




Daniel Silva


Octubre


Traducci&#243;n de Bettina Blanch Tyroller


Octubre es una obra de ficci&#243;n, aunque incidentalmente se base en acontecimientos reales. Por consiguiente, todos los personajes y lugares son fruto de la imaginaci&#243;n del autor, o bien se han usado de forma ficticia. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es mera coincidencia.


T&#237;tulo original: THE MARCHING SEASON

 1999, Daniel Silva


Para Ion Trewin por su amistad y confianza

en m&#237;, as&#237; como para mi mujer, Janne,

y mis hijos Lily y Nicholas





Agradecimientos

Si bien Octubre es una obra de ficci&#243;n, es evidente que trata acontecimientos reales acaecidos en Irlanda del Norte en el pasado y el presente. Puesto que el conflicto implica a ingleses e irlandeses, existe gran cantidad de literatura sobre el tema de la que echar mano. Durante la preparaci&#243;n de este manuscrito consult&#233; docenas de obras de referencia. Los excelentes trabajos de Martin Dillon, entre ellos The Shankill Butchers y The Dirty War, me resultaron de especial ayuda, al igual que cl&#225;sicos como The Troubles, de Tim Pat Coogan, y The Provisional IRA, de Patrick Bishop y Eamonn Mallie. Intentar sorprender a la historia con las manos en la masa puede ser peliagudo, pero la World Wide Web y el fen&#243;meno del periodismo online me facilit&#243; el trabajo en gran medida. Tuve ocasi&#243;n de consultar peri&#243;dicos de Londres, Belfast y Dubl&#237;n para averiguar qu&#233; estaba sucediendo en la Provincia. Quiero felicitar desde aqu&#237; a Martin Fletcher, de The Times, y a todo el equipo de la BBC en Irlanda del Norte por su magn&#237;fica cobertura de un a&#241;o excepcional.

Entrevist&#233; a varios agentes y ex agentes de la CIA durante el proceso de creaci&#243;n de este libro y su predecesor, La marca del asesino. Deseo expresar mi m&#225;s sincero agradecimiento a los extraordinarios agentes del Centro de Antiterrorismo de la CIA y el equipo de Irlanda del Norte por responder con infinita paciencia todas las preguntas que pudieron y por proporcionarme valios&#237;simos datos acerca del trabajo que realizan.

Ion Trewin, de Weidenfeld & Nicolson, en Londres, fue mi compa&#241;ero de viaje en el Ulster y adem&#225;s me permiti&#243; instalarme en su estudio de Highgate. Asimismo me hizo sugerencias inestimables para mejorar el manuscrito, al igual que su ayudante, Rachel Leyshon.

Como siempre, gracias de todo coraz&#243;n a todos los amigos de ICM, Heather Schroder, Sloan Harris y Jack Horner, al excelente equipo de Random House, Jeanne Tift, Tom Perry, Carol Schneider, Sybil Pincus, Sarah French, Andy Carpenter, Caroline Cunningham, Amy Edelman, Deborah Aiges y Sheryl Stebbins; as&#237; como al de Ballantine, Linda Grey, Leona Nevler, Kimberly Hovey, Woody Tracy, Tip Tharp, Jean Fenton, Jenny Smith, Jocelyn Schmidt y George Fisher.

Y un agradecimiento muy especial a Wanda Chappell por su ayuda y apoyo. La echaremos mucho de menos.

Y por &#250;ltimo, decir que nada de todo esto habr&#237;a sido posible sin la amistad, el respaldo y el entusiasmo de tres personas extraordinarias: mi agente, Esther Newberg, el brillante autor de esta edici&#243;n, Daniel Menaker, y mi editora, Ann Godoff. Sois los mejores.



Pr&#243;logo

El reciente per&#237;odo de violencia en Irlanda del Norte, conocido por The Troubles, estall&#243; en agosto de 1969. A grandes rasgos, se trata de un conflicto entre los republicanos, predominantemente cat&#243;licos, que desean ver el norte unido a la Rep&#250;blica de Irlanda, y los unionistas o lealistas, predominantemente protestantes, que desean conservar la uni&#243;n entre el Ulster y el Reino Unido. Ambos bandos han generado una aut&#233;ntica sopa de letras de grupos paramilitares y organizaciones terroristas, el m&#225;s famoso de los cuales es, por supuesto, el IRA, el Ej&#233;rcito Republicano Irland&#233;s. Esta facci&#243;n ha perpetrado centenares de asesinatos y atentados con bomba en Irlanda del Norte y en Gran Breta&#241;a. En 1984 estuvo a punto de asesinar a la primera ministra Thatcher y su gobierno al colocar una bomba en el hotel de Brighton donde se alojaban. En 1991 dispar&#243; un proyectil de mortero contra Downing Street, la sede del poder brit&#225;nico. Los lealistas tambi&#233;n tienen grupos terroristas, tales como la UVF, la UDA y la UFF, por mencionar s&#243;lo algunos, y tambi&#233;n ellos han cometido atentados terroristas espeluznantes. De hecho, de las tres mil quinientas personas muertas desde el inicio de The Troubles, la mayor&#237;a era cat&#243;lica.

Sin embargo, la violencia no empez&#243; en 1969. Cat&#243;licos y protestantes llevan siglos, no d&#233;cadas, mat&#225;ndose en Irlanda del Norte. Puede resultar dif&#237;cil determinar con exactitud el momento hist&#243;rico, pero los protestantes consideran 1690 la fecha inicial de su ascendencia en el norte. Este a&#241;o Guillermo de Orange derrot&#243; al rey Jacobo II, un cat&#243;lico romano, en la batalla del Boyne. A&#250;n en la actualidad, los protestantes celebran la victoria de Guillermo sobre los cat&#243;licos con una serie de desfiles estruendosos y en ocasiones conflictivos que en Irlanda del Norte se conocen por el nombre de la temporada de los desfiles.

El 22 de mayo de 1998, el pueblo de Irlanda del Norte aprob&#243; en refer&#233;ndum el acuerdo de paz de Viernes Santo, cuyo meollo reside en el poder compartido entre cat&#243;licos y protestantes. Pero la memoria perdura en el Ulster, y ninguna de las dos partes se ha mostrado dispuesta a declarar concluida la guerra civil. De hecho, desde el refer&#233;ndum se han producido actos terroristas sobrecogedores, entre ellos el atentado de Omagh, en el que resultaron muertas veintiocho personas (la acci&#243;n m&#225;s sangrienta de la historia de The Troubles) y el incendio provocado de Ballymoney, en el que tres ni&#241;os cat&#243;licos murieron devorados por el fuego. A todas luces, hay hombres violentos a ambos lados de la divisoria sectaria de Irlanda del Norte, tanto cat&#243;licos como protestantes, tanto republicanos como unionistas, que no pueden olvidar y no est&#225;n dispuestos a perdonar. Algunos de ellos traman de forma activa el sabotaje del acuerdo de paz.

Podr&#237;a suceder algo as&#237;



ENERO



1

Belfast  Dubl&#237;n  Londres

Eamonn Dillon, del Sinn Fein, fue el primero en morir, y muri&#243; porque decidi&#243; parar a tomarse una pinta de cerveza en el Celtic Bar antes de enfilar Falls Road para acudir a una reuni&#243;n en Andersontown. Veinte minutos antes de la muerte de Dillon, un poco m&#225;s al este, su asesino recorr&#237;a presuroso las calles del centro de Belfast bajo una lluvia g&#233;lida. Llevaba un chubasquero verde oscuro con cuello de pana marr&#243;n; su nombre en clave era Oveja Negra.

El aire ol&#237;a a mar y un poco a los astilleros mohosos del Belfast Lough. Eran apenas las cuatro de la tarde, pero ya hab&#237;a anochecido. En invierno, la noche cae temprano en Belfast, y el alba despunta despacio. El centro de la ciudad estaba ba&#241;ado en la luz amarillenta de las farolas, pero Oveja Negra sab&#237;a que la zona oeste, adonde se dirig&#237;a, estar&#237;a sumida en la oscuridad m&#225;s absoluta.

Continu&#243; hacia el norte por Great Victoria Street, dejando atr&#225;s la peculiar mezcolanza de edificios nuevos y antiguos que configura el centro de Belfast y recuerda las innumerables ocasiones en que estas manzanas han sido destruidas y reconstruidas. Pas&#243; por delante de la reluciente fachada del Europa, infame por ser el hotel m&#225;s bombardeado del planeta, y por delante de la nueva &#243;pera, pregunt&#225;ndose por qu&#233; querr&#237;a nadie en Belfast escuchar la m&#250;sica de tragedias ajenas. Pas&#243; por delante de una espantosa franquicia estadounidense de rosquillas atestada de risue&#241;os colegiales protestantes con americanas de uniforme escolar. Lo hago por vosotros, se dijo. Lo hago para que no teng&#225;is que vivir en un Ulster dominado por los putos cat&#243;licos.

Dej&#243; atr&#225;s los grandes edificios del centro, y las aceras fueron vaci&#225;ndose hasta que qued&#243; pr&#225;cticamente solo. Al cabo de otros cuatrocientos metros cruz&#243; el paso elevado sobre la MI, cerca de la barriada de Divis Flats. El paso elevado estaba repleto de pintadas: VOTA SINN FEIN; TROPAS BRIT&#193;NICAS FUERA DE IRLANDA DEL NORTE; LIBERTAD PARA TODOS LOS PRISIONEROS DE GUERRA. Aunque no hubiera sabido nada de la compleja geograf&#237;a sectaria de la ciudad, Oveja Negra no habr&#237;a podido pasar por alto las consignas; acababa de cruzar la frontera del territorio enemigo. Se adentraba en West Belfast, la zona cat&#243;lica.

Falls Road se extiende hacia el oeste como un abanico, estrecho en la boca, junto al centro de la ciudad, y m&#225;s ancho al este, a la sombra de la Monta&#241;a Negra. Falls Road, The Road en la jerga de West Belfast, atraviesa el barrio como un r&#237;o, con afluentes que conducen a las profundidades de las hileras de casas adosadas en las que soldados brit&#225;nicos y residentes cat&#243;licos libran su guerrilla urbana desde hace tres d&#233;cadas. El centro comercial de Falls Road se halla en el cruce de Springfield Road y Grosvenor Road. Hay mercados, tiendas de ropa, ferreter&#237;as y pubs. Taxis ocupados recorren la calle sin cesar. A primera vista se parece a cualquier barrio brit&#225;nico de clase trabajadora, s&#243;lo que los portales est&#225;n protegidos por jaulas de acero negro y los taxis jam&#225;s se apartan de Falls Road por temor a los escuadrones protestantes de la muerte. Las destartaladas casas adosadas de la barriada de Ballymurphy dominan el extremo occidental de Falls Road. Ballymurphy es el n&#250;cleo ideol&#243;gico de la zona occidental de Belfast, y a lo largo de los a&#241;os ha proporcionado al IRA una corriente constante de nuevos reclutas. Murales de talante belicoso se ciernen sobre Whiterock Road en direcci&#243;n a las verdes colinas del cementerio municipal, donde muchos hombres de Ballymurphy yacen sepultados bajo sencillas l&#225;pidas. Hacia el norte, al otro lado de Springfield Road, un enorme cuartel militar que alberga tambi&#233;n una comisar&#237;a de polic&#237;a se erige solitario como una fortaleza asediada en territorio enemigo, lo cual es cierto. Los forasteros no son bienvenidos en el Murph, ni siquiera los forasteros cat&#243;licos. Los soldados brit&#225;nicos no pisan el barrio sin sus furgones blindados, llamados sarracenos, cerdos para los habitantes de Ballymurphy.

Oveja Negra no ten&#237;a intenci&#243;n de acercarse siquiera a Ballymurphy; se dirig&#237;a al este, hacia la sede central del Sinn Fein, el brazo pol&#237;tico del IRA, situada en Falls Road 51-55. Mientras segu&#237;a caminando por Falls Road, las agujas de la catedral de san Pedro aparecieron a su izquierda. Tres soldados brit&#225;nicos cruzaban la fea plaza asfaltada que se abr&#237;a a los pies de la catedral, ora deteni&#233;ndose para observar algo por la mira de infrarrojos del rifle, ora girando sobre sus talones para comprobar si los segu&#237;a alguien. No hables con ellos -le hab&#237;an advertido sus supervisores-. Ni los mires siquiera. Si los miras, sabr&#225;n que eres un forastero. Oveja Negra mantuvo las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo.

Al cabo de unos instantes entr&#243; en Dunville Park y se sent&#243; en un banco. Pese a la lluvia, varios escolares jugaban al f&#250;tbol a la tenue luz de las farolas. Un grupo de mujeres, a juzgar por su aspecto madres y hermanas mayores, segu&#237;an el partido con atenci&#243;n desde las l&#237;neas imaginaras. Una pareja de soldados brit&#225;nicos cruz&#243; por el centro del campo, pero los chicos siguieron jugando a su alrededor como si fueran invisibles. Oveja Negra meti&#243; la mano en el bolsillo del chubasquero y sac&#243; el tabaco, un paquete de diez Benson & Hedges, ideal para la econom&#237;a siempre precaria de la clase trabajadora de West Belfast. Encendi&#243; uno y se guard&#243; de nuevo el paquete, rozando de paso la culata de la Walther autom&#225;tica.

Desde su punto de observaci&#243;n, el hombre divisaba a la perfecci&#243;n Falls Road, la sede central del Sinn Fein, donde el objetivo trabajaba a diario, y el Celtic Bar, donde iba a beber cerveza a &#250;ltima hora de la tarde.

Dillon va a hablar en un encuentro comunitario en Andersontown a las cinco -le hab&#237;an comunicado sus supervisores-. Eso significa que ir&#225; con prisas. Saldr&#225; del cuartel general a las cuatro y media e ir&#225; al Celtic para tomarse una cerveza r&#225;pida.

La puerta de la sede central del Sinn Fein se abri&#243;. Por un instante, la iluminaci&#243;n interior ba&#241;&#243; la acera mojada. Oveja Negra vio a su v&#237;ctima, Eamonn Dillon, el tercer hombre del Sinn Fein tras Gerry Adams y Martin McGuinness, miembro adem&#225;s del equipo negociador para los acuerdos de paz. Asimismo era un devoto padre de familia, con mujer y dos hijos, pens&#243; Oveja Negra. Desterr&#243; la idea de su mente; no ten&#237;a tiempo para pensar en esas cosas. Un guardaespaldas lo acompa&#241;aba. La puerta se cerr&#243; tras &#233;l, y los dos hombres enfilaron Falls Road hacia el oeste.

Oveja Negra arroj&#243; el cigarrillo al suelo, atraves&#243; el parque, subi&#243; unos escalones y se detuvo en el cruce de Falls Road y Grosvenor Road. Una vez all&#237; puls&#243; el bot&#243;n de cruce para peatones y esper&#243; con toda calma a que el sem&#225;foro cambiara de rojo a verde. Dillon y su guardaespaldas a&#250;n estaban a unos cien metros del Celtic. El sem&#225;foro cambi&#243;. No hab&#237;a ning&#250;n soldado brit&#225;nico en Falls Road, s&#243;lo la pareja apostada en las inmediaciones del partido de f&#250;tbol en el parque. Tras cruzar la calle, Oveja Negra gir&#243; hacia el este y se situ&#243; frente a Dillon y el guardaespaldas.

Empez&#243; a caminar deprisa, con la cabeza gacha y la mano derecha aferrada a la culata de la Walther. En un momento dado alz&#243; la mirada para comprobar la posici&#243;n de Dillon. Treinta metros, treinta y cinco a lo sumo. Quit&#243; el seguro de la Walther y pens&#243; en los ni&#241;os protestantes que com&#237;an rosquillas en Great Victoria Street.

Lo hago por vosotros. Lo hago por Dios y por el Ulster.

Sac&#243; la Walther, apunt&#243; al guardaespaldas y apret&#243; el gatillo dos veces antes de que el hombre pudiera sacar su arma de la sobaquera que llevaba bajo el chubasquero. Los disparos lo alcanzaron en la parte superior del pecho, y de inmediato se desplom&#243; sobre la acera empapada.

Oveja Negra gir&#243; el brazo y apunt&#243; el arma hacia el rostro de Eamonn Dillon. Titube&#243; un instante. No pod&#237;a hacerlo, no en la cara. Baj&#243; el arma y apret&#243; el gatillo dos veces.

Las balas perforaron el coraz&#243;n de Dillon.

El hombre cay&#243; de espaldas sobre la acera, con un brazo atravesado sobre el pecho ensangrentado de su guardaespaldas. Oveja Negra oprimi&#243; el ca&#241;&#243;n de la Walther contra la sien de Dillon y apret&#243; el gatillo una vez m&#225;s.


La segunda acci&#243;n ten&#237;a lugar en ese preciso instante a ciento cincuenta kil&#243;metros al sur de Belfast, en Dubl&#237;n, donde un hombre menudo cojeaba por un sendero de St. Stephen's Green bajo una lluvia incesante. Su nombre en clave era Maestro. Cualquiera podr&#237;a haberlo tomado por un estudiante de la cercana instituci&#243;n de Trinity College, y eso era exactamente lo que pretend&#237;a. Llevaba una americana de tweed con el cuello subido y pantalones de pana tan gastados que brillaban. Ten&#237;a los ojos oscuros y la barba desali&#241;ada de un musulm&#225;n devoto, cosa que no era. En la mano derecha transportaba un malet&#237;n rectangular y voluminoso, tan viejo que ol&#237;a a humedad en lugar de a cuero.

Tom&#243; Kildare Street, pas&#243; ante la entrada del hotel Shelbourne, adornada con estatuas de princesas nubias y sus esclavos, y agach&#243; la cabeza al cruzarse con un grupo de turistas que se dirig&#237;an a tomar el t&#233; en el sal&#243;n Lord Mayor.

Cuando lleg&#243; a Molesworth Street le resultaba casi imposible fingir que el malet&#237;n que pend&#237;a de su mano derecha no era extraordinariamente pesado. Los m&#250;sculos del hombro le ard&#237;an, y sent&#237;a las axilas empapadas en sudor. La Biblioteca Nacional se alzaba ante &#233;l. Entr&#243; a toda prisa, atraves&#243; el vest&#237;bulo principal y pas&#243; ante una vitrina que exhib&#237;a varios manuscritos de Bernard Shaw. Cambi&#243; el malet&#237;n a la mano izquierda y abord&#243; al empleado.

Querr&#237;a un pase para la sala de lectura -pidi&#243;, sustituyendo su marcado acento de West Belfast por un suave deje del sur.

El empleado le alarg&#243; el pase sin alzar la vista.

Maestro subi&#243; la escalera hasta el tercer piso, entr&#243; en la famosa sala de lectura y encontr&#243; un asiento vac&#237;o junto a un hombre de aspecto severo que ol&#237;a a bolitas de alcanfor y aceite de linaza. Maestro abri&#243; un bolsillo lateral del malet&#237;n, sac&#243; un delgado volumen de poes&#237;a ga&#233;lica y lo dej&#243; con delicadeza sobre la mesa tapizada de cuero antes de encender la l&#225;mpara de pantalla verde.

El hombre de aspecto severo alz&#243; la mirada, frunci&#243; el entrecejo y volvi&#243; a concentrarse en su trabajo.

Durante algunos minutos, Maestro fingi&#243; enfrascarse en la lectura del libro mientras las instrucciones le cruzaban la mente como pesados anuncios grabados en una estaci&#243;n de ferrocarril. El temporizador est&#225; puesto a cinco minutos -le hab&#237;a dicho uno de sus supervisores en la &#250;ltima reuni&#243;n-. Suficiente para que salgas de la biblioteca, pero no para que los de seguridad puedan hacer algo aunque descubran el malet&#237;n.

Mantuvo la cabeza baja y la mirada clavada en el texto. Cada pocos minutos levantaba la mano y garabateaba algunas notas en un peque&#241;o cuaderno de espiral. O&#237;a los pasos amortiguados a su alrededor, el rasgueo de los l&#225;pices y algunas toses discretas, consecuencia de la eterna humedad que imperaba en los inviernos de Dubl&#237;n. Contuvo el deseo de mirar a aquellas personas; quer&#237;a que permanecieran en el anonimato, que siguieran sin tener rostro para &#233;l. No ten&#237;a nada contra el pueblo irland&#233;s, tan s&#243;lo contra su gobierno, y no le proporcionaba placer alguno derramar sangre inocente.

Mir&#243; el reloj. Las cinco menos cuarto de la tarde. Alarg&#243; la mano como si quisiera sacar otro libro de poes&#237;a, pero una vez que desliz&#243; los dedos en el viejo y mohoso malet&#237;n, busc&#243; el diminuto gatillo de pl&#225;stico que activaba el detonador. Lo apret&#243; con cuidado, sosteni&#233;ndolo entre el pulgar y el anular para amortiguar el chasquido, retir&#243; la mano y coloc&#243; un segundo libro sin abrir sobre la mesa, junto al primero. Acto seguido volvi&#243; a mirar el reloj, un modelo anal&#243;gico de acero inoxidable con segundero, y anot&#243; la hora exacta en que hab&#237;a activado el detonador.

Luego se volvi&#243; hacia el hombre de aspecto severo sentado a la mesa contigua, que lo miraba con el rostro l&#237;vido como si acabara de hacer una hora de gimnasia extenuante.

&#191;Podr&#237;a decirme d&#243;nde est&#225; el servicio? -murmur&#243; Maestro.

&#191;Qu&#233;? -cuchiche&#243; el hombre de aspecto severo al tiempo que se doblaba la oreja viol&#225;cea con el extremo de un l&#225;piz amarillo mordisqueado.

El servicio -repiti&#243; Maestro en voz un poco m&#225;s alta, aunque a&#250;n susurrando.

El hombre apart&#243; el l&#225;piz, frunci&#243; de nuevo el entrecejo y se&#241;al&#243; una puerta situada en la otra punta de la sala.

Maestro mir&#243; el reloj mientras atravesaba la estancia. Hab&#237;an transcurrido cuarenta segundos. Apret&#243; el paso al tiempo que se dirig&#237;a a la puerta, pero al cabo de cinco segundos oy&#243; un estruendo ensordecedor, una especie de trueno, y sinti&#243; una ola de aire caliente que lo alzaba en volandas y lo lanzaba por la sala de lectura como si fuera una hoja muerta atrapada en un vendaval de oto&#241;o.


En Londres, una mujer alta que llevaba vaqueros, botas de monta&#241;a y cazadora de cuero negra se abr&#237;a paso entre la muchedumbre que atestaba la acera de Brompton Road. Arrastraba una maleta con ruedas de nailon negro y asa rectangular. Su nombre en clave era Dama.

La lluvia que ca&#237;a sobre Belfast y Escocia a&#250;n no hab&#237;a llevado al sur, y el cielo del atardecer aparec&#237;a despejado. Rosa y naranja al oeste, en direcci&#243;n a Notting Hill y Kensington, negro azulado al este, sobre la City. El aire era desacostumbradamente c&#225;lido y pesado. Caminando a buen paso, Dama dej&#243; atr&#225;s los llamativos escaparates de Harrods y esper&#243; junto con otros muchos peatones a que el sem&#225;foro cambiara en el cruce de Hans Crescent.

Cruz&#243; la peque&#241;a calle, se abri&#243; paso entre en grupo de turistas japoneses que se dirig&#237;an a Harrods y lleg&#243; a la estaci&#243;n de metro de Knightsbridge. Una vez all&#237; titube&#243; un instante, contemplando la breve escalera que conduc&#237;a al vest&#237;bulo donde se vend&#237;an los billetes. Por fin empez&#243; a descender, tirando de la maleta hasta que rod&#243; por el primer escal&#243;n y cay&#243; sobre el siguiente con un fuerte golpe.

Hab&#237;a bajado otros dos pelda&#241;os de aquella guisa cuando un joven de escaso cabello rubio se le acerc&#243;.

Perm&#237;tame que la ayude -se ofreci&#243; con una sonrisa galante. Hablaba con acento centroeuropeo o escandinavo. Ser&#237;a alem&#225;n, holand&#233;s o tal vez dan&#233;s. Dama vacil&#243;. &#191;Deb&#237;a aceptar ayudar de un desconocido? &#191;Resultar&#237;a m&#225;s sospechoso rechazarla?

Muchas gracias -accedi&#243; por fin con acento americano, pues hab&#237;a vivido muchos meses en Nueva York y pod&#237;a prescindir de su acento norirland&#233;s a voluntad-. Se lo agradezco mucho.

El joven cogi&#243; la maleta por el asa y la levant&#243;.

Por el amor de Dios, &#191;qu&#233; lleva aqu&#237; dentro? &#191;Piedras?

Lingotes de oro robados -repuso ella; ambos se echaron a re&#237;r.

El joven carg&#243; la maleta hasta el vest&#237;bulo y la dej&#243; en el suelo.

Gracias otra vez -dijo Dama al tiempo que aferraba el asa.

Se volvi&#243; y ech&#243; a andar, percibiendo su presencia tras ella. Apret&#243; el paso y mir&#243; ostentosamente el reloj para dar a entender que ten&#237;a prisa. Al llegar a las m&#225;quinas expendedoras de billetes encontr&#243; una desocupada. Introdujo tres libras y tres peniques en la ranura y puls&#243; el bot&#243;n correspondiente. Su ayudante europeo apareci&#243; junto a ella y desliz&#243; algunas monedas en otra m&#225;quina sin mirarla. Compr&#243; un billete de una libra diez, lo que significaba que efectuar&#237;a un trayecto corto, probablemente dentro del centro de Londres. Recogi&#243; el billete y se mezcl&#243; entre el gent&#237;o de la hora punta.

Dama cruz&#243; el torniquete y baj&#243; la larga escalera mec&#225;nica hasta el and&#233;n. Al cabo de un instante sinti&#243; una r&#225;faga de aire y oy&#243; el estruendo de un tren que se aproximaba. Por incre&#237;ble que pareciera, quedaban algunos asientos libres. Dej&#243; la maleta junto a la puerta y se sent&#243;. Cuando el tren lleg&#243; a Earl's Court, el vag&#243;n se hab&#237;a llenado de viajeros, y Dama hab&#237;a perdido de vista la maleta. El tren sali&#243; a la superficie y recorri&#243; a toda velocidad los suburbios del oeste de Londres. Pasajeros exhaustos iban bajando a los andenes barridos por el viento de Boston Manor, Osterley y Hounslow East.

Cuando el tren estaba a punto de alcanzar la primera estaci&#243;n de Heathrow, la de la Terminal Cuatro, Dama ech&#243; un vistazo a los pasajeros sentados a su alrededor. Un par de j&#243;venes hombres de negocios ingleses que apestaban a prosperidad, un grupo de hoscos turistas alemanes, cuatro americanos vocingleros que intentaban decidir a gritos si era mejor la Miss Saigon de Londres o la de Broadway Dama apart&#243; la mirada.

Era un plan sencillo. Ten&#237;a instrucciones de apearse en la Terminal Cuatro y dejar la maleta en el tren. Antes de bajar deb&#237;a pulsar el bot&#243;n de un peque&#241;o transmisor oculto en el bolsillo de su cazadora. El transmisor, disfrazado de control remoto de apertura de un coche de lujo japon&#233;s, armar&#237;a el detonador. Si el tren se aten&#237;a a su horario, la bomba estallar&#237;a pocos segundos despu&#233;s de llegar a la estaci&#243;n de las terminales Uno, Dos y Tres. Los da&#241;os ocasionados causar&#237;an grandes molestias a los viajeros durante meses, y las reparaciones costar&#237;an cientos de millones de libras.

El tren aminor&#243; la velocidad al acercarse a la estaci&#243;n. La mujer se levant&#243; y se acerc&#243; a la puerta cuando la negrura del t&#250;nel dio paso a la fr&#237;a luz del and&#233;n. Cuando las puertas se abrieron, Dama puls&#243; el bot&#243;n del transmisor para activar la bomba y se ape&#243; un instante antes de que las puertas se cerraran de nuevo tras ella. Ech&#243; a andar con rapidez hacia la salida, y fue entonces cuando oy&#243; unos golpes en la ventanilla del tren. Se volvi&#243; y vio a uno de los hombres de negocios ingleses golpeando el vidrio con el pu&#241;o. Dama no o&#237;a lo que dec&#237;a, pero s&#237; pudo leerle los labios. &#161;La maleta! -estaba gritando-. &#161;Se ha dejado la maleta!

Dama permaneci&#243; inm&#243;vil. La expresi&#243;n levemente preocupada del ingl&#233;s se troc&#243; en el horror m&#225;s absoluto cuando se dio cuenta de que la mujer hab&#237;a dejado adrede la maleta en el tren. El joven se abalanz&#243; sobre la puerta e intent&#243; abrirla con las manos, pero aun cuando hubiera logrado llamar la atenci&#243;n de alguien y detener el tren, nada podr&#237;a haberse hecho en un minuto y quince segundos para evitar la explosi&#243;n.

Dama sigui&#243; el tren con la mirada; al cabo de unos segundos, cuando ya se volv&#237;a para marcharse, una detonaci&#243;n descomunal sacudi&#243; el t&#250;nel. El tren se separ&#243; de la v&#237;a, y una r&#225;faga de aire ardiente barri&#243; a Dama. Instintivamente, se llev&#243; las manos al rostro. Sobre su cabeza, el techo empez&#243; a agrietarse. La ola de expansi&#243;n de la bomba la levant&#243; por los aires. Por un instante lo vio todo con espantosa claridad. El fuego, el cemento desmigajado, los seres humanos como ella atrapados en el feroz remolino de la explosi&#243;n.

Todo acab&#243; enseguida. No sab&#237;a a ciencia cierta cu&#225;ndo termin&#243; su ca&#237;da. Hab&#237;a perdido la noci&#243;n de la direcci&#243;n, como un submarinista que hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua.

Lo &#250;nico que sab&#237;a era que yac&#237;a sepultada bajo los escombros y que no pod&#237;a respirar ni sentir parte alguna de su cuerpo. Intent&#243; hablar, pero de su boca no brot&#243; ning&#250;n sonido. La boca empez&#243; a llen&#225;rsele de sangre.

Sus pensamientos segu&#237;an fluyendo con claridad; se pregunt&#243; c&#243;mo era posible que los fabricantes de la bomba hubieran cometido semejante error, pero entonces, en los segundos previos a su muerte, se pregunt&#243; si realmente hab&#237;a sido un error.



2

Londres

Una hora despu&#233;s de los ataques, los gobiernos de Londres y Dubl&#237;n iniciaron una de las investigaciones criminales m&#225;s espectaculares en la historia de las Islas Brit&#225;nicas. Las pesquisas brit&#225;nicas se coordinaban directamente desde Downing Street, donde el primer ministro, Tony Blair, se reun&#237;a de forma incesante con sus ministros clave y los jefes de la polic&#237;a y los servicios de seguridad brit&#225;nicos. Poco antes de las nueve de la noche, el primer ministro sali&#243; del 10 de Downing Street y, bajo la lluvia, se situ&#243; ante los periodistas y las c&#225;maras que lo esperaban para retransmitir sus comentarios al mundo entero. Un asistente intent&#243; sostener un paraguas sobre la cabeza del primer ministro, pero Blair lo apart&#243; con suavidad, y al cabo de unos instantes, su cabello y hombros quedaron empapados. Expres&#243; su desesperaci&#243;n ante las sobrecogedoras consecuencias de los atentados, con sesenta y cuatro muertos en Heathrow, veintiocho en Dubl&#237;n y dos en Belfast, y jur&#243; que su gobierno no descansar&#237;a hasta que los asesinos estuvieran en manos de la justicia.

En Belfast, los dirigentes de todos los partidos pol&#237;ticos importantes, tanto cat&#243;licos como protestantes, tanto republicanos como lealistas, manifestaron su indignaci&#243;n. En p&#250;blico, los pol&#237;ticos se negaron a aventurar la afiliaci&#243;n de los terroristas hasta que se recabaran m&#225;s datos; en privado, cada bando se&#241;alaba con el dedo al adversario. Todo el mundo llamaba a la calma, pero a medianoche numerosos j&#243;venes cat&#243;licos se amotinaban a lo largo de Falls Road, y una patrulla del ej&#233;rcito brit&#225;nico se li&#243; a tiros en la protestante Shankill Road.

A primera hora del d&#237;a siguiente, los investigadores hab&#237;an hecho grandes progresos. En Londres, los expertos forenses y especialistas en explosivos concluyeron que la bomba hab&#237;a sido colocada en el sexto vag&#243;n del tren que viajaba en direcci&#243;n a Heathrow, y calculaban que el artefacto conten&#237;a entre veinte y cuarenta kilos de Semtex. Los fragmentos de material hallados en las inmediaciones del lugar de la detonaci&#243;n indujeron a los investigadores a suponer que la bomba hab&#237;a sido depositada en el interior de una maleta de nylon negro, probablemente un modelo con ruedas. Al alba, numerosos agentes se apostaron a lo largo de la l&#237;nea de metro Piccadilly, que iba desde Heathrow, al este, hasta Cockfosters, al noreste, e interrogaron a los viajeros en cada estaci&#243;n. La polic&#237;a obtuvo trescientos informes de pasajeros que llevaban maletas en un tren de &#250;ltima hora de la tarde, cien de ellas con ruedas.

Quiso la suerte que un turista holand&#233;s llamado Jacco Krajicek acudiera poco antes de mediod&#237;a para declarar que hab&#237;a ayudado a una mujer a llevar una gran maleta de nylon negro con ruedas en la estaci&#243;n de metro de Knightsbridge a &#250;ltima hora de la tarde. Proporcion&#243; una descripci&#243;n meticulosa de su aspecto y la ropa que llevaba, pero fueron otros dos detalles los que picaron la curiosidad de los investigadores. La mujer hab&#237;a utilizado la m&#225;quina expendedora de billetes con la rapidez y destreza de una londinense que viaja en metro a diario, pero por lo visto no sab&#237;a que en la estaci&#243;n de Knightsbridge hab&#237;a una escalera, ya que de lo contrario &#191;por qu&#233; habr&#237;a llevado una maleta tan pesada? Hablaba con acento americano, explic&#243; Krajicek, pero era falso. El inspector que contest&#243; la llamada del holand&#233;s le pregunt&#243; c&#243;mo hab&#237;a llegado a esa conclusi&#243;n. Krajicek repuso que era logopeda y ling&#252;ista, y que hablaba varias lenguas con fluidez.

Con ayuda de Krajicek, los detectives lograron componer un retrato robot de la mujer del metro y lo enviaron a la Unidad Especial de la Real Jefatura de Polic&#237;a del Ulster, as&#237; como a los cuarteles generales del MI5 y el MI6. Sus miembros revisaron los archivos en busca de todos los integrantes conocidos de grupos paramilitares, tanto republicanos como lealistas. Puesto que no encontraron ninguna fotograf&#237;a que coincidiera con el retrato, ampliaron la difusi&#243;n de &#233;ste. La polic&#237;a expres&#243; la teor&#237;a de que, tras el atentado, la mujer hab&#237;a subido a un avi&#243;n en Heathrow para huir del pa&#237;s. Mostraron el retrato a los empleados de los mostradores de venta de billetes, maleteros y guardias de seguridad. Todas las l&#237;neas a&#233;reas con salidas aquella noche recibieron una copia. Los investigadores visionaron una y otra vez cada cent&#237;metro de cinta grabada desde cada c&#225;mara de vigilancia del aeropuerto. Asimismo, hicieron llegar sendas copias a los servicios de inteligencia amigos de Europa Occidental, as&#237; como al Mossad de Israel.

A las siete de la tarde, la b&#250;squeda de la mujer toc&#243; a su fin con el hallazgo de otro cad&#225;ver sepultado entre los escombros del and&#233;n. Las facciones del rostro estaban sorprendentemente intactas y coincid&#237;an a grandes rasgos con el retrato robot. Llevaron al holand&#233;s a Heathrow para identificar el cad&#225;ver. El hombre asinti&#243; con semblante grave y desvi&#243; la mirada. Era la mujer a la que hab&#237;a ayudado en la estaci&#243;n de metro de Knightsbridge.

Al otro lado del mar de Irlanda, en Dubl&#237;n, ten&#237;a lugar una sucesi&#243;n de acontecimientos similar. Al menos una docena de testigos afirmaron haber visto a un hombre barbudo y cojo entrar en la biblioteca con un pesado malet&#237;n poco antes de la detonaci&#243;n de la bomba. El portero del hotel Shelbourne proporcion&#243; una descripci&#243;n detallada del sospechoso a una pareja de detectives de la Garda dos horas despu&#233;s del atentado.

El empleado de la biblioteca que hab&#237;a dado al hombre el pase para la sala de lectura sobrevivi&#243; con tan s&#243;lo unos cortes y magulladuras leves, y ayud&#243; a la polic&#237;a a identificar al sospechoso en el v&#237;deo grabado por las c&#225;maras de seguridad de la biblioteca. La Garda hizo p&#250;blicos un retrato robot y una imagen borrosa obtenida de la cinta, que se enviaron por fax a Londres. Sin embargo, aquella noche, los equipos de rescate sacaron de los escombros un cad&#225;ver que por lo visto coincid&#237;a con la descripci&#243;n del sospechoso. Al desvestir el cad&#225;ver, el pat&#243;logo descubri&#243; un voluminoso aparato ortop&#233;dico en su rodilla derecha. La polic&#237;a orden&#243; efectuar una radiograf&#237;a. El pat&#243;logo no encontr&#243; lesi&#243;n alguna en el hueso, el cart&#237;lago ni los ligamentos de la rodilla que requiriera el uso de semejante aparato.

Creo que el hombre lo llevaba para simular la cojera, no para proteger una rodilla lesionada -concluy&#243; el pat&#243;logo con la mirada fija en la pierna del cad&#225;ver-. Y tambi&#233;n creo que su &#250;nico sospechoso est&#225; oficialmente muy muerto.

Al norte, en el Ulster, los investigadores de la Unidad Especial de la Real Jefatura de Polic&#237;a del Ulster empezaron a llamar a sus fuentes e informadores, desde los bares y callejones de West Belfast hasta las granjas pintadas de amarillo en los alrededores de Portadown y Armagh, pero sin &#233;xito alguno. Una c&#225;mara de vigilancia del ej&#233;rcito hab&#237;a grabado el asesinato de Eamonn Dillon, y la c&#225;mara de seguridad situada sobre la puerta del Celtic Bar hab&#237;a captado la huida del asesino, pero ninguna de las dos proporcion&#243; ning&#250;n plano &#250;til del asesino. La Jefatura de Polic&#237;a del Ulster pidi&#243; a los ciudadanos que tuvieran alguna informaci&#243;n que llamaran a la L&#237;nea Confidencial, un tel&#233;fono especial a trav&#233;s del cual se pod&#237;an dar pistas a la polic&#237;a desde el anonimato, pero ninguna de las cuatrocientas llamadas recibidas arroj&#243; ninguna luz sobre el caso. Las autoridades examinaron y descartaron como falsas doce reivindicaciones de autor&#237;a. Las unidades dedicadas a recabar informaci&#243;n t&#233;cnica secreta, mediante vigilancia por v&#237;deo y escuchas electr&#243;nicas, se apresuraron a revisar las grabaciones m&#225;s recientes en busca de indicios de un ataque inminente que pudieran haber pasado por alto, pero no encontraron nada.

En un principio se discuti&#243; bastante acerca de la posible identidad de los culpables. &#191;Se trataba de un grupo o de dos? &#191;Una acci&#243;n coordinada o simple coincidencia? &#191;Hab&#237;an sido los republicanos o los lealistas? El asesinato de Eamonn Dillon y la bomba colocada en la Biblioteca Nacional de Dubl&#237;n suger&#237;an que los terroristas eran protestantes lealistas, mientras que el atentado del metro apuntaba a los republicanos, pues los paramilitares lealistas casi nunca atacaban fuerzas brit&#225;nicas y jam&#225;s hab&#237;an colocado una bomba en Gran Breta&#241;a. Sin hacer aspavientos, la polic&#237;a interrog&#243; a conocidos miembros del Ej&#233;rcito Republicano Irland&#233;s y la Fuerza de Voluntarios Protestantes del Ulster. Todos aseguraron que no estaban implicados ni sab&#237;an nada del asunto.

A las ocho de la tarde, los ministros y responsables de seguridad nacional se reunieron con el primer ministro en la Sala del Gabinete de Downing Street. Todos reconocieron a rega&#241;adientes que carec&#237;an de pruebas concluyentes que se&#241;alaran a un grupo o individuo. En resumidas cuentas, estaban perplejos.

A las nueve menos cuarto, todo cambi&#243;.


El tel&#233;fono zumb&#243; d&#233;bilmente en la atestada redacci&#243;n de la BBC. Las noticias de las nueve, el programa estrella de la noche, dar&#237;a comienzo al cabo de quince minutos. El productor ejecutivo ten&#237;a intenci&#243;n de dedicar la primera mitad del programa a los atentados terroristas. Hab&#237;a enviados especiales preparados en Belfast, Dubl&#237;n, Heathrow y Downing Street. A causa del caos reinante en la redacci&#243;n, el tel&#233;fono son&#243; diez veces antes de que una joven ayudante de producci&#243;n llamada Ginger lo cogiera.

Llamo para reivindicar la autor&#237;a de la ejecuci&#243;n de Eamonn Dillon y las acciones del aeropuerto de Heathrow y Dubl&#237;n.

Ginger escuch&#243; la voz con atenci&#243;n; era masculina, no trasluc&#237;a emoci&#243;n alguna y hablaba con acento irland&#233;s, probablemente de West Belfast.

&#191;Est&#225; lista para escuchar mi declaraci&#243;n?

Estamos un poco ocupados, cari&#241;o -suspir&#243; Ginger-. La verdad es que ahora mismo no tengo tiempo. Encantada de

Si cuelga el tel&#233;fono cometer&#225; el error m&#225;s grave de su carrera -espet&#243; la voz-. Y ahora, &#191;va a escucharme o prefiere que llame a la ITN?

De acuerdo -accedi&#243; Ginger al tiempo que se retorc&#237;a un rizo pelirrojo entre los dedos de u&#241;as mordidas.

&#191;Tiene bol&#237;grafo?

Ginger siempre llevaba tres bol&#237;grafos colgados de una cadena al cuello.

Por supuesto.

La ejecuci&#243;n del terrorista del IRA Eamonn Dillon, la acci&#243;n en la Biblioteca Nacional de Dubl&#237;n y la acci&#243;n del metro en el aeropuerto de Heathrow han sido llevadas a cabo por el consejo militar de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster es una nueva organizaci&#243;n paramilitar protestante y no un seud&#243;nimo de ninguna de las organizaciones ya existentes, como la Fuerza de Voluntarios del Ulster o la Asociaci&#243;n de Defensa del Ulster.

Un momento, que me cuesta seguirle -pidi&#243; Ginger con voz serena mientras garabateaba a toda m&#225;quina.

El hombre al que hab&#237;a estado a punto de tachar de impostor parec&#237;a mucho m&#225;s aut&#233;ntico de lo que hab&#237;a supuesto.

Vale, ya lo tengo. Contin&#250;e.

La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster se dedica a la conservaci&#243;n del modo de vida protestante en Irlanda del Norte y al mantenimiento del gobierno brit&#225;nico en la provincia. No nos quedaremos de brazos cruzados mientras el gobierno brit&#225;nico traiciona su compromiso hist&#243;rico con el pueblo protestante de Irlanda del Norte, ni permitiremos jam&#225;s que el sur se anexione el Ulster. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster continuar&#225; con su campa&#241;a de resistencia armada hasta que el denominado acuerdo de paz de Viernes Santo est&#233; muerto y enterrado. Todos aquellos que respalden la traici&#243;n a la comunidad protestante deber&#237;an considerarse advertidos. -El hombre hizo una pausa antes de a&#241;adir-: &#191;Lo ha anotado todo?

S&#237;, creo que s&#237;.

Bien.

La comunicaci&#243;n se interrumpi&#243;.

Alan Ramsey, el productor ejecutivo, estaba sentado a su mesa con un tel&#233;fono pegado a cada oreja y un mont&#243;n de guiones ante &#233;l. Ginger cruz&#243; la redacci&#243;n y se detuvo ante su mesa, agitando la mano para atraer su atenci&#243;n. El productor alz&#243; la vista.

Tengo a Belfast en una l&#237;nea y a Dubl&#237;n en la otra. M&#225;s vale que sea importante, joder.

Lo es.

Un momento -grit&#243; a sus dos interlocutores telef&#243;nicos-. Habla -orden&#243; a Ginger.

Acaba de llamar un hombre para reivindicar la autor&#237;a de los atentados.

Ser&#225; otro chiflado.

No lo creo; parec&#237;a aut&#233;ntico.

&#191;Has o&#237;do alguna vez a un terrorista aut&#233;ntico?

No, pero

Entonces, &#191;c&#243;mo puedes estar tan segura?

No s&#233; c&#243;mo explicarlo Mira, Alan, no s&#233; c&#243;mo expresarlo, pero te juro que al o&#237;rlo me he cagado de miedo.

Ramsey alarg&#243; la mano, y Ginger le entreg&#243; el comunicado. El productor ech&#243; un vistazo a los garabatos, frunci&#243; el entrecejo y le devolvi&#243; el papel.

Trad&#250;cemelo, &#191;quieres?

Ginger le ley&#243; el texto.

&#191;Hablaba con acento? -inquiri&#243; Ramsey.

La joven asinti&#243;.

&#191;Irland&#233;s?

Irland&#233;s del norte -precis&#243; ella-. De West Belfast, dir&#237;a yo.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Nac&#237; en Belfast y viv&#237; all&#237; hasta los diez a&#241;os. Una vez que se te mete ese acento en la cabeza, cuesta mucho olvidarlo.

El productor ejecutivo mir&#243; el gran reloj digital de la pared. Quedaban diez minutos para salir en antena.

&#191;Cu&#225;nto tiempo tardar&#225;s en mecanografiar esto?

Unos quince segundos.

Pues tienes diez.

Vale -repuso Ginger antes de sentarse frente a un ordenador.

Ramsey se sac&#243; una agenda electr&#243;nica del bolsillo de la americana y tecle&#243; el apellido de un amigo de Cambridge que trabajaba para el MI5. Descolg&#243; el tel&#233;fono, marc&#243; el n&#250;mero y tamborile&#243; con los dedos sobre la mesa mientras esperaba respuesta.

Hola, Graham, soy Alan Ramsey. Mira, acabamos de recibir una llamada muy interesante y quisiera abusar un poco de nuestra amistad

Ginger dej&#243; una hoja impresa sobre la mesa del productor ejecutivo. Ramsey se la ley&#243; a su amigo y a continuaci&#243;n tom&#243; notas como un poseso durante treinta segundos.

De acuerdo, muchas gracias -dijo por fin-. Y si puedo hacer algo para devolverte el favor, no dudes en llamarme.

Ramsey colg&#243; y se levant&#243;.

&#161;Todo el mundo atento! -grit&#243;. El bullicio de la redacci&#243;n enmudeci&#243;.

Acabamos de recibir una llamada al parecer aut&#233;ntica para reivindicar los atentados de Belfast, Dubl&#237;n y Heathrow; se trata de un grupo nuevo llamado Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. Abriremos el noticiario con eso. Colgaos del tel&#233;fono y conseguidme a todos los expertos en terrorismo irland&#233;s que pod&#225;is, sobre todo expertos en terrorismo protestante. Tenemos cinco minutos, se&#241;oras y se&#241;ores. Sacadme en antena a todo cabr&#243;n que respire.



3

Portadown, Irlanda del Norte

En aquellos instantes, uno de los objetos de la investigaci&#243;n estaba sentado en el sal&#243;n de su casa de Portadown, mirando la televisi&#243;n. Los residentes de la barriada de Brownstown no ocultan sus inclinaciones pol&#237;ticas. Sobre muchas casas ondean desva&#237;das banderas brit&#225;nicas, y los bordillos est&#225;n pintados a rayas rojas, blancas y azules. A Kyle Blake no le iban semejantes demostraciones; tend&#237;a a reservarse sus opiniones pol&#237;ticas, al igual que cualquier otra cosa que considerase importante. No pertenec&#237;a a ninguna organizaci&#243;n unionista, raras veces iba a la iglesia y nunca hablaba de pol&#237;tica en p&#250;blico. Sin embargo, entre los muros de Brownstown se sab&#237;an o al menos se sospechaban bastantes cosas de &#233;l. Era un hombre duro que en el pasado hab&#237;a sido un alto dirigente de la Fuerza de Voluntarios del Ulster, un hombre que hab&#237;a cumplido condena en la penitenciar&#237;a de Maze por matar cat&#243;licos.

Kyle Blake sigui&#243; con atenci&#243;n la primera noticia del noticiario de las nueve:


Hace unos instantes, la BBC ha recibido la llamada de un grupo protestante que se hace llamar Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. Dicha organizaci&#243;n se opone al acuerdo de paz de Viernes Santo, reivindica la autor&#237;a de los atentados y jura proseguir con su campa&#241;a de terror hasta que el acuerdo quede sin vigencia.


No le hac&#237;a falta seguir escuchando, de modo que se dirigi&#243; hacia una puerta abierta que daba al desali&#241;ado jard&#237;n y se fum&#243; uno de los innumerables cigarrillos que consum&#237;a a diario. El aire ol&#237;a a hierba h&#250;meda. Blake arroj&#243; la colilla a un parterre de flores conquistado por las malas hierbas y escuch&#243; los comentarios de un experto en Irlanda del Norte de la Universidad de Londres. Acto seguido cerr&#243; la puerta y apag&#243; el televisor.

Entr&#243; en la cocina e hizo algunas llamadas mientras su mujer, con la que llevaba casado veinte a&#241;os, fregaba los platos de la cena. Rosemary sab&#237;a lo que hac&#237;a su marido, pues entre ellos no hab&#237;a m&#225;s secretos que los detalles operativos de sus misiones, de modo que las conversaciones cifradas se le antojaban lo m&#225;s normal del mundo.

Voy a salir.

Rosemary descolg&#243; una bufanda de un gancho y se la anud&#243; al cuello mientras le escudri&#241;aba el rostro como si lo viera por primera vez. Era un hombre menudo, apenas m&#225;s alto que Rosemary, y el tabaquismo lo hab&#237;a dejado flaco como un corredor de fondo. Ten&#237;a los ojos grises, penetrantes y muy hundidos en un rostro de p&#243;mulos prominentes y cadav&#233;ricos. Su delgadez ocultaba un cuerpo de inmensa fuerza. Al abrazarlo, Rosemary percibi&#243; los m&#250;sculos tensos en sus hombros y espalda.

Ten cuidado -le susurr&#243; al o&#237;do.

Blake se puso un abrigo y la bes&#243; en la mejilla.

Cierra con llave y no me esperes levantada.


Kyle Blake era impresor de profesi&#243;n, y el &#250;nico veh&#237;culo de la familia, una peque&#241;a furgoneta Ford, llevaba escrito en el costado el nombre de su taller de Portadown. Movido por la costumbre examin&#243; los bajos de la furgoneta para asegurarse de que no hab&#237;an colocado explosivos antes de ponerse al volante y arrancar. Atraves&#243; la barriada de Brownstown. El rostro gigantesco de Billy Wright, el fan&#225;tico asesino protestante asesinado por tiradores cat&#243;licos en la penitenciar&#237;a de Maze, lo miraba desde la fachada lateral de una casa. Blake mantuvo la mirada fija ante s&#237;, dobl&#243; por Armagh Road y sigui&#243; a un cami&#243;n blindado brit&#225;nico hacia el centro de Portadown.

Sintoniz&#243; Radio Ulster, que retransmit&#237;a un bolet&#237;n especial sobre el comunicado de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. La Real Jefatura de Polic&#237;a del Ulster hab&#237;a declarado el estado de alerta en los condados de Antrim y Down, y advertido a los conductores que se formar&#237;an atascos a causa de los controles de carretera. Otros lugares emiten boletines sobre el estado del tr&#225;fico, se dijo Kyle Blake. En el Ulster tenemos estados de alerta. Apag&#243; la radio y escuch&#243; el golpeteo r&#237;tmico de la lluvia sobre los parabrisas.

Kyle Blake no hab&#237;a ido a la universidad, pero era un estudioso de la historia de Irlanda del Norte. Le entraba la risa cuando le&#237;a que los disturbios en la provincia hab&#237;an empezado en 1969; protestantes y cat&#243;licos llevaban siglos mat&#225;ndose en el norte del condado de Armagh. Hab&#237;an nacido y ca&#237;do imperios, se hab&#237;an librado dos guerras mundiales, el hombre hab&#237;a ido a la luna y regresado, pero poco hab&#237;a cambiado en los armoniosos valles y colinas que serpenteaban entre los r&#237;os Bann y Callon.

Los or&#237;genes de Kyle Blake se remontaban al siglo XVII en el condado de Armagh. Sus ancestros hab&#237;an llegado de las tierras altas de Escocia durante la gran colonizaci&#243;n del Ulster, que dio comienzo en 1609. Lucharon junto a Oliver Cromwell cuando &#233;ste cay&#243; en el Ulster para sofocar los alzamientos cat&#243;licos. Participaron en las matanzas de cat&#243;licos en Drogheda y Wexford, y cuando Cromwell expropi&#243; las tierras de los cat&#243;licos, los ancestros de Blake cultivaron la tierra y la hicieron suya. En los siglos XVIII y XIX, en pleno apogeo de la violencia sectaria en Armagh, el clan Blake se uni&#243; a los Peep O'Day Boys [*: #_ftnref1Peep O'Day Boys significa Los Muchachos del Amanecer. (n. de la T.)], llamados as&#237; porque atacaron los hogares cat&#243;licos justo antes de alba. En 1795, los Blake ayudaron a crear la Orden de Orange.

Durante casi dos siglos, los orangistas de Portadown hab&#237;an desfilado hasta la parroquia de Drumcree el domingo anterior al 1 de julio, aniversario de la victoria de Guillermo de Orange sobre el rey cat&#243;lico Jacobo II en la batalla del Boyne en 1690. Pero el verano anterior, la primera temporada de los desfiles desde la firma de los acuerdos de paz, el gobierno hab&#237;a accedido a las exigencias de los cat&#243;licos y prohibido a los orangistas volver a recorrer la Garvaghy Road de Portadown, avenida eminentemente cat&#243;lica. La prohibici&#243;n intensific&#243; la violencia a lo largo y ancho del Ulster en un proceso que culmin&#243; con la muerte de tres ni&#241;os cat&#243;licos cuando unos lealistas arrojaron un c&#243;ctel molotov por la ventana de su casa en Ballymoney.

Kyle Blake ya no era orangista; hab&#237;a abandonado la orden varios a&#241;os antes, al empezar a formar parte de grupos paramilitares protestantes, pero la imagen del ej&#233;rcito brit&#225;nico cortando el paso a los manifestantes lealistas fue demasiado para &#233;l. Consideraba que los protestantes ten&#237;an derecho a desfilar a lo largo de las v&#237;as de la reina donde y cuando les viniera en gana, que los desfiles anuales eran una expresi&#243;n leg&#237;tima de la tradici&#243;n y la cultura protestantes en Irlanda del Norte, y que cualquier violaci&#243;n del derecho a desfilar era otra concesi&#243;n a los putos cat&#243;licos.

En opini&#243;n de Blake, la prohibici&#243;n de Drumcree delataba algo mucho m&#225;s peligroso sobre el panorama pol&#237;tico de Irlanda del Norte. La ascendencia protestante del Ulster se hab&#237;a resquebrajado, y los cat&#243;licos estaban ganando.

Durante treinta a&#241;os, Blake hab&#237;a asistido pasivamente a las numerosas concesiones que los brit&#225;nicos hac&#237;an a los cat&#243;licos y al IRA, pero el acuerdo de paz de Viernes Santo fue la gota que colm&#243; el vaso. Blake estaba convencido de que s&#243;lo pod&#237;a acabar acarreando la retirada brit&#225;nica de Irlanda del Norte y la uni&#243;n con la Rep&#250;blica de Irlanda. La intransigencia protestante hab&#237;a dado al traste con dos intentos de paz previos en el Ulster, el acuerdo de Sunningdale y el acuerdo angloirland&#233;s. Kyle Blake hab&#237;a jurado torpedear tambi&#233;n el acuerdo de Viernes Santo.

La tarde anterior hab&#237;a dado el primer paso, orquestando unas de las manifestaciones de terrorismo internacional m&#225;s espectaculares de la historia, atacando de forma simult&#225;nea al Sinn Fein, al gobierno irland&#233;s y a los brit&#225;nicos.

Las agujas de la iglesia de san Marcos aparecieron ante &#233;l, cerni&#233;ndose sobre Market High Street. Blake aparc&#243; delante de la imprenta pese a que se encontraba a varias manzanas de su lugar de destino, ech&#243; un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no lo vigilaban y ech&#243; a andar por delante de los escaparates cerrados.

Ir&#243;nicamente, Blake no extra&#237;a su inspiraci&#243;n t&#225;ctica de los grupos paramilitares protestantes del pasado, sino de los hombres que hab&#237;an bombardeado una y otra vez su ciudad natal, Portadown, es decir, el IRA. Desde el inicio de los actuales disturbios en 1969, el IRA hab&#237;a luchado contra sus enemigos, el ej&#233;rcito brit&#225;nico y la Real Jefatura de Polic&#237;a del Ulster, al tiempo que perpetraba espectaculares atentados terroristas. El IRA hab&#237;a asesinado a soldados brit&#225;nicos, matado a lord Mountbatten e incluso intentado acabar con todo el ejecutivo brit&#225;nico, pero a&#250;n as&#237; conservaba la imagen de defensor de un pueblo oprimido.

Blake pretend&#237;a poner patas arriba la pol&#237;tica sectaria de Irlanda del Norte. Quer&#237;a mostrar al mundo que el modo de vida protestante en el Ulster estaba en peligro de extinci&#243;n. Y estaba dispuesto a jugar la carta del terror para conseguirlo, con mayor determinaci&#243;n y destreza de la que el IRA habr&#237;a podido so&#241;ar jam&#225;s.


Blake tom&#243; un peque&#241;o callej&#243;n lateral y entr&#243; en el pub McConville. El establecimiento estaba en penumbra, abarrotado y envuelto en una nube azulada de humo de cigarrillo. A lo largo de las paredes revestidas de paneles se ve&#237;an varios reservados con puertas altas, cada uno de ellos con capacidad para seis personas.

El camarero que atend&#237;a la barra alz&#243; la vista cuando entr&#243; Blake.

&#191;Te has enterado, Kyle?

Blake mene&#243; la cabeza.

&#191;De qu&#233;?

Se han responsabilizado de los atentados. Son protestantes, unos tipos que se hacen llamar la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster.

&#191;En serio, Jimmie?

El camarero lade&#243; la cabeza hacia el rinc&#243;n m&#225;s alejado de la estancia.

Gavin y Rebecca te esperan.

Blake le gui&#241;&#243; un ojo y se abri&#243; paso entre la gente. Al llegar al reservado llam&#243; a la puerta una vez y entr&#243;. A la mesita se sentaban dos personas, un hombre alto y corpulento, ataviado con un jersey de cuello alto negro y americana de pana gris, y una mujer atractiva que luc&#237;a un jersey beige. El hombre era Gavin Spencer, jefe de operaciones de la Brigada. La mujer se llamaba Rebecca Wells y era directora de inteligencia de la organizaci&#243;n.

Blake se quit&#243; el abrigo y lo colg&#243; de un gancho. En aquel instante apareci&#243; el camarero.

Tres Guinness, Jimmie.

Si ten&#233;is hambre puedo ir a buscar unos bocadillos.

Estupendo.

Blake le dio un billete de diez libras, cerr&#243; la puerta, corri&#243; el pestillo y se sent&#243;. Los tres se miraron en silencio durante unos momentos. Era la primera vez desde los atentados que se atrev&#237;an a reunirse. Estaban euf&#243;ricos por el &#233;xito de las operaciones, pero tambi&#233;n muy nerviosos, pues eran conscientes de que ya no pod&#237;an echarse atr&#225;s.

&#191;C&#243;mo est&#225;n tus hombres? -pregunt&#243; Blake a Gavin Spencer.

Impacientes por seguir adelante -repuso Spencer, que combinaba en su apariencia f&#237;sica la fuerza de un estibador con el desali&#241;o de un dramaturgo.

Ten&#237;a el cabello negro salpicado de canas, y un grueso rizo le ca&#237;a de forma constante sobre los intensos ojos azules. Al igual que Blake, hab&#237;a servido en el ej&#233;rcito brit&#225;nico y formado parte de la Fuerza de Voluntarios del Ulster.

Aunque, como es natural, est&#225;n un poquito preocupados por los temporizadores de los detonadores.

Blake encendi&#243; un cigarrillo y se restreg&#243; los ojos. El hab&#237;a tomado la decisi&#243;n de sacrificar a los agentes de Dubl&#237;n y Londres manipulando los temporizadores de las bombas. Hab&#237;a obrado movido por un razonamiento tan sencillo como maquiav&#233;lico. Se enfrentaba a la inteligencia brit&#225;nica y sus servicios de seguridad, que se contaban entre los m&#225;s despiadados y eficientes de Europa. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster deb&#237;a sobrevivir para seguir adelante con su campa&#241;a de violencia, y si los agentes hubieran ca&#237;do en manos de la polic&#237;a, la organizaci&#243;n habr&#237;a corrido un grave peligro.

Echa la culpa a los fabricantes -orden&#243; Blake-. Diles que somos novatos. El IRA tiene una secci&#243;n de ingenier&#237;a que se dedica &#250;nica y exclusivamente a fabricar bombas cada vez mejores, pero incluso ellos cometen errores. Cuando acabaron con la tregua en el noventa y seis, sus primeras bombas fallaron; estaban oxidados.

Se lo dir&#233; a mis hombres -accedi&#243; Gavin Spencer-. Lo creer&#225;n una vez, pero si vuelve a pasar empezar&#225;n a sospechar. Si queremos ganar esta guerra, necesitamos hombres dispuestos a apretar el gatillo y colocar las bombas.

Blake se dispuso a responder, pero en aquel momento llamaron a la puerta, de modo que se levant&#243; para abrir. El camarero entr&#243; y le alarg&#243; una bolsa de bocadillos.

&#191;Y qu&#233; hay de Bates? -inquiri&#243; Blake en cuanto Jimmie se fue.

Podr&#237;an surgir problemas -terci&#243; Rebecca Wells.

Blake y Spencer se volvieron hacia ella. Era alta, estaba en forma, y el abultado jersey que llevaba no lograba ocultar sus anchos hombros. El cabello negro le ca&#237;a en torno al rostro y el cuello, enmarcando sus anchos p&#243;mulos. Ten&#237;a los ojos ovalados y del color de un cielo invernal encapotado. Al igual que muchas mujeres de Irlanda del Norte, hab&#237;a enviudado demasiado pronto. Su marido trabajaba en la secci&#243;n de inteligencia de la Fuerza de Voluntarios del Ulster hasta que un ejecutor del IRA lo asesin&#243; en West Belfast. En aquella &#233;poca, Rebecca estaba embarazada, pero esa misma noche sufri&#243; un aborto. Tras recuperarse entr&#243; a formar parte de la Fuerza de Voluntarios del Ulster y retom&#243; el trabajo de su marido donde &#233;ste lo hab&#237;a dejado. Dej&#243; la organizaci&#243;n cuando se declar&#243; el alto el fuego y al cabo de unos meses se uni&#243; en secreto al grupo de Kyle Blake.

El m&#233;rito del asesinato de Eamonn Dillon era suyo. Rebecca hab&#237;a desarrollado con infinita paciencia una fuente en el cuartel general del Sinn Fein, una joven poco atractiva que trabajaba de administrativa y con la que Rebecca hab&#237;a trabado amistad, llev&#225;ndola a tomar copas y present&#225;ndole a hombres. Al cabo de algunos meses, la relaci&#243;n empez&#243; a arrojar frutos. Sin darse cuenta de ello, la chica proporcion&#243; a Rebecca una corriente constante de informaci&#243;n sobre el Sinn Fein y sus m&#225;ximos dirigentes. Estrategias, disputas internas, h&#225;bitos personales, gustos sexuales, movimientos y seguridad. Rebecca transmiti&#243; la informaci&#243;n a Gavin Spencer, quien a su vez planific&#243; el asesinato de Dillon.

La polic&#237;a ha obtenido un retrato robot de &#233;l -explic&#243; a sus compa&#241;eros-. Todos los agentes de la provincia lo llevan en el bolsillo. No podemos trasladarlo hasta que la cosa se calme.

Nunca se calmar&#225;, Rebecca -sentenci&#243; Blake.

Cuanto m&#225;s tiempo permanezca escondido, mayores son las probabilidades de que lo encuentren -prosigui&#243; Rebecca-. Y si lo encuentran estaremos en un aprieto.

Blake se volvi&#243; hacia Gavin Spencer.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora?


Al hombre del granero de piedra situado a las afueras de Hillsborough lo hab&#237;an trasladado media docena de veces desde el asesinato de Eamonn Dillon. No le permit&#237;an tener radio por miedo a que las unidades de escucha de la inteligencia militar captaran el sonido. Tampoco le permit&#237;an tener hornillo por temor a que los sensores de infrarrojos del ej&#233;rcito detectaran una fuente de calor inusual. Su cama era un camastro militar plegable y dur&#237;simo con una manta &#225;spera como virutillas de acero; el chubasquero verde que hab&#237;a llevado durante el asesinato hac&#237;a las veces de almohada. Sobreviv&#237;a a base de galletas tanto saladas como dulces, frutos secos y carne enlatada. Le dejaban fumar, aunque deb&#237;a procurar no prender fuego a la paja. Meaba y cagaba en un gran barre&#241;o. Al principio, el hedor resultaba insoportable, pero se hab&#237;a ido acostumbrando. Quer&#237;a vaciarlo, pero sus supervisores le hab&#237;an prohibido salir del granero bajo ning&#250;n pretexto, ni siquiera de noche.

Le hab&#237;an dejado una colecci&#243;n de libros estramb&#243;tica, consistente en biograf&#237;as de Wolfe Tone, Eamon De Valera y Michael Collins, as&#237; como un par de vol&#250;menes gastados de retorcida poes&#237;a republicana. En uno de ellos hab&#237;an metido una nota manuscrita: Sun Tzu dice: "Conoce a tu enemigo. Lee y aprende".. Pero el hombre pasaba casi todo el d&#237;a tumbado en el camastro, con la mirada perdida en la oscuridad, fumando cigarrillos y reviviendo aquellos momentos en Falls Road.

Bates oy&#243; el sonido de un motor. Se levant&#243; y mir&#243; por un ventanuco. Una furgoneta se acercaba dando tumbos y con los faros apagados por el camino sin asfaltar. Se detuvo en el estofado de barro y gravilla que hab&#237;a delante de la puerta del granero. Del veh&#237;culo se apearon dos personas; el conductor era alto y corpulento, mientras que su acompa&#241;ante era m&#225;s bajo y delgado. Al cabo de unos segundos, Bates oy&#243; un golpecito en la puerta.

Ve al camastro y t&#250;mbate boca abajo -orden&#243; la voz desde el otro lado de la puerta.

Bates obedeci&#243; y oy&#243; a las dos personas entrar en el granero. Un momento m&#225;s tarde, la misma voz le orden&#243; que se sentara. El hombre corpulento estaba sentado sobre un mont&#243;n de sacos de pienso; la figura m&#225;s baja paseaba detr&#225;s de &#233;l de un lado a otro como una conciencia atribulada.

Siento lo del olor -se disculp&#243; Bates, inc&#243;modo-. Fumo para disimularlo un poco. Si no os importa

A la luz de la cerilla, Bates distingui&#243; que ambos llevaban pasamonta&#241;as. Acerc&#243; la llama a la punta del cigarrillo y la apag&#243; de un soplido, sumiendo el granero de nuevo en las tinieblas m&#225;s absolutas.

&#191;Cu&#225;ndo podr&#233; irme? -quiso saber.

Antes de la ejecuci&#243;n de Dillon, le hab&#237;an dicho que lo sacar&#237;an de Irlanda del Norte en cuanto las cosas volvieran a su cauce. Ten&#237;an amigos en una zona muy aislada de las tierras altas de Escocia, le hab&#237;an explicado, un lugar donde los servicios de seguridad jam&#225;s lo localizar&#237;an.

A&#250;n no es seguro -replic&#243; el hombre corpulento-. La polic&#237;a ha obtenido un retrato robot tuyo. Tenemos que dejar que la situaci&#243;n se calme un poco m&#225;s.

Bates se levant&#243; de un salto.

&#161;Me estoy volviendo loco aqu&#237; dentro! -grit&#243;-. &#191;No pod&#233;is llevarme a otro sitio?

Aqu&#237; est&#225;s a salvo de momento. No podemos arriesgarnos a trasladarte de nuevo.

Bates volvi&#243; a sentarse con aire derrotado. Arroj&#243; la colilla al suelo de tierra y la aplast&#243; con el zapato.

&#191;Qu&#233; hay de los otros? -pregunt&#243;-. &#191;Qu&#233; hay de los agentes de Dubl&#237;n y Londres?

Tambi&#233;n est&#225;n escondidos -asegur&#243; el hombre-. No puedo decirte m&#225;s.

&#191;Ya hab&#233;is reivindicado la autor&#237;a?

Hace un rato. Ah&#237; fuera se ha desatado un infierno, con controles de carretera desde el condado de Antrim hasta la frontera. No podemos pensar en trasladarte hasta que la cosa se tranquilice.

Bates encendi&#243; otra cerilla, alumbrando por un momento a los dos visitantes encapuchados, uno sentado, el otro de pie, como estatuas en un jard&#237;n. Encendi&#243; otro cigarrillo y agit&#243; la cerilla para apagarla.

&#191;Quieres que te traigamos algo m&#225;s para matar el tiempo?

Una chica de vida alegre no estar&#237;a mal.

T&#250;mbate en el camastro boca abajo -orden&#243; el hombre sentado.

Charles Bates obedeci&#243;. Oy&#243; el susurro de los sacos de pienso cuando el hombre corpulento de los tatuajes en las manos se levant&#243;, y unos segundos m&#225;s tarde se abri&#243; la puerta del granero.

Luego sinti&#243; algo fr&#237;o y duro en la base del cr&#225;neo, oy&#243; un leve clic, vio un destello de luz cegadora y a continuaci&#243;n, nada.


Rebecca Wells se guard&#243; la Walther con silenciador en el bolsillo del abrigo al subir a la furgoneta. Gavin Spencer puso en marcha el motor, dio media vuelta y recorri&#243; el camino de la granja hasta llegar a la B 177. No se quitaron los pasamonta&#241;as hasta estar bien lejos de la granja. Rebecca se puso a mirar por la ventanilla mientras Spencer conduc&#237;a con destreza por la tortuosa carretera.

No ten&#237;as por qu&#233; hacerlo, Rebecca. Yo lo habr&#237;a hecho por ti.

&#191;Insin&#250;as que no valgo lo suficiente para hacer mi trabajo?

No, s&#243;lo digo que no est&#225; bien.

&#191;Qu&#233; no est&#225; bien?

Que las mujeres maten. No est&#225; bien.

&#191;Y qu&#233; me dices de Dama? -replic&#243; Rebecca, empleando el nombre en clave de la mujer que hab&#237;a llevado la maleta bomba al metro de Londres-. Ha matado a muchas m&#225;s personas que yo y adem&#225;s ha sacrificado su vida.

Touch&#233;.

Soy responsable de inteligencia y seguridad interna -le record&#243; Rebecca-. Kyle lo quer&#237;a muerto, as&#237; que era asunto m&#237;o matarlo.

Spencer lo dej&#243; correr y encendi&#243; la radio para pasar el rato. Tom&#243; la A 1 en direcci&#243;n a Banbridge.

Para -mascull&#243; Rebecca unos minutos m&#225;s tarde.

Gavin fren&#243; y se detuvo en el arc&#233;n. Rebecca abri&#243; la puerta, sali&#243; dando tumbos, cay&#243; de rodillas en el haz de los faros y vomit&#243; hasta la primera papilla.



4

Washington

El encuentro entre el primer ministro Tony Blair y el presidente James Beckwith se planific&#243; con mucha antelaci&#243;n, y el hecho de que tuviera lugar tan s&#243;lo una semana despu&#233;s del inicio de la campa&#241;a del terror de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster fue pura coincidencia. De hecho, ambos hombres procuraron por todos los medios dar a entender que la reuni&#243;n no era m&#225;s que un encuentro consultivo entre dos buenos amigos, lo cual era cierto en muchos aspectos. Cuando el primer ministro lleg&#243; a la Casa Blanca desde Blair House, la casa de invitados situada frente a la residencia del presidente, Beckwith asegur&#243; al visitante que la mansi&#243;n hab&#237;a sido bautizada en su honor. El primer ministro exhibi&#243; su famosa sonrisa y asegur&#243; al presidente Beckwith que la pr&#243;xima vez que fuera a Londres encontrar&#237;a un edificio representativo bautizado en su honor.

El presidente y el primer ministro estuvieron reunidos durante dos horas con sus ayudantes y asistentes en la sala Roosevelt de la Casa Blanca. El orden del d&#237;a inclu&#237;a una amplia gama de temas: coordinaci&#243;n de defensa y pol&#237;tica exterior, pol&#237;tica monetaria y comercial, tensi&#243;n &#233;tnica en los Balcanes, el proceso de paz de Oriente Pr&#243;ximo y, por supuesto, Irlanda del Norte. Poco despu&#233;s de mediod&#237;a, los dos dirigentes levantaron la sesi&#243;n para almorzar en privado.

La nieve ca&#237;a sobre el Jard&#237;n Sur cuando los dos hombres se acercaron a la ventana que se alzaba tras el escritorio de Beckwith para admirar la vista. En la chimenea ard&#237;a un fuego espectacular, y ante &#233;l estaba puesta la mesa. El presidente asi&#243; a su invitado del brazo y cruz&#243; con &#233;l la estancia. Tras pasar la vida entera metido en pol&#237;tica, James Beckwith se sent&#237;a c&#243;modo con los aspectos ceremoniales de su trabajo. La prensa de Washington siempre afirmaba que era el mejor actor que ocupaba la Casa Blanca desde Ronald Reagan.

Sin embargo, empezaba a estar cansado de todo. Hab&#237;a conquistado la reelecci&#243;n a duras penas, con su adversario, el senador dem&#243;crata de Nebraska Andrew Sterling, pis&#225;ndole los talones durante toda la campa&#241;a, hasta que una banda terrorista &#225;rabe hizo estallar un avi&#243;n en pleno vuelo cerca de la costa de Long Island. La maestr&#237;a con que Beckwith manej&#243; la crisis y las r&#225;pidas represalias que tom&#243; contra los terroristas fueron lo que marc&#243; la diferencia.

Ahora estaba apalancado c&#243;modamente en su presidencia. El Congreso, de predominio dem&#243;crata, hab&#237;a dado al traste con el principal objetivo de su segundo mandato, la creaci&#243;n de un sistema nacional de defensa con misiles. Por lo tanto, su programa hab&#237;a quedado reducido a una serie de iniciativas conservadoras que no requer&#237;an el respaldo del Congreso. Sendos abogados independientes estaban haciendo pedazos a dos miembros de su gabinete por corrupci&#243;n. Cada noche, durante la cena, &#233;l y su mujer, Anne, hablaban menos de pol&#237;tica y m&#225;s de su vida como jubilados en California. Incluso hab&#237;a accedido a satisfacer el deseo que siempre hab&#237;a albergado Anne de pasar las vacaciones de verano en las monta&#241;as del norte de Italia. En el pasado, sus responsables de estrategia le hab&#237;an advertido que pasar las vacaciones en el extranjero resultar&#237;a desastroso desde el punto de vista pol&#237;tico, pero lo cierto era que ya le daba igual. Sus amigos m&#225;s cercanos atribu&#237;an la dejadez a la p&#233;rdida de su amigo y jefe de gabinete Paul Vandenberg, quien por lo visto se hab&#237;a suicidado de un disparo en la isla Roosevelt, situada en el r&#237;o Potomac, el a&#241;o anterior.

Los dos hombres se sentaron a comer. Era bien sabido que Tony com&#237;a a toda velocidad, detalle recogido en la documentaci&#243;n de Beckwith, y hab&#237;a dado cuenta de su pechuga de pollo con arroz pilaf cuando el presidente a&#250;n no hab&#237;a comido ni la cuarta parte de su plato. Beckwith estaba hambriento despu&#233;s de pasar toda la ma&#241;ana enfrascado en intensas conversaciones, de modo que hizo esperar al dirigente brit&#225;nico pacientemente mientras acababa de comer.

Su relaci&#243;n se hab&#237;a deteriorado el a&#241;o anterior, cuando Blair critic&#243; p&#250;blicamente a Beckwith por ordenar ataques a&#233;reos contra la Espada de Gaza, el grupo terrorista palestino al que se achac&#243; la autor&#237;a del atentado contra el avi&#243;n de la TransAtlantic Airlines. Algunas semanas m&#225;s tarde, la Espada de Gaza respondi&#243; atacando el mostrador de venta de billetes de TransAtlantic en el aeropuerto de Heathrow, matando a varios viajeros estadounidenses y brit&#225;nicos. Beckwith jam&#225;s olvid&#243; la censura de Blair. Conocido por tutearse con casi todos los m&#225;ximos dirigentes del mundo, Beckwith siempre llamaba a Blair se&#241;or primer ministro, mientras que Blair le pagaba con la misma moneda, dirigi&#233;ndose a &#233;l como se&#241;or presidente.

Beckwith sigui&#243; comiendo despacio mientras Blair parloteaba sobre un libro de texto de econom&#237;a verdaderamente fascinante que hab&#237;a le&#237;do durante el vuelo de Londres a Washington. Blair era un lector voraz, y Beckwith respetaba su intelecto. Dios m&#237;o, pens&#243; con un suspiro, y yo que apenas consigo leer los informes por la noche sin quedarme dormido.

Un camarero retir&#243; los platos. Beckwith tom&#243; t&#233;, Blair, caf&#233;. La conversaci&#243;n enmudeci&#243;. El fuego chisporroteaba en la chimenea. Blair contempl&#243; unos instantes el Monumento a Washington antes de hablar.

Perm&#237;tame que sea muy directo, se&#241;or presidente -empez&#243; por fin al tiempo que daba la espalda a la ventana y su mirada se encontraba con los ojos azul claro de Beckwith-. S&#233; que nuestra relaci&#243;n no siempre ha sido todo lo buena que debiera, pero quiero pedirle un gran favor.

Nuestra relaci&#243;n no es todo lo buena que podr&#237;a ser, se&#241;or primer ministro, porque usted se distanci&#243; p&#250;blicamente de los Estados Unidos cuando orden&#233; los ataques contra los campamentos de entrenamiento de la Espada de Gaza. Necesitaba su apoyo, pero usted me lo neg&#243;.

En aquel instante entr&#243; otro camarero con el postre, pero al advertir que la conversaci&#243;n hab&#237;a tomado un cariz serio, se apresur&#243; a retirarse. Blair baj&#243; la cabeza en un intento de contener sus emociones y volvi&#243; a erguirla cuando lo consigui&#243;.

Se&#241;or presidente, dije lo que dije porque cre&#237;a estar en lo cierto. Consideraba que un ataque a&#233;reo constitu&#237;a una reacci&#243;n desmesurada, precipitada y basada en pruebas circunstanciales en el mejor de los casos. Cre&#237;a que no har&#237;a m&#225;s que incrementar la tensi&#243;n y perjudicar la causa de la paz en Oriente Pr&#243;ximo, y me parece que ten&#237;a raz&#243;n.

Beckwith sab&#237;a que Blair se refer&#237;a al atentado de la Espada de Gaza en el aeropuerto de Heathrow.

Se&#241;or primer ministro, si ten&#237;a alg&#250;n problema deber&#237;a haberme llamado por tel&#233;fono en lugar de acudir al periodista m&#225;s cercano. Los pa&#237;ses aliados se apoyan aunque sus m&#225;ximos dirigentes procedan de extremos opuestos del espectro pol&#237;tico.

La expresi&#243;n g&#233;lida que adopt&#243; Blair daba a entender a las claras que no le gustaba que le dieran lecciones en materia de pol&#237;tica. Se dedic&#243; a beber sorbos de caf&#233; mientras Beckwith segu&#237;a hablando.

De hecho, sospecho que la Espada de Gaza decidi&#243; tomar represalias en suelo brit&#225;nico porque sus comentarios les indujeron a creer que pod&#237;an abrir una brecha entre dos aliados de siempre.

Blair levant&#243; la cabeza con brusquedad como si le hubieran asestado un pu&#241;etazo.

No insinuar&#225; que la culpa del atentado de Heathrow fue m&#237;a.

Por supuesto que no, se&#241;or primer ministro. Hacer algo as&#237; ser&#237;a impropio de dos buenos amigos.

Blair dej&#243; la taza en el platillo y la apart&#243; unos cent&#237;metros.

Se&#241;or presidente, quer&#237;a comentar con usted la sucesi&#243;n del embajador Hathaway.

De acuerdo -accedi&#243; Beckwith.

Si he de serle sincero, se&#241;or presidente, he visto algunos de los nombres que tiene en mente, y la verdad es que no estoy muy impresionado.

La sangre afluy&#243; al rostro de Beckwith, pero Blair no desisti&#243;.

Esperaba que usted se decidiera por alguien con un poco m&#225;s de talento.

Beckwith guard&#243; silencio mientras Blair expon&#237;a sus razones. A principios de semana, el New York Times hab&#237;a publicado un art&#237;culo con los nombres de media docena de candidatos. Los nombres eran ciertos porque la Casa Blanca los hab&#237;a filtrado a la prensa por orden de Beckwith. En la lista figuraban varios benefactores republicanos, adem&#225;s de un par de diplom&#225;ticos. La embajada de Londres era un cargo pol&#237;tico por excelencia, y el Comit&#233; Nacional Republicano presionaba a Beckwith a fin de que empleara ese nombramiento a corto plazo para recompensar a un benefactor generoso.

Se&#241;or presidente, &#191;conoce usted la expresi&#243;n restregar por las narices?

Beckwith asinti&#243;, aunque su rostro revelaba que jam&#225;s empleaba un lenguaje tan vulgar.

Se&#241;or presidente, este grupo llamado Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ha empezado a atacar porque pretende dar al traste con el avance hacia la paz que hemos conseguido en Irlanda del Norte. Quiero demostrar a esos terroristas cobardes y al mundo entero que nunca lo lograr&#225;n. Quiero que les quede muy claro, quiero restreg&#225;rselo por las narices, se&#241;or presidente, y necesito su ayuda.

Beckwith sonri&#243; por primera vez en toda la conversaci&#243;n.

&#191;Y c&#243;mo puedo ayudarle, primer ministro?

Pues designando a una superestrella como embajador en Londres, alguien a quien todas las partes puedan respetar, alguien a quien todo el mundo conozca. No quiero a una persona que se limite a mantener el sill&#243;n calentito hasta que acabe su mandato, sino a alguien que me ayude a lograr mi objetivo, una soluci&#243;n permanente al conflicto de Irlanda del Norte.

La intensidad y la sinceridad del primer ministro resultaban impresionantes, pero Beckwith llevaba suficiente tiempo metido en pol&#237;tica para saber que nunca hay que dar nada sin obtener algo a cambio.

Si designo a una superestrella para Londres, &#191;qu&#233; obtendr&#233; a cambio?

Mi apoyo incondicional para su iniciativa comercial en Europa -repuso Blair con una amplia sonrisa.

Hecho -accedi&#243; Beckwith tras fingir que pensaba en el asunto.

Un camarero entr&#243; en la estancia.

Dos copas de brandy, por favor -encarg&#243; Beckwith.

Las bebidas llegaron al poco.

Por los buenos amigos -brind&#243; el presidente.

Por los buenos amigos.

Blair sorbi&#243; el brandy con la cautela de quien raras veces bebe.

&#191;Tiene alg&#250;n candidato en mente, se&#241;or presidente? -inquiri&#243; al tiempo que dejaba la copa sobre la mesa con cuidado.

Pues la verdad, Tony, creo que tengo al hombre ideal.



5

Shelter Island, Nueva York

Durante muchos a&#241;os, casi ning&#250;n detalle de la magn&#237;fica casa de madera blanca con vistas al puerto de Dering y el estrecho de Shelter Island hab&#237;a sugerido que el senador Douglas Cannon fuera el due&#241;o de la finca. En ocasiones acud&#237;an invitados que requer&#237;an la presencia del Servicio Secreto, y a veces, cuando Douglas se presentaba a la reelecci&#243;n y necesitaba fondos, se celebraban grandes fiestas. Sin embargo, por lo general la casa era igual que todas las dem&#225;s de Shore Road, s&#243;lo que un poco m&#225;s grande y mejor cuidada. Tras su jubilaci&#243;n y la muerte de su esposa, el senador hab&#237;a pasado m&#225;s tiempo en Cannon Point que en su inmenso piso de la Quinta Avenida de Manhattan. Insist&#237;a en que los vecinos lo llamaran Douglas, algo que hac&#237;an con cierta renuencia. Cannon Point se torn&#243; m&#225;s accesible que nunca. A veces, cuando los turistas se paraban a curiosear o tomar una fotograf&#237;a de la finca, el senador aparec&#237;a en el cuidado jard&#237;n seguido de sus perdigueros y charlaba con ellos. Los intrusos lo hab&#237;an cambiado todo.


Dos semanas despu&#233;s del incidente [*: #_ftnref2 V&#233;ase La marca del asesino en esta misma colecci&#243;n. (N. del E.)], la polic&#237;a hab&#237;a permitido al senador hacer reparar todas las huellas visibles del episodio, borrando as&#237; las &#250;ltimas pruebas f&#237;sicas. Un contratista de fuera de la isla, del que nadie hab&#237;a o&#237;do hablar jam&#225;s y cuyo nombre no parec&#237;a figurar en ninguna gu&#237;a telef&#243;nica, se encarg&#243; del trabajo.

Por la isla circulaban toda suerte de rumores acerca de los cuantiosos da&#241;os ocasionados en la propiedad. Harry Carp, el propietario de tez enrojecida de la ferreter&#237;a de los Heights, hab&#237;a o&#237;do decir que en las paredes del sal&#243;n y la cocina hab&#237;a una docena de agujeros de bala. Patty McLean, la cajera del supermercado Mid-Island, ten&#237;a entendido que las manchas de sangre de la casa de invitados eran de tal magnitud que fue necesario cambiar todo el suelo y volver a pintar las paredes. Martha Creighton, la agente de la propiedad inmobiliaria m&#225;s importante de la isla, augur&#243; discretamente que Cannon Point saldr&#237;a a la venta en un plazo de seis meses. A todas luces, murmur&#243; Martha tom&#225;ndose un capuchino en la cafeter&#237;a del pueblo, el senador y su familia querr&#237;an empezar de nuevo en otro lugar.

Sin embargo, el senador, su hija Elizabeth y su yerno Michael decidieron quedarse. Cannon Point, antes tan abierta y accesible, adquiri&#243; el aire de una base militar en territorio ocupado. Otro misterioso contratista acudi&#243; a la finca para erigir un muro de piedra y hierro forjado de tres metros de altura con una caseta de madera en forma de pan de jengibre junto a la entrada para el guardia de seguridad que custodiar&#237;a el lugar a todas horas. Los vecinos se quejaban de que las medidas de seguridad del senador estropeaban la panor&#225;mica del puerto de Dering y el estrecho de Shelter Island. Se lleg&#243; a hablar de firmar una petici&#243;n, hubo algunas quejas en la reuni&#243;n del consistorio e incluso aparecieron un par de cartas en el Shelter Island Reporter, pero al llegar el verano todo el mundo se hab&#237;a acostumbrado al muro y nadie recordaba por qu&#233; la gente se hab&#237;a puesto tan nerviosa.

No se le puede reprochar -coment&#243; Martha Creighton-. Si quiere el puto muro, pues que lo tenga. La verdad, yo le dejar&#237;a cavar un foso si quisiera.


Poco se sab&#237;a de Michael Osbourne en la isla. Por lo visto se dedicaba a alg&#250;n tipo de negocio, como el comercio internacional o el oscuro mundo de la consultor&#237;a. Por lo general se mostraba muy reservado cuando &#233;l y su mujer, Elizabeth, pasaban el fin de semana en la isla. Cuando iba a desayunar a la tienda de los Heights o paraba en el Dory a tomar una cerveza, siempre llevaba consigo unos cuantos peri&#243;dicos para protegerse y elud&#237;a con delicadeza todo intento de entablar una conversaci&#243;n amistosa; siempre hab&#237;a algo de vital importancia que le obligaba a concentrarse de nuevo en los peri&#243;dicos. La poblaci&#243;n femenina de la isla lo encontraba atractivo y le perdonaba su frialdad por considerarla una manifestaci&#243;n de timidez. Conocido por su afilada lengua, Harry Carp sol&#237;a referirse a &#233;l como ese hijo de puta grosero de la ciudad.

El tiroteo hab&#237;a suavizado las opiniones sobre Michael Osbourne, incluso la de Harry Carp. Seg&#250;n los rumores, hab&#237;a estado a punto de morir de una herida de bala varias veces aquella noche, primero en el embarcadero de Cannon Point, luego en el helic&#243;ptero y por fin en el quir&#243;fano del hospital de Stony Brook. En cuanto le dieron el alta, permaneci&#243; un tiempo en casa, pero pronto se le vio paseando con cierta dificultad por el jard&#237;n, el brazo derecho en cabestrillo bajo una ra&#237;da cazadora de cuero. En ocasiones caminaba hasta el final del embarcadero y contemplaba el estrecho. A veces, por lo general al caer la tarde, parec&#237;a perder la noci&#243;n del tiempo y se quedaba all&#237;, como Gatsby, dec&#237;a Martha Creighton, hasta que anochec&#237;a por completo.


No entiendo por qu&#233; el tr&#225;fico est&#225; tan mal en enero -refunfu&#241;&#243; Elizabeth Osbourne, golpeteando el brazo central de cuero con la u&#241;a del dedo &#237;ndice.

Avanzaban a paso de tortuga hacia el este por la autopista de Long Island, atravesando en ese momento la localidad de Islip a apenas cincuenta kil&#243;metros por hora.

Michael llevaba un a&#241;o retirado de la Agencia Central de Inteligencia, y el tiempo significaba poco para &#233;l, incluso el tiempo perdido en los atascos.

Es viernes -le record&#243;-. El tr&#225;fico siempre est&#225; mal los viernes por la noche.

La circulaci&#243;n mejor&#243; cuando dejaron atr&#225;s los suburbios residenciales del centro de la isla. Era una noche despejada y g&#233;lida; una luna creciente color blanco hueso brillaba en el cielo sobre el horizonte septentrional. Michael pis&#243; el acelerador. El motor del coche rug&#237;a, y al cabo de unos segundos el cuentakil&#243;metros ascendi&#243; de mala gana a cien kil&#243;metros por hora. Las exigencias de la paternidad lo hab&#237;an impulsado a sustituir su elegante Jaguar plateado por un monovolumen mastod&#243;ntico.

Envueltos en mantitas color rosa y azul, los gemelos dormitaban en sus sillitas de seguridad. Maggie, la ni&#241;era inglesa, dorm&#237;a a pierna suelta en el tercer asiento. Elizabeth alarg&#243; la mano en la oscuridad y oprimi&#243; la de Michael. Hab&#237;a vuelto al trabajo tras tres meses de baja por maternidad. Durante su ausencia no hab&#237;a llevado m&#225;s que camisas de franela, ch&#225;ndals y pantalones holgados, pero ahora luc&#237;a el uniforme de una cara abogada neoyorquina: traje chaqueta color carb&#243;n, un elegante reloj de oro y pendientes de perlas. Hab&#237;a eliminado el peso que hab&#237;a ganado durante el embarazo a base de muchas horas en la cinta atl&#233;tica instalada en el dormitorio de su piso de la Quinta Avenida, y bajo las l&#237;neas bien definidas de su traje Calvin Klein, Elizabeth estaba delgada como una modelo. Sin embargo, la tensi&#243;n y el cansancio que conllevaba verse convertida de repente en una madre trabajadora hab&#237;an hecho mella en ella. Su corto cabello rubio ceniza aparec&#237;a despeinado, y ten&#237;a los ojos tan irritados que hab&#237;a decidido quitarse las lentillas y ponerse las gafas de montura de concha. Michael pens&#243; que parec&#237;a una estudiante de derecho en plena &#233;poca de ex&#225;menes.

&#191;Qu&#233; tal te sienta haber vuelto? -le pregunt&#243;.

Es como si no me hubiera ido. Para un momento, que quiero fumarme un cigarrillo. No puedo fumar dentro del coche con los ni&#241;os.

No quiero parar si no es imprescindible.

Venga, Michael.

Tengo que poner gasolina en Riverhead; puedes fumar all&#237;. Este trasto gasta unos cuatro litros a los ocho kil&#243;metros. Lo m&#225;s probable es que tenga que poner gasolina un par de veces m&#225;s antes de llegar.

Oh, no, no vas a ponerte a lloriquear otra vez por el Jaguar, &#191;eh?

Es que no entiendo por qu&#233; t&#250; te has podido quedar con el Mercedes y yo en cambio tengo que conducir este monstruo. Me siento como una maruja.

Necesit&#225;bamos un coche m&#225;s grande, y tu mec&#225;nico pasaba m&#225;s tiempo con tu Jaguar que t&#250;.

Sigue sin hacerme gracia.

Ya lo superar&#225;s.

Si me hablas as&#237;, esta noche duermes en la ba&#241;era.

Nada de amenazas vac&#237;as, Michael.

La autopista acababa en la poblaci&#243;n de Riverhead. Michael par&#243; en una estaci&#243;n de servicio abierta las veinticuatro horas y llen&#243; el dep&#243;sito. Elizabeth se alej&#243; unos metros de los surtidores y encendi&#243; un cigarrillo, golpeando el suelo de hormig&#243;n con los pies para entrar en calor. Hab&#237;a dejado de fumar al quedarse embarazada, pero dos semanas despu&#233;s del nacimiento de los gemelos, las pesadillas hab&#237;an vuelto, de modo que hab&#237;a empezado a fumar de nuevo para paliar la angustia.

Michael condujo hacia el este por el extremo norte de Long Island, pasando por interminables pastos y vi&#241;edos dormidos. De vez en cuando, las aguas del estrecho de Long Island aparec&#237;an a su izquierda, negras y relucientes a la luz de la luna. Entr&#243; en el pueblo de Greenport y atraves&#243; las calles desiertas hasta llegar al embarcadero del transbordador del norte.

Elizabeth dorm&#237;a. Michael se puso una cazadora de cuero y baj&#243; del coche. Las olas romp&#237;an contra la proa del ferry, salpicando las regalas. Hac&#237;a un fr&#237;o incre&#237;ble, pero el cap&#243; del coche estaba caliente a causa del motor. Michael se encaram&#243; a &#233;l y embuti&#243; las manos en los bolsillos. Shelter Island se alzaba ante &#233;l al otro lado del estrecho, sumida en total oscuridad a excepci&#243;n de las luces blancas de una gran casa de veraneo situada en la boca del puerto. Cannon Point.

Cuando el transbordador amarr&#243;, Michael volvi&#243; a subir al coche y arranc&#243;.

Te estaba observando, Michael -musit&#243; Elizabeth sin abrir los ojos-. Estabas pensando en ello, &#191;verdad?

Carec&#237;a de sentido mentirle. Era cierto, estaba pensando en ello, en aquella noche del a&#241;o anterior en que un antiguo asesino del KGB, cuyo nombre en clave era Octubre, hab&#237;a intentado matarlos a ambos en Cannon Point.

No puedo evitarlo cuando miro la casa de tu padre desde el ferry.

Yo pienso en ello constantemente -confes&#243; Elizabeth con voz distante-. Cada ma&#241;ana, cuando me despierto, me pregunto si &#233;ste ser&#225; el d&#237;a en que todo acabe, pero nunca sucede.

Lleva tiempo, mucho tiempo.

&#191;Crees que de verdad est&#225; muerto?

&#191;Octubre?

S&#237;.

