40406.fb2 Viaje a la luz del Cham - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

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XII. La honra del beduino.

– La ‘jaima’ es la honra del beduino -repetía Abu Mansur, el jefe de una familia de beduinos que tenía plantadas las tiendas a veinte kilómetros más o menos al sur de Al Hair, en la carretera comarcal de Damasco a Palmira.

Sentado en uno de los largos colchones que colocados en forma de U constituyen la parte de recibo de la tienda, apoyado el brazo en los almohadones para recostarse mejor y encogidas las piernas bajo la chilaba, los zapatos aguardando obedientes en el borde de la alfombra, el beduino desgranaba mansamente su rosario. Estaba serio y en actitud digna pero cuando hablaba y levantaba el largo espantamoscas de tiras de papel zarandeándolo, el brillo de sus ojillos grises en el rostro cercenado y oscuro y el único diente de su mandíbula inferior le daban un aspecto risueño e incluso pícaro.

– La tienda es la honra del beduino -repetía con un orgullo que los años habían despojado de agresividad.

Era una tienda espaciosa de unos tres metros de ancho por diez o doce de largo, abierta en aquel momento por la parte de levante y cerrada por la de poniente para proteger a sus moradores del sol y del viento que desde las cuatro de la tarde había comenzado a soplar.

Cuando amanece, los beduinos bajan las lonas de la parte este y las suben por la tarde al tiempo que bajan las del oeste, y así durante todo el día están a resguardo del sol.

– En invierno -contaba con deleite-, no sólo el techo sino toda la tienda es de pelo de cabra, un material más negro y más caliente que se abre con el calor y se cierra con la lluvia, como la madera de las barcas y de las puertas.

Yo había llegado a la tienda por la voluntad de Alá. Aquella mañana había salido pronto de casa con la intención de probar el coche por la carretera que va hacia el norte, me había detenido en Homs a visitar el zoco y la mezquita Jalid ben al Walid y dar una vuelta por la ciudad que apenas había visto en mi viaje con Setrak, y hacia las once de la mañana, después de comer unas empanadas en un puesto callejero, había tomado la carretera que atravesando el desierto se dirige hacia el sureste, a Al Basiri, para desde allí volver a Damasco a primera hora de la tarde.

Pero cuando apenas me faltaban cincuenta kilómetros, el coche comenzó a zigzaguear y tuve que detenerme al borde de la carretera para cambiar la rueda.

Era un mediodía de sol tan feroz que al abrir la portezuela la reverberación del aire me cegó. El desierto de Siria no es de arena, sino de tierra, piedras, polvo y matorrales, y a veces, como ese año pródigo en lluvias, está sombreado en primavera por una tenue capa verde que el viento hacía brillar como la hoja de un cuchillo. Miré a mi alrededor: temblando en el horizonte de luz irisada descubrí hacia poniente la mancha de una ‘jaima’, una tienda de un color levemente más oscuro que la tierra, y por el sur torbellinos de polvo encadenados señalaban con precisión el recorrido de un rebaño. En la inmensidad de la tierra que se abría ante mí nadie había que pudiera ayudarme, nada parecía tener vida más que yo. Ni un árbol, ni un ave, ni una serpiente arrastrándose en la pedriza, ni siquiera un lagarto que tranquilizara mis sentidos haciendo chasquear o rodar las piedras. El silencio me ardía en los oídos. Levanté el capó sin demasiadas ganas de comenzar la operación, saqué el gato y lo coloqué. Y acababa de desenroscar la segunda tuerca cuando vi a lo lejos, como salida de las entrañas de la tierra, una silueta oscura que, descubrí al cabo de un rato, caminaba hacia mí. Un tanto confusa me dispuse a esperar. La silueta fue acercándose, cruzó la carretera y se detuvo. Era un hombre muy alto, con barba, vestía una chilaba de un color que los años y los elementos iban igualando con los de la tierra y llevaba el ‘kufie’ de cuadros blancos y rojos de los campesinos, displicentemente doblados los extremos sobre la cabeza. Me miró a los ojos y con una breve inclinación se llevó la mano al pecho, a la boca y a la frente y habló.

Aunque no entendí lo que me dijo, por la risa de sus ojillos negros comprendí que venía en son de paz.

