40361.fb2
No me gusta ni mi cara ni mi nombre. Bueno, las dos cosas han acabado siendo la misma. Es como si me encontrara infeliz dentro de este nombre pero sospechara que la vida me arrojó a él, me hizo a él y ya no hay otro que pueda definirme como soy. Y ya no hay escapatoria. Digo Rosario y estoy viendo la imagen que cada noche se refleja en el espejo, la nariz grande, los ojos también grandes pero tristes, la boca bien dibujada pero demasiado fina. Digo Rosario y ahí está toda mi historia contenida, porque la cara no me ha cambiado desde que era pequeña, desde que era una niña con nombre de adulta y con un gesto grave. Digo Rosario y parece que estoy oyendo a mi madre, cuando aún pronunciaba mi nombre por este pasillo, cuando aún recordaba mi nombre y venía a traerme la comida en la bandeja con ese vaivén con el que andaba penosamente, siempre torcida hacia la izquierda, siempre con un aire de desilusión que se disipaba cuando hablaba con mi hermana por teléfono. Digo Rosario y me viene el recuerdo intacto de su desilusión y de la ausencia de mi hermana, que se esfumó antes de que mi madre empezara a esconderse en el armario y sólo volvió para verla morir. Mi hermana dijo, mírala, me reconoce. Pero era mentira, era una mentira de mierda. No me reconocía ni a mí que le cambiaba el pañal todos los días y la ataba a la silla para que no se lo hiciera en el pasillo y pintara con sus excrementos las paredes.
Yo la avisaba, mamá, te ato, te voy a atar, y a veces parecía hasta que me extendía los brazos para facilitarme el trabajo, como un niño que sabe que un impulso irrefrenable lo llevará a portarse mal.
Digo Rosario y pienso en lo que soy pero también en todas las cosas que podía haber sido. Ya sé que no soy vieja, pero dime, cómo podría cambiar ahora de pronto, cómo se cambia, dime, cómo se da un vuelco al presente cuando te has ido enredando en algo que no querías. Y eso que en el último año pinté las paredes, coloqué esos estores que parecen japoneses, y vendí toda la habitación de mi madre, hasta el armario de luna, que mi hermana se empeñaba en que tenía algún valor, y yo le decía, pues ven y llévatelo o véndelo tú, mójate; pero ella quería que me encargara yo de hacerlo, como siempre. Ella fiscaliza, pero no actúa. Al final lo vendí por una miseria a los gitanos del Rastro y me sentí tan aliviada de perderlo de vista que casi hubiera dado yo el dinero por que se lo llevaran. A saber quién se está mirando ahora en él.
Ella no se escondía en el armario de luna, se metía en el armario empotrado de la entrada, será porque una vez le vi las intenciones de colarse dentro del de luna y le di una torta en la mano, así, como se hace a los niños, y lo cerré con llave y me guardé la llave en el bolsillo. Me quedé un momento pensando después de hacerlo, era como el gesto de una carcelera o de la enfermera de un manicomio. Desde luego no estaba dispuesta a que se venciera el armario de luna con su peso, aunque al final mi madre pesaba muy poco, le pasó como a la fruta cuando se seca, que parece de papel. Ella lloriqueó un rato mirándose la mano, ya digo, como los niños, luego se fue al del pasillo, al empotrado.
El colchón lo bajé a la calle a las tres de la mañana. Le dije a Milagros que pasara con la camioneta a recogerlo. Mi calle no entraba dentro del recorrido que tenía asignado Milagros pero si había algo que le podías pedir a ella es aquello que otros no se atreverían a hacer ni en nombre de la amistad. Sabía que más tarde o más temprano cualquier furgón de la basura se hubiera llevado el colchón pero yo no quería encontrármelo ahí cada mañana al salir a la calle, tapado con una funda que tapaba otra funda que escondía todos los orines y los vómitos y el olor que despedía ella en los últimos tiempos por mucho que la lavaras y que la perfumaras.
