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Cualquiera que nos viera desayunar cada mañana diría que somos como una gran familia porque cruzamos bromas, nos ofrecemos favores, compartimos el pan de la tostada. A Teté le gusta la parte de abajo del pan y a mí la de arriba, la que lleva marcados los cortes en diagonal de la navaja del panadero. Si nos viera un extraño que no supiera las tensiones y los odios (o dejémoslo en rencores) que fluyen como una corriente subterránea entre nosotros diría que el nuestro es un ambiente de trabajo envidiable. Porque a primera vista, si tú no tienes idea, si tú no sabes, por poner un ejemplo, que Teté no puede colocarse físicamente al lado de Sanchís en la barra, que no puede rozarle ni la tela del chubasquero, podría parecerte que nuestras risas responden a una franca camaradería. Aquí lo sabemos casi todo de todos. Yo me entero de menos cosas porque a mí todo este cotilleo disfrazado de humanismo laboral que se traen mis compañeros me da por culo literalmente pero es tal el run run y el machaqueo que tienen a diario en el bar, es tal la furia con la que exprimen cada asunto que llega hasta sus oídos o que simplemente imaginan que hasta una persona de mis características, quiero decir, una persona prudente, discreta, se acaba enterando, aunque no quiera. Me dijo Milagros una vez que las compañeras veían esa discreción como una distancia que yo ponía con el mundo, como algo arrogante. Y yo le repetía, no seas como ellas, bonita, no me vengas con rollos, no me hagas mala sangre.
A mí con el mundo laboral me pasa como con la familia, que no lo entiendo y que no he tenido mucha suerte; esa obligación diaria de contemporizar con unas personas que te han tocado y de cuya compañía no puedes escaparte, ese tener que dedicarle todos los días un espacio de tiempo a la conversación con una gente que ni te va ni te viene, no es un plato de mi gusto. Pero disimulo, sonrío, me desnudo con ellas en los vestuarios, hablo de ducha a ducha, me quedo a comer en las fechas señaladas, cumpleaños, navidades, santos, tomo la caña de rigor todos los días, disimulo, disimulo; también con ellos, aunque no sé por qué extraña razón cuando Milagros y yo nos incorporamos a la cuadrilla ya se habían establecido los dos grupos, mujeres a un lado, hombres a otro, y eso es lo que hay, parece inamovible; de vez en cuando nos mezclamos, pero no demasiado. Morsa sí, Morsa es el comodín, el correveidile, el que va de un grupo a otro para montar una capea, un karaoke o la cena de fin de año. A él le gusta ese papel, igual que hay gente a la que le gusta ser presidente de su comunidad de vecinos. A mí personalmente me parece patético. Antes en mi escalera tenía la excusa de la enfermedad de mi madre y me escaqueaba de la presidencia, pero fue morir mi madre y acabarse la tregua, parece que lo estaban esperando; desde el año pasado llevo ese marronazo a cuestas, con todas las abuelas viudas que hay en mi finca dando por saco, negándose a gastar un duro para poner ascensor y aferrándose al calor del brasero en pleno siglo xxi, que tienen todas las varices a punto de explotar de tanto pasar las tardes con las piernas metidas debajo de las faldillas de octubre a marzo a cinco horas cada tarde, tú echa la cuenta, más de la mitad de la vida, para eso mejor estar muerta, pero nada, no hay forma de meter en esas cabezas que el brasero es un peligro para la humanidad. No es broma, ya van para tres las veces que hemos tenido que llamar a los bomberos desde que asumí la presidencia y cualquier noche salimos ardiendo y adiós estores, adiós tatami, adiós tazones chinos, adiós Rosario. Rosario y Morsa.
Todo se sabe. Todo el mundo sabe que el rechazo físico que siente Teté por Sanchís viene de que hace un año tuvieron un rollo (Sanchís lo llamó «rollete») que acabó en mal rollo. Todo el mundo sabe que Sanchís, después de haberle sacado a Teté todo el jugo posible, me refiero al terreno sexual, claro, no se separó de su mujer, como le había prometido, cosa que sabíamos todos menos Teté, que parece gilipollas como todas las tías (esto lo dijo Morsa) y se creyó que Sanchís iba a dejar a su señora legítima por cuatro polvos mal echados (esto lo dijo Milagros) en el servicio de los tíos (esto lo contó la propia Teté) cuando acababa el turno, lo cual me parece supercutre a no ser que seas como Mickey Rourke en Nueve semanas y media, capaz de echar un polvo de pie contra los azulejos, sujetando a una tía a pelo y encima moviendo las caderas, pero me temo que no es el caso, porque las personas normales que vivimos fuera de las películas no estamos hechas para semejantes acrobacias y, desde luego, cuando un tío ha de sostener a una tía en volandas digo yo que es imposible que pueda concentrarse a nivel sexual, o estás a una cosa o estás a otra. Es estando sólo al tema del coito y a mí me cuesta dedicarle toda mi atención, con que imagínate si tuviera que tener en brazos a Morsa. O al revés. Dile tú a Morsa que haga dos cosas a la vez. El cine a veces, sobre todo en el terreno sexual, es como para retrasados mentales. Ésa es mi modesta opinión.
