.

– ¿Yo? De ironías nada. Yo las cosas te las digo a la cara, porque eres mi amiga, y te quiero con todo lo malo que tú tienes, ¿es que no te suenan los oídos? Es que no sabes que los compañeros comentan lo tuyo con la basura, que dicen que tu casa debe ser como el vertedero.

– También dicen de ti que eres una reprimida y a mí qué, yo como quien oye llover.

– Que te he dicho mil veces que no me cuentes lo que dice la gente, que a mí lo que diga la gente me la suda -me fui para el banco, más que andando dando patadas al suelo, con una especie de niebla en los ojos.

– Pues ya ves, igual que a mí.

Ella volvió a la tarea y yo a sentarme, llena de un rencor general, pero buscando una persona en concreto para ponerle cara.

– Es que es muy fuerte eso que me has dicho -me saqué otro pitillo, ahora por ansiedad-, eso de que soy una reprimida. ¿En qué quedamos, soy lesbiana, reprimida o ninfómana?

– Ya los conoces, depende del día.

– Quieres hacerme sufrir. Te gusta hacerme sufrir.

– Oye, ¿no acabas de decir que te la suda? Pues que te la sude de verdad, no de boquilla, que te la sude como me la suda a mí. Esas cosas las dicen porque nos tienen envidia.

– A nosotras…

– Sí, envidia, de que somos solteras y tenemos un piso para nosotras solas, y nos podemos echar todo el sueldo en nosotras, en nuestros caprichos, sin pensar ni en un marido ni en el niño ni en el canguro del niño ni en ná.

La oí entonces alejarse. Volvió a cantar, con esa facilidad que tenía para recuperarse de la mala sangre de las discusiones. «Viví, me tropecé, me levanté a cada instante / amé, también follé, que para mí es muy importante… / did it my way.»

Pero esta vez no dio resultado, ya no me hizo gracia. Recuerdo que dije en voz alta:

– No la soporto, de verdad, es superior a mis fuerzas, no puedo con ella, no me preguntes por qué, pero no puedo.

Hablaba para un público inexistente, como los actores cuando hacen que hablan solos mirando al patio de butacas. Me molestaba muchísimo ese tonito de superioridad que adoptaba para decirme que a ella no le importaban los comentarios, en realidad, lo que me fastidiaba íntimamente es que al menos en eso sí que era superior a mí, porque mi debilidad siempre ha sido el juicio ajeno. Si no fuese por mi dependencia del juicio ajeno puede que yo hubiera sido una persona mucho más feliz, por eso y por la hiperactividad mental, como he apuntado antes.

Hubo un momento de paz, de calma. Milagros dejó de cantar. El último azul de la noche convertía todo aquello, las naves del Antiguo Matadero, la luz de las farolas, los setos, en un decorado, en un escenario de cartón. Fue un momento en el que yo pensé que si quisiera, hoy no trabajaría, si quisiera no me levantaría del banco y la dejaría a ella que lo recogiera todo, sólo tendría que estar pendiente para levantarme cuando se aproximara el camión a vaciar los cubos, pero nada más. Si quisiera, ella trabajaría para mí, si yo fuera lista y supiera sacarle provecho a su sumisión, al poder que puedo ejercer sobre ella, si dejaran de importarme los comentarios sobre nuestra relación y la dejara que viniera conmigo siempre, sin ponerle límite, al contrario, llevándola detrás para mi disfrute, entonces la tendría como criada, me haría la compra, me limpiaría la casa. Yo sería como una diva, o como una millonaria, como una rica caprichosa, y ella mi acompañante, ¿no es lo que ella parece que está siempre buscando, no sería su esclavitud lo que la haría más feliz? Si quisiera me limpiaría el parque esta mañana. Me lo limpiaría todos los días. Si quisiera sería yo quien le administrara el sueldo. A cambio sólo tendría que dejarla estar a mi lado, como a un perro. Ella quiere ser perro.