Eso cree la Agencia.

&#191;Y t&#250;?

Dormir&#237;a mejor si apareciera el cad&#225;ver, pero no aparecer&#225;.

Pasaron delante de las casitas victorianas y las tiendas de madera de Shelter Island Heights, y recorrieron a toda velocidad Winthrop Road. El puerto de Dering brillaba a la luz de la luna, desierto a excepci&#243;n del balandro de Douglas Cannon, el Athena, aferrado a su amarre con la proa al viento. Michael sigui&#243; por Shore Road hasta el pueblo de Dering Harbor y al cabo de unos instantes detuvo el coche ante la verja de Cannon Point.

El vigilante nocturno sali&#243; de la caseta y alumbr&#243; el coche con una linterna. Douglas gastaba varios miles de d&#243;lares al mes en seguridad desde el intento de asesinato. La Agencia se hab&#237;a ofrecido a sufragar una parte de los gastos, pero Douglas, siempre cauteloso con la inteligencia, hab&#237;a declinado el ofrecimiento. Michael recorri&#243; el sendero de grava que atravesaba la finca y par&#243; delante de la puerta principal. El senador los esperaba en la escalinata ataviado con un viej&#237;simo chubasquero amarillo de marino y con los perdigueros jugueteando a sus pies.


Fue el The New Yorker el que compar&#243; por primera vez a Douglas Cannon con Pericles; si bien por lo general le daba cierta verg&#252;enza el s&#237;mil, no hizo nada por desmentirlo. Hab&#237;a heredado una inmensa fortuna y ya de muy joven decidi&#243; que la perspectiva de dedicarse exclusivamente a engrosarla lo deprim&#237;a sobremanera. As&#237; pues, se consagr&#243; a su primer amor, la historia. Dio clases en la universidad de Columbia y escribi&#243; libros. Su enorme piso de la Quinta Avenida era un lugar de reuni&#243;n de escritores, artistas, poetas y m&#250;sicos. De peque&#241;a, Elizabeth conoci&#243; a Jack Kerouac, Huey Newton y un extra&#241;o hombrecillo de cabello rubio y gafas de sol que se llamaba Andy. No averigu&#243; hasta muchos a&#241;os m&#225;s tarde que se trataba de Andy Warhol.

Durante el esc&#225;ndalo de Watergate, Douglas se dio cuenta de que ya no pod&#237;a permanecer m&#225;s tiempo entre bastidores y ser el eterno espectador, de modo que se present&#243; como candidato al Congreso por un distrito de Manhattan central abrumadoramente dem&#243;crata y liberal. Ingres&#243; en la c&#225;mara como reformista en el setenta y cuatro. Dos a&#241;os m&#225;s tarde fue elegido senador. A lo largo de sus cuatro mandatos hab&#237;a sido presidente del Comit&#233; de Servicios Armados, el Comit&#233; de Relaciones Internacionales y el Comit&#233; de Inteligencia.

Douglas siempre hab&#237;a sido un poco iconoclasta, pero desde que dejara el Senado, su atuendo y sus modales se hab&#237;an tornado m&#225;s peculiares que nunca. Siempre llevaba pantalones de pana andrajosos, zapatos de marino gastados y jerseys que, al igual que su portador, empezaban a dar muestras de envejecimiento. Estaba convencido de que el aire fr&#237;o del mar era el secreto de la longevidad y no paraba de contraer bronquitis por salir a navegar en invierno y hacer excursiones maratonianas por los senderos helados del parque natural de Mashomack.

Elizabeth baj&#243; del coche con el &#237;ndice oprimido contra los labios y lo bes&#243; en la mejilla.

No hagas ruido, pap&#225; -susurr&#243;-. Los ni&#241;os est&#225;n dormidos.

Michael y Elizabeth ocupaban una suite que daba al mar, con un dormitorio principal, un ba&#241;o y una sala de estar con televisor. El otro dormitorio hab&#237;a sido transformado en habitaci&#243;n infantil. Supersticiosa ante la idea de hacer demasiados preparativos antes del nacimiento de los gemelos, Elizabeth hab&#237;a dispuesto que la estancia no contuviera m&#225;s que dos cunas y un cambiador. Las paredes segu&#237;an pintadas de gris claro y los suelos aparec&#237;an desnudos. El senador hab&#237;a subido una vieja mecedora del porche para conferirle un poco de personalidad. Maggie ayud&#243; a Elizabeth a acostar a los ni&#241;os mientras Michael y Douglas tomaban una copa de Merlot junto al fuego. Elizabeth se reuni&#243; con ellos al cabo de unos minutos.

&#191;C&#243;mo est&#225;n? -inquiri&#243; Michael.

Bien. Maggie va a quedarse un ratito con ellos para asegurarse de que siguen dormidos. -Se dej&#243; caer en el sof&#225;-. S&#237;rveme una copa muy grande de vino, &#191;quieres, Michael?

&#191;Y c&#243;mo est&#225;s t&#250;, cari&#241;o? -pregunt&#243; Douglas a su hija.

Nunca habr&#237;a cre&#237;do que ser&#237;a tan duro.

Tom&#243; un largo trago de Merlot y cerr&#243; los ojos mientras el vino le resbalaba garganta abajo.

Me morir&#237;a sin Maggie.

No tienes por qu&#233; avergonzarte. T&#250; tuviste aya y ni&#241;era, y eso que tu madre no trabajaba.

&#161;S&#237; trabajaba, pap&#225;! Cuidaba de m&#237; y llevaba tres casas a la vez mientras t&#250; estabas en Washington.

La has fastidiado, Douglas -murmur&#243; Michael.

Ya sabes lo que quiero decir, Elizabeth. Tu madre trabajaba, pero no en un despacho. A decir verdad, no estoy seguro de que las madres deban trabajar. Los ni&#241;os necesitan a sus madres.

No doy cr&#233;dito a mis o&#237;dos -exclam&#243; Elizabeth-. Douglas Cannon, el gran estandarte liberal, cree que las madres deber&#237;an quedarse en casa para cuidar de sus hijos y no trabajar fuera. Espera a que se entere de esto la Organizaci&#243;n Nacional de la Mujer. Dios m&#237;o, bajo la fachada irremisiblemente liberal late el coraz&#243;n de un conservador que da absoluta prioridad a los valores familiares.

&#191;Y qu&#233; hay de Michael? -protest&#243; Douglas-. Est&#225; jubilado, &#191;no? &#191;Es que no te ayuda?

Me paso las tardes jugando a la petanca con los otros abueletes del pueblo.

Michael es genial con los ni&#241;os -asegur&#243; Elizabeth-. Pero perd&#243;name que te lo diga Los padres no lo pueden hacer todo.

&#191;Y eso qu&#233; significa? -quiso saber Douglas. El tel&#233;fono son&#243; antes de que Elizabeth pudiera contestar.

Salvado por la campana -suspir&#243; Michael. Elizabeth descolg&#243; el auricular.

&#191;Diga? S&#237;, est&#225; aqu&#237; -dijo tras escuchar unos instantes-. Un momento, por favor.

Cubri&#243; el auricular con la mano y se volvi&#243; hacia su padre.

Es para ti, pap&#225;. De la Casa Blanca.

&#191;Qu&#233; querr&#225;n los de la Casa Blanca un viernes a las diez de la noche?

El presidente quiere hablar contigo.

Douglas se levant&#243; con una expresi&#243;n entre perpleja y molesta, y cruz&#243; la estancia con la copa en la mano.

Aqu&#237; Douglas Cannon S&#237;, espero Me van a pasar al hijo de puta -anunci&#243; tras cubrir el auricular con la mano.

Elizabeth y Michael lanzaron una risita. La animosidad existente entre ambos hombres era legendaria en Washington. Durante varios a&#241;os, hab&#237;an sido las personalidades m&#225;s relevantes del Comit&#233; de Servicios Armados del Senado, Douglas como presidente y Beckwith como m&#225;ximo representante republicano. Cuando los republicanos recuperaron el control del Senado, los papeles se invirtieron, y cuando Douglas se retir&#243;, apenas si se dirig&#237;an la palabra.

Buenas noches, se&#241;or presidente -exclam&#243; en tono exageradamente jovial.

Maggie se acerc&#243; a la escalera.

Va a despertar a los ni&#241;os -sise&#243;.

Est&#225; hablando con el presidente -se disculp&#243; Elizabeth en un susurro.

Bueno, pues d&#237;gale que hable m&#225;s bajo -insisti&#243; Maggie antes de girar sobre sus talones para regresar a la habitaci&#243;n de los ni&#241;os.

Estoy muy bien, se&#241;or presidente -dec&#237;a Douglas-. &#191;Qu&#233; puedo hacer por usted?

Escuch&#243; unos instantes en silencio mientras se pasaba la mano por el espeso cabello gris con aire ausente.

No, no, me parece estupendo, se&#241;or presidente. De hecho, ser&#237;a un placer Por supuesto S&#237;, se&#241;or presidente Muy bien, pues hasta entonces.

Colg&#243; el tel&#233;fono.

Quiere hablar conmigo.

&#191;De qu&#233;? -pregunt&#243; Michael.

No me lo ha dicho. Siempre hace lo mismo.

&#191;Cu&#225;ndo vas a Washington? -inquiri&#243; Elizabeth.

No voy -replic&#243; Douglas-. Ese cabr&#243;n vendr&#225; a Shelter Island el domingo por la ma&#241;ana.



6

Tafraoute, Marruecos

La nieve reluc&#237;a en las laderas de la cordillera del Atlas mientras la caravana de Range Rovers traqueteaba por el camino pedregoso y lleno de baches en direcci&#243;n a la villa nueva erigida en la boca del valle. Todos los veh&#237;culos eran id&#233;nticos, negros con vidrios ahumados para ocultar la identidad de sus ocupantes. Cada uno de ellos hab&#237;a llegado a Marruecos desde un punto distinto. Proced&#237;an de Latinoam&#233;rica, Estados Unidos, Oriente Pr&#243;ximo y Europa Occidental. Todos ellos se marchar&#237;an treinta y seis horas m&#225;s tarde, cuando la conferencia tocara a su fin. Pocos extranjeros iban a Tafraoute en aquella &#233;poca del a&#241;o; de hecho, s&#243;lo hab&#237;a un equipo de escaladores neozelandeses y un grupo de hippies entrados en a&#241;os de Berkeley que hab&#237;an ido a la monta&#241;a a rezar y fumar hach&#237;s. Por ello, la caravana de Range Rovers atrajo muchas miradas curiosas mientras avanzaba por el valle. Numerosos ni&#241;os ataviados con chilabas de vistosos colores acudieron al camino para saludar con entusiasmo cuando los veh&#237;culos pasaron en medio de una nube de polvo color jengibre. Ninguno de los ocupantes de los todoterreno devolvi&#243; el saludo.


La Sociedad Internacional de Desarrollo y Cooperaci&#243;n era una organizaci&#243;n privada que no aceptaba donaciones externas ni nuevos miembros salvo los que admit&#237;a tras un riguroso proceso de selecci&#243;n. Por lo general, su sede central se hallaba en Ginebra, en un despacho peque&#241;o con una elegante placa dorada sobre una puerta austera que mucha gente confund&#237;a con un circunspecto banco suizo.

Pese a su nombre de resonancias ben&#233;volas, la Sociedad, tal como la denominaban sus miembros, no era una organizaci&#243;n altruista. Hab&#237;a nacido en los a&#241;os siguientes a la ca&#237;da de la Uni&#243;n Sovi&#233;tica y el fin de la guerra fr&#237;a, y entre sus miembros se contaban integrantes pasados y presentes de servicios de inteligencia y seguridad de Europa occidental, fabricantes y traficantes de armas, as&#237; como cabecillas de organizaciones criminales tales como las mafias rusa y siciliana, c&#225;rteles sudamericanos de la droga y sindicatos criminales asi&#225;ticos.

El &#243;rgano decisorio de la Sociedad era el consejo ejecutivo, compuesto por ocho miembros. El director ejecutivo era un antiguo jefe del servicio de inteligencia brit&#225;nico, el legendario C del MI6. Se le conoc&#237;a sencillamente por el nombre de Director y nadie se refer&#237;a jam&#225;s a &#233;l por su verdadero nombre. Agente de campo experimentado que hab&#237;a madurado en las estaciones del MI6 en Berl&#237;n y Mosc&#250;, el director se encargaba de la administraci&#243;n de la Sociedad y dirig&#237;a sus operaciones desde la inexpugnable mansi&#243;n estilo rey Jorge que pose&#237;a en el barrio londinense de St. John's Wood.

Seg&#250;n el credo de la Sociedad, el mundo se hab&#237;a convertido en un lugar m&#225;s peligroso en ausencia del conflicto entre Este y Oeste. La guerra fr&#237;a hab&#237;a proporcionado estabilidad y claridad, mientras que el nuevo orden mundial sum&#237;a el planeta en un oc&#233;ano de disturbios e incertidumbre. Las grandes naciones se hab&#237;an tornado complacientes, los grandes ej&#233;rcitos estaban castrados. Por todo ello, la Sociedad pretend&#237;a fomentar una tensi&#243;n global constante y controlada a trav&#233;s de operaciones secretas, que a su vez le reportaban ingentes cantidades de dinero a sus miembros e inversores.

En los &#250;ltimos tiempos, el Director hab&#237;a intentado ampliar el papel y el alcance de la Sociedad, convirti&#233;ndola en un servicio de inteligencia para servicios de inteligencia, una unidad operativa ultrasecreta capaz de llevar a cabo las misiones que, por la raz&#243;n que fuera, los servicios leg&#237;timos consideraban demasiado arriesgadas o demasiado repugnantes.


El Director y su personal se hab&#237;an encargado de las medidas de seguridad. La villa se encontraba en la margen del peque&#241;o valle, rodeada de una valla electrificada. El desierto que la envolv&#237;a era una pedregosa tierra de nadie salpicada de c&#225;maras de vigilancia y detectores de movimiento. Agentes de seguridad de la Sociedad, todos ellos antiguos miembros del comando de &#233;lite brit&#225;nico, el SAS, patrullaban la propiedad. Perturbadores de radio emit&#237;an galimat&#237;as electr&#243;nicos para entorpecer la labor de posibles micr&#243;fonos de largo alcance. En las sesiones del consejo jam&#225;s se mencionaban los verdaderos nombres de los asistentes, de modo que cada miembro ten&#237;a un nombre en clave. Eran Rodin, Monet, Van Gogh, Rembrandt, Rothko, Miguel &#193;ngel y Picasso.

Pasaron el d&#237;a alrededor de la gran piscina, descansando al aire fresco y seco del desierto. Al atardecer tomaron unas copas en la amplia terraza de piedra, donde unas estufas de gas paliaban el fresco nocturno, y degustaron una sencilla cena a base de cusc&#250;s.

A medianoche, el Director abri&#243; la sesi&#243;n.


Durante casi una hora, el Director coment&#243; la situaci&#243;n econ&#243;mica de la Sociedad y defendi&#243; su decisi&#243;n de transformar la organizaci&#243;n de un mero catalizador de inestabilidad global en un ej&#233;rcito secreto a tiempo completo. S&#237;, se hab&#237;a apartado de los objetivos originales, pero en poco tiempo hab&#237;a conseguido llenar las arcas de la Sociedad con millones de d&#243;lares en capital operativo, dinero que esperaba ser utilizado.

Los miembros del consejo ejecutivo aplaudieron sus palabras con toda cortes&#237;a. A la mesa se sentaban traficantes de armas y fabricantes de sistemas de defensa que se enfrentaban a mercados menguantes, fabricantes de tecnolog&#237;a qu&#237;mica y nuclear que quer&#237;an vender su mercanc&#237;a a los ej&#233;rcitos del Tercer Mundo, jefes de inteligencia amenazados por presupuestos cada vez m&#225;s exiguos y una disminuci&#243;n peligrosa de su poder e influencia.

Durante la hora siguiente, el Director moder&#243; una mesa redonda sobre el estado de los conflictos del mundo. A decir verdad, el planeta no cooperaba. S&#237;, ten&#237;an alguna que otra guerra civil en &#193;frica, los eritreos y et&#237;opes volv&#237;an a tirarse de los pelos, y Sudam&#233;rica segu&#237;a estando madura para la explotaci&#243;n. Sin embargo, aunque complejo, el proceso de paz en Oriente Pr&#243;ximo no se hab&#237;a desmoronado por completo. Iran&#237;es y estadounidenses se planteaban la posibilidad de un acercamiento. Incluso los protestantes y los cat&#243;licos de Irlanda del Norte parec&#237;an estar dejando a un lado sus diferencias.

Tal vez haya llegado el momento de realizar algunas inversiones -sugiri&#243; el Director a modo de conclusi&#243;n mientras se miraba las manos-. Tal vez haya llegado el momento de reinvertir parte de nuestro capital en el negocio. Creo que todos y cada uno de nosotros debemos buscar nuevas oportunidades.

Una vez m&#225;s, los aplausos y el tintineo de los cubiertos contra la cristaler&#237;a lo interrumpi&#243;. Cuando el estruendo remiti&#243;, el Director declar&#243; abierto el debate.

Rembrandt, uno de los fabricantes de peque&#241;as armas m&#225;s importantes del mundo, carraspe&#243;.

Puede que podamos contribuir a avivar el fuego en Irlanda del Norte.

El Director enarc&#243; una ceja y se toc&#243; la costura del pantal&#243;n. Hab&#237;a tratado con Irlanda del Norte durante su estancia en el MI6. Al igual que la mayor parte de la comunidad de inteligencia y seguridad, consideraba al IRA un oponente digno, un ej&#233;rcito de guerrilleros profesionales y disciplinados. Los paramilitares protestantes ya eran harina de otro costal, en su mayor&#237;a g&#225;ngsters y delincuentes dedicados exclusivamente a aterrorizar a los cat&#243;licos. Pero ese nuevo grupo, la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, parec&#237;a distinto y lo ten&#237;a intrigado.

Irlanda del Norte nunca ha sido un conflicto demasiado lucrativo para mi sector -prosigui&#243; Rembrandt-, sencillamente porque siempre ha sido demasiado peque&#241;o. Lo que me preocupa es el mensaje que el acuerdo de paz env&#237;a al resto del mundo. Si los protestantes y los cat&#243;licos de Irlanda del Norte pueden aprender a convivir en paz tras cuatro siglos de conflictos cruentos, bueno, ya me entiende, Director.

De hecho, el mensaje ya est&#225; echando ra&#237;ces -corrobor&#243; Rodin, un alto cargo del servicio secreto franc&#233;s-. El grupo separatista vasco, ETA, ha anunciado un alto el fuego en Espa&#241;a. Dicen que su decisi&#243;n se ha inspirado en el proceso de paz de Irlanda del Norte.

&#191;Qu&#233; sugiere, Rembrandt? -pregunt&#243; el Director.

Que nos pongamos en contacto con la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster para ofrecerles nuestra ayuda -repuso Rembrandt-. Si hemos de guiarnos por el pasado, lo m&#225;s probable es que se trate de un grupo muy peque&#241;o con pocos recursos econ&#243;micos y un arsenal de armas y explosivos muy precario. Para continuar su campa&#241;a necesitar&#225;n un patrocinador.

A decir verdad, puede que ya tengamos una posibilidad -terci&#243; Monet.

El Director y Monet hab&#237;an trabajado juntos contra los guerrilleros palestinos que hab&#237;an convertido Londres en un campo de juegos terroristas durante los a&#241;os setenta. Monet era Ari Shamron, jefe de operaciones del servicio secreto israel&#237;, el Mossad.

El mes pasado, nuestros agentes de Beirut presentaron un informe sobre un hombre llamado Gavin Spencer, un norirland&#233;s que fue al L&#237;bano a comprar armas. De hecho, lleg&#243; a reunirse con uno de nuestros agentes, que se hizo pasar por traficante de armas.

&#191;Y le vendi&#243; armas a Spencer? -pregunt&#243; el Director con voz apacible.

Las negociaciones a&#250;n no han terminado -repuso Monet.

&#191;Ha compartido esta informaci&#243;n con sus hom&#243;logos brit&#225;nicos?

Monet deneg&#243; con la cabeza.

Quiz&#225;s deber&#237;a procurar que un env&#237;o de armas vaya a parar a manos de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -propuso el Director a Monet-. Podr&#237;a aprovechar sus contactos bancarios a fin de obtener una financiaci&#243;n generosa.

Creo que podr&#237;a hacerse sin excesiva dificultad, Director -convino Monet.

Estupendo. Todos los que est&#233;n a favor de entrar en contacto con la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, levanten la mano, por favor.

La aprobaci&#243;n fue un&#225;nime.

&#191;Alguna otra cuesti&#243;n antes de que pasemos al siguiente punto del orden del d&#237;a?

De nuevo fue Monet quien tom&#243; la palabra.

&#191;Podr&#237;a ponernos en antecedentes acerca de la evoluci&#243;n del caso Ahmed Hussein, Director?

Ahmed Hussein era un dirigente del grupo integrista isl&#225;mico Hamas y cerebro de diversos atentados con bomba perpetrados en Jerusal&#233;n y Tel Aviv. El Mossad lo quer&#237;a muerto, pero Monet no hab&#237;a querido encomendar su asesinato al equipo del servicio secreto israel&#237;. En septiembre de 1997, el Mossad hab&#237;a intentado matar a un hombre de Hamas llamado Jaled Meshal en Aman. La misi&#243;n hab&#237;a fracasado, y la polic&#237;a jordana hab&#237;a detenido a dos agentes del Mossad. En lugar de arriesgarse a sufrir otra derrota humillante, Monet hab&#237;a recurrido a la Sociedad para eliminar a Ahmed Hussein.

He asignado el trabajo al mismo agente que se encarg&#243; de Colin Yardley y Eric Stoltenberg despu&#233;s del asunto de TransAtlantic -explic&#243; el Director-. Est&#225; a punto de viajar a El Cairo, y estoy seguro de que dentro de pocos d&#237;as Ahmed Hussein estar&#225; muy muerto.

Excelente -exclam&#243; Monet-. De acuerdo con nuestro datos, el proceso de paz en Oriente Pr&#243;ximo no sobrevivir&#225; a otro golpe. Si la operaci&#243;n tiene &#233;xito, los territorios ocupados explotar&#225;n, y Arafat no tendr&#225; m&#225;s remedio que levantarse de la mesa de negociaci&#243;n. Conf&#237;o en que a finales de invierno el proceso de paz no sea m&#225;s que un mal recuerdo.

Una nueva salva de aplausos.

El siguiente punto del orden del d&#237;a se centra en nuestros esfuerzos por alimentar el conflicto entre India y Paquist&#225;n -prosigui&#243; el Director tras echar un vistazo a sus papeles-. Los paquistan&#237;es tienen ciertos problemas con sus misiles de alcance medio y nos han pedido ayuda para resolverlos.


La sesi&#243;n concluy&#243; al alba.

La miembro del consejo cuyo nombre en clave era Picasso cruz&#243; en un Range Rover conducido por un ch&#243;fer la llanura rosada que separa el Atlas de Marrakech. Picasso hab&#237;a entrado en Marruecos con un pasaporte falso en el que figuraba el nombre de Lisa Bancroft. El verdadero estaba guardado en la caja de seguridad de la habitaci&#243;n que ocupaba en el hotel de cinco estrellas Al-Mamounia. Al llegar a su habitaci&#243;n introdujo el c&#243;digo para abrir la caja. All&#237; estaba el pasaporte junto con un poco de dinero y algunas joyas.

Su avi&#243;n no sal&#237;a hasta al cabo de seis horas, lo que le daba tiempo de tomar un ba&#241;o y dormir una hora. Picasso vaci&#243; la caja de seguridad, se desvisti&#243;, se tumb&#243; en la cama, abri&#243; el pasaporte y mir&#243; la fotograf&#237;a.

Qu&#233; curioso, pens&#243;. No me parezco mucho a Picasso.



7

Shelter Island, Nueva York

El equipo de seguridad de la Casa Blanca lleg&#243; el s&#225;bado por la ma&#241;ana y reserv&#243; todas las habitaciones disponibles del Manhanset Inn, un ornamentado hotel Victoriano situado en los Heights con vistas al puerto. Los agentes pidieron cort&#233;smente a Jake Ashcroft, un analista financiero quemado que hab&#237;a adquirido el hotel con las bonificaciones de un solo a&#241;o de trabajo, que mantuviera el asunto en secreto. La visita del presidente era de car&#225;cter privado, explicaron, y no quer&#237;a llamar la atenci&#243;n. Sin embargo, Shelter Island es una isla, a fin de cuentas, con el hambre de chismorreos t&#237;picamente insular, por lo que a la hora del almuerzo, la mitad de sus habitantes ya sab&#237;a que el presidente ir&#237;a de visita.

A media tarde, Jake Ashcroft empezaba a pensar que aquello era una pesadilla. Hab&#237;an puesto su amado hotel patas arriba. El galardonado comedor hab&#237;a sido transformado en algo llamado centro de operaciones. Las hermosas mesas de roble hab&#237;an dado paso a espantosas mesas de banquete alquiladas cubiertas con manteles de pl&#225;stico blanco. Un equipo de la compa&#241;&#237;a telef&#243;nica hab&#237;a instalado cincuenta l&#237;neas telef&#243;nicas. Otra cuadrilla hab&#237;a vaciado el sal&#243;n de la chimenea para convertirlo en un centro de comunicaciones. Gruesos cables serpenteaban por las magn&#237;ficas estancias, y en el jard&#237;n delantero plantaron una antena parab&#243;lica port&#225;til.

Los equipos de las grandes cadenas de televisi&#243;n llegaron a primera hora de la ma&#241;ana, algunos de Nueva York y otros de Washington. Jake Ashcroft se enfureci&#243; tanto que acab&#243; encerr&#225;ndose en su habitaci&#243;n para sentarse en la posici&#243;n del loto y repetir la Plegaria de la Serenidad una y otra vez. Los productores eran seres de ojos lega&#241;osos y mal talante. Los c&#225;maras parec&#237;an pescadores de Greenport, corpulentos, barbudos y ataviados con ropa que parec&#237;a sacada de cualquier tienducha de segunda mano. Jugaron al p&#243;quer hasta pasada la medianoche y acabaron con toda la cerveza del bar.

Al despuntar el alba, los agentes del servicio secreto se dispersaron por toda la isla, instalaron puestos de vigilancia en ambos embarcaderos y puntos de control en todas las calles que conduc&#237;an a Cannon Point. Varios francotiradores tomaron posiciones en el tejado de la vieja casona, y pastores alemanes especializados en la detecci&#243;n de explosivos deambulaban por los jardines, aterrorizando a las ardillas y los ciervos. Los equipos televisivos tomaron por asalto el puerto deportivo de Coecles Harbor y alquilaron todas las embarcaciones que pudieron. Los precios se dispararon. Una pareja de guardacostas montaba guardia en el estrecho de Shelter Island. A las nueve y media, el autocar en el que viajaba el equipo de prensa de la Casa Blanca lleg&#243; al Manhanset Inn. Los periodistas entraron tambale&#225;ndose en el saqueado comedor de Jake Ashcroft como si de un grupo de refugiados se tratara.

Todo parec&#237;a listo poco despu&#233;s de las diez de la ma&#241;ana, cuando empez&#243; a o&#237;rse el amortiguado sonido de un helic&#243;ptero procedente de la bah&#237;a de Little Peconic. El d&#237;a hab&#237;a amanecido encapotado y h&#250;medo, pero a media ma&#241;ana el sol hab&#237;a disipado las nubes y el extremo oriental de Long Island centelleaba a la luz del brillante sol invernal. Una bandera estadounidense ondeaba al viento en Chequit Point. Sobre el tejado del club n&#225;utico de Shelter Island yac&#237;a una enorme pancarta en la que se le&#237;a Bienvenido presidente Beckwith para que el aludido pudiera verla cuando su helic&#243;ptero la sobrevolara. Un sinf&#237;n de lugare&#241;os flanqueaba Shore Road, y la banda del instituto local interpretaba una entusiasta aunque no demasiado acompasada versi&#243;n de Hail to the Chief.

El helic&#243;ptero Marine One sobrevol&#243; Nassau Point y Great Hog Neck. Vol&#243; bajo sobre las aguas de la bah&#237;a de Southold antes de pasar sobre Conkling Point. La muchedumbre congregada a lo largo de Shore Road divis&#243; por primera vez el helic&#243;ptero del presidente cuando sobrevolaba el estrecho de Shelter Island. Los equipos televisivos apostados en el agua apuntaron sus c&#225;maras al cielo y empezaron a filmar. Marine One pas&#243; por encima del puerto de Dering, provocando peque&#241;as olas con el golpeteo del rotor, y se pos&#243; sobre la hierba de Cannon Point.

Douglas Cannon lo esperaba junto a Elizabeth, Michael y sus dos perdigueros. Los perros echaron a correr en cuanto James y Anne Beckwith bajaron del helic&#243;ptero ataviados para el campo con pantalones planchados de color caqui y anoraks ingleses de color verde cazador.

Un peque&#241;o grupo de periodistas, el llamado n&#250;cleo duro, hab&#237;an recibido autorizaci&#243;n para presenciar la llegada presidencial desde el interior de la finca.

&#191;Cu&#225;l es el objetivo de su visita? -grit&#243; un vocinglero corresponsal de ABC News.

Pasar un d&#237;a en el campo con un viejo amigo -repuso el presidente con una sonrisa.

&#191;Ad&#243;nde ir&#225;n ahora?

A la iglesia -terci&#243; Douglas Cannon, avanzando un paso.

La primera dama, Anne Beckwith, o lady Anne Beckwith, como se la conoc&#237;a en los ambientes del chismorreo de Washington, qued&#243; visiblemente perpleja ante la respuesta del senador. Al igual que su esposo, era casi atea y detestaba la visita semanal a la iglesia episcopaliana de San Juan, donde se ve&#237;a obligada a aguantar una hora de plegarias masculladas y falsa reflexi&#243;n espiritual. Pero diez minutos m&#225;s tarde, una caravana improvisada recorr&#237;a Manhanset Road en direcci&#243;n a la iglesia de Santa Mar&#237;a. Al poco, los dos antiguos adversarios se sentaban juntos en el primer banco, Beckwith con su americana azul, Cannon enfundado en una ra&#237;da americana de tweed con agujeros en los codos, y empezaban a entonar Nuestro Se&#241;or es una fortaleza inexpugnable.

A mediod&#237;a, Beckwith y Cannon decidieron salir a navegar un rato pese a que la temperatura era de apenas cuatro grados y un fuerte viento barr&#237;a el estrecho de Shelter Island. Para consternaci&#243;n del servicio secreto, los dos hombres subieron a bordo del Athena y se pusieron en marcha.

Recorrieron el estrecho canal que separa Shelter Island y el extremo norte de Long Island e izaron velas cuando el Athena lleg&#243; a las aguas abiertas de la bah&#237;a de Gardiners. Los segu&#237;an un c&#250;ter de los guardacostas, dos balleneros atestados de agentes del servicio secreto y media docena de embarcaciones cargadas de periodistas. S&#243;lo se produjo un incidente cuando la Zodiac alquilada por la CNN hizo agua y se hundi&#243; frente a las rocas de Cornelius Point.


Muy bien, se&#241;or presidente -suspir&#243; Douglas Cannon-. Ahora que ya hemos proporcionado a los medios de comunicaci&#243;n muchas fotos bonitas, &#191;por qu&#233; no me cuenta de una vez de qu&#233; va todo esto?

Ligeramente ladeado hacia estribor, el Athena surcaba la bah&#237;a de Gardiners en direcci&#243;n a Plum Island por una amplia extensi&#243;n. Cannon llevaba el tim&#243;n, y Beckwith estaba sentado junto a la escalera de c&#225;mara.

Nunca hemos sido demasiado buenos amigos, se&#241;or presidente. De hecho, creo que el &#250;nico acto social al que hemos asistido juntos fue el funeral de mi mujer.

&#201;ramos competidores cuando est&#225;bamos en el Senado -coment&#243; Beckwith-, pero eso fue hace mucho tiempo. Y deja esa chorrada de presidente, Douglas. Hace demasiado tiempo que nos conocemos.

Nunca fuimos competidores, Jim. Desde el d&#237;a en que t&#250; y Anne llegasteis a Washington, ten&#237;as las miras puestas en la Casa Blanca, mientras que yo s&#243;lo quer&#237;a quedarme en el Senado y hacer leyes. Me gustaba ser legislador.

Y eras muy bueno, uno de los mejores de la historia.

Gracias, Jim -mascull&#243; Cannon antes de observar las velas con el entrecejo fruncido-. Ese foque orza un poco, se&#241;or presidente. &#191;Le importar&#237;a tirar de ese cabo?

Dejaron Orient Point a babor. Las sirenas de la costa aullaron en su honor. Plum Island se alzaba a proa. Cannon vir&#243; hacia el sur, en direcci&#243;n a Gardiners Island.

Quiero que trabajes para m&#237; -anunci&#243; Beckwith de sopet&#243;n-. Te necesito, el pa&#237;s te necesita.

&#191;Qu&#233; quieres que haga?

Quiero que vayas a Londres como embajador. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras una panda de delincuentes protestantes dan al traste con el proceso de paz. Necesito a un hombre fuerte en Londres ahora mismo, y Tony Blair tambi&#233;n.

Jim, tengo setenta y un a&#241;os, estoy jubilado y soy feliz.

Si la paz no prevalece en Irlanda del Norte, la violencia alcanzar&#225; niveles no vistos desde los setenta. No quiero cargar eso sobre mi conciencia, y me parece que t&#250; tampoco.

Pero &#191;por qu&#233; yo?

Porque eres un estadista americano respetado y distinguido. Porque tus antepasados proced&#237;an de Irlanda del Norte. Porque en tus declaraciones p&#250;blicas sobre el conflicto has sido igual de implacable con el IRA que con la mayor&#237;a protestante. Porque ambos bandos confiar&#225;n en que seas justo.

Beckwith se interrumpi&#243; y contempl&#243; el agua.

Y porque tu presidente te pide que hagas algo por tu pa&#237;s -prosigui&#243; al cabo de unos instantes-. Antes eso significaba algo en Washington, y creo que a&#250;n significa algo para ti, Douglas. No me obligues a ped&#237;rtelo otra vez.

Te olvidas de una cosa, Jim.

&#191;Te refieres al intento de asesinato contra tu yerno el a&#241;o pasado?

Y contra mi hija. Espero que una copia del memor&#225;ndum de Michael llegara al Despacho Oval. Michael cree que uno de tus benefactores m&#225;s importantes fue el responsable del atentado contra el vuelo 002 de TransAtlantic. Y a decir verdad, estoy de acuerdo con &#233;l.

Vi su informe -corrobor&#243; Beckwith con el entrecejo fruncido-. Michael era un buen agente, pero sus conclusiones son incorrectas. La insinuaci&#243;n de que un hombre como Mitchell Elliot tuvo algo que ver con el atentado contra ese avi&#243;n es absurda. Si creyera que guarda la menor relaci&#243;n con el asunto, utilizar&#237;a hasta el &#250;ltimo resquicio del poder que tengo para cerciorarme de que recibe su merecido. Pero no es cierto, Douglas. Fue la Espada de Gaza quien derrib&#243; ese avi&#243;n.

Si me nombras embajador, los peces gordos republicanos se subir&#225;n por las paredes. Londres siempre va a parar a manos de alg&#250;n benefactor importante.

Lo mejor de no jugarse la reelecci&#243;n, Douglas, es que me la suda lo que digan los peces gordos.

&#191;Y qu&#233; me dices del proceso de ratificaci&#243;n?

Te las arreglar&#225;s.

Yo no estar&#237;a tan seguro. El Senado ha cambiado desde que nos fuimos. Tu partido meti&#243; a un mont&#243;n de j&#243;venes agresivos, y tengo la sensaci&#243;n de que quieren echarlo abajo.

Yo me encargar&#233; de ellos.

No quiero que acaben conmigo s&#243;lo porque he fumado hierba algunas veces. Por el amor de Dios, era profesor universitario en Nueva York durante los sesenta y los setenta. Todo el mundo fumaba hierba.

Yo no.

Eso lo explica todo.

Beckwith lanz&#243; una carcajada.

Hablar&#233; personalmente con el responsable republicano de Relaciones Internacionales; le dir&#233; a las claras que tu nombramiento debe obtener el apoyo un&#225;nime del sector republicano. Y as&#237; ser&#225;.

Cannon fingi&#243; que sopesaba el asunto con todo cuidado, pero ambos sab&#237;an que ya hab&#237;a tomado una decisi&#243;n.

Necesito tiempo. Tengo que hablar con Elizabeth y Michael. Tengo dos nietos, y trasladarme a Londres a estas alturas de mi vida no es algo que pueda hacer as&#237; sin m&#225;s.

T&#243;mate todo el tiempo que necesites, Douglas.

Cannon mir&#243; por encima del hombro la marabunta de embarcaciones que les pisaban los talones.

Ese c&#250;ter de los guardacostas me habr&#237;a venido de perlas hace un par de a&#241;os.

Ah, s&#237; -exclam&#243; el presidente-. Me enter&#233; de la peque&#241;a cat&#225;strofe marina que sufriste en Montauk Light. La verdad, no entiendo c&#243;mo es posible que un marino de tu experiencia se dejara sorprender de aquella forma por el temporal.

&#161;Fue una tormenta de verano imprevisible!

No existen las tormentas de verano imprevisibles. Deber&#237;as haber observado el cielo y escuchado la radio. &#191;D&#243;nde aprendiste a navegar?

Estaba atento al parte meteorol&#243;gico. Fue una tormenta imprevisible.

Y una mierda. Debi&#243; de ser por toda esa hierba que te fumaste en los sesenta.

Los dos hombres se echaron a re&#237;r.

Ser&#225; mejor que volvamos -propuso Cannon-. Preparado para virar, se&#241;or presidente.


Quiere que vaya a Londres para sustituir a Edward Hathaway como embajador -anunci&#243; Cannon al volver de la bodega con una polvorienta botella de Burdeos.

El presidente y la primera dama se hab&#237;an ido. Los ni&#241;os dorm&#237;an arriba. Michael y Elizabeth estaban arrellanados en los mullidos sof&#225;s que flanqueaban la chimenea. Cannon abri&#243; el vino y sirvi&#243; tres copas.

&#191;Y qu&#233; le has contestado? -quiso saber Elizabeth.

Que ten&#237;a que comentarlo con mi familia.

&#191;Por qu&#233; t&#250;? -pregunt&#243; Michael-. James Beckwith y Douglas Cannon nunca han sido lo que se dice buenos amigos.

Cannon repiti&#243; las razones de Beckwith.

Beckwith tiene raz&#243;n -admiti&#243; Michael-. Has machacado a todas las partes por su conducta, al IRA, a los paramilitares protestantes y a los brit&#225;nicos. Y tambi&#233;n inspiras respeto por haber sido senador; eso te convierte en el hombre ideal para la embajada de Londres ahora mismo.

Pero tambi&#233;n tiene setenta y un a&#241;os, est&#225; jubilado y es abuelo de dos ni&#241;os reci&#233;n nacidos -protest&#243; Elizabeth con el entrecejo fruncido-. No es el momento de ir a Londres para hacer de embajador.

Cualquiera le dice que no al presidente -suspir&#243; Cannon.

El presidente deber&#237;a haberlo tenido en cuenta antes de pedirte semejante cosa -insisti&#243; Elizabeth-. Adem&#225;s, Londres siempre ha sido un cargo pol&#237;tico. Que nombre a uno de sus benefactores.

Blair ha pedido a Beckwith que no haga un nombramiento pol&#237;tico. Quiere a un diplom&#225;tico de carrera o a un pol&#237;tico de prestigio, como tu padre -replic&#243; Cannon a la defensiva.

Se acerc&#243; al fuego y removi&#243; las brasas con el atizador.

Tienes raz&#243;n, Elizabeth -reconoci&#243; con la mirada fija en las llamas-. Tengo setenta y un a&#241;os, probablemente soy demasiado viejo para aceptar un cargo tan complejo. Pero el presidente me lo ha pedido y, maldita sea, quiero hacerlo. No es f&#225;cil vivir apartado del bullicio. Si puedo contribuir a llevar la paz a Irlanda del Norte, en comparaci&#243;n todo lo que consegu&#237; en el Congreso parecer&#225; insignificante.

Da la sensaci&#243;n de que ya has tomado una decisi&#243;n, pap&#225;.

As&#237; es, pero quiero tu bendici&#243;n.

&#191;Qu&#233; me dices de tus nietos?

Mis nietos no me distinguir&#225;n de los perros durante los pr&#243;ximos seis meses.

Debes tener en cuenta otra cosa, Douglas -intervino Michael-. Hace menos de un mes, una nueva organizaci&#243;n terrorista protestante puso de manifiesto su disposici&#243;n y capacidad de atacar objetivos de alto perfil.

Soy consciente de que el trabajo no est&#225; exento de riesgos, y la verdad es que me gustar&#237;a conocer la naturaleza de la amenaza. Por eso querr&#237;a contar con una opini&#243;n fiable.

&#191;A qu&#233; te refieres, pap&#225;?

A que mi yerno trabajaba hasta hace poco en la CIA, infiltr&#225;ndose en grupos terroristas. Sabe mucho del asunto y tiene buenos contactos. Me gustar&#237;a que los utilizara para averiguar a qu&#233; me enfrento.

Ir&#233; un par de d&#237;as a Londres -propuso Michael-. Un viajecito de nada.

Elizabeth encendi&#243; un cigarrillo y exhal&#243; el humo ruidosamente.

Ya; recuerdo perfectamente la &#250;ltima vez que dijiste eso.



8

Mikonos  El Cairo

La villa blanqueada se adher&#237;a al acantilado de cabo Mavros, en la boca de la bah&#237;a de Panormos. Llevaba cinco a&#241;os desocupada con la excepci&#243;n de un grupo de j&#243;venes agentes de Bolsa brit&#225;nicos borrachos que la alquilaban cada verano. Los antiguos propietarios, un novelista estadounidense y su despampanante esposa mexicana, hab&#237;an decidido huir del sempiterno viento, dejando la finca en manos de Stavros, el agente de la propiedad inmobiliaria m&#225;s importante del norte de Mikonos antes de instalarse en la Toscana.

Al franc&#233;s Delaroche (al menos eso cre&#237;a Stavros) no parec&#237;a importarle el viento. Hab&#237;a llegado a Mikonos el invierno anterior con la mano derecha envuelta en un pesado vendaje y comprado la villa tras una inspecci&#243;n de cinco minutos. Aquella noche, Stavros celebr&#243; su buena suerte con incontables rondas de vino y ouzo (en honor del franc&#233;s, por supuesto) para los parroquianos de la taberna de Ano Mera. A partir de ese d&#237;a, el enigm&#225;tico monsieur Delaroche se convirti&#243; en el hombre m&#225;s popular de la zona septentrional de Mikonos pese a que nadie hab&#237;a visto su rostro salvo Stavros.

Unas semanas despu&#233;s de su llegada, los habitantes de Mikonos empezaron a preguntarse a qu&#233; se dedicar&#237;a el franc&#233;s. Pintaba como los &#225;ngeles, pero cuando Stavros se ofreci&#243; a organizarle una exposici&#243;n en la galer&#237;a de un amigo en Chora, el franc&#233;s declar&#243; que nunca vend&#237;a sus obras. Montaba en bicicleta como un diablo, pero cuando Kristos, el due&#241;o de la taberna de Ano Mera, intent&#243; reclutarle para la pe&#241;a ciclista local, el franc&#233;s repuso que prefer&#237;a montar solo. Algunos especulaban que hab&#237;a nacido rico, pero se encargaba personalmente de todas las reparaciones de la villa y era conocido por su frugalidad en las tiendas del lugar. No recib&#237;a visitas, no daba fiestas ni ten&#237;a amigas, si bien muchas j&#243;venes de Mikonos le habr&#237;an ofrecido sus servicios de buena gana. Llevaba una vida regular como un reloj suizo. Montaba su bicicleta de carreras italiana, pintaba y se ocupaba de la finca barrida por el viento. Casi todos los d&#237;as, al atardecer, pod&#237;a v&#233;rsele sentado sobre las rocas en Linos, con la mirada perdida en el mar. Seg&#250;n la mitolog&#237;a, fue all&#237; donde Poseid&#243;n hab&#237;a destruido a Ayax el Peque&#241;o por la violaci&#243;n de Casandra.


Delaroche hab&#237;a pasado el d&#237;a pintando en Siros. Aquella noche, cuando el sol se hund&#237;a en el mar, regres&#243; a Mikonos en el transbordador. Estaba en cubierta fumando un cigarrillo cuando la embarcaci&#243;n entr&#243; en la bah&#237;a de Korfos y atrac&#243; en Chora. Esper&#243; a que todo el mundo desembarcara antes de ponerse en marcha.

Hab&#237;a comprado un Volvo familiar de ocasi&#243;n para los d&#237;as fr&#237;os o lluviosos en que no pudiera usar la bicicleta. El Volvo aguardaba en un aparcamiento desierto en la terminal del transbordador. Delaroche abri&#243; la portezuela trasera y dej&#243; sus cosas sobre el asiento posterior: una maleta plana que conten&#237;a los lienzos y la paleta, y una caja m&#225;s peque&#241;a en la que guardaba las pinturas y los pinceles. Acto seguido subi&#243; al veh&#237;culo y arranc&#243;.

El trayecto hasta cabo Mavros dur&#243; tan s&#243;lo unos minutos. Mikonos es una isla peque&#241;a, de unos quince kil&#243;metros por diez, y hab&#237;a poco trafico a causa de la estaci&#243;n. El paisaje lunar quedaba iluminado por el cono amarillo de los faros. Era un panorama desprovisto de &#225;rboles, yermo, superficies agrestes suavizadas por milenios de presencia humana.

Delaroche enfil&#243; el sendero de grava que conduc&#237;a a la villa, par&#243;, se ape&#243; del coche y se apoy&#243; contra la portezuela para poder cerrarla pese al viento. Las crestas de las olas reluc&#237;an en la bah&#237;a de Panormos y en el mar J&#243;nico que se abr&#237;a m&#225;s all&#225;. Delaroche recorri&#243; el corto camino de acceso que llevaba a la puerta principal e introdujo la llave en la cerradura. Antes de abrir la puerta, sac&#243; una Beretta autom&#225;tica de la sobaquera que llevaba bajo la cazadora de cuero. La alarma canturre&#243; suavemente cuando entr&#243;. Desactiv&#243; el sistema, encendi&#243; las luces y recorri&#243; toda la casa, habitaci&#243;n por habitaci&#243;n, hasta asegurarse de que no hab&#237;a nadie.

Pintar todo el d&#237;a le hab&#237;a abierto el apetito, de modo que fue a la cocina, se prepar&#243; una tortilla de cebolla, champi&#241;ones y queso, un plato de jam&#243;n de Parma, pimientos griegos asados y pan frito en aceite de oliva y ajo.

Llev&#243; la comida a la r&#250;stica mesa de madera del comedor, encendi&#243; el ordenador port&#225;til, accedi&#243; a Internet y ley&#243; varios peri&#243;dicos mientras com&#237;a. En la casa reinaba el silencio s&#243;lo quebrado por los golpes del viento contra las ventanas que daban al mar.

Al acabar mir&#243; el correo electr&#243;nico. Ten&#237;a un mensaje, pero al abrirlo no vio m&#225;s que un galimat&#237;as de caracteres sin sentido. Tecle&#243; su contrase&#241;a, y el galimat&#237;as se transform&#243; en texto normal. Delaroche revis&#243; el dossier de su pr&#243;ximo objetivo.


Jean-Paul Delaroche hab&#237;a vivido casi toda la vida en Francia, pero no era franc&#233;s. Bajo el nombre en clave de Octubre, Delaroche hab&#237;a trabajado como asesino profesional para el KGB. Hab&#237;a vivido y operado de forma exclusiva en Europa occidental y Oriente Pr&#243;ximo, con una misi&#243;n bien sencilla, la de sembrar el caos en la OTAN alimentando la tensi&#243;n dentro de las fronteras de sus Estados miembros. Cuando la Uni&#243;n Sovi&#233;tica se vino abajo, los hombres como Delaroche no fueron a parar al sucesor m&#225;s presentable del KGB, el Servicio de Inteligencia Exterior; Delaroche se pas&#243; al sector privado y no tard&#243; en convertirse en el asesino a sueldo m&#225;s cotizado del mundo. En la actualidad trabajaba para una sola persona, un hombre al que s&#243;lo conoc&#237;a por el nombre de Director, quien le pagaba por sus servicios un mill&#243;n de d&#243;lares anuales.

Al d&#237;a siguiente, la bruma marina se cern&#237;a sobre los acantilados mientras Delaroche conduc&#237;a un peque&#241;o ciclomotor italiano por la estrecha carretera que dominaba la bah&#237;a de Panormos. En la taberna de Ano Mera dio cuenta de un almuerzo a base de pescado, arroz, pan y ensalada aderezada con aceite de oliva y huevo duro picado. Despu&#233;s de comer atraves&#243; el pueblo en direcci&#243;n al mercado. All&#237; compr&#243; varios melones y los guard&#243; en un gran saco de papel, que sostuvo entre las piernas mientras conduc&#237;a hasta un paraje desierto en las colinas yermas que se alzaban sobre la bah&#237;a de Merdias.

Delaroche detuvo el ciclomotor junto a un pe&#241;asco. Sac&#243; un mel&#243;n del saco, lo coloc&#243; sobre un saliente de la roca a la altura de su cabeza, sac&#243; otros tres melones y los situ&#243; por el sendero a intervalos de unos veinte metros. La Beretta aguardaba en la sobaquera bajo su brazo izquierdo. Delaroche condujo unos doscientos metros por el camino, par&#243; y dio media vuelta. Meti&#243; la mano en el bolsillo de la cazadora y sac&#243; un par de guantes de cuero negro. Un a&#241;o antes, durante su &#250;ltima misi&#243;n, el hombre al que deb&#237;a matar le hab&#237;a disparado en la mano derecha. Fue la &#250;nica vez que Delaroche incumpli&#243; su tarea. El balazo le hab&#237;a dejado una fea cicatriz fruncida. Pod&#237;a hacer muchas cosas con su aspecto, tales como dejarse barba, llevar gafas de sol o sombrero, te&#241;irse el pelo, pero no pod&#237;a hacer nada con la cicatriz, salvo ocultarla.

De repente dio todo el gas que pudo y sali&#243; disparado por el camino, levantando tras de s&#237; una enorme polvareda. Con gran destreza se abri&#243; paso por entre los obst&#225;culos, meti&#243; la mano derecha bajo el brazo izquierdo, sac&#243; el arma y apunt&#243; al blanco que se acercaba. Al pasar efectu&#243; tres disparos.

Delaroche se detuvo y dio la vuelta para inspeccionar el mel&#243;n.

Ninguno de los tres disparos hab&#237;a dado en el blanco.

Delaroche mascull&#243; un juramento y reprodujo mentalmente la escena en un intento de descubrir por qu&#233; hab&#237;a fallado. Se mir&#243; las manos. Nunca hab&#237;a llevado guantes y no le gustaba la sensaci&#243;n; restaban sensibilidad a la mano con que disparaba, y le costaba sentir el gatillo contra el &#237;ndice. Se quit&#243; los guantes, enfund&#243; la Beretta, regres&#243; al punto de partida y dio media vuelta.

Volvi&#243; a dar gas y serpente&#243; de nuevo entre los melones. Sac&#243; la Beretta y dispar&#243; de nuevo contra el blanco al pasar. El mel&#243;n se desintegr&#243; en un destello amarillo.

Delaroche se alej&#243;.


Ahmed Hussein viv&#237;a en un bloque chato de cuatro pisos en Ma'adi, un polvoriento suburbio a orillas del Nilo, unos cuantos kil&#243;metros al sur del centro de El Cairo. Hussein era bajo, pues apenas med&#237;a un metro sesenta y cinco, y de constituci&#243;n menuda. Llevaba el pelo muy corto y la barba desali&#241;ada, como mandaban los c&#225;nones de su religi&#243;n. Siempre com&#237;a y recib&#237;a visitas en casa, y s&#243;lo se aventuraba a salir para ir a la mezquita que hab&#237;a enfrente de su casa a rezar cinco veces al d&#237;a. En ocasiones entraba en el caf&#233; situado junto a la mezquita para tomar un t&#233;, pero por lo general, su ej&#233;rcito de guardaespaldas aficionados insist&#237;an en que volviera derecho al piso. A veces, todos se agolpaban en un Fiat azul marino para efectuar el corto trayecto hasta la mezquita, pero otras veces iban a pie. Todo ello figuraba en el dossier.

Delaroche emprendi&#243; el viaje tres d&#237;as m&#225;s tarde, una ma&#241;ana nublada y sin viento. Tom&#243; el caf&#233; en su terraza con vistas al cabo Mavros, rodeado por el mar sereno, luego fue a Chora en el Volvo y lo dej&#243; en un aparcamiento. Podr&#237;a haber volado directamente a Atenas, pero decidi&#243; tomar el transbordador hasta Paros y volar desde all&#237;. No ten&#237;a prisa y adem&#225;s quer&#237;a comprobar si lo segu&#237;an. Mientras la embarcaci&#243;n sal&#237;a de la bah&#237;a de Korfos y pasaba junto a la peque&#241;a isla de Delos, Delaroche se pase&#243; por las cubiertas y escudri&#241;&#243; los rostros de los dem&#225;s pasajeros, grab&#225;ndoselos en la memoria.

Una vez en Paros, Delaroche tom&#243; un taxi en el mismo embarcadero y se dirigi&#243; al aeropuerto. Remolone&#243; en una centralita telef&#243;nica, un quiosco y un caf&#233; mientras estudiaba las caras que lo rodeaban. Por fin subi&#243; a un avi&#243;n rumbo a Atenas; ninguno de los pasajeros del transbordador viajaba en el aparato. Delaroche se reclin&#243; en el asiento y disfrut&#243; del breve vuelo mientras contemplaba el mar invernal por la ventanilla.

Pas&#243; la tarde en Atenas, visitando los monumentos ancestrales, y por la noche tom&#243; un avi&#243;n a Roma. Una vez all&#237; se registr&#243; en un hotelito situado junto a la Via V&#233;neto bajo el nombre de Karel van der Stadt y empez&#243; a hablar ingl&#233;s con acento holand&#233;s.

En Roma hac&#237;a fr&#237;o y llov&#237;a, pero ten&#237;a hambre, de modo que camin&#243; a buen paso hasta un buen restaurante que conoc&#237;a en Via Borghese. Los camareros le llevaron vino tinto y un sinf&#237;n de entrantes: tomate con mozzarella, berenjena asada, pimientos marinados en aceite de oliva y especias, tortilla y jam&#243;n.

&#191;Carne o pescado? -le pregunt&#243; el camarero cuando acab&#243;.

Delaroche comi&#243; lubina con patatas hervidas.

Despu&#233;s de cenar volvi&#243; al hotel, se sent&#243; al peque&#241;o escritorio de su habitaci&#243;n y encendi&#243; el port&#225;til. Accedi&#243; a Internet y carg&#243; un archivo codificado. A continuaci&#243;n tecle&#243; su contrase&#241;a y de nuevo el galimat&#237;as se convirti&#243; en texto inteligible. El nuevo fichero era un informe actualizado de las actividades de Ahmed Hussein en El Cairo. Delaroche hab&#237;a trabajado para un servicio secreto profesional y reconoc&#237;a un buen trabajo de campo cuando lo ve&#237;a. A Hussein lo vigilaba un equipo de primera categor&#237;a, con toda probabilidad el Mossad.

A la ma&#241;ana siguiente, Delaroche fue en taxi al aeropuerto Leonardo da Vinci y cogi&#243; el primer vuelo de la tarde de Egypt Air con destino a El Cairo. Se registr&#243; en un peque&#241;o hotel del centro de la ciudad y se puso ropa m&#225;s ligera. A &#250;ltima hora de la tarde tom&#243; un taxi para ir a Ma'adi. El conductor se abri&#243; paso por entre ciclistas y carros tirados por burros mientras el sol poniente te&#241;&#237;a el Nilo de dorado.

Al anochecer, Delaroche tomaba t&#233; dulce y pastas en el caf&#233; situado frente al piso eje Ahmed Hussein. El muec&#237;n llam&#243; a la oraci&#243;n vespertina, y los fieles se dirigieron a la mezquita, entre ellos Ahmed Hussein, flanqueado por su variopinto grupo de guardaespaldas. Delaroche observ&#243; a Hussein detenidamente, pidi&#243; m&#225;s t&#233; y planific&#243; el asesinato del d&#237;a siguiente.


Al d&#237;a siguiente, Delaroche almorz&#243; en la soleada terraza del caf&#233; del Nile Hilton. En un momento dado localiz&#243; al hombre rubio de las gafas de sol, sentado solo entre los turistas y egipcios ricos con una botella grande de cerveza Stella y un vaso medio vac&#237;o. Junto a &#233;l, sobre una silla, descansaba un delgado malet&#237;n. Delaroche se acerc&#243; a su mesa.

&#191;Le importa si me siento con usted? -pregunt&#243; en ingl&#233;s con acento holand&#233;s.

La verdad es que ya me iba -repuso el hombre al tiempo que se levantaba.

Delaroche se sent&#243; y pidi&#243; el almuerzo antes de poner el malet&#237;n en el suelo junto a sus pies.


Despu&#233;s de comer, Delaroche rob&#243; un ciclomotor. Estaba aparcado delante del Nile Hilton, en la locura de Tahrir Square, y le llev&#243; apenas unos segundos forzar el arranque y ponerlo en marcha. Era de color azul marino, aparec&#237;a cubierto por una fina capa de polvo cairota y por lo visto funcionaba a la perfecci&#243;n. Incluso ten&#237;a un casco con visera oscura.

Delaroche condujo hacia el sur por la zona de Garden City, pasando por delante de la fortificada embajada estadounidense y varias mansiones destartaladas, triste recuerdo de un pasado grandioso. El contenido del malet&#237;n, una Beretta autom&#225;tica de nueve mil&#237;metros con silenciador, descansaba ahora en una sobaquera bajo su brazo izquierdo. Recorri&#243; un callej&#243;n estrecho que discurr&#237;a tras el viejo hotel Shepheard, dobl&#243; por la Corniche y condujo hacia el sur a lo largo de la orilla del Nilo.

Lleg&#243; a Ma'adi al ponerse el sol. Se detuvo a esperar a unos doscientos metros de la mezquita, comprando pan y limas a un peque&#241;o campesino sin quitarse el casco. Al cabo de un rato, la voz amplificada del muec&#237;n reson&#243; por todo el vecindario:

		Dios es el m&#225;s grande.
		Testifico que no hay m&#225;s dios que Dios
		y Muhammad es su profeta.
		Venid a rezar.

Delaroche vio a Ahmed Hussein salir del bloque de pisos rodeado de guardaespaldas. El hombre cruz&#243; la calle y entr&#243; en la mezquita. Delaroche dio al muchacho algunas piastras arrugadas en pago del pan y las limas, subi&#243; al ciclomotor y puso en marcha el motor.

Seg&#250;n los informes, Ahmed Hussein siempre permanec&#237;a al menos diez minutos en la mezquita. Delaroche recorri&#243; media manzana y se detuvo ante un quiosco. Con toda la calma del mundo compr&#243; un paquete de cigarrillos egipcios, unos caramelos y maquinillas de afeitar, art&#237;culos que guard&#243; en la bolsa que conten&#237;a el pan y las limas.

Los fieles empezaban a salir de la mezquita.

Delaroche puso en marcha el motor.

Ahmed Hussein y sus guardaespaldas salieron de la mezquita al anochecer rosado.

Delaroche dio gas, y el ciclomotor se abalanz&#243; hacia adelante. Recorri&#243; la calle polvorienta a toda velocidad, abri&#233;ndose paso entre peatones y coches lentos tal como hab&#237;a practicado en la bah&#237;a de Merdias, y detuvo el veh&#237;culo con un derrape ante la mezquita. Percibiendo el peligro, los guardaespaldas estrecharon el cerco en torno a su hombre.

Delaroche meti&#243; la mano bajo la chaqueta y sac&#243; la Beretta.

Apunt&#243; al rostro de Hussein, luego baj&#243; el arma unos cent&#237;metros y apret&#243; el gatillo tres veces. Los tres disparos alcanzaron a Ahmed Hussein en el pecho.

Dos de los cuatro guardaespaldas estaban sacando las armas que llevaban ocultas bajo la ropa. Delaroche dispar&#243; a uno en el coraz&#243;n y al otro en el cuello. Los otros dos se arrojaron al suelo junto a los cad&#225;veres. Delaroche volvi&#243; a dar gas y se alej&#243;.

Se perdi&#243; en los atestados arrabales del sur de El Cairo, abandon&#243; la moto en un callej&#243;n y tir&#243; la Beretta a una alcantarilla. Dos horas m&#225;s tarde embarcaba en un avi&#243;n de Alitalia con destino a Roma.



9

Londres

&#191;Cu&#225;nto tiempo permanecer&#225; en el Reino Unido? -pregunt&#243; en tono neutro el agente de control de pasaportes.

S&#243;lo un d&#237;a.

Michael Osbourne le alarg&#243; el pasaporte, en el que figuraba su verdadero nombre porque la Agencia le hab&#237;a quitado los pasaportes falsos al retirarse, al menos aquellos cuya existencia conoc&#237;an. A lo largo de los a&#241;os, varios servicios de inteligencia amigos le hab&#237;an proporcionado pasaportes por cortes&#237;a profesional. Pod&#237;a viajar como espa&#241;ol, italiano, israel&#237; o franc&#233;s. Incluso hab&#237;a obtenido un pasaporte egipcio de un agente del servicio secreto de ese pa&#237;s, lo cual le permit&#237;a entrar en ciertos pa&#237;ses de Oriente Pr&#243;ximo como &#225;rabe en lugar de como forastero. Ning&#250;n servicio de inteligencia le hab&#237;a reclamado el pasaporte tras su salida del mundo secreto, y Michael los guardaba bajo llave en la caja fuerte que Douglas Cannon ten&#237;a en la casa de Shelter Island.

La inspecci&#243;n de su pasaporte tardaba m&#225;s de lo habitual. A todas luces, los servicios de seguridad brit&#225;nicos le hab&#237;an echado el ojo. La &#250;ltima vez que viaj&#243; a Inglaterra se vio atrapado en el atentado de la Espada de Gaza contra el aeropuerto de Heathrow. Asimismo hab&#237;a celebrado una reuni&#243;n no autorizada con un hombre llamado Ivan Drozdov, un desertor del KGB al cuidado del MI6 que fue asesinado esa misma tarde.

&#191;A qu&#233; parte del Reino Unido va? -pregunt&#243; el funcionario con voz mon&#243;tona mientras le&#237;a algo en la peque&#241;a pantalla del ordenador que ten&#237;a frente a &#233;l.

A Londres -repuso Michael.

&#191;D&#243;nde se alojar&#225;, se&#241;or Osbourne?

Michael dio al agente la direcci&#243;n de un hotel en Knightsbridge, que el hombre apunt&#243; diligentemente. Michael sab&#237;a que dar&#237;a la direcci&#243;n a su supervisor, quien a su vez se la har&#237;a saber al servicio de seguridad brit&#225;nico, el MI5.

&#191;Tiene habitaci&#243;n reservada, se&#241;or Osbourne?

S&#237;.

&#191;A su nombre?

S&#237;.

El agente le devolvi&#243; el pasaporte. -Disfrute de su estancia.

Michael cogi&#243; la maleta, atraves&#243; la aduana y sali&#243; al vest&#237;bulo. Hab&#237;a llamado a su antiguo servicio de transporte desde el avi&#243;n. Pase&#243; la mirada entre la gente que esperaba en busca de su conductor e, instintivamente, de cualquier indicio de que lo vigilaran: un rostro que le resultara familiar, una figura que pareciera fuera de lugar, unos ojos que lo observaran.

Divis&#243; a un ch&#243;fer menudo ataviado con traje oscuro que sosten&#237;a en alto un r&#243;tulo con el nombre Sr. Stafford. Michael cruz&#243; el vest&#237;bulo.

Vamos.

&#191;Le llevo la maleta, se&#241;or?

No, gracias.


Michael se reclin&#243; en el asiento trasero mientras el Rover de tres vol&#250;menes avanzaba a paso de tortuga por el denso tr&#225;fico matutino en direcci&#243;n al West End. La autopista hab&#237;a dado paso a las fachadas eduardianas de los hoteles que ribeteaban Cromwell Road. Michael conoc&#237;a Londres como la palma de su mano, pues hab&#237;a vivido en un piso de Chelsea durante m&#225;s de diez a&#241;os cuando era agente de campo. Casi todos los agentes de la CIA destinados en el extranjero trabajaban en embajadas, ocupando puestos diplom&#225;ticos como tapadera. Sin embargo, Michael hab&#237;a trabajado en el antiterrorismo, reclutando y supervisando agentes en los parajes terroristas de Europa y Oriente Pr&#243;ximo. Semejante destino resultaba casi imposible con una tapadera diplom&#225;tica, as&#237; que Michael hab&#237;a operado como TNO, lo que en la jerga de la Agencia significaba tapadera no oficial. Fing&#237;a ser comercial de una compa&#241;&#237;a que dise&#241;aba sistemas inform&#225;ticos para empresas. La empresa era una tapadera de la CIA, y el empleo permit&#237;a a Michael viajar por toda Europa y Oriente Pr&#243;ximo sin despertar sospechas.

El agente de control de Michael, Adrian Carter, sol&#237;a decir que si exist&#237;a un hombre nacido y hecho para espiar, &#233;se era Michael Osbourne. Su padre hab&#237;a trabajado para el OSS durante la guerra para luego ingresar en el servicio clandestino de su sucesora, la CIA. Michael y su madre, Alexandra, lo siguieron de destino en destino, a Roma, Beirut, Atenas, Belgrado y Madrid, con breves estancias intercaladas en la central. Mientras su padre supervisaba esp&#237;as rusos, Michael y su madre se dedicaban a absorber lenguas y culturas. El cabello y la piel oscuros de Michael le permit&#237;an hacerse pasar por italiano, espa&#241;ol o incluso cierto tipo de &#225;rabe libanes. Se pon&#237;a a prueba en mercados y caf&#233;s para comprobar cu&#225;nto tiempo pod&#237;a pasar sin que descubrieran que era extranjero. Hablaba italiano con acento romano y espa&#241;ol con acento madrile&#241;o. El griego le costaba un poco, pero dominaba el &#225;rabe con tal maestr&#237;a que los tenderos del zoco de Beirut lo tomaban por libanes y no lo estafaban.

El coche lleg&#243; al hotel. Michael pag&#243; al conductor y se ape&#243;. Era un hotel peque&#241;o sin portero ni conserje, tan s&#243;lo una guapa joven polaca tras un mostrador de roble con las llaves de las habitaciones colgadas de ganchos tras ella. Michael se inscribi&#243; y pidi&#243; que lo despertaran a las dos de la tarde.

La jubilaci&#243;n no lo hab&#237;a despojado de una saludable dosis de paranoia profesional. Pas&#243; cinco minutos inspeccionando la habitaci&#243;n, dando la vuelta a las l&#225;mparas, abriendo puertas de armarios, desmontando el tel&#233;fono antes de volverlo a montar con cuidado. Era un ritual repetido en mil habitaciones de hotel de mil ciudades distintas. S&#243;lo una vez hab&#237;a encontrado un micr&#243;fono, una pieza de museo sovi&#233;tica adherida chapuceramente al auricular del tel&#233;fono en un hotel de Damasco.

Esta vez no encontr&#243; nada. Encendi&#243; el televisor y mir&#243; las noticias matinales de la BBC. La ministra para Irlanda del Norte, Mo Mowlam, ha jurado que jam&#225;s permitir&#225; al nuevo grupo paramilitar protestante, la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, destruir el acuerdo de paz de Viernes Santo. Se ha puesto en contacto con el jefe de polic&#237;a del Ulster, Ronnie Flanagan, a fin de pedirle que redoble sus esfuerzos para capturar a los cabecillas de la banda terrorista. Michael apag&#243; el televisor y cerr&#243; los ojos sin quitarse la ropa que hab&#237;a llevado en el vuelo. Al poco se sumi&#243; en un sue&#241;o inquieto, forcejeando con el cobertor y sudando hasta que el timbre del tel&#233;fono lo despert&#243;. Por un instante crey&#243; haber ido a parar al otro lado del Tel&#243;n de Acero, pero s&#243;lo era la rubia polaca de recepci&#243;n, que lo llamaba para comunicarle que eran las dos.

Pidi&#243; caf&#233;, se duch&#243;, se puso vaqueros, zapatos c&#243;modos, jersey de cuello de cisne negro y americana azul. Acto seguido colg&#243; en la puerta el cartel de no molestar y dej&#243; una pista en la jamba.

Fuera, el cielo ten&#237;a el color de la p&#243;lvora, y un viento fr&#237;o zarandeaba los &#225;rboles de Hyde Park. Se subi&#243; el cuello del abrigo, se anud&#243; la bufanda al cuello y ech&#243; a andar, primero por Knightsbridge y luego por Brompton Road. All&#237; detect&#243; a la primera sombra, un hombre medio calvo, de cuarenta y tantos a&#241;os, con cazadora de cuero y barba incipiente. Aspecto anodino, vulgar, nada amenazador. Ideal para trabajos de seguimiento.

Comi&#243; una tortilla en un caf&#233; franc&#233;s de Brompton Road mientras le&#237;a el Evening Standard. Un l&#237;der del grupo integrista isl&#225;mico Hamas hab&#237;a sido asesinado en Egipto. Michael ley&#243; el art&#237;culo una vez, luego lo reley&#243; y sigui&#243; pensando en &#233;l mientras se dirig&#237;a hacia Harrods. El hombre calvo hab&#237;a desaparecido para dar paso a otro, un tipo del mismo modelo que llevaba un barbour verde bosque en lugar de cazadora de cuero. Michael entr&#243; en Harrods, realiz&#243; la visita obligada al altar erigido en honor de Diana y Dodi, y por fin subi&#243; por la escalera mec&#225;nica. El hombre del barbour lo sigui&#243;. Michael compr&#243; un jersey escoc&#233;s para Douglas y unos pendientes para Elizabeth, descendi&#243; de nuevo a la planta baja y deambul&#243; por el supermercado. Ahora lo segu&#237;a otra persona, una joven bastante atractiva que llevaba vaqueros, botas de estilo militar y una chaqueta acolchada marr&#243;n.

Hab&#237;a ca&#237;do la noche, y con ella lleg&#243; la lluvia barrida por el viento. Dej&#243; la bolsa de Harrods en la recepci&#243;n del hotel y par&#243; un taxi. Durante la hora siguiente deambul&#243; inquieto por el West End en taxi, metro y autob&#250;s, atravesando Belgravia, Mayfair, Westminster y por fin Sloan Square. Desde all&#237; camin&#243; hacia el sur hasta Chelsea Embankment.

Se detuvo bajo la lluvia y contempl&#243; las luces del puente de Chelsea. Hab&#237;an transcurrido m&#225;s de diez a&#241;os desde que Sarah Randolph cayera abatida a tiros en ese lugar, pero la imagen de su muerte surcaba su mente como si se tratara de un v&#237;deo. La ve&#237;a caminar hacia &#233;l, con la falda larga revoloteando alrededor de sus botas de piel de cabra, el r&#237;o cubierto de bruma a su espalda. De repente apareci&#243; el hombre, el hombre de cabello negro, brillantes ojos azules y una autom&#225;tica con silenciador, el asesino del KGB al que Michael s&#243;lo conoc&#237;a por el nombre en clave de Octubre, el mismo hombre que hab&#237;a intentado matarlos a &#233;l y Elizabeth en Shelter Island. Michael cerr&#243; los ojos cuando el rostro destrozado de Sarah apareci&#243; en sus pensamientos. La Agencia le hab&#237;a asegurado que Octubre hab&#237;a muerto, pero despu&#233;s de leer el art&#237;culo sobre el asesinato de Ahmed Hussein en El Cairo, Michael ya no estaba tan seguro.


Creo que me siguen -anunci&#243; Michael junto a la ventana que daba a Eaton Place.

Es que te siguen -corrobor&#243; Graham Seymour-. El Departamento ha verificado tu pasaporte. Fuiste un chico muy malo la &#250;ltima vez que visitaste nuestra querida isla. Te hemos empezado a seguir esta ma&#241;ana en Heathrow.

Michael acept&#243; el vaso de escoc&#233;s que le alargaba Graham y se sent&#243; en el sill&#243;n de orejas junto al fuego. Graham Seymour abri&#243; una caja de puros de &#233;bano que yac&#237;a sobre la mesa y sac&#243; dos Dunhill, uno para s&#237; mismo y otro para Michael. Permanecieron sentados en silencio, dos viejos amigos que se han contado todas las historias que conocen y se conforman con disfrutar de su mutua compa&#241;&#237;a. Vivaldi sonaba a bajo volumen en el avanzado equipo de m&#250;sica alem&#225;n de Graham. Este cerr&#243; los ojos grises para saborear el puro y el whiskey.

Graham Seymour trabajaba en la divisi&#243;n de antiterrorismo del MI5. Al igual que Michael, hab&#237;a sido un ni&#241;o prodigio. Su padre hab&#237;a trabajado con John Masterman en la operaci&#243;n Cruz Doble del MI5 durante la guerra, capturando esp&#237;as alemanes y volvi&#233;ndolos en contra de sus jefes de la Abwehr. Al terminar la guerra hab&#237;a seguido en el servicio para luchar contra los rusos. Harold Seymour era una leyenda, y su hijo no cesaba de toparse con su recuerdo en el cuartel general, donde con gran frecuencia le&#237;a su nombre y sus haza&#241;as en antiguos expedientes. Michael comprend&#237;a la presi&#243;n que tal circunstancia ejerc&#237;a sobre Graham, porque &#233;l hab&#237;a experimentado lo mismo en la Agencia. Los dos hombres hab&#237;an trabado amistad durante la estancia de Michael en Londres; hab&#237;an compartido informaci&#243;n y procurado protegerse mutuamente. Sin embargo, la amistad tiene l&#237;mites muy bien definidos en el sector de la inteligencia, por lo que Michael profesaba una saludable desconfianza profesional hacia Graham Seymour. Sab&#237;a que su amigo lo apu&#241;alar&#237;a por la espalda si el MI5 se lo ordenaba.

&#191;No te importa que te vean en compa&#241;&#237;a de un leproso como yo? -pregunt&#243; Michael.

S&#243;lo estoy cenando con un viejo amigo, querido, eso no tiene nada de malo. Adem&#225;s, tengo intenci&#243;n de revelarles algunos chismorreos jugosos sobre el funcionamiento interno de Langley.

Hace m&#225;s de un a&#241;o que no pongo los pies en Langley.

Nadie se retira del todo de este negocio. El Departamento persigui&#243; a mi padre hasta el d&#237;a de su muerte. Cada vez que surg&#237;a algo especial enviaban a un par de tipos para que se sentaran a los pies del gran Harold.

Por el gran Harold -brind&#243; Michael, alzando el vaso.

Eso, eso -convino Graham antes de beber un trago-. Bueno, &#191;qu&#233; tal la jubilaci&#243;n?

Un asco.

&#191;En serio?

En serio. No estuvo mal al principio, sobre todo durante la convalecencia, pero al cabo de un tiempo empec&#233; a volverme loco. Intent&#233; escribir, pero en seguida decid&#237; que escribir las propias memorias a los cuarenta y ocho a&#241;os es el colmo del egocentrismo, as&#237; que me dedico a leer los libros de los dem&#225;s, practico el putt y doy largos paseos por Manhattan.

&#191;Qu&#233; me dices de los ni&#241;os? -inquiri&#243; Graham con el escepticismo de un hombre que ha elevado la decisi&#243;n de no tener hijos a la categor&#237;a de religi&#243;n-. &#191;Qu&#233; se siente al ser padre por primera vez a tu edad?

&#191;C&#243;mo que a mi edad?

Hombre, tienes cuarenta y ocho a&#241;os y bastantes probabilidades de caer fulminado de un infarto la primera vez que intentes jugar un partido de tenis con ellos.

Pues es maravilloso, lo mejor que he hecho en mi vida -asegur&#243; Michael.

&#191;Pero?

Pero me paso el d&#237;a encerrado en el piso con los ni&#241;os y empiezo a perder la cabeza.

&#191;Y qu&#233; piensas hacer el resto de tu vida?

Volverme alcoh&#243;lico. Ponme m&#225;s whiskey, por favor.

A tus &#243;rdenes -repuso Graham antes de levantar la botella con grandes florituras y servir un par de cent&#237;metros en el vaso de Michael.

Graham se mov&#237;a con destreza, mostrando una gracia natural impresionante hasta en el m&#225;s m&#237;nimo gesto. Michael lo consideraba demasiado guapo para un esp&#237;a. Sus ojos grises y siempre medio cerrados expresaban insolencia aburrida, y sus facciones finas habr&#237;an resultado atractivas en el rostro de una mujer. En el fondo de su coraz&#243;n era un artista, un pianista de gran talento que podr&#237;a haberse ganado la vida en los escenarios en lugar del servicio secreto si se lo hubiera propuesto. Michael supon&#237;a que era la heroicidad de su padre, el papel que desempe&#241;&#243; en su macanuda guerra, como en cierta ocasi&#243;n hab&#237;a mascullado Graham tras beber demasiado Burdeos, lo que le hab&#237;a impulsado a dedicarse a la inteligencia.

As&#237; que cuando el senador te pidi&#243; que averiguaras unas cuantas cosas sobre la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -insinu&#243; Graham.

No me resist&#237; precisamente -termin&#243; Michael.

&#191;Y Elizabeth se dio cuenta?

Elizabeth se da cuenta todo. Es abogada, no lo olvides, y muy buena. Habr&#237;a sido una esp&#237;a excelente Bueno, &#191;qu&#233; puedes contarme acerca de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster? -pregunt&#243; tras una breve vacilaci&#243;n.

Poca cosa, la verdad Jugamos con las reglas de siempre, &#191;verdad, Michael? Cualquier informaci&#243;n que te proporcione ser&#225; exclusivamente para tu uso personal. No podr&#225;s compartirla con ning&#250;n miembro de tu antigua agencia ni ninguna otra agencia.

Palabra de boy scout -prometi&#243; Michael con la mano derecha levantada.

Graham habl&#243; sin interrupciones durante los siguientes veinte minutos. La inteligencia y las organizaciones de seguridad brit&#225;nicas no sab&#237;an a ciencia cierta si la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ten&#237;a cinco miembros o quinientos. Centenares de integrantes de diversas bandas paramilitares protestantes hab&#237;an sido interrogados, pero ninguno de ellos hab&#237;a aportado pistas &#250;tiles. La complejidad de los ataques suger&#237;a que el grupo ten&#237;a experiencia y un s&#243;lido respaldo econ&#243;mico. Asimismo, las pruebas indicaban que sus dirigentes har&#237;an lo que fuera por salvaguardar la seguridad interna. Charlie Bates, un protestante sospechoso de haber asesinado a Eamonn Dillon, hab&#237;a sido encontrado muerto de un disparo en un granero situado en las afueras de Hillsborough, en el condado de Armagh, y los responsables de los atentados de Dubl&#237;n y Londres hab&#237;an muerto en las explosiones, un hecho que no se hab&#237;a hecho p&#250;blico.

Se trata de Irlanda del Norte, no de Beirut occidental -le record&#243; Graham-. Los irlandeses no son terroristas suicidas; eso no forma parte de su modus operandi.

As&#237; pues, los dirigentes de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster reclutan agentes sin v&#237;nculos paramilitares conocidos y se aseguran de que mueran a fin de que no quede nadie que pueda hablar.

Eso parece -convino Graham.

&#191;Qu&#233; intenta conseguir la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster?

Si los tomamos al pie de la letra, pretenden destruir el proceso de paz. Si los juzgamos por sus acciones, no se conformar&#225;n con matar a unos cuantos cat&#243;licos, como sus hermanos protestantes de la Fuerza de Voluntarios. Han demostrado que est&#225;n dispuestos a atacar objetivos de alto perfil y derramar sangre inocente.

Me da la impresi&#243;n de que pretenden castigar a todas las partes implicadas en el proceso de paz.

Exacto -asinti&#243; Graham-. El gobierno irland&#233;s, el gobierno brit&#225;nico, el Sinn Fein. Y me parece que a los dirigentes de los partidos protestantes que firmaron el acuerdo tambi&#233;n les conviene andarse con ojo.

&#191;Qu&#233; me dices de los americanos?

El senador George Mitchell medi&#243; en el Acuerdo de Viernes Santo, y a los protestantes radicales nunca les han ca&#237;do demasiado bien los americanos. Creen que os hab&#233;is puesto de parte de los cat&#243;licos y quer&#233;is que el norte se una a la Rep&#250;blica de Irlanda.

O sea que el embajador estadounidense en Londres tendr&#237;a que considerarse un blanco potencial.

La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ha manifestado a las claras su voluntad y la experiencia que tiene en la ejecuci&#243;n de atentados espectaculares. A la vista de lo que han hecho hasta ahora, no parece descabellado aventurar que intentar&#225;n eliminar al embajador estadounidense.


Al cabo de una hora se reunieron con la esposa de Graham, Helen, en un restaurante franc&#233;s de Covent Carden llamado Marcello's. Helen iba totalmente de negro. Jersey negro ajustado, minifalda negra, medias negras y zapatos negros de tacones incre&#237;blemente gruesos. Atravesaba fases como una adolescente. La &#250;ltima vez que Michael visitara Londres, Helen se hallaba inmersa en la fase mediterr&#225;nea, por lo que vest&#237;a como una campesina griega y s&#243;lo cocinaba con aceite de oliva.

Tras pasar largo tiempo apartada del mercado laboral, acababa de aceptar un empleo como directora art&#237;stica de una importante editorial. El cargo inclu&#237;a una plaza reservada en el aparcamiento de la empresa, de modo que Helen acaparaba el BMW de Graham e insist&#237;a en ir a trabajar en coche cada ma&#241;ana, escuchando sus espantosos compacts de rock alternativo y discutiendo a gritos con su madre por el m&#243;vil, pese a que habr&#237;a tardado la mitad yendo en metro. Era la clase de esposa a la que los hombres se volv&#237;an a mirar por la calle. Graham le segu&#237;a la corriente porque era hermosa y pose&#237;a un gran talento, as&#237; como una pasi&#243;n vital que el servicio de inteligencia le hab&#237;a arrebatado a &#233;l largo tiempo atr&#225;s. Graham luc&#237;a a Helen como quien luce una corbata llamativa.

Helen ya estaba sentada a una mesa junto al ventanal, tomando una copa de Sancerre. Al verlos se levant&#243;, bes&#243; a Michael en la mejilla y lo abraz&#243; con fuerza durante unos instantes.

Me alegro tant&#237;simo de verte, Michael

En aquel momento apareci&#243; Marcello, todo sonrisas y simpat&#237;a, para servir vino a Michael y Graham.

No os molest&#233;is en mirar la carta -advirti&#243; Helen-. Ya he pedido por vosotros.

Graham y Michael cerraron las cartas y las entregaron a Marcello sin rechistar. El regreso de Helen al mercado laboral no le dejaba tiempo para dedicarse a su gran pasi&#243;n, la cocina. Por desgracia, su talento acababa en la puerta de su moderna cocina escandinava de cincuenta mil libras. Ahora, Graham y ella siempre com&#237;an fuera. Michael repar&#243; en que Graham hab&#237;a engordado.

Helen se puso a hablar de su trabajo porque sab&#237;a que Michael y Graham no pod&#237;an hablar del suyo.

Estoy intentando terminar la cubierta para un nuevo thriller -explic&#243;-. De un americano sanguinario que escribe sobre asesinos en serie. &#191;De cu&#225;ntas maneras distintas se puede ilustrar a un asesino en serie? Dise&#241;o una cubierta, la enviamos al otro lado del charco y el agente de Nueva York la rechaza. A veces es muy frustrante.

Mir&#243; a Michael, y sus relucientes ojos verdes adquirieron de pronto una expresi&#243;n seria.

Dios m&#237;o, qu&#233; pesada puedo llegar a ser. &#191;C&#243;mo est&#225; Elizabeth?

Michael se volvi&#243; hacia Graham, quien le dirigi&#243; un adem&#225;n de asentimiento casi imperceptible. Graham siempre quebrantaba las reglas del servicio de seguridad cont&#225;ndole a Helen demasiadas cosas acerca de su trabajo.

Algunos d&#237;as mejor que otros -repuso-, pero bastante bien, por lo general. Hemos convertido el piso y la casa de Shelter Island en aut&#233;nticas fortalezas, as&#237; puede dormir mejor de noche. Y adem&#225;s est&#225;n los ni&#241;os. Entre el trabajo y los gemelos, no tiene tiempo de obsesionarse con el pasado.

&#191;De verdad mat&#243; a esa mujer alemana? &#191;C&#243;mo se llamaba, Graham?

Astrid Vogel -terci&#243; su marido.

&#191;Realmente la mat&#243; con el arco y la flecha?

Michael asinti&#243;.

Dios m&#237;o -musit&#243; Helen-. &#191;Qu&#233; sucedi&#243;?

Astrid Vogel la sigui&#243; a la casita de invitados, donde t&#250; y Graham os alojasteis hace un par de a&#241;os. Elizabeth se escondi&#243; en el armario del dormitorio y all&#237; encontr&#243; uno de sus viejos arcos. De ni&#241;a fue campeona de tiro, como su padre. Hizo lo que deb&#237;a hacer para sobrevivir.

&#191;Qu&#233; le pas&#243; al otro asesino, ese tal Octubre?

La Agencia recibi&#243; a trav&#233;s de canales que considera fidedignos la noticia de que hab&#237;a muerto, de que lo hab&#237;an asesinado los hombres que lo hab&#237;an contratado para matarme por haber fracasado.

&#191;Y te lo crees? -inquiri&#243; Helen.

Al principio me pareci&#243; remotamente posible -admiti&#243; Michael-, pero ahora ya no. De hecho, estoy casi seguro de que Octubre est&#225; vivo y vuelve a trabajar. Ese asesinato de El Cairo

Ahmed Hussein -intervino Graham para poner a Helen en antecedentes.

He le&#237;do con detenimiento las declaraciones de los testigos. No s&#233; c&#243;mo explicarlo, pero creo que es &#233;l.

&#191;Octubre no disparaba a sus v&#237;ctimas siempre a la cara?

S&#237;, pero si se supone que est&#225; muerto tendr&#237;a sentido cambiar su firma.

&#191;Qu&#233; piensas hacer? -pregunt&#243; Graham.

Tengo un billete para el primer vuelo de ma&#241;ana con destino a El Cairo.



10

El Cairo

Michael lleg&#243; a El Cairo a primera hora de la tarde del d&#237;a siguiente. Al igual que en Gran Breta&#241;a, entr&#243; en el pa&#237;s con su pasaporte verdadero y obtuvo un visado de turista para dos semanas. Se abri&#243; paso entre el caos del vest&#237;bulo del aeropuerto, atestado de beduinos cargados con todas sus posesiones en arrugadas cajas de cart&#243;n e incluso un reba&#241;o de cabras que balaban lastimeras, y esper&#243; en la parada de taxis durante veinte minutos hasta poder subir a un Lada de tres vol&#250;menes. Una vez acomodado se dedic&#243; a fumar cigarrillos para ahogar el hedor a gas de escape que impregnaba el reducido espacio.

Michael encontraba El Cairo intolerablemente caluroso en verano, pero los inviernos le parec&#237;an de lo m&#225;s agradable. El aire era c&#225;lido y suave, y el viento del desierto empujaba nubecillas blancas por el cielo azul intenso. La carretera del aeropuerto estaba atestada de egipcios pobres que intentaban disfrutar un poco del buen tiempo, familias enteras en la mediana cubierta de hierba haciendo picnic. El taxista se dirigi&#243; a Michael en ingl&#233;s, pero Michael quer&#237;a comprobar si hab&#237;a perdido facultades, de modo que le contest&#243; en &#225;rabe. Le cont&#243; que era un hombre de negocios libanes que viv&#237;a en Londres desde su huida de Beirut durante la guerra. Por espacio de media hora hablaron de Beirut en los viejos tiempos, Michael en perfecto &#225;rabe con acento de Beirut, el taxista con acento de su pueblo del delta del Nilo.

A Michael le aburr&#237;a el Nile Hilton y estaba harto del tumulto de Tahrir Square, de modo que se registr&#243; en el Intercontinental, un edificio de color piedra arenisca que se cern&#237;a sobre la Corniche y como todas las construcciones modernas de El Cairo mostraba las cicatrices del polvo y los gases de escape. Michael se tumb&#243; junto a la piscina de la azotea, bebiendo cerveza egipcia y dejando vagar sus pensamientos hasta que el sol se ocult&#243; tras el desierto del oeste y dio comienzo la plegaria vespertina. Primero un muec&#237;n, a lo lejos, luego otro y otro, hasta que mil voces grabadas sonaron al un&#237;sono. Se oblig&#243; a levantarse de la tumbona y se acerc&#243; a la barandilla que daba al r&#237;o. Unos cuantos fieles se dirig&#237;an a las mezquitas, pero la mayor parte de El Cairo segu&#237;a su ca&#243;tico camino.

A las cinco fue a su habitaci&#243;n, tom&#243; una ducha y se visti&#243;. Recorri&#243; en taxi la escasa distancia que separaba el hotel de un restaurante llamado Paprika, situado r&#237;o arriba junto a la imponente sede central de la televisi&#243;n estatal egipcia. El Paprika era el equivalente del Joe Alien de Nueva York, un lugar adonde actores y escritores acud&#237;an a verse mutuamente y a ser vistos por egipcios lo bastante ricos para poder permitirse la mediocre comida que serv&#237;a el establecimiento. Uno de los flancos del restaurante daba al aparcamiento de la televisi&#243;n egipcia; eran las mesas m&#225;s codiciadas, porque en ocasiones los comensales entreve&#237;an a un actor, una celebridad o un alto cargo del gobierno.

Michael hab&#237;a reservado mesa en el lado opuesto del restaurante. Una vez all&#237; tom&#243; agua mineral, contempl&#243; la puesta del sol sobre el Nilo y pens&#243; en el primer agente al que hab&#237;a reclutado en su vida, un agente de inteligencia sirio destinado en Londres al que le gustaban las chicas inglesas y el buen champ&#225;n. La Agencia sospechaba que el sirio desviaba parte de sus fondos operativos para mantener su tren de vida, de modo que Michael lo abord&#243;, lo amenaz&#243; con delatarlo a sus superiores en Damasco y lo coaccion&#243; para que se convirtiera en esp&#237;a de la CIA. El agente les proporcion&#243; informaci&#243;n muy valiosa sobre el apoyo que los sirios daban a diversos grupos terroristas, tanto &#225;rabes como europeos. Dos a&#241;os despu&#233;s de su reclutamiento les revel&#243; un dato inestimable. Un comando terrorista de la OLP se hab&#237;a instalado en Frankfurt, donde planeaba poner una bomba en una discoteca frecuentada por soldados estadounidenses. Michael pas&#243; la informaci&#243;n a la central, quien a su vez puso sobre aviso a la polic&#237;a alemana, quien a su vez detuvo a los palestinos. El sirio recibi&#243; cien mil d&#243;lares por la informaci&#243;n, y Michael obtuvo una medalla en una ceremonia secreta, medalla que deb&#237;a permanecer bajo llave en un armario de la central.

Yusef Hafez entr&#243; en el restaurante. A diferencia del sirio, Hafez hab&#237;a acudido a la Agencia por voluntad propia. Ten&#237;a la apostura carnosa de una estrella cinematogr&#225;fica entrada en a&#241;os, con el cabello negro ya canoso, facciones angulosas suavizadas por diez kilos de m&#225;s y profundos surcos alrededor de los ojos cuando sonre&#237;a. Hafez era coronel del Mujabarat, el servicio de inteligencia egipcio, y su trabajo consist&#237;a en combatir a los rebeldes integristas isl&#225;micos egipcios del al-Yamaa al-Islamiya y hab&#237;a capturado y torturado personalmente a varios de sus dirigentes. La rama de El Cairo lo hab&#237;a reclutado, pero se negaba a trabajar con los agentes destinados all&#237; porque el servicio de inteligencia egipcio controlaba de cerca todos sus movimientos. Michael hab&#237;a sido asignado al caso. Hafez hab&#237;a proporcionado una corriente constante de informaci&#243;n sobre el estado de la revuelta isl&#225;mica en Egipto, as&#237; como el movimiento terrorista egipcio a escala mundial. Por tales servicios cobraba cantidades sustanciosas, fondos que contribu&#237;an a sufragar los costes de sus desenfrenados h&#225;bitos mujeriegos. A Hafez le gustaban las mujeres j&#243;venes, y el sentimiento era mutuo. El agente no cre&#237;a estar haciendo nada que pusiera en peligro a su pa&#237;s, y por tanto no se sent&#237;a culpable en absoluto.

Se dirigi&#243; a Michael en &#225;rabe, a volumen suficiente para que los comensales de las mesas contiguas lo oyeran con claridad, y Michael le sigui&#243; la corriente. Hafez pregunt&#243; a Michael qu&#233; le tra&#237;a por la ciudad, a lo que su colega repuso que ten&#237;a intereses comerciales en El Cairo y Alejandr&#237;a. En aquel instante, un murmullo recorri&#243; el restaurante, pues una famosa actriz egipcia se ape&#243; de su coche y entr&#243; en los estudios de televisi&#243;n.

&#191;Por qu&#233; el Paprika? -inquiri&#243; Michael-. Cre&#237;a que tu restaurante favorito era el Arabesque.

Lo es, pero he quedado con alguien aqu&#237; m&#225;s tarde.

&#191;C&#243;mo se llama?

Se hace llamar Cassandra y procede de una familia griega de Alejandr&#237;a. Es la cosa m&#225;s bonita que he visto en mi vida. Tiene un papel secundario en una serie televisiva egipcia, una zorrita que no deja de causar problemas, siempre dentro de los l&#237;mites de nuestra estricta moral musulmana, por supuesto.

El camarero se acerc&#243; a la mesa.

Voy a tomar un whiskey antes de comer. &#191;Y t&#250;, Michael?

Cerveza, por favor.

Un Johnnie Walker etiqueta negra con hielo y una Stella.

El camarero desapareci&#243;.

&#191;Cu&#225;ntos a&#241;os tiene? -quiso saber Michael.

Veintid&#243;s.

El camarero trajo las bebidas; Hafez alz&#243; el vaso de Johnnie Walker.

Salud.

Hafez era el equivalente musulm&#225;n del cat&#243;lico negligente. No ten&#237;a problemas con su religi&#243;n, y los rituales y ceremonias de &#233;sta le proporcionaban el consuelo de un chupete. Sin embargo, hac&#237;a caso omiso de cualquier norma cor&#225;nica que pretendiera impedirle disfrutar de los placeres mundanos. Asimismo, trabajaba casi todos los viernes, el sabbath musulm&#225;n, porque su trabajo lo obligaba a controlar los sermones de los sheijs egipcios m&#225;s radicales.

&#191;Sabe a qu&#233; te dedicas?

Le he dicho que me dedico a la importaci&#243;n de Mercedes, lo que explica el lujoso nidito de amor en Zamalek.

Se&#241;al&#243; el r&#237;o con un adem&#225;n de cabeza. Zamalek era una isla larga y esbelta, apartada de la locura del centro de El Cairo y repleta de tiendas caras, buenos restaurantes y elegantes bloques de pisos. Si Hafez manten&#237;a una amante en Zamalek, una actriz de televisi&#243;n, ni m&#225;s ni menos, significaba que hab&#237;a chantajeado a su supervisor para que le aumentara el sueldo sensiblemente.

Ah, ah&#237; viene.

Michael se volvi&#243; con disimulo hacia la puerta del restaurante. Una mujer que se parec&#237;a de forma notable a Sof&#237;a Loren entr&#243; del brazo de un joven de cabello engominado y gafas oscuras.