Bueno, pues eso es más o menos lo que le dije a Teté, que o eras Mickey Rourke o echar un polvo sentado encima de la taza del váter (que así sospecho que sería la cosa) era supercutre. Esa palabra utilicé. Fue el día en que Teté vino llorando al bar y lo confesó todo (aunque ya lo sabíamos, hasta yo lo sabía, pero nos hicimos las sorprendidas): lo del polvo, el váter de hombres, las prisas, la «presunta» separación de Sanchís, y la definitiva no separación de Sanchís. Yo le dije, supercutre. Se lo dije yo, vale, pero todas estábamos de acuerdo a sus espaldas aunque a la hora de la verdad fui yo la única que dio la cara, las otras, muy falsas, bien que se callaron, y ella se puso rabiosa conmigo, porque es lo que suele pasar cuando te metes en un asunto de éstos: la mujer despechada pone a parir al tío con el que acaba de cortar, la mujer despechada te cuenta con todo lujo de detalles todos los feos, las groserías del tío, la mujer despechada te puede revelar hasta cómo tiene el tío la polla, la mujer despechada te pone la cabeza como un bombo, y cuando tú ya estás confiada y piensas que puedes decir lo que opinas y dices, pues sí, tienes razón, tía, ese tío es un cretinazo y además no te quiere y por lo que me cuentas no te quería desde el principio y para colmo según dices no folla bien, entonces, dime, cuál es la gracia que le ves al tío. Eso le dices, y entonces, tú que creías que estabas haciendo un favor, solidarizándote, tú que creías que la estabas ayudando a desengañarse y a desengancharse del todo, tú que creías que le estabas dando ese pequeño empujoncito para volver al camino de la dignidad perdida, te encuentras con la sorpresa de que la mujer despechada se revuelve como un animal herido, se cabrea contigo, y te pega un bocado. No es la primera vez que me pasa.
Ella estaba destrozada cuando vino al desayuno, tanto es así que aplazamos la conversación para después del turno y después de ocho horas nos volvimos a encontrar en el Bar de Mauri las mismas cinco. Mauri nos había puesto la mesa en eso que él llama «el reservado», que es una mesa en el rincón del bar a la que le pone un biombo de curtipiel verde remachado en el marco de madera con chinchetas que nos deja prácticamente a oscuras, pero todo sea por la intimidad. El resto del bar come con la tele. El resto del bar, aparte del sector masculino de nuestra cuadrilla, se llena con los poceros, hombres todos, porque tenemos al lado una empresa del tema, y no puedes evitar pensar, cuando ves el conjunto que formamos a la hora de la comida que todos nos pasamos el día jaleando con mierda. El caso es que entre unos y otros estamos haciendo rico al tal Mauri, que nos prepara un menú caserito, como él dice, a muy buen precio. Nos comimos las lentejas de los lunes, que me recordaban a las lentejas del colegio, escasitas y con mucho caldo, nada que ver con las de mi madre, porque desde que mi madre perdió la cabeza, todo hay que decirlo, no he vuelto a comer como Dios manda, aunque después de pasarte la mañana en la calle, cualquier cosa caliente te sabe buena y parece que uno, a fuerza de no comer bien, va perdiendo el sentido del gusto porque si no fuera así yo no le encuentro explicación a que las lentejas que hace la mujer de Mauri me parecieran repugnantes el primer año y ahora me sepan a gloria. No tiene sentido.