Para corroborarlo cogió la llave de tubo que yo había dejado en el suelo y se dispuso a continuar la tarea que realizó en menos de cinco minutos con extrema precisión. No titubeó a la hora de buscar la rueda de recambio y una vez hubo colocado cada cosa en su sitio, se limpió con tierra la grasa de las manos e inclinándose hizo un amplio gesto con el brazo como si me invitara a entrar en sus dominios.

Luego sin esperar respuesta se instaló en el asiento delantero junto al del conductor y señaló la tienda lejana que rozaba el firmamento.

Los beduinos, como los sirios, son de natural hospitalario y para ellos recibir a un huésped en casa es una bendición. Su historia está plagada de ejemplos en los que el jefe de la tribu ha renunciado a asaltar una caravana e incluso ha perdido una batalla por no traicionar al hombre que se había detenido a tomar una taza de té con él. Así que subí al coche y puse el motor en marcha. Casi en silencio nos adentramos en el desierto y por lo menos durante veinte minutos recorrimos las onduladas lomas, camino de la tienda, dejando tras de nosotros ese reguero de polvo que indica a los invisibles habitantes de la estepa lo que ocurre en diez millas a la redonda. Said, decía él dándose golpes en el pecho con la punta de los dedos, Said, y yo con el mismo gesto repetía, Rosa, Rosa, y nos reíamos los dos cada vez que uno intentaba repetir el nombre que había oído.

Desde lejos vimos una multitud de niños y mujeres que nos recibían con gritos y saltos. Al frente de ellos Abu Mansur, de la tribu de Al Aneze, padre de Said, y jefe de aquella numerosa familia, había salido a recibirnos.

Después se dispusieron todos a agasajarme. La ceremonia de bienvenida es complicada y larga y se suceden el té, las frutas, el ‘samne’, ese agüilla fresca que queda después de batir la leche para extraer la mantequilla, los dulces, y más té ardiendo, que uno de los hijos, Muham, iba sirviendo en cuanto se vaciaba el vaso. Era un día de mucho calor y ejércitos de moscas se posaban en todas partes sin que a ellos pareciera importarles.

Al cabo de poco, cuando yo ya había perdido la esperanza de que pudiéramos entendernos, llegó un soldado que chapurreaba el inglés y que se había acercado a la tienda, quién sabe desde dónde, a buscar cuajada y yogur, y comenzamos a hablar.

Parecía gente adinerada por la cantidad de ovejas, aunque en realidad, como me dijo el soldado, nunca se sabe si el rebaño entero es suyo o se encargan de apacentarlo por cuenta del jefe de la tribu.

Detrás de la tienda había un camión desvencijado y más allá por lo menos seis camellos. La familia se componía del padre y de la madre, varios hijos e hijas con sus parejas y sus propios hijos, y además la abuela.

El soldado me traducía lo que iba contando el beduino, las cuitas de sus antepasados y de sus descendientes. Said era el hijo mayor, y Alí, el encargado de llevar a pacer el rebaño, había vuelto con las ovejas cuyo cuidado correspondía después a las hijas. Frente a nosotros, a unos cien metros de distancia y con tan certeras pedradas que ni siquiera rozaban a los animales, separaban el rebaño en tres grupos: las ovejas que había que ordeñar, los machos y las crías.

Envuelta la cabeza en pañuelos de gasa y tafetán que dejaban sólo al descubierto los ojos, trotaban las cuatro con sus trajes largos de colores vivos salpicados de adornos dorados como figuras mágicas azotadas por el viento en una danza ancestral que acompañaban con sus propias voces -”euu, auu”- a las que los animales obedecían. Las envolvía la nube de polvo de las ovejas alborotadas, o quizá fuera el viento del desierto que iba en aumento y enturbiaba el cielo cada vez más. Yo me levanté y comencé a sacar fotografías.

Mientras tanto apareció otro hijo del jefe, el benjamín Abu, con chilaba gris y pañuelo anudado a la cabeza, poniéndose una chaqueta negra con esa peculiar forma de defenderse del calor de los hombres del desierto que consiste en añadir una capa a otra, y nos sirvió café con la cafetera árabe y el minúsculo cuenco que enjuagaba antes de verter en él no más de tres gotas de un líquido oscuro y amargo con fuerte sabor a cardamomo que seguía sirviendo a cada uno de nosotros mientras no le detuviéramos haciendo oscilar el cuenco de derecha a izquierda, como me aclaró el soldado.

