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Los Altos del Golán.
El martes de aquella semana, Gil Armenguè, el embajador de España, había organizado una visita a los Altos del Golán para la que se requiere un permiso especial. Recibí un folleto de las Fuerzas de las Naciones Unidas para la Observación de la Separación (FNUOS)
con el programa exacto de la visita, el número 53 de la revista ‘The Golan Journal’ de junio-diciembre de 1992, y un folleto con varios mapas en el que se explicaba el origen, el Mandato y el funcionamiento de la FNUOS.
Siguiendo la indicación del programa me presenté a las ocho en punto de la mañana en la puerta de la sede de la FNUOS en Mezzè, muy cerca del restaurante donde había cenado con Ismail hacía un par de días. El embajador y el capitán Franz Walch, oficial militar de Información Pública, ya me estaban esperando.
El capitán era un hombre de unos cuarenta años, deportivamente vestido de militar y con ese talante optimista, abierto y limpio con que aparecen siempre en las películas americanas que no son del Vietnam los oficiales del ejército de los Estados Unidos. El capitán sin embargo era austríaco aunque debía haber aprendido el inglés en América o tal vez había hecho un máster en West Point porque no le faltaba más que el chicle para parecer americano. Era simpático y franco en extremo, y durante todo el día nos acompañó, y con esa especie de sentido del humor tan peculiar que salpica a todas horas la conversación de los americanos, nos contó todo cuanto queríamos saber y nos hizo una descripción detallada no sólo de la situación en la zona, sino también del tipo de vida que llevaban las fuerzas en los puestos de control. Tenía un gran entusiasmo tanto por lo que decía como, estaba claro, por la vida castrense en sí misma que a todas luces le fascinaba.
Desde la sede de la FNUOS un Toyota con unas grandes letras, UN, que no admitían dudas sobre su filiación y que conducía él mismo, nos llevaría al campo Fauar, situado ya en la Zona de Limitación.
Yo no sabía entonces lo que era la Zona de Limitación y mientras el embajador y el capitán hablaban, me sumergí en la lectura de los folletos. En esos sesenta kilómetros que separan Damasco de los Altos del Golán me enteré de lo siguiente:
Los Altos del Golán son una zona de una gran variedad orográfica, que se extiende desde los 2.800 metros del monte Hermón en el norte, hasta los 212 metros por debajo del nivel del mar del lago Tiberíades en el sur. Es rica en manantiales, torrentes y ríos de aguas abundantes que desembocan en los ríos Jordán y Yarmuk. Y es la única frontera que existe entre Israel y Siria. Los Altos del Golán fueron arrebatados en su mayor parte a Siria por los israelíes en la invasión de 1967, y por la vía diplomática los sirios no han logrado recuperar más que una pequeña parte. En 1981 Israel se anexionó los Altos del Golán, lo que le valió una dura crítica de la comunidad internacional, aunque no tanto como para declararles la guerra salvaje con que se castigó al Iraq cuando se anexionó Kuwait, si bien esto no lo decía el prospecto. Tampoco decía que la devolución de estos territorios es la condición que sigue exigiendo Al Assad para establecer un acuerdo de paz con los israelíes, aunque nadie puede saber hasta cuándo podrá resistir sin que le impongan también un bloqueo que acabe con la situación económica de su país y le suma en la miseria ahora que ya no hay otro poderoso al que volverse en busca de ayuda.
El Acuerdo y el Protocolo de retirada de las fuerzas israelíes que devolvía a Siria parte de los territorios conquistados en 1967, fueron negociados por Kissinger cuando era secretario de Estado y se firmaron en 1974, a raíz de la guerra Árabe-Israelí de 1973, en una conferencia convocada bajo los auspicios de las Naciones Unidas y con la presidencia conjunta de los Estados Unidos y de la antigua Unión Soviética. En virtud del Acuerdo se estableció una “Línea Alfa de Separación” y a ambos lados una “Zona de Separación” vallada (hay 600 kilómetros de vallas arriba y abajo de la Zona de Separación)
que controlaría una fuerza de las Naciones Unidas. Además se acordó que las partes, es decir Israel y Siria, establecerían en sus propios territorios sendas “Zonas de Limitación” anexas, también valladas, donde se comprometían a limitar sus fuerzas y armamentos a 6.000 hombres, 525 tanques, 198 cañones y ni un solo misil. El mismo día en que se firmó el Acuerdo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas estableció la FNUOS, Fuerza de las Naciones Unidas para la Observación de la Separación, que controlaría la Zona.
La FNUOS consta de un comandante de las Fuerzas con una sede en Damasco y está formada por cuatro contingentes nacionales de Austria (los servicios logísticos)
, Canadá (situado en la parte israelí ocupada de la línea del Acuerdo)
, Finlandia y Polonia (en la parte Siria)
, un total de 1.222 hombres más un grupo de observadores (OGG)
de otros quince países y 126 civiles. Su única misión es vigilar que se cumplan los puntos del Acuerdo, pero carecen de potestad para intervenir.
La Zona de Separación es una franja vallada a ambos lados cuya amplitud oscila entre los 300 metros y los 14 kilómetros, que se extiende a lo largo de los 80 kilómetros de frontera entre Israel y Siria (desde el monte Hermón en la frontera con el Líbano al norte, hasta la frontera con Jordania en el sur)
. Una serie de estaciones permanentes y puestos de observación de la FNUOS situados en la Zona de Separación permiten controlarla durante las veinticuatro horas del día, sin contar con las patrullas, a pie o en vehículos, que a todas horas circulan en todas las zonas, por carreteras y caminos, en vehículos o a pie. Cada catorce días, o en cualquier momento a petición de una de las dos partes, los observadores efectúan un control de armas y efectivos. En cuanto se descubre una violación se comunica sin demora a la sede, que hace una protesta y que a su vez lo comunica a la otra parte, y a las Naciones Unidas.
