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Le había pedido a la virgen que la niña estuviera bien y que su hermana estuviera bien y que viniese a Buenos Aires en verano, por lo menos antes de carnaval, porque en Semana Santa iría ella a San José, y de no ser posible, si le atrasaban la vacación, iría en junio o a mitad del invierno.

Iba a ser una de las últimas veces para ver San José. Antes, cada dos años iba allí y cada vez encontraba peor el pueblo y la gente. Ahora sin hombres. Antes, casi todos los años, y hasta la época de la guerra de Las Malvinas cuando llegaba se hacía un alboroto de hombres porque avisaban que había llegado la Porteña. Le decían La Porteña más que nadie los hombres. Después, casi no quedaron hombres. En la guerra murieron nada más que dos chicos, y eran primos entre ellos. Pero cerraron un ingenio, después el otro, y los hombres desaparecieron. Quedaron viejos nada más y algunos chicos con abuelas. De tres boliches, quedó sólo el de la ruta y lleno de santiagueños. Y en las últimas idas casi nadie la reconoció ni oyó que la llamaran La Porteña.

A la hermana sí, ahora le dicen Porteña porque baja a la Capital casi todos los años y cuando vuelve habla como porteña por unos cuantos días. Habla como porteña, pero sin maldad.

En cambio el sobrino, las pocas veces que subió a San José, se la pasó visitando casas y poblados de alrededor, haciéndose todavía más porteño de que lo que se volvió desde que vive en Tolosa y entró en la policía.

Le había pedido a la virgen que el chico no fuera orgulloso, pero hay cosas que nunca se pueden conseguir. Era mentira que fuese obligatorio andar con la cartera llena de balas y la pistola, pero en Tucumán el sobrino entraba a las casas disculpándose, diciendo que las tenía que llevar aunque saliera a pasear los perros por los cañaverales, porque era el reglamento. Ahora gana más de mil y le manda a la madre cincuenta pesos y nunca a tiempo. Comparando, ella gana cuatrocientos y manda todos los principios de mes cien o ciento cincuenta, según vengan las cosas. Claro: el chico se casó y tiene más obligaciones y tiene la mujer, que en el pueblo no gustó porque parecía gringa, blanquísima, aunque no era una chica mala con nadie, ni con la suegra.

Lo bueno de los domingos es que se puede estar sola desde temprano y pensar todo el día. Después de misa, aunque sea un domingo de calor, una se siente aliviada, como cuando comulgaba.

Ahora casi nadie comulga y cada vez se ve menos gente en las misas. Antes todos comulgaban por lo menos cada mes. Los sábados a media tarde confesaban, el domingo, en la misa de las nueve, daban la comunión, y entre la tarde del sábado y la hora de comulgar de la mañana pasaba un tiempo más tranquilo, sin radio ni tele, tratando de hacer todo con santa paciencia, y sin enojarse ni amargarse para no pecar. Pecar es hacer daño.

Antes pensaba que ignorancia era no poder escribir bien una carta o hacer las cuentas y no saberse libros enteros de memoria. No, antes no, siempre creyó así hasta que, todo a la vez y al mismo tiempo, se dio cuenta de que se había vuelto vieja y que la ignorancia era nada m s que ser malo.

Lo bueno de la iglesia del barrio Flores era que nunca se podía saber cuál cura era el que estaba confesando, aunque con el tiempo se reconocía a los dos más jóvenes, por la voz. Hace más de quince años que se mudaron y desde entonces se confiesa en la capilla del barrio norte, siempre con el mismo cura que cambió dos veces. A este cura no podía decirle que ignorancia es ser malo, porque le volvería a hablar del pecado de soberbia. Justo a ella, soberbia. Nunca le dijeron soberbia. Se acuerda de que en la casa le decían primero La Chica y después La Señora, en San José La Porteña, que algunas veces le dijeron Negra, o Cabeza, y La Tucumana. Pero nunca oyó ni le dijeron que habían dicho de ella que era orgullosa o soberbia y mucho menos ignorante.

El párroco de Flores había dicho que ignorantes eran los que pedían cosas a un santo, a la Virgen y hasta al propio Jesús, y ella siempre confesaba que había pedido, pero que no había pedido ventajas para ella.

Pedir para pedir algo para una misma es diferente de pedir para que escuchen. Otro cura dijo que reclamar es pecado pero que hacerse oír los buenos pensamientos no era pecado, porque era bienaventuranza.