Llegó luego la esposa del jefe envuelta en oropeles, descalza sobre la arena y las alfombras de paja que cubrían la totalidad del suelo de la tienda y se sentó con nosotros. La posición en que yo estaba era muy cómoda, pero el soldado, que dijo llamarse Kafr o Kaf, me advirtió por señas que mantuviera como ellos las plantas de los pies contra el suelo. Y así lo hice.

Después aparecieron otras mujeres con una fuente de ciruelas verdes y cerezas, más tarde nos trajeron jarabe de granadina, té, cuencos de metal con verduras hervidas, pasta de garbanzo, maíz, pan, cordero asado con hierbas cortado en pedazos y berenjenas confitadas, que íbamos cogiendo de la gran fuente con las manos o haciendo bolsa con el pan.

Fuera, las muchachas habían logrado separar las ovejas. Las que habían de ser ordeñadas se alinearon sin necesidad de orden alguna en dos hileras, cabeza contra cabeza, y una de las chicas iba pasando una cuerda de una a otra hasta conseguir trenzarlas como si fueran una ristra de cebollas o ajos. Desde donde estaba veía la doble fila perfectamente engranada y por cada lado una chica con un cubo de estaño se agachaba tras la primera oveja, la ordeñaba con unas cuantas sacudidas firmes y pasaba a la siguiente. Se diría que estaban haciendo una carrera sin competencia porque ambas llegaron al otro extremo al mismo tiempo, sin prisas. Luego se levantaron contra el viento y llevaron el cubo a la tienda contigua más pequeña, llena de niños de todas las edades, hijos de esas mujeres tan ágiles que yo había tomado por muchachas de quince años. Ésa era la tienda donde en grandes barreños se hacía el yogur de oveja y los pequeños quesos, la mantequilla batida y el ‘samne’, que al día siguiente llevarían en el camión a vender al mercado más cercano.

– O pasarán los campesinos o los soldados y se lo llevarán -dijo el beduino.

Él no hacía nada más que hablar y fumar cigarrillos, los hijos nos servían y se servían en una especie de plácido desorden. Sin que yo le hubiera visto, llegó otro beduino, el vecino, dijeron señalando una tienda a lo lejos que no alcancé a ver por más que insistieron en indicarme el lugar, y se sentó a comer y a beber té con nosotros. Se añadieron los hijos de Said y todos los yernos del jefe. Los niños correteaban en la pieza contigua, la parte de la tienda separada por una pared de edredones y alfombras doblados y amontonados en un orden perfecto que por la noche extienden sobre las esteras y se convierte la tienda en un dormitorio colectivo del que se separan las parejas y sus hijos por cortinas colgadas del techo, los más primorosos ‘patchworks’ que aún no han descubierto los grandes almacenes de Occidente.

Los hombres poco tienen que hacer: los ancianos se sientan a fumar o a desgranar el rosario y se encargan de presidir las bienvenidas y las despedidas; sus hijos deciden dónde hay que plantar las tiendas para que estén cerca de los pozos y llevan el rebaño a pacer, impertérritos bajo el sol de justicia que se abate sobre esa tierra dorada. Son las mujeres las que soportan el peso de la familia y de la industria artesanal de la que viven.

Al final de la cena entró la anciana de la tribu, la madre del jefe, una mujer entrada en años con el rostro tatuado de las beduinas, cubierta la cabeza con un pañuelo negro a modo de toca y vestida con varias capas de refajos, negros también. Se sentó a mi lado, me saludó y me preguntó:

– ¿Estás casada?

– No -respondí-, estoy divorciada.

– Y ¿no quieres volver a tener marido?

– Pues… no.

– ¿Tienes algún amigo en tu tierra?

– Sí, claro que tengo un amigo.

– Dile que venga -dijo con una sonrisa-, no está bien dejar a las mujeres solas. Ves, aquí estamos todos juntos.

– ¿Es cierto que en Europa las gentes se matan por la religión?

– preguntó Said.

– Sí -reconocí después de pensarlo-. Sí, es cierto.

– ¡Cuánta desgracia! -exclamó una de las mujeres mirándome con pena.

