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– ¿Quieres que lea las palabras que había buscado?
– No, eso déjalo para el niño.
– Me da fatiga, mujer, no hemos traído ni un mal ramo ni una oración.
– Rézala tú, si quieres.
Delante de nosotras, el nombre grabado en el nicho, Milagros León, la fecha, 1950-1978, y la típica frase, «Tus hermanos y tu hija no te olvidarán nunca».
Yo recé un Padrenuestro, la versión antigua, la nueva no me dice nada. A mí lo que realmente me gusta es improvisar, cuando voy al cementerio el día uno a ver a mi madre improviso, recuerdo mentalmente cosas que imagino que a ella le gustaría recordar, yo qué sé, el mes que pasó Palmira en casa con el niño recién nacido y las tres tan felices por tener a la criatura en casa y al padre en Barcelona, que para mí era desde luego el segundo gran motivo de felicidad, eran esos momentos en los que yo aún creía que podía ser alguien para mi sobrino, cuando aún no se habían vuelto definitivamente ajenos y gilipollas, todos, mi hermana, la criatura, y la que vino luego, porque el padre lo fue siempre, en eso no hubo ninguna sorpresa, y yo le cuento una y otra vez a mi madre lo felices que fuimos aquel mes, tanto, que sospecho que las tres hubiéramos deseado que la vida siguiera así para siempre, también le recuerdo cuando se casó mi hermana y yo salí, por sorpresa, al altar y leí el Evangelio y mi voz sonó, todo el mundo lo dijo, como la voz de un ángel o de una locutora de radio y Palmira se emocionó y mi madre creyó que nos queríamos más de lo que nos queríamos y esa idea se le quedó ahí desde ese día y con esa idea se fue a la otra vida y que descanse en paz. Para qué contarles a los muertos cosas que no les gustan, cómo le voy a contar yo a mi madre el infierno de sus dos últimos años de vida, cómo le voy a decir que fue un verdadero alivio que se muriera y así poder darle la vuelta a la casa como se da la vuelta a un calcetín y hacer de ella un lugar despejado al que uno se alegra de volver todos los días cuando vuelve reventada de la calle. Improviso, le doy las gracias porque haya decidido descansar en paz de una puñetera vez y dejar de andorrotear por los pasillos y dejarme vivir. Al fin y al cabo, le digo, tú estás como una reina, como querías estar, entera y bajo tierra. A veces leo algún pasaje de la Biblia, de los Salmos, que a ella le gustaban tanto, y otras veces sólo me quedo allí, me paso una hora y veo a la gente yendo y viniendo entre las tumbas, en ese cementerio de ese pueblo en el que nadie me conoce.
Las oraciones no me gustan, sólo echo mano de ellas por compromiso, y eso es lo que hice, le recé a la madre de Milagros un Padrenuestro y luego un Dios te salve María, que es más como para las madres, y ya está, porque una persona a la que no has conocido no te sugiere nada en particular y porque Milagros estaba como loca por salir de allí para que nos fuéramos al otro lado de la tapia.
Mientras yo rezaba escuchaba la conversación que Morsa mantenía con el enterrador o como se llamen ahora los funcionarios de los cementerios. Se estaban fumando un pitillo sentados en una lápida y Morsa le preguntaba por los precios de los entierros, los precios de las losas, los precios de los nichos, los precios de panteones, los precios de las coronas. Morsa es capaz de pegar la hebra con cualquiera y agotar el tema más estúpido. Ya por el camino le había estado preguntando a Milagros que cuánto creía ella que costaría su casa, y ella decía, si no la voy a vender, y Morsa decía, ni yo la voy a comprar, sólo es por saberlo, y Milagros decía, un veraneante me la quiso comprar, y Morsa, ¿por cuánto?, y Milagros, por siete millones, y Morsa, ¿hace cuánto?, y Milagros, hace diez años, y Morsa, ¿y no se la vendiste, no le vendiste la casa cuando el tío te daba siete millones?; no, dijo Milagros; ¿una casa sin calefacción, sin ventanas nuevas, una casa tan chica, y no se la vendiste por siete millones?, pues que sepas que ya no la venderás nunca por ese precio; si ya te he dicho que no la voy a vender; ¿y para qué la quieres, si nunca vienes?; ahora voy a venir, ahora voy a venir.
