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John Connolly


Los atormentados


Charlie Bird Parker, 6


Para Emily Bestler, con gran afecto,

y con gratitud por perseverar conmigo





AGRADECIMIENTOS

Este libro no podr&#237;a haberse escrito sin la paciencia y gentileza de un gran n&#250;mero de personas que pusieron a mi disposici&#243;n sus conocimientos y experiencia sin una sola queja. Doy las gracias especialmente al doctor Larry Ricci, director del Programa Spurwink contra los Abusos a Menores de Portland, Maine; Vickie Jacobs Fisher de la Comisi&#243;n de Maine para la Prevenci&#243;n de los Abusos a Menores; y al doctor Stephen Herman, psiquiatra forense y aficionado a las estilogr&#225;ficas, de la ciudad de Nueva York. Sin la ayuda de estas tres almas generosas, &#233;ste ser&#237;a un libro mucho m&#225;s pobre, eso en el supuesto de que existiera.

Las siguientes personas proporcionaron tambi&#233;n valiosa informaci&#243;n en momentos cruciales de la composici&#243;n de la novela, y les estoy muy agradecido: Matt Mayberry (bienes ra&#237;ces); Tom Hyland (Vietnam y temas militares); Philip Isaacson (temas jur&#237;dicos); Vladimir Doudka y Mark Dunne (temas rusos), y Luis Urrea, mi colega, un autor con un talento infinitamente mayor que el m&#237;o, quien con gran amabilidad corrigi&#243; mis paup&#233;rrimos intentos en espa&#241;ol. El agente Joe Giacomantonio del Departamento de Polic&#237;a de Scarborough tuvo una vez m&#225;s la amabilidad de responder a mis preguntas sobre las cuestiones de procedimiento. Por &#250;ltimo, Jeanette Holden, de la Sociedad Hist&#243;rica de Moose River en Jackman, me proporcion&#243; un material extraordinario y una tarde de buena compa&#241;&#237;a. Estoy en deuda asimismo con la C&#225;mara de Comercio de Jackman por su colaboraci&#243;n, y con el personal de la biblioteca de investigaci&#243;n de la Sociedad Hist&#243;rica de Maine, en Portland. Como siempre, los errores que sin duda han llegado al papel son exclusivamente m&#237;os.

Una serie de libros y art&#237;culos resultaron especialmente &#250;tiles para la investigaci&#243;n, entre ellos: The Yard, de Michael S. Sanders (Perennial, 1999); History of the Moose River Valley (Sociedad Hist&#243;rica de Moose River de Jackman, 1994); Arnold's Expedition up the Kennebec to Quebec in 1775, de H.N. Fairbanks (archivo de la Sociedad Hist&#243;rica de Maine); South Portland: A Nostalgic Look At Our Neighborhood Stores, de Kathryn Ones Di Phillip (Barren Mill Books, 2006); y los reportajes galardonados del Portland Phoenix sobre el empleo de la silla en el centro penitenciario Supermax en Maine, en particular, Torture in Maine's Prisons, de Lance Tapley (11 de noviembre de 2005).

En cuanto a lo personal, conservo la inmensa suerte de contar con mis revisoras habituales, Sue Fletcher de Hodder & Stoughton y Emily Bestler de Atria Books, que tienen paciencia de santas y las aptitudes de cirujanos literarios. Gracias tambi&#233;n a Jamie Hodder-Williams, Martin Neild, Lucy Hale, Kerry Hood, Swati Gamble, Auriol Bishop, Kelly Edgson-Wright, Toni Lance, Bill Jones y a todos en Hodder & Stoughton; a Judith Curr, Louise Burke, David Brown, Sarah Branham, Laura Stern y a todos los de Atria; y a Kate y KC O'Hearn, sin las cuales el ced&#233; Into the Dark no habr&#237;a sido posible. Mi agente, Darley Anderson, sigue inquebrantable con su sentido com&#250;n y su amistad, y con &#233;l y con Emma, Lucie, Elizabeth, Julia, Rosi, Ella, Emma y Zoe estoy en deuda por mi carrera. Por &#250;ltimo, doy gracias a Jennie, Cam y Alistair por aguantarme.

Finalmente, unas palabras sobre Dave Glovsky, el Adivinador. Dave existi&#243;, y ejerci&#243; su oficio en Old Orchard Beach, aunque espero fervientemente que jam&#225;s se encontrase con un hombre como Frank Merrick. En cierto punto, contempl&#233; la posibilidad de incluir una versi&#243;n vagamente disfrazada del Adivinador en esta novela, pero eso me pareci&#243; injusto para con este hombre tan ins&#243;lito, as&#237; que aparece con su propia identidad, y si alguno de sus familiares lo encuentra en estas p&#225;ginas, conf&#237;o en que reconozcan en ellas el homenaje que pretend&#237;a rendirle.


John Connolly, 

diciembre de 2006


Agradezco asimismo la autorizaci&#243;n para reproducir fragmentos de las siguientes obras protegidas por copyright:

When in Rome de Nickel Creek, compuesta por Chris Thyle  2005 Mad German Music (ASCAP) y Queen's Counsel Music (ASCAP). Todos los derechos reservados. Utilizada con permiso.

John Wayne Gacy Jr., compuesta por Sufjan Stevens. Por cortes&#237;a de New Jerusalem Music Publishing.

Fragmento de The Hollow Men  T.S. Eliot. Extra&#237;do del libro Collected Poems 1909-1962, de T.S. Eliot, usado con permiso de Faber & Faber, Reino Unido, en representaci&#243;n de los herederos de T.S. Eliot.

Fragmento de Skunk Hour de Collected Poems, de Robert Lowell, copyright  2003 de Harriet Lowell y Sheridan Lowell. Reimpreso con permiso de Farrar, Straus and Giroux, LLC.

Fragmento de Dirge de Stevie Smith. Usado con el permiso de los albaceas testamentarios de James MacGibbon.

El fragmento del poema Buffalo Bill's se extrajo de Complete Poems 1904-1962 de E.E. Cummings, recopilados por George J. Firmage, con el permiso de W.W. Norton & Company. Copyright  1991 de los fideicomisarios de la Fundaci&#243;n E.E. Cummings y George James Firmage.



Primera parte

&#191;Ad&#243;nde puede ir un muerto?

Una pregunta cuya respuesta

s&#243;lo los muertos conocen.

Nickel Creek, When in Rome 





Pr&#243;logo

Este mundo est&#225; lleno de cosas rotas: corazones rotos y promesas rotas, personas rotas. Este mundo es, a su vez, una fr&#225;gil edificaci&#243;n, una colmena donde el pasado se filtra en el presente, donde el peso de la culpa por la sangre derramada y los pecados antiguos arruina vidas y obliga a los ni&#241;os a yacer con los despojos de sus padres entre el posterior revoltijo de escombros.

Yo estoy roto, y en represalia he roto a otros. Ahora me pregunto cu&#225;nto da&#241;o puede infligirse al pr&#243;jimo hasta que el universo interviene, hasta que una fuerza exterior decide que los padecimientos son ya suficientes. Antes pensaba que era cuesti&#243;n de equilibrio, pero ya no lo creo. Ahora pienso que lo que yo hice era desproporcionado en relaci&#243;n con lo que me hicieron a m&#237;, pero &#233;sa es la esencia de la venganza. Crece de manera exponencial. No puede controlarse. Un da&#241;o invita a otro, y as&#237; sucesivamente hasta que el agravio inicial casi se ha olvidado en medio del caos que viene despu&#233;s.

En otro tiempo busqu&#233; venganza. Nunca m&#225;s lo har&#233;.

Pero este mundo est&#225; lleno de cosas rotas.



Old Orchard Beach, Maine, 1986


El Adivinador sac&#243; del bolsillo el fajo de billetes doblado, se lami&#243; el pulgar y cont&#243; discretamente las ganancias de la jornada. El sol ya se pon&#237;a y se derramaba sobre el agua en jirones de un rojo incandescente, como de sangre y de fuego. A&#250;n deambulaba gente por el entarimado del paseo, bebiendo refrescos y comiendo palomitas calientes con mantequilla, mientras siluetas lejanas recorr&#237;an la playa, unas de la mano y otras solas. Como el tiempo hab&#237;a cambiado, se hab&#237;a producido un notable descenso de las temperaturas nocturnas y se hab&#237;a levantado un viento cortante que jugueteaba con la arena al anochecer, augurio de alteraciones mayores, los visitantes se entreten&#237;an menos que d&#237;as atr&#225;s. El Adivinador presinti&#243; que sus d&#237;as all&#237;, en la playa, tocaban a su fin, ya que si el p&#250;blico no se deten&#237;a, &#233;l no pod&#237;a trabajar, y si no trabajaba, ya no era el Adivinador. Pasaba a ser s&#243;lo un viejo menudo ante un precario tenderete de r&#243;tulos y balanzas, baratijas y quincalla, porque sin espectadores para presenciar su demostraci&#243;n era como si sus habilidades no existiesen siquiera. Los turistas empezaban a escasear, y pronto aquel lugar carecer&#237;a de inter&#233;s para el Adivinador y sus colegas: los vendedores ambulantes, los puestos de baratillo, los feriantes y los timadores. Se ver&#237;an obligados a partir hacia climas m&#225;s propicios o buscar un refugio donde vivir en invierno de los ingresos del verano.

El Adivinador percib&#237;a el sabor del mar y de la arena adherida a la piel, un sabor salado, una reafirmaci&#243;n de la vida. Lo notaba en todo momento, aun despu&#233;s de tantos a&#241;os. El mar le proporcionaba su medio de vida, ya que atra&#237;a a los veraneantes, y el Adivinador estaba all&#237; esper&#225;ndolos cuando llegaban; pero su afinidad con el mar no se reduc&#237;a al dinero que le daba. No, reconoc&#237;a algo de su propia esencia en &#233;l, en el sabor de su sudor, que era un eco de su propio origen lejano y del origen de todas las cosas, y opinaba que un hombre incapaz de comprender la atracci&#243;n del mar era un hombre que se hab&#237;a perdido a s&#237; mismo.

Pas&#243; los billetes diestramente con el pulgar, moviendo un poco los labios mientras llevaba la cuenta en la cabeza. Cuando acab&#243;, sum&#243; la cantidad al total y luego lo compar&#243; con las ganancias del &#250;ltimo a&#241;o por las mismas fechas. Hab&#237;an bajado, del mismo modo que el &#250;ltimo a&#241;o hab&#237;an bajado respecto al anterior. Ahora la gente era m&#225;s c&#237;nica, y tanto ellos como sus hijos estaban menos dispuestos a pararse ante un hombrecillo extra&#241;o y su barraca de aspecto primitivo. Se ve&#237;a obligado a trabajar cada vez m&#225;s para ganar incluso menos, aunque no tan poco como para plantearse abandonar la profesi&#243;n que hab&#237;a elegido. Al fin y al cabo, &#191;qu&#233; otra cosa pod&#237;a hacer? &#191;Recoger las mesas en un buf&#233; libre? &#191;Trabajar detr&#225;s de la barra en un McDonald's, como algunos de los jubilados m&#225;s desesperados que conoc&#237;a, reducidos a limpiar lo que ensuciaban ni&#241;os lloricas y adolescentes descuidados? No, eso no era para el Adivinador. &#201;l hab&#237;a seguido ese camino durante casi cuarenta a&#241;os y, por c&#243;mo se sent&#237;a, calculaba que le quedaban todav&#237;a unos cuantos, siempre y cuando as&#237; lo decidiese el que repart&#237;a las cartas all&#225; en el cielo. Conservaba la mente despierta, y los ojos, detr&#225;s de las gafas de montura negra, le permit&#237;an a&#250;n captar todo aquello que necesitaba saber sobre los incautos a fin de seguir gan&#225;ndose modestamente la vida. Quiz&#225;s algunos calificar&#237;an lo suyo de don, pero &#233;l no lo llamaba as&#237;. Era una aptitud, un oficio, perfeccionado y desarrollado a&#241;o tras a&#241;o, un vestigio de un sexto sentido que fue poderoso en nuestros antepasados pero que ahora se hab&#237;a atrofiado a causa de las comodidades del mundo moderno. Lo que &#233;l pose&#237;a era algo elemental, como las mareas y las corrientes oce&#225;nicas.

Dave Glovsky, alias el Adivinador, lleg&#243; por primera vez a Old Orchard Beach en 1948, cuando ten&#237;a treinta y siete a&#241;os, y desde entonces su fraseolog&#237;a y las herramientas de su oficia apenas hab&#237;an cambiado. En su peque&#241;a barraca del paseo destacaba una vieja silla de madera que pend&#237;a, sujeta mediante cadenas, de una antigua balanza R.H. Forschner. Un letrero amarillo, toscamente pintado a mano con una vacilante caricatura de Dave, anunciaba la actividad a la que se dedicaba y su emplazamiento, para aquellos que, al llegar all&#237;, acaso no estuvieran del todo seguros de d&#243;nde se hallaban o qu&#233; ten&#237;an ante los ojos. El letrero rezaba: EL ADIVINADOR, PALACE PLAYLAND, OLD ORCHARD BEACH, YO.

El Adivinador formaba parte de la decoraci&#243;n de Old Orchard. Estaba tan integrado en aquel centro de veraneo como la arena en los refrescos y los caramelos blandos que provocaban la ca&#237;da de los empastes de las muelas. Aqu&#233;l era su sitio, y &#233;l lo ten&#237;a interiorizado. Llevaba tanto tiempo acudiendo all&#237;, para ejercer su oficio, que percib&#237;a todo cambio en su entorno, por intrascendente que pareciese: una mano de pintura aqu&#237;, un bigote afeitado all&#225;. Para &#233;l, esas cosas ten&#237;an su importancia, ya que as&#237; era como manten&#237;a alerta la mente, y como, a la vez, llevaba comida a su mesa. El Adivinador reparaba en todo cuanto ocurr&#237;a alrededor y archivaba los detalles en su fabulosa memoria, a punto para utilizarlos en el momento m&#225;s oportuno. En cierto modo, su sobrenombre era poco apropiado. Dave Glovsky no adivinaba. Percib&#237;a. Calculaba. Evaluaba. Por desgracia, Dave Glovsky el Percibidor no sonaba tan bien. Como tampoco Dave el Calculador, as&#237; que era Dave el Adivinador, y con Dave el Adivinador se quedar&#237;a.

El Adivinador te adivinaba el peso con un margen de error de un kilo y medio, y si fallaba, ganabas un premio. Aunque igual que hab&#237;a gente que no ten&#237;a el menor inter&#233;s en que se pregonase su peso ante una risue&#241;a muchedumbre un radiante d&#237;a de verano -no, ni hablar, dec&#237;an, gracias por preguntar pero m&#233;tase en sus asuntos-, del mismo modo el Adivinador no se mor&#237;a de ganas por poner a prueba la resistencia de su balanza colgando de ella ciento cincuenta kilos de pura f&#233;mina americana s&#243;lo para demostrar que acertaba el peso, y en tales casos lo intentaba muy gustosamente con la edad, la fecha de nacimiento, el empleo, la elecci&#243;n de coche (extranjero o nacional), o incluso la marca de tabaco preferida. Si el Adivinador se equivocaba, segu&#237;as tan campante por tu camino con una horquilla de pl&#225;stico o una bolsa de gomas el&#225;sticas en la mano, ufan&#225;ndote de haberle ganado la partida al hombrecillo raro de los letreros torcidos e infantiles -&#191;acaso no eras t&#250; el listo?-, y tardar&#237;as un rato en darte cuenta de que acababas de pagarle cincuenta centavos a un hombre por el placer de saber algo que ya sab&#237;as antes de llegar, y que para colmo hab&#237;as recibido diez gomas el&#225;sticas que al por mayor costaban alrededor de un centavo. Y pod&#237;a ser que te volvieras a mirar al Adivinador, con su camiseta blanca en la que aparec&#237;a escrito con letras may&#250;sculas: DAVE EL ADIVINADOR, y que le hab&#237;an estampado como un favor, pues todo el mundo conoc&#237;a a Dave, en la barraca de camisetas situada un poco m&#225;s all&#225;, y llegaras a la conclusi&#243;n de que el Adivinador era en realidad un tipo listo.

Porque el Adivinador s&#237; era listo, listo en el sentido en que lo eran Sherlock Holmes, Dupin o Poirot, el peque&#241;o belga. Era un observador, un hombre capaz de determinar las circunstancias de la existencia de otro a partir de su ropa, su calzado, la manera de llevar el dinero, el estado de sus manos y u&#241;as, las cosas que atra&#237;an su atenci&#243;n y despertaban su inter&#233;s mientras recorr&#237;a el paseo, e incluso las m&#225;s nimias pausas y vacilaciones, las inflexiones vocales y los gestos inconscientes mediante los cuales se delataba de mil maneras distintas. El Adivinador prestaba atenci&#243;n en el marco de una cultura que ya no atribu&#237;a valor alguno a un acto tan simple. La gente no escuchaba ni ve&#237;a: s&#243;lo cre&#237;a escuchar o ver. Pasaban por alto m&#225;s cosas de las que percib&#237;an. Sus ojos y sus o&#237;dos se adaptaban continuamente a lo nuevo, a la &#250;ltima novedad que les arrojaba la televisi&#243;n, la radio, el cine, y desechaban lo viejo aun antes de empezar a comprender su sentido y su valor. El Adivinador no era como ellos. Pertenec&#237;a a un orden distinto, a un sistema organizativo m&#225;s antiguo. Estaba preparado para identificar im&#225;genes y olores, susurros que llegaban altos y claros a sus o&#237;dos, insignificantes aromas que le produc&#237;an un cosquilleo en el vello de la nariz y se traduc&#237;an en forma de luces y colores en su mente. La vista era s&#243;lo una de las facultades que usaba, y a menudo desempe&#241;aba un papel secundario respecto a las otras. Al igual que el hombre primitivo, no depend&#237;a de los ojos como principal fuente de informaci&#243;n. Confiaba en todos sus sentidos y los aprovechaba al m&#225;ximo. Su mente era como una radio, sintonizada siempre para captar incluso las transmisiones m&#225;s d&#233;biles de los dem&#225;s.

Hab&#237;a una parte f&#225;cil, claro: la edad y el peso le resultaban relativamente sencillos. Tambi&#233;n los coches estaban casi cantados, por lo menos al principio, cuando la mayor&#237;a de la gente que iba de vacaciones a Old Orchard ten&#237;a coches de fabricaci&#243;n nacional. S&#243;lo m&#225;s tarde proliferar&#237;an los autom&#243;viles de importaci&#243;n, pero aun as&#237; las probabilidades segu&#237;an siendo de un cincuenta por ciento para el Adivinador.

&#191;Y en cuanto a las profesiones? Bueno, a veces surg&#237;an detalles &#250;tiles durante la fraseolog&#237;a inicial, mientras el Adivinador escuchaba sus saludos, sus respuestas, la forma en que reaccionaban a ciertas palabras clave. Incluso mientras escuchaba lo que dec&#237;an, Dave examinaba su ropa y su piel en busca de signos reveladores: el pu&#241;o de la manga derecha de la camisa gastado o sucio pod&#237;a ser indicio de alguien con un empleo de oficina, y de poca monta si ten&#237;a que llevar la camisa de trabajo en vacaciones, en tanto que un examen m&#225;s detenido de sus manos pod&#237;a poner de manifiesto la huella de un bol&#237;grafo en el pulgar y el &#237;ndice. A veces se advert&#237;a un leve achatamiento en las yemas de los dedos en una mano o en las dos: en el primer caso, indicaba tal vez que era una persona habituada a usar una sumadora; en el segundo, casi con toda seguridad se trataba de una mecan&#243;grafa. Los cocineros siempre ten&#237;an peque&#241;as quemaduras en los antebrazos, marcas de la parrilla en las mu&#241;ecas, callos en el dedo &#237;ndice de la mano con que cog&#237;an el cuchillo, cicatrices o heridas todav&#237;a tiernas all&#237; donde se les hab&#237;a ido la hoja, y el Adivinador a&#250;n no hab&#237;a conocido a un solo mec&#225;nico capaz de limpiarse hasta el &#250;ltimo rastro de grasa de las arrugas de la piel. Distingu&#237;a a un polic&#237;a s&#243;lo con verlo, y a un militar con igual claridad que si fuera con uniforme de gala.

Pero la observaci&#243;n sin memoria no serv&#237;a de nada, y el Adivinador se pasaba el d&#237;a asimilando detalles del gent&#237;o que abarrotaba la costa, desde los retazos de una conversaci&#243;n hasta los destellos de alg&#250;n efecto personal. Si decid&#237;as encender un pitillo, Dave recordar&#237;a que el tabaco era Marlboro y que llevabas puesta una corbata verde. Si aparcabas el coche a la vista de su barraca, eras el Ford y los tirantes rojos. Todo se compartimentaba por si acaso llegaba a tener alguna utilidad, ya que si bien el Adivinador, de hecho, nunca perd&#237;a en sus apuestas, estaban tambi&#233;n la cuesti&#243;n del orgullo profesional y la necesidad de dar un buen espect&#225;culo a quienes miraban. El Adivinador no hab&#237;a sobrevivido en Old Orchard durante d&#233;cadas s&#243;lo por equivocarse al adivinar y endosar luego gomas el&#225;sticas a los turistas a modo de disculpa.

Se meti&#243; las ganancias en el bolsillo y ech&#243; una &#250;ltima ojeada alrededor antes de prepararse para cerrar. Estaba cansado y le dol&#237;a un poco la cabeza, pero echar&#237;a de menos todo aquello cuando la gente se marchase. Como el Adivinador sab&#237;a, cierta gente lamentaba el estado en que se encontraba Old Orchard y opinaba que esa hermosa playa se hab&#237;a echado a perder debido a un siglo de desarrollo urban&#237;stico, a la llegada de las monta&#241;as rusas, las casas de la risa y los tiovivos, al olor a algod&#243;n de az&#250;car y perritos calientes y bronceador. Quiz&#225; tuviesen raz&#243;n, pero quedaban muchos otros sitios adonde pod&#237;a acudir esa clase de personas, mientras que no hab&#237;a tantos adonde la gente pudiese ir con sus hijos y, por relativamente poco dinero, disfrutar del mar, la arena y el placer de intentar ganarle a hombres como el Adivinador. Old Orchard hab&#237;a cambiado, eso desde luego. Los chicos eran m&#225;s gallitos, tal vez incluso un poco m&#225;s peligrosos. El pueblo ofrec&#237;a un aspecto m&#225;s chabacano que antes, y se percib&#237;a una sensaci&#243;n de inocencia perdida m&#225;s que de inocencia recobrada. Ocean Park, el centro tur&#237;stico religioso orientado a las familias sito en Old Orchard, parec&#237;a cada vez m&#225;s un salto al pasado, a una &#233;poca en que la educaci&#243;n y la autosuperaci&#243;n formaban parte de las vacaciones en igual medida que el entretenimiento y la relajaci&#243;n. Se preguntaba cu&#225;ntos de los que iban all&#237; a beber cerveza barata y comer langosta en platos de cart&#243;n sab&#237;an algo de los metodistas que hab&#237;an fundado la Asociaci&#243;n de Acampada de Old Orchard all&#225; por 1870, congregando a veces a multitudes de diez mil personas o m&#225;s para o&#237;r c&#243;mo los oradores ensalzaban las ventajas de una vida virtuosa y libre de pecado. Dif&#237;cil lo tendr&#237;a quien intentase hoy d&#237;a convencer a los turistas de que renunciasen a tomar el sol una tarde para escuchar las historias de la Biblia. No hac&#237;a falta ser Dave el Adivinador para calcular las probabilidades de &#233;xito.

A pesar de todo, al Adivinador le encantaba Old Orchard. Gracias a aquella peque&#241;a barraca hab&#237;a tenido el privilegio de conocer a hombres como Tommy Dorsey y Louis Armstrong, y sus fotos colgaban de la pared para demostrarlo. Pero si bien esos encuentros representaban los grandes hitos de su trayectoria, su trato con personas corrientes le hab&#237;a proporcionado una satisfacci&#243;n continuada y permitido conservarse joven y despierto por dentro. Sin la gente, Old Orchard habr&#237;a significado mucho menos para &#233;l, con mar o sin mar.

El Adivinador guardaba ya sus letreros y sus balanzas cuando se acerc&#243; aquel hombre; o quiz&#225; ser&#237;a m&#225;s fiel a la verdad decir que el Adivinador percibi&#243; que se acercaba incluso antes de verlo, como aquellos remotos antepasados suyos que no hab&#237;an confiado en sus sentidos para jugar a las adivinanzas en cavernas iluminadas por el fuego. No, hab&#237;an necesitado esos sentidos para conservar la vida, para prevenirlos de la llegada de depredadores y enemigos, y por tanto su supervivencia hab&#237;a dependido de su compromiso con el mundo que los rodeaba.

De inmediato, el Adivinador se volvi&#243; despreocupadamente y empez&#243; a asimilar los rasgos del desconocido: cerca de cuarenta a&#241;os, pero aparentaba m&#225;s edad; los vaqueros m&#225;s holgados de lo que sol&#237;an llevarse en esos tiempos; la camiseta blanca pero un poco manchada en el vientre; las botas robustas, m&#225;s aptas para ir en moto que en coche, aunque sin el desgaste en las suelas propio de un motorista; el pelo oscuro, engominado y peinado hacia atr&#225;s, terminando en punta sobre la nuca; las facciones rectas, casi delicadas; el ment&#243;n peque&#241;o; la cabeza comprimida como si hubiese estado largo tiempo bajo un gran peso; los huesos de la cara con forma de cometa bajo la piel. Ten&#237;a una cicatriz bajo el nacimiento del pelo: tres l&#237;neas paralelas, como si le hubiesen introducido en la carne las p&#250;as de un tenedor y se las hubiesen hundido hasta el puente de la nariz. La boca torcida, con una comisura apuntando permanentemente hacia abajo y la otra un poco levantada, creaba la impresi&#243;n de que las m&#225;scaras simb&#243;licas del teatro se hubiesen bisecado y sus dispares mitades se hubiesen fundido sobre su cr&#225;neo. Los labios eran demasiado grandes. Casi podr&#237;an haberse calificado de sensuales, pero todo lo dem&#225;s en &#233;l desment&#237;a esa sensaci&#243;n. Ten&#237;a los ojos casta&#241;os, pero salpicados de peque&#241;as manchas blancas, como estrellas y planetas suspendidos en la oscuridad de &#233;stos. Ol&#237;a a colonia y, justo por debajo, se percib&#237;a un f&#233;tido hedor de grasas animales derretidas, de sangre y descomposici&#243;n y excrementos evacuados en ese momento final en que la vida se convierte en muerte.

De pronto, Dave el Adivinador lament&#243; no haber decidido marcharse quince minutos antes, no tener ya la barraca recogida y el cerrojo echado, y no haber puesto ya la m&#225;xima distancia posible entre &#233;l, un hombre de aquella avanzada edad, y sus queridas balanzas y letreros. Pero a la vez que elud&#237;a el contacto visual con el reci&#233;n llegado, no pudo por menos de analizarlo, extraer informaci&#243;n de sus movimientos, su ropa, su olor. El hombre se meti&#243; la mano en un bolsillo delantero del pantal&#243;n y sac&#243; un peine de acero, que se pas&#243; por el pelo con la mano derecha, seguida por la izquierda para alisarse cualquier cabello suelto. Al hacerlo, lade&#243; la cabeza un poco a la derecha, como si se mirase en alg&#250;n espejo visible s&#243;lo para &#233;l, y el Adivinador tard&#243; un momento en darse cuenta de que el espejo era &#233;l mismo. El desconocido lo sab&#237;a todo sobre Dave y su don, y el Adivinador, por m&#225;s que intentaba contenerse, segu&#237;a descomponiendo en sus partes integrantes a aquel hombre mientras se acicalaba, y el hombre lo sab&#237;a y disfrutaba vi&#233;ndose reflejado en las percepciones del viejo.

Vaqueros limpios y planchados, pero con las rodillas sucias. La mancha en la camiseta parec&#237;a sangre seca. La tierra bajo las u&#241;as. El olor. Dios santo, qu&#233; olor

Y el desconocido estaba ya delante de &#233;l y envainaba de nuevo el peine en la ce&#241;ida funda de su bolsillo. Con una sonrisa a&#250;n m&#225;s ancha, toda falsa cordialidad, el hombre habl&#243;.

&#191;Es usted el que adivina? -pregunt&#243;. En su voz, junto a un dejo sure&#241;o, se advert&#237;a tambi&#233;n un ligero acento del nordeste. Pretend&#237;a disimularlo, pero Dave ten&#237;a el o&#237;do muy fino.

Sin embargo, ese tonillo de Maine no era aut&#243;ctono. No, aqu&#233;l era un hombre capaz de integrarse a voluntad, un hombre que adquir&#237;a la forma de hablar y las particularidades de quienes lo rodeaban, camufl&#225;ndose igual que

Igual que los depredadores.

Ya he acabado por hoy -dijo el Adivinador-. No puedo con mi alma. No me queda nada.

Vamos, s&#237; que tiene tiempo para uno m&#225;s -fue la respuesta, y el Adivinador supo que aquello no era un intento de engatusarlo. Era una orden.

Mir&#243; alrededor en busca de algo con que distraer la atenci&#243;n, un pretexto para marcharse, pero era como si el desconocido hubiese creado un espacio para s&#237;, ya que nadie m&#225;s lo o&#237;a y era obvio que los transe&#250;ntes ten&#237;an la atenci&#243;n en otra parte. Miraban las otras barracas, el mar, la arena cambiante. Miraban los coches lejanos y los rostros desconocidos de quienes pasaban junto a ellos. Miraban el entarimado y sus propios pies, y clavaban la vista en los ojos de sus respectivos maridos y esposas, a quienes hab&#237;an dejado de considerar interesantes hac&#237;a mucho tiempo pero que sin embargo, de pronto, ejerc&#237;an en ellos una insospechada, aunque pasajera, fascinaci&#243;n. Y si alguien les hubiese insinuado que, de alg&#250;n modo, hab&#237;an decidido desviar su atenci&#243;n del peque&#241;o Adivinador y el hombre que ahora se hallaba ante &#233;l, habr&#237;an rechazado la idea sin pens&#225;rselo dos veces. Pero al contestar habr&#237;a asomado a sus caras una fugaz expresi&#243;n de inquietud, y eso, para una persona observadora -para alguien como Dave el Adivinador-, habr&#237;a bastado para desmentir sus respuestas. En ese momento se parec&#237;an en algo al Adivinador; esa despejada tarde de verano, cuando se pon&#237;a aquel sol de color rojo sangre, se hab&#237;a despertado en ellos un instinto primario, ancestral, hasta entonces en estado latente. Quiz&#225; realmente no se daban cuenta de que lo hac&#237;an, o quiz&#225;, por respeto a s&#237; mismos o por instinto de supervivencia, no lo reconoc&#237;an, ni siquiera para s&#237;, pero le ced&#237;an espacio al hombre del pelo engomina-do. Irradiaba amenaza y da&#241;o, y el mero hecho de reconocer su existencia entra&#241;aba el riesgo de atraer su atenci&#243;n. Mejor, pues, desviar la mirada. Mejor que no se interesara en los asuntos de uno, mejor que sufriera otro, que un desconocido fuera blanco de su desagrado. Mejor seguir andando, meterse en el coche, alejarse sin mirar una sola vez atr&#225;s por miedo a descubrir que &#233;l clavaba la vista en nuestros ojos, que se ensanchaba lentamente su indolente media sonrisa mientras memo-rizaba las caras, los n&#250;meros de matr&#237;cula, el color de la pintura, el cabello oscuro de una esposa, el cuerpo en flor de una hija adolescente. Mejor fingir, pues. Mejor no fijarse. Mejor eso que despertarse una noche y encontrar a un hombre as&#237; mir&#225;ndote, manchado de sangre caliente, y ver una luz reveladora en la habitaci&#243;n contigua, mientras dentro hay algo que gotea en el parquet desnudo, algo que antes estaba vivo y ahora ya no lo est&#225;

Dave supo entonces que ese hombre no se diferenciaba tanto de &#233;l. Era un observador, un catalogador de caracter&#237;sticas humanas, pero en el caso del desconocido la observaci&#243;n era el preludio del da&#241;o. Y en ese momento s&#243;lo se o&#237;a el sonido de las olas al romper, y voces que se alejaban, y los ruidos de las atracciones de la feria, amortiguados mientras el desconocido hablaba con un tono insistente para captar la atenci&#243;n de su interlocutor hasta el punto de excluir todo lo dem&#225;s.

Quiero que adivine algo sobre m&#237; -dijo.

&#191;Qu&#233; quiere saber? -pregunt&#243; el Adivinador, y toda apariencia de buena voluntad abandon&#243; su voz. Dadas las circunstancias, no serv&#237;a de nada fingir. En cierto modo eran iguales.

El hombre apret&#243; el pu&#241;o de la mano derecha. Dos monedas de veinticinco centavos asomaban entre sus dedos contra&#237;dos. Levant&#243; la mano hacia Dave, y &#233;ste retir&#243; las monedas con sus dedos apenas temblorosos.

D&#237;game c&#243;mo me gano la vida -exigi&#243; el desconocido-. Y quiero que intente acertar. Intente acertar.

Dave percibi&#243; la advertencia. Podr&#237;a haber inventado algo inocuo, algo inocente. Abre zanjas en la construcci&#243;n de carreteras, quiz&#225;. Trabaja de jardinero. Trabaja

Trabaja en un matadero.

No, demasiado cerca. No debo decirlo.

Desgarra cosas. Cosas vivas. Hace da&#241;o y mata y entierra las pruebas. Y a veces se defienden. Veo las cicatrices en torno a sus ojos, y en la carne blanda bajo la mand&#237;bula. Tiene unos cuantos mechones ralos justo encima de la frente, y una porci&#243;n de piel inflamada en torno a las ra&#237;ces all&#237; donde el pelo no ha vuelto a crecer como es debido. &#191;Qu&#233; ocurri&#243;? &#191;Liber&#243; la v&#237;ctima una mano? &#191;Lo agarr&#243; desesperadamente con los dedos y le arranc&#243; un trozo de cuero cabelludo? E incluso en pleno dolor, &#191;no se deleit&#243; una parte de usted con la lucha, no disfrut&#243; por tener que esforzarse para conseguir su premio? &#191;Y qu&#233; me dice de esas incisiones bajo el nacimiento del pelo? &#191;Qu&#233; me dice? Es usted un hombre violento, y ha padecido tambi&#233;n la violencia. Ha sido marcado para advertir a otros, de manera que incluso los tontos y los despistados lo conozcan cuando se acerca. Demasiado tarde para el que lo hizo, quiz&#225;, pero no obstante una advertencia.

Una mentira pod&#237;a costarle la vida. Tal vez no en ese momento, tal vez ni siquiera al cabo de una semana, pero ese hombre se acordar&#237;a y regresar&#237;a. Una noche, Dave el Adivinador volver&#237;a a su habitaci&#243;n y el desconocido estar&#237;a sentado en un sill&#243;n en la oscuridad, delante de la ventana, dando largas caladas a un cigarrillo que sostendr&#237;a con la mano izquierda mientras, con la derecha, juguetear&#237;a con una navaja.

Me alegro de que haya llegado por fin. He estado esper&#225;ndole. &#191;Se acuerda de m&#237;? Le ped&#237; que adivinase algo sobre m&#237;, pero no acert&#243;. De premio me dio un juguete, de premio por ganar al Adivinador; pero para m&#237;&#233;se no es premio suficiente, e hizo usted mal en pensarlo. Me parece que deber&#237;a sacarlo de su error. Me parece que deber&#237;a saber c&#243;mo me gano la vida realmente. Venga, perm&#237;tame ense&#241;&#225;rselo

D&#237;gamelo, pues -insisti&#243;-. D&#237;game la verdad.

Dave lo mir&#243; a los ojos.

Usted causa dolor -dijo.

Al parecer, el desconocido lo encontr&#243; gracioso.

&#191;Usted cree?

Hace da&#241;o a la gente.

&#191;S&#237;?

Ha matado. -Y en el momento en que se o&#237;a pronunciar estas palabras, Dave se ve&#237;a desde fuera. Flotando, se apartaba de la escena que se desarrollaba ante &#233;l; su alma se anticipaba ya a la separaci&#243;n de esta vida que iba a producirse.

El desconocido movi&#243; la cabeza en un gesto de incredulidad y se mir&#243; las manos, como si hubiera quedado mudo de asombro ante tal revelaci&#243;n.

Bueno -dijo por fin-, supongo que eso vale cincuenta centavos del dinero de cualquier hombre, las cosas como son. Tal cual. Tal cual. -Y asinti&#243;, ensimismado-. Aj&#225; -susurr&#243;-. Aj&#225;.

&#191;Quiere reclamar el premio? -pregunt&#243; Dave-. Tiene derecho a un premio si no he acertado.

Se&#241;al&#243; hacia atr&#225;s, en direcci&#243;n a las gomas el&#225;sticas, las horquillas, los paquetes de globos.

Ll&#233;vese uno. Ll&#233;vese uno, por favor. Ll&#233;veselos todos, lo que quiera, pero al&#233;jese de m&#237;. V&#225;yase por donde ha venido, sin detenerse, y no vuelva nunca por aqu&#237;, jam&#225;s. Y si le sirve de consuelo, sepa que nunca olvidar&#233; su olor o su aspecto. Nunca. Los grabar&#233; en mi memoria, y permanecer&#233; siempre atento por si vuelve a aparecer.

No -dijo el desconocido-. Qu&#233;deselos. Me he entretenido. Usted me ha entretenido.

Se apart&#243; de Dave el Adivinador, a&#250;n asintiendo, a&#250;n repitiendo aj&#225; una y otra vez.

En el preciso momento en que el Adivinador ten&#237;a la certeza de que iba a librarse de &#233;l, el desconocido se detuvo.

Orgullo profesional -dijo de pronto.

&#191;Disculpe? -pregunt&#243; el Adivinador.

Creo que es eso lo que tenemos en com&#250;n: estamos orgullosos de lo que hacemos. Usted podr&#237;a haberme mentido, pero no lo ha hecho. Y yo podr&#237;a haberle mentido a usted y llevarme esos globos de mierda, pero tampoco lo he hecho. Usted me ha respetado a m&#237;, y a cambio yo lo he respetado a usted.

El Adivinador no contest&#243;. No hab&#237;a nada que decir. Not&#243; un sabor en la boca. Era agrio y desagradable. Dese&#243; abrir la boca y aspirar una bocanada de aire salitroso, pero a&#250;n no, no mientras el desconocido estuviese cerca. Antes quer&#237;a deshacerse de &#233;l, por temor a que algo de su esencia penetrase en su cuerpo con esa &#250;nica bocanada y corrompiese su ser.

Puede hablarle a la gente de m&#237; si quiere -dijo el desconocido-. Tanto me da. Pasar&#225; mucho tiempo antes de que alguien se plantee ir en mi busca, e incluso si me encuentran, &#191;qu&#233; van a decir? &#191;Que un charlat&#225;n de feria con una camiseta barata los ha mandado por m&#237;, que quiz&#225; tengo algo que esconder o una historia que contar?

Se entretuvo con las manos en recuperar del vaquero el paquete de tabaco, manoseado y un poco chafado. Sac&#243; de dentro un estilizado mechero met&#225;lico y a continuaci&#243;n un cigarrillo. Hizo rodar el cigarrillo entre el dedo medio y el pulgar antes de encenderlo, y luego el mechero y el paquete volvieron a desaparecer en el bolsillo.

Puede que alg&#250;n d&#237;a me pase otra vez por aqu&#237; -dijo-. Lo buscar&#233;.

Aqu&#237; estar&#233; -respondi&#243; el Adivinador.

Vuelva si quiere, animal. No me malinterprete: le tengo miedo, y creo que no me falta raz&#243;n para ello, pero no piense que voy a exteriorizarlo. De m&#237; no recibir&#225; esa satisfacci&#243;n.

Eso espero -dijo el desconocido-. Eso espero, no le quepa duda.

Pero el Adivinador nunca volvi&#243; a verlo, aunque pens&#243; en &#233;l a menudo, y una o dos veces en los a&#241;os que le quedaron de vida, mientras estaba en el paseo y evaluaba a los transe&#250;ntes, se sinti&#243; observado y tuvo la certeza de que, en alg&#250;n lugar cercano, el desconocido lo miraba; quiz&#225; por diversi&#243;n o quiz&#225;, como con frecuencia tem&#237;a el Adivinador, arrepentido de permitir que la verdad sobre &#233;l se hubiera revelado de ese modo, y deseando enmendar el error.

Dave Glovsky el Adivinador muri&#243; en 1997, casi cincuenta a&#241;os despu&#233;s de llegar por primera vez a Old Orchard Beach. Les habl&#243; del desconocido a quienes estuvieron dispuestos a escucharle, les habl&#243; del hedor a grasa que desped&#237;a, de la mugre bajo las u&#241;as y de las manchas de color cobre en la camiseta. La mayor&#237;a de quienes le prestaron o&#237;dos se limitaron a menear la cabeza ante lo que, cre&#237;an, era s&#243;lo un intento m&#225;s por parte de un feriante de alimentar su leyenda; pero algunos lo escucharon con atenci&#243;n y encomendaron sus palabras a la memoria, y las hicieron correr para que otros estuvieran alerta por si regresaba aquel hombre.

El Adivinador, claro est&#225;, ten&#237;a raz&#243;n: el hombre volvi&#243; a&#241;os despu&#233;s, en efecto, a veces por iniciativa propia y a veces por &#243;rdenes de otros, y quit&#243; vidas pero tambi&#233;n cre&#243; una. Sin embargo, cuando regres&#243; por &#250;ltima vez, atrajo las nubes y se envolvi&#243; en ellas a modo de capa, oscureciendo el cielo a su paso, buscando la muerte y el recuerdo de una muerte en los rostros de los dem&#225;s. Era un hombre roto y, en su c&#243;lera, romper&#237;a a otros.

Era Merrick, el vengador.



1

Era una ma&#241;ana encapotada de finales de noviembre, la hierba se quebraba a causa de la escarcha, y el invierno sonre&#237;a por los huecos entre las nubes igual que un mal payaso que escudri&#241;a desde detr&#225;s del tel&#243;n antes de empezar el espect&#225;culo. La ciudad se ralentizaba. Pronto arreciar&#237;a el fr&#237;o, y Portland, como un animal, hab&#237;a acumulado grasas para los largos meses venideros. En el banco se hallaban los d&#243;lares del turismo; suficientes, cab&#237;a esperar, para llegar hasta el 30 de mayo, d&#237;a de los Ca&#237;dos. En las calles se respiraba una mayor tranquilidad que tiempo atr&#225;s. Los lugare&#241;os, que a veces no coexist&#237;an c&#243;modamente con el ecoturismo oto&#241;al y los buscadores de gangas, ahora ten&#237;an la ciudad casi para ellos solos una vez m&#225;s. Reclamaban sus mesas habituales en los restaurantes, bares y cafeter&#237;as. Dispon&#237;an de tiempo para la conversaci&#243;n ociosa con camareras y cocineros, los profesionales ya no sudaban tinta por las exigencias de clientes cuyos nombres desconoc&#237;an. En esa &#233;poca del a&#241;o era posible sentir el verdadero ritmo de la peque&#241;a ciudad, el lento palpitar de su coraz&#243;n sin los agobios del falso est&#237;mulo de aquellos que ven&#237;an de otras partes.

Yo, sentado a una mesa en un rinc&#243;n del Porthole, com&#237;a beicon y patatas fritas, sin mirar a Kathleen Kennedy y Stephen Frazier mientras charlaban de la visita sorpresa a Irak de la secretaria de Estado. Como el televisor estaba sin sonido, era mucho m&#225;s f&#225;cil no prestarle atenci&#243;n. Una estufa el&#233;ctrica con fuego de imitaci&#243;n ard&#237;a al lado de la ventana que daba al mar; los m&#225;stiles de los barcos de pesca oscilaban en la brisa matutina, y unas cuantas personas ocupaban las otras mesas, no muchas, las justas para crear el acogedor ambiente que requer&#237;a una cafeter&#237;a durante el desayuno, ya que tales cosas se basan en un sutil equilibrio.

El Porthole segu&#237;a igual que cuando yo era ni&#241;o, quiz&#225;s incluso igual que cuando abri&#243; sus puertas por vez primera en 1929. Placas de lin&#243;leo marmolado verde, agrietado aqu&#237; y all&#225; pero inmaculadamente limpio, cubr&#237;an el suelo. Una larga barra de madera con superficie de cobre recorr&#237;a el local casi de punta a punta, salpicada de vasos, condimentos y dos bandejas de cristal con bollos reci&#233;n hechos, y los taburetes estaban sujetos al suelo. Las paredes eran de color verde claro, y bastaba con ponerse en pie para ver el interior de la cocina a trav&#233;s de las dos ventanillas de servir id&#233;nticas, separadas por un letrero donde se le&#237;a: VIEIRAS. Una pizarra anunciaba los platos del d&#237;a, y hab&#237;a cinco surtidores de cerveza, que serv&#237;an Guinness, alguna que otra Allagash y Shipyard, y para quienes no conoc&#237;an nada mejor, o s&#237; conoc&#237;an pero les importaba un carajo, Coors Light. De las paredes colgaban boyas, lo que en cualquier otra casa de comidas del Puerto Antiguo habr&#237;a resultado kitsch pero all&#237; reflejaba la simple circunstancia de que aqu&#233;l era un lugar frecuentado por lugare&#241;os que pescaban. Una pared era casi por entero de cristal, as&#237; que incluso en las ma&#241;anas m&#225;s grises el Porthole parec&#237;a inundado de luz.

En el Porthole siempre te envolv&#237;a el reconfortante zumbido de la conversaci&#243;n, pero nunca llegabas a o&#237;r con claridad todo lo que dec&#237;an los otros clientes que hab&#237;a sentados cerca. Esa ma&#241;ana unas veinte personas com&#237;an, beb&#237;an y empezaban el d&#237;a con parsimonia, como suelen hacer las gentes de Maine. Sentados en fila ante la barra, cinco trabajadores del Mercado de Pescado del Puerto, todos vestidos id&#233;nticamente con vaqueros, sudaderas con capucha y gorras de b&#233;isbol, re&#237;an y se desperezaban en el calor, sus caras enrojecidas por la intemperie. A mi lado, cuatro hombres de negocios, con tel&#233;fonos m&#243;viles y blocs entre las tazas blancas de caf&#233;, hac&#237;an ver que trabajaban, pero a juzgar por las ocasionales r&#225;fagas de conversaci&#243;n que me llegaban, y alcanzaba a comprender, estaban m&#225;s interesados, aparentemente, en elogiar al entrenador de los Pirates, Kevin Dineen. M&#225;s all&#225;, dos mujeres, madre e hija, sosten&#237;an una de esas conversaciones que exigen mucha gesticulaci&#243;n y caras de asombro. Daba la impresi&#243;n de que se lo pasaban en grande.

Me gusta el Porthole. Aqu&#237; los turistas apenas vienen, y menos en invierno, e incluso en verano tend&#237;an a perturbar poco el equilibrio hasta que alguien coloc&#243; una pancarta sobre Wharf Street en la que se anunciaba que esa porci&#243;n de puerto tan poco prometedora ten&#237;a m&#225;s inter&#233;s del que aparentaba: la marisquer&#237;a Boone's, el Mercado de Pescado, la sala Comedy Connection y el propio Porthole. Pero ni siquiera eso hab&#237;a dado pie a una multitudinaria concurrencia. Con o sin pancarta, el Porthole no pregonaba a voces su existencia, y un maltrecho letrero con el nombre de un refresco y un ondeante bander&#237;n eran las &#250;nicas verdaderas se&#241;ales de su presencia visibles desde Commercial, una de las principales arterias de la ciudad. En cierto modo, uno necesita saber que est&#225; all&#237; para verlo, sobre todo en las oscuras ma&#241;anas de invierno, y a cualquier turista rezagado que pudiera pasear por Commercial a comienzos del crudo invierno de Maine le conven&#237;a tener ya una idea muy aproximada de ad&#243;nde dirig&#237;a sus pasos si pretend&#237;a llegar a la primavera con la salud intacta. Con un vigorizante viento del nordeste de cara, pocos ten&#237;an el tiempo o el deseo de explorar los rincones ocultos de la ciudad.

Aun as&#237;, a veces los viajeros de temporada baja pasaban por delante del Mercado de Pescado y la sala Comedy Connection, mientras sus pasos resonaban n&#237;tidamente en la madera vieja del paseo entarimado que bordeaba el muelle por su lado izquierdo, e iban a dar a la puerta del Porthole, y exist&#237;an muchas probabilidades de que, en su siguiente visita a Portland, fuesen derechos al Porthole; pero quiz&#225; no se lo contaban a mucha gente, porque era la clase de sitio que uno se reservaba para s&#237;. Fuera ten&#237;a una terraza con vistas al puerto donde, en verano, la gente pod&#237;a sentarse y comer, pero en invierno retiraban las mesas y dejaban la terraza vac&#237;a. Creo que a m&#237; me gustaba m&#225;s en invierno. Pod&#237;a coger un caf&#233; y marcharme afuera, sabiendo que la mayor&#237;a de los parroquianos prefer&#237;an tomarse el caf&#233; dentro, donde se estaba caliente, y que, por tanto, dif&#237;cilmente me molestar&#237;a nadie. All&#237; ol&#237;a el salitre y sent&#237;a la brisa marina en la piel, y si hac&#237;a buen d&#237;a y no soplaba mucho el viento, el olor me acompa&#241;aba el resto de la ma&#241;ana. Me gustaba, sobre todo, el olor. A veces, si me sent&#237;a mal, all&#237; pod&#237;a quitarle importancia, porque el salitre en los labios me recordaba el sabor de las l&#225;grimas, como si recientemente hubiese intentado alejar el dolor de otro con un beso. Cuando eso ocurr&#237;a, me acordaba de Rachel y Sam, mi hija. Tambi&#233;n me acordaba a menudo de la mujer y la hija que ya hab&#237;a perdido antes.

En d&#237;as as&#237; reinaba el silencio.

Pero ese d&#237;a yo estaba dentro, y llevaba chaqueta y corbata. La corbata era de Hugo Boss, de color rojo intenso, y la chaqueta de Armani, aunque en Maine nadie le prestaba mucha atenci&#243;n a las marcas. Todo el mundo pensaba que, si llevabas puesta esa ropa, la hab&#237;as comprado en las rebajas, y si de verdad hab&#237;as pagado el precio que marcaba la etiqueta, eras imb&#233;cil.

Yo no hab&#237;a pagado el precio de la etiqueta.

Se abri&#243; la puerta delantera y entr&#243; una mujer. Vest&#237;a traje pantal&#243;n negro y un abrigo que probablemente le hab&#237;a costado un dineral cuando lo compr&#243;, pero al que ya se le notaban los a&#241;os. Ten&#237;a el pelo negro, te&#241;ido con algo que le daba un tono rojizo. Pareci&#243; sorprenderse un poco por el aspecto del local, como si, despu&#233;s de abrirse paso entre los ruinosos edificios de los muelles, esperase que fueran a raptarla unos piratas. Pos&#243; la mirada en m&#237; y lade&#243; la cabeza con expresi&#243;n de duda. Levant&#233; un dedo, y se acerc&#243; hacia m&#237; por entre las mesas. Me levant&#233; para recibirla, y nos estrechamos la mano.

&#191;Se&#241;or Parker?

Se&#241;ora Clay.

Disculpe que llegue tarde. Ha habido un accidente en el puente. La cola de coches era interminable.

Rebecca Clay me hab&#237;a telefoneado el d&#237;a anterior para preguntarme si pod&#237;a ayudarla con cierto problema. La acechaba un hombre, y como es l&#243;gico, no le divert&#237;a. La polic&#237;a no hab&#237;a podido hacer nada. Daba la impresi&#243;n, dijo, de que el hombre present&#237;a la llegada de los agentes, porque cuando &#233;stos, alertados, se acercaban a la casa, por grande que fuera su sigilo, &#233;l siempre se hab&#237;a ido ya.

Yo iba haciendo todo el trabajo corriente que pod&#237;a, en parte para apartar de mi cabeza la ausencia de Rachel y Sam. Llev&#225;bamos separados unos nueve meses, con alg&#250;n que otro reencuentro entremedias. Ni siquiera s&#233; muy bien c&#243;mo se hab&#237;an deteriorado las cosas hasta ese punto, y tan deprisa. Fue como si de pronto estuviesen all&#237; las dos, llenando la casa con sus aromas y sus sonidos, y al cabo de un instante se marchasen a vivir con los padres de Rachel, pero naturalmente no hab&#237;a sido as&#237; ni mucho menos. Volviendo la vista atr&#225;s, ve&#237;a todas las curvas de la carretera, los recodos y las hondonadas, que nos hab&#237;an conducido hasta donde ahora est&#225;bamos. En teor&#237;a era una soluci&#243;n temporal, un periodo de reflexi&#243;n, para que, alejados durante un tiempo, intent&#225;semos recordar cu&#225;les eran esos aspectos de la otra persona tan importantes para nosotros que no pod&#237;amos vivir sin ellos. Pero estas situaciones nunca son temporales, en realidad no. Se produce una ruptura, un distanciamiento, y aun cuando se llegue a un acuerdo, y a la decisi&#243;n de intentarlo de nuevo, el hecho de que una persona haya dejado a la otra nunca se olvida, ni se perdona. Planteado as&#237;, parece que la culpa fuera de ella, y no lo fue. Tampoco estoy muy seguro de que fuera m&#237;a, o al menos no del todo. Ella ten&#237;a que tomar una decisi&#243;n, y yo tambi&#233;n, pero la suya depend&#237;a de la que tomase yo. Al final las dej&#233; ir, pero con la esperanza de que regresaran al cabo de un tiempo. Segu&#237;amos hablando, y yo pod&#237;a ver a Sam siempre que quisiera, pero como viv&#237;an en Vermont, resultaba un poco dif&#237;cil. Distancias aparte, yo era cauto en mis visitas, y no s&#243;lo porque no quer&#237;a complicar una situaci&#243;n ya de por s&#237; dif&#237;cil. Me andaba con cuidado porque a&#250;n cre&#237;a que hab&#237;a gente dispuesta a hacerles da&#241;o a ellas con tal de llegar hasta m&#237;. Por eso las dej&#233; marchar, creo. Los recuerdos eran dolorosos. El &#250;ltimo a&#241;o hab&#237;a sido dif&#237;cil. Las echaba mucho de menos, pero no sab&#237;a c&#243;mo recuperarlas, ni c&#243;mo convivir con su ausencia. Hab&#237;an dejado un vac&#237;o en mi existencia, y otras, las que aguardaban en las sombras, hab&#237;an tratado de ocupar su lugar.

La primera mujer y la primera hija.

Ped&#237; un caf&#233; para Rebecca Clay. Un haz de sol matutino la ilumin&#243; sin clemencia poniendo de relieve las arrugas de su cara, las canas que se filtraban en su pelo a pesar del tinte, las oscuras ojeras. Algo de eso se deb&#237;a tal vez al hombre que, seg&#250;n ella, la molestaba, pero saltaba a la vista que en gran medida ten&#237;a un origen m&#225;s profundo. Las tribulaciones de la vida la hab&#237;an envejecido prematuramente. A juzgar por c&#243;mo se hab&#237;a maquillado, deprisa y en exceso, se deduc&#237;a que era una mujer a quien no le gustaba mirarse en el espejo mucho rato, y a quien no le gustaba la imagen que ve&#237;a reflejada.

Creo que nunca hab&#237;a estado aqu&#237; -coment&#243;-. Portland ha cambiado tanto en los &#250;ltimos a&#241;os que resulta asombroso que un sitio as&#237; haya sobrevivido.

Ten&#237;a raz&#243;n, supuse. La ciudad estaba cambiando, pero algunos de los vestigios m&#225;s singulares y antiguos de su pasado perduraban: librer&#237;as de viejo, barber&#237;as y bares donde el men&#250; nunca variaba porque la comida siempre hab&#237;a sido buena, desde el primer d&#237;a. Por eso mismo hab&#237;a sobrevivido el Porthole. Quienes lo conoc&#237;an lo valoraban, y procuraban generarle un ingreso siempre que les era posible.

Lleg&#243; el caf&#233; de Rebecca Clay. Ech&#243; az&#250;car y lo removi&#243; demasiado tiempo.

&#191;Qu&#233; puedo hacer por usted, se&#241;ora Clay?

Dej&#243; de remover el caf&#233;, contenta de empezar a hablar ahora que la conversaci&#243;n ya estaba en marcha.

Es lo que le dije por tel&#233;fono. Un hombre ha estado molest&#225;ndome.

Molest&#225;ndola, &#191;c&#243;mo?

Ronda por delante de mi casa. Vivo en Willard Beach. Tambi&#233;n lo he visto en Freeport, o al ir de compras al centro comercial.

&#191;Iba en coche o a pie?

A pie.

&#191;Ha entrado en su propiedad?

No.

&#191;La ha amenazado o agredido f&#237;sicamente de alg&#250;n modo?

No.

&#191;Cu&#225;ndo empez&#243;?

Hace poco m&#225;s de una semana.

El hombre ese, &#191;le ha dirigido la palabra?

S&#243;lo una vez, hace dos d&#237;as.

&#191;Qu&#233; le dijo?

Que buscaba a mi padre. Mi hija y yo vivimos ahora en la que fue la casa de mi padre. Seg&#250;n me dijo el hombre, ten&#237;a negocios con &#233;l.

&#191;Qu&#233; le respondi&#243; usted a eso?

Pues que no ve&#237;a a mi padre desde hac&#237;a a&#241;os y que, por lo que yo sab&#237;a, estaba muerto. De hecho, este mismo a&#241;o lo han declarado legalmente muerto. Me ocup&#233; de todo el papeleo. No quer&#237;a, pero supongo que era importante para m&#237;, y para mi hija, poner fin de alg&#250;n modo a esa situaci&#243;n.

H&#225;bleme de su padre.

Era psiquiatra infantil, de los buenos. A veces tambi&#233;n trabajaba con adultos, pero normalmente eran personas que hab&#237;an sufrido alg&#250;n trauma en la infancia y pensaban que mi padre pod&#237;a ayudarlos. Un d&#237;a las cosas empezaron a torcerse para &#233;l. Tuvo un caso dif&#237;cil: un hombre fue acusado de abusos deshonestos por su propio hijo en el transcurso de una disputa por la custodia. Mi padre consider&#243; que las imputaciones eran fundadas, y, gracias a sus averiguaciones, se concedi&#243; la custodia a la madre, pero despu&#233;s el hijo se retract&#243; y declar&#243; que su madre lo hab&#237;a convencido para que dijese aquello. Entonces era ya demasiado tarde para el padre. De alg&#250;n modo, probablemente a trav&#233;s de la madre, la acusaci&#243;n se hab&#237;a filtrado a la prensa. El padre perdi&#243; el empleo, y unos hombres le dieron una paliza en un bar. Acab&#243; peg&#225;ndose un tiro en su habitaci&#243;n. Mi padre lo encaj&#243; mal, y se presentaron quejas sobre la manera en que llev&#243; las entrevistas iniciales con el ni&#241;o. El colegio de m&#233;dicos las desestim&#243;, pero a mi padre no volvieron a pedirle nunca m&#225;s un peritaje en casos de abusos deshonestos. Perdi&#243; la seguridad en s&#237; mismo, creo.

&#191;Eso cu&#225;ndo ocurri&#243;?

M&#225;s o menos en 1998, quiz&#225;s un poco antes. Despu&#233;s las cosas empeoraron. -Movi&#243; la cabeza en un gesto de incredulidad ante el recuerdo-. Incluso hablando de ello, me doy cuenta de lo descabellado que suena. Fue un desastre. -Ech&#243; un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba y a continuaci&#243;n baj&#243; un poco la voz-. Se supo que algunos pacientes de mi padre hab&#237;an sufrido abusos deshonestos a manos de un grupo de hombres, y los m&#233;todos y la fiabilidad de mi padre volvieron a ponerse en tela de juicio. &#201;l se sinti&#243; culpable de lo ocurrido; tambi&#233;n otros lo consideraron culpable. El colegio de m&#233;dicos lo convoc&#243; a una primera reuni&#243;n informal para hablar de lo ocurrido, pero &#233;l no lleg&#243; a presentarse. Se dirigi&#243; al norte, hasta el l&#237;mite de los bosques, abandon&#243; su coche y ya no volvi&#243; a saberse de &#233;l. La polic&#237;a lo busc&#243;, pero no encontraron el menor rastro. Eso ocurri&#243; a finales de septiembre de 1999.

Clay. Rebecca Clay.

&#191;Es usted la hija de Daniel Clay?

Asinti&#243; con la cabeza. Algo asom&#243; fugazmente a su cara. Fue un espasmo involuntario, una especie de mueca. Yo sab&#237;a alguna que otra cosa sobre Daniel Clay. Portland es un lugar peque&#241;o, una ciudad s&#243;lo de nombre. Historias como la de Daniel Clay tend&#237;an a quedarse en la memoria colectiva. No conoc&#237;a los detalles, pero, como todo el mundo, hab&#237;a o&#237;do las habladur&#237;as. Rebecca Clay hab&#237;a resumido las circunstancias de la desaparici&#243;n de su padre muy por encima, y no la culp&#233; por omitir el resto: los rumores de que quiz&#225;s el doctor Daniel Clay estaba enterado de lo que les ocurr&#237;a a algunos de los ni&#241;os a quienes trataba, la posibilidad de que &#233;l hubiese actuado en connivencia, de que acaso hubiese participado &#233;l mismo en los abusos. Se llev&#243; a cabo cierta investigaci&#243;n, pero faltaban expedientes de su consulta, y era dif&#237;cil seguir pistas debido al car&#225;cter confidencial de su profesi&#243;n. A eso se sumaba que no exist&#237;a ninguna prueba concluyen-te contra &#233;l. No obstante, eso no impidi&#243; que la gente hablara y extrajera sus propias conclusiones.

Mir&#233; a Rebecca Clay con mayor detenimiento. Conociendo la identidad de su padre, me resultaba un poco m&#225;s f&#225;cil explicarme su aparici&#243;n. Me imagin&#233; que era una mujer reservada. Deb&#237;a de tener amigos, pero no muchos. Daniel Clay hab&#237;a proyectado una sombra sobre la vida de su hija, y ella se hab&#237;a marchitado bajo la influencia de &#233;sta.

As&#237; pues, usted dijo a ese hombre, el que ha estado acech&#225;ndola, que no ve a su padre desde hace mucho tiempo. &#191;C&#243;mo reaccion&#243; &#233;l?

Se toc&#243; un lado de la nariz y me gui&#241;&#243; un ojo. -Repiti&#243; el gesto para m&#237;-. Luego dijo: Embustera, embustera, perder&#225;s la cartera. A&#241;adi&#243; que me conced&#237;a un tiempo para pensar en lo que dec&#237;a. Despu&#233;s, se fue sin m&#225;s.

&#191;Por qu&#233; la llam&#243; embustera? &#191;Dio se&#241;al de conocer algo m&#225;s sobre la desaparici&#243;n de su padre?

No, nada en absoluto.

&#191;Y la polic&#237;a no ha podido localizarlo?

No, es como si se lo hubiera tragado la tierra. Me parece que creen que me lo invento para llamar la atenci&#243;n, pero no es verdad. Yo no har&#237;a una cosa as&#237;. Yo

Esper&#233;.

Ya sabe usted lo de mi padre. Hay quienes opinan que obr&#243; mal; entre ellos, creo, la polic&#237;a. Y a veces me pregunto si piensan que s&#233; m&#225;s de lo que he dicho sobre lo ocurrido, y que he estado protegiendo a mi padre todo este tiempo. Cuando vinieron a casa, les le&#237; el pensamiento: sospechan que yo s&#233; d&#243;nde est&#225; mi padre y que, de alg&#250;n modo, me he mantenido en contacto con &#233;l durante estos a&#241;os.

&#191;Y ha sido as&#237;?

Parpade&#243; ostensiblemente, pero no desvi&#243; la mirada.

No.

Pero ahora, por lo que se ve, la polic&#237;a no es la &#250;nica que pone en duda su historia. &#191;C&#243;mo es ese hombre?

Pasa de los sesenta a&#241;os, calculo. Se peina con una especie de tup&#233;, como el de los roqueros de los a&#241;os cincuenta, y tiene el pelo negro, aunque parece te&#241;ido. Ojos casta&#241;os. Aqu&#237; -se se&#241;al&#243; la frente, justo bajo el nacimiento del pelo- se le ve una cicatriz; son tres marcas paralelas, como si le hubiesen clavado un tenedor en la piel y hubiesen tirado de &#233;l hacia abajo. Es bajo, un metro sesenta &#243; poco m&#225;s, pero robusto, con unos brazos enormes y los pliegues de los m&#250;sculos muy marcados en la parte de atr&#225;s del cuello. Va casi siempre con la misma ropa: vaqueros y camiseta, a veces con una americana negra, otras con una cazadora vieja de cuero, tambi&#233;n negra. Tiene barriga, pero no est&#225; gordo, no, yo no dir&#237;a que est&#225; gordo. Lleva las u&#241;as muy cortas y va muy limpio, s&#243;lo que

Se interrumpi&#243;. Prefer&#237; callar para dejarla buscar la mejor manera de expresarse.

Usa alguna colonia de un olor muy fuerte, espantoso, pero mientras me hablaba me lleg&#243; un tufillo de lo que se escond&#237;a detr&#225;s. Apestaba, era una especie de hedor animal. Al notarlo, dese&#233; escapar de &#233;l de inmediato.

&#191;Le dijo c&#243;mo se llamaba?

No. S&#243;lo dijo que ten&#237;a negocios con mi padre. Insist&#237; en que mi padre hab&#237;a muerto, pero &#233;l negaba con la cabeza y sonre&#237;a. Dijo que no cre&#237;a que un hombre estuviera muerto hasta que ol&#237;a el cad&#225;ver.

&#191;Tiene alguna idea de por qu&#233; se ha presentado ese hombre justo ahora, tantos a&#241;os despu&#233;s de la desaparici&#243;n de su padre?

No lo dijo. Quiz&#225; se haya enterado de que mi padre ha sido declarado legalmente muerto.

Con fines testamentarios, bajo la ley de Maine, se daba por muerta a una persona despu&#233;s de una ausencia continuada de cinco a&#241;os durante los que no se hab&#237;a tenido noticia de ella ni exist&#237;a una explicaci&#243;n satisfactoria de su desaparici&#243;n. En algunos casos, el juzgado ordenaba una b&#250;squeda razonablemente diligente, la notificaci&#243;n a las fuerzas del orden y los funcionarios de asistencia social de los detalles del caso, y la solicitud de informaci&#243;n a trav&#233;s de la prensa. Seg&#250;n Rebecca Clay, hab&#237;a cumplido todos los requisitos exigidos por el juzgado, pero no se hab&#237;a obtenido m&#225;s informaci&#243;n sobre su padre.

Tambi&#233;n se public&#243; un art&#237;culo sobre mi padre en una revista de arte hace unos meses, este mismo a&#241;o, despu&#233;s de vender yo un par de cuadros suyos. Necesitaba el dinero. Mi padre era un artista con cierto talento. Pasaba mucho tiempo en el bosque, pintando y dibujando. Su obra no es nada extraordinario si se juzga con criterios modernos Lo m&#225;s que he sacado por un cuadro son mil d&#243;lares, pero he podido vender alguno que otro cuando el dinero escaseaba. Mi padre nunca expuso, y dej&#243; una obra relativamente peque&#241;a. Su nombre circulaba de boca en boca; as&#237; es como vend&#237;a, y siempre eran coleccionistas que conoc&#237;an ya su obra los que buscaban sus pinturas. Hacia el final de su vida recib&#237;a ofertas de compra por cuadros que a&#250;n ni siquiera exist&#237;an.

&#191;De qu&#233; clase de pinturas se trata?

Paisajes, en su mayor&#237;a. Puedo ense&#241;arle fotograf&#237;as si le interesa. Excepto una, las he vendido ya todas.

Conoc&#237;a a gente del mundillo art&#237;stico de Portland. Pens&#233; que podr&#237;a pedirles informaci&#243;n sobre Daniel Clay. Entretanto, estaba el asunto del hombre que molestaba a su hija.

No s&#243;lo me preocupo por m&#237; -dijo-. Mi hija, Jenna, tiene once a&#241;os. Ahora me da miedo dejarla salir de casa sola. He intentado explicarle un poco lo que est&#225; ocurriendo, pero tampoco quiero asustarla demasiado.

&#191;Qu&#233; quiere que haga yo respecto a ese hombre? -dije. Parec&#237;a una pregunta extra&#241;a, lo sab&#237;a, pero era necesaria. Rebecca Clay ten&#237;a que comprender en qu&#233; estaba meti&#233;ndose.

Quiero que hable con &#233;l. Quiero que lo obligue a marcharse.

Son dos cosas distintas.

&#191;Qu&#233; cosas?

Hablar con &#233;l y obligarlo a marcharse.

Pareci&#243; desconcertada.

Tendr&#225; que disculparme, pero no le sigo -dijo.

Es necesario poner los puntos sobre las &#237;es antes de empezar. Puedo abordarlo en nombre de usted, y podemos intentar aclarar todo esto sin mayor problema. Es posible que &#233;l entre en raz&#243;n y se vaya por donde ha venido, pero, por lo que me ha contado, da la impresi&#243;n de que es un hombre de ideas fijas, lo que significa que tal vez no est&#233; dispuesto a irse sin plantar cara. En ese caso, o bien podemos intentar que la polic&#237;a lo detenga y solicitar una orden judicial que le proh&#237;ba acercarse a usted, lo cual puede ser dif&#237;cil de conseguir e incluso m&#225;s dif&#237;cil de aplicar, o podemos encontrar otra manera de convencerlo para que la deje en paz.

&#191;Se refiere a amenazarlo o hacerle da&#241;o?

No pareci&#243; desagradarle la idea. No me extra&#241;&#243;. Conoc&#237;a a personas que hab&#237;an sufrido acoso durante a&#241;os, y los hab&#237;a visto desmoronarse por la tensi&#243;n y la angustia. Al final, algunos hab&#237;an recurrido a la violencia, pero eso, por lo general, agravaba el problema. Una pareja incluso hab&#237;a sido demandada por la mujer del acechador despu&#233;s de darle el hombre un pu&#241;etazo, en un gesto de frustraci&#243;n, al tipo que les molestaba; con lo que las vidas de unos y otro quedaron a&#250;n m&#225;s trabadas.

Son opciones -dije-, pero nos dejan a merced de una posible acusaci&#243;n por agresi&#243;n o conducta amenazadora. Peor a&#250;n, si la situaci&#243;n no se trata con cuidado, el asunto podr&#237;a complicarse mucho. Hasta ahora ese hombre no ha hecho m&#225;s que inquietarla, lo cual ya es bastante malo. Si nosotros lo atacamos, quiz&#225;s &#233;l decida contraatacar. Eso podr&#237;a ponerla en verdadero peligro.

Casi se desplom&#243; en el asiento a causa de la frustraci&#243;n.

&#191;Y qu&#233; puedo hacer?

Mire -dije-. No pretendo insinuar que no haya ninguna manera indolora de resolver esto. S&#243;lo quiero que entienda que si &#233;l decide quedarse, no hay soluciones f&#225;ciles.

Se anim&#243; un poco.

&#191;Acepta el trabajo, pues?

La inform&#233; de mis honorarios. Aclar&#233; que, como agencia unipersonal que era, no asumir&#237;a ning&#250;n otro encargo que pudiese entrar en conflicto con mi trabajo para ella. Si surg&#237;a la necesidad de contratar ayuda externa, le comunicar&#237;a previamente cualquier gasto adicional. Estaba en su derecho a dar por concluido nuestro acuerdo en cualquier momento, y yo procurar&#237;a ayudarla a encontrar alguna otra soluci&#243;n al problema antes de dejar el trabajo. Pareci&#243; darse por satisfecha con las condiciones. Recib&#237; el pago de la primera semana por adelantado. No necesitaba el dinero para m&#237; exactamente -mi forma de vida era muy elemental-, pero me hab&#237;a propuesto enviar cierta cantidad a Rachel cada mes, pese a que ella dijo que no era necesario.

Acced&#237; a empezar al d&#237;a siguiente. Permanecer&#237;a cerca de Rebecca Clay cuando saliera camino del trabajo por las ma&#241;anas. Ella me informar&#237;a del momento en que ten&#237;a previsto dejar el despacho para almorzar, cuando tuviera reuniones o para volver a casa por las tardes. Su casa contaba con un sistema de alarma, pero mand&#233; a alguien para que le echase un vistazo y, si conven&#237;a, colocar m&#225;s cerrojos y cadenas. Yo estar&#237;a frente a la casa antes de que ella saliese por la ma&#241;ana y me quedar&#237;a cerca hasta que ella se acostase. Pod&#237;a ponerse en contacto conmigo en todo momento, y yo me reunir&#237;a con ella en veinte minutos.

Le pregunt&#233; si, por casualidad, conservaba alguna fotograf&#237;a de su padre que pudiese darme. Aunque hab&#237;a previsto esa petici&#243;n, pareci&#243; un poco reacia a entreg&#225;rmela despu&#233;s de sacarla del bolso. Mostraba a un hombre alto y desgarbado con un traje de tweed verde. Ten&#237;a el cabello blanco como la nieve y cejas muy pobladas. Llevaba unas gafas de montura met&#225;lica y se revest&#237;a de un anticuado y severo aire de acad&#233;mico. Ofrec&#237;a el aspecto de un hombre cuyo lugar estaba entre pipas de cer&#225;mica y tomos encuadernados en piel.

Har&#233; copias y se la devolver&#233; -dije.

Tengo m&#225;s -contest&#243;-. Qu&#233;desela mientras la necesite.

Me pregunt&#243; si pod&#237;a vigilarla ese mismo d&#237;a hasta que se marchase de la ciudad. Trabajaba en el sector inmobiliario y ten&#237;a asuntos que atender durante un par de horas. Le preocupaba que el hombre pudiera acercarse mientras estaba all&#237;. Me ofreci&#243; un pago extra, pero lo rechac&#233;. En todo caso, no ten&#237;a nada mejor que hacer.

As&#237; pues, permanec&#237; cerca de ella durante el resto del d&#237;a. No ocurri&#243; nada y tampoco el hombre del tup&#233; pasado de moda y la cicatriz en la cara dio se&#241;ales de vida. Fue tedioso y agotador, pero al menos evitaba con ello regresar a casa, mi casa no del todo vac&#237;a. Le segu&#237; los pasos para que mis fantasmas no me los siguieran a m&#237;.



2

El vengador recorri&#243; el paseo entarimado hasta Old Orchard, cerca de donde antes estuvo, un verano tras otro, la barraca del Adivinador. El anciano ya hab&#237;a desaparecido, y el vengador supuso que hab&#237;a muerto; hab&#237;a muerto, o ya no pod&#237;a realizar las haza&#241;as de otros tiempos, incapacitados sus ojos para ver con la misma claridad que antes, apagado su o&#237;do, demasiado fragmentaria su memoria para registrar y ordenar la informaci&#243;n que le llegaba. El vengador se pregunt&#243; si el feriante se habr&#237;a acordado de &#233;l hasta el final. Pens&#243; que probablemente s&#237;, pues, &#191;acaso no era &#233;sa una de sus cualidades esenciales: olvidar poco, no descartar nada que pudiera ser &#250;til?

Le hab&#237;a fascinado el talento del Adivinador. Aquella noche fresca, cerca ya de finales del verano, lo hab&#237;a observado discretamente durante una hora o m&#225;s antes de aproximarse por fin a &#233;l. Resultaba asombroso encontrar un talento tan extraordinario en aquel hombre tan menudo y estrafalario, rodeado de baratijas en una sencilla caseta de feria: ser capaz de decir tanto a simple vista, de deconstruir a un individuo casi sin pensar y de formarse una imagen de la vida que llevaba en poqu&#237;simo tiempo, el que la mayor&#237;a de la gente necesitar&#237;a para consultar la hora en su reloj de pulsera. Hab&#237;a vuelto all&#237; de vez en cuando y, oculto entre el gent&#237;o, hab&#237;a observado al Adivinador de lejos. (&#191;Y acaso el hombrecillo no era consciente de su presencia incluso entonces? &#191;No lo hab&#237;a visto el vengador escudri&#241;ar intranquilo la multitud, buscar los ojos que lo examinaban con demasiada atenci&#243;n?) Quiz&#225; por eso &#233;l mismo hab&#237;a regresado a ese lugar, como atra&#237;do por la remota posibilidad de que el Adivinador hubiese decidido quedarse all&#237;, pasar el invierno junto al mar en lugar de huir en busca de climas m&#225;s templados.

Si el vengador lo hubiese encontrado all&#237;, &#191;qu&#233; habr&#237;a dicho? Ens&#233;&#241;eme. D&#237;game c&#243;mo puedo reconocer al hombre que busco. Me mentir&#225;n.

Quiero aprender a reconocer la mentira cuando llegue. &#191;Le habr&#237;a explicado por qu&#233; hab&#237;a vuelto?, y, en todo caso, &#191;le habr&#237;a cre&#237;do el hombrecillo? Claro que le habr&#237;a cre&#237;do, porque a &#233;l no se le escapar&#237;a una mentira.

Pero el Adivinador se hab&#237;a ido hac&#237;a mucho tiempo, y al vengador le quedaba s&#243;lo el recuerdo de aquel &#250;nico encuentro. Aquel d&#237;a ten&#237;a las manos manchadas de sangre. Hab&#237;a sido una tarea relativamente sencilla: eliminar a un hombre vulnerable, un hombre que podr&#237;a haber sentido la tentaci&#243;n de contar lo que sab&#237;a a cambio de la protecci&#243;n de aquellos que lo buscaban. Desde el momento en que empez&#243; a huir, el tiempo que le quedaba sobre la faz de la tierra se med&#237;a en segundos y minutos, en horas y d&#237;as, y no m&#225;s. Cuando los cinco d&#237;as se acercaban ya a seis, fue localizado y eliminado. Al final sinti&#243; miedo, pero poco dolor. Merrick no torturaba ni atormentaba, aunque no dudaba de que, en esos instantes finales, cuando la v&#237;ctima tomaba conciencia de la implacabilidad del hombre que iba a por ella, ya experimentaba tormento suficiente. Era un profesional, no un s&#225;dico.

Merrick. &#201;se era por aquel entonces su nombre. Era el nombre en su ficha, el nombre que le hab&#237;an puesto al nacer, pero ya no significaba nada para &#233;l. Merrick era un asesino, pero mataba para otros, no por voluntad propia. Era una diferencia importante. Cuando un hombre mataba para llevar a cabo sus propios objetivos, sus propios fines, era un hombre a merced de las emociones, y esos hombres comet&#237;an errores. En su d&#237;a, Merrick fue un profesional. Se distanciaba, elud&#237;a toda implicaci&#243;n personal, o eso se dec&#237;a &#233;l, aunque en la paz posterior al crimen a veces se permit&#237;a reconocer el placer que le produc&#237;a.

Pero el antiguo Merrick, Merrick el asesino, ya no exist&#237;a. Otro hombre hab&#237;a ocupado su lugar y, al hacerlo, se hab&#237;a condenado a s&#237; mismo, pero &#191;qu&#233; otra opci&#243;n ten&#237;a? Quiz&#225;s el antiguo Merrick empez&#243; a morir en el instante mismo en que naci&#243; su hija, su voluntad se vio debilitada y, en &#250;ltimo extremo, quebrantada al tomar conciencia de que ella estaba en el mundo. El vengador se acord&#243; otra vez del Adivinador y los momentos que hab&#237;an pasado juntos en ese lugar.

Si me mirases ahora, viejo, &#191;qu&#233; ver&#237;as? Ver&#237;as a un hombre sin nombre, un padre sin su hija, y ver&#237;as el fuego de su ira, que lo consume por dentro.

El vengador volvi&#243; la espalda al mar, porque ten&#237;a una tarea pendiente.


Aparte de los ladridos de Walter, mi perro, al darme una breve bienvenida, la casa estaba en silencio cuando regres&#233;, y lo agradec&#237;. Desde que Rachel y Sam se hab&#237;an marchado, parec&#237;a que aquellas otras presencias, negadas durante tanto tiempo, hab&#237;an encontrado la manera de colonizar los espacios que antes ocuparon las otras dos que las hab&#237;an sustituido. Yo hab&#237;a aprendido a no contestar a su llamada; a pasar por alto los crujidos en las tablas o los pasos en el techo del dormitorio, como si las presencias se paseasen por el desv&#225;n buscando entre las cajas y maletas lo que antiguamente fue suyo; a permanecer ajeno al golpeteo en las ventanas cuando oscurec&#237;a, optando por pensar que era algo distinto de lo que en realidad era. Sonaba igual que el susurro de las ramas agitadas por el viento, como si sus puntas rozasen el cristal, s&#243;lo que no hab&#237;a ning&#250;n &#225;rbol cerca de las ventanas, y una rama jam&#225;s golpetear&#237;a con tal regularidad o tal insistencia. A veces me despertaba en la oscuridad sin saber bien qu&#233; hab&#237;a perturbado mi descanso, consciente s&#243;lo de que se hab&#237;a o&#237;do un sonido donde no deber&#237;a haber sonido alguno, y quiz&#225; con la vaga sensaci&#243;n de percibir un murmullo, que iba apag&#225;ndose a medida que mi conciencia volv&#237;a a levantar las barreras que el sue&#241;o hab&#237;a bajado temporalmente.

La casa nunca estaba del todo vac&#237;a. Algo se hab&#237;a instalado all&#237;.

Deber&#237;a haberle hablado a Rachel de ello mucho antes de que ella se marchase, lo s&#233;. Deber&#237;a haber sido sincero con ella y haberle dicho que mi esposa muerta y la hija que hab&#237;a perdido -o unos fantasmas que no eran exactamente ellas- no me dejaban en paz. Rachel era psic&#243;loga. Lo habr&#237;a entendido. Me quer&#237;a y habr&#237;a intentado ayudarme. Puede que hubiera hablado de culpa residual, del delicado equilibrio de la mente, de que ciertos sufrimientos son tan grandes y tan horrendos que una recuperaci&#243;n completa no est&#225; al alcance de un ser humano. Y yo habr&#237;a asentido con la cabeza y dicho s&#237;, s&#237;, s&#237;, as&#237; es, sabiendo que hab&#237;a parte de verdad en lo que ella dec&#237;a y que, a la vez, no bastaba para explicar la naturaleza de lo que hab&#237;a ocurrido en mi vida desde que me arrebataron a mi mujer y a mi hija. Pero no habl&#233;, por miedo a que pronunciar esas palabras en voz alta equivaliese a otorgar a ese fen&#243;meno un rango de realidad que no deseaba reconocer. Negu&#233; su presencia y, al hacerlo, ellas tuvieron un mayor control sobre m&#237;.

Rachel era preciosa. Ten&#237;a el pelo rojo, la piel clara. En Sam, nuestra hija, hab&#237;a mucho de ella y s&#243;lo un poco de m&#237;. La &#250;ltima vez que hablamos, Rachel me dijo que Sam, nuestra hija, ya dorm&#237;a mejor. Hubo momentos, cuando viv&#237;amos juntos bajo el mismo techo, en que su sue&#241;o se ve&#237;a perturbado, en que Rachel o yo nos despert&#225;bamos al o&#237;r su risa y, a veces, su llanto. Uno de los dos iba a ver c&#243;mo estaba la ni&#241;a y observ&#225;bamos c&#243;mo tend&#237;a las manitas, intentando agarrar cosas invisibles en el aire, o c&#243;mo volv&#237;a la cabeza para seguir el movimiento de figuras que s&#243;lo ella ve&#237;a, y yo me fijaba en que la habitaci&#243;n estaba fr&#237;a, m&#225;s fr&#237;a de lo que debiera.

Y Rachel, pens&#233;, aunque no dec&#237;a nada, tambi&#233;n lo advert&#237;a.

Tres meses antes yo hab&#237;a asistido a una charla en la Biblioteca P&#250;blica de Portland. Dos personas, un m&#233;dico y una vidente, hab&#237;an debatido sobre la existencia de fen&#243;menos sobrenaturales. Para ser sincero, reconozco que, all&#237;, me sent&#237; un tanto abochornado. Me pareci&#243; estar en compa&#241;&#237;a de personas que no se lavaban con la suficiente frecuencia y que, a juzgar por las preguntas planteadas despu&#233;s de la sesi&#243;n, ten&#237;an una clara predisposici&#243;n a aceptar como verdad toda clase de supercher&#237;as, entre las cuales el mundo espiritual no parec&#237;a ser m&#225;s que una peque&#241;a parte, al lado de los &#225;ngeles con aspecto de hadas, los ovnis y los lagartos alien&#237;genas de forma humana.

El m&#233;dico habl&#243; de alucinaciones auditivas que, seg&#250;n &#233;l, eran las que experimentaban m&#225;s com&#250;nmente aquellos que hablaban de fantasmas. Los ancianos, en especial los enfermos de Parkinson, sufr&#237;an a veces de una dolencia conocida como demencia con cuerpos de Lewy, debido a la cual ve&#237;an figuras de tama&#241;o reducido. Eso explicaba la preponderancia de historias en las que los esp&#237;ritus presuntamente vistos aparec&#237;an cortados por las rodillas. Habl&#243; de otros posibles desencadenantes, de lesiones en el l&#243;bulo temporal, de tumores y esquizofrenia, y de depresi&#243;n. Describi&#243; los sue&#241;os hipnag&#243;gicos, esas vividas im&#225;genes que nos asaltan en los espacios entre la vigilia y el momento de dormirnos; y sin embargo, concluy&#243;, la ciencia por s&#237; sola no pod&#237;a explicar plenamente todas las experiencias sobrenaturales descritas. Eran muchas las cosas que no conoc&#237;amos, dijo, sobre el funcionamiento del cerebro, sobre el estr&#233;s y la depresi&#243;n, sobre la enfermedad mental y la naturaleza del dolor.

La vidente, en contraste, era una vieja farsante y solt&#243; una sarta de estupideces que por lo visto son propias de lo peor de su especie. Habl&#243; de seres con tareas inacabadas, de sesiones de espiritismo y mensajes del m&#225;s all&#225;. Ten&#237;a un programa en la televisi&#243;n por cable y una l&#237;nea telef&#243;nica de alta tarificaci&#243;n, y actuaba para los pobres y los cr&#233;dulos en pabellones deportivos y albergues en toda la zona nordeste.

Asegur&#243; que los fantasmas rondan lugares, no a personas. Creo que eso es mentira. Alguien me dijo una vez que nosotros creamos nuestros propios fantasmas, y que, como en los sue&#241;os, cada uno de esos fantasmas es una faceta de nosotros mismos: nuestra culpabilidad, nuestros remordimientos, nuestro dolor. Quiz&#225;s &#233;sa sea una respuesta, m&#225;s o menos. Todos tenemos nuestros fantasmas. No todos ellos son creaci&#243;n nuestra, y, sin embargo, al final nos encuentran.


Rebecca Clay estaba sentada en la cocina de su casa, con todas las luces apagadas. Ten&#237;a delante un vaso de vino tinto, aunque segu&#237;a intacto.

Deber&#237;a haberle pedido al detective que se quedara. El hombre nunca se hab&#237;a acercado a la casa, y ella confiaba en la seguridad de sus puertas y ventanas y en la eficacia del sistema de alarma que ten&#237;a, en especial despu&#233;s de comprobarlas un asesor recomendado por el detective; pero al caer la noche, tales precauciones empezaron a parecerle insuficientes, y en ese momento percib&#237;a todos los ruidos de la vieja casa, cada crujido de las tablas al asentarse y la vibraci&#243;n de los armarios cuando el viento jugueteaba por las habitaciones como un ni&#241;o descarriado.

La ventana sobre el fregadero estaba muy oscura, dividida en cuarterones por peinazos blancos, y no se ve&#237;a nada m&#225;s all&#225;. Rebecca habr&#237;a podido estar flotando a trav&#233;s de la negrura del espacio, separada del vac&#237;o exterior s&#243;lo por una fin&#237;sima barrera, si no fuera por la suave exclamaci&#243;n de las olas invisibles que romp&#237;an en la playa. A falta de algo mejor que hacer se llev&#243; el vaso a los labios, tom&#243; un sorbo con cuidado y percibi&#243;, demasiado tarde, el tufillo avinagrado que desped&#237;a el vino. Hizo una mueca, luego escupi&#243; en el vaso y se levant&#243; de la mesa. Se acerc&#243; al fregadero y vaci&#243; el vaso antes de abrir el grifo para limpiar las manchas rojas del metal. Se agach&#243;, bebi&#243; agua directamente del chorro y se enjuag&#243; la boca para quitarse el sabor. Le record&#243;, inc&#243;modamente, al sabor de su ex marido, y la fetidez de sus besos por la noche cuando el matrimonio entr&#243; en su declive &#250;ltimo y definitivo. Rebecca sab&#237;a que &#233;l la detestaba entonces tanto como ella lo detestaba en esos momentos, y que &#233;l deseaba librarse de la carga que compart&#237;an. Rebecca ya no deseaba ofrecerle su cuerpo, y no le quedaba el menor resto de la atracci&#243;n que hab&#237;a sentido en otro tiempo, pero hab&#237;a encontrado la manera de separar el amor de la necesidad. En ocasiones se preguntaba con qui&#233;n fantaseaba &#233;l cuando se mov&#237;a encima de ella. A veces &#233;l se quedaba con la mirada en blanco, y ella sab&#237;a que a pesar de que su cuerpo se hallaba ligado al de ella, su verdadero ser estaba muy lejos. En otros momentos, en cambio, ten&#237;a una intensidad en la mirada, una expresi&#243;n de desprecio o algo parecido, que convert&#237;a el acto sexual en una especie de violaci&#243;n. Entonces no hab&#237;a amor en el acto, y cuando ella recordaba esos a&#241;os, no sab&#237;a decir si de verdad hubo alguna vez amor entre ellos.

Rebecca hab&#237;a intentado hacer lo mismo, claro est&#225;, evocar im&#225;genes de amantes pasados o potenciales para que la experiencia fuera menos desagradable, pero eran muy pocos, y todos tra&#237;an consigo sus propios problemas, y al final se hab&#237;a rendido sin m&#225;s. Su apetito sexual se hab&#237;a apagado hasta tal punto que era m&#225;s f&#225;cil pensar sencillamente en otras cosas, o esperar a que llegara el momento en que ese hombre desapareciera de su vida. Ni siquiera recordaba por qu&#233; en un principio quiso estar con &#233;l, y &#233;l con ella. Supon&#237;a que, con una hija peque&#241;a y todo lo que hab&#237;a sucedido con su padre, aspiraba s&#243;lo a un poco de estabilidad, pero &#233;l no era el hombre capaz de d&#225;rsela. Hab&#237;a cierta depravaci&#243;n en su atracci&#243;n por Rebecca, como si viera algo dentro de ella que estaba corrupto y gozase toc&#225;ndolo al penetrarla.

&#201;l ni siquiera sent&#237;a el menor aprecio por su hija, fruto de una relaci&#243;n iniciada antes de estar Rebecca plenamente preparada para tenerla. (&#191;Y qui&#233;n sab&#237;a? Quiz&#225; nunca tendr&#237;a una relaci&#243;n como era debido, no realmente.) El padre de Jenna se hab&#237;a esfumado. Hab&#237;a visto a su hija s&#243;lo unas cuantas veces, y &#250;nicamente en los primeros a&#241;os de su vida. Ahora ni siquiera la reconocer&#237;a, pens&#243; Rebecca, y de pronto cay&#243; en la cuenta de que pensaba en &#233;l como si estuviera vivo. Intent&#243; sentir algo por &#233;l, pero no pudo. La vida de ese hombre se trunc&#243; de forma prematura en una oscura carretera secundaria lejos de casa: su cuerpo abandonado en una zanja, sus manos toscamente atadas a la espalda con cable, la sangre empapando la tierra blanda para alimentar a los peque&#241;os seres que, reptando, se abr&#237;an paso hasta &#233;l para hurgar en su carne. &#201;l no le hab&#237;a hecho ning&#250;n bien. Probablemente no le hab&#237;a hecho bien a nadie, y por eso hab&#237;a acabado as&#237;. Nunca hab&#237;a cumplido sus promesas, ni mantenido sus compromisos. Era inevitable, supuso Rebecca, que un d&#237;a se encontrase con alguien que no perdonara sus desmanes y, en represalia, exigiera un &#250;ltimo y macabro pago.

Durante un tiempo, Jenna hab&#237;a hecho muchas preguntas sobre &#233;l, pero con los a&#241;os fueron cada vez menos, hasta que al final las olvid&#243; o bien opt&#243; por call&#225;rselas. Rebecca a&#250;n no sab&#237;a c&#243;mo decirle a

Jenna que su padre hab&#237;a muerto. Lo hab&#237;an matado meses antes ese mismo a&#241;o, y no hab&#237;a encontrado el momento oportuno para hablar con Jenna de su muerte. Lo aplazaba a prop&#243;sito, era consciente de ello y, aun as&#237;, esperaba. Entonces, en la oscuridad de su cocina, decidi&#243; que cuando Jenna volviese a plantear el tema de su padre, le contar&#237;a la verdad.

Volvi&#243; a pensar en el detective privado. En cierto modo, el padre de Jenna era el motivo por el que hab&#237;a acudido a &#233;l. Fue el abuelo paterno de Jenna quien le hab&#237;a hablado de Parker. Tiempo atr&#225;s le hab&#237;a pedido que buscara a su hijo, pero el detective no acept&#243; el caso. Rebecca pens&#243; que quiz&#225;s el viejo estar&#237;a resentido con el detective, sobre todo despu&#233;s de c&#243;mo hab&#237;an acabado las cosas, pero no era as&#237;. Quiz&#225; comprendi&#243; que su hijo ya era una causa perdida, estaba convencido de ello aun cuando no quisiera rendirse a las consecuencias que eso supondr&#237;a. Si no ten&#237;a fe en su hijo, &#191;c&#243;mo pod&#237;a esperar que otro creyera en &#233;l? No culp&#243;, pues, al detective por rehusar ayudarlo, y Rebecca record&#243; su nombre cuando el desconocido se present&#243; y le pregunt&#243; por su propio padre.

El grifo segu&#237;a abierto, y empez&#243; a vaciar el resto de la botella en el fregadero. El agua formaba c&#237;rculos en torno al desag&#252;e, manchado de rojo. Jenna dorm&#237;a en el piso de arriba. Rebecca estaba planeando enviarla fuera si el detective no lograba librarla pronto de las atenciones del desconocido. De momento, el hombre no se hab&#237;a acercado a Jenna, pero Rebecca tem&#237;a que eso no tardara en ocurrir, y que el hombre usara a la hija para acceder a la madre. Dir&#237;a en el colegio que Jenna estaba enferma, y ya har&#237;a frente a las repercusiones cuando llegara el momento. Por otra parte, quiz&#225; bastaba con que les dijera la verdad: que un hombre la acechaba, que Jenna pod&#237;a estar en peligro si se quedaba en Portland. Sin duda lo comprender&#237;an.

&#191;Por qu&#233; ahora?, se pregunt&#243;. Era la misma duda que le hab&#237;a planteado el detective. &#191;Por qu&#233;, despu&#233;s de tantos a&#241;os, acud&#237;a alguien a preguntar por su padre? &#191;Qu&#233; sab&#237;a ese hombre de las circunstancias de su desaparici&#243;n? Hab&#237;a intentado pregunt&#225;rselo, pero &#233;l se hab&#237;a limitado a tocarse la nariz con el dedo &#237;ndice en un gesto de suficiencia antes de contestar: No es su desaparici&#243;n lo que me interesa, se&#241;ora. Es la de otro. Aunque &#233;l lo sabr&#225;. &#201;l lo sabr&#225;.

El desconocido hab&#237;a hablado de su padre como si tuviese la certeza de que segu&#237;a con vida. M&#225;s a&#250;n, parec&#237;a creer que tambi&#233;n ella ten&#237;a la certeza. Quer&#237;a respuestas que ella no pudo darle.

Levant&#243; la cabeza y se vio reflejada en la ventana. Al verse, se sobresalt&#243; y dio un ligero respingo, y la cara ante ella pas&#243; de ser una &#250;nica imagen a duplicarse por efecto de una tara en el cristal. Pero cuando recobr&#243; la calma, la segunda imagen segu&#237;a all&#237;. Se parec&#237;a a ella y, sin embargo, no era igual que ella, como si de alg&#250;n modo hubiera mudado la piel tal como har&#237;a una serpiente, y la membrana desechada se hubiera depositado sobre las facciones de otra persona. A continuaci&#243;n, la figura exterior se acerc&#243;, y Rebecca ya no tuvo la impresi&#243;n de estar ante un doble: era el desconocido con su cazadora de cuero y el pelo engominado. Oy&#243; su voz, distorsionada por el grosor del cristal, pero no entendi&#243; lo que dijo.

El hombre apret&#243; las manos en el cristal, luego desliz&#243; las palmas hacia abajo hasta apoyar los dedos en el marco de la ventana. Empuj&#243;, pero el cierre interior no cedi&#243;. Contrajo el rostro en una mueca de ira y ense&#241;&#243; los dientes.

Al&#233;jese de m&#237; -dijo ella-. Al&#233;jese ahora mismo o le juro que

El hombre retir&#243; las manos y, acto seguido, Rebecca vio c&#243;mo un pu&#241;o traspasaba el cristal, sacud&#237;a el marco y proyectaba una lluvia de esquirlas sobre el fregadero. Rebecca grit&#243;, pero el sonido qued&#243; ahogado por el chirriante timbre de la alarma. La sangre corri&#243; por el vidrio hecho a&#241;icos cuando el desconocido retir&#243; la mano a trav&#233;s del cristal, sin intentar evitar siquiera el contacto con los bordes astillados que le desgarraron la piel, a la vez que le abr&#237;an v&#237;as rojas en las palmas de las manos y le cercenaban las venas. Se mir&#243; el pu&#241;o herido, como si fuera algo que escapara a su control, sorprendido de sus propios actos. Rebecca oy&#243; el tel&#233;fono y supo que era la compa&#241;&#237;a de seguridad. Si no contestaba, avisar&#237;an a la polic&#237;a. Acabar&#237;an mandando a alguien a ver qu&#233; le pasaba.

No deber&#237;a haberlo hecho -dijo el hombre-. Lo siento.

Pero ella apenas lo oy&#243; por encima del ruido de la alarma. &#201;l inclin&#243; la cabeza. Fue un gesto extra&#241;amente respetuoso, casi de una cortes&#237;a anticuada. Ella contuvo el impulso de soltar una carcajada, temiendo que si empezaba a re&#237;r ya no podr&#237;a parar, que se sumir&#237;a en la histeria y nunca m&#225;s saldr&#237;a de ese estado.

El tel&#233;fono dej&#243; de sonar, y empez&#243; otra vez. No hizo adem&#225;n de cogerlo. En lugar de eso, observ&#243; c&#243;mo retroced&#237;a el desconocido y dejaba el fregadero cubierto de sangre. La oli&#243; mientras, lentamente, se mezclaba con el hedor del vino picado para crear algo nuevo y terrible; s&#243;lo faltaba un c&#225;liz con el que beberlo.



3

Sentado a la mesa de la cocina en casa de Rebecca Clay, la observ&#233; mientras limpiaba con un cepillo y un recogedor los cristales rotos ca&#237;dos en el fregadero. A&#250;n quedaba sangre en el vidrio de la ventana. Hab&#237;a avisado a la polic&#237;a justo despu&#233;s de telefonearme y un coche patrulla de South Portland hab&#237;a llegado poco antes que yo. Me hab&#237;a identificado al agente y escuchado la declaraci&#243;n de Rebecca, pero, por lo dem&#225;s, no me hab&#237;a inmiscuido en modo alguno. Su hija, Jenna, sentada en el sof&#225; del sal&#243;n, abrazaba a una mu&#241;eca de porcelana que, por el aspecto, deb&#237;a de haber sido de su madre. La mu&#241;eca ten&#237;a el pelo rojo y llevaba un vestido azul. Obviamente era una posesi&#243;n antigua y preciada. El simple hecho de que la ni&#241;a buscara consuelo en ella en una ocasi&#243;n as&#237; daba fe de su valor. Menos alterada que su madre, parec&#237;a m&#225;s desconcertada que inquieta. Tambi&#233;n me dio la impresi&#243;n de que aparentaba m&#225;s a&#241;os de los que ten&#237;a y a la vez menos -m&#225;s por su presencia f&#237;sica y menos, sin embargo, por su actitud-, y me pregunt&#233; si acaso su madre la amparaba y proteg&#237;a demasiado.

Hab&#237;a otra mujer sentada al lado de Jenna. Rebecca la present&#243; como April, una amiga que viv&#237;a cerca. Me estrech&#243; la mano y dijo que, como yo estaba all&#237; y Jenna parec&#237;a tranquila, regresaba a su casa para no estorbar. Rebecca le dio un beso en la mejilla y se abrazaron; luego April se ech&#243; atr&#225;s y, sin soltarla, la mir&#243; a un paso de distancia. Cruzaron una mirada, que revelaba complicidad, a&#241;os de amistad y lealtad.

Ll&#225;mame -dijo April-. A cualquier hora.

Lo har&#233;. Gracias, cari&#241;o.

April dio un beso de despedida a Jenna y se march&#243;.

Observ&#233; a Jenna mientras Rebecca acompa&#241;aba afuera al polic&#237;a y le indicaba el lugar donde hab&#237;a visto al desconocido. La ni&#241;a, de mayor, ser&#237;a una mujer hermosa. Ten&#237;a algo de su madre, pero en ella esas mismas facciones se ve&#237;an realzadas por una estilizada y aquilina gracia que surg&#237;a de otra parte. Me pareci&#243; ver tambi&#233;n un poco de su abuelo en ella.

&#191;Est&#225;s bien? -le pregunt&#233;.

Ella asinti&#243; con la cabeza.

Cuando pasa algo as&#237;, puede dar miedo -continu&#233;-. A m&#237; me pas&#243; y tuve miedo.

Yo no he tenido miedo -contest&#243;, y lo dijo con tal naturalidad que supe que no ment&#237;a.

&#191;Por qu&#233; no?

Ese hombre no quer&#237;a hacernos da&#241;o. S&#243;lo est&#225; triste.

&#191;Y eso c&#243;mo lo sabes?

Sonri&#243; y movi&#243; la cabeza en un gesto de negaci&#243;n.

Da igual.

&#191;Has hablado con &#233;l?

No.

Entonces, &#191;c&#243;mo sabes que no quiere haceros da&#241;o?

Desvi&#243; la mirada, con la sonrisa casi beat&#237;fica a&#250;n en la cara. Era evidente que la conversaci&#243;n hab&#237;a terminado. Su madre volvi&#243; a entrar con el polic&#237;a, y Jenna anunci&#243; que se iba a la cama. Rebecca la abraz&#243; y le dijo que despu&#233;s ir&#237;a a ver c&#243;mo estaba. La ni&#241;a se despidi&#243; del polic&#237;a y de m&#237; y subi&#243; a su habitaci&#243;n.

Rebecca Clay viv&#237;a en una zona conocida como Willard. Su casa, una construcci&#243;n compacta pero imponente del siglo XIX, se hallaba en Willard Haven Park, una calle sin salida perpendicular a Willard Beach, a un paso de Willard Haven Road; all&#237; se hab&#237;a criado y, tras la desaparici&#243;n de su padre, hab&#237;a vuelto a ocuparla. Cuando finalmente se fue el polic&#237;a, tras prometer que m&#225;s tarde esa misma noche o a la ma&#241;ana siguiente pasar&#237;a por all&#237; un inspector, sal&#237; a echar una ojeada y repet&#237; el recorrido del agente, pero saltaba a la vista que el hombre que hab&#237;a roto el cristal se hab&#237;a marchado hac&#237;a rato. Segu&#237; el rastro de sangre hasta Deake Street, paralela a Willard Haven Park por el lado derecho, y lo perd&#237; all&#237; donde el hombre se hab&#237;a subido a un coche y se hab&#237;a marchado. Telefone&#233; a Rebecca Clay desde la acera, y me dio los nombres de algunos de los vecinos desde cuyas casas se ve&#237;a el lugar donde hab&#237;a estado aparcado el coche. S&#243;lo uno de ellos hab&#237;a visto algo, una mujer de mediana edad llamada Lisa Hulmer, cuya mirada induc&#237;a a pensar que tal vez considerase un cumplido el apelativo fulana, y ni siquiera su declaraci&#243;n me fue de gran ayuda. Recordaba un coche de color rojo oscuro aparcado al otro lado de la calle, pero no supo decirme la marca ni la matr&#237;cula. No obstante, me invit&#243; a entrar en su casa e insinu&#243; que quiz&#225; me apeteciera tomar una copa. Era evidente que la hab&#237;a sorprendido tras haberse bebido ya media jarra de algo afrutado y alcoh&#243;lico. Cuando entr&#233; y cerr&#243; la puerta a mis espaldas, me record&#243;, con una inc&#243;moda sensaci&#243;n, el portazo de la celda de un condenado.

Es un poco pronto para m&#237; -dije.

&#161;Pero si son las diez y media pasadas!

Me acuesto tarde.

Yo tambi&#233;n. -Sonri&#243; y enarc&#243; una ceja en un gesto que s&#243;lo si uno era especialmente susceptible a la insinuaci&#243;n, como un perro o un ni&#241;o peque&#241;o, podr&#237;a considerarse insinuante-. En cuanto me meten en la cama, ya no hay quien me saque.

Eso, eso est&#225; muy bien -dije, a falta de algo mejor.

Usted est&#225; muy bien -replic&#243; ella. Se contone&#243; un poco y juguete&#243; con un collar de conchas que le colgaba entre los pechos, pero para entonces yo ya hab&#237;a abierto la puerta, decidido a salir antes de que me lanzara un dardo y me encadenara a una pared en el s&#243;tano.

&#191;Ha averiguado algo? -me pregunt&#243; Rebecca cuando regres&#233; a su casa.

No gran cosa, salvo que una de sus vecinas est&#225; en celo.

&#191;Lisa? -Sonri&#243; por primera vez desde mi llegada-. Siempre est&#225; en celo. Incluso a m&#237; me hizo proposiciones una vez.

Sabiendo eso, me siento menos especial -contest&#233;.

Supongo que deber&#237;a haberle prevenido al respecto, pero -Se&#241;al&#243; la ventana rota con la mano.

Es la &#250;nica que ha visto algo. Seg&#250;n dice, un coche rojo estuvo aparcado delante de su casa durante un rato, pero all&#237; la iluminaci&#243;n no es muy buena. Quiz&#225;s est&#233; equivocada.

Rebecca tir&#243; los &#250;ltimos fragmentos de cristal al cubo de la basura y guard&#243; el cepillo y el recogedor en un armario. A continuaci&#243;n telefone&#243; a un cristalero, que prometi&#243; pasarse por all&#237; a primera hora de la ma&#241;ana. La ayud&#233; a pegar un pl&#225;stico sobre el vidrio roto, y, al acabar, prepar&#243; caf&#233; y sirvi&#243; una taza para cada uno. Lo tomamos de pie.

Dudo mucho que la polic&#237;a haga algo al respecto -dijo.

&#191;Puedo preguntar por qu&#233;?

Hasta ahora no han podido hacer nada con ese hombre. &#191;Por qu&#233; habr&#237;a de ser distinto esta vez?

Esta vez ha roto una ventana. Eso es un delito de da&#241;os contra la propiedad. La cosa ya es m&#225;s grave. Hay sangre, y la sangre podr&#237;a serle &#250;til a la polic&#237;a.

&#191;C&#243;mo? &#191;Para identificarlo si me mata? Entonces ya ser&#237;a un poco tarde para m&#237;. Ese hombre no le tiene miedo a la polic&#237;a. He estado pensando en lo que me dijo usted la primera vez que nos vimos, sobre c&#243;mo obligar a ese hombre a dejarme en paz. Quiero que lo haga. No me importa cu&#225;nto cueste. Tengo algo de dinero. Puedo pagarle el servicio, a usted y a quien necesite contratar para ayudarlo. F&#237;jese en lo que ha hecho. No va a marcharse, no a menos que alguien lo obligue. Tengo miedo por m&#237; y por Jenna.

Jenna parece una ni&#241;a muy serena -coment&#233; con la esperanza de desviarla del tema hasta que se tranquilizase.

&#191;A qu&#233; se refiere?

Me refiero a que no se la ve&#237;a especialmente asustada ni nerviosa por lo ocurrido.

Rebecca arrug&#243; la frente.

Supongo que siempre ha sido as&#237;. Pero ya hablar&#233; con ella. No quiero que se guarde las cosas s&#243;lo para no disgustarme.

&#191;Puedo preguntarle d&#243;nde est&#225; el padre de la ni&#241;a?

Su padre muri&#243;.

Lo siento.

Descuide. Apenas tuvo relaci&#243;n con ella, y no est&#225;bamos casados. Pero lo he dicho en serio: quiero que ese hombre desaparezca, cueste lo que cueste.

No contest&#233;. Rebecca estaba furiosa y asustada. Todav&#237;a le temblaban las manos por el incidente. Ya habr&#237;a tiempo para hablar por la ma&#241;ana. Le dije que me quedar&#237;a si as&#237; se sent&#237;a mejor. Me dio las gracias y prepar&#243; el sof&#225; cama en el sal&#243;n.

&#191;Va armado? -pregunt&#243; cuando se dispon&#237;a a subir a su habitaci&#243;n.

S&#237;.

Bien. Si vuelve, m&#225;telo.

Para eso hay que pagar un suplemento.

Me mir&#243;, y por un momento vi que se preguntaba si hablaba en serio. Alarmado, pens&#233; que tal vez estaba dispuesta a pagarlo.


El cristalero lleg&#243; poco despu&#233;s de las siete para cambiar el vidrio roto. Ech&#243; una mirada al sof&#225; cama, a la ventana rota y a m&#237;, y sin duda lleg&#243; a la conclusi&#243;n de que estaba presenciando las secuelas de una disputa dom&#233;stica.

Estas cosas pasan -me susurr&#243; con tono de complicidad-. Las mujeres tiran cosas, pero no con la intenci&#243;n de darte, no, eso no. Aun as&#237;, siempre conviene esquivarlas.

Le di las gracias. En todo caso, seguramente era un buen consejo. Dirigi&#243; un afable gesto de asentimiento a Rebecca y se puso manos a la obra.

Cuando acab&#243;, segu&#237; al Hyundai de Rebecca mientras &#233;sta llevaba a Jenna al colegio y permanec&#237; detr&#225;s de ella todo el camino hasta su oficina. Trabajaba a un paso de su casa, en Willard Square, junto al cruce de Pillsbury y Preble. Me hab&#237;a dicho que pensaba quedarse en el despacho hasta la hora del almuerzo y luego, por la tarde, ten&#237;a que visitar inmuebles. La vi entrar. Hab&#237;a procurado mantenerme a una distancia discreta de su coche. A&#250;n no hab&#237;a advertido la menor se&#241;al del hombre que la segu&#237;a, pero prefer&#237;a que no me viera con ella, todav&#237;a no. Quer&#237;a que intentara acercarse a Rebecca otra vez, para estar esper&#225;ndolo. No obstante, si ese individuo sab&#237;a lo que se tra&#237;a entre manos, me descubrir&#237;a f&#225;cilmente, y ya me hab&#237;a resignado al hecho de que necesitar&#237;a a m&#225;s hombres si quer&#237;a hacer bien las cosas.

Mientras Rebecca trabajaba en su despacho, volv&#237; a Scarborough, pase&#233; a Walter y le di de comer; despu&#233;s me duch&#233; y me cambi&#233; de ropa. Dej&#233; el Mustang y cog&#237; un Saturn cup&#233; verde, me compr&#233; un caf&#233; y un bollo en la panader&#237;a Foley's, en la Carretera 1, y volv&#237; a Willard. El taller de Willie Brew, en Queens, me hab&#237;a localizado y vendido el cup&#233; despu&#233;s por un precio inferior al que deber&#237;an haber costado s&#243;lo los neum&#225;ticos. Era &#250;til como coche de reserva en ocasiones como aqu&#233;lla, pero al conducirlo me sent&#237;a como un pueblerino.

&#191;Ha muerto alguien en &#233;l? -pregunt&#233; a Willie cuando me lo ense&#241;&#243; como posible segundo coche.

Willie simul&#243; olfatear el interior.

Creo que est&#225; h&#250;medo -me contest&#243;-. Es probable. Podr&#237;a ser. En cualquier caso, por el dinero que te pido, ser&#237;a una ganga aunque el cad&#225;ver estuviera pegado al asiento.

Ten&#237;a raz&#243;n. Aun as&#237;, me daba un poco de verg&#252;enza conducirlo. De todos modos, no era f&#225;cil pasar inadvertido en un Mustang Boss 302 de 1969. Hasta el delincuente m&#225;s tonto mirar&#237;a en alg&#250;n momento por el retrovisor y pensar&#237;a: &#191;No es &#233;se el mismo Mustang del 69 con adhesivos de coche de carreras que ya iba detr&#225;s de m&#237; antes? Oye, &#191;no ser&#225; que me est&#225;n siguiendo?.

Telefone&#233; a Rebecca para saber si todo estaba en orden y luego di un paseo por Willard para despejarme un poco m&#225;s y matar el tiempo. Pasar la noche en un sof&#225; con un viento fr&#237;o silbando a trav&#233;s de una ventana rota no era lo m&#225;s id&#243;neo para dormir bien. Incluso despu&#233;s de la ducha me sent&#237;a fuera de &#243;rbita.

La gente de Portland, al otro lado de la bah&#237;a, tend&#237;a a mirar un poco por encima del hombro a South Portland, una poblaci&#243;n con s&#243;lo cien a&#241;os de antig&#252;edad, cosa que en Maine la convert&#237;a en una reci&#233;n nacida. Con la edificaci&#243;n del Puente del Mill&#243;n de D&#243;lares, la construcci&#243;n de la Interestatal 295 y la apertura de las galer&#237;as Maine Mall, los peque&#241;os comercios se hab&#237;an visto obligados a cerrar y la ciudad hab&#237;a perdido parte de su encanto; conservaba, no obstante, su personalidad caracter&#237;stica. La zona donde viv&#237;a Rebecca Clay se llamaba antes Point Village, pero eso fue a principios del siglo XIX; y cuando South Portland se escindi&#243; de Cape Elizabeth en 1895, pas&#243; a conocerse como Willard. Acogi&#243; a capitanes de barco y pescadores, cuyos descendientes a&#250;n viven all&#237; hoy d&#237;a. Durante el siglo pasado, gran parte de las tierras de la zona eran propiedad de un hombre llamado Daniel Cobb. Cultivaba tabaco, manzanas y apio. Se dec&#237;a asimismo que fue la primera persona que plant&#243; la lechuga iceberg en la Costa Este.

Recorr&#237; Willard Street hasta la playa. La marea estaba baja, y la arena cambiaba de color espectacularmente, pasando del blanco al marr&#243;n oscuro all&#237; donde se hab&#237;a interrumpido el avance del mar. A la izquierda, la playa se extend&#237;a formando una media luna y terminaba en el faro de Spring Point, que se&#241;alaba el peligroso saliente en el lado oeste del principal canal navegable hacia el puerto de Portland. M&#225;s all&#225; se encontraban las dos islas de Cushing y Peaks, y la fachada veteada de herrumbre de Fort Gorges. A la derecha, una escalera de hormig&#243;n daba acceso a un camino que discurr&#237;a por un promontorio y acababa en un peque&#241;o parque.

Antes, una l&#237;nea de tranv&#237;a bajaba por Willard Street hasta la playa en verano. Aun despu&#233;s de dejar de circular por all&#237; el tranv&#237;a, sigui&#243; habiendo un antiguo puesto de refrescos cerca de lo que en su d&#237;a fue el final de la l&#237;nea. Se remontaba a la d&#233;cada de 1930, y todav&#237;a vend&#237;a comida en los a&#241;os setenta, cuando se llamaba Dory y la familia Carmody serv&#237;a perritos calientes y patatas fritas a los ba&#241;istas por la ventanilla. A veces mi abuelo me llevaba all&#237; de ni&#241;o, y me cont&#243; que el puesto hab&#237;a formado parte en otro tiempo del imperio de Sam Silverman, que en su &#233;poca fue una especie de leyenda. Seg&#250;n contaban, ten&#237;a un mono y un oso en una jaula a fin de atraer a la gente a sus establecimientos comerciales, que inclu&#237;an la casa de ba&#241;os de Willard Beach y el tenderete Sam's Lunch. Los perritos calientes de los Carmody eran bastante buenos, pero desde luego no pod&#237;an competir con un oso en una jaula. Despu&#233;s de pasar un rato en la playa, mi abuelo siempre me llevaba a la tienda de los se&#241;ores B, el Supermercado Bathras, en Preble Street, donde ped&#237;a bocadillos italianos para llevarlos a casa de cena y el se&#241;or B consignaba meticulosamente la cantidad adeudada en la cuenta de mi abuelo. La familia Bathras era famosa en South Portland por su costumbre de vender a cr&#233;dito; tanto es as&#237; que, al parecer, casi todos los clientes abr&#237;an una cuenta all&#237; para saldar la deuda con pagos semanales o quincenales, y rara vez se intercambiaba dinero en efectivo por peque&#241;as compras.

Me pregunt&#233; si fue la nostalgia lo que me llev&#243; a reflexionar con afecto sobre algo tan elemental como una tienda de comestibles o un viejo puesto de refrescos. En parte s&#237;, supuse. Mi abuelo hab&#237;a compartido aquellos sitios conmigo, pero ahora tanto &#233;l como los propios lugares hab&#237;an desaparecido, y yo ya no tendr&#237;a ocasi&#243;n de compartirlos con nadie. Aun as&#237;, hab&#237;a otros sitios y otras personas. Jennifer, mi primera hija, nunca hab&#237;a tenido la oportunidad de verlos, no realmente. Era demasiado peque&#241;a cuando su madre y ella vinieron aqu&#237; conmigo, y muri&#243; cuando a&#250;n no ten&#237;a edad para valorar el mundo en que daba sus primeros pasos. Pero me quedaba Sam. Su vida estaba empezando. Si yo consegu&#237;a protegerla de todo mal, llegar&#237;a un d&#237;a en que podr&#237;amos pasear juntos por la arena, o a lo largo de una apacible calle transitada antes por ruidosos tranv&#237;as, o junto a un r&#237;o o por un camino de monta&#241;a. Yo podr&#237;a transmitirle algunos de estos secretos, y ella podr&#237;a conservarlos y saber que pasado y presente formaban un todo moteado de resplandor, y que en este mundo hab&#237;a tanto luz como sombra, en este mundo semejante a una colmena.

Cruzando la playa por el entarimado volv&#237; hacia Willard Haven Road y de pronto me detuve. M&#225;s adelante, hacia la mitad de Willard Street, hab&#237;a un coche rojo al ralent&#237; junto a la acera. El parabrisas era casi reflectante, de modo que cuando lo mir&#233;, s&#243;lo vi el cielo. Al acercarme, el conductor retrocedi&#243; despacio Willard arriba, manteniendo la distancia entre nosotros; cuando encontr&#243; un hueco donde cambiar de sentido, se dirigi&#243; hacia Preble. Era un Ford Contour, probablemente un modelo de mediados de los a&#241;os noventa. No vi el n&#250;mero de la matr&#237;cula; ni siquiera pod&#237;a saber con certeza que el ocupante fuese el hombre que acechaba a Rebecca Clay, pero tuve el presentimiento de que era &#233;l. Supongo que habr&#237;a sido mucho esperar que a&#250;n no me hubiese relacionado con ella, pero tampoco era una cat&#225;strofe. Tal vez mi sola presencia bastase para provocarlo. No para ahuyentarlo, pero s&#237;, quiz&#225;, para que &#233;l intentara ahuyentarme a m&#237;. Quer&#237;a verlo cara a cara. Quer&#237;a o&#237;r qu&#233; ten&#237;a que decir. Hasta que no lo hiciera, no podr&#237;a empezar a resolver el problema de Rebecca Clay.

Sub&#237; por Willard Street hasta donde ten&#237;a aparcado el coche. Si el tipo me hab&#237;a descubierto, al menos no tendr&#237;a que seguir conduciendo el Saturn, y eso, ya de por s&#237;, era motivo de celebraci&#243;n. Telefone&#233; a Rebecca para prevenirla de que quiz&#225;s el hombre que la molestaba no anduviese lejos. La inform&#233; del color y el modelo del coche y le ped&#237; que no saliera de la oficina, ni siquiera un momento. Si de pronto cambiaba de planes, deb&#237;a avisarme y yo ir&#237;a a buscarla. Me comunic&#243; que planeaba comer en su despacho, y hab&#237;a llamado al director del colegio de Jenna para pedirle que permitieran que la ni&#241;a se quedara all&#237;, con la secretaria, hasta que ella fuera a buscarla. Rebecca permanecer&#237;a en la oficina un rato m&#225;s, y eso me dejaba una hora libre poco m&#225;s o menos. Si bien me hab&#237;a contado algunos detalles sobre su padre, yo deseaba m&#225;s informaci&#243;n, y pens&#233; que conoc&#237;a a alguien que podr&#237;a proporcion&#225;rmela.

Fui a Portland y aparqu&#233; delante del mercado p&#250;blico. Pas&#233; a buscar dos caf&#233;s y unas pastas por la panader&#237;a Big Sky, con la idea de que siempre conven&#237;a llegar a cualquier sitio con un soborno en mano, y me encamin&#233; hacia la Facultad de Arte de Maine, en Congress. June Fitzpatrick ten&#237;a un par de galer&#237;as de arte en Portland, y un perro negro que miraba con malos ojos a cualquiera que no fuese June. Encontr&#233; a June en el espacio que ten&#237;a en la universidad para su galer&#237;a, preparando una nueva exposici&#243;n en sus inmaculadas paredes blancas. Era una mujer menuda y entusiasta, que apenas hab&#237;a perdido su acento ingl&#233;s en los a&#241;os que llevaba en Maine, y ten&#237;a buena memoria para las caras y los nombres del mundo del arte. El perro me ladr&#243; desde un rinc&#243;n y luego se conform&#243; con mantenerme bajo vigilancia por si se me ocurr&#237;a robar un lienzo.

Daniel Clay -dijo, y tom&#243; un sorbo de caf&#233;-. Lo recuerdo, aunque no habr&#233; visto m&#225;s de una o dos muestras de su obra. Entraba en la categor&#237;a de amateur con talento. Al principio era todo muy atormentado, podr&#237;amos decir: cuerpos entrelazados, p&#225;lidos con estallidos de rojo y negro y azul, y toda clase de iconograf&#237;a cat&#243;lica en segundo plano. Un buen d&#237;a abandon&#243; esos temas y empez&#243; a dedicarse a los paisajes. Arboles envueltos en bruma, ruinas en primer plano, esas cosas

Rebecca me hab&#237;a ense&#241;ado unas diapositivas de la obra de su padre ese mismo d&#237;a, junto con el &#250;nico cuadro que conservaba. Era una pintura de Rebecca de ni&#241;a, un poco oscura para mi gusto, donde se la representaba como un borr&#243;n p&#225;lido entre sombras. Confes&#233; a June que el resto de su obra tampoco me hab&#237;a impresionado.

No es de mi agrado, debo decir. Siempre pens&#233; que su obra de la segunda etapa estaba apenas un pelda&#241;o por encima de los cuadros de alces y yates, pero eso a m&#237; no me ata&#241;&#237;a. &#201;l vend&#237;a por su cuenta y no expon&#237;a, as&#237; que nunca tuve que buscar la manera cort&#233;s de decirle que no. Pero hay un par de coleccionistas en Portland seriamente interesados en su obra, y me consta que regal&#243; muchos de sus cuadros a amigos. Su hija vende de vez en cuando alguno de los que le quedan, y siempre cae del cielo alg&#250;n comprador potencial. Creo que la mayor&#237;a de los coleccionistas de su obra lo conoc&#237;an personalmente, o les atrae el misterio que lo envolvi&#243;, a falta de una palabra mejor. O&#237; decir que dej&#243; de pintar por completo poco antes de desaparecer, as&#237; que poseen cierto valor como rarezas, imagino.

&#191;Recuerdas algo sobre su desaparici&#243;n?

Bueno, corrieron rumores. Los peri&#243;dicos no dieron muchos detalles sobre las circunstancias. La prensa local tiende a ser parca sobre esas cuestiones en el mejor de los casos, pero casi todos sab&#237;amos que algunos de los ni&#241;os a los que &#233;l hab&#237;a intentado ayudar sufrieron abusos posteriormente. Algunos quisieron echarle la culpa, supongo, incluso entre quienes estaban dispuestos a creer que &#233;l no hab&#237;a tenido participaci&#243;n directa.

&#191;Tienes alguna opini&#243;n al respecto?

S&#243;lo hay dos puntos de vista: o estuvo implicado, o no. Si lo estuvo, no hay m&#225;s que decir. Si no lo estuvo, en fin, no soy una experta, pero ya de entrada no debi&#243; de ser f&#225;cil hacer hablar a esos ni&#241;os de lo que les pas&#243;. Quiz&#225;s el hecho de ser v&#237;ctimas de abusos por segunda vez los llev&#243; sencillamente a replegarse m&#225;s en su caparaz&#243;n. La verdad es que no lo s&#233;.

&#191;Llegaste a conocer a Clay?

Nos ve&#237;amos aqu&#237; y all&#225;. Intent&#233; hablar con &#233;l durante una cena en la que coincidimos los dos, pero no estuvo muy comunicativo. Era un hombre callado y distante, de voz apagada. Parec&#237;a abrumado por la vida. Eso debi&#243; de ser poco antes de su desaparici&#243;n, as&#237; que, en ese caso, es posible que las apariencias no enga&#241;aran.

Interrumpi&#243; nuestra conversaci&#243;n para dar instrucciones a una joven que colgaba un lienzo junto a una ventana.

&#161;No, no, est&#225; al rev&#233;s!

Mir&#233; el lienzo, que parec&#237;a una pintura de barro, y de un barro no muy bonito. La joven mir&#243; el lienzo, luego me mir&#243; a m&#237;.

&#191;C&#243;mo lo sabes? -pregunt&#233;, y o&#237; el eco de mis palabras. La joven y yo hablamos exactamente al mismo tiempo. Me sonri&#243; y le devolv&#237; la sonrisa. A continuaci&#243;n hice un c&#225;lculo aproximado de la diferencia de edad entre las dos y decid&#237; que deb&#237;a limitarme a sonre&#237;r a personas nacidas antes de 1980.

Ignorantes -dijo June.

&#191;Qu&#233; se supone que es? -le pregunt&#233;.

Un abstracto sin t&#237;tulo.

&#191;Significa eso que el artista tampoco sabe qu&#233; es?

Posiblemente -admiti&#243; June.

Volviendo a Daniel Clay, me has dicho que los coleccionistas de su obra casi seguro que lo conoc&#237;an en persona. &#191;Tienes idea de qui&#233;nes podr&#237;an ser?

Se acerc&#243; al rinc&#243;n y rasc&#243; a su perro detr&#225;s de la oreja con expresi&#243;n ausente. El perro volvi&#243; a ladrarme, s&#243;lo para quitarme de la cabeza cualquier intenci&#243;n de acercarme.

Joel Harmon es uno de ellos.

&#191;El banquero?

S&#237;. &#191;Lo conoces?

De o&#237;das -respond&#237;.

Joel Harmon era el presidente jubilado del BIP, el Banco de Inversi&#243;n de Portland. A &#233;l, entre otros, se atribu&#237;a el m&#233;rito de haber renovado el Puerto Antiguo durante los ochenta, y su fotograf&#237;a aparec&#237;a a&#250;n en los peri&#243;dicos siempre que la ciudad celebraba algo, normalmente con su mujer del brazo y una muchedumbre de entusiastas admiradores alrededor, excitados todos por el olor residual de los billetes nuevos. Su popularidad pod&#237;a achacarse sin duda a su riqueza, a su poder, y la atracci&#243;n que, por lo com&#250;n, ejercen esos dos elementos en aquellos que tienen considerablemente menos tanto de lo uno como de lo otro. Se rumoreaba que ten&#237;a ojo para las mujeres, pese a que su aspecto f&#237;sico ocupaba una posici&#243;n muy baja en su lista de atributos, probablemente en alg&#250;n punto entre es capaz de seguir una melod&#237;a y sabe preparar espaguetis. Yo lo hab&#237;a visto alguna vez, pero nunca nos hab&#237;an presentado.

Daniel Clay y &#233;l eran amigos. Es posible que se conocieran en la universidad. S&#233; que Joel compr&#243; un par de cuadros de Clay despu&#233;s de su muerte, y recibi&#243; otros como regalo en vida de &#233;ste. Supongo que pas&#243; la prueba de idoneidad de Clay. Clay era muy puntilloso con las personas a las que vend&#237;a o regalaba su obra. No s&#233; por qu&#233;.

No te gustaban nada sus cuadros, &#191;verdad?

Ni &#233;l, supongo. Me pon&#237;a nerviosa. Se le notaba una especial falta de alegr&#237;a. Por cierto, esta semana Joel Harmon da una fiesta en su casa. Las organiza con regularidad, y yo siempre estoy invitada. Le he puesto en contacto con varios artistas interesantes. Es un buen cliente.

&#191;Me est&#225;s pidiendo que sea tu acompa&#241;ante?

No, me ofrezco a ser yo tu acompa&#241;ante.

Eso me halaga.

Como ha de ser. Quiz&#225; puedas ver alg&#250;n cuadro de Clay. Pero s&#233; bueno y procura no ofender mucho a Joel. Tengo que pagar mis facturas.

Le asegur&#233; a June que me comportar&#237;a lo mejor posible. No pareci&#243; impresionada.



4

Volv&#237; a Scarborough y me libr&#233; del Saturn. Al volante del Mustang me sent&#237; de inmediato diez a&#241;os m&#225;s joven, o diez a&#241;os menos maduro, que no era lo mismo ni remotamente. Telefone&#233; a Rebecca para confirmar que saldr&#237;a a la hora acordada y le ped&#237; que buscara a alguien que la acompa&#241;ara hasta el coche. Ten&#237;a que ver un local vac&#237;o en Longfellow Square, de modo que la esper&#233; en el aparcamiento detr&#225;s del estanco de Joe. Hab&#237;a all&#237; estacionados otros quince o diecis&#233;is coches, ninguno de ellos ocupado. Encontr&#233; un sitio desde donde ve&#237;a Congress y la plaza, me compr&#233; un s&#225;ndwich de pollo a la plancha con pimiento verde en el mostrador que ten&#237;a Joe para bocadillos y me lo com&#237; en el coche mientras esperaba a Rebecca. Un par de mendigos con carritos de supermercado fumaban en el callej&#243;n junto al aparcamiento. Ninguno de los dos coincid&#237;a con la descripci&#243;n del hombre que segu&#237;a a Rebecca.

Ella me llam&#243; cuando pasaba por delante de la estaci&#243;n de autobuses de St. John, y le dije que aparcara frente al edificio que iba a visitar. La mujer que se propon&#237;a alquilar el local esperaba en la puerta cuando ella lleg&#243;. Las dos entraron juntas y cerraron sin percances. Las cristaleras del escaparate eran amplias y estaban limpias, y yo ve&#237;a a las dos mujeres claramente desde donde me encontraba.

