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Al día siguiente me levanté temprano. El cielo estaba brumoso y había neblina en el aire. El tintorero que vino a traerme la ropa limpia (planchada de una forma tan exquisita que no superan ni los coreanos de Nueva York, por el módico precio de quince liras, unas cuarenta y cinco pesetas)
me dijo que este tiempo era muy extraño.
Nunca había visto una cosa igual, y esto, añadió, es malo para el trigo. Pero bueno para las flores, respondí. No, las flores, como los frutos, no quieren tanta agua como se cree: las rosas huelen más y los albaricoques saben mejor si brotan y florecen al sol; el agua no hace sino acelerar el crecimiento pero se lleva el aroma y el sabor.
Así debe de ser, es lo que ocurre con los tomates holandeses que aunque más hermosos que los del sur no saben a nada, igual que los melones de regadío no pueden compararse con los de secano, ni los dorados melocotones que se venden alineados en cajas tienen nada que ver con aquellos excelsos melocotones que crecían en los huertos de Aragón hace veinte años.
Fui bajando desde mi casa en el barrio Muhayirine por la avenida del general Malki hasta la plaza que constituye el mayor cruce de avenidas de Damasco: la arteria principal Chukri al Quatli, que por el oeste se convierte en la carretera que va al Líbano y por el este desciende hasta la ciudad antigua, y la avenida Mansur que constituye el eje de la Nueva Damasco, Al Mezze, hacia el sudoeste: bloques de cemento que se alinean hasta el infinito, cemento no gris sino dorado como el color de la tierra, con las mismas terrazas en iguales edificios que los de nuestros países o de los países en desarrollo. Más hacia el centro se mantiene aún, en barrios enteros construidos en los años treinta, esa arquitectura racionalista que Francia exportó a Argelia, Vietnam y también a Siria, con pilastras que sostienen terrazas compactas, de ángulos romos y tejados planos. Y mezquitas por doquier, casi siempre en las esquinas, todas ellas construidas según el mismo modelo: filas de ventanas en varios niveles que en realidad no responden a pisos, porque en el interior hay una única sala de techo alto que tampoco recibe la luz de esas ventanas cegadas sino de una cornisa de lumbreras bajo la cúpula principal. La avenida Chukri al Quatli es una ancha avenida por donde corre una de las seis derivaciones del río Barada, canalizado y aun así torrencial, o por lo menos de corriente rápida, que unos kilómetros río abajo rodeará las murallas de la ciudad antigua hasta su puerta más oriental, Bab Tuma, y se perderá en el oasis y llegará a la ‘marj’, la zona de transición con el desierto.
Hay algunos puentes sobre el río, pero sólo dos o tres pasos elevados para atravesar la avenida que casi nadie utiliza. En general, la gente atraviesa como puede sus dos tramos separados por un muro de cuarenta centímetros con parterres y rejas, sorteando los coches que van a toda velocidad en una y otra dirección tocando el claxon ante la mirada impertérrita del guardia de la circulación. La misma obsesión de las vías rápidas que tenemos nosotros, vías sin semáforos que acaban taponándose cuando desembocan en una calle más estrecha y que para atravesarlas sin infringir las señales hay que recorrer grandes distancias en busca de un puente elevado que nos lleve a la otra orilla. En realidad son muros que dividen los barrios y los convierten en dos mundos no sólo distintos sino también extranjeros.
Así la parte norte de la avenida Chukri al Quatli constituye ahora el núcleo donde se encuentran los grandes hoteles y las agencias de viajes, mientras que la parte sur ha conservado la popularidad de los centros urbanos muy poblados y en ella se encuentran la antigua estación que llevaba a Jordania hoy en desuso, obra del arquitecto español Fernando de Aranda, la estación de autobuses Karnak que conecta Damasco con todo el país, el Ministerio de Cultura, el Museo Nacional y la gran Tekiye Suleimaniye, la mezquita de Suleimán el Magnífico.
El monasterio de Suleimán el Magnífico.
Cuando la Gran Siria fue invadida por los ejércitos omeyas, poco después de la muerte de Mahoma, el Islam se convirtió en la religión dominante en todo el país y lo siguió siendo bajo el reino de los ayubies, la dinastía fundada por el turco Saladino, los mamelucos que les sucedieron y los turcos otomanos que la ocuparon desde 1516 hasta su derrota en la Primera Guerra Mundial en que se alinearon con los alemanes. En los primeros siglos de su reinado los turcos otomanos fueron aceptados e incluso bien vistos por los sirios que entendían el imperio otomano como la encarnación política del Islam. No fue hasta finales del siglo XIX, con la entrada de los egipcios y su posterior retirada, y el advenimiento de un grupo militar turco cuya política de crueldad y dominio favoreció la oposición, cuando los árabes se organizaron y comenzaron a luchar por su independencia.