Y así llegamos al cementerio, escuchando cómo Morsa desplegaba sus conocimientos sobre ventas, compras, burbujas inmobiliarias y sobre la idea que a él le rondaba, desde hacía tiempo (seguro que se le acababa de ocurrir), de comprarse una casita de pueblo y arreglársela él sólo con sus manos, de las vigas al último enchufe, una casa para poder desconectar, dijo.
Ay, Morsa, pensé.
Pero el hombre del cementerio se ve que no tenía esa mañana otra cosa mejor que hacer y fue contestando exhaustivamente a cada una de las preguntas, como si se hubiera levantado al alba y se hubiera sentado en aquella lápida a la espera de que llegaran unos forasteros a hacerle un interrogatorio sobre todas las posibilidades de ser enterrado y la relación calidad-precio.
Milagros se acercó al hombre y le pidió una pala, una o dos, y el hombre nos siguió con curiosidad y distancia hasta el bancal de almendros que lindaba con el cementerio. «Es que va a enterrar el gato, le dijo Morsa, con el cigarro en una mano y la otra en el bolsillo, que lo quería mucho.» ¿Cuál de ellas?, preguntó el enterrador. La del gato, dijo Morsa. Y dijo algo que no pude oír, pero supongo que dijo «la gorda». Y la otra, siguió explicándole Morsa, es su amiga de siempre, yo soy amigo de las dos, pero más de la flaca, La gorda me suena, dijo el enterrador, ésa me parece que fue conmigo a la escuela. Pues igual, dijo Morsa. Ya sé, dijo el enterrador, ya sé de quién era hija.
Milagros empezó a cavar al pie de un almendro.
¿Y dice que viene a enterrar el gato?, dijo el enterrador.
Sí, nada, es una cosa muy pequeña, el baulillo ése.
El enterrador vino hacia nosotras, yo aún no me había decidido a cavar.
No, no, esto no se puede hacer -dijo-, esta tierra es privada, estos árboles tienen un dueño.
Y al dueño qué más le da -dijo Milagros mientras seguía cavando.
Que no puedes hacerlo -le dijo ya más impertinente-, y que sepas que si hay algún lío y alguien pregunta yo no me voy a callar.
Pues no te calles, mucho que me importa.
Y sé muy bien quién eres, no te creas que no, que aquí las caras no se olvidan.
Yo también sé quién eres tú, a mí la cara de un gilipollas tampoco se me olvida, desde pequeño la tienes.
Y tú la de pirada, de tal palo tal astilla.
Míralo, el enterrador, bonito oficio que fuiste a escoger.
Morsa y yo nos habíamos quedado parados, asistiendo de pronto a aquella conversación tan desagradable y sin saber qué hacer.
Eh, escucha, pirada, largo, ya te puedes ir yendo que yo no miro que seas mujer para darme de hostias.
Milagros le miró fijamente, con la pala en la mano, amenazante, como cuando se vistió de madre india y consiguió que me temblaran las piernas, y para nuestra sorpresa, el tío, que medía casi dos metros, se dio media vuelta y ya desde lejos repitió otra vez, ¡de tal palo tal astilla!, y luego dijo, se te va a caer el pelo y yo me voy a reír.
Ni puto caso -dijo Milagros, y siguió a lo suyo, con fuerza, con brío. Yo de vez en cuando hincaba un poco la pala, pero no tengo energía para las cosas físicas, así que me fui quedando a un lado, viendo cómo lo hacía ella, igual que Morsa se quedó apoyado en la tapia.