Recuerdo haberme esforzado en borrar esa idea de mi mente. Era lo que yo llamo una idea negra. Las ideas negras no hay que desarrollarlas porque se fijan en el cerebro y de ahí ya no hay quien las saque. Las ideas negras hay que detectarlas enseguida, como si fueran cánceres, y cortarlas de raíz. Yo siempre he tenido ideas negras, desde niña, desde cuando me dio por pensar, por ejemplo, que cualquier mañana me levantaría, iría al baño a hacer pis y al limpiarme con el papel higiénico me daría cuenta de que me estaba creciendo pene. Fue una tontería que leí en un libro de información sexual (para que luego digan que la información sexual es necesaria para los niños; yo digo, según y cómo) en el que se informaba de algunos casos extraños de la naturaleza humana, como el de esos niños que nacen con el sexo tan diminuto que hasta que no les llega el desarrollo adolescente se les toma por niñas, y de las consecuencias psíquicas que provoca en el niño-niña ese desgraciado error. Y como yo crecí con el convencimiento de que era portadora de alguna anormalidad, de que era rara o diferente, y como no sabía en qué consistía esa rareza, me identificaba con cualquier fenómeno extraño que leía o que me contaban y sufría muchísimo. Estuve horrorizada con la idea de que algún día se descubriera que en realidad era un niño y me tocaba y me tocaba cada mañana a ver si mi montañita había crecido, y claro, a veces crecía del mismo roce. Igual que cuando se me instaló en el cerebro la idea de que estaba endemoniada, ese temor me vino leyendo El exorcista, y puedo asegurar que llegué a sentir cómo se me movía la cama, cómo se levantaba un poco del suelo, me mantenía en el aire unos segundos y luego volvía a su sitio. No podía compartir esos terrores con nadie. Lo lógico habría sido poder confesárselos a mi hermana, pero Palmi siempre fue una histérica, desde niña, y si le hubiera confesado mis temores (fundamentados) de estar endemoniada, habría salido chillando de la habitación, llamando a mi madre, como aquel día en que ella estaba con fiebre y me dijo que le contara un cuento, porque yo siempre tuve facilidad, y siempre le conté cuentos y películas para que se durmiera, y entonces le dije que mientras era casi imposible que Dios, el Dios padre, se nos apareciera, no había que descartar que Jesucristo alguna vez se sentara en nuestra cama y se quedara observando nuestro sueño con una dulzura infinita, sólo por el gusto de ver el sueño de los inocentes. Era una imagen que yo había visto en una película que nos pusieron en la catequesis y que me había impresionado muchísimo: Jesucristo sentado en la cama del niño enfermo. Palmi se puso a llorar y vino mi madre y me dijo, siempre tienes que andar metiéndole a la pobre las ideas negras que tú tienes en la cabeza (de ahí la expresión «ideas negras»). Menos mal que no le conté que el niño al final moría y que Jesucristo sólo estaba ahí para hacer más dulce su final, porque entonces no sé cómo se hubiera puesto. Luego me acuerdo que me desvelé pensando en la visita de Cristo, pero no me atrevía a abrir los ojos porque si lo veía eso querría decir que Palmi iba a morir, y luego me desveló las noches siguientes una idea que me torturaba aún más: realmente, con la mano en el corazón, ¿quería o no quería que Cristo se sentara en la cama de mi hermana y se la llevara para siempre y me quedara yo sola, yo sola para mi madre, yo sola con el cuarto, yo sola sin sus chivateos, sin sus sobreactuaciones, y sin su insoportable colección de barbies?, ¿era yo tan mala para desear la muerte de una hermana, la deseaba de verdad, era yo un monstruo? Y a esa idea negra, torturante, podían sumarse las otras y hacer que todas las ideas negras bailaran en mi cabeza: ¿era yo ese monstruo poseído por Satán, con un pene diminuto, que deseaba la muerte de su hermana?

Luego, de pronto, esas ideas desaparecían y me dejaban vivir tranquila durante un tiempo pero cuando me hacía víctima de su presencia y se metían y colonizaban mis pensamientos, ay, qué triste me ponía. Mi madre comentaba, delante de mí, a alguna de sus amigas: no sé qué le pasa, no lo sé, se pone rara, se pone mohína, no habla, mírala, hablo y mira al suelo, qué actitud es ésa, qué puedo hacer yo, si tuviera un padre seguro que no le montaba este número, pero a mí sí, a mí me puede, sabe que soy débil, por eso lo hace.