Los beduinos no son religiosos.

Recuerdan con orgullo que se sublevaron contra el Profeta. Son gentes sin fe que practican una moral de clan y de tribu y que viven ajenos a lo que en el mundo ocurre.

– Nosotros no necesitamos ir a la mezquita -aclaró el beduino de la tienda vecina-. Nosotros tenemos comunicación directa con Dios, como si fuera por teléfono -y se rió.

– Sí -replicó con sorna Abu Mansur-, es cierto lo que dice, lo que ocurre es que Dios siempre comunica. -Y rieron todos a carcajadas la gracia mientras el jefe mataba los mosquitos que le picaban en la frente. Era la hora del crepúsculo y habían invadido todo el espacio. Se acercó una mujer con un candil y lo colgó de una percha.

Luego desapareció tras la cortina.

Beduinos domesticados que levantan el estandarte de sus tradiciones o de lo que queda de ellas para defender un modo de vida que los años van dejando obsoleto.

Porque el beduino era guerrero.

El beduino era el terror de las caravanas, el dueño y señor de los espacios, una amenaza para los imperios. En el transcurso de los siglos ningún invasor pudo asentar su poderío sin pactar con el jefe de las tribus que le rodeaban, ni caravana alguna cruzó los desiertos ni anduvo por las rutas del comercio sin su connivencia concertada de antemano. Eran tribus que podían tener hasta treinta mil tiendas esparcidas desde el norte, casi en la frontera con Armenia, hasta Acaba y La Meca. Tribus de hombres armados que luchaban con ferocidad para hacerse con los bagajes de los mercaderes o para desterrar dominadores recién llegados.

Pero el beduino de hoy es poco más que un pastor. Va olvidando que durante siglos se negó a cultivar la tierra para no esclavizarse y a poseerla para no quedar atado a ella.

– Si un beduino se cansa de un lugar, desmonta la tienda y se va a otro -había dicho Abu Mansur-.

Nosotros defendemos no el territorio sino el derecho a circular libremente por él. -Y así es. Pero cada vez ha de ir más al interior del desierto para no toparse con un puesto militar, una cantera, una fábrica o un campo de aviación. Y él ya no está tampoco tan interesado como antes en alejarse de los pueblos. ¿A quién vendería la leche, la mantequilla, el yogur y los demás productos que extrae de sus ovejas, y las ovejas mismas, de los que vive? Es cierto que en verano siguen trasladándose en sus desvencijados camiones o a lomo de sus camellos a tierras más fértiles donde puedan pacer las ovejas, pero las rutas se acortan.

– Para nosotros no hay fronteras -había dicho el jefe-, vamos donde queremos y nadie nos puede impedir ir al Iraq si así lo deseamos. Siempre ha sido así.

Quizá, pero a costa de evitar los puestos fronterizos y las zonas vigiladas. El desierto, aun dividido por las fronteras artificiales con que lo dibujó Occidente, era y es grande y los beduinos todavía pueden andar de un lugar a otro durante meses sin que nadie les moleste.

Pero su vida de nómadas es cada vez más difícil. No les está permitido tener armas como en los tiempos de su poderío, ni podrían ahora defenderse con ellas. Las carreteras que cruzan el desierto se van llenando de coches, y en sus márgenes crecen los primeros brotes de una repoblación cuyo único objetivo es quitarle espacio al desierto. El Estado les controla, y aunque organiza festivales para exaltar su vida y su memoria, las leyes les obligan como a todos: escolarización, higiene, servicio militar, papeles de identidad, pasaportes. Se dice que los jóvenes beduinos ante la perspectiva de un único destino de pastor y quizá acuciados por el instinto guerrero que movió a sus míticos mayores, dejan las tiendas, se enrolan en los ejércitos de los países del Golfo y ya no vuelven. Otros se acogen a programas gubernamentales de asentamiento y se instalan en las afueras de pueblos que bordean el desierto donde cultivarán el pedazo de tierra que se les concede. Y otros alquilan sus camellos para pasear a los turistas de Palmira.

Aunque es difícil de calcular, se supone que deben de quedar sólo unos 400.000 beduinos esparcidos en los desiertos de Jordania, Siria, el Iraq y Arabia.