No me fij&#233; en el hombre bajo y robusto hasta que, con gestos extra&#241;os, encendi&#243; un cigarrillo. Como salido de la nada, se hab&#237;a acomodado en una de las vallas met&#225;licas de protecci&#243;n, fuera del aparcamiento. Sosteniendo el cigarrillo verticalmente entre el pulgar y el &#237;ndice de la mano derecha, lo hac&#237;a girar con delicadeza, tal vez para aspirar luego el humo con m&#225;s facilidad, y ten&#237;a la atenci&#243;n puesta en las mujeres al otro lado de la calle. Aun as&#237;, se advert&#237;a cierta sensualidad en el movimiento de sus dedos, fruto, quiz&#225;, de la forma en que miraba a Rebecca Clay a trav&#233;s del escaparate de la tienda. Al cabo de un rato se llev&#243; el cigarrillo a la boca lentamente y lo humedeci&#243; con los labios un momento antes de acercar la cerilla a la punta. Despu&#233;s, en lugar de tirar la cerilla sin m&#225;s o apagarla de un soplido, la mantuvo entre el pulgar y el &#237;ndice y dej&#243; que la llama descendiera hacia las yemas de los dedos. Esper&#233; a que la soltara en cuanto sintiera con mayor intensidad el dolor, pero no lo hizo. Cuando ya no se ve&#237;a el extremo inferior de la cerilla, la dej&#243; caer en la palma de su mano, donde ardi&#243; sobre la piel hasta ennegrecerse. Volvi&#243; la mano y la madera chamuscada fue a parar al suelo. Le saqu&#233; una foto con la peque&#241;a c&#225;mara digital que llevaba en el coche. En ese mismo instante se dio la vuelta, como si hubiera percibido que otro, a su vez, ten&#237;a la atenci&#243;n puesta en &#233;l. Me hund&#237; m&#225;s en el asiento, pero alcanc&#233; a vislumbrar su rostro, y en concreto las tres cicatrices paralelas en la frente que hab&#237;a mencionado Rebecca. Cuando volv&#237; a mirar, me dio la impresi&#243;n de que se hab&#237;a esfumado, pero intu&#237; que sencillamente hab&#237;a retrocedido para quedar al amparo de la sombra proyectada por el estanco, ya que un soplo de brisa arrastr&#243; una voluta de humo hacia la calle.

Rebecca sali&#243; de la tienda con unos papeles en las manos. La otra mujer, a su lado, hablaba y sonre&#237;a. Llam&#233; a Rebecca al m&#243;vil y le dije que siguiera sonriendo mientras me escuchaba.

P&#243;ngase de espaldas al estanco de Joe -indiqu&#233;. No quer&#237;a que el hombre viera su reacci&#243;n cuando le dijera que lo hab&#237;a localizado-. Su admirador est&#225; delante del estanco. No mire en esa direcci&#243;n. Quiero que cruce la calle y entre en la librer&#237;a Cunningham. Act&#250;e con naturalidad, como si tuviera un rato libre y quisiera matar el tiempo. Qu&#233;dese all&#237; hasta que yo vaya a buscarla, &#191;de acuerdo?

De acuerdo -dijo ella.

La not&#233; s&#243;lo un poco asustada. En su honor, debo decir que no se detuvo ni se trasluci&#243; emoci&#243;n alguna en su semblante. Le estrech&#243; la mano a su clienta, mir&#243; a la izquierda, luego a la derecha, y cruz&#243; con toda naturalidad en direcci&#243;n a la librer&#237;a. Entr&#243; sin vacilar, como si &#233;sa hubiese sido su intenci&#243;n desde el principio. Me ape&#233; del coche y me encamin&#233; r&#225;pido hacia el estanco. Fuera no hab&#237;a nadie. S&#243;lo una colilla y los restos disgregados de un f&#243;sforo indicaban que el hombre bajo y robusto hab&#237;a estado all&#237;. La punta del cigarrillo estaba aplastada. Algo me dijo que, muy posiblemente, apret&#243; el ascua con los dedos. Casi ol&#237; la piel socarrada.

Mir&#233; alrededor y lo vi. Hab&#237;a cruzado Congress y se dirig&#237;a hacia el centro de la ciudad. Dobl&#243; a la derecha por Park y lo perd&#237; de vista. Supuse que ten&#237;a el coche all&#237; y esperar&#237;a a que Rebecca saliera de la librer&#237;a para entonces seguirla o volver a abordarla.

Fui hacia la esquina de Park y me arriesgu&#233; a mirar de soslayo calle abajo. El hombre se hallaba junto a la puerta de su Ford rojo, con la cabeza inclinada. Agachado tras los coches aparcados, me acerqu&#233; a &#233;l desde la acera opuesta. Llevaba la calibre 9 mil&#237;metros en una funda prendida del cintur&#243;n -para un trabajo como aqu&#233;l, resultaba un poco m&#225;s discreta que mi enorme Smith calibre 10-, pero me resist&#237;a a ense&#241;arla. Si me ve&#237;a obligado a enfrentarme con el acechador pistola en mano, se desvanecer&#237;a toda posibilidad de hacerlo entrar en raz&#243;n y la situaci&#243;n se deteriorar&#237;a incluso antes de empezar a comprenderla. Ten&#237;a la imagen de aquel hombre quem&#225;ndose, y la aparente tranquilidad con que lo hab&#237;a hecho. Eso indicaba que era un individuo con una notable tolerancia al dolor, y por lo general tal nivel de tolerancia se alcanzaba con grandes sufrimientos. Un cara a cara con &#233;l tendr&#237;a que plantearse con cuidado.

Un Grand Cherokee gir&#243; hacia Park, conducido por la arquet&#237;pica joven madre que iba a recoger a sus ni&#241;os al colegio, y cuando pas&#243;, me deslic&#233; detr&#225;s de &#233;l y me acerqu&#233; al Ford por el lado del conductor. Estaba dentro del coche, con el tubo de escape ya humeante, y distingu&#237; el perfil de su tup&#233; y los grandes pliegues de los m&#250;sculos de los hombros y el cuello. Ten&#237;a las manos apoyadas en el volante, y con los dedos de la izquierda tamborileaba en el pl&#225;stico. Llevaba un torpe vendaje en la derecha. Manchas de sangre traspasaban la gasa. Al final, dej&#233; que viera c&#243;mo me acercaba. Mantuve los brazos separados y los dedos ligeramente abiertos, pero estaba preparado para ponerme a cubierto si apartaba las manos del volante. Mi problema era que en cuanto me acercase lo suficiente para hablar con &#233;l no tendr&#237;a hacia d&#243;nde correr. Confiaba en el hecho de que hab&#237;a gente alrededor, y esperaba que &#233;l no viera ventaja alguna en reaccionar de manera hostil antes de o&#237;r lo que yo ten&#237;a que decirle.

&#191;Qu&#233; tal? -pregunt&#233;.

Me mir&#243; con desgana, como si sus energ&#237;as no le permitiesen m&#225;s reacci&#243;n que &#233;sa. Ten&#237;a otro cigarrillo entre los labios, y un paquete azul de American Spirit en el salpicadero.

Bien -contest&#243; &#233;l-. Muy bien.

Se llev&#243; la mano derecha a la boca, dio una calada, y el ascua resplandeci&#243;. Apart&#243; la vista y la fij&#243; al frente a trav&#233;s del parabrisas.

Supon&#237;a que alguien me observaba -coment&#243;-. Veo que va armado.

A menos que uno supiera qu&#233; estaba buscando, el bulto de la 9 mil&#237;metros pasaba casi inadvertido bajo la chaqueta.

Toda prudencia es poca -dije.

Por m&#237;, no se preocupe. No voy armado. No lo necesito.

Es un alma bendita, pues.

No, tampoco dir&#237;a tanto. &#191;Lo ha contratado esa mujer?

Est&#225; preocupada.

No tiene por qu&#233;. Si me dice lo que quiero saber, seguir&#233; mi camino.

&#191;Y si no lo hace, o si no puede?

Bueno, eso son dos cosas distintas, &#191;no? Una no puede evitarse; la otra, s&#237;.

Apart&#243; los dedos del volante. Al instante me llev&#233; la mano al cinto en busca de la pistola.

&#161;Eh, eh! -exclam&#243;. Levant&#243; las manos en un fingido gesto de sometimiento-. No voy armado, ya se lo he dicho.

Mantuve la mano cerca de la culata de la pistola.

Aun as&#237;, preferir&#237;a que pusiera las manos donde pueda verlas.

Se encogi&#243; de hombros en un gesto exagerado y volvi&#243; a posar las manos en lo alto del volante.

&#191;Tiene usted alg&#250;n nombre? -pregunt&#233;.

Tengo muchos nombres.

Eso es muy misterioso. Probemos con uno y veamos qu&#233; tal le queda.

Pareci&#243; pens&#225;rselo.

Merrick -dijo por fin, y algo en su cara y en su voz me revel&#243; que eso era lo m&#225;ximo que iba a recibir de &#233;l por lo que se refer&#237;a a nombres.

&#191;Por qu&#233; est&#225; acosando a Rebecca Clay?

No estoy acos&#225;ndola. S&#243;lo quiero que me hable claro.

&#191;Sobre qu&#233;?

Sobre su padre.

Su padre est&#225; muerto.

No est&#225; muerto. Ella consigui&#243; que lo declarasen muerto, pero eso no significa nada. Mu&#233;streme los gusanos en las cuencas de sus ojos y entonces me creer&#233; que ha muerto.

&#191;Por qu&#233; est&#225; tan interesado en &#233;l?

Tengo mis razones.

Intente compartirlas.

Apret&#243; los dedos en torno al volante. Ten&#237;a un peque&#241;o tatuaje en tinta china en el nudillo del dedo coraz&#243;n de la mano izquierda. Era una burda cruz azul, un s&#237;mbolo carcelario.

No, prefiero guard&#225;rmelas. Me molesta que un desconocido venga y me interrogue sobre algo que es asunto m&#237;o.

Entender&#225;, pues, c&#243;mo se siente la se&#241;ora Clay.

Se mordi&#243; la cara interna del labio inferior. Mantuvo la mirada fija al frente. Percib&#237; c&#243;mo crec&#237;a la tensi&#243;n dentro de &#233;l. Tras deslizar la mano hasta la culata de la pistola, extend&#237; el &#237;ndice sobre la guarda, listo para introducirlo en su sitio si era necesario. De pronto, la tensi&#243;n abandon&#243; el cuerpo de Merrick. Lo o&#237; exhalar y pareci&#243; menguar y volverse menos amenazador.

Preg&#250;ntele por el Proyecto -sugiri&#243; en voz baja-. Ya ver&#225; lo que dice.

&#191;Qu&#233; es el Proyecto?

Movi&#243; la cabeza en un gesto de negaci&#243;n.

Preg&#250;ntele y luego venga a verme. Tal vez, ya puestos, deber&#237;a hablar tambi&#233;n con su ex marido.

Ni siquiera sab&#237;a que Rebecca Clay hubiese estado casada. S&#243;lo me constaba que no se hab&#237;a casado con el padre de su hija. &#161;Vaya un investigador estaba yo hecho!

&#191;Por qu&#233; habr&#237;a de hacerlo?

Un marido y una mujer comparten cosas. Secretos. Hable con &#233;l, y puede que me ahorre la molestia de hablar con &#233;l yo mismo. No andar&#233; lejos. No tendr&#225; que buscarme, porque yo lo encontrar&#233; a usted. Conv&#233;nzala para que me diga lo que sabe. Le doy dos d&#237;as; luego perder&#233; la paciencia con todos ustedes.

Se&#241;al&#233; su mano herida.

Me da la impresi&#243;n de que ya ha perdido la paciencia una vez.

Se mir&#243; la venda y estir&#243; los dedos, como si comprobase el dolor de las heridas.

Fue un error -respondi&#243; con voz queda-. No era mi intenci&#243;n. Esa mujer me est&#225; poniendo a prueba, pero no pretendo causarle ning&#250;n da&#241;o.

Quiz&#225;s &#233;l se lo creyera, pero yo no. Merrick destilaba rabia. La ira palpitaba al rojo vivo dentro de &#233;l, dando vida a sus ojos y tensando de emoci&#243;n contenida cada m&#250;sculo y cada tend&#243;n de su cuerpo. Tal vez Merrick no pretendiera hacer da&#241;o a una mujer; tal vez no lo intentara, pero la sangre en su mano pon&#237;a de manifiesto que su capacidad para controlar sus impulsos dejaba mucho que desear.

Perd&#237; los estribos, s&#243;lo eso -prosigui&#243;-. Necesito que me diga lo que sabe. Es importante para m&#237;. -Dio otra calada al cigarrillo-. Y ahora que ya somos tan amigos, &#191;por qu&#233; no me dice c&#243;mo se llama usted?

Parker.

&#191;Qu&#233; es? &#191;Detective privado?

&#191;Quiere ver mi licencia?

No, un papel no me aclarar&#225; nada que no sepa ya. Oiga, no quiero problemas con usted. He venido aqu&#237; para ocuparme de un asunto, un asunto personal. A lo mejor hace entrar en raz&#243;n a esa mujer para que yo pueda resolverlo y seguir con lo m&#237;o. Espero que as&#237; sea, sinceramente, porque si no lo consigue, usted no nos servir&#225; de nada ni a ella ni a m&#237;. No ser&#225; m&#225;s que un obst&#225;culo en mi camino, y quiz&#225; me vea obligado a tomar medidas.

No hab&#237;a vuelto a mirarme. Ten&#237;a la vista fija en una peque&#241;a fotograf&#237;a colgada del espejo retrovisor, protegida con una funda de pl&#225;stico. Era el retrato de una ni&#241;a de pelo moreno, de la edad de Jenna Clay o un poco mayor. Un crucifijo barato pend&#237;a al lado.

&#191;Qui&#233;n es esa ni&#241;a? -pregunt&#233;.

Eso no le incumbe.

Es una monada. &#191;Qu&#233; edad tiene?

No contest&#243;, pero era evidente que yo hab&#237;a puesto el dedo en la llaga. Sin embargo, esa vez no reaccion&#243; con ira, sino con cierto distanciamiento.

Si me explicara m&#237;nimamente el motivo que lo ha tra&#237;do hasta aqu&#237;, quiz&#225;s yo podr&#237;a ayudarlo -insist&#237;.

Oiga, como ya le he dicho, es un asunto personal.

Si es as&#237;, supongo que ya no tenemos nada m&#225;s de que hablar -dije-. Pero no se acerque a mi cliente. -La advertencia sonaba vac&#237;a e innecesaria. De alg&#250;n modo, la balanza se hab&#237;a inclinado del otro lado.

No volver&#233; a causar ninguna molestia a esa mujer, ninguna en absoluto, no hasta que vuelva usted a hablar conmigo. -Baj&#243; la mano e hizo girar la llave de contacto, sin dejarse ya intimidar por la pistola, si es que realmente lo hab&#237;a intimidado en alg&#250;n momento-. Pero a cambio le har&#233; dos advertencias. La primera es que, cuando empiece a preguntar por el Proyecto, m&#225;s vale que se ande con ojo, porque los dem&#225;s se enterar&#225;n y no les gustar&#225; saber que hay alguien husmeando por ah&#237;. No les gustar&#225; ni un pelo.

&#191;Los dem&#225;s?

El motor rugi&#243; cuando apret&#243; el acelerador.

Pronto lo averiguar&#225; -contest&#243;.

&#191;Y la segunda advertencia?

Levant&#243; la mano izquierda y cerr&#243; el pu&#241;o, de tal forma que el tatuaje contrast&#243; marcadamente con la palidez del nudillo.

No se entrometa. H&#225;galo, y ser&#225; hombre muerto. Tome buena nota, muchacho.

Se apart&#243; del bordillo, y el tubo de escape expuls&#243; una espesa nube de humo azul en el aire transparente de oto&#241;o. Antes de que desapareciera por completo entre los gases alcanc&#233; a ver la matr&#237;cula.

Merrick. Ahora veamos, pens&#233;, qu&#233; puedo averiguar de ti en los pr&#243;ximos dos d&#237;as.


Volv&#237; a la librer&#237;a. Rebecca Clay, sentada en un rinc&#243;n, hojeaba una revista vieja.

&#191;Lo ha encontrado? -pregunt&#243; ella.

S&#237;.

Rebecca dio un respingo.

&#191;Qu&#233; ha ocurrido?

Hemos hablado y se ha ido. De momento.

&#191;Qu&#233; significa de momento? Le he contratado para librarme de &#233;l, para que me deje en paz de una vez por todas -dijo levantando la voz gradualmente, aunque en segundo plano se percib&#237;a un temblor.

La acompa&#241;&#233; a la calle.

Se&#241;orita Clay, ya le dije que quiz&#225; no bastar&#237;a con una advertencia. Ese hombre ha accedido a mantenerse alejado de usted hasta que yo haga ciertas averiguaciones. No lo conozco tanto como para confiar plenamente en &#233;l, as&#237; que le sugiero que, por ahora, sigamos extremando las precauciones. Si ha de quedarse m&#225;s tranquila, dispongo de personas dispuestas a colaborar para tenerla bajo vigilancia las veinticuatro horas del d&#237;a mientras intento indagar sobre &#233;l.

Bien. Pero creo que voy a mandar a Jenna fuera durante un tiempo, hasta que todo esto acabe.

Me parece buena idea. &#191;Le suena de algo el nombre de Merrick, se&#241;orita Clay?

Hab&#237;amos llegado a su coche.

No, no lo creo -contest&#243;.

As&#237; es como se llama nuestro amigo, o al menos eso me ha dicho. Ten&#237;a en el coche una fotograf&#237;a de una ni&#241;a, tal vez su hija. Me pregunto si no ser&#237;a paciente de su padre, y si hay alguna manera de saberlo, en el supuesto de que la ni&#241;a llevase el apellido de Merrick.

Mi padre no hablaba de sus pacientes conmigo. O al menos no por su nombre. Si se la mand&#243; una instituci&#243;n estatal, podr&#237;a haber un historial suyo en alg&#250;n sitio, supongo, pero no le resultar&#225; f&#225;cil conseguir que alguien lo confirme. Ser&#237;a una violaci&#243;n del secreto profesional.

&#191;Y los archivos de los pacientes de su padre?

Los archivos de mi padre pasaron a disposici&#243;n judicial tras su desaparici&#243;n. Recuerdo que alguien intent&#243; solicitar autorizaci&#243;n para que algunos de sus colegas los examinasen, pero la denegaron. S&#243;lo se puede tener acceso mediante una inspecci&#243;n a puerta cerrada, y eso es poco habitual. Los jueces son reacios a concederla para proteger la intimidad de los pacientes.

Consider&#233; que hab&#237;a llegado el momento de abordar la cuesti&#243;n de su padre y las acusaciones presentadas contra &#233;l.

Tengo que hacerle una pregunta delicada, se&#241;orita Clay -empec&#233; a decir.

Esper&#243;. Sab&#237;a lo que se avecinaba, pero quer&#237;a o&#237;rmelo decir.

&#191;Cree que su padre abus&#243; de los ni&#241;os a los que atend&#237;a?

No -contest&#243; con firmeza-. Mi padre no abus&#243; de ninguno de esos ni&#241;os.

&#191;Piensa usted que facilit&#243; las cosas a los autores de los abusos, quiz&#225; proporcion&#225;ndoles informaci&#243;n sobre la identidad y el paradero de pacientes vulnerables?

Mi padre viv&#237;a entregado a su trabajo. Cuando dejaron de encargarle peritajes, fue porque empezaron a dudar de su objetividad. &#201;l tend&#237;a a creer a los ni&#241;os desde el principio, y &#233;sa fue la causa de sus problemas. Sab&#237;a lo que eran capaces de hacer los adultos.

&#191;Ten&#237;a su padre muchos amigos &#237;ntimos?

Arrug&#243; la frente.

Unos cuantos. Tambi&#233;n trataba con algunos colegas, aunque perd&#237; el contacto con casi todos despu&#233;s de su desaparici&#243;n. Quer&#237;an distanciarse al m&#225;ximo de &#233;l. No me extra&#241;&#243;.

Me gustar&#237;a que hiciera una lista: relaciones profesionales, compa&#241;eros de estudios, personas de su antiguo barrio. Cualquiera con quien mantuviese un trato regular.

La har&#233; en cuanto llegue a casa.

Por cierto, no me hab&#237;a contado que estuvo usted casada.

Se sorprendi&#243;.

&#191;C&#243;mo se ha enterado?

Me lo ha dicho Merrick.

Dios santo. No me pareci&#243; un dato importante. El matrimonio no dur&#243; mucho. Ahora ya nunca nos vemos.

&#191;C&#243;mo se llama?

Jerry. Jerry Legere.

&#191;Y no es el padre de Jenna?

No.

&#191;D&#243;nde puedo encontrarlo?

Es electricista. Trabaja por todas partes. &#191;Por qu&#233; quiere hablar con &#233;l?

Voy a hablar con mucha gente. As&#237; es como funcionan estas cosas.

Pero as&#237; no conseguir&#225; que ese hombre, ese tal Merrick, se marche. -Volvi&#243; a levantar la voz-. Yo no le he contratado para eso.

&#201;l no va a marcharse, se&#241;orita Clay, todav&#237;a no. Est&#225; furioso, y esa ira tiene algo que ver con su padre. Necesito averiguar qu&#233; relaci&#243;n existe entre su padre y Merrick. Para eso tendr&#233; que hacer muchas preguntas.

Cruz&#243; los brazos sobre el techo del coche y apoy&#243; la frente en ellos.

No quiero que esto se alargue -dijo con la voz ahogada a causa de la postura-. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Haga lo que tenga que hacer, hable con quien sea, pero acabe con esto. Por favor. Ya ni siquiera s&#233; d&#243;nde vive mi ex marido, pero antes trabajaba a veces para una empresa llamada A-Secure y quiz&#225; todav&#237;a colabore con ellos. Instalan sistemas de seguridad en oficinas, tiendas y viviendas. Un amigo de Jerry, Raymon Lang, se dedica al mantenimiento de los sistemas y le pasaba mucho trabajo a Jerry. Seguramente lo encontrar&#225; a trav&#233;s de A-Secure.

Merrick piensa que tal vez usted y su ex marido hablaron de su padre en alguna ocasi&#243;n.

Pues claro que s&#237;, pero Jerry no sabe nada de lo que le pas&#243; a mi padre, eso se lo aseguro. Jerry Legere s&#243;lo piensa en s&#237; mismo, en nadie m&#225;s. Esperaba que mi padre apareciese muerto en alg&#250;n sitio para empezar a gastar el dinero que yo recibiese en herencia.

&#191;Su padre era rico?

Todav&#237;a hay inmovilizada una suma considerable de dinero, pendiente del fallo de validaci&#243;n del testamento, de modo que s&#237;, podr&#237;a decirse que viv&#237;a con holgura. Por otra parte, est&#225; la casa. Jerry quer&#237;a que la vendiese, pero no me era posible, obviamente, porque no era m&#237;a. Al final, Jerry se cans&#243; de esperar, y de m&#237;. Aunque el desencanto fue mutuo. No era lo que se dice un marido ideal.

Una &#250;ltima cosa -dije-. &#191;Le oy&#243; hablar a su padre alguna vez de un proyecto, o de algo llamado el Proyecto?

No, nunca.

&#191;Tiene idea de lo que podr&#237;a ser?

Ni la m&#225;s m&#237;nima.

Levant&#243; la cabeza y entr&#243; en el coche. La segu&#237; de cerca camino de la oficina y me qued&#233; all&#237; hasta la hora de recoger a Jenna. El director acompa&#241;&#243; a la ni&#241;a a la puerta del colegio, y Rebecca habl&#243; con &#233;l un momento, para explicarle, supuse, el motivo por el que Jenna se ausentar&#237;a durante un tiempo. Luego las segu&#237; hasta su casa. Rebecca aparc&#243; en el camino de acceso y se qued&#243; dentro del coche con el seguro puesto, en tanto que yo inspeccionaba todas las habitaciones. Regres&#233; a la puerta de entrada y le indiqu&#233; con una se&#241;a que todo estaba en orden. Cuando entr&#243;, me sent&#233; en la cocina y la observ&#233; mientras elaboraba una lista de amigos y colegas de su padre. No era muy larga. Algunos, dijo, hab&#237;an muerto, y de otros no recordaba el nombre. Le ped&#237; que me avisara si se le ocurr&#237;a alguno m&#225;s y me asegur&#243; que as&#237; lo har&#237;a. Me compromet&#237; a dejar resuelto esa misma noche el asunto de la protecci&#243;n a&#241;adida y a llamarla para darle los detalles al respecto antes de que se acostara. Dicho esto, me march&#233;. O&#237; el cerrojo y luego una serie de pitidos electr&#243;nicos cuando introdujo el c&#243;digo de la alarma para activar el sistema de seguridad de la casa.

La luz del d&#237;a se hab&#237;a desvanecido. Las olas romp&#237;an en la orilla cuando me encamin&#233; hacia el coche. Normalmente encontraba relajante ese sonido, pero no aquella tarde. Me faltaba un elemento, hab&#237;a algo fuera de sitio, y el aire vespertino tra&#237;a un tufillo a quemado. Me volv&#237; hacia el agua, ya que el olor proced&#237;a del mar, como si se hubiera incendiado un barco lejano. Busqu&#233; el resplandor en el horizonte, pero s&#243;lo vi la r&#237;tmica palpitaci&#243;n del faro, el movimiento de un transbordador en la bah&#237;a y las ventanas iluminadas en las casas de las islas. Todo reflejaba calma y rutina, y sin embargo, camino de casa, no pude sacudirme de encima la sensaci&#243;n de inquietud.



Segunda parte


Contorno sin forma, matiz sin color fuerza paralizada,

gesto sin movimiento;

quienes han cruzado,

sin desviar la mirada, hasta el otro reino de la muerte

nos recuerdan -si acaso- no como violentas

almas perdidas, sino s&#243;lo

como los hombres huecos

T.S. Eliot, Los hombres huecos





5

Merrick nos hab&#237;a prometido dos d&#237;as de paz, pero yo no iba a fiarme de la palabra de un hombre semejante cuando estaba en juego la seguridad de Rebecca. Hab&#237;a visto a otros como &#233;l: Merrick era un barril de p&#243;lvora, siempre al borde del estallido. Record&#233; c&#243;mo hab&#237;a reaccionado al comentario que hice sobre la ni&#241;a de la fotograf&#237;a, y las advertencias de que aquello era un asunto personal suyo. Pese a lo que me hab&#237;a asegurado, siempre exist&#237;a la posibilidad de que fuese a un bar, se tomase un par de copas y decidiese que era el momento de volver a cruzar unas palabras con la hija de Daniel Clay. Por otra parte, no pod&#237;a dedicarme todo el tiempo a vigilarla. Necesitaba ayuda y no ten&#237;a muchas opciones. Estaba Jackie Garner, que era grande, fuerte y bienintencionado, pero le faltaba alg&#250;n que otro tornillo. Adem&#225;s, all&#237; adonde iba lo acompa&#241;aban dos bloques de carne con piernas, los hermanos Fulci; y los Fulci eran a la sutileza lo que un batidor de huevos a un huevo. No sab&#237;a muy bien c&#243;mo se lo tomar&#237;a Rebecca Clay si se los encontraba en su portal. De hecho, ni siquiera sab&#237;a c&#243;mo se lo tomar&#237;a el portal.

Habr&#237;a preferido a Louis y &#193;ngel, pero se hab&#237;an ido un par de d&#237;as a la Costa Oeste para catar vinos en el valle de Napa. Saltaba a la vista que ten&#237;a amigos sofisticados, pero no pod&#237;a dejar a Rebecca sin protecci&#243;n hasta que regresaran. Al parecer, no me quedaba otra alternativa.

Telefone&#233; a Jackie Garner de mala gana.

Me reun&#237; con &#233;l en Sangillo's Tavern, un local peque&#241;o de Hampshire que por dentro siempre estaba iluminado como si fuera Navidad. Jackie tomaba una Bud Light, pero procur&#233; no ten&#233;rselo en cuenta. Me reun&#237; con &#233;l en la barra y ped&#237; un Sprite sin az&#250;car. Nadie se ri&#243;, lo que fue todo un detalle.

&#191;Est&#225;s a dieta? -pregunt&#243; Jackie. Llevaba una camiseta de manga larga con el logotipo de un antiguo bar de Portland cerrado desde hac&#237;a tanto tiempo que probablemente sus parroquianos pagaban las copas con abalorios. Se hab&#237;a afeitado el cr&#225;neo y ten&#237;a una descolorida moradura junto al ojo izquierdo. La camiseta se le ce&#241;&#237;a al abdomen de tal modo que un observador poco atento lo habr&#237;a tomado por un gordo m&#225;s junto a la barra, pero &#233;se no era el caso de Jackie Garner. Desde que lo conoc&#237;a, nadie lo hab&#237;a ganado en una pelea, y no quer&#237;a ni pensar en lo que habr&#237;a sido del culpable del moret&#243;n que Jackie ten&#237;a en la cara.

No estoy de humor para cerveza -contest&#233;.

Levant&#243; la botella, entorn&#243; los ojos y anunci&#243; con voz grave:

Esto no es cerveza. Es Bud.

Al parecer qued&#243; muy satisfecho de s&#237; mismo.

Una frase muy pegadiza -coment&#233;.

Despleg&#243; una amplia sonrisa.

He participado en alg&#250;n que otro concurso. De esos en los que hay que inventar un eslogan, ya sabes. Como Esto no es cerveza. Es Bud. -Tom&#243; mi Sprite-. O Esto no es un refresco. Es Sprite. &#201;stos no son frutos secos. Son Bueno, s&#237; son frutos secos, pero ya me entiendes.

Veo la pauta.

Dir&#237;a que puede adaptarse a cualquier producto.

Salvo a los frutos secos en un cuenco -precis&#233;.

Salvo eso, s&#237;, y poco m&#225;s.

Parece infalible, desde luego. &#191;Andas muy ocupado &#250;ltimamente?

Jackie se encogi&#243; de hombros. Por lo que yo sab&#237;a, nunca estaba ocupado. Viv&#237;a con su madre, trabajaba alg&#250;n rato de camarero un par de d&#237;as por semana, y dedicaba el resto del tiempo a manufacturar munici&#243;n casera en un ruinoso cobertizo en medio del bosque detr&#225;s de su casa. De vez en cuando alguien comunicaba a la polic&#237;a local que hab&#237;a o&#237;do una explosi&#243;n. Y muy de vez en cuando la polic&#237;a enviaba un coche patrulla con la remota esperanza de que Jackie hubiera volado por los aires. Hasta el momento se hab&#237;an visto amargamente decepcionados.

&#191;Necesitas algo? -pregunt&#243;. El brillo de sus ojos se hizo m&#225;s intenso ante la perspectiva de una posible trifulca.

S&#243;lo durante un par de d&#237;as. Cierto individuo anda acechando a una mujer.

&#191;Quieres que le zurremos?

&#191;Zurremos? &#191;T&#250; y qui&#233;n m&#225;s?

Ya lo sabes. -Se&#241;al&#243; con el pulgar hacia alg&#250;n sitio indeterminado fuera de los confines del bar. A pesar del fr&#237;o, sent&#237; c&#243;mo me brotaba el sudor en la frente y envejec&#237; alrededor de un a&#241;o en un instante.

&#191;Se encuentran aqu&#237;? &#191;Qu&#233; os pasa? &#191;Acaso est&#225;is unidos por la cadera?

Les he dicho que esperen fuera. S&#233; que te ponen nervioso.

No me ponen nervioso. Me dan un miedo atroz.

Bueno, en todo caso ya no les dejan entrar aqu&#237;. No les dejan entrar en ninguna parte, supongo, no desde, mmm, aquello.

Hab&#237;a un aquello. Cuando se trataba de los Fulci, siempre hab&#237;a un aquello.

&#191;Aquello? &#191;Qu&#233;?

Aquello en el B-Line.

Pod&#237;a decirse que el B-Line era el tugurio m&#225;s peligroso de la ciudad, un antro que serv&#237;a una copa gratis a todo aquel que ense&#241;ase un carnet de Alcoh&#243;licos An&#243;nimos con m&#225;s de un mes de antig&#252;edad. Conseguir que a uno le prohibieran la entrada en el B-Line por alterar el orden era como ser expulsado de los boy scouts por hacer demasiado bien los nudos.

&#191;Qu&#233; pas&#243;?

Atizaron a un tipo con una puerta.

En comparaci&#243;n con alguna de las an&#233;cdotas que hab&#237;a o&#237;do sobre los Fulci, y sobre el B-Line, &#233;sa no era nada del otro mundo.

Pues tampoco me parece tan grave trat&#225;ndose de ellos.

Bueno, en realidad eran dos tipos. Y dos puertas. Y arrancaron las puertas de las bisagras. Ahora ya no pueden salir tanto. Se picaron un poco. Y siguen picados. Pero aqu&#237; no les importa quedarse esperando en el aparcamiento. Las luces les parecen bonitas, y les he comprado un par de men&#250;s familiares en Norm's.

Respir&#233; hondo para serenarme.

No quiero que nadie resulte herido, lo que significa que no s&#233; si quiero a los Fulci metidos en esto.

Jackie arrug&#243; el entrecejo.

Se llevar&#225;n un disgusto. Cuando les he dicho que iba a verte, me han pedido que los dejase venir. Les caes bien.

&#191;Y c&#243;mo lo sabes? &#191;Porque no me han pegado a&#250;n con una puerta?

No tienen malas intenciones. Es s&#243;lo que los m&#233;dicos les cambian la medicaci&#243;n cada dos por tres y a veces no les hace el efecto que deber&#237;a.

Apesadumbrado, comenz&#243; a darle vueltas a la botella. No ten&#237;a muchos amigos, y por lo visto consideraba que la sociedad hab&#237;a juzgado de forma err&#243;nea a los Fulci en muchos sentidos. La sociedad, por el contrario, estaba segura de que ten&#237;a a los Fulci perfectamente catalogados y hab&#237;a tomado todas las medidas necesarias para reducir el contacto con ellos al m&#237;nimo.

Di una palmada a Jackie en el brazo.

Ya les encontraremos algo que hacer, &#191;vale?

Se le ilumin&#243; la cara.

Son los hombres id&#243;neos para tenerlos cerca cuando las cosas se complican -dijo pasando por alto oportunamente el detalle de que las cosas tend&#237;an a complicarse justo porque ellos andaban cerca.

Oye, Jackie, ese hombre se llama Merrick y sigue a mi clienta desde hace una semana. Ha estado preguntando por su padre, pero su padre desapareci&#243; hace mucho tiempo, tanto que lo han declarado legalmente muerto. Ayer acorral&#233; a Merrick y me prometi&#243; tom&#225;rselo con calma durante un par de d&#237;as, pero no me f&#237;o. Tiene mal genio.

&#191;Llevaba pistola?

No se la he visto, pero eso no significa nada.

Jackie bebi&#243; un sorbo de cerveza.

&#191;C&#243;mo es que aparece precisamente ahora? -pregunt&#243;.

&#191;C&#243;mo?

Si el tipo ese desapareci&#243; hace tanto tiempo, &#191;c&#243;mo es que este otro viene ahora a preguntar por &#233;l?

Mir&#233; a Jackie. Eso era lo que ten&#237;a de bueno. Sin duda le bailaba algo en la cabeza cuando caminaba, pero no era tonto. Yo me hab&#237;a planteado ya por qu&#233; Merrick preguntaba ahora por Daniel Clay, pero no qu&#233; le hab&#237;a impedido hacerlo antes. Me acord&#233; del tatuaje en el nudillo de su dedo. &#191;Habr&#237;a cumplido condena desde la desaparici&#243;n de Clay?

Quiz&#225; pueda averiguarlo mientras vigilas a la mujer. Se llama Rebecca Clay. Te la presentar&#233; esta noche. Y esc&#250;chame bien: procura que los Fulci no se dejen ver, pero si quieres tenerlos cerca, por m&#237; no hay inconveniente. En realidad, puede que no sea mala idea que los vean echando un ojo a la casa.

Probablemente, ver a aquellos tres hombres corpulentos -dos de los cuales hac&#237;an que el tercero pareciera desnutrido a su lado- disuadir&#237;a incluso a alguien como Merrick de acercarse a Rebecca.

Di a Jackie una descripci&#243;n de Merrick y su coche, incluida la matr&#237;cula.

Pero no cuentes con el coche. Ahora que lo hemos relacionado con &#233;l, es posible que lo abandone.

Ciento cincuenta al d&#237;a -dijo Jackie-. Mantendr&#233; a Tony y Paulie a distancia. -Apur&#243; la cerveza-. Ahora ven a saludarlos. Si no, se ofender&#225;n.

Y eso no nos conviene -respond&#237;, y hablaba en serio.

Y que lo digas.

Tony y Paulie no hab&#237;an acudido con su monster truck, y por eso no los hab&#237;a visto al aparcar. Ocupaban los asientos delanteros de una sucia camioneta blanca que Jackie utilizaba a veces para lo que &#233;l, en un eufemismo, defin&#237;a como su negocio. Cuando me acerqu&#233;, los Fulci abrieron las puertas y salieron. No me explicaba c&#243;mo hab&#237;a conseguido Jackie meterlos all&#237; dentro. Daba la impresi&#243;n de que la camioneta hubiese sido montada en torno a ellos. Los Fulci no eran altos, pero eran anchos, hasta dir&#237;a que extra anchos. Las tiendas donde se compraban la ropa prefer&#237;an lo pr&#225;ctico a la moda, as&#237; que eran visiones gemelas en poli&#233;ster y cuero barato. Tony me agarr&#243; la mano con una de sus zarpas y me la impregn&#243; de salsa barbacoa, luego o&#237; un crujido. Paulie me dio una suave palmada en la espalda y casi escup&#237; un pulm&#243;n.

Volvemos al trabajo, muchachos -anunci&#243; Jackie con orgullo.

Y por un breve momento, antes de que se impusiera el sentido com&#250;n, me invadi&#243; una extra&#241;a felicidad.


Fui en coche con Jackie a la casa de Rebecca Clay. Pareci&#243; sentir alivio al volver a verme. Los present&#233; y le dije a Rebecca que Jackie velar&#237;a por ella durante los d&#237;as siguientes, pero que yo tampoco andar&#237;a lejos si ocurr&#237;a algo. Creo que Jackie se ajustaba m&#225;s que yo a la idea que ella ten&#237;a de un guardaespaldas, as&#237; que no puso objeci&#243;n alguna. En honor a la verdad casi absoluta, le dije que habr&#237;a otros dos hombres cerca por si surg&#237;an problemas, y le di una vaga descripci&#243;n de los Fulci que tend&#237;a a ser halag&#252;e&#241;a sin caer en la mentira declarada.

&#191;Son realmente necesarios tres hombres? -pregunt&#243;.

No, pero vienen incluidos en el mismo lote. El servicio sale por ciento cincuenta al d&#237;a, lo que es barato, pero si le preocupa el coste, podemos llegar a un acuerdo.

No importa. Creo que puedo permit&#237;rmelo durante un tiempo.

Bien. Tratar&#233; de averiguar algo m&#225;s sobre Merrick ahora que nos ha dado un respiro, y hablar&#233; con algunas de las personas de su lista. Si pasado este periodo de gracia de dos d&#237;as no tenemos una idea m&#225;s clara de las intenciones de Merrick, y si &#233;l sigue sin aceptar que usted no puede ayudarlo, iremos otra vez a la polic&#237;a e intentaremos que lo detengan antes de acudir al juzgado. S&#233; que en estos momentos usted preferir&#237;a un enfoque m&#225;s f&#237;sico, pero antes debemos agotar las otras posibilidades.

Entiendo.

Le pregunt&#233; por su hija, y me cont&#243; que lo hab&#237;a organizado todo para que Jenna fuera a pasar una semana a casa de sus abuelos, en Washington D.C. La escuela ya hab&#237;a autorizado su ausencia, y Jenna se marchar&#237;a a primera hora de la ma&#241;ana.

Me acompa&#241;&#243; a la puerta y me toc&#243; el brazo.

&#191;Sabe por qu&#233; lo he contratado? -pregunt&#243;-. Tuve un novio que se llamaba Neil Chambers. Era el padre de Jenna.

Neil Chambers. Su padre, Ellis, se hab&#237;a puesto en contacto conmigo a primeros de a&#241;o, buscando ayuda para su hijo. Neil deb&#237;a dinero a unos hombres de Kansas City, y no ten&#237;a forma de saldar la deuda. Ellis quer&#237;a que yo actuase como intermediario, a fin de encontrar alguna soluci&#243;n al problema. No pude ayudarlo, no en ese momento. Propuse a ciertas personas que tal vez ser&#237;an capaces de hallar una salida, pero para Neil ya era demasiado tarde. Echaron su cad&#225;ver a una zanja a modo de advertencia para otros, poco despu&#233;s de mi conversaci&#243;n con Ellis.

Lo siento -dije.

No se preocupe. Neil no ve&#237;a mucho a Jenna; a decir verdad, no la hab&#237;a visto desde hac&#237;a a&#241;os, pero mantengo una buena relaci&#243;n con Ellis. &#201;l y su mujer, Sara, son quienes cuidar&#225;n de Jenna esta semana, y fue &#233;l quien me habl&#243; de usted.

Rechac&#233; el caso. No pude ayudarlo cuando me lo pidi&#243;.

Lo entendi&#243;. No se lo ech&#243; en cara, ni entonces ni ahora. Para entonces ya hab&#237;a perdido a Neil. &#201;l lo sab&#237;a, pero lo quer&#237;a igualmente. Cuando le habl&#233; a Ellis de Merrick, me recomend&#243; que acudiera a usted. No es rencoroso. -Me solt&#243; el brazo y pregunt&#243;-: &#191;Cree que llegar&#225;n a coger a los hombres que mataron a Neil?

Al hombre -correg&#237;-. El responsable fue un solo hombre. Se llamaba Donnie P.

&#191;Se har&#225; algo al respecto?

Ya se hizo -respond&#237;.

Me mir&#243; en silencio por un momento.

&#191;Lo sabe Ellis? -pregunt&#243;.

&#191;Le servir&#237;a de algo saberlo?

No, no lo creo. Como le he dicho, no es rencoroso.

Vi un destello en sus ojos, y muy dentro de ella se desenrosc&#243; algo y se despleg&#243; sinuosamente, algo de boca blanda y roja.

Pero usted s&#237; lo es, &#191;verdad? -dijo.


Encontramos a la chica en Independence, al este de Kansas City, en un cuchitril con pretensiones y a corta distancia de un peque&#241;o aeropuerto. Nos hab&#237;an informado bien. La chica no abri&#243; la puerta cuando llamamos. &#193;ngel, bajo y en apariencia inofensivo, estaba a mi lado, y Louis, alto, de piel oscura y muy, muy amenazador, se hab&#237;a apostado en la parte de atr&#225;s de la casa por si ella intentaba escapar. O&#237;mos movimiento en el interior. Volv&#237; a llamar.

&#191;Qui&#233;n es? -pregunt&#243; con voz quebrada y tensa.

&#191;Mia?-dije.

Aqu&#237; no hay nadie que se llame as&#237;.

Queremos ayudarte.

Ya se lo he dicho: aqu&#237; no hay ninguna Mia. Se ha equivocado de direcci&#243;n.

Viene a por ti, Mia. No puedes llevarle la delantera eternamente.

No s&#233; de qu&#233; me habla.

De Donnie, Mia. Se acerca y t&#250; lo sabes.

&#191;Qui&#233;nes son? &#191;Polis?

&#191;Conoces a un tal Neil Chambers?

No. &#191;Por qu&#233; tendr&#237;a que conocerlo?

Donnie lo mat&#243; por una deuda.

&#191;Y?

Lo dej&#243; tirado en una zanja. Lo tortur&#243; y luego le peg&#243; un tiro. Har&#225; lo mismo contigo, s&#243;lo que en tu caso nadie ir&#225; despu&#233;s de puerta en puerta para ajustar cuentas. Aunque eso a ti te dar&#225; lo mismo. Estar&#225;s muerta. Si nosotros te hemos encontrado, &#233;l tambi&#233;n te encontrar&#225;. No te queda mucho tiempo.

Guard&#243; silencio durante tanto rato que pens&#233; que quiz&#225; se hab&#237;a alejado de la puerta. Finalmente se oy&#243; c&#243;mo desprend&#237;a la cadena de seguridad y abr&#237;a. Entramos en la penumbra. Ten&#237;a todas las cortinas echadas y las luces apagadas. La muchacha, Mia, cerr&#243; de un portazo detr&#225;s de nosotros y retrocedi&#243; hacia las sombras para que no le vi&#233;ramos la cara, la cara que Donnie P. hab&#237;a golpeado por alguna afrenta, real o imaginada.

&#191;Podemos sentarnos? -pregunt&#233;.

Ustedes pueden sentarse si quieren -contest&#243;-. Yo me quedar&#233; aqu&#237;.

&#191;Te duele?

No mucho, pero estoy horrible. -Se le quebr&#243; a&#250;n m&#225;s la voz-. &#191;Qui&#233;n les ha dicho que estaba aqu&#237;?

Eso da igual.

A m&#237; no.

Alguien que se preocupa por ti. Es lo &#250;nico que necesitas saber.

&#191;Qu&#233; quieren?

Queremos que nos digas por qu&#233; te hizo Donnie esto. Queremos que nos cuentes lo que sabes de &#233;l.

&#191;Por qu&#233; creen que s&#233; algo?

Porque te escondes de &#233;l, porque corre el rumor de que quiere encontrarte antes de que hables.

La vista se me fue acostumbrando a la oscuridad. Empezaba a distinguir sus facciones. Las ten&#237;a desdibujadas, la nariz deforme y las mejillas hinchadas. Un haz de luz que entraba por debajo de la puerta ilumin&#243; las puntas de sus pies descalzos y el dobladillo de una bata larga de color rojo. Tambi&#233;n la laca de las u&#241;as de los pies era roja. Parec&#237;an reci&#233;n pintadas. Sac&#243; un paquete de tabaco del bolsillo de la bata, hizo asomar un cigarrillo dando unos golpecitos en la base y lo encendi&#243; con un mechero. Manten&#237;a la cabeza gacha, y aunque el pelo le ca&#237;a ante el rostro, alcanc&#233; a ver las cicatrices que le atravesaban el ment&#243;n y la mejilla izquierda.

Deber&#237;a haber mantenido la boca cerrada -susurr&#243;.

&#191;Por qu&#233;?

Se present&#243; y me tir&#243; dos de los grandes a la cara. Despu&#233;s de todo lo que me hab&#237;a hecho, dos m&#237;seros billetes. Estaba que me sub&#237;a por las paredes. Le dije a una de las chicas que sab&#237;a c&#243;mo desquitarme de &#233;l. Le cont&#233; que hab&#237;a visto algo que no deb&#237;a. Y al poco tiempo me entero de que ella se acuesta con Donnie. Donnie ten&#237;a raz&#243;n. No soy m&#225;s que una puta est&#250;pida.

&#191;Por qu&#233; no le has contado a la polic&#237;a lo que sabes?

Dio una calada. Ya no ten&#237;a la cabeza baja. Absorta en los detalles de su historia, se olvid&#243; por un momento de ocultar el rostro. A mi lado, o&#237; c&#243;mo &#193;ngel ahogaba un silbido de compasi&#243;n al ver su cara destrozada.

Porque no habr&#237;an hecho nada.

Eso no lo sabes.

Claro que lo s&#233;-contest&#243;. Dio otra calada al cigarrillo y juguete&#243; con su pelo. Nadie habl&#243;. Al final, ella misma rompi&#243; el silencio-: Y ahora dicen que me ayudar&#225;n.

As&#237; es.

&#191;C&#243;mo?

Mira afuera. Por la ventana de atr&#225;s.

Se llev&#243; la mano a la caray, por un momento, me mir&#243; con asombro; luego se dirigi&#243; a la cocina. O&#237; un suave roce cuando separ&#243; las cortinas. Al regresar, hab&#237;a cambiado de actitud. Louis ejerc&#237;a ese efecto en las personas, sobre todo si uno ten&#237;a la impresi&#243;n de que pod&#237;a estar de su lado.

&#191;Qui&#233;n es?

Un amigo.

Tiene un aspecto -Busc&#243; la palabra exacta. Por fin dijo-: Intimidador.

Es intimidador.

Tamborile&#243; en el suelo con el pie.

&#191;Va a matar a Donnie?

Esper&#225;bamos encontrar otra manera de tratar con &#233;l. Hemos pensado que podr&#237;as ayudarnos.

Esperamos a que se decidiera. Hab&#237;a un televisor en otra habitaci&#243;n, probablemente su dormitorio. De pronto pens&#233; que quiz&#225; no estaba sola, y que deber&#237;amos haber registrado la casa nada m&#225;s llegar, pero ya era tarde. Al final, Mia se llev&#243; la mano al bolsillo de la bata y sac&#243; el tel&#233;fono m&#243;vil. Me lo lanz&#243;. Lo cog&#237;.

Abra el archivo de im&#225;genes -dijo-. A usted le interesar&#225;n varias fotos a partir de la quinta o la sexta.

Pas&#233; sucesivas im&#225;genes de j&#243;venes sonrientes en torno a una mesa de comedor, un perro negro en un jard&#237;n y un beb&#233; en una sillita, hasta que llegu&#233; a las fotos de Donnie. En la primera aparec&#237;a de pie en un aparcamiento con otro hombre, m&#225;s alto que &#233;l y con traje gris. La segunda y la tercera eran instant&#225;neas de la misma escena, pero en &#233;stas las caras de los dos hombres se ve&#237;an con mayor nitidez. Las fotos deb&#237;an de haberse tomado desde dentro de un coche, porque en dos de ellas se ve&#237;an el marco de una puerta y un retrovisor lateral.

&#191;Qui&#233;n es el otro hombre? -pregunt&#233;.

No lo s&#233; -respondi&#243; Mia-. Segu&#237; a Donnie porque pens&#233; que me enga&#241;aba. &#161;Qu&#233; digo! No, no lo pens&#233;: lo sab&#237;a. Es un canalla. S&#243;lo quer&#237;a averiguar con qui&#233;n me enga&#241;aba.

Sonri&#243;, y el dolor se reflej&#243; en su rostro a causa del esfuerzo.

Enti&#233;ndalo, cre&#237;a que lo amaba. &#191;Le parece muy est&#250;pido?

Cabece&#243;. Me di cuenta de que lloraba.

&#191;Y esto es lo que tienes de &#233;l? &#191;Por esto quiere encontrarte? &#191;Porque tienes en el m&#243;vil unas fotos de &#233;l con un hombre cuyo nombre no conoces?

No s&#233; c&#243;mo se llama, pero s&#233; d&#243;nde trabaja. Cuando Donnie lo dej&#243;, otras dos personas se reunieron con ese individuo, una mujer y un hombre. Salen en la foto siguiente.

Salt&#233; a la otra imagen y vi al tr&#237;o. Iban todos trajeados.

Por su aspecto, pens&#233; que eran polic&#237;as -dijo Mia-. Se subieron al coche y se alejaron. Los segu&#237;.

&#191;Ad&#243;nde fueron?

Al n&#250;mero mil trescientos de Summit.

Y entonces supe por qu&#233; Donnie quer&#237;a encontrar a Mia, y por qu&#233; ella no pod&#237;a acudir a la polic&#237;a: el n&#250;mero 1300 de Summit era la delegaci&#243;n del FBI en Kansas City.

Donnie P. era un informante.


En un campo contiguo a una carretera desierta del condado de Clay, donde apenas pasaban coches y s&#243;lo los p&#225;jaros se manten&#237;an alertas, Donnie P., el hombre que mat&#243; a Neil Chambers por una deuda insignificante, yac&#237;a ahora enterrado en una tumba poco profunda. Hab&#237;a bastado con una llamada a sus jefes, una llamada y un pu&#241;ado de fotos borrosas enviadas desde una cuenta de correo electr&#243;nico ilocalizable.

Fue una venganza, una venganza por un chico al que yo apenas conoc&#237;a. Su padre no se enter&#243; de lo sucedido, y yo no pensaba cont&#225;rselo, lo que planteaba la duda de por qu&#233; lo hab&#237;a hecho. A Neil Chambers ya no le importaba, y tampoco se lo devolver&#237;a a su padre. Supongo que lo hice porque necesitaba arremeter contra algo, contra alguien. Eleg&#237; a Donnie P., y &#233;l muri&#243; por ello.

Como dijo Rebecca Clay, yo era rencoroso.


Esa noche me sent&#233; en el porche con Walter dormido a mis pies. Llevaba un jersey debajo de la chaqueta y beb&#237;a caf&#233; de una taza met&#225;lica con el emblema de Mustang que me hab&#237;a regalado &#193;ngel para mi cumplea&#241;os. A cada sorbo, las nubes de mi aliento condensado se fund&#237;an con el vapor que se elevaba del caf&#233;. El cielo estaba oscuro, y no hab&#237;a luna que alumbrase el camino a trav&#233;s de la marisma, ni luz alguna que convirtiera en plata sus canales. No se mov&#237;a el aire, pero en aquella quietud no se respiraba paz, y una vez m&#225;s percib&#237; un tenue olor a quemado a lo lejos.

Y de repente todo cambi&#243;. No sabr&#237;a decir c&#243;mo, ni por qu&#233;, pero sent&#237; que, por unos segundos, la vida dormida en torno a m&#237; se despertaba; una nueva presencia hab&#237;a alterado el mundo natural, que, sin embargo, permanec&#237;a inm&#243;vil por miedo a atraer la atenci&#243;n sobre s&#237; mismo. Los p&#225;jaros batieron las alas en un revuelo de inquietud, y los roedores quedaron paralizados en las sombras proyectadas por los troncos de los &#225;rboles. Walter abri&#243; los ojos y contrajo el hocico en actitud alerta. Agit&#243; nerviosamente el rabo contra las tablas, pero dej&#243; de hacerlo de pronto, ya que incluso esa leve perturbaci&#243;n en la noche parec&#237;a excesiva.

Me puse en pie, y Walter gimi&#243;. Me acerqu&#233; a la barandilla del porche y not&#233; c&#243;mo se levantaba una brisa desde el este que soplaba a trav&#233;s de las marismas, sacud&#237;a los &#225;rboles y alisaba un poco la hierba al pasar sobre ella. Deber&#237;a haber llegado impregnada de olor a mar, pero no fue as&#237;. En ese momento s&#243;lo ol&#237;a a quemado, con mayor intensidad que antes, y poco despu&#233;s ese tufillo se desvaneci&#243; para dar paso a un hedor seco, como el de un hoyo reci&#233;n abierto en la tierra donde hubiese aparecido, muerta, una criatura encorvada y pat&#233;tica. Acudieron a mi memoria sue&#241;os que hab&#237;a tenido, sue&#241;os de una muchedumbre de almas siguiendo los resplandecientes caminos de las marismas para perderse por fin en el mar, como las mol&#233;culas de agua de un r&#237;o arrastradas inexorablemente al lugar donde todo hab&#237;a nacido.

Pero de pronto hab&#237;a aflorado algo, algo que no iba hacia el mundo aquel, sino que se alejaba de &#233;l y ven&#237;a hacia &#233;ste. El viento pareci&#243; disgregarse, como si, al topar con un obst&#225;culo, se viera obligado a buscar caminos alternativos alrededor, pero no volviese a juntarse. Sus partes integrantes avanzaron en distintas direcciones y, poco despu&#233;s, con la misma celeridad con que se hab&#237;a levantado amain&#243;, y &#250;nicamente qued&#243; ese olor residual como prueba de su existencia. S&#243;lo por un instante cre&#237; adivinar una presencia entre los &#225;rboles, al este, la figura de un hombre con un viejo abrigo de color tostado, los detalles de su rostro quedaban desdibujados en la oscuridad, y los ojos y la boca semejaban manchas oscuras en contraste con la palidez de su piel. Desapareci&#243; como por ensalmo y me pregunt&#233; si realmente hab&#237;a visto algo.

Walter se levant&#243;, se acerc&#243; a la puerta del porche y, tras abrirla con la pata, se refugi&#243; en la casa. Me qued&#233; all&#237; fuera, aguardando a que las criaturas de la noche se apaciguaran de nuevo. Tom&#233; un sorbo de caf&#233;, que ahora ten&#237;a un sabor amargo. Baj&#233; al jard&#237;n y vaci&#233; la taza en la hierba. Por encima de m&#237;, la ventana del desv&#225;n en lo alto de la casa se movi&#243; un poco dentro del marco que la sujetaba, y el ruido me impuls&#243; a volverme. Puede que s&#243;lo fuese la casa al asentarse, que la estructura se reacomodara despu&#233;s de la repentina brisa, pero cuando alc&#233; la vista hacia la ventana, las nubes se separaron por un momento y un rayo de luna alumbr&#243; el cristal y cre&#243; la impresi&#243;n de que algo se mov&#237;a dentro de la habitaci&#243;n. Las nubes volvieron a juntarse, y el movimiento ces&#243; una d&#233;cima de segundo despu&#233;s.

S&#243;lo una d&#233;cima de segundo.

Regres&#233; a la casa y tom&#233; la linterna de la cocina. Comprob&#233; las pilas y sub&#237; por la escalera a la parte de arriba. Usando un palo con un gancho en un extremo, tir&#233; de la escalera del desv&#225;n para bajarla. La luz del pasillo se col&#243; remisamente en el interior y revel&#243; los contornos de objetos olvidados. Sub&#237;.

El desv&#225;n s&#243;lo se empleaba como trastero. A&#250;n conten&#237;a parte de las cosas de Rachel, guardadas en un par de maletas viejas. Ten&#237;a previsto envi&#225;rselas, o llev&#225;rselas cuando fuese a verlas a ella y a Sam, pero hacerlo ser&#237;a reconocer, finalmente, que no iban a volver. Hab&#237;a dejado la cuna de Sam en su habitaci&#243;n por el mismo motivo, otro lazo con ellas que no deseaba ver desaparecer.

Pero all&#237; tambi&#233;n hab&#237;a otros objetos, pertenecientes a quienes precedieron a Rachel y a Sam: ropa y juguetes, fotograf&#237;as y dibujos, bisuter&#237;a de pl&#225;stico barata, incluso oro y diamantes. No hab&#237;a conservado muchas cosas, pero lo que guardaba estaba all&#237;.

miedo

Casi pod&#237;a o&#237;r la palabra, como si una voz infantil me la hubiese susurrado al o&#237;do, con temor a ser o&#237;da pero con la apremiante necesidad de comunicarse. Algo peque&#241;o correte&#243; en la oscuridad, perturbado por la entrada de luz.

No eran reales. Eso me dije una vez m&#225;s. Un fragmento de mi cordura se desgaj&#243; la noche en que las encontr&#233;, la noche en que me las arrebataron. Mi mente sufri&#243; una sacudida brutal y nunca volver&#237;a a ser la misma. No eran reales. Yo las cre&#233;. Las evoqu&#233; a partir del dolor y la p&#233;rdida.

No eran reales.

Pero no pod&#237;a convencerme, porque no cre&#237;a que fuera verdad. Sab&#237;a que aqu&#233;l era su lugar, el refugio de la esposa perdida y la hija perdida. Cualquier rastro de ellas que existiera en este mundo se aferraba obstinadamente a las pertenencias guardadas entre el polvo y las telara&#241;as, los fragmentos y las reliquias de vidas que casi hab&#237;an abandonado este mundo.

El haz de luz de la linterna persigui&#243; las sombras a lo largo de la pared y el suelo. Una fina capa de polvo lo cubr&#237;a todo: cajones y maletas, cajas de embalaje y libros viejos. Me escoc&#237;an la nariz y la garganta, y empezaron a llorarme los ojos.

miedo

La p&#225;tina de polvo se extend&#237;a tambi&#233;n por el cristal de la ventana, pero no permanec&#237;a intacta. Cuando me acerqu&#233;, la linterna ilumin&#243; unos trazos en el polvo, un dibujo que, al mirarlo con atenci&#243;n, cobr&#243; forma de mensaje, escrito cuidadosamente con lo que pod&#237;a ser la letra de un ni&#241;o.

&#233;chalas

Toqu&#233; el cristal con los dedos, resiguiendo los trazos rectos y curvos, la forma de las letras. Ten&#237;a l&#225;grimas en los ojos, pero no supe si era por el polvo o por la posibilidad de que all&#237;, en esa habitaci&#243;n llena de pesar y p&#233;rdida, hubiese encontrado el rastro de una ni&#241;a desaparecida hac&#237;a tiempo, de que su dedo hubiese dibujado esas letras y de que yo, al tocarlas, pudiese tocar, a la vez, algo de ella.

por favor, pap&#225;

Retroced&#237;. A la luz de la linterna vi la suciedad en mis dedos, y volvieron a asaltarme todas las dudas. &#191;Realmente estaban all&#237; esas letras antes de subir yo, escritas por otro que vivi&#243; en ese lugar oscuro? &#191;O hab&#237;a atribuido un significado m&#225;s hondo a unos trazos aleatorios en el polvo, dejados quiz&#225; por Rachel o por m&#237;, y, al mover el dedo sobre ellos, hubiese de alg&#250;n modo encontrado la manera de comunicar algo de lo que tem&#237;a, de dar forma e identidad a un temor antes innombrable? Mi lado racional se reafirm&#243;, levant&#243; barricadas y aport&#243; explicaciones, por insatisfactorias que fuesen, a todo lo ocurrido: los olores en la brisa, una silueta p&#225;lida al borde del bosque, el movimiento en el desv&#225;n y las palabras escritas en el polvo.

El haz de la linterna se pos&#243; en el mensaje, y vi mi cara reflejada en el cristal, flotando en la noche como si yo fuera el elemento irreal, el ser perdido, y las palabras estuvieran trazadas sobre mis facciones.

tanto miedo

Se le&#237;a:

HOMBRES HUECOS



6

Esa noche dorm&#237; mal, y mis sue&#241;os se vieron salpicados de im&#225;genes recurrentes de hombres sin ojos que, a pesar de ello, ve&#237;an, y una ni&#241;a sin rostro hecha un ovillo en un desv&#225;n a oscuras, susurrando para s&#237; s&#243;lo la palabra miedo, una y otra vez. Nada m&#225;s levantarme, llam&#233; a Jackie Garner. La noche en Willard hab&#237;a transcurrido sin incidentes, y di gracias por ello. Jenna hab&#237;a partido hacia Washington con sus abuelos poco despu&#233;s de las siete, y Jackie los hab&#237;a seguido en su coche hasta Portsmouth, mientras los Fulci se quedaban con Rebecca. Merrick no hab&#237;a dado la menor se&#241;al de vida, ni nadie hab&#237;a mostrado un inter&#233;s malsano en la familia Clay.

Fui a hacer jogging a Prouts Neck, Walter corr&#237;a veloz delante de m&#237; en el aire quieto de la ma&#241;ana. Esa zona de Scarborough a&#250;n era relativamente rural, gracias a la presencia del club n&#225;utico y el club de campo quedaba garantizado cierto aire de exclusividad, pero el resto del pueblo cambiaba deprisa. El proceso se hab&#237;a iniciado all&#225; por 1992, cuando Wal-Mart se estableci&#243; cerca del centro comercial Maine Mall, y trajo consigo molestias menores como las caravanas, autorizadas a pasar la noche en el aparcamiento de la tienda. Pronto, otras cadenas de minoristas siguieron los pasos de Wal-Mart, y Scarborough empez&#243; a parecerse a tantas otras poblaciones sat&#233;lite en la periferia de ciudades m&#225;s grandes. Ahora los residentes de Eight Corners vend&#237;an sus propiedades a Wal-Mart para una nueva ampliaci&#243;n, y pese a las restricciones de permisos para la construcci&#243;n de viviendas, cada vez se trasladaban m&#225;s familias a la zona para aprovechar los colegios y las posibilidades recreativas del pueblo, hecho que provocaba la subida de los precios de la propiedad inmobiliaria y aumentaba los impuestos destinados a pagar las infraestructuras necesarias para sostener la incorporaci&#243;n de los reci&#233;n llegados, que fijaban su residencia all&#237; a un ritmo cuatro veces superior a la media en el resto del condado. En mis momentos de pesimismo, a veces ve&#237;a lo que en otro tiempo fue un municipio de ciento cuarenta kil&#243;metros cuadrados que abarcaba seis pueblos distintos, cada uno con su propia identidad caracter&#237;stica, as&#237; como la mayor marisma del estado, convertirse en una &#250;nica extensi&#243;n homog&#233;nea poblada casi &#237;ntegramente por personas sin la menor noci&#243;n de la historia local ni respeto por su pasado.

Cuando volv&#237;, ten&#237;a dos mensajes en el contestador. Uno era de un hombre del Departamento de Veh&#237;culos Motorizados que me cobraba cincuenta d&#243;lares cada vez que le encargaba la b&#250;squeda de una matr&#237;cula. Seg&#250;n &#233;l, el coche de Merrick era un autom&#243;vil de empresa registrado recientemente a nombre de un bufete de Lynn, Massachusetts. No reconoc&#237; el nombre del bufete, Eldritch y Asociados. Anot&#233; los detalles en un bloc. Merrick podr&#237;a haber robado el coche de un abogado -y una llamada al bufete confirmar&#237;a de inmediato si se hab&#237;a producido o no un robo-, o podr&#237;a haber sido contratado por un abogado o abogados, cosa que no parec&#237;a muy probable. Exist&#237;a una tercera opci&#243;n: que el bufete hubiese proporcionado a Merrick un coche, ya fuera por su propia elecci&#243;n o a instancias de un cliente, lo cual ofrec&#237;a cierto grado de protecci&#243;n si se presentaba alguien haciendo preguntas sobre las actividades de Merrick, ya que el bufete pod&#237;a aducir secreto profesional como defensa. Por desgracia, si &#233;se era el caso, el individuo en cuesti&#243;n hab&#237;a infravalorado la aptitud de Merrick para crear problemas, o sencillamente no le importaba.

Volv&#237; a pensar en la repentina aparici&#243;n de Merrick tantos a&#241;os despu&#233;s de que Daniel Clay se esfumara. O bien alguna prueba nueva hab&#237;a persuadido a Merrick de que Clay segu&#237;a con vida, o bien Merrick hab&#237;a estado fuera de circulaci&#243;n durante mucho tiempo y acababa de asomar para resolver un asunto pendiente. Cada vez me convenc&#237;a m&#225;s la idea de que Merrick pudiera haber estado en la c&#225;rcel, pero desconoc&#237;a su nombre de pila, en el supuesto de que Merrick fuese su verdadero apellido. Si lo hubiese sabido, habr&#237;a podido buscar en la base de datos de las penitenciar&#237;as con la esperanza de encontrar una fecha de puesta en libertad. Aun as&#237;, pod&#237;a hacer unas cuantas llamadas y ver si a alguien le sonaba el nombre, y siempre estaban Eldritch y Asociados, aunque sab&#237;a por experiencia que los abogados cooperaban poco en estas situaciones. Ni siquiera ten&#237;a muy claro si el hecho de que Merrick siguiera a Rebecca Clay y hubiese roto el cristal de la ventana bastar&#237;a para sonsacarles informaci&#243;n.

El segundo mensaje era de June Fitzpatrick, confirmaba nuestra cena en casa de Joel Harmon al d&#237;a siguiente por la noche. Casi me hab&#237;a olvidado de Harmon. Pod&#237;a ser una noche perdida. Por otro lado, apenas sab&#237;a algo de Daniel Clay, a excepci&#243;n de lo que me hab&#237;a contado su hija y lo poco que yo hab&#237;a averiguado a trav&#233;s de June. Me acercar&#237;a a Massachusetts a primera hora de la ma&#241;ana siguiente para ver qu&#233; pod&#237;a arrancarles a Eldritch y Asociados e intentar&#237;a encajar una conversaci&#243;n con el ex marido de Rebecca Clay antes de la cena de Harmon. En todo momento recordaba que un reloj marcaba lentamente los minutos de la cuenta atr&#225;s hasta el anunciado retorno de Merrick y lo que con toda seguridad ser&#237;a una escalada de su campa&#241;a intimidatoria con la hija de Daniel Clay.


Sentada en el lavabo de su oficina, Rebecca Clay se enjug&#243; las l&#225;grimas. Acababa de hablar con su hija por tel&#233;fono. Jenna le hab&#237;a dicho que ya la echaba de menos. Rebecca le hab&#237;a contestado que ella tambi&#233;n la echaba de menos, pero sab&#237;a que hab&#237;a hecho bien en enviarla fuera.

La noche anterior hab&#237;a entrado en la habitaci&#243;n de Jenna para comprobar que llevaba en la maleta todo lo necesario para el viaje. Jenna estaba abajo leyendo. Desde la ventana de la habitaci&#243;n de su hija, Rebecca vio al tal Jackie sentado en su coche, probablemente escuchando la radio, ya que un tenue resplandor procedente del salpicadero le iluminaba el rostro. Teni&#233;ndolo all&#237; se sent&#237;a un poco mejor. Tambi&#233;n hab&#237;a visto durante un instante a los otros dos hombres, los descomunales hermanos que miraban a Jackie con cara de adoraci&#243;n, pendientes de cada una de sus palabras. Pese a su corpulencia, no le transmit&#237;an la misma tranquilidad que Jackie. Aunque sin duda intimidaban, eso deb&#237;a reconocerlo. Una vecina, alarmada por su presencia, hab&#237;a avisado a la polic&#237;a. El agente que pas&#243; por all&#237; en respuesta a la llamada ech&#243; un vistazo al par, los reconoci&#243; y se march&#243; de inmediato sin cruzar una sola palabra con ninguno de los dos. Nadie hab&#237;a visto a m&#225;s polic&#237;as en las inmediaciones desde entonces.

Jenna, como era propio de ella, ten&#237;a la habitaci&#243;n perfectamente ordenada y limpia. Rebecca baj&#243; la vista y mir&#243; el peque&#241;o escritorio donde Jenna hac&#237;a sus tareas y pintaba y dibujaba. Era obvio que hab&#237;a estado trabajando en algo muy recientemente, alg&#250;n esbozo, porque continuaba all&#237; la caja de l&#225;pices de colores abierta al lado de un par de hojas. Rebecca alcanz&#243; una de las hojas. Era un dibujo de la casa, con dos figuras al lado. Vest&#237;an abrigos largos de color tostado y ten&#237;an la cara p&#225;lida, tan p&#225;lida que su hija hab&#237;a usado una cera blanca para realzarla, como si el papel no bastara para transmitir la intensidad de su palidez. Los ojos y la boca, igual que unos c&#237;rculos negros, absorb&#237;an la luz y el aire del mundo. Las mismas figuras aparec&#237;an en el otro dibujo. Eran como sombras provistas de forma, y ante el hecho de que su hija imaginara seres as&#237;, Rebecca se estremeci&#243;. Quiz&#225; las acciones de aquel tal Merrick hab&#237;an perturbado a Jenna m&#225;s de lo que aparentaba, y los dibujos eran una manifestaci&#243;n de ese miedo.

Rebecca baj&#243; y le ense&#241;&#243; a Jenna los dibujos.

Cari&#241;o, &#191;qui&#233;nes son &#233;stos? -pregunt&#243;.

Jenna se encogi&#243; de hombros.

No lo s&#233;.

Quiero saber si son fantasmas. Es lo que parecen.

Jenna neg&#243; con la cabeza.

No, los he visto.

&#191;Los has visto? &#191;C&#243;mo? &#191;C&#243;mo has podido ver algo as&#237;?

Muy preocupada por lo que o&#237;a, se arrodill&#243; junto a su hija.

Porque son reales -contest&#243; Jenna. Por un momento pareci&#243; desconcertada y luego rectific&#243;-: Mejor dicho, creo que son reales. Es dif&#237;cil de explicar. Es como cuando hay un poco de niebla y se ve todo borroso pero no sabes por qu&#233; se ve borroso, &#191;entiendes? Esta tarde, despu&#233;s de preparar la maleta, me he echado la siesta, y me ha dado la impresi&#243;n de que so&#241;aba con ellos, pero estaba despierta, porque los dibujaba al mismo tiempo que los ve&#237;a. Ha sido como si, al despertarme, siguieran en mi cabeza y yo tuviera que dibujarlos en el papel, y cuando he mirado por la ventana, estaban all&#237;, salvo que -Se interrumpi&#243;.

&#191;Qu&#233;? D&#237;melo, Jenna.

La ni&#241;a parec&#237;a inc&#243;moda.

Salvo que s&#243;lo pod&#237;a verlos si no los miraba directamente. Ya s&#233; que es absurdo, mam&#225;, pero estaban y no estaban. -Tom&#243; el dibujo de la mano de su madre-. A m&#237; me molan.

&#191;Estaban aqu&#237;, Jenna?

Jenna asinti&#243; con la cabeza.

Fuera. &#191;A qu&#233; crees que me refer&#237;a?

Rebecca se llev&#243; la mano a la boca. Le asalt&#243; una sensaci&#243;n de v&#233;rtigo. Jenna se levant&#243;, la abraz&#243; y le dio un beso en la mejilla.

No te preocupes, mam&#225;. Seguramente ha sido s&#243;lo una de esas cosas raras de la cabeza. Por si te sirve de algo, no he tenido miedo ni nada parecido. No quieren hacernos da&#241;o.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Lo s&#233;. Es como si los hubiera o&#237;do, dentro de la cabeza, mientras dorm&#237;a o estaba despierta o lo que sea. No les interesamos.

De pronto Jenna, por primera vez, adopt&#243; un aire pensativo, como si s&#243;lo entonces cayera en la cuenta de lo extra&#241;as que sonaban sus palabras.

Cari&#241;o, &#191;qui&#233;nes son? -dijo Rebecca procurando contener el temblor de la voz.

La pregunta arranc&#243; a Jenna de su ensimismamiento. Se ech&#243; a re&#237;r.

Eso es lo m&#225;s extra&#241;o de todo. Al despertarme sab&#237;a qui&#233;nes eran, igual que a veces tengo un dibujo y un t&#237;tulo en la cabeza, los dos al mismo tiempo, y no s&#233; de d&#243;nde han salido. Primero he hecho este dibujo, y he sabido qui&#233;nes eran esas figuras casi antes de que el l&#225;piz tocara el papel.

Sostuvo el dibujo en alto ante s&#237;, admir&#225;ndolo y a la vez un tanto preocupada por su creaci&#243;n.

Son los hombres huecos.



7

Desayun&#233; fresas y caf&#233;. En el aparato de m&#250;sica ten&#237;a puesto un ced&#233; de los Delgados, Universal Audio, y lo dej&#233; sonar un rato. Walter juguete&#243; en el jard&#237;n, orin&#243; entre los arbustos y luego volvi&#243; a entrar y se qued&#243; dormido en su canasto.

Cuando acab&#233; de comer, extend&#237; la lista de los antiguos conocidos de Daniel Clay en la mesa de la cocina y a&#241;ad&#237; Eldritch al pie. A continuaci&#243;n establec&#237; un orden aproximado para dirigirme a ellos, empezando por los que, pese a residir en la zona, viv&#237;an m&#225;s lejos de la ciudad. Comenc&#233; a hacer llamadas para concertar las entrevistas, pero las tres primeras no me llevaron a ninguna parte. De las personas en cuesti&#243;n, una se hab&#237;a mudado, otra hab&#237;a muerto, y el tercero, un antiguo profesor de Clay que se hab&#237;a trasladado a Bar Harbor despu&#233;s de jubilarse, sufr&#237;a de Alzheimer en una fase tan avanzada que, seg&#250;n su nuera, ya no reconoc&#237;a ni a sus propios hijos.

Tuve m&#225;s suerte, por as&#237; decirlo, con el cuarto nombre, un contable llamado Edward Haver. Hab&#237;a fallecido hac&#237;a una d&#233;cada, pero su mujer, Celine, se mostr&#243; m&#225;s que dispuesta a hablar de Clay, aunque fuera por tel&#233;fono, en particular cuando le expliqu&#233; que me hab&#237;a contratado la hija de &#233;ste. Me dijo que Dan siempre le hab&#237;a ca&#237;do bien y lo hab&#237;a considerado una buena compa&#241;&#237;a. Su marido y ella hab&#237;an asistido al funeral de su esposa cuando Rebecca ten&#237;a s&#243;lo cuatro o cinco a&#241;os. La mujer de Clay hab&#237;a muerto de c&#225;ncer. Veinte a&#241;os despu&#233;s, el marido de Celine sucumbi&#243; tambi&#233;n a otra forma de esa misma enfermedad, y Daniel Clay asisti&#243; a su vez a ese funeral. Como la propia Celine admiti&#243;, durante un tiempo alberg&#243; la esperanza de que los dos acabaran juntos, porque ten&#237;an gustos parecidos y ella apreciaba a Rebecca, pero por lo visto Clay se hab&#237;a habituado a vivir sin pareja.

Y de pronto desapareci&#243; -concluy&#243;.

Me dispon&#237;a a interrogarla sobre las circunstancias de su desaparici&#243;n, pero al final no fue necesario.

S&#233; lo que la gente dec&#237;a de &#233;l, pero Dan no era as&#237;, no el Dan que yo conoc&#237;a -declar&#243;-. Le preocupaban los ni&#241;os que trataba, quiz&#225; demasiado. Se le ve&#237;a en la cara cuando hablaba de ellos.

&#191;Comentaba sus casos con usted?

Nunca daba nombres, pero a veces me contaba por lo que hab&#237;a pasado alg&#250;n ni&#241;o: palizas, abandono y, en fin, ya sabe, tambi&#233;n otras cosas. Era evidente que le importaban. No soportaba ver el sufrimiento de un ni&#241;o. Creo que eso, a veces, lo pon&#237;a en conflicto con la gente.

&#191;Con qu&#233; gente?

Otros profesionales, m&#233;dicos que no siempre ve&#237;an las cosas como &#233;l. Hab&#237;a un hombre, &#191;c&#243;mo se llamaba? He le&#237;do su nombre hace poco en alg&#250;n sitio &#161;Ah, s&#237;! &#161;Christian! Eso es: el doctor Robert Christian, del Centro Midlake. Dan y &#233;l siempre discrepaban sobre detalles de los art&#237;culos que escrib&#237;an, o en los congresos. Trabajaban en un &#225;mbito reducido, supongo, as&#237; que se encontraban a menudo y discut&#237;an sobre la mejor manera de tratar a los ni&#241;os que acud&#237;an a ellos.

Parece que tiene buena memoria para hechos del pasado, se&#241;ora Haver. -Procur&#233; no dar la impresi&#243;n de que dudaba de su palabra o recelaba de ella, pese a que, en cierta medida, as&#237; era.

Dan me ca&#237;a muy bien, y compartimos momentos de nuestra vida a lo largo de los a&#241;os -continu&#243;. Casi la vi sonre&#237;r con tristeza-. Rara vez se enfadaba, pero todav&#237;a recuerdo la expresi&#243;n de su cara cuando sal&#237;a a relucir el tema de Robert Christian. Compet&#237;an, por as&#237; decirlo. Dan y el doctor Christian peritaban denuncias de abusos deshonestos a menores, pero cada uno lo hac&#237;a a su manera. Creo que Dan era un poco menos cauto que el doctor Christian, s&#243;lo eso. Tend&#237;a a creer al ni&#241;o desde el principio, partiendo de que su prioridad era proteger a los menores de cualquier da&#241;o. Yo admiraba eso en &#233;l. Ten&#237;a alma de palad&#237;n, y hoy d&#237;a no se ve muy a menudo esa clase de entrega. El doctor Christian no viv&#237;a su vocaci&#243;n de la misma manera. Seg&#250;n Dan, Robert Christian era demasiado esc&#233;ptico, confund&#237;a la objetividad con la desconfianza. Y un d&#237;a Dan sufri&#243; un grave rev&#233;s. Se equivoc&#243; en un peritaje y muri&#243; un hombre, pero seguramente eso usted ya lo sabe. A partir de entonces, creo, le pidieron cada vez menos peritajes, o quiz&#225; ninguno m&#225;s.

&#191;Recuerda c&#243;mo se llamaba el hombre que muri&#243;?

Era un apellido alem&#225;n, si no recuerdo mal. &#191;Muller, tal vez? S&#237;, casi seguro que se llamaba as&#237;. Dir&#237;a que el ni&#241;o implicado rondar&#225; ahora los veinte a&#241;os. No puedo imaginarme siquiera c&#243;mo habr&#225; sido su vida, consciente de que sus acusaciones llevaron a su padre a la muerte.

Anot&#233; el apellido Muller y trac&#233; una l&#237;nea para enlazarlo con el doctor Robert Christian.

Entonces empezaron a correr los rumores -dijo Celine.

&#191;Rumores de abusos deshonestos?

S&#237;.

&#191;Habl&#243; de eso con usted?

No, por esas fechas no nos ve&#237;amos mucho. Despu&#233;s de la muerte del se&#241;or Muller, Daniel se volvi&#243; menos sociable. No me malinterprete: nunca fue lo que se dice un parrandero, pero asist&#237;a a cenas, y a veces ven&#237;a a casa a tomar un caf&#233; o una copa de vino. Todo eso se acab&#243; despu&#233;s de lo sucedido con Muller. Perdi&#243; aplomo, y supongo que las acusaciones de abusos acabaron de hundirlo.

&#191;Usted no las crey&#243;?

Yo ve&#237;a lo comprometido que estaba con su trabajo. Nunca cre&#237; lo que la gente contaba de Dan. Suena a t&#243;pico, pero su problema era que se preocupaba demasiado. Quer&#237;a protegerlos a todos, pero al final no pudo.

Le di las gracias, y me dijo que pod&#237;a telefonearla cuando quisiera. Antes de colgar me facilit&#243; los nombres de otras personas con quienes podr&#237;a hablar, pero ya estaban todos en la lista de Rebecca. Aun as&#237;, su colaboraci&#243;n fue &#250;til, que es m&#225;s de lo que puede decirse de las dos siguientes personas a las que llam&#233;. Uno era un tal Elwin Stark, el abogado que actu&#243; en defensa de Clay y tambi&#233;n amigo suyo. Yo conoc&#237;a a Stark de verlo por la ciudad. Era alto y afectado, y mostraba cierta preferencia por los trajes oscuros de rayas que tanto gustaban a los mafiosos de los viejos tiempos y a los anticuarios de alto nivel. Pod&#237;a decirse que en cuestiones jur&#237;dicas no hac&#237;a nada por amor al arte, y por lo visto aplicaba el mismo principio a las conversaciones telef&#243;nicas por las que no cobraba. El propio Stark hab&#237;a tramitado la solicitud del certificado de defunci&#243;n de Clay.

Ha muerto -me dijo Stark. Antes de eso, su secretaria me hab&#237;a dejado suspendido en el limbo durante un cuarto de hora largo, para comunicarme al fin que Stark no pod&#237;a verme en persona, pero quiz&#225;, s&#243;lo quiz&#225;, dispondr&#237;a de dos minutos durante los que encajar una breve conversaci&#243;n por tel&#233;fono-. No hay nada m&#225;s que decir al respecto.

Su hija tiene problemas con alguien que no opina lo mismo: no parece dispuesto a aceptar que Clay ha muerto.

Pues su hija tiene un papel donde dice lo contrario. &#191;Qu&#233; quiere que le diga? Conoc&#237;a a Daniel. Iba a pescar con &#233;l un par de veces al a&#241;o. Era un buen hombre. Un poco intenso, quiz&#225;, pero nadie es perfecto.

&#191;Alguna vez le habl&#243; de su trabajo?

No. Soy abogado mercantil. Ese rollo de los ni&#241;os me deprime.

&#191;Sigue representando a Rebecca Clay?

Me ocup&#233; de ese tr&#225;mite como favor personal a ella. Pero no pens&#233; que un detective privado me perseguir&#237;a por ello. Ahora puede estar seguro de que no voy a hacerle m&#225;s favores a esa mujer. Mire, lo s&#233; todo sobre usted, Parker. El mero hecho de dirigirle la palabra me pone nervioso. De una conversaci&#243;n larga con usted no saldr&#237;a nada bueno, as&#237; que voy a colgar ya.

Y eso hizo.

La siguiente conversaci&#243;n, con un m&#233;dico llamado Philip Caussure, fue a&#250;n m&#225;s breve. Caussure hab&#237;a sido el m&#233;dico de Clay. Al parecer, Clay ten&#237;a muchas relaciones en las que se mezclaban lo personal y lo profesional.

No tengo nada que decir -respondi&#243; Caussure-. Por favor, no vuelva a molestarme.

Acto seguido, tambi&#233;n me colg&#243;. Parec&#237;a una se&#241;al. Hice una llamada m&#225;s, pero esta vez fue para concertar una cita con el doctor Robert Christian.


El Centro Midlake se hallaba a poca distancia en coche de donde yo viv&#237;a antes, muy cerca de Gorham Road. Sito en un recinto arbolado, no se diferenciaba en nada de cualquier bloque de oficinas an&#243;nimo. Podr&#237;a haber alojado un bufete o una agencia inmobiliaria. En lugar de eso, era un centro para ni&#241;os v&#237;ctimas de malos tratos o abandono, o que hab&#237;an formulado acusaciones de esa &#237;ndole, bien ellos mismos, bien por mediaci&#243;n de otros. A la entrada hab&#237;a una sala de espera pintada de alegres colores amarillo y naranja, con libros para ni&#241;os de varias edades sobre la mesa y una zona de juegos en un rinc&#243;n que ten&#237;a camiones, mu&#241;ecas y cajas de ceras tiradas en la colchoneta de goma espuma. Tambi&#233;n hab&#237;a un estante con folletos informativos en la pared, un poco por encima de la altura a la que pod&#237;a acceder un ni&#241;o peque&#241;o; conten&#237;an los datos para poder entrar en contacto con el Equipo de Intervenci&#243;n contra la Agresi&#243;n Sexual y varios servicios sociales.

La secretaria, detr&#225;s del escritorio, anot&#243; mi nombre e hizo una llamada. Al cabo de un par de minutos, un hombre menudo y din&#225;mico de cabello blanco y barba bien recortada apareci&#243; en la puerta que comunicaba la recepci&#243;n con la consulta. De unos cincuenta a&#241;os, vest&#237;a unos chinos y camisa con el cuello desabrochado. Me dio un firme apret&#243;n de manos, pero percib&#237; en &#233;l una actitud un tanto cauta. Me gui&#243; a su despacho, forrado de madera de pino amarilla y lleno de estanter&#237;as con libros e informes. Le di las gracias por recibirme pese a llamar con tan poco tiempo de antelaci&#243;n, y &#233;l se encogi&#243; de hombros.

Simple curiosidad -dijo-. Hace tiempo que nadie me menciona a Daniel Clay, al menos fuera del &#225;mbito de la comunidad m&#233;dica. -Se inclin&#243; en la silla-. Dejemos las cosas claras de buen comienzo: yo ser&#233; sincero con usted si usted lo es conmigo. Clay y yo discrepamos en ciertos asuntos. Creo que &#233;l no me apreciaba mucho. Yo tampoco lo apreciaba mucho a &#233;l. En el &#225;mbito profesional, la mayor&#237;a de la gente lo consideraba una persona de buen coraz&#243;n, si es que eso sirve de algo, al menos hasta que empezaron a circular los rumores; pero el buen coraz&#243;n debe compensarse con la objetividad, y a este respecto Daniel Clay ten&#237;a tales carencias que sus opiniones no pod&#237;an tomarse en serio.

He o&#237;do decir que se enfrentaron ustedes en m&#225;s de una ocasi&#243;n -coment&#233;-. Por eso he venido. Me ha contratado su hija. Alguien ha preguntado a Rebecca Clay por su padre. Y est&#225; preocupada.

As&#237; que ahora usted sigue otra vez el rastro, para averiguar a qu&#233; se debe este repentino inter&#233;s por &#233;l tantos a&#241;os despu&#233;s de su desaparici&#243;n.

Algo por el estilo.

&#191;Estoy bajo sospecha? -Sonri&#243;.

&#191;Deber&#237;a estarlo?

Hubo momentos en que lo habr&#237;a estrangulado de buena gana. Sab&#237;a sacarme de quicio, tanto profesional como personalmente.

&#191;Le importar&#237;a explicarse?

Bueno, supongo que para entenderlo a &#233;l, y lo que sucedi&#243; antes de su desaparici&#243;n, conviene que sepa qu&#233; hacemos aqu&#237;. Llevamos a cabo reconocimientos m&#233;dicos y peritajes psicol&#243;gicos de casos donde existen acusaciones de malos tratos a menores, ya sean abusos deshonestos, agresiones f&#237;sicas o emocionales, o el resultado de un abandono. Llega una llamada al Centro Asistencial de Augusta. El caso se remite a un supervisor, se somete a estudio, y luego se decide si es necesario o no enviar a un asistente social. A veces el aviso procede de la polic&#237;a local, o de los Servicios de Protecci&#243;n a la Infancia. O proviene de la escuela, de un progenitor, de un vecino, o incluso del propio ni&#241;o. Luego nos env&#237;an al ni&#241;o para evaluarlo. Nosotros somos el principal proveedor de ese servicio en el estado. Cuando Daniel Clay empez&#243; a realizar peritajes, a&#250;n est&#225;bamos en mantillas. Bueno, como todo el mundo. Ahora las cosas se han organizado un poco mejor. En este edificio podemos hacerlo todo: el reconocimiento, el peritaje, el tratamiento psicol&#243;gico inicial, las entrevistas al ni&#241;o y al supuesto perpetrador. Podemos ocuparnos de todo aqu&#237; mismo.

&#191;Y antes de abrirse el centro?

El ni&#241;o pod&#237;a ser examinado por un m&#233;dico, y luego enviado a otra parte para la entrevista y el peritaje.

Y ah&#237; interven&#237;a Clay -apunt&#233;.

S&#237;, pero, insisto, no creo que Daniel Clay actuase con suficiente cautela. Es una cuesti&#243;n delicada, la actividad que ejercemos, y no hay respuestas f&#225;ciles. Todo el mundo quiere un s&#237; o un no rotundo, los fiscales, los jueces, y tambi&#233;n, l&#243;gicamente, los implicados directos, como los padres o los custodios Y como no siempre podemos ofrec&#233;rselo, quedan defraudados.

No s&#233; si he entendido bien -dije-. &#191;No est&#225;n aqu&#237; para eso?

Christian se ech&#243; adelante en la silla y abri&#243; las manos. Las ten&#237;a muy limpias, con las u&#241;as tan cortas que se le ve&#237;a la carne blanda y p&#225;lida de las puntas de los dedos.

Ver&#225;, tenemos entre ochocientos y novecientos casos al a&#241;o. En cuanto a abusos deshonestos, quiz&#225;s el cinco por ciento de los ni&#241;os presenta pruebas f&#237;sicas concluyentes: por ejemplo, peque&#241;os desgarrones en el himen o el recto. En su mayor&#237;a son adolescentes, y aunque haya indicios de actividad sexual, es dif&#237;cil determinar si ha habido consentimiento o no. Por lo que se refiere a las chicas, en muchos casos, pese a haber sido penetradas, el examen m&#233;dico puede revelar un himen intacto. Si llega a establecerse que ha habido relaci&#243;n sexual sin consentimiento, a menudo es imposible saber qui&#233;n lo ha hecho o cu&#225;ndo. Lo &#250;nico que podemos decir es que se ha producido contacto sexual. Incluso en un ni&#241;o de muy corta edad, las pruebas pueden ser pocas o ninguna, sobre todo si tenemos en cuenta las variaciones anat&#243;micas normales en los cuerpos de los ni&#241;os. Detalles f&#237;sicos que antes se consideraban anormales ahora se clasifican como no determinantes. La &#250;nica manera infalible de establecer la existencia de abusos deshonestos es mediante un an&#225;lisis de enfermedades de transmisi&#243;n sexual, pero para eso el perpetrador tiene que estar infectado. Si la prueba da positivo, no cabe duda de que ha habido abusos deshonestos. Aun as&#237;, no resulta m&#225;s f&#225;cil identificar al culpable, no a menos que dispongamos de muestras de ADN. Si el perpetrador no ten&#237;a ninguna enfermedad de transmisi&#243;n sexual, no hay nada que hacer.

Pero &#191;y el comportamiento del ni&#241;o? &#191;No se ver&#237;a alterado despu&#233;s de sufrir abusos?

Los efectos var&#237;an, y no hay indicadores de comportamiento espec&#237;ficos que permitan deducir que un ni&#241;o ha sido v&#237;ctima de abusos. Pueden detectarse ansiedad, trastornos del sue&#241;o, a veces terrores nocturnos tras los que el ni&#241;o se despierta gritando, inconsolable, y sin embargo no conserva el menor recuerdo del episodio a la ma&#241;ana siguiente. Pueden morderse las u&#241;as, tirarse del pelo, negarse a ir al colegio, insistir en dormir con un progenitor en quien conf&#237;an. Los varones tienden a exteriorizar las emociones, se vuelven m&#225;s agresivos, en tanto que las ni&#241;as tienden a la interiorizaci&#243;n y se vuelven m&#225;s retra&#237;das y depresivas. Pero esos tipos de conducta tambi&#233;n pueden producirse si, pongamos, los padres atraviesan un divorcio y el ni&#241;o se ve sometido a tensiones. En s&#237; mismos, no son prueba en ning&#250;n caso de abusos deshonestos. Al menos un tercio de los ni&#241;os que han sufrido abusos no presenta ning&#250;n s&#237;ntoma.

Me quit&#233; la chaqueta y segu&#237; tomando notas. Christian sonri&#243;.

Es m&#225;s complicado de lo que pensaba, &#191;verdad?

Un poco -contest&#233;.

Por eso son tan importantes el proceso de peritaje y las t&#233;cnicas empleadas en la entrevista. El profesional no puede dirigir al ni&#241;o, cosa que, a mi entender, hizo Clay en varios de sus casos.

&#191;Como el caso Muller?

Christian asinti&#243; con la cabeza.

El caso Muller deber&#237;a presentarse como ejemplo de manual de todo aquello que puede torcerse durante la investigaci&#243;n de presuntos abusos deshonestos a un menor: un ni&#241;o manipulado por un progenitor, un profesional que deja de lado la objetividad como parte de una err&#243;nea actitud de palad&#237;n, un juez que prefiere el blanco y el negro a los distintos tonos de gris. Hay quienes creen que la gran mayor&#237;a de las acusaciones de abusos deshonestos surgidas durante los juicios por la custodia de los hijos en los casos de divorcio son inventados. Existe incluso un t&#233;rmino para el comportamiento del ni&#241;o en tales disputas: s&#237;ndrome de enajenaci&#243;n parental, en que el ni&#241;o se identifica con el padre o la madre y al hacerlo se enajena del otro progenitor. El comportamiento negativo hacia el progenitor enajenado es un reflejo de los propios sentimientos y percepciones del progenitor enajenador, no del ni&#241;o. Es una teor&#237;a, y no todo el mundo la acepta, pero viendo el caso Muller en retrospectiva, Clay deber&#237;a haberse dado cuenta de que la madre era hostil, y si hubiese indagado m&#225;s sobre el historial m&#233;dico de ella, habr&#237;a descubierto que exist&#237;an indicios de trastorno de la personalidad. En lugar de eso, se puso del lado de la madre y pareci&#243; aceptar la versi&#243;n de los hechos del ni&#241;o sin cuestionar nada. El asunto fue un desastre para todos los involucrados, y un desprestigio para quienes trabajan en este campo. Pero lo peor de todo es que un hombre perdi&#243; no s&#243;lo a su familia, sino tambi&#233;n la vida.

Christian tom&#243; conciencia de su creciente crispaci&#243;n. Se desperez&#243; y dijo:

Disculpe, me he ido un poco por las ramas.

Nada de eso -respond&#237;-. He sido yo quien le ha preguntado por los Muller. Antes me hablaba de las t&#233;cnicas empleadas en las entrevistas.

Ver&#225;, es muy sencillo, en cierto sentido. No pueden hacerse preguntas como: &#191;Te ha pasado algo?, o &#191;Fulano te ha tocado en alg&#250;n sitio especial o &#237;ntimo?. Y menos a&#250;n cuando tratamos a ni&#241;os de muy corta edad. Es posible que intenten complacer al perito dando la respuesta esperada para poder marcharse. Tambi&#233;n se da el caso de lo que se conoce como atribuci&#243;n err&#243;nea de las causas, donde un ni&#241;o puede haber o&#237;do algo y aplic&#225;rselo a s&#237; mismo, quiz&#225; para llamar la atenci&#243;n. A veces uno encuentra al ni&#241;o muy receptivo en un primer momento, pero luego descubre que se retracta bajo la presi&#243;n de, pongamos, alg&#250;n familiar. Ocurre tambi&#233;n con los adolescentes, cuando la madre tiene un novio nuevo que empieza a abusar de la hija, pero la madre se niega a creerlo, porque no quiere perder al hombre que la mantiene y prefiere acusar a la ni&#241;a de mentirosa. En general, los adolescentes traen consigo sus propios desaf&#237;os. Pueden mentir en cuanto a los abusos deshonestos para obtener alguna ventaja, pero en general son bastante inmunes a la sugesti&#243;n. Con ellos el problema es que, si han sufrido abusos, pueden ser necesarias varias sesiones completas s&#243;lo para sonsacarles los detalles. No querr&#225;n hablar de ello, quiz&#225; por sentimiento de culpa o verg&#252;enza, y nada desear&#225;n menos que explicar la experiencia a un desconocido si los abusos han incluido pr&#225;cticas orales o anales.

De modo que el peritaje debe llevarse a cabo con todos estos factores en mente. Mi postura es que no creo a nadie. S&#243;lo creo en los datos. Eso es lo que presento a la polic&#237;a, a los fiscales y a los jueces si el caso llega a los tribunales. &#191;Y sabe qu&#233;? Se sienten frustrados conmigo. Como he dicho, quieren respuestas concretas, pero muchas veces no puedo d&#225;rselas.

Es ah&#237; donde Daniel Clay y yo discrep&#225;bamos. Algunos peritos adoptan una postura casi pol&#237;tica respecto a los abusos deshonestos. Creen que est&#225;n proliferando, y entrevistan a los ni&#241;os partiendo del supuesto de que ha habido abusos. Eso influye en todo lo que sucede a continuaci&#243;n. Clay se convirti&#243; en el hombre al que acudir para confirmar acusaciones de abusos deshonestos, ya fuera en primera instancia, o cuando un abogado decid&#237;a buscar una segunda opini&#243;n en un caso de abusos. &#201;sa fue la ra&#237;z de sus problemas.

Bien, &#191;podemos volver un momento al caso Muller?

Claro. Erik Muller. Est&#225; todo documentado. En su d&#237;a la prensa inform&#243; detalladamente. Fue un divorcio conflictivo, y la mujer quer&#237;a la custodia. Cabe pensar que, mediante presiones, indujo al hijo, que entonces ten&#237;a doce a&#241;os, a presentar acusaciones contra su padre. El padre las neg&#243;, pero Clay hizo un peritaje muy condenatorio. Como eso no bastaba para que el fiscal lo llevara ante los tribunales, el caso fue al Juzgado de Familia, donde el peso de las pruebas es menor que en las causas penales. El padre perdi&#243; la custodia y se suicid&#243; al cabo de un mes. Entonces el ni&#241;o se retract&#243; ante un sacerdote, y todo sali&#243; a la luz. Clay fue emplazado por el colegio de m&#233;dicos. Al final no fue sancionado, pero su imagen se deterior&#243; mucho como consecuencia de todo lo sucedido, y poco despu&#233;s dej&#243; de hacer peritajes judiciales.

&#191;Eso fue decisi&#243;n de Clay o se vio obligado?

Las dos cosas. Decidi&#243; no hacer m&#225;s peritajes, pero si hubiese optado por continuar, tampoco se los habr&#237;an ofrecido. Por entonces, este centro ya llevaba un tiempo en activo, as&#237; que empez&#243; a recaer en nosotros el peso de la mayor parte de los peritajes. Bueno, digo peso, pero est&#225;bamos m&#225;s que dispuestos a asumirlo. Nos hemos comprometido con el bienestar infantil tanto como Daniel Clay, pero nunca hemos perdido de vista nuestras responsabilidades para con todas las partes implicadas, y en particular para con la verdad.

&#191;Sabe qu&#233; fue del ni&#241;o, el hijo de Muller?

Muri&#243;.

&#191;C&#243;mo?

Era drogadicto y muri&#243; de una sobredosis de hero&#237;na, en Fort Kent. De eso hace, mmm, unos tres a&#241;os. No s&#233; c&#243;mo acab&#243; la madre. La &#250;ltima vez que supe de ella viv&#237;a en Oreg&#243;n. Volvi&#243; a casarse, y creo que ahora tiene otro hijo. Espero que con &#233;ste haga mejor papel que con el primero.

Al parecer el enfoque Muller no iba a llevarme a ninguna parte. Pas&#233; al tema de los abusos deshonestos padecidos por algunos de los pacientes de Clay. Por lo visto, Christian conoc&#237;a los detalles al dedillo. Quiz&#225;s hab&#237;a repasado el caso antes de mi llegada, o tal vez fuera simplemente uno de esos casos que nadie pod&#237;a olvidar.

Nos presentaron dos casos de supuestos abusos deshonestos en un periodo de tres meses -explic&#243; Christian-, ambos con elementos parecidos: supuestos abusos cometidos por un desconocido, o por alguien a quien el ni&#241;o en principio no conoc&#237;a, y la utilizaci&#243;n de m&#225;scaras.

&#191;M&#225;scaras?

M&#225;scaras de ave. Los autores de los abusos, tres en un caso y cuatro en el otro, ocultaron sus rostros con m&#225;scaras de ave. Los ni&#241;os, el primero una ni&#241;a de doce a&#241;os, el segundo un ni&#241;o de catorce, fueron secuestrados, una camino de su casa al salir de la escuela, el otro mientras beb&#237;a cerveza junto a una v&#237;a de ferrocarril abandonada. Luego los llevaron a un lugar desconocido, los sometieron a abusos sistem&#225;ticamente durante horas y al final los dejaron cerca de donde los hab&#237;an secuestrado. Los supuestos abusos se hab&#237;an producido unos a&#241;os antes, uno a mediados de los ochenta y el otro a principios de los noventa. El primer caso sali&#243; a la luz cuando la ni&#241;a intent&#243; suicidarse poco antes de su inminente boda a la tierna edad de dieciocho a&#241;os. El segundo se descubri&#243; cuando el chico compareci&#243; ante el juez por diversos delitos menores y el abogado decidi&#243; utilizar los supuestos abusos como atenuante. El juez se mostr&#243; poco predispuesto a creerlo, pero cuando nos llegaron los dos casos, fue imposible pasar por alto las similitudes. Esos dos chicos no se conoc&#237;an; viv&#237;an en pueblos distintos, a ochenta kil&#243;metros de distancia. Sin embargo, los detalles de sus historias coincid&#237;an plenamente, incluso los detalles de las m&#225;scaras empleadas.

&#191;Y sabe qu&#233; m&#225;s ten&#237;an en com&#250;n? Los dos hab&#237;an sido tratados por Daniel Clay. La chica hab&#237;a presentado una acusaci&#243;n de abusos contra un profesor y result&#243; ser falsa, motivada por la convicci&#243;n de que el profesor se sent&#237;a atra&#237;do en secreto por una de sus amigas. Fue uno de los raros casos en que Clay, en su peritaje, consider&#243; infundadas las acusaciones. El chico fue remitido a Clay despu&#233;s de mantener contactos sexuales indebidos con una ni&#241;a de diez a&#241;os de su clase. En su peritaje, Clay apuntaba posibles indicios de abusos en el pasado del chico, pero ah&#237; qued&#243; todo. Desde entonces hemos descubierto otros seis casos en los que est&#225; presente el elemento de las aves: tres fueron antiguos pacientes de Daniel Clay, pero ninguno de los casos tuvo lugar despu&#233;s de su desaparici&#243;n. En otras palabras, no se ha conocido ning&#250;n incidente an&#225;logo desde finales de 1999. Eso no excluye la posibilidad de que hayan ocurrido y nosotros no nos hayamos enterado. La mayor&#237;a de los chicos implicados eran, mmm, un poco conflictivos en ciertos sentidos, y por eso las acusaciones tardaron tanto en salir a la luz.

&#191;Conflictivos?

Ten&#237;an una conducta antisocial. Algunos ya hab&#237;an presentado antes acusaciones de abusos, que pod&#237;an ser ciertas o no. Otros hab&#237;an delinquido, o sencillamente ten&#237;an progenitores o padres adoptivos negligentes que no los controlaban. Por la imagen que daban en conjunto, es posible que las autoridades tendieran a no creerles, aunque hubieran hecho el esfuerzo de hablar de lo ocurrido; y en cualquier caso, los agentes de polic&#237;a, en especial los hombres, son reacios en general a creer las acusaciones de abusos deshonestos presentadas por chicas adolescentes. Por esa misma raz&#243;n, porque nadie se interesaba por ellos, eran chicos m&#225;s vulnerables.

Por tanto, Clay desapareci&#243; antes de que pudieran interrogarlo detenidamente sobre esos hechos, &#191;no es as&#237;?

Bueno, la mayor&#237;a de los casos se dieron a conocer despu&#233;s de su desaparici&#243;n, pero m&#225;s o menos s&#237;, as&#237; es -respondi&#243; Christian-. Para nosotros el problema es que, como no estamos capacitados para salir a buscar a las posibles v&#237;ctimas, hemos tenido que esperar a que surgieran indicios de abusos similares. Est&#225;n en juego cuestiones como el secreto profesional, historiales cerrados, incluso la dispersi&#243;n natural de las familias y los hijos que se produce con el paso del tiempo. Todos los ni&#241;os que padecieron abusos semejantes a los que le he descrito rondar&#225;n ahora los veinte a&#241;os como m&#237;nimo, dado que las v&#237;ctimas que conocemos oscilaban entre los nueve y quince a&#241;os cuando presuntamente se produjeron los abusos. En otras palabras, no podemos publicar un anuncio en los peri&#243;dicos preguntando por personas que hayan sufrido abusos a manos de hombres con m&#225;scaras de ave. Las cosas no se hacen as&#237;.

&#191;Existe alg&#250;n motivo para pensar que Clay pudo ser uno de los autores de los abusos?

Christian dej&#243; escapar un largo suspiro.

&#201;sa es la pregunta clave, &#191;no? Corrieron rumores, eso por descontado, pero &#191;lleg&#243; usted a conocer a Daniel Clay?

No.

Era un hombre alto, muy alto, de un metro noventa y cinco por lo menos. Y muy delgado. En conjunto ten&#237;a un aspecto muy caracter&#237;stico. Cuando volvimos a repasar esos casos, las descripciones de los supuestos autores ofrecidas por los chicos implicados no correspond&#237;an a Daniel Clay.

&#191;Podr&#237;a ser, pues, una coincidencia que algunos de esos ni&#241;os fueran pacientes suyos?

Es posible, sin duda. Se lo conoc&#237;a por tratar a supuestas v&#237;ctimas de abusos. Si alguien dispon&#237;a de informaci&#243;n suficiente, quiz&#225; seleccion&#243; a los ni&#241;os por ser pacientes suyos. Tambi&#233;n cabe la posibilidad de que alg&#250;n profesional de las distintas &#225;reas centradas en el trabajo con menores filtrara detalles, ya fuera intencionadamente o sin querer, si bien nuestras propias indagaciones en esa direcci&#243;n no han dado fruto. Pero todo esto son simples conjeturas.

&#191;Tiene idea de d&#243;nde est&#225;n ahora esos ni&#241;os?

Algunos, s&#237;. Pero no puedo darle esa informaci&#243;n. Lo siento. Podr&#237;a, quiz&#225;s, ense&#241;arle los textos de sus acusaciones tachando los nombres, pero con eso no averiguar&#225; mucho m&#225;s de lo que ya sabe.

Se lo agradecer&#237;a, si es tan amable.

Me acompa&#241;&#243; a la recepci&#243;n y luego volvi&#243; a su despacho. Al cabo de veinte minutos regres&#243; con un fajo de hojas impresas.

Me temo que esto es todo lo que puedo ofrecerle.

Le di las gracias por los documentos y por el tiempo. Me dijo que me pusiera en contacto con &#233;l si necesitaba algo m&#225;s y me facilit&#243; su n&#250;mero particular.

&#191;Cree que Daniel Clay est&#225; muerto, doctor Christian? -pregunt&#233;.

Si tuvo algo que ver, y no estoy diciendo que as&#237; fuera, no habr&#237;a querido hacer frente a la ruina, la deshonra y la c&#225;rcel. Puede que discrep&#225;ramos en casi todo, pero era un hombre orgulloso y culto. En tales circunstancias es posible que se quitara la vida. Si no tuvo nada que ver, en fin, &#191;por qu&#233; huir? Tal vez los dos hechos, las revelaciones de posibles abusos y la desaparici&#243;n de Clay, no guarden ninguna relaci&#243;n y estemos manchando la reputaci&#243;n de un hombre inocente. La verdad es que no lo s&#233;. Sin embargo, es raro que no se haya encontrado el menor rastro de Daniel Clay. Yo trabajo con los datos disponibles, y nada m&#225;s, pero a juzgar por los datos que tengo ante m&#237;, dir&#237;a que Clay est&#225; muerto. La pregunta es: &#191;se suicid&#243; o alguien le quit&#243; la vida?


Me march&#233; del Centro Midlake y volv&#237; a casa. Sentado a la mesa de la cocina le&#237; los fragmentos de los historiales que Christian me hab&#237;a dado. Como me hab&#237;a anunciado, a&#241;adieron poco a lo que ya sab&#237;a, salvo cierto sentimiento de desesperaci&#243;n, si es que necesitaba que me lo recordasen, por lo que los adultos eran capaces de hacer a los ni&#241;os. Los detalles acerca de la apariencia f&#237;sica de los autores de los abusos eran vagos o imprecisos, pues, en varios casos, los ni&#241;os hab&#237;an tenido los ojos vendados mientras padec&#237;an los abusos, o estaban tan traumatizados que no recordaban nada sobre los propios hombres, pero Christian ten&#237;a raz&#243;n: ninguna de las descripciones disponibles coincid&#237;a con el aspecto de Daniel Clay.

Cuando acab&#233;, saqu&#233; a Walter a pasear. Hab&#237;a madurado mucho en el &#250;ltimo a&#241;o, incluso para un perro joven. Estaba m&#225;s tranquilo y menos excitable, aunque no era m&#225;s que una sombra de sus antepasados, los grandes perros cazadores que hab&#237;an tenido los colonos y los due&#241;os de las plantaciones originales de Scarborough. Mi abuelo me habl&#243; una vez de un feriante que pas&#243; una noche en casa del barquero del pueblo. El feriante llevaba un le&#243;n al este y un cazador, tras beber unas copas, apost&#243; un barril de ron a que uno de sus perros venc&#237;a al le&#243;n. El feriante acept&#243; y, ante un grupo de lugare&#241;os, metieron al perro en la jaula del le&#243;n. El perro ech&#243; un vistazo al le&#243;n, le salt&#243; a la garganta, lo derrib&#243; y se dispuso a matarlo. El feriante intervino y pag&#243; al cazador el barril de ron y cincuenta d&#243;lares por permitirle matar al perro de un tiro antes de que destrozara al le&#243;n en la jaula. Walter no era de los que mataban leones, pero era mi perro, y yo lo quer&#237;a de todos modos. Si me iba unos d&#237;as, me lo cuidaban mis vecinos, Bob y Shirley Johnson, y lo mimaban. Estaban jubilados y no ten&#237;an perro propio, as&#237; que Bob siempre se ofrec&#237;a de buena gana a sacar a pasear a Walter. Era un buen arreglo para todos.

Ya hab&#237;amos llegado a Ferry Beach. Era tarde, pero yo necesitaba aire. Vi a Walter hundir vacilante una pata en el agua y retirarla r&#225;pidamente. Ladr&#243; una vez a modo de reproche y luego me mir&#243; como si yo pudiera hacer algo para aumentar la temperatura del mar y permitirle as&#237; chapotear. Mene&#243; el rabo y, de pronto, todo el pelo del lomo pareci&#243; eriz&#225;rsele a la vez. Se qued&#243; muy quieto, mirando m&#225;s all&#225; de donde yo me encontraba. Con los labios separados, ense&#241;&#243; los dientes, afilados y blancos. Dej&#243; escapar un gru&#241;ido gutural.

Me volv&#237;. Cre&#237; distinguir a un hombre entre los &#225;rboles. Si miraba directamente hacia &#233;l, ve&#237;a s&#243;lo ramas y manchas de luz de luna donde me parec&#237;a haberlo localizado, pero cuando lo miraba de reojo, con la visi&#243;n perif&#233;rica, o si no fijaba la vista en &#233;l, se perfilaba con mayor claridad. En todo caso, all&#237; estaba. Prueba de ello era la reacci&#243;n de Walter, y yo todav&#237;a recordaba lo sucedido la noche anterior: lo que hab&#237;a vislumbrado al borde del bosque hasta que se desvaneci&#243;; la voz susurrante de un ni&#241;o entre las sombras; unas palabras garabateadas en un cristal polvoriento.

Hombres huecos.

Yo no iba armado. Me hab&#237;a dejado la 9 mil&#237;metros en el coche cuando fui a hablar con el doctor Christian y no la hab&#237;a cogido antes de sacar a Walter, y la Smith 10 estaba en mi habitaci&#243;n. En ese momento dese&#233; tener una de las dos, o quiz&#225; las dos.

&#161;Eh! &#161;Hola! -grit&#233;, y levant&#233; la mano para saludar.

El hombre no se movi&#243;. El abrigo, de un color tostado sucio, se confund&#237;a con la penumbra y la tierra arenosa. S&#243;lo se ve&#237;a parte de su cara: el asomo de una mejilla p&#225;lida, la frente y el ment&#243;n blancos. La boca y los ojos eran manchas negras, se ve&#237;an finas arrugas donde deb&#237;an estar los labios y en los contornos de las oscuras cuencas de sus ojos, como si la piel se hubiese contra&#237;do y secado. Acompa&#241;ado por Walter, me acerqu&#233; con la esperanza de verlo mejor. &#201;l retrocedi&#243; entre los &#225;rboles y entonces lo envolvi&#243; la oscuridad.

Al cabo de un momento desapareci&#243;. Los gru&#241;idos de Walter cesaron. Con cautela, se aproxim&#243; al lugar donde hab&#237;a estado la silueta del hombre y olfate&#243; el suelo. Fue evidente que no le gust&#243; lo que oli&#243;, porque arrug&#243; el hocico y se pas&#243; la lengua por los dientes como si intentara librarse de un mal sabor de boca. Avanc&#233; entre los &#225;rboles hasta llegar al linde de la playa, pero all&#237; no hab&#237;a el menor rastro de nadie. No o&#237; arrancar ning&#250;n coche. Todo parec&#237;a quieto y tranquilo. Nos fuimos de la playa y volvimos a casa, pero Walter permaneci&#243; cerca de m&#237; todo el camino, deteni&#233;ndose s&#243;lo de vez en cuando para mirar hacia los &#225;rboles a nuestra izquierda, ense&#241;ando un poco los dientes como si aguardase alguna amenaza a&#250;n desconocida.



8

A la ma&#241;ana siguiente fui a Lynn. El cielo estaba despejado y azul, del color del verano, pero los &#225;rboles de hoja caduca segu&#237;an desnudos y los obreros que trabajaban en la inacabable ampliaci&#243;n de la autopista llevaban jers&#233;is con capucha y gruesos guantes para protegerse del fr&#237;o. En el camino beb&#237; caf&#233; y escuch&#233; un disco de canci&#243;n protesta norteafricana. Atrajo miradas de desaprobaci&#243;n cuando me detuve para llenar el dep&#243;sito en New Hampshire, donde las letras del grupo Clash, bramadas en &#225;rabe, se consideraban una clara prueba de tendencias antipatri&#243;ticas. Las canciones me permit&#237;an mantener alejada de mi pensamiento la figura que atisb&#233; entre los &#225;rboles en Ferry Beach la noche anterior. Al recordarla tuve una reacci&#243;n peculiar, como si hubiese presenciado algo que en realidad no deber&#237;a haber visto o hubiese quebrantado alg&#250;n tab&#250;. Lo m&#225;s extra&#241;o era que la figura casi me hab&#237;a parecido familiar, como si viese por fin a un pariente lejano de quien hubiera o&#237;do hablar mucho pero no conociese a&#250;n en persona.

Sal&#237; de la interestatal por la Carretera 1, un tramo de urbanismo comercial incontrolado tan feo como el que m&#225;s en la zona nordeste; luego segu&#237; por la 107 en direcci&#243;n norte, que no era mucho mejor, y atraves&#233; Revere y Saugus hacia Lynn. Pas&#233; por delante de la gran planta de tratamiento de residuos Wheelabrator, a mi derecha, y luego por GE-Aviation, la f&#225;brica que creaba m&#225;s puestos de trabajo en la regi&#243;n. Cuando entr&#233; en Lynn, el paisaje estaba salpicado de concesionarios de coches de segunda mano y solares vac&#237;os. Farolas adornadas con banderas nacionales daban la bienvenida a los reci&#233;n llegados, cada una patrocinada por un comercio local. Eldritch y Asociados no se contaba entre ellos y, cuando llegu&#233; a sus oficinas, me fue f&#225;cil entender la raz&#243;n. No parec&#237;a una empresa especialmente pr&#243;spera. Ocupaba las dos plantas superiores de un edificio gris y feo, desafiante como un perro callejero en medio de la manzana. Ten&#237;a las ventanas mugrientas y desde hac&#237;a mucho, mucho tiempo, nadie hab&#237;a renovado el letrero dorado que anunciaba que all&#237; hab&#237;a un abogado. Estaba encajonado entre el bar de Tulley, a la derecha -un establecimiento bastante austero ya de por s&#237;, que parec&#237;a construido para repeler un asedio-, y un bloque de apartamentos gris verdoso con locales comerciales en los bajos: un sal&#243;n de manicura, una tienda llamada Multiservicios Angkor con carteles en camboyano y un restaurante mexicano que anunciaba pupusas, tortas y tacos. En la esquina hab&#237;a otro bar al lado del cual el Tulley parec&#237;a dise&#241;ado por Gaud&#237;. Era poco m&#225;s que una puerta y un par de ventanas; encima de la entrada aparec&#237;a el nombre en letras blancas y desiguales, que habr&#237;a escrito alguien que posiblemente padec&#237;a en ese momento un grave acceso de delirium tremens y se hab&#237;a ofrecido a hacer la tarea a cambio de una copa con la que quitarse el temblor de las manos. Se llamaba Eddys, sin ap&#243;strofe. Tal vez si lo hubiesen llamado Eddys el Sereno, el cartel habr&#237;a podido salir del paso aduci&#233;ndose una intenci&#243;n ir&#243;nica.

Cuando aparqu&#233; delante del Tulley, no era muy optimista respecto a Eldritch y Asociados. Seg&#250;n mi experiencia, los abogados tend&#237;an a ser m&#225;s bien reservados con los investigadores privados, y la conversaci&#243;n del d&#237;a anterior con Stark hab&#237;a contribuido poco a hacerme cambiar de opini&#243;n. De hecho, si me paraba a pensar, mis encuentros con abogados hab&#237;an sido casi todos igual de negativos. Tal vez no hab&#237;a conocido a suficientes. O tambi&#233;n pod&#237;a ser que estuviese conociendo a demasiados.

La puerta de la planta baja del edificio de Eldritch no estaba cerrada, y una estrecha escalera de desportillados pelda&#241;os llevaba a los pisos superiores. La pared amarilla a la derecha de la escalera ten&#237;a una amplia mancha de grasa a la altura de mi brazo derecho, donde un sinf&#237;n de mangas de abrigo la hab&#237;an rozado a lo largo de los a&#241;os. Se percib&#237;a un olor a moho, cada vez m&#225;s intenso a medida que sub&#237;a. Era el olor del viejo papel pintado en lenta descomposici&#243;n, del polvo apilado sobre el polvo, de la moqueta podrida y de causas legales arrastradas durante d&#233;cadas. Era material apto para Dickens. Si los problemas de Jarndyce y Jarndyce hubiesen atravesado el Atl&#225;ntico, habr&#237;an encontrado un entorno familiar en el bufete de Eldritch y Asociados.

Llegu&#233; a una puerta con el r&#243;tulo ASEOS en el primer rellano. Frente a m&#237;, en la segunda planta, apareci&#243; una puerta de cristal esmerilado con el nombre del bufete grabado. Segu&#237; subiendo, sin depositar demasiada confianza en la moqueta que pisaba, fatalmente minada por la ausencia de clavos suficientes para mantenerla en su sitio. A mi derecha, otro tramo de escalera ascend&#237;a hacia la penumbra de la &#250;ltima planta. All&#237; la moqueta no estaba tan gastada, lo que no era mucho decir.

Por educaci&#243;n, llam&#233; a la puerta de cristal antes de entrar. Se me antoj&#243; lo propio en el Viejo Mundo. Como no contest&#243; nadie, abr&#237; la puerta y entr&#233;. A mi izquierda se extend&#237;a un mostrador bajo de madera. M&#225;s all&#225; hab&#237;a un gran escritorio y, detr&#225;s de &#233;ste, una mujer corpulenta con una mata de pelo negro en precario equilibrio sobre la cabeza, como un helado sucio en lo alto de un cucurucho. Vest&#237;a una blusa de color verde chill&#243;n con volantes en el cuello y un amarillento collar de perlas de imitaci&#243;n. Como todo lo dem&#225;s all&#237;, parec&#237;a vieja, pero la edad no hab&#237;a apagado su afici&#243;n por los cosm&#233;ticos o el tinte, pese a que s&#237; la hab&#237;a privado de algunas de las aptitudes necesarias para aplicarse lo uno y lo otro sin que el resultado final semejase, m&#225;s que un acto de vanidad, un acto vand&#225;lico. Fumaba. En vista de la cantidad de papel que la rodeaba, eso casi parec&#237;a una valentonada suicida, adem&#225;s de indicar una admirable falta de respeto por la ley, incluso para alguien que trabajaba al servicio de un abogado.

&#191;Puedo ayudarle? -pregunt&#243;. Ten&#237;a una voz aguda y ahogada como la de un cachorro en el momento de estrangularlo.

Me gustar&#237;a ver al se&#241;or Eldritch -contest&#233;.

&#191;Padre o hijo?

Cualquiera.

El padre est&#225; muerto.

Pues entonces tendr&#225; que ser el hijo.

Est&#225; ocupado. No acepta clientes nuevos. Andamos de cabeza.

Intent&#233; imaginarla no ya andando de cabeza, sino aunque fuese con los pies, y me result&#243; imposible. Hab&#237;a un cuadro en la pared detr&#225;s de ella, pero la luz del sol se hab&#237;a comido el color hasta tal punto que s&#243;lo se ve&#237;a una insinuaci&#243;n de un &#225;rbol en una esquina del lienzo. Las paredes eran amarillas, igual que la de la escalera, pero d&#233;cadas de acumulaci&#243;n de nicotina les hab&#237;an conferido una inquietante p&#225;tina marr&#243;n. El techo acaso hubiese sido de color blanco en otro tiempo, pero s&#243;lo un necio habr&#237;a apostado por ello. Y hab&#237;a papel por todas partes: en la moqueta, en la mesa de la mujer, en una segunda mesa desocupada cerca de ella, en el mostrador, en un par de sillas viejas de respaldo recto que posiblemente se ofrecieran en su d&#237;a a los clientes pero que ahora se asignaban a necesidades de almacenamiento m&#225;s acuciantes, y en los estantes de pared a pared. Si hubiesen encontrado la manera de amontonar papel en el techo, probablemente tambi&#233;n lo habr&#237;an cubierto. No parec&#237;a que ninguno de los documentos se hubiese movido mucho desde que las plumas de oca pasaron de moda como art&#237;culo de escritorio.

Tiene que ver con alguien que quiz&#225;s ya es cliente -expliqu&#233;-. Se llama Merrick.

Me mir&#243; con los ojos entornados a trav&#233;s de un penacho de humo de tabaco.

&#191;Merrick? No me suena de nada.

Conduce un coche que est&#225; a nombre de este bufete.

&#191;C&#243;mo sabe que es uno de los nuestros? -pregunt&#243; la mujer.

Bueno, al principio fue dif&#237;cil saberlo porque no estaba lleno a rebosar de papeles, pero al final sali&#243; a la luz.

Entorn&#243; a&#250;n m&#225;s los ojos. Le di la matr&#237;cula.

Merrick -repet&#237;. Se&#241;al&#233; el tel&#233;fono en la mesa-. Quiz&#225; quiera avisar a alguien que no est&#233; muerto.

Tome asiento -dijo ella.

Mir&#233; alrededor.

No veo d&#243;nde.

Estuvo a punto de sonre&#237;r, pero cambi&#243; de idea por miedo a agrietarse el maquillaje.

Pues entonces tendr&#225; que esperar de pie.

Dej&#233; escapar un suspiro. &#201;sa era una prueba m&#225;s, si hac&#237;a falta alguna prueba, de que no todos los gordos eran felices. Pap&#225; Noel ten&#237;a muchas explicaciones que dar.

Cogi&#243; el auricular y puls&#243; unas teclas en el aparato de color crema.

&#191;Nombre?

Parker. Charlie Parker.

&#191;Como el cantante?

El saxofonista.

Lo que sea. &#191;Puede identificarse?

Le ense&#241;&#233; mi carnet. Lo mir&#243; con desagrado, como si acabara de sacarme la pilila y hubiera empezado a hacer travesuras con ella.

La foto es antigua -dijo.

Muchas cosas son antiguas -repliqu&#233;-. Uno no puede permanecer joven y guapo eternamente.

Tamborile&#243; con los dedos en la mesa mientras aguardaba respuesta al otro lado de la l&#237;nea. Llevaba las u&#241;as pintadas de rosa. Al ver el color me chirriaron los dientes.

&#191;Seguro que no cantaba?

Casi seguro.

Ya. &#191;Qui&#233;n era el que cantaba, pues? El que se cay&#243; por una ventana.

Chet Baker.

Ya. Sigui&#243; tamborileando con las u&#241;as.

&#191;Le gusta Chet Baker? -pregunt&#233;. Est&#225;bamos entablando una relaci&#243;n.

No.

O quiz&#225; no. Por suerte, en alg&#250;n lugar por encima de nosotros alguien descolg&#243; el tel&#233;fono.

Se&#241;or Eldritch, hay aqu&#237; un -hizo una pausa teatral-, un caballero que desea verlo. Pregunta por un tal se&#241;or Merrick.

Escuch&#243; la respuesta asintiendo. Cuando colg&#243;, parec&#237;a a&#250;n m&#225;s disgustada que antes. Creo que esperaba orden de echarme los perros.

Puede subir. La segunda puerta en el &#250;ltimo piso.

Ha sido un grand&#237;simo placer -dije.

S&#237;, ya. No tarde en volver.

All&#237; la dej&#233;, como a una Juana de Arco obesa esperando a que se prendiese la hoguera, y sub&#237; al &#250;ltimo piso. La segunda puerta ya estaba abierta y un anciano menudo, de setenta o m&#225;s a&#241;os, me aguardaba de pie en el umbral. Conservaba a&#250;n casi todo el pelo, o casi todo el pelo de alguien. Vest&#237;a un pantal&#243;n gris milrayas y chaqueta negra encima de una camisa blanca y un chaleco milrayas. La corbata era de seda negra. Se le ve&#237;a vagamente moh&#237;no, como un empleado de pompas f&#250;nebres al que se le hubiese extraviado un cad&#225;ver. Parec&#237;a haberse posado sobre &#233;l una ligera p&#225;tina de polvo, una mezcla de caspa y trocitos de papel, sobre todo papel. Arrugado y marchito como estaba, daba la impresi&#243;n de que &#233;l mismo fuese de papel y se desintegrase lentamente junto con los desechos acumulados de una vida entera al servicio de la ley.

Me tendi&#243; la mano para saludarme y evoc&#243; una sonrisa. En comparaci&#243;n con el trato dispensado por su secretaria, fue como si me recibieran haci&#233;ndome entrega de las llaves de la ciudad.

Soy Thomas Eldritch -dijo-. Pase, por favor.

Su despacho era peque&#241;o. All&#237; tambi&#233;n hab&#237;a papeles, pero menos. Incluso parec&#237;a que hab&#237;an movido algunos recientemente, y los estantes conten&#237;an cajas archivadoras dispuestas en orden cronol&#243;gico, todas identificadas con sus correspondientes fechas. Se remontaban a un pasado muy lejano. Cerr&#243; la puerta a mis espaldas y esper&#243; a que me sentase antes de tomar asiento al otro lado de su mesa.

Y bien -dijo acod&#225;ndose en la mesa y juntando las palmas de las manos en alto-. &#191;Qu&#233; pasa con el se&#241;or Merrick?

&#191;Lo conoce?

S&#233; de su existencia. Le proporcionamos un coche a petici&#243;n de uno de nuestros clientes.

&#191;Puedo saber el nombre del cliente?

Lamentablemente, no puedo dec&#237;rselo. &#191;Se ha metido el se&#241;or Merrick en alg&#250;n l&#237;o?

Va camino de ello. Me ha contratado una mujer que parece haber atra&#237;do las atenciones de Merrick. Est&#225; acech&#225;ndola. Rompi&#243; una ventana de su casa.

Eldritch chasque&#243; la lengua en se&#241;al de desaprobaci&#243;n y pregunt&#243;:

&#191;Ha informado esa mujer a la polic&#237;a?

S&#237;.

No se han puesto en contacto con nosotros. Sin duda a estas alturas ya habr&#237;amos tenido noticia de una denuncia as&#237;, &#191;no cree?

La polic&#237;a no lleg&#243; a hablar con &#233;l. Yo anot&#233; el n&#250;mero de matr&#237;cula de su coche, y es as&#237; como he dado con ustedes.

Muy emprendedor por su parte. Y ahora, en lugar de informar a la polic&#237;a, ha venido aqu&#237;. &#191;Puede explicarme por qu&#233;?

La mujer en cuesti&#243;n no tiene muy claro que la polic&#237;a pueda ayudarla -respond&#237;.

Y usted s&#237; puede.

M&#225;s que preguntarlo lo afirm&#243;, y me asalt&#243; la inquietante sensaci&#243;n de que Eldritch ya sab&#237;a qui&#233;n era yo antes de que llegara. Aun as&#237;, me lo plante&#233; como una pregunta.

Eso me propongo. Si esta situaci&#243;n se alarga, es posible que tenga que intervenir la polic&#237;a, lo que, imagino, podr&#237;a resultar molesto, o algo peor, para ustedes y su cliente.

Ni nosotros ni nuestro cliente somos responsables del comportamiento del se&#241;or Merrick, aun cuando lo que usted dice sea verdad.

Puede que la polic&#237;a no opine lo mismo si act&#250;an ustedes como su agencia de alquiler de coches particular.

Y entonces recibir&#225;n la misma respuesta que acabo de darle a usted. Nosotros nos limitamos a proporcionarle un coche a petici&#243;n de un cliente. Nada m&#225;s.

&#191;Y no puede decirme nada en absoluto acerca de Merrick?

No. Como ya le he dicho, s&#233; muy poco sobre &#233;l.

&#191;Ni siquiera conoce su nombre de pila?

Eldritch se par&#243; a pensar. Advert&#237; un destello de astucia en sus ojos. Tuve la impresi&#243;n de que se lo estaba pasando bien.

Me parece que se llama Frank.

&#191;Considera posible que Frank haya cumplido condena en alg&#250;n momento?

No sabr&#237;a decirle.

Por lo visto, es muy poco lo que puede decir.

Soy abogado, y por tanto mis clientes esperan de m&#237; cierto grado de discreci&#243;n. De lo contrario, no habr&#237;a seguido en esta profesi&#243;n tanto tiempo. Si lo que usted dice es verdad, las acciones del se&#241;or Merrick son muy de lamentar. Quiz&#225; si su clienta se sentara a hablar con &#233;l, la situaci&#243;n se resolver&#237;a a plena satisfacci&#243;n de todos, ya que, seg&#250;n deduzco, el se&#241;or Merrick cree que ella puede serle de ayuda.

En otras palabras, si ella le dice lo que &#233;l quiere saber, se marchar&#225;.

Ser&#237;a lo l&#243;gico. &#191;Y ella sabe algo?

La pregunta qued&#243; en el aire. Me estaba poniendo un cebo, y todo cebo suele esconder un anzuelo.

Eso piensa &#233;l, por lo visto.

Siendo as&#237;, &#233;sa parece la soluci&#243;n natural. Estoy seguro de que el se&#241;or Merrick es un hombre razonable.

Eldritch permaneci&#243; asombrosamente quieto durante toda la conversaci&#243;n. S&#243;lo mov&#237;a los labios. Incluso los ojos parec&#237;an reacios a parpadear. Sin embargo esboz&#243; una sonrisa al pronunciar la palabra razonable, atribuy&#233;ndole una connotaci&#243;n que era todo lo contrario de su significado aparente.

&#191;Conoce personalmente a Merrick, se&#241;or Eldritch?

He tenido el placer, s&#237;.

Parece un hombre con mucha rabia contenida.

Es posible que tenga una buena raz&#243;n para ello.

No me ha preguntado c&#243;mo se llama la mujer para quien trabajo -observ&#233;-, lo que me induce a pensar que ya lo sabe, y eso a su vez parecer&#237;a indicar que el se&#241;or Merrick ha estado en contacto con usted.

He hablado con el se&#241;or Merrick, s&#237;.

&#191;Tambi&#233;n es cliente suyo?

Digamos que lo fue. Lo representamos en cierto asunto. Ya no es cliente nuestro.

Y ahora lo ayuda porque se lo ha pedido otro cliente.