La confesión: pues eso, que la cosa se prolongó, después del vino y de los cigarritos, ya sabes, viene la sobremesa, y ella lo soltó todo, hasta llegar a que Sanchís prácticamente era un eyaculador precoz. Me acuerdo que estuvimos desarrollando un buen rato el tema. Menchu se puso de pronto muy vehemente y dijo que si un tío supera los tres minutos sin correrse ya no se le puede llamar desde un punto de vista médico eyaculador precoz; hubo bastante polémica con eso, estuvimos dándole vueltas a la cuestión de la duración del polvo, minuto arriba minuto abajo. Luego, aprovechando que Menchu se levantó para ir al servicio, Milagros bajó la voz y dijo, con todas nuestras cabezas formando un pequeño círculo sobre la mesa, que la razón por la que Menchu se soliviantaba de esa manera era porque su marido duraba más o menos eso, cuatro minutos. Nos quedamos mirando a Milagros porque la revelación era sorprendente, incluso la propia Teté, que estaba tan afectada, dejó a un lado su tragedia para decirle que tenía la obligación moral de decirnos quién le había facilitado a ella esa información, y en esas estábamos, acorralándola, cuando Menchu volvió y la pregunta se quedó flotando en el aire. Cuando volvíamos a casa, ya las dos solas, le volví a preguntar a Milagros por sus fuentes pero fue de esas ocasiones extrañas que no soltaba prenda, supongo que porque quería hacerse la interesante o simplemente porque era una trola que se le había ocurrido para convertirse en el centro de la reunión. El caso es que Teté, ya dispuesta a confesarlo todo, contó que Sanchís era como Súper Ratón, ultrarrápido (con ese mote, por cierto, se ha quedado desde aquel día), y que la tenía pequeña (como Súper Ratón). Cómo de pequeña, le preguntó Menchu, y Teté estuvo con el dedo índice estirado diciendo así, bueno no, así, y en estado de erección, así, un pelín más tal vez. Yo ya estaba harta, asqueada de la conversación, y no porque yo sea una puritana, como ellas creen, ni por mis creencias religiosas, porque Dios jamás me ha condicionado mis relaciones sexuales. No hagamos a Dios culpable de lo que no es, todas mis dificultades de concentración a nivel sexual que me han impedido desde siempre tener una satisfacción plena están en mi cabeza, el fracaso es mío. Dios nos pone en el mundo, con más o con menos virtudes, pero luego nos deja a nuestro libre albedrío. Podría haberle reprochado mis escasas virtudes. No sé si son escasas, no sé si es mi pesimismo original el que ha hecho que sean escasas, puede que a otra, con las mismas cualidades y defectos que yo, le hubiera ido mejor en la vida. En el fondo, estoy diciendo aquello mismo que me repitió mi madre desde niña, aquello que no podía soportar cuando salía de sus labios porque seguramente intuía que era cierto, que es mi forma de ver las cosas la que me pone obstáculos, que soy yo mi peor enemigo, yo sola la que me he frustrado con mi actitud una vida mejor. Tal vez ese handicap de la falta de concentración venga de una hiperactividad mental que no me trataron de niña porque, sencillamente, entonces nadie se preocupaba de la capacidad de concentración de las personas. Muchas veces he pensado que, con haber nacido tan sólo una década después, mi madre, que no tenía iniciativas pero se hubiera dejado arrastrar por el entorno, me habría llevado a un especialista que me hubiera tratado lo que yo creo que es una tara de origen, que se podría resumir en falta de tranquilidad espiritual, y a partir de ahí, todo se desencadena. La vida es un castillo de naipes. Ya lo he dicho.
El hartazgo que yo sentía hacia esa tertulia del Mauri, que había degenerado hasta tener como tema central la polla de Sanchís, venía de que Sanchís no es sólo un compañero, es el capataz, y aunque yo no creo en la superioridad moral de los jefes, al contrario, creo que la única condición necesaria para llegar alto en estos oficios poco cualificados es ser el más trepa entre los trepas (aunque a veces he leído que en los oficios más cualificados pasa lo mismo y no digamos en la política), es necesario mantener un poco de distancia y de respeto hacia la persona bajo cuyo mando estás para no descojonarte en su misma cara la mayoría de las veces, pero me dirás qué cara le puedes poner tú a tu capataz cuando sabes de qué tamaño tiene la polla. A mí, por lo menos, eso me disturba. Yo ya no puedo mirar a ese tío de la misma manera porque no puedo borrar ese pensamiento de mi cabeza. ¿Problema mío? Yo creo que le pasa a todo el mundo, incluso a esos individuos que hacen corrillos en las playas nudistas y que son capaces de desnudarse delante de sus propios hijos sin detenerse a pensar por un momento en el condicionante que eso puede suponer para ese hijo a la hora de encarar la relación paterno-filial, porque no puede ser igual la relación con un padre al que has visto siempre vestido, con una dignidad, que la que tienes con un padre al que le has visto sus partes. Me parece a mí. Para mí el único momento en que a un padre o a una madre se le tiene que ver en su completa desnudez es cuando ya la enfermedad terminal de la vejez le impide lavarse o valerse por sí solo, eso es lo único que justifica esa terrible visión y puedo decir, por mi experiencia, que es algo penoso que yo no le deseo a nadie y que ojalá que el Señor me lo hubiera evitado.
Sanchís no es mi padre, pero era y es mi capataz, era y es un compañero de trabajo y yo no tengo ninguna necesidad (ni ningún deseo morboso) de saber las características del tamaño de su pene porque, después de aquella descripción de Teté, una descripción detalladísima y no sólo en longitud (no voy a entrar en detalles), me siento totalmente condicionada, y aunque disimule y me dirija a él como siempre, está claro que desde que Teté nos puso al día de cómo estaba dotado Sanchís yo no puedo mirarlo ni obedecerlo de la misma manera. Y a veces a punto ha estado de darme la risa nerviosa.
