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A veces conviene ponerle pecas en la mejilla a un personaje y sugerir un vínculo entre pez, peca, pescar y pecado, sólo para que el texto encuadre mejor o cierre justo en el límite inferior de la página.

Otras veces se impone determinar la hora. A las doce quedaron a cargo del vestuario las mismas promotoras que habían estado recibiendo a los primeros invitados en planta baja. Ahora, a los que llegaban los conducían al gimnasio del último piso, donde tenían habilitado un guardarropas. A quienes lo aceptaran les regalaban una bolsa con un toallón, un kimono de toalla y unas sandalias de caucho de colores flúo. Para las mujeres había unas mallas de gimnasia y un gorro de baño. Para los hombres un short a rayas.

Alguien calculó que ese obsequio debió costar más de cien dólares por invitado. Las promotoras tenían un stock de variedades de tamaños de shorts, sandalias y mallas con el nombre del Karina Apart bordado bajo el isotipo de la marca Nike, de modo que habrían comprado una reserva de talles y tamaños bastante mayor que el máximo de concurrentes esperado.

Al gerente le había parecido una promoción riesgosa. Era su primer empleo de responsabilidad, e independientemente de la fortuna que los socios hubiesen invertido en el apart, estaba seguro de que él sería el más perjudicado por un fracaso. Los dueños tomaban demasiados riesgos. Formado en el Sheraton donde había llegado a segundo de relaciones públicas del hotel de Argentina, hubiese preferido un lanzamiento más conservador. ¿Qué pasaría si un periodista se ofendía con el obsequio veraniego? ¿Qué haría la gente gorda vergonzosa de cambiarse? ¿Y si aparecían tipos con traje o sacos sport y mujeres maquilladas y con peinados de fiesta? ¿Y si venía tormenta, o hacía frío, o si alguien se descomponía en el agua?

Todo es imponderable y el gerente no estaba preparado para eso. Tenía bastante con ese fondo de ventanas oscurecidas y con los trapos y serpentinas negras que pendían de algunos balcones de la vecindad. La fecha, cinco de enero, era otra amenaza: ¿Quiénes se quedarían un fin de semana en la ciudad, y cuántos de ellos estarían dispuestos a perder medio domingo en una reunión, en una terraza?

Para peor había viento. El gerente pensó en su mujer y en su madre: ninguna de ellas toleraba el viento, enemigo natural de los peinados. ¿Estarían cómodas las mujeres, con ese viento norte arrachado? "Viento norte duro pampero seguro", le había oído decir al encargado de cocina, que había estado en la flota de mar. El hombre se jactaba de conocer el clima del Río de la Plata y pronosticó que antes de media tarde calmaría el viento, el calor sería sofocante y que rato después se desataría una tormenta de verano.

Por momentos preferiría que todo fracasara. Sentía un odio creciente hacia el Mecánico y sus socios que se dejaban manejar por su despreocupado aventurerismo. Y ni quería recordar a cuál de su objeciones había sido, si al costo del servicio de almuerzo, si a la elección de los shows musicales o a la idea de disfrazar a los concurrentes de bañistas para que todos probaran la corriente de hidromasaje que instalaron en la piscina y, de paso, que la mayoría dejase sus celulares en el vestuario, pero jamás olvidaría la ofensa y el lenguaje con que le respondieron:

– Nunca conocí a un empleado tan cagón como usted…! Había dicho el Mecánico y le pareció que los otros socios asentían.

Pero si algo fracasaba sería también su fracaso. Solo un imbécil renuncia a una carrera de siete años en Sheraton para meterse con estos aventureros. Pensaba eso y recordaba la palabra "cagón".

Seguía llegando gente. La mayoría en pareja pero también entraban grupos de hombres los más jóvenes debían ser periodistas y algunas muchachas solas que parecían modelos. Algunos venían con sus bolsos: alguien les habría advertido que inaugurarían la piscina y el hidro.

La mayoría de los otros aceptó cambiarse y dejar sus teléfonos y efectos personales en las gavetas del vestuario.

