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II EL COMIENZO

Todos somos muy ignorantes, pero no todos

ignoramos las mismas cosas.

ALBERT EINSTEIN

4

Madrid,

21 de junio de 2005,

18.35 h

Había sido una tarde accidentada. Elisa casi no había llegado a tiempo para tomar el último autocar hacia Soto del Real debido a una discusión absurda (otra más) con su madre, que le reprochaba el perenne estado de desorden de su cuarto. Llegó a la estación cuando el autocar se ponía en marcha, y al correr hacia el vehículo una de sus zapatillas deportivas gastadas se quedó por el camino, por lo que tuvo que pedir que la esperasen. Los pasajeros y el conductor le dedicaron miradas de reproche al entrar. Pensó que aquellas miradas no se debían tanto a los escasos segundos que habían perdido por su culpa como a su aspecto, ya que llevaba una camiseta de tirantes de bordes ennegrecidos y unos pantalones vaqueros rotos y deshilachados a diversas alturas. Además, su pelo mostraba un desaseo notable, incrementado por su longitud, que, con los extremos rozándole la cintura, resultaba muy llamativa. Pero su descuidada imagen no era del todo culpa suya: durante los últimos meses había sufrido una presión inconcebible, de esa clase que solo conoce y comprende el estudiante universitario de cursos superiores en época de exámenes finales, y apenas había podido pensar en alimentarse y dormir, no digamos mantenerse presentable. Sin embargo, nunca le había preocupado su aspecto ni el de nadie. Le parecía completamente estúpido otorgarle importancia a una simple apariencia.

El autocar se detuvo a cuarenta kilómetros de Madrid, junto a un bello paraje próximo a la sierra de la Pedriza, y Elisa subió por el camino asfaltado y flanqueado de setos y almendros de la escuela de verano de Alighieri, el centro que, sin ella sospecharlo aún, la contrataría como profesora dos años después. El letrero de la entrada mostraba un borroso perfil del poeta Dante y, debajo, uno de sus versos: L'acquea ch’io prendo giá mai non si corse. En el folleto de los cursos Elisa había leído la traducción (hablaba inglés perfectamente, pero su provisión de idiomas de repuesto se agotaba en el inglés): «Las aguas por las que navegaré nadie las ha surcado». Era el lema de la universidad, aunque suponía que podía aplicarse a su caso, ya que el curso que estaba a punto de comenzar era único en el mundo.

Atravesó el aparcamiento y llegó a la explanada central, entre los edificios de docencia. Había allí mucha gente congregada escuchando a alguien que hablaba desde una tarima. Se abrió paso como pudo hasta las primeras filas, pero no vio a la persona que buscaba.

– … dar la bienvenida a todos los matriculados, y también… -decía en aquel momento, frente al micrófono, un hombre calvo de traje de lino y camisa azul (sin duda el director de los cursos), poseído por ese aire de importancia que adquieren todos los que saben que han de ser escuchados.

De repente alguien susurró junto a su oído:

– Perdona… ¿Eres, por casualidad, Elisa Robledo?

Se volvió y vio a John Lennon. Es decir, uno de los millares de Lennons que pululan por las universidades de todo el mundo. Aquel clon en particular llevaba las gafas de rigor, redondas y metálicas, y una abundante mata de pelo completamente rizado. Miraba a Elisa con intensa concentración y tan ruborizado como si su cabeza fuese producto de una inflamación de su cuello. Cuando ella asintió, el chico pareció adquirir seguridad y realizó un tímido intento de sonrisa con sus carnosos labios.

– Te han nombrado la primera de todas en la lista de los admitidos al curso de Blanes… Enhorabuena. -Elisa se lo agradeció, pese a que, como era natural, ya lo sabía-. Yo soy el quinto admitido. Me llamo Víctor Lopera, vengo de la Complutense… Tú eres de la Autónoma, ¿verdad?

– Sí. -No le sorprendía que los desconocidos supieran cosas sobre ella: su nombre y su foto habían aparecido con cierta frecuencia en las revistas universitarias. Le traía sin cuidado su pequeña fama de empollona, incluso le desagradaba, sobre todo porque parecía ser lo único que a su madre le gustaba de ella-. ¿Ha venido Blanes? -preguntó a su vez.

– No ha podido, según parece.

Elisa hizo una mueca de contrariedad. Había acudido a aquel estúpido evento con el solo propósito de ver por primera vez en persona al físico teórico vivo a quien más admiraba junto a Stephen Hawking. Tendría que esperar al inicio del curso que el propio Blanes impartiría al día siguiente. Estaba pensando si debía irse o quedarse cuando oyó de nuevo la voz de Lennon-Lopera.

– Me alegra que vayamos a ser compañeros. -Volvió a sumirse en el silencio. Parecía pensar mucho las cosas antes de decidirse a soltarlas. Elisa supuso que sería tímido, o quizá peor que eso. Sabía que casi todos los buenos estudiantes de física tenían rarezas, incluyéndola a ella. Repuso cortésmente que también se alegraba y aguardó.

Tras otra pausa, Lopera dijo:

– ¿Ves a ese de la camisa morada? Se llama Ricardo Valente, pero todo el inundo le llama Ric. Es el segundo admitido. Fue… Somos amigos.

Ah, vaya. -Elisa recordaba su nombre perfectamente porque lo había leído justo debajo del suyo en el listado de calificaciones de la prueba, y porque se trataba de un apellido singular: «Valente Sharpe, Ricardo: 9,85». Ella había sacado 9,89 sobre diez, de modo que aquel chico había quedado tan solo a cuatro centésimas de ella. Eso también le había llamado la atención-. Así que ése es el tal Valente Sharpe.

Era un muchacho flaco, de pelo corto y pajizo y perfil aguileño. En aquel momento parecía tan concentrado como cualquiera en las palabras del orador, pero era innegable que poseía un aire «distinto» a la media de estudiantes, y de eso se percató Elisa enseguida. Además de la camisa morada, vestía chaleco y pantalones negros, lo cual le hacía destacar en un mundo presidido por camisetas y vaqueros viejos. A no dudar, se creía «especial». Bienvenido al club, Valente Sharpe, pensó con cierto desafío.

En ese instante el joven movió la cabeza y la miró. Tenía unos prodigiosos ojos azul verdosos, pero algo fríos e inquietantes. Si reparó en Elisa de algún modo, no dio muestras de ello.

– ¿Te quedas a la fiesta? -preguntó Lopera cuando Elisa hizo ademán de retirarse.

– No lo sé aún.

– Bueno… Pues ya nos veremos.

– Claro.

En realidad, pensaba marcharse cuanto antes, pero cierta pereza la hizo demorarse cuando los breves aplausos tras el discurso dieron paso a la música y a la desbandada de estudiantes en dirección al puesto de bebidas, instalado en una zona inferior de la explanada. Se dijo que, ya que había venido con tanto esfuerzo, tras un deplorable viaje en autocar, no hacía mal quedándose un rato, aunque sospechaba que aquello no iba a ser otra cosa que una aburrida fiesta en un ambiente vulgar.

Ignoraba hasta qué punto aquella tarde constituiría el comienzo del horror.

Pegados en la barra del bar se hallaban los típicos carteles jocosos de los estudiantes de las respectivas carreras de ciencias. El de Física tenía impresas unas frases en letras grandes, sin dibujos:

A Elisa le hizo gracia aquella pirueta intelectual. Había pedido una Coca-Cola light y sostenía el vaso de plástico con una servilleta de papel buscando algún rincón tranquilo para beber y marcharse después. Distinguió a lo lejos a Víctor Lopera charlando con su amigo, el inefable Valente Sharpe, y otros de su especie. No le apetecía unirse en aquel momento a la Mesa Redonda de los Grandes Sabios, de modo que lo dejó para mejor ocasión. Bajó el terraplén y se sentó en el suelo de hierba, apoyando la espalda en el tronco de un pino.

Desde allí podía ver el cielo oscurecerse, y hasta un plano general de la luna alzándose en el horizonte. Estuvo contemplándola mientras bebía lentos sorbos de refresco. La atracción que experimentaba desde niña por los cuerpos celestes le había hecho desear al principio ser astrónoma, pero luego había descubierto que las simples matemáticas eran infinitamente más maravillosas. Las matemáticas eran algo cercano que ella podía manipular, la luna no. Con la luna solo podía embelesarse.

– Los antiguos decían que era una diosa. Los científicos dicen cosas menos bonitas sobre ella.

Al tiempo que oía la voz, pensó, sorprendida, que por segunda vez aquella tarde alguien a quien no conocía se dirigía a ella. Mientras se volvía para ver a su interlocutor, su cerebro emitía a toda velocidad un informe sobre la posibilidad más probable (¿y más deseable?). Pero se equivocaba: no era «Cuatro-Centésimas-Menos-Valente Sharpe» (¿cómo había podido imaginarlo?) sino otro joven, un chico alto y atractivo, de pelo castaño oscuro y ojos claros. Vestía camiseta y bermudas color caqui.

– Me refiero a la luna: estabas mirándola de una manera muy curiosa. -Llevaba una mochila que dejó en el césped mientras le tendía la mano-. Javier Maldonado. Ella es la luna. Y tú debes de ser Elisa Robledo. Vi tu foto en la revista de la facultad y ahora te encuentro aquí. Qué suerte. ¿Te importa que me siente?

A Elisa sí le importaba, más que nada porque el chico se había sentado ya, invadiendo su espacio personal y obligándola a echarse a un lado para que sus pies calzados con gruesas chanclas no la rozaran. Sin embargo, al mismo tiempo respondió que no. Estaba intrigada. Veía al joven sacar unos papeles de la mochila. Aquella forma de ligar le resultaba novedosa.

– Me he colado por la puerta de atrás -le confesó Maldonado con aires de secreto compartido-. En realidad, no soy de ciencias. Estudio periodismo en Alighieri, y nos han mandado elaborar un reportaje como trabajo especial de fin de curso. A mí, en concreto, me toca entrevistar a estudiantes de últimos cursos de física: ya sabes, hacerles preguntitas sobre su vida, sus estudios, qué hacen en su tiempo libre, cómo practican el sexo… -Quizá percibió la tranquila seriedad con que Elisa lo miraba, porque se detuvo de improviso-. Bueno, soy un gilipollas. El cuestionario es serio, de verdad. -Le mostró los papeles-. Os he elegido a vosotros porque sois famosos.

– ¿A nosotros?

– Los estudiantes del cursillo de Blanes. Joder, dicen que sois el no va más de la física… ¿Te importaría responder a las preguntas de este aspirante a periodista?

– En realidad, pensaba irme ya.

De repente Maldonado adoptó una cómica postura de rodillas.

– Te lo suplico… Hasta ahora no he logrado que nadie acepte… Debo hacer este trabajo o no me querrán ni como redactor en las revistas del corazón… Peor aún: me obligarán a ir al Congreso de los Diputados a entrevistar a un político. Ten compasión. Juro que no te quitaré mucho tiempo… Sonriendo, Elisa miró el reloj y se levantó.

– Lo siento, pero el último autocar para Madrid sale dentro de diez minutos y no puedo perderlo.

Maldonado se levantó también. En su rostro, no carente de encanto según Elisa, flotaba una expresión maliciosa que la divirtió. Seguro que se cree muy guapo.

– Oye, mira, hagamos un trato: tú respondes algunas preguntas y yo te llevo en coche hasta tu casa. Hasta tu misma casa, palabra de honor.

– Gracias, pero…

– No te apetece, claro. Te comprendo. A fin de cuentas, acabamos de conocernos. Pues a ver qué te parece esto. Hoy te hago unas cuantas preguntas, y solo si tú quieres continuamos otro día, ¿vale? No te quitaré más de cinco minutos. Llegarás a tiempo para tomar ese autocar.

Elisa seguía sonriendo, entre intrigada y divertida. Iba a decir que aceptaba cuando Maldonado habló otra vez.

– Esto sí te parece bien, ¿eh? Pues venga.

Le indicaba el mismo lugar del que acababan de levantarse. Puedo escuchar durante cinco minutos las preguntas que tenga que hacerme, se dijo.

En realidad, escuchó durante más tiempo y habló durante mucho más aún. Pero no podía culpar a Maldonado, que, lejos de jugar sucio, se mostraba amable y atento. Hasta le recordó, en el momento oportuno, que ya habían pasado los cinco minutos.

– ¿Lo dejamos? -preguntó.

Elisa se detuvo a considerar la otra opción. Le resultaba insoportable la idea de marcharse de aquella especie de pequeño edén campestre para introducirse en el horrendo autocar de regreso. Además, a lo largo de los últimos meses había estado viviendo en el interior de su cerebro, y ahora que empezaba a hablar con alguien (alguien que la respetaba como persona, no como simple alumna brillante o simple chica atractiva) descubría hasta qué punto lo necesitaba. «Aún tengo un rato», dijo. Maldonado volvió a interrumpir las preguntas poco después para advertirle que iba a perder el autocar. Aquella cortés preocupación le agradó. Le dijo que siguieran adelante. Él no volvió a recordárselo.

Elisa se sentía muy bien charlando. Había respondido preguntas sobre su deseo de estudiar física, el ambiente en su facultad, su curiosidad inagotable por la naturaleza… Maldonado la dejaba expresarse a placer, al tiempo que tomaba breves apuntes. En un momento dado dijo:

– No encajas en la imagen que tengo de un científico, tía. Para nada.

– ¿Y qué imagen tienes de un científico? Maldonado sopesó la pregunta.

– Un tío bastante feo.

– Te aseguro que también los hay guapos, y algunos son tías -sonrió ella. Pero, por lo visto, ahora llegaba el momento de la seriedad, porque él no siguió la broma.

– Hay otra cosa que me intriga de ti. Eres la primera de tu promoción, tienes asegurada una beca en el mejor lugar del mundo, tu futuro laboral te sonríe… Por si fuera poco, acabas de terminar la carrera y podrías…, no sé, dormir veinte horas seguidas, escalar los Alpes… Pero no has dudado en presentarte a una prueba de admisión putísima para obtener una de las veinte plazas del curso de dos semanas de David Blanes… Digo yo que Blanes tiene que valer la pena.

– Mucho. -Los ojos de. Elisa se iluminaron-. Es un genio.

Maldonado escribió algo.

– ¿Le conoces personalmente?

– No, pero admiro su trabajo.

– Se lleva a parir con la mayoría de las universidades públicas de este país, ¿lo sabías? Ya ves: ha tenido que organizar su curso en una privada…

– Estamos rodeados de envidiosos -admitió Elisa-. Sobre todo en lo que respecta al mundo científico. Pero también es verdad que, según dicen, el carácter de Blanes es especial.

– ¿Te gustaría hacer la tesis con él?

– Ya lo creo.

– ¿Nada más? -dijo Maldonado.

– ¿Qué?

– Te he preguntado si te gustaría hacer la tesis con él y me has respondido: «Ya lo creo». ¿No tienes nada más que decir?

– ¿Qué más quieres que diga? Tú me has hecho una pregunta y yo la he respondido.

– Es el gran problema de la mente de los físicos -se lamentó el joven mientras anotaba algo-. Os tomáis las preguntas al pie de la letra. Lo que quería saber era qué es lo que vende Blanes para que todo el mundo quiera comprarlo. O sea… Ya sé que dicen que es un sabio de la hostia, candidato al Nobel, que si se lo dan sería el primer Nobel de Física español en toda la historia del puto premio… Todo eso lo sé. Lo que me gustaría saber es de qué va su rollo, ¿entiendes? El curso se titula… -Examinó uno de los papeles y leyó con dificultad-: «Topología de las cuerdas de tiempo en la radiación electromagnética visible»… La verdad, por el título no saco mucho en claro.

– ¿Quieres que te explique toda la física teórica en una sola respuesta? -rió Elisa.

Maldonado pareció tomarse en serio la oferta.

– Adelante -dijo.

– Bien, veamos… Trataré de resumir… -Elisa se sentía cada vez más en su elemento. Le gustaba explicar todo lo que le gustaba entender-. ¿Te suena la teoría de la relatividad?

– Sí, de Einstein. «Todo es relativo», ¿no?

– Eso no lo dijo Einstein sino Sara Montiel -rió Elisa-. La teoría de la relatividad es algo más complicada que eso. Pero lo que quiero decir es que resulta exacta en casi todas las situaciones, menos en el mundo de los átomos. En ese mundo es más exacta otra teoría llamada cuántica. Son las más perfectas creaciones intelectuales que el ser humano ha concebido jamás: entre ambas podemos explicar casi toda la realidad. Pero el problema es que necesitamos ambas. Lo que es válido en la escala de una no lo es en la de la otra, y viceversa. Y eso es un gran problema. Desde hace años los físicos están intentando que las dos teorías coincidan en una sola. ¿Me explico?

– Algo así como los dos partidos mayoritarios de este país, ¿no? -aventuró Maldonado-. Los dos tienen defectos pero nunca coinciden en nada.

– Algo así. Bueno, pues una de las teorías que más papeletas tiene para lograr que coincidan es la teoría de cuerdas.

– Jamás había oído hablar de ella. ¿De «cuerdas», dices?

– También se la llama de «supercuerdas». Es una teoría de enorme complejidad matemática, pero viene a decir algo muy sencillo… -Elisa buscó a su alrededor y cogió la servilleta de papel bajo su vaso. Mientras hablaba la dobló por la mitad y alisó el borde plegado con sus dedos largos y firmes. Maldonado la miraba con atención-. Según la teoría de cuerdas, las partículas que forman todo el universo, ya sabes, electrones, protones… Todas esas partículas, o las partículas que las componen, no son bolitas, como nos enseñaron en el colegio, sino cosas alargadas como cuerdas…

– Cosas como cuerdas… -meditó Maldonado.

– Sí, muy finas, porque su única dimensión sería la longitud. Pero con una propiedad especial. -Elisa levantó las manos sosteniendo la servilleta entre ambas de manera que el borde plegado quedara frente a los ojos de Maldonado-. Dime qué ves.

– Una servilleta.

– Ése es el gran problema de la mente de los periodistas: os fiáis demasiado de las apariencias. -Elisa sonrió, burlona-. Olvídate de lo que crees que es. Dime tan solo qué crees que estás viendo.

Maldonado entornó los párpados observando el fino borde que le mostraba Elisa.

– Un… Una línea… Una recta…

– Muy bien. Desde tu punto de vista, podría ser una cuerda, ¿verdad? Un hilo. Pues la teoría dice que las cuerdas que forman la materia solo parecen cuerdas miradas desde cierto punto de vista… Pero si las miramos desde otra posición… -Elisa hizo girar la servilleta ante los ojos de Maldonado y le mostró el rectángulo de la cara superior-… esconden otras dimensiones, y si pudiéramos desenrollarlas, o «abrirlas»… -desdobló la servilleta del todo hasta convertirla en un cuadrado-… podríamos ver muchas dimensiones más.

– Qué pasada. -Maldonado parecía impresionado, o quizá fingía muy bien-. ¿Y se han descubierto ya esas dimensiones?

– Ni de coña -dijo Elisa mientras arrugaba la servilleta y la introducía en el vaso-. Para «abrir» una cuerda subatómica hacen falta máquinas con las que todavía no contamos: aceleradores de partículas de gran potencia… Pero ahí es donde intervienen Blanes y su teoría. Según Blanes, existen ciertas cuerdas que se pueden «abrir» a baja energía: las del tiempo. Blanes ha demostrado matemáticamente que el tiempo está formado por cuerdas, como cualquier otra cosa material. Pero las cuerdas del tiempo sí pueden abrirse con la energía de los aceleradores actuales. Lo que ocurre es que es muy difícil llevar a cabo el experimento.

– O sea, traducido a cosas prácticas… -Maldonado se volvía loco escribiendo-. Eso significaría… ¿viajar en el tiempo? ¿Retroceder al pasado?

– No: los viajes al pasado son pura ciencia-ficción. Están prohibidos por las leyes básicas de la física. No hay marcha atrás posible, lo siento. El tiempo solo puede ir hacia delante, hacia el futuro. Pero si la teoría de Blanes fuera correcta, existiría otra posibilidad… Podríamos abrir las cuerdas de tiempo para ver el pasado.

– ¿Ver el pasado? ¿Te refieres a… ver a Napoleón, a Julio César…? Eso sí que suena a ciencia-ficción, colega.

– Te equivocas. Eso sí que es muy posible. -Ella lo miró con expresión divertida-. No solo posible: normal. Vemos el pasado remoto todos los días.

– Quieres decir en las películas viejas, en las fotos…

– No: ahora mismo estamos viéndolo. -Rió ante la expresión de él-. En serio. ¿Qué te apuestas?

Maldonado miró a su alrededor.

– Hombre, algunos profesores están viejecillos, pero… -Elisa reía negando con la cabeza-. ¿Hablas en serio?

– Muy en serio. -Alzó la mirada y Maldonado la imitó. Había anochecido. Un tapiz cristalino refulgía en el cielo negro-. La luz de esas estrellas tarda millones de años en llegar a la Tierra -explicó ella-. Puede que ya no existan, pero nosotros seguiremos viéndolas durante mucho tiempo… Cada vez que miramos al cielo de noche retrocedemos millones de años. Podemos viajar en el tiempo con solo asomarnos a una ventana.

Durante un momento ninguno de los dos habló. Los sonidos y luces de la fiesta habían dejado de existir para Elisa, que se hallaba mucho más pendiente del grandioso, abovedado silencio de catedral que la cubría. Cuando bajó la vista y miró a Maldonado se dio cuenta de que él había sentido lo mismo.

– La física es bonita -dijo ella en un leve murmullo.

– Entre otras cosas -repuso Maldonado mirándola.

Continuaron las preguntas, aunque a un ritmo más lento. Luego él le propuso hacer un alto para comer, a lo cual ella no rehusó (se había hecho tarde y tenía hambre). Maldonado se puso en pie de un salto y se dirigió a la barra del bar.