Tal vez quedaría mejor si dijera que aquellas confidencias tan íntimas me molestaban por franca lealtad a Sanchís, pero sería mentira, y en estos momentos, ya, para qué mentir, yo no siento lealtad hacia un tío que además de ser un cretino intelectualmente, nos pone los turnos y nos reparte las calles como le sale de la polla (por seguir con el tema). Una de las cosas, por cierto, que nos hizo sospechar que había gato encerrado en las relaciones Sanchís-Teté, aparte de las típicas miraditas reveladoras, fue que Sanchís hacía malabares para que Teté coincidiera siempre con su turno, aunque eso perjudicara a un tercero o tercera. A los tíos, las ganas de echar un polvo los pueden convertir en seres inmorales. Y a algunas tías también, porque Teté tendría que haberse negado desde el primer momento a las maniobras de Sanchís por casar los turnos como a ellos les venía bien, pero no, ésa era la época en que ella se comportaba como la señora de un marqués, imagínate el marqués. La marquesita Teté. Lo de Sanchís podría haber sido para llevarlo al sindicato, pero entre que la mitad de la cuadrilla son inmigrantes y no quieren buscarse líos, la otra mitad son unos fachas, el representante sindical es Morsa, que no sé cómo un tío tan apalancado puede ser representante sindical (a lo mejor lo es precisamente por eso), y que yo, por mi parte, no quería dar la cara porque los conozco y no me fío y acabarían dejándome sola ante el peligro y comentando que no era para tanto y achacándome que soy la eterna descontenta, aquello se quedó en nada, en la quemazón habitual, y en los critiqueos diarios en el Mauri, que cesaban cuando entraba Teté. Puede parecer muy exagerado pero para mí este ejemplo es representativo de que la lucha sindical, de momento, está muerta. Y no hace falta una dictadura para acabar con ella, la democracia, con su cara bonita, puede acabar perfectamente con todo tipo de reivindicación laboral. Me río yo del sistema democrático.
Estaba tan harta de aquella confesión de Teté tan impúdica que la miré a los ojos, aunque la fuerza de mi mirada no se debió apreciar porque el biombo nos tapaba la luz del triste tubo fluorescente del Mauri, y le pregunté sin rodeos si para ella el tamaño era tan importante. No me parecía coherente su discurso, la verdad. Es algo que he observado ya en muchas mujeres, tanto rollo con el sentimiento, con el amor, tanto diferenciarse de la típica insensibilidad masculina y luego caemos en lo mismo, en el tamaño. Fue preguntarle esto, «¿es que para ti, Teté, el tamaño es tan importante? Para ti, Teté, ¿el tamaño fue importante desde el principio, desde que él se bajó los pantalones por primera vez en el servicio?, ¿a ti el tamaño te impidió tener satisfacción sexual en esos diez meses que has estado con él o has estado fingiendo diez meses ya que sabías desde que le viste al completo aquel primer día que aquella polla nunca podría hacerte feliz por mucho que él pusiera todo su empeño en hacerte disfrutar?».
Sé que fui dura, pero también lo era ella con él, qué coño. Si una mujer habla así del tío con el que acaba de cortar, qué no hablará de los demás que le importamos una mierda. Teté se quedó pálida, sin habla. Pero de momento no se apreció el mal trago que se había llevado porque las demás se lanzaron como lobas a la sardina que yo acababa de lanzar al aire y de nuevo la conversación se desvió completamente. Con estas tías te desesperas, es imposible llevar una conversación lineal y ordenada, imposible, se interrumpen unas a otras, te cortan, no te dejan jamás acabar un argumento. Lo que quedó claro es que a todas les importaba el tamaño bastante, cosa que a Teté le alivió momentáneamente el rubor que le había subido a la cara y se recuperó un poco, a todas menos a Menchu, que dijo que el tamaño era lo de menos, y que a las mujeres nunca jamás les había importado semejante cosa pero que con el auge de la homosexualidad el tamaño había cobrado una importancia inconcebible. Menchu decía que había que tener en cuenta que los homosexuales, al fin y al cabo, son hombres, y que igual que los hombres se dejan seducir por el tamaño de unas tetas o de un culo, porque tienen unos deseos mucho más primarios, el homosexual desea un miembro cuanto más grande mejor, y dada la importancia que en las dos últimas décadas había adquirido la cultura gay habíamos asumido, también nosotras, los sueños y deseos de la naturaleza masculina, que es infinitamente más primaria, menos sofisticada que la nuestra, dijo Menchu, las mujeres somos más reflexivas, más inteligentes, no forma parte de nuestro carácter ese razonamiento tan simple de cuanto más grande mejor.