Pero desde los primeros años de la época otomana, Damasco había conservado el privilegio insigne de ser uno de los lugares donde se formaba la gran caravana que partía hacia La Meca, el lugar a donde los musulmanes han de viajar por lo menos una vez en la vida. El otro lugar era Egipto. Tras la conquista de Siria, el sultán otomano se había nombrado servidor y guardián de los Santos Lugares, La Meca y Medina, y se hizo responsable de la seguridad de los peregrinos.
De hecho este gran monasterio turco fue edificado en 1554 como un centro espiritual y de orientación en esta parte extramuros de la ciudad, que debía ser entonces una explanada sin habitar donde los peregrinos procedentes de Turquía, Alepo y Persia se habían reunido durante siglos en espera de unirse a la caravana. Suleimán encargó la mezquita y el monasterio al famoso arquitecto turco Sinán, el mismo que había construido la mezquita de Kara Ahmad Pasha de Estambul.
A los damascenos de la época no les gustó esa arquitectura que incorporaba nuevos elementos. Debió de parecerles demasiado turco el edificio con sus estilizados alminares y tal vez interpretaron el gran salón cuadrangular como un signo de su creciente poderío.
Gracias a esos cuatro siglos de dominación otomana, buena parte de la gente del país además de tener sangre sumeria, caldea, aramea o cananea, griega, romana, adquirió también ascendencia turca y buena parte de sus costumbres, lo cual es visible entre otras cosas, en la empedernida obsesión de los hombres de jugar con el rosario turco que puede encontrarse en pedrería fina o en cuentas baratas de colorines en todos los establecimientos, desde el quiosco hasta la joyería.
Alguien me dijo que es una costumbre turca hacer trabajar las manos a todas horas. A veces he visto a algún muchacho que a falta de rosario juega con la cadena de acero cerrada del reloj que se ha quitado de la muñeca y tantea los eslabones haciéndolos pasar y voltear. Y si no tiene reloj ni rosario, el árabe de Siria desgrana pipas o pistachos pero jamás tiene las manos quietas. Y además fuma un cigarrillo tras otro todo el santo día.
Así estaban los guardianes de la mezquita cuando llegué aquella mañana calurosa como todas. Uno de ellos, sin embargo, guardó el resto de grana en el bolsillo, se acercó a mí y se ofreció a acompañarme y explicarme la historia del lugar, pero cuando decliné la invitación se retiró a la sombra, metió la mano en el bolsillo y plácidamente continuó arrancando la cáscara a los pistachos y masticándolos con fruición.
El espacio de la mezquita está constituido por una gran plaza ante la entrada, rodeada de las construcciones que servían para albergar a los peregrinos. Lo que eran cocinas, almacenes y refectorio del monasterio se ha convertido en el Museo del Ejército y la callecita que se abre hacia el este con pequeñas habitaciones o celdas a ambos lados donde vivían los derviches, junto con la escuela, ‘medersa’, adosada al monasterio, es hoy el mercado de artesanía donde pueden encontrarse a precios menos económicos que en el zoco, pero aun así interesantes, joyas antiguas, tejidos, trabajos en piel, lienzos bordados, piedras montadas en plata y antigüedades.
Vale la pena visitar el Museo del Ejército, es casi un paseo por el que hay que pagar la módica cantidad de cinco liras, unas quince pesetas. No es muy grande pero está situado en un jardín umbroso que invita al descanso, y muestra entre los árboles y las flores, trofeos y restos de guerras recientes: un pedazo de avión desvencijado, cañones de la Primera Guerra Mundial, un camión requisado a los alemanes por los árabes del rey Faisal, etc. A continuación se llega a un edificio cuya primera sala contiene una magnífica colección de sables que habría hecho las delicias de Carlos Barral, labrados todos con tal minuciosidad que tras el cristal de la vitrina cuelga una lupa para que el visitante pueda apreciar el maravilloso trabajo. Completan la colección una serie de hachas, puñales y yelmos con cotas de malla del siglo XIII, maquetas de máquinas de guerra del siglo XV, pistolas y rifles de mil modelos, piezas de artillería, fotografías de la unión con Egipto, de la asociación con los rusos, y terribles, aunque no numerosas, fotos de guerra como las que estamos acostumbrados a ver todos los días en los telediarios, pero con la distancia de las imágenes un poco amarillas ya de los años sesenta y setenta. Y en la última sala una serie del ejército francés durante el Mandato y de su derrota y retirada en 1945.
El sentimiento que los sirios tienen hacia los franceses es, como el que tienen a todos los países de Occidente, ambivalente. Por una parte les admiran e incluso les imitan y por otra les desprecian porque sigue latente el recuerdo de la represión de los años veinte y treinta y no les perdonan que hayan entregado, como venganza dicen algunos, Alexandreta y Antioquía a los turcos, un regalo gratuito que jamás reconocerán. Para ellos esa parte del noreste de Siria que hoy por hoy pertenece a Turquía, sigue siendo siria, y así consta en los mapas escolares y turísticos.