Mientras lo aguardaba, Elisa contempló el ambiente con despreocupación. Los últimos coletazos de la fiesta perduraban en la dulce temperatura de verano, sonaba una arcaica canción de Umberto Tozzi y aquí y allá grupos de estudiantes y profesores charlaban animadamente bajo las farolas encendidas. Entonces se percató del hombre que la estaba observando. Era un tipo completamente anodino. Se hallaba de pie sobre la plataforma inferior del terraplén. Su camisa a cuadros de manga corta y su pantalón bien planchado no resultaban llamativos. En su fisonomía solo destacaban el pelo entrecano y un, eso sí, más que generoso bigote gris. Sostenía un vaso de plástico y bebía de vez en cuando. Elisa supuso que sería un profesor, pero no charlaba con los otros colegas ni parecía estar haciendo otra cosa.

Salvo mirarla.

Le intrigó aquella mirada fija. Se preguntó si lo conocía de algo, pero concluyó que era él quien debía de conocerla a ella: a lo mejor también había visto su foto en las revistas.

De repente el hombre giró la cabeza con rapidez (con demasiada rapidez) y pareció integrarse en uno de los corros de profesores. A ella le inquietó más aquella brusca retirada que su actitud previa de mirón. Era como si fingiera, como si se hubiera percatado de que Elisa lo había descubierto. Me pillaste, maldita seas. Sin embargo, cuando Maldonado regresó con dos bocadillos envueltos en papel, una bolsa de patatas fritas, una cerveza y otra Coca-Cola light para ella, Elisa olvidó el incidente: no era la primera vez que un hombre maduro la miraba con atención.

Durante el viaje de regreso a Madrid casi no hablaron, pero Elisa no se sintió mal en la intimidad del coche junto a aquel chico poco menos que desconocido. Era como si ya empezara a acostumbrarse a su compañía. Maldonado la hacía reír de vez en cuando con alguna ironía, pero había dejado las preguntas atrás, un detalle que Elisa le agradeció. Aprovechó para indagar sobre él. Su mundo era simple: vivía con sus padres y su hermana y era aficionado a viajar y hacer deporte (dos cosas que también le gustaban a ella). Eran casi las doce de la noche cuando el Peugeot de Maldonado se detuvo frente al portal de su casa en Claudio Coello.

– Menudo edificio -le dijo él-. ¿Es imprescindible tener pasta para ser físico?

– Para mi madre sí es imprescindible.

– No hemos hablado de tu familia… ¿Qué es tu madre? ¿Matemática? ¿Química? ¿Ingeniera genética? ¿La inventora del cubo de Rubik?

– Tiene un salón de belleza justo a dos manzanas de aquí -rió Elisa-. Mi padre sí era físico, pero murió en un accidente de tráfico hace cinco años.

La expresión de Maldonado mostró una tristeza sincera.

– Oh, lo siento.

– No te preocupes: apenas lo conocí -dijo Elisa sin amargura-. Nunca paraba en casa. -Salió del coche y cerró la portezuela. Se inclinó y miró a Maldonado-. Gracias por traerme.

– A ti por colaborar. Oye, si tengo… más… más preguntas, ¿podríamos…? ¿Podríamos vernos otro día?

– Bueno.

– Tengo tu teléfono. Te llamaré. Suerte mañana en el curso de Blanes.

Maldonado esperó cortésmente mientras ella abría el portal. Elisa se volvió para despedirse.

Y quedó inmóvil.

Desde la acera de enfrente un hombre la miraba.

Al pronto no lo reconoció. Entonces advirtió el pelo entrecano y el ostentoso bigote grisáceo. Un escalofrío la recorrió como si su cuerpo estuviera lleno de agujeros y un soplo de brisa lo atravesara.

El coche de Maldonado se alejó. Pasó un vehículo, luego otro. Cuando la calle quedó despejada, el hombre seguía allí. Me estoy confundiendo. No es el mismo ni va vestido igual.

Repentinamente, el hombre dio media vuelta y dobló una esquina.

Elisa se quedó mirando el lugar que el tipo había ocupado segundos antes. Era otra persona, lo que pasa es que se parecen.

Sin embargo, tenía la certeza de que aquel hombre también había estado observándola.

5

– Éste no será un curso bonito -dijo David Blanes-. No hablaremos de cosas maravillosas ni muy extraordinarias. No ofreceremos respuestas. Quien busque respuestas, que se marche a la iglesia o al colegio. -Tímidas risas-. Lo que vamos a ver aquí es la realidad, y la realidad carece de respuestas y no es maravillosa.

Se detuvo bruscamente al llegar al fondo de la clase. Se habrá percatado de que no puede atravesar la pared, pensó Elisa. Dejó de mirarle cuando dio media vuelta, pero no se perdía una sola de sus palabras.

– Antes de empezar, quiero aclararles algo.

De dos zancadas, Blanes se acercó al proyector de diapositivas y lo encendió. En la pantalla aparecieron tres letras y un número.

– Ahí tienen E=mc², probablemente la ecuación más célebre de la física de todos los tiempos, la energía relativista de una partícula en reposo.

Hizo pasar la imagen. Apareció una foto en blanco y negro de un niño oriental con todo el lado izquierdo del cuerpo desollado. Se vislumbraban los dientes a través del destrozo de la mejilla.

Hubo comentarios en voz baja. Alguien murmuró: «Dios». Elisa no podía moverse: contemplaba estremecida la horrible imagen.

– Esto -dijo Blanes con calma- también es E=mc², como saben en todas las universidades japonesas.

Apagó el proyector y se encaró con la clase.

– Podría haberles mostrado una de las ecuaciones de Maxwell y la luz eléctrica de un quirófano donde se está curando a una persona, o la ecuación de onda de Schrödinger y el teléfono móvil gracias al cual acude un médico que salva la vida de un niño agonizante. Pero me he decidido por el ejemplo de Hiroshima, que es menos optimista.

Cuando los murmullos se extinguieron, Blanes prosiguió:

– Sé lo que opinan acerca de nuestra profesión muchos físicos, no solo contemporáneos, y no solo malos: Schrödinger, Jeans, Eddington, Bohr, opinaban igual. Creían que solo nos ocupamos de símbolos. «Sombras», decía Schrödinger. Piensan que las ecuaciones diferenciales no son la realidad. Oyendo a algunos colegas parece que la física teórica consiste en jugar a hacer casitas con piezas de plástico. Esta absurda idea se ha hecho célebre, y hoy la gente considera que los físicos teóricos somos poco menos que soñadores encerrados en una torre de marfil. Creen que nuestros juegos, nuestras casitas, nada tienen que ver con sus problemas cotidianos, sus aficiones, sus preocupaciones o el bienestar de los suyos. Pero voy a decirles a ustedes algo, y quiero que lo tomen como la regla fundamental de este curso. A partir de ahora me dedicaré a llenar la pizarra de ecuaciones. Empezaré por esa esquina y terminaré por ésta, y les aseguro que aprovecharé bien el espacio porque tengo la letra pequeña. -Hubo risas, pero Blanes seguía serio-. Y cuando termine, quiero que hagan el siguiente ejercicio: quiero que miren esos números, todos esos números y letras griegas de la pizarra, y se repitan a sí mismos: «Son la realidad, son la realidad…» -Elisa tragó saliva. Blanes añadió-: Las ecuaciones de la física son la clave de nuestra felicidad, nuestro terror, nuestra vida y nuestra muerte. No lo olviden. Nunca.

De un salto subió a la tarima, quitó la pantalla, cogió una tiza y empezó a escribir números en la esquina de la pizarra, como había anunciado. No volvió a referirse durante el resto de la clase a nada que no fueran las complejas abstracciones del álgebra no conmutativa y la topología avanzada.

David Blanes tenía cuarenta y tres años, era alto y parecía hallarse en buena forma. Su pelo gris empezaba a escasear, pero sus entradas resultaban interesantes. Elisa se había fijado, además, en otros detalles que no aparecían tan claros en las muchas fotos que había visto sobre él: aquella forma de entornar los párpados cuando miraba fijamente; la piel de las mejillas, con cicatrices de un acné juvenil; la nariz, que abultaba de perfil de un modo casi cómico… A su modo, Blanes resultaba atractivo, pero solo «a su modo», como tantos otros que no son famosos por ser atractivos. Vestía una ridícula indumentaria de explorador, con chaleco de camuflaje, pantalones bombachos y botas. Su tono de voz era ronco y suave, impropio de su complexión, pero transmitía cierto poder, cierto deseo de inquietar. Quizá, dedujo ella, era su forma de defenderse.

Lo que Elisa le había contado a Javier Maldonado la tarde anterior era cierto al cien por cien, y ahora lo comprobaba: el carácter de Blanes era «especial», más que el de otros grandes de su profesión. Pero también era cierto que se había enfrentado a mucha más incomprensión e injusticia que otros. En primer lugar, era español, lo cual constituía para un físico con ambiciones (ella lo sabía perfectamente, como el resto de sus compañeros) una curiosa excepción y una seria desventaja, no debido a ninguna clase de discriminación sino a la triste situación de dicha ciencia en España. Los escasos logros de los físicos hispanos habían tenido lugar fuera de su país.

Por otra parte, Blanes había triunfado. Y eso era todavía menos perdonable que su nacionalidad.

Su éxito se debía a ciertas apretadas ecuaciones escritas en una sola cara de folio: la ciencia está hecha de regalos así, breves y eternos. Las había escrito en 1987, mientras trabajaba en Zurich con su maestro Albert Grossmann y su colaborador Sergio Marini. Se publicaron en 1988 en la prestigiosa Annalen der Physik (la misma revista que más de ochenta años atrás había acogido el artículo de Albert Einstein sobre la relatividad) y catapultaron a su autor a una fama casi absurda: esa clase de extraña celebridad que, en muy contadas ocasiones, adquieren los científicos. Y ello a pesar de que el artículo, que demostraba la existencia de las «cuerdas de tiempo», era de una complejidad tal que pocos especialistas podían comprenderlo del todo, y pese a que, aunque resultaba impecable desde el punto de vista matemático, las pruebas experimentales podían tardar décadas en obtenerse.

Sea como fuere, los físicos europeos y norteamericanos celebraron su hallazgo con asombro, y este asombro trascendió a los medios de prensa. Los periódicos españoles no se hicieron excesivo eco al principio («Un físico español descubre por qué el tiempo se mueve en una sola dirección», o «El tiempo es como un árbol secuoya, según un físico español», fueron los titulares más frecuentes), pero la popularidad de Blanes en España se debió a la reelaboración que la noticia experimentó en medios menos serios, que declararon sin ambages cosas como: «España se sitúa a la cabeza de la física del siglo XX con la teoría de David Blanes», «El profesor Blanes afirma que el viaje en el tiempo es científicamente posible», «España podría ser el primer país del mundo en construir una máquina del tiempo», etc. Nada de esto era verdad, pero funcionó bien entre el público. Varias revistas empezaron a mostrar en sus portadas, junto a mujeres desnudas, el nombre de Blanes asociado a los misterios del tiempo. Una publicación de género esotérico vendió cientos de miles de ejemplares de un monográfico navideño en cuya cubierta se leía: «¿Viajó Jesús por el tiempo?», y abajo, en letras más pequeñas: «La teoría de David Blanes desconcierta al Vaticano».

Blanes ya no estaba en Europa para alegrarse (u ofenderse): había sido poco menos que «teletransportado» a Estados Unidos. Dio conferencias y trabajó en el Caltech, el prestigioso Instituto Tecnológico de California, y, como si siguiese los pasos de Einstein, en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde cerebros como el suyo podían pasear por jardines silenciosos y contaban con tiempo para pensar y papel y lápiz para escribir. Pero en 1993, cuando el congreso norteamericano votó en contra de continuar con la fabricación del Supercolisionador Superconductor de Waxahachie, Texas, que habría sido el acelerador de partículas más grande y potente del mundo, la dulce luna de miel de Blanes con Estados Unidos terminó de repente por decisión irrevocable del primero. Se hicieron ligeramente notorias sus declaraciones ante varios medios de prensa norteamericanos en los días previos a su regreso a Europa: «El gobierno de este país ha preferido invertir en armas antes que en desarrollo científico. Estados Unidos me recuerda a España: es un sitio habitado por gente muy capaz, pero dirigido por políticos hediondos. No solo ineficaces -subrayó-, sino hediondos». Como en su crítica había equiparado ambos países y gobiernos, aquellas declaraciones dejaron a todos insatisfechos e interesaron a muy pocos.

Tras zanjar así su periplo estadounidense, Blanes regresó a Zurich, donde vivió en silencio y soledad (sus únicos amigos eran Grossmann y Marini; sus únicas mujeres, su madre y su hermana: Elisa admiraba esa vida monástica) mientras su teoría sufría los embates de las reacciones a largo plazo. Curiosamente, una de las comunidades científicas que más encarnizadamente la rechazó fue la española: se alzaron voces doctas desde varias universidades indicando que la «teoría de la secuoya», como en aquella época ya empezaba a denominarse (en referencia a que las cuerdas de tiempo se arrollaban en las partículas de luz como los círculos del tronco de esos árboles alrededor del centro), era bonita pero improductiva. Quizá debido a que Blanes era madrileño, las críticas de Madrid tardaron más, pero, quizá debido a la misma razón, cuando llegaron fueron peores: un célebre catedrático de la Complutense calificó la teoría de «pirulí fantástico sin base real alguna». En el extranjero su suerte no corrió mejor fortuna, aunque especialistas en teoría de cuerdas como Edward Witten, de Princeton, y Cumrun Vafa, de Harvard, seguían afirmando que podría tratarse de una revolución intelectual comparable a la ocasionada por la propia teoría de cuerdas. Stephen Hawking, desde su pequeña silla de ruedas de Cambridge, fue uno de los pocos que se manifestó discretamente a favor de Blanes y contribuyó a la divulgación de sus ideas. Cuando le preguntaban sobre el tema, el célebre físico solía contestar con una de sus típicas ironías, pronunciada con la inflexible y fría tonalidad de su sintetizador de voz: «Aunque muchos quieren cortarla, la secuoya del profesor Blanes sigue dándonos sombra».

Blanes era el único que no decía nada. Su extraño silencio duró casi diez años, durante los cuales dirigió el laboratorio cuya jefatura había dejado vacante su amigo y mentor Albert Grossmann, ya jubilado. Debido a su gran belleza matemática y a sus fantásticas posibilidades, la «teoría de la secuoya» no dejó de interesar a los científicos pero tampoco pudo ser probada. Pasó a ese estado de «ya veremos» con que la ciencia gusta de introducir ciertas ideas en el congelador de la historia. Blanes se negaba a hablar en público sobre ella, y muchos pensaron que se avergonzaba de sus errores. Entonces, a finales de 2004 se anunció aquel curso, el primero que Blanes daría en el mundo sobre su «secuoya». Había elegido, precisamente, España, y, precisamente, Madrid. El centro privado Alighieri se haría cargo de los costes y aceptaba las raras exigencias del científico: que se realizara en julio de 2005, que se impartiera en castellano y que se adjudicaran veinte plazas por riguroso orden de selección tras la realización de un examen internacional sobre teoría de cuerdas, geometría no conmutativa y topología. En principio solo se aceptarían posgraduados, pero los estudiantes que terminaran la carrera el mismo año de la prueba podrían examinarse con una recomendación escrita por sus profesores de física teórica. De esa forma, alumnos como Elisa se habían presentado.

¿Por qué Blanes había esperado tanto para dar aquellas primeras lecciones sobre su teoría? ¿Y por qué darlas precisamente en ese momento? Elisa lo ignoraba, pero tampoco le importaba mucho no saberlo. Lo cierto era que se sentía muy dichosa aquel primer día, en ese curso tan soñado y único.

Sin embargo, al término de la clase había cambiado drásticamente de opinión.

Fue de las primeras en marcharse. Cerró los libros y la carpeta con un sonoro golpe y escapó del aula sin intentar siquiera guardar los apuntes en la mochila.

Mientras descendía por la calle en pendiente hacia la parada del autocar oyó la voz:

– Perdona… ¿Te llevo a algún sitio?

Estaba tan ofuscada que ni siquiera había percibido el coche junto a ella. Dentro asomaba, como un extraño galápago, la cabeza de Víctor «Lennon» Lopera.

– Gracias, voy lejos -dijo Elisa sin ganas.

– ¿Adónde?

– Claudio Coello.

– Pues… te llevo, si quieres. Yo… voy al centro.

No le apetecía charlar con aquel tipo, pero luego pensó que eso la distraería.

Entró en el sucio coche, atiborrado de papeles y libros, con olor a tapicería vieja. Lopera conducía con cautelosa lentitud, tal como hablaba. Sin embargo, parecía muy complacido de tener a Elisa como acompañante, y empezó a animarse. Como sucede con todos los Grandes Tímidos, su charla, de repente, se hizo desproporcionada.

– ¿Qué te ha parecido eso que ha dicho al principio sobre la realidad? «Las ecuaciones son la realidad»… Bueno, si él lo dice… No sé, yo creo que es un reduccionismo positivista muy exagerado… Está rechazando la posibilidad de verdades reveladas o intuitivas, que forman la base, por ejemplo, de las creencias religiosas o el sentido común… Y eso es un error… Hombre, imagino que lo dice porque es ateo… Pero, sinceramente, no creo que la fe religiosa sea incompatible con las pruebas científicas… Se hallan a distinto nivel, como afirmaba Einstein. No puedes… -Se detuvo en un cruce y esperó a que la carretera se vaciara para proseguir con la marcha y el monólogo-. No puedes convertir tus experiencias metafísicas en reacciones químicas. Eso sería absurdo… Heisenberg decía…

Elisa dejó de oírlo y se limitó a mirar la carretera y gruñir de vez en cuando. Pero de repente Lopera susurró:

– Yo también lo he notado. Cómo te trataba, quiero decir.

Sintió que sus mejillas ardían y de nuevo le entraron ganas de llorar al recordarlo.

Blanes había hecho unas cuantas preguntas en clase, pero había elegido para contestarlas a alguien situado a dos puestos de distancia a su derecha, que levantaba la mano a la vez que ella.

Valente Sharpe.

En un momento dado sucedió algo. Blanes hizo una pregunta y solo ella alzó la mano. Sin embargo, en vez de cederle la palabra, el científico había animado a los demás a responder: «Vamos, ¿qué pasa con ustedes, señores? ¿Tienen miedo de perder su título de licenciados si se equivocan?». Pasaron unos cuantos, densos segundos, y Blanes apuntó de nuevo al mismo sitio. Elisa volvió a oír aquella voz tersa, tranquila, casi divertida, con ligero acento extranjero: «A esa escala no existe una geometría válida debido al fenómeno de espuma cuántica». «Muy bien, señor Valente.»

Valente Sharpe.

Cinco años seguidos siendo la mejor de su promoción habían exacerbado el afán de competitividad de Elisa hasta extremos salvajes. No se podía ser el primero en el mundo científico sin el terrible esfuerzo depredador de eliminar a los rivales sistemáticamente. Por esa razón, el absurdo desprecio de Blanes era para ella una tortura insufrible. No quería mostrar su orgullo herido delante de un compañero, pero había llegado ya al límite de sus fuerzas.

– Me ha dado la impresión de que ni siquiera me ve -masculló tragándose las lágrimas.

– Yo creo… que te ve demasiado -repuso Lopera.

Ella lo miró.

– Digo que… -intentó explicarse él-. Creo que… te ha visto y ha pensado: «Una chica tan… tan… no puede ser, a la vez muy…» Es decir, se trata de un prejuicio machista. Quizá ignora que eres tú quien quedaste primera en la prueba. No sabe cómo te llamas. Piensa que Elisa Robledo es… Vamos, que no puede ser como tú.

– ¿Cómo soy yo? -No quería hacerle aquella pregunta, pero ya no le importaba ser cruel.

– Supongo que no es incompatible… -dijo Lopera sin responder, como hablando consigo mismo-. Aunque genéticamente es raro… La belleza y la inteligencia, quiero decir… Casi nunca van unidas. Si bien hay excepciones… Richard Feynman era muy guapo, ¿no? Eso dicen. Y Ric también es… a su manera, ¿verdad? Un poco… ¿no?

– ¿Ric?

– Ric Valente, mi amigo. Lo llamo así desde que lo conozco. ¿No te acuerdas que te lo señalé ayer, en la fiesta? Ric Valente…

La sola mención de aquel nombre había bastado para que Elisa apretara los dientes. Valente Sharpe, Valente Sharpe… En su cerebro aquellos apellidos adoptaban un sonido mecánico, como de hoja de sierra eléctrica haciendo trizas su orgullo. Valente Sharpe, Valente Sharpe…

– Él también es un poco las dos cosas: atractivo y listo,; como tú -prosiguió Lopera, ajeno, al parecer, a las emociones de ella-. Pero, además, sabe… sabe cómo meterse en un bolsillo a la gente, ¿no te has dado cuenta? Es un encantador de serpientes con los profesores… Bueno, con todo el mundo. -Su garganta emitió un gorgoteo a modo de risa (Elisa oiría la risa de Víctor en más de una ocasión durante los años posteriores, y llegaría a agradarle mucho, pero en aquel momento le repugnó)-. Con las chicas también. Sí, sí, también… Uy, vaya que sí.

– Hablas de él como si no fueras su amigo.

– ¿Como si no fuera…? -Casi pudo escuchar los zumbidos del disco duro de Lopera al procesar aquel banal comentario-. Claro que soy… O sea, fuimos… Nos conocimos en el colegio, luego hicimos la carrera juntos. Lo que ocurre es que Ric consiguió una de esas «superbecas» y se marchó a Oxford, el tío, al departamento de Roger Penrose, y dejamos de vernos… Tiene la intención de regresar a Inglaterra cuando termine lo de Blanes… si es que Blanes no se lo lleva de vuelta a Zurich, claro.

La sonrisa de los carnosos labios de Lopera al decir aquella última frase desagradó a Elisa. Sus más negros pensamientos regresaron: se sintió completamente abatida, casi exánime. Blanes elegirá a Valente Sharpe, por supuesto.

– Hace cuatro años que no nos veíamos… -continuó Lopera-. No sé, quizá lo noto algo cambiado… Más… Más seguro de sí mismo. Es un genio, hay que admitirlo, un genio al cubo, hijo y nieto de genios: su padre es crip… criptógrafo y trabaja en Washington, en no sé qué centro de seguridad nacional… Su madre es norteamericana y enseña matemáticas en Baltimore… Estuvo nominada el año pasado a la medalla Fields. -A su pesar, Elisa se impresionó. La medalla Fields era una especie de premio Nobel de matemáticas y distinguía anualmente en Estados Unidos a los mejores del mundo en esa especialidad. Se preguntó qué sentiría ella si tuviera una madre nominada a la medalla Fields. En aquel momento lo único que sentía era rabia-. Están divorciados. Y el hermano de su madre…

– ¿Es premio Nobel de Química? -interrumpió Elisa sintiéndose mezquina-. ¿O quizá fue Niels Bohr?