Se hizo un silencio bastante molesto, porque con la confidencia inesperada de Milagros todas inevitablemente pensamos que aquella charla no era más que una defensa solapada de los atributos del marido de Menchu. A Menchu le faltan unas asignaturas para acabar psicología y siempre le gusta adornar las conversaciones con teorías que ha leído aquí o allá. Podría ser la compañera de la que yo debería sentirme más cercana, porque de alguna forma, yo siempre he tenido un interés por la mente humana y por la espiritualidad, si no fuera porque Menchu tiene la manía de llevarlo todo a su terreno, nada de lo que dice es inocente: si su marido eyacula a los cuatro minutos es cojonudo eyacular a los cuatro minutos, si su marido la tiene pequeña? lo guay es tenerla pequeña, si sus hijos son unos bordes maleducados, hay que fastidiarse y aguantarlos porque los niños necesitan su margen de expresión aunque sea a costa de la felicidad del vecino. Todos sus razonamientos están envenenados, todas las teorías que encuentra en esas revistas que lee y que nos fotocopia, como Psico-Tropa, dedicada a la infancia, parecen servirle exclusivamente para darle la razón en todos los actos de su vida y para quitársela al resto de la humanidad. Se le ve el plumero, como a muchos psicólogos, que utilizan la psicología para ponerse un escudo defensivo y una espada para apuntar las taras ajenas. Por eso dejé la carrera, no sólo por pereza, que también, sino porque ya a mis compañeros de facultad les iba viendo el estilo, cada vez que te tenían envidia o rencor por algo echaban mano del argot psicológico para herirte más profundamente. Tal vez yo debiera haber hecho lo mismo y ahora no estaría como estoy, pero me falta la hipocresía necesaria.
Yo tampoco dije nada sobre el tamaño, me callé, en ese tipo de temas tan espinosos es mejor no entrar. Estas tías son muy venenosas y enseguida sacan conclusiones, y no quería darles la más mínima oportunidad de entrar en mi vida, porque en esos tiempos ya estaba en el ambiente que Morsa y yo de vez en cuando nos enrollábamos. No porque yo lo hubiera dicho. Luego me di cuenta de que había sido una torpeza decirle a Teté que no entendía que estuviera tan enganchada a él dado lo desastroso que según ella era Sanchís en la intimidad. Que si Sanchís tenía tantas pegas y ella las veía tan claras, de qué coño estábamos hablando, a ver, y le repetí, no una, sino varias veces, que me parecía supercutre ese tipo de tío que aprovecha el ratillo del trabajo para echar el polvo y que encima te promete cosas que no va a cumplir, separaciones y vidas futuras. A estas alturas, le dije a Teté, mientras tú estás aquí llorando y dándole vueltas al asunto, Sanchís está volviendo a su casa después del trabajo como si tal cosa, él se sentirá bien porque ya te ha dejado, se sentirá realizado porque ha tenido su locura aventurera, y se sentirá aliviado, más cercano incluso a su mujer que antes, más necesitado que nunca de volver al redil, y para celebrar esa tranquilidad que la historia contigo le ha quitado durante meses, le echará a su mujer un buen polvo, y su mujer, que aunque se habrá estado haciendo la tonta, de tonta no tiene un pelo, pensará que sea lo que fuera la causa de que Sanchís no la tocara en los últimos tiempos, esa causa se ha desvanecido y ella ha ganado la batalla, y se pondrá tan contenta que sin avisarle dejará de tomar medidas durante unos días y se quedará embarazada de nuevo.
Tengo que decir que yo misma me asusté cuando mis predicciones, sobrecogedoramente precisas, se cumplieron: la mujer de Sanchís está a punto ahora de dar a luz. No es la primera vez que tengo esa clarividencia. Hay quien podría decir que se trata de un don parapsicológico, pero yo soy muy racional como para creer en esas supercherías, lo que creo es que mis cinco sentidos trabajan continuamente en la observación de los demás y que eso me hace imaginar cómo se va a comportar la gente. Ya digo que fue una pena que no acabara la carrera.