Exacto.

&#191;Qu&#233; inter&#233;s tiene su cliente en Daniel Clay, se&#241;or Eldritch?

Mi cliente no tiene el menor inter&#233;s en Daniel Clay.

No le creo.

No voy a mentirle, se&#241;or Parker. Si, por la raz&#243;n que sea, no puedo contestar a una pregunta, se lo dir&#233;, pero no voy a mentirle. Se lo repetir&#233;: por lo que yo s&#233;, mi cliente no tiene el menor inter&#233;s en Daniel Clay. Las indagaciones del se&#241;or Merrick son a t&#237;tulo personal.

&#191;Y su hija? &#191;Tiene su cliente alg&#250;n inter&#233;s en ella?

Eldritch pareci&#243; contemplar la posibilidad de admitirlo, y finalmente decidi&#243; no hacerlo, pero bast&#243; con su silencio.

No sabr&#237;a decir. Eso es algo que tendr&#225; que tratar usted mismo con el se&#241;or Merrick.

Me picaba la nariz. Sent&#237;a dentro de ella las mol&#233;culas de papel y polvo, como si gradualmente yo empezase a formar parte del despacho de Eldritch, hasta que un d&#237;a, al cabo de unos a&#241;os, entrase un desconocido y nos encontrase all&#237;, a Eldritch y a m&#237;, intercambiando a&#250;n interminables preguntas y respuestas, los dos cubiertos de una fina capa de materia blanca mientras nos reduc&#237;amos a polvo.

&#191;Quiere saber lo que pienso, se&#241;or Eldritch?

&#191;Qu&#233;, se&#241;or Parker?

Pienso que Merrick es un hombre peligroso, y pienso que alguien lo ha contratado para intimidar a mi cliente. Usted sabe qui&#233;n es esa persona, as&#237; que tal vez tenga a bien transmitirle este mensaje: d&#237;gale que hago muy bien mi trabajo, y que si le pasa algo a la mujer que est&#225; bajo mi protecci&#243;n, volver&#233; aqu&#237; y alguien tendr&#225; que rendir cuentas. &#191;He hablado claro?

Eldritch no se inmut&#243;. A&#250;n sonre&#237;a ben&#233;volamente como un Buda peque&#241;o y arrugado.

Clar&#237;simo, se&#241;or Parker -contest&#243;-. No es m&#225;s que una simple observaci&#243;n, pero dir&#237;a que ha adoptado usted una actitud hostil hacia el se&#241;or Merrick. Quiz&#225;, si se mostrase un poco conciliador, descubrir&#237;a que usted y &#233;l tienen m&#225;s cosas en com&#250;n de lo que cree. Es posible que ambos compartan ciertos objetivos.

Yo no tengo ning&#250;n objetivo, aparte de garantizar que la mujer a mi cargo no sufra ning&#250;n da&#241;o.

Dudo mucho que eso sea as&#237;, se&#241;or Parker. Usted piensa en lo concreto, no en lo general. Puede que el se&#241;or Merrick, al igual que usted, est&#233; interesado en cierta forma de justicia.

&#191;Para &#233;l o para otra persona?

&#191;Se lo ha preguntado?

No nos entendimos muy bien.

Quiz&#225; si lo intentase sin una pistola al cinto.

De ah&#237; se deduc&#237;a que Merrick hab&#237;a hablado con &#233;l recientemente. &#191;C&#243;mo, si no, iba a enterarse Eldritch de la confrontaci&#243;n que tuve con &#233;l y de la presencia del arma?

Para serle franco -contest&#233;-, dudo mucho que me convenga encontrarme con Merrick sin una pistola a mano.

Eso es decisi&#243;n suya, por supuesto. Y ahora, si no tiene nada m&#225;s

Se puso en pie, se acerc&#243; a la puerta y la abri&#243;. Era obvio que la reuni&#243;n hab&#237;a terminado. De nuevo me tendi&#243; la mano.

Ha sido un placer -dijo con expresi&#243;n grave. Curiosamente, parec&#237;a sincero-. Me alegro de haber tenido por fin ocasi&#243;n de conocerlo. Hab&#237;a o&#237;do hablar mucho de usted.

&#191;Tambi&#233;n de boca de su cliente? -pregunt&#233;, y por un instante la sonrisa casi desapareci&#243;, fr&#225;gil como una copa de cristal tambale&#225;ndose en el borde de una mesa. La rescat&#243;, pero yo ya ten&#237;a suficiente. Cuando parec&#237;a a punto de contestar, me adelant&#233; a &#233;l-. A ver si adivino la respuesta: no sabr&#237;a decir.

Exacto -confirm&#243;-. Pero si le sirve de consuelo, cuento con que usted y &#233;l se re&#250;nan otra vez, a su debido tiempo.

&#191;Otra vez?

Pero la puerta ya se hab&#237;a cerrado, y dejaba fuera de mi alcance a Thomas Eldritch y su informaci&#243;n con la misma rotundidad que si la losa de una tumba se hubiese cerrado sobre &#233;l, dej&#225;ndolo all&#237; sin m&#225;s compa&#241;&#237;a que sus papeles y su polvo y sus secretos.



9

A pesar de que mi visita a Thomas Eldritch no contribuy&#243; de manera significativa a mi sensaci&#243;n de bienestar interior, s&#237; me permiti&#243; al menos averiguar el nombre de pila de Merrick. Asimismo, Eldritch se hab&#237;a cuidado mucho de negar que Merrick hubiese cumplido condena, lo que implicaba que en alg&#250;n lugar de la base de datos del sistema penitenciario ten&#237;a que haber un armario lleno de huesos esperando a que los sacudieran. Pero la insinuaci&#243;n de que yo conoc&#237;a al cliente de Eldritch me inquiet&#243;. Ya ten&#237;a fantasmas m&#225;s que suficientes en mi pasado, y la idea de que alguno de ellos reapareciera no me hac&#237;a ninguna gracia.

Me detuve a tomar caf&#233; y un bocadillo en la cafeter&#237;a Bel Aire de la Carretera 1. (Una cosa deb&#237;a reconocerse con respecto a la Carretera 1: sitios donde parar a comer no faltaban.) La cafeter&#237;a Bel Aire hab&#237;a sobrevivido en su actual emplazamiento durante m&#225;s de medio siglo. Un letrero enorme y viejo, con el nombre escrito en la letra caligr&#225;fica original de los a&#241;os cincuenta, anunciaba su presencia desde lo alto de un poste de doce metros. El due&#241;o del Bel Aire, seg&#250;n mis &#250;ltimas noticias, era un tal Harry Kallas, que lo hab&#237;a heredado de su padre. Dentro hab&#237;a reservados de vinilo de color burdeos y taburetes a juego ante la barra, y el suelo de baldosas grises y blancas exhib&#237;a la clase de desgaste propio del paso de generaciones de clientes. Corr&#237;an rumores de que estaba previsto el cierre para su redecoraci&#243;n, lo que, supuse, era necesario aunque un tanto triste. En un extremo ten&#237;a un televisor empotrado en la pared, pero nadie le prestaba atenci&#243;n. La cocina era ruidosa, las camareras eran ruidosas, y ruidosos eran tambi&#233;n los obreros de la construcci&#243;n y los lugare&#241;os que ped&#237;an los platos del d&#237;a.

Cuando tomaba mi segundo caf&#233;, recib&#237; la llamada. Era Merrick. Reconoc&#237; su voz en cuanto la o&#237;, pero en el visor de mi m&#243;vil no sali&#243; ning&#250;n n&#250;mero.

Eres un listillo, pedazo de cabr&#243;n -dijo.

&#191;He de suponer que es un cumplido? Porque si lo es, te conviene trabajar m&#225;s la t&#233;cnica. Despu&#233;s de tanto tiempo en el trullo debes de haberte oxidado.

Hablas a bulto. El abogado no te ha dicho una mierda.

No me sorprendi&#243; que Eldritch hubiese hecho unas cuantas llamadas. S&#243;lo me pregunt&#233; qui&#233;n se habr&#237;a puesto en contacto con Merrick, el abogado o su cliente.

&#191;Est&#225;s dici&#233;ndome que si te busco en la base de datos no encontrar&#233; tus antecedentes?

Ya puedes buscar. En cualquier caso, no voy a pon&#233;rtelo f&#225;cil.

Aguard&#233; unas d&#233;cimas de segundo antes de pasar a la siguiente pregunta. Fue una corazonada, nada m&#225;s.

&#191;C&#243;mo se llama la ni&#241;a de la foto, Frank?

No contest&#243;.

Ella es la raz&#243;n por la que est&#225;s aqu&#237;, &#191;no? Fue una de las ni&#241;as que trat&#243; Daniel Clay. &#191;Es tu hija? Dime c&#243;mo se llama, Frank. Dime c&#243;mo se llama y quiz&#225; pueda ayudarte.

Cuando Merrick volvi&#243; a hablar, le hab&#237;a cambiado la voz. El tono de amenaza, sereno pero letal, era claramente perceptible, y supe con certeza que aqu&#233;l no s&#243;lo era un hombre capaz de matar, sino que ya hab&#237;a matado, y que yo, al mencionar a la ni&#241;a, hab&#237;a traspasado cierta barrera.

Esc&#250;chame bien -respondi&#243;-. Ya te lo he dicho una vez: mis asuntos son cosa m&#237;a. Si te conced&#237; un tiempo, fue para convencer a esa se&#241;oritinga de que le conviene desembuchar, no para que anduvieras husmeando en cuestiones que no son de tu incumbencia. Vale m&#225;s que vuelvas al punto de partida y la hagas entrar en raz&#243;n.

O si no, &#191;qu&#233;? Seguro que quienquiera que sea el que te ha llamado para informarte de mi visita a Eldritch te ha aconsejado que no te pases de rosca. Si sigues acosando a Rebecca Clay, tus amigos van a desentenderse de ti. Acabar&#225;s otra vez en el trullo, Frank, y entonces no le servir&#225;s de nada a nadie.

Pierdes el tiempo -dijo-. Seg&#250;n parece, piensas que cuando te di un plazo hablaba en broma.

Estoy acerc&#225;ndome -ment&#237;-. Ma&#241;ana tendr&#233; algo para ti.

Veinticuatro horas -record&#243;-. S&#243;lo te queda eso, y estoy siendo generoso contigo. Perm&#237;teme que te diga otra cosa: si los otros se desentienden de m&#237;, m&#225;s vale que t&#250; y esa se&#241;oritinga empec&#233;is a preocuparos. Hoy por hoy, &#233;sa es la &#250;nica raz&#243;n por la que me contengo, aparte de mi buen car&#225;cter.

Colg&#243;. Pagu&#233; la cuenta y dej&#233; all&#237; la taza llena, enfri&#225;ndose. De pronto ten&#237;a la sensaci&#243;n de que no me sobraba el tiempo para entretenerme con un caf&#233;.


A continuaci&#243;n visit&#233; a Jerry Legere, el ex marido de Rebecca Clay. Me puse en contacto con A-Secure y me informaron de que Legere hab&#237;a salido a ocuparse de un trabajo en Westbrook, acompa&#241;ado de Raymon Lang, y no tuve que engatusar demasiado a la recepcionista para que me diera la direcci&#243;n.

Encontr&#233; la furgoneta de la empresa aparcada en un pol&#237;gono industrial abandonado lleno de barro y naves aparentemente vac&#237;as, entre las cuales hab&#237;a un camino surcado de roderas. No quedaba claro si el lugar estaba a medio edificar o en su declive final. Las obras de construcci&#243;n se hab&#237;an interrumpido hac&#237;a tiempo en un par de estructuras inacabadas, y los extremos de los montantes de acero sobresal&#237;an del hormig&#243;n como huesos en los mu&#241;ones de miembros amputados. Los charcos de agua sucia apestaban a desechos y gasolina, y volcada entre los hierbajos una peque&#241;a hormigonera amarilla sucumb&#237;a lentamente a la herrumbre.

S&#243;lo hab&#237;a un almac&#233;n abierto, y dentro, en la planta baja del interior vac&#237;o dividido en dos pisos, encontr&#233; a dos hombres, arrodillados ante un plano extendido en el suelo. Al menos ese edificio estaba acabado, y ten&#237;a las ventanas cubiertas con tela met&#225;lica para proteger los cristales de las piedras que pudieran lanzarse desde el exterior. Llam&#233; a la puerta de acero con los nudillos, y los dos hombres levantaron la mirada.

&#191;Podemos ayudarle en algo? -pregunt&#243; uno. Ten&#237;a unos cinco a&#241;os m&#225;s que yo. Grande y de aspecto fuerte, llevaba el pelo muy corto para disimular una avanzada calvicie.

Es rid&#237;culo e infantil por mi parte, lo s&#233;, pero siempre siento una breve oleada de calor cuando conozco a alguien aproximadamente de mi edad que ha perdido m&#225;s pelo que yo. El pobre, aunque sea el rey del mundo y due&#241;o de diez o doce empresas, al mirarse en el espejo por la ma&#241;ana pensar&#225;: Maldita sea, ojal&#225; conservara el pelo.

Busco a Jerry Legere -anunci&#233;.

Quien contest&#243; fue el otro, un hombre de pelo blanco y mejillas rubicundas. Rebecca era cinco o seis a&#241;os m&#225;s joven que yo, calculaba, y ese hombre me llevaba diez o quince. Le sobraban unos kilos y le colgaba la piel en la papada. Su cabeza, grande y cuadrada, parec&#237;a pesar demasiado para el cuerpo, y una mueca cr&#243;nica se dibujaba en sus labios, como si siempre estuviera a punto de manifestar su irritaci&#243;n por algo: las mujeres, los ni&#241;os, la m&#250;sica moderna, el tiempo. Vest&#237;a una camisa de cuadros de le&#241;ador remetida en unos vaqueros viejos y calzaba unas botas de faena llenas de lodo y con un cord&#243;n distinto en cada una. Rebecca era una mujer atractiva. Lo cierto es que no siempre podemos elegir a aquellos de quienes nos enamoramos, y yo sab&#237;a que la belleza no lo era todo, pero la uni&#243;n de las casas de Clay y Legere, por temporal que hubiese sido, induc&#237;a a pensar que a veces la belleza pod&#237;a ser en realidad una aut&#233;ntica desventaja.

Me llamo Charlie Parker -dije-. Soy investigador privado. Me gustar&#237;a hablar con usted si dispone de unos minutos.

&#191;Lo ha contratado ella?

A juzgar por el tono de voz, ese ella no hac&#237;a referencia a alguien por quien conservara un gran afecto.

Trabajo para su ex esposa, si se refiere a eso -contest&#233;.

Su expresi&#243;n se relaj&#243;, aunque s&#243;lo un poco, o al menos la mueca de irritaci&#243;n se atenu&#243; ligeramente. Por lo visto, Legere ten&#237;a problemas con otra que no era Rebecca. Pero el efecto no dur&#243; mucho. Si algo pod&#237;a decirse de Jerry Legere, es que parec&#237;a incapaz de poner cara de p&#243;quer y mantener ocultos sus pensamientos. Pas&#243; de la preocupaci&#243;n al alivio, y luego se sumi&#243; en una inquietud que rayaba en el p&#225;nico. Cada transici&#243;n se traduc&#237;a con toda nitidez en sus facciones. Era como un personaje de dibujos animados: su rostro persegu&#237;a continuamente a sus emociones para no quedarse a la zaga.

&#191;Para qu&#233;. necesita mi ex mujer a un detective? -pregunt&#243;.

Por eso he venido a hablar con usted. &#191;Podemos salir un momento?

Legere dirigi&#243; una mirada al hombre de menor edad, quien asinti&#243; con la cabeza y volvi&#243; a examinar el plano. En el cielo, despejado y azul, un sol radiante daba luz pero no calor.

&#191;Y bien? -pregunt&#243;.

Su ex mujer me ha contratado porque un hombre ha estado molest&#225;ndola.

Aguard&#233; a que una expresi&#243;n de sorpresa asomara como por arte de magia en el semblante de Legere, pero me defraud&#243;. Se content&#243; con esbozar una sonrisa lasciva propia del villano de un melodrama Victoriano.

&#191;Alguno de sus novios? -inquiri&#243;.

&#191;Tiene novios?

Legere se encogi&#243; de hombros.

Es una zorra. No s&#233; c&#243;mo los llaman las zorras: polvos, quiz&#225;.

&#191;Por qu&#233; la considera una zorra?

Porque lo es. Me enga&#241;&#243; cuando est&#225;bamos casados, y luego encima me minti&#243; al respecto. Miente en todo. En cuanto al hombre del que me habla, probablemente sea un mam&#243;n al que le prometi&#243; un buen rato y luego se puso nervioso al ver que no llegaba. Fui un idiota al casarme con una mujer que era mercanc&#237;a usada, pero me dio pena. No cometer&#233; ese error dos veces. Ahora me las folio pero no me caso con ellas.

En sus labios se dibuj&#243; otra sonrisa lasciva. Esper&#233; a que me diera un codazo de complicidad en las costillas, o me saliera con uno de esos gui&#241;os que insin&#250;an &#191;No somos hombres de mundo?, como en el sketch de Monty Python. As&#237; que es tu mujer, &#191;eh? Es una mentirosa y una zorra, &#191;verdad? Todas lo son. Dicho as&#237;, no ten&#237;a tanta gracia. Record&#233; la pregunta anterior de Legere: &#191;Lo ha contratado ella?, y el alivio en su cara cuando le dije que trabajaba para su ex mujer. &#191;Qu&#233; habr&#225;s hecho, Jerry? &#191;A qui&#233;n habr&#225;s irritado tanto como para que pueda necesitar los servicios de un detective?

No creo que se trate de un pretendiente rechazado -dije.

Legere parec&#237;a a punto de preguntar qu&#233; significaba pretendiente, pero finalmente se tom&#243; la molestia de deducirlo por su cuenta.

Ha estado preguntando por el padre de Rebecca -prosegu&#237;-. Cree que Daniel Clay quiz&#225;s est&#233; vivo todav&#237;a.

Un breve destello apareci&#243; en los ojos de Legere. Fue como si un genio intentase escapar del interior de su botella y, en el &#250;ltimo momento, viera que alguien encaja el corcho en&#233;rgicamente y le corta el paso.

Eso es una estupidez -respondi&#243; Legere-. Su padre ha muerto. Todo el mundo lo sabe.

&#191;Todo el mundo?

Legere desvi&#243; la mirada.

Ya sabe a qu&#233; me refiero.

Est&#225; desaparecido, no muerto -record&#233;.

Ella solicit&#243; la declaraci&#243;n de defunci&#243;n. Aunque para m&#237; ya es demasiado tarde. Hay dinero en el banco, pero no ver&#233; ni un centavo. Ahora mismo no me vendr&#237;a mal.

&#191;Corren tiempos dif&#237;ciles?

Siempre corren tiempos dif&#237;ciles para los trabajadores.

A eso deber&#237;a ponerle m&#250;sica.

Imagino que ya se la ha puesto alguien. No es ninguna novedad.

Se dio media vuelta y dirigi&#243; la mirada hacia el almac&#233;n, a todas luces impaciente por deshacerse de m&#237; y volver a su trabajo. Yo no pod&#237;a reproch&#225;rselo.

&#191;Y por qu&#233; est&#225; tan seguro de que Daniel Clay ha muerto?

Me parece que no me gusta ese tono -repuso. Apret&#243; los pu&#241;os involuntariamente. Tom&#243; conciencia del acto reflejo y los relaj&#243; de nuevo. Luego se enjug&#243; las palmas de las manos en las costuras de los vaqueros.

&#191;Qu&#233; tono? No hay ning&#250;n tono. S&#243;lo quer&#237;a decir que parece usted muy convencido de que Daniel Clay no va a volver.

Bueno, lleva desaparecido mucho tiempo, &#191;no? Nadie lo ha visto en seis a&#241;os y, por lo que s&#233;, se march&#243; con lo puesto. Ni siquiera se llev&#243; una bolsa con una muda.

&#191;Eso se lo cont&#243; su ex mujer?

Si no me lo cont&#243; ella, lo le&#237; en los peri&#243;dicos. No es ning&#250;n secreto.

&#191;Ya se conoc&#237;an cuando desapareci&#243; su padre?

No, nos liamos m&#225;s tarde, pero no dur&#243; m&#225;s de seis meses. Me enter&#233; de que se ve&#237;a con otros hombres a mis espaldas, la muy cabrona, y la dej&#233;.

No parec&#237;a incomodarle contarme aquello. Por lo general, cuando un hombre habla de las infidelidades de sus mujeres o novias, muestra un mayor grado de verg&#252;enza que Legere, y el recuerdo que se tiene de la relaci&#243;n queda marcado por una permanente sensaci&#243;n de traici&#243;n. Adem&#225;s, no le cuentan sus secretos a cualquiera, porque lo que m&#225;s temen es que, por alg&#250;n motivo, los dem&#225;s los consideren responsables a ellos y lleguen a pensar que sus propias carencias han obligado a sus mujeres a buscar placer en otra parte, que no han sido capaces de satisfacerlas. Estas cuestiones, los hombres tienden a verlas distorsionadas a trav&#233;s del prisma del sexo. Yo hab&#237;a conocido a mujeres que se descarriaban por el deseo, pero hab&#237;a conocido a muchas m&#225;s que enga&#241;aban porque as&#237; recib&#237;an el afecto y las atenciones que se les negaban en casa. Los hombres, en su gran mayor&#237;a, buscan sexo. Las mujeres lo canjean.

Supongo que yo tampoco era inocente -dijo-, pero los hombres somos as&#237;. A ella no le faltaba de nada. No ten&#237;a por qu&#233; hacer lo que hizo. Me ech&#243; de casa cuando puse reparos a su comportamiento. Ya se lo he dicho: es una puta. En cuanto llegan a determinada edad, ya est&#225;. Se convierten en zorras. Pero ella, en lugar de admitirlo, me lo ech&#243; a m&#237; en cara. Dijo que el que hab&#237;a actuado mal era yo, no ella. La muy cabrona.

No sab&#237;a muy bien en qu&#233; medida eso era asunto m&#237;o, pero las explicaciones de Rebecca Clay sobre sus dificultades conyugales eran muy distintas de las de su ex marido. Ahora Legere afirmaba que &#233;l era la parte agraviada, y si bien la versi&#243;n de Rebecca sonaba m&#225;s veros&#237;mil, quiz&#225;s eso se deb&#237;a sencillamente a que Jerry Legere me pon&#237;a los pelos de punta. Pero yo no ve&#237;a qu&#233; raz&#243;n pod&#237;a tener para mentir. Su propia imagen no quedaba muy bien parada, y el resentimiento de fondo era inconfundible. Hab&#237;a algo de verdad en su historia, por muy distorsionada que estuviera al contarla.

&#191;Ha o&#237;do hablar alguna vez de un tal Frank Merrick? -pregunt&#233;.

No, yo dir&#237;a que no -contest&#243;-. &#191;Merrick? No, no me suena. &#191;Es el hombre que la ha estado molestando?

S&#237;.

Legere volvi&#243; a desviar la mirada. No le ve&#237;a la cara, pero hab&#237;a cambiado de postura, como si de pronto se hubiese puesto tenso para esquivar un golpe.

No -repiti&#243;-. No s&#233; de qui&#233;n me habla.

Es curioso -coment&#233;.

&#191;Qu&#233;?

Seg&#250;n parece, &#233;l lo conoce a usted.

En ese momento me concedi&#243; toda su atenci&#243;n. Ni siquiera se molest&#243; en ocultar la alarma que aquello le causaba.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Fue &#233;l quien me aconsej&#243; que hablase con usted. Dijo que quiz&#225;s usted sab&#237;a por qu&#233; &#233;l andaba buscando a Daniel Clay.

Eso es falso. Ya se lo he dicho: Clay est&#225; muerto. Los hombres como &#233;l no se esfuman de la faz de la tierra para volver a aparecer m&#225;s tarde en otro sitio con un nombre distinto. Est&#225; muerto. Aunque no lo estuviera, nunca se pondr&#237;a en contacto conmigo. Yo ni siquiera lo conoc&#237;.

En opini&#243;n de ese Merrick, su ex mujer pudo contarle a usted cosas que les escondi&#243; a las autoridades.

Se equivoca -se apresur&#243; a decir-. No me cont&#243; nada. Ni siquiera hablaba mucho de &#233;l.

&#191;Eso no le extra&#241;&#243;?

No. &#191;Qu&#233; iba a decir? Ella lo que quer&#237;a era olvidarlo. No serv&#237;a de nada hablar de &#233;l.

&#191;Habr&#237;a podido estar en contacto con &#233;l sin que usted se enterara, en el supuesto de que siguiera vivo?

Mire, no creo que sea tan lista -respondi&#243; Legere-. Si ve a ese hombre otra vez, d&#237;gaselo.

Por c&#243;mo habl&#243; de usted, no me extra&#241;ar&#237;a que tuviese ocasi&#243;n de dec&#237;rselo usted mismo.

La perspectiva no pareci&#243; agradarle mucho. Escupi&#243; al suelo y luego restreg&#243; el salivazo en la tierra con la suela del zapato s&#243;lo por hacer algo.

Una &#250;ltima pregunta, se&#241;or Legere: &#191;qu&#233; era el Proyecto?

Si se pod&#237;a paralizar a un hombre con una palabra, eso fue lo que le sucedi&#243; a Jerry Legere.

&#191;Y eso de d&#243;nde lo ha sacado?

Pronunci&#243; la frase casi antes de tomar conciencia de ello, y al instante vi que se arrepent&#237;a. Ya no se percib&#237;a ira en su voz. Hab&#237;a desaparecido por completo, barrida por lo que quiz&#225; fuese asombro. Mov&#237;a la cabeza en un gesto de aparente incredulidad.

Da igual de d&#243;nde lo haya sacado. S&#243;lo me gustar&#237;a saber qu&#233; es, o era.

Se ha enterado por ese fulano, &#191;no? Por ese Merrick. -Estaba recobrando en parte la hostilidad-. Se presenta aqu&#237; lanzando acusaciones, habl&#225;ndome de gente que no conozco, dando cr&#233;dito a las mentiras de un desconocido y a las de esa cabrona con la que me cas&#233;. Hace falta valor.

Me empuj&#243; bruscamente en el pecho con la mano derecha. Di un paso atr&#225;s y &#233;l avanz&#243; hacia m&#237;. Vi que se preparaba para asestarme otro golpe, m&#225;s fuerte y a m&#225;s altura que el primero. Levant&#233; las manos en un gesto apaciguador y fij&#233; los pies en el suelo, el derecho un poco por delante del izquierdo.

Te voy a ense&#241;ar yo -dijo.

Impuls&#225;ndome con todo el peso del cuerpo lanc&#233; el pie izquierdo al frente y le golpe&#233; en el est&#243;mago como quien intenta abrir una puerta de una patada. Con la respiraci&#243;n cortada por el impacto cay&#243; de espaldas al suelo. Sin aliento, se llev&#243; las manos al vientre. Ten&#237;a el rostro contra&#237;do de dolor.

Hijo de puta -exclam&#243;-. Te matar&#233; por esto.

Me plant&#233; ante &#233;l.

El Proyecto, se&#241;or Legere. &#191;Qu&#233; era?

Vete a la mierda. No tengo ni idea de qu&#233; me hablas.

Pronunci&#243; aquellas palabras apretando los dientes. Saqu&#233; una tarjeta de mi cartera y la dej&#233; caer sobre &#233;l. El otro hombre apareci&#243; en la puerta del almac&#233;n. Ten&#237;a una palanca en la mano. Levant&#233; un dedo en se&#241;al de advertencia, y se detuvo.

Volveremos a hablar. Quiz&#225; quiera reflexionar un poco sobre Merrick y lo que dijo. Le guste o no, acabar&#225; tratando este asunto con uno de nosotros dos.

Me dirig&#237; hacia el coche. O&#237; c&#243;mo se pon&#237;a en pie. Reclam&#243; mi atenci&#243;n. Me volv&#237;. Lang, a&#250;n en la entrada del almac&#233;n, le pregunt&#243; a Legere si estaba bien, pero Legere no le hizo caso. La expresi&#243;n de su rostro hab&#237;a vuelto a cambiar. Segu&#237;a enrojecido y le costaba respirar, pero ahora se advert&#237;a malevolencia en su semblante.

&#191;Te crees muy listo? -pregunt&#243;-. &#191;Te crees muy duro? Tal vez te convenga hacer unas cuantas averiguaciones para saber qu&#233; le pas&#243; al &#250;ltimo que empez&#243; a preguntar sobre Daniel Clay. Tambi&#233;n era detective, como t&#250;. -Puso especial &#233;nfasis en la palabra detective-. &#191;Y sabes d&#243;nde est&#225;? -prosigui&#243; Legere-. En el mismo sitio que Daniel Clay, ni m&#225;s ni menos. En alg&#250;n lugar hay un hoyo en la puta tierra, y dentro est&#225; Daniel Clay, y justo al lado hay otro hoyo con un puto fisg&#243;n pudri&#233;ndose dentro. As&#237; que adelante, sigue preguntando sobre Daniel Clay y los proyectos. Siempre queda sitio para otro m&#225;s. No cuesta mucho cavar un hoyo, y cuesta a&#250;n menos llenarlo cuando dentro hay un cad&#225;ver.

Me acerqu&#233; a &#233;l, satisfecho de ver que daba un paso atr&#225;s.

Ah&#237; tiene otra vez -dije-. Habla convencido de que Daniel Clay ha muerto.

No tengo nada m&#225;s que hablar.

&#191;Qui&#233;n era el detective? -pregunt&#233;-. &#191;Qui&#233;n lo contrat&#243;?

Vete a la mierda -contest&#243; Legere, pero de pronto cambi&#243; de idea. Su rostro se contrajo en una amplia y rencorosa sonrisa-. &#191;Quieres saber qui&#233;n lo contrat&#243;? Fue esa cabrona, igual que te contrat&#243; a ti. Tambi&#233;n se lo follaba. Yo me di cuenta. Ella ol&#237;a a &#233;l. Seguro que tambi&#233;n a ti te paga as&#237;, pero no te creas que eres el primero.

E hizo las mismas preguntas que t&#250;, sobre Clay y los "proyectos" y lo que ella me dijo o dej&#243; de decirme, y t&#250; vas a seguir sus pasos. Porque as&#237; terminan quienes andan preguntando por Daniel Clay. -Chasque&#243; los dedos -. Desaparecen.

Se sacudi&#243; el polvo de los vaqueros. Parte de su falso valor empez&#243; a disiparse a medida que la adrenalina lo abandonaba, y por un momento parec&#237;a que acababa de entrever su propio futuro, y que lo que ve&#237;a lo asustaba.

Desaparecen.



10

Cuando llegu&#233; a casa, me puse en contacto con Jackie Garner. Me dijo que segu&#237;a todo en orden. Lo not&#233; un tanto decepcionado. Telefone&#233; luego a Rebecca Clay, y me confirm&#243; que Merrick no hab&#237;a dado se&#241;ales de vida. Por lo visto manten&#237;a su palabra, y las distancias, salvo por la llamada que me hab&#237;a hecho.

Rebecca estaba trabajando en su despacho, as&#237; que me acerqu&#233; a hablar con ella; salud&#233; a Jackie con un leve gesto en reconocimiento de su presencia. Pedimos caf&#233; en un puesto del peque&#241;o mercado contiguo a la inmobiliaria y nos sentamos a tomarlo en la &#250;nica mesa de la calle. Los automovilistas nos miraban con curiosidad al pasar. Hac&#237;a demasiado fr&#237;o para tomar algo al aire libre, pero yo deseaba hablar con ella mientras ten&#237;a a&#250;n fresca en la cabeza la conversaci&#243;n con su ex marido. Era hora de aclarar las cosas.

&#191;Eso le ha dicho? -Rebecca Clay pareci&#243; sinceramente sorprendida cuando le cont&#233; lo sucedido entre Jerry y yo-. &#161;Pero si es todo mentira! Yo nunca le fui infiel, jam&#225;s. No rompimos por eso.

No digo que su versi&#243;n sea verdad, pero sus palabras escond&#237;an rencor aut&#233;ntico.

Quer&#237;a dinero. No lo consigui&#243;.

&#191;Por eso cree que se cas&#243; con usted? &#191;Por dinero?

Por amor no fue, desde luego.

&#191;Y usted? &#191;Usted por qu&#233; se cas&#243;?

Cambi&#243; de posici&#243;n en el asiento, y al hacerlo qued&#243; patente el malestar que le causaba hablar del asunto. Se la ve&#237;a a&#250;n m&#225;s exhausta y demacrada que el d&#237;a que la conoc&#237;. Dudaba que fuese capaz de soportar la tensi&#243;n durante mucho m&#225;s tiempo sin venirse abajo de un modo u otro.

En parte, ya se lo cont&#233; -respondi&#243;-. Al desaparecer mi padre me sent&#237; muy sola. Me convert&#237; en una especie de paria por los rumores que corr&#237;an sobre &#233;l. Conoc&#237; a Jerry por mediaci&#243;n de Raymon, que instal&#243; el sistema de alarma en casa de mi padre. Vienen una vez al a&#241;o para comprobar que todo funciona bien, y fue Jerry quien se ocup&#243; del mantenimiento unos meses despu&#233;s de irse mi padre. Supongo que me sent&#237;a sola, y una cosa llev&#243; a la otra. Al principio me pareci&#243; aceptable. Es decir, nunca fue precisamente un encanto de hombre, pero se portaba bien con Jenna y no era un vago. En ciertos aspectos tambi&#233;n me sorprend&#237;a. Le&#237;a mucho y entend&#237;a de m&#250;sica y de cine antiguo. Me ense&#241;&#243; cosas. -Dej&#243; escapar una risa forzada-. Volviendo la vista atr&#225;s, supongo que sustitu&#237; a una figura paterna por otra.

&#191;Y despu&#233;s?

Nos casamos un tanto deprisa, y &#233;l se instal&#243; conmigo en casa de mi padre. Las cosas fueron bien durante un par de meses. Pero a Jerry la obsesionaba el dinero. Siempre le concedi&#243; mucha importancia. Seg&#250;n &#233;l, la vida nunca le hab&#237;a dado una oportunidad justa. Ten&#237;a grandes planes de todo tipo, y hasta que me conoci&#243; a m&#237; nunca dispuso de medios para llevarlos a cabo. Oli&#243; la pasta, pero no la hab&#237;a, o si la hab&#237;a, no estaba a su alcance. Empez&#243; a ponerse pesado, y eso provoc&#243; discusiones.

Una noche, al llegar a casa, lo encontr&#233; ba&#241;ando a Jenna. Ella ten&#237;a por entonces seis o siete a&#241;os. Jerry nunca la hab&#237;a ba&#241;ado. No es que yo le hubiese dicho expl&#237;citamente que no deb&#237;a hacerlo ni nada por el estilo, pero en cierto modo yo hab&#237;a supuesto que no lo har&#237;a. La ni&#241;a estaba desnuda en el agua, y &#233;l, de rodillas junto a la ba&#241;era. Iba descalzo. &#201;sa fue la causa de mi sobresalto: los pies descalzos. Absurdo, &#191;no? El caso es que le grit&#233;. Jenna se ech&#243; a llorar, y Jerry se march&#243; hecho una furia y no volvi&#243; hasta muy tarde. Entonces intent&#233; hablar con &#233;l de lo ocurrido, pero a esas alturas, estimulado por la bebida, hab&#237;a acumulado dentro de s&#237; tal presi&#243;n que me abofete&#243;. No fue una bofetada fuerte ni dolorosa, pero no estaba dispuesta a aguantar que un hombre me pegara. Le ped&#237; que se marchara, y se fue. Regres&#243; al cabo de uno o dos d&#237;as y se disculp&#243;, e hicimos las paces, supongo. A partir de entonces nos trat&#243; a Jenna y a m&#237; con todo el cuidado del mundo, pero yo no pude quitarme de la cabeza la imagen de Jerry con mi hija desnuda a su lado. &#201;l ten&#237;a un ordenador que en ocasiones usaba para el trabajo, y yo conoc&#237;a su contrase&#241;a. Una vez que le ense&#241;aba algo a Jenna en Internet vi c&#243;mo la introduc&#237;a. Entr&#233; en sus documentos y, en fin, ten&#237;a much&#237;sima pornograf&#237;a. S&#233; que los hombres miran esas cosas, e imagino que tambi&#233;n algunas mujeres, pero en el ordenador de Jerry hab&#237;a tanta, tanta

&#191;Con adultos o ni&#241;os? -pregunt&#233;.

Adultos -contest&#243;-. Todos adultos. Procur&#233; call&#225;rmelo, pero no pude. Le dije lo que hab&#237;a hecho y lo que hab&#237;a visto. Le pregunt&#233; si ten&#237;a alg&#250;n problema. Al principio se avergonz&#243;; luego se enfad&#243;, se puso hecho una fiera. Empez&#243; a tirar cosas. Empez&#243; a insultarme con palabras como las que usted le ha o&#237;do decir. Dijo que yo estaba sucia, que ten&#237;a suerte de que alguien quisiera tocarme. Dijo m&#225;s cosas, cosas sobre Jenna. Que acabar&#237;a como yo, que de tal palo, tal astilla. Por lo que a m&#237; se refer&#237;a, eso fue la gota que colm&#243; el vaso. Se march&#243; esa misma noche, y todo acab&#243;. Se puso en manos de un abogado durante un tiempo e intent&#243; conseguir una orden para acceder a mis bienes, pero en realidad no hab&#237;a tales bienes. Al final, la cosa qued&#243; en nada, y no volv&#237; a saber de &#233;l ni del abogado. No se opuso al divorcio. M&#225;s bien pareci&#243; alegrarse de deshacerse de m&#237;.

Apur&#233; el caf&#233;. Soplaba el viento, y las hojas secas correteaban como ni&#241;os huyendo de la lluvia inminente. Me constaba que no me lo hab&#237;a contado todo, que ciertos aspectos de lo sucedido seguir&#237;an siendo privados, pero parte de lo que hab&#237;a dicho explicaba la animadversi&#243;n de Jerry Legere hacia su ex mujer, sobre todo si &#233;l no se consideraba del todo culpable de lo ocurrido. Pero hab&#237;a verdades y mentiras que se entrelazaban en las versiones de ambos, y Rebecca Clay no hab&#237;a sido del todo sincera conmigo desde el principio. Insist&#237;:

He mencionado a su ex marido el Proyecto del que Merrick habl&#243;. Por lo visto, no lo ha cogido de nuevas.

Quiz&#225; fuera un asunto privado de mi padre; siempre investigaba y le&#237;a revistas especializadas para mantenerse al d&#237;a en su profesi&#243;n. Pero no le veo ninguna l&#243;gica a que Jerry estuviera al corriente. No se conoc&#237;an, y Jerry, que yo recuerde, no vino ni una sola vez a revisar el sistema de seguridad antes de la muerte de mi padre. No existi&#243; el menor contacto entre ellos.

Pero la menci&#243;n del Proyecto me llev&#243; a una &#250;ltima pregunta, la que m&#225;s me inquietaba.

Jerry me ha contado otra cosa -dije-. Ha afirmado que usted ya hab&#237;a contratado antes a un investigador privado para indagar sobre la desaparici&#243;n de su padre. Seg&#250;n Jerry, el hombre a quien usted contrat&#243; desapareci&#243; tambi&#233;n. &#191;Es eso verdad?

Rebecca Clay se mordi&#243; un repel&#243;n de piel seca del labio inferior.

Cree que le he mentido, &#191;no?

Por omisi&#243;n. No la culpo, pero me gustar&#237;a saber la raz&#243;n.

Elwin Stark me aconsej&#243; que contratara a alguien. Fue unos dieciocho meses despu&#233;s de marcharse mi padre, y la polic&#237;a parec&#237;a haber decidido que ya no pod&#237;a hacer nada m&#225;s. Habl&#233; con Elwin porque el abogado de Jeny me ten&#237;a preocupada, y no sab&#237;a c&#243;mo proteger el patrimonio de mi padre. No hab&#237;a testamento, as&#237; que en cualquier caso ser&#237;a complicado, pero Elwin dijo que un primer paso, si mi padre no volv&#237;a, era tramitar la solicitud para declararlo legalmente muerto pasados cinco a&#241;os. En opini&#243;n de Elwin, ser&#237;a &#250;til contratar a alguien para investigar el asunto, ya que quiz&#225;s un juez lo tuviese en cuenta llegado el momento de la declaraci&#243;n. Pero a m&#237; no me sobraba el dinero. Justo empezaba a abrirme paso en el negocio inmobiliario. Supongo que eso determin&#243; la clase de persona que pod&#237;a contratar.

&#191;Qui&#233;n era? -pregunt&#233;.

Se llamaba Jim Poole. Tambi&#233;n &#233;l estaba empezando. Hab&#237;a trabajado para una conocida m&#237;a, mi amiga April, usted se cruz&#243; con ella en casa. Sospechaba que su marido la enga&#241;aba. Result&#243; que no. En realidad se dedicaba al juego, aunque no s&#233; si eso fue mejor o peor para ella; en cualquier caso, qued&#243; satisfecha con el trabajo de Jim. As&#237; que lo contrat&#233; y le ped&#237; que echara un vistazo a los datos que ten&#237;amos, e incluso que tratara de descubrir algo nuevo. Habl&#243; con algunas de las personas con las que usted ha hablado, pero no averigu&#243; nada que no supi&#233;ramos ya. Es posible que Jim hubiera mencionado algo sobre un proyecto en alg&#250;n momento, pero probablemente no le prest&#233; mucha atenci&#243;n. La verdad es que mi padre siempre ten&#237;a en preparaci&#243;n alg&#250;n art&#237;culo o ensayo. Nunca le faltaban ideas para temas sobre los que escribir e investigar.

Aun par de semanas, Jim me telefone&#243; para decirme que se marchaba de la ciudad un par de d&#237;as y que tal vez regresar&#237;a con alguna novedad. En fin, esper&#233; su llamada, pero ya no volv&#237; a saber de &#233;l. Al cabo de una semana vino a verme la polic&#237;a. La novia de Jim hab&#237;a denunciado su desaparici&#243;n, y estaban hablando con los amigos y clientes de &#233;l, aunque Jim no andaba sobrado de lo uno ni de lo otro. Encontraron mi caso entre las carpetas de su apartamento, pero yo no pude ayudarles. Jim no me hab&#237;a dicho ad&#243;nde iba. No se quedaron muy satisfechos, pero &#191;qu&#233; m&#225;s pod&#237;a decirles yo? El coche de Jim apareci&#243; en Boston poco despu&#233;s, en uno de los aparcamientos para largas estancias cerca de Logan. Encontraron drogas en el coche, una bolsa de coca, creo, cantidad suficiente para inducir a pensar que tal vez se dedicaba al trapicheo. Dedujeron, creo, que se hab&#237;a metido en un l&#237;o por un asunto de drogas, quiz&#225; con un proveedor, y que debido a eso hab&#237;a muerto asesinado o huido. Su novia dijo a la polic&#237;a que &#233;l no era de &#233;sos, y que habr&#237;a encontrado la manera de ponerse en contacto con ella aunque hubiera tenido que escapar, pero no lo hizo.

&#191;Y usted qu&#233; piensa?

Movi&#243; la cabeza en un gesto de negaci&#243;n. -Despu&#233;s de eso dej&#233; de buscar a mi padre -se limit&#243; a contestar-. &#191;Le basta con esta respuesta?

&#191;Y no me habl&#243; de Poole porque temi&#243; que me disuadir&#237;a de ayudarla?

S&#237;.

&#191;Fue su relaci&#243;n con Jim Poole exclusivamente profesional?

Se levant&#243; de inmediato, casi volcando la taza. Parte del caf&#233; se derram&#243; entre nosotros, se filtr&#243; por los agujeros de la mesa y manch&#243; el suelo.

&#191;Eso a qu&#233; viene? Seguro que tambi&#233;n ha salido de Jerry.

S&#237;, pero no es el momento de andarse con moralismos.

Jim me ca&#237;a bien -dijo, como si eso respondiese a la pregunta-. Ten&#237;a problemas con su novia. Hablamos, salimos un par de veces a tomar una copa. Jerry nos vio en un bar; a veces, cuando beb&#237;a, ven&#237;a a verme para pedirme otra oportunidad y decidi&#243; que Jim se interpon&#237;a, pero Jim era m&#225;s joven y m&#225;s fuerte que &#233;l. Cruzaron unas palabras a gritos y se rompi&#243; una botella, pero nadie sali&#243; herido. Supongo que Jerry a&#250;n se la tiene guardada pese al tiempo que ha pasado. -Se arregl&#243; la falda del traje chaqueta-. Mire, le agradezco lo que ha hecho, pero esto no puede alargarse mucho m&#225;s. -Se&#241;al&#243; a Jackie, como si &#233;l simbolizara todo lo que iba mal en su vida-. Quiero tener a mi hija en casa, y quiero quitarme a Merrick de encima. Ahora que sabe usted lo de Jim Poole, no s&#233; si quiero que siga haciendo preguntas por ah&#237; sobre mi padre. No necesito sentirme culpable por nadie m&#225;s, y cada d&#237;a que pasa tiene un precio, como m&#237;nimo el coste de los honorarios. Le agradecer&#237;a que di&#233;ramos esto por concluido lo m&#225;s pronto posible, aunque eso implique llevar el asunto ante un juez.

Le dije que lo entend&#237;a y me compromet&#237; a telefonearla para ponerla al corriente en cuanto hablase con ciertas personas acerca de las opciones que ten&#237;a. Volvi&#243; a la oficina a recoger sus cosas. Me puse en contacto con Jackie Garner y le cont&#233; lo de la llamada de Merrick.

&#191;Qu&#233; pasar&#225; cuando se nos acabe el tiempo? -pregunt&#243; Jackie-. &#191;Esperaremos a que act&#250;e y ya est&#225;?

Le asegur&#233; que no llegar&#237;amos a ese punto. A&#241;ad&#237; que seguramente Rebecca Clay no seguir&#237;a pag&#225;ndonos durante mucho m&#225;s tiempo y que iba a incorporar un poco m&#225;s de ayuda.

&#191;La clase de ayuda que viene de Nueva York? -pregunt&#243; Jackie.

Es posible -respond&#237;.

Si la mujer no quiere pagarte, &#191;por qu&#233; quieres seguir con el trabajo?

Porque Merrick no va a marcharse, obtenga lo que quiere de Rebecca o no. Adem&#225;s, en los pr&#243;ximos d&#237;as voy a hurgar bastante en sus asuntos, y eso a &#233;l no va a gustarle.

A Jackie, por lo visto, le divirti&#243; la perspectiva.

Pues si necesitas una mano, ya avisar&#225;s. S&#243;lo tienes que pagar por el trabajo aburrido. Lo interesante lo hago gratis.


Cuando llegu&#233; a casa, Walter segu&#237;a mojado despu&#233;s de ba&#241;arse en el mar mientras le paseaba Bob Jhonson, y se ech&#243; a dormir de buena gana en su canasta a resguardo del fr&#237;o. Como me quedaban un par de horas libres antes de reunirme con June Fitzpatrick para cenar, visit&#233; la p&#225;gina web del Press Herald y rastre&#233; la base de datos en busca de informaci&#243;n sobre la desaparici&#243;n de Daniel Clay. Seg&#250;n los archivos, las acusaciones de abusos deshonestos proced&#237;an de varios ni&#241;os que hab&#237;an sido pacientes del doctor Clay. En ning&#250;n momento se insinuaba que &#233;l hubiera estado implicado, pero s&#237; se planteaba claramente la duda de c&#243;mo hab&#237;a podido pasar por alto el hecho de que los ni&#241;os a quienes trataba, todos v&#237;ctimas de abusos deshonestos en el pasado, volv&#237;an a serlo en esos momentos. Clay hab&#237;a rehusado hacer comentarios, salvo para decir que se sent&#237;a muy afectado por las acusaciones, que har&#237;a una declaraci&#243;n completa a su debido tiempo y que su m&#225;xima prioridad era colaborar con la polic&#237;a y los servicios sociales en las investigaciones encaminadas a descubrir a los culpables. Un par de expertos hab&#237;an salido, sin mucha convicci&#243;n, en defensa de Clay se&#241;alando que en ocasiones pod&#237;an tardarse meses o a&#241;os en inducir a una v&#237;ctima de abusos deshonestos a revelar en toda su magnitud lo que hab&#237;a padecido. Incluso la polic&#237;a se cuid&#243; mucho de atribuir la culpa a Clay, pero, leyendo entre l&#237;neas, saltaba a la vista que, a pesar de todo, &#233;ste se sent&#237;a culpable en cierta medida. Estaba coci&#233;ndose tal esc&#225;ndalo que resultaba m&#225;s que dudoso que Clay, al margen de cu&#225;l fuese el resultado de las investigaciones, pudiese continuar ejerciendo. Un art&#237;culo lo describ&#237;a con t&#233;rminos como hombre de rostro ceniciento, ojos hundidos, demacrado y al borde del llanto. Junto al texto aparec&#237;a una fotograf&#237;a suya, tomada frente a su casa. Se lo ve&#237;a flaco y encorvado, como una cig&#252;e&#241;a herida.

El inspector citado en los art&#237;culos de prensa era Bobby O'Rourke. Segu&#237;a en el Departamento de Polic&#237;a de Portland, aunque actualmente asignado a Asuntos Internos. Cuando lo telefone&#233; estaba en su escritorio a punto de dar por concluida la jornada, y accedi&#243; a tomar una cerveza conmigo en Geary's una hora m&#225;s tarde. Aparqu&#233; en Commercial y lo encontr&#233; sentado en un rinc&#243;n del establecimiento, hojeando unas fotocopias y comiendo una hamburguesa. Ya nos hab&#237;amos visto un par de veces, y yo lo hab&#237;a ayudado a&#241;os atr&#225;s a llenar las lagunas de un caso relacionado con un poli de Portland llamado Barron que hab&#237;a muerto en circunstancias misteriosas, como se describieron eufem&#237;sticamente los hechos. Yo no envidiaba a O'Rourke su puesto. Si estaba en Asuntos Internos era porque hac&#237;a bien su trabajo. Por desgracia, dada la naturaleza de su cometido, algunos de sus compa&#241;eros habr&#237;an preferido que lo hiciese peor.

Se limpi&#243; con una servilleta y nos dimos la mano.

&#191;Vas a comer? -pregunt&#243;.

No. He quedado para cenar dentro de un par de horas.

&#191;En alg&#250;n sitio interesante?

En casa de Joel Harmon.

Me dejas impresionado. Pronto te veremos en los ecos de sociedad.

Hablamos brevemente sobre el informe anual de Asuntos Internos, a punto de publicarse. Era lo de siempre: en esencia acusaciones de abuso de autoridad y denuncias por utilizar los veh&#237;culos de la polic&#237;a. Las pautas eran siempre las mismas. El denunciante acostumbraba ser un var&#243;n joven, y los incidentes de abuso de autoridad se daban sobre todo al disolver reyertas. Los polic&#237;as s&#243;lo hab&#237;an empleado las manos para reducir a los contendientes, y los implicados eran en su gran mayor&#237;a blancos y menores de treinta a&#241;os, as&#237; que no pod&#237;a decirse que los agentes sacudieran a ancianos o a los Globetrotters de Harlem. Nadie hab&#237;a sido suspendido de empleo y sueldo durante m&#225;s de dos d&#237;as como resultado de las denuncias. As&#237; las cosas, en conjunto no hab&#237;a sido un mal a&#241;o para Asuntos Internos. Entretanto, el Departamento de Polic&#237;a de Portland ten&#237;a un nuevo jefe. El anterior lo hab&#237;a dejado ese mismo a&#241;o, y el consejo municipal hab&#237;a estudiado las peticiones de dos candidatos: uno blanco y natural de la ciudad; otro negro y de origen sure&#241;o. Si el consejo hubiese optado por el candidato negro, habr&#237;a aumentado en un ciento por ciento el n&#250;mero de polic&#237;as negros en Portland; sin embargo, se inclinaron por la experiencia local. No fue una mala decisi&#243;n, pero los l&#237;deres de ciertas minor&#237;as segu&#237;an molestos. Mientras tanto, se rumoreaba que el antiguo jefe se planteaba presentarse a las elecciones para gobernador.

O'Rourke se acab&#243; la hamburguesa y tom&#243; un sorbo de cerveza. Era un hombre delgado y en forma, y no daba la impresi&#243;n de que las hamburguesas y la cerveza fueran su principal aporte de calor&#237;as.

As&#237; que Daniel Clay -dijo.

&#191;Te acuerdas de &#233;l?

Recuerdo el caso, y lo que no recordaba lo he consultado antes de venir. S&#243;lo vi a Clay dos veces antes de su desaparici&#243;n, de modo que no tengo mucho que decirte.

&#191;Qu&#233; impresi&#243;n te caus&#243;?

Lo vi sinceramente afectado por lo sucedido. Parec&#237;a en estado de shock. Siempre hablaba de ellos como sus ni&#241;os. Empezamos a investigar junto con la polic&#237;a del estado, los sheriffs, la polic&#237;a municipal, los servicios sociales. El resto es probable que ya lo sepas: surgieron coincidencias con otros casos que sucedieron por la misma &#233;poca, y varios de ellos se relacionaron con Clay.

&#191;Crees que fue casualidad que Clay hubiera trabajado con los ni&#241;os?

No hay nada que indique lo contrario. Algunos de esos ni&#241;os eran especialmente vulnerables. Ya hab&#237;an sido v&#237;ctimas de abusos deshonestos antes, y en su mayor&#237;a estaban en las etapas iniciales de la terapia. Ni siquiera hab&#237;an llegado a hablar de la primera serie de abusos cuando ya se hab&#237;a iniciado la siguiente.

&#191;Os llegasteis a plantear la detenci&#243;n de alguien?

No. Apareci&#243; una chica de trece a&#241;os vagando por los campos a las afueras de Skowhegan a las tres de la madrugada. Descalza, con la ropa rota, sangrando, sin ropa interior. Estaba hist&#233;rica, balbuceaba cosas sobre hombres y p&#225;jaros. Desorientada, no parec&#237;a saber d&#243;nde la

hab&#237;an retenido ni de d&#243;nde ven&#237;a, pero recordaba claramente los detalles: tres hombres, enmascarados, turn&#225;ndosela en lo que parec&#237;a una habitaci&#243;n sin muebles de una casa. Le extrajimos muestras de ADN, pero eran poco fiables. S&#243;lo un par resultaron &#250;tiles, y no encontramos ninguna coincidencia en la base de datos. Har&#225; aproximadamente un a&#241;o volvimos a intentarlo cuando revisamos los casos aparcados, pero tampoco sali&#243; nada. Mal asunto. Deber&#237;amos haber llegado m&#225;s lejos, pero no se me ocurre c&#243;mo.

&#191;Y los ni&#241;os?

No les he seguido el rastro. Algunos han vuelto a aparecer en el radar. Eran ni&#241;os echados a perder y se convirtieron en adultos echados a perder. Al ver sus nombres, siempre he sentido l&#225;stima por ellos. &#191;Qu&#233; oportunidades iban a quedarles despu&#233;s de lo que padecieron?

&#191;Y Clay?

Se esfum&#243; literalmente. Nos llam&#243; su hija, nos dijo que estaba preocupada por &#233;l, que llevaba dos d&#237;as sin presentarse en casa. Encontraron su coche en las afueras de Jackman, cerca de la frontera con Canad&#225;. Pensamos que quiz&#225; se hab&#237;a escapado de su jurisdicci&#243;n, pero no ten&#237;a ninguna raz&#243;n para hacerlo, aparte de la verg&#252;enza. No se le ha vuelto a ver.

Me recost&#233; en la silla. Por lo que a informaci&#243;n se refer&#237;a, me hab&#237;a quedado igual que al principio. O'Rourke advirti&#243; mi insatisfacci&#243;n.

Lo siento -se disculp&#243;-. Supongo que esperabas una revelaci&#243;n.

S&#237;, un rayo de luz cegadora.

&#191;Y a qu&#233; se debe tu inter&#233;s?

Me ha contratado la hija de Clay. Alguien ha estado haciendo preguntas sobre su padre. La ha puesto nerviosa. &#191;Sabes algo de un tal Frank Merrick?

Premio. El rostro de O'Rourke se ilumin&#243; como la noche del Cuatro de Julio.

Frank Merrick -repiti&#243;-. Por supuesto. Lo s&#233; todo sobre Frank. Frank el Fat&#237;dico, lo llamaban. &#191;Es &#233;l quien anda asustando a la hija de Clay?

Asent&#237; con la cabeza.

Tiene su l&#243;gica, en cierto modo -coment&#243; O'Rourke.

Le pregunt&#233; por qu&#233;.

Porque la hija de Merrick tambi&#233;n fue paciente de Daniel Clay, s&#243;lo que ella sigui&#243; el mismo camino que &#233;l. Se llamaba Lucy Merrick, aunque &#233;l nunca se cas&#243; con su madre.

&#191;La hija desapareci&#243;?

Denunciaron el hecho dos d&#237;as despu&#233;s de marcharse Clay, pero por lo visto llevaba m&#225;s tiempo desaparecida. Sus padres adoptivos eran unos cafres. Dijeron a los asistentes sociales que siempre andaba escap&#225;ndose de casa, y sencillamente se hab&#237;an cansado de perseguirla. Por lo que recordaban, la hab&#237;an visto por &#250;ltima vez hac&#237;a cuatro o cinco d&#237;as. Ten&#237;a catorce a&#241;os. Sin duda la chica se las tra&#237;a, pero, aun as&#237;, no era m&#225;s que una criatura. Se habl&#243; de presentar cargos contra los padres adoptivos, pero la cosa no prosper&#243;.

&#191;Y d&#243;nde estaba Merrick cuando pas&#243; todo eso?

En la c&#225;rcel. Te dir&#233; una cosa: Frank Merrick es un tipo interesante. -Se afloj&#243; el nudo de la corbata-. P&#237;deme otra cerveza. Y te aconsejo que t&#250; tambi&#233;n te pidas algo. Es una de esas historias que


Frank Merrick era un asesino.

La palabra se hab&#237;a desvirtuado tanto por exceso de uso que cualquier chico malo con una navaja al que en una reyerta de bar se le iba la mano y destripaba a un compa&#241;ero de copas por una chica que llevaba un vestido demasiado ce&#241;ido, o cualquier parado sin futuro que atracaba una licorer&#237;a y le pegaba un tiro al dependiente que ganaba siete pavos la hora, ya fuera por p&#225;nico o por aburrimiento o simplemente porque llevaba una pistola y le parec&#237;a una l&#225;stima no comprobar lo que era capaz de hacer, cualquiera de ellos recib&#237;a el t&#237;tulo de asesino. En los peri&#243;dicos se utilizaba la palabra para aumentar las ventas, en los juzgados para aumentar las condenas, en las prisiones para granjearse una reputaci&#243;n y disponer de un poco de espacio libre de agresiones y amenazas. Pero no significaba nada; en realidad, no. Matar a alguien no lo convert&#237;a a uno en asesino, no en el mundo donde se mov&#237;a Frank Merrick. En el mundo de &#233;ste no era algo que se hiciese una sola vez, ya fuera por accidente o de manera intencionada; ni siquiera era una forma de vida elegida, como el nihilismo o el vegetarianismo. Era un comportamiento que resid&#237;a en las c&#233;lulas y esperaba el momento de despertar, de revelarse. En ese sentido, era posible ser un asesino incluso antes de haber arrebatado la primera vida. Formaba parte de la naturaleza de uno y sal&#237;a a la luz a su debido tiempo. S&#243;lo necesitaba un catalizador.

Frank Merrick hab&#237;a llevado en apariencia una vida corriente durante veinticinco a&#241;os, poco m&#225;s o menos. Se hab&#237;a criado en una zona peligrosa de Charlotte, en Carolina del Norte, y de ni&#241;o anduvo con malas compa&#241;&#237;as, pero se enderez&#243;. Estudi&#243; para mec&#225;nico, y ninguna nube se cerni&#243; sobre &#233;l ni sombra alguna sigui&#243; sus pasos, aunque se dec&#237;a que permaneci&#243; en contacto con elementos de su pasado y que era un hombre en quien pod&#237;a confiarse a la hora de conseguir un coche o deshacerse de &#233;l en poco tiempo. S&#243;lo m&#225;s tarde, cuando empez&#243; a aflorar su verdadera identidad, su identidad secreta, la gente se acord&#243; de hombres que se hab&#237;an cruzado con Frank Merrick y que desaparecieron entre las grietas de la acera sin que nadie volviera a verlos ni a tener noticia de ellos. Corrieron rumores de llamadas telef&#243;nicas, de viajes a Florida y Atlanta y Nueva Orleans, de armas usadas una sola vez y luego desmontadas y arrojadas a canales y pantanos.

Pero eran s&#243;lo rumores, y la gente siempre habla

Se cas&#243; con una chica corriente, y habr&#237;a seguido casado con ella de no ser por el accidente que alter&#243; de manera radical la vida de Frank Merrick, o quiz&#225; simplemente le permiti&#243; despojarse de la apariencia de hombre callado e introvertido, h&#225;bil con las manos y buen conocedor de la mec&#225;nica de un coche, para convertirse en algo mucho m&#225;s extra&#241;o y aterrador.

Una noche, cuando cruzaba una calle en las afueras de Charlotte, donde viv&#237;a, Frank Merrick fue atropellado por una moto. Llevaba una tarrina de helado que hab&#237;a comprado para su mujer. Ten&#237;a que haber esperado a que cambiara el sem&#225;foro, pero le preocupaba que el helado se derritiese antes de llegar a casa. El motorista, que no llevaba casco, hab&#237;a bebido pero no estaba borracho. Tambi&#233;n hab&#237;a fumado alg&#250;n porro, pero no estaba colocado. El propio Peter Cash pens&#243; esas dos cosas al montar en la moto despu&#233;s de despedirse de sus amigos y dejarlos viendo un v&#237;deo porno.

Para Cash fue como si Frank Merrick hubiera salido de la nada, cobrando forma de pronto en la calle vac&#237;a, materializ&#225;ndose a partir de los &#225;tomos de la noche. La moto embisti&#243; a Merrick de pleno, rompi&#243; huesos y desgarr&#243; carne; y con el impacto, el motorista sali&#243; catapultado y fue a caer sobre el cap&#243; de un coche aparcado. Cash tuvo la suerte de salir del paso con s&#243;lo una fractura de pelvis, y si hubiese ido a estrellarse contra el parabrisas del coche con la cabeza desprotegida, y no con el trasero, casi con toda seguridad habr&#237;a muerto en el acto. En lugar de eso conserv&#243; el conocimiento el tiempo suficiente para ver el cuerpo desmadejado de Merrick sacudirse en la calzada como un pez fuera del agua.

Merrick fue dado de alta dos meses despu&#233;s, cuando sus huesos rotos se recuperaron lo suficiente y se consider&#243; que sus &#243;rganos internos ya no estaban en peligro inminente de sufrir un fallo o colapso. Apenas habl&#243; con su mujer y a&#250;n menos con sus amigos, hasta que por fin esos amigos dejaron de importunarle con su presencia. Dorm&#237;a poco, y rara vez se aventuraba a acostarse en el lecho conyugal, pero cuando lo hac&#237;a, se abalanzaba sobre su mujer con tal ferocidad que ella empez&#243; a temer sus acercamientos y el dolor que los acompa&#241;aba. Al final, ella huy&#243; de la casa y, pasados uno o dos a&#241;os, solicit&#243; el divorcio. Merrick firm&#243; todos los papeles sin el menor comentario ni queja, satisfecho al parecer de dejar atr&#225;s todos los aspectos de su vida anterior, mientras algo anidaba dentro de &#233;l y se metamorfoseaba. M&#225;s tarde su mujer cambi&#243; de nombre y volvi&#243; a casarse en California, y nunca le cont&#243; a su nuevo marido la verdad sobre el hombre con quien en otro tiempo hab&#237;a compartido la vida.

&#191;Y Merrick? Pues se cre&#237;a que Cash fue la primera v&#237;ctima del hombre transformado, aunque nunca se encontr&#243; prueba alguna que lo vinculase con el crimen. Cash muri&#243; apu&#241;alado en su cama, pero Merrick ten&#237;a coartada, respaldada por cuatro hombres de Filadelfia que, seg&#250;n se dijo, obtuvieron ciertos servicios de Merrick a cambio. En los a&#241;os posteriores recibi&#243; varios encargos de distintos grupos, sobre todo en la Costa Este, y poco a poco se convirti&#243; en el hombre a quien acudir cuando alguien necesitaba una &#250;ltima y fat&#237;dica lecci&#243;n, y cuando la necesidad de negar cualquier participaci&#243;n en el hecho exig&#237;a que el trabajo se encargase fuera. La cantidad de cad&#225;veres ca&#237;dos a manos de &#233;l empez&#243; a crecer. Por fin desarroll&#243; su innata aptitud para el asesinato, y para &#233;l fue un cambio provechoso.

Mientras tanto, colm&#243; otros apetitos. Le gustaban las mujeres, y una de ellas, una camarera de Pittsfield, Maine, qued&#243; en estado despu&#233;s de una noche en compa&#241;&#237;a de &#233;l. Ten&#237;a cerca de cuarenta a&#241;os y estaba desesperada por encontrar a un hombre, o tener un hijo propio. No contempl&#243; siquiera la posibilidad de abortar, pero no ten&#237;a forma de ponerse en contacto con el hombre que la hab&#237;a dejado embarazada, y al final dio a luz a una ni&#241;a aparentemente normal. Frank Merrick volvi&#243; despu&#233;s a Maine y busc&#243; a la camarera, y ella temi&#243; su reacci&#243;n cuando le diera la noticia de que era padre, pero &#233;l tom&#243; a la ni&#241;a en brazos y pregunt&#243; su nombre (Lucy, como mi madre, le dijo ella), y &#233;l, sonriendo, contest&#243; que Lucy era un nombre bonito, y dej&#243; dinero en la cuna de la ni&#241;a. A partir de entonces llegaba dinero con regularidad, a veces entregado en persona por Merrick, otras veces en forma de giro. La madre de la ni&#241;a se dio cuenta de que en aquel hombre hab&#237;a algo peligroso, algo que deb&#237;a quedar inexplorado, y siempre le sorprendi&#243; ver la devoci&#243;n que demostraba hacia la peque&#241;a, pese a que nunca se qued&#243; mucho tiempo con ella. Al hacerse mayor, la ni&#241;a empez&#243; a tener pesadillas, s&#243;lo eso. Pero los sue&#241;os de la peque&#241;a empezaron a filtrarse en su vigilia. Se convirti&#243; en una ni&#241;a dif&#237;cil, incluso trastornada. Se hac&#237;a da&#241;o a s&#237; misma e intentaba hacer da&#241;o a los dem&#225;s. Cuando su madre muri&#243; -una embolia pulmonar fulminante se la llev&#243; mientras nadaba en el mar, de modo que su cuerpo fue arrastrado mar adentro por la marea y hallado d&#237;as despu&#233;s en la playa, abotargado y medio devorado por los carro&#241;eros-, Lucy Merrick qued&#243; en manos de la asistencia social. Al cabo de un tiempo la enviaron a Daniel Clay para que la ayudara a refrenar su agresividad y su tendencia a autolesionarse, y ella pareci&#243; hacer progresos con &#233;l, hasta que ambos desaparecieron.

Por entonces, su padre llevaba cuatro a&#241;os en la c&#225;rcel. Se le acab&#243; la suerte al caerle cinco por conducta temeraria con un arma peligrosa, otros cinco por amenazas con el uso de un arma peligrosa y diez por agresi&#243;n con agravantes, que deb&#237;an cumplirse simult&#225;neamente. Todo sucedi&#243; cuando una de sus v&#237;ctimas potenciales escap&#243; repeli&#233;ndolo a tiros en su propia casa y Merrick lo acorral&#243; con una navaja; al final la v&#237;ctima fue atropellada por un coche patrulla mientras hu&#237;a. Merrick se libr&#243; de otra pena de entre cuarenta a&#241;os y cadena perpetua s&#243;lo porque la fiscal&#237;a no consigui&#243; demostrar la premeditaci&#243;n del hecho, y porque no ten&#237;a antecedentes de delitos con intenciones homicidas. Fue en esa etapa cuando desapareci&#243; su hija. No cumpli&#243; toda la condena entre la poblaci&#243;n reclusa corriente. Gran parte, seg&#250;n O'Rourke, la pas&#243; en Supermax, una c&#225;rcel de m&#225;xima seguridad, y eso no fue coser y cantar.

Tras su puesta en libertad lo enviaron a Virginia para ser juzgado por el asesinato de un contable llamado Barton Riddick, que en 1993 recibi&#243; un disparo en la cabeza con una 44 mil&#237;metros. A Merrick se le acus&#243; sin m&#225;s indicio que el an&#225;lisis bal&#237;stico, realizado por el FBI, del plomo de unas balas halladas en su coche despu&#233;s de su detenci&#243;n en Maine. No exist&#237;a la menor prueba de que hubiese estado en el lugar del asesinato en Virginia, ni nada que lo relacionase f&#237;sicamente con Riddick, pero la composici&#243;n qu&#237;mica del proyectil que hab&#237;a traspasado a la v&#237;ctima, llev&#225;ndose consigo una porci&#243;n de cr&#225;neo y masa encef&#225;lica, coincid&#237;a con la de las balas de la caja de munici&#243;n descubierta en el maletero de Merrick. &#201;ste se enfrentaba a la posibilidad de pasar el resto de su vida en la c&#225;rcel, quiz&#225;s incluso a la pena de muerte, pero su caso fue uno de los varios elegidos por ciertos bufetes que consideraban que los analistas del FBI hab&#237;an atribuido en diversas ocasiones un valor excesivo a los resultados de los an&#225;lisis bal&#237;sticos del plomo. La acusaci&#243;n contra Merrick se debilit&#243; a&#250;n m&#225;s cuando el arma utilizada en el asesinato se us&#243; tambi&#233;n posteriormente para matar a un abogado en Baton Rouge. Muy a su pesar, el fiscal de Virginia decidi&#243; no mantener los cargos contra Merrick, y para entonces el FBI ya hab&#237;a anunciado que abandonaba el an&#225;lisis bal&#237;stico del plomo. Sali&#243; de la c&#225;rcel en octubre, y ahora era, a todos los efectos, un hombre libre, ya que hab&#237;a cumplido toda su condena en el estado de Maine, y lo hab&#237;an puesto en libertad sin condiciones partiendo del supuesto de que los cargos por el asesinato de Riddick bastaban para garantizar que nunca m&#225;s volver&#237;a a pisar la calle como hombre libre.

Y ahora lo tenemos aqu&#237; otra vez -concluy&#243; O'Rourke.

Preguntando por el m&#233;dico que trat&#243; a su hija -a&#241;ad&#237;.

Parece un hombre rencoroso. &#191;Qu&#233; vas a hacer?

Saqu&#233; la cartera y dej&#233; unos billetes en la mesa para pagar la cuenta.

Voy a hacer que lo detengan -contest&#233;.

&#191;Presentar&#225; cargos esa Clay?

Hablar&#233; con ella. Aunque no lo haga, es posible que la amenaza de prisi&#243;n baste para quitarle de encima a Merrick. No desear&#225; volver a la c&#225;rcel. &#191;Qui&#233;n sabe? Incluso puede que la polic&#237;a encuentre algo en su coche.

&#191;La ha amenazado de alg&#250;n modo?

S&#243;lo de palabra, y muy vagamente. Aunque rompi&#243; una ventana de la casa de Rebecca, por lo tanto es capaz de m&#225;s.

&#191;Alguna se&#241;al de que fuera armado?

Ninguna.

Frank es la clase de hombre que se sentir&#237;a un poco desnudo sin un arma.

Cuando nos vimos, me dijo que iba desarmado.

&#191;Le cre&#237;ste?

Pienso que es demasiado inteligente para ir armado. Como ex presidiario, no pueden sorprenderlo con armas en su poder, y ya est&#225; atrayendo atenci&#243;n m&#225;s que suficiente. Si vuelven a encerrarlo, no podr&#225; averiguar qu&#233; le pas&#243; a su hija.

En fin, es posible, pero no pondr&#237;a las manos en el fuego. &#191;Esa Clay a&#250;n vive en la ciudad? -pregunt&#243; O'Rourke.

En South Portland.

Si quieres, puedo hacer unas llamadas.

Todo ayudar&#225;. No estar&#237;a mal tener lista una orden provisional cuando se detenga a Merrick.

O'Rourke dijo que eso seguramente no ser&#237;a problema. Casi me hab&#237;a olvidado de Jim Poole. Le pregunt&#233; por &#233;l.

Recuerdo algo de eso. Era un aficionado. Un detective que hab&#237;a estudiado por correspondencia. Le gustaba la hierba, creo. La polic&#237;a de Boston pens&#243; que quiz&#225; su muerte guardase alguna relaci&#243;n con las drogas, y supongo que para los de aqu&#237; fue c&#243;modo suscribir esa teor&#237;a.

Cuando desapareci&#243;, trabajaba para Rebecca Clay -dije.

No lo sab&#237;a. Ese caso no lo llev&#233; yo. Por lo que parece, esa mujer trae mala suerte. A su lado la gente desaparece con m&#225;s facilidad que en el circo m&#225;gico.

Dudo que la gente con suerte atraiga el inter&#233;s de hombres como Frank Merrick.

Si lo atraen, la suerte no les dura mucho. Me gustar&#237;a estar presente cuando lo encierren. He o&#237;do hablar mucho de &#233;l, pero nunca lo he tenido cara a cara.

Su jarra de cerveza hab&#237;a dejado un cerco de humedad en la mesa. Traz&#243; formas en &#233;l con el dedo &#237;ndice.

&#191;En qu&#233; piensas? -pregunt&#233;.

Pienso que es una l&#225;stima que tengas una clienta que se cree en peligro.

&#191;Por qu&#233;?

No me gustan las coincidencias. Algunos de los pacientes de Clay sufrieron abusos deshonestos. La hija de Merrick fue una de sus pacientes.

&#191;Se desprende de ah&#237; que la hija de Merrick sufri&#243; abusos deshonestos? Es posible, pero no tiene por qu&#233; ser as&#237; necesariamente.

Y de pronto Clay desaparece y la ni&#241;a tambi&#233;n -continu&#243; diciendo O'Rourke.

Y no se encuentra a los culpables.

Se encogi&#243; de hombros.

S&#243;lo quiero decir que el hecho de que un hombre como Merrick ande haciendo preguntas sobre viejos delitos podr&#237;a preocupar a determinadas personas.

Como, por ejemplo, a los autores de esos viejos delitos.

Exacto. Tal vez fuese &#250;til. Nunca se sabe qui&#233;n podr&#237;a darse por ofendido y, de paso, delatarse.

El problema es que Merrick no es como un perro sujeto con una correa. Es imposible controlarlo. As&#237; las cosas, tengo a tres hombres vigilando a mi clienta. Para m&#237;, su seguridad es prioritaria.

O'Rourke se puso en pie.

Bueno, habla con ella. Expl&#237;cale lo que te propones. Luego solicitemos la detenci&#243;n de Merrick y veamos qu&#233; ocurre.

Volvimos a estrecharnos la mano y le di las gracias por su ayuda.

No te dejes llevar -recomend&#243;-. Yo estoy en esto por los ni&#241;os. Ah, y perdona que sea as&#237; de claro, pero si el barco se va a pique, y me entero de que has sido t&#250; quien ha abierto la v&#237;a de agua, te detendr&#233; yo mismo.


Era la hora de ir a casa de Joel Harmon. Por el camino llam&#233; a Rebecca y le cont&#233; la mayor parte de lo que O'Rourke me hab&#237;a dicho sobre Merrick, as&#237; como mis planes para el d&#237;a siguiente. Si bien parec&#237;a haberse calmado un poco desde nuestra &#250;ltima conversaci&#243;n, segu&#237;a resuelta a dar por concluido nuestro trato lo antes posible.

Quedar&#233; en reunirme con &#233;l y har&#233; que lo detenga la polic&#237;a -expliqu&#233;-. Seg&#250;n la ley de protecci&#243;n contra el acoso de este estado, si una persona intimida o se enfrenta a otra tres o m&#225;s veces, la polic&#237;a debe intervenir. Supongo que el incidente de la ventana puede considerarse un acto intimidatorio, y adem&#225;s lo sorprend&#237; vigil&#225;ndola aquel d&#237;a en Longfellow Square, as&#237; que tambi&#233;n podemos acusarlo de acecho. Cualquiera de los dos delitos nos bastar&#237;a para solicitar el amparo de la ley.

&#191;Significa eso que tendr&#233; que ir a juicio? -pregunt&#243;.

Debe presentar la denuncia de acoso ma&#241;ana a primera hora. En cualquier caso, la denuncia es un paso previo para la posterior demanda judicial. A continuaci&#243;n, despu&#233;s de presentar la demanda, podemos acudir al tribunal del distrito y pedir una orden provisional de protecci&#243;n con car&#225;cter de urgencia. A este respecto ya he hablado con alguien, y ma&#241;ana por la tarde deber&#237;an ten&#233;rselo todo preparado. -Le di el nombre y el n&#250;mero de O'Rourke-. Se fijar&#225; fecha y hora para la vista, y habr&#225; que entregar a Merrick las citaciones y la demanda. Puedo ocuparme yo, o si lo prefiere, podemos dejarlo en manos de la oficina del sheriff. Si Merrick volviera a abordarla una vez entregada la orden, cometer&#237;a un delito de clase D, que conllevar&#237;a una pena de hasta un a&#241;o de prisi&#243;n y una multa m&#225;xima de mil d&#243;lares. Con tres condenas a las espaldas, podr&#237;an caerle cinco a&#241;os.

Aun as&#237;, no me quedo del todo tranquila -dijo ella-. &#191;No podr&#237;an encerrarlo de inmediato?

Es un equilibrio delicado -contest&#233;-. Se ha pasado de la raya, pero no tanto como para justificar una condena a prisi&#243;n. La cuesti&#243;n es que, si no me equivoco, el &#250;ltimo de sus deseos es arriesgarse a volver a la c&#225;rcel. Es un hombre peligroso, pero ha tenido varios a&#241;os para pensar en su hija. Le fall&#243; a ella, pero quiere culpar a otro, y al parecer ha decidido empezar por su padre, porque ha o&#237;do rumores y se pregunta si algo as&#237; podr&#237;a haberle ocurrido a su hija mientras estaba en tratamiento con &#233;l.

Y como mi padre no est&#225;, ha acudido a m&#237;. -Suspir&#243;-. De acuerdo. &#191;Tendr&#233; que estar presente cuando lo detengan?

No. Pero es posible que la polic&#237;a quiera hablar con usted despu&#233;s. Por si acaso, Jackie andar&#225; cerca.

&#191;Por si acaso las cosas no salen como usted ha planeado?

Por si acaso -repet&#237;, sin comprometerme a nada. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de que la hab&#237;a dejado en la estacada, pero no se me ocurr&#237;a qu&#233; m&#225;s podr&#237;a haber hecho. Con la ayuda de Jackie Garner y los Fulci podr&#237;a haber molido a palos a Merrick, pero eso habr&#237;a sido rebajarnos a su nivel. Y ahora, despu&#233;s de mi conversaci&#243;n con O'Rourke, ten&#237;a una raz&#243;n m&#225;s para no usar la fuerza contra Merrick.

Extra&#241;amente, lo compadec&#237;a.



11

Esa noche se hicieron llamadas. Tal vez fuera eso lo que deseaba Merrick desde el principio. Por eso hab&#237;a dejado notar tanto su presencia en casa de Rebecca Clay, por eso hab&#237;a dejado su sangre en la ventana, y por eso me hab&#237;a puesto a m&#237; sobre el rastro de Jerry Legere. Asimismo, se hab&#237;an producido otros incidentes que yo todav&#237;a ignoraba. La noche anterior alguien hab&#237;a colgado cuatro cuervos muertos, atados juntos, frente a la oficina del antiguo abogado de Rebecca, Elwin Stark. En alg&#250;n momento de esa misma noche hab&#237;an allanado el Centro Midlake. No hab&#237;an robado nada, pero alguien deb&#237;a de haberse pasado horas revisando todos los expedientes all&#237; guardados, y se tardar&#237;a mucho tiempo en averiguar qu&#233; documentos se hab&#237;an llevado, si es que se hab&#237;an llevado alguno. Cuando el antiguo m&#233;dico de Clay, el doctor Caussure, iba camino de un torneo de bridge, lo hab&#237;a abordado un individuo que coincid&#237;a con la descripci&#243;n de Merrick. El hombre, tras cortarle el paso al coche de Caussure, hab&#237;a bajado la ventanilla de su Ford rojo y hab&#237;a preguntado al m&#233;dico si le gustaban los p&#225;jaros y si estaba enterado de que su difunto paciente y amigo el doctor Daniel Clay ten&#237;a trato con pederastas y desviados.

A Merrick le tra&#237;a sin cuidado si esa gente estaba implicada o no. Su. prop&#243;sito era crear un clima de miedo e incertidumbre. Quer&#237;a entrar y salir de las vidas, propagar rumores y medias verdades, consciente de que, en una ciudad peque&#241;a como Portland, correr&#237;a la voz y los hombres a quienes buscaba pronto zumbar&#237;an como abejas en tomo a su colmena ante el peligro de una amenaza inminente. Merrick pensaba que lo ten&#237;a todo bajo control o que pod&#237;a hacer frente a cualquier situaci&#243;n que surgiera, pero se equivocaba. Lo estaban manipulando, igual que a m&#237;, y en realidad nadie ten&#237;a las cosas bajo control, ni siquiera el misterioso cliente de Eldritch.

Pronto empezar&#237;a a morir gente.


Joel Harmon viv&#237;a en una gran casa de Bayshore Drive, en Falmouth, con embarcadero privado y un yate blanco atracado muy cerca de all&#237;. Antiguamente, Portland se llam&#243; Falmouth, desde finales del siglo XVII, cuando el bar&#243;n De Saint Castin, vascofranc&#233;s, capitane&#243; a los nativos en una serie de ataques contra los asentamientos ingleses que acabaron con la quema de la ciudad, hasta finales del siglo XVIII, cuando la poblaci&#243;n adquiri&#243; rango de urbe. Ahora la zona que antes se llamaba Falmouth es uno de los barrios residenciales m&#225;s acomodados de Portland y el centro de la actividad n&#225;utica. El club de vela de Portland, uno de los m&#225;s antiguos del pa&#237;s, se encuentra en Falmouth Foreside, al abrigo de la isla de Clapboard, una franja de tierra larga y estrecha dividida en dos fincas privadas, vestigios del siglo XIX, cuando el magnate de los ferrocarriles Henry Houston construy&#243; en la isla una caba&#241;a de veraneo de mil metros cuadrados, su particular aportaci&#243;n a la p&#233;rdida de significado de la palabra caba&#241;a en esta parte del mundo.

La casa de Harmon se alzaba en lo alto de un promontorio. Una pendiente cubierta de c&#233;sped descend&#237;a hasta la orilla del mar, con tapias a ambos lados para preservar la intimidad y muchos rosales en arriates cuidadosamente ordenados y resguardados. June me hab&#237;a contado que Harmon, fascinado por la hibridaci&#243;n, se dedicaba de manera obsesiva al cultivo de las rosas, y que la tierra de su jard&#237;n se supervisaba y reajustaba sin cesar para facilitarle la labor. Se dec&#237;a que las rosas de sus arriates no exist&#237;an en ninguna otra parte, y Harmon, a diferencia de otros entusiastas de la jardiner&#237;a, no ve&#237;a raz&#243;n alguna para compartir sus descubrimientos. Las rosas eran para su exclusivo disfrute, y de nadie m&#225;s.

Hac&#237;a una noche anormalmente c&#225;lida, una trampa de la estaci&#243;n para inducir al incauto a una falsa sensaci&#243;n de seguridad, y mientras June y yo est&#225;bamos en el jard&#237;n con los dem&#225;s invitados, tomando el aperitivo, observ&#233; con atenci&#243;n la casa de Harmon, su yate, sus rosas y a su mujer, que nos hab&#237;a recibido al llegar, ya que su marido estaba ocupado en otra parte de la casa. Ten&#237;a ya sesenta a&#241;os cumplidos, poco m&#225;s o menos la misma edad que Harmon, y en su cabello cano se ve&#237;an mechas rubias te&#241;idas con esmero. De cerca, su piel parec&#237;a pl&#225;stico moldeado. Por lo visto le costaba desplegarla para formar algo parecido a una expresi&#243;n, pese a que su cirujano, previendo el problema, le hab&#237;a labrado una media sonrisa permanente en la boca, de modo que uno pod&#237;a estar habl&#225;ndole del ahogamiento de las cr&#237;as de gatos y perros y ella escucharlo todo con semblante vagamente risue&#241;o. Se advert&#237;an en su rostro vestigios de la belleza que acaso posey&#243; en otro tiempo, pero degradados por su sombr&#237;a determinaci&#243;n de aferrarse a ella. Ten&#237;a los ojos apagados y vidriosos, y tan escasas dotes para la conversaci&#243;n que a su lado cualquier ni&#241;o que pasara por all&#237; habr&#237;a parecido Oscar Wilde.

En contraste, su marido era el perfecto anfitri&#243;n, vestido con ropa informal pero cara: una chaqueta blazer de lana azul y pantal&#243;n gris, con un fular rojo para a&#241;adir al conjunto un toque de excentricidad cultivada a conciencia. Mientras estrechaba manos e intercambiaba chismes, lo eclipsaba una hermosa muchacha de origen asi&#225;tico, joven y esbelta, con la clase de figura ante la que las mand&#237;bulas de los hombres se desencajan espont&#225;neamente. Aunque, seg&#250;n la versi&#243;n oficial, era su secretaria particular, June sosten&#237;a que era el &#250;ltimo l&#237;o de Harmon. &#201;ste ten&#237;a el h&#225;bito de ligarse a jovencitas, a las que deslumbraba con su fortuna y dejaba luego tiradas tan pronto como una nueva candidata asomaba en el horizonte.

No parece que su mujer ponga demasiados reparos a su presencia -coment&#233;-. Aunque, la verdad, da la impresi&#243;n de que lo &#250;nico que sabe es cu&#225;ndo le toca la pr&#243;xima dosis de medicaci&#243;n.

La se&#241;ora Harmon paseaba a intervalos regulares una mirada vac&#237;a por los invitados sin posarla en ninguno de ellos, simplemente los ba&#241;aba con la luz mortecina de sus ojos, como el haz de un faro al iluminar a los barcos en su recorrido. Ni siquiera cuando nos recibi&#243; en la puerta tendi&#233;ndonos la mano, que al contacto parec&#237;a el cuerpo fr&#237;o y disecado de un ave muerta hac&#237;a mucho tiempo, nos mir&#243; apenas a los ojos.

Me da pena -dijo June-. Lawrie siempre fue la clase de mujer destinada a casarse con un hombre poderoso y darle hijos, pero no ten&#237;a vida interior, o si la ten&#237;a, pasaba inadvertida. Ahora sus hijos se han hecho mayores y llena el tiempo como puede. De joven era guap&#237;sima, pero ah&#237; se acababan sus m&#233;ritos. Lo &#250;nico que hace es asistir, como un pasmarote, a las reuniones del consejo de direcci&#243;n de varias organizaciones ben&#233;ficas y gastar el dinero de su marido, y &#233;l no se opone, a condici&#243;n de que ella no se entrometa en su vida.

Me pareci&#243; adivinar de qu&#233; pie calzaba Harmon: un hombre caprichoso, con dinero suficiente para entregarse a sus apetitos y saciarlos, mientras sus necesidades iban a m&#225;s a cada bocado que daba. Proced&#237;a de una familia bien relacionada en el &#225;mbito pol&#237;tico y su padre hab&#237;a sido asesor del Partido Dem&#243;crata, aunque, debido al fracaso de varios de sus negocios, emanaba un tufo a esc&#225;ndalo que le hab&#237;a impedido acercarse al plato donde com&#237;an los perros grandes. El propio Harmon hab&#237;a desarrollado una gran actividad pol&#237;tica durante una &#233;poca colaborando de joven, all&#225; por 1971, en la campa&#241;a de Ed Muskie; gracias a los esfuerzos de su padre lleg&#243; a viajar con Muskie cuando &#233;ste visit&#243; Mosc&#250;, hasta que qued&#243; claro que Muskie no s&#243;lo no iba a salir nominado, sino que probablemente conven&#237;a que McGovern le ganara la partida en las primarias. Muskie perd&#237;a los estribos con facilidad. Despotricaba contra los periodistas y sus colaboradores, y lo hac&#237;a en p&#250;blico. Si hubiese salido nominado, esa faceta suya no habr&#237;a tardado en darse a conocer a los votantes. As&#237; que Joel Harmon y su familia abandonaron a Muskie de forma r&#225;pida y discreta, y &#233;l dej&#243; de lado cualquier forma de idealismo pol&#237;tico que pudiera haber albergado para concentrarse en la apremiante tarea de amasar fortuna y compensar los fracasos de su padre en los negocios.

Pero, seg&#250;n June, Harmon era un hombre mucho m&#225;s complejo de lo que aparentaba: hac&#237;a generosas donaciones para obras ben&#233;ficas, no s&#243;lo p&#250;blicamente, sino tambi&#233;n en privado. Sus opiniones acerca de la asistencia y el bienestar sociales lo convert&#237;an casi en un socialista para lo que corr&#237;a por Estados Unidos, y a ese respecto segu&#237;a siendo una voz poderosa aunque discreta, y gozaba del cr&#233;dito de sucesivos gobernadores y representantes del estado. Era un apasionado defensor de la ciudad y el estado donde viv&#237;a, y se dec&#237;a que sus hijos estaban un tanto consternados por la facilidad con que dilapidaba lo que consideraban su herencia, ya que ten&#237;an la conciencia social mucho menos desarrollada que su padre.

Como quer&#237;a mantener la mente despejada, tom&#233; zumo de naranja mientras los otros invitados beb&#237;an champ&#225;n. Reconoc&#237; a uno o dos de los presentes. Hab&#237;a un escritor, un tal Jon Lee Jacobs, que publicaba novelas y poemas sobre pescadores de langostas y la llamada del mar. Ten&#237;a una gran barba roja y vest&#237;a como los hombres de sus libros, s&#243;lo que proced&#237;a de una familia de contables natural de Massachusetts y, seg&#250;n rumores, se mareaba en cuanto pisaba un charco. La otra cara conocida era el doctor Byron Russell, un joven psiquiatra que sal&#237;a en la Radio P&#250;blica de Maine y en las cadenas de televisi&#243;n locales cada vez que se necesitaba un busto parlante para abordar temas relacionados con la salud mental. En honor de Russell hab&#237;a que admitir que, cuando participaba, tend&#237;a a actuar como la voz de la raz&#243;n, a menudo a costa de alguna mujer de hablar meloso que ten&#237;a un falso t&#237;tulo de psicolog&#237;a, emitido por una universidad con sede en una caravana, y que cre&#237;a en la clase de t&#243;picos sensibleros ante los que la depresi&#243;n y el suicidio parec&#237;an opciones m&#225;s atractivas que escucharla a ella. Curiosamente, tambi&#233;n estaba all&#237; Elwin Stark, el abogado que se hab&#237;a mostrado tan reacio a hablar conmigo esa misma semana. De buena gana le habr&#237;a mencionado a Eldritch, que me hab&#237;a dedicado mucho m&#225;s rato, aunque sin decirme en realidad gran cosa m&#225;s de lo que hab&#237;a averiguado en una mil&#233;sima parte del tiempo que convers&#233; con Stark. Pero a Stark, al principio, la perspectiva de tener que tratar conmigo en persona no le puso de mejor humor que cuando hablamos por tel&#233;fono. No obstante, al final consigui&#243; mostrarse cort&#233;s durante un par de minutos. Incluso se disculp&#243;, en cierto modo, por su anterior brusquedad. Pese a que ten&#237;a una copa de champ&#225;n en la mano, el aliento le ol&#237;a a whisky. Era obvio que hab&#237;a empezado a beber antes que los dem&#225;s invitados.

Me llam&#243; usted en muy mal d&#237;a -dijo-. No fue el momento m&#225;s oportuno.

Por lo general, no tengo el don de la oportunidad -contest&#233;-. Y es un don de vital importancia.

Veo que lo ha entendido. &#191;Sigue husmeando en lo de Clay?

Respond&#237; que s&#237;. Hizo una mueca, como si alguien acabara de ofrecerle un trozo de pescado pasado. Fue entonces cuando me cont&#243; lo de los cuervos.

Mi secretaria se llev&#243; un susto de muerte -dijo-. Pens&#243; que era obra de una secta sat&#225;nica.

&#191;Y usted?

En fin, fue un suceso at&#237;pico, eso debo admitirlo. Hasta ese momento mi peor experiencia hab&#237;a sido un golpe que me dieron en el parabrisas del Lexus con un palo de golf.

&#191;Tiene idea de qui&#233;n lo hizo?

Puedo adivinar qui&#233;n cree usted que lo hizo: el mismo que ha estado haci&#233;ndole pasar alg&#250;n que otro mal rato a Rebecca Clay. Yo ya supe que usted traer&#237;a mala suerte en cuanto o&#237; su voz. -Intent&#243; re&#237;rse de sus propias palabras, pero era obvio que lo pensaba en serio.

&#191;Y por qu&#233; lo eligi&#243; a usted?

Porque est&#225; desesperado, y mi nombre aparec&#237;a por todas partes en la documentaci&#243;n relacionada con el padre de Rebecca. Aunque no quise ocuparme de la validaci&#243;n del testamento. Ya ten&#237;a bastante.

&#191;Est&#225; preocupado?

No. Yo ya he nadado otras veces entre tiburones y he sobrevivido. Conozco a gente a la que puedo recurrir si es necesario. Rebecca, en cambio, s&#243;lo dispone de gente si paga. Deber&#237;a dejarlo correr, Parker. Removiendo el lodo del fondo del estanque no consigue m&#225;s que empeorar las cosas.

&#191;No le interesa la verdad?

Soy abogado -contest&#243;-. &#191;Qu&#233; importa la verdad? A m&#237; lo que me preocupa es proteger los intereses de mis clientes. A veces la verdad es un estorbo.

Tiene usted un punto de vista muy pragm&#225;tico.

Soy realista. No me dedico a lo penal, pero si tuviera que defenderle a usted de una acusaci&#243;n de asesinato y decidiese declararse inocente, &#191;qu&#233; esperar&#237;a de m&#237;? &#191;Que en atenci&#243;n a la verdad le dijera al juez que, bien mirado, lo consideraba a usted culpable? Un poco de seriedad. En derecho no es necesario que algo sea verdad, sino s&#243;lo que lo parezca. La mayor&#237;a de los casos se reduce a encontrar una versi&#243;n de la verdad aceptable para ambas partes. &#191;Quiere saber cu&#225;l es la &#250;nica verdad? Todo el mundo miente. &#201;sa es. &#201;sa es la verdad. Eso va a misa.

As&#237; pues, &#191;est&#225; protegiendo los intereses de un cliente en relaci&#243;n con el caso de Daniel Clay?

Blandi&#243; un dedo en direcci&#243;n a m&#237;. No me gust&#243; el gesto, como tampoco me hab&#237;a hecho ninguna gracia que me llamara por el apellido.

Es usted un caso -repuso-. Daniel fue cliente m&#237;o. Tambi&#233;n lo fue, por poco tiempo, su hija. Ahora Daniel est&#225; muerto. Eso ya no tiene vuelta de hoja. Descanse en paz, est&#233; donde est&#233;.

Nos dej&#243; para acercarse a hablar con el escritor Jacobs. June imit&#243; el gesto de Stark con el dedo.

Tiene raz&#243;n -dijo-. Eres un caso. &#191;Alguna de tus conversaciones acaba bien?

S&#243;lo contigo -contest&#233;.

Eso es porque no te escucho.

Ser&#225; por eso -admit&#237; al mismo tiempo que un camarero tocaba una campanilla para llamarnos a la mesa.


En total &#233;ramos doce, incluidos Harmon y su mujer. Completaban el grupo una artista de collages a quien June no conoc&#237;a y tres banqueros, viejos amigos de Harmon. &#201;ste habl&#243; con nosotros por primera vez cuando nos dirig&#237;amos al comedor y se disculp&#243; por haber tardado tanto en atendernos.

Vaya, June -dijo-. Empezaba a pensar que nunca te ver&#237;a en una de mis veladas. Tem&#237;a haberte ofendido de alguna manera.

June rechaz&#243; la insinuaci&#243;n con una sonrisa.

Te conozco demasiado bien para ofenderme por algo que venga de ti, salvo tu ocasional mal gusto -respondi&#243; ella.

Se apart&#243; para que Harmon y yo pudi&#233;ramos estrecharnos la mano. Era un gesto que &#233;l hab&#237;a convertido en arte. Pod&#237;a haber dado clases sobre la duraci&#243;n adecuada, la fuerza del apret&#243;n y la amplitud de la sonrisa que lo acompa&#241;aba.

Se&#241;or Parker, he o&#237;do hablar mucho de usted. Lleva una vida interesante.

No es tan productiva como la suya. Tiene usted una casa preciosa y una colecci&#243;n fascinante.

Una extraordinaria diversidad de cuadros decoraba las paredes, y la colocaci&#243;n de cada pieza hab&#237;a sido obviamente fruto de profundas reflexiones, de modo que las pinturas y los dibujos parec&#237;an complementarse y hacerse eco unos de otros, incluso discordando all&#237; donde su yuxtaposici&#243;n pod&#237;a ejercer un especial impacto en el observador. En la pared a nuestra derecha, un desnudo de una joven en una cama, hermoso aunque un poco siniestro, colgaba frente a un cuadro mucho m&#225;s antiguo de un anciano a punto de expirar en una cama muy parecida y cuyos postreros momentos eran presenciados por un m&#233;dico y un grupo de parientes y amigos, algunos afligidos, algunos compasivos y otros simplemente avariciosos. Entre ellos se encontraba una joven cuyo rostro presentaba una asombrosa semejanza con la cara del desnudo colocado enfrente. Camas parecidas, mujeres parecidas, separadas por siglos pero ahora parte de la misma narraci&#243;n debido a la proximidad de las dos im&#225;genes.

Harmon despleg&#243; una radiante sonrisa de gratitud.

Si le apetece, se la ense&#241;ar&#233; encantado despu&#233;s de la cena. Una de las ventajas de tener un gusto un tanto ecl&#233;ctico, sea cual sea la opini&#243;n de June respecto a la direcci&#243;n que &#233;ste toma a veces, es que todo aquel que contempla la colecci&#243;n encuentra algo que lo satisface dentro de su amplio espectro. Me interesar&#225; mucho ver qu&#233; atrae su atenci&#243;n, se&#241;or Parker; realmente me interesar&#225; mucho. Y ahora vamos, est&#225;n a punto de servir la cena.

Tomamos asiento en torno a la mesa. Yo me sent&#233; entre la amiga de Harmon, que se llamaba Nyoko, y la artista de collages. La artista, con mechas verdes en el pelo rubio, era esbelta y atractiva de un modo vagamente inquietante. Parec&#237;a la clase de chica capaz de cortarse las venas, y quiz&#225; no s&#243;lo las suyas. Me dijo que se llamaba Summer.

Summer. &#191;As&#237; tal cual, como verano?

Frunci&#243; el entrecejo. Acababa de sentarme y ya hab&#237;a alguien molesto conmigo.

Es mi verdadero nombre -aclar&#243;-. El nombre que me pusieron al nacer fue una imposici&#243;n. Desecharlo en favor de mi aut&#233;ntica identidad me liber&#243; para consagrarme a mi arte.

Aj&#225; -asent&#237;. Un bicho raro.

Nyoko estaba un poco m&#225;s en contacto con la realidad objetiva. Era licenciada en historia del arte y hab&#237;a regresado a Maine recientemente despu&#233;s de trabajar dos a&#241;os en Australia. Al preguntarle desde cu&#225;ndo conoc&#237;a a Harmon se sonroj&#243; un poco, demostrando que era consciente de la imagen que ofrec&#237;a.

Nos conocimos en la inauguraci&#243;n de una exposici&#243;n hace unos meses. Y ya s&#233; qu&#233; est&#225; pensando.

&#191;Ah, s&#237;?

Bueno, s&#233; qu&#233; pensar&#237;a yo si se invirtieran nuestros papeles.

&#191;Se refiere a si yo saliera con Joe Harmon? La verdad es que no es mi tipo.

Ahog&#243; una risa.

Ya sabe a qu&#233; me refiero. Es mayor que yo. Est&#225; casado, o algo as&#237;. Es rico y mi coche probablemente cuesta menos que el co&#241;ac que Joel servir&#225; despu&#233;s de la cena. Pero me cae bien: es divertido, tiene buen gusto y ha vivido lo suyo. Me da igual lo que piense la gente.

&#191;Incluso su mujer?

No se anda con rodeos, &#191;eh?

Compr&#233;ndalo: estoy sentado a su lado, y si la se&#241;ora Harmon empieza a lanzar cuchillos despu&#233;s de la segunda copa de vino, me gustar&#237;a tener la seguridad de que apunta hacia usted, no hacia m&#237;.

A ella la trae sin cuidado lo que haga Joel. Ni siquiera s&#233; si se da cuenta.

Como si obedeciese a una se&#241;al, Lawrie Harmon mir&#243; en direcci&#243;n a nosotros y consigui&#243; ensanchar cinco mil&#237;metros m&#225;s su sonrisa. Su marido, sentado a la cabecera de la mesa, le dio unas palmadas en la mano izquierda con actitud pensativa, tal como habr&#237;a podido acariciar a un perro. Pero me pareci&#243; advertir que la mortecina expresi&#243;n desaparec&#237;a moment&#225;neamente de los ojos de Lawrie y algo traspasaba la bruma, como si la lente de una c&#225;mara se fijara en el instante perfecto de luz previo a la exposici&#243;n. Por primera vez esa noche su mirada se pos&#243; en alguien, pero s&#243;lo en Nyoko. A continuaci&#243;n, desdibuj&#225;ndose un poco su sonrisa, centr&#243; la atenci&#243;n en otra cosa. Nyoko no se hab&#237;a dado cuenta, distra&#237;da como estaba por algo que le hab&#237;a dicho Summer, aunque me pregunt&#233; si, en caso de haber estado mirando, habr&#237;a percibido el cambio.

Harmon le hizo una se&#241;al con la cabeza a uno de los camareros, dispuestos en c&#237;rculo alrededor de la mesa como los puntos cardinales, y los platos comenzaron a aparecer ante nosotros con silenciosa eficiencia. Quedaban dos sillas desocupadas en el extremo de la mesa.

&#191;Falta alguien, Joel? -pregunt&#243; Jacobs. Ten&#237;a fama de ser un hombre que, a la menor oportunidad, declamaba interminablemente sobre su condici&#243;n de visionario, un hombre en contacto con la grandeza del ciudadano de a pie y con la naturaleza. Saltaba a la vista que nos hab&#237;a evaluado a los dem&#225;s y llegado a la conclusi&#243;n de que, para &#233;l, no &#233;ramos rivales, pero le preocupaba que pudiesen aparecer a&#250;n unos desconocidos y quitarle protagonismo. Le tembl&#243; la barba, como si una criatura que habitara dentro de ella hubiese cambiado de postura. Entonces lo distrajo la llegada de su tarrina de pato y, dejando de lado la curiosidad, empez&#243; a comer.

Harmon dirigi&#243; la mirada hacia las sillas, como si las viera por primera vez.

Nuestros hijos -contest&#243;-. Esper&#225;bamos que cenaran con nosotros, pero ya sab&#233;is c&#243;mo son los chicos. Hay una fiesta en el club n&#225;utico. Por lo que se ve, y sin el menor &#225;nimo de ofender a ninguno de los presentes, han decidido que all&#237; tendr&#237;an m&#225;s oportunidades de hacer travesuras que en una cena con sus padres y sus invitados. Y ahora, por favor, pod&#233;is empezar a comer.

Sus palabras llegaron un poco tarde para Jacobs, que ten&#237;a ya la tarrina a medias. En honor suyo debe decirse que, inc&#243;modo, dej&#243; de comer por un momento y, despu&#233;s de un gesto de indiferencia, volvi&#243; al ataque. La comida estuvo bien, aunque en general las tarrinas, sean de lo que sean, no me impresionan. El segundo plato, navarin de venado con bayas de enebro, era excelente, eso s&#237;. De postre hab&#237;a mousse de chocolate y lima, y para acabar caf&#233; con petit fours. El vino era un Duhart-Milon del 98, que Harmon defini&#243; como costaud, o con mucho cuerpo, de uno de los vi&#241;edos menores de Lafitte. Jacobs asinti&#243; con la cabeza sabiamente como si entendiera de qu&#233; hablaba Harmon. Tom&#233; un sorbo de mi copa por cortes&#237;a. Lo encontr&#233; un poco excesivo, en todos los sentidos.

La conversaci&#243;n pas&#243; de la pol&#237;tica local al arte e, inevitablemente, a la literatura. Este giro fue fruto en gran medida de la intervenci&#243;n de Jacobs, y a partir de ese momento empez&#243; a desplegar las plumas como un pavo real en espera de que alguien le preguntase por su &#250;ltima obra magna. Por lo visto nadie estaba muy dispuesto a abrir las compuertas, pero al final Harmon pregunt&#243;, aparentemente m&#225;s por obligaci&#243;n que por verdadero inter&#233;s. A juzgar por el resumen que sigui&#243;, Jacobs no se hab&#237;a cansado a&#250;n de mitificar al ciudadano de a pie, aun cuando todav&#237;a no hubiese conseguido comprenderlo ni apreciarlo.

Ese hombre es un plasta inaguantable -susurr&#243; June mientras recog&#237;an los platos y los invitados empezaban a salir por una puerta de dos hojas a un sal&#243;n provisto de c&#243;modos sof&#225;s y sillones.

Una vez me regalaron uno de sus libros -contest&#233;.

&#191;Lo has le&#237;do?

Lo empec&#233; y luego pens&#233; que en mi lecho de muerte querr&#237;a recuperar el tiempo perdido y ya no me ser&#237;a posible. As&#237; que, en lugar de leerlo, me las ingeni&#233; para perder el libro. Creo que se me cay&#243; al mar.

Una sabia decisi&#243;n.

Harmon apareci&#243; a mi lado.

&#191;Le apetece ahora la visita guiada, se&#241;or Parker? June, &#191;nos acompa&#241;as?

June declin&#243; el ofrecimiento.

Acabar&#237;amos pele&#225;ndonos, Joel. Dejar&#233; que el nuevo invitado disfrute de tu colecci&#243;n sin importunarlo con mis prejuicios.

&#201;l respondi&#243; con una inclinaci&#243;n de cabeza y se volvi&#243; otra vez hacia m&#237;.

&#191;Puedo ofrecerle otra copa, se&#241;or Parker?

Levant&#233; mi copa a medio acabar.

Estoy servido, gracias.

En ese caso, empecemos.

De habitaci&#243;n en habitaci&#243;n, Harmon fue se&#241;al&#225;ndome las piezas de las que se sent&#237;a m&#225;s orgulloso. No reconoc&#237; muchos de los nombres, pero probablemente se deb&#237;a m&#225;s a mi ignorancia que a otra cosa. En todo caso, no pod&#237;a decir que la mayor parte de la colecci&#243;n de Harmon fuera de mi agrado, y casi o&#237;a las expresiones de consternaci&#243;n de June ante algunas de las obras m&#225;s estrafalarias.

He o&#237;do decir que tiene varios cuadros de Daniel Clay -coment&#233; mientras contempl&#225;bamos algo que habr&#237;a podido ser una puesta de sol o una sutura.

Harmon sonri&#243;.

Ya me advirti&#243; June de que posiblemente me preguntar&#237;a por ellos -contest&#243;-. Tengo dos en un despacho de la parte de atr&#225;s. Varios de los otros est&#225;n guardados. &#201;sta es una colecci&#243;n rotatoria, podr&#237;amos decir. Demasiadas piezas y poco espacio, incluso para una casa de este tama&#241;o.

&#191;Lo conoci&#243; bien?

Fuimos a la universidad juntos y mantuvimos el contacto despu&#233;s de licenciarnos. Estuvo aqu&#237; como invitado muchas veces. Me ca&#237;a muy bien. Era un hombre sensible. Lo que ocurri&#243; fue espantoso, tanto para &#233;l como para los ni&#241;os afectados.

Me llev&#243; a una habitaci&#243;n situada al fondo de la casa. Con ventanas altas en saliente y vistas al mar, era una combinaci&#243;n de despacho y peque&#241;a biblioteca, provista de estantes de roble desde el suelo hasta el techo y un enorme escritorio a juego. Harmon me explic&#243; que Nyoko lo usaba los d&#237;as que trabajaba en la casa. S&#243;lo hab&#237;a dos cuadros en las paredes, uno de alrededor de medio metro por uno y medio, y el otro mucho menor. &#201;ste mostraba el campanario de una iglesia recort&#225;ndose contra un fondo de pinos que se alejaban hacia el horizonte. Era un paisaje brumoso, de contornos desdibujados, como si toda la escena se filtrase a trav&#233;s de una lente impregnada de vaselina. En la pintura de mayor tama&#241;o se ve&#237;an cuerpos de hombres y mujeres retorcidos y entrelazados, todo el lienzo representaba una masa de carne sombr&#237;a y contorsionada. Resultaba asombrosamente desagradable, tanto m&#225;s por el grado de destreza art&#237;stica desplegado en su creaci&#243;n.

Creo que prefiero el paisaje -coment&#233;.

Como casi todo el mundo. El paisaje es una obra posterior, creado dos d&#233;cadas despu&#233;s de la otra. Ninguno de los dos tiene t&#237;tulo, pero el lienzo m&#225;s grande es caracter&#237;stico de la primera etapa de Daniel.

Volv&#237; a centrar mi atenci&#243;n en el paisaje. Percib&#237; algo casi familiar en la forma del campanario.

&#191;Existe este lugar? -pregunt&#233;.

Es Galaad -contest&#243;.

&#191;Como en los hijos de Galaad?

Harmon asinti&#243;.

Otro de los puntos oscuros de la historia de nuestro estado. Por eso lo tengo aqu&#237;. Supongo que lo conservo b&#225;sicamente como homenaje al recuerdo de Daniel y por el hecho de que me lo regal&#243;, pero no lo expondr&#237;a en las zonas m&#225;s p&#250;blicas de la casa.

La comunidad de Galaad, as&#237; llamada por una de las ciudades b&#237;blicas convertidas en refugio, hab&#237;a sido fundada en los a&#241;os cincuenta por un peque&#241;o magnate de la madera llamado Bennet Lumley. Lumley era un hombre temeroso de Dios y le preocupaba el bienestar espiritual de los hombres que trabajaban en los bosques por debajo de la frontera canadiense. Crey&#243; que si lograba fundar un pueblo donde pudieran vivir con sus familias, un pueblo sin las distracciones del alcohol y las prostitutas, los har&#237;a ir por el buen camino. Estableci&#243; un programa de desarrollo urban&#237;stico, cuyo elemento m&#225;s destacado era una descomunal iglesia de piedra concebida como eje central del asentamiento, s&#237;mbolo de la devoci&#243;n de sus habitantes al Se&#241;or. Poco a poco, las casas construidas por Lumley empezaron a llenarse de le&#241;adores y sus familias, algunos de los cuales quiz&#225; se sent&#237;an sinceramente comprometidos con aquella comunidad basada en principios cristianos.

Por desgracia, no todos pensaban lo mismo. Empezaron a correr rumores sobre Galaad, y sobre algunas de las cosas que ocurr&#237;an all&#237; al amparo de la noche, pero eran otros tiempos y la polic&#237;a poco pod&#237;a hacer, y menos si consideramos que Lumley obstaculizaba toda investigaci&#243;n, preocupado por salvar las apariencias de su comunidad ideal.

Hasta que en 1959 un cazador que segu&#237;a el rastro de unos ciervos por el bosque cercano a Galaad se top&#243; con una tumba de escasa profundidad, parcialmente escarbada por los animales. Se descubri&#243; el cad&#225;ver de un reci&#233;n nacido: un ni&#241;o, muerto con apenas un d&#237;a de vida. Como despu&#233;s se supo, lo hab&#237;an herido repetidas veces con una aguja de punto. M&#225;s tarde encontraron cerca de all&#237; otras dos tumbas similares, cada una con un peque&#241;o cad&#225;ver, en un caso un ni&#241;o y en el otro una ni&#241;a. Esta vez tuvo lugar un gran despliegue policial. Se hicieron preguntas; se llevaron a cabo interrogatorios cordiales y no tan cordiales, pero a esas alturas ya hab&#237;an huido muchos de los adultos que viv&#237;an en el asentamiento. Al someterse a examen m&#233;dico a tres chicas, una de catorce a&#241;os y dos de quince, se descubri&#243; que hab&#237;an dado a luz en los &#250;ltimos doce meses. Lumley se vio obligado a tomar medidas. Se celebraron reuniones y, en los rincones de los clubes, mantuvieron conversaciones hombres influyentes. Discretamente, y sin el menor revuelo, Galaad fue abandonado y los edificios se demolieron o empezaron a deteriorarse, todos menos la gran iglesia inacabada, que fue colonizada paulatinamente por el bosque, cuyo campanario se convirti&#243; en una columna verde bajo capas de hiedra enmara&#241;ada. S&#243;lo se encarcel&#243; a una persona en relaci&#243;n con lo ocurrido: un hombre llamado Mason Dubus y a quien se consideraba la figura principal de la comunidad. Cumpli&#243; condena por secuestro de ni&#241;os y abusos deshonestos a una menor cuando una de las chicas que hab&#237;a dado a luz declar&#243; a la polic&#237;a que Dubus y su mujer la hab&#237;an tenido prisionera durante siete a&#241;os despu&#233;s de raptarla cerca de la casa de sus padres en Virginia Occidental mientras recog&#237;a moras. La mujer de Dubus se libr&#243; de la c&#225;rcel aduciendo que hab&#237;a actuado coaccionada por su marido, y su declaraci&#243;n sirvi&#243; para asegurar la condena de Dubus. No quiso o no pudo contar a la polic&#237;a nada m&#225;s de lo sucedido en Galaad, pero por el testimonio de algunos de los ni&#241;os, de ambos sexos, era evidente que hab&#237;an sido sometidos a abusos continuos, tanto antes de la fundaci&#243;n de Galaad como una vez establecida la comunidad. Como Harmon hab&#237;a dicho, fue un episodio oscuro en la historia del estado.

&#191;Pint&#243; Clay muchos cuadros como &#233;ste? -pregunt&#233;.

Clay no pint&#243; muchos cuadros, y punto -respondi&#243; Harmon-, pero de los que yo he visto, unos cuantos contienen im&#225;genes de Galaad.

Galaad se hallaba a las afueras de Jackman, y Jackman era el lugar donde se encontr&#243; abandonado el coche de Clay. Le record&#233; ese dato a Harmon.

Creo que Daniel ten&#237;a, desde luego, inter&#233;s en Galaad -dijo con cautela.

&#191;Inter&#233;s o algo m&#225;s que eso?

&#191;Me pregunta si Daniel estaba obsesionado con Galaad? No lo creo, pero considerando el car&#225;cter de su trabajo, no es de extra&#241;ar que sintiera curiosidad por la historia del asentamiento. Entrevist&#243; a Dubus. &#201;l me lo cont&#243;. Daniel ten&#237;a en mente un proyecto relacionado con Galaad, me parece.

&#191;Un proyecto?

S&#237;, un libro sobre Galaad.

&#191;Fue &#233;sa la palabra que emple&#243;? &#191;Proyecto?

Harmon se detuvo a pensar un momento.

No podr&#237;a decirlo con seguridad, pero es posible. -Apur&#243; el co&#241;ac y dej&#243; la copa en el escritorio-. Me temo que estoy desatendiendo a mis otros invitados. Deber&#237;amos volver a la carga.

Abri&#243; la puerta, me cedi&#243; el paso y luego cerr&#243; y ech&#243; la llave.

&#191;Qu&#233; cree que le pas&#243; a Daniel Clay? -pregunt&#233; mientras el murmullo de las conversaciones de los otros invitados aumentaba de volumen conforme nos acerc&#225;bamos al sal&#243;n donde estaban reunidos.

Harmon se detuvo en la puerta.

No lo s&#233; -contest&#243;-. Pero s&#237; puedo decirle una cosa: Daniel no era la clase de hombre que se suicidar&#237;a. Puede que se culpara por lo que les sucedi&#243; a esos ni&#241;os, pero no se habr&#237;a quitado la vida por eso. Aun as&#237;, si estuviera vivo, creo que se habr&#237;a puesto en contacto con alguien desde su desaparici&#243;n, ya fuera conmigo, con su hija, o con alg&#250;n colega. Y sin embargo no lo ha hecho ni una sola vez.

&#191;Cree, pues, que est&#225; muerto?

Estoy convencido de que lo mataron -me corrigi&#243; Harmon-. Pero ignoro por qu&#233;.



12

La fiesta, si pod&#237;a llamarse as&#237;, acab&#243; poco despu&#233;s de las diez. Me pas&#233; gran parte del tiempo en compa&#241;&#237;a de June, Summer y Nyoko, intentando aparentar en vano que entend&#237;a un poco de arte; mucho menos tiempo lo pas&#233; con Jacobs y dos de los banqueros, intentando aparentar, tambi&#233;n en vano, que entend&#237;a un poco de finanzas. Jacobs, el escritor del pueblo, sab&#237;a mucho de bonos de alto riesgo y especulaci&#243;n monetaria para ir por ah&#237; d&#225;ndoselas de persona sencilla. Su hipocres&#237;a era tan flagrante que casi resultaba admirable.

Lentamente, los invitados empezaron a dispersarse hacia sus coches. De pie en el porche a pesar de que hab&#237;a refrescado de repente, Harmon nos agradeci&#243; la visita uno por uno. Su mujer hab&#237;a desaparecido despu&#233;s de darnos educadamente las buenas noches. Nyoko qued&#243; excluida de las despedidas, y una vez m&#225;s me di cuenta de que, pese a las apariencias, Lawrie Harmon no estaba tan desconectada del mundo real como cre&#237;a la joven norteamericana de origen asi&#225;tico.

Cuando me lleg&#243; el turno de marcharme, Harmon apoy&#243; su mano izquierda en la parte superior de mi brazo mientras me estrechaba la mano con la derecha.

D&#237;gale a Rebecca que, si puedo hacer algo por ella, ya sabe d&#243;nde encontrarme. Mucha gente desear&#237;a averiguar qu&#233; fue de Daniel. -Se le ensombreci&#243; el rostro y, bajando la voz, a&#241;adi&#243;-: Y no s&#243;lo sus amigos.

Aguard&#233; a que continuase. Sent&#237;a debilidad por lo enigm&#225;tico.

Al final, antes de su desaparici&#243;n, Daniel cambi&#243; -prosigui&#243; Harmon-. No fue s&#243;lo por los problemas que ten&#237;a: el caso Muller, el descubrimiento de los abusos deshonestos Hab&#237;a algo m&#225;s. La &#250;ltima vez que lo vi estaba claramente preocupado. Puede que fuera lo que estaba investigando, pero &#191;qu&#233; clase de investigaci&#243;n habr&#237;a podido alterarlo as&#237;?

&#191;Cu&#225;ndo lo vio por &#250;ltima vez?

M&#225;s o menos una semana antes de desaparecer.

&#191;Y no le dio la menor indicaci&#243;n de lo que le inquietaba, aparte de las dificultades ya conocidas?

Ni la m&#225;s m&#237;nima. Fue s&#243;lo una impresi&#243;n m&#237;a.

&#191;Por qu&#233; no me lo ha mencionado antes en su despacho?

Harmon me lanz&#243; una mirada dando a entender que no estaba acostumbrado a que se cuestionaran sus decisiones.

Soy un hombre cauto, se&#241;or Parker. Juego al ajedrez, y se me da bastante bien. Probablemente tambi&#233;n por eso he sido un buen hombre de negocios. He aprendido que siempre compensa dedicar un poco de tiempo a pensar antes de mover una pieza. En el despacho, parte de m&#237; no quer&#237;a saber nada m&#225;s de Daniel Clay. Fue amigo m&#237;o, pero despu&#233;s de lo ocurrido, despu&#233;s de los rumores y las acusaciones a sus espaldas, pens&#233; que lo mejor era distanciarme de &#233;l.

Pero ahora ha cambiado de idea.

No. Parte de m&#237; piensa que no puede salir nada bueno de las indagaciones que est&#225; usted realizando en este asunto, pero si revelan la verdad sobre Daniel y ponen fin a las sospechas, y proporcionan de paso cierta paz de esp&#237;ritu a su hija, quiz&#225; me demuestre que estoy equivocado.

Me solt&#243; la mano y el brazo. Al parecer hab&#237;amos acabado. Harmon observaba c&#243;mo el coche del escritor abandonaba la plaza de aparcamiento y sal&#237;a al camino. Era una vieja furgoneta Dodge -se dec&#237;a que en Massachusetts, donde ten&#237;a un apartamento cerca de Harvard, conduc&#237;a un Mercedes-, y Jacobs maniobraba como si estuviera al volante de un Panzer. Harmon cabece&#243; con una sonrisa de desconcierto.

Usted ha comentado que tal vez otras personas est&#233;n interesadas en lo que le haya podido ocurrir a Clay, otras personas aparte de sus amigos y conocidos.

Harmon no me mir&#243;.

S&#237;. Es una conclusi&#243;n l&#243;gica. Cierta gente cree que Daniel actu&#243; en complicidad con los culpables de los abusos a menores. Tengo dos hijos. S&#233; lo que le har&#237;a a cualquiera que les causase alg&#250;n da&#241;o, o a cualquiera que permitiese a otros caus&#225;rselo.

&#191;Y qu&#233; har&#237;a, se&#241;or Harmon?

De repente apart&#243; la atenci&#243;n de los intentos cada vez m&#225;s desesperados de Jacobs por girar sin direcci&#243;n asistida.

Lo matar&#237;a -contest&#243;, y lo dijo de una manera tan natural que no dud&#233; de su palabra ni por un instante. En ese momento supe que, pese a toda la cordialidad, a todos los excelentes vinos y los cuadros bonitos, Joel Harmon era un hombre que no vacilar&#237;a en aplastar a quienes lo contrariasen, y por un momento me pregunt&#233; si acaso Daniel Clay hab&#237;a incurrido en ese error, y si el inter&#233;s de Joel Harmon por &#233;l no era del todo bienintencionado. Apenas hab&#237;a tenido tiempo de analizar esa posibilidad cuando Nyoko se acerc&#243; y le susurr&#243; algo al o&#237;do.

&#191;Est&#225;s segura? -pregunt&#243; Harmon.

Ella asinti&#243;.

Acto seguido, Harmon, levantando la voz, pidi&#243; a quienes hab&#237;an llegado a sus coches que se detuvieran. Russell, el psiquiatra, golpe&#243; con la palma de la mano varias veces en el cap&#243; de la furgoneta de Jacobs para indicarle que apagara el motor. Dio la impresi&#243;n de que Jacobs casi sent&#237;a alivio al hacerlo.

Parece que hay un intruso en el jard&#237;n -anunci&#243; Harmon-. Quiz&#225; convenga que entr&#233;is todos en casa un momento, s&#243;lo para mayor seguridad.

Todos obedecieron, aunque no sin alg&#250;n que otro gru&#241;ido de protesta por parte de Jacobs, quien obviamente ten&#237;a un poema en la punta de la lengua y estaba impaciente por plasmarlo en el papel antes de que se perdiera para la posteridad; eso, o intentaba disimular, sin m&#225;s, el bochorno por su torpeza para realizar un simple giro. Volvimos todos a la biblioteca. Jacobs y Summer se aproximaron a una de las ventanas y miraron la extensi&#243;n de c&#233;sped perfectamente cortado en la parte de atr&#225;s de la casa.

No veo a nadie -dijo Jacobs. -Tal vez no debamos acercarnos a las ventanas -observ&#243; Summer.

Es un intruso, no un francotirador -aclar&#243; Russell.

Summer no pareci&#243; muy convencida. Para tranquilizarla, Jacobs le rode&#243; los hombros con un brazo, y all&#237; lo dej&#243;. Ella no protest&#243;. &#191;Qu&#233; ten&#237;an los poetas?, me pregunt&#233;. Por lo visto, ciertas mujeres brincaban ante la sola insinuaci&#243;n de una rima interna.

El ch&#243;fer, el ama de llaves y la sirvienta de Harmon viv&#237;an en un anexo de la casa principal. Los camareros, api&#241;ados como palomas asustadas, hab&#237;an sido contratados para la cena, y la cocinera viv&#237;a en Portland y acud&#237;a a la casa a diario. El ch&#243;fer, llamado Todd, se reuni&#243; con nosotros en el vest&#237;bulo. Vest&#237;a ropa informal -vaquero, camisa y cazadora de cuero- e iba armado. Era una Smith & Wesson de 9 mil&#237;metros con acabado brillante, pero por c&#243;mo la empu&#241;aba cab&#237;a pensar que sab&#237;a utilizarla.

&#191;Le importa que los acompa&#241;e? -pregunt&#233;.

No me importa en absoluto -contest&#243;-. No creo que sea nada, pero m&#225;s vale asegurarse.

Pasamos por la cocina, donde la cocinera y la sirvienta, de pie junto al fregadero, escrutaban el jard&#237;n por la peque&#241;a ventana de encima.

&#191;Qu&#233; ha pasado? -pregunt&#243; Harmon.

Mar&#237;a ha visto a alguien -dijo la cocinera. Era una mujer de cierta edad, atractiva, de cuerpo esbelto y atl&#233;tico, con el pelo oscuro recogido por detr&#225;s bajo un gorro blanco. La sirvienta, tambi&#233;n delgada y guapa, era mexicana. Saltaba a la vista que Joel Harmon se dejaba influir por la est&#233;tica en su selecci&#243;n de personal.

Mar&#237;a se&#241;al&#243; hacia el jard&#237;n.

All&#237;, junto a los &#225;rboles, en la tapia del lado este -explic&#243;-. Un hombre, creo.

Parec&#237;a m&#225;s asustada a&#250;n que Summer. Le temblaban las manos.

&#191;T&#250; has visto a alguien? -pregunt&#243; Harmon a la cocinera.

No. Yo estaba trabajando. Mar&#237;a me ha pedido que me acercara a la ventana. Ese hombre podr&#237;a haberse marchado antes de llegar yo.

Si hubiese entrado alguien ah&#237;, se habr&#237;an activado los sensores de movimiento -observ&#243; Harmon. Se volvi&#243; otra vez hacia Mar&#237;a-. &#191;Se han encendido las luces?

Ella neg&#243; con la cabeza.

Ah&#237; fuera est&#225; muy oscuro -intervino Todd-. &#191;Seguro que no te has confundido?

Seguro -contest&#243;-. Lo he visto.

Todd dirigi&#243; a Harmon una mirada de resignaci&#243;n m&#225;s que de inquietud.

Aqu&#237; dentro no vamos a averiguar nada -suger&#237;.

Enciende todas las luces -orden&#243; Harmon a Todd. &#201;ste se acerc&#243; a una caja de interruptores en la pared de la cocina y accion&#243; toda una hilera. El jard&#237;n se ilumin&#243; al instante. Todd sali&#243; el primero. Yo lo segu&#237; tras coger una linterna de un estante en la pared. Harmon se qued&#243; dentro. Al fin y al cabo, no iba armado. Lamentablemente, yo tampoco. Me hab&#237;a parecido una groser&#237;a acudir a una cena en casa de un desconocido con una pistola.

Las luces disiparon casi todas las sombras del jard&#237;n, pero a&#250;n quedaban manchas oscuras bajo los &#225;rboles cerca de las paredes. Las sonde&#233; con la linterna, pero all&#237; no hab&#237;a nada. El suelo, pese a estar blando, no presentaba el menor indicio de huellas. La tapia exterior, cubierta de hiedra, era m&#225;s o menos de dos metros de altura. Si alguien hubiera saltado la tapia, habr&#237;a da&#241;ado la hiedra, y sin embargo &#233;sta permanec&#237;a intacta. Llevamos a cabo una r&#225;pida inspecci&#243;n del resto del jard&#237;n, pero era obvio que Todd pensaba que Mar&#237;a se hab&#237;a equivocado.

Es de las que se ponen nerviosas a la que salta -coment&#243; mientras regres&#225;bamos a donde nos esperaba Harmon-. Se pasa el d&#237;a que si Jes&#250;s y Madre de Dios. Est&#225; de muy buen ver, eso lo reconozco, pero ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil tirarse a un autob&#250;s lleno de monjas.

Harmon levant&#243; las manos en un gesto interrogativo.

Nada -respondi&#243; Todd-. Ni la menor se&#241;al.

Tanto jaleo para nada -dijo Harmon. Volvi&#243; a la cocina, lanz&#243; una mirada de desaprobaci&#243;n a Mar&#237;a y despu&#233;s fue a dejar en libertad a sus invitados. Todd lo sigui&#243;. Yo me qued&#233;. Mar&#237;a met&#237;a los platos en un enorme lavavajillas. Le temblaba un poco el ment&#243;n.

&#191;Puedes decirme qu&#233; has visto? -pregunt&#233;.

Ella se encogi&#243; de hombros.

A lo mejor el se&#241;or Harmon tiene raz&#243;n. A lo mejor no he visto nada -contest&#243;. Aunque por la expresi&#243;n de su cara supe que no se cre&#237;a sus propias palabras.

Prueba conmigo -insist&#237;.

Interrumpi&#243; lo que estaba haciendo. Una l&#225;grima qued&#243; prendida en sus pesta&#241;as, y se la enjug&#243;.

Era un hombre. Iba vestido. De color marr&#243;n, creo. Muy sucio. &#191;Y la cara? Blanca. P&#225;lida, &#191;c&#243;mo se dice?

P&#225;lida. -Pues eso, p&#225;lida. Tambi&#233;n

La not&#233; otra vez asustada. Se llev&#243; las manos a la cara y la boca.

Aqu&#237; y aqu&#237;, nada. Vac&#237;o. Hueco.

&#191;Hueco? No entiendo.

Mar&#237;a mir&#243; por encima de mi hombro. Al volverme, vi que la cocinera nos observaba.

Della, ay&#250;dame a explicarle lo que quiere decir hueco -pidi&#243; Mar&#237;a en espa&#241;ol.

&#191;Habla espa&#241;ol? -pregunt&#233;.

Un poco -respondi&#243; ella.

&#191;Y sabe qu&#233; quiere decir hueco?

Pues no estoy muy segura. Puedo intentar averiguarlo.

Della cruz&#243; unas palabras con Mar&#237;a, que se ayud&#243; con gestos y se&#241;as. Al final cogi&#243; un huevo de avestruz decorado que se usaba para dejar bol&#237;grafos y tamborile&#243; suavemente en el cascar&#243;n con los dedos.

Hueco -repiti&#243; Mar&#237;a, y a la cocinera se le ilumin&#243; la cara por un instante antes de asomar a su semblante una expresi&#243;n de inquietud, como si no hubiera entendido bien de qu&#233; estaba hablando.

Significa hueco -aclar&#243; en ingl&#233;s-. Mar&#237;a dice que era un hombre hueco.

June me esperaba en el pasillo. Harmon estaba ah&#237; cerca, al parecer impaciente por librarse de todos nosotros. Todd hablaba por tel&#233;fono. Le o&#237; dar las gracias a alguien antes de colgar. Era evidente que deseaba decirle algo a Harmon, pero no sab&#237;a si deb&#237;a esperar a que nos fu&#233;ramos. Decid&#237; incitarlo.

&#191;Pasa algo?

Pidi&#243; permiso a Harmon con la mirada para hablar en presencia de los dem&#225;s.

&#191;Y bien? -pregunt&#243; su jefe-. &#191;Qu&#233; han dicho?

He llamado al Departamento de Polic&#237;a de Falmouth -respondi&#243; Todd, dirigiendo su explicaci&#243;n tanto a Harmon como a m&#237;-. He pensado que val&#237;a la pena comprobar si hab&#237;an visto algo fuera de lo com&#250;n. Por lo general vigilan atentamente las casas de esta zona -continu&#243;. Al o&#237;rlo, deduje que quiso decir que vigilaban atentamente la casa de Joel Harmon. &#201;ste habr&#237;a podido comprar y vender diez veces a la mayor&#237;a de sus vecinos-. Alguien ha informado de la presencia de un coche en los alrededores. Incluso puede que haya estado aparcado durante un rato junto a la tapia este de la finca. El caso es que al final el conductor ha sospechado que ocurr&#237;a algo, porque cuando ha llegado la polic&#237;a el coche ya hab&#237;a desaparecido. No obstante, podr&#237;a estar relacionado con lo que ha visto Mar&#237;a.

