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XVII. Últimos días.

Lo que hice a partir de entonces fue viajar y viajar y repetir los lugares y volver a ver a los amigos no tanto para profundizar en un conocimiento para el que me harían falta siglos cuanto por el simple placer de reconocer.

Durante varios días recorrí otra vez en coche el valle del Orontes, siempre con el viento feroz que azotaba las adelfas en flor y las ramas de los chopos y de los olivos, y me detenía en cualquier punto del camino para contemplar una vez más en lo alto de la cordillera la columnata de Afamia, impertérrita en su inmensa belleza, ajena al sol inmisericorde y al viento del mar y del desierto que de todos modos en siglos o en milenios lograrían desmoronarla.

Volví al Mediterráneo y me bañé en el agua del mismo mar que conozco desde la infancia, recorrí las ciudades muertas del norte de Siria, y visité a mis amigos del Bimaristan Argun y al ‘cheij’ de la pequeña mezquita del zoco de Alepo.

Un día entero estuve para visitar la Biblioteca Nacional de Damasco inaugurada hace dieciocho años, que contiene 250.000 libros además de 20.000 manuscritos antiguos e incunables, y donde entre lecturas y consultas los 300 bibliotecarios que trabajaban en ella atienden cada año a más de 100.000 personas. Su director, Ghassan Lahham, otro enamorado de su trabajo, me mostró todas las salas de restauración, catalogación y lectura.

En vano busqué datos sobre la vida y la muerte del escritor y viajero catalán, Doménech Badía Leblich, Alí Bei al Abbasi, asesinado oscuramente en Damasco en 1818, el único europeo de su época que tras uno de sus viajes por el norte de África y el Oriente Medio, logró entrar en La Meca disfrazado de musulmán, una hazaña que años más tarde repetiría el capitán Richard Burton.

Su muerte, a manos de un agente británico según algunas fuentes, sigue siendo un misterio.

Cené varias veces con Nasser Kadur, el ejecutivo que había ido a recibirme al aeropuerto el día de mi llegada, y otras tantas me presentó a personajes importantes de la vida pública de Damasco sin que me fuera posible descubrir dónde se había producido la confusión, en qué consistía, y qué famoso personaje de la oligarquía internacional creía que era yo para merecer tanto agasajo.

Un día se me llevó el coche la grúa y un desconocido me acompañó con el suyo a las afueras de la ciudad donde lo tenían guardado.

Conocí en Damasco a los amigos de mis amigos. Visité fotógrafos, escritores, pintores y cineastas, y con Hikmat Chatta, el arquitecto de mirada nostálgica, asistí a los conciertos de música clásica del Palacio Azem, el monumento civil más hermoso de Damasco, un edificio de una rara perfección, como diría el filósofo Ferrán Lobo, y recorrí con él la ciudad durante horas desde el palacio de recepciones de Kenzo Tangue en la colina Mezzè que domina toda la ciudad, hasta los edificios y construcciones de los últimos cincuenta años cerca de la ciudad antigua, con la minuciosidad, el conocimiento, el interés y la fascinación que sólo se consiguen cuando se recorren las calles de una ciudad con un determinado tipo de arquitecto.

Poco antes de irme logré penetrar en el corazón de las tinieblas, un campamento palestino al sur de Damasco que alberga una pequeña parte de los casi 400.000 refugiados palestinos que hay en el país, donde estuve más de una hora comprobando con mis propios ojos la injusticia y el oprobio que sufren algunos pueblos del mundo, y de donde tuve que salir antes de lo que habría querido porque comprendí que a los desheredados de la tierra no les gusta exhibir sus lacras ante los demás. Y por falta de tiempo me quedé sin ver las ciudades kurdas, Hasakel, Al Karmiski, en el extremo noreste, que tenía el proyecto de visitar en un viaje en tren de veinte horas atravesando Siria en una diagonal opuesta a la que dibuja el Éufrates, es decir, desde Damasco al extremo nororiental del país. Un viaje pendiente más que añadir a la larga lista de proyectos no realizados aún.

Me bañé otras muchas veces en el Éufrates y me convertí en una adicta del zoco de Der Zor. Visité a mis amigos de la tribu de Al Anezze y asistí a la boda de una de sus lejanas parientas para comprobar que era tal cómo me había contado el fotógrafo Mohamed Al Rumi. Volví a las ruinas de Palmira, sin luna ya y tal vez sin esas bocanadas de emoción de la primera vez pero con el profundo placer de reconocer el lugar y de algún modo mágico y oculto pertenecer a él. Conocí a los beduinos de la tribu Mawali acampados casi en la misma frontera del Iraq que no me atreví a cruzar por el respeto y la aprensión que ejercen en nosotros los límites imaginarios y teóricos, mientras ellos, que no conocen ni entienden ni aceptan las fronteras, se reían de mí y de mis temores. Atravesé el desierto en varios sentidos sin que mis ojos perdieran un ápice de la atención con que lo había mirado la primera vez, y ajena al paso del tiempo, estuviera donde estuviera, al atardecer detenía el coche y levantaba mi vaso de papel con whisky y agua, y hielo cuando lo había, a la salud de los míos y de los extraños, y agradecía a quién sabe quién mi presencia en la luz del Cham.