Lopera volvió a emitir aquel misterioso ruido que tenía que ser una risa.

– No: es técnico programador de Microsoft en California… Lo que quería decir es que Ric ha aprendido de todos ellos. Es una esponja, ¿sabes? Cuando crees que no te escucha, está analizando todo lo que haces o dices… Es una máquina. ¿A qué altura de Claudio Coello te dejo?

Elisa le dijo que no era preciso que la llevara hasta su casa pero Lopera insistía. Detenidos en el atasco del mediodía madrileño, acabaron pronto con la pequeña discusión y tuvieron tiempo de sobra hasta para el silencio. Elisa vio sobre la guantera del coche, bajo unas carpetas de bordes arrugados, un par de libros. Leyó el título de uno: Juegos y acertijos matemáticos. El otro, voluminoso: Física y fe. La verdad científica y la religiosa.

Cuando enfilaban Claudio Coello, Lopera rompió su mutismo para decir:

– Menudo mosqueo se llevó Ric cuando vio que le habías superado en la prueba de admisión al curso. -Y volvió a soltar su ruido-risa.

– ¿En serio?

– Ya lo creo, es un mal perdedor. Muy mal perdedor. -Y de repente Lopera cambió de expresión: fue como si hubiese pensado algo nuevo, algo que no había considerado hasta ese instante-. Ten cuidado -agregó.

– ¿Con qué?

– Con Ric. Ten mucho cuidado.

– ¿Por qué? ¿Puede influir en el jurado de la medalla Fields para que no me la concedan?

Lopera pasó por alto la ironía.

– No, es que no le gusta perder. -Detuvo el coche-. ¿Éste es tu portal?

– Sí, gracias. Oye, ¿por qué dices que tenga cuidado? ¿Qué puede hacerme?

Él no la miraba. Miraba al frente, como si siguiera conduciendo.

– Nada. Solo quería decir que… se sorprendió de que quedaras la primera.

– ¿Porque soy chica? -preguntó ella con gélida furia-. ¿Por eso?

Víctor parecía avergonzado.

– Quizá. No está acostumbrado a… Bueno, a quedar segundo. -Elisa se mordió la lengua para no replicar. Yo tampoco, pensó-. Pero no te preocupes -añadió él como tratando de animarla, o de cambiar de tema-. Estoy seguro de que Blanes sabrá apreciarte… Es demasiado bueno para no apreciar lo bueno.

Aquella frase la ablandó algo, y se reconcilió con Lopera. Cuando entró en el portal pensó que quizá había sido algo ruda con él y se volvió para despedirse, pero Lopera se había ido ya. Permaneció quieta un instante más, ensimismada.

La escena le había hecho recordar el suceso de la noche anterior con Javier Maldonado. Casi como un acto reflejo, echó un vistazo a la calle, pero no vio a nadie que la espiara. Tampoco descubrió a ningún individuo de pelo y bigote canosos. Albert Einstein, claro. En realidad, Einstein es el abuelo de Valente, y anoche me estaba espiando.

Sonrió y se dirigió al ascensor. Dedujo que se había tratado de una casualidad. Las casualidades podían darse: las matemáticas, incluso, les concedían probabilidades. Dos hombres con cierto parecido físico que, durante la misma noche, se quedan mirándola. ¿Por qué no? Solo un paranoico le daría vueltas en la cabeza a eso.

Mientras subía en el ascensor recordó la extraña advertencia de Víctor Lopera.

Ten cuidado con Ric.

Qué absurdo. Pero si Valente no se fijaba en ella. Aquel primer día de clase ni siquiera la había mirado una sola vez.

6

La cita fue el sábado por la tarde en un café que ella no conocía, cercano a la calle de Atocha. «Te gustará», le había asegurado Maldonado.

Y no se equivocaba. Se trataba de un sitio tranquilo de paredes oscuras con cierto aire a sala teatral debido, principalmente, a una cortina roja situada junto a la barra. A ella le encantó.

Maldonado la esperaba en una de las pocas mesas ocupadas. Elisa no pudo negar que se alegraba mucho de verlo después de la triste semana que había pasado.

– Ayer te llamé varias veces a casa, descolgaban y se cortaba -le dijo Maldonado.

– La línea estaba estropeada. Ya la han arreglado.

La compañía telefónica les había dicho que se trataba de un «fallo del sistema», pero, según Elisa, quien realmente experimentó un «fallo del sistema» fue su madre, que se subió por las paredes y, con su mesurado tono de voz algo más alto que de costumbre, amenazó con demandarlos por daños y perjuicios («Tengo clientes muy importantes que suelen llamarme a casa, no se figuran…»). Le aseguraron que ese mismo sábado por la mañana enviarían a varios técnicos para inspeccionar las líneas y reparar la avería, y así lo hicieron. Solo entonces Marta Morandé se había calmado.

Pidió una Coca-Cola light al tiempo que veía, divertida, cómo Maldonado sacaba los papeles de su mochila.

– ¿Otra vez con las preguntitas? -bromeó.

– Sí. ¿No quieres? -Ella se apresuró a decirle que sí porque había percibido su seriedad-. Ya sé que es un coñazo -se disculpó él-, pero es mi curro, qué le vamos a hacer, y te agradezco un montón que me eches un cable, tía… El buen periodismo se hace con informaciones recopiladas pacientemente -añadió en un tono de dignidad ofendida que a ella le sorprendió.

– Por supuesto, perdona… -He metido la pata, pensaba. Pero la sonrisa casi tímida de Maldonado tuvo la virtud de disipar sus remordimientos.

– No, perdóname tú a mí. Estoy algo nervioso porque el curso se acaba y tengo que presentar el reportaje cuanto antes.

– Pues venga -lo animó ella-, no perdamos más tiempo: pregunta lo que quieras. Por mí que no quede.

Sin embargo, al principio la tensión persistía. Él la interrogaba mecánicamente sobre su ocio y ella respondía con rigidez, como si se tratase de un examen oral. Elisa comprendió que ambos estaban arrepentidos por haber comenzado de forma tan distinta a la de la tarde de la fiesta. Entonces Maldonado se interesó por los deportes que ella practicaba, y las cosas cambiaron. Elisa le dijo que hacía todo el que podía, lo cual era cierto: pesas, natación, aeróbic…Maldonado se quedó mirándola.

– Ahora me explico tu físico -dijo.

– ¿Qué tiene mi físico? -sonrió ella.

– Que es un físico perfecto para una física.

– Qué chiste más malo y más previsible.

– Me lo pusiste en bandeja.

Luego hablaron de su infancia. Ella le contó que había sido una niña solitaria que dependía exclusivamente de su cerebro para distraerse y jugar. No le quedaba otro remedio, ya que sus padres no habían querido tener más hijos y se dedicaban, más bien, a desarrollar sus propias inquietudes que a hacerle caso. Su padre («Se llamaba como tú: Javier») se había hecho físico en tiempos «aún peores» que los actuales. Elisa lo recordaba como un hombre amable de cerrada barba oscura, pero poco más. Había pasado parte de su vida en Inglaterra y Estados Unidos investigando la «interacción débil», que era el tema de moda en la física teórica de los setenta: la fuerza que provoca que ciertos átomos se desintegren.

– Estuvo mucho tiempo estudiando algo conocido como «la violación de la simetría CP por el kaón»… No pongas esa cara, por favor… -Elisa empezó a reírse.

– No, no -dijo Maldonado-. Yo escucho y escribo.

– «Kaón» con ka -indicó Elisa el papel donde Maldonado tomaba apuntes.

Se estaba divirtiendo cada vez más. Por desgracia, también tuvo que hablar de su madre. Marta Morandé, madura, atractiva, magnética, dueña y directora de Piccarda. En Piccarda descubrirás tu propia belleza.

Le resultaba difícil hablar de su madre y sentir un ápice de diversión.

– Procede de una familia acostumbrada al dinero y los viajes. Te juro que aún sigo preguntándome qué pudo ver mi padre en un ser así… El caso es que estoy convencida de que él… De que mi padre no me habría dejado tan sola si mi madre hubiese sido otra clase de persona. Siempre estaba diciendo que tenía que disfrutar de la vida, que no podía vivir encerrada por el simple hecho de haberse casado con un «cerebrito». Así lo llamaba. En ocasiones lo decía delante de mí. «Hoy viene el cerebrito», decía. -Maldonado había dejado de escribir. La escuchaba muy serio-. Creo que mi padre no quería complicarse la vida con un divorcio. Además su familia siempre había sido muy católica. Se limitaba a mirar para otro lado y dejar que mi madre «viviera». -Elisa miró hacia la mesa, sonriendo-. Te confieso que decidí estudiar física para frustrar a mi madre, que quería que hiciera empresariales y la ayudara a dirigir su famoso centro de belleza. Y vaya si la frustré. Eso le dolió. Dejó de hablarme, y aprovechando otra ausencia de mi padre se largó a vivir a una casa de veraneo que tiene en Valencia. Me quedé sola en Madrid, con mis abuelos paternos. Cuando mi padre lo supo, regresó y me dijo que nunca me dejaría. Yo no le creí. Una semana después se marchó a ver a mi madre a Valencia y convencerla de firmar una tregua. Al volver, un turismo conducido por un borracho se estrelló contra el suyo. Y ahí terminó todo.

Sentía frío. Se frotó los brazos desnudos. Por otra parte, solo era frío, no verdadero malestar. Le parecía que hacía bien al hablar de aquello. ¿A quién había podido contarle todo eso antes?

– Ahora vivo otra vez con mi madre -añadió-. Pero cada una tiene su territorio en casa, y procuramos no pasar de esa línea.

Maldonado dibujaba círculos sobre el papel. Elisa se dio cuenta de que la tensión del inicio amenazaba con retornar. Decidió cambiar de tono.

– Pero, no creas, el período que pasé a solas en Madrid me vino muy bien: me dio la oportunidad de conocer mejor a mi abuelo, que era la mejor persona del mundo. Había sido maestro y le encantaba la historia. Solía contarme anécdotas sobre antiguas civilizaciones y me enseñaba ilustraciones en los libros…

El tema pareció animar a Maldonado, que volvió a anotar cosas.

– ¿Te gusta la historia? -preguntó.

– Gracias a mi abuelo, mucho. Aunque apenas la conozco.

– ¿Cuál es tu época histórica preferida?

– No sé… -Elisa lo pensó-. Las civilizaciones antiguas me fascinan: egipcios, griegos, romanos… A mi abuelo le gustaba mucho la Roma imperial… Te pones a pensar en esas gentes, que dejaron tantas huellas y desaparecieron para siempre…

– ¿Y?

– No sé. Me atrae.

– ¿Te atrae el pasado?

– ¿A quién no? Es… como algo que hemos perdido para siempre, ¿verdad?

– Por cierto -dijo Maldonado como si se tratara de un dato que había olvidado preguntar-, no hemos hablado de tus ideas religiosas… ¿Crees en Dios, Elisa?

– No. Ya te dije que mi familia paterna era muy católica, pero mi abuelo fue lo bastante inteligente como para no agobiarme con eso: me transmitió valores, simplemente. Nunca creí en un Dios, ni siquiera de niña. Y ahora… te parecerá raro, pero me considero más cristiana que creyente… Creo en ayudar a otros, en el sacrificio, en la libertad, en casi todo lo que predicó Cristo, pero no en Dios.

– ¿Por qué tendría que parecerme raro?

– Suena raro, ¿no?

– ¿No crees que Jesucristo fue el hijo de Dios?

– Para nada. Ya te digo que no creo en Dios. Lo que creo es que Jesucristo fue un hombre muy bondadoso y muy valiente que supo transmitir valores…

– Como tu abuelo.

– Sí. Pero tuvo peor suerte que mi abuelo. Lo mataron por sus ideas. En eso sí que creo: en morir por nuestras ideas.

Maldonado escribía. De repente ella pensó que aquellas preguntas tan específicas debían de obedecer a un motivo personal que nada tenía que ver con el cuestionario. Estaba a punto de decírselo cuando lo vio guardar el bolígrafo.

– Yo he terminado ya -dijo Maldonado-. ¿Damos un paseo?

Caminaron hasta Sol. Era el primer sábado de julio, la noche era cálida y la gente atestaba la plaza emergiendo de los grandes almacenes que empezaban a cerrar. Tras un rato de silencio, durante el cual ella jugó a estar más interesada en esquivar a la muchedumbre y contemplar la estatua de Carlos III que en hablar, oyó a Maldonado.

– ¿Y qué tal con Blanes?

Era la pregunta que temía. Para ser sincera hubiese tenido que contestar que su orgullo se hallaba no solo herido sino comatoso, abandonado en alguna UVI en las profundidades de su personalidad. Ya no intentaba destacarse, ni siquiera alzaba la mano, fuera cual fuese la pregunta. Se limitaba a escuchar y aprender. En cambio, Valente Sharpe (con quien aún no había cruzado ni una mirada) despuntaba cada vez más. Los compañeros habían empezado a preguntarle dudas también a él, como si se tratara del propio Blanes o su brazo derecho. Y, si no lo era ya, estaba a punto de convertirse en eso, porque hasta Blanes solicitaba su intervención en ocasiones: «¿No tiene nada que decir, Valente?». Y Valente Sharpe respondía con gloriosa exactitud.

A veces pensaba que era envidia lo que sentía. Pero no: lo que siento es un vacío. Me he desinflado. Es como si me hubiese preparado para una maratón dificilísima y no me dejasen competir. Era obvio que Blanes ya había decidido quién lo acompañaría a Zurich. A ella solo le quedaba intentar aprender lo más posible aquella bella teoría y plantearse otras cosas para su futuro profesional.

Se preguntó si debía contarle todo eso a Maldonado, pero decidió que ya le había dicho bastantes cosas por esa noche.

– Bien -respondió-, es un profesor excelente.

– ¿Sigues queriendo hacer la tesis con él?

Titubeó antes de responder. Un «sí» muy entusiasta equivaldría a mentir, un «no» tajante tampoco sería cierto. Las emociones, pensaba Elisa, eran muy similares a la incertidumbre cuántica. Dijo:

– Claro. -Así, con cierta frialdad. Y dejó en el aire sus verdaderos deseos.

Habían cruzado la plaza hasta las proximidades de la estatua del Oso y el Madroño. Maldonado le pidió detenerse en una heladería para complacer una de sus escasas -así le dijo «debilidades»: un bombón crocante. Ella se rió del tono de niño encaprichado que puso mientras lo compraba, pero aún más del placer evidente conque lo devoró. Mientras paladeaba su golosina, allí parado, en la plaza, Maldonado le propuso cenar en algún restaurante chino. Elisa aceptó de inmediato, alegrándose de que él no hubiese dado por finalizada la noche.

En ese instante, por pura casualidad, advirtió al hombre. Se hallaba de pie junto a la entrada de la heladería. Tenía cabello canoso y bigote grisáceo. Sostenía un barquillo y de vez en cuando lo mordía. No era tan similar al segundo como al primero. De hecho, parecía un hermano del hombre de la fiesta. Quizá se trataba -no podía descartarlo- del mismo hombre de la fiesta vestido de otra forma.

Pero no: se equivocaba. Ahora se fijaba en que el pelo de éste era muy rizado y su complexión más delgada. Era otro individuo.

Por un instante pensó: No pasa nada, no es raro. Es alguien que se parece a otros y que también me mira. Pero fue como si las puertas de su lógica se abrieran bruscamente y los pensamientos irracionales se colaran por ella, rompiéndolo todo y armando alboroto, como invitados puestos de cocaína hasta las cejas. Tres hombres diferentes y parecidos. Tres hombres que me observan.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Maldonado.

Ya no podía fingir. Tenía que decirle algo.

– Ese hombre.

– ¿Qué hombre?

Cuando Maldonado volvió la cabeza, el tipo estaba limpiándose las manos con una servilleta y ya no miraba a Elisa.

– El que está junto a la heladería, el del polo azul marino. Me estaba mirando de una forma rara… -Odiaba que Maldonado pensara que veía visiones, pero ya no podía detenerse-. Y se parece mucho a otro hombre que vi la tarde de la fiesta en Alighieri, y que también me observaba… Quizá sea el mismo.

– ¿En serio? -dijo Maldonado.

En ese instante el hombre dio media vuelta y se alejó hacia Alcalá.

– No sé, era como si me espiara… -Intentó reírse de sus propias palabras, pero descubrió que no podía. Maldonado tampoco se rió-. Quizá estoy confundida…

Él propuso ir a algún bar tranquilo y hablar del tema. Pero no había ningún bar tranquilo en los alrededores y Elisa estaba demasiado crispada para caminar durante mucho tiempo. Optaron por entrar en el restaurante chino donde pensaban cenar; aún no había demasiada gente.

– Ahora cuéntame con pelos y señales lo que te pasó la otra tarde -dijo Maldonado cuando se sentaron a una mesa apartada. Escuchó con atención y luego le pidió una descripción lo más precisa posible del hombre de la escuela. Pero la interrumpió antes de que terminara-. Espera, ya me suena. Pelo canoso, bigote… Se apellida Espalza, y es profesor de estadística en Alighieri. A mí me ha dado algunos seminarios sobre sociología estadística, pero lo conozco sobre todo porque es vocal de la Asociación de Profesores, y yo lo he sido de la Asociación de Alumnos… -Hizo una pausa y adoptó la expresión maliciosa que a ella le gustaba-. Es divorciado, y tiene fama de viejo verde. Suele mirar así a todas las estudiantes guapas. Seguro que lo dejaste babeando…

De repente a ella le entraron ganas de reír.

– ¿Sabes lo que me ocurrió esa misma noche? Cuando me dejaste en el portal de casa, descubrí a otro hombre con bigote que me miraba… -Maldonado abrió los ojos cómicamente-. ¡Y el de hoy también tenía bigote!

– ¡Una… conspiración de bigotudos! -murmuró él en tono de alarma-. ¡Ya entiendo!

Elisa estalló en carcajadas. ¿Cómo había podido ser tan idiota? Aquello solo tenía una explicación: el final de la carrera y el durísimo comienzo del curso de Blanes habían llevado sus nervios al límite. Siguió riéndose hasta que se le saltaron las lágrimas. De repente vio a Maldonado mudar de expresión mientras miraba algo que había tras ella.

– ¡Dios mío! -dijo él en tono atemorizado-. ¡El camarero! -Elisa se volvió secándose las lágrimas. El camarero era oriental, pero (cosa rara entre los de su raza, pensó Elisa) un espeso bigote negro le cruzaba la cara. Maldonado le apretó el brazo-. ¡Otro bigotudo! ¡Peor aún: un chino bigotudo!

– ¡Por favor…! -Volvió a reír-. ¡Basta!

– ¡Vámonos de aquí, rápido! -susurraba Maldonado- ¡Estamos rodeados!

Elisa tuvo que ocultarse tras la servilleta cuando el camarero se acercó.

Al llegar a casa esa noche aún le divertía recordar lo sucedido. Javier Maldonado era genial. Genial, con mayúsculas. Durante la velada la había hecho reír a carcajadas con anécdotas sobre sus profesores y compañeros, incluyendo a Espalza y su tendencia a ligar con todo lo que fuera joven y tuviese pechos. Oyendo aquellas trivialidades Elisa se había sentido como si respirara aire puro después de pasar demasiado tiempo buceando en un piélago de libros y ecuaciones. Y, como broche final, cuando empezó a desear volver a casa él pareció leerle el pensamiento y obedeció al instante. No había traído coche, pero la acompañó en el metro hasta Retiro. Su cara de «malo» se quedó como prendida de la memoria de Elisa al salir del vagón y estuvo recordándola una y otra vez mientras caminaba hacia su portal.

Decidió que no podía considerar que había dado muchos pasos en su relación con Maldonado, pero sí algunos más. Ya poseía cierta experiencia, no era ninguna tonta. Una de las ventajas de su soledad consistía en que siempre había tenido que vivir por su cuenta. Ya había salido con algunos chicos, sobre todo al principio de la carrera, y creía saber lo que le gustaba y lo que no. Lo de Maldonado era una amistad, pero avanzaba.

Su casa estaba a oscuras y silenciosa. Cuando encendió la luz del vestíbulo vio una nota de su madre en un papel pegado en el marco de la puerta. «NO VOLVERÉ ESTA NOCHE. LA CHICA TE HA DEJADO CENA EN LA NEVERA.» «La chica» era una robusta rumana de cuarenta y cinco años, pero su madre llamaba así a todas las criadas que había tenido. Encendió la luz del salón y apagó la del vestíbulo mientras se preguntaba por qué su madre tenía que informarle siempre de lo obvio: todos los fines de semana Marta Morandé se ausentaba de casa, eso se anunciaba hasta en los ecos de sociedad, y a veces no regresaba hasta el lunes. Muchos caballeros la invitaban a pasar el sábado en sus lujosas moradas. Se encogió de hombros: lo que hiciera su madre le traía sin cuidado.

Apagó la luz de la sala y encendió la del largo pasillo. Sabía que no había nadie: «la chica» tenía el domingo libre y aprovechaba para marcharse el sábado por la noche con su hermana, que vivía en un apartamento de alquiler fuera de la ciudad. Aquellas noches eran las que más gustaban a Elisa, sin la latosa presencia de su madre o de la criada rondando por todos sitios. Tenía la casa entera para ella.

Dobló la esquina del pasillo y se dirigió a su habitación. De repente recordó lo de la «conspiración de bigotudos» y se rió a solas. Ahora habrá uno en mi cuarto, esperándome. O escondido bajo la cama.

Abrió la puerta. No había bigotudos en la costa. Entró y cerró tras de sí. Después de pensarlo mejor, echó el pestillo. Su cuarto era su reducto; su fortaleza, el sitio donde estudiaba y vivía. Se había enfrentado varias veces a su madre para impedirle que metiera las narices allí. Hacía tiempo que ella misma lo limpiaba, hacía la cama y cambiaba las sábanas. No quería que nadie hurgara en su mundo.

