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El fotógrafo.
El martes, al llegar a casa me había encontrado un mensaje de Ismail citándome al día siguiente a las siete de la tarde en casa del fotógrafo Mohamed Al Rumi, “junto a la torre blanca de la calle Al Afif, un poco antes de llegar a la plaza Omar Al Abrach, frente a la embajada de Francia, al este del barrio Al Mujayirín”.
Así mismo.
– Con lo fácil que habría sido darme el número de la calle -le dije a Nayat cuando me dio el mensaje.
– ¡Qué va! Así no tienes pérdida -respondió.
Yo, por si acaso, tomé un taxi que me dejó frente a la casa sin que asomara a su rostro la menor vacilación. La embajada francesa, como todas, tiene una garita en la entrada donde varios soldados con metralletas están, como todos los árabes, de tertulia permanente. Y frente a ella, en la puerta de la casa, vi a Ismail y a Mohamed Al Rumi, el fotógrafo. Así, uno junto a otro, los dos parecían iguales, o por lo menos del mismo linaje y de igual generación, quizá un poco más joven Al Rumi, pero ambos altos y morenos y ambos con las manos en los bolsillos mientras hablaban y me esperaban, los dos con el gran bigote de los árabes, los dos sonrientes, bien vestidos, tranquilos en aquella ruidosa y poblada calle donde comenzaban a encenderse las luces de los escaparates. La casa al pie del monte Casiún, casi a la misma altura de la mía pero más al este, era una antigua casa remodelada según los cánones de la tradición del país de acuerdo con los criterios de la arquitectura moderna que algunos arquitectos jóvenes de Damasco intentan introducir en la recuperación de edificios antiguos con mucha dificultad pero con gran eficacia y belleza. Constaba de planta, piso y azotea, tenía los techos altos y las puertas estrechas y majestuosas, los suelos de mosaico dibujaban una alfombra en todas las habitaciones y una minúscula escalera de madera pasaba de un tramo a otro.
El té estaba preparado en una bandeja de cobre y las tazas por primera vez parecían adquiridas en Habitat o Vin &on de Barcelona, o en La Continental de Madrid.
No sé por qué nos pusimos a hablar de la mujer siria. Quizá porque yo tenía todavía en la mente la imagen de aquellos velados seres de otro mundo que, rodeados de hijos, comían con fruición en el restaurante de Hamma, como si la buena mesa fuera el único placer que les estuviera permitido.
Ismail, silencioso, tomaba el té y apenas intervino. Pero dijo a modo de presentación:
– Mohamed ha hecho varios reportajes sobre las costumbres y la vida de las mujeres en el desierto.
– No es tanto la mujer en el desierto lo que me interesa -dije yo-, sino la mujer en esta sociedad urbana que tiene cuatro mil años de existencia.
– La situación -dijo Mohamedes distinta en cada caso. Mi primera mujer, por ejemplo, está divorciada, es periodista y vive sola en Damasco.
– ¿Y le resulta difícil?
– Ella dice que no, quizá porque se mueve en ambientes más abiertos, el del periodismo, la literatura, la pintura, etc. Incluso ha vivido con otros hombres con los que no se ha casado y no parece que haya tenido mayores dificultades. Yo mismo me llevo muy bien con ella y seguimos viendo a los amigos comunes, pero es una mujer que se mueve fuera del circuito de la tradición familiar. En cambio mi hermana, que también está divorciada, tiene veintinueve años y está en una depresión profunda porque no le ve salida a su vida fuera del matrimonio.
– ¿Por qué?
– La verdad es que mi hermana fue educada de forma distinta, estuvo pocos años en la escuela, no es universitaria, no tiene trabajo y sigue inmersa en el mundo familiar de las visitas de las mujeres, de la dependencia de la madre, las compras.
– La religión, ¿tiene algo que ver en esto?
– No se trata de religión, sino de tradición, y la tradición es muy vinculante, sobre todo en las capas más humildes de la sociedad y también en la clase media y entre los pequeños comerciantes, y a las mujeres no les ofrece más salida que la pareja. Por esto se ahoga, porque no la tiene y el tiempo pasa.
Sin embargo, Mohamed, aunque era consciente de que su primera mujer pertenecía a una minoría del país, contrariamente a otros, era optimista y creía que poco a poco las mujeres comprenderían que la libertad es un bien que se puede alcanzar como se ha alcanzado en Europa.
– No todas las mujeres de Europa son libres -apunté yo-. Y tal como van las cosas parece que volvemos a los valores tradicionales de sumisión y obediencia al marido, en definitiva, al hombre. Además hay muchos casos, muchísimos, de mujeres maltratadas por sus maridos, que aun sabiendo que pueden denunciarlo porque los malos tratos son un delito, no lo hacen y soportan los golpes y las humillaciones durante toda su vida.
