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Kathy Reichs


Testigos del silencio


Brennan, 1


Titulo original: D&#233;j&#225; Dead

 por la traducci&#243;n, Josefina Guerrero, 1999


Para Karl y Marta Reichs,

las personas m&#225;s amables y generosas que conozco.

Paldies par j&#252;su m&#237;lest&#237;bu, Vecam&#225;mma un Paps.

Karlis Reichs, 1914-1996.







Agradecimientos

Con el intento de crear una obra fidedigna, consult&#233; a expertos en diversos terrenos. Deseo agradecer a Bernard Chap&#225;is sus explicaciones de las normas canadienses relativas a conservaci&#243;n y mantenimiento de animales en laboratorios; a Sylvain Roy, JeanGuy H&#233;bert y Michel Hamel, su ayuda en serolog&#237;a; a Bernard Pommeville, su demostraci&#243;n detallada de la microfluorescencia de los rayos equis, y a Robert Dorion, su asesoramiento sobre odontolog&#237;a forense y an&#225;lisis de se&#241;ales de mordiscos. Por fin, aunque no en &#250;ltimo lugar, expreso mi gratitud a Steve Symes por su infinita paciencia en sus exposiciones sobre sierras y sus efectos en los huesos.

Debo un inmenso reconocimiento a John Robinson y Mary Sue Rucci, sin los cuales acaso Testigos del silencio nunca hubiera llegado a crearse. John atrajo la atenci&#243;n de Marysue acerca del manuscrito, cuyos m&#233;ritos ella reconoci&#243;. En cuanto a mis editoras Susanne Kirk, Marysue Rucci y Maria Rejt, supervisaron la versi&#243;n original de Testigos del silencio y la mejoraron enormemente con sus sugerencias editoriales.

Por &#250;ltimo, en un plano m&#225;s personal, deseo agradecer a los miembros de mi familia, que leyeran la obra en su fase embrionaria y me aportaran valiosos comentarios. Les doy las gracias por su apoyo y su paciencia en mis largas ausencias.





Cap&#237;tulo 1

Ya no pensaba en el hombre que se hab&#237;a saltado la tapa de los sesos y a quien en aquellos momentos estaba recomponiendo. Ante m&#237; se encontraban dos secciones de cr&#225;neo, y una tercera descansaba en un cuenco de acero inoxidable repleto de arena, mientras se secaba el pegamento aplicado a los fragmentos reunidos. Hab&#237;a suficiente materia para confirmar su identidad, por lo que el juez de instrucci&#243;n se considerar&#237;a satisfecho.

Era el atardecer del martes 2 de junio de 1994, y mientras el pegamento se fijaba yo dejaba divagar mi mente. La llamada que interrumpir&#237;a mi ensue&#241;o, desviar&#237;a el curso de mi vida y modificar&#237;a mi conocimiento de los l&#237;mites de la depravaci&#243;n humana a&#250;n tardar&#237;a diez minutos en producirse. Entretanto, disfrutaba de la perspectiva del San Lorenzo, la &#250;nica ventaja de mi repleto y arrinconado despacho situado en una esquina. En cierto modo la visi&#243;n del agua siempre me ha rejuvenecido, en especial cuando fluye r&#237;tmicamente. Olvidemos el Estanque Dorado. Estoy segura de que Freud habr&#237;a encontrado alg&#250;n significado a esto.

Centraba mis pensamientos en el pr&#243;ximo fin de semana. Me propon&#237;a viajar a la ciudad de Quebec, pero sin una intenci&#243;n definida. En una especie de escapada tur&#237;stica pensaba visitar los Llanos de Abraham, comer mejillones y crepes y comprar baratijas a los vendedores callejeros. Llevaba un a&#241;o entero en Montreal trabajando como antrop&#243;loga forense para la provincia, pero a&#250;n no hab&#237;a estado all&#237;, por lo que me parec&#237;a un programa atractivo. Necesitaba pasar un par de d&#237;as sin esqueletos ni cad&#225;veres descompuestos o reci&#233;n extra&#237;dos del r&#237;o.

Las ideas me surgen con facilidad, pero me cuesta realizarlas. Suelo dejar que las cosas sigan su curso. Tal vez sea una v&#237;a de escape, un modo de escabullirme por la tangente y desistir de muchos de mis proyectos. Soy indecisa en mi vida social y obsesiva en mi trabajo.

Supe que &#233;l estaba al otro lado de la puerta antes de que llamara. Aunque se mov&#237;a con sigilo para su gran corpulencia, lo delataba el olor a tabaco de pipa. Pierre LaManche era director del Laboratoire de M&#233;decine L&#233;gale desde hac&#237;a casi dos d&#233;cadas. Puesto que sus visitas a mi despacho nunca eran de car&#225;cter social, sospech&#233; que no era portador de buenas noticias. El hombre llam&#243; discretamente con los nudillos.

&#191;Temperance? -dijo.

Nunca empleaba mi diminutivo. Tal vez le sonaba m&#225;s franc&#233;s -rimaba con France-, o bien la traducci&#243;n carec&#237;a de sentido para &#233;l o hab&#237;a tenido alguna experiencia desagradable en Arizona. Era el &#250;nico que no me llamaba Tempe.

Oui? -respond&#237;.

Al cabo de tantos meses la respuesta era casi autom&#225;tica. Hab&#237;a llegado a Montreal creyendo dominar el idioma, pero no hab&#237;a contado con la variante quebequesa. Aprend&#237;a, mas con lentitud.

Acabo de recibir una llamada.

Mir&#243; la nota de color rosado que llevaba en la mano. En su rostro todo era vertical: las arrugas y pliegues iban de arriba abajo, paralelas a la larga y recta nariz y las orejas. Recordaba un puro Basset, un rostro que ya en su juventud deb&#237;a de parecer viejo, aunque su disposici&#243;n se habr&#237;a intensificado con el tiempo, y de edad incalculable.

Dos obreros de HydroQuebec han descubierto unos huesos.

Observ&#243; mi expresi&#243;n, en absoluto satisfecha, y volvi&#243; a mirar el papel rosado.

Est&#225;n cerca del lugar donde se encontraron los restos hist&#243;ricos el verano pasado -prosigui&#243; con su correct&#237;simo franc&#233;s.

Nunca le hab&#237;a o&#237;do decir un vulgarismo ni expresarse en la jerga policial.

Usted estuvo all&#237;. Es probable que se trate de lo mismo. Necesito que vaya alguien a confirmar que no es un caso para el juez.

Al levantar la mirada, el cambio de plano intensific&#243; sus arrugas y pliegues mientras absorb&#237;a la luz del atardecer, como un agujero negro atrae a la masa. Esboz&#243; una vaga sonrisa, y cuatro surcos se desviaron hacia arriba.

&#191;Cree que ser&#225;n restos arqueol&#243;gicos? -inquir&#237; con desgana.

No entraba en mis planes para el fin de semana investigar profesionalmente ning&#250;n escenario criminal. Para marcharme al d&#237;a siguiente a&#250;n ten&#237;a que pasar por la tintorer&#237;a y la farmacia, lavar la ropa sucia, hacer mi equipaje, repostar gasolina y dar instrucciones a Winston, el conserje de mi casa, para que cuidase del gato.

Desde luego -asinti&#243; el hombre.

Yo no me sent&#237;a tan segura.

&#191;Desea que la acompa&#241;e un coche patrulla? -dijo al tiempo que me tend&#237;a la nota.

Lo mir&#233; con expresi&#243;n ce&#241;uda.

No, he venido con mi coche.

Comprob&#233; la direcci&#243;n y repar&#233; en que se hallaba pr&#243;xima a mi domicilio.

Lo encontrar&#233; -afirm&#233;.

El hombre se alej&#243; tan silencioso como hab&#237;a llegado. Calzaba zapatos con suela de crep&#233; y llevaba los bolsillos vac&#237;os, por lo que nada sonaba ni tintineaba a su paso y, como los cocodrilos, se presentaba y desaparec&#237;a de modo inadvertido, sin hacerse anunciar. A algunos colegas les parec&#237;a exasperante.

Met&#237; un mono en una bolsa de lona junto con mis botas de caucho con la esperanza de no precisarlos y cog&#237; mi ordenador port&#225;til, la cartera y la funda de cantimplora bordada que utilizaba como monedero veraniego. A&#250;n me promet&#237;a a m&#237; misma no regresar hasta el lunes, pero una voz interior me auguraba todo lo contrario.


Cuando llega el verano a Montreal, irrumpe como una rumbera: con algodones de vivos colores que se arremolinan en el aire, muslos entrevistos y cuerpos brillantes de sudor. Es un festejo obsceno que comienza en junio y se prolonga hasta septiembre.

La gente acoge la estaci&#243;n con entusiasmo y deleite. La vida se desarrolla al aire libre. Tras el prolongado y desapacible invierno, reaparecen los caf&#233;s en las terrazas, ciclistas y patinadores compiten en los carriles destinados a bicicletas, los festivales se suceden en las calles y la multitud pasea por las aceras formando ondulantes dibujos.

&#161;Cuan distinto es el verano en San Lorenzo del de mi estado natal de Carolina del Norte! All&#237; la gente descansa l&#225;nguidamente en tumbonas en las playas o en los porches de casas de monta&#241;a o de las afueras, y las delimitaciones entre primavera, verano y oto&#241;o resultan dif&#237;ciles de establecer sin ayuda del calendario. M&#225;s que la gelidez invernal, lo que me sorprendi&#243; el primer a&#241;o que pas&#233; en el norte fue este insolente renacer de la primavera, que desterr&#243; la nostalgia experimentada durante la prolongada y sombr&#237;a estaci&#243;n fr&#237;a.

Tales pensamientos rondaban por mi mente mientras circulaba bajo el puente de JacquesCartier y giraba en direcci&#243;n oeste hacia Viger. Pas&#233; junto a la f&#225;brica de cerveza Molson, que se extend&#237;a a lo largo del r&#237;o a mi izquierda, y por la torre redonda del edificio de Radio Canad&#225;, y pens&#233; en la gente que estar&#237;a all&#237; adentro atrapada: ocupantes de colmenas industriales que sin duda ansiaban liberarse tanto como yo. Imagin&#233; que, bajo los efectos de junio, observar&#237;an los rayos de sol tras los rect&#225;ngulos acristalados, so&#241;ar&#237;an con barcas, bicicletas y zapatillas deportivas y consultar&#237;an sus relojes.

Baj&#233; el cristal de la ventanilla y conect&#233; la radio.

Aujourd'hui je vois la vie avec les yeux du coeur -cantaba Gerry Boulet.

Hoy veo la vida con los ojos del coraz&#243;n, traduje mentalmente de modo autom&#225;tico. Pod&#237;a imaginar al int&#233;rprete, un hombre fogoso de ojos negros, con la cabeza coronada por una mara&#241;a de rizos, que cantaba con apasionamiento y hab&#237;a fallecido a los cuarenta y cuatro a&#241;os.

Enterramientos hist&#243;ricos. Todos los antrop&#243;logos forenses nos enfrentamos a tales casos. Viejos huesos exhumados por perros, obreros de la construcci&#243;n, riadas primaverales y sepultureros. La oficina del juez de instrucci&#243;n es la supervisora de la muerte en la provincia de Quebec. Si alguien fallece de modo indebido, sin hallarse bajo los cuidados de un m&#233;dico ni en el lecho, el juez desea conocer la raz&#243;n, y asimismo le interesa averiguar si tal muerte amenaza con arrastrar a otras consigo y, aunque exige una explicaci&#243;n de los fallecimientos violentos, inesperados o inoportunos, los cad&#225;veres antiguos son de escaso inter&#233;s para &#233;l. Aunque su muerte haya clamado justicia en otros tiempos o anunciado una inminente epidemia, sus voces han permanecido silenciadas durante demasiado tiempo y, una vez establecida su antig&#252;edad, tales hallazgos son entregados a los arque&#243;logos. Tal promet&#237;a ser aquel caso. &#161;Yo as&#237; lo esperaba!

Estuve zigzagueando por el embotellamiento circulatorio del centro de la ciudad y al cabo de un cuarto de hora llegu&#233; a la direcci&#243;n facilitada por LaManche. Le Grand S&#233;minaire, vestigio de las vastas propiedades de la iglesia cat&#243;lica, ocupa una amplia extensi&#243;n de terreno en el n&#250;cleo de Montreal. Centreville, centro de la ciudad. Mi vecindario. La peque&#241;a ciudadela urbana perdura como una isla de verdor en un mar de alt&#237;simos edificios de cemento y se mantiene como mudo testimonio de aquella instituci&#243;n en otros tiempos poderosa. Muros de piedra rematados por torres de vigilancia rodean sombr&#237;os castillos grises, zonas de c&#233;sped muy cuidadas y vastos espacios que se han vuelto agrestes.

En los tiempos gloriosos de la Iglesia, las familias enviaban all&#237; a sus hijos a miles a fin de prepararlos para el sacerdocio. A&#250;n acuden algunos, pero en n&#250;mero muy reducido. Los edificios m&#225;s grandes han sido alquilados y albergan escuelas e instituciones con objetivos m&#225;s seglares, donde los faxes y las conexiones a Internet sustituyen a los manuscritos y a los discursos teol&#243;gicos como paradigma de trabajo. Tal vez sea una buena met&#225;fora para la sociedad moderna: la comunicaci&#243;n entre nosotros nos absorbe demasiado para preocuparnos por un creador todopoderoso.

Me detuve en una callecita frente a los jardines del seminario y mir&#233; en direcci&#243;n este a lo largo de Sherbrooke, hacia la porci&#243;n de la propiedad cedida a la saz&#243;n a Le College de Montreal. No advert&#237; nada ins&#243;lito. Saqu&#233; un codo por la ventanilla y observ&#233; en direcci&#243;n opuesta. El polvoriento y recalentado metal estaba ardiendo, y retir&#233; r&#225;pidamente el brazo, como un cangrejo al que golpearan con un palo.

All&#237; estaban. Juxtapuestos de modo incongruente contra una p&#233;trea torre medieval distingu&#237; un coche patrulla azul y blanco con la leyenda POLICE-COMMUNAUT&#201; URBAINE DE MONTREAL grabada en un lateral, que bloqueaba la entrada oeste del recinto, y un cami&#243;n gris de HydroQuebec aparcado delante de &#233;l, del cual, como ap&#233;ndices de una estaci&#243;n espacial, surg&#237;an las escaleras y el equipo. Junto al cami&#243;n, un polic&#237;a uniformado hablaba con dos hombres que vest&#237;an traje de faena.

Gir&#233; a la izquierda y me introduje en el tr&#225;fico que se dirig&#237;a hacia la parte oeste de Sherbrooke, aliviada al no advertir la presencia de periodistas. En Montreal un encuentro con la prensa puede significar un doble calvario, puesto que los peri&#243;dicos aparecen en franc&#233;s y en ingl&#233;s. No soy especialmente cort&#233;s cuando me acosan en un idioma, pero frente a un ataque dual puedo resultar muy antip&#225;tica.

LaManche ten&#237;a raz&#243;n. Yo ya hab&#237;a visitado aquellos jardines el verano anterior. Recordaba el caso: unos huesos exhumados durante la reparaci&#243;n de un conducto de agua. Enterramientos en ata&#250;des del viejo cementerio de una propiedad eclesi&#225;stica. Avisaron al arque&#243;logo y se cerr&#243; el caso. Con suerte se repetir&#237;a la situaci&#243;n.

Mientras maniobraba mi Mazda delante del cami&#243;n y lo aparcaba, los tres hombres interrumpieron su conversaci&#243;n para mirarme. Al apearme del veh&#237;culo el polic&#237;a se inmoviliz&#243; un instante como si considerara la cuesti&#243;n y luego avanz&#243; a mi encuentro con cara de pocos amigos. Eran las cuatro y cuarto; probablemente hab&#237;a concluido su turno y hubiera preferido no estar all&#237;. Bien, tampoco yo estaba por mi gusto.

Tendr&#225; que marcharse, madame. No puede aparcar aqu&#237;.

Acompa&#241;aba sus palabras con amplios ademanes y me se&#241;alaba la direcci&#243;n por la que yo deb&#237;a partir, como si despejara moscas de una ensalada de patatas.

Soy la doctora Brennan -dije al tiempo que cerraba de un portazo-, del Laboratorio de Medicina Legal.

&#191;La env&#237;a el juez de instrucci&#243;n?

Su tono habr&#237;a despertado envidia a un interrogador de la KGB.

S&#237;. Soy la antrop&#243;loga forense -prosegu&#237; como una profesora de segundo grado-. Me encargo de los casos de desenterramientos y de esqueletos. Espero que esto me califique para ello.

Y le tend&#237; mi tarjeta de identificaci&#243;n. El hombre, a su vez, luc&#237;a en el bolsillo de la camisa un peque&#241;o rect&#225;ngulo de lat&#243;n donde figuraba la inscripci&#243;n agente Groulx.

Observ&#243; la foto y luego a m&#237;. Mi aspecto no era muy convincente. Me hab&#237;a propuesto trabajar todo el d&#237;a en la reconstrucci&#243;n del cr&#225;neo y llevaba ropas apropiadas para tal tarea. Vest&#237;a unos t&#233;janos descoloridos de color tostado, una camisa de tela vaquera con las mangas enrolladas hasta los codos y calentadores en lugar de calcetines. Me hab&#237;a recogido los cabellos con un pasador, pero algunos mechones, p&#233;rdida la lucha contra la gravidez, flotaban alrededor de mi rostro y por mi cuello. Adem&#225;s, iba manchada con fragmentos de pegamento. M&#225;s que una antrop&#243;loga forense deb&#237;a de parecer un ama de casa de mediana edad obligada a abandonar el empapelado de una pared.

Examin&#243; largo rato la tarjeta y me la devolvi&#243; sin comentarios. Evidentemente no era lo que esperaba.

&#191;Ha visto usted los restos? -le pregunt&#233;.

No. Protejo la zona.

&#201;l hizo un adem&#225;n para se&#241;alar a los dos hombres, que nos observaban tras interrumpir su conversaci&#243;n.

Ellos los encontraron. Ya avis&#233;. La acompa&#241;ar&#225;n.

Me pregunt&#233; si el agente Groulx ser&#237;a capaz de pronunciar una frase compuesta. De nuevo se&#241;al&#243; a los obreros con un adem&#225;n.

Vigilar&#233; su coche -me dijo.

Hice una se&#241;al de asentimiento, pero &#233;l ya hab&#237;a dado media vuelta y se alejaba. Los obreros de Hydro me miraron en silencio mientras me aproximaba. Ambos llevaban gafas de aviador, y el postrer sol de la tarde arrancaba reflejos anaranjados de sus cristales. Los dos luc&#237;an bigotes con las puntas curvadas hacia abajo.

El de la izquierda era el m&#225;s viejo, un tipo delgado y moreno con aspecto de terrier. El hombre miraba en torno con nerviosismo y desviaba su atenci&#243;n de uno a otro objeto, de una persona a otra, como una abeja que entrara y saliera de un capullo. Fijaba su mirada en m&#237; y luego la apartaba con rapidez, cual si temiera que establecer contacto con los ojos ajenos lo comprometiera a algo que m&#225;s tarde pudiera lamentar. Asimismo compensaba su peso de uno a otro pie e inclinaba alternativamente los hombros.

Su compa&#241;ero, mucho m&#225;s corpulento, llevaba una larga y lacia cola de caballo y ten&#237;a el rostro curtido. Me sonri&#243; mientras me aproximaba y exhibi&#243; huecos vac&#237;os de dentadura. Sospech&#233; que ser&#237;a el m&#225;s locuaz de ambos.

Bonjour. Comment &#231;a va? -los salud&#233;.

Era el equivalente a &#161;Hola! &#191;C&#243;mo est&#225;n ustedes?.

Bien, bien -respondieron con simult&#225;neas inclinaciones de cabeza.

Me identifiqu&#233; y les pregunt&#233; si hab&#237;an denunciado el descubrimiento de los huesos. Nuevas se&#241;ales de asentimiento a modo de respuesta.

Expl&#237;quenmelo.

Mientras hablaba saqu&#233; un bloc peque&#241;o de notas de mi mochila, levant&#233; la tapa y prepar&#233; un bol&#237;grafo al tiempo que les sonre&#237;a alentadora.

El tipo de la cola de caballo se expresaba con entusiasmo, y sus palabras se precipitaban como los ni&#241;os cuando salen de recreo: disfrutaba con la aventura. Se expresaba en un franc&#233;s muy acentuado, enlazando las palabras, y las terminaciones se perd&#237;an al estilo de los quebequeses de la parte alta del r&#237;o, de modo que yo ten&#237;a que escucharlo con suma atenci&#243;n.

Limpi&#225;bamos la maleza: forma parte de nuestro trabajo.

Se&#241;al&#243; hacia los cables del tendido el&#233;ctrico que ten&#237;amos sobre nuestras cabezas y despu&#233;s extendi&#243; el brazo sobre el terreno.

Debemos mantener limpias las l&#237;neas.

Asent&#237;.

Cuando me met&#237; en aquella zanja percib&#237; un olor extra&#241;o.

Se volvi&#243; para mostrar una zona boscosa que bordeaba la finca y se interrumpi&#243;, fija la mirada en direcci&#243;n a los &#225;rboles con el brazo extendido y el &#237;ndice perforando el aire.

&#191;Extra&#241;o? -repet&#237; yo.

Se volvi&#243; hacia m&#237;.

Bien, no era eso exactamente.

Hizo una pausa y se mordi&#243; el labio inferior como si buscara la expresi&#243;n adecuada en su l&#233;xico personal.

A muerto -dijo-. &#191;Sabe a qu&#233; me refiero?

Aguard&#233; a que prosiguiera.

Ya sabe, como cuando un animal se arrastra por alg&#250;n lugar y muere.

Acompa&#241;&#243; sus palabras con un leve encogimiento de hombros y me mir&#243; en busca de confirmaci&#243;n. Asent&#237;. Estoy muy identificada con el olor de la muerte.

Eso pens&#233;: que se trataba de un perro o tal vez de un mapache muerto. De modo que comenc&#233; a revolver entre la maleza con mi rastrillo en el lugar donde el olor parec&#237;a m&#225;s intenso y, como esperaba, encontr&#233; un mont&#243;n de huesos.

Nuevo encogimiento de hombros.

Hum

Comenzaba a sentirme inc&#243;moda: los enterramientos antiguos no huelen.

De modo que llam&#233; a Gil -Se&#241;al&#243; a su compa&#241;ero, que fijaba su mirada en el suelo, para recabar su confirmaci&#243;n- y ambos comenzamos a excavar entre las hojas y los escombros. Lo que descubrimos no me parecieron restos de perros ni de mapaches.

Y tras estas palabras cruz&#243; los brazos en su pecho, inclin&#243; la barbilla y se balance&#243; sobre sus talones.

&#191;Por qu&#233; raz&#243;n?

Era demasiado grande.

Hizo girar la lengua y la introdujo en uno de los huecos de su dentadura. La punta apareci&#243; y desapareci&#243; entre los dientes como un gusano que buscara la luz diurna.

&#191;Algo m&#225;s?

&#191;A qu&#233; se refiere?

El gusano se retir&#243;.

&#191;Encontr&#243; algo m&#225;s aparte de los huesos?

S&#237;. Eso fue lo que no pareci&#243; adecuado.

Extendi&#243; ampliamente los brazos para se&#241;alar una dimensi&#243;n con las manos.

Una gran bolsa de pl&#225;stico envolv&#237;a todo el hallazgo y

Levant&#243; las palmas de las manos y dej&#243; la frase inacabada.

&#191;Y qu&#233;?

Mi intranquilidad iba en aumento.

Une ventouse -concluy&#243; r&#225;pidamente.

Se mostraba avergonzado y agitado al mismo tiempo. Gil estaba tan ansioso como yo. Levant&#243; la mirada del suelo y la dej&#243; vagar con inquietud.

&#191;Qu&#233;? -inquir&#237;.

Cre&#237; haber comprendido mal.

Une ventouse. Un desatascador de los que se utilizan en el ba&#241;o.

&#201;l imit&#243; su uso. Ech&#243; el cuerpo hacia adelante, sujet&#243; las manos en un invisible mango y subi&#243; y baj&#243; los brazos. La macabra pantomima estaba tan fuera de lugar que resultaba discordante.

Gil profiri&#243; un juramento y desvi&#243; de nuevo los ojos al suelo. Yo lo mir&#233; con fijeza. Aquello era ins&#243;lito. Conclu&#237; mis notas y cerr&#233; el bloc.

&#191;Est&#225; mojado ah&#237; abajo? -pregunt&#233;.

Prefer&#237;a no ponerme las botas ni el mono si no era necesario.

No -repuso.

Y mir&#243; de nuevo a su compa&#241;ero en espera de confirmaci&#243;n.

Gil neg&#243; con la cabeza sin levantar la mirada del suelo.

De acuerdo -dije-. Vayamos.

Confiaba en parecer m&#225;s tranquila de lo que estaba.

El tipo con cola de caballo me condujo por las hierbas hasta el bosque. Descendimos gradualmente por un peque&#241;o barranco cuya vegetaci&#243;n se iba haciendo cada vez m&#225;s densa a medida que nos acerc&#225;bamos al fondo. Yo lo segu&#237;a por entre los matorrales, sosteniendo con la mano derecha las ramas que &#233;l apartaba para abrirme paso y luego tendi&#233;ndoselas a Gil. Aun as&#237; las ramitas menores se enredaban en mis cabellos. El lugar ol&#237;a a tierra h&#250;meda y a hierbas y hojas podridas. La luz del sol se filtraba de modo desigual entre el follaje y moteaba el terreno con recuadros, como las piezas de un rompecabezas. Aqu&#237; y all&#237; un rayo encontraba una abertura y se abr&#237;a paso hasta el suelo, y pod&#237;an verse las part&#237;culas de polvo flotando en su sesgado trayecto. Insectos voladores revoloteaban ante mi rostro y zumbaban en mis o&#237;dos, y las enredaderas se envolv&#237;an en mis tobillos.

Al final de la zanja el obrero se detuvo para orientarse y luego gir&#243; hacia la derecha. Yo fui tras &#233;l dando manotazos a los mosquitos, mientras apartaba la vegetaci&#243;n y entornaba los ojos para protegerme de las nubes de insectos. El sudor me perlaba los labios, empapaba mis cabellos y adher&#237;a los mechones sueltos a la frente y al cuello. No tendr&#237;a que haberme preocupado por mis ropas ni por mi peinado.

A quince metros del cad&#225;ver ya no necesit&#233; gu&#237;a alguno. Hab&#237;a detectado la inconfundible fetidez a muerte que se mezclaba con el peculiar olor arcilloso de los bosques. El olor a carne en descomposici&#243;n no se asemeja a ning&#250;n otro y se percib&#237;a claramente en el ambiente c&#225;lido del atardecer, tenue pero innegable. A medida que avanzaba, el dulz&#243;n y f&#233;tido hedor se fue concentrando, haci&#233;ndose m&#225;s intenso, como el chirrido de una langosta, hasta que dej&#243; de confundirse y se impuso a todos los dem&#225;s. Los aromas de pino, musgo y humus dejaron paso a la pestilencia de la carne putrefacta.

Gil se detuvo a discreta distancia. El olor le bastaba: no necesitaba echar otra mirada. Unos tres metros m&#225;s adelante tambi&#233;n se detuvo su compa&#241;ero, se volvi&#243; y, sin pronunciar palabra, se&#241;al&#243; un bulto peque&#241;o parcialmente cubierto por hojas y escombros sobre el que zumbaban y volaban las moscas en c&#237;rculos cual invitados en un buf&#233; libre.

Al verlo me dio un vuelco el est&#243;mago y una voz en mi interior me repiti&#243; el consabido ya te lo dije. Con creciente temor deposit&#233; mi mochila al pie de un &#225;rbol, extraje de ella unos guantes quir&#250;rgicos y me introduje con sumo tiento por el follaje. Cuando me aproximaba al bulto, distingu&#237; la zona que los hombres hab&#237;an despejado de vegetaci&#243;n, y mi visi&#243;n confirm&#243; los temores que sent&#237;a.

Entre las hojas y la tierra surg&#237;a el arco de unas costillas, con los extremos curvados hacia arriba como el armaz&#243;n de un barco. Me inclin&#233; para observar con m&#225;s detenimiento. Las moscas zumbaron a modo de protesta, y el sol se reflej&#243; iridiscente en los azules y verdosos insectos. Al despejar los escombros, advert&#237; que las costillas estaban unidas a un segmento de columna vertebral.

Aspir&#233; a fondo y, protegida por los guantes, comenc&#233; a retirar pu&#241;ados de hojas secas y agujas de pino. Mientras expon&#237;a la columna vertebral a la luz solar, se disgreg&#243; una masa de escarabajos sobresaltados. Los bichos se diseminaron y desaparecieron uno tras otro por los bordes de las costillas.

Haciendo caso omiso de los insectos, segu&#237; retirando sedimentos y, con lentitud y sumo cuidado, despej&#233; una zona de aproximadamente un metro. Tard&#233; menos de diez minutos en comprobar lo que Gil y su compa&#241;ero hab&#237;an descubierto. Me apart&#233; los cabellos del rostro con la mano enguantada y, apoyada en los talones, examin&#233; el espect&#225;culo que se me ofrec&#237;a.

Ante m&#237; ten&#237;a un torso en estado esquel&#233;tico. La caja tor&#225;cica, la columna vertebral y la pelvis a&#250;n segu&#237;an unidos por m&#250;sculos y ligamentos secos. Aunque el tejido conjuntivo es pertinaz y se niega a ceder su sujeci&#243;n en las articulaciones durante meses o a&#241;os, el cerebro y los &#243;rganos internos no son tan resistentes: las bacterias y los insectos los descomponen r&#225;pidamente, a veces en cuesti&#243;n de semanas.

Distingu&#237; restos de tejido pardo y desecado adherido a las superficies tor&#225;cica y abdominal de los huesos. Mientras permanec&#237;a en cuclillas entre el zumbido de las moscas y con los rayos de sol moteando el bosque alrededor de m&#237;, tuve la absoluta certeza de dos cosas: el torso era humano y no llevaba mucho tiempo all&#237;.

Y tambi&#233;n comprend&#237; que no hab&#237;a llegado a aquel lugar por casualidad. La v&#237;ctima hab&#237;a sido asesinada y abandonada. Los restos estaban contenidos en una bolsa de pl&#225;stico de las que suelen utilizarse para las basuras dom&#233;sticas. En aquellos momentos estaba desgarrada, pero sospechaba que habr&#237;an transportado el torso en ella. Faltaban la cabeza y las extremidades y no se ve&#237;an efectos personales ni otros objetos en las proximidades salvo uno.

Los huesos de la pelvis rodeaban un desatascador de lavabo. El largo mango de madera se proyectaba hacia arriba como el palo invertido de un helado, y la parte curvada de caucho rojo estaba aplastada contra la abertura p&#233;lvica, en una posici&#243;n que suger&#237;a intencionalidad. Por horripilante que fuese la idea, no cre&#237; que la asociaci&#243;n fuese err&#243;nea.

Me levant&#233; y mir&#233; a m&#237; alrededor con las rodillas resentidas por el cambio de postura. Sab&#237;a por experiencia que los animales carro&#241;eros suelen arrastrar partes de un cuerpo a distancias impresionantes. Los perros acostumbran ocultarlas en zonas de baja maleza, y los animales que se refugian en madrigueras sumergen huesecillos y dientes en agujeros subterr&#225;neos. Me limpi&#233; el polvo de las manos y escudri&#241;&#233; mi proximidad m&#225;s inmediata en busca de posibles localizaciones.

Las moscas zumbaban, y un cuerno reson&#243; a miles de quil&#243;metros de distancia. Recuerdos de otros bosques, otras tumbas y otros huesos cruzaron sigilosos por mi mente como im&#225;genes inconexas de antiguas pel&#237;culas. Permanec&#237; en absoluta inmovilidad, escudri&#241;ando vigilante. Por fin intu&#237; m&#225;s que distingu&#237; una irregularidad en mi entorno que, cual un rayo de luz reflejado en un espejo, desapareci&#243; antes de que mis neuronas pudieran formar una imagen. Un parpadeo casi imperceptible me oblig&#243; a volver la cabeza. Nada. Me mantuve r&#237;gida, sin la certeza de haber visto algo realmente; apart&#233; los insectos de mis ojos y advert&#237; que refrescaba.

Insist&#237; en mi observaci&#243;n, mientras una ligera brisa agitaba los h&#250;medos mechones alrededor de mi rostro y hac&#237;a crujir las hojas. Entonces volv&#237; a percibirlo: un leve reflejo de luz solar en alg&#250;n punto. Avanc&#233; unos pasos, insegura de su origen, y me detuve con todos los sentidos concentrados en la luz del sol y las sombras. Segu&#237;a sin percibir nada. &#161;Naturalmente que no, necia! All&#237; no pod&#237;a haber nada: no hab&#237;a moscas.

De pronto lo descubr&#237;. El viento, que soplaba con suavidad, resbalaba sobre una superficie brillante y provocaba una moment&#225;nea ondulaci&#243;n en la luz del atardecer que, aunque casi imperceptible, hab&#237;a atra&#237;do mi atenci&#243;n. Me aproxim&#233; sin apenas respirar y mir&#233; a mis pies. No me sorprendi&#243; lo que ten&#237;a ante los ojos: lo hab&#237;a encontrado.

Entre las ra&#237;ces de un &#225;lamo amarillo, por un hueco, asomaba la punta de otra bolsa de pl&#225;stico. Profusi&#243;n de ran&#250;nculos bordeaban el &#225;lamo y la bolsa y se extend&#237;an en suaves zarcillos hasta desaparecer entre los hierbajos circundantes. Las flores, de viva tonalidad amarilla, parec&#237;an fruto de una ilustraci&#243;n de Beatrix Potter, y la frescura de sus flores contrastaba duramente con lo que me constaba que se ocultaba en la bolsa.

Me aproxim&#233; al &#225;rbol, y a mi paso crujieron ramas y hojas. Apoy&#225;ndome en una mano, despej&#233; un trozo de pl&#225;stico, lo as&#237; con firmeza y tir&#233; fuertemente de &#233;l. Pero no cedi&#243;. Volv&#237; a agarrar el pl&#225;stico y tir&#233; con m&#225;s fuerza, y esta vez la bolsa se movi&#243; al tiempo que yo advert&#237;a la consistencia de su contenido. Los insectos revoloteaban ante mi rostro, el sudor se deslizaba por mi espalda y el coraz&#243;n me lat&#237;a con la intensidad de un bajo en un grupo de heavy metal.

Un tir&#243;n m&#225;s y logr&#233; liberar la bolsa. La arrastr&#233; lo bastante para poder inspeccionar su interior -o quiz&#225; s&#243;lo deseaba apartarla de las flores de la se&#241;orita Potter-. Fuera cual fuese su contenido, era pesado y me cab&#237;an escasas dudas acerca de su naturaleza. No me equivocaba. Mientras soltaba los extremos de la bolsa el olor a putrefacci&#243;n era aplastante. La abr&#237; y examin&#233; el interior.

Un rostro humano me devolvi&#243; la mirada. Al haber estado aislada de los insectos que apresuran la descomposici&#243;n, la carne no se hab&#237;a corrompido totalmente, pero el calor y la humedad hab&#237;an alterado los rasgos hasta convertirlos en una m&#225;scara mortal que conservaba escaso parecido con su antiguo aspecto. Los ojos, secos y apretados, asomaban bajo los p&#225;rpados semientornados. La nariz estaba ladeada; las aletas, comprimidas y aplastadas contra la hundida mejilla, y los labios se frunc&#237;an hacia afuera, en una mueca eterna que exhib&#237;a una perfecta dentadura. La carne, de una p&#225;lida blancura, era una envoltura descolorida y esponjosa adherida a los huesos. El conjunto estaba enmarcado por una cabellera de un apagado tono pelirrojo, y los rizos sin brillo se apelotonaban contra la cabeza por el l&#237;quido que rezumaba del tejido cerebral.

Cerr&#233; la bolsa presa de agitaci&#243;n y trat&#233; de localizar a los obreros donde los hab&#237;a dejado. El m&#225;s joven me observaba con gran atenci&#243;n; su compa&#241;ero se manten&#237;a detr&#225;s, a cierta distancia, con los hombros inclinados y las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones.

Me quit&#233; los guantes y pas&#233; por su lado alej&#225;ndome del bosque, en direcci&#243;n al coche patrulla. Aunque ellos no pronunciaron palabra, advert&#237; que me segu&#237;an por el crujido de las hojas bajo sus pasos.

El agente Groulx, recostado en la capota de su coche, vio que me acercaba, mas no cambi&#243; de postura. La verdad es que yo hab&#237;a trabajado con individuos m&#225;s amables.

&#191;Puedo utilizar su radio? -inquir&#237; asimismo con gran frialdad.

Se irgui&#243; apoy&#225;ndose en las manos y rode&#243; el coche hasta el asiento del conductor. Introdujo la mano por la ventanilla abierta, solt&#243; el micr&#243;fono y me mir&#243; con aire interrogante.

Homicidio -dije.

Pareci&#243; sorprendido, si bien trat&#243; de disimularlo, e hizo la llamada.

Section des homicides -dijo a su interlocutor.

Tras la demora, conexiones e interferencias habituales, se oy&#243; la voz de un detective.

Aqu&#237; Claudel -son&#243; con acento irritado.

El agente Groulx me tendi&#243; el micr&#243;fono. Me identifiqu&#233; y le expliqu&#233; mi localizaci&#243;n.

Se trata de un caso de homicidio -dije-. Probablemente se han deshecho de un cad&#225;ver, al parecer femenino y decapitado. Ser&#225; mejor que env&#237;en cuanto antes a la brigada de investigaci&#243;n.

Se produjo una pausa prolongada. A nadie le parec&#237;an buenas noticias.

Pardon?

Repet&#237; mis palabras y ped&#237; a Claudel que transmitiera la noticia a Pierre LaManche cuando llamase al dep&#243;sito. En aquella ocasi&#243;n no tendr&#237;an que intervenir los arque&#243;logos.

Devolv&#237; el micr&#243;fono a Groulx, que hab&#237;a estado escuchando, y le record&#233; que obtuviera un informe detallado de los dos obreros. Parec&#237;a un reo sentenciado de diez a veinte a&#241;os. Sin duda sab&#237;a que tardar&#237;a bastante tiempo en marcharse de all&#237;, pero ello no me inspir&#243; compasi&#243;n alguna. Aquel fin de semana yo tampoco dormir&#237;a en la ciudad de Quebec. En realidad, mientras recorr&#237;a en el Mazda los escasos bloques que me separaban de mi casa, sospechaba que nadie dormir&#237;a tranquilo durante alg&#250;n tiempo. Y, tal como se desarrollaron los hechos, no me equivocaba. Lo que entonces ignoraba era el alcance del horror al que deber&#237;amos enfrentarnos.





Cap&#237;tulo 2

El d&#237;a siguiente despunt&#243; tan c&#225;lido y soleado como el anterior, un hecho que suele animarme. El tiempo me influye bastante, y mi humor se remonta y sumerge con el bar&#243;metro. Pero aquel d&#237;a el tiempo ser&#237;a irrelevante para m&#237;. Hacia las nueve de la ma&#241;ana ya estaba en la sala de autopsias n&#250;mero cuatro, la menor del Laboratorio de Medicina Legal y especialmente dotada de la mejor ventilaci&#243;n. Suelo trabajar all&#237; puesto que la mayor&#237;a de mis casos est&#225;n muy poco conservados. Pero nunca es del todo efectivo: nada lo es. Ventiladores y desinfectantes jam&#225;s logran dominar el olor a muerte a&#241;eja. El antis&#233;ptico resplandor del acero inoxidable no consigue erradicar las im&#225;genes de carnicer&#237;a humana.

Los restos recuperados en el Gran Seminario sin duda estaban calificados para la sala cuatro. Tras una cena r&#225;pida la noche anterior, hab&#237;a regresado a los jardines para investigar el terreno. Sobre las nueve y media de la noche los huesos se encontraban en el dep&#243;sito. Ahora estaban a mi derecha, en una bolsa, sobre una camilla con ruedas. El caso n&#250;mero 26704 hab&#237;a sido comentado en la reuni&#243;n matinal del equipo. Seg&#250;n los procedimientos habituales, el cad&#225;ver hab&#237;a sido asignado a uno de los cinco pat&#243;logos que trabajaban en el laboratorio. Puesto que los restos estaban ya muy esquel&#233;ticos, el escaso tejido blando que quedaba se encontraba demasiado descompuesto para una autopsia corriente por lo que se requer&#237;a mi experiencia.

Uno de los t&#233;cnicos en autopsias hab&#237;a avisado aquella ma&#241;ana que estaba enfermo, y and&#225;bamos escasos de personal. Muy inoportuno. Hab&#237;a sido una noche muy agitada, con el suicidio de un adolescente, el hallazgo de una pareja de ancianos muertos en su hogar y la v&#237;ctima de un accidente automovil&#237;stico, carbonizada de tal modo que resultaba irreconocible. Cuatro autopsias. Me ofrec&#237; para trabajar sola.

Vest&#237;a equipo quir&#250;rgico de color verde, gafas de pl&#225;stico y guantes de l&#225;tex. Estaba muy atractiva. Ya hab&#237;a limpiado y fotografiado la cabeza que aquella ma&#241;ana pasar&#237;a por rayos equis y luego ser&#237;a sometida a ebullici&#243;n para retirar la carne putrefacta y los tejidos cerebrales a fin de que yo pudiera realizar un examen detallado de las caracter&#237;sticas craneales.

Hab&#237;a examinado con sumo cuidado el cabello en busca de fibras o alg&#250;n otro rastro. Mientras separaba los h&#250;medos mechones imaginaba la &#250;ltima vez que la v&#237;ctima deb&#237;a de haberlos peinado y me preguntaba si en aquella ocasi&#243;n ella se sentir&#237;a complacida, frustrada o indiferente. D&#237;a de cabello bueno, d&#237;a de cabello malo, d&#237;a de cabello muerto.

Reprim&#237; tales pensamientos, guard&#233; la muestra en una bolsa y la envi&#233; a biolog&#237;a para que la sometieran a an&#225;lisis microsc&#243;pico. La bolsa de pl&#225;stico y el desatascador tambi&#233;n se hab&#237;an expedido al Laboratoire de Sciences Judiciaires, donde los examinar&#237;an en busca de huellas, restos de fluidos corporales o cualquier indicio, por min&#250;sculo que fuera, que aportara informaci&#243;n sobre el asesino o la v&#237;ctima.

La noche anterior nos hab&#237;amos pasado tres horas a gatas tanteando el barro, peinando hierbas y hojas y volviendo piedras y maderos de manera infructuosa. Registramos hasta que la oscuridad nos envolvi&#243;, pero nos retiramos con las manos vac&#237;as. No hab&#237;a ropas, zapatos, joyas ni efectos personales. La brigada de investigaci&#243;n regresar&#237;a aquel d&#237;a al escenario del crimen a reanudar sus an&#225;lisis, pero dudaba de su &#233;xito. No cont&#225;bamos con etiquetas, c&#243;digos de fabricantes, cremalleras, hebillas, joyas, armas, ribetes, sesgaduras ni ojales en las ropas que aportasen alguna luz a mis hallazgos. El cad&#225;ver hab&#237;a sido abandonado, desnudo y mutilado, desprovisto de cualquier indicio que lo vinculara a la vida.

Recurr&#237; de nuevo a la bolsa que conten&#237;a el cuerpo para recoger el resto de su espeluznante contenido, dispuesta a comenzar mi examen preliminar. M&#225;s tarde limpiar&#237;an las extremidades y el torso, y yo efectuar&#237;a un an&#225;lisis completo de toda la osamenta. Hab&#237;amos recuperado casi todo el esqueleto: el asesino nos hab&#237;a facilitado esa tarea. Al igual que con la cabeza y el torso, &#233;l -o ella- hab&#237;a colocado brazos y piernas en bolsas de pl&#225;stico separadas. Cuatro bolsas en total: todo muy pulcro, empaquetado y desechado como la basura de la semana anterior. Archiv&#233; mi indignaci&#243;n en otro lugar y me esforc&#233; por concentrarme.

Separ&#233; los segmentos descuartizados y los dispuse en orden anat&#243;mico sobre la mesa de autopsias de acero inoxidable situada en el centro de la sala. En primer lugar deposit&#233; el torso con la parte pectoral hacia arriba; se sostuvo razonablemente bien. A diferencia de la bolsa que guardaba la cabeza, las que conten&#237;an las restantes partes del cuerpo no hab&#237;an permanecido por completo cerradas. El torso era el que estaba en peor estado, y los huesos tan s&#243;lo se manten&#237;an unidos por franjas de m&#250;sculos y ligamentos secos, casi curtidos. Advert&#237; que faltaban las v&#233;rtebras superiores y confi&#233; en que se encontraran unidas a la cabeza. Los &#243;rganos internos, salvo por las huellas, hab&#237;an desaparecido hacia tiempo.

A continuaci&#243;n coloqu&#233; los brazos a los lados y las piernas debajo. Las extremidades no hab&#237;an estado expuestas a la luz solar, por lo que no se hallaban tan desecadas como el pecho y el abdomen y conten&#237;an grandes porciones de tejido blando putrefacto. Trat&#233; de no prestar atenci&#243;n a la bullente capa de color amarillo p&#225;lido que, l&#225;nguida y ondulante, se retir&#243; de la superficie de los miembros al extraerlos de la bolsa. Eran los gusanos que abandonan los cad&#225;veres cuando se exponen a la luz. Ca&#237;an del cuerpo a la mesa y de all&#237; al suelo en lenta pero constante llovizna. Parec&#237;an granos amarillentos de arroz que se retorc&#237;an entre mis pies. Evit&#233; pisarlos. Lo cierto es que nunca lograr&#233; acostumbrarme a ellos.

Cog&#237; mi carpeta de pinza y me dispuse a rellenar el formulario. Nombre: Inconnu. Desconocido. Fecha de la autopsia: 3 de junio de 1994. Investigadores: Luc Claudel, Michel Charbonneau, Secci&#243;n de Homicidios del CUM, Comunidad Urbana de Montreal.

A&#241;ad&#237; el n&#250;mero del informe policial, el n&#250;mero del dep&#243;sito y el n&#250;mero del Laboratorio de Medicina Legal, o LML, y experiment&#233; la habitual oleada de ira ante la fr&#237;a indiferencia del sistema. La muerte violenta no tolera ninguna intimidad. Saquea la propia dignidad tan rotundamente como ha arrebatado la vida. El cuerpo es manejado, escudri&#241;ado y fotografiado, y en cada paso del proceso se le aplica una nueva serie de d&#237;gitos. La v&#237;ctima se convierte en parte de las pruebas, un objeto expuesto que se exhibe a polic&#237;as, pat&#243;logos, especialistas forenses, abogados y, llegado el caso, jurados. Numeradlo; fotografiadlo; tomad muestras; ponedle una etiqueta en el pie. Aunque part&#237;cipe activa, no me resigno a aceptar lo impersonal del sistema. Es como un saqueo al nivel m&#225;s personal. Por lo menos yo dar&#237;a un nombre a esta v&#237;ctima. La muerte en el anonimato no se sumar&#237;a a la lista de violaciones que &#233;l o ella deben sufrir.

Escog&#237; uno de los impresos de la carpeta. Alterar&#237;a mi rutina normal y dejar&#237;a para m&#225;s tarde el inventario de todo el esqueleto. Por el momento los agentes s&#243;lo deseaban el perfil identificativo: sexo, edad y raza.

La raza era muy evidente. Los cabellos, pelirrojos; los restos de piel, claros. Sin embargo, el proceso de descomposici&#243;n act&#250;a de modo extra&#241;o, de modo que comprobar&#237;a los detalles del esqueleto tras su limpieza. Por el momento parec&#237;a razonable considerar que era de raza caucasiana.

Como hab&#237;a sospechado se trataba de una mujer, con rasgos faciales delicados y el cuerpo, en conjunto, de estructura ligera. Los cabellos largos no significaban nada.

Observ&#233; la pelvis. Al ladearla advert&#237; que la muesca que se encuentra bajo la aleta de la cadera era amplia y superficial. Volv&#237; a colocarla de modo que pudiera examinar los huesos p&#250;bicos, la regi&#243;n frontal donde se encuentran las partes derecha e izquierda de la pelvis. La curva formada por sus bordes inferiores constitu&#237;a un amplio arco. Delicadas crestas atravesaban la parte frontal de cada hueso p&#250;bico y constitu&#237;an claros tri&#225;ngulos en las esquinas inferiores, caracter&#237;sticas t&#237;picamente femeninas. M&#225;s tarde tomar&#237;a medidas y realizar&#237;a an&#225;lisis inform&#225;ticos, pero no me cab&#237;a duda alguna de que aquellos restos pertenec&#237;an a una mujer.

Cuando envolv&#237;a la zona p&#250;bica con un pa&#241;o mojado me sobresalt&#243; el sonido del tel&#233;fono. Hasta entonces no hab&#237;a reparado en el silencio que me rodeaba ni en lo tensa que estaba. Me dirig&#237; al escritorio esquivando a los gusanos como un ni&#241;o que jugase a las tabas.

Aqu&#237; la doctora Brennan -respond&#237;.

Me sub&#237; las gafas a la cabeza y me dej&#233; caer en la silla al tiempo que apartaba un gusano de la mesa con el bol&#237;grafo.

Aqu&#237; Claudel -contest&#243; una voz.

Se trataba de uno de los dos detectives del CUM asignados al caso. Seg&#250;n el reloj de pared eran las once menos veinte: m&#225;s tarde de lo que pensaba. El hombre no prosigui&#243;. Sin duda supon&#237;a que bastaba con darse a conocer.

En estos momentos estoy trabajando con ella -dije.

Distingu&#237; un chirriante sonido met&#225;lico.

&#191;Elle? -me interrumpi&#243;-. &#191;Una mujer?

S&#237;.

Observ&#233; otro gusano que se encog&#237;a como una media luna, se desdoblaba y repet&#237;a la maniobra en direcci&#243;n opuesta. No estaba mal.

&#191;Blanca?

S&#237;.

&#191;Edad?

Dentro de una hora tendr&#233; una idea aproximada.

Imagin&#233; que el hombre consultaba su reloj.

De acuerdo. Estar&#233; ah&#237; despu&#233;s de comer.

Era una afirmaci&#243;n, no una solicitud. Al parecer no le importaba que yo estuviera conforme.

Colgu&#233; el aparato y retorn&#233; junto a la dama que estaba sobre la mesa. Cog&#237; de nuevo la carpeta y pas&#233; a la p&#225;gina siguiente del informe: edad. Era una persona adulta. Con anterioridad hab&#237;a comprobado su boca y ten&#237;a todas las muelas del juicio.

Examin&#233; los brazos en el punto en que hab&#237;an sido separados de los hombros. El extremo de cada h&#250;mero estaba totalmente formado. No se advert&#237;a ninguna l&#237;nea de demarcaci&#243;n ni casquete separado en ning&#250;n lado. Observ&#233; las piernas. Las cabezas del f&#233;mur tambi&#233;n estaban completamente formadas, tanto la derecha como la izquierda.

Hab&#237;a algo que me inquietaba en aquellas articulaciones cercenadas. Era una sensaci&#243;n distinta de la reacci&#243;n normal que se experimenta ante la depravaci&#243;n, pero vaga e informe. Cuando de nuevo deposit&#233; la pierna izquierda en la mesa sent&#237; un fr&#237;o helado en mi interior. Una vez m&#225;s me envolv&#237;a la nube de temor percibida por vez primera en el bosque. Trat&#233; de superarla y me esforc&#233; por centrarme en la inc&#243;gnita que se me planteaba. La edad: establecer la edad. Un c&#225;lculo correcto pod&#237;a conducir a un nombre. Lo m&#225;s importante era asignar un nombre a la v&#237;ctima.

Utilic&#233; el escalpelo para retirar la carne que rodeaba las articulaciones de las rodillas y de los codos, que no ofreci&#243; resistencia. Tambi&#233;n los huesos largos estaban por completo formados. Posteriormente lo comprobar&#237;a por rayos equis, pero aquello significaba que el crecimiento &#243;seo ya se hab&#237;a alcanzado y no se advert&#237;an cambios ni rebordes artr&#237;ticos en las articulaciones. Era adulta pero joven, lo cual resultaba coherente con la falta de desgaste observada en la dentadura.

Pero me autoexig&#237;a m&#225;s precisi&#243;n: Claudel as&#237; lo esperar&#237;a. Examin&#233; la clav&#237;cula en su punto de uni&#243;n con el estern&#243;n, en la base de la garganta. Aunque la parte derecha estaba separada, la superficie de uni&#243;n segu&#237;a encajada en un nudo consistente de cart&#237;lagos y ligamentos secos. Recort&#233; con unas tijeras todo el tejido correoso posible y a continuaci&#243;n envolv&#237; el hueso con otro pa&#241;o h&#250;medo y centr&#233; mi atenci&#243;n en la pelvis.

Retir&#233; el pa&#241;o y de nuevo comenc&#233; a aserrar suavemente con el escalpelo el cart&#237;lago que un&#237;a las dos mitades frontales. Al humedecerlo se hab&#237;a vuelto m&#225;s flexible, m&#225;s f&#225;cil de cortar, pero aun as&#237; el proceso era lento y tedioso. No quer&#237;a arriesgarme a lesionar las superficies subyacentes. Cuando por fin se separaron los huesos p&#250;bicos seccion&#233; los escasos restos de m&#250;sculo seco que un&#237;an la pelvis al extremo inferior de la columna vertebral por la parte posterior, la desprend&#237; y la sumerg&#237; en el agua de la pila.

Seguidamente regres&#233; junto al cuerpo y destap&#233; la clav&#237;cula dispuesta a desprender todo el tejido posible. Acto seguido llen&#233; de agua un recipiente de pl&#225;stico para muestras, lo coloqu&#233; contra la caja tor&#225;cica y met&#237; en &#233;l el extremo del hueso.

El reloj de pared se&#241;alaba las doce y veinticinco minutos del mediod&#237;a. Me apart&#233; de la mesa, me quit&#233; los guantes y me ergu&#237; lentamente. Ten&#237;a la espalda como si un equipo de rugby se hubiera ejercitado en ella. Apoy&#233; las manos en las caderas y me estir&#233;, arque&#225;ndome hacia atr&#225;s y haciendo girar la parte superior de mi cuerpo, lo que en realidad no me alivi&#243; el dolor, aunque tampoco lo empeor&#243;. Mi columna parec&#237;a resentirse mucho &#250;ltimamente, y permanecer tres horas inclinada sobre una mesa de autopsias sol&#237;a agravarla. Me negaba a creer o a admitir que ello tuviera que ver con la edad. Mi reci&#233;n descubierta necesidad de gafas para lectura y el aumento -al parecer, permanente- de peso, de cincuenta y dos a cincuenta y cinco quilos, no era probable que se debieran a envejecimiento. Nada ten&#237;a que ver con ello.

Al volverme descubr&#237; que Daniel, uno de los t&#233;cnicos de autopsias, me observaba desde el despacho contiguo. Ten&#237;a un tic en el labio superior. Cerr&#243; un instante los ojos y se movi&#243; bruscamente, desplazando todo su peso a una pierna y ladeando la otra, como una gaviota que esquivase una ola.

&#191;Cu&#225;ndo querr&#225; que haga las radiograf&#237;as? -pregunt&#243;.

Las gafas le resbalaban por la nariz y parec&#237;a mirar por encima m&#225;s que a trav&#233;s de ellas.

Calculo que concluir&#233; hacia las tres -respond&#237;.

Tir&#233; los guantes en el recipiente destinado a desechos biol&#243;gicos. De pronto repar&#233; en que estaba muy hambrienta. El caf&#233; de la ma&#241;ana segu&#237;a sobre el mostrador, fr&#237;o e intacto. Lo hab&#237;a olvidado por completo.

De acuerdo.

Salt&#243; hacia atr&#225;s, gir&#243; en redondo y desapareci&#243; por el pasillo.

Tir&#233; las gafas en el mostrador, saqu&#233; una hoja de papel blanco de un caj&#243;n del armario y, tras desplegarlo, cubr&#237; el cad&#225;ver. Me lav&#233; las manos y regres&#233; a mi despacho de la quinta planta, donde vest&#237; mis ropas de calle para salir a comer. Aquel d&#237;a necesitaba ver la luz del sol, algo ins&#243;lito en m&#237;.


A la una y media, cuando regres&#233;, Claudel estaba ya en mi despacho como hab&#237;a prometido. Se hallaba sentado ante mi escritorio, fija su atenci&#243;n en el cr&#225;neo reconstruido que ten&#237;a sobre mi mesa de trabajo. Al o&#237;rme, volvi&#243; la cabeza, pero sin pronunciar palabra. Yo colgu&#233; mi abrigo detr&#225;s de la puerta, pas&#233; por su lado y me instal&#233; en mi silla.

Bonjour, monsieur Claudel. Comment &#231;a va? -lo salud&#233; sonriente.

Bonjour.

Al parecer no le interesaba saber c&#243;mo me iban las cosas. Bien. Aguard&#233;: no pensaba sucumbir a sus encantos.

Ten&#237;a una carpeta en la mesa, frente a &#233;l. Puso la mano sobre ella y me mir&#243;. Su rostro me recordaba el de un loro. Los rasgos formaban &#225;ngulos agudos desde las orejas a la l&#237;nea central y se proyectaban hacia adelante en la nariz parecida a un pico. A lo largo de ese v&#233;rtice, su barbilla, su boca y la punta de la nariz apuntaban hacia abajo formando una serie de uves. Cuando sonre&#237;a -algo poco frecuente- la uve de la boca se acentuaba y los labios se encog&#237;an en lugar de ir hacia atr&#225;s.

Suspir&#243;. Se mostraba muy paciente conmigo. Era la primera vez que trabajaba con &#233;l, pero conoc&#237;a su reputaci&#243;n. Se cre&#237;a dotado de excepcional inteligencia.

Tengo varios nombres posibles -dijo-. Todos de personas desaparecidas durante los &#250;ltimos seis meses.

Ya hab&#237;amos discutido la cuesti&#243;n del tiempo transcurrido desde la muerte, y el trabajo realizado aquella ma&#241;ana no me hab&#237;a hecho cambiar de idea. Estaba segura de que hac&#237;a menos de tres meses que la v&#237;ctima hab&#237;a fallecido, de modo que el crimen deb&#237;a de haberse producido en marzo o algo despu&#233;s. Los inviernos son fr&#237;os en Quebec, duros para los vivos, pero considerados con los difuntos. Los cad&#225;veres helados no se descomponen ni atraen bichos. Si la hubiesen tirado all&#237; el pasado oto&#241;o, antes de comenzar el invierno, hubiera habido huellas de plagas de insectos. La presencia de huevos o larvas indicar&#237;a una invasi&#243;n oto&#241;al abortada y no se advert&#237;an indicios de ello. Teniendo en cuenta que hab&#237;amos pasado una primavera c&#225;lida, la abundancia de gusanos y el grado de deterioro coincid&#237;an con un intervalo de unos tres meses. La presencia de tejido conjuntivo junto con la virtual ausencia de visceras y contenido cerebral suger&#237;an asimismo un invierno tard&#237;o y el fallecimiento a comienzos de primavera.

Me recost&#233; en el asiento y lo contempl&#233; expectante. Tambi&#233;n yo pod&#237;a ser reservada. El hombre abri&#243; la carpeta y hoje&#243; su contenido. Aguard&#233;.

Myriam Weider -ley&#243;, tras escoger uno de los impresos.

Hizo una pausa mientras examinaba con suma atenci&#243;n la informaci&#243;n contenida en el documento.

Desaparecida el 4 de abril de 1994. -Nueva pausa-. Hembra. Raza blanca. -Pausa m&#225;s prolongada-. Fecha de nacimiento: 9 de junio de 1948.

Calculamos mentalmente: cuarenta y cinco a&#241;os.

Es posible -dije.

Le indiqu&#233; que prosiguiera con un adem&#225;n.

Dej&#243; el impreso en el escritorio y procedi&#243; a leer el siguiente.

Solange Leger. Denunciada la desaparici&#243;n por su marido.

Se detuvo un instante mientras se esforzaba por descifrar la fecha.

2 de mayo de 1994. Hembra. Blanca. Fecha de nacimiento: 17 de agosto de 1928.

No -negu&#233; con la cabeza-. Demasiado vieja.

Deposit&#243; el documento en la parte posterior de la carpeta y escogi&#243; otro.

Isabelle Gagnon. Vista por &#250;ltima vez el 1 de abril de 1994. Hembra. Blanca. Nacida el 15 de enero de 1971.

Veintitr&#233;s a&#241;os. S&#237; -asent&#237; lentamente-, es posible.

El documento fue a parar sobre el escritorio.

Suzanne Saint Pierre. Hembra. Desaparecida desde el 9 de marzo de 1994. -Mov&#237;a los labios al leer-. No regres&#243; de la escuela.

Nueva pausa mientras calculaba a su vez.

Diecis&#233;is a&#241;os. &#161;Jes&#250;s!

De nuevo negu&#233; con la cabeza.

Demasiado joven. No se trata de una criatura.

Frunci&#243; el entrecejo y extrajo el &#250;ltimo impreso.

Evelyn Fontaine. Hembra. Treinta y seis a&#241;os. Vista por &#250;ltima vez en Sept &#205;les el 28 de marzo. &#161;Ah, s&#237;, es ind&#237;gena!

Lo dudo -respond&#237;.

No cre&#237;a que los restos correspondieran a una aborigen.

Eso es todo -concluy&#243;.

Sobre la mesa hab&#237;a dos impresos relativos a Myriam Weider, de cuarenta y cinco a&#241;os, y a Isabelle Gagnon, de veintitr&#233;s. Tal vez una de ellas yaciera abajo, en la sala cuatro. Claudel me mir&#243; y enarc&#243; las cejas de modo que en el centro se le form&#243; otra uve, &#233;sta invertida.

&#191;Qu&#233; edad tendr&#237;a ella? -pregunt&#243;.

Hab&#237;a acentuado el verbo y puesto as&#237; de relieve su infinita paciencia.

Bajemos a verla.

Pens&#233; que aquello aportar&#237;a un poco de luz en su jornada.

Ser&#237;a mezquina, pero no pod&#237;a evitarlo. Conoc&#237;a la fama que ten&#237;a Claudel de evitar la sala de autopsias y deseaba hacerle pasar un mal rato. Por un momento pareci&#243; atrapado y me complaci&#243; comprobar su malestar. Cog&#237; una bata de laboratorio del colgador de la puerta, me apresur&#233; a salir al pasillo e introduje la llave para llamar al ascensor. El hombre permaneci&#243; silencioso mientras descend&#237;amos, como un paciente que se somete a un examen de pr&#243;stata. Claudel raras veces utilizaba aquel ascensor, que s&#243;lo se deten&#237;a en el dep&#243;sito.

El cuerpo yac&#237;a inmutable. Me puse los guantes y retir&#233; la l&#225;mina de papel. Observ&#233; de reojo a mi compa&#241;ero, que se hab&#237;a detenido en la puerta y se asomaba lo suficiente para justificar su presencia en aquel lugar. Pase&#243; la mirada por los mostradores de acero inoxidable, por los armarios de puertas acristaladas con su provisi&#243;n de recipientes vac&#237;os de pl&#225;stico y por la b&#225;scula colgante, por doquiera con excepci&#243;n del cad&#225;ver. Yo ya lo hab&#237;a visto anteriormente: las fotograf&#237;as no constitu&#237;an una amenaza, la sangre vertida se hallaba en un lugar distante, el escenario del crimen era un ejercicio objetivo que no presentaba problemas. Hab&#237;a que diseccionarlo, examinarlo, resolver el rompecabezas. Pero situarse ante un cad&#225;ver colocado en una mesa de autopsias era algo diferente. Claudel hab&#237;a adoptado una expresi&#243;n neutra con la que confiaba parecer tranquilo.

Retir&#233; la pelvis del agua y separ&#233; ambas partes con suavidad. Con ayuda de una sonda apart&#233; los bordes de la funda gelatinosa que cubr&#237;a la superficie del hueso derecho, que se fue desprendiendo de modo gradual hasta ceder por completo. El n&#250;cleo subyacente estaba marcado con profundos surcos y rugosidades que discurr&#237;an en sentido horizontal por su superficie. Era una fina franja de s&#243;lida materia &#243;sea parcialmente enmarcada por el margen exterior, que formaba un delicado e incompleto borde en torno a la superficie p&#250;bica. Repet&#237; el proceso en la parte izquierda, que apareci&#243; id&#233;ntica.

Claudel no se hab&#237;a movido de la puerta. Acerqu&#233; la pelvis a la l&#225;mpara, extend&#237; el brazo hacia m&#237; y puls&#233; el interruptor. La luz fluorescente ilumin&#243; el hueso. A trav&#233;s del cristal redondo de aumento aparecieron detalles que no hab&#237;an sido visibles a simple vista. Contempl&#233; la curva superior de cada cadera y descubr&#237; lo que esperaba.

Monsieur Claudel -dije sin mirarlo-. &#161;F&#237;jese en esto!

Se aproxim&#243; detr&#225;s de m&#237;, y yo me apart&#233; para que pudiera observarlo libremente. Le se&#241;al&#233; una irregularidad en el borde superior de la cadera. La cresta il&#237;aca estaba en proceso de soldarse cuando hab&#237;a sobrevenido la muerte.

Deposit&#233; la pelvis en la mesa y el hombre sigui&#243; mir&#225;ndola, aunque sin tocarla. Volv&#237; junto al cad&#225;ver para examinar la clav&#237;cula, convencida de lo que iba a encontrar. Retir&#233; el extremo del estern&#243;n del agua y comenc&#233; a desprender el tejido. Cuando ya se distingu&#237;a la superficie de la articulaci&#243;n hice se&#241;as a Claudel para que se me aproximase y, sin pronunciar palabra, le se&#241;al&#233; el extremo del hueso cuya superficie, al igual que en el caso del pubis, estaba hinchada. Un peque&#241;o disco &#243;seo se adher&#237;a al centro, de bordes claros y no soldado.

&#191;Qu&#233; sucede? -inquiri&#243;.

Ten&#237;a la frente perlada en sudor: trataba de disimular su nerviosismo con insolencia.

Es joven. Probablemente veintea&#241;era.

Pod&#237;a haberle explicado c&#243;mo demuestran los huesos la edad, pero no cre&#237; que se prestara a escucharme, de modo que me limit&#233; a aguardar. Part&#237;culas de cart&#237;lago se adher&#237;an a mis enguantadas manos, que manten&#237;a lejos de mi cuerpo, con las palmas hacia arriba, como un mendigo. Claudel guardaba la misma distancia que si se encontrara ante un enfermo de &#201;bola. Fijaba sus ojos en m&#237;, pero se hallaba abstra&#237;do en los pensamientos que cruzaban su mente y revisaba los datos en busca de una candidata.

Gagnon -dijo finalmente.

Era una afirmaci&#243;n, no una pregunta.

Asent&#237;. Isabelle Gagnon, de veintitr&#233;s a&#241;os.

Le indicar&#233; al juez que solicite el historial dental -a&#241;adi&#243;. Asent&#237; de nuevo. Parec&#237;a que &#233;l expresara en voz alta mis pensamientos.

&#191;Cu&#225;l ha sido la causa de la muerte? -pregunt&#243;.

Nada evidente -repuse-. Tal vez lo sepa cuando vea las radiograf&#237;as. O acaso descubra algo en los huesos cuando est&#233;n limpios.

Tras estas palabras se march&#243; sin siquiera despedirse, aunque yo no lo esperaba. Su partida fue mutuamente apreciada.

Me quit&#233; los guantes y los desech&#233;. Al salir, asom&#233; la cabeza en la sala mayor de autopsias e inform&#233; a Daniel que por el momento hab&#237;a acabado con el caso y le ped&#237; que se encargase de someter a rayos equis, y desde todos los &#225;ngulos, el cuerpo y el cr&#225;neo. Cuando llegu&#233; arriba me detuve en el laboratorio de histolog&#237;a y comuniqu&#233; al t&#233;cnico jefe que el cad&#225;ver estaba a punto para ser sometido a ebullici&#243;n, al tiempo que le advert&#237;a que tomara precauciones especiales por tratarse de un descuartizamiento. Aunque era innecesario: nadie pod&#237;a reducir un cuerpo como Denis. En dos d&#237;as el esqueleto estar&#237;a limpio e ileso.


Dediqu&#233; el resto de la tarde a trabajar en el cr&#225;neo recompuesto. Aunque fragmentarios, aparec&#237;an suficientes detalles para confirmar la identidad de su propietario. El hombre ya no conducir&#237;a m&#225;s camiones cisterna de propano.

Cuando regresaba a mi casa volv&#237; a experimentar la sensaci&#243;n premonitoria del barranco. Durante todo el d&#237;a me hab&#237;a refugiado en el trabajo para mantenerla a raya. Para desterrar el temor hab&#237;a centrado por completo mi mente en identificar a la v&#237;ctima y en recomponer al finado camionero. Mientras com&#237;a, me distraje con las palomas del parque: establecer el orden jer&#225;rquico pod&#237;a ser agotador. Las grises eran de primera categor&#237;a; parec&#237;an seguirlas las de manchas casta&#241;as, y las de patas negras estaban, sin duda alguna, al final del escalaf&#243;n.

Ahora me hallaba en libertad de relajarme, de pensar, de preocuparme. Aquello comenz&#243; en cuanto met&#237; el coche en el garaje y cerr&#233; la radio. Una vez apagada la m&#250;sica surgi&#243; la inquietud. Me prohib&#237; a m&#237; misma pensar en ello: lo har&#237;a m&#225;s tarde, despu&#233;s de cenar.

Al entrar en el apartamento percib&#237; el tranquilidor zumbido del sistema de seguridad. Dej&#233; la cartera en el recibidor, cerr&#233; la puerta y me fui al restaurante libanes de la esquina donde encargu&#233; un shish taouk y un plato de shawarna para acompa&#241;ar. Es lo que m&#225;s me gusta de vivir en el centro: a una manzana de mi residencia est&#225;n representadas todas las cocinas del mundo. &#191;Repercutir&#225; ello en el peso? &#161;De ning&#250;n modo!

Mientras aguardaba a que me preparasen la comida para llev&#225;rmela inspeccion&#233; los surtidos del buf&#233;: homos, taboule, feuilles de vignes &#161;Bendito fuera aquel despliegue mundial! Lo libanes iba bien con lo franc&#233;s.

En una estanter&#237;a a la izquierda de la caja se exhib&#237;an botellas de vino tinto. Una peligrosa elecci&#243;n. Mientras las miraba por en&#233;sima vez, sent&#237; el antojo. Recordaba el sabor, el olor, la seca y fuerte consistencia del vino en mi lengua. Recordaba el calor que irradiaba desde mi interior y se extend&#237;a arriba y abajo abriendo un sendero por mi cuerpo que provocaba el fuego del bienestar en su curso, las hogueras del control, del vigor, de la euforia. Pens&#233; que pod&#237;a utilizarlo en aquel mismo momento. Ciertamente. &#191;Pero a qui&#233;n quer&#237;a enga&#241;ar? No me detendr&#237;a all&#237;. &#191;Cu&#225;les eran las etapas? Me volver&#237;a invulnerable y luego invisible. &#191;O era totalmente al contrario? No importaba. Me exceder&#237;a y despu&#233;s sobrevendr&#237;a el colapso. El consuelo ser&#237;a demasiado breve; el precio, caro. Hac&#237;a ya seis a&#241;os que no tomaba una copa.

Me llev&#233; la comida a casa y me la com&#237; con Birdie y los Montreal Expos. El gatito dorm&#237;a; enroscado en mi regazo ronroneaba quedamente. Perdieron frente a los Cubs por dos carreras. En ning&#250;n momento mencionaron el crimen, algo por lo que me sent&#237; reconocida.

Tom&#233; un ba&#241;o caliente y prolongado y a las diez y media me desplom&#233; en el lecho. A solas entre la oscuridad y el silencio ya no pude contener mis pensamientos, que como c&#233;lulas enloquecidas crecieron y se intensificaron hasta instalarse finalmente en mi conciencia, insistiendo en ser reconocidos. Se trataba de otro homicidio, otra joven que hab&#237;a llegado al dep&#243;sito despedazada. La rememor&#233; con vividos detalles, record&#233; los sentimientos que hab&#237;a experimentado mientras trabajaba en sus huesos. Se llamaba Ch&#225;ntale Trottier y ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. Hab&#237;a sido estrangulada, golpeada, decapitada y descuartizada. Hac&#237;a menos de un a&#241;o que hab&#237;a llegado desnuda y metida en bolsas de basura de pl&#225;stico.

Me dispon&#237;a a concluir la jornada, pero mi mente se negaba a desconectar. Yac&#237; en el lecho mientras se formaban las monta&#241;as y las placas continentales se desplazaban. Por fin me qued&#233; dormida. Una frase martilleaba mi cerebro y me obsesionar&#237;a todo el fin de semana: cr&#237;menes en serie.





Cap&#237;tulo 3

Gabby me llamaba por el altavoz. Yo llevaba una maleta enorme y no pod&#237;a manejarla por el pasillo del avi&#243;n. Los restantes pasajeros estaban molestos, pero nadie me ayudaba. Katy se asomaba a observarme desde la fila delantera de primera clase. Luc&#237;a el vestido de seda que hab&#237;amos escogido para su graduaci&#243;n en el instituto, de color verde musgo. Aunque m&#225;s tarde me confes&#243; que no le gustaba, que lamentaba tal elecci&#243;n y que hubiera preferido el estampado con flores. &#191;Por qu&#233; lo llevaba entonces? &#191;Por qu&#233; Gabby estaba en el aeropuerto cuando deber&#237;a encontrarse en la universidad? Sus palabras por el altavoz eran cada vez m&#225;s sonoras y estridentes.

Me incorpor&#233; en el lecho. Eran las siete y veinte de la ma&#241;ana del lunes. La luz iluminaba los bordes de la persiana sin apenas infiltrarse en la habitaci&#243;n.

Segu&#237;a oyendo la voz de Gabby.

 pero sab&#237;a que m&#225;s tarde no iba a encontrarte. Supongo que eres m&#225;s madrugadora de lo que pensaba. De todos modos, acerca de

Descolgu&#233; el tel&#233;fono.

&#161;Hola! -salud&#233;.

Me esforc&#233; por parecer menos aturdida de lo que me sent&#237;a. La voz se interrumpi&#243; en mitad de una frase.

&#191;Eres t&#250;, Tempe?

Asent&#237;.

&#191;Te he despertado?

S&#237;.

A&#250;n no estaba preparada para respuestas ingeniosas.

Lo siento. &#191;Quieres que te llame m&#225;s tarde?

&#161;No, no! &#161;Estoy levantada!

Me resist&#237; a a&#241;adirle que me hab&#237;a levantado para responder al tel&#233;fono.

Vuelve a la cama, peque&#241;a. Es temprano y la ma&#241;ana, c&#225;lida. Escucha, se trata de esta noche. &#191;Qu&#233; te parece si?

Un chirrido estrepitoso interrumpi&#243; sus palabras.

No cuelgues. Debo de haber dejado el contestador en marcha.

Dej&#233; el aparato y sal&#237; al sal&#243;n. La luz roja destellaba. Descolgu&#233; el auricular port&#225;til, regres&#233; al dormitorio y colgu&#233; el tel&#233;fono de la habitaci&#243;n.

Ya est&#225;.

Por entonces estaba completamente despierta y ansiaba tomarme un caf&#233;. Fui a la cocina.

Te llamaba para ponernos de acuerdo acerca de esta noche.

Parec&#237;a enojada y no pod&#237;a censurarla. Trataba de concluir una frase desde hac&#237;a cinco minutos.

Lo siento, Gabby. He pasado todo el fin de semana leyendo la tesis de un alumno y anoche me acost&#233; muy tarde. Dorm&#237;a profundamente y ni siquiera o&#237; el timbre del tel&#233;fono.

Aquello sonaba extra&#241;o, incluso para m&#237;.

&#191;De qu&#233; se trata?

De esta noche. &#191;Podemos salir a las siete y media en lugar de las siete? El proyecto me ha puesto tan nerviosa como una jaula de grillos.

Desde luego. No hay inconveniente. Tal vez tambi&#233;n sea preferible para m&#237;.

Apoy&#233; el aparato en el hombro, saqu&#233; el bote de caf&#233; del armario y ech&#233; tres cucharadas al molinillo.

&#191;Quieres que te recoja? -me pregunt&#243;.

Como gustes. Si lo prefieres, conducir&#233; yo. &#191;Adonde iremos?

Pens&#233; en moler caf&#233;, pero decid&#237; esperar. Ella ya parec&#237;a algo susceptible.

Silencio. La imaginaba jugando con el aro de la nariz mientras pensaba en ello. O quiz&#225;s en esta ocasi&#243;n se tratara de un tach&#243;n. Al principio me hab&#237;a molestado y hab&#237;a tenido dificultades para concentrarme en las conversaciones que sosten&#237;a con Gabby. Acababa centr&#225;ndome en el aro y me preguntaba cu&#225;nto deb&#237;a doler agujerearse la nariz. Pero, a la saz&#243;n, ya no reparaba en ello.

Me gustar&#237;a pasar una noche agradable -dijo-.&#191;Qu&#233; te parece alg&#250;n lugar en el que podamos cenar al aire libre? &#191;Por Prince Arthur o Saint Denis, por ejemplo?

Estupendo -respond&#237;-. Entonces no tienes por qu&#233; venir a casa. Estar&#233; ah&#237; sobre las siete y media. Piensa en alg&#250;n lugar nuevo. Me agradar&#237;a probar algo ex&#243;tico.

Aunque aquello pod&#237;a ser arriesgado con Gabby, constitu&#237;a nuestra habitual rutina. Puesto que conoc&#237;a la ciudad mucho mejor que yo, la elecci&#243;n de restaurantes sol&#237;a recaer en ella.

De acuerdo. &#193; plus tard.

&#193; plus tard -respond&#237;.

Estaba sorprendida y algo aliviada. Por lo general ella sol&#237;a quedarse largo tiempo al tel&#233;fono. Con frecuencia ten&#237;a que imaginar pretextos para evadirme.

El tel&#233;fono siempre hab&#237;a sido un cord&#243;n umbilical para Gabby y para m&#237;. Yo la relacionaba con aquel aparato m&#225;s que a nadie. Las pautas se instauraron al comienzo de nuestra amistad. Nuestras conversaciones de estudiantes universitarias constitu&#237;an un extra&#241;o alivio de la melancol&#237;a que me envolv&#237;a aquellos a&#241;os. Cuando mi hija Katy por fin estaba alimentada, ba&#241;ada y en su cuna, Gabby y yo pas&#225;bamos largas horas en la l&#237;nea y compart&#237;amos excitadas nuestras impresiones sobre alg&#250;n libro reci&#233;n descubierto o hac&#237;amos comentarios sobre nuestras clases, profesores y compa&#241;eros de estudios, de todo y de nada en particular. Era la &#250;nica frivolidad que nos permit&#237;amos en una &#233;poca nada frivola de nuestras vidas.

Aunque ahora cada vez hablamos con menos frecuencia, aquella norma apenas se ha alterado en el curso de las d&#233;cadas. Juntas o separadas, estamos siempre mutuamente disponibles para los altibajos de la compa&#241;era. Fue Gabby quien me llam&#243; durante los d&#237;as de mi rehabilitaci&#243;n alcoh&#243;lica, cuando la necesidad de beber influ&#237;a en mis horas de vigilia y me conduc&#237;a hasta la noche temblando y sudorosa. Es a m&#237; a quien ella recurre, estimulada y optimista, cuando el amor entra en su vida; solitaria y desesperada cuando, de nuevo, se aleja.

En cuanto el caf&#233; estuvo preparado me lo llev&#233; a la mesa de cristal del comedor. Los recuerdos de Gabby se reproduc&#237;an en mi mente. Siempre sonre&#237;a al pensar en ella. Gabby en el seminario de graduaci&#243;n; Gabby en la universidad; Gabby en las excavaciones, con un pa&#241;uelo rojo torcido, agitada su rizada melena te&#241;ida de casta&#241;o rojizo mientras rascaba la tierra con su paleta. Cuando alcanz&#243; el metro ochenta y dos comprendi&#243; claramente que nunca ser&#237;a una belleza convencional y no se esforz&#243; por adelgazar, broncearse ni depilarse piernas ni axilas.

Gabby era Gabby. Gabrielle Macaulay, de TroisRivi&#233;res, en Quebec, de madre francesa y padre ingl&#233;s.

En la universidad estuvimos muy unidas. Ella odiaba la antropolog&#237;a f&#237;sica y sufr&#237;a en las clases por m&#237; preferidas. Yo sent&#237;a lo mismo por sus seminarios de etnolog&#237;a. Cuando nos marchamos del noroeste yo fui a Carolina del Norte y ella regres&#243; a Quebec. Durante aquellos a&#241;os apenas nos vimos, pero el tel&#233;fono nos mantuvo unidas. Principalmente gracias a ella me ofrecieron un puesto de profesora tutora en McGill en 1990. Durante aquel a&#241;o hab&#237;a comenzado a trabajar en el laboratorio a tiempo parcial y continu&#233; con aquel sistema tras regresar a Carolina del Norte, traslad&#225;ndome a Canad&#225; cada seis semanas, seg&#250;n dictaba el n&#250;mero de casos. Aquel a&#241;o hab&#237;a pedido la excedencia de la universidad Charlotte, de Carolina del Norte, y me hab&#237;a instalado de modo permanente en Montreal. Hab&#237;a echado de menos la compa&#241;&#237;a de Gabby y disfrutaba al renovar nuestra amistad.

La luz destellante del contestador autom&#225;tico atrajo mi atenci&#243;n. Deb&#237;a de haberse recibido otra llamada antes de la de mi amiga. Lo hab&#237;a preparado para que funcionara al cuarto timbrazo a menos que la cinta ya estuviera en marcha, en cuyo caso lo recoger&#237;a tras el primero. Me preguntaba c&#243;mo pod&#237;a haber permanecido dormida mientras sonaban cuatro timbrazos y se grababa una llamada y me acerqu&#233; a pulsar el bot&#243;n. La cinta se rebobin&#243;, se detuvo y se puso de nuevo en marcha. Tras un breve silencio son&#243; un clic seguido de un breve pitido y luego se oy&#243; la voz de Gabby. Sin duda habr&#237;an colgado. Bien. Rebobin&#233; de nuevo la cinta y me vest&#237; para ir a trabajar.


El laboratorio m&#233;dico legal se encuentra en el edificio conocido como el PPQ o SQ, seg&#250;n preferencias ling&#252;&#237;sticas. Para los angl&#243;fonos, es la Polic&#237;a Provincial de Quebec; para los franc&#243;fonos, la S&#251;ret&#233; du Quebec. El Laboratorio de Medicina Legal, similar a un consultorio de reconocimiento m&#233;dico estadounidense, comparte la quinta planta con el Laboratoire de Sciences Judiciaires, el laboratorio central del crimen para la provincia, y junto con &#233;l constituyen una unidad conocida como la Direction de L'Expertise Judiciaire: DEJ. Existe una c&#225;rcel en la cuarta planta, que corona otras tres del edificio. El dep&#243;sito y las salas de autopsia se encuentran en el s&#243;tano. En cuanto a las ocho plantas restantes, las ocupa la polic&#237;a provincial.

Esta disposici&#243;n tiene sus ventajas: estamos todos juntos. Si necesito una opini&#243;n sobre fibras, un informe o una muestra de tierra, me basta con recorrer el pasillo que me lleva directamente al experto. Pero tambi&#233;n cuenta con desventajas porque somos f&#225;cilmente accesibles. A cualquier investigador de la SQ o agente municipal que desee tramitar papeleo o necesite pruebas, le basta con coger el ascensor hasta nuestros despachos.

Como ejemplo, aquella ma&#241;ana. Cuando llegu&#233;, Claudel ya me esperaba en la puerta de mi despacho. Llevaba un sobrecito de color marr&#243;n con cuyo borde se daba impacientes golpecitos en la palma de la mano. Decir que parec&#237;a agitado ser&#237;a como opinar que Gandhi se ve&#237;a hambriento.

Tengo el historial dental -dijo a modo de saludo.

Y agit&#243; el sobre como un presentador de los premios de la Academia.

Lo recog&#237; yo mismo.

Ley&#243; el nombre que figuraba all&#237; anotado:

Doctor Nguyen. Tiene un consultorio en Rosemont. Hubiera llegado antes, pero su secretaria es una verdadera cretina.

&#191;Quiere un caf&#233;? -le pregunt&#233;.

Aunque no conoc&#237;a a la secretaria del doctor Nguyen, sent&#237; simpat&#237;a hacia ella. Comprend&#237;a que no habr&#237;a tenido una buena ma&#241;ana.

El hombre abri&#243; la boca, ignoro si para aceptar o rechazar mi oferta. En aquel momento asomaba por la esquina Marc Bergeron. Sin parecer advertir nuestra presencia pas&#243; junto a la sucesi&#243;n de puertas de despacho de un negro brillante y se detuvo en una anterior a la m&#237;a. Dobl&#243; la rodilla para apoyar la cartera en su muslo de un modo que me record&#243; al operario de la gr&#250;a de Karate Kid y, as&#237; preparado, abri&#243; la cartera, rebusc&#243; entre su contenido y extrajo un llavero.

&#161;Marc! -lo llam&#233;.

Se sobresalt&#243;, cerr&#243; de golpe la cartera y la volvi&#243; hacia abajo en un solo movimiento.

Bien fait -dije mientras conten&#237;a una sonrisa.

Merci.

Nos mir&#243; a Claudel y a m&#237; con la cartera en la mano izquierda y las llaves en la diestra.

Seg&#250;n todos los criterios el aspecto de Marc Bergeron era peculiar. Rondaba la sesentena, era alto y huesudo, andaba algo encorvado e inclinaba el pecho como si estuviera perpetuamente dispuesto a encajar un pu&#241;etazo en el est&#243;mago. Sus cabellos comenzaban en la mitad de la cabeza y estallaban en una corona ensortijada blanca, con lo que alcanzaba una estatura superior al metro ochenta y seis. Los cristales de sus gafas con montura met&#225;lica siempre estaban grasientos y moteados de polvo, y sol&#237;a bizquear como si leyera la letra menuda de una p&#243;liza de seguros. Parec&#237;a m&#225;s bien una creaci&#243;n de Tim Burton que un dentista forense.

Monsieur Claudel tiene el historial dental de Gagnon -coment&#233;.

Y le se&#241;al&#233; al detective.

Claudel le mostr&#243; el sobre para corroborar mis palabras.

Tras los sucios lentes no se advirti&#243; ning&#250;n parpadeo. Bergeron me mir&#243; de modo inexpresivo. Parec&#237;a un alto y desconcertado diente de le&#243;n con su largo y fino tallo y la masa de cabellos blancos. Comprend&#237; que no sab&#237;a nada del asunto.

Bergeron se encontraba entre los profesionales empleados a tiempo parcial por el LML, todos ellos especialistas forenses a quienes se consultaba por su experiencia espec&#237;fica: neuropatolog&#237;a, radiolog&#237;a, microbiolog&#237;a, odontolog&#237;a Tan s&#243;lo acud&#237;a al laboratorio los viernes. El resto del tiempo visitaba en un consultorio privado. La semana anterior no se hab&#237;a presentado.

Por consiguiente le resum&#237; la situaci&#243;n:

El mi&#233;rcoles pasado unos obreros encontraron unos huesos en los jardines del Gran Seminario. Pierre LaManche pens&#243; que se tratar&#237;a de otro caso de cementerio hist&#243;rico y me envi&#243; all&#237;. Pero no era eso.

Dej&#243; la cartera y escuch&#243; con atenci&#243;n.

Descubr&#237; partes de un cuerpo descuartizado que hab&#237;a sido metido en bolsas y abandonado, probablemente en el curso de los dos &#250;ltimos meses. Se trata de una mujer, blanca y a buen seguro veintea&#241;era.

El golpeteo del sobre de Claudel se hab&#237;a hecho m&#225;s r&#225;pido. Se interrumpi&#243; un momento mientras miraba de modo intencionado su reloj. Se aclar&#243; la garganta.

Bergeron lo mir&#243; y luego a m&#237;. Prosegu&#237;:

Monsieur Claudel y yo redujimos las posibilidades a un personaje que creemos muy apropiado. El perfil coincide y la &#233;poca es razonable. &#201;l mismo se ha procurado el historial: procede de un tal doctor Nguyen de Rosemont. &#191;Lo conoce?

Bergeron neg&#243; con la cabeza y extendi&#243; su larga y huesuda mano.

Bon -dijo-. D&#233;melo. Le echar&#233; una mirada. &#191;Ha hecho Denis ya las radiograf&#237;as?

As&#237; es -respond&#237;-. Deben de encontrarse en su escritorio.

Abri&#243; la puerta de su despacho y entr&#243; seguido de Claudel. A trav&#233;s de la puerta entreabierta distingu&#237; un sobrecito de color marr&#243;n encima de su mesa. Bergeron lo recogi&#243; y comprob&#243; el n&#250;mero del caso. Desde donde yo me encontraba advert&#237; que Claudel examinaba la habitaci&#243;n como un monarca, buscando un lugar donde instalarse.

Puede pasar a verme dentro de una hora, monsieur Claudel -dijo Bergeron.

El detective interrumpi&#243; su inspecci&#243;n. Se dispon&#237;a a hablar, pero apret&#243; los labios hasta formar una delgada y tensa l&#237;nea, se arregl&#243; los pu&#241;os y se march&#243;. Por segunda vez en unos momentos contuve una sonrisa. Bergeron nunca tolerar&#237;a que un investigador husmeara sobre su hombro mientras trabajaba. Claudel acababa de enterarse de ello.

En aquel momento Bergeron asom&#243; por la puerta su enjuto rostro.

&#191;Quiere pasar? -me invit&#243;.

Desde luego -respond&#237;-. &#191;Le traigo un caf&#233;?

A&#250;n no hab&#237;a tomado ninguno desde que hab&#237;a llegado al trabajo. Sol&#237;amos ir a buscarlos mutuamente, alternando los viajes hasta la cocinita que estaba en el otro extremo de la planta.

Estupendo.

Sac&#243; su taza y me la tendi&#243;.

Voy a instalarme.

Cog&#237; mi taza y fui por el caf&#233;. Me complac&#237;a su invitaci&#243;n. Sol&#237;amos trabajar en los mismos casos, en los cad&#225;veres descompuestos, carbonizados, momificados o en estado esquel&#233;tico que no pod&#237;an ser identificados por sistemas normales. Yo pensaba que funcion&#225;bamos bien juntos y tambi&#233;n parec&#237;a ser aquella su opini&#243;n.

Cuando regres&#233;, sobre la caja iluminada aparec&#237;an dos juegos de peque&#241;os recuadros negros. Cada radiograf&#237;a mostraba un segmento de mand&#237;bula, claramente recortada contra un fondo de intensa negrura. Record&#233; los dientes tal como los hab&#237;a visto por primera vez en el bosque, su impecable estado en abierto contraste con el macabro contexto. En aquellos momentos parec&#237;an distintos: esterilizados, alineados en filas, prestos para inspecci&#243;n. Las configuraciones familiares de coronas, ra&#237;ces y cavidades de pulpa dental estaban iluminadas por diferentes intensidades de gris y blanco.

Bergeron comenz&#243; a disponer las radiograf&#237;as anteriores a la muerte a la derecha y las tomadas del cad&#225;ver a la izquierda. Sus dedos largos y delgados localizaron una peque&#241;a protuberancia en cada radiograf&#237;a y, una tras otra, las orient&#243; colocando la parte punteada hacia arriba. Cuando hubo concluido, cada radiograf&#237;a tomada en vida se alineaba de modo id&#233;ntico con la parte correspondiente obtenida en el laboratorio.

Compar&#243; ambos juegos en busca de diferencias. Todo coincid&#237;a. En ninguno de ellos faltaban piezas. Las ra&#237;ces estaban completas hasta las puntas. Los contornos y curvaturas de la izquierda se correspond&#237;an a la perfecci&#243;n con los de la derecha. Pero lo m&#225;s notable eran los globos de intensa blancura que representaban reparaciones dentales. La configuraci&#243;n de las radiograf&#237;as de la muchacha viva coincid&#237;an con todo detalle con las tomadas por Daniel.

Tras estudiar las pruebas durante lo que pareci&#243; un lapso de tiempo interminable, Bergeron escogi&#243; un cuadrado de la derecha y lo coloc&#243; sobre el correspondiente tomado del cad&#225;ver para que yo lo examinara. Las pautas irregulares de los molares se superpon&#237;an exactamente. Se volvi&#243; a mirarme.

C'est positif-dijo.

Se ech&#243; hacia atr&#225;s y apoy&#243; un codo en la mesa.

Con car&#225;cter no oficial, desde luego, hasta que redacte los informes por escrito.

Cogi&#243; su taza de caf&#233;. El hombre realizar&#237;a adem&#225;s una exhaustiva comparaci&#243;n del historial mecanografiado y un cotejo m&#225;s detallado de las radiograf&#237;as, pero no le cab&#237;a duda alguna: se trataba de Isabelle Gagnon.

Me alegr&#233; de no tener que entrevistarme con los padres, el marido, el amante o el hijo. Hab&#237;a presenciado tales encuentros y conoc&#237;a las miradas, la expresi&#243;n implorante de quien aguarda un ment&#237;s, una aclaraci&#243;n de que se trata de un error, de un mal sue&#241;o que se desea que concluya. Y luego llega la comprensi&#243;n. En una mil&#233;sima de segundo el mundo cambia para siempre.

Gracias por examinarlo enseguida, Marc -dije-. Y gracias por los preliminares.

Ojal&#225; todo fuera tan f&#225;cil.

Tom&#243; un sorbo de caf&#233;, sonri&#243; y agit&#243; la cabeza.

&#191;Quiere que trate yo este asunto con Claudel? -me ofrec&#237;.

Hab&#237;a tratado de disfrazar mi desagrado, pero al parecer no lo consegu&#237;. Me sonri&#243; con complicidad.

No me cabe duda de que sabr&#225; encargarse de Monsieur Claudel.

De acuerdo -repuse-. Eso es lo que necesita: alguien que sepa manejarlo.

Cuando regres&#233; a mi despacho a&#250;n sonaban sus risas en mis o&#237;dos.


Mi abuela siempre me hab&#237;a dicho que en todo ser humano existe bondad.

S&#243;lo hay que buscarla -dec&#237;a con un acento tan suave como el sat&#233;n-y la encontrar&#225;s. Todos poseen alguna virtud.

T&#250; no conoc&#237;as a Claudel, abuela.

La virtud de Claudel consist&#237;a en la puntualidad. A los cincuenta minutos hab&#237;a regresado.

Se detuvo en el despacho de Bergeron, y distingu&#237; sus voces a trav&#233;s de la pared. Mi nombre se repiti&#243; varias veces mientras Bergeron le indicaba que pasara a verme. El tono de Claudel reflejaba irritaci&#243;n. Deseaba una opini&#243;n de primera mano y de nuevo tendr&#237;a que conformarse conmigo. Apareci&#243; al cabo de unos instantes con expresi&#243;n dura.

No nos saludamos. El hombre aguard&#243; en la puerta.

El resultado es positivo -dije-. Se trata de Gagnon.

Frunci&#243; el entrecejo, pero advert&#237; la emoci&#243;n que reflejaban sus ojos: ten&#237;a una v&#237;ctima, ya pod&#237;a comenzar la investigaci&#243;n. Me pregunt&#233; si experimentar&#237;a alg&#250;n sentimiento hacia la difunta o si para &#233;l se trataba tan s&#243;lo de un ejercicio: encontrar al malo, ser m&#225;s listo que el asesino. Yo hab&#237;a o&#237;do las bromas, comentarios y chistes que circulaban acerca del maltratado cuerpo de una v&#237;ctima. Para algunos era un modo de enfrentarse a la indigna violencia, de levantar una barrera protectora contra la realidad diaria de la carnicer&#237;a humana. Humor de dep&#243;sito; enmascarar el horror con bravuconer&#237;as machistas. Otros profundizaban m&#225;s. Sospechaba que Claudel se contaba entre &#233;stos. Lo observ&#233; unos instantes. Por el pasillo son&#243; un tel&#233;fono. Aunque me inspiraba antipat&#237;a, me esforc&#233; por reconocer que me importaba la opini&#243;n que tuviera de m&#237;. Deseaba recibir su aprobaci&#243;n. Deseaba agradarle. Deseaba verme aceptada por todos ellos, ser admitida en el club.

Por mi mente pas&#243; la imagen de la doctora Lentz, la psic&#243;loga, que me echaba un serm&#243;n desde el pasado.

Usted es hija de un padre alcoh&#243;lico, Tempe -dec&#237;a-. Y busca la atenci&#243;n que &#233;l le neg&#243;. Y, puesto que desea la aprobaci&#243;n de pap&#225;, trata de agradar a todos.

Me lo hizo comprender, pero no logr&#243; enmendarlo. Ten&#237;a que conseguirlo yo por mis propios medios. De vez en cuando trataba de compensarlo en exceso y entonces resultaba una aut&#233;ntica pelmaza para muchos. Pero con Claudel no se trataba de eso. Comprend&#237; que yo hab&#237;a estado evitando un enfrentamiento.

Aspir&#233; con intensidad y comenc&#233;, escogiendo cuidadosamente mis palabras.

&#191;Ha considerado la posibilidad de que este asesinato est&#233; relacionado con otros que se hayan producido durante los &#250;ltimos dos a&#241;os, monsieur Claudel?

Su expresi&#243;n se paraliz&#243;, apret&#243; los labios contra los dientes con tanta fuerza que se hicieron casi invisibles. Una oleada de sonrojo se extendi&#243; lentamente por su cuello y su rostro.

&#191;Como por ejemplo? -repuso con frialdad y ap&#225;rente calma.

Como el de Ch&#225;ntale Trottier -prosegu&#237;-. Fue asesinada en octubre del 93. Descuartizada, decapitada y destripada.

Lo mir&#233; fijamente.

Sus restos se encontraron contenidos en bolsas de basura de pl&#225;stico.

Alz&#243; ambas manos a nivel de su boca, las estrech&#243; con fuerza entrelazando los dedos y se dio unos golpecitos en los labios. Sus gemelos de oro de excelente gusto en su camisa de dise&#241;o de corte perfecto tintinearon d&#233;bilmente.

Considero que deber&#237;a circunscribirse a su &#225;mbito de experiencia, se&#241;orita Brennan -replic&#243;-. Pienso que nos bastaremos para reconocer cualquier v&#237;nculo que pueda existir entre los cr&#237;menes que se hallan bajo nuestra jurisdicci&#243;n. Y que, en este caso, nada tienen en com&#250;n.

Pas&#233; por alto su tono despectivo e insist&#237;:

Se trata de dos mujeres que han sido asesinadas durante los dos &#250;ltimos a&#241;os y ambos cad&#225;veres presentaban se&#241;ales de mutilaci&#243;n o intento de

Su dique de control tan cuidadosamente construido se desmoron&#243;, y su ira se desbord&#243; contra m&#237; como un torrente.

Tabemac! -estall&#243;-. &#191;C&#243;mo se?

Se contuvo a tiempo, sin llegar a proferir algo m&#225;s insultante, y con visible esfuerzo recobr&#243; su compostura.

&#191;Por qu&#233; tiene que reaccionar siempre exageradamente? -dijo.

Piense en ello -le espet&#233;.

Me levant&#233; a cerrar la puerta temblando de rabia.





Cap&#237;tulo 4

Hubiera sido agradable permanecer sentada en la sauna y sudar como un chivo. Tal hab&#237;a sido mi intenci&#243;n. Cinco quil&#243;metros en la cinta andadora, una sesi&#243;n de remo y luego vegetar. Como el resto del d&#237;a, el gimnasio no estuvo a la altura de mis expectativas. El ejercicio f&#237;sico hab&#237;a disipado en parte mi ira, pero a&#250;n segu&#237;a agitada. Sab&#237;a que Claudel era un cretino, uno de los calificativos que hab&#237;a estado pisoteando en su pecho a medida que me ejercitaba. Imb&#233;cil, est&#250;pido, subnormal. Me desahogaba con aquellas palabras. Hab&#237;a imaginado algo parecido, pero no hasta tal extremo. Me hab&#237;a distra&#237;do un rato, pero en aquellos momentos en que mi mente estaba ociosa no pod&#237;a apartar de ella los cr&#237;menes. Isabelle Gagnon, Chantale Trottier Segu&#237;an rodando en mi cerebro como guisantes en un plato.

Cambi&#233; la toalla y me permit&#237; pasar de nuevo revista mental a los acontecimientos de la jornada. Cuando Claudel se hubo marchado, acud&#237; a ver a Denis para saber cu&#225;ndo estar&#237;a preparado el esqueleto de Gagnon. Deseaba revisarlo hasta el &#250;ltimo cent&#237;metro en busca de se&#241;ales traum&#225;ticas: fracturas, cortes, lo que fuese. Me desconcertaba el modo en que hab&#237;an descuartizado el cuerpo. Deseaba examinar con m&#225;s detenimiento los cortes que hab&#237;a observado. Pero en la unidad de ebullici&#243;n hab&#237;an surgido problemas y los huesos no estar&#237;an dispuestos hasta el d&#237;a siguiente.

A continuaci&#243;n acud&#237; a los archivos centrales y extraje el expediente de Trottier. Me pas&#233; el resto de la tarde inspeccionando los informes policiales, los resultados de la autopsia, los dict&#225;menes de toxicolog&#237;a y las fotos. En las c&#233;lulas de mi memoria persist&#237;a una noci&#243;n acuciante e insistente acerca de la relaci&#243;n existente en ambos casos. Alg&#250;n detalle olvidado que subsist&#237;a m&#225;s all&#225; del recuerdo vinculaba a ambas v&#237;ctimas de un modo que me resultaba incomprensible. Alguna imagen mental almacenada que me resultaba inaccesible m e suger&#237;a que no se trataba tan s&#243;lo de la mutilaci&#243;n (y el empaquetamiento en bolsas), y deseaba encontrar la relaci&#243;n existente.

Me envolv&#237; de nuevo en la toalla y me enjugu&#233; el sudor del rostro. Las yemas de los dedos se me hab&#237;an arrugado; por lo dem&#225;s estaba brillante como una perca. Deb&#237;a reconocer que no pod&#237;a resistir el tiempo debido; s&#243;lo aguantaba el calor unos veinte minutos, por m&#250;ltiples que fuesen sus supuestos beneficios. Tratar&#237;a de soportar otros cinco.

Chantale Trottier hab&#237;a sido asesinada hac&#237;a menos de un a&#241;o, el oto&#241;o en que yo comenc&#233; a trabajar a jornada completa en el laboratorio. La joven ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. Aquella tarde extend&#237; las fotos en mi escritorio, aunque no las necesitaba. La recordaba de manera vivida, recordaba con todo detalle el d&#237;a en que hab&#237;a llegado al dep&#243;sito.

Era el 22 de octubre, la tarde de la fiesta de las ostras. Era viernes y la mayor&#237;a del equipo se hab&#237;a marchado temprano para tomar cerveza y degustar ostras de Malpeques, seg&#250;n la tradici&#243;n oto&#241;al.

Entre la multitud de la sala de conferencias advert&#237; que LaManche hablaba por tel&#233;fono y que se cubr&#237;a el o&#237;do libre con una mano como si intentara protegerse del estr&#233;pito de la fiesta. Lo estuve observando. Cuando colg&#243;, pase&#243; la mirada por la sala y, al distinguirme, me hizo se&#241;as con una mano, para indicarme que me reuniera con &#233;l en el pasillo. A continuaci&#243;n localiz&#243; a Bergeron y, tras atraer su atenci&#243;n, repiti&#243; el mensaje. Ya en el ascensor, cinco minutos despu&#233;s, se explic&#243;. Acababan de traer a una joven. El cuerpo estaba muy magullado y hab&#237;a sido descuartizado, por lo que ser&#237;a imposible una identificaci&#243;n visual. Deseaba que Bergeron examinara su dentadura y que yo inspeccionara los cortes de los huesos.

El ambiente de la sala de autopsias contrastaba claramente con la alegr&#237;a que acab&#225;bamos de dejar. Dos detectives de la SQ se manten&#237;an a cierta distancia, mientras un agente uniformado del departamento de identificaci&#243;n tomaba fotos. El t&#233;cnico colocaba los restos en silencio, y los detectives hab&#237;an enmudecido; no se o&#237;an chistes ni bromas. Las usuales bravatas se hab&#237;an silenciado por completo. El &#250;nico sonido era el clic del obturador que registraba la atrocidad yacente sobre la mesa de autopsias.

Los restos de la joven hab&#237;an sido dispuestos conformando un cuerpo. Los seis fragmentos ensangrentados estaban colocados en correcto orden anat&#243;mico, pero los &#225;ngulos se hallaban ligeramente desviados, y ello la convert&#237;a en una versi&#243;n en tama&#241;o natural de esas mu&#241;ecas de pl&#225;stico que se retuercen de modo distorsionado. El efecto total era macabro.

Le hab&#237;an cercenado la cabeza en lo alto del cuello, y los m&#250;sculos truncados se ve&#237;an rojos como amapolas brillantes. La p&#225;lida piel se encog&#237;a hacia atr&#225;s suavemente en los bordes seccionados, como si retrocediera ante el contacto con la carne fresca y desnuda. Ten&#237;a los ojos entornados, y desde la aleta derecha de la nariz se extend&#237;a un delicado reguero de sangre seca. Sus cabellos, mojados y pegados a la cabeza, hab&#237;an sido rubios y largos.

El tronco estaba dividido por la cintura. La parte superior del torso yac&#237;a con los brazos doblados en los codos, con las manos colocadas hacia adentro y descansando en el est&#243;mago. Era una posici&#243;n adecuada para un ata&#250;d, salvo que los dedos no se entrelazaban.

La mano diestra se hallaba parcialmente separada y los extremos de los tendones, de un blanco cremoso, sobresal&#237;an como cordones el&#233;ctricos cortados. Su atacante hab&#237;a tenido m&#225;s &#233;xito con la izquierda. El t&#233;cnico la hab&#237;a situado junto a la cabeza, donde aparec&#237;a solitaria, con los dedos curvados como las patas de una ara&#241;a seca. El pecho estaba abierto en canal, desde la garganta al vientre; los senos pend&#237;an a cada lado de la caja tor&#225;cica, y su peso apartaba las dos mitades de carne dividida. La parte inferior del cuerpo se extend&#237;a desde la cintura hasta las rodillas. En cuanto a la mitad inferior de las piernas, estaban una junto a otra, bajo sus puntos normales de uni&#243;n. Desprovistas de su conexi&#243;n en la rodilla, se encontraban con los pies vueltos lateralmente, con los dedos hacia arriba.

Con una punzada de dolor advert&#237; que llevaba pintadas las u&#241;as de los pies de un rosa p&#225;lido. La intimidad de aquel simple acto me produjo tal dolor que dese&#233; taparla, gritarles a todos que la dejaran sola. En lugar de ello observ&#233; y aguard&#233; a que llegara el momento de mi intervenci&#243;n.

Si cerraba los ojos a&#250;n pod&#237;a ver los dentados bordes de las laceraciones producidas en su cuero cabelludo, demostrativas de los repetidos golpes que le hab&#237;an propinado con un objeto romo. Recordaba con todo detalle las magulladuras del cuello: todav&#237;a me parec&#237;a tener ante los ojos las hemorragias petequiales de los ojos, diminutas manchas producidas por el estallido de peque&#241;as arterias, como consecuencia de la tremenda presi&#243;n de las venas yugulares y una se&#241;al caracter&#237;stica de estrangulaci&#243;n.

Se me hab&#237;a revuelto el est&#243;mago mientras me preguntaba qu&#233; m&#225;s le habr&#237;a ocurrido a aquella mujer ni&#241;a tan cuidadosamente criada con mantequilla de cacahuete, vacaciones en campamentos de verano y clases dominicales de catequesis. Me dol&#237;a por los a&#241;os que le hab&#237;an robado de vida, los bailes escolares a los que nunca asistir&#237;a y las cervezas que ya no se tomar&#237;a a escondidas. En la &#250;ltima d&#233;cada del segundo milenio, los norteamericanos nos creemos una tribu civilizada. Le hab&#237;amos prometido setenta y tantos a&#241;os de vida, pero no le permitimos que pasara de los diecis&#233;is.

Apart&#233; los recuerdos de aquella terrible autopsia, me enjugu&#233; el sudor de la frente y sacud&#237; la cabeza agitando los empapados cabellos. Las im&#225;genes mentales se difuminaban de tal modo, que me imped&#237;an separar los recuerdos del pasado de las im&#225;genes vistas aquella misma tarde en fotograf&#237;as detalladas. Como la vida. Siempre he sospechado que muchos recuerdos de mi infancia proceden realmente de fotos antiguas, que son una combinaci&#243;n de instant&#225;neas, un mosaico de im&#225;genes de celuloide reconvertidas en una realidad recordada. La Kodak nos proyecta retrospectivamente. Tal vez sea mejor recordar el pasado de ese modo, ya que raras veces tomamos fotos de las ocasiones tristes.

La puerta se abri&#243;, y entr&#243; una mujer en la sauna que me sonri&#243; y salud&#243; con una inclinaci&#243;n, para luego extender su toalla cuidadosamente en el banco de mi izquierda. Sus muslos ten&#237;an la consistencia de una esponja marina. Recog&#237; mi toalla y me dirig&#237; a la ducha.


Cuando llegu&#233; a casa, Birdie me aguardaba en el recibidor. Su blanco cuerpo se reflejaba tenuemente en el negro suelo de m&#225;rmol, y parec&#237;a molesto. &#191;Acaso experimentan los gatos tales emociones? Tal vez los proyectara yo en el animal. Inspeccion&#233; su cuenco y descubr&#237; que, aunque poco repleto, no estaba vac&#237;o. A pesar de ello, lo rellen&#233; con sensaci&#243;n de culpabilidad. Birdie se hab&#237;a adaptado bien al cambio. Sus necesidades eran muy sencillas: le bastaba con Friskies Ocean Fish, mi compa&#241;&#237;a y dormir. Tales necesidades no tropiezan con grandes dificultades y se reajustan con facilidad.

Faltaba una hora para encontrarme con Gabby por lo que me tend&#237; en el sof&#225;. El ejercicio f&#237;sico y el vapor dejaban sentir sus efectos y sent&#237;a como si mis principales masas musculares se hubieran quedado inservibles. Pero el agotamiento tiene sus recompensas y me notaba f&#237;sica, ya que no mentalmente, relajada. Como de costumbre en tales ocasiones, ansiaba tomar una copa.

Los postreros rayos de sol de la tarde inundaron la habitaci&#243;n en un efecto amortiguado por la blanca muselina que cubr&#237;a las ventanas. Es lo que m&#225;s me agrada del apartamento. La luz del sol se funde con los colores apastelados y crea una calidad et&#233;rea muy relajante. Es mi isla de tranquilidad en un mundo de tensiones. El apartamento se halla en la planta baja de un edificio en forma de U que rodea un patio interior, ocupa la mayor parte de un ala y no tiene vecinos inmediatos. A un lado del sal&#243;n unas puertas vidrieras dan acceso al jard&#237;n del patio y, enfrente, otras puertas comunican con mi patio particular. Algo poco frecuente en pleno urbanismo: c&#233;sped y flores en el centro de la ciudad. Incluso tengo plantado un peque&#241;o herbario.

Al principio me preguntaba si me gustar&#237;a vivir sola, algo nuevo para m&#237;. De mi casa hab&#237;a pasado a la universidad y luego me cas&#233; con Pete y cri&#233; a Katy, de modo que nunca hab&#237;a sido due&#241;a de mi propio hogar. La verdad es que no tendr&#237;a por qu&#233; haberme preocupado, ya que aquello me entusiasm&#243;.

Estaba suspendida entre los l&#237;mites del sue&#241;o y la vigilia cuando me sobresalt&#243; el sonido del tel&#233;fono. Respond&#237; con la cabeza dolorida por la interrupci&#243;n de mi siesta, descolgu&#233; el auricular y a mis o&#237;dos lleg&#243; una voz rob&#243;tica que trataba de venderme una tumba en el cementerio.

Merde! -exclam&#233;.

Puse los pies en el suelo y me levant&#233; del sof&#225;. Es la desventaja de vivir sola -me dije-: que hablas contigo misma.

El otro inconveniente consiste en vivir separada de mi hija. Marqu&#233; su n&#250;mero y ella descolg&#243; al primer timbrazo.

&#161;Oh, mam&#225;, cu&#225;nto me alegra que me hayas llamado! &#191;C&#243;mo est&#225;s? Ahora no puedo entretenerme, tengo una llamada por la otra l&#237;nea. &#191;Te encontrar&#233; m&#225;s tarde en casa?

Me hizo sonre&#237;r. Katy siempre est&#225; excitada y entregada a mil ocupaciones.

Desde luego, cari&#241;o. No es nada importante, s&#243;lo quer&#237;a hablar contigo. Esta noche salgo a cenar con Gabby. &#191;Qu&#233; tal ma&#241;ana?

&#161;Estupendo! Dale un beso muy fuerte de mi parte. &#161;Ah, creo haber conseguido sobresaliente en franc&#233;s, si es eso lo que te preocupa!

No lo dudaba -repuse riendo-. Ma&#241;ana hablaremos.


Veinte minutos despu&#233;s aparcaba frente al edificio donde vive Gabby. Por puro milagro encontr&#233; una plaza delante mismo de su puerta. Apagu&#233; el motor y me ape&#233;.

Gabby reside en Carr&#233; St. Louis, una encantadora plazuela escondida entre rue St. Laurent y rue St. Denis. El parque est&#225; rodeado por hileras de casas de formas imprevisibles y con complicados adornos de madera, vestigios de una &#233;poca de caprichosa arquitectura. Sus propietarios las han pintado con la excentricidad del arco iris y poblado sus patios con escandalosa profusi&#243;n de flores veraniegas, lo que les confiere la animaci&#243;n de un escenario de Disney.

El parque tiene un aire extravagante desde su fuente central, que se levanta del estanque cual gigantesca tulipa, hasta la peque&#241;a verja de hierro forjado que decora su per&#237;metro. Sus barrotes y florituras, que apenas llegan a las rodillas, separan el c&#233;sped p&#250;blico de la plaza de las casas de decoraci&#243;n cursi que la rodean. Se dir&#237;a que los Victorianos, tan remilgados y mojigatos sexualmente, se sent&#237;an juguetones entre el dise&#241;o de tales edificios. En cierto modo ello me resulta tranquilizador, una t&#225;cita confirmaci&#243;n de que en la vida existe equilibrio.

Contempl&#233; el edificio donde vive Gabby, en la parte norte del parque y el tercero desde la rue Henri-Julien. Katy lo habr&#237;a calificado de desdichado exceso, como los vestidos de baile de fin de curso de los que nos burl&#225;bamos en nuestra b&#250;squeda anual de primavera. Parec&#237;a que el arquitecto no hubiera podido detenerse hasta incorporar todos los detalles extravagantes que conoc&#237;a.