Se quitó los vaqueros, los arrojó al suelo, se descalzó y encendió el ordenador. Aprovecharía para revisar sus mensajes de correo electrónico, que habían estado bloqueados desde el día anterior debido a la avería telefónica.

Mientras abría su correo se preguntó si haría algo esa noche. No iba a estudiar, eso seguro; estaba muy cansada, pero aún no quería dormir. Quizá abriese alguno de sus archivos de fotos eróticas o entrase en un canal de chat o una página «especial». Jugar al sexo electrónico había sido la solución más rápida y aséptica para ella durante el largo período invernal de sus estudios. Aquella noche, sin embargo, apenas sentía ganas.

En el correo había dos mensajes sin leer. El primero era de una revista electrónica de matemáticas. El segundo carecía de «Asunto» y mostraba el símbolo que indicaba la presencia de un archivo adjunto. No identificó al remitente:

mercurio0013@mercuryfriend.net

Olía a virus a kilómetros de distancia. Decidió no abrirlo, lo seleccionó y apretó la tecla de «Suprimir».

Entonces la pantalla de su ordenador se apagó.

Durante un instante pensó que se había ido la luz, pero se dio cuenta de que la lámpara del escritorio seguía encendida. Iba a agacharse para comprobar el cable cuando de repente la pantalla volvió a iluminarse y una foto lo llenó todo. Un par de segundos después fue sustituida por otra. Luego vinieron más. Elisa se quedó boquiabierta.

Eran dibujos en blanco y negro realizados con una técnica anticuada, como por un artista de principios de siglo. La temática era similar: hombres y mujeres desnudos con otros hombres o mujeres sentados a sus espaldas, cabalgándolos. Bajo cada imagen la misma frase, en mayúsculas rojas: «¿TE GUSTA?». Contempló aquel desfile sin poder hacer nada para evitarlo: las teclas no le obedecían, el ordenador funcionaba por su cuenta.

Hijos de puta. Estaba segura de que, de alguna forma y pese a todas sus precauciones, habían introducido un virus en su sistema. De repente quedó paralizada.

Las imágenes habían finalizado dando paso a una pantalla en negro donde destacaban, como grandes arañazos, mayúsculas en color rojo. Pudo leer la frase perfectamente antes de que un nuevo parpadeo la enviara al limbo de la informática y apareciera la página de su correo normal.

El mensaje había sido borrado. Era como si nunca hubiese existido.

Recordó las palabras finales y sacudió la cabeza.

No puede referirse a mí. Es solo propaganda. Las palabras decían:

TE VIGILAN

7

El martes de la semana siguiente volvió a recibir noticias de «mercuryfriend». De nada le sirvió configurar su correo para bloquear el remitente. Apagó el ordenador, pero al reiniciar el sistema el mensaje se abrió de forma automática y aparecieron figuras similares e idénticas palabras, aunque ya no se trataba de dibujos de principios de siglo sino de obras entresacadas del mundo gráfico moderno: cuerpos realzados con aerógrafo o reproducciones informáticas en tres dimensiones. Siempre hombres y mujeres que caminaban o corrían, con arneses y botas, soportando el peso de otra figura sobre sus hombros. Elisa dejó de contemplarlas.

Tuvo una idea. Buscó en la red la página «mercuryfriend.net». No le sorprendió comprobar que su acceso no era restringido y que se cargaba enseguida. Sobre un espantoso fondo violeta chillón destellaron «banners», anuncios electrónicos de bares y clubes con nombres de lo más pintorescos -«Abbadon», «Galimatías», «Euclides», «Mister X», «Scorpio»- que prometían espectáculos nocturnos muy especiales, chicas y chicos de alterne o intercambio de parejas.

Así pues, eso era todo. Tal como había supuesto, se trataba de propaganda. De alguna forma había suministrado su dirección electrónica a aquellos cerdos, y ahora la bombardeaban. Tendría que buscar una manera de librarse de ellos, quizá cambiando de dirección, pero le aliviaba saber que no había nada personal en los mensajes.

Con el Clan de los Bigotudos también había hecho las paces. Desde que Maldonado la tranquilizara, ya apenas pensaba en ellos. O casi. A veces no podía evitar estremecerse ligeramente cuando veía por la calle a un hombre de pelo y bigote canosos. En ocasiones, hasta los identificaba a mucha distancia. Comprendía que su cerebro, de forma inconsciente, iba buscándolos. Pero no sorprendió a ninguno observándola o siguiéndola, y a finales de semana ya se había olvidado también de aquello, o por lo menos le restaba importancia.

Tenía otras cosas en que pensar.

El viernes decidió cambiar las tornas en las clases de Blanes.

– ¿Cómo se les ocurre que podemos resolver esto?

Blanes señalaba una de las ecuaciones, escritas con su apretada y concisa caligrafía. Pero Elisa y el resto de los alumnos eran capaces de leer aquellos símbolos como si se tratara de un texto en castellano, y sabían que significaban la Pregunta Fundamental de la teoría: «¿Cómo identificar y aislar cuerdas finitas de tiempo de un solo extremo?».

Aquel tema era delirante. Matemáticamente se demostraba que las cuerdas de tiempo carecían de uno de los dos extremos. Para emplear un símil, Blanes dibujó una línea en el encerado y pidió a sus alumnos que imaginaran que era un trozo de hilo suelto sobre una mesa: uno de los extremos sería el «futuro» y el otro el «pasado». El hilo se desplazaría hacia el «futuro», lo cual indicó mediante una flecha. No podía hacerlo de otro modo, ya que, según los resultados de las ecuaciones, el extremo «pasado», el cabo opuesto, la otra punta del hilo, sencillamente no existía (era la famosa explicación de por qué el tiempo se movía en una sola dirección, que había otorgado tanta celebridad a Blanes). Blanes lo representó dibujando un signo de interrogación: no había ningún extremo suelto que poder identificar como «pasado».

Sin embargo, lo más increíble, lo que hacía saltar en pedazos cualquier intento de aplicar la lógica, era esto: que, pese a carecer de uno de los extremos, la cuerda de tiempo no era infinita.

El extremo «pasado» tenía un fin, pero ese fin no era un extremo.

A Elisa le producía un mareo placentero aquella paradoja. Le ocurría lo mismo siempre que vislumbraba un destello de la extrañeza del mundo. ¿Cómo era posible que la realidad estuviese hecha, en su diminuta intimidad, por locuras semejantes a trozos de cuerdas con extremos que no eran extremos?

En todo caso, creía conocer la respuesta a la pregunta que formulaba Blanes. Ni siquiera necesitó escribirla en su cuaderno: ya la había desarrollado en casa y las conclusiones flotaban dentro de su cabeza.

Tragando saliva, pero segura de sí misma, decidió afrontar el riesgo.

Veinte pares de ojos estaban clavados en la pizarra, pero solo una mano se alzó de inmediato.

La de Valente Sharpe.

– Cuéntenos, Valente -sonrió Blanes.

– Si existieran bucles en los segmentos intermedios de cada cuerda, podríamos identificarlas mediante cantidades discretas de energía. Incluso aislarlas, si la energía fuese suficiente para separar los bucles. Es decir… -y siguió un torrencial chorro de lenguaje matemático.

Hubo un silencio cuando la explicación finalizó. La clase entera, incluyendo a Blanes, parecía estupefacta.

No era Valente quien había contestado. A guisa de muñeco de ventrílocuo, el joven había abierto la boca para hablar, pero una voz distinta había tomado la palabra a dos puestos de distancia a su izquierda, interrumpiéndole.

Todos miraron a Elisa. Ella solo miraba a Blanes. Podía oír los latidos de su corazón y sentía calor en las mejillas, como si en vez de ecuaciones hubiese estado murmurando frases de amor. Se quedó esperando las consecuencias mientras soportaba aquellos párpados entornados fijos en ella (la típica manera de mirar de Blanes, que le recordaba a la del viejo actor de Hollywood Robert Mitchum) con una calma que a ella misma le resultaba inconcebible. Sin embargo, lo que en otras situaciones constituía su principal defecto, su carácter apasionado, le servía ahora de ventaja: creía tener razón, y pensaba luchar por eso fuera cual fuese el oponente.

– No creo haberla visto pedir la palabra, señorita… -dijo Blanes con voz tan inexpresiva como su rostro, pero con cierto matiz de dureza. El silencio se hizo más denso.

. -Robledo -replicó Elisa-. Y no me ha visto pedir la palabra porque no la he pedido. Llevo más de una semana pidiéndola y usted parece no verme, así que hoy he preferido hablar.

Los cuellos giraban hacia Blanes o Elisa por turno, con tanto afán como si se tratara de ver a dos grandes tenistas disputar los últimos segundos de un set decisivo. Entonces Blanes se volvió de nuevo hacia Valente y sonrió.

– Cuéntenos, por favor, Valente -pidió otra vez.

Con su notoria delgadez y la blancura angulosa de su piel, como una estatua de hielo sentada en un pupitre, Valente respondió de inmediato, en voz alta y clara.

Mientras contemplaba su demacrado perfil, Elisa quedó admirada de un simple detalle: aunque Valente respondió lo mismo que ella, lo hizo de manera particular, con otras palabras, dando la impresión de que eso era lo que había pensado decir en un principio, sin tener en cuenta para nada la respuesta de ella, incluso incurriendo en un ligero error de variables que Blanes se apresuró a corregir. Defiende lo suyo, como yo -pensó complacida-. Estamos empatados, Valente Sharpe.

Cuando Valente acabó su exposición, Blanes dijo: «Muy bien. Gracias». Luego bajó la vista y contempló un espacio entre sus pies.

– Esto es un curso para licenciados en física teórica -agregó con suavidad, con su voz enronquecida-. Es decir, para personas adultas. Si alguno de ustedes quiere manifestar otra reacción infantil, rogaría que lo hiciera fuera de aquí, por favor. No lo olviden. -Y, volviendo a alzar la mirada, no ya hacia Valente o Elisa sino hacia toda la clase, añadió, en el mismo tono-: Al margen de esto, la solución ofrecida por la señorita Robledo es exacta y brillante.

Elisa sintió escalofríos. Me nombra a mí sola porque fui la primera en decirlo. Recordó una frase de uno de sus profesores de óptica: «En ciencia puedes permitirte ser un hijo de puta, pero debes intentar serlo antes que los demás». Sin embargo, no experimentó especial placer, ni siquiera alegría. Por el contrario, una amarga oleada de vergüenza la anegó.

Observó de reojo el impasible perfil de Valente Sharpe, que nunca la miraba, y se sintió miserable. Enhorabuena, Elisa: hoy has sido la primera hija de puta.

Bajó la cabeza y disimuló las lágrimas haciendo visera con la mano.

Estaba tan aturdida por lo sucedido que apenas le preocupó encontrar un nuevo correo de «mercuryfriend» al llegar a casa. Como sabía que, hiciera lo que hiciese, el archivo adjunto se cargaría en la pantalla, lo abrió tal cual. Comenzaron a desfilar las imágenes.

Iba a apartar la vista cuando se dio cuenta de la diferencia. Mezcladas con las figuras eróticas había otras: un hombre caminando encorvado bajo el peso de una piedra sobre los omoplatos, un soldado con uniforme de la Primera Guerra Mundial llevando a una chica en un sillín a su espalda, un bailarín encaramado sobre los hombros de otro… Al final, en letras rojas sobre fondo negro, apareció una nueva y enigmática frase: «SI ERES QUIEN CREES SER, LO SABRÁS».

¿De qué iba aquel anuncio? Elisa se encogió de hombros sin entender y apagó el ordenador, aunque una idea muy vaga la mantuvo inmóvil frente a la pantalla unos cuantos segundos más.

Decidió que se trataba de un detalle banal (algo que había olvidado y pugnaba por recordar). Ya se acordaría.

Se quitó la ropa y se dio una ducha cálida y prolongada que terminó de relajarla. Para cuando salió del baño ya había olvidado todo lo relacionado con el mensaje y solo pensaba en lo, ocurrido en clase. Se sentía espoleada por el desprecio que Blanes le manifestaba. ¿No quieres caldo? Tres tazas. Sin pensar siquiera en vestirse, extendió la toalla en la cama, se echó encima con apuntes y libros y se puso a realizar ciertos cálculos que se le habían ocurrido para el trabajo que debía entregar.

Al curso solo le quedaban cinco días. Coincidiendo con la última sesión se había programado un simposio internacional de dos días en el Palacio de Congresos al que asistirían algunos de los mejores físicos teóricos del mundo, como Stephen Hawking o el propio Blanes. Para entonces cada alumno tendría que haber entregado un estudio sobre las posibles soluciones a los problemas que planteaba la teoría de la secuoya.

Elisa sometió a prueba una idea nueva. Los resultados no parecían claros, pero el simple hecho de tener un camino que recorrer le devolvió la calma.

Por desgracia, perdió toda la calma poco después.

Fue cuando salió a comer algo. En ese instante se topó con su madre, que cumplía con su deber de hacerle más difícil la vida.

– Vaya. Pensé que no habías llegado aún. Como te metes en tu habitación y ni siquiera te preocupas de saludar…

– Pues ya ves. He llegado.

Se habían encontrado en el pasillo. Su madre, perfectamente vestida y peinada, olía a esa clase de perfumes cuyos anuncios ocupaban una página entera en revistas de moda y casi siempre mostraban a mujeres desnudas. Elisa, por su parte, se había echado un viejo albornoz por encima y sabía que parecía lo de siempre: un adefesio. Supuso que su madre diría algo al respecto y no se equivocó.

– Al menos podrías ponerte un pijama y peinarte un poco. ¿Aún no has comido?

– No.

Se dirigió descalza a la cocina y recordó a tiempo cerrarse el albornoz cuando vio a «la chica». Los platos, cubiertos con plásticos protectores, estaban, como siempre, artísticamente preparados. Así lo exigía Marta Morandé, baronesa de Piccarda. Elisa se había hartado de pedir comidas sencillas que pudiera comer con los dedos, para mayor rapidez, pero oponerse a las decisiones maternas era como darse de cabezazos contra un muro. En aquella ocasión había risotto. Comió hasta que la molesta sensación en su estómago desapareció. De repente la asaltó otra idea, y se dedicó a jugar con el tenedor y beber agua sentada en la cocina, extendiendo sus largas piernas, desnudas y morenas, mientras su cerebro embestía de nuevo las inexpugnables ecuaciones desde diversos ángulos. Apenas si fue consciente de que su madre había entrado en la cocina y solo se percató cuando su voz la distrajo.

– … una persona muy simpática. Dice que el hijo de su amiga ha sido compañero tuyo en la universidad. Hemos estado hablando mucho sobre ti.

Miró a su madre con ojos completamente vacíos.

– ¿Qué?

– Su nombre no te sonaría. Es una clienta nueva, y muy, muy bien relacionada… -Marta Morandé hizo una pausa para ingerir las pastillas adelgazantes que tomaba al medio día con un vaso de agua mineral-. Me dijo: «¿Es usted la madre de esa chica? Pues dicen que su hija es un genio». Aunque te moleste, te diré que presumí de ti con orgullo. Pero lo tuve fácil, porque la señora estaba que alucinaba contigo: quería saber cómo era la convivencia con un genio de las matemáticas…

– Ya. -De inmediato había comprendido por qué su madre se hallaba tan feliz. Los logros de Elisa solo le gustaban cuando podía presumir de ellos en su salón de belleza, ante una «clienta nueva muy, muy bien relacionada». Y, ahora que lo pensaba, ¿por qué podía decirse «clienta» y, en cambio, no podía decirse «genia»?

– «Y además, es guapísima, según me han contado», me dijo. Yo le dije: «Sí, es la chica perfecta».

– Podrías ahorrarte las ironías.

Inclinada ante la nevera abierta, Marta Morandé se volvió y la miró.

– Pues verás, si te soy sincera…

– No, por favor, no lo seas.

– ¿Puedo decir algo? -Elisa no contestó. Su madre se alzó mirándola con fijeza-. Cuando me hablan tan bien de ti, como han hecho hoy, me siento orgullosa, sí, pero no puedo evitar pensar cómo sería todo si, además de ser perfecta, te esforzaras por parecerlo…

– Para eso ya estás tú -replicó Elisa-. Eres… ¿Cómo lo llama ese libro de psicología religiosa que lees? ¿La virtud encarnada? No pienso invadir tu terreno.

Pero Marta Morandé prosiguió, como si no hubiese oído:

– Mientras escuchaba las maravillas que me decía esa señora sobre ti, estaba pensando: «Qué opinaría si supiera lo poco que mi hija lo aprovecha todo…». Hasta me dijo que, sin duda, te lloverían ofertas de trabajo, ahora que has acabado la carrera…

Se puso en guardia. Eso era terreno pantanoso y llevaba, sin remedio, a la ciénaga de una amarga discusión. Sabía que su madre estaba deseosa de que sus estudios «sirvieran» para algo, de verla ocupar algún tipo de puesto en algún tipo de empresa. Nada teórico encajaba en la mentalidad de Marta Morandé.

– ¿Adónde vas?

Elisa, que había iniciado la retirada, no se detuvo.

– Tengo cosas que hacer. -Empujó las puertas batientes y salió de la cocina al tiempo que oía:

– Yo también tengo cosas que hacer, y, ya ves, de vez en cuando pierdo el tiempo contigo.

– Es tu problema.

Cruzó el salón casi corriendo. Al ir a salir por la otra puerta tropezó con «la chica» y fue consciente de que llevaba el albornoz abierto, pero no le importó. Oyó los pasos de tacón a su espalda y decidió volver a enfrentarse a ella en el corredor.

– ¡Déjame en paz! ¿Quieres?

– Por supuesto -replicó su madre fríamente-. Es lo que más deseo hacer en este mundo. Pero se da la circunstancia de que tú también debes ir pensando en dejarme en paz…

– Te juro que lo intento.

– … y mientras no podemos dejarnos en paz mutuamente, te recuerdo que estás viviendo en mi casa y debes acatar mis reglas.

– Claro, lo que tú digas. -Era inútil: no tenía fuerzas ni deseos para luchar. Dio media vuelta, pero se detuvo al oírla de nuevo.

– ¡Qué opinión tan distinta tendría la gente de ti si supieran la verdad!

– Dímela tú -la desafió.

– Que eres una niña -dijo su madre sin alterarse. Nunca levantaba la voz: Elisa sabía que ella era buena calculando en matemáticas, pero para el cálculo de las emociones nadie supe raba a Marta Morandé-. Que tienes veintitrés años y aún eres una niña que no se preocupa por su aspecto, ni por conseguir un trabajo estable, ni por relacionarse con otras personas…

Una niña. -Las palabras fueron como un puño que la golpeara en el vientre-. Lo menos que puede esperarse de una niña es que tenga reacciones infantiles en clase.

– ¿Quieres que te pague el alojamiento? -murmuró apretando los dientes.

Su madre calló un instante. Pero replicó con perfecta calma:

– Sabes que no es eso. Sabes que solo deseo que vivas en el mundo, Elisa. Y aprenderás tarde o temprano que el mundo no es acostarte en esa pocilga de habitación a estudiar matemáticas, o pasearte casi desnuda por la casa mientras comes…

Cerró de un portazo cercenando aquella voz inflexible.

Pasó un tiempo indeterminado apoyada en la puerta, como si su madre tuviera la intención de echarla abajo de un empujón. Pero lo que oyó fueron los lujosos tacones alejándose, perdiéndose en el infinito. Entonces contempló los papeles y libros llenos de ecuaciones y dispersos por su cama y se tranquilizó un poco. Tan solo verlos le resultaba relajante.

De repente se quedó mirándolos absorta.

Creía comprender qué significaban aquellos mensajes.

Se sentó al escritorio, cogió papel, regla y lápiz.

Figuras llevando otras a la espalda. El soldado y la chica.

Realizó un esbozo repitiendo el mismo patrón: un muñeco llevaba a otro sentado sobre el hombro. Entonces, con un lápiz más fino, trazó tres cuadrados que abarcaban a las figuras dejando en el centro un área triangular. Contempló el resultado.

Con una goma nueva borró cuidadosamente las figuras procurando modificar lo menos posible las líneas que había trazado debajo. Por último, completó los segmentos que había borrado sin querer:

Cualquier estudiante de matemáticas conocía bien aquel diagrama. Se trataba del célebre postulado número cuarenta y siete del primer libro de los Elementos de Euclides, donde el genial matemático griego proponía una elegante manera de probar el teorema de Pitágoras. Era fácil demostrar que la suma de las áreas de los cuadrados superiores equivalía al área del inferior.

A lo largo de los siglos la prueba de Euclides se había popularizado entre los matemáticos con dibujos simbólicos alusivos, entre los cuales destacaba el de un soldado llevando a su novia a la espalda en una silla: aquel dibujo -la «silla de la novia» lo llamaban- le había dado la clave. Comprendió que el resto de las figuras tenían que haber sido entresacadas de un libro de arte relacionado con las matemáticas (¡no con el erotismo!). Incluso recordó haber visto un libro así en cierta ocasión.

Si eres quien crees ser, lo sabrás.

Se estremeció. ¿Podía ser cierto lo que imaginaba?

Nadie que no tuviese conocimientos matemáticos profundos habría establecido tal conexión entre las figuras. El anónimo remitente quería decir que solo alguien como ella hubiese sido capaz de dar con la solución. La conclusión le pareció obvia.

El mensaje es para mí.

Pero ¿qué significaba?

Euclides.

El vértigo de aquella nueva idea y las posibilidades que encerraba la aturdieron.

Encendió el ordenador, abrió el navegador y entró en la red. Accedió a la página de mercuryfriend.net y revisó la lista de anuncios de bares y clubes.

Se le secó la boca.

El anuncio del club «Euclides», en apariencia, era como los demás. Mostraba el nombre del local en grandes letras rojas y añadía: «Lugar selecto para un encuentro íntimo». Pero había algo escrito debajo:

Viernes 8 de julio, a las 23.15,

recepción especial: ven y hablemos. Te interesa.

Le costaba esfuerzo respirar.

El viernes 8 de julio era ese mismo día.

