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Damasco la reina del agua, dicen las guías, la de las tierras fértiles, la de los cielos benignos. Como una esmeralda verde en medio de un desierto de arenas doradas se abre al este de la cordillera del Antilíbano que de norte a sur corre paralela al mar. La esmeralda es su oasis que a pesar de haber sido invadido sin miramientos por la ciudad y el desarrollo indiscriminado, todavía conserva, antes de convertirse abruptamente en desierto, huertas y riberas frondosas, campos de violetas, rosas damascenas y mimosas, sembrados y labrantíos, extensiones de frutales, higueras y olivos, y caminos bordeados de nogales, un paraíso ya descrito por Alí Bei al Abbasi hace casi doscientos años.
Pero la ciudad, Damasco, no es verde, sino dorada, del color de la tierra, del ocre tostado de los colores antiguos. Una ciudad profundamente árabe, un abigarrado y primitivo núcleo de callejuelas, casas y patios escondidos en ellas que desde hace cuatro mil años sin interrupción ha ido creando a su alrededor círculos de vida arañándole tierra al oasis.
Las primeras noticias que se tienen de Damasco nos hablan de la capital de un pequeño reino arameo, un pueblo seminómada que en oleadas sucesivas procedentes de Arabia se instaló en el oasis, el Guta, y desde entonces ha conocido toda clase de invasiones, dominios, gobiernos, dueños y señores, que enterraron tras ellos las distintas civilizaciones que les precedieron: asirios, neobabilonios, caldeos, persas, seléucidas, griegos, romanos, bizantinos, omeyas, abasíes, fatimidas, seljuks, atabegs, ayubíes, mamelucos, otomanos, y para acabar los franceses y los británicos que se repartieron el territorio de Siria. Tras soportar tantas invasiones, todas ellas con ánimo de civilizar, educar y ayudar, Siria, desmembrada y dividida, consiguió la independencia hace escasamente cincuenta años. Y cuando parecía que todo había terminado, ha llegado la nueva invasión: la de la ciudad extendiendo en el oasis sus tentáculos.
En los años cuarenta y cincuenta la explotación económica del campesino obligó a grandes masas de hombres y mujeres a buscar en la ciudad un modo de vida mejor, y la llegada de refugiados palestinos expulsados de sus tierras o la de libaneses, iraquíes, somalíes o kurdos huidos de sus guerras y persecuciones provocó una lucha sin cuartel para disputarse los recursos y los terrenos que van de la ciudad a la estepa y dar cabida a una población que en 1920 era de 170.000 y está sobrepasando ahora los tres millones de habitantes.
Con el plan urbanístico de los años treinta y más tarde con el de 1968, se construyeron entradas majestuosas en la ciudad, barrios residenciales con escuelas, bibliotecas y servicios, y se abrieron grandes arterias para la circulación, pero ni entonces ni después ni más tarde se ha preservado el oasis. Los primeros en desaparecer fueron los jardines entre la ciudad y la falda del Casiún. Se multiplicaron después los barrios de edificación espontánea y acelerada donde había habido vergeles y cultivos y se construyeron talleres en los jardines y en las huertas, e incluso fábricas en la parte oriental del Guta.
El oasis ha cambiado: una distribución administrativa ha convertido las alquerías en pueblos y los pueblos en ciudades. Las casas ya no son construcciones de piedra en forma de dado, sino edificios de cemento de varios pisos. Los grandes nogales que bordeaban los caminos se han cortado y se ha vendido la madera y los caminos se han transformado en autovías o autopistas por las que discurren cientos de autobuses y coches, perdido para siempre el equilibrio entre Damasco y el oasis, la reserva de hortalizas, frutos y árboles que protege la ciudad del desierto. Enloquecidos los sucesivos regímenes, como los de nuestros países, por dar a los campesinos una estructura de vida urbana que para ellos no significa más que una forma de vivir que no comprenden y unos usos a los que no están hechos, subestimaron el problema y ahora la fetidez de los canales muestra la insuficiencia de las aguas para la ciudad y el oasis que la rodea.