Es una casa de piedra arenisca de tres pisos. La planta inferior aparece recargada con balcones acristalados, y el tejado se prolonga hasta convertirse en una torrecilla hexagonal truncada, cubierta de peque&#241;as tejas ovaladas dispuestas como las escamas de una cola de sirena y rematada por una barandilla superior de hierro forjado. Las ventanas son moriscas, con los extremos inferiores cuadrados y los superiores ahuecados como arcos abovedados. Todas las puertas y ventanas est&#225;n enmarcadas por carpinter&#237;a exageradamente tallada, pintada de un ligero tono lavanda. Abajo, a la izquierda de la barandilla, una escalera met&#225;lica se remonta desde el nivel del suelo hasta el porche del primer piso, y las espirales y remolinos de sus pasamanos repiten las florituras de la verja del parque. Cada junio brotan las flores en las jardineras de las ventanas y en las enormes macetas que se alinean en el porche.

Gabby deb&#237;a de estar esper&#225;ndome porque, antes de que yo cruzara la calle, la cortina de encaje se agit&#243; un instante y se abri&#243; la puerta principal. Me salud&#243; con la mano, cerr&#243; con llave y movi&#243; el pomo con energ&#237;a para asegurarse de que estaba bien cerrado. Baj&#243; r&#225;pidamente por la empinada escalera met&#225;lica, henchida la larga falda en pos de ella como la vela de un barco a favor del viento. La o&#237; acercarse. A Gabby le encanta todo cuanto suena o brilla, y aquella noche llevaba en el tobillo una pulsera con campanitas de plata que tintineaban a cada paso y vest&#237;a de un modo que yo, en el instituto, calificaba de estilo hind&#250;. Siempre iba as&#237;.

&#191;C&#243;mo est&#225;s?

Bien -repuse con ambig&#252;edad.

Sin embargo, me constaba que no era cierto. Pero no deseaba hablar de los cr&#237;menes, de Claudel, de mi frustrado viaje a la ciudad de Quebec o de mi destrozado matrimonio, ni comentar nada de cuanto hab&#237;a atormentado mi paz espiritual &#250;ltimamente.

&#191;Y t&#250;?

Bien.

Movi&#243; la cabeza a uno y otro lado, y sus rizos se agitaron.

Bien. Pas bien. Como en los viejos tiempos, pero no del todo. Yo reconoc&#237;a mi propio comportamiento. Ella tambi&#233;n se mostraba evasiva: deseaba mantener una conversaci&#243;n ligera. Me sent&#237;a algo triste, pero sospechaba que yo hab&#237;a establecido el talante, de modo que dej&#233; que la situaci&#243;n siguiera su curso y acept&#233; la conspiraci&#243;n de mutua evasi&#243;n.

Y bien, &#191;adonde vamos a cenar?

No mudaba de conversaci&#243;n puesto que a&#250;n no hab&#237;amos iniciado ninguna.

&#191;Qu&#233; prefieres?

Pens&#233; en ello. Suelo hacer tales elecciones imaginando un plato delante de m&#237;. Mentalmente me agrada escoger de modo visual. Supongo que, cuando se trata de comida, podr&#237;a decirse que se impone lo gr&#225;fico y no un men&#250;. Aquella noche deseaba algo rojo y denso.

&#191;Italiano?

De acuerdo.

Medit&#243; un instante.

&#191;Qu&#233; tal Vivaldi's, en Prince Arthur? Estaremos al aire libre.

Atravesamos la plaza en diagonal y pasamos junto a las grandes hojas que forman arco sobre el c&#233;sped. Unos ancianos, sentados en los bancos, hablaban en grupos y observaban a sus conciudadanos. Una mujer con gorro de ba&#241;o daba de comer a las palomas el pan que llevaba en una bolsa y los rega&#241;aba como si fuesen criaturas traviesas. Una pareja de polic&#237;as paseaban por uno de los senderos del parque con las manos cogidas en la espalda formando id&#233;nticas uves y se deten&#237;an peri&#243;dicamente a intercambiar cumplidos, formular preguntas y responder a bromas.

Cruzamos la glorieta de cemento del extremo oeste de la plaza. Repar&#233; en la inscripci&#243;n Vespasiano que all&#237; figuraba y me pregunt&#233; una vez m&#225;s por qu&#233; habr&#237;an grabado el nombre de un emperador romano sobre aquella puerta.

Al salir de la plaza cruzamos la rue Laval y pasamos por una serie de columnas de cemento que se&#241;alan el acceso a la rue Prince Arthur sin haber cruzado palabra hasta el momento. Aquello era extra&#241;o: Gabby no es tan reservada ni pasiva. Sol&#237;a desbordar de planes e ideas y aquella noche se limitaba a admitir todas mis sugerencias.

La observ&#233; de reojo, con discreci&#243;n. Examinaba los rostros de aquellos que pasaban por nuestro lado y al mismo tiempo se mord&#237;a una u&#241;a. Semejante escrutinio no parec&#237;a una distracci&#243;n instintiva. Estaba nerviosa e inspeccionaba las atestadas aceras.

El anochecer era c&#225;lido y h&#250;medo, y por Prince Arthur circulaba un gent&#237;o que se arremolinaba y giraba en todas direcciones. Los restaurantes hab&#237;an abierto puertas y ventanas, y las mesas invad&#237;an la calle desordenadamente, como si se hubieran propuesto arreglarlas m&#225;s tarde. Los hombres llevaban camisas de algod&#243;n, y las mujeres iban con los brazos desnudos y hablaban y re&#237;an bajo sombrillas de vivos colores. Algunos aguardaban en hilera a que los acomodaran. Me incorpor&#233; a la fila en el exterior de Vivaldi's mientras Gabby iba al d&#233;panneur de la esquina a comprar una botella de vino.

Cuando por fin nos instalamos, Gabby encarg&#243; fettucine Alfredo y yo ped&#237; piccata de ternera con acompa&#241;amiento de espaguetis. Aunque me atra&#237;a el lim&#243;n, me mantuve parcialmente leal a la visi&#243;n del rojo. Mientras aguard&#225;bamos nuestras ensaladas me tom&#233; un agua Perrier. Hablamos un poco, mov&#237;amos las bocas, form&#225;bamos palabras, pero sin decir nada. Ante todo est&#225;bamos tranquilamente sentadas. Pero no era el silencio placentero de antiguas amigas acostumbradas a su mutua compa&#241;&#237;a sino un di&#225;logo inc&#243;modo.

Estaba tan familiarizada con los altibajos de humor de Gabby como con mis propios ciclos menstruales. Percib&#237;a algo tenso en su comportamiento. Rehu&#237;a mi mirada, pero sus ojos vagaban incansables, en continua exploraci&#243;n, como hab&#237;a hecho en el parque. Era evidente que estaba distra&#237;da y sol&#237;a recurrir a un trago de vino. Cada vez que levantaba la copa, la temprana luz del anochecer iluminaba el Chianti y lo hac&#237;a resplandecer como una puesta de sol en Carolina.

Yo conoc&#237;a aquellas se&#241;ales: beb&#237;a demasiado a fin de reducir su ansiedad. El alcohol es el opio de los seres preocupados. Yo lo sab&#237;a porque lo hab&#237;a probado. El hielo de mi Perrier se deshac&#237;a lentamente, y yo observaba c&#243;mo subsist&#237;a el lim&#243;n mientras chocaba con los cubitos con un delicado y sutil sonido.

&#191;Qu&#233; sucede, Gabby?

Mi pregunta la sobresalt&#243;.

&#191;C&#243;mo?

Profiri&#243; una breve y temblorosa risita y se apart&#243; un rizo del rostro con inexpresiva mirada.

Ante su evasiva trat&#233; de abordar un t&#243;pico neutral, dici&#233;ndome que ella me informar&#237;a cuando estuviera dispuesta. O tal vez yo me comportaba como una cobarde, y el valor de la intimidad se perder&#237;a.

&#191;Has tenido noticias de alguien del noroeste?

Nos hab&#237;amos conocido en la universidad durante los setenta. Yo me hab&#237;a casado y Katy asist&#237;a al parvulario. Entonces envidiaba la libertad de que disfrutaban Gabby y los dem&#225;s. Echaba de menos las experiencias c&#243;mplices de las fiestas que duraban toda la noche y las sesiones filos&#243;ficas de primeras horas de la ma&#241;ana. Ten&#237;a su misma edad, pero viv&#237;a en un mundo diferente. Gabby era la &#250;nica con quien hab&#237;a alcanzado intimidad aunque, en realidad, nunca supe la raz&#243;n. &#201;ramos todo lo distintas que pueden ser dos mujeres, pero nos respald&#225;bamos mutuamente. Tal vez fuera porque a Gabby le gustara Pete o, por lo menos, lo simulara. Pete, considerado retrospectivamente, ten&#237;a aire militar y estaba rodeado por criaturas en flor que tomaban marihuana y beb&#237;an cerveza barata. &#201;l odiaba mis fiestas escolares y disimulaba su incomodidad con jactancioso desd&#233;n. S&#243;lo Gabby se interesaba por acerc&#225;rsenos.

Yo hab&#237;a perdido el contacto con casi todos nuestros compa&#241;eros de estudios, que en aquellos momentos se hallaban diseminados por Estados Unidos, principalmente en universidades y museos. Sin embargo, en el transcurso de los a&#241;os, Gabby s&#237; hab&#237;a conseguido mantener algunas relaciones. O quiz&#225;s ellos buscaban su compa&#241;&#237;a.

De vez en cuando tengo noticias de Joe. Creo que da clases en alg&#250;n lugar perdido de Iowa o Idaho.

La geograf&#237;a americana nunca hab&#237;a sido su fuerte.

&#191;Ah s&#237;? -trat&#233; de estimularla.

Y Vern vende propiedades inmobiliarias en Las Vegas. Hace unos meses estuvo aqu&#237; para dar una especie de conferencia. Dej&#243; la antropolog&#237;a y es muy feliz.

Tom&#243; un trago de vino.

Aunque lleva los mismos cabellos.

En esta ocasi&#243;n la risa son&#243; aut&#233;ntica. El vino o mi encanto personal la estaban relajando.

&#161;Ah! He recibido un mensaje electr&#243;nico de Jenny. Piensa dedicarse de nuevo a la investigaci&#243;n. &#191;Sabes que se cas&#243; con un pirado y renunci&#243; a un cargo importante en Rutgers para seguirlo a los Cayos?

Gabby no suele andarse por las ramas.

Pues bien, ha conseguido cierto puesto como adjunta y est&#225; meneando el trasero para conseguir una propuesta de subvenci&#243;n.

Otro trago.

Cuando &#233;l la deje. &#191;Qu&#233; sabes de Pete?

La pregunta me cogi&#243; desprevenida. Hasta aquel momento yo hab&#237;a sido muy prudente al referirme a mi fallido matrimonio. Era como si el engranaje de mi conversaci&#243;n se atascara al llegar a ese tema y soltarlo demostrara en cierto modo confirmar la realidad. Como si el acto de ordenar las palabras en secuencia, o de formar frases, convalidara una certeza a la que a&#250;n no fuera capaz de enfrentarme. Elud&#237;a el t&#243;pico, aunque Gabby era una de las pocas personas que estaba al corriente de la situaci&#243;n.

Est&#225; bien. Hablamos de vez en cuando.

La gente cambia.

S&#237;.

Llegaron las ensaladas y durante unos momentos nos concentramos en ali&#241;arlas. Cuando levant&#233; la mirada ella estaba inm&#243;vil, con un tenedor cargado de lechuga en el aire. Se hab&#237;a aislado de nuevo de m&#237;, aunque en esta ocasi&#243;n parec&#237;a examinar un mundo interior, m&#225;s que el que la rodeaba.

Intent&#233; otra t&#225;ctica.

Cu&#233;ntame c&#243;mo va tu proyecto -le dije al tiempo que pinchaba una aceituna negra.

&#161;Ah, el proyecto! &#161;Bien! &#161;Marcha bien! Por fin he conseguido ganarme su confianza y algunas de ellas ya comienzan a abr&#237;rseme.

Se meti&#243; la ensalada en la boca.

Aunque ya me lo has explicado, quisiera que me lo ampliaras, Gabby. Yo s&#243;lo comprendo las ciencias f&#237;sicas. &#191;Cu&#225;l es exactamente el objetivo de la investigaci&#243;n?

Se ech&#243; a re&#237;r ante la familiar demarcaci&#243;n establecida entre los estudiantes de antropolog&#237;a f&#237;sica y cultural. Nuestra clase hab&#237;a sido reducida, pero diversa: algunos estudiaban etnolog&#237;a; otros se dedicaban a antropolog&#237;a ling&#252;&#237;stica, arqueol&#243;gica y biol&#243;gica. Yo conoc&#237;a tan poco sobre el descontruccionismo como ella sobre el ADN mitocondrial.

&#191;Recuerdas los estudios de etnograf&#237;a que Ray nos hac&#237;a leer sobre los yanomamo, los semai y los nuer? Pues bien, sigo la misma idea. Tratamos de describir el mundo de las prostitutas mediante observaciones pr&#243;ximas y entrevistas con confidentes. Trabajo de campo. Muy &#237;ntimo, pr&#243;ximo y personal.

Tom&#243; otro poco de ensalada.

&#191;Qui&#233;nes son? &#191;De d&#243;nde proceden? &#191;C&#243;mo entraron en ello? &#191;Qu&#233; hacen d&#237;a a d&#237;a? &#191;Con qu&#233; redes de apoyo cuentan? &#191;C&#243;mo encajan en la econom&#237;a legal? &#191;C&#243;mo se ven a s&#237; mismas? &#191;D&#243;nde?

Comprendo.

Tal vez el vino surtiera su efecto o quiz&#225;s hab&#237;a acertado con la pasi&#243;n de su vida, porque su animaci&#243;n crec&#237;a por momentos. Aunque ya hab&#237;a oscurecido comprob&#233; que se hab&#237;a sonrojado y que sus ojos brillaban a la luz de las farolas. O tal vez fuese por causa del alcohol.

La sociedad ha proscrito a esas mujeres. A nadie le interesan realmente, salvo a aquellos que en cierto modo se ven amenazados por ellas y desean que desaparezcan.

Asent&#237; mientras segu&#237;amos comiendo.

La mayor&#237;a de la gente cree que las mujeres se entregan a la prostituci&#243;n porque han abusado de ellas, las han obligado o por cualquier otra raz&#243;n. En realidad, muchas lo hacen simplemente por dinero. Cuentan con habilidades limitadas para el mercado de trabajo legal, nunca conseguir&#225;n ganarse la vida de modo decente y lo saben. Entonces deciden dedicarse a ello unos a&#241;os porque es lo m&#225;s rentable que pueden hacer.

Seguimos comiendo.

Y, al igual que cualquier otro grupo, tienen su propia subcultura. Me interesan las redes que construyen, sus planificaciones mentales, los sistemas de apoyo en que conf&#237;an, todas esas cosas.

El camarero apareci&#243; con nuestros platos fuertes.

&#191;Y qu&#233; me dices de los hombres que las contratan?

&#191;C&#243;mo?

La pregunta pareci&#243; desconcertarla.

&#191;Qu&#233; me dices de los tipos que van en su busca? Deber&#237;a ser un importante elemento en el conjunto. &#191;Tambi&#233;n hablas con ellos?

Enroll&#233; unos espaguetis en el tenedor.

Yo S&#237;. Con algunos -balbuce&#243; visiblemente aturdida.

Tras una pausa a&#241;adi&#243;:

Dejemos de hablar de m&#237;, Tempe. Cu&#233;ntame en qu&#233; est&#225;s trabajando. &#191;Alg&#250;n caso interesante?

Mientras hablaba centr&#243; los ojos en su plato.

El giro fue tan brusco que me cogi&#243; desprevenida, y le respond&#237; sin pensar:

Unos cr&#237;menes que me tienen muy nerviosa.

Al instante lament&#233; haber pronunciado tales palabras.

&#191;Qu&#233; cr&#237;menes?

Se le velaba la voz y sus palabas ten&#237;an vibraciones nerviosas.

Uno horrible que descubrimos el martes.

Me interrump&#237;: Gabby nunca ha querido saber nada de mi trabajo.

&#161;Ah!

Se sirvi&#243; m&#225;s pan. Intentaba mostrarse cort&#233;s: ella me hab&#237;a hablado de su trabajo y se dispon&#237;a a escucharme a su vez.

S&#237;, aunque me sorprende que no se haya divulgado gran cosa en los peri&#243;dicos. El cad&#225;ver fue encontrado en Sherbrooke la semana pasada. Se desconoce su identidad. Result&#243; que hab&#237;a sido asesinada el pasado abril.

Se parece a muchos de tus casos. &#191;Qu&#233; te desconcierta?

Me retrep&#233; en mi asiento y la mir&#233; mientras me preguntaba si realmente deseaba que me extendiera en el asunto. Tal vez ser&#237;a mejor hablar de ello. &#191;Mejor para qui&#233;n? &#191;Para m&#237;? No pod&#237;a hacerlo con nadie m&#225;s. &#191;Deseaba ella de verdad escucharme?

La v&#237;ctima estaba mutilada. Luego el cuerpo fue descuartizado y arrojado a un barranco.

Me mir&#243; en silencio, sin hacer comentarios.

Creo que el modus operandi es similar a otro en el que hab&#237;a trabajado.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Advierto los mismos -me detuve, indecisa, sin encontrar la palabra adecuada-. Los mismos elementos en ambos.

&#191;Tales como?

Cogi&#243; su copa.

Apaleamiento salvaje, desfiguraci&#243;n del cuerpo.

Pero eso es muy corriente cuando se trata de mujeres, &#191;no es cierto? Nos aporrean, nos asfixian y luego nos hacen picadillo. Violencia masculina.

S&#237; -reconoc&#237;-. Y realmente ignoro la causa de la muerte en este caso porque los restos estaban muy descompuestos.

Gabby parec&#237;a sumamente inc&#243;moda. Tal vez hubiera sido un error.

&#191;Qu&#233; m&#225;s? -insisti&#243;.

Sosten&#237;a la copa en la mano, pero no beb&#237;a.

La mutilaci&#243;n. El descuartizamiento o la extracci&#243;n de partes. O

Guard&#233; silencio al recordar el desatascador. No comprend&#237;a exactamente su significado.

De modo que crees que el mismo canalla es el causante de ambos -dijo ella.

S&#237;, as&#237; es. Pero no puedo convencer al idiota que lleva el caso. Ni siquiera se ha dignado examinar el anterior.

&#191;Esos asesinatos podr&#237;an ser obra de alg&#250;n canalla que se excita asesinando mujeres?

S&#237; -respond&#237; sin mirarla.

&#191;Y crees que volver&#225; a hacerlo?

De nuevo su voz sonaba crispada. Deposit&#233; el tenedor sobre la mesa y la observ&#233;. Me miraba con fijeza, con la cabeza un poco adelantada y apretando con fuerza el tallo de su copa, que temblaba ligeramente.

Lo siento, Gabby. No tendr&#237;a que haberte hablado de esto. &#191;Est&#225;s bien?

Se irgui&#243; en su asiento y deposit&#243; la copa pausadamente, sosteni&#233;ndola un instante en el aire antes de dejarla en la mesa y sin dejar de mirarme. Le hice se&#241;as al camarero.

&#191;Quieres caf&#233;?

Asinti&#243; con la cabeza.

Concluida la cena nos permitimos cannoli y capuchinos. Ella pareci&#243; recobrar su buen humor, y nos re&#237;mos y burlamos recordando nuestros tiempos en la &#233;poca de Acuario, nuestras largas y lisas cabelleras, nuestras camisas te&#241;idas a trozos, nuestros t&#233;janos que se sosten&#237;an en las caderas y formaban campana en los tobillos, una generaci&#243;n que segu&#237;a id&#233;nticas v&#237;as de escape del conformismo. Era ya m&#225;s de medianoche cuando salimos del restaurante.

A nuestro paso por Prince Arthur ella sac&#243; de nuevo el tema de los asesinatos.

&#191;C&#243;mo ser&#225; ese tipo? -dijo.

La pregunta me cogi&#243; por sorpresa.

Quiero decir si se tratar&#225; de un tipo exc&#233;ntrico o normal y si ser&#237;as capaz de detectarlo.

Mi confusi&#243;n la irritaba.

&#191;Podr&#237;as distinguir a ese cabr&#243;n en una reuni&#243;n religiosa?

&#191;Al asesino?

S&#237;.

No lo s&#233;.

&#191;Ser&#237;a competente? -insisti&#243;.

Eso creo. Si fue la misma persona quien mat&#243; a las dos mujeres, estoy segura de que es un tipo organizado, que planea sus actos. Muchos criminales en serie enga&#241;an a la gente durante largo tiempo hasta que caen en manos de la justicia. Pero yo no soy psic&#243;loga; es simple especulaci&#243;n.

Llegamos al coche y abr&#237; la puerta. De pronto ella me cogi&#243; del brazo.

Deja que te muestre la zona.

No comprend&#237; qu&#233; quer&#237;a decir. De nuevo me hab&#237;a cogido por sorpresa.

Pues

Los barrios bajos. Mi proyecto. Pasemos en coche por all&#237; y te mostrar&#233; a las chicas.

La observ&#233; al tiempo que la iluminaban los faros de un coche que se aproximaba. Ten&#237;a una extra&#241;a expresi&#243;n a la luz cambiante. La luz pas&#243; por ella como el foco de una linterna y acentu&#243; algunos rasgos al tiempo que sumerg&#237;a otros en las sombras. Su entusiasmo era persuasivo. Consult&#233; mi reloj: eran las doce y cuarto.

De acuerdo.

En realidad, no lo estaba. El d&#237;a siguiente ser&#237;a duro. Pero ella parec&#237;a tan entusiasmada que no quise decepcionarla.

Se meti&#243; en el coche y desliz&#243; hacia atr&#225;s el asiento, lo m&#225;s lejos posible a fin de conseguir mayor espacio para sus piernas, aunque no suficiente.

Circulamos en silencio durante unos minutos. Siguiendo sus instrucciones me dirig&#237; hacia la parte oeste durante varias manzanas y luego gir&#233; al sur en St. Urbain. Rodeamos el borde m&#225;s oriental hacia el gueto McGill, una amalgama esquizoide de viviendas de renta limitada para estudiantes, condominios gigantescos y casas de piedra arenisca aburguesadas. Seis manzanas m&#225;s adelante giramos a la izquierda por la rue Ste. Catherine. Detr&#225;s de m&#237; quedaba el n&#250;cleo de Montreal. Por el espejo retrovisor distingu&#237;a las inminentes formas del Complexe Desjardins y la Place des Arts, desafi&#225;ndose entre s&#237; desde sus esquinas opuestas. Debajo de ellas se encontraba el Complexe Guy-Favreau y el Palais des Congr&#233;s.

En Montreal la grandeza del centro de la ciudad cede paso r&#225;pidamente a la miseria de la parte este. La rue Ste. Catherine lo domina todo. Surgida en la opulencia de Westmount, se extiende hacia el este a trav&#233;s del centro, hasta el bulevar St. Laurent, en el Main, l&#237;nea divisoria entre este y oeste. Ste. Catherine es sede de Forum, Eaton's y Spectrum. El centro de la ciudad est&#225; bordeado de enormes edificios y hoteles, con teatros y centros comerciales, pero en St. Laurent quedan atr&#225;s los complejos de oficinas y condominios, los centros de convenciones y boutiques, los restaurantes y los bares de encuentros para solteros. A partir de all&#237; dominan las prostitutas y los punks. Su &#225;mbito se extiende hacia el este, desde el Main a la zona gay que comparten con los camellos y los skinheads. Los turistas y los burgueses que se aventuran como visitantes, se quedan pasmados y evitan el contacto visual: inspeccionan la otra parte para reafirmar el mundo que los separa, pero no permanecen all&#237; mucho tiempo. A&#250;n no hab&#237;amos llegado a St. Laurent cuando Gabby me indic&#243; que deb&#237;amos parar en la derecha. Encontr&#233; un espacio frente a La Boutique du Sex y apagu&#233; el motor del coche. Al otro lado de la calle se encontraba un grupo de mujeres ante la puerta del hotel Granada cuyo letrero ofrec&#237;a CHAMBRES TOURISTIQUES, aunque dud&#233; que los turistas frecuentaran sus habitaciones.

Mira, &#233;sa es Monique -me indic&#243;.

Monique llevaba botas de vinilo rojo hasta medio muslo y minifalda de licra negra tensada hasta el l&#237;mite, que le cubr&#237;a sucintamente el trasero. Se distingu&#237;a la l&#237;nea de sus bragas y el bulto que formaba el borde de su camisa blanca de nylon. Sus pendientes de pl&#225;stico le colgaban hasta los hombros, y mechas de un rosa llamativo destacaban en su cabellera te&#241;ida de un negro rotundo. Parec&#237;a la caricatura de una prostituta.

&#201;sa es Candy.

Se refer&#237;a a una joven con pantalones cortos de color amarillo y botas vaqueras cuyo maquillaje habr&#237;a hecho palidecer a un piel roja. Era terriblemente joven. Salvo por el cigarrillo y su rostro de payaso, podr&#237;a haber sido mi hija.

&#191;Usan sus verdaderos nombres? -me interes&#233;.

Era como estar viendo un clich&#233;.

No lo s&#233;. &#191;Lo har&#237;as t&#250;?

Se&#241;al&#243; a una muchacha con zapatillas negras y pantalones cortos.

Es Poirette.

&#191;Qu&#233; edad tiene?

Yo estaba horrorizada.

Seg&#250;n dice, dieciocho, pero debe de tener quince.

Me recost&#233; en el asiento y apoy&#233; las manos en el volante. Mientras me las se&#241;alaba una tras otra, no pod&#237;a dejar de pensar en los gibones. Como los monitos, aquellas mujeres se espaciaban a intervalos regulares y divid&#237;an el terreno en un mosaico de territorios concretos. Cada una trabajaba su parcela y exclu&#237;a a las restantes de su especie con el fin de seducir a un macho. Las posturas seductoras, las mofas y pullas, constitu&#237;an el ritual del cortejo, al estilo sapiens. Sin embargo, aquellas bailarinas no ten&#237;an como objetivo la reproducci&#243;n.

Advert&#237; que Gabby hab&#237;a dejado de hablar cuando hubo concluido de pasar lista. Me volv&#237; a mirarla. Estaba frente a m&#237;, pero fijaba sus ojos en algo que se encontraba m&#225;s all&#225; de la ventanilla. Tal vez fuera de mi mundo.

Vamonos -exclam&#243;.

Lo dijo tan quedamente que apenas pude o&#237;rla.

&#191;C&#243;mo?

&#161;Vamos!

Su ferocidad me aturdi&#243;. Un torrente de palabras lleg&#243; hasta mis labios, pero su expresi&#243;n me disuadi&#243; de expresarlas.

De nuevo circulamos en silencio. Gabby parec&#237;a sumida en sus pensamientos, como si se hubiera trasladado mentalmente a otro planeta. Cuando me detuve ante su apartamento me desconcert&#243; con una nueva pregunta.

&#191;Las hab&#237;an violado?

Rebobin&#233; mentalmente el curso de nuestra conversaci&#243;n. Imposible. Me faltaba otro puente.

&#191;Qui&#233;nes? -pregunt&#233; a mi vez.

Esas mujeres.

&#191;Se refer&#237;a a las prostitutas o a las v&#237;ctimas del asesino?

&#191;Qu&#233; mujeres?

Durante unos segundos no respondi&#243;.

&#161;Estoy harta de esta basura! -exclam&#243;. Y sin darme tiempo a reaccionar se ape&#243; del coche y subi&#243; la escalera. Su vehemencia me golpe&#243; como una bofetada.





Cap&#237;tulo 5

Durante las dos semanas siguientes no tuve noticias de Gabby. Tampoco figuraba en las posibles llamadas telef&#243;nicas de Claudel quien, al parecer, me hab&#237;a eliminado del circuito. Tuve noticias de la vida de Isabelle Gagnon por Pierre LaManche.

La mujer viv&#237;a con su hermano y su amante en St. Edouard, un vecindario de clase obrera al noreste del centro de la ciudad. Trabajaba en la boutique de su amigo, una tiendecita de St. Denis especializada en ropas y accesorios unisex. Une Tranche de Vie: una rebanada de vida. Al hermano, que era panadero, se le hab&#237;a ocurrido el nombre. Semejante iron&#237;a era deprimente.

Isabelle desapareci&#243; el 1 de abril, viernes. Seg&#250;n su hermano, sol&#237;a frecuentar algunos bares de St. Denis y se hab&#237;a acostado tarde la noche anterior. Crey&#243; haberla o&#237;do llegar sobre las dos de la ma&#241;ana, pero no lo comprob&#243;. Ambos hombres marcharon temprano al trabajo a la ma&#241;ana siguiente. Un vecino la vio a la una de la tarde. A Isabelle la esperaban en la boutique a las cuatro, pero no lleg&#243;. Sus restos se descubrieron nueve semanas despu&#233;s en el Gran Seminario. Ten&#237;a veintitr&#233;s a&#241;os.

LaManche se present&#243; en mi despacho una tarde a &#250;ltima hora para ver si hab&#237;a concluido mi an&#225;lisis.

Aparecen m&#250;ltiples fracturas en el cr&#225;neo -dije-. Ha costado bastante reconstruirlo.

Oui.

Levant&#233; el cr&#225;neo de su soporte de corcho.

Fue golpeada por lo menos tres veces. &#201;ste es el primer impacto.

Se&#241;al&#233; una peque&#241;a depresi&#243;n desde cuyo epicentro se extend&#237;an hacia el exterior una serie de c&#237;rculos conc&#233;ntricos, como anillos en una diana de tiro.

El primer golpe no fue bastante fuerte para romperle el cr&#225;neo. S&#243;lo le provoc&#243; una fractura depresiva de la placa exterior. Luego la golpearon aqu&#237;.

Y le indiqu&#233; el centro de un dibujo estrellado de l&#237;neas de fractura. Una serie de grietas curvil&#237;neas cruzaban el sistema estelar. Los rayos y c&#237;rculos entrelazados formaban una especie de telara&#241;a de los da&#241;os causados.

Este golpe fue mucho m&#225;s duro y provoc&#243; una fractura masiva conminuta. El cr&#225;neo se hizo a&#241;icos.

Hab&#237;a tardado largas horas en reunir los fragmentos. Se distingu&#237;an rastros de pegamento entre las uniones de las piezas. El hombre me escuchaba, absorto en sus pensamientos, y paseaba la mirada del cr&#225;neo a mis ojos con tanta fijeza que parec&#237;an abrir un canal en el aire.

Luego golpe&#243; aqu&#237;.

Le se&#241;al&#233; el anillo de otro sistema estrellado que alcanzaba un extremo del anterior que le hab&#237;a mostrado. La segunda fractura lineal llegaba hasta la primera y se deten&#237;a como una carretera comarcal en un cruce sin salida.

Este golpe se produjo despu&#233;s. Las fracturas nuevas se detuvieron ante las anteriores. Las nuevas l&#237;neas no se cruzaron con las antiguas, de modo que tuvieron que producirse en &#250;ltimo lugar.

Oui.

Los golpes probablemente fueron producidos desde atr&#225;s y ligeramente a la derecha.

Oui.

Sol&#237;a comportarse as&#237;. La falta de reacci&#243;n no significaba ausencia de inter&#233;s ni de comprensi&#243;n. A Pierre LaManche no se le escapaba nada. Incluso dud&#233; de que precisara m&#225;s explicaciones. La respuesta monosil&#225;bica era su modo de obligarlo a uno a organizar sus pensamientos. Una especie de ensayo de presentaci&#243;n al jurado. Segu&#237; ordenando los hechos.

Cuando se golpea un cr&#225;neo reacciona como un globo. Durante una fracci&#243;n de segundo el hueso se hunde en el lugar del impacto y se abulta en la parte opuesta. De modo que el da&#241;o producido no se limita al punto en el que se ha efectuado el golpe.

Lo observ&#233; para comprobar si segu&#237;a mis razonamientos. As&#237; era.

Debido a la estructura cerebral, las l&#237;neas de fuerza provocadas por un repentino impacto recorren ciertos senderos. El hueso cede o se rompe de un modo que puede preverse.

Le se&#241;al&#233; la frente.

Por ejemplo, un golpe propinado aqu&#237; puede lesionar las &#243;rbitas o el rostro.

A continuaci&#243;n le mostr&#233; la parte posterior del cr&#225;neo.

Un golpe recibido en este lugar suele causar fracturas a uno y otro lado de la base del cr&#225;neo.

Hizo una se&#241;al de asentimiento.

En este caso, aparecen dos fracturas conminutas y una fractura deprimida en el parietal posterior derecho. Hay varias fracturas lineales que comienzan en el lado opuesto del cr&#225;neo y que se extienden hacia la lesi&#243;n producida en el parietal derecho. Ello sugiere que fue golpeada por detr&#225;s y en el lado diestro.

Tres veces -dijo.

En efecto -le confirm&#233;.

&#191;Le provocaron la muerte? -inquiri&#243;.

Sab&#237;a cu&#225;l ser&#237;a mi respuesta.

Es posible. No puedo asegurarlo.

&#191;Aparecen otras se&#241;ales que pudieran ocasionarla?

No hay indicios de balazos, pu&#241;aladas ni de otras fracturas. He advertido algunos cortes extra&#241;os en las v&#233;rtebras, pero no estoy muy segura de lo que significan.

&#191;Debidas al descuartizamiento?

Negu&#233; con la cabeza.

No lo creo. No aparecen en el lugar adecuado.

Devolv&#237; el cr&#225;neo a su soporte.

El descuartizamiento fue muy limpio. No se limit&#243; a separar las extremidades: cort&#243; limpiamente en las articulaciones. &#191;Recuerda los casos Gagne o Valencia?

Medit&#243; unos instantes. Lade&#243; la cabeza de modo extra&#241;o a derecha e izquierda como un perro que husmeara una bolsa de celof&#225;n.

Gagne lleg&#243; aqu&#237; hace tal vez dos a&#241;os -apunt&#233;-. Vino envuelto en varias mantas sujetas con cinta adhesiva de embalar. Le hab&#237;an aserrado las piernas y estaban envueltas por separado.

En aquella ocasi&#243;n me hab&#237;a recordado a los antiguos egipcios, quienes antes de la momificaci&#243;n extra&#237;an los &#243;rganos internos para conservarlos. Las visceras se empaquetaban por separado y se depositaban junto con el cuerpo. Los asesinos de Gagne hab&#237;an hecho lo mismo con sus piernas.

Ah, oui! Recuerdo el caso.

Le hab&#237;an cercenado las piernas por debajo de las rodillas. Lo mismo hicieron con Valencia: cortaron brazos y piernas varios cent&#237;metros por encima o por debajo de las articulaciones.

Valencia era un codicioso tratante de drogas a quien recibimos en una bolsa deportiva de hockey.

En ambos casos separaron las articulaciones por el lugar m&#225;s conveniente. En esta ocasi&#243;n el tipo casi desarticul&#243; los miembros. &#161;F&#237;jese!

Le mostr&#233; un diagrama. Yo hab&#237;a utilizado un dibujo corriente de autopsias para se&#241;alar los puntos en los que hab&#237;an seccionado el cuerpo. Una l&#237;nea pasaba por la garganta; las otras divid&#237;an el hombro, la cadera y las articulaciones de las rodillas.

La decapit&#243; a la altura de la sexta v&#233;rtebra cervical. Cort&#243; los brazos en la articulaci&#243;n del hombro, y las piernas en la articulaci&#243;n de la cadera. La parte inferior de las piernas las cort&#243; por las rodillas.

Cog&#237; la esc&#225;pula izquierda.

Observe los cortes que rodean la cavidad glenoide.

Examin&#243; las marcas, las series de surcos paralelos que rodeaban la superficie de uni&#243;n.

E hizo lo mismo con la pierna.

Cambi&#233; la esc&#225;pula por la pelvis.

F&#237;jese en el acet&#225;bulo: profundiz&#243; hasta la cuenca.

LaManche inspeccion&#243; la profunda cavidad donde encajaba la cabeza del f&#233;mur. Numerosos surcos ara&#241;aban su superficie. Recog&#237; en silencio la pelvis y le tend&#237; el f&#233;mur, cuyo cuello estaba rodeado por cortes paralelos circulares.

Contempl&#243; largo rato el hueso y lo deposit&#243; sobre la mesa.

S&#243;lo se desvi&#243; en las manos. All&#237; se limit&#243; a cortar en pleno hueso.

Como demostraci&#243;n le mostr&#233; un radio.

&#161;Qu&#233; extra&#241;o!

S&#237;.

&#191;Qu&#233; es lo m&#225;s caracter&#237;stico? &#191;Esto o los otros?

Los otros. Por lo general si alguien desea descuartizar un cuerpo para que sea m&#225;s manejable, lo har&#225; del modo m&#225;s r&#225;pido posible. Utilizar&#225; una sierra y se emplear&#225; a fondo. Este tipo se tom&#243; m&#225;s tiempo.

Hum &#191;Qu&#233; significa eso?

Yo hab&#237;a meditado largamente acerca de esa cuesti&#243;n.

No lo s&#233;.

Permanecimos unos instantes en silencio.

La familia desea recuperar el cuerpo para darle sepultura -dijo al cabo-. Pienso retenerlo todo lo posible y asegurarme de conseguir buenas fotos y todo cuanto sea necesario por si este caso se presentara ante los tribunales.

Me propongo tomar algunos fragmentos de dos o tres marcas producidas por los cortes. Las examinar&#233; bajo el microscopio por si es posible identificar el instrumento utilizado.

Escog&#237; mis siguientes palabras con sumo cuidado y observ&#233; con detenimiento su reacci&#243;n.

Si consigo reproducciones claras me gustar&#237;a comparar estos cortes con los producidos en otros casos.

El hombre curv&#243; de modo casi imperceptible las comisuras de los labios. No pude adivinar si su expresi&#243;n era divertida o molesta. O tal vez fuese fruto de mi imaginaci&#243;n.

S&#237;. Monsieur Claudel ya me lo ha mencionado -repuso tras otra pausa.

Me mir&#243; abiertamente.

Expl&#237;queme por qu&#233; cree que estos casos est&#225;n relacionados.

Destaqu&#233; las similitudes que hab&#237;a detectado en los casos de Trottier y Gagnon: apaleamiento, descuartizamiento del cad&#225;ver, utilizaci&#243;n de bolsas de pl&#225;stico y abandono en zonas apartadas.

&#191;Dependen estos casos del CUM?

El de Gagnon, s&#237;; en cuanto a Trottier, es de la jurisdicci&#243;n de la SQ por haberse encontrado en St. Jerome.

Como en muchas ciudades, en Montreal la cuesti&#243;n jurisdiccional resulta complicada. La ciudad se encuentra en una isla en el centro del San Lorenzo. La polic&#237;a de la Comunidad Urbana de Montreal se encarga de los cr&#237;menes que se cometen en la propia isla; los descubiertos fuera de all&#237; competen a los departamentos de polic&#237;a local o la S&#251;ret&#233; de Quebec. La coordinaci&#243;n deja mucho que desear.

Tras una pausa, a&#241;adi&#243;:

Monsieur Claudel puede resultar -vacil&#243; un instante- dif&#237;cil. Siga con sus comparaciones e inf&#243;rmeme si necesita algo.

Aquella semana, d&#237;as despu&#233;s, fotografi&#233; las se&#241;ales producidas por los cortes con un fotomicroscopio, utilizando diversos &#225;ngulos, ampliaciones e intensidades de luz, con la esperanza de extraer detalles de su estructura interna. Asimismo retir&#233; peque&#241;os fragmentos &#243;seos de diversas superficies de las articulaciones con el fin de examinarlas con el esc&#225;ner microsc&#243;pico. En lugar de ello, durante las dos semanas siguientes me vi desbordada por una monta&#241;a de huesos.

Unos ni&#241;os que paseaban por un parque provincial descubrieron un esqueleto parcialmente vestido; en la playa del lago St. Louis apareci&#243; un cuerpo muy descompuesto; una pareja que limpiaba el s&#243;tano de una casa reci&#233;n adquirida, descubri&#243; un ba&#250;l repleto de cr&#225;neos humanos cubiertos con cera, sangre y plumas. Y todos aquellos hallazgos fueron a parar a m&#237;.

Los restos del lago St. Louis supusimos que corresponder&#237;an a un caballero fallecido el oto&#241;o anterior en accidente mar&#237;timo tras desafiar la autonom&#237;a de un contrabandista de tabaco competidor suyo. Me dedicaba a recomponer su cr&#225;neo cuando son&#243; el tel&#233;fono.

Esperaba aquella llamada, aunque no tan pronto. Mientras escuchaba, el coraz&#243;n me palpitaba con fuerza y la sangre lat&#237;a en mi estern&#243;n como agua carb&#243;nica agitada en una botella. Sent&#237; una oleada de calor.

Hace menos de seis horas que est&#225; muerta -dec&#237;a LaManche-. Creo que deber&#237;a echarle una mirada.





Cap&#237;tulo 6

Margaret Adkins ten&#237;a veinticuatro a&#241;os, hab&#237;a vivido con su compa&#241;ero y su hijo de seis a&#241;os en un barrio cobijado a la sombra del Estadio Ol&#237;mpico. Aquella ma&#241;ana deb&#237;a reunirse con su hermana a las diez y media para ir de compras y almorzar, pero no lleg&#243; a hacerlo. Ni tampoco atendi&#243; m&#225;s llamadas telef&#243;nicas tras hablar con su marido a las diez. Le fue imposible porque hab&#237;a sido asesinada en alg&#250;n momento entre aquella llamada y mediod&#237;a, cuando su hermana descubri&#243; el cad&#225;ver. Desde entonces hab&#237;an transcurrido cuatro horas. Era todo cuanto sab&#237;amos.

Claudel a&#250;n segu&#237;a en escena. Su compa&#241;ero Michel Charbonneau estaba sentado en una de las sillas alineadas al otro lado de la gran sala de autopsias. LaManche hab&#237;a regresado del escenario del crimen hac&#237;a menos de una hora, precedido en unos minutos por el cad&#225;ver. Cuando yo llegu&#233;, practicaban la autopsia. En seguida comprend&#237; que aquella noche trabajar&#237;amos horas extras.

La mujer yac&#237;a de bruces, con los brazos extendidos a los costados, las palmas arriba y los dedos curvados hacia adentro. Hab&#237;an retirado las bolsas de papel en que la hab&#237;an transportado, inspeccionado sus u&#241;as y extra&#237;do residuos de ellas. Estaba desnuda, y su piel ten&#237;a una tonalidad cerosa contra el pulido acero inoxidable. En su espalda aparec&#237;an peque&#241;os c&#237;rculos, puntos de presi&#243;n producidos por los agujeros de drenaje de la superficie de la mesa. De vez en cuando se ve&#237;a un solitario cabello adherido a la piel, desprendido de la rizada mara&#241;a de su cabellera.

Ten&#237;a la nuca distorsionada, con una ligera desviaci&#243;n, como una figura desequilibrada en un dibujo infantil. La sangre rezumada de sus cabellos se hab&#237;a mezclado con el agua al lavarla y formaba un charco de un rojo transl&#250;cido bajo su cuerpo. Su ch&#225;ndal, sujetador, bragas, zapatos y calcetines estaban extendidos en la contigua mesa de autopsias. Se hallaban empapados en sangre, y el denso y met&#225;lico olor impregnaba el aire. Una bolsa con cierre de cremallera, pr&#243;xima a sus ropas, conten&#237;a un cintur&#243;n el&#225;stico y una compresa higi&#233;nica.

Daniel tomaba fotos con una Polaroid. Las instant&#225;neas con bordes blancos se encontraban sobre el escritorio pr&#243;ximo a Charbonneau, y las im&#225;genes que aparec&#237;an mostraban diversos grados de claridad. Charbonneau las examinaba una tras otra y las devolv&#237;a con cuidado a su lugar de origen al tiempo que se mord&#237;a el labio inferior.

Un agente uniformado de identificaci&#243;n tomaba asimismo fotos con una Nikon provista de flash. Mientras el hombre rodeaba la mesa, Lisa, reci&#233;n llegada entre los t&#233;cnicos de autopsias, colocaba una anticuada pantalla tras el cuerpo. La estructura de metal pintado, con su recortado tejido blanco, pertenec&#237;a a una &#233;poca en que tal accesorio se utilizaba en las habitaciones de los hospitales para proteger a los pacientes en los tratamientos de car&#225;cter &#237;ntimo. La iron&#237;a era mordaz: me pregunt&#233; qu&#233; clase de intimidad trataban de proteger en aquella situaci&#243;n. A Margaret Adkins ya hab&#237;a dejado de importarle.

Tras otra serie de tomas, el fot&#243;grafo se ape&#243; de su taburete y mir&#243; a LaManche con aire inquisitivo. El pat&#243;logo se aproxim&#243; al cad&#225;ver y se&#241;al&#243; un ara&#241;azo en la parte posterior del hombro izquierdo.

&#191;Han tomado esto?

Lisa aplic&#243; una tarjeta rectangular en la parte izquierda de la herida. En ella aparec&#237;a anotado el n&#250;mero asignado por el LML, el n&#250;mero del dep&#243;sito y la fecha: 23 de junio de 1994. Daniel y el fot&#243;grafo tomaron primeros planos.

Siguiendo las instrucciones de LaManche, Lisa le rasur&#243; el cabello alrededor de las heridas de la cabeza mojando repetidamente el cuero cabelludo con un espray. Eran cinco en total. Cada una mostraba los dentados bordes t&#237;picos de una lesi&#243;n traum&#225;tica causada por un instrumento romo. LaManche los midi&#243; y dibuj&#243;. Las c&#225;maras los captaron en primer plano.

Con esto hemos terminado por este &#225;ngulo -dijo por fin LaManche-. Denle la vuelta, por favor.

Lisa se adelant&#243; y por un instante me tap&#243; la visi&#243;n. Desliz&#243; el cuerpo hasta el extremo izquierdo de la mesa, lo volvi&#243; ligeramente y apret&#243; el brazo izquierdo con fuerza contra el est&#243;mago. Entonces ella y Daniel volvieron el cuerpo. Percib&#237; un suave golpe cuando la cabeza choc&#243; contra el acero. Lisa la levant&#243;, coloc&#243; un bloque de caucho debajo del cuello y retrocedi&#243; unos pasos.

Aquella visi&#243;n aceler&#243; a&#250;n m&#225;s mi circulaci&#243;n sangu&#237;nea como si hubieran retirado el dedo de la botella efervescente que yo ten&#237;a en el pecho y hubiera estallado un geiser de pavor.

Margaret Adkins hab&#237;a sido desventrada desde la clav&#237;cula hasta el pubis. Una fisura dentada discurr&#237;a desde su estern&#243;n, exponiendo en su curso los colores y texturas de sus mutiladas entra&#241;as. En sus puntos m&#225;s profundos, donde los &#243;rganos hab&#237;an sido desviados, distingu&#237; la brillante vaina que rodeaba su columna vertebral.

Levant&#233; penosamente la mirada, desvi&#225;ndola de la espantosa crueldad cometida en su vientre. Pero no me sent&#237; aliviada con ello. Ten&#237;a la cabeza levemente ladeada y mostraba un rostro similar al de un duendecillo con su nariz respingona y la barbilla delicadamente puntiaguda. Ten&#237;a p&#243;mulos pronunciados y salpicados de pecas. Con la muerte, las manchitas marrones contrastaban con la blancura que las rodeaba. Me recordaba a Pippi Calzaslargas con melena corta casta&#241;a. Pero la boquita de duendecillo no re&#237;a: estaba desmesuradamente abierta y de ella asomaba su seno izquierdo cortado, cuyo pez&#243;n descansaba en el delicado labio inferior.

Alc&#233; la mirada y mis ojos se encontraron con los de LaManche. Sus arrugas paralelas parec&#237;an m&#225;s profundas que de costumbre, y los p&#225;rpados inferiores reflejaban una tensi&#243;n que los agitaba levemente. Le&#237; en su rostro tristeza y acaso algo m&#225;s.

El hombre permaneci&#243; en silencio mientras la autopsia prosegu&#237;a y dividi&#243; su atenci&#243;n entre el cad&#225;ver y su carpeta de pinza en la que registraba todas las atrocidades, anotaba su posici&#243;n y dimensiones y detallaba todas las heridas y lesiones. Mientras trabajaba, el cuerpo era fotografiado por delante como lo hab&#237;a sido por la espalda. Aguardamos. Charbonneau fumaba.

Tras un espacio de tiempo que nos parecieron horas, LaManche dio por finalizado su examen exterior.

Bon. Ll&#233;venla a radiograf&#237;as.

Se quit&#243; los guantes y se sent&#243; ante el escritorio, inclinado sobre su carpeta como un anciano ante una colecci&#243;n filat&#233;lica.

Lisa y Daniel aproximaron una camilla de acero a la mesa de autopsias y con agilidad e indiferencia profesional trasladaron el cuerpo y lo condujeron a la sala de rayos equis.

Me desplac&#233; en silencio hasta la silla contigua a Charbonneau. El hombre se levant&#243; a medias, me salud&#243; con una inclinaci&#243;n de cabeza y una sonrisa, dio una profunda calada a su cigarrillo y lo apag&#243;.

&#191;C&#243;mo va eso, doctora Brennan?

Charbonneau siempre me hablaba en ingl&#233;s, orgulloso de su dominio del idioma. Su forma de expresarse es una mezcla de quebequ&#233;s y jerga sure&#241;a, fruto de su infancia transcurrida en Chicoutimi y perfeccionada por dos a&#241;os pasados en los campos petrol&#237;feros del este de Texas.

Bien. &#191;Y usted?

No puedo quejarme.

Se encogi&#243; de hombros de un modo que s&#243;lo dominan los franc&#243;filos, encorvando los hombros y con las palmas levantadas.

El rostro de Charbonneau era ancho, de expresi&#243;n amistosa y erizados cabellos grises que sol&#237;an recordarme a una an&#233;mona marina. Corpulento y de cuello desproporcionado, parec&#237;a apretarle siempre las camisas. Sus corbatas, tal vez con intenci&#243;n compensatoria, se enrollaban y deslizaban lateralmente o se aflojaban y pend&#237;an bajo el primer bot&#243;n de su camisa. Se las aligeraba a primeras horas de la ma&#241;ana, probablemente confiando en que la inevitable apariencia pareciese intencionada. O quiz&#225; s&#243;lo deseara estar c&#243;modo. A diferencia de la mayor&#237;a de los detectives del CUM, no intentaba hacer una declaraci&#243;n diaria de elegancia. O tal vez s&#237;. Aquel d&#237;a llevaba una camisa de color amarillo p&#225;lido, pantalones de tergal y una americana deportiva de color verde y tejido escoc&#233;s con corbata marr&#243;n.

&#191;Ha visto las fotos preliminares? -me pregunt&#243; mientras recog&#237;a un sobre marr&#243;n del escritorio.

A&#250;n no.

Sac&#243; un pu&#241;ado de Polaroids y me las tendi&#243;.

Son las primeras que llegaron con el cuerpo.

Me dispuse a examinarlas bajo su penetrante mirada. Tal vez esperaba que me estremeciera ante la carnicer&#237;a para poder decirle a Claudel que me hab&#237;a impresionado, o quiz&#225; le interesara sinceramente mi reacci&#243;n.

Las fotos segu&#237;an un orden cronol&#243;gico, recreaban la escena tal como el equipo de investigaci&#243;n la hab&#237;a encontrado. En la primera aparec&#237;a una calle estrecha a cuyos lados se alzaban edificios antiguos, aunque bien conservados, de tres plantas. Hileras paralelas de &#225;rboles bordeaban la esquina a ambos lados, cuyos troncos desaparec&#237;an en peque&#241;os recuadros de tierra rodeados de cemento. Ante los edificios hab&#237;a una serie de patios peque&#241;os divididos todos ellos por un pasillo que conduc&#237;a a una empinada escalera met&#225;lica. De vez en cuando un triciclo bloqueaba la acera.

Las siguientes im&#225;genes se centraban en el exterior de uno de los edificios de ladrillo rojo. Peque&#241;os detalles llamaron mi atenci&#243;n. Unas placas que aparec&#237;an sobre unas puertas del primer piso mostraban los n&#250;meros 1407 y 1409. Alguien hab&#237;a plantado flores bajo uno de los ventanales delanteros. Distingu&#237; tres cal&#233;ndulas que se agrupaban solitarias con enormes cabezas amarillas, marchitas e inclinadas en arcos id&#233;nticos, flores solitarias cultivadas y abandonadas. Una bicicleta se apoyaba contra la oxidada valla met&#225;lica que rodeaba el peque&#241;o patio delantero. Un letrero, tambi&#233;n oxidado, surg&#237;a entre el c&#233;sped, pero sin levantarse apenas del suelo, como si quisiera ocultar el mensaje: &#193; vendr&#233;. Se vende.

Pese a los intentos de personalizaci&#243;n, el edificio se ve&#237;a como los dem&#225;s que se alineaban en la calle. La misma escalera, balc&#243;n, dobles puertas y cortinas de encaje. Me pregunt&#233; por qu&#233; habr&#237;a sido aqu&#233;lla. Por qu&#233; la tragedia hab&#237;a visitado ese lugar. Por qu&#233; no hab&#237;a sido la casa 1405 o alguna de la acera de enfrente o de otra manzana.

Una tras otra las fotos me fueron atrayendo, como un microscopio que aumenta las dimensiones de manera progresiva. En la siguiente serie aparec&#237;a el interior de la vivienda, cuyas minucias me sedujeron. Habitaciones peque&#241;as, mobiliario barato, el inevitable televisor, un sal&#243;n, un comedor, una habitaci&#243;n infantil con posters de hockey en las paredes. Un libro en una cama titulado C&#243;mo funciona el mundo me produjo otra punzada de dolor. Dud&#233; que en &#233;l existiera tal explicaci&#243;n.

A Margaret Adkins le gustaba el azul. Todas las paredes y trabajos de carpinter&#237;a estaban pintados de una viva tonalidad mediterr&#225;nea.

Y, por &#250;ltimo, la v&#237;ctima. El cuerpo yac&#237;a en una peque&#241;a habitaci&#243;n, a la izquierda de la puerta principal que daba acceso a otro dormitorio y a la cocina. A trav&#233;s de la entrada de la cocina distingu&#237; una mesa de formica con manteles individuales de pl&#225;stico. En el atestado espacio donde Adkins hab&#237;a encontrado la muerte s&#243;lo hab&#237;a un televisor, un sof&#225; y un aparador. Su cuerpo estaba tendido en el centro.

Yac&#237;a de espaldas, con las piernas muy separadas. Estaba vestida, pero le hab&#237;an arrancado la parte superior del ch&#225;ndal, que le cubr&#237;a el rostro. La prenda le sujetaba las mu&#241;ecas sobre la cabeza, con los codos hacia afuera, y las manos colgaban inertes en tercera posici&#243;n, como una bailarina principiante en su primer recital.

El corte del pecho estaba muy abierto, en carne viva y sangrante, disimulado parcialmente por la oscura pel&#237;cula que rodeaba el cuerpo y que parec&#237;a cubrirlo todo. Un recuadro carmes&#237; se&#241;alaba el lugar donde hab&#237;a estado su seno izquierdo; los bordes formaban unas incisiones superpuestas y los cortes largos y perpendiculares se entrecruzaban y formaban &#225;ngulos de noventa grados en las esquinas. La herida me record&#243; las trepanaciones que hab&#237;a visto en los cr&#225;neos de los antiguos mayas. Pero aquella mutilaci&#243;n no hab&#237;a sido hecho para aliviar el dolor de la v&#237;ctima ni para liberar fantasmas imaginarios de su cuerpo. Si hab&#237;an liberado alg&#250;n esp&#237;ritu all&#237; aprisionado, no era el de ella. Margaret Adkins hab&#237;a sido la trampilla por la que el retorcido y atormentado esp&#237;ritu de un desconocido hab&#237;a tratado de aliviarse.

Le hab&#237;an bajado los pantalones del ch&#225;ndal hasta las separadas rodillas, donde se tensaba la cintura el&#225;stica. La sangre goteaba entre sus piernas y formaba un charco debajo de ella. El cad&#225;ver a&#250;n llevaba zapatillas de deporte y calcetines.

Guard&#233; las fotos en el sobre y se lo devolv&#237; a Charbonneau en silencio.

Es horrible, &#191;verdad? -pregunt&#243;.

Se retir&#243; una mota del labio inferior, la observ&#243; y le dio un papirotazo.

S&#237;.

Ese imb&#233;cil se cree todo un cirujano. Es un aut&#233;ntico navajero -coment&#243; al tiempo que mov&#237;a la cabeza pensativo.

Me dispon&#237;a a responderle, cuando entr&#243; Daniel con las radiograf&#237;as y comenz&#243; a colocarlas en la pantalla luminosa de la pared con sonidos similares a truenos distantes al arquearse en su mano.

Las observamos en secuencia paseando las miradas de izquierda a derecha, desde la cabeza a los pies. Las radiograf&#237;as frontales y laterales del cr&#225;neo mostraban m&#250;ltiples fracturas. Los hombros, brazos y caja tor&#225;cica eran normales. No vimos nada extraordinario hasta que llegamos al abdomen y la pelvis. Lo descubrimos todo de repente.

&#161;Diablos! -exclam&#243; Charbonneau.

&#161;Por Cristo!

Tabemouche!

Una peque&#241;a forma humana aparec&#237;a en las profundidades del abdomen de la v&#237;ctima. La observamos en silencio. S&#243;lo cab&#237;a una explicaci&#243;n: la figura hab&#237;a sido empujada por la vagina hasta introducirla a gran presi&#243;n en las visceras para ocultarla por completo del exterior. Al verla sent&#237; como si un atizador candente me perforase los intestinos. Me llev&#233; la mano al vientre de manera instintiva mientras el coraz&#243;n golpeaba contra mis costillas. Mir&#233; con fijeza la pantalla y advert&#237; que se trataba de una figurilla.

Enmarcada por los anchos huesos p&#233;lvicos la silueta destacaba claramente contra los &#243;rganos en los que hab&#237;a quedado incrustada. La blanca figura, rodeada por los grises intestinos, adelantaba un pie y ten&#237;a las manos extendidas. Parec&#237;a de car&#225;cter religioso y ten&#237;a la cabeza inclinada como una Venus del paleol&#237;tico.

Durante unos momentos todos permanecimos en absoluto silencio.

Las he visto anteriormente -dijo por fin Daniel.

Con brusco movimiento se subi&#243; las gafas sobre el puente de la nariz. Un tic le contra&#237;a el rostro como un juguete de caucho.

Es Nuestra Se&#241;ora de no s&#233; qu&#233;. Ya saben: la virgen Mar&#237;a.

Examinamos aquella forma opaca en la radiograf&#237;a. En cierto modo parec&#237;a agravar el delito haci&#233;ndolo m&#225;s obsceno.

Ese hijo de puta es un enfermo mental -exclam&#243; Charbonneau.

La habitual indiferencia de que alardeaban los detectives de homicidios quedaba superada por la emoci&#243;n del momento.

Me sorprendi&#243; su apasionamiento. No comprend&#237;a exactamente si aquella atrocidad por s&#237; sola hab&#237;a conmovido sus sentimientos o si la naturaleza religiosa del ofensivo objeto contribu&#237;a a su reacci&#243;n. Como la mayor&#237;a de los quebequeses, Charbonneau sin duda habr&#237;a tenido una infancia impregnada del catolicismo tradicional, y el ritmo de su vida cotidiana habr&#237;a estado inextricablemente dominado por los dogmas eclesi&#225;sticos. Aunque muchos nos despojamos de los atributos externos, suele persistir el respeto hacia el s&#237;mbolo. Acaso un hombre se niegue a ponerse un escapulario, pero no lo quemar&#225;. Yo lo comprend&#237;a. Era una ciudad diferente con diferente lenguaje, pero tambi&#233;n yo era miembro de la tribu. Las emociones at&#225;vicas dif&#237;cilmente se extinguen.

Se produjo otro prolongado silencio. Por fin intervino LaManche, que escogi&#243; sus palabras con sumo cuidado. No pude adivinar si &#233;l comprend&#237;a las plenas implicaciones de lo que est&#225;bamos viendo; no estaba segura de ello. Aunque emple&#243; un tono m&#225;s suave del que yo hubiera utilizado, expres&#243; a la perfecci&#243;n mis pensamientos.

Monsieur Charbonneau, creo que usted y su compa&#241;ero deber&#237;an reunirse con la doctora Brennan y conmigo -dijo-. Como supongo que no ignora, este caso, y otros varios, presentan aspectos inquietantes.

Hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras y consultar un calendario mental.

Tendr&#233; los resultados de esta autopsia a &#250;ltimas horas de la noche. Ma&#241;ana es fiesta. &#191;Qu&#233; les parece el lunes por la ma&#241;ana?

El detective lo mir&#243; a &#233;l y luego a m&#237; con aire inexpresivo. No pude discernir si hab&#237;a comprendido las palabras de LaManche o si desconoc&#237;a realmente los restantes casos. Era probable que Claudel hubiera desechado mis comentarios sin compartirlos con su compa&#241;ero. De ser as&#237;, Charbonneau no pod&#237;a admitir su ignorancia.

S&#237;, de acuerdo. Ver&#233; lo que puedo hacer.

LaManche fij&#243; sus melanc&#243;licos ojos en Charbonneau y aguard&#243;.

De acuerdo, de acuerdo: aqu&#237; estaremos. Ahora ser&#225; mejor que salga a la calle y comience a buscar a este hijo de puta. Si aparece Claudel por aqu&#237; d&#237;gale que me reunir&#233; con &#233;l en el cuartel general sobre las ocho.

Estaba desconcertado. Incluso hab&#237;a olvidado dirigirse en franc&#233;s a LaManche. Era evidente que mantendr&#237;a una extensa charla con su compa&#241;ero.

LaManche reanud&#243; la autopsia antes de que la puerta se cerrara tras Charbonneau. El resto era rutinario. El pecho fue abierto con una incisi&#243;n en forma de i griega, y los &#243;rganos, retirados, pesados, cortados y examinados. Se estableci&#243; la posici&#243;n de la estatua y se calcularon y describieron los da&#241;os internos. Daniel, con la ayuda de un escalpelo, cort&#243; la piel de la coronilla, la arranc&#243; hacia adelante, ech&#243; el cuero cabelludo hacia atr&#225;s y retir&#243; un fragmento del casquete craneal con una sierra. Yo retroced&#237; un paso y contuve el aliento mientras el aire se llenaba con el gemido de la sierra y el olor a hueso quemado. El cerebro era de estructura normal. De vez en cuando aparec&#237;an gotas gelatinosas pegadas a su superficie como negras medusas en un globo brillante y gris. Eran los hematomas subdurales de los golpes recibidos en la cabeza.

Sab&#237;a c&#243;mo ser&#237;a esencialmente el informe de LaManche. La v&#237;ctima era una joven saludable sin anomal&#237;as ni indicios de enfermedad a quien, aquel d&#237;a, alguien hab&#237;a golpeado el cr&#225;neo con suficiente fuerza para fractur&#225;rselo y provocar la hemorragia de los vasos cerebrales en el cerebro. Por lo menos cinco veces. Asimismo le hab&#237;an embutido una estatuilla en la vagina, la hab&#237;an destripado parcialmente y le hab&#237;an cercenado un seno.

Un estremecimiento recorri&#243; mi cuerpo al considerar el calvario sufrido por la mujer. Las heridas de la vagina eran vitales: la carne desgarrada hab&#237;a sangrado profusamente. Le hab&#237;an insertado la estatua cuando a&#250;n lat&#237;a su coraz&#243;n, cuando a&#250;n estaba viva.

 expl&#237;quele a Daniel lo que desea, Temperance.

No lo hab&#237;a escuchado. La voz de LaManche me devolvi&#243; al presente. Hab&#237;a concluido y me suger&#237;a que tomara muestras de los huesos. El estern&#243;n y las costillas hab&#237;an sido extra&#237;dos al comenzar la autopsia, por lo que le indiqu&#233; a Daniel que deb&#237;an enviarse arriba para empaparlos y limpiarlos.

Me aproxim&#233; al cad&#225;ver y examin&#233; la cavidad tor&#225;cica. Cierto n&#250;mero de peque&#241;os cortes se extend&#237;an por la parte ventral de la estructura vertebral. Parec&#237;an un reguero de tenues ranuras en la consistente vaina que cubre la espina dorsal.

Necesito las v&#233;rtebras que van de aqu&#237; hasta aqu&#237; y tambi&#233;n las costillas. -Se&#241;al&#233; el segmento donde aparec&#237;an los cortes-. Env&#237;eselos a Denis y d&#237;gale que los empape, que no los hierva, y que vaya con mucho cuidado al retirarlos, que no los toque con ning&#250;n objeto cortante.

Me escuchaba y extend&#237;a las manos enguantadas. Frunci&#243; la nariz y el labio superior mientras trataba de ajustarse las gafas y asinti&#243; sin cesar.

Cuando me hubo escuchado se volvi&#243; hacia LaManche.

&#191;Luego la cierro? -pregunt&#243;.

S&#237;, puede hacerlo -respondi&#243; su interlocutor.

Daniel puso manos a la obra. Retir&#243; los segmentos &#243;seos, devolvi&#243; los &#243;rganos a su sitio y cerr&#243; la secci&#243;n central. Por fin coloc&#243; de nuevo el fragmento de cr&#225;neo, reajust&#243; el rostro y cosi&#243; los bordes cortados del cuero cabelludo. Salvo por la costura en forma de i griega que ten&#237;a en la parte delantera, Margaret Adkins parec&#237;a intacta. Estaba preparada para su funeral.


Regres&#233; a mi despacho decidida a concentrarme mentalmente antes de volver a casa. La quinta planta estaba totalmente desierta. Hice girar mi silla, puse los pies en el alf&#233;izar de la ventana y contempl&#233; mi mundo fluvial. En mi playa, el complejo Mir&#243;n se asemejaba a una creaci&#243;n de Lego, con los exc&#233;ntricos edificios grises conectados por una especie de celos&#237;a horizontal de acero. M&#225;s all&#225; de la f&#225;brica de cemento, un barco se deslizaba con lentitud r&#237;o arriba; sus luces discurr&#237;an apenas visibles tras el gris&#225;ceo velo crepuscular.

El edificio se manten&#237;a en absoluto silencio, pero aquella estremecedora tranquilidad no lograba relajarme. Mis pensamientos eran tan negros como el r&#237;o. Me pregunt&#233; brevemente si habr&#237;a alguien que me mirase a su vez desde la f&#225;brica, alguien asimismo solitario, tambi&#233;n abatido entre el silencio de las horas de inactividad, tan sonoro en un edificio de oficinas vac&#237;o.

&#218;ltimamente me costaba dormirme aunque estaba levantada desde las seis y media de la ma&#241;ana. Deber&#237;a haber estado cansada, pero en lugar de ello me sent&#237;a agitada. Descubr&#237; que jugaba distra&#237;da con la ceja derecha, un tic nervioso que irritaba profundamente a mi marido. A&#241;os de cr&#237;ticas por su parte no hab&#237;an conseguido que abandonara aquella costumbre. La separaci&#243;n ten&#237;a sus ventajas: ahora estaba en libertad de hacerlo hasta que me cansara.

Pete. El &#250;ltimo a&#241;o que estuvimos juntos. El rostro de Katy cuando le hablamos de nuestra ruptura. Pens&#225;bamos que no ser&#237;a muy traum&#225;tico puesto que ella se encontraba en la universidad. &#161;Cuan equivocados est&#225;bamos! Sus l&#225;grimas estuvieron a punto de hacerme cambiar de idea. Margaret Adkins, con las manos retorcidas tras su muerte. Con aquellas manos hab&#237;a pintado sus puertas de azul y hab&#237;a colgado los posters de su hijo. &#191;Se encontrar&#237;a en aquellos momentos por ah&#237; el asesino? &#191;Estar&#237;a disfrutando con su haza&#241;a de aquel d&#237;a? &#191;Se habr&#237;a saciado su avidez de sangre o se habr&#237;an intensificado sus ansias de matar con aquel acto?

El tel&#233;fono son&#243; e interrumpi&#243; el silencio con un estr&#233;pito que me arranc&#243; de las grutas privadas en que me hab&#237;a adentrado. Me sobresalt&#233; de tal modo que di un respingo y volqu&#233; el cubilete de los l&#225;pices. Bol&#237;grafos y rotuladores volaron por los aires.

Aqu&#237; la doctora Bren

&#161;Tempe! &#161;Oh, gracias a Dios! Llamaba a tu apartamento pero, como es natural, no te encontraba. -La risa de la mujer era tensa y estridente-. Se me ocurri&#243; intentar este n&#250;mero por si acaso. No pensaba realmente encontrarte.

Aunque reconoc&#237; la voz ten&#237;a una peculiaridad que no hab&#237;a percibido en otras ocasiones. Sonaba discordante por causa del temor. Se expresaba en un tono elevado, con cadencias vibrantes. Sus palabras se precipitaban en mis o&#237;dos, jadeantes y con apremio, como un susurro proferido con un soplo de respiraci&#243;n. Los m&#250;sculos del est&#243;mago se me contrajeron de nuevo.

&#161;Hace tres semanas que no tengo noticias tuyas, Gabby! &#191;Por qu&#233; no has?

&#161;No pod&#237;a! He estado complicada en algo. &#161;Necesito ayuda, Tempe!

A trav&#233;s de la l&#237;nea lleg&#243; un tenue chirrido y una serie de sonidos mientras se ajustaba el auricular. Como trasfondo distingu&#237; los ecos resonantes de un lugar p&#250;blico, subrayados por el ruido entrecortado de voces sofocadas y sones met&#225;licos. Mentalmente cre&#237; verla en una cabina telef&#243;nica, escudri&#241;ando cuanto la rodeaba, con incansable mirada y difundiendo su terror como una emisora radiof&#243;nica.

&#191;D&#243;nde est&#225;s?

Cog&#237; un bol&#237;grafo de los que hab&#237;an ca&#237;do en mi escritorio y me dispuse a anotar.

Estoy en el restaurante La Belle Province, en la esquina de Sainte Catherine y Saint Laurent. &#161;Ven a buscarme, Temp! &#161;No puedo salir de aqu&#237;!

El tintineo iba en aumento. Gabby estaba cada vez m&#225;s agitada.

He tenido un d&#237;a muy pesado, Gabby. Est&#225;s a pocas manzanas de tu apartamento. &#191;No podr&#237;as?

&#161;Me matar&#225;! &#161;Ya no puedo controlarlo! Cre&#237; que me ser&#237;a posible, pero no es as&#237;. No puedo protegerlo m&#225;s: tengo que protegerme yo. No est&#225; bien, es peligroso. Est&#225; compl&#232;tement fou!

Hab&#237;a ido aumentando el tono de su voz hasta alcanzar la cota de la histeria. De pronto, tras el brusco cambio al idioma franc&#233;s, se interrumpi&#243;. Dej&#233; de girar el bol&#237;grafo y consult&#233; mi reloj: eran las nueve y cuarto. &#161;Mierda!.

De acuerdo. Estar&#233; ah&#237; dentro de un cuarto de hora. Estate atenta. Cruzar&#233; por Sainte Catherine.

El coraz&#243;n me lat&#237;a apresuradamente y me temblaban las manos. Cerr&#233; el despacho y fui corriendo hasta el coche con piernas temblorosas. Sent&#237;a como si me hubiera tomado un exceso de cafe&#237;na.





Cap&#237;tulo 7

Durante el trayecto mis emociones hac&#237;an acrobacias. Hab&#237;a oscurecido, pero la ciudad estaba muy iluminada. Las ventanas de los apartamentos desped&#237;an una suave luz en la parte este del vecindario que rodeaba el edificio de la SQ y de vez en cuando titilaba la luz azulada de un televisor entre la oscuridad nocturna. La gente estaba sentada en terrazas y escaleras, descansaba en sillas al aire libre para celebrar reuniones en la calle. Hablaban y tomaban refrescos, cuando el denso calor de la tarde se hab&#237;a transformado en el renovador fresco del anochecer.

Envidi&#233; su tranquilidad dom&#233;stica. Ansiaba llegar a casa, compartir un bocadillo de at&#250;n con Birdie y dormir. Deseaba que a Gabby no le sucediera nada, pero confiaba en que regresara a su casa en taxi. Tem&#237;a enfrentarme a su histeria aunque me sent&#237;a aliviada al tener noticias de ella; tem&#237;a por su seguridad y me molestaba tener que meterme en el Main. Una mala combinaci&#243;n.

Tom&#233; Rene L&#233;vesque hacia St. Laurent y segu&#237; por la diestra para volver atr&#225;s en Chinatown. El barrio se cerraba a causa de la hora, y los &#250;ltimos tenderos recog&#237;an sus cajas y expositores y los guardaban en el interior de los establecimientos.

El Main se extend&#237;a delante de m&#237; en direcci&#243;n norte desde Chinatown a lo largo del bulevar St. Laurent. El Main es un distrito repleto de tiendecitas, bistros y sencillos caf&#233;s, que cuenta con St. Laurent como principal arteria comercial. A partir de all&#237; irradia en una red de callejuelas estrechas atestadas de casas angostas y de alquiler bajo. Aunque de temperamento franc&#233;s, siempre ha sido un mosaico policultural, una zona en que coexisten las identidades &#233;tnicas e idiom&#225;ticas pero no se confunden, como los distintos olores que flotan de sus m&#250;ltiples comercios y panader&#237;as. Italianos, portugueses, griegos, polacos y chinos se agrupan en diferentes enclaves a lo largo de St. Laurent mientras asciende desde el puerto a la monta&#241;a.

El Main era en otros tiempos la principal estaci&#243;n de transbordo para los inmigrantes, los reci&#233;n llegados atra&#237;dos por alojamientos econ&#243;micos y la consoladora proximidad de sus compatriotas. Se instalaban all&#237; para conocer las costumbres de Canad&#225;; los grupos de inmigrantes se congregaban para soportar mejor su desorientaci&#243;n y para estimular su confianza frente a una cultura extra&#241;a. Algunos aprend&#237;an franc&#233;s e ingl&#233;s, prosperaban y se trasladaban; otros se quedaban, bien porque prefiriesen la seguridad de lo familiar o porque carec&#237;an de habilidad para salir adelante. En la actualidad, a aquel n&#250;cleo de conservadores y perdedores se ha incorporado un conjunto de marginados y depredadores, junto a una legi&#243;n de seres impotentes, rechazados por la sociedad y de quienes se aprovechan de ellos. Los forasteros acuden al Main en busca de muchas cosas: oportunidades al por mayor, cenas econ&#243;micas, drogas, alcohol y sexo. Acuden a comprar, a escandalizarse y a divertirse, pero no se quedan.

Ste. Catherine constituye el l&#237;mite meridional del Main. All&#237; gir&#233; a la derecha y me detuve en la curva donde Gabby y yo hab&#237;amos estado hac&#237;a casi tres semanas. Era m&#225;s temprano y las prostitutas comenzaban a dividirse el terreno. Los chulos a&#250;n no hab&#237;an llegado.

Gabby deb&#237;a de estar vigilando. Cuando mir&#233; por el retrovisor cruzaba corriendo la calle, con la cartera aferrada en el pecho. Aunque el terror no la impulsaba a plena velocidad, era evidente que lo sent&#237;a. Corr&#237;a como los adultos que desde hace tiempo no practican el desencadenado galope de la infancia, con las largas piernas algo inclinadas, la cabeza agachada. El bolso que pend&#237;a del hombro segu&#237;a el ritmo de sus pasos forzados. Rode&#243; el veh&#237;culo, entr&#243; y se sent&#243; con los ojos cerrados y jadeante. Era evidente que se esforzaba por conservar la compostura pues apretaba los pu&#241;os con fuerza en un intento de contener su temblor. Nunca la hab&#237;a visto de aquel modo y me asust&#233;. Gabby siempre se hab&#237;a sentido inclinada al dramatismo mientras se abr&#237;a camino entre perpetuas crisis, tanto reales como imaginarias, pero hasta entonces nada la hab&#237;a alterado hasta tal punto.

Durante unos momentos me mantuve en silencio. Pese a que la noche era c&#225;lida sent&#237; un escalofr&#237;o y mi respiraci&#243;n se volvi&#243; tenue y superficial. En la calle sonaban las bocinas, y una prostituta trataba de engatusar a alguien que pasaba en coche. Su voz resonaba por la noche veraniega como un avi&#243;n de juguete, subiendo y bajando en bucles y espirales.

&#161;V&#225;monos! -Habl&#243; tan quedamente que apenas la o&#237;. D&#233;j&#224; vu.

&#191;Querr&#225;s explicarme que sucede? -le pregunt&#233;.

Ella levant&#243; la mano como si se protegiera de una rega&#241;ina. Apoy&#243; contra su pecho la temblorosa mano. Desde el otro lado del veh&#237;culo percib&#237; su temor; su cuerpo estaba c&#225;lido y difund&#237;a olor a s&#225;ndalo y a transpiraci&#243;n.

Lo har&#233;, lo har&#233;. Aguarda un momento.

&#161;No me manipules, Gabby! -respond&#237; con excesiva dureza.

Lo siento. Salgamos de este infierno -dijo al tiempo que hund&#237;a la cabeza entre las manos.

De acuerdo, seguir&#237;amos su gui&#243;n. Ella deber&#237;a tranquilizarse y cont&#225;rmelo a su modo. Pero tendr&#237;a que darme alguna explicaci&#243;n.

&#191;Te llevo a casa? -le pregunt&#233;.

Gabby asinti&#243; sin descubrirse la cara. Puse el coche en marcha y nos dirigimos a Carr&#233; St. Louis. Llegamos a su edificio sin que dijera palabra. Aunque su respiraci&#243;n se hab&#237;a normalizado, a&#250;n le temblaban las manos. Volv&#237;a a restreg&#225;rselas entre s&#237;, se cog&#237;a la una con la otra, las separaba y las un&#237;a de nuevo en una extra&#241;a danza de p&#225;nico: la coreograf&#237;a del terror.

Aparqu&#233; el coche y par&#233; el motor temerosa del enfrentamiento que iba a producirse. Hab&#237;a aconsejado a Gabby en problemas sanitarios, conflictos paternos, acad&#233;micos, religiosos, de autoestima y amorosos, y siempre me hab&#237;a resultado una tarea agotadora. Invariablemente, en la siguiente ocasi&#243;n que nos ve&#237;amos, ella se mostraba alegre e imperturbable, ya olvidada la cat&#225;strofe. No se trataba de que me mostrara indiferente, pero hab&#237;amos seguido aquella rutina en muchas ocasiones. Record&#233; el embarazo inexistente y el monedero robado que hab&#237;a aparecido bajo los cojines del sof&#225;. No obstante, su intensa reacci&#243;n me trastornaba. Por mucho que ansiara disfrutar de aislamiento no me parec&#237;a que ella pudiera quedarse sola.

&#191;Quieres quedarte en mi casa esta noche?

No respondi&#243;. Al otro lado de la plaza un anciano se colocaba un l&#237;o bajo la cabeza y se instalaba en un banco para dormir.

El silencio se prolong&#243; tanto rato que cre&#237; que no me hab&#237;a o&#237;do. Me volv&#237;, dispuesta a repetir la invitaci&#243;n, y descubr&#237; que miraba con fijeza en mi direcci&#243;n. Los movimientos temblorosos de hac&#237;a unos momentos hab&#237;an sido sustituidos por una absoluta inmovilidad. Ten&#237;a r&#237;gida la columna vertebral e inclinaba el torso hacia adelante sin apenas tocar el respaldo del asiento, con una mano en el regazo y la otra, en apretado pu&#241;o, sobre la boca. Le bizqueaban los ojos y los p&#225;rpados inferiores se le estremec&#237;an ligeramente. Parec&#237;a ponderar algo: consideraba variables y calculaba consecuencias. Su repentino y brusco cambio de talante me desconcert&#243;.

Debes de creerme loca -dijo al cabo.

Parec&#237;a muy tranquila; se expresaba en voz baja y bien modulada.

Estoy confundida.

Me guard&#233; lo que pensaba en realidad.

S&#237;, es un modo amable de expresarlo.

Lo dijo con una risa autodespectiva al tiempo que agitaba levemente la cabeza, sacudiendo los rizos.

Sospecho que estaba muy trastornada -a&#241;adi&#243;.

Aguard&#233; a que prosiguiera. Son&#243; el portazo de un coche. La voz baja y melanc&#243;lica de un saxo llegaba desde el parque. Una ambulancia ulul&#243; a lo lejos. Verano en la ciudad. En la oscuridad sent&#237;, m&#225;s que vi, alterarse y desenfocarse el rostro de Gabby. Era como si ella hubiese emprendido un camino en direcci&#243;n hacia m&#237; y se hubiera desviado en el &#250;ltimo momento. Como un objetivo autom&#225;tico, readapt&#243; sus ojos a un punto que se encontraba m&#225;s all&#225; y pareci&#243; encerrarse de nuevo en s&#237; misma. Volv&#237;a a celebrar otra sesi&#243;n interna, calibraba sus opciones y decid&#237;a la actitud que iba a adoptar.

No me sucede nada -declar&#243; al tiempo que recog&#237;a la cartera y el bolso y aferraba la manecilla de la puerta-. Te agradezco sinceramente que hayas venido.

Se hab&#237;a decidido por la postura evasiva.

Ya fuera por el cansancio o la tensi&#243;n de los &#250;ltimos d&#237;as, perd&#237; el control.

&#161;Aguarda un momento! -estall&#233;-. &#161;Quiero saber qu&#233; sucede! Hace una hora dec&#237;as que alguien quer&#237;a matarte. Has salido corriendo de ese restaurante y has cruzado la calle agitada y jadeante como si te pisara los talones Jack el Destripador. No puedes respirar, las manos a&#250;n te tiemblan como bajo una descarga de alto voltaje &#191;y ahora te propones largarte tranquilamente con un muchas gracias por el viaje, sin m&#225;s explicaciones?

Nunca hab&#237;a estado tan furiosa con ella. Hab&#237;a levantado el tono de voz, respiraba entrecortadamente y sent&#237;a un tenue latido en la sien izquierda.

La intensidad de mi ira la dej&#243; pasmada, con los ojos desorbitados como un gamo sorprendido por la luz de unos faros. Pas&#243; un coche, y en su rostro destellaron sucesivamente luces blancas y rojas, que ampliaron la imagen.

Permaneci&#243; unos instantes inm&#243;vil, r&#237;gida, como bajo los efectos de un cortocircuito catat&#243;nico, mientras su silueta se recortaba contra el cielo.

Luego, como si se hubiera accionado una v&#225;lvula, pareci&#243; liberarse de sus tensiones. Solt&#243; la manecilla, dej&#243; su cartera y se recost&#243; en el asiento. De nuevo se encerraba en s&#237; misma y reconsideraba la cuesti&#243;n. Tal vez decidiera por d&#243;nde comenzar; tal vez exploraba v&#237;as alternativas de escape. Aguard&#233;.

Por fin profiri&#243; un profundo suspiro e irgui&#243; lentamente los hombros. Hab&#237;a decidido la postura que adoptar&#237;a. En cuanto comenz&#243; a hablar comprend&#237; que ya estaba resuelta: me permitir&#237;a conocer algo, pero hasta cierto punto. Escogi&#243; con sumo cuidado sus palabras y emprendi&#243; un sendero protegido entre el lodazal emotivo de su mente. Me apoy&#233; en la puerta y me dispuse a escucharla.

&#218;ltimamente he estado trabajando con gente algo ins&#243;lita.

Pens&#233; que era un modo de restar importancia a la cuesti&#243;n, pero me abstuve de expresarlo.

No, no. Ya s&#233; que esto parece trivial. No me refiero a la gente corriente de la calle: a &#233;sa s&#233; c&#243;mo manejarla. -Escog&#237;a las palabras de manera tortuosa-. Si uno conoce a los actores y aprende las normas y la jerga, se desenvuelve a la perfecci&#243;n, como en cualquier otro lugar. Hay que ajustarse a la etiqueta local y no cabrear a la gente. Es muy sencillo. No hay que entrometerse en el camino de otro ni entorpecer sus manejos ni hablar con la polic&#237;a. Salvo en cuanto al horario, no es dif&#237;cil trabajar all&#237;. Adem&#225;s, ahora las chicas ya me conocen y saben que no soy ninguna amenaza para ellas.

Enmudeci&#243;. No pude adivinar si se me cerraba de nuevo o si hab&#237;a vuelto a refugiarse en su fuero interno para proseguir con su versi&#243;n. Decid&#237; atizar el fuego.

&#191;Te amenaza alguna de ellas?

La &#233;tica siempre hab&#237;a sido muy importante para Gabby, y sospech&#233; que trataba de proteger a alg&#250;n confidente.

&#191;Las chicas? &#161;No, no! Son estupendas. Nunca me han dado problemas. Creo que incluso les agrada mi compa&#241;&#237;a. Puedo ser tan sexy como cualquiera de ellas.

&#161;Magn&#237;fico! Ya sab&#237;amos d&#243;nde no radicaba el problema. Segu&#237; hostig&#225;ndola.

&#191;C&#243;mo evitas que te confundan con las profesionales?

&#161;Oh, no lo intento! Trato de mezclarme en su grupo; de no ser as&#237;, frustrar&#237;a mis prop&#243;sitos. Las chicas saben que yo juego limpio y aceptan la situaci&#243;n.

No pregunt&#233; lo que era evidente.

Si un tipo se pone pesado le digo que no estoy trabajando. La mayor&#237;a se marchan.

Se produjo otra pausa mientras ella, prosiguiendo con su selecci&#243;n introspectiva, consideraba qu&#233; decirme, qu&#233; reservarse y qu&#233; recopilar mentalmente, sin revelarlo, pero teni&#233;ndolo disponible por si el tema se suscitaba. Juguete&#243; con un adorno de su cartera. Un perro ladr&#243; en la plaza. Yo estaba segura de que proteg&#237;a a alguien o que se reservaba algo, pero en esta ocasi&#243;n no la apremi&#233;.

La mayor&#237;a, salvo ese tipo que ha aparecido recientemente -prosigui&#243;.

Nueva pausa.

&#191;De qui&#233;n se trata?

Otra pausa.

No lo s&#233;, pero me pone la carne de gallina. Aunque no es un cliente exactamente, le gusta pasar el rato con las prostitutas. No creo que las chicas le dediquen mucha atenci&#243;n, pero sabe mucho sobre la calle y, como estaba dispuesto a hablar conmigo, lo he entrevistado.

Pausa.

&#218;ltimamente se dedica a seguirme. Al principio no me di cuenta pero luego he comenzado a advertir su presencia en lugares extra&#241;os. Est&#225; en el metro cuando llego a casa de noche, o aqu&#237;, en la plaza. En una ocasi&#243;n lo vi en Concordia, ante el edificio de la biblioteca donde tengo mi despacho. O advierto que me sigue por la acera y marcha en la misma direcci&#243;n que yo. La semana pasada yo estaba en St. Laurent cuando lo distingu&#237;. Como deseaba convencerme de que no era fruto de mi imaginaci&#243;n, lo somet&#237; a prueba. Si yo reduc&#237;a la marcha, &#233;l hac&#237;a lo mismo; si aceleraba, me imitaba. Intent&#233; deshacerme de &#233;l y entr&#233; en una pasteler&#237;a, pero, cuando sal&#237;, se hallaba en la acera de enfrente simulando ver escaparates.

&#191;Est&#225;s segura de que se trata siempre del mismo individuo?

Por completo.

Se produjo un largo y denso silencio. Aguard&#233;.

Eso no es todo.

Se mir&#243; las manos que, de nuevo, ten&#237;a entrelazadas, apretadas con fuerza.

Recientemente ha comenzado a hablar de temas muy extra&#241;os. He intentado evitarlo, pero esta noche se present&#243; en el restaurante. Desde hace poco parece estar provisto de radar. El caso es que abord&#243; el mismo asunto, haci&#233;ndome toda clase de preguntas de mal gusto.

Volvi&#243; a abstraerse en sus pensamientos. Al cabo de un momento se volvi&#243; hacia m&#237; como si de repente hubiera descubierto una respuesta. Se expresaba con cierta sorpresa.

&#161;Son sus ojos, Tempe! &#161;Tiene unos ojos tan extra&#241;os! Son negros y duros, como los de una v&#237;bora, y el blanco est&#225; sonrosado y moteado con puntos sanguinolentos. No s&#233; si est&#225; enfermo o con resaca constante. Nunca he visto unos ojos como los suyos. Inspiran deseos de ponerse a cubierto y ocultarse de su visi&#243;n. &#161;Estoy alucinada, Tempe! Supongo que habr&#233; pensado en nuestra &#250;ltima conversaci&#243;n y en toda esa carnicer&#237;a a la que debes enfrentarte, y mi mente se ha desequilibrado.

No supe qu&#233; decirle. No pod&#237;a leer su rostro en la oscuridad, pero su cuerpo expresaba el lenguaje del terror. Ten&#237;a el torso r&#237;gido y estrechaba los brazos contra su cuerpo apretando la cartera en el pecho como si tratara de protegerse con ella.

&#191;Qu&#233; m&#225;s sabes acerca de ese tipo?

Poca cosa.

&#191;Qu&#233; piensan las chicas de &#233;l?

No le prestan atenci&#243;n.

&#191;Se ha mostrado amenazador alguna vez?

No. Por lo menos de manera directa.

&#191;Ha estado violento o ha perdido el control?

No.

&#191;Toma drogas?

No lo s&#233;.

&#191;Sabes qui&#233;n es o d&#243;nde vive?

No. Hay cosas que, en ese ambiente, no se preguntan. Es una norma impl&#237;cita, una especie de acuerdo t&#225;cito.

De nuevo sigui&#243; un largo silencio mientras ambas ponder&#225;bamos sus palabras. Un ciclista pas&#243; por la acera pedaleando sin apresurarse. Su casco pareci&#243; vibrar, destellar bajo una farola callejera, y luego se perdi&#243; de vista al internarse en la oscuridad. Hab&#237;a atravesado mi campo visual y desaparecido despu&#233;s lentamente entre la noche, como una luci&#233;rnaga que se&#241;alara su paso. Encendido, apagado; encendido, apagado.

Pens&#233; en lo que ella me hab&#237;a dicho y me pregunt&#233; si deb&#237;a sentirme culpable. &#191;Habr&#237;a desencadenado yo sus temores al hablarle de los m&#237;os o se habr&#237;a encontrado realmente con un psic&#243;pata? &#191;Exageraba una serie de coincidencias inofensivas o se hallaba realmente en peligro? &#191;Deb&#237;a yo dejar que las cosas siguieran su curso durante alg&#250;n tiempo o ten&#237;a que hacer algo? &#191;Era conveniente denunciarlo a la polic&#237;a? Me encontraba dando vueltas a mi antiguo y acostumbrado c&#237;rculo.

Permanecimos un rato sentadas escuchando los sonidos del parque y percibiendo el suave perfume de la noche, abstra&#237;da cada una en sus propios pensamientos. El tranquilo intermedio produjo efectos sedantes. Por fin Gabby agit&#243; la cabeza, dej&#243; caer la cartera en su regazo y se recost&#243; en el asiento. Aunque su expresi&#243;n era sombr&#237;a, se advert&#237;a en ella un cambio muy visible. Cuando habl&#243; de nuevo su voz era m&#225;s firme, menos temblorosa.

Comprendo que reacciono de manera exagerada. Tal vez se trate solamente de un bicho raro que desea asustarme y yo le sigo el juego. He permitido que ese elemento me meta el miedo en el cuerpo y me trastorne.

&#191;No te encuentras con muchos bichos raros, c&#243;mo calificas a &#233;se?

S&#237;. La mayor&#237;a de mis confidentes no son precisamente unos dandis -replic&#243; con una breve risita carente de alegr&#237;a.

&#191;Qu&#233; te hace pensar que ese tipo es diferente?

Medit&#243; unos instantes, con la u&#241;a del pulgar entre los dientes.

Resulta dif&#237;cil expresarlo con palabras. Es simplemente una l&#237;nea que divide a los chiflados de los verdaderos depredadores. No es f&#225;cil definirlo, pero una sabe cu&#225;ndo est&#225; en peligro. Tal vez sea un instinto que he adquirido aqu&#237;. Si en este negocio una mujer se siente amenazada por alguien, no va con esa persona. Cada una tiene sus propios desencadenantes, pero todas establecen sus l&#237;mites en cierto punto. Pueden ser los ojos o alguna petici&#243;n extra&#241;a. H&#233;l&#232;ne no ir&#225; con nadie que calce botas de vaquero.

Se tom&#243; otro respiro para ensimismarse en sus pensamientos.

Creo que me dej&#233; llevar por aquella conversaci&#243;n sobre criminales en serie y desviaciones sexuales.

M&#225;s introspecci&#243;n. Trat&#233; de echar una mirada a mi reloj.

Ese tipo tan s&#243;lo trata de perturbarme.

Nueva pausa. Se esforzaba por restar importancia al asunto.

&#161;Vaya asno!

O por d&#225;rsela. Su voz sonaba irritada por momentos.

&#161;Maldita sea, Tempe, no permitir&#233; que ese cabr&#243;n se refocile revolviendo basura y mostr&#225;ndome sus asquerosas fotos! &#161;Le dir&#233; que se vaya al infierno!

Se volvi&#243; y puso su mano sobre la m&#237;a.

Lamento haberte hecho venir hasta aqu&#237;. &#161;Soy una idiota!, &#191;Me perdonas?

La mir&#233; con fijeza y en silencio. De nuevo su giro emocional me hab&#237;a cogido por sorpresa. &#191;C&#243;mo pod&#237;a mostrarse aterrada, anal&#237;tica, irritada y por fin disculparse en tan s&#243;lo media hora? Yo estaba muy cansada y era demasiado tarde para resolver aquel enigma.

Es tarde, Gabby. Ya hablaremos de ello ma&#241;ana. No te preocupes, no me he enfadado: me alegro de que est&#233;s bien. Te ofrec&#237;a sinceramente mi casa. Siempre eres bien recibida.

Se inclin&#243; a abrazarme.

Gracias, pero puedo arreglarme. Te prometo que te llamar&#233;.

La observ&#233; mientras sub&#237;a la escalera con la falda flotando como rodeada de niebla. Al cabo de unos instantes desapareci&#243; por la puerta morada, y el espacio que nos separaba qued&#243; vac&#237;o y tranquilo. Permanec&#237; sentada unos instantes rodeada por la oscuridad y el tenue perfume a s&#225;ndalo. Aunque nada se mov&#237;a sent&#237; un moment&#225;neo escalofr&#237;o que, al igual que su sombra, fluctu&#243; unos instantes y desapareci&#243;.

Durante el camino de regreso mi mente funcion&#243; a velocidad vertiginosa. &#191;Constru&#237;a Gabby otro melodrama o se hallaba realmente en peligro? &#191;Se hab&#237;a reservado alguna confidencia? &#191;Ser&#237;a aquel hombre realmente peligroso? &#191;Habr&#237;a germinado en ella la simiente de paranoia sembrada por mi charla sobre los asesinatos? &#191;Deber&#237;a yo informar a la polic&#237;a? No quise dejarme dominar por la preocupaci&#243;n de la seguridad de Gabby. Al llegar a casa recurr&#237; a un ritual de mi infancia que funciona a la perfecci&#243;n cuando estoy tensa o muy nerviosa: llen&#233; la ba&#241;era de agua caliente y ech&#233; sales de hierbas. Puse en marcha un compactdisc de Leonard Cohen a pleno volumen y, mientras me sumerg&#237;a en las aguas, &#233;l cant&#243; para m&#237; acerca del futuro. Los vecinos tendr&#237;an que resistir. Despu&#233;s del ba&#241;o, intent&#233; comunicarme con Katy, mas de nuevo me encontr&#233; con su contestador autom&#225;tico. Luego compart&#237; leche y galletas con Birdie, que prefiri&#243; la leche, dej&#233; los platos en el mostrador de la cocina y me met&#237; en la cama.

Mi ansiedad no se hab&#237;a disipado por completo, y el sue&#241;o no acud&#237;a con facilidad. Yac&#237; alg&#250;n tiempo observando las sombras del techo y luchando contra el impulso de llamar a Pete. Me odiaba a m&#237; misma por necesitarlo en tales ocasiones, por ansiar su fortaleza siempre que me sent&#237;a trastornada. Era un ritual que me hab&#237;a jurado romper.

Por fin me invadi&#243; el sue&#241;o como un remolino, y en mi conciencia se confundieron pensamientos de Pete, de Katy, de Gabby y de los cr&#237;menes. Fue algo saludable que me permiti&#243; resistir la siguiente jornada.





Cap&#237;tulo 8

Dorm&#237; profundamente hasta las nueve y cuarto de la ma&#241;ana siguiente. No suelo remolonear tanto, pero era 24 de junio, viernes, d&#237;a de san Juan Bautista, la fiesta nacional de Quebec, y me dej&#233; arrastrar por mi languidez habitual en tales jornadas. Puesto que tal festividad es la principal de la provincia, casi todo est&#225; cerrado. Aquella ma&#241;ana no me encontrar&#237;a la Gazette en la puerta, por lo que prepar&#233; caf&#233; y fui a la esquina en busca de otro peri&#243;dico.

El d&#237;a era vivo y luminoso y el mundo se exhib&#237;a bajo un prisma activo. Los objetos y sus sombras destacaban con todos sus detalles; los colores de ladrillos, metales, maderas, pinturas, hierbas y flores proclamaban su vivacidad en sus diferentes situaciones del espectro. El cielo aparec&#237;a deslumbrante y sin la menor sombra de nubes y me recordaba los azules huevos de los petirrojos en las estampas de mi infancia, con la misma tonalidad escandalosa. Estaba segura de que san Juan lo habr&#237;a aprobado.

El aire de la ma&#241;ana era c&#225;lido y suave, en perfecta armon&#237;a con el aroma de las petunias que llenaban las macetas de las ventanas. La temperatura hab&#237;a ascendido de manera gradual pero persistente durante la semana pasada, y el nivel de cada d&#237;a hab&#237;a superado a su predecesor. La previsi&#243;n para la jornada era de treinta y dos grados Celsius que convert&#237; r&#225;pidamente en ochenta y nueve Fahrenheit. Puesto que Montreal se levanta sobre una isla, el foso circundante del San Lorenzo le asegura una constante humedad. &#161;Magn&#237;fico! Ser&#237;a como en Carolina: un d&#237;a c&#225;lido y h&#250;medo. Como me he criado en el sur, lo adoro.

Compr&#233; Le Journal de Montreal. El peri&#243;dico n&#250;mero uno en franc&#233;s de Am&#233;rica no era tan engorroso cuando se refer&#237;a a la jornada festiva como el Gazette, de lengua inglesa. Cuando me hallaba a mitad de manzana de regreso a mi apartamento ech&#233; un vistazo a la primera plana. El titular estaba escrito en caracteres de ocho cent&#237;metros de color celeste: BONNE F&#202;TE QUEBEC!

Pens&#233; en el desfile y en los conciertos que se celebrar&#237;an en el parque Maisonneuve, en el sudor y la cerveza que correr&#237;an y en la escisi&#243;n pol&#237;tica que divid&#237;a a la poblaci&#243;n de Quebec. Ante las elecciones que se celebrar&#237;an el pr&#243;ximo oto&#241;o, las pasiones se hab&#237;an desatado y los que propugnaban la separaci&#243;n confiaban fervientemente en que aqu&#233;l ser&#237;a su a&#241;o. Camisetas y pancartas anunciaban: L'an prochain mon pays! &#161;El a&#241;o siguiente mi patria! Esperaba que aquella fecha no se viese deslucida por la violencia.

Al llegar a casa me serv&#237; un caf&#233;, prepar&#233; un cuenco de cereales y extend&#237; el peri&#243;dico sobre la mesa de la cocina. Soy una adicta a las noticias. Aunque puedo pasarme varios d&#237;as sin un peri&#243;dico y me conformo con una serie regular de dosis televisivas a las once, en breve tengo que contar con la palabra escrita. Cuando viajo, localizo en primer lugar la CNN antes de deshacer el equipaje. Lo hago as&#237; durante los ajetreados d&#237;as laborables, distra&#237;da por las demandas de la ense&#241;anza o profesionales, aliviada por las voces familiares de los programas familiares, sabiendo que me pondr&#233; al d&#237;a al llegar el fin de semana.

No puedo beber, aborrezco el humo de los cigarrillos y pasaba un a&#241;o escaso de sexo, por lo que las ma&#241;anas de los s&#225;bados me enfrascaba en org&#237;as period&#237;sticas, concedi&#233;ndome largas horas para devorar las menores minucias. No se trata de que aparezcan novedades en las noticias: no es as&#237; y lo s&#233;. Es como las bolas en una tolva de bingo. Los mismos acontecimientos suelen aparecer una y otra vez. Terremotos, golpes de estado, guerras comerciales, toma de rehenes. Mi impulso irrefrenable consiste en saber qu&#233; bolas han subido en determinada fecha.

Le Journal se presenta en un formato de historias breves y abundantes fotos. Aunque no fuese como The Christian Science Monitor, me conformaba con &#233;l. Birdie conoc&#237;a la rutina y se retrepaba en la silla contigua. Nunca he sabido si porque lo atrae mi compa&#241;&#237;a o porque espera los restos de cereales. Arqueaba la espalda, se instalaba con sus cuatro patas pulcramente recogidas y fijaba sus redondos ojos en m&#237; como si buscara respuesta a alg&#250;n profundo misterio felino. Mientras le&#237;a, sent&#237;a sus ojos fijos en la mejilla.

Pas&#233; a la p&#225;gina dos, entre un art&#237;culo sobre el caso de un sacerdote estrangulado y la cobertura informativa de la Copa Mundial de F&#250;tbol.


Se descubre un cad&#225;ver mutilado


Ayer por la tarde, en su domicilio de la parte este de la ciudad, apareci&#243; el cad&#225;ver de una mujer de veinticuatro a&#241;os brutalmente desfigurado. La v&#237;ctima, identificada como Margaret Adkins, era ama de casa y madre de un ni&#241;o de seis a&#241;os. Se sabe que la se&#241;ora Adkins estaba con vida a las diez de la ma&#241;ana, en que habl&#243; por tel&#233;fono con su marido. A mediod&#237;a su hermana descubri&#243; el cad&#225;ver, brutalmente golpeado y mutilado.

Seg&#250;n la polic&#237;a del CUM no aparec&#237;an indicios de haberse forzado la entrada, y todav&#237;a se desconoce c&#243;mo consigui&#243; el atacante acceder a la casa. El doctor Pierre LaManche realiz&#243; la autopsia en el Laboratorio de Medicina Legal y la doctora Temperanee Brennan, antrop&#243;loga forense norteamericana y experta en traumas del esqueleto, examina los huesos de la v&#237;ctima para detectar posibles huellas de arma blanca


La historia se prolongaba con un mosaico de especulaciones acerca de las &#250;ltimas idas y venidas de la v&#237;ctima, una sinopsis de su vida, una desgarradora descripci&#243;n de las reacciones familiares y la promesa de que la polic&#237;a se esforzaba todo lo posible por capturar al asesino.

El art&#237;culo estaba ilustrado por varias fotos que reflejaban el siniestro drama y su despliegue de personajes. En distintas tonalidades gris&#225;ceas aparec&#237;a el apartamento y su escalera, la polic&#237;a, los encargados del dep&#243;sito empujando la camilla con la bolsa precintada que conten&#237;a el cad&#225;ver. Un grupo de vecinos se alineaban en la acera, contenidos por la cinta que los aislaba del escenario del crimen, y su curiosidad hab&#237;a quedado est&#225;ticamente plasmada en las im&#225;genes en blanco y negro. Entre las figuras del reportaje reconoc&#237; a Claudel con el brazo derecho levantado como el director de una banda musical de instituto. Un recuadro circular ofrec&#237;a un primer plano de Margaret Adkins, en una visi&#243;n borrosa aunque m&#225;s afortunada que el rostro que yo hab&#237;a visto en la mesa de autopsias.

Una segunda fotograf&#237;a mostraba a una mujer mayor con cabellos te&#241;idos de rubio y rizados y un peque&#241;o con pantalones cortos y una camiseta de la Expo. Un hombre con barba y gafas de montura met&#225;lica pasaba los brazos por los hombros de ambos con aire protector. Los tres exhib&#237;an una expresi&#243;n de asombro y dolor desde el papel, caracter&#237;stica de quienes acaban de sufrir las consecuencias de un crimen violento y con la que yo hab&#237;a llegado a sentirme demasiado familiarizada. El pie de foto los identificaba como la madre, el hijo y el esposo de la v&#237;ctima.

Ante mi consternaci&#243;n, a continuaci&#243;n aparec&#237;a yo en una foto tomada en 1992 en una exhumaci&#243;n que se conservaba en archivo y que sol&#237;a utilizarse. Como de costumbre, me identificaban como una antrop&#243;loga norteamericana.

&#161;Maldici&#243;n!

Birdie agit&#243; el rabo y me mir&#243; con aire reprobatorio. No me importaba. Mis prop&#243;sitos de alejar de mi mente los asesinatos durante todo el fin de semana festivo hab&#237;an sido ef&#237;meros. Tendr&#237;a que haber imaginado que la noticia aparecer&#237;a en el peri&#243;dico aquel d&#237;a. Apur&#233; los restos fr&#237;os de mi caf&#233; y marqu&#233; el n&#250;mero de Gabby sin recibir respuesta. Aunque pod&#237;an caber mil explicaciones, tambi&#233;n aquello me irrit&#243;.

Fui a mi habitaci&#243;n a vestirme para el Tai Chi. Las clases sol&#237;an tener lugar los martes por la noche, pero, puesto que nadie trabajaba, hab&#237;amos decidido por unanimidad celebrar una sesi&#243;n especial. Yo no estaba muy decidida a asistir, pero el art&#237;culo y la llamada telef&#243;nica sin respuesta me hab&#237;an resuelto a ello. Pensaba que por lo menos durante una o dos horas se aclarar&#237;a mi mente.


De nuevo comprob&#233; que me hab&#237;a equivocado. Noventa minutos de acariciar el p&#225;jaro, agitar las manos como nubes y buscar una aguja en el fondo del mar no contribuyeron en absoluto a hacerme sentir de vacaciones. Me hallaba tan distra&#237;da que realic&#233; de modo desincronizado todos los ejercicios f&#237;sicos y regres&#233; a casa m&#225;s irritada que antes.

Ya en el coche encend&#237; la radio decidida a apacentar mis pensamientos como un pastor cuida de su ganado, fomentando los fr&#237;volos y desechando los macabros. A&#250;n estaba decidida a salvar el fin de semana.


 fue asesinada hacia el mediod&#237;a de ayer. La se&#241;ora Adkins estaba citada con su hermana, mas no se present&#243;. El cad&#225;ver fue descubierto en el 6327 de Desjardins. No han aparecido pruebas de allanamiento de morada, y la polic&#237;a sospecha que acaso la v&#237;ctima conociera a su agresor.


Aunque pod&#237;a cambiar de emisora, dej&#233; que aquella voz se infiltrara en mi mente y bullera en mi quemador interno haciendo emerger mis frustraciones y destruyendo cualquier posibilidad de un fin de semana dedicado al ocio.


 a&#250;n no se han dado a conocer los resultados de la autopsia. La polic&#237;a registra la parte este de Montreal e interroga a todos cuantos conoc&#237;an a la v&#237;ctima. Este incidente se convierte en el vigesimosexto homicidio registrado este a&#241;o en el CUM. La polic&#237;a ruega a cualquiera que posea informaci&#243;n relacionada con este caso que se ponga en contacto con la patrulla de homicidios, tel&#233;fono cinco cinco cinco veinte cincuenta y dos.


Sin haber tomado una decisi&#243;n consciente, gir&#233; en redondo y me dirig&#237; hacia el laboratorio. Veinte minutos despu&#233;s llegaba all&#237;, decidida a conseguir algo aunque sin saber qu&#233;.

El edificio de la SQ estaba silencioso. El habitual estr&#233;pito se hab&#237;a acallado ante la deserci&#243;n general: s&#243;lo quedaban algunos infelices. Los guardianes del vest&#237;bulo me miraron recelosos, pero en silencio. Tal vez se debiera a la cola de caballo, a los leotardos o quiz&#225; al malhumor general reinante por verse obligados a trabajar en jornada festiva. No me importaba.

Los sectores del LML y el LSJ estaban completamente desiertos. Los laboratorios y despachos vac&#237;os parec&#237;an hallarse en reposo y prepararse para despu&#233;s de aquel c&#225;lido y largo fin de semana. Mi despacho estaba como lo hab&#237;a dejado, con los bol&#237;grafos y rotuladores a&#250;n desperdigados sobre la mesa. Mientras los recog&#237;a, mir&#233; alrededor de m&#237;, hacia los informes inconclusos, las diapositivas no clasificadas y el proyecto que ten&#237;a en marcha sobre las suturas de los maxilares. Las huecas &#243;rbitas de los cr&#225;neos utilizados como referencia me contemplaban desde el vac&#237;o.

A&#250;n no estaba segura de por qu&#233; me encontraba all&#237; ni de lo que me propon&#237;a hacer. Me sent&#237;a tensa y baja de tono. De nuevo record&#233; a la doctora Lentz. Ella hab&#237;a conseguido que yo reconociera mi alcoholismo y que me enfrentase al creciente alejamiento de Pete, pero sus palabras hab&#237;an arrancado despiadadamente las costras que cubr&#237;an mis emociones.

&#191;Por qu&#233; tiene que controlar siempre la situaci&#243;n, Tempe? -me dec&#237;a-. &#191;No puede confiar en nadie?

Tal vez tuviera raz&#243;n. Quiz&#225; yo s&#243;lo tratara de evadirme de la culpabilidad que me atormentaba cuando no pod&#237;a resolver un problema. Acaso &#250;nicamente tratara de eludir la inactividad y la sensaci&#243;n de incapacidad que la acompa&#241;aba. Me dije que la investigaci&#243;n del crimen no era en realidad responsabilidad m&#237;a, que tal misi&#243;n incumb&#237;a a los detectives de homicidios y que mi trabajo consist&#237;a en ayudarlos facilit&#225;ndoles un absoluto y fidedigno apoyo t&#233;cnico. Me autoincrep&#233; por encontrarme all&#237; simplemente ante la falta de opciones. Aquello no funcionaba.

Cuando hab&#237;a recogido los bol&#237;grafos y rotuladores por completo y reconoc&#237;a la l&#243;gica de mis propios argumentos, a&#250;n no pod&#237;a evitar la sensaci&#243;n de que necesitaba hacer algo. Aquel sentimiento me corro&#237;a como un conejo devora una zanahoria. No pod&#237;a liberarme de la insistente impresi&#243;n de que, en aquellos casos, se me escapaba alg&#250;n elemento &#237;nfimo aunque de suma importancia, de un modo que a&#250;n no comprend&#237;a. Necesitaba hacer algo.

Saqu&#233; un expediente del archivador donde conservaba los informes de los casos antiguos y otro del mont&#243;n de los que estaban en marcha y los deposit&#233; junto al de Adkins. Tres expedientes amarillos. Tres mujeres arrebatadas de su c&#237;rculo y asesinadas con la malignidad de un psic&#243;pata. Trottier, Gagnon, Adkins. Las v&#237;ctimas viv&#237;an muy distantes entre s&#237; y contaban con diferentes entornos, edades y caracter&#237;sticas f&#237;sicas. Sin embargo, no pod&#237;a liberarme del convencimiento de que la desaparici&#243;n de todas ellas era obra de un mismo asesino. Claudel tan s&#243;lo era capaz de percibir las diferencias; necesitaba descubrir un v&#237;nculo para convencerlo de lo contrario.

Arranqu&#233; una hoja de papel reglado y elabor&#233; un tosco gr&#225;fico encabezando las columnas con las categor&#237;as que consideraba m&#225;s importantes: edad, raza, color y longitud de cabellos, color de ojos, altura, peso, ropas que vest&#237;an la &#250;ltima vez que fueron vistas, estado civil, idioma, grupo &#233;tnico/religi&#243;n, lugar/tipo residencia, lugar/tipo de empleo, causa, fecha y hora de la muerte, tratamiento posm&#243;rtem del cad&#225;ver y su localizaci&#243;n.

Comenc&#233; con Chantale Trottier, pero comprend&#237; r&#225;pidamente que mis archivos no contendr&#237;an toda la informaci&#243;n que precisaba. Deseaba examinar todos los informes policiales y las fotos de los escenarios del crimen. Consult&#233; mi reloj: eran las dos menos cuarto de la tarde. Puesto que el caso de Trottier hab&#237;a sido asignado a la SQ decid&#237; bajar a la primera planta. Dudaba que hubiera mucha actividad en la sala de la brigada de homicidios, por lo que ser&#237;a una ocasi&#243;n oportuna para solicitar lo que deseaba.

No me equivocaba. La enorme sala estaba casi vac&#237;a, y sus hileras de escritorios de metal gris reglamentario se hallaban desocupados en su mayor&#237;a. Tres hombres se agrupaban en el otro extremo de la estancia. Dos de ellos ocupaban mesas pr&#243;ximas, uno frente a otro, entre montones de expedientes de archivo y bandejas rebosantes de documentaci&#243;n.

Un hombre alto y desgarbado, con las mejillas hundidas y cabellos de color ceniciento, estaba sentado con la silla inclinada hacia atr&#225;s, los pies sobre la mesa y los tobillos cruzados. Se llamaba Andrew Ryan. Hablaba el seco y duro franc&#233;s de los angl&#243;fonos y acuchillaba el aire con un bol&#237;grafo. Su chaqueta pend&#237;a del respaldo de la silla, y las mangas se agitaban al ritmo con que mov&#237;a el bol&#237;grafo. La escena me record&#243; a un bombero en el parque de servicio, relajado pero dispuesto a entrar en acci&#243;n en cualquier momento.

El compa&#241;ero de Ryan lo observaba desde su escritorio con la cabeza ladeada, como un canario que examinara un rostro fuera de su jaula. Era de escasa estatura y musculoso, aunque su cuerpo comenzaba a asumir los contornos propios de la mediana edad. Presentaba un perfecto bronceado artificial, sus espesos y negros cabellos ten&#237;an un corte moderno y se ve&#237;a muy atildado. Parec&#237;a un futuro actor en unas pruebas de promoci&#243;n. Pens&#233; que incluso se hab&#237;a atusado el bigote de modo profesional. En una placa de madera que estaba sobre su escritorio se le&#237;a su nombre: Jean Bertrand.

El tercero, sentado en el borde de la mesa de Bertrand, segu&#237;a las bromas y examinaba las borlas de sus mocasines italianos. Al verlo, el alma se me cay&#243; a los pies con el vertiginoso descenso de un ascensor.

Tras la conclusi&#243;n de un chiste obsceno los hombres rieron simult&#225;neamente, con las roncas carcajadas con que parecen disfrutar de las chanzas a costa de las mujeres. Claudel consult&#243; su reloj.

Te vuelves paranoica, Brennan -me dije-. Haz un esfuerzo por controlarte. Me aclar&#233; la garganta y me abr&#237; camino por el laberinto de mesas. El tr&#237;o guard&#243; silencio y se volvi&#243; a mirarme. Al reconocerme, los detectives del SQ sonrieron y se levantaron. Claudel permaneci&#243; impasible, sin esforzarse en absoluto por disimular su desaprobaci&#243;n. Dobl&#243; y baj&#243; los pies y sigui&#243; observando sus borlas, interrumpi&#233;ndose tan s&#243;lo para consultar su reloj.

