




Laura Joh Rowland


La Marca del Asesino


Sano Ichiro  #6



Prologo

Edo

Periodo Genroku a&#241;o 8, mes 4

(Tokio, mayo de 1695)


Un disparo reson&#243; en el interior del castillo de Edo y su eco alcanz&#243; la ciudad que se extend&#237;a en las faldas de la colina.

En el hip&#243;dromo del castillo, cinco caballos partieron a todo galope desde la l&#237;nea de salida. Los montaban jinetes samur&#225;is, vestidos con yelmos de metal y cotas de armadura, encogidos en las sillas. Fustigaban a los animales; sus gritos exig&#237;an m&#225;s velocidad. Los cascos levantaban nubes de polvo.

Alrededor del largo circuito oval, en gradas de madera protegidas del sol por toldos a rayas, los funcionarios que formaban el p&#250;blico animaban a los jinetes. Los soldados que patrullaban por los muros de piedra y los apostados en las atalayas por encima de &#233;stos miraban y vitoreaban. Los caballos galoparon en paralelo hasta llegar a la primera curva, y entonces se api&#241;aron mientras los jinetes luchaban por ganar la posici&#243;n en el carril interior de la pista. Lanzaban golpes a las monturas y los cuerpos de sus rivales; sus fustas restallaban contra los caballos y resonaban con estruendo en las armaduras. Los animales relinchaban entre choques. Cuando completaron la curva, un jinete a lomos de un semental zaino se destac&#243; del pelot&#243;n.

Lo espoleaban las sensaciones del poder y la velocidad. El pulso se le aceleraba al ritmo de los cascos tronantes de su caballo, que resonaban en su yelmo. A trav&#233;s de la visera ve&#237;a pasar los espectadores, sus manos ondeantes, sus vestiduras de colores y sus rostros &#225;vidos fundidos en un borr&#243;n al viento. Lanz&#243; un grito, embriagado por una osad&#237;a temeraria. Ese nuevo caballo val&#237;a hasta la &#250;ltima pieza de oro que hab&#237;a pagado por &#233;l. Recuperar&#237;a su precio en cuanto hubiera cobrado las apuestas y le ense&#241;ar&#237;a a todo el mundo qui&#233;n era el mejor jinete de la capital.

Lanzado por la pista, sac&#243; un cuerpo de ventaja a los dem&#225;s. Al mirar por encima del hombro, vio que dos rivales se le echaban encima, uno a cada lado. Se inclinaron hacia delante y lo hostigaron con sus fustas. Los impactos resbalaban en la armadura. Un jinete agarr&#243; sus riendas y otro lo asi&#243; de la cota en un intento por frenarlo. Implacable en su ansia de ganar, el jinete propin&#243; fustazos a sus yelmos. Los dej&#243; atr&#225;s y el p&#250;blico rugi&#243;. &#201;l aull&#243; de j&#250;bilo al tomar la siguiente curva. El pelot&#243;n lo segu&#237;a en estampida, pero &#233;l arranc&#243; m&#225;s velocidad a su caballo, hasta aumentar su ventaja mientras se acercaba a la meta.

De repente en su cabeza surgi&#243; la imagen de un jinete que se le acercaba, de tama&#241;o monstruoso, negro como la noche. Sobresaltado, ech&#243; un vistazo atr&#225;s, pero s&#243;lo vio los caballos y rivales conocidos que avanzaban a trav&#233;s del polvo de su estela. Espole&#243; y fustig&#243; m&#225;s la montura, imprimi&#233;ndole un aceler&#243;n que aument&#243; la brecha que lo separaba de sus perseguidores. Por delante, a unos cien pasos de distancia, se encontraba la l&#237;nea de meta. All&#237; lo esperaban dos funcionarios samur&#225;is, con banderas rojas, listos para se&#241;alar al ganador.

Sin embargo, en ese momento el jinete monstruoso cobr&#243; tama&#241;o en su percepci&#243;n, ech&#225;ndosele encima a tal punto que sent&#237;a su sombra en la nuca. Not&#243; un dolor intenso y atroz tras el ojo derecho, como si le hubieran clavado un cuchillo en el cr&#225;neo, y solt&#243; un grito. El dolor empez&#243; a palpitar, hundi&#233;ndole su filo cada vez m&#225;s hondo, cada vez m&#225;s fuerte y m&#225;s r&#225;pido. Gimi&#243; de sufrimiento y confusi&#243;n.

&#191;Qu&#233; le estaba pasando?

La luz solar adquiri&#243; una intensidad abrasadora. La pista, los hombres de la meta y los espectadores se disolvieron en una reverberaci&#243;n cegadora, como si el mundo se hubiera incendiado. Su coraz&#243;n marcaba un sonoro y fren&#233;tico contrapunto a los latidos de dolor. Los sonidos exteriores se confundieron en un zumbido apagado y un cosquilleo se le extendi&#243; por brazos y piernas. No sent&#237;a el caballo debajo de &#233;l. Su cabeza parec&#237;a muy alejada del cuerpo. Supo entonces que algo espantoso le estaba ocurriendo. Trat&#243; de pedir ayuda, pero de su boca s&#243;lo surgieron unos graznidos incoherentes.

Aun as&#237;, no sent&#237;a miedo. La emoci&#243;n y el pensamiento se le escaparon como hojas arrastradas por el viento. Not&#243; debilidad en las manos y afloj&#243; las riendas. Su cuerpo era un peso muerto e insensible que se desplomaba en la silla. La luz brillante y temblorosa se contrajo en un punto al tiempo que el jinete negro lo alcanzaba y la oscuridad se apoderaba de su visi&#243;n.

El punto de luz se apag&#243; con un parpadeo. El mundo desapareci&#243; en un silencio negro. La conciencia muri&#243;.

Al cruzar la l&#237;nea de meta, cay&#243; de su montura en la trayectoria de los caballos que lo persegu&#237;an.



Cap&#237;tulo 1

Por encima del hip&#243;dromo, m&#225;s all&#225; de las lomas boscosas surcadas por pasajes de paredes de piedra que rodeaban y remontaban la colina, se ergu&#237;a un complejo separado de las mansiones donde viv&#237;an los altos funcionarios del r&#233;gimen Tokugawa. Lo proteg&#237;an unos altos muros rematados por pinchos met&#225;licos; sus tejados asomaban entre pinos. A su entrada formaban cola funcionarios samur&#225;is, ataviados con las vestiduras formales de seda y las dos espadas, con la coronilla rapada y los mo&#241;os propios de su clase. Escoltados por los guardias, entraban por la doble puerta, cruzaban el patio y pasaban a la mansi&#243;n, que se multiplicaba en un laberinto de alas conectadas por pasillos cubiertos. Luego se congregaban en una antesala, donde esperaban para ver al chambel&#225;n Sano Ichiro, segundo del sog&#250;n y primer administrador del bakufu, el gobierno militar que reg&#237;a los destinos de Jap&#243;n. Entreten&#237;an la espera con chismes pol&#237;ticos, produciendo un rumor constante y creciente con sus voces. En las habitaciones contiguas reinaba un torbellino de actividad: los asesores del chambel&#225;n se insultaban entre ellos; los oficinistas registraban los negocios realizados por el r&#233;gimen, recopilaban informes y los archivaban; los mensajeros iban y ven&#237;an a toda prisa.

Encerrado en su despacho privado interior, el chambel&#225;n Sano se hallaba reunido con el general Isogai, comandante supremo del Ej&#233;rcito, para ponerse al d&#237;a de los asuntos militares. A su alrededor, coloridos mapas de Jap&#243;n colgaban de los gruesos tabiques de madera que amortiguaban el bullicio exterior. Las estanter&#237;as y los cofres de hierro a prueba de incendios estaban llenos de libros de registros. La ventana abierta ofrec&#237;a una vista del jard&#237;n, donde resplandec&#237;a a la luz vespertina la arena rastrillada en l&#237;neas paralelas alrededor de unas rocas musgosas.

Hay buenas y malas noticias -dijo el general Isogai. Era un hombre bulboso con una cabeza achaparrada que parec&#237;a brotarle directamente de los hombros. Sus ojos centelleaban de inteligencia y jovialidad. Hablaba con una voz sonora acostumbrada a impartir &#243;rdenes-. La buena noticia es que las cosas se han calmado en los &#250;ltimos seis meses.

Seis meses atr&#225;s, la capital se hab&#237;a visto envuelta en una contienda pol&#237;tica.

Demos gracias de que se haya reinstaurado el orden y evitado la guerra civil -dijo Sano, que recordaba la sangrienta batalla en que se hab&#237;an enfrentado las tropas de dos facciones rivales a las afueras de Edo, saldada con 346 soldados muertos.

Podemos agradecer a los dioses que el caballero Matsudaira tenga el poder y haya desaparecido Yanagisawa -a&#241;adi&#243; el general.

El caballero Matsudaira -primo del sog&#250;n- y el ex chambel&#225;n Yanagisawa hab&#237;an competido con encono por hacerse con el poder. Su lucha hab&#237;a dividido el bakufu, hasta que Matsudaira hab&#237;a logrado ganarse m&#225;s aliados, derrotar al ej&#233;rcito de su rival y desalojar a Yanagisawa. En ese momento controlaba al sog&#250;n y, por ende, la dictadura.

La mala noticia es que no han acabado los problemas -prosigui&#243; Isogai-. Se han producido m&#225;s incidentes desafortunados. Dos de mis soldados fueron emboscados y asesinados en la carretera, y otros cuatro mientras patrullaban por la ciudad. Ayer pusieron una bomba en la guarnici&#243;n militar de Hodogaya; cuatro soldados resultaron muertos, ocho heridos.

Sano arrug&#243; la frente, consternado.

&#191;Han atrapado a los responsables?

Todav&#237;a no -respondi&#243; Isogai con expresi&#243;n agria-. Pero por supuesto sabemos qui&#233;nes son.

Tras el derrocamiento de Yanagisawa, docenas de soldados de su ej&#233;rcito se las hab&#237;an ingeniado para frustrar los denodados esfuerzos del caballero Matsudaira por capturarlos. Edo, hogar de un mill&#243;n de personas e incontables casas, tiendas, templos y santuarios, ofrec&#237;a muchos escondrijos a los fugitivos. Decididos a vengar la derrota de su se&#241;or, libraban la guerra contra el caballero Matsudaira en forma de atentados y sabotajes. As&#237; pues, Yanagisawa todav&#237;a proyectaba una sombra, aunque en ese momento viviera exiliado en la isla de Hachijo, en medio del oc&#233;ano.

He o&#237;do informes de combates entre el Ej&#233;rcito y los rebeldes en las provincias -dijo Sano. Los rebeldes estaban fomentando la insurrecci&#243;n en las zonas donde los Tokugawa ten&#237;an menos presencia militar-. &#191;Sab&#233;is ya qui&#233;n dirige los ataques?

He interrogado a los fugitivos capturados y les he sonsacado algunos nombres. Todos son altos mandos del ej&#233;rcito de Yanagisawa pasados a la clandestinidad.

&#191;Podr&#237;an estar recibiendo &#243;rdenes de alguien nada clandestino?

&#191;Del interior del bakufu, quer&#233;is decir? -Isogai se encogi&#243; de hombros-. Quiz&#225;. Aunque el caballero Matsudaira se ha desembarazado de la mayor parte de la oposici&#243;n, no puede eliminarlos a todos.

Matsudaira hab&#237;a purgado el gobierno de muchos funcionarios que hab&#237;an apoyado a su rival. Los destierros, degradaciones y ejecuciones probablemente se prolongar&#237;an una temporada. Sin embargo, todav&#237;a hab&#237;a en el bakufu restos de la facci&#243;n de Yanagisawa. Se trataba de hombres demasiado poderosos para que Matsudaira pudiera defenestrarlos. Supon&#237;an un desaf&#237;o modesto pero creciente para &#233;l. -Con el tiempo aplastaremos a los rebeldes -dijo el general-. S&#243;lo nos cabe rogar que un ej&#233;rcito extranjero no invada Jap&#243;n mientras andamos enfrascados en ello.

Terminada su reuni&#243;n, ambos se levantaron e intercambiaron reverencias.

Mantenedme informado -pidi&#243; Sano. El general lo observ&#243; un momento.

Estos tiempos han sido desastrosos para muchas personas -coment&#243;-, pero beneficiosos para otras. -Su sonrisa c&#243;mplice y traviesa era un gui&#241;o para Sano-. Si Yanagisawa y el caballero Matsudaira no se hubieran enfrentado, cierto antiguo detective jam&#225;s se habr&#237;a elevado a cotas muy por encima de sus expectativas &#191;no es as&#237;, honorable chambel&#225;n?

Recalc&#243; el t&#237;tulo de Sano, concedido seis meses atr&#225;s a resultas de una investigaci&#243;n de asesinato que hab&#237;a precipitado la ca&#237;da de Yanagisawa.Sano, que en un tiempo fuera sosakan-sama del sog&#250;n -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, hab&#237;a sido elegido como sustituto del anterior chambel&#225;n.

Isogai solt&#243; una risita.

Jam&#225;s pens&#233; que responder&#237;a ante un antiguo ronin. -Antes de incorporarse al gobierno, Sano hab&#237;a sido un samur&#225;i sin se&#241;or que malviv&#237;a como tutor e instructor de artes marciales-. Apost&#233; con varios de mis oficiales que no durar&#237;ais ni un mes.

Gracias por vuestro voto de confianza -repuso Sano con una sonrisa ir&#243;nica, al recordar lo que le hab&#237;a costado aprender c&#243;mo funcionaba el gobierno, mantener bien engrasada su enorme y esot&#233;rica burocracia y entablar una buena relaci&#243;n con los subalternos que le echaban en cara su ascenso por encima de ellos.

En cuanto hubo partido el general, el torbellino exterior al despacho de Sano irrumpi&#243; por la puerta. Los asesores se le echaron encima, luchando a voces por su atenci&#243;n:

&#161;Aqu&#237; est&#225;n los &#250;ltimos informes sobre rentas p&#250;blicas!

&#161;Aqu&#237; est&#225;n vuestros memorandos para que los firm&#233;is!

&#161;Los consejeros judiciales esperan para veros!

Los asesores apilaron una monta&#241;a de documentos sobre el escritorio y desenrollaron pergaminos ante &#233;l. Imparti&#243; &#243;rdenes mientras repasaba los papeles y los estampaba con el sello de su firma. Esa hab&#237;a sido su rutina cotidiana desde que lo nombraran chambel&#225;n. Para mantenerse al d&#237;a de todo lo que pasaba en la naci&#243;n, le&#237;a y escuchaba un sinf&#237;n de informes y celebraba una reuni&#243;n tras otra. Su vida se hab&#237;a convertido en un frenes&#237; incesante. Reflexion&#243; sobre que el r&#233;gimen Tokugawa, fundado por el acero de la espada, marchaba a esas alturas sobre el papel y la charla. Lamentaba la costumbre que hab&#237;a instaurado al asumir su nuevo cargo.

En su af&#225;n por tomar las riendas, hab&#237;a querido entrevistarse con todo el mundo y o&#237;r todas las noticias y problemas sin el filtro de quienes pudieran ocultarle la verdad. Hab&#237;a pretendido tomar las decisiones por su cuenta, en lugar de confiarlas a los doscientos hombres que formaban su personal. Como no quer&#237;a acabar manipulado y en la ignorancia, Sano hab&#237;a abierto sus puertas a un enjambre de funcionarios. Sin embargo, no tard&#243; en darse cuenta de que se hab&#237;a excedido. Los asuntos de poca monta y la gente ansiosa por ganarse su favor le consum&#237;an demasiado tiempo. A menudo se sent&#237;a como si flotara precariamente en constante peligro de ahogarse. Hab&#237;a cometido muchos errores y herido muchas susceptibilidades.

Con independencia de sus dificultades, Sano se enorgullec&#237;a de sus logros. Hab&#237;a mantenido de una pieza el r&#233;gimen Tokugawa a pesar de su inexperiencia. Hab&#237;a alcanzado la cumbre de la carrera de un samur&#225;i, el m&#225;s alto honor. Con todo, a menudo se sent&#237;a aprisionado en su despacho. Su esp&#237;ritu de guerrero se impacientaba; ni siquiera ten&#237;a tiempo para practicar las artes marciales. Sentarse, hablar y manosear papel mientras la espada criaba herrumbre no era trabajo para un samur&#225;i. No pod&#237;a evitar la a&#241;oranza de sus d&#237;as de detective, el desaf&#237;o intelectual de resolver cr&#237;menes y la emoci&#243;n de cazar malhechores. Deseaba usar su nuevo poder para hacer el bien, mas no parec&#237;a haber muchas ocasiones para ello.

Un mensajero del castillo de Edo esperaba indeciso a su lado.

Disculpad, honorable chambel&#225;n -dijo-, pero el sog&#250;n desea veros en palacio ahora mismo.

Adem&#225;s de todo, Sano estaba a las &#243;rdenes del sog&#250;n d&#237;a y noche. Su deber m&#225;s importante era mantener contento a su se&#241;or. No pod&#237;a rehusar un llamamiento, por frivolos que solieran demostrarse los motivos.

Sali&#243; de sus aposentos acompa&#241;ado por sus dos vasallos, Marume y Fukida. Los dos hab&#237;an pertenecido a su cuerpo de detectives cuando era sosakan-sama, en ese momento le serv&#237;an en calidad de guardaespaldas y ayudantes. Atravesaron con paso ligero la antesala, donde los funcionarios ansiosos por verlo revolotearon a su alrededor suplicando un instante de su atenci&#243;n. Sano se disculp&#243; y se apart&#243; mentalmente de todo el trabajo que ten&#237;a pendiente, mientras Marume y Fukida lo sacaban por la puerta.

Dentro del palacio, Sano y sus escoltas avanzaron por la larga sala de audiencias, por delante de los guardias apostados contra las paredes. El sog&#250;n estaba sentado en la tarima del fondo. Llevaba el gorro negro cil&#237;ndrico que indicaba su rango y unas lujosas vestiduras de seda cuyas tonalidades verdes y doradas casaban con el paisaje mural que ten&#237;a detr&#225;s. El caballero Matsudaira estaba de rodillas en la posici&#243;n de honor, por debajo del sog&#250;n y a su derecha. Sano se arrodill&#243; en su habitual lugar a la izquierda del dictador; sus hombres se colocaron cerca de &#233;l. Mientras hac&#237;an reverencias a sus superiores, Sano pens&#243; en qu&#233; parecidos eran de aspecto los dos primos, y a la vez qu&#233; diferentes.

Ten&#237;an en com&#250;n las facciones aristocr&#225;ticas de los Tokugawa pero, mientras las del sog&#250;n parec&#237;an marchitas y pusil&#225;nimes, las del caballero Matsudaira estaban reforzadas por una salud robusta y un esp&#237;ritu aguerrido. Los dos ten&#237;an cincuenta a&#241;os y la misma altura aproximada, pero el sog&#250;n parec&#237;a mucho m&#225;s viejo y menudo por su pose encorvada. Matsudaira, m&#225;s corpulento que su primo, ergu&#237;a la espalda con orgullo. Aunque llevaba ropajes de un tono discreto, dominaba la sala.

He solicitado esta reuni&#243;n para anunciar una mala noticia -dijo el caballero. Manten&#237;a la farsa superficial de que su primo ten&#237;a el poder y fing&#237;a someterse a su dictado, aunque no enga&#241;aba a nadie salvo al sog&#250;n. Aunque en ese momento controlaba el gobierno, todav&#237;a cortejaba el favor de su primo porque, en caso contrario, otros lo har&#237;an y &#233;l se expondr&#237;a a perder su influencia-. Ejima Senzaemon acaba de morir.

Sano experiment&#243; sorpresa y consternaci&#243;n. El sog&#250;n adopt&#243; una expresi&#243;n intranquila y confusa.

&#191;Qui&#233;n has dicho? -La voz le temblaba con su miedo constante a parecer est&#250;pido.

Ejima Senzaemon -repiti&#243; Matsudaira.

Aah. -El sog&#250;n arrug&#243; la frente, m&#225;s perplejo que aclarado-. &#191;Lo conozco?

Por supuesto -repuso el caballero, apenas ocultando su impaciencia ante las pocas luces de su primo. Sano casi lo o&#237;a pensar que &#233;l, y no Tokugawa Tsunayoshi, deber&#237;a haber nacido para gobernar el r&#233;gimen.

Ejima era el jefe de la metsuke -murmur&#243; Sano para echarle una mano. La metsuke era el servicio secreto que empleaba esp&#237;as para reunir informaci&#243;n en todo Jap&#243;n a fin de mantener vigilados a los alborotadores y defender el poder del r&#233;gimen.

&#191;De verdad? -pregunt&#243; el sog&#250;n-. &#191;Cu&#225;ndo asumi&#243; el cargo?

Hace unos seis meses -respondi&#243; Sano. A Ejima lo hab&#237;a nombrado el caballero Matsudaira tras la purga de su antecesor, un aliado del chambel&#225;n Yanagisawa.

El sog&#250;n emiti&#243; un suspiro cansado.

Hay tanta gente nueva en el, aah, gobierno de un tiempo a esta parte No me aclaro con ellos. -Esboz&#243; una mueca de irritaci&#243;n-. Me ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil si los mismos hombres se quedaran en los mismos puestos. No s&#233; por qu&#233; no puede ser.

Nadie ofreci&#243; una explicaci&#243;n. El sog&#250;n no estaba enterado de la guerra entre el caballero Matsudaira y el chambel&#225;n Yanagisawa ni de la victoria del primero y la consiguiente purga; nadie se lo hab&#237;a contado y, dado que rara vez abandonaba el palacio, ve&#237;a poco de lo que pasaba a su alrededor. Sab&#237;a que hab&#237;an exiliado a Yanagisawa, pero no ten&#237;a claro por qu&#233;. Ni el ex chambel&#225;n ni el caballero hab&#237;an querido que supiera que aspiraban a controlar el r&#233;gimen, por miedo a que los condenara a muerte por traici&#243;n. Llegado ese momento, su primo prefer&#237;a mantener al sog&#250;n ajeno al hecho de que hab&#237;a asumido el poder y en la pr&#225;ctica gobernaba Jap&#243;n. Nadie osaba desobedecer sus &#243;rdenes que prohib&#237;an informar al sog&#250;n. Una conspiraci&#243;n de silencio imperaba en el castillo de Edo.

&#191;C&#243;mo ha muerto Ejima? -pregunt&#243; Sano.

Se ha ca&#237;do del caballo durante una carrera en el hip&#243;dromo del castillo de Edo -explic&#243; Matsudaira.

Oh, cielos -dijo el sog&#250;n-. Las carreras de caballos son un deporte muy peligroso, a lo mejor habr&#237;a que, aah, prohibirlas.

Recuerdo haber o&#237;do que Ejima era un jinete especialmente temerario -coment&#243; Sano- y que hab&#237;a sufrido accidentes antes.

No creo que esto haya sido un accidente -replic&#243; el caballero con tono cortante-. Me huelo que hay gato encerrado, -&#191;Eh? -Sano vio su sorpresa reflejada en el rostro de sus hombres-. &#191;Por qu&#233;?

No es la &#250;nica muerte reciente y repentina de un alto funcionario -observ&#243; Matsudaira-. Primero fue Ono Shinnosuke, el supervisor de ceremonias de la corte, el d&#237;a de A&#241;o Nuevo. En primavera muri&#243; Sasamura Tomota, comisario de carreteras. Y apenas el mes pasado, el ministro del Tesoro Moriwaki.

Pero Ono y Sasamura murieron mientras dorm&#237;an, en casa y en su cama -dijo Sano-. El ministro del Tesoro se cay&#243; en la ba&#241;era y golpe&#243; en la cabeza. Sus muertes no parecen guardar relaci&#243;n con la Ejima.

&#191;No veis un patr&#243;n? -El tono de Matsudaira estaba pre&#241;ado de ominosa insinuaci&#243;n.

Todos eran, aah, nuevos en sus cargos, &#191;no es as&#237;? -terci&#243; el sog&#250;n con timidez. Ten&#237;a el aire de un ni&#241;o que jugara a las adivinanzas y esperase haber dado con la respuesta correcta-. &#191;Y murieron al poco de asumir el puesto?

Precisamente -contest&#243; su primo, sorprendido de que el sog&#250;n los recordase, por no hablar ya de que supiera cualquier cosa sobre ellos.

Eran todos compinches de confianza de Matsudaira, instalados despu&#233;s de su asalto al poder, podr&#237;a haber a&#241;adido Sano, pero no lo hizo.

Es posible que esas muertes no hayan sido tan naturales como aparentan -dijo Matsudaira-. Tal vez formen parte de un complot para socavar el r&#233;gimen eliminando funcionarios clave.

Si bien los enemigos de Matsudaira dentro y fuera del bakufu tramaban su ca&#237;da a todas horas, Sano no sab&#237;a qu&#233; pensar sobre una conspiraci&#243;n interna para debilitar el r&#233;gimen que &#233;ste hab&#237;a establecido. Durante los &#250;ltimos seis meses lo hab&#237;a visto transformarse de confiado cabeza de una destacada rama del clan Tokugawa en hombre nervioso y receloso inseguro en su nueva posici&#243;n. Los frecuentes sabotajes y atentados violentos contra su ej&#233;rcito por parte de los forajidos de Yanagisawa espoleaban su inquietud. Pod&#237;an robarle al ladr&#243;n el poder robado, supon&#237;a Sano.

&#191;Un complot contra el r&#233;gimen? -grazn&#243; el sog&#250;n, siempre susceptible a las advertencias de peligro. Mir&#243; alrededor como si lo atacaran a &#233;l, y no a su primo-. &#161;Tienes que hacer algo! -le espet&#243;.

Y bien que lo har&#233; -dijo &#233;ste-. Chambel&#225;n Sano, os ordeno que investigu&#233;is las muertes. -Aunque Sano era el segundo del sog&#250;n, respond&#237;a ante el caballero Matsudaira, como todos los miembros del gobierno. En sus prisas por protegerse, el primo del sog&#250;n hab&#237;a olvidado manipularlo para que diera &#233;l la orden-. En caso de que se demostraran ser asesinatos, identificar&#233;is y prender&#233;is al asesino antes de que pueda cometer un nuevo crimen.

A Sano lo asalt&#243; un escalofr&#237;o de emoci&#243;n y alegr&#237;a. Aunque las muertes resultaran naturales o accidentales, all&#237; se le presentaba un bienvenido descanso del papeleo.

Como dese&#233;is, mi se&#241;or.

No tan r&#225;pido -dijo el sog&#250;n, con los ojos entrecerrados por la contrariedad de que Matsudaira se hubiera saltado su autoridad-. Me parece recordar que Sano-san ya no es detective. Investigar cr&#237;menes ya no es su trabajo. No puedes pedirle que, aah, se ensucie las manos investigando esas muertes.

El caballero se apresur&#243; a enmendar su error.

Sano-san est&#225; obligado a hacer lo que dese&#233;is, con independencia de su posici&#243;n. Y vos dese&#225;is que proteja vuestros intereses, &#191;no es as&#237;?

Al sog&#250;n se le marc&#243; la d&#233;bil mand&#237;bula por la obstinaci&#243;n.

Pero el chambel&#225;n Sano est&#225; demasiado ocupado.

No me importa el trabajo extra, excelencia. -Ahora que ten&#237;a esa oportunidad para la acci&#243;n, Sano no pensaba dejarla escapar. Su energ&#237;a espiritual se encrespaba ante la perspectiva de una misi&#243;n en pos de la verdad y la justicia, que eran fundamentales para su c&#243;digo de honor personal-. Estoy ansioso por ser de utilidad.

Muchas gracias -dijo el sog&#250;n con una mirada moh&#237;na al caballero Matsudaira adem&#225;s de a Sano-, pero ayudarme a dirigir el pa&#237;s exige toda tu atenci&#243;n.

En ese momento Sano record&#243; el mill&#243;n de tareas que lo esperaban. No pod&#237;a dejar su puesto durante mucho tiempo y arriesgarse a perder su precario control sobre los asuntos de la naci&#243;n.

Tal vez su excelencia tenga raz&#243;n -reconoci&#243; a rega&#241;adientes-. A lo mejor esta investigaci&#243;n es competencia de la polic&#237;a. Por lo general son ellos los responsables de resolver los casos de muertes misteriosas.

Buena idea -dijo el sog&#250;n, y pregunt&#243; a su primo con beligerante desd&#233;n-: &#191;Por qu&#233; no has pensado en la polic&#237;a? Que se encarguen ellos.

No. Debo aconsejaros encarecidamente no meter en esto a la polic&#237;a -se apresur&#243; a advertir Matsudaira.

Sano se pregunt&#243; por qu&#233;. El comisario Hoshina manten&#237;a buenas relaciones con el caballero, y Sano hubiera esperado que &#233;ste le confiara la investigaci&#243;n. Algo deb&#237;a de haber pasado recientemente entre ellos, y la noticia a&#250;n no hab&#237;a corrido.

El chambel&#225;n Sano es el &#250;nico en quien se puede confiar para que llegue al fondo de este asunto -sentenci&#243; Matsudaira.

Era cierto que durante la guerra entre facciones Sano se hab&#237;a mantenido neutral, soportando muchas presiones para que tomara partido por el bando de Yanagisawa o el de Matsudaira. Despu&#233;s, hab&#237;a servido con lealtad a este &#250;ltimo con el fin de restaurar la paz. Adem&#225;s, mucho antes de que empezaran los problemas se hab&#237;a labrado la reputaci&#243;n de ser independiente de miras y de buscar la verdad incluso en detrimento propio.

A menos que se atrape al asesino, ir&#225; matando a los funcionarios del r&#233;gimen hasta que no quede ninguno -le advirti&#243; Matsudaira al sog&#250;n-. Os quedar&#233;is solo. -Adopt&#243; un tono amenazante-. Y eso no os gustar&#237;a, &#191;o s&#237;?

Su primo se encogi&#243; en la tarima.

Oh, no, para nada. -Lanz&#243; una mirada aterrorizada en derredor, como si viera desaparecer a sus acompa&#241;antes ante sus ojos.

Si el caballero Matsudaira consent&#237;a los ataques a su r&#233;gimen, perder&#237;a prestigio adem&#225;s de poder, y Sano sab&#237;a que eso era peor que la muerte para un hombre orgulloso como &#233;l.

Entonces deb&#233;is ordenarle al chambel&#225;n Sano que lo deje todo, investigue los asesinatos y os salve.

S&#237;. Tienes raz&#243;n. -La resistencia del sog&#250;n se vino abajo-. Sano-san, haz todo lo que sugiera mi primo.

Una sabia decisi&#243;n, excelencia -dijo el caballero. Asom&#243; a su boca un atisbo de sonrisa, una expresi&#243;n de desprecio por el sog&#250;n y orgullo ante lo f&#225;cil que era meterlo en vereda. Se dirigi&#243; a Sano-. He enviado hombres a que aseguren el hip&#243;dromo y vigilen el cad&#225;ver. Tienen &#243;rdenes de no dejar entrar o salir a nadie hasta que hay&#225;is examinado el escenario de los hechos. Pero ser&#225; mejor que vay&#225;is de inmediato. El p&#250;blico se estar&#225; impacientando.

Sano y sus hombres de despidieron con reverencias. Sano sali&#243; de la sala con paso ligero, sin pensar en las calamidades que pod&#237;an abatirse durante su ausencia del tim&#243;n del gobierno. Le daba igual la cantidad de trabajo que se le acumulase mientras investigaba la muerte del jefe Ejima; se sent&#237;a como un prisionero excarcelado. Ah&#237; ten&#237;a su oportunidad de aplicar todo el poder y los recursos de su nuevo cargo en la causa de la justicia.



Cap&#237;tulo 2

Los centinelas de la entrada principal del castillo de Edo abrieron los enormes portales remachados en hierro. Por ellos sali&#243; una comitiva de samur&#225;is a caballo escoltando un palanqu&#237;n a hombros de fornidos porteadores. Lo ocupaba, visible por su ventanilla, la dama Reiko, esposa del chambel&#225;n Sano. Su delicado y bello rostro juvenil reflejaba ansiosa expectaci&#243;n.

Esa ma&#241;ana hab&#237;a recibido un mensaje de su padre que rezaba: Te ruego vengas hoy al Tribunal de Justicia a la hora de la oveja. Hay un juicio que me gustar&#237;a que presenciases.

A Reiko la alegraba la perspectiva de algo que animara su existencia. Desde que Sano se hab&#237;a convertido en chambel&#225;n ten&#237;a poco que hacer, aparte de cuidar de su hijo Masahiro. Antes, cuando Sano era sosakan-sama, lo ayudaba a resolver sus casos, buscando pistas en lugares vedados para &#233;l, utilizando sus contactos en el mundo de las mujeres. Sin embargo, no pod&#237;a ayudarlo a manejar el gobierno, y &#233;l andaba tan ocupado que rara vez lo ve&#237;a, salvo cuando llegaba a casa agotado por las noches. Reiko echaba de menos los viejos tiempos, aunque estaba orgullosa del importante cargo de su marido. Afrontar el peligro y la muerte se le antojaba preferible a ir dejando que se le fuera la vida como al resto de las mujeres de su clase. No mejoraba las cosas el hecho de que lo peligroso de los tiempos la hubiese mantenido encerrada en el castillo de Edo durante la mayor parte de los &#250;ltimos seis meses.

Su comitiva atraves&#243; el distrito administrativo de Hibiya, donde viv&#237;an y trabajaban los altos funcionarios del r&#233;gimen en se&#241;oriales mansiones rodeadas de elevados muros. Por las calles patrullaban m&#225;s soldados de lo normal, a la b&#250;squeda de fugitivos de la facci&#243;n de Yanagisawa. Reiko divis&#243; una mansi&#243;n que hab&#237;a ardido; solo quedaba una monta&#241;a de cascotes. El incendio era el arma favorita de los forajidos.

Un vendedor de noticias pregonaba sus gacetas paseando entre los funcionarios, oficinistas y criados que abarrotaban el distrito.

&#161;Los forajidos asaltaron ayer a un rico mercader y su familia que viajaban por la carretera del mar del Este! -gritaba-. &#161;Lo mataron y violaron a su mujer!

Los fugitivos estaban desesperados por conseguir dinero para su subsistencia y su causa, y a menudo comet&#237;an atrocidades contra los ciudadanos que ten&#237;an la mala suerte de toparse con ellos. Reiko llevaba una daga bajo la manga, presta para defenderse si era necesario.

La comitiva se detuvo ante la mansi&#243;n del magistrado Ueda, que albergaba el Tribunal de Justicia. Los guardias de la puerta salieron presurosos.

Declarad vuestros nombres -ordenaron-. Mostrad vuestras credenciales.

Mientras los escoltas lo hac&#237;an, otros guardias se asomaron con aire receloso al palanqu&#237;n. Hac&#237;a poco un forajido hab&#237;a entrado en una mansi&#243;n disfrazado de porteador, y con una daga que llevaba en la caja que transportaba hab&#237;a matado a cinco personas antes de que lo redujeran. La seguridad se hab&#237;a reforzado en todas partes. En ese momento el guardia reconoci&#243; a Reiko y dej&#243; que la comitiva pasara por la puerta. En el patio se ape&#243; del palanqu&#237;n. M&#225;s polic&#237;as de lo normal vigilaban a m&#225;s prisioneros de lo normal a la espera de juicio. Los reos eran mayormente samur&#225;is que parec&#237;an soldados del ej&#233;rcito de Yanagisawa. Cargados de pesadas cadenas, se los ve&#237;a desastrados y manchados de sangre, como si hubieran luchado con u&#241;as y dientes para resistirse a su captura. Auque Yanagisawa hab&#237;a sido un se&#241;or cruel y malvado, el bushido -el c&#243;digo de honor de los samur&#225;is- les exig&#237;a una lealtad inquebrantable a &#233;l. Los guardaespaldas de Reiko la acompa&#241;aron por delante de ellos y otros prisioneros, plebeyos malcarados. La delincuencia proliferaba en la ciudad; muchos se aprovechaban del desorden generalizado y la sobrecarga de trabajo de la polic&#237;a.

En la mansi&#243;n baja con entramado de madera, Reiko entr&#243; en la sala del tribunal y se encontr&#243; con el juicio a punto de empezar. Sobre la tarima del fondo de la larga sala distingui&#243; a su padre, el magistrado Ueda, corpulento y digno con sus vestiduras negras ceremoniales, uno de los dos magistrados que manten&#237;an la ley y el orden y resolv&#237;an las disputas en Edo. A cado lado ten&#237;a un secretario, equipado con una mesita y recado de escribir. Aparte de los guardias, s&#243;lo hab&#237;a presentes dos personas m&#225;s. Una era un doshin, un agente de calle de la polic&#237;a. Vestido con quimono corto y calzas de algod&#243;n, estaba de rodillas cerca de la tarima. A la cintura llevaba una sola espada corta y un jitte: una vara de acero con dos puntas curvadas por encima de la empu&#241;adura que se usaba para detener y atrapar la hoja de la espada de un atacante. La otra era la acusada, una mujer vestida con un sayo de arpillera. Estaba de rodillas ante el magistrado sobre una esterilla de paja situada en el shirasu, un tramo del suelo cubierto de arena blanca, s&#237;mbolo de la verdad. Llevaba las manos encadenadas a la espalda; su larga cabellera negra le ca&#237;a desgre&#241;ada por debajo de los hombros.

El magistrado reconoci&#243; la presencia de su hija con un leve asentimiento de la cabeza. Le hizo una se&#241;a a uno de sus secretarios, que anunci&#243;:

La acusada es Yugao, del distrito de Kanda.

Reiko se arrodill&#243; en un lado de la sala, desde donde ve&#237;a la cara de la mujer. Pose&#237;a una belleza severa, frente y p&#243;mulos altos, nariz larga y elegante y labios marcados. Yugao parec&#237;a tener un par de a&#241;os menos que los veinticinco de Reiko. Ten&#237;a la cabeza gacha y la mirada fija en la arena blanca. Su esbelto cuerpo se adivinaba r&#237;gido bajo los pliegues del sayo.

Yugao est&#225; acusada de los asesinatos de su padre, su madre y su hermana -dijo el secretario.

Reiko se qued&#243; boquiabierta. Asesinar a la propia familia era un crimen abyecto que repudiaba la moral de la sociedad. &#191;Pod&#237;a haberlo cometido en realidad esa joven? Se pregunt&#243; por qu&#233; su padre hab&#237;a querido que presenciara ese juicio.

Oir&#233; las pruebas en contra de Yugao -dijo el magistrado Ueda.

El doshin se adelant&#243;. Era un hombre bajito de treinta y tantos a&#241;os, de facciones toscas y ajadas.

Encontramos a las v&#237;ctimas muertas en su casa -explic&#243;-. Todas hab&#237;an sido apu&#241;aladas numerosas veces. Hallamos a Yugao sentada cerca de los cuerpos, con el cuchillo en las manos y cubierta de sangre.

&#161;Que una hija cometiera semejante atrocidad contra sus padres, a los que deb&#237;a el m&#225;ximo respeto y afecto! &#161;Que una hermana matara a otra! Reiko hab&#237;a visto y o&#237;do muchas cosas terribles, pero aquello lo superaba todo. Yugao no se movi&#243; ni cambi&#243; de expresi&#243;n en ning&#250;n momento; no daba muestra alguna de culpabilidad o inocencia. Parec&#237;a no importarle que la acusaran de un crimen cuyo castigo era la muerte y que la mayor&#237;a de los juicios terminaran en un veredicto de culpabilidad.

&#191;Dijo algo Yugao cuando la arrestaron? -pregunt&#243; el magistrado.

Dijo: He sido yo -respondi&#243; el doshin.

&#191;Hay alguna prueba de lo contrario? -pregunt&#243; el magistrado.

Ninguna que yo haya visto.

&#191;Tienes alg&#250;n testigo en condiciones de demostrar que Yugao en efecto cometi&#243; el crimen?

No, honorable magistrado.

&#191;Has buscado o identificado a alg&#250;n otro sospechoso?

No, honorable magistrado.

Reiko empez&#243; a notar una extra&#241;a sensaci&#243;n sobre ese juicio: algo no cuadraba.

La ley permite que las personas acusadas hablen en su propia defensa -le dijo a Yugao el magistrado-. &#191;Qu&#233; tienes que decir en tu favor?

La mujer respondi&#243; con voz inexpresiva y apenas audible:

Yo los mat&#233;.

&#191;Hay algo m&#225;s que quieras decir?

La chica sacudi&#243; la cabeza, en apariencia indiferente al hecho de que era su &#250;ltima oportunidad de salvar la vida. El doshin parec&#237;a aburrido, a la espera de que el magistrado declarara culpable a Yugao y la mandara al campo de ejecuci&#243;n.

Un ce&#241;o ensombreci&#243; las facciones de Ueda. Contempl&#243; a la acusada durante un momento y luego dijo:

Pospongo mi veredicto. Guardias, llevaos a Yugao a una sala de audiencias. -Se volvi&#243; hacia sus secretarios-. Habr&#225; un aplazamiento antes de la sentencia. Se levanta la sesi&#243;n.

Entonces Reiko supo que ocurr&#237;a algo inusual. Su padre era un hombre resuelto, tan r&#225;pido en la administraci&#243;n de justicia como exig&#237;a la ley. Hab&#237;a presenciado muchos de sus juicios y jam&#225;s lo hab&#237;a visto aplazar un veredicto. Tambi&#233;n era una novedad para los secretarios y el doshin, que lo miraron sorprendidos. Yugao alz&#243; la cabeza de golpe. Por vez primera Reiko pudo verle bien los ojos. Eran de un negro de pedernal, bajo p&#225;rpados lisos. Pesta&#241;eaban confusos. Cuando los guardias acudieron a sacarla del tribunal, los acompa&#241;&#243; con docilidad. Los secretarios se marcharon; el magistrado baj&#243; de la tarima. Reiko se puso en pie, rebosante de curiosidad, y fue a su encuentro.

Gracias por venir, hija -dijo &#233;l con una sonrisa afectuosa. Siempre hab&#237;an tenido una relaci&#243;n m&#225;s estrecha que la mayor&#237;a de los padres e hijas, y no s&#243;lo porque Reiko fuera su &#250;nica descendencia. Su madre hab&#237;a muerto cuando ella era s&#243;lo un beb&#233;, y el magistrado la quer&#237;a como lo &#250;nico que quedaba de la mujer a la que hab&#237;a adorado. Ya cuando era muy joven hab&#237;a reparado en su inteligencia y le hab&#237;a concedido una educaci&#243;n que por lo general se reservaba a los hijos varones. Hab&#237;a contratado tutores para que le ense&#241;aran lectura, caligraf&#237;a, historia, matem&#225;ticas, filosof&#237;a y los cl&#225;sicos chinos. Hab&#237;a empleado incluso a maestros de artes marciales para que la instruyeran en esgrima y combate sin armas. Ahora compart&#237;an el inter&#233;s por el crimen.

&#191;Qu&#233; te ha parecido el juicio?

Desde luego ha sido diferente de la mayor&#237;a -respondi&#243; su hija.

El magistrado asinti&#243;.

&#191;En qu&#233; sentido?

Para empezar, Yugao ha confesado sin vacilar -dijo Reiko-. Muchos acusados se declaran inocentes aunque no lo sean, para eludir el castigo. Yugao ni siquiera ha hablado en su defensa. A lo mejor es demasiado t&#237;mida o estaba demasiado asustada, como pasa a veces con las mujeres, pero no lo he notado. Daba muy pocas muestras de emoci&#243;n. -La mayor&#237;a de los acusados eran pasto de los remordimientos, la histeria o cualquier otro tipo de alteraci&#243;n-. No parec&#237;a sentir nada en absoluto, hasta que has pospuesto la sentencia. Me ha dado la sensaci&#243;n de que no agradec&#237;a exactamente el aplazamiento, lo que tambi&#233;n es extra&#241;o.

Sigue -dijo el magistrado Ueda, complacido por las sagaces observaciones de Reiko.

Yugao no ha explicado en ning&#250;n momento por qu&#233; mat&#243; a su familia, si es que en realidad lo hizo. Los criminales confesos suelen arg&#252;ir excusas para justificar lo que han hecho. Es el primer juicio que veo en el que no se presenta ning&#250;n m&#243;vil para el crimen. La polic&#237;a no parece haberlo buscado. -Perpleja e inquieta, sacudi&#243; la cabeza-. Parecen haber arrestado a Yugao porque era la sospechosa evidente, a pesar de que los indicios contra ella no sean prueba de su culpabilidad. En realidad, da la impresi&#243;n de que no han realizado investigaci&#243;n alguna. &#191;Tan negligentes se han vuelto de un tiempo a esta parte?

Es un caso especial. Yugao es una hinin.

Ah. -Reiko entendi&#243; muchas cosas de golpe.

Los hinin eran no humanos: ciudadanos degradados a una casta proscrita en lo m&#225;s bajo del orden social como castigo por delitos graves pero no lo bastante para acarrear la pena de muerte. Entre ellos se contaban el robo y diversas transgresiones morales. Los hinin ten&#237;an prohibido el trato con el resto de los ciudadanos; los pocos millares que hab&#237;a en Edo viv&#237;an en poblados en las afueras de la ciudad. Los &#250;nicos peor considerados eran los eta, parias hereditarios a causa de su relaci&#243;n con ocupaciones relacionadas con la muerte, como la carnicer&#237;a, que los volv&#237;an espiritualmente impuros. Una gran distinci&#243;n separaba a los hinin de los eta: los primeros pod&#237;an cumplir sus sentencias o ser indultados, obtener la amnist&#237;a y recobrar su condici&#243;n anterior, mientras que los eta eran proscritos de por vida. De todas formas, ambas clases eran rehuidas por los estratos superiores de la sociedad.

Supongo que la polic&#237;a no pierde su tiempo investigando cr&#237;menes entre los hinin -dijo Reiko.

Su padre asinti&#243;.

No cuando un caso parece tan evidente como &#233;ste. Sobre todo en los tiempos que corren, cuando la polic&#237;a anda ocupada haciendo batidas contra renegados y sofocando disturbios. -La preocupaci&#243;n le acentu&#243; las arrugas de la cara-. Mis veredictos dependen de la informaci&#243;n que me aportan. Cuando me ofrecen tan poca, me resulta dif&#237;cil llegar a una decisi&#243;n justa.

Y no tienes m&#225;s elementos que yo para decidir si Yugao es culpable o inocente a partir de su testimonio en el juicio -dedujo Reiko.

Correcto. Tampoco me ayuda lo que he podido descubrir de antemano. Al enterarme del caso, supe que la polic&#237;a no habr&#237;a efectuado una investigaci&#243;n concienzuda, de modo que me impuse interrogar a Yugao en persona. Lo &#250;nico que le sonsaqu&#233; fue que hab&#237;a matado a sus padres y su hermana. Se neg&#243; a explicarse. Su comportamiento fue el mismo que has visto. -Resopl&#243; de frustraci&#243;n-. No puedo dejar que una asesina confesa quede en libertad s&#243;lo porque no me convencen las pruebas en su contra. Mis superiores no lo aprobar&#237;an.

Y su posici&#243;n depend&#237;a de la buena voluntad de esos superiores, como bien sab&#237;a Reiko. Si lo tomaban por indulgente con los delincuentes, lo cesar&#237;an de su cargo, una deshonra calamitosa.

Aun as&#237;, no puedo declarar culpable a una joven y condenarla a muerte en base a una informaci&#243;n tan incompleta -concluy&#243;.

Reiko sab&#237;a que su padre ten&#237;a debilidad por las mujeres j&#243;venes, en las que supon&#237;a que la ve&#237;a a ella. Adem&#225;s, a diferencia de muchos funcionarios, le importaba hacer justicia aun cuando hubiese una paria de por medio.

Eso me lleva al motivo por el que te he invitado al juicio -prosigui&#243; el magistrado-. Presiento que en este caso hay m&#225;s de lo que se ve a simple vista. Quiero saber la verdad sobre esos asesinatos, pero no estoy en condiciones de buscarla por mi cuenta. Tengo el calendario repleto de juicios y mi personal no da abasto. En consecuencia, debo pedirte un favor: &#191;investigar&#225;s el crimen y determinar&#225;s si Yugao lo cometi&#243;?

Reiko sinti&#243; un fogonazo de j&#250;bilo y emoci&#243;n.

&#161;S&#237;! -exclam&#243;-. &#161;Me encantar&#237;a!

Ah&#237; ten&#237;a una nueva oportunidad sin precedentes: todo un misterio para que lo resolviera ella sola, y no una mera parte en un caso de Sano.

El magistrado sonri&#243; ante su entusiasmo.

Gracias, hija. S&#233; que &#250;ltimamente andas sobrada de tiempo, y decid&#237; que eras la persona adecuada para la tarea.

Gracias, padre -dijo Reiko, ilusionada por el respeto que implicaban sus palabras. En un tiempo el magistrado hab&#237;a menospreciado sus habilidades como detective y hab&#237;a cre&#237;do que su lugar estaba en casa cuidando de los asuntos dom&#233;sticos; en aquel entonces no le hubiese permitido acometer un trabajo reservado por lo com&#250;n a los hombres. Ning&#250;n funcionario normal le pedir&#237;a algo as&#237; a su hija. nadie salvo su padre, que comprend&#237;a su necesidad de aventuras y de probar su val&#237;a, esperar&#237;a semejante favor de la esposa del chambel&#225;n-. Empezar&#233; de inmediato -a&#241;adi&#243;-. Primero me gustar&#237;a hablar con Yugao. A lo mejor consigo que a m&#237; me cuente lo que pas&#243; de verdad la noche de los asesinatos.

Quiz&#225; Reiko tambi&#233;n se llevar&#237;a la satisfacci&#243;n de demostrar la inocencia y salvar la vida de una joven.



Cap&#237;tulo 3

Sano y los investigadores Marume y Fukida recorrieron con paso veloz los pasadizos de piedra que descend&#237;an colina abajo desde el palacio, atravesando puestos de control con centinelas. Encontraron a dos soldados del caballero Matsudaira vigilando la entrada del hip&#243;dromo. Los hombres los dejaron pasar. Cuando las puertas se cerraron a sus espaldas, examinaron lo que los rodeaba.

Una muchedumbre de hombres, que parec&#237;an espectadores de la carrera, esperaban en corrillos o sentados en las gradas. Sus ropajes chillones los convert&#237;an en puntos de color sobre el tel&#243;n de fondo de pinos verde oscuro que bordeaba el recinto. Los soldados de Matsudaira deambulaban de un lado para otro, vigilando a todo el mundo. Un grupito de ellos formaba un c&#237;rculo en un extremo de la pista de tierra, ovalada y sin adornos. Sano supuso que vigilaban el cad&#225;ver. En los establos, dispuestos a lo largo de una pared relinchaban los caballos. En el cielo hab&#237;a luz todav&#237;a, pero el sol hab&#237;a bajado y la colina que dominaba el complejo proyectaba su sombra sobre el circuito. El calor de la tarde hab&#237;a empezado a ceder paso al fresco del anochecer. En ese momento los espectadores repararon en Sano y se abalanzaron hacia &#233;l. Reconoci&#243; a unos cuantos como bur&#243;cratas de poca monta, de los que ejerc&#237;an cometidos vagos y dispon&#237;an del tiempo libre suficiente para ver carreras de caballos. Experiment&#243; el arrebato de emoci&#243;n con que iniciaba toda nueva investigaci&#243;n cuando era sosakan-sama. Sin embargo, tambi&#233;n sinti&#243; tristeza porque echaba de menos a Hirata, su vasallo mayor, que anta&#241;o prestara su experta y leal asistencia a las investigaciones de Sano. En la actualidad Hirata ten&#237;a otros deberes aparte de estar a mano cuando Sano lo necesitara.

Un hombre se adelant&#243; de la muchedumbre.

Saludos, honorable chambel&#225;n. -Se trataba de un fornido samur&#225;i de unos cuarenta a&#241;os, con la cara morena y franca y una actitud deferente pero respetuosa. Sano lo reconoci&#243; como el due&#241;o del hip&#243;dromo-. &#191;Puedo preguntar por qu&#233; nos retienen aqu&#237;? -Unos murmullos airados de los espectadores se hicieron eco de su pregunta-. &#191;Qu&#233; sucede?

Saludos, Oyama-san -dijo Sano, y explic&#243;-: Estoy aqu&#237; para investigar la muerte del jefe Ejima. El caballero Matsudaira cree que se trata de un asesinato.

&#191;Asesinato? -Oyama arrug&#243; la frente de sorpresa a incredulidad. Entre los espectadores surgieron exclamaciones ahogadas-. Con el debido respeto al caballero Matsudaira, eso no puede ser. Ejima se cay&#243; del caballo durante la carrera. Yo lo vi. Me encontraba en la l&#237;nea de meta, a menos de cinco pasos de &#233;l cuando sucedi&#243;.

Pareci&#243; desmayarse en la silla justo antes de caer -dijo un espectador-. Se dir&#237;a que le fall&#243; de repente el coraz&#243;n.

Sano vio varios asentimientos de cabeza y oy&#243; murmullos de corroboraci&#243;n. Lo asaltaron sensaciones encontradas. Si los testigos estaban en lo cierto, aquella muerte no era un asesinato, las otras tres probablemente tampoco y su investigaci&#243;n ser&#237;a corta. Presinti&#243; que se llevar&#237;a un fiasco. Luego pens&#243; que por lo menos eso significar&#237;a que el r&#233;gimen estaba a salvo y que se alegrar&#237;a de aplacar los temores de Matsudaira. Sin embargo, por el momento deb&#237;a permanecer abierto a todo.

Mi investigaci&#243;n determinar&#225; si Ejima fue v&#237;ctima de juego sucio o no -dijo-. Hasta que haya terminado, se trata de un caso de muerte sospechosa. El hip&#243;dromo recibir&#225; trato de escenario del crimen y vosotros sois todos testigos. Debo pediros que declar&#233;is sobre lo que hab&#233;is visto.

Detect&#243; irritaci&#243;n en los rostros. Not&#243; que pensaban que el caballero Matsudaira se daba demasiada prisa en ver malignas conspiraciones por todas partes y que estaba perdiendo su propio tiempo adem&#225;s del de ellos. Sin embargo, nadie osaba llevarle la contraria al brazo derecho del sog&#250;n. Sano pens&#243; que su nueva condici&#243;n ten&#237;a sus ventajas.

Fukida-san, empieza a tomar declaraci&#243;n a los testigos. Marume-san, acomp&#225;&#241;ame-dijo a sus hombres.

El detective delgado, serio y con aspecto de estudioso empez&#243; a ordenar a la muchedumbre en una fila. El jovial y musculoso acompa&#241;&#243; a Sano mientras cruzaba la pista con paso resuelto. El due&#241;o del hip&#243;dromo los sigui&#243;. Cuando se acercaron al cuerpo, los soldados que lo rodeaban se hicieron a un lado. Sano y sus acompa&#241;antes se detuvieron y contemplaron el cad&#225;ver.

Ejima yac&#237;a tumbado de espaldas, con los brazos y las piernas torcidos, sobre una raya negra ancha y difuminada pintada en la pista. Su yelmo de hierro le cubr&#237;a la cabeza y la cara. Sano le ve&#237;a los ojos, apagados y perdidos en la nada, por la visera abierta. Su cota de armadura met&#225;lica presentaba abolladuras. Ten&#237;a manchas de sangre y suciedad en el quimono de seda azul, los pantalones, los calcetines blancos y las sandalias de paja. -Parece que le hayan pegado una paliza -coment&#243; Marume.

Los caballos lo pisotearon -explic&#243; Oyama-. Se cay&#243; justo delante de sus cascos. Fue todo muy r&#225;pido, y los dem&#225;s jinetes lo segu&#237;an muy de cerca, no hubo tiempo para que ninguno se apartara. -Por lo menos gan&#243; su &#250;ltima carrera -dijo Marume.

&#191;Lo han notificado a la familia? -le pegunt&#243; Sano a Oyama.

S&#237;. Mi ayudante se ha ocupado.

&#191;Lo ha tocado alguien despu&#233;s de que se cayera?

Yo le di la vuelta para ver lo malherido que estaba y tratar de ayudarlo. Pero ya no hab&#237;a nada que hacer.

&#191;Han limpiado la pista desde su muerte?

No, honorable chambel&#225;n. Cuando he mandado informar al caballero Matsudaira, sus hombres han venido con &#243;rdenes de que no se alterase nada.

Sano se sent&#237;a cohibido por los soldados, que aguardaban demasiado cerca para ver qu&#233; hac&#237;a.

Esperad all&#237; -les orden&#243; a ellos y a Oyama, se&#241;alando otro punto de la pista.

Cuando se hubieron alejado, le dijo a Marume:

Suponiendo que Ejima no haya muerto de un ataque el coraz&#243;n, podr&#237;a haberlo matado la ca&#237;da. Pero entonces la pregunta es: &#191;qu&#233; provoc&#243; la ca&#237;da?

A lo mejor alguien le lanz&#243; una piedra desde las gradas, le dio en la cabeza y lo dej&#243; inconsciente. Todos los dem&#225;s estar&#237;an demasiado enfrascados en la carrera para darse cuenta. -Marume dio unos pasos alrededor del cad&#225;ver pateando unas piedras diseminadas por la tierra-. Una de &#233;stas podr&#237;a ser el arma homicida.

Sano escuch&#243; los espor&#225;dicos disparos que surg&#237;an del lejano campo de entrenamiento de artes marciales. Gir&#243; sobre los talones para mirar m&#225;s all&#225; de la pista. Los soldados lo observaban desde sus ventanas en los pasillos cubiertos que remataban los muros y las atalayas que rodeaban el recinto y se elevaban desde puntos m&#225;s altos de la ladera de la colina.

Alguien pudo dispararle desde all&#237; arriba.

&#191;Qui&#233;n se hubiera fijado en un disparo m&#225;s? -corrobor&#243; Marume.

No le veo ninguna herida de bala, pero podr&#237;an haberle dado en el casco y aturdido. -Sano se acuclill&#243; y examin&#243; el yelmo de Ejima. Estaba cubierto de ara&#241;azos y abolladuras.

Har&#233; que registren la zona en busca de una bala -dijo Marume.

En cualquier caso, los testigos no se limitan a las personas que se encontraban dentro del recinto cuando muri&#243; Ejima -dijo Sano-. Tendremos que reunir a todos los soldados que se hallaban de servicio en cualquier punto desde el que se vea el hip&#243;dromo. Sin embargo, antes quiero interrogar a los testigos que estaban m&#225;s cerca de Ejima.

&#201;l y Marume se acercaron al due&#241;o del hip&#243;dromo.

&#191;Hab&#233;is terminado de inspeccionar el cuerpo? -pregunt&#243; Oyama-. &#191;Puedo hacer que se lo lleven? -Sonaba ansioso por liberar su recinto de la contaminaci&#243;n f&#237;sica y espiritual que extend&#237;a la muerte.

Todav&#237;a no -dijo Sano, porque necesitaba un examen m&#225;s concienzudo del cad&#225;ver y no quer&#237;a que se lo llevaran a toda prisa para el funeral y la cremaci&#243;n-. Yo me encargar&#233; de su retirada. Ahora quiero hablar con los jinetes que compet&#237;an en la carrera con Ejima. &#191;D&#243;nde est&#225;n?

En los establos -contest&#243; Oyama.

Dentro de los largos cobertizos de madera con techumbre de juncos los mozos lavaban y secaban a los caballos, les peinaban las crines y les vendaban las patas heridas. El aire ol&#237;a a esti&#233;rcol y heno. Los cinco jinetes charlaban en voz baja acuclillados en un rinc&#243;n. Se hab&#237;an quitado la armadura, que colgaba de unos soportes que tambi&#233;n conten&#237;an sus arreos de montar. Cuando Sano se acerc&#243;, se apresuraron a arrodillarse y a hacer reverencias.

Levantaos -dijo Sano-. Quiero haceros unas preguntas sobre la muerte del jefe Ejima. -Observ&#243; que los jinetes eran todos robustos samur&#225;is con edades comprendidas entre los veinticinco y los treinta y cinco a&#241;os. Todav&#237;a estaban sucios de la carrera y apestaban a sudor. Cuando se pusieron en pie, les dijo-: Primero identificaos.

Entre ellos hab&#237;a un capit&#225;n y un teniente del Ej&#233;rcito, un administrador del palacio y dos primos lejanos del sog&#250;n. Cuando Sano les pidi&#243; que describieran lo que hab&#237;an visto durante la carrera, el capit&#225;n habl&#243; en representaci&#243;n de todos:

Ejima se desplom&#243; en su silla y luego cay&#243; al suelo. Nuestros caballos lo arrollaron. Cuando paramos y desmontamos, ya estaba muerto.

Eso encajaba con la versi&#243;n de los espectadores.

&#191;Hab&#233;is visto si lo golpeaba algo antes de desplomarse? -pregunt&#243; Sano-. &#191;Como una piedra o una bala?

Los jinetes sacudieron la cabeza.

&#191;Hab&#233;is tocado a Ejima?

Vacilaron, mir&#225;ndose de refil&#243;n con expresi&#243;n de inquietud. Sano les dijo:

Vamos, ya s&#233; que las carreras de caballos son un deporte duro. -Se acerc&#243; al soporte y pas&#243; el dedo por una fusta, formada por un corto y recio l&#225;tigo de cuero con mango de hierro-. Tambi&#233;n s&#233; que los caballos no son los &#250;nicos en probar esto. Ahora hablad.

De acuerdo. Yo le di -confes&#243; el capit&#225;n a rega&#241;adientes. -Yo tambi&#233;n -admiti&#243; el teniente-. Pero s&#243;lo intent&#225;bamos frenarlo.

No le pegamos tan fuerte. Yo sal&#237; bastante peor parado de sus golpes que &#233;l de los m&#237;os. -El capit&#225;n se toc&#243; con cuidado la cara, hinchada alrededor de la mand&#237;bula.

No nos andamos con chiquitas, pero nunca hacemos da&#241;o aposta a un rival -aclar&#243; el teniente-. Es el c&#243;digo de honor del hip&#243;dromo. -El resto de los hombres asintieron, unidos contra la acusaci&#243;n impl&#237;cita de Sano-. Adem&#225;s, era un amigo. No ten&#237;amos ning&#250;n motivo para matarlo.

Aunque apuesto a que muchos otros s&#237; -dijo el capit&#225;n. Sano les dio las gracias por su ayuda y sali&#243; con Marume de los establos. -Yo creo que dicen la verdad -coment&#243; &#233;ste-. &#191;Los cre&#233;is?

De momento -respondi&#243; Sano, que se reservaba el juicio hasta que los indicios apuntaran otra cosa-. El capit&#225;n est&#225; en lo cierto al sugerir que Ejima era un buen candidato a ser asesinado.

&#191;Porque era uno de los altos cargos del caballero Matsudaira?

No s&#243;lo eso -dijo Sano-. Su cargo lo convert&#237;a en blanco. Encabezaba una organizaci&#243;n que esp&#237;a a la gente.

Nadie estaba a salvo de la metsuke, sobre todo en aquel turbulento clima pol&#237;tico, en el que las palabras o los actos m&#225;s inocuos de un hombre pod&#237;an tergiversarse hasta volverse pruebas de deslealtad al caballero Matsudaira y motivo de destierro o ejecuci&#243;n.

Si Ejima ha sido asesinado -prosigui&#243; Sano-, el culpable tal vez tenga relaci&#243;n con alguien afectado por una investigaci&#243;n de la metsuke. -Y Sano recordaba que Ejima hab&#237;a disfrutado con su sucio trabajo. El regodeo con que acomet&#237;a la ruina de una persona podr&#237;a haber enfurecido a sus parientes y amigos.

Era lo que se dice un hombre con un mont&#243;n de enemigos -dijo Marume.

Pero un m&#243;vil no significa necesariamente un asesinato -observ&#243; Sano como recordatorio para los dos-. No cuando hay tan pocas pruebas. -Se resist&#237;a a dejarse llevar por su corazonada de que, hab&#237;a gato encerrado: hasta el instinto samur&#225;i era susceptible a la influencia de las preferencias personales-. Antes de seguir adelante, deber&#237;amos interrogar a todos los testigos. -Mir&#243; al otro lado de la pista, donde el detective Fukida segu&#237;a manos a la obra con los espectadores, y luego alz&#243; la vista hacia los soldados de los muros y torretas-. M&#225;s importante a&#250;n, tenemos que determinar la causa exacta de la muerte de Ejima.

Eso era algo que Sano, pese a toda su experiencia y su flamante autoridad, no pod&#237;a hacer por s&#237; mismo. Y el alcance de la investigaci&#243;n se extend&#237;a mucho m&#225;s all&#225; del hip&#243;dromo y los hombres presentes en el escenario de los hechos, para incluir a los adversarios de Ejima adem&#225;s de los del caballero Matsudaira. Eso pod&#237;a suponer centenares de sospechosos potenciales. Sano necesitaba m&#225;s ayuda de la que pod&#237;an ofrecer Marume y Fukida, de alguien en quien tuviera absoluta confianza.

Manda llamar a Hirata-san -orden&#243; a Marume-. Dile que venga a verme aqu&#237; enseguida.



Cap&#237;tulo 4

Hirata estaba sentado al escritorio de la oficina que en un tiempo hab&#237;a pertenecido a Sano, en la mansi&#243;n de la que en ese momento &#233;l era se&#241;or. En la habitaci&#243;n entraron diez miembros de los cien del cuerpo de detectives que antes supervisara para Sano y en la actualidad comandaba en persona.

Buenas tardes, sosakan-sama -dijeron los hombres a coro mientras se arrodillaban y le hac&#237;an una reverencia.

&#191;Qu&#233; informes me tra&#233;is? -pregunt&#243; Hirata.

Los hombres describieron sus progresos en los diversos casos que les hab&#237;a asignado: un robo de armas del arsenal del castillo de Edo, la b&#250;squeda de una banda de rebeldes sospechosos de conspirar para el derrocamiento del caballero Matsudaira El clima pol&#237;tico hab&#237;a engendrado una multitud de delitos para tener ocupado al nuevo muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas del sog&#250;n. Mientras los escuchaba, Hirata intent&#243; no hacer caso del dolor de la herida profunda y apenas sanada de su muslo izquierdo. Intentaba que su expresi&#243;n jam&#225;s delatara lo que sufr&#237;a. Sin embargo, no pod&#237;a ocultar que hab&#237;a perdido mucho peso y m&#250;sculo tras la lesi&#243;n que hab&#237;a estado a punto de matarlo. Todos los honores que le hab&#237;a procurado su valor en el cumplimiento del deber los hab&#237;a pagado a un precio terrible.

Seis meses atr&#225;s hab&#237;a frustrado un ataque contra Sano y le hab&#237;a salvado la vida. El tajo de la espada del agresor, destinado a su se&#241;or, le hab&#237;a causado tal corte en la pierna que hab&#237;a dado su muerte por segura. Mientras perd&#237;a la conciencia y la sangre a borbotones, hab&#237;a cre&#237;do realizar el acto definitivo de lealtad samur&#225;i: sacrificarse por su se&#241;or.

A los tres d&#237;as hab&#237;a despertado para descubrir que el caballero Matsudaira hab&#237;a derrotado a Yanagisawa, Sano era el nuevo chambel&#225;n y &#233;l mismo era un h&#233;roe. El sog&#250;n hab&#237;a declarado que, si Hirata viv&#237;a, lo ascender&#237;a al antiguo puesto de Sano. Se hab&#237;a sentido entusiasmado por el honor y asombrado de que &#233;l -anta&#241;o polic&#237;a de patrulla- hubiese ascendido a tan alta condici&#243;n. Sin embargo, durante dos largos meses, el dolor hab&#237;a sido tan intenso que los m&#233;dicos le administraron fuertes dosis de opio, y viv&#237;a en un estado de so&#241;oliento estupor. La fiebre lo mareaba y debilitaba. Antes robusto y activo, fue un inv&#225;lido hasta A&#241;o Nuevo, cuando el esp&#237;ritu maligno de la enfermedad por fin lo abandon&#243;, y empez&#243; a restablecerse. Todo el mundo dec&#237;a que su cura hab&#237;a sido un milagro, pero Hirata no estaba tan seguro.

En ese momento sus hombres terminaron con sus partes. Hirata imparti&#243; &#243;rdenes:

Descubrid si alguna de las armas desaparecidas ha llegado al mercado. Poned un equipo secreto de vigilancia en el sal&#243;n de t&#233; donde los rebeldes tienen amigos.

Los investigadores partieron tras una reverencia. Hirata apret&#243; los dientes para combatir el dolor. Ese d&#237;a hubiera cambiado de mil amores su nuevo puesto por la salud que en un tiempo diera por descontada. Sent&#237;a verg&#252;enza porque hac&#237;a poco m&#225;s que escuchar informes y dar &#243;rdenes. Sano hab&#237;a hecho mucho m&#225;s. Hirata sab&#237;a que lo que ordenaba a sus hombres con toda probabilidad se les hubiera ocurrido a ellos solos, aunque siempre fing&#237;an necesitar su gu&#237;a. Amigos leales, nunca evidenciaban que eran conscientes de que &#233;l los necesitaba para todo; actuaban como si &#233;l estuviera al mando. Se encargaban de las investigaciones que su jefe hab&#237;a realizado en un tiempo porque &#233;l ya no pod&#237;a.

Caminar o montar a caballo le resultaba tan molesto que Hirata rara vez sal&#237;a de la mansi&#243;n. Una breve pr&#225;ctica de artes marciales todos los d&#237;as lo agotaba. Hasta estar sentado muchas horas pon&#237;a a prueba sus energ&#237;as. A sus veintiocho a&#241;os era tan endeble como un anciano.

Su esposa Midori entr&#243; en la sala. Joven, regordeta y guapa, le sonri&#243;, pero en su cara vio la expresi&#243;n preocupada que no la abandonaba desde su herida.

Taeko quiere a su pap&#225;. &#191;Puedes venir a verla?

Por supuesto.

Hirata se puso en pie trabajosamente. Se apoy&#243; en su mujer mientras recorr&#237;an el pasillo. Era la &#250;nica persona a la que permit&#237;a ver su debilidad. Lo quer&#237;a demasiado para que eso lo afeara a sus ojos. El la amaba por su atenci&#243;n leal y tierna. Que su herida los hubiera acercado era lo &#250;nico que realmente lo alegraba. No lamentaba haberse lisiado para salvar a Sano; volver&#237;a a hacerlo si hiciera falta. Sin embargo, por mucho que apreciara el honor y las alabanzas, a veces se preguntaba si no hubiera sido mejor dejar la vida en el intento. La muerte le hubiese procurado toda la gloria y nada del sufrimiento.

En el cuarto de la ni&#241;a, vio a su hija Taeko sentada en el suelo, vestida con un quimono rojo, rodeada de juguetes y atendida por una ni&#241;era. Con sus once meses, ten&#237;a unos ojos negros redondos y brillantes y el pelo negro y aterciopelado. Dio vocecitas y saltitos al ver a Hirata, que sinti&#243; elevarse su &#225;nimo.

Ven con pap&#225; -le dijo mientras se arrodillaba para abrazarla.

Taeko se lanz&#243; a sus brazos y aterriz&#243; de lleno sobre su muslo malo. Hirata aull&#243; de dolor y la apart&#243; de un empuj&#243;n. Confusa y dolida, la ni&#241;a rompi&#243; a llorar. Hirata sali&#243; renqueando y se tendi&#243; boqueando en el suelo. Oy&#243; c&#243;mo Midori y la ni&#241;era calmaban a Taeko. Cuando se hubo tranquilizado, Midori sali&#243; a verlo.

&#191;Est&#225;s bien? -le pregunt&#243; con inquietud.

&#161;No! &#161;No estoy bien! &#191;Qu&#233; clase de hombre no puede siquiera abrazar a su hija? -le espet&#243; con la frustraci&#243;n y autocompasi&#243;n que por lo general intentaba no dejar traslucir-. Si Taeko puede hacerme tanto da&#241;o, &#191;qu&#233; pasar&#237;a si tuviera que luchar con un criminal? &#161;Me partir&#237;a en dos como una brizna de hierba!

Midori se arrodill&#243; a su lado.

Por favor, no te sulfures -le dijo-. No pienses en luchar todav&#237;a.

La voz le temblaba de miedo porque hab&#237;a estado a punto de perderlo una vez y no quer&#237;a verlo en peligro de nuevo. Lo cogi&#243; de la mano.

Debes de estar cansado. Ven a la cama y duerme un poco. Te llevar&#233; tu poci&#243;n para dormir.

No -dijo Hirata, aunque ansiaba el opio que le tra&#237;a el bendito alivio del dolor. Se resist&#237;a a usar la droga porque le embotaba el entendimiento, la &#250;nica parte de &#233;l que segu&#237;a ilesa.

Ha pasado muy poco tiempo desde que te hirieron -dijo Midori-. Cada d&#237;a est&#225;s m&#225;s fuerte

No lo bastante -replic&#243; Hirata con amargura.

Pronto podr&#225;s luchar tan bien como siempre -insisti&#243; su esposa.

&#191;Podr&#233;? -Hirata se sent&#237;a presa de la desesperaci&#243;n.

Midori agach&#243; la cabeza; no pod&#237;a prometerle que alg&#250;n d&#237;a volver&#237;a a ser el mismo. Los m&#233;dicos les hab&#237;an dicho que deber&#237;a conformarse con estar vivo. Sin embargo, dijo con tono sensato:

No tienes necesidad de luchar, en cualquier caso.

El resopl&#243;. Si no era capaz de luchar, &#191;c&#243;mo pod&#237;a llamarse samur&#225;i?

Los detectives pueden encargarse de lo que tenga que hacerse -dijo Midori-, hasta que

Hasta que surja algo importante que no puedan manejar por su cuenta y yo no consiga ni salir de casa -ataj&#243; Hirata-. &#191;Y entonces qu&#233;?

Oy&#243; que alguien lo llamaba. Se sent&#243; derecho a tiempo de ver que el detective Arai, su vasallo mayor, se le acercaba por el pasillo.

Ha llegado un mensaje del chambel&#225;n -dijo &#233;ste-. Requiere vuestra presencia para un asunto urgente. Quiere que os encontr&#233;is con &#233;l en el hip&#243;dromo del castillo de Edo de inmediato.


El honor, el deber y la amistad impulsaron a Hirata hasta el hip&#243;dromo. No quedaba lejos de su mansi&#243;n, pero para cuando lleg&#243; con dos detectives y desmontaron dentro de la entrada, la pierna herida le dol&#237;a m&#225;s incluso de lo habitual. Mir&#243; hacia el otro lado del recinto y avist&#243; a Sano al fondo, hablando con un grupo de funcionarios. Respir&#243; hondo. Su dolencia decuplicaba la distancia que lo separaba de Sano. Hizo acopio de fuerzas.

Vamos -le dijo a los detectives Arai e Inoue.

Cuando emprendieron la larga caminata Arai coment&#243; con voz queda, como quien no quiere la cosa:

Podr&#237;amos ir a caballo.

Sus hombres siempre intentaban facilitarle las cosas.

No -respondi&#243; Hirata.

Se trataba de una de sus infrecuentes apariciones en p&#250;blico. La mayor&#237;a de sus colegas no lo hab&#237;an visto desde la herida, y ten&#237;a que demostrar que se hab&#237;a recobrado por completo. Exhibir cualquier debilidad ser&#237;a un menoscabo de su posici&#243;n. Mientras avanzaba con esfuerzo en direcci&#243;n a Sano, los funcionarios diseminados por el circuito le hac&#237;an reverencias, a las que correspond&#237;a con un gesto de la cabeza. Tem&#237;a que todos notaran cu&#225;nto le costaba no cojear. Sano, Marume y Fukida salieron r&#225;pidamente al paso de Hirata y sus hombres.

Honorable chambel&#225;n -dijo Hirata, tratando de no jadear para recobrar el aliento.

Sosakan-sama -salud&#243; Sano.

Intercambiaron reverencias; sus hombres, en un tiempo c&#225;maradas del cuerpo de detectives, se saludaron asimismo. Hirata se alegraba de ver a Sano porque era algo que rara vez suced&#237;a; hab&#237;a pasado tal vez un mes desde su &#250;ltimo encuentro. Aunque t&#233;cnicamente segu&#237;a siendo el vasallo mayor de su se&#241;or, sus nuevos deberes los manten&#237;an separados. Una r&#237;gida formalidad hab&#237;a sustituido la camarader&#237;a que en un tiempo compartieran. Las relaciones entre ellos hab&#237;an sido poco naturales desde la lesi&#243;n de Hirata.

Sano indic&#243; por se&#241;as a sus hombres que se apartaran para concederles algo de intimidad.

Espero que todo te vaya bien -dijo Sano. La mirada que dedic&#243; a Hirata estaba templada por la preocupaci&#243;n. Que su vasallo le hubiera salvado la vida deber&#237;a haberlos acercado pero en realidad hab&#237;a obrado el efecto contrario. Que Hirata se hubiera limitado a hacer lo que un samur&#225;i deb&#237;a a su se&#241;or no exim&#237;a a Sano de remordimientos por estar &#233;l entero y su salvador, quebrado. La gratitud y culpabilidad de Sano, y la p&#233;rdida de Hirata, abr&#237;an una grieta entre ellos.

Todo me va muy bien. -Hirata se manten&#237;a todo lo derecho que pod&#237;a; esperaba que Sano no le leyera el dolor grabado en la cara No quer&#237;a que se sintiera peor; ver sufrir a Sano lo entristec&#237;a profundamente-.&#191;Y vos?

Nunca he estado mejor -respondi&#243; Sano. Hirata repar&#243; en que hab&#237;a perdido el aire ansioso y agobiado que lo distingu&#237;a en sus primeros d&#237;as como chambel&#225;n. En verdad, parec&#237;a el mismo de los viejos tiempos, cuando los dos empezaban a trabajar juntos. Sin embargo, Hirata no quer&#237;a pensar en aquella &#233;poca. -&#191;Qu&#233; ha pasado? -pregunt&#243; con un gesto que abarcaba el circuito.

Ejima Senzaemon, jefe de la metsuke, ha muerto durante una carrera -explic&#243; Sano-. El caballero Matsudaira sospecha que ha habido juego sucio y me ha pedido que lo investigue. -Describi&#243; su encuentro con el primo del sog&#250;n y las indagaciones preliminares.

De momento no parece que la muerte de Ejima haya sido un asesinato -coment&#243; Hirata, interesado pero esc&#233;ptico-. &#191;Puede formar parte de verdad, junto con las muertes previas, de una trama contra el caballero Matsudaira, o se est&#225; imaginando un complot en un conjunto de coincidencias?

Eso es lo que pretendo averiguar -dijo Sano-. Te he hecho venir porque necesito tu ayuda.

A la vez que experiment&#243; un ardiente deseo de trabajar con Sano en un caso tan importante, a Hirata le preocup&#243; que exigiera m&#225;s energ&#237;as de las que ten&#237;a en ese momento. Vio que Sano evaluaba su macilenta figura y cay&#243; en la cuenta de que se tem&#237;a que estuviera f&#237;sicamente incapacitado. Se sinti&#243; enfermo de angustia. No pod&#237;a dejar que Sano lo creyera d&#233;bil e in&#250;til.

Ser&#225; un honor serviros -dijo. Ayudar&#237;a a Sano o morir&#237;a en el intento-. &#191;Por d&#243;nde quer&#233;is que empiece?

Puedes empezar por llevarte el cuerpo de Ejima al dep&#243;sito de cad&#225;veres -dijo Sano en voz baja para que no lo oyeran los testigos y soldados-. P&#237;dele al doctor Ito que lo examine.

Otrora un m&#233;dico pr&#243;spero y respetado, Ito hab&#237;a sido condenado a la custodia a perpetuidad del dep&#243;sito de cad&#225;veres de Edo por realizar experimentos cient&#237;ficos de origen extranjero, un delito que la ley Tokugawa prohib&#237;a expresamente. Hab&#237;a ayudado a Sano en pasadas investigaciones.

Que encuentre la causa exacta de la muerte -aclar&#243; Sano-. Eso es clave para dictaminar si se ha tratado de asesinato.

Partir&#233; de inmediato -dijo Hirata.

Parec&#237;a tan ansioso como siempre por cumplir los deseos de Sano, pero su se&#241;or not&#243; el dolor y la preocupaci&#243;n que trataba de ocultar y sus dudas sobre si podr&#237;a aguantar el trayecto hasta el dep&#243;sito de cad&#225;veres, situado justo en la otra punta de la ciudad. Sano, que llevaba una temporada sin ver a Hirata, se hab&#237;a quedado horrorizado al constatar lo fr&#225;gil que segu&#237;a. No quer&#237;a que se jugara la salud o volviera a hacerse da&#241;o por &#233;l, pero, aunque le habr&#237;a gustado ir a la morgue en persona, era un riesgo demasiado grande: si sorprend&#237;an al chambel&#225;n de Jap&#243;n participando en la ciencia extranjera de examinar un cad&#225;ver, su ca&#237;da ser&#237;a mucho m&#225;s dura que la de Ito. Tampoco pod&#237;a retirar su petici&#243;n y avergonzar a Hirata. Lo necesitaba tanto como en apariencia &#233;l necesitaba demostrarse capaz de cumplir el deber que exig&#237;a el lazo entre samur&#225;i y se&#241;or.

Tr&#225;eme los resultados del examen del doctor en cuanto sea posible -dijo-. Si para entonces he terminado de interrogar a los testigos, estar&#233; en mi mansi&#243;n. -No pod&#237;a dejar que el gobierno se hundiera mientras &#233;l investigaba una muerte que quiz&#225; no fuera un asesinato-. Luego informaremos al caballero Matsudaira. No me cabe duda de que esperar&#225; ansioso nuestras noticias.



Cap&#237;tulo 5

En un ala del Tribunal de Justicia hab&#237;a habitaciones donde el magistrado y su personal atend&#237;an a los ciudadanos que buscaban resolver disputas relacionadas con dinero, propiedades u obligaciones sociales. All&#237; hab&#237;a mandado a Yugao el magistrado Ueda. Al recorrer el pasillo, Reiko oy&#243; carcajadas masculinas por una puerta abierta. Se asom&#243; al interior.

La habitaci&#243;n era una celda cerrada por tabiques correderos de papel y celos&#237;a, acondicionada con un suelo de colchoneta y una mesita baja. Yugao se encontraba entre los dos guardias del s&#233;quito de su padre que peor le ca&#237;an a Reiko. Uno, un hombre fornido de ojos estr&#225;bicos, ten&#237;a su zarpa en la mejilla de la presa. El otro, atl&#233;tico y arrogante, la manoseaba por debajo de las faldas de su basto quimono. Yugao se zaf&#243; de ellos, pero volvieron a agarrarla. Le tironearon de la ropa y le pellizcaron las nalgas y los pechos. Ella daba tirones de los grilletes que le inmovilizaban las manos mientras les lanzaba patadas con sus pies desnudos. No logr&#243; sino que se rieran m&#225;s fuerte. La chica ten&#237;a la cara tensa de ira impotente.

&#161;Basta! -exclam&#243; Reiko. Irrumpi&#243; por la puerta y orden&#243;-: &#161;Dejadla en paz!

Ellos se detuvieron, molestos por la interrupci&#243;n, pero se les demudaron las facciones al reconocer a la hija de su se&#241;or.

Al magistrado no le complacer&#225; enterarse de que os hab&#233;is aprovechado de una mujer desvalida en su casa -dijo Reiko con voz cortante-. &#161;Marchaos!

Los guardias se fueron con el rabo entre las piernas. Reiko cerr&#243; la puerta y se volvi&#243; hacia Yugao, que estaba hecha un ovillo, con la cara oculta tras el pelo alborotado y el sayo desprendido del hombro. Reiko la compadeci&#243;.

Venga, deja que te arregle la ropa -dijo.

Al tocar a Yugao, la chica se encogi&#243;. Se retir&#243; el pelo de la cara y la mir&#243; fijamente.

&#191;Qui&#233;n sois?

Reiko hab&#237;a esperado que le agradeciera haberla protegido de los guardias, pero en cambio la not&#243; recelosa y hostil. Al verla de cerca por primera vez, repar&#243; en que ten&#237;a la tez cenicienta de cansancio y desnutrici&#243;n, con ojeras bajo los ojos y los labios cortados. Sin duda, el trato abusivo de los carceleros le hab&#237;a ense&#241;ado a desconfiar de todo el mundo. Pese a ser sospechosa y tal vez culpable de un grave crimen, Reiko sinti&#243; aumentar la simpat&#237;a que le inspiraba.

Soy la hija del magistrado -le dijo-. Me llamo Reiko. Se dedicaron una mirada de mutua curiosidad. Reiko la vio evaluar su quimono de seda naranja con estampado de sauces, su peinado recogido hacia arriba, su cuidado maquillaje blanco y el carm&#237;n de los labios, sus dientes ennegrecidos como dictaba la costumbre de moda para las casadas de su clase. Entretanto, Reiko not&#243; el hedor carcelario a orina, pelo grasiento y cuerpo sin lavar de Yugao, y vio en sus ojos rencor y envidia. Se miraron como separadas por un mar, la dama de noble cuna en una orilla, la paria en la otra,.

&#191;Qu&#233; quer&#233;is? -pregunt&#243; &#233;sta.

A Reiko la sorprendieron sus malos modos. A lo mejor nadie le hab&#237;a ense&#241;ado educaci&#243;n. Se pregunt&#243; de qu&#233; estrato social proced&#237;a y qu&#233; habr&#237;a hecho para acabar de hinin, pero no parec&#237;a buen momento para indagarlo.

Quiero hablar contigo, si es posible -dijo.

A Yugao se le enturbi&#243; la mirada de suspicacia.

&#191;Sobre qu&#233;?

Sobre el asesinato de tu familia.

&#191;Por qu&#233;?

Al magistrado le cuesta decidirse sobre si debe declararte culpable. Por eso ha aplazado el veredicto. Me ha pedido que investigue los cr&#237;menes y descubra si eres culpable o inocente. Yugao arrug&#243; la frente, desconcertada.

Ya he dicho que fui yo. &#191;Acaso no basta coneso?

&#201;l no lo cree as&#237;; y yo tampoco.

&#191;Por qu&#233; no?

La conversaci&#243;n recordaba a Reiko la ocasi&#243;n en que Masahiro hab&#237;a pisado un cardo y ella hab&#237;a tenido que arrancarle las espinas del pie descalzo.

Necesitamos saber por qu&#233; fueron asesinados tus padres y tu hermana -explic&#243; Reiko-. Y t&#250; no lo has explicado.

Pero -sacudi&#243; la cabeza, presa de la confusi&#243;n- pero si me arrestaron.

La mujer supon&#237;a que su arresto deber&#237;a haber garantizado un veredicto de culpabilidad, como habr&#237;a sucedido en circunstancias normales.

El mero hecho de que te sorprendieran en el escenario del crimen no demuestra que lo cometieras t&#250; -explic&#243; Reiko.

&#191;Y qu&#233;? -La pregunta de Yugao estaba te&#241;ida de ira.

Ese es otro motivo por el que mi padre quiere que investigue el crimen. -Reiko estaba cada vez m&#225;s perpleja por la actitud de aquella mujer-. &#191;Por qu&#233; estabas tan ansiosa por confesar? &#191;Por qu&#233; quieres que creamos que mataste a tu familia?

Porque lo hice -contest&#243; ella, dando a entender que Reiko deb&#237;a de ser est&#250;pida para no entenderlo.

La hija del magistrado reprimi&#243; un suspiro de frustraci&#243;n y una incipiente antipat&#237;a hacia la maleducada reclusa.

De acuerdo -dijo-, supongamos por el momento que apu&#241;alaste a tus padres y tu hermana. &#191;Por qu&#233; lo hiciste?

Un s&#250;bito miedo cruz&#243; los ojos de Yugao; apart&#243; la mirada de Reiko.

No quiero hablar de eso.

Reiko dedujo que, hubiera matado o no a su familia, el m&#243;vil de los asesinatos se hallaba en la ra&#237;z de su extra&#241;o comportamiento.

&#191;Por qu&#233; no? Dado que ya has confesado, &#191;qu&#233; puede tener de malo explicarte?

No es asunto vuestro -repuso Yugao, con el perfil p&#233;treo e inflexible.

&#191;Hab&#237;a problemas entre tu padre, tu madre, tu hermana y t&#250;? -insisti&#243; Reiko.

Yugao no respondi&#243;. Reiko esper&#243;, sabedora de que las personas hablan en ocasiones porque no pueden aguantar el silencio. Sin embargo, Yugao se mantuvo callada, con la boca apretada como para evitar que se le escapara alguna palabra.

&#191;Te peleaste con tu familia esa noche? &#191;Te hicieron da&#241;o de alg&#250;n modo?

M&#225;s silencio. Reiko se pregunt&#243; si Yugao tendr&#237;a algo raro adem&#225;s de una mala actitud. Parec&#237;a l&#250;cida e inteligente, pero a lo mejor sufr&#237;a alguna deficiencia mental.

Tal vez no comprendes tu situaci&#243;n. Deja que te lo explique -prob&#243;-. El asesinato es un delito grave. Si te declaran culpable, te condenar&#225;n a muerte. El verdugo te cortar&#225; la cabeza. &#201;se ser&#225; tu fin.

Yugao la mir&#243; con el rabillo del ojo, deplorando que Reiko la tratara como a una imb&#233;cil.

Ya lo s&#233;. Todo el mundo lo sabe.

Pero a veces hay circunstancias que justifican matar a alguien -dijo Reiko, aunque le costaba imaginarlas en ese caso-. Si eso es cierto en tu caso, deber&#237;as dec&#237;rmelo. Entonces yo se lo contar&#233; al magistrado y &#233;l te perdonar&#225; la vida. Te conviene cooperar conmigo.

Yugao profiri&#243; una carcajada sard&#243;nica.

Ya he o&#237;do eso antes -dijo mientras se volv&#237;a de cara a Reiko-. He pasado nueve d&#237;as en la c&#225;rcel de Edo. He escuchado a los carceleros torturar a otros presos. Siempre dec&#237;an: Dinos lo que queremos saber y te dejaremos libre. Algunos pobres infelices se lo cre&#237;an y desembuchaban. Luego yo o&#237;a re&#237;rse a los carceleros mientras comentaban c&#243;mo lo hab&#237;an ejecutado. -Sacudi&#243; la cabeza y roz&#243; a Reiko con los largos y sucios mechones de sus cabellos-. Pues bien, no pienso tragarme vuestras mentiras. S&#233; que me ejecutar&#225;n diga lo que diga.

No miento -se obstin&#243; Reiko-. Si ten&#237;as un buen motivo para matar a tu familia, o me ayudas a determinar que no fuiste t&#250;, quedar&#225;s en libertad. Te lo prometo.

El gesto desde&#241;oso de Yugao expres&#243; cuan poco valoraba una promesa de Reiko. La c&#225;rcel deb&#237;a de haberle ense&#241;ado por las bravas unas lecciones que no olvidar&#237;a con buenas palabras. Aun as&#237;, Reiko insisti&#243;:

&#191;Qu&#233; tienes que perder si conf&#237;as en m&#237;? Yugao se limit&#243; a cerrar la boca con fuerza y endurecer su terca mirada. Reiko a menudo se hab&#237;a jactado de su habilidad para extraer informaci&#243;n a la gente, pero Yugao llevaba la resistencia como una tortuga su concha, con sus secretos atesorados debajo. Reiko sent&#237;a rabia a la par que curiosidad. Opt&#243; por cambiar de t&#225;ctica.

La noche de los asesinatos, &#191;estabas sola en la casa con tu familia?

Yugao no ofreci&#243; respuesta alguna, tan s&#243;lo un ce&#241;o mientras trataba de averiguar adonde quer&#237;a ir a parar Reiko.

&#191;O hab&#237;a alguien m&#225;s? -prosigui&#243; &#233;sta-. &#191;Apareci&#243; alguien m&#225;s y mat&#243; a tu familia a pu&#241;aladas?

Estoy harta de tantas preguntas -musit&#243; Yugao.

&#191;Intentas proteger a alguien cargando con las culpas? &#191;Qu&#233; pas&#243; de verdad esa noche?

&#191;Qu&#233; m&#225;s da? &#191;Por qu&#233; no dej&#225;is de incordiarme?

Reiko empez&#243; a explicarse de nuevo, por si no hab&#237;an quedado claras sus intenciones.

El magistrado

Ya -interrumpi&#243; Yugao con un bufido sarc&#225;stico-. El magistrado os ha azuzado contra m&#237;. Y claro, vos hab&#233;is cumplido, porque sois una buena hijita que siempre hace lo que le dice su pap&#225;.

Su tono insultante parec&#237;a una reacci&#243;n desmesurada a lo que s&#243;lo eran unas preguntas sencillas.

S&#243;lo quiero descubrir la verdad sobre un crimen espantoso -dijo Reiko, controlando su genio-. Quiero asegurarme de que no se castiga a la persona equivocada.

Oh, ya veo -replic&#243; Yugao con iron&#237;a-. Sois una dama rica mimada que se aburre en su mansi&#243;n. Os entreten&#233;is fisgoneando en los asuntos ajenos.

No es cierto -dijo Reiko, zaherida por la acusaci&#243;n, no en menor medida porque conten&#237;a una pizca de verdad-. Intento asegurarme de que se haga justicia.

Qu&#233; noble -se mof&#243; Yugao-. Supongo que os divierte jugar con una hinin. &#191;No ten&#233;is nada mejor que hacer, so gansa boba y despreciable?

&#161;No me hables en ese tono! &#161;Muestra algo de respeto! -orden&#243; Reiko, ya enfurecida. &#161;Que una paria osara insultarla a ella, la esposa del chambel&#225;n!-. Estoy intentando ayudarte.

&#191;Ayudarme? -Yugao alz&#243; la voz con incredulidad-. No me hag&#225;is re&#237;r. Lo que de verdad quer&#233;is es que os diga algo que me haga parecer culpable. As&#237; el magistrado podr&#225; dormir tranquilo despu&#233;s de condenarme a muerte. -Una mueca insidiosa le torci&#243; los labios-. Pues bien, lo siento por &#233;l. Me niego a seguiros el juego.

A Reiko el honor la obligaba a seguir su investigaci&#243;n con independencia del derrotero por el que la llevara, y cualquier informaci&#243;n que incriminara a Yugao ser&#237;a utilizada en su contra. En ese caso, su padre la condenar&#237;a con la conciencia tranquila. La chica tal vez estuviera perturbada, pero su l&#243;gica era s&#243;lida.

Me creas o no, soy tu &#250;ltima oportunidad de salvar la vida -dijo-. Si eres tan lista como te crees, me hablar&#225;s de la noche en que asesinaron a tu familia.

Bah, dejad de molestarme -le espet&#243; Yugao-. Marchaos.

No hasta que hayas respondido a mis preguntas. -Reiko dio un paso hacia ella-. &#191;Qu&#233; sucedi&#243; en realidad?

Yugao retrocedi&#243; unos pasos.

&#191;Por qu&#233; no os vais a casa a escribir poes&#237;a o colocar flores como las dem&#225;s de vuestra cala&#241;a?

&#191;Por qu&#233; murieron tus padres y tu hermana?

Acorral&#243; a Yugao contra la pared. Se miraron a los ojos mientras su antagonismo caldeaba la celda. Yugao hizo unos movimientos con la boca mientras los ojos le centelleaban de salvaje malicia. Escupi&#243; a Reiko directamente a la cara.

La esposa de Sano solt&#243; un grito cuando el salivazo la alcanz&#243; en la mejilla. Se apart&#243; dando tumbos hacia atr&#225;s y se sec&#243; con la mano la baba tibia que le bajaba por la piel ten&#237;a tanto de mancilla como de insulto. Sinti&#243; tal arrebato de estupor, indignaci&#243;n y asco que s&#243;lo acert&#243; a tartamudear y boquear. Yugao solt&#243; una carcajada burlona.

Eso os ense&#241;ar&#225; a no incordiarme -le dijo. Reiko tuvo el impulso de sacar la daga de la manga y ense&#241;arle a Yugao una lecci&#243;n de su propia cosecha. Temerosa de matarla si permanecian juntas un momento m&#225;s, sali&#243; por la puerta hecha una furia.

