40361.fb2 Una palabra tuya - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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CAPÍTULO 5

Mi hermana me dijo: qué hace esa tía aquí si no es de la familia. Habla bajo, que te oye, le dije yo. Que lo oiga, me da igual, qué hace aquí, me dijo. Y yo le dije, muy bien, yo la echo si tú quieres, pero cuando nuestra madre exhale su último suspiro y llegue el momento de amortajarla y colocarla presentable en su ataúd, entonces seremos nosotras las que tendremos que hacerlo. No hace falta, me decía ella, vives en otro mundo, ahora la gente llama a un profesional. Muy bien, le volví a decir yo, muy bien, entonces mientras mamá agoniza empieza a buscar tú en las páginas amarillas. ¿Pero por qué tiene que ser precisamente ella quien lo haga?, me preguntaba. Porque sabe hacerlo, le dije. Sabe barrer calles, decía de pronto con ironía, sabe reflexoterapia, sabe de todo. Sí, sí, le dije yo siguiéndole el tono, sabe cuidar a las madres de las hijas ausentes también.

Mi madre no la soportaba, me dijo. Pero la mía, le dije yo, la que perdió la cabeza, fíjate qué cosas, se dormía en sus brazos como una niña de pecho. Pobre mamá, dijo fingiendo un principio de llanto, parece que me mira con tristeza, como si me quisiera decir algo. No te quiere decir nada, no te reconoce, no vengas ahora con las grandes interpretaciones, le dije. Ay, Rosario, no me das consuelo ninguno. Ay, Palmira, yo no lo he tenido en todo este tiempo. ¿Qué vas a hacer con sus cosas?, me dijo. La mayoría, tirarlas. ¿Tirarlas?, me dijo, pero si están llenas de recuerdos. Pues eso es lo que yo quiero, tirar los recuerdos a la basura, le dije. La cubertería es valiosa, me dijo. ¿Valiosa, por qué?, le dije. Pues no sé, porque es antigua, y las cosas antiguas, ya se sabe, a mí particularmente no es que me gusten, pero la gente se las rifa. Pues rifémoslas, le dije. Qué borde eres, me dijo. Es que no me explico cómo hemos llegado al tema de la cubertería justo en estos momentos, dije. Ay, dijo. Ay ay, sí, ay, yo también sé decir ay, dije.

Rosario, puedes quedarte en esta casa si quieres. No es que quiera, le dije, es que no tengo otro sitio donde ir. El único inconveniente para ti es que cuando vengamos a Madrid sabes que tendremos que quedarnos contigo. Claro, me dijo. Es vuestra casa también, le dije, estáis en vuestro derecho, como si queréis que la vendamos. No, no, no hay prisa, mejor que se revalorice, dijo, aparte de que quiero seguir teniendo casa en Madrid, no me gustaría que los niños perdieran el contacto, al fin y al cabo, eres su única familia por parte de madre, y eso es muy triste, qué familia más corta tenemos, Rosario: tú y yo. Pero tus niños se ponen a hablar en catalán entre ellos cuando yo estoy delante, le dije. Ay, Rosario, también lo hacen delante de mí, son niños.

Se quedó pensando un momento, como si buscara la forma más educada de ofenderme.

No sabes nada de niños, me dijo. Para ti la culpa siempre es mía, le dije. A lo mejor ahora tendríamos que hacer un esfuerzo por llevarnos mejor, al fin y al cabo, sólo nos tenemos la una a la otra, yo me voy a esforzar, pero tú también tienes que esforzarte. Me esforzaré, si crees que sólo depende del esfuerzo, le dije. Aunque hayamos tenido nuestras diferencias somos hermanas, llevamos la misma sangre, me dijo. La sangre, le dije, qué me dice a mí la sangre.

Me doy cuenta de que me tienes rencor, dijo, porque te dejé aquí con todo el marrón, pero qué le iba a hacer, yo tengo que atender a mi familia, y tú estás sola, Rosario. Bueno, deja eso ya, le dije, tú qué sabes, ¿sabes tú algo de mi vida?