Pidieron la cena. Hafez hizo llevar una botella de car&#237;simo champ&#225;n franc&#233;s a la mesa de Sof&#237;a Loren. Pagaba Michael; siempre pagaba Michael.

No te importa, &#191;verdad, Michael?

Por supuesto que no.

Bueno, &#191;qu&#233; te trae por El Cairo, aparte de la oportunidad de cenar con un viejo amigo corrupto?

El asesinato de Ahmed Hussein.

Hafez lade&#243; la cabeza como diciendo que esas cosas pasan.

&#191;El servicio de seguridad egipcio est&#225; implicado? -inquiri&#243; Michael.

De ning&#250;n modo. Nosotros no nos portamos as&#237; -asegur&#243; Hafez.

Michael puso los ojos en blanco.

&#191;Sabes qui&#233;n lo hizo?

Los israel&#237;es, por supuesto.

&#191;C&#243;mo puedes estar tan seguro?

Porque los hemos visto vigilando a Hussein.

Un momento, un momento. Empieza por el principio.

Hace dos semanas, un equipo israel&#237; lleg&#243; a El Cairo con distintos pasaportes europeos e instal&#243; un puesto de observaci&#243;n est&#225;tica en un piso de Ma'adi. Nosotros, a nuestra vez, instalamos otro puesto en otro piso de la acera de enfrente.

&#191;C&#243;mo sabes que eran israel&#237;es?

Por favor, Michael, un poquito de respeto. Claro que podr&#237;an pasar por egipcios, pero es evidente que eran israel&#237;es. Antes el Mossad era bueno, pero ahora a veces act&#250;an como pat&#233;ticos aficionados. En los viejos tiempos atra&#237;an a los mejores, con el rollo &#233;se de cada esp&#237;a un pr&#237;ncipe y bla bla bla. Pero ahora los chicos quieren ganar mucho dinero y hablar por el m&#243;vil en Ben Yehuda Street. Te dir&#233; una cosa, Michael, si Mois&#233;s los hubiera tenido de esp&#237;as, los jud&#237;os jam&#225;s habr&#237;an logrado salir del Sina&#237;.

Ya lo he captado, Yusef. Sigue.

A todas luces observaban a Hussein; controlaban sus movimientos con vigilancia fotogr&#225;fica, cobertura de audio y todo eso. Aprovechamos la ocasi&#243;n para hacer un poco de contravigilancia, y como consecuencia tenemos un bonito &#225;lbum de fotos de seis agentes del Mossad, cuatro hombres y dos mujeres. &#191;Te interesa?

Habla con tu verdadero supervisor.

Tambi&#233;n tengo un v&#237;deo de la muerte de Hussein.

&#191;Qu&#233;?

Ya me has o&#237;do. Cada vez que sal&#237;a de su piso empez&#225;bamos a grabar, y est&#225;bamos grabando cuando el asesino lo mat&#243; desde una moto en la escalinata de la mezquita.

Dios m&#237;o.

Llevo una copia en el malet&#237;n.

Quiero verla.

Por m&#237; te la puedas quedar, Michael. Gratis.

Quiero verla ahora.

Vamos, Michael, que no va a desaparecer. Adem&#225;s, me muero de hambre, y aqu&#237; la ternera es fant&#225;stica.


Al cabo de tres cuartos de hora, Michael, Hafez y Cassandra entraron en los estudios centrales de la televisi&#243;n egipcia. La joven los acompa&#241;&#243; a la redacci&#243;n y los condujo hasta una peque&#241;a sala de edici&#243;n. Hafez sac&#243; la cinta del malet&#237;n y la introdujo en un v&#237;deo. Cassandra sali&#243; y cerr&#243; la puerta tras de s&#237;, dejando atr&#225;s un halo de aceite de s&#225;ndalo. Hafez se puso a fumar hasta que la sala pareci&#243; una c&#225;mara de gas y Michael le suplic&#243; que parara. El estadounidense mir&#243; la cinta tres veces a velocidad normal y otras tres a c&#225;mara lenta. Por fin apret&#243; el bot&#243;n de expulsi&#243;n y cogi&#243; la cinta.

Es un tirador de primera -coment&#243; Hafez-. No hay muchas personas en el mundo capaces de hacer ese disparo y largarse de esa forma.

Es extraordinariamente bueno.

&#191;Sabes qui&#233;n es?

Por desgracia, creo que s&#237;.



11

Belfast

La sede central del Partido Unionista del Ulster se encuentra en un edificio de cuatro pisos en el n&#250;mero 3 de Glengall Street, cerca del hotel Europa y la Gran Opera. A causa de su emplazamiento en el fleco occidental del centro de la ciudad, en las inmediaciones de Falls Road, la sede central del partido fue un blanco frecuente del IRA durante The Troubles. Sin embargo, de momento el IRA respetaba el alto el fuego, por lo que el hombre del Vauxhall plateado no estaba nervioso mientras se dirig&#237;a hacia Glengall Street bajo la lluvia matutina.

Ian Morris era uno de los cuatro vicepresidentes del Consejo Unionista del Ulster, el comit&#233; central del partido. Llevaba el unionismo en la sangre; su bisabuelo hab&#237;a amasado una fortuna en el negocio del lino durante el auge industrial de Belfast en el siglo XIX y construido una gran finca en Forthriver Valley con vistas a los arrabales de West Belfast. En 1912, cuando naci&#243; la Fuerza de Voluntarios del Ulster para luchar contra la Irish Home Rule, es decir, la autonom&#237;a irlandesa, el antepasado de Morris permiti&#243; que los activistas escondieran armas y suministros en los establos y las arboledas de la propiedad.

Morris no hab&#237;a tenido preocupaciones econ&#243;micas de joven, pues la fortuna de su bisabuelo le proporcionaba unos ingresos m&#225;s que razonables, y tras graduarse por Cambridge hab&#237;a proyectado consagrar su vida a la universidad. Sin embargo, The Troubles hicieron mella en &#233;l, al igual que hab&#237;a sucedido con tantos hombres de su generaci&#243;n a ambos lados de la frontera religiosa del Ulster, de modo que decidi&#243; dedicarse a la violencia. Se uni&#243; a la Fuerza de Voluntarios del Ulster y pas&#243; cinco a&#241;os en la penitenciar&#237;a de Maze por colocar una bomba en un pub cat&#243;lico del Broadway. En la c&#225;rcel hab&#237;a decidido deponer las armas y hacer campa&#241;a en favor de la paz.

En la actualidad, poco dejaba entrever que Ian Morris hubiera formado parte del submundo terrorista de Irlanda del Norte. Su casa del barrio de Castlereagh era un santuario de libros. Hablaba lat&#237;n, griego e irland&#233;s, algo inusual para un protestante, pues la mayor&#237;a consideraba que el irland&#233;s era la lengua de los cat&#243;licos. Mientras conduc&#237;a por Castlereagh Road bajo la lluvia persistente, por los altavoces sonaba a volumen bajo el Concierto para piano en re menor de Mozart, interpretado por Alfred Brendel.

Dobl&#243; por May Street y pas&#243; delante del ayuntamiento de Belfast, situado en Donegall Square.

En Brunswick Street, una furgoneta aparentemente averiada le cerraba el paso.

Morris toc&#243; el claxon sin demasiada insistencia, pero la furgoneta no se movi&#243;. Ten&#237;a una reuni&#243;n a las nueve y ya iba con retraso. Hizo sonar de nuevo el claxon, pero la furgoneta permaneci&#243; inm&#243;vil.

Morris apag&#243; la m&#250;sica. La puerta lateral de la furgoneta se abri&#243;, y por ella sali&#243; un hombre enfundado en una cazadora de cuero. Morris baj&#243; la ventanilla, pero el hombre de la cazadora de cuero se coloc&#243; delante del Vauxhall y sac&#243; una pistola de gran calibre.


Poco antes de mediod&#237;a, la redacci&#243;n del Belfast Telegraph era un hervidero de actividad. Los redactores del peri&#243;dico m&#225;s importante de Irlanda del Norte preparaban una exhaustiva cobertura del asesinato de Ian Morris, consistente en un art&#237;culo, una columna sobre la andadura de Morris en el Partido Unionista del Ulster y la Fuerza de Voluntarios, y un an&#225;lisis del proceso de paz. Lo &#250;nico que faltaba era que alguien reivindicara la autor&#237;a del atentado.

A las doce y cinco son&#243; un tel&#233;fono de la redacci&#243;n. Un asistente del jefe de redacci&#243;n llamado Clarke lo cogi&#243;.

Redacci&#243;n del Telegraph -grit&#243; por encima del estruendo.

Preste atenci&#243;n, porque s&#243;lo le voy a decir esto una vez -espet&#243; una voz masculina serena y autoritaria, seg&#250;n observ&#243; Clarke-. Soy un representante de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. Un agente de la Brigada a las &#243;rdenes del consejo militar de la Brigada ha ejecutado a Ian Morris. Los unionistas del Ulster han traicionado al pueblo protestante de Irlanda del Norte al apoyar el acuerdo de paz de Viernes Santo. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster seguir&#225; adelante con su campa&#241;a hasta que el acuerdo de paz quede sin efecto &#191;Lo ha entendido? -pregunt&#243; la voz tras una breve pausa.

S&#237;.

Bien.

La comunicaci&#243;n se cort&#243;.

&#161;Alguien ha reivindicado el asesinato de Ian Morris! -grit&#243; Clarke de pie junto a su mesa.

&#191;Qui&#233;n? -vocifer&#243; alguien.

La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. &#161;Dios m&#237;o, protestantes matando a protestantes!



12

Shelter Island, Nueva York

Elizabeth recibi&#243; a Michael en la terminal de British Airways del aeropuerto Kennedy. A Michael le dol&#237;a todo el cuerpo despu&#233;s de los tres largos vuelos que hab&#237;a hecho en tres d&#237;as, y por primera vez en muchas semanas sent&#237;a el tir&#243;n de la cicatriz en el pecho. En la boca sent&#237;a un sabor amargo por el exceso de cigarrillos y caf&#233; de avi&#243;n. Cuando Elizabeth lo abraz&#243;, se limit&#243; a besarla levemente bajo la oreja. Estaba demasiado cansado para conducir, pero la inactividad lo asustaba a&#250;n m&#225;s. Guard&#243; la maleta en el maletero del monovolumen, junto a media docena de paquetes de pa&#241;ales y una caja de leche en polvo, y luego se sent&#243; al volante.

Te ha dado el sol, Michael -coment&#243; Elizabeth cuando su marido enfil&#243; la autopista Van Wyck.

Michael encendi&#243; la radio y cambi&#243; la emisora de rock actual que siempre escuchaba Elizabeth por la WCBS para escuchar la informaci&#243;n del tr&#225;fico.

Debe de hacer calor en Londres.

No he estado en Londres todo el tiempo.

&#191;Ah, no? &#191;Y d&#243;nde narices has estado?

Pas&#233; por El Cairo un d&#237;a.

&#191;Que pasaste por El Cairo? &#191;Qu&#233; tiene que ver El Cairo con Irlanda del Norte?

Nada, pero ten&#237;a que ver a un viejo amigo por un asunto.

&#191;Qu&#233; asunto?

Michael titube&#243;.

Ya no trabajas para ellos, as&#237; que ya no puedes escudarte tras sus normas -espet&#243; Elizabeth en tono g&#233;lido-. Quiero saber para qu&#233; has ido a El Cairo.

&#191;Podemos hablar de ello m&#225;s tarde? -rog&#243; Michael.

Era el c&#243;digo para indicar que no quer&#237;a hablar delante de la ni&#241;era, que estaba en el asiento trasero del coche con los ni&#241;os.

Conozco esa mirada, Michael. Es la que pon&#237;as cuando volv&#237;as a casa de una misi&#243;n y no pod&#237;as contarme d&#243;nde hab&#237;as estado ni qu&#233; hab&#237;as hecho.

Te lo contar&#233; todo, pero no ahora.

Bueno, me alegro de que hayas vuelto, cari&#241;o -suspir&#243; Elizabeth, desviando la mirada-. Por cierto, est&#225;s muy guapo. El bronceado siempre te ha sentado bien.


Douglas ya dorm&#237;a cuando llegaron a la isla. Elizabeth y la ni&#241;era acostaron a los peque&#241;os mientras Michael iba al dormitorio para deshacer la maleta. El pelo le ol&#237;a a El Cairo, a gasolina, polvo y humo, de modo que se duch&#243;. Cuando volvi&#243; al dormitorio, Elizabeth estaba sentada al tocador, quit&#225;ndose los pendientes y los anillos. Michael recordaba los tiempos en que permanec&#237;a sentada all&#237; durante una hora, deleit&#225;ndose en su aspecto y su capacidad de perfeccionarlo a&#250;n m&#225;s. Sin embargo, ahora se mov&#237;a deprisa y sin alegr&#237;a, como una obrera en una l&#237;nea de producci&#243;n. Michael no hac&#237;a nada deprisa desde su jubilaci&#243;n, y el apresuramiento de los dem&#225;s lo desconcertaba.

&#191;Por qu&#233; fuiste a El Cairo? -repiti&#243; Elizabeth mientras se cepillaba el cabello con violencia.

Porque un dirigente de Hamas fue asesinado all&#237; hace un par de d&#237;as.

S&#237;, Ahmed Hussein, lo le&#237; en el Times.

Algo en la forma en que fue asesinado me intrig&#243;, as&#237; que fui a echar un vistazo.

Le habl&#243; de su reuni&#243;n con Yusef Hafez, del equipo del Mossad y de la contravigilancia egipcia. Luego le habl&#243; de la cinta.

Quiero verla -exigi&#243; Elizabeth.

En ella matan a un hombre de verdad, Elizabeth, no es un montaje.

No ser&#225; la primera vez que vea morir a alguien a tiros.

Michael puso la cinta. En la pantalla apareci&#243; una escena callejera; varios hombres sal&#237;an de una mezquita. Al cabo de unos segundos, una motocicleta aparec&#237;a con gran estruendo. El conductor se deten&#237;a bruscamente ante la escalinata de la mezquita, levantaba el brazo y efectuaba varios disparos amortiguados por el silenciador. Las balas alcanzaban a un hombre barbudo y menudo, cuya t&#250;nica blanca se te&#241;&#237;a de rojo. El hombre de la motocicleta disparaba dos veces m&#225;s, alcanzando a un hombre en el pecho y a otro en el cuello. El motor de la motocicleta volv&#237;a a rugir, y el hombre desaparec&#237;a entre el denso tr&#225;fico. Michael detuvo la cinta.

Dios m&#237;o -musit&#243; Elizabeth.

Creo que es &#233;l Octubre.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Lo he visto moverse y manejar un arma. La forma de levantar el brazo antes de disparar es muy peculiar.

Lleva casco y no se le ve la cara. La cinta no demuestra nada.

Puede que s&#237;, puede que no.

Michael rebobin&#243; la cinta, y Ahmed Hussein volvi&#243; a la vida. La motocicleta apareci&#243; en pantalla y se detuvo derrapando. El asesino levant&#243; el brazo. Michael congel&#243; la imagen del asesino apuntando con el arma a su primera v&#237;ctima, el brazo completamente recto. Luego se dirigi&#243; al armario, abri&#243; las puertas y baj&#243; una cajita del estante superior. Abri&#243; la caja y sac&#243; un arma.

&#191;Qu&#233; narices es eso?

Su pistola -repuso Michael-, la que dej&#243; caer al agua en el embarcadero aquella noche. Es una Beretta nueve mil&#237;metros de competici&#243;n. No estoy seguro, pero creo que es la misma clase de arma que us&#243; el asesino de El Cairo.

Eso no es una prueba concluyente -insisti&#243; Elizabeth.

Dej&#243; caer el arma porque le dispar&#233; en la mano -record&#243; Michael al tiempo que golpeteaba la pantalla del televisor con los dedos-. La mano derecha, la mano que sostiene el arma.

&#191;Qu&#233; quieres decir con eso, Michael?

Le dispar&#233; con una Browning autom&#225;tica de gran calibre. Lo m&#225;s probable es que la bala le destrozara la mano, le rompiera varios huesos y le dejara una cicatriz considerable. Si encuentro una cicatriz en esa mano, sabr&#233; que es &#233;l.

Est&#225; muy lejos para ver algo tan peque&#241;o como una cicatriz.

La Agencia tiene ordenadores capaces de mostrar el detalle m&#225;s insignificante en una cinta de v&#237;deo. Quiero pasar la cinta por esos ordenadores para ver si encuentro algo.

Elizabeth se levant&#243; y apag&#243; el televisor.

&#191;Y qu&#233; si es &#233;l? &#191;Y qu&#233; si sigue vivo y matando gente? &#191;Qu&#233; nos importa a nosotros?

Quiero saberlo.

No puede hacernos da&#241;o. T&#250; y tus amigos de la Agencia hab&#233;is convertido esta casa en una fortaleza. Y no pretendas hacerme creer que ese conductor que has contratado para m&#237; en Nueva York no es de la CIA.

No es de la CIA -asegur&#243; Michael-, pero de vez en cuando trabajaba para nosotros.

&#191;Va armado?

&#191;Y qu&#233; m&#225;s da eso?

Cont&#233;stame. &#191;Va armado?

S&#237;, va armado porque yo se lo ped&#237;.

Dios m&#237;o -suspir&#243; Elizabeth antes de apagar la luz.

Se meti&#243; en la cama y se cubri&#243; con la manta hasta la barbilla. Michael se tendi&#243; junto a ella.

Se acab&#243;, Michael.

No se acabar&#225; mientras sepa que sigue vivo.

Estuve a punto de perderte. Te sostuve en mis brazos y rec&#233; por que no murieras de aquel disparo. Te vi sangrar y sangrar sin parar. No quiero volver a pasar por eso.

Michael la bes&#243; en la boca, pero los labios de Elizabeth no le correspondieron. Michael se dio la vuelta y cerr&#243; los ojos. Oy&#243; el chasquido de una cerilla y al cabo de un instante oli&#243; el humo del cigarrillo de Elizabeth.

Es por ella, &#191;verdad? Por Sarah Randolph. Han pasado m&#225;s de diez a&#241;os, pero a&#250;n est&#225;s obsesionado con ella.

No es cierto.

Est&#225;s obsesionado con vengar su muerte.

Esto no tiene nada que ver con Sarah, sino con nosotros. Tambi&#233;n intent&#243; matarnos a nosotros.

Mientes fatal, Michael.

Elizabeth aplast&#243; el cigarrillo en el cenicero de la mesilla de noche y exhal&#243; el humo con fuerza.

No me entra en la cabeza c&#243;mo pod&#237;as ganarte la vida como esp&#237;a.


Las ventanas del dormitorio daban al norte y al oeste, con vistas a la bah&#237;a y al puerto de la isla, de modo que eran casi las ocho del d&#237;a siguiente cuando lo despert&#243; el d&#233;bil amanecer invernal.

Los ni&#241;os ya estaban despiertos, y uno de los dos, Michael no sab&#237;a a ciencia cierta cu&#225;l, lloraba. Elizabeth se incorpor&#243;, apart&#243; la ropa de cama y baj&#243; los pies al suelo. Hab&#237;a dormido muy mal, sumida en un sue&#241;o inquieto, poblado de pesadillas, y ten&#237;a los ojos hinchados y opacos. Sali&#243; del dormitorio sin hablar y baj&#243; la escalera.

Michael permaneci&#243; tendido algunos instantes, escuch&#225;ndola calmar a los ni&#241;os. Luego se levant&#243; y pas&#243; a la peque&#241;a sala contigua al dormitorio. Douglas hab&#237;a dejado sobre la mesa un termo de caf&#233; y un ejemplar doblado del New York Times. Era la tradici&#243;n de los fines de semana en Cannon Point; Douglas siempre se levantaba primero y preparaba caf&#233; para todos los dem&#225;s.

Michael se sirvi&#243; una taza y abri&#243; el peri&#243;dico. En Cisjordania hab&#237;a estallado la violencia a ra&#237;z del asesinato de Ahmed Hussein. El gobierno israel&#237; amenazaba con enviar tropas a las zonas controladas por los palestinos. El proceso de paz atravesaba una grave crisis. En Irlanda del Norte, un l&#237;der protestante hab&#237;a sido asesinado en Belfast. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster hab&#237;a reivindicado la autor&#237;a del atentado.

Media hora m&#225;s tarde, Michael avanzaba con dificultad por un sendero helado del parque natural de Mashomack. Douglas caminaba en zigzag entre los &#225;rboles desnudos. Era un hombre alto y corpulento, de constituci&#243;n poco adecuada para caminar por el bosque, pero pese a ello sorteaba con gran destreza los congelados obst&#225;culos.

La lluvia de la noche anterior se hab&#237;a adentrado en el mar. Un sol blanco brillaba en el cielo surcado de cirros. Hac&#237;a much&#237;simo fr&#237;o, y al cabo de unos minutos Michael se sent&#237;a como si tuviera los pulmones llenos de vidrios rotos. El invierno hab&#237;a despojado el paisaje de todo su color. Se cruzaron con media docena de ciervos de cola blanca que, apoyados sobre las patas traseras, arrancaban corteza de los &#225;rboles con las delanteras.

&#191;No te parece fant&#225;stico? -exclam&#243; Douglas.

Se sinti&#243; un poco molesto al ver que Michael no conven&#237;a con &#233;l. Michael no hallaba belleza en la naturaleza. Una plaza recoleta en Venecia le proporcionaba m&#225;s placer que una bah&#237;a de Long Island. Los bosques y el agua lo aburr&#237;an. La gente lo intrigaba porque desconfiaba de ella y pod&#237;a burlarla si se sent&#237;a amenazado.

Michael habl&#243; a su suegro de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster mientras recorr&#237;an la orilla pedregosa de Smith Cove. Douglas dej&#243; a Michael hablar sin interrupciones durante un cuarto de hora y a continuaci&#243;n le hizo preguntas durante otros diez.

Quiero una respuesta sincera, Michael. &#191;Correr&#233; alg&#250;n peligro f&#237;sico si acepto el cargo?

La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ha mostrado claramente sus intenciones. Quieren castigar a todas las partes participantes en el acuerdo de paz. S&#243;lo les falta una, los estadounidenses. Ninguno de los dos bandos, ni los republicanos ni los lealistas, ha matado nunca intencionadamente a un estadounidense, pero las reglas del juego han cambiado.

Veinte a&#241;os en Washington y nunca he conseguido que un maldito esp&#237;a me d&#233; una respuesta directa.

Michael no pudo por menos que echarse a re&#237;r.

No es una ciencia exacta. Los c&#225;lculos de inteligencia implican un mont&#243;n de conjeturas y especulaciones basadas en las pruebas disponibles.

A veces tengo la sensaci&#243;n de que arrancar p&#233;talos de margarita ser&#237;a igual de eficaz.

Douglas se detuvo y contempl&#243; el agua. Ten&#237;a la cara enrojecida por el fr&#237;o y el viento. Smith Cove hab&#237;a adquirido el color del n&#237;quel. Un transbordador medio vac&#237;o se debat&#237;a en la fuerte corriente que azotaba el estrecho canal entre la punta meridional de Shelter Island y la pen&#237;nsula de North Haven.

Me fastidia decirlo, pero quiero disfrutar de una &#250;ltima oportunidad de estar en el candelero -confes&#243; Douglas-. Podr&#237;a contribuir a hacer historia, y eso resulta bastante seductor para un viejo profesor como yo, aunque signifique trabajar para un gilipollas como James Beckwith.

Elizabeth se va a poner furiosa.

Yo me ocupar&#233; de ella.

S&#237;, pero yo tengo que vivir con ella.

Es igual que su madre, Michael. No llegaste a conocer a Eileen, pero si la hubieras conocido sabr&#237;as de d&#243;nde ha sacado Elizabeth su fuerza y su obstinaci&#243;n. De no ser por Eileen, nunca habr&#237;a reunido el valor suficiente para dejar Columbia y presentarme al Congreso.

Douglas golpe&#243; las piedras de la orilla con la punta de su bota Wellington.

&#191;Llevas tel&#233;fono?

Michael sac&#243; un m&#243;vil del bolsillo del abrigo y se lo dio. Douglas marc&#243; el n&#250;mero directo del despacho del presidente y dej&#243; un mensaje a su secretaria personal. Cuando colg&#243; dieron media vuelta, cambiando el sol de Smith Cove por las sombras fr&#237;as del bosque. Cinco minutos m&#225;s tarde son&#243; el tel&#233;fono. Siempre inc&#243;modo con las complejidades de las comunicaciones modernas, Douglas le devolvi&#243; el aparato.

Contesta t&#250;, &#191;quieres?

Michael puls&#243; una tecla.

&#191;Diga?

Buenos d&#237;as, Michael -salud&#243; el presidente James Beckwith-. No imaginas cu&#225;nto me agrad&#243; verte el fin de semana pasado. Me alegro mucho de que ya est&#233;s repuesto del todo. Si pudiera convencerte para que volvieras a Langley, que es tu sitio

Michael contuvo el impulso de advertir al presidente de que estaban hablando por una l&#237;nea no segura.

&#191;Ha tomado tu suegro una decisi&#243;n?

S&#237;, se&#241;or presidente.

Espero que sean buenas noticias.

Se lo paso para que se lo diga &#233;l mismo.

Michael alarg&#243; el tel&#233;fono a Douglas y se alej&#243; unos pasos para que su suegro pudiera hablar en privado con el presidente.


Aquella noche, Douglas vol&#243; a Washington. Hab&#237;a dado la noticia a Elizabeth al volver del parque natural de Mashomack. Su hija la hab&#237;a recibido con expresi&#243;n estoica y un fr&#237;o beso de felicitaci&#243;n en la mejilla, reservando su furia para Michael por no haber disuadido a Douglas de aceptar el puesto. Michael acompa&#241;&#243; a Douglas a la ceremonia. Los dos hombres pasaron la noche en el piso que Michael y Elizabeth ten&#237;an en la calle N y a la ma&#241;ana siguiente fueron a la Casa Blanca.

Douglas y Beckwith se reunieron en el Despacho Oval y tomaron t&#233; sentados en sendos sillones de orejas ante el fuego. Michael quer&#237;a esperar fuera, pero el presidente insisti&#243; en contar con su presencia. Se sent&#243; en uno de los sof&#225;s, un poco alejado de los otros dos, y se dedic&#243; a mirarse las manos mientras hablaban. Durante cinco minutos, Douglas solt&#243; la perorata obligada sobre la lealtad y el honor que representa servir a la patria, y acto seguido el presidente habl&#243; de la importancia de las relaciones entre Estados Unidos y Gran Breta&#241;a, as&#237; como de la situaci&#243;n en Irlanda del Norte.

A las diez y media, ambos hombres salieron por las puertas-ventana del despacho al jard&#237;n de rosas. Era un c&#225;lido d&#237;a de invierno en Washington; el sol brillaba con fuerza, el aire era suave, y los dos hombres caminaron hacia el podio ataviados con americana, pero sin abrigo.

Es un orgullo para m&#237; nombrar al antiguo senador Douglas Cannon, de Nueva York, embajador en Gran Breta&#241;a -anunci&#243; con ecuanimidad-. Douglas Cannon sirvi&#243; al gran Estado de Nueva York y al pueblo de Estados Unidos con extraordinaria dedicaci&#243;n tanto en el Congreso como en el Senado. S&#233; de primera mano que posee la inteligencia, la fuerza y la destreza necesarias para representar los intereses de esta naci&#243;n en una capital tan importante como Londres.

Beckwith se volvi&#243; y estrech&#243; la mano de Douglas mientras el reducido p&#250;blico aplaud&#237;a. Acto seguido se&#241;al&#243; el podio con un gesto, y Douglas se adelant&#243;.

En el desempe&#241;o de mi cargo tratar&#233; muchas cuestiones importantes, tales como el comercio y la defensa, pero ninguna tan esencial como la de ayudar al primer ministro Blair a llevar una paz duradera a Irlanda del Norte.

Douglas se detuvo un instante y clav&#243; la mirada en las c&#225;maras de televisi&#243;n situadas m&#225;s all&#225; del p&#250;blico.

Tengo una sola cosa que decir a los violentos, a quienes desean desbaratar el acuerdo de Viernes Santo. Los tiempos de la pistola, la bomba y el pasamonta&#241;as han tocado a su fin. El pueblo de Irlanda del Norte se ha pronunciado. Se acab&#243; Se&#241;or presidente, ser&#225; un honor para m&#237; servirle en Londres.



13

Portadown, Irlanda del Norte

&#191;Os hab&#233;is enterado de la noticia? -pregunt&#243; Kyle Blake al sentarse en el reservado habitual del pub McConville.

S&#237; -repuso Gavin Spencer-. Ese hombre es un bocazas.

&#191;Podemos eliminarlo? -inquiri&#243; Blake sin dirigirse a nadie en particular.

Si hemos podido eliminar a Eamonn Dillon, tambi&#233;n podremos eliminar al embajador estadounidense -replic&#243; Spencer-. Pero &#191;nos interesa hacerlo?

Los estadounidenses no han pagado a&#250;n por el apoyo que han prestado al acuerdo de Viernes Santo -le record&#243; Blake-. Si asesinamos al embajador, todo Estados Unidos sabr&#225; qui&#233;nes somos y cu&#225;les son nuestros objetivos. No estamos intentando ganar una batalla, sino obtener publicidad para nuestra causa. Si matamos a Douglas Cannon, los medios de comunicaci&#243;n estadounidenses se ver&#225;n obligados a contar la historia del Ulster desde la perspectiva protestante. Es una reacci&#243;n refleja; as&#237; funciona esa gente. Funcion&#243; para el IRA y tambi&#233;n para la OLP, pero &#191;puede hacerse?

Podemos hacerlo de varias maneras -asegur&#243; Spencer-. S&#243;lo nos hace falta saber una cosa: cu&#225;ndo y d&#243;nde. Necesitamos informaci&#243;n sobre sus movimientos y su paradero. Habr&#225; que elegir la ocasi&#243;n con mucho cuidado, ya que de lo contrario fracasaremos.

Blake y Spencer se volvieron hacia Rebecca Wells.

&#191;Puedes proporcionamos esa informaci&#243;n?

Desde luego -afirm&#243; Rebecca-. Tendr&#233; que ir a Londres. Necesitar&#233; un piso, algo de dinero y sobre todo mucho tiempo. Esa clase de informaci&#243;n no se consigue de la noche a la ma&#241;ana.

Blake bebi&#243; un largo trago de Guinness mientras repasaba todo el asunto. Al cabo de un instante levant&#243; la vista para mirar a Rebecca.

Quiero que te instales en Londres lo antes posible. Ma&#241;ana por la ma&#241;ana tendr&#225;s el dinero.

Se volvi&#243; hacia Gavin.

Empieza a preparar a tu equipo. No les digas qui&#233;n es el objetivo hasta el &#250;ltimo momento. Y tened cuidado. Tened mucho cuidado.



FEBRERO



14

Nueva York

&#191;Qu&#233; tal por Londres? -pregunt&#243; Adrian Carter.

Hab&#237;an entrado en Central Park por la Noventa y la Quinta, y paseaban por el sendero de tierra y ceniza que discurre a lo largo de la ribera del lago. El viento helado agitaba las ramas desnudas sobre sus cabezas. Cerca de la orilla, el agua del lago estaba helada, pero a cierta distancia, en un parche de agua color mercurio, una bandada de patos flotaba como un grupo de barquitos diminutos anclados.

&#191;C&#243;mo sabes que he estado en Londres? -replic&#243; Michael.

Porque el servicio de inteligencia brit&#225;nico me envi&#243; una cort&#233;s nota para preguntarme si hab&#237;as ido en viaje de negocios o de placer. Les contest&#233; que estabas retirado, de modo que sin duda era un viaje de placer. &#191;Es as&#237;?

Depende de lo que consideres placer.

Carter se ech&#243; a re&#237;r.

Adrian Carter era el jefe del Centro de Antiterrorismo de la CIA, y hab&#237;a sido supervisor de Michael cuando &#233;ste era agente de campo. A&#250;n ahora se mov&#237;an como si se hubieran reunido tras las l&#237;neas enemigas. Carter caminaba como si cargara con una conciencia eternamente culpable, con los hombros gachos y las manos siempre hundidas en los bolsillos. Sus enormes ojos de p&#225;rpados pesados le confer&#237;an un aspecto cansado, pero en realidad no cesaban de mirar de aqu&#237; para all&#237;, del lago a los &#225;rboles para escudri&#241;ar los rostros de los corredores lo bastante chiflados para salir con aquel fr&#237;o. Llevaba una fea gorra de esqu&#237; que lo despojaba de cualquier autoridad f&#237;sica, y su abultado plum&#243;n creaba un efecto de flotaci&#243;n, como si Adrian estuviera volando sendero abajo impulsado por el viento. Los desconocidos tend&#237;an a subestimarlo, circunstancia que hab&#237;a aprovechado a fondo durante toda su carrera, tanto en el campo como en las trincheras burocr&#225;ticas del cuartel general. Era un ling&#252;ista de talento excepcional que so&#241;aba en seis idiomas y hab&#237;a perdido la cuenta de los pa&#237;ses en los que hab&#237;a operado.

Bueno, &#191;qu&#233; fuiste a hacer en Londres? -insisti&#243;.

Michael lo puso en antecedentes.

&#191;Averiguaste algo interesante?

Michael le cont&#243; lo que hab&#237;a descubierto durante su conversaci&#243;n con Graham Seymour sin revelar la fuente. Como era habitual en &#233;l, Carter no indic&#243; si alguno de aquellos datos era una novedad para &#233;l. Siempre era as&#237;, incluso con Michael. Los graciosos de la oficina del CAT dec&#237;an que Carter preferir&#237;a someterse a tortura a revelar d&#243;nde hab&#237;a almorzado.

&#191;Y qu&#233; te trae por Nueva York? -pregunt&#243; Michael.

Algunos asuntos en la oficina de aqu&#237;.

Carter dej&#243; de hablar mientras una pareja de corredores, una mujer joven y un hombre entrado en a&#241;os, pasaban junto a ellos.

Asuntos de los que ten&#237;a que ocuparme en persona. Adem&#225;s, quer&#237;a verte.

&#191;Por qu&#233;?

Por el amor de Dios, Michael, hace veinte a&#241;os que nos conocemos -exclam&#243; Carter con el tono amigablemente irritado que en su caso hac&#237;a las veces de enojo-. Me parece que no hay nada de malo en pasar a charlar un rato contigo ya que estaba en la ciudad.

Pero &#191;por qu&#233; estamos caminando por el parque con el fr&#237;o que hace?

No soporto los espacios cerrados.

Llegaron al reloj de la vieja estaci&#243;n de bombeo situado en el extremo meridional del lago. Un grupo de turistas que hablaban alem&#225;n con acento vienes posaban para hacerse fotograf&#237;as. Michael y Carter se volvieron al un&#237;sono, como una pareja de nadadoras sincronizadas, y cruzaron un puente de madera. Al cabo de unos instantes caminaban por Park Drive, detr&#225;s del Metropolitan.

Es estupendo que el Senado haya enviado a Douglas a Londres con un voto de ratificaci&#243;n un&#225;nime -coment&#243; Carter.

La verdad es que se sorprendi&#243; bastante. Cre&#237;a que al menos uno de sus antiguos adversarios republicanos intentar&#237;a aguarle la fiesta.

Carter se acerc&#243; las manos enguantadas al rostro y exhal&#243; con fuerza para calentarse el rostro, que se le hab&#237;a quedado l&#237;vido por el fr&#237;o. Jugaba al golf con asiduidad, y los inviernos lo deprim&#237;an.

Pero no has venido para hablar de Douglas, &#191;verdad, Adrian?

Carter se apart&#243; las manos de la cara.

A decir verdad, me estaba preguntando cu&#225;ndo volver&#225;s a trabajar. Te necesito en el CAT.

&#191;Y c&#243;mo es que de repente vuelves a necesitarme?

Porque eres uno de esos bichos raros que saben moverse sin dificultad entre el cuartel general y el campo. Quiero volver a tenerte en el equipo por motivos ego&#237;stas.

Lo siento, Adrian, pero me fui y no tengo intenci&#243;n de regresar. Me gusta vivir.

Est&#225;s muerto de aburrimiento, y si me dices lo contrario es que eres un mentiroso.

Michael se volvi&#243; hacia Carter con expresi&#243;n furiosa.

&#191;C&#243;mo co&#241;o te atreves a venir aqu&#237; y?

Vale, vale. Puede que no me haya expresado con demasiado acierto, pero dime, &#191;qu&#233; has estado haciendo todos estos meses?

Cuidar de mi familia, pasar tiempo con mis hijos e intentar vivir como un ser humano normal por primera vez en toda mi vida adulta.

&#191;Tienes perspectivas profesionales?

No.

&#191;Tienes intenci&#243;n de volver a trabajar?

No lo s&#233; -reconoci&#243; Michael-. No tengo experiencia profesional de verdad, porque la empresa en la que trabajaba era una tapadera de la C&#205;A. Y adem&#225;s no puedo contarle a ning&#250;n posible jefe c&#243;mo me ganaba la vida antes.

Entonces, &#191;por qu&#233; no vuelves a casa?

Porque la &#250;ltima vez que estuve all&#237; no me sent&#237; precisamente como en casa.

Dejemos atr&#225;s el pasado y empecemos de nuevo.

&#191;Esa frase te la han ense&#241;ado en uno de esos seminarios de relaciones laborales que organiza Personal?

Carter se detuvo.

La directora viene a Nueva York esta noche y quiere cenar contigo.

Tengo planes.

Michael, la directora de la CIA quiere cenar contigo. Seguro que puedes dejar a un lado tu arrogancia y encontrar un hueco en tu apretada agenda.

Lo siento, Adrian, pero pierdes el tiempo, y la directora tambi&#233;n. Pero me ha hecho mucha ilusi&#243;n verte. Saluda de mi parte a Christine y los ni&#241;os.

Michael gir&#243; sobre sus talones y ech&#243; a andar.

Si de verdad no quieres volver, &#191;para qu&#233; fuiste a El Cairo? -exclam&#243; Carter-. Fuiste porque crees que Octubre sigue vivo y francamente, yo tambi&#233;n.

Michael se dio la vuelta.

Ahora s&#237; que te he tocado la fibra sensible -suspir&#243; Carter.


Monica Tyler hab&#237;a reservado un sal&#243;n privado en el Picholine, situado en la Sesenta y cuatro Oeste, cerca del parque. Cuando Michael entr&#243; en el restaurante, Carter estaba sentado solo al final de la barra, tomando una copa de vino blanco. Llevaba un traje azul cruzado, mientras que Michael se hab&#237;a puesto vaqueros y americana negra. Se saludaron sin hablar y sin estrecharse la mano. Michael entreg&#243; el abrigo a la chica del guardarropa, y los dos hombres siguieron a la atractiva camarera hasta el otro extremo del restaurante.

El comedor privado del Picholine es en realidad la bodega, una estancia en penumbras y fresca, con cientos de botellas ordenadas en estanter&#237;as de roble que llegan hasta el techo. Monica Tyler estaba sentada sola, ba&#241;ada en el tenue brillo de la iluminaci&#243;n discreta, con un expediente abierto ante ella. Al verlos cerr&#243; la carpeta y guard&#243; las gafas de lectura de montura dorada.

Michael, cu&#225;nto me alegro de volver a verte -salud&#243;.

Permaneci&#243; sentada y extendi&#243; la mano en un &#225;ngulo tan extra&#241;o que Michael no supo si deb&#237;a estrecharla o besarla.

Fue Monica Tyler quien precipit&#243; la marcha de Michael de la Agencia al encargar una investigaci&#243;n interna sobre su proceder en el asunto de TransAtlantic. En aquella &#233;poca era directora ejecutiva, pero seis meses m&#225;s tarde el presidente Beckwith la hab&#237;a nombrada directora. Beckwith hab&#237;a entrado en esa fase de todo segundo mandato en la que lo m&#225;s importante era hacerse un lugar en la historia, y estaba convencido de que nombrar a Monica Tyler como primera mujer que dirig&#237;a la CIA le ayudar&#237;a en dicha misi&#243;n. La Agencia hab&#237;a sobrevivido a directores inexpertos y tambi&#233;n sobrevivir&#237;a a Monica Tyler.

Monica pidi&#243; una botella de Poully-Fuiss&#233; sin consultar la carta de vinos. Hab&#237;a utilizado aquella sala para muchas reuniones importantes cuando trabajaba en Wall Street. Asegur&#243; a Michael que aquella conversaci&#243;n era de car&#225;cter estrictamente confidencial. Mientras decid&#237;an qu&#233; pedir charlaron de pol&#237;tica de Washington y chismorreos sin importancia de la Agencia. Monica y Carter hablaban delante de Michael como los padres hablan a veces delante de sus hijos; ya no era miembro de la hermandad secreta, as&#237; que no se pod&#237;a confiar enteramente en &#233;l.

Adrian me ha dicho que no ha podido convencerte para que vuelvas a la Agencia -solt&#243; Monica de pronto-. Por eso estoy aqu&#237;. Adrian quiere que vuelvas al CAT, y yo quiero ayudarle a conseguir lo que quiere.

Adrian quiere que vuelvas -pens&#243; Michael-. Pero &#191;qu&#233; hay de ti, Monica?

La directora hab&#237;a girado el cuerpo hacia Michael y fijado en &#233;l su penetrante mirada. En alg&#250;n momento de su ascenso, Monica Tyler hab&#237;a aprendido a utilizar sus ojos como arma. Eran l&#237;quidos y azules, y cambiaban al comp&#225;s de su estado de &#225;nimo. Cuando estaba interesada, sus ojos se tornaban transl&#250;cidos y se clavaban en su interlocutor con intensidad digna de un psicoterapeuta. Cuando estaba molesta o, lo que era a&#250;n peor, aburrida, sus pupilas perd&#237;an toda expresi&#243;n y su mirada se volv&#237;a opaca. Cuando estaba enfadada, sus ojos centelleaban sobre la v&#237;ctima como focos cegadores en busca de una presa.

Monica carec&#237;a de experiencia en inteligencia al llegar a Langley, pero Michael y todos los dem&#225;s aprendieron pronto que subestimarla pod&#237;a resultar fatal. Era una lectora voraz de enorme intelecto y la memoria perfecta de una esp&#237;a. Asimismo, tambi&#233;n era una mentirosa consumada que nunca hab&#237;a sufrido los inconvenientes de la conciencia. Controlaba las circunstancias que la rodeaban con la destreza de una agente de campo curtida. Los rituales del secretismo se ajustaban a ella igual de bien que su traje chaqueta de Chanel.

La verdad, comprendo por qu&#233; decidiste irte -prosigui&#243; mientras apoyaba un codo sobre la mesa y la barbilla en la mano correspondiente-. Estabas enfadado conmigo porque te suspend&#237;. Pero recordar&#225;s que revoqu&#233; la suspensi&#243;n y elimin&#233; toda referencia a ella de tu expediente.

&#191;Pretendes que te d&#233; las gracias, Monica?

No, s&#243;lo que te comportes como un profesional.

Monica call&#243; mientras les serv&#237;an el primer plato. De inmediato apart&#243; la ensalada unos cent&#237;metros para dar a entender que no ten&#237;a intenci&#243;n de comer. Carter procedi&#243; a devorar su plato de pulpo a la plancha.

Me fui porque tanto t&#250; como la Agencia me defraudasteis -puntualiz&#243; Michael.

Los servicios de inteligencia tienen sus reglas, y los agentes tienen que respetarlas -sermone&#243; Monica-. La verdad es que no tendr&#237;a ni que explic&#225;rtelo, Michael. Creciste en la Agencia, conoc&#237;as las reglas cuando entraste.

&#191;De qu&#233; va el trabajo?

As&#237; me gusta.

Todav&#237;a no he aceptado -matiz&#243; Michael a toda prisa-, pero quiero saber de qu&#233; va.

El presidente nos ha ordenado crear un equipo especial que se ocupe del terrorismo en Irlanda del Norte.

&#191;C&#243;mo? &#191;Volver para meterme en Irlanda del Norte? El Ulster es problema de los brit&#225;nicos; nosotros no somos m&#225;s que espectadores.

No te pedimos que salgas de tu retiro para infiltrarte en la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -terci&#243; Carter.

Pero &#233;sa es mi especialidad, Adrian.

No, Michael, &#233;sa era tu especialidad -corrigi&#243; Monica.

&#191;Por qu&#233; ese inter&#233;s repentino de la Agencia en Irlanda del Norte? Antes el Ulster no era precisamente un tema prioritario en Langley.

El presidente considera el acuerdo de paz de Irlanda del Norte como uno de los logros en pol&#237;tica exterior m&#225;s importantes de su mandato -observ&#243; Monica-. Pero tambi&#233;n entiende, como nosotros, que el acuerdo podr&#237;a irse al garete en un abrir y cerrar de ojos. Lo que necesita de la Agencia es informaci&#243;n y una evaluaci&#243;n de la situaci&#243;n. Quiere saber cu&#225;ndo intervenir y presionar, y cu&#225;ndo mantenerse al margen y no hacer nada. Necesita tener claro cu&#225;ndo conviene hacer declaraciones p&#250;blicas y cu&#225;ndo es mejor mantener la boca cerrada.

&#191;Y qu&#233; quieres de m&#237;?

Se trata de lo que quiere James Beckwith, no yo. Y lo que quiere el presidente es que t&#250; dirijas el equipo.

&#191;Por qu&#233; yo?

Porque eres un agente especializado en antiterrorismo y tienes cierta experiencia en el territorio. Tambi&#233;n sabes c&#243;mo funciona la Agencia y c&#243;mo sortear la burocracia. Tienes un aliado poderoso en Adrian y en m&#237; -a&#241;adi&#243; tras una breve vacilaci&#243;n-. Y otra cosa: tu suegro ser&#225; el pr&#243;ximo embajador en Londres.

Ahora vivo en Nueva York -les record&#243; Michael-. Elizabeth dej&#243; el bufete de Washington y ahora ejerce en Manhattan.

Puedes trabajar desde la oficina de Nueva York un par de d&#237;as a la semana y coger el puente a&#233;reo a Washington el resto del tiempo. La Agencia sufragar&#225; los gastos de viaje, y llegaremos a un acuerdo sobre todo lo dem&#225;s.

Monica cogi&#243; el tenedor y ensart&#243; algunas hojas de lechuga.

Y por supuesto, tambi&#233;n est&#225; el tema de Octubre -continu&#243;-. Adrian ha estado trabajando en ello.

Carter apart&#243; el plato vac&#237;o y se enjug&#243; los labios.

El asesino de Ahmed Hussein en El Cairo nos dio mala espina desde el principio. Sospech&#225;bamos que los israel&#237;es estaban implicados, pero lo negaron tanto en p&#250;blico como en privado, as&#237; que empezamos a llamar a nuestros contactos y a todas las puertas que se nos ocurrieron. Ya sabes c&#243;mo son estas cosas -suspir&#243; Carter como si describiera un fin de semana aburrid&#237;simo-. Tenemos una fuente dentro del Mossad. Nos cont&#243; que Ari Shamron, el jefe del Mossad, orden&#243; el asesinato y supervis&#243; personalmente la operaci&#243;n para asegurarse de que nadie la jodia.

Monica alz&#243; la vista con brusquedad. Detestaba el lenguaje soez y hab&#237;a prohibido que se empleara en las reuniones de la Agencia. Se enjug&#243; los labios con la esquina de la servilleta.

La fuente dice que Shamron busc&#243; al asesino fuera del Mossad -explic&#243; Carter-. Recurri&#243; a un asesino a sueldo muy caro. Dice que Shamron le pag&#243; con fondos obtenidos de fuentes privadas.

&#191;Tiene una descripci&#243;n del asesino?

No.

&#191;Localizaci&#243;n geogr&#225;fica?

Europa u Oriente Pr&#243;ximo. Puede que el Mediterr&#225;neo.

He visto un v&#237;deo del asesinato.

&#191;C&#243;mo dices? -exclam&#243; Adrian.

Michael habl&#243; a Adrian de su reuni&#243;n con Yusef Hafez.

&#191;Crees que el asesino era Octubre? -inquiri&#243; Carter.

Le he visto moverse y utilizar un arma -coment&#243; Michael-. Podr&#237;a tratarse del mismo hombre, pero es dif&#237;cil afirmarlo. Sin embargo, es posible que pueda demostrarlo.

&#191;C&#243;mo?

Aquella noche en Shelter Island le dispar&#233; en la mano. Era la mano derecha, con la que coge el arma. En el asesinato de Ahmed Hussein, el pistolero no llevaba guantes. Si consigo encontrar una cicatriz en la mano, sabr&#233; que es Octubre.

&#191;D&#243;nde est&#225; la cinta? -quiso saber Carter.

La tengo yo.

El camarero llam&#243; a la puerta, entr&#243; y retir&#243; los restos del primer plato.

Si vuelves a la Agencia, estoy dispuesta a ampliar tus responsabilidades -prometi&#243; Monica en cuanto volvieron a quedarse a solas-. Ser&#225;s el jefe del equipo de Irlanda del Norte y se te asignar&#225; tambi&#233;n la misi&#243;n de buscar y detener a Octubre si es que est&#225; vivo. &#191;Trato hecho, Michael?

Primero tengo que hablar con Elizabeth. Tendr&#225;s mi respuesta ma&#241;ana.

Eres un agente entrenado para convencer a otros de que traicionen a su pa&#237;s -le record&#243; Monica con una sonrisa-. Estoy seguro de que no te costar&#225; convencer a tu mujer de que es la decisi&#243;n adecuada.

No conoces a Elizabeth -exclam&#243; Adrian Carter con una carcajada.


Despu&#233;s de cenar, a Michael le entraron ganas de caminar. Su piso estaba justo al otro lado de Central Park, en la Quinta Avenida, pero incluso Michael, antiguo agente de la CIA experto en artes marciales, sab&#237;a que val&#237;a m&#225;s evitar el parque de noche. Camin&#243; hacia el sur por la cara occidental del parque, rode&#243; Columbus Circle y pas&#243; junto a varios carruajes apestosos tirados por caballos que avanzaban por la zona sur de Central Park.

Empez&#243; a nevar cuando se dirig&#237;a hacia el norte por la Quinta a lo largo de la acera adoquinada que bordeaba el parque. Le aterraba la conversaci&#243;n que estaba a punto de sostener con Elizabeth. Se pondr&#237;a furiosa, y con raz&#243;n. Le hab&#237;a hecho una promesa despu&#233;s de que Octubre y Astrid Vogel intentaran matarlos; le hab&#237;a jurado que dejar&#237;a la Agencia y no volver&#237;a jam&#225;s, y ahora se dispon&#237;a a romper esa promesa.

Se sent&#243; en un banco y alz&#243; la mirada hacia las ventanas iluminadas de su piso. Record&#243; el d&#237;a en que &#233;l y Elizabeth se hab&#237;an conocido, una tarde abrasadora en Chesapeake Bay a bordo del velero de un amigo com&#250;n, seis meses despu&#233;s del asesinato de Sarah Randolph. La Agencia hab&#237;a averiguado que la tapadera de Michael ya no serv&#237;a para nada. Lo hab&#237;an sacado de Londres para asignarle un tedioso trabajo de oficina en Langley. Era desgraciado en el trabajo y segu&#237;a destrozado por la muerte de Sarah.

Ni siquiera miraba a otras mujeres, pero entonces le presentaron a Elizabeth Cannon, la hermosa y brillante hija del famoso senador de Nueva York, y por primera vez desde aquella noche en Chelsea Embankment, Michael sinti&#243; que la sombra de Sarah Randolph empezaba a alejarse.

Aquella noche hicieron el amor, y Michael minti&#243; a Elizabeth sobre su trabajo; de hecho, sigui&#243; minti&#233;ndole durante meses, pero cuando empezaron a plantearse el matrimonio, se vio obligado a contarle la verdad. Trabajaba para la CIA como supervisor de agentes que se infiltraban en grupos terroristas, y una mujer a la que amaba con locura hab&#237;a sido asesinada delante de sus narices. Elizabeth lo abofete&#243; y le dijo que no quer&#237;a volver a verle. Michael crey&#243; haberla perdido para siempre.

Su relaci&#243;n jam&#225;s se recobr&#243; por completo de aquellas primeras mentiras. Elizabeth equiparaba el trabajo de Michael con otras mujeres a causa de Sarah. Cada vez que Michael se iba, reaccionaba como si su marido la traicionara, y cuando regresaba, buscaba de forma inconsciente huellas de otras mujeres en su cuerpo. El d&#237;a en que dej&#243; la Agencia fue el m&#225;s feliz de su vida, y ahora, todo estaba a punto de empezar de nuevo.

Michael cruz&#243; la calle, pas&#243; por debajo de la marquesina que coronaba el portal de su edificio y subi&#243; en el ascensor hasta el vest&#237;bulo privado del decimocuarto piso.

Encontr&#243; a Elizabeth donde la hab&#237;a dejado dos horas antes, repantigada en el sof&#225; bajo el ventanal que daba al parque y rodeada de varias pilas de carpetas de papel manila. El cenicero que yac&#237;a en el suelo estaba lleno de cigarrillos a medio fumar. Elizabeth llevaba el caso de una empresa de remolcadores de Staten Island a la que el gobierno federal hab&#237;a demandado por causar presuntamente un vertido de petr&#243;leo en la costa de Nueva Jersey. El caso ir&#237;a a juicio al cabo de dos semanas, y era el primero que llevaba desde su regreso al bufete. Trabajaba demasiadas horas, tomaba demasiado caf&#233; y fumaba demasiado. Michael la bes&#243; en la frente y le quit&#243; el cigarrillo encendido de entre los dedos. Elizabeth lo mir&#243; por encima de las gafas de lectura, luego se fij&#243; de nuevo en el cuaderno en el que estaba tomando notas con su letra amplia e inclinada, alarg&#243; inconscientemente la mano hacia el paquete de cigarrillos y se encendi&#243; otro.

Fumas demasiado -advirti&#243; Michael.

Lo dejar&#233; cuando lo dejes t&#250; -replic&#243; ella sin levantar la mirada-. &#191;Qu&#233; tal la cena?

Bien.

&#191;Qu&#233; quer&#237;an?

Quieren que vuelva. Tienen un trabajo para m&#237;.

&#191;Y qu&#233; les has dicho?

Que primero quer&#237;a hablarlo contigo.

Eso suena a que quieres aceptar el trabajo.

Elizabeth dej&#243; caer el cuaderno y se quit&#243; las gafas. Estaba exhausta y tensa, una combinaci&#243;n letal. Al mirarla a los ojos, Michael perdi&#243; el valor para continuar, pero su mujer lo presion&#243;.

&#191;De qu&#233; se trata?

Quieren que dirija un equipo especial que se ocupe de Irlanda del Norte.

&#191;Por qu&#233; t&#250;?

Porque he trabajado en Irlanda del Norte y en la central. Monica y Adrian creen que es la combinaci&#243;n perfecta.

Monica intent&#243; que te echaran de la Agencia hace un a&#241;o, y tu gran amigo Adrian no se herni&#243; por defenderte, precisamente. &#191;A qu&#233; se debe este giro tan radical?

Monica dice que todo est&#225; perdonado.

Y t&#250; quieres aceptar su oferta; de lo contrario les habr&#237;as dicho que no de inmediato.

S&#237;, quiero aceptarla.

&#161;Maldita sea! -Elizabeth aplast&#243; el cigarrillo y encendi&#243; otro-. &#191;Por qu&#233;, Michael? Cre&#237;a que hab&#237;as acabado con la Agencia, que quer&#237;as empezar una nueva vida.

Yo tambi&#233;n.

Entonces, &#191;por qu&#233; permites que te metan otra vez en lo mismo?

&#161;Porque echo de menos el trabajo! Echo de menos levantarme por la ma&#241;ana y tener un sitio adonde ir.

Pues busca un empleo si quieres. Ha pasado un a&#241;o desde que te dispararon; ya est&#225;s recuperado.

No hay muchas empresas que busquen a personal con mis cualificaciones.

Pues trabaja de voluntario. No necesitamos el dinero.

No necesitamos el dinero porque t&#250; tienes trabajo. Un trabajo importante.

Y t&#250; tambi&#233;n quieres tener un trabajo importante.

S&#237;. Creo que ayudar a devolver la paz a Irlanda del Norte ser&#237;a una experiencia interesante y enriquecedora.

Siento desilusionarte, pero los irlandeses del norte llevan mucho tiempo mat&#225;ndose los unos a los otros. Har&#225;n la guerra o la paz independientemente de lo que piense la CIA.

Y hay otra cosa -a&#241;adi&#243; Michael-. Tu padre est&#225; a punto de convertirse en un objetivo potencial de los terroristas, y quiero asegurarme de que no le pase nada.

&#161;Qu&#233; noble y desinteresado! -se burl&#243; Elizabeth con ojos centelleantes-. &#191;C&#243;mo te atreves a meter a mi padre en esto? Si quieres volver a la Agencia, al menos ten la decencia de no utilizar a mi padre como excusa.

Lo echo de menos, Elizabeth -musit&#243; Michael-. Es mi trabajo y no s&#233; hacer nada m&#225;s. No s&#233; ser nada m&#225;s.

Dios m&#237;o, qu&#233; pat&#233;tico. A veces me das pena. Odio esta parte de ti, Michael, odio los secretos y las mentiras. Pero si me interpongo en tu camino, si me planto y te digo que no, entonces me lo reprochar&#225;s, y eso no podr&#233; soportarlo.

No te lo reprochar&#233;.

&#191;Olvidas que tienes a dos ni&#241;os peque&#241;os durmiendo aqu&#237; al lado?

La mayor&#237;a de los padres con hijos peque&#241;os tienen trabajo.

Elizabeth guard&#243; silencio.

Monica dice que puedo trabajar desde Nueva York un par de d&#237;as a la semana e ir y volver de Washington el resto del tiempo.

Parece que ya lo ten&#233;is todo montado. &#191;Y cu&#225;ndo quiere que empieces tu nueva mejor amiga?

Tu padre jurar&#225; el cargo dentro de dos d&#237;as en el Departamento de Estado. El presidente quiere que vaya a Londres en seguida. He pensado que me ir&#237;a bien pasar unas cuantas horas en la Central para aclimatarme.

Elizabeth se levant&#243; y cruz&#243; la estancia.

Bueno, pues felicidades, Michael. Perd&#243;name si no abro una botella de champ&#225;n para celebrarlo.



15

Washington  Cuartel General de la CIA  Nueva York

Douglas Cannon jur&#243; el cargo de embajador estadounidense en Londres en una ceremonia celebrada en el s&#233;ptimo piso del Departamento de Estado. El secretario de Estado, Martin Claridge, fue quien le tom&#243; juramento, el mismo juramento que se toma al presidente. Douglas jur&#243; mantener, proteger y defender la Constituci&#243;n de Estados Unidos y los doscientos asistentes invitados en el &#250;ltimo momento le dedicaron una ovaci&#243;n.

La sala de celebraciones del Departamento de Estado tiene una gran terraza que da al sur, con vistas al Mall de Washington y al r&#237;o Potomac. El cielo estaba despejado y la temperatura volv&#237;a a ser agradable tras varios d&#237;as de fr&#237;o g&#233;lido, por lo que despu&#233;s de la ceremonia casi todos los invitados huyeron de la estancia caldeada en exceso para tomar el aire en la terraza. Los monumentos a Washington y Lincoln refulg&#237;an a la luz del sol. Michael permanec&#237;a algo apartado del gent&#237;o, tomando caf&#233; en una delicada taza de porcelana y fumando un cigarrillo para ahuyentar a posibles moscones. &#191;A qu&#233; se dedica? Es la segunda frase de casi todas las conversaciones en Washington, y Michael no estaba de humor para urdir mentiras.

Observ&#243; a Elizabeth, que se mov&#237;a entre la gente como pez en el agua. Siempre hab&#237;a detestado criarse en el seno de una familia metida en pol&#237;tica, pero esa misma circunstancia le hab&#237;a proporcionado la habilidad necesaria para pasearse por una estancia atestada de personalidades de la talla de un presidente reelegido. Charl&#243; despreocupada con el secretario de Estado, varios miembros del Congreso e incluso algunos periodistas. Michael la admiraba profundamente. Hab&#237;a sido entrenado para pasar inadvertido, moverse sin ser visto y estar siempre atento a cualquier indicio de problemas. Las recepciones lo pon&#237;an nervioso. Se abri&#243; paso entre los asistentes hasta llegar junto a su mujer.

Tengo que irme -le dijo, bes&#225;ndola en la mejilla.

&#191;Cu&#225;ndo volver&#225;s a casa?

Intentar&#233; coger el vuelo de las siete.

Uno de los abogados del antiguo bufete de Elizabeth la vio y entabl&#243; conversaci&#243;n con ella. Michael se alej&#243; a la luz radiante del sol. Se volvi&#243; para mirar de nuevo a Elizabeth, pero &#233;sta se hab&#237;a puesto las gafas oscuras, de modo que no supo si lo miraba a &#233;l o a su antiguo compa&#241;ero del bufete. Elizabeth era muy lista. Michael siempre hab&#237;a cre&#237;do que habr&#237;a sido una esp&#237;a estupenda.


Michael cruz&#243; el puente Memorial y condujo hacia el norte por la avenida George Washington Memorial. El r&#237;o reluc&#237;a a sus pies. Las ramas desnudas de los &#225;rboles se agitaban al viento. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de conducir por un t&#250;nel ba&#241;ado en luz parpadeante. En los viejos tiempos, antes de que vendiera el Jaguar, conducir entre su casa de Georgetown y el cuartel general era su actividad predilecta del d&#237;a, pero no era lo mismo hacerlo en un Ford Taurus alquilado.

Lleg&#243; a la entrada principal de la CIA, se detuvo ante la caseta de vigilancia protegida por vidrios antibalas y dio su nombre al agente de Servicios Especiales de Protecci&#243;n; puesto que ya no ten&#237;a identificaci&#243;n de la Agencia, le alarg&#243; su carn&#233; de conducir de Nueva York. El agente consult&#243; su nombre en una lista, le entreg&#243; un pase de color rosa, una elecci&#243;n crom&#225;tica que siempre hab&#237;a dejado perplejo a Michael, y le indic&#243; que aparcara en el estacionamiento para visitantes.

Mientras atravesaba el vest&#237;bulo de m&#225;rmol blanco tuvo la sensaci&#243;n de flotar por un lugar de su infancia. Todo le parec&#237;a un poco m&#225;s peque&#241;o y un poco m&#225;s sucio. Camin&#243; sobre el sello de la Agencia grabado en el suelo y contempl&#243; la estatua de Bill Donovan, fundador de la predecesora de la CIA, la Oficina de Servicios Estrat&#233;gicos que operaba durante la guerra, as&#237; como la pared de estrellas dedicadas a agentes de la CIA muertos en acto de servicio.

Se dirigi&#243; al mostrador de recepci&#243;n, situado junto a una hilera de torniquetes de m&#225;xima seguridad, y se present&#243; al oficial de guardia. El hombre marc&#243; el n&#250;mero de Adrian Carter y murmur&#243; algunas palabras. A continuaci&#243;n colg&#243;, mir&#243; a Michael con aire suspicaz y le dijo que se sentara en uno de los bancos negros acolchados del vest&#237;bulo. Un tr&#237;o de chicas guapas vestidas con vaqueros y sudaderas pasaron junto a &#233;l y cruzaron los torniquetes. La nueva CIA, se dijo Michael. La cruzada de los ni&#241;os. &#191;Qu&#233; pensar&#237;a el Salvaje Bill Donovan de ese lugar? De repente se sinti&#243; muy viejo.

Diez minutos m&#225;s tarde, Carter apareci&#243; al otro lado de la barricada de seguridad con una sonrisa at&#237;pica en &#233;l.

Bueno, bueno, bueno, ha vuelto el hijo pr&#243;digo -exclam&#243;-. D&#233;jale pasar, Sam. Es pesado, pero relativamente inofensivo.

&#191;Por qu&#233; narices has tardado tanto? -refunfu&#241;&#243; Michael.

Estaba hablando por tel&#233;fono con Monica. Quiere una evaluaci&#243;n sobre la situaci&#243;n de Irlanda del Norte ma&#241;ana mismo.

Por el amor de Dios, Adrian, si ni siquiera he llegado a mi mesa a&#250;n.

Lo primero es lo primero, Michael.

&#191;A qu&#233; te refieres?

A que tenemos que ir a Personal.

Carter dej&#243; a Michael en Personal, y durante tres horas soport&#243; el pesado ritual que se requer&#237;a para volver a entrar en el mundo secreto. Prometi&#243; que no ten&#237;a intenci&#243;n de revelar secretos a ninguna potencia extranjera, que no beb&#237;a alcohol en exceso ni consum&#237;a drogas, que no era homosexual ni dado a desviaciones sexuales de ninguna &#237;ndole, que no ten&#237;a deudas que no pudiera pagar, que no atravesaba problemas conyugales, aparte de los que provocaba su regreso a la Agencia, pens&#243;. Tras firmar y estampar sus iniciales en todos los documentos de rigor, le hicieron unas fotos y le entregaron una tarjeta de identificaci&#243;n nueva con una cadena para que la llevara al cuello mientras estuviera en el interior del cuartel general. Aguant&#243; estoico la advertencia de no mostrar la identificaci&#243;n en p&#250;blico, y recibi&#243; una contrase&#241;a inform&#225;tica y una acreditaci&#243;n de seguridad para poder sacar documentos clasificados del sistema inform&#225;tico de la Agencia.

El Centro de Antiterrorismo hab&#237;a cambiado de lugar durante la ausencia de Michael. Del reducido espacio de la sexta planta del edificio anterior hab&#237;a pasado a una gran sala de cub&#237;culos blancos en la Torre Sur. Al entrar en ella, Michael tuvo la sensaci&#243;n de adentrarse en la secci&#243;n de siniestros de una aseguradora. El CAT hab&#237;a nacido durante la administraci&#243;n Reagan para combatir una oleada de atentados terroristas contra ciudadanos e intereses estadounidenses en el extranjero. En el diccionario de Langley, recib&#237;a el nombre de centro porque echaba mano del personal y los recursos de las caras tanto clandestina como anal&#237;tica de la CIA. Asimismo contaba con empleados de otros organismos gubernamentales, tales como la DEA, el Departamento de Justicia, el servicio de Guardacostas y la FAA. Incluso el gran rival de la CIA, el FBI, desempe&#241;aba un papel preponderante en el CAT, algo que habr&#237;a sido tachado de herej&#237;a en tiempos del padre de Michael.

Carter practicaba el putt sobre la alfombra de su espacioso despacho y no vio llegar a Michael. Los dem&#225;s se levantaron para saludarlo. Ah&#237; estaba Alan, un contable del FBI con pinta de empoll&#243;n que investigaba el flujo secreto de dinero por los bancos m&#225;s discretos y sucios del mundo. Tambi&#233;n Stephen, alias Eurobasura, que controlaba las agonizantes bandas terroristas de izquierdas de Europa Occidental. Resplandor, un gigante de Nuevo M&#233;xico que hablaba diez dialectos indios y espa&#241;ol con docenas de acentos regionales distintos. Sus objetivos eran los movimientos de guerrillas y grupos terroristas de Latinoam&#233;rica. Como de costumbre, iba vestido como un campesino peruano, con camisa holgada y sandalias de cuero. Se consideraba un samur&#225;i moderno, un aut&#233;ntico guerrero-poeta. En cierta ocasi&#243;n hab&#237;a intentado ense&#241;ar a Michael a matar con una American Express. Inconscientemente, Michael contuvo el aliento cuando tendi&#243; la mano a Resplandor y la vio desaparecer en su enorme garra.

Carter sali&#243; de su despacho con un palo de golf en una mano y un mont&#243;n de expedientes en la otra.

&#191;D&#243;nde me siento? -pregunt&#243; Michael.

En la esquina de Osama bin Laden con Carlos el Chacal.

&#191;De qu&#233; narices est&#225;s hablando?

Este sitio es tan grande que hemos inventado direcciones para que la gente se encuentre -explic&#243; Carter al tiempo que se&#241;alaba los peque&#241;os r&#243;tulos azules pegados en la parte superior de los cub&#237;culos-. La verdad es que lo pasamos bastante bien ideando nombre de calles.

Condujo a Michael por el bulevar Abu Nidal, un largo pasillo flanqueado de cub&#237;culos, y dobl&#243; a la derecha por la calle Osama bin Laden. Se detuvo al llegar a un cub&#237;culo ciego en la esquina de la avenida Carlos el Chacal. La mesa estaba repleta de expedientes viejos, y alguien hab&#237;a birlado el monitor del ordenador.

En teor&#237;a tienen que traerte uno nuevo hoy mismo -coment&#243; Carter.

Eso significa dentro de un mes con suerte.

Enviar&#233; a alguien para que se lleve estos expedientes. Tienes que ponerte a trabajar. Cynthia te pondr&#225; al d&#237;a.

Se refer&#237;a a Cynthia Martin, un &#225;ngel rubio de origen brit&#225;nico y encargada de la secci&#243;n de terrorismo en Irlanda del Norte. Hab&#237;a estudiado movimientos sociales en la Facultad de Econ&#243;micas de Londres y dado clase durante un tiempo en Georgetown antes de entrar en la Agencia. Sab&#237;a m&#225;s del IRA de lo que Michael llegar&#237;a a aprender jam&#225;s. Irlanda del Norte era su territorio; era ella quien deber&#237;a encabezar el equipo especial.

Cynthia mir&#243; la mesa de Michael con el entrecejo fruncido.

&#191;Por qu&#233; no vamos a mi cub&#237;culo?

Gui&#243; a Michael hasta su mesa y se sent&#243;.

Mira, Michael, no voy a fingir que no estoy cabreada.

Cynthia era conocida por su franqueza y su lengua afilada. De hecho, a Michael le extra&#241;aba que no le hubiera soltado aquel exabrupto hasta entonces.

Soy yo quien deber&#237;a dirigir el equipo, no alguien que lleva un a&#241;o sin poner los pies en el centro.

Yo tambi&#233;n me alegro de verte, Cynthia.

Este sitio sigue siendo un club masculino, por mucho que la directora sea una mujer. Y aunque tengo pasaporte estadounidense, en la s&#233;ptima planta me siguen considerando la zorra inglesa.

&#191;Has terminado?

S&#237;, he terminado. Ten&#237;a que sacarlo. -De repente le sonri&#243;-. &#191;C&#243;mo est&#225;s?

Bien.

&#191;Y las heridas?

Curadas.

&#191;Me reprochas que est&#233; enfadada?

Claro que no; tienes todo el derecho del mundo Adrian me ha dado autoridad para organizar el equipo como mejor me parezca -a&#241;adi&#243; tras una pausa-. Necesito un segundo competente.

&#191;Me est&#225;s ofreciendo el trabajo?

Michael asinti&#243;.

Pues supongo que acepto.

Michael alarg&#243; la mano, y Cynthia se la estrech&#243;.

Bienvenida a bordo, Cynthia.

Gracias, Michael. Bueno, tenemos mucho que hacer, as&#237; que manos a la obra.


Cuatro horas m&#225;s tarde, Adrian Carter asom&#243; la cabeza al cub&#237;culo de Cynthia.

Quiero que veas una cosa, Michael.

Michael lo sigui&#243; a su despacho. Carter cerr&#243; la puerta y le alarg&#243; un gran sobre de papel manila.

&#191;Qu&#233; es?

La Oficina de Servicios T&#233;cnicos ha estado manipulando el v&#237;deo del asesinato de Ahmed Hussein -dijo Carter-. Han limpiado la imagen por ordenador.

Michael abri&#243; el sobre y sac&#243; una fotograf&#237;a de gran formato en la que se ve&#237;a una mano sujetando un arma. En el dorso de la mano, entre la mu&#241;eca y los primeros nudillos, se ve&#237;a una cicatriz fruncida.

Es &#233;l, Adrian. Maldita sea, es &#233;l.

Hemos dado aviso a la Interpol y a los servicios de inteligencia amigos de todo el mundo. Servicios T&#233;cnicos est&#225; usando las im&#225;genes que tenemos para crear un retrato. Como sabes, las im&#225;genes son poco claras, no sabemos qu&#233; aspecto tiene. Quieren que les eches una mano.

No llegu&#233; a verle bien la cara -observ&#243; Michael-, pero me hice una idea.

Ve a Servicios T&#233;cnicos ahora mismo. Quiero que ese retrato circule lo antes posible.

Michael se qued&#243; mirando la cicatriz de la fotograf&#237;a.

Si quiere trabajar, tendr&#225; que moverse -se&#241;al&#243; Carter-. Y si se mueve, le pisaremos los talones.

Michael esboz&#243; una sonrisa y le entreg&#243; la foto.

&#191;Te alegras de haber aceptado mi invitaci&#243;n?

Desde luego, joder.


Michael perdi&#243; el vuelo de las siete por cinco minutos. Llam&#243; a casa para decirle a Elizabeth que llegar&#237;a m&#225;s tarde, pero no obtuvo respuesta, as&#237; que dej&#243; un mensaje y tom&#243; una cerveza en el bar del aeropuerto mientras esperaba para embarcar.

Una vez en el avi&#243;n se dedic&#243; a mirar por la ventanilla mientras por su mente cruzaban im&#225;genes de Irlanda del Norte. Hab&#237;a pasado buena parte del d&#237;a encerrado en el cub&#237;culo de Cynthia Martin, estudiando las organizaciones paramilitares del Ulster.

Cab&#237;a la posibilidad de que cualquiera de los grupos protestantes ya existentes hubieran perpetrado los atentados y empleado el seud&#243;nimo de Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster para despistar. Asimismo, era posible que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster fuera un grupo nuevo consistente en miembros sin experiencia paramilitar previa. Michael ten&#237;a la teor&#237;a de que la Brigada era un grupo peque&#241;o, muy bien organizado y experimentado de radicales protestantes que hab&#237;an desertado de las bandas conocidas a causa del alto el fuego. Los tres atentados demostraban demasiada profesionalidad y hab&#237;an tenido demasiado &#233;xito para ser obra de operativos inexpertos. A todas luces, los cabecillas eran despiadados y har&#237;an lo que fuera para proteger la seguridad de la organizaci&#243;n, lo que quedaba demostrado por el hecho de que los tres terroristas responsables de la ejecuci&#243;n de los ataques estaban muertos. Identificar a sus miembros resultar&#237;a dif&#237;cil, si no imposible.

Michael hab&#237;a pasado casi todo el d&#237;a revisando los expedientes de todos los integrantes conocidos de las organizaciones paramilitares. Los rostros surcaban su mente como im&#225;genes de una pel&#237;cula: fotograf&#237;as policiales, fotograf&#237;as tomadas por equipos de vigilancia, retratos robot

De repente le acudi&#243; a la mente otra cara, la imagen difusa e incompleta de Octubre. Michael hab&#237;a sospechado que segu&#237;a vivo; ahora ten&#237;a en sus manos la prueba, la instant&#225;nea de una cicatriz. Sin embargo, sab&#237;a que las posibilidades de echarle el guante eran m&#237;nimas. Lo &#250;nico que pod&#237;a hacer era dar aviso y esperar la siguiente pista.

Michael pidi&#243; una cerveza a la azafata y volvi&#243; a llamar a casa, pero sin &#233;xito. Por lo general hablaba con Elizabeth varias veces al d&#237;a porque su mujer llamaba constantemente para preguntar por los ni&#241;os, pero ese d&#237;a no hab&#237;an hablado desde la ceremonia. S&#243;lo llevaba un d&#237;a en la Agencia, pero ya percib&#237;a cierta distancia entre ellos. Se sent&#237;a culpable, pero tambi&#233;n satisfecho, &#250;til y activo, emociones que llevaba muchos meses sin experimentar. Detestaba reconocerlo, pero la Agencia tambi&#233;n era su hogar, en ocasiones un hogar disfuncional, con padres que se peleaban e hijos incorregibles, pero hogar al fin y al cabo.


Encontr&#243; a Elizabeth tumbada en la cama y rodeada de papeles. La bes&#243; en el cuello, pero ella se lo restreg&#243; como si le escociera. Michael se desvisti&#243;, se prepar&#243; un bocadillo y luego se acost&#243; junto a ella.

Te preguntar&#237;a c&#243;mo te ha ido el d&#237;a, pero no me lo podr&#237;as contar -mascull&#243; Elizabeth.

Me gusta volver a trabajar -reconoci&#243; Michael, aunque de inmediato lament&#243; haberlo dicho.

Tus hijos est&#225;n bien, por cierto.

Michael dej&#243; el bocadillo en la mesilla de noche y le quit&#243; la carpeta de las manos.

&#191;Cu&#225;nto tiempo va a durar esto? -pregunt&#243;.

&#191;Cu&#225;nto tiempo va a durar qu&#233;?

Ya sabes a qu&#233; me refiero, Elizabeth. Quiero saber cu&#225;nto tiempo vas a tratarme como a un paria.

No puedo fingir que esta situaci&#243;n me gusta, Michael. No puedo fingir que no me siento agobiada por el trabajo, los ni&#241;os y los continuos viajes de mi marido a Washington.

Encendi&#243; un cigarrillo con rabia.

Detesto ese lugar. Detesto lo que te hace. Detesto lo que nos hace a los dos.

Tu padre presenta sus credenciales a la reina la semana que viene. Tengo que ir a Londres un par de d&#237;as. &#191;Por qu&#233; no me acompa&#241;as y as&#237; pasamos alg&#250;n tiempo juntos?

Porque no puede largarme a Londres as&#237; como as&#237; -espet&#243; Elizabeth-. Tengo un juicio. Tengo hijos y t&#250; tambi&#233;n, por si lo hab&#237;as olvidado.

Claro que no.

Acabas de ir a Londres. &#191;Por qu&#233; tienes que volver tan pronto?

Tengo que renovar algunos contactos.

&#191;En Londres?

No, en Belfast.



16

Londres

La residencia oficial del embajador estadounidense en Gran Breta&#241;a es Winfield House, una mansi&#243;n estilo rey Jorge de ladrillo rojo situada en un terreno de casi media hect&#225;rea en medio de Regent's Park. Barbara Hutton, la heredera de la fortuna de los Woolworth, la hizo construir en 1934, al instalarse en Londres con su esposo dan&#233;s, el conde de Haugwitz-Reventlow. Se divorci&#243; del conde en 1938 y regres&#243; a los Estados Unidos, donde se cas&#243; con Cary Grant. Despu&#233;s de la guerra vendi&#243; Winfield House al gobierno estadounidense por la cantidad de un d&#243;lar, y el embajador Winthrop Aldrich se instal&#243; all&#237; en 1955.

Douglas Cannon se hab&#237;a alojado ya dos veces en Winfield House con motivo de sendos viajes oficiales a Londres, pero al instalarse volvi&#243; a sentirse impresionado por su amplitud y elegancia. Mientras examinaba las magn&#237;ficas y aireadas estancias de la planta baja, le result&#243; dif&#237;cil creer que Barbara Hutton hubiera concebido Winfield House como residencia privada.

Cuando Michael lleg&#243; dos d&#237;as m&#225;s tarde, Douglas lo condujo de una sala a otra, mostr&#225;ndole el mobiliario y la decoraci&#243;n como si hubiera seleccionado y pagado personalmente cada pieza. Su habitaci&#243;n predilecta era la Sala Verde, un espacio enorme y luminoso que daba al jard&#237;n lateral, con las paredes cubiertas de papel chino pintado a mano, arrancado con inmenso cuidado de las paredes de un castillo irland&#233;s. Ah&#237; pod&#237;a sentarse junto al fuego, bajo los grandes espejos Chippendale, y contemplar a los pavos y conejos que correteaban entre los vallecitos y sauces del jard&#237;n.

La enorme casa era tan silenciosa que la ma&#241;ana en que Douglas ten&#237;a audiencia con la reina, Michael despert&#243; al o&#237;r repicar a lo lejos las campanas del Big Ben. Mientras se pon&#237;a la corbata blanca y el frac junto a la ventana de la habitaci&#243;n de invitados, vio a un zorro rojo acechando a un cisne blanco en el jard&#237;n a&#250;n en penumbra.


Fueron a la embajada en el coche oficial de Douglas, protegidos por un equipo de guardaespaldas del Cuerpo Especial. Poco antes de las once de la ma&#241;ana, el ruido de los cascos de caballos llenaba Grosvenor Square. Michael mir&#243; por la ventanilla y vio al introductor de embajadores, que hizo su entrada en el primero de tres carruajes. El personal de la embajada empez&#243; a aplaudir cuando Douglas sali&#243; del ascensor y ech&#243; a andar entre dos hileras de marines.

Douglas se sent&#243; en el primer carruaje, junto al introductor de embajadores, mientras que Michael sub&#237;a al tercero en compa&#241;&#237;a de tres altos cargos de la embajada. Uno de ellos era el jefe de la CIA en Londres, David Wheaton, un angl&#243;filo descarado. Con su abrigo y su cabello gris engominado, parec&#237;a un actor del casting de Retorno a Brideshead. Wheaton nunca hab&#237;a ocultado su animadversi&#243;n hacia Michael. Una eternidad atr&#225;s, Wheaton hab&#237;a trabajado para el padre de Michael, reclutando esp&#237;as rusos. El padre de Michael consideraba que Wheaton carec&#237;a de las habilidades sociales y la astucia callejera necesarias para ser un buen reclutador y redact&#243; un informe devastador, que a punto estuvo de costarle la carrera.

La Agencia decidi&#243; dar otra oportunidad a Wheaton. A los hombres como &#233;l, con el pedigree y la educaci&#243;n adecuados, siempre les daban una segunda oportunidad. Lo enviaron a &#193;frica meridional como jefe de la estaci&#243;n de Luanda. Al cabo de seis meses fue detenido en un control policial cuando se dirig&#237;a a una reuni&#243;n con un agente. En la guantera llevaba su caja negra, es decir, la lista de nombres, procedimientos de contacto y calendarios de pago de todos los agentes de la CIA en Angola. Wheaton fue declarado persona non grata, y una red entera de agentes fueron detenidos, torturados y asesinados. La p&#233;rdida de catorce hombres no pareci&#243; perturbar en exceso su conciencia. En su informe sobre la cat&#225;strofe culp&#243; a los agentes de desmoronarse durante los interrogatorios.

Finalmente, la Agencia retir&#243; a Wheaton del servicio clandestino y lo asign&#243; a la secci&#243;n sovi&#233;tica del cuartel general, donde prosper&#243; en el arte de la burocracia del chismorreo y la intriga. Londres era la vuelta de honor para una carrera mediocre y en ocasiones desastrosa. Dirig&#237;a la estaci&#243;n como si se tratara de su feudo privado. Michael hab&#237;a o&#237;do rumores de rebeli&#243;n. La abreviatura que la Agencia empleaba para el jefe de estaci&#243;n era JE, que entre los agentes de Londres se traduc&#237;a por Jodido Energ&#250;meno.

Vaya, vaya, pero si es el h&#233;roe de Heathrow -se mof&#243; Wheaton cuando Michael subi&#243; al carruaje y se acomod&#243; en el asiento de madera.

Durante el atentado de Heathrow, Michael hab&#237;a reducido a un tirador y matado a otro. La Agencia le hab&#237;a otorgado una menci&#243;n al valor, algo que Wheaton jam&#225;s le hab&#237;a perdonado.

&#191;C&#243;mo est&#225;s, David?

Cre&#237;a que te hab&#237;as retirado.

Y es cierto, pero te echaba tanto de menos que he vuelto.

Tenemos que hablar.

Me muero de impaciencia.

Ya me lo imagino.

Turistas y transe&#250;ntes contemplaban boquiabiertos los carruajes mientras &#233;stos avanzaban por el denso tr&#225;fico de Grosvenor Square, Park Lane, Hyde Park Corner y Constitution Hill, aunque parec&#237;an decepcionados al descubrir que no se trataba m&#225;s que de un grupo de diplom&#225;ticos de mediana edad y no de alg&#250;n miembro de la familia real.

Cuando los carruajes cruzaron la verja de Buckingham Palace, una peque&#241;a banda, la misma que acompa&#241;a el cambio de guardia, atac&#243; una inspirada versi&#243;n de Yankee Doodle Dandy. Douglas se ape&#243;, y a su encuentro acudieron el secretario privado de la reina y el jefe de protocolo del Ministerio de Exteriores.

Una vez en el interior del palacio, subieron la grandiosa escalera y cruzaron toda una serie de estancias doradas que dejaban Winfield House a la altura del bet&#250;n. Michael y los altos cargos de la embajada los segu&#237;an a algunos pasos de distancia. Por fin llegaron ante una puerta de doble hoja. Esperaron unos instantes hasta que a una se&#241;al secreta la puerta empez&#243; a abrirse.


La reina Isabel II estaba de pie en el centro de una sala cavernosa. Llevaba un traje azul oscuro, y de su mu&#241;eca pend&#237;a el sempiterno bolso. El subsecretario permanente del Ministerio de Exteriores, sir Patrick Wright, esperaba a su lado. Douglas atraves&#243; la sala a paso un poco demasiado r&#225;pido y se inclin&#243; ante ella de forma correcta. Acto seguido le alarg&#243; el sobre que conten&#237;a sus credenciales y recit&#243; la frase de rigor.

Majestad, tengo el honor de presentar la carta de retirada de mi predecesor y mis credenciales.

La reina Isabel cogi&#243; el sobre y se lo entreg&#243; a sir Patrick sin examinar su contenido.

Estoy muy complacida de que el presidente Beckwith haya tenido la visi&#243;n y el sentido com&#250;n de nombrar a alguien de su calidad embajador en Londres en un momento como &#233;ste -dijo-. Para serle franca, embajador Cannon, no entiendo por qu&#233; sus presidentes suelen nombrar embajadores en Londres a sus partidarios pol&#237;ticos en lugar de profesionales como usted.

Bueno, Majestad, tampoco yo soy un profesional. En el fondo de mi coraz&#243;n soy pol&#237;tico. Que yo sepa, s&#243;lo un profesional ha sido embajador en Londres; me refiero a Raymond Seitz, que representaba a George Bush.

Era un hombre encantador -asegur&#243; la reina-, pero estamos impacientes por empezar a trabajar con usted. Tiene usted mucha experiencia en asuntos internacionales, y si no recuerdo mal, presidi&#243; ese comit&#233; del Senado Ay, Patrick, &#191;c&#243;mo se llama?

El Comit&#233; de Relaciones Internacionales -terci&#243; sir Patrick.

Es cierto.

En estos momentos, la situaci&#243;n en Irlanda del Norte es muy tensa, y necesitamos el respaldo de su gobierno para llevar el proceso de paz a buen puerto.

Ser&#225; un honor para m&#237; colaborar con usted, Majestad.

Lo mismo digo.

Douglas percibi&#243; que la reina estaba inquieta; la conversaci&#243;n hab&#237;a llegado a su conclusi&#243;n natural.

&#191;Me permite que le presente a los altos cargos de la embajada, Majestad?

La reina asinti&#243;. La puerta se abri&#243;, y por ella entraron diez diplom&#225;ticos. Douglas los present&#243; uno a uno. Cuando describi&#243; a Wheaton como jefe de relaciones pol&#237;ticas, la reina le lanz&#243; una mirada dubitativa.

Soy viudo, Majestad, mi esposa muri&#243; hace algunos a&#241;os. Mi hija no ha podido acompa&#241;arme, pero me gustar&#237;a presentarle a mi yerno, Michael Osbourne -pidi&#243; Douglas.

La reina volvi&#243; a asentir, y Michael cruz&#243; el umbral. Un destello de reconocimiento brill&#243; en los ojos de la reina.

&#191;No es usted el hombre que estuvo implicado en lo de Heathrow el a&#241;o pasado? -murmur&#243;, inclin&#225;ndose hacia &#233;l.

S&#237;, Majestad, pero

No se preocupe, se&#241;or Osbourne -lo ataj&#243; la reina en un susurro conspiratorio-. Le sorprender&#237;a saber las cosas que me cuentan; le aseguro que s&#233; guardar un secreto.

Estoy convencido de ello, Majestad -repuso Michael con una sonrisa.

Si alguna vez deja su trabajo, me gustar&#237;a honrarle como Dios manda por lo que hizo aquel d&#237;a. Su intervenci&#243;n salv&#243; innumerables vidas. Lamento que no hayamos tenido ocasi&#243;n de conocernos hasta ahora.

Trato hecho, Majestad.

Estupendo.

Michael retrocedi&#243; para situarse junto a los diplom&#225;ticos y sonri&#243; a Wheaton, pero &#233;ste le devolvi&#243; una mueca como si acabara de tragarse el alfiler de la corbata.

Volvieron sobre sus pasos por las estancias de Buckingham Palace. Wheaton apareci&#243; junto a Michael y lo asi&#243; del codo. Wheaton jugaba al tenis y ten&#237;a mucha fuerza en la mano derecha a base de apretar la pelota para aliviar la ansiedad del poder. Michael contuvo el impulso de desasirse. Wheaton era un abus&#243;n, seguramente porque tambi&#233;n &#233;l hab&#237;a sufrido abusos.

Te voy a decir una cosa en plan oficial, Michael -anunci&#243; Wheaton.

Siempre dec&#237;a cosas en plan oficial o en plan confidencial, lo que a Michael le parec&#237;a absurdo para un agente de inteligencia.

Creo que tu peque&#241;o viaje a Belfast es una idea de mierda.

&#191;Te parece apropiado emplear semejante lenguaje aqu&#237;, David?

Que te den por el culo, Michael -susurr&#243; Wheaton.

Michael se zaf&#243; de &#233;l.

Kevin Maguire ya no es agente tuyo.

Michael le lanz&#243; una mirada desaprobadora por haber cometido el delito capital de pronunciar el nombre de un agente en voz alta en una habitaci&#243;n no segura. Wheaton consideraba la inteligencia como un juego al que hab&#237;a que jugar para ganar, y sostener una conversaci&#243;n susurrada sobre un agente mientras paseaba por Buckingham Palace encajaba a las mil maravillas en la imagen que ten&#237;a de s&#237; mismo.

Si quieres hablar con &#233;l por el bien del equipo especial, deber&#237;a encargarse de ello su agente de control de la estaci&#243;n de Londres.

Heraldo era mi agente -dijo Michael, empleando el nombre en clave de Maguire-. Yo lo reclut&#233; y lo supervis&#233;, y fui yo quien lo convenc&#237; para que nos diera una informaci&#243;n que salv&#243; un mont&#243;n de vidas.

No es el momento de recordar el pasado, sobre todo en una ciudad como Belfast. &#191;Por qu&#233; no le pides lo que necesitas al agente de control de Heraldo? &#201;l se ocupar&#225; de todo.

Quiero hacerlo yo.

Michael, s&#233; que hemos tenido nuestras diferencias, pero te doy este consejo de buena fe. Ahora eres un bur&#243;crata, no un agente de campo. Tienes cuarenta y ocho a&#241;os, y por poco te matan el a&#241;o pasado. Incluso los mejores de nosotros perder&#237;amos comba. Deja que env&#237;e a mi hombre a reunirse con Heraldo.

No he perdido comba -contradijo Michael-. Y en cuanto a Irlanda del Norte, no ha cambiado en cuatrocientos a&#241;os. Creo que sabr&#233; cuidar de m&#237; mismo.

Salieron al brillante sol que ba&#241;aba el patio.

Heraldo quiere utilizar tus antiguos procedimientos para la reuni&#243;n -explic&#243; Wheaton-. Si no se aviene a celebrar la reuni&#243;n en los primeros dos d&#237;as, quiere que te largues de Belfast. &#191;Entendido?

Entendido, David.

Y si la cagas, acabo contigo.



17

Belfast

Los vuelos con destino a Irlanda del Norte salen de una secci&#243;n separada de la Terminal Uno, donde los pasajeros tienen que pasar por un dispositivo de seguridad antes de embarcar. Michael se hac&#237;a pasar por un escritor de libros de viajes que preparaba un art&#237;culo para una revista sobre las delicias del paisaje del Ulster. Durante el vuelo se dedic&#243; a leer gu&#237;as y mapas. El hombre de negocios ingl&#233;s sentado junto a &#233;l le pregunt&#243; si era su primera visita a Belfast. Michael esboz&#243; una sonrisa bobalicona y asinti&#243;. El avi&#243;n sobrevol&#243; Liverpool y a continuaci&#243;n el mar de Irlanda. El piloto anunci&#243; que acababan de abandonar el espacio a&#233;reo del Reino Unido y que aterrizar&#237;an en Belfast al cabo de veinticinco minutos. Michael ri&#243; para sus adentros; incluso a los brit&#225;nicos les costaba recordar que Irlanda del Norte forma parte del Reino Unido.

El avi&#243;n descendi&#243; por entre las nubes. Irlanda del Norte es como una inmensa granja interrumpida tan s&#243;lo por dos ciudades grandes, Belfast y Londonderry, y centenares de ciudades peque&#241;as, pueblos y aldeas. La campi&#241;a est&#225; dividida en miles de propiedades cuadradas, algunas verde esmeralda, otras color lima y aceituna, muchas en barbecho y pardas. Al este, donde las aguas del brazo de mar de Belfast se abr&#237;an al mar de Irlanda, Michael divis&#243; el castillo de Carrickfergus. Belfast yac&#237;a a los pies de la Monta&#241;a Negra, a horcajadas sobre el brazo de mar. Anta&#241;o hab&#237;a sido un pr&#243;spero centro de producci&#243;n de lino y construcci&#243;n de nav&#237;os, en cuyos astilleros hab&#237;a nacido el Titanic, pero ahora se parec&#237;a a cualquier ciudad industrial brit&#225;nica venida a menos, un laberinto humeante de edificios de ladrillo.

El avi&#243;n aterriz&#243; en el aeropuerto de Aldergrove. Michael se entretuvo un rato en el vest&#237;bulo para comprobar si lo vigilaban. Tom&#243; un t&#233; en la cafeter&#237;a y pase&#243; por la tienda de regalos. Una de las paredes aparec&#237;a forrada de libros sobre el conflicto. Asimismo hab&#237;a infinidad de camisetas y gorras con la inscripci&#243;n &#161;IRLANDA DEL NORTE!, como si fuera Cannes o Jamaica.

El viento estuvo a punto de arrancarle el abrigo del cuerpo cuando sali&#243; de la terminal. Pas&#243; por delante de la parada de taxis y subi&#243; a un autob&#250;s que se dirig&#237;a al centro de la ciudad. Belfast conjura im&#225;genes de conflictos civiles, p&#243;lvora y humo, pero el primer olor que azot&#243; las narices de Michael fue el del esti&#233;rcol. El autob&#250;s pas&#243; por un puesto de control, donde una pareja de agentes de la polic&#237;a del Ulster estaba poniendo patas arriba una furgoneta. Llegaron al centro de Belfast un cuarto de hora m&#225;s tarde.

El centro de Belfast es un lugar desprovisto de todo encanto, fr&#237;o y pulcro, demasiado nuevo en algunos puntos, demasiado viejo en otros. Hab&#237;a sufrido incontables atentados con bomba del IRA, veintid&#243;s de ellos el 21 de julio de 1972, el llamado Viernes Sangriento. Irlanda del Norte era el &#250;nico pa&#237;s de la tierra que pon&#237;a nervioso a Michael. La violencia pose&#237;a una cualidad cruel, incoherente y medieval que lo inquietaba sobremanera. Era una de las pocas ciudades del mundo en las que Michael ten&#237;a problemas ling&#252;&#237;sticos. Hablaba italiano, espa&#241;ol, franc&#233;s, hebreo razonablemente, alem&#225;n y griego de forma pasable, pero el ingl&#233;s de acento duro que se hablaba en West Belfast lo desconcertaba. Y el ga&#233;lico, que muchos cat&#243;licos hablaban con total fluidez, era un galimat&#237;as para &#233;l, como gravilla removida con una pala. Sin embargo, la gente le parec&#237;a especialmente amable, sobre todo con los extranjeros; en seguida te invitaban a un caf&#233; o t&#233; ofrec&#237;an un cigarrillo, siempre con el sentido del humor negro que tra&#237;a consigo el hecho de vivir en un mundo enloquecido.