Cuando acabó el hoyo, tomó en sus brazos el baulillo y lo metió. Se sacó un sobre del bolsillo, lo puso encima de la caja y lo cubrió de tierra.
A lo mejor tendríamos que haberlo hecho más profundo, Milagros, por seguridad -dije, utilizando ese plural absurdo que se emplea a veces cuando no has hecho nada. Me daba pavor que pasara cualquier perro por allí y pudiera desenterrarlo.
Que está bien así, está bien así -dijo ella-. Ahora lee lo que traías.
¡Morsa!, acércame la Biblia.
Morsa alzó los ojos al cielo como dando a entender el hartazgo que arrastraba desde que salió de Madrid y me acercó el libro. Yo lo abrí por una de las páginas que tengo dobladas, de las que leo cuando voy a ver a mi madre o de las que he leído alguna vez en la iglesia, por no escuchar al cura. En realidad no sabía si había abierto por la parte más adecuada pero esto fue lo que encontré, así, medio al azar:
Milagros empezó a sollozar, tal y como lo hacen las personas que están en los entierros.
Morsa se fue caminando hasta el límite del bancal, allí se quedó quieto, mirando el valle de árboles frutales. Él, el pesado, el irritante Morsa, el chulo que conducía sólo con una mano, se sentía esos días especialmente melancólico, tenía miedo de que la mujer de la que estaba enamorado ya no le quisiera, y que no hacer el amor con él todos esos días hubiera sido la forma de empezar a decirle que aquello se había terminado. Tenía miedo también de que ella no le hubiera querido nunca. Hace diez años hubiera pagado por estar solo, pero ahora, ¿de qué le servía? Tenía que ingeniárselas para no comer solo los domingos, montarse planes descabellados para tener compañía en las vacaciones del agosto, y siempre se veía forzado a salir, salir de casa, los sábados por la tarde, los viernes por la noche. Él, el simplón de Morsa, estaba respirando hondo, sintiendo lo que esa mujer a la que él consideraba infinitamente más inteligente y más sensible que él sería incapaz de sentir en todos los días de su vida. Estaba sintiendo con toda su violencia la belleza de lo que tenía delante de los ojos y la cantidad de olores maravillosos que le producían una tristeza que él nunca había sentido. O ahora o nunca, le iba a decir a Rosario, me iba a decir a mí, o empezamos en serio o ya no volveré a tu casa. No sabía qué palabras utilizaría ni si ella se iba a reír una vez más de él, pero ya no le importaba, tenía que apostar fuerte: no, Rosario, ya no te voy a echar un polvo cuando a ti te convenga, ni me voy a levantar una hora antes para que tú no te sientas comprometida, ¿pero qué te has creído? Tú ves al resto de la humanidad desde tu púlpito, tía, tú te crees que los demás estamos puestos ahí para actuar a tu antojo, pero yo ya no voy a seguirte el juego. Si te echo un polvo es porque voy a quedarme para siempre, y si no, me voy con otra, será por tías, hay miles de tías en el mundo que se irían con cualquiera, hasta conmigo por raro que te parezca.
Milagros, la madre, la madre del niño enterrado a ras de suelo. Milagros, la hija, la niña que descubrió un día a su madre muerta en el sillón, y ahí la dejó, aparentando que la vida seguía su rutina de siempre durante días, acostándose a la hora de costumbre, levantándose para ir a la escuela, jugando por la tarde con los chiquillos en la plaza. Esas dos criaturas, una muerta y la otra viva, la madre y la niña, haciendo el teatrillo de una vida normal.