Algunos se habían zambullido, nadaron unas brazadas, se entretuvieron un rato en el ángulo del hidro, haciendo bromas y gritando ante cada reflujo del chorro de agua a presión y terminaron por tenderse a descansar en los tablones de teca del borde la parte profunda.

El gerente miraba con preocupación los kimonos abandonados en la proximidad de las duchas y el trampolín. En un rato, -temía-, nadie va a ser capaz de reconocer el suyo, de modo que terminarán sentándose a la mesa descalzos y con el torso y las espaldas descubiertas.

No podía calcularlo: si estuviese su mujer la consultaría y ella le daría un opinión más acertada, pero apostaría que todas las mujeres de bikini tenían prótesis de siliconas en los pechos. Los hombres que seguían el agua ni las miraban. En cambio, dos que habían decidido no cambiarse y ya habían bebido tragos largos de jugos con gin no las perdían de vista y hablaban acaloradamente, con toda probabilidad, acerca de ellas. No eran modelos conocidas, tal vez fueran plantel de alguno de los servicios de acompañantes que el Mecánico se jactaba de contratar y disponer a su antojo y -según decía- a crédito.

Un grupo de hombres, al que poco después se agregó una pareja, había tomado posición en la parte baja de la pileta. Dos de ellos se habían sentado en el fondo y permanecían sumergidos hasta el cuello. Los otros se acodaban en el borde y hacían señas a los mozos para que se acercaran a servirlos.

Si algo faltaba para arruinar definitivamente la escena era que se pusiesen a comer en el agua. Y, en efecto, por las señas que hacía uno que estaba bebiendo un largo vaso de jugo de tomate, el gerente interpretó que reclamaba a un mozo platos de algo trozado: formaba un círculo con los índices y los pulgares de ambas manos y representaba la señal de cortar algo golpeando con el canto de la derecha su palma izquierda que haría las veces de una pieza de fiambre, un pan o un queso.

Reconoció al tipo, más por su categoría que por los rasgos de su cara insignificante. Era uno de la financiera de Quilmes que no estaba en la sociedad del Karina, pero compartía varios negocios con el Mecánico. El contador le había dicho que era miembro de la mafia de los remates y que hasta hacía poco la financiera era parte del poderoso aparato económico del partido comunista.

En un tiempo, cuando todavía trabajaba en Sheraton, había oído hablar de la mafia de los remates. La gente de negocios la llamaba "los de la liga", refiriendo siempre el enigma del poder que esta gente, en su mayoría usureros y gestores de los suburbios, disponía sobre las figuras menos sospechables del poder judicial.

– Serán lo que serán, pero lo que no se les puede negar es que son gente de palabra… -Había justificado un abogado de Sheraton.

Otro enigma eran esas cooperativas financieras que se sabía ligadas al partido comunista. ¿Cómo fue posible -se preguntaba- que con todo el poder y el apoyo que los militares tuvieron durante tantos años de gobierno, los hayan dejado seguir haciendo sus maniobras…? Eso no podía explicarse por el mero hecho de que fuesen "gente de palabra".

Lo que ahora sí podía explicarse era por qué su jefe hacía negocios con ellos: aquel mediodía había terminado de convencerse de que, a la hora de compartir una actividad, a igualdad de ganancias, la gente cómo el Mecánico siempre elegiría asociarse con los que peor calaña parecieran representar.

– Cuanto más sucios sean, mejor para ellos… -Pensaba el Gerente y lo confirmaba viendo las sonrisas de complacencia de su jefe y los socios ante las guarangadas de las tetonas y del grupo de usureros comunistas que, tal como había adivinado, ya estaban comiendo queso y jamón en el borde de la pileta y ofreciéndoles los platos a una pareja. Estaban agachados con el agua al cuello como si nadaran pero mantenían con una mano en alto sus copas de vino blanco, o de champán. Debía ser champán.

Él jamás se metería en una pileta donde simulaba nadar gente como aquella. Calculó que varios no se habían duchado antes de zambullirse. Todos estos son iguales, pensó después, mirando a las decenas de invitados y al personal, entre los cuales no pudo reconocer la menor huella de desagrado o de reproche. Por el contrario, todos parecían disfrutar de la situación, desde el animador que haría de maestro de ceremonias -un periodista de la TV Cultural- hasta dos tipos que acababan de pasar a la terraza vestidos con trajes de gabardina y anteojos oscuros y todo indicaba que serían custodios de algún invitado.