&#191;Tienen la marca del coche, la matr&#237;cula? -le pregunt&#233;.

Todd neg&#243; con la cabeza.

S&#243;lo saben que es un coche rojo de tama&#241;o medio -respondi&#243;.

Harmon debi&#243; de ver algo en mi rostro.

&#191;Le suena de algo? -inquiri&#243;.

Es posible -contest&#233;-. Frank Merrick, el hombre que ha estado molestando a Rebecca Clay, lleva un coche rojo. Si yo encontr&#233; la conexi&#243;n entre usted y Clay, tambi&#233;n ha podido descubrirla &#233;l.

Conexi&#243;n no, amistad -corrigi&#243; Harmon-. Daniel Clay era mi amigo. Y si ese tal Merrick quiere hablar conmigo de &#233;l, puede decirle lo que acabo de contarle a usted.

Me acerqu&#233; a la puerta y mir&#233; el camino de gravilla, iluminado por las luces de la casa y los focos que lo bordeaban. Era Merrick, por fuerza. Pero el aspecto de Merrick no coincid&#237;a con la descripci&#243;n ofrecida por Mar&#237;a del hombre que hab&#237;a alcanzado a ver en el jard&#237;n. Merrick hab&#237;a estado all&#237;, pero no solo.

Hueco.

Yo me andar&#237;a con cuidado durante unos d&#237;as, se&#241;or Harmon -aconsej&#233;-. Si sale, que Todd lo acompa&#241;e. Tambi&#233;n pedir&#237;a una revisi&#243;n del sistema de seguridad.

&#191;Y todo por ese hombre? -pregunt&#243; Harmon con cierta incredulidad.

Es peligroso, y puede que no est&#233; solo. Como usted mismo ha dicho, mejor andar sobre seguro.

Dicho esto, June y yo nos marchamos. Conduc&#237;a yo, y la verja electr&#243;nica se abri&#243; en silencio ante nosotros cuando dejamos atr&#225;s la casa de Harmon.

En fin, una vida interesante la tuya -coment&#243; June.

La mir&#233;.

&#191;Crees que ha sido obra m&#237;a?

Le has dicho a Joel que tal vez el hombre del coche haya hecho la misma conexi&#243;n que t&#250;, o, mejor dicho, que yo hice por ti, pero existe otra posibilidad.

Se advert&#237;a apenas un ligero asomo de reproche en su voz. No necesitaba que me dijera por qu&#233;. Lo hab&#237;a deducido yo solo, aunque me sent&#237; reacio a expresarlo en voz alta delante de Harmon y, en lugar de eso, lo hab&#237;a retenido como bilis en la garganta. Del mismo modo que yo le hab&#237;a seguido el rastro a Merrick, quiz&#225; Merrick me lo segu&#237;a a m&#237;, y lo hab&#237;a llevado derecho a Joel Harmon.

Pero tambi&#233;n me preocupaba la aparici&#243;n del hombre en el jard&#237;n de Harmon. Al parecer las indagaciones de Merrick sobre Daniel Clay hab&#237;an atra&#237;do a algo m&#225;s, hab&#237;an atra&#237;do a un hombre -no, a varios hombres, me correg&#237; al recordar aquella sensaci&#243;n que tuve de que una brisa f&#233;tida se disgregaba ante m&#237;, y tambi&#233;n las letras garabateadas en el polvo por una mano infantil- que le segu&#237;a los pasos. &#191;Lo sab&#237;a &#233;l, o guardaba su presencia alguna relaci&#243;n con el cliente de Eldritch? Sin embargo, costaba imaginarse que hombres poco menos que invisibles sub&#237;an por la escalera destartalada hasta un antiguo bufete de abogado, o se las ve&#237;an con la bruja que custodiaba la puerta de acceso a los niveles superiores del despacho de Eldritch. Lo que al principio parec&#237;a un simple caso de acecho se hab&#237;a convertido en algo infinitamente m&#225;s raro y complejo, y me alegraba de poder contar, ya pronto, con la compa&#241;&#237;a de &#193;ngel y Louis. El plazo concedido por Merrick estaba a punto de expirar, y si bien yo hab&#237;a puesto en marcha un plan para hacerle frente, sab&#237;a de sobra que, en cierto sentido, &#233;l era la menor de mis preocupaciones. Con Merrick pod&#237;a enfrentarme. Era peligroso pero previsible. Con los Hombres Huecos no.



13

A primera hora de la ma&#241;ana siguiente, yo estaba de pie en el aparcamiento del mercado p&#250;blico de Portland. La temperatura hab&#237;a ca&#237;do en picado por la noche y, seg&#250;n los meteor&#243;logos, probablemente se mantendr&#237;a as&#237; durante todo el tiempo que eran capaces de prever, que en Maine significaba que acaso empezara a mejorar alrededor de abril. Era un fr&#237;o h&#250;medo, de ese que parec&#237;a empapar la ropa, y las ventanas de las cafeter&#237;as, los restaurantes e incluso los coches en movimiento estaban empa&#241;adas porque el calor evaporaba la humedad y creaba un ambiente desagradablemente claustrof&#243;bico en cualquier parte excepto en los lugares menos concurridos.

Mientras que la mayor&#237;a de la gente dispon&#237;a de la opci&#243;n de refugiarse bajo techo, los hab&#237;a que no ten&#237;an tanta suerte. Ya se hab&#237;a formado una cola frente al Centro de Acogida de Preble Street, donde los m&#225;s pobres de la ciudad se congregaban a diario para que los voluntarios les sirvieran el desayuno. Algunos albergaban la esperanza de ducharse o hacer la colada mientras estaban all&#237;, o de recoger ropa limpia y usar un tel&#233;fono. Los trabajadores pobres que no pod&#237;an volver al mediod&#237;a recib&#237;an una bolsa con el almuerzo para no pasar hambre m&#225;s tarde. As&#237;, el centro y sus entidades asociadas -los comedores de beneficencia de Wayside y Saint Luke- serv&#237;an m&#225;s de trescientas mil comidas al a&#241;o a aquellos que de otro modo se habr&#237;an muerto de hambre o se habr&#237;an visto obligado a desviar dinero del alquiler o de medicamentos esenciales s&#243;lo para mantener unidos el cuerpo y el alma.

Los observ&#233; desde donde me hallaba: la cola se compon&#237;a sobre todo de hombres, unos cuantos obviamente veteranos de la calle, con sus capas de ropa mugrienta y el pelo gre&#241;udo, mientras que otros todav&#237;a estaban a un par de pasos de la indigencia. Algunas de las mujeres dispersas entre ellos eran corpulentas, de semblante encallecido, con las facciones distorsionadas por el alcohol y la vida dif&#237;cil, hinchados sus cuerpos por los alimentos grasos y baratos y por la bebida, m&#225;s barata a&#250;n. Resultaba f&#225;cil distinguir a los reci&#233;n llegados, a aquellos que no se hab&#237;an acostumbrado a&#250;n a sobrevivir, ellos y sus familias, a base de limosnas. No hablaban ni se mezclaban con los dem&#225;s, y manten&#237;an la cabeza gacha o permanec&#237;an de cara a la pared, temerosos de cruzar la mirada con quienes los rodeaban, como reclusos nuevos en la galer&#237;a de una c&#225;rcel. Quiz&#225; tambi&#233;n temieran alzar la vista y encontrarse con un amigo o con un vecino, tal vez incluso con un jefe que acaso decidiera que no era bueno para el negocio dar trabajo a alguien que ten&#237;a que mendigar el desayuno. Casi todos los que guardaban cola sobrepasaban los treinta a&#241;os. Eso daba una idea falsa de las caracter&#237;sticas de la poblaci&#243;n pobre en una ciudad donde uno de cada cinco menores de dieciocho a&#241;os viv&#237;a por debajo del umbral de la pobreza.

Cerca de all&#237; se hallaban el Centro de Rehabilitaci&#243;n del Ej&#233;rcito de Salvaci&#243;n, el Centro de Vigilancia de la Comunidad de Midtown y el departamento de libertad condicional y libertad bajo fianza de la ciudad. Esta zona era un estrecho canal por el que inevitablemente pasaba la mayor&#237;a de las personas que ten&#237;an problemas con la ley. As&#237; pues, me qued&#233; all&#237; tomando un caf&#233; que me compr&#233; en el mercado para calentarme y esper&#233; a ver si aparec&#237;a un rostro familiar. Nadie se fij&#243; en m&#237;. Al fin y al cabo, hac&#237;a demasiado fr&#237;o para preocuparse por cualquiera que no fuera uno mismo.

Pasados veinte minutos vi al hombre al que buscaba. Se llamaba Abraham Shockley, pero en la calle se lo conoc&#237;a s&#243;lo como Se&#241;or Intermediario o, para abreviar, Diario. Era, se mirase por donde se mirase, un delincuente de carrera. El hecho de que no fuera muy competente en la carrera elegida apenas importaba a los tribunales. En su d&#237;a se le acus&#243; de tenencia de drogas de clase A destinada a la venta, de robo con enga&#241;o, de hurto, de conducci&#243;n bajo los efectos del alcohol y de caza furtiva, entre otros delitos. Diario hab&#237;a tenido la suerte de que la violencia nunca estuviera presente en sus fechor&#237;as, de modo que en m&#225;s de una ocasi&#243;n se hab&#237;a visto beneficiado por el hecho de que sus infracciones entraran en la categor&#237;a de indefinidos, o transgresiones que la ley no catalogaba como delitos ni como faltas, y por tanto algunas infracciones presentadas como delitos por la fiscal&#237;a se reduc&#237;an despu&#233;s a faltas ante los tribunales. La polic&#237;a local hab&#237;a mediado tambi&#233;n a favor de Diario en caso de necesidad, porque Diario era amigo de todo el mundo. Conoc&#237;a a gente. Escuchaba. Recordaba. Diario no era un sopl&#243;n. Ten&#237;a su propio c&#243;digo de conducta, sus propios principios, y era fiel a ellos en la medida de lo posible. Y nunca delatar&#237;a a nadie, pero era a quien hab&#237;a que acudir si uno quer&#237;a transmitir un mensaje a alguien que prefer&#237;a no dejarse ver, o si uno buscaba a un individuo de mala fama sin la intenci&#243;n de meterlo entre rejas. Diario actuaba a su vez como intermediario para aquellos que estaban en apuros y aspiraban a llegar a un acuerdo con un polic&#237;a o con alg&#250;n asistente social al servicio del departamento de libertad bajo fianza. Era una rueda peque&#241;a pero &#250;til en el engranaje del sistema de justicia extraoficial: los tribunales en la sombra donde se llegaba a acuerdos y se hac&#237;a la vista gorda a fin de que el preciado tiempo pudiera dedicarse a asuntos m&#225;s acuciantes.

Me vio cuando ocup&#243; su puesto en la cola. Le hice una se&#241;a con la cabeza y luego me alej&#233; despacio por Portland Street. Al cabo de unos minutos o&#237; acercarse unos pasos detr&#225;s de m&#237;, y Diario me alcanz&#243;. Rondaba los cincuenta a&#241;os y vest&#237;a ropa limpia aunque harapienta: zapatillas amarillas, vaqueros, dos jers&#233;is y un abrigo con una abertura posterior que se hab&#237;a extendido limpiamente en forma de raja hasta la mitad de la espalda. Ten&#237;a el pelo casta&#241;o rojizo, con trasquilones; la gente en la situaci&#243;n de Diario no malgastaba el dinero en peluquer&#237;a. Viv&#237;a en una habitaci&#243;n exenta de alquiler en un s&#243;tano de Forest Avenue gracias a un casero absentista que contaba con Diario para vigilar a sus inquilinos m&#225;s revoltosos y para dar de comer al gato del edificio.

&#191;Quieres desayunar? -pregunt&#233;.

S&#243;lo si es en Blintliff's -contest&#243;-. Me han dicho que preparan unos huevos benedictinos con langosta que est&#225;n para chuparse los dedos.

Veo que te gustan las cosas buenas de la vida -observ&#233;.

Nac&#237; con una cuchara de plata en la boca.

Ya, pero se la robaste al ni&#241;o de la cuna de al lado.

En honor a Blintliff's cabe decir que nadie nos mir&#243; dos veces. Ocupamos un reservado en el piso de arriba, y Diario pidi&#243; comida suficiente para quedar saciado al menos un d&#237;a entero: fruta y zumo de naranja para empezar, seguido de tostadas, los huevos benedictinos con langosta de los que tanto hab&#237;a o&#237;do hablar, una buena raci&#243;n de patatas fritas y, para terminar, unos bollos, tres de los cuales los guard&#243; furtivamente en los bolsillos de su abrigo para los colegas, como explic&#243;. Mientras com&#237;amos hablamos de libros, de noticias locales y casi de cualquier cosa que nos viniera a la cabeza, salvo la raz&#243;n por la que yo lo hab&#237;a llevado all&#237;. Era la caballerosa manera de plantearse los negocios y Diario siempre hab&#237;a sido un caballero, incluso cuando intentaba robarle a alguien la suela del zapato.

Bien -dijo cuando acab&#243; el quinto caf&#233;-, &#191;me has tra&#237;do aqu&#237; s&#243;lo para disfrutar del placer de mi compa&#241;&#237;a?

Aparentemente el caf&#233; no lo hab&#237;a excitado, o al menos no estaba m&#225;s excitado que al principio. Si uno le pon&#237;a a Diario en las manos un taz&#243;n de nata, &#233;sta acabar&#237;a montada en lo que se tarda en darle cuerda a un reloj de pulsera. Ten&#237;a tanta energ&#237;a nerviosa que resultaba agotador pasar demasiado rato a su lado.

No es s&#243;lo eso -contest&#233;-. Querr&#237;a que hicieras unas preguntas por ah&#237;, que vieras si encuentras a alguien que pueda haber conocido a un tal Frank Merrick, ya sea en Thomaston o en Supermax. Cumpli&#243; diez a&#241;os de condena, los dos o tres &#250;ltimos en Max. Luego lo soltaron y lo mandaron a Virginia para comparecer ante los tribunales.

&#191;Tiene algo de especial?

No es la clase de individuo que se olvida f&#225;cilmente. Goz&#243; de cierto reconocimiento como asesino a sueldo.

&#191;Eso es un rumor o un hecho comprobado?

Tiendo a creer lo que he o&#237;do.

&#191;Y ahora d&#243;nde est&#225;?

Aqu&#237;.

&#191;Reanudando viejas relaciones?

Podr&#237;a ser. Si es as&#237;, me gustar&#237;a conocer los nombres.

Preguntar&#233;. No deber&#237;a llevarme mucho tiempo. &#191;Puedo llamarte a alg&#250;n sitio?

Le di mi tarjeta de visita, la calderilla que llevaba en el bolsillo y cincuenta d&#243;lares en billetes de diez, de cinco y de uno a fin de que pudiera invitar a cerveza y bocadillos para engrasar la maquinaria. Conoc&#237;a el m&#233;todo de trabajo de Diario. Ya me hab&#237;a ayudado antes. Cuando encontrara a alguien que pudiera arrojar cierta luz sobre Merrick, como sin duda lo encontrar&#237;a, me devolver&#237;a el cambio y un pu&#241;ado de recibos, y s&#243;lo entonces esperar&#237;a un pago. As&#237; actuaba Diario en sus funciones oficiales, siguiendo una regla muy sencilla: no enga&#241;ar a quien parec&#237;a que pod&#237;a estar de su lado.


Merrick me llam&#243; al mediod&#237;a. Yo me hab&#237;a pasado toda la ma&#241;ana pendiente de alg&#250;n indicio de su presencia, pero no vi el menor rastro de &#233;l ni de su coche rojo. Si ten&#237;a dos dedos de frente, ya habr&#237;a cambiado de coche, pero eso implicaba que Eldritch y su cliente a&#250;n estaban dispuestos a financiar sus actividades. Hab&#237;a tomado todas las precauciones por si Merrick, o alg&#250;n otro, vigilaba mis movimientos. Me convenc&#237; de que no era as&#237;, al menos ese d&#237;a. Por otra parte, Jackie Garner confirm&#243; que todo segu&#237;a en orden por lo que se refer&#237;a a Rebecca Clay. Ahora Merrick estaba al tel&#233;fono, amenazando con romper ese silencio.

Se ha acabado el tiempo -anunci&#243;.

&#191;Te has planteado alguna vez que a lo mejor con miel llegar&#237;as m&#225;s lejos que con vinagre?

Si se le da miel a un hombre, se consigue su amor. Si se le da vinagre, se consigue su atenci&#243;n. Tambi&#233;n ayuda agarrarlo por los huevos y apretar un poco.

Un pensamiento muy profundo. &#191;Lo aprendiste en la c&#225;rcel?

Espero que no hayas malgastado todo este tiempo haciendo averiguaciones sobre m&#237;, porque si es as&#237; vamos a tener un problema.

No he encontrado gran cosa, ni sobre ti ni sobre Daniel Clay. Su hija no sabe m&#225;s que t&#250;, pero eso ya te lo ha dicho ella misma. Sencillamente te niegas a escuchar.

Merrick dej&#243; escapar un resoplido nasal, como si le hiciera gracia.

Pues mala suerte. Dile a esa se&#241;oritinga que me ha decepcionado. Mejor a&#250;n, ya se lo dir&#233; yo mismo.

Un momento. No he dicho que no haya averiguado nada. -Necesitaba decantar la balanza hacia m&#237;, atraerlo de alg&#250;n modo-. Tengo una copia del expediente policial de Daniel Clay -ment&#237;.

&#191;Y?

Menciona a tu hija.

Esta vez Merrick call&#243;.

Hay ciertos datos que no entiendo, y creo que la polic&#237;a tampoco.

&#191;Qu&#233;? -pregunt&#243; con voz ronca, como si de pronto se hubiera atragantado.

Deber&#237;a haberme sentido mal por mentir. Estaba jugando con los sentimientos de Merrick por su hija perdida. Habr&#237;a consecuencias cuando averiguase la verdad.

Espera -dije-. Por tel&#233;fono no.

&#191;Y qu&#233; propones? -pregunt&#243;.

Que nos veamos. Te ense&#241;o el expediente. Te cuento lo que he averiguado. Despu&#233;s t&#250; vas y haces lo que tengas que hacer, siempre y cuando no afecte a Rebecca Clay.

No me f&#237;o de ti. He visto a esos cavern&#237;colas que mandaste para proteger a la mujer. &#191;Qu&#233; te impide ech&#225;rmelos encima? No tendr&#233; el menor problema en matarlos si llega el caso, pero entorpecer&#237;a mi investigaci&#243;n, por as&#237; decirlo.

Tampoco yo quiero la sangre de esos hombres en mis manos. Nos reuniremos en un lugar p&#250;blico, t&#250; leer&#225;s el expediente y nos marcharemos cada uno por su lado. Aunque te lo advierto: esta vez lo dejo correr por tu hija. Si vuelves a acercarte a Rebecca Clay, las cosas se complicar&#225;n. Te aseguro que no te gustar&#225; lo que pasar&#225; entonces.

Merrick dej&#243; escapar un suspiro teatral.

Ahora que ya hemos jugado a ver qui&#233;n mea m&#225;s lejos, quiz&#225; quieras decirme d&#243;nde quedamos.

Le propuse la bolera Big 20 en la Carretera 1. Incluso le indiqu&#233; c&#243;mo llegar. Acto seguido empec&#233; a hacer llamadas.


Diario se puso en contacto conmigo a las tres de la tarde.

Te he encontrado a alguien. Tiene un precio.

&#191;Cu&#225;nto?

Una entrada para el partido de hockey de esta noche y cincuenta pavos. Ya os encontrar&#233;is all&#237;.

Hecho.

D&#233;jale la entrada en la taquilla dentro de un sobre a mi nombre. Ya me ocupar&#233; yo del resto.

&#191;Cu&#225;nto te debo?

&#191;Cien d&#243;lares te parece razonable?

Me parece bien.

Adem&#225;s tengo que devolverte el cambio. Te lo dar&#233; cuando me pagues.

&#191;Tiene nombre el tipo?

Lo tiene, pero t&#250; puedes llamarlo Bill.

&#191;Es de los nerviosos?

No lo era hasta que le mencion&#233; a Frank Merrick. Hasta luego.


El candlepin, deporte tradicional de Nueva Inglaterra, es una variante del juego de los bolos. Las bolas son m&#225;s peque&#241;as y menos pesadas, y los bolos, m&#225;s delgados: ocho cent&#237;metros en el centro y cuatro en la parte de arriba y en la base. Hacer un pleno es cuesti&#243;n de suerte m&#225;s que de habilidad, y se dice que nadie en la historia del candlepin ha conseguido un pleno de diez bolos perfecto. La mejor puntuaci&#243;n registrada en Maine es de 231 frente a los 300 puntos posibles. Yo nunca me he anotado m&#225;s de cien.

La bolera Big 20 de Scarborough existe desde 1950, cuando la fund&#243; Mike Anton, alban&#233;s de nacimiento; en ese momento era la mayor y m&#225;s moderna, y no parece haber cambiado mucho desde entonces. Me sent&#233; en una silla rosa de pl&#225;stico, beb&#237; un refresco y esper&#233;. Eran las cuatro y media de un viernes por la tarde y no quedaba una sola pista libre. Hab&#237;a jugadores de todas las edades, desde adolescentes hasta ancianos. Se o&#237;an risas y el sonido caracter&#237;stico de las bolas al deslizarse por la madera. El aire ol&#237;a a cerveza y fritos. Observ&#233; a dos viejos que se acercaban a los doscientos puntos cada uno; apenas cruzaron diez palabras, y uno de ellos, al frustrarse el intento de superar las dos centenas, expres&#243; su decepci&#243;n con un lac&#243;nico Ay. All&#237; sentado en silencio, yo era el &#250;nico var&#243;n solo entre grupos de hombres y mujeres, y sab&#237;a bien que estaba a punto de traspasar una l&#237;nea con Merrick.

Mi m&#243;vil son&#243; poco antes de las cinco y una voz inform&#243;:

Ya lo tenemos.


Fuera hab&#237;a dos coches patrulla de la polic&#237;a de Scarborough, y otros tres sin distintivos, uno del Departamento de Polic&#237;a de Portland, otro del Departamento de Polic&#237;a de South Portland y un tercero de la polic&#237;a municipal de Scarborough. Un corrillo de gente se hab&#237;a congregado para presenciar el espect&#225;culo. Merrick estaba tendido boca abajo en el aparcamiento, con las manos esposadas detr&#225;s de la espalda. Alz&#243; la vista para mirarme cuando me acerqu&#233;. No parec&#237;a col&#233;rico, sino s&#243;lo defraudado. Cerca vi a O'Rourke, apoyado en un coche. Lo salud&#233; con un gesto e hice una llamada. Contest&#243; Rebecca Clay. Estaba en el juzgado, y el juez se dispon&#237;a a dictar la orden de protecci&#243;n temporal contra Merrick. Le dije que lo ten&#237;amos y que yo estar&#237;a en la jefatura de polic&#237;a de Scarborough por si necesitaba ponerse en contacto conmigo cuando acabara en el juzgado.

&#191;Alg&#250;n problema? -pregunt&#233; a O'Rourke.

Neg&#243; con la cabeza.

Ha ca&#237;do de plano. Ni siquiera ha abierto la boca para preguntar qu&#233; pasaba.

Mientras observ&#225;bamos, pusieron a Merrick en pie y lo metieron en el asiento de atr&#225;s de uno de los coches sin distintivos. Cuando el autom&#243;vil arranc&#243;, mantuvo la mirada al frente.

Se le ve mayor -coment&#243; O'Rourke-. Pero tiene algo. No me gustar&#237;a disgustarlo. Y lamento tener que dec&#237;rtelo, pero me temo que eso es lo que acabas de hacer t&#250;.

No ten&#237;a muchas opciones, dir&#237;a yo.

Bueno, al menos podemos retenerlo un tiempo y ver qu&#233; le sonsacamos.

El tiempo que pod&#237;an retener a Merrick depend&#237;a de los cargos presentados contra &#233;l, si es que se presentaba alguno. El acecho, definido como la conducta capaz de causar en otra persona intimidaci&#243;n, enojo o alarma, o temor a da&#241;os f&#237;sicos, ya fuera en su propia persona o en la de un miembro de su familia inmediata, se consideraba un delito de clase D. An&#225;logamente, aterrorizar pertenec&#237;a a la clase D, y el acoso a la clase E. Siempre exist&#237;a la posibilidad de a&#241;adir a la lista entrar sin autorizaci&#243;n en propiedad ajena y causar da&#241;os materiales contra la misma, pero en resumidas cuentas s&#243;lo pod&#237;an retener a Merrick hasta el martes siguiente, y eso si no se pon&#237;a en manos de un abogado, ya que las infracciones de las clases D y E permit&#237;an privar de libertad a un sospechoso s&#243;lo durante cuarenta y ocho horas sin cargos, excluyendo fines de semana y d&#237;as festivos.

&#191;Crees que tu clienta querr&#225; llegar hasta el final? -pregunt&#243; O'Rourke.

&#191;Es lo que quieres que haga?

Es un hombre peligroso. Parece un poco desconsiderado encerrarlo sesenta d&#237;as, que es lo que le caer&#225; si el juez se traga todos los argumentos a favor de apartarlo de la circulaci&#243;n. Incluso podr&#237;a ser contraproducente, aunque si alguien pregunta, yo nunca he dicho eso.

Nunca se me habr&#237;a ocurrido que fueras aficionado a los juegos de azar, &#191;sabes?

No es azar. Es un riesgo calculado.

&#191;Basado en qu&#233;?

Basado en la reticencia de Frank a ser encarcelado y en tu capacidad de proteger a tu clienta.

&#191;Cu&#225;l es el trato, pues?

Le advertimos de las posibles consecuencias, nos aseguramos de que la orden est&#225; lista y lo dejamos en libertad. &#201;sta es una ciudad peque&#241;a. No va a desaparecer. Tendremos a alguien sigui&#233;ndole los pasos durante un tiempo, y veremos qu&#233; ocurre.

No parec&#237;a el plan perfecto. En todo caso, acababan de concederme noventa y seis horas m&#225;s, a lo sumo, sin tener que preocuparme por Merrick. Era mejor que nada.

Oigamos primero qu&#233; tiene que contar -dije-. &#191;Has conseguido permiso para que yo est&#233; presente?

No ha sido muy dif&#237;cil. Por lo que se ve, a&#250;n tienes amigos en Scarborough. Si detectas algo en lo que dice, avisa. &#191;Crees que llamar&#225; a un abogado?

Lo pens&#233;. Si decid&#237;a ponerse en manos de un abogado, ser&#237;a Eldritch, en el supuesto de que el viejo tuviese licencia para ejercer en Maine, o conociese a alguien en el estado dispuesto a trabajar quid pro quo cuando fuera necesario. Pero sospechaba que el apoyo de Eldritch siempre hab&#237;a sido condicional, y quiz&#225; las recientes acciones de Merrick hubiesen inducido al abogado a reconsiderar su postura.

De todos modos, no creo que diga gran cosa.

O'Rourke se encogi&#243; de hombros.

Podr&#237;amos atizarle con un list&#237;n telef&#243;nico.

Podr&#237;ais, pero yo tendr&#237;a que denunciarte a Asuntos Internos.

S&#237;, &#233;se es uno de los problemas. Tendr&#237;a que traspapelar la documentaci&#243;n sobre m&#237; mismo. Aun as&#237;, es territorio de Scarborough y un problema de South Portland. Podemos mantenernos a distancia y ver c&#243;mo lo llevan.

Se subi&#243; a su coche. Los coches patrulla de Scarborough ya se estaba poniendo en marcha, seguidos por la polic&#237;a de Portland.

&#191;Vienes? -pregunt&#243;. -Ir&#233; detr&#225;s de ti.

Se fue, la muchedumbre se dispers&#243;, y de pronto en el aparcamiento s&#243;lo quedaba yo. Los coches circulaban por la Carretera 1 y el letrero de ne&#243;n de la bolera Big 20 iluminaba el aparcamiento, pero a mis espaldas se extend&#237;a la oscuridad de las marismas. Me volv&#237; para escrutarla y no pude quitarme de encima la sensaci&#243;n de que, desde sus confines m&#225;s profundos, algo me observaba. Me dirig&#237; a mi coche, arranqu&#233; e intent&#233; dejar atr&#225;s esa sensaci&#243;n.


Merrick estaba sentado en una sala cuadrada y peque&#241;a. Alrededor de una mesa blanca atornillada al suelo hab&#237;a tres sillas azules, y Merrick ocupaba la que miraba hacia la puerta; ten&#237;a enfrente las dos sillas vac&#237;as. En una pizarra blanca adosada a una pared se ve&#237;an unos trazos infantiles. Junto a la puerta colgaba un tel&#233;fono y en un rinc&#243;n, a cierta altura, una c&#225;mara de v&#237;deo. La sala estaba equipada asimismo para la grabaci&#243;n de sonido.

Merrick ten&#237;a una mano esposada, con una manilla en la mu&#241;eca y la otra prendida de una argolla sujeta a la mesa. Le hab&#237;an dado un refresco de la m&#225;quina junto al despacho del responsable de la clasificaci&#243;n de pruebas, pero permanec&#237;a intacto a su lado. Aunque la sala carec&#237;a de espejo unidireccional, pod&#237;amos verlo por el monitor de un ordenador en un despacho dividido con mamparas cerca de la sala de interrogatorios. No est&#225;bamos solos. Aunque en el compartimento cab&#237;an como mucho cuatro personas, se api&#241;aban al menos doce en torno al monitor, intentando echar una ojeada al nuevo hu&#233;sped.

El sargento Wallace MacArthur, de la brigada de investigaci&#243;n, era uno de ellos. Yo lo conoc&#237;a desde hac&#237;a mucho tiempo. Por mediaci&#243;n de Rachel le hab&#237;a presentado a su futura mujer, Mary. En cierto modo, tambi&#233;n hab&#237;a sido responsable de su muerte, pero Wallace nunca me lo ech&#243; en cara, lo cual fue bastante considerado por su parte dadas las circunstancias.

No solemos tener leyendas vivas por aqu&#237; -observ&#243;-. Incluso han venido los federales.

Se&#241;al&#243; con el pulgar en direcci&#243;n a la puerta, donde Pender, el nuevo agente especial al frente de la peque&#241;a delegaci&#243;n del FBI en Portland, hablaba con un hombre a quien no reconoc&#237;, aunque supuse que era otro agente. Me hab&#237;an presentado a Pender en una funci&#243;n ben&#233;fica de la polic&#237;a en Portland. Para lo que corr&#237;a entre los federales no estaba mal. Pender me salud&#243; con la cabeza. Le devolv&#237; el saludo. Al menos no hab&#237;a pedido que me echaran, cosa que le agradec&#237;a.

MacArthur movi&#243; la cabeza en un gesto que pod&#237;a interpretarse como admiraci&#243;n.

Merrick es de la vieja escuela -dijo-. Ya no los hacen como &#233;l.

O'Rourke esboz&#243; una sonrisa vac&#237;a.

Ya. &#161;Qu&#233; bajo hemos ca&#237;do cuando miramos a alguien c&#243;mo &#233;l y pensamos: Venga, tampoco es tan malo! S&#243;lo los liquidaba, limpiamente y sin dolor. Sin tortura. Sin sadismo. Nunca a ni&#241;os. S&#243;lo hombres que, en opini&#243;n de alguien, se lo ten&#237;an merecido.

Merrick manten&#237;a la cabeza gacha. Aunque deb&#237;a de saber que lo observ&#225;bamos, no mir&#243; a la c&#225;mara.

Entraron en la sala dos inspectores de Scarborough, un hombre fornido llamado Conlough y una mujer llamada Frederickson, responsables ambos de la detenci&#243;n formal en la Big 20. Tan pronto como empezaron a interrogarlo, Merrick, contra todo pron&#243;stico, alz&#243; la mirada y les contest&#243; con un tono cordial y correcto. Casi parec&#237;a que sent&#237;a necesidad de justificarse y defenderse. Quiz&#225; no le faltaba raz&#243;n. Hab&#237;a perdido a su hija. Ten&#237;a derecho a preguntar d&#243;nde estaba.

CONLOUGH: &#191;Cu&#225;l es el motivo de su inter&#233;s por Rebecca Clay?

MERRICK: Ninguno, salvo que es hija de su padre.

CONLOUGH: &#191;Cu&#225;l es su relaci&#243;n con el padre de ella?

MERRICK: Trat&#243; a mi ni&#241;a. Ahora ella ha desaparecido. Quiero averiguar d&#243;nde est&#225;.

CONLOUGH: &#191;Cree que lo conseguir&#225; amenazando a una mujer? Es usted todo un hombre, eh, acechando a una mujer indefensa.

MERRICK: Yo no he amenazado a nadie. No he acechado a nadie. S&#243;lo quer&#237;a hacerle unas preguntas.

CONLOUGH: &#191;Y decide hacerlo entrando por la fuerza en la casa, rompiendo una ventana?

MERRICK: Yo no pretend&#237;a entrar por la fuerza en su casa, y lo de la ventana fue un accidente. Pagar&#233; los da&#241;os.

CONLOUGH: &#191;Qui&#233;n lo ha metido en esto?

MERRICK: Nadie. No necesito que nadie me diga que lo sucedido est&#225; mal.

CONLOUGH: &#191;Qu&#233; est&#225; mal?

MERRICK: Que mi hija desapareciera y a nadie le importara un carajo encontrarla,

FREDERICKSON: Tal vez su hija se escap&#243; de casa. Por lo que sabemos, ten&#237;a problemas.

MERRICK: Yo le dije que cuidar&#237;a de ella. No ten&#237;a ninguna raz&#243;n para escaparse.

CONLOUGH: Usted estaba en la c&#225;rcel. &#191;C&#243;mo iba a cuidar de ella desde una celda?

MERRICK: (Silencio.)

FREDERICKSON: &#191;Qui&#233;n le dio el coche?

MERRICK: Un abogado.

FREDERICKSON: &#191;Qu&#233; abogado?

MERRICK: El abogado Eldritch. De Massachusetts.

FREDERICKSON: &#191;Por qu&#233;?

MERRICK: Es un buen hombre. Considera que tengo derecho a hacer preguntas. Me sac&#243; de un aprieto en Virginia, y luego, cuando volv&#237; aqu&#237;, me ayud&#243;.

CONLOUGH: O sea, que le dio un coche por pura bondad. &#191;Qu&#233; es? &#191;El abogado de san Vicente de Paula?

MERRICK: Quiz&#225; deba pregunt&#225;rselo a &#233;l.

CONLOUGH: No se preocupe, lo haremos.


Hablaremos con el abogado -dijo O'Rourke.

No le sacar&#233;is gran cosa -contest&#233;.

&#191;Lo conoces?

Huy, s&#237;. Tambi&#233;n es de la vieja escuela.

&#191;Muy vieja?

Tan vieja que la hicieron de adobe y ca&#241;as.

&#191;Qu&#233; te cont&#243;?

Poco m&#225;s o menos lo que acaba de decir Merrick.

&#191;Le crees?

&#191;Que es un buen hombre que va repartiendo coches para las buenas causas? No. Aun as&#237;, dijo que Merrick hab&#237;a sido cliente suyo, y no hay ninguna ley que proh&#237;ba prestar un coche a un cliente.

No le cont&#233; a O'Rourke que Eldritch ten&#237;a otro cliente, uno que al parecer pagaba la minuta de Merrick. Supuse que ya lo averiguar&#237;a por su cuenta.

Lleg&#243; una llamada del responsable de pruebas. El coche de Merrick estaba limpio. No conten&#237;a armas, ni documentos comprometedores, nada. Frederickson abandon&#243; la sala de interrogatorios para consultar con O'Rourke y el hombre del FBI, Pender. El hombre que hab&#237;a estado hablando con Pender escuch&#243; pero no dijo nada. Dirigi&#243; la mirada hacia m&#237;, me observ&#243; por un momento y luego se volvi&#243; otra vez hacia Frederickson. No me gust&#243; la clase de intercambio que se produjo entre nosotros con esa mirada. O'Rourke me pregunt&#243; si hab&#237;a algo que, a mi juicio, deb&#237;amos plantear a Merrick. Suger&#237; que le preguntasen si trabajaba solo o si contaba con la ayuda de otros hombres. O'Rourke pareci&#243; desconcertado, pero accedi&#243; a proponerle la pregunta a Frederickson.


FREDERICKSON: La se&#241;ora Clay ha obtenido una orden judicial contra usted. &#191;Comprende lo que eso significa?

MERRICK: Lo comprendo. Significa que ya no puedo acercarme a ella, o volver&#225;n a meterme en la c&#225;rcel.

FREDERICKSON: Exacto. &#191;Piensa respetar esa orden? Si no piensa hacerlo, puede ahorrarnos a todos mucho tiempo dici&#233;ndolo ahora.

MERRICK: La respetar&#233;.

CONLOUGH: Quiz&#225; tambi&#233;n considere la posibilidad de abandonar el estado. Nos gustar&#237;a que lo hiciera.

MERRICK: A ese respecto no puedo prometer nada. Soy un hombre libre. Ya he cumplido mi condena. Tengo derecho a ir a donde yo decida.

CONLOUGH: &#191;Eso incluye rondar cerca de alguna casa en Falmouth?

MERRICK: Nunca he estado en Falmouth. Pero me han dicho que es un sitio muy bonito. Me gusta estar cerca del mar.

CONLOUGH: Anoche se vio all&#237; un coche como el suyo.

MERRICK: Hay muchos coches como el m&#237;o. El rojo es un color muy extendido.

CONLOUGH: Nadie ha dicho que fuera un coche rojo.

MERRICK: (Silencio.)

CONLOUGH: &#191;Me ha o&#237;do? &#191;C&#243;mo ha sabido que era un coche rojo?

MERRICK: Un coche como el m&#237;o, ha dicho. &#191;C&#243;mo iba a ser, si no? Si fuera un coche azul o un coche verde, no ser&#237;a como el m&#237;o. Tiene que ser un coche rojo para ser como el m&#237;o, tal y como usted ha dicho.

FREDERICKSON: &#191;Presta su coche a otras personas, se&#241;or Merrick?

MERRICK: No.

FREDERICKSON; Siendo as&#237;, si averiguamos que se trataba de su coche, y podemos averiguarlo, como bien sabe, podemos sacar moldes, buscar testigos, en ese caso, por fuerza ser&#237;a usted quien iba al volante, &#191;no?

MERRICK: Supongo que s&#237;, pero como yo no estaba all&#237;, es discutible.

FREDERICKSON: &#191;Discutible?

MERRICK: S&#237;, ya sabe lo que quiero decir, agente. No necesito explic&#225;rselo.

FREDERICKSON: &#191;Qui&#233;nes son los otros hombres con los que act&#250;a?

MERRICK: (Confuso.) &#191;Los otros hombres? &#191;De qu&#233; demonios habla?

FREDERICKSON: Sabemos que no est&#225; solo en esto. &#191;A qui&#233;n se ha tra&#237;do? &#191;Qui&#233;n lo ayuda? No est&#225; haciendo todo esto sin ayuda de nadie.

MERRICK: Siempre trabajo solo.

CONLOUGH: &#191;Y en qu&#233; consiste ese trabajo?

MERRICK: (Sonriente.) En resolver problemas. Tiendo al pensamiento divergente.

CONLOUGH: &#191;Sabe qu&#233; le digo? Me parece que no est&#225; cooperando tanto como debiera.

MERRICK: &#191;Estoy contestando a sus preguntas o no?

FREDERICKSON: Quiz&#225; las conteste mejor despu&#233;s de un par de noches en la c&#225;rcel.

MERRICK: Eso no puede hacerlo.

CONLOUGH: &#191;Est&#225; dici&#233;ndonos qu&#233; podemos hacer y qu&#233; no? Oiga, puede que fuera usted el no va m&#225;s en su d&#237;a, pero eso aqu&#237; no le valdr&#225; de nada.

MERRICK: No tiene ning&#250;n otro motivo para retenerme. Le he dicho que respetar&#233; esa orden.

FREDERICKSON: Creemos que necesita un tiempo para reflexionar sobre lo que ha estado haciendo, para meditar sobre sus pecados.

MERRICK: Creo que ya no tengo nada m&#225;s que decirles. Quiero llamar a un abogado.


Eso fue todo. El interrogatorio hab&#237;a terminado. A Merrick se le permiti&#243; acceder a un tel&#233;fono. Llam&#243; a Eldritch, quien result&#243; que hab&#237;a superado el examen para ejercer en Maine, junto con sus equivalentes en New Hampshire y Vermont. Aconsej&#243; a Merrick no contestar a ninguna otra pregunta, y se organiz&#243; el traslado de Merrick a la c&#225;rcel del condado de Cumberland, dado que Scarborough ya no ten&#237;a celdas de retenci&#243;n.

El abogado no podr&#225; sacarlo antes del lunes por la ma&#241;ana, como muy pronto -dijo O'Rourke-. A los jueces les gusta disfrutar de su fin de semana.

Aun cuando se presentaran cargos contra Merrick, probablemente Eldritch solicitar&#237;a la libertad bajo fianza si el otro cliente de Eldritch a&#250;n ten&#237;a inter&#233;s en que Merrick siguiera libre, como parec&#237;a tenerlo O'Rourke. La &#250;nica persona a quien no interesaba la libertad de Merrick era Rebecca Clay.

Tengo a gente vigilando a la se&#241;ora Clay -inform&#233; a O'Rourke-. Ella quiere quit&#225;rselos de encima, pero creo que tal vez le convenga replante&#225;rselo, s&#243;lo hasta que nos hagamos una idea de c&#243;mo reacciona Merrick a todo esto.

&#191;A qui&#233;nes has recurrido?

Me revolv&#237; inc&#243;modo en el asiento.

A los Fulci y a Jackie Garner.

O'Rourke solt&#243; una carcajada y provoc&#243; miradas de sorpresa de quienes lo rodeaban.

&#161;No me digas! Eso es como infiltrar a un par de elefantes y el maestro de ceremonias del circo.

Bueno, en realidad yo quer&#237;a que Merrick los viera. El objetivo de la maniobra era mantenerlo a distancia.

Dios m&#237;o, a m&#237; tambi&#233;n me mantendr&#237;an a distancia. Probablemente mantienen a distancia incluso a los p&#225;jaros. Eliges a unos amigos muy divertidos, francamente.

S&#237;, pens&#233;, pero O'Rourke no sab&#237;a ni la mitad de la historia. Los divertidos de verdad a&#250;n estaban por llegar.



14

Cuando volv&#237; de Scarborough al Centro C&#237;vico del condado de Cumberland, las calles estaban abarrotadas de autobuses: autobuses escolares amarillos, autobuses de la compa&#241;&#237;a Peter Pan; de hecho, pr&#225;cticamente cualquier cosa que tuviera ruedas y cabida para m&#225;s de seis personas. Los Piratas ten&#237;a una buena racha. Con el entrenador Kevin Dineen ocupaban el primer puesto de la Divisi&#243;n Atl&#225;ntica de la Conferencia Este de la Liga de Hockey. Esa misma semana, d&#237;as antes, hab&#237;an derrotado a su rival m&#225;s inmediato, los Lobos de Hartford, por siete a cuatro. Ahora les tocaba a los Halcones de Springfield y, seg&#250;n parec&#237;a, unos cinco mil hinchas hab&#237;an llegado al Centro C&#237;vico para el partido.

En la pista, el Loro Crackers entreten&#237;a al p&#250;blico. Para ser m&#225;s exactos, distra&#237;a a la mayor parte del p&#250;blico. Pues cierta gente no quer&#237;a que la entretuvieran.

&#201;ste tiene que ser el deporte m&#225;s est&#250;pido del mundo -coment&#243; Louis.

Vest&#237;a un abrigo gris de cachemir encima de la chaqueta y el pantal&#243;n negros, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el ment&#243;n oculto entre los pliegues de su bufanda roja. Actuaba como si lo hubieran obligado a apearse de un tren en alg&#250;n paraje perdido en medio de Siberia. Hab&#237;a prescindido de su barba con un vago toque sat&#225;nico, llevaba el pelo a&#250;n m&#225;s implacablemente corto que de costumbre, y los toques canosos apenas se ve&#237;an. &#193;ngel y &#233;l hab&#237;an llegado un rato antes. Yo hab&#237;a comprado un par de entradas m&#225;s por si quer&#237;an ir al partido, pero &#193;ngel se las hab&#237;a ingeniado para pillar un resfriado en Napa y se hab&#237;a quedado en mi casa compadeci&#233;ndose de s&#237; mismo. As&#237; las cosas, Louis era mi &#250;nico y remiso acompa&#241;ante para la velada.

La relaci&#243;n entre nosotros hab&#237;a cambiado a lo largo del &#250;ltimo a&#241;o. En cierto modo, siempre me hab&#237;a sentido m&#225;s cerca de &#193;ngel.

Conoc&#237;a mejor su pasado y en mi etapa de polic&#237;a, por breve que fuese, hice cuanto pude por ayudarlo y protegerlo. Hab&#237;a visto algo en &#233;l -aun ahora me resultaba dif&#237;cil explicar qu&#233; era exactamente, pero quiz&#225; fuese cierta honestidad, una empat&#237;a con quienes hab&#237;an sufrido, aunque pasada por el turbio tamiz de su actividad delictiva- y hab&#237;a respondido a ello. Tambi&#233;n hab&#237;a visto algo en su compa&#241;ero, pero era muy distinto. Mucho antes de que yo hubiese disparado un arma en un arrebato de ira, Louis ya hab&#237;a matado. Al principio lo hab&#237;a hecho movido por su propia rabia, pero pronto descubri&#243; que ten&#237;a talento para ello, y hab&#237;a quienes estaban dispuestos a pagarle por utilizar esa aptitud en su nombre. Pens&#233; que en otro tiempo no se habr&#237;a diferenciado mucho de Frank Merrick, aunque su br&#250;jula moral se hab&#237;a vuelto m&#225;s firme de lo que hab&#237;a sido jam&#225;s la de Merrick.

Sin embargo Louis, como yo bien sab&#237;a, no era muy distinto de m&#237;. Representaba un aspecto de m&#237; que me hab&#237;a costado mucho reconocer -el impulso de atacar, el instinto de la violencia-, y la presencia de Louis en mi vida me hab&#237;a obligado a reconciliarme con ese aspecto y, mediante esa adaptaci&#243;n, a controlarlo. Pensaba que yo, a cambio, le hab&#237;a proporcionado una v&#237;a de escape a su propia ira, una manera de interactuar con el mundo y modificarlo que era digna de &#233;l como hombre. En el &#250;ltimo a&#241;o hab&#237;amos visto cosas que nos hab&#237;an cambiado a los dos, que confirmaban las sospechas que ambos alberg&#225;bamos acerca de la naturaleza de la colmena que es este mundo; unas sospechas que rara vez hab&#237;amos compartido. No obstante, hab&#237;amos encontrado un terreno com&#250;n, por hueco que sonara bajo nuestros pies.

&#191;Sabes por qu&#233; no ves a ning&#250;n negro practicar este deporte? -prosigui&#243;-. A, porque es lento. B, porque es tonto. Y C, porque hace fr&#237;o. En serio, f&#237;jate en estos tipos. -Pas&#243; las hojas del programa oficial-. En su mayor parte ni siquiera son americanos. Son canadienses. Por si no tuvieseis ya aqu&#237; bastantes blancos lentos como caracoles, vais y los import&#225;is de Canad&#225;.

Nos gusta crear empleo para los canadienses -dije-. As&#237; tienen la oportunidad de ganarse unos cuantos d&#243;lares aut&#233;nticos.

Ya, seguro que se los mandan a sus familias, como en el Tercer Mundo. -Mir&#243; con evidente desd&#233;n mientras las mascotas retozaban en el hielo-. El loro es m&#225;s atl&#233;tico que ellos.

Ocup&#225;bamos asientos en el bloque E, justo por encima del c&#237;rculo central. No hab&#237;a se&#241;al de Bill, el hombre que Diario nos enviaba; aunque, por lo que hab&#237;a dicho Diario, estaba claro que se andar&#237;a con pies de plomo en todo lo relativo a Merrick. Si era listo, en ese momento ya estar&#237;a observ&#225;ndonos. Le tranquilizar&#237;a saber que Merrick iba a pasar unos d&#237;as entre rejas. Eso nos proporcionaba a todos un poco m&#225;s de tiempo; cosa que yo agradec&#237;, al menos hasta que me vi obligado a explicar los sutiles matices del hockey a un hombre convencido de que el deporte empezaba y acababa en la cancha de baloncesto o la pista de atletismo.

Vamos -dije-. Eso no es justo. Espera a que salgan al hielo. Algunos de estos hombres son muy r&#225;pidos.

Pero &#191;de qu&#233; carajo hablas? -exclam&#243; Louis-. Carl Lewis era r&#225;pido. Jesse Owens era r&#225;pido. Incluso Ben Johnson, bien dopado, era r&#225;pido. Los jugadores de hockey, por el contrario, no son r&#225;pidos. Son como mu&#241;ecos de nieve con latas aplastadas en los pies.

Por el sistema de megafon&#237;a anunciaron que no se tolerar&#237;an los insultos ni el vocabulario soez.

&#191;No se puede jurar? -pregunt&#243; Louis, incr&#233;dulo-. &#191;Qu&#233; mierda de deporte es &#233;ste?

Eso lo dicen s&#243;lo para salvar las apariencias -aclar&#233; cuando, desde abajo, un hombre con ni&#241;os a ambos lados mir&#243; a Louis con desaprobaci&#243;n. Estuvo a punto de decir algo, pero se lo pens&#243; mejor y se conform&#243; con calarles a sus hijos las gorras hasta las orejas.

Se oy&#243; We Will Rock You de Queen, seguido de Ready to Go de Republica.

&#191;Por qu&#233; ser&#225; tan mala la m&#250;sica en el mundo del deporte? -pregunt&#243; Louis.

Esto es m&#250;sica de blancos -expliqu&#233;-. Se supone que tiene que apestar. As&#237; los negros no pueden exhibirse bail&#225;ndola.

Los equipos saltaron al hielo. La m&#250;sica sigui&#243;. Como siempre, se repartieron premios durante toda la primera parte: hamburguesas gratis y descuentos en el centro comercial, alguna que otra camiseta o gorra.

Hay que joderse -exclam&#243; Louis-. Tienen que repartir mierda s&#243;lo para que la gente se quede en el asiento.

Al acabar la primera parte, los Piratas ganaban por dos a cero, con tantos de Zenon Konopka y Geoff Peters. El tipo enviado por Diario a&#250;n no hab&#237;a dado se&#241;ales de vida.

Quiz&#225; se haya quedado dormido en alg&#250;n sitio -apunt&#243; Louis-. Como por ejemplo aqu&#237;.

Cuando los equipos salieron para iniciar la segunda parte, un hombre de baja estatura y aspecto duro, con una cazadora antigua de los Piratas, entr&#243; en nuestra fila desde la derecha. Llevaba perilla y gafas con montura met&#225;lica. Ten&#237;a la cabeza cubierta con una gorra negra de los Piratas y las manos escondidas en los bolsillos de la chaqueta. Su aspecto era parecido al de cualquiera de los centenares de personas all&#237; reunidas.

Parker, &#191;no? -dijo.

Exacto. &#191;T&#250; eres Bill?

Asinti&#243;, pero no sac&#243; las manos de los bolsillos.

&#191;Cu&#225;nto hace que nos vigilas? -pregunt&#233;.

Desde antes de empezar la primera parte -contest&#243;.

Eres muy precavido.

Supongo que eso no le hace da&#241;o a nadie.

Frank Merrick est&#225; detenido -dije.

Ah, pero yo eso no lo sab&#237;a. &#191;Por qu&#233; lo han detenido?

Por acoso.

&#191;Me est&#225;s diciendo que van a acusar a Frank Merrick de acoso? -Solt&#243; un resoplido de incredulidad-. No me jodas. &#191;Por qu&#233; no a&#241;aden cruzar la calle sin mirar y llevar un perro sin licencia?

Quer&#237;amos tenerlo encerrado durante unos d&#237;as -expliqu&#233;-. La raz&#243;n era lo de menos.

Bill mir&#243; por encima de m&#237; en direcci&#243;n a Louis.

Sin &#225;nimo de ofender, pero choca ver a un negro en un partido de hockey.

Estamos en Maine. Aqu&#237; choca ver a un negro en cualquier sitio.

Supongo, pero podr&#237;as haberlo camuflado un poco.

&#191;T&#250; te imaginas a un hombre como &#233;l con un sombrero de pirata y un alfanje de pl&#225;stico? Bill apart&#243; la mirada de Louis.

Dir&#237;a que no. Con un alfanje de verdad, puede.

Se reclin&#243; y no volvi&#243; a abrir la boca durante un rato. Cuando faltaban tres minutos y dieciocho segundos para concluir la segunda parte, Shane Hynes clav&#243; el disco en el fondo de la red. Al cabo de un minuto y medio, Jordan Smith marc&#243; el cuatro a cero. El partido estaba sentenciado.

Bill se puso en pie.

Vamos a por una cerveza -propuso-. Son cuatro victorias consecutivas, y nueve en diez partidos. El mejor comienzo de liga desde la temporada noventa y cuatro noventa y cinco, y aqu&#233;lla tuve que verla desde la c&#225;rcel.

Eso para ti es un castigo cruel e inusual, &#191;no? -pregunt&#243; Louis.

Bill le lanz&#243; una mirada iracunda.

No es aficionado -expliqu&#233;.

No me digas.

Salimos y pedimos tres cervezas en vasos de pl&#225;stico. Un flujo constante de espectadores abandonaba las gradas ahora que aparentemente los Piratas ten&#237;an el partido en el saco.

Por cierto, gracias por la entrada -dijo-. Ya no dispongo siempre de fondos para venir.

No hay de qu&#233; -contest&#233;.

Esper&#243; con cara de expectaci&#243;n y la mirada fija en el bulto de mi chaqueta, donde se ve&#237;a mi cartera. La saqu&#233; y le pagu&#233; los cincuenta. Dobl&#243; los billetes con cuidado y se los guard&#243; en el bolsillo del vaquero. Me dispon&#237;a a preguntarle por Merrick cuando, desde las gradas, se oy&#243; la inconfundible reacci&#243;n al tanto marcado por los Halcones.

&#161;Maldita sea! -exclam&#243; Bill-. Los hemos gafado al marcharnos.

As&#237; que volvimos a nuestros asientos a esperar el comienzo de la tercera parte, pero al menos Bill habl&#243; de buen grado durante un rato sobre su etapa en Supermax. El sistema Supermax fue concebido para apartar de la poblaci&#243;n reclusa com&#250;n a los presos que se consideraban especialmente violentos, o con riesgo de fuga, o una amenaza para los dem&#225;s. A menudo se empleaba a modo de castigo para quienes violaban las normas, o para aquellos a quienes descubr&#237;an con contrabando. La Supermax de Maine se inaugur&#243; en 1992 en Warren. Ten&#237;a cien celdas de aislamiento de m&#225;xima seguridad. Despu&#233;s de cerrarse la vieja prisi&#243;n estatal en Thomaston nada m&#225;s empezar este siglo, se construy&#243; finalmente la nueva c&#225;rcel para mil cien reclusos alrededor de la Supermax, como las murallas de una fortaleza en torno a una ciudadela.

Merrick y yo coincidimos en Max -dijo-. Yo cumpl&#237;a veinte a&#241;os por allanamiento de morada. Bueno, allanamientos. &#191;Te lo puedes creer? Veinte a&#241;os. A un puto asesino le caen menos. El caso es que me pillaron con un destornillador y un trozo de alambre en las manos. Era para arreglar mi puta radio. Como me consideraron un preso con alto riesgo de fuga, me mandaron a Max. A partir de ese momento las cosas se complicaron de un modo absurdo. Le atic&#233; a un poli.

Me ten&#237;a muy cabreado. Aunque lo pagu&#233; con creces. Tuve que cumplir toda la condena en Max. Putos polis. Los odiaba.

Por norma, los reclusos llamaban polis a los celadores. Al fin y al cabo, formaban parte del mismo sistema penal que la polic&#237;a, los fiscales y los jueces.

Seguro que nunca has visto la Supermax por dentro -coment&#243; Bill.

No -respond&#237;. El acceso a la Supermax estaba vetado a todo aquel que no fuera recluso o celador, pero hab&#237;a o&#237;do hablar m&#225;s que suficiente para saber que era un sitio donde no deseaba estar.

Es mal asunto -dijo Bill, y por c&#243;mo lo dijo supe que no iba a o&#237;r ninguna historia lacrim&#243;gena y exagerada de un ex presidiario. No intentaba venderme nada. S&#243;lo quer&#237;a que alguien lo escuchara-. Apesta: a mierda, sangre, v&#243;mitos. La inmundicia est&#225; por todo el suelo, por las paredes. En invierno, la nieve entra por debajo de las puertas. Se oye a todas horas el ruido en los respiraderos, y no te imaginas lo que es eso. No puedes abstraerte. Yo me tapaba los o&#237;dos con papel higi&#233;nico para no o&#237;rlo. Pensaba que iba a volverme loco. Eran veintitr&#233;s horas de confinamiento al d&#237;a, y una, cinco d&#237;as por semana, en la perrera. As&#237; llamaban al patio de ejercicio: mide un metro ochenta de ancho por diez de largo. Bien que lo s&#233;: lo med&#237; durante cinco a&#241;os. Las luces est&#225;n encendidas las veinticuatro horas del d&#237;a, siete d&#237;as por semana. No hay televisi&#243;n, ni radio, s&#243;lo ruido y luz blanca. Ni siquiera te dejan entrar un cepillo de dientes. Te dan un puto trozo de pl&#225;stico que hay que ponerse en el dedo, pero no sirve para una mierda. -Bill abri&#243; la boca y se se&#241;al&#243; con el dedo los huecos entre los dientes amarillentos-. All&#237; perd&#237; cinco dientes. Se me cayeron sin m&#225;s. Si te paras a pensar, Max es una forma de tortura psicol&#243;gica. Sabes por qu&#233; est&#225;s all&#237;, pero no qu&#233; puedes hacer para salir. Y eso no es lo peor. Si te pasas de rosca, te mandan a la silla.

Eso ya lo sab&#237;a. La silla era un artefacto inmovilizador utilizado con quienes consegu&#237;an agotar la paciencia de los celadores. Cuatro o cinco celadores con protectores en todo el cuerpo y escudos y gas mostaza irrump&#237;an en la celda de un preso para realizar la extracci&#243;n. Lo rociaban de gas, lo tiraban al suelo o al camastro y lo esposaban -las esposas iban unidas a grilletes-, despu&#233;s lo desnudaban cort&#225;ndole la ropa. A continuaci&#243;n, se lo llevaban, desnudo y gritando, a una sala de observaci&#243;n donde lo sujetaban a una silla con correas y lo dejaban all&#237; durante horas muerto de fr&#237;o. Asombrosamente, las autoridades penitenciarias sosten&#237;an que la silla no se utilizaba como castigo, sino s&#243;lo como medio para controlar a los reclusos que eran una amenaza para s&#237; mismos o para los dem&#225;s. El Phoenix de Portland hab&#237;a conseguido im&#225;genes en v&#237;deo de una extracci&#243;n, ya que dichas operaciones se grababan en la c&#225;rcel, supuestamente para demostrar que los presos no sufr&#237;an malos tratos. Seg&#250;n quienes las hab&#237;an visto, costaba imaginar c&#243;mo las extracciones y la silla pod&#237;an definirse como algo distinto de violencia autorizada y oficial rayana en la tortura.

A m&#237; me lo hicieron una vez -continu&#243; Bill-, despu&#233;s de tumbar a un poli. Nunca m&#225;s. Despu&#233;s de eso mantuve la cabeza gacha. Aquello no era manera de tratar a un hombre. A Merrick tambi&#233;n se lo hicieron. M&#225;s de una vez, pero con Frank no pudieron. Aunque siempre fue por lo mismo. Nunca variaba.

&#191;A qu&#233; te refieres?

A Merrick siempre lo castigaban por lo mismo. Hab&#237;a un chico all&#237;, un tal Kellog, Andy Kellog. Estaba loco, pero no era su culpa. Todo el mundo lo sab&#237;a. Se lo hab&#237;an follado de ni&#241;o y nunca se recuper&#243;. Se pasaba la vida hablando de p&#225;jaros, hombres como p&#225;jaros.

Interrump&#237; a Bill.

Un momento. &#191;Ese Kellog hab&#237;a sufrido abusos?

Exacto.

&#191;Abusos sexuales?

Aj&#225;. Supongo que los autores llevaban m&#225;scaras o algo as&#237;. Yo recordaba a Kellog de su etapa en Thomaston. Otros en Max tambi&#233;n lo recordaban, pero al parecer nadie sab&#237;a con seguridad qu&#233; le hab&#237;a pasado. Lo &#250;nico que sab&#237;amos era que se lo hab&#237;an, llevado unos hombres como p&#225;jaros y no una sola vez, sino un par de veces, y eso despu&#233;s de que otros ya se lo hubieran beneficiado. Lo que qued&#243; cuando acabaron no val&#237;a ni cinco centavos. Lo atiborraron de f&#225;rmacos. La &#250;nica persona capaz de acceder a &#233;l era Merrick, y te aseguro que me cost&#243; creerlo. Merrick no era precisamente un asistente social. Era un hombre duro. Pero en el caso de ese chico Merrick intent&#243; cuidar de &#233;l. Y no era un maric&#243;n ni mucho menos. El primero que se lo dijo a Merrick fue tambi&#233;n el &#250;ltimo. Merrick casi le arranc&#243; la cabeza, intent&#243; pas&#225;rsela por entre los barrotes de la celda. Y a punto estuvo de conseguirlo, pero aparecieron los polis y lo separaron. Luego trasladaron a Kellog a Max por tirar mierda a los celadores, y Merrick encontr&#243; la manera de ir tambi&#233;n all&#237;.

&#191;Merrick se hizo trasladar a prop&#243;sito a Supermax?

S&#237;, eso dicen. Hasta que se fue Kellog, Merrick hab&#237;a ido a la suya, manteniendo la cabeza gacha, salvo cuando alguien se pasaba de listo y amenazaba al chico o, si era muy tonto, intentaba cambiar la jerarqu&#237;a desafiando a Merrick. Pero despu&#233;s del traslado de Kellog, Merrick hizo todo lo que pudo para sacar de quicio a los polis, hasta que no les qued&#243; m&#225;s remedio que mandarlo a Warren. All&#237; no pod&#237;a hacer gran cosa por el chico, pero no se rindi&#243;. Habl&#243; con los polis, intent&#243; convencerlos de que mandaran a un asistente especializado en salud mental para controlarlo, incluso logr&#243; calmar al chico un par de veces cuando parec&#237;a que iba a conseguir que lo mandaran otra vez a la silla. Los celadores lo sacaron alguna que otra vez de su celda para que hiciera entrar en raz&#243;n al chico, pero no siempre dio resultado. Kellog se pasaba la vida en esa silla, te lo aseguro. Puede que siga all&#237;, por lo que yo s&#233;.

&#191;Kellog sigue all&#237;?

Dudo que llegue a salir alguna vez, al menos vivo. Me parece que ese chico quiere morir. Es un milagro que no est&#233; muerto ya.

&#191;Y qu&#233; me dices de Merrick? &#191;Hablaste con &#233;l? &#191;Te cont&#243; algo de su vida?

No, era un solitario. S&#243;lo ten&#237;a tiempo para Kellog. Habl&#233; con &#233;l un poco, cuando nos cruz&#225;bamos camino de la enfermer&#237;a o de la perrera, pero a lo largo de los a&#241;os hablamos tanto como t&#250; y yo hemos hablado esta noche. Sin embargo, s&#237; que supe lo de su hija. Creo que por eso cuidaba de Kellog.

Empez&#243; la &#250;ltima parte del encuentro. Vi que Bill se concentraba inmediatamente en el hielo.

No lo entiendo -dije-. &#191;Qu&#233; tiene que ver la hija de Merrick con Kellog?

A rega&#241;adientes, Bill desvi&#243; la atenci&#243;n del partido por &#250;ltima vez.

Bueno, su hija hab&#237;a desaparecido -respondi&#243;-. No ten&#237;a gran cosa que se la recordase. S&#243;lo un par de fotograf&#237;as, un dibujo o dos que la ni&#241;a le hab&#237;a mandado a la c&#225;rcel antes de desaparecer. Fueron los dibujos lo que lo acercaron a Kellog, porque &#233;ste y la hija de Merrick hab&#237;an dibujado lo mismo. Los dos hab&#237;an dibujado hombres con cabeza de p&#225;jaro.



Tercera parte


Yo mismo soy el Infierno,

aqu&#237; no hay nadie.

Robert Lowell,

La hora de la mofeta





15

No tard&#233; en averiguar el nombre de la abogada que hab&#237;a representado a Andy Kellog en sus m&#225;s recientes encontronazos con la ley. Se llamaba Aimee Price y ten&#237;a el bufete en South Freeport, a unos cinco kil&#243;metros del bullicio tur&#237;stico de Freeport. El contraste entre Freeport y South Freeport era chocante. Freeport hab&#237;a renunciado al recuerdo del pasado en favor de las alegr&#237;as de las compras en las tiendas outlet y hab&#237;a convertido las calles adyacentes en amplios aparcamientos, mientras que South Freeport, que se extend&#237;a desde Porter Landing hasta Winslow Park, hab&#237;a conservado casi todos sus edificios decimon&#243;nicos, construidos en la &#233;poca de mayor auge de los astilleros del r&#237;o Harraseeket. El bufete de Price, en Park Street, formaba parte de un peque&#241;o complejo creado en el centro del pueblo a partir de dos casas, antiguas viviendas de capitanes de barco cuidadosamente restauradas, y que constitu&#237;an un cuadrado compuesto por cuatro manzanas justo por encima del embarcadero de Freeport. Compart&#237;a el espacio con un contable, un servicio de reestructuraci&#243;n de deudas y un acupuntor.

Pese a ser s&#225;bado, Price me hab&#237;a dicho que estar&#237;a all&#237; revisando expedientes hasta eso de la una. Compr&#233; unos bollos reci&#233;n hechos en el Village Store de las galer&#237;as Carharts y me encamin&#233; hacia su bufete poco antes del mediod&#237;a. Me acerqu&#233; a la recepci&#243;n y, despu&#233;s de anunciar mi llegada por el tel&#233;fono interno a la secretaria de Price, la joven detr&#225;s del mostrador me se&#241;al&#243; un pasillo a mi izquierda. La secretaria de Price era en realidad un secretario de poco m&#225;s de veinte a&#241;os. Llevaba tirantes y pajarita roja. En otra persona de su edad habr&#237;a parecido una presunci&#243;n de excentricidad, pero por el algod&#243;n arrugado de la camisa y las manchas de tinta en los pantalones de color tostado cab&#237;a pensar que su excentricidad era bastante aut&#233;ntica.

Price, de unos cuarenta a&#241;os, ten&#237;a el pelo rojo y rizado y lo llevaba muy corto, con un peinado m&#225;s propio de una mujer veinte a&#241;os mayor. Vest&#237;a un traje azul marino, cuya chaqueta colgaba del respaldo de su silla, y ofrec&#237;a el cansado aspecto de alguien que libraba demasiadas batallas perdidas contra el sistema. Ten&#237;a el despacho decorado con im&#225;genes de caballos, y a pesar de que hab&#237;a carpetas en el suelo, en el alf&#233;izar de la ventana y sobre el escritorio, resultaba mucho m&#225;s acogedor que el bufete de Eldritch y Asociados, sobre todo porque aqu&#237; hab&#237;an descubierto el uso del ordenador y sab&#237;an c&#243;mo deshacerse de los papeles viejos.

En lugar de sentarse ante su escritorio, Price hizo un hueco en un sof&#225; y me invit&#243; a acomodarme all&#237; mientras ella ocupaba una silla de respaldo recto enfrente. Nos separaba una mesa peque&#241;a, y el secretario, que se llamaba Ernest, dej&#243; all&#237; unas tazas y una cafetera, y se llev&#243; un bollo por la molestia. La disposici&#243;n de los asientos me dejaba sentado a una altura algo inferior y en una posici&#243;n algo menos c&#243;moda. Era, lo sab&#237;a, totalmente a prop&#243;sito. Al parecer, Aimee Price hab&#237;a aprendido por el camino dif&#237;cil a esperar lo peor, y a aprovechar cualquier ventaja a su alcance antes de iniciarse las batallas venideras. Luc&#237;a un gran anillo de compromiso de diamantes. Brillaba a la luz del sol invernal como si criaturas vivas se movieran en el interior de las piedras.

Bonito pedrusco -dije.

Sonri&#243;.

&#191;Es usted tasador de joyas adem&#225;s de detective?

Soy polifac&#233;tico. As&#237;, si esto de la investigaci&#243;n privada no acaba de cuajar, siempre puedo recurrir a otra cosa.

No parece que le vaya mal -coment&#243;-. Sale mucho en los peri&#243;dicos. -Reconsider&#243; sus palabras-. No, supongo que no es as&#237;. Es s&#243;lo que cuando sale, llama mucho la atenci&#243;n. Seguro que, adem&#225;s, tiene todos los recortes enmarcados.

Me he construido un santuario a m&#237; mismo.

Pues le deseo suerte y que atraiga a muchos adoradores. &#191;Quer&#237;a hablarme de Andy Kellog?

Se propon&#237;a ir al grano.

Me gustar&#237;a verlo -dije.

Est&#225; en Max. All&#237; no entra nadie.

Salvo usted.

Soy su abogada, e incluso yo tengo que pasar por el aro para acceder a &#233;l all&#237; dentro. &#191;A qu&#233; se debe su inter&#233;s por Andy?

Daniel Clay.

El rostro de Price se endureci&#243;.

&#191;Qu&#233; pasa con &#233;l?

Me ha contratado su hija. Ha tenido problemas con un individuo que tiene mucho inter&#233;s en localizar a su padre. Por lo visto, ese individuo conoci&#243; a Andy Kellog en la c&#225;rcel.

Merrick -adivin&#243; Price-. Se trata de Frank Merrick, &#191;no es as&#237;?

&#191;Lo conoce?

Irremediablemente. Andy y &#233;l eran &#237;ntimos.

Esper&#233;. Price se reclin&#243; en la silla.

No s&#233; por d&#243;nde empezar -dijo-. Acept&#233; el caso de Andy Kellog pro bono. Ignoro hasta qu&#233; punto conoce usted sus circunstancias, pero le har&#233; un breve resumen. Fue abandonado al nacer, adoptado por la hermana de su madre y tratado brutalmente por ella y su marido; luego pas&#243; de mano en mano entre los amigotes del marido, que lo sometieron a abusos sexuales. A los ocho a&#241;os empez&#243; a escaparse de casa y a los doce estaba pr&#225;cticamente desquiciado. Medicado desde los nueve a&#241;os, tuvo serias dificultades de aprendizaje y no pas&#243; de tercer curso. Al final acab&#243; en un centro de acogida para ni&#241;os con trastornos graves, un establecimiento sin apenas financiaci&#243;n del Estado, mantenido a fuerza de voluntad, y fue all&#237; donde se lo remitieron a Daniel Clay. Form&#243; parte de un programa piloto. El doctor Clay era especialista en ni&#241;os traumatizados, sobre todo en los que hab&#237;an sido v&#237;ctimas de malos tratos f&#237;sicos y abusos sexuales. Se seleccion&#243; a una serie de ni&#241;os para el programa, Andy entre ellos.

&#191;Qui&#233;n decidi&#243; a qu&#233; ni&#241;os se admit&#237;a?

Un equipo de expertos en salud mental, asistentes sociales y el propio Clay. Por lo visto, Andy mejor&#243; desde el primer momento. Parec&#237;a que las sesiones con el doctor Clay le iban bien. Se volvi&#243; m&#225;s comunicativo, menos agresivo. Se decidi&#243; que tal vez fuera beneficiosa para &#233;l la interacci&#243;n con una familia fuera del entorno del centro de acogida, as&#237; que empez&#243; a pasar un par de d&#237;as por semana con una familia de Bingham. Eran los due&#241;os de un albergue donde se organizaban actividades al aire libre, ya sabe: caza, excursiones, rafting, esas cosas. Con el tiempo se autoriz&#243; a Andy a vivir con ellos, aunque los expertos en salud mental y la gente de protecci&#243;n infantil se mantendr&#237;an en contacto con &#233;l de manera peri&#243;dica. Bueno, &#233;sa era la intenci&#243;n, pero estaban siempre desbordados de trabajo, as&#237; que mientras no se metiese en l&#237;os lo dejaban en paz y se dedicaban a otros casos. Se le concedi&#243; cierto grado de libertad, pero en esencia prefer&#237;a estar cerca de la familia y el albergue. Eso fue en verano. All&#237;, con la temporada alta, la actividad fue en aumento y la familia no siempre ten&#237;a tiempo para vigilar a Andy las veinticuatro horas al d&#237;a y -Se interrumpi&#243;-. &#191;Tiene usted hijos, se&#241;or Parker?

S&#237;.

Yo no. En una &#233;poca pens&#233; que quer&#237;a tener, pero ahora creo que ya es tarde. Mejor as&#237;, quiz&#225;, viendo las cosas que la gente es capaz de hacer a los ni&#241;os. -Se humedeci&#243; los labios, como si su organismo intentase acallarla sec&#225;ndole la boca-. A Andy lo secuestraron cerca del albergue. Desapareci&#243; durante un par de horas una tarde, y cuando regres&#243;, estaba poco comunicativo. Nadie le prest&#243; mucha atenci&#243;n. Enti&#233;ndalo: Andy no era a&#250;n como los otros ni&#241;os. Ten&#237;a arranques de mal genio, y la gente que lo cuidaba hab&#237;a aprendido a esperar a que se le pasaran. Pensaron que no hab&#237;a nada de malo en permitirle explorar el bosque &#233;l solo. Eran buena gente. Creo que simplemente bajaron la guardia en lo tocante a Andy.

El caso es que nadie se dio cuenta de nada hasta que aquello ocurri&#243; por tercera o cuarta vez. Alguien, creo que fue la madre, fue a ver c&#243;mo estaba Andy, y &#233;l la atac&#243; sin m&#225;s. Enloquecido, le tir&#243; del pelo y le ara&#241;&#243; la cara. Al final tuvieron que sentarse encima de &#233;l e inmovilizarlo hasta que lleg&#243; la polic&#237;a. Se neg&#243; a volver a la consulta de Clay, y los de protecci&#243;n infantil s&#243;lo pudieron sonsacarle fragmentos de lo ocurrido. Lo devolvieron a la instituci&#243;n, y all&#237; se qued&#243; hasta los diecisiete a&#241;os. Despu&#233;s acab&#243; en la calle y se perdi&#243; para siempre. No pod&#237;a pagarse la medicaci&#243;n que necesitaba, as&#237; que cay&#243; en el trapicheo, el robo y la violencia. Cumple quince a&#241;os de condena, pero su sitio no es Max. He intentado solicitar el traslado al psiqui&#225;trico de Riverview. Es all&#237; donde deber&#237;a estar. Hasta la fecha no he tenido suerte. El Estado ha decidido que es un delincuente, y el Estado nunca se equivoca.

&#191;Por qu&#233; no le habl&#243; a nadie de los abusos?

Price mordisque&#243; un bollo. Advert&#237; que siempre mov&#237;a las manos mientras pensaba, marcando un comp&#225;s con los dedos en el borde de la silla, mir&#225;ndose las u&#241;as o, como en este caso, partiendo el bollo. Parec&#237;a parte de su proceso de pensamiento.

Es complicado -contest&#243;-. Puede que se debiera, por un lado, a los abusos anteriores, en los que los adultos responsables de &#233;l no s&#243;lo estaban enterados de lo que ocurr&#237;a, sino que participaban activamente. Andy confiaba poco o nada en las figuras con autoridad, y la pareja adoptiva de Bingham justo empezaba a romper sus barreras cuando se produjeron los nuevos abusos. Pero, por lo que me cont&#243; despu&#233;s, los hombres que abusaron de &#233;l lo amenazaron con hacer da&#241;o a la hija de ocho a&#241;os del matrimonio si dec&#237;a algo. La ni&#241;a se llamaba Michelle, y Andy se hab&#237;a encari&#241;ado con ella. Sent&#237;a necesidad de protegerla, a su manera. Por eso regresaba.

&#191;Regresaba?

Los hombres le dijeron a Andy d&#243;nde deb&#237;a esperarlos cada martes. A veces iban, a veces no, pero Andy nunca faltaba por si acaso. No quer&#237;a que le pasara nada a Michelle. Hab&#237;a un claro a menos de un kil&#243;metro de la casa y, cerca, un arroyo; un sendero bajaba hasta all&#237; desde la carretera, con anchura suficiente para permitir el paso de un veh&#237;culo. Andy se sentaba all&#237; y uno de ellos iba a buscarlo. Le ordenaron que se sentara mirando hacia el arroyo, y que nunca se volviera al o&#237;r llegar a alguien. Le vendaban los ojos, lo llevaban al coche y se alejaban.

Sent&#237; algo en la garganta y me escocieron los ojos. Apart&#233; la mirada de Price. Me imagin&#233; a un ni&#241;o sentado en un tronco, el murmullo del agua a corta distancia, los rayos del sol a trav&#233;s de los &#225;rboles y los trinos de los p&#225;jaros, y entonces unos pasos que se acercaban, y la oscuridad.

Me he enterado de que lo han llevado a la silla un par de veces.

Me lanz&#243; una mirada, quiz&#225; sorprendida de lo informado que estaba.

M&#225;s de un par. Es un c&#237;rculo vicioso. Andy se medica, pero la medicaci&#243;n debe supervisarse para ir adaptando las dosis. Sin embargo, no sucede as&#237; y por tanto los medicamentos dejan de hacer el efecto que deber&#237;an, Andy se altera, pierde el control y los celadores lo castigan, y eso lo altera m&#225;s, y entonces los medicamentos a&#250;n tienen menos efecto que antes. No es culpa de Andy, pero vaya a explicarle eso a un celador a quien Andy acaba de orin&#225;rsele encima. Y Andy no es un caso aislado: en Supermax, los casos como el suyo no dejan de crecer. Todo el mundo lo ve, pero nadie sabe qu&#233; hacer al respecto, o nadie desea siquiera hacer nada al respecto; seg&#250;n lo deprimida que me sienta, pienso lo uno o lo otro. Tomamos a un preso mentalmente desequilibrado que, de alg&#250;n modo, infringe las reglas cuando forma parte de la poblaci&#243;n reclusa normal. Lo confinamos en una celda muy iluminada, sin distracciones, rodeado de otros presos a&#250;n m&#225;s trastornados que &#233;l. Bajo esa tensi&#243;n, viola m&#225;s reglas. Lo castigan con la silla, cosa que lo desquicia todav&#237;a m&#225;s que antes. Comete transgresiones m&#225;s graves a&#250;n de las reglas, o agrede a un celador, y aumentan la pena. El resultado final, en el caso de una persona como Andy, es la locura, incluso el suicidio. &#191;Y qu&#233; se consigue con una amenaza de suicidio? M&#225;s tiempo en la silla.

Winston Churchill dijo una vez que puede juzgarse a una sociedad por la manera que tiene de tratar a los presos. Recordar&#225; usted el asunto de Abu Ghraib y lo que estamos haci&#233;ndoles a los musulmanes en Irak y en Guant&#225;namo y en Afganist&#225;n y dondequiera que hemos decidido encerrar a aquellos que percibimos como amenaza. La gente pareci&#243; sorprenderse, pero bastaba con que mirasen alrededor. A los nuestros les hacemos lo mismo, procesamos a los ni&#241;os como si fueran adultos. Encerramos, incluso ejecutamos, a los enfermos mentales. Y atamos a personas desnudas a sillas en habitaciones heladas porque no les hace efecto la medicaci&#243;n. Si somos capaces de hacer eso aqu&#237;, &#191;c&#243;mo demonios se sorprende alguien de que no tratemos mejor a nuestros enemigos?

Hab&#237;a ido subiendo el tono de voz a medida que se dejaba llevar por la indignaci&#243;n. Ernest llam&#243; a la puerta y asom&#243; la cabeza.

&#191;Todo en orden, Aimee? -pregunt&#243;, y me mir&#243; como si yo fuese el culpable de la alteraci&#243;n del orden, cosa que en cierto modo as&#237; era.

No pasa nada, Ernest.

&#191;Quieres m&#225;s caf&#233;?

Neg&#243; con la cabeza.

Bastante tensa estoy ya. &#191;Y usted, se&#241;or Parker?

No, gracias.

Price esper&#243; a que se cerrara la puerta antes de seguir.

Lo siento -se disculp&#243; Aimee.

&#191;Por qu&#233;?

Por la perorata. Probablemente no est&#225; de acuerdo conmigo.

&#191;Por qu&#233; lo dice?

Por lo que he le&#237;do sobre usted. Usted ha matado a personas. Parece un juez severo.

No supe qu&#233; responder. Por un lado me sorprendieron sus palabras, puede que incluso me irritasen, pero no advert&#237; segundas intenciones. Llamaba a las cosas por su nombre, nada m&#225;s.

Creo que no tuve opci&#243;n -contest&#233;-. No en ese momento. Quiz&#225;s ahora, sabiendo lo que s&#233;, actuar&#237;a de manera distinta en algunos casos, pero no en todos.

Usted hizo lo que consideraba correcto.

He empezado a creer que la mayor&#237;a de la gente hace lo que considera correcto. El problema surge cuando lo que hacen es correcto para ellos, pero no para los dem&#225;s.

&#191;Ego&#237;smo?

Tal vez. Inter&#233;s propio. Instinto de conservaci&#243;n. Todos ellos conceptos que giran en torno a uno mismo.

&#191;Cometi&#243; alg&#250;n error cuando hizo lo que hizo?

Me di cuenta de que estaba poni&#233;ndome a prueba de alg&#250;n modo, de que las preguntas de Price eran una manera de calibrar si yo merec&#237;a ver a Andy Kellog. Intent&#233; contestar con la mayor sinceridad posible.

No, al final no.

&#191;No comete errores, pues?

No de &#233;sos.

Nunca ha disparado a nadie que no tuviera un arma en la mano, &#191;es eso lo que quiere decir?

No, porque tampoco es verdad.

Se produjo un silencio, hasta que Aimee Price se llev&#243; las manos a la frente y dej&#243; escapar un gru&#241;ido de frustraci&#243;n.

Parte de eso no es asunto m&#237;o -dijo-. Disculpe una vez m&#225;s.

Yo le estoy haciendo preguntas. No veo por qu&#233; no podr&#237;a hac&#233;rmelas usted a m&#237;. Pero ha arrugado la frente cuando he mencionado a Daniel Clay. &#191;Por qu&#233;?

Porque s&#233; lo que la gente dice de &#233;l. He o&#237;do los rumores.

&#191;Y los cree? -pregunt&#233;.

Alguien puso a Andy Kellog en manos de esos hombres. No fue casualidad.

Merrick piensa lo mismo.

Frank Merrick est&#225; obsesionado. Algo se rompi&#243; dentro de &#233;l cuando su hija desapareci&#243;. No s&#233; si eso lo convierte en un hombre m&#225;s o menos peligroso de lo que ya era.

&#191;Qu&#233; puede decirme sobre &#233;l?

No mucho. Probablemente usted ya sabe todo lo que necesita saber sobre su condena, y lo sucedido en Virginia: el asesinato de Bar-ton Riddick, y la coincidencia entre las balas que permiti&#243; relacionar a Merrick con el crimen. Para serle sincera, a m&#237; no me interesa demasiado. Mi principal preocupaci&#243;n era, y sigue siendo, Andy Kellog. Cuando Merrick empez&#243; a establecer cierto v&#237;nculo con Andy, pens&#233; lo mismo que la mayor&#237;a de la gente: ya me entiende, un joven vulnerable, un preso de mayor edad y m&#225;s curtido, pero no tuvo nada que ver con eso. Merrick parec&#237;a cuidar realmente de Andy en la medida de sus posibilidades.

Empez&#243; a garabatear en el cuaderno apoyado en su regazo a medida que hablaba. Creo que ni siquiera era del todo consciente de lo que hac&#237;a. No baj&#243; la vista hacia el papel mientras deslizaba el l&#225;piz sobre &#233;l, ni me mir&#243; a m&#237;, sino que prefiri&#243; fijar la vista en la luz fr&#237;a del invierno al otro lado de la ventana.

Dibujaba cabezas de p&#225;jaros.

Me han dicho que Merrick forz&#243; su traslado a Supermax para estar cerca de Kellog -coment&#233;.

Siento curiosidad por conocer su fuente de informaci&#243;n a ese respecto, pero es cierto, sin ning&#250;n g&#233;nero de dudas. A Merrick lo trasladaron y dej&#243; bien claro que cualquiera que se pasase de la raya con Andy rendir&#237;a cuentas ante &#233;l. Incluso en un sitio como Max, siempre hay caminos. S&#243;lo que la &#250;nica persona de quien Merrick no pod&#237;a proteger a Andy era el propio Andy.

Mientras tanto, la fiscal&#237;a de Virginia puso en marcha el proceso por el asesinato de Riddick. Corri&#243; mucha tinta y, ya cerca de la puesta en libertad de Merrick, se dictaron las &#243;rdenes pertinentes y se le notific&#243; el traslado a Virginia para ser juzgado. Entonces ocurri&#243; algo raro: intervino otro abogado en representaci&#243;n de Merrick.

Eldritch -apunt&#233;.

Exacto. La intervenci&#243;n fue conflictiva por diversas razones. No parec&#237;a que Eldritch hubiera tenido un solo contacto previo con Merrick y, seg&#250;n me dijo Andy, fue el propio abogado quien se dirigi&#243; a &#233;l. El viejo ese se present&#243; por las buenas y se ofreci&#243; a llevar el caso de Merrick, pero, por lo que supe despu&#233;s, no estaba especializado en casos penales. Se dedicaba al derecho de empresa, a los bienes ra&#237;ces, todo estrictamente administrativo, as&#237; que era un candidato poco com&#250;n como defensor de causas perdidas. No obstante, vincul&#243; el caso de Merrick a una campa&#241;a contra el an&#225;lisis bal&#237;stico organizada por un grupo de abogados liberales y encontr&#243; pruebas de un asesinato en el que hab&#237;a intervenido la misma pistola utilizada para matar &#225; Riddick, pero cometido mientras Merrick estaba entre rejas. Los federales empezaban a echarse atr&#225;s en el empleo del an&#225;lisis bal&#237;stico, y Virginia comprendi&#243; que no ten&#237;a pruebas suficientes para conseguir la condena por el asesinato de Riddick. Y si hay algo que a un fiscal no le gusta hacer, es llevar adelante un caso que parece condenado al fracaso desde el principio. Merrick pas&#243; unos meses en una celda de Virginia y al final lo pusieron en libertad. Hab&#237;a cumplido toda su condena en Maine, as&#237; que qued&#243; libre y en paz.

&#191;Cree que lament&#243; dejar a Andy Kellog en Max?

Sin duda, pero para entonces, por lo visto, hab&#237;a decidido que ten&#237;a otras cosas que hacer fuera.

&#191;Como averiguar qu&#233; hab&#237;a sido de su hija?

S&#237;.

Cerr&#233; mi libreta. Habr&#237;a m&#225;s preguntas, pero de momento eso era todo.

En cualquier caso, me gustar&#237;a hablar con Andy -insist&#237;.

Har&#233; indagaciones.

Le di las gracias y le ofrec&#237; mi tarjeta de visita.

En cuanto a Frank Merrick -dijo cuando me dispon&#237;a a salir-, creo que s&#237; mat&#243; a Riddick, y tambi&#233;n a otros muchos.

Conozco su reputaci&#243;n -contest&#233;-. &#191;Cree que Eldritch hizo mal en intervenir?

Ignoro por qu&#233; intervino Eldritch, pero no fue porque le preocupara la justicia. Tuvo, no obstante, un resultado positivo, aunque no fuera &#233;se su objetivo: el an&#225;lisis bal&#237;stico como prueba se vino abajo. El proceso contra Merrick tambi&#233;n se vino abajo. Basta con que suceda eso una sola vez para que el sistema entero se derrumbe, o se desmorone un poco m&#225;s. Si Eldritch no se hubiese hecho cargo del caso, quiz&#225;s yo hubiera pedido una orden de excepci&#243;n para poder ejercer en Virginia y lo habr&#237;a llevado yo misma. -Sonri&#243;-. Hago especial hincapi&#233; en ese quiz&#225;s.

No le gustar&#237;a tener a Frank Merrick como cliente.

S&#243;lo de saber que ha vuelto a Maine me pongo nerviosa.

&#191;No ha intentado ponerse en contacto con usted por Andy?

No. &#191;Tiene idea de d&#243;nde est&#225; viviendo?

Era una buena pregunta, y me dio que pensar. Si Eldritch hab&#237;a proporcionado un coche a Merrick, y acaso tambi&#233;n fondos, podr&#237;a haberle facilitado, adem&#225;s, un lugar para alojarse. Si era as&#237;, tal vez hubiera forma de encontrarlo y de descubrir algo m&#225;s sobre Merrick y el cliente de Eldritch.

Me levant&#233; para marcharme. En la puerta del despacho, Aimee Price pregunt&#243;:

&#191;La hija de Daniel Clay le paga por hacer todo esto?

No, esto no -respond&#237;-. Me paga por protegerla de Merrick.

&#191;Y por qu&#233; est&#225; aqu&#237;, pues?

Por la misma raz&#243;n por la que usted podr&#237;a haberse ocupado del caso de Merrick. Aqu&#237; hay algo que no encaja. Eso me molesta. Desear&#237;a averiguar qu&#233; es.

Ella asinti&#243; con la cabeza.

Ya le avisar&#233; por lo de Andy -dijo.


Rebecca Clay me llam&#243; y la puse al d&#237;a de la situaci&#243;n con Merrick. Eldritch hab&#237;a informado a su cliente de que no podr&#237;a hacer nada por &#233;l hasta el lunes, y entonces, si Merrick segu&#237;a retenido sin cargos, presentar&#237;a una solicitud ante un juez. O'Rourke dudaba que un juez permitiera a la polic&#237;a de Scarborough seguir reteni&#233;ndolo si hab&#237;a pasado ya cuarenta y ocho horas a la sombra, aun teniendo en cuenta que la ley los autorizaba a privarlo de libertad otras cuarenta y ocho horas.

&#191;Y ahora qu&#233;? -pregunt&#243; Rebecca.

Estoy casi seguro de que no volver&#225; a molestarla. Vi su reacci&#243;n cuando le dijeron que lo iban a encerrar durante el fin de semana. No le da miedo la c&#225;rcel, pero si pierde la libertad, no podr&#225; buscar a su hija, y eso s&#237; le da miedo. Ahora esa libertad depende de que a usted no le pase nada. Le entregar&#233; la orden judicial cuando salga, pero si usted no se opone, la tendremos bajo vigilancia durante un par de d&#237;as despu&#233;s de su puesta en libertad, por si acaso.

Quiero que Jenna vuelva a casa -dijo.

No se lo recomiendo todav&#237;a.

Me tiene preocupada. Creo que todo este asunto la est&#225; afectando.

&#191;Por qu&#233;?

Encontr&#233; unos dibujos en su habitaci&#243;n.

&#191;Dibujos de qu&#233;?

De hombres, hombres p&#225;lidos y sin ojos. Me dijo que los hab&#237;a visto o que hab&#237;a so&#241;ado con ellos. Quiero tenerla cerca.

No le cont&#233; a Rebecca que otros hab&#237;an visto tambi&#233;n a esos hombres, incluido yo. Me pareci&#243; mejor, de momento, dejar que creyera que eran fruto de la imaginaci&#243;n trastornada de su hija, y nada m&#225;s.

Pronto -dije-. Deme s&#243;lo unos d&#237;as m&#225;s.

Reacia, accedi&#243;.


Esa noche, &#193;ngel, Louis y yo cenamos en Fore Street. Louis se hab&#237;a acercado a la barra para examinar los distintos vodkas, y nos hab&#237;a dejado a &#193;ngel y a m&#237; ocasi&#243;n de hablar.

Has perdido peso -dijo &#193;ngel sorbi&#233;ndose la nariz y provocando una lluvia de fragmentos de pa&#241;uelo de papel sobre la mesa. No ten&#237;a la menor idea de qu&#233; hab&#237;a estado haciendo en Napa para coger ese resfriado, pero ciertamente no quer&#237;a que me lo contase-. Tienes buen aspecto. Incluso tu ropa tiene un aspecto razonable.

Es mi nueva imagen. Como bien, sigo yendo al gimnasio, paseo al perro.

Ya. Ropa bonita, buen comer, gimnasio, un perro. -Se par&#243; a pensar un momento-. &#191;Seguro que no eres gay?

No puedo ser gay -contest&#233;-. Bastante ocupado estoy siendo como soy.

Quiz&#225; sea eso lo que me gusta de ti -coment&#243;-. Eres un gay no gay.

&#193;ngel hab&#237;a llegado con una cazadora de cuero marr&#243;n que yo hab&#237;a desechado, tan gastada en algunos puntos que hab&#237;a perdido el color por completo. Sus viejos Wrangler ten&#237;an una onda bordada en los bolsillos traseros y llevaba una camiseta de Hall and Oates, lo que significaba que el tiempo en la tierra de &#193;ngel se hab&#237;a detenido poco despu&#233;s de 1981.

&#191;Se puede ser hom&#243;fobo y gay? -pregunt&#233;.

Claro. Es como ser jud&#237;o y odiarse a s&#237; mismo, s&#243;lo que comes mejor.

Louis regres&#243;.

Le he estado explicando lo gay que es -inform&#243; &#193;ngel mientras untaba mantequilla en una rebanada de pan. Un trozo de mantequilla le cay&#243; en la camiseta. Lo recogi&#243; cuidadosamente con un dedo y se lo lami&#243;. El rostro de Louis permaneci&#243; impasible, s&#243;lo entorn&#243; un poco los ojos para expresar la profundidad de sus emociones.

Aj&#225; -dijo-. No creo que seas la persona m&#225;s indicada para encabezar la campa&#241;a de reclutamiento.

Mientras com&#237;amos hablamos de Merrick y de lo que hab&#237;a averiguado por mediaci&#243;n de Aimee Price. Ese mismo d&#237;a hab&#237;a telefoneado unas horas antes a Matt Mayberry, un agente inmobiliario de Massachusetts conocido m&#237;o con actividades en toda Nueva Inglaterra, para preguntarle si hab&#237;a alguna manera de obtener informaci&#243;n acerca de las propiedades en Portland e inmediaciones con las que Eldritch y Asociados hubiesen tenido alguna relaci&#243;n en los &#250;ltimos a&#241;os. Era un palo de ciego. Hab&#237;a pasado la mayor parte de la tarde llamando a hoteles y moteles, pero en ning&#250;n caso hab&#237;a obtenido resultados al pedir que me pusieran con la habitaci&#243;n de Frank Merrick. Aun as&#237;, ser&#237;a &#250;til saber d&#243;nde era m&#225;s probable que se dejase caer Merrick una vez puesto en libertad.

&#191;Has visto a Rachel &#250;ltimamente? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Hace unas semanas.

&#191;C&#243;mo andan las cosas entre vosotros?

No muy bien.

Es una l&#225;stima.

S&#237;.

Debes seguir intent&#225;ndolo, &#191;sabes?

Gracias por el consejo.

Tal vez tendr&#237;as que ir a verla mientras Merrick est&#225; a la sombra.

Lo pens&#233; mientras tra&#237;an la cuenta. En ese momento supe que quer&#237;a verlas a las dos. Quer&#237;a tener a Sam en brazos y charlar con Rachel. Estaba cansado de o&#237;r hablar de hombres que torturaban a ni&#241;os y de las vidas atormentadas que dejaban a su paso.

Louis empez&#243; a contar los billetes.

Quiz&#225; vaya a verlas -dije.

Nosotros sacaremos a pasear a tu perro -propuso &#193;ngel-. Si es un gay encubierto, no pondr&#225; inconveniente.



16

El viaje hasta la finca de los padres de Rachel, donde Rachel y Sam se encontraban en esos momentos, era largo y me pas&#233; gran parte del recorrido en silencio, repasando todo lo que hab&#237;a averiguado sobre Daniel Clay y Frank Merrick, e intentando dilucidar d&#243;nde encajaba el cliente de Eldritch en todo aquello. Eldritch me hab&#237;a dicho que su cliente no ten&#237;a inter&#233;s en Daniel Clay, y sin embargo los dos ayudaban a Merrick, que estaba obsesionado con Clay. Por otro lado, estaban los Hombres Huecos, fueran lo que fueran. Yo los hab&#237;a visto, o quiz&#225; ser&#237;a m&#225;s exacto decir que hab&#237;an penetrado en mi &#225;rea de percepci&#243;n. La sirvienta en casa de Joel Harmon tambi&#233;n los hab&#237;a visto, y como yo hab&#237;a descubierto en la breve conversaci&#243;n con Rebecca Clay la noche anterior, su hija Jenna los hab&#237;a dibujado antes de marcharse de la ciudad. El eje parec&#237;a ser Merrick, pero cuando le preguntaron durante el interrogatorio si trabajaba solo o si lo acompa&#241;aba alguien, pareci&#243; sinceramente sorprendido y respondi&#243; que trabajaba solo. La duda segu&#237;a en el aire: qui&#233;nes eran y qu&#233; pretend&#237;an.

Los padres de Rachel se hab&#237;an ido a pasar fuera el fin de semana y no ten&#237;an previsto volver hasta el lunes, as&#237; que la hermana de Rachel se quedar&#237;a para ayudarla con la ni&#241;a. Sam hab&#237;a crecido mucho, pese a que hab&#237;an pasado apenas unas semanas desde la &#250;ltima vez que la vi, o acaso s&#243;lo fuera la impresi&#243;n de un padre consciente de que viv&#237;a separado de su hija y de que las etapas de crecimiento de &#233;sta se le revelar&#237;an en adelante a modo de saltos m&#225;s que de pasos.

&#191;Era simple pesimismo por mi parte? No lo sab&#237;a. Rachel y yo a&#250;n habl&#225;bamos con frecuencia por tel&#233;fono. La echaba de menos, y pensaba que tambi&#233;n ella me echaba de menos a m&#237;, pero las &#250;ltimas veces que nos hab&#237;amos visto sus padres estaban presentes, o Sam alborotaba, o hab&#237;a siempre algo que parec&#237;a impedirnos hablar de nosotros y de por qu&#233; se hab&#237;an torcido tanto las cosas en nuestra relaci&#243;n. Yo no acababa de saber si permit&#237;amos que esas intrusiones se convirtieran en obst&#225;culos a fin de eludir una especie de enfrentamiento final, o si eran realmente lo que parec&#237;an ser. Un periodo de separaci&#243;n para permitirnos a los dos reflexionar sobre c&#243;mo quer&#237;amos vivir se hab&#237;a convertido en algo m&#225;s largo y m&#225;s complicado, y en apariencia m&#225;s definitivo. Rachel y Sam hab&#237;an vuelto a Scarborough durante unos d&#237;as en mayo, pero Rachel y yo hab&#237;amos discutido y entre nosotros se percib&#237;a una distancia que antes no exist&#237;a. Ella se hab&#237;a sentido inc&#243;moda en la casa que en otro tiempo hab&#237;amos compartido sin demasiados problemas, y Sam no dorm&#237;a bien en su habitaci&#243;n. &#191;Acaso nos hab&#237;amos habituado a estar el uno sin el otro pese a que yo sab&#237;a que a&#250;n anhelaba su presencia y ella la m&#237;a? Viv&#237;amos en una especie de tenso limbo, donde las cosas quedaban sin decir por temor a que expresarlas en voz alta provocara el hundimiento de aquel fr&#225;gil edificio.

Los padres de Rachel hab&#237;an transformado un antiguo establo de la finca en una amplia casa de invitados, y all&#237; viv&#237;a Rachel con Sam. Ella volv&#237;a a trabajar, empleada con contrato en el Departamento de Psicolog&#237;a de la Universidad de Vermont en Burlington, dirigiendo seminarios y dando clases sobre psicolog&#237;a criminal. Me habl&#243; un poco de ello mientras yo permanec&#237;a sentado a la mesa de la cocina, pero lo hizo de pasada, con la despreocupaci&#243;n con la que uno describir&#237;a sus actividades a un desconocido durante la cena. Antes, yo habr&#237;a sabido todos los detalles, pero ya no.

Sam estaba sentada en el suelo entre nosotros, jugando con enormes animales de granja de pl&#225;stico. Cogi&#243; dos ovejas con sus manos regordetas e hizo chocar sus cabezas; luego alz&#243; la vista y nos ofreci&#243; una a cada uno. Estaban pegajosas de baba.

&#191;Crees que es una met&#225;fora de nosotros dos? -pregunt&#233; a Rachel. Se la ve&#237;a cansada, pero segu&#237;a hermosa. Me sorprendi&#243; mientras la miraba fijamente y se recogi&#243; un mech&#243;n de pelo detr&#225;s de la oreja sonroj&#225;ndose un poco.

No s&#233; hasta qu&#233; punto darnos de cabezazos el uno contra el otro resolver&#237;a algo -dijo-. Aunque he de reconocer que quiz&#225; me lo pasar&#237;a bien d&#225;ndote a ti de cabezazos contra algo.

Muy simp&#225;tica.

Alarg&#243; el brazo y me toc&#243; el dorso de la mano con el dedo.

No era mi intenci&#243;n que sonara tan &#225;spero.

Tranquila. Por si te sirve de consuelo, tambi&#233;n a m&#237; me entran ganas a menudo de darme de cabeza contra la pared.

&#191;Y no quieres hac&#233;rmelo a m&#237;?

T&#250; eres demasiado guapa. Y me preocupar&#237;a estropearte el peinado.

Volv&#237; la palma de la mano hacia arriba y le sujet&#233; el dedo.

Vamos a dar un paseo -dijo ella-. Mi hermana cuidar&#225; de Sam.

Nos levantamos, y ella llam&#243; a su hermana. Pam entr&#243; en la cocina antes de que yo pudiera soltar el dedo de Rachel y nos dirigi&#243; a los dos una mirada, dando a entender que nos hab&#237;a visto. Pero no era una mirada de desaprobaci&#243;n, lo que ya era mucho. Si hubiese sido el padre de Rachel, tal vez habr&#237;a echado mano del rifle. &#201;l y yo no hac&#237;amos buenas migas, y sab&#237;a que esperaba que la relaci&#243;n entre su hija y yo se hubiera acabado para siempre.

&#191;Y si me llevo a Sam a dar una vuelta? -pregunt&#243; Pam-. De todos modos tengo que ir a la tienda, y ya sab&#233;is lo que le gusta mirar a la gente. -Se arrodill&#243; delante de Sam-. &#191;Quieres ir a pasear con la t&#237;a Pammie? Te llevar&#233; a la secci&#243;n de productos naturales y te mostrar&#233; todo lo que necesitar&#225;s cuando seas adolescente y vengan a verte los chicos. Tal vez podamos ir a ver las pistolas tambi&#233;n, &#191;eh?

Sam dej&#243; que su t&#237;a la tomase en brazos sin quejarse. Rachel las sigui&#243; y ayud&#243; a su hermana a preparar a Sam y a sentarla en la sillita del coche. Sam llor&#243; un poco cuando se cerr&#243; la puerta y se dio cuenta de que su madre no las acompa&#241;ar&#237;a, pero sab&#237;amos que no durar&#237;a. La fascinaba el coche, y dentro pasaba casi todo el tiempo contemplando el cielo o simplemente durmiendo, arrullada por el movimiento del veh&#237;culo. Las vimos alejarse, luego segu&#237; a Rachel por el jard&#237;n y nos adentramos en los campos que circundaban la casa de sus padres. Ella ten&#237;a los brazos cruzados sobre el pecho, como si la incomodase el hecho de haberme cogido la mano antes.

&#191;C&#243;mo has estado? -pregunt&#243;.

Ocupado.

&#191;Algo interesante?

Le habl&#233; de Rebecca Clay y de su padre, y de la llegada de Frank Merrick.

&#191;Qu&#233; clase de hombre es? -pregunt&#243; Rachel.

Era una pregunta extra&#241;a.

Un hombre peligroso y dif&#237;cil de interpretar -contest&#233;-. Piensa que Clay sigue vivo, y que sabe lo que le ocurri&#243; a su hija. Nadie parece en situaci&#243;n de desmentirlo, pero la opini&#243;n general es que Clay ha muerto; eso, o su hija es la mejor actriz que he conocido en mi vida. Merrick se decanta por esta segunda posibilidad. En su d&#237;a fue asesino a sueldo. Ha estado en la c&#225;rcel mucho tiempo, pero no me da la impresi&#243;n de que se haya rehabilitado. No obstante, intuyo que hay algo m&#225;s en &#233;l. Mientras se hallaba entre rejas cuid&#243; de uno de los antiguos pacientes de Clay, incluso lleg&#243; a provocar su propio traslado a Max para estar cerca de &#233;l. Al principio pens&#233; que pod&#237;a tratarse de una de esas situaciones que se dan en las c&#225;rceles, un hombre de cierta edad y otro m&#225;s joven, pero por lo visto la cosa no iba por ah&#237;. La propia hija de Merrick era paciente de Clay en el momento de su desaparici&#243;n. Quiz&#225; por eso exist&#237;a un lazo entre &#233;l y ese chico, Kellog.

Tal vez Merrick esperaba averiguar algo por mediaci&#243;n de Kellog que lo llevara hasta su hija -observ&#243; Rachel.

Es probable, pero el caso es que no se despeg&#243; del chico durante a&#241;os, y lo protegi&#243;. No le habr&#237;a llevado mucho tiempo averiguar lo que sab&#237;a Kellog, pero no se desentendi&#243; de &#233;l. Se qued&#243; a su lado. Cuid&#243; de &#233;l lo mejor que pudo.

&#191;No pudo proteger a su hija, y en lugar de eso protegi&#243; a Kellog?

Es un hombre complejo.

Hablas casi como si lo respetaras -dijo Rachel.

Mov&#237; la cabeza en un gesto de negaci&#243;n.

Lo compadezco. Creo que incluso lo comprendo hasta cierto punto. Pero no lo respeto, no como t&#250; das a entender.

&#191;Puede entenderse de otra manera?

No quise responder. Al fin y al cabo, eso nos conducir&#237;a nuevamente a una de las razones por las que Rachel y yo nos hab&#237;amos separado.

&#191;No contestas? -insisti&#243;, y supe que ella ya hab&#237;a adivinado lo que yo iba a decir. Quer&#237;a o&#237;rlo, como para confirmar una circunstancia triste pero necesaria.

Tiene las manos muy manchadas de sangre -dije-. No perdona.

Habr&#237;a podido hablar de m&#237; mismo, y una vez m&#225;s tom&#233; conciencia de lo mucho que me parec&#237;a a Merrick en otro tiempo, y quiz&#225; me pareciera a&#250;n. Era como si me hubiesen brindado la oportunidad de ver una versi&#243;n de m&#237; mismo al cabo de unas d&#233;cadas, m&#225;s viejo y m&#225;s solitario, intentando enmendar un agravio por la fuerza e infligiendo da&#241;o a otros.

Y ahora lo has disgustado. Has metido a la polic&#237;a. Te has interpuesto en su empe&#241;o por descubrir la verdad sobre la desaparici&#243;n de su hija. Lo respetas tal como respetar&#237;as a un animal, porque hacer otra cosa ser&#237;a infravalorarlo. Crees que tendr&#225;s que enfrentarte a &#233;l otra vez, &#191;verdad?

S&#237;.

Arrug&#243; la frente y vi dolor en sus ojos.

Eso nunca cambia, &#191;no es as&#237;?

No contest&#233;. &#191;Qu&#233; pod&#237;a decir?

Rachel no exigi&#243; una respuesta. En lugar de eso pregunt&#243;:

&#191;Kellog sigue en la c&#225;rcel?

S&#237;.

&#191;Vas a hablar con &#233;l?

Lo intentar&#233;. He hablado con su abogada. Por lo que he o&#237;do, no le va muy bien. En realidad nunca le ha ido bien, pero si sigue mucho tiempo en Supermax, lo suyo no tendr&#225; remedio. Ya estaba trastornado antes de llegar all&#237;. Seg&#250;n parece, ahora est&#225; al borde de la locura.

&#191;Es verdad lo que cuentan de esa c&#225;rcel?

S&#237;, es verdad.

Guard&#243; silencio durante un rato. Caminamos entre las hojas ca&#237;das. A veces emit&#237;an un sonido semejante al de un padre que intenta acallar el llanto de un hijo, apacigu&#225;ndolo, consol&#225;ndolo. Otras veces el sonido era vac&#237;o y seco, y en sus crujidos se anunciaba la promesa de que todo pasa.

&#191;Y el psiquiatra, Clay? Seg&#250;n dices, se sospech&#243; que podr&#237;a haber proporcionado informaci&#243;n sobre los ni&#241;os a los autores de los abusos. &#191;Hubo algo que lo implicara directamente en los propios abusos?

Nada, o nada que yo haya podido encontrar. La opini&#243;n de su hija es que no pod&#237;a vivir con la culpabilidad de no haber sido capaz de impedirlo. Cre&#237;a que ten&#237;a que haberse dado cuenta de lo que ocurr&#237;a. Los ni&#241;os ya estaban traumatizados antes de que &#233;l empezara a tratarlos, igual que Kellog. Le costaba llegar hasta ellos, pero su hija recuerda que hac&#237;a progresos, o eso cre&#237;a. La abogada de Kellog lo confirm&#243;. Hiciese lo que hiciese Clay, surt&#237;a efecto. Habl&#233; tambi&#233;n con uno de sus colegas, un m&#233;dico llamado Christian que dirige una cl&#237;nica para ni&#241;os v&#237;ctimas de abusos. Al parecer, su mayor cr&#237;tica a Clay es que se empe&#241;aba en detectar abusos. Ten&#237;a un objetivo claro, y por culpa de eso se meti&#243; en problemas que le impidieron hacer m&#225;s peritajes para el Estado.

Rachel se detuvo y se arrodill&#243;. Cogi&#243; un tr&#233;bol que todav&#237;a conservaba una de sus vellosas y gris&#225;ceas flores.

Se supone que esto deja de florecer en septiembre u octubre -dijo-. Y sin embargo aqu&#237; la tienes, todav&#237;a en flor. El mundo est&#225; cambiando. -Me lo dio-. Te traer&#225; suerte.

Lo sostuve en la palma de la mano y luego lo guard&#233; con cuidado en el bolsillo de pl&#225;stico de mi cartera.

La pregunta sigue ah&#237;: si las mismas personas intervinieron en los abusos de distintos ni&#241;os, &#191;c&#243;mo los encontraban? -pregunt&#243;-. Por lo que me has dicho, eleg&#237;an a los m&#225;s vulnerables. &#191;C&#243;mo lo sab&#237;an?

Alguien los informaba -contest&#233;-. Alguien les pon&#237;a a los ni&#241;os en bandeja.

Y si no era Clay, &#191;qui&#233;n era?

Una comisi&#243;n seleccionaba a los ni&#241;os que se enviaban a Clay. Inclu&#237;a a profesionales de la salud y asistentes sociales. Puestos a elegir, dir&#237;a que fue uno de ellos. Pero estoy seguro de que la polic&#237;a ya explor&#243; esa posibilidad. Por fuerza. La gente de Christian tambi&#233;n lo hizo. No encontraron nada.

Pero Clay desapareci&#243;. &#191;Por qu&#233;? &#191;Por lo que les pas&#243; a los ni&#241;os o porque tuvo algo que ver? &#191;Porque se sinti&#243; responsable o porque fue responsable?

Eso es ir muy lejos -respond&#237;.

Es que hay algo que no encaja en la desaparici&#243;n de Clay. Siempre hay excepciones, pero me cuesta imaginar que un m&#233;dico en una situaci&#243;n as&#237; actuase de esa manera. Era un psiquiatra, un especialista, no un m&#233;dico normal y corriente. No iba a hundirse, y menos en cuesti&#243;n de d&#237;as.

En ese caso, escap&#243; para que no lo implicaran

Eso tampoco lo veo claro -me interrumpi&#243; Rachel-. Si estaba implicado, habr&#237;a tenido la astucia suficiente para cubrir su rastro.

 o alguien lo hizo desaparecer, quiz&#225;s uno o m&#225;s de los autores de los abusos.

Para cubrir su propio rastro.

Pero &#191;por qu&#233;? -pregunt&#233;.

Chantaje. O tal vez &#233;l tambi&#233;n ten&#237;a esas tendencias.

&#191;Sigues pensando que podr&#237;a haber participado en los abusos? Ser&#237;a demasiado arriesgado.

Demasiado arriesgado -coincidi&#243; ella-. Pero no lo descarta como pederasta. Y tampoco excluye el chantaje.

A&#250;n damos por supuesto que es culpable.

Son simples especulaciones, nada m&#225;s -apunt&#243; ella.

Era interesante, pero segu&#237;a sin cuadrar. Sencillamente no pod&#237;a ver qu&#233; fallaba en el planteamiento. Volvimos hacia la casa con la luna elev&#225;ndose ya por encima de nosotros en el cielo vespertino. Me esperaba un largo viaje de regreso en coche, y de pronto me sent&#237; insoportablemente solo. No quer&#237;a alejarme de esa mujer y la ni&#241;a que hab&#237;amos creado juntos. No quer&#237;a dejar las cosas as&#237;. No pod&#237;a.

Rach -dije. Me detuve.

Ella tambi&#233;n se detuvo y me mir&#243;.

&#191;Qu&#233; nos ha pasado?

Ya hemos hablado de eso.

&#191;Hemos hablado?

Ya sabes que s&#237; -dijo-. Pens&#233; que podr&#237;a sobrellevar tu vida y lo que hac&#237;as, pero quiz&#225; me equivoqu&#233;. Algo dentro de m&#237; reaccion&#243; mal, la parte de m&#237; que estaba furiosa y dolida, pero en ti esa parte es tan grande que me asusta. Y

Esper&#233;.

Cuando volv&#237; a la casa, aquellos d&#237;as de mayo cuando, no quiero decir cuando volvimos a estar juntos, porque no dur&#243; tanto como para eso, pero en esa breve etapa de convivencia me di cuenta de lo mucho que yo aborrec&#237;a estar all&#237;. No fui consciente hasta que me march&#233; y volv&#237;, pero hay algo en esa casa. Me cuesta explicarlo. Creo que nunca lo he intentado, no en voz alta, pero me consta que hay cosas que t&#250; no me has contado. A veces te he o&#237;do gritar nombres en sue&#241;os. Te he visto pasearte por la casa medio dormido, manteniendo conversaciones con personas que yo no veo pero que s&#233; qui&#233;nes son. Te he visto, cuando cre&#237;as estar solo, responder a algo en las sombras. -Ri&#243; sin alegr&#237;a-. Joder, hasta vi al perro hacer lo mismo. Tambi&#233;n a &#233;l le has metido esas cosas en la cabeza. Yo no creo en fantasmas. Puede que por eso no los vea. Creo que vienen de dentro, no de fuera. Los crea la gente. Todo eso de los esp&#237;ritus con asuntos pendientes, individuos que se han marchado antes de lo debido y rondan por las casas, no me creo nada. Son los vivos quienes tienen asuntos pendientes, quienes no pueden dejar el pasado atr&#225;s. Tu casa, y es tu casa, est&#225; encantada. Sus fantasmas son tus fantasmas. T&#250; les has dado forma, y tambi&#233;n puedes librarte de ellos. Mientras no lo hagas, nadie m&#225;s podr&#225; formar parte de tu vida, porque los demonios que hay en tu cabeza y los esp&#237;ritus que hay en tu coraz&#243;n ahuyentar&#225;n a los dem&#225;s. &#191;Lo entiendes? S&#233; por lo que has pasado durante todos estos a&#241;os. Esper&#233; a que me lo contaras, pero no pudiste. A veces creo que es porque te daba miedo que, al cont&#225;rmelo, tuvieras que dejarlos ir, y no quieres dejarlos ir. Ellos alimentan la rabia dentro de ti. Por eso miras a ese hombre, Merrick, y te compadeces de &#233;l, y m&#225;s a&#250;n: sientes empat&#237;a. -Se le demud&#243; el rostro al mismo tiempo que se transform&#243; el tono de su voz, y sus mejillas enrojecieron de ira-. En fin, f&#237;jate bien en &#233;l, porque en eso te convertir&#225;s si esto no acaba: un recipiente vac&#237;o sin m&#225;s motivaci&#243;n que el odio y la venganza y el amor frustrado. En &#250;ltimo extremo, no nos hemos separado s&#243;lo porque yo tema por Sam y por m&#237; misma, o por ti y por lo que podr&#237;a ocurrimos a todos nosotros como consecuencia de tu trabajo. Me asustas t&#250;, el hecho de que parte de ti se sienta atra&#237;da hacia la maldad, el dolor y la desdicha, de que tu ira y aflicci&#243;n siempre necesiten ser alimentadas. Eso nunca acabar&#225;. Hablas de Merrick como si fuera un hombre incapaz de perdonar. T&#250; tampoco puedes perdonar. No puedes perdonarte a ti mismo por no haber estado all&#237; para proteger a tu mujer y tu hija, y no puedes perdonarlas a ellas por haber muerto y haberte dejado. Y quiz&#225; pens&#233; que eso podr&#237;a cambiar, que tenernos a nosotras en tu vida te permitir&#237;a sanarte un poco, encontrar cierta paz con nosotras, pero no habr&#225; paz. T&#250; quieres esa paz, pero no eres capaz de inducirte a aceptarla. S&#243;lo

Hab&#237;a empezado a llorar. Me acerqu&#233; a ella pero se apart&#243;.

No -dijo en voz baja-. No, por favor.

Se alej&#243;, y la dej&#233; ir.



17

Eldritch lleg&#243; a Maine a primera hora del lunes por la ma&#241;ana, acompa&#241;ado de un hombre m&#225;s joven que ten&#237;a el aspecto de enajenamiento y a la vez ligera desesperaci&#243;n propio de un alcoh&#243;lico que ha olvidado d&#243;nde tiene escondida la botella. Eldritch dej&#243; en manos de su colega la presentaci&#243;n de la solicitud ante la juez, y s&#243;lo aport&#243; unas cuantas palabras al final; con su tono sensato y sosegado transmiti&#243; la impresi&#243;n de que Merrick era un amante de la paz cuyas acciones, motivadas por saber qu&#233; le hab&#237;a ocurrido a su hija perdida, hab&#237;an sido cruelmente malinterpretadas por un mundo indiferente. Sin embargo, prometi&#243; -en nombre de Merrick, ya que &#233;ste no habl&#243; durante la vista- atenerse a todas las condiciones impuestas por la orden judicial que estaba a punto de dictarse, y solicit&#243;, con el debido respeto, que su cliente fuese puesto en libertad de manera inmediata.

La juez, que se llamaba Nola Hight, no era tonta. A lo largo de sus quince a&#241;os en el estrado hab&#237;a o&#237;do casi todos los pretextos habidos y por haber, y no estaba dispuesta a dar cr&#233;dito sin m&#225;s a Eldritch y Merrick.

Su cliente pas&#243; diez a&#241;os en la c&#225;rcel por intento de asesinato, se&#241;or Eldritch -record&#243; la juez.

Por agresi&#243;n con agravantes, su se&#241;or&#237;a -corrigi&#243; el joven ayudante de Eldritch.

La juez Hight lo fulmin&#243; con una mirada tan severa que al abogado pareci&#243; chamusc&#225;rsele el pelo.

Con el debido respeto, su se&#241;or&#237;a, no s&#233; hasta qu&#233; punto eso guarda relaci&#243;n con el asunto expuesto ante este tribunal -intervino Eldritch, procurando aplacar a la juez s&#243;lo mediante su tono-. Mi cliente cumpli&#243; su condena por ese delito. Ahora es otro hombre, escarmentado por sus experiencias.

La juez Hight lanz&#243; a Eldritch una mirada que habr&#237;a reducido a carne carbonizada a un hombre con menos temple. Eldritch se limit&#243; a balancearse, como si una suave brisa agitase por un momento su fr&#225;gil cuerpo.

Conocer&#225; el escarmiento de la m&#225;xima pena prevista por la ley si vuelve a presentarse ante este tribunal por algo relacionado con el asunto que nos incumbe -advirti&#243; la juez-. &#191;Est&#225; claro, abogado?

Claro como la luz del d&#237;a -afirm&#243; Eldritch-. Su se&#241;or&#237;a es tan razonable como sabia.

La juez Hight dud&#243; si sancionarlo por desacato a causa del sarcasmo, pero desisti&#243;.

Salgan de mi sala ahora mismo -orden&#243;.


Eran poco m&#225;s de las diez, todav&#237;a temprano. Merrick quedar&#237;a en libertad a las once, tan pronto como se cumplimentase el tr&#225;mite. Cuando le permitieron abandonar la celda de retenci&#243;n del condado de Cumberland, yo lo esperaba y le entregu&#233; la orden judicial que le prohib&#237;a todo contacto con Rebecca Clay so pena de encarcelamiento y/o multa. La cogi&#243;, la ley&#243; con detenimiento y se la guard&#243; en el bolsillo de la chaqueta. Se lo ve&#237;a desali&#241;ado y exhausto, como cualquiera despu&#233;s de un par de noches en una celda.

Ha sido una bajeza por tu parte -dijo.

&#191;Te refieres a echarte encima a la polic&#237;a? Estabas aterrorizando a una mujer. Eso tambi&#233;n parece una bajeza. Te conviene reconsiderar tu sistema de valores. No los tienes muy claros.

Puede que me oyera, pero en realidad no prestaba atenci&#243;n. Ni siquiera me miraba. Manten&#237;a la vista fija en alg&#250;n lugar por encima de mi hombro derecho, para darme a entender que yo ni siquiera era digno de contacto visual.

Los hombres deber&#237;an tratarse como hombres -prosigui&#243;, y su cara enrojeci&#243; como si estuviese en ebullici&#243;n-. Me echaste a los perros cuando yo s&#243;lo quer&#237;a hablar. T&#250; y esa se&#241;oritinga, no ten&#233;is sentido del honor, ninguno de los dos.

Te invito a desayunar -propuse-. Quiz&#225;s as&#237; podamos aclarar las cosas.

Merrick rechaz&#243; el ofrecimiento con un gesto.

Gu&#225;rdate tu desayuno y tu charla. Contigo la hora de hablar ya ha pasado.

Puede que no me creas, pero en cierto modo te entiendo -dije-.

Quieres averiguar qu&#233; fue de tu hija. S&#233; lo que se siente. Si puedo ayudarte, lo har&#233;, pero la manera de conseguirlo no es asustar a Rebecca Clay. Si vuelves a acercarte a ella, te detendr&#225;n y te meter&#225;n otra vez entre rejas, con suerte en el centro de retenci&#243;n del condado de Cumberland y, en el peor de los casos, en Warren. Eso implicar&#237;a perder un a&#241;o m&#225;s de vida, un a&#241;o m&#225;s sin avanzar un solo paso en tu empe&#241;o por averiguar la verdad sobre la desaparici&#243;n de tu hija.

Merrick me mir&#243; por primera vez desde que empezamos a hablar.

He acabado con esa Clay -afirm&#243;-, pero no contigo. Te dar&#233; un consejo a cambio del que acabas de darme: mantente al margen, y quiz&#225; me apiade de ti la pr&#243;xima vez que se crucen nuestros caminos.

Dicho esto me apart&#243; y se encamin&#243; hacia la estaci&#243;n de autob&#250;s. Con los hombros ligeramente encorvados y los vaqueros sucios despu&#233;s de d&#237;as en la c&#225;rcel, parec&#237;a m&#225;s peque&#241;o que antes. Una vez m&#225;s, me compadec&#237; de &#233;l. Pese a todo lo que sab&#237;a de &#233;l, y todo lo que se sospechaba que hab&#237;a hecho, era un padre que buscaba a su hija perdida. Quiz&#225;s era lo &#250;nico que le quedaba, pero yo sab&#237;a bien el da&#241;o que pod&#237;a causar esa clase de obsesi&#243;n. Lo sab&#237;a porque yo mismo la hab&#237;a padecido. Puede que Rebecca Clay estuviera a salvo de &#233;l, al menos de momento, pero Merrick no cejar&#237;a. Seguir&#237;a buscando hasta conocer la verdad, o hasta que alguien lo obligara a desistir. En cualquier caso, aquello s&#243;lo pod&#237;a acabar con una muerte.

Telefone&#233; a Rebecca y le dije que muy posiblemente Merrick no la molestar&#237;a m&#225;s por un tiempo, pero no hab&#237;a garant&#237;as.

Lo entiendo -contest&#243;-. En cualquier caso, ya no quiero hombres frente a mi casa. No puedo vivir as&#237;. &#191;Les dar&#225; las gracias de mi parte y me mandar&#225; la factura?

Una &#250;ltima cosa, se&#241;orita Clay -dije-. Si le dieran la opci&#243;n, &#191;querr&#237;a encontrar a su padre?

Se par&#243; a pensar.

Est&#233; donde est&#233;, lo eligi&#243; &#233;l -respondi&#243; en voz baja-. Ya se lo he dicho: a veces pienso en Jim Poole. Se fue y ya no volvi&#243;. Me gusta creer que no s&#233; si se fue por m&#237;, si se esfum&#243; porque le ped&#237; que buscara a mi padre, o si le pas&#243; algo, algo igual de malo. Pero cuando no puedo dormir, cuando estoy sola en mi habitaci&#243;n a oscuras, tendida en la cama, s&#233; que la culpa fue m&#237;a. A la luz del d&#237;a puedo convencerme de lo contrario, pero s&#233; la verdad. A usted no lo conozco, se&#241;or Parker. Le ped&#237; que me ayudara y lo ha hecho, y yo le pagar&#233; por el tiempo y los esfuerzos que me ha dedicado, pero no nos conocemos.

Si llegara a ocurrirle algo mientras indaga acerca de mi padre, eso crear&#237;a un v&#237;nculo entre nosotros, y yo no quiero vincularme a usted de esa manera, &#191;lo entiende? Intento dejarlo correr. Quiero que haga usted lo mismo.

Colg&#243;. Tal vez ten&#237;a raz&#243;n. Tal vez era mejor dejar a Daniel Clay donde estuviera, ya fuera en este mundo o en el otro. Pero eso ya no depend&#237;a de ella, ni de m&#237;. Merrick andaba suelto por ah&#237;, y tambi&#233;n la persona que hab&#237;a dado instrucciones a Eldritch para financiarlo. Acaso el papel de Rebecca Clay en el asunto hubiera terminado, pero el m&#237;o no.


Cuando la prisi&#243;n estatal de Maine se encontraba en Thomaston, no pasaba inadvertida. Estaba a pie de la Carretera 1, la principal v&#237;a de acceso al pueblo, un descomunal edificio que hab&#237;a sobrevivido a dos incendios y que incluso despu&#233;s de su reconstrucci&#243;n, renovaci&#243;n, ampliaci&#243;n y alguna que otra reforma, a&#250;n parec&#237;a el presidio de principios del siglo XIX que fue en su d&#237;a. Daba la impresi&#243;n de que el pueblo hubiese crecido en torno a la c&#225;rcel, aunque en realidad fue un centro de abastos a partir del siglo XVII. No obstante, la prisi&#243;n dominaba el paisaje de la comunidad, tanto f&#237;sica como, quiz&#225;, psicol&#243;gicamente. Si en Maine uno le mencionaba Thomaston a alguien, lo primera que le ven&#237;a a la cabeza era el presidio. A veces me preguntaba c&#243;mo deb&#237;a de ser vivir en un sitio cuya fama se deb&#237;a al encarcelamiento de seres humanos. Puede que al cabo de un tiempo uno se olvidara de ello sin m&#225;s, o dejara de percibir el efecto que ejerc&#237;a en la gente y el pueblo. Quiz&#225; s&#243;lo los visitantes sent&#237;an de inmediato el opresivo miasma suspendido sobre aquel lugar, como si el sufrimiento de los reclusos encerrados tras los muros de la prisi&#243;n se hubiese filtrado en el ambiente ti&#241;&#233;ndolo de gris, satur&#225;ndolo como part&#237;culas de plomo en el aire. En todo caso, sus circunstancias contribu&#237;an sin duda a mantener un bajo &#237;ndice de delincuencia. Thomaston era la clase de lugar donde cada dos o tres a&#241;os se produc&#237;a un crimen violento, y el &#237;ndice de delincuencia era aproximadamente un tercio del promedio nacional. Es posible que la presencia de una enorme c&#225;rcel a las puertas del pueblo indujese a quienes se sent&#237;an tentados de iniciar una vida delictiva a replantearse sus opciones profesionales.

En cambio, Warren era distinto. El pueblo era algo mayor que Thomaston, y su identidad no se hab&#237;a ligado del mismo modo al centro penitenciario. La nueva c&#225;rcel estatal hab&#237;a crecido gradualmente: empez&#243; con la apertura de Supermax, sigui&#243; la Unidad de Estabilizaci&#243;n de la Salud Mental y acab&#243; con el traslado de la poblaci&#243;n reclusa de Thomaston a las nuevas instalaciones. En comparaci&#243;n con la c&#225;rcel antigua era un poco m&#225;s dif&#237;cil de encontrar, oculta en la Carretera 97, o al menos oculta para tratarse de un lugar con un millar de presos y cuatrocientos empleados. Conduje por Cushing Road pasando ante el Centro Correccional de Bolduc, a la izquierda, hasta llegar al cartel de ladrillo y piedra a la derecha de la carretera que anunciaba la Prisi&#243;n Estatal de Maine, con los a&#241;os 1824 y 2001 debajo, el primero conmemorando la fundaci&#243;n del presidio original y el segundo la apertura del nuevo centro.

Warren se asemejaba m&#225;s a una planta industrial moderna que a una c&#225;rcel, impresi&#243;n reforzada por la extensa zona de mantenimiento a la derecha, que al parecer albergaba la central el&#233;ctrica de la c&#225;rcel. Comederos de p&#225;jaros hechos con boyas colgaban en el jard&#237;n frente a la entrada principal, y todo ofrec&#237;a un aspecto nuevo y reci&#233;n pintado. Era el silencio lo que revelaba el verdadero car&#225;cter del lugar. Eso, y el nombre, blanco sobre verde, encima de la puerta, y el alambre de espino en lo alto de la doble cerca, y la presencia de los celadores uniformados de azul con pantalones de rayas, y la mirada abatida de quienes esperaban en el vest&#237;bulo para visitar a sus seres queridos. En conjunto no hab&#237;a que mirar mucho para darse cuenta de que, por m&#225;s reajustes cosm&#233;ticos que se hubiesen introducido en la fachada, aquello era una c&#225;rcel en igual medida que pudiera haberlo sido Thomaston.

Era evidente que Aimee Price hab&#237;a accionado alg&#250;n que otro resorte para permitirme acceder a Andy Kellog. Las autorizaciones para las visitas tardaban en concederse hasta seis semanas. Ahora bien, Aimee Price ten&#237;a derecho a ver a su cliente cuando quisiera, y yo no era precisamente un desconocido para las autoridades carcelarias. Hab&#237;a visitado al predicador Faulkner cuando cumpl&#237;a condena en Thomaston, encuentro memorable por las peores razones, pero era la primera vez que pon&#237;a los pies en el nuevo centro.

No me pill&#243; por sorpresa, pues, encontrar all&#237; a una figura familiar, de pie al lado de Price, cuando por fin pas&#233; por el control de seguridad y entr&#233; en la prisi&#243;n propiamente dicha: Joe Long, el jefe de celadores. No hab&#237;a cambiado mucho desde la &#250;ltima vez que nos vimos. Corpulento y taciturno, a&#250;n irradiaba el tipo de autoridad que impon&#237;a respeto a mil delincuentes. Llevaba el uniforme almidonado y bien planchado, y todo aquello que deb&#237;a brillar reluc&#237;a de manera espectacular. En su bigote se ve&#237;an m&#225;s toques de gris que antes, pero decid&#237; no comentarlo. Bajo su hosca fachada percib&#237; a un ni&#241;o sensible esperando a ser abrazado. No quise herir su sentimiento, dicho as&#237;, en singular.

Otra vez por aqu&#237; -coment&#243; con el mismo tono que si yo lo molestase llamando a su puerta a todas horas del d&#237;a y de la noche para que me dejase entrar a jugar con los otros ni&#241;os.