Yo le dije todo aquello con algo de rabia por su falta de pudor pero también había una buena intención, la intención de que abriera los ojos y no sufriera; aparte de que me pone enferma esa sumisión femenina, esa sumisión que sólo se rompe cuando el tío te deja tirada. Pero resultó que ella, que había sido tan cruel juzgando a Sanchís, con la duración de sus polvos, con el tamaño de su polla, de pronto, se puso a defenderlo como si en ello le fuera la vida, me dijo que el sexo no era lo único que unía a las personas, que las personas no éramos animales, y que Sanchís tenía una serie de valores. ¡Valores! Y citó unos cuantos, la inteligencia, el sentido del humor, la ternura, todos esos valores que suelen destacar las actrices en las entrevistas para definir a su hombre ideal. Y dijo que para ella eran mucho más importantes que lo puramente físico, y luego me miró fijamente, tan fijamente como yo la había mirado a ella hacía tan sólo unos minutos, y me dijo que tal vez yo era una de esas mujeres que se conformaban con cualquier imbécil con tal de echar un polvo, y se hizo un silencio tan insoportable como el que se había producido cuando Menchu dijo que a ella el tamaño no le importaba y todas pensamos en su marido. Como yo me olí que aquello era una indirecta malvada y que con toda seguridad el nombre de Morsa estaba en ese momento en la cabeza de todas ellas que, silenciosas, morbosas, se habían callado a ver hasta dónde éramos capaces de llegar con ese tema apasionante, que se acababa de plantear por vez primera estando yo presente, saqué los diez euros que me correspondía pagar de la cuenta, los dejé encima de la mesa y dije que adiós muy buenas. Milagros me miró sin saber qué hacer, con la cara de sufrir que ponía cuando la humanidad se interponía entre ella y yo, sin saber si quedarse y empaparse con aquel chaparrón de cotilleos o seguirme, que es lo que hacía casi siempre. Yo por un lado prefería que se quedara, porque sabía que si me seguía alguna de aquellas cabronas volvería otra vez al ataque con la sospecha de nuestra homosexualidad. Porque una cosa no quitaba la otra. Para ellas lo de Morsa no era ningún impedimento, yo podía serlo todo, bollera y ninfómana, a pelo y a pluma. Si Milagros se quedaba serían todo lo discretas que pudieran serlo porque sabían que me lo acabaría contando todo, aunque yo no quisiera.
No quiero que me cuentes lo que los demás piensan de mí a no ser que sea bueno, le dije una vez a Milagros, tú defiéndeme a mis espaldas, y ya está, con eso me doy por satisfecha. Ésa es para mí la máxima prueba de nuestra amistad, le dije, no que me vengas a amargar la vida contándome todas esas cosas horribles que los demás inventan.
De Milagros contaban chismes en mi presencia, vaya, de todo el mundo, no paraban ni paran, y yo, de verdad, hacía grandes esfuerzos por defenderla pero, sinceramente, muchas veces no podía porque me dejaban sin argumentos. Quiero decir que en algunas críticas, mal que pese, tenían razón. Esa forma tan impúdica en la que Milagros se paseaba de la ducha a los vestuarios completamente desnuda haciendo sonar las chanclas, plac, plac, plac, levantando las miradas de todo el mundo, porque la desnudez de Milagros era llamativa y no precisamente en el mejor sentido estético de la palabra. Milagros pasaba una vez y otra y otra, colocando su ropa, rascándose en los lugares menos apropiados, sentándose a tu lado, hurgándose un granito que le había salido en la ingle, hablando contigo con esa naturalidad irritante que tienen esos individuos que van a las playas nudistas, como si uno pudiera hablar de los precios de los libros de texto de los niños, o de la guerra de Irak o de una reivindicación laboral enseñando los huevos y teniendo delante a alguien que te está poniendo las tetas en las narices. No, eso no es así, le decía yo a Milagros, yo sé que tú no haces nada con mala intención, pero tienes que corregirte, tienes que crecer, porque a la gente le molesta.
También era muy comentada la afición de Milagros a llevarse cosas de la basura. Es verdad que en algún momento de tu profesión en el mundo de la limpieza te encuentras en la calle algo que merece la pena, porque vivimos en una sociedad en la que la gente no quiere cosas viejas y se tiran televisiones, ordenadores o sillas que para alguien relativamente manitas como es Morsa (Milagros no tenía razón, Morsa es lo que se llama un manitas, el problema con la niña de Sanchís -versión de Morsa- es que a la niña no se le ocurrió otra cosa que dejar el secador funcionando apoyado en el lavabo, y eso es algo que puedes disculpar en una niña de doce años pero cuando una tía de diecisiete años hace eso es que la tía es tonta del culo, en mi humilde opinión) es fácil, con un pequeño lavado de cara, con unos nuevos cables o un lijado y un barniz en el caso de las sillas, poner toda esa basura de nuevo en funcionamiento. Pero en el caso de Milagros su afición por los trastos viejos iba más allá de lo sensato y muchas veces la veías estudiando un objeto herrumbroso durante largo rato para luego guardárselo en un lado del carro. Algunas veces, con la excusa de que yo estaba decorando mi casa, se me presentaba en el piso con algún regalito, alguna taza, algún azucarero, y como sabía que yo soy una persona muy escrupulosa me