Debían ser trajes de Armani. Conocía esa gabardina color tabaco virginia de un amarillo subido que nadie elegiría en una muestra de paños de su sastre, pero que una vez cortadas por esa marca y exhibida en sus vidrieras del shopping tentaban a comprar.

Él jamás elegiría un traje así. Son prendas que no se pueden repetir dos o tres días seguidos. Sería un traje para ocasiones aunque estos custodios debían usarlos para todas sus salidas al aire libre. Seguramente eran policías prestando servicios fuera de hora. Ambos parecían profesionales. Eran giles y a pesar de su ostentoso disfraz de custodios se movían entre la gente con más decoro que lo habitual.

Conociendo las rutinas del personal de seguridad americano que aparecía por Sheraton en cada encuentro diplomático, era evidente que aquellos dos expertos estaban realizando lo que en su jerga llamaban un fielding: la observación de un terreno antes de que sus compañeros facilitasen el acceso a las personas que debían proteger.

Él también estaba haciendo su fielding. Cualquier subalterno, las chicas de promoción y los mozos contratados para el evento imaginarían que estaba supervisando su evolución. Por eso trataba de sonreír y de mostrarse ocupado y satisfecho pese a su malhumor.

Pero en realidad, no tenía nada qué hacer. Lo habían acordado la tarde anterior:

– A las once de la mañana, cuando todos los contratados estén en sus cargos, si no pasa nada raro, nosotros desconectamos los celulares y empezamos a funcionar con piloto automático. Que laburen los de cocina, el personal de atención de mesa, las promotoras, el animador, los sonidistas y los números del show. Nosotros, a joder y a festejar a la par de los invitados…! -Había resumido el Mecánico y todo el personal asintió.

Pero el gerente no tenía motivos para festejar. Según lo convenido, antes del almuerzo vestiría su short a rayas y el kimono de toalla: salvo los custodios, algún viejo y una gorda de piel muy blanca del diario La Nación, todos estaban en trajes de baño y alrededor de la pileta. La gerencia quedaría en suspenso por unas horas: si no se cambiaba ya mismo, confirmaría su papel de "cagón".Ser "empleado" y "cagón": nunca imaginó que viviría una situación tan desgraciada.

La desdicha del "cagón" es temer mientras los demás hacen. Temer, en este caso, es un no hacer que produce más que cualquier acción que se ejecute, y aunque parezca una de las formas en que se manifestaría la duda, es todo lo contrario. El temor que pretendió haber visto su jefe cuando lo llamó "cagón" era una forma consumada de la certeza: la extrema certidumbre sobre el propio destino de fracaso e infelicidad.

El gerente no alcanzaba definir la idea que lo volvía a rondar cada vez que evocaba sus años de carrera en Sheraton. Tenía bien clara -lo había terminado de aprender ahora, y con dolor- la diferencia entre una corporación americana y una sociedad de aventureros argentinos.

Allí a nadie le habrían infligido la humillación de recordarle que era un empleado, y no solo porque todos -hasta el mismo presidente- se imaginaban empleados, sino por algo que tampoco terminaba de definir y tal vez fuese la vigencia de un acuerdo tácito en contener el nivel de humillación en un marco de cortesía y discreción institucional.

Como el amor de madre que evocan los que no la tienen a su alcance, esta experiencia corporativa es una de tantas sensaciones sin nombre que cuanto menos pensadas y peor definidas se lleven por la vida, más inexorablemente pesan sobre las personas.