La voz provocadora de la detenida la sigui&#243; por el pasillo:

&#161;Eso, salid corriendo! &#161;No volv&#225;is a acercaros a m&#237; jam&#225;s!


El sol se puso sobre las boscosas colinas del oeste de Edo. Su luz menguante doraba los tejados que se extend&#237;an por la llanura debajo del castillo, el r&#237;o que describ&#237;a una curva alrededor de la ciudad y las pagodas del distrito de los templos. De varios puntos diseminados se elevaban penachos de humo negro. En el barrio de mercaderes de Nihonbashi, brigadas de bomberos formadas por hombres con capas y cascos de cuero y equipados con hachas corr&#237;an por las callejuelas serpenteantes de camino a combatir los incendios provocados por los forajidos, adem&#225;s de los causados por accidentes comunes. Los tenderos andaban ocupados recogiendo de la calle las muestras de g&#233;nero para guardarlas en sus establecimientos. Cerraban y aseguraban las persianas que cubr&#237;an sus tiendas. Las amas de casa se asomaban a los balcones y llamaban a sus ni&#241;os. Jornaleros y artesanos regresaban a casa con paso ligero. Centinelas armados de porras y lanzas montaban guardia ante las puertas que separaban los barrios. En su resaca de los disturbios pol&#237;ticos, la ciudad se recog&#237;a temprano, en previsi&#243;n de los problemas que a menudo tra&#237;a la noche.

Tres samur&#225;is, vestidos con prendas sencillas y discretas y tocados por sombreros de mimbre, atravesaban a caballo el barrio, que se vaciaba a ojos vista. Por detr&#225;s de ellos y a cierta distancia, un campesino empujaba un carro de madera empleado para acarrear los residuos nocturnos de la ciudad a los campos. Otros dos samur&#225;is montados lo segu&#237;an. Desde su posici&#243;n entre los detectives Arai e Inoue en el grupo de cabeza, Hirata volvi&#243; la vista para asegurarse de que el carro segu&#237;a a la vista. Transportaba el cuerpo del jefe Ejima, que hab&#237;a sacado a escondidas del castillo de Edo, oculto bajo un doble fondo cubierto por un cargamento de heces y orina de las letrinas de palacio. Los guardias de los controles no hab&#237;an registrado el carro maloliente en busca de tesoros robados. Tampoco hab&#237;an reconocido al detective Ogata, que impulsaba el veh&#237;culo disfrazado de basurero. Los dos samur&#225;is de la cola tambi&#233;n eran detectives de Hirata, con la misi&#243;n de asegurarse de que ning&#250;n esp&#237;a los siguiera. Hab&#237;an salido del castillo todos por separado y luego se hab&#237;an reunido en la ciudad. Tales eran las precauciones necesarias para un viaje clandestino al dep&#243;sito de cad&#225;veres.

Hirata se removi&#243; en la silla de montar, tratando en vano de encontrar una postura c&#243;moda, mientras cada paso de su caballo lo atormentaba. Una parte de su mente le susurraba que no deber&#237;a haber aceptado esa investigaci&#243;n. Sujet&#243; con m&#225;s fuerza las riendas e intent&#243; concentrarse en su deber hacia Sano, pero lo agobiaban otros problemas aparte del dolor. Apenas seis meses atr&#225;s se mov&#237;a por el mundo con osad&#237;a, pero el mundo era un lugar peligroso para un tullido.

En ese momento &#233;l y su grupo entraron en Kodemmacho, el suburbio que albergaba la c&#225;rcel de Edo y, dentro de ella, el dep&#243;sito de cad&#225;veres. Unas casuchas destartaladas bordeaban las calles desiertas salvo por un pu&#241;ado de mendigos y hu&#233;rfanos ambulantes. Hirata o&#237;a broncas en el interior de las chabolas; deca&#237;an al paso de su comitiva y luego resurg&#237;an. Desde los umbrales lo observaban rostros asustados. El anochecer parec&#237;a all&#237; m&#225;s oscuro, el crep&#250;sculo m&#225;s r&#225;pido. El olor a pozo negro, pescado frito grasiento y basura contaminaba el aire.

Un repentino cosquilleo de sus instintos le advirti&#243; de una amenaza. Calle arriba, un grupo de seis samur&#225;is dobl&#243; la esquina; su ropa sucia y ajada y sus rostros sin afeitar los se&#241;alaban como ronin. Caminaban con sigilosa premeditaci&#243;n, como una manada de lobos de caza. Al avistar el grupo de Hirata, apretaron el paso hasta correr hacia &#233;l. Se oy&#243; un raspar de acero cuando desenvainaron sus espadas. Hirata se dio cuenta de que eran soldados fugitivos del ej&#233;rcito de Yanagisawa. Se le echaron encima con tanta celeridad que apenas tuvo tiempo de desenfundar su arma antes de que uno lo agarrara del tobillo.

&#161;Baja del caballo! -grit&#243; el forajido.

Dos de sus camaradas asaltaron a los detectives Inoue y Arai, para desmontarlos por la fuerza. Hirata sab&#237;a que los caballos eran un bien preciado para los bandidos, muchos de los cuales hab&#237;an perdido el suyo durante la batalla. Pod&#237;an usarlos como medio de transporte o venderlos por dinero para comprar comida y cobijo. Blandi&#243; la espada hacia su atacante, que le dio un brusco tir&#243;n del tobillo. Un punzante dolor le surc&#243; la pierna y le arranc&#243; un aullido. Perdi&#243; el equilibrio y resbal&#243; del caballo. Solt&#243; la espada y tendi&#243; las manos para amortiguar la ca&#237;da.

Aterriz&#243; sobre la tierra con un golpe seco. Sinti&#243; otra sacudida de dolor; gimi&#243; y se agarr&#243; la pierna mientras un espasmo le agarrotaba los m&#250;sculos. El bandido solt&#243; una risotada desde&#241;osa. Asi&#243; las riendas del caballo de Hirata, que dio un respingo y relinch&#243;. Hirata busc&#243; como pudo su espada ca&#237;da y se levant&#243; con esfuerzo. Inoue y Arai segu&#237;an a lomos de sus monturas, luchando con los dem&#225;s bandidos, que lanzaban estocadas, se retiraban y volv&#237;an a acometer. Resonaba el entrechocar del acero. Hirata lanz&#243; un d&#233;bil golpe contra el forajido que intentaba subirse a su caballo. El otro lo par&#243; con facilidad y su contragolpe dio con Hirata en el suelo de nuevo. Arai e Inoue desmontaron de un salto y corrieron a ayudarlo, pero el resto de los forajidos los rodearon y se enzarzaron en duro combate. Hirata blandi&#243; de nuevo su acero contra su agresor, que par&#243; el golpe y ri&#243;, sin soltar las riendas del caballo. Superado, Hirata se tendi&#243; en el suelo y rod&#243; de un lado a otro intentando fren&#233;ticamente esquivar la espada de su atacante, que zumbaba y silbaba a su alrededor.

El detective Ogata, que hab&#237;a abandonado el carro de inmundicias, acudi&#243; a la carrera en su rescate, daga en mano. Sus dos hombres de la retaguardia se acercaban asimismo al galope, con las espadas en alto. Los bandidos vieron que ten&#237;an m&#225;s oposici&#243;n de lo que preve&#237;an y huyeron calle abajo, dispers&#225;ndose por los callejones. Los detectives se reunieron alrededor de Hirata.

&#191;Est&#225;is bien? -pregunt&#243; Inoue con desasosiego.

Sin aliento y agotado, con el coraz&#243;n desbocado por lo cerca que hab&#237;a estado de morir, Hirata se incorpor&#243; apoy&#225;ndose en los brazos.

S&#237; -respondi&#243; con tono brusco-. Gracias.

Lo humillaba no haber podido defenderse ni capturar aquellos bribones como hubiera sido su deber. Inoue y Arai le tendieron la mano para ayudarlo a levantarse, pero &#233;l rehus&#243; y se puso en pie con esfuerzo. Evit&#243; las miradas de sus hombres, para no ver compasi&#243;n en ellas. Enfund&#243; la espada y se subi&#243; al caballo.

Vamos. Tenemos trabajo que hacer. -Y a&#241;adi&#243;-: No le mencion&#233;is esto al chambel&#225;n Sano.

Mientras retomaban la marcha, se pregunt&#243; c&#243;mo sacar&#237;a adelante aquella investigaci&#243;n, o el resto de su vida.



Cap&#237;tulo 6

&#191;C&#243;mo te ha ido con Yugao? -pregunt&#243; el magistrado Ueda.

Estaban sentados en su despacho privado, un aposento lleno de estanter&#237;as y armarios con actas de los tribunales. Una doncella les sirvi&#243; un cuenco de t&#233; y luego se retir&#243;.

Debo decir que no la he visto bien dispuesta -respondi&#243; Reiko compungida.

Se pas&#243; la servilleta de tela por la cara. Aunque se hab&#237;a lavado la saliva de Yugao, todav&#237;a sent&#237;a el rastro de baba en la piel, como si la hinin la hubiera contaminado de por vida.

A decir verdad, ha hecho todo lo posible por ganarse mi mala opini&#243;n y disuadirme de hacer nada en su favor.

Le ofreci&#243; a su padre una versi&#243;n censurada de su conversaci&#243;n con Yugao. Le cont&#243; que la chica hab&#237;a sido grosera con ella, pero no repiti&#243; los insultos; tampoco mencion&#243; que le hab&#237;a escupido. Se sent&#237;a frustrada porque tendr&#237;a que haber manejado mejor la situaci&#243;n, aunque no se le ocurr&#237;a qu&#233; podr&#237;a haber hecho. Y no quer&#237;a que su padre se sintiera ofendido a trav&#233;s de ella y castigara a Yugao. A pesar de su comportamiento, todav&#237;a le inspiraba compasi&#243;n, porque deb&#237;a de haber sufrido muchas humillaciones en su vida como paria, fuera una asesina o no. Hasta una hinin merec&#237;a justicia.

Por el momento mandar&#233; a Yugao de vuelta a la c&#225;rcel. &#191;Qu&#233; impresi&#243;n te has llevado de su car&#225;cter? -pregunt&#243; el magistrado entre sorbos de t&#233; humeante.

Es una persona bastante desagradable, con muy mal genio.

&#191;La consideras capaz de asesinar?

Reiko reflexion&#243; un momento.

S&#237;. Pero no pondr&#237;a mucha fe en una opini&#243;n personal basada en un &#250;nico encuentro breve. -Ahora que se le hab&#237;an calmado los &#225;nimos, su sentido del honor le exig&#237;a dejar a un lado las emociones y realizar una indagaci&#243;n justa y concienzuda. Y era demasiado orgullosa para fracasar-. Necesito investigar m&#225;s para aclarar la verdad. -Quedaban demasiadas preguntas sin respuesta-. Y como ella no quiere ayudarme, tendr&#233; que buscar en otra parte.

Muy bien. -Su padre ech&#243; un vistazo a la ventana. El sol, que deca&#237;a con la proximidad del ocaso, brillaba dorado a trav&#233;s de las hojas de papel. Dej&#243; su cuenco de t&#233; en la mesa y se levant&#243;-. Debo regresar al tribunal. Hoy tengo tres juicios m&#225;s.

Y yo deber&#237;a irme a casa. -Reiko tambi&#233;n se puso en pie.

Atravesar la ciudad tras la puesta del sol era m&#225;s peligroso de lo normal. Por la noche merodeaban los bandidos, y los ciudadanos prudentes se quedaban en casa. Se pregunt&#243; cu&#225;ndo ver&#237;a a Sano; esperaba que no llegara a casa muy tarde, porque estaba ansiosa por informarlo de su nueva investigaci&#243;n.

Ma&#241;ana a lo mejor encuentro indicios de que Yugao no asesin&#243; a su familia-dijo. Sin embargo, por el momento no le importar&#237;a demostrar que la mujer era tan culpable como afirmaba.


Aunque Hirata hab&#237;a sido visitante habitual de la c&#225;rcel de Edo durante sus tiempos de polic&#237;a, llevaba una temporada sin ver la prisi&#243;n de los Tokugawa. En ese momento, mientras se acercaba con sus detectives, constat&#243; que no hab&#237;a mejorado. La estructura con aire de fortaleza segu&#237;a cerni&#233;ndose sobre un canal que ol&#237;a a alcantarilla; el agua reflejaba turbiamente los rayos naranjas del sol poniente. Los altos muros de piedra todav&#237;a luc&#237;an su capa de musgo. Los mismos guardias hura&#241;os vigilaban desde las atalayas. La misma aura de desespero pend&#237;a sobre los tejados a dos aguas del interior. Hirata y sus hombres, con el carro que llevaba el cad&#225;ver de Ejima, cruzaron el puente que conduc&#237;a a la puerta con remaches de hierro. All&#237;, a la luz de las linternas, dos centinelas montaban guardia en una garita.

Queremos ver al doctor Ito en el dep&#243;sito de cad&#225;veres -les dijo Hirata.

Abrieron la puerta con presteza. Hirata sab&#237;a que Sano les pagaba un salario generoso por dejar paso a los visitantes del doctor Ito, desentenderse de sus asuntos en la morgue y mantener la boca cerrada. Condujo a sus hombres al interior del recinto, por delante de barracones destartalados y el edificio de la oficina del alcalde que rodeaba las celdas. Sab&#237;a d&#243;nde estaba el dep&#243;sito, pero nunca hab&#237;a entrado; la mayor&#237;a lo rehu&#237;a por miedo a la contaminaci&#243;n f&#237;sica y espiritual. Al llegar a un patio cercado por una valla de bamb&#250;, encontr&#243; un edificio bajo con las paredes de yeso descascarillado y una maltrecha techumbre de juncos. Cuando &#233;l y sus hombres hubieron desmontado, se asom&#243; a las ventanas con barrotes.

El interior estaba amueblado con armaritos y mesas. Tres eta varones -los parias que formaban el personal de la c&#225;rcel- lavaban cuerpos desnudos en unas artesas de piedra. Un hombre sali&#243; por la puerta. Era alto, casi octogenario, de pelo blanco, huesos faciales prominentes y expresi&#243;n sagaz; llevaba una bata larga azul oscuro, el uniforme tradicional de los m&#233;dicos.

&#191;El doctor Ito? -pregunt&#243; Hirata.

S&#237; -respondi&#243; el m&#233;dico-. &#191;Con qui&#233;n tengo el placer de hablar? -Cuando Hirata se identific&#243; y present&#243; a sus hombres, Ito se relaj&#243; y sonri&#243;-. Es un honor conoceros, Hirata-san -dijo con una cort&#233;s reverencia-. Vuestro se&#241;or me ha hablado muy bien de vos.

Lo mismo digo -replic&#243; Hirata.

&#191;Se encuentra bien? -Tras cerciorarse de que era as&#237;, Ito dijo-: Me alegro de o&#237;rlo. Hace m&#225;s de seis meses que no nos vemos.

Hirata detect&#243; un dejo de nostalgia en su voz. Como chambel&#225;n, Sano ten&#237;a tantas miradas pendientes de &#233;l que no se atrev&#237;a a relacionarse con un convicto. Hirata sab&#237;a que echaba de menos a su amigo y en ese momento comprob&#243; que el sentimiento era mutuo.

&#191;En qu&#233; puedo ayudaros? -pregunt&#243; el doctor.

El chambel&#225;n Sano env&#237;a un cuerpo que le gustar&#237;a que examinarais. -Le puso en antecedentes de la muerte del jefe Ejima.

Ser&#225; un placer. &#191;D&#243;nde est&#225;?

El detective Ogama retir&#243; la tapa del carro de los residuos. Apart&#243; el cubo de hediondas heces y dej&#243; a la vista a Ejima, todav&#237;a vestido con sus ropajes, su armadura y su casco, encajonado en el compartimento secreto. Ito llam&#243; a dos eta para que vaciaran el cubo de residuos. Y a un tercero le orden&#243; que entrara el cuerpo.

&#201;ste es mi asistente especial. Se llama Mura -lo present&#243;.

Mura era de pelo canoso y cara adusta. Hirata recordaba que Sano le hab&#237;a contado que Ito hab&#237;a trabado amistad con &#233;l a pesar de que era un paria, y Mura se encargaba de todo el trabajo f&#237;sico relacionado con los ex&#225;menes del m&#233;dico. En ese momento deposit&#243; el cuerpo de Ejima sobre una mesa y coloc&#243; linternas en un soporte cerca de ella. Cuando Hirata, Ito y los detectives se reunieron en torno a la mesa, las llamas titilantes iluminaron sus caras y el cad&#225;ver. Hirata pens&#243; que deb&#237;an de parecer congregados para alg&#250;n estramb&#243;tico ritual religioso. Le dol&#237;a la pierna, pero esper&#243; ser capaz de aguantar de pie el tiempo que hiciera falta.

Desviste el cuerpo, Mura-san -dijo Ito.

El eta retir&#243; el casco de Ejima. La cara que apareci&#243; era casi infantil, de piel tersa y sin arrugas, aunque Hirata sab&#237;a que el difunto pasaba de los cuarenta a&#241;os. En vida su expresi&#243;n habitual hab&#237;a sido de una astucia que proclamaba conocimientos secretos; en la muerte su semblante era puro hieratismo.

&#191;Pod&#233;is averiguar c&#243;mo muri&#243; sin cortarlo? -pregunt&#243; Hirata-. Tengo que devolverlo al castillo de Edo. No convendr&#237;a que la gente notara que lo han examinado.

Lo intentar&#233;.

Mientras todos miraban, Mura retir&#243; la armadura y las vestiduras del cuerpo. Por el momento el examen no parec&#237;a revestido de ninguna truculencia. Mura manejaba el cad&#225;ver con gentil y respetuoso cuidado. Al poco Ejima estuvo desnudo, con el torso surcado de huellas sanguinolentas de cascos y roturas all&#225; donde los caballos lo hab&#237;an pisoteado. Ito se puso unos guantes blancos para protegerse de las excreciones corporales y la contaminaci&#243;n espiritual. Inspeccion&#243; la cabeza de Ejima, volvi&#233;ndola de un lado y de otro. Luego le pas&#243; las manos, palpando y tanteando, por el torso.

Noto costillas rotas y &#243;rganos internos destrozados -le dijo a Hirata-.Pero &#191;me ha parecido entender que dec&#237;ais que los testigos lo vieron derrumbarse en la silla de montar?

S&#237; -confirm&#243; Hirata.

Entonces es probable que estuviera muerto antes de caer y que no hayan sido estas heridas la causa de la muerte -dijo el doctor Ito-. Mura-san, dale la vuelta.

Mura volte&#243; el cad&#225;ver sobre su est&#243;mago. Una mancha oscura se le hab&#237;a extendido por la espalda.

La sangre se ha encharcado -explic&#243; el doctor, y luego examin&#243; con atenci&#243;n el cuero cabelludo de Ejima-. Aqu&#237; no hay heridas. El casco le protegi&#243; la cabeza. -Inspeccion&#243; el cuerpo dando una vuelta a la mesa; le dijo a Mura que volviera a ponerlo boca arriba y prosigui&#243; con su escrutinio. Sacudi&#243; la cabeza y arrug&#243; la frente.

&#191;No pod&#233;is distinguir lo que caus&#243; la muerte? -Hirata no quer&#237;a regresar a Sano con las manos vac&#237;as.

De repente Ito se detuvo cerca del lado derecho de la cabeza de Ejima. Se inclin&#243; con la mirada muy atenta. Le asom&#243; a la cara una expresi&#243;n de sorpresa e inter&#233;s.

&#191;De qu&#233; se trata? -pregunt&#243; Hirata.

Observad esta marca. -Ito se&#241;al&#243; un hueco en los huesos faciales entre el ojo y la oreja.

Hirata se acerc&#243;. Detect&#243; un puntito oval y azulado, apenas visible, en la piel de Ejima.

Parece un cardenal.

Correcto. Pero no procede de las lesiones de la pista. Este moraron tiene m&#225;s de un d&#237;a.

Entonces no guarda relaci&#243;n con su muerte -se lament&#243; Hirata-. Adem&#225;s, un golpecito de nada como &#233;se nunca ha matado a nadie.

Sin embargo, el doctor no le hizo caso.

Mura-san, tr&#225;eme una lupa.

El eta se dirigi&#243; a un armario y regres&#243; con un trozo de cristal plano y redondo montado en un marco negro de esmalte con mango. Ito examin&#243; el cardenal con atenci&#243;n a trav&#233;s de &#233;l y luego dej&#243; que Hirata echara un vistazo. Ampliada, la contusi&#243;n mostraba un complejo dibujo de volutas y l&#237;neas paralelas. El detective arrug&#243; la frente sin dar cr&#233;dito a lo que ve&#237;a.

Es una huella dactilar -dijo-. Alguien debi&#243; de apretarle la piel lo bastante fuerte para amoratarla. Pero nunca he visto tanto detalle en un cardenal. &#191;Qu&#233; nos indica?

Ito contempl&#243; la extra&#241;a contusi&#243;n con ojos llenos de asombro.

En mis treinta a&#241;os de ejercicio nunca he visto nada parecido, pero el fen&#243;meno est&#225; descrito en los textos m&#233;dicos. Aparece en ocasiones en las v&#237;ctimas del dim-mak.

&#191;El toque de la muerte? -Hirata vio su propio asombro reflejado en los rostros de sus hombres. La habitaci&#243;n pareci&#243; enfriarse y oscurecerse.

S&#237; -dijo el doctor-. La antigua t&#233;cnica de artes marciales consistente en dar un &#250;nico golpecito tan leve que es posible que la v&#237;ctima ni siquiera se entere, pero aun as&#237; resulta fatal. La inventaron hace unos cuatro siglos.

La fuerza del toque determina cu&#225;ndo se produce la muerte -record&#243; Hirata del saber samur&#225;i.

Un golpecito m&#225;s fuerte mata a la v&#237;ctima en el acto -aclar&#243; Ito-. Uno m&#225;s suave puede aplazar la muerte hasta dos d&#237;as. Puede parecer que goza de perfecta salud, hasta que de improviso cae fulminada. Y no habr&#225; indicio de su causa, salvo por una n&#237;tida huella all&#225; donde la haya tocado el asesino.

Pero el dim-mak es extra&#241;&#237;simo -dijo el detective Arai-. Jam&#225;s he o&#237;do de nadie que lo usara, o muriera por &#233;l.

Ni yo -a&#241;adi&#243; el detective Inoue-. No s&#233; de nadie de Edo que sea capaz.

Recordad que cualquiera que lo sea se guardar&#225; de darlo a conocer -se&#241;al&#243; Ito-. Los antiguos maestros que desarrollaron el arte del dim-mak tem&#237;an que lo usaran en su contra o con cualquier otro fin perverso. En consecuencia, transmitieron su conocimiento s&#243;lo a unos pocos estudiantes selectos de confianza. La t&#233;cnica ha sido un secreto guardado con celo, reservado a un pu&#241;ado de hombres cuya identidad nadie conoce.

&#191;Hace falta ser un experto en artes marciales para dominar la t&#233;cnica? -pregunt&#243; Hirata.

M&#225;s que eso -respondi&#243; Ito-. El practicante exitoso del dim-mak no s&#243;lo debe aprender a concentrar su energ&#237;a mental y espiritual y canalizarla a trav&#233;s de la mano hacia la v&#237;ctima; tambi&#233;n hacen falta unos conocimientos exhaustivos de anatom&#237;a para localizar los puntos vulnerables del cuerpo. Suelen ser los mismos que usan los m&#233;dicos para la acupuntura. Los canales de energ&#237;a que transmiten los impulsos curativos por el cuerpo tambi&#233;n pueden transportar fuerzas destructivas.

Toc&#243; la contusi&#243;n con su mano enguantada.

Este cardenal est&#225; situado en el cruce de un canal que conecta &#243;rganos vitales -explic&#243;-. La necesidad de conocimientos anat&#243;micos explica por qu&#233; los practicantes estudian medicina adem&#225;s de las artes marciales m&#237;sticas.

&#191;De verdad cre&#233;is que Ejima muri&#243; por dim-mak? -pregunt&#243; Hirata, esc&#233;ptico aunque intrigado.

A falta de otro s&#237;ntoma aparte de la contusi&#243;n, por donde la energ&#237;a del asesino pudo penetrar en el cuerpo, es probable -concluy&#243; el doctor.

Hirata resopl&#243;, sobrecogido por las implicaciones del hallazgo.

Al chambel&#225;n Sano le interesar&#225; saberlo.

No deber&#237;amos precipitarnos al informarle -advirti&#243; Ito-. La contusi&#243;n no constituye una prueba definitiva. Si mi teor&#237;a es err&#243;nea, podr&#237;a descarrilar las indagaciones del chambel&#225;n. Antes de dictaminar la causa de la muerte, habr&#237;a que confirmarla.

Muy bien -dijo Hirata-. &#191;C&#243;mo lo hacemos?

Ito adopt&#243; una expresi&#243;n grave.

Tengo que abrir la cabeza y mirar dentro.

Hirata se enfrentaba a un peliagudo dilema. Necesitaba contarle a Sano c&#243;mo hab&#237;a muerto Ejima y determinar m&#225;s all&#225; de toda duda que hab&#237;a sido resultado de un acto premeditado, pero mutilar el cuerpo supon&#237;a un gran riesgo. Tanto Hirata como Sano ten&#237;an enemigos que esperaban ansiosos a que cometieran un fallo. Si alguien reparaba en indicios de una autopsia ilegal en el cad&#225;ver de un caso investigado por ellos, sus enemigos tal vez se enterar&#237;an. Aun as&#237;, no pod&#237;a renunciar a su deber hacia Sano. Tras devanarse los sesos en busca de una soluci&#243;n, hall&#243; una que le pareci&#243; factible.

Adelante -le dijo al doctor-. Yo asumir&#233; la responsabilidad. Pero procurad hacer el m&#237;nimo da&#241;o posible.

Ito asinti&#243; y dijo:

Empieza, Mura-san.

Mura cogi&#243; una navaja, un cuchillo fino y afilado y una sierra de acero. Cort&#243; y afeit&#243; el cabello de Ejima en una estrecha franja de oreja a oreja por la parte posterior de la cabeza, y luego practic&#243; una incisi&#243;n a lo largo de toda la circunferencia justo por encima de las cejas. Retir&#243; la carne hasta dejar a la vista el cr&#225;neo h&#250;medo y sanguinolento y empez&#243; a serrar el hueso. El raspar del instrumento pareci&#243; ensordecedor en el silencio que se apoder&#243; de los presentes. Hirata lo observaba, entre fascinado y horrorizado.

En su vida hab&#237;a presenciado toda clase de espect&#225;culos macabros: caras partidas por la mitad, est&#243;magos abiertos en canal durante combates a espada, cabezas cercenadas por el verdugo, sangre y entra&#241;as derramadas. Aun as&#237;, aquel descuartizamiento met&#243;dico lo perturbaba. Transformaba a un humano en un pedazo de carne. Parec&#237;a el ultraje definitivo contra la vida. Empez&#243; a entender por qu&#233; estaba proscrita la ciencia extranjera, para proteger la sociedad y sus valores, al precio de renunciar a un conocimiento m&#225;s avanzado.

En ese momento Mura termin&#243; de cortar el cr&#225;neo en todo su per&#237;metro y a trav&#233;s del hueso. Agarr&#243; la cabeza de Ejima y afloj&#243; la parte superior, como si quitara la tapa bien cerrada de un frasco. Insert&#243; la hoja del cuchillo en el cr&#225;neo y rasg&#243; el tejido que lo sujetaba. Hirata lo observ&#243; levantar la tapa. Sali&#243; sangre, roja y viscosa, espesada de co&#225;gulos. Ba&#241;aba la masa gris&#225;cea y ensortijada del cerebro, resplandec&#237;a h&#250;meda a la luz de las linternas y manchaba la mesa.

He aqu&#237; nuestra prueba -dijo Ito con satisfacci&#243;n se&#241;alando la sangre-. Cuando se asesta un toque de la muerte, su energ&#237;a recorre el canal interno que conecta el punto de contacto con un &#243;rgano vital. El asesino de Ejima tom&#243; por blanco su cerebro. El toque en la cabeza caus&#243; una peque&#241;a ruptura en un vaso sangu&#237;neo de su cerebro, que poco a poco fue perdiendo sangre y ensanch&#225;ndose hasta que revent&#243; y lo mat&#243;.

Y no presentaba ninguna otra herida que pueda explicar la hemorragia -dijo Hirata.

Correcto -corrobor&#243; Ito-. El dim-mak fue la causa de la muerte.

Hirata asinti&#243;, pero haberse enterado de la verdad le causaba tanta aprensi&#243;n como alivio.

Volveremos al castillo para comunicarle la noticia al chambel&#225;n -dijo a sus detectives.

&#191;Qu&#233; hacemos con el cuerpo? -pregunt&#243; Inoue. Ech&#243; un vistazo al cad&#225;ver que yac&#237;a con el cerebro a la vista y la tapa de los sesos a un lado sobre la mesa ensangrentada.

Se viene con nosotros. -Hirata se volvi&#243; hacia Ito-. Por favor, haced que vuestro asistente recomponga la cabeza, la envuelva con una venda, lo lave y lo vista.

Era solo el principio del esfuerzo por disimular el clandestino examen.



Cap&#237;tulo 7

Cuando Sano acab&#243; de inspeccionar el hip&#243;dromo e interrogar a los testigos presentes, &#233;l, Marume y Fukida hablaron con los centinelas y patrullas que se hallaban en las inmediaciones en el momento de la muerte de Ejima. Para cuando regresaron a su mansi&#243;n, se hab&#237;a hecho de noche. Sano se alegr&#243; de ver que hab&#237;a desaparecido la muchedumbre de sus puertas y su antesala: hab&#237;an desesperado de verlo ese d&#237;a. Sin embargo, cuando pas&#243; por su despacho para enterarse de lo sucedido en su ausencia, sus asesores lo asediaron con preguntas y problemas urgentes. Se vio engullido de nuevo por el remolino de su cargo, hasta que un criado le llev&#243; dos mensajes: el caballero Matsudaira exig&#237;a saber qu&#233; lo entreten&#237;a tanto, e Hirata hab&#237;a llegado.

Se dirigi&#243; a su sala de audiencias y encontr&#243; a Hirata de rodillas en el suelo. Lo espant&#243; ver lo enfermo que parec&#237;a. Lo asaetearon renovados remordimientos.

&#191;Te apetece un refrigerio? -pregunt&#243;. Lamentaba que la habitual cortes&#237;a debida a cualquier invitado fuera lo &#250;nico que pudiera ofrecerle; una disculpa o muestra de compasi&#243;n s&#243;lo hubiera herido su orgullo.

No, gracias, ya he comido. -Hirata neg&#243; t&#225;citamente su evidente malestar al recitar la f&#243;rmula de cortes&#237;a.

Bueno, yo no, e insisto en que me hagas compa&#241;&#237;a -dijo Sano, aunque andaban mal de tiempo. Mand&#243; llamar a una doncella y le dijo-: Tr&#225;enos de cenar, y echa unas hierbas medicinales en el t&#233;. Me duele la cabeza. -No era verdad, pero a lo mejor la infusi&#243;n lograba que Hirata se sintiera mejor. La muchacha se march&#243;-. &#191;Qu&#233; ha descubierto Ito?

Cuando Hirata se lo cont&#243;, se qued&#243; anonadado.

Asesinado con el dim-mak -se asombr&#243;-. &#191;Est&#225; seguro el doctor?

Hirata describi&#243; la contusi&#243;n en forma de huella, la disecci&#243;n y la sangre del cerebro.

Bueno, supongo que para todo hay una primera vez -coment&#243; Sano-. Y las novedades de Ito cuadran con lo que he descubierto yo. Todos los testigos dicen que Ejima cay&#243; muerto sin motivo aparente. Los guardias que miraban con sus catalejos durante la carrera no vieron que nada lo golpeara. Nadie dispar&#243; un arma cerca del circuito y no se ha encontrado ninguna bala. A Ejima no lo mataron por medios convencionales. -Sano sent&#237;a temor a la par que emoci&#243;n-. Ahora sabemos que lo asesinaron, y c&#243;mo. Pero esto complica seriamente el caso.

Hirata asinti&#243;.

Significa que el hip&#243;dromo no es necesariamente el escenario del crimen. Podr&#237;a haber recibido el toque de la muerte horas o d&#237;as antes de que surtiera efecto.

Y los sospechosos ya no se limitan a quienes se hallaban cerca de la pista cuando Ejima cay&#243; fulminado -a&#241;adi&#243; Sano.

Guardaron silencio, escuchando las campanadas de los templos y los ladridos de los perros en la noche, el viento que cobraba fuerza y el zumbido de los insectos en el jard&#237;n.

El asesino anda suelto -dijo Sano. Anticipaba la emoci&#243;n de la caza, pero tambi&#233;n un desaf&#237;o sin precedentes, un adversario mucho m&#225;s ducho en artes marciales que &#233;l mismo-. Y no tenemos ni idea de qui&#233;n puede ser.

La doncella sirvi&#243; una cena de bolas de arroz, sashimi y verduras encurtidas. Sano repar&#243; en que Hirata apenas probaba bocado, pero dio unos tragos de t&#233; y pareci&#243; revivir un poco.

Tenemos dos problemas m&#225;s apremiantes que atrapar al asesino -le dijo-. Primero, &#191;c&#243;mo vamos a ocultar que han diseccionado el cuerpo de Ejima?

Ya me he ocupado de eso -respondi&#243; Hirata-. Hice que el asistente del doctor le vendara la cabeza. Luego lo llev&#233; a casa para que mis criados lo vistieran con una t&#250;nica de seda blanca y lo tendieran en un ata&#250;d lleno de incienso. Al dejarlo en casa de su familia, les dije que ya estaba preparado para el funeral, para ahorrarles la visi&#243;n de sus espantosas heridas, y que yo mismo pagar&#237;a un funeral por todo lo alto. Dej&#233; que vieran el cuerpo un minuto y luego sell&#233; el ata&#250;d. Se sent&#237;an tan agradecidos que no creo que lo abran para examinarlo mejor.

Bien hecho -dijo Sano, impresionado por el ingenio de Hirata-. Pero yo pagar&#233; el funeral. -Se trataba de un precio peque&#241;o por mantener en secreto la autopsia.

&#191;Cu&#225;l es el segundo problema? &#191;C&#243;mo contarle al caballero Matsudaira que a Ejima lo asesinaron mediante el dim-mak sin revelarle c&#243;mo lo hemos descubierto? -pregunt&#243; Hirata.

Sano asinti&#243; mientras dejaba a un lado los palillos.

Tengo una soluci&#243;n. Te la contar&#233; de camino a palacio.


Una luna en cuarto creciente adornaba el cielo a&#241;il sobre los picudos tejados del palacio. Las llamas resplandec&#237;an en las linternas de piedra repartidas por el complejo de edificios de entramado de madera y los senderos de grava blanca que cruzaban sus lozanos y apacibles jardines. Las ranas croaban en los estanques mientras resonaban los disparos de las pr&#225;cticas de tiro nocturnas en el campo de entrenamiento de artes marciales. Los guardias de patrulla llevaban el emblema del caballero Matsudaira, reafirmando su posici&#243;n en el coraz&#243;n del r&#233;gimen Tokugawa.

Cuando llegaron Sano, Hirata y los detectives Marume y Fukida preguntando por Matsudaira, los centinelas de las puertas de palacio los dirigieron a las dependencias privadas del sog&#250;n. All&#237; se encontraron en medio de una fiesta. Bellos muchachos vestidos con vistosos ropajes de seda tocaban el samis&#233;n, la flauta y los tambores; otros bailaban. El sog&#250;n estaba apoltronado entre cojines mientras m&#225;s mozalbetes parloteaban a su alrededor y lo manten&#237;an servido de vino. Su querencia por los varones j&#243;venes era del dominio p&#250;blico. El que los prefiriera a su esposa y sus concubinas explicaba por qu&#233; no hab&#237;a logrado engendrar un heredero directo. Cerca del sog&#250;n se encontraban Matsudaira y dos miembros del Consejo de Ancianos, que inclu&#237;a a los principales asesores del sog&#250;n y era el m&#225;ximo &#243;rgano de gobierno del r&#233;gimen. Matsudaira estaba de rodillas con los brazos cruzados y expresi&#243;n torva: desaprobaba esos entretenimientos tan fr&#237;volos. Los ancianos tomaban vino y meneaban la cabeza al comp&#225;s de la m&#250;sica.

&#191;Y bien? -dijo mientras Sano y sus acompa&#241;antes se acercaban, se arrodillaban y hac&#237;an una reverencia-. &#191;Ha sido asesinato?

Lo ha sido -asinti&#243; Sano.

Los viejos arrugaron la frente en se&#241;al de preocupaci&#243;n. El sog&#250;n desvi&#243; su atenci&#243;n de los bailarines y contempl&#243; a Sano con cara de alelado; ten&#237;a las mejillas coloradas por el vino; con la mano toqueteaba la rodilla del chico sentado a su lado.

Se trataba de Yoritomo, su favorito del momento. Era asombrosamente bello, la viva imagen en joven de su padre, el antiguo chambel&#225;n. Aunque el caballero Matsudaira hab&#237;a desterrado a Yanagisawa y su familia, Yoritomo permanec&#237;a en Edo porque el sog&#250;n hab&#237;a insistido en qued&#225;rselo. Corr&#237;a por sus venas sangre Tokugawa -de parte de la madre, una pariente del sog&#250;n- y las malas lenguas dec&#237;an que era el heredero designado por la dictadura. El encaprichamiento del sog&#250;n proteg&#237;a a Yoritomo de Matsudaira, que quer&#237;a eliminar a todo aqu&#233;l relacionado con su rival. Yoritomo sonri&#243; con timidez; sus grandes ojos, de un negro l&#237;quido, tan parecidos a los de su padre, se iluminaron de alegr&#237;a al ver a Sano.

De modo que yo ten&#237;a raz&#243;n. -Matsudaira se hinch&#243; de satisfacci&#243;n-. Lo sab&#237;a.

&#191;De qui&#233;n est&#225;is hablando? -pregunt&#243; el sog&#250;n.

De Ejima, el jefe de la metsuke. -El caballero apenas conten&#237;a su impaciencia-. Ha muerto esta ma&#241;ana.

Aah, s&#237; -dijo el sog&#250;n con aspecto de recordarlo vagamente.

Pensaba que Ejima se hab&#237;a ca&#237;do corriendo en el hip&#243;dromo -dijo uno de los ancianos. Era Kato Kinhide, que ten&#237;a una cara ancha y curtida, con ranuras por ojos y boca. El otro era Ihara Eigoro. Se hab&#237;an opuesto a Matsudaira y apoyado a Yanagisawa durante la guerra de las facciones. Ellos y algunos de sus aliados hab&#237;an sobrevivido a la purga peg&#225;ndose a Yoritomo, que estaba solo en la corte y depend&#237;a de la protecci&#243;n que le ofrecieran los amigos de su padre. Sin embargo, Sano sab&#237;a que la protecci&#243;n funcionaba en los dos sentidos: la influencia de Yoritomo ante el sog&#250;n escudaba a Kato, Ihara y su camarilla del caballero Matsudaira. &#201;l era su asidero al r&#233;gimen, la promesa de otra oportunidad de hacerse con su control.

A Ejima no lo ha matado la ca&#237;da -explic&#243; Sano.

Entonces &#191;qu&#233; ha sido? -pregunt&#243; Ihara. Bajo y jorobado, ten&#237;a una apariencia algo simiesca. &#201;l y Kato guardaban rencor a Sano porque se hab&#237;a negado a ponerse de su parte durante la guerra de las facciones, y en ese momento trabajaba codo con codo con Matsudaira. Lo envidiaban por haber llegado m&#225;s alto que ellos en el escalaf&#243;n.

Ejima ha sido v&#237;ctima de un dim-mak -contest&#243; Sano.

&#191;El toque de la muerte? -El caballero lo observ&#243; con asombro, al igual que los ancianos y Yoritomo. El sog&#250;n pareci&#243; confuso sin m&#225;s. La m&#250;sica y la danza prosegu&#237;an mientras los mozos bromeaban y re&#237;an.

Cuesta creerlo -dijo Kato, siempre dispuesto a ridiculizar a Sano y despertar dudas sobre su juicio-. El dim-mak es un arte perdida.

&#191;De qu&#233; pruebas dispon&#233;is? -inquiri&#243; Ihara.

Cuando preparaban a Ejima para el funeral, han reparado en un cardenal que ten&#237;a en la cabeza. Presentaba la forma y las marcas de una huella dactilar. -Era la historia que Sano hab&#237;a perge&#241;ado para encubrir la disecci&#243;n ilegal-. De acuerdo con la literatura de las artes marciales, se trata de la se&#241;al inconfundible del toque de la muerte.

Los libros no pueden considerarse una confirmaci&#243;n adecuada -se mof&#243; Kato.

En ellos siempre puede encontrarse algo que respalde el argumento m&#225;s inveros&#237;mil-a&#241;adi&#243; Ihara, en apoyo de su compa&#241;ero.

Sano entend&#237;a por qu&#233; estaban tan deseosos de refutar que la muerte de Ejima fuera un asesinato.

Pese a todo, me reafirmo en mi opini&#243;n. Pero dejemos que sea su excelencia quien decida la cuesti&#243;n.

El sog&#250;n pareci&#243; complacido de que se le consultara, pero arredrado. Se volvi&#243; hacia el caballero Matsudaira.

El chambel&#225;n Sano es el experto en cr&#237;menes -dijo &#233;ste-. Si &#233;l dice que ha sido dim-mak, deber&#237;a bastar con eso.

Sano tambi&#233;n comprend&#237;a que Matsudaira estaba tan ansioso por confirmar que a Ejima lo hab&#237;an asesinado que aceptar&#237;a un m&#233;todo inusual, creyera en &#233;l o no.

Bueno, entonces, aah, as&#237; sea -dijo el sog&#250;n, a todas luces contento de que su primo le hubiera ahorrado la necesidad de pensar-. La, aah, causa oficial de la muerte es lo que dice el chambel&#225;n Sano.

Matsudaira asinti&#243; en se&#241;al de aprobaci&#243;n. Kato e Ihara trataron de disimular su contrariedad, y Sano su alivio al ver que el ardid hab&#237;a funcionado y la autopsia permanec&#237;a en secreto. Se pregunt&#243; cu&#225;nto le durar&#237;a la suerte.

Yoritomo le dedic&#243; una fugaz sonrisa de felicitaci&#243;n. A lo largo de los &#250;ltimos seis meses se hab&#237;an hecho amigos, a pesar de que Sano en un tiempo hab&#237;a sido el rival de su padre. El chico le inspiraba l&#225;stima y hab&#237;a descubierto que era un joven decente y considerado que se merec&#237;a algo mejor que una vida como juguete sexual del sog&#250;n y pe&#243;n de los compinches de su padre, sobre todo cuando su condici&#243;n de heredero del r&#233;gimen distaba mucho de ser segura. A Sano lo maravillaba que de Yanagisawa hubiera salido un ni&#241;o tan cabal, y se hab&#237;a cargado sobre las espaldas otra responsabilidad m&#225;s: la de mentor del hijo de su antiguo enemigo.

&#191;Qu&#233; hay de las otras tres muertes recientes? -pregunt&#243; Matsudaira-. &#191;Tambi&#233;n fueron causadas por dim-mak?

Kato interrumpi&#243;:

&#191;Os refer&#237;s al supervisor de ceremonias de la corte, el comisario de carreteras y el ministro del Tesoro?

As&#237; es.

Es imposible que todas esas muertes sean asesinatos -protest&#243; Ihara.

Sano observ&#243; que el rumbo de la conversaci&#243;n pon&#237;a nerviosos a los dos ancianos.

Eso ya lo veremos -dijo el caballero en tono ominoso-. &#191;Chambel&#225;n Sano?

Si el supervisor Ono, el comisario Sasamura o el ministro del Tesoro Moriwaki fueron asesinados est&#225; todav&#237;a por esclarecer. -Sano se gan&#243; un gru&#241;ido de decepci&#243;n de Matsudaira y miradas de alivio de los dem&#225;s.

Investigar&#233; sus muertes ma&#241;ana -terci&#243; Hirata.

Por lo menos alguien reconoce la necesidad de investigar antes de llegar a conclusiones precipitadas -dijo Kato a media voz.

El caballero se dirigi&#243; a Sano:

&#191;Ten&#233;is alguna idea de qui&#233;n ha matado a Ejima?

A&#250;n no. Ma&#241;ana empezar&#233; a buscar sospechosos.

A lo mejor no ten&#233;is que buscar muy lejos. -Matsudaira clav&#243; una mirada de insinuaci&#243;n en los ancianos.

Ellos trataron de ocultar su consternaci&#243;n.

Aunque cre&#225;is que alguien, en esta &#233;poca nuestra, ha dominado la t&#233;cnica del dim-mak, no pensar&#233;is que pueda tratarse de alguien del r&#233;gimen -dijo Ihara. Sano sab&#237;a que &#233;l y Kato hab&#237;an temido en todo momento que Matsudaira los acusara de matar a sus funcionarios para debilitar su posici&#243;n.

Cualquiera que no tenga habilidad o agallas suficientes para cometer un asesinato podr&#237;a haber contratado a un asesino a quien no le falten -se&#241;al&#243; el caballero.

Lo mismo vale para cualquiera que acuse a otros -replic&#243; Kato-. Hay quien no hace ascos a cometer un crimen con tal de perjudicar a sus enemigos.

Matsudaira adopt&#243; una expresi&#243;n recelosa porque Kato le hab&#237;a devuelto la acusaci&#243;n.

A lo mejor deber&#237;amos plantearnos el motivo del propio chambel&#225;n Sano para designar las muertes como asesinatos y llevar a cabo una investigaci&#243;n. -Ihara mir&#243; de soslayo al objeto de su comentario.

El sog&#250;n arrug&#243; la frente, desconcertado y molesto, mientras repart&#237;a la atenci&#243;n entre la m&#250;sica, el baile y la conversaci&#243;n. Yoritomo parec&#237;a triste porque estaban atacando a Sano. El chambel&#225;n sab&#237;a que Kato e Ihara tem&#237;an su amistad con Yoritomo, que socavaba su influencia sobre el joven. Sin Yoritomo y su conexi&#243;n con el sog&#250;n, ser&#237;an blancos f&#225;ciles para Matsudaira. Les conven&#237;a m&#225;s atacar a Sano aunque &#233;l hubiera intentado hacer las paces con ellos.

Mi &#250;nica meta es descubrir la verdad -afirm&#243;.

La verdad que os convenga a vos y al caballero Matsudaira -dijo Kato con una mueca de desd&#233;n, para luego dirigirse al sog&#250;n-. Excelencia, los asesinatos, si asesinatos son, deber&#237;an ser investigados por alguien que no tenga un inter&#233;s personal en el resultado y pueda ser objetivo. Me propongo para presidir un comit&#233; que investigue la aut&#233;ntica verdad del asunto.

Vos os jug&#225;is tanto como cualquier otro -replic&#243; Matsudaira con desprecio.

Un comit&#233; es una buena idea -dijo Ihara-. Yo formar&#233; parte.

Sano se pregunt&#243; si quer&#237;an tomar las riendas de la investigaci&#243;n porque tem&#237;an que los destapara como asesinos o que los incriminara si no eran culpables. No pod&#237;a dejarlos barrer un crimen, y posiblemente cuatro, debajo del tatami, o inculpar al caballero Matsudaira y acabar con &#233;l por el camino. Hab&#237;a llegado el momento de hacer valer su rango.

Me alegra ver que est&#225;is tan dispuestos a investigar el asesinato del jefe Ejima -les dijo a Kato e Ihara-. Siempre es un placer ver tanta dedicaci&#243;n en mis subordinados. -Los ancianos t&#233;cnicamente eran sus subalternos, aunque su edad y veteran&#237;a les concedieran una posici&#243;n especial-. Si necesito vuestra ayuda, os la pedir&#233;. Hasta entonces limitar&#233;is vuestra participaci&#243;n a asesorar a su excelencia dentro del normal cumplimiento de vuestras funciones.

A los ancianos se les tensaron las mand&#237;bulas ante el desaire, pero no pod&#237;an oponerse en p&#250;blico a una orden directa.

Siempre os hab&#233;is declarado satisfecho con el servicio del chambel&#225;n Sano -le dijo el caballero Matsudaira al sog&#250;n-. Es el hombre mejor cualificado para investigar. Que siga.

Bueno, aah, eso parece buena idea -dijo el sog&#250;n. Las desavenencias lo irritaban, y habl&#243; con un apocado deseo de ver aqu&#233;lla zanjada.

El mero hecho de que Sano haya tenido &#233;xito en el pasado no garantiza que no os vaya a fallar ahora, excelencia -objet&#243; Kato con una urgencia nacida del p&#225;nico.

Este caso es demasiado grave para que lo lleve a solas, por mucha experiencia que tenga -a&#241;adi&#243; Ihara.

Sano los notaba razonar que si Matsudaira se sal&#237;a con la suya y acababan implicados en la muerte de cuatro altos funcionarios de los Tokugawa, los ejecutar&#237;an por traici&#243;n. Ni siquiera el amparo de Yoritomo los salvar&#237;a.

&#161;Basta de tantos consejos! -exclam&#243; de repente el sog&#250;n. A lo mejor se barruntaba el contenido entre l&#237;neas de la conversaci&#243;n, pens&#243; Sano; quiz&#225; sent&#237;a necesidad de reafirmar su autoridad-. Yo decidir&#233; qui&#233;n investiga el asesinato de, aah -Agit&#243; las manos en adem&#225;n de confusi&#243;n-. Quienquiera que fuera esa gente. &#161;Ahora callaos todos y dejadme pensar!

Los m&#250;sicos dejaron de tocar; los bailarines se detuvieron en mitad del paso; la chachara de los jovenzuelos qued&#243; en el aire. Un silencio inc&#243;modo se impuso en la habitaci&#243;n. Matsudaira adopt&#243; una expresi&#243;n de contrariedad al perder el control de la situaci&#243;n. Los ancianos estaban tan inm&#243;viles como si se hallaran entregados a una profunda meditaci&#243;n para inclinar telep&#225;ticamente al sog&#250;n en su favor. El dictador se consum&#237;a entre su propia inseguridad y su pavor a cometer un error. Sano vio que su destino pend&#237;a del capricho de su se&#241;or. La investigaci&#243;n del asesinato conllevaba ya mucho m&#225;s que la b&#250;squeda de un homicida. Estaba en peligro la propia supervivencia de Sano.

Yoritomo se inclin&#243; hacia el sog&#250;n y le susurr&#243; al o&#237;do. Sano arrug&#243; la frente, tan sobresaltado como lo parec&#237;an Matsudaira, los ancianos, Hirata y los detectives. El sog&#250;n alz&#243; las cejas mientras escuchaba a su joven protegido; asinti&#243;.

He tomado una decisi&#243;n -dijo al cabo, ya confiado-. Permitir&#233; que el chambel&#225;n Sano investigue el asesinato y capture al culpable.

Sano sinti&#243; alivio, pero tambi&#233;n recelos. Hirata y los detectives le hicieron se&#241;as de aprobaci&#243;n con la cabeza. El rostro de Matsudaira expres&#243; una mezcla de satisfacci&#243;n por haberse salido con la suya y rabia por constatar la influencia que el hijo de su antiguo rival ten&#237;a sobre el sog&#250;n. Los ancianos intentaron disimular su descontento. Yoritomo mir&#243; a Sano con expresi&#243;n radiante.

Basta de hablar de, aah, cosas serias -a&#241;adi&#243; el sog&#250;n-. Pod&#233;is iros todos. Mantenme informado de los, aah, avances de la investigaci&#243;n. -Hizo una se&#241;a a los m&#250;sicos, bailarines y dem&#225;s muchacher&#237;a-. Que siga la fiesta.

En el pasillo, delante de las dependencias privadas del sog&#250;n, Matsudaira y los ancianos desfilaron ante Sano.

Conf&#237;o en que resolver&#233;is el caso a mi entera satisfacci&#243;n -dijo el primo del sog&#250;n. Su tono, aunque de camarader&#237;a, apuntaba a funestas consecuencias para Sano en caso de incumplimiento.

Los ancianos le hicieron una reverencia. Su gesto dec&#237;a que tem&#237;an que los incriminara; la hostilidad de sus ojos aclaraba que no ser&#237;a la &#250;ltima vez que le plantaran cara mientras siguiera aliado con el caballero Matsudaira.

Har&#233;is bien en recordar c&#243;mo llegasteis a donde est&#225;is -dijo Kato. Sano hab&#237;a sido nombrado chambel&#225;n porque su esp&#237;ritu independiente lo hab&#237;a convertido en el &#250;nico hombre sobre el que pod&#237;an ponerse de acuerdo Matsudaira y los restos de la facci&#243;n de Yanagisawa. Kato le estaba diciendo que hab&#237;an contribuido a elevarlo al poder y que pod&#237;an derribarlo si les causaba problemas.

Apareci&#243; Yoritomo por la puerta. Ihara le dijo:

&#191;Ven&#237;s con nosotros?

No. Os ver&#233; m&#225;s tarde. -El joven se detuvo al lado de Sano.

A los ancianos se les agri&#243; la cara.

No olvid&#233;is qui&#233;nes son vuestros amigos de verdad -dijo Ihara.

Los ancianos partieron enfurru&#241;ados. Sano y Yoritomo avanzaron juntos por el pasillo. Hirata y los detectives los siguieron a cierta distancia.

Debo daros las gracias por interceder a mi favor ante el sog&#250;n -le dijo Sano.

Yoritomo se ruboriz&#243; ante la gratitud de Sano.

Despu&#233;s de todo lo que hab&#233;is hecho por m&#237;, era lo m&#237;nimo -dijo.

Parec&#237;a tan contento, tan deseoso de aprobaci&#243;n, que a Sano no le gust&#243; tener que decir:

Pero no deber&#237;ais haber metido baza. No pod&#233;is permitiros contrariar a Kato o Ihara por m&#237;. Ha sido una imprudencia. No volv&#225;is a hacerlo.

Os ruego me perdon&#233;is. Supongo que he actuado impulsivamente. -Yoritomo agach&#243; la cabeza, mortificado por la cr&#237;tica-. S&#243;lo pretend&#237;a ayudaros.

Ayudarme no es vuestro deber -repuso Sano con amabilidad y firmeza. &#161;Pensar que el padre en su momento hab&#237;a hecho todo lo posible por arruinarlo, y ahora el hijo pon&#237;a en peligro su propia seguridad para protegerlo!-. Y deber&#237;ais manteneros al margen de la pol&#237;tica. Puede ser mort&#237;fera.

S&#237; Entiendo lo que quer&#233;is decir.

El tono escarmentado del joven dejaba claro que hab&#237;a captado la alusi&#243;n de Sano a su padre desterrado. Sano sab&#237;a que, aunque Yoritomo adoraba y echaba de menos a su padre, no hab&#237;a estado ciego a los fallos de Yanagisawa. Cuando pararon ante la puerta de salida del palacio, contempl&#243; a Sano con vehemencia.

Pero si alguna vez necesit&#225;is que haga algo por vos -le brillaban los ojos con el amor y la idolatr&#237;a que hab&#237;a transferido de su padre ausente a Sano- s&#243;lo ten&#233;is que ped&#237;rmelo.

Su devoci&#243;n incomodaba a Sano al tiempo que lo conmov&#237;a. Lo &#250;nico que hab&#237;a hecho para gan&#225;rsela era pasar alg&#250;n rato charlando con el chico o paseando por el castillo de vez en cuando. Sin embargo, eso era m&#225;s amabilidad de la que jam&#225;s le hab&#237;a ofrecido nadie sin esperar algo a cambio.

Bueno, confiemos en que no sea necesario.

Yoritomo regres&#243; a la fiesta del sog&#250;n. Sano y su comitiva atravesaron los pasadizos oscuros y serpenteantes del castillo en direcci&#243;n a su complejo. Ard&#237;a en deseos de comentar con Reiko su nuevo caso, y sinti&#243; una aguda nostalgia por los tiempos en los que investigaban cr&#237;menes juntos. Esto no ser&#237;a igual. Todo hab&#237;a cambiado.



Cap&#237;tulo 8

&#161;Mira, mam&#225;, mira!

Masahiro daba brincos por el pasillo de las dependencias privadas del complejo del chambel&#225;n. El suelo emit&#237;a sonoros chirridos al paso de sus piececitos. Reiko caminaba detr&#225;s de &#233;l, encogida por el ruido. Uno de los pasatiempos favoritos de su hijo era jugar con el suelo ruise&#241;or, dise&#241;ado para servir de advertencia si un intruso entraba en la casa. Cuando Sano y Reiko se hab&#237;an mudado a la antigua residencia de Yanagisawa, la hab&#237;an descubierto plagada de suelos ruise&#241;or. Y en breve Masahiro se hab&#237;a aprendido de memoria todos los sitios donde chirriaban.

&#161;Mira, mam&#225;! -exclam&#243;. Deshizo su camino por el pasillo sin que el suelo emitiera un solo ruido.

Muy bien. -Reiko sonri&#243;, orgullosa de que hubiera memorizado tambi&#233;n los puntos por donde pod&#237;a pasarse en silencio. Le parec&#237;a muy listo para no haber cumplido los tres a&#241;os-. Ahora toca prepararse para ir a la cama.

Despu&#233;s de ba&#241;arse juntos, cuando lo estaba arropando en la cama, Sano lleg&#243; y se uni&#243; a ellos.

Llegas temprano -dijo Reiko-. Me alegro de verte.

Sano parec&#237;a cansado pero despabilado.

Yo tambi&#233;n.

Masahiro se arroj&#243; a los brazos paternos de un salto. Sano lo lanz&#243; por los aires. Rieron y jugaron al corre que te pillo por la habitaci&#243;n.

No lo excites, por favor -dijo Reiko-. No habr&#225; manera de que se vaya a dormir.

Pero es que casi no lo veo nunca -adujo Sano con pesar mientras sosten&#237;a a su hijo, que parloteaba alegremente, en el regazo-. Quiero ser un buen padre, pero se me pasan los d&#237;as sin darme oportunidad. Quiero ense&#241;ar a Masahiro sobre la vida, las artes marciales y el Camino del Guerrero, como hizo mi padre conmigo. -Su padre hab&#237;a dirigido una escuela de artes marciales en la que Sano hab&#237;a pasado la mayor parte de su infancia-. Y ahora voy a ir incluso m&#225;s justo de tiempo.

Tras mucho jaleo, por fin consiguieron meter a Masahiro en su cama. Se fueron a su habitaci&#243;n, donde Reiko sirvi&#243; sake para los dos.

El jefe de la metsuke ha sido asesinado y el caballero Matsudaira me ha ordenado que lo investigue -le cont&#243; Sano.

Mientras le explicaba los pormenores del crimen, los peligros que conllevaba y las consecuencias de no resolverlo, Reiko sinti&#243; tanta emoci&#243;n como alarma.

Este caso de asesinato podr&#237;a avivar las llamas del conflicto pol&#237;tico hasta provocar otra guerra -concluy&#243; Sano-. Matsudaira es vulnerable porque sus funcionarios est&#225;n siendo atacados. Vuelvo a estar atrapado entre las dos facciones.

Ten&#237;a m&#225;s que perder en esa ocasi&#243;n, pero Reiko sab&#237;a que no hab&#237;a dejado ning&#250;n caso sin resolver en el pasado, y una investigaci&#243;n de asesinato era algo que pod&#237;an compartir, a diferencia del trabajo administrativo que lo ocupaba por lo general.

Parece un caso de lo m&#225;s fascinante -dijo-. &#191;Hay algo que pueda hacer para ayudar? -Trabajar en ese caso adem&#225;s de en el de ella la mantendr&#237;a muy ocupada, pero era mejor tener demasiado entre manos que no lo suficiente.

A lo mejor m&#225;s adelante. -Sano se bebi&#243; su sake y a&#241;adi&#243;-: &#191;Qu&#233; has hecho t&#250; hoy?

Ella observ&#243; lo r&#225;pido que hab&#237;a cambiado de tema; not&#243; la distancia que hab&#237;a crecido entre ellos. &#191;Por qu&#233; no quer&#237;a comentar m&#225;s el caso? Se dir&#237;a casi que no quer&#237;a que participase. Sin embargo, hab&#237;an sido compa&#241;eros de pesquisas durante casi cuatro a&#241;os de matrimonio. Decidi&#243; tomarse las palabras de Sano al pie de la letra y suponer que le dejar&#237;a ayudarlo si pod&#237;a.

Yo tengo mi propio caso -anunci&#243;.

Cuando le habl&#243; de Yugao, el juicio y la petici&#243;n de su padre, Sano adopt&#243; una expresi&#243;n entre el inter&#233;s y la preocupaci&#243;n.

&#191;Esa tal Yugao es una hinin?

S&#237;. Por eso la polic&#237;a no investig&#243; en serio el asesinato de su familia y no ha tenido un juicio justo.

&#191;Y t&#250; vas a buscar indicios que puedan demostrar su inocencia aunque ella ha confesado?

A Reiko la desconcert&#243; la nota de desaprobaci&#243;n que oy&#243; en su voz.

Pues s&#237;.

Con la barbilla apoyada en la mano, Sano dijo:

No s&#233; si es muy buena idea.

&#191;Por qu&#233; no? -repuso Reiko, sorprendida. Hab&#237;a cre&#237;do que su esposo se alegrar&#237;a de que le hubieran encargado algo tan digno como defender a un miembro oprimido de la sociedad.

&#201;l se explic&#243; con desgana.

Nuestra situaci&#243;n ha cambiado desde que era sosakan-sama. Estoy mucho m&#225;s vigilado que entonces, y lo mismo sucede con mi familia. Hoy en d&#237;a se examina nuestro comportamiento con una vara de medir m&#225;s estricta. Cosas que antes hac&#237;amos dejar&#225;n de pasar desapercibidas. Las consecuencias de relacionarse con la gente equivocada son las mismas, pero el riesgo es mucho mayor.

&#191;Me est&#225;s diciendo que no deber&#237;a relacionarme con Yugao porque es una paria y eso te dejar&#237;a en mal lugar? -Reiko apenas pod&#237;a dar cr&#233;dito a lo que o&#237;a.

Que te hagas amiga de ella y le ofrezcas ayuda va contra el tab&#250; que proh&#237;be el contacto entre los hinin y los ciudadanos normales -dijo Sano-. Y si mi esposa se salta esa prohibici&#243;n dar&#225; la impresi&#243;n de que no respeto las costumbres que gobiernan la sociedad. Pero eso es s&#243;lo parte del problema.

Reiko lo contempl&#243; boquiabierta. &#191;Ese que hablaba era su marido? A Sano nunca le hab&#237;a importado tanto la opini&#243;n p&#250;blica y desde luego no la habr&#237;a antepuesto a la justicia. Empez&#243; a entender por qu&#233; no la quer&#237;a ver en su investigaci&#243;n.

El principal problema es que tu padre te ha pedido que interfieras en el sistema judicial -prosigui&#243; Sano-. Yo le tengo mucho respeto, pero excede los l&#237;mites de su autoridad al deso&#237;r las pruebas contra Yugao, adem&#225;s de su confesi&#243;n, y pedirle a su hija que investigue esos asesinatos.

Supongo que no lo hab&#237;a pensado desde esa perspectiva. -Reiko se hab&#237;a centrado en ayudar a su padre, en evitar una posible injusticia y en su propio deseo de trabajo detectivesco. Aunque Sano ten&#237;a parte de raz&#243;n, protest&#243;-. Pero habr&#237;a que investigar los asesinatos. No hay nadie m&#225;s dispuesto a hacerlo, y tengo experiencia con asuntos de esa &#237;ndole.

S&#233; que la tienes. -Sano son&#243; apaciguador, razonable-. Pero careces de autoridad oficial. Y a pesar de eso, est&#225; claro que el magistrado pretende que los resultados de tu investigaci&#243;n invaliden los de la polic&#237;a. -Sacudi&#243; la cabeza-. Eso es adulterar la ley. No puedo aprobarlo. No puedo permitirme aparentar que favorezco a los parias y dejo libres a criminales confesos.

&#191;Me est&#225;s diciendo que debo dejar mi investigaci&#243;n? -Reiko estaba horrorizada, pero no s&#243;lo por haber comprendido que la posici&#243;n de su marido era lo bastante insegura como para que el comportamiento de su mujer pudiera perjudicarlo.

Espero que entiendas por qu&#233; deber&#237;as dejarla por tu propia voluntad -matiz&#243; Sano.

Reiko trat&#243; de ordenar sus pensamientos.

Entiendo que tus enemigos andan en busca de cualquier arma para destruirte. Entiendo que esa arma podr&#237;a ser yo -En la arena pol&#237;tica, hasta una falta tan leve como una esposa que desoyera la tradici&#243;n constitu&#237;a un serio contratiempo para un funcionario. No quer&#237;a poner en peligro la posici&#243;n de Sano y arriesgarse a deshonrarlo a &#233;l y a su familia, pero tampoco deseaba renunciar a su investigaci&#243;n. Adem&#225;s, la inquietaba el cambio obrado en Sano, que en un tiempo podr&#237;a haber hecho suya de buena gana la causa de Yugao-. Pero est&#225; en juego la vida de una mujer, y existen suficientes preguntas sin respuesta para despertar dudas sobre su culpabilidad. &#191;No crees que es importante descubrir lo que sucedi&#243; la noche en que asesinaron a esa familia? &#191;Ya no te importa asegurarte de que se castigue al aut&#233;ntico culpable?

Por supuesto que s&#237; -respondi&#243; &#233;l, molesto e impaciente.

La b&#250;squeda de la verdad y el cumplimiento de la justicia eran piedras angulares de su honor, en su opini&#243;n tan consustanciales al bushido como el valor, el deber para con su se&#241;or y la pericia en las artes marciales. Desde luego, observaba esos principios en el caso que ten&#237;a entre manos. Con todo, las palabras de Reiko le dieron que pensar. &#191;Seis meses de chambel&#225;n hab&#237;an hecho que le preocuparan m&#225;s la pol&#237;tica y la posici&#243;n que el honor? &#191;Segu&#237;a su traves&#237;a por el Camino del Guerrero s&#243;lo cuando las &#243;rdenes de arriba le daban permiso? La idea lo constern&#243;.

&#191;Entonces crees que Yugao deber&#237;a morir por un crimen que tal vez no haya cometido, porque es una hinin y en consecuencia no se merece un trato justo? -insisti&#243; Reiko.

Su condici&#243;n social no tiene nada que ver con mis dudas sobre la prudencia de tu intervenci&#243;n. Por lo que a m&#237; respecta, tiene tanto derecho a obtener justicia como cualquier ciudadano. -Aun as&#237; Sano not&#243; que se pon&#237;a a la defensiva; se pregunt&#243; si esa creencia personal que se atribu&#237;a segu&#237;a siendo cierta. &#191;Acaso su ascenso social hab&#237;a provocado que los situados muy por debajo de &#233;l no le parecieran merecedores de causarle ninguna molestia?-. Pero no tengo tanto margen para actuar fuera de la ley como en otros tiempos.

Tienes mucho m&#225;s poder que antes -le record&#243; Reiko-. &#191;No deber&#237;as usarlo para hacer el bien?

Por supuesto. -Sano no hab&#237;a olvidado que &#233;sa era su meta como chambel&#225;n-. Pero es discutible si ofrecer a Yugao una segunda oportunidad equivale a hacer el bien. A m&#237; me parece culpable y, si lo es, una investigaci&#243;n no har&#237;a sino retrasar la justicia. Y lo problem&#225;tico del poder es que puede corromper a quienes creen que hacen lo correcto, adem&#225;s de a quienes intentan obrar el mal.

El espectro de Yanagisawa rondaba por la mansi&#243;n en la que una vez viviera y que ahora ocupaban ellos. En ese momento Sano ten&#237;a la misma posici&#243;n influyente que &#233;l y afrontaba id&#233;nticas tentaciones.

El poder hace que los hombres se crean por encima de la ley libres de actuar como les plazca -dijo-. Podr&#237;a hacer cosas que parecieran buenas en su momento, pero luego tener imprevistas consecuencias negativas. Al final, podr&#237;a haber hecho m&#225;s mal que bien. Habr&#233; abusado de mi poder y mancillado mi honor Y me convertir&#237;a en un nuevo Yanagisawa, que conspir&#243;, malvers&#243;, calumni&#243; y asesin&#243; para satisfacer sus intereses particulares. Luego, un d&#237;a, me mandar&#237;an a la misma isla de exilio.

Reiko adopt&#243; una expresi&#243;n de contrita comprensi&#243;n.

Pero t&#250; nunca llegar&#237;as a eso. Y el caso de Yugao no es m&#225;s que una nimiedad. Es imposible que pudiera arruinar tu carrera pol&#237;tica, o tu honor. Creo que lo est&#225;s sacando de quicio.

Quiz&#225; tuviera raz&#243;n, pero a Sano no le gustaba equivocarse; tampoco quer&#237;a ceder. Se sent&#237;a irritado con Reiko por llevarle la contraria y sacar a colaci&#243;n inc&#243;modos interrogantes sobre &#233;l mismo. Sigui&#243; el impulso de pasar a la ofensiva.

Ahora que hemos comentado mis motivos para no querer que te mezcles con Yugao, me gustar&#237;a saber por qu&#233; est&#225;s tan ansiosa por hacerlo -dijo-. &#191;Te ha condicionado la simpat&#237;a que te inspira? En ese caso, tampoco ser&#237;a la primera vez.

Reiko abri&#243; los ojos. Su marido se refer&#237;a al caso del templo del Loto Negro, cuando hab&#237;a intentado ayudar a otra joven acusada de asesinato. Rara vez lo comentaban porque hab&#237;a estado a punto de destruir su matrimonio, y todav&#237;a era un tema sensible.

No siento ninguna simpat&#237;a en particular por Yugao. Si hubieras visto lo hostil que ha sido conmigo, sabr&#237;as que me sobran motivos para querer demostrarla culpable.

Sano asinti&#243;, aunque con escasa convicci&#243;n.

Pues debo pedirte que te replantees aceptar el caso.

Reiko se qued&#243; callada, con la expresi&#243;n indecisa. Sano notaba lo mucho que deseaba ocuparse de esa investigaci&#243;n, y tambi&#233;n que no quer&#237;a enfadarlo. Al final dijo:

Si me lo proh&#237;bes, acatar&#233; tus deseos.

As&#237; pues, Sano se encontr&#243; con un dilema. Si ced&#237;a porque amaba a Reiko, quer&#237;a verla feliz y era fiel a sus principios, pondr&#237;a en peligro su posici&#243;n, y pobres de ellos si algo sal&#237;a mal. No se hab&#237;a quitado de encima la amenaza de la muerte desde que se uniera al bakufu, pero en ese momento ten&#237;a cosas que temer incluso peores. Dirigi&#243; la vista hacia la habitaci&#243;n donde dorm&#237;a Masahiro. A medida que su hijo crec&#237;a, Sano iba cobrando mayor conciencia de su papel como padre y de lo mucho que el destino del ni&#241;o depend&#237;a de &#233;l. Al hijo de un funcionario deshonrado lo esperaba un futuro poco halag&#252;e&#241;o.

Aun as&#237;, si le prohib&#237;a a Reiko seguir adelante, estar&#237;a dando la espalda a su honor y demostr&#225;ndose un cobarde. Atrapado entre la espada y la pared, prefiri&#243; errar por el lado del honor, como siempre hab&#237;a hecho.

No te lo prohibir&#233; -dijo-. Sigue con ello si te empe&#241;as. Pero ten cuidado. Intenta no llamar la atenci&#243;n ni hacer nada que pueda perjudicarnos.

Reiko sonri&#243;.

Eso har&#233;. Te prometo ser discreta. Gracias.

Sano la vio alegrarse de obtener su permiso, que no su bendici&#243;n; tambi&#233;n constat&#243; que su decisi&#243;n no la hab&#237;a sorprendido. De alg&#250;n modo lo hab&#237;a arrastrado a una posici&#243;n en que le era imposible prohib&#237;rselo sin salir malparado. Sinti&#243; una renuente pero cari&#241;osa admiraci&#243;n por su inteligencia. Desde luego Reiko sab&#237;a manejarlo mejor que &#233;l a ella. Sin embargo, la conversaci&#243;n le hab&#237;a demostrado que necesitaba a alguien que lo ayudara a mantenerse fiel a sus ideales, y se alegraba de contar con Reiko.

&#191;Por d&#243;nde te propones empezar? -pregunt&#243;.

He pensado examinar el lugar de los cr&#237;menes y luego hablar con la gente que conoc&#237;a a la familia. A lo mejor encuentro alguna prueba que demuestre que es inocente o culpable.

Parece una buena manera de abordarlo. -Sano esperaba no llegar a lamentar su decisi&#243;n.

&#191;Cu&#225;l ser&#225; el siguiente paso de tu investigaci&#243;n? -Reiko centelleaba de animaci&#243;n, como siempre que ten&#237;a en perspectiva una aventura.

Necesito reconstruir el asesinato del jefe Ejima. Tu investigaci&#243;n lleva ventaja a la m&#237;a. Por lo menos t&#250; tienes una sospechosa principal y sabes d&#243;nde ocurri&#243; el asesinato. Mi primera tarea es encontrar el aut&#233;ntico escenario del crimen, donde Ejima recibi&#243; el toque de la muerte. A lo mejor entonces puedo descubrir qui&#233;n lo hizo.



Cap&#237;tulo 9

Sano se levant&#243; a la ma&#241;ana siguiente antes de que el sol remontara las colinas del este y los guardias nocturnos acabaran su turno en el castillo. Tom&#243; un r&#225;pido desayuno en su despacho mientras su personal le resum&#237;a las novedades de los despachos de las provincias. La antesala estaba ya abarrotada de funcionarios, pero ese d&#237;a no pod&#237;a permitir que la rutina cotidiana le robara todo su tiempo; no pod&#237;a remover papeles cuando un asesino andaba suelto y el equilibrio del poder depend&#237;a de &#233;l.

Mand&#243; retirarse a su personal y le dijo a su principal asesor:

Salgo.

Hay gente esperando para veros, honorable chambel&#225;n -le record&#243; su subalterno. Era un hombre inteligente, capaz y honesto llamado Kozawa, de aspecto erudito y trato deferente-. Y aqu&#237; ten&#233;is m&#225;s correo para leer y responder. -Se&#241;al&#243; un cofre abierto lleno de pergaminos que se hab&#237;a materializado junto al escritorio de Sano.

No habr&#237;a mejor momento que &#233;se para empezar de cero. Sano respir&#243; hondo y dijo:

Ord&#233;nalo todo y a todos. Reserva los asuntos importantes para m&#237;. Enc&#225;rgate t&#250; de los secundarios.

S&#237;, honorable chambel&#225;n -respondi&#243; Kozawa, aceptando las instrucciones con total naturalidad.

Quiero que se me informe, directamente y en el acto, de cualquier caso de muerte repentina entre los funcionarios del bakufu -a&#241;adi&#243; Sano. Si se produc&#237;a otro asesinato como parte de un complot contra el caballero Matsudaira, quer&#237;a enterarse lo antes posible-. Que nadie toque el cuerpo. Que nadie entre o salga del lugar de la muerte antes de que llegue yo.

Como dese&#233;is, honorable chambel&#225;n. &#191;D&#243;nde puedo localizaros si surge la necesidad?

Estar&#233; un rato en la mansi&#243;n del jefe Ejima. Despu&#233;s de eso, no lo s&#233;.

Cuando sali&#243; de su despacho, los detectives Marume y Fukida y el resto de sus ayudantes lo siguieron. Combati&#243; la sensaci&#243;n de que acababa de soltar las riendas y se avecinaba un desastre, resolviera o no el caso.

La residencia del jefe Ejima en el distrito administrativo de Hibiya era grande e imponente, como correspond&#237;a a su elevado rango. Una mansi&#243;n de dos pisos rodeada por un alto muro eclipsaba las casas colindantes; la entrada ten&#237;a un doble portal&#243;n y dos niveles de tejado. Cuando Sano lleg&#243; con su comitiva, un extra&#241;o vac&#237;o rodeaba la casa. Funcionarios, oficinistas y soldados atestaban las calles del barrio, pero las de delante de la residencia de Ejima estaban desiertas, como si todos rehuyeran el lugar donde el se&#241;or yac&#237;a muerto hac&#237;a poco, para evitar la contaminaci&#243;n y los malos esp&#237;ritus. Sano y sus hombres hicieron alto ante la puerta, que los criados estaban adornando con colgaduras de luto. Las telas negras ondeaban con la brisa; el humo del incienso funerario mancillaba el radiante d&#237;a primaveral.

El detective Marume se dirigi&#243; a los dos guardias de la garita:

El honorable chambel&#225;n desea hablar con la familia de vuestro se&#241;or. Llevadnos ante ella.

Una ventaja que Sano disfrutaba como chambel&#225;n era que su cargo inspiraba un respeto inmediato y una obediencia ciega. Los guardias llamaron a unos criados que acompa&#241;aron a Sano, Marume, Fukida y el resto al interior de la casa. Dejaron los zapatos y las espadas en el recibidor y luego atravesaron un pasillo, que ol&#237;a al humo del incienso que surg&#237;a de la sala de recepciones. Al acercarse a ella, Sano oy&#243; voces dentro. A trav&#233;s de un tabique de celos&#237;a y papel distingui&#243; el resplandor de las linternas y las sombras borrosas de dos figuras humanas.

No tienes ning&#250;n derecho sobre su casa -dijo una voz de hombre, alzada por la ira.

Vaya si lo tengo -replic&#243; una estridente voz femenina en tono desafiante-. Era su mujer.

&#161;Su mujer! -La voz del hombre rezum&#243; desd&#233;n-. No eres m&#225;s que una puta que se aprovech&#243; de un hombre solo.

La mujer solt&#243; una chillona carcajada.

No soy la &#250;nica que se aprovech&#243; de mi marido. T&#250; no eres sino un pariente pobre al que adopt&#243; como hijo. No lo habr&#237;a hecho nunca si no le hubieses dado coba para echarle mano a su dinero.

Sea por lo que sea, soy su hijo y heredero legal. Ahora yo controlo su fortuna.

Pero me prometi&#243; una parte a m&#237; -replic&#243; la mujer, con su furia te&#241;ida ya de desesperaci&#243;n.

Qu&#233; pena que nunca escribiera su promesa en el testamento. No tengo que darte ni una m&#237;sera moneda de cobre. Es todo m&#237;o -dijo el hombre en tono triunfal.

&#161;Bastardo asqueroso!

El criado que hab&#237;a escoltado a Sano llam&#243; al marco de la puerta y anunci&#243; con tono cort&#233;s:

Disculpad, pero ten&#233;is visita.

El hombre solt&#243; un reniego entre dientes. Su sombra se acerc&#243; al tabique. Corri&#243; la puerta y se revel&#243; como un joven samur&#225;i corpulento de casi treinta a&#241;os. Se qued&#243; mirando a Sano con la boca abierta.

Honorable chambel&#225;n -dijo-. &#191;Qu&#233;? &#191;Por qu&#233;?

El hijo adoptivo del jefe Ejima ten&#237;a cejas pobladas y una frente estrecha y maciza que le confer&#237;a una apariencia primitiva a pesar de los negros ropajes ceremoniales que llevaba. Saltaba a la vista que lo turbaba que Sano hubiera o&#237;do la discusi&#243;n.

Disculpadme por la intromisi&#243;n -dijo &#233;ste-, pero debo hablar con vosotros sobre la muerte de vuestro padre.

Apareci&#243; la mujer al lado del hijo. Ten&#237;a la edad aproximada del joven y tal vez dos d&#233;cadas menos que su difunto marido. El cabello negro y lustroso le colgaba en una trenza por encima del hombro. Ten&#237;a unas facciones hermosas afiladas por la astucia. Llevaba un quimono gris de sat&#233;n recatado pero caro.

Por supuesto. Mil disculpas por mis malos modales -dijo el hijo, mientras le hac&#237;a una reverencia-. Me llamo Ejima Jozan.

La dama Ejima hizo otra reverencia. Observaba a Sano con ojos negros chispeantes de recelo.

Pasad, por favor. -Perplejo en apariencia por esa visita del brazo derecho del sog&#250;n, Jozan retrocedi&#243; al interior de la habitaci&#243;n para dejar paso a Sano y sus hombres.

Las persianas de la sala estaban cerradas. El ata&#250;d de madera oblongo y sellado descansaba sobre una tarima. Los incensarios humeantes decoraban una mesa que tambi&#233;n conten&#237;a un jarr&#243;n de ramas de an&#237;s chino, ofrendas de comida y una espada para ahuyentar a los malos esp&#237;ritus. Jozan y la dama Ejima hab&#237;an estado ri&#241;endo por la mansi&#243;n del difunto mientras velaban su cad&#225;ver, como aves carro&#241;eras disput&#225;ndose la comida.

Mis condolencias por vuestra p&#233;rdida -dijo Sano.

Jozan le dio las gracias. Habl&#243; la dama Ejima:

&#191;Puedo ofreceros un refrigerio?

Su trato era m&#225;s llano de lo normal para una mujer de alto rango. Sano recordaba haber o&#237;do que Ejima se hab&#237;a casado con una cortesana del barrio del placer de Yoshiwara. Tras rechazar el ofrecimiento con educaci&#243;n, dijo:

&#191;Hay alg&#250;n miembro m&#225;s de la familia en casa aparte de vosotros dos?

No -respondi&#243; Jozan-. Los dem&#225;s viven lejos de Edo.

Lamento decir que traigo malas noticias -anunci&#243; Sano-. La muerte de Ejima-san fue un asesinato.

La dama Ejima emiti&#243; un gritito de sorpresa.

Pero yo pensaba que hab&#237;a muerto en un accidente durante una carrera de caballos.

Jozan sacudi&#243; la cabeza, aturdido.

&#191;Qu&#233; pas&#243;?

Lo mataron con un toque de la muerte. Al parecer alguien ha usado contra vuestro padre esa antigua t&#233;cnica de artes marciales. -Sano observ&#243; a la viuda y el hijo adoptado. El bello rostro de la dama adquiri&#243; una expresi&#243;n fija e inescrutable. Jozan parpadeaba. Se pregunt&#243; si estaban alterados o pensaban en c&#243;mo los afectar&#237;a el asesinato.

&#191;Qui&#233;n fue? -pregunt&#243; Jozan-. &#191;Qui&#233;n mat&#243; a mi padre?

Eso todav&#237;a est&#225; por esclarecer. Estoy investigando el asesinato de Ejima-san y necesito vuestra cooperaci&#243;n.

Estoy a vuestra disposici&#243;n. -Jozan hizo un aspaviento, como si se alegrara de ofrecer a Sano todo lo que pidiera.

Tambi&#233;n yo har&#233; lo que est&#233; en mi mano para ayudar a encontrar al asesino de mi marido -dijo la dama.

Al hijo se le demudaron las facciones. Apart&#243; la cara y la escondi&#243; detr&#225;s de la manga.

Disculpadme, por favor -dijo con la voz ahogada por un sollozo-. La muerte de mi pobre padre ya ha sido todo un golpe, &#161;pero ahora esto! Es una tragedia espantosa.

Su madrastra le agarr&#243; el brazo y se lo apart&#243; de la cara de un tir&#243;n.

&#161;Ser&#225;s hip&#243;crita! &#191;Qu&#233; m&#225;s te da a ti c&#243;mo muriera, mientras heredes su dinero?

&#161;C&#225;llate! &#161;No me toques! -Jozan la apart&#243; de un empuj&#243;n y se volvi&#243; hacia Sano, horrorizado de que el chambel&#225;n de Jap&#243;n oyera semejante acusaci&#243;n-. Os ruego que no le hag&#225;is caso. Est&#225; hist&#233;rica.

Sano observ&#243; que los ojos de Jozan estaban limpios de l&#225;grimas y negros de ira contra la dama Ejima.

&#161;Mi amado, mi querid&#237;simo marido, que ya no volver&#225;! -aull&#243; ella-. Cu&#225;nto lo quer&#237;a. &#191;C&#243;mo voy a vivir sin &#233;l?

Jozan la mir&#243; con aborrecimiento.

T&#250; eres la hip&#243;crita. Fing&#237;as amar a mi padre, pero s&#243;lo te casaste con &#233;l por su rango y su riqueza.

&#161;Eso no es verdad! -grit&#243; la dama Ejima-. Siempre tuviste celos porque me interpuse entre &#233;l y t&#250;. &#161;Ahora intentas calumniarme!

Sano reflexion&#243; sobre que muchas veces el culpable de un asesinato se encontraba dentro de la familia de la v&#237;ctima. Parec&#237;a inveros&#237;mil que Jozan o la dama Ejima conocieran la t&#233;cnica del dim-mak, pero un caso anterior -un asesinato en la capital imperial- le hab&#237;a ense&#241;ado que la destreza en artes marciales no siempre se presentaba en personas de aspecto previsible.

Ya me he hartado de ti -dijo Jozan, perdida la paciencia-. Sal de la habitaci&#243;n.

Aqu&#237; t&#250; no das las &#243;rdenes -buf&#243; la dama Ejima-. Me quedo. Cualquier asunto relacionado con mi marido me incumbe.

A decir verdad, quiero que os qued&#233;is los dos -terci&#243; Sano.

La dama Ejima dedic&#243; a Jozan una sonrisa de suficiencia. &#201;l resopl&#243; en un siseo, le lanz&#243; una mirada que promet&#237;a que se arrepentir&#237;a m&#225;s tarde y se volvi&#243;, abochornado, hacia Sano.

Mil disculpas por nuestro deshonroso comportamiento -se excus&#243;-. No pretend&#237;amos ofenderos. &#191;C&#243;mo podemos ayudaros?

Necesito saber qui&#233;n habl&#243; con Ejima y todos los lugares en que estuvo durante los dos &#250;ltimos d&#237;as. &#191;Pod&#233;is reconstruir sus movimientos para m&#237;?

S&#237; -respondi&#243; Jozan-. Yo le hac&#237;a de secretario. Le organizaba los compromisos.

Empecemos por las horas previas a la carrera de caballos.

Mi padre y yo desayunamos juntos y luego trabajamos con informes y correspondencia en su despacho, aqu&#237; en casa.

&#191;C&#243;mo pas&#243; la noche anterior?

Respondi&#243; la dama Ejima:

Estuvo conmigo. En nuestro dormitorio.

&#191;Toda la noche?

Bueno, no. Lleg&#243; a casa muy tarde.

Asisti&#243; a un banquete en la residencia del primer consejero judicial -aclar&#243; Jozan.

Sano vio que el panorama de la investigaci&#243;n se ampliaba m&#225;s all&#225; de la familia de Ejima y el p&#250;blico de la carrera de caballos.

&#191;Y antes de eso?

Pasamos el d&#237;a en el cuartel general de la metsuke. -Se trataba de un complejo de oficinas en el palacio-. Mi padre tuvo reuniones con subordinados y citas con visitantes.

Las subsiguientes preguntas revelaron que Ejima hab&#237;a pasado la noche previa con su esposa y la velada en otro banquete.

Por la tarde bajamos a la ciudad para que mi padre pudiera encontrarse con algunos informadores -prosigui&#243; Jozan-. Ser&#237;a impropio que acudieran aqu&#237; o al cuartel general.

Sano entend&#237;a por qu&#233; deseaban mantener en secreto su labor de informadores: se trataba de subalternos del bakufu contratados para delatar a sus superiores, quienes los castigar&#237;an con dureza por espiar.

&#191;D&#243;nde tuvieron lugar esos encuentros?

En seis salones de t&#233; de Nihonbashi.

El asunto crec&#237;a ya para abarcar m&#225;s territorio todav&#237;a y un sinf&#237;n de potenciales sospechosos.

Necesito las se&#241;as de esos salones de t&#233;. Tambi&#233;n los nombres de todo aquel con el que se vio Ejima.

Desde luego.

Jozan fue por su libro de registro. Sano ech&#243; un vistazo superficial a los pulcros caracteres de las entradas. Jozan hab&#237;a recogido los nombres de los quince invitados del banquete, los veinte que hab&#237;an tenido reuniones o citas con su padre y el de sus informadores.

&#191;Visteis si alguna de estas personas tocaba a vuestro padre aqu&#237;? -Sano se dio un golpecito con el dedo en el punto de la cabeza donde le hab&#237;a salido el cardenal a Ejima.

No. Pero no lo estuve mirando todo el rato. Supongo que podr&#237;an haberlo hecho. Adem&#225;s, esas citas fueron privadas. -Jozan se&#241;al&#243; los nombres de tres personas que Ejima hab&#237;a visto en el cuartel general de la metsuke y los de todos los informadores-. Habl&#243; con ellos a solas, mientras yo esperaba fuera del despacho y los salones de t&#233;.

&#191;Qui&#233;n m&#225;s, aparte de los que constan en este libro, estuvo cerca de vuestro padre en los &#250;ltimos dos d&#237;as? -pregunt&#243; Sano.

A Jozan lo arredraba ostensiblemente la idea de intentar hacer memoria.

Su personal. Criados y guardias, aqu&#237; y en palacio. La gente de los salones de t&#233;.

Y la muchedumbre de las calles de la ciudad, pens&#243; Sano.

Poned por escrito todos los que pod&#225;is recordar. Mandadme la lista.

Desde luego -dijo Jozan, descorazonado pero sol&#237;cito.

Sano se dirigi&#243; a la dama Ejima:

&#191;Se os ocurre alguien m&#225;s que pudiera haber tocado a vuestro marido? -Ella sacudi&#243; la cabeza. A Sano no se le escapaba que la viuda y Jozan hab&#237;an pasado tiempo a solas con Ejima y disfrutado de las mejores oportunidades para tocarlo. Dirigi&#243; la siguiente pregunta a los dos-. &#191;Alguna de las personas con las que se vio Ejima ten&#237;a alg&#250;n motivo para quererlo muerto?

Jozan adopt&#243; una expresi&#243;n vacilante; era evidente que no quer&#237;a acusar a destacados funcionarios.

No que yo sepa.

Quiero los informes de la metsuke sobre cualquiera que haya sido ejecutado, degradado, desterrado o perjudicado de cualquier otro modo a resultas de indagaciones de Ejima desde que lo nombraron jefe. Deseo verlos en mi oficina hoy.

Jozan titube&#243;; la metsuke aborrec&#237;a entregar documentos confidenciales, compartir secretos y menoscabar su poder &#250;nico. Sin embargo, no pod&#237;a rechazar una orden del segundo del sog&#250;n.

Muy bien.

Adem&#225;s, Sano lo consideraba lo bastante listo para saber que &#233;l era un sospechoso y le conven&#237;a sembrar sospechas en otras partes. Preve&#237;a mucho trabajo tedioso investigando a las personas que hab&#237;an tenido alg&#250;n contacto con Ejima o un motivo de queja contra &#233;l. Por suerte, gran parte pod&#237;a delegarlo.

Debo llevarme prestado vuestros registros -le dijo a Jozan, que asinti&#243;. Al echarle un segundo vistazo, reconoci&#243; muchos nombres. Uno le llam&#243; la atenci&#243;n: el capit&#225;n Nakai, un soldado del Ej&#233;rcito Tokugawa. Nakai hab&#237;a combatido por el caballero Matsudaira durante la guerra de las facciones. Sano recordaba que era una estrella de las artes marciales que se hab&#237;a distinguido al matar a cuarenta y ocho soldados enemigos. Y hab&#237;a tenido una cita privada con Ejima.

En la calle, despu&#233;s de dar las gracias a Jozan y la dama Ejima por su cooperaci&#243;n, Sano dio instrucciones a sus detectives:

Los funcionarios presentes en el banquete viven todos aqu&#237; en Hibiya o dentro del castillo. Me pasar&#233; a verlos y luego ir&#233; a la sede de la metsuke para hablar con los subordinados de Ejima. Marume-san y Fukida-san, vosotros vendr&#233;is conmigo. Entretanto -Le pas&#243; el libro de registro a otro ayudante, un joven samur&#225;i llamado Tachibana, tambi&#233;n ex detective-. T&#250; y los dem&#225;s reunid a todos estos que tuvieron citas privadas con Ejima y mandadlos a mi residencia. -Otra ventaja de ser chambel&#225;n era que casi todo el mundo estaba obligado a acudir de inmediato a su llamado. Se guardar&#237;a a los informadores para m&#225;s tarde-. Dad prioridad al capit&#225;n Nakai.

S&#237;, honorable chambel&#225;n -dijo Tachibana, ansioso por demostrar su val&#237;a.

Al partir a caballo con Marume y Fukida, Sano se sinti&#243; entusiasmado de comprobar que la investigaci&#243;n avanzaba. A lo mejor podr&#237;a resolver el caso y aplacar al caballero Matsudaira y la oposici&#243;n antes de que estallara la guerra. Sin embargo, se pregunt&#243; con resquemor si Hirata aguantar&#237;a lo bastante para investigar los asesinatos anteriores.

Tambi&#233;n se pregunt&#243; qu&#233; estar&#237;a haciendo Reiko.



Cap&#237;tulo 10

El poblado hinin donde hab&#237;an vivido Yugao y su familia era un suburbio que infestaba la orilla del r&#237;o Kanda, al noroeste del castillo de Edo. Tiendas de campa&#241;a hechas de telas ra&#237;das y postes de bamb&#250;, habitadas por los reci&#233;n llegados, rodeaban una aldea de casuchas construidas con sobras de madera. Un yermo ocupado por un enorme vertedero separaba el poblado de un barrio de tiendas y casas venidas a menos situado en la periferia de Edo. Una comitiva formada por cuatro samur&#225;is, un palanqu&#237;n y sus porteadores se detuvo cerca del vertedero.

Reiko baj&#243; de la silla de manos. Mientras echaba un vistazo alrededor arrug&#243; la nariz ante el hedor de los montones de basura, donde zumbaban enjambres de moscas y rebuscaban ni&#241;os, ratas y perros callejeros. Con todo, sent&#237;a un hormigueo de curiosidad. Hab&#237;a visto poblados de hinin pero nunca hab&#237;a estado en uno; las buenas costumbres manten&#237;an a las damas de su clase alejadas de ellos con el mismo rigor con que la ley separaba a los parias del resto de la sociedad. Ansiosa por explorar el lugar y descubrir en &#233;l todo lo posible sobre Yugao y los asesinatos, arranc&#243; a caminar por el descampado embarrado y cubierto de malas hierbas en direcci&#243;n al poblado. Se envolvi&#243; con su sencilla capa de algod&#243;n gris. Llevaba sandalias de paja en lugar de los habituales zuecos de madera laqueada. Se hab&#237;a recogido el pelo en un sencillo mo&#241;o sin ornamentos y hab&#237;a reducido su maquillaje a un m&#237;nimo de polvos y carm&#237;n. Sus guardias llevaban espada y cota de armadura, pero ning&#250;n emblema que identificara qui&#233;n era su se&#241;or. Reiko pretend&#237;a que su misi&#243;n fuera todo lo encubierta posible, para mantener la promesa hecha a Sano.

A medida que se acercaba al poblado le llegaron de las tiendas estent&#243;reas carcajadas y discusiones. Varios parias, en su mayor&#237;a hombres, ganduleaban alrededor de las hogueras donde pescados medio podridos chisporroteaban en grasa rancia. Cinco de ellos se apresuraron a salir al paso del grupo. Llevaban ra&#237;dos quimonos cortos y calzas, con mazas y pu&#241;ales al cinto. Ten&#237;an el pelo desgre&#241;ado, la piel incrustada de mugre y cara de pocos amigos.

&#191;Qu&#233; quer&#233;is? -pregunt&#243; uno a los guardias de Reiko. Ten&#237;a los brazos cubiertos de tatuajes, la marca de los mafiosos. El y sus compa&#241;eros bloqueaban el camino.

Saludos -dijo con educaci&#243;n el jefe de la escolta. Era el teniente Asukai, un curtido joven samur&#225;i que de ordinario hubiera ordenado a aquellos rufianes que se hicieran a un lado y los hubiera dispersado por la fuerza en caso de necesidad. Pero Reiko les hab&#237;a ordenado a &#233;l y los dem&#225;s que fueran discretos-. La mujer de mi se&#241;or desea hablar con unas personas de aqu&#237;.