Me es imposible mantenerme a distancia de los hombres encarcelados -contest&#233;.

Ya, de eso tenemos mucho por aqu&#237;.

Vaya un bromista estaba hecho el bueno de Joe Long. Un poco m&#225;s seco y habr&#237;a sido Arizona.

Me gusta el nuevo establecimiento -coment&#233;-. Es institucional pero acogedor. Veo su mano en la decoraci&#243;n: los grises institucionales, la piedra, el alambre. Todo habla de usted.

Se me qued&#243; mirando durante un poco m&#225;s de lo estrictamente necesario y luego, airoso, se dio media vuelta y nos indic&#243; que lo sigui&#233;ramos. Aimee Price se coloc&#243; a mi lado y un segundo celador, llamado Woodbury, se situ&#243; en retaguardia.

Tiene usted amigos en todas partes, &#191;eh? -coment&#243; Price.

Si acabo aqu&#237; como hu&#233;sped, espero que &#233;l cuide de m&#237;.

S&#237;, le deseo buena suerte. Si alguna vez se encuentra en una situaci&#243;n as&#237;, ya puede fabricarse un pincho.

Nuestros pasos resonaron en el corredor. Ahora se o&#237;a ruido: hombres invisibles que hablaban y vociferaban, puertas de acero que se abr&#237;an y cerraban, el sonido lejano de radios y televisores. As&#237; eran las c&#225;rceles: dentro jam&#225;s reinaba el silencio, ni siquiera de noche. Uno no pod&#237;a olvidarse de los hombres encarcelados alrededor: A oscuras, despu&#233;s de apagarse las luces y cuando los sonidos cambiaban, la situaci&#243;n empeoraba. Era entonces cuando les asaltaba a los presos la soledad y la desesperaci&#243;n de sus circunstancias, y los ronquidos y resuellos se intercalaban con los gritos de quienes ten&#237;an pesadillas y el llanto de aquellos que a&#250;n no hab&#237;an asimilado la perspectiva de pasar a&#241;os en un sitio as&#237;, o que nunca la asimilar&#237;an. Diario me cont&#243; una vez que durante el periodo m&#225;s largo que pas&#243; entre rejas -dos a&#241;os de una condena de tres por allanamiento de morada- no pudo dormir de un tir&#243;n ni una sola noche. Fue eso, dijo, lo que lo desgast&#243;. Ir&#243;nicamente, cuando lo soltaron, tampoco pudo dormir, pues ya no estaba habituado al relativo silencio de la ciudad.

Est&#225;n trasladando a Andy desde Supermax a una sala de visita para la entrevista -anunci&#243; Aimee-. Es una sala con mampara. No es lo ideal, y a usted no le permitir&#225; hacerse una idea de c&#243;mo es Max, pero es lo mejor que he podido conseguir. Todav&#237;a se considera a Andy un riesgo para s&#237; mismo y para los dem&#225;s.

Price se disculp&#243; para ir al lavabo antes de sentarnos a hablar con Kellog. Joe Long y yo nos quedamos solos. Woodbury se mantuvo a distancia, conform&#225;ndose con mirar el suelo y las paredes.

Hac&#237;a tiempo que no lo ve&#237;amos por aqu&#237; -dijo Long-. &#191;Cu&#225;nto ha pasado? &#191;Tres a&#241;os, cuatro?

Casi parece lamentarlo.

S&#237;, casi. -Long se arregl&#243; la corbata y se sacudi&#243; con cuidado unas hebras que hab&#237;an tenido la osad&#237;a de adherirse a &#233;l-. &#191;Se ha enterado de c&#243;mo acab&#243; el predicador Faulkner? -pregunt&#243;-. Seg&#250;n dicen, desapareci&#243; sin m&#225;s.

Eso cuentan.

Cuando termin&#243; con la corbata, me examin&#243; desde detr&#225;s de las gafas, acarici&#225;ndose el bigote pensativamente.

Resulta extra&#241;o que no volviera a aparecer -prosigui&#243;-. No es f&#225;cil que un hombre as&#237; se esfume sin m&#225;s, con tanta gente busc&#225;ndolo. Uno acaba pregunt&#225;ndose si no ser&#225; que buscan en la direcci&#243;n equivocada. Arriba, por as&#237; decirlo, en lugar de abajo. En la superficie en lugar de bajo tierra.

Supongo que nunca lo sabremos -respond&#237;.

Supongo que no. Y mejor as&#237;, probablemente. Por m&#225;s que el predicador no fuera una gran p&#233;rdida, la ley es la ley. Un hombre podr&#237;a acabar entre rejas por algo as&#237;, y no es buen sitio. Si Long esperaba que me derrumbara y confesara, lo defraud&#233;.

Ya, no lo ha sido para Andy Kellog, por lo que he podido saber -dije-. Parece que tiene problemas de adaptaci&#243;n.

Andy Kellog tiene muchos problemas. Algunos se los busca &#233;l solo.

Es inevitable rociarlo con gas mostaza en plena noche y atarlo desnudo a una silla, claro. Creo que aqu&#237; alguien err&#243; la vocaci&#243;n. Hay que ver, gastamos el dinero del contribuyente mandando a chicos malos en avi&#243;n a Egipto y Arabia Saud&#237; para reblandecerlos cuando bastar&#237;a con meterlos en un autob&#250;s y enviarlos aqu&#237;.

Por primera vez se percibi&#243; un asomo de emoci&#243;n en el rostro de Long.

Se usa como forma de contenci&#243;n -explic&#243;-, no de tortura.

Lo dijo en un susurro, casi como si no diera cr&#233;dito suficiente a sus propias palabras para pronunciarlas en voz alta.

Es tortura si enloquece a un hombre -afirm&#233;.

Long abri&#243; la boca para decir algo, pero Aimee Price reapareci&#243; antes de que pudiera hablar.

Bueno -dijo ella-. Vayamos a verlo.

Woodbury abri&#243; la puerta frente a nosotros y entramos en una sala dividida en dos por una gruesa mampara de plexigl&#225;s. Una serie de compartimentos, cada uno con su propio sistema de megafon&#237;a, permit&#237;a cierto grado de intimidad a los visitantes, aunque esa ma&#241;ana era innecesario. Al otro lado del cristal hab&#237;a s&#243;lo un preso, con dos celadores de rostro impenetrable detr&#225;s de &#233;l. Llevaba un mono naranja y las manos y los pies inmovilizados con grilletes, sujetos a la vez al cuello. Era m&#225;s bajo que yo, y a diferencia de muchos reclusos no parec&#237;a haber ganado peso por la dieta y la falta de ejercicio. De hecho, el mono le ven&#237;a grande, las mangas le colgaban casi hasta los segundos nudillos de las manos. Estaba p&#225;lido y ten&#237;a el pelo negro y ralo, cortado de manera desigual, con el flequillo en pendiente de izquierda a derecha, y los ojos muy hundidos en el cr&#225;neo, oscurecidos por una frente estrecha pero protuberante. A causa de diversas fracturas mal soldadas, la nariz le hab&#237;a quedado torcida. Ten&#237;a la boca peque&#241;a y los labios muy finos. Le temblaba la mand&#237;bula sin cesar, como si estuviera al borde del llanto. Cuando vio a Aimee, despleg&#243; una amplia sonrisa. Le faltaba un incisivo. Los otros los ten&#237;a grises por el sarro.

Se sent&#243; cuando nos sentamos nosotros y se inclin&#243; ante el micr&#243;fono.

&#191;Qu&#233; tal, se&#241;orita Price? -pregunt&#243;.

Bien, Andy. &#191;Y t&#250;?

Asinti&#243; repetidamente con la cabeza, pero no dijo nada, como si ella siguiera hablando y &#233;l escuchando. De cerca, vi magulladuras debajo del ojo izquierdo y encima del p&#243;mulo izquierdo. Ten&#237;a una cicatriz en la oreja derecha y en la entrada del canal auditivo se mezclaban la sangre seca y el cerumen.

Voy tirando -contest&#243; al fin.

&#191;Has tenido alg&#250;n problema?

Aj&#225;. He estado tomando la medicaci&#243;n, como usted me pidi&#243;, y les digo a los celadores que no me encuentro bien.

&#191;Te hacen caso?

Trag&#243; saliva y pareci&#243; a punto de mirar por encima del hombro a los hombres a sus espaldas. Aimee advirti&#243; el adem&#225;n y se dirigi&#243; a los dos celadores.

&#191;Podr&#237;an dejarnos un poco de espacio, por favor? -pregunt&#243;.

Los celadores pidieron permiso a Long con la mirada. &#201;ste asinti&#243; y se retiraron hasta quedar fuera del alcance de nuestra vista.

Algunos s&#237;, los buenos -continu&#243; Kellog. Se&#241;al&#243; respetuosamente a Long-. El se&#241;or jefe, &#233;l s&#237; me escucha cuando consigo verlo. Pero los otros van por m&#237;. Procuro no cruzarme en su camino, pero a veces me irritan, &#191;sabe? Provocan que me enfade y entonces tengo problemas.

Me lanz&#243; una mirada. Era la tercera o cuarta vez que lo hac&#237;a, sin darme apenas tiempo para que yo pudiera sosten&#233;rsela, pero asintiendo cada vez para dar a entender que reconoc&#237;a mi presencia. Una vez concluidos los proleg&#243;menos, Aimee nos present&#243;.

Andy, &#233;ste es el se&#241;or Parker. Es detective privado. Le gustar&#237;a hablar contigo de ciertas cosas, si no te importa.

No me importa en absoluto -contest&#243; Kellog-. Encantado de conocerlo.

Una vez hecha la presentaci&#243;n no tuvo inconveniente en mirarme a los ojos. Hab&#237;a algo de infantil en &#233;l. No dud&#233; que pod&#237;a ser una persona dif&#237;cil, incluso peligrosa en circunstancias poco propicias, pero costaba comprender c&#243;mo alguien pod&#237;a conocer a Andy Kellog, leer su historial y examinar los informes de los especialistas, y no llegar a la conclusi&#243;n de que aqu&#233;l era un joven con graves problemas no creados por &#233;l, un individuo que nunca se integrar&#237;a realmente en ning&#250;n sitio, pero que, aun as&#237;, no merec&#237;a acabar en una celda, o peor todav&#237;a, atado desnudo a una silla en una g&#233;lida sala porque nadie se hab&#237;a molestado en comprobar si tomaba la medicaci&#243;n adecuada.

Me acerqu&#233; m&#225;s al cristal. Deseaba preguntar a Kellog por Daniel Clay, y por lo que le hab&#237;a ocurrido en el bosque cerca de Bingham, pero sab&#237;a que le costar&#237;a hablar de eso, y siempre cab&#237;a la posibilidad de que se cerrara por completo o perdiera el control, y en tal caso, no tendr&#237;a ocasi&#243;n de preguntarle nada m&#225;s. Decid&#237; empezar por Merrick, y remontarnos luego poco a poco al tema de los abusos.

He conocido a un amigo tuyo -dije-. Se llama Frank Merrick. &#191;Te acuerdas de &#233;l?

Kellog asinti&#243; con vehemencia. Sonri&#243;, ense&#241;ando otra vez sus dientes grises. No los conservar&#237;a por mucho tiempo. Ten&#237;a las enc&#237;as viol&#225;ceas e infectadas.

Frank me ca&#237;a bien. Cuidaba de m&#237;. &#191;Vendr&#225; a visitarme?

No lo s&#233;, Andy. Dudo que quiera volver aqu&#237;, &#191;lo entiendes?

Se le ensombreci&#243; el rostro.

Supongo que tiene usted raz&#243;n. Cuando yo salga de aqu&#237;, tampoco pienso volver, nunca jam&#225;s.

Se pellizc&#243; las manos, arranc&#225;ndose una costra, y la herida empez&#243; a sangrar.

&#191;C&#243;mo cuidaba Frank de ti, Andy?

Daba miedo. A m&#237; no me asustaba, bueno, quiz&#225;s al principio s&#237;, pero despu&#233;s no, aunque a los dem&#225;s s&#237; que los asustaba. Se met&#237;an conmigo, pero entonces aparec&#237;a Frank y paraban. Sab&#237;a c&#243;mo convencerlos, incluso en Max. -De nuevo se dibuj&#243; una amplia sonrisa en sus labios-. A algunos les hizo mucho da&#241;o.

&#191;Alguna vez te explic&#243; por qu&#233; te cuidaba?

Kellog se mostr&#243; confuso.

&#191;Por qu&#233;? Porque era mi amigo, por eso. Yo le ca&#237;a bien. No quer&#237;a que me pasara nada malo.

Mientras yo lo miraba, la sangre empez&#243; a subirle al rostro, y con una inc&#243;moda sensaci&#243;n me acord&#233; de Merrick, como si alg&#250;n rasgo de &#233;l se hubiese trasladado a aquel joven mientras cumpl&#237;an condena juntos. Vi que cerraba los pu&#241;os. Unos peculiares chasquidos surgieron de su boca y ca&#237; en la cuenta de que estaba sorbi&#233;ndose uno de los dientes sueltos de manera que la cavidad se llenaba de saliva y volv&#237;a a vaciarse, produciendo un r&#237;tmico tictac como el de una bomba de relojer&#237;a a punto de estallar.

No era marica -dijo Kellog levantando un poco la voz-. Si es eso lo que insin&#250;a, le aseguro que no es verdad. No era un sarasa. Yo tampoco. Porque si es eso lo que quiere decir

Con el rabillo del ojo vi que Long dirig&#237;a un gesto a los celadores con la mano derecha, y &#233;stos aparecieron r&#225;pidamente detr&#225;s de Kellog.

Tranquilo, Andy -terci&#243; Aimee-. Nadie ha insinuado eso ni nada parecido.

Kellog temblaba un poco mientras intentaba contener la ira.

Bueno, no lo era, y punto. No me toc&#243; jam&#225;s. Era mi amigo.

Lo entiendo, Andy -asegur&#233;-. Perdona. No era mi intenci&#243;n dar a entender otra cosa. Lo que quer&#237;a preguntarte es si alguna vez, por lo que &#233;l dec&#237;a, pensaste que pod&#237;ais tener algo en com&#250;n. &#191;Te mencion&#243; alguna vez a su hija?

Kellog empez&#243; a tranquilizarse, pero en su mirada hab&#237;a aflorado un brillo de hostilidad y recelo. Yo sab&#237;a que no ser&#237;a f&#225;cil recuperar su confianza.

S&#237;, alguna vez.

Fue despu&#233;s de empezar a cuidar de ti, &#191;no?

As&#237; es.

Su hija era paciente del doctor Clay, &#191;verdad? Igual que t&#250;.

S&#237;. Desapareci&#243; cuando Frank estaba en la c&#225;rcel.

&#191;Te cont&#243; Frank alguna vez qu&#233; pensaba que pod&#237;a haberle ocurrido?

Kellog neg&#243; con la cabeza.

No le gustaba hablar de ella. Se pon&#237;a triste.

&#191;Te pregunt&#243; qu&#233; te pas&#243; a ti en el norte?

Kellog trag&#243; saliva con dificultad y desvi&#243; la vista. Los chasquidos comenzaron de nuevo, pero esta vez sin ira.

S&#237; -contest&#243; en voz baja. Un s&#237; rotundo.

En ese momento aparent&#243; a&#250;n menos edad, como si al plantear yo el asunto de los abusos lo hubiera impulsado f&#237;sicamente de regreso a la infancia. Distendi&#243; las facciones y contrajo las pupilas. Todo &#233;l pareci&#243; encogerse, encorvando los hombros, abriendo las manos en un gesto inconsciente de s&#250;plica. El adulto atormentado se desvaneci&#243; y dej&#243; all&#237; al fantasma de un ni&#241;o. No necesitaba preguntarle qu&#233; le hab&#237;an hecho. Se reflej&#243; en su semblante con temblores y muecas y contracciones, la representaci&#243;n m&#237;mica del recuerdo de su dolor y su humillaci&#243;n.

Quer&#237;a saber qu&#233; vi, qu&#233; recordaba -explic&#243; casi en un susurro. -&#191;Y qu&#233; le contaste?

Le cont&#233; lo que me hicieron -se limit&#243; a decir-. Me pregunt&#243; si les hab&#237;a visto la cara o hab&#237;a o&#237;do alg&#250;n nombre, pero llevaban m&#225;scaras y nunca se llamaban por el nombre. -Me mir&#243; a la cara-. Parec&#237;an p&#225;jaros. Todos distintos. Hab&#237;a un &#225;guila y un cuervo. Una paloma. Un gallo. -Se estremeci&#243;-. Todos distintos -repiti&#243;-. Siempre las llevaban puestas y nunca se las quitaban.

&#191;Recuerdas algo del lugar donde ocurri&#243;?

Estaba a oscuras. Me met&#237;an en el maletero de un coche, me ataban los brazos y las piernas, me tapaban la cabeza con una bolsa. &#205;bamos un rato en coche y luego me sacaban. Cuando me quitaban la bolsa, estaba en una habitaci&#243;n. Hab&#237;a ventanas, pero cubiertas. Hab&#237;a una estufa de propano, y faroles. Yo intentaba cerrar los ojos. Sab&#237;a lo que vendr&#237;a a continuaci&#243;n. Lo sab&#237;a porque ya hab&#237;a pasado por ello antes. Era como si fuera a pasarme siempre, y como si nunca fuera a parar.

Parpade&#243; un par de veces y luego cerr&#243; los ojos como si lo reviviera todo.

Andy -susurr&#233;.

Mantuvo los ojos cerrados, pero asinti&#243; para indicarme que me hab&#237;a o&#237;do.

&#191;Cu&#225;ntas veces ocurri&#243;?

Dej&#233; de contar despu&#233;s de la tercera.

&#191;Por qu&#233; no se lo dijiste a nadie?

Me amenazaron con matarme y con coger luego a Michelle y hac&#233;rselo a ella. Uno dijo que le daba igual hac&#233;rselo a unani&#241;aque a un ni&#241;o, que simplemente era distinto, s&#243;lo eso. Yo apreciaba a Michelle. No quer&#237;a que le pasara nada malo. Como a m&#237; ya me lo hab&#237;an hecho, sab&#237;a qu&#233; me esperaba. Aprend&#237; a apartarlo de mi cabeza. Mientras estaba all&#237; pensaba en otras cosas. Imaginaba que estaba en otro sitio, que no era yo. A veces volaba por encima de un bosque y miraba hacia abajo y ve&#237;a a toda la gente, y encontraba a Michelle y me acercaba a ella y jug&#225;bamos al lado del r&#237;o. Yo pod&#237;a hacerlo, pero Michelle no habr&#237;a sido capaz. Habr&#237;a estado con ellos all&#237;, todo el tiempo.

Me reclin&#233;. Se hab&#237;a sacrificado por otra ni&#241;a. Ya me lo hab&#237;a contado Aimee, pero o&#237;rlo de labios del propio Kellog era muy distinto. No se jactaba de su sacrificio, lo hab&#237;a hecho por amor a una ni&#241;a m&#225;s peque&#241;a, y le hab&#237;a salido de manera natural. Una vez m&#225;s tuve la impresi&#243;n de que Kellog era un ni&#241;o atrapado en el cuerpo de un hombre, una criatura cuyo desarrollo se hab&#237;a interrumpido casi por completo, detenido por lo que le hab&#237;an hecho. A mi lado, Aimee guardaba silencio, con los labios tan apretados que hab&#237;an perdido el color. Ya deb&#237;a de haberlo o&#237;do antes, pens&#233;, pero uno nunca se acostumbra a escuchar cosas as&#237;.

Pero al final lo averiguaron -dije-. La gente se enter&#243; de lo que te estaba pasando.

Me enfad&#233;. No pude evitarlo. Me llevaron al m&#233;dico. Me examin&#243;. Intent&#233; impedirlo. No quer&#237;a que fueran a por Michelle. Entonces el m&#233;dico me hizo preguntas. Ment&#237;, por Michelle, pero el m&#233;dico me tendi&#243; trampas y me equivoqu&#233; en algunas respuestas. Me llevaron al doctor Clay, pero yo ya no quer&#237;a hablar con &#233;l. No quer&#237;a hablar con nadie, as&#237; que call&#233;. Volvieron a llevarme al centro, pero cuando me hice mayor tuvieron que dejarme ir. Frecuent&#233; malas compa&#241;&#237;as, hice alguna cosa mala y me metieron en el Castillo.

El Castillo era como llamaban al viejo reformatorio de Maine en South Portland, un correccional para j&#243;venes problem&#225;ticos construido a mediados del siglo XIX. Acabaron cerr&#225;ndolo, pero no fue una gran p&#233;rdida. Antes de la construcci&#243;n de las nuevas instalaciones para j&#243;venes en South Portland y Charleston, el &#237;ndice de reincidencia de reclusos j&#243;venes hab&#237;a sido del cincuenta por ciento. Ahora se hab&#237;a reducido al diez o quince por ciento, en gran medida porque las instituciones se centraban menos en el encarcelamiento y el castigo y m&#225;s en prestar ayuda a los chicos, algunos hasta de once o doce a&#241;os, para superar sus problemas. Pero los cambios hab&#237;an llegado demasiado tarde para Andy. &#201;l era un testimonio andante y parlante de todo lo que pod&#237;a salir mal en el trato que dispensaba el Estado a los ni&#241;os problem&#225;ticos.

A continuaci&#243;n habl&#243; Aimee.

&#191;Puedo ense&#241;arle al se&#241;or Parker los dibujos, Andy?

Abri&#243; los ojos. No ten&#237;a l&#225;grimas. Dudo mucho que le quedara alguna que derramar.

Claro.

Aimee abri&#243; su portafolios y extrajo un &#225;lbum de cart&#243;n. Me lo entreg&#243;. Dentro hab&#237;a ocho o nueve dibujos, la mayor&#237;a con l&#225;pices de colores, un par con acuarelas. Los primeros cuatro o cinco eran muy oscuros, con sombras pintadas de color gris y negro y rojo, y estaban poblados de rudimentarias figuras desnudas con cabeza de ave. Eran los dibujos de los que me hab&#237;a hablado Bill.

Los otros representaban variaciones del mismo paisaje: &#225;rboles, tierra yerma, edificios en ruinas. Eran rudimentarios, sin gran talento, pero al mismo tiempo en algunos hab&#237;a puesto sumo cuidado, mientras que otros eran furiosos manchurrones de negro y verde, y aun as&#237; reconocibles como versiones del mismo lugar, creadas en arrebatos de ira y dolor. La silueta de un gran campanario de piedra dominaba todos los dibujos. Yo conoc&#237;a ese paisaje, porque lo hab&#237;a visto representado antes. Era Galaad.

&#191;Por qu&#233; has dibujado este lugar, Andy? -pregunt&#233;.

Fue all&#237; donde ocurri&#243; -contest&#243; Kellog-. All&#237; me llevaron.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

La segunda vez se desliz&#243; la bolsa mientras me llevaban adentro. Yo daba patadas, y casi se me sali&#243; de la cabeza. Eso fue lo que vi antes de que volvieran a pon&#233;rmela. Vi la iglesia. La pint&#233; para ense&#241;&#225;rsela a Frank. Despu&#233;s me trasladaron a Max y no me dejaron seguir pintando. Ni siquiera pude llevarme los dibujos. Ped&#237; a la se&#241;orita Price que me los guardara.

Entonces Frank vio estos dibujos, &#191;verdad?

Aj&#225;.

&#191;Y no recuerdas nada de los hombres que te llevaron all&#237;? -Sus caras no. Ya se lo he dicho: las llevaban tapadas con m&#225;scaras. -&#191;Y otras se&#241;ales? &#191;Quiz&#225; tatuajes o cicatrices?

No. -Frunci&#243; el entrecejo-. Un momento. Uno de ellos ten&#237;a un p&#225;jaro aqu&#237;. -Se se&#241;al&#243; el antebrazo izquierdo-. Era la cabeza de un &#225;guila blanca, con el pico amarillo. Creo que por eso llevaba la m&#225;scara del &#225;guila. &#201;se era el que dec&#237;a a los dem&#225;s lo que deb&#237;an hacer.

&#191;Le contaste eso a la polic&#237;a?

S&#237;. Pero no volv&#237; a saber nada m&#225;s. Supongo que no les sirvi&#243; de mucho.

&#191;Y a Frank? &#191;Le contaste a Frank lo del tatuaje?

Contrajo el rostro.

Creo que s&#237;. No me acuerdo. -Relaj&#243; las facciones-. &#191;Puedo hacer una pregunta?

Aimee pareci&#243; sorprenderse.

Claro, Andy.

Se volvi&#243; hacia m&#237;.

&#191;Va usted a buscar a esos hombres? -pregunt&#243;.

Algo en su voz no me gust&#243;. El ni&#241;o hab&#237;a desaparecido, y lo que hab&#237;a en su lugar no era ni un ni&#241;o ni un adulto, sino un demonio perverso a horcajadas sobre los dos. Su tono era casi burl&#243;n.

S&#237; -respond&#237;.

Entonces m&#225;s vale que se d&#233; prisa -dijo.

&#191;Y eso por qu&#233;?

Hab&#237;a recuperado la sonrisa, pero tambi&#233;n el brillo hostil.

Porque Frank prometi&#243; matarlos. Prometi&#243; que los matar&#237;a a todos en cuanto saliera de aqu&#237;.

Y entonces Andy Kellog se puso en pie y se lanz&#243; de cara contra la barrera de plexigl&#225;s. La nariz se le parti&#243; de inmediato dejando un rastro de sangre en la superficie. Embisti&#243; de nuevo y se abri&#243; una herida en la frente justo por debajo del nacimiento del pelo. Y de pronto empez&#243; a vociferar y chillar mientras los celadores se abalanzaban sobre &#233;l, y Aimee Price repet&#237;a su nombre y rogaba que no le hicieran da&#241;o a la vez que sonaba una alarma y aparec&#237;an unos hombres y Andy quedaba oculto bajo una masa de cuerpos, a&#250;n pataleando y gritando, invitando a un nuevo dolor que ahogase el recuerdo del antiguo.



18

Cuando volvimos a la recepci&#243;n, el jefe de celadores ard&#237;a en una muda c&#243;lera. Nos dej&#243; all&#237; un rato. Aimee tom&#243; asiento mientras esper&#225;bamos en silencio a que Long regresase y nos informase sobre el estado de Andy Kellog. Alrededor hab&#237;a demasiada gente y no pudimos hablar de lo ocurrido. Los mir&#233;, todos atrapados en su propio dolor y el sufrimiento de aquellos a quienes iban a visitar. Pocos hablaban. Algunos eran hombres mayores, quiz&#225; padres, hermanos, amigos. Unas cuantas mujeres hab&#237;an llevado a ni&#241;os de visita, pero incluso a &#233;stos se los ve&#237;a callados y apagados. Sab&#237;an qu&#233; era aquel lugar y los asustaba. Si correteaban, incluso si levantaban demasiado la voz, pod&#237;an acabar all&#237; dentro como sus padres. No les permitir&#237;an volver a casa, y un hombre los llevar&#237;a y los encerrar&#237;a en la oscuridad, porque eso era lo que les pasaba a los ni&#241;os malos. Los encerraban y se les pudr&#237;an los dientes, y se lanzaban de cara contra mamparas de plexigl&#225;s para perder el conocimiento.

Long apareci&#243; junto al mostrador de recepci&#243;n y nos llam&#243; con una se&#241;a. Nos dijo que Andy ten&#237;a una fractura grave de nariz, hab&#237;a perdido otro diente y sufrido diversas magulladuras al reducirlo, pero por lo dem&#225;s estaba tan bien como cabr&#237;a esperar. La herida de la frente hab&#237;a requerido cinco puntos de sutura, y en ese momento se hallaba en la enfermer&#237;a. Ni siquiera le hab&#237;an echado gas mostaza, quiz&#225; porque su abogada se encontraba al otro lado del cristal. No presentaba s&#237;ntomas de conmoci&#243;n cerebral, pero por si acaso lo mantendr&#237;an en observaci&#243;n durante la noche. Lo hab&#237;an inmovilizado para asegurarse de que no se autolesionaba m&#225;s ni intentaba hacer da&#241;o a nadie. Aimee se apart&#243; para hablar por su m&#243;vil en privado y me dej&#243; solo con Long, que segu&#237;a enojado consigo mismo y con los hombres bajo su mando por lo que le hab&#237;a ocurrido a Andy Kellog.

Ya hab&#237;a hecho cosas como &#233;sta antes -explic&#243;-. Les dije que no le quitaran el ojo de encima. -Aventur&#243; una mirada a Aimee, indicio de que en parte la culpaba por obligar a sus hombres a mantenerse a distancia.

&#201;ste no es sitio para &#233;l -contest&#233;.

Eso lo decidi&#243; el juez, no yo.

Pues se equivoc&#243;. S&#233; que usted ha o&#237;do lo que se ha dicho ah&#237; dentro. El chico seguramente nunca tuvo muchas esperanzas de salvaci&#243;n, pero lo que le hicieron esos hombres elimin&#243; las pocas que le quedaban. Max s&#243;lo sirve para enloquecerlo m&#225;s y m&#225;s, y el juez no lo conden&#243; a la locura gradual. No se puede tener a un hombre encerrado en un sitio as&#237;, sin posibilidad de quedar en libertad, y esperar que conserve el equilibrio, y Andy Kellog, ya desde el principio, apenas ten&#237;a donde agarrarse.

Long tuvo la decencia de aparentar bochorno.

Hacemos lo que podemos por &#233;l.

No es suficiente. -Yo estaba recrimin&#225;ndoselo a &#233;l, pero me constaba que la culpa no era suya. Kellog hab&#237;a sido sentenciado y encarcelado, y no compet&#237;a a Long poner en duda esa decisi&#243;n.

Quiz&#225; piense que estaba mejor con su amigo Merrick cerca -dijo Long.

Al menos &#233;l manten&#237;a a raya a los lobos.

&#201;l mismo no era mucho mejor que un animal.

Usted no piensa eso.

Enarc&#243; una ceja.

&#191;Empieza a sentir debilidad por Frank Merrick? Pues no baje la guardia porque se expone a un navajazo.

Long ten&#237;a raz&#243;n con respecto a Merrick y a la vez no la ten&#237;a. No me cab&#237;a duda de que era capaz de hacer da&#241;o o matar sin el menor escr&#250;pulo, pero en su caso interven&#237;a tambi&#233;n una mente pensante. Por otra parte, y ah&#237; resid&#237;a el problema, Merrick era adem&#225;s un arma que esgrimir, y alguien hab&#237;a encontrado la manera de utilizarlo con ese fin. As&#237; y todo, Long hab&#237;a dado en el clavo con sus palabras, igual que Rachel. En efecto, yo me sent&#237;a identificado con Merrick. &#191;C&#243;mo no? Tambi&#233;n yo era padre. Hab&#237;a perdido a una hija, y no me hab&#237;a detenido ante nada para localizar al responsable de su muerte. Sab&#237;a asimismo que har&#237;a cualquier cosa por proteger a Sam y a su madre. &#191;C&#243;mo pod&#237;a, pues, juzgar a Merrick por querer averiguar la verdad que se ocultaba tras la desaparici&#243;n de su hija?

Aun as&#237;, dejando de lado estas dudas, sab&#237;a m&#225;s que una hora antes. Por desgracia, Merrick compart&#237;a parte de esa informaci&#243;n. Me preguntaba si ya hab&#237;a empezado a indagar en torno a Jackman y las ruinas de Galaad buscando alguna pista de los hombres que, seg&#250;n cre&#237;a, eran responsables de la desaparici&#243;n de su hija, o si ten&#237;a alguna pista del hombre con el tatuaje del &#225;guila. Tarde o temprano deb&#237;a ir a Galaad. Cada paso que daba parec&#237;a acercarme all&#237;.

Aimee volvi&#243;.

He hecho unas llamadas -anunci&#243;-. Creo que podremos encontrar a un juez comprensivo que ordene el traslado a Riverview. -Dirigi&#243; su atenci&#243;n a Long-. Solicitar&#233; un reconocimiento psiqui&#225;trico independiente en los pr&#243;ximos d&#237;as. Le agradecer&#237;a que agilizase los tr&#225;mites lo m&#225;ximo posible.

Debe pasar por los cauces habituales, pero en cuanto tenga el visto bueno del director agarrar&#233; al psiquiatra por la bata si eso sirve de algo.

Aimee pareci&#243; quedar relativamente satisfecha, y me indic&#243; que deb&#237;amos irnos. Cuando hice adem&#225;n de seguirla, Long me agarr&#243; del brazo con delicadeza.

Dos cosas -dijo-. En primer lugar, lo que he dicho sobre Frank Merrick iba en serio. Vi lo que era capaz de hacer. Una vez estuvo a punto de matar a un tipo que intent&#243; quitarle el postre a Andy Kellog, lo dej&#243; en coma por culpa de una tarrina de helado barata. Tiene raz&#243;n: he o&#237;do lo que ha contado Andy Kellog ah&#237; dentro. Ya lo hab&#237;a o&#237;do antes. Para m&#237; no es nada nuevo. &#191;Quiere saber lo que pienso? Pienso que Frank Merrick utiliz&#243; a Kellog. Permaneci&#243; cerca de &#233;l para poder averiguar qu&#233; sab&#237;a. Siempre estaba sonsac&#225;ndole informaci&#243;n. Induci&#233;ndolo a recordar todo lo que pod&#237;a sobre lo que le hicieron esos hombres. En cierto modo, &#233;l lo desquici&#243;. Lo trastorn&#243;, lo puso como loco, y nosotros hemos tenido que cargar con las consecuencias.

No era eso lo que me hab&#237;an contado en el partido de hockey, pero me constaba que exist&#237;a cierta tendencia entre los ex reclusos a las interpretaciones sentimentales sobre algunos de aquellos a quienes hab&#237;an conocido. Adem&#225;s, en un lugar donde la amabilidad brillaba por su ausencia incluso peque&#241;os actos de decencia humana adquir&#237;an proporciones monumentales. La verdad, como en todo, resid&#237;a probablemente en la zona gris entre lo que Bill y Long hab&#237;an contado. Yo hab&#237;a visto la reacci&#243;n de Andy Kellog a las preguntas sobre los abusos padecidos. Quiz&#225; Merrick consigui&#243; tranquilizarlo a veces, pero no dudaba de que en otras ocasiones fracas&#243; en su intento, y de resultas de ello Andy hab&#237;a padecido.

En segundo lugar, en cuanto al tatuaje que ha mencionado el chico, es posible que est&#233; buscando a un militar. Suena a alguien que haya estado en el ej&#233;rcito.

&#191;Tiene idea de por d&#243;nde podr&#237;a empezar?

El detective no soy yo -respondi&#243; Long-. Pero si lo fuera, quiz&#225; mirar&#237;a hacia el sur. En Fort Campbell, tal vez. Las tropas aerotransportadas.

Entonces se march&#243; y su mole se adentr&#243; en la prisi&#243;n propiamente dicha.

&#191;Y eso a qu&#233; ha venido? -pregunt&#243; Aimee.

No contest&#233;. Fort Campbell, situado justo en la frontera entre Kentucky y Tennessee, albergaba la 101 Divisi&#243;n Aerotransportada.

Las &#193;guilas Gritadoras.

Nos separamos en el aparcamiento. Di las gracias a Aimee por su ayuda y le ped&#237; que si hab&#237;a algo que yo pudiera hacer por Andy Kellog me lo dijera.

Ya sabe la respuesta -contest&#243;-. Encuentre a esos hombres, y av&#237;seme cuando lo haga. Recomendar&#233; al peor abogado que conozco.

Intent&#233; esbozar una sonrisa. Se desvaneci&#243; entre mi boca y mis ojos. Aimee supo lo que pensaba.

Frank Merrick -dijo.

S&#237;, Merrick.

Creo que m&#225;s vale que los encuentre antes que &#233;l.

Podr&#237;a dej&#225;rselos a &#233;l sin m&#225;s -coment&#233;.

Podr&#237;a, pero esto no s&#243;lo le concierne a &#233;l, ni siquiera a Andy. En este caso se tiene que hacer justicia. Alguien debe rendir cuentas en p&#250;blico. Han estado involucrados otros ni&#241;os. Es necesario encontrar una manera de ayudarlos tambi&#233;n a ellos, o ayudar a los adultos en que se han convertido. No podremos hacerlo si Frank Merrick localiza y mata a esos hombres. &#191;Conserva mi tarjeta?

La busqu&#233; en mi cartera. All&#237; estaba. La golpete&#243; con el dedo.

Si se mete en alg&#250;n l&#237;o, ll&#225;meme.

&#191;Y por qu&#233; piensa que puedo meterme en un l&#237;o?

Es usted un reincidente, se&#241;or Parker -explic&#243; ella mientras sub&#237;a al coche-. Lo suyo son los l&#237;os.



19

Encontr&#233; al doctor Robert Christian alterado e inc&#243;modo cuando lo visit&#233; inesperadamente en su consulta a mi regreso de Warren; aun as&#237;, accedi&#243; a concederme unos minutos de su tiempo. Al llegar, vi un coche patrulla aparcado enfrente; en el asiento de atr&#225;s hab&#237;a un hombre con la cabeza apoyada contra la rejilla que divid&#237;a el interior del coche, y por la posici&#243;n de las manos era obvio que iba esposado. Un polic&#237;a hablaba con una mujer de m&#225;s de treinta a&#241;os que mov&#237;a sin cesar la cabeza entre los tres puntos de un tri&#225;ngulo formado por el agente, los dos ni&#241;os sentados en un enorme Nissan 4x4 a su derecha, y el hombre retenido en la parte de atr&#225;s del coche patrulla. Agente, ni&#241;os, hombre. Agente, ni&#241;os, hombre. Se notaba que hab&#237;a estado llorando. Sus hijos segu&#237;an llorando.

Ha sido un d&#237;a muy duro -dijo Christian mientras cerraba la puerta de su despacho y se desplomaba en la silla detr&#225;s de su mesa-, y todav&#237;a no he comido.

&#191;Por culpa de ese tipo de ah&#237; fuera?

En realidad no puedo hablar de ello -contest&#243; Christian, y de inmediato cedi&#243; un poco-. En nuestro trabajo no hay nada f&#225;cil, pero entre lo m&#225;s dif&#237;cil, y lo que requiere mayor delicadeza, est&#225; el momento en que una persona se ve obligada a enfrentarse a las acusaciones que pesan contra ella. Hace un par de d&#237;as hubo un interrogatorio policial, y hoy la madre y los hijos han llegado aqu&#237; para una sesi&#243;n con nosotros y se han encontrado con el padre, que los esperaba fuera. La gente reacciona cada una de manera distinta a los cargos de abusos: incredulidad, negaci&#243;n, rabia. Pero rara vez tenemos que llamar a la polic&#237;a. Esto ha sido un momento especialmente dif&#237;cil para todos los implicados.

Empez&#243; a reunir papeles de su escritorio, apil&#225;ndolos y meti&#233;ndolos en carpetas.

As&#237; pues, se&#241;or Parker, &#191;en qu&#233; puedo ayudarlo? Me temo que no dispongo de mucho tiempo. Dentro de dos horas tengo una reuni&#243;n en Augusta con el senador Harkness para hablar del tema de las condenas preceptivas, y no la he preparado tan bien como habr&#237;a deseado.

James Harkness, senador del estado, era un halc&#243;n de derechas partidario de la mano dura pr&#225;cticamente en todos los asuntos que pasaban por &#233;l. En los &#250;ltimos tiempos se hab&#237;a sumado a las voces que m&#225;s hab&#237;an clamado a favor de las condenas preceptivas de veinte a&#241;os para los condenados por agresiones sexuales graves a un menor, e incluso para quienes se declaraban culpables previo acuerdo con el fiscal.

&#191;Est&#225; usted a favor o en contra?

Al igual que la mayor&#237;a de los fiscales, estoy en contra, pero eso para los caballeros como el buen senador es algo as&#237; como oponerse a la Navidad.

&#191;Puedo preguntar por qu&#233;?

Muy sencillo: es una concesi&#243;n a los votantes que har&#225; m&#225;s mal que bien. Mire, de cada cien denuncias, m&#225;s o menos la mitad terminar&#225; en el sistema judicial. De esas cincuenta se presentar&#225;n cargos en cuarenta casos. De esos cuarenta, treinta y cinco terminar&#225;n en un pacto, cinco ir&#225;n a juicio; y de esos cinco, habr&#225; dos condenas y tres absoluciones. As&#237; pues, de las cien denuncias iniciales podemos registrar quiz&#225;s a treinta o cuarenta agresores sexuales y seguirles el rastro.

En el caso de las condenas preceptivas, los supuestos agresores no tendr&#225;n incentivos por declararse culpables. Les dar&#225; lo mismo arriesgarse a ir a juicio, y en general los fiscales prefieren no ir a juicio o no llegar a los tribunales por denuncias de abusos a menos que el caso sea muy s&#243;lido. El problema para nosotros, como ya le dije la otra vez que nos vimos, es que puede ser muy dif&#237;cil proporcionar la clase de prueba necesaria para garantizar una condena en un juzgado de lo penal. Por tanto, si se introduce la condena preceptiva, existen muchas probabilidades de que escape de las redes del sistema un mayor n&#250;mero de agresores. No podremos incluirlos en nuestros registros, y volver&#225;n a hacer lo que ven&#237;an haciendo hasta que alguien vuelva a arrestarlos. Las condenas preceptivas permiten a los pol&#237;ticos mostrarse inflexibles ante la delincuencia, pero en esencia son contraproducentes. Aunque, para serle sincero, me ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil hac&#233;rselo entender a un chimpanc&#233; que convencer a Harkness.

A los chimpanc&#233;s no les preocupa la reelecci&#243;n -dije.

Yo con los ojos cerrados votar&#237;a antes a un chimpanc&#233; que a Harkness. Al menos el chimpanc&#233; puede evolucionar en un momento dado. En fin, se&#241;or Parker, &#191;ha hecho alg&#250;n progreso?

Alguno. &#191;Qu&#233; sabe de Galaad?

Como supongo que no est&#225; poniendo a prueba mis conocimientos acerca de trivialidades b&#237;blicas -contest&#243;-, deduzco que se refiere a la comunidad de Galaad y a los hijos de Galaad.

Me ofreci&#243; un resumen de lo sucedido, no muy distinto de lo que yo ya sab&#237;a, aunque, en su opini&#243;n, la magnitud de los abusos hab&#237;a sido superior a lo que se sospech&#243; en un principio.

He conocido a algunas de las v&#237;ctimas y s&#233; de qu&#233; hablo. Creo que la mayor&#237;a de la gente en Galaad sab&#237;a lo que estaba ocurri&#233;ndoles a esos ni&#241;os, y que participaron m&#225;s hombres de lo que se dijo inicialmente.

Las familias se desperdigaron despu&#233;s de encontrarse los cad&#225;veres, y ya no se volvi&#243; a saber nada de algunas de ellas. Pero a otras se las relacion&#243; con otros casos. Una de las v&#237;ctimas, la ni&#241;a cuya declaraci&#243;n llev&#243; a la condena de Mason Dubus, el hombre a quien se consideraba el maestro de ceremonias de los autores de los abusos, hizo lo posible por seguirles el rastro. Dos est&#225;n en c&#225;rceles de otros estados, y los dem&#225;s han muerto. Dubus es el &#250;nico que queda vivo, o el &#250;nico del que tenemos constancia; incluso si han sobrevivido otros que no conocemos, a estas alturas ya son viejos, hombres y mujeres viejos.

&#191;Qu&#233; fue de los ni&#241;os?

A algunos se los llevaron sus padres o sus tutores cuando se desintegr&#243; la comunidad. No sabemos ad&#243;nde se marcharon. Los que fueron rescatados acabaron con familias adoptivas. A un par los acogi&#243; Good Will Hinckley.

Good Will Hinckley era una instituci&#243;n sita cerca de la Interestatal 95. Proporcionaba un entorno familiar y escolarizaci&#243;n a chicos de edades comprendidas entre doce y veinti&#250;n a&#241;os que hab&#237;an sufrido abusos deshonestos, no ten&#237;an hogar o hab&#237;an padecido los efectos del consumo de drogas o alcohol, ya fuera de manera directa o como resultado de las adicciones de un miembro de su familia. Exist&#237;a desde finales del siglo XIX, y cada a&#241;o consegu&#237;a la titulaci&#243;n de nueve o diez de los chicos mayores que, de lo contrario, habr&#237;an acabado en la c&#225;rcel o bajo tierra. No era de extra&#241;ar que algunos de los ni&#241;os de Galaad hubiesen ido a parar all&#237;. Probablemente era lo mejor que pod&#237;a pasarles dadas las circunstancias.

&#191;C&#243;mo pudo suceder una cosa as&#237;? -pregunt&#233;-. Es decir, la escala, por lo visto, fue casi incre&#237;ble.

Era una comunidad aislada y herm&#233;tica en un estado lleno de comunidades aisladas y herm&#233;ticas -explic&#243; Christian-. Por lo que ahora sabemos, parece asimismo que las principales familias involucradas ya se conoc&#237;an antes de llegar a Galaad, y hab&#237;an trabajado juntas o mantenido el contacto durante varios a&#241;os. En otras palabras, ya exist&#237;a una estructura establecida que habr&#237;a facilitado la clase de abusos que tuvieron lugar all&#237;. Exist&#237;a una clara divisi&#243;n entre las cuatro o cinco familias centrales y las que llegaron m&#225;s tarde: las mujeres no se trataban entre s&#237;, los ni&#241;os no jugaban entre s&#237;, y los hombres se manten&#237;an a distancia en la medida de lo posible, salvo en aquellas ocasiones en que el trabajo los obligaba a estar juntos. Los autores de los abusos sab&#237;an exactamente lo que hac&#237;an, e incluso es posible que estuvieran en connivencia con otros que compart&#237;an sus gustos, de manera que siempre ten&#237;an a su disposici&#243;n presas nuevas. Era una situaci&#243;n de pesadilla, pero en Galaad hab&#237;a algo que la exacerb&#243;, no s&#233; si llamarlo mala suerte, lugar propicio, ocasi&#243;n aciaga o, para no darle m&#225;s vueltas, pura y simple maldad. Tambi&#233;n debe tenerse en cuenta el hecho de que por entonces la gente no era tan consciente de la existencia de abusos deshonestos a menores como lo es ahora. Hasta que en 1961 un m&#233;dico llamado Henry Kempe escribi&#243; un art&#237;culo titulado El s&#237;ndrome del ni&#241;o maltratado y desencaden&#243; una revoluci&#243;n sobre los abusos a menores, pero ese art&#237;culo se concentraba sobre todo en los malos tratos f&#237;sicos, y a principios de la d&#233;cada de los setenta, cuando yo inici&#233; mis estudios, apenas se mencionaban los abusos sexuales. Entonces lleg&#243; el feminismo, y la gente empez&#243; a hablar con las mujeres y los ni&#241;os sobre los abusos. En 1977, Kempe public&#243; Abusos sexuales: otro problema pedi&#225;trico oculto, y probablemente por esas fechas naci&#243; la conciencia de que era un problema real que deb&#237;a afrontarse.

Por desgracia, podr&#237;a decirse que el p&#233;ndulo se desplaz&#243; demasiado en direcci&#243;n contraria. Cre&#243; un clima de recelo permanente, pues el deseo de abordar el problema iba muy por delante de las posibilidades reales de la ciencia. Hab&#237;a entusiasmo, pero no suficiente escepticismo. Eso provoc&#243; un retroceso, y en los a&#241;os noventa disminuyeron las denuncias. Ahora parece que hemos alcanzado cierto equilibrio, aunque a&#250;n nos concentremos a veces en los abusos sexuales a costa de otra clase de malos tratos. Se calcula que el veinte por ciento de los ni&#241;os han sufrido abusos sexuales antes de llegar a la vida adulta, pero las consecuencias del abandono a largo plazo y los malos tratos f&#237;sicos son en realidad mucho m&#225;s graves. Por ejemplo, un ni&#241;o que ha sufrido malos tratos y abandono tiene muchas m&#225;s probabilidades de adoptar un comportamiento delictivo al crecer que un ni&#241;o que ha sufrido abusos sexuales. Entretanto, sabemos por los datos que es m&#225;s probable que los autores de abusos sexuales a menores hayan sido antes ellos mismos v&#237;ctimas de abusos sexuales, pero la mayor&#237;a de los pederastas no han sufrido abusos sexuales. Y eso es todo -concluy&#243;-. Ya le he dado la conferencia. Y ahora, d&#237;game, &#191;a qu&#233; viene su curiosidad por Galaad?

A Daniel Clay tambi&#233;n le interesaba Galaad. Pint&#243; cuadros del lugar. Alguien me coment&#243; que incluso entrevist&#243; a Mason Dubus, y es posible que tuviera la intenci&#243;n de escribir un libro sobre lo sucedido all&#237;. A eso se une la circunstancia de que su coche apareci&#243; abandonado en Jackman, y Galaad no est&#225; lejos de Jackman. Por lo visto, uno de los antiguos pacientes de Clay tambi&#233;n sufri&#243; abusos en Galaad o cerca de all&#237; a manos de unos hombres con m&#225;scaras de p&#225;jaros. Todo esto me parece m&#225;s que una serie de coincidencias.

Probablemente no deba extra&#241;arnos que Clay sintiera curiosidad por Galaad -coment&#243; Christian-. Casi todos los profesionales de nuestra especialidad radicados en Maine han examinado en un momento u otro el material disponible, y varios de ellos han entrevistado a Dubus, yo incluido. -Se detuvo a pensar un momento-. No recuerdo ninguna descripci&#243;n de Galaad en las historias cl&#237;nicas relacionadas con Clay, aunque s&#237; se mencionaban entornos rurales. Algunos de los ni&#241;os alcanzaron a ver &#225;rboles, hierba, tierra. Hab&#237;a tambi&#233;n similitudes en las descripciones del lugar en que padecieron los abusos: paredes desnudas, un colch&#243;n en el suelo, esas cosas. No obstante, la mayor&#237;a de las v&#237;ctimas tuvieron los ojos vendados durante la mayor parte del tiempo, de modo que hablamos de im&#225;genes fugaces, nada m&#225;s.

&#191;Es posible que esos hombres se sintieran atra&#237;dos por Galaad debido a lo que ocurri&#243; all&#237; en el pasado? -pregunt&#233;.

Es posible -respondi&#243; Christian-. Tengo un amigo que trabaja en prevenci&#243;n de suicidios. Habla de aglutinador de entornos, que son los lugares que los suicidas eligen en gran medida porque otros han conseguido quitarse la vida all&#237;. Un suicidio propicia otro, o genera un est&#237;mulo para cometerlo. An&#225;logamente, podr&#237;a ser que un lugar que se ha convertido en sin&#243;nimo de abusos a menores atrajese a otros autores de abusos, pero ser&#237;a correr un riesgo muy grande.

&#191;Podr&#237;a ser el riesgo parte de esa atracci&#243;n?

Quiz&#225;s. He pensado mucho al respecto desde que vino usted a verme. Es un caso fuera de lo com&#250;n. Da la impresi&#243;n de que se trata de abusos cometidos por desconocidos a una escala considerable, lo que en s&#237; mismo es poco habitual. Es raro que los ni&#241;os, a diferencia de los adultos, sean v&#237;ctimas de desconocidos. Los abusos en el &#225;mbito familiar alcanzan el cincuenta por ciento de los actos perpetrados contra chicas, y entre el diez y el veinte por ciento de los perpetrados contra chicos. En general, adem&#225;s, los autores de abusos no incestuosos se dividen en seis categor&#237;as basadas en tres grados de intensidad: desde aquellos que tienen a menudo contacto no sexual con ni&#241;os hasta agresores s&#225;dicos que rara vez tienen un contacto no sexual con ellos. &#201;stos son los que normalmente ver&#225;n a ni&#241;os desconocidos como v&#237;ctimas, pero el grado de violencia infligida a los ni&#241;os que mencionaron las m&#225;scaras de p&#225;jaros era m&#237;nimo. De hecho, s&#243;lo una ni&#241;a recordaba una agresi&#243;n f&#237;sica seria, y dijo que el autor, que empez&#243; a asfixiarla hasta el punto de que ella casi perdi&#243; el sentido, fue reprendido por los dem&#225;s de inmediato. Eso es indicio de un alto grado de control. Estos hombres no eran autores de abusos corrientes, ni mucho menos. Hab&#237;a planificaci&#243;n, cooperaci&#243;n y, por falta de una palabra mejor, contenci&#243;n. Considerando estos elementos, lo ocurrido resulta especialmente perturbador.

&#191;Est&#225; usted seguro de que no se han producido denuncias parecidas desde la desaparici&#243;n de Clay?

&#191;Quiere decir denuncias de abusos comparables a esas descripciones? Bueno, estoy tan seguro como es posible estarlo, dada la informaci&#243;n disponible. &#201;sa fue una de las razones por las que las sospechas recayeron en Clay, supongo.

&#191;Podr&#237;an haber dejado de cometer abusos esos hombres?

Lo dudo mucho. Quiz&#225;s algunos fueron a la c&#225;rcel por otros delitos, cosa que explicar&#237;a la interrupci&#243;n de esa pr&#225;ctica, pero aparte de eso, no, no creo que hayan dejado de cometer abusos. Esos hombres son pederastas depredadores. Puede que se haya alterado su pauta de comportamiento, pero sus instintos no habr&#225;n desaparecido.

&#191;Y por qu&#233; podr&#237;a haberse alterado su pauta de comportamiento?

Tal vez ocurriera algo, algo que los asust&#243; o los llev&#243; a tomar conciencia de que el riesgo de atraer la atenci&#243;n era muy alto si segu&#237;an cometiendo abusos de esa manera.

La hija de un tal Frank Merrick dibuj&#243; a unos hombres con cabeza de p&#225;jaro -dije.

Y la hija de Merrick sigue desaparecida -apunt&#243; Christian, concluyendo por m&#237; lo que ten&#237;a en la cabeza-. Conozco el caso.

La fecha de la desaparici&#243;n de Clay coincide m&#225;s o menos con el periodo en que Lucy Merrick fue vista por &#250;ltima vez -expliqu&#233;-. Y usted acaba de decirme que, a partir de ese momento, no hubo m&#225;s denuncias de abusos a menores perpetrados por hombres con m&#225;scaras de p&#225;jaro.

Ninguna que yo sepa -confirm&#243; Christian-. Aunque, como le he dicho, no es f&#225;cil localizar a las posibles v&#237;ctimas. Podr&#237;a ser que tales abusos siguieran produci&#233;ndose sin enterarnos nosotros.

Pero cuantas m&#225;s vueltas le daba, m&#225;s sentido le ve&#237;a. Exist&#237;a una relaci&#243;n entre la desaparici&#243;n de Clay y la de Lucy Merrick, y tambi&#233;n quiz&#225;s entre la desaparici&#243;n de &#233;sta y el hecho de que no se denunciasen m&#225;s abusos a menores cometidos por hombres con m&#225;scaras de p&#225;jaro despu&#233;s de eso.

La muerte de un ni&#241;o, por ejemplo: &#191;habr&#237;a bastado eso para asustarlos, para disuadirlos de seguir con lo que estaban haciendo? -pregunt&#233;.

Si fue un accidente, s&#237;, es posible -respondi&#243; Christian.

&#191;Y si no lo fue?

Entonces nos encontrar&#237;amos ante algo muy distinto: no ser&#237;an abusos a menores, sino el asesinato de un ni&#241;o.

Nos quedamos los dos en silencio. Christian hizo unas anotaciones en un cuaderno. Vi que empezaba a oscurecer y que el &#225;ngulo de la luz a trav&#233;s de las persianas cambiaba al ponerse el sol. Las sombras semejaban barrotes de una c&#225;rcel, y volv&#237; a acordarme de Andy Kellog.

&#191;A&#250;n vive Dubus en el estado? -quise saber.

Tiene una casa cerca de Caratunk. Es un sitio muy aislado. Vive pr&#225;cticamente preso en su propia casa: lleva un dispositivo de localizaci&#243;n por v&#237;a sat&#233;lite en el tobillo, lo medican en un intento de reprimir su impulso sexual, y no tiene acceso a Internet ni a la televisi&#243;n por cable. Incluso se supervisa su correo, y el registro de llamadas de su l&#237;nea telef&#243;nica est&#225; sujeto a control como una de las condiciones de su libertad condicional. Pese a su avanzada edad, sigue siendo un riesgo potencial para los ni&#241;os. Probablemente sabr&#225; usted que cumpli&#243; condena por lo ocurrido en Galaad. Despu&#233;s fue encarcelado en tres ocasiones distintas por, y hablo de memoria, dos cargos de agresi&#243;n sexual, tres de riesgo de lesiones para un menor, posesi&#243;n de pornograf&#237;a infantil y una serie de delitos que se reduc&#237;an todos a lo mismo. La &#250;ltima vez le cayeron veinte a&#241;os, conmutados a diez con libertad condicional de por vida para asegurar que vivir&#237;a bajo un estricto control hasta el final de sus d&#237;as. De vez en cuando, estudiantes de posgrado o profesionales m&#233;dicos lo entrevistan. Es un sujeto &#250;til. Es inteligente, y tiene la cabeza l&#250;cida para un hombre de m&#225;s de ochenta a&#241;os, y no le importa hablar. No cuenta con muchos m&#225;s entretenimientos para matar el tiempo, supongo.

Resulta interesante que se haya quedado tan cerca de Galaad. -Caratunk se hallaba a s&#243;lo cincuenta kil&#243;metros al sur de Galaad.

Creo que nunca ha salido del estado desde que se instal&#243; all&#237; -dijo Christian-. Cuando lo entrevist&#233;, describi&#243; Galaad como una especie de para&#237;so perdido. Repiti&#243; los argumentos habituales uno por uno: que los ni&#241;os pose&#237;an una conciencia sexual mayor de la que les atribu&#237;amos; que otras sociedades y culturas ve&#237;an desde una &#243;ptica m&#225;s favorable la uni&#243;n entre ni&#241;os y adultos; que las relaciones en Galaad eran afectuosas y rec&#237;procas. Oigo variaciones de esos temas continuamente. Sin embargo, con Dubus tuve la sensaci&#243;n de que eran una cortina de humo. Es consciente de lo que es, y le gusta. Nunca existi&#243; la menor esperanza de rehabilitarlo. Ahora s&#243;lo intentamos tenerlo bajo control y lo utilizamos para ahondar en la naturaleza de los hombres como &#233;l. En ese sentido nos ha sido &#250;til.

&#191;Y los beb&#233;s muertos?

De eso culp&#243; a las mujeres, aunque se neg&#243; a dar nombres.

&#191;Usted le crey&#243;? -Ni por un momento. &#201;l era la figura masculina dominante en la comunidad. Si &#233;l personalmente no empu&#241;&#243; el arma que acab&#243; con la vida de aquellos ni&#241;os, dio la orden de matarlos. Pero, como le he dicho, eran otros tiempos, y no es necesario remontarse muy atr&#225;s en la historia para encontrar an&#233;cdotas semejantes de hijos de relaciones ad&#250;lteras o incestuosas que mueren de la manera m&#225;s oportuna.

Con todo, Dubus tuvo suerte de escapar con vida cuando la gente de Jackman descubri&#243; lo que ocurr&#237;a all&#237;. Tal vez sospechaban ya algo, pero cuando se encontraron los cad&#225;veres, en fin, entonces cambi&#243; todo. Se demolieron muchos edificios del asentamiento. S&#243;lo quedaron en pie un par, junto con la estructura de una iglesia a medio construir. Incluso es posible que eso ya no exista. No lo s&#233;. Hace mucho que no voy, al menos desde que estudiaba.

Llamaron a la puerta del despacho. Entr&#243; la recepcionista con un fajo de mensajes y una taza de caf&#233; para Christian.

&#191;C&#243;mo podr&#237;a hablar con Mason Dubus? -pregunt&#233;.

Christian tom&#243; un largo trago de caf&#233; al tiempo que se levantaba dirigiendo ya su atenci&#243;n a otros asuntos m&#225;s acuciantes, como los senadores agresivos que daban m&#225;s valor a los votos que a los resultados.

Puedo telefonear al agente responsable de su libertad condicional -contest&#243; mientras me acompa&#241;aba a la puerta-. No creo que haya ning&#250;n problema para organizar una visita.

Cuando sal&#237;, hab&#237;a desaparecido la polic&#237;a. Tambi&#233;n el Nissan, pero lo vi minutos despu&#233;s, cuando regresaba a Scarborough, aparcado frente a una panader&#237;a. Por la ventanilla me pareci&#243; ver a los ni&#241;os comer pasteles de colores rosa y amarillo que sacaban de una caja. La mujer, de espaldas a m&#237;, ten&#237;a los hombros encorvados, y pens&#233; que quiz&#225; lloraba.


Todav&#237;a me quedaba una visita por hacer ese d&#237;a. Hab&#237;a estado pensando en el tatuaje mencionado por Andy Kellog y en la hip&#243;tesis de Joe Long: que pod&#237;a ser indicio de que el individuo hab&#237;a pasado por el ej&#233;rcito, quiz&#225; por una divisi&#243;n aerotransportada. Sab&#237;a por experiencia que era dif&#237;cil seguir el rastro a esa clase de informaci&#243;n. La mayor parte de los expedientes relacionados con las hojas de servicio se guardaban en el Registro Central de Historiales de Saint Louis, Missouri, pero aunque pudiera acceder a esa base de datos, lo que ya de por s&#237; era dif&#237;cil, no me servir&#237;a de nada sin una pista sobre la posible identidad del hombre en cuesti&#243;n. Con una sospecha concreta, habr&#237;a podido encontrar a alguien que sacara el expediente 201, pero eso implicaba pedir favores desde fuera, y a&#250;n no estaba listo para ello. La Administraci&#243;n de Veteranos tambi&#233;n daba informaci&#243;n con cuentagotas, y eran pocos los que se arriesgar&#237;an a perder una plaza de funcionario con pensi&#243;n pasando expedientes bajo mano a un investigador.

Ronald Straydeer era un indio penobscot de Oldtown que hab&#237;a servido en el cuerpo K-9 durante la guerra de Vietnam. Viv&#237;a cerca de Scarborough Downs, junto a una caravana en forma de proyectil que en su d&#237;a hab&#237;a ocupado Billy Purdue y en la actualidad hac&#237;a las veces de centro de reinserci&#243;n social para balas perdidas, tarambanas y antiguos compa&#241;eros de armas que encontraban el camino hasta la puerta de Ronald. Lo hab&#237;an licenciado del servicio por invalidez tras resultar herido en el pecho y el brazo izquierdo cuando estall&#243; un neum&#225;tico justo el d&#237;a que se marchaba de Vietnam. Nunca supe qu&#233; le doli&#243; m&#225;s: si las heridas recibidas o el hecho de verse obligado a dejar all&#237; a su pastor alem&#225;n, Elsa, como excedente militar. Estaba convencido de que los vietnamitas se hab&#237;an comido a Elsa. Sospecho que los odiaba m&#225;s por eso que por haberle disparado una y otra vez cuando llevaba el uniforme.

Sab&#237;a que Ronald ten&#237;a un contacto, un oficial del Servicio Nacional llamado Tom Hyland, que trabajaba con los Veteranos Incapacitados de Am&#233;rica, y que hab&#237;a ayudado a Ronald a solicitar una pensi&#243;n a trav&#233;s de la Administraci&#243;n de Veteranos. Hyland hab&#237;a actuado por poderes en nombre de Ronald cuando &#233;ste intentaba abrirse paso por los vericuetos del sistema, y Ronald siempre hablaba de &#233;l en los t&#233;rminos m&#225;s elogiosos. Yo lo hab&#237;a visto una vez, cuando Ronald y &#233;l se pon&#237;an al d&#237;a sobre sus respectivas vidas ante una sopa de pescado en el Lobster Shack, junto al parque estatal Two Lights. Ronald me lo hab&#237;a presentado como hombre honorable, el mayor elogio que yo le hab&#237;a o&#237;do conceder a otro ser humano.

En cuanto oficial del Servicio Nacional, Hyland ten&#237;a acceso a la hoja de servicios de cualquier veterano que alguna vez hubiese solicitado una pensi&#243;n por medio de la Administraci&#243;n de Veteranos, incluidos aquellos que hubieran servido en una unidad aerotransportada y tuviesen domicilio en el estado de Maine bien en el momento de alistarse o al reclamar la pensi&#243;n. A su vez, los Veteranos Incapacitados de Am&#233;rica colaboraban con otras organizaciones como los Veteranos del Vietnam de Am&#233;rica, la Legi&#243;n Americana y los Veteranos de Guerras en el Extranjero. Si pod&#237;a convencer a Ronald para que sondeara a Hyland, y Hyland, a su vez, estaba dispuesto a hacerme un favor, quiz&#225; consiguiera una lista de posibles candidatos.

Era casi de noche cuando llegu&#233; a la casa de Ronald, me encontr&#233; la puerta abierta. Ronald estaba sentado en el sal&#243;n ante el televisor, rodeado de latas de cerveza, algunas llenas pero en su mayor parte vac&#237;as. El televisor reproduc&#237;a un DVD de un concierto de Hendrix, a muy bajo volumen. El sof&#225; situado frente a &#233;l lo ocupaba un hombre en apariencia m&#225;s joven que Ronald pero infinitamente m&#225;s desgastado. Para su edad, Ronald Straydeer se conservaba bien, con s&#243;lo un asomo de gris en el pelo oscuro y corto, y un cuerpo que a&#250;n no delataba los efectos de la avanzada mediana edad gracias al duro ejercicio f&#237;sico. Era corpulento, pero m&#225;s grande a&#250;n era su amigo, un hombre con barba de tres d&#237;as y el pelo cay&#233;ndole en bucles amarillos y casta&#241;os. Adem&#225;s, llevaba un coloc&#243;n de cuidado. A m&#237; s&#243;lo con el olor a hierba que flotaba en el aire ya me daba vueltas la cabeza. Ronald parec&#237;a un poco m&#225;s entero, pero era s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo que sucumbiese a aquellos vapores.

Hombre -dijo su compinche-, menos mal que no eres poli.

Ser&#237;a de ayuda echar el cerrojo -coment&#233;-, o al menos cerrar la puerta. As&#237; les resulta m&#225;s dif&#237;cil entrar.

El amigo de Ronald asinti&#243; sabiamente.

Gran verdad -coincidi&#243;-. Graaan verdad.

&#201;ste es mi amigo Stewart -dijo Ronald-. Fui compa&#241;ero de su padre en el ej&#233;rcito. Stewart aqu&#237; presente luch&#243; en la primera del Golfo. Habl&#225;bamos de los viejos tiempos.

Una pasada -dijo Stewart. Entonces levant&#243; su cerveza-. Por los viejos tiempos.

Ronald me ofreci&#243; una cerveza, pero no la acept&#233;. Abri&#243; otra Silver Bullet y casi la apur&#243; antes de apart&#225;rsela de los labios.

&#191;Qu&#233; puedo hacer por ti? -pregunt&#243;.

Busco a alguien -contest&#233;-. Es posible que haya estado en el ej&#233;rcito. Lleva un tatuaje de un &#225;guila en el brazo derecho y tiene afici&#243;n por los ni&#241;os. He pensado que si a ti no te suena de nada, quiz&#225; podr&#237;as preguntar por ah&#237; o ponerte en contacto con ese amigo tuyo del Servicio Nacional, Hyland. El individuo del que te hablo es un mal bicho, Ronald. Si no, no te lo pedir&#237;a.

Ronald reflexion&#243; por un momento. Stewart entorn&#243; los ojos en un esfuerzo por concentrarse en la conversaci&#243;n.

Un hombre al que le gustan los ni&#241;os no andar&#237;a pregon&#225;ndolo por ah&#237; -coment&#243; Ronald-. No recuerdo haber o&#237;do hablar de nadie con esas tendencias. El tatuaje del &#225;guila reduce un tanto las posibilidades. &#191;C&#243;mo sabes que lo tiene?

Un ni&#241;o se lo vio en el brazo. El hombre iba enmascarado. El tatuaje es la &#250;nica pista que tengo de su identidad.

&#191;Ese ni&#241;o lleg&#243; a ver los a&#241;os?

&#191;Los a&#241;os?

Los a&#241;os de servicio. Si prest&#243; servicio, aunque s&#243;lo fuese limpiando letrinas, sin duda a&#241;adi&#243; los a&#241;os.

No recordaba que Andy Kellog hubiese mencionado n&#250;meros tatuados debajo del &#225;guila. Pens&#233; en pedirle a Aimee Price que se lo consultara.

&#191;Y si no hay a&#241;os?

Entonces probablemente no prest&#243; servicio -se limit&#243; a decir Ronald-, y el tatuaje es puro alarde.

De todos modos, &#191;lo preguntar&#225;s por ah&#237;?

Lo har&#233;. Tal vez Tom sepa algo. Es una persona muy seria, pero ya sabes, si hay ni&#241;os por medio

Entretanto, Stewart se hab&#237;a levantado e inspeccionaba los estantes de Ronald balance&#225;ndose, con un porro reci&#233;n encendido entre los labios, al son casi inaudible de la m&#250;sica de Hendrix. Encontr&#243; una fotograf&#237;a y se volvi&#243; hacia Ronald. Era una instant&#225;nea de Ronald de uniforme, en cuclillas al lado de Elsa.

Eh, Ron, t&#237;o, &#191;&#233;sta era tu perra? -pregunt&#243; Stewart.

Ronald ni siquiera tuvo que darse la vuelta para saber a qu&#233; se refer&#237;a.

S&#237; -contest&#243;-. &#201;sa es Elsa.

Una perra preciosa. Es una l&#225;stima lo que le pas&#243;. -Agit&#243; la fotograf&#237;a en direcci&#243;n a m&#237;-. Se le comieron la perra, &#191;lo sab&#237;as? Se le comieron nada menos que la perra.

Lo s&#233; -respond&#237;.

En serio, &#191;qu&#233; clase de chusma va y se come al perro de un hombre? -Una l&#225;grima asom&#243; en uno de sus ojos y rod&#243; por la mejilla-. Todo junto es una puta verg&#252;enza.

Y lo era.



20

Merrick hab&#237;a declarado a la polic&#237;a que dorm&#237;a en su coche casi todas las noches, pero no le creyeron, y yo tampoco. Por eso encargu&#233; a &#193;ngel que lo siguiera al salir de la c&#225;rcel. Seg&#250;n &#193;ngel, Merrick se hab&#237;a subido a un taxi en la parada de la estaci&#243;n de autobuses; luego hab&#237;a tomado una habitaci&#243;n en un motel al lado de las galer&#237;as comerciales Maine y corrido las cortinas, aparentemente para dormir. Sin embargo, no hab&#237;a ni rastro del coche rojo en el motel, y cuando, pasadas seis horas, Merrick segu&#237;a sin dar se&#241;ales de vida, &#193;ngel decidi&#243; averiguar qu&#233; ocurr&#237;a. Compr&#243; una pizza, la llev&#243; al motel y llam&#243; a la puerta de la habitaci&#243;n de Merrick. Al no recibir respuesta entr&#243; por la fuerza y descubri&#243; que Merrick se hab&#237;a ido. En el motel tambi&#233;n hab&#237;a un coche patrulla, enviado probablemente por la misma raz&#243;n que &#193;ngel, pero el agente no hab&#237;a tenido m&#225;s suerte que &#233;l.

Sab&#237;a que era muy posible que lo siguieran -dijo &#193;ngel. Louis y &#233;l estaban sentados en mi cocina, y Walter, que hab&#237;a vuelto una vez m&#225;s de casa de los Johnson, olfateaba los pies de &#193;ngel y le mordisqueaba las puntas de los cordones-. Deb&#237;a de haber tres o cuatro maneras distintas de salir de all&#237;. Por eso mismo lo eligi&#243;.

Aquello no me sorprendi&#243; demasiado. Dondequiera que se hubiese escondido Merrick antes de su detenci&#243;n, no era un motel al lado de un centro comercial. Telefone&#233; a Matt Mayberry para averiguar si hab&#237;a encontrado algo &#250;til.

He estado muy ocupado, de lo contrario te habr&#237;a llamado yo mismo -se disculp&#243; Matt cuando por fin consegu&#237; acceder a &#233;l. Me explic&#243; que al principio se hab&#237;a concentrado en los asesores tributarios de la ciudad de Portland y alrededores, y que luego hab&#237;a ampliado la b&#250;squeda a cien kil&#243;metros a la redonda-. De momento he encontrado dos propiedades. Una en Saco, pero sigue inmovilizada a causa de un litigio despu&#233;s de casi cuatro a&#241;os. Por lo visto, el ayuntamiento hizo p&#250;blico un aviso de venta inminente por embargo de las propiedades de un hombre de mediana edad mientras &#233;ste estaba en tratamiento por c&#225;ncer; luego, sin previo aviso, llev&#243; a cabo la subasta, supuestamente antes de tiempo. Pero no te pierdas el detalle: cuando &#233;l se neg&#243; a abandonar su casa al ser dado de baja del hospital, le mandaron una unidad del grupo de operaciones especiales para sacarlo de all&#237; a la fuerza. &#161;El pobre hombre ni siquiera ten&#237;a pelo! &#191;Qu&#233; demonios os pasa en Maine? Ahora mismo el asunto va camino del Tribunal Supremo, pero avanza al paso de un tortuga artr&#237;tica. Tengo copias de la documentaci&#243;n previa al proceso, pero no te ser&#225;n de gran ayuda.

&#191;Cu&#225;l es la participaci&#243;n de Eldritch en eso?

Es el propietario registrado, en fideicomiso. Aun as&#237;, hice un par de indagaciones m&#225;s sobre &#233;l y encontr&#233; su nombre relacionado con diversas ventas de propiedades desde aqu&#237; hasta California, pero todas son referencias antiguas, y cuando les segu&#237; la pista, el t&#237;tulo de propiedad hab&#237;a cambiado otra vez. Las ventas en Maine son las m&#225;s recientes con diferencia, y, bueno, no coinciden con la pauta de las anteriores.

&#191;En qu&#233; sentido?

Ver&#225;s, no me atrever&#237;a a jurarlo, pero da la impresi&#243;n de que al menos una parte de los negocios de Eldritch reside, o resid&#237;a, en proporcionar propiedades a individuos o compa&#241;&#237;as que no quer&#237;an aparecer inscritos como propietarios. Pero, como te he dicho, la mayor&#237;a de las referencias que he encontrado son prehist&#243;ricas, lo que me induce a pensar que desde entonces Eldritch ha desplazado sus intereses a otras actividades, o ya no lo hace tanto como antes, o sencillamente ha aprendido a borrar mejor sus huellas. Algunas de esas propiedades han dejado un rastro de papel que ni te imaginas, lo que podr&#237;a ser una forma de camuflar el hecho de que, pese a la nebulosa de ventas y traspasos adicionales, el propietario real del lugar en cuesti&#243;n segu&#237;a siendo el mismo. Pero eso s&#243;lo es una sospecha, y har&#237;a falta todo un equipo de expertos con mucho tiempo disponible para demostrarlo.

Yo dir&#237;a que la venta de Saco fue una equivocaci&#243;n. Quiz&#225;s Eldritch hab&#237;a recibido instrucciones de localizar una propiedad para un cliente, y &#233;sta parec&#237;a un chollo, pero luego el negocio se fue a pique porque el ayuntamiento lo hizo todo mal. Aunque probablemente se debi&#243; s&#243;lo a un cruce de cables, la cuesti&#243;n es que Eldritch se vio atrapado en la clase de cenagal jur&#237;dico que, por lo visto, hab&#237;a conseguido eludir a base de dedicarle mucho tiempo y esfuerzo.

Lo que nos lleva a la segunda propiedad, adquirida unas semanas despu&#233;s de izarse las banderas negras por la venta de Saco. Est&#225; cerca de un pueblo llamado Welchville. &#191;Te suena de algo?

Vagamente. Creo que est&#225; entre Mechanic Falls y Oxford.

Donde sea. Ni siquiera pude encontrarlo en un mapa corriente.

No es la clase de sitio que la gente incluye en los mapas corrientes. All&#237; no hay gran cosa. Ni siquiera hay gran cosa en Mechanic Falls, y en comparaci&#243;n con Welchville parece una metr&#243;polis.

Pues recu&#233;rdame que no mire all&#237; cuando busque un lugar de retiro. La cuesti&#243;n es que al final lo encontr&#233;. La propiedad est&#225; en Sevenoaks Road, cerca de Willow Brook. En efecto, no parece que haya gran cosa por all&#237;, lo cual encaja con lo que acabas de decirme, as&#237; que no deber&#237;a ser dif&#237;cil localizarla. Es el n&#250;mero 1180. No s&#233; qu&#233; fue del 1 hasta el 1179, pero supongo que estar&#225;n por alg&#250;n sitio. En lo que se refiere a Maine, s&#243;lo hay esas dos propiedades. Si quieres que ampl&#237;e la b&#250;squeda, necesitar&#237;a m&#225;s tiempo del que dispongo, as&#237; que tendr&#237;a que encarg&#225;rselo a otra persona y puede que no trabaje de balde como yo.

Dije a Matt que ya se lo confirmar&#237;a, pero en principio la propiedad de Welchville parec&#237;a un buen punto de partida. Welchville estaba a una distancia id&#243;nea de Portland: relativamente cerca, con lo que la ciudad y sus aleda&#241;os eran muy accesibles, y a la vez lo bastante lejos para ofrecer privacidad e incluso un escondite si era necesario. En lugares como Welchville y Mechanic Falls, la gente no andaba metiendo la nariz en los asuntos de los dem&#225;s, no a menos que alguien les diese un motivo para ello.

Hab&#237;a oscurecido, pero eso ya nos conven&#237;a. Era m&#225;s sensato aproximarse a la casa de Welchville al amparo de la noche. Si Merrick estaba all&#237;, exist&#237;a alguna posibilidad de que no nos viera acercarnos. Pero tambi&#233;n me interesaba la fecha en que Eldritch hab&#237;a adquirido la casa. Por entonces Merrick estaba en la c&#225;rcel, y a&#250;n faltaba mucho tiempo para su puesta en libertad; por tanto, o bien Eldritch planeaba las cosas con mucha antelaci&#243;n, o la casa se adquiri&#243; con otros fines. Seg&#250;n Matt, Eldritch segu&#237;a siendo el propietario registrado, pero no me lo imaginaba pasando mucho tiempo en Welchville, lo cual planteaba una duda: &#191;qui&#233;n hab&#237;a estado usando la casa durante los &#250;ltimos cuatro a&#241;os?

Cogimos el Mustang, nos alejamos de la costa, bordeamos Auburn y Lewiston hasta dejar atr&#225;s las poblaciones de mayor tama&#241;o y entrar en el Maine rural, pese a estar cerca de la ciudad m&#225;s grande del estado. Puede que Portland hubiese iniciado un proceso de expansi&#243;n descontrolado, engullendo a comunidades m&#225;s peque&#241;as y amenazando la identidad de otras, pero all&#237; era como si la ciudad estuviese a cientos de kil&#243;metros. Parec&#237;a otro mundo, un mundo de carreteras estrechas y casas dispersas, pueblos peque&#241;os de calles vac&#237;as, donde el retumbo de los camiones al pasar y el ruido de alg&#250;n que otro coche perturbaban la paz reinante, e incluso &#233;stos eran menos frecuentes a medida que nos alej&#225;bamos hacia el oeste. De vez en cuando ve&#237;amos una hilera de farolas, iluminando un tramo de carretera que en apariencia era id&#233;ntico al resto y sin embargo, por alguna raz&#243;n, merec&#237;a un toque personal por cortes&#237;a del condado.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Por qu&#233; &#191;qu&#233;? -dije.

&#191;Por qu&#233; alguien querr&#237;a vivir aqu&#237;?

Acab&#225;bamos de dejar la 495 y &#193;ngel, sentado en el asiento de atr&#225;s con los brazos cruzados como un ni&#241;o enfurru&#241;ado, ya ansiaba las luces de la ciudad.

No todo el mundo quiere vivir en la ciudad.

Yo s&#237;.

Aun as&#237;, no todo el mundo quiere vivir cerca de gente como t&#250;.

La Carretera 121 atravesaba tortuosamente Minot y Hackett Mills y despu&#233;s llegaba ya a Mechanic Falls, poco antes del cruce con la 26. Faltaba m&#225;s o menos un kil&#243;metro. A mi lado, Louis sac&#243; la Glock de entre los pliegues de su abrigo. Detr&#225;s o&#237; el revelador chasquido de una corredera al desplazar un cartucho a la rec&#225;mara. Si viv&#237;a alguien en Sevenoaks Road, ya fuera Merrick o un desconocido, no cab&#237;a esperar que le complaciese vernos.

La casa se encontraba a cierta distancia de la carretera, de modo que no la vimos hasta que casi nos la hab&#237;amos pasado. La observ&#233; por el espejo retrovisor: una vivienda sencilla, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas, una a cada lado. No estaba en exceso deteriorada ni mejor conservada de lo normal. Simplemente estaba all&#237;.

Pasamos de largo y seguimos cuesta arriba hasta que tuve la certeza de que el ruido del motor habr&#237;a dejado de o&#237;rse en la casa. Nos detuvimos y esperamos. No vimos m&#225;s coches en la carretera. Finalmente, cambi&#233; de sentido y, bajando en punto muerto por la pendiente, fren&#233; cuando la casa no estaba a&#250;n a la vista. Estacion&#233; en el arc&#233;n y recorrimos a pie el resto del camino.

En la casa no hab&#237;a ninguna luz encendida. Mientras Louis y yo esper&#225;bamos, &#193;ngel examin&#243; el per&#237;metro por si hab&#237;a l&#225;mparas nocturnas que se activaran con el movimiento. No encontr&#243; ninguna. Despu&#233;s de circundar la casa nos hizo una se&#241;a a Louis y a m&#237; con la linterna, tapando el haz con la mano para que lo vi&#233;ramos s&#243;lo nosotros. Nos acercamos a &#233;l.

No hay alarma -dijo-, o al menos yo no la he visto.

Era l&#243;gico. Quienquiera que utilizase aquella casa, ya fuese Merrick o la persona que lo financiaba, no desear&#237;a proporcionar a la polic&#237;a una excusa para dejarse caer por all&#237; cuando estuviese vac&#237;a. Adem&#225;s, el n&#250;mero de robos en la zona seguramente pod&#237;a contarse con los pulgares de una mano.

Nos aproximamos m&#225;s a la casa. Vi que el tejado de pizarra hab&#237;a sido reparado en fecha reciente, quiz&#225;s en los &#250;ltimos dos a&#241;os, pero la pintura exterior estaba resquebrajada y da&#241;ada aqu&#237; y all&#225;. La maleza hab&#237;a invadido buena parte del jard&#237;n, pero no hac&#237;a mucho que se hab&#237;a cubierto de grava el camino de acceso, y dispon&#237;a de un espacio sin hierba para estacionar uno o dos coches. El garaje, a un lado de la casa, ten&#237;a una cerradura nueva en la puerta. El edificio no hab&#237;a sido repintado, pero tampoco parec&#237;a necesitar urgentemente alguna reparaci&#243;n. En otras palabras, hab&#237;an hecho todo lo que se requer&#237;a para mantener la propiedad habitable, pero no m&#225;s. Nada llamaba la atenci&#243;n, nada atra&#237;a segundas miradas. Era anodina como s&#243;lo puede serlo algo que se pretende que pase inadvertido.

Examinamos la casa una vez m&#225;s, evitando la grava y sin salirnos de la hierba a fin de amortiguar el ruido de nuestras pisadas, pero dentro no se advert&#237;a la menor se&#241;al de presencia alguna. &#193;ngel tard&#243; unos minutos en abrir la puerta de atr&#225;s con ayuda de una ganz&#250;a, lo que nos permiti&#243; entrar en una cocina peque&#241;a con estantes y armarios vac&#237;os y un frigor&#237;fico cuya &#250;nica funci&#243;n era a&#241;adir en apariencia un reconfortante zumbido a la casa, por lo dem&#225;s silenciosa. El cubo de la basura revel&#243; los restos de un pollo asado y una botella de agua vac&#237;a. A juzgar por el olor, el pollo llevaba all&#237; un tiempo. Hab&#237;a asimismo un paquete arrugado de tabaco American Spirit, la marca de Merrick.

Salimos al pasillo. Ante nosotros vimos la puerta de entrada. A la izquierda hab&#237;a un dormitorio peque&#241;o sin m&#225;s muebles que un gastado sof&#225; cama y una mesita. El borde de una s&#225;bana de color hueso asomaba de las entra&#241;as del sof&#225;, como &#250;nico destello de claridad en aquella penumbra. Junto al dormitorio se hallaba la principal zona de estar, sin un solo mueble. Estanter&#237;as empotradas ocupaban los huecos a ambos lados de la chimenea apagada, pero el &#250;nico libro presente era una ra&#237;da Biblia encuadernada en piel. La cog&#237; y la hoje&#233;; que yo viera, no conten&#237;a marcas ni anotaciones, ni nombre en el frontispicio indicando la identidad del due&#241;o.

&#193;ngel y Louis hab&#237;an pasado a las habitaciones de la derecha: un cuarto de ba&#241;o, que en otro tiempo quiz&#225; cumpli&#243; la funci&#243;n de segundo dormitorio, ahora tambi&#233;n vac&#237;o excepto por los caparazones de insectos atrapados en los restos de las telara&#241;as del verano anterior igual que los adornos de un &#225;rbol de Navidad que no se retiran pasada la fecha; y un comedor identificable como tal por las marcas de una mesa y unas sillas en el polvo, &#250;nico indicio de su antiguo cometido, como si los muebles hubiesen desaparecido sin intervenci&#243;n humana, esfum&#225;ndose en el aire como el humo.

Mirad -dijo &#193;ngel desde el pasillo.

Enfocaba con la linterna una trampilla en el suelo cerca de una pared lateral de la casa. Un cerrojo imped&#237;a el paso, pero no por mucho tiempo. &#193;ngel se ocup&#243; de la cerradura y luego levant&#243; la trampilla mediante una argolla de lat&#243;n engastada en la madera. Apareci&#243; un tramo de escalera que se perd&#237;a de vista en la oscuridad. &#193;ngel, a&#250;n agachado, me mir&#243; como si yo fuera el culpable.

&#191;Por qu&#233; tiene que estar todo bajo tierra? -susurr&#243;.

&#191;Por qu&#233; hablas en susurros? -contest&#233;.

Mierda -dijo &#193;ngel en voz alta-. Nada me saca m&#225;s de quicio que hablar as&#237;.

Louis y yo nos arrodillamos a su lado.

&#191;Hueles eso? -pregunt&#243; Louis.

Olfate&#233;. Abajo el aire ten&#237;a un olor parecido al de los restos del pollo en el cubo de la basura, pero era un tufillo muy ligero, como si algo se hubiese descompuesto all&#237; y lo hubiesen sacado hac&#237;a mucho tiempo, y s&#243;lo quedara el recuerdo de su podredumbre atrapado en la quietud.

Baj&#233; yo primero, seguido de &#193;ngel. Louis se qued&#243; arriba por si alguien se acercaba a la casa. A primera vista, el s&#243;tano parec&#237;a a&#250;n m&#225;s vac&#237;o que el resto de las habitaciones. No hab&#237;a herramientas en las paredes, ni bancos donde trabajar, ni cajas almacenadas, ni reliquias desechadas de antiguas vidas descansando olvidadas bajo la casa. En lugar de eso conten&#237;a s&#243;lo una escoba, apoyada contra una pared, y un hoyo en el suelo de tierra ante nosotros, quiz&#225; de un metro y medio de di&#225;metro y uno ochenta de profundidad. Ten&#237;a los lados revestidos de ladrillo y el fondo cubierto de esquirlas de pizarra rota.

Parece un antiguo pozo -coment&#243; &#193;ngel.

&#191;Qui&#233;n va a construir una casa encima de un pozo?

Husme&#243; el aire.

El olor viene de ah&#237; abajo. Podr&#237;a haber algo enterrado debajo de las piedras.

Cog&#237; la escoba y se la di. Se agach&#243; y hurg&#243; entre los fragmentos de pizarra, pero saltaba a la vista que ten&#237;an s&#243;lo unos cent&#237;metros de profundidad. Debajo hab&#237;a hormig&#243;n macizo.

Mmm -dijo-. &#161;Qu&#233; raro!

Pero yo ya no escuchaba, porque hab&#237;a descubierto que el s&#243;tano no estaba tan vac&#237;o como parec&#237;a en un principio. Detr&#225;s de la escalera, en un rinc&#243;n, casi invisible entre las sombras, vi un enorme armario de roble, de madera vieja y muy oscura, casi negra. Lo ilumin&#233; con la linterna y advert&#237; la recargada ornamentaci&#243;n, un relieve en filigrana de hojas y enredaderas, hasta el punto de que, m&#225;s que un mueble labrado por un hombre, parec&#237;a parte de la propia naturaleza, petrificada en su actual forma. Los tiradores de las puertas eran de cristal tallado y en el ojo de la cerradura brillaba una peque&#241;a llave de lat&#243;n. Enfoqu&#233; con el haz de luz las paredes del s&#243;tano, intentando entender c&#243;mo hab&#237;an conseguido bajar el armario hasta all&#237;. La trampilla y la escalera eran demasiado estrechas. En alg&#250;n momento del pasado tal vez hubo puertas de acceso al s&#243;tano desde el jard&#237;n, pero no alcanzaba a imaginar d&#243;nde pod&#237;an haber estado. Eso creaba la inquietante sensaci&#243;n de que, por alg&#250;n motivo, el s&#243;tano se hab&#237;a construido en torno a aquel viejo mueble de roble oscuro, sin m&#225;s finalidad que proporcionarle un lugar sombr&#237;o y silencioso donde descansar.

Alargu&#233; la mano hacia la llave. Pareci&#243; vibrar ligeramente entre mis dedos. Apoy&#233; la mano en la madera. Tambi&#233;n temblaba. El movimiento parec&#237;a provenir no s&#243;lo del propio armario sino tambi&#233;n del suelo bajo mis pies, como si debajo de la casa, a gran profundidad, una m&#225;quina enorme rechinara y palpitara con un fin desconocido.

&#191;Sientes eso? -pregunt&#233;, pero &#193;ngel estaba cerca y a la vez era una mota a lo lejos, como si el espacio y el tiempo se hubieran distorsionado moment&#225;neamente. Lo vi examinar el hoyo en el suelo del s&#243;tano, tanteando todav&#237;a los fragmentos de pizarra en busca de alguna pista sobre el origen de aquel olor, pero cuando habl&#233; pareci&#243; no o&#237;rme e incluso a m&#237; me son&#243; d&#233;bil mi voz. Hice girar la llave. Se oy&#243; un sonoro chasquido en la cerradura, demasiado sonoro para un mecanismo tan peque&#241;o. Agarr&#233; un pomo con cada mano y tir&#233;: las puertas se abrieron en silencio y sin oponer resistencia hasta revelar el contenido.

Algo se movi&#243; dentro. Asustado, retroced&#237; de un salto y casi tropec&#233;. Levant&#233; la pistola, sosteniendo la linterna en alto y apartada del arma, y por un momento el reflejo de la luz me ceg&#243;.

Ten&#237;a ante m&#237; mi propia imagen, deformada y ennegrecida. Un peque&#241;o espejo dorado colgaba en el fondo del armario. Debajo hab&#237;a compartimentos para zapatos y ropa interior, todos integrados en el armaz&#243;n del armario y todos vac&#237;os, y separaba las dos secciones una tabla de madera horizontal, que quedaba casi oculta por un conjunto de objetos en apariencia inconexos: unos pendientes de plata, con piedras rojas engastadas; una alianza nupcial de oro, con una fecha grabada en el interior (18 de mayo de 1969); un coche de juguete, estropeado, probablemente de los a&#241;os cincuenta, con la pintura roja casi totalmente desprendida del todo; un desva&#237;do retrato de una mujer en un guardapelo de poca monta; un peque&#241;o trofeo de un campeonato de bolos sin fecha ni el nombre del ganador; un libro de poemas infantiles encuadernado en tela y abierto por la portadilla, en la que se le&#237;a Para Emily, con cari&#241;o de mam&#225; y pap&#225;, Navidad de 1955, escrito con una letra tosca y entrecortada; una aguja de corbata; un viejo single de Carl Perkins, con su aut&#243;grafo en el propio disco; un collar de oro, con la cadena rota como si se lo hubieran arrancado de un tir&#243;n a quien lo llevara puesto, y una cartera, vac&#237;a salvo por una fotograf&#237;a de una joven luciendo el birrete y la toga de reci&#233;n graduada.

Pero estos objetos, pese a que todo en ellos induc&#237;a a pensar que en alg&#250;n momento sus due&#241;os los hab&#237;an guardado como tesoros, eran simples distracciones. Fue el espejo lo que en realidad atrajo mi atenci&#243;n. La superficie reflectante estaba muy da&#241;ada, por efecto del fuego o de alguna otra fuente de calor intenso, hasta el punto de que en el centro asomaba el dorso de madera. El cristal se hab&#237;a combado, y en los bordes presentaba manchas parduzcas y negras, aunque no se hab&#237;a resquebrajado y la madera, detr&#225;s, no estaba chamuscada. El calor aplicado para causar semejantes da&#241;os era tal que el espejo simplemente se hab&#237;a fundido, y sin embargo el tablero que hab&#237;a de fondo hab&#237;a quedado indemne.

Tend&#237; la mano para tocarlo, pero me detuve. Yo hab&#237;a visto antes ese espejo, y de pronto supe qui&#233;n manipulaba a Frank Merrick. Se me encogi&#243; el est&#243;mago y me sobrevino una n&#225;usea repentina. Puede que incluso hablase, pero las palabras no debieron de tener sentido. Una sucesi&#243;n de im&#225;genes desfil&#243; atropelladamente por mi cabeza, recuerdos de una casa.

Esto no es una casa. Esto es un hogar.

S&#237;mbolos en una pared de una vivienda abandonada mucho tiempo atr&#225;s, revelados s&#243;lo cuando el papel empez&#243; a desprenderse y a colgar en el pasillo como grandes lenguas. Un hombre con un abrigo ra&#237;do, el pantal&#243;n manchado y la suela de uno de los zapatos casi suelta, exigiendo el pago de una deuda contra&#237;da por otra persona a quien se cre&#237;a muerta desde hac&#237;a mucho tiempo.

&#201;ste es un mundo viejo y perverso.

Y un espejo peque&#241;o y dorado, sostenido por aquel hombre con los dedos amarillentos a causa de la nicotina, y en &#233;l la imagen reflejada de una figura gritando, que habr&#237;a podido ser yo o habr&#237;a podido ser otro.

Estaba condenado, y su alma se ha perdido

&#193;ngel apareci&#243; a mi lado, mirando los objetos del armario con cara de incomprensi&#243;n.

&#191;Qu&#233; es? -pregunt&#243;.

Una colecci&#243;n -contest&#233;.

Se acerc&#243; e hizo adem&#225;n de coger el coche de juguete. Levant&#233; la mano.

No lo toques. No toques nada. Tenemos que salir de aqu&#237;. Ahora mismo.

Y entonces vio el espejo. -&#191;Qu&#233; le pas&#243; a?

Es de la casa Grady -dije.

Retrocedi&#243; espantado, y luego mir&#243; por encima del hombro esperando ver salir de pronto de su escondrijo al hombre que hab&#237;a llevado all&#237; el espejo, como una de las ara&#241;as que hibernaban en las habitaciones de arriba alertada por la llegada de los primeros insectos de primavera.

No es posible que hables en serio, joder -protest&#243; &#193;ngel-. &#191;Por qu&#233; contigo nunca hay nada normal?

Cerr&#233; las puertas del armario, sintiendo a&#250;n la vibraci&#243;n de la llave en la cerradura cuando la hice girar, y confin&#233; de nuevo la colecci&#243;n. Salimos del s&#243;tano, corrimos el pasador y volvimos a colocar el candado. Acto seguido nos marchamos de aquel lugar. No dejamos ninguna se&#241;al de nuestra intrusi&#243;n, y mientras &#193;ngel cerraba la puerta de atr&#225;s, la casa pareci&#243; quedar tal como estaba cuando llegamos.

Pero tuve la sensaci&#243;n de que todo era en vano.

&#201;l sabr&#237;a que hab&#237;amos estado all&#237;.

El Coleccionista lo sabr&#237;a y vendr&#237;a.



21

En el camino de regreso a Scarborough apenas hablamos. Tanto &#193;ngel como Louis hab&#237;an estado en la casa Grady. Sab&#237;an lo que hab&#237;a sucedido all&#237;, y sab&#237;an cu&#225;l hab&#237;a sido su final.

John Grady era un asesino de ni&#241;os, y su casa, en Maine, hab&#237;a quedado vac&#237;a durante muchos a&#241;os despu&#233;s de muerto. Ahora que lo pienso, quiz&#225; vac&#237;a no fuera la palabra correcta. Latente habr&#237;a sido m&#225;s apropiada, pues algo hab&#237;a permanecido en la casa Grady, alg&#250;n vestigio del individuo que le hab&#237;a dado su nombre. Al menos eso me pareci&#243; a m&#237;, aunque bien podr&#237;an haber sido f&#225;cilmente sombras y vapores, los miasmas de su historia, y la evocaci&#243;n de las vidas perdidas all&#237; mezcl&#225;ndose para crear fantasmas en mi cerebro.

Pero yo no era el &#250;nico que sospechaba que algo se hab&#237;a refugiado en la casa Grady. Tambi&#233;n se present&#243; all&#237; el Coleccionista, un hombre harapiento con las u&#241;as amarillentas, que pidi&#243; permiso para llevarse s&#243;lo un recuerdo de la casa: un espejo, y nada m&#225;s. Aparentemente no quer&#237;a, o no pod&#237;a, entrar &#233;l mismo en la casa, y yo cre&#237;a que al menos un hombre, un mat&#243;n de medio pelo llamado Chris Tierney, hab&#237;a muerto a manos del Coleccionista por osar interponerse en el camino de ese extra&#241;o y siniestro individuo. Pero no era yo quien pod&#237;a dar el permiso que solicitaba el Coleccionista, y cuando vio que no recibir&#237;a lo que quer&#237;a, se lo llev&#243; de todos modos tras dejarme ensangrentado en el suelo.

Y lo &#250;ltimo que vi mientras yac&#237;a all&#237;, con el cr&#225;neo ardiendo de dolor por la fuerza del golpe del Coleccionista, fue la imagen de John Grady atrapada detr&#225;s del cristal del espejo que se llevaba el Coleccionista, lanzando gritos de impotencia mientras por fin la justicia iba por &#233;l.

Ahora, ese mismo espejo, chamuscado y deformado, descansaba bajo una casa abandonada, reflejando un conjunto de objetos inconexos, prendas de otras vidas, de la justicia administrada por aquel personaje demacrado. En otro tiempo hab&#237;a firmado al menos una vez con el nombre de Kushiel: una muestra de humor negro, ya que &#233;ste era el nombre del carcelero del infierno, pero igualmente una insinuaci&#243;n sobre su naturaleza, o lo que &#233;l consideraba su naturaleza. Yo ten&#237;a la certeza de que cada uno de los objetos en ese viejo armario representaba una vida arrebatada, una deuda pagada de un modo u otro. Record&#233; el hedor que flotaba sobre el hoyo del s&#243;tano. Deb&#237;a hacer la llamada, pens&#233;. Deb&#237;a mandar all&#237; a la polic&#237;a. Pero &#191;qu&#233; pod&#237;a decir? &#191;Que hab&#237;a percibido el olor de la sangre y sin embargo no se ve&#237;a sangre? &#191;Que hab&#237;a un armario lleno de chatarra en el s&#243;tano, sin nada m&#225;s que un nombre de pila aqu&#237;, una fecha all&#225;, que permitiera relacionar cada objeto con su due&#241;o original?

&#191;Y usted qu&#233; hac&#237;a en el s&#243;tano, caballero? Ya sabe que el allanamiento de morada es delito, &#191;no?

Y hab&#237;a que tener en cuenta otra cosa. En el pasado me hab&#237;a cruzado con individuos tan peligrosos como el Coleccionista. Su naturaleza, que s&#243;lo en parte pod&#237;a empezar a explicarme o a entender, estaba corrompida y eran capaces de una gran maldad. Pero el Coleccionista era distinto. Su motivaci&#243;n no era el deseo de infligir dolor. Al parecer ocupaba un espacio m&#225;s all&#225; de la moralidad convencional, comprometido en una labor en la que no hab&#237;a tiempo para conceptos como procedimiento adecuado o ley o misericordia. En su mente, aquellos a quienes buscaba ya hab&#237;an sido juzgados. Se limitaba a ejecutar la sentencia. Era como un cirujano que extirpaba excrecencias cancerosas del organismo, extray&#233;ndolas con precisi&#243;n y arrojando las partes enfermas al fuego.

Ahora manipulaba a Merrick, utiliz&#225;ndolo para atraer de entre las sombras a individuos desconocidos de modo que se revelaran ante &#233;l. Merrick hab&#237;a estado en la casa, aunque s&#243;lo por un tiempo: el paquete de tabaco desechado y el pollo podrido lo indicaban. El Coleccionista tambi&#233;n fumaba, pero sus gustos eran un poco m&#225;s ex&#243;ticos que American Spirit. Por mediaci&#243;n de Eldritch hab&#237;a proporcionado a Merrick un coche, tambi&#233;n fondos, quiz&#225;s, y un lugar donde alojarse, una base desde la que actuar pero seguramente con una orden adjunta estipulando que no deb&#237;a entrar en ninguna parte cerrada de la casa. Incluso si Merrick hubiese desobedecido y bajado al s&#243;tano, &#191;habr&#237;an significado algo para &#233;l aquellos objetos? Le habr&#237;an parecido s&#243;lo un revoltijo, una extravagante amalgama de cosas dispares contenidas en un armario antiguo que vibraba al tacto, escondido en un rinc&#243;n de un s&#243;tano con un ligero tufo a viejo y podrido.

Ahora bien, era evidente que el Coleccionista buscaba a alguien relacionado con Daniel Clay y no al propio Clay, si hab&#237;a que creer a Eldritch. S&#243;lo pod&#237;a haber una respuesta: quer&#237;a encontrar a quienes se hab&#237;an cebado en los pacientes de Clay, los hombres que, si yo no me equivocaba, eran los responsables de lo ocurrido a Lucy Merrick. As&#237; que Eldritch hab&#237;a sido reclutado para asegurarse de que a Frank Merrick se le liberaba y encauzaba, pero Merrick no era la clase de hombre que informaba de cada uno de sus pasos a un viejo abogado en un bufete lleno de papel. Buscaba venganza, y el Coleccionista deb&#237;a de saber que, en alg&#250;n momento, Merrick escapar&#237;a por completo a su control. Habr&#237;a que seguirlo de cerca, conocer todos sus pasos, para que cualquier informaci&#243;n que obtuviese fuese compartida autom&#225;ticamente con aquel que lo hab&#237;a puesto en libertad para llevar a cabo su b&#250;squeda. Y cuando los hombres que buscaba por fin actuasen, el Coleccionista estar&#237;a esperando, ya que hab&#237;a una deuda que saldar.

Pero &#191;qui&#233;n segu&#237;a a Merrick? Una vez m&#225;s, parec&#237;a haber s&#243;lo una respuesta posible.

Los hombres huecos.

Daba la impresi&#243;n de que &#193;ngel segu&#237;a en parte el hilo de mis pensamientos.

Sabemos d&#243;nde est&#225; -dijo-. Si tiene algo que ver con esto, podemos encontrarlo en caso de necesidad.

Negu&#233; con la cabeza.

Es un almac&#233;n, s&#243;lo eso. Probablemente permiti&#243; a Merrick usarlo durante un tiempo, pero me jugar&#237;a algo a que Merrick no baj&#243; al s&#243;tano, y me apuesto otros diez a que no conoci&#243; a nadie relacionado con la casa aparte del abogado.

La cerradura de la puerta de atr&#225;s era nueva -dijo &#193;ngel-. La ol&#237;. Se cambi&#243; hace poco, no m&#225;s de uno o dos d&#237;as.

Es posible que le hayan retirado a Merrick los privilegios de acceso. No creo que a &#233;l le importe. Daba la impresi&#243;n de que no pasaba por all&#237; desde hac&#237;a tiempo, y de todos modos es un hombre m&#225;s bien desconfiado. Me inclino a pensar que cort&#243; amarras en cuanto pudo. No querr&#237;a que el abogado lo controlara, pero no ten&#237;a ni idea de qui&#233;n financiaba su b&#250;squeda. Si lo hubiese sabido, jam&#225;s se habr&#237;a acercado a esa casa.

Pero a ese tipo a&#250;n le llevamos la delantera, &#191;no? Hemos dejado la casa tal y como la hemos encontrado. Sabemos que &#233;l est&#225; metido, pero &#233;l no sabe que nosotros lo sabemos.

&#191;De qu&#233; vas? -pregunt&#243; Louis-. &#191;De Nancy Drew? Deja que venga. Es un bicho raro. Ya nos las hemos visto con otros bichos raros. No vendr&#225; de uno m&#225;s.

&#201;ste no es como los dem&#225;s -se&#241;al&#233;.

&#191;Por qu&#233;?

Porque no est&#225; en ning&#250;n bando. Todo eso le trae sin cuidado. Sencillamente quiere lo que quiere.

&#191;Y qu&#233; quiere?

Ampliar su colecci&#243;n.

&#191;Crees que quiere a Daniel Clay? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Creo que quiere a quienes abusaron de los pacientes de Clay. En cualquier caso, la clave est&#225; en Clay. El Coleccionista est&#225; utilizando a Merrick para hacerlos salir de sus madrigueras.

Louis se revolvi&#243; en el asiento.

&#191;Cu&#225;les son las opciones con respecto a Clay?

Las mismas que con respecto a cualquier otro: est&#225; vivo o est&#225; muerto. Si est&#225; muerto, o bien se quit&#243; la vida, como sospecha su hija, en cuyo caso la cuesti&#243;n es por qu&#233; lo hizo, o bien alguien lo ayud&#243; a llegar a ese mismo resultado. Si fue asesinado, es posible que conociera las identidades de los hombres que abusaban de esos ni&#241;os, y que lo mataran para que no hablara.

Pero si est&#225; vivo, se ha escondido muy bien. Ha sido disciplinado. No se ha puesto en contacto con su hija, o al menos eso dice ella, que no es lo mismo en absoluto.

Pero la crees -apunt&#243; Louis.

Tiendo a creerla. Luego est&#225; lo de Poole. Ella contrat&#243; a Poole para que buscara a su padre, y Poole no volvi&#243;. Seg&#250;n O'Rourke, del Departamento de Polic&#237;a de Portland, Poole era un aficionado, y puede que frecuentara malas compa&#241;&#237;as. Es posible que su desaparici&#243;n no tuviera nada que ver con la de Clay, pero si tuvo algo que ver, significar&#237;a que sus indagaciones lo pusieron en contacto con los asesinos de Clay, y Poole muri&#243; por sus esfuerzos, o encontr&#243; a Clay, y &#233;ste lo mat&#243;. Al final todo se reduce a dos posibilidades: Clay est&#225; muerto y alguien no quiere que se hagan preguntas sobre &#233;l, o est&#225; vivo y no quiere que lo encuentren. Pero si desea permanecer oculto hasta el punto de matar a alguien a fin de protegerse, &#191;de qu&#233; se protege?

Eso nos remite otra vez a los ni&#241;os -sugiri&#243; Louis-. Vivo o muerto, sab&#237;a m&#225;s de lo que dec&#237;a sobre lo sucedido a sus pacientes.

Lleg&#225;bamos a la salida de Scarborough. La tom&#233; y segu&#237; por la Carretera 1, rumbo a la costa a trav&#233;s de marismas iluminadas por la luna, en direcci&#243;n al mar oscuro que nos esperaba m&#225;s all&#225;. Pas&#233; por delante de mi propia casa, y acudieron a mi memoria las palabras de Rachel. Quiz&#225;s ella ten&#237;a raz&#243;n. Quiz&#225;s estaba obsesionado. La idea no me serv&#237;a de gran consuelo, pero la alternativa tampoco: que, como en la casa Grady, algo hab&#237;a encontrado la manera de llenar los huecos que quedaban.

&#193;ngel advirti&#243; la mirada que dirig&#237; a mi casa.

&#191;Quieres que nos quedemos contigo un rato?

No, ya hab&#233;is pagado por vuestra elegante habitaci&#243;n en el hotel. M&#225;s vale que la disfrut&#233;is mientras pod&#225;is. En Jackman no son tan elegantes.

&#191;D&#243;nde est&#225; Jackman? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Al noroeste. Siguiente parada, Canad&#225;.

&#191;Y qu&#233; hay en Jackman?

Estaremos nosotros, a partir de ma&#241;ana o pasado ma&#241;ana. Jackman es el trozo de civilizaci&#243;n m&#225;s cercano a Galaad, y Galaad, o alg&#250;n lugar no muy lejano, fue donde Andy Kellog sufri&#243; abusos sexuales y donde se encontr&#243; el coche de Clay. Por otro lado, Kellog no sufri&#243; los abusos al aire libre, lo que significa que alguien ten&#237;a acceso a una propiedad en la zona. O Merrick ya estuvo all&#237; y no tuvo suerte, por lo que se vio obligado a seguir tirando del hilo de Rebecca Clay en Portland, o a&#250;n no ha establecido la conexi&#243;n. Si no lo ha hecho ya, pronto lo har&#225;, pero puede que todav&#237;a le llevemos la delantera.

Ante nosotros surgi&#243; la s&#243;lida silueta del Black Point Inn, las luces centelleando en sus ventanas. Me preguntaron si quer&#237;a cenar con ellos, pero no ten&#237;a hambre. Lo que hab&#237;a visto en el s&#243;tano de esa casa me hab&#237;a quitado el apetito. Los vi subir por la escalinata hacia el vest&#237;bulo y desaparecer en el bar; luego di marcha atr&#225;s y regres&#233; a casa.

Seg&#250;n una nota de Bob, Walter estaba con los Johnson. Decid&#237; dejarlo all&#237;. Sol&#237;an acostarse temprano, pese a que Shirley, la mujer de Bob, nunca dorm&#237;a de un tir&#243;n debido a los dolores de la artritis, y a menudo se la ve&#237;a leer junto a la ventana, con una lamparilla prendida del libro para no molestar a su marido, o sencillamente observar c&#243;mo la oscuridad daba paso poco a poco a la luz del d&#237;a. Aun as&#237;, no quer&#237;a arriesgarme a despertarlos s&#243;lo para concederme el dudoso placer de dar un paseo m&#225;s a mi perro una noche de invierno. En lugar de eso ech&#233; el cerrojo a las puertas y puse m&#250;sica: parte de una colecci&#243;n de Bach que me hab&#237;a regalado Rachel en un esfuerzo por ampliar mis par&#225;metros musicales. Prepar&#233; un poco de caf&#233; y me sent&#233; frente a la ventana de la sala de estar, con la mirada fija en el bosque y el agua, consciente del movimiento de cada &#225;rbol, el balanceo de cada rama, el deslizamiento de cada sombra, y me maravill&#233; por la manera en que este mundo semejante a una colmena hab&#237;a conseguido que mi camino y el del Coleccionista volvieran a cruzarse. La precisi&#243;n matem&#225;tica de la m&#250;sica contrastaba con el intranquilo silencio de la casa, y sentado en la oscuridad me di cuenta de que el Coleccionista me daba miedo. Era un cazador, y sin embargo hab&#237;a algo casi animal en su capacidad para cebarse y su implacable dedicaci&#243;n. Aunque yo lo hab&#237;a visto como un hombre indiferente a la moralidad, eso no era cierto: m&#225;s bien lo motivaba una extra&#241;a moralidad propia, pero &#233;sta se envilec&#237;a y ensuciaba por el conjunto de recuerdos que acumulaba. Me pregunt&#233; si le gustaba tocarlos en la oscuridad, recordando las vidas que representaron, las existencias segadas. En su atracci&#243;n por ellas hab&#237;a cierta sensualidad, pens&#233;, la manifestaci&#243;n de un impulso de car&#225;cter casi sexual. Obten&#237;a placer en lo que hac&#237;a, y sin embargo considerarlo un simple asesino no era acertado. Era m&#225;s complejo que eso. Esa gente hab&#237;a hecho algo que hab&#237;a merecido la atenci&#243;n del Coleccionista. Si eran como John Grady, hab&#237;an cometido alg&#250;n pecado intolerable.

Pero &#191;intolerable para qui&#233;n? Para el Coleccionista, s&#237;, pero yo intu&#237;a que &#233;l se ve&#237;a a s&#237; mismo como un mero agente de una instancia superior. Tal vez esa convicci&#243;n fuese fruto de un autoenga&#241;o; aun as&#237;, era lo que le confer&#237;a su autoridad y su fuerza, fuera percibida o no.

Obviamente, Eldritch era una de las claves, ya que &#233;l le facilitaba casas, bases desde las que pod&#237;a salir al mundo y llevar a cabo la labor que, seg&#250;n cre&#237;a, le hab&#237;an asignado. La casa de Welchville hab&#237;a sido adquirida mucho antes de que fuera previsible la puesta en libertad de Merrick. Cierto que, entretanto, hab&#237;a intervenido en el caso Grady y recuperado el espejo que ahora se hallaba en el armario del s&#243;tano, reflejando una imagen distorsionada del mundo que bien podr&#237;a haberse equiparado a la del Coleccionista; y los dem&#225;s objetos en su cueva del tesoro induc&#237;an a pensar que tambi&#233;n hab&#237;a actuado en otras partes, y sin embargo nada de esto explicaba por qu&#233; el Coleccionista me pon&#237;a tan nervioso, o por qu&#233; me hac&#237;a temer por mi seguridad.

Al cabo de un rato abandon&#233; la silla y me fui a la cama, y s&#243;lo cuando el sue&#241;o amenazaba con vencerme comprend&#237; mi temor al Coleccionista. &#201;l siempre estaba mirando, siempre buscando. Ignoraba c&#243;mo llegaba a conocer los pecados de los dem&#225;s, pero lo que yo tem&#237;a era ser juzgado como hab&#237;an sido juzgado otros. Mis faltas se pondr&#237;an de manifiesto, y &#233;l me infligir&#237;a el castigo.

Esa noche tuve el viejo sue&#241;o. Me hallaba de pie junto a un lago y sus aguas ard&#237;an, pero por lo dem&#225;s era un paisaje llano y vac&#237;o, de tierra dura y ennegrecida. Frente a m&#237; hab&#237;a un hombre, corpulento y risue&#241;o, con el cuello hinchado a causa de un bocio morado y enorme, pero su piel, por lo dem&#225;s, era muy p&#225;lida, como si no le corriera la sangre por las venas, pues &#191;para qu&#233; necesitan sangre los muertos?

Sin embargo, ese ser repulsivo no estaba del todo muerto, ya que en realidad nunca hab&#237;a vivido, y cuando habl&#243;, la voz que o&#237; no coincidi&#243; con el movimiento de sus labios, las palabras brotaron en un torrente de viejas lenguas desaparecidas desde hac&#237;a mucho del conocimiento de los hombres.

A sus espaldas hab&#237;a otras figuras, y yo conoc&#237;a sus nombres. Las conoc&#237;a a todas.

Las palabras surg&#237;an de &#233;l en esos idiomas de sonido &#225;spero, y yo, no s&#233; c&#243;mo, las entend&#237;a. Mir&#233; a mis espaldas y me vi reflejado en las aguas en llamas del lago. Porque era uno de ellos, y me llamaban Hermano.


En un apacible municipio a unos kil&#243;metros de distancia, una silueta ascend&#237;a por un camino de grava, se acercaba a la modesta casa desde la carretera pese a que no se hab&#237;a o&#237;do ning&#250;n motor que anunciara su llegada. Ten&#237;a el pelo grasiento y peinado hacia atr&#225;s. Vest&#237;a un ra&#237;do abrigo oscuro y pantal&#243;n oscuro, y en una mano resplandec&#237;a el ascua de un cigarrillo encendido.

Cuando se encontraba a unos pasos de la casa, se detuvo. Se arrodill&#243; y recorri&#243; la grava con los dedos, resiguiendo una marca apenas visible; luego se irgui&#243; y, pegado a la pared de la casa, fue al jard&#237;n de la parte de atr&#225;s, rozando con los dedos de la mano izquierda la madera tras arrojar el cigarrillo entre los hierbajos. Lleg&#243; a la puerta trasera y examin&#243; la cerradura; a continuaci&#243;n sac&#243; un juego de llaves del bolsillo y emple&#243; una de ellas para entrar.

Avanz&#243; por la casa, los dedos siempre buscando, palpando, explorando, la cabeza ligeramente en alto como si olisquease el aire. Abri&#243; el frigor&#237;fico vac&#237;o, hoje&#243; la vieja Biblia, observ&#243; en silencio las marcas en el polvo de lo que en otro tiempo hab&#237;a sido un comedor, hasta que lleg&#243; por fin a la trampilla del s&#243;tano. Tambi&#233;n &#233;sta la abri&#243; con una llave y descendi&#243; a ese &#250;ltimo lugar, su lugar, sin dar no obstante se&#241;ales de ira por la intrusi&#243;n sufrida. Roz&#243; con las yemas de los dedos el palo de la escoba, deteni&#233;ndose al encontrar el punto en que unas manos extra&#241;as lo hab&#237;an sujetado. De nuevo se agach&#243; para percibir los rastros de sudor, para diferenciar el olor del hombre a fin de reconocerlo despu&#233;s. No le resultaba familiar, al igual que el otro que hab&#237;a encontrado en la puerta del s&#243;tano.

Uno de ellos hab&#237;a esperado all&#237;. Uno esper&#243;, mientras dos descend&#237;an.

Pero uno de los que hab&#237;an descendido

Al final se acerc&#243; al gran armario del rinc&#243;n. Hizo girar la llave en la cerradura y abri&#243; las puertas. Repas&#243; con la mirada la colecci&#243;n, asegur&#225;ndose de que no faltaba nada, que no se hab&#237;a movido ning&#250;n objeto. La colecci&#243;n estaba a salvo. Ahora tendr&#237;a que trasladarla, claro, pero no era la primera vez que parte de su tesoro se descubr&#237;a de esa manera. Era un inconveniente menor, s&#243;lo eso.

El rostro del espejo deformado fue a su encuentro, y &#233;l mir&#243; su reflejo parcial por un momento, ya que s&#243;lo se le ve&#237;a el pelo y el contorno de las sienes, pues en el centro en vez de facciones se ve&#237;a madera desnuda y cristal fundido. Sus dedos se posaron a&#250;n por un rato en la llave, acarici&#225;ndola, sintiendo las vibraciones que la recorr&#237;an, originadas a una gran profundidad. Inhal&#243; una vez m&#225;s y por fin reconoci&#243; el tercer olor.

Y el Coleccionista sonri&#243;.



22

Despert&#233;. Estaba oscuro y en la casa reinaba el silencio, pero no era una oscuridad vac&#237;a, y tampoco un silencio en paz. Algo me hab&#237;a tocado la mano derecha. Intent&#233; moverla, pero mi mu&#241;eca s&#243;lo se desplaz&#243; unos cent&#237;metros antes de quedar inmovilizada.

Abr&#237; los ojos. Ten&#237;a la mano derecha esposada al bastidor de la cama. Frank Merrick se encontraba sentado en una silla de respaldo recto que &#233;l mismo hab&#237;a acercado a la cama, con el torso un poco inclinado al frente y las manos enguantadas entre las rodillas. Vest&#237;a una camisa azul de poli&#233;ster demasiado ajustada para &#233;l, tanto que los botones se tensaban como los cierres de un sof&#225; con demasiado relleno. Entre los pies ten&#237;a una peque&#241;a cartera de piel con las correas sueltas. Yo hab&#237;a dejado las cortinas descorridas, y la luz de la luna, oblicua, le iluminaba los ojos y los convert&#237;a en espejos en medio de la penumbra. Busqu&#233; de inmediato la pistola en la mesilla de noche, pero no estaba.

Tu pipa la he cogido yo -dijo. Se llev&#243; la mano a la espalda y sac&#243; la Smith 10 del cintur&#243;n, sopes&#225;ndola sin dejar de observarme-. Una buena pieza de artiller&#237;a. Un hombre ha de estar muy decidido a matar para llevar un arma as&#237;. &#201;sta no es una pistola de se&#241;orita, no, no, ni mucho menos.

Agarr&#243; la pistola empu&#241;ando la culata y levant&#225;ndola hasta enca&#241;onarme.

&#191;Eres un asesino? &#191;Eso eres? Porque si te crees que lo eres, te traigo una mala noticia. Tus d&#237;as de asesinatos casi se han acabado.

Con un r&#225;pido movimiento se levant&#243; y apret&#243; el ca&#241;&#243;n contra mi frente. Toquete&#243; el gatillo con el dedo. Cerr&#233; los ojos instintivamente.

No hagas eso -dije.

Procur&#233; mantener la voz serena. No quer&#237;a dar la impresi&#243;n de que estaba rog&#225;ndole por mi vida. Hab&#237;a hombres de la profesi&#243;n de Merrick que viv&#237;an para disfrutar de ese momento: el temblor en la voz de la v&#237;ctima, la toma de conciencia de que morir ya no era un concepto futuro y abstracto, de que la mortalidad hab&#237;a adquirido forma y objetivo. En ese instante, la presi&#243;n del dedo sobre el gatillo aumentar&#237;a y el percutor golpear&#237;a, la hoja iniciar&#237;a su trabajo lineal, la soga se estrechar&#237;a en torno al cuello y todo cesar&#237;a. As&#237; que intent&#233; mantener el miedo a raya, pese a que las palabras me raspaban en la garganta como papel de lija y la lengua se me adher&#237;a a los dientes, mientras una parte de m&#237; se esforzaba con desesperaci&#243;n por encontrar una salida a una situaci&#243;n que escapaba a todo control y la otra parte se concentraba s&#243;lo en la presi&#243;n contra mi frente, consciente de que presagiaba una presi&#243;n a&#250;n mayor cuando la bala traspasase la piel y el hueso y la materia gris, y entonces todo dolor desaparecer&#237;a en un abrir y cerrar de ojos, y yo me transformar&#237;a.

La presi&#243;n en la frente ces&#243; cuando Merrick apart&#243; el ca&#241;&#243;n. Cuando volv&#237; a abrir los ojos, me entraron en ellos gotas de sudor. De alg&#250;n modo encontr&#233; en la boca humedad suficiente para permitirme hablar una vez m&#225;s.

&#191;C&#243;mo has entrado aqu&#237;? -pregunt&#233;.

Por la puerta, como cualquier persona normal.

La casa tiene alarma.

&#191;Ah, s&#237;? -Parec&#237;a sorprendido-. Entonces te conviene hacerla revisar, supongo.

Meti&#243; la mano izquierda en la cartera a sus pies. Sac&#243; otras esposas y me las lanz&#243;. Me cayeron en el pecho.

Ponte una de estas pulseras en la mu&#241;eca izquierda, luego levanta la mano y ap&#243;yala en el pilar de la cama del otro lado. Hazlo despacio, ahora. Como te has despertado tan de repente, no he tenido tiempo de probar el tir&#243;n del gatillo de esta preciosidad, y no s&#233; exactamente cu&#225;nta presi&#243;n se requiere para disparar. La bala de un arma as&#237; causar&#237;a verdaderos destrozos, aunque apuntara bien y te matara en el acto. Pero si me irritas, en fin, a saber qu&#233; pasar&#237;a. Conoc&#237; a un hombre que recibi&#243; un balazo de una calibre veintid&#243;s en la parte alta del cr&#225;neo, justo aqu&#237;. -Se se&#241;al&#243; el l&#243;bulo frontal por encima del ojo derecho-. He de reconocer que no s&#233; qu&#233; efecto caus&#243; all&#237; dentro. Supongo que debi&#243; de sacudirlo todo un poco. Es lo que tienen esas cabronzuelas. Y sin embargo no lo mat&#243;, lo dej&#243; mudo, paralizado. Joder, no pod&#237;a ni parpadear. Tuvieron que pagar a alguien para echarle gotas en los ojos porque se le secaban.

Me mir&#243; por un momento, como si yo ya me hubiera convertid en ese hombre.

Al final -prosigui&#243;-, regres&#233; y remat&#233; la faena. Me compadec&#237; de &#233;l, porque no era justo dejarlo as&#237;. Mir&#233; aquellos ojos que no parpadeaban, y te juro que algo de lo que hab&#237;a sido aquel hombre segu&#237;a all&#237; vivo. Estaba atrapado en ese cuerpo por culpa de lo que yo le hab&#237;a hecho, pero lo liber&#233;. Le di la libertad. Supongo que eso podr&#237;a considerarse compasi&#243;n, &#191;no? No te prometo que vaya a ser igual de considerado contigo, as&#237; que mucho cuidado al ponerte las esposas.

Obedec&#237;, lade&#225;ndome con dificultad sobre la cama para poder cerrar la esposa en torno a la mu&#241;eca izquierda con la mano derecha inmovilizada. A continuaci&#243;n apoy&#233; la mano izquierda contra el poste del lado opuesto. Merrick rode&#243; la cama sin dejar de enca&#241;onarme y con el dedo en el gatillo. Not&#233; la s&#225;bana empapada de sudor bajo la espalda.

Se te ve asustado, amigo m&#237;o -me susurr&#243; al o&#237;do. Me apart&#243; el pelo de la frente con la mano izquierda-. Est&#225;s sudando como un filete en la parrilla.

Volv&#237; la cara bruscamente. Con o sin pistola, no quer&#237;a que me tocara de esa manera. Sonri&#243; y se alej&#243; de m&#237;.

De momento puedes respirar tranquilo. Cont&#233;stame como es debido y quiz&#225; vuelvas a ver otra puesta de sol. Yo no hago da&#241;o a nadie, tampoco a los animales, a menos que deba hacerlo.

No me lo creo.

Se puso tenso, como si en alg&#250;n lugar un titiritero invisible hubiese dado de pronto un tir&#243;n a los hilos. Acto seguido apart&#243; las. s&#225;banas y dej&#243; mi cuerpo desnudo ante &#233;l.

Creo que te conviene medir tus palabras -dijo-. No me parece muy inteligente que un hombre con la polla al aire se las d&#233; de listo delante de alguien que puede hacerle da&#241;o si quiere.

Por absurdo que pareciera, sin aquella fina tela de algod&#243;n encima me sent&#237; m&#225;s vulnerable que antes. Vulnerable y humillado.

&#191;Qu&#233; quieres?

Hablar.

Eso habr&#237;as podido hacerlo a la luz del d&#237;a. No ten&#237;as por qu&#233; entrar en mi casa por la fuerza.

Eres un hombre excitable. Me preocupaba que tuvieras una reacci&#243;n desproporcionada. Est&#225;, adem&#225;s, el detalle de que la &#250;ltima vez que quedamos me la jugaste y acab&#233; con la rodilla de un polic&#237;a en la espalda. Podr&#237;amos decir que &#233;sa te la debo.

Se pas&#243; &#225;gilmente la pistola a la mano izquierda y al instante se arrodill&#243; sobre mis piernas y me asest&#243; un violento pu&#241;etazo en el ri&#241;&#243;n. Con el cuerpo inmovilizado y r&#237;gido, me fue imposible encogerme para absorber el dolor, que recorri&#243; tumultuosamente todo mi organismo, y me provoc&#243; un burbujeo de n&#225;useas en la garganta.

Dej&#233; de sentir el peso sobre mis piernas. Merrick alcanz&#243; un vaso de agua de la mesilla, bebi&#243; y me ech&#243; el resto a la cara.

&#201;sta es una lecci&#243;n que no deber&#237;as haberme obligado a darte, pero en todo caso no est&#225; de m&#225;s record&#225;rtela. Pon furioso a un hombre y, aj&#225;, lo l&#243;gico es esperar que se vuelva contra ti, s&#237;, se&#241;or, eso es lo l&#243;gico.

Volvi&#243; a su silla y se sent&#243;. Luego, en un gesto casi tierno, me tap&#243; cuidadosamente con la s&#225;bana.

Yo s&#243;lo quer&#237;a hablar con esa mujer -explic&#243;-. Luego ella te llam&#243; a ti y t&#250; empezaste a entrometerte en cosas que no eran asunto tuyo.

Recuper&#233; la voz. Surgi&#243; de m&#237; despacio, como un animal asustado que sale de la madriguera para tantear el aire en busca de amenazas.

Estaba asustada. Por lo visto ten&#237;a buenas razones para estarlo.

Yo no hago da&#241;o a las mujeres. Ya te lo dije.

Lo dej&#233; correr. No quer&#237;a volver a enfurecerlo.

Ella no sab&#237;a de qu&#233; le hablabas. Cree que su padre est&#225; muerto.

Eso dice.

&#191;Crees que miente? -pregunt&#233;.

Sabe m&#225;s de lo que dice, eso es lo que creo. Tengo un asunto pendiente con el se&#241;or Daniel Clay, aj&#225;. No desistir&#233; hasta que lo vea ante m&#237;, vivo o muerto. Quiero resarcirme. Tengo derecho a ello, s&#237;, se&#241;or, claro que lo tengo.

Asinti&#243; una vez con un gesto amplio, como si acabara de compartir conmigo un pensamiento muy profundo. Incluso su manera de hablar y actuar hab&#237;a cambiado un poco, volvi&#233;ndose m&#225;s frecuentes y acusados los aj&#225; y los s&#237;, se&#241;or. Eran tics, y en ese momento me di cuenta de que Merrick no s&#243;lo estaba escapando al control de Eldritch y el Coleccionista, sino tambi&#233;n de s&#237; mismo.

Est&#225;n utiliz&#225;ndote -dije-. Otros se aprovechan de tu dolor y tu ira.

Ya me han utilizado antes. Todo se reduce a entender que es as y a recibir el correspondiente pago por ello.

&#191;Y aqu&#237; cu&#225;l es el pago? &#191;Dinero?

Informaci&#243;n.

Baj&#243; el ca&#241;&#243;n de la pistola hasta apuntarlo hacia el suelo. Pareci&#243; recorrerlo una oleada de cansancio, que rompi&#243; en su rostro y alter&#243; sus facciones dejando a su paso recuerdos confusos que se retorc&#237;an y enroscaban. Se hundi&#243; los dedos en las comisuras de los ojos y luego se los pas&#243; por la cara. Por un momento lo vi viejo y fr&#225;gil.

Informaci&#243;n acerca de tu hija -dije-. &#191;Qu&#233; te dio el abogado? &#191;Nombres?

Es posible. Nadie m&#225;s me ofreci&#243; ayuda. A nadie m&#225;s le import&#243; un carajo mi hija. &#191;Te imaginas lo que fue para m&#237; estar encerrado en aquella c&#225;rcel sabiendo que algo le hab&#237;a ocurrido a mi ni&#241;a, sabiendo que no pod&#237;a hacer nada para encontrarla, para ayudarla? Vino a la c&#225;rcel un asistente social y me comunic&#243; que mi hija hab&#237;a desaparecido. Eso ya era malo de por s&#237;, pero cuando me di cuenta de lo que le hab&#237;an hecho, fue a&#250;n peor. Ella hab&#237;a desaparecido, y yo sab&#237;a que estaba metida en un grave apuro. &#191;Tienes idea de los efectos que eso puede tener en un hombre? Te lo juro, estuve a punto de venirme abajo, pero no me lo permit&#237;. As&#237; no le servir&#237;a de nada a ella, no, se&#241;or, de nada. Por lo tanto, dej&#233; pasar el tiempo y esper&#233; la ocasi&#243;n. Mantuve la entereza por ella y no me romp&#237;.

Pero s&#237; estaba roto. Algo se hab&#237;a quebrado muy dentro de &#233;l, y la grieta avanzaba por su organismo. Ya no era el que hab&#237;a sido en otro tiempo, pero, como hab&#237;a dicho Aimee Price, era imposible saber si, a causa de eso, se hab&#237;a vuelto m&#225;s letal y m&#225;s peligroso. Pero eran dos cosas distintas, y puestos a dar una respuesta en ese momento, mientras yac&#237;a inmovilizado en mi propia cama, enca&#241;onado con mi propia pistola, habr&#237;a dicho que era m&#225;s peligroso pero menos letal. Ya no ten&#237;a la misma garra de antes, pero ahora, en cambi&#243;, era imprevisible. Sumido en la ira y la tristeza, se hab&#237;a convertido en un ser vulnerable de un modo que &#233;l ni siquiera sospechaba.

Mi ni&#241;a no desapareci&#243; as&#237; sin m&#225;s -dijo-. Me la quitaron y encontrar&#233; al responsable. Es posible que ella siga por ah&#237;, en alg&#250;n lugar, esperando a que yo vaya a buscarla y la lleve a casa.