Pero él no pensaba en su madre. Estaba cambiándose en el vestuario mientras controlaba por el ojo de buey de la puerta que daba al sauna: temía que algún invitado se metiese allí y, justo ese mediodía de tanto calor, tratando de poner en marcha las estufas, produjese una catástrofe. También temía que hubiera alguna confusión entre las gavetas o que, al retirarse, algún invitado dijera que le faltaba algo. Se probó el kimono -no le quedaba mal- y se miró al espejo. En ese momento apareció el tipo desnudo. Era uno de los custodios que habían andado haciendo fielding y estaba abriendo el bolso de obsequio y miraba su kimono y su short. Era alto: le llevaba más de una cabeza y no pudo evitar bajar la vista y mirarle el pene, grande e inusualmente largo. En contraste con su cuerpo, uniformemente bronceado hasta los mismos glúteos, el pene tenía la piel rosada, como de bebé, y muy poco pelo. Tal vez a causa de su musculatura marcada por el deporte o las artes marciales que debía dominar, le pareció que también en su sexo tenía algo atlético, pero no se atrevió a confirmarlo: eso habría requerido que lo volviese a mirar y el tipo -que sin duda era un oficial de policía- podía interpretarlo mal.

En cambio le miró los músculos de la espalda y los brazos. En el izquierdo, alrededor del bíceps, tenía un elástico amarillo que fijaba un pequeño receptor. Pensó que sería una radio pero cuando el tipo terminaba de vestirse, se oyeron unos bips y comprobó que se trataba de un celular en miniatura.

Apoyaba la oreja contra el brazo y hablaba. Mencionaba a un tal Pablo Suárez: el gerente no pudo determinar si era su nombre, el de su interlocutor o el de un tercero al que se referían en la conversación.

Decía que en la terraza estaba todo claro y despejado y ordenaba que cuando llegase el auto de la señora la acompañaran hasta el último piso.

En la terraza vio dos falsos fotógrafos. Eran también tipos atléticos, más jóvenes que el custodio, y andaban con bolsos de Nikon y antiguas cámaras con teleobjetivo. Uno de ellos trepó ágilmente la escalera del tanque de agua y, ahora, en la altura, se había instalado a vigilar. Simulaba estar tomando fotografías de la piscina.

Alguien había corrido la voz de que llegaba "la señora" y recién cuando se agrupó gente alrededor de la entrada la terraza, se enteró de que se trataba de la Cementera.

El animador estaba anunciándolo y todos, hasta los mozos, habían empezado a aplaudir. El gerente sintió una punzada en la boca del estómago.

Otra vez la contradicción: la presencia de la vieja significaba que la inauguración había sido un éxito, y era también su triunfo, porque garantizaba prensa, publicidad y prometía un mejor perfil para la futura clientela del Karina: todo eso se traducía en la certeza de que, al menos por unos meses, conservaría su empleo, aunque fuese un cagón.

Pero ese éxito era un fracaso relativo pues lo subordinaba aún más al verdadero triunfador: el orden de aventureros e improvisados guarangos como sus patrones, bajo el que había terminado por caer y, para peor, percibía que también integraba a la Cementera.

La vieja había rehusado la invitación del animador de que saludara desde el escenario, y ahora estaba estrechando la mano de cada uno que se le acercara. A las mujeres las saludaba con un beso. Sabía besar. Tal vez lo habría aprendido en algún curso de protocolo.

Por lo general, si se observa a las mujeres cuando saludan besando a otras, se descubre que vuelven la cara hacia fuera, y que no pocas llegan a dibujar una expresión de repugnancia con la nariz o con la boca.

– La gente es muy boluda… -decía un asistente de relaciones públicas del Sheraton que estaba a cargo de un curso de protocolo para los nuevos funcionarios-: La gente va a besar y se imagina que apoyando los labios o la mejilla contra la cara del otro, como el otro no lo puede ver, no habría nadie más en el mundo que pueda ver lo que su cara expresa. Por eso ustedes tienen que mirar bien -aconsejaba- y registrar la manera de comportarse de la gente en público para no hacer después las mismas boludeces…

En una de las sesiones les había propuesto un ejercicio. Debían ir al bar, justo a la hora en que la gente de oficinas aparecía por el hotel a tomar algo, y observar qué hacían las mujeres cuando salían del baño. Casi todas las mujeres iban al baño poco antes de dejar sus mesas, cuando sus acompañantes pedían la cuenta y se disponían a pagar. Al cabo de media hora los muchachos volvieron con sus blocks de notas, unos pocos comentaron que las mujeres salían del baño mirándose u oliéndose los dedos.