En la ventana del living el señor había hecho un tajito con la gillette y por allí se podía ver la fiesta de inauguración de la pileta. Todo el ventanal del piso estaba forrado de plástico como paquete de regalo, por eso no circulaba el aire y había que tener algunas luces prendidas para ver por donde se caminaba.

La luz eléctrica da más calor. Miró por el tajito: se escuchaba un bolero y se alcanzaba a ver un rincón de la pileta con la gente bañándose. Mostrar la cola con esas bombachitas hechas de tiras de elástico y levantarse los pechos con corpiñitos en miniatura no es pecado si no se hace para incitar, pero algunas debían hacerlo para eso. Igual, juzgarlas sería un pecado tan grande como el que cometen ellas.

Pobres, pensaba, las mujeres viven tratando de incitar. Y los hombres tratando de mandar o de hacer ver que mandan.

La gente de afuera parece más atrasada: es más atrasada en casi todo, pero en esto es igual. En San José también pondrían boleros para las mujeres y ellas andarían igual sacando la cola o ajustándose las blusas. Pero ahora ya no hay bailes. Un cumpleaños de quince o un casamiento con baile puede llegar a haber, pero, ¿cuánto hará que no se casa nadie…?

Le había pedido a la Virgen que la niña se casara por fin con ese novio y que se pusiera bien. Si no se casaba, seguro que antes de mitad de año aparecía con uno nuevo. Cambia novio, los padres se disgustan con ella, después se disgustan entre ellos como si no tuvieran más motivos para pelear, la patrona se pasa toda la noche sin dormir mirando películas en la cocina, y el señor entra y sale de la casa, va a la cochera, arranca el auto, sale, da unas vueltas por el barrio y lo guarda. Entonces vuelve y se acuesta y al rato se levanta, va a la cocina, come algo o se sirve una copa, camina por toda la casa y si ella le habla, empiezan a discutir por plata. Y plata es justo lo que les sobra.

El sereno de las cocheras, que es evangélico, dice que los patrones están endemoniados. Los evangélicos combaten la superstición pero son más supersticiosos que la gente y creen que hay demonios volando por el aire que se meten adentro de las personas.

Pero viendo a la gente pelear, entrar y salir y quedarse horas y horas con cara de rabia, o con los ojos perdidos en la televisión, da ganas de darle la razón al sereno o a cualquier evangélico que aparezca diciendo que están infectados por los demonios.

El ruido y el griterío de la terraza parecen endemoniados, como los bailes de los chicos, que ni oyen lo que se dicen por tanto ruido, y encima no se se ven, porque no hay luz o porque les ponen tanta luz que los encandila.

La niña decía que iba a bailar casi todas las noches y los padres le creían. Hacía pensar que eran mentiras que decía para quedarse por ahí con el novio de momento. Pero no: con novio o sin novio, se iba igual a bailar, y cada noche a un sitio diferente. Después, todo el día a dormir y levantarse a media tarde para salir a comprarse más cosas y hablar por teléfono.

No es por el demonio, es por la sobra de tiempo y de plata el pecado. Y después pelean porque uno le hace perder el tiempo al otro, o porque le hizo gastar o perder plata.

El viento a los de al lado les arruinó las flores y las plantas que habían puesto de adorno en la fiesta y que debían tener pensado dejar para siempre. Ahora les va a empezar a llover y termina la fiesta y el patrón del hotel va a tener un ataque de rabia -La Ira- porque se les estropeó todo.

La soberbia empuja a la vanidad, la vanidad trae la ira y todo parece el mismo pecado. Pero juzgar también es un pecado, y tendría que ser m s grave porque es más fácil de cometer y más difícil de sacárselo de la cabeza.

A los chicos les siguen inculcando el pecado de la carne como si fuese lo peor. Pero la vanidad, la soberbia y el egoísmo llevan a matar, a robar y a mentir mucho más que la carne. La carne tiene que dormirse para ver estas cosas tal como son.

Cuando viene tormenta duelen más los pies o se duermen las piernas. Es el cosquilleo de la edad por causa del corazón o la circulación. Hay que ir todos los años al médico para oírle decir lo mismo sobre la edad, la circulación, el corazón y el pulso. Cuando se duerme la carne viene un tiempo de sofocones y malos pensamientos. Después se va pasando todo y hasta se pasa el miedo a la vejez y a morirse.