Yo sola tuve que hacer frente a las ideas negras. Cuando se lo conté al psiquiatra me dijo que todos los niños padecen en mayor o menor medida esos miedos. Y ahora, le dije, qué es lo que puedo hacer ahora para borrar las ideas negras de mi cabeza. Y el individuo me dijo que las personas adultas debíamos tener la disciplina de pensar en otra cosa. Menos mal que el psiquiatra es del seguro, que si fuera privado me sentiría completamente estafada. Me dijo (es insistente) que si nunca había considerado la posibilidad de que las apariciones de mi madre fueran «ideas negras». Y cambié de tema porque eso de que un tipo por el simple hecho de estar al otro lado de la mesa de un consultorio se crea en posesión de la verdad y te tome por gilipollas me saca de quicio literalmente. Lo que no quita para que me haya esforzado en seguir ese consejo tan simple que me dio de intentar borrar la idea negra en el primer momento en que se presenta y ocupar el cerebro inmediatamente con otro pensamiento. Es un consejo tan simple que me lo podría haber dado hasta el mismo Morsa, pero yo lo sigo desde entonces, para volver luego a la consulta con los deberes hechos. Que no se diga. El caso es que cuando esa mañana me puse a considerar la posibilidad de convertir a Milagros en mi esclava y sacarle el mayor provecho posible, me sentí un poco repugnante, inhumana, y decidí no insistir en eso, mandar ese pensamiento al archivo de los pensamientos proscritos.

Recuerdo que pensé: ¿Qué ha pasado esta mañana? Esta mañana cuando bajábamos la cuesta me sentía casi feliz, estaba tan contenta, ¿qué es lo que se ha torcido, entonces?, ¿qué tipo de carácter tengo tan atravesado que no puedo acordarme ni de por qué he empezado a estar furiosa?

Recuerdo la primera vez que Milagros me llamó. Su grito me sobresaltó, como si me hubieran sacado de un sueño. Precisamente por el hecho de estar pensando en ella me había olvidado por completo de su presencia.

– ¡Rosario, ven!

– ¿Es el mortero, ya tienes el mortero? -le dije yo, todavía con el hacha de guerra levantada y arrepentida, mientras lo decía, por no saber ponerles fin a las discusiones-. Anda, ya, déjame vivir, rata, más que rata.

– ¡Rosario, te digo que vengas, por favor te lo pido! -su voz se le quebró al final de la frase, parecía que la boca se le hubiera secado. Su voz no sonó igual que siempre, no era festiva, ni socarrona, ni infantil. Su voz sonó dramática.

– ¡Ven, por favor, mira esto! -me levanté y me di la vuelta. Milagros estaba asomada, casi volcada hacia el interior del contenedor. La farola daba una luz muy pobre, así que sólo podía distinguir sus dos piernas colgando. Recuerdo que me levanté y fui casi corriendo, sabiendo ya que algo pasaba, bajé la cuesta de césped, me resbalé y bajé sentada de culo, como por un tobogán, hasta donde estaba ella.

– Rosario, mira -dijo ahora como en un susurro-, mira, esto.

Para verlo yo también tuve que dar un salto y apoyar el vientre en el borde del contenedor y quedarme con las piernas en el aire como estaba ella. Los ojos tuvieron que acostumbrárseme a la oscuridad del fondo, y poco a poco fui entendiendo, también mis oídos percibieron el débil maullido que se oía detrás de nuestras respiraciones que eran fuertes, entrecortadas, por el susto, y por tener el estómago oprimido.

– ¿Es un gato? -pregunté sabiendo ya que no era un gato.

– No es un gato, es un niño.

Las dos, sin saber muy bien por qué, hablábamos en voz baja.

– Y parece que está vivo, Milagros, ay, Dios mío.

– Yo entro y te lo doy a ti.

– Ten cuidado, ¿ves bien dónde está?, no vayas a pisarlo.

– Claro que lo veo -Milagros levantó las piernas porque ella era una de esas gordas sorprendentemente ágiles y cayó de pie en el fondo. Sonó el crujido de los cristales aplastados por sus botas.

– Está debajo de ese cartón, creo.

– Si ya lo veo, lo he visto desde el primer momento. Mira, lo han metido dentro de una caja, lo que veías tú era la tapa.