– Sí, lo sé, pero yo no me refiero tanto a la sumisión como a la libertad de las que ya no tienen marido. Poco a poco, muy despacio, pero vamos avanzando. Hay en Damasco mujeres que viven solas y que se sienten seguras y bien, pero son tan pocas aún y están tan limitadas a los ambientes profesionales o intelectuales que, de todos modos, frente a las demás apenas cuentan.
– Hay quien sostiene que la mujer sometida se encuentra bien en esa falta de libertad.
– Sólo quienes la defienden -dijo Ismail-. A la falta de libertad, me refiero.
– En el campo las mujeres parecen más libres, o por lo menos hay más alegría, más fiesta.
– Sí, es cierto -respondió Mohamed-, en el campo quizá no son tan timoratas, ni van tan cubiertas, ni están tan escondidas, pero es que no se lo pueden permitir.
Por burdo que sea lo que estoy diciendo, es así. Son las mujeres las que trabajan en el campo, las que siembran, recogen y almacenan el grano, las legumbres y las hortalizas. Lo mismo ocurre con las beduinas -dijo-, que trabajan todo el día y llevan además el peso de la casa. Son ellas las que esquilan y ordeñan las ovejas, las que hacen el yogur e incluso las que cargan la leche y los quesos en los camiones o en los camellos. Son ellas las que tejen la lana, hacen los vestidos de la familia, bordan las tiras de adorno de las tiendas o cortan las fundas de los colchones y las que preparan las fiestas.
Además han de ocuparse de los niños, de la cocina, que no es poca cosa, porque los beduinos son amantes de la comida y del ceremonial, y de montar y desmontar las ‘jaimas’, ordenar las alfombras en el suelo, preparar las camas para toda la familia, y dejar las habitaciones vacías durante el día. Mientras tanto los hombres apenas hacen más que dar órdenes y fumar cigarrillos y, como mucho, llevar las ovejas a pastar y los quesos y el yogur a vender.
Mohamed apagó las luces y proyectó en la pared las fotografías de las mujeres del desierto que tenía escrupulosamente ordenadas en cajas de diapositivas.
Vimos las ferias de caballos árabes de Siria que tienen lugar todos los años en primavera y la entrega de los premios a los mejores. Son caballos espléndidos, de pelaje brillante. Había también una colección de vestidos del desierto de hombres y mujeres.
– Éstas las tomé en una boda beduina. Una boda beduina es una de las grandes maravillas que aún nos quedan por ver. Aunque poco a poco van perdiéndose y hasta las mujeres del desierto acabarán vestidas como las modelos, en imitaciones fabricadas en serie.
No parecía tener prisa y nos describía cada diapositiva:
– Este es el ‘mansaf’, el cordero que se cuece entero sobre leña; ese instrumento musical de una sola cuerda es el ‘rababe’; esto es el ‘jodach’, la hornacina de madera que se instala sobre la grupa del camello y donde se sienta la novia.
Había detenido el proyector en la imagen de tres tiendas casi iguales e igualmente engalanadas, rodeadas de invitados a una boda que miraban a la cámara con más expectación que sorpresa.
– En las bodas beduinas siempre hay dos tiendas -dijo mientras sonreía tal vez a su propia memoria-, una para la novia, otra para el novio y la tercera que utilizan más tarde los dos. Las tiendas de los beduinos se llaman ‘jaimas’ -recuerda.
– ¿Todas las tiendas se llaman ‘jaimas’?
– Sí -respondió-, pero ahora hablamos de las de la boda. -Y siguió-: La ceremonia exige que las chicas vistan a la novia y los chicos afeiten y engalanen al novio, después se reúnen ambos en una tienda a medio camino entre las dos. Las chicas se ponen jena en las manos en señal de fertilidad, de suerte y de felicidad. Cuando llega el ‘cheij’ y el padre entrega la novia al novio, como en ésta -y cambió la imagen-, se dan las manos y se van juntos. Mientras tanto los chicos cantan y las mujeres emiten grititos intermitentes, después los chicos se enzarzan en una lucha -y la fotografía mostraba dos muchachos con el torso desnudo y con espadas y escudos-, como una especie de danza antigua. Y aquí -añadió-, ya bailan juntos chicos y chicas lo que no es habitual en ambientes no beduinos. Después comienzan los regalos. Y a continuación el padre de la novia y el del novio, ¡mira qué maravillas de chilabas bordadas en oro! y ¡qué cuchillos!, cortan las cabezas a los corderos y en un ceremonial de una extrema pulcritud aprendido desde la infancia, lo vacían y descuartizan, cuecen la carne e invitan a todos los presentes.