Se inscribi&#243; en el hotel Europa y pas&#243; diez minutos registrando su habitaci&#243;n en busca de micr&#243;fonos. Consigui&#243; conciliar el sue&#241;o, pero lo despert&#243; una sirena y una voz grabada que le ordenaba evacuar el hotel de inmediato. Llam&#243; a recepci&#243;n, y la empleada le comunic&#243; con voz risue&#241;a que s&#243;lo estaban efectuando pruebas. Pidi&#243; caf&#233; al servicio de habitaciones, se duch&#243; y despu&#233;s de vestirse baj&#243;. Hab&#237;a encargado al conserje que le alquilara un coche, y un Ford Escort de color rojo lo esperaba en el sendero circular de entrada. Michael entr&#243; de nuevo en el hotel y pregunt&#243; al conserje si la empresa ten&#237;a alg&#250;n veh&#237;culo de un color m&#225;s discreto.

Me temo que es lo &#250;nico que tienen en estos momentos, se&#241;or.

Michael subi&#243; al coche y condujo hacia el norte por Great Victoria Street. Luego dobl&#243; por un callej&#243;n lateral, par&#243; y se ape&#243;. Abri&#243; el cap&#243; y empez&#243; a soltar cables hasta que el motor se detuvo. Cerr&#243; el cap&#243;, quit&#243; la llave del contacto y regres&#243; al Europa a pie. Al llegar inform&#243; al conserje que el coche lo hab&#237;a dejado tirado y le indic&#243; d&#243;nde lo encontrar&#237;a.

Veinte minutos m&#225;s tarde lleg&#243; otro coche, un Vauxhall azul marino.


Kevin Maguire, cuyo nombre en clave era Heraldo, hab&#237;a utilizado una docena de secuencias de encuentro distintas a lo largo de los a&#241;os, pero hab&#237;a solicitado emplear la primera esa noche, consistente en tres lugares repartidos por todo el centro de Belfast a intervalos de una hora. Ambos hombres deb&#237;an acudir al primer lugar; si cualquiera de ellos detectaba que lo segu&#237;an o se sent&#237;a inquieto por la raz&#243;n que fuera, deb&#237;an ir al segundo; y si el segundo tampoco funcionaba, ir&#237;an al tercero. Si el tercero tambi&#233;n les fallaba, lo dejar&#237;an e intentar&#237;an reunirse la noche siguiente en tres lugares nuevos.

Michael se dirigi&#243; al primer punto de encuentro, el muelle Donegall, cerca del puente Queen Elizabeth, tendido sobre el r&#237;o Lagan. Conoc&#237;a bien las calles de Belfast, y durante veinte minutos aplic&#243; la TDV, es decir, la t&#233;cnica de detecci&#243;n de vigilancia est&#225;ndar. Fue recorriendo las calles del centro de la ciudad sin dejar de mirar por el espejo retrovisor, y por fin lleg&#243; al muelle, pero no hab&#237;a rastro de Maguire, de modo que continu&#243; adelante sin detenerse. No era propio de Maguire dejar de acudir a una cita; era un terrorista profesional muy curtido, no la clase de agente que ve peligros donde no los hay.

Kevin Maguire hab&#237;a crecido en la barriada de Ballymurphy durante los a&#241;os setenta, hijo de un estibador en paro y una modista. Por las noches sal&#237;a a la calle con los dem&#225;s chicos y combat&#237;a al ej&#233;rcito brit&#225;nico y a la polic&#237;a con piedras y c&#243;cteles molotov. En cierta ocasi&#243;n hab&#237;a mostrado a Michael una fotograf&#237;a en la que se le ve&#237;a de ni&#241;o, un granujilla de pelo muy corto, cazadora de cuero y un collar de casquillos de bala. Se hab&#237;a convertido en una especie de h&#233;roe en Ballymurphy porque era experto en volcar furgones blindados con barriles de cerveza vac&#237;os. Al igual que la mayor&#237;a de los cat&#243;licos de West Belfast, admiraba y tem&#237;a a los hombres del IRA; los admiraba porque proteg&#237;an a la poblaci&#243;n de los escuadrones de la muerte de la Fuerza de Voluntarios del Ulster y la UDA, y los tem&#237;a porque te volaban la r&#243;tula de un balazo o te daban una paliza monumental si te pasabas de la raya. El padre de Maguire hab&#237;a perdido ambas r&#243;tulas por vender mercanc&#237;a robada de puerta en puerta para engrosar un poco el subsidio familiar que recib&#237;a.

Maguire hab&#237;a sido miembro del Na Fianna Eirean, una especie de boy scouts republicanos, y su padre hab&#237;a insistido en que permaneciera en la organizaci&#243;n incluso despu&#233;s de perder las rodillas. A los veintid&#243;s se present&#243; voluntario al IRA e hizo el juramento secreto durante una ceremonia celebrada en el sal&#243;n de la casa de sus padres en Ballymurphy. Nunca olvidar&#237;a la expresi&#243;n en el rostro de su padre, una extra&#241;a mezcla de orgullo y humillaci&#243;n al ver que su hijo era ahora miembro de la organizaci&#243;n que lo hab&#237;a dejado sin piernas. Lo destinaron a la Brigada de Belfast y con el tiempo entr&#243; a formar parte de una unidad de servicio activo de &#233;lite en Gran Breta&#241;a. Maguire estableci&#243; buenos contactos dentro del Consejo Militar, el mando militar del IRA, as&#237; como en su Unidad de Inteligencia de Belfast, contactos que demostraron tener un valor incalculable cuando cruz&#243; la l&#237;nea y se hizo esp&#237;a.

El acontecimiento que empuj&#243; a Maguire a la traici&#243;n fue el atentado del IRA en un desfile del D&#237;a de Conmemoraci&#243;n en Enniskillen, condado de Fermanagh, el 8 de noviembre de 1987. Once personas murieron y sesenta y tres resultaron heridas al estallar sin previo aviso una bomba de gran potencia. El IRA intent&#243; mitigar la furia popular alegando que hab&#237;a sido un error. Pero Maguire sab&#237;a la verdad porque hab&#237;a formado parte de la unidad encargada del atentado.

Estaba furioso con el Consejo Militar por atacar un objetivo civil blando, y en secreto jur&#243; impedir que el IRA siguiera perpetrando atentados similares en lo sucesivo. El odio y la desconfianza que le inspiraban los brit&#225;nicos descartaban la posibilidad de trabajar para la inteligencia brit&#225;nica o el Cuerpo Especial de la polic&#237;a del Ulster, de modo que en su siguiente viaje a Londres acudi&#243; a la CIA. Michael fue enviado a Belfast para entrar en contacto con &#233;l. Maguire rechaz&#243; la oferta econ&#243;mica, las treinta monedas de plata, como &#233;l las llamaba, y pese a que era un terrorista del IRA, Michael lleg&#243; a considerarlo un hombre decente.

La CIA y sus hom&#243;logos brit&#225;nicos tienen un pacto impl&#237;cito. La Agencia no recolecta en suelo brit&#225;nico, es decir, no intenta infiltrarse en el IRA ni reclutar agentes dentro de la inteligencia brit&#225;nica. Tras establecer contacto con Maguire, la Agencia fue a ver a los brit&#225;nicos. En un principio, el MI5 vacil&#243;, pero por fin accedi&#243; a permitir que Michael siguiera reuni&#233;ndose con Maguire siempre y cuando los brit&#225;nicos conocieran el contenido de sus conversaciones al mismo tiempo que Langley. A lo largo de los a&#241;os siguientes, Maguire proporcion&#243; a Michael una corriente constante de informaci&#243;n sobre operaciones del IRA, brindando a la Agencia y los brit&#225;nicos una ventana de acceso a la c&#250;pula de la organizaci&#243;n. Maguire se convirti&#243; en el informador del IRA m&#225;s importante de la historia del conflicto. Cuando Michael dej&#243; de ser agente de campo, asignaron a Maguire otro supervisor estadounidense, un hombre llamado Jack Buchanan de la estaci&#243;n de Londres. Michael no hab&#237;a visto ni hablado con Maguire desde entonces.

Michael condujo hacia el sur por Ormeau Road. El segundo punto de encuentro era el Jard&#237;n bot&#225;nico, en el cruce de Stranmilis Road y University Road. Michael segu&#237;a convencido de que no lo segu&#237;an, pero Maguire tampoco apareci&#243; all&#237;.

El &#250;ltimo punto de encuentro era un campo de rugby situado en un barrio de Belfast conocido por el nombre de Newtownbreda, y fue all&#237;, una hora m&#225;s tarde, donde Michael encontr&#243; a Kevin Maguire, sentado bajo la meta.

&#191;Por qu&#233; has pasado de los dos primeros? -inquiri&#243; Michael despu&#233;s de que Maguire subiera al coche y cerrara la portezuela.

No es que haya visto nada, pero percib&#237;a malas vibraciones.

Maguire encendi&#243; un cigarrillo. Parec&#237;a m&#225;s un revolucionario de sal&#243;n que un esp&#237;a. Llevaba gabardina negra, jersey negro y vaqueros tambi&#233;n negros. Belfast hab&#237;a envejecido a Maguire desde la &#250;ltima vez que Michael lo viera. Ten&#237;a el corto cabello negro salpicado de canas y los ojos rodeados de arrugas. Ahora llevaba gafas europeas muy modernas, lentes de montura met&#225;lica redonda que le ven&#237;an peque&#241;as.

&#191;De d&#243;nde has sacado el coche? -pregunt&#243; Maguire.

Del conserje del Europa. Solt&#233; los cables del motor del primero, y me enviaron &#233;ste al cabo de veinte minutos. Est&#225; limpio.

No hablo en habitaciones cerradas ni coches, &#191;o es que lo has olvidado todo desde que te metieron en una oficina?

No. &#191;Ad&#243;nde quieres ir?

&#191;Qu&#233; te parece la monta&#241;a, como en los viejos tiempos? Para un momento, que voy a comprar unas cervezas.


Michael atraves&#243; Belfast en direcci&#243;n al norte y luego subi&#243; la monta&#241;a por una carretera muy angosta. La lluvia hab&#237;a cesado cuando se detuvo en una peque&#241;a explanada y par&#243; el motor. Bajaron del coche y se sentaron sobre el cap&#243; del Vauxhall, bebiendo cerveza caliente y escuchando los chasquidos del motor al enfriarse. Belfast yac&#237;a a sus pies. Las nubes se cern&#237;an sobre la ciudad como un pa&#241;uelo de seda echado sobre la pantalla de una l&#225;mpara. De noche era una ciudad tenebrosa. En el centro brillaban las farolas amarillas, pero al oeste, en los Falls, Shankill y Ardoyne, daba la impresi&#243;n de que se hab&#237;a producido un apag&#243;n. Por lo general, Maguire se sent&#237;a sereno en aquel lugar (el lugar en el que hab&#237;a perdido la virginidad, como la mitad de los chicos de Ballymurphy), pero esa noche estaba nervioso, fumando demasiado, apurando la cerveza a grandes tragos, sudando a pesar del fr&#237;o.

Empez&#243; a contar a Michael viejas historias. Le habl&#243; de c&#243;mo hab&#237;a sido crecer en Ballymurphy, luchar contra los brit&#225;nicos y quemar sus pigs, hacer el amor por primera vez en la Monta&#241;a Negra.

Se llamaba Catherine; era una chica cat&#243;lica. Me sent&#237;a tan culpable que al d&#237;a siguiente fui a confesarme y se lo solt&#233; todo al padre Seamus. La verdad es que a lo largo de los a&#241;os le solt&#233; muchas cosas al padre Seamus, iba a confesar cada vez que me cargaba a un soldado brit&#225;nico o a un polic&#237;a, y cada vez que pon&#237;a una bomba en el centro de Belfast o en Londres.

Cont&#243; a Michael la historia de amor que hab&#237;a vivido con una chica protestante de Shankill justo antes de entrar a formar parte del IRA. Se qued&#243; embarazada, y los padres de ambos les prohibieron verse nunca m&#225;s.

Sab&#237;amos que era lo mejor -coment&#243;-, porque habr&#237;amos sido unos marginados en las dos comunidades. Habr&#237;amos tenido que irnos de Irlanda del Norte, vivir en Inglaterra o emigrar a Am&#233;rica. Tuvo el beb&#233;, un ni&#241;o. No lo he visto nunca &#191;Sabes una cosa, Michael? -a&#241;adi&#243; tras una pausa-. Nunca he puesto una bomba en Shankill.

Porque te daba miedo la posibilidad de matar a tu hijo.

S&#237;, porque me daba miedo la posibilidad de matar a mi hijo, un hijo al que no he visto nunca -abri&#243; otra cerveza-. No s&#233; qu&#233; co&#241;o hemos hecho los &#250;ltimos treinta a&#241;os. No s&#233; para qu&#233; hemos hecho lo que hemos hecho. He dado veinte a&#241;os de mi vida al IRA, veinte a&#241;os a la puta causa. Ya he cumplido los cuarenta y cinco, no tengo mujer ni familia. &#191;Y todo para qu&#233;? &#191;Un acuerdo al que se podr&#237;a haber llegado una docena de veces desde el sesenta y nueve?

Era lo mejor que pod&#237;a esperar el IRA -se&#241;al&#243; Michael-. No hay nada de malo en hacer compromisos.

Y ahora a Jerry Adams se le ha ocurrido una idea genial -prosigui&#243; Maguire sin hacer caso de las palabras de Michael-.

Quiere convertir Falls en una zona tur&#237;stica, abrir unos cuantos hotelitos. &#191;Te lo imaginas? Pasen y vean las calles en las que protestantes y cat&#243;licos han luchado durante tres d&#233;cadas. &#161;Por el amor de Dios, lo que hay que ver! Han hecho falta tres mil muertos para ir a parar por fin a la secci&#243;n de viajes del New York Times.

Apur&#243; la cerveza y arroj&#243; la lata vac&#237;a, que rod&#243; por la ladera de la monta&#241;a.

Lo que los americanos no entend&#233;is es que aqu&#237; nunca habr&#225; paz. Puede que dejemos de matarnos unos a otros durante un tiempo, pero en definitiva no cambiar&#225; nada. Nada.

Arroj&#243; la colilla al mismo lugar que la lata y sigui&#243; con la mirada el recorrido de la punta encendida.

Pero en fin, no creo que hayas venido desde tan lejos para o&#237;rme parlotear sobre pol&#237;tica y los fracasos del IRA.

No. Quiero saber qui&#233;n mat&#243; a Eamonn Dillon.

Los cabrones del IRA tambi&#233;n.

&#191;Qu&#233; sabes?

Sospechamos que Dillon llevaba mucho tiempo siendo un objetivo.

&#191;Por qu&#233;?

En cuanto mataron a Dillon, los chicos de la unidad de inteligencia pusieron manos a la obra. Sospechaban que alguien del Sinn Fein lo hab&#237;a traicionado, porque el asesino apareci&#243; en el lugar exacto a la hora exacta. Cab&#237;a la posibilidad de que los lealistas lo hubieran estado siguiendo, pero no era muy probable. Les resulta dif&#237;cil operar en un lugar como Falls sin que los identifiquen, y Dillon era cauteloso.

Entonces, &#191;qu&#233; pas&#243;?

Inteligencia puso patas arriba la central del Sinn Fein. Registraron cada cent&#237;metro del edificio en busca de transmisores y c&#225;maras de v&#237;deo en miniatura. Adem&#225;s acojonaron a todo el personal y los voluntarios, y por fin encontraron lo que buscaban.

&#191;Qu&#233;?

Una de las voluntarias, una chica llamada Kathleen que contestaba al tel&#233;fono, hab&#237;a trabado amistad con una protestante.

&#191;C&#243;mo se llamaba?

Se hac&#237;a llamar Stella. Kathleen no cre&#237;a que hubiera nada malo en su amistad a causa del acuerdo de paz. El IRA la presion&#243; much&#237;simo y acab&#243; confesando que hab&#237;a contado a Stella cosas sobre los dirigentes del Sinn Fein, entre ellos Eamonn Dillon.

&#191;Sigue Kathleen entre nosotros?

Pues no -repuso Maguire-. Dillon era muy querido en el IRA. Fue miembro de la Brigada de Belfast en los setenta, a las &#243;rdenes de Gerry Adams. Pas&#243; diez a&#241;os en la c&#225;rcel por tenencia de armas. El IRA quer&#237;a pegar a la chica un tiro en la nuca, pero Gerry Adams intercedi&#243; por ella y le salv&#243; la vida.

Supongo que Kathleen dio al IRA una descripci&#243;n de Stella.

Alta, atractiva, pelo negro, ojos grises, buenos p&#243;mulos, mand&#237;bula cuadrada. Por desgracia, es lo &#250;nico que tienen. Stella era una aut&#233;ntica profesional y muy cuidadosa. Nunca se encontraba con Kathleen en lugares con c&#225;maras de vigilancia.

&#191;Qu&#233; sabe el IRA de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster?

Nada -repuso Maguire-. Pero te dir&#233; una cosa. El IRA no se va a quedar de brazos cruzados para siempre. Si las fuerzas de seguridad no solucionan el asunto muy pronto, esto va a estallar como un polvor&#237;n.


Michael dej&#243; a Maguire en el cruce de Divis Street con Millfield Road. Kevin se ape&#243; y se mezcl&#243; entre los transe&#250;ntes de Falls sin mirar atr&#225;s. Michael recorri&#243; las escasas manzanas que lo separaban del Europa y dej&#243; el Vauxhall al aparcacoches. Maguire no le hab&#237;a revelado gran cosa, pero menos, daba una piedra. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster parec&#237;a disponer de un aparato de inteligencia muy complejo, y una de sus miembros era una mujer de cabello negro y ojos grises. Asimismo, se sent&#237;a muy bien consigo mismo; despu&#233;s de pasar mucho tiempo apartado de la acci&#243;n, hab&#237;a vuelto al terreno de juego y celebrado una reuni&#243;n clandestina con un agente. Se mor&#237;a de impaciencia por volver a Londres para transmitir la informaci&#243;n al cuartel general.

Era tarde, pero ten&#237;a hambre y estaba demasiado alterado para quedarse en la habitaci&#243;n del hotel. La recepcionista le indic&#243; un restaurante llamado Arthur's que estaba junto a Great Victoria Street. Se sent&#243; a una mesa peque&#241;a cerca de la puerta con sus gu&#237;as de viajes como protecci&#243;n. Comi&#243; ternera irlandesa con patatas ahogadas en crema y queso, todo ello regado con un clarete bastante decente. Eran las once cuando sali&#243; del establecimiento. Un viento fr&#237;o barr&#237;a el centro de la ciudad.

Camin&#243; hacia el norte por Great Victoria Street, en direcci&#243;n al Europa. Ante &#233;l vio a una chica que andaba hacia &#233;l con las manos embutidas en los bolsillos de un abrigo de cuero negro y con un bolso colgado del hombro. La hab&#237;a visto en alg&#250;n lugar del Europa, en el bar o tal vez empujado un carro por un pasillo. La chica miraba al frente. La mirada de Belfast, se dijo Michael. En aquella ciudad, nadie parec&#237;a mirar a nadie, y menos a&#250;n en las aceras desiertas del centro a altas horas de la noche.

Cuando estaba a unos siete metros de distancia, la chica pareci&#243; tropezar con un desnivel de la acera y cay&#243;. El contenido de su bolso se desparram&#243; por la acera. Michael ech&#243; a correr y se arrodill&#243; junto a ella.

&#191;Est&#225; bien? -pregunt&#243;.

S&#237; -asinti&#243; la chica-. S&#243;lo se me ha ca&#237;do el bolso, no tiene importancia.

Se sent&#243; en el suelo y empez&#243; a recoger las cosas.

Perm&#237;tame que la ayude.

No hace falta, de verdad.

Michael oy&#243; un coche que aceleraba en Great Victoria Street. Al darse la vuelta vio un Nissan de tama&#241;o mediano que se acercaba a &#233;l a toda velocidad con los faros apagados. Justamente entonces percibi&#243; una presi&#243;n en la parte baja de la espalda.

Suba al puto coche, se&#241;or Osbourne -orden&#243; la chica con voz serena-, o le meto una bala en la columna vertebral, se lo juro.

El coche se detuvo con un chirrido de neum&#225;ticos, y la puerta trasera se abri&#243;. En el asiento posterior hab&#237;a dos hombres con las caras cubiertas por pasamonta&#241;as. Uno de ellos baj&#243; de un salto, empuj&#243; a Michael al interior del coche y se sent&#243; junto a &#233;l. El coche aceler&#243; de nuevo, dejando atr&#225;s a la chica.

En cuanto salieron del centro de la ciudad, los dos hombres obligaron a Michael a echarse en el suelo y empezaron a asestarle pu&#241;etazos y golpes de culata. Michael se llev&#243; los brazos a la cabeza y al rostro en un intento de protegerlos de la paliza, pero no le sirvi&#243; de nada. Al cabo de unos instantes vio un destello cegador y perdi&#243; el mundo de vista.



18

Condado de Armagh, Irlanda del Norte

Michael despert&#243; de repente. No sab&#237;a cu&#225;nto tiempo llevaba inconsciente. Lo hab&#237;an metido en el maletero del coche. Abri&#243; los ojos, pero no vio m&#225;s que negrura, pues tambi&#233;n le hab&#237;an cubierto la cabeza con una capucha negra. Volvi&#243; a cerrar los ojos e hizo inventario de sus heridas. Los hombres que lo hab&#237;an atacado no eran la clase de profesionales que propinaban a uno una paliza de muerte sin dejar se&#241;ales. Sent&#237;a el rostro magullado e inflamado, sabor a sangre seca alrededor de la boca. No pod&#237;a respirar por la nariz, y el cr&#225;neo le dol&#237;a en una docena de puntos. Ten&#237;a varias costillas rotas, as&#237; que hasta la inspiraci&#243;n m&#225;s superficial le causaba un dolor insoportable. Tambi&#233;n le dol&#237;a el vientre y ten&#237;a la entrepierna hinchada.

Gracias a la capucha que le imped&#237;a ver, todos los dem&#225;s sentidos de Michael se aguzaron en gran medida, y o&#237;a todo lo que suced&#237;a en el interior del coche. O&#237;a el chirrido de los muelles de los asientos, la m&#250;sica de la radio, la dura resonancia del ga&#233;lico que hablaban los hombres. Por lo que a &#233;l concern&#237;a, pod&#237;an estar comentando el tiempo o d&#243;nde dejar&#237;an su cad&#225;ver, porque no entend&#237;a una sola palabra.

Durante varios minutos, el coche avanz&#243; a bastante velocidad por una carretera lisa. Michael sab&#237;a que llov&#237;a porque o&#237;a el siseo del asfalto mojado. Al cabo de un rato, unos veinte minutos, supon&#237;a, el coche efectu&#243; un giro de noventa grados y aminor&#243; la velocidad al enfilar una v&#237;a de peor pavimento, llena de cuestas y curvas. Cada bache y cada recodo le provocaban oleadas de dolor desde el cuero cabelludo hasta la entrepierna. Intent&#243; pensar en otra cosa, cualquier cosa que no fuera el dolor.

Pens&#243; en Elizabeth, en su casa. En Nueva York ca&#237;a la tarde. Probablemente, Elizabeth estaba dando a los ni&#241;os el &#250;ltimo biber&#243;n antes de acostarlos. Por un instante se sinti&#243; como un perfecto imb&#233;cil por cambiar su id&#237;lica vida con Elizabeth por un secuestro y una paliza en Irlanda del Norte. Sin embargo, aqu&#233;l era un pensamiento derrotista, de modo que lo desterr&#243; de su mente al instante.

Pens&#243; en su madre por primera vez en muchos a&#241;os. Supon&#237;a que era porque parte de &#233;l sospechaba que tal vez no saldr&#237;a de Irlanda del Norte con vida. Los recuerdos que guardaba de ella se parec&#237;an m&#225;s a los de un antiguo amante que a los de un hijo. Tardes en caf&#233;s romanos, paseos por playas mediterr&#225;neas, cenas en tabernas griegas, peregrinajes a la Acr&#243;polis a la luz de la luna. En ocasiones, su padre estaba ausente semanas enteras sin que tuvieran noticias suyas, y cuando regresaba no pod&#237;a contar nada de su trabajo ni de los lugares en los que hab&#237;a estado. Su madre lo castigaba hablando &#250;nica y exclusivamente en italiano, una lengua que lo desconcertaba. Asimismo, lo castigaba acost&#225;ndose con desconocidos, hecho que jam&#225;s ocult&#243; a Michael. Con frecuencia dec&#237;a a Michael que su verdadero padre era un rico terrateniente siciliano, lo que explicaba la tez oliv&#225;cea de Michael, el cabello casi negro y la nariz larga y estrecha. Michael nunca supo a ciencia cierta si bromeaba o no. El secreto compartido de su adulterio forj&#243; un v&#237;nculo m&#237;stico entre ellos. Su madre muri&#243; de c&#225;ncer de mama cuando Michael ten&#237;a dieciocho a&#241;os. Su padre sab&#237;a que su mujer y su hijo ten&#237;an secretos para &#233;l; el viejo enga&#241;ador hab&#237;a sido enga&#241;ado. Durante el a&#241;o siguiente a la muerte de Alexandra, Michael y su padre apenas se dirigieron la palabra.

Se pregunt&#243; qu&#233; habr&#237;a sido de Kevin Maguire. La pena por traicionar al IRA era r&#225;pida y dura: torturas extremas y un disparo en la nuca. A rengl&#243;n seguido se pregunt&#243; si Maguire hab&#237;a traicionado al IRA o a &#233;l. Repas&#243; mentalmente los acontecimientos de la noche. Los dos coches del Europa, el Escort rojo y el Vauxhall azul. Los dos puntos de encuentro a los que Maguire no hab&#237;a acudido, el muelle junto al r&#237;o Lagan y el Jard&#237;n bot&#225;nico. Luego pens&#243; en el propio Maguire, fumando un cigarrillo tras otro, sudando, recorriendo durante largas horas las calles de la ciudad. &#191;Estaba tan nervioso porque tem&#237;a que lo vigilaran? &#191;O se sent&#237;a culpable porque estaba a punto de traicionar a su antiguo agente de control?


Salieron de la carretera para tomar un camino sin asfaltar. El coche rebotaba y se balanceaba con fuerza. Michael lanz&#243; un gru&#241;ido involuntario cuando una oleada de dolor en las costillas rotas lo azot&#243; como una pu&#241;alada.

No se preocupe, se&#241;or Osbourne -exclam&#243; una voz desde el interior del coche-. Llegaremos dentro de unos minutos.

Al cabo de cinco minutos, el coche se detuvo. El maletero se abri&#243;, y Michael sinti&#243; una r&#225;faga de viento mojado. Dos de los hombres lo asieron de los brazos y tiraron de &#233;l. De repente se encontr&#243; de pie. Pese a la capucha, percib&#237;a el golpeteo de la lluvia sobre las heridas de la cabeza. Intent&#243; dar un paso, pero las piernas no le obedec&#237;an, y sus captores lo agarraron para impedir que se desplomara. Michael se aferr&#243; a ellos, y entre ambos lo llevaron al interior de una casa de piedra. Atravesaran varias habitaciones y umbrales. Los pies de Michael se arrastraban por los tablones del suelo. Unos instantes m&#225;s tarde lo sentaron en una silla dura de respaldo recto.

Cuando oiga cerrarse la puerta, se&#241;or Osbourne, ya puede quitarse la capucha. Tiene agua caliente y un pa&#241;o. L&#225;vese. Tiene visita.

Michael se quit&#243; la capucha, que estaba tiesa por la sangre seca, y parpade&#243; a causa de la intensa luz. Se hallaba en una habitaci&#243;n vac&#237;a a excepci&#243;n de una mesa y dos sillas. El gastado papel pintado que cubr&#237;a las paredes le recordaba la casita de invitados de Cannon Point. Sobre la mesa hab&#237;a una jofaina blanca llena de agua, y junto a ella un pa&#241;o y un espejito. La puerta dispon&#237;a de una mirilla por la que lo observaban.

Michael se mir&#243; al espejo. Ten&#237;a los ojos amoratados y casi cerrados por la inflamaci&#243;n. En el tejido blando sobre el ojo izquierdo vio un corte que requer&#237;a puntos de sutura. Ten&#237;a los labios hinchados y partidos, as&#237; como un gran rasgu&#241;o en la mejilla derecha y el cabello aplastado por la sangre. Le hab&#237;an dejado el espejo por una raz&#243;n concreta; el IRA hab&#237;a estudiado a fondo el arte del interrogatorio; quer&#237;an que se sintiera d&#233;bil, inferior y feo. Los brit&#225;nicos y el Cuerpo Especial de la polic&#237;a del Ulster llevaban tres d&#233;cadas aplicando la misma t&#233;cnica con el IRA.

Michael se quit&#243; el abrigo con cuidado y se arremang&#243; el jersey. Luego moj&#243; el pa&#241;o en el agua caliente y procedi&#243; a lavarse la cara, limpiando la sangre de los ojos, la boca y la nariz. Al acabar sumergi&#243; el cabello en la jofaina, se lo lav&#243;, se pein&#243; con mucho tiento y volvi&#243; a mirarse al espejo. Sus facciones segu&#237;an espantosamente distorsionadas, pero al menos hab&#237;a conseguido eliminar casi toda la sangre.

En aquel momento llamaron a la puerta.

Vuelva a ponerse la capucha -orden&#243; la voz.

Michael guard&#243; silencio.

He dicho que se vuelva a poner la puta capucha.

Est&#225; ensangrentada -replic&#243; Michael-. Quiero una limpia.

Oy&#243; pasos al otro lado de la puerta y gritos enojados en ga&#233;lico. Al cabo de unos segundos, la puerta se abri&#243; de par en par, y por ella entr&#243; un hombre con pasamonta&#241;as. Cogi&#243; la capucha ensangrentada y la pas&#243; con brusquedad por la cabeza de Michael.

La pr&#243;xima vez que le ordene ponerse la capucha, se la pone, joder -espet&#243;-. &#191;Me ha entendido?

Michael no contest&#243;. La puerta se cerr&#243; tras el hombre, y de nuevo se qued&#243; solo. Le hab&#237;an impuesto su voluntad, pero hab&#237;a logrado una peque&#241;a victoria. Lo dejaron ah&#237; sentado, llevando una capucha que apestaba a su propia sangre, durante veinte minutos m&#225;s. O&#237;a voces en la casa, y en un momento dado le pareci&#243; o&#237;r un grito a lo lejos. Por fin oy&#243; que la puerta se abr&#237;a y cerraba. Un hombre hab&#237;a entrado en la habitaci&#243;n. Michael lo o&#237;a respirar y percib&#237;a sus olores: cigarrillos, loci&#243;n capilar, un atisbo de perfume femenino que le record&#243; a Sarah. El hombre se sent&#243; en la otra silla; deb&#237;a de ser muy corpulento, pues la madera cruji&#243; bajo su peso.

Ya puede quitarse la capucha, se&#241;or Osbourne.

Era una voz segura de s&#237; misma, de timbre rico, la voz de un l&#237;der. Michael se quit&#243; la capucha, la dej&#243; sobre la mesa y mir&#243; de hito en hito a la persona sentada al otro lado de la mesa. Era un hombre de facciones romas, frente ancha y chata, p&#243;mulos pesados, nariz aplastada de boxeador. La hendidura que le divid&#237;a el ment&#243;n parec&#237;a cortada con un hacha. Llevaba camisa blanca, pantalones color carb&#243;n y chaleco a juego. Sus brillantes ojos azules desped&#237;an destellos de inteligencia, y por alguna raz&#243;n sonre&#237;a.

Michael reconoci&#243; el rostro que hab&#237;a visto en los expedientes de Cynthia Martin en una fotograf&#237;a tomada en la c&#225;rcel de Maze, donde aquel hombre hab&#237;a pasado varios a&#241;os durante los ochenta.

&#161;Dios m&#237;o! Les dije a mis hombres que le pegaran un poquito, pero parece que le han dado una paliza de &#243;rdago. Lo siento, a veces los chicos se desmadran un poco.

Michael guard&#243; silencio.

Se llama usted Michael Osbourne y trabaja para la Agencia Central de Inteligencia en Langley, Virginia. Hace algunos a&#241;os reclut&#243; a un agente en el IRA, Kevin Maguire. Supervis&#243; a Maguire en una operaci&#243;n conjunta con el MI5. Al volver a Virginia entreg&#243; a Maguire a otro supervisor, un hombre llamado Buchanan. No se moleste en negarlo, se&#241;or Osbourne. No tenemos tiempo para eso y adem&#225;s no pretendo hacerle ning&#250;n da&#241;o.

Michael sigui&#243; callado. Ese hombre ten&#237;a raz&#243;n; pod&#237;a negarlo todo, asegurar que se trataba de un error, pero ello no har&#237;a m&#225;s que prolongar su cautiverio y tal vez provocar otra paliza.

&#191;Sabe qui&#233;n soy, se&#241;or Osbourne?

Michael asinti&#243; con un gesto.

&#191;Por qu&#233; no me lo dice?

El hombre encendi&#243; dos cigarrillos, se qued&#243; uno y alarg&#243; el otro a Michael. Al cabo de unos instantes, una nube de humo pend&#237;a entre ellos.

Se llama Seamus Devlin.

&#191;Sabe a qu&#233; me dedico?

Es usted el jefe de inteligencia del IRA.

Alguien llam&#243; a la puerta y murmur&#243; unas palabras en ga&#233;lico.

P&#243;ngase de cara a la pared -orden&#243; Devlin.

La puerta se abri&#243;, y Michael oy&#243; que alguien entraba y dejaba un objeto sobre la mesa. La puerta volvi&#243; a cerrarse.

Ya puede darse la vuelta -dijo Devlin.

El objeto que hab&#237;an dejado sobre la mesa era una bandeja con una tetera, dos tazones desportillados y una jarrita de leche. Devlin sirvi&#243; t&#233; para ambos.

Espero que esta noche haya aprendido una lecci&#243;n valiosa, se&#241;or Osbourne. Espero que haya aprendido que no puede agujerear este ej&#233;rcito impunemente. &#191;Cree que no somos m&#225;s que un atajo de cat&#243;licos est&#250;pidos e ignorantes? El IRA lleva casi cien a&#241;os luchando contra el gobierno brit&#225;nico, y le aseguro que por el camino hemos aprendido algo sobre inteligencia.

Michael bebi&#243; un sorbo de t&#233; sin decir nada.

Por cierto, por si eso le hace sentir mejor, fue Buchanan quien nos condujo hasta Maguire, no usted. El IRA tiene una unidad especial que sigue a los voluntarios sospechosos de traici&#243;n. Es una unidad tan secreta que yo soy el &#250;nico que conoce la identidad de sus miembros. El a&#241;o pasado hice seguir a Maguire en Londres, y lo vimos reunirse con Buchanan.

La informaci&#243;n no hizo que Michael se sintiera mejor.

&#191;Por qu&#233; me tra&#237;do aqu&#237;? -pregunt&#243; por fin.

Porque quiero decirle algo -repuso Devlin al tiempo que se inclinaba sobre la mesa con el ment&#243;n apoyado en sus manos de obrero-. La CIA y los servicios secretos brit&#225;nicos intentan localizar a los miembros de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, y creo que el IRA puede resultarles de ayuda. A fin de cuentas, tambi&#233;n a nosotros nos interesa que la violencia quede bajo control lo antes posible.

&#191;Qu&#233; tienen?

Un cargamento de armas en los montes Sperrin. No es nuestro y no creemos que pertenezca a ninguna otra organizaci&#243;n protestante.

&#191;En qu&#233; lugar de los Sperrin?

Una granja en las afueras de Cranagh.

Devlin alarg&#243; a Michael un papel con un tosco mapa que indicaba la ubicaci&#243;n de la granja.

&#191;Qu&#233; han visto? -inquiri&#243; Michael.

Camiones que vienen y van, hombres descargando cajas, lo de siempre.

&#191;Mucha gente?

Al parecer, en la granja viven un par de tipos que patrullan los alrededores con regularidad. Van armados hasta los dientes.

&#191;El IRA a&#250;n vigila la granja?

Nos hemos retirado; no tenemos el equipo para hacerlo bien.

&#191;Por qu&#233; acude a m&#237;? &#191;Por qu&#233; no a los brit&#225;nicos o a la polic&#237;a del Ulster?

Porque no me f&#237;o de ellos y nunca me fiar&#233;. Recuerde que algunos elementos de la jefatura de polic&#237;a del Ulster y de la inteligencia brit&#225;nica han cooperado con los paramilitares protestantes a lo largo de los a&#241;os. Quiero que echen el guante a esos cabrones protestantes antes de que nos vuelvan a arrastrar a la guerra, y no me f&#237;o de los brit&#225;nicos ni de la polic&#237;a del Ulster.

Devlin aplast&#243; el cigarrillo, mir&#243; a Michael y sonri&#243; de nuevo-. &#191;Qu&#233; me dice? &#191;Merecen la pena un par de cortes y rasgu&#241;os?

Que le den por el culo, Devlin -mascull&#243; Michael.

Devlin lanz&#243; una carcajada.

Bueno, ya es libre. P&#243;ngase el abrigo; quiero ense&#241;arle algo antes de que se vaya.


Michael sigui&#243; a Devlin por la casa. El aire ol&#237;a a bacon frito. Devlin atraves&#243; un sal&#243;n y entr&#243; en una cocina con cacerolas de cobre colgadas sobre el fog&#243;n. La estancia parec&#237;a sacada de una revista de decoraci&#243;n irlandesa a excepci&#243;n de los seis hombres sentados a la mesa que miraban a Michael por las aberturas de los pasamonta&#241;as.

Necesitar&#225; esto -advirti&#243; Devlin al tiempo que cog&#237;a una gorra de lana del estante situado junto a la puerta y se la pon&#237;a con cuidado sobre el cuero cabelludo inflamado-. Hace una noche de perros.

Michael sigui&#243; a Devlin por un sendero enfangado. La noche era tan oscura que ten&#237;a la sensaci&#243;n de volver a llevar la capucha. Ante &#233;l ve&#237;a el contorno de la enorme silueta de Devlin avanzando por el camino, y se sinti&#243; extra&#241;amente atra&#237;do hacia &#233;l. Al llegar al granero, Devlin llam&#243; a la puerta y murmur&#243; algo en ga&#233;lico. Luego abri&#243; la puerta y entr&#243; seguido de Michael.


Michael tard&#243; algunos segundos en comprender que el hombre atado a la silla era Kevin Maguire. Estaba desnudo y temblaba de fr&#237;o y terror. Le hab&#237;an propinado una paliza de muerte. Ten&#237;a el rostro horriblemente deformado, y le brotaba sangre de numerosos cortes sobre el ojo, en las mejillas, alrededor de la boca. Sus dos ojos estaban cerrados por la inflamaci&#243;n. Por todas partes se ve&#237;an heridas, contusiones, abrasiones, marcas de l&#225;tigo, quemaduras de cigarrillo Estaba sentado sobre sus propios excrementos. Tres hombres con pasamonta&#241;as montaban guardia a su alrededor.

Esto es lo que hacemos con los traidores en el IRA, se&#241;or Osbourne -advirti&#243; Devlin-. Recu&#233;rdelo la pr&#243;xima vez que intente convencer a uno de nuestros hombres para que traicione al IRA y a su gente.

&#191;Eres t&#250;, Michael? -farfull&#243; Maguire.

Michael avanz&#243; despacio, se coloc&#243; entre los torturadores de Maguire y se arrodill&#243; junto a &#233;l. Sab&#237;a que no hab&#237;a nada que decir, de modo que se limit&#243; a limpiarle como pudo la sangre de los ojos y le apoy&#243; una mano en el hombro.

Lo siento, Kevin -susurr&#243; con voz ronca por la emoci&#243;n-. Lo siento much&#237;simo.

No es culpa tuya, Michael -musit&#243; Maguire antes de detenerse a recobrar el aliento, pues hablar le exig&#237;a un esfuerzo sobrehumano e intensificaba el dolor-. Es este lugar, ya te lo dije. Nada va a cambiar. Nada cambiar&#225; nunca aqu&#237;.

Devlin avanz&#243; hacia &#233;l y lo asi&#243; del brazo para alejarlo de Maguire.

Esto es el mundo real -dijo en cuanto salieron del granero-. Yo no he matado a Kevin Maguire; lo ha matado usted.

Michael gir&#243; sobre sus talones y le asest&#243; un pu&#241;etazo en el p&#243;mulo izquierdo. Devlin cay&#243; de espaldas en el barro, se ech&#243; a re&#237;r y se frot&#243; la mejilla. Dos hombres salieron corriendo de la casa, pero Devlin les indic&#243; por se&#241;as que se alejaran.

No est&#225; mal, Michael, nada mal.

Haga venir a un sacerdote -jade&#243; Michael-. Que Maguire pueda confesarse por &#250;ltima vez. Y luego p&#233;guele un tiro; ya ha sufrido bastante.

Tendr&#225; un sacerdote -prometi&#243; Devlin sin dejar de frotarse la cara-. Y me temo que tambi&#233;n tendr&#225; su bala. Pero recuerde una cosa. Si usted y sus amigos brit&#225;nicos no acaban con la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, esto va explotar. Y si eso sucede, ni se le ocurra intentar reclutar un traidor en el IRA, porque le aseguro que el cabr&#243;n acabar&#225; igual que Maguire.


El trayecto en coche fue muy largo. Michael intent&#243; memorizar las curvas para as&#237; poder volver a localizar la granja, pero al cabo de un rato desisti&#243;, cerr&#243; los ojos e intent&#243; descansar. Por fin se detuvo el coche, y alguien golpe&#243; el maletero.

&#191;Lleva puesta la puta capucha?

S&#237; -asinti&#243; Michael.

No le quedaban fuerzas para jueguecitos mentales y lo que quer&#237;a era perder de vista a esos tipos. Dos hombres lo sacaron del maletero y lo tendieron sobre la hierba mojada que bordeaba la carretera. Al cabo de un instante pusieron algo junto a &#233;l.

D&#233;jese puesta la capucha hasta que ya no oiga el motor.

Michael se incorpor&#243; mientras el veh&#237;culo se alejaba y se quit&#243; la capucha en un intento de distinguir la matr&#237;cula, pero llevaban los faros apagados. Se volvi&#243; para ver qu&#233; hab&#237;an dejado junto a &#233;l y se encontr&#243; ante los ojos sin vida de Kevin Maguire.



19

Londres

Es evidente que te siguieron -afirm&#243; Wheaton con la seguridad de un hombre que jam&#225;s permit&#237;a que los hechos se interpusieran en el camino de sus teor&#237;as, sobre todo si &#233;stas inclinaban la balanza a su favor.

Apliqu&#233; todas las normas de detecci&#243;n de vigilancia -replic&#243; Michael-. No me sigui&#243; nadie; siguieron a Maguire, no a m&#237;. Por eso no se present&#243; en los dos primeros puntos de encuentro, porque sospechaba que lo segu&#237;an. Ojal&#225; hubiera confiado en su instinto; a&#250;n estar&#237;a vivo.

Michael estaba sentado a la mesa de la peque&#241;a cocina privada de Winfield House. Era la &#250;ltima hora de la tarde, y hab&#237;an transcurrido casi veinticuatro horas desde que el IRA lo raptara en las calles de Belfast. Lo hab&#237;an dejado en las afueras de la aldea de Dromara. Michael no hab&#237;a tenido m&#225;s remedio que abandonar el cad&#225;ver de Maguire en la cuneta y recorrer el mayor n&#250;mero de kil&#243;metros en el menor tiempo posible. Hab&#237;a caminado hasta Banbridge, una localidad protestante al sudeste de Portadown, donde par&#243; a un cami&#243;n de reparto y cont&#243; al conductor que lo hab&#237;an atracado y le hab&#237;an dado una paliza antes de robarle el coche. El camionero se dirig&#237;a a Belfast, pero se mostr&#243; dispuesto a llevar a Michael a la comisar&#237;a de Banbridge para que pudiera poner una denuncia. Michael repuso que prefer&#237;a regresar a su hotel de Belfast y presentar la denuncia all&#237;. Una vez en el Europa, Michael llam&#243; a Wheaton a Londres. Wheaton hizo las llamadas necesarias a sus hom&#243;logos brit&#225;nicos y envi&#243; un helic&#243;ptero de la RAF a buscar a Michael en el aeropuerto de Aldergrove.

Hace mucho tiempo que no operas en el campo -observ&#243; Wheaton-. Puede que pasaras algo por alto.

&#191;Insin&#250;as que mataron a Kevin Maguire por mi culpa?

Eras el &#250;nico agente de control que estaba all&#237;.

No he olvidado c&#243;mo se detecta la vigilancia. Recuerdo los par&#225;metros que se emplean para las reuniones. Devlin dice que sab&#237;an desde hace meses que Maguire trabajaba para nosotros.

Seamus Devlin no me parece precisamente una fuente fidedigna.

Sab&#237;a el nombre de Buchanan.

Lo m&#225;s probable es que Maguire se lo dijera bajo tortura.

Michael sab&#237;a que no ten&#237;a posibilidad alguna de ganar aquella discusi&#243;n. Jack Buchanan trabajaba en la estaci&#243;n de Londres; era un hombre de Wheaton, y &#233;ste har&#237;a lo que fuera para protegerlo.

Es evidente que uno de vosotros la cag&#243;, y de qu&#233; manera -prosigui&#243; Wheaton-. Hemos perdido a uno de nuestros agentes m&#225;s valiosos, nuestros primos brit&#225;nicos est&#225;n como una moto y t&#250; tienes suerte de seguir vivo.

&#191;Qu&#233; hay de la informaci&#243;n de Devlin?

La hemos transmitido al cuartel general y al MI5 seg&#250;n el acuerdo original que ten&#237;amos sobre Maguire. Por descontado, no podemos poner vigilancia en un lugar de Irlanda del Norte; son los brit&#225;nicos quienes deben tomar esa decisi&#243;n despu&#233;s de sopesar el asunto en relaci&#243;n a otras prioridades operativas. Para serte sincero, ahora mismo no est&#225; en nuestras manos.

Esa informaci&#243;n le cost&#243; la vida a mi agente.

Maguire no era tu agente, sino nuestro agente, de los brit&#225;nicos y nuestro. Lo supervis&#225;bamos de forma conjunta y compart&#237;amos los beneficios, &#191;recuerdas? Todos estamos trastornados por su muerte.

No quiero perder la oportunidad de acabar con la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster porque nos da cosa el modo en que obtuvimos la informaci&#243;n.

Tienes que reconocer que todo el asunto ha sido poco ortodoxo. &#191;Y si la informaci&#243;n de Devlin es falsa?

&#191;Por qu&#233; iba a hacer el IRA una cosa as&#237;?

Para matar a unos cuantos agentes brit&#225;nicos y hombres de la SAS. Nosotros pasamos la informaci&#243;n a los brit&#225;nicos, ellos forman un equipo, y el IRA los sorprende en plena noche y les rebana el pescuezo.

El IRA respeta el alto el fuego y el acuerdo de paz. No tiene ninguna raz&#243;n para tender una trampa a los brit&#225;nicos.

Aun as&#237; no me f&#237;o de ellos.

La informaci&#243;n es correcta y tenemos que actuar deprisa.

Es asunto de los brit&#225;nicos, Michael, y por tanto son ellos quienes deben tomar la decisi&#243;n. No les har&#237;a ninguna gracia que los presionara, al igual que a nosotros si estuvi&#233;ramos en su pellejo.

Pues lo har&#233; en secreto.

&#191;Graham Seymour?

Michael asinti&#243;. Wheaton fingi&#243; que se lo pensaba.

De acuerdo -accedi&#243; por fin-. Re&#250;nete con &#233;l ma&#241;ana y luego l&#225;rgate. Quiero que vuelvas a Estados Unidos.

Se detuvo un instante y escudri&#241;&#243; el rostro de Michael.

Aunque pens&#225;ndolo bien, m&#225;s vale que te quedes otro d&#237;a. No me gustar&#237;a que tu mujer te viera en este estado.


Michael se acost&#243; temprano pero no logr&#243; conciliar el sue&#241;o. Cada vez que cerraba los ojos lo reviv&#237;a todo, la paliza en el asiento posterior del coche, la sonrisa felina de Devlin, los ojos muertos de Maguire. Ve&#237;a a su agente atado a la silla, con el cuerpo destrozado m&#225;s all&#225; de lo imaginable. Dos veces se vio obligado a levantarse y correr al ba&#241;o para vomitar.

Record&#243; las palabras de Devlin: Yo no he matado a Kevin Maguire; lo ha matado usted.

Le dol&#237;a absolutamente todo y no encontraba ninguna postura lo bastante c&#243;moda para dormir. Pero cada vez que empezaba a compadecerse de s&#237; mismo pensaba en Maguire y su humillante muerte.

Michael tom&#243; unos analg&#233;sicos y por fin unos somn&#237;feros. So&#241;&#243; con ello todo la noche, pero en el sue&#241;o era &#233;l quien atizaba a Kevin Maguire y &#233;l quien le pegaba un tiro en la nuca.


&#161;C&#243;mo te han dejado! -coment&#243; Graham Seymour a la ma&#241;ana siguiente.

Estoy guapo, &#191;verdad?

Michael volvi&#243; a ponerse las gafas de sol pese a que el cielo estaba cubierto de nubes. Caminaban uno junto a otro por el sendero de Parliament Hill, en Hampstead Heath. Michael necesitaba descansar, de modo que se sentaron en un banco. A su izquierda, Highgate Hill se ergu&#237;a con la cima oculta en la bruma. Ante ellos, m&#225;s all&#225; del brezal, se extend&#237;a el centro de Londres. Michael distingui&#243; a lo lejos la c&#250;pula de la catedral de San Pablo. Los ni&#241;os hac&#237;an volar cometas de colores a su alrededor.

A&#250;n me cuesta creer que le dieras un pu&#241;etazo a Seamus Devlin.

Y a m&#237;, pero qu&#233; bien me sent&#243;, maldita sea.

&#191;Sabes a cu&#225;nta gente le gustar&#237;a hacer lo mismo?

Sospecho que la cola ser&#237;a larga.

Larga es poco. &#191;Doli&#243;?

&#191;A &#233;l o a m&#237;?

A ti -dijo Graham al tiempo que se frotaba las huesudas manos con aire reflexivo.

Un poco.

Siento lo de Maguire.

Era un agente excelente -suspir&#243; Michael.

Encendi&#243; un cigarrillo. El humo se le qued&#243; atascado en la garganta, y al toser se agarr&#243; las costillas.

&#191;Qu&#233; dicen en Thames House? &#191;Vais a poner vigilancia en el lugar?

Para serte sincero, los peces gordos est&#225;n un poco incr&#233;dulos -confes&#243; Graham-, y bastante disgustados por la p&#233;rdida de Maguire.

Wheaton cree que es una trampa, que el IRA quiere matar a unos cuantos agentes de inteligencia.

Qu&#233; propio de Wheaton. Eso es lo que har&#237;a &#233;l.

Creo que la informaci&#243;n es buena; Devlin sab&#237;a que reaccionar&#237;amos con escepticismo; por eso arregl&#243; un encuentro cara a cara, para demostrar que iba en serio.

Probablemente tengas raz&#243;n -convino Graham-. Intentar&#233; mover algunos hilos desde dentro. De hecho, creo que ir&#233; al Ulster y lo manejar&#233; personalmente. Necesito alejarme un poco de Helen; acaba de entrar en una nueva fase, la de punk retro. Se ha erizado el pelo y s&#243;lo escucha a The Clash y Sex Pistols.

Ya se le pasar&#225; -augur&#243; Michael con solemnidad.

Lo s&#233;, pero temo que la siguiente fase sea a&#250;n peor.

Michael ri&#243; por primera vez en muchos d&#237;as.


En Cannon Point, Elizabeth ech&#243; dos grandes mantas en el suelo del dormitorio, tendi&#243; a los ni&#241;os sobre ellas, primero a Jake y luego a Liza, y los rode&#243; de animales de peluche, mu&#241;ecos y sonajeros. Durante veinte minutos permaneci&#243; tumbada entre ellos, jugando y emitiendo los mismos soniditos que la hab&#237;an sacado de quicio antes de tener hijos. Luego se sent&#243; al pie de la cama y los observ&#243;. Se hab&#237;a obligado a dejar de lado la preparaci&#243;n del juicio y concentrarse de forma exclusiva en los ni&#241;os durante todo el fin de semana. Hab&#237;a sido maravilloso; por la ma&#241;ana los hab&#237;a llevado a dar un largo paseo a lo largo de Shore Road y luego hab&#237;an ido a comer a su restaurante favorito en Sag Harbor. Habr&#237;a sido perfecto de no ser porque su marido y su padre estaban en Londres.

Se maravillaba de cuan distintos eran ya sus hijos. Liza era como su madre, extravertida, sociable, habladora a su manera, deseosa de complacer a los dem&#225;s. Jake era el polo opuesto, viv&#237;a en un universo propio. Liza ya intentaba contarle a todo el mundo lo que estaba pensando, mientras que Jake era reservado y guardaba secretos. S&#243;lo ten&#237;a cuatro meses, pero ya era como su padre y su abuelo, se dijo Elizabeth. Si se hace esp&#237;a me pego un tiro.

Entonces pens&#243; en el modo en que hab&#237;a tratado a Michael y se vio acometida por un agudo sentimiento de culpabilidad. No ten&#237;a derecho a reprochar a Michael que hubiera aceptado dirigir el equipo de Irlanda del Norte. De hecho, hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que hab&#237;a sido una tonter&#237;a permitirle que dejara la Agencia tras el intento de asesinato. Michael ten&#237;a raz&#243;n. Era un trabajo importante, y por la raz&#243;n que fuera parec&#237;a hacerle feliz.

Elizabeth mir&#243; a sus hijos. Liza parloteaba con un perrito de peluche, pero Jake yac&#237;a de espaldas, mirando por la ventana, perdido en su mundo. Michael era como era, y de nada serv&#237;a intentar cambiarlo. Antes lo amaba por ello.

Imagin&#243; a Michael en Belfast y sinti&#243; un escalofr&#237;o. Se pregunt&#243; qu&#233; estar&#237;a haciendo, si habr&#237;a ido a alg&#250;n lugar peligroso. Nunca se acostumbrar&#237;a a la idea de que se marchara de casa rumbo a una operaci&#243;n de campo. Qu&#233; t&#233;rmino m&#225;s est&#250;pido, pens&#243;, el campo, como si fuera un prado buc&#243;lico donde jam&#225;s suced&#237;a nada malo. Cuando Michael no estaba, Elizabeth ten&#237;a un nudo permanente en el est&#243;mago. Por las noches dorm&#237;a con la luz y el televisor encendidos. No es que temiera necesariamente por su seguridad, pues hab&#237;a visto a Michael en acci&#243;n y sab&#237;a que pod&#237;a cuidar de s&#237; mismo. La angustia se deb&#237;a al conocimiento de que Michael cambiaba durante sus misiones, y cuando volv&#237;a a casa siempre le parec&#237;a un desconocido. Llevaba una vida distinta cuando operaba en el campo, y en ocasiones Elizabeth se preguntaba si ella formaba parte de esa vida.

Vio unos faros en Shore Road, se acerc&#243; a la ventana y vio que un coche se deten&#237;a junto a la caseta de seguridad. El guardia le franque&#243; el paso sin llamar a la casa, lo cual significaba que era Michael.

Maggie -llam&#243; Elizabeth.

&#191;S&#237;, Elizabeth? -repuso Maggie al entrar en el dormitorio.

Ha llegado Michael. &#191;Te importa quedarte un momento con los ni&#241;os?

Claro que no.

Elizabeth corri&#243; escalera abajo, agarr&#243; un abrigo del perchero del vest&#237;bulo, se lo ech&#243; sobre los hombros y sali&#243; al encuentro de Michael.

Te he echado de menos, Michael -suspir&#243; mientras lo abrazaba-. Lo siento mucho. Todo. Perd&#243;name, por favor.

&#191;Por qu&#233;?

Por ser tan idiota.

Lo abraz&#243; con m&#225;s fuerza, y Michael gimi&#243;. Elizabeth se apart&#243; de &#233;l con expresi&#243;n perpleja y tir&#243; de &#233;l hasta el haz de luz que se filtraba por una ventana.

&#161;Dios m&#237;o! &#191;Qu&#233; te ha pasado?



20

Londres  Mikonos  Atenas

Una semana despu&#233;s de que Michael Osbourne abandonara Londres, un Jaguar plateado entr&#243; en el sendero de acceso de una mansi&#243;n estilo rey Jorge en St. John's Wood. En el asiento posterior viajaba el Director. Era un hombre menudo, de cabeza y caderas estrechas, cabello color piedra arenisca ya canoso y ojos del matiz del agua del mar en invierno. Viv&#237;a solo con un muchacho de la Sociedad para su protecci&#243;n y una chica llamada Daphne, que desempe&#241;aba las funciones de secretaria y se ocupaba de sus necesidades personales. Su ch&#243;fer, antiguo miembro del comando de &#233;lite del SAS, baj&#243; del coche y le abri&#243; la puerta.

Daphne esperaba junto a la puerta, resguardada de la lluvia bajo un enorme paraguas negro. Siempre parec&#237;a reci&#233;n llegada de unas vacaciones en el tr&#243;pico. Med&#237;a un metro ochenta, ten&#237;a la tez de color caramelo y el cabello casta&#241;o con reflejos rubios que le ca&#237;a sobre los hombros.

En aquel momento avanz&#243; hacia el coche y condujo al Director al vest&#237;bulo de la mansi&#243;n, sosteniendo el paraguas con cuidado para cerciorarse de que su jefe no se mojaba. El Director era propenso a las infecciones bronquiales; para &#233;l, la humedad del invierno ingl&#233;s era el equivalente a caminar por un campo de minas sin mapa.

Picasso llama desde Washington por la l&#237;nea segura -anunci&#243; Daphne.

El Director hab&#237;a gastado miles de libras en terapia logop&#233;dica para eliminar el deje jamaicano de la voz de Daphne, y ahora hablaba como una presentadora de la BBC.

&#191;Quiere contestar ahora o prefiere que le vuelva a llamar m&#225;s tarde?

Contestar&#233; ahora.

Entr&#243; en el estudio, puls&#243; el bot&#243;n verde que parpadeaba en el tel&#233;fono y descolg&#243;. Escuch&#243; durante algunos minutos, murmur&#243; algunas palabras y volvi&#243; a escuchar.

&#191;Va todo bien, querido? -inquiri&#243; Daphne en cuanto el Director colg&#243;.

Tenemos que ir a Mikonos ma&#241;ana por la ma&#241;ana -repuso &#233;l-. Me temo que monsieur Delaroche est&#225; en apuros.


En Londres segu&#237;a haciendo un tiempo invernal, pero en Mikonos hac&#237;a sol y calor cuando el avi&#243;n de h&#233;lices de Island Air en el que viajaban el Director y Daphne aterriz&#243; a primera hora de la tarde siguiente. Se registraron en un hotel de Chora y pasearon por la orilla en Peque&#241;a Venecia hasta encontrar el caf&#233;. Delaroche estaba sentado a una mesa con vistas al puerto. Llevaba bermudas color caqui y camiseta de barquero sin mangas. Ten&#237;a los dedos rojos y negros de pintura. El Director le estrech&#243; la mano como si le buscara el pulso, luego se sac&#243; un pa&#241;uelo de algod&#243;n blanco del bolsillo y se enjug&#243; la palma.

&#191;Alg&#250;n indicio de la oposici&#243;n? -inquiri&#243; con voz serena.

Delaroche mene&#243; la cabeza.

&#191;Por qu&#233; no vamos a su villa? -propuso el Director-. Me encanta c&#243;mo la ha arreglado.

Delaroche los llev&#243; a cabo Mavros en su destartalado Volvo familiar. Los lienzos y el caballete traqueteaban en el maletero. El Director iba sentado delante y se aferraba al brazo del asiento mientras Delaroche conduc&#237;a a toda velocidad por la tortuosa carretera. Daphne yac&#237;a en el asiento posterior con el cabello alborotado por la brisa.

Delaroche sirvi&#243; la cena en la terraza. A su t&#233;rmino, Daphne fue a descansar a una tumbona para dejarlos a solas.

Le felicito por el trabajo de Ahmed Hussein -empez&#243; el Director al tiempo que alzaba su copa de vino.

Delaroche no le devolvi&#243; el gesto. No le proporcionaba placer matar, tan s&#243;lo la sensaci&#243;n de haber cumplido una misi&#243;n de forma profesional. Delaroche no se consideraba un asesino cualquiera, sino un asesino a sueldo. Los hombres que encargaban las muertes eran los verdaderos asesinos; &#233;l no era m&#225;s que el arma.

Los clientes est&#225;n muy complacidos -continu&#243; el Director con voz reseca como hojas muertas-. La muerte de Hussein ha provocado la reacci&#243;n que se esperaba. Sin embargo, ha creado un peque&#241;o problema de seguridad que le implica a usted.

De repente, Delaroche sinti&#243; que la nuca le ard&#237;a de ansiedad. A lo largo de toda su carrera hab&#237;a velado de forma obsesiva por su seguridad personal. Casi todas las personas que se dedicaban a su profesi&#243;n se somet&#237;an peri&#243;dicamente a operaciones de cirug&#237;a pl&#225;stica para cambiar de aspecto, pero Delaroche afrontaba la cuesti&#243;n de otro modo. Muy pocos de los que sab&#237;an c&#243;mo se ganaba la vida hab&#237;an llegado a ver su rostro. Las &#250;nicas fotograf&#237;as que exist&#237;an de &#233;l eran las que figuraban en sus pasaportes falsos, y Delaroche hab&#237;a alterado ligeramente su apariencia en cada una de ellas a fin de que no sirvieran de nada a la polic&#237;a ni los servicios de inteligencia. Cuando caminaba por terminales de aeropuertos o estaciones ferroviarias siempre llevaba sombrero y gafas de sol para ocultar su rostro a las c&#225;maras de vigilancia. Sin embargo, era consciente de que la CIA conoc&#237;a su existencia y hab&#237;a compilado un dossier bastante voluminoso de sus asesinatos a lo largo de los a&#241;os.

&#191;Qu&#233; clase de problema? -inquiri&#243;.

La CIA ha cursado un aviso a la Interpol y a todos los servicios de inteligencia amigos. Figura usted en una lista internacional, y todos los agentes de control de pasaportes y polic&#237;as fronterizos de Europa tienen uno de &#233;stos.

El Director se sac&#243; un papel doblado del bolsillo de la pechera y se lo entreg&#243; a Delaroche. Este desdobl&#243; el papel y se qued&#243; mirando un retrato robot de su rostro. Era un dibujo muy realista, a todas luces creado por un complejo sistema inform&#225;tico.

Pensaba que me cre&#237;an muerto.

Yo tambi&#233;n, pero es evidente que ahora le creen vivo -replic&#243; el Director antes de encenderse un cigarrillo-. No dispar&#243; a Ahmed Hussein en la cara, &#191;verdad?

Delaroche deneg&#243; con la cabeza y se golpete&#243; el pecho con el &#237;ndice. Delaroche ten&#237;a una &#250;nica vanidad profesional; durante su carrera hab&#237;a matado a casi todas v&#237;ctimas de tres disparos en el rostro. Supon&#237;a que lo hac&#237;a movido por el deseo de que sus enemigos conocieran su existencia. Delaroche s&#243;lo ten&#237;a dos cosas en la vida: su arte y su oficio. No firmaba sus cuadros por razones de seguridad y los vend&#237;a an&#243;nimamente, de modo que hab&#237;a decidido firmar sus asesinatos.

&#191;Qui&#233;n est&#225; detr&#225;s de esto? -quiso saber.

Su viejo amigo Michael Osbourne.

&#191;Osbourne? Cre&#237;a que se hab&#237;a retirado.

Hace poco le pidieron que volviera para dirigir un equipo especial que se encargar&#225; de Irlanda del Norte. Por lo visto, Osbourne tiene cierta experiencia en el tema.

Delaroche le devolvi&#243; el retrato robot.

&#191;Qu&#233; tiene pensado?

Parece que tenemos dos opciones. Si no hacemos nada, me temo que sus posibilidades de trabajar quedar&#225;n gravemente mermadas. Si no puede viajar, no puede trabajar. Y si todas las polic&#237;as del mundo conocen su rostro, no puede viajar.

&#191;Y la segunda opci&#243;n?

Le damos un nuevo rostro y un nuevo lugar para vivir.

Delaroche contempl&#243; el mar. Sab&#237;a que no le quedaba m&#225;s remedio que hacerse la cirug&#237;a y cambiar de aspecto. Si no pod&#237;a trabajar, el Director cortar&#237;a amarras con &#233;l. Perder&#237;a la protecci&#243;n de la Sociedad y la posibilidad de ganarse la vida. Tendr&#237;a que pasarse el resto de la vida mirando por encima del hombro y pregunt&#225;ndose cu&#225;ndo ir&#237;an a por &#233;l sus enemigos. Quer&#237;a seguridad m&#225;s que ninguna otra cosa en el mundo, y eso significaba aceptar las condiciones del Director.

&#191;Tiene a alguien?

S&#237;, un franc&#233;s llamado Maurice Leroux.

&#191;Es de fiar?

Por supuesto. No podr&#225; salir de Grecia hasta despu&#233;s de la operaci&#243;n, as&#237; que Leroux tendr&#225; que venir. Alquilar&#233; un piso en Atenas para la intervenci&#243;n. Se quedar&#225; usted all&#237; hasta que las cicatrices desaparezcan.

&#191;Qu&#233; hay de la villa?

De momento la conservar&#233;. Necesito un sitio para la reuni&#243;n primaveral del consejo ejecutivo, y esta casa es el lugar id&#243;neo.

Delaroche mir&#243; a su alrededor. La rec&#243;ndita casa en el norte de Mikonos le hab&#237;a proporcionado cuanto necesitaba, intimidad, seguridad, magn&#237;ficos motivos pict&#243;ricos y una orograf&#237;a emocionante para montar en bicicleta. No quer&#237;a marcharse, como tampoco hab&#237;a querido marcharse de su hogar anterior, la casa de la costa bretona, en Francia, pero no le quedaba otra alternativa.

Tendremos que encontrarle otra casa -prosigui&#243; el Director-. &#191;Alguna preferencia?

&#193;msterdam -repuso Delaroche tras un instante de reflexi&#243;n.

&#191;Habla holand&#233;s?

No muy bien, pero no me llevar&#225; mucho tiempo.

Estupendo, &#193;msterdam entonces.


Stavros, el agente de la propiedad inmobiliaria, encontr&#243; a un cuidador para la casa. Delaroche le dijo que permanecer&#237;a ausente largo tiempo pero que cab&#237;a la posibilidad de que un amigo suyo usara la casa de vez en cuando. Stavros propuso a Delaroche una cena de despedida en la taberna, pero Delaroche declin&#243; cort&#233;smente la invitaci&#243;n.

Pas&#243; su &#250;ltimo d&#237;a en Mikonos pintando la plaza de Ano Mera, la terraza de la villa, las rocas de Linos Trabaj&#243; desde el alba hasta el anochecer, hasta que la mano derecha, la mano lesionada, empez&#243; a dolerle.

Se sent&#243; en la terraza y bebi&#243; vino hasta que el sol poniente ti&#241;&#243; la casa de un matiz siena que Delaroche jam&#225;s podr&#237;a reproducir sobre un lienzo. Entonces entr&#243;, encendi&#243; un fuego en la chimenea, recorri&#243; todas y cada una de las estancias de la villa, registrando armario por armario, caj&#243;n por caj&#243;n, y quem&#243; todo indicio de su existencia.


Es una l&#225;stima tener que estropear un rostro tan hermoso -coment&#243; Maurice Leroux al d&#237;a siguiente.

Estaban sentados delante de un gran espejo iluminado en el piso de Atenas que el Director hab&#237;a alquilado para la operaci&#243;n y la convalecencia de Delaroche.

Leroux toc&#243; el p&#243;mulo de Delaroche con la yema de su delgado dedo &#237;ndice.

No es usted franc&#233;s -declar&#243; con solemnidad, como si creyera que esa noticia pudiera ser dura de sobrellevar para un compatriota-. En mi profesi&#243;n se aprende mucho sobre etnicidad y ascendencia.

Delaroche guard&#243; silencio mientras Leroux segu&#237;a con su discurso.

Lo veo aqu&#237;, en los p&#243;mulos anchos, la frente chata, la mand&#237;bula angulosa. Y mire, mire sus ojos. Son almendrados y de color azul brillante. No, no, tendr&#225; nombre franc&#233;s, pero me temo que por sus venas corre sangre eslava, y de la buena.

Delaroche observ&#243; el reflejo de Leroux en el espejo. Era un hombre de aspecto d&#233;bil, nariz inmensa, ment&#243;n huidizo y un rid&#237;culo peluqu&#237;n demasiado negro. Leroux toc&#243; de nuevo el rostro de Delaroche. Ten&#237;a manos de anciana, p&#225;lidas, blandas y surcadas de gruesas venas azules, pero apestaban a colonia de hombre joven.

A veces se puede hacer a un hombre m&#225;s atractivo a trav&#233;s de la cirug&#237;a pl&#225;stica. Hace unos a&#241;os oper&#233; a un palestino llamado Muhammad Awad.

Delaroche se sobresalt&#243; al o&#237;r el nombre de Awad. Leroux hab&#237;a cometido el pecado m&#225;s grave que pod&#237;a cometerse en su profesi&#243;n, revelar el nombre de un cliente anterior.

Ahora est&#225; muerto, pero lo dej&#233; muy guapo -se enorgulleci&#243; Leroux-. Sin embargo, en su caso creo que suceder&#225; lo contrario. Me temo que tendr&#233; que dejarlo menos atractivo para alterar su aspecto. &#191;Le parece bien, monsieur?

Leroux era un hombre feo a quien las apariencias importaban sobremanera, mientras que Delaroche era un hombre atractivo a quien las apariencias tra&#237;an sin cuidado. Sab&#237;a que algunas mujeres lo hallaban atractivo, hermoso, incluso, pero nunca le hab&#237;a importado mucho su aspecto. Lo &#250;nico que le preocupaba era que su rostro se hab&#237;a convertido en una amenaza para &#233;l, y lo afrontar&#237;a como afrontaba todas las amenazas, elimin&#225;ndolo.

Haga lo que tenga que hacer -mascull&#243;.

Muy bien. Tiene un rostro anguloso y afilado que vamos a redondear. Tengo intenci&#243;n de limar parte de sus p&#243;mulos para quitarles fuerza, y le inyectar&#233; col&#225;geno en el tejido de las mejillas para que su rostro parezca m&#225;s pesado. Su ment&#243;n es muy fino; lo har&#233; m&#225;s ancho y cuadrado. Su nariz es una obra de arte, pero me temo que tendr&#233; que cambi&#225;rsela. La achatar&#233; y la ensanchar&#233; entre los ojos. En cuanto a &#233;stos, no puedo hacer nada aparte de cambiarlos de color con lentillas.

&#191;Funcionar&#225;?

Cuando termine no se reconocer&#225; -asegur&#243; Leroux-. &#191;Est&#225; seguro de que quiere seguir adelante? -a&#241;adi&#243; tras una vacilaci&#243;n. Delaroche asinti&#243;.

Muy bien, pero me siento un poco como ese imb&#233;cil que atac&#243; la Piet&#225; con un martillo.

Sac&#243; un rotulador y empez&#243; a dibujar marcas en el rostro de Delaroche.



21

Londres

Preston McDaniels era un funcionario del Ministerio de Exteriores destinado a la secci&#243;n de prensa de la embajada estadounidense en Londres. Ten&#237;a cuarenta y cinco a&#241;os, estaba en forma y era un hombre presentable, aunque no convencionalmente atractivo. Asimismo era un soltero empedernido que hab&#237;a salido con pocas mujeres, lo que hab&#237;a esparcido el rumor entre sus compa&#241;eros de trabajo de que era homosexual. Pero Preston McDaniels no era homosexual, sino que nunca se le hab&#237;an dado bien las mujeres, hasta hac&#237;a poco.

Eran las seis de la tarde. McDaniels estaba recogiendo sus cosas y ordenando su peque&#241;a oficina mientras contemplaba Grosvenor Square por la ventana. Hab&#237;a luchado duro por volver a Londres despu&#233;s de muchos a&#241;os pasados en terribles destinos como Lagos, Ciudad de M&#233;xico, El Cairo o Islamabad. Nunca hab&#237;a sido feliz como ahora. Le encantaban el teatro, los museos, ir de compras y los interesantes lugares que pod&#237;an visitarse los fines de semana. Ten&#237;a un bonito piso en South Kensington e iba a trabajar cada ma&#241;ana en metro. Su trabajo era bastante aburrido, pues se dedicaba a emitir comunicados de prensa rutinarios, preparar res&#250;menes diarios de la prensa brit&#225;nica sobre temas de inter&#233;s para el embajador y coordinar la cobertura de las apariciones p&#250;blicas del embajador, pero el hecho de vivir en Londres lo compensaba todo.

Cogi&#243; una pila de expedientes de su mesa y los guard&#243; en el malet&#237;n de cuero. Luego descolg&#243; el abrigo del perchero situado detr&#225;s de la puerta, sali&#243; y fue al lavabo para mirarse al espejo.

A veces se preguntaba qu&#233; ve&#237;a ella en &#233;l. Intent&#243; arreglarse el cabello de forma que disimulara la calvicie, pero la maniobra no hac&#237;a m&#225;s que empeorar su aspecto. Ella dec&#237;a que le gustaban los hombres calvos, pues parec&#237;an m&#225;s inteligentes y maduros. Es demasiado joven para m&#237;, se dijo, demasiado joven y demasiado guapa. Pero &#191;qu&#233; le iba a hacer? Por primera vez en su vida ten&#237;a una relaci&#243;n sexual emocionante. No pod&#237;a dar marcha atr&#225;s ahora.

Estaba lloviendo, y la noche hab&#237;a ca&#237;do en Grosvenor Square. Abri&#243; el paraguas y se abri&#243; paso por entre la muchedumbre que atestaba las aceras hasta Park Lane. Al llegar al restaurante se detuvo y la observ&#243; unos instantes a trav&#233;s del escaparate. Era alta, de cuerpo atl&#233;tico, espeso cabello negro, rostro ovalado y ojos grises. La blusa blanca que llevaba no lograba ocultar sus grandes pechos redondeados. Era una amante maravillosa que parec&#237;a conocer todas sus fantas&#237;as. Cada tarde, en la oficina, miraba el reloj cada dos por tres, anticipando el momento en que volver&#237;a a verla.

McDaniels entr&#243; en el restaurante y se sent&#243; a una mesa del bar. Al verlo, la mujer le gui&#241;&#243; el ojo y form&#243; con los labios las palabras Ahora voy.

Al cabo de unos instantes le llev&#243; una copa de vino blanco. Preston le acarici&#243; la mano cuando la dej&#243; sobre la mesa.

Te he echado much&#237;simo de menos, cari&#241;o.

Cre&#237;a que no llegar&#237;as nunca -repuso ella-. Pero ahora no puedo hablar mucho; Riccardo est&#225; atravesando un episodio totalmente psic&#243;tico. Si me pesca hablando contigo me echa.

S&#243;lo te muestras amable con un cliente asiduo.

Muy amable -musit&#243; ella con una sonrisa seductora.

Necesito estar contigo.

Salgo a las diez.

No puedo esperar tanto rato.

Pues me temo que no te queda otro remedio.

Se alej&#243; con otro gui&#241;o. McDaniels se bebi&#243; el vino mientras la observaba ir de mesa en mesa, tomando nota, llevando platos de comida y relacion&#225;ndose con los clientes. Era la clase de mujer en que se fijan los hombres, demasiado atractiva e inteligente para servir mesas. McDaniels sab&#237;a que alg&#250;n d&#237;a encontrar&#237;a su lugar en el mundo y entonces lo dejar&#237;a.

Apur&#243; la copa, dej&#243; un billete de diez libras sobre la mesa y sali&#243;. De repente se dio cuenta de que era demasiado dinero por una copa de vino. Creer&#225; que la considero una prostituta, se dijo. Contempl&#243; la posibilidad de volver y dejar una cantidad menor, pero eso resultar&#237;a a&#250;n m&#225;s raro. Por fin se alej&#243; y pens&#243; que si alg&#250;n d&#237;a lo abandonaba, tal vez se suicidar&#237;a.


Se tom&#243; su tiempo para volver a casa. La lluvia hab&#237;a remitido, de modo que decidi&#243; ir a pie, disfrutando de la ciudad, de la sensaci&#243;n del vino y de la idea de pasar siquiera unos minutos con Rachel. Nunca hab&#237;a sentido nada parecido a la obsesi&#243;n, pero sab&#237;a que deb&#237;a de ser algo as&#237;. La relaci&#243;n empezaba a afectar su trabajo; en las reuniones se distra&#237;a, perd&#237;a el hilo y dejaba las frases sin acabar. La gente empezaba a murmurar, a hacer preguntas. Lo cierto era que no le importaba. Llevaba toda la vida sin experimentar el amor de una mujer, de modo que gozar&#237;a de &#233;l mientras durara.

Cen&#243; en un pub cerca de Brompton Road. Mientras com&#237;a ley&#243; el peri&#243;dico y logr&#243; desterrar a Rachel de sus pensamientos durante un rato; sin embargo, no tard&#243; en reaparecer como una pieza musical agradable y pegadiza. La imagin&#243; en la cama con la boca abierta de placer, los ojos cerrados. Y entonces se apoderaron de su mente las fantas&#237;as m&#225;s rid&#237;culas. La boda en una iglesia rural inglesa, la casa de campo en los Cotswolds, los ni&#241;os Era una imagen absurda, pero le encantaba. Se hab&#237;a enamorado perdidamente, pero Rachel no parec&#237;a ser de las que se casaban. Quer&#237;a dedicarse a escribir y valoraba sobremanera su libertad tanto intelectual como sexual. Lo m&#225;s probable era que, cuando le mencionara por primera vez el matrimonio, Rachel pusiera pies en polvorosa.

McDaniels pase&#243; por las tranquilas callecitas de South Kensington. Ten&#237;a un agradable piso de dos dormitorios en el primer piso de una casa adosada estilo rey Jorge. Al llegar hoje&#243; el correo de la tarde, tom&#243; una larga ducha y se puso unos pantalones caqui y un jersey de algod&#243;n.

Utilizaba el segundo dormitorio como despacho. All&#237; vio las noticias de las nueve mientras despachaba el papeleo que se hab&#237;a tra&#237;do de la oficina. El embajador Cannon ten&#237;a una agenda muy apretada al d&#237;a siguiente. Reuni&#243;n con el ministro de Exteriores, almuerzo con un grupo de hombres de negocios brit&#225;nicos, entrevista con un periodista del Times Al acabar guard&#243; los papeles en un sobre de papel manila y lo meti&#243; de nuevo en el malet&#237;n.

Poco antes de las diez y media son&#243; el interfono. McDaniels descolg&#243;.

&#191;Qui&#233;n es? -pregunt&#243; en tono juguet&#243;n.

Soy yo, cari&#241;o. &#191;Acaso esperabas alguna de tus otras amantes?

Era un jueguecito al que les encantaba jugar, el de las bromitas sobre otros amantes, los celos fingidos. Era incre&#237;ble la rapidez con que hab&#237;a progresado su relaci&#243;n.

Eres la &#250;nica mujer con la que he estado en toda mi vida.

Mentiroso.

Te abro.

Se alis&#243; el cabello mientras aguardaba la llegada de Rachel. Al cabo de unos instantes oy&#243; pasos en el pasillo, pero no quer&#237;a parecer demasiado ansioso por verla, de modo que esper&#243; a que llamara a la puerta. Cuando abri&#243;, Rachel se arroj&#243; a sus brazos y lo bes&#243; en la boca. Separ&#243; los labios y desliz&#243; la sedosa lengua contra la de &#233;l.

Llevo toda la noche esperando esto -musit&#243; tras retroceder un poco.

&#191;C&#243;mo es que me ha tocado la suerte de conocer a alguien como t&#250;? -le pregunt&#243; Preston McDaniels con una sonrisa.

La suerte es m&#237;a.

&#191;Te apetece tomar algo?

A decir verdad, tengo un problema muy grave y t&#250; eres el &#250;nico que puede resolv&#233;rmelo.

Le asi&#243; la mano y lo condujo al dormitorio mientras se desabrochaba la blusa. Luego lo hizo sentar en el borde de la cama y le atrajo la cabeza hacia los pechos.

Dios m&#237;o -gimi&#243; McDaniels.

Date prisa, cari&#241;o. Date prisa, por favor -jade&#243; ella.


Rebecca Wells despert&#243; a las tres de la madrugada. Permaneci&#243; inm&#243;vil unos instantes, escuchando la respiraci&#243;n de McDaniels. Sol&#237;a dormir a pierna suelta, y adem&#225;s esa noche hab&#237;an hecho el amor dos veces. Se incorpor&#243;, se levant&#243; de la cama y cruz&#243; el dormitorio. Su blusa yac&#237;a en el suelo, donde la hab&#237;a dejado. La recogi&#243;, sali&#243; de la habitaci&#243;n y cerr&#243; la puerta con cuidado.

Se puso la blusa mientras recorr&#237;a el pasillo y entraba en el despacho. Cerr&#243; la puerta tras de s&#237; y se sent&#243; a la mesa. El malet&#237;n estaba en el suelo. Rebecca lo abri&#243; y revolvi&#243; el contenido hasta encontrar lo que buscaba, la carpeta con los detalles de la agenda del embajador Douglas Cannon para el d&#237;a siguiente.

Cogi&#243; un cuaderno de la mesa de Preston y se puso a escribir a toda velocidad. Estaba todo all&#237;, la hora de cada reuni&#243;n, el medio de transporte, el itinerario Acab&#243; de copiar el calendario y hoje&#243; apresuradamente los dem&#225;s papeles en busca de cualquier otro pormenor interesante. Al terminar dej&#243; la carpeta en su lugar y apag&#243; la luz.

Sali&#243; de nuevo al pasillo y entr&#243; en el ba&#241;o. Tras cerrar la puerta encendi&#243; la luz, se ech&#243; agua en la cara y se mir&#243; al espejo.

Cuando el IRA asesin&#243; a su marido se hizo una promesa. No volver&#237;a a casarse ni llevar&#237;a a ning&#250;n otro hombre al lecho que hab&#237;an compartido. Hab&#237;a cre&#237;do que ser&#237;a un voto dif&#237;cil de mantener, pero el odio que envenenaba su coraz&#243;n tras la muerte de Ronnie no dejaba lugar para ninguna otra emoci&#243;n, sobre todo para el amor hacia otro hombre. Algunos hombres de Portadown hab&#237;an intentado acercarse a ella, pero los hab&#237;a rechazado. En la Brigada, los hombres sab&#237;an que cualquier intento de aproximaci&#243;n era una p&#233;rdida de tiempo.

Pens&#243; en Preston McDaniels dentro de su cuerpo y sinti&#243; ganas de vomitar. Se dijo que era por una buena causa, el futuro del modo de vida protestante en Irlanda del Norte. En cierto modo, casi compadec&#237;a a McDaniels. Era un hombre decente, amable y tierno, pero hab&#237;a ca&#237;do en la trampa m&#225;s vieja del mundo. Esa misma noche le hab&#237;a dicho que estaba enamorado de ella. No quer&#237;a ni pensar en lo que le suceder&#237;a cuando descubriera que lo hab&#237;a traicionado, lo cual era inevitable.

Bebi&#243; un vaso de agua, tir&#243; de la cadena, apag&#243; la luz y volvi&#243; sigilosamente a la cama.

Cre&#237;a que no volver&#237;as nunca -murmur&#243; McDaniels.

Rebecca estuvo a punto de proferir un grito, pero logr&#243; mantener la compostura.

Es que ten&#237;a sed.

&#191;Has tra&#237;do agua, por casualidad?

No, cari&#241;o, lo siento.

La verdad es que hay algo que me apetece mucho m&#225;s que el agua.

McDaniels se tendi&#243; sobre ella.

T&#250;.

&#191;Puedes?

McDaniels gui&#243; la mano de Rebecca hasta su entrepierna.

Vaya, vaya, tendremos que hacer algo al respecto.

McDaniels la penetr&#243; profundamente. Rebecca Wells cerr&#243; los ojos y pens&#243; en su esposo muerto.



22

Condado de Tyrone, Irlanda del Norte

Poco despu&#233;s de que estallara la violencia en Irlanda del Norte en 1969, el servicio de inteligencia brit&#225;nico decidi&#243; que la mejor forma de combatir el terrorismo consist&#237;a en vigilar los movimientos individuales de terroristas. La inteligencia brit&#225;nica y la E 4, la unidad especial de vigilancia de la polic&#237;a del Ulster, siguen y controlan de forma constante a los miembros conocidos de las organizaciones paramilitares. Los datos se introducen en un ordenador del cuartel general de inteligencia militar en Belfast. Si el terrorista desaparece de repente de una lista de vigilancia, el ordenador da la alarma de forma autom&#225;tica, y las fuerzas de seguridad suponen que est&#225; participando en una operaci&#243;n.

Una vigilancia de semejante magnitud requiere miles de agentes y tecnolog&#237;a muy avanzada. Los puntos m&#225;s conflictivos, como Falls Road, en Belfast, quedan cubiertos por numerosas c&#225;maras de v&#237;deo. El ej&#233;rcito aposta soldados en la azotea del bloque de Divis Flats. Durante el d&#237;a, los efectivos peinan las calles con prism&#225;ticos de alta potencia en busca de miembros conocidos del IRA, y por la noche utilizan aparatos de infrarrojos para visi&#243;n nocturna. Los servicios de seguridad colocan dispositivos de seguimiento en los coches, micr&#243;fonos y videoc&#225;maras en miniatura en hogares, pubs, veh&#237;culos y pajares. Intervienen los tel&#233;fonos e incluso ocultan localizadores en armas para controlar sus movimientos por la regi&#243;n. Aviones extremadamente sofisticados patrullan los cielos para comprobar si hay actividad humana nocturna en lugares donde no deber&#237;a haber ninguna. Peque&#241;os aparatos sin piloto realizan vuelos de reconocimiento a poca altitud. En los &#225;rboles esconden sensores para detectar movimientos humanos.

Pero pese a todos los artilugios de alta tecnolog&#237;a, gran parte de la vigilancia se lleva a cabo a la antigua usanza, hombre a hombre. Es un trabajo peligroso, en ocasiones mortal. Agentes secretos patrullan con regularidad la zona de Falls Road; permanecen escondidos en desvanes y azoteas durante d&#237;as enteros, subsistiendo a base de raciones de supervivencia y fotografiando a sus presas. En el campo se ocultan en madrigueras, detr&#225;s de arbustos y entre las ramas de los &#225;rboles. En el l&#233;xico de la inteligencia de Irlanda del Norte, dicha pr&#225;ctica recibe el nombre de excavaci&#243;n y fue el m&#233;todo elegido para vigilar la destartalada granja situada a las afueras de la aldea de Cranagh, en los montes Sperrin.

Graham Seymour lleg&#243; de Londres el sexto d&#237;a de la operaci&#243;n. Como puesto de vigilancia est&#225;tica hab&#237;an elegido un campo de aulaga rodeado de espigadas hayas, en una suave cuesta a unos ochocientos metros de la casa. Una pareja de agentes de la E 4 se encargaban del equipo t&#233;cnico, consistente en c&#225;maras de objetivo largo e infrarrojos, as&#237; como micr&#243;fonos direccionales de largo alcance. Trabajaban sigilosos como monaguillos y parec&#237;an igual de j&#243;venes. Se presentaron en broma como Marks y Sparks [*: #_ftnref3 Los brit&#225;nicos suelen referirse con este nombre a los grandes almacenes Marks & Spencer. (N. de la T.)].

A lo largo de los a&#241;os, el IRA hab&#237;a tendido emboscadas y matado a docenas de agentes de inteligencia en el transcurso de operaciones de vigilancia, y &#233;stos, pese a que los objetivos eran presuntamente protestantes, no corr&#237;an riesgos. Dos comandos del Servicio A&#233;reo Especial, el SAS, formaban un per&#237;metro de protecci&#243;n en torno a Graham, Marks y Sparks. Llevaban uniforme de camuflaje y el rostro pintado de negro. En dos ocasiones Graham estuvo a punto de tropezar con ellos mientras orinaba entre la aulaga. Se mor&#237;a por un cigarrillo, pero estaba prohibido fumar. Despu&#233;s de tres d&#237;as sin comer nada aparte de barritas energ&#233;ticas, tambi&#233;n se mor&#237;a incluso por los platos incomestibles de Helen. Por la noche, acostado en la cuesta h&#250;meda y fr&#237;a, maldec&#237;a en silencio a Michael Osbourne.

A todas luces, algo raro hab&#237;a en la granja del peque&#241;o valle que se abr&#237;a a sus pies. Los propietarios eran dos hermanos apellidados Dalton, que cuidaban un peque&#241;o reba&#241;o de ovejas escu&#225;lidas y algunas docenas de pollos. Dos veces al d&#237;a, por la ma&#241;ana y al anochecer, recorr&#237;an despacio el per&#237;metro de su tierra como si buscaran indicios de problemas.

Recibieron la primera visita la d&#233;cima noche.

Lleg&#243; en un peque&#241;o Nissan de tres vol&#250;menes. Marks y Sparks dispararon sin tardanza sus c&#225;maras de infrarrojos mientras Graham vigilaba la granja por los prism&#225;ticos de visi&#243;n nocturna. Al poco divis&#243; a un hombre alto y corpulento, de cabello ind&#243;mito y con una bolsa de tenis al hombro.

&#191;Qu&#233; os parece? -pregunt&#243; Graham sin dirigirse a nadie en particular.

Intenta que parezca ligera -coment&#243; Marks-, pero la correa est&#225; muy tensa.

Es evidente que no lleva raquetas y pelotas -a&#241;adi&#243; Sparks.

Graham cogi&#243; una peque&#241;a radio y se puso en contacto con la comisar&#237;a de Cookstown, situada veintid&#243;s kil&#243;metros al sudeste.

Tenemos compa&#241;&#237;a. Atentos a las instrucciones.

El visitante permaneci&#243; veinte minutos en el interior de la granja. Marks y Sparks intentaron escuchar alguna conversaci&#243;n, pero lo &#250;nico que alcanzaron a o&#237;r fue m&#250;sica de Bach sonando por un equipo bastante malo.

&#191;Reconoces la pieza? -inquiri&#243; Marks.

Concierto n&#250;mero cinco en re mayor -repuso Sparks.

Es maravilloso, &#191;no te parece?

Desde luego.

Graham escudri&#241;aba el vallecito por los prism&#225;ticos de infrarrojos.

Se va -anunci&#243; de repente.

Una visita muy corta para la hora que es -se&#241;al&#243; Marks.

Puede que tuviera que ir al lavabo -aventur&#243; Sparks.

Yo m&#225;s bien dir&#237;a que ha venido para quitarse de encima algunas armas -corrigi&#243; Marks-. Parece que la bolsa ya no pesa tanto.

Graham cogi&#243; de nuevo la radio para llamar a Cookstown.

El sujeto se dirige al este, hacia el monte Hamilton. Haced que parezca un control rutinario. Avisad por radio de que se ha dado la alarma en la zona y pasad a unos cuantos de los buenos por el control para que no note que lo hemos elegido a &#233;l. Llegar&#233; dentro de unos minutos.


El hombre del Nissan era Gavin Spencer, jefe de operaciones de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, y la bolsa de tenis, ahora vac&#237;a sobre el asiento del acompa&#241;ante, hab&#237;a contenido un cargamento de metralletas Uzi de fabricaci&#243;n israel&#237; procedentes de un traficante de armas de Oriente Pr&#243;ximo. Las armas deb&#237;an emplearse en el asesinato del embajador Douglas Cannon, pero de momento permanecer&#237;an ocultas dentro de una pared de piedra en el s&#243;tano de la granja.

Gavin Spencer hab&#237;a seleccionado a los miembros del equipo y los hab&#237;a puesto en antecedentes. Rebecca Wells hab&#237;a obtenido acceso al calendario de actividades del embajador y enviaba informes con regularidad. Lo &#250;nico que les faltaba era encontrar el momento id&#243;neo, el momento en que Cannon fuera m&#225;s vulnerable. S&#243;lo tendr&#237;an una oportunidad, y si comet&#237;an un error, si fracasaban, los brit&#225;nicos y los estadounidenses multiplicar&#237;an las medidas de seguridad de tal modo que jam&#225;s volver&#237;an a poder acercarse a &#233;l.

Spencer conduc&#237;a a toda velocidad por la tortuosa B47, atravesando el pueblo a oscuras de Mount Hamilton antes de volver a salir a campo abierto. Se adue&#241;&#243; de &#233;l una oleada de alivio. Las armas ya no estaban en su coche, sino a buen recaudo dentro de las paredes de la granja. Si las hubieran encontrado en su poder, le habr&#237;an dado un billete s&#243;lo de ida a la c&#225;rcel. Pis&#243; el acelerador a fondo, y el Nissan reaccion&#243; con br&#237;o, subiendo y bajando las irregularidades del terreno. Encendi&#243; la radio con la esperanza de encontrar algo de m&#250;sica, pero un bolet&#237;n informativo de Radio Ulster le llam&#243; la atenci&#243;n. Hab&#237;an declarado una alerta de seguridad en la zona de los montes Sperrin, entre Omagh y Cookstown.

Al cabo de cinco kil&#243;metros divis&#243; las luces azules de un coche patrulla y la silueta voluminosa de dos furgones militares. Un agente de la polic&#237;a del Ulster estaba de pie en medio de la carretera, agitando la linterna para indicar a Spencer que se detuviera a un lado. Spencer par&#243; y baj&#243; la ventanilla.

Control policial, se&#241;or -anunci&#243; el agente-. &#191;Le importar&#237;a decirme adonde se dirige?

A casa, a Portadown -repuso Spencer.

&#191;Qu&#233; le trae por aqu&#237;?

He venido a ver a un amigo.

&#191;D&#243;nde vive su amigo?

En Cranagh.

&#191;Me ense&#241;a su carn&#233; de conducir, por favor?

Spencer se lo alarg&#243;. Otro coche se detuvo tras &#233;l, y Spencer oy&#243; que otro agente formulaba las mismas preguntas a su conductor. El agente oje&#243; el carn&#233; de conducir y se lo devolvi&#243;.

Muy bien, se&#241;or. Vamos a echar un vistazo al interior de su coche. &#191;Le importar&#237;a apearse?

Spencer obedeci&#243;. El polic&#237;a se sent&#243; al volante y condujo hasta situarse detr&#225;s de los furgones. Al cabo de un momento, el segundo veh&#237;culo tambi&#233;n desapareci&#243; tras los furgones. El conductor era un hombre bajo, fornido, de cabello corto y bigote entrecano. Se acerc&#243; a Spencer con las manos embutidas en los bolsillos de la cazadora de cuero.

&#191;De qu&#233; co&#241;o ir&#225; todo esto? -mascull&#243;.

Seguridad, dicen.

Apuesto algo a que es por los cabrones del IRA.

Supongo que s&#237; -convino Spencer.

El hombre encendi&#243; un cigarrillo y dio otro a Spencer. En aquel momento empez&#243; a llover. Gavin Spencer se puso a fumar, intentando parecer lo m&#225;s tranquilo posible mientras la polic&#237;a del Ulster y el ej&#233;rcito pon&#237;an patas arriba su coche.

Graham Seymour esperaba tras los furgones mientras un equipo de soldados y agentes de polic&#237;a registraban el Nissan. Usaron un detector port&#225;til para buscar armas escondidas bajo los asientos y efectuaron pruebas de detecci&#243;n de residuos de explosivos. Miraron en los bajos y en el motor. Desatornillaron los paneles de las puertas y buscaron debajo de las alfombrillas. Abrieron el maletero y revolvieron su contenido.

Diez minutos m&#225;s tarde, uno de los polic&#237;as llam&#243; por se&#241;as a Seymour. Dentro de la rueda de recambio, envueltos en un trapo grasiento, hab&#237;an encontrado unos papeles de aspecto sospechoso.