Milagros no quería rezar en la tumba de su madre, no quería, los hijos de las suicidas nunca perdonan. Aunque tal vez no fuera suicidio sino una dosis más fuerte que las acostumbradas. Heroinómana de pueblo, también las hubo. El escenario de su adicción no eran los portales cutres del centro de la ciudad, ni las aceras, ni los bancos de los parques, sino los bancales de almendros y luego la propia casa, la casa paleta y oscura. Milagros hubiera necesitado a alguien que le hubiera explicado las razones, las incomprensibles razones que, para los que estamos aferrados a la vida como lapas, pueden tener aquellos que deciden quitársela, hubiera necesitado que alguien, ese ángel de la guarda que nunca tienen los niños desgraciados, le hubiera ido desenredando la gran confusión mental que le produjo esa pérdida que ya estaba cantada. Los niños quieren a sus madres, aunque estén locas, aunque sean drogadictas, aunque sean borrachas, pero ese amor incondicional que todo lo perdona se acaba, como cortado de raíz, si la madre se quita la vida.
Ahora ya no sé si Milagros tenía su final planeado cuando salimos de Madrid o incluso antes, cuando el niño se le murió al día de tenerlo en casa, o si fue algo que se le fue ocurriendo sobre la marcha. A veces repito obsesivamente todas sus frases y gestos de aquel viaje y tengo el pálpito de que en aquel momento en que yo entré en el coche cuando paramos a comer ella quiso decirme algo. O pedirme algo. Una palabra tuya bastará para sanarme, dice el Evangelio. Lo que más me cuesta sobrellevar es la incertidumbre, esa parte misteriosa de sus pensamientos que nunca fue dicha y que nunca se sabrá. Prefiero pensar que fue una idea repentina, lo prefiero así, porque si se trató de algo premeditado me parece que la culpa cae aún más sobre mis hombros. Prefiero pensar que era tal la belleza de aquella mañana fresca, luminosa, de brisa suave y acariciante, que era imposible no sentirse íntimamente purificado, como cuando uno vuelve sucio a casa y la ducha barre el sudor y te deja sólo el cansancio de los niños. Quiero pensar que Milagros sintió que no habría forma de encontrar una felicidad más intensa que aquélla en el futuro. Prefiero pensar que de pronto, esa mujer de ideas caprichosas, tuvo una revelación, la esperanza de que podía encontrarse con su madre y con su hijo en la vida eterna, la certeza de que tenía la oportunidad de desandar el camino que había hecho desde los ocho años y que la había convertido en niña monstrua, en niña perturbada y dejada de la mano de Dios.
Me voy a quedar en casa, me dijo cuando volvíamos a su casa con la idea de coger las bolsas y regresar a Madrid. Me quedo en casa, me dijo.
Pero cuántos días, le dije.
Aún no sé, ya te diré.
¿Y vas a estar bien aquí, tú sola, no va a ser demasiado triste?, le dije.
Uno quiere darle significado a las palabras, a las que fueron las últimas, quiere encontrar mensajes en los gestos. Ella se agachó para meter la cabeza por la ventanilla y darme otros dos besos. Fue el último gesto de cariño que tuvo hacia mí. «No estoy sola.» Me dijo eso pasándome la mano por la cara, como si por primera vez ella fuera la grande y yo la chica, ella la mujer independiente y yo la que suplicaba su compañía. «No estoy sola.» Puede que todo esté en el interior de esa frase o puede que no haya nada.