Los Altos del Golán distan unos sesenta kilómetros de Damasco y sesenta kilómetros no es una distancia agradable para tener al enemigo, por lo tanto no me extrañó que pasáramos varios puestos de control y en las carreteras aumentara la presencia del ejército. Y tampoco me costó comprender que Siria tuviese un altísimo presupuesto militar, que los muchachos estuvieran obligados a hacer el servicio militar durante tres años, ni me parecieron exagerados los rumores según los cuales se habían destinado en los tres últimos años tres mil millones de dólares para aumentar y afianzar su potencia militar por si un día había que enfrentarse de nuevo a Israel y reconquistar los Altos del Golán.
La carretera iba ascendiendo y al pasar por el campo de refugiados palestinos de Jaushe con sus tiendas de harapos y sus barracas de hojalata, dijo el capitán, como había dicho Ismail un par de días antes: “Los palestinos nunca olvidarán”. Nos vieron pasar con la mirada cautelosa y derrotada de quienes se saben impotentes ante un enclaustramiento al que han sido condenados por el mero hecho de haber nacido.
En el puesto de control de Saassa, casi a mitad de camino, el capitán nos señaló un coche rojo y destartalado que nos seguía.
– ¿Cómo sabe que nos sigue?
– Los estoy viendo, siempre lo hacen. Son los sirios.
– ¿Por qué?
– No sé -dijo sin interés-, así tienen la impresión de que nos controlan.
Faltaban todavía cinco kilómetros para entrar en el campo Faouar a donde íbamos y por lo tanto los coches aún podían circular libremente por la zona. En un momento determinado el capitán dio un golpe de volante y se metió por un atajo y en dos o tres giros más logró burlar a los seguidores circulando entre arboledas. Cuando de nuevo salimos al camino y entramos en el jardín del cuartel del campo Faouar, ya a 1.072 metros de altitud, les vimos de nuevo tras nuestro Toyota, aunque tuvieron que quedarse en la puerta porque ni a ellos ni a nadie que no vaya acompañado por un miembro de la Fuerza, les está permitido entrar en el recinto de la FNUOS. A través de los cristales les vi la cara, contenido el gesto y la ira.
Habíamos llegado a las nueve en punto, tal como estaba previsto en el programa de mano que nos habían entregado. En la entrada nos esperaba el coronel Josef Nekham, comandante adjunto de las Fuerzas, que bajó los peldaños del porche para darnos la bienvenida. En su rostro tostado llamaban la atención los labios tan finos como una línea que le dividía el rostro. Llevaba el pelo cortado a cepillo, y la mirada aguda y penetrante traspasaba los cristales de sus gafas de montura de metal hasta detenerse inquisidoramente en nosotros. Los militares siempre me inspiran cierto respeto porque no logro saber qué esconden tras su porte, su mirada y su uniforme, qué tipo de hombres son y en el fondo a favor de qué y de quién están. Durante todo el tiempo que estuvimos con él tomando un café y unas deliciosas pastas polacas ‘favori’ que hacía para los soldados un cocinero de Varsovia, no alteró esta mirada que parecía haber detenido su curiosidad mientras esperaba pacientemente, sin fatigarse, a que transcurriera el tiempo previsto.
A continuación, siempre siguiendo el programa, volvimos al Toyota y nos dirigimos al puesto 16 subiendo durante una hora por unas carreteritas que ya se internaban en la Zona de Separación.
A medida que ascendíamos a las cumbres hacia los montes de 2.100, 2.400 metros de altitud -y más allá el Hermón con sus 2.800 tras los cuales se extendía el Valle del Jordán en Israel y a menos de cincuenta kilómetros Haifa y el Mediterráneo, asomaban entre las nubes inquietas que iban cubriendo el cielo y dejaban a su paso un sirimiri apenas perceptible. Desapareció la luz de los colores y el paisaje apagado retuvo sólo los verdes brillantes y oscuros de las hojas de los árboles y los grises que ensombrecían el firmamento. Al bajar del Toyota, además, hacía un frío desagradable y húmedo, el mismo frío que añorábamos en las planicies polvorientas abrumadas por la incandescencia del sol.
Hay puestos de control permanentes dentro de la Zona de Separación, pequeños cuarteles de campaña con no más de diez o doce soldados a los que no les está permitido bajo ningún concepto el ataque. Los puestos más alejados de la zona central están vallados y tienen garitas de observación. Los soldados disponen de un pequeño gimnasio para hacer ejercicio, porque durante el tiempo que están en los puestos apenas pueden salir: el terreno está minado aún y han de permanecer en los refugios excavados en la tierra donde habrán de esconderse en caso de guerra, tras barreras de sacos y puertas blindadas, con raciones de comida en polvo y provisión de agua para diez días.
Hay 6 puestos en toda la Zona de Separación y cada mes las patrullas recorren a pie o con sus 388 vehículos, 17.340 kilómetros.
En la Zona de Limitación siria, es decir, en la zona adyacente a la de Separación, viven unos 22.500 sirios, y como hay también policía armada, por lo menos en las zonas más alejadas, es inevitable que se produzcan pequeños conflictos.
Además hay que contar con los contrabandistas que intentan pasar de una zona a otra.
Desde el punto de observación de cada uno de los puestos que visitamos a lo largo del día, el 71, el 10 y el 60, vimos a unos pocos kilómetros y a veces a unos pocos metros, los pueblos palestinos que fueron divididos y sus habitantes separados por la línea Alfa.