Sabes que no es as&#237;. Que ya no est&#225;.

&#161;Cierra la boca! Eso t&#250; no lo sabes.

Ya me daba igual. Estaba harto de Merrick, harto de todos.

Era una ni&#241;a -dije-. Se la llevaron. Algo se torci&#243;. Est&#225; muerta, Frank. Eso es lo que yo creo. Est&#225; muerta, como lo est&#225; Daniel Clay.

Eso t&#250; no lo sabes. &#191;C&#243;mo sabes eso de mi ni&#241;a?

Porque pararon -contest&#233;-. Despu&#233;s de ella pararon. Se asustaron.

Movi&#243; la cabeza en un vehemente gesto de negaci&#243;n.

No, no lo creer&#233; hasta que lo vea. Hasta que me ense&#241;en su cad&#225;ver, para m&#237; estar&#225; viva. Como vuelvas a decir lo contrario te matar&#233; aqu&#237; mismo, te lo juro. &#161;Por &#233;stas! &#161;S&#237;, se&#241;or, por &#233;stas!

Estaba de pie junto a m&#237;, con la pistola en la mano, lista para disparar. El arma temblaba un poco, como si la rabia que llevaba dentro transfiriese su energ&#237;a al arma en su mano.

He conocido a Andy Kellog -dije.

La pistola dej&#243; de temblar, pero no la apart&#243; de m&#237;.

Has visto a Andy. Bueno, supongo que era inevitable que tarde o temprano averiguases d&#243;nde hab&#237;a estado. &#191;C&#243;mo sigue?

No muy bien.

No deber&#237;a estar all&#237;. Esos hombres destruyeron algo en &#233;l cuando se lo llevaron. Le rompieron el coraz&#243;n. Todo eso que hace no es culpa suya.

Volvi&#243; a fijar la vista en el suelo, incapaz una vez m&#225;s de mantener a raya el recuerdo.

Tu hija hizo unos dibujos como los de Andy, &#191;no es as&#237;? -pregunt&#233;-. &#191;Dibujos de hombres con cabeza de p&#225;jaro?

Merrick asinti&#243;.

Exacto, igual que Andy. Eso fue despu&#233;s de empezar a ver a Clay. Mi hija me los envi&#243; a la c&#225;rcel. Intentaba decirme algo de lo que le ocurr&#237;a, pero yo no lo entend&#237;, no hasta que conoc&#237; a Andy. Eran los mismos hombres. Esto no s&#243;lo tiene que ver con mi ni&#241;a. Ese chico era como un hijo para m&#237;. Tambi&#233;n pagar&#225;n por lo que le hicieron a &#233;l. Eso Eldritch, el abogado, lo comprendi&#243;. No s&#243;lo ten&#237;a que ver con una ni&#241;a. Es un buen hombre. Quiere que se encuentre a esa gente, igual que yo.

O&#237; re&#237;rse a alguien, y me di cuenta de que era yo.

&#191;Crees que est&#225; haciendo esto por pura bondad? &#191;Te has preguntado alguna vez qui&#233;n paga a Eldritch, qui&#233;n lo contrat&#243; para conseguir que te pusieran en libertad, para darte informaci&#243;n? &#191;Echaste un vistazo a aquella casa en Welchville? &#191;Te aventuraste a bajar al s&#243;tano?

Merrick abri&#243; un poco la boca, y la duda ensombreci&#243; sus facciones. Tal vez jam&#225;s se le hab&#237;a pasado por la cabeza que hubiese otra persona implicada aparte de Eldritch.

&#191;A qu&#233; te refieres?

Eldritch tiene un cliente. El cliente manipula por mediaci&#243;n de &#233;l. Es el due&#241;o de aquella casa donde te escondiste. Te est&#225; siguiendo para ver qui&#233;n responde a tus actos. En cuanto los otros se dejen ver, los liquidar&#225; &#233;l, no t&#250;. A &#233;l le trae sin cuidado si encuentras a tu hija o no. Lo &#250;nico que quiere es

Me interrump&#237;. Me di cuenta de que explicarle lo que quer&#237;a el Coleccionista carec&#237;a de sentido. &#191;Ampliar su colecci&#243;n? &#191;Administrar otra forma de justicia ante la incapacidad de la ley para actuar contra esos hombres? &#201;sos eran aspectos de lo que &#233;l deseaba, pero no bastaban para comprender su existencia.

T&#250; no sabes lo que quiere ese cliente, si es que existe, y en todo caso da igual -dijo Merrick-. Cuando llegue la hora, nadie me impedir&#225; hacer justicia. Quiero resarcirme. Ya te lo he dicho. Quiero que los hombres que se llevaron a mi hija paguen por lo que hicieron, quiero hac&#233;rselo pagar yo.

&#191;Resarcirte? -Intent&#233; disimular la aversi&#243;n en mi voz, pero no pude -. Est&#225;s hablando de tu hija, no de un coche de segunda mano que te dej&#243; tirado a un kil&#243;metro del concesionario. Esto no tiene que ver con ella. Tiene que ver contigo. Quieres arremeter contra alguien. Ella s&#243;lo es una excusa.

La ira volvi&#243; a estallar, y una vez m&#225;s record&#233; las afinidades entre Frank Merrick y Andy Kellog, la ira siempre en ebullici&#243;n bajo la superficie. Merrick ten&#237;a raz&#243;n: Kellog y &#233;l eran, de una extra&#241;a manera, como padre e hijo.

&#161;C&#225;llate de una puta vez! -exclam&#243; Merrick-. No tienes ni idea de lo que dices.

La pistola volvi&#243; a cambiar de mano, y de pronto ten&#237;a el pu&#241;o derecho en alto sobre m&#237;, los nudillos a punto de golpear. Y en ese instante pareci&#243; percibir algo, porque se detuvo y mir&#243; por encima del hombro, y cuando lo hizo, yo tambi&#233;n lo sent&#237;.

La habitaci&#243;n se hab&#237;a enfriado, y se oy&#243; un ruido procedente del pasillo delante de mi puerta, un sonido suave como las pisadas de un ni&#241;o.

&#191;Est&#225;s solo aqu&#237;? -pregunt&#243; Merrick.

S&#237; -contest&#233;, y no supe si ment&#237;a.

Se dio media vuelta y se aproxim&#243; despacio a la puerta abierta. Al llegar sali&#243; repentinamente al pasillo, con la pistola pegada al cuerpo por si alguien intentaba arrebat&#225;rsela de un golpe. Se perdi&#243; de vista, y lo o&#237; abrir puertas y registrar armarios. Su silueta pas&#243; otra vez por delante de la puerta. Baj&#243; por la escalera y comprob&#243; que todas las habitaciones estaban vac&#237;as y en silencio. Cuando regres&#243;, se lo ve&#237;a alterado y la habitaci&#243;n estaba a&#250;n m&#225;s fr&#237;a. Se estremeci&#243;.

&#191;Qu&#233; demonios pasa en esta casa?

Pero yo ya no lo escuchaba, porque ahora percib&#237;a el olor de ella. Sangre y perfume. Estaba cerca. Pens&#233; que quiz&#225; Merrick tambi&#233;n la hab&#237;a olido, porque arrug&#243; un poco la nariz. Habl&#243; pero parec&#237;a distante, casi distra&#237;do. Se advert&#237;a un grado de locura en su voz, y en ese momento pens&#233; que con toda seguridad me matar&#237;a. Intent&#233; mover los labios para rezar, pero no record&#233; ninguna palabra ni ninguna oraci&#243;n acudi&#243; a mi mente.

No quiero que te entrometas m&#225;s en mis asuntos, &#191;lo entiendes? -dijo. Su saliva me salpic&#243; la cara-. Pensaba que eras un hombre que atender&#237;a a razones, pero me equivoqu&#233;. Ya me has dado problemas m&#225;s que suficientes, y necesito asegurarme de que no volver&#225;s a molestarme.

Regres&#243; junto a la cartera en el suelo y sac&#243; un rollo de cinta adhesiva. Dej&#243; la pistola y a continuaci&#243;n us&#243; la cinta para taparme la boca antes de atarme las piernas, muy apretadas, por encima de los tobillos. Agarr&#243; un saco de arpillera y me cubri&#243; la cabeza, y con m&#225;s cinta me la at&#243; en torno al cuello. Con una navaja abri&#243; un agujero en el saco justo por debajo de la nariz para permitirme respirar m&#225;s f&#225;cilmente.

Y, ahora, esc&#250;chame bien -dijo-. No me queda m&#225;s remedio que causarte alg&#250;n que otro problema; as&#237; no tendr&#225;s tiempo para preocuparte por m&#237;. Despu&#233;s ded&#237;cate a tus asuntos y ya me encargar&#233; yo de que se haga justicia.

Acto seguido se march&#243;, y con &#233;l se fue parte del fr&#237;o de la habitaci&#243;n, como si algo lo siguiera por la casa observ&#225;ndole mientras avanzaba para asegurarse de que se iba. Pero otra cosa se qued&#243; conmigo: una presencia m&#225;s peque&#241;a, menos col&#233;rica que la primera, y sin embargo m&#225;s asustada.

Y cerr&#233; los ojos al sentir el roce de su mano en la arpillera.

pap&#225;.

Vete.

pap&#225;, estoy aqu&#237;.

Al cabo de un momento percib&#237; otra presencia en la habitaci&#243;n. La sent&#237; acercarse. Me costaba respirar. Volvi&#243; a entrarme sudor en los ojos. Intent&#233; apartarlo con un parpadeo. El p&#225;nico me venc&#237;a, me asfixiaba; aun as&#237;, casi la ve&#237;a a trav&#233;s de los orificios del saco, oscuridad sobre oscuridad, y la ol&#237; al aproximarse.

pap&#225;, no pasa nada, estoy aqu&#237;.

Pero s&#237; pasaba, porque ella se acercaba: la otra, la primera esposa, o algo parecido a ella.

calla.

No. Alejaos de m&#237;. Por favor, por favor, dejadme en paz.

calla.

No.

Y entonces mi hija guard&#243; silencio, y o&#237; la voz de la otra.

calla, porque estamos aqu&#237;.



23

Ricky Demarcian era, desde cualquier punto de vista, un perdedor. Viv&#237;a en una caravana de doble ancho y, durante los primeros a&#241;os que pas&#243; all&#237;, se congelaba en invierno y se asaba a fuego lento en verano, coci&#233;ndose en sus propios jugos al tiempo que todos los rincones se llenaban de hedor a humedad y mugre y ropa sin lavar. En su d&#237;a, la caravana era gris, pero los elementos, sumados a la ineptitud de Ricky para pintar, le hab&#237;an pasado factura comi&#233;ndose el color de modo que ahora era de un azul sucio y desva&#237;do, como el de una criatura moribunda en el fondo de un mar contaminado.

La caravana estaba en el extremo norte de un c&#225;mping de caravanas llamado Pinar la Tranquilidad, cosa que era publicidad enga&#241;osa ya que no hab&#237;a un solo pino a la vista -lo cual, en el majestuoso estado de Maine, no era una haza&#241;a peque&#241;a- y el lugar era casi tan tranquilo como un hormiguero sumergido en cafe&#237;na. Se hallaba en una hondonada entre pendientes cubiertas de matorrales, como si el propio c&#225;mping estuviera hundi&#233;ndose poco a poco en la tierra, arrastrado por el peso de la decepci&#243;n, la frustraci&#243;n y la envidia, que eran la carga que sobrellevaban sus residentes.

El c&#225;mping Pinar la Tranquilidad estaba lleno de fracasados, muchos de ellos, curiosamente, mujeres: brujas mal&#233;volas y soeces que a&#250;n vest&#237;an igual y luc&#237;an el mismo aspecto que en los a&#241;os ochenta, todas con sus vaqueros lavados a la piedra y sus rizos afro, presas f&#225;ciles y a la vez cazadoras en los bares de South Portland, Old Orchard y Scarborough, siempre en busca de hombres despreciables con dinero que gastar, o moles musculosas en camiseta de maltratador de esposas cuyo odio a las mujeres daba a sus parejas temporales un respiro a su propio autodesprecio. Algunas ten&#237;an hijos, y, entre &#233;stos, los varones iban camino de convertirse en hombres como los que compart&#237;an las camas de sus madres, y a quienes despreciaban sin saber lo cerca que estaban de seguir sus pasos. Las ni&#241;as, por su parte, intentaban escapar de sus circunstancias familiares y sus aborrecidas madres creando sus propias familias, conden&#225;ndose as&#237; a acabar siendo como esas mujeres a quienes menos deseaban emular.

Entre los residentes del Pinar tambi&#233;n hab&#237;a hombres, pero eran en su mayor&#237;a tal como Ricky fue en otro tiempo: hombres echados a perder que se lamentaban de sus vidas echadas a perder; algunos viv&#237;an de subsidios y otros trabajaban, aunque sus empleos ten&#237;an que ver sobre todo con destripar o cortar, y el olor a pescado podrido y a piel de pollo era una especie de identificador universal de los residentes del c&#225;mping.

Antes, Ricky viv&#237;a de uno de esos empleos. De resultas de alg&#250;n contratiempo en el &#250;tero materno naci&#243; con el brazo izquierdo seco e in&#250;til, los dedos incapaces de moverse o sujetar algo, pero &#233;l hab&#237;a aprendido a arregl&#225;rselas a pesar de ese brazo tullido, b&#225;sicamente escondi&#233;ndolo y olvid&#225;ndose de &#233;l a ratos, hasta que llegaba ese momento a diario en que la vida le lanzaba una pelota con efecto y le recordaba lo f&#225;ciles que ser&#237;an las cosas si dispusiera de las dos manos para atraparla. Esa tara tampoco contribu&#237;a a mejorar sus perspectivas de empleo, aunque lo cierto era que, incluso en el supuesto de tener dos brazos utilizables, su falta de educaci&#243;n, ambici&#243;n, energ&#237;a, recursos, sociabilidad, honradez, fiabilidad y humanidad en el sentido m&#225;s amplio, todo ello sin ning&#250;n orden en particular, probablemente lo habr&#237;an excluido de cualquier empleo que no acarrease, en suma, destripar y cortar. As&#237; que Ricky empez&#243; en el pelda&#241;o m&#225;s bajo del escalaf&#243;n en una planta de procesado de pollos que suministraba carne a los restaurantes de comida r&#225;pida, limpiando con una manguera la sangre, las plumas y los excrementos de pollo de los suelos. Sus d&#237;as estaban dominados por el cloqueo aterrorizado; por la crueldad superflua de los hombres en la cadena de producci&#243;n que, para obtener placer, atormentaban a las aves y a&#241;ad&#237;an un sufrimiento innecesario en los momentos finales rompi&#233;ndoles alas y patas; por el silbido de la corriente el&#233;ctrica cuando los pollos, colgando cabeza abajo de una cinta transportadora, eran sumergidos brevemente en agua electrificada, etapa del proceso que a veces los aturd&#237;a pero muy a menudo no, ya que la agitaci&#243;n de las aves graznando y retorci&#233;ndose era tal que sus cabezas ni siquiera rozaban el agua, y por tanto segu&#237;an conscientes cuando las m&#225;quinas multihoja de sacrificio les rajaban la garganta y se sacud&#237;an mientras las desplumaban con agua a altas temperaturas, dejando sus cuerpos humeantes listos para trocearse en bocados de carne que, cruda o cocida, no sab&#237;a a nada.

Lo curioso era que Ricky continuaba comiendo pollo, incluso pollo salido de la planta donde antes trabajaba. Todo aquello no lo hab&#237;a alterado m&#225;s de la cuenta: la crueldad, la despreocupaci&#243;n por la seguridad, ni siquiera el hedor, ya que, la verdad sea dicha, era poco probable que Ricky obtuviese alg&#250;n premio por su higiene personal, y por tanto s&#243;lo era cuesti&#243;n de acostumbrarse a toda una nueva gama de olores. Aun as&#237;, Ricky tuvo que admitir que ser fregasuelos en una central av&#237;cola no alcanzaba ni de lejos el list&#243;n de lo que se consideraba una vida de &#233;xito y realizaci&#243;n, y por consiguiente sigui&#243; buscando una forma de ganarse la vida menos ignominiosa. La descubri&#243; con los ordenadores, ya que Ricky ten&#237;a un talento natural para las m&#225;quinas, un talento que si se lo hubieran reconocido y cultivado a una edad m&#225;s temprana, acaso lo hubiera convertido en un hombre muy rico, o eso le gustaba pensar, sin tener en cuenta los muchos fracasos personales que lo hab&#237;an llevado a su modesta posici&#243;n actual en el entorno, sin pinos ni tranquilidad, de su vida en el c&#225;mping. Empez&#243; con la adquisici&#243;n de un viejo Macintosh, y luego progres&#243; gracias a clases nocturnas y libros de inform&#225;tica que robaba en las tiendas, hasta que acab&#243; descarg&#225;ndose de Internet manuales t&#233;cnicos y devor&#225;ndolos de una sentada, de tal forma que el desorden que lo rodeaba en su existencia diaria contrastaba con las l&#237;neas limpias y los diagramas ordenados que cobraban forma en su mente.

Casi ninguno de sus vecinos lo sab&#237;a, pero Ricky Demarcian era probablemente el residente m&#225;s rico del c&#225;mping, hasta el punto de que podr&#237;a haberse trasladado a un lugar de residencia m&#225;s agradable sin mayor problema. La relativa riqueza de Ricky se deb&#237;a en no poca medida a su facilidad para promocionar la clase de actividades para las que Internet parec&#237;a hecho a medida, a saber, todo aquello que implicaba la venta de diversos servicios sexuales, y como Pinar la Tranquilidad le hab&#237;a proporcionado casualmente el punto de arranque en el negocio, la gratitud lo hab&#237;a imbuido de un apego al lugar que le imped&#237;a marcharse.

Hab&#237;a una mujer, Lila Mae, que recib&#237;a en su caravana a hombres por dinero. Se anunciaba en uno de los peri&#243;dicos gratuitos de la zona, pero la hab&#237;an detenido y multado repetidas veces a pesar de la astucia con que intentaba despistar a la polic&#237;a de la Brigada Antivicio, no usando su verdadero nombre ni dando su direcci&#243;n hasta que el cliente se acercaba a las inmediaciones de su zona de actividad. Su nombre acab&#243; apareciendo en la prensa, y eso para ella fue muy embarazoso, porque en sitios como Pinar la Tranquilidad, quiz&#225; m&#225;s que en un medio de mayor nivel, todo el mundo necesitaba a alguien a quien mirar por encima del hombro, y una puta en una caravana cumpl&#237;a perfectamente esa funci&#243;n entre los vecinos de Lila Mae.

Era una mujer guapa, al menos para lo que corr&#237;a por el c&#225;mping, y no sent&#237;a el menor deseo de abandonar su oficio, razonablemente lucrativo, para irse a limpiar en un matadero de pollos con una manguera junto a Ricky Demarcian. As&#237; que Ricky, que estaba al corriente de la situaci&#243;n de Lila Mae, y que era aficionado a navegar por la red en busca de material sexual de diversas tendencias, y que adem&#225;s pose&#237;a una envidiable comprensi&#243;n de los misterios de las p&#225;ginas web y su dise&#241;o, le sugiri&#243; a Lila una noche, ante una cerveza, que acaso le interesase un medio alternativo de anunciar su mercanc&#237;a. Regresaron a la caravana de Ricky, y &#233;ste le ense&#241;&#243; a qu&#233; se refer&#237;a exactamente, pero antes Lila Mae abri&#243; todas las ventanas y empap&#243; un pa&#241;uelo en perfume para acerc&#225;rselo discretamente a la nariz. Qued&#243; tan impresionada por lo que vio que accedi&#243; de inmediato a que Ricky le dise&#241;ara algo parecido, con la vaga promesa de que si &#233;l decid&#237;a ba&#241;arse alguna vez como Dios manda, tal vez considerase ofrecerle un descuento por sus servicios en su siguiente cumplea&#241;os.

As&#237; que Lila Mae fue la primera, pero muy pronto otras mujeres se pusieron en contacto con Ricky a trav&#233;s de ella, y &#233;l las coloc&#243; a todas en una p&#225;gina web, con detalles de los servicios ofrecidos, el precio, e incluso books de las mujeres en cuesti&#243;n cuando ellas estaban dispuestas y, m&#225;s importante a&#250;n, eran lo bastante presentables para no ahuyentar a los clientes si se revelaban los misterios de sus formas femeninas. Por desgracia, Ricky tuvo tal &#233;xito que su actividad atrajo la atenci&#243;n de unos cuantos individuos muy descontentas, los cuales descubrieron que su posici&#243;n de chulos de poca monta se ve&#237;a socavada por Ricky, ya que mujeres que de lo contrario habr&#237;an requerido la protecci&#243;n ofrecida por dichos individuos, actuaban en cambio por cuenta propia.

Durante un tiempo todo induc&#237;a a pensar que Ricky se expon&#237;a a perder el uso de otras extremidades, pero un d&#237;a ciertos caballeros originarios de Europa del Este con contactos en Boston acudieron a &#233;l y le propusieron un trato. Los caballeros en cuesti&#243;n sent&#237;an cierta curiosidad por el car&#225;cter emprendedor de Ricky y las mujeres por cuyos intereses &#233;l velaba. Dos de ellos viajaron hasta Maine para hablar con &#233;l, y pronto llegaron a un acuerdo que conllev&#243; un cambio en las pr&#225;cticas comerciales de Ricky y, en recompensa, la seguridad de que conservar&#237;a el uso de su &#250;nico brazo ileso y recibir&#237;a protecci&#243;n ante aquellos que, de lo contrario, tal vez le manifestasen su disconformidad por medios f&#237;sicos. Los caballeros regresaron posteriormente, esa vez con la intenci&#243;n de pedir a Ricky que dise&#241;ara una p&#225;gina web an&#225;loga para las mujeres a su cargo, as&#237; como para ciertas opciones m&#225;s, m&#225;s especializadas que ellos se hallaban en situaci&#243;n de ofrecer. De pronto Ricky estaba muy ocupado, y operaba con material que las fuerzas del orden no tend&#237;an a ver con muy buenos ojos, ya que parte de &#233;l involucraba claramente a ni&#241;os.

Al final, Ricky se convirti&#243; en intermediario, y cruz&#243; la frontera entre, por un lado, trabajar con im&#225;genes de mujeres y, en algunos casos, ni&#241;os, y por otro, facilitar el objeto de su fascinaci&#243;n a aquellas personas interesadas en una participaci&#243;n m&#225;s activa. Ricky nunca ve&#237;a a las mujeres o los ni&#241;os implicados. Era simplemente el primer punto de contacto. Lo que pasaba despu&#233;s no era asunto suyo. Un hombre menos curtido que &#233;l se habr&#237;a preocupado, incluso puede que hubiese tenido remordimientos de conciencia, pero a Ricky Demarcian le bastaba con pensar en pollos moribundos para erradicar cualquier duda de su mente.

Y en consecuencia, aun cuando pareciera un perdedor por vivir en una caravana dentro de un c&#225;mping de nombre poco acertado y a cuyos residentes no les era ajena la pobreza, Ricky se sent&#237;a de hecho bastante a gusto en su miseria. Se gastaba el dinero en poner al d&#237;a su hardware y su software, en DVD y juegos de ordenador, en novelas de ciencia ficci&#243;n y c&#243;mics, y en alguna que otra fulana cuyos detalles estimulaban su fantas&#237;a. Y aunque manten&#237;a la caravana tal como estaba para no atraer una atenci&#243;n no deseada por parte de los due&#241;os del camping, de hacienda o de la justicia, incluso se duchaba m&#225;s a menudo, pues uno de los caballeros de Boston se quej&#243; de que el traje nuevo le hab&#237;a apestado todo el camino de regreso por la Interestatal 95 tras una visita a Ricky, y a&#241;adi&#243; que si eso volv&#237;a a ocurrir, Ricky tendr&#237;a que aprender a teclear usando un palillo chino acoplado a la frente, porque el caballero de Boston har&#237;a valer la amenaza original de romperle a Ricky el otro brazo y met&#233;rselo por el culo.

Y fue as&#237; como Ricky Demarcian, ya no tan perdedor, se hallaba en su caravana esa noche, tecleando tranquilamente ante su ordenador, con los largos dedos de su mano derecha extendidos sobre las teclas mientras introduc&#237;a la informaci&#243;n requerida para que un usuario con la contrase&#241;a adecuada y la debida sucesi&#243;n de enlaces llegara a un material muy turbio. El sistema conllevaba el uso de ciertas palabras clave conocidas por las personas cuyos gustos abarcaban a los ni&#241;os, siendo la m&#225;s habitual Lolly, que la mayor&#237;a de los pederastas reconoc&#237;an como se&#241;al de que su inter&#233;s ser&#237;a atendido. Por norma, Ricky asignaba el nombre Lolly a una prostituta corriente, anodina, que de hecho no exist&#237;a, siendo sus detalles e incluso su aspecto f&#237;sico una ficci&#243;n construida a partir de los historiales y los cuerpos de otras mujeres. En cuanto un cliente potencial expresaba inter&#233;s en Lolly aparec&#237;a un cuestionario en la pantalla preguntando por las edades preferidas, con opciones que oscilaban entre sesenta o m&#225;s hasta apenas legal. Si se eleg&#237;a esta &#250;ltima categor&#237;a, se enviaba al cliente un mensaje de correo electr&#243;nico en apariencia inocuo, esta vez con otra palabra clave -Ricky prefer&#237;a hobby en este punto, otro t&#233;rmino conocido por los pederastas-, y as&#237; sucesivamente hasta que al final se ped&#237;an los datos de la tarjeta de cr&#233;dito del cliente y empezaba el flujo de im&#225;genes e informaci&#243;n de verdad.

A Ricky le gustaba trabajar de noche. Pinar la Tranquilidad a esas horas estaba casi, en fin, tranquilo, ya que a eso de las tres de la madrugada incluso las parejas mal avenidas y los borrachos vocingleros se hab&#237;an apaciguado un poco. Sentado en la oscuridad de su casa, iluminado tan s&#243;lo por el resplandor de la pantalla, y con las estrellas a veces visibles en el cielo nocturno a trav&#233;s de la claraboya encima de su cabeza, habr&#237;a podido estar flotando en el espacio, y &#233;se era el gran sue&#241;o de Ricky: deslizarse por el firmamento en una nave enorme, sin lastres ni obst&#225;culos, avanzando a la deriva rodeado de belleza y en absoluto silencio.

Ricky ignoraba la edad de los ni&#241;os en la pantalla ante &#233;l, cre&#237;a que como mucho tendr&#237;an doce o trece a&#241;os; siempre se le hab&#237;a dado mal calcular las edades, salvo cuando se trataba de los muy peque&#241;os, e incluso procuraba no pararse demasiado a mirar esas im&#225;genes, porque hab&#237;a cosas en las que era mejor pensar lo menos posible; pero vigilar los gustos de otros no era asunto suyo. Con la debida sucesi&#243;n de teclas, una imagen tras otra encontraban el lugar que les correspond&#237;a en el gran proyecto de Ricky, encajadas en el universo virtual de sexo y deseo creado por &#233;l. Estaba tan absorto en el sonido y el ritmo de lo que hac&#237;a que, cuando llamaron a la puerta de su caravana, el golpeteo qued&#243; absorbido por la cacofon&#237;a general, y s&#243;lo cuando el visitante llam&#243; con m&#225;s fuerza, Ricky empez&#243; a distinguir el nuevo ruido. Dej&#243; lo que estaba haciendo.

&#191;Qui&#233;n es? -pregunt&#243;.

No hubo respuesta.

Se acerc&#243; a la ventana y apart&#243; un &#225;ngulo de la cortina. Lloviznaba, y el cristal ten&#237;a goterones; a pesar de eso, vio que no hab&#237;a nadie en la puerta.

Ricky no ten&#237;a pistola. No le gustaban mucho las armas. No era una persona violenta. De hecho, sus opiniones tend&#237;an a la cautela por lo que a las armas se refer&#237;a. En su opini&#243;n, hab&#237;a muchas personas en la calle que no ten&#237;an derecho a llevar siquiera un l&#225;piz afilado, por no hablar ya de un arma cargada. Mediante un proceso de l&#243;gica viciada, Ricky hab&#237;a establecido una ecuaci&#243;n seg&#250;n la cual arma equival&#237;a a delincuente, y delincuente equival&#237;a a arma. Ricky no se ve&#237;a a s&#237; mismo como delincuente, y por tanto no ten&#237;a arma. Por otra parte, como no ten&#237;a arma, no pod&#237;a en modo alguno ser un delincuente.

Ricky se apart&#243; de la ventana y observ&#243; la puerta cerrada. Pod&#237;a abrirla, supuso, pero en apariencia ya no hab&#237;a raz&#243;n para hacerlo. Quienquiera que se hubiese acercado a la puerta ya no estaba. Se pellizc&#243; el labio y volvi&#243; a su ordenador. Acababa de empezar a verificar parte del c&#243;digo cuando llamaron de nuevo, esta vez a la ventana a la que se hab&#237;a acercado. Ricky lanz&#243; un juramento y mir&#243; una vez m&#225;s hacia la noche. Ahora se distingu&#237;a una silueta ante su puerta, era un hombre, bajo y robusto, con un tup&#233; de pelo negro que resplandec&#237;a impregnado de brillantina.

&#191;Qu&#233; quiere? -pregunt&#243; Ricky.

Con una se&#241;al de la cabeza, el hombre indic&#243; a Ricky que se acercara a la puerta.

Joder -exclam&#243; Ricky.

El hombre no ten&#237;a ni remotamente aspecto de polic&#237;a. De hecho, se parec&#237;a m&#225;s a uno de los caballeros de Boston, que sol&#237;an presentarse de improviso a horas intempestivas. No obstante, toda cautela era poca por lo que se refer&#237;a a esos asuntos. Ricky regres&#243; a su ordenador e introdujo una serie de instrucciones. De inmediato empezaron a cerrarse ventanas y a activarse cortafuegos, se codificaron las im&#225;genes y una desconcertante serie de rastros falsos entr&#243; en funcionamiento para que cualquiera que intentara acceder al material de su ordenador se encontrara enseguida en un laberinto de c&#243;digos in&#250;tiles y archivos de interfaz. Si insist&#237;an, el ordenador se colapsaba literalmente. Ricky sab&#237;a demasiado de inform&#225;tica para pensar que el material en su ordenador era del todo inaccesible, pero supon&#237;a que se requerir&#237;a a un equipo de expertos trabajando durante meses para empezar siquiera a recuperar algo digno de ulteriores investigaciones.

Se apart&#243; del escritorio y se acerc&#243; a la puerta. No ten&#237;a miedo. Gozaba de la protecci&#243;n de Boston. Eso era algo que ya se sab&#237;a desde hac&#237;a tiempo. No ten&#237;a nada que temer.

El hombre ante la puerta luc&#237;a vaqueros oscuros, una camisa de poli&#233;ster azul que se le tensaba contra el cuerpo y una cazadora negra de cuero gastado. Ten&#237;a la cabeza un poco demasiado grande para el resto del cuerpo, pero a la vez produc&#237;a la inquietante sensaci&#243;n de haber sido comprimida en alg&#250;n momento, como si se la hubieran colocado en un torno con la barbilla en la base y la coronilla en lo alto. Ricky pens&#243; que parec&#237;a un mat&#243;n, y eso, curiosamente, lo indujo a bajar la guardia. Los &#250;nicos matones con quienes trataba proced&#237;an de Boston. Si el hombre ante la puerta parec&#237;a un mat&#243;n, ten&#237;a que ser de Boston.

Me gusta esta caravana -coment&#243; el hombre.

Ricky, confuso, contrajo el rostro.

&#191;No hablar&#225; en serio? -pregunt&#243;.

El hombre apunt&#243; a Ricky con un arma enorme. Llevaba guantes. Ricky no lo sab&#237;a, pero la pistola era una Smith 10 dise&#241;ada para uso exclusivo del FBI. Era un arma poco com&#250;n en un particular. Si bien Ricky eso no lo sab&#237;a, el hombre que la empu&#241;aba s&#237; que estaba enterado. De hecho, por eso hab&#237;a decidido tomarla prestada esa noche unas horas antes.

&#191;Qui&#233;n es usted? -pregunt&#243; Ricky.

Soy el dedo que decanta la balanza -contest&#243; el hombre-. Atr&#225;s.

Ricky obedeci&#243;.

No le conviene hacer nada de lo que vaya a arrepentirse -advirti&#243; Ricky mientras el individuo entraba en la caravana y cerraba la puerta a sus espaldas-. Hay hombres en Boston a quienes esto no va a gustarles.

En Boston, &#191;eh? -dijo el hombre.

S&#237;.

&#191;Y cree usted que esos hombres de Boston van a llegar aqu&#237; m&#225;s deprisa que una bala?

Ricky se detuvo a pensar en la pregunta.

Supongo que no.

Pues, en ese caso -dijo el hombre-, me temo que no le ser&#225;n de gran utilidad, no, se&#241;or. -Se fij&#243; en el ordenador y en el despliegue de hardware-. Imponente.

&#191;Entiende de inform&#225;tica? -pregunt&#243; Ricky.

No mucho -respondi&#243; el hombre-. Me lleg&#243; demasiado tarde. &#191;Guarda fotos ah&#237;?

Ricky trag&#243; saliva.

No s&#233; de qu&#233; me habla.

Pues yo creo que s&#237; lo sabe. Ahora no le conviene mentirme. Si me miente, en fin, es muy probable que pierda la paciencia con usted, s&#237;, se&#241;or, por supuesto que s&#237;, y considerando que yo tengo una pistola y usted no, me parece que no es lo mejor para sus intereses. As&#237; que se lo preguntar&#233; otra vez: &#191;guarda fotos ah&#237;?

Ricky, tomando conciencia de que un hombre que hac&#237;a una pregunta as&#237; conoc&#237;a ya la respuesta, decidi&#243; ser franco.

Es posible. Depende de qu&#233; clase de fotos busque.

Ah, ya sabe usted qu&#233; clase. Fotos de chicas, como en las revistas.

Ricky intent&#243; exhalar un suspiro de alivio sin que se notara.

Claro que tengo fotos de chicas. &#191;Quiere que se las ense&#241;e?

El hombre asinti&#243; con la cabeza, y Ricky respir&#243; aliviado al ver que el hombre se met&#237;a el arma en la cinturilla del pantal&#243;n. Se sent&#243; ante el teclado y volvi&#243; a activar el equipo. Justo antes de que la pantalla empezara a resplandecer vio que el hombre se acercaba desde atr&#225;s, su silueta se reflejaba en la oscuridad. A continuaci&#243;n empezaron a aparecer im&#225;genes, mujeres en distintos grados de desnudez, en variadas posturas, realizando diversos actos.

Tengo de todo -dijo Ricky aclarando lo obvio.

&#191;Tiene de ni&#241;os? -pregunt&#243; el hombre.

No -minti&#243; Ricky-. No me dedico a los ni&#241;os.

El hombre dej&#243; escapar un tibio resoplido de decepci&#243;n. El aliento le ol&#237;a a chicle de canela, pero no ocultaba la mezcla de olores que desped&#237;a: colonia barata y un hedor que recordaba inc&#243;modamente a ciertas &#225;reas de la central av&#237;cola.

&#191;Qu&#233; le pasa en el brazo? -pregunt&#243;.

Mi madre me trajo as&#237; al mundo. Lo tengo inutilizado.

&#191;Todav&#237;a lo siente?

Pues s&#237;, s&#243;lo que no me sirve para

Ricky no acab&#243; la frase. Lo asalt&#243; un furioso y lancinante dolor en la parte superior del brazo. Abri&#243; la boca para gritar, pero el hombre le tap&#243; la cara con la mano derecha ahogando su alarido mientras, con la mano izquierda, hund&#237;a una hoja fina y larga en la carne de Ricky, a la vez que hurgaba con ella. Ricky se sacudi&#243; en la silla, y los gritos le llenaron la cabeza pero no salieron al aire de la noche m&#225;s que como gemidos casi inaudibles.

No me tome por tonto -dijo el hombre-. Ya se lo he advertido una vez. No volver&#233; a dec&#237;rselo.

Acto seguido extrajo la hoja del brazo de Ricky y le solt&#243; la cara. Ricky arque&#243; la espalda en la silla e instintivamente se llev&#243; la mano derecha a la herida. Al entrar en contacto se intensific&#243; el dolor y la apart&#243; de inmediato. Lloraba y se avergonzaba de ello.

Se lo preguntar&#233; una vez m&#225;s: &#191;tiene ah&#237; fotos de ni&#241;os?

S&#237; -contest&#243; Ricky-. S&#237;. Se las ense&#241;ar&#233;. S&#243;lo d&#237;game qu&#233; quiere, ni&#241;os, ni&#241;as, m&#225;s peque&#241;os, mayores. Le ense&#241;ar&#233; lo que quiera, pero por favor no vuelva a hacerme da&#241;o.

El hombre sac&#243; una fotograf&#237;a de una cartera de piel negra.

&#191;La reconoce?

Era una ni&#241;a guapa, de pelo oscuro. Llevaba un vestido rosa con una cinta a juego en el pelo. Sonre&#237;a. Le faltaba un diente en la enc&#237;a superior.

No -dijo Ricky.

La hoja se acerc&#243; de nuevo a su brazo, y Ricky volvi&#243; a negar, esta vez casi a gritos.

&#161;No! &#161;Le digo que no la conozco! Ah&#237; no aparece. Me acordar&#237;a. Se lo juro por Dios. Me acordar&#237;a. Tengo buena memoria para estas cosas.

&#191;De d&#243;nde ha sacado estas fotos?

De Boston, en su mayor&#237;a. Me las mandan. A veces tengo que escanearlas, pero normalmente me llegan ya en disco. Tambi&#233;n hay pel&#237;culas. Me llegan en discos o DVD. Yo s&#243;lo las cuelgo en las p&#225;ginas. No he hecho da&#241;o a un ni&#241;o en mi vida. Ni siquiera me gustan esas cosas. S&#243;lo hago lo que me dicen.

Ha dicho en su mayor&#237;a.

&#191;Eh?

Ha dicho que en su mayor&#237;a le llegan de Boston. &#191;De d&#243;nde m&#225;s?

Ricky busc&#243; una posible mentira, pero el cerebro no le respond&#237;a. El dolor en el brazo se le adormec&#237;a un poco, pero tambi&#233;n la mente. Se sinti&#243; mareado y se pregunt&#243; si iba a desmayarse.

A veces otra gente me tra&#237;a material -dijo-. Ahora ya no tanto.

&#191;Qui&#233;nes?

Hombres. Un hombre, quiero decir. Hab&#237;a un tipo, me tra&#237;a material bastante bueno. V&#237;deos. De eso hace mucho tiempo. A&#241;os.

Ricky ment&#237;a por omisi&#243;n. Curiosamente, el dolor en el brazo lo ayudaba a mantener la cabeza clara porque lo obligaba a tomar conciencia de la posibilidad de sufrir m&#225;s dolor si no jugaba bien sus cartas. Era cierto que aquel hombre le hab&#237;a proporcionado material -sin duda filmaciones dom&#233;sticas, aunque de una calidad muy por encima de la media, a pesar de que los movimientos de c&#225;mara eran un tanto est&#225;ticos-, pero hab&#237;a sido m&#225;s bien un gesto de buena voluntad. Fue uno de los primeros que se dirigieron a Ricky con la intenci&#243;n de alquilar a un ni&#241;o durante unas horas, que se hab&#237;a dirigido a &#233;l por el contacto de un conocido com&#250;n de esa parte del estado, un hombre de cierta notoriedad entre personas con tales inclinaciones. Los caballeros de Boston le hab&#237;an dicho que ocurrir&#237;a, y as&#237; hab&#237;a sido.

&#191;C&#243;mo se llamaba?

No me dio su nombre, y yo no se lo pregunt&#233;. Me limit&#233; a pagarle. Era un buen material.

M&#225;s medias verdades, m&#225;s mentiras, pero Ricky confiaba en sus aptitudes. No era tonto ni mucho menos, y &#233;l lo sab&#237;a.

&#191;No temi&#243; que pudiera ser un poli?

No era un poli. Eso saltaba a la vista.

Moqueaba, las secreciones de la nariz se mezclaban con las l&#225;grimas.

&#191;De d&#243;nde vino?

No lo s&#233;. De alg&#250;n sitio en el norte.

El hombre observaba a Ricky atentamente, y se dio cuenta de c&#243;mo mov&#237;a los ojos cuando ment&#237;a. Dave Glovsky, el Adivinador, casi se habr&#237;a enorgullecido de &#233;l en ese momento.

&#191;Alguna vez ha o&#237;do hablar de un lugar llamado Galaad?

Otra vez el signo revelador, el cuerpo delatando la dificultad que sent&#237;a el cerebro al camuflar la mentira.

No, nunca, salvo cuando era peque&#241;o, en catequesis.

El hombre permaneci&#243; un momento en silencio. Ricky se pregunt&#243; si se hab&#237;a excedido en sus mentiras.

&#191;Tiene una lista de las personas que pagan por todo esto?

Ricky neg&#243; con la cabeza.

Todo va por tarjeta de cr&#233;dito. Los hombres de Boston se ocupan de eso. S&#243;lo tengo direcciones de correo electr&#243;nico.

&#191;Y qui&#233;nes son esos hombres de Boston?

Son europeos del Este, rusos. S&#243;lo conozco los nombres de pila. Tengo unos n&#250;meros a los que telefonear si surge alg&#250;n problema.

Ricky lanz&#243; un juramento. Pens&#243; que hab&#237;a cometido un error al decir a su agresor una vez m&#225;s que habr&#237;a repercusiones por hacerle da&#241;o, que desde luego ten&#237;a a quien llamar si la operaci&#243;n se ve&#237;a amenazada. Ricky no quer&#237;a recordarle a aquel hombre que tal vez no le conviniera dejarlo vivo. El hombre pareci&#243; entender la inquietud de Ricky.

No se preocupe -dijo-. Es l&#243;gico que usted llame por esto, lo s&#233;. Ya supon&#237;a que se enterar&#237;an de una manera u otra, aj&#225;. No me molesta en absoluto. Que vengan. Ya puede quitar eso de la pantalla.

Ricky trag&#243; saliva. Agradecido, cerr&#243; los ojos por un instante. Se volvi&#243; hacia la pantalla y empez&#243; a retirar las im&#225;genes. Separ&#243; los labios.

Gra

La bala abri&#243; un enorme orificio en la parte posterior de la cabeza de Ricky, y otro mayor, de salida, en la cara. Hizo a&#241;icos la pantalla, y algo en el monitor revent&#243; con un estallido apagado y empez&#243; a despedir un humo acre. La sangre sise&#243; y burbuje&#243; en los circuitos que hab&#237;an quedado a la vista. El casquillo expulsado hab&#237;a rebotado contra un archivador y ca&#237;do cerca de la silla de Ricky. La posici&#243;n era casi demasiado buena, as&#237; que el visitante, golpe&#225;ndolo con un lado del zapato, lo lanz&#243; hacia la papelera. Como hab&#237;a dejado huellas de sus botas en el lin&#243;leo, busc&#243; un trapo en un armario, lo puso en el suelo y borr&#243; las se&#241;ales arrastr&#225;ndolo con el pie derecho. Cuando se asegur&#243; de que todo estaba limpio, entreabri&#243; la puerta y aguz&#243; el o&#237;do. Aunque la detonaci&#243;n hab&#237;a sido muy estridente, las dos caravanas contiguas a la de Demarcian segu&#237;an a oscuras, y en otras vio el resplandor de los televisores, incluso oy&#243; lo que daban, de tan alto como ten&#237;an el volumen. Sali&#243; de la caravana, cerr&#243; la puerta y desapareci&#243; en la noche. Se detuvo tan s&#243;lo en una gasolinera del camino para comunicar que se hab&#237;a o&#237;do un disparo en Pinar la Tranquilidad y hab&#237;a alcanzado a ver lo que parec&#237;a un Mustang antiguo marcharse a toda velocidad del lugar de los hechos.

A Frank Merrick no le gustaba que nadie se interpusiera en su camino, pero sent&#237;a cierto respeto por el detective privado. Adem&#225;s, matarlo ocasionar&#237;a m&#225;s problemas de los que resolver&#237;a, pero matar a otro con la pistola del detective le crear&#237;a a &#233;ste problemas m&#225;s que suficientes para tenerlo ocupado, y s&#243;lo unos pocos a Merrick.

Porque Merrick sab&#237;a que a esas alturas se hab&#237;a quedado totalmente solo. No le importaba. Se hab&#237;a cansado del viejo abogado y de sus meticulosas preguntas un tiempo antes, y Eldritch hab&#237;a dejado claro cuando se present&#243; en Portland despu&#233;s de la detenci&#243;n de Merrick que su relaci&#243;n profesional hab&#237;a terminado. Los comentarios del detective privado acerca de las motivaciones de Eldritch, m&#225;s concretamente acerca de quienquiera que hubiese ordenado al abogado ayudar a Merrick, no hab&#237;an hecho m&#225;s que exacerbar sus propias dudas. Era hora de poner fin a aquello. Todav&#237;a le quedaba alg&#250;n que otro asunto por resolver, pero luego se ir&#237;a al noroeste. Tendr&#237;a que haber ido all&#237; mucho antes, pero hab&#237;a albergado la certeza de que encontrar&#237;a algunas de las respuestas que buscaba en aquella peque&#241;a ciudad costera. Pero ya no estaba tan seguro, y Galaad lo llamaba.

Merrick cogi&#243; la cinta adhesiva y peg&#243; la pistola del detective bajo el asiento del conductor. Le hab&#237;a gustado sentir su peso en la mano. Hac&#237;a mucho tiempo que no disparaba una pistola, y m&#225;s a&#250;n con ira. Ahora hab&#237;a vuelto a saborearlo. Hab&#237;a evitado llevar armas por si la polic&#237;a iba a por &#233;l. No quer&#237;a volver a la c&#225;rcel. Pero hab&#237;a llegado el momento de actuar, y la pistola del detective era id&#243;nea para el trabajo que ten&#237;a que hacer.

Tranquila, cari&#241;o -susurr&#243; Merrick al alejarse de las luces de la gasolinera y dirigirse de nuevo hacia el este-. No tardar&#233;. Papi ya llega.



24

Perd&#237; la noci&#243;n del tiempo. Las horas se convirtieron en minutos y los minutos en horas. Me escoc&#237;a la piel por el roce de la arpillera, y la sensaci&#243;n de asfixia inminente nunca me abandonaba. Alg&#250;n que otro susurro me llegaba de entre las sombras, a veces de cerca y a veces de lejos. En una o dos ocasiones empec&#233; a adormecerme, pero la cinta en la boca me dificultaba la respiraci&#243;n y casi tan pronto como me dorm&#237;a volv&#237;a a despertarme, respirando entrecortadamente por la nariz como un purasangre despu&#233;s de una larga carrera, con el ritmo cardiaco acelerado, apartando la cabeza de la almohada en un esfuerzo por aspirar m&#225;s ox&#237;geno. Dos veces tuve la impresi&#243;n de que algo me hab&#237;a tocado el cuello antes de despertar, y el roce fue tan fr&#237;o que me ardi&#243; la piel. En ambos casos intent&#233; quitarme la arpillera, pero Merrick la hab&#237;a sujetado bien. Cuando o&#237; el ruido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse, seguido de unos pasos sonoros e intencionados escalera arriba, me hallaba en un estado de total desorientaci&#243;n, pero incluso con los sentidos alterados percib&#237; que las presencias retroced&#237;an, alej&#225;ndose de m&#237; al aproximarse el desconocido.

Alguien entr&#243; en la habitaci&#243;n. Sent&#237; cerca un calor corporal y me lleg&#243; el olor de Merrick. Not&#233; sus dedos en la cinta en torno a mi cuello, y luego me quit&#243; el saco y por fin pude ver otra vez. Peque&#241;os soles blancos estallaron en mi campo visual, de modo que por un momento no distingu&#237; las facciones de Merrick. Su rostro era un semblante en blanco donde yo pod&#237;a pegar el demonio que quisiera, construir una imagen de todo aquello que tem&#237;a. Entonces empezaron a desvanecerse los puntos ante mis ojos, y de nuevo lo vi claramente. Parec&#237;a preocupado e inc&#243;modo, ya no se le ve&#237;a tan seguro como cuando yo lo hab&#237;a encontrado junto a mi cama al despertar, y desviaba la mirada hacia los rincones m&#225;s oscuros de la habitaci&#243;n. Advert&#237; que ya no se quedaba de espaldas a la puerta. En lugar de eso procuraba no perderla de vista, como si temiera ofrecer una posici&#243;n vulnerable a un posible ataque por la espalda.

Merrick me mir&#243; fijamente, pero no dijo nada. Se tiraba del labio inferior con la mano izquierda mientras reflexionaba. No hab&#237;a el menor rastro de mi pistola. Por fin dijo:

Esta noche he hecho algo que quiz&#225; no deber&#237;a haber hecho. Pero, para bien o para mal, ya no hay vuelta atr&#225;s. Estaba harto de esperar. Ha llegado el momento de hacerlos salir. Va a causarte alg&#250;n problema, eso no lo dudes, pero ya te las arreglar&#225;s. Cu&#233;ntales lo que ha pasado aqu&#237; y te creer&#225;n, al final. Entretanto correr&#225; la voz y vendr&#225;n.

Y entonces Merrick hizo algo raro. Se dirigi&#243; lentamente hacia uno de los armarios del dormitorio, llevaba mi pistola a la vista metida bajo el cintur&#243;n. Apoyando la mano izquierda contra la puerta de listones, sac&#243; la Smith 10 con la derecha. Casi parec&#237;a escudri&#241;ar a trav&#233;s de los listones, como si estuviera convencido de que dentro hab&#237;a alguien oculto. Cuando por fin la abri&#243;, lo hizo con mucha cautela, desplaz&#225;ndola lentamente con la mano izquierda y empleando el ca&#241;&#243;n de la pistola para explorar el espacio entre las chaquetas, las camisas y los abrigos all&#237; colgados.

&#191;Seguro que vives aqu&#237; t&#250; solo? -pregunt&#243;.

Asent&#237; con la cabeza.

No me da la sensaci&#243;n de que est&#233;s solo -se&#241;al&#243;. No not&#233; la menor insinuaci&#243;n de amenaza, ni que pensara que le hab&#237;a mentido, sino s&#243;lo una inquietud m&#225;s profunda por algo que no entend&#237;a. Cerr&#243; la puerta despacio y volvi&#243; junto a la cama.

No tengo nada personal contra ti -dijo-. Ahora ya estamos en paz. Creo que haces lo que consideras correcto, pero te has interpuesto en mi camino y eso no pienso tolerarlo. Peor a&#250;n, creo que eres un hombre que se deja influir por la conciencia, y la conciencia no es m&#225;s que el zumbido de una mosca en la cabeza. Es una molestia, una distracci&#243;n. Yo no tengo tiempo para eso, nunca lo he tenido.

Levant&#243; lentamente el arma. La boca del ca&#241;&#243;n me mir&#243;, negra, sin parpadear, como un ojo vac&#237;o.

Ahora podr&#237;a matarte. Ya lo sabes. No me costar&#237;a mucho m&#225;s que una gota de l&#225;stima. Pero te dejar&#233; vivir.

Expuls&#233; el aire de los pulmones con un resoplido, incapaz de reprimir una sensaci&#243;n que rayaba en gratitud. No iba a morir, no a manos de aquel hombre, no ese d&#237;a. Merrick reconoci&#243; el sonido.

As&#237; es, vivir&#225;s, pero recuerda esto, y no lo olvides nunca. Tu vida ha estado a mi merced y te he dejado libre. S&#233; la clase de hombre que eres, con o sin conciencia. Te pondr&#225;s como un basilisco por c&#243;mo he entrado en tu casa, por el da&#241;o que te he hecho, porque te he humillado en tu propia cama. Desear&#225;s devolv&#233;rmela, pero te advierto que la pr&#243;xima vez que te tenga a tiro no gastar&#233; saliva antes de apretar el gatillo. Todo esto terminar&#225; pronto; despu&#233;s me marchar&#233;. Te dejo material m&#225;s que suficiente para pensar. Ah&#243;rrate la ira. Ya tendr&#225;s motivos de sobra para volver a usarla.

Apart&#243; el arma y alarg&#243; el brazo, una vez m&#225;s, hacia su peque&#241;a cartera. Extrajo una botella de cristal y un pa&#241;o amarillo; a continuaci&#243;n desenrosc&#243; el tap&#243;n de la botella e impregn&#243; el pa&#241;o con su contenido. Distingu&#237; el olor. No era malo, y casi pod&#237;a saborear el dulzor del l&#237;quido. Mov&#237; la cabeza en un gesto de negaci&#243;n, con los ojos cada vez m&#225;s abiertos, mientras Merrick se inclinaba sobre m&#237; sosteniendo el pa&#241;o en la mano derecha y yo empezaba a marearme ya por el olor del cloroformo. Intent&#233; sacudirme, golpearlo con las piernas, pero de nada sirvi&#243;. Me agarr&#243; del pelo para inmovilizarme la cabeza y apret&#243; el pa&#241;o contra mi nariz.

Y las &#250;ltimas palabras que o&#237; fueron:

Es un acto de misericordia, Parker.


Abr&#237; los ojos. La luz se filtraba por las cortinas. Unas agujas me traspasaban el cr&#225;neo. Intent&#233; incorporarme, pero me pesaba mucho la cabeza. Ten&#237;a las manos libres, y la cinta adhesiva hab&#237;a desaparecido de mi boca. Not&#233; el sabor de la sangre en los labios donde la cinta se hab&#237;a llevado la piel al arranc&#225;rmela. Me inclin&#233; y cog&#237; el vaso de agua en la mesita de noche. Ve&#237;a borroso y casi lo tir&#233; al suelo. Antes de intentarlo de nuevo esper&#233; a que la habitaci&#243;n dejase de girar, y a que las im&#225;genes dobles se unieran en una sola. Cerr&#233; la mano en torno al vaso y me lo acerqu&#233; a los labios. Estaba lleno. Merrick debi&#243; de volver a llenarlo y dejarlo a mi alcance. Beb&#237; un largo sorbo derramando agua en la almohada, y luego me qued&#233; all&#237; un rato. Cerr&#233; los ojos e intent&#233; contener las n&#225;useas que me sobrevinieron. Al cabo de un rato me sent&#237; con fuerzas para darme la vuelta en la cama hasta que ca&#237; al suelo. Percib&#237; el fr&#237;o de la madera en la cara. Me arrastr&#233; hasta el cuarto de ba&#241;o y apoy&#233; la cabeza en la taza del inodoro. Al cabo de un momento vomit&#233; y me sum&#237; nuevamente en un sue&#241;o envenenado sobre las baldosas.

Me despert&#243; el timbre de la puerta. La textura de la luz hab&#237;a cambiado. Deb&#237;an de ser ya m&#225;s de las doce del mediod&#237;a. Me levant&#233;, sosteni&#233;ndome en la pared del ba&#241;o hasta que tuve la seguridad de que no me fallar&#237;an las piernas, y entonces avanc&#233; a trompicones hasta la silla donde hab&#237;a dejado la ropa la noche anterior. Me puse unos vaqueros, una camiseta y, para m&#225;s abrigo, una sudadera con capucha y, descalzo, con paso vacilante, baj&#233; por la escalera hasta la puerta. A trav&#233;s del cristal vi fuera tres siluetas, y hab&#237;a dos coches que no conoc&#237;a en el camino de acceso. Uno era un coche patrulla de la polic&#237;a de Scarborough.

Abr&#237; la puerta. Conlough y Frederickson, los dos inspectores de Scarborough que hab&#237;an interrogado a Merrick, estaban all&#237;, junto con un tercer individuo cuyo nombre desconoc&#237;a. Era el que hab&#237;a estado hablando con el agente del FBI, Pender. Detr&#225;s de ellos, Ben Ronson, un polic&#237;a de Scarborough, se apoy&#243; en el coche patrulla. Normalmente Ben y yo habr&#237;amos cruzado unas palabras si nos hubi&#233;semos encontrado en la calle, pero en ese momento ten&#237;a el rostro inm&#243;vil e inexpresivo.

Se&#241;or Parker -dijo Conlough-. &#191;Podemos pasar? &#191;Recuerda a la inspectora Frederickson? Tenemos que hacerle unas preguntas. -Se&#241;al&#243; al tercer hombre-. &#201;ste es el inspector Hansen, de la jefatura de polic&#237;a del estado en Gray. Puede decirse que es quien est&#225; al mando, supongo.

Hansen, aparentemente en forma, ten&#237;a el pelo muy negro, y una sombra oscura en las mejillas revelaba el uso de una maquinilla de afeitar barata durante demasiados a&#241;os. Los ojos eran m&#225;s verdes que azules, y la postura, relajada pero acechante, recordaba a un lince a punto de abalanzarse sobre una presa f&#225;cil. Llevaba una chaqueta azul marino de buen corte, acompa&#241;ada de una camisa muy blanca y una corbata azul marino de rayas doradas.

Retroced&#237; y los dej&#233; pasar. Observ&#233; que ninguno de ellos me dio la espalda. Fuera, Ronson, como quien no quiere la cosa, se hab&#237;a llevado la mano hacia la pistola.

&#191;Les parece bien en la cocina? -pregunt&#233;.

Claro -contest&#243; Conlough-. Usted primero.

Me siguieron a la cocina. Me sent&#233; a la mesa del desayuno. En otras circunstancias me habr&#237;a quedado de pie para no darles ventaja, pero todav&#237;a me sent&#237;a d&#233;bil y las piernas apenas me sosten&#237;an.

Tiene mal aspecto -coment&#243; Frederickson.

He pasado mala noche.

&#191;Quiere cont&#225;rnoslo?

&#191;Van a contarme antes por qu&#233; est&#225;n aqu&#237;?

Pero ya lo sab&#237;a. Merrick.

Conlough tom&#243; asiento frente a m&#237; mientras los otros permanec&#237;an de pie.

Mire -dijo-, podemos aclararlo todo aqu&#237; y ahora si no se anda por las ramas. De lo contrario -dirigi&#243; una mirada elocuente a Hansen- esto podr&#237;a ponerse feo.

Deber&#237;a haber solicitado la presencia de un abogado, pero eso habr&#237;a implicado una visita inmediata a la comisar&#237;a de Scarborough, o quiz&#225;s a Gray o incluso a Augusta. La presencia de un abogado habr&#237;a implicado horas en una celda o en una sala de interrogatorios, y no sab&#237;a hasta qu&#233; punto me encontraba en condiciones de afrontarlo. Tarde o temprano necesitar&#237;a un abogado, pero de momento estaba en mi casa, sentado a la mesa de la cocina, y no iba a marcharme de all&#237; a menos que fuese absolutamente inevitable.

Anoche Frank Merrick entr&#243; aqu&#237;, en casa, por la fuerza -dije-. Me espos&#243; a la cama. -Les ense&#241;&#233; las se&#241;ales en las mu&#241;ecas-. Luego me amordaz&#243;, me tap&#243; los ojos y se llev&#243; mi pistola. No s&#233; cu&#225;nto tiempo me dej&#243; as&#237;. Cuando regres&#243;, me dijo que hab&#237;a hecho algo que no deber&#237;a haber hecho y despu&#233;s me durmi&#243; con cloroformo. Cuando he recuperado el conocimiento, me hab&#237;a quitado las esposas y la cinta adhesiva de la boca. &#201;l ya no estaba. Creo que a&#250;n tiene mi pistola.

Hansen se reclin&#243; contra la encimera de la cocina. Ten&#237;a los brazos cruzados.

Menuda historia -dijo.

&#191;Qu&#233; pistola se llev&#243;? -pregunt&#243; Conlough.

Una Smith & Wesson, diez mil&#237;metros.

&#191;Con qu&#233; munici&#243;n?

Cor-Bon. Ciento ochenta gramos.

Eso es poca cosa para una diez mil&#237;metros -observ&#243; Hansen-. &#191;Acaso le preocupa que se agriete el armaz&#243;n?

Mov&#237; la cabeza en un gesto de incredulidad.

&#191;Es una broma o qu&#233;? &#191;A qu&#233; viene eso ahora?

Hansen se encogi&#243; de hombros.

Era s&#243;lo por preguntar.

Es un mito personal m&#237;o. &#191;Contento?

No contest&#243;.

&#191;Tiene la caja de munici&#243;n de las Cor-Bon? -pregunt&#243; entonces Conlough.

Sab&#237;a ad&#243;nde quer&#237;a ir a parar con aquello. Supongo que lo supe en cuanto vi a los tres inspectores ante mi puerta y, de no haber estado mareado, casi podr&#237;a haber admirado la circularidad de lo que, sospechaba, hab&#237;a hecho Merrick. Hab&#237;a utilizado el arma contra alguien, pero se la hab&#237;a quedado. Si se recuperaba la bala, podr&#237;a compararse con la caja de munici&#243;n en mi haber. Era un reflejo exacto de la manera en que lo hab&#237;an relacionado a &#233;l con el asesinato de Barton Riddick en Virginia. Puede que se hubiera desacreditado el an&#225;lisis bal&#237;stico, pero, tal y como &#233;l hab&#237;a prometido, se las hab&#237;a ingeniado para meterme en un buen l&#237;o. Fue la peque&#241;a broma de Merrick a mi costa. No sab&#237;a c&#243;mo hab&#237;an llegado hasta m&#237; tan pronto, pero sospechaba que eso tambi&#233;n era obra de Merrick.

Voy a tener que llamar a un abogado -dije-. No pienso contestar a m&#225;s preguntas.

&#191;Tiene algo que esconder? -pregunt&#243; Hansen. Intent&#243; sonre&#237;r, pero era una mueca desagradable, como una grieta en m&#225;rmol viejo-. &#191;A qu&#233; viene tanta preocupaci&#243;n por el abogado? Rel&#225;jese. S&#243;lo estamos hablando.

&#191;Ah, s&#237;? &#191;Eso estamos haciendo? Si a ustedes les da igual, a m&#237; no me interesa mucho su conversaci&#243;n.

Mir&#233; a Conlough. Se encogi&#243; de hombros.

Pues tendr&#225; que ser con abogado -dijo.

&#191;Estoy detenido? -pregunt&#233;.

Todav&#237;a no -respondi&#243; Hansen-. Pero podemos tomar ese camino si usted quiere. As&#237; que elija: &#191;lo detenemos o conversamos?

Me lanz&#243; una mirada de polic&#237;a, marcada por una falsa sonrisa y la certidumbre de que lo ten&#237;a todo bajo control.

Creo que no nos conocemos -dije-. Seguro que le recordar&#237;a, s&#243;lo por tener la certeza de que el placer no iba a repetirse.

Conlough carraspe&#243; tap&#225;ndose la boca con la mano y se volvi&#243; hacia la pared. Hansen no cambi&#243; de expresi&#243;n.

Soy un reci&#233;n llegado -coment&#243; Hansen-. Sin embargo, ya he rondado lo m&#237;o, he trabajado en grandes ciudades, igual que usted, supongo, as&#237; que a m&#237; su reputaci&#243;n me la trae floja. Quiz&#225;s aqu&#237; en el norte, con sus batallitas y sangre en las manos, lo tienen por un fuera de serie, pero a m&#237; no me gusta la gente que se toma la justicia por su mano. Representa un fallo del sistema, un defecto de funcionamiento. En su caso, me propongo reparar ese defecto. Esto es el primer paso.

No es de buena educaci&#243;n faltarle el respeto a un hombre en su propia casa -dije.

Por eso ahora vamos a marcharnos todos, para que pueda seguir falt&#225;ndote el respeto en otra parte.

Haciendo una se&#241;a con los dedos, me indic&#243; que me levantara. Todo en su actitud hacia m&#237; rezumaba puro desprecio, y de momento yo no pod&#237;a hacer nada m&#225;s que trag&#225;rmelo. Si me exced&#237;a en la reacci&#243;n, perder&#237;a los estribos, y no quer&#237;a darle a Hansen la satisfacci&#243;n de esposarme.

Cabece&#233; y me puse en pie. A continuaci&#243;n me calc&#233; unas zapatillas deportivas que siempre dejaba junto a la puerta de la cocina.

Vamos, pues -dije.

Ap&#243;yese primero contra esa pared, si no le importa -orden&#243; Hansen.

Debe de estar de broma -contest&#233;.

S&#237;, soy todo un bromista -repuso Hansen-. Eso es algo que tenemos en com&#250;n. Ya sabe lo que tiene que hacer.

Separ&#233; las piernas y apoy&#233; las manos abiertas en la pared mientras Hansen me cacheaba. Una vez convencido de que no escond&#237;a un arsenal, retrocedi&#243; y sal&#237; tras &#233;l, seguido por Conlough y Frederickson. Fuera, Ben Ronson ya me hab&#237;a abierto la puerta trasera del coche patrulla. O&#237; los ladridos de un perro. Walter corr&#237;a por el campo que separaba mi propiedad de la de los Johnson. Bob Johnson iba detr&#225;s de Walter, pero vi preocupaci&#243;n en su rostro. Cuando el perro se acerc&#243;, not&#233; que los polic&#237;as se pon&#237;an tensos. Ronson se llev&#243; la mano a la pistola otra vez.

Tranquilos -dije-. No hace nada.

Walter percibi&#243; que los hombres en el jard&#237;n no le ten&#237;an el menor aprecio. Se detuvo en un hueco entre los &#225;rboles que daban al jard&#237;n delantero y emiti&#243; un ladrido vacilante antes de acercarse despacio hacia m&#237;, meneando el rabo suavemente pero con las orejas gachas. Mir&#233; a Conlough, y &#233;l me dio permiso con un gesto. Me aproxim&#233; a Walter y le acarici&#233; la cabeza.

Tienes que quedarte con Bob y Shirley, perrito -dije. Apret&#243; la cabeza contra mi pecho y cerr&#243; los ojos. Bob hab&#237;a llegado donde estaba Walter momentos antes. De sobra sab&#237;a que no ten&#237;a sentido preguntar si todo estaba en orden. Agarr&#233; a Walter por el collar y lo arrastr&#233; hacia Bob. Hansen no me quit&#243; ojo.

&#191;Puedes qued&#225;rtelo unas horas? -pregunt&#233;.

Ning&#250;n problema -contest&#243;. Era un hombre menudo y vital, con la mirada alerta detr&#225;s de las gafas. Baj&#233; la vista hacia el perro, y mientras le daba unas palmadas, ped&#237; a Bob en voz baja que telefoneara al Black Point Inn. Le di el n&#250;mero de la habitaci&#243;n donde se alojaban &#193;ngel y Louis y le dije que los informara de que un tal Merrick me hab&#237;a hecho una visita.

Por supuesto. &#191;Puedo hacer algo m&#225;s por ti?

Ech&#233; un vistazo a los cuatro polic&#237;as.

La verdad, Bob, es que creo que no.

Dicho esto, regres&#233; al coche patrulla y me sent&#233; en el asiento trasero, y Ronson me llev&#243; a la comisar&#237;a de Scarborough.



25

Me dejaron en la sala de interrogatorios de la comisar&#237;a de Scarborough mientras esper&#225;bamos a Aimee Price, y una vez m&#225;s sent&#237; que iba tras los pasos de Merrick. Hansen pretend&#237;a llevarme a Gray, pero Wallace MacArthur, que apareci&#243; en cuanto supo que me estaban interrogando, intervino en mi favor. Lo o&#237; defenderme al otro lado de la puerta, instando a Hansen a mantener a raya a los perrazos durante un rato. Sent&#237; una inexpresable gratitud hacia &#233;l, no tanto por ahorrarme el desagradable paseo hasta Gray con Hansen, sino por estar dispuesto a salir a la palestra cuando &#233;l mismo deb&#237;a de albergar sus dudas.

Nada hab&#237;a cambiado en la sala desde que Merrick ocup&#243; aquel asiento. Incluso los trazos infantiles en la pizarra eran los mismos. No me esposaron, y Conlough me trajo una taza de caf&#233; y un donut rancio. A&#250;n me dol&#237;a la cabeza, pero poco a poco tom&#233; conciencia de que probablemente hab&#237;a hablado demasiado en casa. Ignoraba a&#250;n qu&#233; hab&#237;a hecho Merrick, pero ten&#237;a la certeza casi absoluta de que alguien hab&#237;a muerto por ello. Mientras tanto, me daba cuenta de que hab&#237;a admitido a todos los efectos que se hab&#237;a empleado mi pistola para cometer un crimen. Si Hansen decid&#237;a jugar fuerte y presentar cargos contra m&#237;, acabar&#237;a entre rejas con escasas posibilidades de conseguir la libertad bajo fianza. En el mejor de los casos, pod&#237;a retenerme durante d&#237;as y dejar a Merrick las manos libres para causar estragos con la Smith 10.

Despu&#233;s de permanecer a solas con mis pensamientos durante una hora, se abri&#243; la puerta de la sala de interrogatorios y entr&#243; Aimee Price. Vest&#237;a falda y chaqueta negras con blusa blanca. El malet&#237;n, de piel cara, resplandec&#237;a. Toda ella era la viva imagen de la eficacia. A m&#237;, en contraste, se me ve&#237;a en un estado lamentable, y tal cual me lo dijo.

&#191;Se ha enterado ya de lo que est&#225; ocurriendo? -pregunt&#233;.

S&#243;lo s&#233; que investigan un asesinato. Un muerto. Var&#243;n. Es evidente que creen que usted puede ayudarlos con ciertos detalles.

C&#243;mo lo mat&#233;, por ejemplo.

Seguro que se alegra de haber conservado mi tarjeta -dijo.

Creo que me ha tra&#237;do mala suerte.

&#191;Quiere decirme cu&#225;nta?

Se lo cont&#233; todo, desde la llegada de Merrick a la casa hasta el momento en que Ronson me meti&#243; en la parte trasera del coche patrulla. No omit&#237; ni un solo detalle, salvo el de las voces. Aimee no necesitaba saber nada de eso.

&#191;C&#243;mo puede ser tan tonto? -pregunt&#243; cuando acab&#233;-. Hasta un ni&#241;o sabe que no debe responder a las preguntas de un polic&#237;a sin un abogado delante.

Estaba cansado. Me dol&#237;a la cabeza. -Me di cuenta de lo pat&#233;ticas que resultaban mis excusas.

Bobo. No diga ni una palabra m&#225;s a menos que se lo indique yo con una se&#241;al de la cabeza.

Se dirigi&#243; a la puerta y la golpe&#243; con los nudillos para indicar a los polic&#237;as que pod&#237;an entrar. Apareci&#243; Conlough seguido de Hansen. Ocuparon dos sillas frente a nosotros. Me pregunt&#233; cu&#225;nta gente deb&#237;a de amontonarse en torno al monitor fuera de la sala para escuchar las preguntas y las respuestas transmitidas desde la sala, para observar a las cuatro figuras que danzaban una alrededor de la otra sin moverse.

Aimee levant&#243; una mano.

Antes que nada tienen que explicarnos a qu&#233; viene todo esto -dijo.

Conlough mir&#243; a Hansen.

Anoche muri&#243; un hombre llamado Ricky Demarcian. Le pegaron un tiro en la cabeza en un c&#225;mping de caravanas llamado Pinar la Tranquilidad. Tenemos un testigo que dice haber visto un Mustang como el de su cliente alejarse del lugar de los hechos. Incluso nos dio el n&#250;mero de matr&#237;cula.

Pod&#237;a imaginarme lo que suced&#237;a en ese preciso momento, mientras habl&#225;bamos, en el Pinar la Tranquilidad. All&#237; estar&#237;a la unidad de recogida de pruebas del Departamento de Investigaci&#243;n Criminal del estado, junto con la furgoneta blanca del t&#233;cnico de Scarborough, que ten&#237;a las puertas traseras personalizadas con im&#225;genes ampliadas de sus propias huellas digitales. Hombre de una meticulosidad obsesiva, se lo consideraba uno de los mejores especialistas de Maine, y era poco probable que los t&#233;cnicos de la polic&#237;a del estado lo disuadieran de colaborar con ellos. El centro de mando m&#243;vil rojo y blanco, utilizado conjuntamente con el cuerpo de bomberos, se hallar&#237;a tambi&#233;n presente. Habr&#237;a curiosos, mirones, testigos potenciales a los que interrogar, furgonetas de las distintas emisoras locales, todo un circo que converg&#237;a en una peque&#241;a caravana de un pat&#233;tico c&#225;mping. Obtendr&#237;an moldes en el lugar del crimen con la esperanza de que las marcas de las ruedas coincidiesen con los neum&#225;ticos de mi Mustang. No encontrar&#237;an ninguna equivalente, pero eso daba igual. Pod&#237;an aducir que acaso el coche estuviese aparcado en la carretera, lejos de la tierra. La imposibilidad de establecer un v&#237;nculo con mi coche no demostrar&#237;a mi inocencia. Entretanto, Hansen probablemente habr&#237;a puesto en marcha la solicitud de una orden para registrar mi casa, incluido mi garaje, si es que no la ten&#237;a ya. Querr&#237;a el coche, y el arma. En ausencia de esta &#250;ltima, se conformar&#237;a con la caja de munici&#243;n Cor-Bon.

&#191;Un testigo? -pregunt&#243; Aimee-. &#191;En serio? -Pronunci&#243; la palabra con toda la intenci&#243;n del mundo, dejando claro que la sola idea se le antojaba tan veros&#237;mil como el rumor de que el ratoncito P&#233;rez hab&#237;a sido sorprendido con un saco lleno de dientes-. &#191;Qui&#233;n es el testigo?

Hansen no se movi&#243;, pero Conlough cambi&#243; casi imperceptiblemente de posici&#243;n en su silla. No hab&#237;a testigo. Era un aviso an&#243;nimo, y siendo as&#237;, proced&#237;a de Merrick. No obstante, eso no mejoraba mi situaci&#243;n. De las preguntas sobre mi munici&#243;n se desprend&#237;a que Merrick hab&#237;a matado a Demarcian con mi pistola, y era probable que hubiera dejado pruebas en el lugar de los hechos. &#191;Ser&#237;a s&#243;lo la bala o un casquillo? &#191;O tambi&#233;n la pistola? De ser as&#237;, tendr&#237;a mis huellas por todas partes, y no las suyas.

No me queda m&#225;s remedio que causarte alg&#250;n que otro problema; as&#237; no tendr&#225;s tiempo para preocuparte por m&#237;.

En estos momentos no podemos decirlo -contest&#243; Hansen-. Y lamento que suene a pel&#237;cula mala, pero en principio somos nosotros quienes hacemos las preguntas.

Aimee se encogi&#243; de hombros.

Adelante, pregunte. Pero antes me gustar&#237;a llamar a un m&#233;dico. Quiero que se fotograf&#237;en las magulladuras en el costado de mi cliente. Ustedes mismos ver&#225;n que presenta las marcas de lo que parece el impacto de un pu&#241;o. Un m&#233;dico podr&#225; decir lo recientes que son. Tambi&#233;n ha perdido recientemente piel en los labios cuando le arrancaron la cinta adhesiva pegada a su boca. Queremos que se fotograf&#237;en igualmente esas lesiones. Me gustar&#237;a asimismo que se le tomen a mi cliente muestras de sangre y orina para confirmar la presencia en el organismo de niveles de triclorometano por encima de la media.

Lanz&#243; estas peticiones como balas. Conlough pareci&#243; recibir el pleno impacto de todas ellas.

Triclo &#191;qu&#233;? -pregunt&#243;, pidiendo ayuda a Hansen con la mirada.

Cloroformo -aclar&#243; Hansen sin inmutarse-. Podr&#237;a haber dicho simplemente cloroformo -a&#241;adi&#243; dirigi&#233;ndose a Aimee.

Podr&#237;a, pero no les habr&#237;a impresionado ni la mitad. Esperaremos a que llegue el m&#233;dico, y luego podr&#225;n empezar con sus preguntas.

Los dos inspectores salieron sin decir nada m&#225;s. Despu&#233;s de una hora, durante la cual Aimee y yo permanecimos en silencio, lleg&#243; un m&#233;dico del Centro M&#233;dico Maine de Scarborough. Me acompa&#241;&#243; al lavabo de caballeros, y all&#237; le proporcion&#233; una muestra de orina y me extrajo un poco de sangre del brazo. Cuando termin&#243;, examin&#243; la magulladura del costado. Aimee entr&#243; con una c&#225;mara digital y me fotografi&#243; los hematomas y los cortes en los labios. Despu&#233;s nos acompa&#241;aron otra vez a la sala de interrogatorios, donde Conlough y Hansen nos esperaban ya.

Repasamos las preguntas anteriores. Cada vez, antes de abrir la boca, yo aguardaba la se&#241;a de Aimee para indicarme que pod&#237;a contestar sin riesgo. En cambio, cuando plantearon el tema de la munici&#243;n, levant&#243; el bol&#237;grafo.

Mi cliente les ha dicho ya que el se&#241;or Merrick le rob&#243; el arma.

Queremos asegurarnos de que la munici&#243;n coincide -explic&#243; Hansen.

&#191;Ah, s&#237;? -pregunt&#243; Aimee, y ah&#237; estaba otra vez, ese escepticismo edulcorado, como un lim&#243;n ba&#241;ado en az&#250;car extrafino-. &#191;Por qu&#233;?

Hansen no contest&#243;. Tampoco Conlough.

No tienen la pistola, &#191;verdad, inspectores? -dijo Aimee-. Tampoco tienen testigo. Lo &#250;nico que tienen, deduzco, es un casquillo y probablemente la propia bala. &#191;Me equivoco?

Hansen la mir&#243; de hito en hito intentando obligarla a bajar los ojos, pero al final desisti&#243;. Conlough se contemplaba las u&#241;as.

&#191;Me equivoco? -repiti&#243; Aimee.

Hansen asinti&#243; con la cabeza. Parec&#237;a un colegial escarmentado.

Como yo ya supon&#237;a, Merrick hab&#237;a cuidado los detalles. Hab&#237;a dejado en el lugar de los hechos la misma clase de pruebas con las que en otro tiempo intentaron condenarlo. Ahora ning&#250;n tribunal dictar&#237;a sentencia bas&#225;ndose s&#243;lo en eso; aun as&#237;, Merrick hab&#237;a conseguido enturbiar las aguas.

Podemos conseguir una orden -dijo Hansen.

H&#225;galo -replic&#243; Aimee.

No.

Aimee me fulmin&#243; con la mirada. Hansen y Conlough alzaron la vista.

No necesitan una orden.

Pero &#191;qu&#233; pretende? -empez&#243; a decir Aimee, pero la interrump&#237; apoyando la mano en su brazo.

Entregar&#233; la munici&#243;n. Comprobar&#225;n que coinciden. Me cogi&#243; la pistola y mat&#243; a Demarcian con ella. Luego dej&#243; el casquillo e hizo la llamada para que ustedes viniesen a llamar a mi puerta. Es lo que &#233;l entiende por una broma. Merrick estuvo a punto de ser juzgado por asesinato en Virginia sin m&#225;s prueba que una coincidencia bal&#237;stica, pero el caso se vino abajo cuando el FBI empez&#243; a dar se&#241;ales de p&#225;nico por la dudosa fiabilidad de los an&#225;lisis. Incluso sin eso, probablemente el caso habr&#237;a sido insostenible. Merrick lo hizo para crearme problemas, as&#237; de sencillo.

&#191;Y eso por qu&#233;? -pregunt&#243; Conlough.

Ya conoce la respuesta. Usted mismo lo interrog&#243; en esta sala. Su hija desapareci&#243; cuando &#233;l estaba en la c&#225;rcel. Quiere averiguar qu&#233; le pas&#243;. Pens&#243; que yo me interpon&#237;a en su camino.

&#191;Por qu&#233; no lo mat&#243; sin m&#225;s? -pregunt&#243; Hansen. Daba la impresi&#243;n de que, en tal caso, hubiese perdonado el impulso de Merrick.

No habr&#237;a estado bien desde su punto de vista. Tiene una especie de sistema de valores.

Pero esos valores no le impidieron meterle una bala en la cabeza a Ricky Demarcian, en el supuesto de que est&#233; usted diciendo la verdad -dijo Hansen.

&#191;Qu&#233; inter&#233;s iba a tener yo en matar a Demarcian? -pregunt&#233;-. Hasta esta ma&#241;ana ni siquiera sab&#237;a qui&#233;n era.

Conlough y Hansen volvieron a cruzar una mirada. Al cabo de unos segundos, Hansen dej&#243; escapar un profundo suspiro e hizo un gesto con la mano derecha, indicando adelante. Parec&#237;a a punto de rendirse. Su anterior aplomo se evaporaba. Las magulladuras, los an&#225;lisis para confirmar la presencia del cloroformo en la sangre, todo lo hab&#237;a hecho tambalearse. Adem&#225;s, en el fondo sab&#237;a que yo dec&#237;a la verdad. Sencillamente prefer&#237;a no creerlo. Encerrarme le habr&#237;a procurado cierto placer. Yo ofend&#237;a su sentido del orden. Aun as&#237;, por mucha antipat&#237;a que yo le despertara, era lo bastante rigorista como para no ama&#241;ar las pruebas, y m&#225;s pensando que al final el caso le estallar&#237;a en la cara tan pronto como lo presentara ante un juez.

La caravana de Demarcian estaba abarrotada de equipo inform&#225;tico -dijo Conlough-. Sospechamos que ten&#237;a relaci&#243;n con el crimen organizado de Boston. Por lo visto, elaboraba las p&#225;ginas web de ciertos servicios de acompa&#241;antes.

&#191;Para los italianos?

Conlough neg&#243; con la cabeza.

Para los rusos.

No es buena gente.

No. Por lo que ha llegado a nuestros o&#237;dos, las p&#225;ginas no s&#243;lo inclu&#237;an acompa&#241;antes adultos.

&#191;Tambi&#233;n ni&#241;os?

Conlough volvi&#243; a mirar a Hansen, pero Hansen se hab&#237;a refugiado tras un deliberado silencio.

Como he dicho, son habladur&#237;as, pero no hab&#237;a ninguna prueba. Sin pruebas no pod&#237;amos conseguir una orden. Ya est&#225;bamos en ello, intentando acceder a la lista de Demarcian, pero era un proceso lento.

Pues, por lo visto, ya se ha resuelto el problema -observ&#233;.

&#191;Seguro que nunca ha o&#237;do hablar de Demarcian, Parker? -pregunt&#243; Hansen-. Parec&#237;a la clase de individuo a quien usted podr&#237;a pegarle un tiro en la cabeza sin mayor problema.

&#191;Qu&#233; quiere decir con eso? -repuse.

No ser&#237;a la primera vez que esa pistola suya le abre un agujero a alguien. Es posible que, en su opini&#243;n, Demarcian se lo mereciese.

Por debajo de la mesa sent&#237; el ligero contacto de la mano de Aimee en la pierna advirti&#233;ndome que no me dejara arrastrar por Hansen.

Si quiere acusarme de algo, adelante -dije-. De lo contrario, no hace m&#225;s que gastar saliva. -Dirig&#237; la atenci&#243;n a Conlough-. &#191;El balazo era la &#250;nica herida que presentaba Demarcian?

Conlough no contest&#243;. No pod&#237;a, supuse, sin revelar las pocas pruebas que a&#250;n ten&#237;an contra m&#237;. Segu&#237; adelante.

Si Merrick lo tortur&#243;, podr&#237;a ser que Demarcian, antes de morir, le dijese algo que pudiera serle de utilidad.

&#191;Y qu&#233; pod&#237;a saber Demarcian? -pregunt&#243; Conlough.

El tono del intercambio hab&#237;a cambiado. Quiz&#225; Conlough dudaba ya desde el principio de mi implicaci&#243;n, pero ahora hab&#237;amos pasado de un interrogatorio a una situaci&#243;n en la que dos hombres pensaban en voz alta. Por desgracia, Hansen no vio con buenos ojos el nuevo rumbo. Mascull&#243; algo parecido a Gilipolleces. Pese a que en apariencia Hansen estaba al mando, Conlough le lanz&#243; una mirada de advertencia, pero las ascuas del fuego desatado dentro de Hansen a&#250;n ard&#237;an y &#233;l no estaba dispuesto a apagarlo a menos que no le quedara m&#225;s remedio. Hizo un &#250;ltimo intento.

Son gilipolleces -repiti&#243;-. Es su pistola. Es su coche el que el testigo vio abandonar el lugar de los hechos. Es su dedo

&#161;Eh! -lo interrumpi&#243; Conlough. Se puso en pie y se dirigi&#243; hacia la puerta indicando a Hansen que lo acompa&#241;ara. Hansen ech&#243; atr&#225;s la silla y sali&#243;. La puerta se cerr&#243;.

&#191;No es admirador suyo? -pregunt&#243; Aimee.

En realidad lo he conocido hoy. En general, la polic&#237;a del estado no me aprecia mucho, pero &#233;ste tiene un agravio permanente.

Puede que deba subir mis honorarios. Por lo visto no le cae bien a nadie.

Gajes del oficio. &#191;C&#243;mo vamos?

Bien, creo, al margen de su incapacidad para mantener la boca cerrada. Supongamos que Merrick mat&#243; a Demarcian con su pistola. Supongamos que hizo &#233;l la llamada notificando la presencia de su coche. S&#243;lo tienen la prueba bal&#237;stica, y ninguna relaci&#243;n directa con usted aparte de la caja de munici&#243;n. No basta con eso para acusarle de nada, no hasta que establezcan la coincidencia bal&#237;stica o encuentren una huella en el casquillo. Aun as&#237;, no me imagino que el fiscal d&#233; el visto bueno a menos que la polic&#237;a presente m&#225;s pruebas relacion&#225;ndolo a usted con el lugar de los hechos. No les ser&#225; dif&#237;cil conseguir una orden para registrar su casa en busca de la caja de munici&#243;n, as&#237; que puede que haya hecho bien entreg&#225;ndola. Si las cosas se tuercen, podr&#237;a sernos &#250;til ante el juez que haya cooperado desde el principio. Aunque si tienen la pistola, podr&#237;amos vernos en serias dificultades.

&#191;Por qu&#233; iba a dejar yo mi pistola en el lugar del crimen?

Ya sabe que ellos no piensan lo mismo. Si eso basta para retenerlo, lo usar&#225;n. Esperaremos a ver qu&#233; pasa. Si tienen el arma, no tardar&#225;n en esgrimirla. Pero viendo lo bien que se entiende con el inspector Conlough, me inclino a pensar que la pistola se fue con Merrick.

Golpete&#243; la mesa con el bol&#237;grafo-. Seg&#250;n parece, a Conlough tampoco le cae muy bien Hansen.

Conlough est&#225; bien, pero sospecho que tambi&#233;n &#233;l me cree muy capaz de matar a alguien como Demarcian. S&#243;lo que piensa que, si lo hubiera matado yo, habr&#237;a borrado mejor mi rastro.

Y tal vez habr&#237;a esperado a que &#233;l tuviera una pistola en la mano -a&#241;adi&#243; Aimee-. Dios m&#237;o, esto es como el Salvaje Oeste.

Pasaron los minutos. Quince. Veinte. Treinta.

Aimee mir&#243; el reloj.

&#191;Qu&#233; estar&#225;n haciendo ah&#237; fuera?

Se dispon&#237;a a levantarse para averiguar qu&#233; pasaba cuando o&#237; un ruido peculiar y a la vez conocido. Era el ladrido de un perro. Se parec&#237;a mucho a Walter.

Creo que es mi perro -dije.

&#191;Han tra&#237;do a su perro? &#191;Como qu&#233;? &#191;Como testigo?

Se abri&#243; la puerta de la sala de interrogatorios y entr&#243; Conlough. Casi parec&#237;a aliviado.

Puede marcharse -anunci&#243;-. Tendremos que hacer una declaraci&#243;n, pero por lo dem&#225;s est&#225; en libertad.

Aimee intent&#243; en vano disimular su sorpresa. Seguimos a Conlough afuera. Bob y Shirley Johnson estaban en la recepci&#243;n, Bob de pie, sujetando a Walter por la correa, Shirley sentada en una dura silla de pl&#225;stico, con su andador de ruedas al lado.

Se ve que la anciana no duerme bien -coment&#243; Conlough-. Le gusta sentarse junto a la ventana cuando le duelen las articulaciones. Vio a su hombre salir de la casa a las tres de la madrugada y regresar a las cinco. Ha firmado una declaraci&#243;n jurada en la que sostiene que su coche no sali&#243; del garaje y que usted se qued&#243; en la casa. La franja entre tres y cinco de la madrugada coincide con la hora de la muerte de Demarcian. -Esboz&#243; una l&#250;gubre sonrisa-. Hansen est&#225; que trina. Le gustaba la idea de endilgarle el asesinato a usted. -De pronto se desvaneci&#243; su sonrisa-. Aunque no hace falta que se lo recuerde, lo har&#233; de todos modos. Merrick tiene su arma. Mat&#243; a Demarcian con ella. Yo que usted intentar&#237;a recuperarla antes de que la use otra vez. Entretanto, deber&#237;a aprender a cuidar un poco m&#225;s sus objetos personales.

Se dio media vuelta. Me acerqu&#233; a los Johnson para darles las gracias. Como era de prever, Walter se puso como loco. Poco despu&#233;s, con mi declaraci&#243;n firmada como es debido, me permitieron marcharme. Aimee Price me llev&#243; a casa. Los Johnson nos hab&#237;an precedido con Walter, b&#225;sicamente porque Aimee se neg&#243; a dejarlo subir en su coche.

&#191;Ha sabido algo sobre el traslado de Andy Kellog? -pregunt&#233;.

Estoy haciendo todo lo posible para que me den audiencia dentro de uno o dos d&#237;as.

&#191;Le ha preguntado por el tatuaje?

Dijo que no llevaba fechas, ni n&#250;meros. Era s&#243;lo una cabeza de &#225;guila.

Maldije en silencio. Eso significaba que el contacto de Ronald Straydeer no servir&#237;a de nada. Otra l&#237;nea de investigaci&#243;n hab&#237;a quedado en nada.

&#191;C&#243;mo est&#225; Andy?

Se recupera. A&#250;n tiene la nariz hecha un cromo.

&#191;Y la cabeza?

Ha estado hablando de usted y de Merrick.

&#191;Ha dicho algo interesante?

Cree que Merrick va a matarlo.

En fin, no iba muy desencaminado, pero Merrick ha tenido su oportunidad. No la ha aprovechado.

Eso no quiere decir que no vuelva a intentarlo. No entiendo por qu&#233; tiene tanto inter&#233;s en apartarlo de esto.

Es un vengador. No quiere que nadie lo prive de la posibilidad de resarcirse.

&#191;Cree que su hija ha muerto?

S&#237;. No quiere reconocerlo, pero sabe que es la verdad.

&#191;Y usted cree que ha muerto?

S&#237;.

&#191;Y ahora qu&#233; piensa hacer?

Tengo que visitar a otro abogado, y luego me ir&#233; a Jackman.

Dos abogados en un d&#237;a. Debe de estar abland&#225;ndose.

Estoy vacunado. No deber&#237;a pasarme nada.

Resopl&#243;, pero no contest&#243;.

Gracias por venir hasta aqu&#237; -dije-. Se lo agradezco.

Pienso mandarle la minuta. No ha sido una obra de caridad.

Nos detuvimos delante de casa. Sal&#237; del coche y volv&#237; a darle las gracias a Aimee.

Recu&#233;rdelo -dijo-. Soy abogada, no m&#233;dico. Si vuelve a enzarzarse con Merrick, mis servicios no le servir&#225;n de gran cosa.

Si vuelvo a enzarzarme con Merrick, uno de los dos no necesitar&#225; m&#233;dico ni abogado. No habr&#225; ayuda posible para &#233;l.

Neg&#243; con la cabeza.

He ah&#237; otra vez el Salvaje Oeste. Cu&#237;dese. Por lo que veo, si no se cuida usted, no lo har&#225; nadie.

Se march&#243;. Fui a casa de los Johnson y me tom&#233; una taza de caf&#233; con ellos. Walter tendr&#237;a que seguir all&#237; unos d&#237;as m&#225;s. No les importaba. Creo que tampoco le importaba a Walter. Lo alimentaban mejor que yo. Incluso lo alimentaban mejor de lo que me alimentaba yo mismo. Luego me march&#233; a casa, me duch&#233; para quitarme el olor y la sensaci&#243;n de la sala de interrogatorios y me puse una camisa y una chaqueta. Conlough ten&#237;a raz&#243;n. Deb&#237;a encontrar a Merrick antes de que usara de nuevo la Smith 10. Adem&#225;s, sab&#237;a por d&#243;nde empezar. Hab&#237;a un abogado en Massachusetts que ten&#237;a que responder a algunas preguntas. Hasta entonces hab&#237;a eludido un segundo encuentro con &#233;l, pero ya no me quedaba m&#225;s remedio. Mientras me vest&#237;a, me pregunt&#233; por qu&#233; hab&#237;a retrasado esa conversaci&#243;n con Eldritch. En parte era porque no me parec&#237;a de gran ayuda a menos que hubiera algo m&#225;s en juego, y con el asesinato de Demarcian a manos de Merrick esa circunstancia desde luego ya se daba. Pero tambi&#233;n era consciente de que exist&#237;a otra raz&#243;n para mi reticencia: su cliente. Pese a que el sentido com&#250;n, y tambi&#233;n el instinto, me empujaban en direcci&#243;n contraria, estaba dej&#225;ndome arrastrar inexorablemente hacia el mundo del Coleccionista.



Cuarta parte


En la oscura noche

me adentro con resignaci&#243;n.

No temo tanto la oscuridad de la noche

como a los amigos que no conozco,

no me da miedo la noche all&#225; arriba

como me dan miedo los amigos de abajo.

Stevie Smith, Canto f&#250;nebre





26

Telefone&#233; mientras me guardaba un cargador de alta velocidad para la 9 mil&#237;metros en el bolsillo de la chaqueta. El timbre son&#243; dos veces y Louis atendi&#243;. &#193;ngel y &#233;l hab&#237;an llegado al escondite del Coleccionista menos de una hora despu&#233;s de la llamada de Bob Johnson al hotel y hab&#237;an dejado un mensaje en mi m&#243;vil inform&#225;ndome de que estaban, en palabras de &#193;ngel, en el campo.

As&#237; que te han echado a patadas de la trena -dijo Louis.

S&#237;, ha sido espectacular. Explosiones, ca&#241;onazos, toda la pesca. Ten&#237;as que haber estado all&#237;.

Cualquier cosa es mejor que esto.

Estaba de mal humor. Sol&#237;a ocurrirle cuando pasaba mucho tiempo con su pareja en un espacio cerrado. La vida dom&#233;stica de esa pareja deb&#237;a de ser algo digno de verse.

Eso lo dices ahora. Antes de que esto acabe, seguro que recuerdas con a&#241;oranza el rato que pasaste en el coche. &#191;Hab&#233;is encontrado algo?

No hemos encontrado nada porque no hay nada que encontrar. La casa est&#225; vac&#237;a. Lo hemos comprobado antes de empezar a pelarnos de fr&#237;o aqu&#237; fuera. No ha cambiado nada desde entonces. Seguimos pel&#225;ndonos de fr&#237;o. Todo segu&#237;a igual que la otra vez, salvo por una peque&#241;a diferencia: el armario del s&#243;tano est&#225; vac&#237;o. Por lo que se ve, el bicho raro se ha llevado la colecci&#243;n.

El Coleccionista sab&#237;a que alguien hab&#237;a estado en su casa; a su manera, hab&#237;a descubierto la intrusi&#243;n.

Dejadlo estar -dije-. Si Merrick no ha vuelto, ya no volver&#225;.

&#201;sa era, para empezar, una posibilidad remota. Merrick sab&#237;a que el primer sitio donde lo buscar&#237;amos ser&#237;a la casa. En lugar de ir all&#237; se hab&#237;a escondido. Le dije a Louis que le pidiera a &#193;ngel que lo dejara en Augusta, donde deb&#237;a alquilar un coche y volver a Scarborough.

&#193;ngel ir&#237;a hacia el norte, a Jackman, para ver qu&#233; averiguaba all&#237;, as&#237; como para estar atento por si aparec&#237;a Merrick, porque no me cab&#237;a duda de que Merrick, tarde o temprano, ir&#237;a a Jackman, y de all&#237; a Galaad.

&#191;C&#243;mo es que &#233;l va a Jackman y yo tengo que quedarme aqu&#237; contigo? -pregunt&#243; Louis.

&#191;Sabes qu&#233; pasa cuando tiras un trozo de carb&#243;n en la nieve? -dije.

S&#237;.

Pues por eso no vas a Jackman.

Eres un racista que a&#250;n no ha salido del armario, t&#237;o.

&#191;Sabes una cosa? A veces casi me olvido de que eres negro.

&#191;Ah, s&#237;? Pues yo nunca me olvido de que eres blanco. Te he visto bailar.

Dicho esto, colg&#243;.

A continuaci&#243;n telefone&#233; a Rebecca Clay para informarla de que Merrick campaba por sus respetos. La noticia no le sent&#243; bien, pero accedi&#243; a tener a Jackie otra vez tras sus pasos, con los Fulci a la zaga. Aun cuando se hubiera negado, yo la habr&#237;a presionado para que cediese.

Poco despu&#233;s de hablar con Rebecca recib&#237; una llamada inesperada. Joel Harmon estaba al otro lado de la l&#237;nea: no su secretaria, ni Todd, el ch&#243;fer que sab&#237;a empu&#241;ar una pistola, sino &#233;l en persona.

Esta ma&#241;ana a primera hora alguien ha entrado por la fuerza en mi casa -dijo-. Yo he pasado la noche en Bangor, as&#237; que no estaba all&#237; cuando ha sucedido. Todd ha descubierto la ventana rota esta ma&#241;ana.

&#191;Por qu&#233; me lo cuenta, se&#241;or Harmon? -pregunt&#233;. Yo no estaba en la n&#243;mina de Joel Harmon, y a&#250;n me dol&#237;a la cabeza por efecto del cloroformo.

Me han dejado el despacho patas arriba. Todav&#237;a no s&#233; si se han llevado algo. Pero he pensado que quiz&#225; le interese saber que han destrozado las pinturas de Daniel Clay. No han causado da&#241;os en nada m&#225;s, y los otros cuadros est&#225;n intactos, pero han rajado el paisaje de Galaad.

&#191;No tiene alarma?

Est&#225; conectada al tel&#233;fono. Han cortado la l&#237;nea.

&#191;Y no hab&#237;a nadie en casa?

S&#243;lo mi mujer. -Se produjo un silencio-. Dorm&#237;a y no se ha enterado.

Eso s&#237; que es un sue&#241;o profundo, se&#241;or Harmon.

No se pase de listo. Ya la ha conocido. No hace falta que le diga que va empastillada hasta las cejas. No la despertar&#237;a ni el apocalipsis.

&#191;Alg&#250;n indicio de qui&#233;n podr&#237;a haber sido?

Habla usted como un puto abogado, &#191;sabe? -exclam&#243;. Casi o&#237; el salivazo contra el auricular-. &#161;Claro que s&#233; qui&#233;n ha sido! Ha cortado la l&#237;nea del tel&#233;fono, pero una de las c&#225;maras de seguridad de la finca lo ha captado. Ha venido la polic&#237;a de Scarborough y lo ha identificado: es Frank Merrick. El mismo individuo que ha estado aterrorizando a Rebecca Clay, &#191;no? Me he enterado de que es sospechoso de haberle volado los sesos a un pervertido en un camping de caravanas poco antes de entrar en la casa donde dorm&#237;a mi mujer. &#191;Qu&#233; demonios quiere de m&#237;?

Usted era amigo de Daniel Clay. Lo busca a &#233;l. Quiz&#225;s ha llegado a la conclusi&#243;n de que usted sabe d&#243;nde est&#225;.

Si supiera d&#243;nde est&#225;, ya se lo habr&#237;a dicho a alguien hace mucho tiempo. La pregunta es: &#191;c&#243;mo ha llegado hasta m&#237;?

A m&#237; me result&#243; muy f&#225;cil descubrir su relaci&#243;n con Clay. Por tanto, a Merrick no ten&#237;a por qu&#233; costarle m&#225;s.

Ya. Y entonces, &#191;c&#243;mo es que la noche que vino usted a verme se vio el coche de Merrick cerca de mi casa? &#191;Sabe qu&#233; creo, pedazo de imb&#233;cil? Creo que lo sigui&#243; a usted. Usted lo trajo hasta mi puerta. Usted ha puesto a mi familia en peligro, y todo por un hombre que muri&#243; hace mucho tiempo. &#161;Gilipollas!

Colgu&#233;. Probablemente Harmon ten&#237;a raz&#243;n, pero no me apetec&#237;a o&#237;rlo. Ya llevaba una carga lo bastante pesada y demasiadas cosas en la cabeza como para encima preocuparme por su cuadro o su ira hacia m&#237;. Al menos los da&#241;os causados confirmaban mi sospecha de que Galaad era el destino final de Merrick. Me sent&#237;a como si me hubiera pasado una semana caminando por el barro, y lament&#233; el d&#237;a en que Rebecca Clay me telefone&#243;. Ya ni siquiera sab&#237;a con seguridad qu&#233; buscaba. Rebecca me hab&#237;a contratado para librarla de Merrick, y ahora &#233;ste vagaba enloquecido por ah&#237;. Ricky Demarcian hab&#237;a muerto, y el disparo realizado con mi pistola me convert&#237;a en culpable de asesinato. Seg&#250;n la polic&#237;a, Demarcian ten&#237;a lazos con una red de pornograf&#237;a infantil, posiblemente incluso con el suministro de mujeres y ni&#241;os a los clientes. Alguien se lo hab&#237;a puesto en bandeja a Merrick, el cual puede que lo hubiera matado en un arrebato de rabia y encontrado as&#237;, en el asesinato de Demarcian, un desahogo conveniente a parte de su ira hacia el responsable de lo sucedido a su hija, o puede que tal vez hubiera averiguado algo a trav&#233;s de Demarcian antes de su muerte. En tal caso, significaba que Demarcian tambi&#233;n era una pieza del rompecabezas, vinculada a Clay y Galaad y a los agresores sexuales con cara de p&#225;jaro; pero el hombre con el tatuaje del &#225;guila, el &#250;nico medio seguro para identificar a los autores de los abusos sufridos por Andy y, al parecer, por Lucy Merrick, segu&#237;a escabull&#233;ndose. Yo ya no pod&#237;a hablar con m&#225;s v&#237;ctimas porque estaban al amparo del secreto profesional, o por el simple hecho de que nadie sab&#237;a qui&#233;nes eran. Y segu&#237;a sin acercarme a la verdad sobre la desaparici&#243;n de Daniel Clay, o el alcance de su implicaci&#243;n en los abusos de los que hab&#237;an sido v&#237;ctimas sus pacientes, pero en cualquier caso nadie me lo hab&#237;a pedido. Nunca me hab&#237;a sentido tan frustrado, ni tan desorientado en cuanto a c&#243;mo proceder.

As&#237; que decid&#237; meter la cabeza en la boca del le&#243;n. Hice una llamada y anunci&#233; a la mujer al otro lado de la l&#237;nea que me dirig&#237;a hacia all&#237; para ver a su jefe. No contest&#243;, pero daba igual. El Coleccionista no tardar&#237;a en enterarse.


Cuando me present&#233; en el bufete de Eldritch y Asociados, el papel viejo a&#250;n llegaba a la altura de las rodillas y los asociados segu&#237;an brillando por su ausencia. Tambi&#233;n brillaba por su ausencia el propio Eldritch.

No est&#225; -dijo la secretaria. Como en la ocasi&#243;n anterior, el pelo le abultaba mucho y lo ten&#237;a muy negro, pero esta vez luc&#237;a una blusa de color azul marino con cuello blanco de volantes. Un enorme crucifijo de plata pend&#237;a de una cadena en torno a su cuello. Parec&#237;a un p&#225;rroco especializado en bodas baratas para lesbianas-. Si no hubiese colgado tan deprisa, le habr&#237;a dicho que era una p&#233;rdida de tiempo venir hasta aqu&#237;.

&#191;Cu&#225;ndo prev&#233; que vuelva?

Cuando &#233;l decida volver. Soy su secretaria, no su guardiana.

Meti&#243; una hoja en la vieja m&#225;quina de escribir y empez&#243; a mecanografiar una carta con el cigarrillo en la  los labios. Hab&#237;a perfeccionado el arte de fumar de tal forma que s&#243;lo lo tocaba cuando no quedaba m&#225;s remedio, para impedir que la ceniza suspendida de la punta se desprendiera y la mandara a reunirse con su hacedor en medio de un infierno de papel en llamas, en el supuesto de que su hacedor estuviese dispuesto a reclamarla.

Tal vez pueda usted llamarlo y decirle que estoy aqu&#237; -suger&#237; despu&#233;s de un par de minutos de inc&#243;modo silencio.

No usa m&#243;vil. No le gustan. Dice que dan c&#225;ncer. -Me mir&#243; con los ojos entrecerrados-. &#191;Usted usa m&#243;vil?

S&#237;.

Estupendo.

Sigui&#243; mecanografiando.

Contempl&#233; las paredes y el techo manchados de nicotina.

Un lugar de trabajo seguro es un lugar de trabajo feliz. Puedo esperarlo.

No, aqu&#237; no puede. Cerramos para ir a comer.

Es un poco temprano para comer.

Ha sido un d&#237;a muy ajetreado.

Acab&#243; de escribir a m&#225;quina y retir&#243; con cuidado la carta. La dej&#243; en una bandeja de alambre sobre una pila de documentos similares, ninguno de los cuales parec&#237;a tener muchas probabilidades de ser enviado. En la base de la pila, algunos ya amarilleaban.

&#191;Se deshacen alguna vez de parte de estos papeles? -pregunt&#233; se&#241;alando los montones de hojas y carpetas polvorientas.

A veces la gente se muere -contest&#243;-. Entonces trasladamos sus expedientes a un almac&#233;n.

Podr&#237;an morir y ser enterrados bajo el papel sin m&#225;s.

Se puso en pie y rescat&#243; de un ruinoso perchero un insulso abrigo de color verde oliva.

Ahora tiene que irse -dijo-. Es usted demasiado gracioso para m&#237;.

Volver&#233; despu&#233;s de comer.

S&#237;, eso.

&#191;Tiene idea de cu&#225;ndo ser&#225;?

No. Podr&#237;a ser una comida larga.

Estar&#233; esperando cuando regrese.

Aj&#225;. No te me aceleres, coraz&#243;n.

Abri&#243; la puerta del despacho y esper&#243; a que yo saliera antes de cerrarla con una llave de lat&#243;n que llevaba en el bolso. Luego me sigui&#243; escaleras abajo y cerr&#243; con dos vueltas de llave la puerta principal antes de subir a un herrumbroso Cadillac marr&#243;n en el aparcamiento de Tulley. Yo hab&#237;a dejado el coche en la esquina. No parec&#237;a tener muchas opciones salvo comer algo por all&#237; con la esperanza de que Eldritch apareciera, o desistir y marcharme a casa. Aunque Eldritch se dejara ver, mi principal raz&#243;n para quedarme no era &#233;l, sino el hombre que pagaba sus honorarios. No pod&#237;a obligar a Eldritch a decirme nada m&#225;s sobre &#233;l. Bueno, s&#237;, pod&#237;a, pero me costaba imaginarme forcejeando con el viejo abogado para obligarlo a confesar lo que sab&#237;a. En el peor de los casos, lo ve&#237;a desintegrarse en fragmentos de polvo entre mis manos, manch&#225;ndome la chaqueta con sus restos.

Y entonces me lleg&#243;, arrastrado por el viento, un penetrante tufo a nicotina. Era un olor especialmente acre, cargado de venenos, y casi sent&#237; que las c&#233;lulas sensoriales de mi cuerpo amenazaban con iniciar una met&#225;stasis a modo de protesta. Me volv&#237;. El tugurio de la esquina, enfrente de Tulley, estaba abierto, o al menos todo lo abierto que pod&#237;a estar teniendo en cuenta las ventanas cubiertas de tela met&#225;lica y la puerta sin ventana, gastada y llena de marcas, con la parte inferior ennegrecida all&#237; donde hab&#237;an intentado prenderle fuego. Un cartel a la altura de los ojos informaba de que a todo aquel que aparentase menos de veinti&#250;n a&#241;os se le exigir&#237;a demostrar su edad mediante alg&#250;n documento. Alguien hab&#237;a modificado el 2 para que semejase un 1.

Delante hab&#237;a un hombre con el pelo oscuro alisado y peinado hacia atr&#225;s de tal forma que las puntas se juntaban en una masa de rizos grasientos y despeinados justo por debajo del cuello de la camisa. &#201;sta, en su d&#237;a blanca, era ahora amarillenta, y el cuello desabrochado mostraba en la cara interior manchas oscuras que jam&#225;s desaparecer&#237;an por m&#225;s que se lavase. El viejo abrigo negro ten&#237;a los bordes deshilachados, y las hebras sueltas oscilaban lentamente en la brisa como las patas de insectos moribundos. Llevaba los pantalones muy largos y arrastraba por el suelo los dobladillos, que casi ocultaban por completo los zapatos de suela gruesa. Los dedos con que aferraba el cigarrillo presentaban un intenso color amarillo en las yemas. Ten&#237;a las u&#241;as largas y melladas, con mugre incrustada debajo.

El Coleccionista aspir&#243; una &#250;ltima calada y lanz&#243; limpiamente la colilla a una boca del alcantarillado. Retuvo el humo, como si le exprimiera hasta la &#250;ltima gota de nicotina, y luego lo expuls&#243; en espiral por la nariz y las comisuras de los labios de tal modo que parec&#237;a arder por dentro. Me mir&#243; en silencio a trav&#233;s del humo, abri&#243; la puerta del bar y, tras dirigirme una &#250;ltima mirada, desapareci&#243; dentro.

Al cabo de un momento lo segu&#237;.



27

El interior del bar no estaba ni la mitad de mal de lo que induc&#237;a a pensar la fachada. Ahora bien, tras verlo por fuera uno esperaba encontrar dentro a ni&#241;os de doce a&#241;os en estado de embriaguez y pir&#243;manos frustrados, as&#237; que no hac&#237;a falta mucho para mejorar tales expectativas. Estaba a oscuras, iluminado s&#243;lo por una serie de l&#225;mparas parpadeantes en las paredes, ya que las ventanas que daban a la calle quedaban cubiertas por tupidas cortinas rojas. A la derecha, el camarero, con una camisa asombrosamente blanca, se paseaba detr&#225;s de la larga barra. Tres o cuatro de los taburetes estaban ocupados por el habitual surtido de borrachines diurnos que, al abrirse la puerta, pesta&#241;earon indignados ante el molesto haz de luz. La barra presentaba una decoraci&#243;n recargada de un modo extra&#241;o y detr&#225;s, reflejando las hileras de botellas, se extend&#237;an espejos desazogados que anunciaban marcas de whisky y cerveza desaparecidas hac&#237;a mucho tiempo. El suelo era de tablas de madera, gastadas por d&#233;cadas de trasiego y quemadas aqu&#237; y all&#225; a causa de las colillas tiradas por fumadores ya muertos, pero estaba limpio y, al parecer, reci&#233;n barnizado. El lat&#243;n de los taburetes, el reposapi&#233;s de la barra, los colgadores para los abrigos, todo resplandec&#237;a, y las mesas, sin una mota de polvo, ten&#237;an posavasos nuevos. Era como si la fachada se hubiese dise&#241;ado deliberadamente para ahuyentar a clientes de paso, al mismo tiempo que dentro conservaba cierto grado de sofisticaci&#243;n, vestigio de un noble pasado.

Varios reservados se suced&#237;an en la pared de la izquierda, y entre &#233;stos y la barra hab&#237;a dispersas mesas redondas y sillas viejas. En tres de los reservados, grupos de oficinistas com&#237;an ensaladas y s&#225;ndwiches club con muy buena pinta. Entre los clientes de la barra y el resto parec&#237;a existir una l&#237;nea divisoria t&#225;cita, donde las mesas circulares y las sillas representaban una especie de tierra de nadie que bien podr&#237;a haber estado salpicada de trampas antitanque y alambre de espino.

Delante de m&#237;, el Coleccionista se abr&#237;a paso con cuidado hacia un reservado al fondo del bar. De la cocina sali&#243; una camarera con una enorme bandeja de comida en equilibrio sobre el hombro izquierdo. Si bien no mir&#243; al Coleccionista, lo eludi&#243; con un amplio rodeo hacia la izquierda que la llev&#243; a describir una trayectoria triangular, aproxim&#225;ndose primero a la barra y encamin&#225;ndose luego hacia el reservado m&#225;s cercano a la puerta. De hecho, nadie en el local lo mir&#243; siquiera mientras iba de un extremo a otro, y aunque yo no alcanzaba a explic&#225;rmelo, si alguien me hubiera preguntado, habr&#237;a dicho que todas aquellas personas hac&#237;an como si no lo vieran de manera inconsciente. Algo en ellas percib&#237;a su presencia; al fin y al cabo, ten&#237;a una copa ante &#233;l en el reservado y alguien deb&#237;a de hab&#233;rsela servido. Su dinero acabar&#237;a en la caja registradora. Un tenue olor a nicotina permanecer&#237;a en el reservado durante un rato incluso despu&#233;s de marcharse &#233;l. Sin embargo, sospechaba que un minuto despu&#233;s de irse, si yo preguntaba por &#233;l, todos los presentes en el bar tendr&#237;an dificultades para recordarlo. La parte de su cerebro que hab&#237;a percibido su presencia tambi&#233;n habr&#237;a registrado como amenaza incluso el mero recuerdo de &#233;l -no, no como amenaza, sino como una especie de contaminante del alma- y se habr&#237;a dispuesto r&#225;pida y eficazmente a borrar todo rastro suyo.

Sentado en el reservado, esper&#243; a que me acercara, y tuve que resistir el impulso de darme media vuelta y alejarme 'de &#233;l hacia la luz del sol. F&#233;tido. La palabra me subi&#243; a borbotones hasta la garganta como bilis. Casi sent&#237; c&#243;mo la articulaban mis labios. Criatura f&#233;tida.

Y cuando llegu&#233; al reservado, el Coleccionista pronunci&#243; esa misma palabra.

F&#233;tido -dijo. Pareci&#243; probarla, saborearla como un alimento desconocido, sin saber si le gustaba o no. Al final se toc&#243; la lengua manchada con los dedos amarillentos y se sac&#243; una brizna de tabaco, como si le hubiera dado forma a la palabra y decidido expulsarla. Detr&#225;s de &#233;l, un espejo reflejaba la calva de su coronilla. La ten&#237;a ligeramente achatada, lo que induc&#237;a a pensar que en un pasado remoto hab&#237;a recibido tal golpe que le hab&#237;an fracturado el cr&#225;neo. Me pregunt&#233; cu&#225;ndo habr&#237;a ocurrido; en la infancia, quiz&#225;, cuando el cr&#225;neo todav&#237;a era blando. Entonces intent&#233; imaginar a esa criatura de ni&#241;o y no pude.

Se&#241;al&#243; el asiento frente a &#233;l indic&#225;ndome que me sentara; a continuaci&#243;n levant&#243; la mano izquierda y dio unos tirones al aire con los dedos, como un pescador que prueba la resistencia del cebo en el extremo del sedal. Con este gesto llam&#243; a la camarera, y &#233;sta se acerc&#243; al reservado despacio y de mala gana, esforz&#225;ndose por esbozar una sonrisa pese a la aparente reticencia de los m&#250;sculos de su cara. No mir&#243; al Coleccionista. Procur&#243; mantener la vista fija en m&#237;, incluso volvi&#233;ndole un poco la espalda como para excluirlo de su visi&#243;n perif&#233;rica.

&#191;Qu&#233; desea? -pregunt&#243;. Arrug&#243; la nariz. Ten&#237;a las yemas de los dedos blancas por donde sujetaba el bol&#237;grafo. Mientras esperaba mi respuesta, desvi&#243; un poco la mirada y la cabeza hacia la derecha. La sonrisa, que pugnaba por seguir viva, empez&#243; a agonizar. El Coleccionista, con la mirada clavada en su nuca, sonri&#243;. Una expresi&#243;n ce&#241;uda surc&#243; la frente de la camarera. Se apart&#243; el pelo distra&#237;damente. El Coleccionista movi&#243; la boca emitiendo una palabra insonora. Yo la le&#237; en sus labios.

Puta.

La camarera tambi&#233;n movi&#243; los labios, formando la misma palabra: Puta. Despu&#233;s sacudi&#243; la cabeza intentando expulsar el insulto como a un insecto que se le hubiera introducido en la oreja.

No -dijo-. Esto

Caf&#233; -ped&#237; con voz un poco demasiado alta-. S&#243;lo un caf&#233;.

Mi voz la hizo volver a la realidad. Por un momento pareci&#243; a punto de continuar en protesta por lo que hab&#237;a o&#237;do, o cre&#237;a haber o&#237;do. Pero se trag&#243; la queja y los ojos se le empa&#241;aron por el esfuerzo.

Caf&#233; -repiti&#243;. Con mano temblorosa lo anot&#243; en su bloc. Parec&#237;a al borde del llanto-. Claro, enseguida lo traigo.

Pero yo sab&#237;a que no volver&#237;a. La vi acercarse a la barra y susurrar algo al camarero. Empez&#243; a desatarse el delantal y se encamin&#243; a la cocina. Deb&#237;a de haber un lavabo para el personal en la parte de atr&#225;s. Se quedar&#237;a all&#237;, imagin&#233;, hasta que cesaran las l&#225;grimas y los temblores, hasta que considerara que ya pod&#237;a salir. Quiz&#225;s intentara encender un cigarrillo, pero el olor le recordar&#237;a al hombre del reservado, el que estaba all&#237; y a la vez no estaba, presente y ausente, un hombre andrajoso que se esforzaba demasiado en pasar inadvertido.

Y cuando lleg&#243; a la puerta de la cocina, reuni&#243; fuerzas para volverse y mirar directamente al hombre del reservado, y en sus ojos, antes de perderse de vista, se advirti&#243; el brillo del miedo, de la ira y la verg&#252;enza.

&#191;Qu&#233; le ha hecho? -pregunt&#233;.

&#191;Hacerle? -Parec&#237;a sorprendido de verdad. Habl&#243; con una voz inusualmente aterciopelada-. No le he hecho nada. Es lo que es. Es una mujer de moral laxa. S&#243;lo se lo he recordado.

&#191;Y eso c&#243;mo lo sabe?

Tengo mis m&#233;todos.

Esa mujer no le ha hecho ning&#250;n da&#241;o.

El Coleccionista apret&#243; los labios en un gesto de desaprobaci&#243;n.

Me decepciona usted. Quiz&#225; su moral sea tan laxa como la de ella. Si esa mujer me ha hecho da&#241;o o no, es intrascendente. Es una puta, &#233;sa es la cuesti&#243;n, y ser&#225; juzgada como tal.

&#191;Por usted? No creo que sea el m&#225;s apto para juzgar a nadie.

No pretendo serlo. A diferencia de usted -a&#241;adi&#243; con un leve asomo de malevolencia-. No soy juez, sino que aplico la sentencia. No condeno, sino que ejecuto la pena.

Y guarda los recuerdos de sus v&#237;ctimas.

El Coleccionista extendi&#243; las manos ante m&#237;.

&#191;Qu&#233; v&#237;ctimas? Ens&#233;&#241;emelas. Exponga ante m&#237; sus huesos.

Aunque ya hab&#237;amos hablado antes, ese d&#237;a me fij&#233; por primera vez en el cuidado con que eleg&#237;a las palabras, y las extra&#241;as expresiones que intercalaba de cuando en cuando. Exponga ante m&#237; sus huesos. Ten&#237;a un dejo extranjero, pero era imposible identificarlo. Su acento parec&#237;a provenir de cualquier parte y de ninguna, igual que &#233;l.

Cerr&#243; los pu&#241;os. S&#243;lo mantuvo extendido el dedo &#237;ndice.

Pero usted, lo ol&#237; en mi casa. Not&#233; d&#243;nde se hab&#237;an detenido, usted y los que lo acompa&#241;aron.

Busc&#225;bamos a Merrick. -Dio la impresi&#243;n de que con mi respuesta intentaba justificar la intrusi&#243;n. Quiz&#225; fuera cierto.

Pero no lo encontr&#243;. Por lo que s&#233;, &#233;l s&#237; lo encontr&#243; a usted. Tiene suerte de estar vivo despu&#233;s de cruzarse con un hombre as&#237;.

&#191;Me lo mand&#243; usted, como lo mand&#243; a por Daniel Clay y su hija? &#191;Como lo mand&#243; a por Ricky Demarcian?

&#191;Yo lo mand&#233; a por Daniel Clay? -El Coleccionista se toc&#243; el labio inferior con el dedo &#237;ndice, simulando una actitud pensativa. Separ&#243; un poco los labios, y alcanc&#233; a ver sus dientes torcidos, ennegrecidos en las ra&#237;ces-. Quiz&#225; no tenga ning&#250;n inter&#233;s en Daniel Clay ni en su hija. En cuanto a Demarcian, en fin, la p&#233;rdida de una vida es siempre de lamentar, pero en algunos casos menos que en otros. Sospecho que pocos llorar&#225;n su ausencia. Sus jefes encontrar&#225;n a otro para sustituirlo, y los degenerados se congregar&#225;n en torno al nuevo como moscas sobre una herida.

Pero habl&#225;bamos de su intrusi&#243;n en mi intimidad. Debo admitir que al principio me sent&#237; ofendido. Me oblig&#243; a trasladar parte de mi colecci&#243;n. Pero cuando reconsider&#233; el hecho, lo agradec&#237;. Sab&#237;a que el destino volver&#237;a a unirnos. Se podr&#237;a decir que nos movemos en los mismos c&#237;rculos.

Le debo una por la &#250;ltima vez que coincidimos en uno de esos c&#237;rculos.

Se neg&#243; usted a darme lo que quer&#237;a Mejor dicho, lo que necesitaba. No me dej&#243; otra opci&#243;n. As&#237; y todo, le presento mis disculpas por el da&#241;o que pudiera infligirle. Al parecer, no tuvo consecuencias duraderas.

Era extra&#241;o. Tendr&#237;a que haberme abalanzado sobre &#233;l en ese mismo instante. Deber&#237;a haberle molido a palos en venganza. Quer&#237;a partirle la nariz y los dientes. Quer&#237;a derribarlo y hacerle pedazos el cr&#225;neo con el tac&#243;n de la bota. Quer&#237;a verlo arder, y ver dispersarse sus cenizas a los cuatro vientos. Quer&#237;a su sangre en mis manos y mi cara. Quer&#237;a lam&#233;rmela en los labios con la punta de la lengua. Quer&#237;a

Me interrump&#237;. La voz que sonaba en mi cabeza era la m&#237;a, y sin embargo era el eco de otra. Un tono sedoso me incitaba.

&#191;Lo ve? -pregunt&#243; el Coleccionista, sin mover los labios-. &#191;Ve lo f&#225;cil que ser&#237;a? &#191;Quiere intentarlo? &#191;Quiere castigarme? Vamos, adelante. Estoy solo.

Pero era mentira. No era s&#243;lo al Coleccionista a quien los dem&#225;s parroquianos prefer&#237;an no ver; tampoco quer&#237;an ver a los otros, si es que eran conscientes de su presencia. Ahora se advert&#237;a movimiento entre las sombras, oscuridad sobre luz. Se formaron rostros en los l&#237;mites de la percepci&#243;n, y al cabo de un momento desaparecieron, sus ojos negros sin parpadear, sus bocas maltrechas abiertas, las arrugas en la piel una se&#241;al de descomposici&#243;n y oquedad interior. En el espejo vi que unos ejecutivos apartaban sus platos a medio acabar. Uno de los borrachos de media tarde sentados a la barra ahuyent&#243; con la mano una presencia junto a su oreja, espant&#225;ndola como si hubiera o&#237;do el zumbido de un mosquito. Vi moverse sus labios, repitiendo algo que s&#243;lo &#233;l o&#237;a. Le tembl&#243; la mano cuando la tendi&#243; hacia el vaso; sin acertar a cogerlo con firmeza, se le resbal&#243; entre los dedos y se volc&#243;, y el l&#237;quido &#225;mbar se derram&#243; por la madera.

Estaban all&#237;. Los Hombres Huecos estaban all&#237;.

Y aunque hubiera estado solo, que no lo estaba, aunque no se percibiera que unas presencias apenas atisbadas iban tras sus pasos como fragmentos de &#233;l, s&#243;lo un necio intentar&#237;a enfrentarse al Coleccionista. Rezumaba amenaza. Era un asesino, de eso no cab&#237;a duda. Un asesino como Merrick, s&#243;lo que Merrick segaba vidas por dinero y, ahora, por venganza, sin enga&#241;arse nunca con la idea de que sus actos eran correctos o estaban justificados, en tanto que el Coleccionista arrebataba vidas porque se cre&#237;a autorizado a hacerlo. Lo &#250;nico que los dos ten&#237;an en com&#250;n era una firme convicci&#243;n en la futilidad de aquellos a quienes liquidaban.

Respir&#233; hondo. Me di cuenta de que me hab&#237;a echado hacia delante en el asiento. Volv&#237; a recostarme e intent&#233; liberar parte de la tensi&#243;n de hombros y brazos. El Coleccionista casi pareci&#243; decepcionado.

&#191;Se cree usted buena persona? -pregunt&#243;-. &#191;C&#243;mo puede diferenciarse el bien del mal si sus m&#233;todos son los mismos?

&#191;Qu&#233; quiere? -pregunt&#233; en lugar de contestar.

Quiero lo mismo que usted: encontrar a los autores de los abusos padecidos por Andrew Kellog y los otros.

&#191;Mataron a Lucy Merrick?

S&#237;.

Lo sabe con certeza.

S&#237;.

&#191;C&#243;mo?

Los vivos dejan una marca en el mundo, los muertos otra. Es cuesti&#243;n de aprender a interpretar las se&#241;ales, como -busc&#243; el s&#237;mil apropiado y chasque&#243; los dedos al encontrarlo-, como escribir en un cristal, como unas huellas dactilares en el polvo.

Esper&#243; a que yo reaccionara, pero lo defraud&#233;.

Y en torno a nosotros las sombras se desplazaban.

Y se le ocurri&#243; utilizar a Frank Merrick para hacer salir a la luz a los responsables -dije, como si &#233;l no hubiera pronunciado esas palabras, como si no pareciera saber cosas de las que era imposible tener conocimiento.

Pens&#233; que pod&#237;a ser &#250;til. El se&#241;or Eldritch, ni que decir tiene, no estaba muy convencido, pero como buen abogado se atiene a los deseos del cliente.

Parece que Eldritch ten&#237;a raz&#243;n. Merrick se ha descontrolado.

El Coleccionista lo admiti&#243; con un chasquido de la lengua.

Eso parece. Aun as&#237;, todav&#237;a no descarto la posibilidad de que me

lleve hasta ellos. Pero por el momento hemos dejado de ayudarlo en su b&#250;squeda. Eldritch ya se ha visto sometido a preguntas inc&#243;modas por parte de la polic&#237;a. Eso lo molesta. Ha tenido que abrir un expediente nuevo y, pese a su amor por los papeles, ya tiene expedientes de sobra. A Eldritch le gustan las cosas viejas.

Sabore&#243; las palabras, como si se enjuagara la boca con ellas.

&#191;Busca usted a Daniel Clay?

El Coleccionista esboz&#243; una sonrisa taimada.

&#191;Por qu&#233; habr&#237;a de buscar a Daniel Clay?

Porque varios ni&#241;os pacientes suyos sufrieron abusos sexuales. Porque es posible que la informaci&#243;n que condujo a esos abusos procediera de &#233;l.

Y cree que si lo busco, debe de ser culpable, &#191;no es as&#237;? Pese a lo mucho que le desagrado, da la impresi&#243;n de que quiz&#225; conf&#237;a en mi criterio.

Ten&#237;a raz&#243;n. Me inquiet&#243; tomar conciencia de ello, pero en esencia su afirmaci&#243;n era una verdad incuestionable. Por alguna raz&#243;n, yo cre&#237;a que si Clay era culpable, el Coleccionista estar&#237;a busc&#225;ndolo.

La pregunta sigue ah&#237;: &#191;lo busca?

No -respondi&#243; el Coleccionista-. No lo busco.

&#191;Porque no estuvo implicado, o porque ya sabe d&#243;nde est&#225;?

Eso es revelar demasiado. &#191;Quiere que haga todo el trabajo por usted?

&#191;Y ahora qu&#233;?

Quiero que deje en paz a Eldritch. &#201;l no sabe nada que le sea de utilidad, y aunque lo supiera no se lo dir&#237;a. Por cierto, deseo expresarle lo mucho que lamento lo ocurrido entre Merrick y usted. No fue obra m&#237;a. Por &#250;ltimo, quer&#237;a decirle que, en este caso, trabajamos en la misma direcci&#243;n. Quiero identificar a esos hombres. Quiero saber qui&#233;nes son.

&#191;Por qu&#233;?

Para que reciban su merecido-Los tribunales se ocupar&#225;n de eso.

Yo rindo cuentas ante un tribunal superior.

No se los entregar&#233;.

Se encogi&#243; de hombros.

Tengo mucha paciencia. Puedo esperar. Sus almas est&#225;n condenadas. Eso es lo &#250;nico que importa.

&#191;Qu&#233; ha dicho?

Traz&#243; unas formas en la mesa. Parec&#237;an letras, pero de un alfabeto desconocido para m&#237;.

Ciertos pecados son tan horribles que no hay perd&#243;n para ellos. El alma est&#225; perdida. Regresa a Aquel que la cre&#243;, para que &#201;l disponga de ellas a su voluntad. Lo &#250;nico que queda es un cascar&#243;n vac&#237;o, la conciencia ca&#237;da en desgracia.

Hueco -dije, y me pareci&#243; que algo en la oscuridad reaccionaba a esa palabra, como un perro al o&#237;r su nombre en labios de un desconocido.

S&#237; -dijo el Coleccionista-. Es una palabra muy acertada.

Mir&#243; alrededor, observando aparentemente el local y a los clientes, pero en realidad no se fij&#243; en las personas ni en los objetos sino en el espacio que quedaba entre ellos, detectando movimiento donde s&#243;lo ten&#237;a que haber quietud, figuras sin forma verdadera. Cuando volvi&#243; a hablar, cambi&#243; de tono. Parec&#237;a pensativo, casi pesaroso.

&#191;Y qui&#233;n ve esas cosas, si es que existen? -pregunt&#243;-. Ni&#241;os sensibles, quiz&#225;s, abandonados por sus padres y temerosos por sus madres. Santos inocentes en sinton&#237;a con esas cosas. Pero usted no es ni lo uno ni lo otro. -De repente volvi&#243; la mirada hacia m&#237; y me observ&#243; con expresi&#243;n ladina-. &#191;Por qu&#233; ve lo que otros no ven? Si yo estuviera en su piel, esas cosas me preocupar&#237;an.

Se lami&#243; los labios, pero no se le humedecieron porque ten&#237;a la lengua seca. Se le ve&#237;an muy agrietados en algunas partes, los cortes parcialmente cicatrizados de un rojo m&#225;s oscuro en contraste con el rosa.

Hueco. -Repiti&#243; la palabra alargando la &#250;ltima s&#237;laba-. &#191;Es usted un hombre hueco, se&#241;or Parker? Al fin y al cabo, Dios los cr&#237;a y ellos se juntan. Un candidato adecuado podr&#237;a encontrar un lugar entre ellos. -Sonri&#243; y se le abri&#243; uno de los cortes en el labio inferior. Una perla roja de sangre asom&#243; fugazmente antes de entraren su boca-. Pero no, a usted le falta esp&#237;ritu, y es posible que otros se adapten mejor al papel. Por sus obras los conoceremos.

Se puso en pie y dej&#243; un billete de veinte d&#243;lares en la mesa para pagar su copa. Ol&#237;a a Jim Beam, pero hab&#237;a permanecido intacta durante toda la conversaci&#243;n.

Una propina generosa para nuestra camarera -coment&#243;-. Al fin y al cabo, usted parece creer que se lo ha ganado.

&#191;S&#243;lo busca a esos hombres? -pregunt&#233;. Quer&#237;a saber si hab&#237;a m&#225;s y si, quiz&#225;s, yo estaba entre ellos.

Lade&#243; la cabeza, como una urraca distra&#237;da por un objeto brillante a la luz del sol.

Yo siempre busco -contest&#243;-. Hay tantas personas de las que ocuparse. Tantas.