venía con el cuento de que lo había comprado en los chinos. Yo se lo agradecía, pero según se iba lo tiraba, porque me parecía incoherente que habiéndome deshecho de todas las cosas viejas de mi madre, ahora me quedara con la basura de los desconocidos. Sería, de alguna manera, una deslealtad. Imagino que, a estas alturas, aquello que yo tiré de mi pobre madre, los platos con las florecillas descoloridas, el joyero del arlequín que ya no bailaba, la silleta de enea que ella colocaba al lado de la puerta del lavadero para ver mejor y hacer su croché, todo eso, estará en casa de algún progre podrido de dinero, que es el tipo de gente a la que le gustan las cosas viejas de la basura, por puro esnobismo, porque a la gente como yo, que nos ha costado tanto hacernos con una casa propia, nos gustan las cosas nuevas. Me pasó una cosa de libro, de verdad, a los dos meses después de que pasaran por casa los del Rastro para ver qué les interesaba de todo el mobiliario y los adornos de mi madre, pasé una mañana de domingo por la Ribera de Curtidores porque había quedado con Morsa en Los Caracoles, para asistir a ese número indescriptible que es ver a Morsa poner los labios en el agujerillo de la concha y absorber el gusanillo y el caldo. Hay muchas formas de comerse un caracol, y Morsa ha elegido la más escandalosa. Pero bueno, el caso es que yo bajaba la cuesta y de pronto mis ojos dieron con un pequeño objeto que me resultó muy familiar: era uno de esos juegos que se regalaban a los niños cuando hacían la Primera Comunión, un platillo con una taza, con los ribetes dorados y un paisaje pintado en la porcelana. Me paré y lo observé un momento. Es curioso que cuando ves las cosas fuera del entorno en que las has visto toda la vida no las reconoces del todo, igual que hay gente que sólo me ha conocido a mí vestida de barrendera y luego me ve por la calle vestida de paisano y no me saluda porque no sabe quién soy. La cosa es que una chica que miraba también en el puesto al ver que me quedaba mirando la taza me dijo, ¿la vas a querer? El Rastro es así, la gente se interesa por algo cuando ve que otro está a punto de llevárselo. Lo sé porque vivo al lado y lo tengo muy observado. No sé, le dije. Aunque no sé por qué le dije que no sabía, porque yo realmente no quería una taza igual a la que acababa de vender hace dos meses. ¿No sabes?, me dijo impaciente. La tía me sonaba muchísimo, me parecía una escritora que he visto varias veces en la televisión. Me dijo que aquella taza era igual que la que a ella le habían regalado por su comunión pero, ya sabes, me dijo, con la vida y los traslados, estas cosas a las que no dabas ningún valor se pierden y luego, cuando un día te las encuentras en un anticuario, te da una nostalgia que pagarías lo que fuera por ellas. Bueno, le dije después de escuchar toda esa explicación que me pareció excesiva y que me hizo pensar que tal vez esa gente que imaginamos que lleva una vida social fascinante está tan sola y tan aburrida como nosotros, llévatela, si quieres. El dueño de la tienda salió y la tía pagó como unos ciento sesenta euros por el jueguecito de desayuno. Antes de que se lo envolvieran le dije que si podía mirarlo un momento, ella me lo dejó y me dijo que claro, tenía una sonrisa de triunfo porque se llevaba a casa el botín de su pasado, de su infancia, y eso a los escritores se ve que les encanta, y yo tomé el platillo en mis manos con mucho cuidado, porque si lo rompía ahora suponía que tendría que pagar los ciento sesenta euros, y al levantar la tacilla vi aquello que me parecía increíble que iba a encontrar. Escrito con letras doradas y con una caligrafía principesca allí estaba mi nombre: Rosario Campos, en el día de su Primera Comunión, y la fecha. Me dio un vuelco el corazón. Pensé por un lado en lo rara que es la vida, tres meses antes me habían dado cinco euros por ese objeto que, por otra parte, yo había estado a punto de tirar, y ahora, al ver cómo esa mujer lo tomaba de mis manos y se lo daba cuidadosamente al vendedor para que éste lo envolviera sentía que ahí había alguien que había sido estafado, o ella, que era capaz de pagar un dineral por recuperar un objeto que le recordara su pasado, que tendría idealizado, como casi todos los escritores, o a lo mejor la estafada era yo, que no había sabido ver nada bueno en el mío, en mi propio pasado, y era capaz de desprenderme de cualquier recuerdo sentimental, como si los recuerdos estuvieran infectados de unos años de los que yo huía como de la peste.
Para Milagros los objetos tienen vida, le dan pena las cosas que encuentra tiradas, como si las cosas tuvieran sentimientos y pudieran sentirse desgraciadas por el desprecio humano. Yo la veía hurgar en la basura desde la otra acera, a veces intervenía, pero otras, ¿Qué?, me decía a mí misma, ¿no puedes dejar a la gente vivir en paz, con sus manías, con sus neurosis, es que no tienes tú las tuyas?, y procuraba que me resbalara y no intervenir, pero claro, cuando oía a las brujas hablar entre risas de las tonterías que Milagros dejaba en el patio (ya le había prohibido Sanchís que las pasara dentro del vestuario, por las infecciones) y que enseñaba sin pudor a cualquiera como si hubiera encontrado un tesoro, yo me tenía que callar, porque no me salían argumentos para defenderla.