Graham tom&#243; prestada la linterna del agente, enfoc&#243; el haz sobre los papeles, los oje&#243; grab&#225;ndose en la memoria tantos detalles como pudo y se los devolvi&#243; al polic&#237;a.

D&#233;jenlos donde los han encontrado -orden&#243;-. Que no se note que los han tocado.

El polic&#237;a asinti&#243; y obedeci&#243;.

Escondan un localizador en el coche y d&#233;jenlo marchar -prosigui&#243; Graham-. Y luego ll&#233;venme a Belfast a toda leche. Me temo que tenemos un problema bastante grave.



23

Nueva York  Portadown

Eran las siete de la tarde cuando Michael Osbourne sali&#243; de la estaci&#243;n neoyorquina de la CIA, situada en el World Trade Center, y par&#243; un taxi. Hac&#237;a casi dos semanas que hab&#237;a regresado de Londres y empezaba a sentirse a gusto en la rutina de su nueva vida en la Agencia. Por regla general trabajaba tres d&#237;as a la semana en Washington y dos en Nueva York. El servicio de contrainteligencia estaba completando su investigaci&#243;n sobre la muerte de Kevin Maguire, y Michael confiaba en que aceptar&#237;an su versi&#243;n de los hechos. El IRA sospechaba de Maguire antes de que Michael viajara a Belfast, y su muerte, aunque era una desgracia, no pod&#237;a achacarse a Michael.

El taxi se dirig&#237;a hacia la parte alta de la ciudad a paso de tortuga. Michael pens&#243; en Irlanda del Norte, en las luces mortecinas de Belfast vistas desde la Monta&#241;a Negra, en el cuerpo quebrado de Kevin Maguire atado a la silla. Baj&#243; la ventanilla y sinti&#243; el viento fr&#237;o en el rostro. A veces pasaba algunos minutos sin pensar en Maguire, pero de noche o cuando estaba solo el rostro estragado del agente siempre se colaba en su mente. Michael estaba ansioso de que la informaci&#243;n que Maguire y Devlin le hab&#237;an dado arrojara sus frutos; si lograban desmantelar la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, la muerte de Maguire no habr&#237;a sido en vano.

El taxista era un &#225;rabe con la barba sin recortar de los musulmanes devotos. Michael le indic&#243; una direcci&#243;n de Madison Avenue, a cinco manzanas de su casa. Al llegar pag&#243; al taxista y ech&#243; a andar por la concurrida acera, deteni&#233;ndose a mirar los escaparates y comprobando si lo segu&#237;an. Era un temor que jam&#225;s lo abandonaba, que un d&#237;a apareciera un viejo enemigo para vengarse de &#233;l. Pens&#243; en su padre, registrando el coche en busca de bombas, destrozando tel&#233;fonos y comprobando si lo vigilaban hasta el d&#237;a de su muerte. El secreto era como una enfermedad, la ansiedad, como un viejo y querido amigo. Michael se resignaba al hecho de que nunca se librar&#237;a de ella El asesino llamado Octubre ya se hab&#237;a encargado de ello.

Camin&#243; hacia el oeste hasta la Quinta Avenida, gir&#243; a la derecha y se dirigi&#243; hacia la parte alta de la ciudad. La inteligencia requer&#237;a una paciencia notable, pero Michael empezaba a ponerse nervioso en lo tocante a Octubre. Cada ma&#241;ana ojeaba los comunicados en la esperanza de hallar su nombre en alguna lista porque alguien lo hab&#237;a visto en un aeropuerto o en una estaci&#243;n de tren, pero nunca encontraba nada. Y la pista se ir&#237;a enfriando a medida que transcurr&#237;a el tiempo.

Michael entr&#243; en su edificio y subi&#243; en ascensor hasta su piso. Elizabeth ya hab&#237;a llegado; lo bes&#243; en la mejilla y le alarg&#243; una copa de vino blanco.

Ya tienes la cara casi normal -coment&#243;.

&#191;Eso es bueno o malo?

Bueno, desde luego -asegur&#243; Elizabeth tras besarlo en la boca-. &#191;C&#243;mo est&#225;s?

Pero &#191;se puede saber qu&#233; te pasa? -replic&#243; Michael con una mirada burlona.

Nada, cari&#241;o, que me alegro de verte.

Yo tambi&#233;n. &#191;Qu&#233; tal el trabajo?

Bastante bien. Me he pasado el d&#237;a preparando a mi testigo principal para el juicio.

&#191;Aguantar&#225;?

A decir verdad, creo que se desmoronar&#225; ante el fiscal.

&#191;Los ni&#241;os a&#250;n est&#225;n despiertos?

Acabo de acostarlos.

Quiero verlos.

Michael, si los despiertas te juro que

Michael entr&#243; en la habitaci&#243;n infantil y se inclin&#243; sobre las cunas. Los peque&#241;os dorm&#237;an uno junto al otro para poder verse por entre los barrotes de las camitas. Michael permaneci&#243; largo rato inm&#243;vil, escuchando sus respiraciones. Por unos instantes se sinti&#243; en paz, embargado por una sensaci&#243;n de felicidad que no experimentaba desde hac&#237;a mucho tiempo. Pero la angustia no tard&#243; en reaparecer, ese miedo a que sus enemigos les hicieran da&#241;o a &#233;l o a sus hijos. En aquel momento oy&#243; el tel&#233;fono. Bes&#243; a los ni&#241;os y sali&#243;.

Cuando lleg&#243; al sal&#243;n, Elizabeth le alarg&#243; el tel&#233;fono.

Es Adrian -dijo.

Michael cogi&#243; el auricular.

&#191;S&#237;?

Escuch&#243; unos minutos en silencio.

Dios m&#237;o -murmur&#243; antes de colgar.

&#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; Elizabeth.

Tengo que ir a Londres.

&#191;Cu&#225;ndo?

Michael mir&#243; el reloj.

Si me doy prisa, puedo coger un vuelo esta misma noche.

Elizabeth lo observ&#243; con detenimiento.

Michael, nunca te hab&#237;a visto as&#237;. &#191;Qu&#233; pasa?


A primera hora de la ma&#241;ana siguiente, cuando el avi&#243;n de la British Airways en el que viajaba Michael Osbourne se aproximaba al aeropuerto de Heathrow, Kyle Blake y Gavin Spencer caminaban juntos por Market High Street, en Portadown. El cielo estaba adquiriendo el matiz gris azulado que precede al alba. Las farolas segu&#237;an encendidas, y el aire ol&#237;a a tierras de cultivo y pan reci&#233;n horneado. Spencer caminaba con el paso relajado de un hombre despreocupado, lo cual no era cierto esa ma&#241;ana. Kyle Blake, una cabeza m&#225;s bajo y varios cent&#237;metros menos corpulento, andaba con la econom&#237;a de movimientos de un juguete a pilas. Spencer habl&#243; largo rato sin dejar de apartarse los espesos rizos negros de la frente, Blake escuchaba con atenci&#243;n mientras encend&#237;a un cigarrillo tras otro.

Puede que la vista te est&#233; jugando una mala pasada -aventur&#243; Kyle Blake por fin-. Puede que te dijeran la verdad y no fuera m&#225;s que un control rutinario.

Registraron el coche de arriba a abajo -replic&#243; Spencer-. Y tardaron un huevo, joder.

&#191;Ha desaparecido algo?

Spencer deneg&#243; con la cabeza.

&#191;Ha aparecido algo que no debiera estar ah&#237;?

Yo tambi&#233;n he registrado el puto coche de arriba a abajo. No he encontrado nada, pero eso no significa gran cosa. Esos micr&#243;fonos son tan peque&#241;os que podr&#237;an haberme metido uno en el bolsillo sin que me enterara.

Kyle camin&#243; en silencio durante unos instantes. Gavin Spencer era un hombre inteligente y un jefe de operaciones con talento. No era la clase de tipo que ve&#237;a amenazas donde no las hab&#237;a.

Si est&#225;s en lo cierto, si realmente iban a por ti, eso significa que vigilan la granja.

Exacto -asinti&#243; Spencer-. Y acabo de esconder all&#237; el primer cargamento de Uzis. Necesito esas armas para el trabajo del embajador. A Eamonn Dillon s&#237; que se le pod&#237;a matar con una pistola, pero para asesinar al embajador estadounidense se necesita bastante m&#225;s.

&#191;Qu&#233; hay del equipo?

El &#250;ltimo hombre sale para Inglaterra esta noche en el transbordador de Liverpool. Ma&#241;ana por la noche tendr&#233; a cuatro de mis mejores muchachos en Londres, esperando la orden de atacar. Pero necesito esas armas, Kyle.

Pues iremos a buscarlas.

Pero est&#225;n vigilando la granja.

Pues nos cargaremos a los vigilantes.

Lo m&#225;s probable es que est&#233;n protegidos por el SAS. No s&#233; t&#250;, pero yo no estoy de humor para luchar contra el SAS.

Sabemos que est&#225;n en alguna parte; no tenemos m&#225;s que encontrarlos.

Blake se detuvo y clav&#243; una mirada dura en Spencer.

Adem&#225;s, si el IRA puede con el SAS, nosotros tambi&#233;n.

Somos soldados brit&#225;nicos, Kyle. Fuimos soldados brit&#225;nicos en su d&#237;a, &#191;lo recuerdas?

Ya no estamos en el mismo bando -mascull&#243; Blake con brusquedad-. Si los brit&#225;nicos quieren jugar, jugaremos, joder.



24

Londres

Por lo visto, tenemos una filtraci&#243;n en el edificio -empez&#243; Graham Seymour.

Michael, Graham, Wheaton y Douglas estaban sentados alrededor de una mesa en un cub&#237;culo acristalado y aislado en la secci&#243;n que la CIA ten&#237;a en la embajada. Cuando Graham habl&#243;, Wheaton se encogi&#243; como si lo hubieran amenazado con el pu&#241;o y empez&#243; a apretar su pelota de tenis. Siempre estaba listo para ofenderse, y hab&#237;a algo en el tono de Graham, en su mirada aburrida e insolente, que nunca le hab&#237;a gustado.

&#191;Por qu&#233; est&#225;s tan seguro de que la filtraci&#243;n procede de este edificio? -pregunt&#243;-. Puede que venga de tu lado. El Cuerpo Especial protege al embajador y recibe su agenda con varios d&#237;as de antelaci&#243;n.

Supongo que todo es posible -admiti&#243; Graham.

&#191;Por qu&#233; no fotografiaste los documentos? -quiso saber Wheaton.

Porque no hab&#237;a tiempo -replic&#243; Graham-. Decid&#237; que era m&#225;s valioso para nosotros suelto que detenido. Echamos un vistazo r&#225;pido, le pusimos un localizador en el coche y lo dejamos marchar.

&#191;Qui&#233;n es? -inquiri&#243; Michael.

Graham abri&#243; un malet&#237;n y distribuy&#243; varias fotograf&#237;as, una policial y otras tomadas por las c&#225;maras de vigilancia, en las que se ve&#237;a a un hombre de espeso cabello negro.

Se llama Gavin Spencer -explic&#243; Graham-. Antes era un miembro destacado de la Fuerza de Voluntarios del Ulster. Una vez lo detuvieron por posesi&#243;n de armas, pero el caso qued&#243; desestimado. Es un radical; dej&#243; la Fuerza de Voluntarios del Ulster al inicio del proceso de paz porque se opon&#237;a a &#233;l.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora? -pregunt&#243; Wheaton.

Vive en Portadown. Ah&#237; es adonde fue despu&#233;s de que lo par&#225;ramos.

&#191;Y ahora qu&#233; hacemos, caballeros? -terci&#243; Douglas.

Pues encontrar el origen de la filtraci&#243;n -espet&#243; Wheaton-. Determinar si es un traidor o si hay alguien m&#225;s implicado. Y luego acabar con la fuga.

Michael se levant&#243; y empez&#243; a pasearse por el peque&#241;o cub&#237;culo.

&#191;Cu&#225;ntas personas de la embajada conocen con antelaci&#243;n la agenda del embajador? -inquiri&#243; por fin.

Depende del d&#237;a, pero por lo general al menos veinte -repuso Wheaton.

&#191;Y cu&#225;ntos de ellos son hombres?

Algo m&#225;s de la mitad -contest&#243; Wheaton con voz un poco irritada-. &#191;Por qu&#233;?

Por algo que me dijo Kevin Maguire poco antes de morir. Dijo que cuando la secci&#243;n de inteligencia del IRA investig&#243; el asesinato de Eamonn Dillon, descubrieron que hab&#237;a habido una filtraci&#243;n en el cuartel general del Sinn Fein. Una chica joven, una de las secretarias, hab&#237;a trabado amistad con una mujer protestante a la que hab&#237;a revelado sin darse cuenta detalles de los movimientos de Eamonn Dillon.

&#191;Qu&#233; aspecto ten&#237;a la mujer?

Treinta y pocos a&#241;os, atractiva, cabello negro, tez clara, ojos grises.

Michael esboz&#243; una sonrisa.

Esa cara ya te la he visto antes -coment&#243; Graham-. &#191;Qu&#233; est&#225;s pensando, Michael?

Que de la adversidad surge la oportunidad.


Eran las cinco y media de esa tarde cuando el tel&#233;fono de la mesa de Preston McDaniels ronrone&#243; suavemente. Por un instante, McDaniels contempl&#243; la posibilidad de no cogerlo, pues estaba ansioso por llegar al restaurante para ver a Rachel. El mensaje quedar&#237;a grabado en su contestador, y podr&#237;a ocuparse del asunto a primera hora del d&#237;a siguiente. Sin embargo, durante todo el d&#237;a hab&#237;an circulado rumores por la embajada, rumores sobre alg&#250;n problema de seguridad, de empleados llevados ante un tribunal de inquisidores en la &#250;ltima planta. McDaniels sab&#237;a que los sabuesos de los medios de comunicaci&#243;n ten&#237;an la virtud de oler aquella clase de rumores, de modo que descolg&#243; el auricular a rega&#241;adientes.

McDaniels.

Soy David Wheaton -se present&#243; la voz al otro lado de la l&#237;nea, sin molestarse en dar m&#225;s detalles, pues todo el mundo en la embajada sab&#237;a que Wheaton era el jefe de la CIA en Londres-. Me gustar&#237;a hablar con usted a solas.

A decir verdad, ya me iba. &#191;Es algo que pueda esperar hasta ma&#241;ana?

Es importante. &#191;Puede subir ahora mismo?

Wheaton colg&#243; sin esperar respuesta. Algo en su tono perturb&#243; a McDaniels. Nunca le hab&#237;a gustado el jefe de la CIA, pero sab&#237;a que no le conven&#237;a estar a malas con &#233;l. Sali&#243; de su despacho, recorri&#243; el pasillo y cogi&#243; el ascensor.

Al entrar en la sala vio a tres hombres sentados a un lado de una larga mesa rectangular. Wheaton, el yerno del embajador Cannon, Michael Osbourne, y un ingl&#233;s de aspecto hastiado. Frente a ellos hab&#237;a un asiento vac&#237;o. Wheaton lo se&#241;al&#243; con el bol&#237;grafo dorado sin decir palabra, y McDaniels se sent&#243;.

No me andar&#233; con rodeos -empez&#243; Wheaton-. Por lo visto, hay una filtraci&#243;n en la embajada acerca de la agenda del embajador, y tenemos intenci&#243;n de localizarla.

&#191;Qu&#233; tiene eso que ver conmigo?

Es usted una de las personas de la embajada que tiene acceso a la agenda del embajador con cierta antelaci&#243;n.

Por supuesto -espet&#243; McDaniels-. Y si me pregunta si alguna vez he revelado alg&#250;n secreto, la respuesta es no.

&#191;Ha proporcionado a alguna persona externa a la embajada una copia de la agenda del embajador?

Por supuesto que no.

&#191;La ha comentado alguna vez con alg&#250;n periodista?

S&#243;lo cuando se trataba de alg&#250;n acto p&#250;blico.

&#191;Alguna vez ha revelado a alg&#250;n periodista detalles tales como el itinerario del embajador o el medio de transporte empleado?

Claro que no -exclam&#243; McDaniels, enojado-. Adem&#225;s, a los periodistas les importan un comino esas cosas.

Michael Osbourne hojeaba un expediente.

No est&#225; casado -constat&#243;, levantando la vista.

No -repuso McDaniels-. &#191;Por qu&#233; est&#225; usted aqu&#237;?

Nosotros haremos las preguntas, si no le importa -dijo Wheaton.

&#191;Sale con alguien? -inquiri&#243; Michael.

S&#237;.

&#191;Cu&#225;nto tiempo hace?

Un par de semanas.

&#191;C&#243;mo se llama?

Rachel. &#191;Les importar&#237;a decirme de qu&#233;?

&#191;Rachel qu&#233; m&#225;s?

Rachel Archer.

&#191;D&#243;nde vive?

En Earl's Court.

&#191;Ha estado alguna vez en su casa?

No.

&#191;Y ella en la de usted?

Eso no es de su incumbencia.

Si afecta la seguridad, s&#237; es de nuestra incumbencia -puntualiz&#243; Michael-. Conteste a la pregunta, por favor, se&#241;or McDaniels. &#191;Ha estado Rachel Archer alguna vez en su casa?

S&#237;.

&#191;Cu&#225;ntas veces?

Varias.

&#191;Cu&#225;ntas?

No lo s&#233;, ocho o diez, quiz&#225;s.

&#191;Se ha llevado alguna vez una copia de la agenda del embajador a casa?

S&#237; -asinti&#243; McDaniels-. Pero tengo mucho cuidado, nunca la pierdo de vista.

&#191;Ha estado Rachel Archer en su casa alg&#250;n d&#237;a en que usted tuviera all&#237; una copia de la agenda del embajador?

S&#237;.

&#191;Le ha ense&#241;ado alguna vez la agenda del embajador?

Ya le he dicho que no.

&#191;Rachel Archer tiene treinta y pocos a&#241;os, cabello negro, tez clara y ojos grises?

Preston McDaniels palideci&#243;.

Dios m&#237;o, &#191;qu&#233; he hecho? -musit&#243;.


Al inicio de la noche era idea de Michael. En un principio, Wheaton se opuso oficialmente, pero al final de aquella larga noche de teleconferencias con Langley, reuniones tensas con los mandarines del MI5 y el MI6, as&#237; como conversaciones concisas con Downing Street y la Casa Blanca, Wheaton ya afirmaba que la idea hab&#237;a partido de &#233;l.

Hab&#237;a que resolver dos asuntos. &#191;Deb&#237;an hacerlo? Y si lo hac&#237;an, &#191;qui&#233;n dirigir&#237;a el cotarro? La segunda pregunta era m&#225;s dif&#237;cil de responder porque implicaba cuestiones territoriales, y en el mundo de la inteligencia el territorio se protege a toda cosa, con frecuencia mejor que los secretos. Se trataba de un problema de seguridad estadounidense relacionado con el embajador estadounidense, pero Irlanda del Norte era una cuesti&#243;n brit&#225;nica, y la operaci&#243;n tendr&#237;a lugar en suelo brit&#225;nico. Tras una hora de tensas negociaciones, los dos bandos llegaron a un acuerdo. Los brit&#225;nicos aportar&#237;an el talento callejero, es decir, a los vigilantes y artistas de la vigilancia t&#233;cnica, y cuando llegara el momento de la verdad, tambi&#233;n proporcionar&#237;an la fuerza bruta. Por su parte, los estadounidenses se encargar&#237;an de Preston McDaniels y aportar&#237;an el material para su malet&#237;n tras consultar a los brit&#225;nicos, por supuesto.

La lucha interna de la Agencia fue igual de encarnizada. El Centro de Antiterrorismo hab&#237;a abierto el caso, y Adrian Carter quer&#237;a que Michael dirigiera la parte americana de la operaci&#243;n. Wheaton se puso duro, y en un &#225;cido telegrama al cuartel general arguy&#243; que era una operaci&#243;n de Londres que requer&#237;a una estrecha colaboraci&#243;n de los servicios del pa&#237;s anfitri&#243;n, y por tanto la estaci&#243;n londinense deb&#237;a asumir la responsabilidad del CAT. Monica Tyler se encerr&#243; en su despacho en el ambiente enrarecido de la s&#233;ptima planta para meditar su decisi&#243;n. Wheaton recurri&#243; a viejos amigos e incluso enemigos para que respaldaran su causa. Por fin, Monica eligi&#243; a Wheaton con el argumento de que Michael acababa de regresar a la Agencia tras una larga ausencia, por lo que no pod&#237;a esperarse que funcionara al cien por cien a nivel operativo. As&#237; pues, Wheaton cortar&#237;a el bacalao, aunque Michael permanecer&#237;a en Londres para ayudarlo en lo que se terciara.

Preston McDaniels inici&#243; el proceso aquella misma noche. Desde la mesa de Wheaton llam&#243; al Ristorante Riccardo Lane y pidi&#243; por Rachel Archer. Una voz con acento italiano le comunic&#243; que estaba ocupada, es la hora de la cena, &#191;sabe usted?, pero McDaniels replic&#243; que era urgente, y la mujer acudi&#243; al tel&#233;fono al cabo de pocos instantes. La conversaci&#243;n dur&#243; exactamente treinta y dos segundos; Michael y Wheaton la cronometraron y la escucharon una docena de veces en busca de Dios sabe qu&#233;. McDaniels le dijo que no podr&#237;a pasar a tomar una copa porque trabajar&#237;a hasta tarde. La mujer exterioriz&#243; cierta decepci&#243;n entre el estruendo de las vajillas y las palabrotas vociferadas por Riccardo Ferrari. McDaniels pregunt&#243; a Rachel si pod&#237;an verse m&#225;s tarde, y la mujer repuso que pasar&#237;a por su casa al salir del trabajo.

Enviaron la grabaci&#243;n a Langley por sat&#233;lite y por el m&#233;todo tradicional, es decir, por mensajero, al MI5 y al MI6. Un ling&#252;ista del MI5 concluy&#243; que su acento ingl&#233;s era falso y que con toda probabilidad proced&#237;a de Irlanda del Norte, concretamente de las afueras de Belfast.

Wheaton no sab&#237;a si confiar en McDaniels e insisti&#243; en que se vigilaran todos sus movimientos por audio y v&#237;deo. El MI5 entr&#243; en su piso de South Kensington y escondi&#243; c&#225;maras y micr&#243;fonos en cada habitaci&#243;n a excepci&#243;n del dormitorio. Michael consideraba que el audio bastaba, y Wheaton accedi&#243; a rega&#241;adientes. Una pareja de agentes del MI5, un hombre entrado en a&#241;os y una chica bastante guapa, fueron enviados al restaurante Riccardo. Por casualidad, Rachel fue su camarera. Les recomend&#243; la ternera, comentando que estaba divina. Por motivos de seguridad, el segundo equipo pidi&#243; spaghetti a la carbonara y pollo a la milanesa.

El MI5 instal&#243; a toda prisa el campamento base en un gran piso amueblado de Evelyn Gardens, a poca distancia del piso de McDaniels. Cuando Michael y Wheaton llegaron aquella noche, les sali&#243; al encuentro el hedor a cigarrillos y curry. En el sal&#243;n, media docena de t&#233;cnicos preocupados manejaban sus receptores y monitores de v&#237;deo. Agentes aburridos miraban por televisi&#243;n un espantoso documental de la BBC sobre las costumbres migratorias de las ballenas grises. Graham Seymour tocaba una pieza suave al piano.

Hab&#237;an colocado tantos micr&#243;fonos en el piso de McDaniels que cuando la mujer que se hac&#237;a llamar Rachel Archer llam&#243; al interfono, el timbre son&#243; como una alarma de incendios.

A jugar -exclam&#243; Wheaton.

Todos se congregaron en torno a las pantallas, todos a excepci&#243;n de Graham, que sigui&#243; sentado al piano, tocando los &#250;ltimos acordes de la Clarode luna.

Cualquier duda que pudieran albergar sobre la capacidad de Preston McDaniels para manejar la situaci&#243;n se disip&#243; con el largo beso con que la recibi&#243; en la puerta. Prepar&#243; unas bebidas para ambos, vino blanco para ella, un whisky enorme para &#233;l, y los dos se sentaron en el sof&#225; del sal&#243;n, frente a una de las c&#225;maras ocultas. Empezaron a besarse, y por un instante Michael temi&#243; que se pusieran a hacer el amor en el sof&#225;, pero McDaniels la llev&#243; al dormitorio. A Michael le pareci&#243; ver algo de Sarah en ella y se pregunt&#243; si habr&#237;a algo de McDaniels en &#233;l.

Necesitamos un nombre en clave -dijo Wheaton en un intento de pensar en otra cosa, cualquier cosa, que no fueran los sonidos procedentes de los altavoces-. No tenemos nombre en clave.

Mi padre trabaj&#243; en una operaci&#243;n similar durante la guerra -explic&#243; Graham mientras sus dedos se deslizaban ligeros por el teclado-. El MI5 filtr&#243; informaci&#243;n falsa a una esp&#237;a alemana a trav&#233;s de un oficial naval estadounidense.

&#191;Y cu&#225;l era el nombre en clave?

Me parece que Timbal.

Timbal -repiti&#243; Wheaton-. Suena bien. Pues que sea Timbal.

&#191;C&#243;mo sali&#243; aquella operaci&#243;n? -pregunt&#243; Michael. Graham dej&#243; de tocar y alz&#243; la mirada.

Ganamos, querido.


Fue un t&#233;cnico del MI5 quien lo vio primero y despert&#243; al resto del equipo. Wheaton se hab&#237;a agenciado el &#250;nico dormitorio, Michael dorm&#237;a en el sof&#225; y Graham dormitaba inquieto en un sill&#243;n de orejas como un pasajero nervioso en un vuelo transatl&#225;ntico. Con los p&#225;rpados hinchados por el sue&#241;o, se agolparon en torno a la hilera de monitores y observaron a la mujer mientras se sentaba a la mesa del estudio de McDaniels y empezaba a revolver el contenido del malet&#237;n.

Bueno, se&#241;oras y se&#241;ores, parece que acabamos de dar el primer paso para desarticular a la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -anunci&#243; Wheaton-. Felicidades, Michael. Esta noche invitas a cenar t&#250;.


Preston McDaniels yac&#237;a despierto en la cama, de espaldas a la puerta. Hab&#237;a intentado dormir, pero sin &#233;xito, de modo que permaneci&#243; inm&#243;vil hasta que la oy&#243; levantarse de la cama y salir del dormitorio. La imagin&#243; en su estudio, revolviendo sus papeles, y lo acometi&#243; una oleada de sentimientos encontrados. Sent&#237;a verg&#252;enza por haberse dejado enga&#241;ar con tanta facilidad, humillado por el hecho de que Wheaton y Michael Osbourne lo hubieran convertido en pe&#243;n de su partida, pero sobre todo se sent&#237;a traicionado.

Por unos instantes, mientras hac&#237;an el amor, McDaniels imagin&#243; que Rachel realmente sent&#237;a algo por &#233;l pese a albergar otras motivaciones. Llegar&#237;a a un acuerdo, pens&#243;. Lo arreglar&#237;a todo para que pudieran estar juntos cuando todo terminara.

Oy&#243; abrirse la puerta y cerr&#243; los ojos. Al cabo de un momento, Rachel se tendi&#243; junto a &#233;l. Quer&#237;a darse la vuelta, estrecharla entre sus brazos, atraerla hacia s&#237;, sentir sus piernas alrededor de la cintura. Pero se limit&#243; a seguir tumbado, fingiendo dormir y pregunt&#225;ndose qu&#233; har&#237;a sin ella cuando todo terminara.



25

Londres

Se llama Hartley Hall -dijo Graham Seymour a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana en el despacho de Wheaton-. Est&#225; aqu&#237;, en la zona septentrional de la costa de Norfolk. -Golpete&#243; el gran mapa militar con la punta del bol&#237;grafo-. Tiene varios centenares de hect&#225;reas para hacer excursiones a pie y a caballo, y por supuesto la playa est&#225; muy cerca. En resumidas cuentas, es el lugar ideal para que un embajador estadounidense pase un fin de semana tranquilo en el campo.

&#191;Qui&#233;n es el propietario? -inquiri&#243; Michael.

Un amigo del servicio de inteligencia.

&#191;Un buen amigo?

Hizo su parte durante la guerra y algunos trabajos espor&#225;dicos en los cincuenta y los sesenta, pero nada espectacular.

&#191;Hay algo p&#250;blico que pueda relacionarlo con la inteligencia brit&#225;nica?

Nada en absoluto -replic&#243; Graham-. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster no tendr&#225; forma de saber que el anfitri&#243;n del embajador tuvo relaci&#243;n alguna con el servicio.

&#191;Qu&#233; est&#225;s pensando, Michael?

Que Douglas quiere pasar un fin de semana fuera de Londres, un fin de semana en la intimidad con pocas medidas de seguridad en casa de un viejo amigo. Lo incluimos en su agenda para que la mujer se entere a trav&#233;s de McDaniels. Con un poco de suerte, la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster picar&#225;.

Y tendremos un equipo del SAS esper&#225;ndolos -a&#241;adi&#243; Graham-. El plan tiene otra ventaja importante, y es que es imposible que se produzcan bajas civiles gracias al emplazamiento de la finca.

Detener gente no es la especialidad del SAS -coment&#243; Wheaton-. Si seguimos adelante y la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster muerde el anzuelo, se derramar&#225; much&#237;sima sangre.

Mir&#243; primero a Graham, quien guard&#243; silencio, y luego a Michael.

Mejor su sangre que la de Douglas -se&#241;al&#243; Michael-. Yo recomiendo ejecutar el plan.

Tendr&#233; que consultarlo -advirti&#243; Wheaton-. La Casa Blanca y el Departamento de Estado tendr&#225;n que dar su consentimiento; puede que me lleve algunas horas.

&#191;Qu&#233; hay de la mujer? -pregunt&#243; Michael.

La hemos seguido esta ma&#241;ana cuando ha salido de casa de McDaniels -explic&#243; Graham-. Es cierto que vive en Earl's Court. Se mud&#243; hace un par de semanas. Tenemos un equipo vigilando el piso.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora?

Parece que durmiendo.

Me alegro de que alguien pueda dormir -espet&#243; Wheaton. Descolg&#243; el tel&#233;fono seguro y marc&#243; el n&#250;mero de Monica Tyler en Langley.


Ha sido idea suya, &#191;verdad? -exclam&#243; Preston McDaniels-. Es usted un hijo de puta de los grandes, eso est&#225; clar&#237;simo.

Estaban sentados en un banco con vistas a la Serpentine de Hyde Park. El viento agitaba los sauces y formaba olas en la superficie del lago. Las nubes pre&#241;adas de lluvia se cern&#237;an sobre ellos. Michael intent&#243; localizar a los agentes de Graham. &#191;Ser&#237;a el hombre que tiraba pan a los patos? &#191;La mujer que le&#237;a un libro de Josephine Hart en el banco contiguo? &#191;Tal vez el muchacho rubio y desgarbado que hac&#237;a tai chi en el c&#233;sped ataviado con un anorak azul?

Veinte minutos antes, Michael hab&#237;a mostrado a McDaniels la cinta de v&#237;deo en la que se ve&#237;a a su amante entrando en el estudio y revolviendo el contenido del malet&#237;n. McDaniels se hab&#237;a puesto casi f&#237;sicamente enfermo. Hab&#237;a pedido salir a tomar el aire, de modo que pasearon en silencio por Mayfair y los senderos de Hyde Park hasta llegar al lago. McDaniels estaba temblando de tal forma que Michael casi sent&#237;a vibrar el banco. Recordaba c&#243;mo se hab&#237;a puesto al descubrir que Sarah Randolph trabajaba para el KGB. Hab&#237;a querido odiarla, pero no hab&#237;a podido. Sospechaba que Preston McDaniels sent&#237;a exactamente lo mismo hacia la mujer a la que conoc&#237;a por el nombre de Rachel Archer.

&#191;Ha dormido algo? -pregunt&#243; en voz baja.

Claro que no.

Una r&#225;faga de viento le alborot&#243; el cabello canoso, dejando al descubierto la calva, que McDaniels se aprest&#243; a cubrir de nuevo con gesto t&#237;mido.

&#191;C&#243;mo quiere que pegara ojo sabiendo que me escuchaban?

Michael no quer&#237;a disipar la idea de que observaban cada movimiento y escuchaban cada respiraci&#243;n de McDaniels. Encendi&#243; un cigarrillo y le ofreci&#243; otro.

Un h&#225;bito repugnante -espet&#243; el hombre, agitando la mano y mirando a Michael como si fuera un intocable.

A Michael no le importaba, pues no estaba de m&#225;s que McDaniels se sintiera superior por un momento, aunque fuera por algo tan banal.

&#191;Cu&#225;nto tiempo? -pregunt&#243; McDaniels-. &#191;Cu&#225;nto tiempo tendr&#233; que seguir?

No mucho -repuso Michael en tono indiferente, como si McDaniels le hubiera preguntando cu&#225;nto faltaba para la llegada del siguiente tren.

Por el amor de Dios, &#191;por qu&#233; nunca me dan una respuesta clara?

Porque en este trabajo hay muy pocas respuestas claras.

Es su trabajo, no el m&#237;o. -McDaniels volvi&#243; a agitar la mano, esta vez con m&#225;s fuerza-. Maldita sea, apague eso, &#191;quiere? Michael arroj&#243; el cigarrillo al suelo.

&#191;Qui&#233;n es? -quiso saber McDaniels-. &#191;Qu&#233; es?

Por lo que a usted le concierne, es Rachel Archer, una dramaturga pobre que se gana la vida como camarera en el ristorante Riccardo.

&#161;Quiero saberlo, maldita sea! &#161;Tengo que saberlo! &#161;Necesito saber que toda esta mierda puede traer algo bueno!

Michael no pod&#237;a contradecir la l&#243;gica de McDaniels. Con frecuencia, el elemento clave de la supervisi&#243;n de agentes era la motivaci&#243;n, y si quer&#237;an que McDaniels llegara hasta el fin de la operaci&#243;n, tendr&#237;an que alentarlo al m&#225;ximo.

De momento desconocemos su verdadero nombre -dijo por fin-, pero estamos en ello. Es miembro de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, que planea asesinar a mi suegro, y le est&#225; utilizando a usted para acceder a su agenda y decidir el momento id&#243;neo del atentado.

Pero &#191;c&#243;mo es posible? Si es maravillosa

No es la persona que usted cree que es.

&#191;C&#243;mo puedo haber sido tan imb&#233;cil? -farfull&#243; McDaniels con la mirada perdida en la distancia-. Sab&#237;a que era demasiado joven para m&#237;, demasiado guapa, pero me permit&#237; creer que realmente se hab&#237;a enamorado de m&#237;.

Nadie le culpa -minti&#243; Michael.

&#191;Qu&#233; pasar&#225; cuando todo acabe?

Usted seguir&#225; trabajando como si no hubiera sucedido nada.

&#191;C&#243;mo quiere que haga eso?

Le resultar&#225; m&#225;s f&#225;cil de lo que cree -le asegur&#243; Michael.

&#191;Y qu&#233; ser&#225; de ella, quienquiera que sea?

A&#250;n no lo sabemos.

S&#237; que lo saben, lo saben todo. Le van a tender una trampa, &#191;verdad?

Michael se levant&#243; con adem&#225;n brusco para indicar que era hora de irse. McDaniels sigui&#243; sentado.

&#191;Cu&#225;nto tiempo? -repiti&#243;-. &#191;Cu&#225;ndo terminar&#225; todo?

No lo s&#233;.

&#191;Cu&#225;nto tiempo?

No mucho.

A &#250;ltima hora de la tarde, Michael estaba sentado en el despacho de Wheaton, revisando la &#250;ltima entrada en la agenda del embajador Douglas Cannon, una visita privada a la casa de un amigo en la campi&#241;a de Norfolk el fin de semana siguiente. A petici&#243;n del embajador, las medidas de seguridad ser&#237;an m&#237;nimas, tan s&#243;lo un equipo de dos hombres del Cuerpo Especial sin apoyo estadounidense. Michael termin&#243; de leer la anotaci&#243;n y se la alarg&#243; a Wheaton por encima de la mesa.

&#191;Crees que picar&#225;n? -inquiri&#243; Wheaton.

Deber&#237;an.

&#191;Qu&#233; tal aguanta tu chico la presi&#243;n?

&#191;McDaniels?

Wheaton asinti&#243;.

Todo lo bien que cabr&#237;a esperar.

&#191;O sea?

O sea que no tenemos mucho tiempo.

Entonces m&#225;s vale que esto funcione.

Wheaton devolvi&#243; el papel a Michael.

M&#233;telo en su malet&#237;n y que se lo lleve a casa esta noche.


Eran poco m&#225;s de las cuatro de la madrugada siguiente cuando Rebecca Wells se levant&#243; de la cama de Preston McDaniels y entr&#243; en su estudio. Se sent&#243; a la mesa, abri&#243; el malet&#237;n con sigilo y sac&#243; un fajo de papeles. Adem&#225;s de la agenda normal del embajador vio una nota sobre un fin de semana privado en la campi&#241;a de Norfolk.

El coraz&#243;n le lati&#243; con violencia mientras le&#237;a el texto.

Era perfecto. Un lugar aislado, con mucha antelaci&#243;n para poder planificar cada detalle Copi&#243; la anotaci&#243;n con gran meticulosidad; no quer&#237;a cometer errores.

Al acabar experiment&#243; una oleada de orgullo. Hab&#237;a hecho su trabajo a la perfecci&#243;n, al igual que en Belfast. Eamonn Dillon estaba muerto gracias a la informaci&#243;n que ella hab&#237;a pasado a Kyle Blake y Gavin Spencer, y el embajador Douglas Cannon no tardar&#237;a en correr la misma suerte.

Apag&#243; la luz y regres&#243; a la cama.


En el campamento base de Evelyn Square, Michael Osbourne y Graham Seymour observaban las pantallas. En ellas, la mujer copiaba los detalles relativos al viaje del embajador a Norfolk. Percibieron la emoci&#243;n que le produc&#237;a el descubrimiento. Cuando apag&#243; la luz y sali&#243; del estudio, Graham se volvi&#243; hacia Michael.

&#191;Crees que ha picado?

Del todo.


Al d&#237;a siguiente la vigilaron. La siguieron hasta el triste caf&#233; junto a la estaci&#243;n de metro de Earl's Court donde desayun&#243; un panecillo y una taza de t&#233;. La escucharon cuando llam&#243; a Riccardo Ferrari al restaurante para decirle que le hab&#237;a surgido una emergencia familiar, una t&#237;a de Newcastle que se hab&#237;a puesto enferma, por lo que necesitaba un par de d&#237;as libres, cuatro a lo sumo. Riccardo mascull&#243; una retah&#237;la de obscenidades, primero en italiano, luego en ingl&#233;s con fort&#237;simo acento italiano. Sin embargo, se granje&#243; la simpat&#237;a de los esp&#237;as de Graham al advertir a la mujer que cuidara de su pobre t&#237;a, que no hab&#237;a nada m&#225;s importante que la familia y que volviera cuando estuviera preparada.

A continuaci&#243;n la escucharon mientras llamaba a Preston McDaniels a la embajada y le dec&#237;a que estar&#237;a fuera unos d&#237;as. Contuvieron el aliento cuando McDaniels le pregunt&#243; si pod&#237;an verse unos minutos antes de que se marchara, y suspiraron de alivio cuando la mujer respondi&#243; que no ten&#237;a tiempo.

Y la dejaron marchar cuando subi&#243; al tren con destino a Liverpool.


Preston McDaniels colg&#243; el tel&#233;fono y permaneci&#243; sentado a su mesa. La secretaria que lo vio en aquel momento por la puerta abierta cont&#243; m&#225;s tarde a Michael que el pobre Preston ten&#237;a el aspecto de un hombre al que acaban de dar una p&#233;sima noticia. De repente se levant&#243; de un salto, anunci&#243; que ten&#237;a que hacer un recado y volver&#237;a al cabo de un cuarto de hora. Descolg&#243; la gabardina del perchero, sali&#243; de la embajada a toda prisa y cruz&#243; Grosvenor Square en direcci&#243;n al parque.


Sab&#237;a que Wheaton, Osbourne y el resto lo segu&#237;an, lo percib&#237;a. Quer&#237;a desembarazarse de ellos y no volver a verlos nunca m&#225;s. &#191;Qu&#233; har&#237;an? &#191;Lo detendr&#237;an? &#191;Lo sacar&#237;an de las calles? &#191;Lo meter&#237;an en un coche? Hab&#237;a le&#237;do bastantes novelas de esp&#237;as. &#191;C&#243;mo se las arreglar&#237;a el h&#233;roe para escapar de los malos en una novela de esp&#237;as? Se mezclar&#237;a entre la gente.

Al llegar a Park Lane gir&#243; hacia el norte en direcci&#243;n a Marble Arch, baj&#243; a la estaci&#243;n del metro, cruz&#243; las barreras y camin&#243; a buen paso hacia el and&#233;n.

En aquel momento llegaba el metro. Entr&#243; en un vag&#243;n y se situ&#243; junto a las puertas. En la siguiente parada, Bond Street, se ape&#243;, cruz&#243; al and&#233;n opuesto y subi&#243; a otro tren rumbo a Marble Arch. En Marble Arch repiti&#243; la maniobra, y unos instantes m&#225;s tarde se dirig&#237;a hacia el este, sinti&#233;ndose bastante solo.


Graham Seymour llam&#243; a Michael desde el cuartel general del MI5.

Me temo que tu hombre se ha esfumado.

&#191;A qu&#233; te refieres?

A que lo hemos perdido -explic&#243; Graham-. Bueno, de hecho nos ha despistado. Hizo unas maniobras bastante diestras en el metro. No ha estado nada mal, a decir verdad.

&#191;D&#243;nde?

En la l&#237;nea Central, entre Marble Arch y Bond Street.

Maldita sea. &#191;Qu&#233; vais a hacer?

Bueno, estamos intentando encontrarle, querido.

Ll&#225;mame en cuanto sepas algo.

Vale.


En Tottenham Court Road, Preston McDaniels baj&#243; del tren de la l&#237;nea Central y recorri&#243; los pasillos del transbordo hacia la l&#237;nea Norte. Qu&#233; apropiado, pens&#243;, la temida l&#237;nea del norte. Los trenes de la l&#237;nea Norte, anticuados, asm&#225;ticos y renqueantes, no paraban de fallar en las horas punta, por lo que quienes se ve&#237;an obligados a aguantar sus frecuentes cambios de humor hablaban de la l&#237;nea Desgracia o la l&#237;nea Negra. Era perfecto, se dijo Preston. Los peri&#243;dicos sensacionalistas de Londres har&#237;an su agosto.

&#191;Qu&#233; hab&#237;a dicho Michael Osbourne? Seguir&#225; adelante como si no hubiera sucedido nada. Pero &#191;c&#243;mo iba a hacer eso? Not&#243; que el and&#233;n empezaba a vibrar. Se volvi&#243; y escudri&#241;&#243; las profundidades del t&#250;nel, por el que se aproximaba la tenue luz de un tren.

Pens&#243; en ella, bajo su cuerpo, la espalda arqueada hacia &#233;l, y entonces la imagin&#243; en su estudio, rob&#225;ndole sus secretos. Oy&#243; su voz al tel&#233;fono. Tengo que irme unos d&#237;as No, lo siento, Preston, pero ahora mismo no podemos vernos

Preston McDaniels mir&#243; el reloj. Ya estar&#237;an preocupados por &#233;l, pregunt&#225;ndose adonde habr&#237;a ido. Ten&#237;a una reuni&#243;n al cabo de diez minutos, pero se la perder&#237;a.

El tren sali&#243; del t&#250;nel con una r&#225;faga de aire caliente. Preston McDaniels se acerc&#243; al borde del and&#233;n y de repente salt&#243; a la v&#237;a.



26

Portadown  Londres  Condado de Tyrone

La noche siguiente, Rebecca Wells estaba de regreso en Portadown, sentada en un reservado del pub de McConville. Gavin Spencer entr&#243; primero, seguido al cabo de cinco minutos por Kyle Blake. El pub estaba muy concurrido. Rebecca Wells habl&#243; en voz baja entre el estruendo del bar, informando a Blake y Spencer de lo que hab&#237;a encontrado en el malet&#237;n del estadounidense.

&#191;Cu&#225;ndo llega Cannon? -pregunt&#243; Blake.

El s&#225;bado que viene -repuso Rebecca.

&#191;Y cu&#225;nto tiempo se quedar&#225;?

S&#243;lo una noche, la del s&#225;bado. Volver&#225; a Londres a primera hora de la tarde del domingo.

Eso nos da cinco d&#237;as -se&#241;al&#243; Blake antes de volverse hacia Gavin Spencer-. &#191;Puedes prepararlo todo en cinco d&#237;as?

Spencer asinti&#243;.

S&#243;lo necesitamos las armas. Si conseguimos las armas, el embajador Douglas Cannon es hombre muerto.

Kyle Blake reflexion&#243; unos instantes mientras se frotaba las manchas de tinta y nicotina que le ensuciaban los dedos. Por fin alz&#243; la vista.

Pues iremos a buscar las armas -dijo.

&#191;Est&#225;s seguro, Kyle?

No estar&#225;s perdiendo el valor, &#191;eh?

A lo mejor convendr&#237;a esperar un poco, hasta que la cosa se calme un poco.

No tenemos tiempo para esperar, Gavin. Cada semana que pasa es una victoria para los partidarios del acuerdo de paz. O lo destruimos ahora o tendremos que vivir con &#233;l para siempre. Y no s&#243;lo nuestra generaci&#243;n pagar&#225; el precio, sino tambi&#233;n nuestros hijos y nuestros nietos. No estoy dispuesto a permitirlo.

Se levant&#243; de un salto y se abroch&#243; la chaqueta.

Ve a buscar esas armas, Gavin. De lo contrario encontrar&#233; a otro que lo haga.


En el momento en que los tres dirigentes de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster sal&#237;an del pub, Graham Seymour llegaba a la embajada estadounidense. La oficina de Wheaton parec&#237;a el centro de mando de un ej&#233;rcito bati&#233;ndose en retirada. El suicidio de Preston McDaniels hab&#237;a desencadenado una aut&#233;ntica conflagraci&#243;n en Washington, y Wheaton llevaba casi veinticuatro horas pegado al tel&#233;fono en un intento infructuoso de extinguirla. El Departamento de Estado estaba furioso con la Agencia por su forma de manejar el asunto. Douglas Cannon se encontraba en la poco envidiable situaci&#243;n de desaprobar en secreto las acciones de su propio yerno. El presidente Beckwith hab&#237;a hecho ir a Monica Tyler a la Casa Blanca para echarle el rapapolvo del siglo. A su vez, Monica se hab&#237;a desfogado con Wheaton y Michael.

Por favor, dime que tienes alguna buena noticia -implor&#243; Michael cuando Graham se sent&#243;.

Pues la verdad es que as&#237; es -replic&#243; Graham-. Scotland Yard ha decidido cooperar. Dentro de un rato emitir&#225;n un comunicado seg&#250;n el cual el suicida de Tottenham Court Road se hab&#237;a fugado de un hospital psiqui&#225;trico. La l&#237;nea Norte es tristemente c&#233;lebre por semejantes incidentes. Hay un hospital psiqui&#225;trico en Stockwell, al sur del r&#237;o.

Gracias a Dios -suspir&#243; Wheaton.

Michael sinti&#243; que se relajaba un poco. Era imprescindible mantener en secreto el suicidio para poder seguir adelante con la operaci&#243;n. Si la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster se enteraba de que Preston McDaniels se hab&#237;a tirado a la v&#237;a del tren, lo m&#225;s probable era que sospecharan que la informaci&#243;n que le hab&#237;an robado era falsa.

&#191;C&#243;mo silenciar&#233;is el asunto aqu&#237;? -inquiri&#243; Graham.

Por suerte, McDaniels apenas ten&#237;a familia -explic&#243; Wheaton-. El Departamento de Estado nos ha concedido cierto margen de acci&#243;n, aunque a rega&#241;adientes. McDaniels ha tenido que ir a Washington y pasar&#225; all&#237; dos semanas. Si la mujer llama preguntando por &#233;l, le contar&#225;n eso y le dar&#225;n un mensaje personal de McDaniels.

Por cierto, la mujer tiene nombre -anunci&#243; Graham-. La E 4 la vigila desde que ha llegado a Belfast esta ma&#241;ana. Se llama Rebecca Wells. Estaba casada con Ronnie Wells, un miembro de la secci&#243;n de inteligencia de la Fuerza de Voluntarios del Ulster que fue asesinado por el IRA en el noventa y dos. Al parecer, Rebecca ha reanudado el trabajo de su marido.

&#191;Y la polic&#237;a del Ulster est&#225; actuando con discreci&#243;n? -terci&#243; Michael.

La han seguido hasta Portadown para averiguar su identidad, pero nada m&#225;s -repuso Graham-. Ahora mismo vuela libre como un p&#225;jaro.

&#191;Y el SAS?

Ma&#241;ana me reunir&#233; con ellos en su cuartel general de Hereford para ponerlos en antecedentes. Pod&#233;is acompa&#241;arme los dos si quer&#233;is. Son bastante raros los del SAS; creo que disfrutan con todo esto.

Wheaton se levant&#243; y se restreg&#243; los ojos enrojecidos e hinchados.

Se&#241;ores, la pelota est&#225; en el campo de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster. -Se puso la americana sobre la arrugada camisa y camin&#243; hacia la puerta-. No s&#233; vosotros, pero yo necesito dormir. No me molest&#233;is a menos que sea urgente.


La primera noche hab&#237;a sido despejada, serena y extremadamente fr&#237;a. Kyle Blake y Gavin Spencer decidieron esperar; una noche m&#225;s o menos no importaba, y la previsi&#243;n meteorol&#243;gica promet&#237;a. La segunda noche fue perfecta. Cielo encapotado que debilitaba los prism&#225;ticos de infrarrojos de los hombres del SAS, viento y lluvia para ahogar el sonido de su aproximaci&#243;n. Kyle Blake dio su visto bueno, y Spencer envi&#243; a dos de sus mejores hombres a hacer el trabajo. Uno de ellos era un veterano del ej&#233;rcito brit&#225;nico que hab&#237;a servido en el extranjero como mercenario. El otro era un antiguo pistolero de la UDA, el hombre que hab&#237;a asesinado a Ian Morris. Spencer los hizo marchar algunas horas despu&#233;s de la puesta de sol con instrucciones de atacar una hora antes del amanecer como los Peep O'Day Boys.


La granja se encontraba en el fondo de un peque&#241;o valle. A su alrededor se extend&#237;an varias hect&#225;reas de pastos, pero al otro lado de la valla se alzaban colinas cubiertas de &#225;rboles. En una de esas colinas, al este de la granja, los hombres de la E 4 y el SAS hab&#237;an instalado el puesto de vigilancia. La segunda noche, el paisaje aparec&#237;a envuelto en un manto de nubes espesas y bajas.

Yeats y Wilde iban de negro y se hab&#237;an pintado la cara con holl&#237;n para disimular su clara tez irlandesa. Se aproximaban por el este, entre los pinos, subiendo y bajando por el paisaje ondulado, avanzando poqu&#237;simos metros por minuto. A veces permanec&#237;an tumbados e inm&#243;viles durante varios minutos, el cuerpo apretado contra la tierra h&#250;meda, observando a su presa por los prism&#225;ticos de visi&#243;n nocturna. A unos seiscientos metros de la granja se separaron; Yeats sigui&#243; hacia el norte, Wilde hacia el sur.

A las cuatro de la madrugada estaban exhaustos, calados hasta los huesos y helados. Yeats se hab&#237;a formado en el ej&#233;rcito brit&#225;nico y estaba bien preparado, tanto f&#237;sica como mentalmente, para soportar una noche entera a la intemperie, pero Wilde no. Hab&#237;a crecido en Shankill, West Belfast, y su experiencia se centraba en las calles, no en el campo. Durante los minutos previos al ataque, se pregunt&#243; si podr&#237;a seguir adelante. La hipotermia empezaba a hacer mella en &#233;l; ten&#237;a las manos y los pies entumecidos, pero ya no sent&#237;a fr&#237;o. Temblaba much&#237;simo y tem&#237;a no poder disparar cuando llegara el momento.

A las cinco ya estaban en sus puestos; Yeats, tumbado de bruces tras un gran &#225;rbol, vigilaba al hombre del SAS, que montaba guardia en un puesto de vigilancia cubierto de hojas y ramitas a modo de camuflaje. Yeats sac&#243; el arma, una Walther semiautom&#225;tica de nueve mil&#237;metros con silenciador. Wilde llevaba la misma arma. Ambos sab&#237;an que sus adversarios ten&#237;an muchas m&#225;s armas que ellos, de modo que si quer&#237;an sobrevivir no pod&#237;an permitirse el lujo de errar los primeros disparos.

Yeats clav&#243; una rodilla en el suelo y empez&#243; a disparar. La Walther silenciada apenas emiti&#243; sonido alguno. Los primeros disparos alcanzaron al hombre del SAS en el torso con sendos golpes sordos y lo derribaron. A juzgar por el sonido, el hombre llevaba chaleco antibalas, lo que significaba que, con toda probabilidad, segu&#237;a vivo.

Yeats se levant&#243; con dificultad y corri&#243; en la oscuridad. Cuando estaba a pocos metros del soldado, &#233;ste se incorpor&#243; de repente y empez&#243; a disparar. Tambi&#233;n su arma llevaba silenciador, de modo que el &#250;nico sonido que emit&#237;a era un leve chasquido met&#225;lico.

Yeats se arroj&#243; al suelo, y los disparos silbaron inofensivos sobre su cabeza, astillando varios troncos. Yeats rod&#243; sobre s&#237; mismo, volvi&#243; a tenderse boca abajo con los brazos extendidos y la Walther bien sujeta en ambas manos. Apunt&#243; y apret&#243; el gatillo dos veces en r&#225;pida sucesi&#243;n, tal como le hab&#237;an ense&#241;ado en el ej&#233;rcito. Los disparos alcanzaron al soldado en el rostro; muri&#243; antes de caer al suelo.

Yeats sigui&#243; avanzando, le arrebat&#243; el rifle autom&#225;tico y corri&#243; hacia el lugar donde sab&#237;a que se ocultaban los hombres de la E 4.

Wilde lo tuvo m&#225;s f&#225;cil a&#250;n. El hombre del SAS al que deb&#237;a matar hab&#237;a reaccionado al sonido de cuerpos reptando entre el brezo. Se levant&#243;, mir&#243; en varias direcciones y luego corri&#243; a ayudar a su compa&#241;ero. Wilde sali&#243; de detr&#225;s de un &#225;rbol cuando el soldado pas&#243; junto a &#233;l, le apunt&#243; a la nuca y dispar&#243;. El soldado extendi&#243; los brazos y cay&#243; de bruces. Wilde le cogi&#243; el arma y ech&#243; a correr entre los &#225;rboles en pos de Yeats.

Los dos hombres de la E 4, Marks y Sparks, estaban en sus escondrijos, ocultos bajo sendas lonas de camuflaje, ramas de &#225;rboles y hojarasca. Marks acababa de despertarse. Yeats le dispar&#243; varias veces a trav&#233;s del saco de dormir. Sparks, que montaba guardia, alarg&#243; la mano hacia su peque&#241;a autom&#225;tica. Wilde le dispar&#243; al coraz&#243;n.


Poco despu&#233;s de las cinco de la ma&#241;ana, Gavin Spencer atraves&#243; a toda velocidad el pueblo de Cranagh y enfil&#243; la estrecha carretera que conduc&#237;a a la granja. Al llegar detuvo el coche en el fango y par&#243; el motor. Luego rode&#243; la casa en la oscuridad, abri&#233;ndose paso entre cajas rotas y aperos de labranza oxidados. Al cabo de un instante, los vio descender por la colina bajo la lluvia. Los esper&#243; en el patio con las manos embutidas en los bolsillos. En aquel momento habr&#237;a dado lo que fuera por estar en su pellejo, pero cuando se acercaron vio su ropa mojada y sucia, la mirada atormentada pintada en sus ojos, y supo que no hab&#237;a nada que celebrar.

Ya est&#225; -dijo el que se hac&#237;a llamar Wilde.

&#191;Cu&#225;ntos? -pregunt&#243; Spencer.

Cuatro.

Yeats le arroj&#243; un rifle. Con gran destreza, Spencer sac&#243; las manos de los bolsillos y lo caz&#243; al vuelo antes de que le golpeara el pecho.

Un recuerdo -explic&#243; Yeats-. El rifle de un soldado del SAS muerto.

Spencer carg&#243; una bala en la rec&#225;mara.

&#191;Queda alguna bala?

No ha llegado a disparar ninguna -asegur&#243; Wilde.

Id al coche -orden&#243; Spencer-. Volver&#233; dentro de un momento.

Spencer cruz&#243; el patio con el rifle en la mano y entr&#243; en la casa. Sam Dalton, el mayor de los dos hermanos, estaba sentado a la mesa de la cocina, bebiendo t&#233; y fumando con nerviosismo. Llevaba pantalones de ch&#225;ndal azul oscuro, mocasines y un jersey de lana. Iba sin afeitar y ten&#237;a los ojos hinchados de sue&#241;o.

&#191;Qu&#233; co&#241;o pasa ah&#237; fuera, Gavin? -mascull&#243;.

Hemos eliminado a tus amigos de la colina. &#191;Tienes m&#225;s de esto? -pregunt&#243; al tiempo que se&#241;alaba el t&#233; con la cabeza.

Dalton hizo caso omiso de la pregunta.

&#191;Que los hab&#233;is eliminado? -exclam&#243; con los ojos abiertos de par en par-. &#191;Y qu&#233; pasar&#225; cuando descubran que los hab&#233;is eliminado? Dije que esconder&#237;a unas cuantas armas y un poco de Semtex, Gavin, pero no me dijiste que me las ver&#237;a con el puto Cuerpo Especial y el puto ej&#233;rcito brit&#225;nico.

No tienes por qu&#233; preocuparte, Sam -lo tranquiliz&#243; Spencer-. Me lo voy a llevar todo esta misma noche. Aunque el Cuerpo Especial lo registre todo de arriba a abajo, no encontrar&#225;n nada.

&#191;Te lo vas a llevar todo? -repiti&#243; Sam Dalton con expresi&#243;n incr&#233;dula.

Todo -asinti&#243; Spencer-. &#191;D&#243;nde est&#225; tu hermano?

Arriba, durmiendo -repuso Dalton, volviendo la mirada al techo.

Saca las armas y el explosivo. Quiero hablar un momento con la Bella Durmiente. Ahora vuelvo.

Sam Dalton asinti&#243; y baj&#243; al s&#243;tano. Gavin Spencer subi&#243; la escalera y encontr&#243; a Christopher Dalton dormido en la cama, con la boca abierta y roncando suavemente. Spencer sac&#243; una Walther autom&#225;tica con silenciador del bolsillo del abrigo, se inclin&#243; hacia el hombre y le meti&#243; el ca&#241;&#243;n en la boca. Christopher Dalton despert&#243; sobresaltado y abri&#243; los ojos como platos. Spencer apret&#243; el gatillo; la sangre y los sesos empaparon la almohada y la ropa de cama. Spencer guard&#243; el arma y sali&#243; del dormitorio, dejando atr&#225;s el cuerpo sacudido por los espasmos.

&#191;D&#243;nde est&#225; Chris? -pregunt&#243; Dalton cuando Spencer lleg&#243; al s&#243;tano.

Sigue durmiendo; no me he atrevido a despertarlo.

Dalton acab&#243; de recoger las armas y los explosivos, que llenaban tres bolsas de lona. Estaba arrodillado, cerrando la cremallera de la &#250;ltima de ellas, cuando Spencer le oprimi&#243; el ca&#241;&#243;n de la autom&#225;tica del SAS contra la nuca.

No, Gavin -implor&#243; Dalton, jadeante-. No lo hagas, por favor.

No te preocupes, Sam. Te vas a un lugar mejor.

Dicho aquello, Spencer apret&#243; el gatillo.

A las seis de la ma&#241;ana son&#243; el tel&#233;fono colocado sobre la mesilla de noche del dormitorio de invitados que Michael ocupaba en Winfield House. Se dio la vuelta y descolg&#243; antes de que sonara el segundo timbrazo. Era Graham Seymour, que lo llamaba desde su casa de Belgravia.

V&#237;stete; te paso a buscar dentro de media hora -orden&#243; Graham antes de colgar con brusquedad.

Michael se duch&#243; y se visti&#243; a toda prisa. Al cabo de veinte minutos, un Rover con ch&#243;fer se detuvo en el sendero de acceso de Winfield House. Michael subi&#243; y se sent&#243; junto a Graham.

Su amigo le alarg&#243; un vaso de pl&#225;stico lleno de caf&#233;. Parec&#237;a haber recibido una mala noticia. Ten&#237;a los ojos inyectados en sangre, y a todas luces se hab&#237;a afeitado deprisa y mal.

Mientras el coche avanzaba a la luz del alba por Regent's Park, refiri&#243; en voz baja a Michael los acontecimientos acaecidos en la granja.

Dios m&#237;o -musit&#243; Michael.

El coche recorri&#243; Outer Circle, luego dobl&#243; hacia el este por Euston Road y por fin enfil&#243; Tottenham Court Road en direcci&#243;n sur. Michael se aferraba al brazo del asiento mientras el conductor sorteaba el tr&#225;fico matutino.

&#191;Te importar&#237;a decirme ad&#243;nde vamos? -pidi&#243; a Graham.

Es una sorpresa.

Odio las sorpresas.

Lo s&#233; -reconoci&#243; Graham con una leve sonrisa.

Al cabo de cinco minutos llegaron a Whitehall; el coche se detuvo ante la verja de hierro que custodiaba la entrada de Downing Street. Graham mostr&#243; su identificaci&#243;n al guardia de seguridad, quien les franque&#243; el paso. El coche sigui&#243; adelante y par&#243; ante el portal m&#225;s famoso del mundo. Michael mir&#243; a Graham.

Vamos, querido -inst&#243; su amigo-. No hay que hacer esperar al gran hombre.


Entraron en el n&#250;mero 10, cruzaron el vest&#237;bulo principal y subieron la famosa escalera adornada con retratos de los predecesores de Tony Blair. Un ayudante los hizo entrar en el despacho del primer ministro. Blair estaba sentado a una mesa muy desordenada ataviado con camisa y corbata. Ante &#233;l se ve&#237;a una bandeja de desayuno a&#250;n intacta.

Cuando aprob&#233; la operaci&#243;n Timbal, caballeros, no esperaba tener que pagar un precio tan alto -empez&#243; Blair sin pre&#225;mbulo alguno-. Por el amor de Dios, han muerto dos agentes de la E 4 y dos soldados del SAS.

Michael y Graham permanecieron en silencio, a la espera de que el primer ministro siguiera hablando.

Dentro de unos minutos, toda Irlanda del Norte sabr&#225; la noticia, y la comunidad cat&#243;lica reaccionar&#225; de forma contundente.

Graham carraspe&#243;.

Primer ministro, le aseguro que

Ya he escuchado sus discursos, caballeros, pero lo que ahora quiero son resultados. Para que el proceso de paz sobreviva, tenemos que eliminar las armas de la pol&#237;tica irlandesa. Pero tal como est&#225;n las cosas, el IRA jam&#225;s depondr&#225; las armas.

&#191;Me permite decir algo, primer ministro? -pidi&#243; Michael.

Adelante -concedi&#243; Blair con un adem&#225;n brusco.

El hecho de que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster haya llevado a cabo una acci&#243;n como &#233;sta sugiere que han mordido el anzuelo. Tienen intenci&#243;n de asesinar al embajador Cannon en Norfolk. Y si lo intentan, recibir&#225;n un golpe devastador.

&#191;Por qu&#233; no detener ya a Gavin Spencer y a esa tal Rebecca Wells? Eso tambi&#233;n supondr&#237;a un fuerte golpe para la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, y demostrar&#237;a a los cat&#243;licos que estamos haciendo algo para acabar con esos asesinos.

La polic&#237;a del Ulster carece de las pruebas necesarias para encausar a Spencer con garant&#237;as -se&#241;al&#243; Graham-, y en cuanto a Rebecca Wells, nos resulta m&#225;s valiosa en libertad que entre rejas.

Blair empez&#243; a recoger papeles, se&#241;al de que la reuni&#243;n hab&#237;a tocado a su fin.

Voy a permitir que sigan adelante -anunci&#243; por fin-. Pese a lo que afirman mis detractores, no soy proclive a la exageraci&#243;n, pero si no acaban con ese grupo, el proceso de paz se ir&#225; al garete. Buenos d&#237;as, caballeros.



27

Costa de Norfolk, Inglaterra

Hartley Hall se encontraba a tres kil&#243;metros del mar del Norte, al sudeste de la localidad de Cromer. Un arist&#243;crata normando construy&#243; la primera casa se&#241;orial en la finca en el siglo XIII. Bajo la edificaci&#243;n actual, en el laberinto de s&#243;tanos y pasadizos, yac&#237;an las arcadas y puertas medievales originales. En 1625, un rico mercader de Norwich llamado Robert Hartley mand&#243; erigir una mansi&#243;n estilo rey Jacobo sobre las ruinas de la casa normanda. A fin de crear una barrera de protecci&#243;n entre la casa y las tempestades del mar del Norte, plant&#243; varios millares de &#225;rboles en la tierra arenosa que cubr&#237;a el extremo septentrional de la propiedad, pese a saber que los &#225;rboles tardar&#237;an varias generaciones en alcanzar la madurez. El resultado era el bosque North, casi cien hect&#225;reas de abetos, pinos escoceses, arces, sic&#243;moros y hayas. El embajador Cannon admir&#243; los &#225;rboles mientras su peque&#241;a comitiva atravesaba el bosque. Al cabo de unos instantes, Hartley Hall apareci&#243; ante sus ojos.

El descendiente de Robert Hartley, sir Nicholas Hartley, sali&#243; del porche sur cuando los coches se detuvieron en el sendero de grava. Era un hombre alto y corpulento, de torso poderoso y espeso cabello entre rubio y canoso. Dos setters jugueteaban a sus pies. Douglas se ape&#243; del segundo veh&#237;culo y avanz&#243; por el sendero con el brazo derecho extendido. Los dos hombres se estrecharon la mano como si Douglas fuera propietario de la mansi&#243;n vecina y llevara cincuenta a&#241;os visitando Hartley Hall con regularidad.

Hartley propuso dar un paseo pese a que la temperatura apenas alcanzaba los cuatro grados y ya casi era noche cerrada. No trabajaba y ten&#237;a pocas aficiones aparte de redactar la cr&#243;nica de su heredad, sobre la que instruy&#243; profusamente a Douglas mientras caminaban por la finca. Dos hombres del Cuerpo Especial y los perros los segu&#237;an a cierta distancia.

Admiraron la fachada sur estilo rey Jacobo, dise&#241;ada y erigida por el maestro de Norfolk Robert Lyminge. Pasaron por delante del ala este cubierta de vistaria, con sus grandes ventanas de tracer&#237;a y sus aguilones flamencos. Contemplaron el magn&#237;fico naranjal, un inmenso invernadero con naranjos y limeros que all&#237; quedaban protegidos de las inclemencias del tiempo durante el invierno. M&#225;s all&#225; del jard&#237;n amurallado se extend&#237;a un coto que anta&#241;o hab&#237;a llegado a albergar trescientos ciervos. Caminaron hacia el sur por un sendero, pasando por delante de los establos y una hilera de casitas para el servicio. La iglesia de Santa Margarita, construida quinientos a&#241;os atr&#225;s, se alzaba sobre un peque&#241;o promontorio, una silueta recortada contra el anochecer azul marino. A su alrededor yac&#237;an los vestigios de una aldea del siglo XV abandonada tras un brote de peste negra.

Cuando regresaron a la zona sur de la propiedad, ya era noche cerrada. La luz se filtraba por las ventanas de parteluces y travesa&#241;os, iluminando fragmentos del sendero de grava. Entraron por la puerta r&#250;stica y se encontraron en un enorme vest&#237;bulo. Douglas admir&#243; las vidrieras inglesas del siglo XV, los retratos de los antepasados de Hartley y el escritorio de roble colocado bajo una ventana. Se granje&#243; la simpat&#237;a de su anfitri&#243;n por ser el primer visitante estadounidense que identificaba la mesa como una pieza del Renacentismo flamenco.

Atravesaron el comedor, con sus extravagantes molduras rococ&#243;, y entraron en el sal&#243;n. Una vez all&#237; se detuvieron en el centro de la estancia, estirando el cuello para contemplar las filigranas de yeso que representaban rosas, azahares, uvas, peras y granadas.

Esta obra est&#225; dedicada a las aves de caza que viven en la costa de Norfolk -explic&#243; Hartley, extendiendo el brazo como si de un rifle se tratara-. Como puede observar, hay perdices, faisanes, chorlitos y chochas.

Es magn&#237;fico -alab&#243; Douglas.

Pero seguro que est&#225; agotado, y yo aqu&#237; charlando sin parar -exclam&#243; Hartley-. Lo acompa&#241;ar&#233; a su habitaci&#243;n, as&#237; podr&#225; descansar un poco antes de la cena.

Subieron la escalera central y recorrieron un pasillo flanqueado de varias puertas cerradas. Hartley condujo a Douglas al dormitorio chino. Conten&#237;a una cama con dosel del siglo XVIII, una alfombra de Exeter tejida a mano y de brillantes colores, un armarito lacado japon&#233;s y una silla Chippendale tallada a mano.

Un hombre ocupaba la silla de espaldas a la puerta. Se levant&#243; al o&#237;r entrar a Hartley y Douglas. Por un instante, Douglas tuvo la sensaci&#243;n de mirarse en un espejo empa&#241;ado. De hecho, abri&#243; la boca estupefacto al tiempo que le tend&#237;a la mano y esperaba que se la estrechara. El hombre se limit&#243; a sonre&#237;r, disfrutando a todas luces del efecto que surt&#237;a su presencia. Era de la misma estatura y constituci&#243;n que Douglas, y llevaba el cabello cano y ralo cortado de un modo similar. Su tez ofrec&#237;a el mismo aspecto rubicundo, curtido, de poros abiertos. Las facciones eran algo distintas, los ojos un poco m&#225;s estrechos, pero la impresi&#243;n general resultaba asombrosa.

En aquel momento se abri&#243; la puerta del vestidor, y por ella entraron Michael y Graham Seymour. Michael advirti&#243; la expresi&#243;n de su suegro y lanz&#243; una carcajada.

Embajador Douglas Cannon -dijo-, perm&#237;tame que le presente al embajador Douglas Cannon.

Joder -mascull&#243; Douglas entre dientes.


Rebecca Wells pas&#243; la tarde observando los p&#225;jaros. Llevaba en Norfolk tres d&#237;as, alojada en una peque&#241;a caravana en la playa, en las afueras de Sheringham. Hab&#237;a recorrido la costa desde Hunstanton, al oeste, hasta Cromer, al este, paseando por los senderos de Peddars y la costa de Norfolk con los prism&#225;ticos al cuello, fotografiando la amplia variedad de aves aut&#243;ctonas. Hab&#237;a chorlitos, zarapitos, archibebes y perdices. Era la primera vez que iba a Norfolk, y cada d&#237;a, al menos durante un rato, consegu&#237;a olvidar el motivo de su visita. Era un lugar m&#225;gico de marismas, riachuelos, lodazales y playas que parec&#237;an extenderse hasta el horizonte, un paraje llano, solitario y de una belleza salvaje.

A &#250;ltima hora de la tarde se adentr&#243; en el bosque North, contiguo a Hartley Hall. Sab&#237;a por las gu&#237;as que la familia Hartley hab&#237;a cedido el bosque al gobierno treinta a&#241;os atr&#225;s; ahora era un parque natural y zona de acampada. Camin&#243; por un sendero arenoso, reblandecido por la pinaza y las agujas ca&#237;das de los abetos, y al cabo de un rato se detuvo.

Fingi&#243; fotografiar una bandada de ocas migratorias, pero su verdadero objetivo era Hartley Hall, situada al sur del bosque, en el otro extremo de un prado muerto en invierno. El embajador ten&#237;a prevista su llegada a las cuatro de la tarde; Rebecca lleg&#243; al punto de observaci&#243;n a las cuatro menos cuarto, pues no quer&#237;a permanecer all&#237; m&#225;s de lo necesario. El sol se ocult&#243; bajo el horizonte, y la temperatura descendi&#243; de forma radical. El cielo de poniente aparec&#237;a surcado de trazos color violeta y naranja. El viento marino agitaba los &#225;rboles. Rebecca se frot&#243; el rostro con las manos enguantadas para entrar en calor.

A las cuatro y cinco oy&#243; varios coche atravesar el bosque, y al cabo de unos instantes, los veh&#237;culos emergieron de las sombras y recorrieron el sendero privado de Hartley Hall. Un hombre sali&#243; del monumental porche cuando la peque&#241;a caravana se detuvo ante la casa. Rebecca Wells se llev&#243; los prism&#225;ticos a los ojos y observ&#243; a Douglas Cannon mientras &#233;ste se apeaba de la limusina y estrechaba la mano del otro hombre. Durante varios minutos pasearon por la finca bajo la mirada vigilante de Rebecca Wells.

Cuando acabaron el paseo y entraron en la casa, Rebecca se levant&#243; y guard&#243; la c&#225;mara y los prism&#225;ticos en una mochila de nylon. Atraves&#243; de nuevo el bosque hasta el estacionamiento donde hab&#237;a dejado el Vauxhall alquilado y condujo por la estrecha carretera de la costa hasta su caravana.

Ya era de noche. El camping estaba desierto a excepci&#243;n de una familia que estaba de paso y un grupo de adolescentes daneses que recorr&#237;an Norfolk mochila a la espalda. Los cuatro integrantes de su equipo estaban dispersados por otras zonas de acampada de las inmediaciones. La marea estaba bajando, y el aire ol&#237;a a marisma. Rebecca entr&#243; en la caravana, puso en marcha el calefactor port&#225;til, encendi&#243; el hornillo de propano y prepar&#243; caf&#233; instant&#225;neo. Llen&#243; un termo, verti&#243; el resto del caf&#233; en un taz&#243;n de cer&#225;mica y se lo tom&#243; mientras paseaba por la playa.

Era extra&#241;o, se dijo, pero por primera vez en mucho tiempo se sent&#237;a en paz. Supon&#237;a que se deb&#237;a al lugar, ese lugar hermoso y m&#237;stico. Pens&#243; en lo curioso que era pasar por un pueblo sin ver indicio alguno de los conflictos sectarios. Nada de banderas brit&#225;nicas ni tricolores irlandesas, ning&#250;n mural belicoso ni m&#225;ximas pol&#237;ticas garabateadas en las paredes, ninguna comisar&#237;a fortificada. Su vida entera hab&#237;a quedado consumida por el conflicto. Su padre hab&#237;a estado metido en grupos paramilitares protestantes, y se hab&#237;a casado con un miembro de la Fuerza de Voluntarios. La hab&#237;an educado en el odio y la desconfianza hacia los cat&#243;licos. En Portadown se respiraba el conflicto por todas partes. Ser protestante en Portadown hab&#237;a conferido sentido a su vida. Era consciente de su lugar en la historia. Los rituales del odio, los ciclos de muerte y venganza daban a las cosas un orden macabro.

Pens&#243; en lo que suceder&#237;a despu&#233;s del asesinato. Kyle Blake le hab&#237;a proporcionado dinero, un pasaporte falso y un escondrijo en Par&#237;s. Sab&#237;a que tendr&#237;a que permanecer oculta durante meses, tal vez a&#241;os. No sab&#237;a si podr&#237;a regresar alguna vez a Portadown.

Apur&#243; el caf&#233; mientras contemplaba las olas que romp&#237;an en la playa, casi fosforescentes a la luz de la luna. Quiero un lugar como &#233;ste, pens&#243;. Ojal&#225; pudiera quedarme aqu&#237; para siempre.

Volvi&#243; a la caravana a oscuras, entr&#243; y conect&#243; el ordenador port&#225;til. Con ayuda de un m&#243;dem celular accedi&#243; a su servidor de Internet y redact&#243; un breve mensaje de correo electr&#243;nico:


LO ESTOY PASANDO MUY BIEN AQU&#205; EN NORFOLK. HACE FR&#205;O, PERO TAMBI&#201;N SOL. HOY HE VISTO VARIAS ESPECIES DE AVES POCO FRECUENTES. TENGO INTENCI&#211;N DE QUEDARME UNOS CUANTOS D&#205;AS M&#193;S.


Envi&#243; el mensaje y apag&#243; el ordenador. Luego cogi&#243; el termo de caf&#233; y un paquete de cigarrillos. Ten&#237;a por delante un largo trayecto. Sali&#243; de la caravana y subi&#243; al Vauxhall. Unos minutos m&#225;s tarde conduc&#237;a por la A 148 en direcci&#243;n a King's Lynn, la primera etapa de su viaje a la costa occidental de Escocia.


Su verdadero nombre es Oliver Taylor -explic&#243; Graham Seymour a Douglas-, pero preferir&#237;a que lo olvidara. Es sombra de profesi&#243;n, &#191;verdad Oliver? Y uno de los mejores, por cierto.

El parecido es impresionante -musit&#243; Douglas, at&#243;nito.

En la actualidad, Oliver se dedica sobre todo a entrenar a nuevos reclutas, pero de vez en cuando a&#250;n le encomendamos alguna misi&#243;n cuando necesitamos a un aut&#233;ntico profesional. De hecho, ha pasado alg&#250;n tiempo siguiendo a la encantadora Rebecca Wells, &#191;verdad, Oliver?

Taylor asinti&#243;.

Por favor, acomp&#225;&#241;eme, embajador Cannon -pidi&#243; Graham-. Me gustar&#237;a ense&#241;arle un par de cosas.

Graham condujo a Douglas y Michael a una habitaci&#243;n repleta de aparatos electr&#243;nicos y televisores. Dos t&#233;cnicos saludaron brevemente a los reci&#233;n llegados y volvieron a concentrarse en su trabajo.

Este es el centro neur&#225;lgico electr&#243;nico de la operaci&#243;n -empez&#243; Graham-. La finca est&#225; llena de c&#225;maras de vigilancia, detectores de movimiento y sensores de calor. Cuando la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster mueva ficha, seremos los primeros en saberlo.

&#191;C&#243;mo sabe que lo intentar&#225;n? -pregunt&#243; Douglas.

Porque Rebecca Wells est&#225; en Norfolk -repuso Graham-. Lleva unos tres d&#237;as aqu&#237;. Se aloja en una caravana en la playa, a pocos kil&#243;metros de aqu&#237;. Hace unos minutos, cuando usted lleg&#243;, estaba en el bosque North. Sabe que est&#225; usted aqu&#237;.

De hecho, acaba de marcharse de la zona de acampada, se&#241;or -inform&#243; uno de los t&#233;cnicos.

&#191;Hacia d&#243;nde se dirige?

Hacia el oeste por la carretera de la costa.

&#191;Qu&#233; hay de la caravana? -Sigue en el camping, se&#241;or.

Estos hombres son nuestras guada&#241;as, embajador Cannon -dijo Graham-. Perm&#237;tame ahora que le presente a nuestros instrumentos contundentes.


El SAS es la unidad de &#233;lite de las fuerzas armadas brit&#225;nicas y una de las organizaciones militares m&#225;s respetadas del mundo. Con base en Hereford, unos doscientos kil&#243;metros al noroeste de Londres, cuenta con un regimiento en activo, con alrededor de seiscientos miembros. El SAS es una fuerza de intervenci&#243;n concebida para operar tras las l&#237;neas enemigas. Se divide en cuatro escuadrones operativos, cada uno de ellos con una especialidad distinta: aire, anfibio, monta&#241;a y veh&#237;culos de asalto. La unidad demostr&#243; su destreza antiterrorista en mayo de 1980, cuando puso fin con &#233;xito al asedio de la embajada iran&#237; en Londres ante los ojos de millones de telespectadores de todo el mundo. Los reclutadores del SAS buscan soldados de inteligencia superior a la media que demuestren capacidad de improvisaci&#243;n y de actuaci&#243;n en solitario. Los soldados del SAS son famosos por su egocentrismo, descaro y sarcasmo, raz&#243;n por la que gran parte del aparato militar brit&#225;nico desconf&#237;a de la unidad. Y como est&#225; mandado, los hombres del SAS no paran de mutilar su propio lema y proclaman sacr&#237;legamente: A qui&#233;n le importa qui&#233;n gane.

Los ocho hombres de la gran sala de juegos no se parec&#237;an a los soldados a los que Douglas hab&#237;a visto a lo largo de su vida. Llevaban el pelo largo y descuidado, algunos iban rapados al cero y varios luc&#237;an bigotes desali&#241;ados. Dos jugaban a billar, otros dos disputaban un ruidoso partido de ping pong, y los dem&#225;s estaban desparrancados en torno a un televisor de pantalla ancha, mirando una pel&#237;cula de v&#237;deo, La doble vida de Ver&#243;nica, y pidiendo silencio de vez en cuando. La partida de billar y el partido de ping pong se interrumpieron cuando los hombres del SAS repararon en la presencia de Douglas.

Cuando la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster mueva ficha, estos hombres los estar&#225;n esperando -explic&#243; Graham-. Le aseguro que todo acabar&#225; en un santiam&#233;n. Estos caballeros saben lo que les pas&#243; la otra noche a sus compa&#241;eros en el condado de Tyrone. El SAS es una unidad peque&#241;a, y como puede imaginar, est&#225;n ansiosos por saldar cuentas.

Lo comprendo, pero si es posible evitar un derramamiento de sangre innecesario

Har&#225;n cuanto est&#233; en su mano por capturar a los terroristas con vida -asegur&#243; Michael a su suegro-. Depende de c&#243;mo reaccionen los de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster cuando descubran que les hemos tendido una trampa.

Ha llegado el momento de sacarlo de aqu&#237;, embajador Cannon -declar&#243; Graham-. Ya ha hecho su parte Me temo que el regreso no ser&#225; tan agradable como el trayecto hasta aqu&#237;.

Michael y Douglas se despidieron en el vest&#237;bulo principal. Mientras se estrechaban la mano, Douglas rode&#243; con un brazo el hombro de su yerno.

Ten cuidado, Michael.

Graham llev&#243; a Douglas hasta la puerta de servicio. Una furgoneta de lunas tintadas esperaba fuera con el motor en marcha. En el costado se ve&#237;a el nombre de una empresa de catering. Douglas subi&#243; y tom&#243; asiento en una silla especial fijada en el suelo de la caja. Se despidi&#243; con un gui&#241;o de Graham, quien cerr&#243; las puertas posteriores. La furgoneta se alej&#243;.


A primera hora de la ma&#241;ana siguiente, Rebecca Wells estaba en la playa de la bah&#237;a de Ardnacross, en la costa occidental de Escocia. Era una ma&#241;ana brumosa, hac&#237;a un fr&#237;o espantoso y a&#250;n estaba bastante oscuro, pese a que ya hac&#237;a una hora que hab&#237;a salido el sol. Caminaba por la playa estrecha y pedregosa, fumando un cigarrillo y tomando los &#250;ltimos sorbos del caf&#233; instant&#225;neo que hab&#237;a preparado casi doce horas antes. Estaba exhausta, s&#243;lo la sosten&#237;an los nervios y la adrenalina. Era un d&#237;a sin viento, ni una ola alteraba el espejo del mar. M&#225;s all&#225; de la bah&#237;a se encontraba el estrecho de Kilbrannan. Al sudoeste, al otro lado del Canal del Norte, se extend&#237;a la costa de Antrim, en Irlanda del Norte.

Transcurrieron otros veinte minutos. Rebecca empezaba a temer que la barca no llegara. Ser&#237;a una Zodiac, le hab&#237;a explicado Kyle Blake, que llegar&#237;a a bordo de un carguero protestante procedente de Londonderry. En ella viajar&#237;a un miembro de la brigada con una bolsa de lona llena de armas para el asalto a Hartley Hall.

Pasaron otros diez minutos, y Rebecca empezaba a pensar en la posibilidad de abortar la misi&#243;n. La luz se hab&#237;a intensificado, y los primeros veh&#237;culos de la ma&#241;ana recorr&#237;an la carretera de la playa. Fue entonces cuando oy&#243; el renqueo de un motor en el agua plana. Al cabo de unos instantes divis&#243; una peque&#241;a Zodiac por entre la bruma que cubr&#237;a la bah&#237;a.

Mientras la embarcaci&#243;n se acercaba a la orilla, Rebecca escudri&#241;&#243; al hombre que viajaba a bordo con la ca&#241;a del tim&#243;n en la mano. Era Gavin Spencer. Levant&#243; la h&#233;lice y atrac&#243; en la arena. Rebecca corri&#243; hacia la barca y tir&#243; de la bolina.

Pero &#191;qu&#233; narices haces aqu&#237;? -exclam&#243;.

Quer&#237;a participar.

&#191;Lo sabe Kyle?

No tardar&#225; en enterarse, &#191;no te parece?

Spencer baj&#243; de la Zodiac y cogi&#243; la bolsa de lona de la proa.

Ay&#250;dame a sacar este trasto de la playa.

Juntos arrastraron la Zodiac fuera de la playa y la escondieron entre las dunas cubiertas de aulaga. Acto seguido, Spencer volvi&#243; a la playa y se carg&#243; la bolsa al hombro. Rebecca lo condujo hasta el Vauxhall.

&#191;Cu&#225;ndo fue la &#250;ltima vez que dormiste? -inquiri&#243; Spencer al tiempo que la observaba.

No me acuerdo.

Conduzco yo.

Rebecca le dio las llaves. Spencer coloc&#243; la bolsa de lona en el maletero, se sent&#243; al volante y puso el motor en marcha. Estaba temblando de fr&#237;o, de modo que encendi&#243; la calefacci&#243;n, y al cabo de unos instantes el interior del Vauxhall parec&#237;a una sauna. Pararon en el pueblo de Ballochgair para comprar bocadillos de bacon y t&#233; en un puesto de carretera. Spencer engull&#243; tres bocadillos y palade&#243; el t&#233;.

Bueno, cu&#233;ntame -pidi&#243;.

Durante un cuarto de hora, Rebecca describi&#243; la topograf&#237;a de la costa de Norfolk y la situaci&#243;n de Hardey Hall. Estaba exhausta y hablaba de forma autom&#225;tica, como si recitara de memoria sin ser consciente de lo que dec&#237;a. Era una tonter&#237;a que Gavin estuviera all&#237;, porque era un estratega, no un hombre de acci&#243;n, pero se alegraba de que hubiera venido.

Cerr&#243; los ojos mientras Spencer le hac&#237;a m&#225;s preguntas. Hizo cuanto pudo por contestar, pero sent&#237;a que su voz se debilitaba cada vez m&#225;s mientras recorr&#237;an las desoladas marismas y el bosque de Carradale. El calor sofocante la despoj&#243; de los &#250;ltimos vestigios de energ&#237;a. Se qued&#243; dormida, el sue&#241;o m&#225;s profundo que conciliaba desde hac&#237;a mucho tiempo, y no despert&#243; hasta llegar a la costa de Norfolk.



28

Hartley Hall, Norfolk

Parec&#237;a un t&#237;pico d&#237;a de invierno en Hartley Hall. El cielo estaba despejado, el sol brillaba con fuerza y el aire ol&#237;a a mar. Despu&#233;s de comer fueron a Cley en el coche oficial de Douglas Cannon y pasearon por la playa de Blakeney Point, arrebujados en sus gruesos abrigos y gorros de lana. El mar del Norte centelleaba al sol. Los guardaespaldas del Cuerpo Especial los segu&#237;an discretamente mientras los perdigueros de Nicholas Hartley acosaban a las golondrinas de mar y los gansos. Al anochecer empez&#243; a llover, y cuando llegaron los invitados a la cena, la tormenta se hab&#237;a convertido en una aut&#233;ntica galerna invernal del mar del Norte.


Eran poco m&#225;s de las diez de la noche cuando Gavin Spencer sali&#243; del escondrijo del bosque North y volvi&#243; por entre los &#225;rboles a la playa. Una vez all&#237; abri&#243; el maletero del Vauxhall y sac&#243; la bolsa de lona. Cruz&#243; con ella la zona de acampada y llam&#243; a la puerta de la caravana.

Rebecca Wells separ&#243; las cortinas de la ventana contigua a la puerta y asom&#243; la cabeza. Al verlo abri&#243; la puerta, y Spencer entr&#243; en la caravana. El viento se encarg&#243; de cerrar la puerta tras &#233;l. El diminuto interior de la caravana estaba atestado de miembros de su unidad. Spencer hab&#237;a seleccionado el equipo personalmente y conoc&#237;a bien a cada uno de sus integrantes. Eran James Fletcher, Alex Craig, Lennie West y Edward Mills.

El aire estaba enrarecido por el humo de los cigarrillos y el olor de varios hombres nerviosos que llevaban dos d&#237;as durmiendo en tiendas de campa&#241;a. Fletcher y Craig estaban sentados a la mesita, West y Mills sobre la cama, con los rostros sin afeitar y el cabello alborotado. Rebecca preparaba el t&#233;.

Spencer dej&#243; la bolsa de lona en el suelo y abri&#243; la cremallera. Fue sacando las Uzis semiautom&#225;ticas y pas&#225;ndoselas a sus hombres junto con la munici&#243;n correspondiente. Al poco, la caravana se llen&#243; de chasquidos met&#225;licos mientras los miembros del equipo cargaban sus armas. Por fin, Spencer sac&#243; la &#250;ltima arma y arroj&#243; la bolsa de lona vac&#237;a sobre la cama.

&#191;D&#243;nde est&#225; la m&#237;a? -inquiri&#243; Rebecca.

&#191;De qu&#233; est&#225;s hablando?

De mi arma. &#191;D&#243;nde est&#225;?

No est&#225;s entrenada para esta clase de operaci&#243;n, Rebecca -musit&#243; Spencer-. Tu trabajo ha terminado.

Rebecca dej&#243; la tetera sobre la mesa con un fuerte golpe.

Pues entonces prep&#225;rate el puto t&#233; t&#250; mismo.

Spencer se acerc&#243; a ella y le apoy&#243; una mano en el hombro.

No es el momento -murmur&#243;-. Calculo que, en el mejor de los casos, tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de &#233;xito. Es probable que un par de estos chicos no vuelvan a casa. &#191;No crees que es tu deber seguir adelante por ellos?

Rebecca asinti&#243;.

Muy bien, entonces vayamos al grano.

Rebecca abri&#243; la alacena situada sobre el fog&#243;n y sac&#243; una hoja de papel doblada. La despleg&#243; sobre la mesa, dejando al descubierto un mapa detallado de Hartley Hall y el terreno circundante. Spencer dej&#243; que dirigiera la reuni&#243;n.

La casa tiene varias entradas -explic&#243;-. La puerta principal est&#225; aqu&#237;, por supuesto -se&#241;al&#243; con el dedo-, en el porche sur. Tambi&#233;n hay una entrada aqu&#237;, en el invernadero, y aqu&#237;, en la ala este, y luego est&#225; la entrada de servicio, aqu&#237;. He dado la vuelta a la casa cada noche para anotar d&#243;nde hab&#237;a luz. La noche de la llegada del embajador me di cuenta de que por primera vez hab&#237;a luz en un dormitorio del primer piso. Sospecho que Cannon duerme all&#237;.

En aquel momento, Spencer tom&#243; las riendas.

Quiero sorprenderlos, sembrar la confusi&#243;n. Nos acercaremos a la casa por separado y entraremos todos a la vez a las cuatro en punto. Yo entrar&#233; por la puerta principal, James por el invernadero, Alex y Lennie por el ala este y Edward por la puerta de servicio. Algunos de nosotros encontraremos resistencia, otros no. En cuanto est&#233;is dentro, subid en seguida al dormitorio de invitados, y el primero que llegue le mete una bala al embajador. &#191;Alguna pregunta?


Los invitados empezaron a irse hacia medianoche, aunque en realidad no eran invitados, sino un grupo de agentes del MI5 y otras organizaciones, actores contratados para la operaci&#243;n Timbal. En cuanto se marcharon los &#250;ltimos, los dos guardaespaldas del Cuerpo Especial acabaron su turno y fueron sustituidos por otra pareja. Uno de ellos hizo la ronda rutinaria por la finca ataviado como un pescador del mar del Norte. La luz del dormitorio chino permaneci&#243; encendida hasta la una de la madrugada, hora en que Michael entr&#243; en el centro de mando y la apag&#243;.

Los miembros del SAS fueron tomando posiciones en los alrededores de la casa. Uno montaba guardia en el jard&#237;n amurallado, otro en el coto de ciervos. Un tercero yac&#237;a en el parterre de flores, un cuarto en el cementerio contiguo a la iglesia de Santa Margarita. Los dem&#225;s se distribuyeron por la planta baja de la casa.

Cada uno de ellos llevaba lentes de visi&#243;n nocturna y una radio en miniatura con auricular que le permitir&#237;a comunicarse con el sistema neur&#225;lgico instalado en el interior de la casa. Cada uno de ellos llevaba el rifle semiautom&#225;tico compacto est&#225;ndar del SAS, el HK MP5, as&#237; como una pistola Herstal de 5,7 mil&#237;metros como refuerzo. La Herstal es considerada una de las pistolas m&#225;s potentes del mundo; dispara balas de dos gramos a una velocidad de seiscientos cincuenta metros por segundo, y puede perforar cuarenta y ocho capas de Kevlar, la sustancia empleada en los chalecos antibalas, desde una distancia de doscientos metros. Michael llevaba la pistola est&#225;ndar de la CIA, una Browning nueve mil&#237;metros de gran potencia con un cargador de quince balas. Graham Seymour iba desarmado.

Los dos hombres esperaban en la sala de control, situada junto al dormitorio del primer piso. El mal tiempo hac&#237;a de las suyas con el equipo electr&#243;nico. Los detectores de movimiento saltaban cada dos por tres a causa del viento que agitaba los &#225;rboles y los arbustos. Los micr&#243;fonos direccionales de alta potencia se volv&#237;an locos por el rugido del temporal y el azote de la lluvia. S&#243;lo las videoc&#225;maras de infrarrojos funcionaban con normalidad.

A las tres y media de la madrugada, los agentes del MI5 apostados en las zonas de acampada que hab&#237;a en los alrededores de Hartley Hall comunicaron que los integrantes del escuadr&#243;n empezaban a moverse. Los agentes no siguieron a los terroristas, sino que permitieron que avanzaran sin obst&#225;culos hacia la finca.

A las cuatro menos cinco, los operadores de c&#225;mara apostados en la &#250;ltima planta de Hartley divisaron a dos tiradores, uno entre los &#225;rboles que bordeaban el coto de ciervos y otro entre las ruinas del pueblo junto a la iglesia de Santa Margarita.


A las tres cincuenta y ocho minutos, James Fletcher sali&#243; de su escondrijo en el parterre y recorri&#243; el sendero de grava en direcci&#243;n al invernadero. Antes de unirse a la Brigada, Fletcher hab&#237;a sido miembro de la Asociaci&#243;n para la Defensa del Ulster, una violenta organizaci&#243;n paramilitar protestante a la que se atribu&#237;a el asesinato de al menos media docena de miembros del IRA. Hab&#237;a dejado la asociaci&#243;n cuando &#233;sta pact&#243; un alto el fuego durante el proceso de paz. Cuando Gavin Spencer lo abord&#243; para proponerle que se uniera a un nuevo grupo, la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, acept&#243; sin dudarlo un instante. Fletcher era un anticat&#243;lico ac&#233;rrimo y cre&#237;a que el Ulster deb&#237;a ser una provincia protestante para protestantes. Asimismo ard&#237;a en deseos de ser &#233;l quien disparara al embajador, de modo que entr&#243; en acci&#243;n dos minutos antes de lo previsto, desobedeciendo la orden de Spencer de esperar hasta las cuatro.

Fletcher llevaba pasamonta&#241;as, ch&#225;ndal negro y zapatillas deportivas tambi&#233;n negras. La grava cruj&#237;a levemente bajo sus pies. Lleg&#243; a la puerta acristalada e intent&#243; abrirla, pero estaba cerrada con llave. Retrocedi&#243; un paso y atraves&#243; el vidrio con la culata de la Uzi. Fragmentos de vidrio cayeron al suelo de piedra.