Aunque yo estaba mirando al suelo, sentí que me observaba de pronto con curiosidad.

¿Tienes novio o algo que se le parezca?, me dijo.

Me quedé unos segundos callada, pensando en Morsa, ¿qué era Morsa, un amante? Casi me eché a reír al pensar que Morsa era mi amante. ¡Amante! Demasiada palabra para Morsa.

No, no, le dije, y empecé a arreglar el embozo bajo el que mi madre respiraba ya como un pajarillo moribundo.

Ahora estarás mucho más libre para salir, para entrar…, me dijo.

Y yo no dije nada, continué arreglando la cama.

Rosario, tú piensas que yo me creo superior, ¿verdad?, me dijo. No, no es eso, le dije, no es eso exactamente. Sí, Rosario, siempre has pensado que yo voy dando lecciones de cómo tendrías que vivir y de lo que tendrías que hacer, me dijo. Es que es verdad que lo haces, le dije. ¿Y tú crees que lo hago con mala intención?, me dijo pasándome ligeramente la mano por el brazo, como si le diera vergüenza tocarme después de tanto tiempo de no tocarnos. No sé con qué intención lo haces, lo que está claro es que los consejos, aunque sean buenos, puedes ahorrártelos, porque no me sirven para nada, yo no aprendo nada de los consejos, a las pruebas me remito.

Rosario, yo no tengo la culpa de que estés sola, no tengo la culpa de haberme casado, me dijo. Un momento, Palmira, dije levantando el hombro para que quitara su mano de encima, puestas a ser sinceras, yo prefiero mil veces estar sola a estar con un marido como el tuyo. Eso que me dices es muy fuerte, Rosario, me dijo, muy hiriente. También es muy fuerte que te empeñes en compadecerme todo el tiempo, como si yo fuera una desgraciada, le dije, o como si yo te tuviera envidia. Eso lo has dicho tú, no ha salido de mi boca, me dijo. Pero se sobreentiende, le dije.

Mi vida tampoco es perfecta, yo también tengo mis problemas, me dijo. Ya me imagino, le dije. ¿Qué te imaginas?, me dijo. Pues eso, que tendrás tus problemas, como todo el mundo, le dije. ¿Pero qué has querido decir con eso de «me imagino», qué problemas te imaginas que tengo yo?, me dijo. Yo qué sé, a mí no me líes, le dije, me haces hablar y luego te mosqueas. No, por favor, dime alguno de esos problemas que crees que tengo, ahora estamos tranquilas hablando, nuestra madre agoniza, es el momento de las confesiones, dime, ¿qué problemas crees que tengo?, me dijo. Yo qué sé, le dije, a lo mejor… ¿tu marido?, le dije sin atreverme a afirmarlo. Y dale, la perra que tienes con mi marido, ¿por qué va a ser mi marido un problema?, me dijo. No sé, porque es…, le dije sin saber lo que le quería decir, buscando una palabra para salir del paso, una palabra que no fuera demasiado ofensiva. ¿Qué es?, me dijo impaciente. Un hombre sin mucha sustancia, un poco muermo, me parece a mí, pero eso es lo que me parece a mí, a lo mejor a ti te parece la alegría de la huerta, le dije. No, la alegría de la huerta no es, desde luego, pero en ningún sitio está escrito que ser un muermo sea un pecado, me dijo. Desde luego que no, no es para que te metan en la cárcel, pero me imagino que si te toca acostarte una noche y otra y otra con un muermo pues imagino que la vida se te hace muy cuesta arriba, le dije, pero como tú bien dices, yo no sé de esto, nunca me he visto en el caso, no sé ni de maridos, ni de niños, ni de nada. Por algo será, dijo.

Mejor dejarlo, pensamos las dos y nos quedamos mirando a mi madre. Serían las tres de la madrugada. Los ojos se me cerraban.

