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VIII. Setrak el armenio.

Con el tiempo que tenemos por delante ocurre como con el dinero de que disponemos: tiramos de él sin medida porque nos parece que nunca se va a acabar hasta que una mañana nos levantamos, nos ponemos a contar lo que nos queda y comprobamos con horror que, como los ajos vanos, el dinero se ha esfumado, el tiempo se ha ido y ni el uno ni el otro son recuperables. De tal modo que lo que no hayamos hecho con ellos quedará para siempre como una frustración, un desaliento, del que nos sentiremos responsables por haber actuado con tal despreocupación y no habernos detenido a medio camino a reorganizar el viaje o el presupuesto.

Eso es lo que me ocurrió. Sin apenas darme cuenta, habían transcurrido las dos primeras semanas.

Y aunque no había perdido un minuto, comenzaba a conocer bien la ciudad y tenía amigos en casi todos los barrios, me entró la desazón porque del país no conocía más que Hamma y Afamia. Así que me pareció que había llegado el momento de viajar. Y con la ayuda del mapa y de las informaciones que había ido acumulando esbocé un programa con varios itinerarios muy rigurosos que después se mezclaron y repitieron y transformaron con la inexorable llegada del imprevisto que siempre está al acecho para alterar nuestros planes.

Quería ver la costa del Mediterráneo, visitar Alepo, las ciudades muertas del norte, el valle del Éufrates, el desierto, Palmira… No sabía por dónde empezar.

De momento me compré un mapa más moderno y me puse a repasar los datos de geografía que había reunido hasta la fecha:

Siria tiene una superficie de 18.517.971 hectáreas, aunque esta forma de medir me dijo bien poco hasta que logré hacerme una idea de sus dimensiones y darme cuenta de que la distancia entre el punto más al norte y el punto más al sur ronda los 400 kilómetros y casi los mismos de este a oeste, aunque su forma recuerda más a un triángulo que a un cuadrado. El clima es mediterráneo, de inviernos lluviosos, veranos secos y calientes, y otoños y primaveras muy cortos. En diciembre y enero las temperaturas pueden llegar a 0 grados o incluso hasta -6, y en verano hasta 48 grados. Nieva en invierno a partir de los 1.500 metros, en las zonas montañosas son frecuentes las grandes tormentas y a veces asolan el país violentas sequías. Estos datos corresponden al Levante, a la parte fértil del este, porque el desierto con sus ciudades y sus inacabables espacios, tiene su propio clima como tiene sus propias leyes. Pero lo que más me llamó la atención es que en 1950 había en Siria tres millones de habitantes, cuatro millones ochocientos mil en 1960, siete millones en 1970, nueve millones en 1980 hasta llegar a los trece o catorce millones de hoy.

Y decidí alquilar un coche con chófer que supiera inglés o francés, pero como me fue imposible encontrar la agencia donde había entrado aquel primer día de mi llegada, recorrí otras muchas agencias de la ciudad. Así fue cómo llegué al Hotel de los Omeyas, que me había recomendado el vigilante de una de ellas. Y en el vestíbulo del hotel, el mismo empleado de esa compañía extranjera, me señaló a un hombrecito ovillado en un sillón de mimbre arrimado a la pared:

– Él tiene un coche y le llevará a donde quiera. Trabaja desde hace muchos años con compañías extranjeras y conoce el país como nadie. Además -añadió con un guiño-, es mucho más barato que nosotros.

Este tipo cobra comisión o está saboteando a su empresa, pensé, y con cierta desconfianza me dirigí al rincón.

Setrak Hovsepian era, una vez de pie, un hombre alto, de una delgadez huesuda que se manifestaba sobre todo en las mandíbulas salientes, hirientes, casi. Tenía los ojillos penetrantes y aunque a veces sonreía no perdió en toda la conversación, ni había de hacerlo a lo largo del viaje, esa mirada acerada, agresiva casi, con que ahora me contemplaba.

Tenía aparcado en la calle un coche inmenso de color amarillo pálido, un Oldsmobile de los años treinta o cuarenta, cuya parte trasera más parecía un dormitorio que el asiento de un coche.

– Podrá dormir durante el viaje -anunció escuetamente.

O sea, me dije, que supone que voy a alquilar un coche y viajar para estar dormida detrás, pero no le di mayor importancia.

Hay que regatear, hay que regatear siempre, aunque el precio nos parezca irrisorio, porque en el regateo está el placer de la venta, recordé las palabras del embajador.