&#191;C&#243;mo est&#225;, doctora Brennan? -me salud&#243; Ryan en ingl&#233;s y tendi&#233;ndome la mano-. &#191;Hace tiempo que no regresa a su pa&#237;s?

Bastantes meses.

El hombre me estrech&#243; la mano con fuerza.

Pensaba preguntarle si se lleva all&#237; un AK-47.

No, las conservamos preferentemente para uso dom&#233;stico, ya montadas.

Estaba acostumbrada a sus bromas sobre violencia americana.

&#191;Y tienen lavabos dentro de las casas? -me pregunt&#243; Bertrand.

Sol&#237;a centrar en el sur el t&#243;pico de sus conversaciones.

En algunos hoteles importantes, s&#237; -respond&#237;.

De los tres, s&#243;lo Ryan parec&#237;a sentirse violento.

Andrew Ryan hab&#237;a sido un candidato ins&#243;lito para la brigada de homicidios de la SQ. Nacido en Nova Scotia, era hijo &#250;nico de padres irlandeses, ambos m&#233;dicos, que hab&#237;an ejercido en Londres y llegaron a Canad&#225; hablando &#250;nicamente ingl&#233;s. Esperaban que su hijo siguiera su misma profesi&#243;n e, irritados por las restricciones que les impon&#237;a su monoling&#252;ismo, decidieron asegurarse de que dominara el franc&#233;s.

Durante su pen&#250;ltimo a&#241;o en el instituto St. Francis Xavier, la situaci&#243;n comenz&#243; a empeorar. Seducido por la vida peligrosa, Ryan entr&#243; en dificultades con el alcohol y las drogas. Por &#250;ltimo pasaba poco tiempo en el campus y frecuentaba los siniestros antros de maleantes y drogadictos. Acab&#243; siendo conocido por la polic&#237;a local pues sus borracheras sol&#237;an conducirlo al suelo de una celda, con la apoteosis de sus v&#243;mitos. Una noche tuvo que ser internado en el hospital St. Martha's, con la arteria car&#243;tida casi seccionada por la navaja de un camello.

Como un cristiano renacido, su conversi&#243;n fue r&#225;pida y total. Atra&#237;do a&#250;n por los bajos fondos, se limit&#243; a cambiar de bando. Estudi&#243; criminolog&#237;a y solicit&#243; y obtuvo un empleo en la SQ, donde alcanz&#243; el cargo de teniente.

Su experiencia callejera le fue muy &#250;til. Aunque sol&#237;a mostrarse cort&#233;s y se expresaba con amabilidad, ten&#237;a fama de tipo pele&#243;n, capaz de enfrentarse a los degenerados en su propio terreno y de utilizar todos sus trucos. Yo nunca hab&#237;a trabajado con &#233;l: toda aquella informaci&#243;n me hab&#237;a llegado a trav&#233;s de las habladur&#237;as de la brigada. Jam&#225;s hab&#237;a o&#237;do un comentario negativo sobre Andrew Ryan.

&#191;Qu&#233; hace hoy aqu&#237;? -se asombr&#243;. Se&#241;al&#243; con un adem&#225;n hacia la ventana-. Deber&#237;a estar por ah&#237; y disfrutar de la fiesta.

Distingu&#237; la cicatriz de su cuello, que se extend&#237;a hasta casi la nuca como una serpiente sinuosa.

Supongo que mi vida social es p&#233;sima. Y no s&#233; qu&#233; hacer cuando los comercios est&#225;n cerrados.

Mientras lo dec&#237;a apartaba el flequillo de mi frente. Record&#233; las ropas de gimnasia que vest&#237;a y me sent&#237; algo intimidada ante su impecable atav&#237;o. Los tres parec&#237;an figurines de una revista masculina de moda.

Bertrand rode&#243; su escritorio y se acerc&#243; sonriente a saludarme con la mano tendida, que yo estrech&#233;. Claudel segu&#237;a sin mirarme. Me hac&#237;a menos falta que una alergia.

Pensaba si podr&#237;a echar una mirada a un expediente del a&#241;o pasado. De una tal Chantale Trottier que fue asesinada en octubre del 93. El cad&#225;ver se encontr&#243; en Saint Jerome.

Bertrand chasc&#243; los dedos y me se&#241;al&#243;.

S&#237;, lo recuerdo: la chica del vertedero. A&#250;n no hemos dado con el canalla que lo hizo.

Observ&#233; de reojo la mirada que Claudel dirig&#237;a a Ryan. Aunque el movimiento fue casi imperceptible, provoc&#243; mi curiosidad. Dudaba que &#233;l se encontrara all&#237; de visita: estaba segura de que estaban hablando del crimen descubierto el d&#237;a anterior. Me pregunt&#233; si comentar&#237;an el caso de Trottier o el de Gagnon.

Desde luego -repuso Ryan sonriente pero impasible-. Lo que quiera. &#191;Cree que se nos pas&#243; algo por alto?

Sac&#243; un paquete de cigarrillos y cogi&#243; uno que se puso en la boca. A continuaci&#243;n me ofreci&#243; otro, que rechac&#233; con un movimiento de cabeza.

No, no, nada de eso -contest&#233;-. Trabajo en un par de casos que me han recordado el de Trottier. No estoy muy segura de lo que trato de encontrar, pero me gustar&#237;a volver a ver las fotos del escenario de los hechos y tal vez el informe del incidente.

S&#237;, ya he tenido esa sensaci&#243;n -coment&#243; al tiempo que echaba una bocanada de humo por la comisura de la boca.

Si sab&#237;a que todos mis casos compet&#237;an asimismo a Claudel, no dio muestras de ello.

A veces uno siente que debe seguir una corazonada. &#191;Qu&#233; piensa que va a encontrar?

Cree que por ah&#237; anda un psic&#243;pata responsable de todos los cr&#237;menes cometidos desde Jack el Destripador -intervino Claudel. Se expresaba con aire indiferente, y advert&#237; que volv&#237;a a examinar las borlas de sus zapatos. Apenas hab&#237;a movido los labios al hablar. Me parec&#237;a que no trataba de disimular su desd&#233;n. Le di la espalda e hice caso omiso de su presencia.

&#161;Vamos, Luc! -dijo Ryan sonriente-. &#161;Tranquilo, nunca est&#225; de m&#225;s echar otra mirada! Tampoco hemos fijado ning&#250;n l&#237;mite de tiempo para cazar a ese gusano.

Claudel dio un resoplido, movi&#243; la cabeza despectivo y consult&#243; de nuevo su reloj.

&#191;Qu&#233; ha descubierto? -prosigui&#243; dirigi&#233;ndose a m&#237;.

La puerta se abri&#243; bruscamente sin darme tiempo a responder, y Michel Charbonneau irrumpi&#243; por el extremo de la sala. Corr&#237;a hacia nosotros sorteando las mesas y agitaba un papel en la mano.

&#161;Lo tenemos! -exclam&#243;-. &#161;Tenemos a ese hijo de perra!

Estaba jadeante y acalorado.

Poco a poco -dijo Claudel-. Veamos de qu&#233; se trata.

Se dirig&#237;a a Charbonneau igual que a un chico de recados, como si su impaciencia no mereciera el menor simulacro de cortes&#237;a.

Charbonneau le tendi&#243; el documento a Claudel con el entrecejo fruncido. Los tres hombres se agruparon e inclinaron las cabezas como un equipo que consultara un libro de instrucciones. Charbonneau segu&#237;a hablando.

El imb&#233;cil utiliz&#243; la tarjeta bancaria de la v&#237;ctima una hora despu&#233;s de hab&#233;rsela cargado. Al parecer a&#250;n no se hab&#237;a divertido bastante, de modo que fue al cajero autom&#225;tico del d&#233;panneur de la esquina a sacar unos billetes. S&#243;lo que en aquel lugar no sueltan la pasta as&#237; como as&#237; y tienen una videoc&#225;mara enfocada hacia la m&#225;quina dispensadora: identificaci&#243;n film&#243; la transacci&#243;n y voil&#225;, aqu&#237; est&#225; la instant&#225;nea de la Kodak.

Y se&#241;al&#243; la fotocopia.

Una belleza, &#191;verdad? La he llevado all&#237; esta ma&#241;ana y, aunque el empleado nocturno reconoci&#243; el rostro, desconoc&#237;a el nombre del tipo. Sugiri&#243; que habl&#225;semos con el compa&#241;ero que lo sustituye a las nueve. Al parecer se trata de un asiduo.

&#161;Mierda! -exclam&#243; Bertrand.

Ryan miraba la foto en silencio, inclinado sobre su compa&#241;ero m&#225;s bajito.

De modo que &#233;ste es el hijo de puta -dijo Claudel examinando la imagen que ten&#237;a en la mano-. Vamos por &#233;l.

Me gustar&#237;a acompa&#241;arlos.

Hab&#237;an olvidado mi presencia. Los cuatro se volvieron hacia m&#237;, entre divertidos y curiosos acerca de lo que ocurrir&#237;a a continuaci&#243;n.

C'est impossible -replic&#243; Claudel, el &#250;nico que a&#250;n se expresaba en franc&#233;s.

Apret&#243; las mand&#237;bulas y se qued&#243; tenso, con expresi&#243;n poco amable.

Est&#225;bamos enfrentados.

Sargento Claudel -comenc&#233; asimismo en franc&#233;s y escogiendo con sumo cuidado mis palabras-, creo advertir significantes similitudes en varias v&#237;ctimas de homicidios cuyos cad&#225;veres he examinado. De ser as&#237;, acaso un individuo, un psic&#243;pata como usted dice, se esconde tras todas estas muertes. Puedo tener raz&#243;n o estar equivocada. &#191;Desea realmente asumir la responsabilidad de desde&#241;ar tal posibilidad y arriesgar las vidas de otras v&#237;ctimas inocentes?

Me mostraba cort&#233;s pero inflexible. Tampoco yo pretend&#237;a ser afable.

&#161;Diablos, Luc, d&#233;jala venir! -exclam&#243; Charbonneau-. S&#243;lo vamos a hacer algunas entrevistas.

&#161;Vamos, este tipo caer&#225; en nuestras manos aunque no permitas su intervenci&#243;n! -a&#241;adi&#243; Ryan.

Claudel no respondi&#243;. Sac&#243; sus llaves, se meti&#243; la foto en el bolsillo y pas&#243; por mi lado camino de la puerta.

&#161;Vayamos al baile! -dijo Charbonneau.

Tuve la impresi&#243;n de que se me presentaba otra jornada de horas extras.





Cap&#237;tulo 9

Llegar a nuestro destino no fue f&#225;cil. Mientras Charbonneau se abr&#237;a camino dificultosamente por De Maisonneuve yo, sentada en la parte posterior del veh&#237;culo, miraba por la ventanilla y trataba de no prestar atenci&#243;n a los sonidos est&#225;ticos que surg&#237;an de la radio. La tarde era sofocante. A medida que avanz&#225;bamos ve&#237;a surgir el calor del pavimento en ondulantes oleadas.

Montreal se ornamentaba con fervor patri&#243;tico. La flor de lis surg&#237;a por doquier: pendiente de ventanas y balcones, estampada en camisetas, sombreros y pantalones cortos, pintada en los rostros y agitada en banderas y pancartas. Desde el centro de la ciudad hacia el este del Main, sudorosos juerguistas atestaban las calles y atascaban el tr&#225;fico como la placa en las arterias. Miles de personas pululaban por doquier, iban y ven&#237;an en oleadas blanquiazules en las que los punks se mezclaban con madres de familia que empujaban sillitas de ni&#241;os. Aunque al parecer sin orientaci&#243;n, se desplazaban por lo general hacia el norte, hacia Sherbrooke y el desfile. Los manifestantes y las carrozas hab&#237;an salido de St. Urbain a las dos de la tarde y hab&#237;an marchado hacia el este, a lo largo de Sherbrooke. En aquellos momentos se encontraban delante de nosotros.

Sobre el zumbido del aire acondicionado distingu&#237;a carcajadas y c&#225;nticos espor&#225;dicos. Ya se hab&#237;an producido algunos altercados. Mientras aguard&#225;bamos a que cambiara la luz del sem&#225;foro de Amherst, un cretino empuj&#243; a su novia contra una pared. Sus cabellos ten&#237;an el color de los dientes sucios y los llevaba enmara&#241;ados en la parte superior y en melena por la espalda. Su piel, de un blanco gallin&#225;ceo, se tornaba como la granadina. Arrancamos antes de que concluyera la escena, y me qued&#243; en la mente la imagen del rostro sorprendido de la muchacha superpuesto a los senos de una mujer desnuda. Bizqueante y boquiabierta, estaba enmarcada por un poster que anunciaba la exposici&#243;n de Tamara de Lempicka del museo de Bellas Artes. Une femme libre, proclamaba. Una mujer libre. Otra iron&#237;a de la vida. Me inspir&#243; cierta satisfacci&#243;n saber que aquel zoquete no pasar&#237;a una buena noche, que incluso podr&#237;a sufrir ampollas.

D&#233;jame ver esa foto un momento -pidi&#243; Charbonneau volvi&#233;ndose hacia Claudel.

Claudel la sac&#243; de su bolsillo y se la entreg&#243;. Charbonneau la examin&#243; sin dejar de vigilar el tr&#225;fico.

No debe de parec&#233;rsele mucho, &#191;verdad? -coment&#243; sin dirigirse a nadie en particular.

Y sin a&#241;adir palabra me la tendi&#243; a m&#237;, que me encontraba a su espalda. Se trataba de una impresi&#243;n en blanco y negro, una ampliaci&#243;n de una persona tomada desde lo alto y a su derecha. En ella aparec&#237;a una figura masculina borrosa que desviaba el rostro, concentrado en la funci&#243;n de insertar o extraer una tarjeta de un cajero autom&#225;tico.

Sus cabellos eran ralos y cortos por delante y se extend&#237;an sobre la frente en flequillo. La parte superior de la cabeza estaba casi pelada, con largos mechones que cruzaban de izquierda a derecha en un intento de disimular su calva. Pens&#233; que me encontraba ante mi modelo preferido de var&#243;n. Tan atractivo como un ba&#241;ador Speedo.

Ten&#237;a cejas pobladas y sus orejas se abr&#237;an hacia el exterior como los p&#233;talos de un pensamiento. Su cutis era mortalmente p&#225;lido. Llevaba una camisa de tejido a cuadros y unos pantalones que parec&#237;an de trabajo. La pobre calidad del papel y el deficiente enfoque ensombrec&#237;an otros detalles. Tuve que convenir con Charbonneau en que no se distingu&#237;a bien, que pod&#237;a tratarse de cualquiera. Le devolv&#237; la foto en silencio.

Los d&#233;panneurs de Quebec son establecimientos que abren hasta muy tarde. Se encuentran en cualquier lugar capaz de albergar algunas estanter&#237;as y un refrigerador a cubierto. Est&#225;n diseminados por la ciudad y sobreviven a base de facilitar comestibles, l&#225;cteos y bebidas alcoh&#243;licas esenciales. Salpican todos los barrios y forman una red capilar que abastece las necesidades del vecindario y de los visitantes de paso. En ellos puede conseguirse leche, cigarrillos, cerveza y vino corriente, y el resto de su inventario queda determinado por las preferencias de los clientes. No facilitan lujos ni aparcamiento. Su versi&#243;n mejorada suele contar con un cajero autom&#225;tico. Nos dirig&#237;amos a uno de ellos.

&#191;Vamos a la rue Berger? -pregunt&#243; Charbonneau a Claudel.

Oui. Est&#225; en direcci&#243;n sur desde Sainte Catherine. Sigue por Ren&#233; L&#233;vesque hasta Sainte Dominique y luego gira hacia el norte. El camino es como un nido de serpientes.

Charbonneau gir&#243; a la izquierda y comenz&#243; a internarse por el sur. En su impaciencia pisaba ora el acelerador o el freno, dando bandazos al Chevy como una noria. Puesto que comenzaba a marearme, centr&#233; mi atenci&#243;n en las boutiques, los peque&#241;os restaurantes y los modernos edificios de piedra de la universidad de Quebec, que se alineaban en St. Denis.

Sacre bleu!

Ca lice! -exclam&#243; Charbonneau al verse bruscamente interceptado por una furgoneta familiar Toyota de color verde oscuro-. &#161;Bastardo! -exclam&#243; al tiempo que pisaba a fondo el freno y chocaba con el parachoques-. &#161;Fijaos en ese chalado!

Claudel no le hizo caso, acostumbrado al parecer a la irregular conducci&#243;n de su compa&#241;ero. Yo ech&#233; de menos alg&#250;n remedio contra el mareo, pero no hice comentario alguno.

Por fin llegamos a Ren&#233; L&#233;vesque, giramos hacia el oeste y seguimos en direcci&#243;n norte hasta Ste. Dominique. Retornamos por Ste. Catherine y de nuevo me encontr&#233; en el Main, a una manzana de distancia de las chicas de Gabby. Berger, un damero de callejuelas secundarias intercaladas entre St. Laurent y St. Denis, se encontraba enfrente.

Charbonneau dobl&#243; por la esquina y se instal&#243; en la curva frente al d&#233;panneur de Berger. Un letrero s&#243;rdido sobre la puerta promet&#237;a bi&#232;re et vin, cerveza y vino. Anuncios de Molson y Labatt, descoloridos por el sol, cubr&#237;an los escaparates, fijados con una cinta adhesiva amarillenta que se despegaba por su antig&#252;edad. Hileras de moscas muertas se alineaban en el alf&#233;izar, y sus cad&#225;veres se dispon&#237;an en capas seg&#250;n el momento de su defunci&#243;n. Unas barras met&#225;licas proteg&#237;an el cristal. Dos vejestorios se hallaban sentados ante la puerta en sillas de cocina.

El tipo se llama Halevi -dijo Charbonneau tras consultar su bloc de notas-. Probablemente no tendr&#225; mucho que decir.

Como de costumbre. Aunque su memoria suele mejorar cuando se los apremia un poco -replic&#243; Claudel tras cerrar la puerta del coche.

Los viejos nos miraron en silencio.

Al entrar son&#243; una serie de campanillas. En el interior hac&#237;a calor y ol&#237;a a polvo, especias y cartones antiguos. Dos hileras de estanter&#237;as adosadas se extend&#237;an a lo largo del local y formaban un centro y dos pasillos laterales. Las polvorientas estanter&#237;as conten&#237;an un surtido de antiguas mercanc&#237;as enlatadas y embaladas.

En el fondo, a la derecha, en un refrigerador horizontal se expon&#237;an recipientes de nueces, potajes de legumbres, jud&#237;as secas y harina y, en un extremo, se amontonaba un conjunto de verduras marchitas. El arc&#243;n del refrigerador, un elemento de antiguas eras, ya no enfriaba.

En la pared izquierda unos armarios verticales manten&#237;an frescas las cervezas y el vino. Al fondo, en una caja peque&#241;a y abierta cubierta con pl&#225;stico para conservar el fr&#237;o, se guardaban la leche, las olivas y el queso. A su derecha, en el rinc&#243;n, se encontraba el cajero autom&#225;tico. Salvo por aquel elemento, el local parec&#237;a no haber sido renovado desde que Alaska solicit&#243; la incorporaci&#243;n en los Estados Unidos.

El mostrador estaba directamente a la izquierda de la puerta principal. El se&#241;or Halevi se hallaba sentado tras &#233;l y hablaba con animaci&#243;n por un tel&#233;fono m&#243;vil. Se pasaba continuamente la mano por la calva, en un adem&#225;n vestigio de su juventud, cuando ten&#237;a m&#225;s cabello. Un letrero sobre la caja registradora dec&#237;a: SONR&#205;E. DIOS TE QUIERE. Halevi no segu&#237;a su propio consejo. Estaba congestionado y evidentemente resentido. Yo permanec&#237; atr&#225;s dispuesta a observar.

Claudel se situ&#243; directamente ante el mostrador y se aclar&#243; la garganta. Halevi le mostr&#243; la palma, indic&#225;ndole que aguardara. El detective exhibi&#243; su identificaci&#243;n y neg&#243; con la cabeza. Halevi pareci&#243; moment&#225;neamente confuso, pronunci&#243; unas r&#225;pidas palabras en hindi e interrumpi&#243; la comunicaci&#243;n. Sus ojos, aumentados por los gruesos cristales de sus gafas, pasaron de Claudel a Charbonneau y a la inversa.

Ustedes dir&#225;n -dijo.

&#191;Es usted Bipin Halevi? -inquiri&#243; Charbonneau en ingl&#233;s.

S&#237;.

El detective coloc&#243; la foto sobre el mostrador.

Eche una mirada. &#191;Conoce a este individuo?

Halevi volvi&#243; la foto y se inclin&#243; sobre ella sosteni&#233;ndola por los bordes con dedos temblorosos. Estaba nervioso y trataba de mostrarse complaciente o, por lo menos, dar la sensaci&#243;n de que colaboraba. Muchos encargados de d&#233;panneurs vend&#237;an tabaco de contrabando u otras mercanc&#237;as del mercado negro, por lo que las visitas de la polic&#237;a eran tan populares como las inspecciones de Hacienda.

Nadie reconocer&#237;a a una persona por esta foto -dijo-. &#191;Se ha tomado con el v&#237;deo? Ya se interesaron antes por ello. &#191;Qu&#233; ha hecho este hombre?

Se expresaba en ingl&#233;s con la cantarina cadencia del norte de la India.

&#191;Tiene alguna idea de qui&#233;n puede ser? -insisti&#243; Charbonneau sin responder a su pregunta.

Halevi se encogi&#243; de hombros.

A mis clientes no les formulo preguntas. Adem&#225;s, la imagen es muy confusa y desv&#237;a la cabeza.

Se removi&#243; en su asiento. En cierto modo estaba relajado pues comprend&#237;a que no era el protagonista de aquella investigaci&#243;n, que aquello ten&#237;a que ver con el v&#237;deo de seguridad confiscado por la polic&#237;a.

&#191;Es un vecino del barrio? -pregunt&#243; Claudel.

Ya le digo que no lo s&#233;.

&#191;Le recuerda, aunque sea remotamente, a alguien que venga por aqu&#237;?

Halevi mir&#243; con fijeza la foto.

Quiz&#225;. Es posible. Pero no est&#225; nada claro. Me gustar&#237;a poder ayudarlos Tal vez se trate de alguien que haya visto alguna vez.

Charbonneau lo mir&#243; con dureza, sin duda pensando lo mismo que yo. &#191;Trataba Halevi de mostrarse complaciente o en la foto aparec&#237;a alguien que le era realmente familiar?

&#191;Qui&#233;n es?

Yo No lo conozco. S&#243;lo es un cliente.

&#191;Sigue alguna rutina?

Halevi se mostraba inexpresivo.

&#191;Viene a la misma hora cada d&#237;a? &#191;Aparece por la misma direcci&#243;n? &#191;Compra las mismas cosas?

Claudel comenzaba a irritarse.

Ya le he dicho que no hago preguntas ni me fijo: me limito a vender mis mercanc&#237;as. Y por las noches me voy a mi casa. Esta cara es como la de muchas personas que vienen y se van.

&#191;Hasta qu&#233; hora tiene abierto?

Hasta las dos.

&#191;Viene &#233;l por las noches?

Tal vez.

Charbonneau tomaba notas en un bloc con tapas de cuero. Hasta el momento apenas hab&#237;a escrito.

&#191;Trabaj&#243; usted ayer por la tarde?

Halevi asinti&#243;.

Fue muy ajetreado como v&#237;spera de festivo, &#191;saben? Tal vez la gente cre&#237;a que hoy no abrir&#237;a.

&#191;Vio entrar a este tipo?

Halevi volvi&#243; a examinar la foto, se pas&#243; las manos por la nuca y por &#250;ltimo se rasc&#243; con energ&#237;a su aureola capilar y profiri&#243; un resoplido al tiempo que levantaba las manos en adem&#225;n de impotencia.

Charbonneau guard&#243; la foto en su bloc de notas y lo cerr&#243; de golpe. A continuaci&#243;n deposit&#243; una tarjeta sobre el mostrador.

Si recuerda algo m&#225;s, ll&#225;menos, se&#241;or Halevi. Le agradecemos las molestias que se ha tomado.

Desde luego, desde luego -repuso el hombre con expresi&#243;n radiante por vez primera desde que hab&#237;a visto la insignia-. No dejar&#233; de llamarlo.

Desde luego, desde luego -repiti&#243; Claudel cuando salimos a la calle-. Ese sapo llamar&#225; cuando la madre Teresa viole a Saddam Hussein.

Es vendedor de un d&#233;panneur. Tiene el cerebro de serr&#237;n -replic&#243; Charbonneau.

Cuando nos dirig&#237;amos al coche me volv&#237; a mirar. Los dos viejos a&#250;n estaban junto a la puerta como elementos permanentes del decorado, al igual que perros de piedra ante la entrada de un templo budista.

D&#233;jeme la foto un momento -le dije a Charbonneau. El hombre pareci&#243; sorprendido, pero me la entreg&#243;. Claudel abri&#243; la puerta del coche, y de su interior sali&#243; una bocanada de aire tan caliente como de una fundici&#243;n. Pas&#243; un brazo por la puerta, apoy&#243; un pie en el estribo y me observ&#243;. Cuando yo volv&#237;a a cruzar la calle le dijo algo a Charbonneau que, por fortuna, no lleg&#243; a mis o&#237;dos.

Me aproxim&#233; al anciano de la derecha. Llevaba unos descoloridos pantalones cortos de color rojo, camiseta de tirantes, calcetines y zapatos abotonados en el empeine. Sus huesudas piernas estaban totalmente surcadas de venas varicosas y parec&#237;a como si la p&#225;lida y blanca piel se hubiera tensado sobre nudos de espaguetis. La desdentada boca se le hund&#237;a hacia adentro y de su comisura surg&#237;a un cigarrillo que se inclinaba hacia el suelo. Mientras me acercaba me observ&#243; sin ocultar su curiosidad.

Bonjour -los salud&#233;.

&#161;Hola!

Se inclin&#243; hacia adelante para desprender la sudorosa espalda del agrietado pl&#225;stico del asiento. Pens&#233; que nos habr&#237;a o&#237;do hablar o que habr&#237;a reparado en mi acento.

Un d&#237;a muy caluroso, &#191;verdad?

Los he visto peores.

El cigarrillo se mov&#237;a al ritmo de sus palabras.

&#191;Vive usted por aqu&#237;?

Se&#241;al&#243; con su flaco brazo en direcci&#243;n a St. Laurent.

&#191;Puedo hacerle una pregunta?

Cruz&#243; de nuevo las piernas y asinti&#243;.

Le tend&#237; la foto.

&#191;Ha visto alguna vez a este hombre?

Sostuvo la foto con el brazo izquierdo extendido y se protegi&#243; los ojos del sol con la mano derecha. El humo flotaba sobre su rostro. Examin&#243; tanto tiempo la imagen que pens&#233; que quiz&#225; se habr&#237;a dormido. Un gato blanco y gris cubierto de magulladuras al rojo vivo se desliz&#243; detr&#225;s de su silla, rode&#243; el edificio y desapareci&#243; por la esquina.

El segundo anciano apoy&#243; las manos en las rodillas y se levant&#243; con un leve gru&#241;ido. Hab&#237;a tenido el cutis claro, pero en aquellos momentos parec&#237;a llevar ciento veinte a&#241;os sentado en la silla. Se ajust&#243; primero los tirantes y luego el cintur&#243;n que sosten&#237;a sus pantalones grises de trabajo y se acerc&#243; a nosotros arrastrando los pies. Inclin&#243; la cabeza, cubierta con una gorra de los Mets, sobre el hombro de su compa&#241;ero y contempl&#243; la foto con los ojos entornados. Por fin el piernas de espagueti me la devolvi&#243;.

Ni siquiera lo reconocer&#237;a su propia madre. Esta foto es una porquer&#237;a.

El segundo anciano fue m&#225;s positivo.

Vive en alg&#250;n lugar por ah&#237; -dijo.

Y se&#241;al&#243; con un dedo amarillento un s&#243;rdido edificio de piedra de tres plantas, m&#225;s abajo. Tampoco &#233;l ten&#237;a dientes ni llevaba dentadura postiza y, al hablar, la barbilla parec&#237;a tocarle la nariz. Cuando se interrumpi&#243;, le se&#241;al&#233; la foto y luego el edificio. El hombre asinti&#243; en silencio.

Souvent? -le pregunt&#233;. &#191;Con frecuencia?

Hum Oui -respondi&#243; enarcando las cejas y levantando los hombros.

Adelant&#243; el labio inferior y onde&#243; la mano en un adem&#225;n significativo. M&#225;s o menos.

Su compa&#241;ero agit&#243; reprobatorio la cabeza y resopl&#243; disgustado.

Hice se&#241;as a Charbonneau y a Claudel para que se acercaran y les expliqu&#233; lo que hab&#237;a dicho el anciano. Claudel me mir&#243; como si fuera una avispa enojosa, una molestia que deb&#237;a soportar. Yo lo mir&#233; a mi vez desafiante: le constaba que era &#233;l quien deb&#237;a haber interrogado a los hombres.

Charbonneau se volvi&#243; sin hacer comentario alguno y se centr&#243; en la pareja. Claudel y yo escuchamos en silencio. Los ancianos se expresaban en argot, con la rapidez de una ametralladora, alargando las vocales y truncando los finales de las palabras, de modo que apenas capt&#233; la conversaci&#243;n. Pero los gestos y se&#241;ales eran tan elocuentes como titulares. El de tirantes dec&#237;a que el tipo viv&#237;a en aquella manzana; el de piernas de espagueti no estaba de acuerdo.

Por fin Charbonneau se volvi&#243; hacia nosotros, se&#241;al&#243; el coche con la cabeza y, con un adem&#225;n, nos indic&#243; que lo sigui&#233;ramos. Cuando cruz&#225;bamos la calle sent&#237; dos pares de ojos lega&#241;osos clavados en mi espalda.





Cap&#237;tulo 10

Charbonneau se apoy&#243; en el Chevy y encendi&#243; un cigarrillo. Estaba tan tenso como la cuerda de un arco. Permaneci&#243; inm&#243;vil unos momentos, al parecer considerando lo que los viejos le hab&#237;an dicho y por fin nos habl&#243;, sin apenas mover los labios, formando una firme l&#237;nea con la boca.

&#191;Qu&#233; opinan ustedes? -pregunt&#243;.

Esa pareja parece pasar mucho tiempo ah&#237; -aventur&#233;.

Un reguero de sudor me corr&#237;a por la espalda, bajo la camiseta.

Podr&#237;an tratarse de dos tarados mentales -dijo Claudel.

O haber visto realmente a ese hijo de perra -repuso Charbonneau.

Aspir&#243; a fondo y sacudi&#243; el cigarrillo con el dedo.

No han sido muy concretos con los detalles-se&#241;al&#243; Claudel.

S&#237; -contest&#243; Charbonneau-, pero todos est&#225;bamos de acuerdo en que el tipo no resultaba muy identificable. Y los mutantes como &#233;l procuran llamar poco la atenci&#243;n.

El abuelo n&#250;mero dos parec&#237;a muy seguro -a&#241;ad&#237;.

Esos dos acaso s&#243;lo est&#225;n seguros de la localizaci&#243;n del banco de plasma y de la tienda de bebidas -se burl&#243; Claudel-. Probablemente son los dos &#250;nicos puntos de referencia que pueden situar.

Charbonneau dio una &#250;ltima calada, tir&#243; su colilla y la aplast&#243; con el pie.

Puede no ser nada o quiz&#225; se encuentre ah&#237;. No quiero errar en mis conjeturas. Propongo que echemos una mirada y que arrestemos al tipo si lo encontramos.

Advert&#237; que Claudel volv&#237;a a encogerse de hombros.

De acuerdo. Pero no quiero que nos juguemos el pellejo. Har&#233; venir refuerzos.

Me ech&#243; una ojeada y luego mir&#243; a Charbonneau con las cejas enarcadas.

A m&#237; ella no me molesta -repuso su compa&#241;ero.

Claudel sacudi&#243; la cabeza con aire reprobatorio, rode&#243; el coche y ocup&#243; el puesto del pasajero. A trav&#233;s del parabrisas lo vi coger el auricular.

Charbonneau se volvi&#243; hacia m&#237;.

&#161;Est&#233; atenta! -me advirti&#243;-. Si pasara algo, p&#243;ngase a buen recaudo.

Le agradec&#237; que se abstuviera de indicarme que no tocase nada.

Al cabo de un momento Claudel asom&#243; la cabeza por la puerta del veh&#237;culo.

Allons-y -dijo. V&#225;monos.

Ocup&#233; el asiento posterior, y los detectives se instalaron en la parte delantera. Charbonneau puso el coche en marcha, y avanzamos lentamente por la manzana. Claudel se volvi&#243; hacia m&#237;.

Cuando lleguemos, no toque nada. Si se trata de ese tipo no queremos echar a perder posible pruebas.

Lo intentar&#233; -respond&#237; esforz&#225;ndome por disimular el sarcasmo-. Como no fabrico testosterona me cuesta recordar esas cosas.

Dio un resoplido y se volvi&#243; hacia adelante. Sin duda que ante un p&#250;blico agradecido hubiera puesto los ojos en blanco y sonre&#237;do desde&#241;oso.

Charbonneau par&#243; en la curva, en mitad del edificio, y todos lo examinamos. Estaba rodeado de solares vac&#237;os. En el cemento agrietado y la gravilla crec&#237;an frondosas las malas hierbas, y estaba sembrado de botellas rotas, neum&#225;ticos desechados y los restos que suelen acumularse en los espacios urbanos abandonados. Alguien hab&#237;a pintado un mural en la pared que daba al solar en el que aparec&#237;a una cabra con un arma autom&#225;tica colgada de cada oreja y en cuya boca sosten&#237;a un esqueleto humano. Me pregunt&#233; si el significado de aquel dibujo ser&#237;a evidente para alguien que no fuese el artista.

El viejo no lo ha visto hoy -dijo Charbonneau tamborileando los dedos en el volante.

&#191;Cu&#225;ndo comienzan la vigilancia del vecindario? -pregunt&#243; Claudel.

A las diez -repuso Charbonneau.

Consult&#243; su reloj, y Claudel y yo lo imitamos. Pavlov se hubiera sentido orgulloso: eran las tres y diez de la tarde.

Tal vez acostumbre acostarse tarde -dijo Charbonneau-. O quiz&#225;s est&#233; agotado por la excursi&#243;n de ayer.

O acaso no est&#233; ah&#237; en absoluto y esos viejos se carcajeen a nuestra costa.

Quiz&#225;.

Un grupo de muchachas atravesaba el solar vac&#237;o de detr&#225;s del edificio cogidas del brazo con la camarader&#237;a de las adolescentes. Sus pantalones cortos formaban una hilera de banderas quebequesas, como una l&#237;nea de flores de lis que oscilara a una mientras se internaban entre los hierbajos. Llevaban los cabellos trenzados y se los hab&#237;an te&#241;ido con espray de color azul claro. Mientras las ve&#237;a saltar y re&#237;rse entre aquel bochorno, pens&#233; en lo f&#225;cil que puede extinguirse para siempre la animaci&#243;n juvenil por obra de un loco. Sent&#237; una oleada de ira. &#191;Ser&#237;a posible que s&#243;lo nos separaran unos diez metros de semejante monstruo?

En aquel momento un coche patrulla azul y blanco apareci&#243; silencioso detr&#225;s de nosotros. Charbonneau se ape&#243; y habl&#243; con los agentes. Al cabo de unos momentos regresaba.

Ellos nos cubrir&#225;n la espalda -dijo se&#241;al&#225;ndolos con la cabeza. Su voz reflejaba nerviosismo, sin rastro ya de sarcasmo-. Allons-y.

Cuando abr&#237; la puerta Claudel se dispuso a decir algo, pero cambi&#243; de idea y fue hacia el apartamento seguido de Charbonneau y de m&#237;. Advert&#237; que se hab&#237;a desabrochado la chaqueta y que ten&#237;a el brazo derecho tenso y algo encorvado, con los reflejos preparados. Me pregunt&#233; para qu&#233;.

El edificio de ladrillo rojo se ergu&#237;a solo. Sus vecinos hac&#237;a tiempo que hab&#237;an desaparecido. La basura se amontonaba en los solares contiguos, y grandes bloques de cemento los salpicaban desordenadamente como rocas abandonadas en una retirada glacial. Una cadena oxidada y colgante discurr&#237;a a modo de verja en la parte sur del edificio. La cabra estaba en la fachada norte.

Tres anticuadas puertas blancas, una junto a otra, daban a nivel de la rue Berger. Frente a ellas el suelo estaba cubierto por un tramo de asfalto que llegaba hasta la curva. La acera, pintada en otros tiempos de rojo, ten&#237;a ahora el color de sangre seca.

En la ventana de la tercera puerta un letrero escrito a mano se apoyaba en &#225;ngulo contra una cortina suelta y descolorida de encaje. Tras el sucio cristal le&#237; con dificultades: Chambres &#225; louer, 1er &#233;tage. Se alquilan habitaciones, l. piso. Claudel apoy&#243; el pie en el pelda&#241;o y pulso el bot&#243;n superior de los dos que estaban junto a la puerta. No hubo respuesta. Llam&#243; de nuevo y, tras una breve pausa, golpe&#243; en la puerta.

Tabemac! -chill&#243; una voz junto a mi o&#237;do.

El detonante taco quebequ&#233;s aceler&#243; los latidos de mi coraz&#243;n.

Al volverme comprob&#233; que la voz proced&#237;a de una ventana de la planta baja, a un palmo a mi izquierda. A trav&#233;s de la persiana aparec&#237;a un rostro de hosca expresi&#243;n, que no ocultaba su enojo.

&#191;Qu&#233; diablos hace? &#161;Si rompe esa puerta, trou de cul, tendr&#225; que pagarla!

Polic&#237;a -dijo Claudel pasando por alto la groser&#237;a.

&#191;S&#237;? Demu&#233;stremelo.

Claudel aproxim&#243; su placa a la ventana. El rostro se adelant&#243;, y advert&#237; que se trataba de una mujer. Estaba sofocada y era de expresi&#243;n porcina, y llevaba un pa&#241;uelo de di&#225;fano color verde lima atado de modo exuberante en lo alto de la cabeza, de modo que los extremos se agitaban en el aire como orejas de gasa. Salvo por la ausencia de armamento y cuarenta quilos de m&#225;s, guardaba un parecido notable con la cabra.

&#191;Y bien?

Las puntas del pa&#241;uelo flotaron en el aire mientras paseaba su mirada de Claudel a Charbonneau y a m&#237;. Tras decidir que yo era la menos amenazadora, se&#241;al&#243; con ellas en mi direcci&#243;n.

Quisi&#233;ramos hacerle unas preguntas -le dije. Al instante me sent&#237; como si imitara a Perry Mason. Sonaba tan a clich&#233; en franc&#233;s como lo hubiera sido en ingl&#233;s. Por lo menos no hab&#237;a a&#241;adido madame al final.

&#191;Se trata de Jean Marc?

No deber&#237;amos tratar esto en la calle -le respond&#237; mientras me preguntaba qui&#233;n ser&#237;a el tal Jean Marc.

La mujer vacil&#243; unos momentos y desapareci&#243;. Al cabo de unos momentos o&#237;mos tintinear cerrojos, y cuando la puerta se abri&#243;, apareci&#243; su inmensa mole cubierta con una bata casera de nailon de color amarillo; ten&#237;a las axilas y la cintura mojadas de sudor, y en los pliegues que le rodeaban el cuello advert&#237; rastros de transpiraci&#243;n mezclada con suciedad. La mujer nos cedi&#243; el paso y luego se volvi&#243;, anduvo por un estrecho pasillo y desapareci&#243; por una puerta de la izquierda. La seguimos en fila india, Claudel al frente y yo detr&#225;s de todos. El pasillo ol&#237;a a coles y a grasa a&#241;eja. La temperatura del interior alcanzaba por lo menos los treinta y cinco grados.

Su peque&#241;o apartamento hed&#237;a a excrementos antiguos de gato y estaba abarrotado del mobiliario pesado y oscuro fabricado en masa durante los a&#241;os veinte y treinta. Dud&#233; que la estructura hubiera cambiado desde el original. Un carril de vinilo claro atravesaba en diagonal la alfombra del sal&#243;n, imitaci&#243;n ra&#237;da de un original persa. No se ve&#237;a el menor espacio despejado.

La mujer avanz&#243; pesadamente hasta una silla tapizada que estaba junto a la ventana y se desplom&#243; en ella. La mesita met&#225;lica del televisor que estaba a su derecha se tambale&#243; y una lata de pepsi retembl&#243; asimismo. Se arrellan&#243; y mir&#243; con nerviosismo por la ventana: me pregunt&#233; si esperar&#237;a a alguien o si simplemente odiaba ver interrumpida su vigilancia.

Le tend&#237; la foto. La mujer la mir&#243; y sus ojos se achicaron como larvas, ocult&#225;ndose tras sus carnosos p&#225;rpados. A continuaci&#243;n levant&#243; la mirada hacia nosotros y, aunque tarde, comprendi&#243; que se hab&#237;a colocado en situaci&#243;n de desventaja: de pie, contaba con la ventaja de su altura. Estir&#243; el cuello y pase&#243; sus ojillos de uno a otro de nosotros. Su talante pareci&#243; mudar de beligerante a prudente.

&#191;Cu&#225;l es su nombre? -comenz&#243; Claudel.

Marie Eve Rochon. &#191;De qu&#233; se trata? &#191;Est&#225; Jean Marc en dificultades?

&#191;Es usted la conserje?

Cobro los alquileres para el casero -respondi&#243;.

Aunque no hab&#237;a mucho espacio, se removi&#243; en la silla, que protest&#243; de manera audible.

&#191;Lo conoce? -prosigui&#243; Claudel mostr&#225;ndole la foto.

S&#237; y no. Se aloja aqu&#237;, pero no lo conozco.

&#191;D&#243;nde?

En el n&#250;mero seis. Primera entrada, la habitaci&#243;n de la planta baja -contest&#243; con un amplio adem&#225;n que agit&#243; como un flan su carne flaccida y celul&#237;tica.

&#191;C&#243;mo se llama?

La mujer pens&#243; unos momentos jugando distra&#237;da con una punta del pa&#241;uelo. Una gota de sudor alcanz&#243; su m&#225;ximo volumen hidrost&#225;tico, estall&#243; y se desliz&#243; por su rostro.

Saint Jacques. Aunque no suelen dar sus verdaderos nombres.

Charbonneau tomaba notas.

&#191;Cu&#225;nto tiempo lleva &#233;l aqu&#237;?

Tal vez un a&#241;o, mucho para este lugar. La mayor&#237;a son vagabundos. Como es natural, apenas lo veo. Viene y se va. No le presto mucha atenci&#243;n.

Baj&#243; la mirada y frunci&#243; los labios ante la evidente mentira.

No hago preguntas -a&#241;adi&#243;.

&#191;Pide usted referencias?

Resopl&#243; suavemente y neg&#243; con la cabeza.

&#191;Recibe visitas su inquilino?

Ya le he dicho que apenas lo veo.

Charbonneau guard&#243; silencio unos momentos. Con sus tirones la mujer hab&#237;a desviado el pa&#241;uelo a la derecha, y las orejas estaban descentradas de su cabeza.

Parece que siempre est&#225; solo -agreg&#243;.

Charbonneau mir&#243; a su alrededor.

&#191;Son como &#233;ste los otros apartamentos?

El m&#237;o es el mayor. -Tens&#243; las comisuras de la boca e irgui&#243; la barbilla de modo imperceptible. A&#250;n entre la pobreza hab&#237;a lugar para el orgullo-. Los otros est&#225;n destrozados. Algunos s&#243;lo son habitaciones con fogones y lavabos.

&#191;Se encuentra &#233;l aqu&#237; ahora?

La mujer se encogi&#243; de hombros. Charbonneau cerr&#243; su bloc de notas.

Tenemos que hablar con &#233;l. Vamos.

Moi? -se sorprendi&#243; la mujer.

Acaso precisemos entrar en su apartamento.

La mujer se adelant&#243; en la silla y se frot&#243; las manos en los muslos. Ten&#237;a los ojos muy abiertos y dilatadas las aletas de la nariz.

No puedo hacer eso: ser&#237;a una violaci&#243;n de intimidad. Necesitan un mandamiento judicial o algo parecido.

Charbonneau la mir&#243; con fijeza sin responder. Claudel suspir&#243; ruidosamente como si estuviera aburrido y defraudado. Vi deslizarse un reguero de agua condensada por la lata de pepsi que se un&#237;a a un charquito en su base. Nadie hablaba ni se mov&#237;a.

De acuerdo, de acuerdo, pero esto es cosa suya -dijo al cabo la mujer. Apoyando su peso en una y otra anca, se desplaz&#243; hacia adelante a sacudidas. La bata casera se fue subiendo cada vez m&#225;s, dejando a la vista enormes fragmentos de carne marm&#243;rea. Cuando hubo conseguido conducir su centro de gravedad al borde de la silla, apoy&#243; ambas manos en los brazos y se levant&#243;.

La mujer se dirigi&#243; a un escritorio del otro lado de la sala y revolvi&#243; en un caj&#243;n. Al cabo de unos momentos extrajo un llavero cuya etiqueta comprob&#243; y que entreg&#243; satisfecha a Charbonneau.

Gracias, se&#241;ora. Con mucho gusto comprobaremos que no existen irregularidades en su finca.

Cuando nos dispon&#237;amos a marchar no pudo reprimir su curiosidad.

&#191;Qu&#233; ha hecho ese tipo?

Le devolveremos la llave cuando nos vayamos -repuso Claudel.

Al marcharnos, de nuevo sentimos su mirada clavada en nuestras espaldas.


El pasillo que se encontraba tras la puerta era id&#233;ntico al que acab&#225;bamos de dejar. Las puertas se abr&#237;an a derecha e izquierda y, en el fondo, una empinada escalera conduc&#237;a a la primera planta. El n&#250;mero seis era el primero de la izquierda. El ambiente era sofocante y siniestramente silencioso.

Charbonneau se apost&#243; a la izquierda y Claudel y yo a la derecha. Ambos llevaban las chaquetas desabrochadas y Claudel apoyaba la mano en la empu&#241;adura de su autom&#225;tica. Llam&#243; a la puerta sin obtener respuesta y golpe&#243; por segunda vez con id&#233;ntico resultado.

Los dos detectives cruzaron una mirada, y Claudel hizo una se&#241;al de asentimiento. Apretaba las comisuras de la boca y su rostro aparec&#237;a m&#225;s picudo que de costumbre. Charbonneau introdujo la llave en la cerradura y abri&#243; la puerta. Aguardamos, tensos, mientras las motas de polvo volv&#237;an a depositarse en su lugar. No distinguimos sonido alguno.

&#191;Saint Jacques?

Silencio.

&#191;Monsieur Saint Jacques?

Id&#233;ntica respuesta.

Charbonneau alz&#243; la palma ante m&#237;. Aguard&#233; mientras entraban los detectives y luego los segu&#237; con el coraz&#243;n lati&#233;ndome con fuerza.

La habitaci&#243;n estaba escasamente amueblada. En la esquina de la izquierda, una cortina de pl&#225;stico de color rosado pend&#237;a de anillas oxidadas en un soporte semicircular para delimitar un improvisado ba&#241;o. Bajo la cortina distingu&#237; la base de una c&#243;moda y una serie de tuber&#237;as que probablemente conduc&#237;an a un fregadero. Las tuber&#237;as estaban muy oxidadas y recubiertas por una densa masa verdosa. A la izquierda de la cortina, en el muro posterior, se hab&#237;a incorporado un mostrador con cubierta de formica que conten&#237;a un fog&#243;n, varios vasos de pl&#225;stico y una colecci&#243;n desparejada de platos y cacerolas.

Frente a la cortina, una cama deshecha se extend&#237;a a lo largo de la pared izquierda. A la derecha hab&#237;a una mesa que constaba de un gran panel de contrachapado apoyado sobre dos caballetes, que luc&#237;an un distintivo que acreditaba su pertenencia al municipio de Montreal, y cuya superficie estaba atestada de libros y papeles. La pared superior se hallaba cubierta de mapas, fotos y art&#237;culos period&#237;sticos, formando un mosaico de recortes y pegotes que se extend&#237;an a lo largo de la mesa. Junto a &#233;sta hab&#237;a una silla plegable met&#225;lica. La &#250;nica ventana de la habitaci&#243;n daba a la derecha de la puerta principal, con un felpudo id&#233;ntico al de la se&#241;ora Rochon. Dos bombillas pend&#237;an desde el techo.

Bonito lugar -coment&#243; Charbonneau.

S&#237;, muy hermoso. Tanto como las herpes y el peluqu&#237;n de Burt Reynolds.

Claudel se acerc&#243; a la zona de aseo, sac&#243; un bol&#237;grafo del bolsillo y lo utiliz&#243; para apartar la cortina.

El ministerio de Defensa tal vez desee tomar huellas. Este material debe contar con potencial para la guerra biol&#243;gica.

Dej&#243; caer la cortina y fue hacia la mesa.

Ese cabr&#243;n no est&#225; aqu&#237; -dijo Charbonneau, alzando el borde de la manta que cubr&#237;a la cama con la puntera del zapato.

Yo inspeccionaba los objetos de cocina que estaban sobre el mostrador de formica. Dos vasos de cerveza de la Expo, una cacerola mellada con restos incrustados de algo parecido a espaguetis, un pedazo de queso semimordido y coagulado en su propia substancia en un bol azul de loza, una taza de un Burger King y varios paquetes de celof&#225;n con galletas saladas.

Al inclinarme sobre el fog&#243;n sent&#237; el impacto del calor persistente que me hel&#243; la sangre en las venas. Me volv&#237; r&#225;pidamente hacia Charbonneau.

&#161;Est&#225; aqu&#237;! -exclam&#233;.

El sonido de mi voz coincidi&#243; con el instante en que se abr&#237;a bruscamente una puerta en el &#225;ngulo derecho de la habitaci&#243;n. La puerta golpe&#243; a Claudel, le hizo perder el equilibrio y comprimi&#243; su brazo y hombro derechos contra la pared. Una figura cruz&#243; por la habitaci&#243;n con el cuerpo inclinado y se precipit&#243; hacia la entrada. Distingu&#237; su respiraci&#243;n jadeante.

Por un momento, en su vertiginoso paso por la sala, el fugitivo alz&#243; la cabeza y sus negros ojos se cruzaron con los m&#237;os bajo el ala de una gorra de color anaranjado. En aquel fugaz instante reconoc&#237; la mirada de un animal acorralado. Nada m&#225;s. Luego desapareci&#243;.

Claudel recuper&#243; el equilibrio, amartill&#243; su arma y se lanz&#243; tras &#233;l, seguido inmediatamente de Charbonneau. Sin pensarlo, me un&#237; a la persecuci&#243;n.





Cap&#237;tulo 11

Cuando sal&#237; al exterior me ceg&#243; la luz del sol. Entorn&#233; los ojos y mir&#233; calle arriba tratando de localizar a Charbonneau y Claudel. El desfile hab&#237;a concluido y una multitud vagaba sin rumbo Sherbrooke abajo. Distingu&#237; a Claudel, que se abr&#237;a camino entre el gent&#237;o, con el rostro congestionado y contra&#237;do. Charbonneau lo segu&#237;a de cerca y, con el brazo en alto, exhib&#237;a su insignia, utiliz&#225;ndola como escudo para que le cedieran el paso.

La riada humana se abri&#243;, sin comprender que suced&#237;a algo ins&#243;lito. Una corpulenta rubia se apoyaba en los hombros de su novio, la cabeza hacia atr&#225;s y los brazos en alto, agitando una botella de cerveza Molson hacia el cielo. Un borracho, que luc&#237;a la bandera de Quebec como la capa de Superman y estaba subido a una farola, animaba a la multitud cantando Quebec pour les Quebecois!. Advert&#237; que el coro era m&#225;s estridente que antes.

Gir&#233; hacia el solar vac&#237;o, me sub&#237; a un bloque de cemento y me puse de puntillas para escudri&#241;ar el gent&#237;o. Si se trataba realmente de Saint Jacques, no se ve&#237;a por ninguna parte. Ten&#237;a la ventaja de conocer el terreno y la hab&#237;a utilizado para poner la mayor distancia posible entre &#233;l y nosotros.

Advert&#237; que un miembro de la brigada de apoyo conclu&#237;a de hablar por el microtel&#233;fono y se incorporaba a la persecuci&#243;n. Hab&#237;a pedido refuerzos por radio, pero dud&#233; que su coche pudiera infiltrarse entre la multitud. Su compa&#241;ero y &#233;l se abr&#237;an paso a codazos en direcci&#243;n a Berger y Ste. Catherine, siguiendo muy de cerca a Claudel y Charbonneau.

De pronto distingu&#237; la gorra de b&#233;isbol naranja. Iba delante de Charbonneau, que, incapaz de descubrirla entre aquella masa humana, hab&#237;a girado al este en Ste. Catherine. Saint Jacques se dirig&#237;a hacia la parte oeste; pero, tan r&#225;pidamente como lo hab&#237;a detectado, desapareci&#243; de mi vista. Agit&#233; los brazos para atraer la atenci&#243;n, mas fue in&#250;til. Hab&#237;a perdido de vista a Claudel y tampoco los patrulleros pod&#237;an verme.

Impulsivamente salt&#233; del bloque y me met&#237; entre el gent&#237;o. Los cuerpos que me rodeaban difund&#237;an olor a sudor, a lociones bronceadoras y a cerveza rancia. Agach&#233; la cabeza y, olvidando mi habitual cortes&#237;a, me abr&#237; paso con rudeza en busca de Saint Jacques. No ten&#237;a ninguna insignia que excusara mi brusquedad, por lo que empujaba a la gente y la apartaba evitando mirarla. La mayor&#237;a aceptaban los empellones con buen humor; otros se deten&#237;an para insultarme a mis espaldas. Muchos eran muy espec&#237;ficos sexualmente.

Trat&#233; de distinguir la gorra de Saint Jacques entre los cientos de cabezas que me rodeaban, pero me fue imposible. Emprend&#237; una carrera hacia el punto donde lo hab&#237;a detectado introduci&#233;ndome entre los transe&#250;ntes como un rompehielos en el San Lorenzo.

No acab&#243; de funcionar. Me hallaba pr&#243;xima a Ste. Catherine, cuando alguien me asi&#243; violentamente por detr&#225;s. Una mano del tama&#241;o de una raqueta de tenis Prince me agarr&#243; por la garganta y tir&#243; con fuerza de mi cola de caballo. La barbilla se me dispar&#243; hacia arriba y sent&#237;, o cre&#237; sentir, un chasquido en la nuca al tiempo que me impulsaban hacia atr&#225;s y me aplastaban contra el pecho de un gigantesco obrero de la construcci&#243;n. Sent&#237; su calor y el olor de su transpiraci&#243;n empapando mi espalda y cabellos. Un rostro se acerc&#243; a mi oreja y me envolvi&#243; en un agrio olor a vino, humo de cigarrillos y patatas fritas rancias.

&#161;Eh, t&#237;a!, &#191;por qu&#233; diablos empujas?

No pod&#237;a responder dada mi posici&#243;n. Ello pareci&#243; enfurecerlo m&#225;s y, solt&#225;ndome los cabellos y el cuello, me puso las manos en la espalda y me propin&#243; un violento empell&#243;n que me envi&#243; contra una mujer con pantalones cortos y calzada con zapatos de alt&#237;simos tacones que se ech&#243; a gritar. La gente que nos rodeaba se apart&#243; ligeramente. Yo ech&#233; los brazos hacia adelante en un intento de recuperar el equilibrio, pero era demasiado tarde y ca&#237; al suelo golpe&#225;ndome fuertemente en la rodilla de alguien.

Al chocar contra la acera resbal&#233; y me ara&#241;&#233; la mejilla y la frente. Me cubr&#237; la cabeza con las manos instintivamente mientras el pulso lat&#237;a en mis o&#237;dos. Sent&#237; que la gravilla se me clavaba en la mejilla derecha y comprend&#237; que me hab&#237;a arrancado la piel. Cuando intentaba levantarme del suelo con ayuda de las manos una bota me aplast&#243; los dedos. Tan s&#243;lo vislumbraba piernas, rodillas y pies pues la multitud daba un rodeo para evitarme, al parecer sin reparar en m&#237; hasta que tropezaban con mi cuerpo.

Rod&#233; de costado y trat&#233; de nuevo de levantarme apoy&#225;ndome en manos y rodillas, pero los inintencionados golpes de pies y piernas me lo imped&#237;an. Nadie se deten&#237;a para protegerme ni auxiliarme.

De pronto percib&#237; una voz enojada y advert&#237; que la multitud retroced&#237;a ligeramente. Alrededor de m&#237; se despej&#243; un peque&#241;o espacio y ante mi rostro apareci&#243; una mano cuyos dedos me hac&#237;an se&#241;as con impaciencia. Me as&#237; a ella y me incorpor&#233; para volver a encontrarme entre la luz del sol y el ox&#237;geno.

La mano pertenec&#237;a a Claudel, que con su otro brazo manten&#237;a a raya a la multitud mientras yo me pon&#237;a en pie con dificultades. Vi moverse sus labios pero no logr&#233; comprender lo que dec&#237;a. Como de costumbre, parec&#237;a enojado; sin embargo, nunca me hab&#237;a parecido mejor su aspecto. Concluy&#243; sus palabras e hizo una pausa para examinarme; advirti&#243; el rasgu&#241;o en mi rodilla derecha y las abrasiones de los codos, y por &#250;ltimo inspeccion&#243; mi mejilla, ara&#241;ada y sangrante, y el ojo semicerrado por causa de la hinchaz&#243;n.

Solt&#225;ndome la mano, sac&#243; un pa&#241;uelo de su bolsillo y me lo tendi&#243; al tiempo que me se&#241;alaba el rostro. Lo tom&#233; con dedos temblorosos y me enjugu&#233; la sangre y la gravilla; volv&#237; a doblarlo por una superficie limpia y lo apret&#233; contra mi mejilla.

&#161;No se aparte de m&#237;! -grit&#243; Claudel muy cerca de mi o&#237;do.

Respond&#237; con una se&#241;al de asentimiento.

Se abri&#243; camino hacia la parte oeste de Berger, donde la multitud era menos densa. Yo lo segu&#237; con piernas temblorosas. A continuaci&#243;n se volvi&#243; en direcci&#243;n al coche. Apresur&#233; mis pasos y lo cog&#237; del brazo. El hombre se detuvo y me mir&#243; con expresi&#243;n inquisitiva. Agit&#233; la cabeza en&#233;rgicamente y &#233;l enarc&#243; las cejas formando una pronunciada uve, que me record&#243; a Stan Laurel.

&#161;Est&#225; por all&#237;! -grit&#233; se&#241;alando en direcci&#243;n opuesta-. &#161;Lo he visto!

Un hombre muy atildado pas&#243; roz&#225;ndome. Com&#237;a un cucurucho de helado que, al derretirse, hab&#237;a ido dejando un reguero rojo en su vientre, como si fueran gotas de sangre.

Claudel frunci&#243; el entrecejo.

&#161;Ahora mismo ir&#225; al coche! -me dijo.

&#161;Lo he visto en Sainte Catherine! -repet&#237;, pensando que quiz&#225; no me hab&#237;a o&#237;do-. &#161;Por Les Foufounes &#201;lectriques, en direcci&#243;n a Saint Laurent!

Mi voz sonaba hist&#233;rica hasta en mis propios o&#237;dos.

Hab&#237;a atra&#237;do su atenci&#243;n. Vacil&#243; un segundo mientras valoraba los da&#241;os causados en mi mejilla y mis extremidades.

&#191;Est&#225; bien?

S&#237;.

&#191;Podr&#225; llegar hasta el coche?

&#161;S&#237;! &#161;Aguarde! -exclam&#233; cuando se dispon&#237;a a irse.

Pas&#233; trabajosamente las piernas sobre un cable oxidado que se levantaba a la altura de la rodilla por el per&#237;metro del solar, me dirig&#237; hasta otro bloque de cemento y me sub&#237; en &#233;l para escudri&#241;ar el mar de cabezas en busca de la gorra de b&#233;isbol de color anaranjado. Pero fue in&#250;til. Claudel me observaba con impaciencia mientras yo inspeccionaba a la multitud, y desviaba los ojos de m&#237; hasta el cruce una y otra vez de tal modo que recordaba al perro de un trineo que aguardara el disparo de salida.

Por fin negu&#233; con la cabeza y levant&#233; las manos impotente.

Bien. Seguir&#233; buscando -dijo &#233;l.

Borde&#243; el solar vac&#237;o y volvi&#243; a abrirse paso a codazos en la direcci&#243;n que le hab&#237;a indicado. El gent&#237;o era m&#225;s denso que nunca en Ste. Catherine, y al cabo de unos momentos su cabeza desapareci&#243; entre aquel oc&#233;ano como si &#233;ste lo hubiera absorbido, al igual que un ej&#233;rcito de anticuerpos que persiguieran y rodearan a una prote&#237;na extra&#241;a. Hac&#237;a un momento era un ente individual; al instante, un punto min&#250;sculo e indefinido entre la masa.

Me esforc&#233; por localizarlo pero, por mucho que lo intent&#233;, tampoco logr&#233; distinguir a Charbonneau ni a Saint Jacques. M&#225;s all&#225; de St. Urbain un coche patrulla intentaba introducirse entre la multitud haciendo destellar sus luces rojiazules, pero los juerguistas hac&#237;an caso omiso de ellas, as&#237; como de su insistente sirena pidiendo paso. En una ocasi&#243;n distingu&#237; un destello de color anaranjado, pero result&#243; ser una tigresa con frac y zapatillas de lona de tac&#243;n alto. Al cabo de unos momentos la vi m&#225;s de cerca con la cabeza de su disfraz y tomando un refresco.

El sol caldeaba el ambiente, me dol&#237;a mucho la cabeza y sent&#237;a formarse una dura costra en la mejilla herida. Segu&#237; escudri&#241;ando con insistencia el horizonte, buscando entre la multitud. Me negaba a desistir hasta que Charbonneau y Claudel regresaran. Pero sab&#237;a que era una farsa: St. Jean y el d&#237;a hab&#237;an sido propicios a nuestra presa, que hab&#237;a logrado escapar.


Una hora m&#225;s tarde nos reun&#237;amos junto al coche. Los detectives se hab&#237;an despojado de chaquetas y corbatas y las hab&#237;an tirado en el asiento posterior. Ten&#237;an el rostro cubierto de sudor y las axilas y la espalda empapadas. Charbonneau estaba congestionado como una tarta de frambuesas y el cabello se le levantaba de punta sobre la frente como un Schnauzer mal esquilado. En cuanto a m&#237;, la camiseta me pend&#237;a laciamente del cuerpo y parec&#237;a que acabase de sacar los leotardos de la lavadora. Nuestra respiraci&#243;n se hab&#237;a regularizado y todos hab&#237;amos proferido muchas palabrotas.

Merde! -exclam&#243; Claudel.

Era una alternativa aceptable.

Charbonneau se asom&#243; al interior del veh&#237;culo y sac&#243; un paquete de Players del bolsillo de su chaqueta. Se apoy&#243; sobre un guardabarros, encendi&#243; el cigarrillo y ech&#243; el humo por la comisura de la boca.

Ese canalla se ha escabullido entre el gent&#237;o como una cucaracha.

Conoce el terreno y eso lo favorece -dije, resisti&#233;ndome a explorar los da&#241;os sufridos en la mejilla.

El hombre fum&#243; unos momentos en silencio.

&#191;Cree que es el mismo tipo del cajero autom&#225;tico?

&#161;No lo s&#233;, diablos! -repliqu&#233;-. No consegu&#237; verle el rostro.

Claudel dio un resoplido, sac&#243; un pa&#241;uelo de su bolsillo y se enjug&#243; el sudor de la nuca.

Yo fij&#233; en &#233;l mi ojo bueno.

&#191;Ha podido identificarlo? -le pregunt&#233;.

Nuevo resoplido.

Ante su gesto despectivo se evaporaron mis prop&#243;sitos de reservarme mis comentarios.

Me trata como si fuese lerda, se&#241;or Claudel, y esto comienza a irritarme.

El hombre me dedic&#243; otra de sus sonrisas despectivas.

&#191;C&#243;mo se siente el rostro? -se interes&#243;.

&#161;Como un melocot&#243;n! -repliqu&#233; rechinando los dientes-. &#161;A mi edad una abrasi&#243;n cut&#225;nea es un regalo!

La pr&#243;xima vez que decida emprender una persecuci&#243;n con alboroto callejero no espere que yo la recoja.

&#161;La pr&#243;xima vez controle mejor una situaci&#243;n de arresto y no tendr&#233; que hacerlo yo!

La sangre me lat&#237;a en las sienes, y apretaba con tanta fuerza los pu&#241;os que se me formaban peque&#241;os semic&#237;rculos en las palmas.

&#161;Bien, basta ya de esta historia! -intervino Charbonneau dibujando un amplio arco en el aire con su cigarrillo-. &#161;Vamos a registrar el apartamento!

Se volvi&#243; a los patrulleros que aguardaban en silencio y les dijo:

Llamad a investigaci&#243;n.

Ahora mismo -repuso el m&#225;s alto dirigi&#233;ndose al coche. Los dem&#225;s seguimos a Charbonneau en silencio hasta el edificio de ladrillo rojo y volvimos a entrar en el pasillo. El patrullero restante aguard&#243; afuera.

En nuestra ausencia alguien hab&#237;a cerrado la puerta exterior, pero la que conduc&#237;a al n&#250;mero seis a&#250;n segu&#237;a abierta. Entramos en la habitaci&#243;n y nos separamos como la vez anterior, cual personajes que siguieran instrucciones de bloqueo en un escenario.

Yo fui a la parte posterior. El fog&#243;n ya estaba fr&#237;o y los restos de espaguetis no hab&#237;an mejorado en aquel rato. Una mosca revoloteaba sobre el extremo de la cazuela y me recordaba otros restos m&#225;s espeluznantes que pudiera haber dejado el ocupante. Nada m&#225;s hab&#237;a cambiado.

Fui hacia la puerta de la derecha. Peque&#241;os fragmentos de yeso sembraban el suelo, resultado del enorme golpe propinado por el pomo de la puerta contra la pared. La puerta estaba entreabierta y por ella se ve&#237;a una escalera de madera que descend&#237;a a una planta inferior. Baj&#233; un pelda&#241;o hasta un peque&#241;o descansillo, di un giro de noventa grados a la derecha y me sumerg&#237; en la oscuridad. En el descansillo se alineaban latas met&#225;licas en contacto con la pared. Ganchos oxidados sobresal&#237;an de la madera al nivel de los ojos. Distingu&#237; un interruptor el&#233;ctrico a la izquierda, en el muro, al que faltaba la placa y cuyos cables se enroscaban entre s&#237; como gusanos en una caja de cebos.

Charbonneau se reuni&#243; conmigo y cerr&#243; la puerta con su bol&#237;grafo. Le se&#241;al&#233; el interruptor y lo utiliz&#243; de nuevo para pulsarlo, con lo que se encendi&#243; una bombilla en alg&#250;n punto debajo de nosotros que proyect&#243; un tenue resplandor en los &#250;ltimos pelda&#241;os. Escuchamos en la penumbra sin percibir sonido alguno. Claudel vino tras nosotros.

Charbonneau lleg&#243; hasta el descansillo, se detuvo y descendi&#243; lentamente seguido de m&#237;, que sent&#237;a crujir quedamente cada pelda&#241;o bajo mis pies. Me temblaban las castigadas piernas como si acabase de correr un marat&#243;n, pero resist&#237; a la tentaci&#243;n de tocar las paredes. El pasillo era angosto y tan s&#243;lo distingu&#237;a los hombros de Charbonneau que me preced&#237;a.

Al llegar al final el ambiente era h&#250;medo y ol&#237;a a moho. Sent&#237;a la mejilla como lava derretida y aquella sensaci&#243;n fr&#237;a fue muy aliviadora. Mir&#233; en torno. Era el cl&#225;sico s&#243;tano, aproximadamente de la mitad de tama&#241;o que el edificio. La pared posterior estaba construida con ladrillos toscos, sin pulir, y deb&#237;a de haber sido a&#241;adida posteriormente para dividir una zona mayor. Adelante y hacia la derecha se encontraba una tina met&#225;lica y contra ella se arrimaba un banco de trabajo alargado, de madera, de la que se desprend&#237;a la pintura rosa. Debajo hab&#237;a un mont&#243;n de cepillos de limpieza con las cerdas amarillentas y cubiertas de telara&#241;as. Una manga negra de jard&#237;n pulcramente enroscada pend&#237;a de la pared.

El espacio de la derecha lo ocupaba un horno gigantesco cuyos conductos met&#225;licos se ramificaban y ascend&#237;an como las ramas de un roble, mientras que la base estaba rodeada por un mont&#243;n de basura. A la tenue luz pude identificar marcos rotos de cuadros, ruedas de bicicletas, sillas de jard&#237;n retorcidas y curvadas, latas vac&#237;as de pintura y una c&#243;moda. Aquellos restos parec&#237;an ofrendas a un dios druida.

Una simple bombilla pend&#237;a del centro de la estancia proyectando un vatio de luz. Eso era todo. El resto del s&#243;tano estaba vac&#237;o.

El hijo de puta deb&#237;a de aguardarnos arriba -dijo Charbonneau mirando a lo alto de la escalera con las manos en las caderas.

La gorda deber&#237;a habernos dicho que el tipo ten&#237;a este peque&#241;o escondrijo -coment&#243; Claudel dando puntapi&#233;s al mont&#243;n de escombros con la punta del zapato-. Aqu&#237; podr&#237;a esconderse Salman Rushdie.

Me impresion&#243; la referencia literaria, pero me abstuve de hacer comentario alguno, decidida a mantener una observaci&#243;n neutra. Las piernas comenzaban a dolerme y algo funcionaba dolorosamente en mi cuello.

Ese cerdo pod&#237;a habernos atacado desde detr&#225;s de la puerta.

Charbonneau y yo no respondimos. Ambos hab&#237;amos pensado lo mismo.

El hombre se dirigi&#243; a la escalera y subi&#243; seguido de m&#237;, que comenzaba a sentirme aturdida. Cuando llegamos a la habitaci&#243;n la oleada de calor me golpe&#243;. Fui hacia la improvisada mesa y examin&#233; el collage de la pared.

En el centro hab&#237;a un gran mapa de la zona de Montreal, rodeado de recortes de peri&#243;dicos y revistas. Los de la derecha eran las cl&#225;sicas fotos pornogr&#225;ficas, del g&#233;nero de Playboy y Hustler. En ellos aparec&#237;an muchachas j&#243;venes en posiciones forzadas, desnudas o con las ropas en desorden. Unas hac&#237;an mohines, otras se mostraban incitantes y algunas fing&#237;an expresiones de &#233;xtasis org&#225;smicos, aunque ninguna resultaba muy convincente. El conjunto era de gusto ecl&#233;ctico: no demostraba preferencias en cuanto a tipos femeninos, razas ni color de cabellos. Advert&#237; que todos hab&#237;an sido pulcramente recortados, colocados de modo equidistante y concienzudamente enganchados.

Un grupo de art&#237;culos period&#237;sticos ocupaba la parte izquierda del mapa. Aunque algunos eran de lengua inglesa, la mayor&#237;a proced&#237;an de la prensa francesa. Los ingleses siempre iban acompa&#241;ados de fotos. Me aproxim&#233; y le&#237; algunas frases acerca de la violaci&#243;n de un camposanto en una iglesia de Drummondville. Pas&#233; a un art&#237;culo en franc&#233;s que trataba de un secuestro perpetrado en Senneville. A continuaci&#243;n repar&#233; en un anuncio de Videodrome, que se proclamaba el distribuidor m&#225;s importante de pel&#237;culas pornogr&#225;ficas de Canad&#225;. Hab&#237;a un recorte de Allo Police en un bar de nudistas en el que aparec&#237;a una tal Babette vestida con un liguero cruzado de cuero y cubierta de cadenas. En otro se mencionaba un allanamiento de morada en St. Paul-du-Nord en que el ladr&#243;n hab&#237;a fabricado un mu&#241;eco con el camis&#243;n de su v&#237;ctima y lo hab&#237;a acuchillado repetidamente en su propio lecho. A continuaci&#243;n distingu&#237; algo que de nuevo me hel&#243; la sangre en las venas.

Entre su colecci&#243;n, Saint Jacques hab&#237;a recortado y enganchado cuidadosamente tres art&#237;culos, uno junto a otro, cada uno de los cuales describ&#237;a un asesino en serie y que, a diferencia de los otros, parec&#237;an tratarse de fotocopias. En la primera se describ&#237;a a Leopold Dion, el monstruo de Pont Rouge, al que, en la primavera de 1963, la polic&#237;a hab&#237;a descubierto en su casa con los cad&#225;veres de cuatro hombres j&#243;venes, todos ellos estrangulados.

En el segundo se expon&#237;an las haza&#241;as de Wayne Clifford Boden, que estrangul&#243; y viol&#243; a mujeres en Montreal y Calgary desde comienzos de 1969. Cuando lo arrestaron en 1971, contaba con cuatro v&#237;ctimas en su historial. Al margen alguien hab&#237;a escrito: Bill, l'etrangleur, el estrangulador.

El tercer art&#237;culo describ&#237;a la carrera de William Dean Christenson, alias Bill l'&#233;ventreur, el destapador de Montreal. Hab&#237;a asesinado, decapitado y descuartizado a dos mujeres a comienzos de los ochenta.

F&#237;jense en esto -dije, sin dirigirme a nadie en particular.

Aunque el ambiente era sofocante, me sent&#237;a helada. Charbonneau vino tras de m&#237;.

&#161;Oh, peque&#241;as, peque&#241;as! -exclam&#243; mientras examinaba el despliegue de fotos de la derecha del mapa-. Amor a toda escala.

Se trata de esto -puntualic&#233; se&#241;alando los art&#237;culos.

Claudel se acerc&#243; a nosotros y ambos los examinaron en silencio. Ol&#237;an a sudor, a ropas pasadas por la lavander&#237;a y a loci&#243;n de afeitado. En el exterior o&#237; a una mujer que llamaba a una tal Sophie y por un instante me pregunt&#233; si se tratar&#237;a de un animal dom&#233;stico o de una criatura.

&#161;Por todos los diablos! -exclam&#243; Charbonneau al comprender el tema de los recortes.

Eso no significa que sea Charlie Manson -se burl&#243; Claudel.

No. A buen seguro que trabaja en su tesina de fin de curso.

Por primera vez cre&#237; detectar una nota de fastidio en la voz de Charbonneau.

Quiz&#225;s el tipo tenga ilusiones de grandeza -prosigui&#243; Claudel-. Tal vez haya visto a los hermanos Men&#233;ndez y se haya aficionado a ellos; quiz&#225; se crea un Quijote y desee luchar contra el mal; acaso practique su franc&#233;s y le parezca m&#225;s interesante esto que Tin Tin. &#191;C&#243;mo diablos voy a saberlo? Pero ello no lo convierte en Jack el Destripador. -Mir&#243; hacia la puerta-. &#191;D&#243;nde diablos est&#225; la gente de investigaci&#243;n?

Pens&#233; que era un hijo de perra, pero me mord&#237; la lengua.

Charbonneau y yo centramos nuestra atenci&#243;n en la superficie de la mesa. Un mont&#243;n de peri&#243;dicos se apoyaban contra la pared. El hombre utiliz&#243; su bol&#237;grafo para hojearlos, de modo que levantaba los bordes y luego los dejaba caer unos sobre otros. El mont&#243;n conten&#237;a tan s&#243;lo ofertas de empleo, la mayor&#237;a de La Presse y la Gazette.

Tal vez ese gusano buscara empleo -intervino Claudel con sarcasmo-. Acaso pensaba usar a Boden como referencia.

&#191;Qu&#233; es eso que est&#225; debajo? -dije.

Hab&#237;a visto un destello amarillo al levantarse brevemente el &#250;ltimo ejemplar.

Charbonneau empuj&#243; el mont&#243;n con el bol&#237;grafo, lo levant&#243; y lo tir&#243; hacia la pared, dejando a la vista un bloc amarillo. Por un instante me pregunt&#233; si a los detectives les exig&#237;an entrenarse en la manipulaci&#243;n de bol&#237;grafos, vista la habilidad con que hab&#237;a hojeado los peri&#243;dicos sobre la mesa y rescatado el bloc que se encontraba debajo.

Se trataba de un bloc amarillo reglado, de los que suelen utilizar los abogados. Advert&#237; que la primera p&#225;gina estaba casi llena de anotaciones a mano. Charbonneau dio un &#250;ltimo empuj&#243;n a los peri&#243;dicos con el dorso de la mano y expuso el bloc totalmente a la vista.

El impacto recibido por los recortes de los asesinatos en serie palideci&#243; ante el sobresalto que me produjeron aquellas anotaciones. El temor que hab&#237;a retenido en mi fuero interno surgi&#243; de su madriguera y me aferr&#243; con sus dientes.

Isabelle Gagnon, Margaret Adkins. Aquellos nombres saltaron a la vista. Formaban parte de una lista de siete que se extend&#237;an en el borde del bloc y junto a cada uno de ellos, de arriba abajo de la p&#225;gina, hab&#237;a una serie de columnas separadas por l&#237;neas verticales. Parec&#237;a una tosca hoja de c&#225;lculo electr&#243;nico que contuviera los datos personales de cada uno de los individuos relacionados. No se diferenciaba de mis propias hojas de c&#225;lculo, salvo que no reconoc&#237; los cinco nombres restantes.

En la primera columna figuraban las direcciones; en la segunda, los n&#250;meros telef&#243;nicos. La siguiente conten&#237;a breves anotaciones acerca de su residencia. Vent.apart.; entr.ext.; piso, prim.pita.; vent.casa/pat. En la de al lado figuraban una serie de letras a continuaci&#243;n de algunos nombres; otras estaban en blanco. Busqu&#233; el apartado correspondiente a Adkins. Ma. Hi. La combinaci&#243;n parec&#237;a familiar. Cerr&#233; los ojos y busqu&#233; una clave verbal. Apartado de parentescos.

Es la gente con quien conviven -dije-. F&#237;jense en Adkins: marido, hijo.

S&#237;, junto a Gagnon aparece Hn y No: hermano y novio -confirm&#243; Charbonneau.

&#161;Vaya cerdo! -intervino Claudel-. &#191;Y qu&#233; significar&#225; Do?

Se refer&#237;a a la &#250;ltima columna. Saint Jacques hab&#237;a a&#241;adido aquellas letras detr&#225;s de algunos nombres; otros aparec&#237;an sin ellas.

No conoc&#237;amos la respuesta.

Charbonneau pas&#243; la primera p&#225;gina y le&#237;mos en silencio la siguiente serie de anotaciones. La p&#225;gina estaba dividida por la mitad y se hallaba consignado un nombre en lo alto y otro hacia el centro. Debajo de cada uno hab&#237;a nuevas columnas. La de la izquierda estaba encabezada con: Fecha, en las dos siguientes constaba Dentro y Fuera respectivamente. Los espacios vac&#237;os estaban rellenos de fechas y horas.

&#161;Por Cristo! &#161;Las acechaba continuamente! Las escog&#237;a y rastreaba como una presa -estall&#243; Charbonneau.

Claudel no hizo comentario alguno.

Este hijo de perra cazaba mujeres -repiti&#243; Charbonneau como si al repetir la frase resultase m&#225;s convincente. O menos.

Debe de tratarse de un proyecto de investigaci&#243;n -dije con voz queda-. Y a&#250;n no lo ha abandonado.

&#191;Qu&#233; quiere decir? -inquiri&#243; Claudel.

Adkins y Gagnon est&#225;n muertas: las fechas son recientes. &#191;Qui&#233;nes son las otras?

&#161;Mierda!

&#191;D&#243;nde diablos estar&#225;n los de investigaci&#243;n? -exclam&#243; Claudel.

Y desapareci&#243; por el pasillo, desde donde le o&#237; lanzar invectivas contra los patrulleros.

Volv&#237; a concentrarme en la pared, intentando apartar la lista de mi mente. Ten&#237;a mucho calor, estaba agotada y dolorida y no me satisfac&#237;a comprender que probablemente no me hab&#237;a equivocado y que a partir de aquel momento trabajar&#237;amos juntos. Que incluso Claudel lo comprender&#237;a.

Mir&#233; el mapa en busca de algo que distrajera mi atenci&#243;n. Era de gran tama&#241;o y mostraba con colorido detalle la isla, el r&#237;o y el revoltijo de comunidades que comprend&#237;an el CUM y las zonas circundantes. Los municipios en color rosa estaban entrecruzados por callejuelas blancas y unidos por carreteras principales en rojo y grandes autopistas en azul y, punteados en verde, se ve&#237;an los parques, los campos de golf y los cementerios; los organismos oficiales aparec&#237;an en color anaranjado, los centros comerciales en lavanda, y las zonas industriales en gris.

Encontr&#233; el centro de la ciudad y me aproxim&#233; para tratar de localizar mi callejuela. No ten&#237;a m&#225;s que una manzana y, mientras la buscaba, comenc&#233; a comprender por qu&#233; a los taxis les resultaba tan dif&#237;cil encontrarme. Me promet&#237; ser m&#225;s paciente en el futuro. O, por lo menos, m&#225;s espec&#237;fica. Encontr&#233; Sherbrooke y la segu&#237; hasta Guy, pero descubr&#237; que hab&#237;a ido demasiado lejos. Entonces recib&#237; el tercer impacto de la tarde. Se&#241;alaba con el dedo Atwater, junto al pol&#237;gono anaranjado que establec&#237;a la demarcaci&#243;n del Gran Seminario, cuando atrajo mi atenci&#243;n un peque&#241;o s&#237;mbolo dibujado con bol&#237;grafo en el &#225;ngulo sudoeste, un c&#237;rculo en el que aparec&#237;a una equis y que se encontraba pr&#243;ximo al lugar donde se hab&#237;a descubierto el cad&#225;ver de Isabelle Gagnon. Entre los fuertes latidos de mi coraz&#243;n, me desvi&#233; hacia la parte este y trat&#233; de localizar el estadio ol&#237;mpico.

&#161;F&#237;jese en esto, monsieur Charbonneau! -dije con voz tensa y agitada.

El hombre se acerc&#243;.

&#191;D&#243;nde est&#225; el estadio?

Lo se&#241;al&#243; con el bol&#237;grafo y me mir&#243;.

&#191;D&#243;nde se encuentra el apartamento de Margaret Adkins?

Vacil&#243; un instante, se aproxim&#243; y se dispuso a se&#241;alar una calle que se dirig&#237;a hacia el sur desde el parque Maisonneuve. Pero se qued&#243; con el bol&#237;grafo en el aire cuando ambos distinguimos la diminuta se&#241;al: de nuevo se ve&#237;a una equis dentro de un c&#237;rculo dibujado con un bol&#237;grafo.

&#191;D&#243;nde viv&#237;a Chantale Trottier?

En Sainte Anne de Bellevue. Demasiado lejos.

Los dos inspeccionamos el mapa.

Busquemos sistem&#225;ticamente, sector por sector -suger&#237;-. Yo comenzar&#233; por la esquina superior de la izquierda hacia abajo y usted por la parte derecha inferior y hacia arriba.

Encontr&#243; &#233;l primero la tercera equis. La marca aparec&#237;a en la playa sur, cerca de St. Lambert. &#201;l no ten&#237;a noticias de que se hubieran cometido homicidios en aquel distrito ni tampoco Claudel. Buscamos durante otros diez minutos pero no encontramos m&#225;s equis.

Emprend&#237;amos una segunda b&#250;squeda cuando la furgoneta del equipo de investigaci&#243;n aparc&#243; en la puerta.

&#191;D&#243;nde diablos estabais? -pregunt&#243; Claudel cuando los hombres entraron en la habitaci&#243;n con sus maletines met&#225;licos.

Conducir por aqu&#237; es como meterse en Woodstock, pero con menos barro -dijo Pierre Gilbert.

Su redondo rostro, rodeado por una barba rizada, y sus cabellos a&#250;n m&#225;s rizados me recordaban a un dios romano, aunque nunca lograba recordar a cu&#225;l.

&#191;Qu&#233; tenemos aqu&#237;? -inquiri&#243;.

&#191;Recuerdas a la muchacha asesinada en Desjardins? El gusano que le rob&#243; su tarjeta de cr&#233;dito vive en este agujero -contest&#243; Claudel-. Posiblemente.

Hizo un adem&#225;n que abarc&#243; la habitaci&#243;n.

Habr&#225; dejado mucho de &#233;l en todo esto -a&#241;adi&#243;.

Bien, no perderemos detalle -repuso Gilbert con una sonrisa. El cabello se le pegaba en c&#237;rculos a su frente mojada-. Vamos a buscar las huellas.

Tambi&#233;n hay un s&#243;tano.

Oui. -Salvo por la inflexi&#243;n, primero en descenso y luego en ascenso, parec&#237;a m&#225;s un interrogante que una afirmaci&#243;n-. &#191;Por qu&#233; no comenz&#225;is por abajo, Claudel? Llevaos el mostrador all&#237;, Marcie.

Marcie se traslad&#243; al fondo de la habitaci&#243;n, sac&#243; un envase de su malet&#237;n y comenz&#243; a extender con un cepillo en la mesa de formica el negro polvo que conten&#237;a. Los restantes t&#233;cnicos se marcharon al s&#243;tano. Pierre, con guantes de goma, se dedic&#243; a recoger montones de peri&#243;dicos de la mesa y a meterlos en una gran bolsa de pl&#225;stico. Fue entonces cuando recib&#237; la impresi&#243;n m&#225;s fuerte de toda la jornada.

Qu'est-ce que c'est? -pregunt&#243;.

Levantaba un peque&#241;o recuadro que se encontraba en el centro del mont&#243;n y que examin&#243; largamente.

C'est toi?

Me sorprend&#237; al ver que me miraba.

Sin decir palabra me acerqu&#233; a observar lo que ten&#237;a en la mano. Me sobresalt&#243; encontrarme ante mi propia imagen con t&#233;janos, camiseta y gafas de aviador Bausch and Lomb. El hombre sosten&#237;a en su enguantada mano la foto que hab&#237;a aparecido aquella ma&#241;ana en Le Journal.

Por segunda vez aquel d&#237;a descubr&#237; mi imagen tomada en una exhumaci&#243;n hac&#237;a dos a&#241;os. La foto hab&#237;a sido minuciosamente recortada, con igual precisi&#243;n que las que se encontraban en la pared. S&#243;lo se diferenciaba en un aspecto: mi imagen estaba rodeada varias veces por un c&#237;rculo en bol&#237;grafo y ten&#237;a marcado en el pecho una gran equis.





Cap&#237;tulo 12

Durante el fin de semana pas&#233; mucho tiempo durmiendo. El s&#225;bado por la ma&#241;ana trat&#233; de levantarme, pero mis esfuerzos fueron ef&#237;meros. Me temblaban las piernas y, si volv&#237;a la cabeza, largos tent&#225;culos de dolor se extend&#237;an por mi nuca y se me aferraban a la base del cr&#225;neo. Mi rostro ten&#237;a una especie de corteza como crema quemada y mi ojo derecho estaba morado, al igual que una ciruela podrida. Fue un fin de semana de sopas, aspirinas y antis&#233;pticos. Me pas&#233; los d&#237;as dormitando en el sof&#225; y poni&#233;ndome al d&#237;a con las aventuras de O. J. Simpson. Por las noches, a las nueve ya dorm&#237;a.

Hacia el lunes el martillo neum&#225;tico ya hab&#237;a dejado de golpearme el interior del cr&#225;neo. Andaba con rigidez y pod&#237;a volver algo la cabeza. Me levant&#233; temprano, me duch&#233; y a las ocho y media estaba en el despacho.

En mi escritorio aguardaban tres recados. Prescind&#237; de ellos, marqu&#233; el n&#250;mero de Gabby y me respondi&#243; su contestador. Me prepar&#233; una taza de caf&#233; instant&#225;neo y examin&#233; los mensajes telef&#243;nicos recibidos. Uno proced&#237;a de un detective de Verdun, otro era de Andrew Ryan, y el tercero, de un periodista. Tir&#233; el &#250;ltimo y dej&#233; los otros junto al tel&#233;fono. Charbonneau y Claudel no me hab&#237;an llamado ni tampoco Gabby.

Marqu&#233; el n&#250;mero de la sala de la brigada CUM y ped&#237; por Charbonneau. Al cabo de unos instantes me comunicaron que estaba ausente. Tampoco encontr&#233; a Claudel. Dej&#233; un mensaje mientras me preguntaba si har&#237;an gestiones callejeras tan temprano o si a&#250;n no habr&#237;an llegado.

Trat&#233; de comunicarme con Andrew Ryan, pero la l&#237;nea estaba ocupada. Puesto que no ten&#237;a &#233;xito alguno por tel&#233;fono decid&#237; presentarme en persona. Tal vez Ryan estar&#237;a dispuesto a hablar de Trottier.

Baj&#233; a la primera planta en ascensor y recorr&#237; los pasillos hasta la sala de la patrulla. El ambiente era mucho m&#225;s animado que durante mi &#250;ltima visita. Cuando me dirig&#237;a a la mesa de Ryan advert&#237; que las miradas se centraban en mi rostro, lo que me hizo sentirme algo inc&#243;moda. Sin duda estaban enterados de lo sucedido el viernes.

&#191;Ha probado un nuevo colorete, doctora Brennan? -me pregunt&#243; Ryan en ingl&#233;s.

Se hab&#237;a levantado de la mesa y me tend&#237;a la mano. Distendi&#243; el alargado rostro en una sonrisa al ver la costra de mi mejilla derecha.

Ciertamente: es carmes&#237; cemento. Me he encontrado un aviso de llamada suyo.

Por un momento pareci&#243; desconcertado.

&#161;Ah, s&#237;! He sacado el expediente de Trottier. Puede echarle una mirada si lo desea.

Se inclin&#243; a rebuscar entre algunos archivos que ten&#237;a sobre la mesa y los extendi&#243; en forma de abanico. Escogi&#243; uno entre ellos y me lo tendi&#243; en el instante en que su compa&#241;ero entraba en la sala. Bertrand se dirigi&#243; hacia nosotros. Vest&#237;a chaqueta deportiva de color gris claro que entonaba monocrom&#225;ticamente con unos pantalones grises m&#225;s oscuros, camisa negra y una corbata floreada blanquinegra. Con la excepci&#243;n del bronceado, parec&#237;a una imagen televisiva de los cincuenta.

&#191;C&#243;mo va eso, doctora Brennan?

Estupendo.

&#161;Vaya, un efecto magn&#237;fico!

Las calzadas son impersonales -respond&#237; y mir&#233; en torno buscando un lugar donde consultar el expediente-. Puedo -Se&#241;al&#233; una mesa vac&#237;a.

Desde luego. No est&#225; ocupada.

Me sent&#233; y comenc&#233; a clasificar el contenido del legajo; hoje&#233; los informes del incidente, descifr&#233; entrevistas y examin&#233; fotos. Enfrentarse al caso de Chantale Trottier era como pasear descalzo por asfalto caliente. Como el d&#237;a anterior, volv&#237;a a sentir dolor y ten&#237;a que desviar la mirada y permitirme respiros mentales de la creciente angustia que experimentaba.

El 16 de octubre de 1993 una joven de diecis&#233;is a&#241;os se levant&#243; de mala gana, planch&#243; su blusa y pas&#243; una hora ase&#225;ndose y acical&#225;ndose. Rechaz&#243; el desayuno que su madre le ofrec&#237;a y se march&#243; de su casa de un barrio de las afueras para tomar el tren con sus amigas en direcci&#243;n a la escuela. Llevaba el su&#233;ter y la falda plisada del uniforme, calcetines hasta la rodilla y los libros en una mochila. Re&#237;a y parloteaba y, despu&#233;s de la clase de matem&#225;ticas, almorz&#243;. Al concluir la jornada desapareci&#243;. Treinta horas despu&#233;s su cuerpo descuartizado era descubierto en una bolsa de pl&#225;stico de basura a sesenta quil&#243;metros de su hogar.

Se proyect&#243; una sombra en el escritorio que me oblig&#243; a levantar la cabeza. Delante de m&#237; se encontraba Bertrand con dos tazas de caf&#233;. Me ofreci&#243; una con un letrero que dec&#237;a: El lunes comienzo mi dieta. La cog&#237; agradecida.

&#191;Algo interesante?

No mucho -repuse al tiempo que tomaba un sorbo-. Ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. La encontraron en Saint Jerome.

S&#237;.

Gagnon ten&#237;a veintitr&#233;s, la descubrieron en el centro de la ciudad, tambi&#233;n en bolsas de pl&#225;stico -medit&#233; en voz alta.

Lade&#243; la cabeza con aire inquisitivo.

Adkins ten&#237;a veinticuatro a&#241;os y fue encontrada en su casa, al otro lado del estadio -continu&#233;.

No estaba descuartizada.

No, pero s&#237; mutilada. Tal vez el asesino se vio interrumpido y dispuso de menos tiempo.

El hombre sorbi&#243; ruidosamente su caf&#233;. Cuando apart&#243; la taza de la boca le quedaban unas gotas en el bigote.

Gagnon y Adkins aparec&#237;an en la lista de Saint Jacques -a&#241;ad&#237;.

No me equivocaba al suponer que la historia ya se habr&#237;a difundido en aquellos momentos.

S&#237;, pero los medios informativos se hicieron eco de ambos casos. El tipo ten&#237;a recortes de los art&#237;culos aparecidos en Allo Police y Photo Police acerca de ellos y, por a&#241;adidura, con fotos. Acaso tan s&#243;lo sea un gusano que se alimenta con esa clase de basura.

Tal vez.

Tom&#233; otro sorbo sin creerlo en absoluto.

&#191;Ten&#237;a mucho material de esa clase?

S&#237; -respondi&#243; Ryan a nuestras espaldas-. Ese cerdo coleccionaba recortes de toda clase de truculencias. &#191;No te encontraste con alguno de esos casos de mu&#241;ecos cuando estabas en inmuebles, Francoeur?

Francoeur era un tipo grueso, bajito y de brillante y morena calva que se com&#237;a una barra de caramelo cuatro mesas m&#225;s all&#225;. La deposit&#243; sobre la mesa, se lami&#243; los dedos y asinti&#243;.

Hum S&#237; Dos. -Lametazo-. &#161;Maldita sea! -Nuevo lametazo-. El tipo se mete en la casa, registra el dormitorio y luego hace un gran mu&#241;eco con un camis&#243;n o un ch&#225;ndal que pertenece a la due&#241;a de la casa, lo rellena, lo viste y, tras meterlo en la cama, lo destroza a cuchilladas. Probablemente eso lo excitaba m&#225;s que un examen de matem&#225;ticas. -Dos lametazos-. Luego se larga sin llevarse nada.

&#191;Dej&#243; rastros de esperma?

No, se supone que llevaba un cond&#243;n.

&#191;Qu&#233; arma utiliz&#243;?

A buen seguro una navaja, pero no la encontramos. Debi&#243; de llev&#225;rsela.

Francoeur retir&#243; la envoltura y dio otro bocado a la golosina.

&#191;Por d&#243;nde entraba?

Por la ventana del dormitorio.

La respuesta lleg&#243; entre el olor a caramelo y cacahuete.

&#191;Cu&#225;ndo?

De noche, por lo general.

&#191;D&#243;nde realiz&#243; esas extravagancias?

Francoeur masc&#243; en silencio unos momentos, luego retir&#243; una mota de cacahuete de una muela con la u&#241;a del pulgar, la inspeccion&#243; y la sacudi&#243;.

Una vez en Saint Calixte y, la otra, creo que en Saint Hubert. La que ese tipo ten&#237;a recortada hab&#237;a ocurrido hac&#237;a un par de semanas en Saint Paul du Nord.

Se le hinch&#243; el labio superior al pasarse la lengua por los incisivos.

Y creo que otro de esos casos fue a parar al CUM. Me parece recordar una llamada desde all&#237; hace cosa de un a&#241;o.

Silencio.

Dieron con &#233;l, pero no se trataba de un caso de gravedad: no hab&#237;a herido a nadie ni se hab&#237;a llevado nada. S&#243;lo ten&#237;a una idea equivocada acerca de un ligue barato.

Francoeur arrug&#243; el envoltorio de su golosina y lo tir&#243; a la papelera que estaba junto a su mesa.

Al parecer la afectada de Saint Paul-du-Nord se neg&#243; a formular denuncia.

S&#237; -repuso Ryan-. Esos casos son tan poco gratificantes como que te practiquen una lobotom&#237;a con una navaja.

Nuestro h&#233;roe probablemente recort&#243; la historia porque le excita la literatura que trata sobre el acceso a los dormitorios ajenos. Ten&#237;a tambi&#233;n la historia de una muchacha de Senneville, pero nos consta que no tuvo nada que ver con ello. Result&#243; que el padre ten&#237;a escondida constantemente a la muchacha. -Se recost&#243; en su asiento-. Tal vez se identifique tan s&#243;lo con un pariente pervertido.

Yo escuchaba la conversaci&#243;n sin mirar a los dialogantes. Hab&#237;a descubierto un gran mapa de la ciudad detr&#225;s de Francoeur, similar al que se encontraba en el apartamento de Berger, pero de mayor escala, que se extend&#237;a hasta incluir los suburbios m&#225;s alejados al este y oeste de la isla de Montreal.

La discusi&#243;n se extendi&#243; por la sala suscitando an&#233;cdotas de voyeurs y de otros pervertidos sexuales. Aprovech&#233; que estaban enfrascados en ello para levantarme con discreci&#243;n y aproximarme al mapa a fin de observarlo m&#225;s de cerca, con la esperanza de atraer lo menos posible la atenci&#243;n. Lo examin&#233; y repet&#237; el ejercicio que Charbonneau y yo hab&#237;amos llevado a cabo el viernes situando mentalmente la localizaci&#243;n de las equis. De pronto me sobresalt&#243; la voz de Ryan.

&#191;En qu&#233; est&#225; pensando? -me pregunt&#243;.

Cog&#237; una caja de alfileres con cabezas redondeadas de vivos colores de una repisa que estaba bajo el mapa, escog&#237; una roja y la situ&#233; en la esquina suroeste del Gran Seminario.

Gagnon -dije.

La siguiente la coloqu&#233; bajo el estadio ol&#237;mpico.

Adkins.

La tercera estuvo destinada a la esquina superior izquierda junto a una amplia extensi&#243;n del r&#237;o conocida como el lago de Deux Montagnes.

Trottier.

La isla de Montreal tiene forma de pie cuyo tobillo desciende del noroeste, el tal&#243;n se dirige hacia el sur y los dedos al noroeste. Dos alfileres se&#241;alaban el pie, exactamente sobre la suela, uno se encontraba en el centro de la ciudad, otro estaba al este, a mitad de camino de los dedos. El tercero se hallaba en el tobillo, en el extremo oeste m&#225;s alejado de la isla: no se ve&#237;a ninguna pauta aparente.

Saint Jacques marc&#243; estas dos -dije se&#241;alando uno de los alfileres del centro y luego el del extremo este.

Escudri&#241;&#233; la playa sur siguiendo el puente Victoria al otro lado de St. Lambert y luego bajando hacia el sur. Al encontrar los nombres de las calles que hab&#237;a visto el viernes, cog&#237; un cuarto alfiler y lo clav&#233; en el extremo m&#225;s alejado del r&#237;o, exactamente bajo el arco del pie. La dispersi&#243;n a&#250;n ten&#237;a menos sentido. Ryan me mir&#243; inquisitivo.

&#201;sta era su tercera equis.

&#191;Qu&#233; hay ah&#237;?

&#191;Qu&#233; le parece? -pregunt&#233;.

&#161;Qu&#233; diablos s&#233;! Quiz&#225; su perro muerto. -Consult&#243; su reloj-. Bien, entonces tenemos

&#191;No cree que valdr&#237;a la pena investigarlo?

Me mir&#243; unos instantes en silencio. Ten&#237;a los ojos azul ne&#243;n: me sorprendi&#243; ligeramente no haber reparado antes en ello. Neg&#243; con la cabeza.

No me parece necesario. No basta. Hasta ahora su idea de un asesino en serie tiene m&#225;s t&#250;neles que el Trans Canad&#225;. Rell&#233;nelos. Cons&#237;game algo m&#225;s o que Claudel curse una solicitud para que investigue la SQ. Hasta el momento no es asunto nuestro.

Bertrand lo se&#241;al&#243; a &#233;l, luego a su reloj y por fin apunt&#243; a la puerta con el pulgar. Ryan mir&#243; a su compa&#241;ero, asinti&#243; y luego fij&#243; de nuevo sus ojos en m&#237;.

No dije nada. Examin&#233; su rostro en busca de una se&#241;al de est&#237;mulo. Si exist&#237;a, no pude encontrarla.

Tengo que marcharme. Deje el expediente en mi escritorio cuando haya acabado.

De acuerdo.

Y hum Arriba la moral.

&#191;C&#243;mo?

S&#233; lo que encontr&#243; all&#237;. Ese sinverg&#252;enza acaso sea peor que un saco de basura. -Sac&#243; una tarjeta del bolsillo y escribi&#243; algo en ella-. Puede localizarme en este n&#250;mero en cualquier momento. Ll&#225;meme si necesita ayuda.


Al cabo de diez minutos estaba sentada en mi despacho, frustrada y nerviosa. Trataba de concentrarme en otras cosas con escaso &#233;xito. Cada vez que sonaba un tel&#233;fono en alg&#250;n despacho a lo largo del pasillo miraba el m&#237;o de modo instintivo deseando que fuese Claudel o Charbonneau. A las diez y cuarto llam&#233; de nuevo.

Un momento, por favor -dijo una voz. A continuaci&#243;n a&#241;adi&#243;-: Aqu&#237; Claudel.

Soy la doctora Brennan -respond&#237;.

El silencio que sigui&#243; me sumi&#243; en un abismo.

Oui.

&#191;Ha recibido mis mensajes?

Oui.

Comprend&#237; que ser&#237;a tan amable como un contrabandista en una inspecci&#243;n de Hacienda.

Me preguntaba qu&#233; han encontrado sobre Saint Jacques.

Profiri&#243; un resoplido.

Sobre Saint Jacques. S&#237;.

Aunque sent&#237;a deseos de arrancarle la lengua a trav&#233;s de la l&#237;nea, decid&#237; que la situaci&#243;n requer&#237;a tacto, regla n&#250;mero uno en el trato y manejo de detectives orgullosos.

&#191;Cree que es su verdadero nombre?

De ser as&#237;, yo soy Margaret Thatcher.

Bien, &#191;en qu&#233; situaci&#243;n nos encontramos?

Se produjo otra pausa y me pareci&#243; verlo levantar el rostro hacia el techo mientras pensaba en el mejor modo de liberarse de m&#237;.

Le dir&#233; d&#243;nde estamos: en ning&#250;n lugar. No hemos conseguido nada en absoluto: ni armas goteando sangre, ni pel&#237;culas dom&#233;sticas, ni notas incoherentes inculpatorias, ni miembros humanos conservados como recuerdo. Nada.

&#191;Huellas?

Ninguna v&#225;lida.

&#191;Efectos personales?

El tipo tiene aficiones entre graves y austeras. No exist&#237;an toques decorativos, efectos personales, ropas &#161;Ah, s&#237;! Una sudadera, un viejo guante de caucho y una manta sucia. Eso es todo.

&#191;Por qu&#233; un guante?

Tal vez le preocupaban sus u&#241;as.

&#191;Con qu&#233; cuentan pues?

Ya lo vio. Su colecci&#243;n de fotos pornogr&#225;ficas, el mapa, los peri&#243;dicos, los recortes y la lista. &#161;Ah, y algunos espaguetis franco-americanos!

&#191;Nada m&#225;s?

Nada.

&#191;Art&#237;culos de tocador o de botiqu&#237;n?

Nada.

Medit&#233; sobre ello unos momentos.

Parece como si en realidad no viviera all&#237;.

Si vive all&#237;, es el tipo m&#225;s guarro que he conocido. No se cepilla los dientes ni se afeita. No hab&#237;a jab&#243;n, champ&#250; ni hilo dental.

Reflexion&#233; sobre ello.

&#191;C&#243;mo lo interpreta usted?

Podr&#237;a ser que ese chiflado utilizara el lugar como escondrijo para sus verdaderos cr&#237;menes y aficiones pornogr&#225;ficas. Tal vez a su madre no le agrade su afici&#243;n art&#237;stica. Quiz&#225; no lo deje follar en casa. &#191;C&#243;mo voy a saberlo?

&#191;Y qu&#233; hay de la lista?

Estamos comprobando los nombres y direcciones.

&#191;Alguna en Saint Lambert?

Otra pausa.

No.

&#191;Alguna informaci&#243;n adicional sobre c&#243;mo pudo hacerse con la tarjeta de Margaret Adkins?

En esta ocasi&#243;n la pausa fue m&#225;s prolongada, la hostilidad m&#225;s palpable.

&#191;Por qu&#233; no se atiene a sus obligaciones y deja que nosotros persigamos a los asesinos, doctora Brennan?

&#191;Lo es &#233;l? -no pude resistirme a preguntarle.

&#191;Qu&#233;?

Un asesino.

De pronto me encontr&#233; con el zumbido de la l&#237;nea telef&#243;nica.


Pas&#233; el resto de la ma&#241;ana calculando la edad, sexo y altura de un individuo a partir de un solo cubito. El hueso hab&#237;a sido encontrado por unos ni&#241;os que excavaban en un fuerte cerca de Pointeaux Trembles, y probablemente proced&#237;a de un antiguo cementerio.

A las doce y cuarto sub&#237; a buscar una coca cola light. Me la llev&#233; al despacho, cerr&#233; la puerta y saqu&#233; mi bocadillo y un melocot&#243;n. Sentada frente al r&#237;o dej&#233; divagar mis pensamientos. Pero fue in&#250;til: como un misil Patriot todos apuntaban hacia Claudel.

El hombre a&#250;n rechazaba la idea del asesino en serie. &#191;Tendr&#237;a raz&#243;n? &#191;Ser&#237;an las similitudes meras coincidencias? &#191;Estar&#237;a yo elaborando asociaciones inexistentes? &#191;Sentir&#237;a tan s&#243;lo Saint Jacques un inter&#233;s morboso por la violencia? Desde luego. Los productores cinematogr&#225;ficos y las editoriales se hacen millonarias con ese mismo tema. Tal vez no fuese &#233;l mismo el asesino, quiz&#225; s&#243;lo localizara los cr&#237;menes en el mapa o se entregara a una especie de juego de seguimiento. Acaso hab&#237;a encontrado la tarjeta de cr&#233;dito de Margaret Adkins o se la hab&#237;a robado antes de que ella muriese y ella no hab&#237;a llegado a echarla de menos. Quiz&#225; Quiz&#225; Quiz&#225;

No. Aquello no concordaba. Si no hab&#237;a sido Saint Jacques, habr&#237;a alg&#250;n responsable de varias de aquellas muertes. Por lo menos algunas de ellas estaban relacionadas. No deseaba esperar a que apareciese otro cad&#225;ver descuartizado para demostrar que ten&#237;a raz&#243;n.

&#191;Cu&#225;nto me costar&#237;a convencer a Claudel de que yo no era una nena de imaginaci&#243;n hiperactiva? &#201;l se resent&#237;a de mi intromisi&#243;n en su territorio, pensaba que me exced&#237;a en mis atribuciones. Por ello me hab&#237;a dicho que me atuviese a mis obligaciones. &#191;Y qu&#233; hab&#237;a dicho Ryan? Que rellenase los t&#250;neles. Pero no bastaba. Deb&#237;a encontrar alguna prueba m&#225;s firme de que exist&#237;a una conexi&#243;n.

De acuerdo, Claudel, hijo de perra, eso es exactamente lo que voy a hacer.

Lo dije en voz alta, di un brusco giro a mi silla hasta colocarla en su posici&#243;n correcta y tir&#233; el hueso de melocot&#243;n en la papelera.

Bien &#191;qu&#233; iba a hacer?

Desenterrar&#237;a cad&#225;veres y examinar&#237;a los huesos.





Cap&#237;tulo 13

Fui al laboratorio de histolog&#237;a y le ped&#237; a Denis que me facilitase los archivos de los casos 25906-93 y 26704-94. A continuaci&#243;n despej&#233; la mesa derecha de la zona de operaciones para colocar mi carpeta de pinza y mi bol&#237;grafo. Saqu&#233; dos tubos de vinilo polisiloxano y los coloqu&#233; ordenadamente junto con una peque&#241;a esp&#225;tula, un bloc de papel y un calibrador digital de precisi&#243;n matem&#225;tica.

Denis deposit&#243; dos cajas de cart&#243;n en un extremo de la mesa, una grande y otra peque&#241;a, selladas y cuidadosamente etiquetadas. Levant&#233; la tapa de la mayor, escog&#237; fragmentos del esqueleto de Isabelle Gagnon y los extend&#237; sobre la parte derecha de la mesa.

A continuaci&#243;n abr&#237; la caja m&#225;s peque&#241;a. Aunque el cad&#225;ver de Chantale Trottier hab&#237;a sido entregado a sus familiares para que lo enterrasen, se hab&#237;an conservado segmentos &#243;seos como pruebas, procedimiento habitual en casos de homicidio que implican lesiones o mutilaciones del esqueleto.

Retir&#233; diecis&#233;is bolsas cerradas con cremallera y las deposit&#233; a mi izquierda; todas ellas estaban marcadas e indicaban la parte y lado del cuerpo a que correspond&#237;an: mano derecha; mu&#241;eca izquierda; rodillas derecha e izquierda; v&#233;rtebras cervicales; v&#233;rtebras tor&#225;cicas y lumbares. Vaci&#233; cada bolsa y dispuse su contenido en orden anat&#243;mico. Los dos segmentos del f&#233;mur quedaron situados junto a sus porciones correspondientes de tibia y peron&#233; para formar las articulaciones de las rodillas. Cada mu&#241;eca estaba representada por quince cent&#237;metros de radio y cubito. Los extremos de los huesos aserrados durante la autopsia aparec&#237;an claramente dentados: no se confundir&#237;an con los efectuados por el asesino.

Me acerqu&#233; el equipo de mezclas, abr&#237; uno de los tubos y extend&#237; una brillante cinta azul de material de impresi&#243;n dental en la hoja superior y, junto a ella, otra cinta blanca del segundo tubo. Escog&#237; un hueso del brazo de Trottier, lo coloqu&#233; delante de m&#237; y cog&#237; la esp&#225;tula. Sin p&#233;rdida de tiempo mezcl&#233; el catalizador azul y la base blanca y amas&#233; y revolv&#237; ambos ingredientes hasta formar una pasta homog&#233;nea. Recog&#237; la sustancia en una jeringa de pl&#225;stico y la extraje como la decoraci&#243;n de un pastel para cubrir la superficie de la articulaci&#243;n.

Deposit&#233; el primer hueso sobre la mesa, limpi&#233; la esp&#225;tula y la jeringa, romp&#237; la hoja utilizada y reinici&#233; el proceso con otro hueso. A medida que cada molde se endurec&#237;a, lo retiraba, lo marcaba con el n&#250;mero del caso, su localizaci&#243;n anat&#243;mica, lado y fecha y lo colocaba junto al hueso en el que hab&#237;a sido formado. Repet&#237; el procedimiento hasta que junto a cada uno de los huesos que ten&#237;a delante de m&#237; se encontr&#243; un molde azul el&#225;stico. Invert&#237; dos horas en todo ello.

Seguidamente recurr&#237; al microscopio. Adapt&#233; la ampliaci&#243;n y ajust&#233; la luz de fibra &#243;ptica de modo que enfocara a trav&#233;s de la placa de visi&#243;n. Con el f&#233;mur derecho de Isabelle Gagnon inici&#233; un examen meticuloso de cada una de las peque&#241;as muescas y ara&#241;azos que acababa de moldear.

Las se&#241;ales de los cortes parec&#237;an de dos clases. Cada hueso del brazo presentaba una serie de puntos bajos como zanjas que se extend&#237;an de modo paralelo a las superficies de la articulaci&#243;n. Los costados de las marcas eran lisos y descend&#237;an en declive hasta la base en &#225;ngulos de noventa grados. La mayor&#237;a de las incisiones ten&#237;an menos de seis mil&#237;metros de longitud y un promedio de cent&#233;simas de mil&#237;metro a lo ancho. Los huesos largos estaban rodeados de surcos similares.

Aparec&#237;an otras se&#241;ales en forma de uve, m&#225;s angostas, y que carec&#237;an de los costados angulares y la profundidad de las zanjas. Los cortes en forma de uve se extend&#237;an paralelos a los surcos de los extremos de los huesos largos, pero eran &#250;nicos en las cuencas de las caderas y en las v&#233;rtebras.

Hice un diagrama con la posici&#243;n de cada marca y registr&#233; su longitud, anchura y, en el caso de las zanjas, la profundidad. A continuaci&#243;n observ&#233; cada surco y su molde correspondiente desde arriba y en secci&#243;n transversal. Los moldes me permitieron distinguir rasgos diminutos no f&#225;cilmente detectables al observarlos de modo directo en los huecos. Diminutos baches, incisiones y rasgu&#241;os se extend&#237;an por las paredes y los fondos, y aparec&#237;an como negativos tridimensionales. Era como observar un mapa en relieve: las islas, terrazas y sinclinales de cada surco aparec&#237;an reproducidos en pl&#225;stico azul brillante.

Los miembros hab&#237;an sido separados en las articulaciones de modo que los huesos largos quedaran intactos. Con una excepci&#243;n: las partes inferiores de los brazos hab&#237;an sido cercenadas por encima de las mu&#241;ecas. Al volver a examinar los extremos divididos en dos del radio y del cubito y advertir la presencia y posici&#243;n de espolones aislados, analic&#233; la superficie en secci&#243;n transversal de cada corte. Cuando acab&#233; con Gagnon repet&#237; todo el proceso con Trottier.

En un momento determinado Denis me pregunt&#243; si pod&#237;a guardar algo bajo llave, a lo que asent&#237; sin apenas prestarle atenci&#243;n. No repar&#233; en el silencio que reinaba en el laboratorio.

&#191;Qu&#233; hace aqu&#237; todav&#237;a?

La v&#233;rtebra que retiraba del microscopio estuvo a punto de ca&#233;rseme de las manos.

&#161;Por Dios! &#161;No me haga esto!

No sea susceptible. He visto la luz y decid&#237; comprobar si Denis hac&#237;a horas extras cortando algo para entretenerse.

&#191;Qu&#233; hora es?

Recog&#237; las restantes v&#233;rtebras cervicales y las guard&#233; en su bolsa.

Andrew Ryan consult&#243; su reloj.

Las seis menos veinte -respondi&#243;.

Met&#237; las bolsas en la caja de cart&#243;n m&#225;s peque&#241;a y la tap&#233;.

&#191;Ha encontrado algo &#250;til?

S&#237;.

Una vez cerrada la caja recog&#237; los huesos p&#233;lvicos de Isabelle Gagnon.

Claudel no concede gran importancia a esa cuesti&#243;n de los cortes -coment&#243;.

Era exactamente lo peor que pod&#237;a haber dicho. Deposit&#233; mi carga en la caja mayor.