El tatuado lo mir&#243; con mala cara.

Claro, y yo soy su excelencia el sog&#250;n. Vosotros los samur&#225;is ven&#237;s aqu&#237; para cebaros en nosotros los hinin. Cre&#233;is que pod&#233;is matarnos s&#243;lo porque la ley no lo proh&#237;be. -Reiko pens&#243; que aquello deb&#237;a de ser un problema habitual para los parias-. Pues bien, hoy no toca. -&#201;l y sus hombres desenfundaron sus pu&#241;ales. De las tiendas salieron otros descastados blandiendo porras y lanzas-. Largaos.

Esperad. -El capit&#225;n Asukai alz&#243; las manos en adem&#225;n tranquilizador mientras sus hombres se api&#241;aban en torno a Reiko para protegerla-. No buscamos problemas. S&#243;lo queremos hablar. -Su tono era calmo; aunque &#233;l y sus camaradas eran guerreros adiestrados y expertos y los parias s&#243;lo matones sin formaci&#243;n, &#233;stos los superaban en n&#250;mero.

Reiko sinti&#243; una punzada de temor. Se hab&#237;a visto envuelta en combates con anterioridad, y no quer&#237;a repetir la experiencia.

He dicho que os largu&#233;is. -El cabecilla tatuado hablaba con el descaro de quien est&#225; enfadado con el mundo y no tiene gran cosa que perder-. Marchaos, o morir&#233;is.

Los dem&#225;s parias se hicieron eco de esas palabras con rugidos de entusiasmo. No esperaron a ver si Reiko y sus guardias part&#237;an, sino que los rodearon en el acto. Los filos apuntaron hacia Reiko; las mazas se elevaron prestas para golpear; unas caras &#225;vidas de pelea contemplaron a los guardias. Se oy&#243; un chirrido met&#225;lico cuando los escoltas desenvainaron sus espadas. Acudi&#243; gente corriendo del vertedero y el poblado para mirar. Reiko estaba consternada; apenas hab&#237;a empezado su investigaci&#243;n y ya se hab&#237;a metido en l&#237;os.

De repente tron&#243; una autoritaria voz masculina:

&#191;Qu&#233; pasa aqu&#237;?

Los parias se volvieron hacia el poblado. Abrieron un poco su c&#237;rculo y Reiko vio que un hombre avanzaba hacia ellos con paso firme, seguido por otros dos. De unos cuarenta a&#241;os de edad, ten&#237;a las facciones hoscas pero bellas, ensombrecidas por una barba incipiente; llevaba una lanza en alto. Su quimono, pantalones y sobreveste presentaban el mismo aspecto astroso que la ropa de los dem&#225;s descastados, pero eran de seda. Llevaba el pelo peinado en un pulcro mo&#241;o sobre la coronilla. Ten&#237;a el porte noble de un samur&#225;i, aunque no iba tonsurado ni llevaba espadas. Sus hombres se parec&#237;an al resto de los parias; eran plebeyos a todas luces. Se detuvo y pase&#243; su mirada oscura por la multitud.

S&#243;lo intentamos librarnos de estos intrusos antes de que hagan da&#241;o a alguien -explic&#243; el rufi&#225;n tatuado.

El hombre inspeccion&#243; a la comitiva de Reiko con recelo.

Soy Kanai Juzaemon, el jefe de esta aldea. -Toda la sociedad estaba reglamentada y cada vecindario ten&#237;a su representante designado, y la colonia hinin no iba a ser menos. Sus dos nombres identificaban a Kanai como miembro de la clase guerrera-. &#191;Qui&#233;nes sois vosotros?

El teniente Asukai musit&#243; a Reiko:

A lo mejor nos convendr&#237;a m&#225;s decir la verdad.

Reiko no ve&#237;a muchas alternativas.

Soy la hija del magistrado -dijo. Al menos pod&#237;a ocultar su relaci&#243;n con el chambel&#225;n Sano-. Me llamo Reiko. Estamos aqu&#237; porque mi padre me ha pedido que investigue la muerte de la familia de una mujer llamada Yugao.

El jefe del poblado la mir&#243; como si lo sorprendiera el hecho de que hubiera hablado en persona, adem&#225;s de sus palabras. Indic&#243; a los parias que bajaran las armas; ellos obedecieron. Mientras Reiko se preguntaba c&#243;mo se habr&#237;a convertido un samur&#225;i en su cabecilla, &#233;l pregunt&#243;:

&#191;No ser&#225; vuestro padre el magistrado Ueda?

S&#237; -respondi&#243; Reiko, con cautela porque le hab&#237;a notado desconfianza en la voz.

El magistrado Ueda me degrad&#243; a la condici&#243;n de hinin. Hizo lo mismo con muchos de los que se encuentran aqu&#237;.

Un hostil eco de confirmaci&#243;n recorri&#243; a los presentes. Reiko lament&#243; haber mencionado a su padre, cuyo nombre ten&#237;a pocos visos de granjearle simpat&#237;as entre los parias. Sus guardias se aprestaron para recibir un ataque.

Pero la palabra del magistrado es la ley -a&#241;adi&#243; Kanai con pesadumbre fatalista-. Supongo que eso significa que tenemos que satisfacer los deseos de su hija. -Hizo una se&#241;a con su lanza a la muchedumbre-. Id a ocuparos de vuestros asuntos.

Los rufianes y los curiosos se dispersaron enfurru&#241;ados. Reiko sinti&#243; alivio y sus guardias respiraron mientras envainaban las espadas.

&#191;Qu&#233; quiere exactamente? -pregunt&#243; Kanai al teniente Asukai, en referencia a Reiko.

Tendr&#225;s que pregunt&#225;rselo a ella.

Kanai parec&#237;a cada vez m&#225;s anonadado por la inusual circunstancia de que la hija de un magistrado investigara un crimen. Volvi&#243; su mirada intrigada hacia ella.

En primer lugar me gustar&#237;a ver el lugar donde se perpetraron los asesinatos -dijo &#233;sta.

Como gust&#233;is. -El jefe se encogi&#243; de hombros, perplejo pero resignado-. Pero ser&#225; mejor que os acompa&#241;e. Supongo que os ha quedado claro que aqu&#237; no sois especialmente bien recibida.

Abri&#243; la marcha hacia el interior de la colonia. Dos guardias preced&#237;an a Reiko y los dem&#225;s; los camaradas del jefe cubr&#237;an la retaguardia. Mientras serpenteaban entre las tiendas, sus ocupantes los contemplaban con hosca curiosidad. Algunos segu&#237;an a la comitiva, que al poco contaba con un largo s&#233;quito. Ah&#237; quedaba la investigaci&#243;n discreta; s&#243;lo le cab&#237;a esperar que no llegaran noticias de sus andanzas a nadie en posici&#243;n de perjudicar a Sano.

El suelo estaba duro y allanado a pisotones, con la superficie enfangada y resbaladiza por el agua derramada por las mujeres que lavaban la ropa o limpiaban pescado. El infecto hedor a residuos y aguas fecales estancadas la mareaba. Era evidente que all&#237; nadie recog&#237;a las inmundicias por la noche. Las hogueras quemaban la basura que no hab&#237;a llegado al vertedero; tampoco hab&#237;a basureros en la aldea. Reiko not&#243; que la mugre le humedec&#237;a los calcetines y el vuelo de la capa. &#191;C&#243;mo pod&#237;a soportar aquella gente vivir en esa miseria?

Llegaron a las casuchas. Cada min&#250;scula estructura era una mezcla de tablones saqueados de edificios incendiados y obras de construcci&#243;n, apenas lo bastante alto para que un hombre cupiera dentro de pie. Las ventanas eran agujeros cubiertos de papel sucio; los tejados, apa&#241;os de juncos o tejas agrietadas y rotas. Se o&#237;an broncas; un beb&#233; berreaba. Reiko se agach&#243; para evitar las prendas ra&#237;das que colgaban de los hilos tendidos entre chozas. Ella y sus escoltas tuvieron que apretujarse para sortear a los hombres que jugaban a las cartas en los angostos pasajes. Pasaron por encima de un borracho que yac&#237;a inconsciente. En una casucha, un hombre soltaba monedas una a una en la mano de una mujer desali&#241;ada.

All&#237; florec&#237;an los vicios.

El humo enturbiaba el ambiente como un perpetuo crep&#250;sculo. El hedor estaba concentrado, como si el aire exterior no corriese. El hecho de que su padre hubiera condenado a personas a esa vida la hac&#237;a sentir inc&#243;moda, aunque se merecieran el castigo.

Aqu&#237; es -dijo Kanai, deteni&#233;ndose ante una choza. Dos rasgos la distingu&#237;an de las dem&#225;s: un cobertizo adosado a un lado y unos pu&#241;ados de sal esparcidos en el umbral, para purificar el lugar donde se hab&#237;a producido una muerte-. No hay mucho que ver, pero mirad tanto como dese&#233;is. -Retir&#243; la ajada tela a&#241;il colgada sobre la entrada.

Bajo la atenta mirada de los parias, Reiko pas&#243; al interior. Las dos ventanas dejaban pasar una luz nebulosa. El olor dulz&#243;n y repulsivo a sangre y carne en descomposici&#243;n contaminaba el aire. A Reiko se le cerr&#243; la garganta y la n&#225;usea le atenaz&#243; el est&#243;mago. Vio manchas en el suelo donde hab&#237;an fregado la sangre y las visceras, noantes de que calaran en la tierra batida. La casita ten&#237;a una sola habitaci&#243;n, m&#225;s el hueco formado por el cobertizo; el espacio entero era m&#225;s peque&#241;o que el dormitorio de Reiko. A duras penas pod&#237;a creer que all&#237; hubieran vivido cuatro personas. Estaba vac&#237;o salvo por un hogar de cer&#225;mica en una esquina.

Kanai habl&#243; desde la puerta:

Los vecinos saquearon todo lo que no era demasiado pesado: platos, ropa, s&#225;banas La gente de aqu&#237; es tan pobre que no le importa robar a los muertos.

Reiko vio que all&#237; no encontrar&#237;a ninguna prueba. Sin embargo, aunque notaba que empezaba a impregnarla la contaminaci&#243;n de la muerte y estaba ansiosa por respirar aire puro, se qued&#243; con la esperanza de descubrir alguna pista sobre el crimen. En una pared hab&#237;a muescas irregulares hendidas con un cuchillo. Cont&#243; treinta y ocho, tal vez puntuaciones de partidas de cartas. Sinti&#243; el rastro de las emociones: ira, terror, desesperaci&#243;n.

Disculpad mi curiosidad -dijo Kanai-, pero &#191;por qu&#233; os ha enviado a vos el magistrado para investigar los cr&#237;menes?

Poseo experiencia en estos menesteres. -Reiko evit&#243; mencionar su trabajo para Sano.

El jefe del poblado arrug&#243; la frente en gesto de incredulidad; de ordinario las mujeres no investigaban cr&#237;menes. Luego se encogi&#243; de hombros y no insisti&#243; en ese punto.

&#191;Pero no est&#225; resuelto ya el caso? Yugao ha sido arrestada.

Tanto el magistrado como yo tenemos dudas sobre si fue ella la que mat&#243; a su familia.

Bueno, pues yo no -afirm&#243; Kanai-. Yugao es culpable.

&#191;Por qu&#233; lo dices?

Yo estuve aqu&#237; esa noche. Yo descubr&#237; los asesinatos. Yo atrap&#233; a Yugao.

Reiko pensaba buscar a la primera persona que hab&#237;a llegado al escenario del crimen; la suerte le hab&#237;a ahorrado el trabajo.

Cu&#233;ntame lo que pas&#243;.

La expresi&#243;n de Kanai dej&#243; claro que no entend&#237;a por qu&#233; no se limitaba a aceptar su palabra y dejaba de husmear en los asuntos de los hinin, pero una vez m&#225;s se encogi&#243; de hombros.

Mis ayudantes y yo est&#225;bamos de ronda por el poblado. Una vigilancia constante es el &#250;nico modo de mantener el orden. -Reiko apreci&#243; su dicci&#243;n de clase alta-. O&#237;mos gritos procedentes de esta zona.

Reiko los imagin&#243; a &#233;l y sus hombres cruzando la colonia con antorchas en la mano, mientras ard&#237;an las hogueras y los residentes re&#241;&#237;an en la noche; oy&#243; gritos de mujeres.

Para cuando llegamos a esta casa, los gritos hab&#237;an cesado. El hombre estaba tirado aqu&#237;. -Se&#241;al&#243; una mancha de sangre en el suelo-. Creo que muri&#243; el primero. Estaba en la cama. Su mujer yac&#237;a all&#237;, y su hija peque&#241;a all&#237;. -Reiko sigui&#243; su dedo indicador hasta dos puntos m&#225;s, al otro lado de la habitaci&#243;n, donde el suelo presentaba manchas moradas-. Las hab&#237;an perseguido. Pod&#233;is ver las huellas ensangrentadas.

Reiko vio tambi&#233;n salpicaduras de sangre en las paredes de tablones y tuvo la visi&#243;n de dos mujeres aterrorizadas corriendo mientras las acosaban a cuchilladas.

Todas las v&#237;ctimas presentaban numerosas pu&#241;aladas por todo el cuerpo. Ten&#237;an cortes en las manos porque intentaron defenderse. -Kanai se coloc&#243; en el centro de la choza-. Yugao estaba sentada aqu&#237;, rodeada por los cad&#225;veres. Ten&#237;a la cara manchada de sangre y la ropa empapada. Sosten&#237;a un cuchillo ensangrentado. -Sacudi&#243; la cabeza-. He visto asesinatos antes, aqu&#237; no es que sean una rareza, pero &#233;ste me afect&#243;. Le dije: Dioses misericordiosos, &#191;qu&#233; ha pasado? -La emoci&#243;n anim&#243; su tono desapasionado-. Ella alz&#243; la vista hacia m&#237;, perfectamente tranquila, y me dijo: Los he matado. En fin, la cosa parec&#237;a obvia, de modo que la entregu&#233; a la polic&#237;a.

Hab&#237;a confirmado lo dicho por el doshin en el juicio de Yugao. Su descripci&#243;n de la noche hizo que cobrara vida para Reiko, que se sinti&#243; inclinada a creer que Yugao era tan culpable como afirmaba. Aun as&#237;, no pod&#237;a concluir su investigaci&#243;n bas&#225;ndose en la palabra de un testigo no presencial de los asesinatos.

Cuando llegaste esa noche, &#191;viste a alguien por aqu&#237; adem&#225;s de Yugao? -pregunt&#243;.

S&#243;lo a algunos vecinos que hab&#237;an salido de sus casas para ver qu&#233; era aquel jaleo.

M&#225;s adelante Reiko deber&#237;a determinar si esos vecinos hab&#237;an reparado en alguien cerca de la casa antes de los cr&#237;menes o huyendo de ella despu&#233;s.

&#191;Conoc&#237;as bien a la familia?

Bastante. Llevaban aqu&#237; m&#225;s de dos a&#241;os. Les quedaban unos seis meses de condena.

&#191;Qu&#233; puedes contarme de ellos?

El hombre se llamaba Taruya. Hab&#237;a sido due&#241;o de una feria de espect&#225;culos en Riogoku. Era un mercader rico e importante pero, cuando se volvi&#243; hinin, consigui&#243; un empleo de verdugo en la c&#225;rcel de Edo. -Era una de las ocupaciones asignadas a los parias-. Su mujer Oaki y Yugao se ganaban un dinero cosiendo. La hija m&#225;s pequena, Umeko, vend&#237;a su cuerpo a los hombres. -Se&#241;al&#243; el reservado formado por el cobertizo-. All&#237; era donde los recib&#237;a.

Necesito saber por qu&#233; Yugao mat&#243; a su familia, si es que fue ella -dijo Reiko.

No me lo dijo, pero no se llevaba especialmente bien con ellos. Se peleaban mucho. Los vecinos siempre andaban quej&#225;ndose del ruido. Claro que eso no es raro por aqu&#237;. Si hay algo que he aprendido en mis siete a&#241;os en este infierno, es que cuando la gente est&#225; en la miseria y hacinada, es inevitable que estallen peleas. Es probable que alguna tonter&#237;a fuera la gota que colm&#243; el vaso de Yugao.

Reiko vio la oportunidad de responder por lo menos a una pregunta.

&#191;Por qu&#233; se convirtieron en parias Yugao y su familia?

El padre cometi&#243; incesto con Yugao.

Reiko sab&#237;a que el incesto con una familiar de sexo femenino era uno de los delitos por los que pod&#237;a degradarse a un hombre a la condici&#243;n de hinin, pero aun as&#237; se qued&#243; anonadada. Hab&#237;a o&#237;do rumores sobre hombres que satisfac&#237;an su lujuria con sus hijas, pero no conceb&#237;a c&#243;mo un padre era capaz de hacer algo tan pervertido y repugnante.

Si el padre de Yugao era el condenado, &#191;qu&#233; hac&#237;an aqu&#237; la chica, su madre y su hermana?

Eran tres mujeres desvalidas sin ning&#250;n dinero a su nombre. Depend&#237;an de que Taruya las mantuviera. Era mudarse aqu&#237; con &#233;l o morirse de hambre.

Lo que significaba que la familia entera, incluida Yugao, hab&#237;a compartido su condena. Parec&#237;a injusto, pero la ley Tokugawa con frecuencia castigaba a la familia de un criminal por el delito de &#233;ste. A Reiko se le aceler&#243; el pulso al detectar un posible m&#243;vil para al menos uno de los asesinatos. &#191;Se hab&#237;a sentido Yugao tan mancillada por el incesto que hab&#237;a llegado a odiar al padre que la tradici&#243;n le mandaba respetar y amar? &#191;Hab&#237;a prendido esa noche su mal car&#225;cter en una furia homicida?

Reiko pase&#243; la mirada por la choza. Su imaginaci&#243;n pobl&#243; la habitaci&#243;n con un hombre y tres mujeres sentados a la cena. Los rostros del padre, la madre y la hermana eran indefinidos; s&#243;lo los rasgos de Yugao aparec&#237;an n&#237;tidos. Les oy&#243; alzar la voz en una ri&#241;a alimentada por la vida en condiciones de hacinamiento, la falta de comida y la deshonra compartida. Los vio lanzarse golpes, platos y maldiciones. Y tal vez el delito que los hab&#237;a condenado a su sino no se hab&#237;a interrumpido. Reiko se imagin&#243; la casucha en la oscuridad de aquella noche. Vio dos figuras confusas, Yugao y su padre, en una cama superpuesta a la mancha de sangre m&#225;s grande del suelo.

El la tiene sujeta, con la mano sobre la cara para ahogar sus gritos mientras la obliga a fornicar. Cerca, su madre y su hermana duermen en sus camas. Finalizada la il&#237;cita c&#243;pula, el padre se aparta de Yugao y cae dormido, mientras ella se retuerce de ira. La indignidad de esa noche ha sido demasiado. Yugao ya est&#225; harta.

Se levanta, coge un cuchillo y lo hunde en el pecho de su padre. El se despierta aullando de dolor y sorpresa. Intenta arrebatarle el cuchillo, pero Yugao le hace cortes en las manos y lo apu&#241;ala una y otra vez. Los gritos del padre despiertan a la madre y la hermana. Horrorizadas, agarran a Yugao y la apartan de su padre, pero demasiado tarde: est&#225; muerto. Yugao est&#225; tan fuera de s&#237; que pierde la cabeza. Vuelve el cuchillo hacia su madre y su hermana. Las persigue, lanzando tajos y pu&#241;aladas, mientras ellas gritan de terror. Sus pies dejan huellas ensangrentadas en el suelo, hasta que caen inertes.

Yugao contempla su obra. Su sed de venganza est&#225; saciada; su frenes&#237; da paso a una serenidad enfermiza. Se sienta con el cuchillo en las manos y espera a lo que sea que ha de venir.

La voz del jefe interrumpi&#243; los pensamientos de Reiko.

&#191;Hab&#233;is visto suficiente?

La visi&#243;n se esfum&#243;; Reiko parpade&#243;. Ten&#237;a ya una teor&#237;a de por qu&#233; y c&#243;mo se hab&#237;an producido los asesinatos, pero necesitaba m&#225;s pruebas que las sustentaran antes de contarle a su padre que Yugao era culpable y deb&#237;a condenarla a muerte.

He visto suficiente -dijo-. Ahora debo hablar con los vecinos de la familia. -A lo mejor ellos hab&#237;an visto algo que Kanai desconoc&#237;a. &#191;Hab&#237;a entrado alguien m&#225;s en la choza y cometido los asesinatos? &#191;Ten&#237;a que haber sido Yugao una de las v&#237;ctimas? Eso dejar&#237;a en el aire preguntas sobre por qu&#233; hab&#237;a sobrevivido y confesado, pero Reiko todav&#237;a present&#237;a que el crimen ten&#237;a aspectos que a&#250;n no hab&#237;a descubierto-. &#191;Me guiar&#225;s por el poblado y me presentar&#225;s?

Kanai la mir&#243;, armado de paciencia.

Como dese&#233;is, pero creo que est&#225;is perdiendo el tiempo.

La curiosidad de Reiko sobre los hinin se hac&#237;a extensiva a ese hombre que se hab&#237;a convertido en su ayudante voluntario, aunque esc&#233;ptico.

&#191;Puedo preguntarte por qu&#233; acabaste como hinin?

La emoci&#243;n le ensombreci&#243; las facciones; apart&#243; la mirada de ella.

Cuando era joven, me enamor&#233;. Ella era camarera de un sal&#243;n de t&#233;. -Hablaba como si cada palabra fuera un latigazo en sus carnes-. Yo era un samur&#225;i de una familia de orgullosa y arraigada estirpe. -Con todo, un atisbo de sonrisa dec&#237;a que se regodeaba hiri&#233;ndose a s&#237; mismo-. Quer&#237;amos casarnos, pero pertenec&#237;amos a mundos diferentes. Decidimos que si no pod&#237;amos vivir juntos, morir&#237;amos juntos. Una noche fuimos al puente de Riogoku. Nos atamos el uno al otro con una cuerda. Nos juramos amor eterno y saltamos.

Era una vieja historia, motivo de muchas obras de kabuki. Los pactos suicidas eran populares entre los amantes il&#237;citos. Reiko dijo:

Pero t&#250; est&#225;s

Vivo -finaliz&#243; Kanai-. Cuando ca&#237;mos al r&#237;o, ella se ahog&#243; casi de inmediato. Renunci&#243; a su vida con facilidad. Pero yo -Tom&#243; un aliento tembloroso-. Fue como si mi cuerpo tuviera voluntad propia y no quisiera morir. Mientras nos arrastraba la corriente, me debat&#237; hasta que las cuerdas que me ataban a ella se aflojaron. Nad&#233; hasta un muelle. Un polic&#237;a me encontr&#243; all&#237;. Su cuerpo apareci&#243; r&#237;o abajo al d&#237;a siguiente. Y me convirtieron en paria.

Era el castigo usual para los supervivientes de un pacto de suicidio. Al escrutar su expresi&#243;n sombr&#237;a, Reiko se dio cuenta de que Kanai todav&#237;a lloraba a su amada.

Lo siento. A lo mejor, si le hablo bien de ti a mi padre, te indultar&#225;.

Gracias, pero no os molest&#233;is -dijo Kanai, mir&#225;ndola de nuevo con aire taciturno-. Mi condena fue de un a&#241;o. Puedo irme en cuanto quiera. Sigo aqu&#237; por decisi&#243;n propia.

&#191;Por qu&#233;? -Reiko no pod&#237;a creerse que nadie viviera all&#237; voluntariamente.

Fui demasiado cobarde para morir. &#191;En qu&#233; clase de samur&#225;i de pacotilla me convierte eso? -Su tono era c&#225;ustico-. Ella est&#225; muerta. Yo sigo vivo. Quedarme aqu&#237; es mi castigo. -Con manifiesto esfuerzo se revisti&#243; una vez m&#225;s de su indiferencia habitual-. Pero no hab&#233;is venido para escuchar mi lamentable historia. Acompa&#241;adme; os presentar&#233; a los vecinos de Yugao. -Mientras sal&#237;an, a&#241;adi&#243;-: Hay una lecci&#243;n que pod&#233;is aprender de mi ejemplo y que os convendr&#237;a tener presente mientras investigu&#233;is estos asesinatos: algunas personas acusadas de delitos al final s&#237; son culpables.



Cap&#237;tulo 11

Ca&#241;onazos y disparos estallaban en torno a Hirata. Se encontraba solo en un campo de batalla, con el cuerpo protegido por su armadura y empu&#241;ando la espada. Entre nubes de humo y niebla, unas figuras entrevistas se med&#237;an en encarnizado combate. Sus gritos resonaban por encima del clamor de las caracolas y el retronar de los tambores de guerra. Un jinete cruz&#243; la niebla al galope, con la lanza apuntada a Hirata. &#201;ste la esquiv&#243; y le lanz&#243; un mandoble. El soldado recibi&#243; un corte en el est&#243;mago y cay&#243; de su montura, chorreando sangre. Un espadach&#237;n carg&#243; contra &#233;l por la espalda. Hirata gir&#243; sobre los talones y le reban&#243; la garganta con su acero. Lo atacaron m&#225;s soldados y &#233;l le dio muerte con fluida habilidad. Su espada parec&#237;a una extensi&#243;n de su voluntad de salir victorioso. Se sent&#237;a euf&#243;rico.

De repente los sonidos de la batalla fueron apag&#225;ndose; los ej&#233;rcitos se disolvieron en la niebla. Hirata despert&#243; para encontrarse tumbado en la cama, atormentado de dolor por la herida de su pierna. Los gritos de guerra se convirtieron en el parloteo de los criados de la mansi&#243;n; los disparos surg&#237;an del campo de tiro del castillo de Edo. El sol matutino que entraba por las ventanas le destrozaba los ojos. Le dol&#237;a la cabeza y ten&#237;a el est&#243;mago revuelto: secuelas de su poci&#243;n somn&#237;fera. Todas las noches so&#241;aba que estaba en plena forma; todas las ma&#241;anas despertaba a la pesadilla de su aut&#233;ntica existencia. Aun as&#237;, se alz&#243; estoicamente de la cama. Ten&#237;a trabajo que hacer, y ya hab&#237;a dormido demasiado.

&#161;Midori! -llam&#243;.

Despu&#233;s de que ella lo ayudara a vestirse y lo convenciera de comer unas gachas de arroz y pescado, pas&#243; a su despacho y mand&#243; llamar a sus detectives. Asign&#243; hombres a las diversas investigaciones en curso, les dio permiso para partir y le dijo a Arai e Inoue que se quedaran.

Hoy investigaremos las muertes anteriores que el caballero Matsudaira considera asesinatos -dijo.

&#191;Hablamos de Ono Shinnosuke, supervisor de ceremonias de la corte, el comisario de carreteras Sasamura Tomota y el ministro del Tesoro Moriwaki? -pregunt&#243; Arai.

Hirata asinti&#243;.

Intentaremos descubrir si fueron v&#237;ctimas de dim-mak. Si es as&#237;, buscaremos sospechosos.

&#191;Por d&#243;nde empezamos? -inquiri&#243; Inoue.

Por sus casas. All&#237; es donde murieron Ono y Sasamura.


Los tres fallecidos hab&#237;an vivido en mansiones del distrito administrativo de Hibiya. Hirata esperaba no tener que viajar mucho m&#225;s lejos. El dolor era especialmente agudo esa ma&#241;ana, por culpa de los esfuerzos del d&#237;a anterior. A lo mejor pod&#237;a relacionar las muertes anteriores con las del jefe Ejima y desvelar algunas pistas antes de que le fallaran las fuerzas. Se guard&#243; una ampolla de opio bajo la faja, por si necesitaba alivio.

Dos horas m&#225;s tarde, &#233;l y los detectives abandonaban la residencia del ministro Moriwaki. Montaron a lomos de sus caballos mientras les pasaba por delante un caudal de oficinistas, funcionarios en palanqu&#237;n y soldados de infanter&#237;a.

Otro callej&#243;n sin salida -se lament&#243; Inoue.

Es una l&#225;stima que nadie de aqu&#237; ni de las mansiones del supervisor de la corte y el comisario de carreteras reparase en ning&#250;n cardenal en forma de huella digital -dijo Arai.

Hirata hab&#237;a interrogado a las familias, vasallos y criados de los fallecidos, sin resultado. Dado que los cuerpos hab&#237;an sido incinerados, era imposible examinarlos.

La mujer de Moriwaki al menos nos ha revelado varios datos interesantes sobre lo que pas&#243; despu&#233;s de su muerte -se&#241;al&#243;.

Pero no hemos descubierto nada que demuestre que Ono y Sasamura no tuvieron una muerte natural mientras dorm&#237;an -dijo Inoue.

A lo mejor el asesinato de Ejima ha sido un incidente aislado y no existe ninguna conspiraci&#243;n contra el caballero Matsudaira -conjetur&#243; Arai.

En cuyo caso, esta lista de personas que los dos difuntos vieron durante los dos d&#237;as previos a su muerte no nos servir&#225; de gran cosa porque no hay motivo para que el nombre del asesino de Ejima vaya a aparecer en ella. -Hirata guard&#243; el pergamino en su alforja. Se sent&#237;a enfermo y d&#233;bil, adem&#225;s de frustrado.

&#191;Qu&#233; hacemos ahora? -pregunt&#243; Inoue.

Hirata no quer&#237;a rendirse y volver a Sano con las manos vac&#237;as.

El caso del ministro Moriwaki es distinto de los otros dos. A &#233;l no lo encontraron muerto en su cama. Y nuestra lista de contactos y lugares a los que fue est&#225; incompleta. -El que fuera secretario de Moriwaki les hab&#237;a explicado que el ministro del Tesoro era un hombre exc&#233;ntrico y reservado al que le gustaba organizar sus propias citas y desplazarse solo-. A lo mejor si encontramos el rastro de sus movimientos destaparemos alg&#250;n indicio de que lo asesinaron y alguna pista sobre qui&#233;n lo mat&#243;, a &#233;l y al jefe Ejima.

Aunque se le hab&#237;a aliviado un tanto la rigidez de la pierna, Hirata a&#241;adi&#243; con tanta renuencia a emprender otro viaje como esperanza de &#233;xito:

El &#250;nico lugar que estamos seguros de que Moriwaki visit&#243; es la casa de ba&#241;os donde muri&#243;. Vayamos all&#237;.


La traves&#237;a los llev&#243; al distrito mercante de Nihonbashi. Los canales que atravesaban el barrio rebosaban de lluvia primaveral. En ellos ba&#241;aban sus copas los sauces como chicas lav&#225;ndose el pelo. Los ciruelos florec&#237;an en los tiestos situados en puertas y balcones. Hirata y sus hombres se cruzaron con un cortejo f&#250;nebre: portadores de linternas, sacerdotes tocando campanas y tambores y entonando c&#225;nticos, y deudos vestidos de blanco que acompa&#241;aban a un ata&#250;d decorado con flores. Los funerales eran una visi&#243;n preocupantemente habitual desde la guerra.

La casa de ba&#241;os estaba situada en un edificio de madera de tejado reluciente. Ocupaba una manzana entera en un vecindario compuesto por casas se&#241;oriales cercanas a tiendas que vend&#237;an costosos objetos de arte. Sobre la entrada pend&#237;an unos limpios cortinajes de color a&#241;il que llevaban estampado en blanco el s&#237;mbolo de agua caliente. Ante ella unas bellas doncellas vestidas con pulcros quimonos daban la bienvenida a los clientes. Cuando Hirata y sus detectives desmontaron delante, unos criados salieron corriendo para encargarse de sus caballos. Dedujo que el establecimiento atend&#237;a a clientes lo bastante ricos para tener ba&#241;os en casa pero que acud&#237;an all&#237; por otros motivos ajenos a la higiene.

Un samur&#225;i sali&#243; a grandes zancadas por la puerta. Era alto, de constituci&#243;n musculosa y porte arrogante; llevaba unas opulentas vestiduras de seda, una elegante cota de armadura y dos trabajadas espadas. Dos ayudantes samur&#225;is lo segu&#237;an. Al reconocer a Hirata, su rostro bello y anguloso esboz&#243; una sonrisa desde&#241;osa.

Bueno, bueno, pero si es el sosakan-sama -dijo.

A Hirata lo sacaba de sus casillas su tono insultante.

Saludos, comisario de polic&#237;a Hoshina.

El comisario hab&#237;a sido amante de Yanagisawa y un aliado incondicional de su facci&#243;n, hasta que una hiriente disputa los hab&#237;a separado. Hoshina se hab&#237;a vengado uni&#233;ndose al caballero Matsudaira y conservando as&#237; su cargo de jefe del cuerpo de polic&#237;a. Era enemigo jurado de Sano, y su inquina se hac&#237;a extensiva a Hirata.

Me sorprende veros. Lo &#250;ltimo que o&#237; es que os encontrabais en vuestro lecho de muerte. -Escrut&#243; a Hirata de arriba a abajo con su mirada insolente-. Me parece que os hab&#233;is levantado un poco pronto.

A Hirata se le hac&#237;a humillante encontrarse consumido y endeble ante su fuerte y sano adversario.

Igual de sorprendido estoy yo -replic&#243;-. Lo &#250;ltimo que o&#237; es que vos y el caballero Matsudaira erais u&#241;a y carne. -Levant&#243; dos dedos cruzados-. &#191;Por qu&#233; no est&#225;is con &#233;l? &#191;Hab&#233;is perdido su favor?

Hoshina tens&#243; la mand&#237;bula, y a Hirata le complaci&#243; haber dado en el clavo.

&#191;Qu&#233; hac&#233;is aqu&#237;? -pregunt&#243; Hoshina, y levant&#243; las palmas-. No me lo dig&#225;is: ven&#237;s a investigar la muerte del ministro del Tesoro Moriwaki. El chambel&#225;n Sano es demasiado importante para hacerlo en persona, de modo que ha enviado a su cancerbero fiel.

Supongo que hab&#233;is venido por el mismo motivo. -Hirata control&#243; su genio con apuros. Al ver que Hoshina asent&#237;a, record&#243; los hechos que le hab&#237;a contado la esposa del ministro del Tesoro-. &#191;Pero no investigasteis ya su muerte? &#191;No arrestasteis a alguien que fue ejecutado por asesinarlo?

Un moh&#237;no silencio fue la r&#233;plica de Hoshina. Sus ayudantes daban muestras de verg&#252;enza ajena.

Luego muri&#243; el jefe Ejima -prosigui&#243; Hirata-. Ahora parece que puede haberlo asesinado la misma persona que mat&#243; al ministro del Tesoro y que vos cometisteis un error.

&#191;Y qu&#233; si lo comet&#237;? -repuso Hoshina, aturullado y a la defensiva-. Cualquier otro hubiese hecho lo mismo.

Pero vos fuisteis el desafortunado. Por eso hab&#233;is ca&#237;do en desgracia ante el caballero Matsudaira. En cuanto se enter&#243; de la muerte de Ejima y cay&#243; en la cuenta de que acababa de perder otro alto funcionario, supo que hab&#237;ais hecho una chapuza con la investigaci&#243;n y os expuls&#243; de su c&#237;rculo &#237;ntimo. Mis condolencias. -Hirata no lo compadec&#237;a en absoluto-. Y ahora, si me disculp&#225;is, voy a realizar una investigaci&#243;n como debe ser sobre la muerte del ministro Moriwaki.

El y sus detectives avanzaron hacia la puerta de la casa de ba&#241;os, pero Hoshina les cerr&#243; el paso.

Perd&#233;is el tiempo -dijo el polic&#237;a-. Ya he examinado el lugar.

&#191;Qu&#233;, vais a intentar enmendar vuestro error volviendo a recorrer el mismo terreno en el que patinasteis? -replic&#243; Hirata.

Hoshina lo fulmin&#243; con la mirada.

Ah&#237; dentro no hay nada que ver -insisti&#243;, lo que convenci&#243; a Hirata de que la casa de ba&#241;os conten&#237;a pistas importantes.

El y sus hombres entraron. Hoshina los sigui&#243; al interior del local. En el vest&#237;bulo, una mujer vestida con un quimono floreado gris y blanco esperaba de rodillas sobre una tarima. Los soportes de las paredes conten&#237;an toallas y bolsas de pa&#241;o con jab&#243;n de salvado de arroz.

Buenos d&#237;as, mis se&#241;ores -dijo mientras hac&#237;a una reverencia a Hirata y los detectives. Aparentaba poco m&#225;s de cincuenta a&#241;os, encorvada y menuda, con el pelo te&#241;ido de negro y la cara muy maquillada con polvo de arroz y carm&#237;n. Sin embargo, a&#250;n ten&#237;a los ojos brillantes y las facciones hermosas. Al ver a Hoshina, su sonrisa se evapor&#243;-. &#191;Otra vez aqu&#237;, tan pronto? &#191;No hab&#233;is causado ya bastantes problemas?

Era de esas mujeres mayores que hablaban sin pelos en la lengua, incluso a superiores varones, que probablemente se dejaban intimidar porque les recordaba a sus estrictas madres o ni&#241;eras de la infancia.

Mientras Hoshina la miraba con cara de pocos amigos, la mujer se dirigi&#243; a Hirata:

Bienvenidos a mi establecimiento. Vos y vuestros hombres pod&#233;is desvestiros ah&#237; dentro. -Se&#241;al&#243; una habitaci&#243;n adyacente tras una cortina, donde hab&#237;a batas colgadas de ganchos, prendas dobladas en compartimentos de la pared y un zapatero medio lleno.

Gracias, pero no queremos un ba&#241;o. -Hirata se present&#243; y luego dijo-: Estamos aqu&#237; para investigar la muerte de uno de tus clientes: el ministro del Tesoro Moriwaki.

La propietaria pas&#243; su sagaz mirada de Hirata a Hoshina.

Me alegro de que se encargue otra persona. &#191;C&#243;mo puedo ayudaros?

Puedes mostrarme d&#243;nde muri&#243;.

Venid por aqu&#237;. -Baj&#243; de la tarima, sonri&#243; a Hirata y pas&#243; por delante de Hoshina como si no existiera.

Hirata y sus hombres la siguieron por una entrada cubierta con una cortina y luego un pasillo. De las estancias divididas por tabiques de celos&#237;a y papel sal&#237;a un aire cargado de vapor y ruidos de chapoteo. Cada una conten&#237;a una gran ba&#241;era hundida y rodeada por un suelo elevado de listones de madera. Los hombres desnudos se remojaban en las ba&#241;eras o esperaban a un lado en cuclillas. Las camareras les frotaban la espalda, les vert&#237;an cubos de agua encima o se sentaban desnudas a su vera dentro de las ba&#241;eras. Varias puertas estaban cerradas; tras ellas se o&#237;an gemidos y risitas. Hirata sab&#237;a que la prostituci&#243;n en casas de ba&#241;os era ilegal pero com&#250;n, y a buen seguro la propietaria deb&#237;a de pagar a la polic&#237;a para que le dejaran ofrecer esos servicios al margen de la ley.

La mujer corri&#243; un panel.

Aqu&#237;. -La ba&#241;era estaba vac&#237;a y el suelo seco. La due&#241;a entr&#243; y abri&#243; las persianas de bamb&#250;. Las motas de polvo centellearon a la luz del sol-. No hemos usado esta sala desde que muri&#243; Moriwaki-san. Ninguna chica quiere trabajar aqu&#237;. Dicen que su fantasma ronda por aqu&#237;.

&#191;Te encontrabas en el local cuando muri&#243;? -pregunt&#243; Hirata.

S&#237;. Ya le cont&#233; a &#233;se lo que pas&#243;. -La propietaria lanz&#243; una mirada funesta a Hoshina-. Pero no me hizo caso.

Hoshina se apoy&#243; en la pared, con las manos encajadas en las axilas y cara de circunstancias. Sin embargo, Hirata sab&#237;a que se quedar&#237;a por ah&#237; para ver si &#233;l descubr&#237;a algo que se le hubiera escapado y que pudiera aprovechar para congraciarse con Matsudaira. Era la clase de hombre que prefiere colgarse los laureles del trabajo ajeno que tomarse la molestia de cumplir su deber de buen principio.

Yo te escuchar&#233; -dijo Hirata-. Cuenta.

Estaba en la entrada cuando lleg&#243; Moriwaki para darse su ba&#241;o -explic&#243; la mujer-. Era un cliente habitual; ven&#237;a casi todos los d&#237;as. Llam&#233; a Yuki para que lo atendiera; era su chica favorita. Ella lo trajo aqu&#237;. Al cabo de un rato o&#237; un golpetazo y Yuki grit&#243;. Vine corriendo y me encontr&#233; a Moriwaki-san aqu&#237; tirado, desnudo. -Se&#241;al&#243; el suelo al lado de la ba&#241;era-. Yuki me dijo que se hab&#237;a ca&#237;do. Ten&#237;a sangre en la cabeza, donde se hab&#237;a dado contra el suelo. -Se mordisque&#243; los labios-. Es la primera vez que muere un cliente aqu&#237;. Muy malo para el negocio. Pero fue un accidente.

Hirata observ&#243; que era un caso muy parecido al del jefe Ejima; caer muerto de improviso sin motivo aparente. &#191;Hab&#237;a sido otra v&#237;ctima del dim-mak?

Mand&#233; un mensaje a la familia de Moriwaki. Sus vasallos vinieron y le dijeron a Yuki que no se preocupara; no nos culpaban. Se llevaron a casa su cuerpo. Sin embargo, al d&#237;a siguiente se present&#243; &#233;se. -Lanz&#243; una mirada iracunda a Hoshina-. Se llev&#243; a Yuki a una sala y le pregunt&#243; qu&#233; le hab&#237;a pasado a Moriwaki. Ella intent&#243; contarle que no hab&#237;a hecho nada malo, pero &#233;l la llam&#243; mentirosa. O&#237; como le pegaba. La o&#237; llorar.

Basta ya -interrumpi&#243; Hoshina, enfurecido.

Sigue -dijo Hirata.

La mujer mir&#243; a Hoshina con una sonrisita de revancha.

El pensaba que Yuki hab&#237;a empujado a Moriwaki. La oblig&#243; a decirlo. La arrest&#243; y se la llev&#243; a la c&#225;rcel, aunque le dije que era buena chica, incapaz de matar una mosca. Al d&#237;a siguiente le cortaron la cabeza.

Hirata mir&#243; con ce&#241;o al comisario de polic&#237;a.

Eso s&#237; que fue un trabajo detectivesco r&#225;pido y de calidad.

Picado, Hoshina se apresur&#243; a justificarse.

Fue el procedimiento de rutina. -La tortura de los sospechosos era legal y una pr&#225;ctica habitual para obtener confesiones. La desventaja era que sol&#237;a producir tantas confesiones falsas como verdaderas.

Y hoy vuelve a presentarse -dijo la mujer-. Es evidente que ha descubierto que Yuki no mat&#243; al ministro del Tesoro, porque anda husmeando de nuevo, en busca de otra persona inocente a la que culpar.

&#161;C&#225;llate, vieja! -exclam&#243; Hoshina-. Te cerrar&#233; los ba&#241;os, o

Apret&#243; los pu&#241;os y dio un par de pasos hacia ella. Los detectives lo apartaron a empujones. Hirata dijo:

Esta mujer es un testigo importante, y si le hac&#233;is alg&#250;n da&#241;o os buscar&#233;is m&#225;s problemas de los que ya ten&#233;is.

Hoshina se calm&#243;, impotente pero lleno de ira. Para Hirata era todo un placer hacerle pagar por haberlo insultado ese d&#237;a y haber saboteado a Sano en el pasado. Se dirigi&#243; a la mujer:

Pienso encargarme de que se atrape al aut&#233;ntico asesino. Necesito hacerte unas preguntas sobre el ministro Moriwaki.

Petulante bajo su protecci&#243;n, la mujer dijo:

No hay problema.

&#191;Le viste a Moriwaki alguna marca inusual?

Pues la verdad es que s&#237;.

Hoshina mascull&#243;:

Te he ordenado que guardaras silencio sobre todo lo relativo a esta investigaci&#243;n.

No puedo negarme a hablar con el detective del sog&#250;n, &#191;o s&#237;? -La mujer fingi&#243; desvalida inocencia. Luego sigui&#243; con Hirata-. Ten&#237;a un cardenal justo aqu&#237;. -Se se&#241;al&#243; un punto cercano a la sien.

Hirata sinti&#243; una repentina emoci&#243;n.

&#191;Qu&#233; aspecto ten&#237;a?

Era azul. Ovalado. Parecido a una huella dactilar.

Por fin Hirata dispon&#237;a de indicios concluyentes que relacionaban uno de los asesinatos previos con el de Ejima. Hoshina parec&#237;a contrariado; saltaba a la vista que su intenci&#243;n hab&#237;a sido atesorar ese dato importante para su propio uso.

&#191;Cu&#225;ndo viste el morat&#243;n? -pregunt&#243; Hirata.

Justo despu&#233;s de que muriera Moriwaki. Le lav&#233; la sangre antes de que sus vasallos se lo llevaran a casa. -Y a&#241;adi&#243;-: Siempre que lo ba&#241;aba, me chupaba los pechos mientras est&#225;bamos en la ba&#241;era. A algunos hombres de su edad les gusta eso, no s&#233; si lo sab&#237;ais. Pasaba tanto tiempo mir&#225;ndole la cabeza desde arriba que no pude por menos que fijarme en que la marca no estaba all&#237; antes.

Eran m&#225;s detalles de los que Hirata necesitaba, pero aportaban veracidad a su declaraci&#243;n.

Me has dicho que el ministro era un cliente habitual. &#191;Vino durante los dos d&#237;as anteriores a su muerte?

Hoshina hizo unos gestos furiosos para acallarla. La mujer lo ignor&#243;.

Ahora que lo dec&#237;s, vino justo el d&#237;a antes.

Hirata ya pod&#237;a recomponer parte del tiempo que Moriwaki hab&#237;a pasado fuera del castillo de Edo.

&#191;Viste a alguien con &#233;l ese d&#237;a?

Eso ya se lo he preguntado -interrumpi&#243; Hoshina-. No sabe nada. Se est&#225; inventando mentiras para complaceros.

La mujer puso los brazos enjarras mientras sus ojos lanzaban furiosas chispas a Hoshina.

No soy ninguna mentirosa. Y si cre&#233;is que lo soy, &#191;por qu&#233; os hab&#233;is emocionado tanto cuando os cont&#233; con qui&#233;n hab&#237;a visto a Moriwaki?

Hoshina escupi&#243; un suspiro de frustraci&#243;n.

Hirata, que se estaba divirtiendo, dijo:

Cu&#233;ntame lo que le has dicho al honorable comisario de polic&#237;a.

Un samur&#225;i vino con Moriwaki. Suplicaba hablar con &#233;l. Moriwaki le dijo que estaba ocupado, pero el samur&#225;i lo sigui&#243; hasta el vestidor. Empezaron a discutir. No me fij&#233; en lo que dec&#237;an, pero me parece que el samur&#225;i quer&#237;a un favor. Moriwaki le dijo que se fuera, y el otro se fue.

Hirata not&#243; que estaba a punto de descubrir algo crucial.

&#191;Sabes qui&#233;n era ese samur&#225;i?

S&#237;. Se lo pregunt&#233; a Moriwaki. &#191;Qui&#233;n era ese tipo tan grosero?, le dije, y &#233;l me cont&#243; que era el capit&#225;n Nakai, del Ej&#233;rcito Tokugawa. -Mir&#243; a Hoshina con una sonrisa triunfal.

El polic&#237;a sali&#243; de la estancia hecho una furia, deshaci&#233;ndose en maldiciones. Hirata ya entend&#237;a por qu&#233; hab&#237;a querido mantener en secreto la informaci&#243;n de la due&#241;a. El capit&#225;n Nakai era un sospechoso excelente, que hab&#237;a demostrado su dominio de las artes marciales durante la guerra de las facciones. Relacionarlo con el ministro Moriwaki era un golpe de suerte, porque no hab&#237;a aparecido en las listas de personas que hab&#237;an estado en contacto con ninguna de las v&#237;ctimas anteriores.

&#191;Estuvo a solas el capit&#225;n Nakai con el ministro del Tesoro? -pregunt&#243;.

S&#237;. Mientras Moriwaki se desvest&#237;a.

&#191;Toc&#243; a Moriwaki?

No lo s&#233;. La cortina estaba echada.

Aun as&#237;, Hirata no cab&#237;a en s&#237; de gozo. Cuando &#233;l y sus detectives salieron de la casa de ba&#241;os, se encontr&#243; con que Hoshina lo esperaba en la calle, todav&#237;a hecho un basilisco.

S&#243;lo quer&#237;a deciros que no os saldr&#233;is con la vuestra; no me har&#233;is quedar como un idiota -dijo nada m&#225;s verlos-. Y si cre&#233;is que vos y el chambel&#225;n Sano vais a resolver este caso y cubriros de honores a mi costa, est&#225;is muy equivocado. Pienso arruinaros a los dos.

Empuj&#243; a Hirata con un dedo en el pecho. &#201;ste perdi&#243; el equilibrio y su pierna herida cedi&#243;. Cay&#243; sobre un mont&#243;n de esti&#233;rcol de caballo. Solt&#243; un grito de indignaci&#243;n ante aquella humillaci&#243;n p&#250;blica. Hoshina y sus ayudantes se rieron.

Ese es vuestro sitio -dijo el polic&#237;a mientras los detectives de Hirata lo ayudaban a ponerse en pie y le sacud&#237;an los excrementos-. La pr&#243;xima vez que os encuentre, no os levantar&#233;is.

Hoshina y sus hombres montaron y se alejaron al trote. El detective Inoue dijo:

No hag&#225;is caso de ese fracasado, Hiratasan. Es un don nadie.

Sin embargo, Hirata sab&#237;a que Hoshina era peligroso, y adem&#225;s estaba ansioso por recuperar su posici&#243;n en la corte. Su encontronazo no era m&#225;s que el primer asalto de lo que se promet&#237;a una encarnizada guerra pol&#237;tica. Fue cojeando hacia su caballo.

Vamos, tenemos que regresar al castillo. Quiero informar al chambel&#225;n Sano sobre el capit&#225;n Nakai.

Y m&#225;s le val&#237;a advertirle tambi&#233;n que esperase problemas de su viejo enemigo.



Cap&#237;tulo 12

El d&#237;a se puso c&#225;lido y bochornoso mientras Reiko y sus escoltas recorr&#237;an el poblado hinin. Una pel&#237;cula de humo y sudor le cubr&#237;a la piel; las cenizas le irritaban los ojos y le secaban la garganta; se sent&#237;a como si estuviera absorbiendo la contaminaci&#243;n de los parias. Sus visitas a las casas vecinas a la de Yugao no le hab&#237;an procurado sospechosos ni testigos.

Si quer&#233;is encontrar a la asesina, no ten&#233;is m&#225;s que buscar en la c&#225;rcel de Edo -dijo el jefe mientras sorteaban un mont&#243;n de basura en un callej&#243;n.

Reiko empezaba a pensar que Kanai ten&#237;a raz&#243;n. El aumento de la temperatura exacerbaba el hedor; estaba m&#225;s que tentada de rendirse. La insolente Yugao a duras penas le parec&#237;a merecedora de ese esfuerzo. Con todo, dijo:

Todav&#237;a no he terminado.

Avanzaron por las callejuelas, sorteando el agua que rebosaba de las alcantarillas alimentada por el goteo de las astrosas prendas puestas a tender, hasta la casucha situada detr&#225;s de la de Yugao. Un patio lleno de tinas, herramientas rotas y otros trastos separaba las dos viviendas. El paria que viv&#237;a en la choza era un anciano que estaba sentado a su entrada fabricando unas sandalias con paja y cordel. Cuando Reiko le pregunt&#243; si hab&#237;a visto a alguien en casa de Yugao aparte de su familia la noche del asesinato, &#233;l respondi&#243;:

Estaba el alcaide.

&#191;El de la c&#225;rcel de Edo? -inquiri&#243; Reiko.

El viejo zapatero asinti&#243;; alis&#243; la paja con manos nudosas y expertas y a&#241;adi&#243;:

Era el jefe de Taruya.

Es un antiguo ma&#241;oso -explic&#243; el jefe del poblado-. Lo degradaron por extorsionar a los comerciantes del mercado de verduras y darles palizas cuando no pagaban.

&#191;Cu&#225;ndo lo viste? -pregunt&#243; Reiko, emocionada por haber descubierto un nuevo sospechoso, y adem&#225;s propenso a la violencia.

No lo vi -aclar&#243; el zapatero-, pero o&#237; su voz. Estaba discutiendo con Taruya. Fue justo al ponerse el sol.

&#191;Cu&#225;ndo se fue?

Los gritos pararon un poco m&#225;s tarde. Deb&#237;a de haberse ido.

Reiko se llev&#243; un leve chasco, porque el momento de la visita no coincid&#237;a con el crimen. Aun as&#237;, quiz&#225; el alcaide hab&#237;a regresado m&#225;s tarde para ajustar cuentas.

&#191;D&#243;nde puedo encontrar al alcaide? -pregunt&#243;.

Por donde al final acaban pasando todos los de aqu&#237;. -La expresi&#243;n de Kanai indicaba que estaba perdiendo la paciencia con ella, pero dijo-: Acompa&#241;adme; os llevar&#233;.

Reemprendieron la marcha por el poblado. Reiko abord&#243; a los transe&#250;ntes y los habitantes de las casuchas que se iba encontrando, sin resultados. Sus escoltas parec&#237;an aburridos y cabizbajos. Apareci&#243; un aguador, cargado de cubos suspendidos de una gruesa vara que llevaba sobre los hombros; Reiko ten&#237;a sed, pero no soportaba la idea de beber agua de ese lugar inmundo. Se sec&#243; la cara con la manga y alz&#243; la vista bizqueando hacia el sol que luc&#237;a alto y brillante a trav&#233;s del humo. Contra el cielo se recortaba la esquel&#233;tica estructura de madera de una torre de incendios. Sobre la plataforma, debajo de la campana que colgaba de la punta, hab&#237;a un muchacho.

Reiko lo llam&#243;.

Eh, chico, &#191;estabas de servicio la noche en que asesinaron a la familia Taruya?

El muchacho bajo la vista hacia ella y asinti&#243;.

&#191;Puedes bajar un momento?

El muchacho se desliz&#243; escalerilla abajo, &#225;gil como un mono. Ten&#237;a unos doce a&#241;os, cara de mu&#241;eco y cuerpo huesudo. Reiko pidi&#243; que le describiera lo que recordara de esa noche.

O&#237; gritos -explic&#243; &#233;l-. Vi salir corriendo a Ihei de la casa.

&#191;Qui&#233;n es Ihei? -pregunt&#243; Reiko. El inter&#233;s reaviv&#243; sus energ&#237;as.

Vive cerca del r&#237;o. Sol&#237;a visitar a Umeko.

Fue ladr&#243;n en su existencia previa -explic&#243; Kanai-. Ahora es barrendero.

Reiko alz&#243; la vista hacia la atalaya, calcul&#243; la distancia hasta la casa de Yugao e imagin&#243; el aspecto que deb&#237;a de tener el poblado a medianoche.

&#191;C&#243;mo lo reconociste? -le pregunt&#243; al ni&#241;o-. &#191;No estaba oscuro?

Hab&#237;a rayos. Adem&#225;s, Ihei camina as&#237;. -Encorv&#243; la espalda y arrastr&#243; los pies.

Reiko no sab&#237;a si alegrarse o lamentar que ya ten&#237;a dos sospechosos situados en el escenario del crimen adem&#225;s de Yugao. Le dio las gracias al muchacho, que le hizo una reverencia y sali&#243; disparado entre los guardias.

Kanai grit&#243;:

&#161;Espera un momento! -Sali&#243; corriendo en pos del chico y lo agarr&#243; del cuello de la camisa-. Devu&#233;lvelo.

El muchacho se sac&#243; a rega&#241;adientes del bolsillo una bolsita de cuero cerrada a cord&#243;n. Era de las que usaban los hombres para llevar dinero, medicinas, art&#237;culos religiosos y otros peque&#241;os objetos valiosos.

Oye, eso es m&#237;o -dijo el teniente Asukai, palpando el vac&#237;o donde antes le hab&#237;a colgado la bolsa de la faja. Se la arrebat&#243; al chico.

Ten&#233;is que ir con cuidado cerca de &#233;l, sus padres, sus hermanos y sus hermanas -dijo Kanai-. Son rateros expertos, todos y cada uno de ellos. -Solt&#243; al chico y le dio un azote en el trasero-. P&#243;rtate bien, o har&#233; que a&#241;adan otro a&#241;o a vuestras condenas.


Al poco, Reiko y sus acompa&#241;antes llegaron a su destino: un sal&#243;n de t&#233; instalado en una cabana grande, cerrada por un techo de juncos y paredes de tablones, a la orilla del r&#237;o. Ten&#237;a las puertas de delante y detr&#225;s abiertas para que la corriente refrescara a los hombres repantigados en el suelo elevado. El due&#241;o serv&#237;a licor de toscas jarras de cer&#225;mica. El local parec&#237;a el centro social del mundo de los parias. R&#237;o abajo hab&#237;a embarcaciones que albergaban burdeles y teter&#237;as para ciudadanos ordinarios; unos puentes cruzaban hacia los barrios de la orilla opuesta.

El jefe llam&#243; a uno de los parroquianos:

&#191;Qu&#233; haces aqu&#237; tan temprano, alcaide? &#191;Han cerrado la c&#225;rcel de Edo, o es que te has tomado el d&#237;a libre?

&#191;Y a ti que m&#225;s te da si me lo he tomado? -repuso el alcaide. Era un hombre bajo y musculoso, de unos cuarenta a&#241;os. Llevaba la cabeza rapada y ce&#241;ida por una sucia cinta de algod&#243;n blanco. Ten&#237;a las cejas pobladas y morenas, sombra de barba y la tez maltratada por marcas, poros hinchados y viejas cicatrices. Llevaba los brazos cubiertos de tatuajes.

El jefe de la aldea hizo caso omiso de sus malos modos.

Esta dama es la hija del magistrado Ueda. La ha mandado a investigar el asesinato de Taruya y su familia. Quiere hablar contigo.

El alcaide mir&#243; hacia Reiko sin parpadear. Los puntitos de luz reflejados en ellos parec&#237;an anormalmente brillantes.

S&#233; qui&#233;n es vuestro padre. -Su sonrisilla mostr&#243; unos dientes medio podridos-. No es que hayamos coincidido nunca, pero trabajo para &#233;l.

Reiko se fij&#243; en las manchas de su quimono azul y sus sandalias de paja y en la mugre que ten&#237;a bajo las u&#241;as. &#191;Ser&#237;a sangre de los criminales a los que hab&#237;a torturado en la prisi&#243;n? La recorri&#243; un escalofr&#237;o. Esa investigaci&#243;n le estaba mostrando el lado oscuro del trabajo de su padre, adem&#225;s de los bajos fondos de Edo.

&#191;Fuiste a visitar a Taruya esa noche? -pregunt&#243;.

&#191;Y qu&#233; si fui?

&#191;Para qu&#233;?

Ten&#237;a negocios con &#233;l. -El alcaide repas&#243; a Reiko con la mirada y se relami&#243;.

&#191;Qu&#233; clase de negocios? -pregunt&#243; ella, tratando de no encogerse.

Taruya hab&#237;a puesto en marcha una red de juego en la c&#225;rcel. Estafaba a los que trabajaban all&#237;. -La ira de su voz dejaba claro que &#233;l mismo hab&#237;a sido una v&#237;ctima de Taruya-. Fui a ordenarle que devolviera el dinero que hab&#237;a robado. Me dijo que lo hab&#237;a ganado honradamente y que ya se lo hab&#237;a gastado. Nos enzarzamos en una pelea. Lo mol&#237; a palos hasta que su mujer empez&#243; a pegarme con una sart&#233;n de hierro y me ech&#243; a empujones.

Esboz&#243; una mueca de asco y luego se sonri&#243;.

Pero ahora Taruya est&#225; muerto. Ya no timar&#225; a nadie m&#225;s. Su hija le hizo un favor al mundo cuando lo acuchill&#243;.

Su hija no era la &#250;nica persona con motivos para matarlo, pens&#243; Reiko.

&#191;D&#243;nde fuiste al salir de la casa?

A ver a mi amiga.

Es una fulana -aclar&#243; el jefe.

Los puntitos brillantes de los ojos del alcaide se encogieron de lascivia.

Si por casualidad el magistrado Ueda est&#225; pensando en endosarme los asesinatos en lugar de a Yugao, decidle que yo no fui. No hubiese podido. Pas&#233; toda la noche con mi se&#241;orita. Ella puede jurarlo.

Aun as&#237;, Reiko sab&#237;a que un hombre que hab&#237;a extorsionado y apaleado a mercaderes por dinero no tendr&#237;a reparos en asesinar, y le parec&#237;a capaz de intimidar a una mujer para que mintiera por &#233;l.

&#191;Hay m&#225;s preguntas? -Su sonrisa era de mofa y su mirada se paseaba por el cuerpo de Reiko.

De momento no -respondi&#243; ella. A menos que pudiera encontrar indicios en su contra.

Entonces, si me disculp&#225;is -El alcaide se dirigi&#243; a la puerta de atr&#225;s con andares chulescos, se meti&#243; la mano bajo el quimono y se sac&#243; el miembro del taparrabos. Despu&#233;s de ofrecer a Reiko una buena panor&#225;mica de &#233;l, orin&#243; en una escupidera que hab&#237;a junto a la puerta-. Dadle recuerdos al magistrado Ueda.

Reiko ard&#237;a de ultraje y verg&#252;enza. El jefe le dijo:

Mis disculpas por sus malos modales. -Ech&#243; un vistazo calle abajo-. Si quer&#233;is otra oportunidad de salvar a Yugao, por ah&#237; se acerca.

Un joven caminaba hacia el sal&#243;n de t&#233;, con los hombros encorvados y arrastrando los pies. Llevaba ropa descolorida y ra&#237;da; un sombrero de mimbre le sombreaba la cara, arrugada en un ce&#241;o que parec&#237;a permanente. Llevaba una escoba, una pala y una cesta de basura.

&#201;se es Ihei -dijo Nakai.

El barrendero alz&#243; la vista cuando Reiko y sus guardias avanzaron hacia &#233;l. Alarmado, dio media vuelta y ech&#243; a correr.

&#161;Detenedlo! -orden&#243; Reiko a sus guardias.

Los hombres se lanzaron detr&#225;s del joven. Este solt&#243; sus herramientas y apret&#243; el paso, pero cojeaba y los guardias lo atraparon con facilidad. Lo llevaron a empujones ante Reiko.

&#161;Soltadme! -gritaba &#233;l, revolvi&#233;ndose-. &#161;No he hecho nada malo! -Ten&#237;a voz d&#233;bil y aguda, y la mugrienta cara tensa de p&#225;nico.

Si no has hecho nada malo, &#191;por qu&#233; hu&#237;as? -pregunt&#243; Reiko.

Se le marc&#243; m&#225;s aun el ce&#241;o de sorpresa al ver a una dama de su clase en el poblado. Ech&#243; un vistazo a sus guardias.

Yo ten&#237;a miedo de que me hicieran da&#241;o.

Unos matones samur&#225;is le dieron una paliza -explic&#243; Kanai-. Le rompieron varios huesos. Por eso est&#225; deformado.

A Reiko la constern&#243; esa nueva muestra de la cruel existencia de los hinin.

Nadie va a hacerte da&#241;o. S&#243;lo quiero hablar. Si prometes no salir corriendo te soltar&#225;n.

Su expresi&#243;n dec&#237;a que no confiaba en ella, pero asinti&#243;. Los guardias lo soltaron y quedaron prestos a agarrarlo otra vez si era necesario.

&#191;Hablar de qu&#233;?

De la noche en que asesinaron a Umeko y sus padres -respondi&#243; Reiko.

A los ojos de Ihei asom&#243; un destello de p&#225;nico. Dio un paso atr&#225;s. Kanai exclam&#243;:

&#161;Quieto!

Los guardias aferraron a Ihei, que grit&#243;:

&#161;No s&#233; nada sobre eso!

Te vieron alejarte corriendo de la casa -dijo Reiko.

Al muchacho se le demudaron las facciones.

Yo no tuve nada que ver. -Se le ti&#241;&#243; la voz de bravuconer&#237;a culpable-. &#161;Lo lo juro!

Entonces &#191;qu&#233; hac&#237;as all&#237;?

Fui a ver a Umeko.

&#191;Para qu&#233;? -Cab&#237;a la posibilidad de que la v&#237;ctima buscada hubiera sido Umeko, a pesar de las pruebas que indicaban que a su padre lo hab&#237;an matado primero. Record&#243; que la hermana de Yugao era prostituta. Al ver que Ihei vacilaba, dijo-: &#191;Eras uno de sus clientes?

&#161;No! -exclam&#243; Ihei, ofendido.

S&#237; que lo eras -dijo Kanai-. No mientas o te meter&#225;s en un buen l&#237;o.

Ihei suspir&#243; con resignaci&#243;n.

De acuerdo: era cliente de Umeko. Pero era algo m&#225;s que lo normal. Yo la amaba. -Le tembl&#243; la voz y las l&#225;grimas trazaron surcos en la mugre de sus mejillas-. &#161;Y ahora se ha ido!

Su dolor parec&#237;a genuino, pero a veces los asesinos lloraban de verdad la p&#233;rdida de los seres queridos que hab&#237;an matado. Reiko los hab&#237;a visto sollozar durante sus juicios en el tribunal de su padre.

&#191;Por qu&#233; fuiste a verla?

Esa ma&#241;ana le hab&#237;a pedido que se casara conmigo. Me dijo que no y se burl&#243; de m&#237;. -Los ojos de Ihei ard&#237;an de humillaci&#243;n-. Me dijo que jam&#225;s se rebajar&#237;a a casarse con un paria jiboso. Yo le dije que ya sab&#237;a que por nacimiento era m&#225;s noble que yo, pero que ahora los dos &#233;ramos hinin. El destino nos hab&#237;a juntado aqu&#237;. Le dije que la quer&#237;a mucho, que la har&#237;a feliz. Gano dinero suficiente para que hubiera podido mudarse a mi cabana y dejar de vender su cuerpo. Pero entonces se enfad&#243;.

Su tono reflejaba el dolor y la sorpresa que debi&#243; de sentir.

Me dijo que no iba a vivir aqu&#237; para siempre. Estaba furiosa conmigo por sugerirlo. Me dijo que iba a esperar a que su padre cumpliera su condena y recuperase su negocio y su casa, y entonces se casar&#237;a con alg&#250;n rico. Y que la dejara en paz, que no quer&#237;a volver a verme.

La chica parec&#237;a lo bastante insensible y brusca para provocar un asesinato.

Pero t&#250; no la dejaste en paz-dedujo Reiko-. Volviste esa noche. &#191;Qu&#233; pas&#243;?

Ten&#237;a que verla. Cre&#237;a que podr&#237;a hacerla cambiar de opini&#243;n. Esa noche fui a su casa y llam&#233; al marco de la puerta. Cuando me respondi&#243;, trat&#233; de razonar con ella. Me dijo que me callara, que su familia dorm&#237;a. Y a&#241;adi&#243; que pod&#237;a entrar, por el precio de costumbre. Lo &#250;nico que quer&#237;a de m&#237; era dinero. -El barrendero agach&#243; la cabeza, desconsolado-. La deseaba tanto que acced&#237;. Me llev&#243; a su cuarto e hice el amor con ella.

Reiko se los imagin&#243; en el cobertizo de la casa. Mientras Umeko lo atend&#237;a, &#191;el despecho por su rechazo hab&#237;a avivado la pasi&#243;n de &#233;l? &#191;Su amor se hab&#237;a convertido en odio?

Cuando acabamos, nos quedamos dormidos. No s&#233; cu&#225;nto tiempo. Me despertaron unos gritos y ruidos. Su madre chill&#243;: &#191;Qu&#233; haces? y luego &#161;Para!. Estaba llorando. Se o&#237;an golpes y fragor como de pelea en la otra habitaci&#243;n. -Ihei pareci&#243; confundido al recordarlo-. Umeko se levant&#243; de un salto y fue a ver qu&#233; pasaba. La o&#237; decir: &#191;Qu&#233; ocurre? Luego empez&#243; a gritar &#161;No! y pedirme ayuda a voces. Apart&#233; la cortina y vi que alguien persegu&#237;a a Umeko, d&#225;ndole pu&#241;aladas. -Alz&#243; el pu&#241;o e imit&#243; los fren&#233;ticos cuchillazos hacia abajo-. Umeko cay&#243; a mis pies y los gritos cesaron. Ol&#237;a a sangre.

Ihei contuvo una arcada; los ojos le brillaban de miedo recordado.

Lo &#250;nico que se o&#237;a era el sonido de alguien jadeando. Entonces, de repente, una sombra se abalanz&#243; sobre m&#237;. Vi el resplandor del cuchillo en su mano. -Retrocedi&#243; un paso, imitando su reacci&#243;n-. Di media vuelta y sal&#237; corriendo por la puerta. No par&#233; de correr hasta llegar a casa.

Le tembl&#243; el cuerpo quebrantado; se tap&#243; la cara con las manos y solloz&#243;.

Umeko est&#225; muerta. &#161;Ojal&#225; hubiera podido salvarla! Pero lo &#250;nico que hice fue correr como un cobarde.

Reiko se imagin&#243; la escena; vio su terror al darse cuenta de que su amada hab&#237;a sido asesinada con su familia y que &#233;l ser&#237;a el siguiente en morir a menos que huyera. Tambi&#233;n se imagin&#243; una escena muy distinta. Despu&#233;s de yacer con Umeko, tal vez hab&#237;a vuelto a proponerle matrimonio y ella lo hab&#237;a rechazado de nuevo. Tal vez hab&#237;an discutido y &#233;l se hab&#237;a enfadado tanto que la hab&#237;a apu&#241;alado; y cuando sus padres intentaron intervenir, &#233;l volvi&#243; el cuchillo contra ellos.

&#191;Reconociste a quien la apu&#241;al&#243;? -pregunt&#243; Reiko.

No. -Dej&#243; caer las manos y alz&#243; hacia ella unos ojos enrojecidos por el llanto-. Estaba oscuro; no ve&#237;a casi nada. En ese momento pens&#233; que un loco hab&#237;a entrado en la casa mientras yo dorm&#237;a. Pero debi&#243; de ser Yugao. Vamos, la arrestaron a ella, &#191;no?

As&#237; es -dijo Reiko. Si ella era la asesina, eso explicar&#237;a que fuera la &#250;nica superviviente de la familia, e ilesa. Los asesinatos podr&#237;an haber sucedido como los hab&#237;a descrito el barrendero; a lo mejor hab&#237;a sorprendido a Yugao con las manos en la masa. Sin embargo, Ihei no era lo que se dice un testigo fiable: ten&#237;a causa sobrada y la oportunidad perfecta para haber cometido los asesinatos.

Os lo he contado todo -dijo-. &#191;Puedo irme ya?

Reiko vacil&#243;. Era tan buen sospechoso como Yugao; hab&#237;a suficientes indicios para condenarlo en un tribunal. Se sinti&#243; tentada de hacerlo conducir a la c&#225;rcel, pero record&#243; lo que Sano hab&#237;a dicho sobre interferir con la ley. No era competencia suya arrestar sospechosos. Adem&#225;s, no estaba especialmente ansiosa por exonerar a Yugao, ya que todav&#237;a no hab&#237;a llegado a una conclusi&#243;n acerca de la inocencia o culpabilidad de la muchacha.

Puedes irte -dijo-, siempre que te quedes en Edo. Es posible que te necesite para hacerte m&#225;s preguntas.

No os preocup&#233;is -respondi&#243; el jefe-. No ir&#225; a ninguna parte. No tiene adonde ir.

El barrendero se alej&#243; con su paso desigual, tras recoger escoba, cesta y pala. Reiko se dirigi&#243; a Kanai:

&#191;Sigues convencido de que Yugao mat&#243; a su familia?

&#201;l arrug&#243; la nariz y se rasc&#243; la cabeza.

Ya no estoy tan seguro. Hab&#233;is perforado dos v&#237;as de agua en mi confianza. Ahora es evidente que esa noche se coc&#237;an m&#225;s cosas de las que yo supon&#237;a. -Reflexion&#243; un momento-. Pero supongamos que Ihei, el alcaide o alg&#250;n otro mat&#243; a esas personas. Entonces, &#191;por qu&#233; confes&#243; Yugao?

Buena pregunta -repuso Reiko.

Yugao era un misterio que deb&#237;a resolver si quer&#237;a solucionar el crimen. A lo mejor los secretos de aquella mujer se escond&#237;an en la vida que hab&#237;a llevado antes de llegar al poblado hinin.

&#191;C&#243;mo pens&#225;is responderla? -pregunt&#243; Kanai.

Creo que emprender&#233; un viaje al pasado -contest&#243; Reiko.



Cap&#237;tulo 13

Las campanas de los templos resonaron por todo Edo en una m&#250;sica disonante que anunciaba el mediod&#237;a. Unas vistosas cometas salpicaban el cielo soleado por encima de los tejados. Por la calle, los ni&#241;os jugaban con las lanzas rotas de los guerreros ca&#237;dos durante una escaramuza entre rebeldes y el ej&#233;rcito. Dentro del castillo de Edo, Sano entrevistaba en su despacho a las personas que hab&#237;an estado con el jefe Ejima en los dos d&#237;as previos a su muerte. Ya hab&#237;a hablado con los invitados del banquete y con los subordinados de Ejima en el cuartel general de la metsuke. En ese momento desped&#237;a al &#250;ltimo de los que hab&#237;an tenido citas privadas con &#233;l. Se volvi&#243; hacia los detectives Marume y Fukida, que estaban de rodillas junto a su escritorio.

Bueno, no cabe duda de que hemos sacado bastantes sospechosos potenciales -coment&#243;.

Fukida consult&#243; las notas que hab&#237;a tomado durante las entrevistas.

Tenemos subordinados que estaban enfadados con Ejima porque lo hab&#237;an ascendido antes que a ellos. Tenemos al nuevo jefe de la metsuke, que se ha beneficiado de su muerte. Tenemos nombres de personas degradadas o ejecutadas por indicios poco consistentes que &#233;l present&#243; contra ellos, que dejaron hijos y vasallos sedientos de venganza.

Ten&#237;a muchos enemigos -constat&#243; Marume-, aunque ninguno reconocer&#225; conocer el dim-mak. Cualquiera podr&#237;a haberse acercado a escondidas a Ejima y tocarlo.

Todos afirman ser inocentes, como era de prever -dijo Fukida-. Casi todos han dejado caer pistas que incriminaban a alg&#250;n otro. La guerra ha dejado tantas cuentas por saldar que no me sorprende o&#237;r a la gente acusarse mutuamente.

Sano estaba inquieto, porque el asesinato ya estaba avivando un enfrentamiento pol&#237;tico susceptible de conducir a otra guerra, y no hab&#237;a avanzado nada en la resoluci&#243;n del caso.

Tener muchos sospechosos es tan malo como tener muy pocos. Y no sabemos nada del capit&#225;n Nakai, nuestro mejor candidato.

Me pregunto por qu&#233; est&#225; costando tanto localizarlo -dijo Fukida-. Deber&#237;a estar de servicio en su puesto del destacamento principal de guardia en el castillo.

&#191;Empezamos a buscar la pista de los informadores de Ejima? -pregunt&#243; Marume.

El asesor principal de Sano se asom&#243; por la puerta.

Disculpad, honorable chambel&#225;n. Ha venido a veros el sosakan-sama.

Cuando Hirata entr&#243; en el despacho, Sano volvi&#243; a angustiarse al ver lo enfermo que parec&#237;a. Detect&#243; compasi&#243;n, r&#225;pidamente disimulada, en las caras de Marume y Fukida, mientras el reci&#233;n llegado se arrodillaba con torpeza y hac&#237;a una reverencia. Sin embargo, lo m&#225;ximo que pod&#237;an hacer todos era simular que Hirata no ten&#237;a ning&#250;n problema.

&#191;Qu&#233; informaci&#243;n traes? -pregunt&#243; Sano.

Buenas noticias -dijo Hirata, cansado pero satisfecho-. He investigado las muertes del supervisor de la corte Ono, el comisario de carreteras Sasamura Tomoya y el ministro del Tesoro Moriwaki. Y tengo un sospechoso. -Relat&#243; su visita a la casa de ba&#241;os donde hab&#237;a muerto Moriwaki.

Sano se inclin&#243; hacia delante, encantado.

Ahora sabemos que al menos uno de esos hombres muri&#243; v&#237;ctima del dim-mak.

No es muy descabellado creer que lo mismo sucedi&#243; con los dem&#225;s -observ&#243; Fukida.

Y el nombre del capit&#225;n Nakai ha salido a relucir otra vez -Sano le cont&#243; a Hirata que el soldado hab&#237;a tenido una cita privada con Ejima-. Ahora sabemos que tuvo contacto con dos v&#237;ctimas.

Tambi&#233;n podr&#237;a haberse acercado a los dem&#225;s por la calle. -Hirata parec&#237;a orgulloso de haber conectado los casos y revelado indicios contra el sospechoso primario.

A Sano lo conmov&#237;a y apenaba ver lo mucho que Hirata anhelaba todav&#237;a su aprobaci&#243;n, despu&#233;s de todo lo que hab&#237;a sufrido por el bien del chambel&#225;n.

Debemos encontrar al capit&#225;n Nakai.

Ha surgido otro asunto que he de mencionar -anunci&#243; Hirata-. El comisario de polic&#237;a Hoshina quiere vuestra sangre.

Sano arrug&#243; la frente.

&#191;Otra vez?

Hirata cont&#243; su encuentro con &#233;l en la casa de ba&#241;os.

Gracias por la advertencia -dijo Sano.

&#191;Qu&#233; hacemos con ese sinverg&#252;enza? -pregunt&#243; Marume.

Si fuera como mi predecesor, har&#237;a que le cortaran la cabeza. Pero no lo soy, de modo que no hay gran cosa que hacer hasta que &#233;l mueva ficha, pero debemos resolver este caso r&#225;pidamente. En caso contrario, Hoshina dispondr&#225; de m&#225;s munici&#243;n contra m&#237;.

El joven detective Tachibana irrumpi&#243; en la habitaci&#243;n.

Disculpad, honorable chambel&#225;n. He descubierto d&#243;nde est&#225; el capit&#225;n Nakai. Hoy no se ha presentado en su puesto, de modo que he ido a su casa. Su esposa dice que fue al torneo de sumo. &#191;Voy a buscarlo?

Buen trabajo. Pero ir&#233; en persona. -Sano se puso en pie, estirando los m&#250;sculos entumecidos de estar sentado-. Ahorraremos tiempo.

Hirata, Marume y Fukida se pusieron en pie para acompa&#241;arlo. Sano repar&#243; en la rigidez de movimientos de Hirata.

Si tienes otros asuntos importantes, est&#225;s excusado -dijo, para concederle una salida elegante de una cabalgata larga e inc&#243;moda.

No tengo nada tan importante como esto -replic&#243; el incondicional Hirata-. Y quiero ver lo que tiene que decir el capit&#225;n Nakai.

Aunque se alegraba de contar con su compa&#241;&#237;a, Sano experiment&#243; un renacer de los remordimientos.

Muy bien.


Los torneos de sumo se celebraban en el templo de Ekoin en el distrito de Honjo, al otro lado del r&#237;o Sumida. Sano e Hirata cabalgaban con los detectives Marume, Fukida, Arai, Inoue y Tachibana a lo largo de los canales que surcaban Honjo como venas. Pasaron por delante de mercados de verduras, residencias de funcionarios samur&#225;is de segunda fila, un pu&#241;ado de almacenes Tokugawa y las villas de los daimio, los se&#241;ores feudales. El calor de los hornos donde se coc&#237;an las tejas enrarec&#237;a el aire cargado de humo. Por las calles desfilaban hombres tocando un enorme tambor para anunciar el torneo de sumo. Sano oy&#243; un redoble m&#225;s sonoro y grave procedente de un elevado andamio enfrente del templo. Una muchedumbre avanzaba en tropel hacia sus altas puertas.

El templo de Ekoin hab&#237;a sido construido treinta y ocho a&#241;os atr&#225;s, despu&#233;s del Gran Incendio de Meireki, en memoria de las cien mil personas muertas en el desastre. Sus terrenos constitu&#237;an el recinto oficial de la ciudad para las competiciones de lucha. El sumo hab&#237;a evolucionado hasta convertirse en un entretenimiento popular a partir de un rito sinto&#237;sta de fertilidad. Desde los inicios del r&#233;gimen Tokugawa, hac&#237;a casi un siglo, hab&#237;an surgido peri&#243;dicos edictos que lo prohib&#237;an porque era violento, sangriento y a menudo mortal. Sin embargo, las autoridades se hab&#237;an dado cuenta de que el sumo ten&#237;a su utilidad. Conced&#237;a a los ronin un sitio en la sociedad, y los torneos con su sanci&#243;n oficial y su estricto reglamento, ofrec&#237;an a la sociedad una v&#237;a de desahogo para las pasiones. Sano observ&#243; que el p&#250;blico parec&#237;a m&#225;s nutrido de lo normal despu&#233;s de la guerra.

El y sus hombres dejaron los caballos en un establo y entraron en el estadio, un enorme recinto al aire Ubre, rodeado por gradas dobles de palcos cubiertos por toldos de bamb&#250;. Las filas de abajo ya estaban llenas de gente; los reci&#233;n llegados sub&#237;an a los niveles superiores por unas escalerillas. En el centro estaba el c&#237;rculo, definido por cuatro pilastras unidas por cordones. Hab&#237;a miles de espectadores sentados en el suelo, api&#241;ados hacia el centro. Lo hab&#237;an rodeado con bolsas de paja llenas de arcilla para mantener despejada la zona de lucha. Los arbitros y jueces esperaban de rodillas en el borde. Los vendedores de golosinas se abr&#237;an paso entre la multitud.

&#191;C&#243;mo vamos a encontrar al capit&#225;n Nakai aqu&#237; dentro? -pregunt&#243; Hirata mientras &#233;l y Sano ojeaban el bullicioso y ca&#243;tico estadio.

A lo mejor tenemos suerte -dijo Sano.

El redoble de tambor se aceler&#243;. Los luchadores salieron desfilando hacia el c&#237;rculo. Sus pechos y extremidades desnudos eran masas de m&#250;sculo y grasa. Llevaban cuerdas ceremoniales de seda con flecos alrededor de la cintura, y unos delantales de brocado que luc&#237;an los emblemas familiares de los se&#241;ores de Kishu, Izumo, Sanuki, Awa, Karima, Sendai o Nambu. Esos se&#241;ores reclutaban luchadores para sus escuder&#237;as privadas. Sano se fij&#243; en que los equipos eran m&#225;s nutridos de lo normal: la guerra hab&#237;a creado m&#225;s ronin, que a su vez hab&#237;an incrementado las filas de los luchadores de sumo.

El p&#250;blico vitore&#243; cuando &#233;stos esparcieron sal para purificar su campo de batalla sagrado. Dieron pisotones y palmadas para hacer alarde de su fuerza y ahuyentar los malos esp&#237;ritus. Un arbitro sostuvo en alto un cartel con sus nombres. Al alzar la vista hacia los palcos, Sano repar&#243; en que las filas superiores estaban abarrotadas salvo por un hueco directamente enfrente del c&#237;rculo. En su centro se sentaba un samur&#225;i solitario.

All&#237; est&#225; -dijo, se&#241;alando.

&#201;l y sus hombres se abrieron paso a codazos entre la multitud y subieron por una escalerilla. Mientras se acercaban por el borde del palco, un grupo de plebeyos se sent&#243; en el espacio vac&#237;o que rodeaba al capit&#225;n Nakai.

Est&#225;is demasiado cerca -dijo &#233;l-. Moveos. -Ten&#237;a la voz beligerante, amenazadora. Los plebeyos levantaron el campamento a toda prisa.

Sano s&#243;lo hab&#237;a visto a Nakai una vez -en una ceremonia despu&#233;s de la guerra, cuando el ej&#233;rcito victorioso hab&#237;a desfilado ante el caballero Matsudaira, exhibiendo las cabezas cortadas de los soldados enemigos derrotados-, pero el capit&#225;n le hab&#237;a causado una impresi&#243;n duradera. Con su talle alto y atl&#233;tico y sus nobles modales, era la raza guerrera personificada.

Aunque Nakai pasaba de los treinta a&#241;os y ya no estaba en la flor de la vida, a Sano no le hab&#237;a costado imaginarlo matando en batalla a cuarenta y ocho hombres con sus propias manos. Sin embargo ese d&#237;a estaba ocioso, vestido con ropajes de seda marr&#243;n, pantalones y sobreveste en lugar de armadura; repantigado en lugar de sentado con la espalda recta y orgullosa. El descontento ensombrec&#237;a sus facciones marcadas y fuertes mientras contemplaba a los luchadores.

&#191;Capit&#225;n Nakai? -dijo Sano.

El samur&#225;i se volvi&#243;. Al reconocer a Sano e Hirata se le despej&#243; el malhumor de la cara.

Honorable chambel&#225;n. Sosakan-sama. -Hizo una reverencia, atento y animado-. Sentaos, por favor. -Con una sonrisa que revel&#243; unos dientes anchos y blancos, les ofreci&#243; el espacio que hab&#237;a mantenido libre.

Muchas gracias -dijo Sano. El grupo se sent&#243;.

&#191;Sois aficionado al sumo? -pregunt&#243; Nakai.

S&#237; -respondi&#243; Sano-, pero no estamos aqu&#237; por eso. Hemos venido a hablar con vos.

&#191;Conmigo? -Nakai pareci&#243; desconcertado. Al verlo de cerca, Sano repar&#243; en un defecto en su perfecci&#243;n: sus ojos. A su expresi&#243;n le faltaba algo quiz&#225; no tanto inteligencia como serenidad-. Pero &#191;por qu&#233;? &#191;C&#243;mo sab&#237;ais que me encontrar&#237;ais aqu&#237;?

Cuando Sano se lo dijo, se ruboriz&#243;.

Bueno, s&#233; que deber&#237;a estar en mi puesto, pero no es que all&#237; me necesiten de verdad. Adem&#225;s, preparar turnos de servicio e inspeccionar tropas es un trabajo aburrido comparado con librar una batalla.

Sano sab&#237;a que a muchos militares les costaba adaptarse a la vida ordinaria despu&#233;s de la guerra; estaban inquietos, propensos a pelear entre ellos y beber demasiado. Sin embargo, no ve&#237;a con buenos ojos la actitud de Nakai. Hirata y los detectives lo miraron con recelo: en teor&#237;a, los samur&#225;is acataban las &#243;rdenes sin quejarse.

Despu&#233;s de todo lo que he hecho por el caballero Matsudaira, me merezco m&#225;s. -Era obvio que Nakai pensaba que sus logros lo hac&#237;an merecedor de una recompensa, aunque su se&#241;or no le debiera nada por cumplir con su deber-. Han ascendido a muchos hombres que mataron a menos soldados enemigos, pero a m&#237; no. -Su tono se ti&#241;&#243; de amargura-. Mi familia tiene primos lejanos que lucharon por, el bando de Yanagisawa. Estoy contaminado por la mala sangre, aunque no sea culpa m&#237;a.

A Sano le parec&#237;a posible, pues los lazos pol&#237;ticos importaban. Sin embargo, era m&#225;s probable que los superiores de Nakai lo hubieran pasado por alto en favor de otros hombres menos diestros en el combate pero con m&#225;s tacto social, hombres que tuvieran la prudencia de no ponerse en evidencia delante del brazo derecho del sog&#250;n.

He sido un fiel servidor del caballero Matsudaira. Lo &#250;nico que quiero es que lo reconozca. No busco un mayor estipendio. -Nakai adopt&#243; un noble aire de m&#225;rtir-. Lo &#250;nico que pido es una oportunidad de servir al caballero Matsudaira con mayor responsabilidad, donde pueda hacer m&#225;s por &#233;l incluso de lo que ya he hecho.

Sano aprovech&#243; la pausa en su diatriba.

Ahora es la vuestra. El caballero Matsudaira me ha ordenado que investigue la muerte del jefe Ejima. Agradecer&#237;a vuestra ayuda.

Por supuesto -dijo Nakai, sorprendido; era evidente que no hab&#237;a esperado ver cumplido su deseo de ese modo-. &#191;Qu&#233; puedo hacer por vos?

Por debajo del palco, al otro lado del p&#250;blico que cubr&#237;a el suelo, los luchadores terminaron su ritual y abandonaron el c&#237;rculo en fila. El presentador anunci&#243; a gritos los nombres de los que se enfrentar&#237;an en el primer encuentro. Los tambores atronaron. Dos enormes luchadores, vestidos s&#243;lo con el taparrabos, se acuclillaron uno en cada extremo del c&#237;rculo. El p&#250;blico se estremeci&#243; de expectaci&#243;n.

Estoy interrogando a todos los que tuvieron contacto con Ejima poco antes de que muriera -empez&#243; Sano-. Los registros muestran que tuvisteis una cita privada con &#233;l.

Nakai frunci&#243; el entrecejo como si intentara deducir el objeto de la conversaci&#243;n.

S&#237;, le ped&#237; a Ejima que me ayudara a conseguir un ascenso. Ten&#237;a una relaci&#243;n estrecha con el caballero Matsudaira, y pens&#233; que pod&#237;a hablarle bien de m&#237;.

&#191;Qu&#233; sucedi&#243;?

A Nakai le destellaron los ojos de ira.

Ejima me dijo que no. Era s&#243;lo un peque&#241;o favor y podr&#237;a hab&#233;rmelo hecho sin que le supusiera ninguna molestia. La gente usa continuamente su influencia a favor de otras personas: as&#237; es como se abre uno camino en el bakufu. Pero Ejima me dijo que no me conoc&#237;a lo bastante bien para recomendarme al caballero Matsudaira. Y que si quer&#237;a llegar m&#225;s alto en el mundo, ten&#237;a mucho que aprender. Luego me ech&#243;.

Sano hab&#237;a conocido a muchos hombres como Nakai, buenos en su trabajo pero estancados en los escalafones inferiores por su ineptitud para la pol&#237;tica. No entend&#237;an las sutiles t&#233;cnicas del cortejo de amistades y la prestaci&#243;n de favores. Deb&#237;an aprender que si uno quer&#237;a favores de extra&#241;os, m&#225;s le val&#237;a tener algo que recordarles.

Ejima me dijo lo mismo que el resto -explic&#243; Nakai con rencor-. &#161;Todos me trataron como si fuera un perro que les meara en los zapatos!

Hirata pregunt&#243;:

Fue uno de ellos el ministro Moriwaki?

S&#237;, habl&#233; con &#233;l, en efecto.

Eh.

&#191;En la casa de ba&#241;os?

Nakai asinti&#243; con cara de pocos amigos.

Ni quiso concederme una cita. Tuve que seguirlo hasta pillarlo desprevenido.

&#191;Qu&#233; pas&#243;? -pregunt&#243; Hirata.

Dijo que no pod&#237;a ayudarme; ascenderme era decisi&#243;n de mi oficial superior. -Nakai perdi&#243; los nervios y dio un fuerte golpe en el palco-. &#161;Qu&#233; desfachatez la de esos viejos arribistas! Todos cons&#237;guieron sus nuevos cargos de campanillas despu&#233;s de que el caballero Matsudaira derrotara a Yanagisawa. Ninguno estar&#237;a donde est&#225; si no fuera por hombres como yo. -Se dio una palmada en el pecho-. Yo combat&#237; en la batalla mientras ellos se escond&#237;an en sus casas. &#161;Y ahora ni siquiera quieren tirarme una migaja de su banquete!

Sano admit&#237;a que Nakai ten&#237;a motivos para quejarse. Centenares de soldados hab&#237;an muerto, y los beneficios los hab&#237;an cosechado hombres que jam&#225;s hab&#237;an manchado sus espadas. Sano pens&#243; en m&#225;s hombres aparte de Ejima y Moriwaki -y &#233;l mismo- que encajaban con esa descripci&#243;n.

&#191;Pedisteis ayuda al supervisor de la corte Ono y el comisario de carreteras Sasamura?

Nakai solt&#243; un bufido.

Para lo que me sirvi&#243;

&#191;Cu&#225;ndo fue?

No lo recuerdo exactamente. No mucho antes de que murieran.

Nakai seguramente sab&#237;a que un hombre en particular era quien m&#225;s se hab&#237;a beneficiado de sus esfuerzos y adem&#225;s dispon&#237;a de autoridad para conceder recompensas.

&#191;Le hab&#233;is pedido un ascenso al caballero Matsudaira?

Nakai sacudi&#243; la cabeza, rebosando resentimiento.

Lo har&#237;a si pudiera. He solicitado audiencia con &#233;l. Me jugu&#233; la vida para que alcanzara el poder, &#161;y ni siquiera me concede el detalle de una respuesta!

Sano e Hirata intercambiaron una mirada; el rencor de Nakai inclu&#237;a al caballero Matsudaira adem&#225;s de a las v&#237;ctimas con que hab&#237;a tenido contacto. Pose&#237;a motivos sobrados para atacar el nuevo r&#233;gimen de Matsudaira. Sano sigui&#243; con las preguntas:

&#191;Qu&#233; hicisteis cuando Ono, Sasamura, Moriwaki y Ejima os negaron su ayuda?

Nakai hizo una mueca.

Me fui cabizbajo. &#191;Qu&#233; otra cosa iba a hacer?

&#191;No os vengasteis de ellos? -pregunt&#243; Hirata.

El recelo asom&#243; a los ojos de Nakai.

&#191;De qu&#233; est&#225;is hablando?

De repente los luchadores del c&#237;rculo cargaron. Sus voluminosos cuerpos temblaron con el impacto. El p&#250;blico prorrumpi&#243; en v&#237;tores. Los luchadores se atizaron sin compasi&#243;n, entre agarrones y empujones para intentar sacar al otro del c&#237;rculo.

Sois uno de los mejores guerreros del pa&#237;s -dijo Hirata-. &#191;Conoc&#233;is el dim-mak?

Qu&#233; va. Nadie lo conoce. Es s&#243;lo una leyenda. &#191;Qu&#233;? -El desconcierto de Nakai dio paso a una asombrada comprensi&#243;n-. Cre&#233;is que a esos hombres los mataron con el toque de la muerte. Y me est&#225;is preguntando si lo hice yo.

&#191;Lo hicisteis? -inquiri&#243; Sano.

Nakai solt&#243; una carcajada que no ocultaba su consternaci&#243;n.

Jam&#225;s les puse la mano encima.

Bast&#243; con un dedo -se&#241;al&#243; Hirata, d&#225;ndose un toquecito con el &#237;ndice en la cabeza-. Y adi&#243;s a cuatro hombres que no s&#243;lo os hab&#237;an negado lo que quer&#237;ais, sino que adem&#225;s hab&#237;an insultado vuestro orgullo.

Nakai lo mir&#243; indignado.

Soy un soldado, no un asesino. Las &#250;nicas personas a las que he matado en mi vida eran enemigos en el campo de batalla. -Una furiosa intuici&#243;n le ilumin&#243; los ojos-. Ah, ya veo lo que pasa. Necesit&#225;is a un culpable. Y hab&#233;is pensado: &#191;Qu&#233; hay de ese desgraciado de Nakai? Con lo ansioso que estaba por sacrificarse por el caballero Matsudaira. Tom&#233;moslo de chivo expiatorio y nos libraremos de &#233;l. -Se le puso la voz ronca de animosidad-. Pues bien, no pienso quedarme de brazos cruzados. -Cuadr&#243; los hombros y desenvain&#243; la espada con un movimiento brusco.

Todos se apartaron instintivamente de un salto y desenvainaron sus armas. Los espectadores que los rodeaban chillaron y se alejaron gateando, no queriendo verse atrapados en una pelea. Sin embargo, Nakai volvi&#243; su espada hacia s&#237; mismo, con la empu&#241;adura agarrada con las dos manos y la punta apretada contra el abdomen.

Me har&#233; el seppuku antes de permitiros deshonrar mi nombre. -En sus ojos centelleaba una seria determinaci&#243;n.