En la sesión siguiente les hizo repetir la observación comprobando que, en unos pocos minutos habían visto entre doce y quince mujeres de las cuales no menos de ocho, -diez, según algunos- habían salido oliéndose.

Por suerte conservaba los manuales de capacitación de los cursos que había seguido en el Sheraton. Varias veces lo habían mandado a Chicago, Santo Domingo y a Nápoles a distintos seminarios que eran parte de su formación. Ahora, manuales, folletos y brochures, algunos firmados por los profesores y por sus compañeros de curso se ordenaban en un estante destacado de la biblioteca del living de su casa. Y eran el mejor recuerdo de su paso por Sheraton.

Era un convencido de que no hay que prestar libros porque la gente los lleva excitada por un entusiasmo de momento y la mayoría de las veces olvida leerlos, de modo que el libro queda por ahí, perdido como la memoria de ese préstamo, hasta que un día, limpiando y ordenando, alguien termina por ubicarlo en el estante de la biblioteca que mejor se correspondiese con su tamaño, o sus colores y el libro pasa a formar parte del mobiliario y si por azar quien lo llevó prestado recuerda su promesa, eso que ahora es un detalle más del patrimonio familiar, desalienta toda intención de devolverlo a su dueño.

Pero él también había prestado libros por error, y aunque no llevaba la cuenta, también poseía libros procedentes de préstamos ocasionales.

Pero jamás prestaría los manuales de sus cursos, ni permitiría que cualquiera los consulte. No descartaba que alguna vez podría escribir un libro sobre marketing hotelero y aquel estante sería la mejor orientación para planificarlo.

Pressing Flesh -"prensando carne"- llamaban en Chicago a la manera de saludar de las figuras públicas americanas. El hábito venía de los políticos, que en sus campañas electorales tenían como meta estrechar la mano de la mayor cantidad posible de electores. Hubo uno que contrató a un asistente que se ocupaba exclusivamente de llevar la cuenta.

En las convenciones republicanas se consideraba que una buena performance de campaña requería cumplir la media de cuatro saludos por minuto, de modo que si el precandidato permanecía cuatro horas en el encuentro, no podía darse por satisfecho si realizaba menos de novecientos apretones de carne electoral.

Siguiendo a los Kennedy, los demócratas que solían hacer sus convenciones en el campus de alguna universidad o en centros comunitarios perfeccionaron la técnica: tomando con la palma izquierda la muñeca derecha de uno de cada tres o cada cuatro participantes que estuviese saludando, el apretón de manos ganaba calidez, y, paradojalmente, duraba menos. Hay un video de la campaña de Joe Wallace, el candidato más joven que compitió por el estado de Connecticut, que lo muestra saludando satisfactoriamente a ciento diez convencionales en el lapso de apenas veinte minutos que dura la grabación.

La Cementera no sólo sabía besar mujeres. También dominaba el pressing flesh con una elegancia comparable a la de Hillary Clinton. Tal vez habría hecho un curso en Estados Unidos, pero a diferencia de los políticos, no parecía apurada por sacarse de encima a sus elegidos. Cuando los fotógrafos estaban por fijar la escena mantenía la mano extendida y prolongaba su sonrisa hasta que las cámaras enfocaban hacia otro lugar.

Traía un vestido de seda color rosa té. Parecía no tener maquillaje, pero algo se habría hecho en la cara, tal vez una línea de color en los párpados, o una sombra de rubor en los labios y las mejillas. Dos aros, un collar y una pulserita delgada de oro blanco o platino, engarzaban, cada uno, una piedra verde de talla oval.

Calzaba unos zapatos del color de la seda de su pollera. Los tacos parecían exageradamente altos: en cualquier caso, el pelo teñido de rubio no alcanzaba a la altura de los hombros de la gente de estatura normal.

Casi le resultó una mujer petisa, pero era evidente que se trataba de una petisa que sabía comportarse como si fuese alta. Venía acercándose. Era su turno:

– Cómo le va…! -Fue lo único que le dijo, aunque con esa voz ahuecada

y suave, cualquiera que hubiese oído habría pensado que lo conocía o que lo había visto alguna vez.