Dos son los ríos que arrancan al desierto el oasis de Damasco: el Barada que nace en el corazón del Antilíbano y que durante 71 kilómetros serpentea hacia el este por las lomas de una planicie a 700 metros de altitud; se precipita después al pie del Casiún y atraviesa la ciudad para seguir luego su curso y detenerse 40 kilómetros más allá, en el lago Ateñbé. Y por la parte sur del oasis, el Aawah que nace en el monte Hermön, se desliza por el Guta y desaparece en la depresión de Hijanè, hacia el sureste.
El Antilíbano es un macizo calcáreo que corre paralelo al mar, cuyas nieves abundantes al fundirse en primavera alimentan seis grandes afluentes y cientos de canales, algunos de ellos de la época de los arameos, que se abren en abanico en la planicie creando un semicírculo de fertilidad al pie del Casiún, en el oasis.
Masas de grandes chopos esconden el curso profundo de esos ríos silenciosos de aguas grises que no han tenido tiempo de perder el color de los ríos de montaña, y que dejan a su paso tal exuberancia que se suceden en las laderas de los valles los albaricoqueros, los cerezos y la viña. Crecen las rosas en los bordes de los caminos y las enredaderas floridas se encaraman a los balcones hasta formar sombras espesas sobre puertas y ventanas.
Hasta los años cincuenta bastaba y sobraba con el Barada para dar agua a los damascenos y para regar las huertas. Pero para compensar la pérdida de cultivos debido al avance de la construcción se permitió a los campesinos regar en exceso durante la época de calor lo cual, junto con las necesidades crecientes de la ciudad, hace que el Barada sea insuficiente también para regar, y aunque esté prohibido los campesinos cavan pozos cada vez más hondos para encontrar agua porque el nivel de la capa freática va descendiendo de forma alarmante.
Para el consumo de la ciudad ha habido que contar con el agua de otro río, el Fiji, que en un alarde de ingeniería hidráulica se ha fundido con el Barada aguas arriba de éste. Ni el Aawah ni el Fiji nacen tampoco en territorio sirio, sino en el Líbano, lo cual demuestra hasta qué punto Damasco es vulnerable en materia de suministro de agua, un problema real del que los damascenos no parecen querer darse cuenta. La derrochan en los lavados y regadíos como hicieron sus mayores cuando el Barada bastaba con creces para las necesidades de un pueblo tan dado a la limpieza que se abrían las compuertas de los canales para inundar las plazas y los patios de las casas y las mezquitas de la ciudad antigua y dejarlas por lo menos dos veces al año, como los chorros del oro.
– Sólo nos queda la espesura umbrosa del Barada y los pequeños restaurantes para solaz de la población -me dijo Fathi, mi casero, con los ojos llenos de ironía al verme tan preocupada.
Era viernes, la fiesta semanal de los árabes y yo me iba con ellos de excursión. Y añadió:
– Vamos allá y verás qué hermosura.
El valle del Barada.
Bajo las antenas de radio y televisión en lo alto del monte Casiún, que cierra como una amplia concha toda la ciudad por el norte, hay una carretera que corre a media ladera desde la que se contempla la ciudad. En años anteriores, según me habían contado y dicen aún las guías, esta carretera estaba poblada de pequeños bares y cafés donde los damascenos iban a contemplar la caída de la tarde sobre la ciudad, a tomar el fresco y el té y a charlar con los amigos o colegas. Pero yo he llegado tarde y ahora no hay más que las ruinas de las pequeñas construcciones que los albergaron, curiosos como yo, y mucho más allá, hacia el oeste, algunas barracas de familias nómadas o gitanas, cuyas mujeres persiguen a los paseantes para decirles la buenaventura. En vano espera la ciudadanía que el estado o las fuerzas vivas de la ciudad les comuniquen por qué cerraron esos cafés y qué es lo que va a construirse en su lugar. Como en todos los regímenes donde el pueblo no interviene en la cosa pública, los rumores hacen las veces de información: construirán un hotel tan bello como no hay otro en Siria, venderán los terrenos a los magnates de las multinacionales que poco a poco van llegando al país, lo convertirán en un parque donde no se admitirá, como antes, el jolgorio y la prostitución…
Pero nadie sabe de cierto lo que ocurrirá.