Piensa que una sierra es una sierra -a&#241;adi&#243;.

Dej&#233; ambos om&#243;platos en la caja y recog&#237; los huesos del brazo.

&#191;Qu&#233; opina usted? -pregunt&#233;.

&#161;No s&#233; qu&#233; decir, mierda!

Usted, que es aficionado al bricolaje, &#191;qu&#233; sabe de las sierras? -inquir&#237; sin interrumpir mi tarea.

Que cortan cosas.

Bien. &#191;Qu&#233; clase de cosas?

Madera, arbustos, metal. -Tras una pausa a&#241;adi&#243;-: Huesos.

&#191;C&#243;mo?

&#191;C&#243;mo?

S&#237;, &#191;c&#243;mo?

Medit&#243; unos momentos.

Con dientes. El dentado va hacia adelante y hacia atr&#225;s y atraviesa el material.

&#191;Y qu&#233; me dice de las sierras radiales?

Pues que cortan en redondo.

&#191;Rebanan el material o lo van reduciendo?

&#191;Qu&#233; quiere decir?

&#191;Est&#225;n los dientes afilados en el borde o son lisos? &#191;Cortan los objetos o los reducen de manera progresiva?

&#161;Ah!

&#191;Y cu&#225;ndo lo cortan? &#191;En el avance o en el retroceso?

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Usted dice que los dientes van hacia adelante y hacia atr&#225;s. &#191;Cortan cuando retroceden o cuando avanzan? &#191;En el impulso de avance o de retroceso?

&#161;Ah!

&#191;Est&#225;n destinadas para cortar en la veta o al trav&#233;s?

&#191;Tiene eso alguna importancia?

&#191;Cu&#225;n separados se hallan los dientes? &#191;Lo est&#225;n de manera regular? &#191;Cu&#225;ntos hay en cada hoja? &#191;Qu&#233; aspecto tienen? &#191;Forman &#225;ngulo hacia adelante o hacia atr&#225;s? &#191;Son puntiagudos o de borde cuadriculado? &#191;C&#243;mo est&#225;n colocados en relaci&#243;n con el plano de la hoja? &#191;Qu&#233; clase de?

De acuerdo, de acuerdo. Comprendo. Bien, h&#225;bleme de sierras.

Mientras habl&#225;bamos deposit&#233; los &#250;ltimos restos de Isabelle Gagnon en la caja y la cerr&#233;.

Debe de haber centenares de clases de sierras: tronzadoras, de corte longitudinal, podaderas, alternativas, caladoras, de cocinero, Ryoba, Gigli o de barra y de hueso. Y me refiero s&#243;lo a las manuales. Algunas funcionan impulsadas por energ&#237;a humana, y otras, mediante gas o electricidad. Otras se mueven mediante acci&#243;n rec&#237;proca o continua; unas, adelante y atr&#225;s; otras, con hoja rotatoria. Las sierran est&#225;n destinadas para cortar diferentes tipos de materiales y efectuar distintas acciones en su proceso. Incluso si nos atenemos a las manuales, de lo que se trata en este caso, var&#237;an en cuanto a dimensiones y tama&#241;o de la hoja y a espaciamiento y disposici&#243;n del dentado.

Lo mir&#233; para comprobar si me segu&#237;a: en efecto, fijaba en m&#237; sus azules ojos.

Lo cual significa que las sierras producen incisiones caracter&#237;sticas en materiales como el hueso. Los surcos resultantes son de diferente anchura y muestran ciertas pautas en sus paredes y fondos.

&#191;De modo que se podr&#237;a especificar la sierra que cort&#243; determinado hueso?

No. Pero s&#237; determinarse cu&#225;l ser&#237;a la m&#225;s probable.

El hombre asimil&#243; la informaci&#243;n.

&#191;C&#243;mo sabe que se trata de una sierra manual?

Las sierras el&#233;ctricas, que no dependen de la energ&#237;a humana, suelen dejar cortes m&#225;s constantes. Las muescas y las estr&#237;as tienen una pauta m&#225;s homog&#233;nea. En cuanto a la direcci&#243;n del corte, tambi&#233;n es m&#225;s uniforme: no se advierten m&#250;ltiples giros como en las sierras manuales. -Tras meditar unos instantes, prosegu&#237;-: Y, puesto que no se exige gran energ&#237;a f&#237;sica, suelen producirse muchos inicios en falso y m&#225;s profundos. Por otra parte, como el instrumento es m&#225;s pesado, o a veces porque la persona que trabaja imprime mucha presi&#243;n al objeto que debe cortarse, las sierras el&#233;ctricas suelen dejar espolones cuando por fin cede la materia.

&#191;Y si manejara la sierra una persona muy fuerte?

Acertada observaci&#243;n. La pericia y la fortaleza individuales son factores que hay que tener en cuenta. Pero las sierras el&#233;ctricas suelen dejar muescas al comienzo del corte puesto que la hoja ya se mueve al establecer contacto. Las mellas que se advierten en la salida tambi&#233;n quedan m&#225;s marcadas con esta clase de herramientas.

Hice una nueva pausa, pero en esta ocasi&#243;n aguard&#243; a que yo prosiguiera.

Como las sierras el&#233;ctricas suelen transmitir mayor energ&#237;a dejan asimismo una especie de pulido en la superficie del corte, lo que no suele suceder con las manuales.

Aspir&#233; profundamente. &#201;l aguard&#243; para asegurarse de que ya hab&#237;a concluido.

&#191;Qu&#233; es un falso inicio?

Cuando la hoja entra por vez primera en contacto con el hueso forma una especie de zanja o hendidura que produce bordes en la superficie de inicio del corte. A medida que la sierra avanza y profundiza, los bordes iniciales se convierten en paredes y la hendidura se transforma en un suelo definido, como si fuese una zanja. Si la hoja salta o se retira antes de atravesar todo su recorrido, la hendidura formada se conoce como un falso inicio. Un falso inicio contiene toda clase de informaci&#243;n. Su anchura queda determinada por la anchura de la hoja de la sierra y de su dentado. Un falso inicio tendr&#225; asimismo una configuraci&#243;n caracter&#237;stica en secci&#243;n transversal, y el dentado de la hoja acaso deje se&#241;ales en sus paredes.

&#191;Y si la sierra atraviesa totalmente el hueso?

Si el corte avanza por completo hasta el final, a&#250;n puede llegar a distinguirse parcialmente un espol&#243;n en el fondo de la hendidura. Se trata de una esquirla que queda en el borde del hueso por donde finalmente se rompe. Asimismo, en la superficie de corte pueden aparecer las huellas individuales de los dientes.

Saqu&#233; de nuevo a la luz el radio de la Gagnon, busqu&#233; un falso inicio en el espol&#243;n y proyect&#233; el rayo de fibra &#243;ptica sobre &#233;l.

F&#237;jese, aqu&#237; est&#225;.

Se inclin&#243; y aplic&#243; los ojos en la pieza ocular mientras ajustaba el bot&#243;n de enfoque.

S&#237;, lo veo.

Observe el fondo de la hendidura. &#191;Qu&#233; es lo que ve?

Parece lleno de bultos.

Exactamente. Esos bultos son islas &#243;seas. Significa que los dientes de la hoja estaban situados en &#225;ngulos alternos. Esa disposici&#243;n de dentado provoca un fen&#243;meno conocido como deriva de hoja.

Levant&#243; la cabeza del microscopio y me mir&#243; de modo inexpresivo. El ocular le hab&#237;a dejado circunferencias en torno a los ojos y ten&#237;a el aspecto de un nadador con gafas submarinas.

Cuando el primer diente se clava en el hueso trata de alinearse con el plano de la hoja. Busca la l&#237;nea central que sigue la hoja en su longitud. Al hincarse el siguiente diente trata de hacer lo mismo, pero se fija en direcci&#243;n opuesta y la hoja se reajusta. Esto sucede a medida que cada diente entra en acci&#243;n, por lo que las fuerzas que act&#250;an en la hoja cambian de modo constante. De resultas de ello aparecen en la hendidura esa clase de derivas hacia adelante y hacia atr&#225;s. Cuanto m&#225;s se fija el dentado, m&#225;s se ve obligada la hoja a desviarse. Un dentado muy amplio provoca tanta deriva en su avance que deja material en el centro de la hendidura: islas &#243;seas, bultos.

Por las que se adivina c&#243;mo se torc&#237;an los dientes.

En realidad se aprecia algo m&#225;s que eso. Puesto que cada cambio de direcci&#243;n de un diente lo provoca la introducci&#243;n de otro, la distancia entre esos cambios de direcci&#243;n permite conocer la distancia existente entre el dentado. Y, como las islas representan los puntos m&#225;s amplios de deriva del hueso, la distancia de isla a isla es igual a la que separa dos dientes. Perm&#237;tame mostrarle algo m&#225;s.

Retir&#233; el radio e insert&#233; el cubito para que se iluminara la superficie de corte en el extremo de la mu&#241;eca y a continuaci&#243;n me apart&#233; del microscopio.

&#191;Advierte esas l&#237;neas onduladas de la superficie?

S&#237;, parece una tabla de lavar curvada.

Eso se denomina armon&#237;a. La deriva de la hoja deja esos picos y valles en la pared del corte al igual que las islas &#243;seas del fondo. Los picos e islas corresponden a los puntos m&#225;s amplios de la deriva; los valles y fases estrechas del suelo a los puntos de deriva en que la hoja est&#225; m&#225;s pr&#243;xima a la l&#237;nea del centro.

&#191;De modo que se pueden medir los picos y valles como las islas?

Exactamente.

&#191;C&#243;mo es que no veo nada m&#225;s lejos de la hendidura?

La deriva suele producirse principalmente al comienzo o al final de un corte, cuando la hoja est&#225; libre, no incrustada en el hueso.

Tiene sentido.

Alz&#243; la mirada: volv&#237;a a presentar las se&#241;ales en torno a los ojos.

&#191;Podr&#237;a adivinar algo acerca de la direcci&#243;n? -inquiri&#243;.

&#191;Del golpe de la hoja o de su avance?

&#191;Qu&#233; diferencia hay?

La direcci&#243;n del golpe depende de si la hoja corta hacia adelante o hacia atr&#225;s. La mayor&#237;a de las sierras occidentales est&#225;n designadas para cortar en su impulso; otras, las japonesas, al retirarlas. Algunas pueden cortar de ambos modos. El avance tiene que ver con la direcci&#243;n en que se mueve la hoja a trav&#233;s del hueso.

&#191;Podr&#237;a establecer la diferencia?

S&#237;.

&#191;Qu&#233; tenemos entonces? -pregunt&#243; mientras se frotaba los ojos y trataba de mirarme al mismo tiempo.

Tard&#233; unos momentos en responder, me masaje&#233; la zona lumbar y cog&#237; mi carpeta de pinza en la que hoje&#233; mis notas para escoger los puntos m&#225;s destacados.

Los huesos de Isabelle Gagnon muestran algunos falsos comienzos. Las hendiduras miden poco m&#225;s de un mil&#237;metro de ancho y presentan fondos que, en la mayor&#237;a de los casos, tienen algunos declives. La armon&#237;a est&#225; presente as&#237; como islas &#243;seas, ambas mensurables. -Hoje&#233; una p&#225;gina-. Tambi&#233;n se advierten algunas mellas de salida.

Aguard&#243; a que prosiguiera. Al ver que no lo hac&#237;a, me pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; significa todo eso?

Creo que nos encontramos con una sierra manual de dentado alterno, probablemente de unos cuatro dientes por cent&#237;metro, es decir, con una separaci&#243;n entre los dientes de dos mil&#237;metros y medio. El dentado es en bisel y la sierra corta hacia adelante.

Comprendo.

La deriva de la hoja es extrema y aparecen muchas mellas de salida, pero la hoja parece cortar de modo eficaz y limpiamente el material. Creo que debe de tratarse de un instrumento dise&#241;ado como una gran sierra alternativa. Las islas significan que el dentado tiene que ser muy ancho, para evitar ribetes.

&#191;A qu&#233; nos conduce esto?

Estaba casi segura de saber qu&#233; hab&#237;a producido los cortes, pero a&#250;n no estaba dispuesta a compartir mis pensamientos.

Deseo consultar con alguien antes de llegar a una conclusi&#243;n.

&#191;Algo m&#225;s?

Volv&#237; a la primera p&#225;gina de mis notas y resum&#237; las observaciones que hab&#237;a hecho.

Los falsos comienzos se encuentran en las superficies anteriores de los huesos largos; las esquirlas aparecen en las caras posteriores. Eso significa que el cuerpo probablemente estaba tendido de espaldas cuando fue mutilado. Los brazos fueron separados en los hombros, las manos cortadas, las piernas amputadas en las caderas y las rodillas cercenadas en las articulaciones. La cabeza la separaron a nivel de la quinta v&#233;rtebra cervical. En cuanto al t&#243;rax, se le practic&#243; un corte vertical que profundiz&#243; hasta la columna vertebral.

El tipo era un verdadero prodigio con la sierra -coment&#243; Ryan.

Es m&#225;s complicado que eso.

&#191;M&#225;s complicado?

Tambi&#233;n utiliz&#243; una navaja.

Ajust&#233; el cubito y volv&#237; a enfocarlo.

Eche otra mirada.

Se inclin&#243; sobre el microscopio y no pude menos que reparar en que ten&#237;a un trasero bonito y apretado. &#161;Por Dios, Brennan!, &#191;en qu&#233; estar&#237;as pensando?

No es necesario apretarse tanto contra el ocular.

Se relaj&#243; un poco y cambi&#243; de posici&#243;n.

&#191;Distingue las hendiduras de que hemos hablado?

S&#237;.

Bien, ahora f&#237;jese en la izquierda y encontrar&#225; un tajo estrecho.

Permaneci&#243; en silencio unos momentos y ajust&#243; el enfoque.

M&#225;s bien parece una cu&#241;a. No es cuadrado ni tan ancho.

Cierto: ha sido producido por un cuchillo.

Se levant&#243;, de nuevo con sus gafas submarinas.

Las marcas del cuchillo siguen una pauta diferente. Muchas de ellas son paralelas a los falsos inicios de la sierra; otras, incluso las cruzan. Asimismo son las &#250;nicas que he visto en la articulaci&#243;n de la cadera y en las v&#233;rtebras.

&#191;Y a qu&#233; lo atribuye?

Algunas marcas de cuchillo se encuentran sobre las marcas de la sierra y otras est&#225;n debajo, de modo que probablemente el arma intervino antes y despu&#233;s de la sierra. Creo que el asesino cort&#243; la carne con el cuchillo, separ&#243; las articulaciones con la sierra y concluy&#243; con el cuchillo, tal vez para cortar los m&#250;sculos o tendones que a&#250;n mantuvieran unidos los huesos. Salvo en el caso de las mu&#241;ecas, atac&#243; directamente a las articulaciones. Por la raz&#243;n que fuera s&#243;lo aserr&#243; las manos por encima de las mu&#241;ecas y pas&#243; seguidamente a los huesos inferiores del brazo.

El hombre asinti&#243;.

Decapit&#243; a Isabelle Gagnon y le abri&#243; el pecho vali&#233;ndose tan s&#243;lo del cuchillo. No aparecen se&#241;ales de sierra en ninguna v&#233;rtebra.

Guardamos silencio unos momentos mientras reflexion&#225;bamos en ello. Esperaba que asumiera todo aquello antes de dejar caer la bomba.

Tambi&#233;n examin&#233; a la Trottier.

Fij&#243; en los m&#237;os sus brillantes ojos azules. Su enjuto rostro estaba tenso, estirado, como si se preparara a asimilar lo que me dispon&#237;a a decirle.

Es id&#233;ntico.

Trag&#243; saliva y aspir&#243; profundamente. Luego me habl&#243; con voz muy queda.

Ese tipo debe de tener gas fre&#243;n en las venas.

Ryan se apart&#243; del mostrador al tiempo que el conserje asomaba la cabeza por la puerta. Nos volvimos a mirarlo y, ante nuestras sombr&#237;as expresiones, el hombre se march&#243; r&#225;pidamente. Ryan fij&#243; de nuevo sus ojos en los m&#237;os y relaj&#243; los m&#250;sculos de las mand&#237;bulas.

Transm&#237;taselo todo a Claudel: ya tiene la comprobaci&#243;n.

Antes debo comprobar un par de cosas m&#225;s. Luego abordar&#233; al capit&#225;n Amable.

Se march&#243; sin despedirse y yo conclu&#237; de recoger los huesos. Dej&#233; las cajas en la mesa y sal&#237; del laboratorio. Cuando pasaba por la zona principal de recepci&#243;n repar&#233; en el reloj que estaba sobre los ascensores: eran las seis y media. En la calle comenzaban a parpadear las luces ante la llegada del crep&#250;sculo. De nuevo estaba yo sola y el equipo de limpieza. Sab&#237;a que era demasiado tarde para llevar a cabo ninguna de las dos &#250;ltimas cosas que me propon&#237;a, pero decid&#237; intentarlo de todos modos.

Pas&#233; ante mi propio despacho y por el pasillo hasta la &#250;ltima puerta de la derecha. En una plaquita se le&#237;a Inform&#225;tica y debajo aparec&#237;a claramente impreso el nombre de Lucie Dumont.

Hab&#237;a tardado mucho en conseguirse pero por fin estaban conectados el LML y el LSJ. En oto&#241;o del 93 se hab&#237;a logrado una completa informatizaci&#243;n y se suministraban continuamente datos al sistema. Pod&#237;an localizarse los casos corrientes, y los informes de todas las divisiones se hallaban coordinados en archivos originales. Los casos de a&#241;os precedentes se incorporaban gradualmente a la base de datos. L'Expertise Judiciaire hab&#237;a entrado estrepitosamente en la era del ordenador, y Lucie Dumont se encontraba al frente de todo ello.

La puerta estaba cerrada. Llam&#233; aun a sabiendas de que no habr&#237;a respuesta. A las seis y media de la tarde hasta Lucie Dumont se hab&#237;a marchado.

Regres&#233; cansinamente a mi despacho, y en mi directorio como miembro de la Academia Norteamericana de Ciencias Forenses encontr&#233; el nombre que estaba buscando. Consult&#233; el reloj en r&#225;pido c&#225;lculo. All&#237; ser&#237;an s&#243;lo las cinco menos veinte. &#191;O las seis menos veinte? No estaba segura del meridiano en que se encontraba Oklahoma.

&#161;Diablos! -exclam&#233; mientras marcaba el prefijo y el n&#250;mero locales.

Cuando me respondieron pregunt&#233; por Aar&#243;n Calvert. Con acento nasal y amistoso me informaron que hablaba con el servicio nocturno pero que gustosamente le transmitir&#237;an el mensaje. Dej&#233; mi nombre y n&#250;mero telef&#243;nico y colgu&#233; sin saber todav&#237;a a qu&#233; hora hab&#237;a efectuado la llamada.

Aquello no marchaba bien. Permanec&#237; unos instantes inm&#243;vil lamentando no haber reaccionado antes. Descolgu&#233; de nuevo el tel&#233;fono y marqu&#233; el n&#250;mero de Gabby sin obtener respuesta. Al parecer ni siquiera su contestador se hallaba en funcionamiento. Intent&#233; localizarla en su despacho de la universidad. El timbre son&#243; varias veces sin que nadie atendiera mi llamada: me dispon&#237;a a colgar cuando lleg&#243; una voz a mis o&#237;dos. En efecto, eran las oficinas del departamento; no, no la hab&#237;an visto. Asimismo llevaba varios d&#237;as sin recoger su correspondencia. No, no era ins&#243;lito puesto que est&#225;bamos en verano. Les di las gracias y colgu&#233;.

Eliminado -dije hablando al vac&#237;o.

No hab&#237;a encontrado a Lucy, a Aar&#243;n ni a Gabby. &#161;Dios, Gabby!, &#191;d&#243;nde te encuentras? No quer&#237;a pensar en ello.

Di unos golpecitos en el bloc con el bol&#237;grafo.

Alta y afuera.

Segu&#237; dando golpecitos.

Cuarta y larga -a&#241;ad&#237; haciendo caso omiso de la met&#225;fora.

Tir&#233; el bol&#237;grafo en el aire y le hice dar la vuelta.

Doble falta.

Lo cog&#237; y volv&#237; a tirarlo.

Falta personal.

Otro lanzamiento.

Hay que cambiar a otra estrategia.

Cogida. Lanzamiento.

Hora de mantenerse firme y defender la posici&#243;n.

Cog&#237; el bol&#237;grafo y lo retuve. Mantenerse firme. Mir&#233; el bol&#237;grafo. Eso era: defender la posici&#243;n.

De acuerdo -exclam&#233;.

Empuj&#233; hacia atr&#225;s mi silla y recog&#237; el bolso.

Trata de batear desde el lado contrario.

Me ech&#233; el bolso al hombro y apagu&#233; la luz.

&#161;Te acordar&#225;s de m&#237;, Claudel!





Cap&#237;tulo 14

Cuando llegu&#233; al Mazda trat&#233; de reanudar mi estereotipado soliloquio deportivo, pero no result&#243;: se hab&#237;a evaporado mi ingenio. Mi expectaci&#243;n hacia cuanto hab&#237;a planeado para aquella tarde me absorb&#237;a demasiado para permitirme pensamientos creativos. Me dirig&#237; a mi apartamento y tan s&#243;lo me detuve en Kojak para recoger un plato de souvlaki.

Al llegar a casa fui directamente al refrigerador en busca de una coca cola light sin hacer caso del acusador saludo de Birdie. Deposit&#233; la botella en la mesa junto a la bolsa grasienta que conten&#237;a mi comida e inspeccion&#233; el contestador, que permanec&#237;a silencioso e inexpresivo. Gabby no hab&#237;a llamado. Una creciente sensaci&#243;n de ansiedad me invad&#237;a por momentos y, al igual que un director absorto en su m&#250;sica, mi coraz&#243;n palpitaba prestissimo.

Fui al dormitorio y revolv&#237; la mesita de noche. Encontr&#233; lo que buscaba en el tercer caj&#243;n y me lo llev&#233; al comedor, donde lo extend&#237; sobre la mesa. A continuaci&#243;n abr&#237; mi botella y el paquete de comida. Pero no funcion&#243;. La visi&#243;n del arroz grasiento y de la carne guisada en exceso me revolvi&#243; el est&#243;mago como un cangrejo. Cog&#237; un pedazo de pan integral.

Localic&#233; mi calle en la zona ya familiar y segu&#237; el camino al centro de la ciudad y al otro lado del r&#237;o hasta la playa sur. Cuando encontr&#233; el barrio que buscaba dobl&#233; el mapa de modo que aparecieron las ciudades de St. Lambert y Longueuil. Trat&#233; de ingerir otro bocado de souvlaki mientras examinaba los puntos de referencia, pero mi est&#243;mago se resist&#237;a a admitir ning&#250;n alimento.

Birdie se hab&#237;a aproximado a unos diez cent&#237;metros de m&#237;.

&#161;Enven&#233;nate si quieres! -le dije al tiempo que le acercaba el plato de aluminio.

Aunque sorprendido e indeciso fue hacia &#233;l iniciando su ronroneo.

En el armario del vest&#237;bulo encontr&#233; una linterna, unos guantes de jardiner&#237;a y una lata de repelente insecticida. Los met&#237; en una mochila junto con el mapa, un bloc y una carpeta de pinza. Me puse una camiseta, pantalones t&#233;janos y zapatillas de lona y trenc&#233; con energ&#237;a mis cabellos. En el &#250;ltimo momento cog&#237; una camisa vaquera de manga larga y la met&#237; dentro de la mochila. En el bloc que ten&#237;a junto al tel&#233;fono anot&#233;: Voy a inspeccionar la tercera equis de St. Lambert. Comprob&#233; en mi reloj que eran las ocho menos cuarto de la tarde, consign&#233; asimismo la fecha y la hora y dej&#233; el bloc en la mesa del comedor. Sin duda ser&#237;a innecesario, pero al menos habr&#237;a dejado una pista si tropezaba con dificultades.

Me colgu&#233; la mochila en el hombro y marqu&#233; el c&#243;digo del sistema de seguridad, pero en mi creciente excitaci&#243;n equivoqu&#233; los n&#250;meros y tuve que repetir el intento. Tras confundirme por segunda vez, hice una pausa, cerr&#233; los ojos y repet&#237; palabra por palabra un trabalenguas para despejar mi mente. Era un ejercicio trivial, un truco que hab&#237;a aprendido en la escuela de posgraduados y que, como de costumbre, funcion&#243;. Aquellos instantes de abstracci&#243;n me ayudaron a recobrar mi autocontrol, marqu&#233; el c&#243;digo sin problemas y abandon&#233; el apartamento.

Al salir del garaje rode&#233; la manzana, tom&#233; Ste. Catherine al este, fui hacia De la Montagne y segu&#237; un camino serpenteante en direcci&#243;n sur, hasta el puente Victoria, uno de los tres que conectan la isla de Montreal con la playa sur del r&#237;o San Lorenzo. Las nubes que hab&#237;an asomado discretamente en el cielo durante la tarde se agrupaban en aquellos momentos para entrar seriamente en acci&#243;n. Llenaban el horizonte, oscuras y amenazadoras, ti&#241;endo el r&#237;o de un gris hostil y negro.

R&#237;o arriba distingu&#237;a &#206;le Notre Dame e &#206;le Ste. H&#233;l&#233;ne, con el arco del puente Jacques Cartier. Las peque&#241;as islas mostraban un sombr&#237;o contorno entre la creciente oscuridad. Durante la Expo del 67 deb&#237;an de haber rebosado actividad, pero en aquellos momentos estaban ociosas, silenciosas, dormidas como los yacimientos de una antigua civilizaci&#243;n.

R&#237;o abajo se encontraba la &#206;le des Soeurs, isla de las Monjas. En otros tiempos propiedad de la iglesia era a la saz&#243;n un gueto de yupis, una peque&#241;a acr&#243;polis de condominios, campos de golf, pistas de tenis y piscinas, que se un&#237;a umbilicalmente a la ciudad gracias al puente Champlain. Las luces de sus torres de m&#250;ltiples pisos titilaban en la oscuridad como si compitieran con el distante rel&#225;mpago.

Al llegar a la playa sur sal&#237; al bulevar Sir Wilfred Laurier. En el tiempo que me llev&#243; cruzar el r&#237;o, la noche le hab&#237;a conferido un misterioso verdor. Me detuve a un lado para examinar el mapa. Tras detectar las peque&#241;as formas de color esmeralda que representaban un parque y el campo de golf St. Lambert, situ&#233; la localizaci&#243;n de mi objetivo y coloqu&#233; el mapa en el asiento contiguo al m&#237;o. Al ponerme en marcha, la descarga de un rel&#225;mpago electrific&#243; la noche. El viento se hab&#237;a recrudecido y gruesas gotas de agua comenzaban a salpicar el parabrisas.

Me intern&#233; entre la tenebrosa oscuridad que precede a la tormenta reduciendo la marcha en cada cruce para asomar la cabeza y tratar de descifrar los letreros de las calles. Segu&#237;a el camino que me hab&#237;a grabado mentalmente, girando a la izquierda en determinado punto, en otro lugar a la derecha, dando luego dos vueltas m&#225;s a la izquierda

Al cabo de otros diez minutos me detuve y aparqu&#233; el coche. Mi coraz&#243;n palpitaba como una pelota de ping-pong en pleno partido. Me frot&#233; las h&#250;medas palmas en los pantalones y mir&#233; alrededor de m&#237;.

El cielo hab&#237;a seguido ensombreci&#233;ndose y la oscuridad era casi total. Hab&#237;a atravesado barrios residenciales de peque&#241;os b&#250;ngalos y calles donde se alineaban los &#225;rboles, pero en aquellos momentos me encontraba en el extremo de un aparcamiento industrial solitario, que aparec&#237;a como una peque&#241;a media luna gris en el mapa. Estaba definitivamente sola.

Una hilera de almacenes abandonados se extend&#237;a en el lado derecho de la calle, cuyas formas inanimadas tan s&#243;lo se hallaban iluminadas por un farol callejero. Los edificios m&#225;s pr&#243;ximos al poste del farol destacaban con una claridad fantasmag&#243;rica, como un escenario bajo las luces de un estudio, mientras que las construcciones vecinas se esfumaban en el entorno cada vez m&#225;s l&#250;gubre y las m&#225;s alejadas se sum&#237;an en absoluta negrura. En algunos edificios aparec&#237;an anuncios de agentes inmobiliarios ofreci&#233;ndolos en venta o alquiler. En otros no se ve&#237;a ninguno, como si sus propietarios hubieran renunciado a ello. Las ventanas estaban rotas y los aparcamientos agrietados y cubiertos de basuras. Era un escenario en blanco y negro que recordaba Londres durante el bombardeo a&#233;reo.

El panorama de la izquierda no era menos desolador. No se ve&#237;a nada: reinaba una absoluta oscuridad. Aquel vac&#237;o correspond&#237;a a la zona verde no se&#241;alada en el mapa donde Saint Jacques hab&#237;a situado su tercera equis. Yo hab&#237;a confiado en encontrar all&#237; un cementerio o un parqu&#233;enlo.

&#161;Maldici&#243;n!

Apoy&#233; las manos en el volante y fij&#233; los ojos en la oscuridad.

&#191;Qu&#233; hacer?

En realidad no se me hab&#237;a ocurrido tal contingencia.

Un rel&#225;mpago ilumin&#243; la escena y por un momento la calle se ilumin&#243; vivamente. Algo vol&#243; de entre las sombras y choc&#243; contra el parabrisas. Me sobresalt&#233; y profer&#237; un chillido. La criatura persisti&#243; all&#237; un momento, alete&#243; contra el cristal como un tatuaje espasm&#243;dico y luego regres&#243; volando a las sombras cual err&#225;tico jinete entre el creciente viento.

Tranquila, Brennan, respira a fondo. Mi nivel de ansiedad se remontaba a la ionosfera.

Cog&#237; la mochila, me puse la camisa vaquera y, con los guantes en el bolsillo posterior y la linterna en el cintur&#243;n, me ape&#233; tras dejar el bloc de notas y el bol&#237;grafo.

Comprend&#237;a que no tendr&#237;a que tomar notas.

La noche ol&#237;a a lluvia sobre cemento c&#225;lido. El viento empujaba las basuras por la calle, formaba remolinos con las hojas y los papeles en forma de peque&#241;os ciclones y luego los dejaba caer en montones para agitarlos de nuevo. El viento se aferr&#243; tambi&#233;n a mis cabellos y mis ropas, agitando los extremos de la camisa como ropas colgadas en un tendedero. Me met&#237; la prenda en los pantalones y cog&#237; la linterna con mano temblorosa.

Proyect&#233; el rayo delante de m&#237;, cruc&#233; la calle y, al llegar a la esquina, me encontr&#233; en un estrecho tramo de hierba. No me hab&#237;a equivocado. Una verja de hierro oxidado de unos dos metros de alto discurr&#237;a por el borde de la finca y en su extremo m&#225;s alejado &#225;rboles y matorrales formaban una densa mara&#241;a, una especie de selva que se interrump&#237;a bruscamente, como controlada por la f&#233;rrea barrera. Proyect&#233; la luz hacia adelante tratando de escrutar entre los &#225;rboles, pero no logr&#233; distinguir hasta qu&#233; extremo se extend&#237;an ni lo que hab&#237;a tras ellos.

Mientras segu&#237;a la l&#237;nea de la verja, las ramas salientes se inclinaban y levantaban a impulsos del viento y sus sombras bailaban en el peque&#241;o y amarillo c&#237;rculo de mi linterna. Las gotas de lluvia azotaban las hojas sobre mi cabeza y algunas se filtraban y me salpicaban en el rostro. El aguacero no se har&#237;a esperar. El descenso de la temperatura o el entorno hostil me hac&#237;an estremecer. Probablemente ambos. Me maldije por haber cogido el insecticida en lugar de una chaqueta.

Hab&#237;a avanzado tres cuartas partes de camino por la manzana cuando me encontr&#233; ante un brusco desnivel del terreno. A la luz de la linterna comprob&#233; que se trataba de una especie de camino de entrada de servicio que conduc&#237;a hacia un claro entre los &#225;rboles. En la verja, sendas puertas estaban sujetas por una cadena y un candado a juego. Aquel acceso no parec&#237;a haber sido usado recientemente. Las malas hierbas crec&#237;an entre la gravilla que cubr&#237;a el camino y el l&#237;mite de la basura que discurr&#237;a a lo largo de la verja no estaba interrumpido en la entrada. Proyect&#233; la luz hacia el acceso, pero apenas penetr&#243; entre la oscuridad: era como usar una cerilla para iluminar el firmamento.

Tard&#233; una eternidad en avanzar otros cincuenta metros para llegar al final de la manzana. Al llegar a la esquina mir&#233; en torno. La calle que hab&#237;a seguido conclu&#237;a en sendos desv&#237;os a derecha e izquierda. Aguc&#233; la vista entre las sombras hasta el extremo m&#225;s alejado del cruce, asimismo oscuro y solitario.

Distingu&#237; una extensi&#243;n asfaltada que discurr&#237;a a lo largo de la manzana, rodeada por una cadena a modo de verja, y supuse que en otros tiempos deb&#237;a de haber sido la zona de aparcamiento de alguna f&#225;brica o almac&#233;n. El deteriorado complejo se hallaba iluminado por una sola bombilla que pend&#237;a de un improvisado arco en un poste telef&#243;nico. La bombilla estaba protegida por una pantalla met&#225;lica y difund&#237;a su iluminaci&#243;n unos seis metros. Por la desierta calzada se extend&#237;an los escombros y de vez en cuando se distingu&#237;a la silueta de una peque&#241;a chabola o cobertizo de almacenaje.

Me detuve unos momentos a escuchar. Percib&#237; el bramido del viento, las gotas de lluvia, un trueno distante y los latidos de mi coraz&#243;n. La luz que cruzaba el camino aclaraba lo suficiente la oscuridad para permitirme distinguir mis temblorosas manos.

&#161;Basta! -me dije a m&#237; misma-. Sin esfuerzo nada se consigue.

Hum &#161;Bien dicho! -exclam&#233; en voz alta.

Mi voz sonaba rara, sofocada, como si la noche absorbiera mis palabras antes de que llegasen a mis o&#237;dos.

Regres&#233; a la verja. En el extremo de la manzana, describ&#237;a un brusco giro a la izquierda, en sentido paralelo a la calle que acababa de alcanzar. Segu&#237; su curso. A unos tres metros de distancia los postes met&#225;licos conclu&#237;an en un muro de piedra. Retroced&#237; y enfoqu&#233; la luz hacia all&#237;. La pared era gris&#225;cea, de unos dos metros y medio de altura, y estaba coronada por un resalte de piedras que sobresal&#237;an quince cent&#237;metros lateralmente desde la fachada. Entre la oscuridad tan s&#243;lo distingu&#237; que discurr&#237;a a lo largo de la calle con un acceso hacia la mitad de la manzana que parec&#237;a constituir el frente de la propiedad.

Segu&#237; a lo largo de la pared y advert&#237; la presencia de papeles empapados, cristales rotos y contenedores de aluminio que se hab&#237;an amontonado en su base. Sorte&#233; una variedad de objetos que no me preocup&#233; en identificar.

A los cincuenta metros la pared daba paso de nuevo a una reja met&#225;lica oxidada con una nueva verja, asegurada como la que se encontraba en el acceso lateral. Aproxim&#233; la linterna para inspeccionar la cadena y el candado y observ&#233; que los eslabones met&#225;licos brillaban: aquella cadena parec&#237;a nueva.

Me guard&#233; la linterna en el cintur&#243;n y tir&#233; con fuerza de ella, pero resisti&#243;. Insist&#237; con id&#233;ntico resultado. Retroced&#237;, recuper&#233; la luz y pase&#233; lentamente el foco arriba y abajo de las barras.

En aquel momento algo se aferr&#243; a mi pierna. Al sentirlo asido al tobillo dej&#233; caer la linterna. Mentalmente cre&#237; ver unos ojos enrojecidos y dientes amarillos; tante&#233; con la mano y me encontr&#233; con una bolsa de pl&#225;stico.

&#161;Mierda! -exclam&#233;.

Mientras la desenredaba de mi pierna advert&#237; que ten&#237;a la boca seca y las manos m&#225;s temblorosas que antes. &#161;He sido asaltada y maltratada por una bolsa de pl&#225;stico!, me dije con sorna.

Solt&#233; la bolsa, que se alej&#243; azotada por el viento, y la o&#237; crujir mientras buscaba mi linterna a tientas en el suelo. Pero cuando la encontr&#233; se neg&#243; a funcionar. Al principio, nada; la golpe&#233; contra la palma de mi mano, y la bombilla destell&#243; pero luego se apag&#243;. Nuevo golpecito y el foco persisti&#243;, aunque tembloroso e inseguro. Abrigu&#233; pocas esperanzas en un prolongado uso.

Vacil&#233; un instante entre la oscuridad mientras consideraba qu&#233; hacer seguidamente. &#191;Deseaba con sinceridad seguir adelante? En nombre de Dios, &#191;qu&#233; me propon&#237;a conseguir? El mejor plan consist&#237;a en regresar a casa, darme un ba&#241;o caliente y acostarme.

Cerr&#233; los ojos y trat&#233; de concentrarme en el sonido, esforz&#225;ndome por filtrar cualquier rastro de presencia humana entre el estr&#233;pito de los elementos. M&#225;s tarde, en las m&#250;ltiples ocasiones en que representar&#237;a aquella escena en mi mente, me preguntar&#237;a si no se me habr&#237;a escapado algo. El crujido de neum&#225;ticos en la grava. El chirrido de una bisagra. El zumbido del motor de un coche. Tal vez yo estuviera algo desconcertada, tal vez contribuyera a ello la tormenta que se fraguaba, el caso es que no advert&#237; nada.

Aspir&#233; a fondo, ergu&#237; los hombros y trat&#233; de distinguir entre las sombras, m&#225;s all&#225; de la pared. En una ocasi&#243;n, en Egipto, cuando me encontraba en una tumba del Valle de los Reyes, fall&#243; la luz. Recuerdo haber permanecido en aquel reducido espacio sumergida no s&#243;lo en la oscuridad sino en una absoluta ausencia de luz. Me hab&#237;a sentido como si el mundo se hubiera apagado. Mientras trataba de captar algo en el vac&#237;o que se encontraba tras la valla, recobr&#233; aquella sensaci&#243;n. &#191;Qu&#233; conten&#237;a secretos m&#225;s tenebrosos? &#191;La tumba del fara&#243;n o la oscuridad reinante tras aquel muro? La equis se&#241;alaba algo: algo que est&#225; ah&#237; adentro. &#161;Adelante!

Retroced&#237; hasta la esquina y segu&#237; junto a la verja hasta la entrada lateral. &#191;C&#243;mo abrir el candado? Cuando pasaba la luz por las barras met&#225;licas en busca de una respuesta, un rel&#225;mpago ilumin&#243; la escena como el flash de una c&#225;mara fotogr&#225;fica. Percib&#237; el ozono del aire y sent&#237; un hormigueo en el cuero cabelludo y en las manos. Entre la breve explosi&#243;n de luz distingu&#237; un letrero a la derecha de las puertas. Cuando lo examin&#233; a la luz de la linterna descubr&#237; que se trataba de una peque&#241;a placa met&#225;lica que colgaba de los barrotes. Aunque oxidada y ennegrecida, su mensaje era claro: Entr&#233;e interdite. Prohibida la entrada. Acerqu&#233; la luz y trat&#233; de descifrar las palabras impresas debajo. Se trataba de algo acerca de Montreal: algo parecido a Archiduque. &#191;Archiduque de Montreal? No cre&#237; que existiera ninguno.

Observ&#233; un diminuto c&#237;rculo que aparec&#237;a bajo el escrito. Retir&#233; suavemente un poco de &#243;xido con la u&#241;a y comenz&#243; a aparecer un emblema similar a un blas&#243;n o escudo de armas que me resultaba vagamente familiar.

De repente comprend&#237;: all&#237; dec&#237;a Archidi&#243;cesis, Archidi&#243;cesis de Montreal. &#161;Naturalmente! Se trataba de una propiedad eclesi&#225;stica, probablemente de un convento o monasterio abandonados de los que Quebec estaba atestado.

Bien, Brennan, eres cat&#243;lica y, por consiguiente, en una propiedad eclesi&#225;stica te hallas protegida. A salvo de todo peligro. &#191;De d&#243;nde proced&#237;an aquellos clich&#233;s? Surg&#237;an con oleadas de adrenalina y se alternaban con estremecimientos de temor.

Met&#237; la linterna en los pantalones, cog&#237; la cadena con la mano diestra y as&#237; un oxidado fragmento de metal con la izquierda. Me dispon&#237;a a tirar con fuerza pero no ofreci&#243; resistencia alguna. Eslab&#243;n tras eslab&#243;n la cadena se desliz&#243; entre los barrotes y se enrosc&#243; en mi mu&#241;eca como una serpiente en una rama. Solt&#233; la verja y tir&#233; de la cadena con las dos manos, pero no se desprendi&#243; por completo sino que se detuvo cuando el candado se atasc&#243; entre los barrotes. Lo contempl&#233; incr&#233;dula: se hab&#237;a enganchado en el &#250;ltimo eslab&#243;n pero los dientes estaban abiertos.

Desenganch&#233; el candado, pas&#233; el resto de la cadena entre las barras y me qued&#233; observ&#225;ndolos. El viento se hab&#237;a calmado durante mis manipulaciones, y reinaba un inquietante silencio que me her&#237;a los o&#237;dos.

Colgu&#233; la cadena en la puerta derecha y atraje la izquierda hacia m&#237;. Los goznes chirriaron en el vac&#237;o dejado por el viento. Ning&#250;n otro sonido quebraba el silencio; ni ranas ni grillos ni el distante silbido de alg&#250;n tren. Era como si el universo contuviera el aliento en espera de la pr&#243;xima descarga de la tormenta.

La verja se movi&#243; dificultosamente, pas&#233; por ella y la cerr&#233; a mis espaldas. Segu&#237; el camino acompa&#241;ada por el suave crujido de mis zapatillas sobre la grava mientras paseaba la luz desde la carretera a la densa arboleda de ambos lados. A unos diez metros me detuve y dirig&#237; el foco hacia arriba. Las ramas, amenazadoramente inm&#243;viles, se entrelazaban formando un arco sobre mi cabeza.

All&#237; estaba la iglesia y la aguja del campanario. &#161;Magn&#237;fico! &#161;Volv&#237;a a la infancia! Vibraba por causa de la tensi&#243;n y rebosaba de energ&#237;as como para repintar el Pent&#225;gono. Me dije que no deb&#237;a divagar. Ten&#237;a que pensar en Claudel. &#161;No, m&#225;s concretamente en Gagnon, Trottier y Adkins!

Gir&#233; a mi derecha y pase&#233; la luz hasta donde me fue posible, deteni&#233;ndome brevemente en cada &#225;rbol de los que bordeaban el camino en interminable hilera. Al repetir la maniobra a la izquierda me pareci&#243; distinguir un peque&#241;o claro a unos diez metros.

Avanc&#233; en esa direcci&#243;n sin desviar el foco de aquel punto. Lo que parec&#237;a un hueco, en realidad no lo era. La fila de &#225;rboles no se interrump&#237;a, pero el lugar en cierto modo parec&#237;a distinto, alterado. Entonces descubr&#237; lo que hab&#237;a atra&#237;do mi atenci&#243;n. No se trataba de los &#225;rboles sino de la maleza. La vegetaci&#243;n era all&#237; escasa y desigual, y los matorrales se ve&#237;an enclenques comparados con los m&#225;s pr&#243;ximos. Como un claro que hubiera vuelto a crecer parcialmente.

Pens&#233; que eran matas m&#225;s j&#243;venes, m&#225;s recientes. Proyect&#233; la luz en todas direcciones. La reducida vegetaci&#243;n parec&#237;a extenderse en una franja estrecha, como un riachuelo que serpenteara entre los &#225;rboles o un sendero. Apret&#233; con fuerza la linterna y segu&#237; su recorrido. Al dar los primeros pasos estall&#243; la tormenta.

La firme llovizna se convirti&#243; en un repentino torrente, y los &#225;rboles se agitaron convulsivos como pose&#237;dos por todos los diablos. Los rel&#225;mpagos se recortaban en el cielo y los truenos les respond&#237;an una y otra vez cual criaturas demon&#237;acas que se persiguieran. Restallido luminoso: &#191;d&#243;nde est&#225;s? Resonancia ac&#250;stica: aqu&#237;. El viento hab&#237;a regresado con plena furia y empujaba la lluvia en diagonal.

El agua empapaba mis ropas, me aplastaba los cabellos en la cabeza, chorreaba por mi rostro, empa&#241;aba mi visi&#243;n y reviv&#237;a el escozor de la herida de mi mejilla. Me recog&#237; los cabellos tras las orejas y me pas&#233; la mano por los ojos. Con una punta de la camisa proteg&#237; la linterna para que el agua no se calase en su interior.

Segu&#237; el sendero con los hombros encorvados, sin reparar en cuanto se hallaba m&#225;s all&#225; del palmo de di&#225;metro iluminado por el foco amarillo que se proyectaba ante m&#237; y que yo paseaba a uno y otro lado del camino a fin de explorar el bosque a ambos lados, como un perro sostenido por una correa que marchara husmeando e inspeccionando el terreno.

Lo descubr&#237; a metro y medio aproximadamente. Al recordarlo comprendo que se produjo una repentina sinapsis, que en una mil&#233;sima de segundo mi cerebro conect&#243; la aportaci&#243;n visual del momento con una experiencia recientemente almacenada del pasado. En cierto nivel de conciencia comprend&#237; lo que ve&#237;a antes de que mi mente consciente elaborase la imagen.

A medida que me acercaba y el foco se centraba en mi hallazgo entre la oscuridad del entorno, volvi&#243; a mi mente el recuerdo y un amargo sabor me inund&#243; la boca desde el est&#243;mago.

Bajo el fluctuante rayo de luz distingu&#237; una bolsa de basura de pl&#225;stico que asomaba entre la tierra y las hojas, con los extremos retorcidos y atados entre s&#237;. El nudo surg&#237;a del suelo como un le&#243;n marino que se asomase a respirar.

Observ&#233; que la lluvia descargaba sobre ella y la tierra circundante. El agua ametrallaba los bordes del superficial escondrijo, convert&#237;a la tierra en barro y lenta, pero persistentemente, expon&#237;a el agujero. Sent&#237; que me temblaban las rodillas a medida que aquel bulto aparec&#237;a a la vista.

El resplandor de un rel&#225;mpago me arranc&#243; de mi abstracci&#243;n. Corr&#237; hacia la bolsa y me inclin&#233; a examinarla. Volv&#237; a guardar la linterna en los pantalones, la as&#237; por la atadura y tir&#233; de ella, pero a&#250;n estaba demasiado hundida para ceder. Trat&#233; de deshacer el nudo, mas mis dedos mojados resbalaban por el h&#250;medo pl&#225;stico y no ced&#237;a. Me acerqu&#233; a olfatear por la abertura: tan s&#243;lo se percib&#237;a olor a barro y a pl&#225;stico.

Practiqu&#233; un peque&#241;o agujero en la bolsa con la u&#241;a y ol&#237; de nuevo. Aunque d&#233;bil, el olor era inconfundible: el dulz&#243;n y f&#233;tido hedor a carne corrompida y huesos podridos. Debati&#233;ndome entre huir o descargar mi furia, percib&#237; el sonido de una rama al quebrarse y distingu&#237; unos movimientos tras de m&#237;. Cuando trataba de echarme a un lado, un rel&#225;mpago descarg&#243; dentro de mi cabeza y me sumergi&#243; en aquella tumba fara&#243;nica.





Cap&#237;tulo 15

No hab&#237;a tenido tal sensaci&#243;n de resaca desde hac&#237;a mucho tiempo: como de costumbre estaba demasiado mareada para recordar gran cosa. Al moverme, arponazos de dolor se dispararon en mi cerebro y me obligaron a inmovilizarme. Sab&#237;a que si abr&#237;a los ojos vomitar&#237;a. El est&#243;mago tambi&#233;n se me revolv&#237;a con s&#243;lo imaginar el movimiento, pero aun as&#237; ten&#237;a que levantarme. Y, por encima de todo, estaba helada. Ten&#237;a el cuerpo contra&#237;do por un helor que se me hab&#237;a infiltrado en lo m&#225;s profundo. Comenc&#233; a temblar de modo incontrolado y pens&#233; que necesitaba otra manta.

Me incorpor&#233; con los ojos fuertemente cerrados. El dolor de cabeza era tan espantoso que devolv&#237; una peque&#241;a cantidad de bilis. Inclin&#233; la cabeza hacia las rodillas y aguard&#233; a que remitieran las n&#225;useas. Sin poder abrir a&#250;n los ojos escup&#237; la bilis en mi mano izquierda y busqu&#233; el edred&#243;n con la diestra.

Entre convulsiones y escalofr&#237;os comenzaba a comprender que no me encontraba en mi cama. Al tantear encontr&#233; ramas y hojas. Aquello me oblig&#243; a abrir los ojos pese al dolor que sent&#237;a.

Estaba sentada en un bosque con las ropas mojadas y cubierta de barro. La zona que me rodeaba se hallaba sembrada de hojas y ramitas, y en el aire se percib&#237;a el denso olor a tierra y a las cosas que se convertir&#237;an en ella. Sobre mi cabeza distingu&#237; una celos&#237;a de ramas cuyos dedos negros y sutiles se entrelazaban contra un cielo de terciopelo negro. Tras ellas, un mill&#243;n de estrellas titilaban entre una frondosa cortina de hojas.

Entonces surgi&#243; el recuerdo: la tormenta, las verjas, el sendero. &#191;Pero c&#243;mo hab&#237;a ido a parar all&#237;? Aqu&#233;l no era el despertar de una resaca, s&#243;lo una parodia de ella.

Pas&#233; la mano con tiento por la nuca. Bajo los cabellos se palpaba un chich&#243;n del tama&#241;o de un huevo. &#161;Magn&#237;fico! &#161;Hab&#237;a sido golpeada dos veces en una semana. La mayor&#237;a de los boxeadores reciben menos palizas.

&#191;Pero c&#243;mo me hab&#237;an atacado? &#191;Hab&#237;a tropezado y ca&#237;do? &#191;Me hab&#237;a acertado la rama de un &#225;rbol? La tormenta hab&#237;a sacudido exageradamente las cosas, pero cerca de m&#237; no se ve&#237;an grandes ramas. No lograba recordar nada ni me preocupaba: s&#243;lo deseaba largarme de all&#237;.

Contuve las n&#225;useas y anduve a gatas en busca de la linterna. La descubr&#237; semienterrada en el barro, la limpi&#233; e intent&#233; encenderla. Me sorprendi&#243; comprobar que funcionaba. Me esforc&#233; por controlar mis temblorosas piernas para poder levantarme. Nuevas descargas estallaron en mi cabeza. Me apoy&#233; contra un &#225;rbol y volv&#237; a sentir arcadas.

El sabor a bilis impregn&#243; mi boca y despert&#243; nuevos interrogantes en mi conciencia. &#191;Cu&#225;ndo hab&#237;a comido por &#250;ltima vez? &#191;La noche del d&#237;a anterior? &#191;Aquella misma noche? &#191;Qu&#233; hora ser&#237;a? &#191;Cu&#225;nto tiempo llevaba all&#237;? La tormenta hab&#237;a concluido y dado paso a las estrellas, a&#250;n era de noche y estaba helada. Eso era cuanto sab&#237;a.

Cuando concluyeron las contracciones abdominales me ergu&#237; lentamente y pase&#233; la luz de linterna alrededor de m&#237; en busca del sendero. Al fluctuar por la superficie del terreno el rayo puls&#243; otro cable cognitivo: la bolsa enterrada. El chispazo de la memoria lleg&#243; acompa&#241;ado de una oleada de temor. As&#237; con m&#225;s fuerza la linterna, efectu&#233; un giro completo para asegurarme de que no hab&#237;a nadie tras de m&#237; y volv&#237; a centrarme en la bolsa. &#191;D&#243;nde la hab&#237;a encontrado? El recuerdo retornaba lentamente, pero en im&#225;genes fijas. Me representaba la bolsa en la mente, mas no lograba establecer su localizaci&#243;n en el terreno.

Explor&#233; entre la vegetaci&#243;n adyacente en busca del objeto enterrado. Me vibraba la cabeza y las n&#225;useas segu&#237;an remont&#225;ndose por mi garganta, pero no me quedaba nada por devolver y los in&#250;tiles esfuerzos me causaban dolor de costados y me provocaban l&#225;grimas. Me detuve de nuevo y me apoy&#233; en un &#225;rbol en espera de que los espasmos remitieran. Advert&#237; que los grillos se preparaban para un concierto tras la tormenta, y su m&#250;sica me produjo una sensaci&#243;n de arena que se filtrara por mis o&#237;dos y se extendiera por mi cerebro.

Por fin encontr&#233; la bolsa a unos tres metros. Me sent&#237;a tan agitada que apenas pod&#237;a sostener la linterna con firmeza, pero la descubr&#237; tal como la recordaba, aunque hab&#237;a m&#225;s pl&#225;stico a la vista. La rodeaba un charco de agua, y sus pliegues y hendiduras se hab&#237;an llenado asimismo de agua.

Como no me hallaba en condiciones de extraerla me limit&#233; a mirarla. Sab&#237;a que hab&#237;a que estudiar minuciosamente el escenario, pero tem&#237;a que alguien pudiera alterarlo o llevarse los restos antes de que llegase all&#237; una patrulla. Deseaba llorar de frustraci&#243;n.

&#161;Buena idea, Brennan! &#161;&#201;chate a llorar! Tal vez alguien venga a rescatarte.

Me levant&#233; temblando de fr&#237;o y temor y trat&#233; de pensar, pero mis c&#233;lulas cerebrales no cooperaban: cerraban sus puertas y se resist&#237;an a todas las llamadas. El pensamiento de que deb&#237;a telefonear se abri&#243; camino en mi mente.

Identifiqu&#233; los l&#237;mites del desigual sendero y trat&#233; de salir del bosque como mejor cre&#237; entender. Recordaba c&#243;mo hab&#237;a llegado hasta all&#237; pero ten&#237;a una vaga noci&#243;n del modo de salir. Mi sentido de orientaci&#243;n me hab&#237;a abandonado al igual que mi memoria a corto plazo. De improviso la linterna se apag&#243; y me vi sumergida en la oscuridad que me rodeaba, en la que s&#243;lo se filtraba la luz de las estrellas. De nada sirvi&#243; agitarla ni maldecirla.

&#161;Mierda! -exclam&#233;.

Por lo menos lo hab&#237;a intentado.

Trat&#233; de distinguir alg&#250;n sonido que me permitiera orientarme, pero s&#243;lo capt&#233; el canto de los grillos que chirriaban en el entorno en todas direcciones. Aquello no funcionaba.

Intent&#233; distinguir entre las sombras la vegetaci&#243;n m&#225;s o menos crecida y me deslic&#233; hacia adelante. Tanto daba un punto como otro. Ramas invisibles se enganchaban en mis ropas y cabellos, y los hierbajos se me enredaban entre los pies.

Te has salido del sendero, Brennan. Esta zona se vuelve m&#225;s densa.

Trataba de decidir qu&#233; camino tomar cuando pis&#233; en falso, en el vac&#237;o, y aterric&#233; apoy&#225;ndome en las manos y en una rodilla. Ten&#237;a los pies atrapados y la rodilla derecha aplastada contra lo que parec&#237;a tierra desprendida. La linterna, que hab&#237;a salido despedida de mis manos, se encendi&#243; al chocar en el suelo y proyect&#243; una fantasmal luz hacia m&#237;. Observ&#233; que mis pies desaparec&#237;an en un oscuro y angosto espacio.

Entre los tumultuosos latidos del coraz&#243;n sal&#237; de aquel agujero y trep&#233; hacia la luz, en diagonal, como un cangrejo en la playa. Cuando dirig&#237; el foco hacia el lugar donde hab&#237;a ca&#237;do, descubr&#237; un peque&#241;o cr&#225;ter que parec&#237;a recientemente abierto, como una herida fresca en el suelo. A su lado hab&#237;a un peque&#241;o mont&#237;culo de tierra.

Enfoqu&#233; la abertura y vi que no era grande, tal vez de unos sesenta cent&#237;metros de ancho por noventa de profundo. Cuando avanzaba a tientas hab&#237;a pisado demasiado cerca del borde y derramado un reguero de tierra en el hueco. Como cereales que cayeran de una caja -pens&#233;-, reunidos con los que yo hab&#237;a desprendido en mi ca&#237;da.

Mir&#233; con fijeza la tierra que se reun&#237;a en montoncillo en el fondo del agujero y que me suger&#237;a una idea indefinida. De pronto comprend&#237;: la tierra estaba pr&#225;cticamente seca. Incluso para mi confuso cerebro resultaba evidente que aquel agujero hab&#237;a sido cubierto o excavado despu&#233;s de la lluvia.

Un involuntario estremecimiento recorri&#243; mi cuerpo y me impuls&#243; a cruzar los brazos en el pecho para reconfortarme. A&#250;n estaba empapada y la tormenta hab&#237;a refrescado el aire a su paso. Mi instintivo movimiento no me hab&#237;a confortado y hab&#237;a desviado la luz del agujero. Desplegu&#233; los brazos y volv&#237; a enfocar la linterna. &#191;Por qu&#233; alguien habr&#237;a?

La aut&#233;ntica pregunta surgi&#243; de repente encogi&#233;ndome el est&#243;mago como una pistola del calibre cuarenta y cinco. &#191;Qui&#233;n? &#191;Qui&#233;n hab&#237;a acudido all&#237; para cavar o vaciar aquel agujero? &#191;Se encontrar&#237;a &#233;l -o ella- por all&#237; todav&#237;a? Aquel pensamiento me incit&#243; bruscamente a entrar en acci&#243;n. Gir&#233; en redondo y barr&#237; todo el contorno con mi linterna. Un estallido de dolor se dispar&#243; en mi cabeza y se triplicaron los latidos de mi coraz&#243;n.

Ignor&#243; qu&#233; esperaba ver. &#191;Un doberman asesino? &#191;A Norman Bates con su madre? &#191;A Hannibal Lecter? &#191;Al dios George Burns con su gorra de b&#233;isbol? Ninguno de ellos apareci&#243;. Estaba sola con los &#225;rboles, los matorrales y la oscuridad salpicada de estrellas.

Con el giratorio arco de luz distingu&#237; el sendero. Me apart&#233; del agujero reci&#233;n cavado y regres&#233; tambaleante hacia la bolsa semienterrada, que cubr&#237; con un mont&#243;n de hojas. El tosco camuflaje no enga&#241;ar&#237;a a quien lo hab&#237;a ocultado all&#237; pero acaso disimular&#237;a el escondrijo a una mirada accidental.

Satisfecha con mi tapadera vegetal, cog&#237; la lata de insecticida del bolsillo y la introduje en la bifurcaci&#243;n de un &#225;rbol contiguo como se&#241;al. Avanc&#233; por el terreno pisando hierbajos y ra&#237;ces y sosteni&#233;ndome con dificultades. Sent&#237;a como si las piernas se me hubieran dormido y me moviese en c&#225;mara lenta.

Al llegar al cruce del sendero con el camino met&#237; cada uno de los guantes en sendas ramas de &#225;rboles y march&#233; a trompicones hacia la verja. Estaba mareada y agotada y tem&#237;a desmayarme. La adrenalina no tardar&#237;a en consumirse y llegar&#237;a el derrumbamiento. Y cuando eso sucediera deseaba hallarme en cualquier otro lugar.

Mi viejo Mazda segu&#237;a aparcado donde lo hab&#237;a dejado. Cruc&#233; precipitadamente la calle sin mirar a derecha ni a izquierda ni preocuparme de que alguien pudiera esperarme. Revolv&#237; con desesperaci&#243;n los bolsillos en busca de las llaves y, cuando por fin las encontr&#233;, me maldije por llevar tantas en el mismo llavero. Entre imprecaciones las dej&#233; caer dos veces y por fin hall&#233; las del coche, abr&#237; la puerta y me desplom&#233; en el asiento.

Cerr&#233; la puerta, abrac&#233; el volante con las manos y apoy&#233; la cabeza en los brazos. Sent&#237;a la necesidad de dormir, de huir de mis circunstancias y alejarme de ellas. Comprend&#237; que ten&#237;a que luchar contra aquel impulso. Alguien pod&#237;a encontrarse por all&#237;, observ&#225;ndome y decidiendo qu&#233; medidas adoptar.

Pase&#233; la mirada a uno y otro lado y me record&#233; que cometer&#237;a otro error si permanec&#237;a en aquel lugar un instante m&#225;s.

Examin&#233; mentalmente al azar. De nuevo apareci&#243; George Burns que me dijo: Siempre me interesa el futuro. Me propongo pasar all&#237; el resto de mi vida.

Me incorpor&#233; bruscamente y dej&#233; caer las manos en el regazo. Un agudo dolor contribuy&#243; a despejarme la mente. No devolv&#237;: hac&#237;a progresos.

Si vas a tener un futuro, ser&#225; mejor que te largues de aqu&#237;, Brennan.

Mi voz son&#243; densa en el reducido espacio, pero tambi&#233;n contribuy&#243; a orientarme en la realidad del momento. Puse el coche en marcha y los d&#237;gitos del reloj del salpicadero me transmitieron su mensaje verde: eran las dos y cuarto de la ma&#241;ana. &#191;Cu&#225;ndo me hab&#237;a puesto en marcha?

Todav&#237;a temblorosa, di la calefacci&#243;n, aunque no estaba muy segura de su utilidad. Los escalofr&#237;os que sent&#237;a s&#243;lo en parte se deb&#237;an al viento y al fresco nocturno: en mi alma persist&#237;a un fr&#237;o m&#225;s profundo que no reaccionar&#237;a con una calefacci&#243;n mec&#225;nica. Arranqu&#233; sin mirar atr&#225;s.


Me enjabon&#233; los senos rode&#225;ndolos una y otra vez, deseosa de que la perfumada espuma despejase mi mente de los acontecimientos nocturnos. Alc&#233; el rostro hacia el chorro que ca&#237;a sobre mi cabeza y discurr&#237;a por mi cuerpo. El agua no tardar&#237;a en enfriarse, pues llevaba veinte minutos en la ducha tratando de expulsar el fr&#237;o y silenciar las voces que zumbaban en mi cabeza.

El calor, el vapor y el aroma a jazm&#237;n deber&#237;an haberme relajado, liberado mis tensiones musculares y eliminado mis dolores, pero no fue as&#237;. En todo momento estuve pendiente de percibir alg&#250;n sonido procedente de fuera, pues esperaba el timbrazo del tel&#233;fono. Temerosa de perderme la llamada de Ryan hab&#237;a llevado el aparato port&#225;til al ba&#241;o.

Al llegar a casa, incluso antes de quitarme las ropas mojadas, hab&#237;a telefoneado inmediatamente a la comisar&#237;a. La telefonista se hab&#237;a mostrado esc&#233;ptica, reacia a molestar a un detective a medianoche. Se neg&#243; rotundamente a darme el tel&#233;fono particular de Ryan, y yo me hab&#237;a dejado su tarjeta en el trabajo. En medio del sal&#243;n, entre escalofr&#237;os y con la cabeza a&#250;n retumbando y el est&#243;mago disponi&#233;ndose para otro ataque, no me hab&#237;a sentido con &#225;nimos para discutir; pero mis palabras, as&#237; como mi tono, la convencieron. Al d&#237;a siguiente me disculpar&#237;a.

Aquello hab&#237;a sucedido hac&#237;a una hora. Me palp&#233; la nuca. El chich&#243;n segu&#237;a all&#237;. Bajo mis cabellos mojados lo notaba como un huevo duro, dolorido al contacto. Antes de meterme bajo la ducha hab&#237;a revisado las instrucciones recibidas para tales ocasiones. Comprob&#233; mis pupilas, gir&#233; la cabeza con fuerza a derecha e izquierda y me pellizqu&#233; manos y pies para comprobar su sensibilidad. Todo parec&#237;a encontrarse en su sitio y funcionar a la perfecci&#243;n. Si hab&#237;a sufrido una conmoci&#243;n, hab&#237;a sido leve.

Cerr&#233; el agua y sal&#237; de la ducha. El tel&#233;fono segu&#237;a donde lo hab&#237;a dejado, mudo e indiferente.

&#191;D&#243;nde estar&#237;a aquel hombre? &#161;Diablos!

Me sequ&#233;, me puse mi viejo albornoz y me envolv&#237; los cabellos con una toalla. Comprob&#233; el contestador para asegurarme de que no se hab&#237;an recibido llamadas. No se ve&#237;a ninguna luz roja. &#161;Maldici&#243;n! Recog&#237; el tel&#233;fono port&#225;til y lo conect&#233; para verificar su funcionamiento. Me respondi&#243; el tono del dial. Era evidente que no estaba averiado. Me sent&#237;a muy agitada.

Me tend&#237; en el sof&#225; y coloqu&#233; el tel&#233;fono en la mesita de t&#233;. Sin duda que &#233;l llamar&#237;a pronto, as&#237; que no era cuesti&#243;n de irse a la cama. Cerr&#233; los ojos y me propuse descansar unos momentos antes de prepararme algo para comer. Pero el fr&#237;o, la tensi&#243;n, el cansancio y el porrazo recibido en la cabeza se confundieron en una oleada de agotamiento que me inund&#243; y aplast&#243; sumergi&#233;ndome en profundo aunque agitado sue&#241;o. No fue como dormirse sino igual que perder el sentido.

Me encontraba ante una verja observando a alguien que cavaba con una enorme pala. Cada vez que la herramienta surg&#237;a de la tierra, rebosaba de ratas. Mir&#233; al suelo y vi que hab&#237;a ratas por doquier. Ten&#237;a que apartarlas a patadas de mis pies. La persona que manejaba la pala aparec&#237;a borrosa, pero al volverse descubr&#237; que se trataba de Pete. Me se&#241;al&#243; y me dijo algo, mas no llegu&#233; a comprender sus palabras. Entonces se puso a gritar y a hacerme se&#241;as para que me acercase formando un c&#237;rculo con la boca, un c&#237;rculo negro que crec&#237;a por momentos absorbiendo su rostro y convirti&#233;ndolo en la espantosa m&#225;scara de un payaso.

Las ratas corr&#237;an por mis pies. Una de ellas arrastraba la cabeza de Isabelle Gagnon, hund&#237;a los dientes en sus cabellos y tiraba de ella por las hierbas.

Quise huir, pero las piernas no me respond&#237;an. Me hab&#237;a hundido en la tierra y estaba sobre una tumba. La tierra resbalaba alrededor de m&#237;. Charbonneau y Claudel me miraban desde lo alto. Yo trataba de hablar, pero no lograba articular palabra. Deseaba que me sacaran de all&#237; y les tend&#237;a las manos implorante, pero ellos no me hac&#237;an caso.

Se les acerc&#243; otro hombre vestido con largas ropas y extra&#241;o sombrero que me mir&#243; y me pregunt&#243; si hab&#237;a sido confirmada. No pude responderle. Me dijo que me hallaba en una propiedad eclesi&#225;stica y que ten&#237;a que marcharme. A&#241;adi&#243; que s&#243;lo quienes trabajaban para la iglesia pod&#237;an entrar en el recinto. El viento agitaba su sotana y me preocupaba que se le cayera el sombrero en la tumba. El hombre trat&#243; de sujetarse las ropas con una mano y marcar un tel&#233;fono m&#243;vil con la otra. El aparato comenz&#243; a sonar sin que &#233;l le hiciera caso. El timbre sonaba ininterrumpidamente.

Lo mismo suced&#237;a con el tel&#233;fono de mi mesita de t&#233;, al que por fin diferenci&#233; del que llamaba en mis sue&#241;os. Tras enormes esfuerzos logr&#233; despertarme y descolgar el auricular.

&#191;S&#237;? -dije, a&#250;n atontada.

&#191;Brennan?

Era un angl&#243;fono de voz brusca y familiar. Me esforc&#233; por aclararme la cabeza.

S&#237; -repet&#237; mientras trataba de consultar mi reloj. Pero no lo llevaba.

Aqu&#237; Ryan. Espero que se trate de algo serio.

&#191;Qu&#233; hora es?

No ten&#237;a idea de si hab&#237;a dormido cinco minutos o cinco horas. Me hac&#237;a vieja.

Las cuatro y cuarto.

Aguarde un segundo.

Dej&#233; el tel&#233;fono y fui al cuarto de ba&#241;o para lavarme la cara mientras cantaba un estribillo de The Drunken Sailor y daba saltitos. Reajust&#233; mi turbante y regres&#233; con Ryan. No quer&#237;a aumentar su malestar haci&#233;ndolo esperar, pero sobre todo tampoco quer&#237;a parecer atontada ni confusa. Consider&#233; m&#225;s conveniente tomarme unos momentos para despabilarme.

De acuerdo. Ya estoy aqu&#237;. Lo siento.

&#191;Cantaba alguien?

Hum. Esta noche he ido a Saint Lambert -comenc&#233;.

Deseaba contarle bastantes cosas, pero no quer&#237;a entrar en detalles a aquellas horas.

Encontr&#233; el lugar donde Saint Jacques puso su equis. Es una especie de finca eclesi&#225;stica abandonada.

&#191;Me ha llamado para decirme eso a las cuatro de la ma&#241;ana?

He encontrado un cad&#225;ver. Estaba muy descompuesto; probablemente sea ya un esqueleto a juzgar por el olor. Necesitamos ir all&#237; en seguida antes de que alguien lo encuentre o los perros del vecindario organicen un banquete sacro.

Me tom&#233; un respiro y aguard&#233;.

&#191;Se ha vuelto loca de remate?

No supe si se refer&#237;a a lo que hab&#237;a encontrado o lo dec&#237;a porque hab&#237;a ido all&#237; sola. Puesto que probablemente no se equivocaba en lo &#250;ltimo, opt&#233; por lo primero.

Reconozco un cad&#225;ver cuando lo tengo delante.

Tras un largo silencio el hombre inquiri&#243;:

&#191;Enterrado o en la superficie?

Enterrado, pero a escasa profundidad. Lo poco que vi estaba expuesto y la lluvia empeoraba la situaci&#243;n.

&#191;Est&#225; segura de que no se trata de otro condenado resto de cementerio que sale a la superficie?

El cuerpo se halla en una bolsa de pl&#225;stico.

Era obvio que como en los casos de Gagnon y Trottier.

&#161;Mierda!

Advert&#237; que rascaba una cerilla y luego la profunda respiraci&#243;n significativa de que hab&#237;a encendido un cigarrillo.

&#191;No cree que debemos ir ahora? -inquir&#237;.

De ning&#250;n modo.

Le o&#237; dar una calada.

&#191;Y qu&#233; significa ese debemos? Usted ya tiene fama de entrometida, Brennan, lo que no me impresiona en especial. Su actitud de mandarlo todo a paseo acaso funcione con Claudel, pero no surtir&#225; efectos conmigo. La pr&#243;xima vez que sienta el impulso de bailotear por el escenario de un crimen, primero ent&#233;rese cort&#233;smente de si alg&#250;n detective tiene vacantes en su carn&#233; de baile. Todav&#237;a resolvemos esa clase de cosas entre nuestros ocupados programas.

Aunque no esperaba su reconocimiento tampoco estaba preparada para una respuesta tan violenta. Comenzaba a enojarme, lo que acrecentaba el martilleo de mi cabeza. Aguard&#233;, pero &#233;l no prosigui&#243;.

Le agradezco que me devuelva tan pronto la llamada -dije.

Hum.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

Si el cerebro me hubiera funcionado a pleno rendimiento no habr&#237;a formulado tal pregunta. Me arrepent&#237; inmediatamente.

Con una amiga -respondi&#243; tras una pausa.

&#161;Buena jugada, Brennan! No era de sorprender que estuviera enojado.

Creo que hab&#237;a alguien m&#225;s por all&#237; esta noche.

&#191;C&#243;mo?

Mientras examinaba lo enterrado cre&#237; o&#237;r algo, y luego recib&#237; un porrazo en la cabeza que me dej&#243; sin sentido. Como se desencaden&#243; la tormenta con todos los elementos, no s&#233; exactamente qu&#233; sucedi&#243;.

&#191;Est&#225; herida?

No.

Otra pausa. Casi pod&#237;a distinguir el curso de sus pensamientos.

Enviar&#233; una patrulla para que vigile la zona hasta ma&#241;ana. Luego llevar&#233; all&#237; a investigaci&#243;n. &#191;Cree que necesitaremos los perros?

S&#243;lo vi una bolsa, pero debe de haber otras. Adem&#225;s, parec&#237;a como si hubieran efectuado otras excavaciones en la zona. Creo que es una buena idea.

Aguard&#233; una respuesta que no lleg&#243;.

&#191;A qu&#233; hora me recoger&#225;?-le pregunt&#233;.

No pienso recogerla, doctora Brennan. Esto es un homicidio de la vida real, de los que competen a la jurisdicci&#243;n de la brigada de homicidios, no a Se ha escrito un crimen.

Estaba furiosa. Las sienes me lat&#237;an y sent&#237;a una nub&#233;cula de calor entre ellas, en lo m&#225;s profundo del cerebro.

M&#225;s t&#250;neles que el Trans Canad&#225; -le espet&#233;-. D&#233;me algo m&#225;s firme: tales fueron sus palabras, Ryan. Pues bien, ya lo tengo y puedo conducirlo a donde se encuentra. Adem&#225;s, esto implica restos esquel&#233;ticos. Huesos. Y, si no me equivoco, &#233;sa es mi jurisdicci&#243;n.

La l&#237;nea permaneci&#243; tanto rato en silencio que cre&#237; que hab&#237;a colgado. Aguard&#233;.

Pasar&#233; a las ocho.

Estar&#233; preparada.

&#191;Brennan?

&#191;S&#237;?

Quiz&#225; deber&#237;a procurarse un casco.

Y colg&#243; el aparato.





Cap&#237;tulo 16

Ryan fue puntual y a las ocho cuarenta y cinco nos deten&#237;amos tras la furgoneta de investigaci&#243;n, aparcada a menos de tres metros de donde yo hab&#237;a dejado mi coche la noche anterior. Pero aqu&#233;l era un mundo distinto del visitado por m&#237; hac&#237;a unas horas. Luc&#237;a el sol y la calle bull&#237;a de actividad. Furgonetas y coches patrulla se alineaban en ambas curvas y por lo menos veinte personas, de paisano y uniformadas, hablaban en grupos.

Distingu&#237; a polic&#237;as del DEJ, de la SQ y a agentes de St. Lambert diseminados por all&#237;, con sus diferentes uniformes e insignias. La reuni&#243;n me record&#243; las bandas mixtas de aves que a veces forman un bullicio espont&#225;neo parloteando y piando, revelando cada una la especie a que pertenece por el color de su plumaje y las franjas de sus alas.

Una mujer con un gran bolso en el hombro y un joven portador de c&#225;maras fotogr&#225;ficas se apoyaban fumando contra la capota de un Chevy blanco. A&#250;n aparec&#237;a otra especie: la prensa. M&#225;s all&#225; de la manzana, en la franja de hierba contigua a la verja, un pastor alem&#225;n jadeaba y olfateaba en torno a un hombre con mono azul oscuro. El perro sal&#237;a disparado en breves incursiones, con el hocico en el suelo y luego regresaba como una flecha junto a su guardi&#225;n, agitando la cola y con la cara levantada. Parec&#237;a inquieto por partir, confuso por el retraso.

Todo el equipo est&#225; aqu&#237; -dijo Ryan, que acababa de aparcar y se soltaba el cintur&#243;n de seguridad.

No se hab&#237;a disculpado por su groser&#237;a ni yo lo hab&#237;a esperado. Nadie est&#225; en su mejor momento a las cuatro de la ma&#241;ana. Se hab&#237;a mostrado bastante cordial durante el trayecto, casi bromista, se&#241;alando lugares donde se hab&#237;an producido incidentes y relatando an&#233;cdotas de humillaciones y meteduras de pata. Historias policiales: All&#237;, en el tercer piso, una mujer agredi&#243; a su marido con una sart&#233;n y luego nos atac&#243; a nosotros. En aquel Poulet Kentucky Frites encontramos a un hombre desnudo en el eje del ventilador. Charlas de polis. Me pregunt&#233; si sus mapas cognoscitivos se basar&#237;an en los lugares donde se hab&#237;an producido los acontecimientos profesionales descritos en los informes policiales m&#225;s que en los nombres de calles y r&#237;os y en los n&#250;meros de los edificios que utilizamos los dem&#225;s.

Ryan distingui&#243; a Bertrand y se dirigi&#243; hacia &#233;l. Formaba parte de un grupo compuesto por un agente de la SQ, Pierre LaManche y un hombre rubio y delgado con gafas oscuras de aviador. Lo segu&#237; por la calle tratando de localizar a Claudel o Charbonneau entre la multitud. Aunque aquella reuni&#243;n era oficialmente de la SQ pens&#233; que deber&#237;an estar all&#237;. Parec&#237;an hallarse presentes todos los dem&#225;s menos ellos. A medida que nos aproxim&#225;bamos advert&#237; cuan agitado estaba el hombre de las gafas. Mov&#237;a sin cesar las manos y se manoseaba continuamente su ralo bigotillo, despeinaba algunos pelillos dispersos y luego los atusaba poni&#233;ndolos en su lugar. Observ&#233; que su cutis era en especial terso, carente de color y textura. Llevaba una chaqueta de cuero de aviador y calzaba negras botas. Era de edad indefinida: igual pod&#237;a tener veinticinco como sesenta y cinco a&#241;os.

LaManche no apartaba los ojos de m&#237; mientras nos incorpor&#225;bamos al grupo. Me salud&#243; con una inclinaci&#243;n de cabeza, aunque sin pronunciar palabra. Yo comenzaba a abrigar dudas. Hab&#237;a organizado todo aquel circo, hecho acudir all&#237; a toda aquella gente. &#191;Y si no encontraban nada? &#191;Y si alguien se hab&#237;a llevado la bolsa? &#191;Y si resultaban ser tan s&#243;lo restos de alg&#250;n cementerio antiguo que hab&#237;an aflorado a la superficie? La noche anterior estaba oscuro y yo, hecha un manojo de nervios. &#191;Hasta d&#243;nde pod&#237;a haber imaginado? Sent&#237;a una creciente tensi&#243;n en el est&#243;mago.

Bertrand nos salud&#243;. Como de costumbre parec&#237;a una versi&#243;n corpulenta y de menor estatura de un modelo masculino. Hab&#237;a escogido colores tierra para la exhumaci&#243;n, marrones y casta&#241;os ecol&#243;gicamente correctos, sin duda obtenidos sin tintes qu&#237;micos.

Ryan y yo saludamos a nuestros conocidos y nos dirigimos al hombre de las gafas. Bertrand nos present&#243;.

Andy, la doctora; y &#233;ste es el padre Poirier, que representa a la di&#243;cesis.

&#161;Archidi&#243;cesis!

Disc&#250;lpeme. Archidi&#243;cesis, puesto que se trata de una propiedad eclesi&#225;stica.

Y se&#241;al&#243; con el pulgar hacia la verja que ten&#237;a tras &#233;l.

Me llamo Tempe Brennan -me present&#233; al tiempo que le tend&#237;a la mano.

El padre Poirier fij&#243; en m&#237; sus gafas de aviador y acept&#243; mi mano en un apret&#243;n d&#233;bil y carente de energ&#237;a. Si se calificara a la gente por su forma de estrechar la mano, el hombre no alcanzar&#237;a ni un aprobado. Ten&#237;a los dedos fr&#237;os y blandos, como zanahorias que han estado demasiado tiempo en el frigor&#237;fico. Al soltarme tuve que resistir el apremio de enjugarla en mis pantalones.

Repiti&#243; el ritual con Ryan que no mostr&#243; expresi&#243;n alguna. Su temprana jovialidad hab&#237;a desaparecido, sustituida por una profunda gravedad: adoptaba el talante profesional. Poirier pareci&#243; deseoso de decir algo, pero ante la expresi&#243;n de Ryan lo pens&#243; mejor y apret&#243; los labios en tensa l&#237;nea. En cierto modo, sin haber dicho nada, reconoc&#237;a que hab&#237;a dejado de ostentar la autoridad y que era Ryan quien se encontraba en aquellos momentos al frente de la situaci&#243;n.

&#191;Ha entrado ya alguien? -inquiri&#243; Ryan.

Nadie. Cambronne lleg&#243; sobre las cinco de la ma&#241;ana -respondi&#243; Bertrand se&#241;alando al polic&#237;a uniformado que estaba a su derecha-. Nadie ha entrado ni salido. El padre nos ha dicho que s&#243;lo dos personas tienen acceso a los terrenos: &#233;l mismo y un conserje. El hombre es octogenario y trabaja aqu&#237; desde que Mamie Eisenhower populariz&#243; los flequillos.

La versi&#243;n francesa de Eisenhower sonaba c&#243;mica.

La entrada no pudo ser abierta -dijo Poirier volviendo hacia m&#237; sus gafas-. La compruebo cada vez que vengo.

&#191;Y cada cu&#225;ndo sucede eso? -pregunt&#243; Ryan.

Las gafas se apartaron de m&#237; y se fijaron en Ryan, donde se detuvieron unos momentos antes de que el hombre respondiera.

Por lo menos una vez a la semana. La iglesia se siente responsable de todas sus propiedades. No nos limi

&#191;Qu&#233; es este lugar?

De nuevo otra pausa.

El monasterio Saint Bernard. Est&#225; cerrado desde 1983. La Iglesia consider&#243; que las cifras no garantizaban su funcionamiento continuo.

Me resultaba extra&#241;o que se refiriese a la Iglesia como un ser animado, una entidad con sentimientos y voluntad. Su franc&#233;s tambi&#233;n era extra&#241;o, sutilmente distinto del acento llano y nasal al que me hab&#237;a acostumbrado. Aunque no era quebequ&#233;s, no pod&#237;a situar su origen. No se trataba del concreto y gutural sonido de Francia, al que los norteamericanos calificamos de parisino. Sospech&#233; que ser&#237;a belga o suizo.

&#191;Qu&#233; sucede ah&#237;? -inquiri&#243; Ryan.

Otra pausa, como si las ondas sonoras tuvieran que desplazarse por larga distancia hasta alcanzar al receptor.

Ahora, nada.

El sacerdote dej&#243; de hablar y suspir&#243;. Tal vez recordaba tiempos m&#225;s felices en que la iglesia prosperaba y los monasterios rebosaban actividad. Tal vez concentraba sus pensamientos, deseoso de mostrarse concreto en sus declaraciones a la polic&#237;a. Las gafas de aviador le ocultaban los ojos. Un extra&#241;o candidato para sacerdote, con su cutis impecable, su chaqueta de cuero y sus botas de motorista.

Yo vengo a comprobar la propiedad -prosigui&#243;-. Y un conserje mantiene las cosas en orden.

&#191;Las cosas? -se sorprendi&#243; Ryan, que tomaba notas en un bloc de espiral.

Vigilar la caldera y los conductos y retirar la nieve. &#201;ste es un lugar muy fr&#237;o.

Hizo un amplio adem&#225;n con el delgado brazo como si intentara abarcar toda la provincia.

Y las ventanas: a veces los muchachos disfrutan tirando piedras. -Me mir&#243;-. Tambi&#233;n las puertas y las verjas para asegurarnos de que permanecen cerradas.

&#191;Cu&#225;ndo comprob&#243; los candados por &#250;ltima vez?

El domingo a las seis de la tarde. Estaban todos seguros.

Me choc&#243; su r&#225;pida respuesta. En esta ocasi&#243;n no se hab&#237;a detenido a pensarla. Tal vez Bertrand ya le hubiera formulado la pregunta o quiz&#225; Poirier la hab&#237;a previsto, pero la velocidad de su respuesta me son&#243; a preconcebida.

&#191;Advirti&#243; algo fuera de lo corriente?

R&#237;en. Nada.

Ese conserje &#191;cu&#225;l es su nombre?

Monsieur Roy.

&#191;Cu&#225;ndo viene?

Los viernes, a menos que haya alguna tarea especial para &#233;l.

Ryan no hablaba pero segu&#237;a mir&#225;ndolo.

Como recoger la nieve o arreglar una ventana -a&#241;adi&#243; el sacerdote.

Padre Poirier, creo que el detective Bertrand ya lo ha interrogado acerca de la posibilidad de que en estos terrenos se hubieran practicado enterramientos, &#191;no es cierto?

Pausa.

No, no. No hay ninguno.

Agit&#243; la cabeza a uno y otro lado, y las gafas se movieron en su nariz. Una pata se escap&#243; de la oreja y la montura se desequilibr&#243; en un &#225;ngulo de veinte grados. Parec&#237;a un petrolero que escorara a babor.

Era un monasterio, siempre ha sido un monasterio. No hay nadie enterrado aqu&#237;. Pero he llamado a nuestra archivadora y le he pedido que comprobara los registros para asegurarme por completo.

Mientras hablaba se hab&#237;a llevado las manos a las sienes y ajustaba sus gafas aline&#225;ndolas cuidadosamente.

&#191;Conoce el motivo de nuestra presencia aqu&#237;?

Poirier asinti&#243; y los cristales se ladearon de nuevo. Se dispon&#237;a a hablar, pero no dijo nada.

De acuerdo -declar&#243; Ryan. Cerr&#243; el bloc de espiral y se lo guard&#243; en el bolsillo-. &#191;C&#243;mo sugiere que hagamos esto?

Aquella pregunta me estaba dirigida.

Perm&#237;tame acompa&#241;arlos y mostrarles lo que encontr&#233;. Cuando lo retiremos, traeremos al perro para ver si hay algo m&#225;s.

Confiaba en que mi voz transmitiera m&#225;s confianza de la que yo misma sent&#237;a. &#161;Mierda! &#191;Y si all&#237; no hubiera nada?

De acuerdo.

Ryan se dirigi&#243; a un hombre vestido con mono. El pastor alem&#225;n salt&#243; hacia &#233;l y le roz&#243; la mano con el hocico para reclamar su atenci&#243;n. El hombre le acarici&#243; la cabeza mientras hablaba con su cuidador. Luego se volvi&#243; hacia nosotros y dirigi&#243; a todo el grupo hacia la entrada. Mientras avanz&#225;bamos escudri&#241;&#233; con discreci&#243;n cuanto nos rodeaba en busca de indicadores demostrativos de mi presencia all&#237; la noche anterior. Pero fue en vano.

Aguardamos en la entrada mientras Poirier sacaba un enorme llavero del bolsillo, eleg&#237;a una llave, cog&#237;a el candado y tiraba de &#233;l con fuerza mostrando su resistencia contra los barrotes con gran ostentaci&#243;n. El candado profiri&#243; un sonido met&#225;lico en el aire de la ma&#241;ana y despidi&#243; una lluvia de or&#237;n que cay&#243; en el suelo. No pude recordar si yo lo hab&#237;a cerrado hacia unas horas.

Poirier solt&#243; el mecanismo, abri&#243; el candado y a continuaci&#243;n la puerta, que rechin&#243; suavemente, no con el penetrante chirrido met&#225;lico que yo recordaba. Se puso a un lado para permitirme el paso y todos aguardaron. LaManche a&#250;n no hab&#237;a pronunciado palabra.

Me ech&#233; la mochila en el hombro, pas&#233; junto al sacerdote y emprend&#237; la marcha por el camino. A la clara y fresca luz de la ma&#241;ana el bosque ten&#237;a un aire acogedor, nada mal&#233;volo. El sol brillaba entre las anchas hojas, y las agujas de las coniferas y el aire estaba impregnado del aroma de los pinos. Era un olor que me recordaba &#233;pocas escolares, con visiones de casas junto a lagos y campamentos de verano, en modo alguno cad&#225;veres ni negras sombras. Avanc&#233; lentamente y examin&#233; cada &#225;rbol y cada cent&#237;metro de terreno tratando de detectar ramas rotas, suelo removido, algo demostrativo de presencia humana. En especial, la m&#237;a.

Mi inquietud crec&#237;a a cada paso y se aceleraban los latidos de mi coraz&#243;n. &#191;Y si yo no hab&#237;a cerrado la verja? &#191;Si alguien hab&#237;a estado all&#237; despu&#233;s de m&#237;? &#191;Qu&#233; habr&#237;a hecho cuando yo me hube marchado?

El ambiente era el propio de un lugar que nunca hubiera visitado, pero que me resultara familiar por haber le&#237;do algo acerca de &#233;l o lo hubiera visto en fotograf&#237;as. Trat&#233; de percibir mediante el tiempo y la distancia el lugar donde se encontrar&#237;a el sendero, pero sent&#237;a graves recelos. Mis recuerdos eran atropellados y confusos, como un sue&#241;o recordado en parte. Los acontecimientos m&#225;s importantes eran vividos, mas los detalles relativos a secuencia y duraci&#243;n se volv&#237;an ca&#243;ticos. Rogu&#233; que pudiera distinguir algo que me sirviera de punto de partida.

Mis s&#250;plicas hallaron respuesta en forma de los guantes cuya existencia hab&#237;a olvidado. A la izquierda del camino, a nivel de mis ojos, tres blancos dedos asomaban de la rama de un &#225;rbol. &#161;Eso era! Escudri&#241;&#233; los &#225;rboles contiguos. El segundo guante apareci&#243; en el hueco de un peque&#241;o arce, a metro y medio aproximadamente del nivel del suelo. Me imagin&#233; temblorosa, explorando en la oscuridad el punto donde guardarlos. Me felicit&#233; por mi previsi&#243;n, aunque no por mi memoria: cre&#237;a haberlos colocado m&#225;s arriba. Tal vez, al igual que Alicia, hab&#237;a tenido una experiencia que alteraba las dimensiones de aquel bosque.

Gir&#233; entre los &#225;rboles que exhib&#237;an los guantes, por una senda apenas visible. El cambio en la maleza era tan sutil que, a no ser por las se&#241;ales, tal vez no lo habr&#237;a detectado. A la luz del d&#237;a el sendero era poco m&#225;s que un cambio de textura; la vegetaci&#243;n estaba atrofiada en todo su recorrido y era m&#225;s escasa que a ambos lados. En una estrecha l&#237;nea la cobertura vegetal no se entrecruzaba. Hierbajos y matorrales se levantaban solitarios, aislados de sus vecinos, y expon&#237;an las &#225;speras tonalidades siena de las hojas muertas y de la tierra de la que emerg&#237;an. Eso era todo.

Record&#233; los rompecabezas con que jugaba en mi ni&#241;ez. Mi abuela y yo examin&#225;bamos con detenimiento las piezas en busca de la correcta, calibr&#225;bamos con ojos y cerebro las diminutas variaciones de tonalidad y dibujo. El &#233;xito depend&#237;a de la capacidad de percibir sutiles diferencias en tonos y texturas. &#191;C&#243;mo diablos habr&#237;a detectado aquel sendero entre la oscuridad?

Distingu&#237; el crujir de hojas y el chasquido de las ramas a mi espalda. No se&#241;al&#233; los guantes, pero sab&#237;a que los hab&#237;a impresionado con mi habilidad orientativa. Brennan, la sutil exploradora. Unos metros m&#225;s adelante descubr&#237; la lata de repelente insecticida. Ah&#237; no cab&#237;an sutilezas: el brillante capuch&#243;n anaranjado brillaba como un faro entre el follaje.

Y all&#237; se encontraba mi mont&#237;culo camuflado. Bajo un roble blanco, el terreno se levantaba en una peque&#241;a protuberancia cubierta de hojas y limitada por tierra desnuda. Entre la tierra excavada distingu&#237; las marcas que hab&#237;an dejado mis dedos cuando as&#237;a los pu&#241;ados de hojas y tierra para ocultar el pl&#225;stico. Los resultados de mi apresurada tarea de camuflaje acaso revelaban m&#225;s que ocultaban, pero en aquella ocasi&#243;n me hab&#237;a parecido lo m&#225;s correcto.

He intervenido en muchas recuperaciones de cad&#225;veres. La mayor&#237;a de los cuerpos escondidos se descubren por alguna confidencia o un golpe de fortuna. Los informadores denuncian a sus c&#243;mplices o ni&#241;os excitados revelan los descubrimientos realizados. Ol&#237;a tan espantosamente que comenzamos a hurgar. Me resultaba extra&#241;o haberme comportado como aquellos ni&#241;os.

All&#237; -dije se&#241;alando el mont&#243;n de hojas.

&#191;Est&#225; segura? -pregunt&#243; Ryan.

Me limit&#233; a mirarlo. Nadie dijo palabra. Dej&#233; la mochila en el suelo y extraje de ella otro par de guantes de jardiner&#237;a. Fui hacia el mont&#237;culo y situ&#233; los pies con cuidado para alterar lo menos posible la escena. Parecer&#237;a absurdo a la luz de mi agitaci&#243;n de la noche anterior, pero siempre se espera una t&#233;cnica adecuada para el escenario oficial de los hechos.

Me puse en cuclillas y apart&#233; las hojas con la mano hasta descubrir una peque&#241;a parte de la bolsa de pl&#225;stico. El bulto segu&#237;a enterrado en el suelo y el contorno irregular suger&#237;a que su contenido estaba seguro en el interior. Parec&#237;a inalterado. Al volverme vi que Poirier se persignaba.

Tomemos algunas fotos para el registro -orden&#243; Ryan a Cambronne.

Me un&#237; a los dem&#225;s y aguardamos en silencio mientras Cambronne segu&#237;a su ritual. Desempaquet&#243; su equipo, inscribi&#243; una placa de marca y fotografi&#243; el bulto y la bolsa desde varias distancias y direcciones. Por &#250;ltimo baj&#243; su c&#225;mara fotogr&#225;fica y retrocedi&#243; unos pasos.

Ryan se volvi&#243; a LaManche.

Doctor

Temperance -dijo LaManche por vez primera desde mi llegada.

Saqu&#233; una paleta de mi mochila y me adelant&#233; hacia el mont&#237;culo. Barr&#237; las hojas restantes y descubr&#237; con cuidado la mayor parte posible de la bolsa. Su aspecto era tal como lo recordaba. Incluso advert&#237; la peque&#241;a perforaci&#243;n que yo misma hab&#237;a practicado con la u&#241;a.

Con ayuda de la paleta despej&#233; de tierra la periferia del bulto exponi&#233;ndolo lentamente, cada vez m&#225;s. La tierra ol&#237;a a a&#241;eja y a cerrada como si, comprimida entre sus mol&#233;culas, contuviera una diminuta parte de cuanto hab&#237;a alimentado desde que los glaciales la liberaron de su helado pu&#241;o.

Se o&#237;an voces procedentes de los representantes de la ley apostados en la calle, pero en el lugar donde yo trabajaba los &#250;nicos sonidos los profer&#237;an los p&#225;jaros, los insectos y el firme trabajo de zapa de mi paleta. Las ramas se agitaban a impulsos de la brisa en una versi&#243;n m&#225;s suave que la danza interpretada la noche anterior. El escenario nocturno recordaba a guerreros masai saltando y abalanz&#225;ndose en simulacro de batalla; el espect&#225;culo matinal era como el vals de aniversario. Las sombras se mov&#237;an por la bolsa y por los rostros del solemne grupo de los testigos de su emergencia. Yo observaba su agitado movimiento por el pl&#225;stico como t&#237;teres en un espect&#225;culo siniestro.

Al cabo de un cuarto de hora el mont&#237;culo se hab&#237;a convertido en un hueco y aparec&#237;a a la vista m&#225;s de la mitad de la bolsa. Imagin&#233; que el contenido se habr&#237;a recolocado a medida que avanzaba la descomposici&#243;n y que los huesos se ve&#237;an liberados de sus responsabilidades anat&#243;micas. Si de huesos se trataba.

Dej&#233; la paleta en el suelo en la creencia de que hab&#237;a retirado bastante tierra para liberar el bulto, as&#237; el retorcido pl&#225;stico y tir&#233; lentamente de &#233;l, pero no cedi&#243;. Suced&#237;a lo mismo que la noche anterior. Parec&#237;a como si alguien se hallara bajo tierra y sostuviera el extremo opuesto de la bolsa desafi&#225;ndome a un macabro estira y afloja.

Cambronne, que hab&#237;a seguido fotografiando mientras yo excavaba, se encontraba en aquellos momentos detr&#225;s de m&#237;, en posici&#243;n de fijar en Kodachrome el momento en que se liberara la bolsa. En mi cerebro surgi&#243; la frase: Capturar los momentos de nuestras vidas. Pens&#233; que asimismo de las muertes.

Me limpi&#233; los guantes en los costados de los t&#233;janos, as&#237; el saco lo m&#225;s abajo posible y le di un brusco y repentino tir&#243;n. Sent&#237; c&#243;mo se remov&#237;a y se recolocaba levemente su contenido y, aspirando profundamente, tir&#233; de nuevo, en esta ocasi&#243;n con m&#225;s fuerza. Deseaba extraer la bolsa, no desgarrarla. El bulto cedi&#243; ligeramente y luego se deposit&#243; de nuevo en el fondo.

Apuntal&#233; los pies y tir&#233; de nuevo. Mi adversario subterr&#225;neo cedi&#243; en la refriega, y el saco comenz&#243; a liberarse. Reafirm&#233; los dedos en torno al retorcido pl&#225;stico y, tras echarme hacia atr&#225;s, extraje poco a poco la bolsa del agujero.

Una vez que hubo aparecido por el borde, afloj&#233; la presi&#243;n y retroced&#237; unos pasos. Se trataba de una bolsa corriente de basura, de las que se utilizan en las cocinas y garajes de toda Norteam&#233;rica, y estaba intacta. Su contenido formaba bultos. No era pesada. &#191;Ser&#237;a &#233;sta buena o mala se&#241;al? &#191;Me encontrar&#237;a con el cad&#225;ver de alg&#250;n perro y me ver&#237;a humillada, o con los restos de un cuerpo humano y quedar&#237;a justificada?

Cambronne entr&#243; en acci&#243;n. Coloc&#243; su letrero y tom&#243; una serie de fotograf&#237;as. Me quit&#233; un guante y saqu&#233; del bolsillo mi navaja suiza.

Cuando Cambronne hubo concluido, me arrodill&#233; junto a la bolsa. Me temblaban ligeramente las manos, pero por fin hund&#237; la u&#241;a en la peque&#241;a rendija de la hoja y la abr&#237;. El acero inoxidable brill&#243; con los rayos del sol. Escog&#237; un punto del extremo atado para la incisi&#243;n, mientras sent&#237;a fijos en m&#237; cinco pares de ojos.

Mir&#233; a LaManche: sus rasgos variaban a medida que las sombras evolucionaban. Me pregunt&#233; brevemente cu&#225;l ser&#237;a mi aspecto a la luz diurna. LaManche asinti&#243;, y oprim&#237; la hoja.

Antes de que se rompiera el pl&#225;stico detuve la mano como refrenada por una cuerda invisible. De pronto todos lo o&#237;mos, pero fue Bertrand quien expres&#243; el pensamiento colectivo:

&#191;Qu&#233; diablos sucede? -exclam&#243;.





Cap&#237;tulo 17

El repentino estr&#233;pito era una barah&#250;nda. Los fren&#233;ticos ladridos de un perro mezclados con voces humanas crec&#237;an en intensidad. Sonaban gritos por todas partes, tensos y entrecortados, pero demasiado confusos para distinguir las palabras. El alboroto se produc&#237;a dentro del recinto del monasterio, en alg&#250;n lugar a nuestra izquierda. Al principio pens&#233; que el merodeador nocturno hab&#237;a regresado y que todos los polic&#237;as de la provincia, o por lo menos un pastor alem&#225;n, lo persegu&#237;an.

Mir&#233; a Ryan y a los dem&#225;s, que al igual que yo se hab&#237;an quedado petrificados. Incluso Poirier hab&#237;a dejado de manosear su bigote y apoyaba la mano en el labio superior.

Luego el sonido cada vez m&#225;s pr&#243;ximo de alguien que se precipitaba indiscriminadamente por el follaje rompi&#243; el hechizo. Volvimos las cabezas de modo simult&#225;neo, como movidos por un mismo resorte. Desde alg&#250;n lugar entre los &#225;rboles son&#243; una voz:

&#191;Est&#225; usted ah&#237;, Ryan?

S&#237;.

Nos orientamos en direcci&#243;n a aquel sonido.

Sacre bleu! -M&#225;s crujidos y agitaci&#243;n-. Estoy aqu&#237;.

Un agente de la SQ apareci&#243; ante nosotros apartando las ramas y murmurando ruidosamente. Estaba congestionado y jadeaba; el sudor le perlaba la frente y aplastaba el flequillo que rodeaba su cabeza casi calva. Al descubrirnos, apoy&#243; las manos en las caderas y se inclin&#243; para recobrar el aliento. Distingu&#237; los ara&#241;azos que le hab&#237;an producido las ramas en el desnudo cr&#225;neo.

Al cabo de unos momentos se levant&#243; y se&#241;al&#243; con el pulgar en la direcci&#243;n de donde proced&#237;a. Con voz entrecortada, como aire que pasara por un filtro obturado, exclam&#243;:

Ser&#225; mejor que vaya all&#237;, Ryan. El condenado perro est&#225; como endemoniado.

Observ&#233; de reojo que Poirier se llevaba la mano a la frente y luego al pecho. Una vez m&#225;s presenciaba la se&#241;al de la cruz.

&#191;C&#243;mo? -Ryan enarc&#243; las cejas asombrado.

DeSalvo se lo llev&#243; a dar una vuelta por el recinto como usted dijo, y el hijo de perra comenz&#243; a dar c&#237;rculos en determinado lugar y a ladrar como si creyera que Adolf Hitler y todo su maldito ej&#233;rcito estuvieran enterrados.

Hizo una pausa y a&#241;adi&#243;:

&#161;Esc&#250;chenlo!

&#191;Y?

&#191;Y qu&#233;? Ese condenado se reventar&#225; las cuerdas vocales. Si no acude usted all&#237; en seguida, no dejar&#225; de perseguirse su propio rabo.

Contuve una sonrisa: era una imagen muy c&#243;mica.

Ret&#233;nganlo unos momentos. Denle una golosina o un Valium si es necesario. Primero hemos de concluir algo aqu&#237;. -Consult&#243; su reloj-. Estar&#233; all&#237; dentro de diez minutos.

El agente se encogi&#243; de hombros, solt&#243; una rama que sosten&#237;a y se dispuso a marcharse.

&#161;Eh, Piquot!

El hombre volvi&#243; su gran rostro.

Aqu&#237; hay un sendero.

Paciencia -resopl&#243; mientras tanteaba el camino por la enmara&#241;ada vegetaci&#243;n hacia el lugar que Ryan le indicaba.

Pens&#233; que lo perder&#237;a a los quince metros.

Y otra cosa, Piquot -prosigui&#243; Ryan.

El hombre se volvi&#243; de nuevo.

No permita que Rin Tin Tin estropee nada.

A continuaci&#243;n se volvi&#243; hacia m&#237;.

&#191;Espera a que llegue su cumplea&#241;os, Brennan?

O&#237;mos a Piquot alejarse hasta que se perdi&#243; de vista, mientras yo abr&#237;a la bolsa de uno a otro extremo.

El olor no surgi&#243; bruscamente ni me inund&#243; como en el caso de Isabelle Gagnon. Libre de sus limitaciones, se difundi&#243; poco a poco hasta imponerse en el ambiente. Lo identifiqu&#233; como tierra y plantas descompuestas y una capa de algo m&#225;s. No era el f&#233;tido hedor de la putrefacci&#243;n sino un olor m&#225;s primitivo, que recordaba la muerte, or&#237;genes y extinciones, vida reciclada. Yo ya lo hab&#237;a percibido con anterioridad. Comprend&#237; que el saco conten&#237;a algo muerto y no recientemente.

Dese&#233; que no se tratara de un perro o un ciervo y separ&#233; la abertura con las manos, de nuevo temblorosas, entre las que se estremec&#237;a el pl&#225;stico. Cambi&#233; de opini&#243;n; ojal&#225; fuese un perro o un ciervo.

Ryan, Bertrand y LaManche se aproximaron cuando yo retiraba el pl&#225;stico roto. Poirier se qued&#243; inm&#243;vil como una l&#225;pida, cual si hubiera echado ra&#237;ces en el suelo.

Primero vi un om&#243;plato. No era gran cosa, pero suficiente para confirmar que no se trataba de la captura de un cazador ni de un animal dom&#233;stico. Mir&#233; a Ryan, que entornaba los ojos y apretaba las mand&#237;bulas por causa de la tensi&#243;n.

Es un ser humano.

Poirier se persign&#243; de nuevo.

Ryan sac&#243; su bloc y pas&#243; la p&#225;gina.

&#191;Qu&#233; tenemos? -pregunt&#243;.

Su voz era m&#225;s cortante que la hoja que yo acababa de utilizar.

Mov&#237; ligeramente los huesos.

Costillas, om&#243;platos, clav&#237;culas, v&#233;rtebras -Hice una pausa-. Parece que todos son tor&#225;cicos.

Estern&#243;n -a&#241;ad&#237; al dar con &#233;l.

Tante&#233; entre los huesos buscando m&#225;s partes de cuerpo. Los dem&#225;s observaban en silencio. Al llegar al fondo de la bolsa una gran ara&#241;a marr&#243;n se desliz&#243; por mi mano y me subi&#243; por el brazo. Distingu&#237; sus ojos sobresalientes como peque&#241;os periscopios que buscaban la causa de aquella intrusi&#243;n. Sus peludas patas, ligeras y delicadas como un pa&#241;uelo de encaje, rozaron mi piel. Di una sacudida y desped&#237; la ara&#241;a al espacio.

Eso es todo -conclu&#237;.

Me ergu&#237; y retroced&#237; con un crujido de rodillas.

El torso sin brazos.

Sent&#237;a una especie de escalofr&#237;o y no por causa de la ara&#241;a.

Dej&#233; caer los brazos inertes a los costados. No sent&#237;a alegr&#237;a alguna por justificar mi criterio, s&#243;lo una sensaci&#243;n embotadora, como si me hallara bajo los efectos de una fuerte impresi&#243;n. Mi ser emocional se hab&#237;a cerrado, colgado un cartel e ido a almorzar. Pens&#233; que de nuevo hab&#237;a sucedido: otro ser humano hab&#237;a muerto. Por all&#237; rondaba un monstruo.

Ryan tomaba notas en su bloc. Le abultaban los tendones del cuello.

&#191;Y ahora qu&#233;? -La voz de Poirier son&#243; chirriante.

Ahora encontraremos el resto -dije.

Cambronne se colocaba para tomar fotos cuando o&#237;mos regresar a Piquot. De nuevo ven&#237;a a campo traviesa. Al llegar a nuestro lado mir&#243; los huesos y susurr&#243; una palabrota.

Ryan se dirigi&#243; a Bertrand.

&#191;Puede quedarse aqu&#237; mientras vigilamos al perro?

Bernard asinti&#243;; estaba tan r&#237;gido como los pinos que nos rodeaban.

Guardaremos lo que hemos encontrado, y luego investigaci&#243;n revisar&#225; toda esta zona. Enviar&#233; a buscarlos.

Dejamos a Bertrand y Cambronne y seguimos a Piquot hacia donde sonaban los ladridos. El animal parec&#237;a muy alterado.


Tres horas despu&#233;s, sentada en una franja de hierba, examinaba cuatro bolsas que conten&#237;an restos humanos. El sol estaba en lo alto y sent&#237;a su calor en mis hombros, sin aplacar el fr&#237;o que ten&#237;a en mi interior. A cinco metros el perro yac&#237;a cerca de su cuidador, con la cabeza ladeada sobre sus enormes patas marrones. Hab&#237;a sido una gran ma&#241;ana para &#233;l.

Esos animales, condicionados para responder al olor de los tejidos corp&#243;reos descompuestos o en descomposici&#243;n, logran descubrir cad&#225;veres ocultos como los sistemas de infrarrojos identifican el calor. Incluso despu&#233;s de ser retirados, detectan los antiguos lugares donde se encontr&#243; carne corrompida. Son los sabuesos de los muertos.

Aquel perro hab&#237;a actuado perfectamente centr&#225;ndose en otros tres lugares m&#225;s de enterramiento. En cada ocasi&#243;n anunciaba su encuentro ladrando con celo, dando dentelladas al aire y rodeando aquel punto en fren&#233;tica demostraci&#243;n. Me pregunt&#233; si todos los perros expertos descubridores de cad&#225;veres ser&#237;an tan apasionados con su trabajo.

Necesitamos dos horas para excavar, procesar y guardar en bolsas los restos; realizamos un inventario preliminar antes de retirarlos y luego registramos cada fragmento &#243;seo en una lista m&#225;s detallada.

Mir&#233; al perro: parec&#237;a casi tan cansado como yo. S&#243;lo se mov&#237;an sus ojos; las &#243;rbitas de color chocolate giraban como antenas de radar. Paseaba su mirada sin mover la cabeza.

El animal ten&#237;a derecho a estar agotado y tambi&#233;n yo. Cuando por fin levant&#243; la cabeza, asom&#243; su larga y delgada lengua, que colg&#243; estremecida. Sumida en silencio volv&#237; a enfrascarme en el inventario.

&#191;Cu&#225;ntos?

No lo hab&#237;a o&#237;do acercarse, pero conoc&#237; su voz. Me apuntal&#233; en mi sitio.

Bonjour, monsieur Claudel. Comment &#231;a va?

&#191;Cu&#225;ntos? -repiti&#243;.

Uno -respond&#237; sin levantar los ojos.

&#191;Falta algo?

Acab&#233; de escribir y me volv&#237; a mirarlo. Estaba plantado, con los pies separados, la chaqueta colgada de un brazo y retiraba el celof&#225;n de un bocadillo expedido por una m&#225;quina.

Al igual que Bertrand, Claudel vest&#237;a tejidos naturales, camisa y pantalones de algod&#243;n y chaqueta de hilo. Sin embargo, se ce&#241;&#237;a a los colores verdes; al parecer prefer&#237;a mostrar un aspecto m&#225;s ingenuo. El &#250;nico contraste de color consist&#237;a en el dibujo de su corbata. De vez en cuando hab&#237;a introducido una elegante pincelada de tono mandarina.

&#191;Puede decirme qu&#233; tenemos?

Me se&#241;al&#243; con su bocadillo de carne.

S&#237;.

&#191;S&#237;?

Apenas hac&#237;a treinta segundos que hab&#237;a llegado y yo ya deseaba arrancarle el bocadillo de la mano y met&#233;rselo por la nariz o por cualquier otro orificio. Claudel no lograba despertar mis mejores sentimientos ni siquiera cuando estaba relajada y descansada, y aquella ma&#241;ana no me hallaba precisamente en tal situaci&#243;n. Como el perro, estaba agotada. Me faltaban energ&#237;as e inclinaci&#243;n para seguirle el juego.

Tenemos parte de un esqueleto humano sin apenas tejidos blandos. El cuerpo fue descuartizado, metido en bolsas de basura y enterrado en cuatro lugares distintos. -Se&#241;al&#233; los jardines del monasterio-. Anoche encontr&#233; una bolsa. El perro ha olfateado las tres restantes esta ma&#241;ana.

Dio un bocado y mir&#243; hacia los &#225;rboles.

&#191;Qu&#233; falta? -Su voz llegaba confusa entre el jam&#243;n y la mostaza.

Lo mir&#233; sin decir palabra, pregunt&#225;ndome por qu&#233; me resultar&#237;a tan irritante una pregunta rutinaria. Era el modo de proferirla. Me repet&#237; una variaci&#243;n de mi autoserm&#243;n sobre Claudel: No le hagas caso: es un reptil. No esperes m&#225;s que altivez y arrogancia. Sabe que ten&#237;as raz&#243;n: a estas alturas ya est&#225; al corriente de todo, pero no va a decir &#161;Bravo por ti! Ha de fastidiarlo enormemente. Eso deber&#237;a bastarte. Dej&#233;moslo as&#237;.

Al ver que no respond&#237;a volvi&#243; a centrar su atenci&#243;n en m&#237;.

&#191;Falta algo?

S&#237;.

Dej&#233; la hoja de inventario y lo mir&#233; de modo directo a los ojos. &#201;l parpade&#243; sin dejar de masticar. Me pregunt&#233; brevemente por qu&#233; no llevar&#237;a gafas.

La cabeza.

Dej&#243; de masticar.

&#191;C&#243;mo?

Que falta la cabeza.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

Si lo supiera no faltar&#237;a, monsieur Claudel.

Lo vi apretar las mand&#237;bulas y luego aflojarlas, pero no porque masticase.

&#191;Algo m&#225;s?

&#191;Algo m&#225;s qu&#233;?

Si falta algo m&#225;s.

Nada significativo.

Digeri&#243; mentalmente aquellos hechos al igual que su bocadillo. Mientras masticaba arrug&#243; el envoltorio, form&#243; con &#233;l una fuerte pelota que se guard&#243; en el bolsillo y se enjug&#243; las comisuras de la boca con el &#237;ndice.

Supongo que no va a decirme nada m&#225;s.

Era una afirmaci&#243;n m&#225;s que un interrogante.

Cuando haya podido examinar

S&#237;.

Dio media vuelta y se march&#243;.

Cerr&#233; las cremalleras de las bolsas maldiciendo entre dientes. El perro movi&#243; bruscamente la cabeza ante aquel sonido y me sigui&#243; con la mirada mientras met&#237;a la carpeta de pinza en la mochila y cruzaba la calle en direcci&#243;n al encargado del dep&#243;sito, cuya cintura era como la c&#225;mara de aire de un tractor. Le dije que hab&#237;a concluido y que pod&#237;an cargar los restos y luego aguardar.

M&#225;s arriba, en la calle, distingu&#237; a Ryan y Bertrand que hablaban con Claudel y Charbonneau: la SQ se reun&#237;a con el CUM. Mi estado paranoico me hizo sentir sospechas de su charla. &#191;Qu&#233; les dir&#237;a Claudel? &#191;Me estar&#237;a ridiculizando? La mayor&#237;a de los polic&#237;as son tan jurisdiccionales como monos aulladores: se sienten celosos de su terreno, se reservan sus casos, desean efectuar sus propias persecuciones. Claudel era peor que los dem&#225;s &#191;pero por qu&#233; se mostraba tan desde&#241;oso conmigo?

Olv&#237;dalo, Brennan. Es un bastardo y lo has ridiculizado en su propio terreno. No est&#225;s en la c&#250;spide de sus preferencias. Deja de preocuparte acerca de sentimientos y conc&#233;ntrate en el trabajo. Tampoco eres inocente de antecedentes personales posesivos en tus casos.

La charla se interrumpi&#243; cuando yo llegu&#233;. Su comportamiento modific&#243; en parte el espont&#225;neo enfoque que me propon&#237;a, pero disimul&#233; mi incomodidad.

&#161;Hola, doctora! -exclam&#243; Charbonneau.

Lo salud&#233; con una inclinaci&#243;n y una sonrisa.

As&#237; pues, &#191;qu&#233; tenemos? -pregunt&#233;.

Su jefe se march&#243; hace una hora como tambi&#233;n el padre. Investigaci&#243;n est&#225; concluyendo -dijo Ryan.

&#191;Han encontrado algo m&#225;s?

Neg&#243; con la cabeza.

&#191;Alg&#250;n resultado con el detector de metal?