Se acuerda de las sensaciones en los pechos, en el vientre y abajo y de la voz que le salía ronca. Antes, las sensaciones le volvían a mitad de la noche, siempre iguales. Pecaba tratando de recordar cómo habían sido y lo que había pasado con cada varón. Ahora puede recordar hasta el menor detalle y todos aparecen más claros pero sin sensaciones, ni vergüenzas, ni miedos de la carne. Recordar no es pecar: se puede recordar sin vicio ni lujuria. Igual preferiría ser vieja y morirse al lado de un hombre, y preferir eso no es pecar: pecar sería querer ser otra con maldad, con envidia. Ha de haber pocas, pensaba, que puedan ser felices de verdad, y si lo son, bien lo tendrán ganado y se lo merecen.

Uno dijo que no hay infierno y que el infierno es el castigo que se recibe en la vida, pero la fe enseña que estas cosas no se pueden saber y que de lo que no se puede saber, como de las cosas que no se deben saber, más vale olvidarse.

Los patrones saben todo y averiguan todo lo que pasa en el Apart Hotel y si estuvieran esa tarde andarían espiando y peleándose por opinar cada cual una cosa distinta.

Y una bien podría vivir feliz y morir feliz sin enterarse de lo que sucede al lado de su casa, pensaba. Mejor dicho, sentía.

Pero siempre hay un "pero" condicionando la descripción del acontecimiento. Se ha comentado que uno puede vivir igualmente feliz, o tan desdichadamente como vive, sin enterarse de lo que sucede a su lado, un paso más allá, o mucho más lejos. Tal vez sea cierto, aunque no sea la verdad lo que está en juego en este decir que se repite desde hace decenas de siglos.

Tampoco la felicidad y la desdicha son estados del cuerpo, -¿o del alma?- que puedan modificarse con la satisfacción de la curiosidad por lo que ocurre en una terraza, o en una guerra. Sean acontecimientos, estados o sentimientos, son siempre cosas de las que bien se dice que "corren por distintos carriles". No sólo irían por carriles separados: pueden ser concéntricos, perpendiculares y hasta enfrentados, y así van los trenes del mundo a toparse estrepitosamente contra el tren de la vida personal, o a pasar por debajo, o a seguir de largo: da lo mismo y todo depende de los carriles del relato y de cómo haya podido uno trazarlos.

La máquina que cuenta nunca se detiene y aunque esté lejos del alcance de la vista y ni se escuchen sus vibraciones, conviene dar por descontado que anda por ahí y esperarla, no en el vacío ni en el aire y ni siquiera en un hipotético espacio interestelar donde se esté parado, sino en su propio lugar: la espera.

Es como una atmósfera, y en ella, hasta en los días más calmos tarde o temprano aparecerá una zona de presión, una columna de aire ascendente que se desplaza y tiende a mover todo, o un punto frío donde el gas, lentamente, comienza a desplazarse hacia abajo o a un lado.

Es cuestión de tiempo: guardar y aguardar a un mismo tiempo, porque en algún momento algo se manifestará.

Espera nada, o, según se suele decir, o como diría ella misma, "no espera nada" y eso porque ya da por descontados la tormenta y el final del calor agobiante y del malestar circulatorio en las piernas.

Recordó los tiempos en que se rezaba el rosario en la novena y la manera en que las cuentas iban pasando una a una entre los dedos, como si pellizcándolas entre el pulgar y el índice se consiguiera hacer que el tiempo salte de una mano a otra y pase de a trancos. El tiempo como si fuera un tren interminable: vagón tras vagón, una llega a la cruz y vuelve a empezar por el final.

Recordó el departamento de la calle Rivadavia, justo en los tiempos en que con la primera patrona rezaban juntas la novena. Mientras se reza se nota todo mucho más, las cosas cercanas medio desaparecen y los ruidos de lejos se oyen más cerca. Rezando se oía el trepidar del edificio cada vez que pasaba un subterráneo bajo la avenida.

Rezaban a la hora en que la gente volvía del trabajo. Eran las siete y media, y cada cinco o diez minutos pasaba un tren, vibraba todo.

Planchando, cocinando, durmiendo o mirando la tele nunca oía pasar los subtes que solo se volvían a notar al rezar la novena, y en la madrugada de los lunes, cuando arrancaban después de mucho tiempo sin andar porque los domingos no había servicios.

Por el barrio nuevo -pensar que lo llamaba nuevo y estaban allí desde hacia más de quince años le causaba gracia- no pasan subterráneos y los domingos, como los sábados y feriados, son días mudos porque la gente se va a las quintas o a las playas del Uruguay. Las bolitas del tiempo son como vagones de un subterráneo invisible que va volando lejos y se pueden pellizcar en el aire sin sentir nada.