Esa tarde, la cuarta o la quinta desde mi llegada, el cielo estaba movido y en la lejanía, más allá de los últimos edificios, caían trombas de agua como cortinas dantescas bajo unos golpes de luz tan precisos entre las nubes que en la planicie que se extiende hasta Jordania el horizonte parecía el horizonte del mar. La lluvia se iba acercando velando el aire hasta que de pronto se desplomó la cortina sobre los alminares de la gran mezquita y todo quedó en la penumbra. Pero fue sólo un instante, por el este algunos rayos bíblicos se abrían paso ya entre las nubes y rasgaban el cielo, y cuando cesó la tormenta dejó tan ancho sobre nosotros y tan diáfano el ambiente, tan impoluta la atmósfera, que podía verse la ciudad como un plano en relieve y las pequeñas bandadas de pájaros y las líneas de las calles perdieron la proporción en la inmensidad del aire. Olía a tierra mojada, a aromas indescifrables y a verdor. Era primavera y Damasco estaba inundada de rosas, rosas de profundo olor, rosas de todos los colores, grandes rosas románticas, a lo largo de las avenidas, en los balcones y, tapizando parterres, rosas bellas y olorosas que en el mundo occidental sólo se encuentran en los concursos, en las postales y en los invernaderos, y cuyo aroma quedó congelado o fue robado para embotellarlo.
Bordeando el Casiún por el este nos dirigimos hacia el valle del Barada por la autopista o, mejor dicho, la autovía que va a Beirut. El monumento al soldado desconocido se levanta en medio de un espectacular llano donde se cruzan en arcos varias carreteras que desaparecen luego cada una por su valle, entre paseos, palmeras, jardines, lomas de montañas talladas en terrazas con árboles recién plantados. En lo alto de la otra montaña que protege la ciudad por el sureste, Kenzo Tangue construyó hace unos años el palacio de recepciones del presidente, que se adapta a la montaña como un lienzo para no quitarle una curva, una loma, un ángulo y mantener intacto su perfil.
Siguiendo el curso del Barada, visible por la mancha verde que serpentea entre colinas, se llega a la media hora a un minúsculo pueblo llamado Jumbraia donde Fathi y Nayat estaban construyendo la casita que querían mostrarme. Pero antes de detenernos en ella se adentraron en el valle para que yo viera la vida que se esconde en sus umbrías profundidades y para visitar a unos amigos.
– Será para nosotros un honor que conozcas a nuestros amigos -me dijo Nayat que ese día llevaba los ojos pintados con el cajal negro que compra en el zoco Hamidie.
El aire estaba perfumado con la fragancia de la retama, y salpicaban el paisaje los rojos tenebrosos de los claveles de olor y de las lomas cubiertas de amapolas. A partir de este momento me olvidé de los nombres de los pueblos y las direcciones de los caminos, porque Fathi cruzaba aldeas y alquerías por atajos difíciles de encontrar en el mapa.
Nos detuvimos ante la casa de Ben Amar, su amigo y contratista, me dijo Nayat, un oriundo del Iraq que les suministraba el material de construcción. Entramos en una gran habitación de la planta baja con grandes puertas abiertas a la calle. Tenía en un rincón una mesa de escritorio gigantesca y un sillón, y en la pared de enfrente varios butacones forrados de terciopelo adamascado donde se habían instalado dos hombres que fumaban el narguile. Me hicieron sentar también a mí, me preguntaron si quería fumar y trajeron té. Ben Amar me mostró las fotografías de su padre en la pared, un hombre alto y con bigote vestido con chilaba corta y pantalones ajustados junto a una fotografía del presidente. Del techo colgaba una lámpara de cristales de colores, plantas, tiestos, y sobre una mesa de cristal un ventilador con un forro de volantes de puntillas, esperaba los calores del verano.