Ya sé que cuando el tiempo pasa le añadimos a las cosas que dijimos o a las sensaciones que tuvimos un significado que, en muchos casos, no tuvieron, pero yo estoy casi segura, sí, estoy segura, porque puedo vivirlo claramente de nuevo si cierro los ojos, de que aquella mañana, aquella mañana fresca de la primavera que acabábamos de estrenar, bajé a la calle con una sensación nueva de felicidad, como si estuviera al fin reconciliándome con mi vida, con el salón de mi casa, en donde acababa de tomarme el café con leche mirando los estores japoneses, e incluso sonreí a Milagros, la sonreí porque no pude evitarlo, como hacía otras veces, evitar la sonrisa, y bajamos como siempre la cuesta, las dos en silencio los primeros cien metros y luego ella hablando, contándome no sé qué teoría de Menchu, ya sé, que Menchu decía ahora que los últimos estudios sobre sexualidad femenina defendían que las mujeres eran capaces de tener experiencias lésbicas sin que eso les supusiera ningún trastorno a nivel emocional porque la mujer, decía Menchu que decían los últimos estudios, estaba preparada para eso y para más. Y Milagros me preguntaba mi opinión, me preguntaba que si yo creía, como creía todo el mundo, que Menchu era en realidad bollera, y yo, que quería borrar de mi memoria y justificar la noche que pasé con Milagros, le dije que probablemente era más bollera la tía que estaba deseando acostarse con tías y que no se atrevía, que la tía que lo había hecho porque se había visto empujada por las circunstancias; pero al margen de la conversación en la que Milagros me enredaba más de lo que yo quisiera, sentía la alegría, la subida de ánimo que te da la llegada del buen tiempo.
Tomamos un café, ya vestidas con el uniforme, en el Mauri, que abre cuando llegamos nosotros, a las cinco de la mañana ya está levantando el cierre. Morsa estaba apoyado en la barra, mojando un sobao. Nos vio llegar y me guiñó un ojo, aunque sabía que me fastidiaba, o a lo mejor lo hacía precisamente por eso. Le preguntó a Milagros que qué tal había dormido y luego me dijo a mí, con la sonrisa ladeada con la que él quería mostrar su ironía, que se me notaba que había dormido poco, y me dijo, qué habrás estado haciendo, Rosario. Bobadas que me fastidiaban el desayuno. Acabé el café y me llevé un donut para comérmelo luego. No hay nada mejor que un donut una hora después de haberte tomado sólo un café bebido, cuando ya te cruje el estómago de hambre. Me recuerda al donut del recreo (este detalle le encantaría a la escritora del platillo de la comunión). Por aquel entonces ya no íbamos en parejas por la misma acera. Hacíamos el trabajo en solitario, salvo que nos tocara hacer parques, entonces sí, entonces nos dejaban ir en compañía, porque era más peligroso, más solitarios, y porque los parques son más trabajosos. El parque del Matadero es maravilloso. Me encantan esos jardines tan cuadriculados rodeando esa especie de invernaderos gigantes. La verdad es que mejor sería que no tuvieran al lado la M-30, pero a la distancia por la que yo limpiaba el ruido de los coches de la autopista no era más molesto que el de las olas del mar. Realmente era una suerte que me hubiera tocado con Milagros porque las tonterías incesantes que salían de su boca eran más inocentonas y menos arrogantes que las que hubiera tenido que escuchar, por ejemplo, de Menchu o de Teté. Es verdad que en la sensación de felicidad intervenían la buena temperatura y el que a mí se me había olvidado que era viernes por la mañana, el peor día de la semana para un barrendero.
El jueves por la noche todos esos niñatos gilipollas que no han recogido un papel del suelo en su vida salen a los parques a beber hasta caerse muertos. También están los viernes y los sábados. Pero la noche del jueves es la peor, es la noche en que parece que tienen que vengarse del mundo por haberlos tenido atados a sus institutos y a sus universidades, pero quien más sufre esa venganza, quien más la sufría en ese parque del Matadero que yo disfrutaba de lunes a miércoles, éramos nosotras, Milagros y yo, que les limpiábamos la mierda que habían dejado sin consideración, como si tuvieran derecho a tener esclavas, quien más sufría esa venganza era yo, porque Milagros lo veía natural, trabajaba sin rencor, como si limpiar aquello formara parte del círculo natural de la vida: unos ensucian, otros van detrás limpiándolo. Y qué.
– Rosario -dijo mientras nos acercábamos-, ¿sabes que hoy es viernes?
– Ay, no, no me acordaba.
– Sabes para qué te lo digo.
– ¿Para qué?
– Para que no la tomes conmigo, que yo no tengo la culpa.