Sano solt&#243; un suspiro de alivio al ver que no tendr&#237;a que luchar contra Nakai. Matar a su principal sospechoso no beneficiar&#237;a a su investigaci&#243;n, y no pod&#237;a evitar compadecer a ese hombre.

Guardad la espada, capit&#225;n -dijo.

Nakai lo fulmin&#243; con la mirada, pero envain&#243; su acero: era la orden directa de un superior. Sano no supo discernir si se alegraba o apenaba de que hubieran impedido su harakiri. A lo mejor ni el propio Nakai lo sab&#237;a. En el c&#237;rculo, los luchadores se separaron y luego cargaron de nuevo. Se tambalearon juntos. Uno perdi&#243; el equilibrio, y el otro lo agarr&#243; del taparrabos y de un tir&#243;n lo mand&#243; dando tumbos al otro lado del c&#237;rculo, donde tropez&#243; con las balas del borde y cay&#243; entre el p&#250;blico, que aplaud&#237;a, vitoreaba y abucheaba. Los espectadores de los palcos lanzaron monedas y prendas caras de ropa al ganador, que se pavoneaba y alzaba los pu&#241;os.

No estoy buscando un chivo expiatorio -dijo Sano a Nakai-. Si sois tan inocente como afirm&#225;is, no ten&#233;is nada que temer de m&#237; Pero ser&#225; mejor que permanezc&#225;is vivo y en la ciudad hasta que haya concluido mi investigaci&#243;n.

Con un gesto indic&#243; a sus acompa&#241;antes que de momento hab&#237;an acabado con Nakai. Salieron del palco y bajaron por la escalerilla. Cuando se reunieron abajo, Sano ech&#243; un vistazo hacia arriba. El capitan estaba de pie en el palco, mir&#225;ndolos con expresi&#243;n tan agraviada como hostil.

&#191;Cre&#233;is que ha sido un farol? -pregunt&#243; Hirata.

Si lo era, lo ha representado muy bien -dijo Sano.

El detective inquiri&#243;:

&#191;Cre&#233;is que es culpable?

Sigue siendo nuestro mejor sospechoso. -Sano se volvi&#243; hacia Tachibana-. Sig&#250;elo. No dejes que te vea, pero no lo pierdas de vista. Quiero saber a qu&#233; sitios va, con qu&#233; gente se relaciona y todo lo que hace.

&#191;Qu&#233; hago si intenta tocar a alguien? -pregunt&#243; el joven detective.

Imp&#237;deselo -dijo Sano-, si puedes. Si es el asesino, es posible que no podamos impedir otro crimen, pero al menos lo pillaremos con las manos en la masa.

S&#237;, honorable chambel&#225;n. -El joven se alej&#243; y se perdi&#243; entre la multitud.

Entretanto, volvamos a mi residencia -le dijo Sano a Hirata y los dem&#225;s-. A lo mejor han llevado a los informadores de Ejima y encontramos m&#225;s sospechosos entre ellos. -Adem&#225;s, ten&#237;a un pa&#237;s que gobernar.

Mientras cruzaban entre el p&#250;blico y en el c&#237;rculo empezaba otra pelea, se pregunt&#243; si a Reiko le ir&#237;a mejor con su investigaci&#243;n. Esperaba que se hubiera limitado al poblado hinin y acabara pronto.



Cap&#237;tulo 14

Riogoku Hirokoji era el principal distrito del ocio en Edo, situado a la orilla del r&#237;o Sumida. Hab&#237;a crecido en un espacio abierto creado a modo de cortafuegos tras el Gran Incendio de Meireki, en el que millares de personas quedaron atrapadas y murieron pasto de las llamas porque hab&#237;a demasiadas para cruzar los puentes que llevaban a la seguridad. Atravesando Riogoku Hirokoji en su palanqu&#237;n, Reiko miraba por la ventanilla con curiosidad. Los vistosos carteles de los puestos que bordeaban la amplia avenida anunciaban atracciones in&#233;ditas en el distrito de los teatros autorizados, tales como artistas de sexo femenino. Admir&#243; las maquetas de galeones holandeses de un puesto, primorosamente detalladas; otros expon&#237;an loros vivos, gigantes humanos y duendes hechos de conchas y tallos de enredadera Sacerdotes y monjas ped&#237;an limosna a los transe&#250;ntes.

Reiko hab&#237;a o&#237;do hablar del lugar a sus criadas, pero nunca lo hab&#237;a visitado porque se trataba de un destino m&#225;s propio de las clases bajas. Sus guardias cabalgaban pegados al palanqu&#237;n, dispuestos a protegerla de ladrones y dem&#225;s malhechores que se confund&#237;an entre la multitud o acechaban en los callejones. Sin embargo, el ambiente perdulario de la zona la emocionaba.

Una joven monja, vestida con una ancha y basta t&#250;nica, con la cabeza rapada, se acerc&#243; al palanqu&#237;n y meti&#243; su cuenco de las limosnas por la ventanilla.

&#161;Una caridad para los pobres!

Reiko le dijo:

Hab&#237;a una feria propiedad de un hombre llamado Taruya. &#191;Sabes d&#243;nde estaba?

La monja se&#241;al&#243; calle abajo.

Por esa puerta roja.

Gracias.

Despu&#233;s de que Reiko soltara una moneda en el cuenco de la monja, sus guardias la llevaron hacia los dos postes de madera roja y coronados por una cubierta de tejas. Pensaba que se encontrar&#237;a la feria cerrada, ya que el padre de Yugao hab&#237;a muerto, pero la gente formaba cola ante la taquilla. Al otro lado de la puerta se extend&#237;an los tenderetes interconectados de un Teatro de los Cien D&#237;as: un espect&#225;culo de variedades. Mientras bajaba del palanqu&#237;n y sus escoltas compraban entradas, tuvo el inquietante presentimiento de que a Sano no lo complacer&#237;a descubrir que sus pesquisas la hab&#237;an llevado m&#225;s all&#225; del poblado hinin. Sin embargo, deb&#237;a servir a la justicia, y ya hab&#237;a viajado hasta all&#237;.

Ella y sus escoltas atravesaron la puerta y se adentraron en otro mundo. Ante ella se extend&#237;an centenares de tenderetes. Sus tejados sobresal&#237;an por encima de un laberinto de callejuelas y bloqueaban el sol. Las linternas rojas colgadas de los techos proyectaban un resplandor estridente sobre los rostros ansiosos del gent&#237;o que se abr&#237;a paso a codazos a su alrededor. Resonaban las charlas, las risas y la m&#250;sica; el olor a sudor y orina era penetrante. Buhoneros apostados ante las cortinas que vest&#237;an las entradas de las carpas hac&#237;an se&#241;as y llamamientos a los potenciales clientes. Algunos de esos cortinajes estaban abiertos para revelar garitos de juego donde los hombres tiraban flechas a blancos de paja o colaban pelotas por aros, y otros en los que alg&#250;n narrador de historias recitaba para un p&#250;blico embelesado. En otros puestos las cortinas estaban echadas. Bandadas de hombres acud&#237;an a ellos y desembolsaban monedas. Uno de los anunciantes abri&#243; una cortina para dar paso a un cliente y Reiko capt&#243; un atisbo de chicas con los pechos al aire bailando en un escenario. Mientras la muchedumbre la arrastraba a ella y sus acompa&#241;antes por un pasaje, vio alzarse otra cortina que revel&#243; a dos hombres y una mujer, todos desnudos. La mujer estaba a cuatro patas mientras un hombre la penetraba por detr&#225;s y ella chupaba el &#243;rgano erecto del otro. Surg&#237;an gemidos de los hombres sentados debajo del escenario. Reiko estaba pasmada.

El teniente Asukai le grit&#243; por encima del ruido:

&#191;Qu&#233; hacemos?

Quiero hablar con quienquiera que sea el propietario -respondi&#243; Reiko a voces-. Encu&#233;ntralo.

Mientras el resto de los guardias se situaban alrededor de Reiko para escudarla de la chusma, Asukai se abri&#243; paso entre el gent&#237;o y habl&#243; con el buhonero m&#225;s cercano. Este respondi&#243; y se&#241;al&#243; pasaje abajo. Reiko mir&#243; en la direcci&#243;n indicada. Una joven se acercaba corriendo. Llevaba los pies descalzos y los ojos desorbitados de miedo. Se ce&#241;&#237;a contra el cuerpo una t&#250;nica de algod&#243;n. A su espalda ondeaba una larga cabellera. Jadeaba mientras trataba de atravesar la muchedumbre. Dos samur&#225;is la persegu&#237;an, y tras ellos avanzaba un hombre de mediana edad, bajito y regordete.

&#161;No dej&#233;is que se escape, idiotas!- gritaba.

El teniente Asukai regres&#243; a Reiko y dijo:

Ese gordo es el propietario. Se llama Mizutani.

Reiko y sus guardias se sumaron a la persecuci&#243;n. El gent&#237;o los entorpec&#237;a, entre exclamaciones sobresaltadas. Recorrieron con esfuerzo las serpenteantes callejuelas, en pos del due&#241;o de la feria. Los samur&#225;is atraparon a la mujer en el mismo instante en que llegaba a la salida. Grit&#243;. Mizutani le arranc&#243; la ropa de un tir&#243;n y dej&#243; a la vista sus pechos generosos y el pubis rasurado. Sac&#243; una bolsita de tela de la t&#250;nica y luego le dio un bofet&#243;n en la cara.

&#191;C&#243;mo te atreves a robarme mi dinero, putilla? -grit&#243;. Luego se dirigi&#243; a los samur&#225;is-. Dadle una lecci&#243;n.

Los aludidos empezaron a pegar a la mujer. Mientras ella chillaba, sollozaba y levantaba los brazos en un vano intento de protegerse, los espectadores lanzaban v&#237;tores y carcajadas. Reiko grit&#243; a sus guardias:

&#161;Detenedlos!

Los escoltas se acercaron y agarraron a los samur&#225;is, que parec&#237;an ronin contratados para encargarse del trabajo sucio de la feria.

&#161;Ya basta! -orden&#243; el teniente Asukai. &#201;l y sus camaradas apartaron a los ronin de la mujer-. Dejadla en paz.

La chica sali&#243; corriendo por la puerta, deshecha en llanto. Mizutani solt&#243; una exclamaci&#243;n indignada.

&#161;Eh, eh, &#191;qu&#233; hac&#233;is?! -A Reiko le recordaba a una tortuga: ten&#237;a cuello corto y nariz ganchuda; sus ojos pose&#237;an una mirada fija fr&#237;a, de reptil-. &#191;Qui&#233;nes os cre&#233;is que sois para inmiscuiros en mis negocios? -Se volvi&#243; hacia los ronin-. &#161;Echadlos!

Los matones desenvainaron sus espadas. A Reiko la perturbaba haber creado sin querer otra escena problem&#225;tica y peligrosa.

El teniente Asukai se apresur&#243; a decir:

Somos hombres del magistrado Ueda.

La actitud del due&#241;o pas&#243; bruscamente de una encendida indignaci&#243;n a una consternaci&#243;n asombrada: se las ve&#237;a con agentes de la ley.

Ah, bueno, en ese caso -Agit&#243; la mano en direcci&#243;n a los ronin. Estos envainaron sus armas mientras &#233;l se aprestaba a defenderse-. Esa bailarina se estaba quedando las propinas de los clientes en lugar de entreg&#225;rmelas. No puedo dejar que mis empleados me estafen y se vayan de rositas, &#191;o s&#237;?

Eso da igual -dijo Asukai-. El magistrado manda a su hija con una misi&#243;n. -Se&#241;al&#243; a Reiko-. Quiere hablar contigo.

Los fr&#237;os ojos del propietario parpadearon de perplejidad al volverse en su direcci&#243;n.

&#191;Desde cu&#225;ndo la hija del magistrado se ocupa de sus asuntos?

Desde ahora -dijo Asukai.

Reiko se alegr&#243; de contar con su respaldo, aunque habr&#237;a preferido tener autoridad propia.

&#191;Conoc&#237;as a Taruya? -le pregunt&#243; al gordo.

Este se envar&#243;, ofendido por verse interrogado con tanto atrevimiento por una mujer. El teniente Asukai terci&#243;:

M&#225;s te vale responder, a menos que quieras que el magistrado Ueda realice una inspecci&#243;n de tu feria.

Amilanado por la amenaza, Mizutani cedi&#243;.

Taruya era mi socio.

&#191;La feria era propiedad de los dos? -pregunt&#243; Reiko.

S&#237;. Empezamos hace dieciocho a&#241;os, con un tenderete. Fuimos ampli&#225;ndolo hasta llegar a esto. -Su gesto orgulloso abarc&#243; su extenso y bullicioso imperio.

Y ahora la feria es toda tuya -coment&#243; Reiko, perspicaz-. &#191;C&#243;mo lleg&#243; a suceder eso?

Taruya se meti&#243; en l&#237;os. Se acostaba con su hija. Alguien lo denunci&#243; a la polic&#237;a. Lo degradaron a hinin y le prohibieron hacer negocios con el p&#250;blico, de modo que yo tom&#233; las riendas.

Reiko ech&#243; un vistazo a los buhoneros que cobraban a los clientes que acud&#237;an en tropel a los puestos. La desgracia de Taruya hab&#237;a sido lucrativa para el que fuera su socio.

&#191;Compraste la parte de Taruya?

No. -Mizutani se relami&#243;; su lengua parec&#237;a gris y escamosa. Se lo notaba inc&#243;modo, aunque a Reiko no le parec&#237;a el tipo de hombre que siente remordimientos por aprovecharse de los problemas de un socio-. Hicimos un trato antes de que Taruya partiera al poblado hinin. Yo le enviar&#237;a dinero todos los meses y dirigir&#237;a el espect&#225;culo hasta que terminara su condena. Luego, cuando regresara, volver&#237;amos a ser socios.

Muy generoso de tu parte -coment&#243; Reiko-. Pero no va a regresar. &#191;Sab&#237;as que lo asesinaron?

S&#237;, me enter&#233;. Una tragedia. -El tono compungido de Mizutani son&#243; a falso; sus ojos no revelaban emoci&#243;n alguna, s&#243;lo el deseo de averiguar el objeto de la visita de Reiko-. Se rumorea que su hija Yugao lo apu&#241;al&#243;, a &#233;l y a su madre y su hermana.

Hay alguna duda sobre eso. &#191;T&#250; crees que lo hizo ella?

Mizutani se encogi&#243; de hombros.

&#191;C&#243;mo voy a saberlo? No he visto a ninguno de ellos desde que se mudaron a la colonia. Pero no me sorprendi&#243; o&#237;r que hab&#237;an arrestado a Yugao. Esa chica era rara.

&#191;Rara en qu&#233; sentido?

Pues no lo s&#233;. -La pregunta desconcert&#243; a Mizutani-. Ten&#237;a algo torcido, algo que no funcionaba. Pero nunca le prest&#233; mucha atenci&#243;n. -Solt&#243; una risita-. Lo m&#225;s probable es que se hartara de tener a Taruya en la cama.

Pero a lo mejor no era la &#250;nica persona en quererlo desaparecido -observ&#243; Reiko-. &#191;Esos pagos mensuales eran una carga para ti?

Por supuesto que no -repuso Mizutani como si la sugerencia lo insultara-. Era mi amigo. Me alegraba de echarle una mano.

De repente se oyeron gritos calle abajo: hab&#237;a estallado una pelea. Mientras los hombres se lanzaban pu&#241;etazos y los espectadores los espoleaban, Mizutani corri&#243; hacia all&#237;; sus ronin lo siguieron.

&#161;Eh! &#161;Nada de peleas aqu&#237;! -grit&#243;-. &#161;Basta!

Los ronin se metieron en la refriega y separaron a los contendientes, mientras &#233;l iba y ven&#237;a supervisando.

&#191;Quer&#233;is que lo traiga? -pregunt&#243; a Reiko el teniente Asukai.

Una mancha de color en la calle delante de la feria le llam&#243; la atenci&#243;n. A trav&#233;s de la muchedumbre de paso vio a la mujer que Mizutano hab&#237;a golpeado, inclinada sobre un abrevadero de caballos, lav&#225;ndose la cara.

No -dijo-. Tengo una idea mejor.

Condujo a su comitiva fuera de la feria. La mujer se volvi&#243; cuando se acercaban. Ten&#237;a la boca hinchada donde Mizutani la hab&#237;a alcanzado; del labio le manaba un hilillo de sangre. Reiko se sac&#243; un pa&#241;uelo y se lo tendi&#243;.

Toma -le dijo.

La mujer parec&#237;a recelosa de la solicitud de una desconocida, pero acept&#243; el pa&#241;uelo y se sec&#243; la cara.

&#191;C&#243;mo te llamas? -pregunt&#243; Reiko.

Azucena. -Era mayor de lo que Reiko hab&#237;a pensado en un principio; pasaba de los treinta. Los sinsabores le hab&#237;an estragado la voz, adem&#225;s de las facciones-. &#191;Qui&#233;n sois vos?

Cuando Reiko se present&#243;, un destello de temor cruz&#243; los ojos de la bailarina.

S&#243;lo le he quitado unas pocas monedas de cobre. &#201;l no las necesita y yo s&#237;; me paga tan poco -Dio un paso atr&#225;s con una mirada inquieta a los guardias de Reiko-. Os he visto hablar con &#233;l. &#191;Quiere que me arrest&#233;is? -Las l&#225;grimas le quebraron la voz; uni&#243; las manos en adem&#225;n de s&#250;plica-. &#161;No lo hag&#225;is, por favor! Tengo un hijo peque&#241;o. Bastante malo es haber perdido mi trabajo, pero si encima voy a la c&#225;rcel, &#161;no habr&#225; nadie que cuide de &#233;l!

No te preocupes; nadie va a arrestarte -asegur&#243; Reiko. Compadec&#237;a a la mujer y detestaba a Mizutani. La investigaci&#243;n no paraba de recordarle que muchas personas viv&#237;an al borde de la supervivencia, a merced de la limosna-. S&#243;lo quiero hablar.

Azucena se relaj&#243; con cautela.

&#191;De qu&#233;?

De tu ex jefe.

&#191;Est&#225; metido en alg&#250;n berenjenal? -La esperanza le anim&#243; la cara.

Es posible -dijo Reiko-. &#191;Trabajabas en la feria cuando su socio Taruya la dirig&#237;a con &#233;l?

S&#237;. Llevo catorce a&#241;os trabajando aqu&#237;. -Una expresi&#243;n amarga le acudi&#243; al rostro amoratado-. &#161;Catorce a&#241;os, y me echa por coger un dinero que me hab&#237;a ganado con el sudor de mi frente!

&#191;Qu&#233; tal se llevaban?

Siempre andaban discutiendo por dinero.

Y la discusi&#243;n se hab&#237;a resuelto a favor de Mizutani. Reiko prosigui&#243;:

Qu&#233; oportuno para Mizutani que alguien denunciara a Taruya por mantener relaciones incestuosas con su hija.

&#191;Es eso lo que os ha contado ese gordo, que alguien denunci&#243; a Taruya? -Su voz se ti&#241;&#243; de malicia-. Fue &#233;l. Lo denunci&#243; &#233;l.

Eso pon&#237;a el asunto bajo otra luz.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Cuando Mizutani celebraba fiestas en su casa, yosol&#237;a atender a los invitados. O&#237;a de lo que hablaban. Una noche sus invitados fueron dos doshin. Les dijo que hab&#237;a sorprendido a Taruya y su hija Yugao juntos en la cama.

Una idea inquietante asalt&#243; a Reiko.

&#191;Dec&#237;a la verdad al contar que hab&#237;a presenciado el incesto?

No lo s&#233;, pero yo nunca o&#237; que pasara nada raro entre Taruya y Yugao. Tampoco nadie m&#225;s de la feria. Nos quedamos todos boquiabiertos.

Reiko se pregunt&#243; si Mizutani se habr&#237;a inventado el episodio. Sin el incesto, Yugao se quedaba sin m&#243;vil aparente para el asesinato

Azucena adopt&#243; una expresi&#243;n ansiosa.

&#191;Puede meterse en l&#237;os Mizutani si minti&#243;?

Si minti&#243; ser&#225; castigado -dijo Reiko. Su padre aborrec&#237;a las falsas acusaciones y no tolerar&#237;a una que hab&#237;a convertido en parias a una familia entera.

O&#237; que Yugao hab&#237;a matado a su padre. &#191;Lo hizo de verdad, o podr&#237;a haber sido Mizutani? -A la bailarina se le hac&#237;a agua la boca ante la perspectiva de ver a su ex jefe condenado y ejecutado.

Eso es lo que trato de averiguar. -En ese momento Reiko record&#243; algo que hab&#237;a dicho el jefe de los parias, y se le ocurri&#243; otra idea-. La sentencia de Taruya habr&#237;a finalizado en seis meses si no lo hubieran matado. &#191;Qu&#233; pensaba Mizutani de eso?

No se mor&#237;a de ganas de que Taruya saliera del poblado hinin. No era ning&#250;n secreto -dijo Azucena con una risa ir&#243;nica-. La feria lo pas&#243; mal durante la guerra. Mizutani perdi&#243; dinero. Ha contra&#237;do grandes deudas, y los prestamistas amenazan con partirle las piernas si no paga. Le he o&#237;do decir que lo &#250;ltimo que necesitaba era que Taraya volviese y reclamara su mitad del negocio. Y no es lo &#250;nico que dijo.

Hizo una pausa, y Reiko la anim&#243;:

&#191;Y bien?

No puedo hablar m&#225;s. Tengo que encontrar otro empleo, o mi ni&#241;ito se morir&#225; de hambre. -Clav&#243; en Reiko una mirada nerviosa e implorante-. Si os ayudo, deber&#237;ais ayudarme.

A Reiko la horroriz&#243; imaginarse que ella y Masahiro perdiesen su medio de vida y tuvieran que abrirse paso solos. Adem&#225;s, present&#237;a que la mujer ten&#237;a indicios importantes que revelar.

Te pagar&#233;.

Azucena asinti&#243;, agradecida y satisfecha con su propia astucia.

El mes pasado vi a Mizutani y dos de sus ronin hablando en la sala de baile. Me qued&#233; fuera y escuch&#233;. Nunca se sabe si una va a enterarse de algo interesante. -Una picara sonrisa asom&#243; a sus labios hinchados-. Mizutani dijo: Hoy he visto a Taruya. Est&#225; ansioso por recuperar su parte de la feria. Le he dicho que no es justo, yo la he dirigido todo este tiempo. Pero dice que un trato es un trato. Uno de sus ronin coment&#243; que Taruya todav&#237;a ten&#237;a amigos all&#237;, y que eran ma&#241;osos que podr&#237;an crearle problemas si se echaba atr&#225;s. Mizutani dijo: Hay un modo de acabar con ese trato. &#191;Qu&#233; pasar&#237;a si muriera?

A Reiko le hormigue&#243; un escalofr&#237;o de emoci&#243;n.

&#191;Qu&#233; m&#225;s dijeron?

No lo s&#233;. Mizutani me vio curioseando y me ech&#243;. No o&#237; el resto.

Una nueva visi&#243;n del crimen cobr&#243; forma en la mente de Reiko:

El ronin entra de escondidas en el poblado esa noche. Llega a hurtadillas a casa de Yugaoy apu&#241;ala al padre en su cama. Cuando la madre y la hermana se despiertan e intentan detenerlo, las mata. Tiene la intenci&#243;n de eliminar a Yugao, pero el barrendero Ihei sale del cobertizo y lo sorprende. El barrendero huye aterrorizado. El ronin no quiere dejar testigos, pero oye gente que sale a la calle. Se escabulle de la casucha. Se esconde en el patio de atr&#225;s mientras llega el jefe de la aldea, hasta que detienen a Yugao, y luego desaparece en la noche. Por la ma&#241;ana, en la feria, le cuenta a su se&#241;or que lo que hab&#237;a que hacer est&#225; hecho.

&#191;Y bien? -pregunt&#243; Azucena-. &#191;Est&#225;is satisfecha?

Una cosa m&#225;s -dijo Reiko. Yugao segu&#237;a siendo un misterio. Si era inocente, su confesi&#243;n resultaba a&#250;n m&#225;s desconcertante-. &#191;Conoc&#237;as a Yugao?

No mucho. Taruya manten&#237;a a sus hijas alejadas de la gente que trabajaba para &#233;l. -Solt&#243; un bufido desde&#241;oso-. Le parec&#237;an demasiado buenas para mezclarse con nosotros.

&#191;Hay alguien que s&#237; la conociera?

Hab&#237;a una chica amiga suya. Siempre iban juntas. -Azucena arrug&#243; la frente para hacer memoria-. Se llamaba Tama. Su padre ten&#237;a un sal&#243;n de t&#233; por aqu&#237;. -Se impacient&#243;-. &#191;Me he ganado mi recompensa?

Reiko le pag&#243; de la bolsita en que llevaba dinero para comprar informaci&#243;n. Azucena se march&#243; con un aspecto mucho m&#225;s alegre que antes.

Se est&#225; haciendo tarde -advirti&#243; Asukai. Reiko, absorta en su investigaci&#243;n, no hab&#237;a reparado en que el ocaso empezaba a oscurecer el cielo. El distrito del ocio hab&#237;a ganado en bullicio; las mujeres y los ni&#241;os hab&#237;an partido; j&#243;venes bravucones y soldados de permiso engrosaban el gent&#237;o-. Deber&#237;amos llevaros a casa.

S&#243;lo un poco m&#225;s -dijo Reiko-. Tengo que descubrir d&#243;nde estaban Mizutani y sus ronin la noche de los asesinatos. Y quiero buscar a Tama, la amiga de Yugao.



Cap&#237;tulo 15

Cuando Sano lleg&#243; a casa esa noche, Reiko y Masahiro fueron a verlo a sus dependencias privadas.

Masahiro tiene algo que ense&#241;arte -dijo ella.

Estaba demasiado jovial, algo que despert&#243; recelos en Sano.

Ve&#225;moslo -dijo.

Masahiro los condujo a un ala desocupada de la mansi&#243;n. De las vigas de una sala vac&#237;a que ol&#237;a a polvo colgaban telara&#241;as.

Mira, pap&#225; -dijo el ni&#241;o, se&#241;alando un cuchillo clavado en la pared-. He encontrado trampa.

Demostr&#243; c&#243;mo hab&#237;a activado el cuchillo dando un golpe en cierto punto del suelo con un palo. Uno de sus juegos favoritos era buscar las trampas que Yanagisawa hab&#237;a instalado por todo el complejo. El d&#237;a en que Sano y Reiko se hab&#237;an mudado, Masahiro hab&#237;a ca&#237;do por una trampilla del almac&#233;n a un pozo dise&#241;ado para atrapar ladrones. Al principio se hab&#237;a llevado un susto, pero pronto le entr&#243; fascinaci&#243;n por las trampas. Le encantaba recorrer la mansi&#243;n de puntillas, armado con un palo con el que golpeaba paredes y suelos. La verdad era que hab&#237;a encontrado m&#225;s de una trampa que a los criados les hab&#237;a pasado por alto en sus registros. Vivir all&#237; era una diversi&#243;n para &#233;l.

Est&#225; muy bien, Masahiro. -Sano dio gracias a los dioses en silencio porque el cuchillo le hubiera pasado por encima a su hijo. De haber sido tan alto como un adulto, lo habr&#237;a matado-. Alg&#250;n d&#237;a ser&#225;s un buen detective.

Lo lleva en la sangre -observ&#243; Reiko.

A Sano se le hench&#237;a el coraz&#243;n de orgullo y afecto hacia Masahiro. Daba la impresi&#243;n de que su hijo se hac&#237;a mayor con cada d&#237;a que pasaba. Sano albergaba sue&#241;os de que al crecer se convertir&#237;a en un honorable samur&#225;i, se labrar&#237;a un nombre y tendr&#237;a sus propios hijos. Se dirigi&#243; a Reiko en voz baja:

No quiero aguarte la fiesta, pero ser&#225; mejor que encargue a mis hombres realizar otra inspecci&#243;n de la casa ma&#241;ana. -La seguridad de su precioso hijo era lo primero.

&#201;l y Reiko siguieron al ni&#241;o al jard&#237;n, donde los grillos cantaban en el oscuro paisaje de &#225;rboles, rocas, estanque y linternas de piedra. El peque&#241;o se alej&#243; correteando en pos de las luci&#233;rnagas que centelleaban por encima de la hierba. La fragancia de los jazmines aromaba el aire.

Qu&#233; agradable y pac&#237;fico es esto, comparado con otros lugares del mundo. Somos muy afortunados de vivir aqu&#237; -musit&#243; Reiko, antes de preguntarle-: &#191;C&#243;mo ha ido tu investigaci&#243;n?

&#201;l le cont&#243; que hab&#237;a interrogado a la familia y los subordinados del jefe Ejima, y a otras personas que tuvieron contacto con &#233;l.

Acabo de hablar con sus informadores. Como todos los dem&#225;s, tuvieron la oportunidad de matarlo. Como todos los dem&#225;s, niegan que lo hicieran. Y tengo motivos para creerlos.

&#191;Carec&#237;an de m&#243;vil o de medios?

Las dos cosas. -Reiko se le antojaba demasiado interesada en un caso en el que ella no participaba-. Los informadores son funcionarios de poca monta que estaban descontentos y pretend&#237;an arruinara a sus superiores cont&#225;ndole historias sobre ellos a Ejima. &#201;l estaba de su parte. Tambi&#233;n les pagaba con generosidad. Adem&#225;s, no me han parecido expertos en artes marciales. Son del tipo de samur&#225;is que llevan las espadas como un adorno y nunca pelean.

Ese capit&#225;n Nakai parece el culpable m&#225;s plausible -coment&#243; Reiko.

Sano asinti&#243;.

Estoy esperando a o&#237;r los resultados del seguimiento del detective Tachibana. -Sacudi&#243; la cabeza-. Casi desear&#237;a poder poner a todos los sospechosos bajo vigilancia.

Puedes poner a tu disposici&#243;n tantos hombres como necesites -le record&#243; Reiko.

No hay suficientes para hacer un buen trabajo. No hay suficientes que me parezcan de confianza y punto. -Sano estaba aprendiendo las limitaciones de su poder-. Adem&#225;s, es posible que a Ejima y el resto de las v&#237;ctimas las matara alguien cuyo nombre todav&#237;a no ha salido a la superficie.

Masahiro corri&#243; hacia el estanque. Reiko le advirti&#243;:

&#161;No te caigas al agua!

&#191;C&#243;mo ha ido tu investigaci&#243;n? -pregunt&#243; Sano.

Ella se tens&#243;; su jovial animaci&#243;n se desvaneci&#243;.

Bueno He ido al escenario del crimen. Me temo que han surgido peque&#241;os contratiempos. -Le cont&#243; a rega&#241;adientes c&#243;mo los hab&#237;an asaltado unos bandidos.

Sano se dio cuenta de que hab&#237;a temido cont&#225;rselo. Lo inquiet&#243; constatar que no hab&#237;a sido tan discreta en sus indagaciones como &#233;l hubiera querido.

Lo siento -dijo Reiko, contrita-. Te ruego me perdones.

No es culpa tuya -asever&#243; Sano con sinceridad-. Y me preocupa m&#225;s tu seguridad que mi posici&#243;n. Ser&#225; mejor que no vuelvas al poblado hinin. Si lo haces, es posible que el jefe no se presente para rescatarte otra vez.

Reiko asinti&#243;.

Creo que all&#237; ya he descubierto todo lo que pod&#237;a. -Vacil&#243;, antes de confesar-: Despu&#233;s he ido al Teatro de los Cien D&#237;as del que fue propietario el padre de Yugao.

Mientras le describ&#237;a lo que hab&#237;a averiguado, Sano se horroriz&#243; a&#250;n m&#225;s al descubrir que sus pesquisas hab&#237;an crecido a lo ancho en geograf&#237;a y a lo alto en el escalaf&#243;n social. &#191;Seguir&#237;an en secreto mucho m&#225;s? Aun as&#237;, no pod&#237;a criticarla por hacer lo mismo que habr&#237;a hecho &#233;l en su lugar.

Ahora que tienes sospechosos alternativos adem&#225;s de indicios contra Yugao -dijo-, &#191;qu&#233; piensas hacer?

He descubierto que el ex socio de su padre y sus dos ronin se encontraban en una timba de cartas la noche de los asesinatos. Eso puede exculparlos o no. No he podido encontrar a la amiga de Yugao. Pero antes de probar otra vez, voy a hacerle otra visita a Yugao. A lo mejor, cuando vea lo que he descubierto, accede a contarme la verdad.

A lo mejor eso pon&#237;a punto final a la investigaci&#243;n. Sano dijo:

Espero que logres llevar al asesino ante la justicia, con independencia de qui&#233;n sea.

Reiko sonri&#243;, aliviada al ver que no estaba enfadado. -&#191;Qu&#233; hay de tu investigaci&#243;n?

Voy a poner a prueba una nueva teor&#237;a. He estado examinando la vida de las v&#237;ctimas en busca de sospechosos que pudieran conocer el dim-mak. Pero &#191;y si las v&#237;ctimas no conoc&#237;an a su asesino? Podr&#237;a haber sido un extra&#241;o al que se encontraron por la calle. En ese caso, su nombre no constar&#237;a en sus registros de citas.

Y podr&#237;a tratarse de alguien muy alejado del castillo de Edo y el distrito administrativo.

Ser&#225; muy trabajoso reconstruir todos los movimientos que hicieron esos hombres e identificar a todo el mundo que los tuvo al alcance de la mano. Sin embargo, a menos que tengamos un golpe de suerte muy pronto, m&#225;s nos vale poner manos a la obra. Y buscar&#233; espec&#237;ficamente a hombres que conozcan el dim-mak.

Masahiro se acerc&#243; corriendo a Reiko y le tir&#243; de la mano.

Yo hambre. &#161;Comer!

&#191;Cenar&#225;s con nosotros? -pregunt&#243; Reiko a Sano.

Este no se hallaba en condiciones de perder ese tiempo, pero hac&#237;a una eternidad que no com&#237;a con su familia.

S&#237;, pero m&#225;s tarde. Tengo algo que hacer en mi despacho.

Ten&#237;a que enterarse de lo sucedido en su ausencia y ocuparse de cualquier asunto urgente. Tambi&#233;n esperaba que Matsudaira lo llamara para pedir cuentas de los avances de su investigaci&#243;n. Su carga de trabajo se hab&#237;a centuplicado desde que empezara. El presente caso lo hab&#237;a rejuvenecido, pero empezaban a flaquearle las fuerzas.

Mientras los tres entraban en la mansi&#243;n, Sano mir&#243; hacia atr&#225;s. Las estrellas del cielo negro centelleaban, tan luminosas como las luci&#233;rnagas, por encima de los tejados. La noche ocultaba a sus ojos el palacio de la cima de la colina. Todo estaba en calma, pero le pareci&#243; o&#237;r el eco de los tambores de guerra. El olor a p&#243;lvora se mezclaba con los aromas florales.

Por lo menos no ha habido un nuevo asesinato -dijo.


Con el avance de la noche, la luna fue creciendo, blanca, redonda y luminosa. Los vigilantes nocturnos montaban guardia delante de los almacenes, mientras jinetes de caballer&#237;a patrullaban las calles, que se vaciaban con rapidez. En las casas, una fuerte r&#225;faga de viento que recorri&#243; la ciudad apag&#243; las linternas de golpe. Los centinelas atrancaron las puertas de todos los barrios; el aullido de los perros callejeros resonaba en el silencio creciente. La ciudad dormitaba. La oscuridad se extend&#237;a por los montes y arrozales de las afueras.

Sin embargo, r&#237;o arriba, el distrito del templo de Asakusa estaba encendido de luces. Coloridas linternas pend&#237;an de los aleros de los templos, los santuarios y los tejados de los puestos del mercado. Una gran muchedumbre se congregaba para celebrar el Sanja Matsuri, la festividad que honraba la fundaci&#243;n del templo hac&#237;a mil a&#241;os. Un caudal de gente entraba en el pabell&#243;n principal a rezar por una buena cosecha, mientras fuera otros ejecutaban antiguas danzas sagradas. Los ancianos del distrito desfilaban a trav&#233;s del gent&#237;o bullicioso y borracho que abarrotaba el recinto. Otros impulsaban carros que transportaban enormes tambores y gongs, a los que golpeaban para producir un ensordecedor y retumbante sonido. Los sacerdotes encabezaban altares ambulantes, cada uno decorado con repicantes campanas de metal, ornamentos dorados y cordones de seda p&#250;rpura, y rematado por un f&#233;nix de oro. Cada santuario iba sobre unos recios travesa&#241;os de madera que cargaban a hombros unos cien j&#243;venes ataviados con taparrabos y cintas en la cabeza. Los costaleros cantaban con voces sonoras y roncas mientras avanzaban trabajosamente bajo el peso de su voluminosa carga. El tronco desnudo les brillaba de sudor. Una muchedumbre entusiasmada envolv&#237;a y segu&#237;a los altares m&#243;viles. Los mendigos deambulaban con sus cuencos en la mano, implorando a los ricos, conmovidos hasta la generosidad por el ambiente festivo.

Un solo mendigo entre aquella legi&#243;n no hac&#237;a esfuerzo alguno por conseguir limosna. Su cuenco estaba vac&#237;o, su garganta callada. Ataviado con un quimono hecho jirones y un sombrero de mimbre que le ocultaba la cara, se desentend&#237;a de los festejantes. Sus pies, calzados en sandalias de paja deshilacliadas, trazaban un rumbo recto a trav&#233;s de la multitud, en pos de un grupo de samur&#225;is que avanzaban diez pasos por delante.

El grupo hizo un alto ante el tenderete de un vendedor de vino. El mendigo se detuvo a cierta distancia. Su intensa mirada se centraba en el samur&#225;i del centro del grupo, un hombre corpulento de rostro rollizo ya colorado por el licor. Llevaba lujosas vestiduras de seda y espadas decoradas. Los dem&#225;s iban vestidos con sencillez; sus ayudantes. &#201;l y sus hombres compraron copas de vino, brindaron los unos por los otros, bebieron y prorrumpieron en carcajadas. Un estallido de ira se apoder&#243; del mendigo mientras los contemplaba. El samur&#225;i, un alto funcionario del bakufu, era uno de los enemigos que hab&#237;an pisoteado su honor por el fango. Su esp&#237;ritu se soliviant&#243; con el ansia abrasadora y sanguinaria de venganza que hab&#237;a inspirado su cruzada particular.

Los tambores retumbaban y los gongs restallaban a un ritmo cada vez m&#225;s r&#225;pido y estruendoso. Dos altares coincidieron en un punto. Los portadores se arrancaron a gritar y aceleraron el paso y la cadencia de sus c&#225;nticos. Las estructuras se balancearon e inclinaron precariamente por encima de los espectadores que vitoreaban. Cargaron al frente en un duelo ritual. El funcionario y sus ayudantes se acercaron para presenciarlo. El mendigo los sigui&#243;, inadvertido por ellos, apenas otro hombre insignificante entre millares. La venganza ser&#237;a suya esa noche si lograba acercarse lo suficiente para tocar a su adversario.

Mientras caminaba dej&#243; caer su cuenco de limosnas. Respir&#243; con alientos profundos, lentos y regulares. Su mente se calm&#243;, como la superficie plana y sin ondas de un lago. Se desprendi&#243; de emociones y pensamientos. Sus fuerzas internas se alinearon, y entr&#243; en un trance que hab&#237;a aprendido a alcanzar mediante a&#241;os de meditaci&#243;n y pr&#225;ctica. Su visi&#243;n se ampli&#243; y estrech&#243; a la vez. Vio el panorama entero, enorme y centelleante, del distrito del templo de Asakusa, con su enemigo movi&#233;ndose en el centro. Sus sentidos se aguzaron tanto que oy&#243; el pulso de su presa por encima de los c&#225;nticos, el repicar de las campanas y el bullicio general.

El funcionario y sus ayudantes aflojaron el ritmo, obstaculizados por la multitud api&#241;ada y forcejeante. Sin embargo, el mendigo la atravesaba como agua fluyendo entre rocas. La gente le echaba un vistazo y luego le abr&#237;a paso, como si la repeliera un aura amenazadora que &#233;l emanase. Inclin&#243; la espalda, adelant&#243; los hombros y hundi&#243; el pecho en una postura ritual que extra&#237;a energ&#237;a de su interior m&#225;s profundo y primitivo. Notaba las extremidades relajadas y sueltas, pero las recorr&#237;a un hormigueo de atenci&#243;n. La energ&#237;a le palpitaba en la sangre. La luna y las estrellas parecieron frenar su recorrido por los cielos; el mundo pareci&#243; ponerse a sus &#243;rdenes. Fij&#243; la vista en su enemigo y capt&#243; la distancia que los separaba mientras su energ&#237;a interior irradiaba hacia fuera. Sus intenciones manipulaban la realidad. Personas se mov&#237;an como si fueran t&#237;teres bajo su control, topando con el hombre al que persegu&#237;a. Lo separaron de sus ayudantes y lo arrastraron en su marea. El mir&#243; hacia atr&#225;s, a sus hombres, que intentaban en vano alcanzarlo, pero la multitud se lo imped&#237;a. El mendigo lo sigui&#243; sin dificultad.

Los altares se cern&#237;an sobre sus cabezas, entre los empujones, contorsiones y gritos de los porteadores. En ese momento el mendigo se situ&#243; exactamente detr&#225;s de su enemigo, a cuatro pasos de distancia. Como el vapor de un volc&#225;n, el poder subi&#243; por su columna vertebral. Su cuerpo era el veh&#237;culo de aquel poder dominado por su mente. La imagen de la espalda del enemigo creci&#243; hasta llenar su visi&#243;n; el entorno se desvaneci&#243;. Su mirada penetr&#243; las prendas que llevaba su blanco. Vio piel desnuda y bajo ella la musculatura, el esqueleto, los &#243;rganos y vasos sangu&#237;neos. Las v&#237;as nerviosas constitu&#237;an una red resplandeciente y plateada que un&#237;a y animaba el conjunto. Formaban encrucijadas por todo el cuerpo. Su ojo tom&#243; por blanco uno de esos nodos, situado entre dos v&#233;rtebras de la columna de su enemigo. Aceler&#243; el paso hasta tener a su presa al alcance del brazo. Inspir&#243; tan hondo que las costillas cedieron. El poder espiritual y f&#237;sico atronaba en su interior, acumul&#225;ndose en una fuerza letal.

El tiempo se detuvo.

Su presa y todos salvo &#233;l mismo se quedaron inm&#243;viles.

Los sonidos externos se desvanecieron en un silencio abrupto y sobrenatural.

Exhal&#243; en el mismo momento en que el poder tomaba el control de su cuerpo. Su brazo sali&#243; disparado a tal velocidad que se hizo borroso, impulsando su pu&#241;o, que se abri&#243; un instante antes de llegar a su blanco.

La punta de su &#237;ndice derecho toc&#243; el nodo de la columna vertebral de su enemigo con una presi&#243;n tan ligera como la de una pluma impulsada por la brisa. La energ&#237;a explot&#243; desde su interior. La fuerza de su liberaci&#243;n le alz&#243; los pies del suelo por un momento. Su visi&#243;n se resquebraj&#243; en fragmentos de luz. El cuerpo se le estremeci&#243; con violencia y perdi&#243; el sentido mientras un embeleso parecido al climax sexual se apoderaba de &#233;l.

El mundo revivi&#243;. Los altares retomaron su duelo; los porteadores cantaban, los gongs resonaban, los tambores retumbaban y las campanas repicaban; la muchedumbre aplaud&#237;a y arremet&#237;a. El mendigo boque&#243;, agotado por el esfuerzo. Vio que su adversario se volv&#237;a hacia &#233;l.

El funcionario ten&#237;a una expresi&#243;n de recelosa perplejidad: hab&#237;a presentido, si no notado, el contacto contra su espalda y la presencia del peligro. No le hab&#237;a causado dolor; ni siquiera se hab&#237;a estremecido. El mendigo dej&#243; que la muchedumbre se interpusiera entre ellos y se lo llevara. Desde cierta distancia vio que el funcionario avistaba a sus ayudantes y se abr&#237;a paso con ellos por la refriega. Parec&#237;a tan rubicundo, vigoroso y animado como siempre. Sin embargo, el mendigo visualiz&#243; c&#243;mo la energ&#237;a de su ataque recorr&#237;a las v&#237;as nerviosas y le perforaba una vena del cerebro. Tuvo la visi&#243;n de la sangre que empezaba a filtrarse, el lento goteo de la fuerza vital. Se sent&#237;a euf&#243;rico de triunfo.

Su enemigo era un cad&#225;ver andante, otra v&#237;ctima de su cruzada.



Cap&#237;tulo 16

El amanecer encontr&#243; a Sano sentado ante su escritorio, leyendo documentos a la luz de una linterna que hab&#237;a ardido toda la noche. Mientras estampaba el sello con su firma en un papel, repar&#243; en que los grillos hab&#237;an dejado de cantar en el jard&#237;n y que los p&#225;jaros piaban. Oy&#243; el parloteo y estr&#233;pito de los criados mientras su casa despertaba a la vida. Los detectives Marume y Fukida entraron en su despacho, seguidos por Hirata y los detectives Inoue y Arai.

&#191;Olvidasteis acostaros anoche? -pregunt&#243; Marume.

Sano bostez&#243;, estir&#243; sus m&#250;sculos agarrotados y se frot&#243; los ojos empa&#241;ados.

Ten&#237;a trabajo que poner al d&#237;a.

Apenas hab&#237;a hecho una muesca en la correspondencia y los informes que hab&#237;an llenado su despacho en su ausencia, aunque su principal asesor Kozawa hubiese resuelto muchos asuntos. Adem&#225;s, la noche anterior, tras escuchar los progresos de su investigaci&#243;n, Matsudaira le hab&#237;a ordenado que siguiera concedi&#233;ndole m&#225;xima prioridad. Sano habr&#237;a querido desdoblarse en dos, o que el d&#237;a tuviera m&#225;s horas.

Apareci&#243; Kozawa, y Sano le dio instrucciones que inclu&#237;an aplazar todas sus reuniones. Dio permiso para partir a su ayudante con el encargo de ocuparse de los asuntos de poca importancia. Despu&#233;s explic&#243; a Hirata y los detectives su plan para las indagaciones de la jornada.

Nos centraremos en identificar a personas con las que las v&#237;ctimas tuvieran contacto pero fueran desconocidas para ellas, y en encontrar a expertos en artes marciales que puedan conocer el dim-mak. -Repas&#243; las notas de todos-. Hemos establecido que todas las v&#237;ctimas pasaron tiempo fuera del castillo y el distrito administrativo durante los dos d&#237;as previos a su muerte. Hirata-san, t&#250; y tus hombres ir&#233;is a donde fueron y averiguar&#233;is qui&#233;n, adem&#225;s de sus amigos, familiares y asociados, se acerc&#243; lo bastante para tocarlos, si es que alguien lo hizo.

Ten&#237;a la angustiosa premonici&#243;n de que el asesino golpear&#237;a de nuevo a menos que trabajaran r&#225;pido.

Marume, Fukida y yo iremos a la caza de expertos en artes marciales. Conozco un buen sitio por donde empezar.

Sano y los detectives atravesaron a caballo las puertas de un vecindario situado en el extremo del distrito comercial de Nihonbashi. El centinela los salud&#243; por su nombre. El distrito estaba poblado por f&#225;milias de sangre samur&#225;i que hab&#237;an perdido su condici&#243;n por culpa de la guerra u otras desgracias, se hab&#237;an mezclado con plebeyos y se hab&#237;an pasado al comercio. Sano abri&#243; la marcha por el familiar trayecto que cruzaba el puente de un canal jalonado de sauces. Siempre que pasaba por all&#237; le parec&#237;a haber recorrido una gran distancia. Por la calle de tiendas modestas, casas y puestos de comida la gente le sonre&#237;a y hac&#237;a reverencias. Recibir esas muestras de respeto all&#237; siempre le hac&#237;a sentir como un impostor. Varios de los mayores del lugar lo hab&#237;an re&#241;ido de peque&#241;o por hacer travesuras. Pas&#243; por delante de ni&#241;os que jugaban y re&#237;an. &#191;De verdad hab&#237;an pasado treinta a&#241;os desde que &#233;l fuera uno de ellos?

Desmont&#243; en una estrecha calle. Las vallas cerraban los patios de atr&#225;s de los negocios y las dependencias privadas de los propietarios. Se abri&#243; una puerta por la que salieron dos mujeres cargadas con cestas. Una rondaba los cincuenta a&#241;os, era canosa y llevaba un sencillo quimono gris; la otra era mayor y ten&#237;a el pelo blanco. Sano se les acerc&#243; mientras sus hombres esperaban. -Hola, madre -dijo.

La mujer del quimono gris alz&#243; la vista hacia &#233;l, sorprendida. -&#161;Ichiro! -Una afectuosa sonrisa le anim&#243; el rostro arrugado. Sano salud&#243; a la doncella y compa&#241;era de su madre, que llevaba trabajando para su familia desde antes de que naciera &#233;l: -Hola, Hana-san.

Acababan de salir de la casa en que Sano hab&#237;a crecido. Su padre se hab&#237;a convertido en ronin cuando el tercer sog&#250;n Tokugawa hab&#237;a confiscado las tierras de su se&#241;or, el caballero Kii, cuarenta a&#241;os atr&#225;s y echado al clan de Sano y los dem&#225;s vasallos para que se buscaran la vida por su cuenta. Antes de su muerte, hac&#237;a seis a&#241;os, el padre de Sano hab&#237;a abordado a un contacto de la familia, reclamado un favor y obtenido para su hijo &#250;nico un puesto de comandante de polic&#237;a. Una extraordinaria concatenaci&#243;n de acontecimientos hab&#237;a conducido a Sano de all&#237; a su presente situaci&#243;n.

Me alegro de verte -dijo su madre-. Hace m&#225;s de dos meses que no pasas por casa.

Lo s&#233; -reconoci&#243; Sano, sinti&#233;ndose culpable por haber desatendido su deber de hijo.

Al convertirse en sosakan-sama del sog&#250;n tras una breve temporada en el cuerpo de polic&#237;a, se hab&#237;a mudado al castillo de Edo y se la hab&#237;a llevado consigo. Sin embargo, el cambio de aires la hab&#237;a alterado tanto que Sano se hab&#237;a visto obligado a trasladarla de vuelta a la casa donde hab&#237;a pasado casi toda su vida. Desde entonces viv&#237;a satisfecha all&#237;, de la generosa pensi&#243;n que &#233;l le hac&#237;a llegar.

&#191;C&#243;mo est&#225;n mi nieto y mi honorable nuera? -Su madre adoraba a Masahiro, pero Reiko la intimidaba y se mostraba t&#237;mida ante ella. Cuando Sano le asegur&#243; que estaban bien, explic&#243;-: Hana y yo &#237;bamos de camino al mercado, pero podemos ir m&#225;s tarde. Entra y come algo. -Gracias, pero no puedo quedarme.

Ella repar&#243; en los hombres que esperaban a grupas de sus caballos calle abajo.

Ah. Est&#225;s ocupado. No quiero entretenerte.

Se despidieron y Sano camin&#243; hasta la esquina. All&#237; se alzaba la Academia de Artes Marciales Sano, que ocupaba un edificio de madera largo y bajo, con la cubierta de tejas marrones y ventanas con barrotes. Como muchos ronin, el padre de Sano se hab&#237;a quedado sin oficio ni beneficio, s&#243;lo con su habilidad en las artes marciales, hab&#237;a fundado la academia y hab&#237;a ganado a trancas y barrancas sustento para &#233;l y su familia. Durante la juventud de Sano, el local hab&#237;a carecido del prestigio suficiente para atraer a samur&#225;is de los escalafones superiores. Sin embargo, en ese momento vio que entraba por la puerta un grupo de muchachos y j&#243;venes que llevaban los emblemas de los Tokugawa y los grandes clanes de daimios. Su nombre, su elevada posici&#243;n y el hecho de que hubiera adquirido all&#237; su afamada pericia en el combate hab&#237;an consolidado la reputaci&#243;n de la escuela. Era ya uno de los lugares m&#225;s solicitados para adiestrarse en Edo.

Sano entr&#243; en el local. Dentro de la sala de pr&#225;cticas, los estudiantes vestidos con amplios pantalones y chaquetas de algod&#243;n se entrenaban unos con otros. Entre una cacofon&#237;a de entrechocar de espadas de madera, pisotones y gritos de batalla, los maestros gritaban sus instrucciones. El sensei, Aoki Koemon, se dirigi&#243; presuroso hacia Sano.

Saludos -dijo con una sonrisa de bienvenida.

Era un samur&#225;i bajo, fornido y jovial, cercano a los treinta y seis a&#241;os de Sano. Se hab&#237;an criado juntos, y en su momento Koemon hab&#237;a sido aprendiz del padre de Sano, que le hab&#237;a dejado la escuela. Sano en ocasiones envidiaba a su amigo y compa&#241;ero de juegos de la infancia la sencilla vida que hubiera sido suya de no haber sido por las ambiciones que su padre tuvo para &#233;l.

Koemon retir&#243; de un armero de la pared dos espadas de madera.

Hace una eternidad que no os present&#225;is para una sesi&#243;n de pr&#225;ctica. &#191;Ven&#237;s a compensar el tiempo perdido?

La verdad es que vengo buscando a alguien -dijo Sano.

La escuela era un centro de chismorreos del mundo de las artes marciales, y una fuente de noticias que con frecuencia hab&#237;a sondeado. Sin embargo, cuando Koemon le lanz&#243; una espada, la agarr&#243;. Se colocaron frente a frente, con las espadas derechas. Hac&#237;a m&#225;s de un mes que Sano no libraba un combate, y la sensaci&#243;n de empu&#241;ar la espada resultaba placentera.

&#191;De qui&#233;n se trata? -pregunt&#243; Koemon mientras se mov&#237;an en c&#237;rculo y la clase prosegu&#237;a a su lado.

Un experto en artes marciales que sabe aplicar el toque de la muerte.

Koemon acometi&#243; trazando una r&#225;pida curva con su espada. Sano esquiv&#243; y evit&#243; por los pelos un golpetazo en la cadera.

Con el debido respeto, vuestros reflejos son m&#225;s lentos de lo que eran -observ&#243; Koemon-. No conozco a nadie que practique el dim-mak.

Retomaron su andar en c&#237;rculos.

Bueno, pues existe. -Sano lanz&#243; una serie de mandobles que Koemon detuvo con facilidad, mientras le explicaba los asesinatos-. Y est&#225; en Edo.

Es asombroso -dijo Koemon, y atac&#243; a Sano con una lluvia de golpes r&#225;pidos y feroces que lo acorralaron contra la pared.

Ya sin aliento por el esfuerzo, Sano contraatac&#243;, gan&#243; espacio para maniobrar y rode&#243; a Koemon con un movimiento r&#225;pido. Cuando volvieron a encararse le ca&#237;an gotas de sudor por la frente. De repente la espada se le antojaba pesada en las manos, que le dol&#237;an all&#225; donde sus callos se hab&#237;an ablandado.

&#191;Has o&#237;do hablar de alg&#250;n maestro de artes marciales reci&#233;n llegado a la ciudad? -A lo mejor el asesino se contaba entre los ronin que vagaban por Jap&#243;n, librando duelos, dando lecciones y reuniendo disc&#237;pulos. Hab&#237;an surgido legiones de ellos tras la batalla de Sekigahara, hac&#237;a casi un siglo, en la que el primer sog&#250;n Tokugawa Ieyasu, hab&#237;a derrotado a los se&#241;ores de la guerra rivales cuyos ej&#233;rcitos despu&#233;s se hab&#237;an desbandado, pero su n&#250;mero hab&#237;a ido menguando con el paso de las d&#233;cadas.

No &#250;ltimamente -contest&#243; Koemon.

Podr&#237;a tratarse de alguien que haya estado aqu&#237; toda la vida. -Sano se inclinaba por esa teor&#237;a-. A lo mejor el asesino es un enemigo de las v&#237;ctimas, o del caballero Matsudaira, que ha ocultado hasta ahora su conocimiento secreto del dim-mak. -Sano carg&#243; y lanz&#243; un tajo.

Koemon se apart&#243; de un salto, pero la espada le roz&#243; la manga.

Bien, est&#225;is entrando en calor -dijo. Una idea le alter&#243; la expresi&#243;n-. Acabo de recordar una cosa. &#191;Conoc&#233;is al sacerdote Ozuno?

El nombre no me suena -dijo Sano mientras lidiaban-. &#191;Qui&#233;n es?

Un samur&#225;i de los de antes. Cuando perdi&#243; a su se&#241;or, tom&#243; votos religiosos. Entr&#243; en el monasterio del templo de Enriaku, en el monte Hiei.

El monte Hiei era el pico sagrado cercano a la capital imperial. El templo de Enriaku hab&#237;a sido un poderoso basti&#243;n budista de monjes guerreros hasta hac&#237;a unos cien a&#241;os, cuando su influencia pol&#237;tica y poder&#237;o militar supuso una amenaza para el se&#241;or de la guerra Oda Nobunaga, que lo arras&#243;. M&#225;s adelante el templo hab&#237;a sido reconstruido, y las tradiciones no mor&#237;an de la noche a la ma&#241;ana.

Los sacerdotes ense&#241;aron a Ozuno sus antiguos secretos. -La espada de Koemon castig&#243; a la de Sano-. Cuando baj&#243; de la monta&#241;a, era un experto en las artes marciales m&#237;sticas, muy solicitado como maestro.

Esa historia la han usado infinidad de samur&#225;is que intentan hinchar su reputaci&#243;n o atraer alumnos -replic&#243; Sano-. Si es cierta en el caso de Ozuno, &#191;por qu&#233; no se ha hecho famoso?

Es un solitario y odia la publicidad. Y es muy selecto con quien decide adiestrar. Toma un solo disc&#237;pulo cada vez y lo adiestra durante a&#241;os. Hace que todos juren no revelar que han estudiado con &#233;l ni explicar las t&#233;cnicas que les ense&#241;a.

Ese aura de secretismo cuadraba con lo que Sano sab&#237;a sobre el dim-mak y sus practicantes. Cansado de defenderse, se agach&#243; para esquivar la espada de Koemon, que le pas&#243; silbando por encima de la cabeza.

&#191;D&#243;nde puedo encontrar a Ozuno?

Cuando est&#225; en la ciudad, vive en un templo u otro -respondio Koemon-. Tiene amigos que le ofrecen un lugar donde alojarse. No s&#233; si sigue ense&#241;ando. Debe de tener noventa a&#241;os, pero todav&#237;a vagabundea por el pa&#237;s cuando le entra la comez&#243;n de recorrer mundo.

Mientras Sano reflexionaba sobre la prometedora pista, su atenci&#243;n se alej&#243; de la pelea. La espada de Koemon lo alcanz&#243; de lleno en el est&#243;mago. Sano se dobl&#243; por la mitad, encogido por el golpe y humillado por la abrupta derrota.

Mis disculpas -dijo Koemon, arrepentido.

No hacen falta -respondi&#243; Sano-. Ha sido una victoria justa.

Se hicieron sendas reverencias, dejaron las espadas en su sitio y echaron un trago de agua de una vasija de cer&#225;mica. Sano le dio las gracias por la informaci&#243;n y el ejercicio.

De nada -dijo Koemon-. Har&#233; correr la voz de que busc&#225;is a Ozuno y os har&#233; llegar cualquier noticia que oiga.

Cuando Sano sali&#243; de la escuela, se encontr&#243; a sus detectives en un puesto de comidas, tomando t&#233; y fideos. Se uni&#243; a ellos y, mientras com&#237;a, les habl&#243; del misterioso sacerdote.

Marume, interesado pero esc&#233;ptico, se atiborraba la boca de fid&#233;os con sus palillos.

Aunque el tipo siga en buena forma a los noventa a&#241;os, no me parece que vaya a tener ninguna conexi&#243;n con el jefe Ejima y los dem&#225;s.

O el caballero Matsudaira -a&#241;adi&#243; Fukida.

A lo mejor uno de sus disc&#237;pulos secretos s&#237;. En cualquier caso, creo que valdr&#225; la pena hablar con &#233;l. -Sano se acab&#243; la comida y dej&#243; a un lado el cuenco vac&#237;o-. Volveremos al castillo y organizaremos una b&#250;squeda de Ozuno. Y a lo mejor llega alguna nueva de Hirata y el detective Tachibana.



Cap&#237;tulo 17

Reiko daba vueltas por la habitaci&#243;n de la residencia de su padre donde hab&#237;a interrogado a Yugao dos d&#237;as antes. Al llegar esa ma&#241;ana le hab&#237;a pedido al magistrado Ueda que le dejara hablar con la acusada otra vez, y &#233;l hab&#237;a mandado unos hombres a la c&#225;rcel para recogerla. Era casi mediod&#237;a cuando se abri&#243; la puerta. Dos guardias entraron a Yugao. Llevaba grilletes en las manos y la misma ropa sucia. Pareci&#243; sorprendida y molesta de encontrarse con Reiko.

Vos otra vez -mascull&#243;-. &#191;Qu&#233; quer&#233;is ahora?

Los guardias la arrodillaron por la fuerza ante la hija del magistrado y luego salieron, cerrando la puerta tras de s&#237;.

Quiero hablar un poco m&#225;s -respondi&#243; Reiko.

Yugao sacudi&#243; la cabeza, obstinada.

Ya he dicho todo lo que tengo que decir.

La noche en la c&#225;rcel de Edo no le hab&#237;a sentado bien. Ten&#237;a el cuello comido de picaduras de pulga y los ojos lega&#241;osos e hinchados. A Reiko le inspir&#243; tanto animadversi&#243;n como l&#225;stima.

Tenemos nuevos asuntos que comentar.

Yugao levant&#243; las manos para rascarse las picaduras de pulga y esper&#243; en receloso silencio.

Ayer hice una visita a tu casa.

Yugao parpade&#243; asombrada.

&#191;Fuisteis al poblado hinin? -Enderez&#243; la espalda y mir&#243; a Reiko fijamente-. &#191;Para qu&#233;?

No quisiste contarme lo que pas&#243; la noche en que tu familia fue asesinada -explic&#243; Reiko-, de modo que tuve que descubrirlo por mi cuenta. Habl&#233; con el jefe y con tus vecinos.

Yugao sacudi&#243; la cabeza, presa de una ostensible confusi&#243;n. Se frot&#243; las manos y junt&#243; las rodillas de manera espasm&#243;dica. Reiko pens&#243; que a lo mejor se hab&#237;a convencido de que su voluntad de ayudar era sincera. Tal vez Yugao empezaba a otorgarle el margen de confianza necesario para hablar.

El jefe me cont&#243; por qu&#233; tu padre era hinin.

Un repentino arranque de ira afe&#243; las facciones de Yugao.

&#161;Metisteis las narices en mis asuntos! Vosotros los samur&#225;is hac&#233;is lo que os viene en gana sin que os importe la intimidad de nadie. &#161;Os odio a todos!

El estallido desilusion&#243; a Reiko, porque la conversaci&#243;n no iba por donde ella quer&#237;a. Sin embargo, continu&#243;:

Que un hombre cometa incesto con su hija es no s&#243;lo un crimen, sino tambi&#233;n una traici&#243;n al amor que ella le tiene. &#191;Te lo hizo tu padre esa noche?

No pienso hablar de mi padre -respondi&#243; Yugao con amarga indignaci&#243;n.

Entonces hablemos de tu madre y tu hermana. &#191;Ellas tambi&#233;n te hicieron da&#241;o de alguna manera? -Una nueva teor&#237;a cobr&#243; forma en la cabeza de Reiko-. &#191;Fueron crueles contigo porque te culpaban de tener que vivir como parias?

Tampoco pienso hablar de ellas.

Mientras Reiko controlaba su exasperaci&#243;n, vio un posible motivo por el que Yugao se negaba a hablar. Quiz&#225; se avergonzaba tanto de su s&#243;rdida vida que prefer&#237;a morir a revelarla. Quiz&#225; se culpaba y quer&#237;a que la castigaran aunque no hubiera matado a su familia. Como la ley trataba a las personas como culpables de las transgresiones de sus parientes y asociados, era l&#243;gico que ellas creyeran que en realidad lo eran.

Deber&#237;as recapacitar -le aconsej&#243;-. Si apu&#241;alaste a tu padre mientras &#233;l te violaba, es diferente de un asesinato. Si tu madre y tu hermana te agredieron porque te estabas protegiendo, ten&#237;as derecho a defenderte de ellas. Matar en defensa propia no es un delito. No te castigar&#225;n. El magistrado te pondr&#225; en libertad.

Cualquier otro acusado de un crimen habr&#237;a aprovechado sin vacilar esa explicaci&#243;n como una oportunidad de salvar la vida. Sin embargo, Yugao apart&#243; la cara y dijo con voz fr&#237;a y recalcitrante:

Eso no es lo que pas&#243;.

Entonces cu&#233;ntame qu&#233; fue.

Apu&#241;al&#233; a mi padre hasta matarlo. Luego apu&#241;al&#233; a mi madre y mi hermana. Los asesin&#233;. No estoy obligada a decir por qu&#233;.

Reiko visualiz&#243; de nuevo la escena de los asesinatos. Vio a Yugao blandiendo el cuchillo, oy&#243; los gritos, oli&#243; la sangre. Sin embargo, su imaginaci&#243;n sumada a la confesi&#243;n de Yugao no equival&#237;a necesariamente a la verdad.

Escucha, Yugao -le dijo-. Mi padre forz&#243; la ley al aplazar el veredicto en tu juicio. Me he ganado muchos quebraderos de cabeza por ayudarte. -Hasta se hab&#237;a arriesgado a poner a Sano en peligro-. Eso te obliga a contarme la verdad.

Un despreci&#243; burl&#243;n abri&#243; los labios de la acusada.

Nunca os ped&#237; que me salvarais. Estoy dispuesta a aceptar mi castigo. As&#237; que marchaos antes de que os escupa otra vez.

Reiko dio unas zancadas por la habitaci&#243;n para desahogar su impaciencia. Empezaba a apreciar los beneficios de la tortura. Un poco de cobre fundido vertido sobre Yugao desde luego habr&#237;a mejorado sus modales adem&#225;s de romper su silencio.

No pienso marcharme hasta que me convenzas de que eres culpable -le dijo mientras daba vueltas a su alrededor-. Y si de verdad es eso lo que quieres, tendr&#225;s que esforzarte m&#225;s, sobre todo a la luz de lo dem&#225;s que descubr&#237; ayer.

&#191;Y ahora de qu&#233; parlote&#225;is? -El tono de Yugao era insolente, pero Reiko detect&#243; un matiz de miedo.

T&#250; y tu familia no erais los &#250;nicos presentes en tu casa la noche de los asesinatos. El amigo de tu hermana Ihei ha reconocido que estuvo all&#237;, durmiendo con ella en el cobertizo. El chico que estaba de guardia para los incendios lo vio alejarse corriendo tras los ases&#237;natos.

Yugao solt&#243; un bufido desde&#241;oso.

Ihei es un torpe y un alfe&#241;ique. Si intentara apu&#241;alar a alguien se cortar&#237;a.

&#191;Qu&#233; me dices del alcaide de la c&#225;rcel? -pregunt&#243; Reiko. Estuvo en tu casa la tarde antes. &#201;l y tu padre se pelearon. Nadie puede llamarlo alfe&#241;ique a &#233;l.

&#191;Cre&#233;is de verdad que Ihei o el alcaide lo hicieron? -inquiri&#243; Yugao. Su mirada ard&#237;a de hostilidad-. &#191;Los han arrestado? -Ley&#243; la respuesta en la cara de su interlocutora y solt&#243; una carcajada-. No ten&#233;is nada contra ellos, s&#243;lo lo que acab&#225;is de decir. Si vuestro padre nos sometiera a los tres a juicio, tendr&#237;a que condenarme antes que a ellos. Me sorprendieron en la casa, con el cuchillo.

Nada en la experiencia de Reiko con el delito y los criminales la hab&#237;a preparado para entender a esa mujer tan decidida a morir por aquellos asesinatos. Prob&#243; una estrategia distinta.

Hagamos un trato. Le dir&#233; a mi padre que eres culpable si me cuentas por qu&#233; mataste a tu familia.

En respuesta al estramb&#243;tico regateo, Yugao se limit&#243; a re&#237;r de nuevo.

Pensaba que ya lo ten&#237;ais todo claro. Mi padre cometi&#243; incesto conmigo. Mi madre y mi hermana me atacaron.

Eso es s&#243;lo una teor&#237;a. He empezado a dudar de que haya habido incesto alguna vez. En realidad, me pregunto si tu padre fue condenado injustamente a ser un paria.

Yugao frunci&#243; el entrecejo, recelosa de un truco.

Fui al Teatro de los Cien D&#237;as y conoc&#237; a su antiguo socio. &#191;Sab&#237;as que fue Mizutani quien denunci&#243; el supuesto incesto entre t&#250; y tu padre? -Reiko esper&#243; a que Yugao hablara, pero ella se mantuvo callada e impert&#233;rrita-. A lo mejor se lo invent&#243; todo. A lo mejor contrat&#243; a alguien para que matara a tu padre. As&#237; no podr&#237;a regresar a la feria a reclamar su parte. Y al resto de tu familia la mat&#243; para no dejar testigos.

No-dijo Yugao tajante.

&#191;No acus&#243; en falso a tu padre? &#191;Quieres decir que tu padre era culpable de incesto?

Yugao habl&#243; con odiosa vehemencia:

Quiero decir que pod&#233;is coger vuestro trato y met&#233;roslo por ese trasero tan fino. Ya estoy harta de vos. Por lo que a m&#237; respecta, esta conversaci&#243;n ha acabado. -Uni&#243; las manos en el regazo, apret&#243; la boca y clav&#243; la mirada en la pared.

Desesperada, Reiko dio voz a la teor&#237;a que m&#225;s sentido ten&#237;a para ella.

&#191;Est&#225;s cargando con las culpas por el bien de otro? &#191;Intentas proteger a alguien?

Yugao permaneci&#243; tercamente muda. Reiko esper&#243;. Pas&#243; el tiempo. Cambi&#243; el &#225;ngulo y la intensidad del sol que entraba por la ventana; la gente iba y ven&#237;a por los pasillos de fuera de la habitaci&#243;n. Sin embargo, Yugao parec&#237;a dispuesta a esperar hasta que ambas murieran de vejez y sus esqueletos se convirtieran en polvo. Al final Reiko suspir&#243;.

T&#250; ganas -dijo-. Pero voy a descubrir la verdad, te guste o no, sea sobre ti o sobre quien sea.

La expresi&#243;n de Yugao desde&#241;&#243; las palabras como un farol.

&#191;Puedo volver ya a la c&#225;rcel?

Por el momento, mientras encuentro a tu vieja amiga Tama.

&#191;Tama? -farfull&#243; Yugao con s&#250;bita aprensi&#243;n. Cuando sus miradas se encontraron, &#233;sta vio derretirse la pose desafiante de acusada.

S&#237;, Tama. -Satisfecha de haber hallado un punto d&#233;bil, Reiko explot&#243; su ventaja-. Te acuerdas de ella, &#191;no es as&#237;? &#191;Qu&#233; crees que podr&#225; contarme sobre ti?

La tez carcelaria de Yugao palideci&#243; m&#225;s cuando replic&#243; entre dientes:

No os acerqu&#233;is a Tama.

&#191;Por qu&#233;?

&#161;Dejadla en paz y punto! -grit&#243; Yugao.

&#191;Tienes miedo de lo que pueda decir?

&#161;Dejad de incordiarme! -Yugao se puso en pie con dificultades y cruz&#243; a trompicones la habitaci&#243;n. Golpe&#243; la puerta con sus manos encadenadas, mientras chillaba-: &#161;Sacadme de aqu&#237;! &#161;Sacadme! -Luego se puso a soltar gritos y maldiciones.

Se abri&#243; la puerta. En el umbral apareci&#243; el magistrado Ueda, flanqueado por dos guardias. Ten&#237;a una expresi&#243;n severa, reprobatoria.

Condenadme a muerte -le suplic&#243; Yugao-. &#161;Haced que me deje en paz!

El magistrado se dirigi&#243; a los guardias:

Vigiladla mientras hablo con mi hija.

Le indic&#243; a Reiko con los ojos que lo siguiera. Fueron hasta un patio rodeado de almacenes, cuyas gruesas paredes enyesadas y tejados y puertas de hierro proteg&#237;an de los incendios valiosos documentos. El sol deste&#241;&#237;a los muros y el pavimento. Reiko o&#237;a gritar a Yugao dentro del edificio.

&#191;Hago bien en suponer que Yugao no se ha mostrado m&#225;s propicia hoy que otras veces? -dijo su padre.

Supones bien. -El fracaso descorazonaba a Reiko.

&#191;Has decidido si es culpable?

Ella repas&#243; todos sus hallazgos y dijo:

A vecesla respuesta m&#225;s obvia es la correcta. Creo que Yugao en efecto asesin&#243; a su familia.

Si t&#250; lo crees, bastar&#225; con eso. Conf&#237;o en tu juicio y confirma el m&#237;o. Adem&#225;s, hemos hecho un esfuerzo de buena fe por descubrir la verdad.

Pero sigo sin entender por qu&#233; lo hizo.

A lo mejor est&#225; perturbada.

Reiko sacudi&#243; la cabeza.

Desde luego se comporta como si lo estuviera, pero me parece que est&#225; tan cuerda como cualquiera. Creo que tiene motivos l&#243;gicos para hacer lo que hace; ojal&#225; pudiera descubrirlos.

La ley no exige que se determine el m&#243;vil de un delito como condici&#243;n previa a la condena de un acusado -le record&#243; el magistrado.

Lo s&#233;, pero es posible que me est&#233; acercando al m&#243;vil de Yugao. Se alter&#243; mucho cuando mencion&#233; a su amiga Tama. Me interesa descubrir qu&#233; sabe Tama que Yugao no quiere que me cuente. Sospecho que tiene que ver con los asesinatos.

&#191;Todav&#237;a no has hablado con esa Tama? -Cuando Reiko le describi&#243; su b&#250;squeda infructuosa de la amiga de Yugao, el magistrado arrug&#243; el entrecejo-. No puedo aplazar m&#225;s el veredicto. Tres personas han sido brutalmente asesinadas, y Yugao parece la culpable m&#225;s all&#225; de toda duda razonable. Mientras no la condene a muerte, estar&#233; rehuyendo mi deber de administrar justicia y me har&#233; merecedor de censuras justificadas. Adem&#225;s, no es justo que se haga una excepci&#243;n con una criminal entre millares, sobre todo cuando lo agradece tan poco.

Reiko asinti&#243;; los argumentos de su padre eran irrebatibles. Sin embargo, la reconcom&#237;a la sensaci&#243;n de dejar cabos sueltos. Aunque hubiera reunido indicios convincentes contra Yugao, no quer&#237;a cejar en sus indagaciones. Trat&#243; de explicarse.

Creo que el motivo por el que Yugao mat&#243; a su familia es m&#225;s importante incluso que el hecho de que sea la asesina. Si no descubrimos de qu&#233; se trata, la amenaza para la ley, el orden y el bien p&#250;blico ser&#225; mayor que si la dejas en libertad.

&#191;En qu&#233; fundamentas esa opini&#243;n?

En mi intuici&#243;n.

El magistrado elev&#243; los ojos al cielo. En su infancia, Reiko sol&#237;a hacer afirmaciones que, seg&#250;n ella insist&#237;a, eran ciertas porque as&#237; lo dictaban sus sentimientos. Antes de que &#233;l pudiera aducir, como hab&#237;a hecho aquellas veces, que las emociones no eran hechos y que las mujeres eran criaturas veleidosas e irracionales, ella a&#241;adi&#243;:

Mi intuici&#243;n se ha demostrado acertada en el pasado.

Hum. -Su padre se mostr&#243; renuente.

Durante la investigaci&#243;n de los asesinatos en el templo del Loto Negro, las sospechas infundadas de Reiko hab&#237;an resultado ciertas.

Creo que lo que sea que est&#233; ocultando Yugao es demasiado peligroso para permitir que se lo lleve a la tumba -insisti&#243;-. Si lo hace, lo lamentaremos. Te ruego me concedas un poco m&#225;s de tiempo para encontrar a Tama. Y que esperes por lo menos a que oiga lo que ella tiene que decir antes de condenar a Yugao.

El magistrado sonri&#243;.

Nunca he encontrado f&#225;cil decirte que no, hija. Bien, dispones de un d&#237;a m&#225;s para investigar. A esta hora de ma&#241;ana, reabrir&#233; el juicio a Yugao. A menos que presentes pruebas que la exculpen, o justifiquen una prolongaci&#243;n de la investigaci&#243;n, la mandar&#233; al campo ejecuci&#243;n. Es mi deber.

Un d&#237;a no parec&#237;a tiempo suficiente para resolver aquel misterio en que la justicia y la vida de una joven mujer pend&#237;an de un hilo. Sin embargo, Reiko sab&#237;a que hab&#237;a presionado a su padre hasta hacerlo excederse en su autoridad y que Sano estar&#237;a m&#225;s contrariado si cabe que cuando le hab&#237;a hablado por primera vez de la investigaci&#243;n.

Gracias, padre -dijo-. Tendr&#233; las respuestas listas ma&#241;ana.



Cap&#237;tulo 18

El sol de la tarde ca&#237;a sobre una cola de soldados, funcionarios y criados que atestaban el paseo delante del castillo y avanzaba hasta sus puertas. Los centinelas examinaban las credenciales de cada persona, que consist&#237;an en un pergamino con su nombre, cargo y el sello con la firma del sog&#250;n, antes de dejarla pasar. Cacheaban y registraban a todos los visitantes en busca de mensajes o explosivos ocultos. En la sala del guardia que remataba los enormes portales remachados de hierro, m&#225;s centinelas, armados con arcabuces, supervisaban a trav&#233;s de los barrotes el tr&#225;fico de la calle. En los pasadizos cubiertos que coronaban los muros de piedra que rodeaban los edificios del castillo y serpenteaban ladera arriba hasta el palacio, otros guardias ojeaban la ciudad con sus catalejos. El caballero Matsudaira, espoleado por su miedo a un atentado, hab&#237;a aumentado las precauciones habituales de seguridad y convertido el castillo de Edo en el lugar m&#225;s seguro de Jap&#243;n.

Sano cabalg&#243; con sus detectives hasta la cabeza de la cola. Los hombres que la conformaban le hicieron reverencias y le cedieron el puesto con educaci&#243;n. Oy&#243; que alguien lo llamaba por su nombre y se volvi&#243;. Era Hirata, que galopaba hacia &#233;l, acompa&#241;ado por Inoue y Arai. Sano indic&#243; a sus hombres que esperaran. Hirata y los detectives se les unieron.

Traemos noticias -dijo el reci&#233;n llegado. A las puertas, los centinelas reconocieron a Sano y sus acompa&#241;antes y los dejaron pasar sin inspeccionar sus documentos. Pasaron por delante de los soldados que cacheaban a todo el mundo y abr&#237;an cofres y alforjas en la garita y cabalgaron colina arriba por los pasajes.

Hemos reconstruido los movimientos de todas las v&#237;ctimas salvo el ministro Moriwaki -explic&#243; Hirata-. Su h&#225;bito de andar a solas lo ha hecho imposible. En cuanto al supervisor Ono, los vasallos que lo acompa&#241;aron fuera del castillo no vieron que nadie lo tocara ni a ning&#250;n desconocido que se comportara de forma sospechosa cerca de &#233;l.

&#191;Qu&#233; hay del comisario de carreteras Sasamura y el jefe Ejima? -pregunt&#243; Sano.

Ah&#237; hemos tenido suerte. Ejima fue a una tienda de incienso dos d&#237;as antes de morir. Uno de sus guardaespaldas dice que un sacerdote que pasaba por ah&#237; tropez&#243; con Ejima y le hizo caer el paquete de incienso de las manos. Ejima se agach&#243; para recogerlo. El sacerdote podr&#237;a haberlo tocado en ese momento.

&#191;El guardaespaldas no se fij&#243;?

El traj&#237;n de la calle le impidi&#243; verlo.

&#191;Has conseguido una descripci&#243;n del sacerdote? -pregunt&#243; Sano.

Llevaba una t&#250;nica color azafr&#225;n, sombrero de mimbre y un cuenco para pedir limosna. -Hirata sacudi&#243; la cabeza con pesadumbre-. Igual que cualquier sacerdote de Jap&#243;n. En un momento estaba all&#237; y al siguiente hab&#237;a desaparecido.

&#191;Tuvo tambi&#233;n el comisario un encontronazo con un sacerdote poco antes de su muerte?

No, pero s&#237; con otra persona, en el local de un prestamista. -Aunque los funcionarios del grado de Sasamura cobraban abultados estipendios, muchos los derrochaban en un estilo de vida lujoso y acababan endeudados con los mercaderes banqueros-. Un guardia apostado delante del establecimiento vio que un aguador deambulaba por las inmediaciones mientras Sasamura estaba dentro. Eso no hubiera tenido nada de raro, si no fuera porque el guardia repar&#243; en que los cubos de agua estaban vac&#237;os. Pens&#243; que se trataba de un bandido disfrazado que pretend&#237;a atracar a quienes sacaran dinero prestado de local. Lo ahuyent&#243; de la zona.

A lo mejor el aguador y el sacerdote eran el asesino disfrazado, que acechaba a Ejima y Sasamura para matarlos -reflexion&#243; Sano-. Y esos encuentros casuales fueron deliberados.

Yo creo lo mismo -corrobor&#243; Hirata-.Por desgracia, el guardia ha sido incapaz de describir al aguador, salvo para decir que parec&#237;a como todos los dem&#225;s.

Me gustar&#237;a saber d&#243;nde estaba el capit&#225;n Nakai cuando Ejima fue a la tienda de incienso y Sasamura visit&#243; al prestamista. Por cierto, tenemos una nueva l&#237;nea potencial de investigaci&#243;n. -Y le habl&#243; a Hirata del sacerdote Ozuno.

Son&#243; un r&#225;pido ruido de cascos sobre el pavimento a sus espaldas. Una voz grit&#243;:

&#161;Honorable chambel&#225;n!

Sano y su grupo se volvieron para ver acercarse dos hombres a caballo. Uno era un guardia del castillo, el otro un samur&#225;i adolescente, vestido con un recargado quimono de sat&#233;n negro con estampado de ramas de sauce verde y olas plateadas, como si fuera a alg&#250;n fasto. Los dos detuvieron sus monturas e hicieron reverencias a Sano. El guardia tom&#243; la palabra:

Disculpad la interrupci&#243;n, pero &#233;ste es Daikichi, paje del coronel Ibe del Ej&#233;rcito. Trae un mensaje importante para vos.

El paje habl&#243; atropelladamente, casi sin aliento:

Vengo con motivo de vuestra orden de informaros directamente de cualquier muerte repentina.

&#191;Se ha producido otra? -pregunt&#243; Sano, intercambiando una mirada de alarma con Hirata.

S&#237;. -Al paje le tembl&#243; la voz, y sus n&#237;tidos y j&#243;venes ojos se humedecieron-. Mi se&#241;or acaba de morir.

Sano sinti&#243; una oleada de consternaci&#243;n.

&#191;D&#243;nde?

En Yoshiwara.


El famoso barrio del placer de Edo se encontraba en la periferia septentrional de la ciudad. Muchos hombres encaminados a Yoshiwara, &#250;nico lugar de la capital donde era legal la prostituci&#243;n, viajaban all&#237; por trasbordador remontando el r&#237;o Sumida, pero Sano, Hirata y los detectives tomaron el camino m&#225;s r&#225;pido por tierra, a caballo. M&#225;s all&#225; del dique de Jap&#243;n, el largo paso elevado por el que cabalgaban, se extend&#237;an los arrozales inundados, verdes y lozanos. Por ellos andaban medio sumergidos los campesinos, arrancando malas hierbas y pescando anguilas con redes. Lirios y azucenas florec&#237;an en el canal Sanya, bordeado de sauces, donde las garzas se posaban en aguas crecidas por las lluvias de primavera. Las gaviotas planeaban y graznaban  en el l&#237;mpido cielo turquesa. Sin embargo, Sano observ&#243; que la lucha pol&#237;tica hab&#237;a contaminado hasta ese entorno buc&#243;lico.

Escuadrones de jinetes armados escoltaban a funcionarios samur&#225;is. Los mercaderes que viajaban en palanqu&#237;n iban protegidos por guardaespaldas ronin a sueldo. Al pasar por delante de los salones de t&#233; que jalonaban el acceso a las puertas de Yoshiwara, Sano vio deambulando entre ellos a soldados con el emblema de los Matsudaira, en busca de rebeldes fugitivos. Yoshiwara era un lugar de mucha elegancia, lujoso entretenimiento y sofisticaci&#243;n, pero Sano sab&#237;a que no estaba exento de violencia. Hac&#237;a dos inviernos hab&#237;a investigado un homicidio en la zona; seis a&#241;os atr&#225;s hab&#237;a frustrado un intento de asesinato. Ahora era el escenario de otra muerte en circunstancias sospechosas.

Dejaron los caballos en un establo cercano al foso que rodeaba Yoshiwara y cruzaron el puente. Unos centinelas civiles los dejaron pasar por la puerta roja y con tejado abierta en el alto muro que imped&#237;a que las cortesanas salieran. Dentro, pasaron por delante de las casas de placer que bordeaban Nakanocho, la calle principal. De los salones de t&#233; abarrotados de hombres surg&#237;an estallidos de risas; la m&#250;sica de samis&#233;n flotaba en el aire. Los clientes paseaban y miraban alelados a las mujeres expuestas en los escaparates con barrotes de todos los burdeles salvo uno, el Mitsuba. Estaba situado en el extremo m&#225;s alejado y menos prestigioso de la calle, y estaba especializado en clientes que buscaban mujeres de precio m&#225;s asequible o entretenimientos m&#225;s agitados que los ofrecidos en los mejores locales. All&#237;, seg&#250;n su paje, hab&#237;a muerto el coronel Ibe. Unas persianas de bamb&#250; tapaban las ventanas. Un vac&#237;o f&#250;nebre amortajaba el edificio.

El detective Marume levant&#243; la cortina de la entrada y llam&#243;:

&#161;Hola! &#191;Hay alguien?

Sali&#243; un samur&#225;i. Era un hombre canoso de rasgos finos y definidos, con un aire de dignidad puesto en entredicho por el rubor de sus mejillas, resultado de un exceso de bebida. Salud&#243; a Sano con cortes&#237;a y dijo:

Soy el teniente Oda, asesor principal del coronel Ibe. Deb&#233;is de haber recibido el mensaje que os envi&#233;.

S&#237; -confirm&#243; Sano-. Gracias por avisarme con tanta prontitud. -El y sus camaradas entraron en el vest&#237;bulo, donde esperaba el vigilante. Se o&#237;an murmullos dentro del edificio-. &#191;D&#243;nde est&#225; el coronel Ibe?

Os lo ense&#241;ar&#233;.

El teniente los condujo por un pasillo. A la izquierda hab&#237;a dos habitaciones. En una hab&#237;a un grupo de samur&#225;is; en la otra, un grupo de mujeres, vestidas con vistosos quimonos y maquilladas con carm&#237;n y polvo blanco de arroz, formaba corro con un pu&#241;ado de hombres y mujeres mayores, seguramente el due&#241;o y las criadas del burdel. Sano detect&#243; resignaci&#243;n e impaciencia en algunas caras, temor en otras.

He retenido a todo aquel que se encontraba en la casa cuando ha muerto el coronel Ibe y no he dejado entrar a nadie m&#225;s -explic&#243; el teniente Oda.

Agradezco vuestra cooperaci&#243;n -dijo Sano. Oda descorri&#243; una puerta del otro lado del pasillo. Sano entr&#243; en un sal&#243;n. El suelo estaba cubierto de cojines, instrumentos musicales, decantadores de sake y vasos. Bandejas laqueadas conten&#237;an platos a medio comer que suger&#237;an un banquete interrumpido. El coronel Ibe estaba de rodillas, con la parte superior del cuerpo ca&#237;da sobre una bandeja. Sano, Hirata y sus detectives contemplaron el cuerpo. El coronel Ibe pasaba de los cincuenta a&#241;os, como revelaba su mo&#241;o veteado de gris. Sano lo hab&#237;a conocido unos meses atr&#225;s, en una reuni&#243;n, pero en ese momento le result&#243; casi irreconocible. Ten&#237;a el cuello torcido de lado y los ojos abiertos pero vidriosos; en su cara de luna hab&#237;a una congelada expresi&#243;n de sorpresa. Se le ve&#237;a comida masticada en la boca abierta. Su cuerpo recio estaba desnudo a excepci&#243;n de una bata a rayas rojas y doradas que llevaba ce&#241;ida a la cintura, con el torso a la vista.

Menuda juerga. -El detective Marume recogi&#243; del suelo un taparrabos de hombre y el quimono interior blanco de una mujer. Hab&#237;a m&#225;s ropa desperdigada.

Lo que es una suerte para nosotros -dijo Sano, consciente de que Oda los escuchaba desde la puerta y satisfecho de que sus hombres no tuvieran que examinar el cad&#225;ver quebrantando la ley-. Aqu&#237; mismo tenemos la marca del dim-mak. Se&#241;al&#243; la espalda del coronel. Se apreciaba un leve cardenal con forma de huella dactilar, entre dos v&#233;rtebras. El teniente Oda se acerc&#243; y contempl&#243; desolado la contusi&#243;n. -&#191;Entonces lo han matado del mismo modo que al jefe de la metsuke?

Por desgracia, s&#237; -respondi&#243; Sano.

Luego es verdad. Existe alguien que posee el poder de matar con un simple roce. -Asombrado, el teniente ech&#243; un vistazo alrededor, como si temiera por su propia seguridad-. &#191;Qui&#233;n puede ser?

Eso es lo que debo averiguar -dijo Sano. Despu&#233;s de cinco asesinatos, su misi&#243;n era m&#225;s urgente que nunca: otro hombre hab&#237;a muerto porque &#233;l no hab&#237;a atrapado al asesino. Hundido por la sensaci&#243;n de responsabilidad fallida, ocult&#243; sus emociones tras una expresi&#243;n impasible. El olor de la muerte se entremezclaba con el aroma del vino y la comida rancia. Sano sinti&#243; la presencia del mal, aunque el asesino se hallara muy lejos en el espacio y el tiempo. Fue a la puerta exterior y la abri&#243; de par en par, para que entrara el aire fresco del jard&#237;n, y luego se volvi&#243; hacia Oda-. Necesito vuestra ayuda.

Por supuesto. -Daba la impresi&#243;n de que el impacto hab&#237;a devuelto la sobriedad de golpe al teniente; el rubor de sus mejillas hab&#237;a palidecido.

Decidme qui&#233;n ha tenido contacto con el coronel Ibe en estos &#250;ltimos dos d&#237;as.

S&#233; de algunas personas, pero no todas Yo no lo acompa&#241;aba a todas partes -dijo Oda-, pero sus guardaespaldas s&#237;. Est&#225;n en la habitaci&#243;n del otro lado del pasillo. &#191;Los llamo?

Sano asinti&#243; y el teniente hizo pasar a dos j&#243;venes samur&#225;is al sal&#243;n. Recitaron una larga lista de parientes, colegas y subordinados que se hab&#237;an cruzado con el coronel Ibe durante ese periodo. Cuando terminaron, Sano e Hirata sacudieron la cabeza: por lo que recordaban, ninguna de las personas mencionadas coincid&#237;a con las que hab&#237;an tenido contacto con las anteriores v&#237;ctimas.

Sano se dirigi&#243; a los guardaespaldas:

&#191;Perdisteis de vista en alg&#250;n momento al coronel Ibe?

Los hombres se miraron, avergonzados de haber descuidado la vigilancia y de que ese descuido pudiera haber propiciado la muerte de su se&#241;or. Uno farfull&#243;:

Fue s&#243;lo un momento.

Anoche, en el Sanja Matsuri -aclar&#243; el otro-. Lo perdimos entre la multitud.

Sano les dio las gracias a ellos y al teniente Oda por su informaci&#243;n, les autoriz&#243; a llevarse a casa el cuerpo de su se&#241;or y les dijo que permitieran que el burdel reabriera sus puertas. &#201;l, Hirata y sus hombres avanzaron por la calle hacia la entrada del barrio.

Ese festival convierte el templo de Asakusa en una olla de grillos -dijo Hirata-. Parece el sitio ideal para que el asesino haya acechado al coronel Ibe hasta asestarle el toque de la muerte.

Sin que nadie se enterara -a&#241;adi&#243; Sano.

Hizo un alto ante la puerta, se volvi&#243; y mir&#243; calle abajo por Nakanocho. Vio a los guardaespaldas transportando el cad&#225;ver amortajado del coronel Ibe en una camilla. Mientras la gente se congregaba para curiosear, oy&#243; el zumbido de las conversaciones emocionadas y vio que el gent&#237;o de la calle se agrupaba en corros, para comentar la noticia. Las cortesanas apretaban la cara contra los barrotes de sus escaparates y los juerguistas sal&#237;an en tropel de los salones de t&#233;, ansiosos por enterarse del motivo de la conmoci&#243;n.

&#191;Cre&#233;is que fue el capit&#225;n Nakai? -pregunt&#243; Hirata.

Tenemos que descubrir d&#243;nde estuvo anoche. Y m&#225;s nos vale regresar al castillo e informar de este &#250;ltimo asesinato al caballero Matsudaira. -Sinti&#243; un repentino temor al imaginarse c&#243;mo reaccionar&#237;a el primo del sog&#250;n.



Cap&#237;tulo 19

Aquel sal&#243;n de t&#233; era el decimocuarto que visitaba Reiko desde que saliera del Tribunal de Justicia.

Ya hab&#237;a buscado a la antigua amiga de Yugao en los dem&#225;s establecimientos cercanos al Teatro de los Cien D&#237;as, pero ninguno de los clientes, propietarios o criados conoc&#237;a a Tama. Tras extender su b&#250;squeda a los barrios colindantes, Reiko baj&#243; de su palanqu&#237;n delante de ese sal&#243;n de t&#233;, ubicado en una calle de casas de vecindad sobre tiendas de verduras y fruta en conserva. Era casi id&#233;ntico a todos los que hab&#237;a visto. Una cortina colgaba de los aleros hasta media altura de la fachada abierta. Una camarera se recostaba, mirando al suelo y aburrida, contra un pilar al borde del suelo elevado de tablones. La sala que ten&#237;a detr&#225;s estaba vac&#237;a a excepci&#243;n del propietario, un hombre de mediana edad acuclillado junto a su vasija de sake, sus jarras y vasos. La mujer avist&#243; a los guardias de Reiko y se le iluminaron las facciones.

Hola -salud&#243; al teniente Asukai. Ya no era joven, pero ten&#237;a formas voluptuosas. Sus ojos refulgieron ante la perspectiva de compa&#241;&#237;a masculina y generosas propinas-. &#191;Puedo serviros algo de beber a vos y vuestros amigos?

Gracias -dijo Asukai-. Por cierto, mi se&#241;ora tiene unas preguntas que hacer.

Curiosa pero desconfiada, la camarera mir&#243; a Reiko.

Como dese&#233;is.

El propietario sirvi&#243; sake y Reiko le dijo a la doncella:

Busco a una mujer llamada Tama. Trabaja en un sal&#243;n de t&#233; de por aqu&#237;. &#191;La conoces?

Oh, s&#237; -respondi&#243; la camarera-. Antes trabaj&#225;bamos juntas, aqu&#237;. Su padre era el due&#241;o de este local. Reiko se anim&#243;.

&#191;Sabes d&#243;nde puedo encontrarla? La mujer sacudi&#243; la cabeza.

Lo siento. Hace, a ver dos a&#241;os que no la veo. Ella y su familia se fueron del barrio. No s&#233; d&#243;nde se mudaron. Su padre vendi&#243; el sal&#243;n de t&#233;. -Le hizo una se&#241;a con la mano al propietario, que estaba sentado con los guardias de Reiko, d&#225;ndoles educada conversaci&#243;n-. Oye, &#191;qu&#233; fue de Tama?

&#201;l sacudi&#243; la cabeza para indicar que no lo sab&#237;a. Decepcionada, Reiko sigui&#243; probando.