Cuando alargaba la mano para abrir la puerta oy&#243; pasos sobre la grava. Retir&#243; la mano de la puerta y la pos&#243; sobre la Uzi, preparado para girar sobre sus talones y atacar.

El arma al suelo y las manos sobre la cabeza -orden&#243; en aquel instante una voz de acento ingl&#233;s.


Fletcher calcul&#243; a toda velocidad las probabilidades que ten&#237;a de salir airoso de un enfrentamiento. Si su adversario era del Cuerpo Especial, lo m&#225;s seguro era que Fletcher llevara mejor armamento, aunque los agentes de protecci&#243;n del Cuerpo Especial ten&#237;an reputaci&#243;n de excelentes tiradores. Fletcher llevaba chaleco antibalas y pod&#237;a sobrevivir a casi cualquier cosa excepto un disparo en la cabeza. Tambi&#233;n sab&#237;a que si lo deten&#237;an, a buen seguro pasar&#237;a el resto de sus d&#237;as en una c&#225;rcel inglesa.

James Fletcher se agach&#243; y se dio la vuelta, listo para disparar. S&#243;lo vio al hombre un instante, pero de inmediato se dio cuenta de que no pertenec&#237;a al Cuerpo Especial. Era del SAS, lo que significaba que todos ellos hab&#237;an ca&#237;do en una trampa, la misma trampa en la que el IRA hab&#237;a ca&#237;do varias veces con resultados catastr&#243;ficos.

Tambi&#233;n se dio cuenta de que acababa de cometer un error fatal.

El arma del soldado no emiti&#243; m&#225;s que un chasquido sordo. Fletcher sab&#237;a que hab&#237;a disparado porque vio destellos en la boca del ca&#241;&#243;n. Las balas rasgaron el ch&#225;ndal, atravesaron el chaleco antibalas, le destrozaron la columna y le practicaron un orificio en el m&#250;sculo del coraz&#243;n. Fletcher cay&#243; hacia atr&#225;s, llev&#225;ndose por delante la puerta acristalada, y se desplom&#243; en el suelo del invernadero.

El hombre del SAS apareci&#243; ante &#233;l al cabo de unos segundos.

Se inclin&#243; sobre Fletcher, le palp&#243; el pulso con adem&#225;n brusco, cogi&#243; la Uzi y se alej&#243; mientras James Fletcher mor&#237;a.


Edward Mills oy&#243; el estruendo de los vidrios rotos cuando corr&#237;a entre las ruinas que rodeaban la iglesia de Santa Margarita. A&#250;n pose&#237;a el cuerpo delgado y de m&#250;sculos ligeros que lo hab&#237;a convertido en campe&#243;n de cross en la escuela, de modo que sorteaba con facilidad los montones de piedras y los muros bajos del pueblo en ruinas. Al igual que Fletcher, llevaba ch&#225;ndal negro y pasamonta&#241;as. Ante &#233;l, la iglesia de Santa Margarita se cern&#237;a sobre el cementerio. Mills corri&#243; por un antiguo sendero que conduc&#237;a del pueblo hasta la fachada posterior de la iglesia.

No hab&#237;a hecho nada parecido en su vida, pero se sent&#237;a sorprendentemente tranquilo. Era miembro de la Orden de Orange, de la que su padre hab&#237;a portado el estandarte en Portadown, al igual que su abuelo antes de &#233;l, pero hab&#237;a rehuido a los paramilitares hasta el verano anterior. Fue entonces cuando el ej&#233;rcito y la polic&#237;a del Ulster hab&#237;an prohibido a la Orden de Orange desfilar por Garvaghy Road en Portadown. Al igual que la mayor&#237;a de los orangistas, Mills estaba convencido de su derecho absoluto a desfilar por la avenida de la Reina cuando le viniera en gana, independientemente de lo que pensaran los cat&#243;licos. Como protesta contra la prohibici&#243;n, hab&#237;a permanecido seis semanas en los campos que circundaban la iglesia de Drumcree. Gavin Spencer lo hab&#237;a abordado all&#237;, en el destartalado camping de Drumcree, para pedirle que se uniera a la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster.

Cruz&#243; el viejo cementerio a toda velocidad, abri&#233;ndose paso entre l&#225;pidas y cruces. Se acercaba a la puerta del cementerio cuando sinti&#243; un dolor agudo en la espinilla izquierda. Perdi&#243; pie y cay&#243; de bruces como un fardo. Intent&#243; incorporarse, pero al cabo de un segundo un hombre se abalanz&#243; sobre &#233;l, le asest&#243; dos golpes en la nuca y le cubri&#243; la boca con una mano enguantada. Mills sinti&#243; que estaba a punto de perder el conocimiento.

Si mueves un solo m&#250;sculo, te meto una bala en la nuca -advirti&#243; el hombre.

Por el tono sereno que emple&#243;, Mills supo que no se trataba de una amenaza vacua. Al mismo tiempo comprendi&#243; que hab&#237;an ca&#237;do en una trampa. El hombre intent&#243; arrebatarle la Uzi, y Mills cometi&#243; la insensatez de resistirse. El hombre le golpe&#243; la cabeza con el codo, y Edward Mills perdi&#243; el mundo de vista.


Alex Craig y Lennie West corr&#237;an por el c&#233;sped llano del coto de ciervos en direcci&#243;n al ala este de Hartley Hall. Ambos eran veteranos de la Fuerza de Voluntarios del Ulster y hab&#237;an trabajado juntos muchas veces. Avanzaban en silencio, uno junto al otro, las armas preparadas. Salieron del coto y llegaron al sendero de grava que conduc&#237;a al ala este.

&#161;Tirad las armas y poned las manos detr&#225;s de la cabeza! -grit&#243; de repente una voz a su espalda.

Craig y West se pararon en seco, pero no soltaron las armas.

&#161;Tirad las armas ahora mismo! -repiti&#243; la voz.

Mientras esperaban el momento de entrar en acci&#243;n cerca de Blakeney, Craig y West hab&#237;an decidido que, en el caso de que surgieran problemas, prefer&#237;an luchar que acabar detenidos. Cambiaron una mirada.

Parece que nos han tendido una trampa -susurr&#243; Craig-. Por Dios y por el Ulster, &#191;eh, Lennie?

West asinti&#243;.

Yo me encargar&#233; del que tenemos detr&#225;s -a&#241;adi&#243;.

Vale.

West se arroj&#243; al suelo, rod&#243; sobre s&#237; mismo y empez&#243; a disparar a ciegas. Alex Craig se lanz&#243; de bruces y dispar&#243; contra el ala este de la casa, rompiendo varios cristales. Al cabo de unos segundos vio la respuesta en una de las ventanas destrozadas, el destello del ca&#241;&#243;n de un arma semiautom&#225;tica con silenciador.

West vio lo mismo en la hierba alta del coto, pero era demasiado tarde. Varias balas le volatilizaron la cabeza, convirti&#233;ndola en una lluvia de sangre y sesos.

Craig no sab&#237;a qu&#233; le hab&#237;a sucedido a su compa&#241;ero. Dispar&#243; contra el hombre de la ventana, pero no tard&#243; en aparecer otro y al poco un tercero. Se dio cuenta de que el arma de West hab&#237;a enmudecido. Al volverse vio un cad&#225;ver sin cabeza tendido junto a &#233;l sobre la grava.

Vaci&#243; el primer cargador, introdujo otro y volvi&#243; a disparar. Al cabo de unos instantes, el tirador apostado en el interior de la mansi&#243;n lo localiz&#243;, al igual que el hombre del coto. El cuerpo de Craig sucumbi&#243; a las balas. Sus &#250;ltimos disparos, efectuados a causa de un espasmo de sus manos moribundas, hicieron a&#241;icos el magn&#237;fico reloj que ornaba la c&#250;pula del ala este e inmovilizaron sus agujas a las cuatro y un minuto.


Gavin Spencer oy&#243; los disparos mientras corr&#237;a por el sendero de grava en direcci&#243;n al porche sur. Por un instante consider&#243; la posibilidad de dar media vuelta y refugiarse en el santuario del bosque North. No sab&#237;a qu&#233; les hab&#237;a sucedido a sus hombres. &#191;Hab&#237;an logrado entrar en la mansi&#243;n? &#191;Los hab&#237;an detenido los guardaespaldas del Cuerpo Especial?

Se detuvo un instante con la mente funcionando a toda velocidad y la respiraci&#243;n entrecortada. No oy&#243; m&#225;s disparos, solamente el viento y la lluvia. Ech&#243; a correr de nuevo. Entr&#243; en el porche rematado por numerosos pilares ornamentales y se apoy&#243; contra la puerta.

Una vez m&#225;s aguz&#243; el o&#237;do. Los disparos parec&#237;an haber cesado definitivamente. La puerta estaba cerrada, de modo que retrocedi&#243; un paso y abri&#243; fuego contra ella, cerrando los ojos para protegerse de las astillas. Luego dio un puntapi&#233; a la hoja y la derrib&#243;. Entr&#243; en el vest&#237;bulo y se par&#243; de nuevo, Uzi en ristre.

Una silueta apareci&#243; en la puerta que daba al gran sal&#243;n; era una figura alta, de hombros anchos, casco y lentes de visi&#243;n nocturna. SAS, sin lugar a dudas, se dijo Spencer. Gir&#243; sobre sus talones y le apunt&#243; con la Uzi. El hombre del SAS intent&#243; abrir fuego, pero el rifle se le hab&#237;a atascado. Trat&#243; de sacar la pistola enfundada en la sobaquera, pero Spencer se le adelant&#243;.

Los disparos derribaron al soldado en un santiam&#233;n. Spencer se acerc&#243; a &#233;l y le quit&#243; la pistola de la sobaquera. Luego cruz&#243; el vest&#237;bulo y empez&#243; a subir la escalera.

Base a Alfa cinco tres cuatro, base a Alfa cinco tres cuatro, &#191;me recibes? Repito, &#191;me recibes? -dijo el operador de radio con voz serena en el centro de mando.

Al no obtener respuesta se volvi&#243; hacia Michael.

No contesta, se&#241;or Osbourne. Creo que tenemos a uno de la Brigada suelto por la casa.

&#191;D&#243;nde est&#225; el hombre del SAS m&#225;s pr&#243;ximo?

En el ala este.

Michael se sac&#243; la Browning del bolsillo y quit&#243; el seguro.

&#161;Que venga inmediatamente!


Michael sali&#243; del centro de mando al pasillo en penumbra y cerr&#243; la puerta tras de s&#237;. Oy&#243; a Gavin Spencer subir por la escalera principal y se puso en cuclillas con los brazos extendidos y la Browning aferrada con ambas manos. Al cabo de unos segundos, Spencer apareci&#243; ante &#233;l.

&#161;Tire el arma! -chill&#243;.

Gavin Spencer se volvi&#243; hacia &#233;l y le apunt&#243; con la Uzi. Michael efectu&#243; dos disparos. El primero pas&#243; de largo e hizo a&#241;icos uno de los bustos cl&#225;sicos que adornaban la escalera. El segundo alcanz&#243; a Spencer en el hombro izquierdo.

Spencer no solt&#243; la Uzi, sino que dispar&#243; una r&#225;faga al pasillo. Armado s&#243;lo con la Browning y sin posibilidad de ponerse a cubierto, Michael no pod&#237;a medirse con un terrorista que llevaba una Uzi. Volvi&#243; a abrir la puerta y se arroj&#243; al interior del centro de mando. De inmediato cerr&#243; la puerta con llave.

&#161;Al suelo!

Graham Seymour y los dem&#225;s agentes presentes en el centro se lanzaron al suelo en el instante en que Gavin Spencer disparaba a la pared y la puerta desde el pasillo.

Cada dormitorio del ala se comunicaba con el contiguo por una puerta. Michael corri&#243; a la habitaci&#243;n de al lado y de all&#237; cruz&#243; otras dos hasta llegar al dormitorio chino.

O&#237;a a Spencer en el pasillo, respirando pesadamente, sin duda por el dolor. Michael atraves&#243; la habitaci&#243;n y se apoy&#243; contra la pared junto a la puerta.

Spencer dispar&#243; una breve r&#225;faga contra la puerta y la abri&#243; de una patada. Cuando entr&#243; en la habitaci&#243;n, Michael lo golpe&#243; en la cabeza con la culata de la Browning.

Spencer dio un traspi&#233;, pero no cay&#243;.

Michael lo golpe&#243; de nuevo.

Spencer se desplom&#243; y solt&#243; la Uzi.

Michael se abalanz&#243; sobre &#233;l, agarr&#225;ndole el cuello con una mano y apunt&#225;ndole a la cabeza con la otra. Desde el pasillo le lleg&#243; el sonido de pasos de los hombres del SAS.

No te muevas -mascull&#243;.

Spencer intent&#243; zafarse de &#233;l. Michael oprimi&#243; el ca&#241;&#243;n del arma contra la herida que le hab&#237;a hecho en el hombro. Spencer profiri&#243; un grito de dolor y dej&#243; de moverse.

Dos hombres del SAS irrumpieron en la estancia con las armas apuntadas hacia Spencer. Graham Seymour lleg&#243; al cabo de unos segundos. Michael le quit&#243; el pasamonta&#241;as y sonri&#243; al reconocer el rostro.

Vaya, vaya, vaya -canturre&#243;, volvi&#233;ndose hacia Graham-. Mira a qui&#233;n tenemos aqu&#237;.

Gavin, querido -exclam&#243; Graham con aire indolente-. Cu&#225;nto me alegro de verte


Rebecca Wells presenci&#243; los acontecimientos desde el escondrijo del bosque. Los disparos hab&#237;an cesado, y las sirenas cada vez m&#225;s cercanas aullaban en la noche. Los primeros coches patrulla llegaron a la finca seguidos de algunas ambulancias. Los hombres hab&#237;an ca&#237;do en una trampa por su culpa.

Intent&#243; controlar su furia y pensar con claridad. A buen seguro, los brit&#225;nicos los hab&#237;an vigilado desde el principio. Probablemente hab&#237;a agentes en las zonas de acampada, agentes que la hab&#237;an seguido mientras se familiarizaba con Hartley Hall. Comprend&#237;a que le quedaban pocas alternativas; si volv&#237;a a la caravana o intentaba esconderse en el bosque, acabar&#237;an por detenerla.

Ten&#237;a tres horas antes del amanecer, tres horas para alejarse lo m&#225;s posible de la costa de Norfolk. El Vauxhall no le servir&#237;a; estaba aparcado junto a la caravana, sin duda vigilado por la polic&#237;a.

Si quer&#237;a escapar de Norfolk, s&#243;lo ten&#237;a una opci&#243;n. Caminar.

Recogi&#243; la mochila; en ella guardaba el dinero, los mapas y la Walther autom&#225;tica. Norwich estaba a treinta kil&#243;metros hacia el sur. Pod&#237;a llegar a mediod&#237;a, comprar una muda, registrarse en un hotel para ducharse, comprar tinte capilar en la droguer&#237;a y cambiar de aspecto. Luego pod&#237;a ir en autob&#250;s hasta Harwich, donde hab&#237;a una gran terminal de ferrys europeos. Pod&#237;a tomar el transbordador nocturno hacia Holanda y llegar al continente a la ma&#241;ana siguiente.

Sac&#243; el arma de la mochila, se cal&#243; la capucha y ech&#243; a andar.



MARZO



29

&#193;msterdam  Par&#237;s

Delaroche adoraba &#193;msterdam, pero ni siquiera &#193;msterdam, con sus casas de tejados a dos aguas y sus pintorescos canales, logr&#243; disipar la bruma gris de la depresi&#243;n que se adue&#241;&#243; de &#233;l aquel invierno. Ten&#237;a un piso en un edificio sobre un peque&#241;o canal que discurr&#237;a entre Herengracht y el Singel. Era un piso de habitaciones espaciosas, ventanas abovedadas y puertas acristaladas con vistas al agua, pero Delaroche manten&#237;a las persianas bajadas salvo cuando trabajaba.

El piso estaba vac&#237;o a excepci&#243;n de los caballetes, la cama y un gran sill&#243;n situado junto a las cristaleras donde le&#237;a hasta bien entrada la noche casi todos los d&#237;as. En el vest&#237;bulo de entrada se ve&#237;an dos bicicletas apoyadas contra la pared, una de carreras italiana que utilizaba para dar largos paseos por la campi&#241;a llana de Holanda y una de monta&#241;a alemana para las calles adoquinadas del centro de &#193;msterdam. Se negaba a dejarlas aparcadas delante del edificio como los dem&#225;s inquilinos, pues en &#193;msterdam exist&#237;a un enorme mercado negro de bicicletas robadas, incluso de los viejos cacharros que conduc&#237;an casi todos los habitantes de la ciudad. Su bicicleta de monta&#241;a no habr&#237;a durado ni dos minutos aparcada en la calle.

Contra su costumbre, estaba obsesionado con su cara. Varias veces al d&#237;a iba al ba&#241;o y se miraba al espejo. Nunca hab&#237;a sido un hombre vanidoso, pero detestaba su nuevo rostro, pues ofend&#237;a su sentido art&#237;stico de la proporci&#243;n y la simetr&#237;a. Cada d&#237;a realizaba un dibujo a l&#225;piz de su cara para documentar el lento proceso de recuperaci&#243;n. Por las noches, cuando yac&#237;a solo en su cama, jugueteaba con los implantes de col&#225;geno de las mejillas.

Por fin se curaron las incisiones y la inflamaci&#243;n remiti&#243;, dejando al descubierto un rostro de facciones aburridas, feas. Leroux, el cirujano pl&#225;stico, hab&#237;a tenido raz&#243;n; Delaroche ya no se reconoc&#237;a. S&#243;lo los ojos eran los mismos, agudos y penetrantes, pero insertos ahora en un marco definido por la mediocridad.

Los requisitos de seguridad de su profesi&#243;n le hab&#237;an impedido pintar su propio rostro, pero poco despu&#233;s de llegar a &#193;msterdam inici&#243; un detallado autorretrato Un hombre feo mir&#225;ndose al espejo y viendo un reflejo hermoso de s&#237; mismo. El reflejo era Delaroche antes de la operaci&#243;n. Se vio obligado a trabajar de memoria porque no ten&#237;a fotos de su antiguo rostro. Conserv&#243; el retrato unos d&#237;as, apoyado contra la pared de su estudio, pero la paranoia pudo con &#233;l, de modo que hizo pedazos el lienzo y lo quem&#243; en la chimenea.

Algunas noches, cuando se aburr&#237;a o estaba demasiado inquieto para quedarse en casa, Delaroche iba a los clubs nocturnos que salpicaban Leidseplein. En el pasado hab&#237;a evitado los bares y los clubs nocturnos porque sol&#237;a atraer en exceso la atenci&#243;n de las mujeres, pero ahora pod&#237;a estar sentado en un local durante horas sin que nadie lo molestara.


Aquella ma&#241;ana se levant&#243; temprano y prepar&#243; caf&#233;. Encendi&#243; el ordenador, ley&#243; el correo electr&#243;nico y algunos peri&#243;dicos online hasta que la chica alemana se despert&#243; en su cama.

Hab&#237;a olvidado su nombre Algo as&#237; como Ingrid o Eva. Era una chica de caderas anchas y pechos generosos que llevaba el pelo te&#241;ido de negro para parecer m&#225;s sofisticada. A la luz gris&#225;cea de la ma&#241;ana, Delaroche se dio cuenta de que no era m&#225;s que una ni&#241;a, veinte a&#241;os a lo sumo. Algo en su torpeza le record&#243; a Astrid Vogel. Se enfureci&#243; consigo mismo. La hab&#237;a seducido por el desaf&#237;o que representaba, como ascender una cuesta empinada en bicicleta despu&#233;s de una larga excursi&#243;n.

La chica se levant&#243; y se envolvi&#243; el cuerpo en una s&#225;bana.

&#191;Caf&#233;? -pregunt&#243;.

En la cocina -repuso Delaroche sin alzar la mirada.

La chica tomaba el caf&#233; a la alemana, con mucha leche. Fum&#243; uno de los cigarrillos de Delaroche y lo observ&#243; en silencio mientras &#233;ste le&#237;a.

Tengo que irme a Par&#237;s -anunci&#243; Delaroche al cabo de un rato.

Ll&#233;vame contigo.

No -repuso &#233;l en voz baja, pero firme.

Antes, al emplear ese tono, una chica como ella tal vez se habr&#237;a puesto nerviosa e impaciente por alejarse de &#233;l, pero ella se limit&#243; a mirarlo por encima del borde de la taza con una sonrisa. Delaroche sospechaba que se deb&#237;a a su rostro.

A&#250;n no he acabado contigo -dijo la chica.

No tengo tiempo.

La chica frunci&#243; los labios con aire juguet&#243;n.

&#191;Cu&#225;ndo volver&#233; a verte?

Nunca.

Venga. Quiero conocerte mejor.

No.

Delaroche apag&#243; el ordenador. La chica le bes&#243; y se alej&#243;. Sus ropas estaban esparcidas por el suelo. Vaqueros negros desgarrados, camisa de franela, camiseta con el logo de un grupo de rock del que Delaroche nunca hab&#237;a o&#237;do hablar.

&#191;Est&#225;s seguro de que no quieres llevarme contigo a Par&#237;s? -pregunt&#243; cuando acab&#243; de vestirse.

Muy seguro -repuso Delaroche.

Sin embargo, hab&#237;a algo en ella que le gustaba.

Volver&#233; ma&#241;ana por la noche. Ven a las nueve y te preparar&#233; la cena -le propuso.

No quiero cenar; te quiero a ti.

Delaroche mene&#243; la cabeza.

Soy demasiado viejo para ti.

No eres demasiado viejo. Tienes un cuerpo estupendo y una cara interesante.

&#191;Interesante?

S&#237;, interesante.

La chica mir&#243; los lienzos apoyados contra las paredes.

&#191;Vas a Par&#237;s para trabajar? -inquiri&#243;.

S&#237;.


Delaroche fue en taxi hasta la Centraal Station de &#193;msterdam y compr&#243; un billete de primera clase para el tren matinal a Par&#237;s. En la tienda de regalos de la terminal compr&#243; varios peri&#243;dicos y los ley&#243; mientras el tren recorr&#237;a la llana campi&#241;a holandesa y se adentraba en B&#233;lgica.

Las noticias lo dejaron intrigado. La madrugada anterior, un grupo paramilitar protestante de Irlanda del Norte hab&#237;a intentado asesinar al embajador estadounidense en Londres cuando pasaba un fin de semana en una casa de campo en Norfolk. Seg&#250;n los peri&#243;dicos, agentes del Cuerpo Especial hab&#237;an matado a tres miembros de la banda y detenido a otros dos. El supuesto l&#237;der de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, un hombre llamado Kyle Blake, hab&#237;a sido detenido en Portadown. La polic&#237;a buscaba a una mujer relacionada con el grupo.

Delaroche dobl&#243; el peri&#243;dico y mir&#243; por la ventana. Se preguntaba si Michael Osbourne, yerno del embajador, habr&#237;a tenido algo que ver con el incidente. El director le hab&#237;a contado en Mikonos que Osbourne volv&#237;a a trabajar en la CIA como encargado de Irlanda del Norte.

El tren lleg&#243; a la Gare du Nord de Par&#237;s a primera hora de la tarde. Delaroche cogi&#243; su peque&#241;a maleta, se ape&#243;, cruz&#243; la estaci&#243;n a toda prisa y par&#243; un taxi. Se alojaba en un peque&#241;o hotel de la ru&#233; de Rivoli, con vistas a los jardines de las Tuller&#237;as. Pidi&#243; al taxista que lo dejara a unas manzanas de distancia, en la ru&#233; Saint-Honor&#233;, y recorri&#243; a pie el resto del camino.

Se registr&#243; con nombre holand&#233;s y habl&#243; con el recepcionista en franc&#233;s con acento. Le dieron una habitaci&#243;n abuhardillada en la &#250;ltima planta con bonitas vistas a los jardines y los puentes del Sena.

Desliz&#243; un cargador en su Beretta y sali&#243;.


El doctor Maurice Leroux, cirujano pl&#225;stico, ten&#237;a su consulta en un elegante edificio de la avenida V&#237;ctor Hugo, cerca del Arco de Triunfo. Sin dar su nombre, Delaroche confirm&#243; por tel&#233;fono que el m&#233;dico estar&#237;a; dijo a la recepcionista que ir&#237;a a verle m&#225;s tarde y colg&#243;.

Luego se sent&#243; en un caf&#233; de la acera de enfrente y esper&#243; a que Leroux saliera, cosa que sucedi&#243; poco antes de las cinco de la tarde. Llevaba un abrigo gris de cachemira y por lo visto era el &#250;ltimo hombre de Par&#237;s que llevaba boina. Caminaba a buen paso y parec&#237;a muy satisfecho de s&#237; mismo. Delaroche dej&#243; dinero sobre la mesa y sali&#243;.

Leroux camin&#243; hasta el Arco de Triunfo, rode&#243; la plaza Charles de Gaulle y pase&#243; por la avenida de los Campos El&#237;seos. Entr&#243; en el restaurante Fouquet's y fue recibido por una mujer de mediana edad. Delaroche la reconoci&#243; al instante; era una actriz no demasiado famosa que representaba papeles secundarios en series televisivas.

El ma&#238;tre condujo a Leroux y la actriz entrada en a&#241;os a la zona privada del restaurante. Delaroche escogi&#243; una mesa en el comedor general, desde la que pod&#237;a ver la puerta. Pidi&#243; un pastel de carne con patatas y bebi&#243; media botella de un Burdeos decente. Cuando acab&#243; a&#250;n no hab&#237;a rastro de Leroux, de modo que pidi&#243; queso y un caf&#233; con leche.

Transcurrieron casi dos horas antes de que Leroux y su acompa&#241;ante salieran del restaurante. Delaroche los observ&#243; desde su mesa. Hac&#237;a viento, y Leroux se subi&#243; con adem&#225;n dram&#225;tico el cuello del abrigo de cachemira. A continuaci&#243;n dio a la actriz un beso muy teatral y le toc&#243; la mejilla como si admirara su obra. La ayud&#243; a subir a un coche, fue a comprar algunos peri&#243;dicos y revistas en un quiosco y ech&#243; a andar entre la muchedumbre vespertina que atestaba los Campos El&#237;seos.

Delaroche pag&#243; la cuenta y empez&#243; a seguirlo.

A Maurice Leroux le gustaba andar. Con los peri&#243;dicos debajo del brazo, camin&#243; por los Campos El&#237;seos hasta la plaza de la Concorde. No ten&#237;a raz&#243;n alguna para sospechar que lo segu&#237;an, por lo que seguirlo resultaba f&#225;cil en extremo; Delaroche no ten&#237;a m&#225;s que caminar tras &#233;l a cierta distancia por las concurridas aceras. El corte de su americana cara y la absurda boina lo convert&#237;an en un blanco f&#225;cil de localizar entre el gent&#237;o. Cruz&#243; el Sena por el puente de la Concorde y pase&#243; largo rato por el Boulevard Saint-Germain. Delaroche encendi&#243; un cigarrillo y fum&#243; mientras caminaba.

Por fin, Leroux entr&#243; en un caf&#233; bistr&#243; cerca de la iglesia de Saint-Germain-des-Pr&#233;s y se sent&#243; en la barra. Delaroche entr&#243; al cabo de unos instantes y ocup&#243; una mesita cerca de la puerta. Leroux tom&#243; vino y charl&#243; con el camarero. Una chica bastante guapa hizo caso omiso de sus avances.

Media hora m&#225;s tarde, Leroux sali&#243; del caf&#233; muy borracho, lo cual complaci&#243; a Delaroche, pues le facilitar&#237;a la tarea. Leroux camin&#243; haciendo eses por el Boulevard Saint-Germain bajo la llovizna y dobl&#243; por una calle lateral en las inmediaciones de la estaci&#243;n de metro de Mabillon.

Se detuvo en la entrada de un bloque de pisos y tecle&#243; el c&#243;digo de seguridad. Delaroche se col&#243; en el edificio antes de que la puerta se cerrara. Entraron juntos en el ascensor, una anticuada jaula instalada en el hueco de la escalera. Leroux puls&#243; el bot&#243;n del quinto, Delaroche el del sexto. Delaroche habl&#243; del mal tiempo en franc&#233;s con acento parisino. Leroux farfull&#243; algo ininteligible. A todas luces, no reconoc&#237;a a su paciente.

Leroux sali&#243; en su planta. Cuando el ascensor prosigui&#243; su camino, Delaroche lo vio entrar en su piso. Una vez en la sexta planta, baj&#243; un piso y llam&#243; suavemente a la puerta de Leroux.

El cirujano abri&#243; al cabo de un instante con expresi&#243;n perpleja.

&#191;Puedo ayudarle en algo? -pregunt&#243;.

S&#237; -asinti&#243; Delaroche antes de asestarle un tremendo pu&#241;etazo en el cuello.

El golpe dej&#243; al m&#233;dico sin resuello y doblado sobre s&#237; mismo de dolor. Delaroche cerr&#243; la puerta.

&#191;Qui&#233;n es usted? -jade&#243; Leroux-. &#191;Qu&#233; quiere?

Soy el de la cara que ha destruido.

En aquel instante, Leroux se dio cuenta de que era Delaroche quien ten&#237;a frente a s&#237;.

Dios m&#237;o -musit&#243;.

Delaroche sac&#243; la Beretta con silenciador del bolsillo del abrigo. Leroux empez&#243; a temblar violentamente.

Soy de fiar -asegur&#243;-. He operado a muchos como usted.

Eso no es cierto -replic&#243; Delaroche antes de pegarle dos tiros en el coraz&#243;n.


Delaroche lleg&#243; a &#193;msterdam a primera hora de la tarde siguiente. Volvi&#243; a su casa en taxi y guard&#243; sus &#250;tiles de pintura en una mochila de nylon azul: dos peque&#241;os lienzos, pinturas, una c&#225;mara Polaroid, un caballete port&#225;til y la Beretta. Luego condujo su bicicleta de monta&#241;a por las calles adoquinadas hasta un punto del Keizersgracht donde hab&#237;a un puente cuyos arcos se iluminaban al caer la noche.

Aparc&#243; la bicicleta, puso el candado y camin&#243; por el puente durante un rato hasta dar con la perspectiva que quer&#237;a, una panor&#225;mica de casas barco en primer t&#233;rmino y un tr&#237;o de espl&#233;ndidas casas con tejados de dos aguas al fondo. Sac&#243; la c&#225;mara de la mochila y tom&#243; varias instant&#225;neas de la escena, primero en blanco y negro, para captar las formas y l&#237;neas esenciales, y luego en color.

Empez&#243; a trabajar deprisa, impulsado por el instinto, ansioso por plasmar el crep&#250;sculo antes de que sucumbiera a la noche. Cuando las luces del puente se encendieron, dej&#243; el pincel y se dedic&#243; a contemplarlo. Mir&#243; el reflejo de las luces en la superficie lisa del canal. Esper&#243; a que la pintura lo hechizara, a que desapareciera de su mente la imagen de los ojos muertos de Maurice Leroux, pero el momento no llegaba.

Un taxi acu&#225;tico pas&#243; por el canal, y el reflejo de las luces del puente se disolvi&#243; en su estela. Delaroche guard&#243; sus cosas y pedale&#243; por el Keizersgracht sujetando con dificultad el lienzo con la mano derecha. En cualquier otra ciudad, ello habr&#237;a atra&#237;do miradas curiosas, pero no as&#237; en &#193;msterdam.

Delaroche cruz&#243; el Keizersgracht a la altura de Ree Straat y pedale&#243; despacio a lo largo de Prinsengracht hasta que la vieja casa barco apareci&#243; ante &#233;l. Encaden&#243; la bicicleta a una farola, apoy&#243; el lienzo contra la rueda delantera y subi&#243; a bordo.


El Krista ten&#237;a quince metros de eslora, timonera en la popa, proa esbelta y una hilera de portillas a lo largo de la regala. La pintura verde y blanca aparec&#237;a desconchada por el descuido. La escotilla al final de la escalera de c&#225;mara estaba cerrada con un pesado candado cuya llave Delaroche a&#250;n ten&#237;a. Abri&#243; la escotilla y baj&#243; por la escalera de c&#225;mara hasta el camarote, iluminado tan s&#243;lo por el tenue brillo de las farolas amarillas que se filtraba por los mugrientos ojos de buey.

La embarcaci&#243;n hab&#237;a pertenecido a Astrid Vogel. Hab&#237;an vivido juntos en ella el invierno anterior, despu&#233;s de que Delaroche la contratara para ayudarlo en una serie de asesinatos especialmente dif&#237;ciles. La imaginaba all&#237;, su largo cuerpo movi&#233;ndose por los espacios diminutos del barco. Se volvi&#243; hacia la cama y pens&#243; en ellos haciendo el amor mientras la lluvia golpeteaba la cubierta. Astrid ten&#237;a pesadillas y le asestaba golpes en sue&#241;os. En cierta ocasi&#243;n despert&#243; tras un mal sue&#241;o y se sobresalt&#243; al ver a Delaroche en su cama. A punto estuvo de dispararle antes de que &#233;l lograra quitarle el arma.

Delaroche no hab&#237;a regresado al Krista desde entonces. Pas&#243; varios minutos registrando armarios y cajones en busca de cualquier rastro que pudiera haber dejado all&#237;, pero no encontr&#243; nada. Tampoco hab&#237;a ning&#250;n indicio que recordara a Astrid; s&#243;lo hall&#243; algunas prendas de ropa espantosas y varios libros muy usados. Astrid estaba acostumbrada a vivir en la clandestinidad. Hab&#237;a sido miembro de la Fracci&#243;n del Ej&#233;rcito Rojo y pasado muchos a&#241;os en lugares como Beirut, Tr&#237;poli y Damasco; sab&#237;a ir de un sitio a otro sin dejar huellas.

La independencia obsesiva de Delaroche le imped&#237;a amar a otro ser humano, pero hab&#237;a profesado gran afecto a Astrid y, sobre todo, hab&#237;a confiado en ella. Era la &#250;nica mujer que conoc&#237;a la verdad sobre &#233;l; pod&#237;a relajarse en su compa&#241;&#237;a. Hab&#237;an proyectado irse al Caribe en cuanto terminaran el trabajo, vivir juntos en algo parecido al matrimonio, pero la mujer de Michael Osbourne la hab&#237;a matado en Shelter Island.

Delaroche subi&#243; de nuevo la escalera de c&#225;mara y cerr&#243; el candado. Mont&#243; en la bicicleta y pedale&#243; hacia su casa a la luz de las farolas. Delaroche mataba por dos razones: porque lo contrataban para matar o para protegerse. Maurice Leroux pertenec&#237;a a la segunda categor&#237;a. Nunca hab&#237;a matado por furia ni por venganza, pues estaba convencido de que la sed de sangre era la m&#225;s destructiva de las emociones y no casaba con una actitud profesional. Sin embargo, mientras pedaleaba por las calles de aquella ciudad que no era la suya, con un rostro que no reconoc&#237;a, Delaroche se vio embargado por el deseo de matar a Michael Osbourne.


Vio a la chica alemana esperando en el portal de la casa. Delaroche cruz&#243; el Herengracht y esper&#243;; no quer&#237;a volver a verla. Finalmente, la chica garabate&#243; una nota y la empuj&#243; bajo la puerta antes de alejarse por el canal. Delaroche recogi&#243; la nota al entrar en el vest&#237;bulo. Maldito hijo de puta. Ll&#225;mame, por favor. Con amor, Eva. Delaroche entr&#243; la bicicleta en su casa.

Se dirigi&#243; al estudio y arroj&#243; la pintura inacabada sobre un mont&#243;n de otras obras tambi&#233;n incompletas. De repente le resultaba insoportable, artificial, carente de imaginaci&#243;n, tediosa. Se quit&#243; el abrigo y coloc&#243; un lienzo nuevo en el caballete. La hab&#237;a pintado una vez, pero la obra, al igual que el resto de sus efectos personales, hab&#237;a sido destruida en Mikonos. Permaneci&#243; largo rato inm&#243;vil en la semipenumbra, pensando, intentando recordar su rostro. Pose&#237;a cierta cualidad bizantina, eso lo recordaba. P&#243;mulos marcados, boca generosa, ojos azules muy l&#237;quidos y separados. El rostro de una mujer de otro tiempo, de otro lugar.

Encendi&#243; las deslumbrantes l&#225;mparas hal&#243;genas suspendidas del techo y empez&#243; a trabajar. Descart&#243; un lienzo porque no le gustaba la pose y otro porque no hab&#237;a logrado plasmar la estructura de sus huesos faciales. El tercer lienzo le proporcion&#243; una sensaci&#243;n de bienestar desde el primer momento. Pint&#243; el recuerdo m&#225;s indeleble que guardaba de ella Astrid apoyada contra una barandilla de hierro forjado oxidado en el balc&#243;n de un hotel en El Cairo, ataviada tan s&#243;lo con una camisa de hombre desabrochada hasta el vientre, con el sol atravesando la delgada tela de algod&#243;n blanco, revelando las suaves l&#237;neas de su espalda y su pecho erguido.

Trabaj&#243; toda la noche. Hab&#237;a contaminado su cuerpo con caf&#233;, vino y cigarrillos. Cuando acab&#243; de pintar no logr&#243; conciliar el sue&#241;o porque le dol&#237;a la cabeza. Llev&#243; el lienzo a su habitaci&#243;n y lo apoy&#243; contra el pie de la cama. Por fin, poco antes del mediod&#237;a, se sumi&#243; en un sue&#241;o inquieto.



30

Londres  Nueva York

Michael Osbourne se vio obligado a permanecer en Londres tres d&#237;as despu&#233;s del asunto de Hartley Hall, ocup&#225;ndose del verdadero enemigo de todo servidor del mundo secreto, el papeleo. Pas&#243; dos d&#237;as prestando dilatadas declaraciones a las autoridades, ayud&#243; a Wheaton a limpiar la porquer&#237;a del suicidio de Preston McDaniels, colabor&#243; con el Cuerpo Especial para incrementar la seguridad en torno a Douglas y asisti&#243; al funeral de los dos hombres del SAS asesinados en los montes Sperrin, en Irlanda del Norte.

Pas&#243; el &#250;ltimo d&#237;a en Londres en una celda insonorizada de las catacumbas de Thames House, soportando el interrogatorio ritual de los mandarines del MI5. Al terminar camin&#243; veinte minutos bajo la lluvia por Millbank en busca de un taxi, porque Wheaton hab&#237;a confiscado el coche oficial de Michael con un pretexto dudoso. Por fin decidi&#243; ir a la estaci&#243;n de metro de Pimlico y coger el metro. De repente, Londres, una ciudad que amaba, se le antojaba siniestra y opresiva. Sab&#237;a que hab&#237;a llegado el momento de volver a casa.

A la ma&#241;ana siguiente, Graham se present&#243; en Winfield House para llevar a Michael al aeropuerto, esta vez en un Jaguar en lugar del Rover del departamento.

Tenemos que parar en un sitio de camino al aeropuerto -anunci&#243; Graham cuando Michael se acomod&#243; en el asiento trasero junto a &#233;l-. Nada grave, querido, s&#243;lo un par de cabos sueltos que hay que atar.

El coche dej&#243; Regent's Park y se dirigi&#243; hacia el sur por Baker Street. Graham cambi&#243; de tema.

&#191;Has visto esto? -pregunt&#243; al tiempo que se&#241;alaba un art&#237;culo aparecido en el Times sobre el misterioso asesinato de un conocido cirujano pl&#225;stico franc&#233;s.

Le he echado un vistazo -repuso Michael-. &#191;Por qu&#233;?

Era un chico malo.

&#191;A qu&#233; te refieres?

Siempre hab&#237;amos sospechado que se ganaba un sobresueldo cambiando caras de criminales -explic&#243; Graham-. El buen doctor viajaba a menudo a lugares ex&#243;ticos tales como Tr&#237;poli y Damasco. Pedimos a los franceses que lo vigilaran, y como de costumbre nos contestaron que nos fu&#233;ramos a tomar por el culo.

Michael ley&#243; el art&#237;culo; ocupaba tan s&#243;lo dos p&#225;rrafos y apenas daba detalles. Maurice Leroux hab&#237;a sido asesinado a tiros en su piso del Sexto Distrito de Par&#237;s. La polic&#237;a hab&#237;a abierto una investigaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; clase de arma utiliz&#243; el asesino?

Nueve mil&#237;metros.

El Jaguar avanz&#243; por Park Lane, atraves&#243; Green Park por Constitution Hill y al cabo de unos instantes cruz&#243; la entrada de Buckingham Palace.

Michael se volvi&#243; hacia Graham.

Desde luego, contigo es imposible aburrirse.

T&#250; lo has dicho.


Me alegro mucho de volver a verlo, se&#241;or Osbourne -lo salud&#243; la reina Isabel cuando entraron en uno de los salones de palacio-. Si&#233;ntese, por favor.

Michael tom&#243; asiento. Les sirvieron el t&#233;, tras lo cual los ayudantes y asistentes se retiraron. Graham Seymour esperaba en la antesala.

Quiero darle las gracias por la eficacia que ha demostrado en la eliminaci&#243;n de la amenaza de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -empez&#243; la reina-. El pueblo de Irlanda del Norte est&#225; en deuda con usted De hecho, toda Gran Breta&#241;a est&#225; en deuda con usted.

Gracias, Majestad -musit&#243; Michael cort&#233;smente.

Sent&#237; mucho lo de su agente, el que fue asesinado en Irlanda del Norte. -La reina se detuvo un momento con expresi&#243;n perpleja y alz&#243; la mirada hacia el techo-. Cielos, no recuerdo c&#243;mo se llamaba el pobre.

Kevin Maguire -dijo Michael.

Ah, s&#237;, Heraldo -exclam&#243; la reina, empleando el nombre en clave de Maguire-. Qu&#233; asunto tan espeluznante. Sent&#237; un gran alivio al saber que no result&#243; usted herido de gravedad, pero s&#233; que perder a un agente como Heraldo de un modo tan horrible debe de haberlo afectado mucho.

Kevin Maguire no era perfecto, pero numerosas personas siguen vivas gracias a &#233;l. Requer&#237;a enormes dosis de valor traicionar al IRA, y acab&#243; pag&#225;ndolo con su vida.

&#191;Qu&#233; planes tiene ahora que la amenaza protestante parece neutralizada? &#191;Tiene intenci&#243;n de continuar en la CIA o piensa volver a retirarse?

Todav&#237;a no lo s&#233; -reconoci&#243; Michael-. Ahora mismo lo que m&#225;s me apetece es volver a casa para ver a mi mujer y mis hijos. Llevo mucho tiempo ausente.

No s&#233; si podr&#237;a estar casada con alguien como usted.

Para eso hay que ser un tipo de mujer muy especial.

&#191;De modo que su mujer lo apoya?

Yo no dir&#237;a tanto, Majestad -puntualiz&#243; Michael con una sonrisa.

Supongo que uno tiene que hacer lo que le hace feliz, y si trabajar para la CIA lo hace feliz, estoy segura de que ella lo comprende. Sin duda se trata de un trabajo importante. Deber&#237;a enorgullecerse de lo que ha logrado aqu&#237;.

Gracias, Majestad. Lo cierto es que me siento muy orgulloso.

Bueno, puesto que al parecer seguir&#225; trabajando en la CIA de momento, supongo que tendremos que hacer esto en privado.

&#191;Hacer qu&#233;, Majestad? -pregunt&#243; Michael.

Nombrarlo caballero de honor.

Bromea.

Nunca bromeo con cuestiones tan trascendentales -asegur&#243; la reina con una sonrisa maliciosa.

Acto seguido abri&#243; un estuche rectangular y mostr&#243; a Michael la medalla de Caballero de Honor del Imperio Brit&#225;nico.

Es muy hermosa -musit&#243; Michael-. Me siento honrado y muy halagado.

Como debe ser.

&#191;Tengo que arrodillarme?

No diga tonter&#237;as -espet&#243; la reina-. Ac&#225;bese el t&#233; y luego cu&#233;nteme qu&#233; sinti&#243; al capturar a Gavin Spencer.


&#191;Quieres decir que acabo de hacer el amor con un aut&#233;ntico caballero? -pregunt&#243; Elizabeth.

Me temo que s&#237;.

Creo que eres el primero.

M&#225;s te vale.

Bueno, &#191;y de qu&#233; hablasteis adem&#225;s de Irlanda del Norte?

De ti.

Venga ya.

En serio.

&#191;Y qu&#233; dijisteis de m&#237;?

Me pregunt&#243; si pensaba seguir en la Agencia o volver a retirarme.

&#191;Y qu&#233; le contestaste?

Que no lo sab&#237;a.

Cobarde.

Cuidado con esa lengua, que soy caballero.

&#191;Cu&#225;l es la respuesta?

Casi por primera vez desde que entr&#233; a trabajar en la Agencia, tengo la sensaci&#243;n de haber logrado algo y me siento bien.

O sea que quieres quedarte.

Quiero hablar con Monica antes de tomar una decisi&#243;n definitiva Y tambi&#233;n contigo.

Michael, ya sabes lo que pienso, pero tambi&#233;n necesito que seas feliz. Es extra&#241;o, pero al o&#237;rte hablar durante la &#250;ltima hora me he dado cuenta de que pareces mucho m&#225;s feliz que hace varios meses.

&#191;O sea?

O sea que preferir&#237;a que trabajar en otra cosa que no fuera la Agencia te hiciera feliz, pero si es lo que quieres, si te hace feliz, entonces quiero que sigas.

Apag&#243; el cigarrillo, se desanud&#243; el cintur&#243;n del albornoz y se tendi&#243; sobre &#233;l, oprimiendo los pechos contra su piel c&#225;lida.

Pero tienes que prometerme una cosa -prosigui&#243;-. Si realmente crees que Octubre sigue vivo, deja que otro vaya a por &#233;l.

Asesin&#243; a Sarah e intent&#243; matarnos a nosotros.

Por eso debe ocuparse del caso otra persona. Mantente al margen, Michael. Deja que Adrian le d&#233; el trabajo a otro, a alguien sin implicaciones personales, a alguien que no busque venganza -a&#241;adi&#243; tras una breve vacilaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; te hace pensar que busco venganza?

Vamos, Michael, no te enga&#241;es a ti mismo ni a m&#237;. Quieres verlo muerto, y no te lo reprocho. Pero la venganza es un juego peligroso. &#191;Es que no aprendiste nada cuando estabas en Irlanda del Norte?

Michael volvi&#243; la cabeza. Elizabeth se la cogi&#243; entre las manos y lo oblig&#243; a mirarla.

No te enfades conmigo. Sencillamente, no quiero que te pase nada. -Lo bes&#243; con suavidad-. Sigue el consejo de tu abogada. Se acab&#243;. D&#233;jalo ya.



31

Mikonos

El consejo ejecutivo de la Sociedad Internacional de Desarrollo y Cooperaci&#243;n convoc&#243; su reuni&#243;n de primavera para el primer viernes de marzo. La villa vac&#237;a que Delaroche hab&#237;a ocupado en los acantilados de cabo Mavros fue el lugar de encuentro. Era demasiado peque&#241;a para albergar m&#225;s que al Director, sus guardaespaldas y Daphne, de modo que los dem&#225;s miembros del consejo y sus respectivos s&#233;quitos se alojaron en los hoteles y casas de hu&#233;spedes de Chora. Al caer la tarde se pusieron en marcha los jefes de inteligencia, traficantes de armas, hombres de negocios y dirigentes del crimen organizado en una caravana de Range Rovers negros.

El Director y su personal se hab&#237;an encargado de las medidas de seguridad. Numerosos guardias armados hasta los dientes patrullaban la finca, y una lancha de alta velocidad llena de antiguos miembros de la unidad anfibia del SAS vigilaba la bah&#237;a de Panormos. La villa hab&#237;a sido registrada de arriba a abajo en busca de micr&#243;fonos y c&#225;maras, y los perturbadores retransmit&#237;an ruido blanco para entorpecer la labor de los micr&#243;fonos de largo alcance.

Tomaron un c&#243;ctel en la hermosa terraza de piedra con vistas al mar y cenaron platos de la cocina griega tradicional. A medianoche, el Director abri&#243; la sesi&#243;n.

Por espacio de la primera hora, el consejo ejecutivo trat&#243; temas internos de rutina. Como de costumbre, los miembros del consejo se dirig&#237;an unos a otros por los nombres en clave. Rodin, Monet, Van Gogh, Rembrandt, Rothko, Miguel &#193;ngel y Picasso. A continuaci&#243;n, el Director volvi&#243; su atenci&#243;n sobre las operaciones que la Sociedad ten&#237;a en marcha en Corea del Norte, Paquist&#225;n, Afganist&#225;n, Kosovo y, por &#250;ltimo, Irlanda del Norte.

En febrero, Monet se encarg&#243; de hacer llegar un cargamento de Uzis a la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -explic&#243; el Director-. Dichas armas se utilizaron en el intento de asesinato del embajador Douglas Cannon. Por desgracia, la operaci&#243;n fracas&#243;. El embajador sobrevivi&#243; al ataque, pero la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster sucumbi&#243;. Casi todos sus miembros han muerto o est&#225;n en la c&#225;rcel, de modo que, por el momento, nuestra participaci&#243;n en Irlanda del Norte ha finalizado.

El Director dio la palabra a Rodin, jefe de operaciones del servicio de inteligencia franc&#233;s.

Si deseamos reanudar nuestra participaci&#243;n en Irlanda del Norte, puede que tengamos una oportunidad en Par&#237;s -dijo.

El Director enarc&#243; una ceja.

Contin&#250;e, por favor -inst&#243;.

Como ya saben, una integrante del equipo implicado en la operaci&#243;n de Norfolk consigui&#243; huir. Se trata de una mujer llamada Rebecca Wells. S&#233; que se esconde en Par&#237;s en compa&#241;&#237;a de un mercenario brit&#225;nico llamado Roderick Campbell. Asimismo, s&#233; que ha jurado ajustar cuentas despu&#233;s del incidente de Norfolk. Est&#225; buscando a un asesino capaz de matar al embajador estadounidense.

A todas luces intrigado, el Director encendi&#243; un cigarrillo.

Tal vez deber&#237;amos entablar contacto directo con Rebecca Wells y ofrecerle nuestra ayuda -aventur&#243; Rodin.

El Director fingi&#243; que reflexionaba detenidamente sobre el asunto. En &#250;ltima instancia, ser&#237;a el consejo ejecutivo, no &#233;l, el que tomar&#237;a la decisi&#243;n, pero sus opiniones ejercer&#237;an una influencia considerable sobre los dem&#225;s miembros.

No creo que la se&#241;orita Wells pueda costearse nuestros servicios -se&#241;al&#243; al cabo de un momento.

Estoy de acuerdo -convino Rodin-. Tendr&#237;amos que prestar el servicio de forma gratuita y considerarlo una inversi&#243;n.

El Director se volvi&#243; hacia Picasso, que parec&#237;a inquieta.

Por razones obvias, no puedo respaldar una operaci&#243;n de estas caracter&#237;sticas -coment&#243; Picasso-. Apoyar a un grupo paramilitar protestante es una cosa, pero participar activamente en el asesinato de un diplom&#225;tico estadounidense es muy distinto.

Comprendo que se halla en una situaci&#243;n dif&#237;cil, Picasso -reconoci&#243; el Director-, pero sab&#237;a desde el principio que algunas de las acciones que emprender&#237;a esta organizaci&#243;n chocar&#237;an con sus intereses personales. De hecho, &#233;se es el esp&#237;ritu de cooperaci&#243;n que encarna la Sociedad.

Lo entiendo, Director.

Y si el consejo ejecutivo da carta blanca a esta operaci&#243;n, no har&#225; usted nada para impedir que alcance el &#233;xito.

Tiene mi palabra, Director.

Muy bien.

El Director mir&#243; a su alrededor.

Los que est&#233;n a favor, que levanten la mano.


La reuni&#243;n acab&#243; al alba. Los miembros del consejo ejecutivo abandonaron la villa en direcci&#243;n a Chora, pero Picasso se qued&#243; para hablar a solas con el Director.

El incidente de Hartley Hall fue una trampa, &#191;verdad? -musit&#243; el Director con aire distante mientras contemplaba la salida del sol.

Fue un gran triunfo de nuestro servicio e impedir&#225; que nuestros detractores nos acusen de haber perdido facultades en el mundo de la posguerra fr&#237;a -coment&#243; Picasso-. Cre&#237;a que esta clase de resultados era el objetivo de nuestra organizaci&#243;n.

Lo es -asegur&#243; el Director con una sonrisa fugaz-. Ten&#237;a usted todo el derecho de actuar contra la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster para salvaguardar sus propios intereses. Pero ahora la Sociedad ha decidido ayudar a la Brigada a llevar a cabo una misi&#243;n concreta, el asesinato del embajador Cannon, y no debe impedirlo.

Lo comprendo, Director.

De hecho, incluso puede ayudar en algo.

&#191;En qu&#233;?

Tengo intenci&#243;n de asignar el caso a Octubre -explic&#243; el Director-. Por lo visto, Michael Osbourne se ha empe&#241;ado en encontrarlo y destruirlo.

Tiene sus razones.

&#191;El asunto de Sarah Randolph?

S&#237;.

Osbourne parec&#237;a un agente con talento -suspir&#243; el Director con aire decepcionado-. Esta fijaci&#243;n con la venganza es absurda. &#191;Cu&#225;ndo se meter&#225; en la mollera que no fue nada personal?

Me temo que nunca.

Tengo entendido que Osbourne es el encargado de la b&#250;squeda de Octubre.

Cierto, Director.

Tal vez lo mejor para todos los interesados ser&#237;a asignarle otras responsabilidades. A buen seguro, un agente de su experiencia podr&#237;a hacer cosas m&#225;s interesantes.

Estoy completamente de acuerdo con usted.

El Director carraspe&#243;.

O quiz&#225;s ser&#237;a mejor quitarlo de en medio del todo. Se nos acerc&#243; bastante en el asunto de TransAtlantic. Demasiado, para mi gusto.

No tengo ninguna objeci&#243;n, Director.

Hecho, entonces.

Daphne quer&#237;a tomar el sol, de modo que el Director accedi&#243; a rega&#241;adientes a pasar el resto del d&#237;a en Mikonos antes de volver a Londres. Daphne se tumb&#243; en la terraza, el largo cuerpo expuesto al sol. El Director nunca se cansaba de mirarla. Hac&#237;a mucho que hab&#237;a perdido la capacidad de hacer el amor (sospechaba que eran el secretismo, los largos a&#241;os de mentiras y disimulo lo que lo hab&#237;an dejado impotente), de modo que se dedicaba a admirar a Daphne como quien admira una pintura o una escultura de calidad. Era su posesi&#243;n m&#225;s preciada.

Era un hombre de talante inquieto pese a sus modales pl&#225;cidos, y a primera hora de la tarde ya hab&#237;a soportado suficiente sol y aire marino. Adem&#225;s, en el fondo de su coraz&#243;n era un hombre de acci&#243;n y ansiaba poner manos a la obra. Partieron al atardecer y cruzaron la isla en direcci&#243;n al aeropuerto. Aquella noche, despu&#233;s de que el avi&#243;n del Director despegara de Mikonos, una serie de explosiones sacudi&#243; la villa blanqueada de los acantilados del cabo de Mavros.


Stavros, el agente de la propiedad inmobiliaria, fue el primero en llegar. Llam&#243; a los bomberos por el m&#243;vil y contempl&#243; las llamas que devoraban la villa. Monsieur Delaroche le hab&#237;a dado un n&#250;mero de Par&#237;s. Lo marc&#243;, dispuesto a dar la mala noticia a su cliente, que su amada casa con vistas a la bah&#237;a de Panormos hab&#237;a sido pasto de las llamas.

El tel&#233;fono son&#243; una vez y a continuaci&#243;n se oy&#243; una voz grabada. Stavros sab&#237;a un poco de franc&#233;s, suficiente para comprender que el n&#250;mero marcado estaba fuera de servicio. Interrumpi&#243; la comunicaci&#243;n.

Se qued&#243; un rato a ver c&#243;mo los bomberos intentaban extinguir el incendio sin &#233;xito, baj&#243; a Ano Mera y entr&#243; en la taberna. Estaban los parroquianos de siempre, bebiendo vino y comiendo aceitunas y pan. Stavros les cont&#243; la historia.

Ese hombre, Delaroche, ten&#237;a algo raro -coment&#243; con una mueca mientras contemplaba el fondo turbio de un vaso de ouzo- Lo supe en cuanto lo vi.



32

Par&#237;s

Rebecca Wells viv&#237;a en Montparnasse, en un destartalado bloque de pisos a algunas manzanas de la estaci&#243;n de ferrocarril. Desde su huida de Norfolk hab&#237;a permanecido casi siempre encerrada en el espantoso cuchitril, mirando programas televisivos en franc&#233;s que no comprend&#237;a. A veces escuchaba las noticias de su pa&#237;s en la radio. La Brigada hab&#237;a sucumbido por su culpa.

Ten&#237;a que salir. Se levant&#243; del sof&#225; y fue a la ventana. Era un d&#237;a gris, como siempre, un d&#237;a fr&#237;o y tenebroso. Incluso el Ulster era mejor que Par&#237;s en marzo. Entr&#243; en el ba&#241;o y se mir&#243; al espejo. El reflejo era un rostro desconocido. Su espeso cabello negro estaba destrozado por el tinte oxigenado que hab&#237;a utilizado en Norwich, ten&#237;a la piel amarillenta por la falta de aire fresco y el exceso de cigarrillos, y la piel bajo sus ojos parec&#237;a amoratada.

Se puso una cazadora de cuero y se detuvo ante la puerta del dormitorio, escuchando el tintineo de las pesas. Llam&#243;, y el tintineo ces&#243; de inmediato. Roderick Campbell abri&#243; la puerta y se qued&#243; ante ella, descamisado, con el cuerpo enjuto reluciente de sudor. Campbell era un escoc&#233;s que hab&#237;a servido en el ej&#233;rcito brit&#225;nico antes de convertirse en mercenario y traficante de armas en &#193;frica y Sudam&#233;rica. Llevaba el cabello negro muy corto, perilla y los brazos y el pecho cubiertos de tatuajes. Una puta desnuda yac&#237;a en su cama, jugueteando con una de sus armas.

Voy salir; necesito aire fresco -mascull&#243; Rebecca.

Ten cuidado -advirti&#243; Campbell con el deje suave de su Escocia natal-. &#191;Quieres que te acompa&#241;e?

No, gracias.

Ll&#233;vate esto -le dijo el hombre al tiempo que le alargaba un arma.


El ascensor volv&#237;a a estar estropeado, as&#237; que baj&#243; a pie. Dios, c&#243;mo se alegraba de salir de ese antro. Estaba enfadada con Kyle Blake por haberle mandado a un hombre como Campbell, pero podr&#237;a ser peor, se dijo. Podr&#237;a estar en la c&#225;rcel o muerta como todos los dem&#225;s. El fr&#237;o le sent&#243; bien, y camin&#243; largo rato. De vez en cuando se deten&#237;a ante un escaparate para comprobar si la segu&#237;an, aunque estaba bastante segura de que no era as&#237;.

Por primera vez en mucho tiempo ten&#237;a hambre. Entr&#243; en un peque&#241;o caf&#233; y en su franc&#233;s deplorable pidi&#243; una tortilla de queso y un caf&#233; cr&#233;me. Encendi&#243; un cigarrillo y mir&#243; por el ventanal. Se pregunt&#243; si siempre vivir&#237;a de aquel modo, en ciudades desconocidas, rodeada de personas desconocidas.

Quer&#237;a acabar lo que hab&#237;an empezado; quer&#237;a ver muerto al embajador Cannon. Sab&#237;a que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ya no era capaz de manejar el asunto, pues ni siquiera exist&#237;a ya. Si quer&#237;a ver muerto al embajador, otro tendr&#237;a que encargarse de matarlo. Hab&#237;a acudido a Roderick Campbell en busca de ayuda, pues el escoc&#233;s conoc&#237;a a la clase de hombres que necesitaba, hombres que mataban por el &#250;nico motivo del dinero.

Cuando el camarero le llev&#243; la comida, Rebecca comi&#243; a dos carrillos. No recordaba la &#250;ltima vez que hab&#237;a ingerido comida de verdad. Se acab&#243; la tortilla y reg&#243; parte de la baguette con caf&#233;. El camarero volvi&#243; y se qued&#243; at&#243;nito al ver su plato vac&#237;o.

Es que estaba hambrienta -confes&#243; Rebecca con timidez.

Pag&#243; la cuenta y sali&#243;. Tras subirse el cuello de la cazadora, pase&#243; por las calles silenciosas de Montparnasse. Al cabo de unos instantes oy&#243; un coche a su espalda. Se detuvo en una cabina telef&#243;nica y fingi&#243; marcar un n&#250;mero mientras observaba el coche. Era un Citro&#235;n negro de tres vol&#250;menes, con dos hombres en los asientos delanteros y uno en el posterior. Tal vez la polic&#237;a francesa. Tal vez la inteligencia francesa, pens&#243; a rengl&#243;n seguido. Tal vez amigos de Roderick. Tal vez nada.

Apret&#243; el paso; de repente estaba sudando a pesar del fr&#237;o. El conductor del Citro&#235;n pis&#243; el acelerador, y el ruido del motor se intensific&#243;. Dios m&#237;o, van a atropellarme. Volvi&#243; la cabeza. El coche pas&#243; junto a ella y fren&#243; unos metros m&#225;s adelante.

La portezuela trasera derecha se abri&#243; y a ella se asom&#243; el hombre sentado en el asiento posterior.

Buenas tardes, se&#241;orita Wells.

Rebecca estaba estupefacta. Dej&#243; de andar y se lo qued&#243; mirando. Llevaba el cabello rubio engominado y peinado hacia atr&#225;s, y su tez p&#225;lida parec&#237;a quemada por el sol.

Suba al coche, por favor. No es seguro hablar en la calle.

Hablaba con el acento de un ingl&#233;s culto.

&#191;Qui&#233;nes son ustedes?

No somos las autoridades, si es eso lo que le preocupa -asegur&#243; el hombre-. De hecho, somos todo lo contrario.

&#191;Qu&#233; quieren?

Se trata m&#225;s bien de lo que quiere usted.

Rebecca titube&#243;.

Por favor, no tenemos demasiado tiempo -insisti&#243; el hombre rubio con la mano extendida-. Y no se preocupe, se&#241;orita Wells; si quisi&#233;ramos matarla, ya lo habr&#237;amos hecho.


De Montparnasse fueron a un bloque de pisos en el Distrito Quinto, un lugar en la ru&#233; Tournefort con vistas a la plaza de la Contrescarpe. El hombre rubio se alej&#243; en el Citro&#235;n. Un hombre calvo de tez rubicunda le quit&#243; el arma de Roderick y la escolt&#243; hasta el interior de un piso que parec&#237;a casi en desuso. El mobiliario era masculino y c&#243;modo, consistente en sof&#225;s negros de l&#237;nea informal y sillas agrupadas en torno a una mesa de caf&#233; de vidrio. Hab&#237;a tambi&#233;n librer&#237;as de teca con libros de historia, biograf&#237;as y libros de suspense escritos por autores estadounidenses e ingleses. Las dem&#225;s paredes aparec&#237;an desnudas, con marcas desva&#237;das dejadas por cuadros. El hombre cerr&#243; la puerta y marc&#243; un c&#243;digo de seis d&#237;gitos en un teclado, seguramente para activar el sistema de seguridad. Luego extendi&#243; la mano sin decir palabra y la condujo al dormitorio.


La habitaci&#243;n estaba a oscuras salvo por un pedazo cerca de la ventana, iluminado por la luz lluviosa que se filtraba a trav&#233;s de la persiana medio subida. Al cabo de unos instantes, un hombre habl&#243; entre las sombras. Ten&#237;a una voz seca y precisa, la voz de un hombre al que no le gusta repetir las cosas.

Tenemos entendido que busca a alguien capaz de asesinar al embajador estadounidense en Londres -dijo-. Creo que podemos ayudarla.

&#191;Qui&#233;n es usted?

Eso no es de su incumbencia. Pero le aseguro que somos perfectamente capaces de ejecutar su plan, y de una forma mucho m&#225;s limpia que en Hartley Hall.

Rebecca temblaba de furia, lo que el hombre de las sombras pareci&#243; detectar.

Me temo que en Norfolk les jugaron una mala pasada, se&#241;orita Wells -coment&#243;-. Cayeron de cabeza en la trampa que les tendieron la CIA y el MI5. El jefe de la operaci&#243;n era el yerno del embajador, que trabaja para la CIA. Se llama Michael Osbourne. &#191;Quiere que siga?

Rebecca asinti&#243; con un gesto.

Si acepta nuestra oferta, la ayudaremos sin cobrar nuestra tarifa habitual. Le aseguro que es bastante alta para un trabajo como &#233;ste, sospecho que fuera del alcance de una organizaci&#243;n como la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster.

&#191;Est&#225;n dispuestos a hacerlo gratis? -exclam&#243; Rebecca con incredulidad.

Exacto.

&#191;Y qu&#233; quieren de m&#237;?

A su debido tiempo, reivindicar&#225; la autor&#237;a del atentado.

&#191;Y ya est&#225;?

Ya est&#225;.

&#191;Y luego?

No tendr&#225; ninguna obligaci&#243;n para con nosotros, salvo la de guardar silencio acerca de nuestra colaboraci&#243;n. Si habla de ello, nos reservamos el derecho de tomar medidas de castigo.

Hizo una pausa para permitir que su advertencia hiciera mella en Rebecca.

Tal vez le resulte dif&#237;cil moverse cuando todo acabe -prosigui&#243; al cabo de unos instantes-. Si lo desea, podemos ofrecerle servicios que la ayudar&#225;n a seguir en libertad. Podemos proporcionarle documentaci&#243;n falsa, ayudarla a cambiar de aspecto, contactar con determinados gobiernos dispuestos a proteger a fugitivos a cambio de dinero o favores Una vez m&#225;s, estar&#237;amos dispuestos a prestarle dichos servicios de forma gratuita.

&#191;Por qu&#233;? -inquiri&#243; Rebecca-. &#191;Por qu&#233; est&#225;n dispuestos a trabajar gratis?

No somos una organizaci&#243;n filantr&#243;pica, se&#241;orita Wells. Estamos dispuestos a colaborar con usted porque tenemos intereses comunes.

De repente brill&#243; la llama de un encendedor, dejando al descubierto por un instante una parte de su rostro antes de que volvieran a hacerse las tinieblas. Cabello plateado, tez p&#225;lida, boca dura, ojos glaciales

No puede quedarse en Par&#237;s -asegur&#243;-. Las autoridades saben que est&#225; aqu&#237;.

Rebecca se sinti&#243; como si acabaran de echarle un vaso de agua helada por la nuca. La idea de que la detuvieran y la llevaran de vuelta a Gran Breta&#241;a encadenada la pon&#237;a f&#237;sicamente enferma.

Tiene que marcharse ahora mismo. Le sugiero Bahrein. El jefe de las fuerzas de seguridad es un antiguo colega m&#237;o. Estar&#225; a salvo, y a decir verdad, hay sitios peores que el Golfo P&#233;rsico en marzo. Hace un tiempo magn&#237;fico en esta &#233;poca del a&#241;o.

No me interesa pasarme el resto de mis d&#237;as tumbada junto a una piscina en Bahrein.

&#191;Qu&#233; quiere decir, se&#241;orita Wells?

Que quiero participar en la operaci&#243;n. Aceptar&#233; su ayuda, pero quiero estar presente cuando el embajador muera.

&#191;Est&#225; entrenada?

S&#237;.

&#191;Ha matado alguna vez?

Rebecca record&#243; aquella noche dos meses antes, el granero en el condado de Armagh en el que hab&#237;a matado a Charlie Bates.

S&#237;, he matado -asinti&#243; con voz neutra.

El hombre en el que he pensado para la misi&#243;n prefiere trabajar solo -se&#241;al&#243; el hombre-, pero sospecho que comprender&#225; la conveniencia de contar con una compa&#241;era para esta operaci&#243;n en concreto.

&#191;Cu&#225;ndo me voy?

Esta misma noche.

Me gustar&#237;a volver al piso para recoger algunas cosas.

Me temo que no es posible.

&#191;Qu&#233; hay de Roderick? &#191;Qu&#233; pensar&#225; si desaparezco sin dar ninguna explicaci&#243;n?

Deje que nosotros nos ocupemos de Roderick Campbell.


El hombre rubio condujo el Citro&#235;n de vuelta a Montparnasse y aparc&#243; delante del bloque de pisos en el que viv&#237;a Roderick Campbell. Se ape&#243; y cruz&#243; la calle con las llaves que le hab&#237;a robado a la mujer en la mano. Abri&#243; el portal y subi&#243; la escalera hasta el piso. Una vez delante de la puerta se sac&#243; la Herstal autom&#225;tica de alta potencia de la cinturilla de los vaqueros, abri&#243; la puerta y entr&#243; sigilosamente.



33

&#193;msterdam

Las previsiones meteorol&#243;gicas en la costa holandesa no estaban mal para el mes de marzo, de modo que Delaroche mont&#243; en su bicicleta de carretera italiana a primera hora de la ma&#241;ana y pedale&#243; hacia el sur. Llevaba mallas de ciclista negras largas y un jersey blanco de cuello alto bajo la sudadera amarillo canario, lo bastante ajustada para impedir que revoloteara al viento y lo bastante holgada para disimular la Beretta autom&#225;tica que llevaba en la sobaquera bajo la axila izquierda. Se dirigi&#243; hacia Leiden por Bloembollenstreek, la regi&#243;n productora de flores m&#225;s importante de Holanda. Sus fuertes piernas lo llevaban sin apenas esfuerzo por los campos ya inundados de color.

Durante un rato contempl&#243; el paisaje t&#237;picamente holand&#233;s, los diques y canales, los molinos de viento y los campos de flores, pero el rostro de Maurice Leroux no tard&#243; en colarse en sus pensamientos. Se le hab&#237;a aparecido en sue&#241;os la noche anterior, de pie ante &#233;l, blanco como la nieve, con dos agujeros en el pecho y llevando a&#250;n la est&#250;pida boina.

Soy de fiar. He operado a muchos como usted.

Delaroche lleg&#243; a Leiden y almorz&#243; en la terraza de un caf&#233; a orillas del Rin. All&#237;, a pocos kil&#243;metros de su desembocadura en el mar del Norte, el r&#237;o era estrecho y lento, muy distinto del torrente de monta&#241;a que nac&#237;a en los Alpes y del gigante industrial de la llanura alemana. Delaroche pidi&#243; caf&#233; y un bocadillo de jam&#243;n y queso.

La incapacidad de desterrar la imagen de Leroux de su inconsciente lo pon&#237;a nervioso. Por lo general, el per&#237;odo de inquietud tras un asesinato duraba muy poco. Sin embargo, hac&#237;a ya una semana que hab&#237;a matado a Leroux y su rostro a&#250;n lo atormentaba.

Pens&#243; en el hombre llamado Vladimir. Delaroche hab&#237;a sido separado de su madre al nacer y entregado al KGB. Vladimir hab&#237;a sido su mundo. Le hab&#237;a ense&#241;ado el oficio y varias lenguas, adem&#225;s de intentar inculcarle algo sobre la vida antes de ense&#241;arle a matar. Vladimir le hab&#237;a advertido que eso suceder&#237;a tarde o temprano. Alg&#250;n d&#237;a quitar&#225;s una vida y ese hombre te seguir&#225; -le hab&#237;a dicho-. Comer&#225; contigo, compartir&#225; tu cama Y cuando eso suceda, habr&#225; llegado el momento de dejar la profesi&#243;n, porque un hombre que ve fantasmas ya no puede comportarse como un profesional.

Delaroche pag&#243; la cuenta y sali&#243; del caf&#233;. El tiempo empeor&#243; a medida que se acercaba al mar del Norte. El cielo se encapot&#243;, y el aire se torn&#243; m&#225;s fr&#237;o. Pedale&#243; con el viento en contra hasta Haarlem.

Tal vez Vladimir ten&#237;a raz&#243;n. Tal vez hab&#237;a llegado el momento de dejar el juego antes de que el juego acabara con &#233;l. Pod&#237;a volver al Mediterr&#225;neo y pasar los d&#237;as montando en bicicleta, pintando y bebiendo vino en la terraza con vistas al mar. A la mierda Vladimir, a la mierda su padre, a la mierda el Director y todos los que le hab&#237;an impuesto esa clase de vida. Tal vez encontrara a una mujer, una mujer como Astrid Vogel, una mujer con suficientes secretos propios para poder compartir los suyos.

Una vez hab&#237;a intentado dejarlo, hab&#237;a planeado retirarse con Astrid y vivir con ella en la clandestinidad, pero tras la muerte de Astrid el proyecto carec&#237;a de sentido, y el Director le hab&#237;a hecho una oferta demasiado jugosa para rechazarla. No mataba para la Sociedad por convicci&#243;n, sino que trabajaba para el Director porque &#233;ste le pagaba cantidades astron&#243;micas de dinero y le proporcionaba protecci&#243;n contra sus enemigos. Si dejaba la Sociedad, tendr&#237;a que arregl&#225;rselas solo; tendr&#237;a que encargarse de su seguridad o bien encontrar a otro protector.

Entr&#243; en Haarlem y cruz&#243; el r&#237;o Spaarne. &#193;msterdam se hallaba a poco m&#225;s de veinte kil&#243;metros de distancia, un buen paseo a orillas del Noordzeekanaal. Ahora ten&#237;a el viento de cola, la carretera era llana y buena, de modo que apenas tard&#243; media hora en llegar a la ciudad.

Se tom&#243; su tiempo para volver a Herengracht. Por fin entr&#243; en su piso y revis&#243; las trampas que siempre dejaba para comprobar si alguien hab&#237;a visitado su casa durante su ausencia. Hab&#237;a otra nota de Eva garabateada a toda prisa. Quiero volver a verte, cabr&#243;n de mierda. Eva.

Encendi&#243; el ordenador y accedi&#243; a Internet. Ten&#237;a un mensaje de correo electr&#243;nico. Lo abri&#243; y tecle&#243; su contrase&#241;a. Era del Director; quer&#237;a reunirse con &#233;l al d&#237;a siguiente en el Vondelpark.

Delaroche le envi&#243; un mensaje asegur&#225;ndole que acudir&#237;a.


A la ma&#241;ana siguiente, Delaroche deambul&#243; por los puestos del mercado Albert Cuypmarkt, situado en el Anillo del Canal del Este, verificando una y otra vez si lo segu&#237;an mientras examinaba las cestas cargadas de fruta, pescado del mar del Norte, quesos holandeses y flores reci&#233;n cortadas. Tras constatar que no lo segu&#237;an, recorri&#243; la distancia que separaba el mercado del Vondelpark, los extensos jardines p&#250;blicos en las inmediaciones del distrito de los museos. No tard&#243; en ver al Director, que estaba sentado en un banco a la orilla del estanque de patos junto a su alta amiga jamaicana.

El Director no hab&#237;a visto a Delaroche desde la intervenci&#243;n quir&#250;rgica realizada en Atenas. A Delaroche no le gustaban los juegos ni otras diversiones, pues el aislamiento y secretismo de su vida lo hab&#237;an despojado de cualquier oportunidad de desarrollar sentido del humor alguno, pero decidi&#243; gastar una broma al Director para comprobar la eficacia del trabajo que Maurice Leroux hab&#237;a realizado en su rostro.

Se desliz&#243; un cigarrillo entre los labios y se puso las gafas de sol. Acto seguido se acerc&#243; al Director y le pidi&#243; fuego en holand&#233;s. El Director le alarg&#243; un pesado encendedor de plata. Delaroche se encendi&#243; el cigarrillo y le devolvi&#243; el encendedor.

Dank u -dijo.

El Director respondi&#243; con un adem&#225;n ausente mientras se guardaba el encendedor en el bolsillo del abrigo.

Delaroche se alej&#243; por el sendero, pero al cabo de unos instantes volvi&#243; y se sent&#243; junto al Director mientras daba cuenta de una pera que hab&#237;a comprado en el mercado. El Director y la chica se levantaron y fueron a sentarse en otro banco. Delaroche los observ&#243; unos instantes con expresi&#243;n curiosa, se levant&#243; y volvi&#243; a sentarse junto a ellos.

El Director frunci&#243; el ce&#241;o.

Oiga, &#191;le importar&#237;a?

Me parece que quer&#237;a verme -lo interrumpi&#243; Delaroche al tiempo que se quitaba las gafas.

Dios m&#237;o -musit&#243; el Director-. &#191;Es usted?

Me temo que s&#237;.

Tiene un aspecto espantoso. No me extra&#241;a que matara a ese pobre diablo.


Tengo un trabajo para usted.

Los ojos del Director se mov&#237;an sin cesar de un lado al otro mientras los dos hombres caminaban por uno de los senderos que surcaban Vondelpark. Hab&#237;a empezado como agente de campo, aterrizando en paraca&#237;das en Francia con el SOE durante la guerra y supervisando agentes en Berl&#237;n contra los rusos, y su instinto de supervivencia segu&#237;a muy aguzado.

&#191;Est&#225; al corriente de la situaci&#243;n en Irlanda del Norte? -pregunt&#243; a Delaroche.

Leo los peri&#243;dicos.

Entonces sabr&#225; que una banda terrorista protestante llamada Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster intent&#243; sin &#233;xito matar al embajador estadounidense en Londres, Douglas Cannon.

S&#237;, lo he le&#237;do -asinti&#243; Delaroche.

Lo que no sabe es que el equipo encargado del asesinato cay&#243; en una trampa tendida por el MI5 y la CIA. El agente de la CIA al mando era un viejo amigo suyo.

&#191;Osbourne? -espet&#243; Delaroche.

El Director asinti&#243;.

Ni que decir tiene que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster quiere ver muertos al embajador y su yerno, y hemos accedido a hacerles el trabajo.

&#191;Con qu&#233; fin?

La Brigada quiere desbaratar el proceso de paz, y nosotros tambi&#233;n, la verdad. No es bueno para el negocio. Dentro de menos de dos semanas, el d&#237;a de San Patricio, el presidente Beckwith se reunir&#225; con varios dirigentes de Irlanda del Norte en la Casa Blanca. Douglas Cannon tambi&#233;n asistir&#225;.

&#191;Est&#225; seguro?

Tengo una fuente infalible. A los estadounidenses se les da bien proteger a sus embajadores en el extranjero, pero en casa ya es otra historia. Cannon tendr&#225; poca o ninguna protecci&#243;n. A un profesional de su talento no deber&#237;a resultarle dif&#237;cil cumplir la misi&#243;n.

&#191;Acaso me queda otro remedio?

Perm&#237;tame que le recuerde que le pago much&#237;simo dinero y le doy protecci&#243;n -mascull&#243; el Director con frialdad-. A cambio, usted mata para m&#237;, as&#237; de sencillo.

Delaroche sab&#237;a que el Director utilizar&#237;a cuantos medios tuviera a su alcance para lograr sus objetivos.

A decir verdad, cre&#237;a que le encantar&#237;a la perspectiva de matar a su viejo enemigo -coment&#243; el Director.

&#191;Y por qu&#233; cre&#237;a eso?

Por Astrid Vogel. Me sorprende que no haya matado a Osbourne por su cuenta.

No lo he matado porque no me han contratado para matarlo -espet&#243; Delaroche-. Soy un asesino a sueldo, no un mat&#243;n vulgar y corriente.

Algunas personas considerar&#237;an que no existe diferencia alguna entre ambos t&#233;rminos, pero comprendo lo que quiere decir y le respeto por ello. Sin embargo, Osbourne sigue representando una grave amenaza para nuestra seguridad. Dormir&#237;a m&#225;s tranquilo si supiera que ya no est&#225; entre nosotros.

Delaroche se detuvo y se volvi&#243; hacia &#233;l.

Dos semanas no es mucho tiempo, sobre todo para un trabajo en Estados Unidos.

Seguro que es tiempo suficiente para usted.

De acuerdo, lo har&#233; -accedi&#243; Delaroche.

Estupendo. Y ahora que se ha mostrado de acuerdo, le dir&#233; el resto. Quiero que trabaje con alguien.

No trabajo con gente a la que no conozco.

Lo comprendo, pero le ruego que haga una excepci&#243;n en este caso.

&#191;Qui&#233;n es?

Es una mujer; se llama Rebecca Wells. Es la mujer que sobrevivi&#243; al intento de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster de asesinar a Douglas Cannon en Inglaterra.

Es una aficionada -objet&#243; Delaroche.

Es una agente operativa curtida y ha pasado lo suyo. Por razones pol&#237;ticas consideramos importante que participe en la operaci&#243;n. Estoy seguro de que disfrutar&#225; de la oportunidad de trabajar con ella.

&#191;Y si me niego?

Entonces me temo que pondr&#225; en peligro su sueldo y la protecci&#243;n que le proporciono.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

Siga unos cien metros -indic&#243; el Director, se&#241;alando el sendero de grava-. La ver&#225; sentada en un banco. Es rubia y est&#225; leyendo Die Welt. Empezar&#233; a preparar los expedientes y a organizar el transporte a Estados Unidos. Qu&#233;dese en &#193;msterdam hasta que me ponga en contacto con usted.

Dicho aquello, el Director gir&#243; sobre sus talones y se perdi&#243; en la bruma que cubr&#237;a Vondelpark.


Delaroche compr&#243; un plano del centro de &#193;msterdam en un quiosco tur&#237;stico del parque y se sent&#243; en el banco contiguo al de Rebecca Wells, que con toda diligencia fing&#237;a leer la edici&#243;n del d&#237;a anterior de Die Welt. No le interesaba tanto la mujer como lo que acontec&#237;a a su alrededor. Durante veinte minutos se dedic&#243; a escudri&#241;ar rostros en busca de agentes de vigilancia. La mujer parec&#237;a estar sola, pero quer&#237;a cerciorarse. Traz&#243; un c&#237;rculo en torno a un punto del mapa y se acerc&#243; a ella.

Re&#250;nase conmigo aqu&#237; dentro de dos horas exactamente -orden&#243; al tiempo que le alargaba el mapa-. No pare de moverse y no se adelante ni un minuto.


El lugar que Delaroche hab&#237;a marcado en el mapa era el Monumento Nacional de la plaza Dam. Rebecca Wells permaneci&#243; en el parque otra media hora, paseando por los jardines y a orillas de los estanques. En una ocasi&#243;n dio media vuelta con mucha destreza y oblig&#243; a Delaroche a esconderse en unos servicios p&#250;blicos.

Por fin sali&#243; del parque y se dirigi&#243; hacia el museo Van Gogh; compr&#243; una entrada en la taquilla del vest&#237;bulo principal y entr&#243;. Delaroche la sigui&#243; sin dificultad por el concurrido museo. Van Gogh hab&#237;a sido una de sus primeras influencias; Delaroche se distrajo en la contemplaci&#243;n de una de sus obras predilectas, Campo de trigo con cuervos, y la perdi&#243;. La localiz&#243; al cabo de unos instantes, mirando Habitaci&#243;n de Vincent en Arles. Algo en el colorido lienzo, tal vez el afecto con que van Gogh hab&#237;a plasmado la paz dom&#233;stica, parec&#237;a intrigarla.

Rebecca sali&#243; del museo, deambul&#243; por el mercado y camin&#243; a lo largo del Singel hasta llegar al r&#237;o Amstel. De repente subi&#243; a un tranv&#237;a que pasaba. Delaroche par&#243; un taxi y la sigui&#243;.

Rebecca fue en tranv&#237;a hasta Leidseplein y se dirigi&#243; a un caf&#233; al aire libre cerca del American Hotel, donde tom&#243; caf&#233; y una pasta. Delaroche la observaba desde un caf&#233; al otro lado del canal. La mujer pag&#243; la cuenta y se levant&#243;, pero en lugar de alejarse por la acera entr&#243; en el caf&#233;.

Delaroche cruz&#243; el canal a toda prisa y pregunt&#243; en holand&#233;s al camarero si hab&#237;a visto a su novia, una irlandesa de pelo rubio oxigenado. El camarero se&#241;al&#243; la puerta de los servicios. Delaroche llam&#243; a la puerta y al no obtener respuesta la abri&#243;; la mujer se hab&#237;a esfumado. Se asom&#243; a la cocina y vio que ten&#237;a una entrada de servicio que daba a un callej&#243;n estrecho. Atraves&#243; la cocina sin hacer caso de las protestas de los cocineros y sali&#243; al callej&#243;n. Ni rastro de la mujer.

Cogi&#243; el tranv&#237;a hasta la plaza Dam y la encontr&#243; sentada junto a uno de los leones al pie del Monumento Nacional. La mujer mir&#243; el reloj con una sonrisa.

&#191;D&#243;nde se hab&#237;a metido? Estaba preocupada por usted.

No la sigue nadie -constat&#243; Delaroche al tiempo que se sentaba junto a ella-, pero se mueve como una aficionada.

Le he despistado, &#191;no?

Soy un hombre solo y a pie. Cualquiera puede despistar a un hombre solo que va a pie.

Esc&#250;cheme, cabr&#243;n. Soy de Portadown, Irlanda del Norte, as&#237; que no me joda. Tengo fr&#237;o, estoy cansada y hasta las narices de esto. El viejo dice que tiene alojamiento para m&#237;, as&#237; que en marcha.


Caminaron en silencio por Prinsengracht hasta llegar al Krista. Delaroche salt&#243; a la cubierta y alarg&#243; la mano para ayudar a Rebecca. Rebecca permaneci&#243; en la acera, mir&#225;ndolo como si se hubiera vuelto loco.

Si cree que voy a vivir en una puta barcaza es que

No es una barcaza -la ataj&#243; Delaroche-. D&#233;me la mano; se lo ense&#241;ar&#233;.

Rebecca subi&#243; a bordo sin su ayuda y lo observ&#243; mientras abr&#237;a el candado de la escotilla de la escalera de c&#225;mara. Lo sigui&#243; al camarote y contempl&#243; el c&#243;modo mobiliario.

&#191;Es suyo el barco? -inquiri&#243;.

No, es de una amiga m&#237;a.

Rebecca intent&#243; encender una de las l&#225;mparas, pero sin &#233;xito. Delaroche subi&#243; de nuevo a cubierta, cogi&#243; el cable de corriente del barco y lo enchuf&#243; a una caja p&#250;blica que estaba en la acera. Al cabo de un instante, el Krista aparec&#237;a ba&#241;ado en la c&#225;lida luz de las l&#225;mparas.

&#191;Tiene dinero? -pregunt&#243; Delaroche mientras bajaba de nuevo la escalera.

El viejo me dio un poco -repuso Rebecca-. &#191;Qui&#233;n es, por cierto?

Lo llaman el Director.

&#191;Director de qu&#233;?

De la organizaci&#243;n que la est&#225; ayudando a matar al embajador.

&#191;Y c&#243;mo se llama esa organizaci&#243;n?

Delaroche guard&#243; silencio.

&#191;No lo sabe?

S&#237; que lo s&#233;.

&#191;Sabe qui&#233;n pertenece a ella?

Me he ocupado de averiguarlo.

Rebecca cruz&#243; el camarote y se sent&#243; sobre la cama de Astrid. Delaroche encendi&#243; el calefactor.

&#191;Tiene usted nombre? -quiso saber Rebecca.

A veces.

&#191;C&#243;mo debo llamarlo?

Puede quedarse aqu&#237; hasta que nos vayamos a Am&#233;rica -dijo Delaroche sin hacer caso de su pregunta-. Necesitar&#225; ropa limpia y comida. Le traer&#233; algunas cosas esta misma tarde. &#191;Fuma?

Rebecca asinti&#243;.

Delaroche le arroj&#243; un paquete de cigarrillos.

Le traer&#233; m&#225;s.

Gracias.

&#191;Sabe alg&#250;n idioma extranjero?

No.

Delaroche lanz&#243; un resoplido y mene&#243; la cabeza.

No necesitaba idiomas extranjeros para operar en Irlanda del Norte.

Esto no es Irlanda del Norte. &#191;Puede hacer algo con su acento?

&#191;Qu&#233; le pasa a mi acento?

Pues que es como si llevara un faj&#237;n orangista.

Puedo hablar como una inglesa.

H&#225;galo, por favor.

Y sin decir otra palabra, subi&#243; la escalera y cerr&#243; la escotilla tras de s&#237;.



34

Cuartel General de la CIA  Washington

Una semana despu&#233;s de que el Director se reuniera con Delaroche en &#193;msterdam, Michael Osbourne regres&#243; al Centro de Antiterrorismo por primera vez desde que saliera de Londres. Tecle&#243; su c&#243;digo en el panel situado junto a la puerta y entr&#243;. Carter estaba sentado a su mesa, inclinado sobre una pila de informes, a todas luces enojado. Al ver a Michael frunci&#243; el ce&#241;o.

Vaya, vaya, sir Michael ha decidido honrarnos con su presencia -se mof&#243;.

S&#243;lo es un t&#237;tulo de caballer&#237;a, Carter. Puedes llamarme majestad.

Bienvenido a casa -exclam&#243; Carter con una sonrisa-. Te hemos echado de menos. &#191;Est&#225;s bien?

No podr&#237;a estar mejor.

Tienes diez minutos para ponerte al d&#237;a. Luego quiero veros a ti y a Cynthia en mi despacho.

Vale, nos vemos dentro de media hora.

Michael recorri&#243; el bulevar Abu Nidal hasta su cub&#237;culo. Un graciosillo del Centro hab&#237;a colgado una enorme bandera brit&#225;nica de la pared del cub&#237;culo, y de una peque&#241;a grabadora surg&#237;an los acordes de Dios salve a la reina.

Muy gracioso -mascull&#243; sin dirigirse a nadie en particular.

En aquel momento aparecieron Resplandor y Eurobasura seguidos de Cynthia Martin y Gigabyte.

S&#243;lo quer&#237;amos decorar un poco el lugar en tu honor, sir Michael -coment&#243; Resplandor-. Ya sabes, para que se pareciera menos a Langley y m&#225;s a tu hogar.

Qu&#233; amables.

Resplandor, Eurobasura y Gigabyte se alejaron cantando con voz ronca El es ingl&#233;s. Cynthia se sent&#243; frente a Michael.

Felicidades, Michael. Has hecho un buen trabajo.

Gracias.

Creo que, en el fondo de mi coraz&#243;n, estaba deseando que te la pegaras. No es nada personal, ya me entiendes.

Al menos eres sincera.

La sinceridad siempre ha sido uno de mis puntos d&#233;biles.

Michael sonri&#243;.

Mi suegro llega a Washington un par de d&#237;as antes de la conferencia sobre Irlanda del Norte que se celebrar&#225; en la Casa Blanca. Quiere pasar alg&#250;n tiempo con sus nietos y ver a algunos viejos amigos del Capitolio. La noche antes de la conferencia damos una peque&#241;a fiesta. &#191;Por qu&#233; no vienes? S&#233; que a Douglas le encantar&#237;a conocer tus opiniones.

Encantada.

Michael garabate&#243; su direcci&#243;n en un papel y se lo alarg&#243;.

A las siete.

Ah&#237; estar&#233; -asegur&#243; Cynthia, doblando el papel-. Nos vemos en el despacho de Carter.

Michael se sent&#243;, encendi&#243; el ordenador y ley&#243; las noticias de las agencias. Una patrulla de la polic&#237;a del Ulster hab&#237;a encontrado un coche con cien kilos de Semtex en el condado de Antrim, en las afueras de Belfast. Al parecer, los explosivos pertenec&#237;an a una facci&#243;n republicana llamada IRA Aut&#233;ntico. Michael cerr&#243; la noticia y abri&#243; otra. Un cat&#243;lico hab&#237;a sido asesinado a tiros cerca de Banbridge, en el condado de Down. La polic&#237;a del Ulster sospechaba que la Fuerza de Voluntarios Lealistas, un grupo protestante extremista y ultraviolento, era la autora del atentado. Michael abri&#243; la siguiente noticia. La logia de la Orden de Orange de Portadown hab&#237;a presentado una propuesta de itinerario para su desfile anual. Una vez m&#225;s exig&#237;a el derecho a marchar por Garvaghy Road. La temporada de los desfiles de ese verano promet&#237;a ser tan conflictiva como la del anterior.

Apag&#243; el ordenador y entr&#243; en el despacho de Carter. Cynthia ya estaba all&#237;.

Espero que no teng&#225;is planes para las pr&#243;ximas cuarenta y ocho horas -empez&#243; Carter.

Nuestro &#250;nico plan es la Agencia, Adrian -repuso Michael.

Acabo de hablar por tel&#233;fono con Bill Bristol.

&#191;Y se supone que tenemos que estar impresionados porque has hablado con el consejero de seguridad nacional del presidente?

&#191;Por qu&#233; no cierras el pico un momento y me dejas acabar?

Cynthia Martin esboz&#243; una sonrisa y baj&#243; la mirada hacia su cuaderno.

Beckwith est&#225; como una moto por lo de la conferencia sobre Irlanda del Norte -prosigui&#243; Carter-. Parece que su popularidad ha bajado y quiere aprovechar el proceso de paz para ganar puntos.

Qu&#233; bien -exclam&#243; Michael-. &#191;Y c&#243;mo podemos ayudarle?

Asegur&#225;ndoos de que est&#225; preparado para la conferencia. Necesita informaci&#243;n completa sobre la situaci&#243;n en el Ulster, datos de fondo e informaci&#243;n confidencial para saber hasta qu&#233; punto puede presionar a lealistas y nacionalistas en el proceso de paz. Quiere saber si consideramos buena idea una visita oficial a Irlanda del Norte dadas las circunstancias.

&#191;Cu&#225;ndo? -inquiri&#243; Michael.

T&#250; y Cynthia os reunir&#233;is con Bristol en la Casa Blanca pasado ma&#241;ana.

Ah, bueno, cre&#237;a que me ibas a dar una fecha totalmente imposible.

Si cre&#233;is que no pod&#233;is manejar el asunto

S&#237; podemos.

Ya me parec&#237;a a m&#237;.

Michael y Cynthia se levantaron.

Qu&#233;date un momento, Michael -pidi&#243; Carter.

&#191;Quer&#233;is hablar de m&#237; a mis espaldas? -se burl&#243; Cynthia.

&#191;C&#243;mo lo has adivinado?

Cynthia lo mir&#243; con cara de pocos amigos y sali&#243;.

No hagas planes para el almuerzo, Michael -orden&#243; Carter.


El comedor de la CIA se encuentra en la s&#233;ptima planta, tras una pesada puerta met&#225;lica que parece conducir a la sala de calderas. Anta&#241;o recib&#237;a el nombre de comedor ejecutivo, pero la secci&#243;n de personal hab&#237;a averiguado que los empleados de menor rango consideraban ofensivo el apelativo. As&#237; pues, la Agencia elimin&#243; lo de ejecutivo y abri&#243; el restaurante a todos los empleados. T&#233;cnicamente, los trabajadores del almac&#233;n pod&#237;an subir a comer entre subdirectores y jefes de divisi&#243;n, pero casi todos ellos prefer&#237;an la cantina del s&#243;tano, conocida afectuosamente como el antro de la bazofia, donde pod&#237;an chismorrear sin miedo a que sus superiores los oyeran.

Monica Tyler estaba sentada a una mesa junto a la ventana con vistas a los &#225;rboles que bordeaban el Potomac. Sus dos fact&#243;tums omnipresentes, llamados despectivamente Tarar&#237; y Tarar&#225;, se sentaban junto a ella con sendas carpetas de cuero bien sujetas en las manos, como si contuvieran los arcanos de la antig&#252;edad. Las mesas circundantes estaban desocupadas; Monica Tyler pose&#237;a el talento de crear un vac&#237;o a su alrededor, como un psic&#243;pata con una carga de explosivos.