Milagros levantó la caja, la puso en el borde y me la dio. Yo la tomé en mis brazos y la llevé debajo de la farola, tenía miedo de que se me cayera, tenía miedo, mucho miedo.

– ¿Quién te ha dejado ahí a ti, angelito, quién te ha dejado? -le decía al niño y me temblaba la voz-. Podrías haber muerto de no haber sido por nosotras.

– Por mí -dijo Milagros, saliendo del contenedor-, yo he sido quien lo ha encontrado.

Los ojos grises del niño se abrieron con la luz. Los tenía perdidos y grises, como todos los recién nacidos, y era moreno, muy moreno, con un vello que le cubría gran parte de la frente. Estaba completamente envuelto en una manta, sólo se le veía la cabeza.

– Es guapo, ¿verdad, Rosario?

– Sí que lo es -le puse la mano en el pecho. Su pequeño corazón latía muy deprisa. Latía debajo de la palma de mi mano y me entraron ganas de llorar.

– Trae -dijo Milagros, arrebatándome la caja-, me lo llevo.

– ¿Que te lo llevas, adonde?

– A casa.

– Pero, qué dices, loca, más que loca, donde tenemos que llevarlo ahora mismo es al hospital.

– No, no, me lo llevo yo a casa, yo me lo he encontrado, yo me lo llevo -Milagros echó a andar, decidida, sin pararse cuando me hablaba, subiendo la cuesta. Y yo detrás.

– ¿Ah, sí, y qué le vas a decir a la gente?

– A la gente le diré que es mío, porque es mío.

– ¿Ah, sí, tuyo, y cómo explicas lo del embarazo?

– De algo tenía que servirme estar gorda. Mañana digo que estoy embarazada, y dentro de cuatro meses digo que ya lo he tenido.

– ¿Y piensas que la gente va a ver a un niño de cuatro meses y se van a tragar eso de que es un recién nacido? Si los niños de cuatro meses hoy en día ya tienen dientes.

– A mí me la suda lo que piense la gente, es mío. Dios lo ha puesto en mi camino. Yo lo he descubierto entre la basura, como si me lo hubieran iluminado a propósito, tú en cambio no lo veías, pero yo sí. Rosario, he venido hasta aquí como hipnotizada, como si una fuerza superior me estuviera llamando. Yo nunca vengo hasta aquí, Rosario, ¿qué se me había perdido a mí en este contenedor? Hay cosas en la vida que están más allá de nuestro entendimiento y ésta es una de ellas. Lo he visto porque parecía una bola de luz en el fondo de los escombros, quién me ha hecho ver en la oscuridad, ha sido Dios el que ha preparado todo esto, Rosario.

– Pero, qué coño hablas de Dios, ¿desde cuándo crees tú en Dios?

– Desde la semana pasada, desde que encontré el Cristo fosforescente. Por la noche me ilumina la mesita y yo le pido cosas y todas me las concede: un reloj, una parrilla, un niño. Le había pedido un niño, que lo sepas.

– Ay, ay, ay -dije llevándome las manos a la boca-, tú no estás bien de la cabeza, Milagros, yo siempre lo he sabido, no estás bien de la cabeza.

– ¿Y tú, tú sí que estás bien de la cabeza, tú ves visiones y todo el mundo ha de creerte, verdad, la tonta de Milagros ha de creerte, y yo encuentro un hijo y me lo niegas?, ¿por qué tú sí y yo no? Y esto sí que no son imaginaciones mías, porque lo de tu madre puede ser o puede no ser, pero el hijo existe, el hijo está aquí.

– Pero qué hijo, ¿de qué hijo estás hablando tú, descerebrada?

Me puse delante de ella para cortarle el paso, le puse las manos en los brazos, controlando mi enfado porque la caja con el niño estaba entre nosotras. El niño seguía con los ojos abiertos, mirando a la nada, a veces se le oía maullar.

– Pero cómo vas a apropiarte tú de una criatura que te has encontrado en la calle. Eso es un delito, si te pillan te meterán en la cárcel y a mí también, por cómplice. Y sólo me falta ir a la cárcel por tu culpa, sólo me falta eso.