Los soldados que custodian las salas unidas por porches son muy amables, muchos de ellos son estudiantes que aprovechan gustosos la presencia de un turista para practicar la lengua que están estudiando: ‘Welcome to Sirya’, ‘soyez la bienvenue á Siria’, el saludo con que comienzan todos a hablar.
En todas partes hay soldados, no en vano el ejército se lleva un tercio del presupuesto de la nación. El servicio militar dura dos años y medio y es obligatorio. Sólo puede librarse de él el muchacho que sea el único varón de la familia.
La voz de la razón.
Ya en la salida, entré en una de las pequeñas tiendas de artesanía y pedí qué precio tenía un collar de ópalo y otro de bolas plateadas y labradas que había visto en el escaparate. El árabe que trabajaba con unos alicates tras el mostrador hablaba inglés y enseguida me invitó a tomar un té -o un zumo de fruta, si lo prefiere- y me rogó que me sentara. Salió de la tienda y le vi atravesar la calle y entrar en un minúsculo cubículo más pequeño aún que el suyo donde el dueño había instalado un hornillo y servía té y refrescos. Luego volvió y se dispuso a esperar. No parecía en absoluto impaciente ni por contestar a mi pregunta ni por lo que tardaban en traer el té, como si no tuviera otra cosa que hacer que estar allí con una desconocida y esperar. Había dejado en una caja la pulsera que estaba arreglando cuando entré y parecía dispuesto a dedicarme el tiempo que fuera.
– ¿Viene con el grupo que visita la mezquita?
– No -respondí-, pasaba por aquí y me he detenido a ver los collares.
– Tenemos collares muy hermosos. Vendemos piezas únicas que pertenecieron a familias muy ricas, hoy arruinadas.
– ¿Cuáles? -quise saber porque la tienda constaba de un estante, que tras el cristal hacía de escaparate, con dos o tres collares iguales y un par de llaves antiguas que alguien debía de haber olvidado, el mostrador de madera gastada, y varias cajas en una estantería adosada a la pared que debían de contener esos tesoros. Había además sobre el mostrador una cesta con bolas azules de lapislázuli, según me dijo.
– No podemos tenerlas aquí -y se tocaba los cabellos con aire misterioso mirando en otra dirección-, las joyas buenas, me refiero.
– ¿Por qué no me dice cuánto vale el collar? -le pregunté porque la conversación no arrancaba y yo tenía ganas de irme.
– El collar es muy barato, de hecho se lo puedo dejar más barato aún de lo que vale, porque ha tenido usted la suerte de venir en un momento crucial, en un momento en que yo tengo necesidad de vender.
Ya ve que soy honesto. Lo normal habría sido que yo le dijera que no me importaba vender, pero he preferido ir de cara, decirle la verdad, no sé por qué al verla me he dicho…
– Bueno, bueno, bueno… -le interrumpí-. Así no llegaremos a ninguna parte.
– Ahí viene el té -me interrumpió él a mí entonces, y se levantó para abrir la puerta al muchachito que avanzaba haciendo equilibrios con la bandeja-; después hablamos de negocios.
E hizo un gesto como diciendo que lo primero era lo primero y que las cosas poco importantes podían esperar.
Yo no entendía de qué negocios quería que habláramos. No tenía la menor intención de comprar el collar y sólo deseaba saber el precio. Pero acepté el vaso de té hirviendo que me ofrecía.
– ¿Usted es periodista? -me preguntó cuando dejé el bolso y el cuaderno sobre el mostrador para poder coger el vaso.
– No, no soy periodista.
– Pero usted está interesada en la comprensión entre los pueblos, ¿no es así?
¡Dios Santo, dónde me he metido!, pensé. Pero respondí:
– Pues sí, la verdad, creo que estoy muy interesada. Es una cuestión apasionante.
– ¿Verdad? Pues permítame que le diga una cosa. -Dejó el vaso sobre otra silla vacía, sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y mirándome por encima del humo que estaba soltando por la nariz, declaró:
– Desde Occidente se comprende mal al Islam o no se le quiere comprender. Se habla de la brutalidad de ciertos aspectos de la ley islámica como la flagelación, la lapidación o la amputación de la mano, o sólo se habla de los fanáticos que aterrorizan a los occidentales. Sin embargo para nosotros los musulmanes, lo crea o no, y sobre todo los de Oriente Medio, el Islam representa la estabilidad en un mundo inestable y lo único que nos defiende de las manos depredadoras de las poderosas multinacionales.
El discurso me había sorprendido por la contundencia y cogí el cuaderno para tomar notas.
– Puede, puede escribir todo lo que digo, nada me gustaría más que estas palabras sirvieran para acelerar la comprensión de nuestros pueblos. -Se detuvo y preguntó-: ¿Puedo seguir?