Y un día, al regresar de una excursión por el desierto y mirar el calendario, comprendí que irremisiblemente el tiempo se había acabado. Fui a la bombonería Ghraui de la calle Port Said y me llevé varias cajas de bombones rellenos de pistacho y de frutas confitadas, entré por última vez en el zoco Hamidie y me regalé un hermoso collar de ópalo parecido al que había visto en la pequeña tienda del monasterio de Suleimán. Me despedí de todos los amigos, devolví el coche a la agencia, cuyo propietario, aunque no me lo hubiera anunciado, me ofreció también una rosa, y me puse a hacer el equipaje intentando atiborrar en las maletas y las bolsas lo poco que había comprado y lo mucho que sin saber cómo, se acumula en un viaje. Aquella misma noche estrené el collar y me puse lo mejor que tenía para sentarme en una silla adornada con margaritas y laurel y presidir la gran mesa del comedor de los días de fiesta que Nayat y Fathi, a modo de despedida, habían cubierto con todos los platos de la cocina árabe: ‘maqdús’, las pequeñas berenjenas rellenas; ‘qubbe’, grandes croquetas en forma de bola de carne y trigo machacado; ‘yebra’, los rollos de arroz y carne envueltos en hojas de parra; pinchos de cordero sazonado con especias; pimientos rojos, amarillos y verdes; ‘mutabbal’, la pasta de berenjenas, y ‘homos’, la de garbanzos; alcachofas rellenas; ensalada de aceituna y de lechuga fresca con achicoria, menta y huevos duros; pepinos con pimienta y ‘labne’, el yogur líquido; tres cestas con ‘hubs’, el pan de trigo, ‘hubs ifrenyi’, los panecillos y ‘mirakad’, el pan sin levadura; queso de Alepo, membrillo de albaricoque, ‘yeritsè’, bollos dulces con miel, y cerezas y almendras verdes. Bebimos cerveza, ‘árak’ y como un extra en honor de la solemnidad, una botella de vino blanco de la zona de Homs. Un banquete que me hizo pasar la noche en blanco. Los ruidos de la ciudad desfilaron uno a uno por mi insomnio, y en esa duermevela metálica que precede al amanecer aparecieron y se confundieron los rostros de los amigos y los de las esculturas, el aroma del salitre del mar con el del cardamomo del café de los beduinos, hasta que con las primeras luces rosadas y mecida por el bullicio del piar de los vencejos y las golondrinas del verano, me sumí en un sueño dulce y plácido del que me desperté de golpe por el temor de haber perdido el avión. El sol entraba sin piedad por la ventana que había abierto por la noche para ver el ‘dareb altabbane’, el camino de la paja, y el tenue resplandor de las luces de la ciudad. Pero no eran más que las ocho de la mañana.

Nayat me había preparado un desayuno de princesa con flores y frutas y deliciosas empanadas de miel, y como regalo de despedida me ofreció una colcha adamascada de algodón blanco y siete aros de metal para ponerme en la muñeca que, según aseguró, me concederían los siete talentos que Dios reserva a los que ama: belleza, entendimiento, amor, don de lenguas, diligencia, agilidad y fantasía. Y para que la fiesta fuera completa Fathi había pedido un día libre en la oficina y me llevaría al aeropuerto.

Viaje de vuelta.

El aeropuerto estaba repleto de gente, y una multitud de pie en colas confusas esperaba con la resignación que vamos adquiriendo todos los ciudadanos del mundo ante los retrasos y la desorganización de las compañías aéreas. Me situé en la de una ventanilla que me indicó Fathi y sin otra cosa que hacer me dediqué a mirar: había grupos de árabes con barba y cabellos espesos y negros en la cola de los que salían hacia Jartum y Luarca, o los había vestidos a la occidental en la hilera de Kuwait.

Había también muchos campesinos.

Me fijé en los ‘kufies’ y reparé en que la misma chapuza de la forma de anudarlo a la cabeza es lo que le da la elegancia. En el vestíbulo, lejos de las colas, parejas de amigos cogidos del brazo o de la mano, paseaban charlando mientras movían con la otra mano las cuentas de su rosario. Ni uno solo había sin algo que manipular. Mil voces confusas y chillonas se desgañitaban en varios idiomas por los altavoces sin que yo fuera capaz de entender lo que decían.