– ¿Qué quieres, que lo llevemos al hospital, y lo manden a un orfanato al pobre, y pase meses o años de mano en mano y no tenga una madre? ¿Eso es lo que quieres, que no tenga una madre?

– Tú no estás bien de la cabeza para hacerte cargo de él, tú eres una loca.

– No es verdad, mira qué bien tengo a Lucas, mira cómo lo saqué adelante. Igual me lo encontré, muerto de frío y de hambre, despeluchado.

– ¡Pero Lucas es un gato, Milagros, no es un niño! Tú no te das cuenta de que no serías una buena madre, que bastante tienes contigo misma.

– ¿Y si me quedara embarazada, Rosario, entonces sí que sería una buena madre o entonces me convencerías para que abortara?

– No es lo mismo.

– ¡No es lo mismo! -decía gritando, como el niño al que está a punto de darle una rabieta, como el niño que está a punto de tirarse al suelo. A mí me daba miedo que en una de esas lo hiciera y cayera sobre la caja.

– Muy bien, hazlo, si es lo que quieres, quédate embarazada, serás madre, y yo te ayudaré, te lo juro, pero a ese niño lo vamos a llevar ahora mismo a urgencias, antes de que se nos muera por el camino.

– ¡No, no puedo, no puedo ser madre! ¡No lo entiendes, no puedo ser madre! Por eso le pedí al Cristo que se hiciera el milagro. Yo nunca podré ser madre. No tengo la regla.

– ¿No tienes la regla?

Milagros negó con la cabeza.

– ¿No has tenido nunca la regla?

– No, no, por eso le pedí el niño.

Nos quedamos paradas, la una frente a la otra, sentí que no conocía a la mujer que tenía delante, o mejor dicho, que estaba empezando a conocerla.

– Luego hablaremos de eso -le dije con la dulzura con la que se habla a los locos-, pero ahora vamos, Milagros, dejamos aquí todo, date prisa, voy a llamar a Sanchís a que vengan a buscarnos.

Eché a andar, marcando el número en el móvil. Me interrumpió un alarido de Milagros.

– ¡No tienes corazón, Rosario, eso es lo que dice todo el mundo de ti, que no tienes corazón, que estás sola y que te quedarás sola, que eres una amargada!

Me volví. Milagros hablaba entre sollozos, le caían las lágrimas, le caían los mocos, tenía la cara roja, congestionada, hablaba como podía, sacudida por el llanto, sin apartar la caja de cartón de su pecho:

– Dices que no sabría cuidar a un niño, pero cómo te atreves, eh, cómo te atreves, ¿es que no te cuidé yo cuando estuviste enferma, es que no me quedé yo toda la noche a tu lado y me levanté cada tres horas para darte el antibiótico, quién te hubiera dado el antibiótico si no hubiera estado yo ahí, y quién le cambió a tu madre los pañales, quién la amortajó para su tumba, cuando tu hermana y tú os cagabais de miedo en el pasillo, di, quién, quién te colgó los estores, quién se quedó a dormir contigo para que no tuvieras apariciones, quién, reconóceme un mérito, dime, cuántas amigas tienes, di, cuántas amigas harían lo que yo he hecho por ti?, ¿tu hermana?, ¿crees que tu hermana vendría si estuvieras enferma?, ¿es que la llamaste a ella cuando te vinieron las fiebres? No, me llamaste a mí, porque en el fondo sabes que yo daría mi vida por ti, que daría mi vida por cualquiera, porque en el fondo sabes que soy capaz de cualquier cosa que me proponga, de cualquier cosa, aunque siempre me hablas como si fuera imbécil, Rosario, pero no lo soy.

Me quedé parada, mareada, como si me hubieran dado un golpe en la nuca. De pronto, todo el peso de mi vida, de lo que yo había sido y era para los demás se puso sobre mis hombros, y sentí, ya sé que es absurdo, que no va con mi carácter, pero sentí que a lo mejor aquella loca tenía razón, y que por una vez la generosidad consistía en saltarse las normas y los miedos. Por qué no, por qué no iba a estar ella por una vez en lo cierto, por qué no confiar en que aquella criaturilla desgraciada estaría a su lado mejor que con nadie, por qué no concederle a Milagros el deseo, era verdad que le cuidaría igual que me cuidó a mí, eso era verdad, con una entrega casi religiosa, como cuidaba al gato, al que mimaba como si no fuera un gato, sino un niño. Me acerqué lentamente a su lado, recuperando todavía el equilibrio que sus palabras me habían hecho perder, y ella debió entender que me había convencido, que ya no avisaría a nadie, y dejó de presionar la caja contra su pecho para acercármela, como si quisiera compartir a la criatura conmigo. La miré, había cerrado los ojos.