– Puede, puede -le animé remedándole porque me había dejado boquiabierta y deseaba de verdad que continuara.
– ¿Dónde estábamos? ¡Ah sí!
El Islam nos defiende de las multinacionales y de los estados poderosos de la tierra que no ven en nosotros más que clientes en potencia, y que están dispuestos a destruir nuestro pasado y nuestras tradiciones con tal de vender sus productos, que con toda probabilidad nosotros ya fabricábamos hace siglos. No tan bonitos, lo reconozco, ni tan espectaculares, ni tan bien envueltos, pero igualmente buenos. -Y como si fuera a desvelarme un gran secreto, levantó el índice libre e inclinándose hacia mí preguntó:
– ¿Ha pensado usted alguna vez que los americanos y el mundo que nos ofrecen carecen de pasado? ¿Ha reparado en que apenas lo necesitan, que ni siquiera han de recurrir a sus antepasados para saber cómo se cocina o cuáles son las costumbres porque todo lo venden publicado, envasado, enlatado en todas sus tiendas?
– Oiga, ¿usted ha vivido en los Estados Unidos? -le pregunté porque de pronto me di cuenta de que hablaba un inglés muy correcto.
– Claro que he vivido en los Estados Unidos. Bueno -rectificó-, en realidad no es que haya vivido sino que he viajado a Illinois donde tengo un hermano y he pasado unos meses con él. Por esto lo sé, por esto lo digo y lo mantengo.
Recordé que ya me había llamado la atención la facilidad para los idiomas que tienen los árabes.
Quizá porque llevan generaciones teniendo que procurar comprender el de los ejércitos conquistadores que les han invadido en uno u otro sentido. Nadie que yo conozca podría hablar el inglés como este apasionado árabe con sólo un curso de tres meses en Illinois. ¡Ay!
¡Cuánta razón tenemos los defensores del bilingüismo…!, me dije una vez más. No sólo nos es dado entender a más gente y hacernos entender por más gente que al fin y al cabo es de lo que se trata, sino que precisamente porque tenemos la capacidad de pensar y soñar en dos o más lenguas somos más capaces de entrar en una tercera o en una cuarta sin dificultad.
– ¡No tienen pasado! ¡No lo tienen! -seguía él impertérrito-, la taza más antigua del país no pasa de la edad de mi abuelo, bueno, de mi bisabuelo. Y lo que ocurre es que nosotros no queremos perder nuestro pasado. Un pueblo sin pasado no tiene dónde apoyarse ni dónde agarrarse. Un pueblo sin pasado está a merced de cualquier demagogo.
¡Caramba con el hombre!, pensé.
No le falta razón. Y yo que creía que me había topado con un pillo o con un loco.
– Los sirios ignoran que en Occidente se considera a los musulmanes un peligro y que se les juzga a todos por el mismo rasero excepto si son los países ricos del Golfo, que entonces pueden ser todo lo integristas que quieran que no por ello van a perder el favor de Occidente. ¿Les gustaría a ustedes que nosotros confundiéramos a los finlandeses con los italianos, o los alemanes con los españoles? Más aún, ¿a los nazis con los demócratas? Pues esto es lo que hacen. Los hay que incluso hablan de los moros cuando se refieren a los iraníes y cuando dicen árabes engloban a un conjunto de pueblos distintos entre los cuales se encuentra por ejemplo el Irán. Se confunde el musulmán con el árabe, el árabe con el integrista…
Le interrumpí:
– Usted ¿qué piensa de los integristas?
– Son esa minoría radical de musulmanes -dijo como si fuera una cosa sabida por todos- que utiliza el terrorismo para conseguir sus fines, para conseguir que todos seamos como ellos creen que hay que ser. Y Occidente trata a los árabes como si todos fuéramos integristas, terroristas. Pero yo pregunto, ¿por qué a todos los católicos romanos, papistas me refiero, no se les juzga por el rasero del IRA irlandés por ejemplo, que persigue y ultraja, tortura y mata desde hace decenas de años en nombre de la religión, o de la propia Iglesia que tiene en su haber a decenas de miles, millones de condenados a la hoguera, y que durante siglos e incluso ahora ha aplicado una doctrina mucho más estricta e intransigente que los ayatolas?
– Oiga, es usted muy inteligente -le dije admirada.
– ¿Lo cree de verdad? -había cambiado y su cara había perdido la solemnidad con que había pronunciado el discurso anterior y afloraba de nuevo la mirada de pillo, casi infantil de cuando me había ofrecido el té.
– Lo creo -dije y ya iba a continuar cuando se abrió la puerta y dos mujeres árabes entraron y se pusieron a hablar con él.
Yo aproveché para despedirme prometiéndole que volvería por la tarde para negociar sobre el collar.
– Y para continuar hablando, no se olvide, para continuar hablando.