– ¿Es cierto que las bodas duran varios días?
– Sí, en general entre tres y siete, y varias veces al día la novia se viste con un nuevo traje del ajuar que su familia y ella misma llevan años preparando, doblado ahora con los demás en una gran caja de madera.
El Mediterráneo es igual en sus dos extremos, pensé, porque recuerdo el baúl de madera labrada, la “caja de novia” que según he oído contar desde niña trajo mi abuela cuando en 1902 llegó a Barcelona procedente de un pueblo del Pirineo leridano para casarse con mi abuelo, y que hoy aún, comida en algunas partes por la carcoma, sigue estando en el recibidor de mi casa, como ocurre en el de tantas otras casas de mi ciudad.
– Al acabar las danzas -siguió Mohamed pasando a la última diapositiva, donde a la luz de las fogatas aparecían los novios de espalda y cogidos de la mano-, los novios se van juntos a la tienda con padres y amigos, porque el matrimonio no se consuma hasta la última noche.
Cena a orillas del Barada.
Aquella noche cenamos en un pequeño restaurante a orillas del Barada llamado Sindiana. Mohamed se excusó, quedamos citados dentro de diez días y dijo que me mostraría con calma todas las fotografías que tenía, publicadas o no, de los edificios de Damasco, porque Al Rumi era un fotógrafo dedicado sobre todo a arquitectura, que publicaba en revistas especializadas de Francia, Inglaterra y otros países europeos.
El Sindiana es un restaurante con una gran terraza junto al río, cubierta por inmensos toldos blancos en toda la superficie del local. Había flores sobre las mesas y en las balaustradas sobre el río, y colgadas de las perchas de madera que mantenían las grandes lonas en infinidad de tiestos de geranios, rosas, claveles, azaleas y margaritas, un verdadero jardín. Ismail me llevó a una mesa redonda bastante grande en torno a la que bebían ‘árak’ sus amigos: el pintor Rida Hushus, los directores de cine Mohamed Malas y Omar Amiralay y el arquitecto Hikmat Chatta.
Fue una larga cena que prolongamos hasta que el local se quedó vacío y los camareros nos miraron con desolación. Porque en Siria no hay un restaurante que se atreva a decirles a los clientes que ha llegado la hora de cerrar y han de irse.
Al principio aunque todos se conocían, la conversación giró en torno a temas generales, midiéndonos ellos y yo para saber qué es lo que yo iba a preguntar, qué es lo que ellos iban a responder. Mientras cenábamos, Ismail, que estaba a mi lado, mantenía la conversación más que yo, porque no sabía yo si había de escribir lo que decían o era mejor esperar a después de la cena y preguntar a cada uno de ellos.
Recuerdo frases sueltas entre el ‘homos’ y las ensaladas de tomate, pepino y cebolla, y los pescados de río y de mar, fritos y rebozados, en grandes fuentes adornadas con lechuga. Al principio creí que la conversación derivaría hacia la política, pero no hablaron de política más que dando por sentado lo obvio y palmario.
Comenzamos por hablar del velo en las mujeres, eso lo recuerdo porque llegó una mujer con velo y se sentó frente a su marido en la mesa de al lado:
– El pañuelo era una forma de oposición al régimen. El presidente intentó desvelar a las mujeres, como había hecho Ataturk en Turquía hace más de cincuenta años, pero la orden duró sólo dos días y el presidente se excusó y rectificó desde la televisión. Las buenas familias no se velaban, eran sunitas europeos. La razón está en la crisis de identidad por la invasión económica y la falta de modelo.
– En realidad, el sirio no tiene confianza en lo suyo quizá porque no hay confianza en el Estado, no hay control de la calidad, por ejemplo, en los medicamentos. Todos saben que en Chipre se falsifican los medicamentos occidentales que van al mundo árabe. Por esto la gente hace listas de medicamentos cuando un amigo va a Europa, o los pide a los amigos franceses o ingleses.
– Sin embargo -dijo otro-, ahora se lucha contra el contrabando.
– Contra el contrabando y contra el tráfico de influencias. En árabe igual que en español la palabra enchufe -’uasta’- tiene una doble significación: enchufe para la electricidad y enchufe para la influencia. Personas o grupos que almacenan productos importados que han conseguido gracias a sus influencias.
– Recientemente se han destruido numerosos depósitos. Sesenta miembros de la familia de Al Assad están en la cárcel por contrabando.
– ¿Cómo se sabe si hay censura en los periódicos?
– El rumor, todo se sabe por el rumor que corre de boca en boca.
– Aunque han mejorado mucho las telecomunicaciones -decía otro riendo-. Todo el mundo sabe que hay colonias de sirios en Marbella que trafican y que están en contacto con grupos dentro del país.