Hemos tocado todas las condenadas teclas de la provincia -Ryan se expresaba con exasperaci&#243;n-. Estamos preparados para manejar un parqu&#237;metro. &#191;Y usted?

He terminado. He ordenado a los chicos del dep&#243;sito que carguen.

Claudel dice que falta la cabeza.

Es cierto. Falta el cr&#225;neo, la mand&#237;bula y las cuatro primeras v&#233;rtebras.

&#191;Qu&#233; cree que significa eso?

Significa que la v&#237;ctima fue decapitada y que el asesino meti&#243; la cabeza en otro lugar. Acaso la enterr&#243; aqu&#237;, pero en diferente sitio, al igual que hizo con las restantes partes del cuerpo, que estaban muy diseminadas.

&#191;De modo que debe de haber otra bolsa por ah&#237;?

Tal vez. O pudo disponer de ella de otro modo.

&#191;Como por ejemplo?

Ech&#225;ndola al r&#237;o, por una letrina o en su horno. &#191;C&#243;mo diablos voy a saberlo?

&#191;Por qu&#233; har&#237;a algo as&#237;? -interrog&#243; Ryan.

Tal vez para que el cuerpo no pudiera ser identificado.

&#191;Podr&#225; serlo?

Probablemente. Pero ser&#237;a mucho m&#225;s f&#225;cil si cont&#225;ramos con los dientes y los archivos dentales. Adem&#225;s, ha dejado las manos.

&#191;Y?

Si mutilan un cad&#225;ver para evitar su identificaci&#243;n tambi&#233;n suelen hacer desaparecer las manos.

Me mir&#243; con aire inexpresivo.

Pueden obtenerse huellas de cad&#225;veres muy descompuestos mientras se conserve algo de piel. Yo las he obtenido de una momia de quinientos a&#241;os de antig&#252;edad.

&#191;Estaba fichada? -pregunt&#243; Claudel con aire indiferente.

No figuraba en los archivos -respond&#237; con igual falta de entusiasmo.

Pero s&#243;lo son huesos -dijo Bertrand.

El asesino no lo sabe. No pod&#237;a imaginar cu&#225;ndo se encontrar&#237;a el cad&#225;ver.

Al igual que Gagnon, pens&#233;. S&#243;lo que &#233;ste lo hab&#237;a enterrado.

Me interrump&#237; un momento e imagin&#233; al asesino merodeando por el bosque entre la oscuridad, distribuyendo las bolsas y su macabro contenido. &#191;Habr&#237;a descuartizado a la v&#237;ctima en otro lugar, llenado las bolsas con los fragmentos ensangrentados y los habr&#237;a transportado all&#237; en coche? &#191;Aparcar&#237;a en el mismo lugar que yo o le habr&#237;a sido posible, de alg&#250;n modo, introducirse en el recinto? &#191;Habr&#237;a cavado primero los agujeros y planeado la localizaci&#243;n de cada uno? &#191;O simplemente habr&#237;a llevado en las bolsas las porciones del cad&#225;ver, cavando huecos en unos y otros lugares y realizando cuatro viajes desde su coche? &#191;Obedecer&#237;a la descuartizaci&#243;n a un ataque de p&#225;nico por ocultar un crimen pasional, o el crimen y la mutilaci&#243;n hab&#237;an sido fr&#237;amente premeditados?

De pronto me abrum&#243; una horrible posibilidad: &#191;habr&#237;a estado all&#237; conmigo la noche anterior? Retorn&#233; al presente.

O

Todas las miradas convergieron en m&#237;.

O acaso a&#250;n se halle en su poder.

&#191;Se la ha guardado? -se burl&#243; Claudel.

&#161;Mierda! -exclam&#243; Ryan.

&#191;Como la teor&#237;a de la violencia de Dahmer? -inquiri&#243; Charbonneau.

Me encog&#237; de hombros.

Ser&#225; mejor que traigamos de nuevo al perro para que se d&#233; otra vuelta -dijo Ryan-. A&#250;n no lo hemos hecho venir donde se encontraba el torso.

De acuerdo -asent&#237;-. Al animal le gustar&#225;.

&#191;Le importa que nos quedemos? -pregunt&#243; Charbonneau.

Claudel le lanz&#243; una mirada asesina.

No, mientras tenga gratos pensamientos -dije-. Voy en busca del perro. Esp&#233;renme en la entrada.

Al alejarme distingu&#237; la palabra perra con la pronunciaci&#243;n nasal de Claudel. Me dije que sin duda se refer&#237;a al animal.

El sabueso se puso en pie de un brinco al verme llegar y agit&#243; lentamente su cola mientras paseaba su mirada de m&#237; al hombre vestido con el mono azul, como si pidiera permiso para acercarse a la reci&#233;n llegada. Advert&#237; que el cuidador llevaba impreso en el pecho el nombre DeSalvo.

&#191;Est&#225; nuestro amigo dispuesto para otro paseo? -le pregunt&#233; se&#241;alando al animal con la mano.

DeSalvo inclin&#243; levemente la cabeza, y el perro salt&#243; hacia adelante y me lami&#243; los dedos.

Se llama Margot -repuso el hombre en ingl&#233;s aunque con acento franc&#233;s.

Se expresaba en voz baja y uniforme y se mov&#237;a con aire gr&#225;cil y tranquilo, como los que acostumbran pasar el tiempo con los animales. Era moreno y con el rostro surcado de arrugas, un abanico de las cuales irradiaban desde las comisuras de los ojos. Ten&#237;a aspecto de vivir al aire libre.

&#191;Francesa o inglesa?

Es biling&#252;e.

&#161;Eh, Margot!-dije. Dobl&#233; la rodilla para rascarle las orejas-. Lamento haberme equivocado de g&#233;nero. Gran d&#237;a, &#191;verdad?

Margot movi&#243; la cola con m&#225;s velocidad. Cuando me levant&#233;, salt&#243; hacia atr&#225;s, dio un gran giro y luego se qued&#243; inm&#243;vil y examin&#243; atentamente mi rostro. Lade&#243; la cabeza a uno y otro lado, y la arruga que hab&#237;a entre sus ojos se frunci&#243; y se alis&#243;.

Soy Tempe Brennan -me present&#233; al tiempo que tend&#237;a la mano a DeSalvo.

El hombre prendi&#243; un extremo de la correa de Margot a su cintur&#243;n y asi&#243; el otro. A continuaci&#243;n me tendi&#243; la mano, que era &#225;spera y firme, como metal forjado. Su apret&#243;n merec&#237;a un sobresaliente.

Yo soy David DeSalvo.

Creemos que tiene que haber algo m&#225;s, Dave. &#191;Estar&#225; Margot preparada para otra ronda?

M&#237;rela.

Al o&#237;r su nombre Margot irgui&#243; las orejas, agach&#243; la cabeza, alz&#243; las ancas y se abalanz&#243; hacia adelante en una serie de saltitos sin apartar su mirada del rostro de DeSalvo.

Bien. &#191;Cu&#225;nto terreno han cubierto hasta ahora?

Hemos avanzado en zigzag por todo el recinto, salvo donde usted trabajaba.

&#191;Existe alguna posibilidad de que se dejara algo?

No, hoy no. -Neg&#243; con la cabeza-. Las condiciones son perfectas. La temperatura es correcta y el tiempo agradable y h&#250;medo por causa de la lluvia. Corre una brisa excelente, y Margot est&#225; en perfecta forma.

La perra le frot&#243; la rodilla con el hocico, y el hombre la premi&#243; con unas caricias.

Margot no suele perderse nada. Ha sido entrenada exclusivamente para seguir el olor de los cad&#225;veres, por lo que no se desviar&#225; por otra cosa.

Como los rastreadores, a los sabuesos de los muertos se les ense&#241;a a seguir olores espec&#237;ficos. Recuerdo una reuni&#243;n acad&#233;mica en la que un expositor regal&#243; botellitas de muestra de olor a cad&#225;ver. Agua de putrefacci&#243;n. Un entrenador conocido sol&#237;a utilizar dientes extra&#237;dos, facilitados por su dentista y conservados en frascos de pl&#225;stico.

Margot es la mejor con quien he trabajado. Si hay algo m&#225;s por ah&#237;, lo encontrar&#225;.

La mir&#233; convencida de que era cierto.

De acuerdo. Llev&#233;mosla hacia el primer lugar.

DeSalvo sujet&#243; un extremo de la correa libre al correaje de Margot y nos condujo hacia la entrada, donde aguardaban los cuatro detectives. Pasamos por la ya familiar ruta, Margot al frente, tirando de su correa. Husmeaba el camino explorando todos los recovecos al igual que hab&#237;a hecho yo con la luz de mi linterna. De vez en cuando se deten&#237;a, aspiraba r&#225;pidamente y luego expel&#237;a el aire de golpe formando remolinos alrededor con su hocico. Ya satisfecha segu&#237;a su avance.

Nos detuvimos donde el sendero se bifurcaba en el bosque.

El lado que no hemos examinado es aqu&#233;l.

DeSalvo se&#241;al&#243; en general hacia la direcci&#243;n donde hab&#237;amos encontrado nuestro primer hallazgo.

Le har&#233; dar una vuelta y luego la traer&#233; a favor del viento. De ese modo percibe mejor los olores. Si parece haber encontrado algo, la dejar&#233; seguir su instinto.

&#191;La molestaremos si nos encontramos en la zona? -pregunt&#233;.

No, su olor no la distraer&#225;.

Perra y entrenador siguieron por el camino durante unos diez metros y luego desaparecieron entre los &#225;rboles. Los detectives y yo tomamos asimismo aquel sendero, que ahora era m&#225;s evidente por las huellas de pies. En realidad, la zona de enterramiento en s&#237; ya no pod&#237;a calificarse como un peque&#241;o claro. La vegetaci&#243;n estaba aplastada y algunas ramas de los &#225;rboles hab&#237;an sido podadas.

En el centro, el agujero abandonado mostraba su boca negra y vac&#237;a, como una tumba saqueada. Era mucho mayor que cuando lo hab&#237;amos dejado, y el terreno del contorno estaba desnudo y pelado. Un mont&#243;n de escombros se levantaba a un lado, un cono truncado de part&#237;culas anormalmente uniformes: restos de tierra cribada.

En breves minutos o&#237;mos ladridos.

&#191;Est&#225; el perro detr&#225;s de nosotros? -dijo Claudel.

La perra -lo rectifiqu&#233;.

Abri&#243; la boca, pero apret&#243; con fuerza los labios. Advert&#237; que lat&#237;a una venita en su sien. Ryan me dirigi&#243; una admonitoria mirada. De acuerdo, tal vez lo estuviera aguijoneando.

Sin decir palabra retrocedimos por el sendero. Margot y DeSalvo se hallaban a la izquierda, husmeando entre las hojas. Al cabo de un instante aparecieron a la vista. Margot estaba tan tensa como las cuerdas de un viol&#237;n, le abultaban los m&#250;sculos de los hombros y tensaba el pecho contra el correaje de cuero. Manten&#237;a alta la cabeza y la hac&#237;a oscilar a uno y otro lado, olfateando el aire en todas direcciones, de modo que las ventanas de la nariz vibraban febrilmente.

De pronto se detuvo y se qued&#243; r&#237;gida, con las orejas erguidas y las puntas temblorosas, y comenz&#243; a proferir un sonido desde su m&#225;s profundo interior, tenue al principio y luego m&#225;s intenso, semigru&#241;ido, semigemido, como el lamento f&#250;nebre de alg&#250;n ritual primitivo. A medida que el aullido crec&#237;a en intensidad, sent&#237; que se me erizaban los cabellos y que un escalofr&#237;o recorr&#237;a mi cuerpo.

DeSalvo se inclin&#243; y solt&#243; la correa. Por unos momentos Margot se mantuvo inm&#243;vil, como si mediante su posici&#243;n confirmase y recalibrase su objetivo. Por fin sali&#243; disparada.

&#191;Qu&#233; diablos? -exclam&#243; Claudel.

&#191;Qu&#233; sucede? -dijo Ryan.

&#161;Maldici&#243;n! -profiri&#243; Charbonneau.

Hab&#237;amos esperado que husmeara en el lugar del enterramiento que se encontraba detr&#225;s de nosotros, pero en lugar de ello cruz&#243; directamente el sendero y se meti&#243; entre los &#225;rboles que estaban m&#225;s abajo. La observamos en silencio.

Un par de metros m&#225;s all&#225; se detuvo, agach&#243; el hocico y aspir&#243; varias veces. Exhal&#243; bruscamente el aire, se desplaz&#243; a la izquierda y repiti&#243; la maniobra. Estaba r&#237;gida, con todos los m&#250;sculos en tensi&#243;n. Mientras la observaba se formaban diversas im&#225;genes en mi mente: la huida entre la oscuridad, una brusca ca&#237;da, un agujero en el suelo.

Margot capt&#243; de nuevo mi inter&#233;s. Se hab&#237;a detenido en la base de un pino y centraba toda su atenci&#243;n en el suelo que ten&#237;a delante. Baj&#243; el hocico y aspir&#243;. A continuaci&#243;n, como a impulsos de un instinto salvaje, se le eriz&#243; la piel del lomo y sus m&#250;sculos vibraron. Levant&#243; el hocico en el aire, aspir&#243; por &#250;ltima vez y corri&#243; salvajemente. Se abalanzaba y retroced&#237;a con la cola entre las patas ladrando e intentando morder el suelo frente a ella.

&#161;Margot! Ici! -orden&#243; DeSalvo.

Se abalanz&#243; entre las ramas y la asi&#243; por el correaje apart&#225;ndola del origen de su agitaci&#243;n.

No tuve que mirar: sab&#237;a qu&#233; hab&#237;a encontrado y qu&#233; no. Recordaba haber estado observando la tierra seca y el agujero vac&#237;o: &#191;excavado con la intenci&#243;n de enterrar o el intento de descubrir? Ahora lo sab&#237;a.

Margot ladraba y gem&#237;a ante el hueco donde yo hab&#237;a ca&#237;do la noche anterior y que segu&#237;a vac&#237;o, aunque el olfato del animal me confirmaba cu&#225;l hab&#237;a sido su contenido.





Cap&#237;tulo 18

La playa, grandes olas, gaviotas que rozaban las aguas con larguiruchas alas. Pel&#237;canos que se deslizaban como aviones de papel y luego plegaban sus alas para caer en picado en el mar. Mentalmente me encontraba en Carolina. Percib&#237;a el olor de las salobres marismas internas, la espuma salada del oc&#233;ano, la arena h&#250;meda, los peces varados en la playa y las algas que se secaban en la arena. Hatteras, Ocracoke y Bald Head al norte; Pawley's, Sullivan's y Kiawah al sur. Deseaba estar en casa, no me importaba en qu&#233; isla. Anhelaba ver palmitos y barcas pesqueras de camarones, no mujeres asesinadas y descuartizadas.

Abr&#237; los ojos y distingu&#237; unas palomas en la estatua de Norman Bethune. El cielo era gris&#225;ceo, con restos amarillos y rosados de la puesta de sol, como vanguardia de la pr&#243;xima oscuridad. Las luces de las farolas y los letreros de los comercios anunciaban la llegada del anochecer con sus parpadeos de ne&#243;n. Los veh&#237;culos circulaban por tres carriles, un reba&#241;o motorizado de cuatro ruedas que marchaba de mala gana hacia el peque&#241;o tri&#225;ngulo de verdor de Guy y de Maisonneuve.

En el mismo banco que yo ocupaba se encontraba un hombre con jersey canadiense. Los cabellos que le ca&#237;an en los hombros eran de un rubio descolorido, y los coches que pasaban y lo iluminaban por detr&#225;s formaban un halo en su cabeza como cristal hilado. Ten&#237;a los ojos del color de los pantalones vaqueros que se han lavado infinitas veces y estaban enrojecidos y con lega&#241;as amarillentas goteando en las comisuras, que se retir&#243; con sus p&#225;lidos dedos. En el pecho luc&#237;a una cruz de metal del tama&#241;o de mi mano colgada de una cadena.

Hab&#237;a regresado a casa a &#250;ltima hora de la tarde, conectado el tel&#233;fono al contestador y dormido. En mis sue&#241;os, fantasmas de gente conocida se hab&#237;an alternado con figuras irreconocibles en un desfile incoherente. Ryan persegu&#237;a a Gabby en un edificio de ventanas tapiadas; Pete y Claudel cavaban un hoyo en mi patio; Katy yac&#237;a sobre una bolsa de pl&#225;stico de color marr&#243;n en el suelo de la casa de la playa, quem&#225;ndose la piel y neg&#225;ndose a aplicarse loci&#243;n; una figura amenazadora me acechaba en St. Laurent.

Despert&#233; varias veces y por fin me levant&#233; a las ocho de la tarde con jaqueca y hambrienta. En la pared, junto al tel&#233;fono, se reflej&#243; repetidamente una luz roja y luego difusa. Hab&#237;a tres mensajes. Avanc&#233; a trompicones hacia el aparato y lo puse en marcha.

Pete consideraba una oferta en un bufete de abogados de San Diego. &#161;Magn&#237;fico! Katy pensaba en dejar la escuela. &#161;Estupendo! El siguiente hab&#237;a colgado. Por lo menos aqu&#233;lla no era una mala noticia. A&#250;n segu&#237;a sin saber nada de Gabby. &#161;Soberbio!

Veinte minutos de charla con Katy no aliviaron mi esp&#237;ritu. Se mostraba cort&#233;s, pero evasiva. Por fin, tras un largo silencio, dijo:

Hablar&#233; contigo m&#225;s tarde.

Y colg&#243; el aparato. Yo hab&#237;a cerrado los ojos y permanec&#237;a muy quieta. Mentalmente ve&#237;a a Katy a los trece a&#241;os, su cabecita pegada a la de Appaloosa, sus rubios cabellos mezclados con las negras crines del animal. Pete y yo hab&#237;amos acudido a visitarla al campamento. Al vernos se le ilumin&#243; el rostro y dej&#243; al caballo para echarme los brazos al cuello. Entonces est&#225;bamos muy unidas. &#191;Por qu&#233; habr&#237;a desaparecido aquella intimidad? &#191;Por qu&#233; era desdichada? &#191;Por qu&#233; deseaba dejar la escuela? &#191;Era por la separaci&#243;n? &#191;Ser&#237;amos Pete y yo los culpables?

Abrumada por mi incapacidad maternal marqu&#233; el n&#250;mero del apartamento de Gabby sin obtener respuesta. Record&#233; una ocasi&#243;n en que mi amiga hab&#237;a desaparecido durante diez d&#237;as. Yo me volv&#237; loca de preocupaci&#243;n por ella, y result&#243; que se hab&#237;a retirado para descubrir su ser interior. Tal vez no pod&#237;a ponerme en contacto con ella porque de nuevo trataba de conocerse interiormente.

Me tom&#233; dos comprimidos que me aliviaron la cabeza y un plato combinado en el Singapore que saci&#243; mi apetito. Pero nada calmaba mi descontento. Ni los palomos ni los desconocidos del banco del parque me distra&#237;an de los temas constantes. Los interrogantes estallaban y rebotaban como autos de choque en mi cabeza. &#191;Qui&#233;n ser&#237;a el asesino? &#191;C&#243;mo escog&#237;a a sus v&#237;ctimas? &#191;Las conoc&#237;a? &#191;Se ganaba su confianza para introducirse en sus hogares? Adkins hab&#237;a sido asesinada en su casa. &#191;Y en cuanto a Trottier y Gagnon? &#191;D&#243;nde? &#191;En un lugar preestablecido? &#191;Un lugar escogido para su asesinato y descuartizamiento? &#191;C&#243;mo se presentaba el asesino? &#191;Ser&#237;a Saint Jacques? Miraba a los palomos sin verlos. Imaginaba a las v&#237;ctimas y su temor. Chantale Trottier s&#243;lo ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. &#191;La habr&#237;a forzado a punta de navaja? &#191;Cu&#225;ndo hab&#237;a sabido ella que iba a morir? &#191;Le habr&#237;a rogado que no la lastimase? &#191;Habr&#237;a suplicado por su vida? Otra imagen de Katy, los padres de otras Katys. Compasi&#243;n hasta el extremo del sufrimiento.

Me centr&#233; en el momento presente. Por la ma&#241;ana hab&#237;a trabajado en el laboratorio con los huesos descubiertos. Hab&#237;a tratado con Claudel, me hab&#237;a curado las costras del rostro. De modo que Katy aspiraba a seguir carrera como fan de un grupo de la NBA, y nada de cuanto le dijera lograba disuadirla. Y Pete acaso partiera a la costa. Yo estaba cachonda como Madonna y no ten&#237;a ning&#250;n alivio a la vista. &#191;Y d&#243;nde diablos estar&#237;a Gabby?

&#161;Ya est&#225;! -dije sobresaltando a los palomos y al hombre que se sentaba junto a m&#237;. Sab&#237;a lo que pod&#237;a hacer.

Volv&#237; a casa, entr&#233; directamente en el garaje y fui en coche a la plaza St. Louis. Aparqu&#233; en Henri Julien y gir&#233; por la esquina hacia el apartamento de Gabby. En ocasiones aquel edificio me hab&#237;a recordado la casita de ensue&#241;o de Barbie; aquella noche me parec&#237;a digna de Lewis Carroll. Esboc&#233; una sonrisa. Una sola bombilla iluminaba el porche de color lavanda proyectando la sombra de las petunias contra las tablas. Las mirillas de las ventanas fijaban en m&#237; sus negros ojos y dec&#237;an: Alicia no est&#225; en casa.

Llam&#233; al timbre del n&#250;mero tres.

Nada. Volv&#237; a llamar. Silencio. Intent&#233; el n&#250;mero uno, luego el dos y el cuatro. No obtuve respuesta. El pa&#237;s de las Maravillas estaba cerrado aquella noche.

Rode&#233; el parque y trat&#233; de localizar el coche de mi amiga. No estaba all&#237;. Sin un plan definido, tom&#233; direcci&#243;n sur y luego este hacia el Main.

Tras veinte frustrantes minutos en busca de un lugar de aparcamiento dej&#233; el coche en una de las callejuelas sin pavimentar que concluyen en St. Laurent. Aqu&#233;lla era notable por las latas de cerveza aplastadas y el hedor a orines rancios. Abundaban los montones de basura y se distingu&#237;a el sonido de una m&#225;quina de discos a trav&#233;s de los ladrillos de la izquierda. Era un escenario que habr&#237;a merecido un anuncio de alarmas de autom&#243;viles. Puesto que carec&#237;a de ella, confi&#233; el Mazda al dios de los aparcamientos y me un&#237; a la riada de gente de la calle.

Como en un bosque tropical, en el Main residen heterog&#233;neas especies, poblaciones que viven unas junto a otras pero que ocupan diferentes sectores. Un grupo ejerce su actividad de d&#237;a; el otro, exclusivamente de noche.

En las horas que transcurren desde el amanecer al crep&#250;sculo el Main es el reino de repartidores, tenderos, escolares y amas de casa, con los sonidos caracter&#237;sticos del comercio y los juegos. Los olores son limpios y proceden de alimentos: pescado fresco de Waldman's, carne ahumada de Schwartz's, manzanas y fresas de Warshaw's, bollos y panes de La Boulangerie Polonaise.

A medida que las sombras se extienden y las farolas y las luces de los bares se encienden, se cierran los comercios y abren las tabernas y locales porno, y la multitud diurna cede las aceras a diferentes criaturas. Algunas son inofensivas: turistas y jovencitos que acuden en busca de alcohol y emociones a precio econ&#243;mico. Otros son m&#225;s nocivos: chulos, camellos, prostitutas y drogadictos. Los usuarios y los utilizados, depredadores y presas en una cadena alimentaria de miseria humana.

A las once y cuarto el turno de la noche dominaba por completo. Las calles estaban atestadas, y los bares y bistr&#243;s de alquiler bajo, abarrotados de p&#250;blico. Fui hacia Ste. Catherine y me detuve en la esquina, con La Belle Province a mis espaldas. Parec&#237;a un buen lugar donde comenzar. Al entrar, pas&#233; junto a la cabina telef&#243;nica desde donde Gabby me hab&#237;a llamado presa del p&#225;nico.

El restaurante ol&#237;a a desinfectante, grasa y cebollas refritas. Era demasiado tarde para cenar y demasiado temprano para la sesi&#243;n de bebida posterior, de modo que s&#243;lo estaban ocupadas cuatro mesas.

Una pareja con id&#233;nticas chaquetas indias se miraban sombr&#237;os sobre sus cuencos de chili semiconsumidos. Sus erizados cabellos eran de id&#233;ntica negrura, como si se hubieran repartido el coste del tinte, y llevaban suficiente cuero tachonado para abrir una combinaci&#243;n de casetas de perros y equipos de motocicletas.

Una mujer con los brazos como l&#225;pices y cabellos ahuecados de color platino fumaba y tomaba caf&#233; en una mesa del fondo. Llevaba un top ce&#241;ido rojo y lo que mi madre hubiera calificado de pantalones pitillo. Probablemente luc&#237;a aquel mismo aspecto desde que hab&#237;a salido de la escuela y se hab&#237;a unido al ej&#233;rcito callejero.

Mientras la observaba, apur&#243; su caf&#233;, dio una profunda calada a su cigarrillo y aplast&#243; la colilla en el platillo de metal que hac&#237;a las veces de cenicero. Pase&#243; con indiferencia sus pintados ojos por la sala sin la esperanza de encontrar un objetivo, pero preparada para entrar en danza. Ten&#237;a la triste expresi&#243;n de quien lleva mucho tiempo en la calle. Como ya no estaba en condiciones de competir con las j&#243;venes, probablemente se habr&#237;a especializado en sesiones r&#225;pidas en las callejuelas y en los asientos posteriores de los coches. El &#233;xtasis a &#250;ltimas horas de la noche a precios de ganga. Se subi&#243; el top en su huesudo pecho, recogi&#243; la cuenta y fue hacia la caja. Rosie la Remachadora pateaba de nuevo las calles.

Tres muchachos ocupaban una mesa cerca de la puerta. Uno estaba derrengado sobre la mesa, con la cabeza apoyada en un brazo y el otro inerte en el regazo. Los tres llevaban camisetas, pantalones t&#233;janos cortados por las rodillas y gorras de b&#233;isbol, dos de ellos con la visera hacia atr&#225;s. En cuanto al tercero, desde&#241;ando a la moda, llevaba la visera sobre la frente. Los j&#243;venes despiertos com&#237;an hamburguesas y al parecer se desentend&#237;an de su compa&#241;ero. Tendr&#237;an unos diecis&#233;is a&#241;os.

La clienta restante era una monja. No se ve&#237;a a Gabby.

Sal&#237; del restaurante y mir&#233; arriba y abajo de Ste. Catherine. Los grupos de motoristas hab&#237;an llegado, y las Harley y Yamaha se alineaban a ambos lados de la calle en direcci&#243;n este. Sus propietarios montaban a horcajadas en ellas o beb&#237;an y charlaban en pandillas, vestidos de cuero y con botas pese al calor de la noche.

Las mujeres que los acompa&#241;aban estaban sentadas tras ellos o conversaban entre s&#237;. Me recordaban mis a&#241;os de universidad. Pero aquellas mujeres escog&#237;an un mundo de violencia y dominaci&#243;n machista. Como los cinoc&#233;falos, las mujeres del grupo eran conducidas en manadas y controladas. Peor a&#250;n, dominadas y sexualmente explotadas, tatuadas, quemadas, golpeadas y asesinadas. Y, sin embargo, segu&#237;an con ellos. Si aquello era mejorar, no imaginaba qu&#233; dejaban detr&#225;s.

Escudri&#241;&#233; hacia la parte occidental de St. Laurent e inmediatamente descubr&#237; lo que buscaba. Dos prostitutas merodeaban ante el Granada fumando y charlando. Reconoc&#237; a Poirette, pero no me sent&#237; muy segura en cuanto a su compa&#241;era.

Contuve el impulso de renunciar y volver a casa. &#191;Y si me hab&#237;a equivocado en mi atav&#237;o? Me hab&#237;a puesto una sudadera, t&#233;janos y sandalias en la confianza de resultar inofensiva, pero no sab&#237;a s&#237; lo hab&#237;a conseguido. Nunca hab&#237;a realizado semejante trabajo de campo.

D&#233;jate de tonter&#237;as, Brennan; te andas con rodeos. L&#225;rgate de aqu&#237;. Lo peor que puede sucederte es que te vuelvan a sacudir. No ser&#237;a la primera vez.

Avanc&#233; una manzana y me detuve frente a las dos mujeres.

Bonjour -salud&#233;.

Mi voz sonaba temblorosa, como una cinta de c&#225;sete tensa y rebobinada. Me irrit&#233; conmigo misma y tos&#237; para disimular.

Las mujeres interrumpieron su conversaci&#243;n y me inspeccionaron sin pronunciar palabra y con aire totalmente inexpresivo, como si estuvieran ante un insecto ins&#243;lito o un objeto extra&#241;o que se mete por la nariz.

Poirette se balance&#243; apoy&#225;ndose en su otra cadera. Llevaba las mismas botas negras que la primera vez que la vi. Se pasaba un brazo por la cintura, en el que apoyaba su codo y me miraba con los ojos entornados. Dio una profunda calada al cigarrillo, inhal&#243; con intensidad el humo en sus pulmones y por &#250;ltimo adelant&#243; el labio inferior y proyect&#243; el humo hacia arriba en una espiral que se diluy&#243; como neblina entre el intermitente resplandor del letrero de ne&#243;n del hotel. Sobre su cutis color de cacao se proyectaban las luminosas franjas rojiazules. Sin decir palabra desvi&#243; de m&#237; su mirada y la centr&#243; en la gente que desfilaba por la acera.

&#191;Qu&#233; deseas, ch&#233;rie?

La voz de la mujer era ronca y profunda, como si formara las palabras con part&#237;culas de sonidos entre las que flotaban lagunas. Se hab&#237;a dirigido a m&#237; en ingl&#233;s con una cadencia que recordaba ci&#233;nagas con jacintos y cipreses, bandas de dialecto criollo y m&#250;sica zydecko de Luisiana, cigarras que cantaban en las apacibles noches de verano. Era mayor que Poirette.

Soy amiga de Gabrielle Macaulay y trato de encontrarla.

Hizo un movimiento ambiguo con la cabeza. No supe a ciencia cierta si ello significaba que no conoc&#237;a a Gabby o que no deseaba responder.

Es antrop&#243;loga y trabaja por aqu&#237;.

Todas trabajamos por aqu&#237;, querida.

Poirette dio un resoplido y movi&#243; los pies. Observ&#233; que llevaba pantalones cortos y un corpino negro brillante. Estaba segura de que conoc&#237;a a mi amiga: era una de las mujeres que hab&#237;amos visto aquella noche y que Gabby me hab&#237;a se&#241;alado. Vista de cerca a&#250;n parec&#237;a m&#225;s joven. Me centr&#233; en su compa&#241;era.

Gabby es una mujer grande -prosegu&#237;-, de mi edad. Tiene -me esforc&#233; por encontrar el calificativo- rizos rojos.

Absoluta indiferencia.

Y una anilla en la nariz.

Era como hablar con una pared.

Hace tiempo que no logro localizarla. Creo que su tel&#233;fono est&#225; estropeado y estoy preocupada por ella. Seguro que vosotras deb&#233;is conocerla.

Acentu&#233; las vocales e intensifiqu&#233; mi pronunciaci&#243;n para apelar a la lealtad regional: hijas del sur unidas.

La oriunda de Luisiana se encogi&#243; de hombros en una versi&#243;n sure&#241;a de la universal respuesta francesa. M&#225;s hombros, menos palmas.

A paseo con el intento de acercamiento natal. No llegar&#237;a a ninguna parte. Comenzaba a comprender lo que quer&#237;a decir Gabby. En el Main no se formulan preguntas.

Si la veis &#191;querr&#233;is decirle que la busca Tempe?

&#191;Es sure&#241;o ese nombre, ch&#233;rie?

La mujer introdujo una de sus largas u&#241;as pintadas de rojo entre sus cabellos y se rasc&#243; la cabeza. El peinado, tan lacado que hubiera resistido a un hurac&#225;n, se movi&#243; en masa creando la ilusi&#243;n de que su cabeza cambiaba de forma.

No exactamente. &#191;Sab&#233;is alg&#250;n lugar donde pueda buscarla?

Otro encogimiento de hombros. La mujer retir&#243; el dedo y examin&#243; su u&#241;a.

Saqu&#233; una tarjeta del bolsillo del pantal&#243;n.

Si se os ocurre algo, pod&#233;is encontrarme aqu&#237;.

Cuando me alejaba observ&#233; que Poirette cog&#237;a la tarjeta.

Mis aproximaciones a otras muchachas de Ste. Catherine dieron el mismo resultado. Reaccionaban entre indiferentes y airadas, animadas de modo uniforme por las sospechas y la desconfianza. No obtuve informaci&#243;n alguna. Si Gabby hab&#237;a aparecido alguna vez por all&#237;, nadie iba a admitirlo.

Fui de bar en bar, desplaz&#225;ndome entre los s&#243;rdidos &#225;mbitos de la gente nocturna. Cada uno era como el anterior, ideados por un mismo y retorcido decorador, de techos bajos y paredes de ladrillos, con murales pintados con esprays o cubiertos con bamb&#250;es falsos y maderas baratas. Eran oscuros y h&#250;medos y ol&#237;an a cerveza rancia, humo y sudor. En los mejores, los suelos estaban secos y los aseos limpios.

Algunos bares ten&#237;an plataformas levantadas sobre las que se retorc&#237;an las chicas que practicaban el striptease, cuyos dientes y tangas resplandec&#237;an entre las luces negras y sus rostros mostraban expresiones fijas y aburridas. Los hombres llevaban camisetas, luc&#237;an grandes ojeras de cr&#225;pula, beb&#237;an cerveza en botellas y contemplaban a las bailarinas. Mujeres que se las daban de elegantes beb&#237;an vino barato o tomaban bebidas sin alcohol que disimulaban en vasos de whisky y se esforzaban por sonre&#237;r a los hombres que pasaban ante ellas, con la esperanza de atraerlos. Aunque trataran de mostrarse seductoras, la mayor&#237;a se ve&#237;an cansadas.

Las que m&#225;s tristeza inspiraban eran quienes se encontraban en los l&#237;mites del ejercicio de su vida carnal, las que acababan de cruzar las l&#237;neas del comienzo o del fin. Hab&#237;a las dolorosamente j&#243;venes, algunas que a&#250;n conservaban los colores de la pubertad; otras hab&#237;an acudido en busca de diversi&#243;n y un ligue r&#225;pido, y las hab&#237;a que escapaban de alg&#250;n infierno dom&#233;stico privado. Sus historias ten&#237;an un tema central: esforzarse a toda prisa por hacerse un rinconcito y llevar luego una vida respetable. Aventureras y fugitivas llegaban en autob&#250;s desde Ste. Th&#233;r&#233;se, Val d'Or, Valleyfield y Pointe du Lac. Ven&#237;an con cabellos relucientes y rostros radiantes, confiando en su inmortalidad, seguras de su capacidad para dominar el futuro. El cannabis y la coca s&#243;lo eran una diversi&#243;n. No los reconoc&#237;an como los primeros pelda&#241;os de una escalera que conduc&#237;a a la desesperaci&#243;n hasta que estaban demasiado metidas en ello para liberarse y sin otra opci&#243;n que la ca&#237;da.

Y luego estaban las que consegu&#237;an envejecer. S&#243;lo las verdaderamente astutas y excepcionalmente fuertes lograban prosperar y escapar. Las enfermas y flojas mor&#237;an. Las de cuerpos fuertes aunque voluntades d&#233;biles, resist&#237;an. Ve&#237;an el futuro y lo aceptaban. Encontrar&#237;an la muerte en las calles porque no conoc&#237;an otra cosa o porque amaban o tem&#237;an a alg&#250;n hombre lo bastante para venderse y comprarle su droga. O porque necesitaban alimentarse y un lugar donde dormir.

Recurr&#237; a aquellas que entraban o sal&#237;an de la hermandad. Evit&#233; a la generaci&#243;n decana, las endurecidas y las linces callejeras, a&#250;n capaces de dominar sus territorios tal como a su vez eran dominadas por sus chulos. Quiz&#225; la joven, ingenua y desafiante o la vieja, agotada y hastiada, ser&#237;an m&#225;s abiertas. Me equivocaba. Bar tras bar se alejaban de m&#237; y mis preguntas se desvanec&#237;an en el aire enrarecido. Se impon&#237;a el c&#243;digo del silencio: no se permit&#237;a el acceso a desconocidos.

A las tres y cuarto ya estaba harta. Mis cabellos y mis ropas ol&#237;an a tabaco y a porros y mis zapatos a cerveza. Hab&#237;a tomado bastante Sprite para inundar el Kalahari y ten&#237;a los ojos irritados, como llenos de arena. Dej&#233; a la &#250;ltima fulana en el &#250;ltimo bar y renunci&#233;.





Cap&#237;tulo 19

El aire ten&#237;a la textura del roc&#237;o. Se hab&#237;a levantado neblina desde el r&#237;o y las gotitas brillaban a la luz de las farolas. El fr&#237;o y la humedad me aliviaron la piel. Un nudo de dolor entre el cuello y los om&#243;platos me hizo sospechar que llevaba muchas horas en tensi&#243;n, contra&#237;da y dispuesta a salir disparada. Tal vez lo hubiera hecho. De ser as&#237;, la tensi&#243;n s&#243;lo proced&#237;a en parte de mi b&#250;squeda de Gabby. Abordar a las prostitutas se hab&#237;a convertido en una rutina as&#237; como su rechazo. Eludir a los buscones y a los que se desplazaban lentamente en sus coches se hab&#237;a constituido en respuesta refleja.

Lo que me agotaba era la batalla que se libraba en mi interior. Hab&#237;a pasado cuatro horas luchando contra un antiguo amante, un amante del que nunca hab&#237;a estado totalmente liberada. Durante toda la noche me hab&#237;a enfrentado a la tentaci&#243;n del resplandor dorado del whisky con hielo y de la ambarina cerveza tomada en las mismas botellas. Hab&#237;a olido a mi alcoh&#243;lico enamorado y distinguido su luz en los ojos de aquellos que me rodeaban y hab&#237;a vuelto a amarlo. &#161;Diablos, a&#250;n lo adoraba! Pero el hechizo ser&#237;a destructor. Cualquier coqueteo trivial por mi parte, y me ver&#237;a dominada y consumida. De modo que me alej&#233; de all&#237; con pasos lentos. Ten&#237;a que mantenerme lejos. Tras haber sido amantes no pod&#237;amos ser amigos. Aquella noche casi nos hab&#237;amos echado uno en brazos de otro.

Respir&#233; a fondo. El aire era un combinado de lubricante de motores, cemento h&#250;medo y levadura fermentada de la f&#225;brica de cervezas Molson. Ste. Catherine estaba casi desierta. Un anciano con gorra de punto y parka se apoyaba contra la fachada de un almac&#233;n con un can escu&#225;lido a su lado. Otro perro rebuscaba entre las basuras del otro lado de la calle. Tal vez aqu&#233;l fuese el tercer turno del Main. Desanimada y agotada me dirig&#237; a St. Laurent. Lo hab&#237;a intentado: si Gabby se hallaba en dificultades aquella gente no me ayudar&#237;a a dar con su paradero, era un club tan cerrado como la Liga Juvenil.

Pas&#233; junto al My Kinh. Un letrero en el escaparate anunciaba COCINA VIETNAMITA durante toda la noche. Mir&#233; por los mugrientos cristales con escaso inter&#233;s y de pronto me detuve. Sentada en un reservado al fondo del local se encontraba la compa&#241;era de Poirette, cuyos cabellos a&#250;n formaban una pagoda de color albaricoque. La estuve observando unos momentos.

La mujer impregn&#243; un rollito de huevo en salsa roja de cerezas, se lo llev&#243; a la boca y lami&#243; la punta. Al cabo de unos momentos examin&#243; el rollito y arranc&#243; el envoltorio con los dientes. Volvi&#243; a mojarlo y repeti&#243; la maniobra sin apresurarse. Me pregunt&#233; cu&#225;nto tiempo estar&#237;a dando vueltas al rollito.

No. S&#237;. Es demasiado tarde. &#161;Diablos! &#161;Un &#250;ltimo intento! Empuj&#233; la puerta y entr&#233;.

&#161;Hola!

Se estremeci&#243; ante el sonido de mi voz. Al principio pareci&#243; sorprendida y luego, al reconocerme, aliviada.

&#161;Hola, ch&#233;rie! &#191;A&#250;n anda por aqu&#237;? -dijo al tiempo que volv&#237;a a concentrarse en su comida.

&#191;Puedo sentarme con usted?

Como guste. No se interfiere en mi terreno, querida, y no tengo ning&#250;n motivo de queja contra usted.

Me met&#237; en el reservado. La mujer era m&#225;s mayor de lo que hab&#237;a imaginado. Rondaba la cuarentena. Aunque la piel de su garganta y frente estaban tensas y no aparec&#237;an bolsas bajo sus ojos, a la violenta luz fluorescente distingu&#237; las arruguitas que irradiaban de sus labios: la l&#237;nea de la mand&#237;bula tambi&#233;n comenzaba a aflojarse.

El camarero me trajo un men&#250; y encargu&#233; sopa tonquinesa. No ten&#237;a apetito pero deseaba un pretexto para quedarme.

&#191;Ha encontrado a su amiga, ch&#233;rie?

Al coger la taza de caf&#233; tintinearon sus pulseras de pl&#225;stico. Distingu&#237; unas cicatrices grises que le cruzaban la parte interior del codo.

No.

Aguardamos a que un muchacho asi&#225;tico de unos quince a&#241;os sirviera agua y colocara un mantel de papel.

Me llamo Tempe Brennan.

Lo recuerdo. Acaso Jewel Tambeaux sea una gata vieja, pero no es ninguna mema -afirm&#243;. Y lami&#243; de nuevo el rollito.

Yo, se&#241;orita Tambeuax

Ll&#225;mame Jewel, peque&#241;a.

He pasado cuatro horas tratando de averiguar si una amiga est&#225; bien, sin que nadie haya admitido siquiera haber o&#237;do hablar de ella. Gabby hace a&#241;os que viene por aqu&#237; y estoy segura de que todas saben de qui&#233;n hablo.

Tal vez s&#237;, querida, pero no tienen idea de por qu&#233; andas preguntando.

Dej&#243; el rollito y tom&#243; caf&#233; con un sonoro sorbido.

Te di mi tarjeta. No he ocultado qui&#233;n soy.

Me mir&#243; con dureza unos momentos. Desped&#237;a un olor a colonia barata, humo y cabellos sucios que impregnaba el peque&#241;o recinto. El borde de su blusa estaba manchado de maquillaje.

&#191;Qui&#233;n eres t&#250;, se&#241;orita con una tarjeta que dice Tempe Brennan? &#191;Est&#225;s excitada? &#191;Sufres alg&#250;n problema especial? &#191;Guardas rencor hacia alguien?

Se expresaba con extra&#241;o acento. Mientras hablaba levant&#243; una de sus largas y rojas u&#241;as de la taza y me se&#241;al&#243; subrayando cada posibilidad.

&#191;Parezco una amenaza para Gabby?

Lo &#250;nico que la gente sabe es que te has presentado con tu camiseta juvenil y tus sandalias de yupi y que andas haciendo muchas preguntas, esforz&#225;ndote porque alguien se vaya de la lengua. No eres una gatita con las garras afiladas ni pareces tratar de causar problemas: la gente no sabe d&#243;nde colocarte.

El camarero trajo mi sopa y permanecimos en silencio mientras yo escurr&#237;a fragmentos de lima y a&#241;ad&#237;a pasta de pimiento rojo con una cucharilla china. Mientras com&#237;a observ&#233; a Jewel, que mordisqueaba su rollito. Decid&#237; mostrarme humilde.

Me parece que lo he llevado muy mal.

Fij&#243; en m&#237; sus ojos casta&#241;os. Se le hab&#237;a desprendido una pesta&#241;a postiza que se curvaba hacia arriba en su p&#225;rpado como un miri&#225;podo que tanteara el aire. Baj&#243; los ojos, dej&#243; los restos de su golosina y aproxim&#243; la taza de caf&#233; frente a ella.

Tienes raz&#243;n -prosegu&#237;-. No deber&#237;a haber arremetido contra la gente acribill&#225;ndola a preguntas. Pero estoy muy preocupada por Gabby. He llamado a su apartamento, he pasado por all&#237;, le he telefoneado a la escuela, y nadie parece saber d&#243;nde se encuentra. Es impropio de ella.

Prob&#233; una cucharada de sopa: sab&#237;a mejor de lo que hab&#237;a imaginado.

&#191;A qu&#233; se dedica tu amiga?

Es antrop&#243;loga. Estudia a la gente, le interesa la vida que se lleva por aqu&#237;.

El Segundo Advenimiento en el Main.

Ri&#243; su propia gracia y aguard&#243; atentamente mi respuesta a la alusi&#243;n hecha de Margaret Mead. Yo no hice comentario alguno, pero comenc&#233; a pensar que Jewel Tambeaux no era ninguna necia. Ten&#237;a la sensaci&#243;n de verme sometida a prueba.

Tal vez no desee ser encontrada en estos momentos -a&#241;adi&#243;.

Pueden abrir sus textos de examen.

Tal vez.

As&#237; pues, &#191;cu&#225;l es el problema?

Pueden coger sus l&#225;pices.

Parec&#237;a muy trastornada la &#250;ltima vez que la vi. Casi asustada.

&#191;Trastornada por qu&#233;, querida?

Preparados.

Por un tipo que la segu&#237;a. Dec&#237;a que era muy raro.

Hay muchos tipos raros por aqu&#237;, ch&#233;rie.

De acuerdo, puede comenzar la clase.

Le cont&#233; toda la historia. Mientras escuchaba remov&#237;a los posos de su taza y observaba atentamente el oscuro l&#237;quido. Cuando hube concluido sigui&#243; mirando la taza como si grabara mi respuesta. Luego hizo se&#241;as para que le sirvieran otro. Aguard&#233; a descubrir qu&#233; calificaci&#243;n hab&#237;a merecido.

Ignoro su nombre, pero es muy probable que sepa de qui&#233;n hablas. Un tipo flaco que recuerda a un gusano. De acuerdo que es extra&#241;o y debe de atormentarlo algo importante, pero no me parece peligroso. Dudo que tenga entendimiento para leer una etiqueta de ketchup.

Hab&#237;a superado la prueba.

La mayor&#237;a lo evitamos.

&#191;Por qu&#233;?

S&#243;lo transmito lo que se dice por la calle, porque yo no trabajo con &#233;l. El tipo me pone la piel de gallina, como si me tocara una serpiente. -Hizo una mueca y se estremeci&#243;-. Dicen que tiene aficiones peculiares.

&#191;Peculiares?

Dej&#243; la taza en la mesa y me mir&#243; pensativa.

Paga por hacerlo pero no quiere follar.

Recog&#237; pasta de la sopa y aguard&#233;.

Va con &#233;l una chica llamada Julie: todas las dem&#225;s se niegan. Es m&#225;s lista que una ardilla, pero &#233;sa es otra historia. Me cont&#243; que cada vez repiten el mismo espect&#225;culo: suben a la habitaci&#243;n, nuestro h&#233;roe lleva una bolsa de papel que contiene un camis&#243;n. Nada morboso, de esos de encaje. La mira mientras se lo pone y luego &#233;l le dice que se tienda en la cama. Hasta aqu&#237; no hay gran cosa, pero entonces acaricia el camis&#243;n con una mano y su polla con la otra, que se le levanta en seguida como una torre de perforaci&#243;n y se le dispara entre gru&#241;idos y gemidos como si estuviera en otro mundo. Luego le hace quitarse el camis&#243;n, le da las gracias, le paga y se larga. Julie piensa que se gana f&#225;cilmente el dinero.

&#191;Por qu&#233; crees que es el tipo que molesta a mi amiga?

En una ocasi&#243;n en que guardaba el camis&#243;n de la abuelita en la bolsa Julie distingui&#243; en ella la empu&#241;adura de un cuchillo. Entonces le dijo: Si quieres m&#225;s guerra despr&#233;ndete de esa arma, vaquero. &#201;l le respondi&#243; que era su s&#237;mbolo de honradez o algo por el estilo, se sigui&#243; extendiendo en cuanto al cuchillo, su alma, el equilibrio ecol&#243;gico e historias similares y la dej&#243; muerta de miedo.

&#191;Y?

Nuevo encogimiento de hombros.

&#191;Ha vuelto a aparecer por aqu&#237;?

Hace tiempo que no lo vemos, pero eso no significa gran cosa. Nunca se ha presentado con regularidad. Llega y se va.

&#191;Has hablado alguna vez con &#233;l?

Todas hemos hablado con &#233;l, cari&#241;o. Cuando se presenta es un pelmazo, irritante y molesto imposible de quitarse de encima. Por eso te digo que es como un gusano.

&#191;Lo has visto alguna vez con Gabby? -le pregunt&#233; mientras me llenaba la boca de pasta.

Buen intento, muchacha -repuso ella riendo y retrep&#225;ndose en su asiento.

&#191;D&#243;nde podr&#237;a encontrarlo?

&#191;Qu&#233; diablos s&#233;? Espera un tiempo y aparecer&#225; por aqu&#237;.

&#191;Y qu&#233; hay de Julie?

&#201;sta es una zona de libre comercio, ch&#233;rie; la gente viene y se va. Yo no le sigo la pista a nadie.

&#191;La has visto &#250;ltimamente?

Medit&#243; unos momentos.

No puedo asegurarlo.

Examin&#233; la pasta que quedaba en el fondo del cuenco y luego observ&#233; a Jewel. Hab&#237;a abierto un poco la rendija, me hab&#237;a permitido echar una miradita. &#191;Me atrever&#237;a a insistir? Aprovech&#233; la oportunidad.

Es posible que ande por ah&#237; un asesino en serie, Jewel. Un tipo que mata a las mujeres y las despedaza.

Su expresi&#243;n sigui&#243; inalterable. Se limit&#243; a mirarme como una g&#225;rgola p&#233;trea. O no me hab&#237;a comprendido o su mente estaba embotada para pensar en violencia y dolor, incluso en muerte. O tal vez se hab&#237;a puesto una m&#225;scara, una fachada para ocultar un temor demasiado aut&#233;ntico para expresarlo verbalmente. Sospech&#233; que se trataba de esto &#250;ltimo.

&#191;Se halla en peligro mi amiga, Jewel?

Cruzamos nuestras miradas.

&#161;Es una hembra, ch&#233;rie!


Regres&#233; a casa en coche, dejando vagar mis pensamientos y sin apenas prestar atenci&#243;n al trayecto. De Maisonneuve estaba desierto, los sem&#225;foros funcionaban ante una vivienda vac&#237;a. De pronto aparecieron unos faros por mi espejo retrovisor que se clavaron en m&#237;.

Cruc&#233; Peel y me situ&#233; a la derecha para dar paso al veh&#237;culo. Las luces se movieron conmigo. Regres&#233; al carril interior. El conductor me sigui&#243; y puso las luces largas.

&#161;Asno! -exclam&#233;.

Aceler&#233;. El coche sigui&#243; pegado a mi parachoques.

Sent&#237; un ramalazo de temor. Tal vez no se tratara s&#243;lo de un borracho. Mir&#233; de reojo el retrovisor y trat&#233; de distinguir al conductor, pero s&#243;lo vislumbr&#233; una silueta. Parec&#237;a grande. &#191;Ser&#237;a un hombre? No pod&#237;a asegurarlo. Las luces eran cegadoras; el coche, inidentificable.

Las manos me resbalaban en el volante, cruc&#233; Guy, gir&#233; a la izquierda una y otra vez alrededor de la manzana prescindiendo de las luces rojas, me met&#237; a toda marcha en mi calle y a continuaci&#243;n en el garaje subterr&#225;neo del edificio.

Aguard&#233; a que la puerta el&#233;ctrica se cerrara y funcionase el seguro con la llave preparada y los o&#237;dos alerta al sonido de pisadas. Nadie me segu&#237;a. Mientras cruzaba el vest&#237;bulo de la planta baja mir&#233; a trav&#233;s de las cortinas. Un coche vagaba por la esquina, en el otro extremo de la calle, con las luces encendidas, y el conductor se recortaba como una negra sombra entre la oscuridad que precede al amanecer. &#191;Se tratar&#237;a del mismo coche? No pod&#237;a estar segura de ello. &#191;Lo habr&#237;a despistado?

Veinte minutos despu&#233;s me encontraba tendida observando tras mi ventana la cortina de oscuridad que disipaba su negrura en el triste gris&#225;ceo del amanecer. Birdie ronroneaba en el hueco de mi rodilla. Estaba tan agotada que me quit&#233; las ropas y me desplom&#233; en el lecho prescindiendo de los preliminares. Algo impropio en m&#237;, pues suelo ser muy estricta con la limpieza de mi dentadura y mi maquillaje. Pero aquella noche no me importaron.





Cap&#237;tulo 20

El viernes es el d&#237;a de recogida de basura en mi manzana. Dorm&#237; sin que me molestara el sonido del cami&#243;n recogedor, los empujones de Birdie ni tres llamadas telef&#243;nicas.

Me despert&#233; a las diez y cuarto, aturdida y con jaqueca. Era evidente que ya no ten&#237;a veinticuatro a&#241;os. Me vi obligada a reconocer que pasar la noche en blanco dejaba sentir sus efectos.

Mis cabellos, mi piel, incluso la almohada y las s&#225;banas ol&#237;an a humo viciado. Met&#237; las s&#225;banas y las ropas de la noche en la lavadora y luego me di una larga y espumosa ducha. Extend&#237;a mantequilla de cacahuete en un croissant duro cuando son&#243; el tel&#233;fono.

&#191;Temperance? -Era LaManche.

S&#237;.

He tratado de localizarla.

Mir&#233; el contestador. Hab&#237;a tres mensajes.

Lo siento.

Oui. &#191;La veremos hoy? El se&#241;or Ryan ya ha llamado.

Antes de una hora estar&#233; ah&#237;.

Bon.

Pas&#233; los tres mensajes. Un alumno preocupado; LaManche; alguien que hab&#237;a colgado. No estaba preparada para problemas estudiantiles, por lo que intent&#233; hablar con Gabby. No obtuve respuesta. Marqu&#233; el n&#250;mero de Katy y me respondi&#243; su contestador.

Deje un mensaje breve como &#233;ste -exclam&#243; una voz animada.

As&#237; lo hice, aunque no tan animada.

A los veinte minutos estaba en el laboratorio. Met&#237; mi bolso en un caj&#243;n del escritorio, prescind&#237; de las notas de color rosa diseminadas por la mesa y baj&#233; inmediatamente al dep&#243;sito.

Los cad&#225;veres llegan primero al dep&#243;sito y son ingresados y conservados en compartimientos refrigerados hasta que se les asigna un pat&#243;logo del LML. La jurisdicci&#243;n est&#225; codificada por el color del suelo. El dep&#243;sito da directamente a las salas de autopsia, y el suelo rojo de cada acceso del dep&#243;sito se interrumpe bruscamente en el umbral de la sala de autopsias respectiva. El dep&#243;sito est&#225; dirigido por un juez de instrucci&#243;n, y el LML controla las operaciones. El suelo rojo corresponde al juez; el gris, al LML. Yo realizo mis ex&#225;menes iniciales en una de las cuatro salas de autopsias; a continuaci&#243;n los huesos se env&#237;an arriba, al laboratorio de histolog&#237;a, para su consiguiente limpieza.

LaManche efectuaba una incisi&#243;n en forma de i griega en el pecho de una ni&#241;a, los peque&#241;os hombros apoyados en una almohada de caucho, las manos extendidas a los costados como si se dispusiera a formar un &#225;ngel en la nieve. Mir&#233; inquisitiva a LaManche.

Secou&#233;e -se limit&#243; a responderme. Conmocionada.

En el extremo opuesto de la sala, Nathalie Ayers trabajaba en otra autopsia mientras Lisa levantaba el estern&#243;n de un joven bajo cuya mata de cabellos pelirrojos le abultaban los ojos purp&#250;reos e hinchados. Distingu&#237; un agujerito negro en la sien derecha: suicidio. Nathalie era una nueva pat&#243;loga del LML y a&#250;n no se hab&#237;a enfrentado a ning&#250;n homicidio.

Daniel deposit&#243; el escalpelo que estaba afilando.

&#191;Necesita los huesos de Saint Lambert?

S'il vous pla&#238;t. &#191;En el n&#250;mero cuatro?

Asinti&#243; y desapareci&#243; en el dep&#243;sito.

La autopsia del esqueleto me absorbi&#243; varias horas y confirm&#233; mi impresi&#243;n inicial de que los restos pertenec&#237;an a una mujer blanca de unos treinta a&#241;os. Pese al escaso tejido blando que quedaba, los huesos se hallaban en buenas condiciones y conservaban algo de grasa. Llevaba muerta de dos a cinco a&#241;os. Lo &#250;nico extra&#241;o era un arco no soldado que aparec&#237;a en su quinta v&#233;rtebra lumbar. Sin la cabeza ser&#237;a dif&#237;cil identificarla positivamente.

Ped&#237; a Daniel que trasladara los huesos al laboratorio de histolog&#237;a y que los lavara, y sub&#237; a mi despacho. El mont&#243;n de notas de color rosado hab&#237;a crecido. Telefone&#233; a Ryan y le hice un resumen. Por su parte ya estaba elaborando informes de personas desaparecidas con la polic&#237;a de St. Lambert.

Una de las llamadas proced&#237;a de Aar&#243;n Calvert, desde Norman, en Ohlahoma, y era del d&#237;a anterior. Marqu&#233; su n&#250;mero, y una voz almibarada me inform&#243; que no se hallaba en su despacho. Me manifest&#243; cu&#225;nto lo sent&#237;a y me garantiz&#243; que le transmitir&#237;a el mensaje. Era profesionalmente afable. Dej&#233; a un lado los restantes mensajes y acud&#237; a ver a Lucie Dumont.

El despacho de Lucie estaba atestado de terminales, monitores, impresoras y toda clase de parafernalia inform&#225;tica. Los cables se remontaban por las paredes y desaparec&#237;an por el techo o estaban enganchados en el suelo en manojos. Montones de impresos se amontonaban en las estanter&#237;as y los archivadores, despleg&#225;ndose como un aluvi&#243;n a punto de precipitarse.

El escritorio estaba situado frente a la puerta, y el panel de control de armarios y hardware formaban una especie de herradura detr&#225;s de ella. Trabajaba desplaz&#225;ndose de uno a otro sitio, empujando la silla con sus zapatillas sobre el gris embaldosado. Lucie aparec&#237;a ante m&#237; de espaldas, recortada su silueta contra una pantalla de verde resplandor. Raras veces ve&#237;a su rostro.

Aquel d&#237;a ante la mesa en forma de herradura hab&#237;a cinco japoneses con traje, que rodeaban a Lucie con los brazos pegados al cuerpo asintiendo gravemente mientras ella les se&#241;alaba algo en una terminal y les explicaba su significado. Maldije mi falta de oportunidad y fui al laboratorio de histolog&#237;a.

El esqueleto de St. Lambert hab&#237;a llegado del dep&#243;sito. Me dediqu&#233; a analizar los cortes al igual que hab&#237;a hecho con Trottier y Gagnon. Describ&#237;, med&#237; y trac&#233; la localizaci&#243;n de cada marca e hice moldes de los falsos inicios. Al igual que en los otros, los peque&#241;os cortecitos y zanjas suger&#237;an la intervenci&#243;n de sierra y cuchillo. Los detalles microsc&#243;picos eran similares, y la disposici&#243;n de los cortes casi id&#233;ntica a los casos anteriores.

A la mujer le hab&#237;an aserrado las manos por las mu&#241;ecas y las restantes extremidades hab&#237;an sido separadas en las articulaciones. El vientre estaba abierto de arriba abajo con tanta fuerza que le hab&#237;an producido se&#241;ales en la columna vertebral. Aunque carec&#237;a del cr&#225;neo y de los huesos superiores del cuello, las marcas que aparec&#237;an en la sexta v&#233;rtebra cervical demostraban que hab&#237;a sido degollada en mitad de la garganta. El tipo era consecuente.

Guard&#233; los huesos, recog&#237; mis notas y regres&#233; a mi despacho desvi&#225;ndome por el pasillo para comprobar si Lucie estaba libre. No la encontr&#233; a ella ni a sus japoneses por ninguna parte. Dej&#233; una nota de aviso en su terminal. Tal vez agradeciera un pretexto para evadirse.

Como era de esperar, durante mi ausencia hab&#237;a llamado Calvert. Mientras marcaba su n&#250;mero apareci&#243; Lucie en mi puerta, con las manos cruzadas al frente.

He encontrado su aviso, doctora Brennan -dijo con breve sonrisa.

No hablaba una palabra en ingl&#233;s.

Era delgada como un alambre y sus cabellos formaban un halo en la cabeza que acentuaba lo alargado del cr&#225;neo. La ausencia de vello y la palidez de su cutis destacaban el efecto de sus gafas, de modo que la hac&#237;a parecer una especie de maniqu&#237; por su exagerada montura.

S&#237;, Lucie, gracias por venir -repuse al tiempo que despejaba un asiento.

Ella meti&#243; los pies tras una pata de la silla, mientras se acomodaba como un gato que rebosara en un coj&#237;n.

&#191;Desbordada de trabajo?

Esboz&#243; una fugaz sonrisa y mantuvo su aire inexpresivo.

Me refiero a los caballeros japoneses.

S&#237;, proceden de un laboratorio de Kobe, qu&#237;micos en su mayor&#237;a. No me importa.

No estoy segura de si podr&#225; ayudarme, pero quisiera hacerle unas preguntas -comenc&#233;.

Pase&#243; sus ojos ocultos tras los cristales de las gafas por la hilera de cr&#225;neos que se extend&#237;an detr&#225;s de mi escritorio.

Los guardo con fines comparativos -le expliqu&#233;.

&#191;Son aut&#233;nticos?

S&#237;, lo son.

Desvi&#243; la mirada y distingu&#237; una versi&#243;n distorsionada de m&#237; misma en sus rosados cristales. Frunci&#243; y distendi&#243; de nuevo las comisuras de los labios. Sus sonrisas iban y ven&#237;an como la luz de una bombilla que tuviera un mal contacto. Me record&#243; mi linterna en el bosque.

Le expliqu&#233; lo que deseaba. Cuando hube concluido, lade&#243; la cabeza y mir&#243; al techo como si pudiera encontrar all&#237; la respuesta. Se tomaba tiempo. Entretanto distingu&#237; el zumbido de una impresora desde alg&#250;n despacho del pasillo.

No habr&#225; nada con anterioridad a 1985. Estoy segura de ello.

Nuevo asomo de sonrisa. Como un flash.

Comprendo que es algo ins&#243;lito, pero vea qu&#233; puede hacer.

Ville de Quebec, aussi?

No, por ahora s&#243;lo los casos de LML.

Asinti&#243; y, tras esbozar una nueva sonrisa, se march&#243;. En aquel momento son&#243; el tel&#233;fono: era Ryan.

&#191;Podr&#237;a tratarse de alguien m&#225;s joven?

&#191;Cu&#225;nto m&#225;s joven?

Diecisiete.

No.

&#191;Tal vez alguien con alguna especie de?

No.

Silencio.

Tengo otra de sesenta y siete.

Ryan, esta mujer no pertenece a la primera ni a la tercera edad.

&#191;Y si tuviera alguna clase de afecci&#243;n &#243;sea? Tengo entendido -prosigui&#243; el hombre imperturbable.

Se halla entre los veintinco y los treinta y cinco, Ryan.

De acuerdo.

Es posible que desapareciera de 1989 a 1992.

Ya me lo dijo.

&#161;Ah, algo m&#225;s! Probablemente tuvo hijos.

&#191;C&#243;mo?

He encontrado indicios en el interior de los huesos p&#233;lvicos. Busque una madre.

Gracias.

Antes de que &#233;l me llamara de nuevo volvi&#243; a sonar el tel&#233;fono.

Ryan, le he dicho

Soy yo, mam&#225;.

&#161;Hola, querida! &#191;C&#243;mo est&#225;s?

Bien, mam&#225;. -Pausa-. &#191;Est&#225;s enfadada por nuestra conversaci&#243;n de anoche?

&#161;Desde luego que no, Katy! S&#243;lo preocupada por ti.

Larga pausa.

Bien. &#191;Qu&#233; hay de nuevo? -pregunt&#233;-. Apenas hemos hablado de lo que has hecho este verano.

Deseaba decirle muchas cosas, pero prefer&#237; dejarle la iniciativa.

Poca cosa. Charlotte es tan aburrido como siempre. No hab&#237;a nada que hacer.

Bien. Otra dosis de negatividad adolescente. Precisamente lo que menos necesitaba. Trat&#233; de controlar mi malestar.

&#191;C&#243;mo va el trabajo?

Bien. Hay buenas propinas. Anoche gan&#233; noventa y cuatro d&#243;lares.

&#161;Eso est&#225; muy bien!

Tengo muchas horas.

&#161;Magn&#237;fico!

Quiero dejarlo.

Aguard&#233;.

Ella tambi&#233;n aguard&#243;.

Necesitar&#225;s ese dinero para estudiar, Katy.

No eches a perder tu vida, hija.

Ya te lo dije: no quiero volver en seguida. Pienso tomarme un a&#241;o de descanso.

Ya est&#225;bamos en ello. Intu&#237;a lo que vendr&#237;a a continuaci&#243;n y me lanc&#233; a la ofensiva.

Ya hemos hablado de esto, querida. Si no te gusta la universidad de Virginia podr&#237;as probar McGill. &#191;Por qu&#233; no te tomas un par de semanas, vienes y lo hablamos?. Podr&#237;amos considerarlo como unas vacaciones. Me coger&#233; alg&#250;n tiempo libre. Tal vez podr&#237;amos ir a las Maritimes, dar una vuelta por Nova Scotia unos d&#237;as.

&#161;Dios!, &#191;qu&#233; estaba diciendo? &#191;C&#243;mo iba a arregl&#225;rmelas? No importaba. Ante todo estaba mi hija.

Ella no respondi&#243;.

No se trata de las notas, &#191;verdad?

No, no. Son muy buenas.

Entonces podr&#237;as transferir los cr&#233;ditos. Podr&#237;amos

Quiero ir a Europa.

&#191;A Europa?

S&#237;. A Italia.

&#191;A Italia? -No tuve que reflexionar mucho-. &#191;Es donde jugar&#225; Max?

S&#237;. -A la defensiva-: &#191;Por qu&#233;?

&#191;Por qu&#233;?

Le dan mucho m&#225;s dinero que los Hornets.

No respond&#237;.

Y una casa.

Nada.

Y un coche: un Ferrari

Silencio.

Libre de impuestos.

Su tono era cada vez m&#225;s desafiante.

Me parece estupendo para Max, Katy. Practica un deporte que le gusta y por a&#241;adidura cobra por ello. &#191;Pero y t&#250;?

Max quiere que lo acompa&#241;e.

Max tiene veinticuatro a&#241;os y est&#225; licenciado. T&#250; tienes diecinueve y s&#243;lo llevas uno de carrera.

Se percib&#237;a la irritaci&#243;n de mi voz.

T&#250; ya estabas casada a los diecinueve.

&#191;Casada?

El est&#243;mago me dio un triple vuelco.

Bueno, eso hiciste.

Estaba decidida. Contuve mi lengua preocupad&#237;sima por ella pero sabiendo que no pod&#237;a hacer nada.

Ya te lo he dicho. No vamos a casarnos.

Transcurrieron unos instantes de silencio que parecieron eternos entre Montreal y Charlotte.

&#191;Pensar&#225;s mi propuesta de venir aqu&#237;, Katy?

Desde luego.

Prom&#233;teme que no har&#225;s nada sin hablar conmigo, &#191;de acuerdo?

Nuevo silencio.

&#191;Katy?

S&#237;, mam&#225;.

Te quiero, cari&#241;o.

Tambi&#233;n yo, mam&#225;.

Saluda a tu padre de mi parte.

As&#237; lo har&#233;.

Ma&#241;ana te dejar&#233; un mensaje en tu correo electr&#243;nico, &#191;de acuerdo?

De acuerdo.

Colgu&#233; con mano temblorosa. &#191;Qu&#233; suceder&#237;a? Los huesos eran m&#225;s f&#225;ciles de interpretar que los hijos. Me procur&#233; una taza de caf&#233; y llam&#233;.

El doctor Calvert, por favor.

&#191;Puedo preguntar qui&#233;n llama? -Se lo dije.

Un momento, por favor. -Y retuvo la llamada.

&#191;C&#243;mo est&#225;s, Tempe? Pasas m&#225;s tiempo en el tel&#233;fono que un ejecutivo importante. Eres muy dif&#237;cil de localizar.

Su voz sonaba muy vibrante entre las diferencias horarias.

Lo siento, Aar&#243;n. Mi hija se propone colgar los estudios y largarse con un jugador de baloncesto -barbot&#233;.

&#191;Es capaz el tipo de situarse en la banda o disparar de tres?

Supongo que s&#237;.

D&#233;jala ir.

Muy divertido.

No es cosa de risa alguien que puede situarse en la banda o disparar desde fuera del arco. Buena cuenta bancaria.

Aar&#243;n, tenemos otro descuartizamiento.

Hab&#237;a hablado a Aar&#243;n de los casos anteriores. Sol&#237;amos intercambiar impresiones.

O&#237; su risita.

Ah&#237; no habr&#225; pistolas, pero disfrutan cortando.

S&#237;. Pienso que este psic&#243;pata ya se ha ensa&#241;ado lo suyo. Todas son mujeres, pero por lo dem&#225;s no parece existir otro v&#237;nculo entre ellas. Salvo las marcas de los cortes que son muy singulares.

&#191;En serie o en masa?

En serie.

Permaneci&#243; pensativo unos segundos.

Vamos. Expl&#237;cate.

Describ&#237; los rebordes y cortes de los huesos del brazo. De vez en cuando &#233;l me interrump&#237;a para formularme alguna pregunta o para pedirme que fuese m&#225;s despacio. Lo imaginaba tomando notas, inclinando su alta y enjuta figura sobre alg&#250;n pedazo de papel del que aprovechaba hasta el &#250;ltimo mil&#237;metro de espacio en blanco. Aunque ten&#237;a cuarenta y dos a&#241;os, su rostro moreno y severo y sus ojos de cherokee le hac&#237;an aparentar noventa. Siempre hab&#237;a sido as&#237;. Su ingenio era tan &#225;rido como el desierto de Gobi y su coraz&#243;n de iguales dimensiones.

&#191;Son muy profundos los falsos inicios? -inquiri&#243; con aire muy profesional.

No. Bastante superficiales.

&#191;La armon&#237;a es clara?

Mucho.

&#191;Dices que la hoja deriva en el reborde?

Hum S&#237;.

&#191;Te f&#237;as de las medidas de distancia del dentado?

S&#237;. Los ara&#241;azos eran claros en distintos lugares al igual que algunas islas.

&#191;Por lo dem&#225;s los fondos quedan muy lisos?

S&#237;. Es muy evidente en los moldes.

Y con salidas melladas -murmur&#243; como para s&#237;.

Muchas.

Una prolongada pausa mientras su mente se imbu&#237;a de la informaci&#243;n facilitada y calculaba las posibilidades. Yo observaba pasar la gente delante de mi puerta, o&#237;a sonar los tel&#233;fonos, zumbar las impresoras y detenerse despu&#233;s. Gir&#233; en mi silla y mir&#233; hacia el exterior. El tr&#225;fico cruzaba por el puente de Jacques-Cartier, Toyotas y Fords enanos. Los minutos transcurr&#237;an.

Estoy trabajando algo a ciegas, Tempe -me dijo por fin-. No s&#233; c&#243;mo has logrado implicarme en esto. Pero ah&#237; va mi opini&#243;n.

Gir&#233; de nuevo en mi asiento y apoy&#233; los codos en la mesa.

Apostar&#237;a a que no se trata de una sierra el&#233;ctrica sino de alguna especialidad de tipo manual. Probablemente alg&#250;n tipo de las que utilizan los cocineros.

&#161;S&#237;! Di una palmada en mi mesa, levant&#233; el pu&#241;o en lo alto y lo descargu&#233; con fuerza como un ingeniero que tirara del cord&#243;n del silbato. Las notas de color rosado volaron hacia el suelo.

Aar&#243;n prosigui&#243;, ignorante de mis aspavientos.

Los rebordes son demasiado grandes para tratarse de una clase de sierra de arco de dentado fino o de cuchillo en sierra. Adem&#225;s parece que los dientes est&#225;n demasiado apretados. Con esas configuraciones en el suelo, dudo que te refieras a ninguna clase de tronzadora. Tiene que tratarse de una sierra de doble filo. Todo ello, desde luego sin poder verlo, me sugiere que se trata de una sierra de carnicero o de cocinero.

&#191;Qu&#233; aspecto tendr&#237;a?

Como una gran sierra para metales. El juego de dentado es muy amplio, para que no se atasque. Por ello aparecen a veces las islas que describes en los falsos inicios. Suele haber mucha deriva pero la hoja atraviesa el hueso perfectamente y corta con gran limpieza. Puede tratarse de sierras peque&#241;as muy eficaces que atraviesan huesos, cart&#237;lagos, ligamentos, lo que sea.

&#191;Cualquier otra cosa que sea consistente?

Bien, siempre existe la posibilidad de que te encuentres con algo que no se adapte a las pautas regulares. Esas sierras no leen los pensamientos, &#191;sabes? Pero a primera vista no se me ocurre nada m&#225;s que se adapte a todo cuanto me has explicado.

&#161;Eres fant&#225;stico! Es exactamente lo que yo pensaba pero deseaba o&#237;rtelo decir, Aar&#243;n. No sabes cu&#225;nto te agradezco lo que haces.

No tiene importancia.

&#191;Querr&#225;s ver las fotos y los moldes?

Desde luego.

Te los enviar&#233; ma&#241;ana.

La segunda pasi&#243;n de Aar&#243;n en la vida eran las sierras. Ten&#237;a catalogadas descripciones por escrito y fotogr&#225;ficas de las caracter&#237;sticas producidas en el hueso por todas las sierras conocidas, y pasaba largas horas examinando los casos que enviaban a su laboratorio desde todo el mundo.

Percib&#237; un carraspeo por el que comprend&#237; que ten&#237;a algo m&#225;s que decirme. Mientras aguardaba, recog&#237; las notas ca&#237;das.

&#191;Dices que los &#250;nicos huesos completamente seccionados son las partes inferiores de los brazos?

S&#237;.

&#191;Y que los otros los separ&#243; por las articulaciones?

S&#237;.

&#191;Limpiamente?

Mucho.

Hum.

Suspend&#237; mi actividad.

&#191;Qu&#233; sucede?

&#191;C&#243;mo? -se sorprendi&#243; con aire inocente.

Cuando dices hum de ese modo, significa algo.

S&#243;lo una asociaci&#243;n muy interesante.

&#191;En qu&#233; consiste?

El tipo utiliza una sierra de cocinero. Y se dedica a cortar los cuerpos como quien sabe lo que hace. Sabe d&#243;nde debe emplearse y c&#243;mo. Y obra de igual modo cada vez.

S&#237;. Ya he pensado en ello.

Transcurrieron unos segundos.

Pero s&#243;lo sierra las manos. &#191;Qu&#233; me dices de eso? -pregunt&#233;.

&#201;sa, doctora Brennan, es cuesti&#243;n de psic&#243;logo, no de especialista en sierras.

Convine en ello y mud&#233; el tema de conversaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; tal las muchachas?

Aar&#243;n era soltero y, aunque lo conoc&#237;a desde hacia veinte a&#241;os, no recordaba que jam&#225;s hubiera tenido una cita. Los caballos eran su principal pasi&#243;n. De Tulsa a Chicago y a Luisville y de nuevo a Oklahoma City siempre viajaba donde lo llevaba el circuito trimestral equino.

Muy excitadas. Puj&#233; por un semental el oto&#241;o pasado y lo consegu&#237;. Desde entonces las muchachas se comportan como potrillas.

Charlamos acerca de nuestras vidas y de nuestros mutuos amigos y acordamos encontrarnos en la reuni&#243;n que celebrar&#237;a la Academia en febrero.

Que tengas suerte para descubrir a ese tipo, Tempe.

Gracias.

Seg&#250;n mi reloj eran las cinco menos veinte. De nuevo despachos y pasillos se hab&#237;an quedado en silencio alrededor de m&#237;. El timbre del tel&#233;fono me sobresalt&#243;.

Pens&#233; que tomaba demasiado caf&#233;.

Al responder, el auricular a&#250;n segu&#237;a caliente en mi o&#237;do.

Anoche te vi.

&#161;Gabby!

&#161;No vuelvas a hacerlo, Tempe!

&#191;D&#243;nde est&#225;s, Gabby?

S&#243;lo lograr&#225;s empeorar las cosas.

&#161;Maldita sea, Gabby, no juegues conmigo! &#191;D&#243;nde est&#225;s? &#191;Qu&#233; sucede?

Eso no importa. Ahora no puedo verte.

No pod&#237;a creer que volviera a hacerme aquello. Sent&#237;a crecer la ira en mi pecho.

&#161;Mantente al margen, Tempe! &#161;Al&#233;jate de m&#237;! &#161;Al&#233;jate de mi!

La egoc&#233;ntrica rudeza de Gabby encendi&#243; mi ira contenida. Espoleada por la arrogancia de Claudel, la crueldad de un asesino psic&#243;pata y la locura juvenil de Katy, estall&#233; con la furia de un rel&#225;mpago y la cargu&#233; sobre Gabby abras&#225;ndola.

&#161;Qui&#233;n diablos te crees que eres! -resopl&#233; por el tel&#233;fono con voz quebrada.

Apret&#233; el aparato con tanta energ&#237;a como para romper el pl&#225;stico y prosegu&#237;:

&#161;Puedes irte al diablo! &#161;Te dejar&#233; tranquila, de acuerdo! &#161;No s&#233; a qu&#233; extra&#241;os juegos te dedicas, Gabby, ni quiero saberlo! &#161;Juego, partido, encuentro concluido! No quiero saber nada de tu esquizofrenia ni de tus paranoias. Y te repito que no seguir&#233; tu juego haciendo el papel de vengador y t&#250; de damisela en apuros.

Todas mis neuronas estaban sobrecargadas como un electrodom&#233;stico de ciento diez en un enchufe de doscientos veinte. Jadeaba y sent&#237;a escocer las l&#225;grimas en mis ojos. El genio de Tempe.

Gabby hab&#237;a colgado.

Me sent&#233; unos momentos inm&#243;vil, sin pensar. Me sent&#237;a mareada.

Lentamente colgu&#233; el aparato. Cerr&#233; los ojos, busqu&#233; entre la selecci&#243;n musical y escog&#237; una pieza, algo que me distendiera, y en voz baja y ronca tarare&#233; la tonada.





Cap&#237;tulo 21

A las seis de la ma&#241;ana una lluvia pertinaz tamborileaba contra mis ventanas. De vez en cuando un coche pasaba ronroneante en temprano desplazamiento. Por tercera vez desde hac&#237;a muchos d&#237;as vi despuntar el alba, un acontecimiento que acojo con tanto entusiasmo como Joe Montana un bombardeo a&#233;reo sin cuartel. Aunque poco aficionada a las siestas, tampoco soy madrugadora. Sin embargo, aquella semana ya hab&#237;a visto salir el sol en dos ocasiones, ambas veces cuando lograba conciliar el sue&#241;o; aquel d&#237;a mientras me remov&#237;a y giraba sin sentirme so&#241;olienta ni descansada despu&#233;s de pasar once horas en el lecho.

De regreso a casa tras la llamada de Gabby, hab&#237;a ido a tomar un bocado. Pollo fr&#237;o grasiento, pur&#233; de patatas rehidratadas con grasa sint&#233;tica, mazorcas blancas y pastel de manzana pringoso. Merci, coronel. A continuaci&#243;n tom&#233; un ba&#241;o caliente y efectu&#233; un prolongado reconocimiento de la herida de mi mejilla. La microcirug&#237;a no servir&#237;a de nada. Parec&#237;a como si me hubieran arrastrado. Hacia las siete conect&#233; con los juegos de la Expo y me qued&#233; dormida de partido en partido.

Encend&#237; mi ordenador, a las seis de la ma&#241;ana -o de la tarde- estaba a punto y dispuesto para actuar. Hab&#237;a transmitido un mensaje electr&#243;nico a Katy por MacGill a mi servicio de correo en la universidad de Charlotte, al que ella pod&#237;a acceder con su ordenador port&#225;til y su m&#243;dem y contestar directamente desde su habitaci&#243;n. &#161;Bravo, viajemos por Internet!

El cursor de la pantalla destell&#243; ante m&#237; insistiendo en que no hab&#237;a nada en el documento por m&#237; creado. Como as&#237; era, en efecto. En la hoja de c&#225;lculo por m&#237; elaborada s&#243;lo figuraban tres titulares de columnas, pero carentes de contenido. &#191;Cu&#225;ndo lo hab&#237;a comenzado? El d&#237;a del desfile. Hac&#237;a tan s&#243;lo una semana, pero parec&#237;an a&#241;os. Aqu&#233;lla era la decimotercera jornada: cuatro semanas desde que se hab&#237;a descubierto el cad&#225;ver de Isabelle Gagnon; una desde que hab&#237;an asesinado a Margaret Adkins.

&#191;Qu&#233; hab&#237;amos conseguido desde entonces salvo descubrir otro cad&#225;ver? Un puesto de vigilancia en el apartamento de la rue Berger confirm&#243; que su ocupante no hab&#237;a regresado. Nada sorprendente. La redada hab&#237;a sido inoperante. Segu&#237;amos sin ninguna pista sobre la identidad de Saint Jacques y no hab&#237;amos identificado el &#250;ltimo cad&#225;ver. Claudel a&#250;n no reconoc&#237;a que los casos estaban relacionados, y Ryan consideraba que me tomaba demasiadas iniciativas. &#161;Vaya d&#237;a!

Me concentr&#233; de nuevo en la hoja de c&#225;lculo. Ampli&#233; los titulares de las columnas. Caracter&#237;sticas f&#237;sicas; geograf&#237;a; disposici&#243;n de las viviendas; trabajos; amigos; miembros familiares; fechas de nacimiento; fechas de defunci&#243;n; fechas de descubrimiento; tiempos; lugares. Introduje todo cuanto imagin&#233; que pod&#237;a demostrar una vinculaci&#243;n. En el extremo izquierdo inscrib&#237; cuatro nuevos titulares: Adkins, Gagnon, Trottier e Inconnue. Sustituir&#237;a la designaci&#243;n de desconocida cuando vincul&#225;semos un nombre a los huesos de St. Lambert. A las siete y media cerr&#233; el archivo, recog&#237; el ordenador port&#225;til y me dispuse a ir a trabajar.

Puesto que el tr&#225;fico estaba atestado ataj&#233; por el t&#250;nel Ville Marie. Aunque era plena ma&#241;ana, nubes oscuras y densas envolv&#237;an la ciudad en sombr&#237;a penumbra. Las calles estaban cubiertas de un brillo h&#250;medo que reflejaba las luces de los frenos en aquella hora punta matinal.

Mis limpiaparabrisas repet&#237;an un mon&#243;tono estribillo apartando el agua en dos zonas a modo de abanico. Me adelant&#233; en el asiento y balance&#233; la cabeza como una tortuga paral&#237;tica en busca de un fragmento de cristal visible entre las rayas. Me dije que ya era hora de cambiar los limpiaparabrisas, a sabiendas de que no lo har&#237;a. Tard&#233; m&#225;s de media hora en llegar al laboratorio.

Me propon&#237;a ir directamente a los archivos, extraer todos los detalles e introducirlos en la hoja de c&#225;lculo, pero me encontr&#233; con dos encargos en la mesa. Hab&#237;an hallado a un beb&#233; en un parque municipal, encajonado entre las rocas del cauce de un arroyo. Seg&#250;n la nota de LaManche, los tejidos se hab&#237;an disecado y los &#243;rganos internos eran irreconocibles pero, por lo dem&#225;s, el cad&#225;ver estaba bien conservado. Deseaba mi opini&#243;n sobre la edad de la criatura. Aquello no me costar&#237;a mucho.

Examin&#233; el informe policial unido a otro impreso. Ossements trouv&#233;s dans un bois. Huesos encontrados en un bosque. Mis casos m&#225;s corrientes. Pod&#237;a significar desde un asesinato m&#250;ltiple a hachazos, hasta un gato muerto.

Llam&#233; a Denis y le ped&#237; radiograf&#237;as del peque&#241;o; luego baj&#233; a inspeccionar los hallazgos. Lisa trajo una caja de cart&#243;n del dep&#243;sito y la coloc&#243; sobre la mesa.

C'est tout?

C'est tout. -All&#237; estaba todo.

Me tendi&#243; los guantes y retir&#233; tres terrones de arcilla endurecida del interior de la caja, de cada uno de los cuales sobresal&#237;an los huesos. Golpe&#233; la materia, pero estaba dura como cemento.

Que saquen fotos y radiograf&#237;as. Luego p&#243;ngalos en una criba y d&#233;jelos en remojo utilizando divisiones para mantener los fragmentos separados. Regresar&#233; en cuanto concluya la reuni&#243;n.

Los cuatro pat&#243;logos restantes del LML se reun&#237;an cada ma&#241;ana con LaManche para revisar casos y recibir encargos de autopsias. Cuando estoy all&#237;, tambi&#233;n asisto. Al entrar en el despacho de LaManche vi que &#233;ste, Nathalie Ayers, Jean Pelletier y Marc Bergeron ya estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias. Seg&#250;n el tablero de actividad del pasillo advert&#237; que Marcel Morin se hallaba en los tribunales y que Emily Santangelo disfrutaba de permiso.

Todos se movieron para dejarme espacio y a&#241;adieron una silla al c&#237;rculo. Intercambiamos Bonjour y Comment &#231;a va?

&#191;Qu&#233; hace aqu&#237; en mi&#233;rcoles, Marc? -le pregunt&#233;.

Ma&#241;ana es festivo.

Lo hab&#237;a olvidado por completo: era el d&#237;a nacional de Canad&#225;.

&#191;Ir&#225; al desfile? -pregunt&#243; Pelletier con rostro inexpresivo.

Se expresaba hasta tal punto con los matices del interior del pa&#237;s que resultaba casi ininteligible para m&#237;. Me hab&#237;a pasado meses sin comprenderlo en absoluto, por lo que me hab&#237;a perdido sus ir&#243;nicos comentarios. En aquellos momentos, despu&#233;s de cuatro a&#241;os, entend&#237;a casi todo cuanto dec&#237;a. Aquella ma&#241;ana no ten&#237;a dificultad alguna en captar la intenci&#243;n de sus palabras.

Creo que &#233;ste me lo perder&#233;.

Podr&#237;a hacerse pintar el rostro en una caseta. Ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil.

Risitas generales.

O tal vez hacerse tatuar: es menos doloroso.

Muy divertido.

Fing&#237;a inocencia con las cejas enarcadas, los hombros levantados y mostrando las palmas. Se recost&#243; en el asiento, asi&#243; el &#250;ltimo fragmento de un cigarrillo sin filtro entre los amarillentos dedos y dio una profunda calada. Al parecer jam&#225;s hab&#237;a salido de la provincia de Quebec. Ten&#237;a sesenta y cuatro a&#241;os.

S&#243;lo hay tres autopsias -comenz&#243; LaManche, que distribu&#237;a los casos de la jornada.

Respiro prefestivo-coment&#243; Pelletier mientras cog&#237;a su formulario-. La situaci&#243;n mejora. -Su dentadura postiza le chasqueaba ligeramente al hablar.

LaManche cogi&#243; su rotulador rojo.

S&#237;, por lo menos el tiempo es m&#225;s fresco. Tal vez eso resulte beneficioso.

Repas&#243; la desalentadora lista del d&#237;a a&#241;adiendo informaci&#243;n adicional en cada caso. Un suicidio por mon&#243;xido de carbono; un anciano hallado muerto en su lecho; un beb&#233; arrojado en un parque.

El suicidio parece muy claro -coment&#243; mientras examinaba el informe policial-. Hombre blanco Veintisiete a&#241;os Encontrado ante el volante del coche en su propio garaje con el dep&#243;sito de gasolina vac&#237;o, la llave en el encendido y el motor activado.

Deposit&#243; varias fotos sobre la mesa en las que aparec&#237;a un Ford azul oscuro en un garaje individual. Un trozo de tubo flexible de los utilizados para secadoras de ropa llegaba desde el escape hasta la ventanilla posterior derecha del veh&#237;culo. LaManche ley&#243; en voz alta.

Historial depresivo Note d'adieu. -Mir&#243; a Nathalie-. &#191;Qu&#233; tal, doctora Ayers?

Ella asinti&#243; en se&#241;al de aceptaci&#243;n y recogi&#243; el papeleo. LaManche marc&#243; las iniciales Ay en rojo en la lista principal y recogi&#243; el siguiente juego de impresos.

El n&#250;mero 26742 corresponde a un hombre blanco de sesenta y ocho a&#241;os, diab&#233;tico controlado.

Pase&#243; la mirada por el resumen del informe para extraer la informaci&#243;n pertinente.

Llevaba varios d&#237;as sin ser visto Lo encontr&#243; su hermana sin se&#241;ales traum&#225;ticas. -Ley&#243; para s&#237; unos segundos-. Lo curioso es el retraso entre el momento en que lo descubri&#243; y cu&#225;ndo llam&#243; pidiendo ayuda. Al parecer, entretanto la dama limpi&#243; la casa. &#191;Doctor Pelletier? -inquiri&#243;.

Pelletier se encogi&#243; de hombros y le tendi&#243; la mano. LaManche inscribi&#243; Pe en rojo en su lista y le entreg&#243; los impresos acompa&#241;ados de una bolsa de pl&#225;stico repleta de recetas m&#233;dicas y medicamentos de uso corriente. Pelletier recogi&#243; los materiales e hizo un comentario burl&#243;n que se me escap&#243;.

Centr&#233; mi atenci&#243;n en el mont&#243;n de fotos que acompa&#241;aban el historial del ni&#241;o. Todas ellas mostraban desde diversos &#225;ngulos un arroyo de escasa profundidad atravesado por una peque&#241;a pasarela. Entre las piedras yac&#237;a el cuerpecito, secos los m&#250;sculos, la piel amarilla como un pergamino antiguo. Una aureola de fino cabello le rodeaba la cabeza, y delicadas pesta&#241;as bordeaban sus p&#225;rpados de p&#225;lido azul. El ni&#241;o extend&#237;a los dedos como si pidiera socorro o buscara donde agarrarse. Estaba desnudo, y la mitad de su cuerpo sobresal&#237;a de una bolsa de pl&#225;stico de color verde. Parec&#237;a un fara&#243;n en miniatura, expuesto y desechado. Comenc&#233; a sentir gran aversi&#243;n hacia las bolsas de pl&#225;stico.

Dej&#233; las fotos en la mesa y escuch&#233; a LaManche que conclu&#237;a su resumen y marcaba La en su hoja. &#201;l realizar&#237;a la autopsia y yo ajustar&#237;a la edad tras examinar el desarrollo del esqueleto. Bergeron efectuar&#237;a un intento con los dientes. Todos dimos nuestra conformidad y, puesto que no hab&#237;a m&#225;s asuntos que tratar, la reuni&#243;n concluy&#243;.


Me prepar&#233; un caf&#233; y volv&#237; a mi despacho. Sobre la mesa se encontraba un gran sobre marr&#243;n. Lo abr&#237; y pas&#233; la primera radiograf&#237;a del peque&#241;o por la pantalla. Cog&#237; un impreso del caj&#243;n de la mesa de trabajo y comenc&#233; mi examen. S&#243;lo hab&#237;a dos huesos carpianos en cada mano, sin c&#225;psulas en las puntas de los dedos. Inspeccion&#233; las partes inferiores de los brazos: tampoco hab&#237;a c&#225;psulas en ning&#250;n radio. Conclu&#237; con la parte superior del cuerpo, relacion&#233; en mi hoja de inventario aquellos elementos &#243;seos que estaban presentes y anot&#233; los que a&#250;n no se hab&#237;an formado. Luego hice lo mismo con la parte inferior del cuerpo, pasando de una a otra radiograf&#237;a para asegurarme de mis observaciones. El caf&#233; se enfri&#243;.

Los ni&#241;os nacen con el esqueleto incompleto. Algunos huesos tales como los carpos de las manos no est&#225;n en el momento de nacer y aparecen meses, o incluso a&#241;os, m&#225;s tarde. Otros huesos carecen de los nudos y crestas que con el tiempo conformar&#225;n a los adultos. Las partes que faltan surgen sucesivamente, de modo previsible, y permiten una valoraci&#243;n bastante fidedigna de la edad de los m&#225;s j&#243;venes. Aquel beb&#233; s&#243;lo hab&#237;a vivido siete meses. Resum&#237; mis conclusiones en otro impreso, guard&#233; todo el papeleo en un expediente amarillo y lo met&#237; en el mont&#243;n destinado al equipo de secretarias, quienes me lo devolver&#237;an mecanografiado en mi formato preferido, duplicado y reunido todos los materiales y diagramas que lo respaldaban, y asimismo pulir&#237;an mi franc&#233;s. Anticip&#233; un informe verbal a LaManche y luego me dediqu&#233; a los terrones.

El barro no se hab&#237;a deshecho, pero s&#237; ablandado lo suficiente para permitirme extraer el contenido. Tras un cuarto de hora de rascar y desprender me encontr&#233; con ocho v&#233;rtebras, siete fragmentos de huesos largos y tres pedazos de pelvis, todos los cuales mostraban indicios de haber sido sometidos a una carnicer&#237;a. Pas&#233; media hora lavando y clasificando aquel caos y acto seguido lo orden&#233; y a&#241;ad&#237; algunas notas. Por el camino ped&#237; a Lisa que fotografiara los esqueletos parciales de las tres v&#237;ctimas: dos ciervos de blancas colas y un perro de tama&#241;o mediano. Rellen&#233; otro informe y dej&#233; aquel expediente sobre el anterior: aunque extra&#241;o, no era problema forense. Lucie hab&#237;a dejado una nota en mi mesa. La encontr&#233; en su despacho, de espaldas a la puerta, paseando la mirada entre la pantalla de una terminal y un legajo abierto. Tecleaba con una mano y con la otra sosten&#237;a el documento moviendo lentamente el &#237;ndice de una a otra anotaci&#243;n.

He recibido su aviso -dije.

Ella levant&#243; un dedo, puls&#243; algunas teclas y luego puso una regla sobre el expediente. Gir&#243; y se desplaz&#243; hacia su mesa con un solo movimiento.

He buscado lo que usted me pidi&#243;. Algo de ello.

Registr&#243; en un mont&#243;n de papeles, pas&#243; a otro y volvi&#243; al primero, que examin&#243; de nuevo con m&#225;s lentitud. Por fin retir&#243; primero, que examin&#243; de nuevo con m&#225;s lentitud. Por fin retir&#243; un montoncillo de documentos unidos con grapa, revis&#243; algunas p&#225;ginas y me lo entreg&#243;.

No aparece nada con anterioridad al 88.

Hoje&#233; las p&#225;ginas consternada. &#191;C&#243;mo pod&#237;an ser tantas?

Primero trat&#233; de localizar los casos utilizando la clave mutilaci&#243;n. A ello corresponde la primera lista, la m&#225;s extensa. Ah&#237; figuran todos aquellos que se arrojaron al tren o se amputaron miembros con maquinaria. No creo que sea eso lo que le interesa.

As&#237; era realmente. Parec&#237;a representar el compendio de los que hab&#237;an perdido traum&#225;ticamente brazos, piernas o dedos en accidentes laborales o que incluso hab&#237;an llegado a las puertas de la muerte.

Luego lo intent&#233; a&#241;adiendo intencionado para restringir la selecci&#243;n a los casos en que la mutilaci&#243;n hab&#237;a sido adrede.

La mir&#233; inquisitiva.

No obtuve resultados.

&#191;Ninguno?

Eso no significa que no los hubiera.

&#191;C&#243;mo es eso?

Yo no entr&#233; los datos. Durante los dos &#250;ltimos a&#241;os hemos dispuesto de recursos especiales para contratar empleados a tiempo parcial a fin de ingresar cuanto antes la informaci&#243;n en la memoria. -Agit&#243; la cabeza y suspir&#243; exasperada- El ministerio ha remoloneado largos a&#241;os para ser informatizado y ahora desea que se haga todo de la noche a la ma&#241;ana. Sea como sea, los datos de entrada de la gente aparecen con los c&#243;digos corrientes m&#225;s b&#225;sicos: fecha de nacimiento y de defunci&#243;n y causa de la muerte, entre otros. Pero, cuando hay algo extra&#241;o, lo que sucede raras veces, el sistema act&#250;a de modo casi autom&#225;tico. En ese caso utiliza un c&#243;digo.

&#191;Algo extra&#241;o como un descuartizamiento?

Exactamente. Unos lo calificar&#237;an de amputaci&#243;n; otros usar&#237;an la palabra desarticulaci&#243;n. Por lo general aplicar&#237;an la misma palabra que aparece en el informe del pat&#243;logo. O acaso la ingresaran como cortado o aserrado.

Mir&#233; de nuevo las listas totalmente desanimada.

Las he intentado todas y algunas m&#225;s y no funciona.

Hab&#237;a sido una buena iniciativa.

Con mutilaci&#243;n result&#243; la lista m&#225;s extensa. -Aguard&#243; a que yo pasara a la segunda p&#225;gina-. &#201;sa fue peor que descuartizamiento. Entonces trat&#233; de combinarlo con la palabra posm&#243;rtem como limitador para escoger los casos en que el -volvi&#243; las palmas en el aire e hizo un movimiento con los dedos como si rascara, cual si tratara de captar la palabra del aire- el hecho tuviera lugar despu&#233;s de la muerte. -La mir&#233; esperanzada-. S&#243;lo apareci&#243; un tipo al que le hab&#237;an cortado el miembro.

El ordenador lo interpret&#243; de modo literal -acot&#233;.

&#191;C&#243;mo?

No importa.

Otra broma que pasaba desapercibida.

Luego prob&#233; mutilaci&#243;n en combinaci&#243;n con el limitador posm&#243;rtem y

Recogi&#243; de la mesa el &#250;ltimo impreso y me lo tendi&#243;.

&#161;Bango! &#191;Es eso lo que ustedes dicen?

Bingo.

Pues &#161;bingo! Creo que esto puede ser lo que usted desea. Cabe prescindir de algunos casos especiales, como los drogadictos que utilizaban &#225;cido. -Se&#241;al&#243; varias l&#237;neas que estaban tachadas-. &#201;stos no creo que le interesen.

Asent&#237; con aire ausente, por completo absorta en la p&#225;gina tres donde aparec&#237;an relacionados doce casos de los que ella hab&#237;a tachado tres.

Pero quiz&#225;s haya otros que s&#237; le interesen.

Apenas la escuchaba. Hab&#237;a hojeado la lista y me hab&#237;a detenido en el sexto nombre. Un cosquilleo de inquietud me recorri&#243; el cuerpo, y dese&#233; regresar a mi despacho.

Lucie, esto es estupendo -le dije-. Es mucho mejor de lo que esperaba.

&#191;Le servir&#225; de algo?

S&#237;, s&#237;, creo que s&#237; -respond&#237; tratando de parecer despreocupada.

&#191;Quiere que busque todos estos casos?

No, gracias. D&#233;jeme examinarlo y luego consultar&#233; los expedientes completos.

En mi fuero interno dese&#233; estar equivocada.

Bien s&#251;r.

Se quit&#243; las gafas y comenz&#243; a limpiar los cristales con el borde de su su&#233;ter. Sin ellas parec&#237;a incompleta, se ve&#237;a rara, como John Denver cuando se puso lentillas de contacto.

Me gustar&#237;a saber qu&#233; sucede -dijo una vez que se hubo colocado los rosados rect&#225;ngulos en el puente de la nariz.

Desde luego. Ya le informar&#233; si descubro algo.

Mientras me marchaba o&#237; deslizarse por el suelo las ruedas de su silla.

Ya en mi despacho dej&#233; los impresos en mi mesa y examin&#233; la lista. Atrajo mi atenci&#243;n un nombre: Francine Morisette-Champoux. La hab&#237;a olvidado por completo. Me dije que deb&#237;a tranquilizarme y no precipitarme a extraer conclusiones.

Me esforc&#233; por revisar los restantes nombres. All&#237; se encontraban Gagne y Valencia, un par de traficantes de drogas con un p&#233;simo sentido del negocio. Tambi&#233;n figuraba Chantale Trottier. Reconoc&#237; el nombre de una estudiante hondure&#241;a venida en intercambio cuyo marido le hab&#237;a disparado en el rostro con el ca&#241;&#243;n de la escopeta y luego la hab&#237;a trasladado de Ohio a Quebec, le hab&#237;a cortado las manos y arrojado su cad&#225;ver decapitado en un parque provincial. Como gesto de despedida, hab&#237;a tallado sus propias iniciales en los senos de la mujer. Los cuatro casos restantes me resultaban desconocidos. Eran anteriores a 1990, &#233;poca en que yo a&#250;n no hab&#237;a llegado all&#237;. Acud&#237; a los archivos centrales y los extraje junto con el expediente de Morisette-Champoux.

Agrup&#233; los archivos seg&#250;n la numeraci&#243;n asignada por el LML de modo que siguieran un orden cronol&#243;gico, con objeto de inspeccionarlos de modo sistem&#225;tico. Pero prescind&#237; al punto de aquella decisi&#243;n para examinar inmediatamente el caso de Morisette-Champoux, cuyo contenido exacerb&#243; mi curiosidad.





Cap&#237;tulo 22

En enero de 1993 Francine Morisette-Champoux fue asesinada por arma de fuego tras ser golpeada brutalmente. Un vecino la hab&#237;a visto pasear a su perrito de aguas alrededor de las diez de la ma&#241;ana, y apenas dos horas despu&#233;s su marido descubri&#243; su cad&#225;ver en la cocina de su hogar. El perro estaba en el sal&#243;n. La cabeza de la v&#237;ctima jam&#225;s apareci&#243;.

Yo recordaba el caso, aunque no estuve implicada en la investigaci&#243;n. Aquel invierno iba y ven&#237;a del laboratorio, viajaba al norte una semana de cada seis. Pete y yo est&#225;bamos en constante desacuerdo, por lo que acced&#237; a pasar todo el verano del 93 en Quebec, confiando en que los tres meses de separaci&#243;n rejuvenecer&#237;an el matrimonio. Perfecto. La brutalidad del ataque sufrido por Morisette-Champoux me impact&#243; terriblemente y a&#250;n me sent&#237;a conmocionada. Las fotos del escenario del crimen me devolvieron aquel recuerdo.

Yac&#237;a bajo una mesita de madera, brazos y piernas extendidas, las bragas blancas de algod&#243;n tensas entre las rodillas. La rodeaba un enorme charco de sangre en cuyo per&#237;metro se apreciaba el geom&#233;trico dibujo del lin&#243;leo. Oscuras manchas se extend&#237;an por las paredes y por las partes delanteras del mostrador. Desde la c&#225;mara, las patas de una silla invertida parec&#237;an se&#241;alarla: ah&#237; est&#225;s.

Su cuerpo destacaba fantasmal contra el entorno carmes&#237;. Una tenue l&#237;nea de l&#225;piz cruzaba su abdomen, como una sonrisa de felicidad por encima del pubis. Desde aquel punto hasta la clav&#237;cula hab&#237;a sido destripada y sus entra&#241;as asomaban por la abertura. La empu&#241;adura de un cuchillo de cocina apenas era visible en el v&#233;rtice del tri&#225;ngulo formado por sus piernas. A metro y medio de ella, entre un taburete y el fregadero se encontraba su mano diestra. Ten&#237;a cuarenta y siete a&#241;os.

&#161;Jes&#250;s! -exclam&#233; con voz queda.

Estaba hojeando el informe de la autopsia, cuando Charbonneau apareci&#243; en la puerta. Me pareci&#243; que su talante no era muy propicio. Ten&#237;a los ojos inyectados en sangre y no se molest&#243; en saludarme. Entr&#243; sin pedir permiso y se sent&#243; frente a m&#237;, al otro lado del escritorio.

Mientras lo observaba tuve una moment&#225;nea sensaci&#243;n de derrota. Sus torpes pasos, sus movimientos desmadejados y m&#225;s concretamente su corpulencia, despertaron en m&#237; algo que cre&#237;a haber desechado. O que ya se hab&#237;a alejado de m&#237;.

Por un momento me pareci&#243; ver a Pete sentado all&#237; delante, y mi mente retrocedi&#243; en el tiempo. Su cuerpo hab&#237;a sido embriagador para m&#237;. Nunca supe si se deb&#237;a a sus proporciones o a sus movimientos relajados. Tal vez fuera la fascinaci&#243;n que &#233;l sent&#237;a por m&#237;. Aquello hab&#237;a parecido aut&#233;ntico. Nunca me saciaba de &#233;l. Hab&#237;a tenido fantas&#237;as sexuales, extraordinarias, pero desde el momento en que lo vi entre la lluvia ante la librer&#237;a jur&#237;dica siempre lo hab&#237;a asociado con ellas. Pens&#233; que en aquel mismo instante podr&#237;a imaginar una de ellas. &#161;Jes&#250;s, Brennan! &#161;Contr&#243;late! Volv&#237; bruscamente a la realidad.

Aguard&#233; a que comenzara Charbonneau, que ten&#237;a la mirada baja, fija en sus manos.

Mi compa&#241;ero acaso sea un hijo de perra pero no es mal tipo -me dijo en ingl&#233;s.

No respond&#237;. Advert&#237; que sus pantalones ten&#237;an los dobladillos cosidos a mano y me pregunt&#233; si los habr&#237;a acortado &#233;l mismo.

S&#243;lo es algo testarudo. No le gustan los cambios.

S&#237;.

No me miraba a los ojos: se sent&#237;a inc&#243;modo.

&#191;Y bien? -lo estimul&#233;.

Se recost&#243; en la silla y se repas&#243; una u&#241;a para evitar a&#250;n el contacto visual. Desde un aparato de radio, Roch Vo&#237;sine cantaba una dulce canci&#243;n sobre H&#233;l&#233;ne.

Dice que va a presentar una queja.

Dej&#243; caer las manos y desvi&#243; la mirada hacia la ventana.

&#191;Una queja?

Trataba de mostrarme indiferente.

Ante el ministro, el director y LaManche. Incluso est&#225; considerando el colegio profesional.

&#191;Y qu&#233; es lo que le molesta al se&#241;or Claudel?

Me esforzaba por mantener la calma.

Dice que usted se excede en sus atribuciones, que se interfiere en asuntos que no son de su incumbencia y en la investigaci&#243;n que &#233;l lleva a cabo.

La brillante luz del sol le hizo entornar los ojos.

Sent&#237; una opresi&#243;n en el est&#243;mago y una oleada de calor.

Prosiga, por favor -insist&#237; inexpresiva.

Piensa que usted est&#225; -trataba de encontrar la palabra adecuada, sin duda con el fin de sustituirla por la que Claudel hab&#237;a utilizado realmente- extralimit&#225;ndose.

&#191;Y qu&#233; significa eso con exactitud?

El hombre segu&#237;a sin mirarme.

Dice que trata de dar al caso Gagnon mayor resonancia de la que tiene, que busca toda clase de complicaciones que en realidad no existen y que intenta convertir un simple asesinato en una extravagancia psic&#243;tica al estilo estadounidense.

&#191;Y por qu&#233; pretender&#237;a yo hacer eso?

Me temblaba ligeramente la voz.

&#161;Diablos, Brennan, eso no es cosa m&#237;a! &#161;Yo qu&#233; s&#233;!

Por primera vez me mir&#243;. Se ve&#237;a muy compungido. Era evidente que no se encontraba all&#237; por su gusto.

Le devolv&#237; la mirada, aunque sin verlo; s&#243;lo aprovech&#233; el tiempo para sofocar la llamada de alarma que despertaba en mis gl&#225;ndulas suprarrenales. Ten&#237;a una vaga idea del tipo de investigaci&#243;n que desencadenar&#237;a una queja y me constaba que no ser&#237;a nada bueno. Hab&#237;a considerado tales casos cuando formaba parte del comit&#233; del consejo &#233;tico. Con independencia del resultado, era desagradable. No pronunciamos palabra.

La radio a&#250;n tarareaba la canci&#243;n de H&#233;l&#233;ne.

Me dije que no deb&#237;a ensa&#241;arme con el mensajero. Fij&#233; la mirada en el expediente que ten&#237;a sobre el escritorio. Un cad&#225;ver de color lechoso aparec&#237;a reproducido en una docena de recuadros de papel satinado. Examin&#233; las fotos y mir&#233; a Charbonneau. A&#250;n no pensaba abordar el tema, no me sent&#237;a preparada, pero Claudel me obligaba a ello. &#161;Qu&#233; diablos! Las cosas no pod&#237;an ir peor.

&#191;Recuerda a una mujer llamada Francine Morisette-Champoux, se&#241;or Charbonneau?

Morisette-Champoux -Repiti&#243; varias veces el nombre mientras rebuscaba en la memoria-. Eso sucedi&#243; hace varios a&#241;os, &#191;verdad?

Casi dos. En enero del 93.

Le tend&#237; las fotos.

Mientras las ojeaba asent&#237;a en se&#241;al de reconocimiento.

S&#237;, la recuerdo. &#191;Qu&#233; sucede?

Piense, Charbonneau &#191;Qu&#233; recuerda del caso?

No conseguimos cazar al tipo que lo hizo.

&#191;Qu&#233; m&#225;s?

&#161;No me diga que tambi&#233;n trata de relacionarla con este asunto, Brennan!

Volvi&#243; a revisar las fotos, en esta ocasi&#243;n con un cabeceo negativo.

De ning&#250;n modo. Muri&#243; de un disparo. No se ajusta a las pautas.

Ese canalla la raj&#243; de arriba abajo y le cort&#243; una mano.

Era mayor: ten&#237;a cuarenta y siete a&#241;os, seg&#250;n creo.

Lo fulmin&#233; con una fr&#237;a mirada.

Quiero decir que era mayor que las dem&#225;s -murmur&#243; sonroj&#225;ndose.

El asesino de Morisette-Champoux le hundi&#243; un cuchillo en la vagina. Seg&#250;n el informe policial se produjo una intensa hemorragia.

Aguard&#233; a que asimilara la observaci&#243;n.

A&#250;n viv&#237;a -conclu&#237;.

Asinti&#243;. No era preciso especificar que una herida infligida tras la muerte sangra muy poco porque el coraz&#243;n ya no bombea y desaparece la presi&#243;n sangu&#237;nea. Francine Morisette-Champoux hab&#237;a sangrado profusamente.

En el caso de Margaret Adkins se trat&#243; de una figurita met&#225;lica. Tambi&#233;n estaba viva.

Me volv&#237; en silencio a recoger el expediente de Gagnon. Busqu&#233; las fotos del escenario del crimen y las extend&#237; frente a &#233;l. Aparec&#237;a el torso dentro de su bolsa de pl&#225;stico, moteado por el sol de las cuatro de la tarde. &#218;nicamente se hab&#237;a retirado la cobertura de las hojas. El desatascador segu&#237;a en su sitio, su roja copa de caucho encajada entre los huesos p&#233;lvicos, el mango proyect&#225;ndose hacia el cuello cercenado del cad&#225;ver.

Pienso que el asesino de Gagnon clav&#243; ese desatascador con tanta fuerza que empuj&#243; el mango por su vientre y lo remont&#243; hasta el diafragma.

Examin&#243; largamente las fotos.

La misma pauta con las tres v&#237;ctimas -repet&#237;-. Penetraci&#243;n contundente de un objeto extra&#241;o cuando la v&#237;ctima a&#250;n vive, mutilaci&#243;n del cad&#225;ver, &#191;le parecen coincidencias, se&#241;or Charbonneau? &#191;Cu&#225;ntos s&#225;dicos pensamos que circulan por ah&#237;?

Se pas&#243; los dedos por los cort&#237;simos cabellos y luego tamborile&#243; con ellos en el brazo de su asiento.

&#191;Por qu&#233; no nos inform&#243; antes?

Hasta hoy no hab&#237;a descubierto la relaci&#243;n existente con Morisette-Champoux. Contando &#250;nicamente con Adkins y Gagnon, no me parec&#237;a suficiente.

&#191;Qu&#233; dice Ryan?

No le he hablado de esto.

Me acarici&#233; instintivamente la costra de la mejilla. A&#250;n parec&#237;a que me hubiera enfrentado en un KO t&#233;cnico a George Foreman.

&#161;Mierda! -murmur&#243; con voz tenue.

&#191;C&#243;mo?

Creo que comienzo a estar de acuerdo con usted. Voy a tener que v&#233;rmelas con Claudel. -Nuevo tamborileo con los dedos-. &#191;Hay algo m&#225;s?

Las se&#241;ales de las sierras y las pautas de descuartizamiento son casi id&#233;nticas en los casos de Gagnon y Trottier.

S&#237;, Ryan nos inform&#243; de ello.

Y est&#225; la desconocida de Saint Lambert.

&#191;Una quinta v&#237;ctima? Va usted muy deprisa.

Gracias. &#191;Sabemos ya qui&#233;n es?

El hombre repet&#237;a su tamborileo.

Negu&#233; con la cabeza.

Ryan trabaja en ello.

Se pas&#243; la carnosa mano por el rostro. Ten&#237;a los nudillos cubiertos de unos mechones de vello gris, versiones miniaturizadas del corte de su cabello.

&#191;Qu&#233; opina, pues, sobre la selecci&#243;n de v&#237;ctimas?

Que todas son mujeres -repuse alzando las palmas.

Magn&#237;fico. &#191;Edades?

De diecis&#233;is a cuarenta y siete a&#241;os.

&#191;Caracter&#237;sticas f&#237;sicas?

Una mezcla.

&#191;Localizaciones?

Por todo el mapa.

&#191;En qu&#233; se fija, entonces, ese bastardo psic&#243;pata? &#191;En su aspecto? &#191;En las botas que calzan? &#191;En los comercios donde compran?

Me abstuve de responderle.

&#191;Encuentra algo com&#250;n en todas ellas?

Que un hijo de perra las martiriza y luego las mata.

Desde luego.

Se inclin&#243; hacia adelante, puso las manos en las rodillas y, con los hombros encorvados, profiri&#243; un prolongado suspiro.

Claudel tendr&#225; que tragar quina -dijo.

Cuando se hubo marchado llam&#233; a Ryan. No estaban &#233;l ni Bertrand, por lo que dej&#233; un mensaje. Revis&#233; los restantes legajos pero apenas encontr&#233; nada de inter&#233;s. Dos camellos liquidados y descuartizados por antiguos compa&#241;eros de cr&#237;menes; un hombre asesinado por su sobrino, despedazado con una sierra el&#233;ctrica y almacenado en el congelador de un s&#243;tano: un corte de corriente despert&#243; la atenci&#243;n del resto de la familia. El torso de una mujer arrojado a las aguas en una bolsa de hockey, cuyos brazos y cabeza se encontraron r&#237;o abajo. El marido se declar&#243; convicto.