Ben Amar estaba casado y tenía cuatro hijos, la mujer no había cumplido aún los treinta años porque se casó, dijo, a los catorce.
Era rubia, lánguida y tenía los ojos grises, y llevaba con soltura un velo blanco de encaje, sin anudar, que se arreglaba a cada rato con coquetería. Su hija mayor, vestida con tejanos ajustados y camiseta, vino a saludarnos sonriente y luego volvió a grandes pasos a sumergirse en los libros porque al día siguiente tenía exámenes. Iba a cumplir catorce años, me contó su madre, pero aunque tenía cara de niña, aparentaba dieciocho o veinte, tal vez por ese pelo rizado y largo al gusto árabe mezclado con los peinados de las actrices de las series de televisión americanas. Cuando ya nos íbamos llegó un matrimonio amigo y tuvimos que volver a sentarnos y compartir el té y las galletas que nos trajo Ben Amar. Él era un hombre gordo de unos cincuenta años, con un gran mostacho, sonriente y bondadoso; ella llevaba un velo negro que le cubría toda la cara como si fuera lo más natural.
Para beber levantaba con cuidado el extremo delantero y sorbía el té, luego lo dejaba caer de nuevo y continuaba la conversación. Los labios temblaban tras las sombras y la voz salía tamizada, melodiosa, sumisa.
Volvimos al coche y a unos cinco o seis kilómetros nos detuvimos en un restaurante construido junto a la carretera que corría a media ladera del valle. Se oía el rumor del río entre los árboles y los arbustos que se entrelazaban formando una barrera de verdor; por encima de nosotros en cambio no había más que el monte desnudo y tostado. El restaurante escarbaba en la loma sus terrazas y pasillos que se comunicaban por una serie de escaleras casi verticales adosadas al muro y se sostenían sobre columnas de donde colgaban toldos y cubiertas, de tal modo que en ningún punto de los veinte metros o más de altura, sobresalían más de cinco o seis, siguiendo siempre la inclinación de la pendiente.
El dueño del restaurante nos lo mostró orgulloso y se empeñó en invitarnos a comer.
– Gracias -dijo Fathi-, muchas gracias, nos es imposible, tenemos que volver. -Pero fue inútil, todos sabían que de nada sirven en esos casos las excusas sean o no ciertas, porque mayor es el temor de un árabe a ofender a quien le invita declinando la invitación.
Nos acomodaron en una mesa puesta con manteles blancos y enseguida nos trajeron un té.
Debían de ser ya las cinco o más y el restaurante seguía lleno, sobre todo de familias con niños.
Y yo no comprendía muy bien si es que comían a la hora de Madrid o cenaban a la de Bonn.
– Las fiestas no tienen horas para los sirios -me contó Fathi-.
Pueden pasarse el día entero en el restaurante, comiendo y tomando té o refrescos mientras los niños juegan en las terrazas. Al caer la tarde irán al río, y volverán después a cenar y a charlar al fresco de la noche, hasta que de madrugada regresen a casa con los niños dormidos a cuestas. Todo este valle está lleno de restaurantes populares, hay muchos, muchísimos, ya los verás. Y no te preocupes por la hora. Ya llegará mañana.
Nos trajeron unos excelentes pinchitos de hígado de cordero, pimientos asados, yogur, pepinillos y una cerveza.
– ¿Podéis tomar cerveza vosotros? -pregunté al dueño del restaurante que se había sentado con nosotros.
– ¿Por qué no?
– Creí que vuestra religión os lo impedía -repliqué.