– ¿En droga?
– En droga y en lo que haga falta. Pero no dentro del país, aquí no hay muchos drogadictos. No drogadictos de aguja por lo menos, de ahí que tampoco tengamos muchos casos de SIDA. Se dice también, siempre el rumor, que se va a instaurar la pena de muerte para los traficantes, pero sólo tras lanzar una campaña para que los drogadictos vayan a los centros de tratamiento durante un año para curarse.
– ¿También en esto se ve afectada la familia del presidente?
– Los hijos del presidente son mejores que el resto de los parientes. Los hijos del presidente son gente campechana que les gusta las carreras de caballos y divertirse como a todos y que van donde sea, a la universidad o a una discoteca, sin guardaespaldas. A pesar de que hay terroristas.
– ¿Cómo se entiende el terrorismo en un país tan pacífico?
– Hay pocos casos de terrorismo. Y nunca por cuestiones de raza, como en Europa, ni religión, si se exceptúa el fundamentalismo, que es un fenómeno bastante reciente que tiene otras causas. El carácter del sirio es consecuencia de esta geografía de paso en que le ha tocado vivir, y las invasiones que ha sufrido a lo largo de los siglos le han hecho como es: contemporizador, pactador, comprensivo y tolerante, acepta las etnias distintas, porque todos proceden de mil raíces, ésa es la esencia del damasceno, y del sirio o de lo que queda de Siria.
– ¿La gente habla de política?
– El árabe, y el sirio más aún, es hablador por naturaleza. Nos gusta estar en los cafés y hablar, y hablar de política también. Antes se hacía política en un famoso café llamado Havana Café, frente a la tienda de chocolates en la calle Port Said. En los años setenta fue vendido a unos judíos, pero hubo protestas y el proyecto que tenían no siguió adelante y lo volvieron a abrir, aunque ahora ha perdido mucho. También había el café Orient, donde se hablaba y se fumaba el narguile, pero ahora se ha convertido en un restaurante de primera categoría y los intelectuales ya no van. La mayoría van al café del Cham Palace, pero como muchos de ellos tienen a gala ser pobres, no se atreven a ir. Los lugares de encuentro van variando.
– ¿No hay pobreza en Siria?
– No la ha habido; ya se sabe, cuanto más socialismo de Estado, menos libertad de expresión pero menos pobreza también.
– La pobreza ayuda al fundamentalismo.
– No hay pobreza aún en el sentido de miseria, pero se gana poco.
Hay personas que con veinticinco años de antigüedad tienen una pensión equivalente a ochenta y cuatro dólares americanos.
– ¿Cuál es el salario mínimo?
– Es de doscientos cincuenta dólares.
– Pero no sirve de nada medirlo en dólares, porque lo que compramos no lo pagamos en dólares.
– ¿Y desempleo?
– No es todavía un problema grave como en otros países.
– Además el Estado ha puesto en marcha un programa por el que las mujeres que no trabajan reciben quinientas liras sirias; es una forma de solucionar o prevenir el problema.
– ¿El país sigue siendo socialista?
– En teoría sí, lo es en la asistencia médica, la enseñanza y la cultura. Nunca lo fue del todo en el sector del pequeño comercio, porque nuestra tradición es ser comerciantes, y ahora además ya se han dado permisos para la fabricación en Siria de productos extranjeros, y para la implantación de multinacionales que nos están invadiendo.
– Quedan todavía restos de socialismo en la marabunta del consumo. Por ejemplo, aunque entran neveras de fabricación extranjera se pueden pedir las de fabricación siria al Estado, y se conceden a precios muy inferiores a los del mercado. Y así ocurre con todo.
– Las multinacionales se han lanzado sobre Siria. Los turcos son los primeros en aprovecharse de la situación aunque aquí no están bien vistos.
– No mientras tengan tierras nuestras.
– Alexandreta un día volverá a nuestras manos. Ahora no les podemos atacar. Turquía pertenece a la OTAN y nos ocurriría lo que le ocurrió al Iraq.
Hablaban casi entre ellos, a veces en inglés, a veces en francés y a veces se ponían a hablar en árabe sin darse cuenta e Ismail me lo traducía. Y en el fondo me di cuenta de que, como la mayoría de los sirios, están por supuesto contra la dictadura, pero son conscientes de que los peligros les acechan por todas partes, y como me había dicho un riquísimo comerciante días antes, la única persona capaz de hacerles frente es, hoy por hoy, Al Assad.
No fue hasta después de la cena cuando comenzaron a hablar de sus respectivas profesiones aunque al principio de forma muy general.
– Los intelectuales son los últimos bastiones de la protesta en las dictaduras -había dicho uno de ellos.