El capitán nos contó que al principio se establecieron en la Zona de Separación plataformas equidistantes de las Zonas de Limitación de Israel y de Siria, pequeños altozanos visibles desde ambos bandos, donde estaba permitido que se reunieran los miembros de un mismo pueblo y de una misma familia. Pero un día descubrieron los israelíes que hombres y mujeres pasaban de un lado a otro vistiéndose de forma tan parecida que no era posible reconocerlos. Y desde entonces habían quedado prohibidos los encuentros. Para sustituirlos se había producido un fenómeno, controlado también por el ejército israelí, que los soldados llaman el ‘family shouting’. En los lugares donde la Zona de Separación es muy estrecha, a veces no tiene más de 300 metros, una vez a la semana y siempre a la misma hora se reúnen los vecinos y familiares de los pueblos que quedaron divididos tras las vallas de la Zona de Limitación, y cada comunidad desde la Zona de Limitación de su territorio, se comunica las incidencias, sucesos y acontecimientos ocurridos en la aldea. Los gritos retumban en las laderas de los montes circundantes, y como cada uno tiene su mensaje y deben estar impacientes porque de una zona a otra no disponen de teléfonos ni de correo ni de telégrafos, ni de ninguna otra forma de relacionarse, se organiza un guirigay tremendo del que sólo ellos son capaces de separar el mensaje que les va dirigido, como ocurre en los locutorios de las cárceles. Así se enteran de los nacimientos, las bodas, los viajes y las muertes, y corean desde sus laderas el mismo canto para celebrar las buenas nuevas y rendir homenaje a los que se fueron.
Los israelíes justifican la invasión de los Altos del Golán con el pretexto de que necesitan una zona de seguridad. Pero al anexionar estos territorios desmienten tal justificación, porque siguen teniendo frontera con Siria que a su vez precisará de otra zona de seguridad. En realidad no se trata tanto de un problema de seguridad como de agua, uno de los problemas más importantes que subyacen en la inestabilidad de todo el Oriente Medio. En esta zona nacen los manantiales y arroyos que en primavera aumentan su caudal con el deshielo de las nieves y bajan los ríos de montaña repletos de agua para desembocar en una y otra vertiente. Son estos ríos los que riegan y fertilizan la tierra y de ellos sale el caudal que ahora los israelíes pueden almacenar en pequeñas presas. Los israelíes saben que de ser los Altos del Golán sirios, el control del agua se les escapa. Y los sirios no quieren ceder el territorio a cambio de la paz por el mismo motivo, y porque además es un territorio que forma parte de su país y en consecuencia les pertenece.
Las violaciones en las zonas son pocas y no demasiado graves, disparos a través, desde o hacia, la Zona de Separación; civiles que cruzan de una a otra zona, casi siempre pastores que desconocen los límites donde no hay vallas y a veces se juegan la vida con las minas; piedras lanzadas con hondas por esos mismos pastores a los soldados israelíes que patrullan por su zona y sus posibles represalias, algún avión que sobrevuela el territorio y los contrabandistas. El problema mayor para la paz es la infiltración. Israel no puede permitir que vivan más sirios en unos territorios que ha anexionado y que está poblando con colonos israelíes, por eso, nos dijo el capitán, si se descubrieran infiltraciones de sirios, Israel rompería todos los acuerdos.
La política de Israel es poco más o menos la misma que lleva a cabo el rey de Marruecos en el Sahara. Los marroquíes hacen lo imposible por retrasar el referéndum tantas veces prometido a los saharauis por las Naciones Unidas, para ir poblando de marroquíes la zona, de forma que cuando se lleve a cabo el referéndum, por mucho control de origen que haya, los saharauis estarán en minoría.
Sin embargo los sirios que viven en los Altos del Golán, igual que los palestinos en los territorios ocupados, tienen a su favor, como me decía Ismail, que se reproducen con mayor rapidez: el crecimiento de la población siria es del 35 por mil, un índice contra el que nada puede hacer Israel.
Para ir al puesto 10 donde nos habían preparado la comida, pasamos por una zona que antes debía haber sido un pueblo de veraneo. Seguían en pie las casas rodeadas de jardines que la falta de cuidado había convertido en sombras de lo que fueron, como si sobre ellos ya hubiera pasado el olvido. No quedaban calles, ni puertas en las casas, pero aún se adivinaba el lujo doméstico de los veraneantes en las balaustradas y las glorietas deshechas de las terrazas cubiertas de maleza.
El puesto 10 se encuentra en una colina a media altura, en una tierra cubierta de árboles frutales, olivares, viñas, naranjos, lilas y retama. Es la zona donde vivieron los campesinos drusos que fueron desplazados a la Zona de Limitación. Los espacios son tan inmensos que los frutales parecen matorrales y el viento ha llenado esas lomas desiertas de plásticos y desperdicios, que no son sólo patrimonio de los desheredados porque también los hay en la parte israelí, donde además se amontonaban los hierros retorcidos, las carrocerías desguazadas, los bidones vacíos, los mismos que en los países ricos cubren de horror los paisajes.
– La comida constituye el cincuenta por ciento del éxito de un puesto -nos dijo el capitán al llegar al puesto 10, el puesto central que aun así tenía esa precariedad de los puestos de campaña, esa similitud con los albergues de alta montaña-, y procuramos que sea variada y bien servida.
Las largas mesas estaban puestas con esmero, las servilletas enrolladas en los vasos y jarros de flores amarillas en cada una de ellas.
El capitán, que debía de contar lo mismo cada vez que tenía una visita, recitaba ayudándose con gestos:
– Los soldados tienen mandatos de seis meses y vacaciones cada veinte días pero mientras están aquí no pueden salir del puesto, ni les está permitida la visita de mujeres. Sus únicas distracciones son la televisión, la lectura y el gimnasio.