Cerr&#233; el &#250;ltimo archivo y descubr&#237; que me mor&#237;a de hambre. Nada sorprendente puesto que eran las dos menos diez. Me compr&#233; un bocadillo de queso y jam&#243;n y una coca cola en la cafeter&#237;a del octavo piso, regres&#233; a mi despacho y me impuse la obligaci&#243;n de tomarme un respiro. Pero no me era posible y de nuevo trat&#233; de localizar a Ryan: a&#250;n no hab&#237;a regresado. Tendr&#237;a que tomarme el respiro forzosamente. Comenc&#233; a comerme el panecillo y dej&#233; errar mis pensamientos. Gabby: deb&#237;a olvidarla; era zona prohibida. Claudel: estaba vetado. Saint Jacques: tambi&#233;n zona prohibida.

Katy. &#191;C&#243;mo hacerme comprender por ella? En aquellos momentos, de ning&#250;n modo. Por inercia, volv&#237; a pensar en Pete, lo que me produjo una familiar palpitaci&#243;n en el est&#243;mago. Recordaba el hormigueo en la piel, las r&#225;pidas pulsaciones, la c&#225;lida humedad entre mis piernas. S&#237;, hab&#237;a habido pasi&#243;n. Me estaba excitando. Le di otro mordisco al bocadillo.

El otro Pete. Las noches de furiosas discusiones, las cenas a solas, la fr&#237;a capa de resentimiento que aplacaba el deseo. Tom&#233; un trago. &#191;Por qu&#233; pensaba en Pete con tanta frecuencia? Si tuvi&#233;ramos la oportunidad de comenzar de nuevo Gracias, se&#241;orita Streisand.

La terapia de relajaci&#243;n no funcionaba. Volv&#237; a leer el impreso facilitado por Lucie, procurando no ensuciarlo de mostaza. Revis&#233; la lista de la p&#225;gina tres tratando de desentra&#241;ar los apartados que Lucie hab&#237;a tachado, pero sus marcas hab&#237;an ocultado las letras. A impulsos de la curiosidad borr&#233; sus l&#237;neas y le&#237; los textos. Dos casos se refer&#237;an a cad&#225;veres metidos en barriles y luego impregnados de &#225;cido. Un nuevo giro en la popular&#237;sima incineraci&#243;n con drogas.

El tercer caso me sorprendi&#243;. El n&#250;mero asignado por el LML correspond&#237;a al a&#241;o 1990 y el pat&#243;logo hab&#237;a sido Pelletier. No figuraba ning&#250;n juez de instrucci&#243;n. En el apartado referente al nombre se le&#237;a: singe, mono. Los apartados de los datos correspondientes al nacimiento, fecha de autopsia y causa de muerte estaban vac&#237;os. La indicaci&#243;n d&#233;membrement/post-mortem hab&#237;a inducido al ordenador a incluir el caso en la lista de Lucie.

Conclu&#237; mi bocadillo y acud&#237; a los archivos centrales a consultar el expediente. Tan s&#243;lo conten&#237;a tres elementos: un informe policial del incidente, una p&#225;gina con los comentarios del pat&#243;logo y un sobre con fotograf&#237;as. Oje&#233; las fotos, le&#237; los informes y a continuaci&#243;n fui en busca de Pelletier.

&#191;Tiene un momento? -le dije.

El hombre estaba inclinado en el microscopio. Se volvi&#243; con las gafas en una mano y el bol&#237;grafo en la otra.

&#161;Pase, pase! -me invit&#243; mientras se colocaba las gafas.

Mi despacho ten&#237;a ventana; el suyo disfrutaba de espacio. Se adelant&#243; hacia m&#237; y me se&#241;al&#243; una de las dos sillas situadas frente a una mesita baja que estaba ante su escritorio. Sac&#243; un paquete de DuMauriers de un bolsillo de su bata y me lo ofreci&#243;. Negu&#233; con la cabeza. Hab&#237;amos repetido aquel ritual miles de veces. Aunque sab&#237;a que yo no fumaba, &#233;l siempre me ofrec&#237;a. Al igual que Claudel, Pelletier ten&#237;a costumbres muy arraigadas.

&#191;En qu&#233; puedo servirla? -dijo al tiempo que encend&#237;a su cigarrillo.

Siento curiosidad por un caso que llev&#243; usted. Se remonta a 1990.

&#161;Ah, mon Dieu!, &#191;c&#243;mo recordar algo tan antiguo? A veces incluso me olvido de mi direcci&#243;n. -Se inclin&#243; hacia m&#237; y, cubri&#233;ndose la boca, me dijo con tono de complicidad-: La anoto en las cajas de cerillas, por si acaso.

Nos echamos a re&#237;r.

Creo que usted recuerda todo cuanto le interesa, doctor Pelletier.

Se encogi&#243; de hombros y movi&#243; la cabeza con aire inocente.

De todos modos, le he tra&#237;do el archivo.

Lo abr&#237; y busqu&#233; la p&#225;gina en cuesti&#243;n.

El informe policial dice que los restos se encontraron en una bolsa deportiva detr&#225;s de la estaci&#243;n de autob&#250;s Voyageur. Un borracho la abri&#243; pensando que podr&#237;a descubrir al propietario.

Cierto -dijo Pelletier-. Los borrachos honrados son tan corrientes que deber&#237;an formar una organizaci&#243;n fraterna.

De todos modos, no le agrad&#243; el olor. Dijo -Pase&#233; r&#225;pidamente la mirada por el informe hasta encontrar la frase exacta- la bolsa desprend&#237;a un olor sat&#225;nico que impregnaba mi alma. Fin de la cita.

Un poeta: me gusta -respondi&#243; Pelletier-. Me pregunto que opinar&#237;a de mis calzoncillos.

Pas&#233; por alto su comentario y segu&#237; leyendo:

Llev&#243; la bolsa a un conserje, que avis&#243; a la polic&#237;a. Encontraron un conjunto de partes de un cuerpo envueltas en una especie de mantel.

&#161;Ah, oui, lo recuerdo! -dijo. Y me se&#241;al&#243; con un dedo amarillento-. Horrible, espantoso.

Su aspecto reflejaba tales palabras.

Doctor Pelletier

Se trata del caso del mono terminal.

Entonces no me he equivocado al leer su informe.

Enarc&#243; las cejas con aire inquisitivo.

&#191;Era realmente un mono? -pregunt&#233;.

Asinti&#243; con gravedad.

Un capuchino.

&#191;Por qu&#233; lo trajeron aqu&#237;?

Estaba muerto.

S&#237;. -Eran unos humoristas-. &#191;Pero por qu&#233; imputarlo al juez de instrucci&#243;n?

La expresi&#243;n de mi rostro deb&#237;a suscitar una respuesta directa.

Lo que se encontraba all&#237; adentro era peque&#241;o y alguien lo hab&#237;a despellejado y despedazado. Pod&#237;a haber sido cualquier cosa &#161;diablos! Los polic&#237;as pensaron que acaso se tratara de un feto o de un neonato y nos lo enviaron a nosotros.

&#191;Hab&#237;a algo extra&#241;o en el caso?

No sab&#237;a a ciencia cierta qu&#233; esperaba.

No. S&#243;lo se trataba de un mono despedazado -replic&#243; curvando despectivo las comisuras de la boca.

Cierto.

Hab&#237;a sido una pregunta necia.

&#191;Le sorprendi&#243; algo acerca de c&#243;mo estaba descuartizado el animal?

Realmente no. Todos estos casos son iguales.

No llegar&#237;amos a ninguna parte.

&#191;Llegaron a descubrir a qui&#233;n pertenec&#237;a?

S&#237;, apareci&#243; una nota en el peri&#243;dico y llam&#243; un tipo de la universidad.

&#191;De la UQAM?

S&#237;, creo que s&#237;. Un bi&#243;logo, zo&#243;logo o algo por el estilo. Era angl&#243;fono. &#161;Ah, aguarde!

Sac&#243; un caj&#243;n de su escritorio, volc&#243; su contenido, extrajo un mont&#243;n de tarjetas de visita sujetas con una cinta el&#225;stica que retir&#243; y, tras hojearlas, me entreg&#243; una de ellas.

Aqu&#237; est&#225;. Lo conoc&#237; cuando se present&#243; a identificar al cad&#225;ver.

En la tarjeta se le&#237;a: Parker T. Bailey, doctor en medicina, profesor de Biolog&#237;a de la Universidad de Quebec en Montreal. Facilitaba una direcci&#243;n de correo electr&#243;nico y n&#250;meros de fax y tel&#233;fono junto a una direcci&#243;n.

&#191;De qu&#233; trataba el asunto? -me interes&#233;.

El caballero ten&#237;a monos en la universidad para sus investigaciones. Un d&#237;a lleg&#243; y descubri&#243; que hab&#237;a desaparecido uno de ellos.

&#191;Robado?

Robado, liberado, escapado &#191;qui&#233;n sabe? El primate estaba ausente sin permiso.

&#191;De modo que se enter&#243; de lo sucedido por los peri&#243;dicos y se present&#243; aqu&#237;?

C'est &#231;a.

&#191;Qu&#233; fue de &#233;l?

&#191;Del mono?

Asent&#237;.

Se lo entregamos a -Se&#241;al&#243; la tarjeta.

Al doctor Bailey -conclu&#237;.

Oui. No hab&#237;a parientes pr&#243;ximos, por lo menos en Quebec.

El hombre se mostraba impasible.

Comprendo.

Volv&#237; a examinar la tarjeta. Aunque mi hemisferio cerebral izquierdo me se&#241;alaba que aquello no significaba nada me encontr&#233; diciendo:

&#191;Puedo quedarme con la tarjeta?

Desde luego.

Otra cosa. -Yo misma me tend&#237; la trampa-. &#191;Por qu&#233; lo llaman el caso del mono terminal?

Porque lo era -respondi&#243; sorprendido.

&#191;Era qu&#233;?

El mono: un caso terminal.

S&#237;, comprendo.

Y tambi&#233;n fue all&#237; donde lo encontraron.

&#191;D&#243;nde?

En la terminal, la terminal del autob&#250;s.

Algunas cosas se traducen perfectamente. Por desdicha.

Durante el resto de la tarde extraje detalles de los cuatro archivos principales y los introduje en la hoja de c&#225;lculo que hab&#237;a creado. Color de cabellos; ojos; piel; altura; religi&#243;n, nombres; fechas; lugares; signos de Zod&#237;aco. Todo y nada. Me sumerg&#237; en ello obstinadamente con el prop&#243;sito de buscar m&#225;s tarde los v&#237;nculos. O quiz&#225; cre&#237;a que las pautas se formar&#237;an por s&#237; solas y los fragmentos de informaci&#243;n interrelacionados se vincular&#237;an entre s&#237; como neurop&#233;ptidos a sedes receptoras. O quiz&#225; s&#243;lo necesitaba una tarea maquinal en la que ocupar mi mente, un crucigrama mental para hacerme la ilusi&#243;n de que progresaba.

A las cuatro y cuarto trat&#233; de nuevo de comunicarme con Ryan. Aunque no se encontraba en su despacho, la telefonista cre&#237;a haberlo visto y emprendi&#243; su b&#250;squeda a rega&#241;adientes. Mientras aguardaba repar&#233; de nuevo en el expediente del mono. Algo irritada dej&#233; caer las fotos. Hab&#237;a dos juegos, uno de Polaroids; el otro, de transparencias en color de cinco por siete. La telefonista llam&#243; para indicarme que Ryan no se encontraba en ninguno de los despachos donde lo hab&#237;a buscado. S&#237;, suspir&#243;, lo intentar&#237;a en la cafeter&#237;a.

Oje&#233; las Polaroids. Era evidente que las hab&#237;an tomado cuando los restos llegaron al dep&#243;sito. En ellas aparec&#237;a una bolsa deportiva de color p&#250;rpura y negro, cerrada y abierta, y la &#250;ltima mostraba un bulto en su interior. En las siguientes se ve&#237;a el bulto sobre una mesa de autopsias, antes y despu&#233;s de ser destapado.

Las seis fotos restantes captaban las partes del cuerpo. La escala que aparec&#237;a en la tarjeta de identificaci&#243;n confirmaba que el sujeto era realmente diminuto, m&#225;s peque&#241;o que un feto cumplido o un reci&#233;n nacido. La putrefacci&#243;n hab&#237;a progresado bastante. La carne comenzaba a ennegrecerse y estaba manchada de algo que parec&#237;a tapioca rancia. Cre&#237; poder identificar la cabeza, el torso y las extremidades. Aparte de ello, no logr&#233; distinguir nada. Las fotos se hab&#237;an tomado desde demasiado lejos y los detalles eran p&#233;simos. Hice girar unas cuantas en busca de mejor &#225;ngulo, pero era imposible descubrir gran cosa.

La telefonista llam&#243; de nuevo con acento decidido: Ryan no estaba en el edificio, tendr&#237;a que probar al d&#237;a siguiente. Le transmit&#237; otro mensaje y colgu&#233; sin darle la oportunidad de darme la respuesta prevista.

Los primeros planos de las transparencias se hab&#237;an tomado tras la limpieza, y los detalles que hab&#237;an escapado a la Polaroid se reflejaban claramente en ellas. El peque&#241;o cad&#225;ver hab&#237;a sido desollado y desarticulado. El fot&#243;grafo, probablemente Denis, hab&#237;a dispuesto los fragmentos en orden anat&#243;mico y luego los hab&#237;a fotografiado cuidadosamente, uno tras otro.

Mientras revisaba con atenci&#243;n el reportaje advert&#237; que los trozos descuartizados recordaban vagamente a un conejo a punto de ser guisado. Salvo en una cosa. La quinta foto mostraba un bracito que conclu&#237;a en cuatro dedos perfectos y el pulgar curvado en una palma delicada.

Las dos &#250;ltimas se centraban en la cabeza. Sin la cobertura externa de la piel y el cabello parec&#237;a primitiva, como de un embri&#243;n separado del cord&#243;n umbilical, desnudo y vulnerable. El cr&#225;neo ten&#237;a el tama&#241;o de una naranja. Aunque el rostro era inexpresivo y los rasgos antropoides, no hab&#237;a que ser una Jane Goodall para comprender que no se trataba de un primate humano. La boca presentaba plena dentici&#243;n, incluidos los molares. Cont&#233; tres premolares en cada cuadrante. El mono terminal proced&#237;a de Sudam&#233;rica.

Mientras devolv&#237;a las fotos al sobre me dije que era uno de tantos casos de animales. Nos los tra&#237;an de vez en cuando por creer que se trataban de restos humanos. Garras de osos desollados y abandonados por los cazadores; cerdos y cabras sacrificadas para alimentaci&#243;n cuyas partes no deseadas se desechaban en una cuneta; perros y gatos maltratados y arrojados al r&#237;o. La crueldad del animal humano me pasmaba constantemente. No consegu&#237;a acostumbrarme a ella.

&#191;Por qu&#233;, pues, me llamaba la atenci&#243;n aquel caso? Otro examen de las fotos me confirm&#243; que el mono hab&#237;a sido descuartizado. &#191;Y qu&#233;? Aquello carec&#237;a de importancia: lo mismo suced&#237;a con la mayor&#237;a de los cad&#225;veres de animales que encontr&#225;bamos. Alg&#250;n s&#225;dico que probablemente se divert&#237;a atormentando y matando. Tal vez se tratase de un estudiante suspendido en los ex&#225;menes.

Al llegar a la quinta foto me detuve y fij&#233; los ojos en la imagen. Una vez m&#225;s se me agarrotaron los m&#250;sculos del est&#243;mago. Sin apartar la mirada de ella, cog&#237; el tel&#233;fono.





Cap&#237;tulo 23

Nada m&#225;s vac&#237;o que un edificio destinado a aulas cuando acaban las clases. Es como imaginar un escenario tras el estallido de una bomba de neutrones. Las luces est&#225;n encendidas, las fuentes vierten agua al ser accionadas, los timbres de aviso suenan en los momentos previstos, las terminales de los ordenadores destellan luces fantasmales, la gente est&#225; ausente: nadie apaga su sed, corre hacia clase ni pulsa un teclado. Reina el silencio de las catacumbas.

Me sent&#233; en una silla plegable ante el despacho de Parker Bailey en la UQAM, la Universidad de Quebec en Montreal. Al salir del laboratorio hab&#237;a ido al gimnasio, comprado comestibles en Provigo y comido un plato preparado de vermicelli y salsa de almejas. No estuvo mal para algo r&#225;pido e improvisado. Incluso Birdie qued&#243; impresionado. En aquellos momentos me sent&#237;a arder de impaciencia.

Decir que el departamento de biolog&#237;a estaba en silencio ser&#237;a como manifestar que el quark es peque&#241;o. Todas las puertas se hallaban cerradas a uno y otro lado del pasillo. Hab&#237;a consultado dos veces los tableros informativos, le&#237;do los folletos de graduaci&#243;n de la escuela, los anuncios, las ofertas para realizar trabajos de procesado o clases particulares y las noticias que anunciaban a los oradores invitados. Dos veces.

Consult&#233; mi reloj por en&#233;sima vez: eran las nueve y doce de la noche. &#161;Maldici&#243;n! Ya deber&#237;a haberse presentado. Su clase conclu&#237;a a las nueve. Por lo menos eso me hab&#237;a dicho la secretaria. Me levant&#233; y pase&#233; arriba y abajo. Los que esperan deben pasear Las nueve y catorce. &#161;Maldici&#243;n!

A las nueve y media renunci&#233;. Cuando me colgaba el bolso en el hombro o&#237; abrirse una puerta lejos de mi alcance visual. Al cabo de unos momentos apareci&#243; un hombre doblando una esquina a toda prisa con un mont&#243;n enorme de manuales de laboratorio que proteg&#237;a con sus brazos para evitar que se le cayeran. Su rebeca parec&#237;a proceder de Irlanda, de la &#233;poca anterior a la hambruna sufrida por las patatas. Calcul&#233; que ser&#237;a cuarent&#243;n.

Al verme se detuvo bruscamente, aunque sin reflejar ninguna expresi&#243;n. Me dispon&#237;a a presentarme cuando resbal&#243; un bloc de notas del mont&#243;n que transportaba, y ambos nos apresuramos a recogerlo. Pero el intento lo oblig&#243; a efectuar un falso movimiento, y la mayor parte de los libros se desperdigaron asimismo por el suelo como confetis en Nochevieja. Los recogimos y amontonamos de nuevo y &#233;l abri&#243; la puerta de su despacho y los descarg&#243; sobre la mesa.

Lo siento -dijo con intenso acento franc&#233;s-. Yo

No tiene importancia -repuse en ingl&#233;s-. He debido de sobresaltarlo.

S&#237; No Tendr&#237;a que haber hecho dos viajes. Esto sucede con frecuencia.

Se expresaba en un ingl&#233;s que no era americano.

&#191;Manuales de laboratorio?

S&#237;. Acabo de dar una clase de metodolog&#237;a etol&#243;gica.

Estaba matizado con todos los tonos de una puesta de sol en Outer Banks. Cutis sonrosado, mejillas de color frambuesa y cabellos como vainilla. El bigote y las pesta&#241;as eran ambarinos. Parec&#237;a de los que se queman en lugar de broncearse.

Suena interesante.

Ojal&#225; que a ellos se lo pareciera as&#237;. &#191;En qu&#233;?

Soy Tempe Brennan -me present&#233; y le entregu&#233; una tarjeta que llevaba en el bolso-. Su secretaria me dijo que podr&#237;a encontrarlo ahora.

Mientras &#233;l examinaba la tarjeta le expliqu&#233; el motivo de mi visita.

S&#237;, lo recuerdo. Me supo muy mal perder al animal. En aquellos momentos me trajo mala suerte.

De pronto exclam&#243;:

&#191;Quiere usted sentarse?

Y sin aguardar respuesta comenz&#243; a retirar objetos de una silla de vinilo verde y a amontonarlos en el suelo del despacho. Yo ech&#233; una r&#225;pida mirada a mi alrededor. Comparado con aquel reducido recinto, el espacio de que yo dispon&#237;a parec&#237;a el estadio de los Yankee.

Hasta el espacio de las paredes donde no aparec&#237;an estanter&#237;as estaba cubierto de reproducciones de animales: picones, pintadas, tit&#237;s, jabal&#237;es e incluso un oso hormiguero. No se hab&#237;a descuidado ning&#250;n nivel de la jerarqu&#237;a de Linneo. Me recordaba el despacho de un empresario que exhibiera celebridades como trofeos, con la diferencia de que las fotos del profesor no estaban firmadas.

Nos sentamos, &#233;l tras su escritorio con los pies apoyados en un caj&#243;n abierto, y yo en la silla de visitante reci&#233;n despejada.

S&#237;, realmente me trajo mala suerte -repiti&#243;. Y de pronto mud&#243; de t&#243;pico-. &#191;Es usted antrop&#243;loga?

Hum. S&#237;.

&#191;Trabaja mucho con primates?

No. Anteriormente, s&#237;, pero ahora ya no. Pertenezco a la facultad de Antropolog&#237;a de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte. De vez en cuando doy alg&#250;n curso sobre biolog&#237;a o comportamiento de primates, pero en realidad apenas me dedico ya a ello. Estoy demasiado ocupada con la investigaci&#243;n y especializaci&#243;n forenses.

Claro. -Agit&#243; la tarjeta-. &#191;Qu&#233; hac&#237;a relacionado con primates?

Me pregunt&#233; qui&#233;n interrogaba a qui&#233;n.

Estaba interesada en la osteoporosis, en especial la interacci&#243;n entre el comportamiento social y el proceso de la enfermedad. Trabaj&#225;bamos con modelos animales, principalmente rhesus. Manipul&#225;bamos los grupos sociales, cre&#225;bamos situaciones de estr&#233;s y luego control&#225;bamos la p&#233;rdida &#243;sea.

&#191;Ha trabajado en la naturaleza?

S&#243;lo en colonias isle&#241;as.

&#191;Por ejemplo?

Enarc&#243; las cejas ambarinas con inter&#233;s.

En Cayo Santiago, de Puerto Rico. Durante varios a&#241;os di clases en una escuela de campo de la isla Morgan, frente a las costas de Carolina del Sur.

&#191;Monos rhesus?

S&#237;. &#191;Podr&#237;a explicarme algo acerca del mono que desapareci&#243; de sus instalaciones, doctor Bailey?

Hizo caso omiso de mi brusca transici&#243;n.

&#191;C&#243;mo ha pasado de los huesos de los monos a los cad&#225;veres?

Biolog&#237;a esquel&#233;tica. Es lo esencial en ambos.

S&#237;, cierto.

&#191;Qu&#233; me dice del mono?

El mono. No puedo decirle gran cosa.

Frot&#243; una Nike contra la otra y luego se inclin&#243; y hoje&#243; unos papeles.

Una ma&#241;ana, cuando llegu&#233;, me encontr&#233; la jaula vac&#237;a. Pensamos que quiz&#225;s alguien habr&#237;a olvidado pasar el pestillo y que Alma, tal era su nombre, habr&#237;a salido. Como sabe, suelen hacerlo. Era m&#225;s lista que el hambre y ten&#237;a una habilidad manual extraordinaria y unas manos sorprendentemente peque&#241;as. Buscamos por el edificio, avisamos a seguridad del campus, registramos hasta el &#250;ltimo rinc&#243;n, pero no logramos encontrarla. Luego vi el art&#237;culo que aparec&#237;a en el peri&#243;dico. Ya conoce el resto.

&#191;Qu&#233; hac&#237;a con ella?

En realidad Alma no era mi proyecto. Una estudiante trabajaba con ella. Me interesan los sistemas de comunicaci&#243;n animal, en especial, aunque no de modo exclusivo, los que dependen de las feromonas y otras se&#241;ales olfativas.

El cambio de cadencia junto con el giro a la jerga profesional me dieron la clave de que anteriormente hab&#237;a hecho aquel resumen. Se hab&#237;a lanzado en el juego de mi investigaci&#243;n consiste en, la abstracci&#243;n oral cient&#237;fica de cara al p&#250;blico. El juego se basa en el principio de FSE: Formulaci&#243;n Sencillamente Est&#250;pida. Se utiliza en c&#243;cteles, para obtenci&#243;n de fondos, primeros encuentros y otras ocasiones sociales. Todos tenemos uno y me obsequiaba con el suyo.

&#191;De qu&#233; trataba el proyecto?

Basta de hablar de &#233;l.

Sonri&#243; secamente al tiempo que ladeaba la cabeza.

Concern&#237;a al lenguaje. La adquisici&#243;n de lenguaje en los primates del Nuevo Mundo. De ah&#237; tom&#243; su nombre el animal: aprendizaje de la lengua del mono americano: ALMA. Marie Lise deb&#237;a representar la respuesta de Quebec a Penny Patterson, y Alma ser&#237;a el KoKo de los monos sudamericanos.

Hizo una floritura con el bol&#237;grafo sobre su cabeza, profiri&#243; una risita burlona y por &#250;ltimo dej&#243; caer bruscamente el brazo con un leve golpe sobre la mesa. Observ&#233; su rostro. No pude discernir si parec&#237;a cansado o desanimado.

&#191;Qui&#233;n era Marie Lise?

Mi alumna.

&#191;Iba bien el proyecto?

&#191;Qui&#233;n sabe? Lo cierto es que ella no tuvo tiempo suficiente. La mona desapareci&#243; a los cinco meses de iniciarse el proyecto.

Con m&#225;s sequedad a&#241;adi&#243;:

Y poco despu&#233;s tambi&#233;n desapareci&#243; Marie Lise.

&#191;Dej&#243; los estudios?

El hombre asinti&#243;.

&#191;Conoce la raz&#243;n?

Se tom&#243; una larga pausa para responder.

Marie Lise era buena estudiante. A&#250;n ten&#237;a que comenzar su tesis, pero no me cab&#237;a duda alguna de que podr&#237;a realizarla perfectamente y licenciarse. Le gustaba lo que hac&#237;a. S&#237;, cuando Alma fue asesinada, se qued&#243; desolada. Pero no creo que fuera por eso.

&#191;A qu&#233; lo atribuye entonces?

Dibuj&#243; peque&#241;os tri&#225;ngulos en uno de los libros. Aguard&#233; a que se tomara su tiempo.

Su novio la agobiaba constantemente y le insist&#237;a para que dejara los estudios. Ella s&#243;lo me lo hab&#237;a confesado en una o dos ocasiones, pero creo que la preocupaba mucho. Me lo encontr&#233; en un par de fiestas de curso y me pareci&#243; un tipo escalofriante.

&#191;En qu&#233; sentido?

Pues no s&#233;. Antisocial, c&#237;nico, hostil, grosero. Como si nunca hubiera asimilado los modales b&#225;sicos. Me recordaba constantemente a un mono de Harlow, &#191;sabe? Como si hubiera sido criado de manera aislada y nunca hubiese aprendido a tratar con sus semejantes. Dijera uno lo que le dijera sonre&#237;a despectivo con aire de suficiencia. Resultaba odioso.

&#191;Sospech&#243; que &#233;l hubiera matado a Alma para sabotear el proyecto de Marie Lise e impulsarla a dejar los estudios?

Su silencio me hizo comprender que as&#237; hab&#237;a sido.

Se supon&#237;a que en aquellos momentos se encontraba en Toronto.

&#191;Pudo demostrarlo?

Marie Lise le crey&#243; y nosotros no hicimos averiguaciones. &#191;Con qu&#233; finalidad? Ella estaba demasiado afectada, y Alma hab&#237;a muerto.

No sab&#237;a si atreverme a formular la siguiente pregunta.

&#191;Vio usted en alg&#250;n momento notas del proyecto de Marie Lise?

Dej&#243; de divagar y me mir&#243; con dureza.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

&#191;Existe alguna posibilidad de que ella deseara encubrir algo? &#191;Alguna raz&#243;n por la que quisiera abandonar?

No, en absoluto.

Se expresaba con una convicci&#243;n que sus ojos desment&#237;an.

&#191;Sigue en contacto con usted?

No.

&#191;Es eso corriente?

Algunos mantienen relaci&#243;n; otros, no.

Segu&#237;a dibujando tri&#225;ngulos. Cambi&#233; de t&#225;ctica.

&#191;Qui&#233;n m&#225;s ten&#237;a acceso al es un laboratorio?

Muy peque&#241;o. En el campus tenemos muy pocos animales para estudio. Carecemos de espacio y cada especie debe mantenerse en lugares separados.

&#191;S&#237;?

S&#237;. El CCPA ha establecido pautas espec&#237;ficas en cuanto a control de temperatura, espacio, dieta, par&#225;metros sociales y de comportamiento, en fin, ya sabe.

&#191;El CCPA?

El Consejo Canadiense para la Protecci&#243;n Animal publica una gu&#237;a sobre la protecci&#243;n y utilizaci&#243;n de animales con fines experimentales que constituye nuestra biblia y a la que debemos atenernos cuantos trabajamos con ellos: cient&#237;ficos, criadores e industriales, y asimismo comprende la sanidad y seguridad del personal que trabaja con ellos.

&#191;Y qu&#233; especifica en cuanto a seguridad?

Las normas son muy concretas.

&#191;Qu&#233; medidas segu&#237;a usted en ese sentido?

Ahora trabajo con picones, peces.

Se volvi&#243; y se&#241;al&#243; el pescado de la pared con el bol&#237;grafo.

No requieren grandes exigencias. Algunos colegas se dedican a los ratones que tampoco son complicados. Los defensores de animales no suelen ponerse nerviosos con los peces y los roedores.

Su rostro expresaba una extraordinaria sequedad.

Alma era mam&#237;fera, por lo que la seguridad era muy estricta. Dispon&#237;a de una peque&#241;a habitaci&#243;n que manten&#237;amos cerrada. Y, desde luego, cerr&#225;bamos la jaula y la puerta del laboratorio.

Se interrumpi&#243;.

He pensado en ello muchas veces. No logro recordar qui&#233;n fue el &#250;ltimo que sali&#243; aquella noche. Me consta que mi clase no era nocturna por lo que no creo que fuese muy tarde. Probablemente alg&#250;n alumno realiz&#243; la &#250;ltima comprobaci&#243;n. La secretaria no comprueba las puertas a menos que se le pida de manera espec&#237;fica.

Hizo una nueva pausa.

Supongo que debi&#243; de entrar alguna persona ajena al proyecto. No es imposible que se dejen las puertas abiertas. Algunos estudiantes son menos fiables que otros.

&#191;Y qu&#233; me dice de la jaula?

La jaula, desde luego, no constitu&#237;a un problema. S&#243;lo dispon&#237;a de un candado que nunca encontramos. Supongo que debieron de arrancarlo.

Intent&#233; abordar la siguiente cuesti&#243;n con delicadeza.

&#191;Llegaron a encontrarse las partes que faltaban?

&#191;Las partes que faltaban?

Alma hab&#237;a sido -De nuevo busqu&#233; la palabra adecuada-: mutilada. Algunas partes de ella que no estaban en el bulto no se encontraron. Me preguntaba si apareci&#243; algo de ello por aqu&#237;.

Como, por ejemplo, &#191;qu&#233; faltaba?

Su p&#225;lido rostro reflejaba el mayor asombro.

Su mano derecha, doctor Bailey. La diestra hab&#237;a sido cortada por la mu&#241;eca. No estaba all&#237;.

No ten&#237;a por qu&#233; hablarle de las mujeres que hab&#237;an sufrido recientemente la misma violaci&#243;n, la verdadera raz&#243;n que me llevaba all&#237;.

Guard&#243; silencio. Uniendo las manos tras la cabeza, se recost&#243; hacia atr&#225;s en su asiento y se centr&#243; en algo que estaba por encima de m&#237;. Sus mejillas enrojecieron a&#250;n m&#225;s. Un peque&#241;o reloj de radio son&#243; quedamente dentro de su archivador.

De modo retrospectivo, &#191;qu&#233; cree usted que sucedi&#243;? -insist&#237; tras prolongado silencio.

No respondi&#243; en seguida. Cuando ya estaba convencida de que no lo har&#237;a, exclam&#243;:

Creo que probablemente fue una de las formas de vida mutante que se han desarrollado en el pozo negro alrededor de este campus.

Cre&#237; que hab&#237;a acabado. La fuente de su respiraci&#243;n parec&#237;a haberse sumido en la profundidad de su pecho. Entonces a&#241;adi&#243; algo, casi en un susurro, que yo no capt&#233;.

&#191;C&#243;mo dice? -le pregunt&#233;.

Marie Lise merec&#237;a algo mejor.

Me pareci&#243; un comentario extra&#241;o. Tambi&#233;n Alma, pens&#233;, pero me abstuve de expresarlo. De improviso una campanilla interrumpi&#243; el silencio agitando todo mi sistema nervioso. Consult&#233; el reloj: eran las diez de la noche.

Esquiv&#233; su pregunta acerca de mi inter&#233;s por una mona muerta hac&#237;a cuatro a&#241;os y, tras agradecerle el tiempo que me hab&#237;a dedicado, le rogu&#233; que me llamase si recordaba algo m&#225;s sobre el particular. Y all&#237; se qued&#243; sentado, otra vez centrado en lo que pod&#237;a haber flotado sobre mi cabeza. Imagin&#233; que se remontaba en el tiempo, no en el espacio.


Como no me resultaba familiar el territorio, aparqu&#233; en la misma calle que la noche en que hab&#237;a deambulado por el Main. Hay que insistir en lo que funciona. Hab&#237;a llegado a considerar aquella excursi&#243;n como el Gran Tanteo de Gabby. Parec&#237;a que hubieran pasado eones y s&#243;lo hac&#237;a dos d&#237;as de ello.

Aquella noche era m&#225;s fresca y ca&#237;a una suave llovizna. Me sub&#237; la cremallera de la chaqueta y regres&#233; a mi coche.

Al salir de la universidad hab&#237;a caminado hacia el norte de St. Denis, pasando junto a una sucesi&#243;n de boutiques y bistros a gran escala. Aunque a escasas manzanas al este, St. Denis es el sitio adecuado para encontrar algo: un vestido, pendientes de plata, un compa&#241;ero, el ligue de una noche Es la calle de los sue&#241;os. La mayor&#237;a de las ciudades tienen una semejante. Montreal cuenta con dos: Crescent para los angl&#243;fonos y St. Denis para los franc&#243;fonos.

Mientras aguardaba a que cambiase el sem&#225;foro en Maisonneuve pensaba en Alma. Bailey probablemente ten&#237;a raz&#243;n. Frente a m&#237; y a mi derecha se encontraba la estaci&#243;n de autob&#250;s. Quienquiera que la hubiese matado no habr&#237;a llegado tan lejos para deshacerse del cuerpo. Aquello suger&#237;a un local.

Observ&#233; a una pareja joven que sal&#237;a de la estaci&#243;n de metro Berri-UQAM. Corr&#237;an bajo la lluvia, muy abrazados, como calcetines reci&#233;n salidos de la lavadora.

O se hab&#237;a tratado de alguien que se desplazaba diariamente al trabajo. De acuerdo, Brennan. Rapta un mono, coge el metro hasta casa, m&#225;talo, descuart&#237;zalo y luego ll&#233;vatelo a cuestas en el metro y aband&#243;nalo en la parada del autob&#250;s. &#161;Una gran ocurrencia!

Cuando cambi&#243; la luz cruc&#233; St. Denis y fui en direcci&#243;n oeste a Maisonneuve recordando todav&#237;a mi conversaci&#243;n con Bailey. &#191;Qu&#233; hab&#237;a en &#233;l que me molestaba? &#191;Que mostrara excesiva emoci&#243;n hacia su alumna y muy poca por la mona? &#191;Que me hubiera parecido tan negativo por el proyecto Alma? &#191;Que no estuviera enterado de la p&#233;rdida de la mano? Pelletier me hab&#237;a dicho que Bailey hab&#237;a examinado el cad&#225;ver. &#191;No habr&#237;a reparado en que le faltaba aquella extremidad?

Los restos le hab&#237;an sido entregados y se los hab&#237;a llevado del laboratorio.

&#161;Mierda! -exclam&#233; en voz alta mientras me daba una palmada imaginaria en la frente.

Un hombre con ch&#225;ndal se volvi&#243; a mirarme con aprensi&#243;n. Iba descalzo y llevaba una bolsa de compra entre los brazos cuyas desgarradas asas formaban extra&#241;os &#225;ngulos. Le sonre&#237; para tranquilizarlo, y &#233;l se alej&#243; arrastrando los pies y agitando la cabeza ante el estado de la humanidad y del universo.

Me censur&#233; por ser constantemente un Colombo. &#161;Ni siquiera hab&#237;a preguntado a Bailey qu&#233; hab&#237;a hecho con el cuerpo! &#161;Vaya detective estaba hecha!

Tras mis autoincrepaciones me propuse reparar el mal hecho procur&#225;ndome un perro caliente.

Como me constaba que de todos modos no podr&#237;a dormir, me decid&#237; por ello. De aquel modo podr&#237;a atribuirlo a la comida. Entr&#233; en el Chien Chaud de St. Dominique y encargu&#233; un bocadillo aderezado, patatas fritas y una coca cola light.

No tenemos coca cola: ha de ser pepsi -me dijo un tipo parecido a John Belushi, con densa cabellera negra y pronunciado acento.

Pens&#233; que la vida imita con fidelidad el arte.

Mientras com&#237;a en un reservado de pl&#225;stico rojiblanco examin&#233; los carteles de anuncios de viajes que se desprend&#237;an de las paredes. Pens&#233; que ser&#237;a fant&#225;stico encontrarse en uno de aquellos lugares de cielos excesivamente azules y cegadores edificios blancos de Paros, Santorini y Mykonos. S&#237;, ser&#237;a fant&#225;stico. Los coches comenzaban a atestar las calzadas mojadas. El Main se estaba animando.

Entr&#243; un hombre en el establecimiento, al parecer griego, y entabl&#243; ruidosa conversaci&#243;n con Belushi. Sus ropas estaban mojadas y ol&#237;an a humo, grasa y a una especia que no reconoc&#237;. Ten&#237;a la espesa cabellera salpicada de gotas de agua. Al advertir que lo observaba me sonri&#243;, enarc&#243; una poblada ceja y se pas&#243; lentamente la lengua por el labio superior con el mismo aire con que hubiera podido mostrarme sus hemorroides. Rivalizando con su nivel de madurez le hice un gesto obsceno y concentr&#233; mi atenci&#243;n en el escenario que aparec&#237;a tras el escaparate.

A trav&#233;s del cristal mojado por la lluvia distingu&#237; una hilera de comercios en la otra acera, oscuros y silenciosos en la v&#237;spera de un d&#237;a festivo. La Cordonnerie la Fleur. &#191;C&#243;mo pod&#237;a llamar un zapatero la flor a su establecimiento?

La Boulangerie Nan. Me pregunt&#233; si ser&#237;a el nombre de la panader&#237;a, del propietario o s&#243;lo un anuncio de pan ind&#237;gena. A trav&#233;s de los cristales distingu&#237; las estanter&#237;as vac&#237;as, dispuestas para la entrega matinal. &#191;Fabrican pan los panaderos en las fiestas nacionales?

La Boucherie St. Dominique. Sus escaparates estaban cubiertos por anuncios de especialidades semanales. Lapin frais, boeuf, agneau, poulet, saucisse. Conejo fresco, ternera, cordero, pollo, salchicha mono.

&#161;Eso es! &#161;Ya hab&#237;a vuelto a lo mismo! Tir&#233; el envoltorio arrugado en la bandeja de papel que soportaba mi perro caliente. Los objetos por los que destruimos los &#225;rboles. A&#241;ad&#237; mi lata de pepsi y desech&#233; todo el conjunto en la basura antes de marcharme.

El coche estaba donde lo hab&#237;a dejado y como lo hab&#237;a dejado. Mientras part&#237;a mi cerebro conect&#243; de nuevo con los asesinatos.

Cada giro de los limpiaparabrisas me enviaba una nueva imagen. El brazo truncado de Alma, un giro, la mano de Morisette-Champoux sobre el suelo de la cocina, otro giro, los tendones de Chantale Trottier, nuevo giro, los huesos del brazo con los extremos inferiores rebanados

&#191;Era siempre la misma mano? No pod&#237;a recordar. Tendr&#237;a que comprobarlo. Las manos humanas no hab&#237;an desaparecido. &#191;Simple coincidencia? &#191;Tendr&#237;a raz&#243;n Claudel y me estar&#237;a volviendo paranoica? Tal vez el raptor de Alma coleccionaba zarpas de animales. &#191;O ser&#237;a simplemente un seguidor demasiado entusiasta de Poe? Giro del limpiaparabrisas. &#191;O se tratar&#237;a de una mujer?

A las once y cuarto entraba en mi garaje. Estaba agotada hasta los tu&#233;tanos: llevaba dieciocho horas levantada. Aquella noche ning&#250;n perro caliente me mantendr&#237;a despierta.

Birdie no me hab&#237;a esperado. Seg&#250;n acostumbraba cuando estaba solo, se hab&#237;a enroscado en la peque&#241;a mecedora de madera, junto al hogar. Cuando entr&#233; me mir&#243;, y sus amarillos ojos parpadearon al verme.

&#161;Hola, Bird! &#191;Qu&#233; tal te has portado hoy? -le dije rasc&#225;ndole la barbilla-. &#191;No hay nada que te mantenga despierto?

Cerr&#243; los ojos y estir&#243; el cuello, ya fuese por desde&#241;arme o por disfrutar mejor de mi caricia. Al retirar la mano el animal bostez&#243; intensamente, volvi&#243; a hundir la barbilla entre sus zarpas y me contempl&#243; entre sus p&#225;rpados entornados. Fui al ba&#241;o sabiendo que por fin me seguir&#237;a. Me solt&#233; los pasadores del cabello y dej&#233; caer mis ropas en el suelo en un mont&#243;n, apart&#233; las s&#225;banas y me desplom&#233; en el lecho.

Al instante me dorm&#237; profundamente, sin sue&#241;os con apariciones fantasmag&#243;ricas ni escenarios amenazadores. Por un momento sent&#237; un c&#225;lido peso contra mi pierna y comprend&#237; que Birdie hab&#237;a acudido a acompa&#241;arme, pero segu&#237; durmiendo, sumida en un negro vac&#237;o.

De pronto abr&#237; los ojos entre los fuertes latidos de mi coraz&#243;n. Me hab&#237;a despertado de s&#250;bito con sensaci&#243;n de alarma y no sab&#237;a por qu&#233;. La transici&#243;n fue tan brusca que tuve que orientarme.

La habitaci&#243;n estaba negra como boca de lobo, y en el reloj distingu&#237; que era la una y veintisiete. Birdie se hab&#237;a marchado. Me mantuve inm&#243;vil en la oscuridad conteniendo el aliento, escuchando, tratando de hallar una clave. &#191;Por qu&#233; mi cuerpo enviaba una alerta roja? &#191;Acaso habr&#237;a o&#237;do algo extra&#241;o? &#191;Qu&#233; se&#241;al hab&#237;a detectado mi radar personal transmitida por alg&#250;n sensor personal? &#191;Habr&#237;a percibido algo Birdie? &#191;D&#243;nde se encontrar&#237;a? No era usual que merodeara por las noches.

Me relaj&#233; y centr&#233; m&#225;s mi atenci&#243;n. El &#250;nico sonido que percib&#237;a eran los latidos de mi coraz&#243;n. La casa estaba extra&#241;amente silenciosa.

Entonces lo distingu&#237;. Era un suave golpe seguido de un tenue tintineo met&#225;lico. Aguard&#233; tensa, sin respirar. Diez, quince, veinte segundos. En el reloj cambiaron los d&#237;gitos luminosos. Luego, cuando cre&#237; haberlo imaginado, volv&#237; a o&#237;r el golpecito seguido del tintineo. Rechin&#233; los dientes como un torno de Black and Decker y apret&#233; con fuerza los pu&#241;os.

&#191;Habr&#237;a alguien en el apartamento? Me hab&#237;a acostumbrado a los sonidos habituales del lugar y aqu&#233;l era diferente, intruso e ins&#243;lito.

Apart&#233; en silencio la colcha y puse los pies en el suelo. Bendije mi desorden del d&#237;a anterior al tiempo que recog&#237;a mi camiseta y mis pantalones t&#233;janos y me los pon&#237;a, y anduve con sigilo sobre la alfombra.

Me detuve en la puerta del dormitorio y mir&#233; atr&#225;s en busca de una posible arma. No dispon&#237;a de nada. Aunque no hab&#237;a luna, la luz de una farola callejera se filtraba por la ventana en el dormitorio contiguo e iluminaba parcialmente el pasillo con su tenue resplandor. Segu&#237; adelante, dej&#233; atr&#225;s los cuartos de ba&#241;o y me dirig&#237; hacia el vest&#237;bulo cuyas puertas daban al patio. Me deten&#237;a con frecuencia para escuchar, conteniendo la respiraci&#243;n y con los ojos muy abiertos. Ante la puerta de la cocina distingu&#237; de nuevo el sonido: un golpecito y un tintineo procedentes de alg&#250;n lugar pr&#243;ximo a las puertas vidrieras.

Me met&#237; en la cocina y mir&#233; hacia las puertas que daban al patio del apartamento. Nada se mov&#237;a. Maldije en silencio mi aversi&#243;n a las armas y escudri&#241;&#233; el recinto en busca de un objeto defensivo. La cocina no era exactamente un arsenal. Deslic&#233; en silencio la temblorosa mano por la pared buscando a tientas el tablero de los cuchillos. Escog&#237; un cuchillo de pan que empu&#241;&#233; con fuerza por el mango y extend&#237; el brazo apuntando amenazadora con la hoja.

Lentamente avanc&#233; descalza de puntillas lo suficiente para inspeccionar el sal&#243;n, tan oscuro como el dormitorio y la cocina.

Distingu&#237; a Birdie entre las tinieblas. Estaba encogido a escasa distancia de las puertas y fijaba la mirada en algo que se encontraba al otro lado del cristal mientras mov&#237;a la cola formando peque&#241;os arcos. El animal parec&#237;a tan tenso como la cuerda de un arco a punto de dispararse.

Otra repetici&#243;n del sonido interrumpi&#243; mis latidos y mi respiraci&#243;n. Proced&#237;a del exterior. Birdie irgui&#243; las orejas.

Avanc&#233; cinco temblorosos pasos y llegu&#233; junto al gato, al que acarici&#233; instintivamente la cabeza. El animal esquiv&#243; el inesperado contacto y se precipit&#243; al otro lado de la sala con tanto &#237;mpetu que arranc&#243; pelusa de la alfombra en forma de peque&#241;as y negras comas entre la l&#250;gubre oscuridad. Si un gato pudiera gritar, eso habr&#237;a hecho Birdie.

Su huida me desconcert&#243; totalmente. Por un instante me qued&#233; paralizada, como convertida en la estatua de Easter Island. La voz del p&#225;nico me conminaba interiormente a imitar al animal y escapar de all&#237;.

Retroced&#237; un paso. Golpe y tintineo. Me detuve y as&#237; el cuchillo como si fuera un cable de salvamento. Silencio, oscuridad, los latidos de mi coraz&#243;n. Los escuch&#233; mientras buscaba en mi mente un sector a&#250;n capaz de razonar de modo cr&#237;tico.

Pens&#233; que si hab&#237;a alguien en el apartamento se encontrar&#237;a detr&#225;s de m&#237;. Por consiguiente mi v&#237;a de escape era hacia adelante, no hacia atr&#225;s. Pero si ese alguien se hallaba afuera no deb&#237;a facilitarle el acceso.

Argument&#233; conmigo misma que el ruido se percib&#237;a desde el exterior, que lo que Birdie hab&#237;a o&#237;do proced&#237;a de all&#237;.

Echar&#237;a una mirada. Me aplastar&#237;a contra la pared contigua a las puertas que daban al patio y apartar&#237;a las cortinas lo suficiente para observar. Tal vez distinguiera alguna forma entre la oscuridad.

Una l&#243;gica razonable.

Armada con mi cuchillo, despegu&#233; un pie de la alfombra y avanc&#233; hasta alcanzar la pared. Respir&#233; profundamente y apart&#233; levemente la cortina. Las formas y sombras del patio apenas se defin&#237;an pero eran identificables. El &#225;rbol, el banco, algunas matas. Nada que pudiera calificarse de movimiento salvo las ramas impulsadas por el viento. Me mantuve largo rato en aquella posici&#243;n sin advertir cambio alguno y a continuaci&#243;n me dirig&#237; hacia el centro de las cortinas y comprob&#233; que la manecilla de la puerta estaba cerrada.

Con el cuchillo dispuesto me acerqu&#233; furtivamente por la pared hacia la puerta principal y el sistema de seguridad. La luz de emergencia brillaba tenuemente sin revelar ninguna irregularidad. Siguiendo un impulso puls&#233; el bot&#243;n de prueba.

Un estr&#233;pito quebr&#243; el silencio y, pese a que lo hab&#237;a previsto, me sobresalt&#233;. Ech&#233; la mano hacia adelante protegi&#233;ndome con el arma.

&#161;Qu&#233; necia hab&#237;a sido! El sistema de seguridad funcionaba sin que lo hubiera provocado ninguna causa anormal. &#161;Nadie hab&#237;a violentado puerta alguna ni entrado en la casa!

Por consiguiente se encontraba afuera, me dije terriblemente agitada.

Tal vez, dialogu&#233; conmigo misma, pero eso no era tan peligroso. Encender&#237;a algunas luces, demostrar&#237;a cierta actividad, y cualquier merodeador con sentido com&#250;n se largar&#237;a de all&#237;.

Trat&#233; de tragar saliva pero ten&#237;a la boca muy reseca. Con un gesto de valent&#237;a encend&#237; la luz del vest&#237;bulo r&#225;pidamente y a continuaci&#243;n todas las luces que hab&#237;a desde all&#237; hasta mi dormitorio sin descubrir a ning&#250;n intruso. Cuando me sentaba en el borde del lecho sin soltar mi arma distingu&#237; de nuevo el sonido. Un ruido sofocado y un tintineo. Me puse en pie de un salto y estuve a punto de cortarme.

Envalentonada por mi convicci&#243;n de que no hab&#237;a ning&#250;n intruso en el interior pens&#233; en tratar de descubrirlo y avisar a la polic&#237;a.

Volv&#237; junto a las puertas vidrieras que daban al patio, en esta ocasi&#243;n con rapidez. Aquella habitaci&#243;n segu&#237;a a&#250;n a oscuras. Mov&#237; otra vez el borde de la cortina para mirar al exterior, en esta ocasi&#243;n con m&#225;s audacia que la anterior.

El escenario era el mismo. Formas vagamente familiares, algunas movidas por el viento. Golpe y tintineo. Me sobresalt&#233; de modo involuntario y luego pens&#233; que aquel ruido se encontraba detr&#225;s de las puertas, no en ellas.

Record&#233; el foco del patio y me desplac&#233; en busca del interruptor. En aquella ocasi&#243;n no me preocupar&#237;a molestar a los vecinos. Una vez encendida la luz, volv&#237; junto al borde de la cortina. El foco no era potente pero mostraba con bastante claridad todo el recinto exterior.

Aunque la lluvia hab&#237;a cesado segu&#237;a corriendo la brisa, y una suave neblina flotaba bajo el rayo de luz. Escuch&#233; unos instantes sin percibir nada. Escudri&#241;&#233; el campo de visi&#243;n disponible varias veces tambi&#233;n en vano. Temerariamente desactiv&#233; el sistema de seguridad, abr&#237; las puertas y asom&#233; la cabeza al exterior.

A la izquierda, contra la pared, la negra picea estaba a la altura de su nombre pero ninguna sombra extra&#241;a se mezclaba con sus ramas. El viento soplaba levemente y las ramas se mov&#237;an. Golpe y tintineo. Una nueva oleada de espanto.

La verja. El ruido proced&#237;a de la verja. Volv&#237; bruscamente los ojos a tiempo de captar un ligero movimiento en el instante en que se cerraba. Mientras observaba, el viento arreci&#243; de nuevo y la verja se movi&#243; ligeramente entre los l&#237;mites del pestillo. Golpe y tintineo.

Contrariada sal&#237; al patio y fui hacia all&#237;. &#191;Por qu&#233; no hab&#237;a reparado nunca en aquel sonido? Entonces volv&#237; a estremecerme: el candado que imped&#237;a cualquier movimiento del pestillo hab&#237;a desaparecido. &#191;Habr&#237;a olvidado Winston colocarlo tras cortar el c&#233;sped? As&#237; deb&#237;a de haber sido.

Di un brusco empuj&#243;n a la verja para asegurar todo lo posible el pestillo y regres&#233; hacia la puerta. Entonces percib&#237; otro sonido, m&#225;s delicado y sofocado.

Mir&#233; hacia el lugar de donde proced&#237;a y distingu&#237; un objeto extra&#241;o en mi herbario. Como una calabaza clavada en un palo que surgiera del suelo. El suave crujido proced&#237;a de la funda de pl&#225;stico al ser movida por el viento.

De pronto comprend&#237; la horrible realidad. Sin saber por qu&#233; intu&#237; lo que hab&#237;a bajo aquella funda. Avanc&#233; con piernas temblorosas sobre el c&#233;sped y arranqu&#233; el pl&#225;stico.

Aquella visi&#243;n me provoc&#243; n&#225;useas y me oblig&#243; a devolver. Me enjugu&#233; la boca con la mano y me precipit&#233; en mi casa, di un portazo y, tras asegurar la puerta, volv&#237; a instalar el sistema de seguridad.

Busqu&#233; torpemente un n&#250;mero, me abalanc&#233; hacia el tel&#233;fono y me esforc&#233; por pulsar las teclas adecuadas. Me respondieron al cuarto timbrazo.

&#161;Venga en seguida! &#161;Ahora mismo!

&#191;Es Brennan?-repuso una voz so&#241;olienta-. &#191;Qu&#233; diablos?

&#161;Venga inmediatamente, Ryan!





Cap&#237;tulo 24

M&#225;s tarde, y tras cuatro litros de t&#233;, estaba encogida en la mecedora de Birdie y observaba aturdida a Ryan, que en aquel momento realizaba su tercera llamada -en esta ocasi&#243;n, personal- asegur&#225;ndole a alguien que regresar&#237;a en seguida. A juzgar por sus palabras, su interlocutor se mostraba insatisfecho e insistente.

Mi histeria se hab&#237;a visto recompensada. Ryan hab&#237;a llegado veinte minutos despu&#233;s. Registr&#243; el apartamento y el patio y luego se puso en contacto con el CUM para que enviaran un coche patrulla a vigilar el edificio. Hab&#237;a colocado la bolsa y su espantoso contenido en otra bolsa mayor, la sell&#243; y la dej&#243; en el suelo, en un rinc&#243;n del comedor, con la intenci&#243;n de llev&#225;rsela despu&#233;s. El equipo de investigaci&#243;n vendr&#237;a por la ma&#241;ana. Est&#225;bamos en el comedor: yo, sentada, tomaba un t&#233;, y Ryan paseaba arriba y abajo y charlaba.

No sab&#237;a exactamente qu&#233; me produc&#237;a efectos m&#225;s tranquilizadores, si el t&#233; o Ryan. Probablemente no ser&#237;a la infusi&#243;n. En realidad, lo que deseaba era una bebida m&#225;s fuerte. Pero desear no era la palabra adecuada: ansiar ser&#237;a m&#225;s exacta. Lo cierto es que deseaba beber mucho, apurar una botella hasta la &#250;ltima gota. Olv&#237;dalo, Brennan. El tap&#243;n est&#225; puesto y seguir&#225; ah&#237;.

Beb&#237; un trago de t&#233; y observ&#233; a Ryan. Llevaba t&#233;janos y una descolorida camisa vaquera. Buena elecci&#243;n. Las tonalidades azules iluminaban sus ojos como si colorearan una pel&#237;cula antigua. Concluy&#243; sus llamadas, pero sigui&#243; paseando.

Ya est&#225; -dijo.

Tir&#243; el tel&#233;fono en el sof&#225; y se pas&#243; la mano por el rostro. Estaba despeinado y con aspecto cansado. Pero probablemente tampoco yo parecer&#237;a Claudia Schiffer.

Me pregunt&#233; a qu&#233; se referir&#237;a.

Le agradezco que haya venido -dije-. Me temo haber reaccionado exageradamente.

Ya lo hab&#237;a dicho, pero lo repet&#237;.

No, nada de eso.

No acostumbro

No pasa nada. Vamos a cazar a ese psic&#243;pata.

Yo podr&#237;a haber

Se inclin&#243; y apoy&#243; las manos en las rodillas al tiempo que fijaba en las m&#237;as sus fr&#237;as pupilas. Ten&#237;a una mota de pelusa en las pesta&#241;as, como una part&#237;cula de polen pegada en un pistilo.

Brennan, esto es muy grave. Por ah&#237; anda un tipo que es una especie de mutante mental, psicol&#243;gicamente contrahecho. Es como las ratas que socavan montones de basura y se escabullen por los conductos del alcantarillado de esta ciudad: un depredador. Tiene los cables cruzados y ahora la ha introducido a usted en la pesadilla degenerada que est&#225; maquinando. Pero ha cometido un error y nosotros lo obligaremos a descubrirse y lo aplastaremos. Eso haremos con ese gusano.

Me sobresalt&#243; la intensidad de su respuesta y no se me ocurri&#243; qu&#233; decir. No me parec&#237;a aconsejable se&#241;alarle sus confusas met&#225;foras.

Ryan tom&#243; mi silencio como escepticismo.

Lo digo en serio, Brennan. Ese cerdo tiene el cerebro de un s&#225;dico, lo que significa que usted debe renunciar a sus artima&#241;as.

Su comentario me incit&#243; a comportarme de modo descort&#233;s, algo que no exig&#237;a mucho incentivo. Me sent&#237;a vulnerable y dependiente y me odiaba a m&#237; misma por ello, por lo que volqu&#233; en &#233;l mis frustraciones.

&#191;Artima&#241;as? -repliqu&#233;.

&#161;Diablos, Brennan, no me refiero a esta noche!

Ambos sab&#237;amos a qu&#233; se refer&#237;a. Ten&#237;a raz&#243;n, lo que intensificaba mi malestar y me incitaba a discutir. Hice girar el t&#233; ya fr&#237;o y guard&#233; silencio.

Es evidente que ese animal ha estado acech&#225;ndola -insisti&#243;, machac&#243;n como un martillo mec&#225;nico-. Sabe d&#243;nde vive y c&#243;mo entrar en su casa.

No ha llegado a entrar.

&#161;Ha colocado una cabeza humana en su patio!

&#161;Lo s&#233;! -grit&#233; perdiendo en gran parte mi compostura. Desvi&#233; la mirada hacia el rinc&#243;n del comedor. El objeto procedente del jard&#237;n yac&#237;a all&#237;, silencioso e inerte, un artefacto que aguardaba ser procesado. Pod&#237;a haberse tratado de cualquier cosa: un bal&#243;n, un globo, un mel&#243;n. El objeto redondo contenido en la brillante bolsa de color negro parec&#237;a inofensivo en el interior del pl&#225;stico donde Ryan lo hab&#237;a encerrado.

Sin apartar de &#233;l los ojos, cruzaron por mi mente im&#225;genes de su espantoso contenido. Vi el cr&#225;neo apoyado en el angosto cuello del palo, las vac&#237;as &#243;rbitas fijas en el frente y la rosada luz del ne&#243;n brillando en el blanco esmalte de la boca abierta. Imagin&#233; al intruso rompiendo el candado y cruzando el patio con osad&#237;a para depositar all&#237; su horripilante recuerdo.

Lo s&#233; -repet&#237;-, tiene raz&#243;n. Tendr&#233; que andarme con mucho cuidado.

Hice girar de nuevo mi taza buscando respuesta en las hojas.

&#191;Quiere m&#225;s t&#233;? -ofrec&#237;.

No, estoy bien. -Se levant&#243;-. Voy a comprobar si ha llegado la patrulla.

Desapareci&#243; por la parte posterior del apartamento y yo me serv&#237; otra taza. A&#250;n estaba en la cocina cuando &#233;l regres&#243;.

Han aparcado en la callejuela de enfrente y se instalar&#225; otra en el otro lado. Lo comprobar&#233; cuando me marche. Nadie podr&#225; acercarse a este edificio sin ser visto.

Gracias.

Tom&#233; un trago y me apoy&#233; en el mostrador.

Ryan sac&#243; un paquete de DuMaurier del bolsillo y me mir&#243; con aire interrogante.

Desde luego -dije.

Odiaba el humo en el apartamento, pero probablemente &#233;l tampoco estuviera a gusto all&#237;. La vida consiste en concesiones mutuas. Pens&#233; en buscar mi &#250;nico cenicero, pero no me molest&#233;. &#201;l fumaba y yo beb&#237;a sin hablar, apoyada contra el mostrador, sumidos ambos en nuestros pensamientos. Se o&#237;a el zumbido del refrigerador.

&#191;Sabe? No ha sido realmente el cr&#225;neo lo que me ha asustado. Estoy acostumbrada a ello. Ha sido hallarlo fuera de contexto.

Desde luego.

Parecer&#225; un clich&#233;, lo s&#233;, pero me siento como violada. Igual que si una criatura extra&#241;a invadiese mi espacio personal, hurgara por &#233;l y se marchara cuando dejara de interesarle.

As&#237; la taza con fuerza, sinti&#233;ndome vulnerable y odiando tal situaci&#243;n. Y tambi&#233;n me sent&#237;a necia. Sin duda que &#233;l hab&#237;a o&#237;do versiones parecidas en m&#250;ltiples ocasiones. De ser as&#237;, no hizo alusi&#243;n a ello.

&#191;Cree que se trata de Saint Jacques?

Me mir&#243; y sacudi&#243; la ceniza en el fregadero. Se recost&#243; contra el mostrador y dio una fuerte calada. Sus piernas llegaban casi hasta el refrigerador.

No lo s&#233;. &#161;Diablos!, si ni siquiera podemos identificar a qui&#233;n perseguimos. Saint Jacques probablemente es un alias. Quienquiera que utilizase aquel agujero sin duda no viv&#237;a realmente all&#237;. Resulta que la patrona s&#243;lo lo vio dos veces. Hemos vigilado la casa una semana y nadie ha entrado ni salido de ella.

Hum. Calada, humo, volutas.

&#201;l ten&#237;a mi fotograf&#237;a en su colecci&#243;n. La hab&#237;a recortado y marcado.

S&#237;.

Sea sincero conmigo.

Yo dir&#237;a que s&#237; -repuso tras una larga pausa-. Es muy improbable una coincidencia.

Lo sab&#237;a, pero no deseaba o&#237;rselo decir. A&#250;n m&#225;s, no quer&#237;a pensar en lo que ello significaba. Se&#241;al&#233; el cr&#225;neo.

&#191;Corresponde al cad&#225;ver que encontramos en Saint Lambert?

Lo ignoro, eso es de su competencia.

Dio una &#250;ltima calada, ech&#243; agua en la colilla y mir&#243; en torno alg&#250;n lugar donde tirarla. Yo abr&#237; un armario que conten&#237;a una bolsa de basura. Al levantarse apoy&#233; una mano en su antebrazo.

&#191;Me cree loca, Ryan? &#191;Cree que esa idea del asesino en serie s&#243;lo es fruto de mi imaginaci&#243;n?

Se irgui&#243; y fij&#243; sus ojos en m&#237;.

No lo s&#233;. Sencillamente, lo ignoro. Acaso usted no se equivoque. Son cuatro las v&#237;ctimas femeninas en un per&#237;odo de dos a&#241;os que han sido descuartizadas o mutiladas, ambas cosas. Y tal vez haya una quinta. Quiz&#225;s existan algunas similitudes en la mutilaci&#243;n, en la inserci&#243;n de objetos, pero eso es todo. Hasta el momento no existe otro v&#237;nculo. Quiz&#225;s est&#233;n relacionadas o no. Tal vez haya un cami&#243;n cargado de s&#225;dicos que operan independientemente o sea Saint Jacques el causante de todas esas muertes. Acaso le agrade coleccionar historias sobre haza&#241;as ajenas o se trate de una sola persona, pero de alguien distinto. Quiz&#225;s en estos momentos imagina su pr&#243;xima excursi&#243;n. Ese bastardo pudo limitarse a plantar un cr&#225;neo en su patio: lo ignoro. Pero me consta que esta noche un psic&#243;pata dej&#243; un cr&#225;neo en sus petunias. Ver&#225;, no quiero que vuelva a exponerse. Quiero que me prometa que ir&#225; con cuidado, que no habr&#225; m&#225;s expediciones.

De nuevo el paternalismo.

Era perejil.

&#191;C&#243;mo?

Se hab&#237;a expresado con gran brusquedad para impedir otras observaciones frivolas.

&#191;Qu&#233; desea exactamente que haga? -pregunt&#233;.

Por el momento basta de salidas secretas. -Se&#241;al&#243; con un dedo la bolsa-. Y d&#237;game de qui&#233;n se trata.

A continuaci&#243;n consult&#243; el reloj y a&#241;adi&#243;:

&#161;Por Cristo! &#161;Son las tres y cuarto! &#191;Se siente bien?

S&#237;. Gracias por haber venido.

De acuerdo.

Comprob&#243; de nuevo el tel&#233;fono y el sistema de seguridad y recogi&#243; la bolsa de pl&#225;stico. Lo acompa&#241;&#233; hasta la puerta. Mientras lo ve&#237;a alejarse no dej&#233; de advertir que sus ojos no eran el &#250;nico rasgo que los t&#233;janos destacaban a la perfecci&#243;n. &#161;Por Dios, Brennan! &#161;Tienes demasiado t&#233; encima o demasiado poco de lo otro!


A las cuatro veintisiete exactamente comenz&#243; de nuevo la pesadilla. Al principio cre&#237; que estaba so&#241;ando, revisando los acontecimientos vividos. Pero en realidad no hab&#237;a llegado a dormirme. Estaba tendida, esforz&#225;ndome por relajarme y daba rienda suelta a mis pensamientos, que se fragmentaban y reun&#237;an como las formas en un caleidoscopio. Pero el sonido que percib&#237;a de nuevo era aut&#233;ntico y actual. Reconoc&#237;a qu&#233; era y lo que significaba. El pitido de la alarma de seguridad me hizo comprender que se hab&#237;a abierto una puerta o ventana. El intruso hab&#237;a regresado y entrado en la casa.

Mi coraz&#243;n precipit&#243; sus latidos y volv&#237; a sentir un terror, primero asfixiante y paralizador, y luego una descarga de adrenalina que me dej&#243; consciente pero insegura. &#191;Qu&#233; hacer? &#191;Huir o luchar? Me aferr&#233; al borde de la manta y mi mente vag&#243; en m&#250;ltiples direcciones. &#191;C&#243;mo habr&#237;a conseguido esquivar las patrullas policiales? &#191;En qu&#233; habitaci&#243;n estaba? &#161;El cuchillo se encontraba en el caj&#243;n de la cocina! Yac&#237;a inm&#243;vil, r&#237;gida, ponderando las opciones. Ryan hab&#237;a comprobado los tel&#233;fonos pero yo deseaba dormir tranquila y hab&#237;a desconectado el de la habitaci&#243;n. &#191;Podr&#237;a encontrar el cord&#243;n, localizar el peque&#241;o enchufe triangular y llamar antes de verme dominada? &#191;D&#243;nde hab&#237;a dicho Ryan que estaban aparcados los coches de polic&#237;a? Si abr&#237;a la ventana de la habitaci&#243;n y gritaba, &#191;me oir&#237;an los agentes y reaccionar&#237;an a tiempo?

Me esforc&#233; por percibir el menor ruido entre la oscuridad que me rodeaba. De pronto distingu&#237; un suave chasquido &#191;tal vez en el vest&#237;bulo? Contuve la respiraci&#243;n y me mord&#237; el labio. Un chirrido en el suelo de m&#225;rmol y cerca de la entrada. &#191;Se tratar&#237;a de Birdie? No, aquel sonido correspond&#237;a a alguien de m&#225;s tama&#241;o. Volv&#237; a percibirlo: un suave roce como producido en la pared, no en el suelo. Demasiado alto para un gato.

Una imagen de &#193;frica surgi&#243; en mi mente. Una excursi&#243;n nocturna en Amboseli. Un leopardo paralizado ante las luces de los faros del jeep, agazapado, con los m&#250;sculos en tensi&#243;n, las fauces aspirando aire, que silencioso se aproximaba a una gacela desprevenida. &#191;Dominar&#237;a de igual modo mi asaltador la situaci&#243;n entre las sombras y buscar&#237;a un camino hasta mi habitaci&#243;n? &#191;Me privar&#237;a de v&#237;as de escape? &#191;Qu&#233; hac&#237;a en aquellos momentos? &#191;Por qu&#233; habr&#237;a regresado? &#191;Qu&#233; deb&#237;a hacer yo? &#161;Ten&#237;a que hacer algo! &#161;No pod&#237;a permanecer tendida y esperar! &#161;Deb&#237;a actuar de alg&#250;n modo!

&#161;El tel&#233;fono! &#161;Intentar&#237;a hacer funcionar el tel&#233;fono! Hab&#237;a patrullas de polic&#237;a en la calle a las que llegar&#237;a el mensaje. &#191;Lograr&#237;a alcanzarlos sin descubrirme? &#191;Val&#237;a realmente la pena? Separ&#233; las ropas del lecho con lentitud y gir&#233; la espalda. El crujido de las s&#225;banas son&#243; estrepitoso en mis o&#237;dos.

Algo roz&#243; de nuevo la pared, en esta ocasi&#243;n m&#225;s intenso y m&#225;s pr&#243;ximo. Como si el intruso se sintiera m&#225;s seguro de s&#237;, menos inclinado a mostrarse prudente.

Con todos los m&#250;sculos y tendones en tensi&#243;n avanc&#233; hacia la parte izquierda del lecho. La absoluta oscuridad de la habitaci&#243;n me dificultaba poder situarme. &#191;Por qu&#233; habr&#237;a bajado la persiana? &#191;Por qu&#233; habr&#237;a desconectado el tel&#233;fono para descansar un poco m&#225;s? &#161;Qu&#233; absoluta necia hab&#237;a sido! Deb&#237;a encontrar el cord&#243;n y el enchufe y marcar el 911 a oscuras. Hice inventario mental de los objetos que hab&#237;a en la mesita de noche, imaginando el trayecto que deb&#237;a seguir con la mano. Luego tendr&#237;a que deslizarme hasta el suelo para buscar la conexi&#243;n telef&#243;nica.

En la parte izquierda del lecho me apoy&#233; en los codos. Trat&#233; de distinguir algo de cuanto me rodeaba pero me fue imposible captar ni siquiera los contornos, con la excepci&#243;n de la puerta que se hallaba tenuemente iluminada por alg&#250;n electrodom&#233;stico de dial luminoso. No se recortaba ninguna figura en ella.

M&#225;s animada me dispuse a apoyar la pierna izquierda en el suelo. En aquel momento una sombra cruz&#243; por la puerta dej&#225;ndome paralizada en un terror catat&#243;nico.

Pens&#233; que aqu&#233;l era el fin. Morir&#237;a sola en mi propio lecho sin que los cuatro polic&#237;as que montaban guardia en el exterior se enterasen siquiera. Record&#233; a las otras mujeres, sus huesos, sus rostros, sus cuerpos destrozados. El desatacasdor, la estatua. &#161;No! -grit&#243; una voz en mi interior-. &#161;Yo no, por favor! &#191;Cu&#225;ntas veces conseguir&#237;a gritar antes de verme dominada? &#191;Antes de que el asesino me silenciara con un tajo en la garganta? &#191;Suficientes para alertar a la polic&#237;a que se encontraba afuera?

Pase&#233; la mirada a uno y a otro lado fren&#233;tica, como un animal que ha ca&#237;do en una trampa. Una negra masa ocup&#243; el marco de la puerta: una figura humana. Permanec&#237; muda, inm&#243;vil, incapaz siquiera de proferir mis &#250;ltimos gritos.

La figura vacil&#243; como si se sintiera insegura de efectuar su pr&#243;ximo movimiento. No distingu&#237; sus rasgos: s&#243;lo se ve&#237;a su silueta recortada en la entrada, en el &#250;nico acceso y salida. &#161;Dios!, &#191;por qu&#233; no dispondr&#237;a de una pistola?

Transcurrieron lentamente unos segundos. Tal vez aquel personaje no distingu&#237;a mi contorno en el borde del lecho. Tal vez la habitaci&#243;n pareciera vac&#237;a desde la puerta. &#191;Llevar&#237;a el desconocido una linterna? &#191;Encender&#237;a la luz de la habitaci&#243;n?

Mi mente se liber&#243; de su par&#225;lisis. &#191;Qu&#233; me hab&#237;an ense&#241;ado en las clases de autodefensa? Huye cuando te sea posible. No era mi caso. Si te arrinconan, lucha con todas tus fuerzas: muerde, golpea, propina patadas, hiere al contrincante. Primera regla: procura que no te abata en el suelo. Segunda norma: que no te inmovilice debajo. S&#237;, sorpr&#233;ndelo. Si consiguiera llegar a una de las puertas de salida, los polic&#237;as que estaban afuera me salvar&#237;an.

Ya ten&#237;a el pie izquierdo en el suelo. A&#250;n tendida de espaldas, impuls&#233; la pierna derecha hacia el borde de la cama, mil&#237;metro a mil&#237;metro, girando sobre mis nalgas. Ten&#237;a ambos pies en el suelo cuando aquella sombra hizo un movimiento brusco y me dej&#243; cegada por el resplandor de la luz.

Me proteg&#237; los ojos con la mano y me abalanc&#233; sobre el desconocido en un esfuerzo desesperado de apartarlo a un lado y huir del dormitorio. Pero se me enred&#243; un pie con la s&#225;bana y ca&#237; de cabeza en la alfombra. Rod&#233; r&#225;pidamente a la izquierda, me puse en seguida de rodillas y me volv&#237; hacia mi asaltante. Tercera regla: nunca des la espalda a tu enemigo.

El desconocido se encontraba en el otro lado de la habitaci&#243;n, apoyada a&#250;n la mano en el interruptor de la luz. Pero ahora ten&#237;a rostro, un rostro distorsionado por alguna confusi&#243;n interior que yo no pod&#237;a imaginar. Era un rostro conocido. En cuanto al m&#237;o, exhib&#237;a una sucesi&#243;n de expresiones: terror, reconocimiento, confusi&#243;n. Fijamos una en otra largamente nuestras miradas sin movernos ni decir palabra. Nos miramos de un extremo al otro de la habitaci&#243;n.

Entonces me ech&#233; a gritar.

&#161;Maldita seas, Gabby! &#161;Eres una condenada est&#250;pida! &#191;Qu&#233; haces aqu&#237;? &#191;Se puede saber qu&#233; te he hecho? &#161;Maldita necia!

Me sent&#233; sobre mis talones con las manos en los muslos sin controlar las l&#225;grimas que ba&#241;aban mi rostro ni los sollozos que me sacud&#237;an.





Cap&#237;tulo 25

Me balance&#233; sobre las rodillas y los talones, entre gritos y sollozos. Mis palabras carec&#237;an de sentido y, mezcladas con el llanto, se volv&#237;an incoherentes. Reconoc&#237;a mi voz, pero hab&#237;a perdido la facultad de reprimirla. De mi boca flu&#237;a una especie de galimat&#237;as entre mis gritos y sollozos.

Los sollozos no tardaron en dominar a los gritos y se redujeron a un sofocado sonido aspirado. Con un &#250;ltimo estremecimiento me qued&#233; inm&#243;vil y centr&#233; mi atenci&#243;n en Gabby, que tambi&#233;n lloraba.

Se encontraba al otro lado de la habitaci&#243;n con una mano en el interruptor y la otra sobre el pecho, cuyos dedos abr&#237;a y cerraba de manera convulsiva. Jadeaba y las l&#225;grimas se deslizaban por su rostro. Lloraba en silencio y, con excepci&#243;n del movimiento de su mano, parec&#237;a haberse quedado petrificada.

&#161;Gabby! -exclam&#233; con un hilo de voz-. &#191;Por qu&#233;?

Ella hizo un movimiento afirmativo que agit&#243; los rizos en torno a su ceniciento rostro y profiri&#243; unos breves sonidos aspirados, como si tratara de contener sus l&#225;grimas. Parec&#237;a incapaz de formular palabra.

&#161;Por Dios, Gabby! &#191;Est&#225;s loca? -susurr&#233; tras controlarme de modo razonable-. &#191;Qu&#233; haces aqu&#237;? &#191;Por qu&#233; no has llamado?

Ella pareci&#243; considerar la segunda pregunta, pero intent&#243; contestar a la primera.

Necesitaba hablar contigo.

Me limit&#233; a mirarla. Hac&#237;a tres semanas que trataba de encontrar a aquella mujer que me esquivaba, y a las cuatro y media de la ma&#241;ana irrump&#237;a en mi casa y me envejec&#237;a por lo menos una d&#233;cada.

&#191;C&#243;mo has podido entrar?

Tengo una llave desde el verano pasado.

Sonidos entrecortados pero m&#225;s lentos: estaba m&#225;s tranquila.

Apart&#243; su temblorosa mano del interruptor y me mostr&#243; una llave que pend&#237;a de una cadenita.

Sent&#237; una creciente ira que reprimi&#243; mi agotamiento.

Esta noche no, Gabby.

Tempe, yo

Le dirig&#237; una mirada destinada a petrificarla de nuevo. Ella me mir&#243; a su vez quejumbrosa, sin comprender.

No puedo ir a casa, Tempe.

Su expresi&#243;n era sombr&#237;a. Estaba r&#237;gida y parec&#237;a un ant&#237;lope aislado de la manada y arrinconado. Un ant&#237;lope grand&#237;simo, pero sin embargo aterrado.

Sin decir palabra me puse en pie, saqu&#233; toallas y s&#225;banas del armario del pasillo y las ech&#233; en la cama de la habitaci&#243;n de invitados.

Hablaremos por la ma&#241;ana, Gabby.

Tempe, yo

Por la ma&#241;ana.

Cuando conciliaba el sue&#241;o la o&#237; llamar por tel&#233;fono. No me importaba. Hasta el d&#237;a siguiente.


Y as&#237; lo hicimos. Charlamos extensamente durante horas y horas. Ante cuencos de copos de ma&#237;z, platos de espagueti y tomando infinitos capuchinos. Charlamos enroscadas en el sof&#225; y durante largos paseos arriba y abajo de Ste. Catherine. Fue un fin de semana de palabras, la mayor&#237;a procedentes de Gabby. Al principio yo estaba convencida de que ella deliraba. El domingo por la noche ya no me sent&#237;a tan segura.

El equipo de investigaci&#243;n lleg&#243; a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana del s&#225;bado. Por deferencia a m&#237;, avisaron primero, se presentaron sin estr&#233;pito y trabajaron con rapidez y eficacia. Aceptaron la presencia de Gabby como un acontecimiento natural: el consuelo de una amiga tras una noche espantosa. Expliqu&#233; a Gabby que un intruso se hab&#237;a metido en el jard&#237;n y omit&#237; mencionar la cabeza: ya estaba bastante confusa. El equipo se march&#243; con palabras de &#225;nimo:

No se preocupe, doctora Brennan: encontraremos a ese canalla. &#161;&#193;nimo!

La situaci&#243;n de mi amiga era tan horrorosa como la m&#237;a. Su antiguo informante se hab&#237;a convertido en su perseguidor. Lo encontraba en todas partes. A veces lo ve&#237;a en un banco del parque; otras, la segu&#237;a por la calle. De noche merodeaba por St. Laurent. Aunque se negaba a hablar de &#233;l, se hallaba siempre presente. Guardaba la distancia pero sin perderla nunca de vista. En dos ocasiones pens&#243; que hab&#237;a estado en su apartamento.

&#191;Est&#225;s segura, Gabby? -le dije.

En realidad quer&#237;a decir &#191;Has perdido el control?.

&#191;Se llev&#243; algo?

No, por lo menos, no lo creo. No he echado nada de menos. Pero s&#233; que registr&#243; mi casa. Es f&#225;cil darse cuenta de eso. Aunque no hab&#237;a desaparecido nada, las cosas no estaban como yo las dejo. Parec&#237;a que les hubieran dado la vuelta.

&#191;Por qu&#233; no me devolviste las llamadas?

Dej&#233; de contestar al tel&#233;fono. Sonaba muchas veces al d&#237;a sin que respondiera nadie, y lo mismo suced&#237;a con el contestador autom&#225;tico: me colgaban continuamente. Dej&#233; de utilizarlo.

&#191;Por qu&#233; no me llamaste?

&#191;Y qu&#233; iba a decirte? &#191;Que me segu&#237;an? &#191;Hacerme la v&#237;ctima y explicarte que no pod&#237;a controlar mi propia vida? Pens&#233; que, si lo trataba como el gusano que es, perder&#237;a inter&#233;s, que se escabullir&#237;a y atormentar&#237;a a otra persona. -Ten&#237;a expresi&#243;n torturada-. Y sab&#237;a lo que me dir&#237;as: Pierdes el control, te dejas dominar por la paranoia, necesitas ayuda, Gabby.

Sent&#237; un ramalazo de culpabilidad recordando c&#243;mo le hab&#237;a colgado el aparato la &#250;ltima vez. Ella ten&#237;a raz&#243;n.

Podr&#237;as haber avisado a la polic&#237;a y te hubieran protegido.

Ni yo misma cre&#237;a en mis palabras.

Cierto.

Y entonces me cont&#243; lo sucedido la noche del viernes.

Llegu&#233; a casa sobre las tres y media de la ma&#241;ana y comprend&#237; que alguien hab&#237;a entrado en el apartamento. Hab&#237;a utilizado el viejo truco de pasar un hilo por la cerradura. Bien, al descubrir que hab&#237;a desaparecido, me puse nervios&#237;sima. Me hallaba de excelente humor porque no hab&#237;a visto a aquel cerdo en toda la noche. Adem&#225;s, acababa de cambiar las cerraduras, por lo que, por vez primera desde hac&#237;a meses, me sent&#237;a segura en el apartamento. Al ver el hilo en el suelo me sent&#237; destrozada. No pod&#237;a creer que hubiera entrado de nuevo. No sab&#237;a si a&#250;n estaba adentro y no deseaba averiguarlo, de modo que vine corriendo hacia aqu&#237;.

Poco a poco me refiri&#243; lo sucedido durante las tres &#250;ltimas semanas, relatando los incidentes a medida que los recordaba. Mientras desplegaba su exposici&#243;n del pasado fin de semana yo reordenaba en mi mente los deslavazados episodios en orden cronol&#243;gico. Aunque el tipo que la acosaba no se hab&#237;a comportado de modo abiertamente agresivo, se advert&#237;a en su conducta una pauta de creciente audacia. Al llegar el domingo comenc&#233; a compartir su temor.

Decidimos que por el momento se quedar&#237;a conmigo, aunque ten&#237;a mis dudas de hasta qu&#233; punto resultaba segura mi casa. A &#250;ltima hora del s&#225;bado Ryan hab&#237;a llamado para decirme que la patrulla de polic&#237;a seguir&#237;a de guardia hasta el lunes. Yo los saludaba cuando sal&#237;amos de paseo. Gabby cre&#237;a que se encontraban all&#237; por la visita del intruso al jard&#237;n y yo no le suger&#237; otra cosa. Necesitaba fortalecer su reciente sensaci&#243;n de seguridad, no dar al traste con ella.

Le suger&#237; que habl&#225;semos con la polic&#237;a acerca de su perseguidor, pero se neg&#243; rotundamente pues tem&#237;a que tal implicaci&#243;n comprometiera a sus muchachas. Sospech&#233; que ella tem&#237;a asimismo perder su confianza y que se interrumpiera el contacto con ellas y acced&#237; a rega&#241;adientes.

El lunes la dej&#233; y fui a trabajar. Ella ir&#237;a a recoger algunas cosas a su apartamento: hab&#237;a accedido a alejarse del Main por un tiempo y se propon&#237;a dedicarse a escribir, para lo que necesitaba su ordenador port&#225;til y sus archivos.

Llegu&#233; a mi despacho despu&#233;s de las nueve. Ryan ya hab&#237;a telefoneado. Hab&#237;a un mensaje anotado a mano que dec&#237;a: Tengo un nombre. AR. Cuando le devolv&#237; su llamada &#233;l hab&#237;a salido, por lo que fui al laboratorio de histolog&#237;a para examinar el recuerdo que me hab&#237;an dejado en el jard&#237;n.

El objeto se hallaba en el mostrador, limpio y marcado; la ausencia de tejido blando hab&#237;a hecho innecesario hervirlo. Se parec&#237;a a cualquier otro cr&#225;neo, con sus &#243;rbitas vac&#237;as y con el n&#250;mero del LML claramente marcado. Lo mir&#233; recordando el terror que me hab&#237;a provocado hac&#237;a tres noches.

Localizaci&#243;n, localizaci&#243;n, localizaci&#243;n -exclam&#233; en el vac&#237;o laboratorio.

&#191;C&#243;mo dice?

No hab&#237;a o&#237;do entrar a Denis.

Algo que me dijo en una ocasi&#243;n un agente inmobiliario.

Oui?

No se trata del objeto en s&#237; sino del lugar donde se encuentra lo que suele provocar nuestra reacci&#243;n.

Me mir&#243; con aire inexpresivo.

No tiene importancia. &#191;Ha tomado muestras de tierra antes de limpiarlo?

Oui.

Me tendi&#243; dos frasquitos de pl&#225;stico.

Los examinaremos para seguir las huellas.

&#201;l asinti&#243;.

&#191;Han hecho radiograf&#237;as?

Oui. Acabo de entregar las pruebas dentales al doctor Bergeron.

&#191;Est&#225; aqu&#237; en lunes?

Se toma dos semanas de vacaciones y ha venido a concluir algunos informes.

Un d&#237;a afortunado -repuse depositando el cr&#225;neo en una tina de pl&#225;stico-. Ryan cree que ha conseguido un nombre.

&#161;Ah!, oui? -repuso enarcando las cejas.

Hoy debe de estar arriba con los p&#225;jaros. El mensaje lo recogi&#243; el servicio nocturno.

&#191;Para el esqueleto de Saint Lambert o para su amiguita aqu&#237; presente?

Y se&#241;al&#243; el cr&#225;neo. Al parecer la historia ya hab&#237;a circulado.

Tal vez para ambos. Ya le informar&#233;.

Me dirig&#237; a mi despacho y, por el camino, me detuve en el de Bergeron. El doctor hab&#237;a hablado con Ryan que, al parecer, hab&#237;a encontrado una desaparecida bastante coincidente para solicitar un mandato del juez que permitiera obtener el historial ante m&#243;rtem y hab&#237;a emprendido la gesti&#243;n.

&#191;Sabe algo acerca de ella?

Rien.

Nada.

Acabar&#233; con el cr&#225;neo antes de mediod&#237;a. Si lo necesita, venga a buscarlo.

Pas&#233; las dos horas siguientes valorando el sexo, raza y edad del cr&#225;neo. Observ&#233; las caracter&#237;sticas del rostro y de la caja craneal, tom&#233; medidas e inscrib&#237; las funciones discriminantes en mi ordenador. Coincid&#237;an: el cr&#225;neo pertenec&#237;a a una mujer blanca como el esqueleto de St. Lambert.

La edad resultaba frustrante. S&#243;lo contaba con el cierre de las suturas craneales, un sistema notoriamente poco fiable para valorar. El ordenador no me servir&#237;a de ayuda. Calcul&#233; que, al morir, deber&#237;a encontrarse entre los veintitantos y los treinta y tantos, tal vez los cuarenta. De nuevo coherente con los huesos de St. Lambert.

Busqu&#233; otras se&#241;ales de coherencia: talla global, resistencia de las uniones musculares, grado de alteraci&#243;n artr&#237;tica, condici&#243;n &#243;sea, estado de conservaci&#243;n. Todo concordaba. Estaba convencida de que aqu&#233;lla era la cabeza que faltaba en el esqueleto del monasterio de Saint Bernard, pero necesitaba algo m&#225;s. Entonces puse el cr&#225;neo boca abajo y lo examin&#233; por la base.

A trav&#233;s del hueso occipital, cerca del punto donde el cr&#225;neo se apoya en la columna vertebral, distingu&#237; una serie de cortes. Ten&#237;an forma de uve en sentido transversal y se extend&#237;an de arriba abajo, siguiendo el contorno del hueso. Bajo el foco de luz parec&#237;an similares a las marcas que hab&#237;a observado en los huesos largos, pero deseaba asegurarme.

Devolv&#237; el cr&#225;neo al laboratorio histol&#243;gico, lo deposit&#233; junto al &#225;mbito de operaciones y examin&#233; el esqueleto decapitado. Recog&#237; la sexta v&#233;rtebra cervical, la situ&#233; bajo la luz y examin&#233; de nuevo los cortes que hab&#237;a descrito la semana anterior. Luego volv&#237; a inspeccionar el cr&#225;neo centr&#225;ndome en los cortes que marcaban la parte posterior y la base. Las se&#241;ales eran id&#233;nticas, los contornos y las dimensiones transversales coincid&#237;an a la perfecci&#243;n.

Grace Damas.

Apagu&#233; la l&#225;mpara de fibra &#243;ptica y me volv&#237; hacia quien profer&#237;a aquellas palabras.

Qui?

Grace Damas -repiti&#243; Bergeron-. Treinta y dos a&#241;os. Seg&#250;n Ryan, desaparecida en febrero de 1992.

Calcul&#233;: dos a&#241;os y cuatro meses.

Coincide. &#191;Algo m&#225;s?

En realidad, no he preguntado. Ryan dijo que pasar&#237;a despu&#233;s de almorzar. Sigue buscando algo m&#225;s por all&#237;.

&#191;No conoce la identificaci&#243;n aut&#233;ntica?

A&#250;n no. Yo he terminado ahora mismo. -Observ&#243; los huesos-. &#191;Algo nuevo?

Coinciden. Deseo ver qu&#233; tienen que decir los investigadores de huellas acerca de las muestras de tierra. Tal vez podamos conseguir una descripci&#243;n del polen. Pero estoy convencida: incluso las marcas de los cortes son id&#233;nticas. Ojal&#225; dispusiera de las v&#233;rtebras superiores del cuello, pero no son indispensables.

Grace Damas. Durante todo el almuerzo se repiti&#243; su nombre en mi mente. Grace Damas: la n&#250;mero cinco. &#191;Lo ser&#237;a realmente? &#191;Cu&#225;ntas m&#225;s encontrar&#237;amos? Cada uno de aquellos nombres se grababa a fuego en mi mente, como una marca en el anca de una ternera. Morisette-Champoux; Trottier; Gagnon; Adkins. Y ahora, otra: Damas.

Ryan entr&#243; en mi despacho a la una y media. Bergeron ya hab&#237;a emitido su veredicto sobre el cr&#225;neo. Le dije que pod&#237;a aplicarlo asimismo al esqueleto.

&#191;Qu&#233; sabe acerca de ella? -le pregunt&#233;.

Ten&#237;a treinta y dos a&#241;os y tres hijos.

&#161;Cristo!

Era buena madre, excelente esposa y participaba en las actividades de la iglesia. -Consult&#243; sus notas-. Viv&#237;a en Saint Demetrius, al otro lado de Hutchison, cerca de la avenida du Park y Fairmont. Envi&#243; a los ni&#241;os a la escuela un d&#237;a y no volvieron a verla.

&#191;El marido?

Parece inocente.

&#191;Alg&#250;n amigo?

Se encogi&#243; de hombros.

Es una familia griega muy tradicional. Si no se habla de ello, esas cosas no pueden ser ciertas. Era una buena mujer. Viv&#237;a para su familia. Han instalado una espantosa capilla para ella en el sal&#243;n. -Nuevo encogimiento de hombros-. Tal vez fuera una santa. No lo s&#233;. No vamos a descubrirlo por su madre ni por el esposo. Es como hablar con un muro. Y, si se sugiere algo escabroso, se cierran en banda y no sueltan prenda.

Le habl&#233; de las marcas producidas por los cortes.

Son iguales a las de Trottier y Gagnon.

Hum.

Tambi&#233;n le cortaron las manos. Como a Morisette-Champoux y Gagnon. Y una a Trottier.

Hum.

Cuando se march&#243; encend&#237; el ordenador y expuse en la pantalla mi hoja de c&#225;lculo. Elimin&#233; la palabra Inconnue de la columna de los nombres, inscrib&#237; el de Grace Damas y acto seguido incorpor&#233; la escasa informaci&#243;n que Ryan me hab&#237;a facilitado. En un archivo independiente resum&#237; lo que sab&#237;a de cada una de aquellas mujeres y las orden&#233; por su fecha de fallecimiento.

Grace Damas hab&#237;a desaparecido en febrero de 1992. Ten&#237;a treinta y dos a&#241;os, estaba casada y era madre de tres hijos. Viv&#237;a cerca del noreste de la ciudad, en una zona conocida como Prolongaci&#243;n del Parque. Su cad&#225;ver hab&#237;a sido descuartizado y enterrado a escasa profundidad en el monasterio Saint Bernard, en St. Lambert, donde se lo descubri&#243; en junio de 1994. Su cabeza apareci&#243; en mi jard&#237;n varios d&#237;as despu&#233;s. Se desconoc&#237;a la causa de la muerte.

Francine Morisette-Champoux hab&#237;a sido golpeada y asesinada de un disparo en enero de 1993. Ten&#237;a cuarenta y siete a&#241;os. Su cad&#225;ver fue encontrado una hora despu&#233;s, al sur del centro de la ciudad, en el apartamento que compart&#237;a con su marido. Su asesino le hab&#237;a abierto el vientre, cortado la mano derecha y clavado un cuchillo en la vagina.

Chantale Trottier hab&#237;a desaparecido en octubre de 1993. Ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. Viv&#237;a con su madre fuera de la isla, en la comunidad lacustre de Ste. Anne de Bellevue. La hab&#237;an golpeado, estrangulado y descuartizado, y ten&#237;a la mano diestra parcialmente cortada y la izquierda cercenada por completo. Su cad&#225;ver fue descubierto dos d&#237;as despu&#233;s en St. Jerome.

Isabelle Gagnon hab&#237;a desaparecido en abril de 1994. Viv&#237;a con su hermano en St. Edouard. En junio del presente a&#241;o su cad&#225;ver descuartizado apareci&#243; en los jardines del Gran Seminario, en el centro de la ciudad. Pese a que a&#250;n no se hab&#237;an determinado las causas de su muerte, las se&#241;ales descubiertas en los huesos indicaban que hab&#237;a sido descuartizada, le hab&#237;an abierto el vientre y amputado las manos, y que el asesino le hab&#237;a insertado un desatascador en la vagina. Ten&#237;a veintitr&#233;s a&#241;os.

Margaret Adkins hab&#237;a encontrado la muerte el 23 de junio, hac&#237;a una semana. Ten&#237;a veinticuatro a&#241;os, un hijo y viv&#237;a con su compa&#241;ero. La hab&#237;an matado a golpes, ten&#237;a el vientre abierto y le hab&#237;an cortado un seno, que le hab&#237;an metido en la boca. Asimismo le hab&#237;an insertado una figurilla met&#225;lica en la vagina.

Claudel ten&#237;a raz&#243;n: no hab&#237;a una pauta en el modus operandi. Todas hab&#237;an sido golpeadas, pero a Morisette-Champoux tambi&#233;n le hab&#237;an disparado un tiro; Trottier hab&#237;a sido estrangulada y Adkins, apaleada. Y en cuanto a Damas y Gagnon, a&#250;n ignor&#225;bamos la causa de su muerte.

Revis&#233; una y otra vez cuanto hab&#237;an hecho a cada una de ellas.

Exist&#237;a variaci&#243;n, pero siempre aparec&#237;a un mismo tema: crueldad s&#225;dica y mutilaci&#243;n. Ten&#237;a que tratarse de una misma persona. De un monstruo. Damas, Gagnon y Trottier hab&#237;an sido descuartizadas y metidas en bolsas de basura tras desventrarlas. A Gagnon y Trottier les hab&#237;an cortado las manos. Morisette-Champoux hab&#237;a sido rajada y le hab&#237;an amputado una mano, pero no hab&#237;a sido descuartizada. A diferencia de las dem&#225;s, Adkins, Gagnon y Morisette-Champoux hab&#237;an sufrido penetraci&#243;n vaginal con un objeto extra&#241;o. A Adkins le hab&#237;an mutilado un seno, algo que no hab&#237;a repetido con ninguna otra. &#191;O tal vez s&#237;? Los restos de Damas y Gagnon eran insuficientes para poder aventurarlo.

Contempl&#233; la pantalla. Me dije que ten&#237;a que estar all&#237;. &#191;Por qu&#233; no pod&#237;a verlo? &#191;Qu&#233; v&#237;nculo exist&#237;a entre todas? &#191;Por qu&#233; aquellas mujeres? Sus edades oscilaban demasiado: no se trataba de aquello. Todas eran blancas. Nada sorprendente: est&#225;bamos en Canad&#225;. Franc&#243;fonas, angl&#243;fonas, al&#243;fonas, casadas, solteras, con compa&#241;eros sentimentales. Deb&#237;a escoger otra categor&#237;a, intentar la geograf&#237;a.

Busqu&#233; un mapa y se&#241;al&#233; el lugar donde se hab&#237;an encontrado los cad&#225;veres. Aquello ten&#237;a menos sentido que cuando lo hab&#237;a intentado con Ryan. Aparec&#237;an cinco puntos totalmente diseminados. Se&#241;al&#233; entonces sus domicilios. Los alfileres se extend&#237;an como pintura lanzada a un cuadro por un artista abstracto. No exist&#237;a ninguna pauta.

&#191;Qu&#233; hab&#237;a esperado? &#191;Acaso una flecha que se&#241;alara un piso en Sheerbroke? Deb&#237;a olvidar el lugar e intentar el tiempo.

Observ&#233; las fechas. El caso Damas, el primero, se remontaba a comienzos de 1992. Calcul&#233; mentalmente: once meses entre Damas y Morisette-Champoux. Nueve meses despu&#233;s, Trottier. A los seis meses, Gagnon. Y entre Gagnon y Adkins, dos meses.

Los intervalos eran decrecientes. Cada vez el asesino se volv&#237;a m&#225;s audaz o su sed de sangre era m&#225;s intensa. El coraz&#243;n me lat&#237;a tumultuosamente mientras consideraba tal implicaci&#243;n. Desde que hab&#237;a muerto Margaret Adkins hab&#237;a pasado m&#225;s de una semana.





Cap&#237;tulo 26

Me sent&#237;a atrapada en mi pellejo, preocupada y frustrada. Me atormentaban visiones mentales de las que no lograba desprenderme. Observ&#233; el envoltorio de un caramelo que danzaba al viento tras mi ventana, empujado por r&#225;fagas de aire.

Me dije que yo era como aquel pedazo de papel. No pod&#237;a controlar mi propio destino y mucho menos los ajenos. No hab&#237;a noticias sobre Saint Jacques; desconoc&#237;a qui&#233;n hab&#237;a dejado aquel cr&#225;neo en mi patio y la extravagante situaci&#243;n de Gabby segu&#237;a sin solventarse; Claudel probablemente estar&#237;a gestionando una queja contra m&#237;; mi hija estaba a punto de abandonar los estudios. Y en mi mente viv&#237;an cinco mujeres muertas a las que, probablemente, se sumar&#237;a una sexta o s&#233;ptima, dado el ritmo al que avanzaba mi investigaci&#243;n.

Consult&#233; mi reloj: eran las dos y cuarto. No pod&#237;a seguir en mi despacho un instante m&#225;s. Ten&#237;a que hacer algo.

&#191;Pero qu&#233;?

Hoje&#233; el informe de incidencias de Ryan mientras comenzaba a formarse una idea en mi mente.

Se pondr&#225;n furiosos, me dije.

S&#237;.

Consult&#233; el informe. La direcci&#243;n estaba all&#237;. Hice aparecer mi hoja de c&#225;lculo en la pantalla del ordenador. All&#237; figuraban todas, junto con los n&#250;meros telef&#243;nicos.

Pens&#233; que ser&#237;a mejor ir al gimnasio a disipar mis frustraciones.

S&#237;.

Investigar a solas no mejorar&#237;a la situaci&#243;n con Claudel.

No.

Pod&#237;a perder el apoyo de Ryan.

Cierto.

Ser&#237;a injusto.

Imprim&#237; los datos de la pantalla y escog&#237; y marqu&#233; un n&#250;mero. Al tercer timbrazo me respondi&#243; un hombre que se sorprendi&#243;, pero accedi&#243; a verme. Cog&#237; mi bolso y sal&#237; r&#225;pidamente del edificio.

Volv&#237;a a hacer calor, y el aire estaba tan impregnado de humedad que se habr&#237;an podido escribir letras en el aire. La neblina refractaba el resplandor del sol y lo difund&#237;a como una capa. Me dirig&#237; en mi coche hacia la casa que Francine Morisette-Champoux hab&#237;a compartido con su marido. Me hab&#237;a decidido por aquel caso tan s&#243;lo por su proximidad. La vivienda estaba junto al centro de la ciudad, a menos de diez minutos de mi apartamento. Si no ten&#237;a &#233;xito, me encontrar&#237;a camino de casa.

Localic&#233; la direcci&#243;n y me detuve. En la calle se alineaban casas de ladrillo de aspecto acomodado, todas ellas con sus balcones de hierro, garaje subterr&#225;neo y puertas de brillantes colores.

A diferencia de la mayor&#237;a de los vecindarios de Montreal, aqu&#233;l carec&#237;a de nombre. La renovaci&#243;n urbana hab&#237;a transformado aquella parte de los parques nacionales canadienses sustituyendo senderos y cobertizos de herramientas por residencias, barbacoas y huertos con tomateras. El vecindario era agradable y de clase media, pero se resent&#237;a de una crisis de identidad. Estaba demasiado pr&#243;ximo al n&#250;cleo de la ciudad para ser realmente suburbano aunque a muy escasa distancia exterior del arco que defin&#237;a el centro moderno. No era antiguo ni nuevo. Funcional y accesible, carec&#237;a de personalidad.

Llam&#233; al timbre y esper&#233;. El olor a c&#233;sped reci&#233;n cortado y basura antigua matizaban el t&#243;rrido ambiente. Dos puertas m&#225;s abajo un aspersor enviaba un arco de agua sobre un c&#233;sped de dimensiones regulares. Se o&#237;a el zumbido de un compresor central de aire entremezclado con el continuo chasquido del aspersor.

Al abrir la puerta me encontr&#233; con una especie de beb&#233; crecido, con cabellos rubios y entradas, cuya parte central se arremolinaba en rizos sobre la frente. Ten&#237;a las mejillas y la barbilla rollizas y redondeadas y la nariz era breve y respingona. Era un hombre grande, no demasiado obeso, pero en v&#237;as de serlo. Aunque la temperatura era de treinta y dos grados, llevaba tejanos y sudadera.

Monsieur Champoux, soy

Abri&#243; por completo la puerta y se puso a un lado para darme paso sin mirar la tarjeta de identificaci&#243;n que yo le mostraba. Lo segu&#237; por un pasillo estrecho hasta un sal&#243;n asimismo angosto. En una pared se alineaban diversas peceras que daban a la estancia una fantasmag&#243;rica tonalidad aguamarina. En el otro extremo de la estancia distingu&#237; un mostrador en el que se amontonaban peque&#241;as redes, cajas de comida para peces y otros accesorios pisc&#237;colas. Unas puertas persianas daban a la cocina.

El se&#241;or Champoux despej&#243; un espacio en el sof&#225; y me indic&#243; que me sentara. En cuanto a &#233;l, se dej&#243; caer en un sill&#243;n con butaca para los pies.

Monsieur Champoux -comenc&#233; de nuevo-. Soy la doctora Brennan del Laboratorio de Medicina Legal.

No le di m&#225;s aclaraciones confiando en evitar explicaciones adicionales acerca de mi papel concreto en la investigaci&#243;n, de las que, en realidad, carec&#237;a.

&#191;Han descubierto algo? Yo Hace tanto tiempo, que no quiero seguir pensando en ello. -Parec&#237;a hablar al suelo de parqu&#233;-. Hace ya un a&#241;o y medio que Francine muri&#243; y no he tenido noticias de su gente desde hace m&#225;s de un a&#241;o.

Me pregunt&#233; d&#243;nde creer&#237;a que encajaba yo entre mi gente.

He respondido a demasiadas preguntas y he hablado con demasiadas personas. El juez de instrucci&#243;n, los polic&#237;as, la prensa Incluso yo mismo contrat&#233; a un investigador. Deseaba sinceramente agarrar a ese tipo. Pero no sirvi&#243; de nada: nunca encontraron su pista. Pudieron determinar que la hab&#237;a matado una hora antes; el juez de instrucci&#243;n dijo que a&#250;n estaba caliente. Ese man&#237;aco mata a mi mujer, se larga y desaparece sin dejar huella. -Movi&#243; la cabeza incr&#233;dulo-. &#191;Han descubierto ya algo?

Me miraba con una mezcla de angustia y esperanza. La sensaci&#243;n de culpabilidad me destroz&#243; el coraz&#243;n.

No, monsieur Champoux, lo cierto es que no.

Salvo que otras cuatro mujeres hab&#237;an sido asesinadas por aquel mismo animal.

S&#243;lo deseaba revisar algunos detalles, ver si hay algo que se nos pasara por alto.

La esperanza desapareci&#243; y emergi&#243; la resignaci&#243;n. Se recost&#243; en la silla y aguard&#243;.

&#191;Su mujer era dietista?

Asinti&#243;.

&#191;D&#243;nde trabajaba?

En cualquier lugar. Estaba contratada por el MAS, pero en cualquier momento pod&#237;a encontrarse en cualquier lugar.

&#191;El MAS?

Ministerio de Asuntos Sociales.

&#191;Se mov&#237;a por ah&#237;?

Su labor consist&#237;a en aconsejar a las cooperativas de alimentaci&#243;n, a grupos inmigrantes principalmente, acerca de c&#243;mo realizar sus adquisiciones de alimentos. Los ayudaba a formar las cocinas colectivas y luego les ense&#241;aba a preparar sus comidas preferidas para que resultaran econ&#243;micas, pero saludables. Les facilitaba la obtenci&#243;n de productos, carne y dem&#225;s, por lo general, en cantidad. Siempre visitaba las cocinas para asegurarse de que funcionaban debidamente.

&#191;D&#243;nde se encontraban esos colectivos?

En todas partes. En la Prolongaci&#243;n del Parque, Cote des Neiges, Saint Henri, Litle Burgundy

&#191;Cu&#225;nto tiempo llevaba trabajando para el MAS?

Seis, tal vez siete a&#241;os. Antes hab&#237;a trabajado en Montreal General con un horario mucho mejor.

&#191;Disfrutaba con su trabajo?

&#161;Oh, s&#237;! Le encantaba.

Se le quebr&#243; la voz al pronunciar estas palabras.

&#191;Ten&#237;a un horario irregular?

No, era muy regular. Trabajaba constantemente: por las ma&#241;anas, por las tardes, los fines de semana Siempre que surg&#237;a un problema, recurr&#237;an a Francine para solucionarlo.

Apretaba y aflojaba las mand&#237;bulas.

&#191;Disent&#237;an usted y su esposa acerca de su trabajo?

Permaneci&#243; en silencio unos momentos.

Yo quer&#237;a verla con m&#225;s frecuencia -dijo a continuaci&#243;n-. Hubiera preferido que siguiera en el hospital.

&#191;A qu&#233; se dedica usted, se&#241;or Champoux?

Soy ingeniero: construyo cosas. Pero en estos tiempos nadie est&#225; muy deseoso de construir. -Profiri&#243; una triste sonrisa y lade&#243; la cabeza-. Me despidieron.

Se hab&#237;a expresado con el t&#233;rmino ingl&#233;s.

Lo siento -dije. Luego a&#241;ad&#237;-: &#191;Sabe usted adonde iba su esposa el d&#237;a en que la asesinaron?

Neg&#243; con la cabeza.

Aquella semana apenas nos hab&#237;amos visto. Se provoc&#243; un incendio en una de sus cocinas y se pas&#243; all&#237; d&#237;a y noche. Podr&#237;a haber estado all&#237; o en cualquier otro sitio. Seg&#250;n tengo entendido no llevaba ninguna clase de diario ni agenda. No la encontraron en su despacho ni yo la vi nunca por aqu&#237;. Me hab&#237;a hablado de ir a cortarse el cabello. &#161;Diablos, ojal&#225; hubiera ido a la peluquer&#237;a!

Me mir&#243; con expresi&#243;n torturada.

&#191;Sabe usted lo que se siente? Ni siquiera s&#233; qu&#233; se dispon&#237;a a hacer mi esposa el d&#237;a en que muri&#243;.

Desde el trasfondo se oy&#243; circular suavemente el agua de los dep&#243;sitos.

&#191;Hab&#237;a mencionado ella algo ins&#243;lito? &#191;Llamadas telef&#243;nicas extra&#241;as? &#191;La visita de alg&#250;n desconocido? -Mientras hablaba record&#233; a Gabby-. &#191;Alguien que la siguiera por la calle?

De nuevo un movimiento negativo de cabeza.

&#191;Lo hubiera mencionado?

Probablemente si hubi&#233;semos hablado. En realidad, aquellos &#250;ltimos d&#237;as no hab&#237;amos tenido tiempo.

Intent&#233; una nueva t&#225;ctica.

Era enero: hac&#237;a fr&#237;o. Las puertas y las ventanas deb&#237;an de estar cerradas. &#191;Ten&#237;a su mujer la costumbre de mantener la casa as&#237;?

S&#237;. Nunca le hab&#237;a gustado vivir aqu&#237; ni estar a nivel de la calle. Yo la convenc&#237; para comprar esta casa, pero ella prefer&#237;a los edificios de muchos pisos con sistemas de seguridad o guardianes. Merodean por aqu&#237; personajes bastante s&#243;rdidos, y ella siempre estaba nerviosa. Por ello pens&#225;bamos marcharnos. A ella le gustaba disponer de espacio adicional y del peque&#241;o patio posterior de la casa, pero nunca se acostumbr&#243; a esto. Su trabajo le hac&#237;a frecuentar algunas zonas peligrosas y, al llegar a casa, deseaba sentirse a salvo. Intocable. As&#237; lo dec&#237;a: intocable, &#191;sabe?

S&#237;, &#161;oh, s&#237;!

&#191;Cu&#225;ndo vio a su mujer por &#250;ltima vez, se&#241;or Champoux?

Aspir&#243; y respir&#243; profundamente.

La mataron un mi&#233;rcoles. La noche anterior hab&#237;a trabajado hasta altas horas a causa del incendio, por lo que yo ya estaba acostado cuando ella vino.

Hab&#237;a agachado la cabeza y hablaba hacia el parqu&#233;. Sus mejillas se colorearon con unas manchas de venitas rojizas.

Ella se acostaba con las impresiones de toda su jornada y trataba de contarme d&#243;nde hab&#237;a estado y qu&#233; hab&#237;a hecho, pero yo no deseaba escucharla.

Observ&#233; que jadeaba bajo la sudadera.

Al d&#237;a siguiente me levant&#233; temprano y me march&#233;. Ni siquiera me desped&#237; de ella.

Guardamos silencio unos momentos.

Eso hice, y ya no hay marcha atr&#225;s. Ya no tengo ninguna oportunidad.

Levant&#243; la mirada y la fij&#243; en las peceras de color turquesa.

Me dol&#237;a que ella tuviera trabajo y yo no. Por eso me mostraba indiferente. Ahora el remordimiento no me deja vivir.

Antes de que se me ocurriera una respuesta se volvi&#243; hacia m&#237; con el rostro tenso y se expres&#243; con gran dureza.

Yo hab&#237;a ido a ver a mi cu&#241;ado que sab&#237;a de algunos posibles trabajos para m&#237;. Estuve con &#233;l toda la ma&#241;ana. Luego regres&#233; aqu&#237; sobre el mediod&#237;a y ya estaba muerta. Todo eso ya lo comprobaron en su momento.

Monsieur Champoux, yo no suger&#237;a

No creo que lleguemos a ninguna parte. Estamos repitiendo las mismas palabras.

Se levant&#243; y comprend&#237; que daba por concluida la entrevista.

Lamento haber despertado recuerdos dolorosos en usted.

Me mir&#243; sin pronunciar palabra y se dirigi&#243; hacia el recibidor. Lo segu&#237;.

Gracias por el tiempo que me ha dedicado, monsieur Champoux. -Me desped&#237; y le tend&#237; mi tarjeta-. Si se le ocurre algo en alg&#250;n momento, ll&#225;meme, por favor.

El hombre asinti&#243;. Ten&#237;a el aspecto ausente de aquel que se halla sumido en una gran desdicha, sin poder olvidar que sus &#250;ltimas palabras y actos hacia la esposa que hab&#237;a amado hab&#237;an sido mezquinas y muy poco apropiadas para una &#250;ltima despedida. &#191;O acaso existe una despedida adecuada?

Al marcharme sent&#237; su mirada fija en m&#237;. Pese al calor reinante me invad&#237;a un fr&#237;o interior. Me apresur&#233; a subir en mi coche.

La entrevista con Champoux me hab&#237;a trastornado. Mientras me dirig&#237;a a mi casa me formul&#233; mil preguntas.

&#191;Qu&#233; derecho ten&#237;a yo de reavivar el dolor de aquel hombre?

Record&#233; la mirada de Champoux.

&#191;Tanto dolor le hab&#237;an despertado los recuerdos que yo le hab&#237;a suscitado?

No, yo no hab&#237;a sido la causante de aquel enorme dolor: Champoux viv&#237;a inmerso en sus propios remordimientos.

&#191;Remordimientos por qu&#233;? &#191;Por causar da&#241;o a su mujer?

No, no era propio de &#233;l.

Remordimientos por no prestarle atenci&#243;n, por hacerle creer que no era importante: as&#237; de sencillo. En la v&#237;spera de su muerte se hab&#237;a negado a hablar con ella, le hab&#237;a dado la espalda y se hab&#237;a dormido. No se hab&#237;a despedido de ella por la ma&#241;ana y ya nunca podr&#237;a hacerlo.

Gir&#233; en direcci&#243;n norte por St. Marc y me intern&#233; en las sombras del paso superior. &#191;Acaso mis preguntas hab&#237;an conseguido algo m&#225;s que extraer recuerdos dolorosos a la superficie que reportar&#237;an nuevos dolores?

&#191;Pod&#237;a ser yo realmente &#250;til cuando hab&#237;a fracasado un ej&#233;rcito de profesionales, o simplemente me hab&#237;a propuesto aquella entrevista personal para alardear ante Claudel?

&#161;No!

Golpe&#233; el volante con el dorso de la mano.

&#161;Maldita sea, no!, me repet&#237;. No era aqu&#233;l mi objetivo. S&#243;lo yo estaba convencida de que &#250;nicamente exist&#237;a un asesino y de que volver&#237;a a matar. Para evitar nuevas v&#237;ctimas deb&#237;a descubrir m&#225;s hechos.

Sal&#237; de las sombras a la luz del sol. En lugar de girar hacia el este, hacia mi casa, cruc&#233; Ste. Catherine, volv&#237; por la rue du Fort y sal&#237; a la 20 Oeste. Los ciudadanos las denominaban la dos y veinte, pero yo a&#250;n no hab&#237;a encontrado quien me explicara o situara la dos.

Me alej&#233; de la ciudad descargando mi impaciencia en el volante. Eran las tres y media y el tr&#225;fico ya retornaba por el paso elevado de Turcot. Una hora muy intempestiva.