Monica permaneci&#243; sentada cuando Michael y Carter entraron. Una camarera les llev&#243; cartas y tarjetas de pedido. Los comensales del comedor no ped&#237;an de palabra, sino que deb&#237;an cumplimentar con toda meticulosidad un peque&#241;o formulario y sumarse ellos mismos la cuenta. Los chistosos de la Agencia dec&#237;an que los formularios se recog&#237;an al final de cada d&#237;a y se enviaban al departamento de personal para ser sometidos a evaluaci&#243;n psicol&#243;gica. Carter intent&#243; en vano conversar de nimiedades con Monica mientras se debat&#237;a con el complicado impreso. Michael sab&#237;a que el almuerzo se cargar&#237;a a la cuenta de la directora, de modo que seleccion&#243; los platos m&#225;s caros, c&#243;ctel de gambas, tartaletas de cangrejo y cr&#233;me br&#251;l&#233;e de postre. Tarar&#225; rellen&#243; el impreso de Monica.

Ahora que has conseguido neutralizar a la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster -empez&#243; Monica de repente-, creemos que ha llegado el momento de que dejes el equipo de Irlanda del Norte y te dediques a algo m&#225;s productivo.

Michael mir&#243; a Carter, quien se encogi&#243; de hombros.

&#191;Qui&#233;n lo cree? -inquiri&#243;.

Monica alz&#243; la vista de la ensalada como si la pregunta le pareciera una impertinencia.

La s&#233;ptima planta, por supuesto -espet&#243;.

A decir verdad, esperaba poder pasar m&#225;s tiempo trabajando en el caso Octubre -coment&#243; Michael.

A decir verdad, tengo intenci&#243;n de apartarte del todo del caso Octubre.

Michael apart&#243; de s&#237; el c&#243;ctel de gambas a medio comer y dej&#243; la servilleta sobre la mesa.

Parte de nuestro acuerdo sobre mi regreso a la Agencia se basaba en que podr&#237;a pasar parte del tiempo buscando a Octubre. &#191;Por qu&#233; intentas incumplirlo?

Para serte franca, Michael, Adrian cre&#237;a que permitirte buscar a Octubre bastar&#237;a para convencerte de que volvieras. A m&#237; no me parec&#237;a buena idea y sigue sin parec&#233;rmelo. Has vuelto a demostrar que eres un agente muy efectivo y no ser&#237;a correcto por mi parte permitirte continuar trabajando en un caso que con toda probabilidad no llegar&#225; a ning&#250;n lado.

Pero si ya ha llegado a alg&#250;n lado, Monica. He demostrado que Octubre sigue vivo y en activo como asesino y terrorista.

No, Michael, no has demostrado que sigue vivo. Tienes la teor&#237;a de que sigue vivo, una teor&#237;a basada en la ampliaci&#243;n de la fotograf&#237;a de una mano. No me parece una prueba contundente que digamos.

En esta profesi&#243;n casi nunca tenemos pruebas contundentes, Monica.

No me sermonees, Michael.

Ambos enmudecieron cuando apareci&#243; la camarera para retirar los platos.

Hemos dado aviso a la Interpol y a nuestros aliados -prosigui&#243; Monica-. Poco m&#225;s podemos hacer. A estas alturas es asunto de las fuerzas policiales, y esto no es una fuerza policial.

No estoy de acuerdo -objet&#243; Michael.

&#191;En qu&#233;?

Ya sabes en qu&#233;.

Los ac&#243;litos de Monica se removieron inquietos en sus sillas. Carter jugueteaba con un hilillo suelto del mantel. Nada enfurec&#237;a m&#225;s a Monica Tyler que verse desafiada por alguien que estaba por debajo de ella en la jerarqu&#237;a.

Alguien contrat&#243; a Octubre para asesinar a Ahmed Hussein -insisti&#243; Michael-. Alguien le proporciona protecci&#243;n, documentos, dinero. Tenemos que encontrar a su patrocinador. Eso es trabajo de inteligencia, no policial.

Una vez m&#225;s presupones que Octubre era el hombre de El Cairo, Michael. Podr&#237;a haber sido un agente israel&#237;, un rival de Hamas, un asesino de la OLP.

Podr&#237;a haber sido un pato pequin&#233;s, pero no lo fue. Fue Octubre.

No estoy de acuerdo -replic&#243; Monica.

Sonri&#243; para dar a entender que hab&#237;a tomado prestadas las palabras de Michael adrede y lo estudi&#243; detenidamente como si buscara el mejor lugar para clavar la daga.

&#191;Qu&#233; tienes pensado? -cedi&#243; por fin Michael.

El proceso de paz en Oriente Pr&#243;ximo est&#225; en la cuerda floja -explic&#243; Monica-. Hamas est&#225; colocando bombas en Jerusal&#233;n, y hemos sabido que la Espada de Gaza est&#225; a punto de operar en Europa. Con toda probabilidad, eso significa que sus objetivos ser&#225;n estadounidenses. Quiero que ultimes los preparativos para la conferencia sobre Irlanda del Norte que se celebrar&#225; en la Casa Blanca y que luego vuelvas a ocuparte de la Espada de Gaza.

&#191;Y si no me interesa?

Entonces me temo que tu regreso a la Agencia Central de Inteligencia, si bien muy fruct&#237;fero, ser&#225; breve en extremo.


Morton Dunne era a la Agencia lo que Q al servicio secreto de James Bond. Dunne, jefe adjunto de la Oficina de Servicios T&#233;cnicos, fabricaba bol&#237;grafos explosivos y transmisores de alta frecuencia que pod&#237;an ocultarse en la hebilla de un cintur&#243;n. Era un ingeniero t&#233;cnico formado en el MIT que podr&#237;a haber ganado cinco veces m&#225;s en el sector privado, pero hab&#237;a optado por la Agencia porque la parafernalia del espionaje siempre lo hab&#237;a intrigado. En su tiempo libre se encargaba del mantenimiento de las c&#225;maras y armas antiguas del museo particular de la Agencia. Asimismo, era uno de los dise&#241;adores de cometas experimentales m&#225;s importantes del mundo. Los fines de semana se le pod&#237;a encontrar en la Elipse, haciendo volar sus creaciones en los alrededores del Monumento a Washington. En cierta ocasi&#243;n hab&#237;a colocado una minic&#225;mara de alta resoluci&#243;n en una cometa y fotografiado cada cent&#237;metro del jard&#237;n sur de la Casa Blanca.

Supongo que tienes autorizaci&#243;n -coment&#243; sentado ante una gran pantalla de ordenador.

Era el t&#237;pico licenciado del MIT, delgado, p&#225;lido, con gafas de montura met&#225;lica que siempre le resbalaban nariz abajo.

No puedo hacerlo sin el permiso de tu jefe.

Te traer&#233; la autorizaci&#243;n esta misma tarde, pero necesito las fotos ahora mismo.

Dunne pos&#243; los dedos sobre el teclado.

&#191;C&#243;mo dices que se llama?

Octubre. Es la cara que hicimos el mes pasado para lo de la Interpol.

Ah, s&#237;, ya me acuerdo -asinti&#243; Dunne mientras sus dedos volaban sobre las teclas; al cabo de un instante, el rostro de Octubre apareci&#243; en pantalla-. &#191;Qu&#233; quieres que haga?

Creo que se ha hecho la cirug&#237;a pl&#225;stica para cambiar de aspecto -se&#241;al&#243; Michael-, y estoy casi seguro de que lo oper&#243; un franc&#233;s llamado Maurice Leroux.

El doctor Leroux podr&#237;a haber hecho varias cosas para cambiar su aspecto.

&#191;Puedes mostrarme algunas? -pidi&#243; Michael-. &#191;Darme una serie completa de fotos? C&#225;mbiale el pelo, ponle barba, lo de siempre.

Tardar&#233; un buen rato.

Esperar&#233;.

Si&#233;ntate all&#237; -orden&#243; Dunne-. Y por el amor de Dios, Osbourne, no toques nada.

Era poco despu&#233;s de medianoche cuando el Town Car con ch&#243;fer de Monica Tyler lleg&#243; al complejo de Harbor Place, situado a orillas del Potomac en Georgetown. El guardaespaldas le abri&#243; la puerta y la sigui&#243; por el vest&#237;bulo hasta el ascensor. Luego la acompa&#241;&#243; hasta la puerta del piso y se qued&#243; all&#237; cuando ella entr&#243;.

Monica llen&#243; la ba&#241;era de su enorme cuarto de ba&#241;o y se desvisti&#243;. En Londres despuntaba el alba. El Director era muy madrugador, y sab&#237;a que llegar&#237;a a su despacho al cabo de pocos minutos. Se meti&#243; en la ba&#241;era y se relaj&#243; en el agua caliente. Al salir se envolvi&#243; en un mullido albornoz blanco.

Entr&#243; en el sal&#243;n y se sent&#243; a la mesa de caoba. Sobre ella se posaban tres tel&#233;fonos. Una centralita de ocho l&#237;neas, un tel&#233;fono interno para comunicar con Langley y un tel&#233;fono seguro que le permit&#237;a sostener conversaciones sin temor a que la espiaran. Mir&#243; el reloj dorado antiguo, un regalo de su antigua empresa de Wall Street. Era la una menos cuarto.

Monica pens&#243; en las circunstancias, las casualidades, las alianzas pol&#237;ticas y la suerte que la hab&#237;an llevado hasta la cima de la Agencia Central de Inteligencia. Se hab&#237;a licenciado segunda de su promoci&#243;n en la Facultad de Derecho de Yale, pero en lugar de entrar a trabajar en uno de los grandes bufetes fue a Harvard para a&#241;adir un m&#225;ster en administraci&#243;n de empresas a su curr&#237;culum. De ah&#237; fue a Wall Street para ganar dinero. En Wall Street conoci&#243; a Ronald Clark, un recaudador de fondos republicano y hombre de gran sabidur&#237;a que entraba y sal&#237;a de Washington cada vez que los republicanos mandaban en la Casa Blanca. Monica sigui&#243; a Clark al Tesoro, a Comercio, Estado y Defensa. Cuando el presidente Beckwith nombr&#243; a Clark director de la CIA, Monica se convirti&#243; en directora ejecutiva, el segundo puesto m&#225;s importante de la Agencia, y cuando Clark decidi&#243; jubilarse, Monica presion&#243; para conseguir el puesto, y el presidente se lo dio.

Ronald Clark dej&#243; la Agencia sumida en el caos. Una serie de casos de espionaje, entre ellos el de Aldrich Ames, hab&#237;an hecho a&#241;icos la moral de los agentes. La Agencia no hab&#237;a sido capaz de prever que India y Paquist&#225;n estaban a punto de hacer estallar bombas nucleares, ni que Ir&#225;n y Corea del Norte se dispon&#237;an a probar misiles bal&#237;sticos capaces de alcanzar a sus vecinos. Durante el proceso de ratificaci&#243;n, varios senadores le hab&#237;an exigido que justificara las dimensiones y los costes que representaba la Agencia Central de Inteligencia; uno se pregunt&#243; si los Estados Unidos necesitaban la CIA ahora que la guerra fr&#237;a hab&#237;a terminado.

Se supon&#237;a que Monica se limitar&#237;a a mantener el sill&#243;n de la direcci&#243;n caliente durante un par de a&#241;os, hasta que el sucesor de Beckwith nombrara a su propio jefe de inteligencia, pero Monica no pod&#237;a representar ese papel, de modo que procedi&#243; a hacerse imprescindible para quien sucediera en el cargo a Beckwith, fuera republicano o dem&#243;crata.

Se consideraba como la &#250;nica persona de Langley con suficiente visi&#243;n de futuro para guiar a la Agencia por la accidentada orograf&#237;a de la posguerra fr&#237;a. Hab&#237;a estudiado a fondo la historia de la inteligencia y sab&#237;a que en ocasiones era necesario sacrificar a unos cuantos para garantizar la supervivencia de la mayor&#237;a. Sent&#237;a gran afinidad con los agentes de la Segunda Guerra Mundial que enviaban a hombres y mujeres a una muerte segura con el fin de enga&#241;ar a la Alemania nazi. Jam&#225;s permitir&#237;a que nadie castrara la Agencia ni que Estados Unidos se quedara sin un servicio de inteligencia apropiado. Y har&#237;a lo que fuera por ser ella quien lo dirigiera, raz&#243;n por la que hab&#237;a entrado a formar parte de la Sociedad y acataba su filosof&#237;a.

A la una de la madrugada descolg&#243; el auricular del tel&#233;fono seguro y marc&#243; el n&#250;mero. Unos segundos m&#225;s tarde oy&#243; la voz agradable y culta de la ayudante del Director, Daphne, quien de inmediato le pas&#243; con su jefe.

Ya no tiene que preocuparse por Osbourne -asegur&#243;-. Le he asignado otro caso, y el expediente Octubre est&#225; cerrado. Por lo que respecta a la CIA, Osbourne est&#225; muerto y enterrado.

Buen trabajo -alab&#243; el Director.

&#191;D&#243;nde est&#225; el paquete?

Camino del Caribe. Llegar&#225; a Estados Unidos en las pr&#243;ximas treinta y seis o cuarenta y ocho horas. Y entonces, todo habr&#225; terminado.

Estupendo.

Conf&#237;o en que nos har&#225; llegar cualquier informaci&#243;n que pueda ayudar al paquete a llegar a su destino a tiempo.

Por supuesto, Director.

Sab&#237;a que pod&#237;a contar con usted. Buenos d&#237;as, Picasso -se despidi&#243; el Director antes de colgar.



35

Bah&#237;a de Chesapeake, Maryland

El ballenero de Boston navegaba dando tumbos por las rizadas aguas de Chesapeake. Era una noche despejada y extremadamente fr&#237;a; una luna creciente brillaba en lo alto sobre el horizonte de levante. Delaroche hab&#237;a apagado las luces poco despu&#233;s de entrar en la boca de la bah&#237;a. En aquel momento alarg&#243; la mano y puls&#243; un bot&#243;n de la unidad de navegaci&#243;n. El sistema v&#237;a sat&#233;lite calcul&#243; de forma autom&#225;tica su longitud y latitud. Se encontraban en el centro de las concurridas rutas de navegaci&#243;n del canal de Chesapeake.

Rebecca Wells estaba de pie junto a &#233;l, aferrada al volante de la segunda consola del ballenero. Sin decir nada, se&#241;al&#243; hacia proa. Ante ellos, tal vez a un kil&#243;metro y medio de distancia, brillaban las luces de un buque portacontenedores. Delaroche vir&#243; unos grados a babor y gui&#243; la embarcaci&#243;n hacia las aguas poco profundas de la orilla occidental.

Hab&#237;a planeado con toda meticulosidad el itinerario durante el largo trayecto entre Nassau y la Costa Este. Hab&#237;an realizado aquella etapa del viaje a bordo de un gran yate pilotado por una pareja de antiguos soldados del SAS que ahora trabajaban para la Sociedad. Rebecca y &#233;l dorm&#237;an en camarotes contiguos. De d&#237;a estudiaban las cartas n&#225;uticas de Chesapeake, revisaban los expedientes de Michael Osbourne y Douglas Cannon y memorizaban las calles de Washington. De noche sub&#237;an a la cubierta de popa y hac&#237;an pr&#225;cticas de tiro con las Berettas de Delaroche. Rebecca lo pinchaba para que le revelase su nombre, pero Delaroche se limitaba a denegar con la cabeza y cambiar de tema. Por pura frustraci&#243;n, Rebecca lo bautiz&#243; con el nombre de Pierre, que Delaroche detestaba. La &#250;ltima noche que pasaron a bordo del yate confes&#243; que no ten&#237;a nombre y le dijo que si ten&#237;a necesidad de dirigirse a &#233;l de alguna forma, lo llamara Jean-Paul.

Delaroche a&#250;n estaba furioso por verse obligado a trabajar con ella, pero el Director hab&#237;a tenido raz&#243;n en una cosa. No era una aficionada. El conflicto de Irlanda del Norte hab&#237;a pulido sus habilidades, ten&#237;a una memoria excelente y buen instinto operativo. Asimismo, era alta y fuerte para ser mujer, y despu&#233;s de tres noches de pr&#225;cticas de tiro con la Beretta, disparaba m&#225;s que aceptablemente. A Delaroche s&#243;lo le preocupaba una cosa, su idealismo. El no cre&#237;a m&#225;s que en su arte, y los fan&#225;ticos lo pon&#237;an nervioso. Astrid Vogel hab&#237;a sido en su momento ferviente como Rebecca, cuando formaba parte de la banda comunista de Alemania Occidental, la Fracci&#243;n del Ej&#233;rcito Rojo. Pero cuando empez&#243; a trabajar con Delaroche ya se hab&#237;a desembarazado de sus ideales y s&#243;lo lo hac&#237;a por dinero.

Delaroche se hab&#237;a grabado en la memoria cada detalle de Chesapeake, los bancos de arena, los r&#237;os, las bah&#237;as, los llanos y los promontorios. No ten&#237;a m&#225;s que echar un vistazo a la unidad v&#237;a sat&#233;lite para saber en qu&#233; posici&#243;n se encontraba respecto a la orilla. Hab&#237;a dejado atr&#225;s Sandy Point, Cherry Point y Windmill Point. Al llegar a Bluff Point ten&#237;a el cuerpo r&#237;gido y entumecido por el fr&#237;o. Apag&#243; los motores, y ambos tomaron caf&#233; caliente.

Consult&#243; de nuevo la unidad de navegaci&#243;n. 38,50 grados de latitud y 76,31 grados de longitud. Sab&#237;a que se aproximaba a Curtis Point, un promontorio situado en la desembocadura del r&#237;o West. Su destino era el siguiente afluente que desembocaba en la bah&#237;a procedente de Maryland, el South, unas tres millas n&#225;uticas al norte. Al pasar por Saunders Point vio despuntar el alba al este, por estribor. Rode&#243; Turkey Point y percibi&#243; el leve empuj&#243;n de la marea procedente del South.

Delaroche aceler&#243; mientras se dirig&#237;a r&#237;o arriba hacia el noreste. Quer&#237;a llegar a la orilla antes del amanecer. Pas&#243; a toda velocidad junto a Mayo Point y Brewer Point, Glebe Bay y Crab Creek. Pas&#243; bajo un puente y luego otro. Lleg&#243; a la desembocadura de un arroyo y consult&#243; la unidad de navegaci&#243;n para cerciorarse de que era el Broad. La marea descendente hab&#237;a dejado el riachuelo menos profundo de lo que promet&#237;an las cartas; en dos ocasiones, Delaroche se vio obligado a saltar al agua helada para empujar el ballenero.

Por fin lleg&#243; al final del arroyo. Atrac&#243; el ballenero entre los juncos, salt&#243; a tierra, cogi&#243; la bolina y tir&#243; de la embarcaci&#243;n para ocultarla entre la vegetaci&#243;n.

Rebecca se dirigi&#243; al compartimiento de proa y recogi&#243; una gran bolsa de lona llena de ropa, dinero y aparatos electr&#243;nicos. Alarg&#243; la bolsa a Delaroche y salt&#243; del ballenero a la marisma. El coche estaba aparcado en un camino sin asfaltar, exactamente donde hab&#237;a indicado el Director. Era un Volvo familiar negro con matr&#237;cula de Quebec.

Delaroche ten&#237;a las llaves; abri&#243; el maletero y meti&#243; la bolsa. Luego recorri&#243; una serie de carreteras secundarias, entre tierras de cultivo y pastos ba&#241;ados por el sol, hasta llegar a la carretera 50, que tom&#243; hacia el este, en direcci&#243;n a Washington.


Una hora despu&#233;s de recoger el Volvo, entraron en Washington por New York Avenue, una mugrienta avenida que se extend&#237;a desde el distrito noreste hasta los suburbios residenciales de Maryland. Delaroche se detuvo una vez en una estaci&#243;n de servicio para que &#233;l y Rebecca pudieran ponerse ropa decente. Luego cruz&#243; la ciudad por Massachusetts Avenue y se detuvo ante el hotel Embassy Row, en las inmediaciones de Dupont Circle. Ten&#237;an hecha una reserva a nombre del se&#241;or y la se&#241;ora Claude Duras, de Montreal.

Su tapadera requer&#237;a que ocuparan la misma habitaci&#243;n. Durmieron hasta bien entrada la tarde, Rebecca en la cama de matrimonio, Delaroche en el suelo, con el cobertor como colch&#243;n. Despert&#243; con un sobresalto a las cuatro y se dio cuenta de que hab&#237;a vuelto a so&#241;ar con Maurice Leroux.

Pidi&#243; caf&#233; al servicio de habitaciones y se lo tom&#243; mientras guardaba varios objetos en una mochila de nylon azul. Dos aparatos electr&#243;nicos muy sofisticados, dos tel&#233;fonos m&#243;viles, una linterna, varias herramientas de peque&#241;o tama&#241;o y una Beretta de nueve mil&#237;metros. Rebecca sali&#243; del ba&#241;o ataviada con vaqueros, zapatillas deportivas y una sudadera con la inscripci&#243;n Washington, D. C. y una imagen de la Casa Blanca.

&#191;Qu&#233; tal estoy?

Llevas el pelo demasiado rubio -replic&#243; Delaroche antes de arrojarle una gorra de b&#233;isbol que sac&#243; de la bolsa de lona-. Ponte esto.

Delaroche llam&#243; a recepci&#243;n y pidi&#243; que le llevaran el Volvo a la entrada. Condujo hacia el oeste por la calle P. Hab&#237;a un plano tur&#237;stico abierto sobre el salpicadero, pero Delaroche no se molest&#243; en echarle un vistazo siquiera; al igual que las aguas de Chesapeake, se hab&#237;a grabado las calles de Washington en la memoria.

Entr&#243; en Georgetown y recorri&#243; las tranquilas calles flanqueadas de &#225;rboles. Se consideraba el barrio m&#225;s elegante de Washington, con sus aceras de ladrillo rojo y grandes casas estilo federal, pero a Delaroche, cuyos ojos estaban acostumbrados a los canales y la casas con tejado a dos aguas de &#193;msterdam, se le antojaba una zona bastante insulsa.

Sigui&#243; conduciendo hacia el oeste hasta llegar a Wisconsin Avenue, donde dobl&#243; hacia el sur, acompa&#241;ado por la machacona m&#250;sica rap procedente del BMW dorado que ten&#237;a detr&#225;s. Gir&#243; por la calle N, y la locura de Wisconsin no tard&#243; en quedar atr&#225;s.


La casa estaba vac&#237;a, como sab&#237;a que estar&#237;a. El embajador Cannon llegar&#237;a de Londres la tarde siguiente, y esa misma noche dar&#237;a una peque&#241;a fiesta para amigos y familiares. Al d&#237;a siguiente participar&#237;a en la conferencia sobre Irlanda del Norte que se celebrar&#237;a en la Casa Blanca y acto seguido asistir&#237;a a una serie de recepciones que tendr&#237;an lugar aquella noche bajo los auspicios de las partes negociadoras. Todos los pormenores figuraban en el expediente del Director.

Delaroche aparc&#243; a la vuelta de la esquina, en la Treinta y tres. Se colg&#243; una c&#225;mara al cuello y deambul&#243; por la calle silenciosa con Rebecca cogida de su brazo, deteni&#233;ndose de vez en cuando para contemplar las grandes casas de ladrillo rojo con las ventanas iluminadas. Se parec&#237;a bastante a &#193;msterdam, pens&#243; Delaroche, donde la gente tambi&#233;n dejaba las cortinas descorridas para que los transe&#250;ntes pudieran atisbar el interior de sus hogares y evaluar sus posesiones.

No era la primera vez que iba a la zona y conoc&#237;a los desaf&#237;os que una calle como aquella representaba para un hombre como &#233;l. No hab&#237;a bares donde vigilar al amparo de una taza de caf&#233;, ni tiendas para disimular, ni plazas o parques donde matar el tiempo sin llamar la atenci&#243;n S&#243;lo casas grandes y caras, con vecinos entrometidos y sistemas de seguridad. Pasaron delante de la casa de los Osbourne, frente a la que hab&#237;a aparcado un sed&#225;n negro. Al volante se sentaba un hombre enfundado en una gabardina marr&#243;n que le&#237;a la secci&#243;n deportiva del Washington Post. Su presencia daba al traste con la teor&#237;a del Director, seg&#250;n la cual resultar&#237;a muy f&#225;cil matar al embajador Cannon durante su estancia en Washington. A&#250;n no hab&#237;a puesto el pie en la ciudad y ya ten&#237;a la casa bajo protecci&#243;n.

Delaroche se detuvo a una manzana de distancia y fotografi&#243; la casa en la que John Kennedy hab&#237;a vivido cuando era senador por Massachusetts. Bastantes miembros del Gabinete viv&#237;an en Georgetown, y sus casas se encontraban bajo vigilancia constante. Y si el personaje en cuesti&#243;n guardaba alguna relaci&#243;n con la seguridad nacional, como era el caso del secretario de Estado o el de Defensa, cab&#237;a la posibilidad de que sus guardaespaldas estuvieran apostados de forma permanente en un piso cercano. Sin embargo, Delaroche estaba convencido de que la seguridad de Douglas Cannon consist&#237;a &#250;nicamente en el hombre de la gabardina, al menos de momento.

Camin&#243; con Rebecca hacia el sur por la Treinta y tres otra media manzana, hasta llegar a un callej&#243;n que discurr&#237;a por detr&#225;s de la casa de los Osbourne, y escudri&#241;&#243; la penumbra. Tal como hab&#237;a sospechado, daba la sensaci&#243;n de que la parte posterior de la casa no estaba bajo vigilancia.

Delaroche alarg&#243; a Rebecca un tel&#233;fono m&#243;vil.

Qu&#233;date aqu&#237; y ll&#225;mame si hay problemas. Si no he vuelto dentro de cinco minutos, vete al hotel. Y si no sabes nada de m&#237; al cabo de media hora, ponte en contacto con el Director y pide que te saquen de aqu&#237;.

Rebecca asinti&#243;. Delaroche se dio la vuelta y ech&#243; a andar por el callej&#243;n. Se par&#243; detr&#225;s de la casa de los Osbourne, se encaram&#243; con agilidad a la verja y cay&#243; en un jard&#237;n muy cuidado que rodeaba una peque&#241;a piscina. Alz&#243; la vista y resigui&#243; con la mirada los cables que conduc&#237;an del poste telef&#243;nico del callej&#243;n a la conexi&#243;n con la casa. Cruz&#243; el jard&#237;n y se arrodill&#243; delante de la caja instalada junto a la pared. Abri&#243; la cremallera de la mochila, sac&#243; las herramientas y una linterna. Sujetando la linterna entre los dientes, afloj&#243; los tornillos que fijaban la tapa de la caja y estudi&#243; la configuraci&#243;n de las conexiones.

Hab&#237;a dos l&#237;neas en la casa, pero Delaroche s&#243;lo ten&#237;a equipo para pinchar una de ellas. Supon&#237;a que una estaba reservada para las llamadas telef&#243;nicas y la otra para el fax o el m&#243;dem. Volvi&#243; a meter la mano en la mochila y sac&#243; un diminuto aparato electr&#243;nico que, fijado a la l&#237;nea telef&#243;nica de los Osbourne, enviar&#237;a una se&#241;al de radio de alta frecuencia al m&#243;vil de Delaroche, lo que le permitir&#237;a controlar las llamadas telef&#243;nicas que se efectuaran en la casa. S&#243;lo tard&#243; dos minutos en instalar el dispositivo en la l&#237;nea principal y volver a cerrar la tapa de la caja.

El segundo aparato ser&#237;a mucho m&#225;s f&#225;cil de instalar, pues tan s&#243;lo requer&#237;a una ventana. Era un micr&#243;fono que, adherido al exterior de una ventana, detectar&#237;a la vibraci&#243;n de las ondas sonoras en el interior de una estructura y las convertir&#237;a en audio. Delaroche fij&#243; el sensor a la parte inferior de una ventana situada junto al sal&#243;n principal. Quedaba oculto por un arbusto en el exterior y una mesilla en el interior. Luego enterr&#243; el conversor y el transmisor bajo la hierba en el jard&#237;n.

Delaroche volvi&#243; sobre sus pasos, arroj&#243; la mochila sobre la verja, la escal&#243; y salt&#243; al callej&#243;n. Las dos unidades que acababa de instalar en casa de los Osbourne ten&#237;an un alcance de tres kil&#243;metros, lo que le permitir&#237;a vigilar a los Osbourne desde la seguridad de la habitaci&#243;n del hotel en Dupont Circle.

Rebecca lo esperaba en la boca del callej&#243;n.

V&#225;monos.

La cogi&#243; de la mano y juntos regresaron al Volvo.


Delaroche se sent&#243; delante de un receptor del tama&#241;o de una caja de zapatos para comprobar la se&#241;al del transmisor que hab&#237;a colocado en la ventana de la casa de los Osbourne. Rebecca estaba en el cuarto de ba&#241;o; Delaroche o&#237;a el agua correr en la ba&#241;era. Llevaba m&#225;s de una hora encerrada ah&#237; dentro. Por fin, el ruido del agua ces&#243;, y Rebecca sali&#243; enfundada en el albornoz del hotel y con el cabello envuelto en una toalla blanca como un jeque.

&#191;Funciona? -pregunt&#243; tras encender uno de los cigarrillos de Delaroche.

El transmisor env&#237;a se&#241;al, pero no lo sabr&#233; con certeza hasta que haya alguien en la casa.

Tengo hambre.

Pide algo al servicio de habitaciones.

Quiero salir.

Ser&#225; mejor que nos quedemos aqu&#237;.

Llevo diez d&#237;as encerrada en barcos. Quiero salir.

V&#237;stete y te llevar&#233; a cenar.

Cierra los ojos -pidi&#243; Rebecca.

Pero Delaroche se encar&#243; con ella, alarg&#243; la mano y tir&#243; de la toalla que le envolv&#237;a la cabeza. Ya no ten&#237;a el cabello rubio oxigenado, sino casi negro y reluciente por la humedad. De repente casaba con el resto de sus facciones, los ojos grises, la piel blanca y luminosa, el rostro ovalado. Se dio cuenta de que era una mujer hermosa, y a rengl&#243;n seguido se puso furioso. Ojal&#225; pudiera encerrarse en el ba&#241;o con un frasco de elixir y salir una hora m&#225;s tarde con su antiguo rostro.

Rebecca pareci&#243; leerle el pensamiento.

Tienes cicatrices -musit&#243;, desliz&#225;ndole un dedo por la mand&#237;bula-. &#191;Qu&#233; te pas&#243;?

Si trabajas en esto demasiado tiempo, tu cara puede convertirse en un problema.

El dedo de Rebecca hab&#237;a pasado de la mand&#237;bula al p&#243;mulo y jugueteaba con los implantes de col&#225;geno.

&#191;C&#243;mo eras antes? -pregunt&#243;.

Delaroche enarc&#243; las cejas y ponder&#243; la pregunta unos instantes. &#191;C&#243;mo iba a describirse a s&#237; mismo? Si le dec&#237;a que hab&#237;a sido hermoso antes de que Maurice Leroux le destrozara el rostro, creer&#237;a que era un embustero. Por fin se sent&#243; a la mesa, cogi&#243; una hoja de papel del bloc del hotel y un l&#225;piz.

D&#233;jame solo unos minutos -rog&#243;.

Rebecca entr&#243; de nuevo en el ba&#241;o, cerr&#243; la puerta y puso en marcha el secador. Delaroche dibuj&#243; deprisa y al acabar estudi&#243; sus facciones de forma desapasionada, como si pertenecieran a una criatura creada por su imaginaci&#243;n.

Desliz&#243; el autorretrato por debajo de la puerta del ba&#241;o. El secador enmudeci&#243;. Rebecca sali&#243; con el antiguo rostro de Delaroche en las manos. Lo mir&#243; a la cara, luego de nuevo la imagen del papel. Bes&#243; el retrato y lo dej&#243; caer al suelo. Y entonces lo bes&#243; a &#233;l.


&#191;Qui&#233;n era, Jean-Paul?

&#191;Qui&#233;n?

La mujer en la que pensabas mientras hac&#237;amos el amor.

Pensaba en ti.

No siempre. No estoy enfadada, Jean-Paul, no es que

Se interrumpi&#243; sin terminar la frase. Delaroche se pregunt&#243; qu&#233; habr&#237;a querido decir. Rebecca estaba tendida de espaldas, la cabeza apoyada sobre su vientre, el cabello oscuro extendido por su pecho. La luz de las farolas entraba por entre las cortinas descorridas e iluminaba su cuerpo largo y esbelto. Ten&#237;a el rostro enrojecido tras hacer el amor, pero el resto de su piel reluc&#237;a marfile&#241;o a la luz procedente de la calle. Era la piel de alguien que apenas se expon&#237;a al sol; de hecho, Delaroche dudaba de que hubiera salido de las Islas Brit&#225;nicas antes de que las circunstancias la obligaran a huir.

&#191;Era hermosa? No me mientas m&#225;s, por favor.

S&#237; -asinti&#243; Delaroche.

&#191;C&#243;mo se llamaba?

Se llamaba Astrid.

&#191;Astrid qu&#233; m&#225;s?

Astrid Vogel.

Recuerdo a una mujer llamada Astrid Vogel que pertenec&#237;a a la Fracci&#243;n del Ej&#233;rcito Rojo -dijo Rebecca-. Huy&#243; de Alemania y se escondi&#243; despu&#233;s de matar a un alto cargo de la polic&#237;a.

Esa era mi Astrid -musit&#243; Delaroche al tiempo que resegu&#237;a el contorno del pecho de Rebecca-. Pero Astrid no mat&#243; al polic&#237;a. Lo mat&#233; yo; ella s&#243;lo pag&#243; por ello.

O sea que eres alem&#225;n.

Delaroche deneg&#243; con la cabeza.

Entonces, &#191;qu&#233; eres? &#191;Cu&#225;l es tu verdadero nombre?

Pero Delaroche hizo caso omiso de su pregunta y desliz&#243; los dedos hacia el borde de su caja tor&#225;cica. El vientre de Rebecca reaccion&#243; contray&#233;ndose con fuerza. Delaroche acarici&#243; la piel n&#237;vea de su abdomen y la parte superior de sus muslos. Por fin, Rebecca le cogi&#243; la mano, se la puso entre las piernas y cerr&#243; los ojos. Una r&#225;faga de viento agit&#243; las cortinas y le puso la piel de gallina. Intent&#243; cubrirse con la colcha, pero Delaroche no se lo permiti&#243;.

En el barco de &#193;msterdam hab&#237;a cosas que pertenec&#237;an a una mujer -murmur&#243; Rebecca sin abrir los ojos-. Astrid viv&#237;a all&#237;, &#191;verdad?

S&#237;.

&#191;Y t&#250; viv&#237;as con ella?

Durante un tiempo.

&#191;Hac&#237;ais el amor en esa cama?

Rebecca

No pasa nada, no herir&#225;s mis sentimientos.

S&#237;, hac&#237;amos el amor all&#237;.

&#191;Qu&#233; le pas&#243;?

La mataron.

&#191;Cu&#225;ndo?

El a&#241;o pasado.

Rebecca le apart&#243; la mano y se incorpor&#243;.

&#191;Qu&#233; sucedi&#243;?

Est&#225;bamos trabajando juntos en una operaci&#243;n y la cosa sali&#243; mal.

&#191;Qui&#233;n la mat&#243;?

Delaroche vacil&#243;; aquello ya hab&#237;a ido demasiado lejos. Sab&#237;a que deb&#237;a callar, pero por alguna raz&#243;n quer&#237;a cont&#225;rselo todo. Tal vez Vladimir tuviera raz&#243;n. Un hombre que ve fantasmas ya no puede comportarse como un profesional

Michael Osbourne -repuso-. Bueno, en realidad fue su mujer.

&#191;Por qu&#233;?

Porque nos enviaron aqu&#237; para matar a Michael Osbourne  explic&#243; antes de hacer una pausa y contemplarla-. A veces las cosas no salen seg&#250;n lo previsto.

&#191;Por qu&#233; te contrataron para matar a Osbourne?

Porque sab&#237;a demasiado de una de las operaciones de la Sociedad.

&#191;Qu&#233; operaci&#243;n?

El atentado del vuelo 002 de TransAtlantic el a&#241;o pasado.

Cre&#237;a que lo derrib&#243; ese grupo &#225;rabe, la Espada de Gaza.

Fue derribado a instancias de un fabricante de sistemas de defensa estadounidense llamado Mitchell Elliott. La Sociedad hizo que pareciera que los responsables eran la Espada de Gaza para que la empresa de Elliott pudiera vender un sistema defensivo al gobierno estadounidense. Osbourne lo sospechaba, de modo que el Director me contrat&#243; para eliminar a todos los implicados en la operaci&#243;n, as&#237; como a Osbourne.

&#191;Qui&#233;n derrib&#243; el avi&#243;n?

Un palestino llamado Hassan Mahmud.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

Porque estuve ah&#237; esa noche y lo mat&#233; despu&#233;s del atentado.

Rebecca se apart&#243; de &#233;l. Delaroche advirti&#243; verdadero temor en su rostro y percibi&#243; que la cama temblaba ligeramente al son de su cuerpo. Rebecca se cubri&#243; con la manta hasta el pecho para ocultar su cuerpo de &#233;l. Delaroche la mir&#243; sin expresi&#243;n alguna.

Dios m&#237;o, eres un monstruo -jade&#243; ella.

&#191;Por qu&#233; dices eso?

Hab&#237;a m&#225;s de doscientas personas inocentes a bordo de ese avi&#243;n.

&#191;Y qu&#233; hay de las personas inocentes a las que vuestras bombas han matado en Londres y Dubl&#237;n?

No lo hac&#237;amos por dinero -espet&#243; Rebecca.

Lo hac&#237;ais por una causa -replic&#243; Delaroche con desprecio.

Exacto.

Una causa que crees justa.

Una causa que s&#233; que es justa -puntualiz&#243; ella-. En cambio, t&#250; matas a quien sea siempre y cuando te paguen lo suficiente.

Dios m&#237;o, mira que eres est&#250;pida -suspir&#243; Delaroche.

Rebecca intent&#243; abofetearlo, pero Delaroche le asi&#243; la mano con fuerza, impidiendo que se zafara de &#233;l.

&#191;Por qu&#233; crees que la Sociedad est&#225; dispuesta a ayudarte? -pregunt&#243; Delaroche-. &#191;Porque creen en los derechos sagrados de los protestantes de Irlanda del Norte? Claro que no. Lo hacen porque creen que favorecer&#225; sus intereses, porque creen que les permitir&#225; ganar dinero. La historia te ha pasado de largo, Rebecca. Los protestantes ya han tenido su momento en Irlanda del Norte, pero se acab&#243;. No hay bomba ni asesinato que pueda cambiar eso.

Si crees eso, &#191;por qu&#233; est&#225;s aqu&#237;?

Yo no creo en nada; &#233;ste es mi trabajo. He matado en nombre de todas las causas fallidas de Europa. La tuya es s&#243;lo la m&#225;s reciente

La solt&#243;, y Rebecca se apart&#243; de &#233;l frot&#225;ndose la mano como si acabara de tocar algo malvado.

y espero que la &#250;ltima -a&#241;adi&#243;.

Deber&#237;a haber seguido andando aquel d&#237;a en &#193;msterdam.

Puede que tengas raz&#243;n. Pero ahora est&#225;s aqu&#237; y no tienes m&#225;s remedio que trabajar conmigo, y si haces exactamente lo que te digo, puede que sobrevivas. Jam&#225;s volver&#225;s a ver Irlanda del Norte, pero al menos seguir&#225;s viva.

No s&#233; por qu&#233;, pero lo dudo -contradijo ella-. Vas a matarme cuando todo termine, &#191;verdad?

No, no voy a matarte.

Seguro que tambi&#233;n mataste a Astrid Vogel.

No mat&#233; a Astrid y no voy a matarte a ti.

Delaroche tir&#243; de la manta para dejar al descubierto su cuerpo y alarg&#243; la mano hacia ella, pero Rebecca permaneci&#243; inm&#243;vil.

Dame la mano -inst&#243; Delaroche-. No voy a hacerte da&#241;o, te doy mi palabra.

Rebecca le dio la mano. Delaroche la atrajo hacia s&#237; y la bes&#243;. Rebecca se resisti&#243; un instante, pero por fin sucumbi&#243;, le devolvi&#243; los besos y se aferr&#243; a &#233;l como si se ahogara entre sus brazos. Por fin lo gui&#243; hacia el interior de su cuerpo, se qued&#243; muy quieta y lo mir&#243; con una franqueza animal que lo desconcert&#243;.

Me gustaba m&#225;s tu otra cara -dijo.

A m&#237; tambi&#233;n.

Cuando todo haya pasado, podr&#237;amos ir a ver al cirujano que te oper&#243; para que te vuelva a dejar como antes.

Me temo que eso es imposible.

Rebecca pareci&#243; comprender al instante a qu&#233; se refer&#237;a.

Si no piensas matarme, &#191;por qu&#233; me revelas tus secretos?

No lo s&#233;.

&#191;Qui&#233;n eres, Jean-Paul?



36

Washington

A la ma&#241;ana siguiente, Michael y Elizabeth volaron de Nueva York a Washington en compa&#241;&#237;a de los ni&#241;os y Maggie. Se separaron en el aeropuerto nacional. Michael fue en un sed&#225;n del gobierno con ch&#243;fer a la Casa Blanca, donde asistir&#237;a a la reuni&#243;n sobre Irlanda del Norte con el consejero de seguridad nacional, William Bristol, y Elizabeth, Maggie y los ni&#241;os se agolparon en un Lincoln de alquiler para ir a la casa de Georgetown.

Hac&#237;a m&#225;s de un a&#241;o que Elizabeth no visitaba la casa de ladrillo rojo de estilo federal situada en la calle N. Adoraba la vieja casona, pero mientras sub&#237;a la escalinata curvada de ladrillo se vio embargada por recuerdos desagradables. Record&#243; la larga lucha librada con su cuerpo para tener hijos. Record&#243; la tarde en que Astrid Vogel la hab&#237;a tomado como reh&#233;n para que el asesino llamado Octubre pudiera matar a Michael.

&#191;Est&#225;s bien, Elizabeth? -le pregunt&#243; Maggie.

Elizabeth se pregunt&#243; cu&#225;nto rato llevar&#237;a inm&#243;vil, con la llave en la mano e incapaz de abrir la puerta.

S&#237;, Maggie, es que estaba pensando en una cosa.

La alarma son&#243; en cuanto abri&#243; la puerta principal. Tecle&#243; el c&#243;digo de desactivaci&#243;n, y de nuevo se hizo el silencio. Michael hab&#237;a convertido la casa en una aut&#233;ntica fortaleza, pero Elizabeth jam&#225;s se sentir&#237;a del todo segura all&#237;.

Ayud&#243; a Maggie a acomodar a los ni&#241;os y luego llev&#243; su maleta al dormitorio. La estaba abriendo cuando son&#243; el timbre de la puerta. Volvi&#243; abajo, aplic&#243; el ojo a la mirilla y vio a un hombre alto de cabello casta&#241;o ataviado con traje azul y gabardina parda.

&#191;En qu&#233; puedo ayudarle? -pregunt&#243; sin abrir la puerta.

Me llamo Brad Heyworth, se&#241;ora Osbourne; soy el agente del servicio de seguridad diplom&#225;tica asignado a la vigilancia de su casa.

Elizabeth abri&#243; la puerta.

&#191;Del SSD? Pero si mi padre no llega de Londres hasta dentro de seis horas.

A decir verdad, llevamos ya un par de d&#237;as vigilando la casa, se&#241;ora Osbourne.

&#191;Por qu&#233;?

Despu&#233;s del incidente de Gran Breta&#241;a, decidimos que m&#225;s val&#237;a pecar por exceso de prudencia.

&#191;Est&#225; solo?

De momento s&#237;, pero cuando llegue el embajador habr&#225; otro hombre.

Qu&#233; tranquilidad. &#191;Quiere entrar?

No, gracias, se&#241;ora Osbourne, tengo que quedarme fuera.

&#191;Le apetece tomar algo?

No, gracias. S&#243;lo quer&#237;a decirle que estoy por aqu&#237;.

Gracias, agente Heyworth.

Elizabeth cerr&#243; la puerta y sigui&#243; con la mirada al hombre del SSD mientras bajaba la escalinata y volv&#237;a a su coche. Se alegraba de tenerlo all&#237;. Subi&#243; de nuevo la escalera y se sent&#243; a la mesa del estudio de Michael. Desde all&#237; llam&#243; a la empresa de catering Ridgewell, al servicio de camareros y a su despacho de Nueva York para escuchar sus mensajes. Luego pas&#243; alrededor de una hora devolviendo llamadas.

Mar&#237;a, la mujer de la limpieza, lleg&#243; a mediod&#237;a. Elizabeth se puso un ch&#225;ndal de nylon, sali&#243;, bajo la escalinata, salud&#243; con la mano a Brad Heyworth y empez&#243; a correr por la acera de ladrillo de la calle N.

En el hotel Embassy Row, Delaroche hab&#237;a colgado en la puerta el cartel de NO MOLESTAR y cerrado con doble llave. Hab&#237;a pasado la &#250;ltima hora escuchando a Elizabeth Osbourne mientras &#233;sta hablaba por tel&#233;fono, con la ni&#241;era, los ni&#241;os, el agente del SSD que proteg&#237;a la casa Ahora sab&#237;a la hora exacta a la que Douglas Cannon llegar&#237;a de Londres y la hora exacta a la que saldr&#237;a de la casa en direcci&#243;n a la Casa Blanca para asistir a la conferencia sobre Irlanda del Norte. Tambi&#233;n sab&#237;a que el agente del SSD aparcado frente a la casa se llamaba Brad Heyworth y que un segundo agente se reunir&#237;a con &#233;l tras la llegada del embajador.

Oy&#243; la llegada de una mujer de la limpieza llamada Mar&#237;a que hablaba con fuerte acento espa&#241;ol. Sudamericana, supuso Delaroche, peruana o tal vez boliviana. Oy&#243; a Elizabeth Osbourne anunciar que sal&#237;a a correr y volver&#237;a al cabo de una hora. Dio un respingo cuando cerr&#243; la puerta principal con fuerza.

Cinco minutos m&#225;s tarde dio otro respingo al o&#237;r una especie de aullido que parec&#237;a un motor a reacci&#243;n. Era tan estruendoso que Delaroche tuvo que quitarse los auriculares y por un instante temi&#243; que alguna cat&#225;strofe hubiera sobrevenido en la casa de los Osbourne. Pero entonces se dio cuenta de que no era m&#225;s que Mar&#237;a pasando la aspiradora cerca de la ventana donde hab&#237;a colocado el micr&#243;fono.


La idea de la fiesta de Douglas Cannon hab&#237;a nacido como una reuni&#243;n &#237;ntima de ocho personas, pero despu&#233;s del incidente de Hartley Hall se hab&#237;a transformado en un acontecimiento con catering para cincuenta invitados, mesas y sillas alquiladas, as&#237; como un escuadr&#243;n de estudiantes universitarios encargados de aparcar los coches en las atestadas calles de Georgetown. Tal era la naturaleza de la celebridad en Washington. Douglas hab&#237;a vivido y trabajado veinte a&#241;os en Washington, pero alguien hab&#237;a intentado matarlo, y eso lo hab&#237;a convertido en una estrella. La CIA y la inteligencia brit&#225;nica hab&#237;an contribuido a su repentina fama urdiendo un cuento acerca de la serenidad que Douglas hab&#237;a mostrado durante el incidente de Hartley Hall, aunque en realidad estaba a salvo y acostado en Winfield House cuando dio comienzo el ataque. Douglas les hab&#237;a seguido la corriente de buena gana; de hecho, le proporcionaba cierto placer adolescente enga&#241;ar a los barones de la prensa de Washington.

Los invitados empezaron a llegar poco despu&#233;s de las siete. Acudieron dos viejos amigos suyos del Senado y un pu&#241;ado de congresistas. La directora de NBC News en Washington lleg&#243; acompa&#241;ada de su marido, director de la CNN. Cynthia Martin acudi&#243; sola, y Adrian Carter llev&#243; a su mujer, Christine. A fin de proteger a Michael, que a&#250;n era un miembro clandestino de la Agencia, Carter y Cynthia fing&#237;an trabajar en la secci&#243;n sobre cuestiones de Irlanda del Norte del Departamento de Estado. Carter quer&#237;a hablar un momento a solas con Michael, de modo que se retiraron al jard&#237;n, junto a la piscina.

&#191;Qu&#233; tal la reuni&#243;n con Bristol? -pregunt&#243; Carter.

Parec&#237;a muy impresionado con el producto -repuso Michael-. Beckwith apareci&#243; un momento.

&#191;En serio?

Ha dicho que est&#225; muy contento con el resultado de la operaci&#243;n Timbal y que el proceso de paz vuelve a ir por buen camino. Tienes raz&#243;n, Adrian, est&#225; que se muere por tener atado este asunto As&#237; que oficialmente ya no me ocupo de Irlanda del Norte -a&#241;adi&#243; tras un titubeo.

Cuando la delegaci&#243;n abandone la ciudad, dejaremos el asunto en manos de Cynthia, y t&#250; volver&#225;s a encargarte de la secci&#243;n de Oriente Pr&#243;ximo.

La &#250;nica constante de la Agencia es el cambio -constat&#243; Michael-. Pero me gustar&#237;a saber por qu&#233; Monica ha decidido barajar las cartas y apartarme del caso Octubre.

Por lo que a ella respecta, el expediente Octubre est&#225; cerrado. Cree que aun cuando Octubre siga vivo y trabaje, no representa ninguna amenaza para los Estados Unidos ni sus intereses, y por tanto no aparece en la pantalla del radar del Centro.

&#191;Y est&#225;s de acuerdo?

Claro que no, y se lo he dicho. Pero la directora es ella, y en &#250;ltima instancia la decisi&#243;n es suya.

En tu lugar, un hombre de verdad dimitir&#237;a.

Algunos de nosotros carecemos de la flexibilidad econ&#243;mica necesaria para tomar decisiones morales, Michael.

Elizabeth apareci&#243; junto a la puerta ventana.

&#191;Os importar&#237;a entrar? Como si nunca tuvierais oportunidad de hablar.

Ahora vamos -prometi&#243; Michael.

Otra cosa -dijo Adrian en cuanto Elizabeth se fue-. Me he enterado de tu peque&#241;a sesi&#243;n de dibujo con Morton Dunne en el centro de servicios t&#233;cnicos. &#191;Quieres explicarme de qu&#233; narices va todo eso?

Un cirujano pl&#225;stico llamado Maurice Leroux fue asesinado en Par&#237;s hace un par de semanas.

&#191;Y?

Estaba pensando que quiz&#225;s Octubre se ha operado.

&#191;Y luego ha matado al m&#233;dico en cuesti&#243;n?

Es una idea que se me ocurri&#243;.

Mira, Michael, Monica te ha retirado del caso. No quiero que sigas actuando por tu cuenta. Nada de revisar expedientes ni remover el asunto. Por lo que a ti respecta, Octubre ha muerto.

No estar&#225;s amenaz&#225;ndome, Adrian.

Pues la verdad es que s&#237;.


Delaroche se quit&#243; los auriculares y encendi&#243; un cigarrillo. El estruendo de la fiesta era excesivo para el micr&#243;fono, as&#237; que lo &#250;nico que o&#237;a era un zumbido constante, interrumpido por retazos ininteligibles de conversaci&#243;n y carcajadas ocasionales.

Apag&#243; la grabadora y sac&#243; la Beretta nueve mil&#237;metros de su estuche de acero inoxidable. Desmont&#243; el arma y procedi&#243; a limpiar meticulosamente cada pieza con un pa&#241;o suave mientras decid&#237;a c&#243;mo matar al embajador y a Michael Osbourne.



37

Washington

Feliz d&#237;a de San Patricio -salud&#243; el presidente James Beckwith al subir al podio en el Jard&#237;n de rosas.

El presidente estaba flanqueado por el primer ministro irland&#233;s, Bertie Ahern, y el ministro de asuntos exteriores brit&#225;nico, Robin Cook. A su espalda estaban los m&#225;ximos dirigentes de los partidos nacionalista y unionista de la provincia, incluyendo a Gerry Adams, del Sinn Fein, y David Trimble, del Partido Unionista del Ulster, que en la actualidad era el primer ministro efectivo de Irlanda del Norte.

Hoy no nos hemos reunido aqu&#237; en medio de una crisis, sino para celebrar algo -prosigui&#243; Beckwith-. Celebramos el legado com&#250;n que nos une a todos, y renovaremos el compromiso de instaurar el cambio pac&#237;fico en Irlanda del Norte.

Douglas Cannon se sentaba algo apartado con un grupo de personalidades de la Casa Blanca y el Departamento de Estado que participar&#237;an en la conferencia, y en aquel momento se uni&#243; a la ovaci&#243;n cort&#233;s que acogi&#243; las palabras del presidente.

El mes pasado, un grupo de criminales lealistas, la llamada Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster, intent&#243; asesinar al embajador estadounidense en Gran Breta&#241;a, mi viejo amigo y colega Douglas Cannon. Fue sin duda el &#250;ltimo aliento de los que desean resolver los problemas de Irlanda del Norte por la fuerza en lugar del compromiso. Si alguien duda de nuestro compromiso con la paz, le ruego que considere una cosa. El embajador Douglas est&#225; aqu&#237; hoy, mientras que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster no es m&#225;s que un mal recuerdo.

Beckwith se volvi&#243; hacia Douglas con una sonrisa y empez&#243; a aplaudir. Gerry Adams, David Trimble, Bertie Ahern y Robin Cook siguieron su ejemplo, al igual que el resto de la concurrencia.

Y ahora, si nos disculpan, tenemos mucho trabajo -termin&#243; Beckwith.

Y sin a&#241;adir nada m&#225;s, baj&#243; del podio y extendi&#243; los brazos para indicar a los pol&#237;ticos que entraran en el Despacho Oval, haciendo caso omiso de las preguntas que formulaban a gritos los periodistas acreditados en la Casa Blanca.


A &#250;ltima hora de la tarde, cuando Douglas regres&#243; a la casa de la calle N, Michael y Elizabeth lo esperaban.

&#191;C&#243;mo ha ido? -inquiri&#243; Michael.

Mejor de lo que esperaba. Ahora que la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster ha desaparecido del mapa, Gerry Adams cree que el IRA considerar&#225; seriamente el decomiso.

&#191;Qu&#233; significa decomiso? -pregunt&#243; Elizabeth.

Significa deponer las armas y desmantelar los comandos terroristas.

La CIA calcula que s&#243;lo el IRA tiene acumuladas cien toneladas de rifles y dos toneladas y media de Semtex -explic&#243; Michael-. Y luego est&#225;n las bandas protestantes. Por eso es tan importante que el proceso de paz siga avanzando en la direcci&#243;n correcta.

Los protestantes y los cat&#243;licos han hecho progresos notables en poco tiempo, pero el proceso de paz podr&#237;a irse el garete en cualquier momento, y creo que eso podr&#237;a desatar una violencia sin precedentes. -Douglas mir&#243; el reloj-. Ahora empieza lo bueno. La recepci&#243;n del Sinn Fein en el Mayflower, la recepci&#243;n de los unionistas del Ulster en el Four Seasons y la recepci&#243;n brit&#225;nica en la embajada.

&#191;Qu&#233; narices es esto? -exclam&#243; Elizabeth cuando se cambiaban de ropa para las recepciones.

Una Browning autom&#225;tica con cargador de quince balas.

Michael meti&#243; el arma en la sobaquera y se puso la americana.

&#191;Por qu&#233; vas armado?

Porque me hace sentir mejor.

Pap&#225; tendr&#225; un agente del SSD protegi&#233;ndolo toda la noche.

M&#225;s vale prevenir.

&#191;Me ocultas algo?

No, es s&#243;lo que me sentir&#233; mucho m&#225;s tranquilo cuando tu padre est&#233; de vuelta en Londres rodeado de un mont&#243;n de marines y detectives del Cuerpo Especial capaces de disparar a un asesino entre las cejas a cien pasos de distancia.

Se alis&#243; la americana.

&#191;Qu&#233; tal estoy?

Guap&#237;simo.

Elizabeth se puso el vestido y le dio la espalda.

S&#250;beme la cremallera. Vamos con retraso.


En el hotel Embassy Row, Delaroche se quit&#243; los auriculares, desmont&#243; los monitores y los receptores y los guard&#243; en la bolsa de lona. Luego desliz&#243; la Beretta nueve mil&#237;metros en una sobaquera y se mir&#243; al espejo para verificar su aspecto. Llevaba traje gris de dise&#241;o estadounidense, camisa blanca y corbata a rayas. Fijado a la oreja derecha llevaba el cable de pl&#225;stico transparente que usaban los agentes de seguridad de todo el mundo. Estudi&#243; su rostro y se mir&#243; a los ojos.

Seguridad Diplom&#225;tica, se&#241;ora -recit&#243;-. Tenemos una emergencia.

Pronunci&#243; la frase con el acento estadounidense del actor de las cintas de aprendizaje de ingl&#233;s que hab&#237;a estudiado durante la traves&#237;a. Repiti&#243; la frase varias veces m&#225;s, hasta sentirse totalmente c&#243;modo.

Rebecca sali&#243; del ba&#241;o. Llevaba traje chaqueta y medias negras. Delaroche le alarg&#243; una Beretta cargada y dos cargadores adicionales, que Rebecca se guard&#243; en un bolso negro.

Hab&#237;a dejado el Volvo aparcado en la Veintid&#243;s, junto a Massachusetts Avenue. Le hab&#237;an puesto una multa. Delaroche tir&#243; la denuncia al suelo y se sent&#243; al volante.


La limusina se detuvo ante el hotel Mayflower, en Connecticut Avenue. Un portero uniformado abri&#243; la portezuela, y Douglas, Michael, Elizabeth y un agente del SSD se apearon. Entraron en el hotel y cruzaron el ornamentado vest&#237;bulo hasta el sal&#243;n de baile. Gerry Adams vio a Douglas y se zaf&#243; de las felicitaciones de un grupo de aduladores estadounidenses-irlandeses.

Gracias por venir, embajador Cannon -lo salud&#243; Adams con el acento marcado de West Belfast.

Era un hombre alto, de barba espesa y gafas de montura met&#225;lica Si bien ofrec&#237;a un aspecto robusto, padec&#237;a las secuelas de varios a&#241;os de encarcelamiento y un intento de asesinato perpetrado por la Fuerza de Voluntarios del Ulster que estuvo a punto de acabar con su vida.

Es un gran honor para nosotros tenerle aqu&#237; esta noche.

Gracias por invitarnos -repuso Douglas con cortes&#237;a al tiempo que le estrechaba la mano-. Perm&#237;tame que le presente a mi hija, Elizabeth Osbourne, y su esposo, Michael Osbourne.

Adams lanz&#243; una breve mirada a Michael y le estrech&#243; la mano sin entusiasmo. Mientras &#233;l y Douglas hablaban de la sesi&#243;n en la Casa Blanca, Elizabeth y Michael se alejaron unos pasos para darles un poco de intimidad.

Y entonces, sin previo aviso, Gerry Adams apoy&#243; una mano en el hombro de Michael.

&#191;Podr&#237;a hablar un momento con usted, se&#241;or Osbourne? Es bastante importante.


Delaroche aparc&#243; en la esquina de las calles Prospect y Potomac, en Georgetown, y se ape&#243;. Rebecca se sent&#243; al volante y baj&#243; la ventanilla. Delaroche se inclin&#243; hacia ella.

&#191;Alguna pregunta?

Rebecca deneg&#243; con la cabeza; Delaroche le alarg&#243; un sobre.

Si algo sale mal, si me pasa algo o nos separamos, ve a este lugar. Ir&#233; a buscarte si puedo.

Dicho aquello dio media vuelta y entr&#243; en una cafeter&#237;a atestada de estudiantes de Georgetown. Pidi&#243; caf&#233;, compr&#243; un peri&#243;dico y se sent&#243; a una mesa junto a los ventanales.

Al cabo de unos instantes vio pasar a Rebecca en direcci&#243;n al este, hacia el centro de Washington.


Por favor, si&#233;ntese, se&#241;or Osbourne -pidi&#243; Gerry Adams.

Hab&#237;a llevado a Michael a una gran sala contigua al sal&#243;n de baile. Sus dos guardaespaldas omnipresentes se alejaron discretamente. Adams sirvi&#243; dos tazas de t&#233;.

&#191;Leche, se&#241;or Osbourne?

S&#237;, por favor.

Tengo un mensaje para usted de su amigo Seamus Devlin.

Seamus Devlin no es amigo m&#237;o -espet&#243; Michael con brusquedad.

Los guardaespaldas se volvieron hacia ellos para cerciorarse de que todo iba bien. Gerry Adams los tranquiliz&#243; con un adem&#225;n.

S&#233; lo que pas&#243; aquella noche en Belfast -prosigui&#243;-. Y s&#233; por qu&#233; pas&#243;. No estar&#237;amos donde estamos ahora mismo, a punto de conseguir la paz duradera en Irlanda del Norte, de no ser por el IRA. Es una fuerza extremadamente profesional que no debe tomarse a la ligera. T&#233;ngalo en cuenta la pr&#243;xima vez que intente infiltrar a alguien.

Cre&#237;a que ten&#237;a un mensaje para m&#237;.

Se trata de esa zorra que tendi&#243; la trampa a Eamonn Dillon en Falls Road, Rebecca Wells.

&#191;Qu&#233; pasa con ella?

Despu&#233;s de lo de Hartley Hall se fue a Par&#237;s. -Adams alz&#243; la taza en un brindis burl&#243;n-. Por cierto, buen trabajo, se&#241;or Osbourne.

Michael guard&#243; silencio.

Viv&#237;a en Montparnasse con un mercenario escoc&#233;s llamado Roderick Campbell. Seg&#250;n Devlin, ella y Campbell buscaban a un asesino a sueldo para que acabara el trabajo con su suegro.

Michael se inclin&#243; hacia adelante con un sobresalto.

&#191;C&#243;mo de buena es la fuente?

No entr&#233; en detalles sobre eso con Devlin, se&#241;or Osbourne, pero ya ha visto de cerca c&#243;mo trabaja. No se toma sus asuntos a la ligera.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora Rebecca Wells?

Hace dos semanas abandon&#243; Par&#237;s de repente, y Devlin no ha vuelto a localizarla.

&#191;Qu&#233; hay de Roderick Campbell?

Desaparecido, para siempre, me temo. Lo mataron a tiros en su piso junto con una chica. -A todas luces, Adams disfrutaba del hecho de revelarle a Michael algo que no sab&#237;a-. Seguro que eso no apareci&#243; en sus sofisticados ordenadores del Centro de Antiterrorismo.

&#191;Wells y Campbell encontraron al asesino en cuesti&#243;n?

Devlin no lo sabe, pero yo de usted no bajar&#237;a la guardia, ya sabe a qu&#233; me refiero. Ser&#237;a nefasto para todas las partes implicadas en el proceso de paz si un asesino que actuara en nombre de la Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster consiguiera matar a su suegro en esta coyuntura -se&#241;al&#243; Adams al tiempo que dejaba la taza para indicar que la conversaci&#243;n estaba a punto de finalizar-. Devlin espera que esto compense cualquier resentimiento que pueda albergar por el asunto de Kevin Maguire.

D&#237;gale a Devlin que se vaya a tomar por el culo.

Se lo dir&#233; -prometi&#243; Adams con una sonrisa.


Rebecca Wells estaba sentada al volante del Volvo a media manzana de la entrada del Mayflower. Observ&#243; al embajador Cannon y los Osbourne salir del hotel seguidos del agente del SSD. Puso en marcha el motor y marc&#243; un n&#250;mero en el m&#243;vil.

S&#237;.

Est&#225;n saliendo del primer punto y se dirigen al segundo. La comunicaci&#243;n se interrumpi&#243;.

Rebecca puso la primera y se mezcl&#243; con el tr&#225;fico vespertino de Connecticut Avenue.

&#191;Desde cu&#225;ndo sois tan buenos amigos Gerry y t&#250;? -pregunt&#243; Elizabeth.

Nos movemos en c&#237;rculos parecidos.

&#191;Qu&#233; quer&#237;a?

Disculparse por lo que me pas&#243; en Belfast.

&#191;Y has aceptado sus disculpas?

Pues no.

&#191;Nada m&#225;s?

Nada m&#225;s.

Bueno, ha llegado el momento de cruzar la frontera religiosa -anunci&#243; Douglas-. Venga, al Four Seasons a tomar unas copas con los protestantes.

&#191;Crees que alg&#250;n d&#237;a llegar&#225;n a organizar recepciones conjuntas? -suspir&#243; Elizabeth.

Puedes esperar sentada -replic&#243; Michael.


Noventa minutos m&#225;s tarde, Rebecca Wells estaba aparcada en un tramo bordeado de &#225;rboles de Massachusetts Avenue, en la zona noroeste de Washington. En la acera de enfrente se alzaba el enorme complejo de la embajada brit&#225;nica. Desde su punto de observaci&#243;n privilegiado divisaba el patio delantero de la residencia de embajador. Empezaban a marcharse los primeros invitados.

Rebecca abri&#243; la carta que le hab&#237;a dado Delaroche y la ley&#243; a la mortecina luz de las farolas. Luego dobl&#243; el papel y se lo guard&#243; en el bolsillo. Record&#243; aquella tarde g&#233;lida en la playa de Norfolk, la tarde que hab&#237;a partido hacia Escocia para ir a buscar a Gavin Spencer y las armas. Costaba creer que s&#243;lo hab&#237;a transcurrido un mes desde entonces, pues hab&#237;an sucedido tantas cosas Recordaba la extra&#241;a sensaci&#243;n de tranquilidad que la hab&#237;a embargado aquel d&#237;a mientras paseaba por la playa desolada. Hab&#237;a querido quedarse all&#237; para siempre. Y ahora ese hombre sin pasado, ese asesino a sueldo que le hab&#237;a hecho el amor como si su cuerpo fuera de cristal, le ofrec&#237;a un santuario junto al mar.

Alz&#243; la mirada a tiempo para ver a Douglas Cannon y los Osbourne salir de la residencia del embajador brit&#225;nico. Una vez m&#225;s marc&#243; el n&#250;mero en el m&#243;vil y esper&#243; a o&#237;r la voz del hombre al que s&#243;lo conoc&#237;a por el nombre de Jean-Paul.


Delaroche cort&#243; la comunicaci&#243;n con Rebecca Wells, sali&#243; de la cafeter&#237;a y camin&#243; a buen paso por Potomac hasta llegar a la calle N. La casa de los Osbourne se encontraba a dos manzanas de distancia. Afloj&#243; el paso al doblar por la tranquila calle residencial y busc&#243; de forma instintiva indicios de medidas de seguridad adicionales.

Ten&#237;a que cronometrar su llegada a la perfecci&#243;n. El agente del SSD que acompa&#241;aba a Douglas Cannon avisar&#237;a a su equipo por radio de la inminente llegada del embajador. Si no obten&#237;a respuesta, sospechar&#237;a que hab&#237;a problemas, raz&#243;n por la que Delaroche se lo estaba tomando con calma.

Por fin vio a los agentes del SSD sentados en un coche estacionado frente a la casa de los Osbourne con las ventanillas delanteras bajadas. Uno de ellos, el que se sentaba al volante, hablaba por radio. Delaroche supon&#237;a que hablaba con el agente de la limusina del embajador.

Delaroche se acerc&#243; al coche y se detuvo ante la ventanilla del conductor.

Perdone, &#191;d&#243;nde est&#225; Wisconsin Avenue?

El agente se&#241;al&#243; hacia el este sin decir nada.

Gracias -dijo Delaroche.

Entonces meti&#243; la mano debajo de la gabardina, sac&#243; la Beretta con silenciador y dispar&#243; a ambos agentes varias veces en el pecho. Luego abri&#243; la portezuela y empuj&#243; ambos cad&#225;veres hacia el asiento del acompa&#241;ante. Subi&#243; las ventanillas con el elevalunas el&#233;ctrico, retir&#243; la llave del contacto y cerr&#243; de nuevo la portezuela.

El episodio apenas hab&#237;a durado treinta segundos. Arroj&#243; las llaves del coche lejos de s&#237; y cruz&#243; la calle en direcci&#243;n a la casa de los Osbourne. Subi&#243; la escalinata y llam&#243; al timbre al tiempo que respiraba hondo para mantener la calma. Unos instantes m&#225;s tarde oy&#243; pasos que se acercaban.

&#191;Qui&#233;n es?

Era la voz con acento ingl&#233;s de Maggie, la ni&#241;era.

Seguridad Diplom&#225;tica, se&#241;ora -repuso Delaroche-. Tenemos una emergencia.

La puerta se abri&#243;, y Delaroche vio el rostro perplejo de Maggie.

&#191;Qu&#233; pasa?

Delaroche entr&#243; en la casa, cerr&#243; la puerta tras de s&#237;, cubri&#243; la boca de Maggie para ahogar su grito y acerc&#243; su rostro al suyo. Con la mano libre sac&#243; la Beretta del bolsillo de la americana y le oprimi&#243; el ca&#241;&#243;n contra la mejilla.

S&#233; que hay ni&#241;os en la casa y no tengo intenci&#243;n alguna de hacerles da&#241;o -susurr&#243; en su ingl&#233;s con acento extranjero-. Pero si no hace exactamente lo que le digo, le pegar&#233; un tiro en la cara. &#191;Lo ha entendido?

Maggie asinti&#243; con los ojos muy abiertos por el terror.

Muy bien, vamos arriba.


La velada hab&#237;a transcurrido sin incidentes, tal como hab&#237;a esperado Michael, pero mientras el coche recorr&#237;a Massachusetts Avenue, la advertencia de Gerry Adams le acudi&#243; de nuevo a la mente. Si Rebecca Wells hab&#237;a logrado contratar a un asesino, ello representaba una amenaza nueva y distinta para la seguridad de Douglas. Un asesino que trabajara solo ser&#237;a mucho m&#225;s dif&#237;cil de identificar y detener que una integrante de una organizaci&#243;n paramilitar conocida. Michael decidi&#243; que dar&#237;a la noticia a Douglas en cuanto llegaran a casa. Sus actividades y apariciones p&#250;blicas tendr&#237;an que reducirse hasta que la amenaza desapareciera o hasta que Rebecca Wells fuera detenida.

El coche dobl&#243; por Wisconsin Avenue y fue hacia el sur en direcci&#243;n a Georgetown. Elizabeth descans&#243; la cabeza en el hombro de Michael y cerr&#243; los ojos.

Douglas le apoy&#243; una mano en el antebrazo.

&#191;Sabes una cosa, Michael? Hay algo que no he hecho todav&#237;a y que debo hacer: darte las gracias.

&#191;A qu&#233; te refieres?

No te hab&#237;a dado las gracias por salvarme la vida. Si no te hubieras hecho cargo de este caso, si no hubieras ido a Irlanda del Norte y arriesgado tu vida, puede que a estas alturas ya estuviera muerto. Hasta ahora nunca hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de verte trabajar, como es natural, pero ahora puedo afirmar que eres un agente excepcional.

Gracias, Douglas. Viniendo de un liberal que siempre ha odiado a los esp&#237;as, tus palabras significan mucho para m&#237;.

&#191;Vas a seguir en la Agencia ahora que el asunto de Irlanda del Norte ha terminado?

Si mi mujer promete no divorciarse de m&#237;, s&#237; -repuso Michael-. Monica Tyler quiere que me encargue otra vez del caso Espada de Gaza. La Agencia ha sabido que es posible que planeen nuevos atentados.

&#191;Y c&#243;mo se ha enterado la Agencia?

Por movimientos de agentes conocidos, escuchas y dem&#225;s.

&#191;Algo en Gran Breta&#241;a?

Siempre es una posibilidad; les gusta operar all&#237;.

A&#250;n recuerdo el atentado de Heathrow.

Y yo -asegur&#243; Michael.

Douglas se arrellan&#243; en el asiento y cerr&#243; los ojos cuando el coche dej&#243; Wisconsin Avenue para enfilar las tranquilas calles residenciales de Georgetown.

&#191;Cu&#225;ndo va a acabar todo esto?

&#191;El qu&#233;?

El terrorismo, el asesinato de personas inocentes como actividad pol&#237;tica. &#191;Cu&#225;ndo va a acabar?

Cuando ya no queden en el mundo personas que se sientan lo bastante oprimidas para echar mano de las armas o las bombas. Cuando ya no queden fan&#225;ticos religiosos ni &#233;tnicos. Cuando ya no queden man&#237;acos que se exciten derramando sangre.

Entonces, supongo que la respuesta a mi pregunta es nunca. No acabar&#225; nunca.

El historiador eres t&#250;. En el siglo I, los zelotes utilizaban el terrorismo para luchar contra la ocupaci&#243;n romana de la Tierra Prometida. En el siglo XII, un grupo de musulmanes shi&#237;es llamados los Asesinos usaron el terrorismo contra los l&#237;deres sunn&#237;es de Persia. No es un fen&#243;meno nuevo precisamente.

Y ahora ha llegado a Am&#233;rica. El World Trade Center, Oklahoma, los Juegos Ol&#237;mpicos

Es barato, relativamente f&#225;cil y no requiere m&#225;s que un pu&#241;ado de personas. Dos hombres llamados Timothy McVeigh y Terry Nichols lo demostraron.

Me sigue pareciendo incomprensible -insisti&#243; Douglas-. Ciento sesenta y ocho personas desaparecidas en un abrir y cerrar de ojos.

A ver si lo dej&#225;is ya -pidi&#243; Elizabeth, abriendo los ojos cuando el coche fren&#243; delante de la casa-. Me est&#225;is deprimiendo con esta conversaci&#243;n.


Delaroche estaba en la primera planta de la casa, junto a una ventana que daba a la calle N, cuando oy&#243; el motor de un coche. Apart&#243; la cortina con el silenciador de la Beretta y mir&#243; hacia la calle. Cannon y los Osbourne hab&#237;an llegado a casa.

Solt&#243; la cortina y recorri&#243; el pasillo hasta la escalera, asomando la cabeza al dormitorio principal al pasar. La ni&#241;era yac&#237;a en el suelo atada y amordazada con cinta de embalaje.

Delaroche baj&#243; la escalera a toda prisa y se situ&#243; en el centro del vest&#237;bulo oscuro. Ser&#237;a f&#225;cil, pens&#243;, como el tiro al blanco en una feria, y entonces habr&#237;a terminado. Con todo.



38

Washington

Rebecca Wells enfil&#243; la calle N y sigui&#243; a la limusina a lo largo de dos manzanas, hasta que se detuvo. No hab&#237;a espacio para aparcar delante de la casa de los Osbourne, de modo que el conductor se limit&#243; a parar el coche y poner los intermitentes de emergencia. Rebecca meti&#243; la mano en el bolso y sac&#243; la Beretta nueve mil&#237;metros con silenciador. Repas&#243; mentalmente las instrucciones de Jean-Paul. Yo me encargo de los dos hombres del coche y luego entro en la casa -le hab&#237;a susurrado la noche anterior entre el estruendo del televisor puesto a todo volumen en la habitaci&#243;n del hotel-. Espera a que todos hayan salido del coche. Mata al &#250;ltimo hombre del SSD, y yo me encargar&#233; del embajador y Michael Osbourne.

Se pregunt&#243; si tendr&#237;a fuerzas para hacerlo. Pero entonces pens&#243; en Gavin Spencer, Kyle Blake y los hombres que hab&#237;an muerto en Hartley Hall porque Michael Osbourne y su suegro la hab&#237;an enga&#241;ado. Verific&#243; el mecanismo de la Beretta y quit&#243; el seguro.

Una de las portezuelas de la limusina se abri&#243;, y el agente del SSD se ape&#243; del veh&#237;culo. Rode&#243; el coche y abri&#243; la portezuela posterior m&#225;s pr&#243;xima a la casa. Michael Osbourne baj&#243; en primer lugar, mir&#243; a su alrededor y se fij&#243; un instante en el Volvo.

Acto seguido se ape&#243; el embajador, seguido de Elizabeth Osbourne.

Rebecca abri&#243; la portezuela.


Michael se volvi&#243; hacia el hombre del SSD.

&#191;D&#243;nde est&#225;n los otros agentes? -le pregunt&#243;.

El agente del SSD se llev&#243; la mano a la boca y murmur&#243; algunas palabras.

&#161;Entren en el coche! &#161;Ahora! -grit&#243; al ver que no obten&#237;a respuesta.

Fue entonces cuando Rebecca Wells sali&#243; del Volvo, apoy&#243; los brazos en el techo del coche para estabilizarlos y empez&#243; a disparar sobre el agente del SSD, un disparo tras otro, tal como Jean-Paul le hab&#237;a ense&#241;ado.


Michael no oy&#243; los disparos, tan s&#243;lo el estruendo de la luna posterior de la limusina al hacerse a&#241;icos y los golpes sordos de las balas de nueve mil&#237;metros perforando el maletero. En lugar de obedecer la orden del agente del SSD, Michael, Elizabeth y Douglas se hab&#237;an arrojado de forma instintiva al suelo.

Michael sospechaba que hab&#237;a algo extra&#241;o en la mujer del Volvo familiar, pero no hab&#237;a sido lo bastante r&#225;pido para considerar la posibilidad de que se tratara de Rebecca Wells. Pero ahora, en cuclillas junto a Elizabeth y Douglas, le surcaron la mente los &#250;ltimos segundos de la vida del agente del SSD. El agente hab&#237;a intentado comunicarse con los otros hombres, pero sin conseguirlo. Eso era porque otra persona ya los hab&#237;a matado, pens&#243; Michael. Entonces pens&#243; en la informaci&#243;n que Gerry Adams le hab&#237;a dado aquella misma noche. Rebecca Wells buscaba a un asesino profesional para eliminar a Douglas; ese hombre deb&#237;a de andar cerca.

Michael sac&#243; la Browning. El conductor segu&#237;a sentado al volante de la limusina, agachado por debajo del nivel del respaldo del asiento. Michael asi&#243; a Elizabeth y Douglas.

&#161;Meteos en el coche! -grit&#243;.

Elizabeth se arrastr&#243; sobre el asiento trasero. Uno de los disparos alcanz&#243; al hombre del SSD en la cabeza, arrojando una lluvia de sangre y sesos a trav&#233;s de la luna rota. Elizabeth mir&#243; a Michael con aire impotente e intent&#243; limpiarse la sangre de la cara. De repente abri&#243; los ojos de par en par.

&#161;Detr&#225;s de ti, Michael! -chill&#243;.

Michael se volvi&#243; y vio una figura al final de la escalinata curva que conduc&#237;a a la puerta principal de la casa. El hombre levant&#243; el brazo derecho y dispar&#243; dos veces con una mano. Su arma con silenciador no emiti&#243; sonido alguno, tan s&#243;lo lenguas de fuego.

Aun a la luz tenue de Georgetown, Michael supo que hab&#237;a visto antes esa forma tan inconfundible de manejar el arma. El hombre de la escalinata era Octubre.

El primer disparo rebot&#243; contra el techo del coche, y el segundo alcanz&#243; a Douglas en la espalda cuando se arrojaba al interior del coche. Cay&#243; en brazos de Elizabeth con un gru&#241;ido de dolor.

Michael apunt&#243; a Octubre y efectu&#243; varios disparos, oblig&#225;ndolo a entrar de nuevo en la casa. En la calle silenciosa, la Browning sonaba como fuego de artiller&#237;a.

&#161;Fuera de aqu&#237;! -grit&#243; Michael al conductor-. &#161;S&#225;quelos de aqu&#237;!

El ch&#243;fer se incorpor&#243; y pis&#243; el acelerador. Lo &#250;ltimo que vio Michael fue a Elizabeth grit&#225;ndole algo a trav&#233;s de la ventanilla rota.

&#161;Los ni&#241;os, Michael! &#161;Los ni&#241;os!


Michael se arroj&#243; entre dos coches aparcados para ponerse a cubierto de Rebecca Wells y Octubre, al menos durante unos segundos. Mir&#243; hacia la entrada de la casa y vio aparecer a Octubre. Le apunt&#243; con la Browning y dispar&#243; varias veces. Octubre volvi&#243; a refugiarse en el interior de la casa. En ese momento, las ventanillas de los coches que lo rodeaban empezaron a hacerse a&#241;icos. La mujer le estaba disparando.

Se hab&#237;an encendido las luces de varias casas de la manzana. Michael se volvi&#243; y vio a Rebecca Wells de pie tras la portezuela abierta del Volvo familiar, disparando por encima del techo. Gir&#243; sobre s&#237; mismo y pens&#243; en devolverle los disparos, pero comprendi&#243; que si fallaba alguna bala pod&#237;a ir a parar a una de las casas de la calle y matar a alg&#250;n inocente que hubiera salido a ver qu&#233; pasaba.

Apunt&#243; hacia su propia casa. Por favor, que los ni&#241;os est&#233;n arriba en su habitaci&#243;n, pens&#243;. Y entonces dispar&#243; contra Octubre hasta vaciar el cargador.

Michael oy&#243; la primera sirena cuando cambiaba el cargador. Tal vez hab&#237;an acudido alertados por el tiroteo, o quiz&#225;s el hombre del SSD hab&#237;a logrado darles aviso antes de morir. Sea como fuere, Michael o&#237;a el aullido de varias sirenas que se acercaban.

Octubre apareci&#243; en el umbral haciendo se&#241;as a Rebecca.

&#161;Vete! -grit&#243;-. &#161;L&#225;rgate de aqu&#237;!

El primer coche patrulla dobl&#243; la esquina de la calle N.

Octubre dispar&#243; dos veces contra el veh&#237;culo.

&#161;Ahora, Rebecca! &#161;Vete!

Michael efectu&#243; cuatro disparos contra Octubre.

Rebecca Wells subi&#243; al Volvo, pis&#243; el acelerador y pas&#243; a toda velocidad junto al lugar donde se hab&#237;a cobijado Michael. Octubre sali&#243; al porche por &#250;ltima vez, dispar&#243; varias veces en direcci&#243;n a Michael, gir&#243; sobre sus talones y entr&#243; corriendo en la casa.

Michael se levant&#243; y lo sigui&#243; escalinata arriba con la Browning en la mano extendida. Al llegar a la puerta escudri&#241;&#243; el vest&#237;bulo en penumbra y vio que Octubre alzaba una silla y romp&#237;a con ella la puerta acristalada.

Octubre se volvi&#243; por &#250;ltima vez y levant&#243; el arma. Michael no oy&#243; nada, tan s&#243;lo vio el destello que brotaba del ca&#241;&#243;n. Se apoy&#243; contra la fachada exterior de la casa; al otro lado de la pared, las balas se incrustaban en el yeso. Cuando los disparos cesaron, Michael entr&#243; en la casa y dispar&#243; tres veces m&#225;s mientras Octubre cruzaba el jard&#237;n y escalaba la verja.


Michael corri&#243; escalera arriba y encontr&#243; a los ni&#241;os llorando en sus cunas.

&#161;Maggie!

Oy&#243; golpes y gritos ahogados procedentes del dormitorio principal. Corri&#243; por el pasillo y encendi&#243; las luces de la habitaci&#243;n. Maggie yac&#237;a en el suelo atada y amordazada.

&#191;Era uno solo, Maggie?

Maggie asinti&#243;.

Ahora vuelvo.

Michael baj&#243; la escalera de tres en tres en el momento en que un agente de la polic&#237;a metropolitana entraba en la casa con el arma desenfundada.

&#161;Quieto! &#161;Tire el arma! -orden&#243; el polic&#237;a al tiempo que le apuntaba.

Soy Michael Osbourne. Vivo aqu&#237;.

&#161;Me importa una mierda qui&#233;n sea! &#161;Tire el arma inmediatamente!

&#161;Maldita sea, soy el yerno del embajador Cannon y trabajo para la CIA! &#161;Deje de enca&#241;onarme de una puta vez!

El agente sigui&#243; apunt&#225;ndole a la cabeza.

Han disparado a mi suegro -prosigui&#243; Michael-. Los dos responsables han huido, un hombre a pie y una mujer en un Volvo familiar negro. Mis hijos est&#225;n arriba con la ni&#241;era. Vaya a ayudarla. Ahora vuelvo.

&#161;Eh, oiga, vuelva aqu&#237;! -grit&#243; el agente mientras Michael atravesaba el vest&#237;bulo y sal&#237;a por la cristalera destrozada.


Delaroche no hab&#237;a ido a Washington para enzarzarse en un tiroteo con Michael Osbourne. Cualquiera pod&#237;a resultar herido cuando las balas vuelan en espacios peque&#241;os, y no estaba dispuesto a cambiar su vida por la de Osbourne. Adem&#225;s, hab&#237;a alcanzado a su blanco principal, el embajador Cannon, con un buen disparo en la espalda. Con un poco de suerte, la herida ser&#237;a mortal. Sin embargo, le enojaba haber fracasado por segunda vez en el intento de matar a Osbourne.

Se quit&#243; la gabardina marr&#243;n mientras corr&#237;a por el callej&#243;n. Al llegar a la Treinta y cuatro se puso delante de un coche que se acercaba, un Saab gris claro conducido por un estudiante universitario. Delaroche levant&#243; la Beretta y le apunt&#243; a trav&#233;s del parabrisas.

&#161;Sal del coche!

El estudiante se ape&#243; con las manos en alto y se hizo a un lado.

Ll&#233;vatelo, maldito cabr&#243;n, puedes qued&#225;rtelo.

Y ahora corre -orden&#243; Delaroche agitando la Beretta. El estudiante ech&#243; a correr, y Delaroche se sent&#243; al volante.

&#161;Que te den por el saco, cabr&#243;n de mierda! -chill&#243; el estudiante.

Delaroche se alej&#243;. Sab&#237;a que ten&#237;a que salir de Georgetown cuanto antes. Condujo por la Treinta y cuatro en direcci&#243;n a la calle N. Si lograba cruzar el puente Francis Scott Key hacia Arlington, sus posibilidades de escapar aumentar&#237;an de forma dr&#225;stica. Una vez all&#237; pod&#237;a tomar la autopista George Washington, la interestatal 395 o la interestatal 66 y alejarse varios kil&#243;metros de la ciudad en cuesti&#243;n de minutos.

En la calle M, el sem&#225;foro cambi&#243; a rojo cuando Delaroche se acercaba a &#233;l. Una se&#241;al advert&#237;a que no se pod&#237;a girar a la derecha cuando el sem&#225;foro estaba en rojo. Consider&#243; la posibilidad de salt&#225;rsela, pero la calma durante las huidas le hab&#237;a resultado de gran utilidad en el pasado, as&#237; que decidi&#243; no precipitarse.

Pis&#243; el freno y par&#243; el coche.

Luego mir&#243; el reloj y empez&#243; a contar los segundos.


Al saltar de la verja al callej&#243;n, Michael Osbourne oy&#243; a un hombre mascullar obscenidades. Una fracci&#243;n de segundo m&#225;s tarde oy&#243; un chirrido de neum&#225;ticos y el rugido del motor de un coche peque&#241;o. A juzgar por el sonido, Michael supon&#237;a que se dirig&#237;a hacia la calle M; tambi&#233;n supon&#237;a que era Octubre intentando escapar. Corri&#243; hacia la calle M, dobl&#243; a la derecha y sigui&#243; corriendo.


Delaroche vio a Osbourne correr por la calle M con un arma en la mano, ahuyentando a su paso a numerosos transe&#250;ntes sobresaltados. Delaroche se volvi&#243; despacio y esper&#243; a que el sem&#225;foro cambiara.

La Beretta yac&#237;a sobre el asiento del acompa&#241;ante. Delaroche la cogi&#243; con la mano derecha y desliz&#243; el dedo &#237;ndice tras el gatillo. Puede que consiga acabar el trabajo a fin de cuentas, pens&#243;.

Osbourne lleg&#243; al cruce y se detuvo en medio del paso cebra, justo delante del Saab, con el arma en la mano y la mirada fija en la calle Treinta y cuatro. Respiraba con dificultad, y sus ojos lo escudri&#241;aban todo.

Delaroche se puso la Beretta sobre el regazo. Consider&#243; la posibilidad de disparar a Osbourne a trav&#233;s del parabrisas, pero la descart&#243; en seguida. Aun cuando alcanzara a Osbourne, se ver&#237;a obligado a huir en un coche da&#241;ado. Alarg&#243; la mano izquierda y puls&#243; un bot&#243;n del brazo del asiento para bajar la ventanilla. En aquel instante, el sem&#225;foro cambi&#243; a verde.

A su espalda, varios conductores empezaron a tocar el claxon sin darse cuenta de que hab&#237;a un hombre parado en medio del cruce.

Delaroche permaneci&#243; inm&#243;vil, esperando a que Osbourne actuara.


Michael se qued&#243; en el cruce con el coraz&#243;n desbocado, haciendo caso omiso de la algarab&#237;a de cl&#225;xones y estudiando los rostros de cada veh&#237;culo. Un hombre trajeado de cuarenta y tantos a&#241;os en un Saab gris claro, dos estudiantes ricos en un BMW rojo, un par de patricios de Georgetown en un renqueante Mercedes diesel, un repartidor de Pizza Hut

Todos tocaban el claxon menos el hombre del Saab. Michael lo observ&#243; con detenimiento. Era bastante feo: mejillas gordinflonas, ment&#243;n redondeado, nariz ancha y chata. Michael hab&#237;a visto aquel rostro en alguna parte, pero no consegu&#237;a recordar d&#243;nde. Se lo qued&#243; mirando mientras surcaban su mente los rostros de su pasado, uno por uno, como im&#225;genes en una pantalla, algunos claros y definidos, otros borrosos y lejanos. Y de repente supo d&#243;nde lo hab&#237;a visto, en la pantalla del ordenador de Morton Dunne, en la oficina de servicios t&#233;cnicos de la C&#205;A.

Michael apunt&#243; el arma al rostro de Octubre.

&#161;Baje del coche! &#161;Ya!



39

Washington

El amplio cruce al pie del puente Key es uno de los m&#225;s congestionados y ca&#243;ticos de Washington. El tr&#225;fico procedente del puente, la calle M y la carretera de Whitehurst convergen en un solo punto. Durante las horas punta de la ma&#241;ana y la tarde, el cruce est&#225; atestado de veh&#237;culos que van y vuelven de los suburbios; por la noche se llena de coches camino de los restaurantes y bares de Georgetown. Sobre el conjunto se cierne la escalera de piedra negra que hizo famosa El exorcista, un lugar triste, cubierto de pintadas, que huele a la orina de los estudiantes de Georgetown borrachos que consideran un rito inici&#225;tico mear all&#237;.

Sin embargo, Delaroche no pensaba en nada de esto mientras permanec&#237;a sentado al volante del Saab, frente al ca&#241;&#243;n de la Browning autom&#225;tica de Michael Osbourne. Cuando Michael le orden&#243; salir del coche, pis&#243; el acelerador a fondo y se agach&#243;.

Michael efectu&#243; varios disparos a trav&#233;s del parabrisas y salt&#243; a un lado cuando el Saab entr&#243; en el cruce.

Delaroche se incorpor&#243;, recobr&#243; el control del coche y se dirigi&#243; a la entrada del puente Key.

Michael rod&#243; sobre s&#237; mismo para esquivar el coche, hinc&#243; una rodilla en tierra y apunt&#243; al Saab que se alejaba a toda velocidad, ahogando con el rugido del motor el estruendo de los cl&#225;xones.

Le quedaban ocho balas y ning&#250;n cargador de repuesto. Las us&#243; todas antes de que Delaroche pudiera entrar en el puente.

Siete de ellas perforaron el maletero y se alojaron en el asiento trasero.

La octava alcanz&#243; el dep&#243;sito de gasolina, y el Saab explot&#243;.


Delaroche oy&#243; la explosi&#243;n y al instante sinti&#243; el calor de la gasolina ardiendo. Los coches se detuvieron a su alrededor entre chirridos de neum&#225;ticos. Un joven ataviado con una sudadera roja de los Redskins acudi&#243; en su ayuda. Delaroche le apunt&#243; a la cabeza con la Beretta, y el joven huy&#243; despavorido.

Delaroche se ape&#243; de un salto y vio a Michael Osbourne corriendo hacia &#233;l.

Levant&#243; la Beretta y dispar&#243; tres veces.

Michael Osbourne se arroj&#243; tras un coche aparcado.

Delaroche ech&#243; a andar hacia el puente Key, pero un coche, haciendo caso omiso del veh&#237;culo que ard&#237;a en medio del cruce, se acercaba a &#233;l a toda velocidad. Delaroche salt&#243; a un lado en el &#250;ltimo momento, pero no logr&#243; evitar el rebote contra el parabrisas.

La Beretta se le escap&#243; de las manos y cay&#243; entre los coches que se acercaban por la calle.

Delaroche alz&#243; la mirada y vio a Michael Osbourne correr hacia &#233;l. Se puso en pie e intent&#243; correr, pero su tobillo derecho cedi&#243;, por lo que volvi&#243; a desplomarse.

Pugn&#243; por incorporarse y se oblig&#243; a avanzar. Sent&#237;a el tobillo como vidrio roto bajo la piel. Por fin logr&#243; llegar a la acera del puente Key.

Un hombre contemplaba la panor&#225;mica mientras sosten&#237;a el manillar de una bicicleta de monta&#241;a de baja calidad.

Delaroche le asest&#243; un pu&#241;etazo en el cuello y se llev&#243; la bicicleta. Mont&#243; e intent&#243; pedalear, pero el dolor del tobillo derecho le hizo proferir un grito. Opt&#243; por pedalear con una sola pierna, la izquierda, pero entre el tobillo roto y la baja calidad de la bicicleta, Osbourne acortaba cada vez m&#225;s la distancia entre ellos.

Delaroche se sent&#237;a impotente. Iba desarmado y su &#250;nico medio de transporte era una bicicleta renqueante. Y para acabar de empeorar las cosas, estaba herido.

M&#225;s que nada, se vio acometido por una oleada de rabia, rabia contra su padre, Vladimir y todos los dem&#225;s del KGB que lo hab&#237;an condenado a una vida de asesinatos. Rabia contra s&#237; mismo por fracasar de nuevo en el intento de matar a Osbourne. Se pregunt&#243; c&#243;mo hab&#237;a sabido Osbourne que era el conductor del Saab. &#191;Lo habr&#237;a traicionado Leroux antes de morir aquella noche en Par&#237;s? &#191;Lo habr&#237;a traicionado el Director? &#191;O acaso hab&#237;a vuelto a subestimar la inteligencia y el ingenio del hombre de la CIA, el hombre que hab&#237;a jurado destruirlo? Que todo acabara as&#237;, con Delaroche montando en una vieja bicicleta y Osbourne persigui&#233;ndolo a pie, casi daba risa. Se dio cuenta de que aunque lograra escapar de Osbourne, sus posibilidades de llegar muy lejos disminu&#237;an a marchas forzadas.

Volvi&#243; la cabeza y vio que Osbourne se acercaba cada vez m&#225;s. Se oblig&#243; a pedalear con ambas piernas, haciendo caso omiso del dolor, mientras decid&#237;a qu&#233; estaba dispuesto a hacer para salir de aquel puente con vida.


Michael guard&#243; la Browning en la sobaquera y corri&#243; por el puente, moviendo los brazos con fuerza para darse impulso. Por un instante se sinti&#243; transportado a la final de los mil quinientos metros de Virginia. En la &#250;ltima vuelta, Michael hab&#237;a efectuado una brillante maniobra t&#225;ctica para adelantar al primero en los &#250;ltimos cien metros, pero al llegar a la recta final le hab&#237;a faltado el valor suficiente con que soportar el dolor necesario para ganar. Hab&#237;a quedado pr&#225;cticamente hipnotizado por la espalda del otro chico, el revoloteo de su camiseta al viento, los m&#250;sculos de sus hombros mientras se alejaba cada vez m&#225;s y por fin romp&#237;a la cinta de meta. Recordaba a su padre, tan furioso por la derrota de Michael que ni siquiera lo hab&#237;a consolado tras la carrera.

Estaba a diez metros de Octubre.