Lo más importante es la comprensión entre los pueblos. La estaré esperando. ¿Me lo promete?
Lo prometí.
Me había impresionado ese hombre del que, una vez en la calle, no pude precisar si defendía a los integristas, si estaba o no a favor del régimen, si era o no era prooccidental. Un verdadero damasceno, me dije, un hombre que ha aprendido a discutir y analizar, sin atacar jamás de frente.
Fue una lástima que nunca cumpliera mi promesa.
La llamada a la oración.
Desde la tienda y sin necesidad de atravesar la avenida Chukri al Quatli pasé al Museo Nacional y pregunté por el director para quien llevaba una carta de recomendación del presidente de la Fundación.
Tenía la esperanza de que me indicaría algún funcionario del Museo con quien pudiera visitarlo al margen de los grupos de turistas y con un poco más de conocimiento del que sacaría yendo sola. Pero el director no estaba y me dijeron que ya no volvería hasta el día siguiente.
Me dirigía a la puerta de salida cuando leí en un tablón de anuncios que en el último piso se exponían fotografías y maquetas de arquitectura de una exposición llamada “New Museum Buildings in the Federal Republic of Germany”, y aunque comprendí que debía ser una muestra antigua, me dirigí a la escalera y subí los tres pisos del Museo. Sin embargo al ir a entrar encontré la puerta de cristal cerrada. Me asomé al hueco y vi en un descansillo a un bedel que subía la escalera sin prisa. Esperé a que llegara y le pregunté por señas si podía ver la exposición.
– ’It.s closed’ -me contestó.
Al ver que hablaba un poco de inglés le pregunté si sería tan amable de dejarme pasar.
– ’Moment’ -murmuró y levantó la mano indicando que esperara. Y como si yo hubiera desaparecido, se quitó los zapatos, se limpió las manos con un trapo que extrajo del bolsillo de su americana, hizo un gesto simétrico tocándose las orejas, o debajo de las orejas, se puso de cara a la pared, o mejor dicho de cara a unas cajas que según supuse señalaban a La Meca, y comenzó a orar, fiel a su religión que llama a los creyentes cinco veces al día sea cual sea el lugar donde se encuentren. Se arrodilló y se levantó varias veces, se concentró, se puso las manos en la cabeza, siempre con gestos muy estudiados pero en absoluto rutinarios, y finalmente se arrodilló y dobló el cuerpo hasta que la frente tocó el suelo y estuvo así por lo menos durante cinco minutos. Yo me había sentado en el primer peldaño dispuesta a esperar. Saqué la brújula del bolso y comprobé que efectivamente el hombre estaba mirando al sureste. Cuando hubo terminado se levantó y se calzó. Se puso el reloj que había dejado sobre las cajas y avanzó hacia mí. Yo me levanté también. De pronto me di cuenta de que, así, sin la majestad de su actitud y desprovisto del impulso interno que le llevaba a la oración, parecía disminuido, bajo casi. Ya no tenía ese tono de seguridad con que había dicho ‘moment’, sino que se había vuelto mucho más complaciente. No se excusó por haberme hecho esperar, pero me recordó que si necesitaba alguna aclaración él estaba allí para atenderme. Abrió la puerta y se retiró tras las cajas donde se sentó a esperar pacientemente a que yo acabara. Yo entré a ver las fotografías de los museos de Richard Meier, Mies van der Rohe, Gropius, James Sterling, Philip Johnson, Oswald Mathias Unger, Hans Hollein y Gottfried Böhm, y esos edificios lineales, armónicos, límpidos que, en este mundo oriental con el ruido de fondo de las bocinas y los almuédanos lanzando al aire su oración, me parecieron representaciones de otro mundo, un mundo de extraterrestres inventados por mi fantasía.
El Museo Nacional.
Volví al día siguiente al Museo y el director, el señor Bachir Zuhdi, me esperaba ya. Era un hombre de mediana edad y de mediana estatura, con traje oscuro, camisa blanca y chalina, que tenía un gran bigote negro, el pelo rizado y enloquecido y pronunciadas entradas en la frente. Igual que Groucho Marx, con sus mismos ojos risueños y vivos. Un hombre cariñoso y entusiasta, enamorado de su trabajo y de su Museo, con más de cien publicaciones en su haber y miles de artículos en revistas de todo el mundo.
Fue él quien a lo largo de una mañana entera me contó la historia del Museo de Damasco y su propia historia tan ligadas que apenas se podría comprender la una sin la otra. Fueron horas deliciosas que no olvidaré, porque la pasión de un hombre por su trabajo me ha producido siempre más que entusiasmo, emoción. Y ya nunca podré separar la visita a este Museo y lo que contiene de los comentarios de ese hombre singular que hablaba de cada objeto, por insignificante que fuera, con la reverencia que le merecían las piezas únicas de tiempos pasados que a él habían sido confiadas, y a las que había dedicado lo mejor de su vida, todo su amor y miles de horas de estudio.