Comimos con los soldados y pude comprobar que yo era efectivamente la única mujer. Nadie parecía darse cuenta, pero el soldado que me sirvió en primer lugar el estofado de buey con coles y patatas, más propio de Austria o Polonia que de esta región oriental, me dio trato de favor y me sonrió como no se habría atrevido a sonreír al jefe del puesto que se sentaba a mi lado, y por supuesto mucho menos al capitán.
Después de comer volvimos al Toyota para ir más hacia el sur, y al salir otra vez de la Zona de Separación, vimos el coche rojo que sin disimulos se situó detrás de nosotros y ya no nos abandonó hasta la ciudad destruida, Cuneitra .
Cuneitra.
Cuando los israelíes, según el Acuerdo, tuvieron que retirarse, evacuaron de esta ciudad a una población de 37.000 árabes y acto seguido se dedicaron a arrancar todo lo aprovechable para ser vendido a los comerciantes y empresarios israelíes, desde las ventanas hasta los aparatos eléctricos. Una vez desnudos los edificios entraron los tractores y los bulldozers y sistemáticamente procedieron a su destrucción. Se dice que incluso las tumbas fueron abiertas y saqueadas. La comunidad internacional condenó a Israel y le hizo responsable de la destrucción total y deliberada de Cuneitra, que consideró una violación grave del Convenio de Ginebra relativo a la Protección de las Personas Civiles.
La palabra Cuneitra es el diminutivo del término árabe ‘cántara’, que significa puente, porque puente fue entre Jordania y Palestina, Palestina y el Líbano, el Líbano y Jordania y Siria.
De ahí su valor estratégico y de ahí también la invasión de los israelíes en 1967, además de las razones generales de defensa y de control del agua en la zona.
Cuneitra no ha sido reconstruida, sigue tal como la dejaron los israelíes el día que se fueron, como una ciudad bombardeada desde las profundidades de los infiernos, porque los techos enteros siguen desplomados sobre las ruinas, como si los bulldozers sólo se hubieran ensañado con los muros que los sostenían. Calles enteras de ojos vacíos, ratas que corren entre las maderas carcomidas por la intemperie y las piedras, ortigas gigantes que nadie arrancará, orificios de metralla en los edificios públicos que mantienen levantado algún muro como una bandera de terror, fantasmagórica ciudad que conserva en su tétrico silencio el estupor ante la barbarie y la inutilidad de una venganza que damnifica siempre a los mismos inocentes.
Y sin embargo el polvo y los escombros que cubren ahora una ciudad que cobijó a mil generaciones de hombres y mujeres no habían podido desterrar el aroma ni el lustre escarlata de las rosas damascenas que se abrían paso entre los escombros y trepaban por los hierros retorcidos y oxidados de una rosaleda, ajenas a la brutalidad de los humanos.
Habíamos dejado el Toyota, siempre con el coche rojo detrás, a menos de cien metros de la zona desmilitarizada donde ondeaba la bandera israelí. Y al volver de la visita a la ciudad nos encontramos las cuatro ruedas rajadas y deshinchadas. El coche rojo había desaparecido.
Nada dijimos ante el encono del capitán, que tampoco habló, pero yo me acordé del magnífico libro de Charles Glass, ‘Tribes with Flags’, el periodista americano de origen libanés que fue secuestrado el 18 de junio de 1987 por los terroristas pro iraníes durante el viaje que realizaba por el Levante y que permaneció sesenta y dos días en una mezquita chií de Beirut hasta que logró escapar. Yo le había oído en una conferencia en las Naciones Unidas de Nueva York, en diciembre de 1990, cuando todavía no podía suponer que yo misma habría de viajar a Siria, y me causó una profunda impresión su empeño en hacer comprender a los doscientos o trescientos funcionarios y a las doscientas personas más que nos habíamos reunido en aquel auditorio, por qué los países árabes, que en el fondo no son más que tribus con banderas decía él, desconfían de las Naciones Unidas y sus organizaciones creadas, mantenidas y dominadas por los países más poderosos de la tierra, y cómo el fundamentalismo no tiene más remedio que convertirse en un camino sin retorno si Occidente no cambia su actitud. Es muy difícil hacer comprender a un árabe que los observadores de las Naciones Unidas son imparciales cuando bajo el auspicio de la Sociedad de Naciones, que para ellos es lo mismo, Francia e Inglaterra dividieron y se repartieron su país en lugar de concederle la independencia que habían prometido; que las invasiones los asentamientos y las expropiaciones perpetradas por Israel jamás son condenadas por los mismos países que se lanzan a guerras y bloqueos contra otros pueblos por esa misma causa, y más difícil aún es hacerles comprender que después de cincuenta años de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, sigan teniendo derecho de veto los vencedores de una guerra ya olvidada, además de Francia que no sólo no venció sino que se alineó de un modo u otro con los nazis y, en Siria, con los nazis y los turcos.
El resquemor sigue latente y para muchos árabes las Naciones Unidas no son más que la prolongación del poder. Y nosotros con las ruedas destrozadas y esperando bajo el sol de esa zona montañosa, fuimos testigos de ese resquemor y esa desconfianza.