– ¿Tú nunca has querido ser madre, Rosario? -me dijo, secándose las lágrimas con la manga, con la cabeza sacudida aún por el llanto.

– ¿Yo? -se me puso una sonrisa vergonzosa, no sé por qué, seguramente porque no me había atrevido nunca a pensar en esa posibilidad-. No, madre, no, me hubiera gustado ser tía.

– Pero ya eres tía.

– Pero esos sobrinos no me sirven, son unos gilipollas -las dos mirábamos el sueño del niño, como hacía Jesucristo mirando el sueño de los niños inocentes-. Me hubiera gustado tener sobrinos que me quisieran, y me hubiera gustado ser la típica tía aventurera. La tía que desaparece durante todo un año y los niños preguntan, ¿dónde está la tía? ¡En Canadá! Y la tía vuelve del Canadá cargada de regalos. Eso me hubiera gustado ser. La tía Rosario.

– La tía Rosario -dijo ella, adivinando cómo me llamaría el niño cuando fuera grande.

– Lo criaremos entre las dos, Rosario, yo seré su madre, tú, su tía.

– Y padre qué, no tendrá padre.

– Mejor sin padre, que luego te separas y se lo tienes que dejar los fines de semana. Mejor sin padre. Lo llamaré Christopher. Por Christopher Reeve, el de Supermán. Christopher González -parecía que veía ya esas letras luminosas con las que anuncian a los artistas-. Christopher González, has sido elegido mejor alumno del año de toda tu promoción.

– No vayas tan deprisa, loca -dije-, ¿cómo sabes que es niño?

– Por la cara.

– La cara engaña, yo parecía un niño cuando nací. El mismo pelo cubriéndome la frente.

– Pues lo vemos ahora mismo.

– Pero qué dices, mujer, que se te puede morir de frío.

Si te lo vas a llevar, llévatelo antes de que me arrepienta, antes de que me ponga a chillar y de que me dé cuenta de que tu locura se me contagia, se me ha contagiado siempre -eché a andar hacia mi carro-. No quiero saber nada, Milagros, no quiero ni ver cómo te vas. Yo no te he visto, entiendes, te has sentido mal y te has ido, y yo no sé nada.

– Gracias, Rosario, gracias. Tú di mañana que te he llamado, que me he puesto mala. Di que me dolía la barriga. ¿Te acordarás de que es la barriga lo que me duele?

– La barriga, sí.

– Borra lo que dije antes. ¿Podrás olvidarlo? Yo no pienso nada de lo que dije, hablaba de lo que piensan ellas. Ellas te critican porque te envidian, siempre te lo he dicho.

– Corta el rollo ese ya, y llévate a la criatura.

– ¿Cómo me voy a casa?

– En un taxi, mujer, no te vas a ir en el autobús, qué cosas tienes.

– Es que no tengo dinero.

– Nunca llevas dinero, nunca. A ver si empezamos a cambiar -me saqué un billete de veinte euros de la cartera y se lo di-. Abrígale, cómprale leche enseguida, y escóndelo de alguna forma hasta que te metas al taxi, no te vaya a ver nadie por aquí con el crío en brazos.

– Sí, sí, eso hago.

Me volví. Recuerdo que Milagros le puso a aquella enorme caja de zapatos, ¿de botas?, la tapa de cartón. Recuerdo que se sacó una navaja del bolsillo y que el corazón me dio un vuelco al ver que apuntaba hacia la tapa. No me dio tiempo a reaccionar. Milagros fue hincando la punta y haciendo agujerillos en el cartón.

– Rosario -me dijo sonriendo-, ¿a que no sabes? Esto me trae recuerdos de mis gusanos de seda.