Quién nos iba a decir a nosotros, a Morsa y a mí, que a los tres días tendríamos que volver. Sonó el teléfono de madrugada, casi a las tres. Contestó Morsa. Fue una conversación muy rápida. Colgó y se me quedó mirando. Viajamos en el taxi del tío Cosme, con la mujer ecuatoriana a su lado, con nosotros detrás, como si fuéramos una familia formada por los extraños azares de la vida. El tío Cosme se sorbía los mocos de vez en cuando, al fin y al cabo, había sido como su hija. Y fue todo igual, la llegada a la casa diminuta, el pasillo de las hawaianas, el salón medio en penumbra, y la subida luminosa al cementerio. Esta vez íbamos más, unas veinte personas a las que besé sin enterarme muy bien de quiénes eran a pesar de los esfuerzos de Cosme por presentármelas. Esta vez iba un cura delante. El sepulturero no quiso encontrar su mirada con la mía. Sólo se acercó a Morsa para decirle al oído: que conste que yo no dije nada. El cuerpo de Milagros fue enterrado junto al de su madre. No sé si ése hubiera sido su deseo. Tal vez todos sus deseos estuvieran expresados en la carta que enterró con el niño, o tal vez sólo escribió una de esas frases cursis que vienen en las postales sobre la amistad y el amor que a ella le gustaban tanto. Pienso que a Milagros le hubiera dado una gran alegría verme allí entre todas aquellas mujeres en las que se apreciaba un parecido físico con ella, verme como una más de la familia. El cura leyó unas palabras de la Biblia, pero las leyó de esa manera soporífera que tienen de leerla, como si fuera el notario que te está leyendo un contrato de compraventa, sin pasión, sin espiritualidad. Qué distintas a las que yo había leído sólo tres días antes:
Eran palabras que parecían contener nuestro futuro. Milagros encontró el sueño eterno gracias a uno de esos botes de pastillas que me recetaba el psiquiatra. Si lo que me preguntas es si ella pudo haberle hecho algo inadecuado al niño, hacerle daño de algún modo, te digo rotundamente que no. Milagros era incapaz de hacerle daño a nadie. No puedo permitir ni que eso se insinúe. No. Que en paz descanse. Por otra parte qué más puede pedir una criatura que alguien dejó tirada en la basura. Es posible que cuando ella se lo llevó a casa en la caja de zapatos ya estuviera medio muerto de frío. Milagros lloró por él como lloran las madres por los hijos. Las madres dicen que darían la vida por los hijos, ¿la darían? Milagros la dio.
La mañana en que enterramos al niño cada uno de nosotros rumiaba su futuro, ventilábamos al aire fresco nuestras intenciones más inmediatas. A Morsa no le hizo falta ponerme un ultimátum, ni pronunciar ningún discurso, ni declararse, ni dejarme. Fui yo, la que después de leer los Salmos, tomé la decisión. Le vi allí, de espaldas, con las manos en los bolsillos, de pronto me pareció un hombre al que podría llegar a querer o al que a lo mejor ya estaba queriendo. Pensé que hay cualidades en las personas que no apreciamos hasta que no las vemos actuar sin que ellas sean conscientes de nuestra mirada. Él no sabía que yo lo estaba mirando, así que no había ninguna afectación en su presencia, ni la sonrisa de medio lado, ni su afán de parecer interesante, no quería darme a entender nada con sus gestos. Estaba simplemente allí, entregado al paisaje, mirando, oliendo, pensando en el futuro, cogiendo el cigarro entre los dedos como antes lo hacían los hombres, con la brasa mirando hacia la palma de la mano, diciéndose a sí mismo, ¿a quién tengo yo en la vida?
Deberíamos ver a las personas, pensé, cuando éstas creen que no las miramos. Yo miro demasiado violentamente, miro de una manera que hace daño, que provoca en los demás torpeza, tensión, miro sin poder evitar el juicio constante. No sé si nací así o si me convirtieron. ¿Pero quién soy yo para mirar de esa manera? Eso es lo que pensé viéndole tan ajeno a mí, siendo de verdad él mismo casi por primera vez ante mis ojos, libre de no sentirse vigilado. Y tuve claro que esa noche y la siguiente y la siguiente se quedaría en casa, tuve claro todos y cada uno de los pasos siguientes. Casi sentí en ese momento su cuerpo sobre mí, el abandono, el polvo que me dejaría embarazada, que me daría un hijo. No se puede cambiar el pasado, ni podemos evitar lo que ya somos, así que hagamos que empiece otra vida, pensé, una vida nueva que crezca de esta Rosario de la que ya no puedo librarme, esa Rosario a la que no le gusta ni su cara ni su nombre, hagamos una criatura inocente y hermosa que salga de ese yo que siempre he odiado. Tal vez sea la única oportunidad de borrar de mi alma la tara con la que nací, pensé, de buscar una redención, de hacerme perdonar el pecado original.