El final fue de chiste (quiero que se me entienda bien cuando digo «de chiste». Es mi forma de hablar. Debería decir que el final fue dramático, pero no es mi estilo, yo digo «de chiste»). Mi madre nunca había tragado a Milagros, es como que la hacía responsable de no sé qué pendiente vital en la que yo había caído, y fue irónico, digo, porque un mes antes de que muriera yo me pillé unas fiebres muy altas provocadas por una infección de riñón, y fue Milagros (no mi hermana, ni una de las vecinas) la que se instaló en casa y la que iba de una habitación a otra, feliz de ser necesitada, cambiando el pañal a esa mujer que tantas veces la había mirado así por encima del hombro, con desprecio. Esa nueva madre que fue mi madre, la vieja que se metía en el armario empotrado, la frutilla seca, había olvidado su antigua actitud, todos sus desplantes anteriores y la llamaba hija y le acariciaba la cara. Yo, sinceramente, y no sé si se me puede entender sin juzgarme como una canalla, pero consideraba un fracaso que fuera Milagros la que nos estuviera cuidando. Sé que es ruin, lo sé, lo sé, pero en el fondo pensaba, ¿esto es todo lo que me merezco?, ¿es que no hay en el mundo, aparte de esta mujer de aspecto infantilón, gorda de comer porquerías, inocente hasta rozar la anormalidad, no hay en el mundo nadie más que nos quiera, que se ofrezca a echarnos una mano?
Yo no conocí a Milagros en este trabajo. Eso es lo que no me explico, que nos conocemos desde el colegio y tenía experiencia como para haberla evitado. Si quería deshacerme de ella, la vida me dio muchas oportunidades. Pero no supe o no quise. Ahora ya no sé. Fueron como tres fases diferentes en nuestra amistad, bueno, amistad, yo no siento que sea una amistad como la que pueden tener dos personas mayores, porque más que complicidad había necesidad de algún tipo, aún no he conseguido analizar eso. Pero puedo decir que nuestra relación fue como una especie de empeño tozudo que ella tuvo en rondar a mi alrededor a lo largo de los años. Podemos hablar de tres encuentros y de tres oportunidades de quitármela de encima.
Siempre igual, nuestra relación siempre fue igual, luego dicen que las personas cambiamos. Una mierda. Yo estoy marcada, marcada. Rosario, ésa es mi marca. La marca del niño que es raro. Y Milagros reconoció mi marca desde el principio. Desde ese curso, quinto o sexto, en el patio de la escuela. La rara, que era ella, la rara recién llegada del pueblo, reconoció a la rara que era yo. Los raros nos olemos. La diferencia es que yo me he esforzado durante toda mi vida en ser normal y apartarme de mi tribu. Pero no me han dejado. Máxima aspiración en mi vida: ser normal.
Las otras chicas siempre andaban apostándose con ella cosas estúpidas: le ofrecían alguna moneda por ver cómo ella tiraba los chicles a la tierra y los pisaba y se los volvía a meter en la boca o cómo se hacía sangre en la boca con unas ramillas que crecían en los descampados y se llamaban Corta-lenguas. Milagros sacaba la lengua ensangrentada y las niñas se echaban a gritar y a correr. Y a mí me hería (y sólo tenía nueve años) que ella no se ofendiera por las risas ajenas. Al contrario, ella las perseguía muerta de risa y todas entraban como en una especie de histeria colectiva. Al final, ya no le echaban ni dinero. No hacía falta. A Milagros le gustaba llamar la atención, aunque fuera haciendo el monstruo. La Monstrua, la llamaban. La Monstrua se sentó a mi lado en el pupitre, o me la sentaron, ya no me acuerdo, y me contagió su condición. Nos señalaron como monstruas a las dos. Ya digo, nueve o diez años. Yo le echaba la bronca, le afeaba esa afición a hacer el ridículo, y ella, después de escucharme atentamente, me decía, a ti lo que te pasa es que tienes envidia de mi popularidad. Y de alguna forma te puedo decir que ésa es la misma conversación que seguimos teniendo hasta el final. ¿Cambian las personas? Lo dudo. Es posible que el dinero sea lo único que nos haga cambiar en esta vida. Ese es el motivo de mi afición a los juegos de azar, que sospecho que si de pronto recibiera un dinero inesperado, una gran cantidad, podría mejorar como persona y llevar una vida que estuviera más de acuerdo con mi idea de la felicidad, pero como no me ha ocurrido son sólo especulaciones.