– Es que yo no soy creyente, en Siria la gente no lo es especialmente.
– Pero hay muchas mezquitas y siempre están llenas.
– La mezquita no es sólo un lugar para rezar sino también para descansar, para aislarse, recogerse, comer o hablar con los amigos.
Debe de ser como él dice, pensé, debe de ser cierto que hay gente como él todavía, pero también lo es que cada día hay más sirios religiosos quizá no tanto por la fe como por seguir una forma de vida y unas tradiciones que temen perder.
E incluso en países laicos como éste los integristas se abren camino con sigilo.
En la mayoría de los restaurantes populares no se sirve más bebida que el Seven Up, o una cola de fabricación nacional, y grandes vasos de ‘labne’, yogur líquido que se bebe con fruición una vez se ha tragado el pimiento picante con que acompañan las comidas, en comparación con él la guindilla es pura nata. Siria es uno de los pocos países del mundo donde no se encuentra ni cocacola ni pepsicola, lo que le da un aire un tanto exótico y distinguido.
Antes de llegar a la casa de Nayat y Fathi todavía dejamos el coche otra vez al borde de la carretera y descendimos al fondo del valle junto al río. Avanzamos los tres en fila sin poder hablar por el fragor de la corriente que se precipitaba en torbellinos junto a nosotros repitiendo una y otra vez su propio eco y creando una atmósfera de humedad y frescor. En ambas márgenes, escondidas en una espesura de altísimos chopos y nogales, una retahíla de pasos, plataformas, puentes y terrazas de madera sobre el agua, bajo la penumbra recoleta de parras o toldos agarrados a los troncos de los árboles o de cubiertas de obra o de uralita, formaban un laberinto tan inextricable como las callejas de la ciudad antigua. Eran pequeños restaurantes, o tan sólo espacios con mesas bajo la parra y junto al río, escondidos todos en el interior de esa jungla espontánea y domesticada que se extiende umbrosa y húmeda a veinte kilómetros escasos de la capital.
Nos detuvimos en la terraza más baja de un pequeño restaurante casi sobre el río.
– Sobre los dos ríos -me gritaba Fathi al oído señalando las dos corrientes.
Efectivamente, el Barada y el Fiji, cada uno de un color y una consistencia distintos, se unen en un esfuerzo brutal de ruido y furia incontenibles. El río resultante se precipita por su cauce entre el estruendo de sus propios estallidos y arrastra consigo ramas y hojas y piedras con las que tapizará y rellenará las márgenes de los remansos y las riberas cuando ya cerca de la ciudad alcance de nuevo la calma.
– A veces -nos dijo uno de los camareros- el río crece por las lluvias o el deshielo e inunda los comedores que están junto al agua.
Entonces aprovechamos para limpiar a conciencia los suelos.
Subimos después a una terraza más silenciosa y fuimos a saludar a la propietaria, una anciana de piel lisa, ojos azules en un rostro enmarcado en un óvalo perfecto que se cubría el cabello blanco recogido en un moño con un velo de blonda.
Había paz en sus ojos y era hermosa. También ella tenía soltura en la forma de arreglarse el velo colocado con tal elegancia que más parecía la inmovilización de sí misma en el instante de inspiración del artista que la antigua cocinera del restaurante, una mujer que a los setenta y siete años tenía siete hijos y tres hijas, doce nietos y cincuenta y seis bisnietos. Y por supuesto nos invitó a tomar un vasito de té con menta.
Llegamos por fin al jardín y la casa de Nayat y Fathi. Era un terreno en pendiente de unos dos mil metros cuadrados que ellos mismos habían vallado. En lo alto habían construido una pequeña casa con una de las paredes arrimada al muro superior y las demás sostenían estructuras metálicas donde se encaramaban las viñas vírgenes para que en verano quedara sumida en la sombra. Era una casa de techo plano como todas, con una cocina y un baño y una sola pieza que hacía las veces de sala y dormitorio.