No te duermas, me dijo, que si te duermes igual no la ves morir y te arrepientes el resto de tu vida.

Me fui a lavar la cara, en el pasillo se sentía la respiración fuerte de Milagros, que dormía medio echada en el sofá del salón.

Rosario, me dijo Palmira, no te lo he dicho, pero a Santi le han dado una gratificación este año por ser el que más ha vendido de su planta. Pues estaréis contentos, le dije. Mucho, me dijo, la verdad es que sí.

De la jaula del reloj de cuco del pasillo salió el pájaro violentamente dando las tres de la madrugada. Las dos nos dimos un susto.

Lo extraño es que nunca haya protestado ningún vecino por el ruidazo que mete ese reloj, dijo Palmira. Se ve que después de treinta y tres años se han acostumbrado, como yo, le dije. Treinta y tres, repitió ella. Sí, treinta y tres, los mismos que yo, dije, vaya regalo que le hizo nuestro padre a mamá por mi nacimiento, los padres regalaban entonces otras cosas, una sortija con fecha, una pulsera de esas de las que cuelgan medallitas con el nombre de los hijos, pero un reloj de cuco…, ése no es el regalo que te hace un hombre que te quiere.

Está visto que las cosas que menos le gustan a uno son las que nunca se rompen, dijo Palmira.

Me pareció una frase llena de significados ocultos.

A Santi no se le escapa una clienta viva, dijo, recuperando un tono que quería ser jovial, tendrías que verlo, muestra un agrado vendiendo, como una energía interior, tiene mucho tirón. Sí que lo debe tener, sí, le dije. Así que claro, luego llega a casa y se desinfla, no le quedan ganas de nada, tú no lo puedes entender, pero eso le pasa a todo el que hace un trabajo de cara al público, me dijo, tú como no tienes que ponerle buena cara a nadie. No, yo voy a mi bola, le dije. Es que los nuestros son trabajos que requieren un gran esfuerzo psicológico, dijo. ¿Y a ti también te pasa?, le dije. ¿El qué?, me preguntó. Pues eso mismo que le pasa a él, tú también trabajas de cara al público, digo que si te pasa lo mismo, que si llegas a casa y te desinflas, le dije. No, a mí no, pero es que yo soy de otra manera, las mujeres en general somos de otra manera, somos como más…

Hizo un gesto con la mano que se quedó en nada, como la frase.

¿No crees que la luz de la lámpara le da muy directamente en los ojos?, me dijo. No creo que se dé cuenta, le dije. ¿Será verdad que cuando uno se está muriendo ve una luz al final de un túnel y uno quiere alcanzar esa luz porque te sientes horriblemente atraído y presientes que si consigues llegar hasta ella vas a conseguir una paz tremenda?, me dijo. Eso dicen, yo lo he leído, dije. Esa paz es la muerte, dijo. También he leído, le dije, que te pasa toda tu vida por la mente, como si tu mente fuera una gran pantalla de cine. A lo mejor ella está ahora mismo viendo su vida, dijo Palmira. Lo más seguro, dije. Setenta y cinco años, con sus momentos malos y sus momentos felices, ¿llamaremos a papá para el entierro?, me dijo. Lo llamamos para que se lleve el reloj, dije, y sin poder contenerme me empecé a reír. Palmira empezó a reírse también. Las dos tapándonos la boca, como si estuviéramos en la escuela, como si aparte de mi madre hubiera una cuarta presencia que pudiera reprendernos. La muerte, tal vez.

Ay, si es que se tiene una que reír, dijo mi hermana. Le llamamos y le decimos, papá, que somos tus hijas, Rosario y Palmira, esas que no has llamado en veinte años, mira, que hay algo muy especial que mamá nos dijo que quería que fuera para ti cuando ella muriera, y él, qué es, qué es, y nosotras, no se puede decir por teléfono, y entonces se presenta aquí el tío todo ilusionado y le damos una caja con el reloj, dije doblándome de la risa floja que me sacudía todo el cuerpo. Para que la recuerdes siempre, decía Palmira, casi sin poder acabar la frase. Para que te destroce la vida como nos la destrozó a nosotras, dije. Sí, te tienes que reír.