Ella era ajena a lo que los demás opinaran de sus actos, es como si no le funcionara bien esa parte del cerebro que tenemos todos para saber que se están burlando de nosotros y para sentirnos mal, ridículos. Ella transformaba esa burla a la que estaba sometida su persona constantemente en otra cosa. Creía que la gente la quería, estaba tan convencida que hubo veces, en serio, que casi hasta me hizo dudar a mí, que casi me convenció, porque es verdad que siempre tuvo cierta astucia para colarse en casas ajenas, en fiestas. Yo estoy segura de que no la invitaban por amistad, la llamaban simplemente como diversión, o para que sirviera las copas, qué sé yo. Pero ella no lo veía así. Todos los grupos necesitan un tonto. El tonto nunca está solo. Yo lo veo así. Sin embargo, nadie quiere tener a su lado a un aguafiestas, aunque sea más inteligente. Ésa es la razón por la que yo siempre he estado más sola.
Sí que es verdad que debería agradecerle mi actual medio de vida porque a lo de las basuras entré a trabajar por ella. Tampoco es el gran chollo. Me la encontré por la calle un día hace dos años y me dijo, vamos a tomar algo, y yo varias veces le dije que no y que no, escarmentada como estaba de la experiencia anterior, pero me contó que sabía que había unas plazas en una contrata de limpieza y, la verdad, yo entonces estaba a dos velas, malviviendo con la pensión de mi madre, y otra vez me embaucó. Ésta fue la tercera fase. Yo hacía tiempo que no la veía, unos ocho años, desde la época (segunda fase) en que ella echaba unas horas en el taxi de su tío Cosme. Habíamos dejado de vernos en segundo de BUP, porque ella no acabó el instituto, lo dejó en segundo. La cosa fue más o menos así: una mañana, bajo a la calle, muy temprano, noche cerrada aún, para ir a unas oficinas de una agencia de viajes que yo limpiaba entonces. A mi madre no le había dicho que era limpiadora sino que yo estaba en la sección de atención al cliente, con mi mesita y mi ordenador, para que no se disgustara, y a mi madre era muy fácil engañarla porque era una mujer que no sabía nada, pero nada de nada de la vida. Así que, como digo, estoy refugiada en la marquesina de la parada del autobús, muerta de frío y de sueño, mes de febrero, creo, con otros tan helados y tan dormidos como yo, y veo que, en la misma parada, para un taxi. Y nada, yo como todo el mundo, ni puto caso. Pero entonces va y pita. Todo el mundo mirando. Y en esto que se baja la ventanilla, y quién asoma la cabeza, Milagros, con la sonrisa de siempre, diciendo, qué pasa, tía, que ya no saludas a las amigas. Me abre la puerta y me dice que me lleva al trabajo. Me monté y fue verme allí metida, tan calentita, con la calefacción a toda hostia y con la radio puesta, y sentir la felicidad en estado puro. Y como me sobraba tiempo, quince minutos, paró el taxi en el parque del Templo de Debod, y dijo, este reencuentro lo vamos a celebrar, y se lió un porro.
Yo no fumo. Vamos, no me habré fumado más de treinta porros en mi vida, pero dije, vale, a ver si se me hace más llevadera la mañana. Ya ves, sin nada en el estómago, imagínate, con tres caladas, me entró una risa, una flojera, una paz espiritual, que ella lo interpretó como el comienzo de un ritual diario. Al día siguiente, allí la tenía, en la misma parada, con la misma gente mirando, y así un día tras otro, hasta que al quinto día que aparcó delante de la parada, le dije, vamos a quedar en mi portal porque esta gente está empezando a irritarse. La gente echaba chispas, natural, tú estás esperando en la cola del autobús, jodido, a las siete y media de la mañana y sistemáticamente una tía de la parada se monta en un taxi que la viene a recoger y eso te quema la sangre. Con la misma puntualidad empezó a venir a mi calle. Esperaba en doble fila y todos los días lo mismo, el termo del café, el porrito, el bollo, la música. Me hacía llegar tarde. Yo le decía, Milagros, que me van a echar de la agencia, que la cosa se pone tensa.