&#191;Conociste a una chica llamada Yugao? Era amiga de Tama.

No -La camarera recapacit&#243;-. Ah, s&#237;, hab&#237;a una chica que ven&#237;a a veces de visita. -Sin embargo, cuando Reiko le pregunt&#243; por el car&#225;cter y la familia de Yugao, no supo darle ninguna informaci&#243;n-. Y bien, &#191;a qu&#233; tantas preguntas? &#191;Tama ha hecho algo malo?

No que yo sepa -dijo Reiko-, pero tengo que encontrarla. -Tama parec&#237;a su &#250;nica oportunidad de revelar hechos que arrojasen luz sobre los asesinatos-. &#191;D&#243;nde viv&#237;a?

La camarera le dio las se&#241;as de una casa situada a cierta distancia, y luego dijo:

A lo mejor puedo enterarme de qu&#233; ha sido de ella. Puedo preguntar por ah&#237;, si lo dese&#225;is. -Hizo tintinear el dinero que llevaba en a bolsita bajo la faja, insinuando que una propina nunca estaba m&#225;s. Reiko le entreg&#243; una moneda de plata.

Si encuentras a Tama, manda recado a la dama Reiko en el Tribunal de Justicia del magistrado Ueda, y te pagar&#233; el doble.

Subi&#243; al palanqu&#237;n y pidi&#243; a los porteadores que la llevaran a la casa donde hab&#237;a vivido Tama. El tiempo disponible hasta la hora l&#237;mite de su padre volaba, y Reiko ten&#237;a la acuciante sensaci&#243;n de que deb&#237;a descubrir la verdad sobre los cr&#237;menes antes de que ejecutaran a Yugao o habr&#237;a terribles consecuencias.


Un pasillo tan oscuro y h&#250;medo como un t&#250;nel subterr&#225;neo comunicaba las celdas de la c&#225;rcel de Edo. Por &#233;l avanzaba penosamente un carcelero con una torre de bandejas de madera con comida. Se paraba para deslizar una por el hueco debajo de cada puerta cerrada. Los cautivos celebraban la llegada del rancho con gritos escandalosos.

Dentro de una celda, ocho mujeres se abalanzaron sobre la comida como gatas hambrientas. Lucharon entre empujones, ara&#241;azos y chillidos por el arroz, las verduras en vinagre y el pescado seco. Yugao se las ingeni&#243; para agarrar una bola de arroz. Huy&#243; a comer en un rinc&#243;n de la celda, que s&#243;lo contaba con diez pasos de lado y la luz que entraba por un peque&#241;o ventanuco con barrotes cerca del techo. El resto de mujeres se arrodillaron para engullir su comida. El pelo les colgaba desgre&#241;ado por encima de la cara; se chupaban los dedos y se los limpiaban con sus sayos de arpillera. Yugao masc&#243; el arroz apelmazado y duro. Maldijo que unos pocos d&#237;as en la c&#225;rcel la hubieran reducido, junto a las dem&#225;s reclusas, a la condici&#243;n de animales salvajes. Sin embargo, se record&#243; que ella hab&#237;a elegido ese destino. Formaba parte de su plan. Deb&#237;a aguantar y aguantar&#237;a.

Cuando acab&#243; de comer, estir&#243; el brazo hacia la jarra de agua, pero Sachiko, una ladrona a la espera de juicio, se le adelant&#243;. Era una adolescente fea y dura que se hab&#237;a criado en las calles de Edo y hab&#237;a vivido con una pandilla de hampones antes de su arresto. Bebi&#243; de la jarra y luego clav&#243; una mirada beligerante en Yugao.

&#191;Qu&#233; pasa? -dijo-. &#191;Tienes sed?

D&#225;mela. -Yugao trat&#243; de aferrar la jarra.

Sachiko la apart&#243; fuera de su alcance y sonri&#243;.

Si lo pides por favor, a lo mejor te doy un poco.

El resto de las mujeres observaban expectantes. Todas le daban coba a Sachiko porque le ten&#237;an miedo. Yugao las despreciaba por su debilidad y odiaba a la matona. No pensaba doblar la cerviz ante ella.

No me incordies -dijo con tono pausado y amenazante-. Soy una asesina. He matado a tres personas. Dame el agua o te matar&#233; a ti tambi&#233;n.

Un repentino temor borr&#243; la sonrisa arrogante de Sachiko. Yugao sab&#237;a que su crimen, el m&#225;s grave de todos, le confer&#237;a un estatus especial en la c&#225;rcel. Las otras la ten&#237;an por loca y, en consecuencia, peligrosa. Desde que la hab&#237;an encerrado con ellas, Sachiko andaba buscando pelea, y si quer&#237;a conservar su posici&#243;n como cabecilla de esa celda no pod&#237;a consentir que Yugao la intimidara.

Te debes de creer mejor que las dem&#225;s -dijo Sachiko-. He o&#237;do decir a los guardias que el magistrado aplaz&#243; tu sentencia y que te sacaron ayer porque quer&#237;a hablar contigo otra vez. &#191;Para qu&#233;? &#191;Hizo que se la chuparas?

Hizo una pantomima de felaci&#243;n y rompi&#243; a re&#237;r; las otras mujeres la imitaron obedientes.

No debiste de hacerlo lo bastante bien, o te hubiera soltado en vez de mandarte de vuelta.

Yugao ard&#237;a de rabia, pero sab&#237;a que Sachiko le ten&#237;a envidia, y con motivo. Ella, a diferencia de esas otras criaturas lamentables, ten&#237;a una oportunidad de evitar el castigo. Le bastar&#237;a con inventarse una historia de que alg&#250;n otro hab&#237;a asesinado a su familia. Aquella mema de la dama Reiko la creer&#237;a y le dir&#237;a al magistrado que la soltase. Sin embargo, Yugao no pensaba rectificar su confesi&#243;n y negociar por su vida. La tuvieran por culpable o no, ella quer&#237;a que le atribuyeran el crimen. Era su regalo a la persona que m&#225;s le importaba en el mundo. &#161;C&#243;mo los odiaba por intentar embaucarla para que hablase de m&#225;s y lo traicionara! Los odiaba por retrasar su condena a muerte y prolongar su estancia en ese infierno. El rencor hacia ellos aviv&#243; su furia hacia Sachiko.

Cierra tu bocaza -le espet&#243;- o te la cerrar&#233; yo. Ahora dame el agua.

Si tanto la quieres, toma -replic&#243; Sachiko con desd&#233;n.

Le lanz&#243; a Yugao el contenido de la jarra. El agua le salpic&#243; la cara y le empap&#243; la ropa. Sinti&#243; una c&#243;lera homicida. Se abalanz&#243; sobre Sachiko y ambas cayeron al suelo. Yugao le propin&#243; pu&#241;etazos y le lanz&#243; ara&#241;azos a los ojos. Sachiko le daba golpes en la cabeza y le tiraba del pelo. Todas las presas gritaban:

&#161;Dale, Sachiko! &#161;Ens&#233;&#241;ale qui&#233;n manda!

Sachiko era m&#225;s grande que Yugao y sab&#237;a pelear. No tard&#243; en estar encima de su rival. Contra el suelo, Yugao se revolvi&#243; y lanz&#243; golpes a ciegas, pero Sachiko le cerr&#243; las manos en torno a la garganta. Yugao tosi&#243; y jade&#243; mientras el apret&#243;n le iba cortando la respiraci&#243;n. Sin embargo, sinti&#243; un abrumador impulso de no morir all&#237;, en una est&#250;pida pelea carcelaria, sino mantenerse con vida y recibir su condena a muerte en el campo de ejecuci&#243;n. Encontr&#243; a tientas la pesada jarra de cer&#225;mica. La agarr&#243; y la estrell&#243; contra la cara de Sachiko, que aull&#243; y cay&#243; hacia atr&#225;s con la nariz ensangrentada. Yugao se le ech&#243; encima y empez&#243; a golpearla en la cabeza con la jarra.

&#161;Para! -grit&#243; Sachiko, sollozando de dolor y terror-. &#161;Ya basta! &#161;T&#250; ganas!

Sin embargo, Yugao se sent&#237;a pose&#237;da por una desenfrenada violencia. Sigui&#243; golpeando a Sachiko sin piedad.

&#161;Quit&#225;dmela de encima! -chill&#243; la ladrona.

En lugar de eso, las otras mujeres aporrearon la puerta y gritaron:

&#161;Socorro! &#161;Socorro!

Arrastrada por su locura, Yugao apenas oy&#243; c&#243;mo el carcelero abr&#237;a la puerta y gritaba:

&#161;&#191;Qu&#233; pasa aqu&#237;?!

De repente la celda estaba llena de hombres. La apartaron bruscamente de Sachiko, mientras ella gritaba y se revolv&#237;a. La ladrona se qued&#243; tendida gimiendo y las dem&#225;s mujeres se acurrucaron en un rinc&#243;n. Los guardias sacaron a rastras de la celda a Yugao.

Te ense&#241;aremos a comportarte -le espet&#243; el carcelero.

&#201;l y los guardias la pusieron a cuatro patas en el pasillo a base de empujones. Yugao se debati&#243;, pero la ten&#237;an bien sujeta. Le subieron el sayo y un hombre se arrodill&#243; detr&#225;s de ella, que dio una sacudida cuando not&#243; su miembro erecto tante&#225;ndole entre las nalgas. El guardia la penetr&#243; de golpe. Ella cerr&#243; los ojos y apret&#243; los dientes para aguantar la agon&#237;a. Uno tras otro, los hombres fueron viol&#225;ndola. Con las mejillas anegadas en l&#225;grimas, Yugao se dijo que aquello no era nada comparado con la deshonra y los padecimientos que &#233;l hab&#237;a sufrido. Ten&#237;a que soportarlo por &#233;l, igual que, llegado el momento, morir&#237;a por &#233;l.

El remoto repicar de una campana se col&#243; en su conciencia. Oy&#243; que uno de los guardias exclamaba:

&#161;Es la alarma de incendios!

El hombre que la estaba violando se retir&#243; y los dem&#225;s la soltaron. Yugao se derrumb&#243; en el suelo, boqueando. Los guardias salieron disparados por el pasillo. Desatrancaron y abrieron las puertas, gritando:

&#161;Fuego! &#161;Todo el mundo fuera!

Entre gritos de miedo y emoci&#243;n, los presos salieron en estampida de sus celdas y corrieron por el pasillo sorteando a Yugao. Ella oli&#243; el humo de algo que se quemaba por all&#237; cerca. Un guardia le dio una patada en las costillas mientras segu&#237;a a los reclusos hacia el exterior de la c&#225;rcel.

Lev&#225;ntate y corre si no quieres morir achicharrada -le dijo.

La ley ordenaba que se liberara a los presos cuando un incendio amenazaba la c&#225;rcel. Era un ejemplo de misericordia en un sistema legal por lo dem&#225;s cruel. Yugao, asombrada, cay&#243; en la cuenta de que todo acababa de cambiar. Antes pensaba que su muerte por ejecuci&#243;n era lo &#250;nico que pod&#237;a ofrecerle a &#233;l y que volver&#237;an a encontrarse en el para&#237;so que exist&#237;a al otro lado de la muerte. Ahora el destino hab&#237;a intervenido.

Se puso en pie llena de j&#250;bilo. Trastabillando de dolor y haciendo caso omiso del reguero de sangre que le bajaba por las piernas, sali&#243; con el resto de los prisioneros a un patio donde el sol la deslumhr&#243; por un instante. Se estaban formando nubes de humo acre por encima de los tejados en un barrio contiguo a los muros de la c&#225;rcel, pero el aire era m&#225;s fresco que en su celda. Yugao respir&#243; con agradecimiento. Un torrente de prisioneros surg&#237;a del resto de alas de la prisi&#243;n. Los guardias los dirig&#237;an a toda prisa hacia la puerta principal.

&#161;No olvid&#233;is volver en cuanto apaguen el incendio! -advirtieron a gritos a la horda que se alejaba.

Cuando Yugao super&#243; el puente sobre el canal, la ciudad se extendi&#243; ante ella, luminosa, bella y acogedora. &#161;Qu&#233; milagroso golpe de suerte! Pod&#237;a vivir, por &#233;l y con &#233;l. Ebria de libertad y esperanza, se adelant&#243; corriendo a los otros prisioneros y desapareci&#243; en los callejones de los suburbios que rodeaban la c&#225;rcel de Edo sin mirar atr&#225;s.



Cap&#237;tulo 20

Os dije que un asesino rondaba los cargos reci&#233;n nombrados -dijo el caballero Matsudaira cuando Sano inform&#243; de la muerte del coronel Ibe. Pase&#243; una mirada de triunfo por el sog&#250;n y Yoritomo, sentados en la tarima por encima de &#233;l, y los dos ancianos que se hallaban de rodillas a un lado-. &#191;Me cre&#233;is ahora?

S&#237;. Ten&#237;ais raz&#243;n -reconoci&#243; Ihara. El descontento arrugaba sus rasgos simiescos.

Kato asinti&#243; con una renuencia que la m&#225;scara de su rostro no acertaba a disimular. Sano, sentado junto a Hirata en el suelo, cerca de la derecha del sog&#250;n, observ&#243; la mirada consternada que intercambiaron ambos ancianos: estaban preocupados porque el &#250;ltimo asesinato daba m&#225;s peso a la teor&#237;a de Matsudaira de que exist&#237;a una conspiraci&#243;n contra su r&#233;gimen.

El primo del sog&#250;n lanz&#243; una mirada furibunda a Sano.

Se supon&#237;a que deb&#237;ais atrapar al asesino. -Sus ojos se desplazaron hacia los ancianos, insinuando que deber&#237;a haberlos implicado en el complot-. En cambio, me dec&#237;s que el asesino ha vuelto a golpear. &#191;C&#243;mo os&#225;is fallarme despu&#233;s de que yo depositara mi confianza en vos?

Mil perdones, mi se&#241;or. -Sano estaba abochornado, pero acept&#243; el reproche con el estoicismo propio de un samur&#225;i-. No hay excusa.

Los ancianos parec&#237;an complacidos por su deshonra y satisfechos de que fuera &#233;l, y no ellos, el blanco de las iras del caballero. Hirata y Yoritomo parec&#237;an preocupados.

Lamento, aah, discrepar -dijo el sog&#250;n, rebel&#225;ndose contra su primo como en otras ocasiones-. Sano-san ciertamente cuenta con una, aah, excusa leg&#237;tima. Fue s&#243;lo, aah, anteayer cuando empez&#243; a investigar los asesinatos. No deber&#237;as ser tan impaciente, primo.

Sano pens&#243; en lo ir&#243;nico que resultaba que el sog&#250;n, que siempre hab&#237;a esperado de &#233;l resultados inmediatos, lo defendiera en ese punto. Saltaba a la vista que lo soliviantaba el control que ejerc&#237;a sobre &#233;l Matsudaira, y aprovechaba cualquier oportunidad de plantarle cara. A lo mejor Yoritomo lo hab&#237;a inducido a que abogara por Sano.

Su excelencia tiene raz&#243;n -dijo Matsudaira, disimulando el descontento y fingiendo contrici&#243;n-. Disculpadme, chambel&#225;n Sano. Este &#250;ltimo asesinato no es culpa vuestra. -Su torva mirada a los ancianos proclamaba d&#243;nde colocaba &#233;l la culpa-. Contadnos qu&#233; avances hab&#233;is realizado en la captura del asesino.

He identificado a un sospechoso. El caballero se inclin&#243; hacia delante.

&#191;Qui&#233;n es?

Sano observ&#243; que Kato e Ihara se preparaban para una acusaci&#243;n contra su camarilla.

El capit&#225;n Nakai.

La sorpresa aflor&#243; a los rostros de Matsudaira, los ancianos y Yoritomo. El sog&#250;n arrug&#243; la frente como si tratara de recordar qui&#233;n era el aludido.

Pero el capit&#225;n Nakai -empez&#243; Ihara, y se call&#243;. Luch&#243; en el bando del caballero Matsudaira en la guerra de las facciones. &#191;C&#243;mo puede ser &#233;l quien trata de socavar el nuevo r&#233;gimen? Las palabras no pronunciadas resonaron en la sala.

&#191;Por qu&#233; sospech&#225;is del capit&#225;n Nakai? -pregunt&#243; el primo delsog&#250;n.

Sano explic&#243; que Nakai hab&#237;a tenido contacto con el jefe Ejima y elministro Moriwaki durante los d&#237;as previos a sus muertes.

Y est&#225; contrariado porque no lo han compensado por sus recientes m&#233;ritos.

Matsudaira entrecerr&#243; los ojos y se acarici&#243; la barbilla mientras asimilaba lo que Sano estaba dando a entender. Los ancianos eran incapaces de ocultar del todo su alivio al ver que el incriminado era uno de los hombres de su rival, en lugar de ellos.

Oigamos lo que tiene que decir el capit&#225;n en su defensa -dijo Matsudaira-. &#191;D&#243;nde est&#225;?

Sano hubiese preferido interrogar a Nakai en privado, pero su posici&#243;n ya era lo bastante d&#233;bil.

Deber&#237;a estar de servicio en el puesto de mando de la guardia del castillo.

Traedlo -orden&#243; el caballero a un sirviente.

Al cabo de poco, el capit&#225;n Nakai entraba con paso firme en la sala de audiencias. Resplandec&#237;a de orgullo cuando se postr&#243; e hizo las reverencias de rigor.

Excelencia; caballero Matsudaira; es un honor. -Sano intuy&#243; que cre&#237;a que iba a recibir, despu&#233;s de tanto tiempo, la recompensa que anhelaba. Pero al ver la expresi&#243;n sombr&#237;a del primo del sog&#250;n y reparar en Sano, el capit&#225;n se carg&#243; de aprensi&#243;n-. &#191;Puedo preguntar por qu&#233; se me ha convocado?

El coronel Ibe ha sido asesinado. &#191;Has sido t&#250;? -inquiri&#243; Matsudaira, salt&#225;ndose las formalidades para ir directo al grano.

&#191;Qu&#233;? -El capit&#225;n se qued&#243; boquiabierto de un asombro que a Sano le pareci&#243; genuino.

&#191;Mataste tambi&#233;n al jefe de la metsuke Ejima, el ministro del Tesoro Moriwaki, el inspector de la corte Ono y el comisario de carreteras Sasamura? -pregunt&#243; el caballero.

&#161;No! -El capit&#225;n Nakai mir&#243; a Sano y su desconcierto dio paso al ultraje-. Os dije que era inocente. Juro que lo soy. -Una horrorizada comprensi&#243;n le demud&#243; las facciones-. Le hab&#233;is dicho a su excelencia y al caballero Matsudaira que soy culpable.

&#191;Y bien? -La intensa mirada del primo del sog&#250;n desafi&#243; a Sano-. &#191;Es o no es el culpable?

S&#243;lo hay un modo de resolver la cuesti&#243;n. Debo rogaros que esper&#233;is un momento. -Y susurr&#243; al detective Marume-: Si el detective Tachibana est&#225; haciendo su trabajo, deber&#237;a andar por aqu&#237; cerca. Ve a buscarlo y tr&#225;elo aqu&#237;.

Marume sali&#243;. Pas&#243; un breve lapso de tiempo, durante el cual el caballero y los ancianos esperaron en malcarado silencio. Yoritomo le explic&#243; con un murmullo al sog&#250;n lo que hab&#237;a pasado. El capit&#225;n Nakai miraba de uno a otro, como si buscara que lo rescatasen. Abri&#243; la boca para hablar y luego se mordi&#243; el labio. Meneaba las manos y tensaba los m&#250;sculos. Toda la fuerza f&#237;sica que hab&#237;a hecho de &#233;l un h&#233;roe en el campo de batalla no iba a servirle de nada all&#237;. Su miedo a la ruina y la muerte impregnaba el aire como un hedor. Sano sinti&#243; que la tensi&#243;n de la sala se acumulaba hasta un punto intolerable. En el &#250;ltimo momento llegaron los detectives Marume y Tachibana.

Lo m&#225;s probable es que el asesino tocara al coronel Ibe ayer, en el festival del templo de Asakusa -explic&#243; Sano, y se dirigi&#243; al capit&#225;n Nakai-: &#191;D&#243;nde estuvisteis anoche?

Algo parecido al alivio, combinado con el desaf&#237;o, surc&#243; la expresi&#243;n de Nakai.

En casa.

Sano se volvi&#243; hacia el detective Tachibana.

&#191;Es eso cierto?

S&#237;, honorable chambel&#225;n -contest&#243; su hombre, nervioso en presencia de sus superiores, pero seguro de su respuesta-. Pas&#243; all&#237; toda la noche. No se movi&#243; de su casa en ning&#250;n momento.

Puse al capit&#225;n Nakai bajo vigilancia -explic&#243; Sano a los presentes-. La declaraci&#243;n de mi detective confirma su coartada.

&#191;Hicisteis que un hombre me siguiera? -Nakai mir&#243; a Sano con indignaci&#243;n y asombro redoblados.

Deber&#237;ais darle las gracias -observ&#243; Kato-. Os ha exculpado.

Ciertamente. -Matsudaira lanz&#243; a Sano una mirada especulativa y reprobatoria.

Yoritomo susurr&#243; al o&#237;do del sog&#250;n, que asinti&#243; y dijo:

Capit&#225;n Nakai, aah, parece que no eres el asesino que buscamos. Regresa a tu puesto.

Estupefacto, el aludido no movi&#243; un m&#250;sculo.

&#191;Eso es todo? -pregunt&#243; a Sano-. &#191;Me acus&#225;is delante de todos, arrastr&#225;is mi honor por el fango y luego se me despacha como si no hubiera pasado nada? -Ten&#237;a la cara roja de ira-. &#191;C&#243;mo se supone que debo mantener la cabeza alta en p&#250;blico?

Sano lamentaba haber da&#241;ado la reputaci&#243;n de un inocente, Tambi&#233;n ten&#237;a motivos para sentir que Nakai no fuera el asesino.

Os ruego que acept&#233;is mis disculpas. Me encargar&#233; de que todo el mundo sepa que vuestro honor est&#225; intacto y de que os compensen cualquier molestia que hay&#225;is sufrido.

Nakai, ciego de ira, estall&#243; contra el caballero Matsudaira:

Despu&#233;s de todo lo que he hecho por vos, &#191;consent&#237;s que me deshonren cuando deber&#237;ais recompensarme?

Sugiero que obedezc&#225;is la orden de su excelencia y salg&#225;is antes de que vuestra lengua os meta en problemas -repuso el primo del sog&#250;n con frialdad.

El capit&#225;n se puso en pie, bufando de orgullo herido.

Nunca hab&#233;is olvidado que tengo conexiones con el clan de vuestro enemigo. &#161;Siempre me lo hab&#233;is echado en cara aunque no sea culpa m&#237;a! -Y sali&#243; de la sala hecho una furia.

Los reunidos esperaron un instante en silencio a que se despejara el ambiente emponzo&#241;ado. Sano sab&#237;a que se avecinaban m&#225;s problemas. Detect&#243; un temor similar al suyo en los rostros impasibles que lo rodeaban. S&#243;lo el sog&#250;n estaba tranquilo en su ignorancia.

Debo decir que no me sorprende que el capit&#225;n Nakai sea inocente -coment&#243; Matsudaira. Tampoco parec&#237;a contrariado-. Nakai ha sido bendecido por la buena suerte. Otros no son tan afortunados. -Su mirada, pre&#241;ada de acusaci&#243;n, atraves&#243; a los dos ancianos.

Kato e Ihara intentaron disimular su desaz&#243;n al ver las sospechas apuntadas de nuevo hacia su facci&#243;n. El sog&#250;n le pidi&#243; con un codazo a Yoritomo una explicaci&#243;n de lo que acababa de suceder, pero los ojos luminosos y asustados del muchacho estaban fijos en Sano.

Vos tambi&#233;n ten&#233;is un problema, honorable chambel&#225;n -prosigui&#243; el caballero Matsudaira con el mismo tono amenazante-. Ahora que vuestro principal sospechoso ha quedado libre de culpa, la investigaci&#243;n se encuentra de vuelta donde empez&#243;: sin ninguna idea de qui&#233;n es el asesino.

Aunque el rev&#233;s lo angustiaba, Sano no pod&#237;a permitirse que Matsudaira creyera que la situaci&#243;n era tan aciaga como parec&#237;a.

Hay varias l&#237;neas de investigaci&#243;n m&#225;s -empez&#243;.

El caballero lo ataj&#243; con un gesto de impaciencia.

No me hag&#225;is perder el tiempo hasta que se demuestren m&#225;s v&#225;lidas que lo que hab&#233;is descubierto hasta ahora. -Mir&#243; a los dos ancianos y luego a Sano, con un claro sentido: m&#225;s val&#237;a que cualquier nueva v&#237;a que explorase apuntara a sus enemigos-. Si el asesino golpea de nuevo, habr&#225; algunos cambios en el escalaf&#243;n superior del r&#233;gimen. &#191;No os parece que la isla de Hachijo tiene sitio para m&#225;s de un chambel&#225;n exiliado?

S&#237;, mi se&#241;or. -Sano mantuvo la serenidad de tono y expresi&#243;n. Por alto que hubiera llegado en el bakufu, nada hab&#237;a cambiado en realidad; su rango no lo exim&#237;a del Camino del Guerrero. A&#250;n deb&#237;a aceptar los abusos, por inmerecidos que fueran. Un cruel regodeo centelle&#243; en los ojos de Matsudaira al percibir la lucha interior de Sano.

Pero no tem&#225;is que la isla de Hachijo sea un lugar solitario. Tendr&#233;is compa&#241;&#237;a de sobra. -Atraves&#243; con la mirada a Hirata, que dio un respingo involuntario-. Donde va el se&#241;or, va el vasallo.

La cara de Hirata adquiri&#243; la expresi&#243;n del ciervo que ha visto apuntar al cazador una flecha directa hacia &#233;l. Matsudaira se volvi&#243; hacia el sog&#250;n.

Creo que podemos levantar esta sesi&#243;n, honorable primo.

El sog&#250;n asinti&#243;, demasiado confuso para objetar. Mientras &#233;l, sus hombres y los ancianos se levantaban y hac&#237;an una reverencia, Sano sinti&#243; la perdici&#243;n en el aire como una tormenta en ciernes. El caballero Matsudaira dijo:

Conf&#237;o en que ma&#241;ana sea un d&#237;a m&#225;s satisfactorio.


Fuera del palacio, Sano cruz&#243; los jardines con Hirata. El ocaso pintaba una triste franja carmes&#237; en el cielo por encima de las colinas de poniente; nubes como un muro de humo ocultaban la luna y las estrellas. Crec&#237;an las sombras y los insectos chirriaban bajo unos &#225;rboles que condensaban la noche en su follaje. En las linternas de piedra ard&#237;an las llamas; las antorchas de las patrullas de guardias destellaban en el paisaje oscurecido.

Lamento no haber sido capaz de identificar al asesino -dijo Hirata, que parec&#237;a dispuesto a asumir toda la culpa.

Yo lamento haberte metido en esta investigaci&#243;n. -Si le causaba a Hirata m&#225;s perjuicios de los que ya hab&#237;a padecido, Sano nunca se lo perdonar&#237;a-. Pero no desesperemos todav&#237;a. Tenemos suerte de que el caballero Matsudaira nos haya concedido otra oportunidad. Es posible que las otras pistas nos conduzcan al asesino. Y el &#250;ltimo crimen tal vez nos proporcione nuevos indicios.

&#191;Cu&#225;les son vuestras &#243;rdenes para ma&#241;ana? -pregunt&#243; Hirata.

Sano dese&#243; una vez m&#225;s poder excusar a su vasallo. Sin embargo, tanto el destino de Hirata como el suyo depend&#237;an del resultado, y no pod&#237;a negarle la oportunidad de salvar su honor y su posici&#243;n.

Localiza al sacerdote que choc&#243; con el jefe Ejima y al aguador que merodeaba cerca del comisario de carreteras Sasamura.

Hirata asinti&#243;, aceptando sin inmutarse la agotadora tarea de perseguir testigos por toda la ciudad.

Tambi&#233;n me enterar&#233; de si alguien vio al asesino acechando al coronel Ibe.

Un incidente cualquiera podr&#237;a proporcionar el empuj&#243;n cr&#237;tico que necesitamos -dijo Sano, si bien con m&#225;s esperanza de la que sent&#237;a. Indic&#243; a los detectives Marume y Fukida que se unieran a ellos-. En cuanto lleguemos a casa, organizad una b&#250;squeda del sacerdote Ozuno. Tomad prestadas tropas del Ej&#233;rcito. Quiero todos los templos registrados. Si lo encontr&#225;is, retenedlo en alg&#250;n sitio del que no pueda escapar y notific&#225;dnoslo a m&#237; o a Hirata-san de inmediato.

Cruzaron la puerta que daba a los terrenos del palacio. Despu&#233;s de desearse las buenas noches, Hirata enfil&#243; con Arai e Inoue el pasaje que llevaba al barrio administrativo. Sano se dirigi&#243; con Marume y Fukida a su complejo. All&#237; deb&#237;a cribar la informaci&#243;n sobre los contactos de las v&#237;ctimas, buscar nuevos sospechosos y confiar en que tuvieran relaciones con los enemigos de Matsudaira. La sola idea lo agotaba. Probablemente se pasar&#237;a la noche en vela otra vez.

Cuando lleg&#243; a la mansi&#243;n, se encontr&#243; el camino vac&#237;o salvo por sus guardias, que holgazaneaban ante la puerta. La visi&#243;n era tan extraordinaria que &#233;l, Marume y Fukida se pararon en seco. Aunque Sano hab&#237;a cancelado todas sus citas, todav&#237;a era lo bastante temprano para que hubiera funcionarios prestos a enredarlo en cuanto apareciera. Dentro del patio, sus pasos resonaron en el fantasmag&#243;rico silencio.

&#191;D&#243;nde est&#225; todo el mundo? -pregunt&#243; Fukida.

Es una buena pregunta. -Sano tuvo la inquietante sensaci&#243;n de que algo andaba mal. Se encontraron a su asesor rondando por la entrada a la residencia, y Sano le pregunt&#243;-: &#191;Qu&#233; sucede?

No lo s&#233;. -Kozawa parec&#237;a tan desconcertado como ellos.

&#191;Ha sido as&#237; todo el d&#237;a?

No, honorable chambel&#225;n. A primera hora de la ma&#241;ana hab&#237;a el gent&#237;o de costumbre. Pero hacia mediod&#237;a ha empezado a decaer. No ha habido visitas desde entrada la tarde hasta ahora mismo.

El instinto agudiz&#243; el desasosiego de Sano.

&#191;Qui&#233;n es?

El comisario de polic&#237;a Hoshina. El y dos de sus comandantes esperan en la antesala.

Sano vio c&#243;mo un d&#237;a malo de repente giraba a peor.

&#191;Quer&#233;is que lo eche? -se ofreci&#243; Marume.

Aunque estaba tentado, Sano record&#243; la advertencia de Hirata. Le conven&#237;a enterarse de qu&#233; nueva jugarreta tramaba Hoshina contra &#233;l.

No -dijo, y se dirigi&#243; a Kozawa-. Ver&#233; al comisario en mi despacho.

Sus detectives lo escoltaron hasta all&#237;. Les orden&#243; que no perdieran de vista a los hombres de Hoshina y se sent&#243; ante su escritorio, respirando hondo y tratando de sacudirse la tensi&#243;n de su encuentro con Matsudaira. Al poco Kozawa abri&#243; la puerta, y entr&#243; Hoshina.

Saludos, honorable chambel&#225;n -dijo con una sonrisita insolente. Se hab&#237;a quitado las espadas, como mandaba la norma para los visitantes, pero aun as&#237; se mov&#237;a con orgullo fanfarr&#243;n.

Bienvenido. -Sano adopt&#243; un tono lac&#243;nico para indicar que la visita ser&#237;a corta-. &#191;Qu&#233; os trae por aqu&#237;?

Hoshina le dedic&#243; una superficial reverencia. Al arrodillarse ante Sano, pase&#243; la mirada por la habitaci&#243;n. Una amarga nostalgia le ti&#241;&#243; la expresi&#243;n y Sano supo que recordaba los tiempos en que hab&#237;a sido amante y vasallo mayor de su anterior ocupante.

Bah, se me ha ocurrido pasarme a ver qu&#233; tal os iba todo.

No creo que hay&#225;is venido por el placer de una charla intrascendente -repuso Sano.

Hoshina se sonri&#243; e hizo caso omiso de la invitaci&#243;n de Sano a que declarara el motivo de su visita.

Qu&#233; tranquilo est&#225; todo. &#191;No es asombroso que cuatro palabras dejadas caer en una charla informal puedan tener un efecto tan dr&#225;stico?

Sano sinti&#243; un vuelco en el est&#243;mago al percibir una conexi&#243;n entre su oficina desierta y Hoshina.

&#191;De qu&#233; est&#225;is hablando? -Hoy he topado por casualidad con varios conocidos mutuos. -Hoshina arrastraba las palabras, recre&#225;ndose, disfrutando de la turbaci&#243;n de Sano-. Les he mencionado que os est&#225; costando resolver este caso, y que la muerte del coronel Ibe no ha ayudado. Les ha interesado descubrir que el caballero Matsudaira est&#225; sumamente insatisfecho con vos y que eso ha puesto en peligro la consideraci&#243;n en que os tiene. -Hoshina sacudi&#243; la cabeza con falsa compasi&#243;n; los ojos le centelleaban de malicia-. Las ratas siempre abandonan el barco que se hunde.

Sano se dio cuenta de lo sucedido. Hoshina, que ten&#237;a esp&#237;as por todas partes, hab&#237;a estado siguiendo su investigaci&#243;n, advirtiendo a la gente que era probable que no lograra resolver el caso y que m&#225;s le val&#237;a limitar su contacto con &#233;l o compartir&#237;an su castigo. Si la estratagema de Hoshina daba resultado, Sano perder&#237;a su influencia ante los altos funcionarios Tokugawa y los se&#241;ores feudales. Su miedo a quedar aislado y perder el control del gobierno y la naci&#243;n asumi&#243; una nueva y angustiosa realidad. Deber&#237;a haber previsto que su enemigo lo atacar&#237;a con malas artes cuando m&#225;s vulnerable era. Lanz&#243; una mirada furibunda a Hoshina, que esperaba sonriente su reacci&#243;n.

No puedo decir que me sorprendan vuestras noticias -dijo con disciplinada calma-. Vuestro comportamiento en el pasado ha demostrado que nunca dejar&#233;is de intentar destruirme, por mucho que me esfuerce en hacer las paces entre nosotros. Lo que s&#237; me sorprende es el m&#233;todo que hab&#233;is elegido esta vez.

&#191;C&#243;mo es eso? -pregunt&#243; Hoshina, orgulloso de su ingenio.

Interferir en mis asuntos sabotear&#225; el funcionamiento del nuevo r&#233;gimen del caballero Matsudaira. Vuestro juego podr&#237;a ser m&#225;s peligroso para vos que para m&#237;. Y hablarme de &#233;l me concede la ocasi&#243;n de contraatacar.

Hoshina ri&#243;.

Correr&#233; el riesgo. -Sano supuso que ten&#237;a tanta confianza en s&#237; mismo que se hab&#237;a arriesgado a ponerlo sobre aviso s&#243;lo para ver su reacci&#243;n. Hoshina no era el hombre m&#225;s listo del bakufu, pero desde luego se contaba entre los m&#225;s temerarios, y preferir&#237;a morir antes que renunciar a la esperanza de llegar a lo m&#225;s alto por cualquier medio. Se levant&#243; y empez&#243; a pasearse por la habitaci&#243;n-. Siempre me ha gustado este despacho -dijo mientras apreciaba sus generosas proporciones, su alto techo artesonado, las paredes cubiertas de libros y mapas, las elaboradas l&#225;mparas de metal-. Cuando lo desaloj&#233;is, el sog&#250;n necesitar&#225; un nuevo chambel&#225;n. Y yo estar&#233; preparado. -Mir&#243; a Sano con regodeo-. Deber&#237;a mencionar que muchos funcionarios y daimios han prometido apoyarme ante el caballero Matsudaira a cambio de favores cuando vuestro puesto sea m&#237;o.

Sano not&#243; que el comisario ten&#237;a otros motivos, m&#225;s personales que la mera ambici&#243;n, para organizar ese golpe contra &#233;l. Desparecido Yanagisawa, Hoshina necesitaba un objetivo para su ira contra el que fuera su amante. Atacando a Sano y ganando el puesto que hab&#237;a pertenecido a Yanagisawa, pod&#237;a satisfacer su sed de venganza.

Ahora que os hab&#233;is explayado, escuchadme un momento -dijo Sano-. Si cre&#233;is que saldr&#233;is victorioso en vuestro empe&#241;o, comet&#233;is un triste error. -Lo satisfizo ver que la expresi&#243;n de su adversario vacilaba-. En cuanto a este despacho, pod&#233;is iros olvidando de heredarlo en el futuro inmediato.

Mir&#243; con intenci&#243;n hacia la puerta. Hoshina capt&#243; la indirecta, pero antes de marcharse:

Disfrutadlo ahora que todav&#237;a es vuestro. -E hizo una reverencia con exagerada cortes&#237;a. Una chispa de astucia alumbr&#243; sus ojos-. Ah, por cierto, me ha llegado una noticia interesante. Sobre la dama Reiko.

&#191;Mi mujer? -Sano sinti&#243; una punzada de sorpresa.

La misma. Ha sido vista por el poblado hinin y el distrito del ocio de Riogoku Hirokoji. Mis fuentes en el tribunal cuentan que est&#225; investigando a una paria acusada de asesinato. Dicen que anda rebuscando indicios para absolverla, aunque resulta obvio que es culpable. La dama Reiko no s&#243;lo est&#225; interfiriendo con la justicia, sino que adem&#225;s lo est&#225; haciendo por orden vuestra porque cre&#233;is que la ley deber&#237;a ser m&#225;s blanda con los criminales.

Sano a duras penas logr&#243; disimular su consternaci&#243;n. &#161;Que las andanzas de Reiko hubieran llegado a o&#237;dos de su enemigo! Sin embargo, habl&#243; con tono contenido:

Deber&#237;as tener cuidado al elegir vuestras fuentes. No cre&#225;is todo lo que o&#237;s.

Con una mirada, Hoshina se mof&#243; de sus palabras.

El humo es un indicio cierto del fuego, como han dicho mis nuevos amigos al mencionarles las dudosas actividades de la dama Reiko. Tambi&#233;n se han mostrado de acuerdo en que un chambel&#225;n que adultera la ley a su antojo y manda a su mujer a hacerle el trabajo sucio no se merece su puesto. Eso los ha convencido de cortar sus relaciones con vos. -Y antes de que Sano diera con una respuesta, a&#241;adi&#243;-: La dama Reiko me ha hecho un favor. Os ruego que le transmit&#225;is mi agradecimiento y mis mejores deseos para vuestro hijo.

Y abandon&#243; el despacho soltando una carcajada sard&#243;nica.



Cap&#237;tulo 21

Sano se qued&#243; inm&#243;vil hasta que oy&#243; a Hoshina hablar con sus hombres y a Kozawa, que los acompa&#241;aba a la salida. Luego apoy&#243; los codos en el escritorio y se cogi&#243; la cabeza entre las manos. Se dir&#237;a que nada pod&#237;a empeorar m&#225;s.

Una puerta camuflada por un mural pintado se abri&#243; desliz&#225;ndose con un sonido leve y furtivo. Sano alz&#243; la vista y vio a Reiko plantada en el pasadizo que conduc&#237;a a sus dependencias privadas. Con expresi&#243;n solemne, se acerc&#243; a su marido con paso cauto.

He o&#237;do al comisario Hoshina. -Al llegar ante Sano, junt&#243; las manos en gesto de penitencia-. Lamento haberte causado tantos problemas.

Sano no pod&#237;a evitar arrepentirse de haberle consentido ir al poblado hinin, pero no pod&#237;a culparla por haber hecho el caldo gordo a Hoshina sin querer. Parec&#237;a tan hundida que no ten&#237;a coraje para enfadarse con ella. Adem&#225;s, &#233;l le hab&#237;a dado pleno consentimiento para su investigaci&#243;n.

No importa. -Se puso en pie y le cogi&#243; las manos-. No es culpa tuya.

Pero me avisaste de que lo que hiciera pod&#237;a dejarte en mal lugar -objet&#243; Reiko, todav&#237;a alterada-. Yo no te cre&#237;, y deber&#237;a haberlo hecho. Ojal&#225; nunca hubiera o&#237;do hablar de Yugao.

Lo mismo pensaba Sano, pero dijo:

Tu comportamiento ha sido s&#243;lo un factor m&#225;s en mis problemas. Sin ti, Hoshina habr&#237;a encontrado otra arma que usar contra m&#237;.

Ha mencionado a Masahiro. Sonaba como una amenaza. &#191;De verdad har&#237;a da&#241;o a nuestro hijo? -Reiko era la viva imagen del miedo.

No mientras yo viva -la tranquiliz&#243; Sano.

No le dijo lo que pod&#237;a pasar si lo desterraban. La familia de un samur&#225;i derrotado se consideraba un peligro para el vencedor. Reiko probablemente sobrevivir&#237;a porque Hoshina no ver&#237;a como un peligro a una mujer; pero un hijo pod&#237;a crecer para vengar las injusticias cometidas contra su padre. Hoshina jam&#225;s dejar&#237;a que Masahiro viviera tanto. Aun as&#237;, la muerte no era el &#250;nico destino que Sano tem&#237;a para Masahiro. Los hombres poderosos utilizaban y maltrataban, sexualmente y de otras maneras, a los ni&#241;os sin protector. El hijo de Yanagisawa, Yoritomo, hab&#237;a tenido suerte al convertirse en propiedad exclusiva del sog&#250;n tras la p&#233;rdida de su padre. Sano no soportaba pensar, y mucho menos contarle a Reiko, los padecimientos que Hoshina causar&#237;a a Masahiro. S&#243;lo pod&#237;a hacer cuanto estuviera en su mano por salir vencedor y confiar en que ella no proporcionara a Hoshina m&#225;s munici&#243;n.

&#191;C&#243;mo ha ido hoy tu investigaci&#243;n? -pregunt&#243;-. &#191;Est&#225; casi terminada?

Reiko oy&#243; en la voz de Sano la esperanza de que su investigaci&#243;n terminase antes de poder causar m&#225;s da&#241;os. Sab&#237;a que su marido tem&#237;a por la seguridad de ella, Masahiro, sus familias, sus amigos y los vasallos que depend&#237;an de ellos. Todos sufrir&#237;an si Sano era exiliado, al igual que los ciudadanos de Jap&#243;n, si el ego&#237;sta, corrupto y temerario Hoshina se convert&#237;a en el brazo derecho del sog&#250;n. Reiko segu&#237;a horrorizada por las consecuencias de su af&#225;n por descubrir la verdad y servir a la justicia, y estaba ansiosa por tranquilizar a Sano.

He descubierto lo suficiente para convencerme de que Yugao es culpable -explic&#243;-. Mi padre la declarar&#225; culpable y la condenar&#225; ma&#241;ana. No tengo previsto indagar m&#225;s por la ciudad.

Me alegro de o&#237;rlo -dijo Sano.

Parec&#237;a tan aliviado que Reiko no pudo decirle que opinaba que descubrir el m&#243;vil de Yugao era lo bastante importante para justificar la prolongaci&#243;n de sus pesquisas. El no confiar&#237;a en su intuici&#243;n, no en un momento como &#233;se. Y no estaba segura de que dejar sin resolver los secretos de Yugao fuera mayor peligro que el que supon&#237;a Hoshina. En adelante ten&#237;a que erigirse en un modelo impecable de comportamiento. Si quer&#237;a descubrir la verdad sobre Yugao, deb&#237;a esperar a que los problemas de Sano amainasen.

Bueno -dijo su marido, solt&#225;ndole las manos-, he de volver al trabajo.

Un bostezo involuntario le abri&#243; tanto la boca que le cruji&#243; la mand&#237;bula. Reiko observ&#243; con inquietud que ten&#237;a los ojos vidriosos de cansancio.

Ven a descansar un poco primero.

No tengo tiempo. Adem&#225;s de empezar de cero mi investigaci&#243;n, tengo que idear un modo de desbaratar el complot de Hoshina.

Pero anoche no dormiste nada. Tienes que conservar las fuerzas. Por lo menos echa una cabezadita -le inst&#243; Reiko-. Despu&#233;s podr&#225;s pensar m&#225;s claro.

Sano, vacil&#243; antes de responder:

A lo mejor tienes raz&#243;n.

Luego permiti&#243; que lo llevara al dormitorio.


Sano abri&#243; los ojos de golpe al despertar de un profundo sue&#241;o a una conciencia instant&#225;nea. Yac&#237;a de lado en la cama. La habitaci&#243;n estaba a oscuras salvo por el leve resplandor de la luna a trav&#233;s de la ventana. En el silencio de la casa oy&#243; el canto de los grillos y el croar de las ranas en el jard&#237;n. Apenas distingu&#237;a a Reiko durmiendo bajo la colcha a su lado. Su respiraci&#243;n r&#237;tmica y pausada siseaba quedamente. Se dio cuenta de que su cabezadita hab&#237;a durado mucho m&#225;s de lo previsto. La casa entera se hab&#237;a acostado; deb&#237;a de ser cerca de medianoche. Sin embargo, en pleno abatimiento por las horas perdidas para el trabajo, un extra&#241;o hormigueo lo dej&#243; helado. Sus instintos samur&#225;is emit&#237;an una advertencia.

Hab&#237;a alguien en la habitaci&#243;n.

Se qued&#243; completamente inm&#243;vil, fingiendo dormir, temeroso de moverse. Detect&#243; un leve olor humano desconocido y oy&#243; un aliento que no proced&#237;a de &#233;l o su esposa. Not&#243; en la piel unas corrientes de aire apenas perceptibles. Se arremolinaban en torno a una forma s&#243;lida que acechaba a su espalda. De ella emanaba un calor viviente. Visualiz&#243; a un hombre inclinado sobre &#233;l. Y supo que el intruso ten&#237;a malas intenciones.

Esos pensamientos y sensaciones ocuparon un mero instante. En un solo movimiento veloz, se volvi&#243;, agarr&#243; la espada que guardaba al lado de la cama y lanz&#243; un mandoble. El intruso se apart&#243; de un salto justo a tiempo de evitar el filo. Sano oy&#243; un golpetazo cuando el desconocido cay&#243; al suelo, y luego un fren&#233;tico arrastrarse a trav&#233;s del dormitorio. Reiko se incorpor&#243; de s&#250;bito a su lado.

&#191;Qu&#233; es ese ruido? -exclam&#243;.

Sano ya sal&#237;a disparado de la cama, con la espada en alto y el camis&#243;n enred&#225;ndosele en las piernas.

&#161;Hay un intruso! -grit&#243;-. &#161;Llama a los guardias!

Sano bloque&#243; la puerta. El intruso carg&#243; contra el panel corredero que formaba una pared de la habitaci&#243;n. Lo atraves&#243; limpiamente, rasgando el papel y astillando la celos&#237;a. Sali&#243; dando tumbos al pasillo. Sano oy&#243; que Reiko ped&#237;a ayuda a voces mientras saltaba por el agujero irregular perforado por el intruso. Hab&#237;an dejado abiertas las puertas exteriores del otro lado del pasillo para que entrara aire fresco. Sano sali&#243; precipitadamente a la galer&#237;a que daba al jard&#237;n. La oscuridad era tan densa bajo sus muchos &#225;rboles que no distingui&#243; nada. Sin embargo, oy&#243; un crujido de pasos veloces en los senderos de grava y un roce entre los arbustos.

Dos guardias con linternas aparecieron a su lado. Se&#241;al&#243; en la direcci&#243;n del sonido.

&#161;Por ah&#237;!

Los guardias se abalanzaron por los escalones con Sano pegado a sus talones. Barrieron el jard&#237;n con sus linternas. M&#225;s all&#225; de las rocas y los arriates de flores, Sano divis&#243; un movimiento en la oscuridad pr&#243;xima a un ala lejana de la mansi&#243;n.

&#161;All&#237;!

&#201;l y sus hombres salieron corriendo, pero perdieron de vista al intruso. Entonces Sano oy&#243; un rumor que ascend&#237;a por encima del nivel del suelo. Alz&#243; la vista sin dejar de correr y vio formarse un bulto oscuro sobre el alero inclinado del edificio.

&#161;Est&#225; en el tejado! -grit&#243;.

El bulto se convirti&#243; en una forma humana que desapareci&#243; con celeridad mientras Sano llegaba al edifico. Los guardias soltaron las linternas, se encaramaron al pasamanos de la galer&#237;a, treparon por los pilares y subieron al tejado. Sano se guard&#243; la espada en la faja y los sigui&#243;. El enorme techo se extend&#237;a ante &#233;l como un mar de tejas que conectaba las diversas alas de la casa, con las redondeadas crestas de sus olas congeladas y relucientes al claro de luna. Vio deslizarse al intruso, r&#225;pido y con paso seguro, por encima de los aleros y caballetes. Los guardias, en su persecuci&#243;n, resbalaban, tropezaban y se ca&#237;an. Sano avanzaba en pos de ellos pesadamente. Los cantos rugosos de las tejas se le clavaban en los pies. El intruso coron&#243; un tejado en la distancia.

Por delante de Sano se elevaba una atalaya del muro que rodeaba el complejo. Los centinelas se asomaron por las ventanas con las linternas en alto para ver a qu&#233; se deb&#237;a el esc&#225;ndalo. Sano se&#241;al&#243; y grit&#243;:

&#161;Hay un intruso en el tejado! &#161;Atrapadlo!

Los centinelas dispararon flechas por las ventanas. La noche se llen&#243; del silbido de los proyectiles y su tableteo al estrellarse contra las tejas. Sano ote&#243; fren&#233;ticamente los tejados, pero no vio se&#241;al del intruso. Los guardias se unieron a &#233;l, jadeantes y sin aliento.

Ha huido -dijo uno.

Debe de haber salido del complejo saltando el muro -a&#241;adi&#243; el otro.

Por lo menos no le ha hecho da&#241;o a nadie, &#191;o s&#237;? -pregunt&#243; el primero, que era el capit&#225;n de la patrulla nocturna de Sano.

Una idea petrific&#243; a Sano cuando record&#243; su despertar en la oscuridad con el intruso cerca. Un pavor fr&#237;o le invadi&#243; el coraz&#243;n.

Quiero a ese intruso. Llamad al oficial al mando de la defensa del castillo. Decidle que quiero a todos los guardias despiertos y buscando, ahora mismo.

Lo atraparemos -le asegur&#243; el capit&#225;n de la patrulla nocturna mientras sal&#237;a disparado a cumplir las &#243;rdenes-. No podr&#225; salir del castillo.

Sin embargo, una noche entera de b&#250;squeda, a cargo de cientos de soldados que exploraron hasta el &#250;ltimo rinc&#243;n del castillo, fue incapaz de dar con el intruso. Sano, que hab&#237;a esperado en el cuartel de la guardia, volvi&#243; a su casa con paso cansino al amanecer. Reiko lo esperaba a la puerta de la mansi&#243;n. Su expresi&#243;n de animada anticipaci&#243;n desapareci&#243; al leer el rostro de Sano.

&#191;Ha escapado? -pregunt&#243;.

Como por arte de magia. -El pavor que se hab&#237;a multiplicado dentro de Sano durante la larga noche lo pose&#237;a como un esp&#237;ritu maligno. Si hablaba de ello, el autocontrol que hab&#237;a mantenido delante de sus hombres se resquebrajar&#237;a y perder&#237;a la compostura. Pas&#243; por delante de Reiko a toda prisa y entr&#243; en la casa-. No s&#233; c&#243;mo lo ha hecho, pero a estas alturas podr&#237;a estar en cualquier parte de la ciudad.

&#191;Qui&#233;n crees que es? -dijo Reiko, sigui&#233;ndolo.

No puedo ponerle nombre -respondi&#243; Sano mientras cruzaba a zancadas el pasillo que llevaba a sus aposentos privados-, pero &#191;qui&#233;n iba a acercarse a escondidas y atacar a un alto cargo del nuevo r&#233;gimen del caballero Matsudaira?

&#191;El asesino que mat&#243; al jefe de la metsuke y esos otros hombres? -dijo Reiko, sin aliento por la sorpresa adem&#225;s de por el esfuerzo de seguir el paso de Sano-. &#191;Crees que pretend&#237;a matarte?

Lo s&#233;. -Aun en ese momento sent&#237;a la mort&#237;fera determinaci&#243;n del asesino como un veneno en la sangre. Rog&#243; que el recuerdo fuera lo &#250;nico que le hab&#237;a dejado el criminal.

&#191;Significa que es alguien de dentro del r&#233;gimen?

Tal vez. Eso explicar&#237;a c&#243;mo ha entrado en el castillo.

&#191;Por qu&#233; caminas tan r&#225;pido? -pregunt&#243; Reiko mientras se cruzaban a toda prisa con los criados que pululaban por el pasillo.

Sano irrumpi&#243; en su dormitorio.

Enciende todas las linternas -le dijo a Reiko.

&#191;Por qu&#233;? &#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; ella, desconcertada.

&#161;Por una vez en tu vida, haz lo que te digo sin discutir! -se impacient&#243; Sano.

Reiko se qued&#243; boquiabierta, pero obedeci&#243;. Las linternas inundaron la habitaci&#243;n de luz c&#225;lida y humeante. Sano abri&#243; de par en par el armario, sac&#243; un espejo y se mir&#243; la cara tensa y angustiada. Dej&#243; el espejo y se desnud&#243;. Extendi&#243; los brazos, gir&#225;ndolos mientras escudri&#241;aba hasta el &#250;ltimo detalle de su piel, de los hombros a los dedos. Luego se examin&#243; el torso, las piernas y los pies.

&#191;Qu&#233; est&#225;s haciendo? -pregunt&#243; Reiko.

Sano se puso de espaldas a ella e inquiri&#243;:

&#191;Me ves alguna marca?

&#191;Una marca? -Le pas&#243; las manos por la piel-. No -respondi&#243;, m&#225;s perpleja todav&#237;a-. &#191;Qu&#233;?

Pero claro, era demasiado pronto para que la se&#241;al se viera. Al volverse hacia Reiko, Sano vio la comprensi&#243;n horrorizada en sus ojos. Su mujer se llev&#243; la mano a la garganta.

Dioses misericordiosos -susurr&#243;-. &#191;Te ha tocado?

Se miraron a los ojos, paralizados por el terror a que se convirtiera en la sexta v&#237;ctima del dim-mak.

No lo s&#233;, pero creo que s&#237;. Creo que eso es lo que me despert&#243;.

&#161;No! -Reiko lo agarr&#243; de las manos, desesperada-. Tienes que estar equivocado. No sientes nada raro, &#191;verdad?

Sano sacudi&#243; la cabeza.

Pero no creo que los dem&#225;s lo sintieran, tampoco. -Visualiz&#243; al intruso inclinado sobre &#233;l mientras dorm&#237;a, estirando una mano sigilosa hacia &#233;l. Sent&#237;a en todo el cuerpo el hormigueo de la sensaci&#243;n del toque fatal. &#191;Era su imaginaci&#243;n o la realidad?-. No sab&#237;an que les pasaba nada malo, hasta que

Con la voz entrecortada, Reiko dijo:

&#161;Voy a llamar a un m&#233;dico!

No servir&#237;a de nada. Si he recibido un toque de la muerte, el da&#241;o ya est&#225; hecho. Ning&#250;n tratamiento podr&#237;a salvarme.

Los ojos de Reiko se poblaron de l&#225;grimas.

&#191;Qu&#233; vamos a hacer?

Que el destino pudiera empeorar tan de repente, en un simple instante, resultaba incomprensible. Si el asesino lo hab&#237;a tocado, pod&#237;a ser su fin aun antes de que Matsudaira lo castigara por no atrapar al asesino o Hoshina acabara con &#233;l. La idea de ver su vida segada de cuajo, de dejar a su amada esposa e hijo, lo destrozaba. Ten&#237;a poco consuelo que ofrecer a Reiko.

No hay nada que podamos hacer ahora -dijo-, salvo esperar dos d&#237;as y ver qu&#233; pasa.



Cap&#237;tulo 22

Una espesa niebla matutina envolv&#237;a Edo y desdibujaba la distinci&#243;n entre la tierra y el cielo. Barcos invisibles flotaban en los r&#237;os y canales. Las voces de quienes cruzaban los puentes eran eslabones de cadenas de sonido que sorteaban el agua.

En el suburbio colindante con la c&#225;rcel, cuatro manzanas cuadradas estaban en ruinas. Todav&#237;a se alzaban volutas de humo de las vigas de madera, las tejas chamuscadas y ca&#237;das y los montones de cenizas lo que antes fueran muchas casas. Los residentes desolados rebuscaban entre los restos, tratando de rescatar sus posesiones. Sin embargo, la prisi&#243;n se ergu&#237;a intacta por encima de la desolaci&#243;n. A trav&#233;s del puente y sus puertas desfilaban los presos a los que hab&#237;an soltado al declararse el incendio el d&#237;a anterior. Regresaban voluntariamente para acabar de cumplir sus condenas o esperar su juicio. Dos carceleros, apostados a la entrada con los guardias, contaban cabezas y tachaban nombres de una lista.

Cuando el &#250;ltimo recluso hubo entrado, uno de ellos dijo: -Vaya. Normalmente vuelven todos. Esta vez nos falta uno.


Reiko mir&#243; por la ventanilla de su palanqu&#237;n mientras sal&#237;a del castillo, pero apenas repar&#243; en lo que ve&#237;a u o&#237;a. El miedo a que su marido muriera habitaba su pensamiento como una presencia maligna y dejaba sin sitio al mundo que la rodeaba. El sollozo atrapado en su garganta crec&#237;a por momentos. La idea de perder a Sano, de vivir sin &#233;l, era m&#225;s que insoportable.

Cuando &#233;l le expuso la posibilidad de que el asesino le hubiera asestado el toque de la muerte, Reiko hab&#237;a querido agarrarlo con fuerza, anclarlo a ella y a la vida. Se hab&#237;a alarmado al o&#237;rle decir que deb&#237;a salir.

&#191;Adonde? -hab&#237;a preguntado ella-. &#191;Por qu&#233;?

Para seguir con mi b&#250;squeda del asesino -hab&#237;a sido su respuesta.

&#191;Ahora?

Un tranquilo distanciamiento hab&#237;a reemplazado el terror de Sano.

En cuanto me haya aseado, vestido y desayunado. -Se dirigi&#243; hacia el cuarto de ba&#241;o.

&#191;Es preciso? -dijo Reiko, apresur&#225;ndose a seguirlo. No quer&#237;a perderlo de vista.

Todav&#237;a tengo un trabajo que hacer.

Pero si s&#243;lo te quedan dos d&#237;as de vida, deber&#237;amos pasarlos juntos -protest&#243; Reiko.

En el ba&#241;o, Sano se verti&#243; un cubo de agua sobre el cuerpo y empez&#243; a frotarse.

El caballero Matsudaira y el sog&#250;n no aceptar&#225;n esa excusa. Me han dado &#243;rdenes de atrapar al asesino, y debo obedecer.

Reiko experiment&#243; un s&#250;bito odio recalcitrante hacia el bushido, que conced&#237;a a sus superiores el derecho a tratarlo como un esclavo. Nunca le hab&#237;a parecido m&#225;s cruel el c&#243;digo de honor samur&#225;i.

Si existe un momento para desobedecer las &#243;rdenes, es &#233;ste. Dile al caballero Matsudaira y al sog&#250;n que ya has sacrificado tu vida por ellos, que vayan ellos a atrapar al asesino. -Fuera de s&#237;, Reiko suplic&#243;-: Qu&#233;date en casa, conmigo y con Masahiro.

Ojal&#225; pudiera. -Sano se meti&#243; en la ba&#241;era, se aclar&#243;, sali&#243; y se sec&#243; con la toalla que le pas&#243; Reiko-. Pero tengo m&#225;s motivos que antes para llevar al asesino ante la justicia. -Solt&#243; una risita-. No toda v&#237;ctima de asesinato dispone de la ocasi&#243;n de vengarse de su verdugo antes de morir. Esto que se me presenta es una oportunidad &#250;nica.

&#191;C&#243;mo puedes re&#237;rte en un momento as&#237;?

Es re&#237;r o llorar. Y recuerda que es posible que el asesino no me tocara. Si &#233;se es el caso, los dos nos estaremos riendo de esto muy pronto. Nos dar&#225; verg&#252;enza haber armado tanto jaleo.

Sin embargo, Reiko vio que Sano no lo cre&#237;a, como tampoco ella.

Por favor, no te vayas -insisti&#243; mientras lo segu&#237;a al dormitorio.

&#201;l se puso la ropa.

No tengo mucho tiempo para atrapar al asesino y evitar m&#225;s muertes. Y lo conseguir&#233;, aunque sea lo &#250;ltimo que haga.

Ninguno de los dos verbaliz&#243; su temor a que en efecto lo fuera. Sano se volvi&#243; hacia su esposa y la abraz&#243;.

Adem&#225;s, si no voy, no har&#233; m&#225;s que preocuparme y sufrir. No querr&#225;s que pase as&#237; los dos &#250;ltimos d&#237;as de mi vida, &#191;verdad? -dijo con dulzura-. Volver&#233; pronto, lo prometo.


Reiko lo hab&#237;a dejado partir, porque, aunque la her&#237;a que no se quedara con ella, no quer&#237;a negarle la oportunidad de pasar su precioso tiempo como prefiriese. Hab&#237;a decidido que era mejor para ella atender a sus asuntos que angustiarse por un destino que no pod&#237;a cambiar.

En ese momento su comitiva se detuvo entre la niebla ante la mansi&#243;n del magistrado Ueda. Se baj&#243; del palanqu&#237;n y con paso r&#225;pido cruz&#243; la puerta y el patio, vac&#237;o dado lo temprano de la hora. Entr&#243; en la residencia, donde encontr&#243; a su padre sentado al escritorio de su despacho. Hab&#237;a un mensajero de rodillas ante &#233;l. El magistrado le&#237;a un pergamino que el correo en apariencia le acababa de entregar. Arrug&#243; la frente, redact&#243; una nota breve y se la pas&#243; al mensajero, que hizo una reverencia y parti&#243;. El magistrado alz&#243; la vista hacia Reiko.

Llegas temprano, hija -dijo. El ce&#241;o se le relaj&#243; en una sonrisa que se desvaneci&#243; al ver la cara de Reiko-. &#191;Qu&#233; pasa?

El asesino se col&#243; anoche en nuestra casa, y mientras mi marido dorm&#237;a

No pudo seguir porque un sollozo le ahog&#243; la voz. Vio comprensi&#243;n y horror en la mirada de su padre, que empez&#243; a levantarse, con los brazos extendidos para atraerla hacia ellos. Reiko alz&#243; una mano para detenerlo, porque cualquier gesto de consuelo ser&#237;a su ruina.

No estamos seguros de que pasara nada -explic&#243;, con la voz tensa para dominarse-. Sano se encuentra bien. -Se oblig&#243; a re&#237;r-. Es probable que nos estemos preocupando por nada.

Seguramente as&#237; es. -La expresi&#243;n del magistrado era grave a pesar de su tono tranquilizador.

Pero no he venido por eso -dijo Reiko, deseosa de cambiar de tema-. Vengo a decirte que he concluido mi investigaci&#243;n. -Por lo menos Sano no tendr&#237;a que preocuparse de que le causara m&#225;s quebraderos de cabeza-. No hace falta que pospongas la condena de Yugao.

El magistrado solt&#243; el aire y sacudi&#243; la cabeza.

Me temo que tendr&#233; que hacerlo de todas formas.

&#191;Por qu&#233;? &#191;Qu&#233; ha pasado?

El mensajero que acaba de marcharse me tra&#237;a una noticia inquietante. Ayer hubo un incendio al lado de la c&#225;rcel. Soltaron a los presos. Han vuelto todos esta ma&#241;ana, menos Yugao.

Reiko se llev&#243; una impresi&#243;n tan fuerte que estuvo a punto de olvidar sus problemas.

&#191;Yugao ha desaparecido?

Su padre asinti&#243;.

Aprovech&#243; el incendio y escap&#243;.

Horrorizada, Reiko cay&#243; de rodillas. Yugao era violenta y estaba perturbada, era muy posible que volviera a matar.

Supongo que no deber&#237;a sorprenderme que haya huido. Es un milagro que no se fuguen todos los prisioneros cuando los sueltan por un incendio -coment&#243;.

Quiz&#225; no. La mayor&#237;a de los condenados a muerte tienen el esp&#237;ritu tan quebrantado que aceptan su destino con docilidad. Y saben que si huyen, les dar&#225;n caza y los torturar&#225;n. Adem&#225;s, todos los presos son conscientes de que no pueden regresar al lugar de donde vienen; los encargados de sus barrios o los informadores de la polic&#237;a los delatar&#237;an. Los delincuentes de poca monta prefieren afrontar su castigo. La vida del fugitivo es dura. Tienen que recurrir a la mendicidad o la prostituci&#243;n si no quieren morir de hambre.

Esto es culpa m&#237;a-dijo Reiko-. Si no hubiera estado tan encaprichada en saber por qu&#233; Yugao mat&#243; a su familia, si no hubiera insistido en tomarme el tiempo necesario para descubrirlo, la habr&#237;an ejecutado antes de ese incendio.

No te culpes. Fue decisi&#243;n m&#237;a que investigases los asesinatos, y nadie podr&#237;a haber previsto ese incendio. En retrospectiva, tendr&#237;a que haber aceptado la confesi&#243;n de Yugao y haberla condenado a muerte en el acto. La responsabilidad de su fuga es m&#237;a. Aun as&#237;, Reiko se sent&#237;a enferma de remordimientos. -&#191;Qu&#233; vamos a hacer? -He dado &#243;rdenes a la polic&#237;a de que la busquen.

Pero &#191;c&#243;mo van a encontrar a una sola persona en esta ciudad enorme? -pregunt&#243; Reiko, presa del desespero-. Edo tiene muchos rincones para que un fugitivo se esconda. Y la polic&#237;a anda tan ocupada buscando rebeldes forajidos que no se desvivir&#225; por encontrarla.

Cierto, pero &#191;qu&#233; otra cosa podemos hacer?

Reiko se puso en pie.

Voy a buscar a Yugao por mi cuenta.

El magistrado la mir&#243; con comprensi&#243;n pero sin mucha fe.

A ti te resultar&#225; m&#225;s dif&#237;cil a&#250;n que a la polic&#237;a. Ellos al menos disponen de muchos agentes, ayudantes civiles y representantes de barrio, mientras que t&#250; eres una mujer sola.

S&#237;, pero al menos estar&#233; activa en lugar de esperando a que la encuentren. Y es posible que la gente que la haya visto est&#233; m&#225;s dispuesta a hablar conmigo que con la polic&#237;a.

Si insistes en buscarla, te deseo suerte. Debo reconocer que si la encuentras, me prestar&#225;s un valioso servicio. Que ande suelta una asesina porque yo pospuse su ejecuci&#243;n es una mancha negra en mi historial. Si no la capturan, podr&#237;a perder el puesto.

Reiko no quer&#237;a perjudicar a Sano, sobre todo ahora que su propia vida estaba amenazada; tampoco deseaba da&#241;ar su matrimonio. Aun as&#237;, no pod&#237;a permitir que su padre sufriera, como tampoco que una asesina quedara libre. Su intuici&#243;n le dec&#237;a que averiguar el m&#243;vil del crimen de Yugao era m&#225;s importante que nunca. Y buscar a la pr&#243;fuga la distraer&#237;a del miedo a que Sano muriera.

La encontrar&#233;, padre -dijo-. Lo prometo.


La primera parada de Sano fue el distrito administrativo del castillo. El y los detectives Marume y Fukida desmontaron ante la puerta de Hirata, donde los saludaron los centinelas. La niebla era opresiva, como lo era el extra&#241;o vac&#237;o de las calles salvo por un pu&#241;ado de criados y soldados de patrulla. Al atravesar el patio en direcci&#243;n a la mansi&#243;n donde anta&#241;o viviera, Sano sinti&#243; una punzada de nostalgia.

Record&#243; las ocasiones en que hab&#237;a llegado a esa casa agotado, desanimado y temeroso por su vida y su honor. En todas ellas lo hab&#237;a sustentado la fuerza f&#237;sica de su cuerpo. Aun cuando lo hab&#237;an herido, sab&#237;a que se recuperar&#237;a. Hab&#237;a dado por descontada su buena salud y nunca hab&#237;a cre&#237;do del todo que pudiera morir, aunque a menudo se encontrara cara a cara con la muerte. Ahora aquellas ocasiones se le antojaban id&#237;licas. En ese momento lo acosaba la mortalidad. Se imaginaba una explosi&#243;n en su cabeza al rasgarse un vaso sangu&#237;neo, y su vida extinguida como una llama de vela. Si en verdad el asesino lo hab&#237;a tocado, toda su sabidur&#237;a, poder pol&#237;tico y riqueza ser&#237;an incapaces de salvarlo. Sinti&#243; el impulso de echar a correr en un vano intento de escapar a la fuerza mort&#237;fera insertada en su propio cuerpo. Deb&#237;a concentrarse en atrapar al asesino. Deb&#237;a salvar otras vidas aunque &#233;l estuviera se&#241;alado para la muerte.

Hirata lo recibi&#243; delante de la mansi&#243;n. La noche anterior Sano le hab&#237;a mandado un mensaje para informarle del ataque del asesino, y parec&#237;a destrozado por la noticia.

Sano-san, yo -La emoci&#243;n ahog&#243; sus palabras. Se hinc&#243; de rodillas ante Sano y agach&#243; la cabeza.

A Sano lo conmov&#237;a que Hirata pudiera sentirse apesadumbrado por &#233;l, que hab&#237;a sido la causa de su atroz herida. Se dirigi&#243; a &#233;l con un tono falsamente animado:

Levanta, Hirata-san. Todav&#237;a no estoy muerto. Ahorra tus lamentos para mi funeral. Tenemos trabajo que hacer.

Hirata se levant&#243;, confortado por la actitud de Sano.

&#191;Todav&#237;a quer&#233;is que localice al sacerdote, al aguador y quien sea que haya acechado al coronel Ibe?

S&#237;. Y seguiremos adelante con el resto de los planes que trazamos ayer.

Marume y yo ya hemos organizado la b&#250;squeda del sacerdote Ozuno -terci&#243; Fukida.

Har&#233; todo lo que est&#233; en mi poder por atrapar al asesino -declar&#243; Hirata-. Ahora se trata de algo personal.

Si vengas el asesinato de tu se&#241;or antes de que &#233;ste muera, te ganar&#225;s un lugar en la historia -dijo Sano.

Hirata y los detectives rieron de la broma. Sano acusaba la tensi&#243;n de tener que mantenerlos animados a ellos adem&#225;s de a s&#237; mismo.

Tom&#233;moslo por el lado bueno. Toda desdicha trae beneficios inesperados. Lo que pas&#243; anoche ha aportado nuevas pistas que me dispongo a seguir ahora mismo.


El cuartel general del Ej&#233;rcito Tokugawa estaba situado en el interior del castillo de Edo, en una torrecilla que brotaba de un muro ubicado en las alturas de la colina. Se trataba de una estructura elevada y cuadrada revestida de yeso blanco. Por encima de cada uno de sus tres pisos sobresal&#237;a un tejado. El general Isogai, comandante supremo de las fuerzas militares, ten&#237;a un despacho en la parte m&#225;s alta. Sano y los detectives Marume y Fukida llegaron a la torre por un pasillo cubierto que corr&#237;a paralelo al muro. Mientras lo recorr&#237;an echaron un vistazo entre los barrotes de las ventanas hacia los pasajes que quedaban por debajo. A Sano le sorprendi&#243; ver tan s&#243;lo a los guardias de patrulla y los centinelas de los puestos de control. Los funcionarios que por lo general abarrotaban los caminos estaban ausentes.

El lugar est&#225; tan desierto como vuestro complejo -observ&#243; Marume.

Por alg&#250;n motivo no puedo creer que el comisario Hoshina sea tambi&#233;n responsable de esto -dijo Fukida.

Tampoco Sano, que ten&#237;a un mal presentimiento al respecto. Entraron en la torre y subieron por las escaleras, donde se cruzaron con varios soldados que les hicieron reverencias. Sano se plant&#243; en el umbral del despacho de Isogai, donde el general presid&#237;a una reuni&#243;n de oficiales. El humo de sus pipas enturbiaba el ambiente y escapaba por las ventanas hacia la niebla. El general repar&#243; en Sano, lo salud&#243; con un gesto de la cabeza y despidi&#243; a sus hombres.

Saludos, honorable chambel&#225;n. Entrad, por favor.

Sano le dijo a Marume y Fukida que esperaran fuera y entr&#243;. Espadas, lanzas y arcabuces colgaban de soportes en la pared, al lado de mapas de Jap&#243;n que mostraban las guarniciones militares.

&#191;Puedo seros de utilidad? -pregunt&#243; el general Isogai.

Pod&#233;is, pero, antes, os ruego que acept&#233;is mis condolencias por la muerte del coronel Ibe.

La expresi&#243;n jovial del general devino sombr&#237;a.

Ibe era un buen soldado. Un buen amigo, tambi&#233;n. Ascendi&#243; desde abajo conmigo. Lo echar&#233; de menos. -Profiri&#243; una carcajada sin humor-. &#191;Record&#225;is nuestro &#250;ltimo encuentro? Est&#225;bamos muy satisfechos porque ten&#237;amos las cosas bajo control. Ahora han asesinado a uno de mis hombres m&#225;s importantes y vos ten&#233;is de malas al caballero Matsudaira porque no logr&#225;is atrapar al culpable.

Se acerc&#243; a la ventana.

&#191;Veis lo vac&#237;o que est&#225; el castillo? -Sano asinti&#243;-. Todo el mundo se ha enterado de que el asesino os tuvo a tiro anoche. Aqu&#237;, en el &#250;nico lugar que todos cre&#237;amos seguro. La gente tiene miedo de salir. No quieren ser los pr&#243;ximos en morir. Est&#225;n escondidos en sus casas, rodeados de guardaespaldas. El bakufu entero se ha parado en seco.

Sano se imagin&#243; cortada la comunicaci&#243;n entre Edo y el resto de Jap&#243;n y al r&#233;gimen Tokugawa perdiendo su control de las provincias. La anarqu&#237;a engendrar&#237;a rebeliones. No s&#243;lo aprovechar&#237;an los restos de la facci&#243;n de Yanagisawa la oportunidad de recobrar el poder, sino que los daimios quiz&#225; se alzaran contra el dominio Tokugawa.

Esto podr&#237;a ser desastroso. Asignad soldados para escoltar y proteger a los funcionarios mientras cumplen con sus cometidos -dijo Sano.

El general frunci&#243; el entrecejo, poco convencido. -El Ej&#233;rcito ya anda metido en demasiadas cosas a la vez.

Pues tomad prestadas tropas a los daimios. Traed a m&#225;s de las provincias.

Como dese&#233;is -dijo el general, aunque todav&#237;a a rega&#241;adientes-. Por cierto, &#191;os hab&#233;is enterado de que el asesino tiene mote? La gente lo llama el Fantasma, porque acecha a sus v&#237;ctimas y las mata sin que nadie lo vea. -Hizo un gesto hacia la ventana-. Dadme un enemigo al que pueda ver, y mandar&#233; todos mis arcabuceros, arqueros y espadachines contra &#233;l. Pero mi ej&#233;rcito no puede combatir a un fantasma. -Se volvi&#243; hacia Sano-. Vos sois el detective. &#191;C&#243;mo lo encontramos y atrapamos?

Con la misma estrategia que usar&#237;ais para derrotar a cualquier enemigo. Analizamos la informaci&#243;n de la que disponemos. Luego vamos por &#233;l. Isogai parec&#237;a esc&#233;ptico.

&#191;Qu&#233; sabemos de &#233;l salvo que tiene que ser un loco? -Su ataque contra m&#237; me ha ense&#241;ado dos cosas -explic&#243; Sano-. Primero, su motivaci&#243;n es destruir el r&#233;gimen del caballero Matsudaira matando a sus funcionarios clave.

&#191;No lo sospechabais ya desde que el jefe de la metsuke muri&#243; en la carreras de caballos?

S&#237;, pero ahora es una certeza. No conoc&#237;a bien a ninguna de las v&#237;ctimas; no compart&#237;amos amigos, asociados, lazos familiares ni enemigos personales. No ten&#237;amos nada en com&#250;n salvo nuestros nombramientos para el nuevo r&#233;gimen del caballero Matsudaira.

El general asinti&#243;.

Entonces el asesino debe de ser un recalcitrante de la oposici&#243;n. Pero no creer&#233;is que est&#225; conchabado con los ancianos Kato e Ihara y su pandilla, &#191;verdad? Juegan fuerte en pol&#237;tica, pero no puedo creer que se atreviesen a algo tan arriesgado como un asesinato m&#250;ltiple.

Kato e Ihara todav&#237;a no est&#225;n libres de sospecha -dijo Sano-, pero tengo otra teor&#237;a, a la que llegar&#233; en un momento. Lo segundo que he aprendido sobre el asesino es que es un experto no s&#243;lo en las artes marciales m&#237;sticas, sino adem&#225;s en el sigilo.

Tuvo que serlo, para entrar a escondidas en vuestro complejo y llegar a vuestro lado mismo -corrobor&#243; Isogai.

Si pudo conseguir eso, pudo entrar en el castillo desde fuera -prosigui&#243; Sano-. No har&#237;a falta que se tratase de alguien de dentro.

El general torci&#243; el gesto, poco satisfecho con la idea de que las poderosas defensas del castillo pudieran fallar, pero dijo:

Supongo que es posible.

&#191;De modo que es un experto en sigilo y pertenece a la oposici&#243;n? Me viene a la cabeza en particular el escuadr&#243;n de soldados de &#233;lite de Yanagisawa.

Aquellos hombres hab&#237;an sido maestros del sigilo y las artes marciales, muy bien adiestrados, contratados por Yanagisawa para mantenerse en el poder. Hab&#237;an sido sospechosos de pasados asesinatos pol&#237;ticos de enemigos del ex chambel&#225;n, pero nunca atrapados: cubr&#237;an su rastro demasiado bien.

El general alz&#243; las cejas en se&#241;al de sorpresa.

Sab&#237;a que eran una panda peligrosa, pero nunca o&#237; que pudieran matar con un roce.

De haber podido, lo hubieran mantenido en secreto. -A Sano lo asalt&#243; una idea perturbadora-. Me pregunto cu&#225;ntas muertes se han producido a lo largo de los a&#241;os que han parecido naturales pero en realidad fueron asesinatos ordenados por Yanagisawa. -Sin embargo, no pod&#237;a hacer gran cosa al respecto en ese momento-. El motivo de mi visita es preguntaros qu&#233; fue del escuadr&#243;n de &#233;lite tras la ca&#237;da de Yanagisawa.

Hab&#233;is venido al lugar indicado.

El general se acerc&#243; a una tabla, pegada a la pared, que mostraba una lista de treinta nombres. Dieciocho estaban tachados con rayas rojas; hab&#237;a anotaciones en los m&#225;rgenes. Sano no reconoci&#243; ninguno de los nombres.

Trataban de pasar desapercibidos -explic&#243; el general-. Usaban alias cuando viajaban de un lado a otro. Era dif&#237;cil seguir el rastro de sus movimientos. -Se&#241;al&#243; los nombres tachados de rojo-. Estos hombres murieron en la batalla cuando asaltamos la casa de Yanagisawa. Mis hombres mataron a la mitad. Los dem&#225;s prefirieron suicidarse a que los tom&#225;ramos prisioneros. Sin embargo, los otros doce no se hallaban en el recinto en ese momento, y escaparon. Capturarlos ha sido una prioridad porque creemos que son cabecillas del movimiento clandestino y responsables de ataques contra el Ej&#233;rcito.

Sano se alegr&#243; de tener nuevos sospechosos, pero la perspectiva de localizar a doce implicaba un trabajo muy arduo.

&#191;Hab&#233;is atrapado a alguno?

Estos cinco. -Isogai dio unos golpecitos con el dedo en los nombres-. El invierno pasado tuvimos un golpe de suerte. Pescamos a uno de sus secuaces y lo torturamos hasta que nos revel&#243; d&#243;nde encontrarlos. Cercamos su escondrijo, los prendimos y los ejecutamos.

Eso reduce las posibilidades -dijo Sano, aliviado. Si s&#243;lo dispon&#237;a de dos d&#237;as para atrapar al asesino antes de morir, tendr&#237;a que trabajar r&#225;pido-. &#191;Ten&#233;is alguna pista sobre los dem&#225;s?

Estos &#250;ltimos siete son los m&#225;s listos. Es como si fueran fantasmas de verdad. Nos acercamos a ellos y -El general agarr&#243; el aire y luego abri&#243; la mano vac&#237;a-. Lo &#250;nico que tenemos &#250;ltimamente es un pu&#241;ado de posibles avistamientos, de informadores no demasiado fiables.

Abri&#243; un libro de su escritorio y pas&#243; el dedo por una columna de caracteres.

Todos fueron vistos en salones de t&#233; de la ciudad. Varios eran lugares donde los hombres de Yanagisawa sol&#237;an beber antes de la guerra. Os har&#233; una copia de los nombres y las localizaciones, junto con los nombres de los siete soldados de &#233;lite que siguen dados a la fuga. -Moj&#243; en tinta un pincel y escribi&#243; en una hoja, que sec&#243; antes de entregar a Sano.

Muchas gracias -dijo &#233;ste, confiando en tener el nombre del asesino y la clave de su paradero.

Si el Fantasma es un miembro del escuadr&#243;n de Yanagisawa, os deseo m&#225;s suerte para atraparlo de la que hemos tenido nosotros -dijo el general.

Intercambiaron reverencias y, cuando Sano daba la vuelta para partir, Isogai dijo:

Por cierto, si vos y vuestros hombres os enfrent&#225;is con esos demonios, tened cuidado. Durante el asalto a la casa de Yanagisawa, los dieciocho mataron a treinta y seis de mis soldados antes de ser derrotados. Son peligrosos.

En los ojos del general centelle&#243; una sard&#243;nica comicidad.

Pero a lo mejor eso ya lo sab&#233;is por experiencia propia.



Cap&#237;tulo 23

Pasaba del mediod&#237;a, y el sol hab&#237;a evaporado la niebla, cuando Reiko sali&#243; del poblado hinin tras buscar a Yugao. Nadie hab&#237;a visto all&#237; a la mujer desde su detenci&#243;n. Desanimada pero resuelta, fue al distrito del ocio de Riogoku Hirokoji.

Escoltada por el teniente Asukai y sus dem&#225;s guardias, avanz&#243; por la bulliciosa y abarrotada avenida. Pens&#243; en el comisario Hoshina y mir&#243; hacia atr&#225;s para ver si alguien la segu&#237;a. Mientras dudaba a qui&#233;n preguntar primero por Yugao, el viento sacudi&#243; las linternas de los tenderetes. Las borlas desprendidas de una armadura durante una pelea trazaban remolinos por el suelo con el polvo. Una masa de nubes de tormenta se extendi&#243; por el cielo como tinta sobre papel mojado. Una lluvia c&#225;lida se abati&#243; sobre Reiko. Ella, sus escoltas y los centenares de transe&#250;ntes corrieron a cobijarse bajo los aleros de los puestos. El viento barr&#237;a la lluvia en l&#225;minas que empaparon la avenida vac&#237;a; se formaron charcos. El puesto en el que se hab&#237;an resguardado Reiko y sus guardias ofrec&#237;a juguetes baratos como premio por lanzar bolas por una rampa y colarlas en agujeros. S&#243;lo una persona m&#225;s hab&#237;a hallado cobijo all&#237;: un hombre, y el mono que llevaba atado con una correa.

El mono lanz&#243; un grito a Reiko. Llevaba armadura, casco y espadas en miniatura. Los guardias rieron. El mono la sorprendi&#243; tanto que apenas repar&#243; en el amo hasta que &#233;ste dijo:

Disculpad los malos modales de mi amigo.

En ese momento Reiko vio que era tan llamativo como su acompa&#241;ante. No era m&#225;s alto que ella, con una mata de pelo crespo y enmara&#241;ado, as&#237; como un profuso vello corporal. Unos ojos como cuentas devolvieron la mirada estupefacta de Reiko; unos dientes afilados sonrieron por debajo de su bigote. Para mayor asombro, lo reconoci&#243;.

&#191;Eres el Rata? -pregunt&#243;.

El mismo. A vuestro servicio, bella dama.

Tenemos un conocido mutuo -dijo Reiko-. Se llama Hirata, y es el sosakan-sama del sog&#250;n. -Hirata le hab&#237;a contado que el Rata proced&#237;a de la norte&#241;a isla de Hokkaido, famosa por el hirsuto vello corporal de sus nativos. Mercadeaba con la informaci&#243;n que recog&#237;a en sus viajes a lo largo y ancho de Jap&#243;n en busca de nuevos monstruos para su espect&#225;culo en el distrito del ocio del otro lado del r&#237;o, y era confidente de Hirata.

Ah, s&#237; -dijo el Rata. Hablaba con un extra&#241;o y r&#250;stico acento bronco-. O&#237; que hab&#237;an herido a Hirata-san en una pelea. &#191;C&#243;mo est&#225;?

Mejor -respondi&#243; Reiko.

Sus guardias intentaron acariciar al mono, pero este desenvain&#243; su min&#250;scula espada y los atac&#243;. Retrocedieron entre carcajadas. El Rata examin&#243; a Reiko con curiosidad.

&#191;Qui&#233;n sois? -Ella record&#243; que deb&#237;a ser discreta, pero antes de que acertara a inventarse una identidad falsa, &#233;l la se&#241;al&#243; con un dedo peludo-. No me lo dig&#225;is. Ten&#233;is que ser la dama Reiko, la mujer del chambel&#225;n.

&#191;C&#243;mo lo has sabido?

El Rata conoce gente -repuso &#233;l con una mirada sagaz.

Por favor, no le cuentes a nadie que me has visto aqu&#237;.

El Rata le gui&#241;&#243; un ojo y se llev&#243; un dedo a los labios.

Yo no cuento nada sobre mis amigos, y cualquier amigo de Hirata-san es amigo m&#237;o. &#191;Qu&#233; hace una distinguida dama como vos por aqu&#237;?

Reiko se anim&#243;.

Estoy buscando a alguien. A lo mejor puedes ayudarme.

Me encantar&#237;a; y, por ser vos, renunciar&#233; a mis habituales honorarios. &#191;De qui&#233;n se trata?

De una mujer llamada Yugao. Escap&#243; ayer de la c&#225;rcel de Edo. -Reiko la describi&#243;-. &#191;La has visto?

El Rata sacudi&#243; la cabeza.

Lo siento. Pero mantendr&#233; los ojos abiertos. -El mono chill&#243; y blandi&#243; su espada hacia los guardias de Reiko, que hab&#237;an desenvainado las suyas y libraban contra &#233;l una batalla de mentirijillas-. &#161;Eh, no le hag&#225;is da&#241;o! -dijo el Rata, y le pregunt&#243; a Reiko-: &#191;Por qu&#233; encarcelaron a Yugao?

Mat&#243; a su familia. Los apu&#241;al&#243;.

La expresi&#243;n del hombre se anim&#243; de inter&#233;s.

Me sorprende no haber o&#237;do nada. &#191;D&#243;nde pas&#243;?

En el poblado hinin.

Ah. -El inter&#233;s del Rata se esfum&#243;, como si los cr&#237;menes entre hinin fueran rutinarios e irrelevantes-. &#191;Por qu&#233; busca la esposa del chambel&#225;n a una paria fugada?

Antes que explicarle la triste historia, Reiko prefiri&#243; decir:

Mi padre me ha pedido que la encontrara. Es el magistrado que la juzg&#243; por los asesinatos.

El Rata enarc&#243; sus pobladas cejas, insinuando que quer&#237;a m&#225;s explicaciones. Reiko no a&#241;adi&#243; nada. El mono atiz&#243; al teniente Asukai en la pierna con su espada. El agredido lanz&#243; un grito de dolor y sus camaradas se deshicieron en carcajadas.

Os lo merec&#233;is, por incordiar a un pobre animalito -gru&#241;&#243; el Rata; luego dijo-: La ley se mueve por caminos extra&#241;os, &#191;y qui&#233;n soy yo para cuestionarla? Pero, ya que tengo el privilegio de hablar con la hija del magistrado, tal vez sabr&#233;is decirme si esos otros asesinatos llegaron a esclarecerse.

&#191;Qu&#233; otros asesinatos? -pregunt&#243; Reiko, impaciente porque dejara de llover para continuar con su b&#250;squeda. Su pensamiento deriv&#243; hacia Sano, y el miedo la atenaz&#243;. &#191;Har&#237;a efecto el toque de la muerte antes de que pasaran dos d&#237;as?

Los que se produjeron aqu&#237;, har&#225; unos seis a&#241;os. Apu&#241;alaron a tres hombres en cuesti&#243;n de unos meses.

La atenci&#243;n de Reiko volvi&#243; de golpe a su interlocutor.

&#191;Qu&#233;? &#191;Qui&#233;nes eran?

Soldados Tokugawa. Muchos vienen aqu&#237; a divertirse cuando est&#225;n de permiso.

&#191;C&#243;mo sucedi&#243;?

Al parecer, se emborracharon en salones de t&#233; y salieron a los callejones a hacer pis. Los encontraron muertos en un charco de sangre.

Una inquietante sensaci&#243;n recorri&#243; a Reiko. Los asesinatos se hab&#237;an producido cuando Yugao viv&#237;a en el distrito, y las v&#237;ctimas tambi&#233;n hab&#237;an sido apu&#241;aladas.

&#191;Nunca atraparon al asesino?

No que yo sepa. Lo &#250;ltimo que o&#237; fue que la polic&#237;a decidi&#243; que los hab&#237;a matado un bandido errante. En los cuerpos no hallaron sus bolsas de dinero.

Deb&#237;a de ser una coincidencia que Yugao y los apu&#241;alamientos se ubicaran en la misma zona durante el mismo per&#237;odo. Los bandidos a menudo mataban para robar. Adem&#225;s, &#191;c&#243;mo pod&#237;a una joven asesinar a samur&#225;is fuertes y armados? Con todo, Reiko no se fiaba de las coincidencias.

La lluvia amain&#243;, pero el cielo sigui&#243; encapotado. La gente sali&#243; en tropel de los puestos a la avenida mojada.

Ha sido un placer hablar con vos -dijo el Rata-. Si me llega alguna noticia de vuestra prisionera fugada, mandar&#233; un mensaje. -Tir&#243; de la correa de su mono y dijo a los guardias-: Se acab&#243; la diversi&#243;n.

Reiko pas&#243; una hora interrogando a gente en el distrito del ocio, pero nadie hab&#237;a visto a Yugao. Al parecer era demasiado lista para ir a un sitio donde era probable que la polic&#237;a la buscara. Aun as&#237;, podr&#237;a haberlo hecho por no tener otro lugar adonde ir. Reiko ampli&#243; su b&#250;squeda a los barrios vecinos y al final se encontr&#243; en una familiar calle de casas de vecindad y comercios. Vio un sal&#243;n de t&#233; que reconoci&#243;. La camarera con la que hab&#237;a hablado el d&#237;a anterior estaba apoyada en el mismo pilar.

Vaya, mira qui&#233;n ha vuelto -dijo la moza, y tendi&#243; la mano con la palma hacia arriba-. Me deb&#233;is dinero. He descubierto d&#243;nde est&#225; la tal Tama.


Los porteadores de Reiko posaron su palanqu&#237;n en un enclave del distrito comercial de Nihonbashi. Lloviznaba sobre unas mansiones de dos pisos; pinos y arces rojos crec&#237;an en los espaciosos jardines ocultos tras cercas de bamb&#250;. Las calles estaban tranquilas y despobladas, alejadas del ajetreo del comercio presente a dos manzanas de distancia.

Resulta que vino un antiguo cliente y cont&#243; que el padre de Tama se hab&#237;a matado con la bebida y que la hija se qued&#243; sin una moneda para comer -le hab&#237;a contado a Reiko la camarera del sal&#243;n de t&#233;-. Fue a trabajar de criada a casa de un prestamista rico.

Las se&#241;as que le hab&#237;a dado la camarera hab&#237;an conducido a Reiko hasta all&#237;. A lo mejor Tama la ayudaba a localizar a Yugao adem&#225;s de arrojar luz sobre los asesinatos. Mir&#243; por la ventanilla del palanqu&#237;n mientras el teniente Asukai desmontaba, se acercaba a la mansi&#243;n m&#225;s grande de la calle y llamaba a la puerta. La abri&#243; un criado.

Quiero ver a Tama -dijo el teniente Asukai-. Hazla salir.

Al poco apareci&#243; una mujer. Tama era tan menuda que parec&#237;a una ni&#241;a, aunque Reiko sab&#237;a que deb&#237;a de tener la edad aproximada de Yugao, m&#225;s de veinte. Llevaba un sencillo quimono a&#241;il, y el pelo recogido bajo un pa&#241;uelo de tela blanca. Ten&#237;a una cara suave y rechoncha, como de mu&#241;eca. Al contemplar a Asukai y los dem&#225;s guardias, el miedo ensanch&#243; sus ojos inocentes. El soldado la condujo hasta el palanqu&#237;n de Reiko.

Hola, Tama-san. Me llamo Reiko. Soy hija del magistrado Ueda, y me gustar&#237;a hablar contigo. -Abri&#243; la puerta-. Entra y no te mojar&#225;s. -Sinti&#243; un impulso de proteger a Tama, que parec&#237;a demasiado dulce e indefensa para sobrevivir en el mundo.

La chica obedeci&#243; d&#243;cilmente. Dentro del palanqu&#237;n, mir&#243; alrededor como si se hallara en otro planeta. Reiko pens&#243; que probablemente nunca hab&#237;a subido a uno: las criadas iban a pie. Se arrodill&#243; a un lado de Reiko y escondi&#243; las manos en las mangas.

No tengas miedo -dijo Reiko-. No voy a hacerte da&#241;o.

Avergonzada, Tama evit&#243; su mirada.

Tengo que hacerte algunas preguntas sobre tu amiga Yugao.

Tama se puso r&#237;gida. Mir&#243; la puerta de reojo, como si quisiera saltar pero no se atreviera.

No no conozco a ninguna Yugao -respondi&#243; con un susurro apenas audible. Su cara, sincera y transparente, desment&#237;a sus palabras.

S&#233; que t&#250; y Yugao erais amigas -dijo Reiko con amabilidad-. &#191;La has visto?

Tama sacudi&#243; la cabeza y suplic&#243; con los ojos que la dejara en paz. Susurr&#243;:

No. No desde hace tres a&#241;os, cuando se

&#191;Mud&#243; al poblado hinin? -Tama asinti&#243; y Reiko se pregunt&#243; si estar&#237;a mintiendo de nuevo. El nerviosismo de la chica hac&#237;a dif&#237;cil dilucidar si &#233;se era el caso, o si tan s&#243;lo era t&#237;mida con los desconocidos o ten&#237;a miedo de que su conexi&#243;n con una asesina la metiera en problemas-. No te preocupes, no te pasar&#225; nada malo -la tranquiliz&#243;- . S&#243;lo necesito encontrar a Yugao. Ayer se escap&#243; de la c&#225;rcel, y es peligrosa. &#191;Tienes idea de ad&#243;nde puede haber ido?

&#191;La c&#225;rcel? -pregunt&#243; Tama boquiabierta. Sus ojos se llenaron de asombro y horror-. &#191;Yugao estaba en la c&#225;rcel?

S&#237;. Asesin&#243; a sus padres y su hermana. &#191;No lo sab&#237;as?

Tama se la qued&#243; mirando con at&#243;nito espanto: era evidente que no lo sab&#237;a. Reiko supuso que los cr&#237;menes en el poblado hinin no recib&#237;an publicidad. Tama ocult&#243; la cara entre las manos y rompi&#243; a sollozar.

&#161;Oh, no, oh, no, oh, no!