8

– Ignoraba que fueses a salir esta noche -dijo su madre mientras hojeaba una revista frente al televisor, escudriñándola por encima de las gafas de lectura.

– He quedado con un amigo -mintió. O quizá no. Aún no lo sabía.

– ¿Con ese estudiante de periodismo?

– Sí.

– Me alegro. Te conviene conocer gente.

Elisa estaba sorprendida. La semana anterior había hecho un comentario sobre Javier Maldonado, una frase banal en medio de los amplios silencios que surgían entre ambas. Había creído que su madre ni siquiera la había oído, pero ahora comprobaba lo equivocada que estaba. Le intrigó aquel detallado interés materno: siempre había supuesto que a ninguna de las dos le importaba lo que hiciese la otra, o con quién lo hiciese. Da igual, de cualquier forma también es mentira. Aún la oyó decir algo más (quizá: «Que lo pases bien») mientras abría la puerta de la calle. Sonrió ante aquella última cortesía, ya que ignoraba cómo iba a «pasarlo», ni siquiera sabía exactamente adónde se dirigía.

Porque el club Euclides no existía.

La dirección, en una pequeña calle de Chueca, era correcta, pero en ninguna guía general o especializada había podido hallar referencias sobre un bar o club de ese nombre en esa u otra dirección de Madrid. Paradójicamente, constatar aquel hecho había renovado su confianza en la supuesta cita.

Su razonamiento era el siguiente: si el local hubiese sido auténtico, el cúmulo de coincidencias -el mensaje, la página web, la clave de «Euclides», la existencia del club- habría resultado sospechosamente excesivo. Pero la circunstancia de que no viniera en las guías despertó su curiosidad; más aún cuando comprobó que los otros tugurios sí se correspondían con lugares reales. Quizá ello significaba, tan solo, que todo se trataba de una fantasía. O quizá indicaba que su anónimo remitente había trazado un hábil plan con el nombre de Euclides para hacerla acudir a un sitio concreto en una hora determinada. Pero ¿por qué? ¿Quién podía ser y qué pretendía?

Cuando salió de la estación de metro de Chueca al aire caluroso de la calle, y se halló en medio de la barahúnda de jóvenes, razas y sonidos que poblaban los pequeños reductos, no pudo evitar cierto desasosiego. Era una sensación que no radicaba en nada concreto (porque tampoco esperaba ni temía nada concreto), pero que produjo en su espalda, bajo la camiseta y la ligera rebeca que llevaba, un leve hormigueo. Se alegró de que su atuendo, completado con los vaqueros rotos, no resultara precisamente llamativo en aquella zona.

La dirección correspondía con el final de una de las pequeñas calles que partían de la plaza, y estaba encajada entre dos portales. Se trataba de un bar, un club o ambas cosas, pero no se llamaba Euclides. Al neón de su verdadero nombre le faltaban letras, aunque eso no interesó a Elisa. En lo que sí se fijó fue en su aspecto: dos puertas batientes y oscuras, de cristal opaco. Por lo demás, no parecía ningún escondite secreto, ningún garito clandestino dedicado a atraer, mediante subterfugios matemáticos, a jovencitas graduadas en física teórica para someterlas a crueles vejaciones. La gente entraba y salía, los Chemical Brothers resonaban en las profundidades, no parecía haber gorilas que controlaran a la clientela. En su reloj de pulsera daban las once y diez. Decidió entrar.

Había una escalera con un recodo. Al doblar este último podía vislumbrarse una aceptable panorámica. El salón, no muy espacioso, estaba atestado, de modo que parecía aún más pequeño. Las únicas luces se concentraban en una barra al fondo y eran rojas, por lo que en las zonas más alejadas solo se vislumbraban mitades de cabellos, brazos, muslos y espaldas rojizos. La música atronaba de tal manera que Elisa estaba segura de que, de interrumpirse bruscamente, los oídos de todo el mundo seguirían zumbando durante horas. Al menos el aire acondicionado tenía cierto empeño en trabajar a toda potencia. ¿Y qué más debo hacer, señor Euclides?

Terminó de descender y se agregó a las sombras. Costaba esfuerzo avanzar sin tocar ni ser tocado. Quizá la cita sea en la barra. Se dirigió hacia allí sin importarle usar las manos para apartar a la gente.

De pronto alguien usó las manos con ella. Un férreo apretón en su brazo.

– ¡Ven! -Oyó aquella voz-. ¡Rápido!

La sorpresa la dejó aturdida, pero obedeció.

Todo se transformó entonces en una veloz sucesión de imágenes. Se dirigieron al fondo del local, donde estaban los aseos, subieron otra escalera, más angosta que la de entrada, y accedieron a un corto pasillo con una puerta al fondo. Ésta mostraba una barra de apertura y un cerrador neumático sobre cuyo dintel destacaba el letrero de «Exit». Cuando la alcanzaron, él presionó la barra y la abrió unos milímetros. Observó el exterior, la cerró. Luego se volvió hacia ella.

Elisa, que lo había seguido como atada por un collar a su mano, se preguntó qué iba a suceder. Dadas las circunstancias, esperaba cualquier cosa. Pero la pregunta que escuchó desbordó todas sus expectativas. Creyó haber oído mal.

– ¿Mi teléfono móvil?

– Sí. ¿Lo llevas encima?

– Sí, claro…

– Déjamelo.

Boquiabierta, introdujo la mano en el bolsillo de los vaqueros. Apenas había sacado el pequeño aparato cuando él se lo arrebató.

– Quédate aquí y mírame.

Ella sostuvo la puerta mientras él salía. Se asomó el tiempo justo de verle atravesar la estrecha calle y (apenas logró creerlo) arrojar su móvil a una papelera ceñida a un poste. Luego regresó y cerró la puerta.

– ¿Has visto bien dónde lo dejé?

– Sí, pero ¿qué…?

Él se llevó un índice a los labios.

– Sssh. No tardarán.

Durante la pausa que siguió, ella lo miró a él y él miró hacia la calle.

– Ahí vienen -dijo de repente. Había bajado la voz hasta convertirla en un susurro-. Acércate despacio. -Sintió otra vez la necesidad de obedecerle, pese a que lo que menos deseaba era acercarse-. Fíjate.

A través de la hendidura de la puerta lo único que pudo ver fue un coche de motor rugiente que en aquel momento atravesaba la calle y, en la acera de enfrente, un hombre introduciendo la mano en la papelera. Otro coche pasó, y luego otro. Cuando su campo visual quedó libre, pudo comprobar que el hombre había sacado un objeto y lo limpiaba con sacudidas que revelaban cierto enfado. No necesitó aguzar la vista: se trataba de su móvil, sin duda alguna; el hombre lo había abierto dejando en libertad la familiar lucecita azul de la pantalla. Era un tipo desconocido, calvo, con camisa de manga corta y (casi para su sorpresa) sin bigote.

De repente el hombre giró la cabeza hacia ellos. Todo volvió a oscurecerse.

– No queremos que nos vean, ¿verdad? -dijo él junto a su oído tras cerrar la puerta-. Sería estropear un bonito plan… -Entonces sonrió de una forma que hizo que Elisa se sintiera incómoda-. Debería comprobar si llevas otros micros encima… Quizá escondidos en la ropa, o en algún rincón de tu anatomía… Pero ya habrá tiempo esta noche de estudiarte exhaustivamente.

Ella no respondió. No sabía qué la impresionaba más: si el tipo que acababa de ver rescatando su móvil de la papelera o la presencia de él, sus increíbles ojos azul verdosos, tan fríos e inquietantes, y su voz teñida de aquel acento de burla. Pero cuando él volvió a darle una orden, la acató de inmediato.

– Vamos -dijo Valente Sharpe.

– ¿Cómo puede nadie haber colocado un… transmisor en mi móvil?

– ¿Estás segura de no haberlo dejado olvidado en algún sitio? ¿O de no habérselo prestado a alguien aunque solo fuera un momento?

– Completamente segura.

– ¿Se te ha estropeado algo recientemente? ¿La tostadora? ¿La televisión? ¿Algo que necesitara la visita de un técnico?

– No, yo… -Entonces lo recordó-. La línea telefónica. La semana pasada vinieron a repararla.

– Y tú estabas en casa, claro. Y el móvil estaría en tu habitación.

– Pero no tardaron mucho… Ellos…

– Oh -sonrió Ric Valente-. Tuvieron tiempo hasta de ponerte micros en la tapa del retrete, te lo aseguro. Podrán ser torpes, pero como siempre hacen lo mismo ya tienen cierta habilidad.

Habían llegado a la plaza de España. Valente giró en dirección a Ferraz. Conducía despacio, sin impacientarse con los atascos propios del viernes nocturno. Le había dicho a Elisa que el coche en el que iban era «seguro» (se lo había prestado una amiga para esa noche), pero agregó que lo que menos deseaba era que la policía lo detuviera y le pidiera la documentación. Elisa lo escuchaba pensando que, después de todo lo sucedido y lo que estaba oyendo, la posibilidad de una multa sería lo más insignificante de todo. Su cerebro era un nudo gordiano de dudas. A ratos miraba el perfil de ave rapaz de Valente preguntándose si estaría loco. Él pareció percatarse.

– Comprendo que te resulte difícil de creer, querida. Veamos si puedo aportar más pruebas. ¿Has sentido que te seguían personas semejantes de aspecto llamativo? No sé: pelirrojos, policías, barrenderos…

La pregunta la había dejado sin habla. Le pareció como si acabara de salir de lo que pensaba que había sido una pesadilla y alguien le probara que se trataba de la realidad. Cuando terminó de contar lo de los hombres de bigote gris vio a Valente lanzar una risa hueca al tiempo que frenaba ante un semáforo.

– Conmigo fueron mendigos. En el argot se llaman «señuelos perturbadores». No son ellos los que te vigilan realmente. De hecho, su misión consiste justo en lo opuesto: que tú te fijes en ellos. En las películas es frecuente que el protagonista se percate de que el tipo que finge leer el periódico o el hombre que aguarda el autobús lo están espiando, pero en la vida real solo ves a los «señuelos». Sé de lo que hablo -añadió, y orientó su blanco rostro hacia ella-. Mi padre es especialista en temas de seguridad. Dice que el uso de «señuelos» es pura psicología: si crees que te vigila gente con bigote gris, tu cerebro buscará de forma inconsciente tipos así y descartará a cualquier otro que no tenga esa característica. Luego te convences de que es una paranoia, bajas la guardia y ya no te llaman tanto la atención otros detalles extraños. Y, mientras, los espías reales se dan un festín contigo. Aunque supongo que hoy les hemos dado esquinazo.

Elisa estaba impresionada. Lo que Valente le contaba era justo lo que ella había experimentado durante los últimos días. Iba a preguntar otra cosa cuando sintió que el coche se detenía. Valente había estacionado con rapidez junto a un contenedor. Entonces echó a caminar calle abajo, hacia Pintor Rosales. Ella se acomodó a su paso, aún aturdida. Ignoraba adónde se dirigían (ya lo había preguntado una vez sin obtener respuesta, y tenía demasiadas dudas importantes aguardando detrás como para repetir la pregunta), pero lo siguió sin protestar mientras intentaba encajar mentalmente las fantásticas piezas de aquel enigma.

– Dices que nos vigilan… Pero ¿quién? ¿Y por qué?

– No lo sé con certeza. -Valente caminaba con las manos en los bolsillos y sumido en aparente calma, pero a Elisa le parecía que iba muy deprisa, como si la tranquila exactitud de sus pasos constituyera para ella otra forma de velocidad-. ¿Has oído hablar de ECHELON?

– Me suena. Leí algo sobre eso hace tiempo. Es una especie de… sistema de vigilancia internacional, ¿no?

– Es el sistema de vigilancia más importante del mundo, querida. Mi padre ha trabajado para ellos, por eso lo conozco bien. ¿Sabías que todo lo que dices por teléfono, o compras con tarjeta, o buscas en Internet, queda registrado y es examinado y filtrado por ordenadores? Cada uno de nosotros, cada ciudadano de cada país, es estudiado por ECHELON con una minuciosidad directamente proporcional a nuestro grado de presunta peligrosidad. Si los ordenadores deciden que somos dignos de interés, nos clavan una chincheta roja y empiezan a rastrearnos en serio: señuelos, micros… Toda la parafernalia. Eso es ECHELON, el Gran Hermano del mundo. Vigilemos nuestro propio culo, dicen, no vaya a ser que lo apoyemos sobre un cristal roto. El 11-S y el 11-M nos han dejado a todos como Adán y Eva en el paraíso: en pelotas y controlados. No obstante, ECHELON pertenece a los anglosajones, particularmente a Estados Unidos. Pero mi padre me contó hace tiempo que en Europa ha surgido algo parecido, un sistema de vigilancia que usa tácticas similares a las de ECHELON. Quizá sean ellos.

– Te oigo y me parece… Perdona, pero… ¿Por qué iban a vigilarnos, ECHELON o nadie, a nosotros dos… a ti y a mí?

– No lo sé. Es lo que pretendo averiguar con tu ayuda. Pero tengo una sospecha.

– ¿Cuál?

– Que nos vigilan porque somos los primeros del curso de Blanes.

Elisa no pudo evitar la risa. Era cierto que los grandes estudiantes de física tenían rarezas, pero lo de Valente le parecía excesivo.

– Estás de cachondeo -dijo.

Valente se detuvo de improviso en la acera y la miró. Vestía, como era frecuente en él, de manera llamativa: vaqueros blancos y un jersey marfil con un cuello tan ancho que uno de sus huesudos hombros se hallaba desnudo. Los cabellos pajizos le caían hasta los ojos. Ella percibió una leve irritación en sus palabras.

– Oye, tía: he organizado este encuentro con mucho cuidado. Llevo una semana entera enviándote esos dibujitos y confiando en que fueras lo bastante lista para captar el mensaje, ¿vale? Si sigues sin creerme, allá tú. No perderé más tiempo contigo.

Giró en redondo, alzó el puño y golpeó una puerta. Elisa pensó que la vida junto a Valente Sharpe sería cualquier cosa menos aburrida. La puerta se abrió, revelando la penumbra de un pasillo y las facciones oscuras de un hombre. Valente cruzó el umbral y se volvió hacia ella.

– Si quieres pasar, hazlo ahora. Si no, lárgate cagando leches.

– ¿Pasar? -Elisa miró hacia la oscuridad. Los ojos del hombre de tez aceitunada la observaban con extraño brillo-. ¿Adónde?

– A mi casa. -Valente sonrió-. Lamento que sea la entrada de servicio. ¿Sigues ahí parada? Muy bien. -Y se volvió hacia el hombre-. Ciérrale la puerta en las narices, Faouzi.

La pesada madera retumbó ante ella. Pero casi de inmediato volvió a abrirse y el rostro divertido de Valente asomó detrás.

– Por cierto, ¿ya respondiste al cuestionario? ¿Cómo te lo hicieron rellenar a ti? ¿Fue el chaval que habló contigo la tarde de la fiesta? ¿Quién dijo ser? ¿Periodista? ¿Estudiante? ¿Un admirador?

Y esa vez, sí. Esa vez fue como si él le hubiese entregado la pieza que faltaba, la que había estado buscando inconscientemente desde el principio, y la imagen completa se le revelara sin obstáculos.

Una imagen exacta, obvia, espantosa.

De súbito Valente soltó una carcajada. Hacía más ruido con la sonrisa que con ella: su carcajada se limitaba a mostrar el paladar y la faringe fugazmente, al tiempo que los ojos se le empequeñecían.

– ¡Por la cara de idiota que pones, se diría que…! ¡No me digas que ese chico te gustaba! -Elisa permanecía completamente rígida, sin parpadear, sin respirar siquiera. Valente pareció animarse de pronto: como si la expresión de ella le deleitara-. Increíble, eres más estúpida de lo que había pensado… Podrás ser buena en matemáticas, pero en relaciones sociales eres tan sutil como una vaca, ¿verdad, querida? Qué gran decepción. Para ambos. -Hizo ademán de volver a cerrar la puerta-. ¿Entras o no?

Ella siguió inmóvil.

9

El lugar era extraño y desagradable, como su propietario. La primera impresión que ella tuvo resultó ser la correcta: no parecía una casa sino un bloque de apartamentos. Valente se lo confirmó mientras subían unas escaleras de piedra que, a no dudar, eran las originales del vecindario:

– Mi tío compró todos los pisos. Algunos eran de su padre, y otros de su hermana y su primo. Hizo reformas. Ahora tiene más espacio del que necesita. -Y añadió-: En cambio, yo no tengo todo el que necesito.

Elisa se preguntaba cuánto espacio consideraría Valente necesario. Pensaba que en aquel húmedo y oscuro panal ubicado en pleno Madrid podían caber, holgadamente, tres pisos completos como el de su madre. Sin embargo, conforme seguía sus pasos por la escalera, una cosa le quedaba clara: jamás hubiese vivido allí, entre sombras, con aquel olor a albañilería reciente y moho.

Desde algún lugar del primer rellano le llegó una voz de fantasma famélico. Gemía una sola palabra, distinta cada vez. Descifró: «Astarté», «Venus», «Afrodita». Ni Valente ni su criado (se llamaba Faouzi, o al menos así lo había llamado Valente) parecían darse por enterados, pero al llegar a la primera planta, Faouzi, que los precedía, se detuvo y abrió una puerta. Mientras cruzaba el pasillo hacia el segundo tramo de escaleras, Elisa no pudo evitar mirar por aquella puerta. Vio trozos de una habitación que parecía enorme y a un hombre en pijama sentado junto a una lámpara. El criado se acercó a él y le habló con fuerte acento marroquí. «¿Qué le pasa a usted hoy? ¿Por qué tanta queja?» «Kali.» «Sí, ya, ya.»

– Es mi tío, el hermano de mi padre -dijo Ric Valente subiendo de dos en dos los peldaños-. Era filólogo, y en la demencia le ha dado por repetir nombres de diosas. Estoy deseando que se muera. La casa es suya, yo solo poseo una planta. Cuando mi tío se muera me la quedaré toda: ya está decidido así. Él no conoce a nadie, no sabe quién soy y nada le importa. De modo que su muerte será ventajosa para todos.

Había dicho aquello en tono indiferente, sin dejar de subir la escalera. No solo sus palabras, que de inmediato consideró crueles, sino la frialdad con que las había pronunciado desagradaron profundamente a Elisa. Recordó la advertencia de Víctor (ten cuidado con Ric), pero ya había decidido momentos antes, mientras él la insultaba en la puerta, que no iba a echarse atrás: estaba deseosa de saber lo que Valente iba a contarle.

La magnitud de la casa la dejaba sin palabras. El rellano en que se encontraban, y que al parecer era el último, se abría a una antecámara con dos puertas enfrentadas a un lado y, en línea recta, un pasillo con varias puertas más. Olía de forma diferente en aquella planta: a madera y libros. Las luces eran apliques de intensidad graduable y resultaba evidente que toda la zona había sido remozada en fecha reciente.

– ¿Esta… planta es tuya? -preguntó.

– Toda.

Le hubiese gustado que él le enseñase aquel extravagante museo, pero las normas de cortesía no parecían haber sido creadas para Ricardo Valente. Lo vio avanzar por el laberíntico pasillo y detenerse al fondo con la mano en un picaporte. De pronto pareció cambiar de opinión: abrió unas puertas dobles en el lado opuesto e introdujo el brazo para encender las luces.

– Éste es mi cuartel general. Tiene cama y mesa, pero no es mi dormitorio ni mi comedor, sino el lugar donde me entretengo.

Elisa pensó que aquella habitación, por sí sola, era el apartamento de soltero más amplio que había visto en su vida. Aunque estaba acostumbrada a los lujos domésticos de su madre, le resultó obvio que Valente y su familia pertenecían a otro nivel. De hecho, lo que tenía ante sí era un dúplex inmenso de paredes blancas dividido artísticamente por una columna y una escalera que llevaba a una plataforma con una cama, sin tabiques de separación. En la zona inferior, libros, altavoces, revistas, un juego de cámaras, dos curiosos escenarios (uno con cortinas rojas y el otro de pantalla blanca) y varios focos de estudio fotográfico.

– Es fantástico -dijo. Pero Valente ya se había ido.

Ella se alejó de puntillas de aquel sanctasanctórum, como si temiera hacer ruido, y penetró en la habitación que él había señalado en un principio.

– Siéntate -le indicó (ordenó) él, mostrándole un tresillo azul,

Era un cuarto de dimensiones normales con un ordenador portátil encendido sobre un pequeño escritorio. Había cuadros enmarcados, en su mayoría retratos en blanco y negro. Reconoció a algunos de los Muy Grandes: Albert Einstein, Erwins Schrödinger, Werner Heisenberg, Stephen Hawking y un jovencísimo Richard Feynman. Pero el cuadro de mayor tamaño) y más llamativo se hallaba justo delante de ella, sobre el ordenador, y era de otra clase: un dibujo a todo color de un hombre con traje y corbata acariciando a una mujer completamente desnuda. La mueca del rostro de la mujer indicaba que la situación no le resultaba del todo agradable, pero sin duda no podía hacer gran cosa por evitarla debido a las cuerdas que ceñían sus brazos a la espalda.

Elisa pensó que si Valente percibía las expresiones que ella estaba poniendo desde que había entrado en aquella casa, nada hacía por demostrarlo. Se había sentado frente al ordenador, pero hizo girar la silla para dirigirse a ella.

– Este cuarto es seguro -dijo-. Me refiero a que aquí no han instalado micros. En realidad no he localizado ningún micrófono en casa, pero pusieron un transmisor en mi móvil y han pinchado mi teléfono, de modo que prefiero hablar aquí. La excusa que utilizaron conmigo fue una avería de la luz. Cerré esta habitación a cal y canto, le di instrucciones a Faouzi y cuando vinieron los convencimos de que esto era un trastero sin enchufes. Y tengo algunas sorpresas: ¿ves ese aparato que parece una radio, en aquella rinconera? Es un detector de micros. Capta frecuencias desde cincuenta megahercios a tres gigas. Hoy venden cosas así en Internet. La luz verde indica que podemos hablar con tranquilidad. -Apoyó la angulosa barbilla sobre las manos entrelazadas y sonrió-. Deberíamos decidir qué vamos a hacer, querida.