Hasta 1918, me contó, no hubo en Damasco un museo como lo entendemos ahora sino sólo un conjunto limitado de piezas y antigüedades que donaban a la ciudad las familias más cultas y adineradas, porque todas las demás piezas habían ido a parar al Museo Nacional de Estambul o a otros museos extranjeros. En 1919, en el primer y breve periodo de independencia que siguió a la salida de los turcos después de la Primera Guerra Mundial, se fundaron la Academia Árabe y el Museo Nacional que se instalaron en la ‘medersa’ Adiliya. Él recordaba aún, dijo, y la mirada tras las gafas adquirió un tono mate indescifrable porque la dirigía a un pasado donde no había lugar para mí, cuando en 1939 siendo todavía un niño, su padre, director entonces, lo había llevado a la inauguración del actual Museo cuya construcción se había iniciado en 1935.
– De alguna manera pertenezco a la tercera generación que dirige el Museo Arqueológico de Damasco -añadió con reverencia. Y abrió la puerta de su oficina que daba al jardín para indicarme que la visita comenzaba.
– El Museo contiene una serie de monumentos reconstruidos: el hipogeo de Yarbay de Palmira del año 108 d.C; la sinagoga de Dura Europos del siglo III; una de las entradas de la mezquita Yalbuga; una sala damascena de 1737, entre otros. -Se detuvo ante una serie de columnas y piedras labradas y añadió-: He aquí el más reciente descubrimiento, esta columna octogonal junto a la fuente: hace poco más de dos meses la encontramos en una calle contigua y es de la época de los mamelucos. -Y estuvimos unos momentos admirando una de las veinte o treinta columnas que estaban esparcidas por el suelo.
A partir de entonces ya no dejó de hablar y me hacía observar las piezas más notables con tal amor y embeleso que yo me debatía entre atender a la expresión de su rostro y a la entonación de sus explicaciones o admirar los objetos de miles de años de antigüedad que me estaba mostrando. Sin saber qué hacer para no distraerme, decidí dedicarme a él, y volver otro día de incógnito para una visita más convencional. Y no tuve ojos más que para la límpida e iluminada expresión de su rostro ni más oídos que para las largas frases de su francés musical. Hablaba de forma ceremoniosa, sin temor al ridículo que podían provocar las metáforas y las imágenes a veces ingenuas con que ilustraba las explicaciones más eruditas, y la mirada penetrante tras las gafas de cristales de varias dioptrías corroboraba su grandilocuencia de la que la ternura y la extremada cortesía borraban cualquier atisbo de afectación.
Hablaba sin atropellarse pero sin descansar como si fuera consciente de que en lo que le quedaba de vida por dilatada que fuera apenas tendría tiempo de decir una pequeña parte de todo lo hermoso que contenía su corazón:
– Somos hermanos -había dicho al estrecharme la mano-, hermanos espirituales porque la cultura es lo que une a los pueblos. El mayor bien que se le puede hacer a la humanidad es darle entrada en el patrimonio cultural.
Y ahora, al atravesar el jardín donde se exponían al aire libre antigüedades de piedra de distintas épocas, añadía:
– Cada pueblo es distinto y todos son una parte de ese patrimonio, cada arte tiene tras de sí su idea: para el egipcio es la eternidad; el arte griego tiene como centro el hombre; la filosofía del arte islámico es que la vida no tiene fin, como una cenefa cuya meta última es sucederse, es decir, que la vida continuará después de que nos hayamos ido.
Luego seguimos hasta detenernos ante la fachada de la puerta principal.
– Éste es el pórtico del antiguo palacio del desierto de la época del califa omeya Hicham, del año 688, que ha sido transportado a Damasco piedra a piedra y reconstruido. El mundo -añadió en un susurro señalando una cenefa de flores labradas en la piedra como si me hiciera partícipe de un secreto- es un símbolo místico del principio y del fin. El artesano, el artista, expresan sus ideas científicas, de la misma forma que las flores añadidas a la decoración geométrica expresan la idea de infinito.
Y como si quisiera convencerme añadió:
– El Museo es una verdadera joya donde el más inexperto puede pasar años enteros admirando las maravillas que contiene, aunque en dos días apenas queda en el alma el recuerdo de unas pocas piezas que sobresalen de la amalgama de todo lo que se ha visto.
Una vez dentro del edificio comenzó por explicarme de forma sistemática, casi pedagógica, las seis grandes áreas que contiene el Museo:
– El departamento de la prehistoria, con antigüedades descubiertas en la cuenca del Orontes y del Éufrates; el de antigüedades sirias, amorreas, cananeas y arameas descubiertas en Ugarit, Ebla, Amrit, de la época que va del tercer milenio a.C. al siglo IV a.C.; el de antigüedades sirias de la época clásica, helenísticas, romanas y bizantinas procedentes sobre todo de Palmira, Afamia y Bosra; el de antigüedades árabes islámicas; y el de arte contemporáneo.