El capitán utilizó los sofisticados aparatos de su Toyota para llamar al puesto y pedir que vinieran a rescatarnos, y mientras esperábamos salimos de los términos de las ruinas y nos metimos en la pobre aldea que ha sustituido a la antigua ciudad. Un hombre mayor, vestido con el turbante negro druso, que debió de haber visto todas las calamidades de la invasión y la destrucción, estaba ordenando con primor las almendras frescas y las cerezas sobre la plancha de madera de su carrito y las rociaba después con agua. Al vernos nos hizo gestos con la mano para que nos acercáramos y nos pusiéramos con él bajo la inmensa sombrilla mil veces remendada, y sostenida la percha con cuerdas desde el suelo con la misma técnica con que los beduinos mantienen firme el techo de sus tiendas. Comimos almendras con su piel verde y jugosa, y dejamos al hombre y su carrito esperando con paciencia a unos clientes que yo me preguntaba de dónde podrían venir.
Al poco rato vimos llegar a los soldados del puesto con las ruedas de recambio.
Por más que el capitán intentaba disimular su enojo se le había crispado el gesto y se notaba que andaba buscando tras las ruinas, y más tarde en la carretera, un coche rojo que de haberlo encontrado tampoco habría aliviado su enojo.
Apenas habló en todo el camino de vuelta, intentando apaciguar su encono, que había remitido ya cuando llegamos, porque logró despedirse muy amablemente de nosotros que nos metimos en el coche de Yusuf, el chófer del embajador, cuando ya era de noche en Damasco.
Más al sur.
Al día siguiente decidí acabar de conocer el sur del país, desde Cuneitra hasta la frontera con Jordania, y visitar al hijo del sultán que había luchado contra los franceses en los años treinta. Adnán me había dicho que vivía en una pequeña aldea llamada Al Naia, en la zona de llanos fértiles que recogían la nieve de las montañas, y donde abundaban yacimientos de rocas negras basálticas.
Decía mi guía: “Desde el punto de vista geográfico, este ‘mujabarat’, que significa demarcación o provincia, fue conocido con el nombre de Yabal Auran, pero antiguamente se le llamaba Yabal Bachán; más tarde, en términos literarios árabes, fue denominado Yabal Rayyan y hace unos años se le designó como Yabal Druso, aunque hoy en día lleva el nombre de Yabal al Arab”. Así que abandoné la guía y me limité al somero conocimiento que tenía de la zona: había comunidades de drusos que vivían en ella, y en los campos de trigo que se extendían ante mi vista hasta el infinito había comenzado la recolección.
Cuando al cabo de cincuenta o sesenta kilómetros en dirección sur la carretera atravesaba una zona desértica, descubrí a lo lejos una mancha negra que a medida que me acercaba se iba convirtiendo en un hombre ya mayor con un gran turbante negro. Estaba plantado frente al coche y me hacía señas desesperadas con un depósito de plástico en la mano. Me detuve y por gestos me dio a entender que se le había acabado la gasolina, y me mostró la moto que había dejado tumbada en la cuneta como si estuviera moribunda.
Le dije como pude que ocupara el asiento delantero esperando que fuera él quien me mostrara dónde había de detenerme. Y mientras nos poníamos en marcha no pude por menos que recordar las palabras de Setrak para justificarse cada vez que se negaba a coger gente en la carretera. ¿Y si se me muere, qué hago yo con el cadáver?
Alejé de mi mente tan tétrico pensamiento y procuré mirar al hombre de reojo. Era muy mayor y aunque tenía el rostro tostado por el sol, carecía de las arrugas profundas de los hombres del campo. No parecía en absoluto un atracador, ni un hombre que escondiera una navaja en los pliegues de su chilaba, ni un facineroso que fuera a robarme las pocas liras sirias que llevaba conmigo. Después de varias semanas de andar por el país, pasear de noche por los zocos y meterme en la casa de todos los desconocidos que me invitaban a tomar una taza de té, había adquirido tal confianza que, como Ralph en el café Náufara, estaba convencida de que quienquiera que estuviera en la calle o en la carretera, lejos de estar al acecho para atracarme, no quería sino ayudarme y hacerme el camino más fácil. Ya sé que mi actitud habría sido distinta en los cinturones de las grandes ciudades de África, Asia y América, e incluso Europa, donde había visto a sus habitantes vivir y morir en la miseria, el hacinamiento y el desempleo, pero hoy por hoy, o por lo menos cuando yo estuve, Siria era un país seguro y sus habitantes tenían, y espero que todavía tengan, la generosidad de saber dar y de saber pedir y recibir.
Me habría gustado preguntarle a mi copiloto dónde vivía, a dónde iba, en qué se ganaba la vida. Pero era inútil, la experiencia me ha demostrado que cuando no hay más que unas palabras en común, las conversaciones se limitan a gestos incomprensibles para el otro y a forzadas sonrisas que no indican sino cansancio.
Al cabo de unos pocos kilómetros el hombre me hizo señales de que me detuviera en una casa junto a la carretera. Frente a ella había un primitivo poste de gasolina que yo apenas habría visto de no haber sido por la ristra de banderolas que flotaban al viento desde las ventanas hasta el depósito.
Entramos, y el hombre que me había tomado de la mano y me arrastraba, iba saludando a la gente que pululaba por las habitaciones hasta que encontró a quien buscaba, un árabe también con turbante negro que chapurreando francés me dio las gracias por haber recogido a su vecino y amigo. Me dijo que era el ‘cheij’ de la aldea y me hizo sentar con otros funcionarios en una habitación que llamaron la ‘madafa’, de unos cinco por cinco metros, con sofás de piedra y colchón encima y almohadones. Tomamos té, pasteles, cacahuetes y peladillas, descolgaron de la pared una foto del presidente en colorines junto a una réplica de las fuentes de Damasco para que yo pudiera admirarla a voluntad, y el ‘cheij’ me invitó a pasar el día con ellos en la aldea. Yo no había visto la aldea por parte alguna, en realidad nos habíamos detenido en un paraje desértico de la carretera que va directamente a Sueida desde Damasco, la más oriental de las carreteras que van al sur, casi bordeando el desierto en algunos trechos, poco antes de cruzar la vía del tren. Hasta el infinito no se veía más que tierra y de vez en cuando casas de adobe que como cajas rectangulares sin ventanas rompían aquí y allá la línea del horizonte.