Rosario, parece que respira peor, vamos a cogerle cada una de una mano. Y eso hicimos, le tomamos sus manos, ardientes, las manos que al cabo de unos momentos perderían el flujo de la sangre y la temperatura.

Mira el espejo de luna, Rosario, ¿a que parecemos un cuadro antiguo?

Un cuadro antiguo. Las dos hijas inclinadas sobre la madre agonizante. La luz pobre de la lámpara. El cabecero de roble que tenía unas rosas labradas en la madera, las rosas por las que pasaban los dedos infantiles maravillados por lo que suponían era una obra de arte. La colcha sedosa de color granate, el crucifijo en lo alto, el rosario colgando de un lado del cabecero. Sí, era el cuadro antiguo de una madre antigua. Y nosotras mirando al retratista, como si quisiéramos posar a pesar de la tragedia o como esos cuadros tan mentirosos en los que el retratado aparece como si le hubieran sorprendido.

Rosario, no sé por qué pero de pronto ahora me da mucha pena que mamá haya tenido una vida tan triste, me dijo.

Ahora sí parecía a punto de llorar.

Tampoco ha sido tan triste, ha sido una vida, como la de cualquiera, ella no quería salir de su mundo, más triste es la vida para el que quiere cambiarla y no puede, le dije y la miré a los ojos, ¿tú no sientes a veces el deseo de cambiar tu vida, cambiar de piso, de ciudad, de marido y no puedes?

Apartó la vista de la mía y dijo, pues no, ni se me pasa por la cabeza, es que con dos niños eso ni se te pasa por la cabeza, ¿qué quieres, que vuelvan mis niños del colegio y se encuentren con que su madre no está?, sólo de pensar eso me dan escalofríos. Te lo estaba diciendo en sentido figurado, ya sé que no lo vas a hacer, ya sé que no vas a abandonar a tus niños, hija mía, yo sólo te preguntaba si no has tenido nunca ese sentimiento, no te lo tomes todo tan al pie de la letra. Pues no, ni se me ha pasado por la cabeza, me dijo. No me lo creo, le dije. Allá tú, siempre piensas que hay una verdad que me callo, me dijo.

Mamá, mamá, pobrecita, qué mal respira, ¿llamamos otra vez al médico?, me dijo. Ya no, nos va a decir lo mismo, que no puede darle más morfina, a los médicos les gusta que te mueras a palo seco, no quieren sentirse cómplices de asesinato, le dije. Yo no lo voy a criticar porque si estuviera en mi mano no sería capaz de darle más morfina, dijo. Pues yo le tengo dicho a Milagros que si ve que empiezo a perder la cabeza que ponga un remedio rápido, no quiero vivir siendo una rémora, dije. Una rémora, dijo, qué palabra más fea. De pronto me dio un codazo infantil, a ver si a Milagros se le va la mano y acaba contigo al primer olvido que tengas, dijo, sin poder reprimir una sonrisa. Qué simpática, dije.

Mamá, quiero que sepas que te hemos querido, dijo Palmira. Rosario, díselo también tú, díselo.

Mamá, perdóname si te he hecho daño alguna vez. El entierro va a ser como tú querías, ni crematorio ni donación de órganos ni nada. Estarás entera.

Rosario, ¿qué es eso que le sale de la boca?

Una burbuja, dije.

La burbuja se hizo grande, explotó, y ya no hubo nada.

Las dos nos soltamos de sus manos.

Ay, qué frío me está entrando, Rosario. Me tiembla todo el cuerpo. Y ahora qué hacemos. Ay, que me da mucho miedo de los muertos, llama a Milagros.