– Esa gente no te merece -decía, y tenía los ojos llenos de rencor, como si conociera a esa gente, como si supiera de qué estaba hablando, y como si yo le hubiera pedido, defiéndeme, Milagros.
Porque ella era así, hablaba de lo que se le pusiera por delante. Tú sacabas un tema con Milagros y te lo desarrollaba hasta la extenuación. Y hablaba de una forma un poco pomposa, como si fuera una experta, hablaba de la gente, de mí, de la vida, farfullaba, hacía como que sabía, hablaba por hablar y era de estas personas que no conocen el punto y aparte; hablaba como si los temas no se acabaran nunca, como si su cerebro fuera incapaz de encontrar un final para una frase y su discurso se moviera en espiral y cuando tú creías que estaba al fin a punto de callarse volvía sobre lo mismo, al punto de partida, incansablemente. Yo creo que aparte de que fuera una forma de hablar que tendría de nacimiento, porque se está descubriendo que no todo depende del aprendizaje sino que hay sistemas de pensamiento que vienen de fábrica, y no creo que fuera una persona muy inteligente, está su propia historia personal que pudo afectarla y a todo eso hay que sumarle los porros, que uno o dos, o cuarenta, como yo me habré fumado, no te afectan, pero si empiezas la mañana, antes incluso del café, fumándote uno, pues se te queda el cerebro acolchado, como de goma-espuma. Pero ya era así de pequeña, ya tenía esa verborrea que no había forma de que parase, en clase, en el camino a la escuela, en el váter, siempre hablando por lo bajo, como si no fuera capaz de encontrar el final de una historia. Y siempre echando mano de frases hechas. Eso es algo que siempre me ha puesto muy nerviosa, las frases hechas. Me acuerdo de una tarde de estas de agosto en Madrid de calor africano, a eso de las cuatro, que salí a la calle, en parte por el tabaco y en parte por la necesidad urgente de quitarme a mi madre de encima un rato -porque si no dime tú qué haces en la calle Toledo a las cuatro de la tarde en un agosto-, y me había puesto la mano en la cabeza porque notaba que me quemaba, y de pronto, oigo a mi espalda, con esa voz aguda inconfundible, «ponte a la sombra, que los bombones al sol se derriten», y tras la frase vinieron las risas de unos chavales a los que les debía parecer de lo más cómico que aquella gorda soltara semejante piropo y que encima la destinataria fuera yo. Me volví para matarla, fui hacia ella con una niebla de furia que me cegaba los ojos, te lo juro, le dije cogiéndole de la camiseta, eres subnormal, eres una retrasada, eso es lo que eres.
Pero vamos, también estoy dispuesta a admitir que la aversión a las frases era algo secundario en nuestra relación, esas frases las dice mucha gente que es normal y se comporta de forma normal, y las admites como un pequeño detalle de vulgaridad que tienen las personas, pero no es la razón fundamental para que alguien te irrite.
No me echaron de la agencia exactamente, pero cuando llegó la hora de renovarme el contrato no lo hicieron. Yo me lo veía venir. Eso sí, ha sido la única vez en mi vida que de verdad he tenido astucia, porque aguanté el tipo como una jabata a pesar de ver las malas caras que me ponían mis compañeros cuando llegaba media hora o tres cuartos de hora tarde. Reconozco que al final me pasé mucho. Es que los porros me daban como una especie de estoicismo supremo. Comprendo que uno se aficione a ellos, aunque no lo comparto. Me mordía la lengua con los reproches que me hacían las otras dos compañeras de la limpieza y también aguantaba sin protestar que las empleadas de la agencia dejaran el váter hecho una mierda con toda su mala intención. Después de limpiar un año seguido los váteres aquellos te diré que cuando las tías se ponen a ser guarras no hay quien las haga sombra. Es un mito falso eso de que las mujeres son más limpias. No envolvían ni las compresas en la papelera. Lo hacían a propósito las muy puercas. Pero yo estuve firme, yo firme, esperando a que llegara el día en que me pudiera ir con mi paro en el bolsillo.