– ¿Qué quieres decir? -le pregunté yo-. ¿Que una vez en la democracia se nos doma con mayor facilidad?
– No, no es esto -respondió uno de los dos directores de cine, Omar Amiralay-. Pero a veces se me hace difícil comprender cómo se vive políticamente en democracia si se es de izquierdas y no se es político. Votando, supongo, y poco más.
Los cineastas.
Omar Amiralay había nacido en Damasco en 1944, y se había formado y había estudiado en Francia.
Tenía en su haber desde 1970 una docena de documentales, aunque sólo los cuatro primeros producidos por organismos sirios: la Televisión Siria (‘El Valle del Éufrates’, ‘Las gallinas’)
y el Organismo Nacional del Cine (‘Vida cotidiana en una aldea siria’, ‘Una revolución’)
. Omar trabajaba para las cadenas francesas de televisión que le encargaban sobre todo cortometrajes sobre el mundo árabe: TF1, Antena 2 y FR3, o la cadena Arte. En aquel momento estaba preparando para la cadena Arte, un documental de una hora, en homenaje a un amigo que murió secuestrado en el Líbano: ‘Michel, tu m.as volè ma mort’.
El otro director, Mohamed Malas, tenía más o menos la misma edad y había cursado los estudios en una Escuela de Cine de Moscú.
En 1956, cuando tenía veinte años había hecho su primer corto al que luego siguieron varios más: ‘Sueños de una aldea’, ‘Cuneitra’, ‘La memoria’, ‘El Éufrates’ y ‘El sueño’ que había obtenido el premio al mejor documental en Cannes en 1988. Luego realizó dos largometrajes: ‘Ahlam al madina’ (‘Los sueños de la ciudad’)
y ‘Al Leil’ (‘La noche’)
, que habían obtenido premios importantes en los festivales de Cartago, Valencia, Friburgo y Brujas. Un palmarés nada despreciable si se piensa en las pobres condiciones en que se mueven los cineastas en Siria y en la escasa comunicación que tienen con el mundo occidental que, en definitiva, es donde se otorgan los premios.
– Para nosotros se trata en primer lugar de expresar lo que queremos decir de forma que llegue al público, y por tanto lo más importante es buscar formas de decir que no sean directas. La posibilidad de crear en ese registro se ha convertido en una técnica y al mismo tiempo en un trabajo de investigación del lenguaje cinematográfico.
Malas se sentía muy orgulloso de su última película, ‘La noche’, de la que el crítico de ‘Cahiers du Cinèma’ había elogiado el “aliento épico”, porque era la primera vez que un film sirio entraba en los circuitos comerciales franceses. Hasta 1987 el número de filmes producidos por el Organismo Nacional del Cine no llegaba a una película por año, algo más en los años siguientes, y en aquel momento, junio de 1993, comenzaba ya a intervenir el sector privado.
En Siria no hay escuela de cine, y la mayoría de los treinta y cinco directores de cine han aprendido con becas pagadas por el Estado en la Unión Soviética y otros países socialistas, y después algunos han hecho cursos en Francia, Inglaterra y unos pocos en los Estados Unidos. De ellos, sólo veinte trabajan en cine y el resto en otras profesiones. En general cuando vuelven, como pertenecen al Centro Nacional del Cine y por lo tanto tienen estatuto de funcionario, se incorporan a la televisión siria. En este sector hay más trabajo, porque existe un mercado muy amplio destinado a los países del Golfo. Se hacen unas treinta series al año de entre tres y treinta episodios. Al productor le basta con vender a Arabia, el resto es puro beneficio.
La calidad del cine que se ve en Siria es escasa. El Estado tiene el monopolio de la importación de películas, y si se tiene en cuenta que el precio de la entrada es el equivalente a un dólar, se comprenderá que poco se puede adquirir con el resultado de las ventas. Y además hay censura. Por otra parte, desde hace veinte años está en marcha un proyecto de Cinecittá, pero el presupuesto ha ido aumentando y la realización se va retrasando. Lo que tenía que costar tres millones de dólares entonces ahora no se podría hacer ni por trescientos. Las condiciones en que se ruedan y se montan las películas son precarias. Hace tres años que la sala de doblaje no funciona, lo mismo ocurre con la de material. Toda la producción del centro depende de una sola cámara que ni siquiera está disponible porque aún no se ha pagado la factura. La situación es lamentable.
Otro grave inconveniente es que por cada director hay más de ocho funcionarios. Así al Estado una película le cuesta dieciséis millones de liras sirias, cuando en el sector privado se haría por tres millones.