Reiko le apart&#243; las manos con suavidad. Tama ten&#237;a los ojos y la cara anegados en l&#225;grimas. Mir&#243; a Reiko con desconsuelo.

No s&#233; d&#243;nde est&#225; Yugao -exclam&#243;-. &#161;Creedme, os lo ruego!

&#191;Se te ocurre d&#243;nde puede haber ido? &#191;Hay alg&#250;n lugar al que fuerais las dos de peque&#241;as?

&#161;No! -Tama arranc&#243; sus manos de las de Reiko y se sec&#243; las l&#225;grimas con la manga.

Intenta hacer memoria. Es posible que Yugao haga da&#241;o a alguien m&#225;s si no la atrapan. -Tama se limit&#243; a llorar y sacudir la cabeza. Reiko la agarr&#243; por los hombros-. Si sabes cualquier cosa que pueda ayudarme a encontrarla, tienes que dec&#237;rmela.

No s&#233; nada-gimote&#243; la chica-. Soltadme. Me hac&#233;is da&#241;o.

Avergonzada por intimidar a aquella chica inocente e indefensa, Reiko la solt&#243;.

De acuerdo. Lo siento -dijo. Sin embargo, aunque no pudiera descubrir d&#243;nde se hallaba Yugao, a lo mejor todav&#237;a pod&#237;a conseguir que su b&#250;squeda de Tama hubiera valido la pena-. Tengo que preguntarte otra cosa -dijo-. &#191;Por qu&#233; querr&#237;a matar Yugao a su familia?

La chica se encogi&#243; en una esquina del palanqu&#237;n, quieta y callada como un pajarillo que espera que el gato se aburra y se vaya si aguarda lo suficiente.

D&#237;melo -insisti&#243; Reiko, amable pero firme.

La voluntad de Tama cedi&#243; y al fin susurr&#243;:

Creo creo que &#233;l la empuj&#243; a ello.

&#191;Qui&#233;n? &#191;Te refieres a su padre?

Tama asinti&#243;.

&#201;l cuando &#233;ramos peque&#241;as se met&#237;a en su cama por las noches.

Reiko sinti&#243; una punzada de satisfacci&#243;n ante esa prueba de su teor&#237;a sobre el m&#243;vil de Yugao.

&#191;Es lo que te dijo Yugao?

No. No hizo falta. Lo vi.

&#191;C&#243;mo? &#191;Qu&#233; sucedi&#243;?

Con constantes incitaciones de Reiko, la chica explic&#243;:

Pas&#233; una noche en casa de Yugao. Ten&#237;amos diez a&#241;os. Cuando nos acostamos, su padre vino a la cama y se meti&#243; a su lado.

Reiko se imagin&#243; a la madre, el padre, la hermana, Yugao y Tama tumbados en colchones en la misma habitaci&#243;n, como hac&#237;an las familias que ocupaban viviendas peque&#241;as. Vio al hombre levantarse y cruzar de puntillas la oscuridad hacia Yugao. La asombr&#243; enterarse de que comet&#237;a incesto incluso en presencia de una amiga y toda su familia. El hombre se merec&#237;a ser un paria y no hab&#237;a sido acusado en falso por su socio.

El crey&#243; que yo dorm&#237;a -prosigui&#243; Tama-. Cerr&#233; los ojos y me qued&#233; quieta. Pero los not&#233; moverse en la cama a mi lado y el temblor cuando se tumb&#243; encima de ella. Y la o&#237; llorar mientras &#233;l

Tama no pod&#237;a estar equivocada. Las ni&#241;as de su clase a menudo ven copular a sus padres, y debi&#243; de reconocer que el padre de Yugao hab&#237;a estado haciendo con su hija lo que s&#243;lo debiera hacer con su esposa.

Yugao deb&#237;a de odiar a su padre por eso -pens&#243; Reiko en voz alta-. Debi&#243; de odiarlo todos estos a&#241;os.

Pero no lo odiaba. A la ma&#241;ana siguiente, le dije a Yugao que sab&#237;a lo que su padre hab&#237;a hecho. Le dije que lo sent&#237;a por ella. Pero ella contest&#243; que no le importaba. -Reiko se qued&#243; desconcertada-. Me dijo que si &#233;l la deseaba, no pasaba nada porque ella lo quer&#237;a y era su deber hacerlo feliz. Y es cierto que parec&#237;a amarlo. Lo segu&#237;a a todas partes. Se sub&#237;a a su regazo y lo abrazaba.

Como si fueran amantes en vez de padre e hija, pens&#243; Reiko con un estremecimiento de repugnancia.

Y &#233;l la quer&#237;a -prosigui&#243; Tama-. Le hac&#237;a muchos regalos: mu&#241;ecas, caramelos, ropa bonita

Con ellos hab&#237;a pagado la colaboraci&#243;n, el sufrimiento y el silencio de Yugao.

Si hab&#237;a alguien a quien odiara Yugao, era a su madre -a&#241;adi&#243; Tama.

&#191;Por qu&#233;?

Se quejaba de que siempre la re&#241;&#237;a. No le parec&#237;a bien nada que hiciera Yugao. Una vez la vi pegarle tan fuerte que le hizo sangrar la nariz. No s&#233; por qu&#233; era tan mala.

Reiko dedujo que la madre sent&#237;a celos de su hija por robarle el afecto de su marido. Al no poder castigar al hombre del que depend&#237;a para subsistir, la hab&#237;a tomado con Yugao.

&#191;Cu&#225;nto tiempo dur&#243; eso?

Hasta que tuvimos quince a&#241;os. Entonces creo que el padre par&#243;.

Eso ser&#237;a tres a&#241;os antes de que la familia se mudara al poblado hinin. Reiko se pregunt&#243; si Yugao habr&#237;a contenido su furia durante tanto tiempo.

&#191;C&#243;mo lo sabes? &#191;Te lo cont&#243; ella?

Tama sacudi&#243; la cabeza.

Un d&#237;a fui a verla. Estaba llorando. Le pregunt&#233; qu&#233; pasaba y no quiso dec&#237;rmelo, pero me fij&#233; en que su hermana peque&#241;a Umeko ten&#237;a una mu&#241;eca nueva. Y estaba sentada en el regazo de su padre y lo abrazaba como antes hac&#237;a Yugao. &#201;l no le hac&#237;a ni caso.

Reiko se qued&#243; at&#243;nita. El hombre hab&#237;a cometido incesto con sus dos hijas, no s&#243;lo con una. Al parecer se hab&#237;a cansado de Yugao y Umeko la hab&#237;a reemplazado como ni&#241;ita mimada y v&#237;ctima de su lujuria.

Yugao cambi&#243; -explic&#243; Tama-. Casi nunca hablaba. Estaba enfadada todo el tiempo. Ya no era divertida.

Aunque su padre hab&#237;a dejado de violarla, su abandono debi&#243; de llenarla de rabia y pesadumbre. Reiko pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; pas&#243; despu&#233;s?

Ella pasaba todo el rato en mi casa. Cuando trabajaba en el sal&#243;n de t&#233; de mi padre, me ayudaba.

Reiko imagin&#243; que Yugao hab&#237;a querido evitar su casa, donde ver&#237;a al padre que la hab&#237;a rechazado, la madre que la castigaba injustamente y la hermana que deb&#237;a de inspirarle unos celos insoportables. Tama hab&#237;a sido su refugio. Sin embargo, cuando Yugao y su familia se trasladaron al poblado hinin, hab&#237;a tenido que hacinarse con ellos y hab&#237;a perdido a su amiga; no ten&#237;a adonde ir. Las tensiones familiares hab&#237;an estallado en forma de asesinato.

A los clientes del sal&#243;n de t&#233; les gustaba -suspir&#243; Tama-. Sal&#237;a fuera con ellos y

Su pausa conjur&#243; visiones de Yugao copulando con hombres en un callej&#243;n oscuro. Reiko sospech&#243; que la chica buscaba en ellos el amor que ya no recib&#237;a de su padre.

Algunos se enamoraron -dijo Tama-. Quer&#237;an casarse con ella, pero ella era mala con ellos. Los llamaba idiotas y les dec&#237;a que la dejaran en paz. Se iba fuera con otros delante de sus narices.

A lo mejor tambi&#233;n anhelaba vengarse de su padre, ansia que satisfac&#237;a hiriendo a sus pretendientes, pens&#243; Reiko.

Pero m&#225;s adelante hubo un hombre. Un samur&#225;i -Tama tom&#243; aliento entre dientes.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; Reiko.

Daba miedo.

&#191;En qu&#233; sentido?

Tama arrug&#243; la frente e hizo memoria.

Eran sus ojos, tan negros y hostiles. Cuando me miraba daba la impresi&#243;n de que pensaba en matarme. Y su voz. No hablaba mucho pero, cuando lo hac&#237;a, sonaba como el bufido de un gato.

Tama se estremeci&#243;, pese a su perplejidad.

No s&#233; por qu&#233; Yugao quiso tener nada que ver con &#233;l. Sab&#237;amos que era peligroso. Un d&#237;a, otro cliente choc&#243; con &#233;l. &#201;l lo tir&#243; al suelo y le puso la espada en el cuello. Nunca he visto a nadie moverse tan r&#225;pido. -El estupor y el temor le velaban los ojos-. El hombre suplic&#243; piedad, y el samur&#225;i lo solt&#243;. Pero podr&#237;a haberlo matado.

A lo mejor Yugao buscaba otro hombre que le hiciera da&#241;o -cavil&#243; Reiko en voz alta.

El se comportaba casi como si no la viera. Se sentaba y beb&#237;a, y ella se sentaba a su lado y le hablaba, y &#233;l nunca respond&#237;a; s&#243;lo miraba al vac&#237;o. Pero se enamor&#243; de &#233;l. Esperaba todos los d&#237;as delante del sal&#243;n de t&#233; a que llegara. Cuando se iba, sal&#237;a corriendo detr&#225;s de &#233;l. A veces me pasaba d&#237;as sin verla, porque andaba con &#233;l por alguna parte.

Reiko comprendi&#243; que Yugao hab&#237;a transferido su amor no correspondido por su padre al misterioso samur&#225;i. Conjetur&#243; que la chica se hab&#237;a mantenido en contacto con &#233;l tras su traslado al poblado hinin. En ese caso, tal vez hubiera acudido a &#233;l al fugarse de la c&#225;rcel.

La recorri&#243; un hormigueo de esperanza al preguntar:

&#191;Qui&#233;n es ese hombre?

Se hac&#237;a llamar Jin. Es todo lo que s&#233;.

Sin un nombre de clan, ser&#237;a dif&#237;cil seguirle el rastro.

&#191;Qui&#233;n es su se&#241;or?

No lo s&#233;.

Reiko combati&#243; el desenga&#241;o. El samur&#225;i misterioso era su &#250;nica pista sobre el paradero de Yugao.

&#191;Qu&#233; aspecto ten&#237;a?

Tama arrug&#243; la frente en un esfuerzo por recordar.

Era guapo, supongo.

Tras muchos intentos de sonsacarle una mejor descripci&#243;n, Reiko se rindi&#243;.

&#191;Sabes adonde iban &#233;l y Yugao al dejar el sal&#243;n de t&#233;?

La chica sacudi&#243; la cabeza y luego reflexion&#243;.

Yo trabaj&#233; en una posada antes de venir aqu&#237;. A veces, cuando hab&#237;a una habitaci&#243;n libre, los dejaba pasar para que pudieran estar juntos.

Si Yugao y su amante se hab&#237;an reunido, a lo mejor hab&#237;an regresado al lugar que les era familiar.

&#191;C&#243;mo se llama esa posada? &#191;D&#243;nde est&#225;?

Tama le dio las se&#241;as.

Se llama El Pabell&#243;n de Jade. -Se desplaz&#243; hacia la puerta-. &#191;Puedo irme ya? -pregunt&#243; con timidez-. Si paso demasiado tiempo fuera, mi se&#241;ora se enfadar&#225;.

Reiko vacil&#243; y luego asinti&#243;.

Gracias por tu ayuda.

Mientras ve&#237;a a Tama entrar en la casa, se pregunt&#243; si habr&#237;a o&#237;do todo lo que la chica sab&#237;a sobre Yugao. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de que la d&#243;cil y dulce Tama se las hab&#237;a ingeniado para mantenerle oculto algo.

El teniente Asukai meti&#243; la cabeza por la ventanilla del palanqu&#237;n.

He o&#237;do lo que os ha contado la chica -dijo-. &#191;Quer&#233;is que vayamos al Pabell&#243;n de Jade?

Esa hab&#237;a sido la primera idea de Reiko pero, si Yugao se encontraba con su misterioso samur&#225;i y &#233;l era tan peligroso como dec&#237;a Tama, m&#225;s le val&#237;a prepararse para encontrar problemas. Sus guardias eran buenos para protegerla de bandidos y el ocasional soldado rebelde suelto, pero no quer&#237;a enfrentarlos a una asesina y una inc&#243;gnita total.

Antes reuniremos refuerzos -dijo.



Cap&#237;tulo 24

En una cochambrosa calle del distrito maderero de Honjo, Sano y los detectives Marume y Fukida montaron a lomos de sus caballos delante de un sal&#243;n de t&#233;. Las linternas rojas colgadas de sus aleros resplandec&#237;an en el neblinoso crep&#250;sculo; sus reflejos en los charcos de lluvia parec&#237;an sangre derramada. Sano vio c&#243;mo sus guardias hac&#237;an salir al anciano propietario, dos camareras y tres clientes borrachos. Todos parec&#237;an confusos y asustados porque los hab&#237;a interrogado y arrestado, cosa que ya hab&#237;a hecho con todo aquel al que hab&#237;a encontrado en cinco lugares m&#225;s de la lista que le hab&#237;a dado el general Isogai.

No puedo creer que alguna de estas personas sea el Fantasma -coment&#243; el detective Marume.

Yo tampoco -dijo Fukida-. No son la clase de gente que conocer&#237;a los secretos del dim-mak o integrar&#237;a el escuadr&#243;n de &#233;lite de Yanagisawa.

Sano estaba de acuerdo. La frustraci&#243;n lo reconcom&#237;a porque hab&#237;a dedicado el d&#237;a a esa b&#250;squeda, y las personas que hab&#237;a atrapado en las otras redadas ten&#237;an tan pocos visos de ser el asesino como &#233;sas. Con todo, dijo:

Imaginemos que el Fantasma se mueve disfrazado. No voy a correr el riesgo de atraparlo y soltarlo. -Se dirigi&#243; a los guardias-. Metedlos en la c&#225;rcel con la gente que hemos detenido antes.

&#191;Probamos el siguiente sitio de la lista?

Sano ech&#243; un vistazo al cielo encapotado, que oscurec&#237;a con rapidez. A ese ritmo jam&#225;s lograr&#237;a atrapar al asesino antes de la noche del d&#237;a siguiente. Pod&#237;a morir antes de poner freno al reinado del terror del Fantasma y cumplir su deber. Ten&#237;a los nervios a flor de piel y un impulso constante y obsesivo de buscar en su cuerpo la contusi&#243;n con forma de huella, el heraldo de la muerte. No pod&#237;a permitirse perder un momento. Aun as&#237;, si le quedaba poco m&#225;s de un d&#237;a por vivir, no quer&#237;a pasarlo cazando a un espectro por calles mojadas y desoladas cuando ni siquiera pod&#237;a estar seguro de que el Fantasma era uno de los siete soldados de &#233;lite fugitivos de Yanagisawa. Experiment&#243; un anhelo abrumador de ver a Reiko y Masahiro. Las horas previas al d&#237;a siguiente pod&#237;an ser las &#250;ltimas que pasara con ellos.

Antes pasaremos por casa -dijo.


Cuando llegaron al castillo, la noche hab&#237;a ca&#237;do sobre la ciudad. Las antorchas de la puerta destellaban y humeaban en la niebla. De vez en cuando el humo de una hoguera pasaba flotando sobre el paseo desierto. Sano y sus hombres recorrieron los pasajes vac&#237;os, salvo por los centinelas de los controles. El castillo era una fortificaci&#243;n bajo asedio de un enemigo invisible, en que la mayor&#237;a de sus ocupantes se agazapaban tras puertas cerradas a cal y canto y legiones de guardaespaldas. En su complejo, Sano dej&#243; a los detectives en sus dependencias y fue derecho a sus aposentos privados.

Masahiro se le acerc&#243; corriendo por el pasillo, con los brazos tendidos, gritando:

&#161;Pap&#225;, pap&#225;!

Sano lo levant&#243; y lo abraz&#243;. Apoy&#243; la cara en su pelo suave e inspir&#243; su aroma fresco y dulce. &#191;Ser&#237;a la &#250;ltima vez? El coraz&#243;n le doli&#243; al decir:

&#191;D&#243;nde est&#225; mam&#225;?

Mama fuera.

&#191;Ah, s&#237;? -Lo inquiet&#243; saber que Reiko andaba fuera a esas horas y en los tiempos que corr&#237;an, y lo sorprendi&#243; que, tras el ataque contra &#233;l de la noche anterior, ella hubiera seguido pendiente de sus asuntos como si nada. &#191;No deber&#237;a estar all&#237; esper&#225;ndolo?

Oy&#243; unos pasos r&#225;pidos y ligeros en el pasillo, y apareci&#243; Reiko. Llevaba una capa de tono apagado sobre unos ropajes sencillos. Parec&#237;a cansada y triste, pero se anim&#243; al verlo con Masahiro.

C&#243;mo me alegro de encontrarte en casa -dijo. Masahiro se estir&#243; hacia ella, que lo tom&#243; de brazos de Sano-. Ten&#237;a miedo de que no volvieras.

&#191;D&#243;nde has estado?

La sonrisa de Reiko se desvaneci&#243; ante el tono cortante.

He ido a decirle a mi padre que he terminado con la investigaci&#243;n.

A Sano lo asombr&#243; y molest&#243;. &#191;Tan importante era esa tarea para dejar la casa? Podr&#237;a no haber llegado a verla antes de retomar su caza del asesino. Deber&#237;a haber mandado un mensajero.

&#191;Y has esperado hasta estas horas de la noche?

Bueno, no. -Reiko vacil&#243;, y a&#241;adi&#243; con tiento-: He ido esta ma&#241;ana. Pero entonces mi padre me cont&#243; que hab&#237;a habido un incendio en la c&#225;rcel y Yugao se hab&#237;a fugado. Pens&#233; que val&#237;a m&#225;s que la buscara. Eso es lo que he estado haciendo todo el d&#237;a.

Espera. &#191;Quieres decir que te has enredado todav&#237;a m&#225;s en ese asunto de esa paria asesina? &#191;Despu&#233;s de decirme que hab&#237;as acabado con el asunto?

S&#237;, te lo dije. Pero ten&#237;a que buscarla -repuso Reiko a la defensiva-. Es culpa m&#237;a que se escapara. No pod&#237;a quedarme de brazos cruzados.

Aunque su explicaci&#243;n era razonable, el dolor de Sano estall&#243; en c&#243;lera porque se hab&#237;a desentendido de sus deseos.

Ya sabes lo dif&#237;cil que es la posici&#243;n en que me encuentro -grit&#243;-. &#161;No puedo creer que seas tan ego&#237;sta y testaruda!

Los ojos de Reiko destellaron.

No me grites. Eres t&#250; el ego&#237;sta y testarudo. Preferir&#237;as que dejara suelta a una asesina en lugar de hacer lo posible por atraparla, s&#243;lo porque tienes miedo del comisario Hoshina. &#191;D&#243;nde est&#225; tu valor de samur&#225;i? &#161;Empiezo a pensar que lo perdiste al hacerte chambel&#225;n!

Sus palabras conten&#237;an suficiente verdad para clav&#225;rsele a Sano en el coraz&#243;n.

&#191;C&#243;mo te atreves a insultarme? -dijo, levantando aun m&#225;s la voz-. Durante cuatro a&#241;os no me has dado m&#225;s que problemas. &#161;Ojal&#225; nunca me hubiera casado contigo!

Reiko se lo qued&#243; mirando, petrificada por el estupor, como si le hubiera pegado. Luego se le demudaron las facciones y le resbalaron l&#225;grimas por las mejillas. Abraz&#243; a Masahiro, que berreaba, alterado por la ri&#241;a. La c&#243;lera de Sano se disolvi&#243; en horror ante la crueldad con que hab&#237;a hablado.

Lo siento -musit&#243; avergonzado. La actividad constante, la falta de sue&#241;o, el miedo y la desesperaci&#243;n lo hab&#237;an llevado a explotar con Reiko-. No hablaba en serio.

Ella meci&#243; a Masahiro para calmarlo mientras se secaba torpemente las l&#225;grimas con la manga.

Yo tampoco -dijo con un susurro ahogado-. Perd&#243;name, por favor.

Sano la estrech&#243; entre los brazos y ella se apret&#243; contra &#233;l, que sinti&#243; c&#243;mo se le estremec&#237;a el cuerpo con el llanto.

Te perdono si t&#250; me perdonas.

No tendr&#237;a que haberte dicho esa barbaridad -gimote&#243; Reiko-. Estoy asustada, alterada y preocupada, pero eso no es excusa.

Yo me he pasado todo el d&#237;a corriendo de un lado para otro intentando atrapar al asesino y fracasando, pero eso tampoco es excusa. Digamos que estamos iguales.

Si tan s&#243;lo le quedaba un d&#237;a de vida, no quer&#237;a que lo perdieran tir&#225;ndose los trastos a la cabeza. Reiko asinti&#243;; sus ojos rebosaban amor, remordimiento y aprensi&#243;n. Juntos acostaron a Masahiro y luego fueron a su dormitorio. Sano se derrumb&#243; en la cama preparada por los sirvientes. Le dol&#237;an el cuerpo y la mente de fatiga. Intent&#243; no pensar en la larga noche de trabajo que lo esperaba ni imaginarse qu&#233; sentir&#237;a si la muerte lo fulminaba al d&#237;a siguiente o qu&#233; ser&#237;a de su familia.

Reiko se arrodill&#243; a su lado.

Dejar&#233; de buscar a Yugao. Ser&#225; un problema menos del que tengas que preocuparte.

No. -Sano no pod&#237;a aceptar su ofrecimiento-. He cambiado de idea. Creo que debes seguir buscando. -Necesitaba algo que la distrajera de sus preocupaciones-. Es lo correcto. -Toda situaci&#243;n aciaga ten&#237;a su lado bueno, pens&#243; Sano. Si mor&#237;a al d&#237;a siguiente, las tretas de Hoshina no podr&#237;an hacerle da&#241;o.

&#191;Est&#225;s seguro?

Oy&#243; esperanza en la voz de Reiko y vio incredulidad en sus ojos.

S&#237;. -Aunque ten&#237;a trabajo de sobra con su propia investigaci&#243;n para interesarse por la de Reiko, quer&#237;a reparar el da&#241;o que le hab&#237;a hecho-. &#191;C&#243;mo ha ido tu b&#250;squeda hoy? -pregunt&#243;, aparentando inter&#233;s.

Ella sonri&#243;, agradecida.

He encontrado a la amiga de la infancia de Yugao, Tama. -Mientras le refer&#237;a lo que &#233;sta hab&#237;a explicado sobre aquella siniestra historia familiar que seg&#250;n Reiko hab&#237;a empujado a Yugao al asesinato, Sano intent&#243; prestar atenci&#243;n, pero el cansancio lo super&#243;; se adormil&#243;-. Tama me ha hablado de un lugar al que podr&#237;a haber acudido Yugao. Se trata de una posada llamada El Pabell&#243;n de Jade.

Una remota campanilla reson&#243; en el recuerdo de Sano. Se despabil&#243; de golpe. &#191;De qu&#233; le sonaba ese nombre?

He venido a casa a ver si pod&#237;a llevarme algunos de tus soldados para que me acompa&#241;en y me ayuden a capturar a Yugao, si es que est&#225; all&#237; -prosigui&#243; Reiko.

Sano se incorpor&#243; de sopet&#243;n porque ya sab&#237;a d&#243;nde hab&#237;a visto mencionado El Pabell&#243;n de Jade. Hurg&#243; por debajo de su faja y sac&#243; la lista que le hab&#237;a dado el general Isogai.

&#191;Pasa algo? -pregunt&#243; Reiko, intrigada-. &#191;Qu&#233; haces?

Sano sinti&#243; un arrebato de emoci&#243;n mientras recorr&#237;a con el dedo los caracteres del papel.

Creo que el asesino es uno de los soldados de &#233;lite de Yanagisawa. Siete todav&#237;a andan sueltos. -Las palabras Pabell&#243;n de Jade le saltaron a los ojos-. &#201;sta es una lista de sitios que han frecuentado en el pasado. Y &#233;sta es la posada donde crees que se encuentra Yugao.

Contemplaron la lista y luego se miraron, maravillados de que sus respectivas investigaciones de repente hubieran convergido. A Reiko se le agudizaron las facciones.

Yugao ten&#237;a un amante. Era un samur&#225;i. Sol&#237;an encontrarse en esa posada. &#191;T&#250; crees?

No. No puede ser el Fantasma -dijo Sano, aunque el coraz&#243;n se le aceler&#243;. Que Reiko hubiera topado con una pista ya era demasiado pedir.

&#191;Por qu&#233; no? -Los ojos se le iluminaron de emoci&#243;n-. Tama lo describi&#243; como un hombre peligroso. Vio c&#243;mo casi mataba a un hombre que lo empuj&#243; sin intenci&#243;n. &#191;No te parece propio del tipo de persona que podr&#237;a ser tu asesino?

Sano se previno contra los excesos de optimismo.

Esa descripci&#243;n se ajustar&#237;a a centenares de samur&#225;is. No hay motivo para creer que &#233;l y Yugao est&#233;n relacionados. &#191;C&#243;mo iban a convertirse en amantes una mujer hinin y un oficial del escuadr&#243;n de &#233;lite de Yanagisawa? &#191;C&#243;mo iban siquiera a conocerse?

Yugao no siempre fue una paria. Conoci&#243; a su hombre en un sal&#243;n de t&#233; cercano a Riogoku Hirokoji, donde su padre era antes propietario de una feria. -Reiko estudi&#243; la lista-. Aqu&#237; no consta el sal&#243;n de t&#233;, pero el Ej&#233;rcito no lo sabe todo. Podr&#237;a haber sido un local frecuentado por las tropas de Yanagisawa.

Podr&#237;a -dijo Sano, permitiendo que ella lo convenciera a pesar de la falta de pruebas-. &#191;Qu&#233; m&#225;s has descubierto sobre ese hombre misterioso? &#191;Su nombre?

Se hac&#237;a llamar Jin. Hablaba en susurros y sonaba como el bufido de un gato -a&#241;adi&#243; Reiko-. Yugao tuvo relaciones con muchos hombres. El Fantasma podr&#237;a haber sido aquel del que Tama dice que se enamor&#243;.

En cualquier caso, vale la pena echar un vistazo en El Pabell&#243;n de Jade. -Sano se levant&#243; de la cama-. Podr&#237;a ser el pr&#243;ximo sitio en el que busque al Fantasma.

Reiko lo acompa&#241;&#243; a la puerta.

Estaba convencida de que hab&#237;a un motivo para seguir con mi investigaci&#243;n -dijo, radiante de excitaci&#243;n-. Si te conduce al Fantasma, espero que eso compense los problemas que te he causado.

Si lo capturo en El Pabell&#243;n de Jade, jam&#225;s volver&#233; a interponerme en nada que quieras hacer.

Una parte de &#233;l esperaba que Reiko pidiera permiso para acompa&#241;arlo, pero no lo hizo. Deb&#237;a de saber que, si el Fantasma estaba all&#237;, le dir&#237;a que era demasiado peligroso para ella y que ser&#237;a una molestia; y no quer&#237;a otra discusi&#243;n por mucho que hubiera desvelado lo que parec&#237;a ser la pista crucial. Se limit&#243; a decir:

&#161;Ardo en deseos de ver qu&#233; pasa!

Ser&#225;s la primera en saberlo.

Se abrazaron en una ardorosa despedida. Reiko dijo:

Si Yugao est&#225; all&#237;

La capturaremos para ti -dijo Sano mientras sal&#237;a con paso firme en busca de los detectives Marume, Fukida y un pelot&#243;n de soldados. Se sent&#237;a vigorizado por la esperanza; su cansancio se evapor&#243; en la niebla. Hasta pod&#237;a creer que vivir&#237;a m&#225;s all&#225; del d&#237;a siguiente.



Cap&#237;tulo 25

Una llama oscilante ard&#237;a en la l&#225;mpara de una habitaci&#243;n cuyas ventanas estaban cerradas a cal y canto. Retumbaban los truenos; la lluvia repicaba sobre el tejado. En un colch&#243;n tendido en el suelo, Yugao y su amante yac&#237;an juntos desnudos. &#201;l estaba boca arriba, con su cuerpo esbelto y musculoso. Ella lo abrazaba, con los pechos apretados contra su costado, una pierna cruzada sobre las suyas y el pelo extendido en abanico por encima de los dos. Los cuerpos desnudos brillaban dorados a la luz del candil. Yugao le acariciaba la cara con ternura. El coraz&#243;n se le desbordaba de adoraci&#243;n mientras segu&#237;a con el dedo el contorno de su pronunciada frente, sus mejillas y su ment&#243;n. Le acarici&#243; la boca, tan firme y adusta. Era el hombre m&#225;s guapo que hubiera visto en su vida, su h&#233;roe samur&#225;i.

Durante sus d&#237;as en la c&#225;rcel y los a&#241;os en el poblado hinin, hab&#237;a rezado por volver a verlo. Su recuerdo la hab&#237;a sostenido a lo largo de todas las penalidades. En ese momento lo mir&#243; con arrobo a los ojos. Su oscuridad y hondura la mareaban, como si cayera por ellos. Sin embargo, miraban a trav&#233;s de ella, m&#225;s all&#225; de ella. Se sent&#237;a alejada de &#233;l aunque lo estuviera tocando, pues &#233;l manten&#237;a su esp&#237;ritu oculto en alg&#250;n lugar remoto. Apenas parec&#237;a consciente de que ella estaba all&#237;.

La embarg&#243; una tristeza familiar. Ansiosa por suscitar alguna respuesta en &#233;l, alg&#250;n indicio de que le importaba, llev&#243; la boca a las cicatrices que le surcaban el pecho, recordatorios de incontables combates a espada. Juguete&#243; con sus pezones con la lengua y los not&#243; endurecerse. Cuando desplaz&#243; la boca hacia abajo, &#233;l se movi&#243;. Acarici&#243; su virilidad, que se hinch&#243; y curv&#243; hacia arriba; le oy&#243; un suspiro de placer. El deseo fue apoder&#225;ndose de Yugao, coloreando su piel, cosquille&#225;ndole en los pechos, invadiendo sus entra&#241;as de calor. Sin embargo, cuando lo tom&#243; en su boca, &#233;l la apart&#243; con malos modos. Se incorpor&#243; y agarr&#243; la espada corta que ten&#237;a junto a la cama. Sostuvo el filo derecho delante de la cara de Yugao.

Hazle el amor -orden&#243;.

Su voz era un siseo que a Yugao le recordaba el crepitar del hielo sobre el fuego, una serpiente presta a atacar. Le hab&#237;an herido la garganta en combate y por eso era incapaz de hablar salvo en susurros. Yugao hab&#237;a o&#237;do la historia de labios de sus camaradas, en el sal&#243;n de t&#233; donde se reun&#237;an; &#233;l nunca le contaba nada personal sobre s&#237; mismo. En ese momento su intensa mirada la conminaba a acatar sus deseos. La hoja de acero llameaba con los reflejos del fuego de la l&#225;mpara, como si estuviera viva. Yugao conoc&#237;a el ritual, que hab&#237;an representado muchas veces. A &#233;l no le gustaba que lo tocara, y evitaba tocarla en la medida de lo posible. Siempre prefer&#237;a que dedicara sus atenciones a su arma en lugar de a su cuerpo durante el sexo. Le daba miedo preguntarle por qu&#233; pues podr&#237;a enfadarse, pero deb&#237;a obedecerlo, como siempre hab&#237;a hecho.

Se arrodill&#243; y desliz&#243; los dedos arriba y abajo por la hoja fr&#237;a y lisa. Su cara, lastimera en su necesidad de aprobaci&#243;n, se reflejaba en el acero brillante. En los ojos de &#233;l prendi&#243; un fuego lento de excitaci&#243;n. El pecho se le hinch&#243; a medida que su respiraci&#243;n se volv&#237;a m&#225;s r&#225;pida y superficial. El deseo de Yugao la abrasaba como un incendio en su interior. Agach&#243; la cabeza, extendi&#243; la lengua y lami&#243; lentamente la hoja de abajo a arriba, por el lado plano. Luego lami&#243; en direcci&#243;n descendente el filo aguzado como una cuchilla. Tembl&#243; de miedo a cortarse, pero vio que la virilidad de &#233;l se ergu&#237;a erecta. El placer de &#233;l era el de ella. Gimi&#243; por la excitaci&#243;n que le provocaba.

Fuera restall&#243; un trueno que sacudi&#243; el suelo y desequilibr&#243; a Yugao del susto. La lengua le patin&#243;. Dio un grito ahogado cuando el filo le hizo un min&#250;sculo corte; not&#243; el sabor salado de la sangre. Se ech&#243; atr&#225;s sobre los talones y se llev&#243; la mano a la boca. Verla herida y dolorida lo excit&#243; hasta el paroxismo. La tumb&#243; en la cama de un empuj&#243;n. Con la espada atravesada sobre su garganta, se encaj&#243; entre sus piernas.

Yugao grit&#243; de placer y terror mientras &#233;l la embest&#237;a y el filo le presionaba la piel. &#201;l sab&#237;a que no necesitaba forzarla; ella le permitir&#237;a hacerle cualquier cosa que quisiera. Sin embargo, &#233;l necesitaba violencia para obtener satisfacci&#243;n. La cortar&#237;a si as&#237; lo deseaba, ya lo hab&#237;a hecho en el pasado. A la vez que lo apretaba hacia s&#237; y arqueaba el cuerpo para recibir sus acometidas, Yugao chillaba y se encog&#237;a para alejarse de la espada. Con la cara tensa y contorsionada, &#233;l fue aumentando la fuerza y velocidad de sus movimientos. Fij&#243; la mirada en la de ella.

Yugao se perdi&#243; en el remolino oscuro de sus ojos. Destellos de la memoria iluminaron la oscuridad. Era una ni&#241;a en la casa de su familia. Su padre yac&#237;a encima de ella; le tapaba la boca con la mano para ahogar sus gritos mientras copulaban. Por la ma&#241;ana hab&#237;a sangre en su cama. Su madre la maldec&#237;a y golpeaba.

Sin embargo, aquellos tiempos y aquella gente que le hab&#237;a hecho da&#241;o se hab&#237;an ido para no volver. Se agarr&#243; con fuerza a su amante. &#201;l ech&#243; atr&#225;s la cabeza, gimi&#243; y la penetr&#243; a fondo mientras se dejaba ir. El correspondiente climax de Yugao la estremeci&#243; en paroxismos de &#233;xtasis. Prorrumpi&#243; en gritos incoherentes mientras sent&#237;a su esp&#237;ritu tocar por fin el de &#233;l.

Demasiado pronto, antes aun de que sus sensaciones remitieran, &#233;l se retir&#243; de ella. Se arrodill&#243; en el suelo al otro lado de la habitaci&#243;n, de espaldas a Yugao, mientras ella temblaba empapada de sudor en el s&#250;bito helor de su ausencia. Se le acerc&#243; reptando y le puso una mano cautelosa en el hombro. &#201;l miraba el vac&#237;o, sin hacerle caso.

&#191;Qu&#233; est&#225;s pensando? -pregunt&#243; ella.

Pas&#243; un largo intervalo antes de su respuesta.

Venir aqu&#237; ha sido un error.

El tono de reproche de su susurro hiri&#243; a Yugao.

&#191;Por qu&#233;? &#201;s tranquilo, c&#243;modo e &#237;ntimo. Tenemos todo lo que necesitamos. -Se&#241;al&#243; con un gesto la cama, los mullidos cojines del suelo, el brasero lleno de carb&#243;n, el paquete de comida y las jarras de agua y vino.

No es seguro. Y estar&#237;a mejor sin ti. -Se zaf&#243; de su mano con un encogimiento del hombro.

A Yugao la asalt&#243; el repentino recuerdo de su padre acariciando a su hermana Umeko sobre el regazo mientras ella los miraba, celosa y abandonada.

Pero si estamos hechos para estar juntos -le dijo, herida por su actitud-. El destino nos ha reunido.

&#201;l se ri&#243;, un sonido como de metales rasp&#225;ndose.

Esa clase de destino nos matar&#225; a los dos. T&#250; eres una criminal buscada. La polic&#237;a te andar&#225; persiguiendo. Traer&#225;s a mis enemigos derechos a m&#237;.

&#161;No es verdad! -A Yugao la horrorizaba que la tuviera por semejante carga mientras ella lo amaba m&#225;s que a nada en el mundo-. He ido con cuidado. Aqu&#237; nunca nos encontrar&#225;n. Yo jam&#225;s te pondr&#237;a en peligro. Te quiero. Har&#237;a cualquier cosa por protegerte.

Lo esconder&#237;a, le dar&#237;a de comer y se entregar&#237;a a &#233;l por mal que la tratara. Era su esclava a pesar de todo lo que sab&#237;a sobre &#233;l.

Nada m&#225;s verlo en el sal&#243;n de t&#233;, se hab&#237;a jurado ganarse su amor. Era diferente del resto de hombres. La mayor&#237;a eran m&#225;s amables que &#233;l, pero a ella la dejaban indiferente. Pod&#237;a seducirlos con una sonrisa, una mirada seductora. &#161;Necios d&#233;biles y est&#250;pidos! El, sin embargo, se desentend&#237;a de sus esfuerzos por atraerlo. Eso hizo que Yugao lo anhelara como no hab&#237;a anhelado nunca a ning&#250;n hombre. Por primera vez en su vida sinti&#243; deseo f&#237;sico. Se consagr&#243; en cuerpo y alma a tenerlo. Siempre que iba al sal&#243;n de t&#233;, coqueteaba con &#233;l como si le fuera la vida en ello. A veces se llevaba a otro hombre al callej&#243;n con la esperanza de ponerlo celoso. Nada funcion&#243;.

&#201;l por lo general iba a pie en lugar de a caballo como la mayor&#237;a de samur&#225;is de su rango; en una ocasi&#243;n, cuando se fue del sal&#243;n de t&#233;, sali&#243; corriendo detr&#225;s de &#233;l. El se detuvo, se volvi&#243; hacia ella y le dijo:

Pi&#233;rdete. D&#233;jame en paz.

Sin embargo, eso no hab&#237;a sino exacerbado el deseo de Yugao. La siguiente vez que lo sigui&#243;, tom&#243; precauciones para que no la avistara entre el gent&#237;o de las calles. Pas&#243; d&#237;as sigui&#233;ndolo por todo Edo. Desde una distancia segura lo vio encontrarse y charlar furtivamente con hombres extra&#241;os. Ten&#237;a curiosidad por saber a qu&#233; se dedicaba, y una noche lo descubri&#243;.

Era una fr&#237;a y h&#250;meda velada de oto&#241;o. Yugao lo sigui&#243; a trav&#233;s de la niebla que pend&#237;a sobre la ciudad, por caminos casi desiertos, hasta un barrio cercano al r&#237;o. Se par&#243; una manzana m&#225;s abajo de un sal&#243;n de t&#233; brillantemente iluminado y se ocult&#243; en el umbral de una tienda cerrada para la noche. Ella se escondi&#243; doblando la esquina. Temblorosa en la g&#233;lida humedad, lo vio vigilar el sal&#243;n de t&#233;. Clientes entraban y sal&#237;an. Pasaron horas; luego salieron dos samur&#225;is del establecimiento y caminaron calle abajo hasta pasar por delante de Yugao. &#201;l sali&#243; del umbral con paso sigiloso en pos de ellos.

A Yugao se le aceler&#243; el pulso porque sab&#237;a que estaba a punto de suceder algo emocionante. La niebla era tan espesa que a duras penas ve&#237;a lo suficiente para seguirlos a &#233;l y los samur&#225;is. Eran sombras que se disolv&#237;an aunque no le llevaran m&#225;s de veinte pasos de ventaja. Sus voces le llegaban flotando. No distingu&#237;a lo que dec&#237;an, pero el tono era apremiante, temeroso. Apretaron el paso hasta romper a correr. Yugao se lanz&#243; en su persecuci&#243;n, pero no tard&#243; en perderlos. Luego oy&#243; un grito apagado proveniente de un callej&#243;n entre dos almacenes. Se asom&#243;.

Un golpe de brisa que soplaba desde el r&#237;o despej&#243; la niebla. Un cuerpo yac&#237;a en el suelo hecho un ovillo. M&#225;s adentro, dos figuras se golpeaban en un violento abrazo. Oy&#243; un grito de dolor. Una figura cay&#243; con un ruido sordo. La otra se qued&#243; inm&#243;vil. Yugao ahog&#243; un grito de asombro. &#161;&#201;l hab&#237;a estado al acecho de esos samur&#225;is, y acababa de matarlos a los dos!

En ese momento la vio.

&#191;Qu&#233; haces aqu&#237;? -exigi&#243; saber.

Yugao se dio cuenta de que iba a matarla: no quer&#237;a testigos. Sin embargo, no huy&#243;. Su fuerza y atrevimiento la sobrecogieron. Su deseo de &#233;l floreci&#243; en un hambre desenfrenada. Privada casi de pensamiento consciente, avanz&#243; hacia &#233;l y se abri&#243; las vestiduras para ense&#241;arle su cuerpo desnudo.

&#201;l dej&#243; caer la espada. La agarr&#243; y la tom&#243; contra la pared del almac&#233;n, mientras sus v&#237;ctimas yac&#237;an muertas all&#237; al lado. La brutalidad de los asesinatos y el peligro de que los sorprendieran los excit&#243; a los dos hasta una pasi&#243;n salvaje. Por vez primera Yugao experiment&#243; placer con un hombre. No le importaba que fuera un asesino. Cuando llegaron al climax, solt&#243; un grito de triunfo porque por fin se lo hab&#237;a ganado.

Al d&#237;a siguiente, le pregunt&#243; por qu&#233; hab&#237;a matado a esos hombres.

Eran el enemigo -fue lo &#250;nico que le sac&#243;.

M&#225;s adelante se inform&#243; sobre los asesinatos gracias a los cotilleos del sal&#243;n de t&#233;. Los dos samur&#225;is eran vasallos del caballero Matsudaira, que hab&#237;a dictado la orden de que cualquiera que tuviese informaci&#243;n sobre los cr&#237;menes deb&#237;a comunicarla. A Yugao no le importaba que buscaran a su amante por un delito tan grave. Si acaso lo admiraba m&#225;s por atreverse con un enemigo tan poderoso como el caballero Matsudaira. No le importaba el motivo. Le gustaba que combatiera a la gente que lo hab&#237;a agraviado. Se enorgullec&#237;a de tener a un hombre tan valiente.

Sin embargo, pronto qued&#243; claro que no lo ten&#237;a. Despu&#233;s de aquella noche se encontraron muchas veces, siempre en posadas baratas, y &#233;l le ense&#241;&#243; los rituales sexuales que le gustaban, pero fuera del dormitorio le hac&#237;a el mismo caso omiso de antes. Nunca le daba muestras de afecto. Desesperada por su amor, Yugao hab&#237;a adoptado medidas extremas.

Pero su actitud lo hab&#237;a enfurecido, en lugar de complacerlo. Entonces &#233;l se hab&#237;a marchado sin m&#225;s. Yugao qued&#243; destrozada. Y despu&#233;s llegaron m&#225;s calamidades. Su padre fue degradado a hinin y la familia se mud&#243; al m&#237;sero poblado. Ella lo hab&#237;a buscado a menudo en vano.

La guerra hab&#237;a cambiado su suerte.

Un mes despu&#233;s de que terminara la batalla, Yugao despert&#243; en mitad de la noche para o&#237;r una voz al otro lado de la ventana, siseando su nombre. Era la voz que hab&#237;a anhelado o&#237;r. Salt&#243; de la cama y corri&#243; afuera. Lo encontr&#243; tumbado en el suelo, sangrando de heridas grav&#233;s, medio muerto. Yugao nunca supo qu&#233; le hab&#237;a pasado ni c&#243;mo la hab&#237;a encontrado; &#233;l no se lo cont&#243;. Lo que importaba era que hab&#237;a regresado a ella. Lo meti&#243; dentro y lo acost&#243; en el cobertizo donde su hermana Umeko entreten&#237;a a los hombres. Umeko no estaba nada contenta.

Esa es mi habitaci&#243;n -dijo-. &#161;Saca de ah&#237; a ese mat&#243;n enfermo y mugriento!

Su padre se puso de parte de Umeko; siempre lo hac&#237;a.

Si nos pillan escondiendo a un fugitivo, tendremos problemas -le dijo a Yugao-. Voy a denunciarlo a la polic&#237;a.

Si lo haces, les dir&#233; que no has parado de cometer incesto -contraatac&#243; Yugao-. Te alargar&#225;n la condena.

Su amenaza mantuvo callados a su padre y a Umeko. Durante todo ese invierno hab&#237;a escondido a su amante y lo hab&#237;a cuidado hasta devolverle la salud. Cuando estuvo bien, empez&#243; a salir por las noches. Nunca explic&#243; para qu&#233;, pero Yugao sab&#237;a que hab&#237;a retomado su guerra contra el caballero Matsudaira. A veces regresaba a la ma&#241;ana siguiente; a veces desaparec&#237;a durante d&#237;as. Yugao esperaba, temerosa de que no regresara. La aterrorizaba que lo hubieran matado. La &#250;ltima vez, cuando llevaba un mes fuera, se puso a buscarlo en los lugares donde antes se citaban. Al final lo encontr&#243;, pero &#233;l se mostr&#243; m&#225;s enfadado que contento de verla. Aunque su frialdad la hab&#237;a hecho llorar, &#233;l la hab&#237;a rechazado:

Tengo trabajo. Ser&#237;as una molestia. Si te vuelvo a necesitar, acudir&#233; a ti.

Por favor, deja que me quede contigo -hab&#237;a suplicado ella-, por lo menos un rato.

Se hab&#237;a desvestido para intentar seducirlo. El desenvain&#243; su espada y le reban&#243; el pez&#243;n izquierdo. Sin parar mientes a sus chillidos de horror ante la sangrienta herida, le grit&#243;:

&#161;Vete y no vuelvas, o la pr&#243;xima vez te matar&#233;!

Por fin hab&#237;a insuflado en Yugao aut&#233;ntico miedo. Con el coraz&#243;n roto, ella lo hab&#237;a obedecido, pensando que su relaci&#243;n hab&#237;a terminado para siempre. Regres&#243; a la choza, donde no hab&#237;a hallado comprensi&#243;n en su familia.

Que se vaya con viento fresco -dijo su padre.

Eres demasiado fea para conservar a un hombre -se mof&#243; Umeko.

Su madre se hab&#237;a re&#237;do de su dolor:

Te lo tienes bien merecido.

&#161;Alg&#250;n d&#237;a pagar&#233;is por el modo en que me trat&#225;is! -les hab&#237;a gritado Yugao en un arrebato de furia.

Ya no pod&#237;an hacer da&#241;o a nadie. El incendio que la hab&#237;a liberado le hab&#237;a ofrecido una nueva esperanza de pasar la vida con &#233;l. Sin embargo, en ese momento, despu&#233;s de haber dado por fin con su amante, se le escapaba una vez m&#225;s de las manos. Lo vio ponerse la ropa, mientras dec&#237;a:

No tendr&#237;a que haber dejado que me trajeras aqu&#237;. La polic&#237;a registrar&#225; los sitios e interrogar&#225; a las personas que tuvieran alguna relaci&#243;n contigo. No puedo arriesgarme a que te encuentren y de paso me atrapen.

Mientras &#233;l miraba por las rendijas de las persianas para ver si alguien rondaba por el exterior, Yugao sinti&#243; un brote de p&#225;nico.

Si no te gusta este sitio, nos iremos a otra parte -dijo, aunque odiaba la idea de dejar ese lugar. Empez&#243; a vestirse deprisa, una prenda interior y un quimono baratos que hab&#237;a robado de una tienda.

El desprecio de su mirada la cort&#243; como un cuchillo.

No nos vamos juntos. No pienso pasear de un lado a otro un peso muerto peligroso. Va siendo hora de que nos separemos.

&#161;No! -Horrorizada, Yugao se aferr&#243; a &#233;l-. &#161;No permitir&#233; que me dejes! -&#201;l se la quit&#243; de encima con una exclamaci&#243;n exasperada y le dio la espalda, pero ella se apret&#243; contra su cuerpo-. &#161;No despu&#233;s de lo que he hecho por ti!

&#201;l gir&#243; sobre los talones y la mir&#243;. El aire que los separaba vibraba con todas las cosas que Yugao hab&#237;a hecho para ganarse su amor, adem&#225;s de cuidarlo y cobijarlo. Casi ol&#237;a a sangre acre.

Nunca te ped&#237; que lo hicieras -dijo &#233;l con los ojos encendidos de c&#243;lera.

&#191;Pero no te alegras? Eran el enemigo.

Fuiste descuidada y podr&#237;an haberte atrapado. Hab&#237;a gente capaz de relacionarte conmigo. La polic&#237;a nos habr&#237;a arrestado a los dos por conspiraci&#243;n aunque actuaras por tu cuenta.

Pero no lo hicieron. El destino est&#225; de nuestra parte. Nos protegi&#243;.

El sacudi&#243; la cabeza, y una risa incr&#233;dula surgi&#243; de su boca en un siseo.

&#161;Dioses misericordiosos, est&#225;s loca! &#161;Cuanto antes me libre de ti, mejor!

Se ci&#241;&#243; las espadas a la cintura y llen&#243; un morral con sus mudas de ropa y algunas posesiones m&#225;s.

&#161;Espera! -exclam&#243; Yugao, fren&#233;tica. Dado que su amor y lo que le deb&#237;a no iban a detenerlo, a lo mejor las razones pr&#225;cticas lo hac&#237;an-. Has dicho que el chambel&#225;n y sus tropas te buscan. Y ya han hecho redadas en escondrijos que has usado. &#191;Adonde vas a ir?

Eso es asunto m&#237;o. -Sin embargo, sus manos vacilaron mientras hac&#237;a el nudo del hato.

Yugao explot&#243; su ventaja.

Tendr&#237;as que permanecer oculto una temporada. El chambel&#225;n pensar&#225; que has huido de la ciudad. Dejar&#225; de buscarte en Edo. Hasta entonces, &#233;ste es el lugar m&#225;s seguro que tienes.

Un ce&#241;o ensombreci&#243; las facciones del hombre. Yugao lo not&#243; luchar contra la l&#243;gica, resistirse a sus argumentos. Insisti&#243;:

A lo mejor encuentras alguna cueva donde esconderte, pero &#191;qui&#233;n te llevar&#225; comida? Tus camaradas est&#225;n muertos o desperdigados por todo el pa&#237;s. &#191;Qui&#233;n m&#225;s tienes para ayudarte si no yo?

Con un repentino estallido de ira, &#233;l lanz&#243; su fardo a la otra punta de la habitaci&#243;n. Se hinc&#243; de rodillas con una expresi&#243;n que helaba la sangre. A Yugao no le importaba que odiara depender de ella para sobrevivir. Tras arrodillarse a su lado, lo abraz&#243; y apoy&#243; la mejilla en la suya, aunque &#233;l se mantuvo r&#237;gido entre sus brazos.

Todo saldr&#225; bien -lo consol&#243;-. Juntos destruiremos a nuestros enemigos. Entonces seremos felices, como marca nuestro destino. Conf&#237;a en m&#237;.



Cap&#237;tulo 26

El Pabell&#243;n de Jade no merec&#237;a ese elegante nombre. Era una posada destartalada, sobre el muro de contenci&#243;n del r&#237;o Nihonbashi, que atend&#237;a a los viajeros escasos de recursos y a los jornaleros que trabajaban en las barcazas. Ten&#237;a cuatro alas construidas con tablones, cubiertas por una ra&#237;da techumbre de juncos y unidas por pasad&#237;zos techados.

Unos escalones de piedra bajaban del terrapl&#233;n hasta el r&#237;o, cuyas negras aguas se agitaban en la noche. A lo largo de la ribera hab&#237;a ancladas casas flotantes. Con la proximidad de la medianoche, la niebla se fue aclarando, hasta dejar a la vista la luna atrapada como una boya de cristal en una red de pesca rasgada.

Sano, Hirata, los detectives Marume, Fukida, Inoue y Arai y seis guardias se acercaron a la entrada del Pabell&#243;n de Jade, situada en una callejuela bordeada de puestos de comida y comercios de art&#237;culos n&#225;uticos, todos oscuros y desiertos. Los veinte soldados que Sano hab&#237;a tra&#237;do rodeaban la posada. Sobre la entrada ard&#237;a una linterna, pero la puerta estaba cerrada. Sano llam&#243;. Un posadero calvo y rechoncho asom&#243; la cabeza.

Si busc&#225;is habitaci&#243;n, lo lamento, se&#241;ores -dijo-. Las m&#237;as est&#225;n todas ocupadas.

Buscamos a un fugitivo -dijo Sano-. &#193;brenos. Y no hagas ruido.

&#201;l y sus hombres cruzaron la puerta y un pasadizo que llevaba a un jard&#237;n de matas y arbustos mojados y descuidados. El olor a letrina, pescado y basura contaminaba el aire. Todos los edificios que alojaban a los hu&#233;spedes ten&#237;an delante una galer&#237;a. Sano y sus hombres desenvainaron sus espadas y avanzaron por ellas. Empezaron a abrir puertas de sopet&#243;n, gritando:

&#161;Esto es una redada! &#161;Todo el mundo fuera!

Se oyeron gritos y revuelo en las habitaciones. Salieron dando tumbos hombres vestidos en camis&#243;n o desnudos por completo, parpadeando de sue&#241;o y miedo. Hirata y los detectives los alinearon en las galer&#237;as. El resto de los soldados irrumpi&#243; en el jard&#237;n, llevando a rastras a los que hab&#237;an tratado de escapar por las ventanas.

Decid vuestros nombres en alto -ordenaron Hirata y los detectives. Los clientes obedecieron, con las voces mezcladas en una cacofon&#237;a de p&#225;nico.

De una habitaci&#243;n no hab&#237;a salido nadie. Sano se asom&#243; a una oscuridad que se antojaba vac&#237;a. El posadero aguardaba en el jard&#237;n, sosteniendo una l&#225;mpara. Sano lo llam&#243;.

Pensaba que hab&#237;as dicho que todas las habitaciones estaban ocupadas.

Lo estaban, mi se&#241;or.

Sano le arrebat&#243; la l&#225;mpara y entr&#243; en la habitaci&#243;n. Un hedor a enfermedad y descomposici&#243;n le asalt&#243; el olfato. En el suelo hab&#237;a un colch&#243;n cubierto por una colcha sucia y arrugada. Las moscas zumbaban alrededor de un orinal lleno y una bandeja con una vianda de arroz, t&#233; y sopa, todo fr&#237;o y rancio. Sano se agach&#243; y toc&#243; el colch&#243;n.

Hirata apareci&#243; en la puerta.

Los hombres que hemos atrapado son tripulantes de las barcazas del r&#237;o. Si el Fantasma est&#225; aqu&#237;, esta habitaci&#243;n tiene que ser la suya. -Ech&#243; un vistazo al cuarto vac&#237;o y su cara reflej&#243; la misma decepci&#243;n de Sano-. &#191;Se ha ido?

Estaba aqu&#237; hace un momento. La cama todav&#237;a est&#225; caliente. -Sano sinti&#243; una demoledora frustraci&#243;n por haber estado tan cerca yaun as&#237; haber perdido a su presa.

Pero &#191;c&#243;mo puede haberse escapado? -Hirata escudri&#241;&#243; la habitaci&#243;n-. S&#243;lo hay una puerta; si hubiera salido por ella, lo habr&#237;amos visto. Y las persianas est&#225;n cerradas por dentro. No puede haber

Sano alz&#243; la mano para interrumpirlo al o&#237;r un leve sonido.

&#191;Qu&#233; es eso?

Se quedaron los dos inm&#243;viles, escuchando. Sano lo oy&#243; de nuevo, un resuello que acababa en gemido. Mir&#243; a Hirata, que asinti&#243;.

Esperaron. El jaleo de fuera remiti&#243; y Marume y Fukida se asomaron a la puerta. Sano les advirti&#243; con un dedo en los labios. De nuevo oyeron el resuello y el gemido. Sano se&#241;al&#243; el armario empotrado en la pared. Marume y Fukida cruzaron la habitaci&#243;n de puntillas. Se plantaron uno a cada lado del armario, empu&#241;ando las espadas. Sano casi o&#237;a el pulso de sus compa&#241;eros aceler&#225;ndose al comp&#225;s del suyo, los notaba contener el aliento. Fukida abri&#243; la puerta corredera del armario.

Estaba vac&#237;o. Los estantes conten&#237;an velas, ropa de cama, prendas dobladas y otros art&#237;culos normales. En ese momento se oy&#243; de nuevo la trabajosa respiraci&#243;n, esa vez m&#225;s n&#237;tida. Sano inspeccion&#243; el suelo del armario. Un tabl&#243;n estaba torcido. Marume lo alz&#243; y lo tir&#243; a un lado. Debajo hab&#237;a un agujero de unos cinco pasos de lado y cuatro de profundidad. Al inclinarse sobre &#233;l, los abofete&#243; una vaharada de hedor a orina, sudor y podredumbre. Sano ilumin&#243; el agujero con la l&#225;mpara.

Un rostro demacrado les devolvi&#243; la mirada con ojos temerosos. Pertenec&#237;a a un hombre que yac&#237;a aovillado sobre un costado, vestido con ropajes oscuros. Inhalaba resuellos y exhalaba gemidos. En la mano temblorosa sosten&#237;a una espada, que blandi&#243; hacia los hombres.

Suelta el arma -dijo Sano, mientras apuntaban al hombre con sus armas-. Sal de ah&#237;.

El hombre tuvo una convulsi&#243;n. Se estremeci&#243; y sus extremidades dieron sacudidas. Cerr&#243; los ojos con fuerza, apret&#243; los dientes y profiri&#243; un gritito ag&#243;nico.

&#191;Qu&#233; te pasa? -pregunt&#243; Fukida.

El hombre no respondi&#243;. Sus espasmos remitieron; se le qued&#243; el cuerpo inerte y solt&#243; la espada. Se desplom&#243; boqueando.

Parece muy enfermo -dijo Sano-. No creo que suponga ning&#250;n peligro para nosotros. Sacadlo.

Marume y Fukida tiraron del cuerpo con cautela por el borde del agujero. Cuando lo agarraron y empezaron a levantarlo, el hombre chill&#243;:

&#161;No! &#161;No me toqu&#233;is! &#161;Duele!

Estaba consumido, todo huesos y carne marchita. Un vendaje de algod&#243;n blanco le envolv&#237;a la pierna derecha desde los dedos hasta la rodilla. Estaba manchado de sangre y pus de una herida que Sano identific&#243; como fuente tanto del olor infecto como de la agon&#237;a de aquel desdichado. Los detectives lo depositaron sobre la cama, donde qued&#243; postrado, impotente y sollozando.

&#191;Este es el Fantasma? -pregunt&#243; Hirata, esc&#233;ptico.

Sano no pod&#237;a creer que aquel inv&#225;lido fuera el asesino que hab&#237;a aterrorizado al r&#233;gimen. Acuclillado junto a la cama, dej&#243; la l&#225;mpara en el suelo y lo examin&#243; m&#225;s de cerca. Su largo pelo sucio y gre&#241;udo estaba despejado en la coronilla, otrora tonsurada: era un samur&#225;i. Fukida sostuvo en alto la espada que hab&#237;a sacado del agujero. Era de costosa factura, con la empu&#241;adura envuelta en seda negra y decorada con incrustaciones de oro, un indicio de elevada condici&#243;n social.

&#191;Qui&#233;n eres? -le pregunt&#243;.

Sus ojos hundidos, subrayados por sombras oscuras y h&#250;medos de l&#225;grimas de dolor, ardieron de hostilidad hacia su captor.

S&#233; qui&#233;n sois -susurr&#243; entre jadeos y gemidos-. Sois el chambel&#225;n Sano, perro amaestrado del caballero Matsudaira. Adelante, matadme. No os dir&#233; nada.

Por lo menos se hab&#237;a identificado como miembro de la oposici&#243;n, pens&#243; Sano. Entonces el prisionero sucumbi&#243; a otra convulsi&#243;n.

&#161;Ayudadme! -grit&#243;-. &#161;Haced que pare! &#161;Por favor!

Hirata se acuclill&#243; junto a Sano y mostr&#243; al prisionero un frasco negro laqueado.

Esto es opio. Alivia el dolor. Responded a las preguntas del chambel&#225;n Sano, y os lo dar&#233;.

El hombre mir&#243; con furia y anhelo el vial. La p&#225;lida piel se le empap&#243; de sudor a medida que remit&#237;an los espasmos. Asinti&#243; d&#233;bilmente.

&#191;Qui&#233;n eres? -repiti&#243; Sano.

Iwakura Sanjuro.

Ese nombre aparec&#237;a en la lista del general Isogai.

Es del escuadr&#243;n de &#233;lite de Yanagisawa -explic&#243; Sano a sus hombres, antes de seguir preguntando-. &#191;C&#243;mo te hirieron?

Un disparo -respondi&#243; &#233;l con voz entrecortada-. Durante nuestro &#250;ltimo ataque contra las tropas del caballero Matsudaira.

La herida se hab&#237;a infectado y le hab&#237;a extendido el veneno por la sangre, dedujo Sano; en ese momento padec&#237;a la fiebre que provocaba convulsiones, consunci&#243;n y la muerte.

&#191;Cu&#225;ndo fue eso?

En el tercer mes de este a&#241;o.

Hac&#237;a un mes.

&#191;Cu&#225;nto tiempo llevas enfermo?

No me acuerdo. -Iwakura hizo un gesto de dolor y gimi&#243;-. Una eternidad.

Sano mir&#243; a Hirata y dijo:

No es el Fantasma.

Est&#225; demasiado d&#233;bil para haber seguido y matado al jefe Ejima o el coronel Ibe -corrobor&#243; Hirata-. Y desde luego no podr&#237;a haber allanado vuestro complejo y escapado anoche.

Con todo, pese al des&#225;nimo que invad&#237;a a Sano, su cautivo no era necesariamente un callej&#243;n sin salida. Le pregunt&#243; por el paradero del resto de los soldados fugitivos de Yanagisawa, citando a cada uno por su nombre. Iwakura dijo que uno estaba muerto; cuatro m&#225;s se hab&#237;an escondido en las provincias el invierno anterior y no los ve&#237;a desde entonces.

&#191;Qu&#233; hay de Kobori Banzan? -pregunt&#243; Sano.

Iwakura gimi&#243; y la garganta se le contrajo.

Aqu&#237;.

&#191;Aqu&#237;? -repiti&#243; Sano, extra&#241;ado-. &#191;En El Pabell&#243;n de Jade -Intercambi&#243; miradas con Hirata y los detectives, pregunt&#225;ndose si alguno de los hombres a los que hab&#237;an retenido era el &#250;ltimo de los siete fugitivos, y por fuerza el Fantasma.

No ahora -aclar&#243; Iwakura-. Nos escond&#237;amos en esta habitaci&#243;n, pero &#233;l se fue.

&#191;Cu&#225;ndo?

Ayer. O anteayer. -El delirio nublaba los ojos de Iwakura-. No me acuerdo.

Sano rog&#243; que Kobori fuera el Fantasma: de lo contrario, no sab&#237;a qui&#233;n podr&#237;a ser el asesino ni d&#243;nde buscarlo.

&#191;Conoce Kobori la t&#233;cnica del dim-mak?

Transcurrieron unos instantes en los que Iwakura cerr&#243; los ojos con fuerza y libr&#243; una silenciosa batalla contra el dolor. Sano le dijo a Hirata:

Dale un poco de opio.

Hirata verti&#243; unas gotas de la poci&#243;n en la boca del cautivo. Al poco Iwakura se relaj&#243; y el dolor ces&#243;. Sano repiti&#243; su pregunta. Iwakura respir&#243; hondo.

No lo s&#233; -contest&#243; a la pregunta de Sano-. Lo manten&#237;a en secreto. Pero ayer o cuando fuera -Se le nubl&#243; la vista mientras su mente divagaba-. Antes de irse, le ped&#237; que me matara. Me muero, no sirvo para nada. Quer&#237;a que me degollara y acabara con mi sufrimiento. Me dijo que no pod&#237;a hacer eso, que supondr&#237;a problemas.

Una muerte as&#237; hubiese parecido un asesinato, lo que habr&#237;a despertado las sospechas de la polic&#237;a en aquella habitaci&#243;n, algo que no interesaba a Kobori.

Pero dijo que pod&#237;a ayudarme. Me toc&#243; la cabeza y luego dijo que morir&#237;a pronto y que parecer&#237;a natural.

Sano le acerc&#243; la l&#225;mpara a la cabeza. All&#237;, en la piel delgada y cerosa cercana a la sien, empezaba a distinguirse una moradura en forma de huella dactilar. Sano maldijo para sus adentros su mala suerte. &#161;El asesino se le hab&#237;a escapado por muy poco!

&#191;Adonde ha ido Kobori? -pregunt&#243;.

No lo s&#233;. Una mujer vino a verlo y se fue con ella.

Sano arrug&#243; el entrecejo.

&#191;Qu&#233; mujer?

Iwakura tembl&#243; y gru&#241;&#243;, presa de otra convulsi&#243;n.

Creo que la llam&#243; Yugao.

Esa era la confirmaci&#243;n de que Yugao y el Fantasma estaban juntos, tal como Reiko hab&#237;a sugerido. Exhal&#243; un r&#225;pido silbido, maravillado de que la investigaci&#243;n de su mujer hubiera supuesto un vuelco para la suya. Aun as&#237;, cuando presion&#243; a Iwakura para que recordara si la pareja hab&#237;a dicho algo que indicara adonde pensaban ir, el hombre respondi&#243; con un rechinar de dientes:

Os he dicho todo lo que sab&#237;a. &#161;Dadme m&#225;s opio!

Sano asinti&#243; en direcci&#243;n a Hirata, pero de repente Iwakura experiment&#243; una nueva sacudida. Se puso r&#237;gido, se le cerraron los ojos y la vida lo abandon&#243;. El toque de la muerte hab&#237;a hecho efecto. Contemplando el cad&#225;ver, Sano pens&#243;: Pronto podr&#237;a pasarme esto mismo.

Con que s&#243;lo hubi&#233;ramos llegado un d&#237;a antes -se lament&#243; Hirata.

Pero al menos sabemos qui&#233;n es el Fantasma -dijo Sano, con el &#225;nimo alto a pesar de la decepci&#243;n-. Es una gran ventaja. Y sabemos que &#233;l y Yugao est&#225;n juntos. Una pareja es m&#225;s f&#225;cil de encontrar que un hombre solo.



Cap&#237;tulo 27

Era m&#225;s de mediod&#237;a cuando Sano y Hirata regresaran al castillo. Mientras recorr&#237;an a caballo los pasajes, el sol brillaba pero volv&#237;an a acumularse nubes m&#225;s all&#225; de las distantes colinas. El tufo estancado del r&#237;o enrarec&#237;a la brisa. El castillo no estaba tan desierto como el d&#237;a anterior; los funcionarios iban escoltados por soldados mientras atend&#237;an a sus asuntos. Sin embargo, se los notaba apagados cuando hac&#237;an sus reverencias a Sano al cruzarse con &#233;l: el miedo al toque de la muerte segu&#237;a presente en el castillo. Avist&#243; al capit&#225;n Nakai cerca de un puesto de control. Sus miradas se encontraron y Nakai pareci&#243; disponerse a hablar, pero Sano apart&#243; la mirada de su sospechoso original, embarazoso recordatorio del enfoque err&#243;neo que hab&#237;a adoptado su investigaci&#243;n al principio. Cuando &#233;l y sus hombres llegaron al complejo, Reiko sali&#243; de la mansi&#243;n a recibirlos.

&#191;Qu&#233; ha pasado? -Ten&#237;a la cara radiante de alegr&#237;a al ver a Sano con vida-. &#191;Los has encontrado?

Sano vio esfumarse su expresi&#243;n expectante ante el des&#225;nimo de sus caras.

Ten&#237;as raz&#243;n sobre Yugao y el Fantasma. Pero llegamos demasiado tarde.

Le cont&#243; lo sucedido en El Pabell&#243;n de Jade.

&#191;Has pasado toda la noche busc&#225;ndolos?

S&#237;. Interrogamos al resto de los clientes de la posada, pero Kobori no habl&#243; con nadie el tiempo que estuvo all&#237; y nadie supo decirnos adonde podr&#237;an haber ido &#233;l y Yugao.

Los centinelas de tres puertas de barrio cercanas al Pabell&#243;n de Jade vieron pasar ayer a una pareja que encajaba con su descripci&#243;n -a&#241;adi&#243; Hirata-. Pero no hemos encontrado ning&#250;n otro testigo que los recuerde.

Deben de haberse dado cuenta de que llamaban la atenci&#243;n y ahora van por separado -dijo Sano-. Mis hombres est&#225;n registrando todos los barrios, empezando a partir del Pabell&#243;n de Jade, y advirtiendo a todo jefe de vecindario y centinela de puerta que est&#233;n ojo avizor. -Sinti&#243; una oleada de agotamiento y lo invadi&#243; el des&#225;nimo. Esa b&#250;squeda de vastas proporciones era como pretender encontrar dos granos malos de arroz en un millar de sacos-. Hemos venido a casa para sacar m&#225;s hombres a la calle.

Bueno -dijo Reiko-, me alegra que hay&#225;is pasado por casa, porque han llegado unos cuantos mensajes urgentes para ti. El caballero Matsudaira ha enviado a sus recaderos tres veces esta ma&#241;ana. Quiere verte, y se est&#225; impacientando.

El &#225;nimo de Sano descendi&#243; en picado. Sab&#237;a muy bien c&#243;mo reaccionar&#237;a Matsudaira al enterarse del episodio de esa noche.

&#191;Algo m&#225;s?

Ha llegado uno de tus detectives, Hirata-san -dijo Reiko-. Ha encontrado a ese sacerdote que andabais buscando.

Sano estaba tan cansado que tuvo que pararse a pensar antes de recordar el sacerdote al que se refer&#237;a.

Ozuno -dijo-. El sant&#243;n errante que tal vez conozca la t&#233;cnica secreta del dim-mak.

&#191;D&#243;nde est&#225;? -pregunt&#243; Hirata a Reiko.

En el templo de Chion, del distrito de Inaricho.

Dos d&#237;as atr&#225;s, cuando Sano hab&#237;a o&#237;do hablar por primera vez del sacerdote, Ozuno se le hab&#237;a antojado crucial para la investigaci&#243;n, pero a esas alturas hab&#237;a perdido importancia.

Ahora que sabemos qui&#233;n es el Fantasma, no necesitamos que nos lo diga.

Todav&#237;a podr&#237;a ser &#250;til -dijo Hirata-. Dos expertos en artes marciales que comparten el secreto del dim-mak, ambos en Edo, por fuerza tienen que conocerse. Ese sacerdote puede ayudarnos a encontrar al Fantasma.

Tienes raz&#243;n. Ve al templo de Chion y habla con Ozuno. Yo ampliar&#233; la b&#250;squeda de Yugao y Kobori y luego me las ver&#233; con el caballero Matsudaira. -Sano se prepar&#243; para lo peor. A lo mejor, si ten&#237;a suerte, ca&#237;a muerto antes de que el primo del sog&#250;n pudiera castigarlo.

Yo todav&#237;a pienso que la amiga de Yugao, Tama, sabe m&#225;s de lo que me cont&#243; ayer -coment&#243; Reiko-. Le har&#233; otra visita.


El sector conocido como Inaricho colindaba con el distrito del temp&#237;o de Asakusa. Hirata y sus detectives atravesaron calles atestadas de peregrinos religiosos. Las tiendas ofrec&#237;an altares budistas, rosarios, palmatorias, estatuas, jarros de flores de loto de metal dorado y tabletas con nombres para funerales. Resonaban los gongs en los modestos templos que hab&#237;an proliferado en Inaricho. El acento r&#250;stico de los peregrinos, las voces de los vendedores ambulantes y el humo de los crematorios coloreaban la luminosa tarde.

El templo de Chion est&#225; por aqu&#237; cerca -dijo Hirata.

Pasaban por delante de uno de los muchos cementerios del distrito cuando una visi&#243;n inusual llam&#243; la atenci&#243;n de Hirata: un anciano avanzaba por la calle cojeando de la pierna derecha y ayudado por un cayado de madera. Ten&#237;a el pelo largo, gris y enmara&#241;ado, y un rostro adusto muy arrugado y bronceado. Llevaba un gorro negro y redondo, un quimono corto y astroso, pantalones anchos con estampado de s&#237;mbolos arcanos y calzas de tela. De su cinto pend&#237;a una espada corta. En los pies calzaba unas ra&#237;das sandalias de paja. A la espalda llevaba un cofre de madera colgado del hombro por un arn&#233;s decorado con borlas naranjas.

Es un yamabushi -dijo Hirata, al reconocer al anciano como un sacerdote de la reducida y exclusiva secta Shugendo que practicaba una arcana mezcla de budismo y sinto&#237;smo con toques de hechicer&#237;a china. Todos se detuvieron para observar al sacerdote.

Los templos de su secta est&#225;n en las monta&#241;as de Yoshino. Me pregunto qu&#233; hace tan lejos de all&#237; -dijo el detective Arai.

Debe de estar de peregrinaje -supuso el detective Inoue. Los yamabushi eran conocidos por realizar largos y arduos viajes a antiguos lugares sagrados, donde efectuaban extra&#241;os rituales que pasaban por sentarse bajo cascadas fr&#237;as como el hielo en un intento de alcanzar la iluminaci&#243;n divina. Corr&#237;a el rumor de que eran esp&#237;as de los enemigos de los Tokugawa o trasgos disfrazados de humanos.

&#191;Es cierto que los yamabushi tienen poderes m&#237;sticos? -pregunt&#243; Arai mientras el sacerdote se acercaba renqueando-. &#191;De verdad pueden expulsar a los demonios, hablar con los animales y apagar fuegos con la pura concentraci&#243;n mental?

Hirata ri&#243;.

Bah, no son m&#225;s que viejas leyendas. -Aquel yamabushi no era sino un tullido como &#233;l, pens&#243; con pesadumbre.

Cinco samur&#225;is salieron pavone&#225;ndose de un sal&#243;n de t&#233; delante del cementerio. Llevaban los emblemas de distintos clanes de daimios, e Hirata los reconoci&#243; como el tipo de j&#243;venes disolutos que se escaqueaban de sus deberes para deambular en pandillas por la ciudad buscando jaleo. En sus tiempos de agente de polic&#237;a hab&#237;a arrestado a muchos como ellos por pelearse en las calles. En ese momento la pandilla avist&#243; al yamabushi. Se abrieron paso entre la multitud de transe&#250;ntes y se arremolinaron en torno a &#233;l.

Oye, viejo -le dijo uno.

Otro le cerr&#243; el paso.

&#191;Adonde crees que vas?

El yamabushi se detuvo con expresi&#243;n impasible.

Dejadme pasar -dijo con voz ronca y extra&#241;amente resonante.

No nos digas lo que tenemos que hacer -le espet&#243; el primer samur&#225;i.

&#201;l y su panda empezaron a zarandear al sacerdote y a burlarse de &#233;l. Le arrancaron el arn&#233;s del hombro y el cofre cay&#243; al suelo. Los samur&#225;is lo levantaron y lo lanzaron al cementerio. El yamabushi permaneci&#243; impert&#233;rrito, apoyado en su bast&#243;n.

Marchaos -dijo con calma-. Dejadme en paz.

Su aparente falta de miedo enfureci&#243; a la pandilla. Desenvainaron sus espadas. Hirata decidi&#243; que ya se hab&#237;an divertido bastante. En otro tiempo hubiera rescatado al sacerdote y ahuyentado a los gamberros por su cuenta, pero en ese momento le dijo a los detectives:

Poned paz.

Arai e Inoue desmontaron de un salto, pero antes de llegar a los bravucones, uno de ellos lanz&#243; una estocada al sacerdote. Hirata se encogi&#243; al anticipar el sonido del acero cortando carne y hueso, el chorro de sangre. Sin embargo, la espada del mat&#243;n se estrell&#243; contra el cayado de madera, que el sacerdote alz&#243; con un movimiento tan r&#225;pido que Hirata ni siquiera lo distingui&#243;. El mat&#243;n lanz&#243; un grito de sorpresa, pues el impacto lo mand&#243; dando tumbos hacia atr&#225;s. Cay&#243; cerrando el paso a Inoue y Arai, que corr&#237;an en ayuda del sacerdote. Hirata se qued&#243; boquiabierto.

&#161;Matadlo! -chillaron los dem&#225;s gallitos.

Furiosos, atacaron al yamabushi con sus espadas. El bast&#243;n del anciano detuvo hasta el &#250;ltimo golpe con una precisi&#243;n que Hirata rara vez hab&#237;a visto, ni siquiera entre los mejores guerreros samur&#225;is. Un torbellino de cuerpos en brusco movimiento y espadazos rode&#243; al sacerdote mientras los atacantes trataban de derribarlo. El giraba en el centro, con su brazo y su cayado convertidos en un borr&#243;n de movimiento, sus rasgos adustos atentos pero distendidos. Sus oponentes intentaron lanzarse contra el bast&#243;n. Uno cay&#243; inconsciente de un golpe en la cabeza. Otro sali&#243; despedido hacia el cementerio, donde se estrell&#243; contra una l&#225;pida y qued&#243; tumbado entre gemidos. Los otros tres decidieron que aquello era demasiado para ellos y huyeron aterrorizados, magullados y ensangrentados.

Hirata, Inoue y Arai contemplaron la escena estupefactos. De los espectadores congregados para presenciar la pelea surg&#237;an murmullos de asombro. Elyamabus entr&#243; renqueando en el cementerio para recuperar sus posesiones. Hirata baj&#243; trabajosamente de su montura.

Llevad a esos samur&#225;is heridos a la puerta de vecindario m&#225;s cercana. Ordenad a los centinelas que llamen a la polic&#237;a para que los arresten -le dijo a los detectives. Luego se dirigi&#243; hacia el sacerdote-. &#191;C&#243;mo has hecho eso?

&#191;El qu&#233;? -pregunt&#243; el anciano mientras se pasaba el arn&#233;s por el hombro y se echaba el cofre a la espalda. Ni siquiera ten&#237;a la respiraci&#243;n agitada por la pelea. Parec&#237;a m&#225;s molesto por la intromisi&#243;n de Hirata que por el ataque recibido.

&#191;C&#243;mo has podido derrotar a cinco samur&#225;is en buena forma? -dijo Hirata.

No los he derrotado yo. -El sacerdote le lanz&#243; un vistazo r&#225;pido con el que pareci&#243; calibrarlo, grabarlo en su memoria y luego desentenderse de &#233;l-. Se han derrotado solos.

Hirata no comprendi&#243; la cr&#237;ptica respuesta, pero repar&#243; en que acababa de presenciar la prueba de que ese yamabushi en verdad pose&#237;a los poderes m&#237;sticos de los que se hab&#237;a re&#237;do hac&#237;a un momento. Tambi&#233;n cay&#243; en la cuenta de que tal vez fuera el hombre que andaba buscando.

&#191;Eres Ozuno?

El sacerdote se limit&#243; a asentir.

&#191;Y t&#250; eres?

Soy el sosakan-sama del sog&#250;n -respondi&#243; Hirata, y dio su nombre-. Te estaba buscando.

Ozuno no parec&#237;a sorprendido, ni siquiera interesado. Daba la misma impresi&#243;n que otros monjes solitarios y distantes.

Si no vas a hacer otra cosa que mirarme, proseguir&#233; mi camino.

Estoy investigando un crimen -dijo Hirata por fin-. Tu nombre sali&#243; a colaci&#243;n como alguien que tal vez pudiera ayudarnos. &#191;Conoces a Kobori Banzan?

Una emoci&#243;n se agit&#243; tras la imperturbable mirada de Ozuno.

Ya no.

&#191;Pero lo conociste?

Fue mi disc&#237;pulo.

&#191;T&#250; le ense&#241;aste el arte del dim-mak?

Ozuno sonri&#243; con desd&#233;n.

Le ense&#241;&#233; a luchar con la espada. El dim-mak es s&#243;lo un mito.

Eso cre&#237;a yo. Pero recientemente cinco hombres han sido asesinados por el toque de la muerte. -Seis, si Sano era la pr&#243;xima v&#237;ctima, pens&#243; Hirata-. He visto pruebas. Tu secreto ha sido desvelado.

El desd&#233;n desapareci&#243; del rostro de Ozuno, que adopt&#243; la expresi&#243;n del samur&#225;i herido en la batalla que mantiene la compostura a fuerza de voluntad.

&#191;Crees que Kobori es el asesino?

S&#233; que lo es.

Ozuno se hinc&#243; de rodillas ante una l&#225;pida. Por primera vez parec&#237;a tan fr&#225;gil como cualquier anciano. Con todo, pese a su visible agitaci&#243;n, no aparentaba sorpresa ni desconcierto, como si una predicci&#243;n se hubiera cumplido.

Tengo que atrapar a Kobori -dijo Hirata-. &#191;Sabes d&#243;nde est&#225;?

No lo he visto en once a&#241;os.

&#191;No hab&#233;is tenido ning&#250;n contacto desde entonces? -Hirata le sinti&#243; decepcionado, pero pens&#243; que encontrar a Ozuno hab&#237;a sido un golpe de suerte, aunque no fuera para la investigaci&#243;n.

Ninguno. Repudi&#233; a Kobori hace mucho tiempo.

El nexo entre maestro y disc&#237;pulo era casi sagrado, e Hirata sab&#237;a que el repudio era un acto extremo de censura por parte del maestro y una tremenda deshonra para el pupilo.

&#191;Por qu&#233;?

Ozuno se levant&#243; y mir&#243; a lo lejos.

Corren muchas ideas falsas sobre el dim-mak. Una es que se trata de una &#250;nica t&#233;cnica. Sin embargo, pertenece a un amplio abanico de artes marciales m&#237;sticas que incluyen el combate con armas y el lanzamiento de hechizos. -Su estupor al enterarse de que su antiguo disc&#237;pulo era un criminal buscado hab&#237;a disipado su reserva. Hirata comprendi&#243; que le estaba revelando cosas que muy pocos mortales hab&#237;an o&#237;do-. Otra idea falsa es que el dim-mak es una magia maligna inventada para que la usaran asesinos. Esa no era la intenci&#243;n de los antiguos que la desarrollaron. Pretend&#237;an que el toque de la muerte se usara de forma honorable, en defensa propia y en la batalla.

Ten&#237;an que haber supuesto que podr&#237;a usarse para matar con fines il&#237;citos -objet&#243; Hirata.

Ciertamente. Por eso sus herederos han conservado el secreto de su conocimiento con tanto celo. Formamos una sociedad secreta cuyo objetivo es preservarlo y transmitirlo a la siguiente generaci&#243;n. Hacemos un voto de silencio que nos prohibe usarlo salvo en casos de extrema emergencia o revelarlo salvo a nuestros disc&#237;pulos cuidadosamente seleccionados.

&#191;C&#243;mo los seleccion&#225;is? -pregunt&#243; Hirata.

Observamos a los j&#243;venes samur&#225;is entre los vasallos de los Tokugawa, los s&#233;quitos de los daimios y los ronin. Deben poseer un car&#225;cter firme adem&#225;s de talento natural para el combate.

&#191;Pero a veces se cometen errores? -dedujo Hirata.

Ozuno asinti&#243; apesadumbrado.

Encontr&#233; a Kobori en una escuela de artes marciales de la provincia de Mino. Era el hijo de un clan respetable pero empobrecido. Pose&#237;a una habilidad superior para las artes marciales y una d&#233;terminaci&#243;n fuera de lo com&#250;n. Nuestro adiestramiento es extremadamente riguroso, pero Kobori parec&#237;a la reencarnaci&#243;n de un antiguo maestro.

&#191;Qu&#233; sali&#243; mal?

Yo no era el &#250;nico que se hab&#237;a fijado en su talento para el combate. Lleg&#243; a conocimiento del chambel&#225;n Yanagisawa, que tambi&#233;n buscaba buenos guerreros entre la clase samur&#225;i. Mientras Kobori se estaba entrenando conmigo, le ofrecieron un puesto en el escuadr&#243;n de &#233;lite de Yanagisawa. Al cabo de poco lleg&#243; el incidente que provoc&#243; la ruptura entre nosotros.

Un doloroso recuerdo cruz&#243; las facciones de Ozuno.

Es de sobras conocido que esos soldados de &#233;lite eran asesinos que manten&#237;an a Yanagisawa en el poder. &#191;Hab&#233;is o&#237;do hablar de rivales que fueron oportunamente asaltados y asesinados por salteadores de caminos?

Esa fue siempre la historia oficial -dijo Hirata-, pero todo el mundo sabe que esas muertes fueron asesinatos ordenados por Yanagisawa. Sus soldados de &#233;lite eran demasiado listos para dejarse atrapar y nunca cometieron un descuido que los incriminara a ellos o al chambel&#225;n.

Kobori tambi&#233;n era listo, y experto en el arte del sigilo. Un d&#237;a o&#237; que un enemigo de Yanagisawa hab&#237;a ca&#237;do fulminado sin motivo aparente. Se supuso que hab&#237;a muerto de un ataque repentino. Pero yo ten&#237;a otras sospechas. Le pregunt&#233; a Kobori si hab&#237;a administrado a aquel hombre el toque de la muerte. El no neg&#243; que hubiera usado nuestro arte secreto para cometer un asesinato a sangre fr&#237;a. En realidad, se jact&#243; de ello. -La expresi&#243;n de Ozuno se ensombreci&#243; de desaprobaci&#243;n-. Me dijo que hab&#237;a aprovechado su saber para un fin pr&#225;ctico y bueno. Le dije que su deber era aprender las t&#233;cnicas y ense&#241;&#225;rselas alg&#250;n d&#237;a a un disc&#237;pulo, nada m&#225;s. Pero &#233;l contest&#243; que eso no ten&#237;a sentido. La verdad era que se hab&#237;a dejado seducir por la emoci&#243;n de matar y el prestigio que le aportaba trabajar para Yanagisawa. Le dije que no pod&#237;a seguir estudiando conmigo y sirviendo a Yanagisawa al mismo tiempo.

&#191;Y &#233;l escogi&#243; a Yanagisawa?

Ozuno asinti&#243;.

Dijo que ya no le interesaba nuestra sociedad, ni yo. Ese d&#237;a lo repudi&#233; y lo expuls&#233; de la sociedad secreta.

&#191;Y aqu&#233;lla fue la &#250;ltima vez que lo viste?

No. Lo vi una vez m&#225;s. Nuestra sociedad tiene un m&#233;todo para tratar con los descarriados. Para impedir que hagan mal uso de nuestro saber secreto, o lo difundan, los eliminamos.

&#191;Los mat&#225;is, quieres decir?

Los muertos no cometen maldades ni cuentan secretos -explic&#243; Ozuno-. Al faltar a su voto, Kobori se conden&#243; a muerte &#233;l solo. Se lo hice saber a todos. Todos &#233;ramos responsables de desembarazarnos de Kobori, pero la principal responsabilidad era m&#237;a porque hab&#237;a sido mi pupilo.

Entonces, &#191;por qu&#233; sigue vivo?

Ozuno parec&#237;a disgustado.

Le ense&#241;&#233; demasiado bien. Cuando fui por &#233;l, luchamos. Me hiri&#243; y escap&#243;. -Con un vistazo a su pierna coja, Ozuno prosigui&#243;-. Los dem&#225;s miembros de la sociedad secreta jam&#225;s han conseguido acerc&#225;rsele lo suficiente para matarlo. -Su disgusto se ahond&#243; en mortificaci&#243;n-. Ahora soy responsable de esos nuevos asesinatos que ha cometido. Es un pecado que me perseguir&#225; durante un millar de vidas.

A lo mejor puedes expiarlo en &#233;sta. -Hirata empezaba a ver una soluci&#243;n a sus propios problemas, que en ese momento encajaba con su caza del asesino-. &#191;Puedes explicarme c&#243;mo abordar la captura de Kobori una vez lo encontremos?

Debes llevar contigo a tantos soldados como puedas -dijo Ozuno-. Y prep&#225;rate para que muchos de ellos mueran mientras &#233;l se resiste al arresto.

Esa soluci&#243;n obvia no satisfac&#237;a a Hirata.

&#191;Qu&#233; hay de luchar en un duelo contra &#233;l?

Todo el mundo tiene un punto d&#233;bil. Yo nunca pude encontrar el de Kobori, pero es tu &#250;nica esperanza de derrotarlo en un combate directo. Sugiero que no lo intentes.

&#191;Me ense&#241;ar&#237;as alguna de tus t&#233;cnicas secretas para usarla contra &#233;l?

Ozuno lo observ&#243; con ce&#241;o.

Imposible. Mi voto me lo impide.

Se perder&#225;n m&#225;s vidas a menos que me proporciones recursos para protegerme, a m&#237; y a mis tropas. -Hirata quer&#237;a aprender los secretos que permit&#237;an a un hombre cojo y endeble derrotar a cinco samur&#225;is fornidos.

De acuerdo -cedi&#243; Ozuno a rega&#241;adientes-. Te mostrar&#233; varios puntos vulnerables donde golpear a Kobori si te acercas lo suficiente.

Tom&#243; la man&#243; de Hirata y toc&#243; dos puntos del hueso de su mu&#241;eca.

Aplica una fuerte presi&#243;n aqu&#237; para sacarle el aliento de los pulmones y debilitarlo. -Arremang&#243; a Hirata y le dio un leve pellizco en el antebrazo, entre dos m&#250;sculos-. Ag&#225;rralo por aqu&#237; y obstruir&#225;s su flujo de energ&#237;a. Eso lo derribar&#225;. Entonces podr&#225;s asestarle el golpe mortal.

Toc&#243; a Hirata en el lado derecho de la garganta, justo por debajo de la barbilla.

Un golpe fuerte aqu&#237; le detendr&#225; el riego sangu&#237;neo. -Situ&#243; el dedo sobre un punto del pecho de Hirata, y luego otro-. P&#233;gale aqu&#237; y le parar&#225;s el coraz&#243;n. -Despu&#233;s le abri&#243; las vestiduras y se&#241;al&#243; un punto cerca del ombligo-. Una patada fuerte en el n&#250;cleo de su esp&#237;ritu lo matar&#225; al instante.

Fascinado, Hirata escuch&#243; con atenci&#243;n. Sin embargo, record&#243; el ataque de aquellos bandidos cuando se dirig&#237;a al dep&#243;sito de cad&#225;veres y las incontables batallas a espada que hab&#237;a librado. Unas t&#233;cnicas de combate cuerpo a cuerpo no lo ayudar&#237;an en situaciones parecidas.

&#191;Puedes ense&#241;arme alg&#250;n movimiento con la espada, como los que has empleado contra esos bravucones que te han atacado? -pidi&#243;.

Oh, por supuesto. En unos instantes te transmitir&#233; las habilidades que lleva a&#241;os dominar -dijo Ozuno, retomando su anterior actitud desabrida. Clav&#243; en Hirata su intensa mirada-. Sospecho que tu ansiedad por aprender mis secretos surge de alg&#250;n prop&#243;sito que va m&#225;s all&#225; de tu b&#250;squeda de Kobori.

Tienes raz&#243;n -reconoci&#243; Hirata, avergonzado de que Ozuno hubiera le&#237;do con tanta facilidad sus intenciones. Se hinc&#243; de rodillas entre las tumbas e inclin&#243; la cabeza-. Ozuno-san, me gustar&#237;a mucho estudiar artes marciales con vos. &#191;Me aceptar&#237;ais como pupilo, por favor?

Ozuno emiti&#243; un sonido burl&#243;n.

No aceptamos al primero que nos lo pide, as&#237; sin m&#225;s. Ya te he hablado de nuestro sistema para escoger disc&#237;pulos.

Hirata insisti&#243;:

Vuestro sistema fall&#243; cuando escogiste a Kobori. Yo soy un mejor candidato.

Eso dices t&#250; -replic&#243; Ozuno-. Eres un completo desconocido. No s&#233; nada de ti salvo lo que veo, y lo que veo es que eres brusco e impertinente.

Tengo buen car&#225;cter -dijo Hirata, ansioso por convencer-. El chambel&#225;n y el sog&#250;n responder&#225;n de m&#237;.

El que alardees de tus m&#233;ritos es se&#241;al de una naturaleza vanidosa-refunfu&#241;&#243; Ozuno-. Adem&#225;s, eres demasiado viejo. Tu personalidad est&#225; formada. Siempre escogemos muchachos que podemos moldear de acuerdo con nuestro estilo de vida.

Pero yo poseo una habilidad y experiencia en el combate que los ni&#241;os no tienen. Parto con ventaja.

M&#225;s probable es que hayas aprendido tantos errores que har&#237;a falta a&#241;os para reeducarte.

Pero Hirata no cej&#243;: aqu&#233;lla era su gran oportunidad y no pensaba dejarla pasar.

Por favor -suplic&#243;, poni&#233;ndose en pie con dificultad y agarrando a Ozuno por el brazo-, necesito que me adiestr&#233;is. Sois mi &#250;nica esperanza de poder volver a luchar. A menos que aprenda vuestros secretos, siempre estar&#233; indefenso, ser&#233; un blanco f&#225;cil para los ataques, el objeto de todas las burlas. -Abri&#243; los brazos para que Ozuno viera mejor la ruina lisiada de su cuerpo. Al borde de las l&#225;grimas, avergonzado por suplicar, a&#241;adi&#243;-: En estas condiciones no podr&#233; cumplir mi deber hacia mi se&#241;or y mi sog&#250;n. Si no me ayud&#225;is, &#161;perder&#233; mi honor adem&#225;s de mi medio de vida!

Ozuno lo contempl&#243; con implacable desprecio.

Quieres conocimiento por los motivos err&#243;neos. Quieres aprender unas t&#233;cnicas, ganar peleas, satisfacer tu orgullo y obtener recompensas materiales, en vez de honrar y preservar nuestras venerables tradiciones. Tus necesidades no son asunto m&#237;o. Desde luego no te cualifican para entrar en nuestra sociedad. -Hizo un gesto de impaciencia con la mano-. Pero esta conversaci&#243;n carece de sentido. Aunque fueras el candidato ideal, no te adiestrar&#237;a. Jur&#233; abandonar la ense&#241;anza cuando Kobori se torci&#243;. Nunca volver&#233; a arriesgarme a crear otro asesino amoral.

Aunque el tono del sacerdote daba a entender que su decisi&#243;n no ten&#237;a vuelta atr&#225;s, Hirata estaba demasiado desesperado para rendirse.

Pero el destino me ha tra&#237;do hasta vos -exclam&#243;-. Est&#225;is hecho para ser mi maestro. &#161;Es nuestro destino!

&#191;Destino, eh? -Ozuno se ri&#243; con sarcasmo-. En fin, si lo es, supongo que no puedo rehuirlo. Te ofrezco un trato: si nos encontramos otra vez, empezaremos nuestras lecciones.

De acuerdo -dijo Hirata. Edo era lo bastante peque&#241;o para saber que volver&#237;a a ver al sacerdote.

Ozuno sonri&#243; con sorna al adivinarle el pensamiento.

Pero no si yo te veo primero -dijo, y sin m&#225;s sali&#243; cojeando del cementerio. En la calle, se mezcl&#243; con un grupo de peregrinos y desapareci&#243;.



Cap&#237;tulo 28

Reiko llam&#243; a la puerta de la mansi&#243;n donde trabajaba Tama, la amiga de Yugao. Abri&#243; una mujer de pelo gris y cara de pocos amigos.

&#191;Qu&#233; quer&#233;is?

Quiero ver a Tama -dijo Reiko, con tanta premura que le tembl&#243; la voz.