Esa tarde se oía la música del hotel, y, por momentos, se intercalaba la voz grave de un locutor que presentaba a alguien o despedía a una que se retiraba de la fiesta.

De a ratos se sentía todo más cerca: era cuando aflojaba el viento. No miró abajo, seguramente estarían refrescándose en el agua, pero miró el cielo a través del tajito: todo estaba nublado y las nubes bajas, las más oscuras, se estaban acercando. Solo quedaba un pedazo de azul, arriba, hacia el lado del río. Pronto las nubes lo irían a tapar.

Antes de eso cayeron las primeras gotas. Hubo un gran ruido, no un trepidar como el del subte. Fue como si un tren enorme corriese por encima del edificio y no terminara nunca de pasar. Las luces del pasillo amarillearon, se apagaron, volvieron a prenderse y a apagarse, después titilaron y al fin quedó todo el piso a oscuras. Se oía un trueno, pero formado por el ruido de muchos rayos que caían cerca y casi a un mismo tiempo. Después se repitieron relámpagos tan fuertes que transparentaban la misma tela negra de las ventanas que no había dejado pasar ni el sol de la mañana. Ahora el ruido era una cortina de agua que pegaba contra los techos y las paredes. Le pareció que nunca había oído llover tan fuerte. Era como si en lugar de agua o de granizo estuviesen tirando tablones contra las casas.

Seguramente las calles se estaban inundando. Buscando velas en la cocina, oyó el ruido de los caños de desagüe que bajaban por la parte de servicio del departamento. Cada tanto rugía un remolino y después se sentía un golpeteo en la pared porque estarían pasando globos de burbujas y chorros de aire chupados por las cloacas, arrastrados por el agua. ¡Cómo se iba a inundar todo aquella tarde! Había pasado un rato y con toda la casa cerrada ya se sentía que estaba refrescando.

Prendió una vela y alumbrada por su llama amarilla caminó hacia la ventana del tajito para mirar. Pero casi no se podía ver. Caía un verdadera cortina de agua y las gotas, -mejor dicho, los chorros- iban de izquierda a derecha, señal de que había cambiado el viento. Se adivinaban los bordes y las paredes de los edificios. Abajo en la terraza no había más fiesta. Le pareció oír gritos o chillidos que venían desde allí, pero bien podía ser la mezcla de silbidos del viento que cuando arreciaba abría huecos en la cortina de agua. A través de uno de ellos pudo ver la pileta sin gente, donde flotaban trapos que serían toallas o manteles y una mesa o la tabla de una mesa que daba vueltas por el medio. En un balcón alcanzó a ver bolitas de hielo, más grandes que huevos de paloma, pero ya debía haber dejado de granizar. En el final de la terraza se movían formas de colores, que serían personas vestidas corriendo de un lado a otro como si no supieran cómo salir o dónde ponerse para escapar del granizo, si es que seguía cayendo, o de la lluvia torrencial con gotas grandes, casi heladas.

La lluvia: el agua. Para ver mejor, puso los índices en los bordes del tajito. En seguida sus yemas se mojaron. No tuvo que hacer mucha fuerza para que el corte se extendiera unos centímetros hacia arriba y separando los dedos abrió un ovalo del tamaño de una cuchara de postre. Así vería mejor, pero la cortina de agua se hizo m s densa, apenas se veían las ventanas del edificio vecino y, a través del pequeño agujero, salpicaduras de lluvia fuerte le mojaron la cara y un costado del pelo. Retiró los dedos, alisó el tajito de modo que no se notara que lo había agrandado y alumbrándose con la vela fue a mirarse en el espejo del salón. Al mojarse, un mechón de pelo blanco había oscurecido y se le había pegado a la cara. El párpado inferior y la mejilla del lado derecho estaban empapados. A la luz amarillenta de la vela una gota que le bajaba hacia el mentón y unos brillitos de agua en el borde de la cara y en el cuello, daban la impresión de que hubiese llorado. Pero en ningún momento de aquel domingo había sentido ganas de llorar. Al revés: el mechón blanco, que mojado parecía medio castaño o rubio, daba casi ganas de reír, igual que darse cuenta que hacía cerca de quince años vivían en ese mismo departamento y que sin contar los dos veraneos que tuvo que acompañar a los patrones y unas pocas escapadas de vacación a San José, todas las noches había dormido allí, en la misma cama, en su misma pieza.