A mi madre no la dije nada cuando me pusieron en la calle para que no sufriera y para que no me diera el coñazo con su sufrimiento. A mi madre la he mentido mucho. No fueron nunca grandes mentiras, sino procesos largos de pequeños embustes que se iban enredando, de esto que empiezas a mentir y ya te pierdes porque no te acuerdas de cuál ha sido la mentira anterior, y realmente el final de ese proceso, penoso para mí también, es que te has inventado tu vida entera. Que si estaba atendiendo a los clientes en una agencia de viajes, que si me iban a hacer fija pronto, que si ya me han hecho fija. Yo mentía a mi madre y ella, que ya digo que no era una mujer muy perspicaz, como son otras madres que te pillan el embuste por el tono de voz, ella extendía la mentira, la ponía en circulación, que era lo que me provocaba más inquietud. Yo le decía, mamá, no presumas, no se presume, ¿y si mañana me echan?; pero ella decía, cómo no voy a presumir, hija mía, qué cosas tienes, qué corazón tiene la madre que no presume de lo que consigue un hijo. Así que cuando me echaron pensé, para qué decírselo, ¿para que sufra la gran decepción?, igual la mujer se muere antes de que yo me vea en la tesitura de contarle la verdad. Además, yo seguía saliendo de mi casa a la misma hora porque a Milagros se le ocurrió que podíamos asociarnos, que para una mujer taxista siempre es mucho más seguro ir acompañada. Ya ves tú la pinta que tengo yo de sacar la cara por nadie, pero bueno, ella lo decía como argumento de peso. Y eso hacíamos, a las siete de la mañana bajaba y allí estaba ella, en su doble fila, como si me hubiera estado esperando toda la noche. Nunca parecía tener sueño, tampoco mal humor. Ella se mostraba siempre activa, pendiente de su organización. El café, el bollo o las porras. Si yo le decía, por ejemplo, me gustan las porras, a partir de ese día, ella venía con porras todas las mañanas. Como el camarero pesado al que le pides tres días lo mismo y ya te lo ha puesto en la barra según te ve entrar por la puerta. Dicho así podría parecer que para mí era como quien tiene una esclava, pero para nada, ella era complaciente pero de alguna manera te imponía su presencia. Era como decir, te doy caprichos pero no me despego, tengo derecho a no despegarme.
Yo no siempre fumaba canutos. Me acababa hartando de sus rituales. Yo creo que los rituales acaban con la inteligencia de las personas porque el que hace todos los días de su vida lo mismo no tiene que pensar ni improvisar sino dejarse llevar por lo que ha hecho siempre. Además a mí los porros me ponían los ojos hinchadísimos, se me ponía literalmente cara de imbécil, me miraba en el espejillo del quitasol y pensaba, pero qué cara de imbécil tengo. Yo no lo puedo ocultar, mi rostro se chiva. A mí la gente me ve la cara cinco minutos después de haberme fumado un canuto y me dice: te has fumado un canuto. No era sólo que llegara tarde a la oficina, sino que debía llegar con una peste a chocolate y con una cara de gilipollas que echaba para atrás. De todas formas, fumara o no fumara, el resultado era el mismo, acababa mareada de tragarme el humo de ella. Era fumadora pasiva de chocolate.
A eso de las ocho y media o así montábamos algún cliente. Muchos pedían que bajáramos la ventanilla porque, la verdad, había veces que no se podía respirar pero Milagros la bajaba un momento y la volvía a subir. Me acuerdo de una vieja, que decía, «¿A qué huele, a qué huele?, huele como la habitación de mi nieto». Y Milagros dando puñetazos al volante de la risa que le daba. Fíjate cómo olería que un estudiante que iba a la Complutense nos preguntó si teníamos algo de costo para venderle. Recuerdo a Milagros contestando de pronto con un ataque de vehemencia de esos que le daban, pero tú qué te has creído, niñato, le decía, yo no soy camella de nadie, y bajándose del coche y abriéndole la puerta al chaval para que se bajara; y yo luego diciéndole, guárdate la dignidad para otras ocasiones, cómo no quieres que la gente te pida chocolate, si el taxi huele que tira para atrás.