Cuando me fui salió el ‘cheij’ a despedirme y todos ellos estuvieron tanto tiempo diciéndome adiós con la mano que los estuve viendo por el espejo retrovisor hasta que se convirtieron en manchas borrosas engullidas finalmente por la escasa sombra de la casa.
Chabba y Sueida.
Y seguí hacia el sur. En realidad yo no pensaba visitar ningún museo ni detenerme en las ciudades porque sólo tenía una idea fija: encontrar al hijo del sultán druso que luchó por la independencia de su país en los años treinta.
Pero me detuve en Chabba para ver los magníficos mosaicos del siglo III que se conservan en muy buen estado. Chabba es una pequeña ciudad a unos noventa kilómetros al sur de Damasco, patria del emperador sirio Filipo, que gobernó Roma entre los años 244 y 249. Por esto se le llamó Filipolis en su honor y aunque su reinado no fuera más que de cinco años, muy pocos para la historia de un imperio, el emperador, que estaba decidido a convertir la ciudad en una segunda Roma, supo aprovecharlos. Y como muestra de su audacia siguen en pie el teatro, varios templos para el culto que según algunos expertos contienen los elementos que originaron las bóvedas de las iglesias bizantinas cristianas, arcos de triunfo, gigantescos baños y un espléndido museo donde se conservan mosaicos tan extraordinarios como “La diosa del mar y las cuatro estaciones”, “Orfeo con el arpa” y “El mito del nacimiento de Venus”.
A la salida de Chabba pasé por una cantera de basalto negro que con el sol de mediodía adquiría reflejos de esmeralda. La gigantesca cueva abierta al pie de la carretera tenía un aspecto misterioso y espectral. Unos kilómetros más al sur, me detuve en Sueida, una ciudad situada a 1.100 metros sobre el nivel del mar construida toda ella con la piedra volcánica que los nabateos llamaron ‘sauda’, pequeña negrura, y los romanos convirtieron en Dionysia. Son infinitos los vestigios arqueológicos que contiene, pero yo sólo visité el museo, un edificio moderno de ladrillo negro que me llamó la atención. No era muy grande, había sido construido para este fin, y en su interior la distribución de salas y de objetos era racional y con una intención pedagógica clara y eficaz. Y el más hermoso de la infinidad de mosaicos de distintas épocas que contiene es sin duda Artemisa, la diosa de la caza rodeada de ninfas, pero lo más sorprendente es tal vez una colección de estatuas de basalto donde es imposible deslindar las influencias o tendencias helenísticas, bizantinas, árabes y romanas.
Y por fin, después de preguntar varias veces, llegué a Al Agraia, la patria del sultán Al Atrach.
El hijo del sultán Al Atrach.
Durante la Primera Guerra Mundial, los sirios, entonces bajo el dominio turco, lucharon junto al rey árabe Faysal en favor de los aliados, porque creían que los ingleses iban a cumplir su palabra y les concederían la independencia como en su nombre les había prometido su representante, conocido con el nombre de Lawrence de Arabia.
Sin embargo los ingleses, tan caballeros siempre, no cumplieron con la palabra que habían dado y dividieron el territorio quedándose ellos con Jordania y Palestina, y entregando a los franceses el Líbano y la actual Siria. En realidad fue Francia la que, contra la voluntad de los sirios, obtuvo de la Sociedad de Naciones un Mandato cuya misión era “llevar a Siria a la independencia lo antes posible y proteger su integridad territorial”. Directrices que los franceses olvidaron casi en el mismo momento de recibirlas para dedicarse a dividir el país, con la creación del Líbano, y más tarde la entrega de un territorio del norte de Siria a los turcos. Es decir, los franceses actuaron como habían hecho en el norte de África, tomaron Siria como una colonia a la que había que avasallar. Así lo demostró el general francés Gorod, que tras haber destruido el día anterior la incipiente resistencia con una ferocidad y brutalidad difíciles de olvidar, entró victorioso en Damasco el 25 de julio de 1920, se fue directo a la tumba de Saladino, el gran vencedor de los francos, y para que le oyeran los vivos y los muertos gritó: ‘Saladin, nous voilá’. [9]
Esa actuación de un gusto tan teatral y tan francés sólo podía entenderse como una revancha, un deseo de venganza latente aún por la humillación a la que se vieron sometidos aquellos lejanos francos que jamás lograron conquistar Damasco. La brutalidad de la represión, las divisiones administrativas que no hicieron sino trocear los territorios de Levante, el desprecio por las costumbres y creencias de sus habitantes, la cesión en 1939 de una parte del territorio a Turquía, en una palabra la ‘pax francorum’, provocaron tales odios, revueltas y desafueros que la saña de los franceses no se detuvo ni con los colaboracionistas de Pètain ni al final de la Segunda Guerra Mundial con los partidarios de De Gaulle. Ante la exasperación de los sirios y sus exigencias cada vez más apremiantes y violentas de que finalizara el Mandato y les fuera concedida la independencia, las autoridades francesas dieron la orden de bombardear Damasco a finales de junio de 1945. Y por esas ironías de la historia difíciles de explicar, fueron los ingleses los que tuvieron que acudir en ayuda de los sirios y los que acompañaron al ejército francés a la frontera, una humillación que nuestros vecinos no han olvidado excepto cuando se trata de redactar la historia o una simple guía turística.