&#191;Os refer&#237;s a la doncella de la cocina? -La curiosidad agudiz&#243; la mirada de la mujer-. &#191;Qui&#233;n sois? -Despu&#233;s de que Reiko se presentara, se mostr&#243; m&#225;s cort&#233;s y dijo-: Lo siento, Tama no est&#225;.

Reiko sinti&#243; una terrible decepci&#243;n. Si Sano estaba condenado a morir pronto, encontrar a Yugao tal vez fuera lo &#250;ltimo que pudiera hacer por &#233;l.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

La cocinera la ha mandado al mercado del pescado. Yo soy la gobernanta. &#191;Puedo ayudaros?

No lo creo. &#191;Cu&#225;ndo volver&#225; Tama? -Jam&#225;s lograr&#237;a encontrar a la chica en el enorme y abarrotado mercado, as&#237; que trat&#243; de no perder la calma. Vini&#233;ndose abajo no ayudar&#237;a a Sano.

Oh, lo m&#225;s probable es que tarde horas -dijo la gobernanta mientras estudiaba a Reiko con &#225;vido inter&#233;s-. &#191;Por qu&#233; ten&#233;is tanta necesidad de verla? &#191;Qu&#233; ha hecho?

Puede que nada -dijo Reiko. Su corazonada de que Tama le hab&#237;a escamoteado informaci&#243;n importante tal vez fuera una mera ilusi&#243;n. Aun as&#237;, no pod&#237;a rendirse; Tama era su &#250;nica v&#237;a hacia Yugao-. Bien pensado, es posible que puedas ayudarme. &#191;Has notado algo raro en Tama &#250;ltimamente?

La gobernanta arrug&#243; la frente en gesto meditabundo y luego respondi&#243;:

A decir verdad, s&#237;. Anteayer sali&#243; de la casa sin permiso. La se&#241;ora la ri&#241;&#243; y le peg&#243;. Eso es impropio de Tama. Por lo general es una criatura d&#243;cil y obediente, que nunca se salta ninguna norma.

Reiko se oblig&#243; a no lanzar las campanas al vuelo.

&#191;Sabe por qu&#233; motivo sali&#243; Tama?

Fue por esa chica que vino a verla.

&#191;Qu&#233; chica? -Contuvo el aliento mientras sus esperanzas se desbocaban y el coraz&#243;n se aceleraba.

Dijo que se llamaba Yugao.

Reiko sinti&#243; tal alivio que el aliento se le escap&#243; en una sola bocanada; se agarr&#243; a la jamba para no caer.

Cu&#233;ntame todo lo que pas&#243; cuando vino Yugao. &#161;Es muy importante!

Bueno, se present&#243; en la puerta de atr&#225;s -dijo la gobernanta, complacida por la atenci&#243;n de Reiko-. Pregunt&#243; por Tama. S&#243;lo me dijo su nombre y que era una vieja amiga de Tama. Se supone que los criados no deben tener visitas, pero me dio pena por Tama, porque est&#225; sola en el mundo. Pens&#233; que no har&#237;a da&#241;o a nadie dejarle ver a una amiga por una vez. De modo que fui a buscarla. Al principio se alegr&#243; mucho de ver a Yugao. La abraz&#243;, llor&#243; y dijo lo mucho que la hab&#237;a echado de menos. Pero luego empezaron a hablar y a Tama se le fue poniendo cara de preocupaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; dijeron? -Reiko se hinc&#243; las u&#241;as en las palmas.

Yugao hablaba en susurros y no o&#237; lo que dec&#237;a. Tama dijo: No, no puedo. Si lo hago me meter&#233; en l&#237;os.

Por fin Reiko comprend&#237;a por qu&#233; se hab&#237;a mostrado tan alterada cuando le cont&#243; que su amiga de la infancia era una asesina fugitiva. Yugao deb&#237;a de haberse inventado alguna historia para explicar por qu&#233; se presentaba necesitada de su ayuda.

Pero Yugao sigui&#243; hablando -continu&#243; la gobernanta- y al final la convenci&#243;, porque dijo: Vale. Ven conmigo. Salieron corriendo juntas.

&#191;Las acompa&#241;aba un hombre? -pregunt&#243; Reiko con ansia.

No, que yo viera.

Aun as&#237;, Reiko estaba segura de que el Fantasma hab&#237;a acechado en alg&#250;n lugar de las inmediaciones. Al partir del Pabell&#243;n de Jade, &#233;l y Yugao necesitaban otro lugar donde esconderse. La chica debi&#243; de pensar en Tama, la &#250;nica persona a la que pod&#237;a pedirle un favor.

La gobernanta se acerc&#243; m&#225;s y susurr&#243;:

No le cont&#233; a la se&#241;ora que Tama rob&#243; una cesta de comida de la despensa antes de que se fueran.

&#191;Sabes adonde iban? -pregunt&#243; Reiko.

No. Cuando Tama lleg&#243; a casa se lo pregunt&#233;, pero no quiso cont&#225;rmelo.

&#191;Cu&#225;nto tiempo estuvo fuera?

Dejadme pensar. -La gobernanta se dio unos golpecitos con el dedo en la mejilla marchita-. Se fue al atardecer y al volver le falt&#243; muy poco para encontrarse cerradas las puertas del barrio.

Las esperanzas de Reiko se hundieron; Tama podr&#237;a haber recorrido una distancia considerable, aun a pie y cargada de provisiones, entre el atardecer y esa avanzada hora de la noche. El lapso de tiempo dejaba una zona frustrantemente amplia para buscar el lugar donde hab&#237;a escondido a Yugao y el Fantasma.

Gracias por tu ayuda -dijo Reiko, mientras se daba la vuelta para partir.

&#191;Le digo a Tama que hab&#233;is venido? -Pregunt&#243; la gobernanta-. &#191;Le digo que volver&#233;is?

De la necesidad brot&#243; la inspiraci&#243;n. Reiko pens&#243; en la comida que Tama hab&#237;a robado y una nueva estrategia aviv&#243; sus esperanzas.

No -respondi&#243; mientras se apresuraba hacia el palanqu&#237;n y sus guardias-, por favor, no le digas nada a Tama.

Sin embargo, volver&#237;a. Y entonces descubrir&#237;a d&#243;nde se escond&#237;an Yugao y el Fantasma.


Sano par&#243; en el cuartel general de la metsuke para recoger la ficha de Kobori; inclu&#237;a su estatura y peso aproximados y un dibujo muy rudimentario de su cara. Tras una visita al general Isogai, al que reclam&#243; tropas del Ej&#233;rcito para implementar la b&#250;squeda, se encamin&#243; a toda velocidad hacia el palacio.

En cuanto entr&#243; en la c&#225;mara de audiencias supo que afrontar&#237;a m&#225;s problemas de los que hab&#237;a previsto. El caballero Matsudaira, sentado en su lugar de costumbre, luc&#237;a un ce&#241;o tan iracundo que parec&#237;a el relieve de un demonio de un templo. Por encima de &#233;l, en la tarima, se encog&#237;a el sog&#250;n, asustado y perplejo. Yoritomo, sentado a su lado, dirigi&#243; una mirada de advertencia a Sano. Los guardias apostados a lo largo de las paredes estaban perfectamente inm&#243;viles, con la mirada fija al frente, como si les diera miedo moverse. Los ancianos no estaban. En su lugar, sobre el suelo elevado, se encontraba el comisario de polic&#237;a Hoshina, que observ&#243; a Sano con serena y medio sonriente compostura.

A Sano lo descoloc&#243; encontrarse all&#237; a su enemigo. Mientras se arrodillaba en la tarima a la izquierda del sog&#250;n y hac&#237;a una reverencia, Matsudaira pregunt&#243; con aire autoritario:

&#191;Por qu&#233; demonios hab&#233;is tardado tanto?

Ten&#237;a asuntos urgentes que atender -respondi&#243; Sano, aunque sab&#237;a que eso no era excusa suficiente para el caballero. &#191;Qu&#233; hab&#237;a pasado en menos de dos d&#237;as para hundirlo en la estima del primo del sog&#250;n y elevar a Hoshina? Dudaba que el &#250;nico motivo fuera que Matsudaira estaba al corriente de su fracaso en capturar al Fantasma la noche anterior; al fin y al cabo, Hoshina no ten&#237;a nada mejor que ofrecer-. Mil disculpas.

Har&#225; falta m&#225;s que eso -dijo el caballero con ira creciente-. &#191;Hago bien al entender que asignasteis centenares de soldados del Ej&#233;rcito a misiones de escolta?

S&#237; -reconoci&#243; Sano. Con el rabillo del ojo vio que Hoshina disfrutaba con su apuro-. Con un asesino suelto y los funcionarios con miedo de salir de casa, parec&#237;a el &#250;nico modo de mantener en marcha el gobierno.

El sog&#250;n asinti&#243; en t&#237;mida conformidad, pero su primo no le hizo caso y dijo:

Bueno, es evidente que no previsteis que la seguridad se veria dr&#225;sticamente reducida cuando retiraseis a esos hombres de sus puestos habituales. Mientras ellos hac&#237;an de ni&#241;eras de un hatajo de cobardes, &#191;qui&#233;n se supon&#237;a que iba a mantener el orden en la ciudad? -Ten&#237;a la tez tan amoratada de ira que parec&#237;a a punto de revent&#225;rsele una vena-. &#191;Cre&#233;is que tenemos una reserva ilimitada de tropas?

He mandado traer m&#225;s de las provincias -dijo Sano en un f&#250;til intento de defenderse. Yoritomo se retorci&#243; las manos-. He ordenado que los daimios nos presten a sus vasallos para patrullar las calles.

Oh, caramba, &#191;eso hab&#233;is hecho? &#191;Y sab&#233;is qu&#233; ha pasado entretanto? -El caballero se levant&#243; bruscamente, incapaz de contener su genio-. Cuando atravesaba la ciudad esta ma&#241;ana, me ha tendido una emboscada una banda de bandidos rebeldes. Superaban en n&#250;mero a mis guardaespaldas y no hab&#237;a ni un soldado a la vista.

Sano se lo qued&#243; mirando, mudo de alarma al ver que hab&#237;a puesto en peligro sin pretenderlo al caballero Matsudaira.

Por suerte, el comisario Hoshina y sus hombres pasaban por all&#237;, y han rechazado a los rebeldes -prosigui&#243; el primo del sog&#250;n-. De otra manera, ahora mismo estar&#237;a muerto.

Sano dirigi&#243; una mirada de pasmo a Hoshina, que le mostr&#243; una sonrisita triunfal.

Qu&#233; oportuno -dijo Sano. No le sorprender&#237;a que el propio Hoshina hubiera organizado el ataque para luego rescatar a Matsudaira y, as&#237;, inspirarle tanta gratitud que estuviera dispuesto a olvidar sus errores anteriores.

S&#237;, ha sido oportuno. -Los ojos de Hoshina centelleaban de maliciosa diversi&#243;n-. Todos los bandidos resultaron muertos, por si os lo estabais preguntando.

O sea que no podr&#237;an revelar si Hoshina los hab&#237;a contratado, dedujo Sano. El comisario estaba a salvo. Se hab&#237;a aprovechado de todos los infortunios que Sano hab&#237;a padecido durante la investigaci&#243;n.

He o&#237;do que esta ma&#241;ana hab&#233;is tomado el mando de m&#225;s tropas, chambel&#225;n Sano -dijo Matsudaira, sin prestar atenci&#243;n al intercambio entre el chambel&#225;n y el comisario-. &#191;Para qu&#233; demonios las necesit&#225;is? &#191;Por qu&#233; agravar vuestro est&#250;pido y peligroso error?

Las necesito para buscar al asesino que me ordenasteis capturar. -Cada vez m&#225;s enfurecido por aquel trato vejatorio, Sano capt&#243; el deje hostil de su propia voz. &#191;De qu&#233; otro modo podr&#237;a haber protegido a los funcionarios?-. Sabemos qui&#233;n es. Se llama Kobori y pertenec&#237;a al escuadr&#243;n de &#233;lite de mi predecesor en el cargo. Para localizarlo, necesito m&#225;s efectivos adem&#225;s de mis tropas personales.

La noticia de que Sano hab&#237;a identificado al Fantasma acall&#243; a Matsudaira y le borr&#243; el ce&#241;o. Yoritomo dedic&#243; a Sano una sonrisa aliviada y jubilosa.

Con que has, aah, resuelto el misterio. -El sog&#250;n lo mir&#243; encantado antes de volverse con expresi&#243;n de suficiencia hacia su primo, claramente complacido de que Sano se hubiera anotado un tanto, aunque no entendiera lo que se tra&#237;an entre manos aquellos dos-. Mis felicitaciones.

No lo cre&#225;is, excelencia -terci&#243; Hoshina-. Quiz&#225; no sea cierto que el tal Kobori es el asesino. Recordad que el chambel&#225;n Sano pensaba que hab&#237;a sido el capit&#225;n Nakai, que luego se demostr&#243; inocente. Podr&#237;a equivocarse de nuevo. -Apel&#243; a Matsudaira-: Yo creo que est&#225; tan desesperado por complaceros que intenta endilgar los asesinatos a alguien que probablemente est&#233; muerto.

Kobori est&#225; vivo -contraatac&#243; Sano-. He logrado situarlo en Edo hace dos d&#237;as. Anoche hice una redada en la posada donde se ocultaba. Se me escap&#243; por un d&#237;a.

&#191;Qu&#233; pruebas ten&#233;is de que sea el asesino? -Matsudaira parec&#237;a desgarrado entre el escepticismo y sus ganas de creer que la captura del Fantasma era inminente.

Sano describi&#243; los sucesos del Pabell&#243;n de Jade.

Bueno, aunque Kobori sea el asesino, lo dejasteis escapar -dijo Hoshina, ansioso por desacreditar a Sano-. A estas alturas podr&#237;a haber abandonado Edo. Honorable caballero Matsudaira, &#191;para qu&#233; mandar tropas a registrar el establo cuando el caballo ya ha salido? Las necesitamos para mantener la seguridad y dar caza a los bandidos rebeldes.

No podemos dar por sentado que Kobori se ha ido s&#243;lo porque quer&#225;is creerlo -dijo Sano-. Y es un objetivo m&#225;s importante que el resto de los rebeldes.

Hoshina ri&#243; con desprecio.

Ellos han matado a muchas m&#225;s personas que &#233;l.

Pero &#233;l apunta al escalaf&#243;n m&#225;s alto del r&#233;gimen -repuso Sano-. Permitid que os recuerde que ya ha asesinado a cinco altos cargos. A menos que nos concentremos en atraparlo, nos ir&#225; desgastando hasta que la moral decaiga tanto que el r&#233;gimen se venga abajo. Tenemos que capturarlo antes de que mate otra vez.

Sinti&#243; la marca de la muerte sobre s&#237; mismo. Unos temblores involuntarios le recorrieron el cuerpo, como si le brotaran reveladoras moraduras por toda la piel. La incertidumbre y la espera eran tan dif&#237;ciles de soportar que casi deseaba confirmar que Kobori lo hab&#237;a tocado. Sin embargo, si mor&#237;a al d&#237;a siguiente, &#191;qui&#233;n proteger&#237;a al r&#233;gimen de hombres como Hoshina, tan cegados por sus ambiciones personales que permitir&#237;an a una fuerza mort&#237;fera como Kobori quedar en libertad?

Alguien de esta sala podr&#237;a ser su pr&#243;xima v&#237;ctima. -Apel&#243; al inter&#233;s personal del sog&#250;n y su primo-. Dejadme utilizar las tropas dos d&#237;as m&#225;s. Eso deber&#237;a bastar para atrapar a Kobori.

Me parece que eso es un, aah, compromiso razonable -dijo el sog&#250;n, ansioso por poner fin a la ri&#241;a.

Matsudaira sopes&#243; los argumentos de Sano s&#243;lo un instante antes de decir:

El chambel&#225;n Sano tiene toda la raz&#243;n al decir que atrapar al Fantasma deber&#237;a recibir la m&#225;xima prioridad. -A Hoshina se le demudaron las facciones-. Pero el comisario Hoshina tambi&#233;n est&#225; en lo cierto al recordarnos que no podemos permitir que la seguridad se relaje s&#243;lo por atrapar un &#250;nico criminal. Retirad las tropas de la b&#250;squeda y mandadlas de vuelta a sus deberes ordinarios, honorable chambel&#225;n. Haced todo lo posible sin ellas. Y recordad que cuento con vos.

Hoshina se sonri&#243;, consciente de que esa decisi&#243;n promet&#237;a un fracaso de Sano y m&#225;s ventajas para &#233;l. Sano vio que no servir&#237;a de nada seguir discutiendo con Matsudaira. S&#243;lo una persona pod&#237;a anular su decisi&#243;n.

Excelencia -dijo-, el asunto es tan importante que tal vez preferir&#237;ais zanjarlo en lugar de dejarlo en nuestras manos. Hab&#233;is dicho que os parec&#237;a buena idea que las tropas buscaran al Fantasma. Si &#233;sa es vuestra opini&#243;n, pod&#233;is convertirla en una orden, y ser&#225; cumplida.

El sog&#250;n parec&#237;a alarmado por verse en un aprieto, pero gratificado por la idea de su propio poder. Matsudaira y Hoshina fulminaron a Sano con la mirada. Yoritomo se inclin&#243; hacia el sog&#250;n para susurrarle al o&#237;do.

Ser&#237;a mejor que cierta persona permaneciera al margen de esto -anunci&#243; el caballero en un tono calmo rebosante de amenaza-, o cierta otra persona podr&#237;a sufrir un fatal accidente en cierta isla remota.

Yoritomo volvi&#243; a su puesto y agach&#243; la cabeza ante aquella amenaza a su padre exiliado.

&#191;Y bien? &#191;Qu&#233; dec&#237;s? -Pregunt&#243; Matsudaira a su primo-. &#191;Seguir&#233;is el consejo del chambel&#225;n Sano o el m&#237;o?

Despojado del apoyo que necesitaba para ser fiel a su opini&#243;n, el sog&#250;n se encogi&#243;.

El tuyo, primo -murmur&#243;, evitando la mirada de Sano.

Sano encaj&#243; la derrota con una frustraci&#243;n que a duras penas pudo disimular. Hoshina se relaj&#243;. El caballero dijo:

Antes de que os vay&#225;is, honorable chambel&#225;n, tengo otro problema que comentar con vos. Dicen que hab&#233;is estado ausente de vuestra oficina estos &#250;ltimos d&#237;as. Bastantes funcionarios me han comentado que nunca est&#225;is disponible para recibirlos, que no respond&#233;is a vuestra correspondencia y que est&#225;is dejando en manos de vuestro personal asuntos que no est&#225;n cualificados para manejar.

Sano se volvi&#243; hacia Hoshina. El comisario deb&#237;a de haber encargado a sus nuevos amigos que informaran a Matsudaira. Hoshina se encogi&#243; de hombros y sonri&#243;.

Parec&#233;is pensar que los deberes del segundo de la naci&#243;n pueden esperar-le dijo el caballero-. A menos que cambi&#233;is de actitud, es posible que su excelencia se vea obligado a sustituiros, como m&#225;s de uno de sus funcionarios le ha recomendado. &#191;Queda claro?

Sano aplac&#243; su ira.

Perfectamente, caballero Matsudaira. -Lanz&#243; una mirada envenenada a Hoshina, que escuchaba encantado y ansioso por heredar su puesto. Si sobreviv&#237;a, pens&#243; Sano, encontrar&#237;a una manera de desembarazarse de ese enemigo, por poco que le gustara la guerra pol&#237;tica.

Va siendo hora de levantar esta sesi&#243;n -anunci&#243; el caballero Matsudaira.

Se levanta la sesi&#243;n -dijo el sog&#250;n.

&#191;Y ahora qu&#233; hacemos? -pregunt&#243; Marume a Sano mientras atravesaban el jard&#237;n del palacio.

Movilizamos al Ej&#233;rcito y salimos a cazar al Fantasma -dijo Sano.


Daba igual que Matsudaira le hubiese prohibido usar las tropas para la b&#250;squeda; Sano sab&#237;a que estaba perdido hiciese lo que hiciese. Si descuidaba su trabajo, desobedec&#237;a &#243;rdenes o no lograba atrapar al Fantasma, el resultado ser&#237;a el mismo: perder&#237;a su puesto, fuese a favor de Hoshina o de alg&#250;n otro. Lo desterrar&#237;an o ejecutar&#237;an, y Reiko y Masahiro quedar&#237;an en grave peligro. Puestos a elegir, finalizar&#237;a la investigaci&#243;n. Sobre todo a la vista de que pod&#237;a ser la &#250;ltima.

Enfilaron el pasaje que llevaba a su residencia, para recoger los caballos. Si deb&#237;a morir al d&#237;a siguiente, por lo menos dedicar&#237;a &#233;se al trabajo para el que hab&#237;a nacido: servir al honor todo lo bien que estuviera en su mano. Llevar&#237;a a Kobori ante la justicia aunque fuese lo &#250;ltimo que hiciera.

&#161;Honorable chambel&#225;n Sano!

Se volvi&#243; y vio al capit&#225;n Nakai corriendo hacia &#233;l. Gimi&#243; para sus adentros. Aunque la &#250;ltima persona a la que le apetec&#237;a ver en ese momento era el capit&#225;n Nakai, decidi&#243; ser cort&#233;s, visto todo lo que le hab&#237;a hecho pasar.

Saludos -dijo Nakai en cuanto lleg&#243; a su lado. Siguieron caminando juntos. Con su casco y armadura met&#225;licos resplandecientes a la luz del sol, parec&#237;a la viva imagen del perfecto samur&#225;i-. Conf&#237;o en que todo os vaya bien.

Bastante. &#191;Y a vos?

No va mal -respondi&#243; Nakai.

A Sano se le ocurri&#243; que, cuando un hombre esperaba morir pronto, deb&#237;a quedar en paz con la gente a la que hab&#237;a herido. Aceler&#243; el paso para alejarse con Nakai de los detectives y as&#237; hablar en privado.

Capit&#225;n Nakai, quiero disculparme por sospechar de vos. Siento que fuerais acusado y humillado delante del sog&#250;n y el caballero Matsudaira. Os ruego me perdon&#233;is.

Bah, no pasa nada -dijo Nakai-. Es agua pasada. Sin rencores. -Sonri&#243; y le dio una palmadita en el hombro-. Adem&#225;s, he empezado a pensar que fue una bendici&#243;n disfrazada. Al fin y al cabo, me concedi&#243; el privilegio de conoceros.

Sano vio que el capit&#225;n hab&#237;a pasado a considerarlo una persona capaz de favorecer sus ambiciones de reconocimiento y recompensa.

Es posible que conocerme no sea una bendici&#243;n tan grande como pens&#225;is -dijo Sano. Tal vez no durara all&#237; lo suficiente para otorgar ning&#250;n ascenso, aunque siguiera vivo m&#225;s all&#225; del d&#237;a siguiente.

Nakai se ri&#243; al pensar que Sano estaba de broma.

Sois demasiado modesto, honorable chambel&#225;n. -Era evidente que no conoc&#237;a la precaria posici&#243;n de Sano-. Por cierto, &#191;c&#243;mo va vuestra investigaci&#243;n? &#191;Hab&#233;is descubierto qui&#233;n es el Fantasma?

S&#237; -respondi&#243; Sano, tolerando la charla pero apretando el paso para terminarla antes-. Se llama Kobori. En un tiempo estuvo al servicio del anterior chambel&#225;n. Ahora mismo lo estamos buscando por toda la ciudad.

&#191;Kobori? -Nakai se par&#243; en seco con expresi&#243;n estupefacta-. Era &#233;l -musit&#243; para s&#237;. Sus vigorosas facciones se hab&#237;an relajado de asombro.

&#191;Qu&#233; sucede? -Sano estaba desconcertado por su extra&#241;a reacci&#243;n.

&#191;Dec&#237;s que Kobori es el Fantasma? &#191;Y est&#225;is intentando encontrarlo? -Nakai parec&#237;a ansioso por verificar que hab&#237;a o&#237;do bien. Cuando Sano asinti&#243;, susurr&#243;-: Dioses misericordiosos. Lo he visto.

&#191;Lo hab&#233;is visto? -Sano se qued&#243; pasmado. Mir&#243; boquiabierto a Nakai; lo mismo hicieron los detectives Marume y Fukida, que hab&#237;an llegado a su altura-. &#191;Cu&#225;ndo? &#191;D&#243;nde?

Esta ma&#241;ana -dijo Nakai-. Por la calle, en la ciudad.

Nakai pod&#237;a estar inventando una historia para granjearse el favor del chambel&#225;n, pero sus palabras ten&#237;an un timbre de sinceridad.

&#191;C&#243;mo hab&#233;is reconocido a Kobori? -pregunt&#243; Sano, de pronto esperanzado en poder cerrar el caso.

Lo conoc&#237;a. &#191;Record&#225;is que os cont&#233; que tengo lazos familiares con Yanagisawa? Mi primo era su maestro armero. Lo mataron en la batalla. Yo sol&#237;a ir a verlo al complejo de Yanagisawa. Pensaba que pod&#237;a ayudarme con mi carrera, visto que ocupaba un puesto de confianza para el chambel&#225;n. A veces me presentaba a las personas que pasaban por ah&#237;. Una de ellas fue Kobori. -El capit&#225;n sonri&#243; con el aire de quien acaba de resolver un intrincado enigma-. Cuando vi a Kobori esta ma&#241;ana, no pude recordar qui&#233;n era ni d&#243;nde lo hab&#237;a visto antes. S&#243;lo coincidimos una vez, hace a&#241;os. Pero cuando hab&#233;is pronunciado su nombre, de repente he ca&#237;do.

No sonaba irrazonable, aunque a Sano le costaba creer que Kobori, objeto de una b&#250;squeda tan exhaustiva, estuviera paseando tranquilamente por la ciudad, donde un conocido hab&#237;a topado con &#233;l por casualidad.

&#191;C&#243;mo hab&#233;is reparado en &#233;l?

Yo iba de paso, pensando en mis cosas -explic&#243; Nakai-. Sab&#237;a que el caballero Matsudaira planeaba bajar a la ciudad esta ma&#241;ana, y se me ocurri&#243; que ser&#237;a una buena oportunidad para hablar con &#233;l. Ver&#233;is, est&#225; claro que en la reuni&#243;n del otro d&#237;a le caus&#233; mala impresi&#243;n, as&#237; que quer&#237;a mostrarme bajo una luz m&#225;s favorable. De modo que segu&#237; su comitiva.

Sano se imagin&#243; a Nakai tras la estela de Matsudaira, ansioso por un ascenso y m&#225;s imprudente que nunca. Un pesar moment&#225;neo nubl&#243; el rostro del capit&#225;n.

En fin, sus guardias me dijeron que me largara o me pegar&#237;an una paliza. De modo que di media vuelta para regresar al castillo, y entonces vi a Kobori, bueno, en ese momento no record&#233; qui&#233;n era pero me son&#243; conocido. Estaba a un lado de la calle, entre la multitud que esperaba ver al caballero Matsudaira.

Sano se horroriz&#243; al darse cuenta de que el Fantasma hab&#237;a acechado al caballero Matsudaira mientras &#233;l peinaba las calles colindantes al Pabell&#243;n de Jade en su busca.

&#191;D&#243;nde lo visteis exactamente?

En la avenida principal.

&#191;Hablasteis con &#233;l?

No. Lo salud&#233;, pero &#233;l no me vio. Luego se alej&#243;.

Supongo que no visteis adonde iba -pregunt&#243; Sano. Un simple avistamiento no lo acercaba en nada a la captura del Fantasma. Kobori podr&#237;a haber llegado a cualquier parte de la ciudad en el medio d&#237;a transcurrido desde que Nakai lo viera.

El capit&#225;n alz&#243; un dedo, radiante.

Pues s&#237; que lo s&#233;. Quer&#237;a recordar de d&#243;nde lo conoc&#237;a, y pens&#233; que un vistazo m&#225;s de cerca tal vez me refrescara la memoria. De modo que lo segu&#237;. Fue a una casa, y lo recibi&#243; una chica.

Sano se llev&#243; una nueva impresi&#243;n al asimilar lo que Nakai hab&#237;a visto: el Fantasma escondi&#233;ndose en su guarida, y sin duda la chica ten&#237;a que ser Yugao. El vagabundeo sin rumbo de un hombre descontento por la ciudad hab&#237;a cosechado mejores resultados que muchas pesquisas concentradas y diligentes. Sacudi&#243; la cabeza, maravillado por las misteriosas permutaciones del destino. &#161;Su principal sospechoso original le proporcionaba la pista que lo conducir&#237;a al asesino! Incre&#237;ble.

&#191;D&#243;nde est&#225; esa casa? -pregunt&#243;, desbordante de emoci&#243;n ante la perspectiva de capturar a Kobori.

Nakai empez&#243; a responder, pero se interrumpi&#243;. Los ojos le centellearon de astucia al comprender que pose&#237;a una informaci&#243;n vital para Sano.

Si os lo digo, tendr&#233;is que ofrecerme algo a cambio. Quiero un ascenso al grado de coronel y un estipendio que duplique el actual. -Se le hinch&#243; el pecho con impetuosa y codiciosa exuberancia-. Y quiero un puesto a vuestro servicio.

Marume y Fukida estallaron en risas incr&#233;dulas y desde&#241;osas.

Ten&#233;is mucha desfachatez -dijo Marume.

Deber&#237;a avergonzaros pretender favores del chambel&#225;n -a&#241;adio Fukida.

A Sano tambi&#233;n lo molest&#243; la falta de tacto de Nakai, pero necesitaba la informaci&#243;n desesperadamente y adem&#225;s le deb&#237;a un favor. Aunque el capit&#225;n tuviera sus fallos de car&#225;cter, Sano no le negar&#237;a un puesto de vasallo. Hab&#237;a cosas mucho peores que un hombre capaz de matar a cuarenta y ocho enemigos en una batalla.

Muy bien -dijo-. Te conseguir&#233; ese ascenso y te aumentar&#233; el estipendio cuando tenga tiempo. Sin embargo, desde este preciso instante quedas a mis &#243;rdenes, y te ordeno que me digas d&#243;nde est&#225; esa casa.

Gracias, honorable chambel&#225;n. -Jadeante y extasiado, Naka&#237; hizo una reverencia. No repar&#243; en las miradas torvas que le dedicaron Marume y Fukida. Mir&#243; a Sano con una combinaci&#243;n de af&#225;n posesivo, reverencia y anhelo de complacer-. Puedo hacer algo mejor que deciros d&#243;nde se esconde el Fantasma. Os llevar&#233; en persona.



Cap&#237;tulo 29

Una anciana, ataviada con un sucio y ra&#237;do quimono y un maltrecho sombrero de mimbre, barr&#237;a el callej&#243;n que separaba dos hileras de mansiones en el distrito comercial de Nihonbashi. Con el cuerpo encorvado bajo el peso de d&#233;cadas de trabajo agotador, avanzaba pasito a pasito. Su escoba recog&#237;a las mondas de verdura ca&#237;das de los contenedores de basura y los residuos depositados por el viento. Arrastraba sus sandalias de paja por los charcos formados por el goteo de la ropa tendida en los hilos colgados de balc&#243;n a balc&#243;n y los escapes de aguas residuales. Los criados entraban y salian por la puerta de atr&#225;s de las mansiones, pero no le prestaban atenci&#243;n. Los barrenderos eran poco menos que invisibles para quienes ocupaban un pelda&#241;o superior de la escala social.

Reiko ech&#243; un vistazo desde debajo del sombrero que le ocultaba la cara, por si ve&#237;a a Tama. Llevaba dos horas limpiando ese callej&#243;n, de un lado para otro, barriendo la misma suciedad que luego volv&#237;a a esparcir con la pala, pero Tama todav&#237;a no hab&#237;a regresado del mercado. El cielo perd&#237;a el color y el callej&#243;n se inundaba de sombras con la proximidad del crep&#250;sculo.

Tras la entrevista con la gobernanta, estaba convencida no s&#243;lo de que Tama escond&#237;a a la pareja, sino tambi&#233;n de que la chica tarde o temprano tendr&#237;a que llevarles m&#225;s comida. Sin duda, Yugao no hab&#237;a querido que ella hablase con Tama por miedo a que &#233;sta revelase su relaci&#243;n con Kobori. Hab&#237;a apostado varios guardias cerca de la mansi&#243;n, para luego camuflarse como una barrendera y regresar a pie al callej&#243;n, donde sus restantes escoltas la vigilaban a cierta distancia. Los guardias fing&#237;an no conocerla, pero de vez en cuando sacud&#237;an con disimulo la cabeza para indicarle que Tama todav&#237;a no se hab&#237;a presentado.

Ya le dol&#237;a la espalda de estar encorvada. Estaba cansada de olores inmundos y conoc&#237;a de memoria hasta la &#250;ltima peladura de r&#225;bano y miga que hab&#237;a recogido. Un perro vagabundo entr&#243; en el callej&#243;n, olisque&#243; los contenedores de basura, baj&#243; el trasero y defec&#243;. Reiko arrug&#243; la nariz ante el hedor mientras pasaba renqueando a su lado y rog&#243; que Tama apareciera pronto. En el callej&#243;n se o&#237;a a las doncellas preparando la cena y parloteando entre ellas. La sobrevol&#243; un humo impregnado de sabroso aroma a ajo y salsa de soja. El hambre le hizo crujir el est&#243;mago. Hab&#237;a llegado a un extremo del callej&#243;n y se daba la vuelta para iniciar otra mon&#243;tona pasada, cuando vio a Tama caminando hacia ella desde la otra punta, seguida por un porteador cargado con un balde de madera tapado. Reiko se anim&#243; de inmediato. Cuando Tama y el porteador pasaron por su lado, matuvo la cabeza gacha, barriendo con denuedo, y pens&#243; que quiz&#225; le quedara a&#250;n una larga espera hasta que Tama la condujera hasta los fugitivos.

Sin embargo, la puerta no tard&#243; en abrirse y la chica sali&#243; furtivamente. Llevaba puesta una capa y sosten&#237;a un fardo atado por las esquinas. Se apresur&#243; callej&#243;n abajo, tras echar una r&#225;pida mirada a la casa que acababa de abandonar. Pas&#243; por delante de Reiko sin fijarse en ella.

Reiko se ech&#243; la escoba al hombro, recogi&#243; la pala y sigui&#243; a la muchacha. Fuera del callej&#243;n, el distrito estaba lleno de vecinos que se apresuraban a volver a casa antes de que oscureciera del todo. Los mercaderes cerraban las puertas correderas de sus establecimientos. Por las calles pasaban patrullas nocturnas de soldados. Reiko se abri&#243; paso a toda prisa entre la muchedumbre, afan&#225;ndose por no perder de vista la r&#225;pida y menuda figura de Tama. Ech&#243; un vistazo alrededor en busca de sus escoltas.

Estamos aqu&#237; detr&#225;s -murmur&#243; el teniente Asukai.

Siguieron los pasos de Tama a trav&#233;s del mercado. Los vendedores regateaban con los &#250;ltimos clientes o recog&#237;an las hortalizas no vendidas. Cuando Reiko dejaba atr&#225;s los &#250;ltimos puestos, oy&#243; una voz masculina:

&#161;Oye, t&#250;, barrendera!

Una mano la agarr&#243; del brazo. Pertenec&#237;a a un vendedor enorme y fornido.

Limpia este desastre -le orden&#243;, se&#241;alando unos restos de coles marchitas en el suelo.

&#161;Su&#233;ltame! -Reiko le lanz&#243; un escobazo.

El hombre se agach&#243;, la solt&#243; y buf&#243;.

&#161;Ser&#225;s! &#191;Qui&#233;n te crees que eres?

Se abalanz&#243; hacia ella, pero en ese momento el teniente Asukai lo agarr&#243; y lo empotr&#243; contra un puesto que vend&#237;a frascos de r&#225;banos en vinagre. El vendedor se cay&#243; y arrastr&#243; con &#233;l medio tenderete. Reiko solt&#243; la escoba y la pala y sali&#243; corriendo. El teniente la alcanz&#243;.

&#191;Por d&#243;nde ha ido? -grit&#243; Reiko, presa del p&#225;nico.

Al otro lado del mercado, otro de sus guardias le hizo un gesto y se&#241;al&#243;. Reiko vio a Tama avanzando r&#225;pidamente por un pasillo entre puestos. Ella y sus escoltas retomaron la persecuci&#243;n. Los condujo fuera de Nihonbashi, hasta los lindes septentrionales de la ciudad. All&#237; las casas estaban m&#225;s separadas, intercaladas con &#225;rboles y peque&#241;as granjas. Un ocaso te&#241;ido de oro se aposentaba con suavidad sobre el apacible paisaje. El tr&#225;fico viario consist&#237;a en soldados que patrullaban entre campesinos cargados de le&#241;a o empujando carretas. Reiko agrand&#243; la distancia que la separaba de Tama, por miedo a que la chica los viera a ella o sus escoltas.

Aun as&#237;, Tama no volvi&#243; la vista ni una vez; parec&#237;a m&#225;s decidida a llegar a su destino que temerosa de que la siguieran. Avanzaba a paso ligero por el camino, que ascend&#237;a por la gradual pendiente del terreno. Las granjas dieron paso a un bosque. Los p&#225;jaros trinaban en los &#225;rboles que tend&#237;an sus copas sobre el camino, creando profundos tramos de oscuridad que la menguante luz del sol no penetraba. La figura de Tama era tan imprecisa como una sombra que se desplazara con rapidez por delante de Reiko. El camino estaba desierto. El aire se enfri&#243; con el aumento de la altitud y la cercan&#237;a de la noche. Reiko sinti&#243; que el calor del esfuerzo abandonaba su cuerpo; se estremeci&#243; bajo la fina ropa. Oy&#243; los resoplidos y trompicones de Tama en su ascenso, y amortigu&#243; el sonido de su trabajosa respiraci&#243;n y sus pasos inseguros. El ocasional chasquido de una ramita o el roce de una hoja le confirmaban que sus escoltas la segu&#237;an, aunque al mirar por encima del hombro apenas eran visibles en la penumbra. Por encima, entre el bosque, sobresal&#237;an de la colina algunas casas muy separadas, pero Reiko ni vio ni oy&#243; se&#241;al alguna de vida humana. Por debajo, en la ciudad, retumb&#243; un gong. Unos perros o lobos aullaron en alg&#250;n lugar cercano.

De repente Tama desapareci&#243;. Reiko corri&#243;, temiendo haberla perdido. Entonces vio un sendero que se apartaba del camino, cortaba por el bosque y serpenteaba colina arriba. Oy&#243; a Tama jadear y tropezar en la distancia. El teniente Asukai y los cuatro guardias tomaron con ella el sendero. Se iba empinando y, aunque el paso del hombre lo hab&#237;a alisado, las ramas ca&#237;das los entorpec&#237;an. All&#237; la oscuridad era casi completa, y avanzaron con cautela, pero Tama hac&#237;a tanto ruido; que Reiko dudaba que pudiera o&#237;rlos. Salieron del bosque a un espacio abierto iluminado por el tenue resplandor del cielo. Reiko vio que la senda bordeaba un valle. Unas pendientes cubiertas de arbustos descend&#237;an abruptamente hacia el fondo, donde un arroyo borboteaba sobre las rocas. Reiko y sus guardias vieron a Tama apresur&#225;ndose por el sendero, que segu&#237;a el arco que el valle hend&#237;a a trav&#233;s del terreno. En ese momento avistaron el destino de la chica.

Se trataba de una mansi&#243;n de tres niveles, sobre un terreno despejado de &#225;rboles. El primer nivel ten&#237;a una galer&#237;a que recorr&#237;a toda la fachada y sobresal&#237;a por encima del valle y el arroyo. Los tejados de juncos se elevaban en m&#250;ltiples picos irregulares. La mansi&#243;n no era enorme, pero deb&#237;a de haber sido dif&#237;cil y cara de construir. De d&#237;a proporcionar&#237;a una vista maravillosa de Edo desde los balcones de los niveles superiores de atr&#225;s. La luz de una ventana iluminaba la galer&#237;a, Tama se afan&#243; por una escalera que remontaba la pendiente hacia la mansi&#243;n. Sus pisadas sobre las tablas resonaron quedamente.

&#191;Qu&#233; hacemos? -le susurr&#243; el teniente Asukai.

Acerqu&#233;monos m&#225;s. Tenemos que descubrir si Yugao y el Fantasma est&#225;n dentro. -Reiko ten&#237;a que asegurarse antes de avisar a Sano.

Ella y los guardias siguieron con prisa los pasos de Tama, manteni&#233;ndose pegados a los &#225;rboles que bordeaban la senda. Se escondieron en la maleza al pie de la escalera. Tama cruz&#243; la galer&#237;a, solt&#243; su hato y llam&#243; a la puerta con los nudillos. Alguien la entreabri&#243;. Desde su posici&#243;n Reiko ve&#237;a la galer&#237;a en toda su extensi&#243;n y distingu&#237;a a Tama sin problemas, pero como la fachada de la casa era paralela a su l&#237;nea de visi&#243;n, no pod&#237;a divisar la figura del umbral.

Ya iba siendo hora de que llegaras -dijo la voz de Yugao-. Me muero de hambre. &#191;Qu&#233; me has tra&#237;do para comer?

Reiko sinti&#243; un estallido de j&#250;bilo. Elev&#243; una muda oraci&#243;n de agradecimiento.

Yugao asom&#243; por la puerta. Tama retrocedi&#243; ante ella. La luz de la casa iluminaba con claridad a las dos mujeres.

&#191;Est&#225; dentro? -pregunt&#243; Tama con tono fatigado y nervioso.

&#191;Qui&#233;n? -Yugao se acuclill&#243; y empez&#243; a desatar el paquete.

Ese samur&#225;i. Jin.

Yugao se detuvo, con el perfil afilado como una espada. Pas&#243; un momento antes de que se levantara y le dijera a Tama a la cara:

S&#237;. Est&#225; dentro. &#191;Y qu&#233;?

Reiko contuvo un suspiro de euforia. Hab&#237;a encontrado al Fantasma.

&#191;Por qu&#233; no me dijiste que estaba contigo? -exclam&#243; Tama, al parecer sinti&#233;ndose herida y traicionada.

No me pareci&#243; importante -dijo Yugao, pero una nota de cautela asom&#243; a su voz-. &#191;Qu&#233; importancia tiene?

Ya sabes que se supone que no debo dejar que nadie entre en esta casa. Te dije que si mis se&#241;ores se enteraban me pegar&#237;an una paliza. Acced&#237; a que te quedaras aqu&#237; t&#250; sola, y eso ya es bastante peligroso. Pero que metas a escondidas a ese hombre espantoso en -Un sollozo interrumpi&#243; sus palabras-. Perder&#233; mi trabajo. &#161;Me echar&#225;n a la calle sin ning&#250;n sitio a donde ir!

No te preocupes -dijo Yugao-. Nadie lo sabr&#225;. Dijiste que tus se&#241;ores nunca vienen a esta casa hasta el verano. Nos habremos ido mucho antes. Necesito que nos ayudes s&#243;lo un poco m&#225;s.

Tendi&#243; la mano hacia Tama en gesto de s&#250;plica, pero &#233;sta retrocedi&#243;.

&#201;l no es tu &#250;nico enga&#241;o. Me dijiste que hab&#237;as escapado de tu casa y necesitabas un sitio donde vivir. &#161;No me contaste que hab&#237;as huido de la c&#225;rcel!

La mano de Yugao se paraliz&#243;. La baj&#243; poco a poco.

Me pareci&#243; mejor no dec&#237;rtelo. As&#237;, si la polic&#237;a me sorprend&#237;a contigo, no te culpar&#237;an por ayudar a una presa fugada porque no sab&#237;as que eso es lo que soy.

Ment&#237;a, Reiko estaba segura, a pesar de su tono razonable. Para protegerse ella y a su amante, se hab&#237;a aprovechado deliberada y desvergonzadamente de Tama y le hab&#237;a mentido.

Tama lloraba, al borde de la histeria; Reiko vio que ella tampoco cre&#237;a a Yugao.

&#191;Y tambi&#233;n por eso no me contaste que hab&#237;as asesinado a tus padres y tu hermana? -gimi&#243;.

Yo no los mat&#233; -respondi&#243; Yugao con firmeza-. Me acusaron falsamente.

Una s&#250;bita punzada de revelaci&#243;n recorri&#243; a Reiko. De nuevo supo que Yugao ment&#237;a. Por fin estaba segura de que la chica hab&#237;a cometido los cr&#237;menes.

Tama mir&#243; a su amiga con lloroso desconcierto.

Pero te arrestaron. Y si no los mataste t&#250;, entonces &#191;qui&#233;n fue?

El alcaide de la c&#225;rcel -dijo Yugao-. Entr&#243; en casa mientras dorm&#237;amos. Apu&#241;al&#243; a mi padre, luego a mi madre y a Umeko. Yo lo vi. Entonces oy&#243; ruidos fuera y tuvo que salir corriendo para que no lo atraparan, de lo contrario me habr&#237;a matado tambi&#233;n a m&#237;.

A Reiko la fascinaba c&#243;mo las falsedades de Yugao mostraban la verdad con mayor claridad que sus confesiones. Tal vez nunca descubriera el m&#243;vil de los cr&#237;menes, pero sab&#237;a que era la asesina que hab&#237;a afirmado ser en todo momento.

Me arrestaron porque estaba all&#237; -prosigui&#243;-. La polic&#237;a no se molest&#243; en investigar porque soy una hinin. Les iba bien colgarme los cr&#237;menes. Pero soy inocente. -En ese momento adopt&#243; un tono implorante; se llev&#243; la mano al coraz&#243;n y luego la tendi&#243; hacia Tama-. Me conoces desde que &#233;ramos peque&#241;as. Sabes que nunca har&#237;a una cosa as&#237;. No pude dec&#237;rtelo antes porque estaba demasiado alterada. Eres mi mejor amiga. &#191;No me crees?

Reiko se re&#237;a en silencio del numerito que estaba montando Yugao, pero Tama la estrech&#243; entre los brazos y llor&#243;.

Pues claro que s&#237;. &#161;Oh, Yugao, cu&#225;nto siento todo lo que has tenido que pasar! -Se abrazaron. Tama estaba de espaldas a Reiko. La chica no pod&#237;a verle la cara a Yugao, pero Reiko distingui&#243; su expresi&#243;n maliciosa y suficiente-. Siento haber sido tan desconfiada -farfull&#243; Tama-. Tendr&#237;a que haber sabido que t&#250; nunca har&#237;as da&#241;o a tus padres o tu hermana, por mal que te trataran. Cuando la hija del magistrado me dijo que los hab&#237;as matado, no tendr&#237;a que haberla cre&#237;do.

&#191;La hija del magistrado? -repuso Yugao con sorpresa y consternaci&#243;n. Se apart&#243; de Tama-. &#191;Fue la dama Reiko la que te cont&#243; lo de los asesinatos?

S&#237;. Vino a verme ayer. Me pregunt&#243; si sab&#237;a d&#243;nde estabas.

&#191;Le contaste que me hab&#237;as visto? -inquiri&#243; Yugao alzando la voz.

No. -Tama, de nuevo asustada y nerviosa, a&#241;adi&#243;-: Le dije que hac&#237;a a&#241;os que no nos ve&#237;amos.

Yugao dio un paso m&#225;s hacia Tama, que al retroceder top&#243; con el pasamanos de la galer&#237;a.

&#191;Qu&#233; m&#225;s le contaste?

Nada. -Pero a Tama le temblaba la voz. Era una p&#233;sima mentirosa.

Yugao la agarr&#243; por los antebrazos, mir&#243; hacia abajo, hacia el valle, y Reiko percibi&#243; sus pensamientos con tanta nitidez como si los hubiera enunciado. Tama era demasiado d&#233;bil e impresionable para aguantar cualquier interrogatorio sobre Yugao. En consecuencia, supon&#237;a un peligro para ellos, por mucho que la necesitaran para proporcionarles comida y cobijo. Un empuj&#243;n por encima del pasamanos y Tama jam&#225;s podr&#237;a conducir hasta ellos a sus enemigos.

&#161;Huye! -tuvo ganas de gritarle Reiko-. &#161;Te va a matar! Mas avisar a Tama descubrir&#237;a su presencia. No pod&#237;a permitir que Yugao supiera que hab&#237;a descubierto su escondrijo y concederles as&#237; una oportunidad de escapar.

Yugao vacil&#243;, pero al final solt&#243; a su amiga. Una vez m&#225;s Reiko supo lo que pensaba: la ca&#237;da podr&#237;a no matarla, tal vez los arbustos de la pendiente la salvar&#237;an. Y en ese caso Tama saldr&#237;a corriendo, quiz&#225; hasta la denunciase a la polic&#237;a. Y entonces, &#191;ad&#243;nde ir&#237;an Yugao y Kobori? Reiko suspir&#243; de alivio.

Ser&#225; mejor que entres -dijo la pr&#243;fuga.

Una boqueada de alarma se trag&#243; el suspiro inicial de Reiko. Tama dijo:

No puedo. Tengo que regresar a casa.

S&#243;lo un momento -insisti&#243; Yugao.

Un momento en el que podr&#237;a acallar a Tama para siempre. &#161;Corre! -la exhort&#243; Reiko en silencio-. &#161;Si entras ah&#237; no saldr&#225;s viva!

Si mi se&#241;ora descubre que he salido sin permiso me castigar&#225; -arg&#252;y&#243; Tama mientras retroced&#237;a hacia los pelda&#241;os. Reiko not&#243; que ten&#237;a miedo del amante de Yugao, y tal vez tambi&#233;n de su propia amiga.

Yugao la cogi&#243; de la mano.

Qu&#233;date, por favor. Necesito un poco de compa&#241;&#237;a. Por lo menos si&#233;ntate a descansar antes de la caminata de vuelta a la ciudad.

De acuerdo -cedi&#243; Tama a rega&#241;adientes.

Dej&#243; que Yugao la condujera a la puerta. La pr&#243;fuga recogi&#243; el hato de comida y luego entraron en la casa. Reiko oy&#243; cerrarse la puerta.

El valle qued&#243; en silencio salvo por el menguante coro de trinos y el viento que agitaba las ramas. El cielo hab&#237;a cobrado ya un tono cobalto oscuro, tachonado de estrellas y adornado por la luna como una perla con cicatrices. Reiko se sent&#237;a enferma por haber puesto en peligro a la dulce y cr&#233;dula Tama. Se volvi&#243; hacia sus escoltas.

Tenemos que volver a la ciudad -dijo. Cinco soldados inexpertos y ella no eran bastantes para capturar a Yugao y el Fantasma-. Debemos traer a mi marido y sus tropas.

Rehicieron a toda prisa la senda a lo largo del valle y se lanzaron colina abajo por el bosque, ya tan oscuro que no distingu&#237;an el terreno accidentado que pisaban. Sin embargo, al salir al camino, Reiko vio un resplandor subiendo en su direcci&#243;n. Oy&#243; unos pasos sigilosos.

Alguien viene -susurr&#243;.



Cap&#237;tulo 30

Unas formas humanas brotaron de la oscuridad y rodearon a Reiko y sus escoltas. Ella se vio apresada por unas manos fuertes que le inmovilizaron los brazos a la espalda con cruel firmeza. Se retorci&#243;, grit&#243; y lanz&#243; patadas. Alrededor se produjo una violenta refriega mientras sus escoltas se defend&#237;an.

&#161;Lo tengo! -grit&#243; una voz masculina emocionada.

El hombre que sujetaba a Reiko dijo:

Lo m&#237;o es una mujer. Parece que hemos capturado a Kobori y su amorcito.

Para su sorpresa, Reiko reconoci&#243; la voz, aunque no pod&#237;a situarla. Otra voz familiar pregunt&#243;:

Si t&#250; tienes a Kobori, &#191;a qui&#233;n he pillado yo?

Hubo un coro de voces confusas. Prendieron unas linternas que deslumhraron a Reiko por un instante. Eran soldados, al parecer decenas, un peque&#241;o ej&#233;rcito que abarrotaba la carretera, rodeando a Reiko. Algunos llevaban arcos y flechas adem&#225;s de espadas. En el suelo, cerca de ella, el detective Fukida estaba sentado sobre el teniente Asukai. El resto de los guardias de Reiko se debat&#237;an con otros soldados. Reiko volvi&#243; la cabeza y vio que el hombre que la sujetaba era el detective Marume. Se miraron un momento en mutuo y anonadado reconocimiento.

Lo siento -dijo Marume, abochornado. La solt&#243; y dijo a sus camaradas-: Son la esposa del chambel&#225;n Sano y sus escoltas. Soltadlos.

El teniente Asukai y los dem&#225;s guardias se levantaron y se sacudieron el polvo. Reiko vio que Sano avanzaba a zancadas a trav&#233;s de las tropas, que se apartaban para abrirle paso. Hirata lo segu&#237;a cojeando. Los dos llevaban casco y armadura, como preparados para la batalla. Sus caras evidenciaban el mismo asombro que sent&#237;a Reiko.

Hablaron los dos a la vez:

&#191;Qu&#233; haces aqu&#237;?

He seguido a la amiga de Yugao, Tama -explic&#243; Reiko-. Est&#225;n en una casa a la que se llega por ah&#237;. -Mientras se&#241;alaba el sendero, sinti&#243; una gran alegr&#237;a por haberse encontrado, con Sano. Segu&#237;a vivo. No s&#243;lo la hab&#237;a encontrado, sino que adem&#225;s hab&#237;a tra&#237;do las tropas necesarias para capturar a los fugitivos. Se habr&#237;a lanzado a sus brazos si hubieran estado a solas-. Yugao y Kobori est&#225;n all&#237;.

Lo s&#233; -dijo Sano-. Venimos a prenderlos.

Se miraron los dos, pasmados de que sus respectivas indagaciones los hubieran llevado al mismo destino.

Pero &#191;c&#243;mo lo has sabido t&#250;? -pregunt&#243; Reiko, estupefacta por su milagrosa llegada.

Me lo dijo el capit&#225;n Nakai. -Sano hizo un gesto hacia un samur&#225;i grande y apuesto que estaba all&#237; cerca.

&#191;El capit&#225;n Nakai? -pregunt&#243; Reiko, perpleja-. &#191;No fue &#233;se tu primer sospechoso?

Lo fue. Ahora es mi flamante vasallo. Pero ya te lo explico luego. Ahora tenemos que allanar esa casa.

Sano imparti&#243; &#243;rdenes a sus hombres. Tomaron el sendero, encabezados por el capit&#225;n Nakai y desplaz&#225;ndose casi en absoluto silencio. S&#243;lo las linternas, que parpadeaban entre los &#225;rboles, delataban su presencia.

Esperad -exclam&#243; Reiko, alarmada-. Yugao y el Fantasma no est&#225;n solos. Tama se encuentra con ellos.

A Sano le cambi&#243; la cara.

&#191;Est&#225;s segura?

S&#237;. La he visto entrar en la casa. -Y a&#241;adi&#243;-: Creo que Yugao pretende matarla. &#161;Tenemos quo salvarla!

Lo intentar&#233;. Pero no puedo prometerlo. Mi misi&#243;n es capturar al Fantasma.

Reiko estaba transida de pavor, pero asinti&#243;. Las &#243;rdenes del sog&#250;n y el caballero Matsudaira ten&#237;an precedencia sobre todo lo dem&#225;s, incluida la seguridad de los civiles. Si Tama se convert&#237;a en otra v&#237;ctima de Yugao o ca&#237;a durante la redada, Reiko deber&#237;a aceptarlo como su destino. Aun as&#237;, deseaba hacer algo que pudiese salvar a Tama, &#161;que no estar&#237;a en peligro de no ser por ella!

Ahora quiero que regreses a casa -le dijo Sano, y se volvi&#243; hacia el teniente Asukai-. Aseg&#250;rate de que llega a salvo.

Deja que me quede, por favor -exclam&#243; Reiko-. Quiero ver lo que pasa. &#161;Y no puedo dejarte!

De acuerdo -concedi&#243; Sano, en parte porque no quer&#237;a perder m&#225;s tiempo discutiendo, pero tambi&#233;n porque &#233;l tampoco ten&#237;a ninguna gana de separarse de ella. Esa noche quiz&#225; fuera la &#250;ltima que pasaran juntos, aunque la dedicase a cazar a un asesino mientras ella observaba a distancia-. Pero tienes que prometerme que no interferir&#225;s.

Lo prometo -dijo ella con vehemente sinceridad.

Los recuerdos de su pasado en com&#250;n despertaban en Sano serias dudas. Tan s&#243;lo esperaba que cumpliera su promesa esta vez y no se acercara ni de lejos al Fantasma. Lo &#250;ltimo que necesitaba era tener que preocuparse por su seguridad.

Entonces, vamos.

Siguieron al ej&#233;rcito por el sendero. Los soldados apagaron sus linternas antes de llegar al linde del bosque. La luna les alumbr&#243; el camino mientras bordeaban el valle en fila y en silencio. Sano percibi&#243; latidos de emoci&#243;n en &#233;l y en sus hombres, como si compartieran un solo coraz&#243;n volcado en la batalla. Record&#243; lo que el sacerdote Ozuno hab&#237;a dicho a Hirata sobre el Fantasma: Lo mejor es llevar tantos soldados como puedas. Y prep&#225;rate para que muchos mueran mientras &#233;l se resista al arresto.

Aun as&#237;, Sano ten&#237;a confianza en sus hombres y en s&#237; mismo; era imposible que un solo hombre los derrotase a todos. Puede que &#233;l ya estuviera condenado, pero esa noche ganar&#237;a la batalla. Sinti&#243; el roce de la mano de Reiko en la suya al caminar, y reprimi&#243; el pensamiento de que &#233;se pod&#237;a ser su &#250;ltimo viaje juntos. En ese momento avist&#243; la casa y la ventana iluminada, pero ninguna otra se&#241;al de que estuviera ocupada. Se uni&#243; a los soldados entre los &#225;rboles, a unos cincuenta pasos de la escalera. El, Hirata y los detectives contemplaron los tres niveles de la casa.

Es un edificio complicado -coment&#243; Hirata en voz baja.

Ofrece demasiados sitios donde esconderse -dijo Fukida-. &#191;C&#243;mo vamos a encontrarlo ah&#237; dentro?

Podr&#237;amos darle un grito para que saliera y, cuando lo haga, lo arrestamos; f&#225;cil -brome&#243; Marume.

Tiene infinitas v&#237;as para escapar sin que lo veamos -dijo Hirata, estudiando los numerosos balcones y ventanas.

Eso obra en nuestro favor adem&#225;s del suyo. Usaremos esas v&#237;as para caer sobre &#233;l sin que se d&#233; cuenta. -Sano dividi&#243; sus fuerzas en grupos de tres-. Primero rodearemos la casa para que, aunque Kobori escape del edificio, no pueda salir del terreno. Luego entraremos. -Asign&#243; las diferentes posiciones y cometidos-. Recordad que Kobori es m&#225;s peligroso que cualquier guerrero que hay&#225;is conocido. No os separ&#233;is de vuestro equipo. No pele&#233;is con &#233;l a solas.

Mientras un grupo manten&#237;a vigilado el frente de la casa, los dem&#225;s partieron colina arriba y se confundieron con la oscuridad. Sano dijo:

Marume-san y Fukida-san, est&#225;is en mi grupo. Hirata-san, t&#250; qu&#233;date aqu&#237;.

No, yo os acompa&#241;o -replic&#243; Hirata, consternado por la perspectiva de que lo dejaran atr&#225;s.

Sano reconoc&#237;a cu&#225;nto se hab&#237;a esforzado Hirata para mantener el ritmo de la investigaci&#243;n y lo mucho que le molestar&#237;a perderse el desenlace, pero los dos sab&#237;an que no estaba en condiciones de trepar por un terreno abrupto y a oscuras, por no hablar ya de enfrentarse con un asesino implacable. Si los acompa&#241;aba, frenar&#237;a al resto de los hombres o los pondr&#237;a en peligro. Sano se aferr&#243; a la &#250;nica excusa capaz de salvar el orgullo de Hirata.

Cuento con que supervises a estos hombres y protejas a mi esposa -dijo.

Los ojos de Hirata destellaron de humillaci&#243;n a la vez que asent&#237;a. Estaba claro que sab&#237;a que esos hombres pod&#237;an supervisarse solos y que los guardias de Reiko la proteger&#237;an mejor que &#233;l.

&#191;Record&#225;is las t&#233;cnicas del viejo sacerdote que os ense&#241;&#233; para combatir a Kobori? -les pregunt&#243; a Sano, Marume y Fukida.

Ellos asintieron. Hirata les hab&#237;a dado una breve lecci&#243;n antes de que partieran de Edo. Sano ten&#237;a dudas sobre la utilidad de aquello, pero al menos Hirata sentir&#237;a que hab&#237;a contribuido en algo a la misi&#243;n.

Bueno, pues, buena suerte -dijo Hirata.

Marume le puso una mano en el hombro.

Cuando acabemos con esto, iremos todos a emborracharnos.

El y Fukida avanzaron hasta el linde del bosque. Sano se volvi&#243; hacia Reiko. La luz de la luna le plateaba las facciones. Las sigui&#243; con la mirada, guard&#225;ndolas en la memoria aunque ya tuviera su imagen grabada en el esp&#237;ritu. Ella le dedic&#243; una tr&#233;mula sonrisa.

Ten cuidado -le dijo.

La belleza de Reiko y su propio miedo a que pronto se separasen para siempre lo llenaron de dolor.

Te quiero -susurr&#243;.

No -dijo ella, con la voz quebrada y apenas audible.

&#201;l sab&#237;a que no se refer&#237;a a que rechazara su amor. Reiko sab&#237;a que &#233;l lo hab&#237;a dicho por si no sobreviv&#237;a a la misi&#243;n o no ten&#237;a tiempo suficiente para dec&#237;rselo despu&#233;s. Aquellas palabras equival&#237;an a una despedida que ella no quer&#237;a o&#237;r. Sano le toc&#243; la mejilla. Intercambiaron una sentida mirada que los sostuviera hasta su regreso o hasta que se reunieran en la muerte. Luego Sano dio media vuelta y parti&#243; hacia la noche con Marume y Fukida para vengarse del hombre que tal vez lo hab&#237;a asesinado.

Reiko se qued&#243; sentada junto a Hirata en el bosque; sus guardias y los soldados vigilaban en cuclillas all&#237; cerca. Nadie hablaba. Todos estaban absortos contemplando la mansi&#243;n por entre los &#225;rboles y aguzando el o&#237;do por si alg&#250;n sonido les revelaba qu&#233; estaba sucediendo. Reiko proyect&#243; su mente hacia Sano a trav&#233;s de la distancia. Pose&#237;an una conexi&#243;n espiritual &#250;nica que les permit&#237;a detectar la presencia, los pensamientos y las sensaciones del otro aunque estuvieran separados. Estaba segura de que se enterar&#237;a si &#233;l estaba en peligro, herido o muerto. Sin embargo, esa noche no sent&#237;a nada salvo su creciente temor por &#233;l. Una terrible soledad se abati&#243; sobre su coraz&#243;n. Cerr&#243; los ojos para escuchar mejor.

La noche tej&#237;a un tapiz de sonidos que apagaban los de Sano y sus hombres. Los lobos aullaban y el viento gem&#237;a entre los &#225;rboles. Reiko oy&#243; el chillido de las aves de presa y el borboteo del arroyo en el valle. Las campanas de los templos tocaron a medianoche. Cuando abri&#243; los ojos, vio la mansi&#243;n, tan quieta como siempre. La ventana iluminada titil&#243;, como si la linterna de dentro se estuviera quedando sin aceite. La luna alcanz&#243; su c&#233;nit y las estrellas giraron en la rueda del firmamento mientras Reiko se preguntaba qu&#233; estar&#237;a haciendo Sano. El aire se volvi&#243; invernal, pero ella no se dio cuenta de que temblaba de fr&#237;o hasta que Hirata le cubri&#243; los hombros con su capa. Pas&#243; el tiempo, lento como el agua que erosiona la piedra, y la espera se ti&#241;&#243; de tensa incertidumbre.

De repente una voz lejana grit&#243;:

&#191;Qui&#233;n anda ah&#237;?

Reiko se puso r&#237;gida y el pulso se le desboc&#243;. Hirata, sus escoltas y los soldados se pusieron en guardia.

&#161;Responded! -orden&#243; la voz.

El p&#225;nico la hac&#237;a estridente, y proced&#237;a de la casa.

Esa es Yugao -dijo Reiko con aprensi&#243;n-. &#191;Qu&#233; estar&#225; sucediendo?

Debe de haber o&#237;do llegar a nuestros hombres -respondi&#243; Hirata con el coraz&#243;n en un pu&#241;o-. Ella y el Fantasma saben que est&#225;n bajo asedio.

&#161;Marchaos! -chill&#243; Yugao, cuya voz sonaba m&#225;s cercana y n&#237;tida-. &#161;Dejadnos en paz!

Entonces Reiko oy&#243; el sonido de la puerta al abrirse. Yugao sali&#243; a la galer&#237;a. Ten&#237;a la espalda encorvada y semejaba una bestia salvaje acorralada. Se pase&#243; por detr&#225;s del pasamanos y grit&#243;:

&#161;Escuchadme, quienquiera que se&#225;is!

Incluso a distancia y con la poca luz disponible, Reiko vio que la chica ten&#237;a la cara desencajada de odio y terror. Escrutaba fren&#233;tica la oscuridad, en busca de enemigos.

No permitiremos que nos atrap&#233;is. &#161;Marchaos o lo lamentar&#233;is!

Las &#243;rdenes del chambel&#225;n Sano son que llevemos a los fugitivos vivos o muertos -dijo Hirata-. Aqu&#237; tenemos a tiro a uno de ellos. -Los soldados ya hab&#237;an preparado sus arcos y apuntaban hacia Yugao-. Disparad en cuanto teng&#225;is buen &#225;ngulo.

Por m&#225;s que Reiko supiera que Yugao era una asesina que merec&#237;a la muerte, se encogi&#243; ante la perspectiva de derramar la sangre de una joven. Adem&#225;s, si Yugao mor&#237;a, se llevar&#237;a sus secretos a la tumba.

La chica se detuvo. Se oy&#243; el susurro de tres arcos. Tres flechas surcaron la oscuridad con un silbido. Se clavaron contra el pasamanos de la galer&#237;a y la pared de madera de la mansi&#243;n. Yugao solt&#243; un chillido. Se llev&#243; las manos a la cabeza para protegerse mientras se agachaba y miraba a un lado y otro para ver qui&#233;n la atacaba. Los arqueros dispararon m&#225;s flechas. Yugao aull&#243; y cay&#243; de bruces. Reiko pens&#243; que la hab&#237;an alcanzado, pero luego la vio reptar r&#225;pidamente hacia la puerta. Entr&#243; arrastr&#225;ndose y la puerta se cerr&#243; tras ella, acribillada por otra descarga de flechas.

Los arqueros bajaron sus armas y farfullaron maldiciones. Hirata sacudi&#243; la cabeza. Reiko oscilaba entre la decepci&#243;n porque Yugao hubiera escapado y el alivio de no ver segada otra vida por la violencia.

Yugao grit&#243; a trav&#233;s de la puerta:

&#161;No pod&#233;is matarme! Si lo intent&#225;is siquiera -sali&#243; un paso fuera con Tama agarrada por delante, apretada contra su cuerpo como un escudo- &#161;ella morir&#225;!

Tama estaba r&#237;gida, con su cara de mu&#241;eca convertida en una m&#225;scara de terror. Agarraba con las manos el brazo con que Yugao la sujetaba por el pecho. Reiko se horroriz&#243; al ver que &#233;sta bland&#237;a un cuchillo cuya hoja centelle&#243; a la luz de la linterna. Los arqueros apuntaron.

&#161;No! -susurr&#243; Reiko. El p&#225;nico la hizo levantarse.

Los soldados miraron a Hirata en busca de &#243;rdenes. Uno dijo:

Si disparamos a Yugao, alcanzaremos a la otra chica, seguro.

Pas&#243; un instante antes de que Hirata hablase:

No dispar&#233;is. Hablar&#233; con ella.

Mientras Reiko respiraba aliviada, Hirata sali&#243; de los &#225;rboles. Coje&#243; por el sendero que llevaba a la mansi&#243;n.

&#161;Yugao! -llam&#243;.

La chica se volvi&#243; precipitadamente en la direcci&#243;n de la voz, desplazando a Tama con ella. Su mirada hostil recorri&#243; la oscuridad, y grit&#243;:

&#191;Qui&#233;n eres?

Soy el sosakan-sama del sog&#250;n.

No des ni un paso m&#225;s. &#161;O &#233;sta muere!

Yugao llev&#243; el cuchillo al cuello de Tama con un movimiento brusco. Tama chill&#243;. Reiko ahog&#243; un grito y se toc&#243; su propia garganta. Hirata se par&#243; en seco sobre la senda, a medio camino de las escaleras.

De acuerdo -dijo con tono calmo-. Me quedar&#233; aqu&#237; si t&#250; sueltas a Tama y vienes conmigo pac&#237;ficamente.

&#161;No! -La voz alarmada de Yugao son&#243; m&#225;s estridente-. &#161;Vete o le rebano la garganta, te lo juro!

Matarla no te servir&#225; de nada -dijo Hirata-. La casa est&#225; rodeada de soldados.

&#161;Ret&#237;ralos!

No puedo. Rendirte es tu &#250;nica oportunidad de vivir.

&#161;Nunca me rendir&#233;! &#161;Nunca!

Entonces suelta a Tama -insisti&#243; Hirata. Reiko not&#243; que se le acababa la paciencia-. Si me haces caso no te haremos da&#241;o, te lo prometo.

&#161;Mentiroso! &#161;No te creo! -chill&#243; Yugao.

Ansiosa por ayudar, Reiko le dijo a Hirata en voz baja:

Dile que Tama es su amiga. Tama no se merece morir.

Hirata repiti&#243; las palabras en alto para Yugao. Ella respondi&#243; a gritos:

Tama ya no es mi amiga. Se ha chivado a la polic&#237;a y me ha traicionado. -Ten&#237;a la voz amarga de ira y rencor-. Tiene la culpa de que est&#233;is aqu&#237;.

No es verdad -gimote&#243; Tama, sollozando mientras intentaba alejarse del cuchillo-. &#161;Tienes que creerme!

S&#237; que es verdad. -Yugao la agarr&#243; con m&#225;s fuerza. La crueldad le retorc&#237;a las facciones-. Eres una traidora. &#161;Te mereces un castigo!

Reiko perdi&#243; toda esperanza de que Hirata pudiera hacerla entrar en raz&#243;n o salvar a Tama. Yugao estaba desquiciada. Aunque le hab&#237;a prometido a Sano que no interferir&#237;a, no pod&#237;a quedarse de brazos cruzados. Sali&#243; corriendo del bosque y remont&#243; el sendero hasta situarse delante de Hirata.

&#161;Yugao! -llam&#243;, a la vez que lamentaba faltar a la palabra dada a Sano.

&#191;Qu&#233; hac&#233;is? -dijo Hirata, consternado-. &#161;Volved atr&#225;s! -Y le dio un tir&#243;n del brazo.

Ella se lo sacudi&#243; de encima.

Por favor, deja que lo intente. -Su mirada se encontr&#243; con la de Yugao a trav&#233;s de la penumbra.

Bueno, bueno, pero si es la dama Reiko -dijo Yugao-. &#191;Hab&#233;is venido a presenciar la diversi&#243;n? &#191;No ten&#233;is nada mejor que hacer?

Tama no ha tra&#237;do el ej&#233;rcito hasta ti -dijo Reiko-. No la culpes. He sido yo, que la segu&#237; hasta aqu&#237;.

Vos. -La palabra brot&#243; como un saco de veneno reventado de la boca de Yugao-. Tendr&#237;a que haberlo imaginado. Todo el rato que fing&#237;ais querer ayudarme estabais tramando c&#243;mo acabar conmigo.

S&#237; quer&#237;a ayudarte -dijo Reiko con su tono m&#225;s sincero y persuasivo. Yugao nunca se hab&#237;a fiado de ella, pero la vida de Tama depend&#237;a de que en ese momento se ganara su confianza-. Y todav&#237;a quiero.

Yugao sacudi&#243; la cabeza con desde&#241;osa incredulidad.

Entonces, demostradlo. Sacad a esos soldados de aqu&#237;.

De acuerdo -dijo Reiko, aunque no pudiera hacer semejante cosa-. Pero antes tendr&#225;s que soltar a Tama. -Avanz&#243; hasta el pie de las escaleras. Hirata y sus guardias la siguieron. Le tendi&#243; una mano a Yugao.

&#161;Quieta! -Yugao cerr&#243; el brazo con m&#225;s fuerza en torno a Tama, que chillaba y lloraba-. Deb&#233;is de creer que soy tonta de remate. -Solt&#243; un bufido de asco-. Pues bien, s&#233; que, en cuanto suelte a Tama, subir&#225;n aqu&#237; y me matar&#225;n. Ella es mi &#250;nica protecci&#243;n.

Reiko sab&#237;a que ten&#237;a raz&#243;n, pero dijo:

No te matar&#225;n. No si colaboras. Suelta a Tama.

&#161;Callaos! &#161;Largaos o la rajo ahora mismo!

Pas&#243; el filo por la garganta de su reh&#233;n. Apareci&#243; un hilillo de sangre. Tama chill&#243; m&#225;s alto, con los ojos cerrados, mientras ara&#241;aba el brazo de Yugao. Reiko estaba desesperada.

No servir&#225; de nada -dijo Hirata-. No va a rendirse. Y no puedo permitirle que nos obligue a retroceder. Voy a ordenar que suban por ella.

Espera -rog&#243; Reiko, aunque sab&#237;a que la decisi&#243;n de Hirata estaba justificada. Tama era una simple plebeya cuya muerte quiz&#225; fuera un precio peque&#241;o por la captura de una asesina y un magnicida; aun as&#237;, Reiko era incapaz de desentenderse de la dulce e inocente chica. La informaci&#243;n de Tama hab&#237;a llevado a Sano hasta la identidad del Fantasma. Reiko le deb&#237;a algo m&#225;s que sacrificarla en aras de cazar a Kobori-. Dame otra oportunidad.

S&#243;lo una m&#225;s -concedi&#243; Hirata a rega&#241;adientes.

Reiko se dirigi&#243; a Yugao:

No creo que seas tonta. S&#233; que eres lo bastante lista para entender que tener a Tama de reh&#233;n no proteger&#225; a tu amante. Mi marido est&#225; aqu&#237; y su deber es atrapar a Kobori. Sacrificar&#237;a gustoso a Tama con tal de capturarlo. Con que su&#233;ltala. -Respir&#243; hondo y pronunci&#243; las &#250;nicas palabras capaces de salvar a la chica-. T&#243;mame a m&#237; en su lugar.

&#191;Qu&#233;? -exclam&#243; Hirata. Mir&#243; a Reiko.

El recelo uni&#243; las cejas de Yugao en un ce&#241;o.

&#191;Para qu&#233; iba a quereros a vos?

Porque si me tienes de reh&#233;n, los soldados no te tocar&#225;n. Soy la esposa de su se&#241;or. Si me matan mientras intentan arrestaros a ti o a tu amante, se meter&#225;n en un buen l&#237;o.

Yugao sopes&#243; la propuesta un mero instante, antes de decir:

Vale. -Al parecer cre&#237;a en la l&#243;gica de Reiko aunque no se fiara de ella-. Subid aqu&#237; y soltar&#233; a Tama.

Mientras Reiko se adelantaba, Hirata le dijo en un furioso susurro:

&#161;No pod&#233;is hacerlo!

Debo hacerlo. -Reiko se volvi&#243; hacia &#233;l. En voz baja para que la fugitiva no la oyera, a&#241;adi&#243;-: Capturar a Yugao es mi responsabilidad. Si vuelve a matar, la sangre me manchar&#225; las manos.

&#161;Ser&#225; vuestra propia sangre! -Hirata la mir&#243; como si se hubiera vuelto loca-. &#161;Os matar&#225;!

No, no lo har&#225;. Puedo manejarla. -Se las hab&#237;a visto con asesinos sanguinarios en el pasado y hab&#237;a sobrevivido. La confianza la sostuvo firme contra el pavor que corr&#237;a, fr&#237;o y descorazonador, por sus venas. La daga que llevaba sujeta al brazo le dio valor mientras empezaba a subir las escaleras.

&#161;Alto! -dijo Yugao-. Alzaos la falda y luego levantad los brazos. Y daos la vuelta. Quiero asegurarme de que no llev&#225;is ninguna arma.

Reiko hab&#237;a subestimado la inteligencia de Yugao. Tras un momento de vacilaci&#243;n, obedeci&#243; a la vez que agarraba el pu&#241;o de sus mangas para intentar esconder la daga.

Abrid las manos -orden&#243; Yugao-. Arremangaos. -Cuando Reiko lo hizo, a&#241;adi&#243;-: Tirad ese cuchillo.

Mientras Reiko desataba a rega&#241;adientes la daga, Hirata le dijo:

El chambel&#225;n Sano me ha ordenado que os proteja. No os lo permitir&#233;. -Reiko lanz&#243; la daga. El la agarr&#243; del brazo-. Os detendr&#233; por la fuerza si hace falta. Es mi deber.

Sin embargo, su mirada de s&#250;plica le dec&#237;a a Reiko que hablaba de farol; jam&#225;s podr&#237;a recurrir a la fuerza con ella. Reiko se solt&#243; con dulzura.

Si me niego a dejarme proteger, mi marido no te culpar&#225;. No te preocupes.

Ahora pod&#233;is subir -dijo Yugao.

&#191;Qu&#233; hay de vuestro deber hacia vuestro marido? &#191;No os parece que deber&#237;ais respetar sus deseos? -inquiri&#243; Hirata. Reiko sab&#237;a que, en otras circunstancias, jam&#225;s se hubiera atrevido a dirigirse a ella con tanto descaro, y mucho menos para hacerle reproches. Pero el pobre estaba desesperado-. &#161;Manteneos al margen de esto!

Es mi deber ayudar a mi marido, y yendo all&#237; lo ayudar&#233; mejor que qued&#225;ndome aqu&#237; abajo. -Reiko lo cre&#237;a aunque supiera que Sano no estar&#237;a de acuerdo-. Si logro mantener ocupada a Yugao, ser&#225; un problema menos para &#233;l.

&#191;Y vuestro hijo? Si os sucede algo malo, &#191;qui&#233;n lo criar&#225;?

En la cabeza de Reiko se form&#243; una imagen de Masahiro, tan real que casi pod&#237;a sentir su piel suave y fragante y o&#237;r su risa. Su determinaci&#243;n vacil&#243;, pero s&#243;lo un momento. La paternidad no excusaba a un guerrero de la batalla ni a Reiko de entregar a Yugao a la justicia. Cualquier previsi&#243;n de fracaso no har&#237;a sino entorpecerla.

No me pasar&#225; nada -dijo-. Est&#225;te preparado para enviar tus hombres si pido ayuda.

&#191;Por qu&#233; tard&#225;is tanto? -pregunt&#243; Yugao-. Si no os dais prisa, a lo mejor cambio de idea.

Reiko dio la espalda a Hirata. Al emprender la subida de los escalones, not&#243; que &#233;l le daba un tironcillo de la faja. Pens&#243; que intentaba retenerla, pero luego not&#243; el contorno corto, duro y aguzado de un cuchillo que le hab&#237;a escondido bajo la ropa, pegado a la columna, donde Yugao no pudiera verlo.

Que los dioses os protejan -susurr&#243; Hirata-. &#161;Y que Sano-san no me mate por dejaros marchar en este empe&#241;o descabellado!

Con cada escal&#243;n que ascend&#237;a, el coraz&#243;n de Reiko lat&#237;a m&#225;s r&#225;pido. Yugao y Tama la observaban en silencio. La mirada firme y amenazadora de la fugitiva tiraba de ella hacia arriba. Los ojos de Tama rebosaban de l&#225;grimas y esperanza de salvaci&#243;n al verla acercarse. Reiko avanz&#243; hasta situarse al alcance del brazo de Yugao. De repente la chica sonri&#243; y, sin otra advertencia, cercen&#243; la garganta de Tama.

&#161;&#161;No!! -grit&#243; Reiko.

Tama emiti&#243; un espantoso aullido borboteante. Un borbot&#243;n de sangre surgi&#243; como una fuente roja y caliente y empap&#243; a Reiko, que lanz&#243; una exclamaci&#243;n de horrorizada incredulidad. Yugao empuj&#243; a Tama hacia ella. La joven se derrumb&#243; sobre el suelo, donde se retorci&#243; una vez, gimi&#243; y muri&#243; ante los ojos de Reiko. Su sangre form&#243; un charco alrededor de ellas. Reiko oy&#243; que Hirata y sus escoltas lanzaban un grito y sub&#237;an corriendo por las escaleras.

&#161;Quietos! -les orden&#243; Yugao. Agarr&#243; a Reiko por el brazo y sostuvo el cuchillo contra su cuello-. &#161;Un movimiento m&#225;s y tambi&#233;n me la cargo a ella!

Reiko sinti&#243; el fr&#237;o acero sobre la piel. Vio que los hombres se deten&#237;an impotentes en las escaleras. Sin aliento, al borde del desmayo por la impresi&#243;n y goteando sangre, apenas logr&#243; hacer acopio de la serenidad suficiente para retorcer el cuerpo y ocultarle el cuchillo a Yugao.

La chica la arrastr&#243; por delante del cad&#225;ver de Tama y a trav&#233;s de la puerta. Habl&#243; con tono de vengativa satisfacci&#243;n:

Ahora pagar&#233;is por todos los problemas que me hab&#233;is causado.



Cap&#237;tulo 31

Creo que nos hemos pasado de largo de la casa -dijo el detective Marume mientras &#233;l, Fukida y Sano triscaban por la boscosa ladera en mitad de la noche-. Me siento como si estuviera a medio camino del cielo.

Sano tropez&#243; con una roca y se le qued&#243; el pie enganchado.

Debemos de habernos desviado. -Oy&#243; los roces furtivos de sus hombres bastante a la derecha de donde se encontraban-. Vamos hacia all&#225;.

Cruzaron en zigzag por la pendiente, apartando a tientas las ramas que les obstaculizaban el avance. Pronto los &#225;rboles empezaron a clarear. Un p&#225;lido claro de luna inundaba un espacio despejado. Sano y sus hombres se detuvieron en el linde de los terrenos de la mansi&#243;n. Unos jardines descend&#237;an en tres bancales hacia la casa; los estanques resplandec&#237;an a la luz de la luna entre &#225;rboles ornamentales, arriates de flores, arbustos y peque&#241;os edificios decorativos. Los insectos cantaban y chirriaban. La niebla flotaba en un tenue vapor blancuzco por encima de la hierba alta. Sano oy&#243; movimientos sigilosos en la espesa oscuridad verdeante de los jardines y avist&#243; destellos de luz: el reflejo de la luna en los cascos y espadas de sus soldados.

Les hizo una se&#241;a a sus acompa&#241;antes y emprendi&#243; el descenso por el bancal superior. Las sombras de los &#225;rboles les ofrec&#237;an cobertura. El fr&#237;o roc&#237;o de la hierba le empapaba las sandalias y los calcetines. Capt&#243; las figuras agazapadas de sus tropas avanzando hacia el siguiente bancal. La noche estaba en calma salvo por el viento, el canto de los insectos, los aullidos de los lobos, el susurro de la hierba y el follaje y el crujir de ramitas y hojas secas bajo alg&#250;n pie. Sin embargo, cuando Sano, Marume y Fukida bordeaban un pabell&#243;n elevado cubierto con un tejado sostenido sobre postes, un grito ronco resquebraj&#243; el silencio.

Se acuclillaron instintivamente al lado del pabell&#243;n.

&#191;Qu&#233; ha sido eso? -susurr&#243; Marume.

Un segundo grito vibr&#243; con una horrenda agon&#237;a que eriz&#243; los nervios de Sano. Otro grito, y otro m&#225;s, lo siguieron en r&#225;pida sucesi&#243;n. Se desat&#243; el caos. Los hombres cargaron en todas direcciones, olvidada la cautela, a plena vista. Un sinf&#237;n de gritos m&#225;s alarmaron a Sano. El, Marume y Fukida derraparon por la pendiente que bajaba a la terraza inferior, donde se o&#237;an escaramuzas entre el follaje y segu&#237;an los gritos. Cerca de un estanque, un hombre yac&#237;a inerte gimiendo. Sano se acuclill&#243; a su lado y examin&#243; el rostro.

Era el capit&#225;n Nakai. Ten&#237;a los ojos y la boca abiertos, redondos de terror. Su tez presentaba un blanco espectral.

&#191;Qu&#233; ha pasado? -pregunt&#243; Sano.

Me ha agarrado por detr&#225;s sin que lo oyera -jade&#243; Nakai-. Creo que me ha roto la espalda.

Sano sinti&#243; un acceso de horror mientras se volv&#237;a hacia Marume y Fukida, agazapados junto a &#233;l.

Hemos sacado a Kobori de la madriguera. Est&#225; acechando y atacando a nuestros soldados. -Oy&#243; nuevos gritos que se interrump&#237;an de golpe como cortados por la mitad y supo que, a diferencia de Nakai, varios de sus hombres no hab&#237;an sobrevivido a su encuentro con el Fantasma.

Nakai mene&#243; la cabeza d&#233;bilmente, pero el resto de su cuerpo permaneci&#243; inm&#243;vil.

&#161;No puedo moverme! -farfull&#243;-. &#161;Estoy paralizado!

Sano sinti&#243; una desconsolada compasi&#243;n por Nakai, el guerrero que hab&#237;a abatido a cuarenta y ocho enemigos en su anterior batalla, derrotado al cabo de meros instantes en &#233;sta. Le perdon&#243; su groser&#237;a y exceso de ambici&#243;n. Nakai ya le hab&#237;a servido mejor de lo que la mayor&#237;a de los samur&#225;is jam&#225;s serv&#237;an a sus se&#241;ores. Lo hab&#237;a conducido al Fantasma y se hab&#237;a sacrificado por su causa.

A su alrededor, los soldados aullaban:

&#161;Est&#225; aqu&#237;! &#161;Cogedlo!

Corr&#237;an de un lado para otro. Las espadas tintineaban. Los cuerpos chocaban. Los gritos resonaban con frecuencia atroz y creciente.

Sano se dio cuenta de que, aunque por fin ten&#237;a al Fantasma a su alcance, se hallaba en serios problemas. Se oblig&#243; a apartarse de Nakai, se puso en pie y grit&#243;:

&#161;Dejad de correr como locos! &#161;Retroceded y reagrupaos!

Sab&#237;a lo que Kobori estaba haciendo: dispersar a sus hombres para luego atraerlos uno por uno a las sombras y liquidarlos.

&#161;Rodead la zona! -orden&#243;-. &#161;Atrapad a Kobori!


La habitaci&#243;n estaba desnuda, con sus muebles y colchonetas almacenados hasta el verano. Una capa de polvo cubr&#237;a el suelo de tablones. En la hornacina vac&#237;a colgaba una telara&#241;a adornada con insectos muertos. Reiko estaba de rodillas en un rinc&#243;n, temblorosa y destrozada por la muerte de Tama. La sangre de la chica, ya fr&#237;a y pegajosa, le hab&#237;a calado en la ropa y le humedec&#237;a la piel. Con cada aliento inhalaba su olor crudo y met&#225;lico; contuvo las n&#225;useas. Los reproches la torturaban.

Yugao estaba de pie por encima de ella, con el brazo del cuchillo extendido hasta casi tocarle los labios con la punta. Ten&#237;a el cuchillo, las manos y la ropa empapados de sangre, y los ojos desorbitados. La luz de la linterna le titilaba en las facciones, anim&#225;ndolas como si tuviera tics nerviosos.

El miedo se acumulaba en Reiko como una charca de &#225;cido que le corroyera el esp&#237;ritu. Yugao ya hab&#237;a matado cuatro veces y no vacilar&#237;a en hacerlo una quinta. Completamente a merced de aquella posesa, de poco le servir&#237;a el cuchillo que Hirata le hab&#237;a dado. Present&#237;a los pensamientos homicidas que se agitaban en la cabeza de Yugao, ve&#237;a el atisbo de una sonrisa maliciosa curvarle la boca, notaba lo r&#225;pidos que eran sus reflejos. Si Reiko se llevaba la mano a la espalda y sacaba el cuchillo, la chica la matar&#237;a antes de que pudiera defenderse.

No tienes por qu&#233; hacer esto -prob&#243; a convencerla-. Podemos salir caminando tranquilamente de aqu&#237;. -Su supervivencia depend&#237;a de que la manipulara-. Estar&#225;s segura.

No dig&#225;is idioteces -replic&#243; Yugao-. Me entregar&#233;is a vuestro padre, y &#233;l har&#225; que me ejecuten.

No parec&#237;a el momento oportuno para recordarle que ella hab&#237;a exigido con anterioridad que el magistrado Ueda la ejecutara. Yugao hab&#237;a cambiado de parecer y no parec&#237;a dispuesta a volver a su opini&#243;n anterior.

Eso no pasar&#225;. Le he dicho a mi padre que creo que eres inocente, que no asesinaste a tu familia. &#201;l me crey&#243;. Si no hubieras huido te habr&#237;an absuelto -minti&#243; Reiko.

Yugao la mir&#243; con aire burl&#243;n.

No le dijisteis nada de eso. Me considerasteis culpable desde el primer momento.

No, no es verdad. He intentado ayudarte todo el tiempo. -Reiko ten&#237;a el cuchillo tan cerca de la cara que notaba el olor a hierro; la piel le hormigueaba al imaginar el tajo, el dolor y la hemorragia-. Deja que te ayude ahora.

&#161;Oh, claro, cuando vuestro padre sepa que he matado a Tama seguro que me pone en libertad!

Le dir&#233; que no quer&#237;as matarla; ha sido un accidente -improvis&#243; Reiko-. Lo &#250;nico malo que has hecho ha sido escapar de la c&#225;rcel y asociarte con un criminal. T&#250; vuelve conmigo a Edo y todo se arreglar&#225;.

&#191;Por qu&#233; querr&#237;a hacer eso? -replic&#243; Yugao con desd&#233;n-. All&#237; no me espera nada.

Mi padre te indultar&#225;. Podr&#225;s empezar una nueva vida y dejar&#225;s de ser una paria. -Reiko tendi&#243; la mano con cautela-. Dame el cuchillo.

Una s&#250;bita furia prendi&#243; en los ojos de Yugao.

&#191;Tanto quer&#233;is el cuchillo? &#161;Pues bien, os lo dar&#233;!

Le asest&#243; un corte en la mano. Reiko grit&#243; cuando la hoja le raj&#243; la palma. Man&#243; sangre de una profunda brecha.

Eso deber&#237;a ense&#241;aros a no intentar enga&#241;arme -dijo Yugao con mal&#233;vola satisfacci&#243;n-. Y ahora mantened la boca cerrada mientras decido qu&#233; hacer.


Sano orden&#243; a sus hombres que se agruparan y cerraran a Kobori cualquier v&#237;a de escape. Sin embargo, reinaba la anarqu&#237;a, como si el Fantasma hubiera lanzado un hechizo que enloquec&#237;a a las tropas. Sano notaba crecer la histeria de sus soldados con cada grito que se&#241;alaba otra muerte a manos de Kobori. Se sobrepuso a su propio deseo de echar a correr como un poseso. Hab&#237;a cad&#225;veres desperdigados entre los &#225;rboles y matorrales. En ese momento, tres soldados huyeron de los jardines y desaparecieron en el bosque. Los sigui&#243; una estampida general.

Los muy cobardes est&#225;n desertando -farfull&#243; Marume, alarmado a la par que asqueado-. &#161;Eh! -grit&#243;-. &#161;Volved aqu&#237;! -Y sali&#243; disparado en pos de los desertores.

&#161;No! &#161;No vayas! -dijo Sano, pero demasiado tarde para detenerlo.

Una esbelta figura vestida de negro surgi&#243; de un macizo de arbustos en el bancal de arriba. Se ergu&#237;a alerta pero relajada, como un tigre tras una caza provechosa, viendo huir a los soldados. Luego se volvi&#243; y clav&#243; la mirada en Sano y Fukida. Sus ojos resplandecieron y sus dientes destellaron en una l&#237;nea blanca curvada. A Sano le dio un vuelco el coraz&#243;n.

Era Kobori.

&#161;All&#237; est&#225;! -exclam&#243; Fukida.

Con la espada desenvainada, carg&#243; cuesta arriba, impulsado por la locura que se hab&#237;a adue&#241;ado de los soldados. Sano se precipit&#243; tras &#233;l, gritando:

&#161;Debemos permanecer juntos!

No deb&#237;an cometer el mismo error que los soldados. Juntos tendr&#237;an una oportunidad contra Kobori. Solos, se arriesgaban a correr la suerte de sus camaradas.

Las pocas tropas restantes se reagruparon, convergiendo sobre Kobori desde todas las direcciones. El Fantasma esper&#243; hasta que Fukida hubo coronado el bancal y sus perseguidores llegaron a unos diez pasos de distancia. Entonces se desvaneci&#243; entre los arbustos. Cuando Sano lleg&#243; all&#237;, sus hombres correteaban de un lado a otro, dando voces.

&#191;Adonde ha ido?

Alguien choc&#243; con &#233;l. Una espada pas&#243; silbando por el aire cerca de su cara.

&#161;Cuidado! -grit&#243;.

&#161;Se ha metido en el bosque! -anunci&#243; Fukida.

La horda sali&#243; en tropel en pos del Fantasma, pisoteando y arrancando matorrales y follaje. Sano solt&#243; un reniego frustrado. Jam&#225;s lo encontrar&#237;an all&#237; dentro. Pod&#237;an darlo por desaparecido. Mientras el ruido de sus hombres pele&#225;ndose con la maleza se perd&#237;a en la distancia, envain&#243; su espada y se dobl&#243;, apoyando las manos en las rodillas, superado por el cansancio y el desespero.

Chambel&#225;n Sano -susurr&#243; una voz. Era queda, pero aun as&#237; pose&#237;a un poder latente que la hac&#237;a audible por encima de los otros ruidos.

Como el bufido de un gato, tal cual la hab&#237;a descrito Tama a Reiko.

A Sano se le puso piel de gallina. El Fantasma estaba all&#237;. Deb&#237;a de haber despistado a sus tropas para luego regresar.

Un terror visceral y primitivo lo paraliz&#243;. S&#243;lo mov&#237;a los ojos, tratando de localizar a Kobori entre las sombras circundantes. El coraz&#243;n le martilleaba al ritmo del pavor. Sin embargo, aunque detectaba la presencia de Kobori como una podredumbre maligna que se criara en los jardines, no ve&#237;a al Fantasma.

Vuestros hombres est&#225;n ocupados persigui&#233;ndose unos a otros en el bosque -dijo Kobori-. Los que no he matado o espantado, se entiende. -Su tono era jocoso pero feroz, coloquial pero amenazador-. Estamos solos vos y yo.


Reiko se sent&#243; en su rinc&#243;n, con la mano herida envuelta en la manga y todav&#237;a sangrando. Yugao permanec&#237;a inm&#243;vil frente a ella, cuchillo en mano. Escuchaban los gritos y carreras alrededor de la mansi&#243;n. La mirada de Yugao divagaba, como si quisiera ver lo que pasaba pero no se atreviera a dejar a Reiko. La mano le temblaba y el cuchillo se estremec&#237;a con la tensi&#243;n que Reiko notaba crecer en su interior. La linterna perdi&#243; potencia, un sol moribundo que emit&#237;a una luz ocre enfermiza y un humo rancio. El olor a sangre y la transpiraci&#243;n febril de Yugao espesaban el ambiente. Reiko sab&#237;a que tarde o temprano la chica estallar&#237;a. O arriesgaba la vida tratando de convencerla de que se rindiera, o se callaba y mor&#237;a de todas formas.

&#191;Oyes el barullo? -dijo-. &#191;Quieres saber lo que es?

Callaos -orden&#243; Yugao-, u os volver&#233; a cortar.

Mi marido y sus tropas han tomado los alrededores de la casa -dijo Reiko-. Muy pronto estar&#225;n aqu&#237; dentro.

No es cierto. -Y a&#241;adi&#243; con absoluta confianza-: Jam&#225;s lograr&#225;n superarlo.