·Contrariamente a lo que se cree y se hace -añadió-, la forma de visitar un museo arqueológico no es comenzando por lo más antiguo sino por lo más moderno, de forma que nos vayamos alejando paulatinamente en el tiempo y adentrándonos sin sobresaltos en la antigüedad.
Aunque no lo hicimos exactamente así: comenzamos por las esculturas de basalto negro descubiertas en Horán, cerca de Bosra y los frescos de Qasr al Hair, y las cerámicas y manuscritos de la época islámica.
– No es cierto que el Islam no admita las figuras humanas -dijo queriendo aclarar una creencia difundida pero no del todo exacta-, quizá no las admite en las mezquitas pero las encontramos en los manuscritos, y los libros son los vasos del conocimiento -y me miraba para ver el efecto que esas verdades tan contundentes tenían en mí-.
O en los platos de cerámica. ¿Sabía usted que el nombre de cerámica en árabe es ‘marci’? Quizá Marci viene de Murcia -dijo como un cumplido-, y así la llaman porque la cerámica de Murcia es la mejor.
Tampoco es cierto que en el Islam no se acepten los espejos. No hay que ver en ellos sólo un símbolo de vanidad extrema, no, sino más bien el de la curiosidad íntima de saber lo que uno mismo es. El hombre siempre quiso comprenderse, mirarse, verse, conocer cómo era: al principio utilizó el agua, después el bronce, más tarde los fenicios inventaron el cristal, y se acabó con el espejo: poco a poco todo va tomando su forma y perfilándose para satisfacer los deseos profundos del alma humana.
·He aquí -dijo ante una figura alada de Yabal- de cuán poco sirve el ingenio y la imaginación si no existe la previsión. Ésta es la figura de un hombre, Abbás ben Firnás, que hacia el siglo XI inventó unas alas para despegar de la tierra y comenzar a volar, pero no había previsto la forma de volver al suelo y cuando quiso hacerlo se estrelló.
Al llegar a las salas dedicadas a Palmira se detuvo en una de las cabezas magníficamente conservadas:
– Los poetas cantan la belleza de la mujer, igual que los escultores. -Y añadió-: Un día había alrededor de esta cabeza tres hombres jóvenes que yo creía estudiantes. ¿Qué temas os interesan más?, les pregunté. No nos interesan los temas, sino los peinados, respondieron, porque no somos estudiantes, sino peluqueros. Habían venido a copiar los peinados que lucían las mujeres hace más de dos mil años. -Y ladeando la cabeza como si no pudiera comprender tan gran verdad, declamó más que dijo-: Todo vuelve, todo lo que fue hermoso sigue siéndolo, el arte es inmortal y no admite modas.
Luego se acercó a una de las vitrinas que contenía joyas:
– Repare usted en el milagro de estos pendientes -dijo como quien cuenta las virtudes de su hijo predilecto-, no falta uno. Yo no conozco hoy a ninguna mujer que no haya perdido un pendiente alguna vez. Aquí hay muchos pendientes y ninguno desparejo. Se diría que las mujeres de la antigüedad eran más cuidadosas. -Y sus ojillos brillaban al ver cómo yo reía la gracia.
Pero no se limitaba a los comentarios más o menos agudos sino que a veces enunciaba pequeñas tesis sobre la vida cotidiana de sus héroes. Frente a unas flautas del siglo III d.C., que se habían encontrado en unas tumbas de médicos excavadas en Dura Europos junto con instrumentos de medicina y cirugía, señaló:
– Esto quiere decir que tal vez con la música de la flauta trataban de reducir el dolor que habían causado con las operaciones.
O ante los bajorrelieves de mujeres veladas:
– La cultura del velo en la mujer ya estaba vigente en el siglo I, estos bajorrelieves nos dicen que la tradición es antigua y ponen de manifiesto que ya antes de los musulmanes las mujeres se cubrían la cara con el velo porque el viento del desierto azota la piel y el sol la cuartea.
Frente a las tallas funerarias donde cada difunto iba acompañado de los utensilios que utilizaba en vida para llevar a cabo su oficio, afirmó:
– El trabajo es importante para el hombre, de ahí que todas las figuras que se han encontrado en Palmira sostienen en la mano el símbolo de lo que hicieron en vida, el escultor su cincel, el escritor la pluma, el músico el arpa, el albañil la paleta y la espuerta, el herrero el yunque y el martillo…
– Y añadió con nostalgia-: Antes, la gente trabajaba en su casa y mientras tanto hablaba con los demás, pero ahora la televisión ha acabado con todo, ni se trabaja ni se habla, y estamos perdiendo el placer de la conversación.