Hab&#237;a corrido casi un kil&#243;metro y medio desde que saliera de la casa. Sent&#237;a las piernas pesadas, los m&#250;sculos tensos por la carrera, los brazos ardientes, la garganta con sabor a &#243;xido y sangre. Llevaba a&#241;os persiguiendo a Octubre, empleando todos los recursos y servicios t&#233;cnicos que la Agencia pon&#237;a a su disposici&#243;n, pero todo desembocaba all&#237;, en una carrera alocada por el puente Key. Esta vez no temer&#237;a al dolor. Esta vez no quedar&#237;a hipnotizado por la espalda de su adversario mientras &#233;ste se alejaba cada vez m&#225;s. Ech&#243; atr&#225;s la cabeza, rugi&#243; como un animal herido y agit&#243; los brazos como si pretendiera darse a&#250;n m&#225;s impulso.

Estaba a un par de metros de Octubre.

De repente se abalanz&#243; sobre &#233;l y lo derrib&#243;.

Octubre cay&#243; de espaldas con Michael sentado sobre su vientre.

Michael le asest&#243; dos pu&#241;etazos en el rostro, el segundo de los cuales le revent&#243; la piel del p&#243;mulo; luego lo agarr&#243; del cuello y empez&#243; a apretar.

Hab&#237;a perdido toda racionalidad, la cordura incluso. Apretaba el cuello de Octubre, cort&#225;ndole la respiraci&#243;n mientras gritaba como un salvaje, pero en el rostro del asesino se advert&#237;a una extra&#241;a serenidad. Miraba a Michael con sus ojos azules, y en sus labios se dibuj&#243; una vaga sonrisa.

Michael comprendi&#243; que Octubre estaba decidiendo la mejor forma de matarlo. Apret&#243; m&#225;s fuerte.

De repente, Octubre alarg&#243; la mano izquierda, asi&#243; el pelo de Michael con la mano izquierda, atrajo su cabeza hacia s&#237; y le meti&#243; el pulgar de la mano derecha en el ojo.

Michael profiri&#243; un grito ag&#243;nico y solt&#243; a Octubre. El asesino convirti&#243; sus manos en peque&#241;as hachas y le propin&#243; dos golpes secos en las sienes.

Michael estuvo a punto de perder el conocimiento. Sacudi&#243; la cabeza en un intento de aclarar su visi&#243;n, y entonces se dio cuenta de que estaba tendido de espaldas y el asesino se hab&#237;a zafado de &#233;l.

Se incorpor&#243; con un esfuerzo. Octubre ya estaba de pie, con las piernas separadas, las manos cerca del rostro, mirando a Michael de hito en hito. En aquel momento gir&#243; sobre s&#237; mismo y le dio un tremendo puntapi&#233; en la cabeza.

Michael cay&#243; de la acera, justo delante de un autob&#250;s. El conductor toc&#243; el claxon; Michael logr&#243; esquivarlo en el &#250;ltimo momento, cayendo de nuevo en brazos de Octubre.

El asesino se puso en cuclillas y, aprovechando el impulso de Michael, lo arroj&#243; por encima de la barandilla.


Delaroche aguard&#243; el chapoteo del cuerpo de Michael al chocar contra el agua a m&#225;s de treinta metros de distancia, pero no oy&#243; nada. Por fin se asom&#243; a la barandilla. Michael hab&#237;a conseguido aferrarse a su base con una mano, y ahora oscilaba peligrosamente. Alz&#243; la mirada hacia Delaroche con la boca ensangrentada.

Lo m&#225;s f&#225;cil ser&#237;a pisotearle la mano hasta que se soltara, pero por alguna raz&#243;n la idea le repugnaba. Siempre hab&#237;a matado deprisa y en silencio, apareciendo de la nada para esfumarse acto seguido. Matar a un hombre de esa forma se le antojaba una barbaridad.

Si me promete dejarme marchar, le ayudar&#233; a subir -propuso.

Que le den por el saco -mascull&#243; Michael con una mueca.

No me parece una actitud demasiado sabia -coment&#243; Delaroche al tiempo que as&#237;a la mu&#241;eca izquierda de Michael a trav&#233;s de los barrotes-. Venga, d&#233;me la mano.

Michael empez&#243; a perder agarre.

Acaba de matar a mi suegro -espet&#243;-. Ha intentado matarnos a m&#237; y a mi mujer. Mat&#243; a Sarah.

Yo no los he matado, Michael. Los responsables son otros; yo no fui m&#225;s que el arma. No soy responsable de su muerte, al igual que usted no es responsable de la muerte de Astrid Vogel.

&#191;Qui&#233;n le ha contratado? -jade&#243; Michael.

Eso no importa.

&#161;A m&#237; s&#237; me importa! &#191;Qui&#233;n le ha contratado?

Pero el brazo de Michael se debilitaba cada vez m&#225;s. Delaroche le agarr&#243; el brazo izquierdo con ambas manos.

Michael meti&#243; la mano derecha en el bolsillo, sac&#243; la Browning y apunt&#243; a la cabeza de Delaroche. Este sigui&#243; asiendo la mano de Michael con la mirada fija en el arma.

&#191;Conoce la historia de la rana y el escorpi&#243;n que cruzan el Nilo? -pregunt&#243; por fin con una sonrisa.

Michael conoc&#237;a la par&#225;bola; cualquiera que hubiera vivido o trabajado en Oriente Pr&#243;ximo la conoc&#237;a. Una rana y un escorpi&#243;n est&#225;n a orillas del Nilo, y el escorpi&#243;n pide a la rana que lo lleve al otro lado. La rana se niega porque teme que el escorpi&#243;n la pique. El escorpi&#243;n asegura a la rana que no le har&#225; da&#241;o; picarla ser&#237;a una estupidez, ya que ambos se ahogar&#237;an. La rana considera l&#243;gico el argumento y accede a llevar al escorpi&#243;n. Cuando est&#225;n a mitad de camino, el escorpi&#243;n pica a la rana. Ahora nos ahogaremos los dos, gime la rana mientras el cuerpo se le entumece a causa del veneno del escorpi&#243;n. &#191;Por qu&#233; lo has hecho? Porque esto es Oriente Pr&#243;ximo, responde el escorpi&#243;n con una sonrisa.

S&#237;, la conozco -asinti&#243; Michael.

Llevamos demasiados a&#241;os enzarzados en este conflicto. Puede que podamos ayudarnos mutuamente. La venganza es para los salvajes. Tengo entendido que hace poco estuvo en Irlanda del Norte Mire lo que la venganza ha conseguido all&#237;.

&#191;Qu&#233; quiere?

Le revelar&#233; lo que m&#225;s le interesa saber, el nombre de quien me contrat&#243; para matar a Douglas Cannon, los nombres de los que me contrataron para matar a los conspiradores del asunto TransAtlantic, los nombres de los que me contrataron para matarlo a usted porque sab&#237;a demasiado. -Hizo una pausa-. Tambi&#233;n le hablar&#233; de la persona de su organizaci&#243;n que est&#225; involucrada con esas personas. A cambio, usted me proporcionar&#225; protecci&#243;n y acceso a mis cuentas bancarias.

No tengo autoridad para cerrar un trato as&#237;.

Puede que autoridad no, pero s&#237; la capacidad necesaria.

Michael guard&#243; silencio.

No querr&#225; morir sin saber la verdad, &#191;eh, Michael?

&#161;Que le den por el saco!

&#191;Trato hecho?

&#191;C&#243;mo sabe que no lo har&#233; detener en cuanto me suba?

Porque por desgracia es usted un hombre de palabra, lo cual lo convierte en una persona del todo inadecuada para este trabajo -repuso Delaroche antes de zarandear un poco a Michael y a&#241;adir-: &#191;Trato hecho?

Trato hecho, maldito hijo de puta.

De acuerdo. Deje caer el arma al r&#237;o y d&#233;me la mano antes de que nos matemos los dos.



40

Washington  Aeropuerto Internacional Dulles

La bala le ha fracturado varias costillas y le ha perforado el pulm&#243;n izquierdo -explic&#243; el m&#233;dico del Hospital Universitario George Washington, un cirujano de aspecto grotescamente joven que se llamaba Carlisle-. Pero a menos que surjan complicaciones graves, creo que se pondr&#225; bien.

&#191;Puedo verlo? -pidi&#243; Elizabeth.

Carlisle neg&#243; con la cabeza.

Est&#225; en recuperaci&#243;n, y la verdad, no tiene muy buen aspecto. &#191;Por qu&#233; no intenta ponerse c&#243;moda? Le dejaremos verlo en cuanto se despierte.

El m&#233;dico sali&#243;. Elizabeth intent&#243; permanecer sentada, pero al cabo de unos minutos ya volv&#237;a a pasearse por la peque&#241;a sala de espera privada como un oso enjaulado. Dos agentes de polic&#237;a montaban guardia delante de la puerta. Elizabeth llevaba el uniforme azul celeste del hospital, pues su vestido se hab&#237;a manchado con la sangre de su padre y el agente del SSD. Maggie y los ni&#241;os estaban en otra habitaci&#243;n. Desde luego, Maggie era una mujer notable, se dijo Elizabeth. Pese a que un asesino la hab&#237;a amenazado y atado con cinta de embalar, se negaba a permitir que otros cuidaran de Liza y Jake. Ahora Elizabeth s&#243;lo necesitaba una cosa: o&#237;r la voz de su marido.

Hab&#237;a transcurrido m&#225;s de una hora desde su febril huida de la calle N. La polic&#237;a le hab&#237;a contado cuanto sab&#237;a. Cuando llegaron los primeros coches patrulla, los terroristas hab&#237;an huido, y Michael segu&#237;a vivo. Luego desapareci&#243; por el jard&#237;n posterior, y nadie lo hab&#237;a visto desde entonces. Dos minutos m&#225;s tarde se oyeron disparos procedentes del puente Key, y un coche salt&#243; por los aires. El veh&#237;culo, un Saab gris claro, hab&#237;a sido robado minutos antes por un hombre a punta de pistola. Tambi&#233;n se recibieron informes de dos hombres peleando sobre el puente, un hombre suspendido sobre el agua Elizabeth cerr&#243; los ojos con un estremecimiento. Por favor, Michael, si est&#225;s vivo, d&#237;melo

Eran las once. Encendi&#243; el televisor e hizo un poco de zapping. La noticia sal&#237;a en todas partes, tanto en las cadenas locales como en las de noticias por cable. Nadie sab&#237;a nada de Michael. Sac&#243; un cigarrillo del bolso, lo encendi&#243; y fum&#243; mientras segu&#237;a pase&#225;ndose.

Una enfermera asom&#243; la cabeza por la puerta.

Lo siento, se&#241;ora, pero no se puede fumar aqu&#237; dentro. Elizabeth busc&#243; un lugar donde apagarlo.

Ya me lo llevo yo, se&#241;ora Osbourne -se ofreci&#243; la enfermera con amabilidad-. &#191;Quiere que le traiga algo? Elizabeth mene&#243; la cabeza.

Cuando la enfermera sali&#243; le son&#243; el tel&#233;fono m&#243;vil. Elizabeth lo sac&#243; del bolso y lo conect&#243;.

Diga.

Soy yo, Elizabeth. No digas nada, s&#243;lo escucha.

Michael -susurr&#243;.

Estoy bien, no estoy herido.

Gracias a Dios.

&#191;C&#243;mo est&#225; Douglas?

Ha salido del quir&#243;fano. El m&#233;dico cree que se pondr&#225; bien.

&#191;Y los ni&#241;os?

Est&#225;n aqu&#237;, en el hospital -repuso Elizabeth-. &#191;Cu&#225;ndo te ver&#233;?

Puede que ma&#241;ana; tengo que ocuparme de un asunto. Te quiero, Elizabeth.

&#191;D&#243;nde est&#225;s, Michael? -pregunt&#243; Elizabeth. Pero la comunicaci&#243;n ya se hab&#237;a interrumpido.


Rebecca Wells dej&#243; el Volvo en el aparcamiento del aeropuerto Dulles y fue a la terminal en autob&#250;s. Arroj&#243; las llaves a una papelera, fue a los servicios, entr&#243; en un cub&#237;culo y se quit&#243; el traje chaqueta para ponerse vaqueros deste&#241;idos, jersey y botas de cowboy de ante. Por fin se fij&#243; el cabello al cr&#225;neo con horquillas y se puso una peluca rubia antes de mirarse al espejo. La transformaci&#243;n hab&#237;a tenido lugar en menos de cinco minutos. Ahora era Sally Burke, de Los Angeles, con un pasaporte y un carn&#233; de conducir que lo avalaban.

Atraves&#243; la terminal hasta el mostrador de AeroM&#233;xico y se registr&#243; en el &#250;ltimo vuelo a Ciudad de M&#233;xico. Las siguientes setenta y dos horas ser&#237;an dif&#237;ciles. Desde M&#233;xico viajar&#237;a por Am&#233;rica Central y del Sur cambiando de identidad cada d&#237;a, y en Buenos Aires coger&#237;a un avi&#243;n de vuelta a Europa.

Se sent&#243; junto a la puerta de embarque e intent&#243; cerrar los ojos, pero cada vez que lo hac&#237;a ve&#237;a la cabeza del agente del SSD estallar en medio de una lluvia de sangre.

El canal aeroportuario de la CNN emit&#237;a un bolet&#237;n informativo sobre el intento de asesinato:


La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster acaba de reivindicar la autor&#237;a del intento de asesinato del embajador Douglas Cannon. Los dos atacantes, un hombre y una mujer, se encuentran en paradero desconocido. Los m&#233;dicos del Hospital Universitario George Washington afirman que Cannon se encuentra en estado cr&#237;tico, pero que sus heridas no hacen temer por su vida


Rebecca desvi&#243; la vista. &#191;D&#243;nde est&#225;s, Jean-Paul?, pens&#243;. Sac&#243; la carta que le hab&#237;a dado cuatro horas antes y la ley&#243; una vez m&#225;s. Ve a este lugar. Ir&#233; a buscarte si puedo.

En ese momento oy&#243; la llamada para su vuelo. Tir&#243; la misiva a una papelera y se dirigi&#243; a la puerta de embarque.



41

Washington

&#191;C&#243;mo debo llamarlo?

Utilizo muchos nombres, pero el que he usado m&#225;s tiempo es Jean-Paul Delaroche, as&#237; que he llegado a sentirme identificado con &#233;l.

&#191;O sea que debo llamarlo Delaroche?

Si quiere -mascull&#243; Delaroche antes de fruncir los labios en un gesto muy franc&#233;s.

Pese a la hora tard&#237;a a&#250;n hab&#237;a bastante tr&#225;fico en el cintur&#243;n, los vestigios de la eterna hora punta de Washington. Michael tom&#243; la interestatal 95 en direcci&#243;n norte, hacia Baltimore. El coche era un Ford alquilado que Michael hab&#237;a recogido en el aeropuerto nacional tras escapar del puente Key en taxi. En el primer momento, el taxista se hab&#237;a negado a abrir la puerta a un par de hombres trajeados que parec&#237;an reci&#233;n salidos de la peor paliza de sus vidas, pero Delaroche le hab&#237;a ense&#241;ado un fajo de billetes de veinte, a lo que el conductor hab&#237;a respondido que si quer&#237;an ir a la luna les garantizaba que llegar&#237;an all&#237; antes del amanecer.

Delaroche iba en el asiento delantero con el pie apoyado en el salpicadero. Se frotaba el tobillo y lo miraba con el entrecejo fruncido como si se sintiera traicionado por &#233;l. Encendi&#243; otro cigarrillo con aire despreocupado y sin el menor atisbo de nerviosismo ni temor. Baj&#243; un poco la ventanilla para dejar salir el humo; de repente, el interior del coche se llen&#243; de olor a tierra mojada.

Durante a&#241;os despu&#233;s de la muerte de Sarah, Michael hab&#237;a intentado forjarse una imagen de su asesino. Supon&#237;a que lo hab&#237;a imaginado m&#225;s alto de lo que era. De hecho, Delaroche era bastante bajo y compacto, con los m&#250;sculos tensos y nervudos de un w&#233;lter. Michael hab&#237;a o&#237;do su voz una vez, la noche en que hab&#237;a intentado matarlo en Cannon Point, pero ahora, al escucharlo, comprendi&#243; que no era un solo hombre, sino muchos. Hablaba con distintos acentos europeos, ora franc&#233;s, ora alem&#225;n, a veces holand&#233;s, a veces griego. Sin embargo, nunca hablaba con acento ruso, y Michael se pregunt&#243; si a esas alturas a&#250;n sabr&#237;a hablar su lengua materna.

Por cierto, el arma estaba descargada.

Delaroche exhal&#243; un suspiro profundo, como si mirara un programa de televisi&#243;n aburrid&#237;simo.

La pistola est&#225;ndar de los agentes de la CIA es una Browning autom&#225;tica de alta potencia con un cargador para quince balas -recit&#243;-. Despu&#233;s de recargarla dispar&#243; tres veces a trav&#233;s de la puerta principal, cuatro a trav&#233;s del parabrisas y ocho al maletero del Saab.

Si sab&#237;a que estaba descargada, &#191;por qu&#233; no me dej&#243; caer al r&#237;o?

Porque aun cuando lo hubiera matado, ten&#237;a muy pocas posibilidades de escapar. Estaba herido, iba desarmado, no ten&#237;a veh&#237;culo ni contacto alguno. Usted era la &#250;nica arma que me quedaba.

&#191;De qu&#233; co&#241;o habla?

Tengo algo que usted quiere, y usted tiene algo que yo quiero. Usted quiere saber qui&#233;n me ha contratado para matarlo, y yo quiero protecci&#243;n contra mis enemigos para poder vivir en paz.

&#191;Qu&#233; le hace pensar que tengo intenci&#243;n de cumplir el trato?

S&#243;lo los hombres de principios dejan la CIA. Y s&#243;lo los hombres que creen en el honor vuelven a la CIA porque se lo pide el presidente. El honor es su debilidad. &#191;Por qu&#233; eligi&#243; esta vida, Michael? &#191;Fue su padre quien lo empuj&#243; a ella?

Aja, pens&#243; Michael. Delaroche ha pasado tanto tiempo analiz&#225;ndome como yo a &#233;l.

No creo que hubiera tomado la misma decisi&#243;n de haber estado en su pellejo -coment&#243; sin responder a la pregunta-. Creo que le habr&#237;a dejado caer del puente y disfrutado viendo su cuerpo flotar r&#237;o abajo.

Eso no es algo de lo que jactarse. Es usted virtuoso, pero tambi&#233;n emocional en extremo, lo que lo convierte en blanco f&#225;cil de la manipulaci&#243;n. El KGB lo sab&#237;a cuando cruz&#243; a Sarah Randolph en su camino y me orden&#243; matarla delante de sus narices.

&#161;Que le den por el saco!

Se sinti&#243; tentado de detener el coche y darle una paliza de muerte. Pero entonces record&#243; la pelea del puente y la facilidad con que Delaroche hab&#237;a estado a punto de matarlo con las manos.

Por favor, Michael, aminore la velocidad antes de que nos matemos. &#191;Ad&#243;nde vamos, por cierto?

&#191;Qu&#233; le ha pasado a su cara? -pregunt&#243; a su vez Michael.

Dio orden de b&#250;squeda y captura a la Interpol e hizo p&#250;blico un retrato robot de mi cara; de modo que me hice la cirug&#237;a est&#233;tica.

&#191;C&#243;mo se enter&#243; de la orden?

Cada cosa a su tiempo, Michael.

&#191;El cirujano era un hombre llamado Maurice Leroux?

S&#237; -asinti&#243; Delaroche-. &#191;C&#243;mo lo sabe?

Porque la inteligencia brit&#225;nica sab&#237;a que Leroux trabajaba de vez en cuando para personas como usted. &#191;Lo mat&#243;?

Delaroche guard&#243; silencio.

Pues no le hizo ning&#250;n favor. Tiene usted un aspecto espantoso.

Lo s&#233; -espet&#243; Delaroche con frialdad-. Y le echo la culpa a usted.

Es usted un asesino; no me siento culpable por su mala experiencia con la cirug&#237;a pl&#225;stica.

No soy un asesino cualquiera, sino un asesino a sueldo. Hay una diferencia. Antes mataba a gente por mi pa&#237;s, pero mi pa&#237;s ya no existe, as&#237; que mato por dinero.

Eso le convierte en un asesino seg&#250;n mi vocabulario.

&#191;Pretende que me crea que no tienen a hombres as&#237; trabajando en su organizaci&#243;n? Tambi&#233;n ustedes tienen asesinos, Michael, as&#237; que, por favor, no intente sermonearme.

&#191;Qui&#233;n lo contrat&#243; para matar a Douglas Cannon?

&#191;Adonde me lleva?

A un lugar seguro.

No me llevar&#225; a un piso franco de la CIA, espero.

&#191;Qui&#233;n lo contrat&#243; para matar a Douglas Cannon?

Delaroche mir&#243; un rato por la ventanilla y luego respir&#243; hondo, como si estuviera a punto de zambullirse en el agua y permanecer bajo ella largo tiempo.

Ser&#225; mejor que empiece por el principio -suspir&#243; antes de volverse hacia Michael-. Tenga un poco de paciencia y le contar&#233; todo lo que quiere saber.


Delaroche hablaba como si refiriera la historia de otra persona. Cuando tropezaba con alguna dificultad ling&#252;&#237;stica, recurr&#237;a a alguna otra de las lenguas que &#233;l y Michael ten&#237;an en com&#250;n, el espa&#241;ol, el italiano o el &#225;rabe. Apenas dos horas antes, hab&#237;a matado a sangre fr&#237;a a dos agentes del SSD, pero Michael no advert&#237;a en &#233;l ning&#250;n efecto. Michael s&#243;lo hab&#237;a matado una vez, a un terrorista de la Espada de Gaza en el aeropuerto de Heathrow, y las pesadillas lo hab&#237;an atormentado durante semanas.

Delaroche habl&#243; a Michael del hombre al que s&#243;lo conoc&#237;a por el nombre de Vladimir. Viv&#237;an en un gran piso del KGB en Mosc&#250; y dispon&#237;an de una agradable dacha en las afueras para pasar los fines de semana y las vacaciones. Delaroche llevaba a la saz&#243;n su verdadero nombre y patron&#237;mico, Nicolai Mijailovich. No le permit&#237;an tener contacto con otros ni&#241;os, no asist&#237;a a escuelas estatales normales, no pertenec&#237;a a ning&#250;n club deportivo ni organizaci&#243;n juvenil del Partido, y no le permit&#237;an salir jam&#225;s del piso ni de la dacha sin la compa&#241;&#237;a de Vladimir. En ocasiones, cuando &#233;ste estaba enfermo o demasiado cansado, enviaba en su lugar a un gorila con cara de pocos amigos que se llamaba Boris.

Al cabo de un tiempo, Vladimir empez&#243; a ense&#241;arle idiomas. Tener otra lengua es tener otra alma -sentenciaba a menudo-. Y para la vida que est&#225;s a punto de empezar, Nicolai Mijailovich, necesitar&#225;s muchas almas. Delaroche arrug&#243; la nariz como un viejo y encogi&#243; los hombros. Mientras lo observaba, Michael se maravill&#243; de su capacidad de transformarse en otra persona en un abrir y cerrar de ojos. Al imitar a Vladimir hab&#237;a hablado por primera vez como un ruso.

A veces, un hombre alto y adusto que vest&#237;a trajes occidentales y fumaba tabaco occidental iba de visita, prosigui&#243; Delaroche, y estudiaba al muchacho como un escultor estudia la obra en la que trabaja. Muchos a&#241;os m&#225;s tarde, Delaroche averiguar&#237;a la identidad del hombre alto. Era Mijail Voronstov, jefe de la Primera Secci&#243;n del KGB, su padre.


En agosto de 1968, a la edad de diecis&#233;is a&#241;os, lo enviaron a Occidente. Entr&#243; en Austria desde Checoslovaquia, haci&#233;ndose pasar por hijo de unos disidentes checos que hu&#237;an de los rusos. Vivi&#243; un tiempo en Austria y luego se traslad&#243; a Par&#237;s, donde vivi&#243; como pilluelo callejero hasta que la Iglesia se hizo cargo de &#233;l.

Fue en Par&#237;s donde descubri&#243; que sab&#237;a pintar. Vladimir nunca le hab&#237;a permitido dedicarse a nada aparte de los idiomas y el oficio. No hay tiempo para actividades fr&#237;volas, Nicolai Mijailovich -dec&#237;a-. El tiempo corre en nuestra contra. Delaroche pasaba tardes enteras deambulando por los museos, contemplando grandes obras maestras. Asisti&#243; durante un tiempo a una escuela de arte e incluso vendi&#243; varias pinturas suyas en la calle.

Un buen d&#237;a apareci&#243; Mijail Arbatov, y empezaron los asesinatos.


Arbatov era mi agente de control -explic&#243; Delaroche-. Al principio me ocup&#233; de asuntos internos, tales como disidentes, desertores en potencia, cosas as&#237;. Pero luego me dediqu&#233; a misiones muy distintas.

Michael repas&#243; varios asesinatos que sab&#237;a perpetrados por Delaroche. El ministro espa&#241;ol en Madrid, el alto cargo policial en Par&#237;s, el ejecutivo de la BMW en Frankfurt, el l&#237;der de la OLP en T&#250;nez, el hombre de negocios israel&#237; en Londres.

El KGB quer&#237;a aprovechar los movimientos terroristas y nacionalistas existentes entre las cuatro paredes de la OTAN y sus aliados -prosigui&#243; Delaroche-. El IRA, la Fracci&#243;n del Ej&#233;rcito Rojo, las Brigadas Rojas de Italia, los vascos, Acci&#243;n Directa en Francia, etc&#233;tera. Mataba a ambos lados de la l&#237;nea, con el &#250;nico fin de sembrar el caos. Por supuesto, comet&#237; muchos m&#225;s asesinatos de los que acabo de mencionar.

&#191;Y qu&#233; pas&#243; cuando desapareci&#243; la Uni&#243;n Sovi&#233;tica?

Arbatov y yo fuimos abandonados a nuestra suerte.

&#191;Y empez&#243; usted a trabajar por su cuenta?

Delaroche asinti&#243; mientras se frotaba el tobillo.

Arbatov ten&#237;a buenos contactos y era un negociador muy h&#225;bil. Se convirti&#243; en mi agente y se encargaba de gestionar las ofertas, negociar tarifas y dem&#225;s. Nos divid&#237;amos las ganancias.

Y entonces pas&#243; lo de TransAtlantic.

Fue el trabajo mejor retribuido de mi vida, un mill&#243;n de d&#243;lares. Pero yo no derrib&#233; el avi&#243;n; fue ese psic&#243;pata palestino, Hassan Mahmud.

Y usted se deshizo de &#233;l.

Exacto.

Y dej&#243; atr&#225;s el cad&#225;ver para que concluy&#233;ramos que la Espada de Gaza era responsable del atentado.

S&#237;.

Y entonces, los hombres que realmente derribaron el avi&#243;n eliminaron a las otras personas involucradas en la operaci&#243;n, como Colin Yardley, en Londres, y Eric Stoltenberg, en El Cairo.

Y usted.

&#191;Qui&#233;n lo contrat&#243;? -pregunt&#243; Michael-. &#191;Qui&#233;n lo contrat&#243; para que me matara?


Se hacen llamar la Sociedad Internacional de Desarrollo y Cooperaci&#243;n -empez&#243; Delaroche-. Son un pu&#241;ado de agentes de inteligencia, hombres de negocios, comerciantes de armas y criminales que pretenden ejercer influencia sobre los acontecimientos mundiales para ganar dinero y proteger sus intereses.

No me creo que exista una organizaci&#243;n as&#237;.

Hicieron derribar el avi&#243;n para que uno de sus miembros, un fabricante de sistemas de defensa estadounidense llamado Mitchell Elliott pudiera convencer al presidente Beckwith de que creara un sistema de defensa antimisiles.

Michael hab&#237;a sospechado de Elliott; de hecho, hab&#237;a llegado a presentar sus sospechas por escrito a la Agencia. Sin embargo, o&#237;rlo en boca de Delaroche le produjo n&#225;useas. Sent&#237;a el cuerpo empapado en sudor.

Sab&#237;an que se estaba acercando demasiado a la verdad -explic&#243; Delaroche-. Decidieron que les conven&#237;a m&#225;s eliminarlo, de modo que me contrataron para que lo matara.

&#191;C&#243;mo es que estaban al corriente de mis sospechas?

Tienen una fuente en Langley.

&#191;Qu&#233; sucedi&#243; despu&#233;s de Shelter Island? -inquiri&#243; Michael.

Empec&#233; a trabajar en exclusiva para la Sociedad.

&#191;Qui&#233;n la dirige?

Un hombre al que s&#243;lo se conoce por el nombre de Director. Es ingl&#233;s y tiene una ayudante joven que se llama Daphne. Es lo &#250;nico que s&#233; de &#233;l.

Usted mat&#243; a Ahmed Hussein en El Cairo.

Delaroche se volvi&#243; con brusquedad y le lanz&#243; una mirada furibunda.

La Sociedad llev&#243; a cabo la operaci&#243;n por orden del Mossad. &#191;C&#243;mo sabe que fui yo?

Los egipcios vigilaban a Hussein. Tuve ocasi&#243;n de ver una cinta del asesinato y repar&#233; en la herida que el asesino ten&#237;a en la mano derecha. Fue as&#237; como descubr&#237; que segu&#237;a vivo y en activo. Y entonces dimos aviso a la Interpol.

En seguida supimos lo del aviso -suspir&#243; Delaroche al tiempo que se miraba el dorso de la mano derecha-. El Director tiene excelentes contactos en los servicios secretos y de inteligencia occidentales, pero dijo que la informaci&#243;n relativa a la Interpol proced&#237;a de la fuente de Langley.

&#191;Por qu&#233; se involucr&#243; la Sociedad en Irlanda del Norte?

Porque consideraba que el acuerdo de paz de Irlanda del Norte perjudicar&#237;a sus negocios. El mes pasado, el consejo ejecutivo de la Sociedad celebr&#243; una reuni&#243;n en Mikonos; en ella decidieron eliminar a su suegro y me asignaron la misi&#243;n.

&#191;La mujer del Volvo era Rebecca Wells?

S&#237;.

&#191;D&#243;nde est&#225; ahora?

Eso no forma parte del trato, Michael.

&#191;Por qu&#233; quer&#237;an matarme a m&#237;?

El Director ha invertido mucho dinero en m&#237; y quer&#237;a proteger su inversi&#243;n. Lo consideraba una amenaza.

&#191;La fuente de Langley tambi&#233;n estuvo en Mikonos?

Todo el mundo estuvo en Mikonos.


Eran m&#225;s de las cinco de la madrugada cuando Michael y Delaroche llegaron al pueblo de Greenport, en Long Island. Recorrieron las calles desiertas y aparcaron en el embarcadero. El transbordador flotaba sereno junto a su amarre; faltaba una hora para su primer viaje a Shelter Island. Michael se dirigi&#243; al tel&#233;fono p&#250;blico situado junto a la caseta de madera de la terminal.

&#191;D&#243;nde co&#241;o est&#225;s? -espet&#243; Adrian Carter tras descolgar-. Todo el mundo te est&#225; buscando.

Ll&#225;mame a este n&#250;mero desde una cabina.

El n&#250;mero de diez d&#237;gitos que le dio a Carter no se parec&#237;a en nada al n&#250;mero real del tel&#233;fono p&#250;blico. Le hab&#237;a indicado el n&#250;mero en una clave bastante sencilla que ambos hab&#237;an empleado cien a&#241;os antes. Al rev&#233;s, el primero m&#225;s uno, el segundo menos dos, el tercero m&#225;s tres, y as&#237; sucesivamente. No le hizo falta repetir el n&#250;mero; al igual que &#233;l, Carter pose&#237;a una memoria perfecta.

Michael colg&#243; y fum&#243; un cigarrillo mientras esperaba a que Carter se vistiera, subiera al coche y condujera hasta la cabina m&#225;s pr&#243;xima. La imagen de Carter ech&#225;ndose un abrigo sobre el pijama le arranc&#243; una sonrisa. El tel&#233;fono son&#243; al cabo de cinco minutos.

&#191;Te importar&#237;a decirme qu&#233; co&#241;o est&#225; pasando?

Te lo contar&#233; cuando llegues.

&#191;D&#243;nde est&#225;s?

Shelter Island.

&#191;Qu&#233; narices haces ah&#237;? &#191;Estuviste implicado en el tiroteo del puente?

Lim&#237;tate a coger el primer avi&#243;n, Adrian. Te necesito.

Llegar&#233; en cuanto pueda -prometi&#243; Carter tras una vacilaci&#243;n-, pero ya s&#233; de entrada que me espera una buena.


Cuando Michael regres&#243; al coche, Delaroche se hab&#237;a marchado. Al cabo de un momento lo encontr&#243; apoyado contra una oxidada verja de tela met&#225;lica, con la mirada fija en el otro extremo de la bah&#237;a, en la silueta oscura de Shelter Island.

Cu&#233;nteme sus planes -exigi&#243;.

Si quiere su dinero y su libertad, tendr&#225; que gan&#225;rselos -advirti&#243; Michael.

&#191;Qu&#233; quiere que haga?

Que me ayude a destruir a la fuente de Langley.

&#191;Sabe qui&#233;n es?

S&#237;, Monica Tyler.

No s&#233; lo suficiente para destruir a Monica Tyler.

No estoy de acuerdo.

Delaroche segu&#237;a con la mirada fija en el agua negra.

Seguro que esto lo podr&#237;amos haber hecho en otra parte, Michael. &#191;Por qu&#233; me ha tra&#237;do aqu&#237;?

Sin embargo, no esperaba respuesta, y Michael no se la dio.

Necesito saber una cosa -sigui&#243; Delaroche-. Necesito saber c&#243;mo muri&#243; Astrid.

La mat&#243; Elizabeth.

&#191;C&#243;mo?

Delaroche cerr&#243; los ojos mientras Michael le refer&#237;a el incidente. Permanecieron inm&#243;viles, uno junto al otro, aferrados a la tela met&#225;lica, hasta que los primeros barqueros llegaron a trabajar. Unos minutos m&#225;s tarde, el motor del transbordador cobr&#243; vida.

Nunca ha sido un asunto personal -le asegur&#243; Delaroche por fin-. Lo hice por dinero, me entiende, &#191;Michael? S&#243;lo por dinero.

Nos ha hecho pasar un infierno a mi familia y a m&#237;, y eso no se lo perdonar&#233; jam&#225;s. Pero lo entiendo. Ahora lo entiendo todo.



42

Shelter Island, Nueva York

Cuando llegaron a la verja de entrada de Cannon Point, un guarda de seguridad llamado Tom Moore sali&#243; de la caseta. Era un antiguo militar de hombros cuadrados y cabello rubio cortado al cepillo.

Siento no haber llamado antes para avisar de que ven&#237;a, Tom.

No importa, se&#241;or Osbourne -repuso Tom-. Nos hemos enterado de lo del embajador, se&#241;or. Como es natural, estamos todos con &#233;l. Espero que cojan a los cabrones que le han disparado. Por la radio dicen que han desaparecido sin dejar rastro.

Eso parece. &#201;ste es un amigo m&#237;o -present&#243; Michael al tiempo que se&#241;alaba a Delaroche-. Se quedar&#225; un par de d&#237;as.

S&#237;, se&#241;or.

Sube luego a almorzar a la casa, Tom. Tenemos que hablar.


No quiero saber nada -protest&#243; Adrian Carter-. Cu&#233;ntaselo a contrainteligencia o a los gorilas del FBI, si te da la gana. Pero deshazte de ello, porque destruir&#225; todo lo que toque.

Carter y Michael marchaban por el paseo que daba a la bah&#237;a con la cabeza baja y las manos embutidas en los bolsillos, como miembros de una partida de rescate en busca del cad&#225;ver. Era una ma&#241;ana fr&#237;a y sin viento, y el mar aparec&#237;a de color gris metalizado. Carter llevaba el mismo anorak abultado que vest&#237;a aquella tarde en Central Park, cuando pidi&#243; a Michael que regresara a la Agencia. Era un fumador reformado, pero a media historia pidi&#243; un cigarrillo a Michael y lo consumi&#243; como un poseso.

Es la directora de la Agencia Central de Inteligencia -le record&#243; Michael-. Controla la contrainteligencia. Y en cuanto al FBI, &#191;por qu&#233; co&#241;o voy a implicarlos? Es asunto nuestro. Lo &#250;nico que har&#237;a el FBI ser&#237;a restreg&#225;rnoslo por las narices.

Olvidas que tu amigo Jack el Destripador es tu &#250;nico testigo -espet&#243; Carter, se&#241;alando la casa con un adem&#225;n de cabeza-. Debes reconocer que tiene un peque&#241;o problema de credibilidad. &#191;Has considerado al menos la posibilidad de que se haya inventado toda la historia para evitar que lo detengas?

No se lo ha inventado.

&#191;C&#243;mo puedes estar tan seguro? Todo ese asunto de una orden secreta llamada la Sociedad suena a chorrada integral.

Alguien contrat&#243; a ese hombre para que me matara el a&#241;o pasado porque me estaba acercando demasiado a la verdad sobre el asunto de TransAtlantic. Coment&#233; mis sospechas a dos personas de la Agencia; una eres t&#250;, y la otra, Monica Tyler.

&#191;Y?

&#191;Por qu&#233; me ahuyent&#243; Monica de la Agencia el a&#241;o pasado? &#191;Por qu&#233; me apart&#243; del caso Octubre una semana antes de que intentara matar a Douglas? Y otra cosa. Delaroche dice que a principios de mes, la Sociedad celebr&#243; una reuni&#243;n en Mikonos. Monica fue a Europa para asistir a una conferencia de seguridad regional. Despu&#233;s de la conferencia se tom&#243; dos d&#237;as libres y se esfum&#243;.

Por el amor de Dios, Michael, yo tambi&#233;n estuve en Europa a principios de mes.

Estoy convencido de que es ella, Adrian, y t&#250; tambi&#233;n.

Salieron de la propiedad y caminaron por Shore Road, en los m&#225;rgenes del puerto.

Si este asunto se hace p&#250;blico, ser&#225; desastroso para la Agencia.

Estoy de acuerdo. Tardar&#237;a a&#241;os en recobrarse de semejante golpe. Destruir&#237;a la reputaci&#243;n de la Agencia en Washington y en el resto del mundo.

Entonces, &#191;qu&#233; piensas hacer?

Presentarle las pruebas y hacerla desaparecer antes de que pueda causar m&#225;s da&#241;o. Tiene las manos manchadas de sangre, pero si lo hacemos p&#250;blico, la Agencia quedar&#225; reducida a escombros.

La &#250;nica forma de apartar a Monica de la S&#233;ptima Planta es poner una carga de dinamita.

Pues me presentar&#233; all&#237; con una maleta llena si hacer falta.

&#191;Por qu&#233; co&#241;o me has metido en esto?

Porque eres el &#250;nico en quien conf&#237;o. Eras mi agente de control, Adrian. De hecho, siempre ser&#225;s mi agente de control.

Se detuvieron en un puente tendido sobre la desembocadura de un arroyo al pie del puerto de Dering. Al otro lado del puente se abr&#237;a un extenso llano de hierbas altas y &#225;rboles desnudos. Un hombre m&#225;s bien bajo y enjuto estaba de pie sobre el puente, pintando ante un caballete. Llevaba guantes de lana sin dedos y un jersey de pescador varias tallas demasiado grande.

Es magn&#237;fico -alab&#243; Carter, mirando la pintura por encima de su hombro-. Tiene usted mucho talento.

Gracias -respondi&#243; el pintor con fuerte acento extranjero.

Carter se volvi&#243; hacia Michael.

Esto no ir&#225; en serio

Adrian Carter, te presento a Jean-Paul Delaroche, que tal vez te resulte m&#225;s familiar por el nombre de Octubre.


Tom Moore lleg&#243; a la casa a mediod&#237;a.

&#191;Quer&#237;a verme, se&#241;or Osbourne?

Entra, Tom. Hay caf&#233; reci&#233;n hecho en la cocina.

Michael sirvi&#243; el caf&#233;, y los dos hombres se sentaron frente a frente a la mesita de la cocina.

&#191;En qu&#233; puedo ayudarle, se&#241;or Osbourne?

Esta noche se celebrar&#225; una reuni&#243;n en la casa, y tengo que grabarla en v&#237;deo y audio -empez&#243; Michael-. &#191;Pueden resituarse las c&#225;maras de vigilancia?

S&#237;, se&#241;or -asinti&#243; Moore con voz neutra.

&#191;Puedes grabar lo que capten?

S&#237;, se&#241;or.

Adrian Carter entr&#243; en la cocina seguido de Delaroche.

&#191;Tenemos equipo de audio en la finca?

No, se&#241;or. Su suegro no permiti&#243; que se instalaran micr&#243;fonos porque consideraba que violar&#237;an su intimidad. -De repente, su cara grande se ilumin&#243; con una sonrisa-. Apenas soporta las c&#225;maras; antes de que se fuera a Londres lo pesqu&#233; intentando desconectar una.

&#191;Cu&#225;nto tardar&#237;as en conseguir unos micr&#243;fonos y un equipo de grabaci&#243;n?

Un par de horas como mucho -repuso Moore con un encogimiento de hombros.

&#191;Puedes instalarlos de forma que no se vean?

Los micr&#243;fonos s&#237;, porque son relativamente peque&#241;os. En cambio, lo de las c&#225;maras ya es m&#225;s peliagudo, porque son de tama&#241;o normal, como una caja de zapatos, m&#225;s o menos.

Michael mascull&#243; un juramento entre dientes.

Pero tengo una idea.

Dime.

Las c&#225;maras tienen un objetivo bastante largo, as&#237; que si celebran la reuni&#243;n en el sal&#243;n, podr&#237;a instalar las c&#225;maras en el jard&#237;n y filmar a trav&#233;s de las ventanas.

Eres genial, Tom -alab&#243; Michael con una sonrisa.

Aprend&#237; bastante de inteligencia cuando estaba en el ej&#233;rcito, se&#241;or. S&#243;lo tendr&#225; que asegurarse de que las cortinas se quedan descorridas.

Eso no lo puedo garantizar.

En el peor de los casos tendr&#225; el audio.

&#191;Tiene alguna arma m&#225;s aparte de esa pieza de museo que lleva? -terci&#243; Delaroche.

Moore llevaba un rev&#243;lver Smith & Wesson del treinta y ocho.

Me gustan las piezas de museo porque no se encasquillan -replic&#243; Moore al tiempo que palmeaba la sobaquera con una de sus gruesas manos-. Pero quiz&#225;s pueda conseguir un par de autom&#225;ticas.

&#191;De qu&#233; tipo?

Colts del cuarenta y cinco.

&#191;Glocks o Berettas no?

No, lo siento -se disculp&#243; Moore con expresi&#243;n perpleja.

Un par de Colts no ir&#237;an nada mal -asegur&#243; Carter.

S&#237;, se&#241;or &#191;Les importar&#237;a decirme de qu&#233; va todo esto? -pidi&#243; Moore.

Lo siento, no podemos.


Delaroche sigui&#243; a Michael escalera arriba hasta el dormitorio. Michael se dirigi&#243; al ropero, abri&#243; la puerta, baj&#243; una caja peque&#241;a del estante superior, la abri&#243; y sac&#243; la Beretta.

Me parece que la perdi&#243; la &#250;ltima vez que estuvo aqu&#237; -coment&#243; Michael, alarg&#225;ndole el arma.

La mano derecha de Delaroche, la de la cicatriz, se cerr&#243; en torno a la empu&#241;adura, y su dedo &#237;ndice se desliz&#243; en el guardamonte por acto reflejo. La facilidad con que Delaroche manejaba el arma produjo un estremecimiento a Michael.

&#191;De d&#243;nde la ha sacado? -inquiri&#243; Delaroche.

La pesqu&#233; al final del muelle.

&#191;Qui&#233;n la ha restaurado?

Yo.

Delaroche alz&#243; la vista y mir&#243; a Michael con expresi&#243;n burlona.

&#191;Y por qu&#233; hizo semejante cosa?

No estoy seguro. Supongo que quer&#237;a conservar un recuerdo del aspecto que ten&#237;a.

Delaroche a&#250;n ten&#237;a un cargador de nueve mil&#237;metros en el bolsillo. Lo encaj&#243; en el arma y carg&#243; la primera bala en la rec&#225;mara.

Ahora tiene ocasi&#243;n de cumplir el encargo, si quiere -se&#241;al&#243; Michael.

Delaroche le devolvi&#243; la Beretta.


A las cuatro de la tarde, Michael entr&#243; en el estudio de Douglas y marc&#243; el tel&#233;fono de Monica Tyler en el cuartel general de la C&#205;A. Carter escuch&#243; la conversaci&#243;n desde el supletorio, cubriendo el auricular con la mano. La secretaria de Monica inform&#243; a Michael de que la directora Tyler se encontraba en una reuni&#243;n de directivos y no pod&#237;a ponerse. Michael repuso que era una emergencia, de modo que le pasaron con Tarar&#237; o Tarar&#225;, no sab&#237;a a ciencia cierta cu&#225;l de los dos. Lo hicieron esperar los diez minutos de rigor hasta que sacaron a Monica de la reuni&#243;n.

Lo s&#233; todo -espet&#243; Michael cuando por fin se puso la directora-. S&#233; lo de la Sociedad, lo del Director, lo de Mitchell Elliott, el asunto de TransAtlantic Y s&#233; que has intentado hacerme eliminar.

&#191;Te has vuelto completamente loco, Michael? &#191;De qu&#233; est&#225;s hablando, por el amor de Dios?

Te ofrezco la oportunidad de salir de &#233;sta sin esc&#225;ndalos.

Michael, no s&#233;

Ven a casa de mi suegro en Shelter Island. Ven sola, sin seguridad, sin ayudantes, nada. Quiero verte aqu&#237; a las diez de la noche. Si no has llegado a esa hora o veo algo que no me gusta, ir&#233; al FBI y al New York Times y les contar&#233; todo lo que s&#233;.

Colg&#243; sin esperar respuesta.


Media hora m&#225;s tarde son&#243; el tel&#233;fono de la l&#237;nea segura en la mansi&#243;n londinense del Director. Estaba sentado en un sill&#243;n de orejas junto a la chimenea, con los pies apoyados sobre una otomana, revisando unos papeles. Daphne sali&#243; de la estancia para contestar.

Es Picasso -anunci&#243; al regresar-. Dice que es urgente. El Director descolg&#243; el tel&#233;fono.

Diga, Picasso.

Monica Tyler le refiri&#243; con voz serena la llamada que acababa de recibir de Michael Osbourne.

Sospecho que su fuente de informaci&#243;n es Octubre -coment&#243; el Director-. En ese caso, me parece que Osbourne carece de argumentos s&#243;lidos. Octubre sabe muy poco acerca de la estructura global de la organizaci&#243;n y no es precisamente un testigo cre&#237;ble. Un hombre que mata por dinero, un hombre sin moral ni lealtad

Estoy de acuerdo con usted, Director, pero no creo que debamos descartar la amenaza sin m&#225;s.

Yo no he dicho eso.

&#191;Tiene los recursos necesarios para eliminarlos?

No con tan poca antelaci&#243;n.

&#191;Y si detengo a Octubre?

Entonces &#233;l y Osbourne contar&#225;n su historia al mundo entero.

Estoy abierta a sugerencias.

&#191;Sabe jugar al p&#243;quer? -pregunt&#243; el Director.

&#191;En sentido figurado o literal?

Ambas cosas.

Creo que s&#233; ad&#243;nde quiere ir a parar.

Escuche a Osbourne y eval&#250;e sus alternativas. S&#233; que no hace falta que le recuerde que jur&#243; lealtad a la Sociedad y su primera obligaci&#243;n es hacer honor a ese juramento.

Lo comprendo, Director.

Tal vez se le presente la ocasi&#243;n de resolver el asunto por s&#237; sola.

Nunca he hecho una cosa as&#237;, Director.

No es tan dif&#237;cil, Picasso. Estar&#233; a la espera de sus noticias.

Colg&#243; y se volvi&#243; hacia Daphne.

Empieza a llamar a los miembros del consejo ejecutivo y a los jefes de divisi&#243;n. Tengo que hablar urgentemente con todos ellos. Me temo que nos veremos obligados a cerrar el negocio durante un tiempo.


Monica Tyler tambi&#233;n colg&#243; y contempl&#243; el Potomac por la ventana. Cruz&#243; la habitaci&#243;n y se detuvo delante de un Rembrandt, un paisaje que hab&#237;a comprado en una subasta de Nueva York por una peque&#241;a fortuna. Pase&#243; la mirada por el cuadro. Las nubes, la luz que sal&#237;a de la casita, el coche sin caballo sobre la hierba del prado. Asi&#243; el marco y tir&#243; de &#233;l. El Rembrandt dej&#243; al descubierto una peque&#241;a caja fuerte de pared.

Monica busc&#243; la combinaci&#243;n de forma autom&#225;tica, sin apenas mirar los n&#250;meros, y al cabo de pocos segundos abri&#243; la puerta. Empez&#243; a sacar objetos: un sobre que conten&#237;a cien mil d&#243;lares en efectivo, tres pasaportes falsos con tres identidades distintas de tres pa&#237;ses diferentes, tarjetas de cr&#233;dito correspondientes a esas identidades.

Por fin sac&#243; el &#250;ltimo objeto, una Browning autom&#225;tica.

Tal vez se le presente la ocasi&#243;n de resolver el asunto por s&#237; sola.

Se cambi&#243; de ropa, sustituyendo el traje chaqueta de Chanel por vaqueros y un jersey, y guard&#243; los objetos de la caja fuerte en un gran bolso de cuero negro. Luego cogi&#243; una peque&#241;a bolsa de viaje que conten&#237;a una muda.

Se colg&#243; el bolso del hombro, introdujo la mano en &#233;l y cerr&#243; los dedos en torno a la empu&#241;adura de la Browning; la CIA le hab&#237;a ense&#241;ado a manejar un arma. Un miembro de su escolta esperaba en el pasillo.

Buenas tardes, directora Tyler.

Buenas tardes, Ted.

&#191;De vuelta al cuartel general, directora Tyler?

No, al helipuerto.

&#191;Al helipuerto? Nadie nos ha dicho nada de

No pasa nada, Ted -lo ataj&#243; con serenidad-. Se trata de un asunto personal.

El agente la observ&#243; con atenci&#243;n.

&#191;Sucede algo, directora Tyler?

No, Ted, todo va a ir perfectamente.



43

Shelter Island, Nueva York

Michael aguardaba tenso en el jard&#237;n de Cannon Point, tomando el espantoso caf&#233; de Adrian Carter y fumando sus espantosos cigarrillos propios mientras se paseaba por la hierba helada con los prism&#225;ticos de ornit&#243;logo de Douglas al cuello. Dios m&#237;o, qu&#233; fr&#237;o hace, pens&#243;. Mir&#243; de nuevo hacia el cielo de poniente, la direcci&#243;n de la que llegar&#237;a Monica, pero s&#243;lo vio las estrellas mojadas esparcidas por la alfombra negra del espacio, y un gajo de luna blanca como el hueso.

Michael mir&#243; el reloj. Las diez menos dos minutos. Monica nunca es puntual, se record&#243;.

Monica llegar&#225; diez minutos tarde a su funeral -se hab&#237;a quejado en cierta ocasi&#243;n Carter mientras se paseaba por la antesala de sus dependencias como un oso enjaulado.

Puede que no venga -pens&#243;-. O puede que desee que no venga. Quiz&#225;s Adrian ten&#237;a raz&#243;n. Quiz&#225;s le conven&#237;a m&#225;s olvidar el asunto, dejar la Agencia, esta vez para siempre, y quedarse en Shelter Island con Elizabeth y los ni&#241;os. &#191;Y entonces qu&#233;? Vivir el resto de mis d&#237;as mirando por encima del hombro, esperando el momento en que Monica y sus amigos me env&#237;en a otro asesino, otro Delaroche?

Volvi&#243; a mirar la hora. Era el viejo reloj de su padre, una m&#225;quina de fabricaci&#243;n alemana, del tama&#241;o de un d&#243;lar de plata, resistente al agua, al polvo, a los golpes y a los ni&#241;os, de esfera fluorescente Perfecto para un esp&#237;a. Era la &#250;nica pertenencia de su padre que hab&#237;a conservado a la muerte de &#233;ste. Incluso conservaba la correa el&#225;stica barata que dejaba estr&#237;as en la mu&#241;eca. A veces miraba el reloj y visualizaba a su padre en Mosc&#250;, Roma, Viena o Beirut, esperando a un agente. Se preguntaba qu&#233; pensar&#237;a su padre de todo aquel asunto. Nunca me contaba lo que pensaba -record&#243;-. &#191;Por qu&#233; va a ser distinto ahora?

Oy&#243; un ruido sordo que pod&#237;a ser un helic&#243;ptero, pero no era m&#225;s que el club nocturno situado en Greenport; el grupo musical de turno se preparaba para otro espeluznante pase. Michael pens&#243; en su variopinto equipo operativo. Delaroche, su enemigo, prueba viva de la traici&#243;n de Monica, esperaba su aparici&#243;n en escena y posterior mutis. Tom Moore, pertrechado delante de sus pantallas en la casita de invitados, a punto de llevarse el susto de su vida. Adrian Carter, a su espalda, fumando sin parar los cigarrillos de Michael, deseando estar en cualquier otra parte.

Michael oy&#243; el zumbido del helic&#243;ptero mucho antes de verlo. Por un instante crey&#243; que tal vez eran dos, tres o incluso cuatro. Instintivamente asi&#243; la Colt autom&#225;tica que le hab&#237;a dado Tom Moore, pero al cabo de un instante divis&#243; los faros de un solo helic&#243;ptero que sobrevolaba Nassau Point y Great Hog Neck, y comprendi&#243; que el viento nocturno le hab&#237;a jugado una mala pasada auditiva.

Pens&#243; en aquella ma&#241;ana, dos meses antes, en la que el helic&#243;ptero de James Beckwith hab&#237;a efectuado el mismo trayecto hasta Shelter Island, desencadenando los acontecimientos que lo hab&#237;an conducido hasta all&#237;.

Las im&#225;genes surcaban su mente mientras el helic&#243;ptero se aproximaba.

Adrian Carter en el lago de Central Park, engatusando a Michael para que regresara.

Kevin Maguire atado a la silla, el rostro sonriente de Seamus Devlin cerca de &#233;l. Yo no he matado a Kevin Maguire, Michael. Lo ha matado usted.

Preston McDaniels aplastado bajo las ruedas del tren de la l&#237;nea Desgracia.

Delaroche, sonriente sobre la barandilla del puente Key. &#191;Conoce la historia de la rana y el escorpi&#243;n que cruzan el Nilo?

A veces la inteligencia funciona as&#237;, dec&#237;a su padre, como la teor&#237;a del caos. Una r&#225;faga de viento altera la superficie de un lago, agita una brizna de hierba, lo que induce a una lib&#233;lula a levantar el vuelo, lo que sobresalta a una rana, etc&#233;tera, etc&#233;tera, etc&#233;tera, hasta que muchas semanas m&#225;s tarde, a quince mil kil&#243;metros de distancia, un tif&#243;n devasta una isla filipina.

El helic&#243;ptero vol&#243; bajo sobre la bah&#237;a de Southold. Michael mir&#243; el reloj de pulsera de su padre. Las diez y un minuto. El helic&#243;ptero descendi&#243; sobre la bah&#237;a de Shelter Island y el puerto de Dering hasta posarse en el amplio jard&#237;n de Cannon Point. Los motores enmudecieron, y los rotores fueron aminorando la velocidad. La puerta se abri&#243;, y una peque&#241;a escala de mano se despleg&#243; desde el interior. Monica baj&#243; del aparato con un gran bolso negro colgado del hombro y se dirigi&#243; con paso firme hacia la casa.

Acabemos con esto cuanto antes -espet&#243; al pasar junto a Michael-. Soy una mujer muy ocupada.


Monica Tyler no era de las que se pasean por las estancias, pero en aquel momento lo hac&#237;a. Recorr&#237;a el sal&#243;n de Douglas Cannon como un pol&#237;tico inspeccionando un barrio humilde despu&#233;s de un tornado, con calma, estoicismo y expresi&#243;n compasiva, pero tambi&#233;n con cuidado de no pisar nada repugnante. De vez en cuando se paraba, ora para contemplar con el entrecejo fruncido la funda floreada del sof&#225;, ora para estudiar con una mueca la alfombra r&#250;stica que yac&#237;a ante el fuego.

Tienes c&#225;maras en alguna parte, &#191;verdad, Michael? -afirm&#243; m&#225;s que pregunt&#243;-. Y micr&#243;fonos -a&#241;adi&#243; sin dejar de caminar-. No te importa que corra las cortinas, &#191;verdad, Michael? Es que yo tambi&#233;n hice el cursillo. Puede que no sea una agente de campo experimentada como t&#250;, pero s&#233; un poquito del arte de la clandestinidad. -Corri&#243; las cortinas con grandes aspavientos-. Bueno, ya est&#225;. Mucho mejor.

Por fin se sent&#243; como una testigo arrogante y hostil que ocupa su lugar en el estrado. El fuego chisporroteaba en la chimenea. Cruz&#243; las piernas, apoy&#243; las largas manos sobre los vaqueros y dedic&#243; una mirada glacial a Michael. El austero entorno de la casa la hab&#237;a despojado de su poder intimidatorio. No ten&#237;a pluma de oro que blandir cual escalpelo, ni secretaria despampanante que acudiera presta a interrumpir una reuni&#243;n desagradable, ni Tarar&#237;s o Tarar&#225;s, vigilantes como dobermans, armados con sus portafolios de cuero y tel&#233;fonos m&#243;viles.

Delaroche entr&#243; en la estancia fumando un cigarrillo. Monica se lo qued&#243; mirando con desd&#233;n, pues el tabaco, al igual que la deslealtad personal, formaba parte de su larga lista de man&#237;as.

Este hombre se llama Jean-Paul Delaroche -anunci&#243; Michael-. &#191;Sabes qui&#233;n es?

Sospecho que es un antiguo asesino del KGB cuyo nombre en clave es Octubre y que ahora trabaja como asesino a sueldo a escala internacional.

&#191;Sabes por qu&#233; est&#225; aqu&#237;?

Probablemente porque estuvo a punto de matar a tu suegro anoche en Georgetown, a pesar de nuestros esfuerzos por imped&#237;rselo.

&#191;A qu&#233; juegas, Monica? -pregunt&#243; Michael con brusquedad.

Estaba a punto de hacerte la misma pregunta.

Lo s&#233; todo -asegur&#243; Michael con m&#225;s serenidad.

Te aseguro que no lo sabes todo, Michael. De hecho, no sabes casi nada. Mira, tu peque&#241;o desaguisado ha puesto en grave peligro una de las operaciones m&#225;s importantes que tiene ahora mismo en marcha la Agencia Central de Inteligencia.


En el sal&#243;n se hab&#237;a hecho el silencio, quebrado tan s&#243;lo por el crepitar del fuego. Fuera, el viento agitaba los &#225;rboles pelados, y la rama de uno de ellos ara&#241;aba la fachada lateral de la casa. Un cami&#243;n renqueaba por Shore Road, y en alguna parte ladraba un perro.

Si quieres saber el resto, tendr&#225;s que desconectar los micr&#243;fonos -advirti&#243; Monica.

Michael permaneci&#243; inm&#243;vil. Monica alarg&#243; la mano hacia el bolso como si se dispusiera a marcharse.

De acuerdo -se apresur&#243; a decir Michael.

Se levant&#243;, camin&#243; hasta la mesa de Douglas y abri&#243; un caj&#243;n. Dentro hab&#237;a un micr&#243;fono del tama&#241;o de un dedo. Michael lo sostuvo en alto para que Monica lo viera.

Descon&#233;ctalo -exigi&#243; ella.

Michael separ&#243; el micr&#243;fono del cable.

Y ahora el otro -insisti&#243;-. Eres demasiado paranoico para hacer algo as&#237; sin un segundo micr&#243;fono.

Michael se acerc&#243; a la librer&#237;a, retir&#243; un libro de Proust y sac&#243; el segundo micr&#243;fono.

Descon&#233;ctalo.

Delaroche mir&#243; a Michael.

Lleva un arma en el bolso -afirm&#243;.

Michael se dirigi&#243; la silla donde se sentaba Monica Tyler, meti&#243; la mano en el bolso y sac&#243; la Browning.

&#191;Desde cu&#225;ndo van armados los directores de la CIA?

Desde que se sienten amenazados -replic&#243; Monica. Michael puso el seguro al arma y la arroj&#243; a Delaroche.

De acuerdo, Monica, empecemos.


Adrian Carter era proclive a preocuparse por todo, un rasgo que no casaba con la misi&#243;n de enviar agentes a operaciones peligrosas y esperar su regreso. A lo largo de los a&#241;os hab&#237;a esperado muchas horas a Michael Osbourne. Recordaba las dos noches interminables que hab&#237;a pasado en Beirut en 1985, esperando a que Michael volviera de una reuni&#243;n con un agente en el valle Bekaa. Carter hab&#237;a temido que hubieran tomado como reh&#233;n o matado a Michael, y estaba a punto de tirar la toalla cuando su agente volvi&#243; cubierto de polvo y oliendo a cabra.

Sin embargo, nada era comparable a la inquietud que lo embargaba mientras escuchaba el enfrentamiento entre su agente y la directora de la Agencia Central de Inteligencia. Cuando Monica exigi&#243; a Michael que desconectara el primer micr&#243;fono, no se preocup&#243; demasiado porque hab&#237;a dos, y un agente experimentado como Michael no ense&#241;ar&#237;a sus cartas.

Pero entonces oy&#243; que Monica preguntaba por el segundo micr&#243;fono, y sus palabras fueron seguidas de unos golpes y ara&#241;azos cuando Michael lo sac&#243; de la librer&#237;a. Cuando la conexi&#243;n con el sal&#243;n se interrumpi&#243;, Adrian Carter hizo lo &#250;nico que puede hacer un buen agente de control.

Encendi&#243; otro de los cigarrillos de Michael y se puso a esperar.


Poco despu&#233;s de mi nombramiento como directora de la CIA, fui abordada por un hombre que se hac&#237;a llamar el Director.

Monica hablaba como una madre exhausta que cuenta a rega&#241;adientes otro cuento al ni&#241;o que no quiere acostarse.

Me pregunt&#243; si estar&#237;a dispuesta a entrar a formar parte de un club de &#233;lite, un grupo compuesto por agentes de inteligencia, financieros y hombres de negocios de todo el mundo, cuyo objetivo consist&#237;a en defender la seguridad global. Sospech&#233; que hab&#237;a algo raro, de modo que di parte del incidente a contrainteligencia como posible reclutamiento por parte de una organizaci&#243;n hostil. Contrainteligencia crey&#243; que podr&#237;a resultar operativamente &#250;til seguirle la corriente al Director, y me mostr&#233; de acuerdo. Ped&#237; autorizaci&#243;n al propio presidente para iniciar la operaci&#243;n y me reun&#237; con el Director en otras tres ocasiones, dos en el norte de Europa y una en el Mediterr&#225;neo. Al final de la tercera llegamos a un acuerdo, y me un&#237; a la Sociedad. La Sociedad tiene el brazo muy largo; est&#225; involucrada en operaciones secretas a escala mundial. En seguida empec&#233; a recabar informaci&#243;n secreta sobre los miembros y las operaciones para que la Agencia pudiera tomar contramedidas. A veces consider&#225;bamos necesario que las operaciones de la Sociedad se llevaran a cabo, porque desbaratarlas pod&#237;a poner en peligro mi posici&#243;n en la jerarqu&#237;a de la organizaci&#243;n.

Michael la observaba con fijeza. Hablaba con calma y absoluta lucidez, como si leyera un discurso preparado ante una asamblea de accionistas. Estaba impresionado; era una embustera consumada.

&#191;Qui&#233;n es el Director? -le pregunt&#243;.

No lo s&#233; y me parece que Delaroche tampoco.

&#191;Sab&#237;as que lo hab&#237;an contratado para matar a mi suegro?

Por supuesto, Michael -replic&#243; Monica con los ojos entornados en una expresi&#243;n desde&#241;osa.

Entonces, &#191;a qu&#233; ven&#237;a la escenita del comedor ejecutivo? &#191;Por qu&#233; me apartaste del caso?

Porque me lo pidi&#243; el Director -repuso ella con voz neutra-. Deja que te lo explique. El Director consideraba que a Delaroche le resultar&#237;a m&#225;s f&#225;cil cumplir la misi&#243;n si t&#250; ya no te encargabas del caso. Por eso te retir&#233; del caso y tom&#233; medidas para garantizar la seguridad de tu suegro, que por desgracia fracasaron.

En tal caso, &#191;por qu&#233; no le dieron protecci&#243;n adicional en Washington?

Porque el Director me asegur&#243; que Delaroche no actuar&#237;a en suelo estadounidense.

&#191;Por qu&#233; no me lo contaste?

Porque no quer&#237;amos que hicieras nada precipitado que pudiera comprometer la seguridad de la operaci&#243;n. El objetivo era hacer salir a Delaroche para eliminarlo. No quer&#237;amos que lo ahuyentaras encerrando a tu suegro en un bunker y tirando la llave.

Michael se volvi&#243; hacia Delaroche, que denegaba con la cabeza.

Est&#225; mintiendo -asegur&#243;-. El Director me lo organiz&#243; todo. Transporte, armas, todo. Decidi&#243; expresamente llevar a cabo el asesinato en Washington porque sab&#237;a que el embajador ser&#237;a m&#225;s vulnerable all&#237; que en Londres. Se arregl&#243; todo para que coincidiera con la conferencia sobre Irlanda del Norte y as&#237; acentuar el impacto sobre el proceso de paz. -Se detuvo un instante, mirando alternativamente a Michael y Monica antes de a&#241;adir-: Es muy buena, pero est&#225; mintiendo.

Monica hizo caso omiso de &#233;l y sigui&#243; mirando a Michael.

Por eso no quer&#237;amos detener a Delaroche, Michael, porque sab&#237;amos que mentir&#237;a, que se inventar&#237;a una historia, que dir&#237;a lo que fuera para salvar el pellejo. -Se volvi&#243; hacia Delaroche-. Y el problema es que le crees. Quer&#237;amos eliminarlo, porque sab&#237;amos que si lo deten&#237;amos se marcar&#237;a un farol como &#233;ste.

No es un farol; es la verdad -intervino de nuevo Delaroche.

Deber&#237;as haber representado mejor tu papel, Michael. Deber&#237;as haberlo matado para vengar a Sarah Randolph; pero ahora has armado un buen l&#237;o, tanto para la Agencia como para ti.

Monica se levant&#243; para indicar que la conversaci&#243;n hab&#237;a terminado.

Si te emperras en esta actitud, no tendr&#233; m&#225;s remedio que compartir mis sospechas sobre ti con contrainteligencia y el FBI -advirti&#243; Michael-. Pasar&#225;s los pr&#243;ximos dos a&#241;os sufriendo el equivalente de la CIA de la tortura de la gota de agua. Y el Senado tambi&#233;n querr&#225; v&#233;rselas contigo. S&#243;lo las facturas de los abogados te arruinar&#225;n. Nunca volver&#225;s a trabajar para el gobierno y nadie en Wall Street querr&#225; tocarte ni con pinzas. Esto te destruir&#225;, Monica.

No tienes suficientes pruebas, y nadie te creer&#225;.

El yerno del embajador Cannon afirma que la directora de la Agencia Central de Inteligencia estuvo involucrada en un intento de asesinarlo. Menuda historia. Todos los periodistas de Washington se arrojar&#225;n sobre ella como perras en celo.

Y a ti te procesar&#225;n por revelar secretos de la Agencia.

Correr&#233; el riesgo.

En aquel momento, Adrian Carter entr&#243; en el sal&#243;n. Monica lo mir&#243; un instante antes de volverse de nuevo hacia Michael.

Una caza de brujas destruir&#237;a la Agencia, Michael, deber&#237;as saberlo. Tu padre se vio atrapado en la caza de topos de Angleton, &#191;verdad? A punto estuvo de costarle la carrera. &#191;Es &#233;sta la forma de vengarte de la Agencia por lo de tu padre? &#191;O es que sigues resentido porque tuve agallas suficientes para suspenderte?

No puedes permitirte el lujo de cabrearme, Monica.

&#191;Y qu&#233; tengo que hacer para impedir que hagas unas declaraciones tan temerarias contra m&#237;?

Dimitir&#225;s en su momento, y hasta entonces har&#225;s exactamente lo que Adrian y yo te ordenemos. Y vas a ayudarme a acabar con la Sociedad.

Dios m&#237;o, mira que eres ingenuo, Michael. A la Sociedad s&#243;lo se la puede controlar desde dentro. &#191;Qu&#233; piensas hacer con &#233;l? -pregunt&#243;, se&#241;alando a Delaroche.

D&#233;jalo en mis manos -mascull&#243; Michael.

Meti&#243; la mano en el bolsillo de la americana y sac&#243; una cinta.

Hoy he grabado una cinta y hecho varias copias -prosigui&#243;-. Contiene un relato completo del papel que has desempe&#241;ado en la Sociedad, el asunto de TransAtlantic y el intento de asesinato de mi suegro. Si nos pasa algo a Adrian, Delaroche o a m&#237;, las copias ir&#225;n a parar al New York Times y al FBI.

Michael volvi&#243; a guardarse la cinta en el bolsillo.

La decisi&#243;n es tuya, Monica.

He dado seis a&#241;os de mi vida a la Agencia -espet&#243; ella-. He hecho cuanto estaba en mi mano para garantizar su supervivencia y protegerla de hombres como t&#250;, dinosaurios carentes de la visi&#243;n necesaria para reconocer el papel de la Agencia en el nuevo mundo. Has perdido el tren, Michael, y eres demasiado est&#250;pido para darte cuenta siquiera.

Has utilizado la Agencia como juguete personal para tus propios intereses, y ahora te lo quito.

Monica se colg&#243; el bolso al hombro y sali&#243;.

La decisi&#243;n es tuya, Monica -repiti&#243; Michael.

Pero Monica sigui&#243; andando. Al cabo de un momento oyeron el aullido del motor del helic&#243;ptero. Michael sali&#243; a la veranda a tiempo para ver el aparato despegar del jard&#237;n y desaparecer sobre las aguas de la bah&#237;a.


Pasaron el d&#237;a siguiente esperando. Carter se apost&#243; en la veranda, con los prism&#225;ticos al cuello, observando la bah&#237;a como un guardia fronterizo en el muro de Berl&#237;n. Michael daba vueltas a la casa, paseando por las playas pedregosas y el bosque en busca de indicios de una trampa enemiga. Mientras, Delaroche se limitaba a observarlos, un testigo algo perplejo de la cat&#225;strofe que hab&#237;a desencadenado.

Carter permanec&#237;a en contacto con el cuartel general. &#191;Hab&#237;a sabido alguien algo de Monica?, preguntaba inocentemente al t&#233;rmino de cada conversaci&#243;n. Las respuestas se tornaban cada vez m&#225;s enigm&#225;ticas a medida que avanzaba el d&#237;a. Monica ha anulado todas las reuniones. Monica est&#225; encerrada en su despacho. Monica no contesta llamadas. Monica se ha esfumado. Monica no quiere comer ni beber. Michael y Carter comentaron los posibles significados de la informaci&#243;n, como suelen hacer los esp&#237;as. &#191;Estar&#237;a redactando las condiciones de la rendici&#243;n o preparando el contraataque?

Por la tarde, Carter fue al pueblo a buscar comida. Delaroche prepar&#243; unas tortillas sentado en un taburete, pues no pod&#237;a apoyar en el suelo el tobillo roto. Dieron cuenta de una botella de vino, luego de otra. Delaroche se encarg&#243; de entretenerlos. Durante dos horas les habl&#243; de su entrenamiento, profesi&#243;n, misiones, identidades secretas, armas y t&#225;cticas. No les cont&#243; nada que pudieran utilizar jam&#225;s contra &#233;l, pero incluso las revelaciones m&#225;s insignificantes parec&#237;an proporcionarle gran placer. No mencion&#243; a Sarah Randolph, Astrid Vogel ni aquella noche, un a&#241;o antes, en que &#233;l y Michael se hab&#237;an enzarzado en un tiroteo en esa misma casa. Hablaba sin moverse, con las manos entrelazadas sobre la mesa, la izquierda cubriendo la derecha para ocultar la cicatriz fruncida que hab&#237;a conducido a Michael hasta &#233;l.

Carter hac&#237;a las preguntas, porque Michael ya estaba en otra dimensi&#243;n. Eso s&#237;, escuchaba la conversaci&#243;n, pens&#243; Carter. Michael, el dict&#225;fono humano, capaz de seguir tres conversaciones a la vez y reproducirlas de memoria una semana m&#225;s tarde. Sin embargo, una parte de su mente se ocupaba ya de otro problema. Por fin, Carter cambi&#243; al ruso, una lengua que Michael no dominaba, y los dos hombres concluyeron su charla en privado.

Al anochecer, Michael y Delaroche salieron a dar un paseo. Michael, antigua estrella del atletismo, hab&#237;a vendado el tobillo de Delaroche con gruesa cinta blanca. Carter se qued&#243; en la casa, pues acompa&#241;arlos ser&#237;a como entrometerse en la pelea de dos enamorados, y no quer&#237;a saber nada del asunto. Sin embargo, no pudo resistir la tentaci&#243;n de salir a la galer&#237;a y seguirlos con la mirada. No era un mir&#243;n, sino un agente de control que cuidaba de su agente y viejo amigo.

Caminaron por el paseo en direcci&#243;n al muelle; Delaroche cojeaba un poco. A medida que el d&#237;a se convert&#237;a en noche, a Carter le costaba cada vez m&#225;s distinguirlos, pues eran de estatura y constituci&#243;n muy similares. De repente se dio cuenta de que, en muchos sentidos, eran dos mitades de un mismo hombre. Cada uno de ellos pose&#237;a rasgos presentes pero reprimidos en el otro. De no ser por el nacimiento y la caprichosa ruleta del tiempo y el espacio, era bien posible que hubieran enfilado caminos opuestos: Jean-Paul Delaroche, virtuoso agente de inteligencia, y Michael Osbourne, asesino a sueldo.

Despu&#233;s de largo rato, una hora, supon&#237;a Carter, que por una vez no hab&#237;a controlado la hora de inicio de la conversaci&#243;n, Michael y Delaroche emprendieron el regreso.

Se detuvieron junto al coche de alquiler de Michael y se miraron por encima del techo del veh&#237;culo. Carter segu&#237;a sin poder distinguirlos. Uno de ellos parec&#237;a hablar con vehemencia, el otro daba indolentes puntapi&#233;s al suelo. Cuando la conversaci&#243;n termin&#243;, el de los puntapi&#233;s alarg&#243; la mano por encima del coche, pero el otro se neg&#243; a estrech&#225;rsela.

Delaroche retir&#243; la mano y subi&#243; al coche. Cruz&#243; la verja de seguridad y al cabo de unos instantes se perdi&#243; en las tinieblas de Shore Road. Michael Osbourne ech&#243; a andar despacio hacia la casa.



ABRIL



44

Washington  Viena  Isla del Sur, Nueva Zelanda

El embajador Douglas Cannon fue dado de alta en el Hospital Universitario George Washington una ma&#241;ana inusualmente calurosa de la segunda semana de abril. La noche anterior hab&#237;a llovido, pero a media ma&#241;ana, los charcos centelleaban bajo los intensos rayos del sol. S&#243;lo un peque&#241;o grupo de periodistas y c&#225;maras esperaba a la entrada del centro m&#233;dico, pues los medios de comunicaci&#243;n de la capital sufren una suerte de s&#237;ndrome colectivo de falta de atenci&#243;n, y a nadie le interesaba demasiado ver a un anciano salir del hospital. Sin embargo, Douglas logr&#243; hacer noticia, como sol&#237;a decirse en el oficio, al declarar a voz en grito que quer&#237;a salir por su propio pie, no en silla de ruedas. De hecho, lo dijo en voz tan alta que los periodistas lo oyeron desde el exterior.

&#161;Me dispararon en la espalda, no en las piernas! -protest&#243; Cannon.

Aquella noche, su comentario sali&#243; en las noticias, lo cual le complaci&#243; sobremanera.

Se aloj&#243; en la casa de la calle N durante las dos primeras semanas de convalecencia para luego trasladarse a su amada Cannon Point. Varios residentes de la isla lo jalearon cuando su coche atraves&#243; Shelter Island Heights. Permaneci&#243; en Cannon Point el resto de la primavera. Los guardias de seguridad lo acompa&#241;aban cuando sal&#237;a a pasear por la pedregosa playa de Upper o los senderos del parque natural de Mashomack. En junio se sinti&#243; con fuerzas para salir a navegar a bordo del Athena. Cosa extra&#241;a en &#233;l, cedi&#243; el tim&#243;n a Michael, pero no dej&#243; de dar &#243;rdenes y criticar las artes marineras de su yerno con tal vehemencia que Michael amenaz&#243; con arrojarlo por la borda en las costas de Plum Island.

Los amigos de Douglas lo urg&#237;an a dejar la embajada de Londres; incluso el presidente Beckwith consideraba que era lo mejor. Pero a finales de junio, Douglas regres&#243; a Londres y se instal&#243; en su despacho de Grosvenor Square. El 4 de julio, d&#237;a de la independencia, hizo una aparici&#243;n especial ante el Parlamento y acto seguido viaj&#243; a Belfast, donde fue recibido como un h&#233;roe.

Coincidiendo con su visita, los servicios de seguridad e inteligencia de Gran Breta&#241;a y Estados Unidos hicieron p&#250;blicos los resultados de la investigaci&#243;n del intento de asesinato de Cannon en Washington. El informe conclu&#237;a que en la tentativa hab&#237;an participado dos terroristas, una mujer llamada Rebecca Wells, que tambi&#233;n hab&#237;a estado involucrada en el incidente de Hartley Hall, y un hombre sin identificar que, por lo visto, era un asesino a sueldo contratado por la banda.

Pese a la operaci&#243;n de b&#250;squeda que se hab&#237;a puesto en marcha a escala mundial, ambos terroristas segu&#237;an en paradero desconocido.


Horas despu&#233;s de la visita de Cannon a Irlanda del Norte, un coche bomba estall&#243; delante de un mercado cerca de la esquina de Whiterock Road y Falls Road. Como consecuencia de la explosi&#243;n, cinco personas murieron y diecis&#233;is resultaron heridas. La Brigada de Liberaci&#243;n del Ulster reivindic&#243; la autor&#237;a del atentado. Aquella misma noche, una escisi&#243;n republicana que se hac&#237;a llamar C&#233;lula Irlandesa de Liberaci&#243;n veng&#243; el atentado haciendo estallar un cami&#243;n bomba que redujo a cenizas buena parte del centro de Portadown. La banda prometi&#243; continuar con su campa&#241;a de violencia hasta que el acuerdo de paz de Viernes Santo quedara sin vigencia.

Durante muchas semanas, los rumores sobre un tumulto en la S&#233;ptima Planta circularon sin cesar por los interminables pasillos de Langley. Monica se marchaba, seg&#250;n uno de los rumores. Monica se quedaba para siempre, afirmaba otro. Monica hab&#237;a ca&#237;do en desgracia ante el presidente. Monica estaba a punto de convertirse en secretaria de Estado. El rumor m&#225;s popular entre sus detractores aseguraba que hab&#237;a sufrido un colapso nervioso, que se hab&#237;a vuelto loca, que en un ataque de rabia psic&#243;tica hab&#237;a intentado hacer astillas su valios&#237;simo escritorio de caoba.

Como era de esperar, los rumores acabaron por llegar a o&#237;dos del Washington Post. El corresponsal de inteligencia del peri&#243;dico opt&#243; por omitir los comentarios m&#225;s salaces que hab&#237;a o&#237;do, pero en un extenso art&#237;culo de primera p&#225;gina revel&#243; que Monica hab&#237;a perdido la confianza de los peces gordos de la Agencia, los barones de la comunidad de inteligencia e incluso el propio presidente. Aquella tarde, durante una sesi&#243;n fotogr&#225;fica con unos escolares en el Jard&#237;n de rosas, el presidente Beckwith asegur&#243; que Monica Tyler contaba con su confianza m&#225;s absoluta. Traducidas del washingtoniano al ingl&#233;s, dichas palabras significaban que estaban a punto de darle la patada.

Los periodistas la asediaban. Meet the Press quer&#237;a entrevistarla. Ted Koppel le telefone&#243; en persona para invitarla a Nightline. Una productora de Larry King Live intent&#243; burlar a los guardias de la entrada a base de labia. Monica declin&#243; todas las ofertas y se limit&#243; a emitir un comunicado escrito diciendo que estaba al servicio del presidente, y si el presidente quer&#237;a que se quedara, se quedar&#237;a.

Pero el da&#241;o ya estaba hecho. El invierno envolvi&#243; la S&#233;ptima Planta. Las puertas permanec&#237;an cerradas a cal y canto; los papeles dejaron de circular. Sobre el lugar se cern&#237;a la par&#225;lisis. Monica hab&#237;a quedado marginada, dec&#237;an los rumores. Monica estaba m&#225;s inaccesible que nunca. Monica estaba acabada. A Tarar&#237; y Tarar&#225; apenas se les ve&#237;a, y cuando aparec&#237;an se mov&#237;an por los pasillos como escurridizos lobos grises. Hab&#237;a que hacer algo, instaban los rumores. Las cosas no pod&#237;an seguir as&#237;.

Por fin, en julio, Monica convoc&#243; al personal en el auditorio y anunci&#243; su intenci&#243;n de dimitir el 1 de septiembre. Lo anunciaba con antelaci&#243;n a fin de que el presidente Beckwith, al que profesaba profunda admiraci&#243;n y al que hab&#237;a sido un honor servir, tuviera tiempo para elegir a un sucesor apropiado. Entretanto se producir&#237;an cambios en la c&#250;pula directiva de la Agencia. Adrian Carter ser&#237;a el nuevo director ejecutivo, Cynthia Martin ocupar&#237;a su puesto como jefe del Centro de Antiterrorismo y Michael Osbourne ser&#237;a el nuevo subdirector de operaciones.


En oto&#241;o, Monica desapareci&#243; del mapa. Su antigua empresa quer&#237;a recuperarla, pero Monica repuso que necesitaba tiempo antes de regresar al torbellino de Wall Street. Empez&#243; a viajar; informes acerca de su paradero llegaban con regularidad a manos de Carter y Michael en la S&#233;ptima Planta de Langley. Monica siempre estaba sola, seg&#250;n los partes. No la acompa&#241;aban familiares, amigos, amantes ni perros Por lo visto, no manten&#237;a contactos sospechosos de ninguna clase. La hab&#237;an visto en Buenos Aires, en Par&#237;s y tambi&#233;n de safari en Sud&#225;frica. Fue a hacer submarinismo en el mar Rojo, para sorpresa de todos en el cuartel general, pues nadie sab&#237;a que fuera una buceadora experta. A finales de noviembre, un agente de la estaci&#243;n de la CIA en Viena la fotografi&#243; sentada sola en un g&#233;lido caf&#233; del Stephansplatz.


Aquella misma noche, Monica Tyler regresaba a pie a su hotel despu&#233;s de la cena. Caminaba por una calleja a la sombra de la catedral de San Esteban cuando un hombre apareci&#243; ante ella. Era de estatura mediana, constituci&#243;n compacta y agilidad notable. Algo en sus movimientos, en el ritmo resuelto de su paso, activ&#243; todas las alarmas en su mente.

Mir&#243; por encima del hombro y se dio cuenta de que estaba sola. Se detuvo, gir&#243; sobre sus talones y se dirigi&#243; de nuevo hacia la plaza. El hombre, que ahora caminaba tras ella, se limit&#243; a apretar el paso. Monica no corri&#243;, pues sab&#237;a que carec&#237;a de sentido. Se limit&#243; a cerrar los ojos y seguir andando.

El hombre se acercaba cada vez m&#225;s, pero no sucedi&#243; nada. Por fin, Monica se dio la vuelta para encararse con &#233;l. En ese momento, el hombre sac&#243; un arma al final de cuyo ca&#241;&#243;n se ve&#237;a un silenciador largo y esbelto.

Dios m&#237;o, no -jade&#243;.

Pero el hombre levant&#243; el brazo y efectu&#243; tres disparos en r&#225;pida sucesi&#243;n.

Monica Tyler cay&#243; hacia atr&#225;s, con los ojos vueltos hacia las espiras de la catedral. Oy&#243; los pasos de su asesino al alejarse, sinti&#243; c&#243;mo la sangre abandonaba su cuerpo para esparcirse por los adoquines.

Y entonces, las espiras de San Esteban se convirtieron en agua, y Monica muri&#243;.


En Georgetown, Elizabeth Osbourne oy&#243; el timbre del tel&#233;fono. Ahora que Michael era el subdirector, las llamadas a las cuatro de la madrugada eran casi moneda corriente. Elizabeth ten&#237;a una importante reuni&#243;n a la ma&#241;ana siguiente (hab&#237;a pedido el traslado a la oficina de Washington tras el ascenso de Michael) y necesitaba dormir. Cerr&#243; los ojos e intent&#243; no escuchar los murmullos de Michael en la oscuridad.

&#191;Algo importante? -pregunt&#243; cuando oy&#243; que colgaba.

Monica Tyler fue asesinada anoche en Viena.

&#191;Asesinada? &#191;Qu&#233; ha pasado?

La mataron a tiros.

&#191;Qui&#233;n querr&#237;a matar a Monica Tyler?

Monica ten&#237;a muchos enemigos.

&#191;Te vas a la oficina?

No, me ocupar&#233; del asunto ma&#241;ana por la ma&#241;ana.

Elizabeth cerr&#243; los ojos e intent&#243; conciliar el sue&#241;o, pero fue en vano. Algo en la voz de Michael la hab&#237;a perturbado. Monica ten&#237;a muchos enemigos. Entre ellos t&#250;, Michael, pens&#243;.

En alg&#250;n momento antes del amanecer, Michael abandon&#243; el lecho com&#250;n. Elizabeth se levant&#243;, baj&#243; y lo encontr&#243; en el sal&#243;n, de pie ante las puertas acristaladas, con la mirada fija en el jard&#237;n semipenumbroso.

&#191;Est&#225;s bien, Michael? -le pregunt&#243; en voz baja.

S&#237; -asinti&#243; su marido sin volverse.

&#191;Hay algo de lo que quieras hablar?

No, Elizabeth. He bajado porque necesitaba pensar.

Michael, si hay algo que

No puedo hablar de ello, Elizabeth, as&#237; que d&#233;jalo, por favor. Se dio la vuelta y pas&#243; junto a ella sin mirarla. Elizabeth repar&#243; en que su rostro hab&#237;a adquirido un matiz ceniciento.


La Sociedad Internacional de Desarrollo y Cooperaci&#243;n celebr&#243; su conferencia estival anual en un castillo a orillas de un lago, en lo alto de las monta&#241;as de Isla del Sur, Nueva Zelanda. Hab&#237;an elegido el lugar con mucha antelaci&#243;n, y el lago helado y las densas nieblas del invierno neozeland&#233;s creaban una alegor&#237;a muy apropiada para el desesperanzador estado en que hab&#237;a quedado la Sociedad tras el fallecimiento de Picasso. El pasado del Director en el MI6 lo hab&#237;a preparado para alg&#250;n fracaso ocasional, pero nada en el servicio de inteligencia pod&#237;a compararse con la estampida global que hab&#237;a tenido lugar en las horas siguientes al desenmascaramiento de Picasso. Todas las operaciones se hab&#237;an congelado, y los planes para futuras misiones estaban en suspenso. Las comunicaciones se hab&#237;an interrumpido, y el dinero hab&#237;a dejado de circular. El Director se encerr&#243; en su mansi&#243;n de St. John's Wood con la &#250;nica compa&#241;&#237;a de Daphne e hizo lo que todo buen agente operativo tras una cagada monumental: dedicarse a evaluar los da&#241;os. Y cuando decidi&#243; que hab&#237;a llegado el momento, procedi&#243; sigilosamente a remendar los fragmentos de su orden secreta.

La conferencia de Isla del Sur pretend&#237;a ser una especie de fiesta de reencuentro; sin embargo, la recuperaci&#243;n de la Sociedad era entrecortada en el mejor de los casos. Dos miembros del consejo ejecutivo ni siquiera se molestaron en asistir. Uno de ellos intent&#243; enviar a un sustituto, sugerencia que al Director se le antoj&#243; rid&#237;cula. Poco despu&#233;s de iniciar la sesi&#243;n la reuni&#243;n, el Director, en un ataque de resentimiento impropio de &#233;l, present&#243; la moci&#243;n de expulsarlos a ambos. La moci&#243;n fue secundada, hecho que Daphne anot&#243; diligente en su cuaderno de taquigraf&#237;a.

El punto n&#250;mero dos del orden del d&#237;a se refiere a la muerte de Picasso -anunci&#243; el Director antes de carraspear y a&#241;adir-: Estoy seguro de que su fallecimiento ha sido un golpe terrible para todos ustedes, pero al menos ya no est&#225; en posici&#243;n de perjudicar a la Sociedad.

Lo felicito por haberse encargado del asunto con tanta profesionalidad -alab&#243; Rodin.

No me ha comprendido -contradijo el Director-. Su muerte ha sido un golpe precisamente porque la Sociedad no ha tenido nada que ver con ella.

Pero &#191;qu&#233; hay de Octubre? Sigue vivo, &#191;no?

Supongo que s&#237;, aunque no estoy seguro. Puede que la CIA lo tenga escondido, o puede que Michael Osbourne lo matara y ocultara el hecho. Lo &#250;nico que s&#233; con certeza es que todos nuestros intentos de localizarlo han fracasado.

Tal vez pueda ayudar -terci&#243; Monet, jefe de operaciones del Mossad israel&#237;-. Nuestros hombres ya han demostrado muchas veces que son capaces de localizar a fugitivos. Encontrar a un hombre como Octubre no deber&#237;a ser demasiado dif&#237;cil.

Pero el Director sacudi&#243; la cabeza.

No. Aun cuando siga vivo, no creo que vuelva a representar nunca una amenaza para nosotros. En mi opini&#243;n, lo mejor es dejarlo correr.

Acto seguido ech&#243; un vistazo a sus papeles.

Lo cual me lleva al tercer punto del orden del d&#237;a, la situaci&#243;n en la antigua Yugoslavia. El Frente de Liberaci&#243;n de Kosovo requiere nuestra ayuda. Caballeros, manos a la obra.



Ep&#237;logo

Lisboa-Br&#233;l&#233;s, Francia

Jean-Paul Delaroche hab&#237;a alquilado un piso peque&#241;o en un destartalado edificio color &#225;mbar con vistas al puerto de Lisboa. S&#243;lo hab&#237;a estado una vez en Lisboa, en una visita muy breve, y el cambio de aires confer&#237;a nueva vida a su trabajo. De hecho, atravesaba uno de los per&#237;odos m&#225;s productivos de su vida. Trabajaba diligentemente desde la ma&#241;ana hasta media tarde, creando excelentes im&#225;genes de las iglesias, las plazas y las embarcaciones amarradas en la orilla. Una tarde, el propietario de una prestigiosa galer&#237;a lisboeta lo vio pintar y, entusiasmado, le ofreci&#243; organizar una exposici&#243;n. Delaroche cogi&#243; la tarjeta de visita con los dedos manchados de pintura y prometi&#243; que se lo pensar&#237;a.

Por la noche sal&#237;a de caza. Sal&#237;a al balc&#243;n y buscaba indicios de que lo vigilaran. Caminaba durante horas en un intento de localizar a sus enemigos. Pedaleaba por el campo para provocarlos a que lo siguieran. Instal&#243; trampas en su piso para comprobar si alguien entraba en &#233;l cuando sal&#237;a. El &#250;ltimo d&#237;a de noviembre acab&#243; por aceptar el hecho de que nadie lo vigilaba.

Esa noche sali&#243; del piso y fue a cenar a un buen caf&#233;.

Por primera vez en treinta a&#241;os no iba armado.

En diciembre alquil&#243; un Fiat de tres vol&#250;menes y condujo hasta Francia. Hab&#237;a abandonado Br&#233;l&#233;s, la antigua aldea marinera de la costa bretona, hac&#237;a m&#225;s de un a&#241;o, y no hab&#237;a vuelto a poner los pies en ella. Lleg&#243; a mediod&#237;a del d&#237;a siguiente a su partida tras pasar la noche en Biarritz.

Aparc&#243; en el pueblo y dio un paseo. Nadie lo reconoci&#243;. En la panader&#237;a, mademoiselle Trevaunce lo atendi&#243; sin apenas darle los buenos d&#237;as. Mademoiselle Plauch&#233;, la dependienta de la charcuter&#237;a, hab&#237;a flirteado descaradamente con &#233;l durante su anterior estancia, pero ahora se limit&#243; a servirle el jam&#243;n y el queso de cabra sin ni siquiera sonre&#237;rle.

Delaroche entr&#243; en el caf&#233; donde los ancianos pasaban las tardes y pregunt&#243; si algunos de ellos hab&#237;a visto a una irlandesa por all&#237;. Pelo negro, buenas caderas, muy guapa

Hay una irlandesa viviendo en la vieja casa de la punta -dijo Didier, el rubicundo propietario de la tienda-. Donde viv&#237;a el loco, le Solitaire.

Delaroche fingi&#243; no saber a qu&#233; se refer&#237;a, de modo que Didier se ech&#243; a re&#237;r y le indic&#243; el camino de la casa. Luego pregunt&#243; a Delaroche si quer&#237;a quedarse a tomar vino y comer aceitunas.

Non, merci -declin&#243; Delaroche.


Delaroche condujo por la carretera de la costa y aparc&#243; a unos doscientos metros de la granja, en un mirador con vistas al mar. De la chimenea de la casa sal&#237;a una columna de humo que el viento disipaba. Permaneci&#243; all&#237; sentado, comiendo pan y queso, fumando, observando la granja y el batir de las olas contra las rocas. Una vez vislumbr&#243; su cabello azabache en una de las ventanas.

Pens&#243; en la &#250;ltima cosa que Michael Osbourne le hab&#237;a dicho aquella noche en Shelter Island. Merece lo peor -hab&#237;a espetado-. Merece morir. Osbourne era un hombre demasiado decente, demasiado virtuoso para condenar a Monica a muerte, pero Delaroche cre&#237;a saber lo que anidaba en el coraz&#243;n de Michael en aquel momento. Era un peque&#241;o favor para recompensar a Michael por haberle dado la libertad. De hecho, disfrut&#243; bastante, pues Monica era una de las personas m&#225;s ofensivas que hab&#237;a conocido jam&#225;s. Y adem&#225;s le hab&#237;a visto la cara.

Rebecca sali&#243; a la terraza con los brazos cruzados bajo el pecho para contemplar la puesta de sol. &#191;Querr&#225; verme?, se pregunt&#243; Delaroche. &#191;O querr&#225; que me mantenga alejado para poder olvidarlo todo? Lo m&#225;s f&#225;cil ser&#237;a dar media vuelta y olvidarla. Regresar a Lisboa, a su trabajo. Aceptar la oferta del galerista y exponer sus cuadros.

Puso en marcha el motor. El sonido lejano impuls&#243; a Rebecca a volver la cabeza y deslizar la mano bajo el jersey. Era por vivir escondida, pens&#243; Delaroche. Continuos sobresaltos, alargar la mano hacia el arma. Conoc&#237;a muy bien la sensaci&#243;n.

Rebecca mantuvo la mirada clavada en el coche durante largo rato, y por fin sus labios se curvaron en algo parecido a una sonrisa. Se volvi&#243; de nuevo hacia el mar y esper&#243; a que Delaroche fuera a ella. Delaroche puso la primera y se dirigi&#243; hacia la casa.



Daniel Silva



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notes

*: #_ftnref1Peep O'Day Boys significa Los Muchachos del Amanecer. (n. de la T.)


*: #_ftnref2 V&#233;ase La marca del asesino en esta misma colecci&#243;n. (N. del E.)


*: #_ftnref3 Los brit&#225;nicos suelen referirse con este nombre a los grandes almacenes Marks & Spencer. (N. de la T.)