– Yo tengo aún algunas preguntas. -Ella se sentía irritada y ansiosa, no solo por todo lo que él le había contado sino por la pérdida de su móvil, que empezaba a lamentar (aunque él ni siquiera lo había mencionado)-. ¿Cómo hiciste para entrar en contacto conmigo y por qué me elegiste a mí?

– Veamos. Te contaré mi experiencia. A mí me hicieron rellenar el cuestionario en Oxford, y eso fue lo primero que despertó mis sospechas. Me dijeron que era «requisito indispensable» para asistir al curso de Blanes. Cuando llegué a Madrid, empecé a ver mendigos que parecían espiarme, y vino la avería de la luz… Pero se me olvida algo: semanas antes, varias universidades norteamericanas telefonearon a mis padres para hacerles preguntas sobre mí con la excusa de que yo les «interesaba». ¿No te ha ocurrido igual? ¿No ha habido nadie que le preguntara cosas a un familiar tuyo sobre tu vida o tu carácter?

– Una clienta de mi madre -recordó Elisa, palideciendo. Muy, muy bien relacionada-. Me lo dijo hoy.

Valente hizo un gesto con la cabeza, como si ella fuese una alumna aplicada.

– Mi padre ya me había hablado de todo eso. Son trucos bien conocidos, aunque nunca pensé que los practicarían conmigo alguna vez… Entonces hice una deducción simple: estas cosas me sucedían desde que había decidido apuntarme al curso de Blanes; por tanto, la vigilancia tenía que ver con ese curso. Pero cuando hablé con Vicky… Oh, perdón. -Hizo un mohín de niño arrepentido y corrigió-: Mi amigo Víctor Lopera… Creo que ya lo conoces. Somos amigos desde niños y tengo mucha confianza con él… Pero tú no le llames Vicky,, porque se pone de una mala leche increíble. Cuando le pregunté, me dijo que a él no le habían hecho rellenar ningún cuestionario. Me intrigaba saber si yo era el único sometido a esa vigilancia, y mi siguiente paso lógico fue pensar en ti, que habías quedado… más o menos igual que yo en la prueba. -Ella pensó, al oírle, que a Valente Sharpe se le atragantaban aquellas cuatro centésimas, pero no dijo nada-. Te observé en la fiesta de Alighieri hablando con ese tío, y ya no tuve ninguna duda. Pero no podía llegar y decirte por las buenas: «Oye, ¿a ti te vigilan?». Tenía que demostrártelo, porque estaba seguro de que tú eras una ovejita inocente y no ibas a creerme sin más. Descarté cualquier forma normal de comunicación…

Hizo una pausa. Se había levantado y dirigido a un rincón. Había allí un diminuto lavabo, un grifo y un vaso. En ese instante abrió el grifo y puso el vaso debajo.

– Solo puedo invitarte a agua -dijo- y solo a un vaso para los dos. Soy un anfitrión nefasto. Espero que no te importe beber de mis labios.

– No quiero nada, gracias -dijo Elisa. Comenzaba a sentir calor y se quitó la rebeca, quedándose con la camiseta sin mangas que llevaba debajo. Notó que él la miraba fugazmente mientras bebía. Luego lo vio regresar al asiento y continuar.

– Entonces pensé en un truco que me enseñó mi padre: «Cuando quieras enviar un mensaje en clave utiliza la pornografía», me decía. Aseguraba que solo los ignorantes envían mensajes secretos en correos poco llamativos. En el mundo en que él se mueve, lo «poco llamativo» es lo más llamativo de todo. Sin embargo, casi nadie indaga demasiado en una propaganda porno. Y eso hice, pero jugué con dos barajas. Supuse que ciertas imágenes basadas en el diagrama de Euclides podían parecer dibujos perversos para cualquiera que careciera de conocimientos matemáticos. En cuanto al anuncio y la página de «mercuryfriend», fueron detalles anecdóticos. Y el modo de entrar en tu ordenador también.

– ¿Entrar en mi ordenador?

– Lo más sencillo del mundo -repuso Valente rascándose una axila-. Tienes un firewall de los tiempos de la calculadora a manivela, querida. Además, no me considero un mal hacker, y he hecho mis pinitos en la creación de virus.

Pese a la admiración creciente que experimentaba por la brillantez de aquel plan, Elisa no pudo evitar sentirse muy incómoda. De modo que es eso: hurgar en mis cosas no representa para él ningún problema y quiere que lo sepa.

– ¿Y por qué avisarme? ¿Qué podía importarte que yo también estuviera al tanto de que me vigilan?

– Oh, quería conocerte. -Valente adoptó una expresión seria-. Me resultas muy interesante, como a casi todo el mundo… Sí -admitió tras reflexionar un instante-, estoy seguro de que a Blanes también le interesas, pese a que siempre me pregunta a mí… Se ven pocas tías en cursos de física avanzada, menos aún en Oxford que en Madrid, créeme, y todavía menos como tú. Quiero decir que jamás había visto a ninguna que, además de tus conocimientos, poseyera tu boca de chupadora profesional y las tetas y el culo que tienes.

Aunque los oídos de Elisa habían captado perfectamente las últimas palabras, su cerebro demoró en procesar la información: Valente las había pronunciado en un tono idéntico al resto, casi hipnótico, y el trance se incrementaba con aquellos ojos color pantano, saltones, clavados en aquel rostro tan flaco y demacrado. Cuando por fin se dio cuenta de lo que él había dicho, no supo qué replicar. Por un momento se sintió paralizada, como la mujer atada del cuadro. Imaginó que ciertas personas, como ciertas serpientes, tenían ese poder sobre otras.

Por otra parte, le quedó claro que él deseaba ofenderla, y dedujo que si reaccionaba ante aquellas vulgaridades le ayudaría a anotarse un triunfo. Decidió esperar su oportunidad.

– Hablo en serio -había continuado él-. Eres jodidamente atractiva. Pero también rara, ¿verdad? Como yo. Tengo una teoría para explicarlo. Creo que es una cuestión orgánica. Los físicos geniales han sido siempre gente patológica, reconócelo. Un cerebro de Homo sapiens no puede abarcar las profundidades del mundo cuántico o relativista sin sufrir alteraciones serias.

Se levantó otra vez y señaló los retratos conforme los mencionaba.

– Schrödinger, un obseso sexual: descubrió la ecuación de onda mientras follaba con una de sus amantes. Einstein, un psicópata: abandonó a su primera mujer y a sus hijos y se casó con otra, y cuando ésta falleció, dijo que se sentía mejor porque eso le permitía trabajar con tranquilidad. Heisenberg, un filonazi: colaboró activamente en la fabricación de una bomba de hidrógeno para su Führer. Bohr, un neurótico enfermizo obsesionado con la figura de Einstein. Newton, un mediocre y abyecto sujeto capaz hasta de falsificar documentos para ofender a quienes le criticaban. Blanes, un misógino perturbado: ¿has visto cómo te trata…? Supongo que se hace pajas pensando en su madre y su hermana… Podría estar mencionando ejemplos durante horas. He leído la vida de todos, incluso la mía. -Sonrió-. Sí, llevo un diario desde los cinco años donde lo anoto todo con suma exactitud. Me gusta reflexionar sobre mi propia vida. Te juro que todos somos iguales: procedemos de buenas familias (algunos son aristócratas, como De Broglie), tenemos un don innato para reducir la naturaleza a puras matemáticas y somos raros, no solo mentalmente: también en el aspecto físico. Por ejemplo, yo soy dolicocéfalo, igual que tú. Me refiero a que tenemos la cabeza apepinada, como Schrödinger y Einstein. Aunque en el cuerpo me parezco más a Heisenberg. No estoy bromeando, creo que es algo genético. Y tú… Bueno, no sé a quién coño te pareces tú con esa anatomía, la verdad. Me gustaría verte sin ropa. Esos pechos son curiosos: algo apepinados también. «Dolicomamas», podrían llamarse. Quisiera verte los pezones. ¿Por qué no te quitas la ropa?

Elisa se sorprendió a sí misma planteándose si aceptaría. La forma de hablar de Valente era como una radiación: no te enterabas de nada y ya habías sufrido los efectos.

– No, gracias -dijo-. ¿En qué más somos raros?

– Quizá también en lo que a nuestras familias se refiere -dijo él y volvió a sentarse-. Yo procedo de padres divorciados. Mi madre, incluso, quería matarme. Abortar, quiero decir. Al fin mi padre la convenció de que me tuviera y mis tíos se encargaron de mi educación: vine a Madrid y viví en esta casa mucho tiempo antes de marcharme a Oxford, aunque no creas, he pasado temporadas con cada uno de mis progenitores. -Mostró los colmillos en una amplia sonrisa-. Resulta que, una vez resuelto el problema de vivir lejos de ellos, papá y mamá han descubierto que me aman. Digamos que soy un buen amigo de ambos. ¿Y tú? ¿Cómo es tu vida?

– Para qué me lo preguntas, si ya lo sabes -replicó ella.

Valente le brindó una ronca carcajada.

– Sé algunas cosas -admitió-: que eres la hija de Javier Robledo, que tu padre murió en un accidente de tráfico… Lo que dicen de ti las revistas.

Ella optó por cambiar de tema.

– Hablabas antes de hacer algo. ¿Por qué no vamos a la policía? Tenemos pruebas de que nos vigilan.

– No te enteras de nada, ¿verdad, querida? Es la policía la que nos vigila. No la policía común y corriente, ni siquiera la secreta, sino las autoridades. O sea, algún tipo de autoridad. Peces gordos, vamos.

– Pero ¿por qué? ¿Qué hemos hecho?

Valente volvió a soltar aquella risa que a ella le resultaba tan irritante.

– Una de las cosas que aprendes con mi padre es que no es necesario hacer nada malo para ser vigilado. Al contrario, la mayor parte de las veces te vigilan porque haces cosas demasiado buenas.

– Pero ¿por qué nosotros? Solo somos estudiantes recién licenciados…

– Se trata de Blanes, seguro. -Valente giró y tecleó en el ordenador. Aparecieron las ecuaciones de la «teoría de la secuoya»-. Algo relacionado con él o con su curso, pero no tengo ni puta idea de qué puede ser… Quizá alguna clase de trabajo en el que anda metido… Al principio pensé que era por su teoría, alguna especie de aplicación práctica o de experimento relacionado con ella, pero está claro que no es eso… -Desplazaba las ecuaciones en la pantalla con el repiqueteo constante del dedo índice-. Su teoría es bellísima, pero completamente inútil. -Se volvió hacia Elisa-. Como ciertas chicas.

Ella volvió a rehusar la tentación de ofenderse.

– ¿Te refieres al problema de la solución de las ecuaciones? -indagó.

– Por supuesto. Tiene un atolladero insuperable. La suma de tensores en el extremo «pasado» es infinita. Ya lo he calculado, ¿ves?… Y por tanto, pese a tu ingeniosa respuesta sobre los bucles de esta mañana (que también se me había ocurrido a mí), no hay manera de aislar las cuerdas como partículas individuales… Es como preguntar si el mar es una sola gota o trillones de ellas. La respuesta en física siempre es: depende de lo que definamos como «gota». Sin una definición concreta, tanto da que las cuerdas existan como que no.

– Yo lo veo de esta forma -dijo Elisa, y se inclinó hacia delante para señalar una ecuación en la pantalla-: si consideramos que la variable de tiempo es infinita, los resultados son paradójicos. Pero si empleamos una «delta t» limitada, por grande que sea, como por ejemplo el período transcurrido desde el big bang, entonces las soluciones dan cantidades fijas.

– Ésa es una petición de principio inadmisible -replicó Valente de inmediato-. Tú misma creas un límite artificial. Es como sustituir un número en una suma para que el total dé la cifra que necesitas. Absurdo. ¿Por qué emplear el tiempo del origen del universo y no cualquier otro? Suena ridículo…

El cambio en él había sido notorio, y Elisa lo percibía: había perdido su frialdad y su sonrisa burlona y hablaba sumido en la emoción. Aquí estás pillado por las pelotas.

– No te enteras de nada, ¿verdad, querido? -repuso ella con absoluta calma-. Si podemos elegir una variable temporal, podemos obtener soluciones concretas. Es un proceso de renormalización. -Notó que Valente torcía el gesto y siguió, muy animada-: No estoy hablando de utilizar la variable del tiempo universal: me refiero a utilizar una variable como referencia para renormalizar las ecuaciones. Por ejemplo, el tiempo transcurrido desde el origen de la Tierra, unos cuatro mil millones de años. Los extremos del «pasado» de las cuerdas de tiempo de la historia de la Tierra acaban en ese punto. Son longitudes discretas, calculables: En menos de diez minutos puedes obtener soluciones finitas aplicando las transformaciones de Blanes-Grossmann-Marini; ya lo he comprobado.

– ¿Y de qué te sirve? -En el tono de voz de Valente había ahora agresividad. Sus mejillas, de ordinario exangües, se hallaban enrojecidas-. ¿De qué puede servirte tu estúpida solución localista? Es como decir: «No puedo vivir con el sueldo que me pagan, pero, mira, he encontrado esta mañana un par de céntimos». ¿De qué coño te sirve una solución parcial aplicada a la Tierra? ¡Es estúpido!

– Dime una cosa -sonrió Elisa con tranquilidad-. ¿Por qué te dedicas a insultar cuando no puedes probar nada?

Hubo una pausa.

Elisa paladeó la expresión de Valente. Pensó que en el mundo de las relaciones con el prójimo él bien podía ser una víbora astuta, pero en el mundo de la física ella era un tiburón, y estaba dispuesta a demostrárselo. Sabía que sus conocimientos distaban de ser óptimos (no era más que una aprendiza), pero igualmente sabía que nadie podría derrotarla en ese terreno con meros insultos.

– Claro que puedo probarlo -barbotó Valente-. Es más: pronto tendremos la prueba. Falta una semana para que acabe el curso. El sábado que viene habrá un encuentro internacional de expertos: vendrán Hawking, Witten, Silberg… Por supuesto, también Blanes. Los rumores afirman que habrá una especie de mea culpa sobre la teoría de la secuoya: dónde hemos fallado y por qué… Y antes habremos entregado nuestros trabajos. Ya veremos quién de los dos se equivoca.

– De acuerdo -convino ella.

– Hagamos una apuesta -propuso él recobrando la sonrisa-. Si tu solución parcial es aceptable, haré lo que digas. Por ejemplo, renunciaré a mi pretensión de marcharme con Blanes y te cederé el puesto a ti, si es que Blanes decide elegirme a mí primero. O bien podrás ordenarme cualquier otra cosa. Cualquiera, no importa lo que sea: lo haré. Pero si gano yo, es decir, si tu solución de variable parcial no resuelve una mierda, seré yo quien te ordene cosas. Y tú las harás. Sean las que sean.

– No acepto esa apuesta -dijo Elisa.

– ¿Por?

– No me interesa ordenarte nada.

– En eso te equivocas.

Valente golpeó varias teclas y las ecuaciones fueron sustituidas por imágenes.

Resultaba chocante contemplarlas tras la fría página de números, como el contraste entre el cuadro de la mujer desnuda y atada y los retratos de físicos célebres. Desfilaron una a una por sí solas, sin que Valente hiciese otra cosa que volverse hacia ella y estudiar su rostro mientras sonreía.

– Muy interesantes las fotos que guardas en tus archivos privados… No menos que los «chats» en que has intervenido…

Elisa no podía hablar. La violación de su privacidad le parecía descomunal, pero el hecho de que él se lo mostrara se le antojaba casi más humillante.

Ten mucho cuidado con Ric.

– No me interpretes mal -dijo Valente mientras un año entero de las intimidades de ella recorría la pantalla como una ristra de ropa interior usada-: me trae sin cuidado tu forma de relajarte cuando dejas los libros. Hablando claro: tus orgasmos solitarios no me importan una mierda. Yo también colecciono fotos así. De hecho, a veces las hago. Y películas. ¿Has visto mi estudio en la otra habitación? Tengo amigas, chicas que hacen de todo… Pero no había encontrado a nadie hasta ahora que participara de… Oh, ésta es muy buena -señaló. Elisa desvió la vista.

Ten mucho cuidado.

– Que participara de la pasión por el extremo, quería decir -prosiguió él y disolvió las fotografías con otro golpe de teclas. Volvieron a aparecer las ecuaciones-. Mira por dónde, he encontrado en ti a un alma gemela del morbo, lo cual me regocija, porque, sinceramente, pensaba que lo único que te gustaba era intentar lucirte delante de Blanes en plan niña estúpida, como hoy. Solo quiero que sepas que te equivocas: claro que tienes algo que ordenarme. Por ejemplo, que deje de meter las narices en tu vida. O que no le diga a nadie cómo meterse.

¿Qué era él?, se preguntó. ¿Qué clase de cosa era? Miró su cara angulosa, blanca como una calavera pintada, la nariz y los labios femeninos y los ojos enormes como mundos color selva enmascarados por aquellos cabellos frágiles y pajizos. Asco era lo único que en aquel momento podía sentir por Valente. Y de pronto descubrió que ya había logrado vencer uno de sus poderes mágicos: ya era capaz de reaccionar.

– ¿Aceptas, pues? -preguntó él-. ¿Tu obediencia contra la mía?

– Acepto.

Se percató de que Valente no había esperado aquella respuesta.

– Hablo en serio, te lo advierto.

– Ya me lo has demostrado. Yo también. Él parecía titubeante ahora.

– ¿De veras crees que tu solución parcial es correcta?

– Es correcta. -Elisa tensó los labios-. Y ya se me ocurren un par de cosas que te ordenaré que hagas.

– ¿Puedo saberlas?

Ella negó con la cabeza. De pronto creyó comprender algo. Se levantó lentamente, sin dejar de mirarle.

– No me has avisado de que nos vigilan para ayudarme -dijo-. Lo has hecho para perjudicarme. Pero aún no entiendo cómo…

Al instante, Ric Valente la imitó: se puso en pie. Ella observó que eran de estatura similar. Se miraron a los ojos.

– Ya que lo dices -contestó él-, te confieso que te he mentido: no creo que sea, exactamente, una «vigilancia». El cuestionario, las preguntas a nuestras familias… Está claro. No se trata tanto de espiarnos para ver qué hacemos como de estudiarnos para conocernos. Están realizando una selección secreta. Quieren elegir a uno de nosotros dos para que participe en algo… Ignoro qué, pero a juzgar por la actividad que han desplegado, es muy importante y poco convencional. En estos casos, hacerles sospechar que sabes que te vigilan te descarta automáticamente del proceso de selección.

– Por eso tiraste mi móvil a la papelera -murmuró ella, comprendiendo.

– No creo que ese detalle sea decisivo, pero, sí, es posible que se hayan mosqueado contigo. Quizá estén pensando que quieres ocultar algo y te hayan descartado ya…

Elisa casi se tranquilizó al oírle. Ahora sé de verdad lo que pretendes.

Pero se equivocaba: él no deseaba tan solo desplazarla del camino que llevaba a Blanes. Lo comprobó cuando le vio alzar la mano sin previo aviso, los finos dedos dirigidos hacia sus pechos.

Todos sus sentidos le gritaron que retrocediera. Pero no lo hizo. Valente tampoco la tocó: su mano resbaló por el aire, a unos milímetros de la camiseta de ella, y descendió hasta su cadera, como dibujando un molde de su cuerpo. Durante el tiempo que duró aquella palpación de fantasma Elisa no respiró.

– Mis órdenes no serán fáciles de cumplir -dijo él-, pero sí divertidas.

– Me muero por conocerlas. -Ella cogió la rebeca-. ¿Puedo marcharme ya?

– Te acompañaré.

– Sé salir sola, gracias.

El trayecto por la escalera -oyendo aquella voz envejecida gemir algo que sonaba a «Istar»- fue tenso y oscuro. Una vez en la calle, Elisa se detuvo a tomar aire con la boca abierta.

Luego contempló el mundo como si lo hiciera por primera vez, como si hubiese nacido en aquel instante, en medio de las sombras de la ciudad.

10

El tiempo es extraño.

Su extrañeza procede, sobre todo, de lo familiar que nos resulta. No pasa un día sin que lo tengamos en cuenta. Lo medimos, pero no podemos verlo. Es tan evanescente como el alma, y a la vez se trata de un fenómeno físico, demostrable y universal. San Agustín resumió estas contradicciones con la apostilla: Si non rogas, intelligo («Comprendo lo que es si no me lo preguntas»).

Científicos y filósofos han debatido sobre el tema sin llegar a un acuerdo. Ello se debe a que el tiempo parece adoptar un disfraz distinto según cómo lo estudiemos, incluso cómo lo experimentemos. Para el físico, la definición de «un segundo» es el lapso exacto que transcurre entre 9192631,770 latidos de un átomo de cesio. Para el astrónomo, un segundo puede equivaler a la unidad dividida entre 31556925,97474, que es el tiempo que tarda la Tierra en desplazarse trescientos sesenta grados, es decir, el año trópico. Pero, como sabe cualquier persona que aguarda la llegada del médico que le comunicará si ha tenido éxito la operación a vida o muerte del ser que ama, un segundo de cesio o astronómico no son siempre iguales a un segundo. Los segundos pueden arrastrarse con suma lentitud en nuestro cerebro.

La idea de un tiempo subjetivo no resultaba ajena a la ciencia y la filosofía más antiguas. Los sabios nunca habían tenido inconveniente en suponer que el tiempo psicológico podía variar según el sujeto, y sin embargo estaban convencidos de que el tiempo físico era único, inmutable para todos los observadores.

Pero se equivocaban.

En 1905, Albert Einstein asestó un golpe definitivo a esa creencia con su teoría de la relatividad. No existe un tiempo privilegiado, sino tantos como lugares de observación, y es inseparable del espacio: no se trata, pues, de una entelequia o una sensación subjetiva, sino de un requisito indispensable de la materia.