No me fue difícil encontrar la casa que buscaba. Estaba en la entrada misma de la aldea, tenía la puerta abierta y un hombre vestido a la usanza de los drusos me acogió con la hospitalidad característica de este país, me hizo pasar a la gran sala que daba sobre la plaza y pidió que nos sirvieran café: era Mansur Al Atrach, el hijo del sultán que se había enfrentado a los franceses. Me mostró el mausoleo de su padre y el museo histórico de la revolución siria. Y sólo entonces, accedió a hablar como me había prometido al llegar. Y lo hizo en un excelente francés, con tal calma, con tan medidas palabras que casi podía copiarlas al dictado. Ésta es la transcripción exacta de lo que dijo:
– Soy un campesino, soy un campesino y un político. En mi familia éramos tres chicos y siete chicas. Mi padre sólo tuvo una mujer.
Los drusos tenemos unos preceptos muy estrictos. ¿Conoce usted los principios de nuestra religión? -me preguntó consciente de que si no los conocía me sería muy difícil comprender lo que me iba a contar.
– No -respondí-, apenas sé unas pocas reglas básicas.
Entonces inició un nuevo discurso:
– La religión drusa es una rama del Islam chiíta, que en el siglo XI implantaron en Siria unos misioneros llegados de Egipto, seguidores del califa fatimida Hakim. La mayoría de los miembros de la comunidad drusa viven ahora en las montañas del Líbano y en los Altos del Golán, o en algunas pequeñas ciudades cerca de la frontera con Jordania, como ésta.
Nuestras creencias han permanecido intactas a través de los siglos gracias al secreto que las envuelve. No sólo nos está prohibido convertirnos a otras religiones, sino que también lo está que personas de otras religiones se conviertan a la nuestra, y sólo una elite llamada ‘uqql’, los que saben, tiene acceso a la doctrina religiosa.
Según nuestro código, un creyente que viva entre cristianos puede conformarse a la fe cristiana en lo que se refiere a su vida exterior y seguir siendo druso al mismo tiempo en su corazón.
– ¿Su Dios es el de Abraham?
– Para nosotros Dios es demasiado santo para darle un nombre y estamos persuadidos de que Él no tiene forma y de que volverá al mundo bajo otras encarnaciones.
Respetamos las Sagradas Escrituras y el Corán pero tenemos nuestros propios libros santos en los ‘Jalwas’, templos, donde los fieles se reúnen todos los jueves del año.
Se detuvo un instante y me preguntó:
– ¿Lo comprende ahora un poco mejor?
– Sí, gracias -respondí.
– Entonces puedo continuar si usted me lo permite. Mi padre era el sultán, el ‘cheij’, y estaba al mando de 60.000 hombres, aunque no más de 3.000 tenían armas. Mi padre tenía carácter de líder. Había luchado con Hussein en las batallas de liberación durante la Primera Guerra Mundial, y fue el primero que entró en Damasco en 1918 con sus caballeros tras oponerse a la última resistencia de alemanes y turcos. Porque Damasco fue el último bastión de los turcos. Todos los que habían luchado con los aliados lo hicieron porque se les había prometido la independencia, pero por esas trampas de los occidentales, en lugar de esto nuestra Gran Siria fue dividida y repartidas sus partes entre ingleses y franceses. El territorio druso al sur de Damasco correspondió al llamado Mandato francés, de triste y trágica memoria, y comenzó entonces la resistencia de los sirios.
·En 1923 se produjo un levantamiento contra la presencia francesa porque había injerencia en los asuntos de las comunidades. Los franceses no respetaban nuestras costumbres: en cierta ocasión detuvieron a un hombre, Adam Yauyar, del sur del Líbano acusado de disparar contra el general Gorod y los demás jefes. Mató a un oficial pero el atentado fracasó, así que Adam huyó y vino a refugiarse aquí, a la casa de mi padre. Y un día, mientras daba de beber a su caballo en el abrevadero del pueblo, lo detuvieron y lo llevaron a Sueida. Cuando se enteró mi padre fue a pedir al gobierno francés que le devolviera a su huésped. Pero al gobierno francés, que ni entendía ni quería entender a los árabes, de ningún modo le pareció conveniente devolver a un preso sólo porque fuera el huésped del sultán.
·Los caballeros rodearon la ciudadela y a la policía. Una columna de blindados, es decir, tres blindados, vino de Sueida para llevarse a Damasco al hombre y juzgarlo. Los caballeros atacaron y destruyeron dos blindados y el tercero huyó.
·Esto ocurrió en enero de 1924. Mi padre se organizó entonces, por así decirlo, en guerrilla, y los franceses en represalia dinamitaron nuestra casa. Ésta es posterior, de 1938. Nuestra casa ancestral donde había vivido la familia durante generaciones fue destruida. Volar una casa es querer volar nuestro paso por la tierra, nuestros orígenes, y eso sí lo comprendieron los franceses. En abril hubo una amnistía y mi padre volvió a casa con sus hombres. Pero la calma no duró: el 23 de julio de 1925 se produjo en Cafer el primer encuentro entre los soldados del Mandato y los caballeros drusos. Fue una batalla rápida, una columna de trescientos soldados con metralletas sucumbió al ataque en el que también perecieron cincuenta y dos caballeros, los mártires les llamamos. Y así se continuó durante dos años. El 2 o 3 de agosto de 1925 se dio la gran batalla de Mazrá en la que el moderno ejército de los franceses fue destruido y no pudo recuperarse hasta que le llegaron refuerzos de ultramar. Entonces los caballeros no tuvieron más remedio que retirarse a Transjordania, que estaba bajo mandato británico. Pero en virtud del Tratado de Seiskik y de la partición de la herencia turca, es decir, de nuestro país, Inglaterra hizo presión en los Mirabdalá y obligaron a irse del país a todos los insurrectos, incluido mi padre, que se refugiaron en el desierto de Arabia. Allí vivieron de 1927 a 1937, en que hubo una nueva amnistía y un proyecto de Tratado entre Siria y Francia que reconocía los derechos de los sirios. Entonces fue cuando volvió mi padre y construyó esta casa, y luego comenzó la Segunda Guerra Mundial. Conocimos a los dos bandos franceses, el de Vichy y el de De Gaulle. Fue una época de suspicacias pero no de persecución de los nacionalistas, tal vez por no tener que luchar en más frentes.