Para colmo no había forma de que se aprendiera nada del callejero. Le decía al cliente, usted me dice por dónde, que es que acabo de empezar esta semana con el taxi y no quiero darle vueltas. Y entonces había que rezar para que el cliente tuviera alguna noción del camino hacia su destino y, si no la tenía, que al menos supiera interpretar el plano del callejero porque si no podíamos dar vueltas y más vueltas. Le pasaba como con la conversación, se movía en espiral, sin ponerse nerviosa (ella ya iba suficientemente anestesiada), el que se ponía nervioso era el cliente, que a veces se bajaba harto de pasear por un barrio desconocido. Y lo que te digo, que a las ocho y media de la mañana, ella ya se había fumado dos porros. El cliente acababa furioso, yo con un nudo en el estómago, y ella como una rosa. A ella no le afectaba el estrés de sus semejantes.
No, yo tampoco sé interpretar un plano. Pero es que en principio lo que ella me había pedido es que la acompañara para darle una seguridad, fue un año que mataron a dos taxistas, que había robos cada dos por tres, y yo iba con mi navaja en el bolsillo, una porra debajo del asiento y un spray cegador. Y bastante sumida en mis pensamientos. Al final, naturalmente, me acabé sabiendo yo Madrid como la palma de mi mano. Ganas me daban de quitarle el volante y que se dedicara ella a la seguridad, que dada su envergadura le correspondía más que a mí, pero no tengo el carné. Me suspendieron tres veces el teórico y no iba a pagar otra vez la matrícula. No soy millonaria. Ella tampoco tenía carné pero a ella no le importaba. Su tío Cosme, el titular del taxi, creía que sí que lo tenía. Yo le decía, tía, un día te vas a buscar una bien gorda y se la vas a buscar de rebote a tu tío también, y ella me contestaba, pero vamos a ver, ¿tú es que te crees que toda la gente que va en coche ahora mismo por Madrid tiene carné?; y yo le decía que por lo menos los taxistas, estaba segura casi al cien por cien, de que sí que lo tendrían, y ella hacía un gesto de suficiencia, bajaba los ojos, sonreía, como si te estuviera diciendo, tú no tienes ni idea de la vida, querida. Eso también me daba mucho coraje de ella, cuando se hacía la experta, la sabia. Era patético porque era una tía que a los dos minutos de conocerla ya te dabas cuenta de que la pobre, por lo que sea, porque es una persona que no tuvo apoyo o medios o cariño, porque no tuvo una madre detrás, como tuve yo, o porque sencillamente era un poco limitada (a eso súmale lo de los porros), por la suma de todos esos factores, te dabas cuenta de que no tenía idea de nada.
Una mujer le fue contando a mi madre que me veía cogiendo un taxi todas las mañanas a las siete. Y otra mujer le fue contando que me veía volver todas las tardes a casa en taxi. En la finca de mi madre hay tanta viuda que es como si en cada planta hubiera una portera. Mi madre, angustiada, me esperó detrás de la misma puerta, como si me llevara esperando desde que salí por la mañana. Cada vez que tenía que decirme algo que ella consideraba importante hacía lo mismo. A veces era que se le había pasado el arroz. Ay, mamá, y qué pasa, no se va a acabar el mundo. Me asustaba, porque era abrir y se me echaba literalmente encima y me seguía por el pasillo, con el vaivén cada vez más pronunciado, como un barco.