Sin embargo, este hallazgo dista mucho de aclararlo todo y respecto de nuestro escurridizo amigo. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento de las manecillas de un reloj. Intuitivamente sabemos que el tiempo avanza. «Qué rápido pasa», nos quejamos. Pero ¿tiene sentido afirmar eso? Si algo «avanza», lo hace a una velocidad determinada, ¿y a qué velocidad avanza el tiempo? Los estudiantes de bachillerato que caen en la trampa que tiende esta pregunta falsamente sencilla contestan, a veces: «A un segundo por segundo». Pero esto carece de sentido. La velocidad relaciona siempre una medida de distancia con otra de tiempo, de manera que no es posible responder: «A un segundo por segundo». Aunque el enigmático Señor Tiempo se mueve, no nos ponemos de acuerdo sobre su velocidad.

Por otra parte, si realmente se trata de una dimensión más, tal como afirma la relatividad, es bastante distinta de las otras tres: porque en el espacio podemos desplazarnos arriba y abajo, a izquierda y derecha y adelante y atrás, pero en el tiempo solo podemos ir hacia delante. ¿Por qué? ¿Qué nos impide volver a vivir lo ya vivido, o siquiera volver a verlo? En 1988, la «teoría de la secuoya» de David Blanes intentó responder a algunos de estos interrogantes, pero solo arañó la superficie. Continuamos ignorándolo casi todo sobre esta parte «indispensable» de la realidad, que avanza en una sola dirección a velocidad desconocida, y que únicamente comprendemos si no nos preguntan qué es.

Muy extraño.

Con estas palabras abría el profesor Reinhard Silberg, del departamento de filosofía de la ciencia de la Technischen Universität de Berlín, su conferencia introductoria en la sala UNESCO del Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraba el simposio internacional «La naturaleza del espacio-tiempo en las modernas teorías». La sala, de tamaño modesto, se hallaba abarrotada de invitados y periodistas pendientes de escuchar a Silberg, Witten, Craig, Marini y a las dos grandes «estrellas» del evento: Stephen Hawking y David Blanes. Elisa Robledo asistía, también, por otros motivos. Quería saber si su teoría de variables locales tenía alguna posibilidad de éxito, y, si no era así, cómo pensaba Ric Valente cobrar su apuesta.

Estaba casi convencida de dos cosas: que no ganaría y que rechazaría todo lo que él iba a ordenarle.

La semana había sido para ella una carrera contra el tiempo. Lo cual resultaba paradójico, teniendo en cuenta que la había dedicado, sobre todo, a intentar estudiar el tiempo en profundidad.

En Elisa, pasión e inteligencia iban siempre de la mano. Tras el derroche emocional que le había supuesto el encuentro con Valente, se sentó a razonar y tomó una decisión muy simple: tanto si estaba siendo «estudiada» como si no, con «apuesta» o sin ella, haría sus deberes. Ya había abandonado todo intento de llegar la primera en la carrera de Blanes, pero no quería descuidar el final del curso y la realización del trabajo.

Se zambulló en esa tarea con denuedo. Durante varias noches solo logró dormir un par de horas seguidas. Sabía que no iba a demostrar nada con su hipótesis de la variable de tiempo local, y se inclinaba a darle la razón a Valente, que había tachado su solución de «petición de principio», pero no le importaba. Un científico tenía que saber luchar por sus ideas aunque nadie las aceptara, se dijo.

Al principio tampoco pensó en la apuesta. De hecho, y aunque el lunes casi sufrió un mareo al encontrarse cara a cara con Valente en clase (no se miraron ni se saludaron, como si nada hubiera pasado), y pese a que, a lo largo de los días, percibió su oleaginosa presencia como un olor leve pero persistente, en ningún momento se le ocurrió preocuparse por lo que le sucedería -o lo que accedería a hacer para salvaguardar su palabra- si perdía. Había conocido a pocos sujetos más engreídos e infantiles que Ricardo Valente Sharpe y no le impresionaba la pueril bajeza que él había cometido al intentar chantajearla con sus secretos de alcoba.

O, al menos, ésa fue la convicción que quiso mantener a toda costa.

Ni siquiera estaba segura ya de que la vigilaran, como Valente pretendía. El martes por la tarde la policía la había llamado. Le dieron un buen susto, pero lo único que querían era informarle de que había aparecido su móvil. Un probo ciudadano lo había encontrado el viernes por la noche al ir a arrojar una tarrina de helado en una papelera de una calle de Chueca, y, sin saber a quién pertenecía, lo había depositado en la comisaría del distrito Centro. Después de algunas indagaciones (un móvil abandonado resultaba sospechoso, incluso alarmante, le había dicho el policía) habían averiguado a quién pertenecía.

Esa tarde, tras pasar por la comisaría, Elisa abrió el aparato en casa con un pequeño destornillador. No conocía con exactitud las tripas de un cacharro así (lo suyo era el lápiz y el papel), pero no le pareció que hubiese ningún objeto extraño en su interior. El hombre que lo había encontrado bien podía ser el mismo que ella había visto desde la puerta del bar, y Valente se habría limitado a aprovechar esa coincidencia.

El miércoles se dirigió a la secretaría de Alighieri para la gestión del certificado de asistencia al curso, y de paso hizo unas cuantas preguntas. La chica que le atendió se lo confirmó todo: en efecto, Javier Maldonado era un alumno matriculado en ciencias de la información y existía un profesor de estadística apellidado Espalza. ¿Cabía imaginar una conspiración urdida con tales mimbres?

Empezó a pensar que el responsable de aquel montaje no era otro que Valente. Estaba claro que deseaba establecer con ella una relación «especial» (porque ella le resultaba… ¿qué había dicho?, «muy interesante»). Era un tipo muy astuto. Sin duda favorecido por ciertas casualidades, había tramado todo aquel cuento sobre vigilancias para amedrentarla. Curiosamente, Elisa no le tenía ningún miedo.

El viernes entregó su trabajo. Blanes lo aceptó sin decir nada y se despidió de sus alumnos, emplazándolos para el simposio del día siguiente, donde se comentarían «algunos aspectos espinosos de la teoría, como las paradojas del extremo del pasado». No mencionó que tales paradojas pudiesen ser resueltas. Elisa volvió la cabeza y miró a su rival. Éste sonreía sin mirarla.

A la mierda con Valente Sharpe.

De modo que allí estaba, en el simposio, para oír el dictamen de los sabios y conocer el resultado de su exótica apuesta. Sin embargo, las cosas iban a dar un giro que ella ni siquiera sospechaba.

Llevaba horas escuchando la brujería de la física de finales del siglo XX, y todo le resultaba conocido: «branas», universos paralelos, agujeros negros en fusión, espacios de Calabi-Yau, desgarros de la realidad… Hubo referencias a la «secuoya» por parte de casi todos los ponentes, pero ninguna a la posibilidad de identificar las cuerdas de tiempo aisladamente resolviendo la paradoja del extremo «pasado» con variables locales. El físico experimental Sergio Marini, colaborador de Blanes en Zurich, cuya intervención Elisa había esperado con ansiedad, afirmó que era preciso convivir con las contradicciones de la teoría, y citó como ejemplo los resultados infinitos de la cuántica relativista.

De pronto, en un silencio unánime de expectación y respeto, vio deslizarse hacia la tarima la silla eléctrica que transportaba a Stephen Hawking.

Retrepado en su oscuro respaldo, el célebre físico de Cambridge, poseedor de la misma cátedra que Newton había ocupado siglos atrás, apenas parecía otra cosa que un cuerpo enfermo. Pero Elisa sabía la deslumbrante inteligencia que albergaba, así como la abrumadora personalidad -que derrochaba a través de sus ojos sumidos en grandes gafas- y la férrea voluntad que le habían llevado, a pesar de su padecimiento neuronal, a convertirse en uno de los más importantes científicos del mundo. Elisa pensaba que no lo admiraba lo suficiente: Hawking era su demostración personal de que no podía darse nada por perdido en esta vida.

Pulsando los mandos del sintetizador de voz, Hawking convirtió en sonido inteligible el texto previamente escrito. Enseguida se apoderó de la atención de los presentes. Hubo carcajadas ante sus mordaces comentarios, pronunciados en un inglés mecánico y exacto. Sin embargo, para disgusto de Elisa, se limitó a hablar de la posibilidad de recuperar la información perdida en los agujeros negros, y solo al final mencionó como de pasada la teoría de Blanes. Concluyó:

– Las ramas de la secuoya del profesor Blanes crecen hacia el cielo del futuro, mientras que sus raíces se hunden en la tierra del pasado, a la que no podemos descender… -Hubo una pausa en la voz electrónica-. No obstante, mientras permanecemos colgados de una de las ramas, nada nos impide mirar hacia abajo y contemplar esas raíces.

Aquella frase hizo meditar a Elisa. ¿A qué se refería Hawking? ¿Era un simple broche de oro «poético» o estaba intentando sembrar la duda sobre la posibilidad de identificar y abrir las cuerdas de manera aislada? De cualquier forma, resultaba obvio que la «teoría de la secuoya» había perdido mucho gas entre los grandes físicos. Solo quedaba aguardar a la intervención del propio Blanes, pero las expectativas no se le antojaban halagüeñas.

Hubo un receso para comer. Todo el mundo se levantó como una sola persona y las salidas se bloquearon. Elisa se agregó a la hilera de la puerta principal, y en ese momento una voz rozó su oído.

– ¿Preparada para perder?

Esperaba algo parecido y no tardó en replicar, al tiempo que volvía la cabeza:

– ¿Y tú? -Pero Ric Valente se había esfumado usando al público como pantalla. Elisa se encogió de hombros y meditó en la posible respuesta a aquel desafío. ¿Estaba preparada? Tal vez no.

Pero aún no había perdido.

Víctor Lopera le propuso que almorzaran juntos durante el descanso. Ella aceptó de buen grado, ya que le apetecía su compañía. Pese a su obsesión por el resbaladizo tema de la religión en la física, que a veces le hacía hablar más de la cuenta, Lopera era buen conversador y una persona entrañable y amena. Regresar a casa en su coche se había convertido en una grata costumbre para ambos.

Compraron sándwiches vegetales en el autoservicio del bar del Palacio de Congresos. El de Víctor tenía ración doble de mayonesa. Elisa sospechaba que solo la mayonesa podía conseguir que su compañero dejara por un instante el tema de Teilhard de Chardin o de cuando el abad Lemaître descubrió que el universo se expandía y Einstein no le creyó: se entregaba a devorarla sin importarle mancharse los labios y luego exhibía su larga lengua y se limpiaba como un gato.

No encontraron una mesa libre, y comieron de pie mientras charlaban sobre las ponencias -a él le había encantado la de Reinhard Silberg- y saludaban a profesores y compañeros (el lugar era poco menos que un escaparate donde cada cinco segundos Elisa tenía que sonreírle a alguien). En un momento dado, de forma inesperada, él la alabó, enrojeciendo: «Estás muy guapa». Ella se lo agradeció, pero no con total sinceridad. Aquel sábado había decidido, por primera vez en toda una semana de desaseo, lavarse la cabeza y peinarse un poco, así como ponerse una blusa azul celeste y un pantalón de algodón azul marino, no sus vaqueros rotos de costumbre, que hubiesen podido «marcharse y regresar solos de la calle», como decía su madre. No le gustó que Víctor se fijara en esos detalles para celebrarla.

Sin embargo, se percató pronto de que el interés de Víctor por ella, en aquella ocasión, era especial. Lo supo antes de que él sacara el tema, por las miradas fugaces que le dedicaba. Imaginó que Lopera no tendría futuro como criminal: era la persona más transparente que había conocido.

Tras el último bocado a su sándwich, con la lengua barriendo los restos de mayonesa, Víctor dijo, en tono de calculada intrascendencia:

– El otro día hablé con Ric. -Ella vio cómo la nuez de su garganta se movía arriba y abajo-. Parece que… os habéis hecho amigos.

– No, no es cierto -replicó Elisa-. ¿Él te ha dicho eso?

Víctor sonrió como si le pidiera disculpas por haber interpretado mal su relación con Valente, pero enseguida volvió a la seriedad del principio.

– No, eso lo he deducido yo. Él me dijo que le caías bien, y que… había hecho contigo cierta apuesta.

Elisa se quedó mirándolo.

– Tengo mi propia opinión sobre la teoría de Blanes -dijo al fin-. Él tiene la suya. Hemos apostado a ver quién de los dos tiene razón.

Víctor agitaba la mano, como quitando importancia al tema.

– No creas que me interesa lo que os traéis entre manos. -Y agregó en voz tan baja que Elisa tuvo que inclinarse para escucharle debido al ruido de la cafetería-: Solo quería advertirte que… no lo hagas.

– ¿Que no haga qué?

– Lo que sea que él te diga. Para él no es ningún juego. Lo conozco bien. Hemos sido muy amigos… Siempre fue… Es un tío bastante perverso.

– ¿A qué te refieres?

– Sería difícil que ahora te explicara… -La miró de refilón y cambió de tono-. Hombre, tampoco quiero exagerar. No digo que sea…, que esté loco ni nada parecido… Quiero decir que no tiene mucho respeto por las chicas. Estoy seguro de que eso es lo que a algunas les gusta, precisamente… No quiero decir que a todas, pero… -Su rostro se había puesto grana-. Bueno, me siento mal diciéndote esto. Es que te aprecio, y quería… Puedes hacer lo que quieras, claro, solo que… yo ignoraba que habíais hablado… Pensé que tenía que avisarte.

Estuvo tentada de replicarle de mala manera. Algo como: «Tengo veintitrés años, Víctor. Ya sé cuidarme, gracias». Pero de repente comprendió que Lopera, a diferencia de su madre, no pretendía darle lecciones de nada: era sincero, y creía estar ayudándola al hablarle así. Tampoco quiso preguntarle qué más le había contado Valente sobre la conversación que habían mantenido. A esas alturas ya no le importaba lo que el gran Cuatro-Centésimas-Menos pudiera hacer o decir.

– Valente y yo no somos amigos, Víctor -insistió, muy seria-. Y, por lo que a mí respecta, no tengo ninguna intención de hacer nada que no me guste.

Víctor no pareció feliz, como si intuyera que el único que había quedado en mala posición tras aquellas palabras era él. Abrió la boca, luego la cerró y sacudió la cabeza.

– Claro -asintió-. Ha sido una gilipollez por mi parte…

– No, te agradezco el consejo. De verdad.

Los interrumpió la llamada que anunciaba la reanudación de las ponencias.

Elisa pasó las horas siguientes completamente absorta, pensando a medias en las pueriles advertencias de Víctor y en las palabras de los conferenciantes. De pronto olvidó todo lo relacionado con Víctor, y hasta con Valente, y se enderezó en el asiento.

David Blanes subía hacia la tarima. Si aquello hubiera sido un juicio, el silencio con que fue recibido habría indicado que se trataba del acusado.

Blanes retomó la ironía sobre el árbol en el punto donde la había dejado Hawking.

– La secuoya es frondosa -comenzó diciendo-, pero no da frutos.

En menos de diez minutos Elisa supo que había perdido.

Blanes aún habló otros treinta minutos, pero se dedicó a decir que confiaba en que las generaciones de nuevos físicos encontrarían formas «aún insospechadas» de resolver los problemas planteados por el extremo «pasado» de las cuerdas. Mencionó posibles soluciones, incluyendo la de variables locales y otra -que a Elisa no se le había ocurrido- con números imaginarios, pero las tildó de «elegantes e inútiles, como vestir de frac en el desierto». Se le notaba deprimido, cansado, quizá harto de defenderse contra los ataques de sus adversarios. A pesar de los aplausos, Elisa estuvo segura de que su conferencia había defraudado. Sintió desprecio por su otrora admirado ídolo. No quieres luchar por tus ideas. Pues yo sí.

La última conferencia del día era la de Blanes, pero aún quedaba una mesa redonda tras un nuevo descanso. Elisa se levantó y se situó en la cola para salir. Oyó la voz a su espalda, en una exacta repetición de lo sucedido al mediodía.

– Vete al baño de caballeros y aguarda allí.

– No he perdido aún -dijo ella volviéndose con rapidez.

Al verle alejarse de nuevo, Elisa tendió la mano y lo aferró de la camisa. Esta vez no te vas.

– No he perdido -recalcó.

Valente se apartó, pero no pudo escapar. Caminaron juntos hasta la salida y se encararon en el vestíbulo. El aspecto de él, como siempre, hizo pensar a Elisa que llevaba sobre los hombros un letrero de neón anunciando «Aquí está Valente Sharpe»: camisa vaquera rojo fuego de manga larga cerrada hasta el último botón, cinturón y pantalones rojo burdeos, botas de piel rojizas y un aderezo de collar y pendientes dorados. La tarjeta de asistente al congreso (que Elisa había guardado en el bolsillo) colgaba de su camisa a la altura de la tetilla proclamando su nombre entre reflejos. Tenía todo el flequillo rubio y húmedo cuidadosamente colocado sobre su ojo derecho. Su tono de voz reveló cierto disgusto.

– Te he dado la primera orden: ve al baño de caballeros.

– No pienso ir.

Un destello asomó a la mirada de él, como si por dentro se burlara, aunque sus angulosas facciones seguían rígidas.

– Me parece muy cobarde por tu parte que ahora te eches atrás, señorita Robledo.

– No me echo atrás, señor Valente. Pagaré cuando pierda.

– Está claro que has perdido. Blanes ha dicho que tus variables de tiempo local son como caca de perro en la suela del zapato.

– Se trata de una opinión -objetó ella-. No ha demostrado nada, solo ha expresado su opinión. Pero la física no es cuestión de opiniones.

– Oh, vamos…

– Hay mucho en juego. Quiero asegurarme de que tú tienes razón y yo no. ¿O es que eres tú quien tiene miedo de perder?

Valente la miraba sin pestañear. Ella le devolvía la mirada íntegramente. Al rato, él respiró hondo.

– ¿Qué propones?

– No voy a enzarzarme en una discusión con Blanes durante el turno de preguntas, desde luego. Pero hagamos algo. Todo el mundo sabe que Blanes decidirá a quién reclutará para Zurich en función de los trabajos que le hemos entregado. Estoy segura de que si mi idea le parece digna de estudio, me llamará a mí. Si, por el contrario, piensa que es estúpida, me rechazará. Propongo que esperemos hasta ese momento.

– Me elegirá a mí -dijo Valente con suavidad-. Ve asumiéndolo, querida.

– Mejor para ti. Pero ni siquiera tendría que hacerlo. Solo con que me descarte a mí, pagaré.

– ¿A qué te refieres con «pagaré»?

Elisa tomó aliento.

– Iré a donde digas y haré lo que digas.

– No te creo. Encontrarás otra excusa.

– Te lo juro -dijo ella-. Te doy mi palabra. Haré lo que quieras si me rechaza.

– Estás mintiendo.

Ella lo miró con ojos brillantes.

– Me tomo esto más en serio de lo que tú te crees.

– ¿El qué? ¿Mi apuesta?

– Mis ideas. Tu apuesta me parece una chorrada, como todo lo que me contaste en tu casa la otra noche. Nadie nos está «estudiando», nadie nos vigila. Lo del móvil fue una casualidad: me lo devolvieron el otro día. Creo que quieres hacerte el interesante conmigo. Pues te voy a decir una cosa. -Elisa mostró la dentadura en una amplia sonrisa blanca-. Ten cuidado, señor Valente, porque has despertado mi interés.

Valente la observaba con extraña expresión.

– Eres una tía muy especial -dijo en voz baja, como para sí mismo.

– Tú, en cambio, con detalles como el del «baño de caballeros», cada vez pareces más del montón.

– La forma de pago la decide quien gana.

– Estoy de acuerdo -convino Elisa.

De repente él se echó a reír. Era como si llevara reprimiendo aquella risa durante toda la conversación.

– ¡Eres la hostia! -Durante un rato solo repitió esa frase mientras se frotaba los ojos-. ¡Eres, literalmente, la hostia! Quería probarte, a ver qué hacías. Te juro que me habría mondado si hubieses ido al baño de caballeros… -Entonces la miró con algo similar a la seriedad-. Pero acepto tu desafío. Estoy totalmente seguro de que me van a elegir a mí. De hecho, diría que ya me han elegido, querida. Y cuando eso ocurra, te llamaré al móvil. Una sola llamada. Te diré dónde tendrás que ir y cómo, qué podrás llevar encima y qué no, y tú obedecerás cada palabra como una perrita de concurso… Y eso solo será el comienzo. Voy a disfrutar como nunca, te lo juro… Ya te lo he dicho: me resultas interesante, aún más con ese carácter que tienes, y será curioso saber hasta dónde estás dispuesta a llegar… O bien comprobaré lo que ya sospecho: que eres una mentirosa, una cobarde sin palabra…

Elisa aguantó el chaparrón mirándolo con calma, pero por dentro su corazón latía aceleradamente y la boca se le había secado.

– ¿Quieres echarte atrás? -preguntó él con seriedad fingida, mirándola con el ojo izquierdo (el derecho cubierto por un parche de pelo)-. Es tu última oportunidad.

– Ya hice mi apuesta. -Elisa se obligó a sonreír-. Si quieres retirarte tú…

La expresión de Valente era la de un niño que hubiera descubierto un juguete insospechado.

– Genial -dijo-. Voy a pasármela en grande contigo.

– Ya veremos. Y ahora, si me perdonas…

– Espera -pidió Valente, y miró a su alrededor-. Ya te he dicho que estoy seguro de que voy a ganar, pero quiero ser totalmente honesto contigo. Te diré que hay detalles en este congreso que me hacen pensar que no todo es como lo pintan… Blanes y Marini parecen demasiado interesados en demostrar que su «secuoya» se ha convertido en un bonsái, pero he notado algo extraño… -Le hizo señas mientras se alejaba-. Ven si quieres verlo.

Caminaron por el vestíbulo en dirección paralela a los mostradores de registro, esquivando a gente de muy diverso aspecto: extranjeros y autóctonos, profesores y alumnos, tipos con traje y corbata y tipos con camiseta y vaqueros, apariencias que intentaban imitar a sus ídolos (a Elisa le hacían reír los físicos que ostentaban una melena einsteniana) o manos que deseaban el contacto con alguna celebridad (la silla de Hawking había desaparecido tras una nube de admiradores). De repente Valente se detuvo.

– Allí están. Juntitos, como una familia.

Ella siguió la dirección de su mirada. En efecto, formaban un grupo aparte, como si hubiesen querido aislarse voluntariamente del resto. Identificó a David Blanes, Sergio Marini y Reinhard Silberg, así como a un joven físico experimental de Oxford que había intervenido después de Silberg, Colin Craig. Charlaban animadamente.