·¿No le parece significativo -dijo al poco, volviéndose a mí-que en las excavaciones se hayan descubierto tantas mujeres, diosas, sacerdotisas, cantantes, matronas y madres? -Y como si me echara un piropo o me dedicara un cumplido o me rindiera un homenaje, añadió-: Es la contribución de la mujer a la cultura del mundo.
Gracias, estuve a punto de responder, pero ya se había detenido en un bajorrelieve en el que aparecía una carrera de carros que se atropellaban unos a otros y se había lanzado a contarme una historia que, a su entender, explicaba el origen de los juegos olímpicos:
– El rey Onomas -decía con tal fe que concitó mi atención como si se tratara de un viejo cuento-, acosado por sus ministros y por el pueblo que deseaba la boda de su hija para que el reino tuviera un heredero, y no queriendo él aceptar una predicción de la pitonisa, según la cual moriría a manos de su yerno, organizó una carrera para todos los pretendientes y anunció que el vencedor se casaría con la princesa, pero les hizo saber al mismo tiempo que él, el rey, también participaría. Cundió el pánico entre los jóvenes aspirantes porque el rey tenía un carro y unos caballos más veloces que el viento.
Sin embargo, el más enamorado de todos ellos llegó en secreto a un acuerdo con un sirviente que desbarató con artefactos las ruedas del carro real -de ahí la expresión de “poner palos en las ruedas”, añadió riendo-. El carro se deshizo con estrépito y murió el rey en la carrera. El avispado pretendiente se casó con la princesa y éste se reconoce como el inicio de los juegos olímpicos.
Ni comprendo ahora, ni entendí entonces cómo de esta historia, que tenía más que ver con el terrorismo de estado que con el deporte, se pasaba a los juegos olímpicos, pero sí recuerdo que a él le parecía tan obvio que ni se le ocurrió aclararlo.
Me habló de supersticiones y amuletos y cristales de mosaico, de las piedras de lapislázuli contra el mal de ojo, de tres mil años de antigüedad, iguales a las que seguían llevando los niños para hacer frente a los hechizos y evitar enfermedades y desgracias. Me contó cómo los fenicios manipulaban las tiras de cristales de colores aún blandas uniéndolas en forma de manojo que después cortaban en transversal, cómo en Oruk se creó el mosaico y cómo más tarde los bizantinos le añadieron el cristal. La forma en qué teñían con púrpura los lienzos del mismo modo que lo siguen haciendo hoy las mujeres, igual que siguen oscureciéndose los ojos con ‘kohol’ no tanto para aumentar su belleza cuanto por disminuir la hiriente luz del sol de la estepa. Mencionó con reverencia el oro con el que se cubrían en la antigüedad los ojos de los muertos, el metal, dijo, que como Dios nunca se altera. Habló de la serpiente que aparece en las piedras de Mari, el signo de la juventud renovada como la piel que cambia todos los años. Y ante los aparatos de cirugía de la edad de piedra, afirmó arrebatado que más antigua que la historia era aún la cirugía.
Pero su entusiasmo se desbordó cuando llegamos a las figurillas de marfil y las tablillas cuneiformes del más antiguo alfabeto que se conoce que fueron halladas a unos doce kilómetros al norte de Lataquia, en Ugarit, la ciudad donde se han encontrado restos de vida que se datan en el séptimo milenio a.C. Entonces, como si fuera la primera vez que lo contemplaba, se quedó extasiado y el mundo que le rodeaba, incluida yo, desapareció.
Tenía los ojos fijos en la tablilla iluminada dentro de una vitrina, como si los dioses le hubieran concedido el privilegio de contemplar el entorno del grabador de esta tabla de arcilla que había resistido los avatares de la geografía y de la historia durante 3.500 años y fuera capaz de entender cabalmente las consecuencias que para el desarrollo de la humanidad había supuesto ese tosco alfabeto.
Tres horas me dedicó de su tiempo, tres horas en que yo me dejé llevar por sus comentarios, a veces ingenuos, y otras tan eruditos que apenas le podía seguir sin aclaraciones ulteriores que nunca me negó. Me dio una lección sobre esta tierra tan compleja y tan antigua donde se fraguaron las religiones y los pilares de nuestra civilización, retrocediendo en el tiempo de forma que me era imposible atenerme a las sabidas inferencias y conclusiones con que siempre nos acercamos a los hechos que nos precedieron, y con un criterio tan abierto y tan novedoso que apenas podía reconocerlos. Cada escultura, cada mosaico, cada manuscrito fueron objeto de un análisis y de una admiración sin límites y cuando me quise dar cuenta esas tres horas se habían esfumado.
– Adiós -me dijo dándome la mano en la verja de la entrada cuando ya los guardas la cerraban-.
Le deseo lo mejor, le deseo que sea feliz con su trabajo. Recuerde, el trabajo no es un castigo, es el goce que Dios nos ha dado para que no nos enloquezca el paso del tiempo.