Y cuando ya dispuesta a comenzar, le propuse que nos sentáramos en un banco de la plaza para establecer las condiciones, tomó la iniciativa y me invitó a su casa a tomar un café.

– Está a la vuelta de la esquina -dijo en su peculiar, casi anticuado francés que de todos modos hablaba muy bien-. A mi mujer le gustará conocerla y será para nosotros un verdadero honor -añadió con una tonadilla que me sonó a ritual.

Y después de mantener la vista fija en la mía aclaró-: Somos armenios -como dando a entender que no tenía por qué preocuparme.

Recorrimos las intrincadas callecitas del barrio Chaalán sorteando transeúntes y puestos de verduras y frutas, él unos pasos delante de mí, yo siguiéndole sin lograr alcanzarle, no sé si debido a que no sabía caminar junto a una mujer que no fuera la suya o porque tenía los pasos más largos que los míos. Las calles estaban atestadas y las tiendas abiertas acogían frente a las mercancías a multitud de mujeres y hombres charlando y comprando. Nos metimos por una puertecilla angosta y subimos una escalera tan empinada que tuve que detenerme a la mitad para tomar aliento. En el techo altísimo de la sala de entrada funcionaba un ventilador de aspas aunque no hacía demasiado calor, y de un tubo de calefacción, casi tocando a la historiada moldura de yeso, colgaban los retratos de los antepasados en distintas y solemnes ocasiones.

Desde la puerta me señaló a su mujer, que cosía en el balcón que daba al mercado y que al vernos se levantó y vino a saludarme. La hija salió por otra puerta y me dio la mano. Había en las dos una rara sumisión, no ante el jefe indiscutible de la familia, sino más bien ante quien hay que complacer por temor a que cualquier detalle pueda irritarle. Lo descubrí por la mirada de Setrak que no dejaba de escudriñar el ir y venir de las mujeres de la sala a la cocina con la tetera, las tazas, una fuente de galletas caseras y otra de frutas e incluso cuando se retiraron discretamente al balcón. Ante este despliegue de atenciones no me atreví a regatear y cerramos con facilidad el trato para un viaje de cuatro días. Cuando me levanté para irme me sentía un poco incómoda: por una parte estaba convencida de que Setrak me había dado un precio excesivo y por otra me echaba en cara a mí misma dudar de su buena fe y de su hospitalidad. Y para rematar mis dudas, la mujer al despedirme me obsequió con una cafetera armenia de cobre con soporte incluido que envolvió en grandes cantidades de papel de periódico.

Setrak me acompañó muy serio a casa en un taxi para saber con exactitud dónde vivía, me dijo, porque las señas que le había dado no le bastaban y del plano no se fiaba, y añadió:

– Así me será más fácil ir a buscarla el martes a las nueve como hemos convenido.

Yo tenía la vaga sensación de que en algún momento había cometido un error o había dejado algo por hacer, pero nunca imaginé que lo que veladamente se me recriminara, como Setrak habría de echarme en cara varios días después, fuera que hubiese aceptado sin rechistar su tarifa y ni siquiera me hubiera tomado la molestia de proponerle un nuevo precio, es decir, de regatear.

Más tarde lo comprendí: el regateo no es un sistema para practicar o evitar la estafa y el abuso, sino una forma de establecer la equidad, de encontrar el punto que conviene a uno y otro, el sistema de saber hasta dónde se puede llegar en los dos sentidos, de saber los medios y las intenciones del contrario, y de darle a conocer los nuestros. En definitiva, un arte del que tras ofrecer, objetar, rechazar y volver a ofertar, emerge un precio que no deja en el vendedor la sensación de depredador ni en el comprador la de haber sido engañado. En su primera propuesta Setrak había subido la tarifa, seguro de que yo iba a hacerle la consabida contraoferta, y por esto me invitó a su casa, para que con una taza de té y tiempo por delante yo pudiera regatear y oponerme, y a mí en cambio, con mi mentalidad occidental, el hecho de haber sido tratada con tanta deferencia me había provocado el efecto contrario. De ahí que se mostrara malhumorado, porque ahora se veía obligado a cobrarme un precio excesivo que de ningún modo había tenido intención de imponer. Y por mucho que durante el viaje quiso arreglar su parte del desaguisado con los pistachos, las frutas confitadas, los cacahuetes con que llenó el portamaletas, y las bebidas e incluso la charla, como en el fondo de su corazón me consideraba la verdadera culpable, dejó aflorar a todas horas su resentimiento, y yo que desconocía el origen de tanta aspereza no pude dar pie a la reparación: el mal estaba hecho y ya o había lugar para que germinara la cordialidad y la amistad.