Qué disgusto, nena, qué poca cabeza, yo, que no me cojo un taxi ni para ir al del seguro, y mira cómo estoy yo, que me venzo para la izquierda, pero tú que estás en la flor de tu vida, tú que tienes dos buenas piernas, dime, si te lo gastas todo en taxis, qué te queda si se da un imprevisto, qué te queda a ti, Rosario, si yo me muero pasado mañana, tendrás que hacer frente a mi entierro, no le vas a cargar el muerto sólo a tu hermana, que tiene familia, qué futuro te espera si te gastas el sueldo en taxis, hija mía, que ese dispendio es algo que ofende a los vecinos, porque todo el mundo va a trabajar en su autobús, en su metro, pero a quién has salido tú. Y yo pensaba, a mi padre. Y ella decía, a tu padre, igual, igual. Un hombre que nunca pensó en las consecuencias de sus actos, ni en el dolor ajeno. Si me muero, Rosario, se te acaba mi pensión, tendrás que vivir sólo de lo que ganas, y repartir el piso con tu hermana, y yo no quiero que me queméis, no quiero que me queméis, que es lo que hacen ahora con todo el mundo porque dicen que sale más barato.
Quién dice que sale más barato, le decía yo comiendo, intentando no perder los nervios, quién lo ha dicho.
En la tele, decía mi madre, en Madrid directo lo dijeron el otro día y ellos no mienten.
Tú te crees todo lo que dice la tele, le decía yo, con una tranquilidad que aún la hacía angustiarse más.
¿Es que ya te has informado, dime, Rosario, no mientas a tu madre, es que ya has ido a enterarte?, me decía de pie, a mi lado, tirándome del brazo.
No, mamá, no he ido a enterarme de nada, que estás loca, no tengo yo otra cosa que hacer.
Sí, sí que has ido, te lo veo en los ojos, y yo no quiero que me mandéis al horno crematorio, que aquéllos a los que queman no tienen ni otra vida ni encuentran la paz, se quedan sin vida eterna y vagan sin consuelo entre los vivos, eso está en las Escrituras.
¿En qué escrituras, le decía yo, pero de qué escrituras hablas?
Prefiero ir al infierno, escúchame Rosario, al infierno prefiero ir antes de que me queméis el cuerpo cuando el alma aún se encuentra en transición y está a punto de iniciar su viaje. El horno te deja el alma desconcertada, eso es lo que pasa. Y no quiero que me quiten los ojos para otro, como hacen muchos familiares ahora, que allí mismo en el hospital se dejan convencer por los médicos, que se llevan un porcentaje, seguro, yo no quiero donar los ojos a cualquier desconocido, yo sólo donaría los ojos a mis nietas. Ay, señor, pero para qué van a querer mis nietas mis ojos si tengo cataratas, con lo hermosos que ellas los tienen. Mis ojos sólo los quieren para la investigación, y yo no quiero que investiguen conmigo como si fuera un mono de Gibraltar. Mis ojos en una probeta, y luego encima de una bandeja, y yo mientras en la tumba sin mis ojos o peor aún, vagando sin consuelo entre los vivos pero sin los ojos, con las cuencas vacías. Yo quiero estar entera dentro de mi tumba, que cuando alguien lea mi nombre, Encarnación, sepa que bajo esa lápida está Encarnación de los pies a la cabeza. A veces sueño que me quemáis porque sale más barato, sueño que entro en el horno y me desintegran y vosotras me metéis en el tarro del azúcar. Y no siento dolor físico, no, porque los muertos gracias a Dios están libres del dolor físico, lo que siento es una pena espantosa porque mis hijas, por ganarse tres duros, han vendido mis ojos a la Facultad de Medicina y para ahorrarse otros tres duros me han metido en el horno como si fuera un cordero. No, no me callo, no me callo, no me quiero callar, porque lo veo venir, porque sé que te lo gastas todo en taxis, gamberra, manirrota, sinvergüenza, taxi para arriba y taxi para abajo, como las prostitutas, que la gente dirá que nos sobra el dinero. Y al final, con todo este derroche, tendrás que hacer lo que te salga más económico, como si lo viera, ay, Rosario, pero cuando uno se salta la voluntad de los muertos, y más cuando la muerta es tu propia madre, uno no puede dormir tranquilo, te lo advierto. Tú quémame y yo, la misma noche del crematorio, me aparezco en el pasillo y te salto al cuello.