De pronto, un tipo vestido de uniforme se acercó a la cola de gentes y equipajes amontonados en los carros, donde yo estaba y, como si fuéramos niños de una colonia de vacaciones, se puso a dar voces y a llamarnos con palmadas: vamos, vamos, todos con los pasaportes y la tarjeta, vamos, vamos, ‘yal-la, yal-la’.

A Fathi no le dejaron estar conmigo durante el registro de las maletas y pasaportes. Se dio la vuelta obediente pero se situó tras unas vallas en el gran vestíbulo del aeropuerto y cuando me vio entrar por la otra puerta con el carro entre mil musulmanes mucho más cargados que yo, me fue indicando los trámites que había de hacer.

Si en algún momento del viaje olvidé que en este país hay un férreo control, una policía política durísima, la permanente posibilidad de que le vayan a buscar a uno a su casa una noche cualquiera, y centenares de presos políticos pudriéndose en las cárceles sin juicio, me habría bastado esta salida del país en el aeropuerto para que volviera como una sucesión de imágenes a mi mente.

Decenas de controles, caras amenazadoras, silenciosas, miradas escrutadoras y órdenes terminantes, mantienen al viajero obediente y sumiso. Cualquiera de esos hombres tiene el poder de anular el viaje sólo con un gesto, y el viajero que lo sabe, pasa sumiso del mostrador donde le calculan el exceso de equipaje a otro donde recibe un papel con el que se le autoriza a cambiar, a un tercero para comprar los dólares con que pagarlo. Porque se da la circunstancia de que no está permitido tener dólares a menos que no se hayan declarado al entrar en el país, si además no se muestra el comprobante del banco sirio en caso de haberlos comprado después y si previamente no se ha dado estricta cuenta de cómo se han gastado, y por tanto no se pueden utilizar los que tenemos en el bolsillo y no hay más remedio que comprar los que se necesiten para el exceso de equipaje a un cambio a todas luces desproporcionado. Hay que ir y volver de un mostrador a otro, esperar el turno en todos ellos, hasta que se hace el milagro y el viajero recibe la tarjeta de embarque, compra el sello de salida y pasa una serie de controles, siempre con el terror de no saber si pasará la próxima prueba, con la que obtendrá el título que le permita salir del país.

Fathi me despidió con la mano levantada, que se ocultaba a veces tras las de otras mil despedidas, con la expresión de alerta y atención con que siempre me había mirado, como si nunca se hubiera acabado de convencer de que yo era una adulta que sabía viajar sola.

– El bolso, lleva el bolso abierto -le oí aún gritar y ver su rostro de pavor entre el gentío.

Le di las gracias con un gesto, cerré el bolso y al pasar el último control entregué a un ceñudo funcionario aquel papel blanco que tantos problemas me había creado, y todavía me volví una última vez para decirle adiós con la mano.

Pero ya no le vi cegada mi propia mirada por unas lágrimas que me empeñé en no dejar caer, por más que me dijera y repitiera que había llegado a la zona anónima, la tierra de nadie de los aeropuertos donde cada cual tiene bastante con ocuparse de lo suyo.

La sala de espera estaba llena de mujeres y hombres en tránsito que venían de los países del Golfo o de Arabia y esperaban el vuelo de Argelia, Túnez, Estambul, todos vestidos de blanco, incomprensiblemente limpios e impolutos tras tantas horas de viaje y con tantísimos bultos.

Me cubrí la cara y la cabeza con un pareo que me había regalado el año anterior Carmen de Tord en Nairobi, y como una árabe más me tumbé en uno de los muchos divanes alineados en la sala como un dormitorio, a ver pasar el tiempo o a dormir. Ante mí no había más futuro que ese viaje interminable: Damasco, Ammán, Ginebra, Madrid, Barcelona. Aun con la diferencia de dos horas y de no haber retrasos, llegaría a casa de madrugada, y el reloj del aeropuerto señalaba en este momento las doce de la mañana. Me dormí envuelta en mi trapo hasta que me despertaron los altavoces llamándonos a embarcar.

Apenas tardamos media hora hasta el aeropuerto de Ammán, la ciudad que me despedía de Oriente, del Levante, la ciudad donde vivía Ismail. Me acerqué a los cristales con la esperanza de distinguirla entre la bruma, pero el sol contundente brillaba con luz acerada y los cielos límpidos alargaban el horizonte hasta más allá de sus propias fronteras. Y no se veía la ciudad. Tuve que hacer varios trámites más porque había que cambiar de avión y no estaba previsto para mi vuelo el mero tránsito. Me senté otra vez en los divanes a esperar.

Cuando llamaron el vuelo de Ginebra me levanté y me puse pacientemente a la cola porque ya sabía que en Ammán, como en Damasco, avanzan muy lentamente.