Nayat tenía pasión por los animales y las plantas. Y entre los dos habían logrado plantar más de doscientos olivos, albaricoqueros, cerezos, melocotoneros, laureles, alineados en perfecto orden en las cinco terrazas que se sostenían por muros secos construidos también por ellos con las piedras que habían ido recogiendo al limpiar la tierra. La casa contigua tenía más o menos la misma estructura, y las de más abajo también, así que toda la loma, hasta llegar al fondo del valle era un verdadero vergel. El río corría escondido bajo los chopos en el fondo del valle, y en la lejana ladera de enfrente, tapizada también de pequeñas casas y huertas, una mezquita levantaba su alminar y anunciaba cada seis horas la presencia de Alá. Más lejos, hacia occidente, se alzaba la mole del Antilíbano que en esta tarde de nubes movidas y rayos celestiales, con el viento que sucede a veces a las grandes tormentas, tenía reminiscencias bíblicas.
El hombre que ayudaba a Nayat y Fathi en la construcción de la casa y en el cuidado de la finca detuvo su labor y nos preparó té y galletas. Al poco rato llegó un campesino con la cabeza cubierta con el ‘kufie’, el pañuelo a cuadros, y vestido con una chaqueta de paracaidista sobre la chilaba. Había visto llegar el coche y venía a fumarse un cigarrillo con nosotros y a tomar una taza de té. Luego apareció una muchacha con sandalias, falda larga, bajo la cual asomaban unos pantalones de chándal oscuro, y pañuelo blanco en la cabeza, con un inmenso ramo de mimosas que entregó a Nayat y se sumó en silencio al té. Tenía las mejillas tostadas y grandes ojos negros, sonreía cuando se le hablaba y aceptaba la galleta que se le ofrecía, pero no decía nada. Luego supe que sólo tenía trece años aunque aparentaba dieciocho o veinte.
Más tarde, ya de vuelta, pregunté a Nayat si el pañuelo con que se cubren algunas mujeres puede ser de colores.
– No, nunca -me respondió-, casi siempre es blanco, aunque algunas mujeres mayores lo usan negro, y otras jóvenes también, en señal de luto.
Sin embargo en aquel momento pasó ante nosotros una mujer de mediana edad con un pañuelo de flores marrones y amarillas.
– ¿Y ésa? -pregunté.
Los dos sonrieron, se encogieron de hombros y levantaron los brazos con el mismo gesto, recordé de pronto, que el imán de la mezquita de Ginebra el día que fui a visitarla hace varios años. Le había preguntado si podía entrar en el recinto.
– Sí -me respondió-, siempre que se cubra la cabeza con un pañuelo.
Pero busqué en el bolso y no tenía pañuelo y aquel día no había nadie en la entrada para darlo a las visitantes.
– No tengo pañuelo -le dije compungida.
Y entonces levantó los brazos y encogiendo los hombros como ahora Fathi y Nayat, dijo mirando al cielo:
– ¡Alá es grande! -y me abrió la puerta para que entrara. Volvimos a casa con el coche cargado de hojas de menta, ramos de rosas y retama, por el camino que corre paralelo al río sembrado de construcciones sin acabar. En un tramo descubrí todavía viejos raíles del tren que hacía el antiguo recorrido de Damasco a Beirut, cubiertos de hierbas y escondidos casi por la tierra. Nos detuvimos en un puesto de la carretera a comprar pan de sésamo que comimos con aceite de oliva y sal a la hora de la cena, una cena frugal, dijeron ellos, compuesta de huevos duros, queso fresco de Alepo, tomates grandes y rojos y pepinillos enanos primorosamente cortados en lonchas delgadísimas, aceitunas curadas en aceite, grandes hojas de menta y perejil con la lechuga y confitura de albaricoque. El té azucarado que tomé en un vasito de cristal, a pesar de ser el décimo del día, no logró desvelarme por la noche.
¡Alá es grande!