A partir de los años ochenta se ha ido incrementando un sentimiento de ‘impasse’ debido a que todo el cine del pasado se basa en obras literarias. Desde entonces se intenta dejar este camino e ir al guión de creación. Esta tendencia ha llevado a los cineastas a volver a los medios sociales que les son propios, los lugares de donde proceden y -¿por qué no?, dice Amiralay- al fondo de nosotros mismos.
Una reacción contra toda la literatura que se basa en cuestiones ideológicas porque también aquí como en todo el mundo civilizado, la ideología ha perdido credibilidad.
– Sí -asiente Mohamed Malas-, es cierto, intentamos volver a nosotros mismos, a lo que nos es común y propio, para que las personas que vean nuestras películas puedan sentirse identificadas con ellas.
– Esperanza no os falta -les dije-, en estas condiciones.
– No es esperanza lo que tenemos -respondió-, esperanza no es la palabra, tampoco es lo que nos hace falta. Lo único que hemos de tener es tenacidad para resucitar la memoria colectiva y continuar sin perder la solidaridad.
‘Al Leil’, la última película de Malas, cuyo guión es también suyo, ilustra lo que me ha querido decir: en la Cuneitra en ruinas de los Altos del Golán que yo había visitado el día anterior se encuentra la tumba de un hombre que un día luchó por los palestinos. Su hijo, el autor de la película, trata de reconstruir la historia de ese hombre, mezclando los ecos de la memoria de su madre con el deseo de darle una muerte más honorable.
Así intenta exorcizar un sentimiento de vergüenza y de humillación que no logra desprenderse de él ni de esta ciudad ocupada en 1967 por los israelíes. Con esta reconstrucción de la vida y de la muerte de su padre, el autor dibuja los contornos de una memoria atormentada por las preguntas cuya respuesta es siempre amarga.
Ya estábamos en la tercera copa. Habíamos olvidado que dos horas antes ni siquiera nos conocíamos.
– Tenemos toda la noche por delante -me acababa de decir Ismail cuando yo, descendiendo de mi exaltación, le había preguntado si le parecía que era demasiado tarde.
El pintor.
Quizá Rida le había oído, el caso es que pidió una nueva ronda.
“Siria es un país de colores pastel. En el Líbano las montañas detienen la luz, aquí cae sobre las cosas y les da su sentido cabal”, éstas son las palabras de Mudares, el más grande pintor contemporáneo.
Era Rida Hushus el que hablaba, el pintor de la luz y del color de Damasco, el paisajista con libertad de abstracción. Rida nació en el año 1939 y desde 1961 ha expuesto en galerías de Francia, Alemania, Bulgaria, la antigua Unión Soviética y por supuesto varias veces en Damasco y Alepo.
Era un hombre menos exultante y más conciso que los demás y parecía vivir en un mundo del que apenas salía para asentir con gestos a lo que decían los demás. Unos días más tarde le visité en su estudio en la parte más alta del Casiún, al que llegué tras varias cuestas encadenadas, y un tramo final de escaleras con más de cincuenta peldaños. La vista sobre Damasco era magnífica y el aire tan diáfano en aquella tarde calurosa, que yo tenía la impresión de respirar el aroma de los pinos de la alta montaña.
Debió de creer que le tocaba hablar a él, porque lo hizo abordando los temas y cuestiones en orden estricto, deteniéndose de vez en cuando para ver si yo quería hacerle una pregunta, y continuando seguidamente no con aceleración pero sí con el apremio de acabar su discurso y reunirse de nuevo consigo mismo, el único lugar desde el que se sentía capaz de ver el mundo.
– Asistimos en esta ciudad y en este país a dos tipos de pintura, la nacionalista árabe y la pintura propia. Son muchos los pintores famosos que han hecho concesiones y han adoptado los lemas del régimen.
Y muy pocos los que intentamos la ruptura con nuestro propio pasado que abre el camino hacia el descubrimiento, el camino que hemos de seguir. La pintura nacionalista árabe es una copia de sus creencias, y no es lo peor que se hayan prohibido desde hace unos años las modelos, sino que lo que se pinta no tiene el menor interés.
– ¿Hay muchas galerías de arte?
– le pregunté.
– Hoy en día se abren muchas galerías regidas por autodidactas que entienden poco de pintura, aunque no les hace mucha falta porque ellos son los que venden al ejército de nuevos ricos que está dando el país, cuya única afición es invertir.
– ¿Qué compran los nuevos ricos?
– Los nuevos ricos lo compran todo, incluso las corrientes absurdas, como el neocubismo, pero en general lo que más les gusta es el orientalismo. Hay pintores que copian y recopian las mismas escenas típicas hasta la saciedad.
Ahora nos ha dado a nosotros la manía del orientalismo, que ya es vieja en el Occidente. No tenemos remedio.
– ¿Anticuados? ¿Posmodernos?