Pero nunca la había visto personalmente. Aunque hacía varios minutos que estaba en la terraza, con tanto viento y no menos de treinta grados de temperatura, tenía la mano helada, como si estuviera aún bajo efectos de la refrigeración de su Mercedes.

Parecía más vieja que en las fotos de las revistas y se le notaba el estiramiento de la piel de la cara. Como suele ocurrir, aunque en ella se lo veía en un grado menor, la cirugía, eliminando las marcas de expresión, le había tensado la piel de los ojos y suavizando todo artificialmente, le había dejado una carita de conejo.

Ya estaba saludando a otro, a quien seguramente conocía porque se disculpaba:

– Pena que no pueda quedarme a los brindis… Tengo un bautismo en el campo de Luján y estoy comprometida a llegar antes del postre…

Después oyó que le decía al Mecánico que el lugar era "hermoso" y "encantador" y que esperaba que todo saliera tan bien como había comenzado.

Cuando el animador anunció que se presentaría un grupo de mariachi que estaba de moda en Punta del Este la vieja aprovechó para despedirse de todos levantando una mano y haciendo ademanes de tirar besos a los que seguían en la piscina salió por la puerta de los vestuarios acompañada por uno de su custodios y el Mecánico, que la guiaba, tomándola de un brazo.

El gerente no volvió a ver al otro custodio, ni a los muchachos disfrazados de fotógrafos que anduvieron por los tanques de agua vigilando todo. Buscándolos con la mirada, evocaba el tacto frío de la mano de la vieja. Parecía un pez recién salido del agua helada del mar: un pez rosado. Recordó la escena del vestuario y se le ocurrió pensar que el pene del custodio, también rosado, debía ser frío como un pez, o como la mano de la vieja.

Y era vieja: poco después de que saliera, ensayó un fielding y calculó que había sido la persona de mayor edad entre medio centenar de invitados y más de una veintena de gente del personal que, hasta ese momento, habían pasado por la terraza.

Debía tener setenta: diez años más que su suegra.

¿Qué puede contar de todo esto un marido? El Mecánico le había dicho que invitara su esposa.

– Todos van a venir con sus mujeres, o con mujeres… No se olvide que lo único que tenemos que hacer es celebrar… No quiero verlo con cara

de ejecutivo en medio de la joda.

Eso sí se lo había contado a su mujer. Ella estuvo de acuerdo en que no correspondía que fuese: habría gente de la noche, novias de futbolistas, modelitos de algún servicio de acompañantes y, hasta peores que ellas, andarían por ahí las mujeres de los socios, ricachonas, guarangas.

También le comentaría que había conocido a la Cementera y algún detalle de su vestido o de sus joyas. Elogiaría la sobriedad. No le hablaría de los custodios ni de la imagen de la vieja, que parecía feliz de mezclarse con usureros y advenedizos.

Para su mujer, la Cementera seguiría representando a una dama de las mejores familias, que, triunfando en los negocios y en la vida social, corroboraba el destino de superioridad de la aristocracia argentina.

Tal vez los de prensa podrían conseguirle una foto de la vieja tomándole la mano o hablándole: era lo único bueno que podía haberle sucedido esa mañana.

Lo malo era todo lo demás. Lo peor, ese viento que volvía a sacudir las guirnaldas que daban sombra a las mesas y que habían costado un fortuna con tanto arreglo floral que ahora empezaba deshojarse. Ya había pétalos de distintos colores flotando en ángulo sur de la piscina. El viento norte, cada vez más caliente y arrachado ponía en peligro la estabilidad de los macetones con pinos que, en los ángulos de la terraza, ocultaban los bafles del servicio cuadrafónico que habían contratado. ¿Tendría razón el de la cocina que aseguraba que pronto tendrían tormenta?

Todo indicaba que sí. Pero una tormenta no podía ser peor que la sensación de fracaso que se acentuaba cada vez que comprobaba la facilidad con que el Mecánico y su séquito de amigos y socios simulaban divertirse.

¿O verdaderamente se divertían?

Era algo que el gerente no podía determinar. Ni siquiera se podía formular la pregunta con precisión.