Empez&#243; a alejarse.

Puede que volvamos a vernos, para bien o para mal. Casi es hora de ponerse en marcha, y me inquieta un poco la idea de que acaso usted decida ir pis&#225;ndome los talones. Lo ideal ser&#237;a que encontr&#225;ramos una manera de coexistir en este mundo. Estoy convencido de que es posible llegar a un acuerdo, hacer un trato.

Se dirigi&#243; hacia la puerta y las sombras lo siguieron por las paredes. Las vi en el espejo, manchurrones blancos sobre el negro, tal como hab&#237;a visto la cara de John Grady en otro tiempo, gritando en protesta por su condena eterna. S&#243;lo cuando se abri&#243; la puerta y la luz del sol volvi&#243; a invadir brevemente el local, vi el sobre que el Coleccionista hab&#237;a dejado en el asiento delante de m&#237;. Lo cog&#237;. Era fino y no estaba cerrado. Lo abr&#237; y mir&#233; dentro. Conten&#237;a una foto en blanco y negro. La saqu&#233; y la puse sobre la mesa cuando se cerr&#243; la puerta a mis espaldas, de modo que s&#243;lo la luz parpadeante iluminaba la fotograf&#237;a de mi casa bajo un cielo nublado, con aquellos dos hombres de pie junto a mi coche en el camino de entrada, uno alto, negro y de aspecto severo, el otro, m&#225;s bajo, sonriente y desgre&#241;ado.

Contempl&#233; la imagen por un momento. Luego la guard&#233; otra vez en el sobre y me lo met&#237; en el bolsillo de la chaqueta. Por la puerta de la cocina sali&#243; la camarera. Ten&#237;a los ojos enrojecidos. Me mir&#243; y sent&#237; el aguij&#243;n de su verg&#252;enza. Me march&#233; del bar, dej&#233; a Eldritch y su secretaria en su bufete, lleno de papeles viejos y nombres de muertos. Los dej&#233; a todos y no volv&#237;.


Mientras yo me dirig&#237;a en coche hacia el norte, Merrick sigui&#243; con lo suyo. Se acerc&#243; a la casa de Rebecca Clay. M&#225;s tarde, cuando todo acab&#243; en sangre y p&#243;lvora, un vecino recordar&#237;a haberlo visto all&#237;, pero de momento pas&#243; inadvertido. Era un don que ten&#237;a, la habilidad de confundirse con su entorno cuando era necesario, de no llamar la atenci&#243;n. Vio a los dos hombres corpulentos en su enorme furgoneta, y el coche del tercer hombre aparcado detr&#225;s de la casa. En el coche no hab&#237;a nadie, lo que significaba que probablemente el hombre estaba dentro de la casa. Merrick ten&#237;a la seguridad de que pod&#237;a eliminarlo, pero habr&#237;a ruido y atraer&#237;a a los otros dos. Tal vez ser&#237;a capaz de matarlos a ellos tambi&#233;n, pero el riesgo era excesivo.

Opt&#243;, pues, por la retirada. Al volante de un nuevo coche, robado en el garaje de una casa de veraneo en Higgins Beach, fue hasta un almac&#233;n de un ruinoso pol&#237;gono industrial cerca de Westbrook. All&#237; encontr&#243; a Jerry Legere trabajando solo. Le puso mi pistola en la boca y le comunic&#243; que, cuando la apartase, deb&#237;a decirle todo lo que su ex mujer le hab&#237;a contado sobre su padre, y todo lo que sab&#237;a o sospechaba sobre los incidentes previos a la desaparici&#243;n de Daniel Clay, o, si no, le volar&#237;a la tapa de los sesos. Legere, convencido de que morir&#237;a, le habl&#243; a Merrick de su mujer, la muy puta. Le endilg&#243; una sarta de fantas&#237;as: mentiras y mentiras a medias, falsedades medio cre&#237;das y verdades que val&#237;an menos que las mentiras.

Pero Merrick no averigu&#243; nada &#250;til a trav&#233;s de &#233;l, y no mat&#243; al ex marido de Rebecca Clay, porque Legere no le dio motivos para ello. Merrick se march&#243; en su coche tras dejar a Legere tumbado en el suelo, llorando de verg&#252;enza y alivio.

Y el hombre que observaba desde el bosque lo vio todo y empez&#243; a hacer llamadas.



28

Me dirig&#237;a hacia el norte por la Interestatal 95 cuando son&#243; el tel&#233;fono. Era Louis. Al llegar a Scarborough se encontr&#243; con que un coche desconocido esperaba en el camino de acceso a mi casa. Despu&#233;s de un par de llamadas, ya no era desconocido.

Tienes visita -anunci&#243;.

&#191;Alguien que conocemos?

No a menos que planees invadir Rusia.

&#191;Cu&#225;ntos?

Dos.

&#191;D&#243;nde?

Sentados descaradamente en tu jard&#237;n. Por lo visto, en ruso no existe la palabra sutil.

No les quites el ojo de encima. Te avisar&#233; en cuanto salga de la Carretera 1.

Ya supon&#237;a que tarde o temprano vendr&#237;an a hacer preguntas. No pod&#237;an dejar pasar la muerte de Demarcian sin que mi nombre saliera a relucir y sin que fuera objeto de una investigaci&#243;n. Simplemente hab&#237;a albergado la esperanza de haberme marchado antes de que llegasen.

No sab&#237;a gran cosa sobre los rusos, excepto lo poco que me hab&#237;a contado Louis en el pasado y lo que hab&#237;a le&#237;do en los peri&#243;dicos. Sab&#237;a de su gran influencia en California y Nueva York, donde los principales grupos permanec&#237;an en contacto con sus colegas de Massachusetts, Chicago, Miami, Nueva Jersey y otra docena de estados, as&#237; como con los de Rusia, para constituir lo que, de hecho, era un enorme sindicato del crimen. Como las propias mafias independientes, parec&#237;a poco estructurado, con una escasa organizaci&#243;n aparente, pero se cre&#237;a que eso era una treta para despistar a los investigadores y dificultarles la infiltraci&#243;n en el sindicato. Los soldados de a pie estaban separados de los jefes por estratos intermedios, de modo que quienes se ocupaban de las drogas y la prostituci&#243;n a nivel callejero pr&#225;cticamente ignoraban d&#243;nde acababa el dinero que ganaban. Es probable que Demarcian apenas hubiese podido decirle algo a Merrick sobre los hombres con quienes trataba m&#225;s all&#225; de los nombres de pila, y &#233;stos ni siquiera deb&#237;an de ser aut&#233;nticos.

Por otra parte, los rusos parec&#237;an aceptar que otros se ocuparan del narcotr&#225;fico a gran escala, aunque se dec&#237;a que hab&#237;an entablado lazos con los colombianos. Prefer&#237;an sobre todo las estafas a las aseguradoras, la usurpaci&#243;n de identidades, el blanqueo de dinero y el fraude fiscal en la venta de combustible, la clase de complejos delitos dif&#237;ciles de detectar y enjuiciar para las autoridades. Me pregunt&#233; cu&#225;ntos clientes de las webs porno de Demarcian eran conscientes de a qui&#233;nes revelaban los datos de sus tarjetas de cr&#233;dito.

Me imagin&#233; que s&#243;lo pretend&#237;an hacer preguntas. Si hubiesen venido por alguna raz&#243;n m&#225;s seria, no habr&#237;an sido tan tontos de aparcar en el camino de acceso y esperar a que yo llegase. Por otro lado, eso presupon&#237;a que les tra&#237;a sin cuidado que alguien se fijase en el coche, o incluso la presencia de posibles testigos. Los rusos no auguraban nada bueno. Se dec&#237;a que cuando la Uni&#243;n Sovi&#233;tica se vino abajo, los italianos enviaron a unos cuantos hombres a Mosc&#250; para estudiar las posibilidades de instalarse por la fuerza en el mercado naciente. Echaron un vistazo a lo que ocurr&#237;a en las calles y se volvieron derechos a casa. Por desgracia, los rusos los siguieron y se unieron a la mafia de Odessa que actuaba en Brighton Beach desde mediados de los setenta, y en el presente los italianos a veces casi parec&#237;an escrupulosos en comparaci&#243;n con los reci&#233;n llegados. Resultaba ir&#243;nico, pens&#233;, que en &#250;ltimo extremo lo que trajo a los rusos a nuestra puerta no fuese el comunismo, sino la fe en el capitalismo. Joe McCarthy deb&#237;a de estar revolvi&#233;ndose en su tumba.

Llegu&#233; a Scarborough cuarenta minutos despu&#233;s y avis&#233; a Louis por tel&#233;fono al pasar por Oak Hill. Me pidi&#243; que le diera cinco minutos, as&#237; que segu&#237; adelante manteniendo una velocidad de cincuenta kil&#243;metros por hora. Vi el coche en cuanto dobl&#233; la curva. Era un enorme Chevrolet 4x4 negro, el tipo de veh&#237;culo que normalmente conduc&#237;an personas que llorar&#237;an si se les ensuciaba de verdad. Como para confirmar el estereotipo, el Chevrolet estaba impecable. Despu&#233;s de pasar por delante de mi casa cambi&#233; de sentido y aparqu&#233; detr&#225;s del Chevrolet, en posici&#243;n transversal, con la puerta del acompa&#241;ante de ese lado, intercept&#225;ndole el paso si intentaba salir del camino. Era m&#225;s grande que el Mustang, y si ten&#237;a suficiente potencia marcha atr&#225;s, tal vez conseguir&#237;an apartar mi coche, pero entonces probablemente se destrozar&#237;a la parte trasera de su veh&#237;culo. Por lo visto nadie hab&#237;a pensado a&#250;n en dotar de protectores traseros a los 4x4, aunque seguramente era s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo. Las dos puertas delanteras del Chevrolet se abrieron y salieron dos hombres. Vest&#237;an con la habitual elegancia del mat&#243;n: cazadoras de cuero negras, vaqueros negros y jers&#233;is negros. Uno de ellos, un hombre calvo con la constituci&#243;n propia de una muestra arquitect&#243;nica del bloque del Este, se llevaba la mano al interior de la cazadora para sacar su arma cuando una voz detr&#225;s de &#233;l pronunci&#243; una sola palabra:

No.

El ruso se qued&#243; inm&#243;vil. Louis se hallaba a la sombra de la casa, con la Glock en la mano enguantada. Los visitantes se hallaban atrapados entre nosotros dos. Permanec&#237; donde estaba, con mi 9 mil&#237;metros desenfundada y apunt&#225;ndolos.

Saca la mano de la cazadora -orden&#233; al ruso calvo-. Despacio. Cuando salga, m&#225;s vale que en tus dedos s&#243;lo vea las u&#241;as.

El ruso obedeci&#243;. Su compa&#241;ero ya hab&#237;a levantado las manos. Sal&#237; de detr&#225;s del coche y avanc&#233; hacia ellos.

Al suelo -dijo Louis.

Obedecieron. A continuaci&#243;n, Louis los cache&#243; mientras yo los manten&#237;a enca&#241;onados. Iban armados con sendas semiautom&#225;ticas Colt de 9 mil&#237;metros. Louis extrajo los cargadores de las armas y luego comprob&#243; que no llevasen ninguno de reserva. Una vez se hubo asegurado de que estaban vac&#237;as, tir&#243; los cargadores entre los matorrales y retrocedi&#243; hasta hallarse a una distancia de un par de metros de los dos hombres.

Arriba, de rodillas -orden&#233;-. Las manos detr&#225;s de la cabeza.

Se arrodillaron con cierta dificultad y me miraron con rabia.

&#191;Qui&#233;nes sois? -pregunt&#233;.

No contestaron.

Shestyorki -dijo Louis-. Eso sois, &#191;no? Mensajeros.

Niet -respondi&#243; el calvo-. Boyeviki.

Boyeviki, y una mierda -dijo Louis-. Dice que son soldados. Supongo que hoy d&#237;a no es f&#225;cil conseguir personal de calidad. &#201;ste ni siquiera sabe contestar a una pregunta en ingl&#233;s. &#191;Qu&#233; os ha pasado? &#191;Os ca&#237;steis del barco y os dejaron atr&#225;s?

Yo hablo ingl&#233;s -dijo el ruso-. Yo hablo bien el ingl&#233;s.

&#191;No me jodas? -repuso Louis-. &#191;Qu&#233; quieres? &#191;Una medalla? &#191;Una estrella de oro?

&#191;Qu&#233; hab&#233;is venido a hacer aqu&#237;? -pregunt&#233;, aunque ya lo sab&#237;a.

Razborka -contest&#243;-. Queremos, esto -Busc&#243; la palabra en ingl&#233;s-. Una aclaraci&#243;n.

Pues os dar&#233; una aclaraci&#243;n -dije-. No me gusta ver a hombres armados en mi propiedad. Si os pego un tiro ahora, &#191;cre&#233;is que ser&#237;a una aclaraci&#243;n suficiente para vuestros jefes?

El pelirrojo mir&#243; a su compa&#241;ero y luego habl&#243;.

Si nos matas, las cosas se pondr&#225;n peor. Hemos venido para hablar de Demarcian. -Ten&#237;a un ingl&#233;s mejor que el de su compa&#241;ero, s&#243;lo con un liger&#237;simo acento. Saltaba a la vista que mandaba &#233;l, aunque no le hab&#237;a importado ocultarlo hasta que se puso de manifiesto que su amigo calvo no estaba a la altura de aquella negociaci&#243;n.

No s&#233; nada de &#233;l, salvo que est&#225; muerto.

La polic&#237;a te interrog&#243;. Corre el rumor de que lo mataron con tu pistola.

Me robaron la pistola -contest&#233;-. No tengo la certeza de que la usaran para matar a Demarcian. Supongo que es lo m&#225;s probable, pero no ando prest&#225;ndola para cometer asesinatos. El hombre que se la llev&#243; la quer&#237;a a toda costa.

Ha sido un descuido por tu parte perder el arma -coment&#243; el ruso.

Como ves, tengo otra. Y si la pierdo, siempre puedo pedirle una a ese amigo m&#237;o que est&#225; detr&#225;s de vosotros. &#201;l dispone de un mont&#243;n. En cualquier caso, no tengo nada que ver con la muerte de Demarcian, aparte del arma.

Eso dices t&#250; -replic&#243; el ruso.

Ya, pero nosotros vamos armados y t&#250; no, as&#237; que nuestra palabra gana.

El ruso se encogi&#243; de hombros, como si a &#233;l todo el asunto le trajese sin cuidado.

Te creo, pues. Aun as&#237;, nos gustar&#237;a saber algo del hombre que mat&#243; a Demarcian, el Merrick ese. H&#225;blanos de Merrick.

Haced vosotros los deberes. Si lo quer&#233;is, buscadlo.

Pero creemos que t&#250; tambi&#233;n lo buscas. Quieres recuperar tu pistola. Quiz&#225; lo encontremos y te la traigamos.

Su compa&#241;ero calvo ahog&#243; una risita y pronunci&#243; una palabra en un susurro, algo parecido a frayeri. Louis reaccion&#243; golpe&#225;ndolo en la nuca con el ca&#241;&#243;n de la Glock. No bast&#243; para dejarlo sin sentido, pero cay&#243; de bruces al suelo. Empez&#243; a sangrarle el cuero cabelludo.

Nos ha llamado mamones -explic&#243; Louis-. Eso no est&#225; nada bien.

El pelirrojo no se movi&#243;. Se limit&#243; a cabecear con un gesto de manifiesta decepci&#243;n por la estupidez de su colega.

Creo que a tu amigo no le caemos muy bien los rusos -observ&#243;.

A mi amigo no le cae bien nadie, pero, seg&#250;n parece, tiene un problema especial con vosotros dos -reconoc&#237;.

Quiz&#225; sea racista. &#191;Eso eres?

Volvi&#243; un poco la cabeza intentando ver a Louis. Hab&#237;a que reconocer que no se dejaba intimidar f&#225;cilmente.

No puedo ser racista, t&#237;o -replic&#243; Louis-. Soy negro.

Eso no contestaba del todo a la pregunta del ruso, pero pareci&#243; contentarse.

Queremos a Frank Merrick -prosigui&#243;-. Si nos dijeras lo que sabes, te lo compensar&#237;amos.

&#191;Con dinero?

Claro, con dinero. -Se le ilumin&#243; el rostro. &#201;sa era la clase de negociaci&#243;n que le gustaba.

No necesito dinero -dije-. Ya tengo de sobra. Lo que necesito es que cojas a tu amigo y os march&#233;is de aqu&#237;. Est&#225; manch&#225;ndome el camino de sangre.

El ruso pareci&#243; lamentarlo sinceramente.

Es una pena.

No te preocupes, ya se limpiar&#225;.

Me refiero al dinero.

Ya, bueno. Lev&#225;ntate.

Se puso en pie. Detr&#225;s de &#233;l, Louis examinaba el interior del Chevrolet. Encontr&#243; una peque&#241;a H &K P7 en la guantera, y una escopeta t&#225;ctica, una Benelli M1 con empu&#241;adura de pistola y miras hologr&#225;ficas ajustables de uso militar, en un compartimento oculto debajo del asiento trasero. Tambi&#233;n las descarg&#243; y luego abri&#243; el port&#243;n de atr&#225;s, limpi&#243; sus huellas de las armas y las meti&#243; bajo el revestimiento gris del maletero.

Volved a Boston -orden&#233;-. Aqu&#237; ya hemos terminado.

&#191;Y qu&#233; les digo a mis jefes? -pregunt&#243; el ruso-. Alguien debe rendir cuentas por lo que le pas&#243; a Demarcian. Nos ha causado muchos problemas.

Seguro que ya se os ocurrir&#225; algo.

Dej&#243; escapar un profundo suspiro.

&#191;Ya puedo bajar las manos?

Despacio -contest&#233;.

Dej&#243; caer las manos y se inclin&#243; para ayudar a levantarse a su compa&#241;ero. El calvo ten&#237;a la parte posterior de la cabeza ba&#241;ada en sangre. El pelirrojo examin&#243; a Louis por primera vez. Cruzaron una mirada de respeto profesional. Louis sac&#243; un inmaculado pa&#241;uelo blanco del bolsillo de su chaqueta y se lo entreg&#243; al ruso.

Para la cabeza de tu amigo -dijo.

Gracias.

&#191;Sabes qu&#233; significa blat? -pregunt&#243; Louis.

Claro -contest&#243; el ruso.

Pues aqu&#237; mi amigo tiene blats importantes. No olvides dec&#237;rselo a tus jefes.

El ruso asinti&#243; de nuevo. El calvo subi&#243; con cuidado al asiento del acompa&#241;ante y, con los ojos cerrados, apoy&#243; la mejilla izquierda contra el cuero fresco. Su colega se volvi&#243; hacia m&#237;.

Adi&#243;s, volk -dijo-. Hasta la pr&#243;xima.

Se subi&#243; al Chevrolet y retrocedi&#243; por el camino de acceso. Louis lo acompa&#241;&#243; al mismo paso, sin dejar de apuntarlo con la Glock en ning&#250;n momento. Yo volv&#237; al Mustang, lo apart&#233; y me qued&#233; mirando el Chevrolet mientras se dirig&#237;a hacia la Carretera 1, con Louis a mi lado.

Ucranianos -dijo-. Quiz&#225; georgianos. No chechenos.

&#191;Eso es bueno?

Se encogi&#243; de hombros. El gesto parec&#237;a contagioso.

Todos son malos -afirm&#243;-. S&#243;lo que los chechenos son muy malos.

El pelirrojo no parec&#237;a un soldado de a pie.

Es un lugarteniente, y eso significa que est&#225;n muy cabreados por lo de Demarcian.

No parece merecer esa clase de esfuerzo.

El negocio se resiente. La polic&#237;a empieza a seguir el rastro a sus clientes, a hacer preguntas sobre fotos de ni&#241;os. No pueden dejarlo correr.

Pero parec&#237;a callarse algo.

&#191;Qu&#233; m&#225;s? -inst&#233;.

No lo s&#233;. Es un presentimiento. Preguntar&#233; por ah&#237; a ver qu&#233; averiguo.

&#191;Volver&#225;n?

Aj&#225; -respondi&#243; Louis-. Ser&#237;a &#250;til encontrar primero a Merrick, conseguir un poco de influencia.

No pienso entregarles a Merrick.

Puede que no quede m&#225;s remedio. -Empez&#243; a encaminarse hacia la casa.

&#191;Qu&#233; significa blat? -pregunt&#233;.

Contactos. Y no de los legales.

&#191;Y volk?

En argot es poli o investigador. Una especie de cumplido. -Se guard&#243; la pistola en la funda colgada al hombro-. Literalmente quiere decir lobo.



29

A media tarde salimos rumbo al norte camino de Jackman. Primero pasamos por Shawmut, Hinckley y Skowhegan, luego por Solon y Bingham, Moscow y Caratunk, por poblaciones sin nombre y nombres sin poblaci&#243;n, y donde la carretera se ce&#241;&#237;a a los meandros y recodos del Kennebec, en cuyas orillas se suced&#237;an hileras de &#225;rboles deshojados y el lecho del bosque resplandec&#237;a por efecto de las hojas ca&#237;das. Paulatinamente, el bosque empez&#243; a cambiar y aparecieron las con&#237;feras, cuyas elevadas copas se recortaban oscuras contra la luz mortecina mientras el viento invernal anunciaba en susurros la promesa de nieve. Y cuando el fr&#237;o empezara a arreciar, el silencio se adue&#241;ar&#237;a a&#250;n m&#225;s del bosque al retirarse los animales a hibernar y aletargarse incluso los p&#225;jaros para no derrochar energ&#237;a.

Segu&#237;amos la ruta que hab&#237;a recorrido Arnold en su expedici&#243;n, Kennebec arriba, hasta Quebec. Sus efectivos, mil doscientos hombres, marcharon desde Cambridge hasta Newburyport; desde all&#237; siguieron por el r&#237;o en embarcaciones, navegando por el tortuoso cauce del Kennebec hasta Gardinerstown. Donde cambiaron a balsas ligeras, m&#225;s de doscientas, cada una con capacidad para seis o siete hombres junto con sus provisiones y pertrechos, quiz&#225; doscientos kilos en total. Las construy&#243; Reuben Colburn a toda prisa en Gardinerstown con madera verde, y pronto empezaron a hacer aguas y caerse a pedazos, echando a perder las reservas de p&#243;lvora, pan y harina de los soldados. Tres compa&#241;&#237;as bajo el mando de Daniel Morgan partieron en avanzadilla en direcci&#243;n a la zona donde pasar&#237;an del r&#237;o Kennebec al Dead, conocida como Great Carrying Place. Los otros los iban siguiendo poco a poco, empleando yuntas de bueyes que los colonos les hab&#237;an prestado para trasladar las balsas y sortear as&#237; los r&#225;pidos intransitables por encima de Fort Western, subi&#233;ndolas con cuerdas por las orillas escarpadas y cubiertas de hielo a la altura de Skowhegan Falls, y la mayor&#237;a de los hombres se vieron obligados a ir a pie para aligerar la carga de las embarcaciones hasta que llegaron por fin a los veinte kil&#243;metros de tierra llana y pantanosa de Carrying Place. Los soldados se hundieron en el musgo verde y profundo, que, pese a parecer firme de lejos, result&#243; ser traicionero al pisarlo, una suerte de espejismo en tierra, de modo que esa forma de locura padecida por los marineros que pasaban demasiado tiempo en el mar, en cuyas alucinaciones ve&#237;an tierra donde no la hab&#237;a y se ahogaban entre las olas al saltar del barco, encontraba un eco en aquella tierra firme, que era blanda y ced&#237;a bajo el peso como el agua. Tropezando con troncos y cayendo en arroyos, despejaron a tiempo un camino a fin de desplazarse por ese terreno, y durante muchos a&#241;os fue posible distinguir el sendero que abrieron por la diferencia en el color del follaje a ambos lados de la ruta.

Tuve la sensaci&#243;n de que el paisaje eran capas dispuestas una sobre otra, el pasado sobre el presente. Los r&#237;os y los bosques apenas pod&#237;an separarse de su historia; all&#237; apenas se distingu&#237;a entre lo del presente y lo del pasado. Era un lugar donde los fantasmas de los soldados muertos atravesaban los bosques, un lugar donde los apellidos de las familias hab&#237;an permanecido inalterados, donde la gente conservaba a&#250;n la tierra que hab&#237;an comprado sus tatarabuelos con monedas de oro y plata, un lugar donde los viejos pecados persist&#237;an, ya que no se hab&#237;an producido grandes cambios que borrasen su recuerdo.

As&#237; que &#233;sa era la tierra que hab&#237;a atravesado el ej&#233;rcito de Arnold, equipados los soldados con fusiles, hachas y cuchillos. Ahora otras bandas de hombres armados deambulaban por ese paisaje, a&#241;adiendo su clamor al espeluznante silencio del invierno, manteni&#233;ndolo a raya con el rugido de sus armas y el gru&#241;ido de las furgonetas y los quads con los que se adentraban en ese medio agreste. El bosque era un hervidero de imb&#233;ciles vestidos de naranja, ejecutivos de Massachusetts y Nueva York que se tomaban un respiro del campo de golf para acribillar a tiros a alces y osos y ciervos, guiados por lugare&#241;os que agradec&#237;an el dinero que gastaban los forasteros y a la vez sent&#237;an resentimiento por el hecho de necesitarlo para sobrevivir.

S&#243;lo hicimos un alto en el camino, en una casa que era poco m&#225;s que una choza, con tres o cuatro habitaciones, las ventanas sucias y el interior oculto por cortinas baratas. La mala hierba invad&#237;a el jard&#237;n. Una puerta del garaje abierta revelaba herramientas oxidadas y pilas de le&#241;a. No hab&#237;a ning&#250;n coche, porque una de las condiciones de la libertad condicional de Mason Dubus era que no estaba autorizado a conducir veh&#237;culos.

Louis esper&#243; fuera. Creo que, quiz&#225;, la compa&#241;&#237;a de Dubus le habr&#237;a resultado insoportable, porque Dubus era un hombre como los que hab&#237;an abusado de su querido &#193;ngel, y una de las cosas que Louis m&#225;s lamentaba era no haber tenido oportunidad de castigar a aquellos que hab&#237;an dejado tales cicatrices en el alma de su amante. As&#237; que, apoyado contra el coche, me observ&#243; en silencio cuando la puerta se entreabri&#243;, sujeta por una cadena, y asom&#243; el rostro de un hombre. Ten&#237;a la piel amarilla y los ojos lega&#241;osos. Su &#250;nica mano visible temblaba de manera incontrolable.

&#191;S&#237;? -dijo con voz sorprendentemente firme.

Se&#241;or Dubus, me llamo Charlie Parker. Creo que ya lo han llamado para informarle de que querr&#237;a hablar con usted.

Entorn&#243; los ojos.

Es posible. &#191;Tiene? &#191;C&#243;mo se llama? &#191;Un documento de identidad? &#191;Una licencia o algo as&#237;?

Le mostr&#233; mi licencia de investigador privado. La cogi&#243; y se la acerc&#243; a la cara. Despu&#233;s de examinarla palabra por palabra me la devolvi&#243;. Mir&#243; por detr&#225;s de m&#237; a donde estaba Louis.

&#191;Qui&#233;n es ese otro hombre?

Un amigo.

Va a coger fr&#237;o ah&#237; fuera. Puede pasar, si quiere.

Creo que prefiere esperar donde est&#225;.

All&#225; &#233;l. Que no diga que no lo he invitado.

La puerta se cerr&#243; por un momento y o&#237; el tintineo de la cadena de seguridad al desengancharla. Cuando volvi&#243; a abrir, tuve ocasi&#243;n de ver a Dubus claramente. Aunque encorvado por la edad y las enfermedades, y por los a&#241;os en la c&#225;rcel, todav&#237;a se advert&#237;a en &#233;l un vestigio del hombre grande y fuerte que fue en otro tiempo. Llevaba la ropa limpia y bien planchada. Vest&#237;a pantal&#243;n oscuro, camisa de rayas azules y una corbata rosa con el nudo apretado. Desped&#237;a un aroma a colonia antigua, mezcla de s&#225;ndalo e incienso. El interior de la casa desment&#237;a cualquier primera impresi&#243;n producida por el exterior. El suelo de madera resplandec&#237;a, y el aire ol&#237;a a cera de muebles y ambientador. Un peque&#241;o estante en el pasillo conten&#237;a libros de bolsillo, y en lo alto se ve&#237;a un tel&#233;fono antiguo con disco giratorio. Por encima, clavado a la pared, colgaba un ejemplar de los Desiderata, una especie de plan en doce pasos para aquellos que sufren las duras pruebas de la vida moderna. Adornaban el resto de las paredes reproducciones de pinturas en marcos baratos -algunas modernas, algunas mucho m&#225;s antiguas, y en su mayor parte desconocidas para m&#237;-, aunque saltaba a la vista que las im&#225;genes hab&#237;an sido elegidas cuidadosamente.

Segu&#237; a Dubus a la sala de estar. Tambi&#233;n all&#237; estaba todo limpio, pese a que los muebles, viejos y gastados, proced&#237;an de tiendas de segunda mano. En un televisor peque&#241;o colocado sobre una mesa de pino daban una telecomedia. All&#237; pend&#237;an m&#225;s reproducciones en las paredes, as&#237; como un par de originales, ambos de paisajes. Uno de ellos me result&#243; familiar. Me acerqu&#233; para examinarlo con m&#225;s detenimiento. De lejos parec&#237;a un bosque, una hilera de &#225;rboles verdes con una puesta de sol roja de fondo, pero entonces advert&#237; que uno de los &#225;rboles se elevaba por encima de los dem&#225;s y ten&#237;a una cruz en el punto m&#225;s alto. En el &#225;ngulo inferior derecho constaba la firma de Daniel Clay. Era Galaad.

Me lo regal&#243; &#233;l -dijo Dubus. Estaba de pie en el lado opuesto de la sala, manteniendo la distancia entre nosotros. Deb&#237;a de ser un h&#225;bito contra&#237;do en sus tiempos en la c&#225;rcel; all&#237; uno aprend&#237;a a dejar espacio a los dem&#225;s, pese a ser un lugar tan restringido, o deb&#237;a atenerse a las consecuencias.

&#191;Por qu&#233;?

Por hablarle de Galaad. &#191;Le importa que nos sentemos? Enseguida me canso. Tengo que medicarme. -Se&#241;al&#243; unos frascos de pastillas en la repisa de la chimenea, donde tres troncos crepitaban y chisporroteaban-. Me adormecen.

Me sent&#233; en el sof&#225; frente a &#233;l.

Si quiere caf&#233;, puedo prepararlo. -Gracias, pero no hace falta.

De acuerdo.

Tamborile&#243; con los dedos en el brazo del sill&#243;n mientras se le iban los ojos hacia el televisor. Por lo visto, lo hab&#237;a interrumpido mientras ve&#237;a alg&#250;n programa. Finalmente pareci&#243; resignarse al hecho de que no iba a poder verlo en paz, puls&#243; un bot&#243;n del mando a distancia y la imagen se desvaneci&#243;.

&#191;Y bien? &#191;Qu&#233; quiere saber? -pregunt&#243;-. De vez en cuando viene gente por aqu&#237;: estudiantes, m&#233;dicos. No puede preguntarme nada que no me hayan preguntado ya un centenar de veces.

Me gustar&#237;a saber de qu&#233; habl&#243; con Daniel Clay.

De Galaad -respondi&#243;-. No hablo de nada m&#225;s. Antes me hac&#237;an pruebas, me daban fotos y cosas as&#237;, pero ya no. Supongo que creen que ya saben todo lo que necesitan saber sobre m&#237;.

&#191;Y lo saben?

La nuez de Ad&#225;n se le desplaz&#243; visiblemente. O&#237; el sonido que produjo en el fondo de su garganta. Me observ&#243; por un momento, hasta que pareci&#243; tomar una decisi&#243;n.

No, no lo saben -contest&#243;-. Han o&#237;do todo lo que pueden o&#237;r. No piense que usted oir&#225; m&#225;s que ellos.

&#191;Qu&#233; inter&#233;s ten&#237;a Clay en Galaad? -pregunt&#233;. No quer&#237;a que Du-bus se negase a cooperar. Puede que estuviera aletargado por la medicaci&#243;n, pero conservaba la cabeza clara.

Quer&#237;a saber qu&#233; hab&#237;a ocurrido. Se lo expliqu&#233;. No omit&#237; nada. No tengo nada que esconder. No me averg&#252;enzo de lo que hicimos juntos. Todo fue -contrajo el rostro en una expresi&#243;n de disgusto malinterpretado, entendido err&#243;neamente. Lo presentaron como algo distinto de lo que fue.

Lo que hicimos juntos, como si se tratara de una decisi&#243;n tomada entre los adultos y los ni&#241;os, tan natural como ir de pesca o a coger moras en verano.

Murieron ni&#241;os, se&#241;or Dubus.

Asinti&#243; con la cabeza.

Eso no estuvo bien. No ten&#237;a que haber sucedido. Aunque eran beb&#233;s, y aqu&#237; corr&#237;an tiempos dif&#237;ciles. Puede que incluso fuese una bendici&#243;n lo que les pas&#243;.

Seg&#250;n tengo entendido, uno muri&#243; por las heridas causadas con una aguja de punto. Eso es una manera muy curiosa de definir una bendici&#243;n.

&#191;Acaso me est&#225; juzgando, caballero? -Me mir&#243; con los ojos entrecerrados, y dio la impresi&#243;n de que el temblor de las manos era un vano esfuerzo por controlar la ira.

Eso no me corresponde a m&#237;.

Exacto. Por eso me llevaba bien con el doctor Clay. &#201;l no me juzgaba.

&#191;Le habl&#243; alguna vez el doctor Clay de los ni&#241;os a los que trataba?

No. -Algo desagradable dio vida a sus facciones por un instante-. Intent&#233; sonsacarle, eso s&#237;. Pero no pic&#243;. -Dubus dej&#243; escapar una risa burlona.

&#191;Cu&#225;ntas veces vino aqu&#237;?

Dos o tres, que yo recuerde. Tambi&#233;n me visit&#243; en la c&#225;rcel, pero all&#237; s&#243;lo una vez.

Y fue todo muy formal. Lo entrevist&#243;, y usted habl&#243;.

Exacto.

Y sin embargo le regal&#243; un cuadro suyo. Me han dicho que no regalaba sus cuadros a cualquiera, que era muy selectivo.

Dubus se revolvi&#243; en el sill&#243;n. La nuez de Ad&#225;n empez&#243; a agitarse otra vez en su cuello, y me acord&#233; del obsesivo jugueteo de Andy Kellog con el diente suelto. Ambos eran se&#241;ales de tensi&#243;n.

Puede que mis explicaciones le fueran &#250;tiles. Puede que no me viera como un monstruo. Lo he detectado en la cara de su amigo ah&#237; fuera, y lo he detectado en la suya al abrir la puerta. Ha intentado disimularlo con cortes&#237;a y buenos modales, pero yo he sabido lo que usted pensaba. Y luego ha entrado aqu&#237; y ha visto los cuadros en la pared, y lo limpio y ordenado que est&#225; todo. No me revuelco en la mugre, no apesto ni visto ropa sucia y rota. &#191;Cree que quiero que la casa, por fuera, tenga el aspecto que tiene? &#191;No cree que me gustar&#237;a pintarla, repararla un poco? Pues no puedo. Hago lo que es posible aqu&#237; dentro, pero nadie est&#225; dispuesto a ayudar a un hombre como yo a mantener su casa cuidada. Ya pagu&#233; por lo que dijeron que hice, pagu&#233; con a&#241;os de mi vida, y van a hacerme pagar hasta que muera, pero no pienso darles la satisfacci&#243;n de degradarme. Quien quiera monstruos, que busque en otro sitio.

&#191;Era Daniel Clay un monstruo?

La pregunta pareci&#243; sumirlo en el silencio. Luego, por segunda vez, detr&#225;s de aquella fachada marchita, vi en funcionamiento su inteligencia, esa esencia espeluznante, repulsiva y corrupta que le hab&#237;a permitido hacer lo que hab&#237;a hecho, y justificarlo para s&#237;. Pens&#233; que tal vez fuera eso lo que los ni&#241;os de Galaad hab&#237;an vislumbrado cuando se acercaba a ellos y les tapaba la boca con la mano para ahogar sus gritos.

Tiene usted sus sospechas sobre &#233;l, como los dem&#225;s -dijo Dubus-. Quiere que yo le diga si son verdad, porque si &#233;l y yo hubi&#233;ramos compartido algo as&#237;, si los dos hubi&#233;ramos tenido los mismos gustos, quiz&#225;s yo lo habr&#237;a sabido, o &#233;l se habr&#237;a abierto conmigo. Porque si eso es lo que piensa, se&#241;or Parker, es usted un imb&#233;cil. Es usted un imb&#233;cil y alg&#250;n d&#237;a morir&#225; por su imbecilidad. Yo no tengo tiempo para hablar con imb&#233;ciles. &#191;Por qu&#233; no se marcha ya? Coja esa carretera de ah&#237; fuera, porque s&#233; ad&#243;nde va. Podr&#237;a ser que encontrara la respuesta en Galaad. All&#237; es donde Daniel Clay encontr&#243; la respuesta a sus preguntas. S&#237;, claro que s&#237;, encontr&#243; lo que buscaba all&#237;, pero ya nunca m&#225;s volvi&#243;. M&#225;s vale que se ande con cuidado, o tampoco volver&#225; usted. Se le mete a uno en el alma, el viejo Galaad.

Hab&#237;a desplegado una amplia sonrisa, el guardi&#225;n de la verdad de Galaad.

&#191;Conoce a un tal Jim Poole, se&#241;or Dubus?

Parodi&#243; un estado de profunda reflexi&#243;n.

Pues, &#191;sabe?, creo que s&#237;. Era un imb&#233;cil, como usted.

Desapareci&#243;.

Se perdi&#243;. Se lo llev&#243; Galaad.

&#191;Eso piensa?

Lo s&#233;. Da igual d&#243;nde est&#233;, o si est&#225; vivo o muerto; es un prisionero de Galaad. Si usted pone los pies en Galaad, estar&#225; perdido. -Volvi&#243; la mirada hacia su interior. Dej&#243; de parpadear-. Se habl&#243; de que llevamos el mal a ese lugar, pero ya estaba all&#237; -dijo, y se advirti&#243; cierto asombro en su voz-. Lo sent&#237; en cuanto llegu&#233; all&#237;. El viejo Lumley eligi&#243; un mal sitio para su refugio. El suelo estaba envenenado, y nosotros tambi&#233;n nos envenenamos. Cuando nos fuimos, el bosque, o algo bajo &#233;l, lo recuper&#243;.

Dej&#243; escapar una risotada breve y enfermiza.

Demasiado tiempo solo -dijo-. Demasiado tiempo para dar vueltas a las cosas.

&#191;Qu&#233; era el Proyecto, se&#241;or Dubus?

La sonrisa se apag&#243;.

El Proyecto. El Hobby. El Juego. Todo significa lo mismo.

Los abusos a menores.

Neg&#243; con la cabeza.

Puede llamarlo as&#237;, pero eso es porque no lo entiende. Es algo hermoso. Eso es lo que intento explicar a quienes vienen aqu&#237;, pero no me escuchan. No quieren saberlo.

&#191;Le escuch&#243; Daniel Clay?

&#201;l era distinto. &#201;l lo entendi&#243;.

&#191;Qu&#233; entendi&#243;?

Pero Dubus no contest&#243;.

&#191;Sabe d&#243;nde est&#225; Daniel Clay? -pregunt&#233;.

Se inclin&#243;.

&#191;Qui&#233;n sabe ad&#243;nde van los muertos? -repuso-. Vaya al norte y quiz&#225; lo averig&#252;e. Empieza mi programa.

Volvi&#243; a pulsar el mando a distancia, ajust&#243; el sonido y el televisor cobr&#243; vida. Se volvi&#243; en su sill&#243;n, ya sin mirarme. Sal&#237;.

Y mientras nos alej&#225;bamos en el coche, vi moverse las cortinas en la ventana de Dubus. Levant&#243; una mano en un gesto de despedida, y supe que en aquella casa limpia y ordenada el viejo se re&#237;a de m&#237;.

En los d&#237;as posteriores, la polic&#237;a intentar&#237;a reconstruir la sucesi&#243;n de acontecimientos, relacionar un cuerpo con otro, contactos con asesinatos. Durante las &#250;ltimas horas de su vida, Dubus hizo dos llamadas telef&#243;nicas, las dos al mismo n&#250;mero. Despu&#233;s de muerto encontrar&#237;an el tel&#233;fono m&#243;vil junto a su cuerpo. Lo hab&#237;a tenido oculto bajo una tabla suelta debajo de la cama, y para desalentar a sus supervisores de buscar all&#237;, lo tapaba con un orinal medio lleno, cuyo hedor bastaba para asegurar que ning&#250;n vigilante quisquilloso se atrever&#237;a a mirar all&#237;, aunque a un observador atento le habr&#237;a llamado la atenci&#243;n que, en una casa por lo dem&#225;s inmaculada, aqu&#233;l fuera el &#250;nico lugar donde el sentido del orden de Dubus parec&#237;a haber sucumbido. El tel&#233;fono era de prepago y lo hab&#237;an comprado en un supermercado el mes anterior, pagando en efectivo. No era, supuso la polic&#237;a, la primera vez que alguien ayudaba de esa manera a Dubus a sortear las restricciones en el uso del tel&#233;fono.

Dubus hizo la pen&#250;ltima llamada de su vida minutos despu&#233;s de que Louis y yo nos march&#225;ramos; luego, cabe suponer, volvi&#243; a guardar el tel&#233;fono en su escondrijo y sigui&#243; viendo la televisi&#243;n. Pasaron los segundos, en una cuenta atr&#225;s hasta el momento en que Mason Dubus abandonara este mundo e hiciera frente a la justicia superior que espera a todos los hombres.

Pero eso a&#250;n estaba por venir. De momento, la luz del d&#237;a hab&#237;a desaparecido. No hab&#237;a luna. Seguimos adelante casi sin hablar. La m&#250;sica sonaba a bajo volumen. En el est&#233;reo del coche, los National cantaban sobre palomas en el cerebro y halcones en el coraz&#243;n, y yo pens&#233; en los hombres con cabeza de p&#225;jaro.

Y a su debido tiempo llegamos a Jackman, y la vieja Galaad se meti&#243; en nuestras almas.



Quinta parte


La venganza se revela como su

propio verdugo.

John Ford, The Broken Heart





30

A menudo se dice que existen dos Maines. Est&#225; el Maine de los veraneantes, el Maine de los rollos de langosta y el helado, de los yates y los clubes n&#225;uticos, un Maine que ocupa una franja bien definida del litoral -hasta Bar Harbor por el norte-, llena de grandes esperanzas y unos precios inmobiliarios en consonancia, excepto por aquellas poblaciones sin la buena presencia o la buena suerte de atraer los d&#243;lares de los turistas, o aquellas que han visto apagarse y morir sus industrias y han quedado aisladas en medio de tanta prosperidad. El resto de Maine alude con desd&#233;n a los habitantes de esta regi&#243;n tild&#225;ndoles de llaneros o, en momentos incluso m&#225;s sombr&#237;os, los rechazan por completo llam&#225;ndolos habitantes del norte de Massachusetts.

El otro Maine es distinto. Es un Maine compuesto b&#225;sicamente de bosques, no de mar, dominado por el Condado, o Aroostook, que siempre ha parecido una entidad separada debido a su vasta extensi&#243;n, y por nada m&#225;s. Situado al norte y tierra adentro, es rural y conservador, y en su coraz&#243;n se extiende el Gran Bosque Septentrional.

Pero ese bosque hab&#237;a empezado a cambiar. Las grandes compa&#241;&#237;as papeleras, antiguamente el eje de la econom&#237;a, fueron abandonando poco a poco su posesi&#243;n del suelo al darse cuenta de que hab&#237;a m&#225;s dinero en los bienes ra&#237;ces que en el cultivo y tala de &#225;rboles. Plum Creek, la mayor papelera del pa&#237;s, propietaria de casi doscientas mil hect&#225;reas en torno al lago Moosehead, hab&#237;a asignado miles de esas hect&#225;reas a un proyecto urban&#237;stico comercial de gran envergadura que incluir&#237;a c&#225;mpings, casas, caba&#241;as de alquiler y un pol&#237;gono industrial. Para la gente del sur representaba la expoliaci&#243;n de la zona de belleza natural m&#225;s grande del estado, pero para los habitantes del otro Maine significaba puestos de trabajo y dinero y una entrada de sangre nueva en las comunidades moribundas.

La realidad era que la enramada del bosque ocultaba el &#237;ndice de pobreza en m&#225;s r&#225;pido crecimiento del pa&#237;s. Los pueblos menguaban, las escuelas eran cada vez m&#225;s peque&#241;as, y las j&#243;venes promesas se marchaban a York y Cumberland, a Boston y Nueva York. Cuando cerraron los aserraderos, los empleos bien pagados se sustituyeron por trabajo a cambio del salario m&#237;nimo. La recaudaci&#243;n tributaria cay&#243; en picado. La delincuencia, la violencia dom&#233;stica y el consumo de estupefacientes aumentaron. Long Pond, en otro tiempo mayor que Jackman, pr&#225;cticamente hab&#237;a desaparecido con el cierre de su aserradero. En el condado de Washington, al norte, casi a la vista de la zona de veraneo de Bar Harbor, una de cada cinco personas viv&#237;a en la indigencia. En Somerset, donde se encontraba Jackman, era una de cada seis, y un flujo constante de gente acud&#237;a a los centros de ayuda a la juventud y la familia de Skowhegan en busca de ropa y comida. En algunas partes exist&#237;a una lista de espera de a&#241;os para obtener ayudas destinadas al alquiler de una vivienda, en una &#233;poca en que las ayudas para los alquileres en &#225;reas rurales estaban reduci&#233;ndose a un ritmo constante.

Sin embargo Jackman, curiosamente, hab&#237;a prosperado en los &#250;ltimos a&#241;os, en parte debido a los acontecimientos del 11 de septiembre. La poblaci&#243;n hab&#237;a disminuido a pasos agigantados durante la d&#233;cada de los noventa, y la mitad de sus viviendas hab&#237;a quedado desocupada. El pueblo conservaba el aserradero, pero el car&#225;cter cambiante del turismo signific&#243; que quienes ahora viajaban hacia el norte llegaban en caravanas o alquilaban caba&#241;as y cocinaban ellos mismos, as&#237; que dejaban poco dinero en el pueblo. Entonces un d&#237;a se estrellaron los aviones y de pronto Jackman se encontr&#243; en la primera l&#237;nea de la lucha por asegurar las fronteras nacionales. El Departamento de Protecci&#243;n de Aduanas y Fronteras de Estados Unidos redobl&#243; sus efectivos, los precios de los bienes ra&#237;ces se dispararon y, en conjunto, Jackman disfrutaba ahora de una situaci&#243;n como no la hab&#237;a tenido en mucho tiempo. Pero incluso para lo que era Maine, Jackman segu&#237;a siendo un lugar remoto. El juzgado se encontraba en Skowhegan, a noventa kil&#243;metros al sur, y la polic&#237;a ten&#237;a que acudir a Jackman desde Bingham, casi a sesenta kil&#243;metros de distancia. Era, de un modo extra&#241;o, un lugar sin ley.

Cuando sal&#237;amos de Solon, el Kennebec apareci&#243; ante nosotros. Junto a la carretera vimos un cartel. En &#233;l se le&#237;a: BIENVENIDOS AL VALLE DEL R&#205;O MOOSE. SI NO SE DETIENEN, SONR&#205;AN AL PASAR.

Mir&#233; a Louis.

No sonr&#237;es.

Eso es porque vamos a detenernos.

Pens&#233; que pod&#237;a interpretarse de distintas maneras.

No entramos en Jackman aquella noche. En lugar de eso, nos desviamos de la carretera poco antes del pueblo. Hab&#237;a un hotel en una colina, con habitaciones estilo motel, un peque&#241;o bar al lado de la recepci&#243;n y un restaurante con bancos largos dise&#241;ado para dar de comer a los cazadores, que eran su principal raz&#243;n de ser en invierno. &#193;ngel ya hab&#237;a ocupado su habitaci&#243;n, aunque no se lo ve&#237;a por ninguna parte. Fui a mi habitaci&#243;n, amueblada con sencillez y provista de una peque&#241;a cocina en un rinc&#243;n. Hab&#237;a calefacci&#243;n bajo el suelo. Hac&#237;a un calor sofocante y la apagu&#233; haciendo caso omiso de la advertencia de que el sistema tardar&#237;a doce horas en volver a calentar la habitaci&#243;n al m&#225;ximo, y despu&#233;s regres&#233; al edificio principal.

&#193;ngel estaba en la barra, con una cerveza delante. Sentado en un taburete le&#237;a un peri&#243;dico. No dio se&#241;ales de reconocerme pese a que me vio entrar. Hab&#237;a dos hombres a su izquierda. Uno de ellos mir&#243; a &#193;ngel y susurr&#243; algo a su amigo. Soltaron una risotada desagradable, y algo me dijo que ese intercambio ven&#237;a produci&#233;ndose desde hac&#237;a un rato. Me acerqu&#233;. El que hab&#237;a hablado era musculoso y quer&#237;a que la gente lo supiese. Vest&#237;a una ajustada camiseta verde y dos tirantes cruzados sosten&#237;an unos pantalones impermeables de color naranja. Ten&#237;a la cabeza rapada, pero la sombra del nacimiento del pelo, en forma de pico, sobresal&#237;a como una flecha sobre su frente. Su amigo era de menor estatura y m&#225;s pesado, con una camiseta m&#225;s grande y m&#225;s holgada para ocultar la tripa. Su barba semejaba un intento poco afortunado de camuflar la debilidad de su ment&#243;n. Todo en &#233;l expresaba ocultaci&#243;n, la conciencia de sus fracasos. Si bien sonre&#237;a, su mirada saltaba inquieta de &#193;ngel a su compa&#241;ero, como si el placer que le proporcionaba atormentar despreocupadamente a otro estuviera te&#241;ido por el alivio de no ser &#233;l la v&#237;ctima esa vez, un alivio condicionado por el hecho de saber que el hombre musculoso pod&#237;a volverse con id&#233;ntica facilidad contra &#233;l, y si lo hac&#237;a, probablemente no ser&#237;a la primera vez.

El hombre corpulento golpete&#243; con el dedo el peri&#243;dico de &#193;ngel.

&#191;Est&#225;s bien, amigo? -pregunt&#243;.

S&#237;, estoy bien -contest&#243; &#193;ngel.

Por supuesto. -El hombre hizo un gesto obsceno con la mano y la lengua-. Seguro que est&#225;s muy bien.

Solt&#243; una estridente carcajada. Su amigo se ri&#243; con &#233;l, un cachorro ladrando con el perro grande. &#193;ngel no apart&#243; la mirada del peri&#243;dico.

Oye, no lo he dicho con mala intenci&#243;n -prosigui&#243; el hombre-. S&#243;lo nos estamos divirtiendo un poco, nada m&#225;s.

Ya lo veo -contest&#243; &#193;ngel-. Es evidente que eres de lo m&#225;s gracioso.

La sonrisa del hombre se apag&#243; cuando el sarcasmo empez&#243; a hacer mella.

&#191;Qu&#233; quieres decir con eso? -pregunt&#243;-. &#191;Tienes alg&#250;n problema?

&#193;ngel bebi&#243; un sorbo de cerveza, cerr&#243; el peri&#243;dico y suspir&#243;. Su principal agresor se acerc&#243;, y su amigo, que no quiso quedarse atr&#225;s, lo sigui&#243;. &#193;ngel abri&#243; las manos y les dio unas palmadas en el pecho. El camarero hac&#237;a lo posible por mantenerse al margen, pero vi que observaba lo que ocurr&#237;a por el espejo encima de la caja registradora. Aunque joven, no era la primera vez que ve&#237;a algo as&#237;. Armas, cerveza y el olor de la sangre constitu&#237;an una combinaci&#243;n perfecta para sacar lo peor de un hombre ignorante.

No me pongas esa puta mano encima -dijo el primer hombre-. Te he hecho una pregunta. &#191;Tienes alg&#250;n problema? Porque a m&#237; me parece que tienes un problema. As&#237; que contesta, &#191;lo tienes o no?

&#193;ngel pareci&#243; pensar la respuesta.

Bueno -dijo-, me duele la espalda, me encuentro en el culo del mundo con una panda de paletos armados, y a veces no s&#233; si estoy con el hombre id&#243;neo.

Se produjo un momento de confusi&#243;n.

&#191;C&#243;mo? -pregunt&#243; el grandull&#243;n.

&#193;ngel imit&#243; su expresi&#243;n de desconcierto y de pronto simul&#243; comprender.

Ah -dijo-. O sea, &#191;me preguntas si tengo un problema contigo? -Hizo un gesto con la mano derecha como quit&#225;ndole importancia-. No tengo el m&#225;s m&#237;nimo problema contigo. Sin embargo, s&#237; es muy posible que mi amigo, el que est&#225; detr&#225;s de ti, tenga un gran problema contigo.

El grandull&#243;n se volvi&#243;. Su compinche ya hab&#237;a retrocedido dejando espacio a Louis en la barra.

&#191;Qu&#233; tal? -dijo Louis, que hab&#237;a entrado en el bar poco despu&#233;s que yo y hab&#237;a adivinado lo que ocurr&#237;a igual de deprisa. Ahora yo estaba a su lado, pero no cab&#237;a duda de que &#233;l era la atracci&#243;n principal.

Los dos hombres examinaron a Louis y sopesaron sus opciones.

Ninguna de ellas pintaba bien. Al menos una implicaba grandes dolores. El macho alfa tom&#243; una decisi&#243;n, prefiriendo perder un poco de dignidad en lugar de algo que acaso resultara terminal.

Bien, bien -respondi&#243;.

Pues entonces todos contentos -dijo Louis.

Eso parece.

Dir&#237;a que est&#225;n a punto de servir la cena.

S&#237;, dir&#237;a que s&#237;.

M&#225;s vale que os pong&#225;is en marcha, pues, no vaya a ser que os qued&#233;is sin vituallas.

Ya.

Intent&#243; escabullirse rodeando a Louis, pero top&#243; con su amigo regordete, que no se hab&#237;a movido, y se vio obligado a apartarlo de un codazo. Ten&#237;a el rostro rojo por la humillaci&#243;n. Su amigo se arriesg&#243; a dirigir una mirada m&#225;s a Louis y luego se alej&#243; al trote detr&#225;s del calvo.

No est&#225; mal este lugar que has elegido para alojarnos -le indiqu&#233; a &#193;ngel-. Quiz&#225;s un poco pasado de testosterona, y podr&#237;as tener problemas para llenar tu carnet de baile, pero es muy acogedor.

Hab&#233;is tardado un huevo en llegar -protest&#243; &#193;ngel-. Aqu&#237; de noche no hay gran cosa que hacer, &#191;sab&#233;is? Y cuando anochece es como si alguien pulsara un interruptor. Ni siquiera hay televisor en la habitaci&#243;n.

Pedimos hamburguesas y patatas fritas y, tras decidir no reunirnos con los grupos de cazadores en la sala contigua, nos sentamos a una mesa junto a la barra.

&#191;Has averiguado algo? -pregunt&#233; a &#193;ngel.

He averiguado que nadie quiere hablar de Galaad, eso he averiguado. Lo m&#225;ximo que he conseguido se lo he sacado a unas viejecitas que cuidan el cementerio. Seg&#250;n ellas, lo que queda de Galaad es ahora propiedad privada. Lo compr&#243; un tal Caswell har&#225; quince a&#241;os, junto con otras veinte hect&#225;reas de bosque alrededor. &#201;l vive cerca. Siempre ha vivido cerca. No recibe muchas visitas. No es un rotario. Me he acercado hasta all&#237;. Hab&#237;a un cartel y una verja con un candado. Por lo visto no le gustan los cazadores, ni los intrusos, ni los vendedores.

&#191;Ha estado Merrick aqu&#237;?

Si ha estado, nadie lo ha visto.

Quiz&#225; Caswell s&#237;.

S&#243;lo hay una manera de saberlo.

S&#237;.

Observ&#233; a los cazadores mientras com&#237;an y localic&#233; a los dos hombres que se hab&#237;an metido con &#193;ngel. Estaban sentados en un rinc&#243;n, ajenos a los dem&#225;s. El grandull&#243;n segu&#237;a rojo. Aquello estaba lleno de armas, y a eso se un&#237;a un p&#250;blico muy macho. No era una buena situaci&#243;n.

&#191;Y esos amigos tuyos de la barra? -pregunt&#233;.

&#193;ngel asinti&#243;.

Phil y Steve. De Hoboken.

Creo que ser&#237;a una buena idea mandarlos a tomar viento.

Ser&#225; un placer -dijo &#193;ngel.

A prop&#243;sito, &#191;c&#243;mo sabes sus nombres?

&#193;ngel se llev&#243; las manos a los bolsillos de la cazadora. Las sac&#243; con dos billeteros.

Los viejos h&#225;bitos


El complejo estaba construido en una hondonada, con el bar y el edificio de recepci&#243;n en la parte alta, junto a la carretera, y las habitaciones y caba&#241;as al pie de la pendiente. No result&#243; dif&#237;cil averiguar d&#243;nde se alojaban los dos hom&#243;fobos, ya que cada hu&#233;sped deb&#237;a llevar su llave prendida de un c&#237;rculo de madera, un anillo de un tronco de &#225;rbol peque&#241;o. Mientras provocaban a &#193;ngel, ten&#237;an la llave en la barra delante de ellos. Ocupaban la caba&#241;a n&#250;mero catorce.

Dejaron la mesa un cuarto de hora despu&#233;s de acabar de cenar. Por entonces, &#193;ngel y Louis ya se hab&#237;an ido. Al pasar por mi lado camino de la puerta, ninguno de los dos hombres me mir&#243;, pero sent&#237; c&#243;mo ard&#237;an de ira. Hab&#237;an bebido siete pintas de cerveza entre los dos durante y despu&#233;s de la cena, y era s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo que decidieran buscar la manera de resarcirse por la derrota sufrida en la barra.

Al anochecer, la temperatura hab&#237;a descendido dr&#225;sticamente. En los lugares a la sombra, la escarcha de esa ma&#241;ana a&#250;n no se hab&#237;a fundido. Los dos hombres volvieron a toda prisa a su caba&#241;a, el grandull&#243;n en cabeza, el m&#225;s bajo y barbudo detr&#225;s. Al entrar se encontraron con que alguien les hab&#237;a desmontado los rifles de caza y esparcido las piezas por el suelo. Las bolsas de viaje estaban al lado de las armas, listas y cerradas.

Justo a su izquierda se encontraba Louis. &#193;ngel se hab&#237;a sentado a la mesa al lado de la estufa. Phil y Steve de Hoboken miraron a los dos hombres de arriba abajo. Phil, el m&#225;s grande y agresivo, parec&#237;a a punto de decir algo cuando vio las pistolas en las manos de los dos visitantes. Cerr&#243; la boca.

&#191;Sab&#233;is que no existe la caba&#241;a n&#250;mero trece? -pregunt&#243; &#193;ngel.

&#191;C&#243;mo? -dijo Phil.

He preguntado si sab&#233;is que no existe la caba&#241;a n&#250;mero trece en este hotel. La numeraci&#243;n salta del doce al catorce, porque nadie quiere ocupar la n&#250;mero trece. Aun as&#237;, &#233;sta es la caba&#241;a trece, de modo que en realidad s&#237; que est&#225;is en la n&#250;mero trece, a fin de cuentas, y por eso ten&#233;is tan mala suerte.

&#191;Por qu&#233; tenemos mala suerte? -pregunt&#243; Phil, recuperando su hostilidad natural, reforzada por el enardecimiento del alcohol-. S&#243;lo veo a dos mierdas que se han equivocado de caba&#241;a y han empezado a tontear con quienes menos les conviene. Aqu&#237; sois vosotros quienes est&#225;is de mala suerte. No sab&#233;is con qui&#233;n os la jug&#225;is.

A su lado, Steve desplazaba nervioso el peso del cuerpo de un pie al otro. Pese a las apariencias, ten&#237;a inteligencia suficiente, o la cabeza lo bastante clara, para darse cuenta de que no era buena idea irritar a dos hombres armados cuando uno no ten&#237;a a mano un arma, o al menos una que pudiera montar a tiempo.

&#193;ngel sac&#243; los billeteros del bolsillo y los agit&#243; en direcci&#243;n a los dos hombres.

S&#237; que lo sabemos -contest&#243;-. Sabemos qui&#233;nes sois. Sabemos d&#243;nde viv&#237;s, d&#243;nde trabaj&#225;is. Sabemos c&#243;mo es tu mujer, Steve, y sabemos que, seg&#250;n parece, Phil est&#225; separado de la madre de sus hijos. Qu&#233; triste, Phil. Fotos de los ni&#241;os, pero ni rastro de la mam&#225;. As&#237; y todo, como eres m&#225;s bien capullo, no se la puede culpar por haberte dado el pasaporte.

Por otro lado, vosotros no sab&#233;is nada de nosotros salvo que ahora estamos aqu&#237;, y tenemos buenas razones para estar ofendidos con vosotros por lo bocazas que sois. As&#237; que os propongo lo siguiente: met&#233;is vuestra mierda en el coche y os volv&#233;is al sur. Phil, mejor que conduzca tu amigo, porque se nota que te has tomado unas cuantas m&#225;s que &#233;l. Cuando hay&#225;is recorrido, digamos, unos ciento cincuenta kil&#243;metros, par&#225;is y busc&#225;is habitaci&#243;n. Dorm&#237;s la mona y ma&#241;ana volv&#233;is a Hoboken. Y ya no nos volver&#233;is a ver. Bueno, probablemente no nos volver&#233;is a ver. Nunca se sabe. A lo mejor un d&#237;a nos asalta el repentino deseo de visitaros. Igual vamos a ver la casa donde naci&#243; Sinatra, y as&#237; tenemos una excusa para pasar a saludaros a Steve y a ti. A menos, claro est&#225;, que quer&#225;is darnos una raz&#243;n m&#225;s apremiante para seguiros hasta all&#237;.

Phil hizo un &#250;ltimo intento. Su testarudez era casi admirable.

Tenemos amigos en Jersey -dijo con segundas intenciones.

&#193;ngel pareci&#243; realmente desconcertado. Su respuesta, cuando lleg&#243;, s&#243;lo pod&#237;a ser de un neoyorquino.

&#191;Por qu&#233; iba alguien a jactarse de una cosa as&#237;? -pregunt&#243;-. Adem&#225;s, &#191;qui&#233;n co&#241;o quiere ir de visita a Jersey?

Lo que quiere decir -aclar&#243; Louis- es que tiene determinados amigos en Jersey.

Ah -dijo &#193;ngel-, ahora caigo. Oye, nosotros tambi&#233;n vemos Los Soprano. Lo malo, Phil, es que incluso si eso fuera verdad, que me consta que no lo es, nosotros somos la clase de personas a quienes llaman los amigos de Jersey, no s&#233; si lo pillas. Se nota enseguida, si te fijas un poco. Mira, tenemos pistolas. Vosotros ten&#233;is rifles de caza. Vosotros ven&#237;s aqu&#237; a cazar ciervos. Nosotros no hemos venido a cazar ciervos. No se cazan ciervos con una Glock. Con una Glock se cazan otras cosas, pero no ciervos.

Phil encorv&#243; los hombros. Hab&#237;a llegado la hora de aceptar la derrota.

V&#225;monos -dijo a Steve.

&#193;ngel les lanz&#243; los billeteros. Louis y &#233;l los observaron mientras cargaban las bolsas y las piezas de los rifles, salvo las agujas percuto-ras, que &#193;ngel hab&#237;a tirado al bosque. Cuando acabaron, Steve ocup&#243; el asiento del conductor y Phil se qued&#243; de pie junto a la puerta del acompa&#241;ante. &#193;ngel y Louis se apoyaron de forma despreocupada en la baranda de la caba&#241;a, y s&#243;lo las armas indicaban que aquello no era un simple cuarteto de conocidos despidi&#233;ndose amigablemente.

Y todo esto porque nos divertimos un poco a tu costa en el bar -reproch&#243; Phil.

No -corrigi&#243; &#193;ngel-. Todo esto porque sois gilipollas.

Phil entr&#243; en el coche y se alejaron. Louis esper&#243; a que las luces del veh&#237;culo se perdieran de vista y luego, con delicadeza, dio unas palmadas a &#193;ngel en el dorso de la mano.

Eh -dijo-. Nunca nos llaman de Jersey.

Lo s&#233; -respondi&#243; &#193;ngel-. &#191;Por qu&#233; &#237;bamos a querer hablar con alguien de Jersey?

Y realizada la tarea, se retiraron a dormir.



31

A la ma&#241;ana siguiente enfilamos hacia el norte rumbo a Jackman. Tuvimos que detenernos mientras un cami&#243;n maniobraba en el centro de abastos de Jackman, donde incluso en noviembre las camisetas expuestas colgaban delante como ropa tendida a secar. A un lado hab&#237;a un viejo coche patrulla con un maniqu&#237; en el asiento del conductor, que era lo m&#225;s parecido a un polic&#237;a que pod&#237;a verse all&#237;, tan al norte.

&#191;Alguna vez han tenido polic&#237;as aqu&#237;? -pregunt&#243; Louis.

Creo que tuvieron a un polic&#237;a en los sesenta o setenta.

&#191;Qu&#233; fue de &#233;l? &#191;Se muri&#243; de aburrimiento?

Supongo que esto es un sitio m&#225;s bien tranquilo. Ahora hay un alguacil, por lo que s&#233;.

Seguro que las largas noches de invierno se le pasan volando.

Eh, una vez hubo un asesinato.

&#191;Una vez? -No parec&#237;a impresionado.

En su d&#237;a fue un caso bastante famoso. Un tal Nelson Bastley, el due&#241;o del Moose River House, recibi&#243; un tiro en la cabeza. Encontraron su cuerpo embutido bajo un &#225;rbol arrancado.

Ya. &#191;Y eso cu&#225;ndo fue?

En 1919. Hab&#237;a por medio contrabando de alcohol, creo recordar.

&#191;Me est&#225;s diciendo que no ha pasado nada m&#225;s desde entonces?

En esta parte del mundo, la mayor&#237;a de la gente, por poco que pueda, se lo toma con calma a la hora de morirse -coment&#233;-. Quiz&#225;s a ti eso te sorprenda.

Seguramente me muevo en c&#237;rculos distintos.

Seguramente. No te gusta mucho la vida en el campo, &#191;verdad que no?

De peque&#241;o ya tuve vida en el campo m&#225;s que suficiente. Entonces no me gustaba mucho. Dudo que haya mejorado gran cosa desde entonces.

Hab&#237;a asimismo dos dependencias id&#233;nticas a los lados del centro de abastos, una encima de la otra. En la puerta de la dependencia superior se le&#237;a el r&#243;tulo CONSERVADOR. En la puerta de la inferior rezaba LIBERAL.

Los tuyos -dije a Louis.

Los m&#237;os no. Yo soy un republicano liberal.

Nunca he acabado de entender qu&#233; significa eso.

Significa que, en mi opini&#243;n, la gente puede hacer lo que le venga en gana siempre y cuando no lo haga cerca de m&#237;.

Pensaba que ser&#237;a algo m&#225;s complicado.

Pues no, es as&#237; de simple. &#191;Crees que deber&#237;a entrar y decirles que soy gay?

Yo que t&#250; ni siquiera les dir&#237;a que eres negro -sugiri&#243; &#193;ngel desde el asiento trasero.

No juzgues este sitio por ese edificio -dije-. Eso es s&#243;lo para dar a los turistas un motivo de risa. Un pueblo peque&#241;o como &#233;ste no sobrevive, ni siquiera prospera un poco, si sus habitantes son fan&#225;ticos e idiotas. No os llev&#233;is a enga&#241;o respecto a ellos.

Asombrosamente, al o&#237;r eso los dos callaron.

M&#225;s all&#225; del centro de abastos, y a la izquierda, los imponentes campanarios gemelos de la iglesia de San Antonio, construidos con granito aut&#243;ctono en 1930, se dibujaban contra el cielo de color gris p&#225;lido. La iglesia no habr&#237;a desentonado en una gran ciudad, pero all&#237;, en un pueblo de mil almas, quedaba fuera de lugar. Aun as&#237;, para Ben-net Lumley supuso un est&#237;mulo al crear Galaad: se propuso que el campanario de su iglesia superara incluso al de San Antonio.

Jackman, o Holden, como se conoc&#237;a originariamente, fue fundado por los ingleses y los irlandeses, y los franceses se unieron a ellos m&#225;s tarde. El lugar donde estaba el centro de abastos fue parte de una zona llamada Little Canada, y de all&#237; hasta el puente se extend&#237;a la parte cat&#243;lica del pueblo, raz&#243;n por la que San Antonio estaba en el lado este del r&#237;o. En la otra orilla del puente se encontraba el territorio protestante. All&#237; estaba la iglesia congregacional, y tambi&#233;n los episcopalianos, que eran los protestantes con quienes no estaba mal simpatizar si uno era cat&#243;lico, o eso dec&#237;a mi abuelo. No sab&#237;a cu&#225;nto hab&#237;a cambiado ese sitio desde entonces, pero estaba convencido de que la antigua divisi&#243;n a&#250;n prevalec&#237;a, un par de casas arriba o abajo.

La roja estaci&#243;n de tren de Jackman se hallaba junto a las v&#237;as que atravesaban el pueblo, pero ahora era propiedad privada. Como el principal puente estaba en obras, tuvimos que dar un rodeo que nos llev&#243; a una estructura provisional y al municipio de Moose River. A la derecha estaba la modesta iglesia congregacional, que ten&#237;a la misma relaci&#243;n con la de San Antonio que el equipo local de la liga infantil con los Red Sox.

Al final llegamos al indicador del cementerio de Holden frente al Centro de Actividades al Aire Libre de Windfall, delante del cual se alineaban los autobuses escolares azules, en ese momento vac&#237;os y so&#241;olientos. Una carretera de tierra y grava conduc&#237;a al cementerio, pero se la ve&#237;a empinada y resbaladiza a causa del hielo. As&#237; que dejamos el coche en lo alto de la carretera y recorrimos a pie el resto del camino. Discurr&#237;a entre un estanque helado y un peque&#241;o pantano de castores hasta llegar a las l&#225;pidas del cementerio, en una pendiente a la izquierda. Era peque&#241;o y estaba rodeado de una alambrada, provista de una verja sin candado tan estrecha que s&#243;lo permit&#237;a el paso de una persona. Las tumbas se remontaban al siglo XIX, probablemente a los tiempos en que aquello era todav&#237;a un asentamiento de colonos.

Mir&#233; las cinco l&#225;pidas m&#225;s cercanas a la verja, tres grandes y dos peque&#241;as. En la primera se le&#237;a HATTIE E., ESPOSA DE JOHN F. CHILDS, y daba las fechas de su nacimiento y su muerte: 11 de abril de 1865 y 26 de noviembre de 1891. A su lado hab&#237;a dos l&#225;pidas de menor tama&#241;o; Clara M. y Vinal F. Seg&#250;n la l&#225;pida, Clara M. naci&#243; el 16 de agosto de 1895 y muri&#243; s&#243;lo un mes despu&#233;s, el 30 de septiembre de 1895. El tiempo que pas&#243; Vinal F. en esta tierra fue a&#250;n m&#225;s breve: nacido el 5 de septiembre de 1903, el 28 de septiembre ya hab&#237;a muerto. La cuarta l&#225;pida pertenec&#237;a a Lillian L., la segunda esposa de John y supuestamente madre de Clara y Vinal. Naci&#243; el 11 de julio de 1873 y muri&#243; menos de un a&#241;o despu&#233;s que su hijo, el 16 de mayo de 1904. La &#250;ltima l&#225;pida era la del propio John F. Childs, nacido el 8 de septiembre de 1860 y fallecido, tras sobrevivir a dos esposas y dos hijos, el 18 de marzo de 1935. Cerca no hab&#237;a ninguna otra l&#225;pida. Me pregunt&#233; si John F. hab&#237;a sido el &#250;ltimo de su estirpe. Aqu&#237;, en este peque&#241;o cementerio, la historia de su vida quedaba a la vista en el espacio de cinco losas de piedra labrada.

Pero la l&#225;pida que busc&#225;bamos se hallaba en el &#225;ngulo sur del cementerio. No ten&#237;a nombres, ni fechas de nacimiento o defunci&#243;n. Rezaba s&#243;lo: LOS HIJOS DE GALAAD, seguido de las mismas dos palabras talladas tres veces:


RECI&#201;N NACIDO

RECI&#201;N NACIDO

RECI&#201;N NACIDO


y un ruego a Dios para que se apiadara de sus almas. Como ni&#241;os sin bautizar, al principio debieron de sepultarlos fuera del cementerio, pero saltaba a la vista que en alg&#250;n momento del pasado se hab&#237;a desplazado discretamente la valla del cementerio en ese rinc&#243;n, y los hijos de Galaad quedaban ahora dentro del recinto. Dec&#237;a mucho en favor de los vecinos del pueblo que, en silencio, sin el menor alboroto, hubiesen acogido a esos ni&#241;os perdidos y les hubiesen permitido descansar en paz dentro del camposanto.

&#191;Qu&#233; fue de los hombres que hicieron esto? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Lo mir&#233; y vi el dolor grabado en su rostro.

Hombres y mujeres -lo correg&#237;-. Las mujeres debieron de saberlo y actuar en connivencia, por la raz&#243;n que fuera. Dos de esos ni&#241;os murieron por causas desconocidas, pero a uno de ellos lo mataron con una aguja de punto poco despu&#233;s de nacer. &#191;Has o&#237;do de alg&#250;n hombre que clave una aguja de punto a un ni&#241;o? No, las mujeres lo encubrieron, ya fuera por miedo o por verg&#252;enza, o por alg&#250;n otro motivo. A ese respecto, no creo que Dubus mienta. Nunca se presentaron cargos. Las autoridades examinaron a dos chicas y corroboraron que hab&#237;an dado a luz hac&#237;a poco, pero no hab&#237;a pruebas que relacionasen esos nacimientos con los cad&#225;veres hallados. La comunidad hizo pi&#241;a y sostuvo que los ni&#241;os fueron dados en adopci&#243;n privadamente. Los nacimientos no quedaron registrados en ning&#250;n documento, lo que era un delito en s&#237; mismo, pero un delito que nadie tuvo inter&#233;s en denunciar. Dubus declar&#243; a los investigadores que los ni&#241;os fueron enviados a alg&#250;n lugar de Utah. Lleg&#243; un coche, dijo, los recogi&#243; y desapareci&#243; en la noche. &#201;sa fue la versi&#243;n, y s&#243;lo a&#241;os despu&#233;s se retract&#243; y afirm&#243; que las madres de las chicas que hab&#237;an dado a luz hab&#237;an matado a los reci&#233;n nacidos. En cualquier caso, alrededor de una semana despu&#233;s de encontrarse los cad&#225;veres, la comunidad ya se hab&#237;a disgregado, y cada cual se hab&#237;a ido por su camino.

Libres para cometer abusos sexuales en otra parte -a&#241;adi&#243; &#193;ngel.

No contest&#233;. &#191;Qu&#233; pod&#237;a decir, en especial a &#193;ngel, que hab&#237;a sido &#233;l mismo v&#237;ctima de tales abusos, entregado por su padre a hombres que obten&#237;an placer con el cuerpo de un ni&#241;o? Por eso estaba all&#237; en ese momento, en aquel cementerio fr&#237;o de un remoto pueblo del norte. Por eso estaban los dos all&#237;, esos cazadores entre cazadores. Para ellos ya no era cuesti&#243;n de dinero, ni de su propia conveniencia. Eso habr&#237;a podido ser as&#237; en otro tiempo, pero ya no lo era. Ahora estaban all&#237; por la misma raz&#243;n que yo: porque hacer caso omiso de lo que hab&#237;a sucedido a esos ni&#241;os en el pasado reciente y lejano, volver la cabeza y mirar en otra direcci&#243;n porque era m&#225;s f&#225;cil, equival&#237;a a ser c&#243;mplice de los cr&#237;menes cometidos. Negarse a ahondar ser&#237;a actuar en connivencia con los culpables.

Alguien ha cuidado esta tumba -observ&#243; &#193;ngel.

Era verdad. No hab&#237;a hierbajos, y el c&#233;sped hab&#237;a sido cortado para que no tapara la l&#225;pida. Incluso las palabras en la piedra hab&#237;an sido realzadas con pintura negra para que destacaran.

&#191;Qui&#233;n se ocupa de una tumba de hace cincuenta a&#241;os? -pregunt&#243;.

Quiz&#225;s el actual due&#241;o de Galaad -contest&#233;-. Vayamos a pregunt&#225;rselo.


A unos ocho kil&#243;metros por la 201, pasado Moose River y a la altura del t&#233;rmino municipal de Sandy Bay, un cartel se&#241;alaba la Senda del Monte Pelado, y supe que nos acerc&#225;bamos a Galaad. Si &#193;ngel no hubiese indagado antes, habr&#237;a sido dif&#237;cil encontrar aquel sitio. La carretera que cogimos no ten&#237;a nombre. Tan s&#243;lo la identificaban un cartel donde se le&#237;a PROPIEDAD PRIVADA y, como hab&#237;a dicho &#193;ngel, una lista que enumeraba a aquellos cuya presencia ser&#237;a especialmente mal recibida. A eso de un kil&#243;metro se alzaba una verja. Estaba cerrada con llave, y la cerca se adentraba en el bosque a ambos lados.

Galaad est&#225; ah&#237; dentro -dijo &#193;ngel se&#241;alando al bosque en direcci&#243;n norte-. Quiz&#225;s a un kil&#243;metro de aqu&#237; o algo m&#225;s.

&#191;Y la casa?

A la misma distancia, pero siguiendo derecho por el camino. Se ve desde un poco m&#225;s adelante.

Se&#241;al&#243; un sendero de tierra con roderas, paralelo a la cerca hacia el sudeste.

Detuve el coche a un lado del camino. Saltamos la verja y nos adentramos en el bosque.

Al cabo de quince o veinte minutos llegamos al claro.

La mayor&#237;a de los edificios segu&#237;a en pie. En un lugar donde la madera era el principal material de construcci&#243;n, Lumley hab&#237;a elegido la piedra para varias casas, tan convencido estaba de que su comunidad ideal perdurar&#237;a. Las viviendas variaban de tama&#241;o, desde caba&#241;as de dos habitaciones hasta estructuras mayores con capacidad para albergar c&#243;modamente a familias de seis o m&#225;s miembros. La mayor&#237;a se hallaba en un estado ruinoso, y algunas hab&#237;an sido incendiadas, pero una de ellas parec&#237;a restaurada en cierta medida. Ten&#237;a techo y barrotes en las cuatro ventanas. La puerta de entrada, una plancha maciza de roble toscamente labrado, estaba cerrada con llave. En total, la comunidad no pudo pasar de la docena de familias en su momento de mayor auge. Exist&#237;an muchos lugares as&#237; en Maine: aldeas olvidadas, pueblos que se hab&#237;an marchitado y muerto, asentamientos basados en una fe equivocada en un l&#237;der carism&#225;tico. Pens&#233; en las ruinas del Santuario, en Casco Bay, y en Faulkner y su grey asesinada en Aroostook. Galaad era uno m&#225;s de una larga e ignominiosa serie de proyectos fallidos, condenados al fracaso por hombres sin escr&#250;pulos e instintos viles.

Y por encima de todo asomaba el gran campanario de la iglesia del Salvador, la rival de San Antonio erigida por Lumley. Se hab&#237;an construido los muros, se hab&#237;a levantado el campanario, pero no llegaron a techarlo, y nadie hab&#237;a rezado entre sus paredes. Era menos un homenaje a Dios que un monumento a la vanidad de un hombre. Ahora el bosque lo hab&#237;a reclamado para s&#237;. Estaba cubierta de hiedra hasta tal punto que se habr&#237;a dicho que la propia naturaleza la hab&#237;a edificado creando un templo de hojas y zarcillos, con hierba y matojos por suelo y un &#225;rbol por tabern&#225;culo, ya que un nogal hab&#237;a crecido en el lugar que correspond&#237;a al altar, y ten&#237;a las ramas desplegadas y sin hojas como los restos esquel&#233;ticos de un predicador trastornado a quien el viento fr&#237;o hab&#237;a despojado de su carne mientras despotricaba contra el mundo, con los huesos oscurecidos por la acci&#243;n del sol y la lluvia.

Todo en Galaad reflejaba p&#233;rdida y podredumbre y descomposici&#243;n. Aunque yo no hubiese sabido nada de los cr&#237;menes cometidos all&#237;, del sufrimiento padecido por unos ni&#241;os y las muertes de unos reci&#233;n nacidos, me habr&#237;a invadido la misma sensaci&#243;n de malestar y suciedad. Si bien es verdad que hab&#237;a cierta magnificencia en la iglesia a medio construir, carec&#237;a de belleza, e incluso la propia naturaleza parec&#237;a corrompida en contacto con aquel lugar. Dubus estaba en lo cierto. Lumley hab&#237;a elegido mal el emplazamiento de su comunidad.

Cuando &#193;ngel se dispuso a examinar la iglesia de cerca, lo detuve con un gesto.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243;.

No toques ninguna planta -advert&#237;.

&#191;Por qu&#233;?

Son todas venenosas.

Y as&#237; era: parec&#237;a que hasta el &#250;ltimo hierbajo infecto, hasta la &#250;ltima flor perniciosa, hab&#237;a arraigado all&#237;, algunos de los cuales no los hab&#237;a visto nunca tan al norte, ni agrupados de esa manera. Hab&#237;a laurel americano, con su corteza en jirones, de color herrumbre, sus flores rosas y blancas salpicadas de rojo como la sangre de insectos, y con unos estambres, ahora ausentes, que respond&#237;an al tacto como insectos o animales. Vi ra&#237;z de serpiente blanca, todav&#237;a en la etapa final de floraci&#243;n, que pod&#237;a emponzo&#241;ar la leche de una vaca si el animal com&#237;a la planta, y el veneno era letal para quien la bebiese. Cerca de una ci&#233;naga con hielo en las orillas hab&#237;a matas de cicuta virosa, que con sus hojas dentadas y sus tallos veteados llamaban mucho la atenci&#243;n, siendo cada una de sus partes potencialmente mort&#237;fera. Hab&#237;a estramonio, m&#225;s propio de los campos, y celidonia y ortigas. Hasta la hiedra era venenosa. All&#237; no acudir&#237;a ning&#250;n p&#225;jaro, pens&#233;, ni siquiera en verano. Ser&#237;a siempre un paraje silencioso y desolado.

Alzamos la vista para contemplar el enorme campanario, m&#225;s alto incluso que los &#225;rboles que lo rodeaban. Algunas de las lumbreras contemplaban sombr&#237;as el bosque entre capas de hiedra, y el hueco vac&#237;o concebido para albergar la campana estaba invadido casi por completo de vegetaci&#243;n. No ten&#237;a puertas, sino s&#243;lo aberturas rectangulares en la base del campanario y a un lado de la iglesia propiamente dicha, y en las ventanas no hab&#237;a cristales. El mero intento de entrar ser&#237;a exponerse a cortes y erupciones a causa de las malas hierbas y las ortigas que obstru&#237;an el paso, si bien advert&#237;, al observar con mayor detenimiento, que aparentemente alguien, en alg&#250;n momento, s&#233; hab&#237;a abierto paso a trav&#233;s de las plantas, ya que &#233;stas eran m&#225;s altas y espesas a los lados. Al oeste de la iglesia vi los restos de un sendero en el bosque, visible por la ausencia de &#225;rboles altos. Por all&#237; hab&#237;an transportado el material de construcci&#243;n a trav&#233;s del bosque, pero medio siglo despu&#233;s s&#243;lo quedaba una l&#237;nea divisoria invadida por la maleza.

Nos acercamos a la casa intacta. Hice una se&#241;a a &#193;ngel con la cabeza y se puso manos a la obra con la cerradura.

Hace tiempo que no se abre -coment&#243;.

Sac&#243; del bolsillo de la cazadora una lata peque&#241;a de lubricante, roci&#243; la cerradura y prob&#243; de nuevo. Al cabo de unos minutos o&#237;mos un chasquido. Hizo presi&#243;n con el hombro y la puerta se abri&#243; con un chirrido.

Ten&#237;a dos habitaciones, las dos vac&#237;as. El suelo era de cemento, y saltaba a la vista que no formaba parte de la estructura original. El sol, que hab&#237;a luchado durante tanto tiempo para traspasar el cristal mugriento, aprovech&#243; la ocasi&#243;n brindada por la puerta abierta para ba&#241;ar de luz el interior, pero no hab&#237;a nada que ver ni iluminar. Louis golpete&#243; suavemente con los nudillos una de las ventanas.

Es plexigl&#225;s -dijo. Recorri&#243; el contorno del marco con el dedo. Al parecer, en alg&#250;n momento alguien hab&#237;a intentado desprender el marco del cemento. No hab&#237;a llegado muy lejos, pero las pruebas del intento fallido segu&#237;an all&#237;.

Se inclin&#243; hacia el cristal y despu&#233;s, en un intento de ver m&#225;s claramente algo que hab&#237;a captado con su fina vista, se arrodill&#243;.

Fijaos en esto -dijo.

Hab&#237;a peque&#241;os ara&#241;azos en el &#225;ngulo inferior derecho. Acerqu&#233; la cabeza para ver qu&#233; pod&#237;an ser, pero fue &#193;ngel quien los descifr&#243; primero.

L.M. -ley&#243;.

Lucy Merrick -deduje. Ten&#237;a que ser eso. No hab&#237;a m&#225;s marcas ni en las paredes ni en las ventanas. Si las letras hubieran sido grabadas por un ni&#241;o a modo de diversi&#243;n, habr&#237;an estado acompa&#241;adas de otras iniciales, otros nombres, pero Galaad no era un sitio que visitar&#237;a una persona sola, no por voluntad propia.

Y en ese momento supe que fue all&#237; adonde hab&#237;an llevado a Andy Kellog y, m&#225;s tarde, a la hija de Merrick. Andy Kellog hab&#237;a vuelto trastornado, traumatizado, pero con vida. Lucy Merrick, en cambio, no hab&#237;a regresado. Al instante, el aire de la casa se me antoj&#243; viciado y muerto, contaminado por lo que en el fondo de mi alma sab&#237;a que hab&#237;a tenido lugar en aquellas habitaciones.

&#191;Por qu&#233; aqu&#237;? -pregunt&#243; Louis en un susurro-. &#191;Por qu&#233; los trajeron aqu&#237;?

Por lo ocurrido aqu&#237; antes -contest&#243; &#193;ngel. Toc&#243; con la yema del dedo las marcas de Lucy en el cristal, resiguiendo cada una con delicadeza y ternura en un gesto de evocaci&#243;n. Me acord&#233; de mi propia reacci&#243;n en el desv&#225;n de mi casa, al leer un mensaje escrito en el polvo-. El hecho de saber que repet&#237;an algo sucedido ya en el pasado, como si continuasen una tradici&#243;n, provocaban mayor placer.

Sus palabras se hac&#237;an eco de lo que hab&#237;a dicho Christian sobre los aglutinadores. &#191;Era eso lo que estaba detr&#225;s de la fascinaci&#243;n de Clay por Galaad? &#191;Quer&#237;a recrear lo sucedido medio siglo antes, o ayud&#243; a otros a hacerlo? Por otro lado, acaso su inter&#233;s no fuera morboso ni lascivo. Quiz&#225;s &#233;l no tuvo la culpa de nada de lo ocurrido, y s&#243;lo su curiosidad profesional lo llev&#243; a ese profundo lugar en el bosque, cuyo obsesivo recuerdo plasm&#243; luego en los cuadros que Merrick hab&#237;a destrozado en la pared de Joel Harmon y que Mason Dubus exhib&#237;a con orgullo en la suya. Pero cada vez me costaba m&#225;s creerlo. Si unos hombres hab&#237;an intentado recrear los cr&#237;menes anteriores all&#237; cometidos, quiz&#225;s habr&#237;an buscado a su instigador, Mason Dubus. Tom&#233; conciencia de que segu&#237;amos un camino recorrido antes por Clay, rastreando las huellas que hab&#237;a dejado al desplazarse hacia el norte. &#201;l le hab&#237;a regalado una de sus preciadas obras de arte a Dubus. No parec&#237;a un simple gesto de agradecimiento. Se acercaba al respeto, casi al afecto.

Busqu&#233; en las dos habitaciones cualquier otra se&#241;al de la presencia de Lucy Merrick en la casa, pero no encontr&#233; nada. Probablemente en otro tiempo hubo all&#237; colchones, mantas, incluso libros o revistas. Hab&#237;a interruptores en las paredes, pero los portal&#225;mparas no ten&#237;an bombillas. Vi marcas en el &#225;ngulo superior de la segunda habitaci&#243;n, donde deb&#237;a de haberse colgado una placa de metal o algo parecido, y debajo un agujero limpio. Un orificio m&#225;s grande en la pared, rellenado despu&#233;s pero con el contorno todav&#237;a visible, indicaba el lugar donde en otro tiempo estuvo colocada una estufa, y la chimenea hab&#237;a sido tapiada hac&#237;a mucho. Lucy Merrick hab&#237;a desaparecido en septiembre. All&#237; ya deb&#237;a de hacer fr&#237;o. &#191;C&#243;mo pudo calentarse si la retuvieron all&#237;? No hall&#233; respuesta. Se lo hab&#237;an llevado todo y era evidente que aquellas habitaciones no se utilizaban desde hac&#237;a a&#241;os.

La mataron aqu&#237;, &#191;no? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Segu&#237;a junto a la ventana, los dedos en contacto con las letras grabadas en el cristal, como si as&#237; pudiera entrar en contacto, de alg&#250;n modo, con la propia Lucy Merrick y darle consuelo, para que, donde quiera que estuviese, supiera que alguien hab&#237;a encontrado las marcas que ella dej&#243; y sent&#237;a dolor por ella. Las letras eran peque&#241;as, casi imperceptibles. Ella no quer&#237;a que los hombres que la hab&#237;an secuestrado las viesen. Quiz&#225; pens&#243; que le permitir&#237;an demostrar su versi&#243;n cuando la soltaran, &#191;o temi&#243; acaso, ya en ese momento, que nunca la dejasen en libertad y alberg&#243; la esperanza de que esas letras proporcionasen una se&#241;al en caso de que alguien se preocupara de averiguar qu&#233; hab&#237;a sido de ella?

No mataron a los dem&#225;s -dije-. Por eso llevaban m&#225;scaras, para poder soltarlos sin preocuparse de que los identificaran. Es posible que se excedieran o que algo se torciera. Por alguna raz&#243;n muri&#243;, y eliminaron toda se&#241;al de su presencia aqu&#237;; luego cerraron la casa a cal y canto y no volvieron nunca m&#225;s.

&#193;ngel dej&#243; caer los dedos.

Caswell, el due&#241;o de estas tierras, deb&#237;a de saber lo que ocurr&#237;a.

S&#237; -susurr&#233;-. Deb&#237;a de saberlo.

Me volv&#237; para marcharme. Louis estaba delante de m&#237;, encuadrado en el umbral de la puerta, una silueta oscura contra el sol de la ma&#241;ana. Abri&#243; la boca para hablar, pero call&#243;. Los tres hab&#237;amos o&#237;do n&#237;tidamente el ruido. Era el de un cartucho al entrar en la rec&#225;mara de una escopeta. Sigui&#243; una voz. Dijo:

Eh, al menor movimiento, disparo.



32

&#193;ngel y yo guardamos silencio dentro de la casa, decididos a no movernos ni hablar. Louis se qued&#243; inm&#243;vil en el umbral de la puerta, con los brazos extendidos a los lados para demostrarle al hombre detr&#225;s de &#233;l que no ten&#237;a nada en las manos.

Ahora fuera, despacio -dijo la voz-. Con las manos en la cabeza. Y los que est&#225;n dentro que hagan lo mismo. Ustedes no me ven, pero yo los veo a ustedes. Se lo digo ya: a la que uno se mueva, aqu&#237; el figur&#237;n, con su elegante abrigo, acabar&#225; con un agujero donde ahora tiene la cara. Han entrado sin autorizaci&#243;n en una propiedad privada. Es posible que adem&#225;s lleven armas. Ni un solo juez del estado me condenar&#225; si me obligan a matarlos yendo armados.

Lentamente, Louis se alej&#243; de la puerta y se detuvo con las manos en la nuca, de cara al bosque. A &#193;ngel y a m&#237; no nos qued&#243; m&#225;s remedio que seguirlo. Intent&#233; localizar la procedencia de la voz, pero cuando abandonamos la protecci&#243;n de la casa, fuera s&#243;lo hab&#237;a silencio. A continuaci&#243;n, un hombre sali&#243; de un bosquecillo de olmos y clavellinas. Vest&#237;a pantalones de camuflaje verdes y una chaqueta a juego, y empu&#241;aba una Browning de calibre 12. Corpulento pero no musculoso, pasaba de los cincuenta a&#241;os. Ten&#237;a la tez p&#225;lida y el cabello demasiado largo, desparramado en desaseadas gre&#241;as sobre la cabeza como una fregona sucia. Parec&#237;a no dormir bien desde hac&#237;a mucho tiempo. Los ojos casi se le ca&#237;an de la cabeza, como si no soportaran la presi&#243;n dentro del cr&#225;neo, y ten&#237;a las cuencas tan enrojecidas que la piel parec&#237;a desprenderse de la carne. P&#250;stulas recientes salpicaban sus mejillas, barbilla y cuello, con puntos rojos all&#237; donde se hab&#237;a cortado al afeitarse.

&#191;Qui&#233;nes son ustedes? -pregunt&#243;. Sosten&#237;a la escopeta con firmeza, pero le temblaba la voz como si s&#243;lo pudiera proyectar aplomo con el cuerpo o con la voz, pero no con los dos simult&#225;neamente.

Cazadores -contest&#233;.

&#191;Ah, s&#237;? -Solt&#243; una risa burlona-. &#191;Y qu&#233; cazan sin rifles?

Hombres -se limit&#243; a contestar Louis.

Se abri&#243; otra grieta en la fachada de aquel individuo. Imagin&#233; la piel resquebraj&#225;ndose bajo su ropa en un sinf&#237;n de peque&#241;as roturas, como una mu&#241;eca de porcelana a punto de romperse en mil pedazos.

&#191;Es usted Caswell? -pregunt&#233;.

&#191;Qui&#233;n quiere saberlo?

Me llamo Charlie Parker. Soy investigador privado. &#201;stos son mis colegas.

Soy Caswell, s&#237;. Y &#233;stas son mis tierras. No se les ha perdido nada aqu&#237;.

Al contrario, aqu&#237; se ha perdido algo muy importante, y por eso hemos venido.

Pues si es as&#237;, vayan a la oficina de objetos perdidos.

Quer&#237;amos hacerle unas preguntas.

Caswell levant&#243; ligeramente el ca&#241;&#243;n de la escopeta y descerraj&#243; un tiro. La bala pas&#243; a cierta distancia por encima de nuestras cabezas; as&#237; y todo, me encog&#237;. Volvi&#243; a cargar y el ojo del arma, imperturbable, concentr&#243; de nuevo su atenci&#243;n en nosotros.

Creo que no me han o&#237;do. No est&#225;n en situaci&#243;n de hacer preguntas.

Hable con nosotros o hable con la polic&#237;a. Usted mismo.

Caswell apret&#243; la empu&#241;adura de la escopeta.

&#191;Qu&#233; co&#241;o quiere decir con eso? Yo no tengo ning&#250;n problema con la polic&#237;a.

&#191;Ha reparado usted esta casa? -Se&#241;al&#233; el edificio a nuestras espaldas.

Y si la he reparado, &#191;qu&#233;? Son mis tierras.

Resulta un tanto extra&#241;o reparar una casa en ruinas en una aldea abandonada.

Ninguna ley lo proh&#237;be.

No, supongo que no. Pero quiz&#225; s&#237; haya una ley contra lo que ocurri&#243; aqu&#237; dentro.

Estaba corriendo un riesgo. Caswell pod&#237;a dispararnos s&#243;lo por provocarlo, pero dudaba que fuera a hacerlo. No parec&#237;a esa clase de persona. Pese a la escopeta y la ropa de camuflaje, ten&#237;a su lado tierno, como si alguien hubiera dado un arma a un mu&#241;eco de mazap&#225;n.

No s&#233; a qu&#233; se refiere -dijo, pero se alej&#243; un paso de nosotros.

Hablo de lo sucedido en Galaad -ment&#237;- y de los ni&#241;os asesinados.

Al igual que en una pantomima, una curiosa gama de emociones se despleg&#243; en el rostro de Caswell. Primero sorpresa, despu&#233;s miedo, seguido de la lenta toma de conciencia de que yo me refer&#237;a al pasado remoto, no cercano. Observ&#233; con satisfacci&#243;n c&#243;mo intentaba en vano disimular su alivio. Lo sab&#237;a. Sab&#237;a lo que le hab&#237;a pasado a Lucy Merrick.

Ah, s&#237; -dijo-. Imagino que s&#237;. Por eso intento mantener a la gente alejada de aqu&#237;. Nunca se sabe a qu&#233; clase de individuos podr&#237;a atraer.

Claro -convine-. &#191;Y qu&#233; clase de individuos podr&#237;a ser?

Caswell no fue capaz de contestar a la pregunta. Se hab&#237;a acorralado a s&#237; mismo, y ahora se propon&#237;a salir del atolladero a fuerza de baladronadas.

Individuos, sin m&#225;s -contest&#243;.

&#191;Por qu&#233; compr&#243; esto, se&#241;or Caswell? Es un poco raro, despu&#233;s de todo lo ocurrido aqu&#237;.

No hay ninguna ley que proh&#237;ba comprar propiedades. He vivido aqu&#237; toda mi vida. Las tierras me salieron baratas gracias a su historia.

&#191;Y su historia no le preocup&#243;?

No, no me preocup&#243; en lo m&#225;s m&#237;nimo. Y ahora

No lo dej&#233; acabar.

Era pura curiosidad, porque es evidente que algo le preocupa. Tiene mala cara. Para serle sincero, se le ve un tanto tenso. De hecho, parece claramente asustado.

Hab&#237;a dado en el blanco. La verdad de mis afirmaciones se puso de manifiesto en la propia reacci&#243;n de Caswell. Las peque&#241;as grietas se abrieron m&#225;s y se hicieron m&#225;s profundas, y la escopeta se inclin&#243; ligeramente hacia el suelo. Percib&#237; que Louis contemplaba sus opciones, tensando el cuerpo a la vez que se preparaba para atacar a Caswell.

No -susurr&#233;, y Louis se relaj&#243; sin cuestionarlo.

Caswell fue consciente de la impresi&#243;n que causaba. Se irgui&#243; y, tras llevarse la culata al hombro, apunt&#243;. La varilla dentada que recorr&#237;a el ca&#241;&#243;n de la Browning de un extremo a otro parec&#237;a el lomo erizado de un animal. O&#237; que Louis dejaba escapar un suave silbido, pero Caswell ya no me preocupaba. Era pura fachada.

No le tengo miedo -dijo-. No se lleve a enga&#241;o.

Entonces, &#191;a qui&#233;n le tiene miedo?

Caswell cabece&#243; para sacudirse las gotas de sudor de las puntas del pelo.

Creo que ser&#225; mejor que usted y sus colegas vuelvan a su coche. De camino mantengan las manos en la cabeza, y no vuelvan por aqu&#237;. &#201;ste es el primer y &#250;ltimo aviso.

Esper&#243; a que nos pusi&#233;ramos en marcha y empez&#243; a retroceder hacia el bosque.

&#191;Ha o&#237;do hablar de Lucy Merrick, se&#241;or Caswell? -pregunt&#233;. Me detuve y mir&#233; por encima del hombro sin apartar las manos de la cabeza.

No -respondi&#243;. Hizo una pausa antes de volver a hablar, como si intentara convencerse de que ese nombre no hab&#237;a sido pronunciado en voz alta-. Nunca he o&#237;do ese nombre.

&#191;Y el de Daniel Clay?

Neg&#243; con la cabeza.

L&#225;rguese de una vez. No tengo nada m&#225;s que decir.

Volveremos, se&#241;or Caswell. Creo que ya lo sabe.

Caswell no respondi&#243;. Sigui&#243; retrocediendo, adentr&#225;ndose m&#225;s y m&#225;s en el bosque, sin importarle ya si nos mov&#237;amos o no, intentando s&#243;lo poner la mayor distancia posible entre nosotros y &#233;l. Me pregunt&#233; a qui&#233;n llamar&#237;a Caswell en cuanto regresara a la seguridad de su casa. Ya daba igual. Est&#225;bamos cerca. Por alguna raz&#243;n, Caswell se desmoronaba y yo ten&#237;a la firme intenci&#243;n de acelerar el proceso.


Esa tarde consegu&#237; entablar conversaci&#243;n con el camarero del hotel, el que hab&#237;a presenciado el altercado entre &#193;ngel y los hombres de Nueva Jersey. Respond&#237;a al curioso nombre de Skip, contaba veintid&#243;s a&#241;os y hac&#237;a un curso de posgrado sobre planificaci&#243;n y desarrollo comunitario en la Universidad del Sur de Maine. El padre de Skip era uno de los due&#241;os del establecimiento, y el muchacho me explic&#243; que trabajaba all&#237; en verano y siempre que pod&#237;a en la temporada de caza. Pensaba encontrar un empleo en el condado de Somerset en cuanto acabara los estudios. A diferencia de los dem&#225;s chicos de su edad, no quer&#237;a marcharse. En lugar de eso, esperaba encontrar una manera de convertir aquello en un sitio mejor donde vivir, aunque era lo bastante inteligente como para darse cuenta de que actualmente la regi&#243;n lo ten&#237;a todo en contra.

Skip me cont&#243; que la familia de Caswell viv&#237;a en esa zona desde hac&#237;a tres o cuatro generaciones, pero siempre hab&#237;an sido pobres de solemnidad. A veces Caswell trabajaba de gu&#237;a durante la temporada tur&#237;stica, y el resto del a&#241;o se ganaba la vida haciendo chapuzas, pero con el paso de los a&#241;os hab&#237;a ido dejando el trabajo de gu&#237;a, si bien a&#250;n lo llamaban cuando se requer&#237;a alguna reparaci&#243;n en las casas de la zona. Cuando compr&#243; la finca de Galaad, la pag&#243; sin pedir un cr&#233;dito al banco. Pese a lo que nos hab&#237;a dicho, no la adquiri&#243; precisamente a bajo coste, si bien su historia no la convert&#237;a en la m&#225;s atractiva de las propiedades, y costaba m&#225;s dinero del que cab&#237;a esperar que Otis Caswell pudiera reunir; aun as&#237;, no hab&#237;a discutido el precio ni intentado regatear con el agente inmobiliario, que la vend&#237;a en nombre de los descendientes del difunto Bennet Lumley. Desde entonces, hab&#237;a colocado carteles de PROHIBIDO EL PASO y se hab&#237;a mantenido al margen del mundo. All&#237; nadie lo molestaba. Nadie ten&#237;a motivos para hacerlo.

Hab&#237;a dos posibilidades, y ninguna de las dos induc&#237;a a pensar bien de Caswell. La primera era que alguien le hab&#237;a entregado el dinero para la compra a fin de mantener en secreto su propio inter&#233;s en esas tierras, y que Caswell hizo la vista gorda respecto al uso que se dio a la casa reformada. La otra posibilidad era que hubiese participado activamente en lo que all&#237; ocurri&#243;. En cualquiera de los dos casos, sab&#237;a m&#225;s que suficiente para merecer nuestra perseverancia. Encontr&#233; su n&#250;mero en el list&#237;n telef&#243;nico de la zona y lo llam&#233; desde mi habitaci&#243;n. El timbre no son&#243; siquiera dos veces.

&#191;Esperaba una llamada, se&#241;or Caswell? -pregunt&#233;.

&#191;Qui&#233;n es?

Ya nos hemos conocido. Soy Parker. Colg&#243;. Volv&#237; a marcar. Esta vez el tel&#233;fono son&#243; tres o cuatro veces antes de que contestara.

&#191;Qu&#233; quiere? Ya se lo he dicho: no tengo nada de qu&#233; hablar con usted.

Creo que ya sabe lo que quiero, se&#241;or Caswell. Quiero que me cuente qu&#233; sucedi&#243; en esa casa vac&#237;a con las ventanas de plexigl&#225;s y la puerta reforzada. Quiero que me hable de Andy Kellog y Lucy Merrick. Si lo hace, quiz&#225; pueda salvarlo.

&#191;Salvarme? &#191;Salvarme de qu&#233;? &#191;De qu&#233; habla?

De Frank Merrick.

Se produjo un silencio al otro lado de la l&#237;nea.

No vuelva a llamar a este n&#250;mero -dijo Caswell-. No conozco a ning&#250;n Frank Merrick, ni ninguno de los otros nombres que ha mencionado.

Va a venir, Otis. M&#225;s le vale creerme. Quiere saber qu&#233; le pas&#243; a su hija, y no ser&#225; tan razonable como mis amigos y yo. Creo que sus compinches van a dejarlo a usted en la estacada, Otis, van a abandonarlo en manos de Merrick. O tal vez decidan que usted es el eslab&#243;n d&#233;bil y le hagan lo que le hicieron a Daniel Clay.

Nosotros no -empez&#243; a decir Caswell, y se interrumpi&#243; de pronto.

&#191;No qu&#233;, Otis? &#191;No le hicieron nada a Daniel Clay? &#191;No lo mataron? &#191;Por qu&#233; no me lo cuenta?

V&#225;yase a la mierda -dijo Caswell-. V&#225;yase a la puta mierda.

Colg&#243;. Cuando llam&#233; por tercera vez, no descolg&#243;. El tel&#233;fono sigui&#243; sonando y sonando y me imagin&#233; a Otis Caswell en su m&#237;sera casa tap&#225;ndose los o&#237;dos con las manos, hasta que el timbre dio paso a la se&#241;al de ocupado cuando desconect&#243; el aparato de la toma.


Cay&#243; la noche. Nuestro encuentro con Caswell se&#241;al&#243; el principio del fin. Unos hombres se dirig&#237;an hacia el noroeste, Merrick entre ellos, pero la arena que representaba el tiempo que les quedaba de vida ca&#237;a lentamente, no por el cuello del proverbial reloj de arena, sino por el hueco formado entre su dedo me&#241;ique y la palma de su propia mano, cerrada en un pu&#241;o. Al empezar a preguntar sobre Daniel Clay hab&#237;a abreviado su existencia. Hab&#237;a abierto las manos y aceptado la arena, consciente de que ser&#237;a incapaz de retenerla por mucho tiempo, de que a partir de ese momento se le escurrir&#237;a entre los dedos mucho m&#225;s deprisa. Su &#250;nica esperanza era vivir lo suficiente para descubrir la &#250;ltima morada de su hija.

As&#237;, al oscurecer, Merrick se encontr&#243; en el Refugio de Old Moose. El pintoresco nombre evocaba suelos de madera, c&#243;modas butacas, hospitalarios anfitriones de Maine dando la bienvenida a los hu&#233;spedes, un buen fuego de le&#241;a en el vest&#237;bulo, habitaciones que consegu&#237;an mantenerse limpias y de aspecto moderno a la vez que nunca perd&#237;an sus ra&#237;ces r&#250;sticas, y desayunos a base de jarabe de arce, beicon y tortitas, servidos por j&#243;venes risue&#241;as en mesas con vistas a pl&#225;cidos lagos y kil&#243;metros de pinares.

La realidad era muy distinta. Nunca se hab&#237;a alojado nadie en el Refugio de Old Moose, o al menos no para acostarse en una cama. En el pasado, los hombres pod&#237;an dormir la borrachera en una habitaci&#243;n de atr&#225;s, pero se echaban en el suelo tan aturdidos por el alcohol que la comodidad les preocupaba menos que encontrar un lugar donde yacer en posici&#243;n horizontal y dejarse envolver por la anhelada inconsciencia. Ahora les hab&#237;an retirado incluso esa peque&#241;a concesi&#243;n por miedo a perder la licencia de venta de alcohol, cuya renovaci&#243;n alimentaba anualmente las especulaciones del peri&#243;dico local y de la mayor&#237;a de la poblaci&#243;n, si se descubr&#237;a que los borrachos lo empleaban como dormitorio. Aun as&#237;, la impresi&#243;n creada por su nombre no era del todo falsa.

S&#237; ten&#237;a el suelo de madera.

Merrick estaba sentado tranquilamente al fondo del bar, de espaldas a la puerta pero con un espejo en la pared delante de &#233;l que le permit&#237;a ver a quienes entraban sin que pudieran localizarlo de inmediato. Aunque hac&#237;a calor, y &#233;l sudaba profusamente, no se quit&#243; el grueso abrigo de ante de color tostado. En parte le permit&#237;a tener la pistola en el bolsillo al alcance de la mano. Por otro lado, ocultar&#237;a la herida del costado, que hab&#237;a empezado a sangrar otra vez, si se le empapaba la venda y la camisa.

Hab&#237;a matado a los rusos un poco m&#225;s all&#225; de Bingham, donde Stream Road se desviaba de la 201 y discurr&#237;a junto al Austin Stream hacia el municipio de Mayfield. Ya sab&#237;a que aparecer&#237;an. El asesinato de Demarcian por s&#237; solo tal vez hubiera bastado para atraerlos, pero tambi&#233;n hab&#237;a otros motivos para que le tuvieran rencor, y que estaban relacionados con un par de encargos a principios de los noventa, uno en Little Odessa y el otro en Boston. Le sorprend&#237;a que no hubieran actuado contra &#233;l en la c&#225;rcel, pero Supermax, aisl&#225;ndolo, lo hab&#237;a protegido, y su reputaci&#243;n se hab&#237;a ocupado del resto. Despu&#233;s de la muerte de Demarcian deb&#237;a de haber corrido la voz. Se habr&#237;an hecho llamadas, solicitado favores, saldado deudas. Quiz&#225; no deber&#237;a haber matado a Demarcian, pero aquel hombrecillo con el brazo seco le hab&#237;a inspirado repugnancia, y era un eslab&#243;n en la sucesi&#243;n de acontecimientos que le hab&#237;an arrebatado a su hija. Al menos en eso el abogado Eldritch ten&#237;a raz&#243;n. Si el precio por la muerte de Demarcian era otras muertes, Merrick estaba dispuesto a pagarlo. No le impedir&#237;an llegar a Galaad. All&#237; hallar&#237;a las respuestas que buscaba, no le cab&#237;a la menor duda.

Se preguntaba c&#243;mo lo hab&#237;an encontrado los rusos tan pronto.

Al fin y al cabo, hab&#237;a cambiado de coche, y sin embargo all&#237; estaban, aquellos dos hombres en su 4x4 negro. Merrick pens&#243; que quiz&#225; no deber&#237;a haber dejado vivo al ex marido de Rebecca Clay, pero Merrick no mataba a nadie sin motivo, y por lo que hab&#237;a visto, Legere no sab&#237;a nada. Ni siquiera su ex mujer hab&#237;a confiado en &#233;l lo suficiente como para compartir informaci&#243;n sobre su padre.

Pero Merrick estaba convencido de que, casi desde el inicio de su b&#250;squeda, alguien lo segu&#237;a y observaba cada uno de sus movimientos. Pens&#243; en el viejo abogado en su despacho lleno de papeles, y en su benefactor invisible, el misterioso cliente que hab&#237;a dado orden a Eldritch de ayudarlo, que hab&#237;a proporcionado financiaci&#243;n, un sitio donde esconderse e informaci&#243;n. El abogado nunca hab&#237;a dado una explicaci&#243;n satisfactoria sobre su predisposici&#243;n a ayudar a Merrick, y la desconfianza de Merrick hab&#237;a ido en r&#225;pido aumento empuj&#225;ndolo a distanciarse del anciano en cuanto pudo, excepto por su reciente y breve detenci&#243;n. Sin embargo, incluso despu&#233;s de eso, cuando procuraba borrar sus huellas, hab&#237;a ocasiones en que se sent&#237;a observado, unas veces en medio de una multitud, intentando perderse en unas galer&#237;as comerciales o un bar, y otras veces estando solo. En cierta ocasi&#243;n le pareci&#243; ver a un hombre, una figura andrajosa, con un viejo abrigo negro, que lo examinaba pensativamente a trav&#233;s de una nube de humo de tabaco, pero cuando intent&#243; seguirlo, el hombre se hab&#237;a esfumado, y Merrick no volvi&#243; a verlo.

Luego estaban las pesadillas. Hab&#237;an empezado en el escondite, poco despu&#233;s de que Eldritch le proporcionara el coche y el dinero: visiones de criaturas p&#225;lidas, consumidas, con las cuencas de los ojos negras, las bocas contra&#237;das, sin labios, vestidas con abrigos sucios de color tostado, viejos impermeables con manchas parduzcas en el cuello y las mangas. Merrick se despertaba en la oscuridad, y en ese momento entre el sue&#241;o y la vigilia pensaba que casi las ve&#237;a apartarse, como si hubieran estado inclinadas sobre &#233;l mientras dorm&#237;a, sin que saliera aliento de sus bocas, sino s&#243;lo un olor rancio de algo viejo y ponzo&#241;oso arraigado en lo m&#225;s hondo de ellas. Desde que hab&#237;a abandonado el escondite, las pesadillas eran menos frecuentes, pero todav&#237;a alguna noche afloraba de las profundidades del sue&#241;o con un escalofr&#237;o en la piel y cierto hedor en el aire que no hab&#237;a percibido antes de cerrar los ojos.

&#191;Acaso Eldritch, por considerar a Merrick un lastre, hab&#237;a revelado a los rusos su paradero con la ayuda del otro, el hombre andrajoso del abrigo negro? &#191;Eran este hombre y el cliente de Eldritch la misma persona? Merrick no lo sab&#237;a, y ya no importaba. Todo se acercaba a su final, y pronto encontrar&#237;a la paz.

Los rusos hab&#237;an sido descuidados. Los hab&#237;a visto por el espejo retrovisor cuando estaban tres o cuatro coches por detr&#225;s, acerc&#225;ndose a veces si exist&#237;a el riesgo de perderlo de vista. En una ocasi&#243;n se hab&#237;a detenido para ver si lo adelantaban y eso hab&#237;an hecho, manteniendo la mirada fija al frente y resueltamente ajenos a &#233;l cuando despleg&#243; un mapa sobre el volante y simul&#243; seguir una ruta con el dedo, siendo el tr&#225;fico de camiones demasiado intenso para atacarlo en el lugar donde se par&#243;. &#201;l los hab&#237;a dejado pasar, y se puso otra vez en marcha transcurridos unos minutos. Los vio por delante rezag&#225;ndose en el carril de la derecha con la esperanza de que &#233;l los alcanzara, y no los defraud&#243;. Despu&#233;s de dos o tres kil&#243;metros dobl&#243; por Stream Road, y all&#237; encontr&#243; un camino de tierra id&#243;neo para sus intenciones. Continu&#243; adelante cerca de dos kil&#243;metros, dejando atr&#225;s caba&#241;as abandonadas a cierta distancia del camino, una caravana de doble ancho y coches inmovilizados sobre llantas sin neum&#225;ticos, hasta que incluso esas humildes muestras de presencia humana desaparecieron y el camino se hizo a&#250;n m&#225;s escabroso, provocando un incesante traqueteo en el autom&#243;vil y caus&#225;ndole un dolor en la columna vertebral. Cuando s&#243;lo ve&#237;a bosque por delante y por detr&#225;s, al norte y al sur, al este y al oeste, apag&#243; el motor. Los oy&#243; acercarse. Sali&#243; del coche y, sin cerrar la puerta, se adentr&#243; entre los &#225;rboles y desanduvo el camino hasta que aparecieron los rusos. Se detuvieron cuando llegaron al coche abandonado. Merrick imagin&#243; la conversaci&#243;n que se desarrollaba dentro del veh&#237;culo. Habr&#237;an ca&#237;do en la cuenta de que les hab&#237;a tendido una trampa. La &#250;nica duda ahora era c&#243;mo escabullirse al mismo tiempo que liquidaban a Merrick y se aseguraban su propia supervivencia. Agazapado entre los matorrales, Merrick vio que el que ocupaba el asiento del acompa&#241;ante, el pelirrojo, miraba por encima del hombro. No ten&#237;an muchas opciones. Pod&#237;an echar marcha atr&#225;s e irse con la esperanza de atraparlo cuando huyese a pie o en coche; o bien pod&#237;an apearse, uno por cada lado, e intentar darle caza. El momento de m&#225;xima vulnerabilidad ser&#237;a cuando abriesen las puertas, pero su razonamiento ser&#237;a que si &#233;l les disparaba, como mucho herir&#237;a a uno de los dos, eso con suerte, y de ese modo revelar&#237;a su posici&#243;n.

Al final, Merrick no esper&#243; a que abrieran las puertas. En cuanto el pelirrojo apart&#243; la mirada, Merrick sali&#243; de entre los matorrales y empez&#243; a disparar a trav&#233;s de la luna trasera; una, dos, tres veces, y al hacerse a&#241;icos el cristal vio un salpic&#243;n de sangre en el parabrisas y al conductor desplomarse de lado. Su compa&#241;ero abri&#243; la puerta de su lado y se ech&#243; cuerpo a tierra disparando a Merrick mientras avanzaba, puesto que ya no ten&#237;a sentido retroceder. Merrick sinti&#243; un tir&#243;n en el costado y un hormigueo seguido de un dolor feroz y lancinante; aun as&#237;, avanz&#243; sin dejar de disparar y experiment&#243; una repentina satisfacci&#243;n cuando el cuerpo del segundo ruso se sacudi&#243; en el suelo y ces&#243; el tiroteo.

Se acerc&#243; lentamente a la figura desmadejada en el suelo notando la sangre que manaba de su costado y le empapaba la camisa y el pantal&#243;n. Apart&#243; con el pie la pistola del ruso y se detuvo a su lado. El pelirrojo yac&#237;a de costado contra la rueda posterior derecha. Ten&#237;a una herida bajo el cuello y otra casi en el centro del pecho. Aunque apenas abr&#237;a los ojos, a&#250;n respiraba. Ahogando una exclamaci&#243;n por el dolor de su propia herida, Merrick se agach&#243;, alcanz&#243; la Colt del ruso y le registr&#243; los bolsillos de la cazadora hasta que encontr&#243; un billetero y un cargador de reserva para la pistola. En el carnet de conducir constaba que se llamaba Yevgueni Utarov. El nombre no le dec&#237;a nada.

Merrick se hizo con los 326 d&#243;lares, se los guard&#243; en el bolsillo y tir&#243; el billetero en el regazo del moribundo. Escupi&#243; en el suelo y comprob&#243; satisfecho que el esputo no conten&#237;a sangre. Sin embargo estaba irritado consigo mismo por haber permitido que lo hirieran. Era la primera vez en muchos, muchos a&#241;os que lo alcanzaba una bala. Aquello parec&#237;a un recordatorio del lento paso del tiempo, de su edad y su inminente mortalidad. Se tambale&#243; un poco. El movimiento distrajo al hombre llamado Yevgueni de su propia muerte. Abri&#243; los ojos e intent&#243; decir algo. Merrick permaneci&#243; inm&#243;vil ante &#233;l.

Dame un nombre -dijo-. Todav&#237;a te queda tiempo. De lo contrario te dejar&#233; morir aqu&#237;. Ser&#225; lento, y ese dolor que sientes ir&#225; a m&#225;s. Dame un hombre y te facilitar&#233; las cosas.

Utarov susurr&#243; algo.

Levanta la voz, vamos -inst&#243; Merrick-. No pienso agacharme para o&#237;rte.

Utarov volvi&#243; a intentarlo. Esta vez la palabra chirri&#243; en lo m&#225;s hondo de su garganta como la hoja de un cuchillo al afilarla contra una piedra rugosa.

Dubus -dijo.

Merrick descerraj&#243; dos tiros m&#225;s al ruso en el pecho y se alej&#243; a trompicones dejando un rastro de sangre en el camino, como moras aplastadas. Se apoy&#243; en su coche y se desnud&#243; de cintura para arriba dejando la herida a la vista. Era profunda y la bala segu&#237;a alojada en la carne. En el pasado, conoc&#237;a a hombres a quienes pod&#237;a acudir en tales circunstancias, pero ya hab&#237;an desaparecido todos. Se at&#243; la camisa en torno a la cintura para resta&#241;ar la hemorragia; luego se puso la cazadora y el abrigo sobre el torso desnudo y subi&#243; al coche. Volvi&#243; a esconder la Smith 10, ya con s&#243;lo tres balas, bajo el asiento del conductor y se guard&#243; la Colt en el bolsillo del abrigo. Maniobrar el coche para enfilar en direcci&#243;n a la carretera fue un suplicio, y tuvo que recorrer el sendero apretando los dientes para no o&#237;rse gritar, pero lo consigui&#243;. Al cabo de cinco kil&#243;metros encontr&#243; la consulta de un veterinario, y all&#237; oblig&#243; al anciano cuyo nombre constaba en el letrero de la entrada a extraerle la bala mientras lo manten&#237;a enca&#241;onado. No se desmay&#243; del dolor, pero poco le falt&#243;.

Merrick sab&#237;a qui&#233;n era Dubus. En cierto modo, todo hab&#237;a empezado con &#233;l la primera vez que forz&#243; a un ni&#241;o. Hab&#237;a llevado sus apetitos consigo a Galaad, y desde all&#237; se hab&#237;an propagado. Merrick acerc&#243; la pistola a la cabeza del veterinario y pregunt&#243; si sab&#237;a d&#243;nde viv&#237;a Mason Dubus, y el anciano se lo dijo, puesto que Dubus era muy conocido en la regi&#243;n. Merrick encerr&#243; al veterinario en el s&#243;tano con dos botellas de medio litro de agua y un poco de pan y queso para que no pereciese de hambre y sed. Prometi&#243; al veterinario que avisar&#237;a a la polic&#237;a en menos de veinticuatro horas. Hasta entonces tendr&#237;a que entretenerse como buenamente pudiera. Encontr&#243; un frasco de Tylenol en un botiqu&#237;n y se apropi&#243; de unos cuantos rollos de vendas limpias y de unos pantalones del armario del anciano. Acto seguido se march&#243; y sigui&#243; su camino, pero le costaba conducir. No obstante, el Tylenol mitigaba un poco el dolor, y en Caratunk volvi&#243; a abandonar la 201. Como le hab&#237;a indicado el veterinario, lleg&#243; por fin a la casa de Mason Dubus.

Dubus lo vio acercarse. En cierto modo lo esperaba. A&#250;n hablaba por el tel&#233;fono m&#243;vil cuando Merrick revent&#243; de un tiro la cerradura de la puerta y entr&#243; en la casa dejando un reguero de sangre en el suelo impoluto. Dubus puls&#243; el bot&#243;n rojo para cortar la comunicaci&#243;n y luego lanz&#243; el tel&#233;fono a una butaca junto a &#233;l.

S&#233; qui&#233;n es usted -dijo.

Me parece muy bien -contest&#243; Merrick.

Su hija est&#225; muerta.

Lo s&#233;.

Pronto lo estar&#225; usted tambi&#233;n.

Quiz&#225;, pero usted morir&#225; antes.

Dubus se&#241;al&#243; a Merrick con un dedo tr&#233;mulo.

&#191;Cree que voy a suplicarle por mi vida? &#191;Cree que voy a ayudarlo?

Merrick levant&#243; la Colt.

No, no lo creo -dijo y dispar&#243; dos veces contra Dubus. Mientras el viejo se sacud&#237;a en el suelo, Merrick cogi&#243; el tel&#233;fono m&#243;vil y apret&#243; la tecla de rellamada. Descolgaron al sonar el timbre por segunda vez. No dijeron nada, pero Merrick oy&#243; la respiraci&#243;n de un hombre. Luego se cort&#243; la comunicaci&#243;n. Merrick dej&#243; el tel&#233;fono y sali&#243; de la casa, y a sus espaldas se desvanec&#237;an los &#250;ltimos estertores de Dubus mientras mor&#237;a.

Dubus oy&#243; los pasos de Merrick y luego el motor de un coche al alejarse. Sinti&#243; un peso enorme en el pecho, salpicado de dolor, como si le hubieran colocado encima un lecho de clavos. Fij&#243; la mirada en el techo. Ten&#237;a sangre en la boca. Sab&#237;a que le quedaban s&#243;lo unos instantes de vida. Comenz&#243; a rezar para pedir a Dios que perdonara sus pecados. Movi&#243; los labios en silencio intentando recordar las palabras correctas, pero los recuerdos lo distrajeron, as&#237; como su ira por morir de esa manera, v&#237;ctima de un asesino capaz de abatir a tiros a un viejo desarmado.

Sinti&#243; una corriente de aire fr&#237;o y oy&#243; un ruido detr&#225;s de &#233;l. Alguien se acerc&#243;, y Dubus pens&#243; que Merrick hab&#237;a vuelto para rematarlo. Pero, al inclinar la cabeza, no vio a Merrick, sino el dobladillo de un mugriento abrigo de color tostado y unos viejos zapatos marrones manchados de barro. Flotaba un hedor en el aire, e incluso en el momento de su muerte sinti&#243; n&#225;useas. Luego oy&#243; m&#225;s pasos a su izquierda, y percibi&#243; unas presencias detr&#225;s de &#233;l, figuras invisibles que lo observaban. Dubus lade&#243; la cabeza y vio rostros p&#225;lidos y agujeros negros abiertos en la piel marchita. Abri&#243; la boca para hablar, pero no quedaba nada que decir, como tampoco le quedaba aliento en el cuerpo.

Y muri&#243; con los Hombres Huecos ante los ojos.


Merrick condujo muchos kil&#243;metros, pero empez&#243; a nubl&#225;rsele la vista y el dolor y la p&#233;rdida de sangre lo hab&#237;an debilitado. Lleg&#243; hasta el Refugio de Old Moose y all&#237; se detuvo, enga&#241;ado, como tantos otros antes que &#233;l, por la falsa promesa de una cama, seg&#250;n se insinuaba en el nombre.

Ahora estaba all&#237; sentado tranquilamente, bebiendo Four Roses despu&#233;s de tomarse el Tylenol, dormitando un poco con la esperanza de recobrar un m&#237;nimo las fuerzas para poder seguir su camino a Galaad. Nadie lo molest&#243;. El Refugio de Old Moose animaba a sus clientes a tomarse alg&#250;n que otro descanso, siempre y cuando volvieran a beber despu&#233;s. Una m&#225;quina de discos reproduc&#237;a m&#250;sica country, y los ojos de cristal de los animales muertos colgados de las paredes contemplaban a los clientes, mientras Merrick iba a la deriva, sin saber bien si estaba dormido o despierto. En un momento dado, una camarera le pregunt&#243; si se encontraba bien, y Merrick asinti&#243; con la cabeza y se&#241;al&#243; su vaso para que le sirviera otro bourbon, pese a que apenas hab&#237;a probado el primero. Tem&#237;a que le pidieran que se marchase, y a&#250;n no estaba en condiciones para hacerlo.

Despertar. Dormir. M&#250;sica, luego silencio. Voces. Susurros.

papi

Merrick abri&#243; los ojos. Una ni&#241;a estaba sentada delante de &#233;l. Ten&#237;a el pelo oscuro y la piel desgarrada all&#237; por donde los gases de la descomposici&#243;n hab&#237;an escapado de su interior. Un bicho reptaba por su frente. Merrick quiso apartarlo, pero no pudo mover las manos.

Hola, cari&#241;o -salud&#243;-. &#191;D&#243;nde has estado?

La ni&#241;a ten&#237;a tierra en las manos, y dos u&#241;as rotas.

esperando

&#191;Esperando qu&#233;, cari&#241;o?

esper&#225;ndote a ti

Merrick asinti&#243; con la cabeza.

No he podido venir hasta ahora. Estaba, me hab&#237;an encerrado, pero siempre pensaba en ti. Nunca te he olvidado.

lo s&#233;. estabas muy lejos. ahora est&#225;s cerca. ahora puedo estar contigo

&#191;Qu&#233; te pas&#243;, mi ni&#241;a? &#191;Por qu&#233; te fuiste?

me dorm&#237;. me dorm&#237; y ya no pude despertar

En su voz no se advert&#237;a la menor emoci&#243;n. No parpade&#243; ni una vez. Merrick vio que ten&#237;a el lado izquierdo de la cara de tonos cereza y violeta, marcado por los colores de la lividez de la muerte.

Ya no tardar&#233;, cari&#241;o -dijo.

Reuni&#243; fuerzas para mover la mano. La tendi&#243; hacia ella y not&#243; algo fr&#237;o y duro contra los dedos. El vaso de whisky se volc&#243; en la mesa, y Merrick se distrajo por un momento. Cuando volvi&#243; a levantar la vista, la ni&#241;a hab&#237;a desaparecido. El whisky corri&#243; en torno a sus dedos y se derram&#243; en el suelo. La camarera apareci&#243; y dijo:

Quiz&#225; deber&#237;a marcharse ya a casa.

Merrick asinti&#243; con la cabeza.

S&#237; -contest&#243;-, puede que tenga raz&#243;n. Es hora de irse a casa.

Se puso en pie, y al instante percibi&#243; el chapoteo de la sangre encharcada en el zapato. Sinti&#243; que el sal&#243;n daba vueltas alrededor y se agarr&#243; a la mesa para no perder el equilibrio. La sensaci&#243;n de v&#233;rtigo desapareci&#243;, y de nuevo tom&#243; conciencia del dolor en el costado. Baj&#243; la vista. Ten&#237;a el lado del pantal&#243;n empapado y manchado de rojo. La camarera tambi&#233;n lo vio.

Eh -dijo-. &#191;Qu&#233;?

Y entonces mir&#243; a Merrick a los ojos y decidi&#243; no preguntar nada. Merrick se llev&#243; la mano al bolsillo y encontr&#243; unos billetes, entre ellos hab&#237;a uno de veinte y otro de diez, y los ech&#243; todos en la bandeja de la camarera.

Gracias, cari&#241;o -dijo, y una expresi&#243;n amable asom&#243; a sus ojos. La camarera no supo si cre&#237;a estar habl&#225;ndole a ella o a otra que ve&#237;a en su imaginaci&#243;n-. Ya estoy preparado.

Se alej&#243; de la barra pasando entre las parejas que bailaban y los borrachos vocingleros, los amantes y amigos, yendo de la luz hacia la oscuridad, de la vida del interior a la vida de fuera. Al salir y notar el aire fresco de la noche se tambale&#243; de nuevo, pero al cabo de un momento se le despej&#243; la cabeza. Sac&#243; las llaves del bolsillo de la cazadora y se encamin&#243; hacia su coche; a cada paso iba perdiendo m&#225;s sangre y acerc&#225;ndose un poco m&#225;s a su final.

Se detuvo junto al coche y, apoyando la mano izquierda en el techo, introdujo la llave en la cerradura con la derecha. Abri&#243; la puerta y se vio reflejado en el cristal de la ventanilla lateral. Al instante otro reflejo se sum&#243; al suyo cerni&#233;ndose detr&#225;s de su hombro. Era un p&#225;jaro, una paloma monstruosa de rostro blanco y pico oscuro, y ojos humanos hundidos en las cuencas. Alz&#243; un ala, pero el ala era negra, no blanca, y con la garra empu&#241;aba un objeto largo y met&#225;lico.

Y entonces el ala empez&#243; a batir con un sonido suave y sibilante, y Merrick sinti&#243; de nuevo un dolor penetrante al romp&#233;rsele la clav&#237;cula de un golpe. Se retorci&#243; e intent&#243; sacar el arma del bolsillo, pero apareci&#243; otro p&#225;jaro, ahora un halc&#243;n, que bland&#237;a un bate de b&#233;isbol, un buen Louisville Slugger de los de antes, dise&#241;ado para lanzar la bola fuera del estadio, s&#243;lo que el Slugger iba dirigido contra su cabeza. Incapaz de esquivarlo levant&#243; el brazo izquierdo. El impacto le destroz&#243; el codo, y las alas segu&#237;an batiendo y la lluvia de golpes ca&#237;a sobre &#233;l, y se desplom&#243; de rodillas cuando algo en su cabeza se desprendi&#243; haciendo un ruido como el del pan al partirse y la mirada se le nubl&#243; de rojo. Abri&#243; la boca para hablar, aunque no pudo articular una sola palabra, y la mand&#237;bula inferior casi se le desprendi&#243; de la cara cuando la palanca traz&#243; un suave arco y lo derrib&#243; como a un &#225;rbol, de modo que qued&#243; tendido en el fr&#237;o suelo de gravilla mientras la sangre sal&#237;a a borbotones y la paliza continuaba, su cuerpo exhalaba leves y extra&#241;os sonidos, y dentro de &#233;l se mov&#237;an los huesos all&#237; donde los huesos no ten&#237;an por qu&#233; moverse, se fracturaba el armaz&#243;n de su interior y se le reventaban los &#243;rganos blandos.