Tres cuartos de hora despu&#233;s encontraba a Genevieve Trottier, que escarbaba las tomateras tras la casa de un verde descolorido que hab&#237;a compartido con su hija. Al verme aparcar ante su sendero se interrumpi&#243; y me observ&#243; mientras cruzaba por el c&#233;sped.

Oui?

Se hab&#237;a apoyado en sus talones y me interrogaba con aire amistoso y los ojos entornados.

Llevaba unos pantalones cortos de intenso amarillo y una blusa sin espalda demasiado grande para sus senos. Su cuerpo brillaba sudoroso y sus cabellos se aplastaban en torno a su rostro. Era m&#225;s joven de lo que yo hab&#237;a imaginado.

A medida que le explicaba qui&#233;n era y las razones que me llevaban all&#237; se ensombrec&#237;a su expresi&#243;n. Con cierta vacilaci&#243;n dej&#243; su azada en el suelo, se levant&#243; y se limpi&#243; las manos de tierra. El olor a tomates impregnaba el ambiente.

Ser&#225; mejor que entremos -dijo fijando la mirada en el suelo.

Al igual que Champoux tampoco cuestion&#243; mi derecho a interrogarla.

La segu&#237; a trav&#233;s del patio, temerosa de la conversaci&#243;n que deb&#237;amos entablar. La atadura de la blusa pend&#237;a sobre sus pronunciadas v&#233;rtebras y ten&#237;a pegadas briznas de hierba a las pantorrillas y por encima de los pies.

Su cocina resplandec&#237;a a la luz del atardecer, y las superficies de porcelana y de madera evidenciaban a&#241;os de cuidados. En las ventanas enmarcadas por guinga amarilla se alineaban las macetas de kalanchoe. Los pomos de los armarios y de los cajones tambi&#233;n eran amarillos.

He preparado limonada -dijo dispuesta ya a servirla.

Se sent&#237;a c&#243;moda en su entorno familiar.

Muchas gracias, es muy amable.

Me sent&#233; ante la pulida mesa de madera y la observ&#233; mientras extra&#237;a unos cubitos de hielo de una bandeja de pl&#225;stico, los echaba en sendos vasos y a&#241;ad&#237;a la limonada. Se acerc&#243; con los vasos y se sent&#243; frente a m&#237; evitando mi mirada.

Me resulta dif&#237;cil hablar de Chantale -dijo mientras observaba su bebida.

Lo comprendo y lamento la p&#233;rdida que ha sufrido. &#191;C&#243;mo lo lleva?

Algunos d&#237;as me resulta m&#225;s f&#225;cil que otros.

Cruz&#243; las manos y se puso en tensi&#243;n irguiendo los hombros bajo la blusa.

&#191;Viene a darme alguna noticia?

Me temo que no, se&#241;ora Trottier. Ni tampoco tengo preguntas espec&#237;ficas que hacerle. Pens&#233; que acaso recordara usted algo, alguna cosa que en principio no considerara importante.

No apartaba los ojos de la limonada. Afuera ladr&#243; un perro.

&#191;Se le ha ocurrido algo desde que habl&#243; por &#250;ltima vez con los detectives? &#191;Alg&#250;n detalle sobre la desaparici&#243;n de Chantale?

No hubo respuesta. El ambiente era denso y c&#225;lido por causa de la humedad. Ol&#237;a tenuemente a desinfectante al lim&#243;n.

S&#233; que es espantoso para usted, pero seguimos necesitando su ayuda para que haya esperanza de encontrar al asesino de su hija. &#191;Hay algo que la preocupe? &#191;Algo que se le haya podido ocurrir posteriormente?

Hab&#237;amos discutido.

De nuevo el sentimiento de culpabilidad. El arrepentimiento de las palabras pronunciadas y el deseo de sustituirlas por otras.

Ella se negaba a comer. Pensaba que estaba engordando.

Yo estaba al corriente de ello por el informe.

No estaba gruesa. Tendr&#237;a que haberla visto: era muy hermosa. S&#243;lo ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. Como la canci&#243;n inglesa.

Por fin me miraba a los ojos. Se desprendieron sendas l&#225;grimas de sus p&#225;rpados, que resbalaron por las mejillas.

Lo siento -dije con la mayor delicadeza posible.

A trav&#233;s de las persianas de la ventana se percib&#237;a el olor que el sol arrancaba a las plantas.

&#191;Se sent&#237;a Chantale desdichada por algo?

Apret&#243; los dedos en el vaso.

Por eso es tan duro para m&#237;. Era una criatura amable, siempre contenta, siempre llena de vida y rebosante de planes. Ni siquiera mi divorcio pareci&#243; afectarla. Se lo tom&#243; con calma y sin estridencias.

&#191;Cierto o fantas&#237;a retrospectiva? Record&#233; que los Trottier se hab&#237;an divorciado cuando Chantale ten&#237;a nueve a&#241;os. Su padre viv&#237;a en otro lugar de la ciudad.

&#191;Puede explicarme algo acerca de las &#250;ltimas semanas? &#191;Hab&#237;a alterado Chantale su rutina de alg&#250;n modo? &#191;Recib&#237;a llamadas extra&#241;as? &#191;Hab&#237;a hecho nuevas amistades?

Mov&#237;a la cabeza lentamente en continua negaci&#243;n.

&#191;Ten&#237;a dificultades para entablar amistades?

No.

&#191;Le disgustaba a usted alguno de sus amigos?

No.

&#191;Ten&#237;a novio?

No.

&#191;Sal&#237;a con alguien?

No.

&#191;Ten&#237;a problemas con los estudios?

No.

Parec&#237;a una deficiente t&#233;cnica interrogatoria. Necesitaba conseguir que se expresara la interrogada en lugar de hacerlo yo.

&#191;Qu&#233; sucedi&#243; aquel d&#237;a? &#191;El d&#237;a en que la muchacha desapareci&#243;?

Me mir&#243; con expresi&#243;n indescifrable.

&#191;Puede decirme qu&#233; sucedi&#243; aquel d&#237;a?

Sorbi&#243; un poco de limonada con deliberada lentitud y de igual modo deposit&#243; el vaso en la mesa.

Nos levantamos sobre las seis y prepar&#233; el desayuno. -As&#237;a el vaso con tanta fuerza que tem&#237; que lo rompiese-. Chantale se march&#243; a la escuela. Iba con sus amigas en tren puesto que la escuela se encuentra en el centro de la ciudad. Dijeron que hab&#237;a asistido a todas las clases. Y luego ella -Una brisa agit&#243; la cortina de la ventana-. No volvi&#243; a casa.

&#191;Ten&#237;a alg&#250;n plan especial aquel d&#237;a?

No.

&#191;Sol&#237;a regresar en seguida a casa al salir de la escuela?

S&#237;.

&#191;La esperaba aquel d&#237;a?

No. Ten&#237;a que visitar a su padre.

&#191;Lo hac&#237;a con frecuencia?

S&#237;. &#191;Por qu&#233; tengo que responder a estas preguntas? Es in&#250;til. Ya se lo dije todo a los polic&#237;as. &#191;Por qu&#233; he de seguir repitiendo las mismas cosas una y otra vez? No sirve de nada. No sirvi&#243; entonces ni ahora.

Fij&#243; sus ojos en los m&#237;os con un dolor casi palpable.

&#191;Sabe? Mientras rellenaba impresos sobre personas desaparecidas y respond&#237;a a preguntas, Chantale ya estaba muerta. Estaba descuartizada en un vertedero. Ya hab&#237;a muerto.

Hundi&#243; la cabeza en el pecho y sus hombros se estremecieron. Estaba en lo cierto: no ten&#237;amos nada. Yo trataba de encontrar algo, y ella hab&#237;a aprendido a amortiguar su dolor, a plantar tomates y a vivir mientras que yo la acechaba y la obligaba a exhumarlo.

Deb&#237;a ser amable y largarme.

De acuerdo, se&#241;ora Trottier. Si no recuerda alg&#250;n detalle adicional, probablemente no ser&#225; nada importante.

Le dej&#233; mi tarjeta y formul&#233; mi petici&#243;n habitual. Ll&#225;meme si recuerda algo. Dud&#233; que lo hiciera.

La puerta de Gabby estaba cerrada cuando volv&#237; a casa, su habitaci&#243;n en silencio. Pens&#233; en entrar a mirar pero me resist&#237; a ello sabiendo cuan sensible se mostraba acerca de su intimidad. Me acost&#233; y trat&#233; de leer, pero las palabras de Genevieve Trottier segu&#237;an martilleando mi cerebro. D&#233;j&#225; morte. Ya estaba muerta. Champoux hab&#237;a utilizado la misma frase. S&#237;. Ya estaba muerta. Cinco hab&#237;an sido las v&#237;ctimas, tal era la escandalosa realidad. Al igual que Champoux y Trottier, tambi&#233;n acud&#237;an a mi mente pensamientos que me imped&#237;an descansar tranquila.





Cap&#237;tulo 27

Me despert&#243; el sonido de las noticias matinales. Cinco de julio. Hab&#237;a dejado atr&#225;s el d&#237;a de la Independencia sin reparar en ello. Sin pastel de manzana, sin escuchar el himno nacional ni lanzar una sola bengala. En cierto modo aquello me deprim&#237;a. Todo norteamericano que se encontrara en cualquier lugar del globo deb&#237;a erguirse y pavonearse el cuatro de julio. Yo hab&#237;a llegado a convertirme en una espectadora canadiense de la cultura estadounidense. Me promet&#237; que en la primera ocasi&#243;n que se presentase acudir&#237;a al estadio de b&#233;isbol a vitorear al equipo norteamericano que estuviera en la ciudad.

Me duch&#233;, prepar&#233; caf&#233; y tostadas y hoje&#233; la Gazette, donde aparec&#237;an infinitos art&#237;culos sobre la segregaci&#243;n. &#191;C&#243;mo repercutir&#237;a en la econom&#237;a? &#191;Y en los abor&#237;genes? &#191;Y en los anglohablantes? Los anuncios por palabras personificaban el temor: todos vend&#237;an, nadie compraba. Tal vez deber&#237;a volver a casa. &#191;Qu&#233; consegu&#237;a all&#237;?

&#161;Cierra el pico, Brennan! Est&#225;s de mal humor porque tienes que cuidar de tu coche.

Era bien cierto. Odio tener que hacer gestiones. Odio las minucias burocr&#225;ticas y cotidianas de una naci&#243;n tecnificada en los a&#241;os finales del segundo milenio. Pasaporte, permiso de conducci&#243;n, permiso de trabajo, impuesto sobre la renta, vacuna de la rabia, limpieza en seco, hora en el dentista, prueba citol&#243;gica. Mi criterio es sencillo: posponer todo hasta que resulte ineludible. Aquel d&#237;a ten&#237;a que hacer revisar el coche.

Soy hija de Norteam&#233;rica en mi actitud hacia el autom&#243;vil. Me siento incompleta sin &#233;l, incomunicada y vulnerable. &#191;C&#243;mo huir&#237;a de una invasi&#243;n? &#191;Y si deseo salir antes de una fiesta o quedarme cuando el metro ya no funciona? &#191;Ir al campo? &#191;Transportar una c&#243;moda? Se necesitan ruedas. Pero no soy una fan&#225;tica de la automoci&#243;n. Necesito un coche que arranque en cuanto d&#233; el contacto, que me lleve a mi destino, que se mantenga en condiciones por lo menos durante una d&#233;cada y que no requiera muchos cuidados.

Segu&#237;an sin o&#237;rse ruidos de la habitaci&#243;n de Gabby. Deb&#237;a de estar tranquila. Recog&#237; mis cosas y me march&#233;.

El coche se qued&#243; en el taller y yo cog&#237; el metro a las nueve. Se hab&#237;a superado la hora punta matinal y el vag&#243;n iba relativamente vac&#237;o. Pase&#233; aburrida la mirada por los anuncios: vea una obra en Le Theatre Saint Denis, mejore su experiencia profesional en Le College O'Sullivan, compre pantalones t&#233;janos en Guess, perfume Chanel en La Baie, pinturas en Benetton A continuaci&#243;n observ&#233; el mapa del metro, atravesado por l&#237;neas de color como la instalaci&#243;n el&#233;ctrica en un cuadro con puntos blancos que se&#241;alaban las paradas.

Segu&#237; mi trayecto hacia el este a lo largo de la l&#237;nea verde desde Guy Concordia a Papineau. La l&#237;nea naranja pasaba alrededor de la monta&#241;a, norte-sur en su ladera oriental, este-oeste bajo la l&#237;nea verde, luego norte-sur de nuevo en la parte occidental de la ciudad. La amarilla se sumerg&#237;a bajo el r&#237;o y sal&#237;a a la superficie en &#206;le Ste. H&#233;l&#233;ne y en Longueuil en la playa sur. En Berri-UQAM las l&#237;neas naranja y amarilla se cruzaban con la verde y estaban realzadas con un gran punto. Importante lugar de transbordo.

El tren silb&#243; mientras se deslizaba por el t&#250;nel subterr&#225;neo. Cont&#233; las paradas que me faltaban: siete.

&#161;Qu&#233; obstinada, Brennan! &#191;Por qu&#233; no te desentiendes? Segu&#237; con la mirada hacia el norte de la l&#237;nea naranja visualizando el paisaje cambiante de la ciudad: Berri-UQAM, Sherbrooke, Mount Royal y, por fin, Jean Talon. Isabelle Gagnon hab&#237;a residido en aquel vecindario. &#161;Curioso!

Busqu&#233; el barrio de Margaret Adkins por la l&#237;nea verde. &#191;Qu&#233; estaci&#243;n ser&#237;a? Pie IX. Cont&#233; desde Berri-UQAM y se encontraba a seis paradas al este.

&#191;A cu&#225;ntas estaciones estar&#237;a Gagnon? De nuevo en la l&#237;nea naranja descubr&#237; que eran seis. Sent&#237; un escalofr&#237;o en la nuca.

Morisette-Champoux, metro en Georges Vanier. L&#237;nea naranja. Seis paradas desde Berri-UQAM. &#161;Jes&#250;s!

&#191;Trottier? No. El metro no llega a St. Anne de Bellevue. &#191;Damas? Prolongaci&#243;n del Parque. Cerca de las estaciones Rosemont y Laurier. Tercera y cuarta parada desde Berri-UQAM.

Mir&#233; con fijeza el mapa. Tres v&#237;ctimas viv&#237;an exactamente a seis paradas de la estaci&#243;n de Berri-UQAM. &#191;Ser&#237;a una coincidencia?

Papineau -dijo una voz mec&#225;nica.

Cog&#237; mis cosas y sal&#237; disparada al and&#233;n.


Diez minutos despu&#233;s o&#237; sonar el tel&#233;fono mientras abr&#237;a la puerta de mi despacho.

Aqu&#237; la doctora Brennan.

&#191;Qu&#233; diablos hace usted, Brennan?

Buenos d&#237;as, Ryan. &#191;En qu&#233; puedo servirlo?

Claudel trata de atornillarme por su culpa. Dice que ha estado molestando a las familias de las v&#237;ctimas.

Aguard&#243; in&#250;tilmente a que le respondiera.

Brennan, la he estado defendiendo porque la respeto. Pero me temo lo que se est&#225; preparando. Su entrometimiento puede perjudicarme en este caso.

He formulado algunas preguntas. Eso no es ilegal.

No consegu&#237; aplacar su ira.

No habl&#243; con nadie, no coordin&#243;. Se limit&#243; a ir por ah&#237; llamando a las puertas.

O&#237; su respiraci&#243;n intensa. Parec&#237;a jadeante.

Primero llam&#233;.

Algo no totalmente cierto en cuanto a Genevieve Trottier.

Usted no es una investigadora.

Accedieron a verme.

Se cree Mickey Spillane. No es &#233;se su trabajo.

Es usted un detective muy culto.

&#161;Por Cristo, Brennan! &#161;Me est&#225; irritando!

Se percib&#237;an los ruidos caracter&#237;sticos de su departamento.

Ver&#225;. -Parec&#237;a haberse controlado-. No me interprete de modo equivocado. Creo que es usted formal. Pero esto no es un juego. Esa gente no lo merece.

Sus palabras eran duras como el granito.

S&#237;.

Soy yo quien lleva el caso Trottier.

&#191;Qu&#233; ha hecho exactamente con su caso?

&#161;Bren!

&#191;Y qu&#233; me dice de los otros? &#191;En qu&#233; punto se encuentran?

Sent&#237;a que dominaba la situaci&#243;n.

En estos momentos esas investigaciones no se han confiado a nadie con car&#225;cter preferente, Ryan. Francine Morisette-Champoux fue asesinada hace m&#225;s de dieciocho meses; hace ocho meses que muri&#243; Trottier. Tengo la extravagante idea de que quienquiera que mat&#243; a esas mujeres deber&#237;a ser descubierto y encerrado. Por ello me interes&#233;. He hecho algunas preguntas. &#191;Y qu&#233; sucede? Que me llaman fisgona. Y, como monsieur Claudel me cree un incordio, esos casos ir&#225;n perdiendo cada vez m&#225;s inter&#233;s hasta que sean retirados de los programas y de la mente de todos. Una vez m&#225;s.

No la he llamado fisgona.

&#191;Qu&#233; me dice, Ryan?

Comprendo que Claudel desee verla colgada y que usted quiera fulminarlo. Igual me sentir&#237;a yo si &#233;l me estuviera acorralando. Por mi parte s&#243;lo espero que ustedes dos no arruinen mi caso.

&#191;Qu&#233; quiere decir con eso?

Tard&#243; unos instantes en responder.

No le digo que no aprecie su contribuci&#243;n. S&#243;lo deseo aclarar perfectamente las prioridades de esta investigaci&#243;n.

Permanecimos largo rato en silencio. La ira se disparaba en ambas direcciones.

Creo haber encontrado algo.

&#191;Qu&#233;?

Era evidente que no esperaba tal cosa.

Acaso exista una relaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Se hab&#237;a mitigado la aspereza de su voz.

No sab&#237;a muy bien qu&#233; estaba diciendo. Tal vez s&#243;lo deseara desconcertarlo.

Comamos juntos.

Ojal&#225; sea algo positivo, Brennan. -Pausa-. Nos veremos en Antoines al mediod&#237;a.

Por fortuna yo no ten&#237;a nuevos casos, por lo que pude dedicarme en seguida al trabajo. Hasta el momento nada hab&#237;a coincidido. Tal vez el metro estableciese la conexi&#243;n.

Encend&#237; el ordenador y busqu&#233; el archivo a fin de comprobar las direcciones. S&#237;: ten&#237;a las estaciones correctas. Saqu&#233; un mapa y las se&#241;al&#233; tal como Ryan y yo hab&#237;amos hecho con los hogares de las v&#237;ctimas. Las tres agujas formaban un tri&#225;ngulo con Berri-UQAM en el centro. Morisette-Champoux, Gagnon y Adkins hab&#237;an vivido cada una a seis paradas de la estaci&#243;n. El apartamento de Saint Jacques se hallaba a escasa distancia a pie de la estaci&#243;n central.

&#191;Se tratar&#237;a de ello? &#191;De coger un metro en Berri-UQAM y escoger a una v&#237;ctima que se apea seis paradas despu&#233;s. &#191;No hab&#237;a o&#237;do hablar antes de ese tipo de comportamiento? Fijarse en un color, en un n&#250;mero, en una serie de acciones. Seguir una pauta sin desviarse jam&#225;s. Dominar la situaci&#243;n. &#191;Acaso el planear cuidadosamente no era caracter&#237;stico de los asesinos en serie? &#191;Pod&#237;a avanzar un paso m&#225;s nuestro sujeto? &#191;Pod&#237;a tratarse de un asesino en serie con una especie de pauta de comportamiento compulsivo en el que encajaran los cr&#237;menes?

&#191;Pero qu&#233; hab&#237;a acerca de Trottier y Damas? &#201;stas no encajaban. No pod&#237;a ser tan sencillo. Mir&#233; con fijeza el mapa deseando que se materializara una respuesta. La sensaci&#243;n de que algo acechaba tras el muro de mi conciencia era m&#225;s acuciante que nunca. &#191;Qu&#233; era? Apenas o&#237; el golpecito.

&#191;Doctora Brennan?

Lucie Dumont se encontraba en la puerta. Con ello bast&#243;: el muro se hab&#237;a derrumbado.

&#161;Alma!

Hab&#237;a olvidado por completo a la m&#243;nita. Mi exclamaci&#243;n sobresalt&#243; a Lucie y estuvo a punto de ca&#233;rsele el impreso que llevaba.

&#191;Quiere que vuelva en otro momento?

Yo ya buscaba el anterior impreso que Lucie me hab&#237;a facilitado. S&#237;, desde luego. La terminal del autob&#250;s estaba pr&#225;cticamente junto a la estaci&#243;n Berri-UQAM. Localic&#233; a Alma y situ&#233; una aguja exactamente en el centro del tri&#225;ngulo.

&#191;Qu&#233; ten&#237;amos? &#191;Una mona? &#191;Ten&#237;a conexi&#243;n con ello? Y, de ser as&#237;, &#191;c&#243;mo? &#191;Era otra v&#237;ctima? &#191;Un experimento? Alma hab&#237;a muerto dos a&#241;os antes que Grace Damas. &#191;No hab&#237;a le&#237;do asimismo alg&#250;n informe sobre esa pauta? Adolescentes voyeurs y de mentes tortuosas que evolucionan hasta atormentar animales y concluyen violando y asesinando a seres humanos? &#191;No era aqu&#233;l el escalofriante progreso de Dahmer?

Suspir&#233; y me recost&#233; en mi asiento. Si tal era el mensaje que mi subconsciente trataba de transmitir, Ryan no quedar&#237;a impresionado.

Lucie hab&#237;a desaparecido por la puerta, hacia los archivos centrales. Me disculpar&#237;a m&#225;s tarde. &#218;ltimamente lo hac&#237;a muy a menudo. Regres&#233; a mi despacho.

El legajo de Damas conten&#237;a escaso material aparte de mi informe. Abr&#237; el correspondiente a Adkins y lo hoje&#233;. El contenido comenzaba a parecer el material de archivo que yo manejaba con tanta frecuencia. Nada me llamaba la atenci&#243;n. Vuelta a Gagnon, Morisette-Champoux y Trottier.

Pas&#233; una hora examinando los archivos con detenimiento. De nuevo las piezas del rompecabezas de la abuela. Un revoltijo de fragmentos de informaci&#243;n. Introd&#250;celos, haz funcionar tu mente y ord&#233;nalos. Pero la disposici&#243;n no resultaba. Llegaba el momento de tomar un caf&#233;.

Me lo llev&#233; al despacho junto al Journal matutino. Mientras lo le&#237;a, sorb&#237;a el caf&#233;. Las noticias apenas variaban de la Gazette inglesa; los editoriales, enormemente. &#191;C&#243;mo lo calificaba Hugh MacLennan? Las Dos Soledades.

Me arrellan&#233; en el asiento. Surg&#237;a de nuevo la comez&#243;n subliminal. Ten&#237;a los fragmentos pero no consegu&#237;a que encajaran. De acuerdo, Brennan: s&#233; sistem&#225;tica. La sensaci&#243;n hab&#237;a comenzado aquel d&#237;a. &#191;Qu&#233; hab&#237;a hecho? Poca cosa. Leer el peri&#243;dico. Llevar el coche al taller. Coger el metro. Revisar archivos.

&#191;Alma?

Me sent&#237;a mentalmente insatisfecha. Hab&#237;a algo m&#225;s.

&#191;El coche?

Nada.

&#191;El peri&#243;dico?

Tal vez.

Volv&#237; a hojearlo. Las mismas historias, los mismos editoriales, los mismos anuncios por palabras.

Me detuve.

Anuncios por palabras. &#191;D&#243;nde hab&#237;a visto yo anuncios?

Montones de ellos.

En la habitaci&#243;n de Saint Jacques.

Los revis&#233; lentamente. Trabajos, p&#233;rdidas y hallazgos, ventas de garajes, mascotas, fincas inmobiliarias.

&#191;Fincas inmobiliarias? &#161;Fincas inmobiliarias!

Busqu&#233; el archivo de Adkins y localic&#233; las fotos. S&#237;, all&#237; estaba. El letrero oxidado y ladeado, apenas visible en el descuidado patio. &#193; vendr&#233;. Alguien vend&#237;a un apartamento en el edificio de Margaret Adkins.

&#191;Y bien?

Piensa.

Champoux. &#191;Qu&#233; hab&#237;a dicho? Que no le gustaba aquel lugar. Por ello iban a marcharse, o algo por el estilo.

Llam&#233; por tel&#233;fono sin obtener respuesta.

&#191;Y qu&#233; hab&#237;a acerca de Gagnon? &#191;No alquilaba el hermano? Tal vez el propietario vend&#237;a el edificio.

Comprob&#233; las fotos. No hab&#237;a ning&#250;n letrero. &#161;Maldici&#243;n!

Prob&#233; de nuevo el tel&#233;fono de Champoux y tampoco obtuve respuesta.

Marqu&#233; el n&#250;mero de Genevi&#233;ve Trottier, que contest&#243; al segundo timbrazo.

Bonjour -me salud&#243; animosa.

&#191;Madame Trottier?

Oui.

Su acento revelaba curiosidad.

Soy la doctora Brennan. Ayer hablamos.

Oui.

Expresi&#243;n temerosa.

&#191;Me permite formularle una pregunta?

Oui -repuso ya con resignaci&#243;n.

&#191;Ten&#237;a su casa en venta cuando desapareci&#243; Chantale?

Pardonnez moi?

&#191;Trataba de vender su casa en octubre del pasado a&#241;o?

&#191;Qui&#233;n se lo ha dicho?

Nadie. Simple curiosidad.

No, no. He vivido aqu&#237; desde que mi marido y yo nos separamos. No ten&#237;a intenci&#243;n de mudarme. Chantale yo era nuestra casa.

Gracias, madame Trottier. Lamento haberla molestado.

De nuevo hab&#237;a violado el acuerdo alcanzado por ella con sus recuerdos.

Aquello no conduc&#237;a a ninguna parte. Tal vez fuese una necedad.

Llam&#233; de nuevo a Champoux. Una voz masculina respondi&#243; cuando me dispon&#237;a a colgar.

Oui.

&#191;Monsieur Champoux?

Un instant.

Oui -respondi&#243; una segunda voz masculina.

&#191;Monsieur Champoux?

Oui.

Le expliqu&#233; qui&#233;n era y le formul&#233; mi pregunta. S&#237;, hab&#237;an tratado de vender la finca. Estaba anunciada por ReMax. Cuando su esposa fue asesinada retir&#243; la oferta del mercado. S&#237;, cre&#237;a que los anuncios hab&#237;an funcionado, pero no estaba seguro. Le di las gracias y colgu&#233;.

Dos de cinco. Era posible. Tal vez Saint Jacques utilizaba los anuncios por palabras.

Llam&#233; a investigaci&#243;n. Los materiales del apartamento de la rue Berger eran de propiedad.

Consult&#233; mi reloj: las doce menos cuarto, hora de reunirme con Ryan. No picar&#237;a el anzuelo: necesitaba algo m&#225;s.

De nuevo extend&#237; las fotos de Gagnon y las examin&#233; una por una. En esta ocasi&#243;n lo vi. Cog&#237; una lupa y la ajust&#233; hasta que el objeto apareci&#243; centrado. Me aproxim&#233; ajustando y reajustando para asegurarme.

&#161;Maldito calor!

Met&#237; las fotos en su sobre y a continuaci&#243;n en mi cartera y fui corriendo al restaurante.

Le Paradis Tropique se halla enfrente del edificio de la SQ. La comida es p&#233;sima, pero el peque&#241;o local siempre est&#225; atestado a mediod&#237;a, debido en gran parte a la exuberancia de su propietario Antoine Janvier. Aquel d&#237;a me salud&#243; como de costumbre.

&#161;Ah, madamel &#191;Est&#225; hoy muy ocupada? &#161;S&#237;! &#161;Cu&#225;nto me alegro de verla despu&#233;s de tanto tiempo!

Su rostro de &#233;bano exhib&#237;a una burlona desaprobaci&#243;n.

S&#237;, Antoine, he estado muy ocupada.

Era cierto, pero tambi&#233;n que no me entusiasmaba su comida caribe&#241;a.

&#161;Ah, trabaja demasiado! Pero hoy tenemos un pescado magn&#237;fico, fresco; a&#250;n colea: gotea agua del oc&#233;ano. Cuando se lo coma, se sentir&#225; mejor. Y tengo una mesa estupenda para usted. La mejor de la casa. Sus amigos ya est&#225;n aqu&#237;. -&#191;Amigos? &#191;Qui&#233;n m&#225;s habr&#237;a venido?-. Acomp&#225;&#241;eme, por favor.

En el interior deb&#237;a de haber un centenar de personas sudorosas que com&#237;an bajo sombrillas de vivos colores. Segu&#237; a Antoine por el laberinto de mesas hasta un estrado que se levantaba en un extremo. La figura de Ryan se recortaba contra una ventana falsa cubierta con cortinas amarillas y lavanda recogidas para mostrar una puesta de sol pintada. Un ventilador que pend&#237;a del techo giraba lentamente sobre su cabeza mientras charlaba con un hombre con chaqueta deportiva de hilo. Aunque se hallaba de espaldas, reconoc&#237; el corte de cabello y las perfectas rayas.

&#161;Hola, Brennan! -me salud&#243; Ryan semiincorpor&#225;ndose en su asiento.

Al detectar mi expresi&#243;n entorn&#243; los ojos como si me advirtiera: Sea paciente.

&#161;Hola, Ryan!

De acuerdo, pero que &#233;l tambi&#233;n se controlase.

Claudel me salud&#243; con una inclinaci&#243;n, sin moverse de su asiento. Me instal&#233; junto a Ryan. Apareci&#243; la mujer de Antoine y, tras intercambiar cumplidos, los detectives encargaron cerveza y yo ped&#237; una cola.

Bien. &#191;Cu&#225;les son los progresos? -Nadie pod&#237;a tener m&#225;s aires de superioridad que Claudel.

&#191;Por qu&#233; no pedimos primero? -intervino Ryan pacificador.

Ryan y yo cambiamos impresiones sobre el tiempo y convinimos en que hac&#237;a calor. Cuando Janine regres&#243; le ped&#237; un plato especial de pescado; en cuanto a los detectives encargaron especialidades jamaicanas.

Comenzaba a sentirme extra&#241;a.

Bien. &#191;Qu&#233; ha descubierto? -dijo Ryan moderador.

El metro.

&#191;El metro?

Eso reduce la situaci&#243;n a cuatro millones de personas: dos si nos ce&#241;imos a los varones.

D&#233;jala hablar, Luc.

&#191;Qu&#233; sucede con el metro?

Francine Morisette-Champoux viv&#237;a a seis paradas de la estaci&#243;n de Berry-UQAM.

Ya llegamos a alguna parte.

Ryan le dirigi&#243; una mirada fulminante.

Y lo mismo sucede con Isabelle Gagnon y Margaret Adkins.

Hum.

Claudel no hizo comentario alguno.

Trottier est&#225; demasiado lejos.

S&#237;. Y Damas demasiado cerca.

El apartamento de Saint Jacques se halla a pocas manzanas de distancia.

Comimos un rato en silencio. El pescado estaba seco, las patatas fritas y el arroz, grasientos. Una combinaci&#243;n dif&#237;cil para que funcionara bien.

Acaso sea m&#225;s complicado que s&#243;lo eso.

&#191;S&#237;?

Francine Morisette-Champoux y su marido hab&#237;an puesto su casa en venta con la firma ReMax.

No hubo observaci&#243;n alguna.

Hab&#237;a un letrero ante el edificio de Margaret Adkins, asimismo de ReMax.

Aguardaron a que prosiguiera, pero no lo hice. Busqu&#233; en mi bolso, saqu&#233; las fotos de Gagnon y deposit&#233; una de ellas sobre la mesa. Claudel pinch&#243; un pescado frito con el tenedor.

Ryan cogi&#243; la foto, la examin&#243; y me mir&#243; inquisitivo. Le ofrec&#237; la lupa y le se&#241;al&#233; un objeto apenas visible situado en un extremo de la foto, que examin&#243; largo rato. Luego, sin decir nada, la tendi&#243;, as&#237; como la lupa, al otro lado de la mesa.

Claudel se enjug&#243; las manos, arrug&#243; la servilleta de papel y la arroj&#243; en su plato. Cogi&#243; la foto y repiti&#243; las acciones de Ryan. Al reconocer el objeto, apret&#243; las mand&#237;bulas y permaneci&#243; largo rato mir&#225;ndolo sin pronunciar palabra.

&#191;Vecino? -pregunt&#243; Ryan.

Parece ser.

&#191;ReMax?

Eso creo. Se distinguen la R y parte de la E. Podemos hacer ampliar la foto.

Ser&#237;a f&#225;cil seguir la trayectoria. La inscripci&#243;n s&#243;lo tiene cuatro meses de antig&#252;edad. &#161;Diablos, en este tipo de negocios probablemente a&#250;n est&#233; en vigor! -coment&#243; Ryan, que tomaba notas.

&#191;Y qu&#233; hay acerca de Damas?

No lo s&#233;.

Me abstuve de responder que no hab&#237;a querido molestar a la familia de la v&#237;ctima.

&#191;Y Trottier?

No. Habl&#233; con la madre de Chantale y me dijo que no pensaba vender, que nunca hab&#237;a ofrecido la propiedad.

Podr&#237;a tratarse del padre.

Nos volvimos hacia Claudel, que me miraba; en esta ocasi&#243;n no se hab&#237;a expresado con altivez.

&#191;C&#243;mo? -repuso Ryan.

Pasaba mucho tiempo con su padre. Tal vez &#233;l se propusiera vender. &#191;Lo confirmamos?

Lo comprobar&#233; -asinti&#243; Ryan sin dejar de tomar notas.

Ella iba all&#237; el d&#237;a que fue asesinada -dije.

Iba un par de d&#237;as por semana.

Claudel se mostraba paternalista, pero no despectivo: hac&#237;amos progresos.

&#191;D&#243;nde vive?

En Westmount. Un condominio multimillonario en Barat, cerca de Sherbrooke.

Trat&#233; de situarlo. Aquello deb&#237;a de encontrarse en los l&#237;mites del centro de la ciudad, no lejos de mi apartamento.

&#191;Por encima del Forum?

Eso mismo.

&#191;Cu&#225;l es la estaci&#243;n de metro m&#225;s pr&#243;xima?

Debe de ser Atwater. Se encuentra a un par de manzanas de all&#237;.

Ryan consult&#243; su reloj, procur&#243; atraer la atenci&#243;n de Janine y le hizo se&#241;as como si firmara en el aire. Pagamos, y Antoine nos obsequi&#243; con pu&#241;ados de caramelos.

En cuanto llegu&#233; a mi despacho saqu&#233; el mapa, localic&#233; la estaci&#243;n de Atwater y cont&#233; las paradas que hab&#237;a desde Berri-UQAM. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. En aquel momento son&#243; el tel&#233;fono y me apresur&#233; a responder a la llamada.





Cap&#237;tulo 28

El apartamento de Robert Trottier hab&#237;a sido puesto a la venta durante un a&#241;o y medio.

Debe de haberse demorado por causa del precio.

No lo s&#233;, Ryan. Nunca he estado all&#237;.

Yo lo he visto por televisi&#243;n.

&#191;Remax?

Royal LePage,

&#191;Anuncios?

As&#237; lo cree &#233;l. Estamos comprobando.

&#191;Letrero exterior?

S&#237;.

&#191;Y Damas? -me interes&#233;.

Ella, su marido y sus tres hijos viv&#237;an con los padres de &#233;l, que pose&#237;an la casa desde que se cre&#243; la tierra y en ella morir&#237;an. Medit&#233; unos instantes sobre el tema.

&#191;Qu&#233; hac&#237;a Grace Damas?

Criaba ni&#241;os, hac&#237;a tapetes de ganchillo para la iglesia, realizaba alg&#250;n trabajo a tiempo parcial. &#191;Est&#225; preparada para esto? En una ocasi&#243;n trabaj&#243; en una carnicer&#237;a.

Perfecto. &#191;Y el marido?

Limpio. Conduce un cami&#243;n. -Pausa-. Como anteriormente hac&#237;a su padre. Silencio.

&#191;Cree que esto significa algo? -pregunt&#233;.

&#191;El metro o los anuncios?

Ambos.

&#161;Diablos, Brennan, no lo s&#233;! -Nuevo silencio-. D&#233;me un escenario.

Hab&#237;a tratado de ingeniar algo.

Bien. Saint Jacques lee los anuncios de ofertas inmobiliarias, escoge una direcci&#243;n. Luego se aposta hasta que detecta a su v&#237;ctima. La sigue, aguarda su oportunidad y por fin provoca la emboscada.

&#191;Qu&#233; tiene que ver aqu&#237; el metro?

Medit&#233; unos momentos.

Es como un juego para &#233;l. Es el cazador y ella la presa. El escondrijo de Berger es su madriguera. La aborda con los anuncios por palabras, la sigue y luego se prepara para asesinarla. S&#243;lo utiliza algunas zonas de caza.

La salida de la sexta estaci&#243;n.

&#191;Tiene alguna idea mejor?

&#191;Por qu&#233; anuncios de fincas inmobiliarias?

&#191;Por qu&#233; no? Un objetivo vulnerable, una mujer sola en casa. Imagina que, si vende, la encontrar&#225; para mostrar la propiedad. Tal vez llama. El anuncio le facilitara el acceso.

&#191;Por qu&#233; seis estaciones?

No lo s&#233;. El tipo est&#225; loco.

Brillante, Brennan.

Debe de conocer la ciudad a la perfecci&#243;n.

Meditamos sobre ello.

&#191;Empleado del metro?

&#191;Taxista?

&#191;Servicio P&#250;blico?

&#191;Polic&#237;a? -dije.

Se produjo un intervalo de tenso silencio.

Brennan, no pue

No.

&#191;Qu&#233; me dice de Trottier y Damas? &#201;stas no encajan.

No.

Silencio.

Gagnon fue encontrada en el centro de la ciudad; Damas en Saint Lambert; Trottier en Saint Jerome. Si nuestro sujeto es una persona que se desplaza diariamente a su trabajo &#191;c&#243;mo hacer frente a esto?

No lo s&#233;, Ryan. Pero son tres de cada cinco, tanto en los anuncios como en las paradas de metro. F&#237;jese en Saint Jacques o quienquiera que sea esa rata. Tiene su madriguera precisamente en Berri-UQAM y coleccionaba anuncios por palabras. Esto merece alg&#250;n seguimiento.

S&#237;.

Podr&#237;amos comenzar con la colecci&#243;n que pose&#237;a Saint Jacques, ver qu&#233; hab&#237;a recogido.

S&#237;.

Se me ocurri&#243; otra idea.

&#191;Y qu&#233; tal acerca de esbozar su retrato? Ya contamos con suficientes datos para intentarlo.

Muy moderno.

Podr&#237;a ser &#250;til.

Interpret&#233; su pensamiento a trav&#233;s de la l&#237;nea telef&#243;nica.

Claudel no tiene por qu&#233; enterarse. Yo podr&#237;a fisgonear de modo no oficial, descubrir si vale la pena profundizar en ello. Contamos con los escenarios del crimen de Morisette-Champoux y Adkins, el modo en que se produjo la muerte y c&#243;mo se dispuso del cad&#225;ver en cuanto a las restantes. Creo que podr&#237;an funcionar con esto.

&#191;Se refiere a Quantico?

S&#237;.

Profiri&#243; un resoplido.

De acuerdo. Estar&#225;n tan saturados que no le devolver&#225;n la llamada hasta el siglo que viene.

Conozco a alguien all&#237;.

No me sorprende. -Suspir&#243;-. &#191;Por qu&#233; no? Pero s&#243;lo una consulta en ese sentido. No nos comprometa en absoluto. La solicitud debe proceder de Claudel o de m&#237;.

Al cabo de unos momentos marcaba el prefijo de Virginia y ped&#237;a por John Samuel Dobzhansky. Aguard&#233;. El se&#241;or Dobzhansky estaba ilocalizable. Dej&#233; un mensaje.

Intent&#233; hablar con Parker Bailey. Otra secretaria, otro mensaje.

Llam&#233; a Gabby para saber sus planes para la cena. Me respondi&#243; mi propia voz en el contestador. Lo intent&#233; con Katy. Nuevo mensaje. &#191;Acaso nadie se hallaba jam&#225;s en su lugar?

Dediqu&#233; el resto de la ma&#241;ana a la correspondencia y a revisar trabajos de los alumnos mientras aguardaba a que sonara el tel&#233;fono. Deseaba hablar con Dobzhansky y con Bailey. Parec&#237;a sonar un reloj en mi cabeza que me imped&#237;a concentrarme. Cuenta atr&#225;s. &#191;Cu&#225;nto tardar&#237;a en aparecer la pr&#243;xima v&#237;ctima? A las cinco renunci&#233; y me fui a casa.


El apartamento estaba en silencio. Ni rastro de Birdie ni de Gabby.

&#191;Gab? Tal vez estuviera durmiendo.

La puerta de la habitaci&#243;n de invitados segu&#237;a cerrada. Birdie dormitaba en mi lecho.

Sois tal para cual vosotros dos -dije mientras le acariciaba la cabeza-. Vamos. Es hora de que te limpie la lata.

El olor a suciedad era intenso.

Tengo demasiadas cosas en la cabeza, Bird. Lo siento.

No recib&#237; ninguna muestra de reconocimiento.

&#191;D&#243;nde est&#225; Gabby?

Me devolvi&#243; una mirada inexpresiva mientras se desperezaba.

Le cambi&#233; la arena. Birdie me lo agradeci&#243; utiliz&#225;ndola y vertiendo parte en el suelo.

Vamos, Bird, trata de no echarla fuera. Gabby no es una compa&#241;era de ba&#241;o muy limpia. Procura esmerarte t&#250;.

Contemplaba su revoltijo de lociones limpiadoras y cosm&#233;ticos.

Parece que lo ha recogido un poco.

Busqu&#233; una coca cola light y me puse unos pantalones cortos. &#191;Qu&#233; plan ten&#237;a para cenar? &#191;A qui&#233;n intentaba enga&#241;ar? Saldr&#237;a a la calle.

El contestador autom&#225;tico se encendi&#243;. Hab&#237;a un mensaje. Era yo misma que hab&#237;a llamado sobre la una. &#191;Acaso Gabby no lo hab&#237;a o&#237;do o no le hab&#237;a hecho caso? Tal vez hab&#237;a desconectado el tel&#233;fono, o quiz&#225;s estuviera enferma o no se encontrara en casa. Fui hasta su habitaci&#243;n.

&#191;Gab?

Llam&#233; con suavidad.

&#191;Gabby?

Insist&#237; con m&#225;s fuerza.

Abr&#237; la puerta y en el interior descubr&#237; el caos habitual que la acompa&#241;aba: joyas, papeles, libros y ropas por doquier. Un sujetador pend&#237;a del respaldo de una silla. Inspeccion&#233; el armario y me encontr&#233; zapatos y sandalias amontonados. Y, entre toda aquella confusi&#243;n, la cama estaba pulcramente hecha. Me choc&#243; tal incongruencia.

&#161;Hija de perra!

Birdie se desliz&#243; por mis piernas.

&#191;Estar&#237;a ella aqu&#237; anoche?

Me mir&#243;, salt&#243; a la cama, la rode&#243; por dos veces y se instal&#243;. Me dej&#233; caer a su lado, con el nudo familiar en la boca del est&#243;mago.

Ha vuelto a hacerlo, Bird.

El animal extendi&#243; su garra y se la lami&#243;.

Y ni siquiera una m&#237;sera nota.

Birdie se centr&#243; en los espacios interiores.

No quiero pensar en esto -conclu&#237;.

Me levant&#233; y fui a vaciar el lavavajillas.

Al cabo de diez minutos me hab&#237;a tranquilizado bastante para marcar su n&#250;mero. Como era de esperar no obtuve respuesta. Intent&#233; la universidad asimismo sin &#233;xito.

Fui a la cocina, abr&#237; el refrigerador y lo cerr&#233;. &#191;Cenar&#237;a? Volv&#237; a abrirlo y cog&#237; otra bebida. Pas&#233; al sal&#243;n, dej&#233; la nueva lata junto a la anterior, conect&#233; el televisor y pase&#233; por los canales hasta escoger una comedia de situaci&#243;n que no pensaba seguir. Mis pensamientos discurr&#237;an de los cr&#237;menes a Gabby, al cr&#225;neo hallado en el jard&#237;n y vuelta a empezar, incapaz de centrarme en nada. La cadencia del di&#225;logo y las risas grabadas facilitaban un sonido de fondo mientras mis pensamientos giraban en torno como part&#237;culas at&#243;micas.

Sent&#237;a ira hacia Gabby, estaba resentida por haber permitido que me utilizara. Me sent&#237;a dolida por causa de ella y sent&#237;a temores acerca de mi seguridad, temor de que apareciera una nueva v&#237;ctima y frustraci&#243;n por mi estado de indefensi&#243;n. Estaba emocionalmente herida, pero no pod&#237;a dejar de autoincreparme.

No soy consciente del tiempo que permanec&#237; en tal situaci&#243;n hasta que son&#243; el tel&#233;fono, que proyect&#243; una oleada de adrenalina por mi cuerpo.

&#161;Ser&#237;a Gabby!

&#161;Hola!

Con Tempe Brennan, por favor.

Era una voz masculina familiar, tanto como mi infancia en el Medio Oeste.

&#161;John! &#161;Dios, cu&#225;nto me alegra o&#237;rte!

John Samuel Dobzhansky, mi primer amor. Consejeros. Campamento de Northwoods. El idilio se prolong&#243; aquel verano y el siguiente y prosper&#243; hasta nuestro primer a&#241;o de universidad. Yo march&#233; al sur; J. S. al norte. Yo escog&#237; antropolog&#237;a y conoc&#237; a Pete. &#201;l estudi&#243; psicolog&#237;a, se cas&#243; y se divorci&#243; dos veces. A&#241;os despu&#233;s volvimos a entrar en contacto en la Academia. J. S. se especializ&#243; en homicidio sexual.

&#191;Conservas los sentimientos del campamento Northwoods? -pregunt&#243;.

En mi mente -repuse.

As&#237; conclu&#237;a la letra del himno del campamento. Nos echamos a re&#237;r.

No sab&#237;a si esperabas que te llamase a tu casa, pero al dejarme el n&#250;mero imagin&#233; que pod&#237;a intentarlo.

Me alegra que lo hayas hecho. Gracias. Deseo recurrir a tu cerebro acerca de la situaci&#243;n que se nos presenta aqu&#237;. &#191;Te parece bien?

&#191;Cu&#225;ndo dejar&#225;s de decepcionarme, Tempe? -se fingi&#243; herido.

Hab&#237;amos coincidido en las reuniones de la Academia y, al principio, estuvo latente entre nosotros la posibilidad de una aventura amorosa. &#191;Deb&#237;amos forzar los recuerdos de adolescentes? &#191;Segu&#237;a a&#250;n vigente la pasi&#243;n? La idea decrec&#237;a bilateralmente, aunque sin expresarla de modo t&#225;cito. Consideramos mejor dejar el pasado intacto.

&#191;Qu&#233; hay de aquel nuevo amor que me mencionaste el a&#241;o pasado?

Desaparecido.

Lo siento, John. Aqu&#237; tenemos unos asesinatos que creo que est&#225;n vinculados. Si te doy una visi&#243;n general del conjunto, &#191;podr&#225;s opinar si se trata de cr&#237;menes en serie?

Puedo opinar sobre cualquier cosa.

Era una de nuestras frases favoritas de anta&#241;o.

Le describ&#237; los escenarios de Adkins y Morisette-Champoux y subray&#233; lo que se hab&#237;a hecho a las v&#237;ctimas. Le expliqu&#233; c&#243;mo y cu&#225;ndo se hab&#237;an encontrado los restantes cad&#225;veres y c&#243;mo los hab&#237;an mutilado. Luego a&#241;ad&#237; mis teor&#237;as sobre el metro y los anuncios por palabras.

Tengo dificultades para convencer a la polic&#237;a de que estos casos se hallan relacionados. Ellos se obstinan en decir que no existe ninguna pauta. Hasta cierto punto, tienen raz&#243;n. Las v&#237;ctimas son todas diferentes: una muri&#243; de un disparo, y las otras no; viv&#237;an en distintos lugares. Nada parece tener conexi&#243;n.

Bien. Bien. Tranquil&#237;zate. Lo enfocas de un modo equivocado. En primer lugar la mayor parte de lo que dices tiene que ver con un modus operandi.

S&#237;.

Las similitudes del modus operandi pueden ser &#250;tiles, no me interpretes mal, pero son en extremo comunes las disparidades. Un asesino puede amordazar o atar a su v&#237;ctima con un cord&#243;n telef&#243;nico en una ocasi&#243;n y, la pr&#243;xima, ir provisto de una cuerda. Acaso apu&#241;ale o destripe a una persona y mate de un tiro o estrangule a la siguiente. Puede robar a unas, y a otras no. Te hablo de un tipo que utiliza diferente clase de armas cada vez. &#191;Me sigues?

S&#237;.

El modus operandi de un criminal nunca es est&#225;tico. Como todo lo dem&#225;s, siempre existe una curva de aprendizaje. Esos tipos mejoran con la pr&#225;ctica. Aprenden qu&#233; es lo que funciona y mejoran continuamente su t&#233;cnica. Algunos m&#225;s que otros, desde luego.

Muy consolador.

Asimismo existen m&#250;ltiples acontecimientos azarosos que pueden afectar los actos de un criminal, con independencia de sus planes mejor conformados. Suena un tel&#233;fono, aparece un vecino, se rompe una cuerda y tiene que improvisar.

Comprendo.

No lo interpretes err&#243;neamente. Las pautas del modus operandi son &#250;tiles, y las utilizamos, pero las variaciones no significan gran cosa.

&#191;Y qu&#233; es lo que utiliz&#225;is?

El ritual.

&#191;El ritual?

Algunos de mis colegas lo llaman la firma o tarjeta de visita, y s&#243;lo se descubre en algunos escenarios. La mayor&#237;a de los criminales desarrollan un modus operandi porque, cuando un plan funciona un par de veces, sienten crecer su confianza en &#233;l y creen que reduce su riesgo de ser descubiertos. Pero en los elementos violentos y repetitivos hay algo m&#225;s que funciona. Esa gente est&#225; impulsada por la ira. Su ira los induce a fantasear sobre violencia y, al final, ejecutan tales fantas&#237;as. Pero la violencia no basta. Implica rituales para expresar la ira. Esos rituales son los que por fin los descubren.

&#191;Qu&#233; clase de rituales?

Por lo general consisten en controlar, tal vez humillar a la v&#237;ctima. Ver&#225;s, la persona no es lo realmente importante. Su edad, su aspecto acaso sean irrelevantes. Lo importante es la necesidad de desencadenar la ira. Yo encontr&#233; a un tipo cuyas v&#237;ctimas oscilaban de siete a ochenta y un a&#241;os.

As&#237;, pues, &#191;qu&#233; buscar&#237;as?

&#191;C&#243;mo encuentra a su v&#237;ctima? &#191;La asalta? &#191;Utiliza un acercamiento verbal? &#191;C&#243;mo la controla una vez establecido el contacto? &#191;La asalta de modo sexual? &#191;Lo hace antes o despu&#233;s de asesinarla? &#191;La tortura? &#191;Mutila su cuerpo? &#191;Deja algo en el escenario? &#191;Se lleva algo?

&#191;Pero tales cosas no pueden verse asimismo afectadas por contingencias inesperadas?

Desde luego. Pero lo m&#225;s cr&#237;tico es si &#233;l hace tales cosas como parte de la representaci&#243;n de su fantas&#237;a, del ritual de disipaci&#243;n de su ira, o s&#243;lo como tapadera.

&#191;Qu&#233; crees, entonces? &#191;Lo que te he descrito tiene una firma?

&#191;Con car&#225;cter no oficial?

Desde luego.

Sin duda alguna.

&#191;De verdad?

Yo hab&#237;a comenzado a tomar notas.

Me apuesto la cabeza.

Tus rizos est&#225;n a salvo, John. &#191;Crees que se trata de un s&#225;dico sexual?

Percib&#237; un tintineo mientras &#233;l cambiaba el tel&#233;fono.

Los s&#225;dicos sexuales se excitan con el sufrimiento de sus v&#237;ctimas. No s&#243;lo desean matar: quieren que sufran. Y (esto es cr&#237;tico) ello los excita sexualmente.

&#191;Y?

Las pautas que me has expuesto en parte as&#237; lo afirman. La inserci&#243;n de objetos en la vagina o en el recto es algo muy frecuente en esos tipos. &#191;Estaban esas mujeres vivas cuando lo hizo?

Por lo menos una de ellas. Es dif&#237;cil determinarlo en las otras dos porque los cad&#225;veres se hallaban muy descompuestos.

Parece posible que se trate de sadismo sexual. Lo que realmente interesar&#237;a saber es si el asesino se excit&#243; con estas acciones.

No pod&#237;a responder a eso. No se hab&#237;a encontrado semen en ninguno de los cad&#225;veres. As&#237; se lo dije.

Es &#250;til, pero eso no descarta el sadismo sexual. Yo conoc&#237; a un tipo que se masturbaba en la mano de su v&#237;ctima y luego se la cortaba y la trituraba en una licuadora. En esos escenarios nunca se encontr&#243; semen.

&#191;C&#243;mo lo cazasteis?

En una ocasi&#243;n su punter&#237;a no fue tan buena.

Tres de esas mujeres fueron descuartizadas. Eso lo sabemos con certeza.

Lo que puede demostrar una pauta, pero no constituye prueba de sadismo sexual. A menos que se realizara antes de la muerte de la v&#237;ctima. Los asesinos en serie, sean o no s&#225;dicos sexuales, son muy astutos y planean ampliamente sus cr&#237;menes. La mutilaci&#243;n posm&#243;rtem no significa de modo necesario que exista un componente sexual ni s&#225;dico. Algunos lo hacen simplemente para deshacerse con m&#225;s facilidad del cad&#225;ver.

&#191;Y qu&#233; me dices de la mutilaci&#243;n? &#191;De las manos?

La misma respuesta. Es una pauta, una exageraci&#243;n, pero puede ser o no sexual. A veces s&#243;lo es un medio de dejar indefensa a la v&#237;ctima. Sin embargo advierto algunos indicadores. Dices que esas personas eran desconocidas para su asesino, que fueron golpeadas de manera brutal, que sufrieron inserci&#243;n de objetos, probablemente ante m&#243;rtem. Esa combinaci&#243;n es caracter&#237;stica.

Yo anotaba precipitadamente.

Comprueba si los objetos fueron llevados al escenario del crimen o si ya se encontraban all&#237;. Eso podr&#237;a formar parte de la firma del tipo: planear las cosas en lugar de mostrar una crueldad circunstancial.

Lo anot&#233; y contempl&#233; lo escrito con ojos encandilados.

Dime otras caracter&#237;sticas de sadismo sexual.

Un modus operandi establecido. Utilizar un pretexto para establecer contacto. La necesidad de dominar y humillar a la v&#237;ctima. Crueldad excesiva. Excitaci&#243;n sexual por el temor y el dolor de la mujer. Conservar recuerdos de ella. El

&#191;Qu&#233; has dicho &#250;ltimamente?

Escrib&#237;a tan deprisa que se me agarrotaba la mano.

Recuerdos.

&#191;Qu&#233; clase de recuerdos?

Elementos del escenario del crimen: retales de ropa de la v&#237;ctima, joyas, esas cosas.

&#191;Recortes de peri&#243;dicos?

A los s&#225;dicos sexuales les encanta que la prensa hable de ellos.

&#191;Suelen guardar constancias?

Mapas, diarios, calendarios, dibujos, lo que quieras. Algunos graban cintas. La fantas&#237;a no consiste s&#243;lo en matar. El asedio previo y la representaci&#243;n posterior acaso constituyan gran parte de la excitaci&#243;n.

Si son tan h&#225;biles para evitar que los descubran, &#191;por qu&#233; guardan todo ese material? &#191;No resulta arriesgado?

La mayor&#237;a se creen superiores a los polic&#237;as. Demasiados inteligentes para ser capturados.

&#191;Y qu&#233; me dices de las partes del cuerpo?

&#191;Partes del cuerpo?

&#191;Las guardan?

Una pausa.

No es habitual, pero s&#237; en ocasiones.

&#191;Qu&#233; piensas entonces de la idea del metro y de los anuncios por palabras?

Las fantas&#237;as que esos tipos desarrollan pueden ser incre&#237;blemente complicadas y muy espec&#237;ficas. Algunos necesitan localizaciones especiales, secuencias exactas de los hechos. Otros s&#225;dicos sexuales precisan respuestas espec&#237;ficas de las v&#237;ctimas, por lo que preparan el gui&#243;n completo y la obligan a decir determinadas cosas, a realizar ciertos actos y a vestir ciertas ropas. Pero esos comportamientos no son s&#243;lo t&#237;picos de los s&#225;dicos sexuales, Tempe. Caracterizan much&#237;simos des&#243;rdenes de personalidad. No hay que aferrarse a la vertiente s&#225;dico sexual. Debes procurar buscar la firma, esa tarjeta de visita que s&#243;lo dejar&#225; tu asesino. As&#237; es como lo acorralar&#225;s, pese a las clasificaciones que le den los psiquiatras. Utilizar el metro y el peri&#243;dico pueden figurar en las fantas&#237;as de ese tipo.

Bas&#225;ndote en lo que te he dicho, &#191;qu&#233; opinas, John?

Se produjo una larga pausa y a continuaci&#243;n un prolongado suspiro.

Creo que has tropezado con un individuo realmente repulsivo, Tempe, pose&#237;do de terrible furia y extrema violencia. Si se trata de ese tal Saint Jacques, me preocupa que utilizara la tarjeta de cr&#233;dito de su v&#237;ctima. O es incre&#237;blemente necio, y no parece ser el caso, o por las razones que sea se est&#225; descuidando. Tal vez sufriera una repentina necesidad econ&#243;mica o se vuelve m&#225;s audaz. El cr&#225;neo en tu jard&#237;n es como una bandera. Te enviaba un mensaje, tal vez una pulla. O es posible que a cierto nivel desee ser capturado. No me gusta lo que me has dicho de tu aparici&#243;n en escena. Y parece que as&#237; es: la foto, el cr&#225;neo. Bas&#225;ndome en lo que me has dicho, se dir&#237;a que te est&#225; zahiriendo.

Le habl&#233; de lo sucedido aquella noche en el monasterio y del coche que me hab&#237;a seguido.

&#161;Por Cristo, Tempe, si ese tipo se est&#225; centrando en ti, no juegues! &#161;Es peligroso!

Si era &#233;l quien se encontraba en los jardines del monasterio, &#191;por qu&#233; no me mat&#243; entonces, John?

Eso concuerda con lo que te dec&#237;a antes. Probablemente lo sorprendiste all&#237; y no estaba preparado para actuar tal como le gusta. No dominaba la situaci&#243;n. Tal vez no llevaba sus herramientas. Quiz&#225;s el hecho de que estuvieras inconsciente lo privaba de la excitaci&#243;n que obtiene al ver el terror de su v&#237;ctima.

No segu&#237;a su mort&#237;fero ritual.

Exactamente.

Charlamos un rato acerca de otros lugares, de antiguos amigos, de la &#233;poca anterior a que el crimen formara parte de nuestras vidas. Cuando colgamos eran m&#225;s de las ocho.

Me tend&#237;, estir&#233; brazos y piernas y me qued&#233; inerte. Durante alg&#250;n tiempo yac&#237; de tal modo, como una mu&#241;eca de trapo que recordara su pasado. Por fin se despert&#243; mi apetito. Fui a la cocina, calent&#233; una bandeja de lasa&#241;a congelada y me esforc&#233; por com&#233;rmela. Luego pas&#233; una hora reconstruyendo mis notas sobre lo que hab&#237;a dicho J. S. Record&#233; sus palabras de despedida.

Los intervalos se est&#225;n abreviando. S&#237;, lo sab&#237;a.

Est&#225; aumentando los riesgos. Tambi&#233;n era consciente de ello.

Tal vez ahora tenga sus miras puestas en ti.

A las diez me acost&#233;. Yac&#237; en la oscuridad mirando al techo, solitaria y autoconmiserativa. &#191;Por qu&#233; ten&#237;a que soportar la carga de aquellos cad&#225;veres femeninos? &#191;Me ten&#237;a alguien en la ret&#237;cula de su fantas&#237;a psic&#243;pata? &#191;Por qu&#233; nadie me tomaba en serio? &#191;Por qu&#233; envejec&#237;a y com&#237;a congelados frente a un televisor sin verlo? Cuando Birdie se ovill&#243; junto a mi rodilla, aquel peque&#241;o contacto desencaden&#243; las l&#225;grimas que hab&#237;a estado conteniendo desde que hab&#237;a hablado con J. S. Llor&#233; sobre la funda de la almohada que Pete y yo hab&#237;amos comprado en Charlotte. O, m&#225;s bien, que hab&#237;a comprado yo mientras &#233;l paseaba por el local con aire impaciente.

&#191;Por qu&#233; hab&#237;a fracasado mi matrimonio? &#191;Por qu&#233; dorm&#237;a sola? &#191;Por qu&#233; estaba Katy tan descontenta? &#191;Por qu&#233; mi mejor amiga hab&#237;a sido de nuevo desconsiderada conmigo? &#191;D&#243;nde se encontrar&#237;a? No, no quer&#237;a pensar en ello. Ignoro cu&#225;nto tiempo yac&#237; all&#237; sintiendo la vacuidad de mi vida, ansiando o&#237;r la llave de Gabby en la puerta.





Cap&#237;tulo 29

A la ma&#241;ana siguiente le entregu&#233; a Ryan un resumen de mi conversaci&#243;n con J. S. Transcurri&#243; una semana sin que nada sucediera.

Segu&#237;a haciendo calor. De d&#237;a trabajaba con huesos: restos encontrados en una fosa s&#233;ptica de Canc&#250;n que correspond&#237;an a un turista desaparecido hac&#237;a nueve a&#241;os; otros restos desenterrados de las basuras por unos perros correspondieron a una adolescente asesinada con un instrumento romo; un cad&#225;ver en una caja, con las manos cortadas y el rostro mutilado para hacerlo irreconocible, demostr&#243; tan s&#243;lo pertenecer a un var&#243;n blanco, cuyo esqueleto revelaba de unos treinta y cinco a cuarenta a&#241;os.

Por las noches visitaba el festival de jazz, deambulaba entre las pegajosas multitudes que atestaban Ste. Catherine y Jeanne Mance. O&#237; m&#250;sica peruana, una mezcla de instrumentos de viento de madera y lluvia en el bosque. Pase&#233; desde la Place des Arts al Complexe Desjardins disfrutando de sax&#243;fonos y guitarras y de las noches veraniegas. Dixieland, Fusion, R amp;B, Calypso. Me hab&#237;a propuesto no buscar a Gabby y me negu&#233; a preocuparme por las restantes mujeres mientras escuchaba m&#250;sica del Senegal, Cabo Verde, R&#237;o y Nueva York. Y durante alg&#250;n tiempo olvid&#233; a las cinco v&#237;ctimas.

Por fin, el jueves, recib&#237; una llamada de LaManche convoc&#225;ndome a una reuni&#243;n para el martes a la que me insisti&#243; que acudiera alegando que ser&#237;a muy importante.

Llegu&#233; sin saber qu&#233; me esperaba ni mucho menos a qui&#233;n iba a encontrarme. Junto a LaManche se encontraban Ryan, Bertrand, Claudel, Charbonneau y dos detectives de St. Lambert. Stefan Patineau, director del laboratorio, ocupaba un extremo de la mesa y a su derecha se hallaba un fiscal del tribunal superior.

Todos ellos se levantaron a la vez cuando entr&#233;, lo que aument&#243; considerablemente mi ansiedad. Estrech&#233; la mano de Patineau y del fiscal, y los dem&#225;s me saludaron con una inclinaci&#243;n de cabeza y aire inexpresivo. Trat&#233; de captar la mirada de Ryan, que desvi&#243; sus ojos de los m&#237;os. Cuando ocup&#233; el &#250;nico asiento libre ten&#237;a las palmas sudorosas y se me hab&#237;a formado el familiar nudo en el est&#243;mago. &#191;Se habr&#237;a organizado aquella reuni&#243;n para hablar sobre m&#237;? &#191;Para revisar las acusaciones formuladas contra m&#237; por Claudel?

Patineau entr&#243; en seguida en materia. Se estaba formando un destacamento de fuerzas. Se examinar&#237;a desde todas las perspectivas la posibilidad de que existiera un asesino en serie, se investigar&#237;an todos los casos sospechosos, se seguir&#237;an implacablemente todas las pistas y se detendr&#237;a e interrogar&#237;a a todos los delincuentes sexuales conocidos. Los seis detectives trabajar&#237;an a plena dedicaci&#243;n, coordinados por Ryan. Yo proseguir&#237;a con mi habitual estudio, pero colaborar&#237;a como miembro de derecho con el equipo. Hab&#237;an destinado espacio en una planta inferior al que se trasladar&#237;an todos los expedientes y materiales importantes. Se estaban examinando siete casos. El destacamento de fuerza celebrar&#237;a su primera reuni&#243;n aquella tarde. Mantendr&#237;amos informados al se&#241;or Gauvreau y al fiscal de cuantos progresos se realizaran.

Sencillamente eso: ya estaba hecho. Regres&#233; a mi despacho m&#225;s sorprendida que aliviada. &#191;Por qu&#233;? &#191;A qui&#233;n se deb&#237;a? Hab&#237;a estado defendiendo la teor&#237;a del asesino en serie durante casi un mes. &#191;Qu&#233; hab&#237;a sucedido para que de pronto le dieran cr&#233;dito? &#191;Siete casos? &#191;Cu&#225;les eran los otros dos? &#191;Para qu&#233; preguntar, Brennan? Ya te enterar&#225;s. Y as&#237; fue. A la una y media entraba en una gran sala de la primera planta. Cuatro mesas formaban una isla en el centro y en las paredes se alineaban pizarras informativas y tiza. Los detectives se amontonaban en el fondo de la sala como compradores en una feria comercial. En el panel que contemplaban aparec&#237;an los familiares mapas de Montreal y del metro, con alfileres de colores clavados. Hab&#237;a otros siete tableros, uno junto al otro, cada uno coronado por un nombre femenino y una foto. Cinco de ellas me resultaban muy familiares; las restantes, las desconoc&#237;a.

Claudel me obsequi&#243; con un moment&#225;neo contacto visual, los dem&#225;s me saludaron cordialmente. Cambiamos comentarios sobre el tiempo y nos acercamos a la mesa. Ryan distribuy&#243; unos blocs de un mont&#243;n que hab&#237;a en el centro y entr&#243; r&#225;pidamente en materia.

Todos saben por qu&#233; se encuentran aqu&#237; y asimismo c&#243;mo realizar su trabajo. S&#243;lo deseo puntualizar algunas cosas.

Mir&#243; a uno tras otro y se&#241;al&#243; un mont&#243;n de expedientes.

Deseo que todos ustedes estudien estos archivos, que los examinen cuidadosamente, que digieran cuanto contienen. Tenemos que procesar la informaci&#243;n, pero con lentitud. Por el momento trabajaremos seg&#250;n el sistema antiguo. Si descubren algo que consideran importante, lo que sea, cons&#237;gnenlo en el tablero de la v&#237;ctima correspondiente.

Se&#241;ales de asentimiento.

Todos disponemos de un impreso actualizado con la lista de pervertidos. Div&#237;danlos, local&#237;cenlos y ent&#233;rense d&#243;nde han ido de juerga.

Por lo general en calzoncillos -dijo Charbonneau.

Acaso alguno de ellos se pasara de la raya y los perdiera.

Ryan nos mir&#243; a uno tras otro.

Es absolutamente imprescindible trabajar en equipo, sin individualismos ni hero&#237;smos. Hay que hablar, compartir informaci&#243;n, provocar ideas mutuas. As&#237; agarraremos a ese canalla.

Si se trata de uno solo -intervino Claudel.

De no ser as&#237;, limpiaremos la casa y agarraremos a muchos canallas, Luc. No se perder&#225; nada.

Claudel frunci&#243; las comisuras de la boca y dibuj&#243; una serie de cortas y r&#225;pidas l&#237;neas en su cuaderno.

Es asimismo importante preocuparse por la seguridad -prosigui&#243; Ryan-. Que no haya filtraciones.

&#191;Informar&#225; Patineau de nuestro peque&#241;o grupo? -se interes&#243; Charbonneau.

No. En cierto sentido trabajamos de modo clandestino.

Si la gente se entera de que existe un asesino en serie, correr&#225; la alarma. Me sorprende que no haya sido ya as&#237; -dijo Charbonneau.

Al parecer la prensa a&#250;n no ha establecido relaci&#243;n alguna. No me pregunten la raz&#243;n. Patineau desea mantenerlo de este modo por el momento. Acaso cambie de idea.

La prensa tiene la memoria de un mosquito -acat&#243; Bertrand.

No, su problema es el coeficiente de inteligencia.

Nunca han alcanzado ese l&#237;mite.

De acuerdo, de acuerdo, veamos. Esto es lo que tenemos.

Ryan resumi&#243; cada caso. Yo escuch&#233; en silencio c&#243;mo mis ideas, incluso mis palabras, resonaban en el aire y se anotaban en los blocs. Cierto que algunos conceptos tambi&#233;n pertenec&#237;an a Dobzhansky, pero hab&#237;an sido transmitidos por m&#237;.

Mutilaci&#243;n, penetraci&#243;n genital, anuncios de fincas inmobiliarias, paradas de metro. Alguien hab&#237;a escuchado, es m&#225;s, alguien hab&#237;a comprobado. La carnicer&#237;a donde Grace Damas hab&#237;a trabajado en una ocasi&#243;n se hallaba a una manzana de distancia de St. Laurent, cerca del apartamento de Saint Jacques, cerca del metro de Berri-UQAM. Todo coincid&#237;a. Aquello representaba cuatro de las cinco. Era lo que hab&#237;a inclinado la balanza. Aquello y J. S.

A continuaci&#243;n de nuestra charla, Ryan hab&#237;a convencido a Patineau para que cursara una solicitud formal a Quantico, y J. S. hab&#237;a accedido a conceder alta prioridad a los casos de Montreal.

Una lluvia de faxes le hab&#237;a facilitado cuanto precisaba, y a los tres d&#237;as Patineau ten&#237;a un perfil. Aquello hab&#237;a sido definitivo. Patineau hab&#237;a decidido moverse. Voil&#225;! Destacamento de fuerzas.

Me sent&#237; aliviada, pero tambi&#233;n desairada. Hab&#237;an asumido mi trabajo y me hab&#237;an explotado. Cuando me dirig&#237;a a aquella reuni&#243;n tem&#237;a enfrentarme a la censura personal, no esperaba un t&#225;cito reconocimiento de la labor bien hecha. Sin embargo afirm&#233; la voz para disimular mi enojo.

As&#237;, pues &#191;qu&#233; nos recomienda Quantico que busquemos?

Ryan extrajo un legajo delgado del mont&#243;n, lo abri&#243; y ley&#243; en voz alta:

Var&#243;n blanco, franc&#243;fono, probablemente no haya superado el nivel de secundaria y cuente con historial de DS

C'est quoi &#231;a? -inquiri&#243; Bertrand.

Delincuencia sexual: voyeurismo, llamadas telef&#243;nicas obscenas, exhibicionismo

Las habituales lindezas -coment&#243; Claudel.

Como el hombre del maniqu&#237; -dijo Bertrand.

Claudel y Charbonneau resoplaron.

&#161;Mierda! -dijo Claudel.

Has mencionado a mi h&#233;roe -coment&#243; Charbonneau.

&#191;Qu&#233; diablos significa el hombre del maniqu&#237;?

El que hablaba era Ketterling, de St. Lambert.

Un gusano que registra los apartamentos, hace un relleno con el camis&#243;n del ama de casa y luego lo acuchilla. Ese canalla representa su papel desde hace unos cinco a&#241;os.

Ryan prosigui&#243; escogiendo frases del informe.

Planeador cuidadoso. Probablemente se vale de tretas para abordar a la v&#237;ctima. Es posible que intente el truco de la agencia inmobiliaria. Tambi&#233;n es posible que est&#233; casado

Pourquoi? -se sorprendi&#243; Rousseau, de St. Lambert.

Por el escondrijo. No pod&#237;a llevar a las v&#237;ctimas a casa por causa de la esposa.

O de la madre -intervino Claudel.

El hombre se centr&#243; de nuevo en el informe.

Es probable que escoja y prepare previamente localizaciones aisladas.

&#191;Como el s&#243;tano? -interrog&#243; Ketterling, de St. Lambert.

&#161;Diablos, Gilbert pulveriz&#243; todo aquel antro con Luminol! Si hubiese habido una gota de sangre, se hubiera iluminado como el Pa&#237;s del M&#225;s All&#225; -exclam&#243; Charbonneau.

El informe prosegu&#237;a: El exceso de violencia y crueldad sugieren extrema ira. Posible b&#250;squeda de venganza. Posibles fantas&#237;as s&#225;dicas que implican dominio, humillaci&#243;n y dolor. Posible influencia religiosa.

Pourquoi &#231;a? -se asombr&#243; Rousseau.

La estatua, los lugares donde enterr&#243; los cuerpos. Trottier se encontraba en un seminario, al igual que Damas.

Permanecimos en silencio unos momentos. El reloj de pared resonaba quedamente. En el pasillo se distingui&#243; un taconeo femenino que se aproximaba y luego retroced&#237;a. Claudel segu&#237;a trazando tensas y breves l&#237;neas con su bol&#237;grafo.

Beaucoup de posibles y probables -dijo.

Me irritaba la continua resistencia de Claudel a la teor&#237;a de un solo asesino.

Tambi&#233;n es posible y probable que en breve nos encontremos con otro asesinato -repliqu&#233;.

El polic&#237;a revisti&#243; su rostro con su habitual m&#225;scara de dureza que descarg&#243; en su bloc de notas. Las l&#237;neas de sus mejillas se tensaron, pero no dijo palabra.

El reloj segu&#237;a sonando.

&#191;Ha hecho alguna previsi&#243;n a largo plazo el doctor Dobzhansky? -pregunt&#233; m&#225;s tranquila.

A corto plazo -repuso Ryan sombr&#237;o mientras retomaba el perfil-. Sugiere indicaciones de p&#233;rdida de control, creciente audacia y acortamiento de los intervalos.

Cerr&#243; el legajo y lo tir&#243; hacia el centro de la mesa.

Volver&#225; a matar.

Nuevo silencio.

Por fin Ryan consult&#243; su reloj, lo que todos imitamos, como robots de una producci&#243;n en cadena.

Bien, examinemos esos archivos. A&#241;adamos todo cuanto creamos que a&#250;n no figura en ellos. Luc, Michel: Gautier era un caso del CUM por lo que acaso tengan m&#225;s informaci&#243;n sobre ello.

Se&#241;ales de asentimiento de Charbonneau y Claudel.

Pitre recay&#243; en la SQ. Yo la comprobar&#233; de nuevo. Los restantes son m&#225;s recientes, deben de estar muy completos.

Puesto que me hallaba muy familiarizada con los cinco casos recientes, comenc&#233; con Pitre y Gautier. Los archivos se hab&#237;an creado en los a&#241;os 88 y 89 respectivamente.

El cad&#225;ver semidesnudo y muy descompuesto de Constance Pitre fue descubierto en una casa abandonada de Khanawake, una reserva india r&#237;o arriba de Montreal. A Marie Claude Gautier la encontraron tras el metro de Vend&#243;me, una estaci&#243;n de transbordo con los trenes de los suburbios de la parte oeste. Ambas hab&#237;an sido brutalmente golpeadas y degolladas. Gautier ten&#237;a veintiocho a&#241;os; Pitre, treinta y dos. Las dos eran solteras y viv&#237;an solas. Se hab&#237;a interrogado a los sospechosos habituales y se hab&#237;an seguido las pistas existentes, que en ambos casos concluyeron en punto muerto.

Pas&#233; tres horas examinando los archivos que, comparados con los que hab&#237;a revisado durante las &#250;ltimas seis semanas, eran relativamente escasos. Las dos hab&#237;an sido prostitutas. &#191;Era aqu&#233;lla la raz&#243;n de que las investigaciones fueran tan limitadas? &#191;Explotadas en vida y desde&#241;adas en la muerte? &#161;Adi&#243;s y viento fresco! Me negu&#233; a profundizar en ello.

Mir&#233; las fotos de las v&#237;ctimas. Sus rostros eran distintos pero a la vez inquietantemente similares: la extraordinaria palidez, el exagerado maquillaje, la mirada fr&#237;a e indiferente. Sus expresiones me recordaron la noche pasada en el Main, cuando contemplaba la actividad callejera desde un asiento de primera fila con resignaci&#243;n y desesperaci&#243;n. All&#237; las hab&#237;a visto vivir; aqu&#237; aparec&#237;an en instant&#225;neas.

Extend&#237; las fotos del escenario del crimen sabiendo de antemano la historia que expresar&#237;an. Pitre: el patio, el lecho, el cad&#225;ver. Gautier: la estaci&#243;n, los matorrales, el cuerpo. A Pitre le hab&#237;an cercenado casi por completo la cabeza; a Gautier tambi&#233;n le hab&#237;an cortado la garganta, y el ojo derecho hab&#237;a sido apu&#241;alado y convertido en una masa pulposa. El extremo salvajismo de los ataques hab&#237;a impulsado a incluirlas en nuestra investigaci&#243;n.

Le&#237; la autopsia y los informes policiales y de toxicolog&#237;a, y analic&#233; minuciosamente cada entrevista del resumen del investigador. Extraje todos los detalles de las idas y venidas de las v&#237;ctimas, todos los pormenores de sus vidas y sus muertes, y los traslad&#233; a una sencilla hoja de c&#225;lculo electr&#243;nico. No era gran cosa.

O&#237;a c&#243;mo los dem&#225;s se mov&#237;an alrededor de m&#237;, arrastraban sus sillas y bromeaban, pero no les prestaba atenci&#243;n. Cuando por fin cerr&#233; los archivos eran m&#225;s de las cinco. S&#243;lo quedaba Ryan. Al levantar la mirada descubr&#237; que me estaba observando.

&#191;Quiere ir a ver a los Gitanos?

&#191;C&#243;mo?

Tengo entendido que le gusta el jazz.

S&#237;, pero el festival ha terminado, Ryan.

&#191;Qui&#233;n se lo hab&#237;a dicho? &#191;C&#243;mo lo sab&#237;a? &#191;Era aqu&#233;lla una invitaci&#243;n social?

Cierto. Mas la ciudad sigue en marcha. Los Gitanos act&#250;an en el antiguo puerto. Es un grupo estupendo.

No lo creo, Ryan.

S&#237; lo cre&#237;a: hab&#237;a pensado en ello. Por eso me negaba. En aquellos momentos no. No hasta que la investigaci&#243;n hubiera concluido y hubieran cazado a aquel animal.

De acuerdo. -Me mir&#243; con sus electrizantes ojos-. Pero tiene que comer.

Aquello era cierto. Otra cena sola y a base de congelados sin duda era poco atractiva. No, ni siquiera dar&#237;a a Claudel la apariencia de algo impropio.

Probablemente no es una

Mientras damos cuenta de una pizza podr&#237;amos cambiar impresiones sobre lo que opina sobre este asunto.

Una reuni&#243;n de negocios.

Certainement.

De nuevo percib&#237; el sonido del reloj.

&#191;Deseaba yo comentar los casos? Desde luego. Hab&#237;a algo en aquellas dos v&#237;ctimas a&#241;adidas que no me parec&#237;a aut&#233;ntico. A&#250;n m&#225;s, sent&#237;a curiosidad acerca del destacamento de fuerzas. Ryan nos hab&#237;a dado la versi&#243;n oficial, &#191;cu&#225;l ser&#237;a la din&#225;mica real? &#191;D&#243;nde estar&#237;an los hilos de la mara&#241;a que yo deber&#237;a conocer o evitar?

De nuevo el zumbido del reloj.

&#191;Lo pensar&#237;an los dem&#225;s dos veces? Desde luego que no.

De acuerdo, Ryan. &#191;Adonde quiere ir?

Un encogimiento de hombros.

&#191;Qu&#233; tal Angelas? -sugiri&#243;.

Estaba cerca de mi apartamento. Record&#233; la llamada a las cuatro de la ma&#241;ana efectuada el mes anterior, el amigo que me hab&#237;a acompa&#241;ado. Est&#225;s paranoica, Brennan. Ese hombre quiere una pizza. Sabe que puedes aparcar en tu casa.

&#191;A usted le queda c&#243;modo?

S&#237;, est&#225; de camino.

&#191;Hacia adonde? No quise preguntar.

Estupendo. Nos encontraremos dentro de -Consult&#233; el reloj-. &#191;Treinta minutos?


Me detuve en casa, di de comer a Birdie y me abstuve de mirarme en el espejo. No me pein&#233; ni me compuse el maquillaje: era cuesti&#243;n de negocios.

A las seis y cuarto Ryan se tomaba una cerveza fresca y yo una coca cola mientras aguard&#225;bamos una pizza suprema, sin queso de cabra en la porci&#243;n de Ryan.

Comete un error.

No me gusta.

Qu&#233; inflexible.

De acuerdo conmigo mismo.

Charlamos un rato de minucias y luego cambiamos de tema.

H&#225;bleme de esos otros casos. &#191;Por qu&#233; Pitre y Gautier?

Patineau me hizo buscar todos los homicidios sin resolver de la SQ que se ajustaran a determinado perfil, remont&#225;ndonos hasta el 85. B&#225;sicamente, seg&#250;n las pautas en que usted ha estado trabajando. Mujeres, mutilaciones, muertes aparatosas. Claudel ha investigado los casos del CUM. En cuanto a la polic&#237;a local, le pedimos que hiciera lo mismo. Hasta el momento han aparecido estas dos.

&#191;S&#243;lo en la provincia?

No exactamente.

Guardamos silencio cuando lleg&#243; la camarera y sirvi&#243; la pizza. Ryan encarg&#243; otra cerveza, algo que yo rehus&#233; con cierto resentimiento. Es culpa tuya, Brennan.

No piense en tocar mi parte.

No me gusta. -Apur&#243; su copa-. &#191;Sabe lo que pasa con las cabras?

Lo sab&#237;a, pero procur&#233; no pensar en ello.

&#191;Qu&#233; quiere decir con no exactamente?

En principio Patineau pidi&#243; que buscara en Montreal y sus alrededores. Cuando lleg&#243; el perfil de Quantico, envi&#243; a la Polic&#237;a Montada una descripci&#243;n de los componentes seg&#250;n nuestro material y el de ellos, para que comprobaran si ten&#237;an casos similares en sus archivos.

&#191;Y?

Negativo. Al parecer se trata de un individuo local.

Comimos un rato en silencio.

&#191;Cu&#225;l es su opini&#243;n? -inquiri&#243; finalmente.

Me tom&#233; alg&#250;n tiempo para responder.

S&#243;lo he pasado tres horas con los nuevos archivos, pero en cierto modo no me parecen similares.

&#191;Porque se trata de prostitutas?

S&#237;, pero hay algo m&#225;s. Las muertes han sido violentas, no cabe duda de ello, pero son asimismo demasiado

Durante toda la tarde hab&#237;a tratado in&#250;tilmente de expresar aquella sensaci&#243;n en una palabra. Dej&#233; caer un pedazo de pizza en mi plato y observ&#233; c&#243;mo rezumaba el tomate y la alcachofa de la empapada masa.

 desorden.

&#191;Desorden?

S&#237;, desorden.

&#161;Cielos, Brennan!, &#191;qu&#233; esperaba? &#191;Vio el apartamento de Adkins o de Morisette-Champoux? Parec&#237;an el &#193;rbol Herido.

Rodilla.

&#191;C&#243;mo?

Rodilla: era Rodilla Herida.

&#191;Se refiere a los indios?

Asent&#237;.

No me refiero a la sangre. Los escenarios de Pitre y Gautier parec&#237;an como -De nuevo trat&#233; de encontrar la palabra adecuada-. Desorganizados, improvisados. Con las restantes se tiene la sensaci&#243;n de que ese tipo sab&#237;a muy bien lo que estaba haciendo. Entr&#243; en sus casas previamente armado y se llev&#243; su arma consigo. En los restantes escenarios nunca se encontr&#243;, &#191;no es cierto?

Asinti&#243;.

En cambio, recuperaron el cuchillo de Gautier.

Sin huellas. Lo que podr&#237;a sugerir planeamiento.

Era invierno. Es probable que el tipo llevase guantes.

Hice girar mi bebida.

Los cad&#225;veres estaban como si acabaran de dejarlos, como si se hubieran dejado precipitadamente. Gautier se hallaba de bruces; Pitre yac&#237;a de costado con las ropas desgarradas y las bragas en los tobillos. Eche otra mirada a las fotos de Morisette-Champoux y Adkins. Los cad&#225;veres est&#225;n bien colocados; ambos yacen de espaldas, con las piernas extendidas y los brazos bien puestos. Parecen mu&#241;ecas o bailarinas. &#161;Por Cristo! Se dir&#237;a que Adkins ha sido sacrificada cuando realizaba una pirueta. Sus ropas no est&#225;n destrozadas sino pulcramente abiertas. Es como si el asesino deseara exhibir lo que les ha hecho.

Ryan no respondi&#243;. La camarera apareci&#243; de nuevo para asegurarse de que hab&#237;amos comido a gusto y preguntarnos si dese&#225;bamos algo m&#225;s. Nos limitamos a pedir la cuenta.

Estos dos casos me producen una sensaci&#243;n distinta. Aunque podr&#237;a estar equivocada.

Eso se supone que debemos imaginar.

Ryan cogi&#243; la nota y levant&#243; la mano en un adem&#225;n tajante.

En esta ocasi&#243;n me toca a m&#237;. La pr&#243;xima vez invitar&#225; usted.

E interrumpi&#243; mi naciente protesta acercando un dedo a mi labio superior. Lentamente pas&#243; el &#237;ndice por la comisura de mi boca y luego lo exhibi&#243;.

Cabra -dijo.

Me sent&#237; enrojecer hasta las orejas.


Al llegar a casa la encontr&#233; vac&#237;a, algo que no me sorprendi&#243;. Pero comenzaba a sentirme inquieta por Gabby y confiaba en que diera se&#241;ales de vida, sobre todo para poder enviarle su equipaje.

Me tend&#237; en el sof&#225; y conect&#233; los juegos de la Expo. Mart&#237;nez acababa de dar un cabezazo al bateador. El locutor se volv&#237;a loco.

Estuve viendo la competici&#243;n hasta que la voz del locutor se disip&#243; en un murmullo y se impuso mi confusi&#243;n mental. &#191;C&#243;mo encajaban all&#237; Pitre y Gautier? &#191;Qu&#233; significaba Khanawake? Pitre era una mohawk; todas las dem&#225;s hab&#237;an sido blancas. Hac&#237;a cuatro a&#241;os los indios se hab&#237;an atrincherado en el puente Mercier y hecho la vida imposible a quienes se dirig&#237;an a sus trabajos. Los sentimientos entre la reserva y sus vecinos segu&#237;an siendo muy poco cordiales. &#191;Tendr&#237;a que ver con aquello?

Gautier y Pitre eran prostitutas. Pitre hab&#237;a sido pillada varias veces por la polic&#237;a, pero ninguna de las restantes v&#237;ctimas ten&#237;a antecedentes policiales. &#191;Significar&#237;a algo aquello? Si aquellas mujeres hab&#237;an sido escogidas al azar, &#191;era de extra&#241;ar que dos de las siete fuesen prostitutas?

&#191;Los escenarios del crimen de Morisette-Champoux y Adkins mostraban realmente premeditaci&#243;n? &#191;Imaginaba yo la puesta en escena o era accidental?

&#191;Y qu&#233; hab&#237;a acerca de una perspectiva religiosa? Aquello no lo hab&#237;a explorado realmente. De ser as&#237;, &#191;qu&#233; significaba?

Por fin me sum&#237; en un inc&#243;modo sue&#241;o. Estaba en el Main y Gabby me hac&#237;a se&#241;as desde la ventana del piso superior de un hotel ruinoso. Aunque la habitaci&#243;n en que se encontraba estaba escasamente iluminada, distingu&#237; unas figuras que se mov&#237;an en el fondo. Intent&#233; cruzar la calle para reunirme con ella, pero unas mujeres que se encontraban ante el hotel me lanzaron piedras con aire enfurecido. Apareci&#243; un rostro tras Gabby, iluminado por la espalda: se trataba de Constance Pitre, que trataba de ponerle algo por la cabeza, un vestido o una especie de bata. Gabby se resist&#237;a, y sus ademanes se volv&#237;an cada vez m&#225;s fren&#233;ticos.

Una piedra me acert&#243; en el vientre y me devolvi&#243; bruscamente a la realidad. Birdie estaba en mi est&#243;mago con el rabo en posici&#243;n de descanso y la mirada fija en mi rostro.

Gracias.

Me lo quit&#233; de encima y me sent&#233;.

&#191;Qu&#233; diablos significaba eso, Bird?

Mis sue&#241;os no son en modo alguno intrascendentes. Mi subconsciente asume experiencias recientes, que suele devolverme en forma de acertijos. A veces me siento como Arturo, frustrada con las cr&#237;pticas respuestas de Merlin. &#161;Dime! &#161;Piensa, Arturo, piensa!

El lanzamiento de piedra; evidente: el cabezazo de Mart&#237;nez. Gabby; evidente: no dejo de pensar en ella. El Main, las prostitutas, Pitre. Pitre que trata de vestir a Gabby. Gabby me hace se&#241;as pidiendo ayuda. Comenzaba a sentir un hormigueo de temor.

Prostitutas. Pitre y Gautier eran prostitutas y ambas estaban muertas. Gabby trabajaba con prostitutas, se ve&#237;a acosada y hab&#237;a desaparecido. &#191;Existir&#237;a alguna relaci&#243;n? &#191;Se encontrar&#237;a en dificultades?

No. Ella te ha utilizado, Brennan. Suele hacerlo y t&#250; siempre caes en ello.

Mi temor no se extingu&#237;a.

&#191;Y qu&#233; hab&#237;a del tipo que la persegu&#237;a? Parec&#237;a realmente asustada.

Se ha largado sin dejar una nota. Gracias, tengo que irme. Nada.

&#191;Acaso no es demasiado, incluso trat&#225;ndose de Gabby? El temor se intensificaba.

De acuerdo, doctora Macaulay, descubr&#225;moslo.

Fui a la habitaci&#243;n de invitados y mir&#233; en torno. &#191;Por d&#243;nde comenzar? Ya hab&#237;a recogido sus pertenencias y las hab&#237;a amontonado en el fondo del armario. Odiaba tener que revisarlas.

Examinar la basura parec&#237;a menos entrometido. Vaci&#233; el contenido de la papelera en el escritorio: pa&#241;uelos de papel, envoltorios de caramelos, papel de plata, un comprobante de compra de Limit&#233;, un recibo del cajero autom&#225;tico, tres bolas de papel arrugado.

Alis&#233; una de ellas, de color amarillo. Con la letra de Gabby se le&#237;a:

Lo siento. No puedo enfrentarme a esto. Nunca me perdonar&#233; si

Se interrump&#237;a. &#191;Me estar&#237;a destinado aquel escrito? Abr&#237; la siguiente, tambi&#233;n amarilla:

No quiero sucumbir a este acoso. Eres tan irritante que deber&#237;a

De nuevo renunciaba. O la hab&#237;an interrumpido. &#191;Qu&#233; trataba de decir? &#191;A qui&#233;n?

La &#250;ltima bola de papel era blanca y de mayor tama&#241;o. Cuando la extend&#237;, el miedo me invadi&#243; como un caballo desbocado, evaporando toda clase de pensamientos desagradables que hab&#237;a estado alimentando. Alis&#233; el papel con manos temblorosas y lo examin&#233;.

Aparec&#237;a un dibujo a l&#225;piz, una figura central claramente femenina con los senos y los genitales minuciosamente detallados. El torso, brazos y piernas, estaban abocetados con torpeza y el rostro era un &#243;valo de rasgos indefinidos. La mujer ten&#237;a el vientre abierto y sus &#243;rganos internos surg&#237;an del interior rodeando la figura central. En el &#225;ngulo inferior izquierdo, en una letra desconocida se le&#237;a:

Todos los movimientos que haces, todos los pasos que das. No me cortar&#225;s.





Cap&#237;tulo 30

Me qued&#233; helada de la cabeza a los pies. &#161;Oh, Dios, Gabby! &#191;En qu&#233; l&#237;o te has metido? &#191;D&#243;nde te encuentras? Contempl&#233; el desorden que me rodeaba. &#191;Era el caos normal de Gabby o la consecuencia de una huida por causa del p&#225;nico?

Rele&#237; las notas inconclusas. &#191;A qui&#233;n estar&#237;an dirigidas? &#191;A m&#237; o a su perseguidor? Nunca podr&#237;a perdonarse &#191;qu&#233;? &#191;Qui&#233;n ser&#237;a tan irritante? Observ&#233; el dibujo y de nuevo experiment&#233; la misma sensaci&#243;n que ante la radiograf&#237;a de Margaret Adkins. Premonici&#243;n. &#161;No, que no le sucediera nada a Gabby!

&#161;Tranquil&#237;zate, Brennan! &#161;Piensa!

El tel&#233;fono. Llam&#233; a casa de Gabby y a su despacho. En ambos lugares me respondi&#243; el contestador autom&#225;tico. &#161;Bendita sea la era electr&#243;nica!

Piensa.

&#191;D&#243;nde viv&#237;an sus padres? &#191;En Trois-Rivi&#233;res 411? S&#243;lo figuraba un Macaulay, un tal Neal. Me respondi&#243; la voz de una anciana que se expresaba en franc&#233;s. Me alegra tener noticias tuyas despu&#233;s de tanto tiempo. &#191;C&#243;mo est&#225;s? No, no hab&#237;an hablado con Gabriella desde hac&#237;a varias semanas. No, no era ins&#243;lito. &#161;Los j&#243;venes est&#225;n tan ocupados! &#191;Sucede algo malo? Los tranquilizo y les prometo visitarlos en breve.

&#191;Y ahora qu&#233;? No conoc&#237;a a ninguno de los actuales amigos de Gabby.

&#191;Aviso a Ryan?

No, no es tu guardi&#225;n. Y, de todos modos, &#191;qu&#233; le dir&#237;as?

Tranquil&#237;zate. Piensa. Me procur&#233; una coca cola. &#191;Reaccionaba exageradamente? Volv&#237; al cuarto de invitados y examin&#233; de nuevo el dibujo. &#191;Exageradamente? &#161;Diablos, todo lo contrario! Busqu&#233; un n&#250;mero y llam&#233; por tel&#233;fono.

&#191;D&#237;game?

&#161;Hola, John! Soy Tempe.

Me esforzaba porque mi voz sonara serena.

&#161;Dios! Dos llamadas en una semana. Recon&#243;celo: no puedes vivir sin m&#237;.

Hace m&#225;s de una semana.

Todo lo que no sea un mes lo interpreto como una atracci&#243;n irresistible. &#191;Qu&#233; sucede?

John, yo

Advirti&#243; mi voz temblorosa y cambi&#243; de talante, sustituyendo el desenfado por aut&#233;ntica preocupaci&#243;n.

&#191;Sucede algo, Tempe? &#191;De qu&#233; se trata?

Son esos casos de que te habl&#233; la semana pasada.

&#191;Qu&#233; ha ocurrido? Hice inmediatamente el perfil del tipo. Conf&#237;o en que comprendan que ha sido por influencia tuya. &#191;Han recibido mi informe?

S&#237;. En realidad, t&#250; has logrado que se decidan. Han formado una brigada de fuerzas. Esa parte funciona ya perfectamente.

No sab&#237;a a ciencia cierta c&#243;mo abordar el tema de mi preocupaci&#243;n por Gabby; no deseaba abusar de nuestra amistad.

&#191;Podr&#237;a formularte m&#225;s preguntas? Se trata de algo que me preocupa y que en realidad no s&#233;

&#161;Ni que decir tiene, Brennan! &#161;Su&#233;ltalo de una vez!

&#191;Por d&#243;nde comenzar? Deber&#237;a haber preparado una lista. Mi cabeza estaba como la habitaci&#243;n de Gabby, con pensamientos e im&#225;genes confusamente diseminadas.

Se trata de otra cosa.

S&#237;, ya me lo has dicho.

Supongo que estoy interesada por lo que vosotros llam&#225;is delincuentes sexuales.

De acuerdo.

&#191;Comprender&#237;a ello seguir a alguien y llamarlo pero no hacer nada abiertamente amenazador?

Desde luego.

Comenzar&#237;a por el dibujo.

La &#250;ltima vez me dijiste que los delincuentes sexuales suelen conservar recuerdos como casetes y dibujos.

As&#237; es.

&#191;Los hacen los delincuentes sexuales?

&#191;Hacer qu&#233;?

Dibujos y otras cosas.

Podr&#237;an hacerlos.

&#191;El contenido del dibujo sugerir&#237;a el nivel de violencia que son capaces de alcanzar?

No necesariamente. Para algunos, el dibujo podr&#237;a ser una v&#225;lvula de escape, un modo de actuar sin implicarse realmente en la violencia. Para otros, acaso el detonador que la desencadenar&#237;a o una representaci&#243;n de lo que ya se ha hecho.

Magn&#237;fico.

He encontrado el dibujo de una mujer con el vientre abierto y los intestinos extendidos a su alrededor. &#191;Qu&#233; sugerir&#237;a?

La Venus de Milo no tiene brazos; el soldado Joe no tiene pene. &#191;Qu&#233; significa? &#191;Arte? &#191;Censura? &#191;Desviaci&#243;n sexual? Anuncio incomprensible cuando se capta en el vac&#237;o.

Silencio. &#191;Qu&#233; pod&#237;a decirle?

&#191;Proced&#237;a el dibujo de la galer&#237;a de Saint Jacques? -se interes&#243; J. S.

No. -Lo hab&#237;a encontrado en la basura de mi habitaci&#243;n de invitados-. Dijiste que los delincuentes sexuales suelen alcanzar progresivamente mayores niveles de violencia, &#191;no es cierto?

S&#237;. Al principio acaso s&#243;lo se dediquen a mirar o hacer llamadas telef&#243;nicas obscenas. Algunos se limitan a eso; otros, superan mayores desaf&#237;os: exhibicionismo, seguimiento, incluso allanamiento de morada. Y aun hay otros a quienes eso no les basta y pasan a las violaciones e incluso al asesinato.

De modo que algunos s&#225;dicos sexuales acaso no sean violentos.

De nuevo insistes en el tema de los s&#225;dicos sexuales. Pero como respuesta a tu pregunta te respondo afirmativamente. Algunos de esos tipos desarrollan sus fantas&#237;as de otros modos. Hay quienes utilizan objetos inanimados o animales o buscan compa&#241;eros tolerantes.

&#191;Compa&#241;eros tolerantes?

Un compa&#241;ero sumiso, alguien que le permita cuanto exija su fantas&#237;a. Subordinaci&#243;n, humillaci&#243;n, incluso dolor. Podr&#237;a ser una esposa, una novia. A veces pagan por ello.

&#191;Una prostituta?

Desde luego. La mayor&#237;a de las prostitutas interpretan papeles sin limitaciones.

&#191;Y ello puede desactivar tendencias violentas?

Es posible, mientras ella est&#233; de acuerdo. Lo mismo sucede con la esposa o la novia. Suele ocurrir que, cuando el compa&#241;ero sumiso se harta, las cosas comienzan a ir mal. Ella ha sido su saco de entrenamiento y de pronto se rebela e incluso amenaza con divulgarlo. Entonces &#233;l se irrita, la mata y descubre que disfruta con ello. Hasta la pr&#243;xima.

Hab&#237;a dicho algo que me preocupaba.

Retrocedamos. &#191;Qu&#233; clase de objetos inanimados?

Pinturas, mu&#241;ecas, ropas. En realidad, cualquier cosa. Conoc&#237; a un tipo que sol&#237;a sacudir bestialmente a una mu&#241;eca hinchable de tama&#241;o natural.

Me repugna tener que preguntar.

Se trataba de un odio muy arraigado contra los negros, los homosexuales y las mujeres. Disfruta cada vez que lo sacude.

Desde luego.

Como m&#250;sica de fondo distingu&#237;a el Fantasma de la &#211;pera.

Si un tipo obra de tal modo, hace dibujos o, por ejemplo, utiliza una mu&#241;eca, &#191;significa eso que probablemente no matar&#225;?

Tal vez, &#191;pero qui&#233;n sabe en realidad qu&#233; alterar&#225; su curva y lo impulsar&#225; m&#225;s all&#225;? Un d&#237;a basta con un dibujo atrevido, pero al siguiente ya no.

&#191;Podr&#237;a hacer ambas cosas?

&#191;Ambas qu&#233;?

Oscilar de una conducta a otra. Matar a alguien y limitarse a perseguir y acosar a otras personas.

Desde luego. En primer lugar el comportamiento de la v&#237;ctima puede alterar la ecuaci&#243;n: sentirse insultado o rechazado por ella, que diga algo inoportuno o gire a la izquierda en lugar de a la derecha, y sin que ella siquiera se entere. No olvides que la mayor&#237;a de los asesinos en serie no conoc&#237;an a sus v&#237;ctimas. Pero esas mujeres son las protagonistas de su fantas&#237;a. O acaso vea a una mujer con un papel, y a otra le asigna uno distinto. Ama a su esposa y luego sale a matar. Escoge a una desconocida como presa y a otra como amiga.

As&#237;, pues &#191;una vez que alguien comienza a asesinar puede volver a su anterior t&#225;ctica menos violenta de vez en cuando?

Es posible.

&#191;Y alguien que parece ser s&#243;lo un pelmazo puede llegar mucho m&#225;s lejos?

Sin duda alguna.

Alguien que telefonea a una v&#237;ctima, la sigue, le env&#237;a dibujos escabrosos &#191;no es necesariamente inofensivo aunque mantenga la distancia?

Te refieres a Saint Jacques, &#191;no es cierto? &#191;Era realmente as&#237;?

&#191;Te lo parece?

Simplemente supuse que habl&#225;bamos de &#233;l. O de quienquiera que est&#233;is persiguiendo.

Abre la mente, despliega la fantas&#237;a

John, esto se ha vuelto algo personal.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Se lo expliqu&#233; todo. Le habl&#233; de Gabby, de sus temores, de su huida. Y tambi&#233;n de mi indignaci&#243;n y mis actuales alarmas.

&#161;Diablos, Brennan!, &#191;c&#243;mo te metes en esas cosas? Ver&#225;s, esto no me suena nada bien. Ese sujeto que molesta a Gabby es posible que se trate de Saint Jacques. Al igual que &#233;l, persigue a las mujeres, dibuja a mujeres destripadas, no tiene una sexualidad normal y lleva un cuchillo. Saint Jacques, o quienquiera que sea ese individuo, asesina a las mujeres y luego las acuchilla o desfigura. &#191;Qu&#233; piensas de ello?

Aparta tu rostro de la deslumbrante luz diurna

&#191;Cu&#225;ndo repar&#243; ella por vez primera en ese tipo? -inquiri&#243; J. S.

No lo s&#233;.

&#191;Antes o despu&#233;s de que se descubriera este asunto?

Lo ignoro.

&#191;Qu&#233; sabes de &#233;l?

Poca cosa. Frecuenta a las prostitutas, les paga por sus servicios y luego hace un numerito con lencer&#237;a. Adem&#225;s lleva un cuchillo. La mayor&#237;a de las mujeres no quieren saber nada de &#233;l.

&#191;No te resulta extra&#241;o?

S&#237;.

Quiero que informes de este asunto a los compa&#241;eros con quienes trabajas, Tempe: que investiguen el caso. Dices que Gabby es imprevisible, por lo que tal vez no sea nada importante. Tal vez simplemente se haya largado. Pero es tu amiga, y t&#250; has sido amenazada. Recuerda el cr&#225;neo, el tipo que te sigui&#243; en el coche.

Quiz&#225;.

Gabby se hab&#237;a alojado en tu casa y ha desaparecido. Eso merece una mirada.

De acuerdo. Claudel saldr&#225; inmediatamente a cazar al hombre del camis&#243;n.

&#191;Hombre del camis&#243;n? Llevas demasiado tiempo con polic&#237;as.

Me interrump&#237;. &#191;De d&#243;nde hab&#237;a sacado aquello? Desde luego, se trataba del hombre del maniqu&#237;.

Tenemos un elemento que irrumpe en las casas, hace un fardo con lencer&#237;a, lo apu&#241;ala y luego se marcha. Hace a&#241;os que sigue esa pauta: lo llaman el hombre maniqu&#237;.

Si hace a&#241;os que obra as&#237; no ser&#225; tan maniqu&#237;.

No, no es eso. Se trata de lo que hace con la lencer&#237;a, es como un maniqu&#237;.

Sinapsis. O una mu&#241;eca.

T&#243;came, p&#225;lpame

J. S. dijo algo, pero mi mente funcionaba a toda velocidad. Maniqu&#237;, lencer&#237;a, cuchillo Una prostituta llamada Julie que sigue el juego con un camis&#243;n. El dibujo de una mujer eviscerada con las palabras no me cortar&#225;s. Art&#237;culos de noticias descubiertos en una habitaci&#243;n de la rue Berger, uno referente a un allanamiento de morada y un maniqu&#237; con camis&#243;n y la aparici&#243;n de mi foto, pegada y marcada con una equis. Un cr&#225;neo ensartado que sonre&#237;a desde mis arbustos. El rostro de Gabby en la pesadilla de las cuatro de la ma&#241;ana. Un dormitorio ca&#243;tico.

Ay&#250;dame a componer la m&#250;sica de la noche

Tengo que irme, J. S.

Prom&#233;teme que har&#225;s lo que te digo, Tempe. Es una posibilidad remota, pero ese gusano de Gabby puede ser el psic&#243;pata que se refugiaba en la rue Berger y podr&#237;a ser asimismo el asesino que buscas. De ser as&#237;, est&#225;s en peligro. Obstruyes su camino y constituyes una amenaza para &#233;l. Ten&#237;a tu foto y pudo ser &#233;l quien dej&#243; el cr&#225;neo de Grace Damas en tu jard&#237;n. Sabe qui&#233;n eres y d&#243;nde est&#225;s.

Ya no escuchaba a J. S. Estaba actuando mentalmente.


Tard&#233; media hora en cruzar el centro de la ciudad, llegar al Main y situarme en mi lugar habitual de la callejuela. Mientras pasaba sobre las piernas extendidas de un borracho derrumbado contra una pared, que balanceaba la cabeza al ritmo de la apagada m&#250;sica que llegaba a trav&#233;s de la pared, el hombre sonri&#243;, levant&#243; una mano y me hizo se&#241;as con un dedo mientras extend&#237;a la otra palma hacia m&#237;.

Busqu&#233; en el bolsillo y le di una moneda. Tal vez vigilara mi coche.

El Main era una mezcla heterog&#233;nea de visitantes nocturnos entre los que pugn&#233; por abrirme camino. Mendigos, prostitutas, drogadictos, turistas, contables y vendedores proliferaban agrupados en ruidosa y despreocupada algazara. Para algunos era un ruidoso juego; para otros, una triste realidad. Bienvenidos al hotel St. Laurent.

A diferencia de mi &#250;ltima visita, en aquella ocasi&#243;n ten&#237;a un plan. Me dirig&#237; hacia Ste. Catherine en la confianza de encontrar a Jewel Tambeaux. No era tan f&#225;cil. Aunque ante el hotel Granada se hallaba reunido el grupo habitual, Jewel no formaba parte de &#233;l.

Cruc&#233; la calle y examin&#233; a las mujeres. Ninguna parec&#237;a prestarme atenci&#243;n. Lo consider&#233; una buena se&#241;al. &#191;Qu&#233; hacer pues? Desde mi &#250;ltima visita social a aquellas damas sab&#237;a con bastante certeza lo que no deb&#237;a hacer. Sin embargo, ello no me iluminaba acerca de lo que deb&#237;a hacer.

Ten&#237;a una norma que me hab&#237;a sido muy &#250;til toda la vida: Cuando dudes, no act&#250;es. Si no est&#225;s segura, no lo compres, no hagas comentarios, no te comprometas: qu&#233;date inm&#243;vil. Con frecuencia he tenido que lamentar desviarme de esta m&#225;xima: el vestido rojo con chorreras, la promesa de discutir el Creacionismo, la carta escrita en un arrebato y enviada al rector. En esta ocasi&#243;n me atuve a mi pol&#237;tica.

Encontr&#233; un bloque de cemento, apart&#233; cristales rotos y me sent&#233; con las rodillas apretadas y sin perder de vista el Granada. Y aguard&#233; incansable.

Durante un rato me intrig&#243; el culebr&#243;n que se desarrollaba alrededor de m&#237;. C&#243;mo se transforma el Main. Lleg&#243; y pas&#243; la medianoche, luego la una y las dos. El gui&#243;n despleg&#243; su argumento de seducci&#243;n y explotaci&#243;n. Mis hijas heridas. El joven y el desesperado. Realizaba juegos mentales creando toda clase de t&#237;tulos ingeniosos.

Hacia las tres, redactar guiones ya no ten&#237;a inter&#233;s para m&#237;. Estaba cansada, desanimada y aburrida. Me constaba que la vigilancia no era atractiva, pero no estaba preparada para lo fastidiosa que resultaba. Hab&#237;a tomado suficiente caf&#233; para llenar un acuario, preparado mentalmente listas interminables, elaborado varias cartas que nunca escribir&#237;a y jugado a inventar la historia de la vida de gran n&#250;mero de ciudadanos de Quebec. Prostitutas y fulanos hab&#237;an llegado y se hab&#237;an ido, pero Jewel Tambeaux segu&#237;a sin aparecer.

Me levant&#233; e hice flexiones hacia atr&#225;s. Pens&#233; en frotarme el insensible trasero, pero me abstuve de ello. La pr&#243;xima vez nada de cemento, ni hablar de sentarme toda la noche esperando a una prostituta que pod&#237;a encontrarse en Saskatoon.

Cuando me dispon&#237;a a regresar a mi coche apareci&#243; por la esquina un Pontiac blanco y de &#233;l surgi&#243; una cabellera anaranjada seguida de un rostro y una blusa familiares.

Jewel Tambeaux cerr&#243; de un portazo y luego se asom&#243; por la ventanilla del pasajero para decirle algo al conductor. Al cabo de unos momentos el coche se larg&#243;, y Jewel se reuni&#243; con dos mujeres que estaban sentadas en la escalera del hotel. A la intermitente luz del ne&#243;n parec&#237;an un tr&#237;o de amas de casa que charlaran en el umbral de una casa de vecinos, y sus risas resonaban en el preludio del amanecer. Al cabo de unos momentos Jewel se levant&#243;, se ajust&#243; su minifalda de licra y se alej&#243; del edificio.

El Main se relajaba, los buscones desaparec&#237;an y surg&#237;an los buscadores de basura. Jewel marchaba lentamente, ondulantes las caderas siguiendo un ritmo personal. Atraves&#233; la calle y fui tras ella.

&#161;Jewel!

Se volvi&#243; con expresi&#243;n sonriente e interrogante, pero no era lo que esperaba. Pase&#243; la mirada por mi rostro, sorprendida y decepcionada. Aguard&#233; a que me reconociera.

Margaret Mead -dijo.

Soy Tempe Brennan -repuse con una sonrisa.

&#191;En busca de alg&#250;n libro? -Movi&#243; la mano en direcci&#243;n horizontal, como si se&#241;alara un t&#237;tulo-. Un trasero en el tejado o Mi vida entre prostitutas.

Se expresaba con suave y cadencioso acento sure&#241;o.

Tal vez fuera comercial -repuse riendo-. &#191;Puedo acompa&#241;arte?

Se encogi&#243; de hombros y, con un resoplido, se volvi&#243; y reanud&#243; su lenta cadencia p&#233;lvica. Me situ&#233; a su lado.

&#191;A&#250;n buscas a tu amiga, ch&#233;rie?

En realidad esperaba encontrarte a ti. No cre&#237; que llegaras tan tarde.

La guarder&#237;a infantil a&#250;n est&#225; abierta, querida. Para hacer negocios hay que estar en los negocios.

Cierto.

Anduvimos unos pasos en silencio; mis zapatillas de lona acompa&#241;aban su taconeo met&#225;lico.

He renunciado a buscar a Gabby: no creo que desee que la encuentre. Vino a verme hace una semana y luego volvi&#243; a marcharse. Supongo que cuando quiera reaparecer&#225;.

Esper&#233; su reacci&#243;n. Jewel volvi&#243; a encogerse de hombros sin decir palabra. Sus cabellos lacados oscilaban en la oscuridad mientras camin&#225;bamos. De vez en cuando un letrero de ne&#243;n parpadeaba mientras las &#250;ltimas tabernas cerraban sus puertas, guardando una noche m&#225;s los hedores a cerveza rancia y humo de cigarrillos.

Lo cierto es que me gustar&#237;a hablar con Julie.

Jewel se detuvo y se volvi&#243; a mirarme. Ten&#237;a expresi&#243;n de cansancio como si la noche -la vida- la hubiera vaciado. Sac&#243; un paquete de Players de su escote en forma de uve, encendi&#243; un cigarrillo y profiri&#243; una bocanada de humo.

Tal vez deber&#237;as volver a casa, guapa.

&#191;Por qu&#233; dices eso?

A&#250;n sigues buscando asesinos, &#191;verdad, ch&#233;rie?

Jewel Tambeaux no era ninguna necia.

Creo que corre uno por aqu&#237;, Jewel.

&#191;Y piensas que es ese vaquero que se ve con Julie?

Me gustar&#237;a hablar con &#233;l.

Dio una calada a su cigarrillo, lo sacudi&#243; con su larga u&#241;a roja y observ&#243; las chispas que ca&#237;an en la acera.

Te dije la &#250;ltima vez que tiene el cerebro de una salchicha y la personalidad de un asesino de carreteras, pero dudo que haya matado a nadie.

&#191;Lo conoces? -le pregunt&#233;.

No. Estos imb&#233;ciles son tan insignificantes como la mierda de paloma. No me dedico a pensar en ellos.

Dijiste que ese tipo era un mal bicho.

En realidad por aqu&#237; es lo habitual, querida.

&#191;Lo has visto &#250;ltimamente?

Me observ&#243; unos momentos; luego mir&#243; en otra direcci&#243;n, abstray&#233;ndose en alguna imagen o pensamiento que yo no pod&#237;a imaginar. Otro mal bicho.

S&#237;, lo he visto.

Aguard&#233;. Dio otra calada y observ&#243; un coche que avanzaba lentamente por la calle.

No he visto a Julie.

Nueva calada, cerr&#243; los ojos, retuvo el humo y luego lo profiri&#243; en lo alto.

Ni a tu amiga Gabby.

&#191;Ser&#237;a una oferta? &#191;Deber&#237;a insistir?

&#191;Crees que podr&#237;a encontrarlo?

Francamente, querida, no creo que pudieras encontrar tu propio trasero sin un mapa.

Era agradable verse respetada.