·Yo fui educado en los jesuitas y estudié en la universidad americana de Beirut y en París. Mi padre murió en 1982, a los noventa y seis años. Yo fui miembro constituyente del Partido Baaz en 1947, y siempre estuve a favor de la unión con Egipto. En 1963 tomamos el poder. Fui ministro de Trabajo y de Asuntos Sociales, miembro del Consejo Presidencial y presidente de la Cámara de Representantes. Al cabo de tres años se produjo el golpe militar dentro del mismo Partido y fuimos eliminados los fundadores. Estuve en la cárcel quince meses. Desde entonces no estoy en muy buenos términos con el actual presidente, de hecho estoy en contra. Así mismo se lo he dicho muchas veces.
– ¿No tiene miedo a decirlo?
– ¿No se lo estoy diciendo?
– replicó mirándome un poco sorprendido-. Tenemos ideas distintas, los míos y yo estamos por la democracia y la libertad de toda la sociedad, por la unidad árabe, por la cooperación internacional. Pero nuestro objetivo ya no es alcanzar el poder -añadió mansamente-, sino basar la política en reglas que puedan conducir a una nueva estructuración de Siria y del mundo árabe. Seguimos el ‘hikma’ que pide prudencia y en cierto sentido estamos dispuestos a llegar a un tipo cualquiera de paz con Israel, pero las conclusiones no pueden ser sólo en interés de los judíos, porque en la base del conflicto hay una invasión, esto es un hecho. Si ahora no se puede expulsar al invasor tampoco hay que dejar la vía libre a las ambiciones de los sionistas.
En una palabra, no podemos decirles, bienvenidos.
Y como una declaración para dar por finalizada la entrevista, añadió:
– Si la paz significa que los israelíes tienen libre acceso, esto supondría un peligro desde el punto de vista técnico, de ideas, de pensamientos. El pueblo de Siria y el pueblo árabe están decididos a defender la unidad, la cultura y la libertad y quieren contribuir a la reconstrucción de esta parte del mundo árabe. No podemos aceptar que los americanos y los israelíes hagan siempre lo que quieran como han hecho hasta ahora, porque esto destruiría todos los intereses de nuestra nación.
Como si hubiera sabido ya el final, o desde detrás de la puerta hubiera estado esperando a que acabara, un hombre la abrió y entró en la sala con una bandeja que contenía una tetera, tazas, peladillas, dulces de almendras y mazapán. Todavía estuvimos hablando media hora más, esta vez de mi país y de la situación de la “joven democracia”, como llamaba a España, mientras yo le miraba con la admiración con que siempre contemplo a quienes han sido fieles a su ideario, a esos pocos que pase lo que pase, sea cual sea la vida que les espere, nunca cambiarán de partido ni de camisa.
Algo tenía en común con aquel otro líder del 23 de febrero que había conocido en Salamiye, ambos derrotados y arrinconados por el poder, pero ambos también con la fe incólume en sus ideales, como los miles y miles de hombres que lucharon por la República española y en la Resistencia francesa, que la democracia arrinconó como inservibles, como si los nuevos tiempos no tuvieran aliento para recompensar a quienes les habían abierto el camino.
La actividad política -como actividad humana que es, cuyo objetivo primero parece ser llegar a la meta, a veces incluso a costa de destruir, de dividir, de olvidar-, es cruel y desalmada. Llegan a la cumbre los que llegan y del modo que sea, y de un plumazo barren a los demás por poco incómodos que les sean, como si despreciándolos pudieran cambiar el curso de la historia.
Nuestro país adolece de falta de memoria histórica y sin memoria se está a merced de cualquier demagogia, me había dicho el vendedor de joyas de la mezquita de Suleimán. Y era cierto, ¿dónde se apoyan nuestra ideología, nuestros principios democráticos y nuestros deseos de justicia si no hay memoria histórica? No se apoyan, porque no hay donde hacerlo. ¿Quién se acuerda hoy de tantos hombres y mujeres que lucharon contra el franquismo en la clandestinidad?
¿Quién se acuerda de los que en el exilio publicaron los libros que nosotros leíamos a escondidas y que mantuvieron abierto nuestro criterio y viva la curiosidad y el encono, al tiempo que contrarrestaban la machacona y partidista interpretación de la historia más reciente con la que se nos bombardeaba en la escuela, la universidad y la calle?
¿Quién recuerda a los militares que permanecieron fieles a la República?
Quizá su verdadera recompensa a fin de cuentas no sea sino esa fe que mantienen aun en el olvido y la miseria, ese sentido ético sobre el que siguen apoyándose y ofreciendo a los demás que tan mal les han remunerado y ante los que tan poco prestigio tienen. Mi homenaje a los que hicieron de su vida un anónimo testimonio de sus ideas, mi homenaje a todos ellos desde este país que también tiene, como todos, sus traidores, sus olvidados, sus amnesias.
<a l:href="#_ftnref9">[9]</a> Saladino, ya estamos aquí.