De pronto lo vi, faltaban sólo unos metros para pasar el control de pasajeros. Lo vi, igual que lo había visto el primer día y la noche del restaurante Sahara, con la sonrisa levemente socarrona, los ojos grises y ni un ápice de precipitación ni de agobio, como si no hubiera prisa, como si yo hubiera venido a quedarme, como si tuviéramos toda la vida por delante. Y tras la sorpresa, a instancia de los pasajeros que querían avanzar, me abandoné a una despedida que esta vez sabía más cierta aún, ajena a las miradas del público y, un minuto más tarde, a las llamadas de la azafata que me urgía a entrar para completar el vuelo. Me abandoné a la despedida con la decisión irrevocable de no perder ese instante no previsto que parecen conceder los dioses por añadidura, como una “torna” que ha de lograr el contrapeso y el equilibrio, de la forma que nos abandonamos a lo que irremisiblemente va a acabar, la que reconoce por última vez el hueco del hombro y la curva del cuello, y el calor y la presión de los brazos y la humedad de los labios, en un rito que no se reproduciría ni se convertiría en costumbre, porque no había para nosotros más historia que la que nos lleváramos cada uno, no habría continuidad, ni rutina, ni cabía esperar la complicidad que da el conocimiento.

Ni siquiera se nos exigiría una decisión. Sólo ese instante apenas alargado que precedía al embarque.

Lo que había sido sería para siempre una vez lo atesorara la memoria y lo mitificaran la añoranza, la fantasía y el tiempo.

Creemos siempre que es el futuro el que está por definir, el incierto, el tornadizo, el indescifrable, y sin embargo es sobre todo el pasado el que está abocado a imprevisibles interpretaciones y cambios.

Tras el control de policía, vi aún el brillo de sus ojos abriéndose paso en la oscuridad como asoman entre los pliegues azules o blancos de su turbante los de un tuareg o los del beduino que se ha cubierto el rostro para protegerse del sol.

Después entré en el avión y me acurruqué todo lo que me permitía el cinturón de seguridad, y abrigada con el tenue aroma que retenían mis manos y que habría desaparecido antes que la capa de nubes europeas escondiera el mar y la tierra, me dormí dispuesta a salvar con decoro la distancia que me separaba de mi mundo.

La luz del Cham.

Aquel interminable viaje de vuelta acabó por fin. He olvidado el paso de los grandes espacios a la apretada geografía europea, las escalas eternas y el cansancio de la llegada. Han pasado casi dos años. No hay rosas damascenas en la mesa donde escribo y borrosos quedaron como en los sueños los viajes al desierto, el ruido de las norias, el abigarrado color de los zocos y los rostros de los amigos que dejé en Siria.

Pero desde entonces, cuando por la noche llega ese instante que precede a la huida, estoy atenta y aguzo la imaginación y el oído porque a veces vuelven en la oscuridad el zumbido de las calles, las bocinas aisladas de los coches contra el Casiún, los maullidos de los gatos en los tejados, las conversaciones lejanas de las gentes que toman el fresco en la calle, el perfil o la mirada de un amigo o el insistente canto de aquella cigarra oculta en los pliegues de la luna de Palmira, y me dejo mecer por esta música oriental que comencé a descifrar hasta que el sueño se inventa con ella nuevas fantasías.

Aun así, soy consciente de que, soterrada por melodías más recientes, igual que se encaraman unas sobre otras las ciudades del desierto, mi música asoma cada vez con fuerza menor. Y aunque me niegue a aceptar lo inevitable, y por más que desgrane mi rosario de recuerdos esforzándome en provocarla y retenerla, no tengo más opción que asistir resignada a su distanciamiento ineluctable. Un día será apenas un vago aroma, una imagen sesgada, un paisaje borroso o una simple palabra lo que hará brotar en mi memoria un débil reflejo de aquella perplejidad que dejó en mí la luz del Cham, lo que queda de esa Gran Siria diezmada y dividida en aras de la civilización occidental, de ese país que procura mantener los principios de su tradición y de su historia y al mismo tiempo ha de defenderse de aquellos que dicen hacer lo mismo desde la distorsión y la violencia, un país con un bagaje excepcional, con uno de los patrimonios más antiguos y de mayor gravitación de la historia, que se debate como todos los países que no pertenecen al primer mundo entre el desarrollo y el temor a ser invadido y transformado en una colonia de una especie distinta a las que tan bien conoce, un pueblo en fin de mil religiones, de mil razas, de mil deseos no cumplidos ni siquiera formulados aún, como los que laten ocultos tras el devenir de todos los pueblos de la tierra.

Que Alá sea con ellos y con todos nosotros.

Damasco, 29 de abril de 1993

Madrid, 26 de marzo de 1995