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Eloy no esperaba aquella reacción de Máximo.
– ¡Ya lo sé, ya lo sé! ¿Pero no ves que le estoy siguiendo? -gruñó para sí mismo-. ¡Vas a hacer que…!
Claro que, con sus gestos, Máximo le acababa de dar la certeza final. Era él.
El camello que le había vendido a Luciana aquel caballo blanco y mortal.
El resto estalló allí mismo, entre sus manos, en su mente, en cuestión de un segundo.
El hombre girando la cabeza, reaccionando con miedo, echando a correr hacia la salida.
Si se escapaba, perderían su última oportunidad.
– ¡Cinta, Santi! -gritó aun sabiendo que era inútil-. ¡Va hacia vosotros! ¡Detenedle!
Empujó a cuantos encontró por delante, sin miramientos, derribó a una chica, hizo caer algunos vasos y manchó a otros muchos al salpicarles con el vaivén de sus propios vasos. Un murmullo de ira arropó sus movimientos junto a la música que seguía machacando sus sentidos. Pero para él lo único que contaba era cogerlo.
Cogerlo.
Sólo que el camello parecía haber tomado ya una sustancial ventaja en su huida.