Reiko entendi&#243; que se refer&#237;a a Kobori, el Fantasma.

Es un solo hombre. Ellos son centenares. No puede luchar contra todos.

&#191;Eso cre&#233;is? -Yugao adopt&#243; una expresi&#243;n maliciosa y despectiva-. Bueno, no lo conoc&#233;is.

Se oy&#243; un chillido de dolor tan estridente que pareci&#243; atravesar las paredes. Reiko dio un respingo.

&#191;Hab&#233;is o&#237;do eso? -dijo Yugao-. &#191;Quer&#233;is saber lo que es? -Su tono hac&#237;a escarnio de Reiko-. Est&#225; matando a los hombres de vuestro marido. &#161;Escuchad! -Brotaron m&#225;s chillidos-. Pod&#233;is contarlos a medida que mueren. &#161;Es el mejor guerrero que ha existido nunca!

Rebosaba de admiraci&#243;n por Kobori, y una excitaci&#243;n que era casi sexual. De repente Reiko temi&#243; que las prodigiosas habilidades marciales del Fantasma de verdad pudieran derrotar a un ej&#233;rcito entero. Hab&#237;a contado con que Sano la salvar&#237;a, pero quiz&#225; &#233;l ya estaba muerto. Pens&#243; en Hirata, que esperaba fuera. Si lo llamaba a gritos, Yugao la matar&#237;a antes de que &#233;l pudiese rescatarla. Ten&#237;a que salir de ese brete ella sola.

Por bueno que sea Kobori, no podr&#225; contra tantos soldados -dijo-. Al final lo matar&#225;n. Y s&#243;lo quedar&#225;s t&#250; para cargar con sus culpas.

Yugao ri&#243;.

Os noto no muy segura de lo que dec&#237;s. &#191;Por qu&#233; iba a creeros?

Digo la verdad -insisti&#243; Reiko, tratando de sonar confiada-. Te convendr&#237;a m&#225;s desentenderte de Kobori. Es a &#233;l a quien busca mi marido, no a ti. No es demasiado tarde para que te salves, si nos vamos ahora. -Se levant&#243; con cautela, deslizando la espalda por la esquina, sin perder de vista a Yugao.

&#161;Sentaos! -Hizo un gesto con el cuchillo hacia Reiko, que r&#225;pidamente se dej&#243; caer de nuevo-. &#161;Nunca lo dejar&#233;! &#161;Y no pienso escucharos m&#225;s!

Reiko cambi&#243; de t&#225;ctica:

Supongamos que Kobori gana. Entonces ser&#225; un fugitivo para siempre. El caballero Matsudaira nunca dejar&#225; de perseguirlo. &#191;Qu&#233; clase de vida piensas que llevar&#225;s con &#233;l?

Por lo menos estaremos juntos. Lo amo. No importa nada m&#225;s.

Pues deber&#237;a importarte -replic&#243; Reiko-. Kobori ha asesinado al menos a cinco funcionarios Tokugawa. Pero a lo mejor no lo sab&#237;as.

Por supuesto que lo s&#233;. Lo s&#233; todo sobre &#233;l. Hasta lo vi hacerlo una vez. Pero a lo mejor eso no lo sab&#237;ais -se burl&#243;-. Y me da igual lo que los dem&#225;s piensen de &#233;l. Yo creo que es maravilloso. -La cara le resplandeci&#243; de adoraci&#243;n-. &#161;Es el mayor h&#233;roe que haya pisado la Tierra!

Reiko pens&#243; en c&#243;mo el pasado de Yugao le hab&#237;a conformado el car&#225;cter. Su amado padre la hab&#237;a obligado a cometer incesto. Despu&#233;s de rechazarla, ella hab&#237;a transferido su devoci&#243;n a otro tirano, Kobori.

Tiene las manos manchadas de sangre de v&#237;ctimas inocentes -dijo-. &#191;C&#243;mo puedes soportar que te toque?

Es parte de la emoci&#243;n de hacer el amor con &#233;l. -Yugao se relami&#243; y se toc&#243; los pechos. El recuerdo de las caricias de Kobori la hench&#237;a de lascivia-. Adem&#225;s, esos hombres no eran inocentes. Eran sus enemigos. Merec&#237;an morir.

La venganza indirecta era otro placer que hab&#237;a obtenido de su amante, observ&#243; Reiko. Puesto que Yugao deb&#237;a de querer tomarse la revancha contra los padres y la hermana que le hab&#237;an hecho da&#241;o, c&#243;mo deb&#237;a de haberse recreado al enterarse de las haza&#241;as de Kobori.

No es un h&#233;roe -dijo Reiko-. Est&#225;s dando cobijo a un criminal.

He hecho m&#225;s que eso por &#233;l -declar&#243; Yugao con orgullo.

Un ominoso cosquilleo recorri&#243; los nervios de Reiko.

&#191;De qu&#233; est&#225;s hablando?

Cuando viv&#237;a en el distrito del ocio de Riogoku Hirokoji, los soldados del caballero Matsudaira iban por all&#237; a beber y recoger mujeres. Era f&#225;cil llevarlos a un callej&#243;n. No ten&#237;an ni idea de que tuviera malas intenciones.

Fuiste t&#250; quien mat&#243; a esos soldados. -Reiko record&#243; la histor&#237;a de la Rata sobre los tres asesinatos y los cad&#225;veres ensangrentados descubiertos en los callejones de detr&#225;s de los salones de t&#233;. Sus sospechas se hab&#237;an demostrado ciertas.

Yugao estaba radiante, como un mago ambulante que acabara de sacarse un p&#225;jaro de la manga.

Los atraves&#233; con mi cuchillo. Ninguno lo vio venir.

El horror de Reiko aument&#243; al comprender por qu&#233; a Yugao no le importaba que estuviera al corriente de sus cr&#237;menes contra el caballero Matsudaira. No pretend&#237;a que viviera lo suficiente para denunciarlos ante &#233;l.

Ya le he ayudado antes a destruir a sus enemigos -prosigui&#243; Yugao-. Y esta noche destruir&#233; a la que ha tra&#237;do al Ej&#233;rcito hasta nosotros.

Con un movimiento brusco y convulso, volvi&#243; el cuchillo de canto contra la garganta de Reiko.


Estoy aqu&#237;, chambel&#225;n Sano.

El susurro de Kobori parec&#237;a surgir de todas partes y de ninguna. Sano cay&#243; en la cuenta de que pose&#237;a la capacidad de proyectar la voz, como los grandes guerreros de leyenda que dispersaban ej&#233;rcitos sembrando el miedo entre ellos y nubl&#225;ndoles el entendimiento. El Fantasma irradiaba una fuerza espiritual m&#225;s vasta, m&#225;s terror&#237;fica que cualquier cosa que Sano hubiera experimentado en su vida.

Desenvain&#243; su espada. Traz&#243; un c&#237;rculo y forz&#243; la vista en busca del Fantasma.

Aqu&#237; -susurr&#243; Kobori.

Sano gir&#243; sobre los talones y lanz&#243; una tajo a una forma que se cern&#237;a en la oscuridad. Su hoja parti&#243; un arbusto.

Lo siento, hab&#233;is fallado.

Sano golpe&#243; de nuevo, pero su acero hendi&#243; sombras vac&#237;as.

Kobori ri&#243;, un sonido como de metal fundido y caliente derramado sobre agua.

&#191;No me veis? Yo os veo. Estoy detr&#225;s mismo de vos.

Su siseo sopl&#243; un aliento caliente al o&#237;do de Sano. Este solt&#243; un alarido, se revolvi&#243; y lanz&#243; un espadazo. Pero Kobori no estaba all&#237;. O se hab&#237;a acercado y alejado con velocidad sobrehumana, o su presencia hab&#237;a sido una ilusi&#243;n conjurada por &#233;l. Su carcajada surg&#237;a flotando del bancal m&#225;s cercano a la mansi&#243;n.

Aqu&#237; abajo, honorable chambel&#225;n -susurr&#243;.

El miedo cobr&#243; forma como un tumor monstruoso en Sano, porque sab&#237;a que Kobori ya podr&#237;a haberlo matado. Sinti&#243; un abrumador impulso de huir corriendo tal como hab&#237;an hecho sus hombres. Sin embargo, lo enfurec&#237;a que Kobori jugase con &#233;l. Adem&#225;s, era el &#250;nico que quedaba para plantarle cara al Fantasma. Abandonando la cautela, espada en mano, baj&#243; a trompicones por la pendiente.

El bancal de abajo estaba decorado con pinos que emit&#237;an un intenso aroma, y un estanque cuyas aguas reflejaban el puente que lo sorteaba trazando un arco. Sano se detuvo junto al estanque. Alz&#243; la espada en se&#241;al de desaf&#237;o.

Te reto a salir y luchar conmigo.

Oh, pero eso echar&#237;a a perder el juego.

Cada palabra pronunciada por Kobori parec&#237;a originarse en un punto distinto. Su voz rebotaba de los &#225;rboles al estanque y hacia el cielo. Sano giraba y ladeaba la cabeza en un vano intento de rastrearla. Le corr&#237;a un sudor fr&#237;o por debajo de la armadura.

Estoy aqu&#237; -sise&#243; Kobori.

En esta ocasi&#243;n su voz parec&#237;a provenir de la casa. La galer&#237;a estaba vac&#237;a bajo el saliente de los aleros. Las persianas sellaban las ventanas. Sin embargo, la puerta estaba abierta, un rect&#225;ngulo de espacio negro que llamaba a Sano. De &#233;l surg&#237;a la voz de Kobori:

Entrad y atrapadme si pod&#233;is.

Sano se qued&#243; inm&#243;vil, presa de impulsos contradictorios. Su raciocinio le desaconsejaba entrar en la casa. Kobori pretend&#237;a arrinconarlo, atormentarlo y luego acabar con &#233;l. Por severo que fuera el castigo de Matsudaira por abandonar su misi&#243;n, en ese momento era preferible a meterse en una trampa mortal. El instinto de supervivencia lo sujetaba.

Sin embargo, un samur&#225;i honorable no se acobardaba ante un duelo por est&#250;pido o insensato que pareciera. Si lo hac&#237;a, jam&#225;s podr&#237;a volver a llevar la cabeza alta en p&#250;blico, aunque nadie m&#225;s se enterara de su cobard&#237;a. Pens&#243; en Reiko, en Masahiro. Si perd&#237;a ese duelo, nunca volver&#237;a a verlos. Si lo rehusaba, su deshonra ser&#237;a tan atroz que jam&#225;s podr&#237;a volver a mirarlos a la cara.

Ieyasu, el primer sog&#250;n Tokugawa, hab&#237;a dicho que s&#243;lo hab&#237;a dos formas de volver de una batalla: con la cabeza del enemigo, o sin la propia.

Adem&#225;s, hab&#237;a en juego algo m&#225;s que el orgullo de samur&#225;i de Sano. Esa tal vez fuera la mejor oportunidad que nadie tendr&#237;a de atrapar al Fantasma y evitar que siguiera cobr&#225;ndose v&#237;ctimas. Y si ya le hab&#237;a asestado el toque de la muerte, por el mismo precio bien pod&#237;a enfrentarse a &#233;l. Morir esa noche en lugar de al d&#237;a siguiente no supondr&#237;a una gran diferencia. Por lo menos pondr&#237;a fin a su vida con el honor intacto.

As&#237; pues, Sano recorri&#243; con paso firme y la osad&#237;a de los condenados el sendero que llevaba a la casa. Subi&#243; la escalera de la galer&#237;a y se detuvo en el umbral, concentrado en la oscuridad del interior. Su vista era incapaz de penetrarla; su o&#237;do no detectaba ning&#250;n sonido humano. Sin embargo, percib&#237;a la presencia de Kobori, expectante y preparado.

El coro de insectos creci&#243; hasta una estridente cacofon&#237;a.

Los lobos aullaron.

Un viento g&#233;lido agit&#243; el estanque.

Sano traspuso la puerta.



Cap&#237;tulo 32

No puedes matarme -dijo Reiko al tiempo que se apartaba del contacto de la hoja contra su cuello y ve&#237;a la intenci&#243;n asesina en los ojos de Yugao-. Me necesitas para protegerte. -Aunque la muchacha estaba lo bastante loca para matarla de todas formas, intentaba disuadirla-. Los soldados llegar&#225;n en cualquier momento. Sin m&#237; viva, est&#225;s muerta.

Yugao ri&#243;, temeraria y euf&#243;rica.

Yo no los oigo llegar, &#191;y vos? &#201;l acabar&#225; con todos ellos. No os necesitamos.

Reiko oy&#243; carreras que se alejaban corriendo de la casa: los soldados desertaban. &#191;Y Sano? Aunque no estuviera muerto, aunque Hirata le contara que ella estaba all&#237; dentro, &#191;podr&#237;a derrotar al Fantasma y rescatarla? La desesperanza la abrumaba.

Me necesitas para salir de Edo. Se ha montado un gran dispositivo para impedir vuestra huida. Si voy contigo, mi marido y mi padre querr&#225;n salvarme. Podr&#225;s negociar con ellos: tu libertad a cambio de mi vida.

Yugao sacudi&#243; la cabeza.

El puede moverse como el viento. Cuando vamos juntos es como si fu&#233;ramos invisibles. -Su mirada se desvi&#243; para atender a la acci&#243;n del exterior. Los temblores nerviosos de su cuerpo sacud&#237;an el cuchillo contra la piel de Reiko-. Nos escurriremos entre los dedos mismos de vuestro ej&#233;rcito. No ser&#237;ais m&#225;s que un lastre.

Reiko ve&#237;a acercarse la muerte inexorablemente. El cuello se le tensaba bajo el cuchillo. Con todo, al menos tal vez lograr&#237;a atar un cabo suelto de su investigaci&#243;n.

Si voy a morir, antes resp&#243;ndeme a una pregunta. &#191;Por qu&#233; mataste a tu familia?

Vio admiraci&#243;n mezclada con sorna en los ojos de Yugao.

No os rend&#237;s nunca, &#191;verdad?

Despu&#233;s de todo el trabajo que he hecho por ti, lo m&#237;nimo que puedes ofrecer a cambio es satisfacer mi curiosidad. -Adem&#225;s, cuanto m&#225;s tiempo hablaran, m&#225;s oportunidades tendr&#237;a Reiko de salvarse.

Yugao reflexion&#243; y luego se encogi&#243; de hombros.

De acuerdo. -Reiko not&#243; que anhelaba la satisfacci&#243;n de mostrar lo errada que hab&#237;a estado acerca de sus motivos-. Supongo que ahora no importa que os lo cuente.


La luz de la luna se colaba en el interior de la casa apenas lo suficiente para mostrarle a Sano un pasadizo que se extend&#237;a hacia un vac&#237;o negro. Peg&#243; la espalda a una pared, tanteando por delante con la mano izquierda mientras la derecha aferraba la espada. Engullido por la penumbra, la vista lo abandon&#243;, pero el resto de sus sentidos se agudizaron. O&#237;a hasta el menor crujido del suelo bajo su peso; sus pies notaban las estrechas rendijas entre tablones. Sus dedos segu&#237;an el dibujo de un panel de celos&#237;a. Capt&#243; un dejo de sudor masculino en el olor mohoso del espacio cerrado y viciado.

Kobori hab&#237;a pasado por all&#237; hac&#237;a muy poco. Hab&#237;a dejado su rastro.

Sano proyect&#243; su mente hacia fuera, en busca de su enemigo, mientras avanzaba palmo a palmo. Percibi&#243; habitaciones vac&#237;as tras el panel y al otro lado del pasillo, sinti&#243; que el Fantasma lo esperaba no muy lejos. Si pod&#237;a oler a Kobori, Kobori pod&#237;a olerlo a &#233;l. Su coraz&#243;n lat&#237;a con tanta fuerza que deb&#237;a de o&#237;rlo. Y era probable que Kobori hubiera memorizado tan bien hasta el &#250;ltimo rinc&#243;n de la casa que pudiese orientarse en la m&#225;s completa oscuridad. A Sano se le tensaban los m&#250;sculos en anticipaci&#243;n de un ataque repentino. A&#250;n pod&#237;a desistir y escapar de aquella trampa, pero el valor se impon&#237;a al sentido com&#250;n. Sigui&#243; avanzando.

Ech&#243; un vistazo hacia atr&#225;s, hacia el vago y borroso contorno de la entrada iluminada por la luna. Parec&#237;a a un mundo de distancia aunque s&#243;lo hubiera recorrido treinta pasos. Al deslizar el pie hacia delante, el suelo desapareci&#243; bajo &#233;l. Tante&#243; con el dedo gordo, que toc&#243; la contrahuella y el siguiente pelda&#241;o de una escalera que descend&#237;a hacia el nivel inferior de la casa. Se agarr&#243; a la barandilla mientras bajaba, poco a poco y con cautela. Al llegar abajo sigui&#243; adelante por otro pasillo. La absoluta oscuridad era como un tejido viviente que le insuflara bocanadas de moho y polvo en los pulmones. Ten&#237;a la espeluznante sensaci&#243;n de que la frontera entre &#233;l y el espacio que lo rodeaba se estaba disolviendo. Sinti&#243; el impulso de tocarse el cuerpo para asegurarse de que todav&#237;a exist&#237;a.

Adelante, honorable chambel&#225;n -susurr&#243; el Fantasma-. Ya casi est&#225;is.

La mano de Sano not&#243; que la pared terminaba. Hab&#237;a llegado a una esquina. La dobl&#243; cent&#237;metro a cent&#237;metro. Varios pasos m&#225;s all&#225; se encontr&#243; con una entrada, tras la cual se adivinaba una habitaci&#243;n. El pasillo lo llev&#243; por delante de m&#225;s habitaciones, alrededor de m&#225;s recodos. Se imagin&#243; vagando por un laberinto en cuyo centro esperaba Kobori, presto a abalanzarse. Su percepci&#243;n aguzada rozaba lo sobrenatural. El olor del rastro del Fantasma era tan fuerte que pod&#237;a saborearlo. Not&#243; un desplazamiento de peso en alg&#250;n punto del suelo: Kobori se hallaba en el mismo nivel de la casa.

El suelo chirri&#243; una vez, luego dos m&#225;s.

Sano se qued&#243; inm&#243;vil, escuchando la subrepticia aproximaci&#243;n de los pasos del Fantasma, tratando de dilucidar desde qu&#233; direcci&#243;n.

Aqu&#237; vengo -susurr&#243; Kobori.

Sano se volvi&#243; hacia la voz y sostuvo la espada en alto con las dos manos. Mientras esperaba, se sinti&#243; a la vez invisible y expuesto, aterrorizado por la confrontaci&#243;n a la par que sediento de ella.

Los pasos se acercaban desde todas las direcciones, como si el Fantasma se hubiese multiplicado en un ej&#233;rcito. &#191;Hab&#237;a creado Kobori esa ilusi&#243;n, o eran imaginaciones de Sano? Nunca se hab&#237;a sentido tan solo, confundido o vulnerable. Ni su alto rango ni su legi&#243;n de subordinados pod&#237;an protegerlo. All&#237; no importaba que tuviera poder sobre la pr&#225;ctica totalidad de los ciudadanos de Jap&#243;n. El Fantasma lo hab&#237;a reducido a la condici&#243;n del samur&#225;i sin se&#241;or, luchando por sobrevivir con sus propios medios, que en otro tiempo hab&#237;a sido. Su mujer, su hijo y sus logros se antojaban tan remotos como si los hubiera so&#241;ado. Lo &#250;nico que ten&#237;a en ese momento, como entonces, eran sus espadas.

Su enemigo pretend&#237;a que se sintiera as&#237; para quebrantar su confianza, y la sensaci&#243;n de vulnerabilidad y aislamiento de Sano se intensific&#243; contra su voluntad. Los pasos del Fantasma aceleraron a medida que se acercaban. Con ciego apresuramiento, Sano atraves&#243; a trompicones una puerta. De repente los pasos cesaron. Sinti&#243; un aire c&#225;lido a sus espaldas.

Era el calor corporal del Fantasma.

El p&#225;nico se apoder&#243; de &#233;l. Antes de que acertara a reaccionar, sinti&#243; un golpecito en la espalda, por debajo de su hombro derecho. Solt&#243; la espada, que cay&#243; al suelo. Mientras se doblaba con los dientes apretados por el dolor, lo agarraron por detr&#225;s. Le manosearon el cuerpo. Lanz&#243; un golpe con el brazo izquierdo, pero s&#243;lo encontr&#243; vac&#237;o. El brazo derecho le colgaba in&#250;til y dolorido. Sinti&#243; un tir&#243;n en la cintura y luego oy&#243; unos pasos r&#225;pidos que se alejaban.

Kobori hab&#237;a atacado y ahora retroced&#237;a, como una serpiente.

Solo en la oscuridad, Sano cay&#243; de rodillas, trastornado y jadeante a causa del repentino y violento ataque. El dolor del brazo se perdi&#243; en una pesada insensibilidad, como si le hubieran cortado la circulaci&#243;n. Kobori hab&#237;a alcanzado alg&#250;n punto vital que le hab&#237;a incapacitado el brazo. Busc&#243; a tientas por el suelo, desesperado por encontrar su espada, pero sus manos barrieron una superficie vac&#237;a. Se palp&#243; la cintura en busca de su espada corta, pero &#233;sta tambi&#233;n hab&#237;a desaparecido. Kobori le hab&#237;a arrebatado sus dos armas. Oy&#243; sus carcajadas, que crepitaron como &#241;amas.

Veamos lo bien que pod&#233;is combatirme sin vuestras espadas -susurr&#243; Kobori.


Mi padre era verdugo -dijo Yugao.

Relaj&#243; la presi&#243;n del cuchillo sobre la garganta de Reiko, que respir&#243; con cautela y destens&#243; los m&#250;sculos.

Llegaba a casa y se pon&#237;a a hablar de cu&#225;nta gente hab&#237;a matado y lo que hab&#237;an hecho para merecer ese final -prosigui&#243; Yugao-. Nos contaba c&#243;mo se comportaban cuando los llevaban al campo de ejecuci&#243;n. Nos describ&#237;a c&#243;mo era cortarles la cabeza.

Reiko concentr&#243; su mirada en su cara, con la esperanza de retener la atenci&#243;n de Yugao.

Despu&#233;s de la guerra, ejecutaron a muchos samur&#225;is del ej&#233;rcito de Yanagisawa. Eran sus camaradas. -La furia en nombre de su amante le centelleaba en los ojos-. Mi padre mat&#243; a muchos. Se jactaba de ello porque hab&#237;an sido hombres importantes y &#233;l era un hinin, pero ellos estaban muertos y &#233;l vivo. Cada vez que mataba a uno, hac&#237;a una muesca en la pared.

Reiko record&#243; las marcas que hab&#237;a visto en la chabola. Desplaz&#243; poco a poco su brazo derecho hacia el costado, buscando el cuchillo que llevaba a la espalda.

No pod&#237;a permitirle que siguiera mat&#225;ndolos -dijo Yugao-. Aquella noche me hart&#233; de o&#237;rlo fanfarronear. No lo soportaba. O sea que lo apu&#241;al&#233;. Era lo menos que pod&#237;a hacer por mi amado.

Por fin Reiko entend&#237;a que hubiera mantenido en secreto el m&#243;vil: para evitar mencionar a Kobori y revelar sus cr&#237;menes. Sin embargo, tambi&#233;n intu&#237;a que las afrentas del pasado y el presente se hab&#237;an combinado para colmar el vaso de Yugao. Hac&#237;a tiempo que la chica albergaba un odio enconado hacia su padre por violarla y luego rechazarla. Podr&#237;a haberlo soportado por siempre o haberlo apu&#241;alado en otro momento, pero sus ofensas contra los camaradas de Kobori hab&#237;an supuesto el motivo que necesitaba su mente inestable para asesinar a su padre.

&#191;Por qu&#233; mataste a tu madre y tu hermana? -pregunt&#243; Reiko.

Una desde&#241;osa sonrisa torci&#243; los labios de Yugao.

Mientras lo estaba apu&#241;alando, se limitaron a acurrucarse en un rinc&#243;n y llorar. -Arrug&#243; el entrecejo-. Podr&#237;an haberme detenido. Si &#233;l les hubiera importado, lo habr&#237;an hecho. Esas miserables cobardes merec&#237;an morir.

A lo mejor Yugao hab&#237;a querido que la detuviesen, especul&#243; Reiko. A lo mejor todav&#237;a amaba a su padre a pesar de todo. En ese caso, las hab&#237;a castigado por su incapacidad para salvarlo de ella, adem&#225;s de por las pasadas injusticias que le hab&#237;an infligido. S&#243;lo quedaba una cuesti&#243;n por dilucidar.

&#191;Por qu&#233; confesaste? -pregunt&#243;.

Lo hice por &#233;l. Y quer&#237;a que &#233;l lo supiera. No esperaba volver a verlo, pero se enterar&#237;a de lo que yo hab&#237;a hecho. El entender&#237;a por qu&#233;. Sabr&#237;a que hab&#237;a muerto por &#233;l y estar&#237;a agradecido.

Reiko estaba anonadada por la magnitud de su enajenaci&#243;n.

Entonces &#191;por qu&#233; huiste de la c&#225;rcel? -Reiko ten&#237;a el brazo doblado tras el cuerpo, los dedos en la empu&#241;adura del cuchillo.

El incendio fue una se&#241;al. Dec&#237;a que mi destino era reunirme con &#233;l en lugar de morir por &#233;l. -Arrug&#243; la frente, s&#250;bitamente suspicaz-. &#191;Qu&#233; hac&#233;is?

S&#243;lo me rasco la espalda-minti&#243; Reiko.

Poned las manos donde pueda verlas.

Reiko obedeci&#243;, renunciando a toda esperanza de atacar a Yugao por sorpresa. Ide&#243; una nueva t&#225;ctica.

Mataste por Kobori. Estabas dispuesta a sacrificar tu vida por &#233;l. &#191;Qu&#233; ha hecho &#233;l por ti?

Yugao la mir&#243; como si fuese la pregunta m&#225;s est&#250;pida del mundo.

&#201;l me ama.

&#191;Te lo ha dicho?

No hace falta. Lo s&#233;.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Me hace el amor.

Quieres decir que obtiene de ti su placer. Eso no quiere decir que signifiques nada para &#233;l m&#225;s all&#225; de lo f&#237;sico.

Acudi&#243; a m&#237; despu&#233;s de la guerra. No le import&#243; que fuera una hinin. -Por primera vez Yugao sonaba ansiosa por demostrar que ella significaba tanto para &#233;l como &#233;l para ella-. Quer&#237;a estar conmigo.

Reiko pens&#243; en el varapalo que hab&#237;a recibido la facci&#243;n de Yanagisawa durante la guerra, y habl&#243; siguiendo una corazonada:

&#191;Estaba herido?

S&#237;.

De modo que estaba herido y no ten&#237;a ad&#243;nde ir. Y apuesto a que, en cuanto estuvo recuperado, se fue. &#191;No es as&#237;?

La expresi&#243;n angustiada de Yugao revel&#243; que Reiko hab&#237;a acertado.

Tuvo que irse. Ten&#237;a cosas importantes que hacer.

M&#225;s importantes que t&#250;. Dime, cuando escapaste de la c&#225;rcel, &#191;se alegr&#243; de verte?

Tiene problemas que lo preocupan -espet&#243; Yugao.

Y t&#250; te convertiste en uno de ellos -dedujo Reiko-. Sab&#237;a que pod&#237;as ser su ruina. Y ten&#237;a raz&#243;n. Has tra&#237;do la ley hasta &#233;l. Te dejar&#225; tirada en cuanto pueda.

No me importa -replic&#243; Yugao, pero sus ojos resplandec&#237;an de l&#225;grimas y tristeza; se le quebr&#243; la voz a medida que la abandonaba su arrogancia-. El es todo lo que tengo.

Por fin Reiko penetraba en Yugao, hasta el esp&#237;ritu oculto tras su duro caparaz&#243;n, La p&#233;rdida y las privaciones hab&#237;an trazado el camino de su vida. Hab&#237;a perdido su inocencia, adem&#225;s del amor de su madre, por culpa de la depravaci&#243;n de su padre. Hab&#237;a perdido su hogar, su vida acomodada como hija de mercader y su lugar en la sociedad. Hab&#237;a perdido el afecto de su padre por culpa de su hermana. Tras asesinar a su familia, hab&#237;a perdido su parentela y su libertad. Ahora se aferraba desesperadamente a lo &#250;nico que no hab&#237;a perdido todav&#237;a.

&#161;No consentir&#233; que me alej&#233;is de &#233;l! -grit&#243;.

Reiko la compadeci&#243; al verla contener las l&#225;grimas con un parpadeo. Su habitual escudo de hostilidad endureci&#243; sus facciones.

Estoy harta de escucharos. -Ten&#237;a la voz ronca pero firme. En sus ojos ard&#237;a un odio que hab&#237;a empeorado porque Reiko la hab&#237;a obligado a abrirse-. Va siendo hora de acallaros para siempre.


Desarmado, ciego e indefenso, Sano se dio cuenta de que si las cosas segu&#237;an as&#237;, no ten&#237;a ninguna posibilidad. Deb&#237;a hacerse con el control de la situaci&#243;n. Lo primero era salir de la trampa del Fantasma. Gate&#243; por el suelo hasta encontrar una pared de paneles de madera. La palp&#243; de un lado a otro y hacia arriba hasta que su mano top&#243; con una hendidura. Meti&#243; los dedos y tir&#243;. El panel se desliz&#243; hacia un lado.

&#191;Qu&#233; est&#225;is haciendo? -Kobori sab&#237;a que Sano intentaba tomar la iniciativa, y eso no le gustaba nada.

Tras el panel hab&#237;a otro, hecho de papel enmarcado por parteluces. Lo recorr&#237;an unas vetas de luz, suficientes para que Sano distinguiera que se encontraba solo en una habitaci&#243;n sin muebles. Descorri&#243; el panel. Al otro lado hab&#237;a toscos tablones clavados en una puerta. La luna entraba por las rendijas que los separaban. Hab&#237;an cegado la casa para protegerla de los ladrones. Sano tir&#243; de los tablones con la mano izquierda; la derecha, junto con todo el brazo, segu&#237;a enturneada e in&#250;til. Al ver que los tablones no ced&#237;an, empez&#243; a aporrearlos.

No pod&#233;is escapar de m&#237; -susurr&#243; Kobori.

Su voz se acercaba, acompa&#241;ada por pasos resonantes. Desesperado, Sano mir&#243; en derredor y distingui&#243; una endeble escalera hecha con listones y postes de madera que se elevaba desde un rinc&#243;n. Se abalanz&#243; hacia ella.

&#191;Adonde vais? -La voz de Kobori son&#243; seca y &#225;spera.

Sano lleg&#243; al final de la escalera, que terminaba en una plataforma de madera contra el techo. Hizo fuerza hacia arriba y se abri&#243; una trampilla. Kobori hab&#237;a olvidado sellar esa salida o hab&#237;a pensado que Sano no la encontrar&#237;a. Meti&#243; la cabeza por la abertura y la sac&#243; a la brisa nocturna, fresca y pura.

&#161;Quieto! -orden&#243; Kobori con rudeza, elevando la voz-. &#161;Regresad!

Con un esfuerzo torpe que casi le desgarra los m&#250;sculos, Sano se iz&#243; al tejado. Se plant&#243; en su desigual e inclinada superficie de juncos y se frot&#243; el brazo y la mano derechos para reanimarlos. El tejado ten&#237;a unos doscientos pasos de largo y la mitad de ancho, con jorobas sobre sus hastiales. Por encima se cern&#237;a el nivel superior de la casa, su balc&#243;n y la elevada ladera cubierta de bosque. Por debajo se extend&#237;a la techumbre del nivel inferior, el valle y las colinas que descend&#237;an hacia las escasas y tenues luces de Edo. La luna estaba baja, pero al menos all&#237; ver&#237;a venir al Fantasma.

Anoche intentaste matarme en mi propia casa -dijo Sano por el hueco de la trampilla-. Si todav&#237;a quieres hacerlo, sube aqu&#237;.

Si quer&#233;is atraparme, volved dentro -replic&#243; Kobori.

Aquel punto muerto aminor&#243; el paso del tiempo hasta casi detenerlo. Sano flexion&#243; el brazo y la mano. Sinti&#243; un cosquilleo a medida que desaparec&#237;a el entumecimiento. Entonces cay&#243; en la cuenta de por qu&#233; el Fantasma mataba encubiertamente. No era s&#243;lo porque conociera los secretos del dim-mak.

&#191;Qu&#233; pasa, tienes miedo de enfrentarte conmigo cara a cara? -grit&#243;.

Ning&#250;n samur&#225;i pod&#237;a soportar que se pusiera en entredicho su coraje. Kobori respondi&#243;:

No temo a nada, y mucho menos a vos. Sois vos quien tiene miedo de m&#237;. -Su voz surg&#237;a por la trampilla como un humo ponzo&#241;oso-. Os escond&#233;is tras las murallas de vuestro castillo y vuestros soldados. Sin ellos, os encog&#233;is como una mujer aterrorizada por un rat&#243;n.

Eres t&#250; el que se esconde en la oscuridad porque tiene terror de mostrarse -replic&#243; Sano-. Te acercas a hurtadillas a tus v&#237;ctimas para que no puedan defenderse. &#161;Eres un cobarde!

Se produjo un silencio; aun as&#237;, Sano casi pod&#237;a sentir calentarse el tejado bajo sus pies, como encendido por la ira de Kobori. Ning&#250;n samur&#225;i pod&#237;a tolerar un insulto semejante. Kobori ten&#237;a que salir y defender su coraje y honor. Sin embargo, Sano no era tan iluso para creer que el Fantasma se asomar&#237;a por la trampilla para que &#233;l lo atrapara. Ote&#243; el tejado en derredor, escudri&#241;ando los caballetes, a la espera de un ataque por sorpresa. Ech&#243; un vistazo al tejado de debajo. Su instinto de supervivencia le dec&#237;a que corriese cuando todav&#237;a ten&#237;a otra oportunidad. Sin embargo, estaban en juego su propio coraje y honor.

Al volverse para mirar hacia arriba, una sombra se desprendi&#243; del balc&#243;n superior y se abalanz&#243; sobre &#233;l. No tuvo tiempo de esquivarla. Kobori aterriz&#243; sobre &#233;l y los dos cayeron con estr&#233;pito. Kobori no era un hombre muy grande, pero parec&#237;a duro y pesado como el acero, todo hueso y tendones. Inmoviliz&#243; a Sano con una llave implacable. Rodaron tejado abajo. Mientras lo hac&#237;an, Sano vio la cara de Kobori, los dientes expuestos en una sonrisa salvaje y los ojos centelleantes. Trat&#243; de clavar los talones en alg&#250;n punto para evitar la ca&#237;da por la pendiente, pero no pudo contrarrestar la inercia. Ambos se precipitaron por el borde del tejado.

Cayeron al vac&#237;o, pero la cubierta de un balc&#243;n interrumpi&#243; su ca&#237;da. Chocaron con una fuerza que sacudi&#243; a Sano y luego volvieron a caer hacia el tejado del nivel inferior.


Sujetando el cuchillo con las dos manos, Yugao inhal&#243; hondo. Blandi&#243; la hoja de un lado a otro por encima de Reiko. Ten&#237;a las facciones desencajadas en un rictus salvaje. Aterrada, Reiko se encogi&#243; y levant&#243; los brazos para protegerse.

Se oy&#243; un golpe pesado y estruendoso en el tejado, por encima deellas. Del techo se desprendi&#243; una lluvia de polvo y trozos de yeso. Yugao vacil&#243;, con el cuchillo todav&#237;a en alto y la expresi&#243;n feroz fija en la cara. M&#225;s golpes, acompa&#241;ados de ruido de pelea, sacudieron la casa. Yugao mir&#243; hacia el techo, distra&#237;da por lo que parec&#237;a un combate en el tejado.

En ese momento Reiko se lanz&#243; hacia los muslos de Yugao y le dio un violento empuj&#243;n. La chica sali&#243; despedida hacia atr&#225;s a trompicones, desconcertada. Trastabill&#243; con su falda, perdi&#243; el equilibrio y cay&#243; de lado.

&#161;Zorra traicionera! -bram&#243;.

Reiko se incorpor&#243; en su rinc&#243;n a la vez que sacaba el pu&#241;al de la espalda con un r&#225;pido movimiento. Yugao se puso en pie ayud&#225;ndose con las manos. Aullando de furia, arremeti&#243; contra Reiko, que renunci&#243; a la esperanza de capturarla. Bastante tendr&#237;a con salir viva de esa casa. Corri&#243; hacia la puerta, pero Yugao le cort&#243; el paso de un brinco y empez&#243; a lanzarle furiosas cuchilladas. Reiko las esquiv&#243;, saltando a un lado y agachando la cabeza, mientras el pu&#241;al hend&#237;a surcos enloquecidos en el aire y la rasgu&#241;aba, destroz&#225;ndole la ropa. Los jirones de tela silbaban con las maniobras de la propia Reiko con el cuchillo, para parar los golpes de Yugao. La chica se mov&#237;a tan r&#225;pido que alrededor de Reiko parec&#237;an zumbar cien pu&#241;ales.

&#161;Podr&#237;as haberlo impedido! -chill&#243; Yugao. Atacaba con una energ&#237;a tan fren&#233;tica que cada choque de sus hojas estaba a punto de arrancarle a Reiko la suya de la mano-. Pero fingiste que no lo ve&#237;as. Le dejaste hacerlo. &#161;Me trataste como si fuera culpa m&#237;a!

Con un corte atraves&#243; la manga de Reiko, que sinti&#243; un latigazo de dolor en el antebrazo. Se tambale&#243;. Yugao era un tornado de brazos, cabello y groseras maldiciones. Su cuchillo le pas&#243; silbando junto a la oreja y Reiko not&#243; que un hilo de sangre caliente le bajaba por el cuello.

&#161;Era m&#237;o! -aull&#243; Yugao-. &#161;T&#250; me lo robaste!

Enloquecida, persigui&#243; a su enemiga por la habitaci&#243;n. En su cabeza Reiko vio las im&#225;genes ensangrentadas de la choza. Yugao reviv&#237;a la noche de los asesinatos. Cre&#237;a que Reiko era su madre y su hermana.

Me dejasteis matarlo. &#161;Ahora vais a morir!



Cap&#237;tulo 33

En el tejado inferior, Sano se revolv&#237;a y daba manotazos intentando sacudirse a Kobori. &#201;ste aguant&#243; sin dejar de golpear con las manos, hincar dedos y hundir rodillas y codos en puntos sensibles del sistema nervioso de su rival. Su energ&#237;a se disparaba como fuegos artificiales que estallaran en todo el cuerpo de Sano, que aullaba de agon&#237;a entre convulsiones. Se las ingeni&#243; para encajar una rodilla entre su cuerpo y el de Kobori. Empuj&#243; con todas sus fuerzas.

Kobori sali&#243; impulsado hacia atr&#225;s. Cay&#243;, dio una voltereta haciendo el pino y se irgui&#243; en toda su estatura como si tuviera un resorte. Sano se levant&#243; trabajosamente. Le dol&#237;a todo. Se tambaleaba como un espantajo al viento, mientras Kobori aguardaba presto a atacar de nuevo.

&#191;De modo que cre&#233;is que pod&#233;is conmigo? &#191;A qu&#233; est&#225;is esperando? -lo azuz&#243;.

A Sano cada aliento le desgarraba los pulmones. El combate cuerpo a cuerpo nunca hab&#237;a sido su fuerte, y seis meses sentado en su despacho no hab&#237;an ayudado. Record&#243; lo oxidado que se hab&#237;a sentido al practicar con su amigo Koemon. Combatiendo el p&#225;nico, se propuso distraer a Kobori y evitar que concentrara la energ&#237;a de su cuerpo y su mente en un toque de la muerte.

&#191;A&#250;n no te has dado cuenta de que tu cruzada es in&#250;til? -Le espet&#243;. A lo mejor tambi&#233;n pod&#237;a desmoralizarlo y debilitarlo-. La guerra ha terminado.

No habr&#225; terminado mientras yo est&#233; vivo -replic&#243; Kobori-. Vos ser&#233;is mi mayor victoria.

Se acercaron, Sano cojeando por el dolor, Kobori con paso seguro y parsimonioso. Sano levant&#243; las manos, aprest&#225;ndose a atacar o defenderse como mejor pudiera. Kobori arque&#243; la espalda. Se movi&#243; con un brazo en alto y el otro suelto, los codos doblados. Sus ojos adoptaron un brillo extra&#241;o. La energ&#237;a irradiaba de &#233;l como un zumbido fren&#233;tico y vibrante. Sano le ve&#237;a la cara y las manos con nitidez, como si emitieran luz propia, en contraste con sus ropas negras. S&#243;lo los separaban unos pasos cuando Kobori se impuls&#243; y lanz&#243; una pierna en horizontal hacia Sano. La patada lo alcanz&#243; en la barbilla, justo por debajo del labio inferior.

A Sano le entrechocaron las mand&#237;bulas y su cabeza sali&#243; despedida hacia atr&#225;s. Se tambale&#243; y cay&#243; de rodillas. Se le nubl&#243; la visi&#243;n como si el impacto, ligero pero poderoso, le hubiera aflojado los ojos. Kobori segu&#237;a de pie en el mismo punto que antes. Hab&#237;a golpeado y se hab&#237;a retirado con tanta rapidez que parec&#237;a no haberse movido en absoluto, s&#243;lo proyectado su imagen y su fuerza contra Sano. Su energ&#237;a reverberaba; su sonrisa destellaba.

Os toca -dijo-. &#191;O acaso os rend&#237;s?

Por desesperada que fuera la situaci&#243;n, Sano se negaba a someterse. Lanz&#243; un golpe contra Kobori, que lo esquiv&#243; con un r&#225;pido movimiento. Sano prob&#243; otra vez, y otra. Kobori parec&#237;a saber lo que iba a hacer antes que &#233;l mismo. Nunca estaba donde Sano dirig&#237;a sus golpes. Desaparec&#237;a y luego reaparec&#237;a en otra parte, como si discontinuara su existencia a fogonazos. Fren&#233;tico, Sano le lanz&#243; un pu&#241;etazo a las costillas. Kobori par&#243; el golpe y le hundi&#243; los nudillos en la mu&#241;eca.

Sano perdi&#243; el aliento completamente y se le hundi&#243; el pecho. Dio un traspi&#233;s, doblado sobre s&#237;, boqueando como un pez, asombrado de que el golpe le afectara una zona del cuerpo tan lejos del punto de impacto. Kobori deb&#237;a de haber canalizado su energ&#237;a por los nervios que iban de la mu&#241;eca a los pulmones. Mientras luchaba por respirar, Kobori le hinc&#243; los dedos al lado del ojo derecho. Sano se sinti&#243; aturdido por un momento, como si acabara de despertar en un lugar desconocido sin la menor idea de c&#243;mo hab&#237;a llegado all&#237;.

Kobori hab&#237;a atacado unos nervios que le ofuscaban el pensamiento.

Sinti&#243; un acceso de terror profundo. Cada ataque que lanzaba le era devuelto. Las &#250;nicas veces que entraba en contacto con Kobori eran cuando &#233;ste paraba sus golpes y a la vez le asestaba otros. Trastabill&#243; mientras recib&#237;a patadas en las piernas y pu&#241;etazos en la espalda y los hombros. Con cada golpe el asesino exhalaba un aliento explosivo, como un tronco en llamas rociado con queroseno. La n&#225;usea y el v&#233;rtigo se sumaban al dolor que lo asolaba. Arremeti&#243; contra Kobori y perdi&#243; el equilibrio. Mientras resbalaba tejado abajo, Kobori aferr&#243; su mu&#241;eca. Le dio media vuelta de un tir&#243;n y lo golpe&#243; por debajo del ombligo.

El pulso de Sano se aceler&#243; hasta convertirse en un martilleo fren&#233;tico. Sinti&#243; una intensa presi&#243;n en la cabeza, como si fuera a estallarle. Grit&#243; por encima del borboteo de la sangre en sus o&#237;dos.


Yugao arremeti&#243; con su cuchillo. Reiko giraba sobre los talones, saltaba y contraatacaba, pero, pese a haber ganado muchas peleas, nunca hab&#237;a luchado contra alguien as&#237;. Comparada con sus anteriores oponentes, Yugao era una aficionada, sin posibilidades ante el adiestramiento y la experiencia de Reiko. Sin embargo, lo que le faltaba en pericia lo compensaba con temeridad y resoluci&#243;n. Reiko le hizo cortes en los brazos y la cara, pero la chica parec&#237;a inmune al dolor, ajena a su sangre, que salpicaba el suelo mientras luchaban.

Los golpes y sacudidas contra el techo hac&#237;an de contrapunto a sus gritos. Reiko estaba empapada en sudor, jadeante del esfuerzo de agacharse y acometer, girar y lanzar reveses. Yugao la atac&#243; con fuerza man&#237;aca y Reiko pis&#243; un jir&#243;n de tela que le colgaba de una manga desgarrada. Se le enganch&#243; el pie, tropez&#243; y cay&#243; de espaldas cuan larga era. Yugao se precipit&#243; hacia ella, con el cuchillo en alto. La cara le brillaba de triunfo salvaje. Se lanz&#243; sobre Reiko mientras el cuchillo hend&#237;a un arco descendente apuntado a su cara. Reiko aferr&#243; con fuerza su propia arma y acometi&#243; hacia arriba para salirle al paso.

Yugao, lanzada, se ensart&#243; en el cuchillo de Reiko, que not&#243; c&#243;mo le atravesaba el pecho. La chica emiti&#243; un chillido terrible, estridente, ag&#243;nico. Se le pusieron los ojos como platos; sus manos soltaron el cuchillo y se agitaron fren&#233;ticamente. Luego cay&#243; sobre Reiko.

Su peso la aplast&#243; contra el suelo y la hoja se hundi&#243; hasta la empu&#241;adura. Reiko solt&#243; una exclamaci&#243;n al notar las manos apretadas contra el cuerpo de su rival, la espantosa sensaci&#243;n de la sangre caliente.

Yugao tendi&#243; los brazos para amortiguar su ca&#237;da. Por un moment&#243; su cara qued&#243; pegada a la de Reiko. La chica la mir&#243; fijamente con la expresi&#243;n transida de estupor, dolor y rabia. Se apart&#243; haciendo fuerza con las manos y se sent&#243;, con las piernas estiradas. Reiko se puso en pie, con el coraz&#243;n desbocado, dispuesta a correr o luchar otra vez si hac&#237;a falta. Recogi&#243; del suelo con un gesto r&#225;pido el cuchillo que Yugao hab&#237;a soltado.

Al principio la chica no se movi&#243;. Contemplaba con la boca abierta el pu&#241;al incrustado en su abdomen y su ropa ensangrentada. Agarr&#243; la empu&#241;adura. Le temblaban las manos y su respiraci&#243;n era r&#225;pida y superficial. Con un ronco gemido, extrajo el cuchillo de un tir&#243;n. Brot&#243; un nuevo borbot&#243;n de sangre. Yugao alz&#243; la cabeza y cruz&#243; la mirada con Reiko. Su tez hab&#237;a adquirido una palidez mortal y le goteaba sangre de los labios, pero la ira persist&#237;a en sus ojos. Con el cuchillo en la mano, se arrastr&#243; por el suelo hacia Reiko hasta que, jadeando, se derrumb&#243;. Lanz&#243; el cuchillo hacia Reiko con las pocas fuerzas que le quedaban. El arma aterriz&#243; lejos de su blanco y Yugao se aovill&#243; en torno a su herida.

&#161;Kobori-san! -exclam&#243;. Los sollozos le sacud&#237;an el cuerpo.

M&#225;s golpes retumbaron en el techo. Reiko sacudi&#243; la cabeza, demasiado abrumada para saber con exactitud lo que sent&#237;a o pensaba. Bajo su alivio borboteaba una lava de emociones. Oy&#243; un estr&#233;pito de pasos que se acercaban por el pasillo. Los detectives Marume y Fukida irrumpieron en la habitaci&#243;n, acompa&#241;ados por el teniente Asukai y sus dem&#225;s escoltas. Hirata los segu&#237;a a cierta distancia.

&#161;Dama Reiko! -exclam&#243; Marume.

El y los dem&#225;s miraron boquiabiertos a Yugao, que yac&#237;a sollozando en el suelo, llamando a su amante. Contemplaron a Reiko, que cay&#243; en la cuenta de que iba vestida con jirones y estaba cubierta de sangre de su enemiga, de Tama y de los muchos cortes que hab&#237;a recibido, leves pero dolorosos.

&#191;Est&#225;is bien? -pregunt&#243; Fukida con ansiedad.

S&#237; -respondi&#243; Reiko.

&#191;D&#243;nde est&#225; el chambel&#225;n Sano? -inquiri&#243; Hirata con apremio.

Est&#225; en el tejado, luchando con Kobori. -Las palabras salieron de su boca sin reflexi&#243;n previa. En cuanto las hubo pronunciado, supo que eran ciertas. Su instinto le indicaba que aquellos ruidos proced&#237;an de su marido y el Fantasma enzarzados en combate, y que Sano se hallaba en peligro de muerte. Grit&#243;-: &#161;Tenemos que ayudarlo!

Los hombres salieron corriendo de la habitaci&#243;n. Ella sigui&#243; su estampida por el pasillo.


Mareado de dolor, Sano lanz&#243; pu&#241;etazos desesperados y salvajes hacia Kobori, que le castig&#243; la caja tor&#225;cica. Sano sinti&#243; un acceso de temblores. Cay&#243; sacudi&#233;ndose de manera incontrolable, mientras Kobori se situaba de pie encima de &#233;l.

Ten&#237;a entendido que erais un gran guerrero. Me decepcion&#225;is -dijo.

El terror estrech&#243; la visi&#243;n de Sano y encogi&#243; el mundo. S&#243;lo ve&#237;a a Kobori con la cara radiante, los ojos encendidos de oscuro fulgor. La fuerza f&#237;sica de Sano estaba poco menos que agotada. Luchando por recuperar la lucidez, record&#243; vagamente lo que el sacerdote Ozuno hab&#237;a dicho a Hirata: Todo el mundo tiene un punto d&#233;bil. Yo nunca pude encontrar el de Kobori, pero es tu &#250;nica esperanza real de derrotarlo en un duelo.

Yo tambi&#233;n he o&#237;do hablar de ti -dijo Sano, apenas capaz de pensar, hablando por instinto. Trag&#243; sangre y mucosidad; se enderez&#243; ayud&#225;ndose con las manos-. De un sacerdote llamado Ozuno. Fue tu maestro.

Hubo una pausa.

&#191;Y qu&#233; dijo? -El tono de Kobori son&#243; indiferente, pero s&#243;lo fing&#237;a que no le importaba lo que Ozuno pensara de &#233;l.

Dijo que te hab&#237;a repudiado -respondi&#243; Sano.

&#161;Nunca! -Lo dijo con tanta vehemencia que Sano supo que el rechazo de Ozuno todav&#237;a le dol&#237;a-. Ten&#237;amos diferencias de filosof&#237;a. Nos separamos para seguir cada uno su camino.

Sano agradeci&#243; a la providencia por bendecirlo. Hab&#237;a encontrado el punto d&#233;bil de Kobori: era el propio Ozuno.

T&#250; te incorporaste al escuadr&#243;n de &#233;lite de Yanagisawa -prosigui&#243; Sano-. Usaste tus habilidades para cometer asesinatos pol&#237;ticos.

Eso es mejor que lo que hac&#237;an Ozuno y su hermandad de viejos chochos -repuso Kobori-. Se conformaban con preservar el saber para la posteridad. &#161;Qu&#233; desperdicio!

Sano sinti&#243; que la energ&#237;a del Fantasma se desviaba de &#233;l. Sus fuerzas revivieron y, aunque segu&#237;a mareado, se las ingeni&#243; para levantarse.

Ya entiendo. Quer&#237;as m&#225;s de lo que pod&#237;a ofrecerte la hermandad.

&#191;Por qu&#233; no? No quer&#237;a ser un samur&#225;i de provincias y pasarme la vida cuidando de las tierras del daimio del lugar, ahuyentando bandidos y manteniendo a los campesinos a raya. Tampoco quer&#237;a consagrarme a las tradiciones obsoletas de Ozuno. Me merec&#237;a algo m&#225;s.

De modo que te vendiste a Yanagisawa.

&#161;S&#237;! -Kobori se apresur&#243; a justificarse-: El me ofreci&#243; una oportunidad de ser alguien. De moverme en c&#237;rculos m&#225;s grandes y m&#225;s altos. De tener un prop&#243;sito en la vida.

Sano comprendi&#243; que las motivaciones de Kobori iban m&#225;s all&#225; del habitual c&#243;digo de honor del bushido que obligaba a obedecer a un superior. Eran personales, como deb&#237;an de serlo sus razones para la cruzada contra el caballero Matsudaira.

Bueno, ahora que Yanagisawa ha desaparecido, se ha llevado con &#233;l tu prop&#243;sito. Sin &#233;l, vuelves a ser nada.

No ha desaparecido para siempre. Estoy creando tal p&#225;nico en el r&#233;gimen de Matsudaira que no tardar&#225; en caer. Mi se&#241;or regresar&#225; al poder.

Y entonces, cre&#237;a Kobori, recuperar&#237;a su propia posici&#243;n. Sano vio que s&#243;lo segu&#237;a a Yanagisawa porque sus intereses coincid&#237;an. El quid de la cuesti&#243;n era el orgullo personal de Kobori, no el honor que vinculaba a un samur&#225;i con su se&#241;or. Como luchador era invencible, pero su orgullo era su debilidad. Hab&#237;a padecido un duro rev&#233;s cuando Ozuno lo repudi&#243;, y otro cuando cay&#243; Yanagisawa y lo arrastr&#243; con &#233;l en su ca&#237;da. Ahora necesitaba un golpe m&#225;s, uno decisivo.

&#191;Quieres saber qu&#233; m&#225;s dijo Ozuno de ti? -pregunt&#243; Sano.

No me importa -le espet&#243; Kobori, molesto adem&#225;s de claramente ansioso por saberlo-. Ahorrad el aliento y a lo mejor viv&#237;s un rato m&#225;s.

Sano pens&#243; que, cuanto m&#225;s tiempo tuviera hablando a Kobori, mayores eran sus posibilidades de sobrevivir.

Ozuno dijo que nunca llegaste a dominar del todo el arte del dim-mak porque no completaste tu entrenamiento.

La expresi&#243;n de Kobori se ti&#241;&#243; de indignaci&#243;n.

Me fui cuando hab&#237;a aprendido todo lo que pod&#237;a ense&#241;arme. Lo hab&#237;a superado. &#191;Os mencion&#243; que trat&#243; de matarme y le pegu&#233; una paliza?

Dijo que no llegaste a explotar al m&#225;ximo tu potencial -prosigui&#243; Sano, poniendo m&#225;s palabras en boca de Ozuno-. Podr&#237;as haber sido el mejor maestro de artes marciales, pero malgastaste tu entrenamiento, tu talento y tu vida. No eres m&#225;s que uno entre un millar de ronin forajidos.

&#161;Soy el mejor maestro de artes marciales! Lo he demostrado esta noche. Ma&#241;ana sabr&#225; que se equivocaba sobre m&#237;. Oler&#225; el humo de las piras funerarias de todos los hombres que he matado aqu&#237;. -Y, enfurecido, grit&#243;-: &#161;Y se tragar&#225; vuestras cenizas junto con las de ellos!

Arremeti&#243; contra Sano y le lanz&#243; una lluvia de golpes desde todas las direcciones. Sin embargo, mientras se sacud&#237;a, giraba y gritaba de dolor, Sano percibi&#243; que Kobori hab&#237;a perdido el dominio de s&#237;. Los insultos a su orgullo y el miedo a que su empresa en verdad fracasara lo hab&#237;an desquiciado. Atacaba atropelladamente sin alcanzar puntos letales, descargando en Sano su ira contra Ozuno. Sus alientos parec&#237;an ya m&#225;s d&#233;biles sollozos que bocanadas de fuego. Kobori deseaba torturarlo, m&#225;s que matarlo. Sano se oblig&#243; a aguantar y sufrir, ganando tiempo.

Kobori aminor&#243; el ritmo de su ataque, seguro ya de su victoria. Sano se dej&#243; caer adrede sobre un caballete que sobresal&#237;a del tejado. Kobori se agach&#243; para agarrarlo. Sano ten&#237;a los ojos tan cubiertos de sangre y sudor que apenas alcanzaba a ver. Guiado por un instinto ciego, logr&#243; aferrar una mu&#241;eca de Kobori. Sus dedos encontraron dos huecos en el hueso y apret&#243; con toda su fuerza.

Kobori solt&#243; el aire, sorprendido. Durante un instante le flaquearon los m&#250;sculos mientras el apret&#243;n le drenaba la energ&#237;a. Sano tir&#243; de &#233;l hacia abajo y le clav&#243; los dedos de la otra mano bajo la barbilla. Kobori profiri&#243; un alarido de dolor y alarma. Retrocedi&#243; y prepar&#243; el brazo libre para asestarle un golpe mortal en la cara, pero Sano se lanz&#243; hacia delante en un &#250;ltimo y desesperado esfuerzo. Su frente se estrell&#243; contra el pecho de Kobori.

El impacto de la colisi&#243;n le reverber&#243; en la cabeza. Unas lucecitas blancas titilaron en su visi&#243;n, como si las estrellas del firmamento se estuvieran astillando.

Antes de que supiera si el golpe de Kobori lo hab&#237;a alcanzado, el universo se sumi&#243; en la negrura y el silencio.


Reiko, Hirata, los guardias y los detectives atravesaron a la carrera la casa oscura y laber&#237;ntica.

Tiene que haber una escalera que llegue al tejado -dijo Fukida.

El teniente Asukai, m&#225;s adelantado, exclam&#243;:

&#161;Aqu&#237;!

Subieron en tropel por la escalerilla. Marume abri&#243; una trampilla y los hombres se encaramaron hasta el tejado. El teniente Asukai ayud&#243; a Reiko a subir. El tejado de juncos era ancho, inclinado y gris a la luz de la luna. No oy&#243; ning&#250;n sonido, ning&#250;n movimiento: la lucha hab&#237;a cesado. Entonces distingui&#243; dos formas humanas tumbadas en la pendiente de un caballete, como si las hubiera lanzado all&#237; el viento, los cuerpos descoyuntados.

&#161;All&#237;! -exclam&#243;, se&#241;alando. El pavor le encogi&#243; el coraz&#243;n.

Una de las figuras se movi&#243; y luego se puso en pie, insegura. Se irgui&#243; sobre el otro cuerpo postrado. El p&#225;nico de Reiko dio paso a un horror angustiante. Dos hombres hab&#237;an luchado. Uno hab&#237;a ganado y sobrevivido. Cre&#237;a adivinar cu&#225;l.

&#161;No! -chill&#243;.

El eco de su voz reson&#243; en las colinas. El superviviente se volvi&#243; poco a poco hacia ella. Reiko se prepar&#243; para ver el rostro de Kobori, el asesino de su marido. Sin embargo, la luz ilumin&#243; el rostro de Sano. Estaba tan maltrecho, ensangrentado e inflamado que a duras penas lo reconoci&#243;, pero era Sano, vivo y victorioso. Reiko sinti&#243; un alivio tan grande que estuvo a punto de desmayarse. Gimi&#243; y hubiese salido corriendo hacia su marido, pero &#233;ste levant&#243; la mano.

No te acerques -dijo-. Kobori est&#225; vivo.

La figura postrada se agit&#243;. Marume y Fukida cruzaron el tejado y apresaron a Kobori, maniat&#225;ndole las mu&#241;ecas y los tobillos. Reiko se lanz&#243; hacia Sano. El la sostuvo entre sus brazos mientras ella lloraba de alegr&#237;a.

&#161;Cre&#237; que estabas muerto! -exclam&#243;-. &#161;Cre&#237; que el Fantasma te hab&#237;a matado!

Sano solt&#243; una risita que se convirti&#243; en un acceso de tos.

Deber&#237;as tener un poco m&#225;s de fe en m&#237;.

Bajaron la vista hacia Kobori, amarrado como una presa de caza. Su cara no presentaba ninguna marca pero s&#237; una palidez mortal, ba&#241;ada en sudor. El aliento le sal&#237;a jadeante entre los dientes apretados. Parec&#237;a a punto de perder el conocimiento, sus ojos como rescoldos apagados con agua. Sin embargo, alz&#243; la mirada hacia Sano y una iron&#237;a malsana le anim&#243; las facciones.

Cre&#233;is haber ganado -mascull&#243;-. Pero estabais derrotado antes de que empezara nuestro combate. &#191;Record&#225;is la noche que entr&#233; en vuestra casa? -Se le hinch&#243; el pecho en una carcajada insonora-. Pues bien: mientras dorm&#237;ais os toqu&#233;.

Sano y Reiko lo contemplaron, demasiado estupefactos y horrorizados para hablar, y el Fantasma cerr&#243; los ojos. Su &#250;ltimo aliento escap&#243; con un suspiro.



Cap&#237;tulo 34

El sol emergi&#243; del alba a trav&#233;s del cielo gris como una gota de sangre en un oc&#233;ano de mercurio. Las campanas de los templos resonaron de una colina a otra; Edo despertaba. Por el puente de Nihonbashi desfilaba un torrente de vecinos de camino al trabajo y viajeros cargados de fardos y armados con bastones. A lo largo de las orillas del canal, los pescadores descargaban sus capturas. Las gaviotas graznaban y se posaban en bandadas. Entre la muchedumbre que entraba en el mercado del pescado deambulaba un vendedor de noticias.

&#161;El Fantasma y su dama han sido derrotados! -anunciaba-. &#161;Leed aqu&#237; la fascinante historia!

Los clientes le cog&#237;an las gacetas y las monedas cambiaban de manos. Cerca del pie del puente, un enjambre de curiosos se congregaba en el lugar donde se exhib&#237;a a los criminales ejecutados como escarmiento para los ciudadanos. Ese d&#237;a hab&#237;a dos cabezas cortadas sujetas a sendos postes. Una pertenec&#237;a a una mujer; su larga melena morena se mec&#237;a con la brisa fresca y h&#250;meda. La otra presentaba la coronilla tonsurada y el mo&#241;o de un samur&#225;i. Las caras estaban marchitas, picoteadas por los p&#225;jaros y medio podridas tras varios d&#237;as de exposici&#243;n a los elementos, con las bocas abiertas y las cuencas oculares vac&#237;as. Las moscas zumbaban a su alrededor; los gusanos se retorc&#237;an en infectos orificios. Se distingu&#237;a el hueso pelado en las narices, las mejillas y las frentes. La tierra al pie de los postes estaba manchada de sangre seca. Unos carteles clavados en los postes identificaban a los criminales.

El de la mujer rezaba: Yugao, asesina. Herida al resistirse a su detenci&#243;n. Sobrevivi&#243; para ser ejecutada; el del hombre: Kobori, asesino. Muerto en encarnizado enfrentamiento con las autoridades.

Los ni&#241;os correteaban alrededor de las cabezas, riendo y burl&#225;ndose de ellas. Uno lanz&#243; una piedra que rebot&#243; contra la del hombre. Se alejaron a toda prisa.

En el castillo de Edo, los funcionarios sal&#237;an por la puerta principal a pie, a caballo o en sus palanquines. Se dispersaban en abanico por el distrito administrativo de Hibiya, para cumplir con su trabajo, seguros de que el Fantasma ya no constitu&#237;a ninguna amenaza y no se hallaban en mayor peligro del habitual. El viento que barr&#237;a las calles transportaba las cenizas de las piras funerarias, un recordatorio de los ca&#237;dos durante el enfrentamiento con Kobori. Las colgaduras negras de la puerta del castillo rend&#237;an tributo a su valor.

Dentro del complejo del chambel&#225;n, Masahiro estaba en el jard&#237;n. Llevaba ropas blancas; los dedos de sus pies desnudos asomaban entre la hierba. En una funda atada a su faja colgaba una espadita de madera. Ten&#237;a gesto solemne y concentrado. De repente esboz&#243; una mueca de fiereza. Desenvain&#243; la espada, emiti&#243; un rugido y arremeti&#243; contra un enemigo invisible.

Eso ha estado muy bien -dijo Sano mientras Masahiro lo miraba pendiente de su aprobaci&#243;n-. Ahora prueba con esto.

Vestido a su vez con prendas blancas, desenvain&#243; su propia espada de pr&#225;cticas, de madera, e hizo una demostraci&#243;n de varios movimientos. Masahiro lo imit&#243; con m&#225;s exuberancia que gracia, pero Sano se enorgulleci&#243; de los primeros pasos de su hijo hacia el dominio de las artes marciales. Disfrutaba con los vistosos lirios violetas que florec&#237;an en torno al estanque, la dulce fragancia del jazm&#237;n, el frescor de la ma&#241;ana y la voz de Reiko hablando con los sirvientes dentro de la casa. Se recreaba en el mero hecho de estar vivo.

Hab&#237;an pasado cuatro d&#237;as desde que derrotara a Kobori, y seis desde que &#233;ste se colara en su habitaci&#243;n. Cada noche, al acostarse hab&#237;a temido no ver un nuevo amanecer. Y durante el d&#237;a hab&#237;a esperado la explosi&#243;n interna de energ&#237;a que le parara el coraz&#243;n y apagara su conciencia. Hab&#237;a visto a Reiko observarlo con angustia, esperando a que cayera fulminado. Y aun as&#237; no hab&#237;a muerto, aunque hubiera sufrido heridas a manos del Fantasma.

Para cuando lleg&#243; a casa despu&#233;s del enfrentamiento, ten&#237;a tanto dolor que se desmay&#243; a las puertas. A la ma&#241;ana siguiente estaba cubierto de cardenales y tan r&#237;gido y dolorido que no pod&#237;a moverse. La orina le sali&#243; colorada de sangre. Reiko lo aliment&#243; d&#225;ndole cucharadas de caldo, porque le dol&#237;a masticar. Lo mismo que respirar. Un m&#233;dico lo trat&#243; con pociones y masajes medicinales; un sacerdote enton&#243; oraciones por su recuperaci&#243;n. Los urgentes llamamientos del caballero Matsudaira y el sog&#250;n quedaron sin respuesta. Sano hab&#237;a abandonado el gobierno mientras yac&#237;a en lo que consideraba su lecho de muerte

 hasta que empez&#243; a recobrarse. El d&#237;a anterior hab&#237;a logrado levantarse de la cama y tomar alimentos s&#243;lidos. Ese d&#237;a ya pod&#237;a moverse sin que el dolor fuera atroz. Los cardenales se estaban desvaneciendo. No hab&#237;a una constancia inequ&#237;voca de que el Fantasma le hubiera asestado el toque de la muerte, y cada vez se asentaba m&#225;s la convicci&#243;n de que las &#250;ltimas palabras de Kobori hab&#237;an sido un embuste destinado a aterrorizarlo, un mal&#233;volo intento de venganza. Tras el calvario vivido, celebraba cada momento como un regalo fr&#225;gil y &#250;nico. Mientras impart&#237;a a Masahiro su primera lecci&#243;n de espada, dio gracias a los dioses porque el lazo entre padre e hijo permaneciera intacto. Lo llenaba de gozo pensar que vivir&#237;a para orientar a su ni&#241;o en su camino hacia la madurez, para protegerlo y verlo crecer hasta convertirse en un samur&#225;i honorable, labrarse una reputaci&#243;n y tener sus propios hijos.

Sin embargo, ese momento de paz y felicidad perfectas no pod&#237;a durar. Ten&#237;a deberes de suma importancia.

Por hoy es suficiente, Masahiro -dijo.

Envainaron las espadas.

&#191;Ma&#241;ana otra vez? -pregunt&#243; el ni&#241;o.

S&#237; -respondi&#243; Sano-, ma&#241;ana.


Una muchedumbre se congregaba delante de un peque&#241;o santuario encajonado en una calle de cester&#237;as de Ginza. Por la puerta torii salieron los detectives Arai e Inoue, tirando de dos samur&#225;is rebeldes que se hab&#237;an escondido dentro. Hirata los segu&#237;a a caballo con m&#225;s detectives, cargados con armas de fuego, munici&#243;n y bombas incendiarias que los fugitivos hab&#237;an almacenado para atentados contra el r&#233;gimen del caballero Matsudaira. Mientras pasaba por delante de la multitud de curiosos, Hirata reflexion&#243; sobre la dr&#225;stica diferencia que pod&#237;an suponer unos pocos d&#237;as.

La situaci&#243;n hab&#237;a vuelto a la normalidad una vez muerto Kobori. La posici&#243;n de Sano estaba a salvo, al igual que la del propio Hirata.

Aun as&#237;, para &#233;l no hab&#237;a cambiado gran cosa. Segu&#237;a prisionero de su maltrecho cuerpo. Segu&#237;a sentado al margen mientras otros hombres actuaban, como hab&#237;a sucedido en el enfrentamiento contra Kobori. Su recuerdo de esa noche estaba enturbiado por la verg&#252;enza de su impotencia. Su vida parec&#237;a destinada a proseguir de ese modo, porque no hab&#237;a vuelto a ver a Ozuno, aunque hab&#237;a dedicado todos sus momentos libres a buscar al anciano sacerdote. Ozuno era una oportunidad que el destino le hab&#237;a ofrecido fugazmente, para luego llev&#225;rsela.

Sin embargo, no quer&#237;a entregarse a la autocompasi&#243;n y las lamentaciones. Conservaba su posici&#243;n, su familia y su buen nombre. Todav&#237;a ten&#237;a sue&#241;os en los que pod&#237;a luchar y siempre triunfaba, adem&#225;s de sus recuerdos de batallas ganadas. Hirata se ten&#237;a por afortunado.

Mientras se alejaba con sus hombres y sus prisioneros, vio una figura familiar cojeando hacia &#233;l. &#161;Ozuno! Se le ilumin&#243; la cara con jubiloso asombro. Baj&#243; de su caballo con dificultades y sali&#243; al paso del sacerdote.

&#161;Hola! -exclam&#243;.

&#191;Qu&#233;? Oh, eres t&#250; -refunfu&#241;&#243; Ozuno.

A Hirata se le antoj&#243; c&#243;mica su cara de contrariedad. Se ri&#243;, tan contento de encontrarlo que no le import&#243; que el sentimiento no fuera mutuo.

Os he estado buscando por todas partes. Pensaba que hab&#237;ais abandonado la ciudad. &#191;No es asombroso que nos hayamos cruzado por casualidad?

Aveces encontramos lo que queremos cuando no lo buscamos, -dijo Ozuno, y a&#241;adi&#243; insidiosamente-: Y a veces topamos con lo que no queremos por mucho que intentemos evitarlo.

A Hirata no le import&#243; el dardo del anciano, tan feliz se sent&#237;a.

Algunos tenemos m&#225;s suerte que otros, sin m&#225;s.

Ozuno asinti&#243; a rega&#241;adientes.

He o&#237;do que el chambel&#225;n Sano ha capturado a mi pupilo renegado. Tengo una gran deuda con &#233;l por borrar a Kobori del mundo.

Y &#233;l tiene una gran deuda con vos por vuestro consejo -repuso Hirata-. Lo ayud&#243; a derrotar a Kobori.

Me alegro de haber sido de utilidad. -El malhumor cr&#243;nico de Ozuno remiti&#243; un poco, aunque no mucho.

&#191;Record&#225;is lo que dijisteis la &#250;ltima vez que nos vimos? &#191;Que si volv&#237;amos a encontrarnos os convertir&#237;ais en mi maestro?

El viejo esboz&#243; una mueca.

S&#237;, s&#237; que lo dije. Despu&#233;s de vivir ochenta a&#241;os, deber&#237;a haber aprendido a tener la boca cerrada.

Bueno, aqu&#237; estamos -dijo Hirata, abriendo los brazos de par en par como si pretendiera abrazar al sacerdote, la calle entera y ese d&#237;a bendito-. He aqu&#237; la prueba de que es nuestro destino que me ense&#241;&#233;is las artes marciales m&#237;sticas.

Y qui&#233;n soy yo para deso&#237;r una prueba del destino. -Ozuno puso los ojos en blanco-. Los dioses deben de estar gast&#225;ndome una broma pesada.

Ahora que su sue&#241;o estaba al alcance de su mano, la esperanza confer&#237;a fuerzas a Hirata. Atisbo un vasto manantial de poder del que pronto podr&#237;a beber.

&#191;Cu&#225;ndo empezamos mis lecciones?

No podemos saber cu&#225;nto tiempo nos queda en esta tierra -sentenci&#243; Ozuno-. Lo &#250;nico que tenemos seguro es el momento presente. Deber&#237;amos empezarlas en el acto.

Pero ahora que Hirata hab&#237;a alcanzado su anhelo, sent&#237;a menos prisa por reclamarlo.

A m&#237; me ir&#237;a mejor en un par de d&#237;as. Tengo trabajo que terminar. Cuando haya acabado, pod&#233;is mudaros a mi mansi&#243;n del castillo de Edo y

Ozuna lo ataj&#243; con un gesto de la mano.

Ahora eres mi pupilo y yo soy tu maestro. Yo decido cu&#225;ndo y d&#243;nde te entreno. Ven conmigo, antes de que cambie de idea. -Atraves&#243; a Hirata con la mirada-. &#191;Ote lo has pensado mejor?

Hirata experiment&#243; un cambio interno, como si fuerzas c&#243;smicas estuvieran redefiniendo su vida. La lealtad debida a Sano y el sog&#250;n todav&#237;a lo gobernaban, pero se hab&#237;a puesto a las &#243;rdenes de Ozuno. Hasta ese instante no hab&#237;a pensado en los conflictos de intereses o los desaf&#237;os f&#237;sicos y espirituales que pod&#237;a conllevar incorporarse a la sociedad secreta de elegidos. Aun as&#237;, no era m&#225;s libre de escoger su destino que Ozuno.

Mir&#243; a los dos detectives que se hab&#237;an detenido para esperarlo y dijo:

Seguid sin m&#237;. -Se volvi&#243; hacia Ozuno, que lo contemplaba con ce&#241;o, como si hubiera pasado la primera prueba por los pelos-. Estoy listo. V&#225;monos.


Dentro del castillo de Edo, una procesi&#243;n de samur&#225;is avanzaba lentamente por una avenida bordeada de cedros. Todos llevaban vistosas armaduras ceremoniales. Cada uno portaba ceremoniosamente una caja grande envuelta en papel blanco. El sog&#250;n encabezaba la comitiva. El caballero Matsudaira caminaba a su derecha, Sano a su izquierda. Por delante de ellos avanzaban diez sacerdotes sinto&#237;stas ataviados con vestiduras blancas y gorros negros. Algunos llevaban antorchas encendidas; otros, tambores y campanas. Entraron en un amplio espacio reci&#233;n despejado en el parque del castillo y cubierto de grava blanca. El cielo encapotado estaba surcado de nubes; la ma&#241;ana era tenue y fresca como el ocaso. Unos leves temblores sacud&#237;an la tierra. La procesi&#243;n descend&#237;a por un camino de losas hacia el nuevo santuario que el sog&#250;n hab&#237;a ordenado construir.

Durante su convalecencia Sano hab&#237;a o&#237;do hachazos d&#237;a y noche, procedentes de los numerosos le&#241;adores que talaban los &#225;rboles. En ese momento contempl&#243; el santuario que honraba el recuerdo de los ca&#237;dos en el combate contra Kobori. Era un edificio de madera cuyo tejado curvado se tend&#237;a en voladizo sobre los escalones que sub&#237;an a &#233;l desde una plataforma elevada de piedra. Una reja cubr&#237;a la entrada a la c&#225;mara que los esp&#237;ritus de los muertos pod&#237;an habitar una vez invocados. Junto al santuario hab&#237;a linternas de piedra; delante de &#233;l, una mesa baja con una bandeja de conos de incienso al lado de una cuba met&#225;lica. El edificio no era grande, pero la elaborada talla de sus soportes y molduras revelaba que no se hab&#237;a escatimado en gastos o esfuerzo para su construcci&#243;n. Muchos artesanos deb&#237;an de haber trabajado sin tregua para tenerlo terminado ese d&#237;a, que los astr&#243;logos de la corte hab&#237;an calificado de momento propicio para esa ceremonia conmemorativa.

Los sacerdotes encendieron las linternas de piedra y luego el incienso de la cuba. Se elev&#243; un humo fragante. Entonaron oraciones, golpearon los tambores en una cadencia lenta y sonora y ta&#241;eron las campanas mientras el sog&#250;n se acercaba al santuario. Se detuvo ante la mesa, donde deposit&#243; su caja, que conten&#237;a cuarenta y nueve pasteles hechos de harina de trigo rellena de pasta de alubias endulzadas: ofrendas a los muertos, simb&#243;licas del n&#250;mero de huesos de un soldado ca&#237;do. Agach&#243; la cabeza un momento sobre sus manos unidas y dej&#243; caer un cono de incienso en la cuba. El caballero Matsudaira se adelant&#243; y repiti&#243; el ritual. Luego le toc&#243; el turno a Sano. Mientras presentaba sus respetos mudos a los hombres ca&#237;dos en el cumplimiento del deber, sinti&#243; un torrente de emociones.

Su alivio por encontrarse vivo estaba te&#241;ido de verg&#252;enza. No parec&#237;a justo que hubiese sobrevivido cuando tantos hab&#237;an fallecido, que &#233;l estuviera all&#237; en carne y hueso y sus soldados s&#243;lo en esp&#237;ritu. El dolor lo aflig&#237;a porque la muerte de ellos hab&#237;a precedido a su victoria. Se uni&#243; al sog&#250;n y al caballero Matsudaira junto al santuario y observ&#243; realizar la ceremonia al resto de los hombres de la procesi&#243;n. Hab&#237;a setenta y cuatro, uno en representaci&#243;n de cada soldado abatido por el Fantasma. Inclu&#237;an al Consejo de Ancianos, otros funcionarios destacados y parientes varones de los difuntos. Sin embargo, los treinta hombres heridos de gravedad y lisiados -entre ellos el capit&#225;n Nakai, todav&#237;a paralizado a pesar del tratamiento de los mejores m&#233;dicos- no estaban representados. La culpa zahiri&#243; a Sano, m&#225;s angustiosa que el dolor de la paliza recibida de Kobori.

La ceremonia lleg&#243; a un final lento y solemne. La m&#250;sica ces&#243; y los sacerdotes partieron. Los miembros de la procesi&#243;n se entretuvieron alrededor del santuario, formando grupitos y conversando en voz baja. El general Isogai se acerc&#243; a Sano.

Felicidades por vuestra victoria.

Gracias -dijo Sano.

Debo disculparme por el comportamiento deshonroso de mis soldados. -La mortificaci&#243;n atenuaba la habitual jovialidad del general-. En cuando capture a los desertores, ser&#225;n obligados a hacerse el seppuku.

A lo mejor es un castigo demasiado severo, sobre todo dadas las inusuales circunstancias -observ&#243; Sano-. Eran soldados buenos y valientes. El Fantasma les hizo perder la cabeza. -El hab&#237;a perdonado a Marume y Fukida por abandonarlo. Tambi&#233;n les hab&#237;a prohibido cometer el suicidio ritual aunque le suplicaron expiar as&#237; su deshonra-. No quiero que se pierdan m&#225;s vidas por su culpa. Y necesitamos a esos hombres.

El general Isogai, testarudo, no parec&#237;a muy convencido.

Tengo que mantener la disciplina. El seppuku es el castigo habitual por la deserci&#243;n. Las excepciones debilitar&#237;an la moral del Ej&#233;rcito. No puede consentirse. Pero &#191;si me orden&#225;is que perdone la vida a los desertores?

Sano se lo plante&#243; un mero instante antes de responder a rega&#241;adientes:

No. -Aunque ten&#237;a el poder de disponer lo que deseara, estaba tan condicionado por el c&#243;digo de honor samur&#225;i como el general Isogai. Faltar a &#233;l no s&#243;lo violar&#237;a sus principios, sino que lo expondr&#237;a a ataques-. Haced lo que deba hacerse. -Aun as&#237;, la inminente muerte de los desertores lo apesadumbraba tanto como la de las v&#237;ctimas de Kobori.

Cuando el general se alej&#243;, Yoritomo se acerc&#243; a Sano.

Por favor, permitidme que os exprese lo mucho que me alegra que hay&#225;is derrotado al Fantasma. -Le resplandec&#237;an los ojos de admiraci&#243;n.

El sog&#250;n se les uni&#243;.

Aah, Sano-san. Nos has salvado del Fantasma. Ahora me siento m&#225;s tranquilo. -Suspir&#243; y se abanic&#243;. Luego se le abrieron los ojos de horror al mirar a Sano m&#225;s de cerca-. Cielos, qu&#233; mal aspecto tienes. &#161;Con todos esos moretones en la cara! S&#243;lo con verlos me pongo enfermo. Te ordeno que, aah, lleves maquillajes para taparlos.

Sano hab&#237;a pensado que ya no podr&#237;a sorprenderlo nada que dijera el sog&#250;n.

Muy bien, excelencia.

Vamos, Yoritomo. -El sog&#250;n se alej&#243; como si las lesiones de Sano fueran contagiosas. Yoritomo le dedic&#243; una mirada de disculpa.

A continuaci&#243;n se acerc&#243; el caballero Matsudaira.

Honorable chambel&#225;n. Me alegro de veros en plena forma.

Yo tambi&#233;n me alegro de veros. -En plena forma, a&#241;adi&#243; Sano en silencio. Durante los cuatro d&#237;as que hab&#237;a estado ausente de la corte, el primo del sog&#250;n parec&#237;a haber consolidado su posici&#243;n.

Matsudaira alz&#243; las cejas y asinti&#243; satisfecho como si le hubiera le&#237;do el pensamiento. Parec&#237;a m&#225;s tranquilo, m&#225;s seguro, ahora que su nuevo r&#233;gimen no se hallaba bajo la amenaza de un magnicida.

Ciertos problemas son menos agobiantes que hace unos d&#237;as. -Mir&#243; de reojo a los ancianos Kato e Ihara, que charlaban con varios de sus compinches. Ellos le devolvieron la mirada con rencor-. Si ciertos individuos desean atacarme, tendr&#225;n que hacerlo en persona en lugar de confiar en Kobori. Adem&#225;s, me he ganado unos aliados nuevos, a la vez que ellos han perdido mucho terreno, porque hab&#233;is eliminado a su Fantasma. Buen trabajo, Sano-san.

Sano hizo una reverencia para agradecer la alabanza, aunque la encontrara de mal gusto. Setenta y cuatro hombres hab&#237;an muerto, y &#233;l casi hab&#237;a sacrificado la vida, pero lo &#250;nico que le importaba a Matsudaira era que el final del Fantasma hab&#237;a apuntalado su r&#233;gimen.

Pero no os dej&#233;is llevar por la complacencia -le advirti&#243; el primo del sog&#250;n-. Os siguen quedando muchas oportunidades de dar un paso en falso, y sobran hombres ansiosos por ocupar vuestro puesto.

Antes de alejarse, su mirada dirigi&#243; la atenci&#243;n de Sano hacia la otra punta del santuario. El comisario de polic&#237;a Hoshina deambulaba entre un grupo de gente que rodeaba al sog&#250;n. La ira inflam&#243; sus facciones cuando se encamin&#243; hacia Sano. Antes de que llegara, Sano se vio rodeado de funcionarios que lo saludaron, se interesaron por su salud y le dieron la bienvenida de regreso a la corte. Algunos eran hombres de los que Hoshina hab&#237;a reclutado para sus innobles fines. Sano notaba lo ansiosos que estaban por compensar su espantada al verlo peligrar, su preocupaci&#243;n porque ahora les echara en cara su deslealtad. Era evidente que la campa&#241;a de Hoshina contra &#233;l hab&#237;a fracasado.

El comisario se abri&#243; paso a codazos entre la multitud. Se detuvo junto a Sano y murmur&#243;:

Por esta vez hab&#233;is ganado. Pero todav&#237;a no he acabado con vos. -Luego se alej&#243; hecho una furia.

Sano sinti&#243; que el mundo se asentaba en su familiar y precario equilibrio. Los temblores de tierra vibraban bajo sus pies. Se imagin&#243; grietas que se ramificaban en el subsuelo, hacia su casa, donde hab&#237;a reparado en que Reiko parec&#237;a inquieta y distante. No le hab&#237;a confiado qu&#233; le pasaba y &#233;l hab&#237;a percibido que no quer&#237;a agobiarlo con sus problemas durante la convalecencia, pero sab&#237;a que estaba contrariada por el modo en que hab&#237;a concluido su investigaci&#243;n. Sinti&#243; una necesidad repentina de hablar con ella, antes de que su torbellino de tareas lo reclamara.

Disculpadme -dijo a los funcionarios.

Hizo una se&#241;a a los detectives Marume y Fukida, que le despejaron el camino hacia la puerta.


Unos nubarrones se acumulaban sobre los pinos que daban sombra a un cementerio del distrito del templo de Zojo. Hileras de pilares de piedra se&#241;alaban las tumbas adornadas con retratos de los difuntos y ofrendas de flores y comida. El cementerio estaba desierto salvo por un peque&#241;o grupo reunido en torno a un claro de tierra desnuda.

Reiko, el teniente Asukai y sus dem&#225;s escoltas observaban a un trabajador que cavaba una nueva tumba. Su pala remov&#237;a la tierra oscura y h&#250;meda por la estaci&#243;n de lluvias, que se hab&#237;a adelantado ese a&#241;o. El fresco aroma de la tierra y los pinos no lograba aliviar el dolor que consum&#237;a a Reiko.

Retumb&#243; un trueno en la distancia. El sepulturero finaliz&#243; su trabajo. Reiko se agach&#243; y levant&#243; una vasija negra de cer&#225;mica que se hallaba al lado de la tumba y conten&#237;a las cenizas de Tama. La deposit&#243; con delicadeza en la fosa. Se hinc&#243; de rodillas, agach&#243; la cabeza y murmur&#243; una plegaria por el esp&#237;ritu de la chica.

Que renazcas a una vida mejor que la que has dejado.

Sus escoltas esperaban silencios y taciturnos. Reiko susurr&#243; a la tumba:

Lo siento. Perd&#243;name, por favor.

Se levant&#243; y el sepulturero rellen&#243; el agujero y aplan&#243; la tierra. El teniente Asukai coloc&#243; el pilar conmemorativo de piedra con el nombre de Tama. Reiko deposit&#243; ante &#233;l el pastel de arroz, la jarra de sake y el ramillete de flores que hab&#237;a llevado. Empez&#243; a llover. Asukai abri&#243; un paraguas sobre la cabeza de su se&#241;ora y se lo entreg&#243;. Reiko vacil&#243; un momento, reacia a marcharse. Nunca hab&#237;a esperado llorar tanto por alguien que hubiera conocido tan brevemente. Qu&#233; extra&#241;o que la muerte de una pr&#225;ctica desconocida pudiera cambiarle la vida a alguien.

Oy&#243; cascos de caballos delante del cementerio. Al alzar la cabeza vio que Sano entraba por la puerta, seguido de Marume y Fukida. Su marido se coloc&#243; a su lado ante la tumba mientras los detectives se un&#237;an a los escoltas de Reiko bajo los pinos. La lluvia arreci&#243; hasta empapar la tumba y las ofrendas. Reiko obten&#237;a magro consuelo de Sano, apretado contra ella bajo el escaso cobijo seco de su paraguas.

Las criadas me han dicho que te encontrar&#237;a aqu&#237;. -Sano la observ&#243; con preocupaci&#243;n-. &#191;Qu&#233; pasa?

Acabo de enterrar las cenizas de Tama. No hab&#237;a nadie m&#225;s para hacerlo -explic&#243; Reiko-. Fui a la casa donde trabajaba para preguntar si ten&#237;a alg&#250;n pariente. Sus patrones me dijeron que no. Y no les interesaba lo que pasara con su cuerpo. De modo que celebr&#233; un funeral por ella el d&#237;a despu&#233;s de su muerte. No asisti&#243; nadie excepto mi padre. -Reiko sent&#237;a pena por Tama, que hab&#237;a estado tan sola en el mundo, y por el magistrado Ueda, que ten&#237;a sus propios remordimientos por el desenlace del caso-. Y no hab&#237;a nadie para ofrecerle una tumba como corresponde, s&#243;lo yo.

Sano asinti&#243; en se&#241;al de aprobaci&#243;n.

Has hecho bien.

No es suficiente. -A Reiko la reconcom&#237;a el sentimiento de culpa-. Intentaste advertirme de que el poder es peligroso. Me dijiste que lo que hacemos con &#233;l puede parecer bueno en su momento pero luego tener malas consecuencias. Pues bien, ten&#237;as raz&#243;n. Abus&#233; de mi poder y perjudiqu&#233; tr&#225;gicamente a una ni&#241;a inocente.

Fue la propia Tama la que dej&#243; entrever que sab&#237;a demasiado sobre Yugao -se&#241;al&#243; Sano-. Si se hubiera callado, Yugao le habr&#237;a permitido regresar a la ciudad, antes de que yo llegara con mis hombres.

No pod&#237;a esperarse que Tama supiera lo que deb&#237;a o no deb&#237;a decir -replic&#243; Reiko-. No era m&#225;s que una simple campesina, mientras que yo deber&#237;a haber previsto todos los riesgos.

No pod&#237;as saber lo que pasar&#237;a. El incendio que sac&#243; a Yugao de la c&#225;rcel fue una circunstancia imprevisible.

Reiko le agradec&#237;a que no la cargara con m&#225;s recriminaciones por haber deso&#237;do sus consejos, pero ella no pod&#237;a absolverse.

Me advertiste que pod&#237;a suceder algo inesperado. Y no te hice caso.

De tu investigaci&#243;n salieron tambi&#233;n muchas cosas buenas -le record&#243; Sano-. Si no hubieses retrasado la ejecuci&#243;n de Yugao, y ella no hubiera escapado de la c&#225;rcel, puede que todav&#237;a estuviera buscando a Kobori. &#201;l podr&#237;a seguir asesinando gente.

A lo mejor, pero &#191;c&#243;mo saberlo? De lo &#250;nico que estoy segura es de que, si no hubiera mantenido a Yugao con vida, ella no habr&#237;a matado a Tama.

Hiciste lo posible por salvarla. Arriesgaste tu propia vida.

Fracas&#233;. Yo estoy viva y Tama est&#225; muerta. -En ese momento Reiko reconoci&#243; el problema que m&#225;s la angustiaba-. Y no acept&#233; la investigaci&#243;n s&#243;lo porque quisiera descubrir la verdad o servir a la justicia. Ten&#237;a ganas de aventura. La encontr&#233;, s&#237;, pero Tama pag&#243; un precio muy alto.

La expresi&#243;n de Sano se ensombreci&#243;; Reiko vio que sus palabras le hab&#237;an tocado una fibra sensible.

No eres la &#250;nica que siempre ha tenido motivos personales ego&#237;stas. Cuando el caballero Matsudaira me orden&#243; atrapar al asesino, me alegr&#233; de alejarme de mis aburridas ocupaciones. Ten&#237;a tantas ganas de aventuras como t&#250;.

Pero t&#250; cumpl&#237;as &#243;rdenes -puntualiz&#243; Reiko, capaz de justificar el comportamiento de Sano pero no el propio-. Quer&#237;as salvar vidas y castigar a un asesino.

Cierto, pero tambi&#233;n quer&#237;a salvar mi posici&#243;n, que podr&#237;a haber perdido en caso de fallar. Mi honor estaba en juego. Y no eres la &#250;nica cuya investigaci&#243;n se desbarat&#243;. -El dolor acentu&#243; las magulladas facciones de Sano-. Yo conduje a muchos hombres a lo que se demostr&#243; una misi&#243;n suicida.

Eso es otra cosa -protest&#243; Reiko-. Esos soldados eran samur&#225;is. Librar esa batalla era su deber.

Est&#225;n igual de muertos que Tama. Y yo estoy vivo.

Recapacitaron, unidos por el aleccionador hecho de que hab&#237;an sobrevivido mientras que muchos hab&#237;an ca&#237;do, de que sus vidas ten&#237;an tanto de carga como de bendici&#243;n de los dioses. La lluvia ca&#237;a a raudales, difuminando las tumbas; el cementerio empezaba a encharcarse.

&#191;Qu&#233; vamos a hacer ahora? -pregunt&#243; Reiko.

Podemos compensar lo que pas&#243;.

La expiaci&#243;n se antojaba imposible, mas la idea de afanarse en pos de ella pose&#237;a cierto atractivo desolador para Reiko.

Dejar&#233; de investigar cr&#237;menes -prometi&#243;-. Me pondr&#233; bajo arresto domiciliario para no volver a perjudicar a nadie m&#225;s. -Sin embargo, su empe&#241;o languideci&#243; en el momento mismo en, que lo pronunciaba. &#161;Enterrar su habilidad, su experiencia y su ardor, junto con las cenizas de Tama! Tal vez era un precio peque&#241;o.

Yo no tengo a mi alcance el lujo de retirarme del mundo -dijo Sano con pesar-. Todav&#237;a tengo deberes que cumplir. No puedo dejar de usar mi poder. No puedo dejar de hacer juicios aunque tal vez se demuestren err&#243;neos. -Hizo una pausa, absorto en sus pensamientos-. Y todav&#237;a quiero una oportunidad de hacer el bien, de usar mi poder y posici&#243;n para servir al honor. -La determinaci&#243;n y la esperanza le reforzaron la voz-. Por lo menos eso no ha cambiado.

Tampoco hab&#237;a cambiado para Reiko.

Pero si actuamos, &#191;c&#243;mo podemos estar seguros de que las cosas no volver&#225;n a salir mal?

No podemos. El poder no nos exime de la mala suerte y los errores, evidentemente. Lo &#250;nico que sabemos es que nuestro poder hace que las consecuencias de nuestras acciones sean m&#225;s extremas. -Sano parec&#237;a titubeante, como si estuviera articulando las ideas sobre la marcha-. Sin embargo, un exceso de cautela es tan malo como no tener la suficiente, y la inacci&#243;n puede ser peor que la acci&#243;n. Si no hubiera perseguido a Kobori, &#233;l podr&#237;a haber seguido matando, el r&#233;gimen del caballero Matsudaira podr&#237;a haberse debilitado y Jap&#243;n podr&#237;a haberse visto envuelto en una guerra civil. Si t&#250; no hubieses conocido a Yugao, es posible que yo nunca lo hubiera atrapado. Los acontecimientos pueden relacionarse de modos misteriosos. No puedo evitar pensar que el destino quiso que las cosas fuesen como fueron y no de otra manera. No puedo evitar creer que sobrevivimos por un motivo.

Reiko era esc&#233;ptica, pero anhelaba creerlo tambi&#233;n.

&#191;Qu&#233; motivo?

No lo s&#233;. A lo mejor, si estamos a la altura de los desaf&#237;os que se nos crucen en el futuro, ellos nos conducir&#225;n a nuestro destino.

Reiko sonri&#243; con nostalgia.

Siempre imagin&#233; que mi destino me ser&#237;a revelado por apariciones celestiales o estrafalarias visiones.

Sano solt&#243; una risita.

Dudo que podamos elegir c&#243;mo se nos manifiesta el destino. Es posible que los dioses no nos consideren dignos de un dramatismo tan espectacular.

Su buen humor reconfort&#243; a Reiko. Empez&#243; a creer que hab&#237;a salvado la vida por un motivo y que dispondr&#237;a de la oportunidad de hacerlo mejor la pr&#243;xima vez. Confi&#243; en que, cuando llegaran los desaf&#237;os, ella y Sano estar&#237;an preparados para afrontarlos.

Sano pase&#243; una mirada por el mojado y triste cementerio.

De alg&#250;n modo no creo que vayamos a encontrar nuestro destino aqu&#237;. Deber&#237;amos ir volviendo al castillo de Edo.

Ella asinti&#243;. Juntos, se alejaron de la tumba de Tama. La lluvia segu&#237;a arreciando y los empapaba bajo la escasa protecci&#243;n de un paraguas. Aun as&#237;, una tenue luminosidad se encendi&#243; en el cielo lejano aunque retumbara el trueno y temblara la tierra.



Laura Joh Rowland



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