Y segu&#237;a con vida.

Los golpes cesaron, pero no el dolor. Un pie se desliz&#243; bajo su est&#243;mago y lo levant&#243; para ponerlo de espaldas, apoy&#225;ndolo ligeramente contra la puerta abierta del coche, medio dentro, medio fuera, con una mano inutilizada a un lado, la otra ca&#237;da hacia atr&#225;s en el interior del autom&#243;vil. Vio el mundo entero a trav&#233;s de un prisma rojo, dominado por p&#225;jaros como hombres y hombres como p&#225;jaros.

Ha palmado -observ&#243; una voz, y a Merrick le son&#243; familiar.

No, todav&#237;a no -dijo el otro.

Merrick sinti&#243; un aliento caliente cerca de la oreja.

No deber&#237;as haber venido aqu&#237; -dijo la segunda voz-. Deber&#237;as haberte olvidado de ella. Muri&#243; hace tiempo, pero estuvo bien mientras dur&#243;.

Not&#243; un movimiento a su izquierda. La palanca lo golpe&#243; justo por encima de la oreja y un destello de luz brill&#243; a trav&#233;s del prisma reflejando el mundo en un arco iris te&#241;ido de rojo, transform&#225;ndolo en astillas de color en su conciencia menguante. papi

Ya llego, cari&#241;o, ya llego.

Y segu&#237;a con vida, a&#250;n.

Arrastr&#243; los dedos de la mano derecha por el suelo del coche. Encontr&#243; el ca&#241;&#243;n de la Smith 10, la desprendi&#243; de la cinta adhesiva y le dio la vuelta hasta palpar la culata. Tir&#243; de ella oblig&#225;ndose a disipar la negrura, aunque fuera s&#243;lo por un momento.

papi

Un momento, cari&#241;o. Papi tiene que resolver antes un asunto.

Poco a poco acerc&#243; la pistola hacia s&#237;. Intent&#243; levantarla, pero el brazo fracturado no pod&#237;a sostener el peso. Se dej&#243;, pues, caer hacia el costado, y el dolor fue casi insoportable cuando los huesos triturados y la carne desgarrada se estremecieron a causa del impacto. Abri&#243; los ojos, o quiz&#225; los hab&#237;a tenido abiertos en todo momento, y la bruma se disip&#243; brevemente s&#243;lo debido a las nuevas oleadas de dolor provocadas por el movimiento. Con la mejilla sobre la grava, ten&#237;a el brazo derecho contra el cuerpo, la pistola en posici&#243;n horizontal. Hab&#237;a dos siluetas frente a &#233;l, caminando hombro con hombro a quiz&#225; cinco metros de donde &#233;l yac&#237;a. Levant&#243; un poco la mano, indiferente a la fricci&#243;n de los huesos fracturados, hasta que la pistola apunt&#243; a los dos hombres.

Y, de alg&#250;n modo, Merrick reuni&#243; fuerzas suficientes para apretar el gatillo, o quiz&#225; fueran las fuerzas de otros sumadas a las suyas, porque le pareci&#243; notar una presi&#243;n en el nudillo del dedo &#237;ndice como si alguien empujara por &#233;l suavemente.

El hombre de la derecha pareci&#243; dar un brinco, se tambale&#243; y cay&#243; al ceder bajo su peso el tobillo hecho a&#241;icos. Grit&#243; algo que Merrick no entendi&#243;, pero Merrick apretaba ya el gatillo por segunda vez y no ten&#237;a tiempo para prestar atenci&#243;n a las palabras de nadie m&#225;s. Dispar&#243; de nuevo, ahora contra un blanco m&#225;s grande, ya que el herido yac&#237;a de costado, mientras su amigo intentaba levantarlo, pero fue un tiro a bulto, reculando la pistola en su mano y dirigiendo la bala por encima de la silueta yacente.

Merrick a&#250;n tuvo tiempo y fuerzas para apretar el gatillo una &#250;ltima vez. Dispar&#243; cuando la negrura descend&#237;a sobre &#233;l, y la bala traspas&#243; la frente del herido y sali&#243; en medio de una nube roja. El superviviente intent&#243; llevarse el cuerpo a rastras, pero el pie del cad&#225;ver qued&#243; atrapado en una alcantarilla. Aparecieron varias personas en la puerta del Refugio de Old Moose, ya que incluso en un lugar como aqu&#233;l, el estampido de un arma atra&#237;a por fuerza la atenci&#243;n. Se oyeron voces, y unas siluetas empezaron a correr hacia &#233;l. El superviviente huy&#243; dejando atr&#225;s al muerto.

Merrick exhal&#243; el &#250;ltimo aliento. Una mujer se detuvo junto a &#233;l, la camarera del bar. Habl&#243;, pero Merrick no la oy&#243;.

&#191;papi?

ya estoy aqu&#237;

Porque Merrick se hab&#237;a ido.



33

Mientras Frank Merrick mor&#237;a con el nombre de su hija en los labios, &#193;ngel, Louis y yo acordamos una l&#237;nea de actuaci&#243;n para ocuparnos de Caswell. Nos encontr&#225;bamos en el bar, con los restos de la comida a&#250;n alrededor, pero sin beber.

Coincidimos en que Caswell parec&#237;a a punto de venirse abajo, aunque no sab&#237;amos si eso se deb&#237;a a la incipiente culpabilidad o a alguna otra causa. Como sol&#237;a ocurrir, fue &#193;ngel quien mejor lo expres&#243;.

Si lo devora la culpabilidad, &#191;cu&#225;l es el motivo? Lucy Merrick desapareci&#243; hace a&#241;os. A menos que la hayan retenido all&#237; todo este tiempo, cosa que parece poco probable, &#191;por qu&#233; le remuerde tanto la conciencia ahora, as&#237; de pronto?

Por Merrick, quiz&#225; -apunt&#233;.

Lo que significa que alguien le ha dicho que Merrick ha estado haciendo preguntas.

No necesariamente. No puede decirse que Merrick haya actuado de manera muy discreta. La polic&#237;a est&#225; al corriente de sus andanzas y, gracias al asesinato de Demarcian, tambi&#233;n los rusos. Demarcian estaba implicado de alg&#250;n modo. Merrick no se sac&#243; el nombre de la manga, as&#237; sin m&#225;s.

&#191;Crees que quiz&#225;s esos tipos repart&#237;an im&#225;genes de los abusos sexuales, y que &#233;se es el v&#237;nculo con Demarcian? -pregunt&#243; &#193;ngel.

El doctor Christian no conoc&#237;a la existencia de fotos o v&#237;deos de hombres con m&#225;scaras, pero eso no significa que no los haya.

Vender una cosa as&#237; habr&#237;a supuesto un riesgo -se&#241;al&#243; &#193;ngel-. Se habr&#237;an expuesto a atraer la atenci&#243;n.

A lo mejor necesitaban dinero -intervino Louis.

Caswell tuvo suficiente para comprar las tierras de Galaad a toca teja -contest&#233;-. Por lo que se ve, el dinero no era problema.

Pero &#191;de d&#243;nde sacaron la pasta? -pregunt&#243; &#193;ngel-. De alg&#250;n sitio tuvo que salir, as&#237; que es posible que vendieran el material.

&#191;Y eso cu&#225;nto puede valer? -dije-. &#191;Suficiente para comprar un pedazo de tierra que no quiere nadie en medio de un bosque? Seg&#250;n el camarero, la tierra no se vendi&#243; precisamente a precio de saldo, pero tampoco cost&#243; una fortuna. Puede que le saliera por cuatro cuartos.

&#193;ngel se encogi&#243; de hombros.

El valor del material depender&#237;a de lo que vendieran. Depender&#237;a de lo malo que fuera. Malo para los ni&#241;os, quiero decir.

Ninguno de nosotros hizo ning&#250;n comentario m&#225;s durante un rato. Intent&#233; establecer unas pautas en mi cabeza, formar una secuencia de acontecimientos con sentido, pero me perd&#237;a una y otra vez en declaraciones contradictorias y pistas falsas. Estaba cada vez m&#225;s convencido de que Clay hab&#237;a participado en los hechos, pero c&#243;mo combinar eso con la imagen que Christian ten&#237;a de &#233;l, la de un hombre casi obsesionado con encontrar pruebas de abusos sexuales, incluso en detrimento de su propia carrera, o con la descripci&#243;n de Rebecca Clay, que lo ve&#237;a como un padre afectuoso, enteramente dedicado a los ni&#241;os que ten&#237;a a su cargo. Por otro lado, estaban los rusos. Louis hab&#237;a hecho algunas averiguaciones y descubierto la identidad del pelirrojo que hab&#237;a ido a mi casa. Se llamaba Utarov y era uno de los capitanes de mayor confianza en el grupo que operaba en Nueva Inglaterra. Seg&#250;n Louis, ten&#237;an a Merrick en la lista negra por un asunto sin resolver relacionado con ciertos encargos que hab&#237;a llevado a cabo contra los rusos en el pasado, pero tambi&#233;n corr&#237;an rumores de malestar en Nueva Inglaterra. Hab&#237;an sacado de Massachusetts y Providence a prostitutas, principalmente de origen asi&#225;tico, africano y de Europa del Este, con &#243;rdenes de pasar inadvertidas; o los hombres que las controlaban las hab&#237;an obligado a marcharse. Tambi&#233;n se hab&#237;an reducido otros servicios m&#225;s especializados, sobre todo los relativos a pornograf&#237;a y prostituci&#243;n infantiles.

Tr&#225;fico -hab&#237;a concluido Louis-. Eso explica por qu&#233; sacaron de las calles a las asi&#225;ticas y las dem&#225;s y dejaron all&#237; a las americanas de pura cepa para llenar el vac&#237;o. Les preocupa algo, y tiene que ver con Demarcian.

Los apetitos de aquellos hombres habr&#237;an seguido siendo los mismos, &#191;no era eso lo que me hab&#237;a dicho Christian? Esos hombres no hab&#237;an dejado de cometer abusos sexuales a menores, pero puede que hubieran encontrado otra salida a sus impulsos: &#191;ni&#241;os obtenidos a trav&#233;s de Boston, quiz&#225;, con Demarcian como punto de contacto? &#191;Y despu&#233;s qu&#233;? &#191;Filmaban los abusos y luego se lo vend&#237;an a Demarcian y otros como &#233;l, de modo que una operaci&#243;n se financiaba con la otra? &#191;Era &#233;sa la esencia de su Proyecto en particular?

Caswell formaba parte de &#233;l, y era d&#233;bil y vulnerable. Yo estaba seguro de que hab&#237;a hecho una llamada justo despu&#233;s de su encuentro con nosotros, una s&#250;plica de ayuda a aquellos con quienes hab&#237;a colaborado tiempo atr&#225;s. Eso aumentaba la presi&#243;n que todos ellos padec&#237;an, oblig&#225;ndolos a reaccionar, y estar&#237;amos esper&#225;ndolos cuando vinieran.

&#193;ngel y Louis fueron en su coche a la casa de Caswell y aparcaron en un lugar que no se ve&#237;a desde la carretera ni desde la casa para hacer la primera guardia. Me los imaginaba all&#237; mientras me dirig&#237;a a mi habitaci&#243;n para dormir un rato antes de mi turno: el coche a oscuras y en silencio, seguramente con algo de m&#250;sica sonando a bajo volumen en la radio, &#193;ngel adormilado, Louis inm&#243;vil y alerta, parte de su atenci&#243;n fija en la carretera mientras otra parte oculta de &#233;l vagaba por mundos desconocidos en su mente.


En sue&#241;os, recorr&#237;a Galaad y o&#237;a el llanto de unos ni&#241;os. Me volv&#237;a hacia la iglesia y ve&#237;a a ni&#241;os y ni&#241;as envueltos en hiedra urticante, y c&#243;mo las enredaderas se estrechaban en torno a sus cuerpos desnudos a la vez que los absorb&#237;a aquel mundo verde. Vi sangre en el suelo, y los restos de un reci&#233;n nacido en pa&#241;ales, con manchas rojas filtr&#225;ndose a trav&#233;s de la tela.

Y un hombre delgado sali&#243; a rastras de un hoyo en la tierra, su rostro desgarrado y deforme a causa de la descomposici&#243;n, los dientes visibles a trav&#233;s de los agujeros de sus mejillas. -El viejo Galaad -dijo Daniel Clay-. Se te mete en el alma


Son&#243; el tel&#233;fono de mi habitaci&#243;n mientras dorm&#237;a. Era O'Rourke. Como en Jackman los m&#243;viles no ten&#237;an cobertura, me hab&#237;a parecido buena idea informar a alguien de mi paradero por si ocurr&#237;a algo en el este, as&#237; que tanto O'Rourke como Jackie Garner ten&#237;an el n&#250;mero del hotel. Al fin y al cabo, mi pistola segu&#237;a rondando por ah&#237;, y yo ser&#237;a en parte responsable de todo lo que hiciese Merrick.

Merrick ha muerto -anunci&#243;.

Me incorpor&#233;. A&#250;n ten&#237;a el regusto de la comida en la boca, pero sab&#237;a a tierra, y el recuerdo de mi sue&#241;o era n&#237;tido.

&#191;C&#243;mo?

Lo han matado en el aparcamiento del Refugio de Old Moose. Por lo visto el &#250;ltimo d&#237;a de su vida ha sido bastante accidentado. Ha estado ocupad&#237;simo justo hasta el final. Mason Dubus muri&#243; ayer abatido por una bala de diez mil&#237;metros. A&#250;n no tenemos el informe de bal&#237;stica, pero ah&#237; no muere gente a tiros todos los d&#237;as, y menos v&#237;ctima de una diez mil&#237;metros. Hace un par de horas, un ayudante del sheriff delcondado de Somerset ha encontrado dos cad&#225;veres en un camino en las afueras de Bingham. Rusos, parece. Luego se ha recibido una llamada de una mujer que ha encontrado a su anciano padre encerrado en el s&#243;tano a unos tres kil&#243;metros al norte del lugar de los hechos. Seg&#250;n parece, el viejo era veterinario, y un hombre que coincide con la descripci&#243;n de Merrick lo oblig&#243; a atenderlo de una herida y le pidi&#243; indicaciones para llegar a casa de Dubus antes de encerrarlo. Por lo que ha dicho el veterinario, la herida era bastante grave. Pero se la cosi&#243; y vend&#243; lo mejor que pudo. Seg&#250;n parece, Merrick sigui&#243; hacia el noroeste, mat&#243; a Dubus y luego tuvo que hacer un alto en el Refugio. Para entonces la hemorragia era considerable. Seg&#250;n los testigos, se sent&#243; en un rinc&#243;n, bebi&#243; un poco de whisky, habl&#243; solo y sali&#243;. Lo estaban esperando fuera.

&#191;Cu&#225;ntos?

Dos, ambos con m&#225;scaras de p&#225;jaro. &#191;Te suena de algo? Lo mataron a palos, o casi. Supongo que hab&#237;an dado por concluida la faena cuando lo dejaron.

&#191;Cu&#225;nto tiempo sobrevivi&#243;?

Suficiente para alcanzar tu pistola de debajo del asiento del conductor y matar a tiros a uno de los agresores. Te lo digo tal como me lo han contado, pero los polic&#237;as presentes en el lugar del crimen no se explican c&#243;mo lo consigui&#243;. Le rompieron pr&#225;cticamente todos los huesos del cuerpo. Deb&#237;a de estar desesperado por matar a ese tipo. Su compa&#241;ero intent&#243; llev&#225;rselo a rastras, pero tuvo que dejarlo porque al muerto se le qued&#243; atrapado el pie en una alcantarilla.

&#191;Ten&#237;a nombre la v&#237;ctima?

Seguro que s&#237;, pero no llevaba cartera. Eso, o su amigo se la quit&#243; antes de irse para borrar el rastro. Si quieres, tal vez pueda hacer unas llamadas para que te permitan echarle un vistazo. Ahora el cad&#225;ver est&#225; en Augusta. El forense realizar&#225; la autopsia por la ma&#241;ana. &#191;Te gusta Jackman? Nunca pens&#233; que fueras aficionado a la caza. Al menos de animales. -Call&#243;, y luego, pensativo, repiti&#243; el nombre del pueblo-: Jackman. El Refugio de Old Moose est&#225; de camino a Jackman, si no me equivoco.

Me parece que s&#237; -coincid&#237;.

Y Jackman est&#225; muy cerca de Galaad, y Mason Dubus era el gran jefe cuando Galaad estaba en pleno auge.

Exacto -respond&#237; en tono neutro. No sab&#237;a si O'Rourke estaba al corriente del acto vand&#225;lico de Merrick en casa de Harmon, y ten&#237;a la certeza de que ignoraba la existencia de los dibujos de Andy Kellog. No quer&#237;a a la polic&#237;a dando vueltas por all&#237;, todav&#237;a no. Quer&#237;a conseguir que Caswell se viniera abajo por mis propios medios. Sent&#237;a que se lo deb&#237;a a Frank Merrick.

Si yo he podido deducirlo, da por hecho que tambi&#233;n otros muchos lo deducir&#225;n pronto -coment&#243; O'Rourke-. Puede que tengas compa&#241;&#237;a all&#237; en el norte. &#191;Sabes? Es muy posible que, si llegara a pensar que me escondes algo, me lo tomara a mal. Pero t&#250; no me har&#237;as eso, &#191;verdad?

Pienso sobre la marcha, eso es todo -respond&#237;-. No querr&#237;a hacerte perder el tiempo dici&#233;ndote algo de lo que no estuviera seguro del todo.

Ya, claro -contest&#243; O'Rourke-. No dejes de llamarme cuando vayas a ver ese cad&#225;ver.

S&#237;, claro.

No te olvides, eh, o de lo contrario empezar&#233; a tomarme las cosas de manera personal.

Colg&#243;.

Hab&#237;a llegado la hora. Telefone&#233; a Caswell. No respondi&#243; hasta que el timbre son&#243; por cuarta vez. A juzgar por la voz parec&#237;a aturdido. Teniendo en cuenta la hora, no me sorprendi&#243;.

&#191;Qui&#233;n es?

Charlie Parker.

Ya se lo he dicho, no tengo nada

C&#225;llese, Otis. Merrick ha muerto. -No le dije que Merrick hab&#237;a conseguido matar a uno de sus agresores. Era mejor que no lo supiera, al menos de momento. Si Merrick hab&#237;a sido asesinado la noche anterior en el Old Moose, quienquiera que planease presentarse despu&#233;s en Jackman ya estar&#237;a all&#237; y se habr&#237;a encontrado con &#193;ngel y Louis, pero a&#250;n no ten&#237;amos noticia de eso, lo que significaba que la muerte de uno de los hombres a manos de Merrick los hab&#237;a asustado moment&#225;neamente-. El c&#237;rculo se estrecha en torno a usted, Otis. Dos hombres atacaron a Merrick en la 201. Dir&#237;a que ven&#237;an hacia aqu&#237; cuando se echaron sobre &#233;l, y &#233;sta es su pr&#243;xima parada. Podr&#237;a ser que intentaran liquidarnos a mis amigos y a m&#237;, pero dudo que sean tan valientes. Atacaron a Merrick por la espalda, con bates y palancas. Nosotros vamos armados. Quiz&#225;s ellos tambi&#233;n, pero nosotros somos mejores, se lo aseguro. Es como le dije, Otis: usted es el eslab&#243;n d&#233;bil. Se deshar&#225;n de usted y luego la cadena ser&#225; m&#225;s fuerte que antes. Ahora mismo, yo soy su mayor esperanza para ver salir el sol.

Se produjo un silencio al otro lado de la l&#237;nea y luego se oy&#243; lo que pareci&#243; un sollozo.

Ya s&#233; que no quiso hacerle da&#241;o, Otis. No parece usted la clase de hombre que har&#237;a da&#241;o a una ni&#241;a.

Esta vez o&#237; el llanto con mayor nitidez. Presion&#233;.

Esos otros hombres, los que mataron a Frank Merrick, son distintos de usted. Usted no es como ellos, Otis. No les permita que lo arrastren a su nivel. Usted no es un asesino, Otis. Usted no mata a hombres, y no mata a ni&#241;as. No me lo imagino haciendo una cosa as&#237;; sencillamente no me lo imagino.

Caswell, con la respiraci&#243;n entrecortada, tom&#243; aire.

Yo no har&#237;a da&#241;o a una ni&#241;a -dijo-. Adoro a los ni&#241;os.

Y algo en su manera de decirlo me produjo una sensaci&#243;n de suciedad por dentro y por fuera. Dese&#233; ba&#241;arme en &#225;cido y luego ingerir lo que quedara en la botella para purgarme las entra&#241;as.

Lo s&#233; -dije, y tuve que obligarme a pronunciar estas palabras-. Estoy seguro de que tambi&#233;n es usted quien cuida esas tumbas en Moose River, &#191;no? Es as&#237;, &#191;verdad?

S&#237; -dijo-. No deber&#237;an haber hecho eso a unos beb&#233;s. No deber&#237;an haberlos matado.

Intent&#233; no pensar en por qu&#233; cre&#237;a Caswell que deb&#237;an haberles perdonado la vida, por qu&#233; deb&#237;an haberles permitido crecer hasta llegar a ser ni&#241;os. No servir&#237;a de nada, no en ese momento.

Otis, &#191;qu&#233; le pas&#243; a Lucy Merrick? Ella estuvo all&#237;, &#191;no? En esa casa. Luego desapareci&#243;. &#191;Qu&#233; pas&#243;, Otis? &#191;Ad&#243;nde fue?

O&#237; un sorbet&#243;n y lo imagin&#233; limpi&#225;ndose la nariz con la manga.

Fue un accidente -respondi&#243;-. La trajeron aqu&#237; y

Se interrumpi&#243;. Nunca hab&#237;a tenido que poner nombre a lo que les hac&#237;a a los ni&#241;os, no ante una persona que no era como &#233;l. &#201;se no era el momento para obligarlo.

No hace falta que me hable de eso, Otis. Todav&#237;a no. S&#243;lo cu&#233;nteme c&#243;mo acab&#243;.

No contest&#243;, y tem&#237; haberlo perdido.

Hice mal -continu&#243; Caswell, como un ni&#241;o que se hubiese hecho encima sus necesidades-. Hice mal, y ahora han venido.

&#191;C&#243;mo? -No lo entend&#237;-. &#191;Hay alg&#250;n otro hombre con usted ah&#237;?

Maldije la falta de cobertura en la zona. Tal vez deber&#237;a haber ido directamente a reunirme con &#193;ngel y Louis, pero me acord&#233; de las sudorosas manos de Caswell en la escopeta. Quiz&#225;s estuviese a punto de desmoronarse, pero exist&#237;a el riesgo de que quisiera llevarse a alguien consigo cuando por fin se viniera abajo. Seg&#250;n &#193;ngel, ten&#237;a barrotes en las ventanas y una puerta de roble maciza en su casa, igual que en la que hab&#237;an retenido a Lucy Merrick. Irrumpir por la fuerza sin recibir un balazo habr&#237;a sido entre dif&#237;cil e imposible.

Siempre han estado aqu&#237; -continu&#243; Caswell y las palabras salieron de su boca casi en un susurro-, al menos durante la &#250;ltima semana, quiz&#225; m&#225;s. No lo recuerdo bien. Tengo la sensaci&#243;n de que siempre han estado aqu&#237;, y ahora duermo mal por culpa de ellos. Los veo por la noche. Sobre todo de reojo. No hacen nada. S&#243;lo se quedan ah&#237; quietos, como si esperaran algo.

&#191;Qui&#233;nes son, Otis? -pregunt&#233;. Pero ya lo sab&#237;a. Eran los Hombres Huecos.

Caras en las sombras. Abrigos viejos y sucios. He intentado hablar con ellos, preguntarles qu&#233; quieren, pero no contestan, y cuando los mir&#243; a la cara, es como si no estuvieran. Tengo que conseguir que se vayan, pero no s&#233; c&#243;mo.

Mis amigos y yo iremos all&#237;, Otis. Lo llevaremos a un lugar seguro. Aguante.

&#191;Sabe? -dijo Caswell con un hilo de voz-. No creo que me dejen marcharme.

&#191;Est&#225;n all&#237; por Lucy, Otis? &#191;Por eso han venido?

Por ella. Por los otros.

Pero los otros no murieron, Otis. Es as&#237;, &#191;no?

Siempre fuimos con cuidado. Era necesario. Eran ni&#241;os.

Algo agrio borbote&#243; en mi garganta. Me obligu&#233; a tragarlo.

&#191;Hab&#237;a estado Lucy con ustedes antes?

Aqu&#237; no. Un par de veces en otro sitio. Yo no estaba all&#237;. Le dieron hierba, alcohol. Les gustaba. Ten&#237;a algo distinto. La obligaron a prometer que no contar&#237;a nada. Ten&#237;an sus m&#233;todos para conseguirlo.

Me acord&#233; de Andy Kellog, de c&#243;mo se hab&#237;a sacrificado por salvar a otra ni&#241;a.

Ten&#237;an sus m&#233;todos

&#191;Qu&#233; le pas&#243; a Lucy, Otis? &#191;Qu&#233; sali&#243; mal?

Fue un error -contest&#243;. Casi se hab&#237;a serenado, como si hablara de un peque&#241;o tropiezo, o de una equivocaci&#243;n en su declaraci&#243;n de Hacienda-. La dejaron conmigo despu&#233;s de Despu&#233;s. -Tosi&#243;, y luego prosigui&#243;, omitiendo una vez m&#225;s lo que se le hab&#237;a hecho a Lucy Merrick, una ni&#241;a de catorce a&#241;os que se hab&#237;a extraviado-. Iban a volver al d&#237;a siguiente, o quiz&#225;s al cabo de un par de d&#237;as. No me acuerdo. Ahora estoy confuso. Yo deb&#237;a cuidar de ella. Lucy ten&#237;a una manta y un colch&#243;n. Le di de comer, y le dej&#233; unos juguetes y unos libros. Pero de pronto empez&#243; a hacer mucho fr&#237;o, mucho fr&#237;o. Iba a traerla a mi casa, pero tem&#237;a que viera algo aqu&#237;, algo que los ayudara a identificarme cuando la solt&#225;ramos. Ten&#237;a en la casa un peque&#241;o generador de gasolina, as&#237; que se lo encend&#237; y se durmi&#243;.

Mi intenci&#243;n era pasar a ver c&#243;mo estaba cada pocas horas, pero yo tambi&#233;n me qued&#233; traspuesto. Cuando me despert&#233;, la encontr&#233; tendida en el suelo. -Empez&#243; a sollozar otra vez, y casi tard&#243; un minuto en poder continuar-. Ol&#237; los gases cuando llegu&#233; a la puerta. Me tap&#233; la cara con un trapo, y aun as&#237; apenas pod&#237;a respirar. Ella estaba tendida en el suelo, roja y morada. Se hab&#237;a vomitado encima. No s&#233; cu&#225;nto tiempo llevaba muerta.

Se lo juro, el generador funcionaba bien. Quiz&#225;s ella lo toquete&#243;. La verdad es que no lo s&#233;. No era mi intenci&#243;n que sucediera algo as&#237;. Dios m&#237;o, no era mi intenci&#243;n que sucediera eso.

Comenz&#243; a gimotear. Lo dej&#233; llorar un rato y luego lo interrump&#237;.

&#191;Ad&#243;nde la llev&#243;, Otis?

Quer&#237;a que descansara en alg&#250;n sitio bonito, cerca de Dios y los &#225;ngeles. La enterr&#233; detr&#225;s del campanario de la vieja iglesia, era lo m&#225;s parecido a tierra sagrada que encontr&#233;. No pude se&#241;alar el lugar ni nada por el estilo, pero all&#237; est&#225;. A veces le pongo flores en verano. Le hablo. Le digo que siento lo ocurrido.

&#191;Y el detective privado? &#191;Qu&#233; le pas&#243; a Poole?

Yo no tuve nada que ver con eso. -Parec&#237;a indignado-. No se marchaba. Andaba por ah&#237; preguntando. Tuve que hacer una llamada. Tambi&#233;n lo enterr&#233; en la iglesia, pero lejos de Lucy. El lugar de ella era especial.

&#191;Qui&#233;n lo mat&#243;?

Confesar&#233; mis pecados, pero no confesar&#233; los de otro hombre. Eso no me corresponde a m&#237;.

&#191;Daniel Clay? &#191;Tuvo &#233;l algo que ver?

No llegu&#233; a conocerlo -contest&#243; Otis-. No s&#233; qu&#233; le pas&#243;. S&#243;lo lo conozco de nombre. Y ahora, recu&#233;rdelo: yo no quer&#237;a que pasara lo que pas&#243;. S&#243;lo quer&#237;a protegerla del fr&#237;o. Ya se lo he dicho: adoro a los ni&#241;os.

&#191;Qu&#233; era el Proyecto, Otis?

Los ni&#241;os eran el Proyecto -respondi&#243;-. Los ni&#241;os peque&#241;os. Los dem&#225;s los encontraban y los tra&#237;an aqu&#237;. Lo llam&#225;bamos as&#237;: el Proyecto. Era nuestro secreto.

&#191;Qui&#233;nes eran esos otros hombres?

No puedo dec&#237;rselo. No tengo nada m&#225;s que decirle.

De acuerdo, Otis. Ahora iremos a su casa. Lo llevaremos a un lugar seguro.

Pero en ese momento, mientras transcurr&#237;an lentamente los &#250;ltimos minutos de su vida, las barreras que Otis Caswell hab&#237;a levantado entre &#233;l y sus actos parecieron desmoronarse.

No hay ning&#250;n lugar seguro -afirm&#243;-. S&#243;lo quiero que esto se acabe. -Respir&#243; hondo, ahogando otro sollozo. Fue como si eso le diera fuerzas-. Ahora tengo que dejarle. Tengo que dejar entrar a unos hombres.

Colg&#243; y se cort&#243; la comunicaci&#243;n. Cinco minutos despu&#233;s yo estaba en la carretera, y diez minutos despu&#233;s donde el sendero que iba a la casa de Caswell se desviaba de la carretera principal. Hice se&#241;ales con los faros all&#237; donde sab&#237;a que estaban Louis y &#193;ngel, pero no recib&#237; respuesta de ellos. M&#225;s adelante, la verja estaba abierta y el candado roto. Segu&#237; el camino hasta la casa. Fuera hab&#237;a aparcada una furgoneta. El Lexus de Louis se hallaba al lado. Vi abierta la puerta de la casa, y una luz dentro.

Soy yo -anunci&#233; en voz alta.

Aqu&#237; -contest&#243; Louis, desde alg&#250;n lugar a mi derecha.

Segu&#237; su voz hasta el dormitorio, exiguamente amueblado. Ten&#237;a las paredes enjalbegadas. Vigas vistas cruzaban el techo. Otis Caswell colgaba de una de ellas. En el suelo hab&#237;a una silla volcada y gotas de orina ca&#237;an a&#250;n de sus pies descalzos.

He salido a mear -explic&#243; &#193;ngel- y he visto -Le costaba hablar-. He visto la puerta abierta, y me ha parecido ver entrar a unos hombres, pero cuando hemos llegado, s&#243;lo estaba Caswell y ya hab&#237;a muerto.

Di un paso al frente y le sub&#237; las mangas de la camisa una detr&#225;s de otra. No ten&#237;a tatuajes en la piel. Fuera cual fuese su participaci&#243;n, Otis Caswell no era el hombre con el &#225;guila en el brazo. &#193;ngel y Louis me miraron, pero guardaron silencio.

&#201;l lo sab&#237;a -dije-. &#201;l sab&#237;a qui&#233;nes eran los autores, pero se ha negado a decirlo.

Ahora estaba muerto, y se hab&#237;a llevado la informaci&#243;n consigo a la tumba. Entonces me acord&#233; del hombre abatido por Frank Merrick. A&#250;n quedaba tiempo. Pero antes registramos la casa, revisando cuidadosamente los cajones y los armarios, examinando el suelo y los z&#243;calos en busca de alg&#250;n escondrijo. Fue &#193;ngel quien encontr&#243; por fin el alijo. Hab&#237;a un agujero en la pared detr&#225;s de una estanter&#237;a medio vac&#237;a. Conten&#237;a bolsas con fotograf&#237;as, en su mayor parte impresas mediante un ordenador, y docenas de cintas de v&#237;deos y DVD sin etiquetar. &#193;ngel ech&#243; un vistazo a un par de fotos, luego las dej&#243; y se apart&#243;. Les dirig&#237; una mirada pero no tuve est&#243;mago para examinarlas. No hab&#237;a necesidad. Sab&#237;a lo que conten&#237;an. S&#243;lo cambiar&#237;an las caras de los ni&#241;os.

Louis se&#241;al&#243; las cintas y los DVD. En un rinc&#243;n hab&#237;a un soporte met&#225;lico, dominado por un televisor nuevo de pantalla plana. Parec&#237;a fuera de lugar en la casa de Caswell.

&#191;Quieres verlos?

No. Tengo que irme -dije-. Limpiad todo lo que hay&#225;is tocado y luego marchaos tambi&#233;n de aqu&#237;.

&#191;Vas a avisar a la polic&#237;a? -pregunt&#243; &#193;ngel.

Negu&#233; con la cabeza.

No hasta dentro de un par de horas.

&#191;Qu&#233; te ha dicho?

Me ha contado que la hija de Merrick muri&#243; por envenenamiento con mon&#243;xido de carbono. La enterr&#243; detr&#225;s del campanario en el bosque.

&#191;Le has cre&#237;do?

No lo s&#233;.

Mir&#233; a Caswell a la cara, amoratada por la acumulaci&#243;n de sangre.

No pod&#237;a compadecerle, y s&#243;lo lamentaba que hubiese muerto sin revelar m&#225;s informaci&#243;n.

&#191;Quieres que nos quedemos cerca? -pregunt&#243; Louis.

Volved a Portland, pero no os acerqu&#233;is a Scarborough. Tengo que echar un vistazo a un cad&#225;ver, y despu&#233;s os llamar&#233;.

Salimos. El aire estaba quieto, el bosque en silencio. Un aroma extra&#241;o flotaba en el ambiente. A mis espaldas o&#237; que Louis olfateaba en el aire.

Alguien ha estado fumando -dijo.

Pas&#233; al lado de la furgoneta de Caswell, por la hierba corta y un peque&#241;o huerto, hasta llegar al linde del bosque. Unos pasos m&#225;s all&#225; lo encontr&#233;: un cigarrillo liado a mano, tirado en el suelo. Lo cog&#237; con cuidado y sopl&#233; la punta. El ascua ardi&#243; por un instante y se apag&#243;.

Louis apareci&#243; a mi lado, seguido de cerca por &#193;ngel. Los dos hab&#237;an desenfundado sus pistolas. Les ense&#241;&#233; el cigarrillo.

Ha estado aqu&#237; -inform&#233;-. Lo hemos guiado hasta Caswell.

Hay una se&#241;al en el dedo me&#241;ique de la mano derecha de Caswell -dijo &#193;ngel-. Parece que antes llevaba un anillo. Ahora no aparece por ning&#250;n lado.

Escrut&#233; la oscuridad del bosque, pero no percib&#237; la presencia de nadie. El Coleccionista se hab&#237;a ido.


O'Rourke, fiel a su palabra, hab&#237;a dejado dicho en la oficina del forense que quiz&#225;s yo pudiera identificar el cad&#225;ver. Llegu&#233; a la oficina a eso de las siete, y poco despu&#233;s se reunieron conmigo O'Rourke y un par de inspectores de la polic&#237;a del estado; uno de ellos era Hansen. No habl&#243; cuando me llevaron al interior del dep&#243;sito para ver el cad&#225;ver. En total hab&#237;a cinco muertos listos para pasar por el bistur&#237; del forense: el hombre no identificado del Refugio de Old Moose, Mason Dubus, los dos rusos y Merrick. Estaban tan escasos de espacio que hab&#237;an llevado a los dos rusos a una funeraria cercana.

&#191;Cu&#225;l es Merrick? -pregunt&#233; al ayudante del forense.

El hombre, cuyo nombre no conoc&#237;a, se&#241;al&#243; el cad&#225;ver m&#225;s pr&#243;ximo a la pared. Lo cubr&#237;a una s&#225;bana blanca de pl&#225;stico.

&#191;Sientes l&#225;stima por &#233;l? -Era Hansen-. Mat&#243; a cinco hombres con tu pistola. Deber&#237;as sentir l&#225;stima, pero no por &#233;l.

Call&#233;, optando por quedarme inm&#243;vil junto al cuerpo del asesino de Merrick. Creo que incluso consegu&#237; permanecer inexpresivo cuando se me revel&#243; la cara de aquel hombre, con la herida enrojecida en el lado derecho de la frente todav&#237;a sucia de tierra y materia gris coagulada.

No lo conozco -dije

&#191;Est&#225;s seguro? -pregunt&#243; O'Rourke.

S&#237;, seguro -afirm&#233; a la vez que me apartaba del cad&#225;ver de Jerry Legere, el ex marido de Rebecca Clay-. No lo conozco de nada.


Todas las mentiras y medias verdades volver&#237;an para atormentarme, tendr&#237;an para m&#237; un coste mayor del que entonces pod&#237;a haber imaginado, aunque quiz&#225;s hac&#237;a tanto que viv&#237;a de tiempo prestado que no deber&#237;an haberme sorprendido las consecuencias. Pod&#237;a haber informado a los inspectores de todo lo que sab&#237;a. Pod&#237;a haberles hablado de Andy Kellog y Otis Caswell, y de los cad&#225;veres que tal vez estuvieran enterrados entre los muros de una iglesia ruinosa, pero no lo hice. No s&#233; por qu&#233;. Quiz&#225; porque estaba cerca de la verdad, y deseaba descubrirla por m&#237; mismo.

E incluso en eso me llevar&#237;a una decepci&#243;n, pues, &#191;qu&#233; era en definitiva la verdad? Como hab&#237;a dicho el abogado Elwin Stark, la &#250;nica verdad era que todos ment&#237;an.

O quiz&#225; se debiera a Frank Merrick. Yo sab&#237;a lo que &#233;l hab&#237;a hecho. Sab&#237;a que hab&#237;a matado, y habr&#237;a vuelto a matar si lo hubiesen dejado con vida. Yo a&#250;n ten&#237;a las magulladuras y segu&#237;a doli&#233;ndome all&#237; donde me hab&#237;a golpeado, y me quedaba un resto de resentimiento por c&#243;mo me hab&#237;a humillado en mi propia casa. Pero en su amor por su hija, y en su obsesi&#243;n por descubrir la verdad de su desaparici&#243;n y por castigar a los responsables, hab&#237;a visto reflejado algo de m&#237;.

Ahora que se conoc&#237;a el lugar donde estaba enterrada Lucy Merrick, quedaba por encontrar a los otros hombres que la hab&#237;an llevado hasta all&#237;. Tres -Caswell, Legere y Dubus- hab&#237;an muerto. Andy Kellog recordaba cuatro m&#225;scaras. Yo no hab&#237;a visto tatuaje alguno en los brazos de Caswell, ni en los de Legere cuando me mostraron su cuerpo en la oficina del forense. El hombre del &#225;guila, el que Andy consideraba el jefe, el elemento dominante, segu&#237;a vivo.

Justo cuando sub&#237;a a mi coche encaj&#243; una pieza. Pens&#233; en los desperfectos de un rinc&#243;n de la casa donde hab&#237;a muerto Lucy Merrick, los agujeros en la pared y las marcas donde unos tornillos hab&#237;an sujetado algo en otro tiempo, y record&#233; parte de lo que Caswell me hab&#237;a dicho por tel&#233;fono. En ese momento me hab&#237;a chocado, pero tan concentrado estaba en sonsacarle informaci&#243;n que no me fij&#233;. Acudi&#243; entonces a mi memoria: Mi intenci&#243;n era pasar a ver c&#243;mo estaba cada pocas horas, pero yo tambi&#233;n me qued&#233; traspuesto. Cuando me despert&#233;, la encontr&#233; tendida en el suelo, y encontr&#233; la conexi&#243;n. Tres hab&#237;an muerto, pero ahora ten&#237;a otro nombre.



34

Raymon Lang viv&#237;a entre Bath y Brunswick, en una parcela contigua a la Carretera 1, cerca de la orilla norte del r&#237;o New Meadows. Yo hab&#237;a echado una mirada a la casa de Lang cuando llegu&#233; poco antes de las nueve. No hab&#237;a hecho gran cosa en su propiedad, a excepci&#243;n de colocar una caravana de color tostado tan endeble que, a simple vista, se dir&#237;a que pod&#237;a salir volando al primer estornudo. La caravana estaba en alto, a cierta distancia del suelo. En una parca concesi&#243;n a la est&#233;tica hab&#237;a plantado una valla alrededor entre la base de la caravana y el suelo, ocultando la suciedad y las tuber&#237;as de debajo.

Esa noche s&#243;lo hab&#237;a dormido tres o cuatro horas, pero no estaba cansado. Cuanto m&#225;s pensaba en lo que me hab&#237;a contado Caswell antes de morir, m&#225;s me convenc&#237;a de que Raymon Lang hab&#237;a participado en el secuestro de Lucy Merrick. Caswell me hab&#237;a dicho que hab&#237;a visto a Lucy tendida en el suelo, moribunda o ya muerta. La cuesti&#243;n era: &#191;c&#243;mo lo sab&#237;a Caswell? &#191;C&#243;mo pudo verla cuando despert&#243;? Al fin y al cabo, de haber estado en la casa con ella, tambi&#233;n &#233;l habr&#237;a muerto. No se hab&#237;a quedado dormido all&#237;. Dorm&#237;a en su propia casa, y eso significaba que dispon&#237;a de una manera de observar el interior de la otra casa desde all&#237;. Hab&#237;a una c&#225;mara. Las marcas en el rinc&#243;n indicaban d&#243;nde estuvo instalada. &#191;Y a qui&#233;n conoc&#237;amos dedicado a la instalaci&#243;n de c&#225;maras? Raymon Lang, con la ayuda de su viejo amigo Jerry Legere, que lamentablemente ya no se encontraba entre nosotros. A-Secure, la empresa para la que trabajaba Lang, tambi&#233;n hab&#237;a colocado el sistema de seguridad en casa de Daniel Clay, lo que ahora ya no parec&#237;a casualidad. Me pregunt&#233; c&#243;mo se tomar&#237;a Rebecca la noticia de la muerte de su ex marido. Dudaba que la embargase el dolor, pero &#191;qui&#233;n sab&#237;a? Hab&#237;a visto a esposas deshacerse en llanto hasta sumirse en un estado de estupor junto al lecho de muerte de maridos que las maltrataban, y a ni&#241;os llorar como hist&#233;ricos en los entierros de padres que les hab&#237;an desgarrado la carne de los muslos y las nalgas con un cintur&#243;n. A veces, sospecho, ni siquiera entend&#237;an el porqu&#233; de sus l&#225;grimas, pero para ellos la pena era una explicaci&#243;n tan v&#225;lida como cualquier otra.

Supuse que Lang era asimismo el otro implicado en el asesinato de Frank Merrick. Seg&#250;n los testigos presenciales, un coche plateado o gris hab&#237;a abandonado el lugar del crimen, y desde donde yo estaba se ve&#237;a el Sierra plateado de Lang, resplandeciente entre los &#225;rboles. La polic&#237;a no lo hab&#237;a detectado en la carretera al Refugio de Old Moose cuando se dirig&#237;a hacia el norte, pero eso no significaba nada. En el p&#225;nico despu&#233;s del tiroteo, la polic&#237;a debi&#243; de tardar un tiempo en recoger las declaraciones de los testigos, y para entonces Lang habr&#237;a llegado ya a la autopista. Incluso si alguien hab&#237;a informado ya de la presencia del coche en el momento mismo de denunciar el hecho a la polic&#237;a, Lang habr&#237;a tenido tiempo para llegar al menos hasta Bingham, y all&#237; habr&#237;a podido elegir entre tres rutas: la 16 en direcci&#243;n norte, la 16 hacia el sur, o seguir por la 201. Probablemente habr&#237;a tomado hacia el sur, pero pasado Bingham hab&#237;a suficientes carreteras secundarias para permitirle evitar, si ten&#237;a suerte y conservaba la calma, a docenas de polic&#237;as.

Aparcado junto a una gasolinera, a unos quince metros al oeste del camino de acceso de Lang, me tomaba un caf&#233; y le&#237;a el Press Herald. Hab&#237;a un Dunkin' Donuts contiguo a la gasolinera, con cabida s&#243;lo para un pu&#241;ado de clientes, por lo que no era raro ver a gente comer en el coche. Por eso mismo, dif&#237;cilmente llamar&#237;a la atenci&#243;n mientras vigilaba la parcela de Lang. Al cabo de una hora, Lang sali&#243; de la caravana y la mancha plateada empez&#243; a moverse hacia la carretera principal, donde dobl&#243; en direcci&#243;n a Bath. Segundos despu&#233;s, Louis y &#193;ngel lo siguieron en el Lexus. Yo ten&#237;a el m&#243;vil a mano por si se trataba de un desplazamiento corto, aunque Lang, camino del coche, cargaba con la caja de herramientas. Aun as&#237;, le di media hora, no fuera que decidiese volver por alg&#250;n motivo, y despu&#233;s dej&#233; mi coche donde estaba y ataj&#233; entre los &#225;rboles hacia la caravana.

Al parecer, Lang no ten&#237;a perro, y mejor as&#237;. No es f&#225;cil allanar una morada mientras un perro intenta hincarte los dientes en la garganta. La puerta de la caravana no parec&#237;a gran cosa, pero yo carec&#237;a de la destreza de &#193;ngel para forzar una cerradura. Para ser sincero, es mucho m&#225;s dif&#237;cil de lo que parece, y no quer&#237;a pasarme media hora en cuclillas delante de la puerta de Lang intentando abrirla con una ganz&#250;a y una herramienta de tensi&#243;n. Antes ten&#237;a un rastrillo el&#233;ctrico, que cumpl&#237;a con su cometido igual de bien, pero lo perd&#237; cuando mi viejo Mustang qued&#243; para el arrastre en un tiroteo hac&#237;a unos a&#241;os y ya no me molest&#233; en sustituirlo. De todos modos, la &#250;nica raz&#243;n por la que un investigador privado pod&#237;a llevar un rastrillo en el coche era entrar ilegalmente en una casa ajena, y si la polic&#237;a llegaba a registrar mi coche por alguna raz&#243;n, causar&#237;a una mala impresi&#243;n e incluso pod&#237;a ser motivo para perder la licencia.

No necesitaba la ayuda de &#193;ngel para entrar en la caravana de Lang, porque mi intenci&#243;n era que a Lang no le quedara la menor duda de que alguien hab&#237;a registrado su casa. En el peor de los casos, lo pondr&#237;a nervioso, y yo lo quer&#237;a nervioso. A diferencia de Caswell, Lang no parec&#237;a la clase de hombre que fuera a buscar una soga cuando las cosas se complicaran. Por el contrario, si la suerte que corri&#243; Merrick serv&#237;a de indicativo, era de los que contraatacaban. La posibilidad de que Lang no fuera culpable de nada ni siquiera se me pas&#243; por la cabeza.

Llevaba una palanca debajo del abrigo para entrar en la caravana de Lang. La introduje en el resquicio de la puerta y empuj&#233; hasta reventar la cerradura. Dentro, lo primero que me llam&#243; la atenci&#243;n fue el calor sofocante. Lo segundo fue el orden, cosa que no esperaba en la caravana de un hombre soltero. A la izquierda hab&#237;a una cocina compacta y, poco m&#225;s all&#225;, en la parte inferior de la caravana, una mesa rodeada por tres de sus lados de un sof&#225;. A la derecha, justo antes del dormitorio, hab&#237;a una butaca ergon&#243;mica y un televisor de pantalla panor&#225;mica Sony muy caro, con un DVD, una grabadora DVD y un v&#237;deo de la misma marca debajo. A su lado vi cintas de v&#237;deo y DVD en una estanter&#237;a: pel&#237;culas de acci&#243;n, unas cuantas comedias, e incluso un par de cl&#225;sicos de Bogart y Cagney. M&#225;s abajo guardaba una selecci&#243;n de porno en DVD y v&#237;deo. Ech&#233; un vistazo a algunos de los t&#237;tulos, pero tuve la impresi&#243;n de que era material bastante corriente. No inclu&#237;a nada relacionado con ni&#241;os, pero supuse que las pel&#237;culas con ni&#241;os deb&#237;an de estar en estuches con car&#225;tulas falsas para aparentar otra cosa muy distinta; o eso, o las im&#225;genes mismas estaban insertadas en otras cintas o discos para que no las encontraran en un registro superficial. Encend&#237; el televisor y cog&#237; una pel&#237;cula porno al azar, pulsando la tecla de avance r&#225;pido por si sal&#237;a algo fuera de lo normal, pero era, en efecto, lo que anunciaba. Pod&#237;a haber pasado el d&#237;a entero revisando todas las pel&#237;culas con la esperanza de encontrar algo, pero no ten&#237;a sentido. Adem&#225;s, era un tanto deprimente.

Al lado del televisor hab&#237;a una mesa de ordenador de Home Depot y un PC nuevo. Intent&#233; acceder al ordenador, pero estaba protegido con contrase&#241;a. Lo apagu&#233; y examin&#233; los libros en los estantes, as&#237; como las revistas amontonadas bajo una rinconera. Tampoco all&#237; encontr&#233; nada, ni siquiera porno. Era posible que Lang tuviese m&#225;s material escondido en otra parte, pero despu&#233;s de registrar toda la caravana no encontr&#233; el menor rastro. S&#243;lo me quedaba el cesto de la ropa sucia en el cuarto de ba&#241;o impecable, que parec&#237;a lleno de camisetas, calzoncillos y calcetines usados. Lo vaci&#233; en el suelo, por si acaso, pero no encontr&#233; m&#225;s que una pila de ropa sucia y olor a sudor rancio. Por lo dem&#225;s, Lang estaba limpio. Me llev&#233; una decepci&#243;n, y por primera vez empec&#233; a dudar de mis acciones en relaci&#243;n con &#233;l. Tal vez tendr&#237;a que haber avisado a la polic&#237;a. Si hab&#237;a material incriminatorio en su ordenador, ellos pod&#237;an encontrarlo. Adem&#225;s, yo hab&#237;a contaminado la caravana con mi presencia, de modo que aunque encontraran alguna prueba de que Lang hab&#237;a intervenido en el asesinato de Merrick -un bate de b&#233;isbol ensangrentado o una palanca manchada-, no har&#237;a falta un gran abogado para alegar que yo pod&#237;a haber colocado all&#237; las armas, eso en el supuesto de que confesase lo que sab&#237;a a la polic&#237;a. De momento, parec&#237;a que Lang era un callej&#243;n sin salida. Tendr&#237;a que esperar a ver c&#243;mo reaccionaba al allanamiento.

Mir&#233; por la ventana para asegurarme de que nadie se acercaba, abr&#237; la puerta y me dispuse a regresar al coche. S&#243;lo cuando pis&#233; la grava y ech&#233; un vistazo a la valla, ca&#237; en la cuenta de que si bien hab&#237;a registrado el interior de la caravana, no hab&#237;a mirado debajo. La rode&#233; hasta la parte de atr&#225;s, donde no se me ve&#237;a desde la carretera, y all&#237; me arrodill&#233; y escudri&#241;&#233; entre las estacas.

Debajo de la caravana hab&#237;a un gran contenedor met&#225;lico, de entre dos y tres metros de largo y algo m&#225;s de un metro de alto. Parec&#237;a atornillado a la parte inferior. Lo recorr&#237; todo con la linterna y no vi el menor indicio de una puerta, lo que significaba que la &#250;nica v&#237;a de acceso estaba dentro de la caravana. Volv&#237; a entrar y examin&#233; el suelo, cubierto de pared a pared con una tupida moqueta marr&#243;n que parec&#237;a pelo de perro mojado. La palp&#233; con los dedos y not&#233; trozos &#225;speros y huecos. Hinqu&#233; los dedos en uno de los huecos y tir&#233;. O&#237; c&#243;mo crepitaba un cierre de velcro al separarse y la moqueta se desprendi&#243;. Ten&#237;a ante m&#237; una trampilla de cincuenta por cincuenta cent&#237;metros, con cerraduras a ambos lados. Me quit&#233; el abrigo y me dispuse a emplear la palanca, pero esta vez no me fue tan f&#225;cil como con la puerta. Era de acero y, por mucho que lo intent&#233;, no pude levantarla lo suficiente para acoplar bien la palanca. Me sent&#233; en el suelo y analic&#233; mis opciones. Pod&#237;a dejar las cosas tal como estaban, volver a colocar la moqueta e intentar regresar en otro momento, lo que dar&#237;a a Lang sobradas oportunidades de retirar todo el material incriminatorio en cuanto viera que alguien hab&#237;a entrado en su casa. Pod&#237;a llamar a la polic&#237;a y, en tal caso, habr&#237;a tenido que explicar qui&#233;n me hab&#237;a cre&#237;do que era para allanar una caravana. En el supuesto de que fueran capaces siquiera o estuvieran dispuestos a conseguir una orden para registrar la caravana de Lang, la caja met&#225;lica tal vez conten&#237;a s&#243;lo el manuscrito de su gran novela o los vestidos y las joyas de su difunta madre, y entonces me arriesgar&#237;a a una condena de prisi&#243;n, aparte de todo lo dem&#225;s.

Telefone&#233; a &#193;ngel.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

En la Fundici&#243;n Bath -respondi&#243;-. Lo veo desde donde nos encontramos. Parece que hay un problema con los monitores del sistema de vigilancia. Est&#225; comprobando cables y abriendo trastos. Tiene para rato.

Inutilizadle el coche -dije-. Basta con dos neum&#225;ticos. Luego volved aqu&#237;.

Media hora m&#225;s tarde estaban conmigo en la caravana de Lang. Se&#241;al&#233; a &#193;ngel la trampilla en el suelo y se puso manos a la obra. No despeg&#243; los labios ni una sola vez, ni siquiera cuando, al cabo de cinco minutos, cedi&#243; la primera cerradura y, poco despu&#233;s, la segunda. No habl&#243; cuando apareci&#243; a la vista una bandeja met&#225;lica plana con cintas de v&#237;deo, DVD, ced&#233;s y carpetas de pl&#225;stico con p&#225;ginas transparentes en el interior, y en cada p&#225;gina im&#225;genes de ni&#241;os desnudos, a veces con adultos y a veces con otros ni&#241;os. No habl&#243; cuando desprendi&#243; la bandeja tirando de un par de asas, una a cada lado, y al levantarla revel&#243; un zulo donde yac&#237;a encogida una ni&#241;a envuelta en varias mantas, entre mu&#241;ecas viejas, barras de chocolate, galletas y una caja de cereales. Al iluminarla la luz, parpade&#243;. &#193;ngel no habl&#243; cuando vio el cubo que deb&#237;a usar como retrete, ni la abertura circular en la pared, cubierta por una rejilla, que serv&#237;a de respiradero en su encierro.

S&#243;lo habl&#243; al inclinarse y tender la mano a la ni&#241;a asustada.

Tranquila -dijo-. No permitiremos que nadie vuelva a hacerte da&#241;o.

Y la ni&#241;a abri&#243; la boca y solt&#243; un alarido.


Avis&#233; a la polic&#237;a. &#193;ngel y Louis se marcharon. All&#237; nos quedamos solos una ni&#241;a de diez a&#241;os de piel amarillenta, que al parecer se llamaba Anya, y yo. Llevaba un collar barato en el cuello, con las cuatro letras de su nombre en relieve plateado. La acomod&#233; en el asiento delantero de mi coche y permaneci&#243; all&#237; inm&#243;vil, con la cara vuelta en direcci&#243;n contraria a la caravana, la mirada fija en el suelo. No supo decirme cu&#225;nto tiempo la hab&#237;an retenido all&#237;, y consegu&#237; que me confirmara su nombre y me dijera su edad en un ingl&#233;s con marcado acento antes de sumirse otra vez en el silencio. Me dijo que ten&#237;a diez a&#241;os. Dud&#233; que confiara en m&#237;, y no me extra&#241;&#243;.

Mientras ella esperaba en mi coche, absorta en sus pensamientos, examin&#233; el &#225;lbum fotogr&#225;fico de Raymon Lang. Algunas im&#225;genes eran muy recientes. Anya estaba entre los ni&#241;os fotografiados, flanqueada por hombres con m&#225;scaras. Observ&#233; con atenci&#243;n una de las im&#225;genes y me pareci&#243; ver, en el brazo del hombre de la derecha, lo que parec&#237;a el pico amarillo de un ave. Retroced&#237; y volv&#237; a mirar las anteriores, advirtiendo que el tono y los colores variaban conforme aumentaba la antig&#252;edad de las fotograf&#237;as; las im&#225;genes por ordenador daban paso a Polaroids, y &#233;stas a su vez a las m&#225;s antiguas: fotograf&#237;as en blanco y negro, reveladas probablemente por el propio Lang en un cuarto oscuro dom&#233;stico. Hab&#237;a ni&#241;os y ni&#241;as, a veces fotografiados solos y otras con hombres, ocultas las identidades de &#233;stos con m&#225;scaras de p&#225;jaros. Era una historia de abusos sexuales que se remontaba a muchos a&#241;os atr&#225;s, probablemente d&#233;cadas.

Las im&#225;genes m&#225;s antiguas del &#225;lbum eran fotocopias de mala calidad. Mostraban a una ni&#241;a en una cama, y dos hombres abusaban de ella por turno, aunque no se ve&#237;an sus cabezas porque las fotos hab&#237;an sido recortadas. En una de ellas vi un tatuaje en el brazo de uno de los hombres. Estaba borroso. Imagin&#233; que pod&#237;a conseguirse una imagen m&#225;s n&#237;tida, y entonces revelar&#237;a un &#225;guila.

Pero una de las fotos era distinta de las dem&#225;s. La mir&#233; durante un largo rato; luego la saqu&#233; de la funda de pl&#225;stico y redistribu&#237; cuidadosamente las otras im&#225;genes para disimular su ausencia. Met&#237; la foto debajo de la alfombrilla de goma del coche y luego me sent&#233; en la grava dura y fr&#237;a con la cabeza entre las manos, esperando a la polic&#237;a.

Llegaron de paisano y en un par de coches sin distintivos. Anya los vio aparecer y se encogi&#243; en posici&#243;n fetal, repitiendo una &#250;nica palabra una y otra vez en un idioma que no reconoc&#237;. S&#243;lo cuando se abrieron las puertas del primer coche y salieron un par de mujeres, Anya empez&#243; a creer que quiz&#225;s estaba a salvo. Las dos mujeres se acercaron. La puerta del acompa&#241;ante de mi coche estaba abierta, y pod&#237;an ver a la ni&#241;a del mismo modo que la ni&#241;a pod&#237;a verlas a ellas. Yo la hab&#237;a dejado as&#237; para que Anya no tuviera la sensaci&#243;n de que la hab&#237;an sacado de una celda para meterla en otra.

La primera mujer polic&#237;a se agach&#243; ante ella. Era esbelta, de pelo rojo recogido en la nuca. Me record&#243; a Rachel.

Hola -salud&#243;-. Me llamo Jill. T&#250; eres Anya, &#191;no?

Anya asinti&#243;, reconociendo al menos su nombre. Los rasgos de su cara empezaron a suavizarse. Sus labios se arquearon con las comisuras hacia abajo y se ech&#243; a llorar. &#201;sa no era la reacci&#243;n animal con la que hab&#237;a recibido a &#193;ngel. Era otra cosa.

Jill abri&#243; los brazos a la ni&#241;a y &#233;sta se abalanz&#243; hacia ella, escondiendo la cara en su cuello y dando sacudidas por la fuerza de los sollozos. Jill me mir&#243; por encima del hombro de Anya y me hizo una se&#241;a con la cabeza. Me volv&#237; y las dej&#233; solas.



35

Visto desde el mar, Bath no es un pueblo muy bonito, como rara vez lo son la mayor&#237;a de las localidades que dependen de alg&#250;n tipo de industria pesada, y nunca nadie ha dise&#241;ado unos astilleros teniendo en cuenta la est&#233;tica. As&#237; y todo, hab&#237;a algo de majestuoso en sus enormes gr&#250;as y en los grandes buques que a&#250;n se constru&#237;an all&#237; en una &#233;poca en que la mayor&#237;a de los astilleros hab&#237;an cerrado o se hab&#237;an convertido en una sombra de su anterior grandeza. Aunque puede que los astilleros fuesen feos, la suya era una fealdad surgida no de la decadencia, sino del crecimiento, con cuatrocientos a&#241;os de historia a sus espaldas, cuatro siglos de ruido y vapor y chispas, de madera sustituida por el acero, de hijos tras los pasos de sus padres en oficios que se transmit&#237;an a lo largo de generaciones. El destino de Bath y el destino de los astilleros se hab&#237;an unido para siempre forjando un lazo que jam&#225;s se romper&#237;a.

Como cualquier pueblo al que se trasladaba gran n&#250;mero de gente para trabajar al servicio de una sola empresa, el estacionamiento era un problema, y el amplio aparcamiento de King Street, justo en el cruce con Commercial y cerca del principal acceso a los astilleros por el lado norte, estaba abarrotado de coches. El primer turno estaba a punto de acabar y no muy lejos los autobuses esperaban al ralent&#237; para transportar a quienes no viv&#237;an en el pueblo y prefer&#237;an ahorrarse los agobios del aparcamiento prescindiendo del coche por completo o dej&#225;ndolo en las afueras. Un cartel advert&#237;a que la Fundici&#243;n de Bath era contratista de la Secretar&#237;a de Defensa y que estaban prohibidas las fotograf&#237;as. Encima de la entrada de los empleados se le&#237;a otro letrero: POR ESTAS PUERTAS PASAN LOS MEJORES CONSTRUCTORES DE BARCOS DEL MUNDO.

La polic&#237;a se hab&#237;a reunido en el club deportivo de Riverside. Eran una docena en total, una mezcla de agentes del Departamento de Polic&#237;a de Bath y la polic&#237;a del estado, todos de paisano. Adem&#225;s, dos coches patrulla permanec&#237;an ocultos. Se hab&#237;a notificado la inminente detenci&#243;n al servicio de seguridad de los astilleros, y a petici&#243;n de &#233;ste se hab&#237;a decidido abordar a Raymon Lang cuando llegase al aparcamiento. Permanec&#237;a bajo vigilancia continua, y el jefe de seguridad de los astilleros estaba en contacto directo con Jill Carrier, la inspectora de la polic&#237;a del estado que hab&#237;a tomado entre sus brazos a Anya y estaba al frente de la detenci&#243;n de Lang. Yo me encontraba en el aparcamiento, dentro del coche, con una vista clara de las puertas. Me hab&#237;an permitido estar presente a condici&#243;n de que no me dejase ver ni interviniese en lo que iba a ocurrir. Hab&#237;a contado a la polic&#237;a toda una historia para explicarles c&#243;mo hab&#237;a descubierto a la ni&#241;a en la caravana de Lang, y por qu&#233; me hallaba all&#237;, pero al final tuve que admitir que hab&#237;a mentido al ver el cad&#225;ver de Legere. Estaba metido en un l&#237;o, pero Carrier hab&#237;a tenido la amabilidad de permitirme presenciar la detenci&#243;n de Lang, por m&#225;s que una de sus condiciones fuese que un agente de paisano permaneciese sentado junto a m&#237; en el coche en todo momento. Se llamaba Weintraub, y no hablaba mucho, lo cual ya me parec&#237;a bien.

A las tres y media de la tarde se abrieron las verjas con un retumbo y los hombres empezaron a salir, todos vestidos pr&#225;cticamente igual, con gorras de b&#233;isbol y vaqueros y camisas de le&#241;ador desabrochadas sobre camisetas, cada uno con su petaca y su fiambrera. Vi a Carrier hablar por su m&#243;vil, y a media docena de polic&#237;as separarse del grupo principal, con Carrier al frente, y empezar a abrirse paso entre la muchedumbre. Por un molinete a la derecha apareci&#243; Raymon Lang con su alargada caja de herramientas met&#225;lica. Vest&#237;a igual que los obreros del astillero y fumaba un cigarrillo casi consumido. Justo cuando aspiraba la &#250;ltima calada y se dispon&#237;a a tirar la colilla al suelo, vio acercarse a Carrier y a los otros y supo en el acto qui&#233;nes eran y por qu&#233; estaban all&#237;, un depredador detectando al instante la presencia de otros depredadores m&#225;s poderosos que se abat&#237;an sobre &#233;l. Solt&#243; la caja de herramientas y se ech&#243; a correr, huyendo de sus perseguidores en direcci&#243;n este, pero un coche patrulla del Departamento de Polic&#237;a de Bath intercept&#243; de inmediato la salida del aparcamiento. Long cambi&#243; de rumbo, zigzagueando entre los coches, y entonces se aproxim&#243; el segundo coche patrulla y unos agentes uniformados avanzaron hacia &#233;l. Carrier ya se acercaba, m&#225;s r&#225;pida y &#225;gil que los hombres que la acompa&#241;aban. Empu&#241;aba su arma. Orden&#243; a Lang que se detuviera.

Lang se dio media vuelta y se llev&#243; la mano a la espalda, buscando algo bajo la camisa. O&#237; a Carrier lanzar una &#250;ltima advertencia para que levantase las manos, pero &#233;l no obedeci&#243;. Vi el culatazo de la pistola de Carrier y o&#237; la detonaci&#243;n al tiempo que Lang se daba la vuelta y ca&#237;a al suelo.

Muri&#243; camino del hospital. No habl&#243; mientras los auxiliares sanitarios luchaban por salvarle la vida, y nada se averigu&#243; por mediaci&#243;n de &#233;l. Le quitaron la camisa cuando lo tendieron en la camilla, y vi que no ten&#237;a tatuajes en los brazos.

Raymon Lang iba desarmado. Por lo visto no ten&#237;a motivo para echarse la mano a la espalda, no ten&#237;a motivo para obligar a disparar a Carrier. Sin embargo, pienso, al final simplemente no quer&#237;a ir a la c&#225;rcel, quiz&#225; por cobard&#237;a, o quiz&#225; porque no resist&#237;a la idea de verse alejado de los ni&#241;os por el resto de sus d&#237;as.


Sexta parte


Y cuando mejor me comporto

soy realmente como &#233;l.

Buscad bajo las tablas del suelo

los secretos que escond&#237;.


Sufjan Stevens, John Wayne Gacy Jr.



36

Toqu&#233; el timbre en casa de Rebecca Clay. O&#237;a c&#243;mo romp&#237;an las olas en la oscuridad. Ahora que Merrick hab&#237;a muerto, Jackie Garner y los Fulci ya no estaban all&#237;. Yo la hab&#237;a informado por tel&#233;fono de lo sucedido. Me dijo que la polic&#237;a la hab&#237;a llamado despu&#233;s de admitir yo que les hab&#237;a mentido sobre Jerry Legere, y ella hab&#237;a identificado oficialmente el cad&#225;ver horas antes ese d&#237;a. La hab&#237;an interrogado sobre la muerte de su ex marido, pero poco m&#225;s pudo a&#241;adir a lo que ya sab&#237;an. Legere y ella no manten&#237;an el menor contacto, y no lo hab&#237;a visto ni tenido noticias de &#233;l desde hac&#237;a mucho tiempo hasta que, cuando yo empec&#233; a hacer preguntas, &#233;l la llam&#243; borracho un par de noches antes de morir, exigiendo saber c&#243;mo se atrev&#237;a a mandarle a un detective privado. Ella le colg&#243; y &#233;l ya no volvi&#243; a llamar.

Abri&#243; la puerta vestida con un su&#233;ter viejo y unos vaqueros holgados. Iba descalza. O&#237; el televisor en la sala de estar, y por la puerta abierta avist&#233; a Jenna sentada en el suelo, viendo una pel&#237;cula de dibujos animados. Levant&#243; la mirada para ver qui&#233;n hab&#237;a entrado, decidi&#243; que por m&#237; no merec&#237;a la pena perderse nada y continu&#243; atenta a la pantalla.

Segu&#237; a Rebecca a la cocina. Me ofreci&#243; caf&#233; o una copa, pero rechac&#233; tanto lo uno como lo otro. Legere, me explic&#243;, ser&#237;a entregado para su entierro al d&#237;a siguiente. Al parecer ten&#237;a un hermanastro en Dakota del Norte que estaba a punto de llegar para ocuparse de los preparativos. Me dijo que pensaba asistir al funeral por el hermanastro, pero que no iba a llevar a su hija.

No es algo que necesite ver. -Se sent&#243; a la mesa de la cocina-. Ya se ha acabado todo, pues.

En cierto modo. Frank Merrick est&#225; muerto. Su ex marido est&#225; muerto. Ricky Demarcian y Raymon Lang est&#225;n muertos. Otis Caswell est&#225; muerto. Mason Dubus est&#225; muerto. El departamento del sheriff del condado de Somerset y la oficina del forense est&#225;n exhumando los restos de Lucy Merrick y Jim Poole en Galaad. Son muchos muertos. Pero supongo que tiene usted raz&#243;n: para ellos ya se ha acabado todo.

Parece cansado de este asunto.

Lo estaba. Hab&#237;a querido respuestas y la verdad sobre lo que les hab&#237;a sucedido a Lucy Merrick, a Andy Kellog y a los dem&#225;s ni&#241;os que hab&#237;an sido v&#237;ctimas de abusos a manos de hombres con m&#225;scaras de p&#225;jaros. En lugar de eso me hab&#237;a quedado con la sensaci&#243;n de que, salvo por la ni&#241;a llamada Anya, y la eliminaci&#243;n de un poco de mal en el mundo, todo aquello no hab&#237;a servido para nada. Ten&#237;a pocas respuestas, y al menos uno de los autores de los abusos todav&#237;a andaba suelto: el hombre con el tatuaje del &#225;guila. Tambi&#233;n sab&#237;a que me hab&#237;an mentido desde el principio. Me hab&#237;a mentido, en concreto, la mujer que ahora se hallaba sentada delante de m&#237;, y sin embargo no me sent&#237;a capaz de culparla.

Met&#237; la mano en el bolsillo y extraje la foto que me hab&#237;a llevado del &#225;lbum de Raymon Lang. La cara de la ni&#241;a quedaba casi oculta por el cuerpo del hombre arrodillado sobre ella en la cama, y a &#233;l mismo s&#243;lo se le ve&#237;a de cuello para abajo. Ten&#237;a el cuerpo casi absurdamente delgado, los huesos se le marcaban en la piel de los brazos y las piernas dibuj&#225;ndose en &#233;l cada m&#250;sculo y tend&#243;n. A juzgar por la edad de la ni&#241;a, la foto se hab&#237;a tomado hac&#237;a m&#225;s de un cuarto de siglo. No deb&#237;a de tener m&#225;s de seis o siete a&#241;os. A su lado, entre dos almohadas, hab&#237;a una mu&#241;eca de pelo rojo y largo, vestida con un pichi azul. Era la misma mu&#241;eca con la que la hija de Rebecca Clay iba ahora de un lado para otro, una mu&#241;eca heredada de su madre, una mu&#241;eca que hab&#237;a dado consuelo a Rebecca durante los a&#241;os en que fue v&#237;ctima de abusos sexuales.

Rebecca mir&#243; la fotograf&#237;a pero no la toc&#243;. Se le vidriaron los ojos; luego se le humedecieron al contemplar a la ni&#241;a que fue en otro tiempo.

&#191;D&#243;nde la ha encontrado? -pregunt&#243;.

En la caravana de Raymon Lang.

&#191;Hab&#237;a m&#225;s?

S&#237;, pero ninguna como &#233;sta. &#201;sta era la &#250;nica donde se ve&#237;a la mu&#241;eca.

Apret&#243; la foto con la mano, cubriendo la forma del hombre que se alzaba sobre ella de ni&#241;a, tapando el cuerpo desnudo de Daniel Clay.

Rebecca -pregunt&#233;-, &#191;d&#243;nde est&#225; su padre?

Se levant&#243; y se dirigi&#243; a la puerta detr&#225;s de la mesa de la cocina. La abri&#243; y puls&#243; un interruptor. La luz ilumin&#243; unos pelda&#241;os de madera que descend&#237;an al s&#243;tano. Sin mirar hacia atr&#225;s, empez&#243; a bajar, y yo la segu&#237;.

El s&#243;tano se empleaba como trastero. Hab&#237;a una bicicleta, ya demasiado peque&#241;a para su hija, y diversos tipos de cajas, pero todo parec&#237;a intacto e inm&#243;vil desde hac&#237;a mucho tiempo. Ol&#237;a a polvo, y el suelo de cemento hab&#237;a empezado a agrietarse en algunos lugares, largas l&#237;neas oscuras que se extend&#237;an como venas desde un punto en el centro. Rebecca Clay estir&#243; un pie descalzo y se&#241;al&#243; el suelo con los dedos de los pies.

Est&#225; ah&#237; abajo -dijo-. Ah&#237; lo dej&#233;.


Ese viernes, ella hab&#237;a estado trabajando en Saco, y cuando volvi&#243; a su apartamento se encontr&#243; con un mensaje en el contestador. Su canguro, Ellen, que cuidaba a tres o cuatro ni&#241;os cada d&#237;a, hab&#237;a tenido que ir al hospital tras una amenaza de infarto, y el marido de Ellen hab&#237;a llamado para decir que, obviamente, no podr&#237;a recoger a ninguno de los ni&#241;os en el colegio. Rebecca comprob&#243; su m&#243;vil y advirti&#243; que se hab&#237;a quedado sin bater&#237;a mientras estaba en Saco. En su ajetreo diario, no se hab&#237;a dado cuenta. Por un momento sinti&#243; p&#225;nico. &#191;D&#243;nde estaba Jenna? Telefone&#243; al colegio, pero todo el mundo se hab&#237;a marchado. Despu&#233;s llam&#243; al marido de Ellen, pero no sab&#237;a qui&#233;n se hab&#237;a llevado a Jenna del colegio. &#201;l le sugiri&#243; que se pusiera en contacto con el director, o la secretaria del colegio, ya que hab&#237;an informado a ambos de que ese d&#237;a no ir&#237;an a recoger a Jenna. En lugar de eso, Rebecca telefone&#243; a su mejor amiga, April, cuya hija, Carole, iba a la misma clase que Jenna. Tampoco ella ten&#237;a a Jenna, pero sab&#237;a d&#243;nde estaba.

La ha recogido tu padre -dijo-. Por lo visto, la escuela ha encontrado su n&#250;mero en el list&#237;n y lo ha llamado al enterarse de lo de Ellen y no poder localizarte a ti. &#201;l se ha presentado y se la ha llevado a su casa. Lo he visto en la escuela cuando ha ido a buscarla. Tu hija est&#225; bien, Rebecca.

Pero Rebecca pens&#243; que ya nada volver&#237;a a estar bien. Sinti&#243; tal pavor que vomit&#243; camino del coche, y vomit&#243; otra vez cuando iba a casa de su padre, arrojando pan y bilis en una bolsa de supermercado mientras esperaba en un sem&#225;foro. Cuando lleg&#243; a la casa, su padre rastrillaba hojas muertas en el jard&#237;n, y la puerta de entrada estaba abierta. Apresuradamente pas&#243; ante &#233;l sin dirigirle la palabra y encontr&#243; a su hija en la sala de estar, haciendo lo mismo que hac&#237;a en ese momento: ver la televisi&#243;n desde el suelo y comer un helado. No entend&#237;a por qu&#233; su madre estaba tan alterada, por qu&#233; la abrazaba y lloraba y la re&#241;&#237;a por estar con su abuelo. Al fin y al cabo, ya hab&#237;a estado otras veces con &#233;l, aunque nunca sola, siempre con su madre. Era el abuelo. &#201;l le hab&#237;a comprado patatas fritas y un perrito caliente y un refresco. La hab&#237;a llevado a la playa y hab&#237;an cogido conchas. Luego le hab&#237;a dado un cuenco enorme de helado de chocolate y la hab&#237;a dejado ver la tele. Hab&#237;a pasado un d&#237;a agradable, dijo a su madre, aunque habr&#237;a sido mejor a&#250;n si su madre hubiese estado all&#237; con ella.

En ese momento apareci&#243; Daniel Clay en la puerta del sal&#243;n preguntando qu&#233; pasaba, como si fuera un abuelo normal y un padre normal, y no el hombre que se hab&#237;a acostado con su hija desde los seis hasta los quince a&#241;os, siempre amable y delicado, procurando no hacerle da&#241;o, y a veces, cuando estaba triste o bebido, disculp&#225;ndose por la noche que permiti&#243; a otro hombre tocarla. Porque &#233;l la quer&#237;a. Siempre se lo dec&#237;a: Soy tu padre, y te quiero, y nunca permitir&#233; que eso vuelva a ocurrirte.


O&#237; las notas graves de la televisi&#243;n vibrar por encima de nuestras cabezas. Luego qued&#243; en silencio, y supe, por el sonido de sus pasos, que Jenna sub&#237;a al piso de arriba.

Es su hora de irse a dormir -explic&#243; Rebecca-. Nunca tengo que dec&#237;rselo. Se va ella sola a la cama. Le gusta dormir. La dejo cepillarse los dientes y leer un rato y luego voy a darle las buenas noches. Siempre le doy un beso despu&#233;s de acostarse, porqu&#233; as&#237; s&#233; que est&#225; a salvo.

Se recost&#243; contra la pared de ladrillo del s&#243;tano y se pas&#243; los dedos por el pelo, apart&#225;ndoselo de la frente y dejando laxara al descubierto.

&#201;l no la hab&#237;a tocado -dijo-. Hab&#237;a hecho exactamente lo que ella dijo que hab&#237;a hecho, pero entend&#237; lo que ocurr&#237;a. Hubo un momento, justo antes de pasar a su lado y llevarme a Jenna a casa, en que lo vi en sus ojos, y &#233;l supo que yo lo vi. Se sent&#237;a tentado por ella. Todo volv&#237;a a empezar. &#201;l no ten&#237;a la culpa. Era una enfermedad. Estaba trastornado. Era como un mal que hab&#237;a permanecido en estado latente, y de pronto resurg&#237;a.

&#191;Por qu&#233; no se lo ha contado a nadie? -pregunt&#233;.

Porque era mi padre y lo quer&#237;a -contest&#243;. No me miraba al hablar-. Supongo que le parecer&#225; rid&#237;culo despu&#233;s de lo que me hizo.

No -respond&#237;-. Ya nada me parece rid&#237;culo.

Hurg&#243; el suelo con el pie.

Pues es la verdad, por si sirve de algo. Yo lo quer&#237;a. Lo quer&#237;a tanto que esa noche volv&#237; a la casa. Dej&#233; a Jenna con April. Le dije que ten&#237;a trabajo y le pregunt&#233; si Jenna pod&#237;a quedarse a dormir con Carole. Lo hac&#237;an a menudo, as&#237; que no era nada anormal. Luego vine aqu&#237;. Mi padre abri&#243; la puerta y le dije que ten&#237;amos que hablar sobre lo ocurrido ese d&#237;a. &#201;l se ri&#243; como rest&#225;ndole importancia. Estaba trabajando en el s&#243;tano y yo lo segu&#237; hasta aqu&#237; abajo. Iba a poner un suelo nuevo, y ya hab&#237;a empezado a levantar el cemento antiguo. Por entonces ya hab&#237;an empezado a correr los rumores y pr&#225;cticamente se hab&#237;a visto obligado a anular todas sus citas. Estaba convirti&#233;ndose en un verdadero paria, y lo sab&#237;a. Intentaba disimular el disgusto que eso representaba para &#233;l. Dec&#237;a que as&#237; tendr&#237;a tiempo para hacer toda clase de trabajos en casa con los que ven&#237;a amenazando desde hac&#237;a tiempo.

As&#237; que sigui&#243; levantando el cemento del suelo mientras yo le chillaba. Pero &#233;l se negaba a escucharme. Era como si yo me lo estuviera inventando todo, todo lo que me hab&#237;a pasado, todo lo que me hab&#237;a hecho y lo que, empezaba a sospechar, quer&#237;a volver a hacer, pero esta vez a Jenna. S&#243;lo dec&#237;a que todo lo que hab&#237;a hecho lo hab&#237;a hecho por amor. "Eres mi hija", dec&#237;a. "Te quiero. Siempre te he querido. Y tambi&#233;n quiero a Jenna."

Y cuando dijo eso, algo se rompi&#243; dentro de m&#237;. &#201;l ten&#237;a un pico en las manos y, haciendo palanca, intentaba levantar una placa de cemento. Vi un martillo en el estante a mi lado. Estaba de espaldas a m&#237; y le golpe&#233; en la coronilla. No se desplom&#243;, no en un primer momento. S&#243;lo se agach&#243; y se llev&#243; la mano al cuero cabelludo, como si se hubiese dado contra una viga. Le di un segundo martillazo y cay&#243;. Creo que le golpe&#233; otras dos veces. Empez&#243; a desangrarse en la tierra y lo dej&#233; all&#237;. Sub&#237; a la cocina. Ten&#237;a la cara y las manos salpicadas de sangre y me lav&#233;. Tambi&#233;n limpi&#233; el martillo. Quedaban restos de pelo, recuerdo, y tuve que retirarlos con los dedos. Lo o&#237; moverse en el s&#243;tano, y cre&#237; que intentaba decir algo, pero no pude volver a bajar.

No pude. Cerr&#233; la puerta con llave y me sent&#233; en la cocina hasta que oscureci&#243; y ya no lo o&#237; moverse. Cuando abr&#237; la puerta, &#233;l se hab&#237;a arrastrado hasta el pie de la escalera, pero hab&#237;a sido incapaz de subir. Entonces baj&#233; hasta &#233;l, y estaba muerto.

Encontr&#233; unos pl&#225;sticos en el garaje y lo envolv&#237;. Antes hab&#237;a un invernadero en el jard&#237;n de atr&#225;s. Ten&#237;a el suelo de tierra. Ya era de noche, y lo llev&#233; a rastras hasta all&#237;. Eso. fue lo m&#225;s dif&#237;cil: subirlo desde el s&#243;tano. No daba la impresi&#243;n de que pesara mucho, pero todo &#233;l era m&#250;sculo y hueso. Cav&#233; un hoyo y lo met&#237; dentro; luego volv&#237; a cubrirlo. Supongo que ya estaba haciendo planes, pensando por adelantado. Nunca se me pas&#243; por la cabeza avisar a la polic&#237;a o admitir lo que hab&#237;a hecho. Simplemente sab&#237;a que no quer&#237;a separarme de Jenna. Ella lo era todo para m&#237;.

Cuando acab&#233;, volv&#237; a casa. A la noche siguiente esper&#233; a que anocheciera y fui en el coche de mi padre hasta Jackman y all&#237; lo dej&#233;. Denunci&#233; su desaparici&#243;n despu&#233;s de ocuparme del coche. Vino la polic&#237;a. Unos inspectores examinaron el suelo del s&#243;tano, como yo preve&#237;a, pero mi padre s&#243;lo hab&#237;a empezado a levantarlo, y estaba claro que no hab&#237;a nada debajo. Lo sab&#237;an todo sobre mi padre, y cuando encontraron el coche en Jackman, dedujeron que hab&#237;a huido.

Al cabo de un par de d&#237;as volv&#237; y traslad&#233; el cuerpo. Hab&#237;a tenido suerte. Ese mes hab&#237;a hecho mucho fr&#237;o. Supongo que gracias a eso se conserv&#243; bien. Ya me entiende, no se descompuso, as&#237; que no ol&#237;a, o apenas. Empec&#233; a cavar en el s&#243;tano. Me llev&#243; casi toda la noche, pero &#233;l me hab&#237;a ense&#241;ado c&#243;mo se hac&#237;a. Siempre hab&#237;a dicho que una chica deb&#237;a saber c&#243;mo cuidar una casa, c&#243;mo arreglar las cosas y mantenerlas en buen estado. Despej&#233; los escombros de un rinc&#243;n y cav&#233; hasta tener un hoyo de tama&#241;o suficiente para meterlo. Lo cubr&#237;; luego sub&#237; al piso de arriba y me qued&#233; dormida en mi antigua habitaci&#243;n. Parece mentira que alguien pueda quedarse dormido despu&#233;s de hacer una cosa as&#237;, pero dorm&#237; de un tir&#243;n hasta el mediod&#237;a. Dorm&#237; pl&#225;cidamente, como nunca antes. Luego volv&#237; a bajar y segu&#237; trabajando. Todo lo que necesitaba estaba all&#237;, inclusa una peque&#241;a hormigonera. Sacar los escombros me llev&#243; un tiempo, y despu&#233;s la espalda me doli&#243; durante semanas, pero una vez hecho eso, todo fue muy f&#225;cil. En total tard&#233; casi todo el fin de semana. Jenna se qued&#243; con April. Todo fue como una seda.

Y despu&#233;s se vino a vivir a esta casa.

No pod&#237;a venderla porque no era m&#237;a, pero de todos modos tampoco me habr&#237;a atrevido a hacerlo porque tem&#237;a que alguien decidiera hacer obras en el s&#243;tano y encontrara lo que hab&#237;a all&#237;. Me pareci&#243; mejor trasladarme, y luego ya nos quedamos aqu&#237;. Pero &#191;sabe lo m&#225;s curioso de todo? &#191;Ve esas grietas en el suelo? Son nuevas. Han empezado a aparecer en las &#250;ltimas dos semanas, desde que Frank Merrick se present&#243; aqu&#237; creando problemas. Es como si Merrick hubiese despertado algo ah&#237; abajo, como si mi padre lo hubiese o&#237;do hacer preguntas y buscado una manera de volver a este mundo. He empezado a tener pesadillas. Sue&#241;o que oigo ruidos procedentes del s&#243;tano y que, cuando abro la puerta, mi padre sube por la escalera despu&#233;s de salir de debajo de la tierra para hacerme pagar por lo que hice, porque &#233;l me quer&#237;a y yo le hice da&#241;o. En el sue&#241;o, sin prestarme atenci&#243;n, se arrastra hasta el cuarto de Jenna, y yo sigo golpe&#225;ndolo, una y otra vez, pero &#233;l no se detiene. Sigue arrastr&#225;ndose sin m&#225;s, como un insecto que se niega a morir.

Hab&#237;a empezado a explorar una de las grietas del suelo con la punta del dedo del pie. Lo retir&#243; de inmediato en cuanto tom&#243; conciencia de lo que hac&#237;a, acord&#225;ndose de lo que yac&#237;a debajo al describir sus pesadillas.

&#191;Qui&#233;n la ayud&#243; con todo esto? -pregunt&#233;.

Nadie -contest&#243;-. Lo hice yo sola.

Usted llev&#243; el coche de su padre hasta Jackman. &#191;C&#243;mo volvi&#243; despu&#233;s de abandonarlo?

En autoestop.

&#191;En serio?

S&#237;, es verdad.

Pero supe que ment&#237;a. Despu&#233;s de todo lo que hab&#237;a hecho, no se habr&#237;a arriesgado as&#237;. Alguien la sigui&#243; hasta Jackman y luego la trajo de regreso al este. Pens&#233; que tal vez fuera su amiga April. Record&#233; la mirada que hab&#237;an cruzado la noche que Merrick rompi&#243; la ventana. Se hab&#237;a producido una comunicaci&#243;n entre ellas, un gesto de complicidad, el reconocimiento de una informaci&#243;n compartida. No importaba. En realidad, nada de eso importaba.

&#191;Qui&#233;n era el otro hombre, Rebecca, el que tom&#243; la fotograf&#237;a?

No lo s&#233;. Era tarde. O&#237; que alguien beb&#237;a con mi padre, luego subieron a mi habitaci&#243;n. Los dos ol&#237;an muy mal. Eso a&#250;n lo recuerdo. &#201;se es el motivo por el que nunca he podido beber whisky. Encendieron la luz de la mesita de noche. El hombre llevaba una m&#225;scara, una vieja m&#225;scara de Halloween, de fantasma, que usaba mi padre para asustar a los ni&#241;os que ven&#237;an a pedir caramelos. Mi padre me dijo que aquel hombre era un amigo suyo y que yo deb&#237;a hacerle lo mismo que le hac&#237;a a &#233;l. Yo no quer&#237;a, pero -Se interrumpi&#243; por un momento-. Ten&#237;a siete a&#241;os -susurr&#243;-. S&#243;lo eso. Ten&#237;a siete a&#241;os. Sacaron fotograf&#237;as. Era como si fuese un juego, una broma. S&#243;lo ocurri&#243; aquella vez. Al d&#237;a siguiente, mi padre llor&#243; y me dijo que lo sent&#237;a. Me repiti&#243; que me quer&#237;a y que nunca me compartir&#237;a con nadie m&#225;s. Y no lo hizo.

&#191;Y no tiene ni idea de qui&#233;n pudo ser?

Neg&#243; con la cabeza, pero eludi&#243; mi mirada.

Hab&#237;a m&#225;s fotos de esa noche en la caravana de Raymon Lang. En ellas aparec&#237;a el compa&#241;ero de borrachera de su padre, pero no se le ve&#237;a la cabeza. Ten&#237;a un tatuaje de un &#225;guila en el brazo. &#191;Lo recuerda?

No. Estaba oscuro. Si lo vi, lo he olvidado con los a&#241;os.

Uno de los otros ni&#241;os que sufrieron abusos mencion&#243; esa misma marca. Alguien me sugiri&#243; que tal vez era un tatuaje militar. &#191;Sabe si alguno de los amigos de su padre sirvi&#243; en el ej&#233;rcito?

Elwin Stark, &#233;l sirvi&#243; -contest&#243;-. Creo que tambi&#233;n Eddie Haver podr&#237;a haber estado en el ej&#233;rcito. Son los &#250;nicos, pero dudo que cualquiera de ellos tuviera un tatuaje como &#233;se en el brazo. A veces ven&#237;an de vacaciones con nosotros. Los ve&#237;a en la playa. Me habr&#237;a fijado.

Lo dej&#233; estar. No sab&#237;a qu&#233; m&#225;s pod&#237;a hacer.

Su padre traicion&#243; a esos ni&#241;os, &#191;verdad? -pregunt&#233;.

Asinti&#243; con la cabeza.

Eso creo. Aquella gente ten&#237;a esas fotos de &#233;l conmigo. Supongo que es as&#237; como lo obligaron a hacer lo que hizo.

&#191;C&#243;mo las consiguieron?

Supongo que se las entreg&#243; el hombre aquel, el que vino aquella noche. Pero mi padre se preocupaba de verdad por los ni&#241;os a los que trataba. Intentaba velar por ellos. Esos hombres lo obligaron a eleg&#237;rselos, lo obligaron a seleccionar a ni&#241;os para someterlos a abusos, pero por eso mismo parec&#237;a esforzarse el doble con los dem&#225;s. S&#233; que no tiene ning&#250;n sentido, pero era casi como si existieran dos Daniel Clay, el malo y el bueno. Estaba el que abusaba de su hija y traicionaba a los ni&#241;os para salvar su reputaci&#243;n, y estaba el que luchaba con u&#241;as y dientes para salvar a otros ni&#241;os de los abusos. Quiz&#225;s &#233;sa era la &#250;nica manera de sobrevivir sin volverse loco, separando las dos partes y tomando todo lo malo y llam&#225;ndolo amor.

&#191;Y Jerry Legere? Usted sospech&#243; de &#233;l despu&#233;s de encontrarlo con Jenna, &#191;no?

Vi en &#233;l algo de lo que hab&#237;a visto en mi padre -contest&#243;-, pero no sab&#237;a que estaba implicado, no hasta que vino la polic&#237;a y me dijo c&#243;mo hab&#237;a muerto. Creo que lo odio a &#233;l m&#225;s que a nadie. Es decir, deb&#237;a de saber lo m&#237;o. Sab&#237;a lo que mi padre hab&#237;a hecho, y, por alguna raz&#243;n, eso me volv&#237;a m&#225;s atractiva para &#233;l. -Se estremeci&#243;-. Era como si cuando me follaba, follara a la ni&#241;a que tambi&#233;n fui.

Se desplom&#243; en el suelo y apoy&#243; la frente en los brazos. Apenas la o&#237; cuando volvi&#243; a hablar.

&#191;Y ahora qu&#233; pasar&#225;? -pregunt&#243;-. &#191;Me quitar&#225;n a Jenna? &#191;Ir&#233; a la c&#225;rcel?

Nada -respond&#237;-. No pasar&#225; nada.

Levant&#243; la cabeza.

&#191;No va a dec&#237;rselo a la polic&#237;a?

No.

No hab&#237;a nada m&#225;s que decir. La dej&#233; en el s&#243;tano, sentada al pie de la tumba que ella hab&#237;a cavado para su padre. Sub&#237; al coche y me alej&#233; acompa&#241;ado por el murmullo del mar, como un n&#250;mero infinito de voces que me ofrec&#237;a callado consuelo. Fue la &#250;ltima vez que o&#237; el mar en aquel lugar, ya que nunca regres&#233; all&#237;.



37

Quedaba otro v&#237;nculo, otra conexi&#243;n por explorar. Despu&#233;s de Galaad, conoc&#237;a la conexi&#243;n que exist&#237;a entre Legere y Lang, y a su vez la conexi&#243;n que exist&#237;a entre Lang y, por un lado, Galaad, y por otro Daniel Clay. No era s&#243;lo un lazo personal, sino tambi&#233;n profesional: la empresa de seguridad, A-Secure.

Joel Harmon estaba en su jard&#237;n cuando llegu&#233;, y fue Todd quien abri&#243; la puerta y me acompa&#241;&#243; al atravesar la casa para reunirme con &#233;l.

Tienes pinta de haber pasado un tiempo en el ej&#233;rcito, Todd -coment&#233;.

Deber&#237;a romperte la cara por eso -contest&#243; con buen talante-. En la marina. Cinco a&#241;os. Era encargado de se&#241;ales, y desde luego se me daba bien.

&#191;Os tatu&#225;is en la marina?

Por supuesto -respondi&#243;. Se arremang&#243; la chaqueta y revel&#243; en el brazo derecho una enmara&#241;ada masa de anclas y sirenas-. Soy muy tradicional. -Dej&#243; caer la manga-. &#191;Lo preguntas por algo?

Simple curiosidad. Me fij&#233; en c&#243;mo manejabas la pistola la noche de la fiesta. Daba la impresi&#243;n de que no era la primera vez que empu&#241;abas una.

Ya, bueno, el se&#241;or Harmon es un hombre rico. Quer&#237;a a alguien que cuidase de &#233;l.

&#191;Has tenido que cuidar de &#233;l alguna vez, Todd? -pregunt&#233;.

Se detuvo cuando llegamos al jard&#237;n y me mir&#243; de hito en hito.

Todav&#237;a no -contest&#243;-. No en el sentido a que se refiere.

Ese d&#237;a los hijos de Harmon estaban en casa, y Harmon, en medio del jard&#237;n, les se&#241;alaba los cambios que esperaba introducir en las flores y los arbustos llegada la primavera.

Le encanta el jard&#237;n -coment&#243; Todd siguiendo la direcci&#243;n de mi mirada y, al parecer, impaciente por abandonar el tema de la pistola y sus obligaciones, reales o potenciales, respecto a Harmon-. Todo lo que hay ah&#237; lo ha plantado &#233;l mismo, o ayudado a plantarlo. Tambi&#233;n los chicos le echaron una mano. El jard&#237;n es tan de ellos como de &#233;l.

Pero yo no miraba a Harmon, ni a sus hijos, ni al jard&#237;n. Miraba las c&#225;maras de vigilancia que permanec&#237;an atentas en el jard&#237;n y en las entradas de la casa.

Parece un sistema caro -le indiqu&#233; a Todd.

Lo es. Las propias c&#225;maras pasan de imagen en color a blanco y negro cuando la iluminaci&#243;n es escasa. Tienen funciones de enfoque y zoom, direccionamiento horizontal y vertical, conmutador de modo cu&#225;druple, que permite ver las im&#225;genes de todas las c&#225;maras de forma simult&#225;nea. Hay monitores en la cocina, en el despacho del se&#241;or Harmon, en el dormitorio y en mis dependencias. Nunca se es demasiado precavido.

No, supongo que no. &#191;Qui&#233;n instal&#243; el sistema?

Una empresa llamada A-Secure, de South Portland.

Aj&#225;. All&#237; trabajaba Raymon Lang, &#191;no?

Todd dio un respingo, como si acabara de recibir una suave descarga el&#233;ctrica.

S&#237;, supongo. -La muerte de Lang y el descubrimiento de la ni&#241;a bajo su caravana hab&#237;a sido noticia de primera plana. Dif&#237;cilmente pod&#237;a haberle pasado inadvertida a Todd.

&#191;Ha estado aqu&#237; alguna vez, para revisar el sistema, quiz&#225;? Seguro que necesita mantenimiento una o dos veces al a&#241;o.

No sabr&#237;a decirte -respondi&#243; Todd. Ya estaba a la defensiva, pregunt&#225;ndose si hab&#237;a hablado m&#225;s de la cuenta-. A-Secure manda a alguien regularmente como parte del contrato, pero no siempre es el mismo t&#233;cnico.

Claro. Eso cuadra. Tal vez Jerry Legere vino aqu&#237; en lugar de &#233;l. Me imagino que la compa&#241;&#237;a tendr&#225; que buscar a otro que cuide del sistema, ahora que los dos est&#225;n muertos.

Todd no contest&#243;. Hizo adem&#225;n de acompa&#241;arme hasta donde estaba Harmon, pero le dije que no era necesario. Abri&#243; la boca para protestar, pero levant&#233; la mano y volvi&#243; a cerrarla. Ten&#237;a inteligencia suficiente para saber que estaba sucediendo algo que &#233;l no acababa de entender, y lo mejor que pod&#237;a hacer era observar y escuchar, e intervenir s&#243;lo en caso de absoluta necesidad. Lo dej&#233; en el porche y cruc&#233; el jard&#237;n. Pas&#233; al lado de los hijos de Harmon cuando ellos volv&#237;an a la casa. Me miraron con curiosidad, y el hijo de Harmon pareci&#243; a punto de decir algo, pero los dos se relajaron un poco cuando les sonre&#237; a modo de saludo. Eran chicos atractivos: altos, sanos, bien vestidos, aunque de manera informal, en distintos tonos de Abercrombie & Finch.

Harmon no me oy&#243; acercarme. Estaba arrodillado junto a un arriate del jard&#237;n alpino, salpicado de piedra caliza erosionada, las rocas firmemente engastadas en la tierra, con la veta hacia dentro, y esquirlas de piedra esparcidas alrededor. Entre las rocas asomaban plantas de escasa altura, de hojas viol&#225;ceas y verdes, plateadas y bronc&#237;neas.

Mi sombra se proyect&#243; sobre Harmon y levant&#243; la vista.

Se&#241;or Parker -dijo-. No esperaba compa&#241;&#237;a, y se ha presentado usted a hurtadillas por mi lado malo. No obstante, ya que est&#225; aqu&#237;, me da la oportunidad de disculparme por lo que le dije por tel&#233;fono la &#250;ltima vez que hablamos.

Se levant&#243; con cierta dificultad. Le ofrec&#237; mi mano derecha y la acept&#243;. Cuando lo ayud&#233; a ponerse en pie, le sujet&#233; el brazo con la mano izquierda, le remangu&#233; la camisa y el jersey para dejar a la vista el antebrazo. Por un instante alcanc&#233; a ver las garras de un ave en su piel.

Gracias -dijo. Vio en qu&#233; me estaba fijando y se baj&#243; la manga.

Nunca le he preguntado c&#243;mo perdi&#243; el o&#237;do -se&#241;al&#233;.

Es un poco bochornoso -contest&#243;-. Siempre o&#237; un poco peor del lado izquierdo. No era muy grave, y no representaba un obst&#225;culo en mi vida. Quer&#237;a combatir en Vietnam. No quer&#237;a esperar a que me llamaran a filas. Ten&#237;a veinte a&#241;os y rebosaba entusiasmo. Me mandaron a Fort Campbell para la instrucci&#243;n b&#225;sica. Esperaba incorporarme al 173 Regimiento Aerotransportado. Ya sabe, el 173 fue la &#250;nica unidad que llev&#243; a cabo un asalto por aire a una posici&#243;n enemiga en Vietnam. La Operaci&#243;n Junction City en el sesenta y siete. Yo habr&#237;a podido participar, pero un ob&#250;s estall&#243; demasiado cerca de mi cabeza en el periodo de instrucci&#243;n. Me destroz&#243; el t&#237;mpano. Me dej&#243; casi sordo de un o&#237;do y me afect&#243; al sentido del equilibrio. Me dieron de baja, y eso fue lo m&#225;s cerca que estuve del combate. Me faltaba una semana para acabar la instrucci&#243;n.

&#191;Fue all&#237; donde se tatu&#243;?

Harmon se frot&#243; la camisa en la parte del brazo donde ten&#237;a el tatuaje, pero no volvi&#243; a ense&#241;ar la piel.

S&#237;, pequ&#233; de optimismo. Puse la carreta antes que los bueyes. No

pude a&#241;adir debajo los a&#241;os de servicio. Ahora me abochorna. No lo ense&#241;o mucho. -Me escrut&#243;-. Veo que ha venido cargado de preguntas.

Tengo m&#225;s. &#191;Conoc&#237;a usted a Raymon Lang, se&#241;or Harmon?

Se par&#243; a pensar por un momento, y lo observ&#233;.

&#191;Raymon Lang? &#191;No es el hombre al que ha matado la polic&#237;a de un tiro en Bath? &#191;El que ten&#237;a a la ni&#241;a escondida debajo de su caravana? &#191;Por qu&#233; habr&#237;a de conocerlo?

Trabajaba para A-Secure, la empresa que instal&#243; su sistema de vigilancia. Se dedicaba al mantenimiento de c&#225;maras y monitores. Pens&#233; que tal vez usted lo hab&#237;a conocido por su trabajo.

Harmon se encogi&#243; de hombros.

Es posible. &#191;Por qu&#233;?

Me volv&#237; y mir&#233; hacia la casa. Todd hablaba con los hijos de Harmon. Los tres me observaban. Record&#233; un comentario de Christian, que sosten&#237;a que un pederasta pod&#237;a cebarse en los hijos de los dem&#225;s y sin embargo no tocar nunca a los suyos, que su familia pod&#237;a ignorar por completo sus impulsos, cosa que le permit&#237;a preservar la imagen de padre y marido afectuoso, una imagen que, en cierto sentido, era a la vez verdadera y falsa. Cuando habl&#233; con Christian, era a Daniel Clay a quien ten&#237;a en mente, pero me equivocaba. Rebecca Clay sab&#237;a exactamente c&#243;mo era su padre, pero hab&#237;a otros ni&#241;os que no lo sab&#237;an. Acaso hubiera muchos hombres con &#225;guilas tatuadas en el brazo derecho, incluso hombres que hab&#237;an abusado de ni&#241;os, pero los v&#237;nculos entre Lang y Harmon y Clay, por endebles que fuesen, eran innegables. &#191;C&#243;mo sucedi&#243;?, me pregunt&#233;. &#191;C&#243;mo llegaron a reconocer Lang y Harmon que hab&#237;a algo en el otro, que ten&#237;an una debilidad parecida, una avidez compartida por los dos? &#191;Cu&#225;ndo decidieron abordar a Clay y usarlo como medio de acceso para seleccionar a aquellos que eran especialmente vulnerables, o a aquellos a quienes tal vez nadie creer&#237;a si presentaban acusaciones de abusos? &#191;Sac&#243; el tema Harmon cuando Clay, aquella noche de borrachera, le permiti&#243; abusar de Rebecca? &#191;Lo utiliz&#243; Harmon como medida de presi&#243;n contra el psiquiatra? Ya que era &#233;l el segundo hombre que estuvo en la casa la noche en que Daniel Clay, por primera y &#250;ltima vez, comparti&#243; a su hija con otro, y en su estado de ebriedad permiti&#243; que se sacaran fotos del encuentro. Emple&#225;ndolas con cautela, Harmon habr&#237;a podido arruinar la vida a Clay con ellas asegur&#225;ndose al mismo tiempo de que &#233;l quedaba con las manos en apariencia limpias. Incluso habr&#237;a bastado con un env&#237;o an&#243;nimo por correo a la polic&#237;a o al colegio de m&#233;dicos.

&#191;O fue necesario siquiera chantajear a Clay? &#191;Compartieron con &#233;l las pruebas de los abusos cometidos? &#191;Fue as&#237; como aliment&#243; sus propios deseos cuando dej&#243; de atormentar a su propia hija, al hacerse mayor, antes de que resurgieran esos viejos impulsos, como Rebecca vio en su cara al empezar a florecer su hija?

Me volv&#237; otra vez hacia Harmon. Le hab&#237;a cambiado la expresi&#243;n. Era el rostro de un hombre que sopesaba los pros y los contras, que evaluaba hasta qu&#233; punto deb&#237;a arriesgarse y exponerse.

Se&#241;or Parker -dijo-, le he hecho una pregunta.

No le hice caso.

&#191;C&#243;mo lo hicieron? -prosegu&#237;-. &#191;Qu&#233; los uni&#243; a usted y a Lang, a Caswell y a Legere? &#191;La mala suerte? &#191;La admiraci&#243;n mutua? &#191;Qu&#233; fue? Luego, despu&#233;s de la desaparici&#243;n de Clay se agot&#243; el suministro, &#191;no? Entonces tuvieron que buscar en otra parte, y eso los puso en contacto con Demarcian y sus amigos de Boston, y quiz&#225; tambi&#233;n con Mason Dubus, &#191;o lo hab&#237;an visitado ya mucho tiempo antes, usted y Clay? &#191;Se arrodillaron a sus pies y lo veneraron? &#191;Le hablaron de su Proyecto: los abusos sistem&#225;ticos a los ni&#241;os m&#225;s vulnerables, los trastornados, o aquellos con menos credibilidad, todos seleccionados gracias a la informaci&#243;n directa de Clay?

&#193;ndese con cuidado -advirti&#243; Harmon-. &#193;ndese con mucho cuidado.

Vi una foto -dije-. Estaba en la caravana de Lang. Era la foto de un hombre abusando de una ni&#241;a. S&#233; qui&#233;n era esa ni&#241;a. La foto no sirve de mucho, pero basta como punto de partida. Seguro que la polic&#237;a tiene toda clase de m&#233;todos para comparar una foto de un tatuaje con una se&#241;al real en la piel.

Harmon sonri&#243;. Era una sonrisa desagradable y mal&#233;vola, como una herida abri&#233;ndose en la cara.

&#191;Ha averiguado lo que le ocurri&#243; a Daniel Clay, se&#241;or Parker? Yo siempre he tenido mis sospechas sobre su desaparici&#243;n, pero nunca las he expresado en voz alta por respeto a su hija. &#161;A saber qu&#233; aparecer&#237;a si yo empezase a hurgar en los rincones! Puede que tambi&#233;n yo encontrase fotos, y quiz&#225; reconociese tambi&#233;n a la ni&#241;a de esas im&#225;genes. Si mirara con la atenci&#243;n suficiente, tal vez incluso reconocer&#237;a a uno de los autores de los abusos contra ella. Su padre era un hombre de un aspecto muy caracter&#237;stico, pura piel y huesos. Si descubriese algo as&#237;, tendr&#237;a que entreg&#225;rselo a las autoridades correspondientes. Al fin y al cabo, esa ni&#241;a ser&#237;a ahora una mujer, una mujer con sus propios problemas y tormentos. Tal vez esa mujer necesitase ayuda, o una terapia. Podr&#237;an salir muchas cosas a la luz, muchas cosas. Cuando se empieza a escarbar, se&#241;or Parker, nunca se sabe qu&#233; esqueletos aparecer&#225;n.

O&#237; unos pasos detr&#225;s de m&#237;, y la voz de un joven pregunt&#243;:

&#191;Todo en orden, pap&#225;?

Todo en orden, hijo -contest&#243; Harmon-. El se&#241;or Parker est&#225; a punto de marcharse. Lo invitar&#237;a a comer, pero s&#233; que tiene cosas que hacer. Es un hombre ocupado. Tiene mucho en que pensar.

No dije nada m&#225;s. Me alej&#233; y dej&#233; atr&#225;s a Harmon y su hijo. Su hija se hab&#237;a ido, pero una figura nos miraba a todos desde una de las ventanas del piso superior. Era la se&#241;ora Harmon. Llevaba un vestido verde y el rojo de sus u&#241;as contrastaba con el blanco de la cortina que manten&#237;a apartada del cristal. Todd me sigui&#243; por la casa para asegurarse de que me iba. Ya casi estaba en la puerta cuando la se&#241;ora Harmon apareci&#243; en el rellano por encima de su cabeza. Me dirigi&#243; una sonrisa vacua, aparentemente extraviada en una bruma farmacol&#243;gica, pero la sonrisa no fue m&#225;s all&#225; de sus labios, y en sus ojos se reflejaron cosas inefables.



S&#233;ptima parte

y lo que quiero saber es

si le gusta su ni&#241;o de ojos azules

Se&#241;or Muerte

e.e. cummings, El finado Buffalo Bill





Ep&#237;logo

Durante unos d&#237;as no pas&#243; nada m&#225;s. La vida volvi&#243; a ser poco m&#225;s o menos como antes. &#193;ngel y Louis regresaron a Nueva York. Yo volv&#237; a pasear a Walter, y atend&#237; las llamadas de gente que quer&#237;a contratar mis servicios. Rechac&#233; todos los casos. Estaba cansado, y me hab&#237;a quedado un mal sabor de boca del que no pod&#237;a librarme. Incluso la casa estaba en silencio, como si aquellas presencias que lo vigilaban todo aguardaran a ver qu&#233; ocurr&#237;a.

La primera carta no me pill&#243; de sorpresa. Me comunicaba que hab&#237;an retenido mi pistola como prueba de la comisi&#243;n de un delito y que posiblemente me ser&#237;a devuelta al cabo de un tiempo. Me dio igual. No quer&#237;a recuperarla, no en ese momento.

Las siguientes dos cartas llegaron casi simult&#225;neamente por correo urgente. La primera, de la jefatura de polic&#237;a del estado, me informaba de que se hab&#237;a presentado ante el Tribunal del Distrito una solicitud para retirarme la licencia de investigador privado con efecto inmediato por fraude y enga&#241;o en relaci&#243;n con mi trabajo, as&#237; como por hacer declaraciones falsas. La solicitud proced&#237;a de la polic&#237;a del estado. El tribunal hab&#237;a concedido una suspensi&#243;n temporal y a su debido tiempo se celebrar&#237;a una vista, en la cual tendr&#237;a ocasi&#243;n de defenderme.

La segunda carta tambi&#233;n era de la jefatura de polic&#237;a del estado, en ella se me notificaba que me retiraban el permiso de armas en espera del resultado de la vista, y que deb&#237;a devolverla, junto con cualquier otra documentaci&#243;n pertinente, a la jefatura. Despu&#233;s de todo lo que me hab&#237;a ocurrido, y de todo lo que yo hab&#237;a hecho, mi mundo se iba a pique al finalizar un caso en el que ni siquiera hab&#237;a disparado un arma.

Me pas&#233; los d&#237;as posteriores a la recepci&#243;n de las cartas fuera de casa. Viaj&#233; a Vermont con Walter y estuve dos d&#237;as con Rachel y Sam, alojado en un hotel a unos kil&#243;metros de la casa. La visita transcurri&#243; sin incidentes, y sin una palabra &#225;spera entre nosotros. Era como si las palabras pronunciadas por Rachel en nuestro &#250;ltimo encuentro hubiesen despejado el aire. Le cont&#233; lo sucedido, incluso que me hab&#237;an retirado la licencia y el permiso. Me pregunt&#243; qu&#233; iba a hacer y le contest&#233; que no lo sab&#237;a. El dinero no era un problema grave, todav&#237;a no. Los pagos de la hipoteca eran m&#243;dicos, ya que la mayor parte del coste de adquisici&#243;n se hab&#237;a cubierto con el dinero que hab&#237;a pagado el Servicio de Correos estadounidense por las tierras de mi abuelo y la vieja casa que all&#237; se alzaba. Pero tendr&#237;a facturas que pagar, y quer&#237;a seguir ayudando a Rachel con la manutenci&#243;n de Sam. Me dijo que no me preocupara mucho por eso, si bien comprend&#237;a por qu&#233; era importante para m&#237;. Cuando me dispon&#237;a a marcharme, Rachel me abraz&#243; y me bes&#243; con ternura en los labios, y la sabore&#233; y ella me sabore&#243; a m&#237;.

La noche siguiente tuvo lugar una cena en Natasha's en honor de June Fitzpatrick. Joel Harmon no acudi&#243;. S&#243;lo estaban algunos de los amigos de June, y Phil Isaacson, el cr&#237;tico de arte del Press Herald, y un par de personas a las que conoc&#237;a de nombre. A m&#237; no me apetec&#237;a ir, pero June hab&#237;a insistido, y al final result&#243; una velada muy agradable. Los dej&#233; all&#237; despu&#233;s de un par de horas, con las botellas de vino a&#250;n por terminar y los postres sin pedir.

Soplaba un viento desapacible desde el mar. Me cort&#243; las mejillas y me humedeci&#243; los ojos cuando me encamin&#233; hacia el coche. Hab&#237;a aparcado en Middle Street, no muy lejos del ayuntamiento. Hab&#237;a muchos sitios vac&#237;os y me cruc&#233; con muy poca gente por la calle.

Vi a un hombre frente a m&#237;, delante de un edificio de apartamentos, cerca de la comisar&#237;a del Departamento de Polic&#237;a de Portland. Fumaba un cigarrillo. Vi resplandecer la punta en la sombra proyectada por el toldo extendido encima de la puerta. Cuando me aproxim&#233;, se plant&#243; en mi camino.

He venido a despedirme -dijo-. Por ahora.

El Coleccionista vest&#237;a como siempre, con un abrigo oscuro que hab&#237;a conocido tiempos mejores y, debajo, una chaqueta de color azul marino y una camisa anticuada de cuello ancho, abrochada hasta el &#250;ltimo bot&#243;n. Dio una &#250;ltima y larga calada a su cigarrillo y lo tir&#243;.

He o&#237;do que las cosas se le han puesto feas.

No quer&#237;a hablar con aquel hombre, fuera quien fuese en realidad, pero al parecer no me quedaba otra opci&#243;n. En cualquier caso, dud&#233; que estuviera all&#237; s&#243;lo para decirme adi&#243;s. No parec&#237;a muy propenso al sentimentalismo.

Usted me trae mala suerte -dije-. Perd&#243;neme por no derramar una l&#225;grima cuando se vaya.

Es posible que tambi&#233;n usted me traiga mala suerte a m&#237;. He tenido que trasladar parte de mi colecci&#243;n, he perdido una casa que usaba como refugio, y el se&#241;or Eldritch se ha visto sometido a cierta publicidad no deseada. Teme que eso acabe con &#233;l.

Desolador. Se le ve&#237;a siempre tan plet&#243;rico de vida.

El Coleccionista sac&#243; el tabaco y el papel de fumar del bolsillo y li&#243; cuidadosamente un cigarrillo, que luego encendi&#243; mientras el otro a&#250;n humeaba en el alba&#241;al. Parec&#237;a incapaz de pensar debidamente sin tener algo encendido entre los dedos o en los labios.

Ya que est&#225; aqu&#237;, tengo una pregunta que hacerle -dije.

Aspir&#243; hondo y dej&#243; escapar una nube de humo en el aire de la noche. Al mismo tiempo hizo un gesto invit&#225;ndome a plantear mi pregunta.

&#191;Por qu&#233; esos hombres? -pregunt&#233;-. &#191;A qu&#233; se debe su inter&#233;s en este caso?

Yo podr&#237;a preguntarle lo mismo -contest&#243;-. Al fin y al cabo, no le pagaron por buscarlos. Quiz&#225; ser&#237;a m&#225;s adecuado pensar: &#191;por qu&#233; no esos hombres? Siempre he pensado que en este mundo hay dos clases de personas: los que, impotentes ante el peso del mal que el mundo contiene, se niegan a actuar porque no le ven el sentido, y los que eligen sus batallas y las libran hasta el final, porque comprenden que no hacer nada es infinitamente peor que hacer algo y fracasar. Al igual que usted, yo decid&#237; seguir con esta investigaci&#243;n y llegar hasta el final.

Espero que el resultado haya sido m&#225;s satisfactorio para usted de lo que ha sido para m&#237;.

El Coleccionista se ech&#243; a re&#237;r.

No es posible que est&#233; tan sorprendido por lo que le ha pasado -dijo-. Viv&#237;a con tiempo prestado, y ni siquiera sus amigos pod&#237;an seguir protegi&#233;ndolo.

&#191;Mis amigos?

Perd&#243;n: sus amigos invisibles, sus amigos secretos. No me refiero a sus colegas letalmente divertidos de Nueva York. Ah, y no se preocupe por ellos. Tengo otros objetos de desafecci&#243;n en los que centrarme. Creo que los dejar&#233; en paz, de momento. Ya est&#225;n expiando las malas acciones cometidas en el pasado, y no quisiera privarlo a usted de toda ayuda. No, me refiero a los que han seguido su evoluci&#243;n en silencio, los que le han facilitado a usted la labor en todo lo que ha hecho, los que han atenuado los da&#241;os que ha dejado usted a su paso, los que se han apoyado suavemente en quienes habr&#237;an preferido verlo entre rejas.

No s&#233; de qu&#233; me habla.

No, supongo que no. Esta vez ha cometido descuidos: ha tropezado con sus propias mentiras. Una fuerza crec&#237;a contra usted y ahora las consecuencias son evidentes. Usted es un hombre curioso, con empat&#237;a, que se ha visto privado de su licencia para hacer lo que se le da mejor, un individuo violento a quien le han quitado los juguetes. &#191;Qui&#233;n sabe qu&#233; ser&#225; de usted ahora?

No me diga que es usted uno de esos amigos secretos, porque si es as&#237; tengo m&#225;s problemas de los que pensaba.

No, no soy su amigo ni su enemigo, y rindo cuentas a una instancia superior.

Se enga&#241;a.

&#191;Ah, s&#237;? Muy bien, entonces es un enga&#241;o que los dos compartimos. Acabo de hacerle un favor del que ni siquiera se ha enterado. Ahora le prestar&#233; un &#250;ltimo servicio. Lleva a&#241;os pasando de la luz a las sombras y de nuevo a la luz, desplaz&#225;ndose entre ellas en su b&#250;squeda de respuestas, pero cuanto m&#225;s tiempo est&#233; en la oscuridad, mayor es la posibilidad de que la presencia en ella tome conciencia de usted, y act&#250;e contra usted. Pronto llegar&#225;.

Ya he encontrado cosas en la oscuridad antes. Se han ido, y yo estoy aqu&#237;.

Esto no es una cosa en la oscuridad -contest&#243;-. Esto es la propia oscuridad. Y ahora hemos acabado.

Se dio media vuelta para marcharse, lanzando otro cigarrillo moribundo detr&#225;s del primero. Hice adem&#225;n de detenerlo. Quer&#237;a m&#225;s. Le agarr&#233; del hombro y roc&#233; su piel con la mano

Y tuve una visi&#243;n de figuras retorci&#233;ndose en su tormento, de otras solas en lugares desiertos llorando por aquello que las hab&#237;a abandonado. Y vi a los Hombres Huecos, y en ese instante supe qu&#233; eran realmente.

El Coleccionista hizo una pirueta propia de un bailar&#237;n. S&#233; zaf&#243; de mi mano con un movimiento del brazo, y de pronto me encontr&#233; contra la pared, con sus dedos en mi cuello y mis pies elev&#225;ndose lentamente del suelo por efecto de su fuerza. Intent&#233; asestarle un puntapi&#233; y &#233;l redujo la distancia entre nosotros a la vez que aumentaba la presi&#243;n en mi cuello asfixi&#225;ndome.

No me toque nunca -dijo-. A m&#237; nadie me toca.

Me solt&#243;, y resbal&#233; por la pared hasta caer de rodillas, aspirando dolorosamente bocanadas de aire entre los labios separados. Me escoc&#237;a y picaba la piel all&#237; donde sus dedos me hab&#237;an apretado, y percib&#237;a en m&#237; el olor a nicotina y descomposici&#243;n.

M&#237;rese -dijo, y sus palabras rezumaron l&#225;stima y desprecio-. Un hombre atormentado por preguntas sin respuesta, un hombre sin padre, sin madre, un hombre que ha permitido que dos familias se le escurran entre los dedos.

Tuve un padre -dije-. Tuve una madre, y todav&#237;a tengo a mi familia.

&#191;Ah, s&#237;? No por mucho tiempo. -Una mueca cruel transform&#243; sus facciones, como si fuera un ni&#241;o que ve la oportunidad de seguir atormentando a un animal est&#250;pido-. Y en cuanto al padre y la madre, cont&#233;steme a esto: su tipo sangu&#237;neo es B. &#191;Ve qu&#233; cosas s&#233; sobre usted? Ahora bien, hay un problema. -Se inclin&#243; hacia m&#237;-. &#191;C&#243;mo es posible que un ni&#241;o con sangre del tipo B tenga un padre que era de tipo A y una madre que era de tipo O? Es todo un misterio.

Miente.

&#191;Usted cree? Ser&#225; eso.

Se alej&#243; de m&#237;.

Pero tal vez tenga otras cosas de las que ocuparse: cosas medio vistas, cosas muertas, una ni&#241;a que susurra en la noche y una madre que enloquece de rabia en la oscuridad. Qu&#233;dese con ellas si lo desea. Viva con ellas en el lugar donde esperan.

&#191;D&#243;nde est&#225;n mi mujer y mi hija? -Las palabras me despellejaron la garganta dolorida, y me odi&#233; a m&#237; mismo por buscar respuestas en aquella criatura vil-. Ha hablado de seres apartados de la divinidad. Sab&#237;a lo de las letras trazadas en el polvo. Usted lo sabe. D&#237;game, &#191;son eso almas perdidas? &#191;Eso soy yo?

&#191;Acaso tiene usted alma? -susurr&#243;-. En cuanto al paradero de su mujer y su hija, est&#225;n all&#237; donde usted las deja.

Se agach&#243; ante m&#237; y me envolvi&#243; con su hedor al pronunciar sus palabras finales.

Lo elimin&#233; mientras usted estaba en la cena para que tuviese una coartada. &#201;se es mi &#250;ltimo regalo a usted, se&#241;or Parker, y mi &#250;ltima indulgencia.

Se levant&#243; y se march&#243;, y cuando yo me puse en pie, &#233;l ya no estaba. Me fui a mi coche y volv&#237; a casa, y pens&#233; en lo que hab&#237;a dicho.


Joel Harmon desapareci&#243; esa noche. Todd estaba enfermo y Harmon hab&#237;a ido solo en coche a una reuni&#243;n municipal en Falmouth, donde entreg&#243; un tal&#243;n por veinticinco mil d&#243;lares como parte de una campa&#241;a destinada a comprar minibuses para una escuela local. Su coche apareci&#243; abandonado en Wildwood Park, y nunca se le volvi&#243; a ver.


Poco despu&#233;s de las nueve de la ma&#241;ana del d&#237;a siguiente recib&#237; una llamada. La persona al otro lado de la l&#237;nea no se identific&#243;, pero me comunic&#243; que el juez Hight acababa de firmar una orden de registro de mi propiedad, que autorizaba a la polic&#237;a del estado a buscar cualquier arma de fuego sin licencia. Llegar&#237;an a mi casa en menos de una hora.

Cuando llegaron, con Hansen al frente, recorrieron todas las habitaciones. Consiguieron abrir el panel en la pared detr&#225;s del que antes guardaba las armas que hab&#237;a conservado a pesar de la retirada del permiso, pero las hab&#237;a envuelto en hule y pl&#225;stico y echado en el estanque al fondo de mi propiedad, sujetas con una cuerda a una roca de la orilla, as&#237; que s&#243;lo encontraron polvo. Incluso buscaron en el desv&#225;n, pero no se quedaron all&#237; mucho rato, y cuando los hombres uniformados descendieron de all&#237;, vi en sus rostros que agradec&#237;an abandonar aquel espacio fr&#237;o y oscuro. Hansen no me dirigi&#243; la palabra desde el momento en que me entreg&#243; la orden hasta el momento en que el registro se dio por concluido. Sus &#250;ltimas palabras fueron:

Esto no ha terminado.

Cuando se marcharon, empec&#233; a vaciar el desv&#225;n. Retir&#233; cajas y maletas sin mirar siquiera el contenido y las arroj&#233; al rellano antes de bajarlas hasta el trozo de tierra desnuda y piedras en el extremo de mi jard&#237;n. Abr&#237; la ventana del desv&#225;n y dej&#233; entrar a raudales el aire fr&#237;o, y quit&#233; el polvo del cristal eliminando las palabras que segu&#237;an all&#237;. Luego continu&#233; con el resto de la casa, limpiando todas las superficies, abriendo los armarios y aireando las habitaciones, hasta que todo estuvo en orden y dentro hac&#237;a tanto fr&#237;o como fuera.

Est&#225;n all&#237; donde usted las deja.

Me pareci&#243; sentir su indignaci&#243;n y su rabia, o quiz&#225; todo estuviera dentro de m&#237;, e incluso mientras lo purgaba luchaba por sobrevivir. Al ponerse el sol encend&#237; una hoguera, y observ&#233; c&#243;mo el dolor y los recuerdos se elevaban hacia el cielo formando humo gris y fragmentos carbonizados que se convert&#237;an en polvo cuando se los llevaba el viento.

Lo siento -susurr&#233;-. Siento haberos fallado de tantas maneras. Siento no haber estado all&#237; para salvaros, o morir con vosotras. Siento haberos retenido junto a m&#237; durante tanto tiempo, atrapadas en mi coraz&#243;n, atadas por la pena y el remordimiento. Tambi&#233;n yo os perdono. Os perdono por abandonarme, y os perdono por volver. Perdono vuestra ira y vuestra aflicci&#243;n. Que esto sea el final. Que esto sea el final de todo.

Ahora ten&#233;is que iros -dije en voz alta a las sombras-. Es hora de marcharos.

Y a trav&#233;s de las llamas vi resplandecer la marisma, y el claro de luna ilumin&#243; dos siluetas sobre el agua rielando en el calor del fuego. Despu&#233;s se volvieron y otras se unieron a ellas, una hueste viajando hacia delante, un alma tras otra, hasta que se perdieron por fin en el triunfal embate de las olas.


Esa noche, como invocada por el fuego, Rachel llam&#243; a la puerta de la casa que en otro tiempo compartimos, y Walter enloqueci&#243; al reconocerla. Dijo que estaba preocupada por m&#237;. Conversamos y comimos, y bebimos un poco demasiado vino. Cuando despert&#233; a la ma&#241;ana siguiente, ella dorm&#237;a junto a m&#237;. Yo no sab&#237;a si eso era un principio o un final, y el miedo me imped&#237;a preguntarlo. Se march&#243; antes del mediod&#237;a, con s&#243;lo un beso y palabras sin decir en los labios.


Y lejos de all&#237;, un coche se detuvo frente a una casa anodina en una tranquila carretera comarcal. Se abri&#243; el maletero y de dentro sacaron a un hombre, que cay&#243; al suelo antes de que lo pusieran en pie de un tir&#243;n, con los ojos vendados, amordazado, maniatado con un alambre que se le hab&#237;a hincado en las mu&#241;ecas, con las manos manchadas por la sangre de las heridas, las piernas atadas del mismo modo por encima de los tobillos. Intent&#243; permanecer de pie, pero casi se desplom&#243; cuando la sangre empez&#243; a correr por sus miembros d&#233;biles y acalambrados. Not&#243; unas manos en las piernas, y que le cortaban el alambre para permitirle andar. De pronto se ech&#243; a correr, pero lo zancadillearon y una voz le dijo al o&#237;do una &#250;nica palabra con olor a nicotina:

No.

Lo pusieron en pie una vez m&#225;s y lo llevaron al interior de la casa. Se abri&#243; una puerta y lo hicieron bajar por unos pelda&#241;os de madera. Toc&#243; con los pies un suelo de piedra. Camin&#243; un poco, hasta que la misma voz le orden&#243; que se detuviera y lo oblig&#243; a arrodillarse. Oy&#243; que se mov&#237;a algo, como si levantaran una tabla delante de &#233;l. Le quitaron la venda de los ojos, tambi&#233;n la mordaza, y vio que estaba en un s&#243;tano vac&#237;o, salvo por un viejo armario en un rinc&#243;n, con las dos puertas abiertas para revelar los objetos del interior, aunque estaban demasiado lejos para que &#233;l los distinguiera en la penumbra.

En el suelo ante &#233;l hab&#237;a un hoyo, y le pareci&#243; que ol&#237;a a sangre y carne pasada. El hoyo no era profundo, quiz&#225; de alrededor de dos metros, y el fondo estaba cubierto de piedras y rocas y fragmentos de pizarra. Parpade&#243;, y por un momento tuvo la impresi&#243;n de que el hoyo era m&#225;s profundo, como si el lecho de piedras de alg&#250;n modo estuviese suspendido encima de un abismo mucho mayor. Not&#243; unas manos en las mu&#241;ecas, y le quitaron el reloj, su preciado Patek Philippe.

&#161;Ladr&#243;n! -grit&#243;-. Usted no es m&#225;s que un ladr&#243;n.

No -contest&#243; la voz-. Soy un coleccionista.

Pues qu&#233;deselo -dijo Harmon. Ten&#237;a la voz ronca por la sed, y se sent&#237;a d&#233;bil y mareado despu&#233;s del largo viaje en el maletero del coche-. Qu&#233;deselo y d&#233;jeme ir. Tambi&#233;n tengo dinero. Puedo pedir que le manden una transferencia a donde usted quiera. Puede retenerme hasta que lo tenga en sus manos, y le prometo que recibir&#225; el doble cuando est&#233; en libertad. Por favor, d&#233;jeme ir. No s&#233; qu&#233; le he hecho, pero perd&#243;neme.

La voz le habl&#243; otra vez junto al o&#237;do sano. A&#250;n no hab&#237;a visto a aquel hombre. Hab&#237;a recibido el golpe por detr&#225;s cuando se dirig&#237;a a su coche y se hab&#237;a despertado despu&#233;s en el maletero. Le pareci&#243; que hab&#237;an viajado muchas, muchas horas, y una sola vez se detuvieron para que el hombre llenara el dep&#243;sito. Y eso ni siquiera lo hab&#237;an hecho en una gasolinera, ya que no hab&#237;a o&#237;do el sonido del surtidor, ni el ruido de otros coches. Supuso que el secuestrador llevaba latas en el asiento trasero del veh&#237;culo para no tener que repostar en un lugar p&#250;blico y arriesgarse a que su cautivo alborotara y atrajera la atenci&#243;n.

Ahora estaba arrodillado en un s&#243;tano polvoriento, con la mirada fija en un hoyo en el suelo, que era a la vez poco profundo y muy profundo, y una voz le dec&#237;a:

Est&#225; condenado.

No -contest&#243; Harmon-. Se equivoca.

Se le ha declarado en falta, y tendr&#225; que pagarlo con su vida. Tendr&#225; que pagarlo con su alma.

No -repiti&#243; Harmon con voz m&#225;s aguda-. &#161;Es un error! Est&#225; cometiendo un error.

No hay ning&#250;n error. S&#233; lo que ha hecho. Ellos lo saben.

Harmon fij&#243; la vista en el hoyo y vio a cuatro figuras que lo miraban desde el fondo, sus ojos eran agujeros oscuros en contraste con la piel fina y apergaminada que cubr&#237;a sus cr&#225;neos, sus bocas se ve&#237;an negras y arrugadas y abiertas. Unos dedos fuertes lo agarraron por el pelo y lo obligaron a echar atr&#225;s la cabeza dejando el cuello expuesto. Sinti&#243; algo fr&#237;o en la piel, y a continuaci&#243;n la hoja le cort&#243; la garganta y una lluvia de sangre cay&#243; en el suelo y en el hoyo, salpicando los rostros de los hombres abajo.

Y los Hombres Huecos levantaron los brazos hacia &#233;l y lo acogieron entre ellos.



John Connolly



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