– Hay un grupo de pintores que se proclaman herederos de lo que llaman la influencia posmodernista de los años setenta, y pretenden con ello crear una tradición inexistente, por esto hablan con palabras grandilocuentes y sobre temas europeos que desconocen. Pero esto es imposible, es como ser nacionalista árabe y americano al mismo tiempo. No es más que el resultado de la crisis de identidad que tiene ahora el régimen y que la sociedad sufre también.
– ¿Invertir en pintura se ha convertido en una moda?
– Con la idolatría al dinero de los últimos años, la única manía es invertir; hay galeristas que incluso buscan pintores y los hacen pintar antes de morir para poder especular con sus cuadros una vez que hayan muerto. Un cuadro de sesenta por cuarenta, por ejemplo, vale unos 1.500 dólares, lo que no está mal para un mercado que se está formando.
– ¿Hay buenos pintores?
– No, no hay buenos pintores.
Se hace lo que se puede, pero la mayoría nos sentimos aislados del mundo. Los pintores jóvenes vienen de escuelas donde se politiza la pintura. Y ¿qué ocurre? Que la escuela se degrada. Lo mismo sucede con la enseñanza universitaria.
Apenas hay ahora diplomas que puedan convalidarse en el extranjero, y en cambio hace unos años sí los había. Es una degradación a imagen de todas las demás degradaciones.
Nos amenaza la misma muerte de las ideologías que en Occidente. Pero quizá lo peor de Siria sea ese miedo impotente, un miedo que ha matado el alma, un miedo peor que el miedo, porque impide pensar y nos sume en la resignación cuando comprendemos que no hay salida.
– ¿Estás seguro de que no hay salida?
– Tal vez yo lo vea todo demasiado negro -dijo al darse cuenta del silencio que se había hecho-.
Tal vez la pintura a fin de cuentas no sea para un país como éste, un país de comerciantes.
De pronto, con sus esperanzas, sus búsquedas, ese afán de encontrar un resquicio por donde hacer pasar el aliento de la creación, me sentí transportada a los años sesenta y setenta, en el mismo ambiente en que nosotros nos encontrábamos, con las mismas ganas de hablar de pintura, de cine, de literatura y de arquitectura, de conocer lo que hacíamos cada uno y lo que ocurría en el exterior. Nada nos parecía mejor que perder las horas discutiendo sobre una exposición o un libro o el último edificio del más joven arquitecto, para acabar a altas horas de la madrugada con el sentido de la vida y de la muerte o la diferencia entre la crítica y la creación. Quizá sea cierto que las dificultades son un aliciente para la solidaridad, porque es cierto también que salvados los escollos por cuyo derribo luchamos nos olvidamos de lo primordial.
El arquitecto.
Aquella noche no pude hablar con Hikmat Chatta, el arquitecto.
Tras las palabras de Rida nos enzarzamos en un debate sobre el arte y sus implicaciones en la vida política, o lo que es lo mismo, el papel del artista en la sociedad o en la política, y sin darnos cuenta nos dieron las cuatro de la madrugada bebiendo ‘árak’.
Pero unos días más tarde, Hikmat vino a buscarme con su camioneta gris y me llevó al Centro Cultural Francés de Damasco del arquitecto José Oubrerie que había trabajado con Le Corbusier de 1958 a 1965, visitamos luego la galería Ur Nica, que había hecho él mismo, y la casa de Amiralay también obra suya. Y con esa paciencia y esa vocación pedagógica que sólo tienen algunos arquitectos para los que la arquitectura ocupa un lugar que ningún amor puede ni podrá jamás ocupar, me dio una magnífica clase de arquitectura moderna siria, sobre la evolución de la estructura de la vivienda en los últimos cincuenta años y sobre las influencias de los grandes arquitectos de mediados del siglo XX en los jóvenes que, como él, intentan mantener viva la modernidad en una ciudad como Damasco, tan abocada a la arqueología.
Porque Hikmat era el más joven de todo el grupo. Nunca supe la edad que tenía, pero no debía de llegar a los treinta y cinco años, y según me contó había vuelto de París cinco años atrás al acabar el doctorado en la Sorbona. Vivía en un apartamento en el centro de la ciudad, casi frente al Cham Palace, que él mismo había arreglado casi con el mismo criterio con que lo había hecho el arquitecto que había remodelado la casa del fotógrafo Al Rumi. Era un joven romántico con tal melancolía en la mirada y en la voz que más parecía un poeta que un arquitecto dispuesto a defender los postulados de la arquitectura moderna.
– El árabe siempre ha vivido encerrado en su casa y en su patio, y aunque ahora las casas no están encerradas en sí mismas, sigue con el mismo desprecio por el espacio exterior, de ahí que aun siendo limpios las calles estén siempre tan sucias.