Salimos corriendo, casi tropezando, al pasillo. ¡Milagros!, dije, ¡Milagros!, quería gritar pero casi no me salía la voz. ¡Milagros!, gritó Palmira, y su voz sonó histérica.

Milagros asomó la cabeza por la puerta del salón, frotándose los ojos, mirándonos sin entender, parecía a punto de preguntarnos qué hacíamos ahí, las dos de pie, una frente a otra en el pasillo estrecho. Se ha muerto, Milagros, ya se ha muerto.

Os acompaño en el sentimiento, dijo Milagros. Palmira me miró para que yo dijera algo. Pero Milagros siguió hablando, ante nuestras miradas de asombro, improvisó un discurso que a veces tenía que interrumpir porque se le saltaban las lágrimas, yo la quería mucho, sí, la quería, dicen que las personas dementes no sienten, no es verdad, Rosario, ¿no te acuerdas la otra tarde, cuando le canté la canción de se vive solamente una vez?, ¿es que no parecía que seguía la letra, no parecía feliz cuando se quedó dormida?, cuéntale cómo me pasaba la mano por la cara, está feo presumir del cariño que te tuvo un muerto, pero ni a Rosario le hacía eso, ni a la asistenta social, ni al médico, ahora, venía yo y me pasaba la mano por la cara con una dulzura, qué pena que te lo hayas perdido, Palmira, que te lo cuente Rosario.

Yo notaba la impaciencia de Palmira, y sentía la mía en el estómago. Le hubiera gritado, cállate y haz lo que me prometiste que harías de una puñetera vez. Lo que me pedía el cuerpo era decírselo de mala manera, violentamente, pero me contuve, tenía un miedo terrible a que se enfadara, se largara, y nos dejara solas con mi madre.

Verás, Milagros, he hablado con Palmira de aquello, de aquello de lo que hablamos, y ella está de acuerdo, tú mejor que nadie puedes arreglarla, no hay nadie en este mundo en quien podamos confiar como en ti, ¿verdad, Palmira? Y Palmira dijo que sí con la cabeza, mirando al suelo, avergonzada porque yo acababa de ser testigo de su rechazo, de su desprecio, y ahora era testigo de su necesidad. Milagros nos miró, y se abrió paso entre nosotras sintiéndose importante. Ése era su destino en la vida, hacer todo aquello para lo que los demás se sentían incapacitados. Pasó entre nosotras, yo juraría que iba sonriendo, y entró en la habitación. La oíamos trajinar, destaparla seguramente y sopesar qué podía hacer con ella. Nos pidió, venga, traerme agua, cepillo, algo de maquillaje. Qué de maquillaje. Pues yo qué sé, colorete, un pintalabios. Nosotras íbamos obedeciendo. Llamábamos a la puerta y ella, como si adivinara nuestro escrúpulo, asomaba una mano y cogía las cosas. Una de las veces, sacó la cabeza para decir, qué le ponemos. ¿El hábito de sus promesas?, pregunté a Palmira. Le quedará muy grande, dijo ella. Todo le va a quedar grande, dijo Milagros, la experta, pero no os preocupéis, lo que importa es lo que se ve de frente, la tela que le sobra yo se la remeto por debajo. Pasaron unos diez minutos. Volvió a salir para informarnos: le he puesto unos zapatos negros, a juego. Vale, vale, estupendo. ¿Le pongo alguna joya, algún broche…?, preguntó. Las dos hijas nos miramos sin saber qué responder. Saca el joyero que hay encima del tocador, dijo Palmira. El joyero pobretón estaba entre nosotras, entre las manos de las hijas, el joyero de las cuatro cosas. Milagros quiso disipar nuestras dudas. El broche le quedaría bonito, para que no sea todo tan oscuro. Es que el broche, dijo Palmira, el broche me gustaría quedármelo a mí, de recuerdo, si no te importa, Rosario. ¿Unos pendientes?, preguntó Milagros, y metió la mano en la caja y sacó uno. No, no, Milagros, dijo Palmira, tú sigue a lo tuyo, que esto es cosa de hermanas, nosotras hablamos de esto y ahora te decimos.