– Craig fue uno de mis mentores en física de partículas -le explicó Valente-. Me animó a presentarme a la prueba de admisión de Blanes… Silberg es profesor de filosofía de la ciencia y doctor en historia. Y fíjate en esa tía tan alta del vestido morado que está junto a Craig…

Hubiera sido difícil no fijarse, opinaba Elisa, porque se trataba de una mujer despampanante. Su largo pelo castaño colgaba en vertical hasta el centro de las nalgas, como la punta de un lápiz, y su espléndida silueta se moldeaba con una ropa elegante aunque sencilla. Iba acompañada de una chica que parecía muy joven y ostentaba una llamativa melena albina. Elisa no conocía a ninguna de las dos. Valente agregó:

– Es Jacqueline Clissot, de Montpellier, una figura de la paleontología mundial, además de antropóloga. La de pelo blanco debe de ser una de sus alumnas…

– ¿Qué hacen aquí? No intervienen en ninguna mesa…

– Es justo lo que me pregunto yo. Creo que han venido a reunirse con Blanes. Este simposio ha sido una especie de encuentro familiar. Y entretanto, papá Blanes y mamá Marini se encargan de decirle a la comunidad científica que no esperen que la «secuoya» florezca este año. Se diría que su objetivo último ha sido mostrar las cartas y aclarar que nadie hace trampas. Curioso, ¿no? Pero no es todo.

Se alejó paseando con las manos en los bolsillos y Elisa lo siguió, intrigada a su pesar. Recorrieron el vestíbulo. Por los ventanales se advertía que la luz del verano aún no había capitulado.

– Lo más curioso es esto -continuó él-. Coincidí con Silberg y Clissot en Oxford, hace un par de meses. Tenía que tratar con Craig un asunto, y llamé a su despacho. Me abrió la puerta, pero estaba ocupado. Reconocí a Silberg, y quise saber quién sería la tía buena que lo acompañaba. Pero Craig no me los presentó. De hecho, parecía molesto con mi aparición… No obstante, ser amigo de las secretarias tiene sus ventajas: la de Craig me informó de todo después. Por lo visto, Clissot y Silberg mantenían conversaciones con su jefe desde hacía un año, y por fin se reunían en Oxford.

– Lo más probable es que estuvieran planeando un trabajo en común -dijo Elisa.

Valente sacudió la cabeza.

– Me hice bastante amigo de Craig, y solía comentarme los proyectos en los que andaba metido. Además, ¿qué clase de trabajo podría realizar un tipo como Craig, que manipula aceleradores de partículas, con un historiador como Silberg y una especialista en monos muertos como Clissot? Y si a eso le añadimos a Blanes y Marini… ¿qué obtenemos?

– ¿Una confusión?

– Sí, o una secta de adoradores del diablo. -Valente bajó la voz-. O… algo mucho más… exótico.

Elisa lo miró.

– ¿En qué estás pensando?

Él se limitó a sonreír. Varias notas musicales anunciaron la reanudación. El público, como las limaduras de hierro al paso de una piedra magnética, comenzó a orientarse hacia la sala. Valente hizo un gesto con la cabeza.

– Ahí van todos, míralos. Los patitos tras Mamá Pato: Craig, Silberg, Clissot, Marini… La invitación la paga Blanes, pero el dinero no es suyo… -Se volvió hacia ella-. Ahora entenderás por qué estoy tan seguro de que nos han «estudiado»… Mira esto…

Se había detenido junto a uno de los carteles, colocado sobre un caballete. En él se leía, en castellano e inglés: «Primer Simposio Internacional. La naturaleza del espacio-tiempo según las modernas teorías. 16-17 de julio de 2005. Palacio de Congresos de Madrid». Pero Valente apuntaba hacia la letra pequeña.

– «Patrocinado por…» -leyó.

– «Eagle Group» -descifró Elisa el artístico logotipo. La ge de la palabra «Eagle» servía para albergar la inicial de «Group».

– ¿Sabes qué es? -preguntó Valente.

– Por supuesto. Ha aparecido hace poco, pero suena bastante: un consorcio de empresas de la Unión Europea dedicadas al desarrollo científico…

Él se quedó mirándola mientras sonreía.

– Mi padre me contó una vez que ECHELON en Europa era Eagle Group -dijo.

11

El domingo, después de la última ponencia de la mañana, Víctor volvió a buscarla para almorzar. Elisa aceptó, entre otras cosas porque le interesaba charlar con él. Había ocurrido algo extraño.

Ric Valente no se había presentado en el congreso aquella mañana. Tampoco Blanes. Esa doble ausencia le provocaba desazón. Era cierto que la jornada del domingo estaba dedicada a física experimental, lo cual quedaba fuera del interés directo de Blanes, pero Elisa no podía evitar pensar que la desaparición del creador de la «teoría de la secuoya» y la de Valente Sharpe estaban relacionadas. Sin embargo, aún no quería plantearse a sí misma las sospechas que abrigaba.

Encontraron una mesa en el extremo de la abarrotada cafetería y se dedicaron a comer en silencio. Mientras Elisa se preguntaba cómo sacar el tema, Víctor se limpió la mayonesa de la barbilla y luego dijo:

– Blanes ha llamado a Ric esta mañana y lo ha elegido para Zurich.

Ella descubrió de repente que no podía tragar el trozo que había mordido.

– Ya -murmuró.

– Ric me telefoneó para decírmelo… Dijo que no pensaba venir hoy al congreso porque tenía que reunirse con Blanes.

Elisa asentía estúpidamente, amordazada por aquella bola seca de pan que su boca parecía incapaz de enviar como debía a la garganta. Pidió disculpas a Víctor, se levantó, entró en el baño y se deshizo en el retrete de aquella pelota de corcho. Después de refrescarse la cara en el lavabo lo pensó mejor. Bueno, ¿no era lo que esperabas? ¿Qué te pasa ahora? Ya se había planteado durante largas horas de insomnio aquella posibilidad, y de sobra sabía que se trataba de la más probable. A fin de cuentas, Ric Valente había sido el niño mimado de Blanes desde el principio. Se secó con la toalla de papel, regresó a la mesa y se sentó frente a Víctor.

– Me alegro por él -dijo.

Y supuso que, en verdad, así era. Se alegraba de todo lo ocurrido, ahora que la competición había terminado por fin. La «teoría de la secuoya» seguía llamando a su puerta, aún tentadora dentro de su enorme belleza matemática, pero pronto se marcharía y la dejaría en paz. En el horizonte destellaban otras posibilidades, como las becas para el Instituto de Tecnología de Massachussets y para Berkeley, que había solicitado por si lo de Zurich se torcía. Estaba segura de que terminaría haciendo su tesis con uno de los mejores físicos del mundo. Tenía ambiciones, y sabía que iba a satisfacerlas. Blanes era único, pero no el único en ser único.

– Yo también me alegro… -carraspeó Víctor-. Es decir, no del todo. De lo suyo, sí, pero… no de ti. O sea…

– No me importa, de verdad. Blanes y su secuoya no son el fin del mundo.

Se sentía mejor después del mal trago. Siempre había intentado adaptarse a las nuevas situaciones, y aquélla no iba a ser una excepción. Ya que iba a disponer de algún tiempo de verdadero descanso, decidió que reorganizaría su vida. Hasta podía llamar a su «espía» particular, Javier Maldonado, y devolverle la invitación a cenar al tiempo que le preguntaba algunas de las cosas que habían quedado en el tintero desde que Valente le habló. ¿Me has estado espiando? ¿Trabajas para Eagle Group? Se imaginaba la cara que pondría Maldonado.

Entonces recordó la apuesta.

Bien, estaba casi segura de que Valente la olvidaría. Cuando Blanes le dijo: «Ven a mí», dejó de pensar en apuestas y trotó hacia él en éxtasis, seguro.

¿Y si no era así? ¿Y si decidía continuar con el juego hasta el final? Pensó en esa posibilidad y notó que se ponía muy nerviosa. Desde luego, no iba a faltar a su palabra: haría todo lo que él le dijera, pero también suponía -esperaba- que él a su vez no intentaría propasarse. Ella cedería esperando que él hiciera igual. Estaba casi segura de que lo que a Valente le interesaba, por encima de cualquier cosa, era humillarla, y si ella accedía con naturalidad a sus demandas el juego perdería para él toda la diversión.

Te llamaré al móvil. Una sola llamada. Te diré dónde tendrás que ir y cómo, qué podrás llevar encima y qué no…

De pronto se sintió incómoda con el teléfono metido en el bolsillo de los pantalones. Era como tener la mano de Valente apoyada sobre su muslo. Lo sacó y revisó posibles llamadas perdidas: no tenía ninguna. Entonces lo dejó sobre la mesa con el gesto de un jugador que apuesta el resto a un solo número. Al levantar la vista percibió la alarma en los ojos de Víctor, que parecía conocer todos y cada uno de los pensamientos que habían cruzado por su cabeza.

– Creo que ayer me pasé de la raya -dijo Víctor-. No debí hablarte así… Seguro que me entendiste mal. Yo… no deseaba asustarte.

– No me asustaste -repuso ella sonriendo.

– Pues me alegra que me lo digas. -Pero la mueca que contrajo su expresión parecía manifestar lo contrario-. Estuve todo el día pensando que había sido un exagerado. A fin de cuentas, Ric no es el diablo…

– No se me había ocurrido ni de lejos tal comparación. Pero haces bien en aclararlo, porque Satanás podría ofenderse.

Algo en la réplica de ella hizo mucha gracia a Víctor. Al verle reír, Elisa también rió. Luego bajó la vista hacia su sándwich casi intacto y el teléfono móvil al lado, como expectante. Agregó:

– Lo que no entiendo es que os hicierais amigos. Sois tan distintos…

– En aquella época éramos niños. De niño haces muchas cosas que después consideras de otra manera.

– Supongo que tienes razón.

Y de repente Víctor empezó a hablar. Su monólogo era como una tormenta: las frases parecían truenos que demoraban en brotar de sus labios, pero los pensamientos que las impulsaban semejaban descargas de violentos relámpagos dentro de él. Elisa lo escuchó con atención, ya que, por primera vez desde que lo conocía, Víctor no hablaba sobre teólogos ni física. Contemplaba abstraído un punto en el aire mientras su voz iba desgranando algún tipo de historia.

Habló, como siempre, del pasado. De aquello que ha ocurrido y aún sigue ocurriendo, como alguna vez el abuelo de Elisa le había explicado a ella. De las cosas que fueron y, por lo mismo, siguen siendo. Habló de lo único que hablamos cuando nos ponemos a hacerlo de verdad, porque es imposible hablar con detenimiento de otra cosa que no sean los recuerdos. Mientras lo escuchaba, la cafetería, el congreso y sus inquietudes profesionales se disolvieron para Elisa y solo existió la voz de Víctor y la historia que contaba.

Varios años después supo que su abuelo había tenido razón al afirmar, en cierta ocasión: El pasado de los demás puede ser nuestro presente.

El tiempo es extraño, en efecto. Se lleva las cosas hacia un lugar remoto al que no podemos acceder, pero desde allí éstas siguen obrando su mágico efecto sobre nosotros. Víctor volvía a ser niño, y ella casi podía verlos a ambos: dos chavales solitarios que compartían similares inteligencias y, quizá, gustos semejantes, dominados por la curiosidad y el deseo de saber, pero también por las aficiones que otros chicos de su edad no se atrevían a llevar a cabo. Sin embargo, ellos sí, y por eso eran diferentes. Ric era el jefe, el que sabía lo que debía hacerse, y Víctor -Vicky- aceptaba en silencio, quizá temeroso de lo que pudiera pasar si se negaba, o quizá deseoso de ser igual.

El principal atractivo de Ric, había explicado Víctor, era precisamente su principal defecto: la inmensa soledad en la que vivía. Abandonado por sus padres, educado por un tío que cada vez se mostraba más indiferente y remoto, Ric carecía de reglas, de normas de conducta, y le resultaba imposible pensar en algo que no fuese él. Todo el mundo que le rodeaba era como un teatro cuyo único fin parecía ser complacerle. Víctor se convirtió en un espectador asiduo de ese teatro, pero al madurar dejó de asistir a sus fantásticas funciones.

– Ric era distinto de cualquier persona normal: tenía mucha imaginación pero a la vez los pies bien apoyados en la tierra. No se hacía ilusiones. Si quería conseguir cosas, se dedicaba a ello con todas sus fuerzas, sin importarle nada ni nadie… Al principio su forma de ser me gustaba. Supongo que es lo que sucede con todos los chicos cuando conocen a alguien así. En aquella época, el mundo de Ric era el sexo. Pero desde un punto de vista siempre cínico. Las chicas, todas las chicas, para él, eran inferiores. De niño jugaba a cambiar las caras de las modelos de revistas eróticas, de las que coleccionaba un montón, y poner en su lugar fotos de compañeras de colegio… Eso podía hacerte reír al principio, pero luego te hartaba. Lo que menos soportaba yo era esa manera que tenía de tratar a las chicas… Para él eran como objetos, cosas con las que obtener placer. Nunca le vi amar a ninguna, solo las utilizaba… Le gustaba hacerles fotos, filmarlas sin ropa, en el cuarto de baño… A veces les daba dinero, pero otras lo hacía sin que ellas lo supieran, con cámaras ocultas.

Se detuvo para mirar a Elisa como buscando algún tipo de expresión que le hiciera interrumpir su relato. Pero ella le invitó a proseguir con un gesto.

– Por si fuera poco, disponía de dinero y de sitio para hacer cosas. Los veranos los pasábamos en una casa que la familia de Ric tiene en las afueras de un pueblo andaluz llamado Ollero… A veces íbamos allí con amigas. Estábamos solos, nos creíamos los reyes del universo. Ric solía hacer allí fotos picantes a sus amiguitas. Entonces, un día, ocurrió algo. -Sonrió y se ajustó las gafas en la nariz-. A mí me gustaba una chica, y, creía que a ella también le gustaba yo… Se llamaba Kelly. Era inglesa y estudiaba en nuestro colegio… Kelly Graham… -Permaneció un instante como saboreando aquel nombre-. Ric la invitó a su casa de campo, pero a mí eso no me mosqueó. Yo estaba totalmente seguro de que él sabía que con Kelly no se podía jugar. Sin embargo, una mañana… los descubrí… a Ric y a ella… -Miró a Elisa de hito en hito mientras asentía con la cabeza-. Bueno, soy de esos que solo se enfadan una vez cada diez años, pero… pero…

– Pero cuando se enfadan, se nota -le ayudó Elisa.

– Sí… Los puse verdes. Bah, fue cosa de chiquillos, ahora lo sé: teníamos apenas diez u once años; pero lo cierto es que verlos… verlos besándose y tocándose fue para mí muy… muy chocante. Bueno, discutimos y Ric me empujó. Estábamos fuera de la casa, sobre unas rocas, junto a un río. Me caí y me di un golpe en la cabeza… Fue una suerte que hubiese un señor por allí que había ido a pescar. Me recogió y me llevó a un hospital. No fue nada grave: unos cuantos puntos, tan solo, creo que todavía tengo la cicatriz… Pero lo que te quiero contar es esto: pasé algunas horas inconsciente, y cuando me desperté esa noche… allí estaba Ric, pidiéndome perdón. Mis padres me contaron que no se había movido en todo ese tiempo de mi lado. En todo ese tiempo… -repitió con los ojos húmedos-. Cuando desperté se echó a llorar y me pidió perdón. Creo que hay que tener amigos cuando somos niños para conocer de verdad lo que es la amistad… Ese día fui más amigo de él que nunca. ¿Comprendes? Me preguntaste qué nos unía… Ahora creo que eran cosas como ésa las que nos unían.

Hubo un silencio. Víctor respiró hondo.

– Le perdoné, por supuesto. De hecho, pensé que nuestra amistad jamás terminaría. Luego todo pasó. Nos hicimos mayores y tomamos rumbos distintos. No dejamos de hablarnos, pero fue peor: pusimos barreras entre nosotros. De todas formas, él siempre trató de llevarme a su terreno. Me contaba que seguía invitando a chicas a Ollero. Las filmaba a escondidas, a veces mientras les hacía el amor. Luego les enseñaba las películas y… y las chantajeaba. «¿Quieres que tus padres o tus amigos vean esto?», les decía. Y las obligaba a posar de nuevo para él… -Tras una pausa, añadió-: Oh, nunca se metió en líos con la policía, claro. Era muy cuidadoso, y ellas, al final, decidían callarse…

– ¿Tú viste eso alguna vez? -preguntó Elisa-. Lo de los chantajes, me refiero.

– No, pero él me lo contaba.

– Seguro que estaba presumiendo.

Víctor la observó como si se hallara frente a alguien a quien admirara mucho, pero que acabara de decepcionarle en algo concreto y trascendental.

– No lo entiendes… No eres capaz de entender la forma en que Ric las trataba…

– Víctor, Ric Valente podrá ser un pervertido, pero en el fondo es un majadero sin importancia. Me consta.

– ¿Crees que podrías no obedecerle? -preguntó él de repente, con dureza. Toda su lentitud de lenguaje se había esfumado por completo-. ¿Crees que, si aceptaras entrar en su juego, ibas a poder evitar hacer cualquier cosa que te ordenara?

– Lo que creo es que tú sigues admirándole por encima de todo -se hartó ella-. Valente es un idiota que no ha recibido un solo guantazo de sus padres en toda su vida, y tú te figuras que es un sádico sin escrúpulos capaz de la peor aberración. No sé, quizá te guste pensar que lo es… -De inmediato supo que había dicho algo indebido. Víctor la miraba con inmensa seriedad.

– No -dijo-. En eso te equivocas. No me gusta en absoluto

– Lo que quería decir…

Una música electrónica los interrumpió. Casi asustada, Elisa cogió el móvil de la mesa y examinó la pantalla: la llamada era de procedencia desconocida.

Por un instante recordó a Valente hablándole el día anterior, con su mirada acuosa resbalando sobre ella a través de su flequillo. Te diré dónde tendrás que ir y cómo, qué podrás llevar encima y qué no, y tú obedecerás… Y eso solo será el comienzo. Voy a disfrutar como nunca, te lo juro… Durante un brevísimo instante tuvo miedo de contestar. Era como si el móvil, con su insistente clamor, la invitara a penetrar en un mundo distinto del que hasta entonces había conocido, un mundo del que la charla con Ric Valente y la historia de Víctor hubiesen sido solo el preámbulo. Quizá -supuso- era preferible pasar por cobarde o deshonesta antes que aceptar aquella oscura invitación…

Alzó la vista titubeando y miró a Víctor, que parecía decirle, con sus enormes ojos de perro callejero acorralado: «No contestes».

Justo fue esa debilidad, ese miedo íntimo que advirtió en él, lo que acabó por decidirla. Deseaba demostrarles a Ric Valente Sharpe y Víctor Lopera que ella estaba hecha de otra pasta. Nada ni nadie iba a atemorizarla.

Al menos, eso era lo que creía en aquella feliz época.

– Sí -contestó con voz firme, esperando oír cualquier cosa.

Pero lo que oyó la dejó completamente paralizada. Cuando colgó, se quedó mirando a Víctor con cara de tonta.

Su madre, cosa excepcional, canceló todas las citas en Piccarda y la acompañó a Barajas la mañana del martes. Se mostró en todo momento obsequiosa, declarando sin tapujos su alegría por lo sucedido. Quizá -suponía ella- de lo que se alegraba era de ver que el pequeño pájaro remontaba el vuelo por su cuenta y abandonaba el costoso nido. Pero no pensemos mal, sobre todo ahora.

La mayor alegría la recibió cuando vio a Víctor. Fue el único compañero que acudió a despedirla. No la besó, pero palmeó su espalda.

– Te felicito -dijo él-, aunque aún no comprendo cómo lo conseguiste…

– Ni yo -admitió Elisa.

– Pero era lógico. Que os eligiera a los dos, quiero decir: fuisteis los mejores del curso…

Ella sentía un nudo en la garganta. Su felicidad no tenía ni una sola nube: ni siquiera pensaba en Valente, a quien, sin duda, encontraría en Zurich. A fin de cuentas, ninguno de los dos había ganado la apuesta. Estaban empatados, como siempre.

Faltaba más de media hora para que el avión despegara, pero ella quería esperar en la puerta de embarque. En un momento dado, frente al escáner de control de pasajeros, madre e hija se miraron en silencio, como decidiendo cuál de las dos daría el siguiente paso. De repente Elisa tendió los brazos y rodeó el perfumado y elegante cuerpo. No quería llorar, pero mientras lo pensaba las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Tomada por sorpresa, Marta Morandé la besó en la frente. Un contacto leve, frío, discreto.

– Que seas muy feliz y que todo te vaya bien, hija.

Elisa agitó la mano y pasó el bolso a través del escáner.

– Llama y escribe, no te olvides -le decía su madre.

– Mucha, mucha suerte-repetía Víctor. Incluso cuando ella dejó de oírlo le pareció, por el movimiento de sus labios, que seguía diciendo lo mismo.

A partir de ese instante las caras de Víctor y de su madre quedaron atrás. Por la ventanilla del avión contempló Madrid desde la altura y se le antojó que aquello significaba un nuevo capítulo en la historia de su vida. Me ha llamado. Quiere que vaya a Zurich a trabajar con él Es increíble. Todo había cambiado para ella: había dejado de ser la estudiante «Robledo Morandé, Elisa» y penetraba, en efecto, en un mundo diferente, pero muy distinto del que había temido. Un mundo que parecía aguardarla en lo alto y le batía guiños con el brillo del sol. Y ella se dirigía hacia ese sol como montada en un carro alado y controlando sus propias riendas.

Sonrió y cerró los ojos, gozando de la sensación.

Años después llegaría a pensar que, de haber sospechado lo que le aguardaba tras ese viaje, no habría tomado aquel avión, ni respondido la llamada del móvil ese domingo.

De haberlo siquiera imaginado, habría regresado a casa y se habría encerrado en la habitación tras clavar puertas y ventanas, permaneciendo oculta para siempre.

Pero en aquel momento lo ignoraba todo.