– También lo están en Madrid.
– Es posible, pero aquí nadie se entera.
Estaba desesperado por lo que le había ocurrido a la ciudad. La ciudad antigua -me contó- estaba clasificada y gracias a ello no se habían hecho más desaguisados; sin embargo en la entrada principal de Al Hamadie, en la ciudad antigua, al excavar un terreno donde se quería instalar un supermercado se había descubierto hacía poco más de un mes un muro y una fosa defensiva de la época romana. Había habido protestas en los periódicos porque no se detenían las obras, y un grupo de treinta intelectuales había presentado al alcalde un pliego de firmas con la petición de que se respetaran los hallazgos, que el alcalde ni se había tomado la molestia de leer. Igual reacción había tenido el Ministerio de Cultura. Y cuando volvió a pasar por el lugar al cabo de unas semanas, las excavaciones se habían rellenado con fundiciones de hormigón.
– Como en Murcia -intenté consolarle de nuevo con nuestras mismas chapuzas, recordando la plaza con que se ha cubierto una parte de una ciudad árabe, para que no se ofendan los bares ni se les reduzcan sus terrazas. Pero él no me hizo el menor caso. Sonrió con tristeza y exclamó:
– ’Tout est foutu.’
La resaca del ‘árak’
Llegué a casa de madrugada y dormí hasta que el sol estuvo alto en el cielo y una vez más me despertaron los maullidos y los ronroneos de los gatos en los tejados.
Al levantarme, entró Nayat en mi habitación con un pedazo de tarta tan alto y grande que no sabía por dónde empezar. Luego me dijo que iba a salir. Llevaba un vestido occidental azul marino de blancos tan elegante y sobrio que me dejó perpleja.
– Voy a la compañía de teléfonos -dijo muy satisfecha de mis elogios.
Yo fui al Centro Hispánico Cervantes a ver a Montserrat Aguirre, mi tercer contacto, la jefa de estudios cuyo teléfono me había dado Dolors Cinca, una traductora del árabe que había encontrado en Nueva York el año anterior. Montse Aguirre me había pedido que diera una conferencia el día antes de irme. Visité el Centro y me quedé impresionada de la cantidad de gente que quiere aprender español en Damasco. Si fuéramos franceses habríamos hecho un maravilloso Centro que hoy habría duplicado sus alumnos.
Había animación y buen ambiente en el Centro, que estaba muy bien organizado. La biblioteca de autores en lengua española y sobre temas hispánicos y árabes en general, estaba muy concurrida. Alguien me dijo que sin saber por qué el Centro se cerraría al cabo de un año.
Volví caminando por una calle paralela a la de mi casa, un poco más encaramada al Casiún, no demasiado ancha pero de dos direcciones, con camiones y autobuses que sorteaban los obstáculos con una pericia inimitable. Me detuve en una de las muchas tiendecitas donde venden esos zumos que toman a todas horas los árabes y pedí una jarra de zumo de frutas variadas para atemperar la resaca del ‘árak’ que no remitía. La tienda, como todas, no era más que una ventana tras la cual había un mostrador, el hombre que hacía los zumos y canastas de naranjas, limones, zanahorias, fresas, manzanas, pomelos y papayas, colgados del techo en bolsas de malla. Tuve que esperar porque el dueño estaba echando una bronca a un pobre muchacho que aguantaba estoicamente con los ojos bajos y el gesto inexpresivo. Después me dio mi zumo en una jarra como las que se utilizan en España para la cerveza. Hay tiendas de zumos por toda la ciudad, y la gente se aglomera en ellas a la hora del calor.
Hacía un sol de justicia y algunos comerciantes habían cerrado las puertas, habían bajado los toldos, y ocultos en las umbrías habitaciones interiores, esperaban momentos más benévolos. De pronto se dispararon a cantar los almuédanos, comenzó uno y siguió otro y otro, hasta que toda la ciudad en pleno se puso a orar, cada uno con su propio canto sin tener en cuenta el de los demás, lo cual, sin embargo, no producía una melodía discordante porque poco a poco iba adquiriendo un ritmo y una cadencia armónicos, igual que se conjugan en una única balada desde el Pati dels Tarongers, los campanarios de Santa Maria del Mar, Sant Jaume, Betlem, el Pi, Sant Just, Sant Sever, al filo de mediodía: unas campanadas tras otras o unas sobre otras sin que sea posible distinguirlas y oyéndolas todas a la vez.
Un pensamiento transparente logró desprenderse de mi mente torturada por la resaca y el sofocante calor, y se deslizó entre la salmodia de los almuédanos y la memoria lejana de los tañidos en el Pati dels Tarongers de Barcelona: mañana, jueves, me voy a Palmira con Ismail.