Has sido un poco brusca, le dije a Palmira en voz baja una vez que Milagros volvió a meterse al cuarto. Es que creo yo que éstos son asuntos muy personales, muy entre tú y yo, dijo ella. Bueno, di, decide, antes de que vuelva a salir, porque la conozco y va a insistir, dije. Palmira se acercó y me dijo al oído, es que nunca en la vida he sabido de nadie a quien se enterrara con las joyas, las joyas se quedan como el recuerdo más personal para las hijas, para su nieta, dime tú, qué hace mamá, con las sortijas, si al final los cuerpos acaban… No pudo terminar la frase, se sentía molesta incluso de haberla iniciado, molesta porque yo no fuera la que pusiera fin a ese absurdo debate.

Milagros asomó la cabeza. Déjale el anillo de casada, le dije. ¿Tu madre era diabética?, preguntó Milagros. ¿Por qué?, preguntamos las hijas. Porque a los diabéticos no se les cierra la boca. ¿Y qué se hace?, le dije. Si queréis podemos dejarla con la boca abierta pero parece que no queda presentable, buscar por ahí una pelota de tenis, algo para encajarle debajo de la barbilla, luego yo se lo tapo con el vestido.

En el cajón del aparador había dibujos escolares, hilos, cartas, recibos de la luz, publicidad de restaurantes a los que ella nunca fue, papelillos en los que iba escribiendo teléfonos que luego nunca encontraba, cupones de la once, una foto mía en el portal vestida de negra el día en que canté el Voulez-vous coucher avec moi, y una pequeña muñeca rellena de arena vestida de baturra. Esto mismo, dije.

Milagros nos abrió la puerta al cabo de media hora, un poco antes de que viniera el médico a certificar la muerte. Había hecho la cama y mi madre reposaba, diminuta, en el centro. La boca se había cerrado pero se notaba un pequeño bulto en el cuello, debajo del vestido, como si llevara un pañuelo, y la cabeza estaba un poco vencida para atrás.

Es que no había manera de que quedara recta, dijo Milagros, como el artista que explica las dificultades que encontró para realizar su obra.

En las mejillas había pintado algo de colorete y el pelo ralo y, hasta hace un rato, despeinado y sudoroso, estaba perfectamente peinado y recogido primorosamente en unas horquillas a los lados. En las manos, mi madre, Encarnación, sujetaba el rosario. Me pareció una gran idea y así se lo dije a Milagros.

Milagros, lo del rosario es un gran detalle, a ella le encantaría.

Y Milagros, feliz de serme útil, de sentir mi aprobación, se acercó para darme un abrazo, y yo me eché para atrás casi dando un salto, por la grima que me producía el pensar que entre sus manos acababa de haber un muerto, aunque ese muerto fuera mi propia madre. En la habitación había un olor extraño, el olor del sudor de tantos días y de la colonia con la que Milagros había frotado el cuerpecillo de mi madre antes de vestirla.

Nos quedamos las tres de pie frente a la cama, sin hablar, sin llorar, sin que se nos oyera casi ni respirar. Y de nuevo el reloj de cuco saltó de su jaula. Las dos hijas nos llevamos la mano al corazón, asustadas, como si de pronto temiéramos que fuera una señal negativa de la madre muerta. Ahora mismo lo tiro, dije. Pero Milagros saltó como un resorte, ¡No, no lo tires, si lo vas a tirar me gustaría quedármelo de recuerdo!

Lo descolgó de la pared y lo estuvo mirando un buen rato, hasta que llegó el médico y nos dijo, qué prisa se han dado ustedes en arreglarla, y le tomó el pulso para comprobar lo que ya sabíamos todos, que estaba muerta.