Desde la carretera se les puede ver aún a lo lejos cuando al atardecer vuelven con los rebaños al campamento. Su figura mítica, chilaba, ‘kufie’ y ‘qelog’ (el aro de tela negra que sostiene el ‘kufie’)

y la vara en la mano, se agacha de vez en cuando para agarrar una piedra y echarla junto a la oveja remisa y hacerla volver. Le espera su ‘jaima’, sujetos los extremos de la tela al suelo con cuerdas tan tensas que dejan el techo estático y firme como el hormigón. A veces, por las noches, sale de la tienda a la luz de las estrellas, a tensarlas aún más porque el viento del desierto puede ser tan brutal que de no estar pendiente de sus arrebatos podría arrancarla y llevarla volando por los aires como una cometa.

Me fui antes de que anocheciera para llegar a la carretera con algo de luz, no sin haber tomado el café de despedida. Se levantaron y me acompañaron al coche y yo di de nuevo las gracias a Said y a todos los demás y les prometí que volvería con las fotos.

– Sobre todo las de las ovejas -pidió Abu Mansur-, son mi mayor riqueza. -Y añadió-: Después de la tienda.

En el momento de meterme en el coche se acercó el soldado y traduciendo las indicaciones de Said me dio la posición exacta de la tienda para que no me perdiera: veinte minutos al sur por el sendero que parte del Jan Abu Chamat, al Oeste del cuartel de la guarnición de Awan, a tres horas de camino en dirección al Yabal Sies. Y añadió para mi asombro:

– No puedes perderte.

¿No puedo perderme? Tendría que hacer un esfuerzo por recordar el lugar. Pero ¿cómo se recuerda un punto determinado, perdido en una planicie de leves lomas que se suceden durante cientos de kilómetros cuadrados, sin más indicación que el polvo que levantan los rebaños, o la silueta de un beduino que va a visitar a su vecino?

Tras el cristal les vi a todos arracimados, deformados los rostros por las sombras de los quinqués colgados del techo que temblaban movidos por el viento. Las mujeres tenían los ojos negros y brillantes y la piel inmaculada, volaban los trajes y los velos que adquirieron con la luz del ocaso fulgores y transparencias enigmáticos. Los hombres saludaban tocándose el pecho, la boca y la frente. Sonreían y decían adiós con la mano, felices por haber compartido uno de sus días conmigo, esa extranjera que había llegado del mundo ignoto que se les iba acercando. En la última claridad del cielo no había aún una sola estrella, el viento amainaba y hacía fresco, frío casi.

Y mientras avanzaba por el desierto a la luz de los faros, pero aún con un atisbo de resplandor osado en el último horizonte, me pregunté una vez más si de todos modos valía la pena que los engullera ese progreso de chicles y vídeos y sopas de sobre y hamburguesas de detritus que nos hemos inventado en Occidente. Si será sensato que sustituyan sus costumbres por las nuestras y sus tradiciones por el Papá Noel, Drácula y el pato Donald. Si sabrán hacerse a la estrechez de un apartamento cuando avancen por el desierto los edificios de hormigón y los plásticos y residuos cubran indestructibles la tierra cobriza. Si les será de alguna utilidad formar parte de un mundo donde en el mejor de los casos su única intervención en los procesos que rijan sus vidas será ir a las urnas una vez cada cuatro años; donde les tendrán ocho horas diarias haciendo el mismo gesto en una fábrica y cinco viendo absurdos programas de televisión, y se verán obligados a desechar sus hermosos vestidos y sustituirlos por las destartaladas camisetas que les dicte la moda; un mundo que les separará de sus ancianos por inservibles y en el que para sobrevivir tendrán que aprender a medrar sin escrúpulos y a no tener más apetito que poseer y aparentar; en el que ellos olvidarán y sus hijos ignorarán por los siglos de los siglos las fases de la luna, la dirección de los vientos, las rutas de las estrellas. Y donde para su consuelo y solaz, una vez al año se les permitirá dormir bajo el cielo protector en una tienda, como ahora, aunque junto a doscientas mil personas más, que el gobierno habilitará en las playas para las vacaciones de sus ciudadanos de tropa.

Pero de nada servía lamentarse por ello, me dije con melancolía cuando ya la noche había caído sobre el desierto, porque a fin de cuentas todo habrá de ocurrir inevitablemente antes de que acabe el siglo XX.