Jewel dio una &#250;ltima calada, tir&#243; la colilla y la aplast&#243; con el zapato.

Vamos, Margaret Mead. Buscaremos a alg&#250;n asesino de carreteras.





Cap&#237;tulo 31

Jewel avanzaba con decisi&#243;n, haciendo repiquetear sus tacones sobre la acera. No sab&#237;a exactamente adonde me conduc&#237;a, pero ten&#237;a que abandonar mi refugio de cemento.

Marchamos dos manzanas hacia el este y luego dejamos Ste. Catherine y cruzamos un solar vac&#237;o. Jewel se deslizaba gr&#225;cilmente por la oscuridad mientras yo avanzaba a trompicones tras ella, entre fragmentos de asfalto, latas de aluminio, cristales rotos y vegetaci&#243;n muerta. &#191;C&#243;mo pod&#237;a ser tan &#225;gil con tan afilados tacones? Salimos por el extremo opuesto, giramos por una callejuela y entramos en un edificio bajo de madera en el que no aparec&#237;a letrero alguno. Las ventanas estaban pintadas de negro y sartas de luces navide&#241;as facilitaban la &#250;nica iluminaci&#243;n dando al interior un resplandor rojizo de exposici&#243;n de animales nocturnos. Me pregunt&#233; si era tal la intenci&#243;n. &#191;Incitar a los ocupantes a una &#250;ltima acci&#243;n nocturna?

Mir&#233; en torno con discreci&#243;n. Necesit&#233; ajustar la visi&#243;n puesto que la luz interior apenas se diferenciaba de la exterior. El decorador, que insist&#237;a en el tema navide&#241;o, hab&#237;a revestido las paredes de cart&#243;n imitaci&#243;n de pino y sillas con agrietado vinilo rojo y complementado los detalles con anuncios de cervezas. Compartimientos de negra madera se alineaban en un muro y, contra el otro, se amontonaban cajas de cerveza. Aunque el bar se encontraba casi vac&#237;o, el ambiente estaba enrarecido con el olor de humo de cigarrillos, bebidas alcoh&#243;licas baratas, v&#243;mitos, sudor y porros. Mi bloque de cemento comenzaba a resultar m&#225;s atractivo.

Jewel y el camarero intercambiaron se&#241;ales de salutaci&#243;n. El hombre ten&#237;a la piel de color de caf&#233; aguado y espesas cejas bajo las cuales segu&#237;a todos nuestros movimientos.

La mujer avanz&#243; lentamente por el recinto comprobando cada rostro con aparente desinter&#233;s. Un viejo la llam&#243; desde su asiento en una esquina agitando una cerveza y haci&#233;ndole se&#241;as para que se reuniese con &#233;l. Ella le lanz&#243; un beso, y &#233;l levant&#243; el dedo significativamente.

Cuando pasamos ante la primera cabina asom&#243; una mano que asi&#243; a Jewel por la mu&#241;eca. La mujer se solt&#243; y apart&#243; el brazo del personaje.

Por hoy est&#225; cerrado, cari&#241;o.

Me met&#237; las manos en los bolsillos y fij&#233; los ojos en la espalda de mi compa&#241;era.

La mujer se detuvo en el tercer compartimiento, dobl&#243; los brazos y agit&#243; lentamente la cabeza.

Mon Dieu! -dijo al tiempo que chasqueaba la lengua.

La &#250;nica ocupante del recinto se encontraba ante un vaso con un l&#237;quido de color casta&#241;o al que miraba con fijeza con los codos apoyados en la mesa y los pu&#241;os en las mejillas. Lo &#250;nico que se distingu&#237;a era su cabeza inclinada. Sus grasientos cabellos casta&#241;os le pend&#237;an lacios y en mechones desiguales a ambos lados de la cara y ten&#237;a la raya cubierta de motas blancas.

Julie -llam&#243; Jewel.

La muchacha no alz&#243; el rostro.

Jewel chasque&#243; de nuevo la lengua y entr&#243; en la cabina. La segu&#237;, agradecida, en aquel peque&#241;o escondrijo. La mesa brillaba con algo que no logr&#233; identificar. Jewel apoy&#243; un codo en un extremo y lo retir&#243; r&#225;pidamente al tiempo que se lo limpiaba. Sac&#243; un cigarrillo, lo encendi&#243; y ech&#243; una bocanada de humo hacia arriba.

&#161;Julie! -exclam&#243; con m&#225;s fuerza.

La joven contuvo el aliento y alz&#243; la barbilla.

&#191;Julie? -repiti&#243; su propio nombre como si despertara de un sue&#241;o.

El coraz&#243;n me lati&#243; apresuradamente al tiempo que me mord&#237;a el labio inferior.

&#161;Oh, Dios!

Aquel rostro no reflejaba m&#225;s de quince a&#241;os y estaba matizado por grises tonalidades. Con su palidez, los labios agrietados, la mirada ausente y las profundas ojeras alrededor de los ojos, parec&#237;a un ser largo tiempo privado de luz solar.

La muchacha nos miraba inexpresiva como si nuestras im&#225;genes se formaran lentamente en su cerebro o reconocernos fuese un ejercicio complejo. Por fin se dirigi&#243; a mi compa&#241;era:

&#191;Me das uno, Jewel?

Y le tendi&#243; una temblorosa mano sobre la mesa. Al apagado resplandor del cub&#237;culo, la parte interior de su brazo se ve&#237;a amoratada, y parec&#237;a que unos finos gusanos grises reptasen por las venas de su mu&#241;eca.

Jewel encendi&#243; un Player y se lo entreg&#243;. La muchacha aspir&#243; con fruici&#243;n el humo, lo retuvo en sus pulmones y lo expuls&#243; hacia arriba imitando a Jewel.

&#161;Oh, es estupendo! -dijo.

Se le hab&#237;a pegado al labio inferior una mota de papel del cigarrillo.

Dio una nueva calada con los ojos cerrados, absorta por completo en el ritual de fumar. Aguardamos. La joven no estaba en condiciones de realizar dos cosas a la vez.

Jewel me mir&#243; con aire indescifrable. Dej&#233; que tomase la iniciativa.

Julie, querida, &#191;has estado trabajando?

Un poco.

La muchacha dio una nueva calada y profiri&#243; sendas vaharadas de humo por la nariz. Observamos disolverse las plateadas nubes entre la luz rojiza.

Jewel y yo guardamos silencio mientras Julie fumaba. La muchacha no parec&#237;a sorprenderse de vernos all&#237;. Aunque dud&#233; que algo la sorprendiera.

Cuando hubo concluido, aplast&#243; la colilla y nos mir&#243;. Parec&#237;a considerar si mi presencia podr&#237;a reportarle alg&#250;n beneficio.

Hoy no he comido -confes&#243;.

Su voz sonaba tan hueca e inexpresiva como sus ojos.

Mir&#233; a Jewel, que se encogi&#243; de hombros y busc&#243; otro cigarrillo. Examin&#233; mi entorno: no se ve&#237;an men&#250;s ni anuncios de comidas.

Tienen hamburguesas.

&#191;Quieres una? -ofrec&#237;.

Me pregunt&#233; cu&#225;nto dinero llevar&#237;a yo encima.

Las prepara Banco.

De acuerdo.

Se asom&#243; por la cabina y llam&#243; al camarero.

&#191;Me preparas una hamburguesa con queso, Banco?

Su voz parec&#237;a pertenecer a una ni&#241;a de seis a&#241;os.

Tienes cuenta pendiente, Julie.

Pagar&#233; yo -dije asomando a mi vez la cabeza por la cabina.

Banco se apoyaba sobre el fregadero de la barra con los brazos cruzados en el pecho, que parec&#237;an ramas de baobab.

&#191;Una? -insinu&#243;.

Me volv&#237; con aire interrogante hacia Jewel, que neg&#243; con la cabeza.

S&#237;, una.

Regres&#233; con ellas. Julie se hab&#237;a desplomado en el rinc&#243;n y sosten&#237;a su vaso con ambas manos. Le pend&#237;a levemente la mand&#237;bula, por lo que ten&#237;a la boca entreabierta. A&#250;n segu&#237;a pegada a su labio inferior la mota de papel. Sent&#237; deseos de retir&#225;rsela, pero no parec&#237;a ser consciente de ello. Son&#243; el pitido de un microondas y luego su zumbido caracter&#237;stico. Jewel segu&#237;a fumando.

En breve el microondas profiri&#243; cuatro pitidos y Banco apareci&#243; con la hamburguesa humeante en su envoltura de pl&#225;stico. La coloc&#243; delante de Julie y nos mir&#243; a Jewel y a m&#237;. Yo le encargu&#233; agua de Seltz y Jewel volvi&#243; a negar con la cabeza. Julie rompi&#243; la envoltura y levant&#243; la parte superior de la hamburguesa para inspeccionar su contenido. Ya satisfecha, le dio un bocado. Cuando Banco sirvi&#243; mi bebida ech&#233; una mirada furtiva al reloj: eran las tres y veinte. Comenzaba a pensar que Jewel no volver&#237;a a pronunciar palabra.

&#191;D&#243;nde has trabajado, cari&#241;o?

En ning&#250;n lugar en especial -replic&#243; la muchacha con la boca repleta de comida.

&#218;ltimamente no te he visto.

He estado enferma.

&#191;Te sientes mejor ya?

Hum.

&#191;Has trabajado por el Main?

Un poco.

&#191;A&#250;n te ves con ese cerdo del camis&#243;n? -inquiri&#243; con aparente despreocupaci&#243;n.

&#191;A qui&#233;n te refieres? -Pas&#243; la lengua por el borde de la hamburguesa como un ni&#241;o con un helado de crema.

El tipo del cuchillo.

&#191;Del cuchillo? -repiti&#243; con aire ausente.

Ya sabes a qui&#233;n me refiero, querida: a ese fulano que se masturba mientras que t&#250; te exhibes con el camis&#243;n de su mam&#225;.

Julie mastic&#243; m&#225;s despacio y por fin se interrumpi&#243;, pero no dijo palabra. Su rostro era como una m&#225;scara, inexpresivo, gris&#225;ceo y hier&#225;tico.

Jewel repiquete&#243; las u&#241;as sobre la mesa.

&#161;Vamos, querida, haz un esfuerzo! &#191;No sabes de qui&#233;n te hablo?

La joven trag&#243; saliva, alz&#243; la mirada y concentr&#243; de nuevo su atenci&#243;n en la hamburguesa.

&#191;Qu&#233; pasa con &#233;l? -dijo al tiempo que daba un bocado.

S&#243;lo te preguntaba si lo sigues viendo.

&#191;Qui&#233;n es ella? -inquiri&#243; confusa.

Tempe Brennan, una amiga de la doctora Macaulay, a quien ya conoces, &#191;no es as&#237;, cari&#241;o?

&#191;Sucede algo malo con ese tipo, Jewel? &#191;Tiene gonorrea, sida o algo por el estilo? &#191;Por qu&#233; te interesas por &#233;l?

Era como interrogar a una bola negra m&#225;gica. Las respuestas flotaban al azar, sin vincularse a preguntas espec&#237;ficas

No, cari&#241;o. S&#243;lo me preguntaba si sigue apareciendo.

Julie me mir&#243; a los ojos, imperturbable.

&#191;Trabajas con ella? -me pregunt&#243; con la barbilla brillante de grasa.

Algo parecido -respondi&#243; Jewel por m&#237;-. Le gustar&#237;a hablar con el tipo del camis&#243;n.

&#191;Acerca de qu&#233;?

De cosas corrientes -repuso Jewel.

&#191;Acaso es sordomuda o algo parecido? &#191;Por qu&#233; no responde ella misma?

Me dispon&#237;a a hacerlo, pero Jewel me hizo se&#241;as de que callara. Julie no parec&#237;a esperar respuesta. Dio el &#250;ltimo bocado y se chup&#243; los dedos uno tras otro.

&#191;Qu&#233; pasa con ese tipo? -dijo por &#250;ltimo-. &#161;Jes&#250;s, &#233;l tambi&#233;n hablaba de ella!

El miedo hizo vibrar todos los nervios de mi cuerpo.

&#191;Hablar de qui&#233;n? -repliqu&#233;.

Julie me mir&#243;. De nuevo le pend&#237;a la mand&#237;bula y ten&#237;a la boca entreabierta como antes. Cuando no hablaba ni com&#237;a parec&#237;a incapaz, o no deseosa, de mantenerla cerrada. Observ&#233; restos de comida en sus dientes.

&#191;Por qu&#233; quieres ahuyentarme a ese tipo? -pregunt&#243;.

&#191;Ahuyentarlo?

Es el &#250;nico cliente fijo que tengo.

No le interesa ahuyentar a nadie; s&#243;lo quiere hablar con &#233;l -afirm&#243; Jewel.

Julie tom&#243; un trago de su vaso. Lo intent&#233; de nuevo.

&#191;Qu&#233; quieres decir con eso de que tambi&#233;n &#233;l habla de ella? -inquir&#237;-. &#191;De qui&#233;n habla, Julie?

Su rostro expres&#243; desconcierto, como si ya hubiera olvidado sus palabras.

&#191;De qui&#233;n hablaba tu cliente, Julie? -El tono de Jewel reflejaba cansancio.

Ya sabes, la mujer mayor que merodea por aqu&#237;, un poco marimacho, con el anillo en la nariz y los cabellos tan raros.

Se recogi&#243; un lacio mech&#243;n detr&#225;s de la oreja.

Aunque es agradable: a veces me ha comprado donuts. &#191;No hablabais de ella?

Hice caso omiso del gui&#241;o de advertencia de Jewel.

&#191;Qu&#233; comentarios hac&#237;a sobre ella?

Estaba enfadado o algo parecido. No lo s&#233;. No escucho lo que dice esa gente. Follo con ellos y mantengo la boca y los o&#237;dos cerrados: es m&#225;s saludable.

Pero ese individuo es un cliente regular.

M&#225;s o menos.

&#191;En ocasiones especiales? -inquir&#237; sin pensarlo.

Jewel hizo un gesto expresivo como si me dejara actuar por mi cuenta.

&#191;Qu&#233; es esto, Jewel? -se quej&#243; Julie-. &#191;Por qu&#233; me pregunta estas cosas? -De nuevo se expresaba como una criatura.

Tempe quiere hablar con &#233;l: eso es todo.

No puedo seguir adelante si molest&#225;is a ese tipo. Es un cerdo, pero me proporciona unos ingresos peri&#243;dicos que necesito much&#237;simo.

Lo s&#233;, querida.

Julie agit&#243; el resto de su bebida y la apur&#243; de golpe al tiempo que evitaba mi mirada.

Y no pienso dejar de trabajarlo. No me importa lo que diga nadie. Por raro que sea el tipo, no va a matarme ni nada parecido. &#161;Diablos, ni siquiera tengo que follar con &#233;l! &#191;Y qu&#233; otra cosa har&#233; los jueves? &#191;Tomar clases de algo? &#191;Ir a la &#243;pera? Si no lo hago con &#233;l, lo har&#225; cualquier otra.

Era la primera emoci&#243;n que demostraba: una bravuconer&#237;a de adolescente en contraste con su anterior apat&#237;a. Lo sent&#237; por ella, pero tem&#237;a por Gabby y no renunciar&#237;a.

&#191;Has visto a Gabby &#250;ltimamente? -inquir&#237; procurando expresarme con suavidad.

&#191;A qui&#233;n?

A la doctora Macaulay. &#191;La has visto recientemente?

Las arrugas de su entrecejo se intensificaron, y me record&#243; a Margot, aunque la perra probablemente disfrutaba de mejor memoria a corto plazo.

La mujer mayor con el anillo en la nariz -le aclar&#243; Jewel acentuando el indicador de la edad.

&#161;Ah! -Julie cerr&#243; la boca y luego volvi&#243; a quedarse boquiabierta-. No, he estado enferma.

Tranquil&#237;zate, Brennan. Ya casi has acabado.

&#191;Est&#225;s mejor ahora? -le pregunt&#233;.

Se encogi&#243; de hombros.

&#191;Estar&#225;s bien?

Asinti&#243;.

&#191;Quieres algo m&#225;s?

Neg&#243; con la cabeza.

&#191;Vives cerca de aqu&#237;?

Me dol&#237;a utilizarla de aquel modo, pero deseaba conseguir algo m&#225;s.

En casa de Marcela. Ya sabes d&#243;nde est&#225;, Jewel, en Sainte Dominique. Muchas de nosotras vamos a parar all&#237;.

Segu&#237;a sin mirarme.

S&#237;. Ten&#237;a lo que necesitaba. O lo tendr&#237;a en breve.

La hamburguesa y el alcohol -o lo que ella hubiese tomado- produc&#237;an sus efectos en Julie. Desaparec&#237;a su jactancia y retornaba la apat&#237;a. Estaba desplomada en el rinc&#243;n de la cabina con los ojos clavados en el vac&#237;o, como los oscuros c&#237;rculos de un mimo de rostro agrisado. Los cerr&#243; y aspir&#243; profundamente mientras inflaba su huesudo pecho bajo el vestido de algod&#243;n. Parec&#237;a agotada.

De pronto se apag&#243; la iluminaci&#243;n navide&#241;a. El resplandor de los fluorescentes inund&#243; el bar, y Banco anunci&#243; a gritos su inminente cierre. Los escasos clientes que quedaban marcharon hacia la puerta gru&#241;endo descontentos. Jewel se meti&#243; los Player en el escote y nos indic&#243; que deb&#237;amos irnos. Consult&#233; mi reloj: eran las cuatro de la ma&#241;ana. Mir&#233; a Julie, y el sentimiento de culpabilidad que me hab&#237;a atormentado toda la noche resurgi&#243; con plena intensidad.

Bajo la implacable iluminaci&#243;n Julie estaba casi cadav&#233;rica, como alguien que avanza lentamente hacia la muerte. Sent&#237; el deseo de abrazarla estrechamente, de llevarla a Beaconsfield, Dorval o North Hatley, donde tomar&#237;a una comida r&#225;pida, ir&#237;a al baile de gala de la escuela y se encargar&#237;a pantalones tejanos del cat&#225;logo de Land's End. Pero sab&#237;a que no era posible. Me constaba que Julie ser&#237;a un dato estad&#237;stico y que, antes o despu&#233;s, se encontrar&#237;a en los s&#243;tanos del Parthenais.

Pagu&#233; la cuenta y salimos del bar. El aire precursor de la ma&#241;ana era h&#250;medo y fr&#237;o y transmit&#237;a olores del r&#237;o y de la f&#225;brica de cerveza.

Buenas noches, se&#241;oras -dijo Jewel-. No os vay&#225;is a bailar.

Agit&#243; los dedos, se volvi&#243; y se march&#243; taconeando r&#225;pidamente por la callejuela. Julie parti&#243; en direcci&#243;n opuesta sin decir palabra. La perspectiva del hogar y del lecho me atra&#237;an como un im&#225;n, pero a&#250;n ten&#237;a que conseguir m&#225;s informaci&#243;n.

Aguard&#233; unos instantes y vi escabullirse a Julie. Supuse que me ser&#237;a f&#225;cil seguirla, pero me equivoqu&#233;. Cuando me asom&#233;, ya hab&#237;a desaparecido por la esquina siguiente, y me vi obligada a correr para alcanzarla.

La joven se intern&#243; por un sendero zigzagueante y atraves&#243; solares y atajos hasta llegar a un ruinoso edificio de tres plantas de Ste. Dominique cuya escalera subi&#243;; busc&#243; a tientas la llave y desapareci&#243; por una puerta verde desconchada. Vi oscilar la cortina tras la puerta y luego inmovilizarse, apenas alterada por su indiferente portazo. Anot&#233; el n&#250;mero.

De acuerdo, Brennan: es hora de acostarse. Veinte minutos despu&#233;s llegaba a mi casa.

Entre las s&#225;banas, con Birdie en mis rodillas, esboc&#233; un plan. Era f&#225;cil decidir lo que no deb&#237;a hacer: no llamar a Ryan, no espantar a Julie, no alertar al chiflado del cuchillo y del juego del camis&#243;n. Descubrir si se trataba de Saint Jacques, enterarme de d&#243;nde viv&#237;a o cu&#225;l era su actual escondrijo. Conseguir algo concreto y comunicarlo a la brigada de ineptos. Aqu&#237; est&#225;, muchachos, registrad este lugar.

Parec&#237;a muy sencillo.





Cap&#237;tulo 32

Pas&#233; el mi&#233;rcoles sumida en el agotamiento. Me hab&#237;a propuesto no acudir al laboratorio, pero LaManche me llam&#243; porque necesitaba un informe. Una vez all&#237;, decid&#237; quedarme. Trabaj&#233; con asuntos antiguos, lentos e irritantes, aclarando aquellos que Denis pod&#237;a descartar. Es un trabajo que odio y que demoraba desde hac&#237;a meses. Me qued&#233; hasta las cuatro de la tarde. Una vez en casa cen&#233; temprano, me di un ba&#241;o prolongado y, hacia las ocho, me hab&#237;a acostado.

Al despertarme el jueves, la luz del sol irrump&#237;a en mi habitaci&#243;n, por lo que comprend&#237; que era tarde. Me estir&#233;, gir&#233; en el lecho y consult&#233; el reloj: era las diez y veinticinco. &#161;Dios! Hab&#237;a recuperado el sue&#241;o perdido. Fase una del plan. No ten&#237;a intenci&#243;n de ir a trabajar.

Me tom&#233; tiempo para levantarme y repasar una lista de lo que me propon&#237;a hacer. Desde el momento en que abr&#237; los ojos me sent&#237; llena de energ&#237;a como un corredor en la fecha del marat&#243;n. Deseaba fijarme un ritmo. Contr&#243;late, Brennan: haz una carrera inteligente.

Fui a la cocina a preparar caf&#233; y le&#237; la Gazette. Miles de personas hu&#237;an de la guerra en Ruanda; el partido quebequ&#233;s de Parizeau llevaba diez puntos de ventaja a los liberales del premier Johnson; las Expos estaban en primer lugar en el NL East; los obreros trabajaban durante la fiesta anual de la construcci&#243;n. &#161;No es broma! Nunca he podido comprender a qu&#233; ingenio se le ocurri&#243; algo semejante. En un pa&#237;s que s&#243;lo tiene cuatro o cinco meses de buen tiempo para la construcci&#243;n, &#233;sta se interrumpe durante dos semanas en julio porque los obreros se van de vacaciones. &#161;Muy brillante!

Tom&#233; otra taza de caf&#233; y conclu&#237; de leer el peri&#243;dico. Hasta el momento todo iba bien. Fase dos. Actividad mec&#225;nica.

Me puse unos pantalones cortos y una camiseta y fui al gimnasio. Veinte minutos en la pista andadora y una sesi&#243;n de remo. A continuaci&#243;n, en el supermercado, adquir&#237; suficientes alimentos para proveer a todo Cleveland. De regreso a casa dediqu&#233; toda la tarde a fregar, limpiar, sacar el polvo y pasar la aspiradora. En cierto momento consider&#233; limpiar el refrigerador, pero desech&#233; la idea por parecerme excesiva.

A las siete de la tarde mi frenes&#237; dom&#233;stico estaba saturado. La casa apestaba a l&#237;quidos de limpieza y a pulimento con olor a lim&#243;n; la mesa del comedor estaba cubierta de jers&#233;is lavados, y ten&#237;a bragas limpias para un mes. Por otra parte yo ol&#237;a y ten&#237;a el aspecto de haber pasado varias semanas acampando. Estaba dispuesta para marcharme.

La jornada hab&#237;a sido sofocante y la noche no auguraba ning&#250;n alivio. Me cambi&#233; los pantalones y la camiseta por otros que hac&#237;an juego y complet&#233; el conjunto con unas Nike gastadas. Perfecto. No como una profesional de la calle sino como alguien que deambula por el Main en busca de drogas para distraerse, de compa&#241;&#237;a para la noche o de ambos. Mientras me dirig&#237;a hacia St. Laurent revis&#233; el plan: encontrar a Julie, seguirla; encontrar al hombre del camis&#243;n, seguirlo. Y no ser vista. En extremo sencillo.

Cruc&#233; por Ste. Catherine escudri&#241;ando las aceras a ambos lados. Algunas mujeres hab&#237;an montado su negocio delante del Granada, pero no se ve&#237;a ni rastro de Julie. No la esperaba tan temprano. Me conced&#237; tiempo adicional para entrar en el ambiente.

El primer fallo t&#233;cnico se produjo cuando gir&#233; por mi callejuela. Como un genio surgido de una botella, apareci&#243; una mujer enorme que se ech&#243; sobre m&#237;. Llevaba un maquillaje escandaloso y ten&#237;a el cuello de un bull terrier. Aunque no logr&#233; captar todas sus palabras, su mensaje era inequ&#237;voco. Retroced&#237; y me dirig&#237; en busca de otro aparcamiento conveniente.

Encontr&#233; una plaza seis manzanas m&#225;s arriba, en una callecita estrecha donde se alineaban edificios de tres plantas. Hac&#237;a mucho calor, algo caracter&#237;stico del verano, y la vigilancia del vecindario estaba en marcha. Algunos hombres me observaban desde los balcones, otros, desde las escaleras, e interrump&#237;an sus conversaciones con las latas de cerveza apoyadas en sus sudorosas rodillas. &#191;Se mostraban hostiles, curiosos, desinteresados o muy interesados? Procur&#233; no demorarme para que nadie me abordase. Cerr&#233; el coche y cubr&#237; a paso r&#225;pido la distancia que me separaba hasta el final de la manzana. Tal vez estuviera demasiado nerviosa, pero no deseaba complicaciones que sabotearan mi misi&#243;n.

Respir&#233; aliviada al rodear la esquina e internarme en el flujo de St. Laurent. Un reloj de Le Bon Deli indicaba las ocho y cuarto. &#161;Maldici&#243;n! Por entonces ya deseaba hallarme en el lugar. &#191;Deber&#237;a modificar mi plan? &#191;Y si ella se me escapaba?

En Ste. Catherine cruc&#233; St. Laurent y volv&#237; a examinar a la gente que estaba frente al Granada. No se ve&#237;a ni rastro de Julie. &#191;Acudir&#237;a all&#237; alguna vez? &#191;Cu&#225;l ser&#237;a su ruta? &#161;Maldici&#243;n! &#191;Por qu&#233; no habr&#237;a comenzado m&#225;s temprano? Ya no hab&#237;a tiempo para indecisiones.

Me apresur&#233; hacia el este, escudri&#241;ando los rostros de quienes pasaban por mi lado, pero la masa de peatones se hab&#237;a incrementado y resultaba m&#225;s dif&#237;cil asegurarse de que ella no andaba por all&#237;. Cruc&#233; en direcci&#243;n norte hacia el solar vac&#237;o siguiendo el camino que Jewel y yo hab&#237;amos tomado hac&#237;a dos noches. Vacil&#233; al llegar al bar de la callejuela, pero segu&#237; adelante apostando de nuevo a que Julie no sol&#237;a comenzar temprano su trabajo.

Al cabo de unos minutos me ocultaba encorvada tras un poste de tel&#233;grafos, en el extremo m&#225;s alejado de Ste. Dominique. La calle estaba desierta y tranquila. El edificio de Julie no mostraba indicios de vida; las ventanas estaban oscuras, la luz del porche apagada, y se distingu&#237;a la pintura t&#233;tricamente desconchada entre la bochornosa oscuridad. Aquel escenario me trajo a la memoria fotos que hab&#237;a visto de la Torre del Silencio, plataformas levantadas por los parsis, donde los hind&#250;es colocan a sus muertos para que los buitres les monden los huesos. Pese a la temperatura reinante sufr&#237; un estremecimiento. El tiempo transcurr&#237;a con lentitud mientras yo observaba. Una anciana andaba vacilante por la manzana arrastrando un carrito repleto de harapos. La mujer, cargada con sus logros de la tarde por la desigual acera, desapareci&#243; por una esquina. El tenue chirrido del carrito decreci&#243; y por fin se extingui&#243;. Nada m&#225;s alteraba el deprimente ecosistema callejero.

Consult&#233; mi reloj: eran las ocho cuarenta. Hab&#237;a oscurecido mucho. &#191;Cu&#225;nto tiempo deber&#237;a esperar? &#191;Y si ella ya se hab&#237;a marchado? &#191;Deb&#237;a llamar al timbre? &#161;Maldici&#243;n! &#191;Por qu&#233; no le habr&#237;a sonsacado previamente la hora? &#191;Por qu&#233; no habr&#237;a llegado antes? El plan ya mostraba deficiencias.

Transcurri&#243; otro espacio de tiempo. Tal vez un minuto. Dudaba en marcharme, cuando se encendi&#243; una luz en una habitaci&#243;n del piso superior. Poco despu&#233;s apareci&#243; Julie con corpi&#241;o, minifalda y botas m&#225;s arriba de la rodilla. Su rostro, cintura y muslos eran manchas blancas entre la sombra del porche. Me ocult&#233; tras el poste.

La muchacha vacil&#243; un momento, alz&#243; la barbilla y enlaz&#243; los brazos en la cintura. Parec&#237;a comprobar la noche. Luego baj&#243; los pelda&#241;os y march&#243; r&#225;pidamente hacia Ste. Catherine. La segu&#237;, tratando de no perderla de vista y procurando pasar inadvertida.

Al llegar a la esquina me sorprendi&#243; verla girar a la izquierda y alejarse del Main. El Granada era un buen reclamo, &#191;pero ad&#243;nde se dirig&#237;a en aquellos momentos? Encamin&#243; sus pasos r&#225;pidamente entre la multitud, oscilantes los flecos de las botas, indiferente a la atenci&#243;n que despertaba a su paso. Sorteaba a la perfecci&#243;n el gent&#237;o y yo ten&#237;a que esforzarme para seguirla.

La multitud se fue reduciendo a medida que avanz&#225;bamos hacia el este y por fin desapareci&#243;. Yo hab&#237;a estado aumentando la distancia que nos separaba en respuesta directa a la reducci&#243;n del gent&#237;o que circulaba por la acera, pero al parecer era innecesario: Julie parec&#237;a centrada en su destino y desinteresada por los restantes peatones.


Las calles no s&#243;lo se hab&#237;an quedado m&#225;s vac&#237;as sino que el vecindario hab&#237;a mudado de aspecto. Ahora march&#225;bamos por Ste. Catherine con dandis de aspecto amanerado y t&#233;janos pintados con espray, parejas unisex y alguno que otro travestido: nos hab&#237;amos internado en el &#225;mbito de los homosexuales.

Segu&#237; a Julie junto a cafeter&#237;as, librer&#237;as y restaurantes ex&#243;ticos. Por fin gir&#243; hacia el norte, luego al este y por &#250;ltimo en direcci&#243;n sur, en un callej&#243;n sin salida de almacenes y s&#243;rdidos edificios de madera, que en su mayor&#237;a cubr&#237;an sus escaparates con fibrocemento. Algunos parec&#237;an haber sido destinados para negocios a la calle, aunque probablemente no hab&#237;an tenido ning&#250;n cliente desde hac&#237;a a&#241;os. Papeles, latas y botellas se amontonaban en ambas esquinas. La zona parec&#237;a un escenario apropiado para los Jets y los Sharks.

Julie se meti&#243; decidida en una entrada situada a media manzana. Abri&#243; una sucia puerta de cristal cubierta con celos&#237;a met&#225;lica, habl&#243; brevemente con alguien y desapareci&#243; en el interior. Distingu&#237; el resplandor de un anuncio de cerveza a trav&#233;s de la ventana de la derecha, tambi&#233;n resguardada con un enrejado. Un letrero sobre la puerta dec&#237;a sencillamente: BI&#201;RE ET VIN, cerveza y vino.

&#191;Qu&#233; hacer ahora? &#191;Era aqu&#233;l el lugar de la cita, con una habitaci&#243;n privada arriba o en la parte posterior? &#191;O se trataba de un bar de encuentros del que saldr&#237;an juntos? Necesitaba que se tratara de lo segundo. Si sal&#237;an por separado, concluido su negocio, el plan se iba al traste. No sabr&#237;a a qu&#233; hombre seguir.

No pod&#237;a limitarme a permanecer ante la puerta y aguardar. Detect&#233; un hueco a&#250;n m&#225;s tenebroso entre las sombras, al otro lado de la calle. &#191;Se tratar&#237;a de una callejuela? Dej&#233; atr&#225;s el antro en el que Julie hab&#237;a entrado y me dirig&#237; en diagonal hacia aquel sector oscuro. Consist&#237;a en una especie de hueco entre una barber&#237;a abandonada y una empresa de almacenamiento, de unos sesenta cent&#237;metros de ancho y siniestro como una cripta.

Entre los fuertes latidos de mi coraz&#243;n me introduje en aquel hueco y me aplast&#233; contra la pared, ocult&#225;ndome tras un poste agrietado y amarillento de barbero que se proyectaba sobre la acera. Transcurrieron varios minutos. La atm&#243;sfera era densa y sofocante y el &#250;nico movimiento que se percib&#237;a era mi respiraci&#243;n. De pronto me sobresalt&#243; un crujido: no estaba sola. Cuando me dispon&#237;a a salir disparada, un negro bulto surgi&#243; de entre las basuras que estaban a mis pies y se escabull&#243; hacia la parte interior del pasillo. Sent&#237; una opresi&#243;n en el pecho y de nuevo me recorri&#243; un escalofr&#237;o pese al calor reinante. &#161;Tranquil&#237;zate, Brennan! &#161;S&#243;lo es una rata! &#161;Vamos, sal ya, Julie!

A modo de respuesta la muchacha reapareci&#243;, seguida por un hombre vestido con una sudadera negra con la marca de la Universidad de Montreal en el pecho y una bolsa de papel en el brazo.

El pulso se me aceler&#243;. &#191;Se tratar&#237;a de &#233;l? &#191;Ser&#237;a aquel rostro el que aparec&#237;a en la foto del cajero r&#225;pido? &#191;El tipo que hab&#237;a huido de la rue Berger? Me esforc&#233; por distinguir los rasgos del hombre, pero estaba demasiado oscuro y se hallaba muy lejos. &#191;Y acaso reconocer&#237;a a Saint Jacques aunque lo tuviera pr&#243;ximo? Lo dudaba. La foto era muy borrosa, y el hombre del apartamento corr&#237;a demasiado.

La pareja miraba hacia adelante y no se tocaban ni hablaban. Como palomas mensajeras recorrieron el camino por el que Julie y yo hab&#237;amos tomado hasta llegar a Ste. Catherine, donde siguieron hacia el sur en lugar de girar al oeste. Dieron otros giros, intern&#225;ndose por zonas de apartamentos ruinosos y negocios abandonados, calles que estaban oscuras y eran muy poco acogedoras.

Yo los segu&#237;a a media manzana de distancia y me esforzaba por no producir el menor sonido por temor a ser descubierta. En aquel sector no ten&#237;a d&#243;nde ocultarme y, si se volv&#237;an y me ve&#237;an, no tendr&#237;a ning&#250;n pretexto, ni escaparates que contemplar, ni puertas donde meterme: ning&#250;n punto tras el que ocultarme f&#237;sica ni imaginariamente. Mi &#250;nica opci&#243;n ser&#237;a seguir caminando y confiar en encontrar una bocacalle antes de que Julie me reconociera. Pero no se volvieron a mirarme.

Proseguimos nuestra marcha por una mara&#241;a de callejuelas y pasillos, cada una m&#225;s vac&#237;a que la anterior. De pronto aparecieron dos hombres que ven&#237;an en direcci&#243;n opuesta, discutiendo en voz alta y tensa. Rogu&#233; porque Julie y su acompa&#241;ante no siguieran a los hombres con la mirada, mas no lo hicieron. La pareja sigui&#243; su camino y desapareci&#243; por otra esquina.

Aceler&#233; mis pasos, temerosa de perderlos en los segundos en que desaparecieron de mi vista.

Mis temores no eran infundados. Al volver el recodo no los encontr&#233;. La manzana estaba vac&#237;a y silenciosa.

&#161;Mierda!

Examin&#233; los edificios de ambos lados, pasando la mirada arriba y abajo de cada escalera met&#225;lica y escudri&#241;ando todas las entradas. No se ve&#237;a nada: ni rastro de ellos.

&#161;Maldici&#243;n!

Avanc&#233; a toda prisa por la acera, furiosa conmigo misma por haberlos perdido. Me encontraba a medio camino de la siguiente esquina, cuando se abri&#243; una puerta y el cliente de Julie asom&#243; a un oxidado balc&#243;n met&#225;lico a unos seis metros delante de m&#237; y a mi derecha. Estaba a la altura de los hombros y de espaldas a m&#237;, pero la sudadera era inconfundible. Me qued&#233; paralizada, incapaz de pensar ni reaccionar.

El hombre escupi&#243; una flema que proyect&#243; directamente en la acera. Se pas&#243; el dorso de la mano por la boca, volvi&#243; al interior y cerr&#243; la puerta sin advertir mi presencia.

Permanec&#237; inm&#243;vil con las piernas como dormidas, incapaz de moverme.

&#161;Gran actuaci&#243;n, Brennan! &#161;Presa del p&#225;nico y a punto de echar a correr! &#191;Por qu&#233; no encender una bengala y hacer sonar una sirena?

El edificio en el que el hombre hab&#237;a desaparecido formaba parte de una hilera de casas que parec&#237;an apoyarse entre s&#237; para no caerse. Si hubieran apartado uno de ellos, la manzana se habr&#237;a desmoronado. Un letrero lo identificaba como LE SAINT VITUS, y ofrec&#237;a CHAMBRES TOURISTIQUES. Habitaciones para turistas. Muy adecuado.

&#191;Era su residencia o simplemente su lugar de citas? Me resign&#233; a seguir aguardando.

Una vez m&#225;s busqu&#233; un lugar donde ocultarme. De nuevo distingu&#237; lo que me pareci&#243; un hueco en la otra acera. Cruc&#233; y descubr&#237; de qu&#233; se trataba. Tal vez estaba aprendiendo, tal vez pod&#237;a considerarme afortunada.

Aspir&#233; profundamente y me deslic&#233; en las sombras de mi nuevo pasillo. Fue como reptar en un contenedor de basura. El ambiente era c&#225;lido y denso y ol&#237;a a orines y a desechos.

Permanec&#237; en el angosto espacio, apoy&#225;ndome ora en un pie o en el otro. El recuerdo de las ara&#241;as y cucarachas muertas que hab&#237;a visto en el poste del barbero me imped&#237;an recostarme contra la pared. Y ni pensar siquiera en sentarme.

El tiempo transcurr&#237;a lentamente. No apartaba los ojos de Saint Vitus, aunque dejaba divagar mis pensamientos. Pensaba en Katty, en Gabby y en san Vito. &#191;Qui&#233;n hab&#237;a sido en realidad? &#191;C&#243;mo le habr&#237;a sentado que dieran su nombre a aquel cubil de la acera de enfrente? &#191;No hab&#237;a una enfermedad con ese nombre? &#191;O ser&#237;a san Telmo?

Pens&#233; en Saint Jacques. La foto del cajero autom&#225;tico era tan deficiente que apenas se distingu&#237;a su rostro. El viejo ten&#237;a raz&#243;n: ni siquiera su propia madre lo habr&#237;a reconocido.

Adem&#225;s, pod&#237;a haberse cambiado el peinado, dejado barba o puesto gafas.

Los incas construyeron una red de carreteras; An&#237;bal cruz&#243; los Alpes; Seti se instal&#243; en el trono Nadie entraba ni sal&#237;a de Saint Vitus. Procur&#233; no pensar en lo que suced&#237;a en una de sus habitaciones. Confi&#233; en que el tipo fuera r&#225;pido.

En mi reducido espacio no corr&#237;a aire, y los muros a&#250;n reten&#237;an el calor acumulado de toda la jornada. La camiseta se me empap&#243; y peg&#243; en el cuerpo. Ten&#237;a la cabeza mojada de sudor y de vez en cuando se deslizaba una gota por mi cuello o rostro. Me remov&#237;a, observaba y pensaba. El ambiente era irrespirable. El cielo gru&#241;&#237;a y destellaba discretamente: simples gemidos celestiales. De vez en cuando un coche iluminaba la calle y pasaba de largo dej&#225;ndola sumida de nuevo en la oscuridad.

El calor, el olor y el confinamiento comenzaron a hacer sentir sus efectos. Ten&#237;a un sordo dolor entre las cejas y sensaci&#243;n de n&#225;useas en el fondo de la garganta. Trat&#233; de ponerme de cuclillas.

De pronto una sombra se cerni&#243; amenazadora sobre m&#237;. Mis pensamientos estallaron en miles de direcciones. &#191;Estar&#237;a el pasillo abierto en el otro extremo? &#161;No hab&#237;a previsto una v&#237;a de escape!

El hombre se meti&#243; en el pasaje hurg&#225;ndose en la cintura. Mir&#233; hacia atr&#225;s, a mis espaldas, que se encontraba oscuro como boca de lobo. &#161;Estaba atrapada!

Entonces, como en un experimento f&#237;sico en el que responden fuerzas iguales y opuestas, me levant&#233; bruscamente y retroced&#237; torpemente con las piernas entumecidas. El hombre, sorprendido, tambi&#233;n retrocedi&#243; unos pasos. Advert&#237; que era asi&#225;tico, aunque entre las l&#250;gubres sombras s&#243;lo se distingu&#237;an sus ojos desorbitados y sus blancos dientes.

Me apret&#233; contra la pared tanto para apoyarme como para protegerme. El tipo me mir&#243; con aire lascivo y movi&#243; perplejo la cabeza. Luego se march&#243; tambaleante por la acera meti&#233;ndose la camisa y subi&#233;ndose la cremallera.

Por unos momentos permanec&#237; inm&#243;vil, hasta que los latidos de mi coraz&#243;n se regularizaron.

&#161;Tan s&#243;lo era un borracho que quer&#237;a orinar y ya se hab&#237;a ido!

&#191;Y si hubiera sido Saint Jacques?

No era el caso.

No te preparaste una salida. Has sido una necia. Vas a dejarte asesinar.

S&#243;lo era un borracho.

Ve a casa: John tiene raz&#243;n. Deja esto para los polic&#237;as.

Ellos no lo har&#225;n.

No es tu problema.

Pero Gabby s&#237; lo es.

A buen seguro que se encuentra en Sainte Ad&#233;le.

All&#237; deber&#237;a haber ido yo.

Ya m&#225;s tranquila reanud&#233; mi vigilancia. Segu&#237; pensando en san Vito. El baile de san Vito. &#161;Eso era! Aquello se habr&#237;a propagado en el siglo XV. La gente se pon&#237;a nerviosa e irritable y sus extremidades comenzaban a contorsionarse. Creyeron que era una forma de histeria y acud&#237;an en peregrinaci&#243;n al santo. &#191;Y qu&#233; se dec&#237;a de san Telmo? Se hablaba del fuego. Algo que ten&#237;a que ver con el cornezuelo del centeno. &#191;Tambi&#233;n aquello enloquec&#237;a a la gente?

Pens&#233; en las ciudades que me gustar&#237;a visitar: Abilene, Bangkok, Chittagong. Siempre me hab&#237;a agradado ese nombre, Chittagong. Tal vez ir&#237;a a Bangladesh. Me encontraba en la letra D, cuando Julie sali&#243; del Saint Vitus y se march&#243; tranquilamente. Me mantuve en mi puesto: ella hab&#237;a dejado de ser mi objetivo. No tuve que aguardar mucho. Mi presa tambi&#233;n se marchaba.

Dej&#233; que cruzara la mitad de la acera y entonces lo segu&#237;. Sus movimientos me recordaban las ratas que escapan de la basura. Se escabull&#237;a con los hombros encorvados, la cabeza hundida, la bolsa aferrada al pecho. Compar&#233; su figura con la que hab&#237;a visto salir disparada de la habitaci&#243;n de la rue Berger. No me parec&#237;an muy similares, pero Saint Jacques hab&#237;a sido demasiado r&#225;pido y su aparici&#243;n totalmente inesperada. Aunque era posible que fuese &#233;l mismo, yo no hab&#237;a tenido bastante tiempo para verlo la vez anterior. Evidentemente aquel tipo no se mov&#237;a tan deprisa.

Por tercera vez en muchas horas me internaba por un laberinto de calles transversales y laterales. El individuo gir&#243; por fin y se dirigi&#243; hacia una casa de piedra gris con fachada en forma de arco. Era como cientos de otras ante las que hab&#237;a pasado aquella noche, aunque algo menos s&#243;rdida, y la escalera oxidada se remontaba en forma de curva hasta las puertas con la pintura estropeada.

El hombre subi&#243; r&#225;pidamente la escalera con un veloz repiqueteo met&#225;lico de sus pies y luego desapareci&#243; por una puerta vistosamente tallada. Casi inmediatamente se encendi&#243; una luz en el primer piso del arco, tras unas ventanas semiabiertas cuyas cortinas pend&#237;an lacias e inm&#243;viles. Se distingu&#237;a una figura que se mov&#237;a por la habitaci&#243;n velada por el gris&#225;ceo encaje. Pas&#233; a la otra acera y aguard&#233;. En esa ocasi&#243;n no hab&#237;a ning&#250;n callej&#243;n donde ocultarse.

Durante unos momentos el hombre se movi&#243; de un lado para otro y luego desapareci&#243;. Aguard&#233;.

&#161;Es &#233;l, Brennan! &#161;Est&#225; ah&#237;!

Acaso est&#233; visitando a alguien o haya acudido a entregar algo.

Ya lo tienes. Puedes marcharte.

Consult&#233; el reloj: las once y veinte. A&#250;n era temprano, as&#237; que aguardar&#237;a otros diez minutos.

No tuve que esperar tanto. La figura reapareci&#243;, levant&#243; las ventanas por completo y desapareci&#243; de nuevo. Luego la habitaci&#243;n se qued&#243; a oscuras. &#161;Era hora de acostarse!

Aguard&#233; cinco minutos para asegurarme de que nadie sal&#237;a del edificio y ya no precis&#233; m&#225;s se&#241;ales para convencerme. Ryan y los muchachos pod&#237;an comenzar desde all&#237;.

Anot&#233; la direcci&#243;n e inici&#233; mi camino de regreso hacia el coche confiando en poder encontrarlo. La atm&#243;sfera segu&#237;a siendo densa y el calor tan intenso como a primera hora de la tarde. Hojas y cortinas pend&#237;an inm&#243;viles, como reci&#233;n lavadas y colgadas a secar. El anuncio de ne&#243;n de St. Laurent resplandec&#237;a por encima de los edificios a oscuras e iluminaba el laberinto de callejuelas por el que yo avanzaba a toda prisa.

El reloj del salpicadero se&#241;alaba la medianoche cuando entr&#233; el coche en el garaje. Iba mejorando: llegaba a casa antes de que amaneciera.

Al principio no detect&#233; ruido alguno. Me encontraba al otro extremo del garaje y escog&#237;a mi llave, cuando por fin se interfiri&#243; en mi mente consciente. Me qued&#233; inm&#243;vil y escuch&#233; con atenci&#243;n. Un intenso pitido llegaba a mis o&#237;dos, desde mi espalda, junto a la entrada principal de veh&#237;culos.

Mientras avanzaba en aquella direcci&#243;n y trataba de identificar su origen, el tono se defini&#243; en un latido agudo y palpitante. Cuando estuve m&#225;s pr&#243;xima, advert&#237; que proced&#237;a de una puerta situada a la derecha de la rampa. Aunque la puerta se ve&#237;a ajustada, el cerrojo estaba parcialmente cerrado, lo que desencadenaba la alarma.

Empuj&#233;, ajust&#233; la barra de seguridad y cerr&#233; por completo. El pitido se interrumpi&#243; bruscamente y el garaje qued&#243; en absoluto silencio. Me dije que, por la ma&#241;ana, comentar&#237;a el aparente mal funcionamiento a Winston.

La casa me pareci&#243; fresca y acogedora tras pasar tantas horas en agujeros sucios y t&#243;rridos. Por un momento me detuve en el vest&#237;bulo para recibir el aire refrigerado sobre mi recalentada piel. Birdie se frot&#243; una y otra vez contra mi pierna arqueando la espalda y ronroneando a modo de salutaci&#243;n. Le acarici&#233; la cabeza, le di de comer y comprob&#233; los mensajes recibidos. Alguien hab&#237;a colgado sin decir palabra.

Fui a la ducha. Mientras me enjabonaba una y otra vez rememor&#233; mentalmente los acontecimientos del d&#237;a. &#191;Qu&#233; hab&#237;a logrado? Ahora conoc&#237;a la residencia del man&#237;aco de lencer&#237;a de Julie; por lo menos supon&#237;a que se trataba de &#233;l puesto que era jueves. &#191;Y eso qu&#233; significaba? Acaso no tuviese nada que ver con los cr&#237;menes.

Pero no lograba convencerme por completo. &#191;Por qu&#233;? &#191;Por qu&#233; pensaba que aquel tipo estaba implicado? &#191;Por qu&#233; me cre&#237;a en la obligaci&#243;n de perseguirlo? &#191;Por qu&#233; tem&#237;a por Gabby? A Julie nada le hab&#237;a sucedido.

Tras la ducha a&#250;n segu&#237;a nerviosa y sin poder dormir, por lo que saqu&#233; una loncha de queso Brie y un pedazo de tornme de ch&#232;vre de savoie del refrigerador y me serv&#237; un ginger ale. Me cubr&#237; con un edred&#243;n y, tras tenderme en el sof&#225;, pel&#233; una naranja y me la com&#237; con el queso. El televisor no logr&#243; atraer mi atenci&#243;n. De nuevo me centr&#233; en mi debate interior.

&#191;Por qu&#233; me hab&#237;a pasado cuatro horas en compa&#241;&#237;a de ara&#241;as y ratas para espiar a un tipo que disfrutaba viendo a las prostitutas en lencer&#237;a? &#191;Por qu&#233; no dejar que los polis llevaran el asunto?

Segu&#237; meditando sobre ello. &#191;Por qu&#233; no me hab&#237;a limitado a decir a Ryan lo que sab&#237;a y pedirle que persiguiera a aquel tipo?

Porque se trataba de una cuesti&#243;n personal. Pero no del modo en que yo me lo hab&#237;a estado diciendo. No se trataba solamente de la amenaza sufrida en mi jard&#237;n, de un ataque contra mi seguridad o la de Gabby. Hab&#237;a algo m&#225;s que me hac&#237;a obsesionarme por aquellos casos, algo m&#225;s profundo y preocupante. Durante una hora, poco a poco, me vi obligada a reconocerlo.

Lo cierto era que &#250;ltimamente me estaba asustando. Cada d&#237;a ve&#237;a de cerca a la muerte. Mujeres asesinadas por hombres y arrojadas a un r&#237;o, un bosque o un vertedero, los huesos fracturados de alguna criatura descubiertos en una caja, una alcantarilla o una bolsa de pl&#225;stico. D&#237;a tras d&#237;as los limpiaba, los examinaba, los clasificaba, redactaba informes y prestaba declaraciones sobre ellos. Y, a veces, no sent&#237;a nada: aislamiento profesional, desinter&#233;s objetivo. Ve&#237;a la muerte demasiado de cerca con excesiva frecuencia e intu&#237;a que estaba perdiendo el sentido de su significado. Sab&#237;a que no pod&#237;a afligirme por el ser humano que hab&#237;a sido cada uno de aquellos cad&#225;veres, que aquello vaciar&#237;a r&#225;pidamente mi reserva de emociones. Se impon&#237;a cierta dosis de aislamiento profesional a fin de realizar el trabajo, pero no hasta el extremo de renunciar a todo sentimiento.

Las muertes de aquellas mujeres hab&#237;an despertado algo en mi interior. Me dol&#237;a su miedo, su dolor, su impotencia ante la locura. Sent&#237;a ira e indignaci&#243;n y la necesidad de desenmascarar al animal responsable de semejante carnicer&#237;a. Sent&#237;a dolor por aquellas v&#237;ctimas, y mi respuesta a su muerte era un modo de salvar mis sentimientos, mi propia humanidad y mi amor por la vida. Sent&#237;a, y estaba reconocida por ello.

Por consiguiente, se hab&#237;a convertido en algo personal y no me detendr&#237;a. Por ello hab&#237;a merodeado por los jardines del monasterio, por los bosques y por los bares y callejuelas del Main. Convencer&#237;a a Ryan para que siguiera aquella pista, descubrir&#237;a al cliente de Julie y encontrar&#237;a a Gabby. Tal vez todo ello estuviera relacionado. No importaba. De uno u otro modo saldr&#237;a a la luz el hijo de perra responsable de aquel derramamiento de sangre femenina y contribuir&#237;a a encerrarlo para siempre.





Cap&#237;tulo 33

Impulsar la investigaci&#243;n result&#243; m&#225;s dif&#237;cil de lo que esperaba, en parte por mi causa.

A las cinco y media del viernes por la tarde me dol&#237;an la cabeza y el est&#243;mago por las infinitas tazas de caf&#233; de m&#225;quina ingerido. Hab&#237;amos pasado horas discutiendo sobre los archivos sin que nadie aportase novedad alguna, por lo que segu&#237;amos insistiendo una y otra vez en las mismas cosas, examinando cuidadosamente monta&#241;as de informaci&#243;n, buscando algo nuevo de modo desesperado. Pero hab&#237;a poco que encontrar.

Bertrand se ocupaba de la perspectiva del agente inmobiliario. Morisette-Champoux y Adkins hab&#237;an anunciado sus viviendas en ReMax, al igual que el vecino de Gagnon. Una firma importante con tres despachos diferentes y tres agentes distintos, ninguno de los cuales recordaba a las v&#237;ctimas ni siquiera sus propiedades. El padre de Trottier hab&#237;a recurrido a Royale Lepage.

El antiguo novio de Pitre era un drogadicto que hab&#237;a matado a una prostituta en Winnipeg. Pod&#237;a ser un golpe de suerte o nada. Claudel se encargaba de ello.

El interrogatorio de agresores sexuales conocidos prosegu&#237;a, aunque sin resultados. Nada sorprendente.

Equipos de agentes uniformados visitaban infructuosamente todo el vecindario en torno a los apartamentos de Adkins y Morisette-Champoux.

Como no ten&#237;amos adonde recurrir, nos consult&#225;bamos mutuamente. Nuestro talante era pesimista y nos restaba poca paciencia, de modo que aguard&#233; a que llegase el momento oportuno. Ellos me escucharon cort&#233;smente cuando les expliqu&#233; la situaci&#243;n de Gabby y lo sucedido aquella noche en mi coche y les habl&#233; del dibujo, de mi conversaci&#243;n con J. S. y de la vigilancia a que hab&#237;a sometido a Julie.

Cuando conclu&#237;, nadie hizo comentarios. Siete mujeres nos observaban en silencio desde los paneles m&#243;viles. Claudel trazaba complejos entramados y rejas con su bol&#237;grafo. Hab&#237;a permanecido silencioso y tenso toda la tarde, como si se mantuviera aislado de todos nosotros. Mi descripci&#243;n lo hizo mostrarse a&#250;n m&#225;s hosco. El zumbido del gran reloj el&#233;ctrico de pared comenzaba a dominar la estancia.

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&#191;Y no sabe si es el mismo canalla que huy&#243; de la calle Berger? -intervino Bertrand.

Negu&#233; con la cabeza.

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Propongo que detengamos a ese cabr&#243;n -dijo Ketterling.

&#191;Con qu&#233; cargo? -inquiri&#243; Ryan.

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Podr&#237;amos apostarnos all&#237; y ver c&#243;mo act&#250;a sometido a presi&#243;n -propuso Charbonneau.

Si se trata de nuestra presa, tal vez se asustara. Y lo &#250;ltimo que deseamos es que lo invada el p&#225;nico y escape de la ciudad -reflexion&#243; Rousseau.

No. Lo &#250;ltimo que deseamos es que deje una bolsa de pl&#225;stico en cualquier otro lugar -puntualiz&#243; Bertrand.

El tipo acaso tan s&#243;lo sea un fetichista.

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Una y otra vez reiter&#225;bamos los mismos t&#243;picos saltando del franc&#233;s al ingl&#233;s. Al final, todos acabamos haciendo dibujitos como Claudel.

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&#191;Hasta qu&#233; punto es Gabby fiable? -intervino de pronto Charbonneau.

Vacil&#233;. En cierto modo la luz del d&#237;a diferenciaba el color de las cosas. Yo hab&#237;a embarcado a aquellos hombres en una persecuci&#243;n y a&#250;n no sab&#237;amos si el objetivo era real.

Claudel me mir&#243; con la frialdad de un reptil. Se me form&#243; un nudo en el est&#243;mago: aquel hombre me despreciaba, deseaba destruirme. &#191;Qu&#233; har&#237;a a mis espaldas? &#191;Hasta d&#243;nde habr&#237;an llegado sus quejas? &#191;Y si me equivocaba?

Y entonces hice algo que jam&#225;s me ser&#237;a posible alterar. Tal vez en el fondo no cre&#237;a que nada malo le hubiese ocurrido a Gabby, que siempre hab&#237;a sabido valerse por s&#237; misma. Tal vez me limit&#233; a ponerme a buen recaudo. &#191;Qui&#233;n sabe? No exagerar&#237;a la preocupaci&#243;n por la seguridad de mi amiga hasta extremos apremiantes. Recog&#237; velas.

No es la primera vez que desaparece.

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Ryan fue el primero en responder.

&#191;De igual modo? &#191;Sin decir palabra?

Asent&#237;.

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Ryan mostr&#243; una sombr&#237;a expresi&#243;n.

De acuerdo. Consigamos un nombre y hagamos una comprobaci&#243;n. Pero por ahora lo mantendremos en segundo plano. De todos modos, sin contar con m&#225;s pruebas, tampoco podemos conseguir una orden de registro.

Se volvi&#243; hacia Charbonneau.

&#191;Qu&#233; opinas, Michel?

Charbonneau asinti&#243;. Comentamos otros extremos, recogimos nuestras cosas y nos separamos.


En las m&#250;ltiples ocasiones en que recuerdo aquella reuni&#243;n siempre me he preguntado si contribu&#237; a alterar los acontecimientos posteriores. &#191;Por qu&#233; no hab&#237;a despertado la alarma acerca de Gabby? &#191;Acaso la presencia de Claudel hab&#237;a mitigado mi decisi&#243;n? &#191;Habr&#237;a sacrificado el celo de la noche anterior en aras de la precauci&#243;n profesional? &#191;Habr&#237;a comprometido la supervivencia de Gabby para no arriesgar mi prestigio profesional? &#191;Habr&#237;an sido diferentes los hechos si aquel d&#237;a se hubiera iniciado una investigaci&#243;n a fondo?

Aquella noche fui a casa y me calent&#233; una cena preparada: un bistec suizo, seg&#250;n creo. Cuando son&#243; el aviso del microondas retir&#233; la bandeja y la destap&#233;.

Permanec&#237; unos momentos contemplando c&#243;mo se coagulaba la grasa sint&#233;tica sobre un pur&#233; de patatas tambi&#233;n sint&#233;tico, percibiendo c&#243;mo crec&#237;a mi sentimiento de soledad y frustraci&#243;n. Pod&#237;a comerlo y pasar otra noche enfrent&#225;ndome a los demonios en compa&#241;&#237;a del gato y de los programas televisivos o ser la directora de la representaci&#243;n nocturna.

&#161;Maldita sea!

Tir&#233; la cena a la basura y fui a Chez Katsura, en la rue de la Montagne, donde me obsequi&#233; con sushi y mantuve una charla trivial con un vendedor de tarjetas de Sudbury. Luego rechac&#233; su invitaci&#243;n y me march&#233; para llegar a tiempo al &#250;ltimo pase de El primer caballero en Le Faubourg.

Eran las once menos veinte cuando sal&#237;a del cine y sub&#237;a a la planta principal en la escalera mec&#225;nica. El peque&#241;o centro comercial estaba casi desierto, los vendedores se hab&#237;an marchado tras guardar sus mercanc&#237;as y cerrarlas en sus carros. Pas&#233; junto a la panader&#237;a y el puesto japon&#233;s de comidas preparadas con sus estanter&#237;as y mostradores vac&#237;os y parapetados tras puertas de seguridad plegables. Cuchillos y sierras pend&#237;an en ordenadas hileras tras los mostradores vac&#237;os del carnicero.

La pel&#237;cula hab&#237;a sido exactamente lo que necesitaba. Aunque estaba muy irritada con el engre&#237;do Richard Gere, que no recordaba en absoluto al franc&#233;s Lancelot.

Cruc&#233; Ste. Catherine y me dirig&#237; a casa. El tiempo a&#250;n era t&#243;rrido y h&#250;medo. Un halo de neblina envolv&#237;a las farolas y flotaba sobre las aceras como el vapor de una ba&#241;era caliente en una noche fr&#237;a de invierno.

Al dejar el vest&#237;bulo y entrar en el recibidor distingu&#237; el sobre introducido entre el pomo de lat&#243;n y la jamba de la puerta. En seguida pens&#233; en Winston. Tal vez necesitaba arreglar algo y tendr&#237;a que cerrar el paso del agua. No. Hubiera colocado un aviso en tal sentido. &#191;Se tratar&#237;a de alguna queja sobre Birdie? &#191;O una nota de Gabby?

No era as&#237;: en realidad no se trataba de ninguna nota. El sobre conten&#237;a dos objetos que en aquellos momentos se encontraban sobre la mesa, silenciosos y terribles. Los mir&#233; fijamente, con el coraz&#243;n desbocado y manos temblorosas, comprendiendo y sin embargo neg&#225;ndome a admitir su significado.

El sobre conten&#237;a un carn&#233; de identidad plastificado en el que figuraba el nombre de Gabby, su fecha de nacimiento y el numero d'assurance maladie en letras blancas bajo una roja puesta de sol que aparec&#237;a en la parte izquierda. Su imagen se hallaba a la diestra, en la parte superior, con sus rizos oscilantes y unos pendientes plateados.

El otro objeto consist&#237;a en un rect&#225;ngulo procedente de un mapa de la ciudad a gran escala, de doce cent&#237;metros de lado. Las direcciones aparec&#237;an en franc&#233;s y mostraban calles y espacios verdes en un estereotipado color angustiosamente familiar. Busqu&#233; puntos de referencia o nombres que me facilitasen el reconocimiento del vecindario. Rue Ste. H&#233;l&#233;ne, rue Beauchamp, rue Champlain. No conoc&#237;a tales calles. Pod&#237;a tratarse de Montreal o de cualquier otra ciudad. Yo no llevaba bastante tiempo en Quebec para saberlo. En el mapa no aparec&#237;an autopistas ni caracter&#237;sticas que permitieran identificarlo. Salvo una se&#241;al: una enorme equis negra que cubr&#237;a el centro del fragmento.

Contempl&#233; como petrificada aquella equis, y en mi mente se formaron terribles im&#225;genes que trat&#233; de desechar, rechazando la &#250;nica conclusi&#243;n aceptable. Aquello era una baladronada, como el cr&#225;neo en el jard&#237;n. Aquel man&#237;aco jugaba conmigo, se esforzaba por aterrorizarme cada vez m&#225;s.

Ignoro cu&#225;nto tiempo permanec&#237; mirando el rostro de Gabby, record&#225;ndolo en otros lugares y en otros tiempos: feliz, con gorro de payaso en la fiesta del tercer cumplea&#241;os de Katy; ba&#241;ado en l&#225;grimas cuando me confi&#243; el suicidio de su hermano

La casa permanec&#237;a en absoluto silencio; el universo se hab&#237;a paralizado. De pronto me invadi&#243; una horrible certeza.

No era una baladronada.!Dios! &#161;Gran Dios! &#161;La querida Gabby! Me sent&#237; terriblemente abrumada.

Ryan descolg&#243; el aparato al tercer timbrazo.

Tiene a Gabby en su poder -susurr&#233;.

Apretaba los nudillos en el auricular y manten&#237;a firme la voz con un enorme esfuerzo de voluntad.

No se dej&#243; enga&#241;ar.

&#191;Qui&#233;n? -pregunt&#243;.

Hab&#237;a captado el terror subyacente e iba directamente al grano.

No lo s&#233;.

&#191;D&#243;nde se encuentran?

Yo No lo s&#233;.

Distingu&#237; el roce de la mano al pasarla por el rostro.

&#191;Qu&#233; es lo que tiene?

Me escuch&#243; sin interrumpirme.

&#161;Mierda! -Una pausa-. De acuerdo. Recoger&#233; el mapa para que mis hombres puedan localizar la situaci&#243;n; luego enviar&#233; un equipo all&#237;.

Puedo llev&#225;rselo -me ofrec&#237;.

Creo que ser&#225; mejor que se quede en casa. Designar&#233; a una brigada para que vigile su edificio.

No soy yo quien se halla en peligro -repliqu&#233;-. &#161;Ese canalla tiene a Gabby en su poder! &#161;Probablemente ya la habr&#225; matado!

Mi m&#225;scara se descompon&#237;a. Me esforc&#233; por dominar el temblor de las manos.

Brennan, siento terriblemente lo de su amiga. Me gustar&#237;a ayudarla como fuese, cr&#233;ame. Pero usted tiene que utilizar su cerebro. Si ese psic&#243;pata s&#243;lo le ha quitado el bolso, es probable que ella est&#233; libre y perfectamente donde quiera que se encuentre. Si la tiene en su poder y nos ha mostrado d&#243;nde encontrarla, la habr&#225; dejado en el estado en que desee que la hallemos, y eso no podemos cambiarlo. Entretanto alguien ha puesto una nota en su puerta, Brennan. El hijo de perra estuvo en su edificio, conoce su coche. Si ese tipo es el asesino no dudar&#225; en a&#241;adirla a su lista. El respeto por la vida no figura entre sus cualidades personales y ahora parece haberse centrado en usted.

Estaba en lo cierto.

Y apostar&#233; a alguien tras el individuo que usted sigui&#243;.

Deseo que sus muchachos me avisen en cuanto detecten la localizaci&#243;n -dije con voz queda y lentamente.

Bren

&#191;Hay alg&#250;n problema? -protest&#233; con menos suavidad.

Era irracional y yo lo sab&#237;a, pero Ryan se mostr&#243; comprensivo hacia mi creciente histeria, &#191;o ser&#237;a rabia? Tal vez simplemente no deseara enfrent&#225;rseme.

No.

Ryan tuvo el sobre en su poder hacia medianoche, y el departamento de identificaci&#243;n llam&#243; una hora despu&#233;s. En la tarjeta aparec&#237;a una huella: la m&#237;a. La equis se&#241;alaba un solar abandonado en St. Lambert.

Una hora despu&#233;s recib&#237; una segunda llamada de Ryan. Una patrulla hab&#237;a comprobado el solar y todos los edificios circundantes sin descubrir nada. Ryan hab&#237;a dispuesto que acudieran los de investigaci&#243;n por la ma&#241;ana, acompa&#241;ados de sabuesos. Retorn&#225;bamos a la playa sur.

&#191;A qu&#233; hora de la ma&#241;ana? -inquir&#237; con voz temblorosa.

Mi preocupaci&#243;n hacia Gabby rayaba ya en los l&#237;mites de lo intolerable.

Lo tendr&#233; todo preparado para las siete.

Para las seis.

Las seis. &#191;Quiere que la acompa&#241;emos?

Gracias.

Acaso no le suceda nada -dijo tras leve vacilaci&#243;n.

S&#237;.

Aunque sab&#237;a que no lograr&#237;a conciliar el sue&#241;o, segu&#237; los habituales ritos previos al acto de acostarme: me lav&#233; los dientes y el rostro, me di loci&#243;n en las manos y me puse el camis&#243;n. Luego pas&#233; de habitaci&#243;n en habitaci&#243;n tratando de no pensar en las mujeres que aparec&#237;an en los paneles informativos, en las fotos de los escenarios de cr&#237;menes, en las descripciones de las autopsias, en Gabby.

Coloqu&#233; bien un cuadro, puse un jarr&#243;n en su sitio, recog&#237; pelusa de la alfombra. Como sent&#237;a fr&#237;o, me prepar&#233; una taza de t&#233; y apagu&#233; el aire acondicionado. Al cabo de unos momentos volv&#237; a conectarlo. Birdie se retir&#243; al dormitorio, cansado de tanto movimiento in&#250;til, pero yo no pod&#237;a interrumpirme. La sensaci&#243;n de impotencia frente al inminente horror me resultaba intolerable.

Sobre las dos me tend&#237; en el sof&#225;, cerr&#233; los ojos y me esforc&#233; por relajarme. Me concentr&#233; en los sonidos nocturnos, el compresor del aire acondicionado, una ambulancia, el goteo de los grifos en el piso superior, el agua que desaguaba por una tuber&#237;a, crujidos de madera, tabiques que se ajustaban.

Mi mente derivaba hacia un enfoque visual: surg&#237;an im&#225;genes del pasado que giraban y se desplomaban como partes de secuencias on&#237;ricas de Hollywood. Ve&#237;a el pichi plisado de Chantale Trottier; a la destrozada Morisette-Champoux; la putrefacta cabeza de Isabelle Gagnon; una mano cercenada; un seno aplastado encajado entre unos labios blancos como la nieve; una mona sin vida; una estatua; un desatascador; un cuchillo.

No pod&#237;a evitarlo. Represent&#233; una pel&#237;cula de muerte, torturada por la idea de que Gabby se hab&#237;a incorporado al reparto. La oscuridad se disolv&#237;a en la claridad matinal cuando me levant&#233; para vestirme.





Cap&#237;tulo 34

Apenas hab&#237;a asomado el sol sobre el horizonte cuando descubrimos el cad&#225;ver. Margot fue directamente a su encuentro, sin apenas vacilar, cuando la soltamos dentro de la verja de contrachapado que rodeaba la propiedad. Olfate&#243; unos momentos y luego corri&#243; por la zona boscosa, mientras el azafranado color del amanecer te&#241;&#237;a su piel e iluminaba el polvo alrededor de sus patas.

El enterramiento estaba oculto tras los cimientos de una casa en ruinas. Era somero, r&#225;pidamente excavado y cubierto con apresuraci&#243;n. Algo corriente. Pero el asesino hab&#237;a a&#241;adido un toque personal subrayando el lugar con una disposici&#243;n ovalada de ladrillos cuidadosamente colocados.

El cad&#225;ver yac&#237;a ahora en el suelo, en la bolsa cerrada con cremallera. Aunque no era necesario, hab&#237;amos sellado el escenario del crimen con caballetes y cinta amarilla. Lo temprano de la hora y la barrera provista por el contrachapado hubieran constituido suficiente protecci&#243;n. Ning&#250;n curioso se hab&#237;a acercado a husmear cuando desenterramos el cuerpo y procedimos con nuestras rutinas macabras.

Yo me encontraba sentada en el coche patrulla tomando caf&#233; fr&#237;o en un vaso de pl&#225;stico. La radio resonaba entrecortadamente y en torno a m&#237; se efectuaban los habituales procedimientos. Me hab&#237;a personado para realizar mi trabajo, para comportarme de un modo profesional, pero descubr&#237;a que no pod&#237;a hacerlo. Los dem&#225;s tendr&#237;an que arregl&#225;rselas. Tal vez m&#225;s tarde mi cerebro aceptara los mensajes que en aquellos momentos rechazaba. Por el momento, estaba aturdida y con la mente paralizada. No deseaba verla en la zanja, repetir la escena del cad&#225;ver hinchado y marm&#243;reo surgiendo a medida que se retiraban capas de tierra. Hab&#237;a reconocido al instante los pendientes de plata que representaban a Ganesh. Recordaba su rostro cuando me hablaba del elefantito. Se trataba de un dios feliz, en absoluto propicio al dolor ni a la muerte. &#191;D&#243;nde estabas, Ganesh? &#191;Por qu&#233; no protegiste a tu amiga? &#191;Por qu&#233; no la protegi&#243; ninguno de sus amigos? Era preciso desechar la angustia.

Efectu&#233; una identificaci&#243;n visual del cad&#225;ver, y acto seguido Ryan se hizo cargo del proceso. Yo lo observaba mientras conferenciaba con Pierre Gilbert. Charlaron unos momentos y luego Ryan se volvi&#243; y fue hacia m&#237;.

Se subi&#243; las perneras del pantal&#243;n y se puso en cuclillas junto a la puerta abierta del veh&#237;culo apoyando una mano en el reposabrazos. Aunque s&#243;lo era media ma&#241;ana la temperatura alcanzaba ya los veintisiete grados, y la transpiraci&#243;n empapaba sus cabellos y axilas.

Lo siento mucho -dijo.

Asent&#237;.

S&#233; cuan duro es esto para usted.

No, no lo sab&#237;a.

El cad&#225;ver no est&#225; muy descompuesto, lo que me sorprende considerando este calor -repuse.

No sabemos cu&#225;nto tiempo lleva aqu&#237;.

Claro.

Me acarici&#243; la mano. Su palma dej&#243; un peque&#241;o surco de sudor en el pl&#225;stico.

No hab&#237;a

&#191;Han descubierto algo?

Poca cosa.

&#191;Huellas, se&#241;ales de neum&#225;ticos, nada en este condenado campo?

Neg&#243; con la cabeza.

&#191;Alg&#250;n indicio en los ladrillos? -Me constaba cuan necia era mientras lo estaba diciendo.

Fij&#243; su mirada en la m&#237;a.

&#191;Tampoco nada en el foso? -insist&#237;.

Hab&#237;a algo, Tempe. En el pecho llevaba -Vacil&#243; un instante-. Un guante quir&#250;rgico.

Algo chapucero en este individuo: nunca se hab&#237;a dejado nada. Tal vez haya huellas en el interior. -Me esforzaba por mantener el control-. &#191;Algo m&#225;s?

No creo que la matase aqu&#237;, Tempe. Probablemente la transport&#243; de cualquier otro lugar.

&#191;Qu&#233; es esto?

Una taberna que cerr&#243; hace a&#241;os. La finca fue vendida, el edificio derribado y despu&#233;s el comprador cay&#243; en bancarrota y el solar ha estado vallado durante seis a&#241;os.

&#191;De qui&#233;n es propiedad?

&#191;Deseas saber su nombre?

S&#237; -gru&#241;&#237;.

De un tipo llamado Bailey -repuso tras consultar su agenda.

A sus espaldas, dos ayudantes depositaban los restos de Gabby en una camilla que condujeron hacia la furgoneta del juez de primera instancia.

&#161;Oh, Gabby! &#161;Cu&#225;nto lo siento!

&#191;Puedo hacer algo por usted?

El hombre fijaba en m&#237; sus fr&#237;os y azules ojos.

&#191;C&#243;mo?

&#191;Desea tomar algo? &#191;Comer? &#191;Quiere volver a casa?

S&#237;, y no regresar jam&#225;s.

No, me siento bien.

Por primera vez repar&#233; en la mano que hab&#237;a puesto sobre la m&#237;a. Los dedos eran delgados, pero su mano, ancha y huesuda. Un arco moteado subrayaba el nudillo del pulgar.

No ha sido mutilada -dije.

No.

&#191;Por qu&#233; los ladrillos?

Nunca he podido comprender c&#243;mo piensan esos imitantes.

Es una pulla, &#191;verdad? Quer&#237;a que la encontr&#225;ramos y deseaba manifestar algo. No encontraremos huellas dentro del guante.

No respondi&#243;.

Esto es diferente, &#191;verdad, Ryan?

S&#237;.

El calor dentro del veh&#237;culo era como melaza en mi piel. Sal&#237; y me levant&#233; los cabellos para sentir la brisa en la nuca. No corr&#237;a aire. Observ&#233; c&#243;mo aseguraban con negras tiras de lona la bolsa que conten&#237;a el cuerpo y lo deslizaban en la furgoneta. Sent&#237; formarse un sollozo en mi pecho y trat&#233; de contenerlo.

&#191;Pude haberla salvado, Ryan?

&#191;Pudimos salvarla cualquiera de nosotros? No lo s&#233;. -Profiri&#243; un fuerte suspiro y entorn&#243; los ojos para protegerse del sol-. Hace unas semanas, tal vez. Probablemente no ayer ni anteayer.

Se volvi&#243; y fij&#243; la mirada en m&#237;.

Lo que me consta es que encontraremos a ese hijo de perra. Es hombre muerto.

Distingu&#237; a Claudel, que acud&#237;a hacia nosotros con una bolsa de pl&#225;stico de pruebas. Me promet&#237; que si me dec&#237;a algo le partir&#237;a los condenados labios. Estaba decidida a ello.

Lo siento much&#237;simo -murmur&#243; Claudel evitando mi mirada. Y dirigi&#233;ndose a Ryan a&#241;adi&#243;-: Aqu&#237; hemos acabado.

Ryan enarc&#243; las cejas. Claudel le respondi&#243; con una se&#241;al de la cabeza en direcci&#243;n hacia un punto determinado. Mi pulso se aceler&#243;.

&#191;Qu&#233; es? &#191;Qu&#233; han encontrado?

Ryan me puso las manos en los hombros. Mir&#233; la bolsa que Claudel sosten&#237;a y distingu&#237; un guante quir&#250;rgico amarillo p&#225;lido con manchas marrones que moteaban su superficie. Sobresaliendo del borde del guante se ve&#237;a un objeto plano, rectangular, con borde blanco y fondo negro. Era una fotograf&#237;a. Ryan intensific&#243; su presi&#243;n en mis hombros. Lo mir&#233; inquisitiva temiendo ya la respuesta.

Lo veremos luego.

D&#233;jemelo -insist&#237; tendiendo una mano temblorosa. Claudel vacil&#243; y me tendi&#243; la bolsa. La cog&#237;, as&#237; un dedo y a trav&#233;s del guante golpe&#233; con suavidad hasta que la foto se desprendi&#243; f&#225;cilmente. Reorient&#233; la bolsa y mir&#233; a trav&#233;s del pl&#225;stico.

En la foto aparec&#237;an dos figuras cogidas del brazo, los cabellos agitados por el viento, las grandes olas del oc&#233;ano ondeando a sus espaldas. El terror me invadi&#243;, se aceler&#243; mi respiraci&#243;n. Tranquil&#237;zate, c&#225;lmate.

Myrtle Beach, 1992. Katy y yo. El canalla hab&#237;a enterrado una foto de mi hija con mi amiga asesinada.

Nadie pronunci&#243; palabra. Advert&#237; que Charbonneau se aproximaba desde el lugar donde se encontraba enterrado el cad&#225;ver. El hombre se reuni&#243; con nosotros y mir&#243; a Ryan, que asinti&#243;. Los tres hombres guardaron silencio. Nadie sab&#237;a c&#243;mo reaccionar, qu&#233; decir. No me sent&#237;a dispuesta a ayudarlos. Charbonneau interrumpi&#243; el silencio.

Vamos a acorralar a este hijo de perra.

&#191;Tenemos ya el mandamiento judicial? -intervino Ryan.

Bertrand se reunir&#225; con nosotros. Lo emitieron en cuanto descubrimos el cad&#225;ver.

Fij&#243; sus ojos en m&#237; y desvi&#243; r&#225;pidamente la mirada.

&#191;Sigue el tipo all&#237; todav&#237;a?

Nadie ha entrado ni salido desde que vigilamos la casa. No creo que debamos esperar.

Desde luego.

Ryan se volvi&#243; hacia m&#237;.

El juez Tessier acept&#243; la causa probable y autoriz&#243; el mandamiento judicial esta ma&#241;ana, as&#237; que vamos a acorralar al tipo que usted persigui&#243; la noche del jueves. Ahora mismo pienso ir

De ning&#250;n modo, Ryan. Ir&#233; yo.

Bren

Por si lo ha olvidado, acabo de identificar a mi mejor amiga en cuyo poder hab&#237;a una foto de mi hija y m&#237;a. Tal vez la haya matado ese cerdo o cualquier otro psic&#243;pata, pero voy a descubrirlo y har&#233; todo lo posible para acabar con &#233;l. Lo perseguir&#233; y lo acorralar&#233; con la ayuda de usted y de sus grandes hombres o sin ella. -Acompa&#241;aba mis palabras con insistentes se&#241;ales en el aire con el dedo, como un pist&#243;n neum&#225;tico-. &#161;Pienso ir all&#237; ahora mismo!

Echaba fuego por los ojos y jadeaba intensamente. Pero no lloraba. No pensaba verter una l&#225;grima. Me esforc&#233; por dominar mi histeria. Durante largo rato nadie pronunci&#243; palabra.

Allons-y -dijo por fin Claudel-. V&#225;monos.





Cap&#237;tulo 35

Hacia mediod&#237;a la temperatura y la humedad eran tan elevadas que la ciudad parec&#237;a inanimada. Nada se mov&#237;a. Arboles, p&#225;jaros, insectos y seres humanos se manten&#237;an lo m&#225;s quietos posible, como paralizados por el calor sofocante. La mayor&#237;a se ocultaban a la vista.

El trayecto fue una repetici&#243;n del d&#237;a de san Juan Bautista. Un silencio tenso, olor a sudor entre el aire acondicionado y el miedo que atenazaba mi est&#243;mago. S&#243;lo se echaba de menos la hosquedad de Claudel. Charbonneau y &#233;l se reunir&#237;an all&#237; con nosotros.

Y el tr&#225;fico era diferente. Por el camino hacia la rue Berger nos hab&#237;amos cruzado con multitudes que celebraban una jornada festiva; en aquellos momentos cruz&#225;bamos calles vac&#237;as y llegamos al cubil del sospechoso en menos de veinte minutos. Cuando giramos por la esquina distingu&#237; a Bernard, Charbonneau y Claudel en un veh&#237;culo camuflado, detr&#225;s del cual se hallaba aparcado el coche patrulla de Bertrand. La furgoneta policial se encontraba al final de la manzana, Gilbert ante el volante y un t&#233;cnico apoyado contra la ventanilla del acompa&#241;ante.

Los tres detectives se apearon en cuanto nos dirigimos hacia ellos. La calle estaba tal como yo la recordaba, aunque a la luz del d&#237;a era m&#225;s vulgar y carente de atractivos que entre la oscuridad. Ten&#237;a la camisa pegada a la pegajosa piel.

&#191;D&#243;nde se halla el equipo de vigilancia? -inquiri&#243; Ryan a modo de saludo.

Han rodeado el edificio por la parte posterior -repuso Charbonneau.

&#191;Sigue &#233;l adentro?

No se ha producido actividad alguna desde que llegaron aqu&#237; hacia medianoche. Posiblemente sigue dormido.

&#191;Hay una salida posterior?

Charbonneau asinti&#243;.

Ha estado cubierta toda la noche. Tenemos patrullas en cada extremo de la manzana y hay otra apostada en Martineau. -Se&#241;al&#243; con el pulgar hacia el otro lado de la calle-. Si el muchacho est&#225; ah&#237;, no tiene escapatoria posible.

&#191;Tiene el documento? -pregunt&#243; Ryan volvi&#233;ndose hacia Bertrand.

&#201;ste asinti&#243;.

Es el catorce treinta y seis de S&#233;guin, n&#250;mero doscientos uno. &#161;Vamos, baje!

E hizo un ademan burl&#243;n, como si exhibiera una invitaci&#243;n.

Aguardamos unos momentos examinando el edificio como si se tratase de un adversario al que nos dispusi&#233;ramos a asaltar y capturar. Dos chavales negros rodeaban la esquina y avanzaban por la manzana acompa&#241;ados de la estrepitosa m&#250;sica de rap de un enorme transistor. Calzaban Air Jordans y llevaban unos pantalones enormes, capaces de albergar a toda una familia. Sus camisetas exhib&#237;an t&#243;tems de violencia: en una aparec&#237;a un cr&#225;neo con ojos que se deshac&#237;an; en la otra, la Parca, con sombrilla playera. La Muerte de vacaciones. El muchacho m&#225;s alto llevaba rapada la cabeza y tan s&#243;lo se hab&#237;a dejado una zona ovalada de cabello en lo alto. El otro llevaba rizos.

Por un momento, con una punzada de dolor, se me represent&#243; la melena rizada de Gabby.

M&#225;s tarde: aqu&#233;l no era el momento oportuno. Me esforc&#233; por centrarme en el presente.

Vimos a los muchachos entrar en un edificio pr&#243;ximo y truncarse el sonido de rap tras la puerta que se cerr&#243; a sus espaldas. Ryan mir&#243; en ambas direcciones y luego se volvi&#243; hacia nosotros.

&#191;Vamos? -dijo.

Cojamos a ese hijo de perra -repuso Claudel.

Luc, Michel y t&#250; cubrir&#233;is la parte posterior. Si trata de escapar, aplastadlo.

Claudel entorn&#243; los ojos, lade&#243; la cabeza como si se dispusiera a decir algo y por &#250;ltimo la sacudi&#243; y dio un fuerte resoplido. Charbonneau y &#233;l se pusieron en marcha, pero se volvieron al o&#237;r a Ryan.

Nos atendremos a las normas -dijo con dura expresi&#243;n-. No comet&#225;is errores.

Los detectives del CUM cruzaron la calle y desaparecieron tras el edificio de piedra gris.

Ryan se volvi&#243; hacia m&#237;.

&#191;Est&#225; preparada?

Asent&#237;.

Podr&#237;a tratarse de nuestro hombre.

S&#237;, Ryan, lo s&#233;.

&#191;Se siente en condiciones?

&#161;Por Dios, Ryan!

&#161;En marcha!

Sent&#237; estallar una burbuja de temor en mi pecho mientras sub&#237;amos la escalera met&#225;lica. La puerta exterior no estaba cerrada. Entramos en un peque&#241;o vest&#237;bulo de sucio pavimento enlosado. Los buzones del correo se alineaban en la pared derecha y en el suelo, debajo de ellos, aparec&#237;an circulares. Bertrand tante&#243; la puerta interior, que tambi&#233;n estaba abierta.

&#161;Vaya seguridad! -coment&#243;.

Atravesamos un pasillo escasamente iluminado, entre un calor asfixiante impregnado de olor a grasas y a fritangas. Una alfombra ra&#237;da se extend&#237;a hacia el fondo del edificio y cubr&#237;a una escalera situada la derecha, asegurada a intervalos por tiras met&#225;licas. Sobre ella alguien hab&#237;a colocado una cubierta de pl&#225;stico, en alg&#250;n tiempo transparente y, a la saz&#243;n, opaca por el tiempo y la suciedad.

Subimos a la primera planta, amortiguados nuestros pasos por el vinilo. El 201 era el primer apartamento que figuraba a la derecha. Ryan y Bertrand se situaron a ambos lados de la negra puerta de madera y de espaldas a la pared, con las chaquetas desabrochadas y las manos ligeramente apoyadas sobre sus armas.

Ryan me hizo se&#241;as para que me pusiera a su lado. Me aplast&#233; contra la pared y sent&#237; que mis cabellos se enganchaban en el tosco yeso. Aspir&#233; profundamente un intenso olor a moho y a polvo. Distingu&#237; el sudor de Ryan.

Ryan hizo se&#241;as a Bertrand. La burbuja de ansiedad estall&#243; en mi garganta.

Bertrand llam&#243; a la puerta.

No obtuvo respuesta.

Llam&#243; de nuevo.

Silencio.

Ryan y Bertrand se pusieron en tensi&#243;n. Mi respiraci&#243;n era jadeante.

&#161;Abra a la polic&#237;a!

Por el pasillo se abri&#243; quedamente una puerta y unos ojos asomaron por la rendija que permit&#237;a la cadena de seguridad.

Bertrand llam&#243; con m&#225;s fuerza, cinco golpes firmes en el sofocante silencio.

De pronto alguien dijo:

Monsieur Tanguay n'est pas ici.

Volvimos r&#225;pidamente las cabezas en aquella direcci&#243;n Era una voz suave y aguda que proced&#237;a del otro lado del pasillo

Ryan hizo se&#241;as a Bertrand para que permaneciera en su puesto y ambos nos dirigimos hacia all&#237;. Unos ojos nos observaban, ampliados los iris tras gruesos cristales y sin apenas levantarse un metro veinte del suelo.

Los ojos pasaron de Ryan a m&#237; y de nuevo a &#233;l en busca del punto menos amenazador donde posarse. Ryan se puso en cuclillas para llegar a su nivel.

Bonjour -dijo.

Hola.

Comment &#231;a va?

&#199;a va.

Nuestro interlocutor aguard&#243;. No pod&#237;a adivinar cu&#225;l era su sexo.

&#191;Est&#225; en casa tu madre? Negativa con la cabeza.

&#191;Tu padre?

No.

&#191;Hay alguien?

&#191;Qui&#233;nes son ustedes?

Bien, joven. No conf&#237;es en desconocidos.

Polic&#237;a -repuso Ryan al tiempo que le mostraba su insignia.

Los ojos que nos observaban se desorbitaron.

&#191;Puedo tocarla?

Ryan se la pas&#243; por la rendija. Su interlocutor la examin&#243; con aire solemne y se la devolvi&#243;.

&#191;Buscan a monsieur Tanguay?

S&#237;, eso es.

&#191;Por qu&#233;?

Queremos formularle algunas preguntas. &#191;Conoces a monsieur Tanguay?

La criatura asinti&#243;, pero en silencio.

&#191;C&#243;mo te llamas?

Mathieu.

Era un muchacho.

&#191;Cu&#225;ndo estar&#225; en casa tu madre, Mathieu?

Vivo con mi abuela.

Ryan mud&#243; de postura, y sus articulaciones crujieron. Dej&#243; caer una rodilla en el suelo, apoy&#243; un codo en la otra y descans&#243; la barbilla en los nudillos mientras miraba a Mathieu.

&#191;Cu&#225;ntos a&#241;os tienes, Mathieu?

Seis.

&#191;Cu&#225;nto tiempo hace que vives aqu&#237;?

El ni&#241;o pareci&#243; sorprendido, como si nunca se le hubiera ocurrido otra posibilidad.

Siempre.

&#191;Conoces a monsieur Tanguay?

Mathieu asinti&#243;.

&#191;Cu&#225;nto tiempo hace que vive aqu&#237;.

Encogimiento de hombros.

&#191;Cu&#225;ndo estar&#225; tu abuela en casa?

Ella limpia casas. -Hizo una pausa-. Es s&#225;bado. -Puso los ojos en blanco y se mordisque&#243; el labio inferior-. Aguarde un momento -dijo.

Desapareci&#243; dentro del apartamento y regres&#243; al cabo de un momento.

A las tres y media.

&#161;Diablos! -exclam&#243; Ryan tras abandonar su posici&#243;n inclinada.

Se me dirigi&#243; con voz tensa, aunque se expresaba en un susurro.

Ese cerdo puede estar ah&#237; y aqu&#237; nos encontramos con una criatura desatendida.

Mathieu vigilaba como el gato de un establo a una rata acorralada, sin apartar los ojos del rostro de Ryan.

Monsieur no est&#225; aqu&#237;.

&#191;Est&#225;s seguro? -insisti&#243; Ryan de nuevo de rodillas.

Se ha marchado.

&#191;Adonde?

Otro encogimiento de hombros. El ni&#241;o se subi&#243; las gafas sobre la nariz con su gordezuelo dedo.

&#191;C&#243;mo sabes que se ha marchado?

Porque cuido de sus peces. -Una sonrisa ancha como el Mississippi le ilumin&#243; el rostro-. Tiene angelotes y nubes blancas. &#161;Son fant&#225;sticos!

&#191;Cu&#225;ndo regresar&#225;?

Encogimiento de hombros.

&#191;No lo ha anotado tu abuela en el calendario? -le suger&#237;.

El ni&#241;o me mir&#243; sorprendido y luego desapareci&#243; como la vez anterior.

&#191;Qu&#233; calendario? -me pregunt&#243; Ryan.

Deben de tener uno. All&#237; fue donde acudi&#243; a consultar para asegurarse de cu&#225;ndo regresar&#237;a hoy su abuela.

No hay nada -repuso Mathieu al regresar.

Ryan se levant&#243;.

&#191;Y qu&#233; hacemos ahora?

Si dice la verdad entramos y registramos la casa. Tenemos su nombre, encontraremos al tal Tanguay. Tal vez la abuela sepa adonde ha ido. De no ser as&#237;, lo sorprenderemos en cuanto aparezca por aqu&#237;.

Ryan mir&#243; a Bertrand y le se&#241;al&#243; la puerta.

Otros cinco golpecitos.

Nada.

&#191;La echamos abajo? -pregunt&#243; Bertrand.

A monsieur Tanguay no le gustar&#225;.

Todos miramos al ni&#241;o.

Ryan se inclin&#243; junto a &#233;l por tercera vez.

Se enfada much&#237;simo cuando haces algo malo -dijo Mathieu.

Es muy importante que busquemos algo en el apartamento de monsieur Tanguay -le explic&#243; Ryan.

A &#233;l no le gustar&#225; que le rompan la puerta.

Me agach&#233; junto a Ryan.

&#191;Tienes los peces de monsieur Tanguay en tu apartamento?

El muchacho neg&#243; con la cabeza.

&#191;Tienes la llave de su apartamento?

Mathieu asinti&#243;.

&#191;Puedes dej&#225;rnosla?

No.

&#191;Por qu&#233; no?

No puedo salir cuando la abuela no est&#225; en casa.

Eso est&#225; bien, Mathieu. Tu abuela quiere que te quedes en casa porque cree que est&#225;s m&#225;s seguro en ella. Hace muy bien y t&#250; eres un buen muchacho al obedecerla.

El muchachito exhibi&#243; de nuevo su amplia sonrisa.

&#191;Que te parece si utilizamos la llave unos momentos, Mathieu? Es muy importante para la polic&#237;a, y t&#250; tienes raz&#243;n en que no debemos romper la puerta.

Supongo que ser&#225; correcto puesto que ustedes son polic&#237;as -respondi&#243; el peque&#241;o.

Se perdi&#243; r&#225;pidamente de vista y regres&#243; con una llave. Apret&#243; los labios y me mir&#243; con fijeza mientras me la entregaba a trav&#233;s de la rendija.

No rompan la puerta de monsieur Tanguay -advirti&#243;.

Tendremos mucho cuidado.

Y no entren en la cocina. Eso no est&#225; bien. Nunca se debe entrar en la cocina.

Cierra la puerta y qu&#233;date adentro, Mathieu. Llamar&#233; cuando hayamos acabado. No abras hasta que me oigas llamar.

El peque&#241;o asinti&#243; con solemnidad y desapareci&#243; tras su puerta.

Nos reunimos con Bertrand, que golpe&#243; y llam&#243; de nuevo. Se produjo una pausa embarazosa y, ante una se&#241;al de Ryan, met&#237; la llave en la cerradura.

La puerta daba directamente a un peque&#241;o sal&#243;n en una gama de tonalidades granates. Una serie de estanter&#237;as se extend&#237;an desde el suelo hasta el techo a ambos lados y las restantes paredes eran de madera, oscurecida su superficie por numerosas capas de barniz. Aplastado terciopelo rojo cubr&#237;a las ventanas, respaldado por gris&#225;ceo encaje que bloqueaba la mayor parte de luz solar. Permanecimos absolutamente inm&#243;viles, escuchando y tratando de vislumbrar entre la oscuridad de la estancia.

El &#250;nico sonido que distinguimos era un tenue e irregular zumbido, como electricidad que escapara de un circuito roto. Proced&#237;a de detr&#225;s de las dobles puertas que ten&#237;amos enfrente y hacia la izquierda. Por lo dem&#225;s, la casa estaba mortalmente silenciosa.

Un adverbio poco afortunado, Brennan. Mir&#233; a mi alrededor, y las formas del mobiliario se fueron perfilando en la oscuridad. En el centro de la estancia se encontraba una mesa de madera tallada con sillas a juego. Un sof&#225; muy gastado se combaba en el hueco frontal, cubierto por un sarape mejicano. Enfrente, un ba&#250;l de madera serv&#237;a de soporte a un Sony Trinitron.

Diseminadas por la estancia se ve&#237;an mesitas de madera y armarios; algunos, muy hermosos, no se diferenciaban de las piezas que yo hab&#237;a encontrado en los mercados de rastro. Dud&#233; que todo ello consistiera en hallazgos de &#250;ltima hora, adquiridos como gangas para sanearlos y restaurarlos. Parec&#237;a como si hubieran permanecido en aquel mismo lugar durante a&#241;os, desde&#241;ados por los sucesivos inquilinos que hubieran ocupado la casa.

El suelo estaba cubierto por una vieja alfombra india y hab&#237;a plantas por doquier. Se apretujaban en los rincones, se extend&#237;an en hileras por los z&#243;calos y pend&#237;an de clavos. Las carencias en mobiliario se hab&#237;an suplido con vegetaci&#243;n. Las plantas pend&#237;an de soportes en las paredes y descansaban en los alf&#233;izares de las ventanas, sobre las mesas, alacenas y estanter&#237;as.

Parece un jard&#237;n bot&#225;nico -dijo Bertrand.

Y pens&#233; que ol&#237;a como tal. Un olor a cerrado impregnaba el aire, mezcla de hongos, hojas y tierra mojada.

Al otro lado de la entrada principal, un corto pasillo conduc&#237;a a una puerta cerrada. Ryan me hizo se&#241;as de que aguardara con el mismo adem&#225;n que hab&#237;a utilizado en el vest&#237;bulo y acto seguido se desliz&#243; por la pared, con los hombros inclinados, las rodillas dobladas y la espalda adosada contra la pared. Avanz&#243; poco a poco hacia la puerta, se detuvo un instante y por fin le propin&#243; una fuerte patada.

La puerta se abri&#243; bruscamente, choc&#243; contra la pared y se volvi&#243; hacia atr&#225;s para quedar por fin semiabierta. Aguc&#233; el o&#237;do para percibir sonidos de movimiento, entre los fuertes latidos de mi coraz&#243;n ante el zumbido desigual.

Un misterioso resplandor surgi&#243; tras la puerta semiabierta acompa&#241;ado de un suave gorgoteo.

Hemos encontrado los peces -dijo Ryan mientras cruzaba la puerta.

Encendi&#243; la luz con su bol&#237;grafo, y la estancia se inund&#243; de claridad. Se trataba de un dormitorio corriente, con un lecho individual, cubrecama con dibujos indios, mesita de noche, l&#225;mpara, despertador y espray nasal. Hab&#237;a una c&#243;moda, sin espejo. Un peque&#241;o ba&#241;o en el fondo y una ventana. Pesadas cortinas bloqueaban la perspectiva de un muro de piedra.

Los &#250;nicos objetos ins&#243;litos eran las peceras que se alineaban contra la pared del fondo. Mathieu ten&#237;a raz&#243;n: era fant&#225;stico. Azules el&#233;ctricos, amarillos canario y franjas blanquinegras se precipitaban de uno a otro lado entre coral blanco y rosa y hojas de todas las tonalidades imaginables de verde. Cada diminuto ecosistema estaba iluminado en color aguamarina y matizado por una cascada de ox&#237;geno.

Yo observaba como hipnotizada sintiendo que se formaba una idea en mi mente que me esforzaba por concretar. &#191;Qu&#233; la suscitar&#237;a? &#191;Acaso los peces?

Ryan se mov&#237;a alrededor de m&#237; vali&#233;ndose de su bol&#237;grafo para apartar la cortina de la ducha, abrir el botiqu&#237;n, tantear entre el alimento y las redes que rodeaban las peceras. Utiliz&#243; un pa&#241;uelo para abrir los cajones de la c&#243;moda; luego introdujo el bol&#237;grafo entre la ropa interior, los calcetines, camisas y jers&#233;is.

Olvida los peces, Brennan. Fuese cual fuese la idea era tan esquiva como las burbujas de las peceras que se remontaban a la superficie para desaparecer.

&#191;Encuentra algo?

Neg&#243; con la cabeza.

Nada evidente. No deseo pisar el terreno a investigaci&#243;n; s&#243;lo trato de echar un r&#225;pido vistazo. Revisemos las restantes habitaciones y luego dejar&#233; el camino libre a Gilbert. Es muy evidente que Tanguay est&#225; en cualquier otro lugar. Daremos con &#233;l, pero entretanto acaso podamos descubrir qu&#233; guarda aqu&#237;.

De regreso al sal&#243;n Bertrand inspeccionaba el televisor.

F&#237;jense en el estado del aparato -dijo-. Al tipo le gusta este trasto.

Probablemente necesita dosis regulares de Cousteau -repuso Ryan con aire ausente.

El hombre, con el cuerpo en tensi&#243;n, escudri&#241;aba las sombras que nos envolv&#237;an. Aquel d&#237;a no nos sorprender&#237;a nadie.

Me aproxim&#233; a las estanter&#237;as que conten&#237;an libros. La diversidad de t&#243;picos era impresionante y, como el televisor, los ejemplares parec&#237;an nuevos. Pas&#233; revista a los t&#237;tulos: ecolog&#237;a, ictiolog&#237;a, ornitolog&#237;a, psicolog&#237;a, sexo, montones de ciencia, aunque las aficiones del muchacho eran ecl&#233;cticas. Budismo, cienciolog&#237;a, arqueolog&#237;a, arte maor&#237;, tallado de madera kwa-kiutl, guerreros samurais, artefactos de la segunda guerra mundial, canibalismo

En los estantes se amontonaban cientos de libros en r&#250;stica, comprendidas novelas modernas, tanto en franc&#233;s como en ingl&#233;s. Muchos de mis autores preferidos se hallaban presentes -Vonnegut, Irving, McMurtry- pero la mayor&#237;a eran novelas polic&#237;acas. Cr&#237;menes brutales, acosadores perturbados, psic&#243;patas violentos, ciudades inhumanas. Pod&#237;a imaginar los textos de sus solapas sin siquiera leerlos. Hab&#237;a asimismo toda una estanter&#237;a de no ficci&#243;n dedicada a las vidas de asesinos en serie: Manson, Bundy, Ram&#237;rez, Boden.

Creo que Tanguay y Saint Jacques pertenecen al mismo club de lectores -dije.

Este cerdo probablemente es Saint Jacques -coment&#243; Bertrand.

No, el tipo se lava los dientes -objet&#243; Ryan.

S&#237;. Cuando es Tanguay.

Si lee todo esto, sus aficiones son incre&#237;blemente extensas -dije-. Y, adem&#225;s, es biling&#252;e.

Hoje&#233; de nuevo la colecci&#243;n.

Y es un mani&#225;tico del orden.

&#191;A qu&#233; se refiere? -inquiri&#243; Bertrand.

F&#237;jese en esto.

Se acercaron a m&#237;.

Todo est&#225; clasificado por temas y en orden alfab&#233;tico. -Se&#241;al&#233; las distintas estanter&#237;as-. Luego por autores, seg&#250;n cada categor&#237;a, tambi&#233;n de modo alfab&#233;tico. Y, a continuaci&#243;n, por el a&#241;o de publicaci&#243;n de cada autor.

&#191;No lo hace as&#237; todo el mundo?

Ryan y yo lo miramos. Bertrand no era aficionado a la lectura.

F&#237;jese c&#243;mo se alinea cada libro en el borde del estante.

Pues hace lo mismo con sus calzoncillos y calcetines. Debe de usar una escuadra para amontonarlos -observ&#243; Ryan.

Hab&#237;a expresado mis pensamientos.

Se ajusta al perfil.

Tal vez s&#243;lo tenga los libros como exhibici&#243;n. Para que sus amigos lo crean un intelectual -dijo Bernard.

No me parece as&#237; -disent&#237;-. Y no tienen polvo. Adem&#225;s, f&#237;jese en esos papelitos amarillos. No s&#243;lo lee las obras sino que se&#241;ala ciertos puntos para insistir en ellos. No olvidemos indic&#225;rselo a Gilbert y a sus hombres para que no pierdan esas se&#241;ales. Podr&#237;an ser &#250;tiles.

Les dir&#233; que sellen los libros antes de tomar pruebas.

Algo m&#225;s acerca del se&#241;or Tanguay.

Miraron a las estanter&#237;as.

Le atraen temas singulares -dijo Bertrand.

Adem&#225;s de los asuntos criminales &#191;qu&#233; es lo que m&#225;s le interesa? -inquir&#237;-. Observen la estanter&#237;a superior.

Miraron de nuevo.

&#161;Mierda! -exclam&#243; Ryan-. Gray's Anatomy. Cunnningham's Manual of Practical Anatomy. Color Atlas of Human Anatomy. Handbook of Anatomical Dissection. Medical Illustration of the Human Body. &#161;Por Cristo, &#161;F&#237;jense en esto! Sabiston's Principles of Surgery. Tiene m&#225;s material de este tipo que la biblioteca de una facultad de Medicina. Parece empe&#241;ado en saber qu&#233; contiene un cuerpo humano.

S&#237;, y no s&#243;lo el software. Tambi&#233;n se mete en el hardware.

Ryan busc&#243; su radio.

Hagamos venir a Gilbert y a sus muchachos. Indicar&#233; al equipo que est&#225; afuera que se oculten y vigilen al doctor Cretino. No queremos asustarlo cuando aparezca por aqu&#237;. &#161;Cristo, probablemente en estos momentos Claudel ya habr&#225; frenado algo su entusiasmo!

Ryan habl&#243; por su auricular. Bertrand segu&#237;a revisando los t&#237;tulos detr&#225;s de m&#237;.

&#161;Eh, esta materia la afecta a usted! -Y se vali&#243; de un pa&#241;uelo para recoger algo-. Parece como si fuera &#250;nico en su especie.

Deposit&#243; en la mesa un ejemplar de American Anthropologist de julio de 1993. No necesit&#233; abrirlo: conoc&#237;a una de las entradas de su &#237;ndice.

Todo un &#233;xito -lo hab&#237;a calificado ella-. Una contribuci&#243;n a la promoci&#243;n como profesor numerario.

Era un art&#237;culo de Gabby. La visi&#243;n de la revista me sacudi&#243; como una corriente el&#233;ctrica. Dese&#233; encontrarme lejos de all&#237;, dese&#233; que fuera un s&#225;bado soleado en el que me sintiera a salvo, que nadie hubiera muerto y que mi mejor amiga me llamase para planear donde cen&#225;bamos.

Agua. Necesitas agua fr&#237;a en el rostro, Brennan. Avanc&#233; tambale&#225;ndome hacia la doble puerta y abr&#237; una de las hojas con el pie en busca de la cocina.

La habitaci&#243;n no ten&#237;a ventanas. A mi derecha, un reloj digital proyectaba un resplandor luminoso anaranjado. Distingu&#237; dos formas blancas y otra p&#225;lida, y supuse que se tratar&#237;a del refrigerador, el horno y el fregadero. Palp&#233; la pared en busca del interruptor. Al diablo con los sistemas. Ya desechar&#237;an mis huellas.

Cubri&#233;ndome la boca con la mano, me adelant&#233; a trompicones hacia el fregadero y me roci&#233; el rostro con agua fr&#237;a. Me ergu&#237; y, al volverme, descubr&#237; a Ryan en la puerta.

Ya estoy bien -dije.

Las moscas zumbaban por la habitaci&#243;n sorprendidas por la repentina intrusi&#243;n.

&#191;Una pastilla de menta? -me ofreci&#243;, tendi&#233;ndome un paquete.

Gracias -repuse. Cog&#237; una de ellas-. Ha sido el calor.

Es una cocina.

Una mosca pas&#243; rozando su mejilla.

&#191;Qu&#233; diablos? -Agit&#243; la mano en el aire para despedirla-. &#191;Qu&#233; har&#225; aqu&#237; este tipo?

Ryan y yo los distinguimos al mismo tiempo. Sobre el mostrador se ve&#237;an dos objetos de color amarronado que manchaban con sendos halos de grasa las toallas de papel en las que se secaban. Las moscas revoloteaban alrededor de ellos, se posaban y alejaban con nerviosa agitaci&#243;n. A la izquierda se encontraba un guante quir&#250;rgico, id&#233;ntico al que acab&#225;bamos de desenterrar. Nos aproximamos y despedimos a las moscas a manotadas.

Contempl&#233; cada masa reseca y record&#233; las cucarachas y ara&#241;as del poste de barbero y sus patas secas y r&#237;gidas por la muerte. Aquellos objetos, sin embargo, nada ten&#237;an que ver con las ara&#241;as. Comprend&#237; al instante qu&#233; eran, aunque s&#243;lo las hab&#237;a visto previamente en fotos.

Son garras.

&#191;C&#243;mo?

Garras de alguna especie animal.

&#191;Est&#225; segura?

Levante una de ellas.

As&#237; lo hizo con su bol&#237;grafo.

Se distinguen los extremos de los huesos de las extremidades.

&#191;Qu&#233; har&#237;a con ellas?

&#191;C&#243;mo diablos voy a saberlo, Ryan?

Pens&#233; en Alma.

&#161;Cristo!

Comprobemos el refrigerador.

&#161;Oh, Dios!

El cuerpecito estaba all&#237;, junto con otros, despellejado y envuelto en pl&#225;stico transparente.

&#191;Qu&#233; son?

Peque&#241;os mam&#237;feros de alguna especie. Sin la piel no puedo adivinarlo: no son caballos.

Gracias, Brennan.

Bertrand se reuni&#243; con nosotros.

&#191;Qu&#233; han encontrado?

Animales muertos. -La voz de Ryan denunciaba su irritaci&#243;n-. Y otro guante.

Tal vez el hombre se alimente de animales accidentados -dijo Bertrand.

Tal vez. Y acaso haga pantallas para la luz con la gente. Eso es. Quiero que sellen esta casa y que todo objeto espantoso sea confiscado. Que metan en bolsas su cuberter&#237;a, su licuadora y cuanto haya en ese condenado refrigerador. Y que se examine y riegue con Luminol hasta el &#250;ltimo cent&#237;metro de esta casa. &#191;Donde diablos est&#225; Gilbert?

Ryan fue hacia un tel&#233;fono que pend&#237;a de la pared a la izquierda de la puerta.

Suj&#233;talo. &#191;Se pueden recuperar llamadas con ese aparato?

Ryan asinti&#243;.

Pru&#233;balo.

Probablemente aparecer&#225; su sacerdote o su abuelita.

Ryan puls&#243; el bot&#243;n. Escuchamos una melod&#237;a de siete notas seguida de cuatro timbrazos. Luego respondi&#243; una voz y la burbuja de temor que me hab&#237;a oprimido todo el d&#237;a se remont&#243; hasta mi cabeza y me sent&#237; desfallecer.

Veuillez laisser votre nom et numero de telephone. Je vais vous rappeler le plut&#243;t possible. Por favor deje su nombre y n&#250;mero de tel&#233;fono y le devolver&#233; la llamada lo antes posible. Gracias. Soy Tempe.





Cap&#237;tulo 36

El sonido de mi propia voz me fulmin&#243; como un pu&#241;etazo en la cabeza. Se me doblaron las piernas y se agit&#243; mi respiraci&#243;n.

Ryan me acompa&#241;&#243; hasta una silla y me sirvi&#243; agua sin formular preguntas. No logro recordar cu&#225;nto tiempo permanec&#237; all&#237; sentada, sumida en un enorme vac&#237;o. Por fin recobr&#233; mi compostura y comenc&#233; a valorar la realidad.

&#201;l me hab&#237;a telefoneado. &#191;Por qu&#233;? &#191;Cu&#225;ndo?

Observ&#233; que Gilbert se calzaba guantes de goma y pasaba la mano dentro del cubo de basura del que extrajo algo que dej&#243; caer en el fregadero.

&#191;A qui&#233;n trataba de localizar el hombre? &#191;A Gabby o a m&#237;? &#191;Qu&#233; se propon&#237;a decir? &#191;Pretend&#237;a llegar a decir algo o s&#243;lo comprobar si yo estaba presente?

Un fot&#243;grafo pasaba de habitaci&#243;n en habitaci&#243;n y su flash destellaba como una luci&#233;rnaga en el siniestro apartamento.

&#191;Pertenec&#237;an a &#233;l las llamadas telef&#243;nicas sin respuesta?

Un especialista con guantes de caucho y mono recog&#237;a los libros, los un&#237;a con cinta adhesiva, los sellaba y los met&#237;a en bolsas oficiales que marcaba y rubricaba. Otro aplicaba un polvo blanco sobre el barniz rojinegro de las estanter&#237;as; un tercero vaciaba el refrigerador, introduc&#237;a los paquetes en envoltorios de papel de embalar y los depositaba en una nevera port&#225;til.

&#191;Habr&#237;a muerto all&#237; mi amiga? &#191;Habr&#237;an sido sus &#250;ltimas im&#225;genes visuales las mismas que yo presenciaba?

Ryan hablaba con Charbonneau y entre el sofocante calor llegaban a mis o&#237;dos fragmentos de la conversaci&#243;n. &#191;D&#243;nde estaba Claudel? Se hab&#237;a marchado para despertar al conserje, informarse acerca de los s&#243;tanos y de las zonas de almacenaje y conseguir llaves. Charbonneau se fue y regres&#243; con una mujer de mediana edad en bata de casa y zapatillas, para desaparecer de nuevo con ella acompa&#241;ados del embalador de libros. Ryan insist&#237;a una y otra vez en acompa&#241;arme a casa. Me dijo amablemente que yo no pod&#237;a hacer nada all&#237;. Lo sab&#237;a, pero me resist&#237;a a marcharme.

La abuela del peque&#241;o lleg&#243; sobre las cuatro. No se mostr&#243; hostil ni colaboradora. A rega&#241;adientes hizo una descripci&#243;n de Tanguay: var&#243;n, tranquilo, cabellos casta&#241;os y ralos. Tipo medio en todos los aspectos. Sus caracter&#237;sticas pod&#237;an aplicarse a la mitad de los varones de Norteam&#233;rica. No ten&#237;a ni idea de d&#243;nde se encontraba ni del tiempo que permanecer&#237;a ausente. En otras ocasiones se hab&#237;a marchado, pero siempre por poco tiempo. S&#243;lo hab&#237;a reparado en ello porque le ped&#237;a a su nieto que diera de comer a los peces. Era muy amable con Mathieu y lo recompensaba econ&#243;micamente cuando cuidaba de ellos. Apenas sab&#237;a nada de &#233;l, casi no lo ve&#237;a. Cre&#237;a que trabajaba y que ten&#237;a coche, aunque no estaba segura de ello ni le importaba. No deseaba verse implicada.

El equipo de investigaci&#243;n pas&#243; toda la tarde y hasta altas horas de la noche registrando el apartamento. Hacia las cinco yo me di por vencida: acept&#233; la oferta de Ryan de acompa&#241;arme y nos marchamos.

Durante el trayecto casi no hablamos. Ryan repiti&#243; lo que hab&#237;a dicho por tel&#233;fono. Deb&#237;a quedarme en casa, apostar&#237;a un equipo de vigilancia constante en mi edificio. No deb&#237;a salir de noche ni hacer expediciones sola.

No me d&#233; &#243;rdenes, Ryan -dije con un tono de voz que denunciaba mi fragilidad emocional.

El resto del camino transcurri&#243; en tenso silencio. Cuando llegamos a mi edificio, Ryan aparc&#243; el coche y se volvi&#243; hacia m&#237;. Sent&#237; su mirada fija en mi rostro.

Esc&#250;cheme, Brennan. No me propongo asustarla: ese gusano caer&#225; y usted puede conducirlo al banquillo. Me gustar&#237;a que viviera para verlo.

Su preocupaci&#243;n por m&#237; me impresion&#243; m&#225;s de lo que estaba dispuesta a admitir.


Pulsaron todas las teclas: cursaron &#243;rdenes de b&#250;squeda y captura a todos los polic&#237;as de Quebec, a la polic&#237;a provincial de Ontario, a la Polic&#237;a Montada y a las fuerzas estatales de Nueva York y Vermont. Pero Quebec es grande y sus fronteras f&#225;ciles de cruzar: existen muchos lugares donde ocultarse o escabullirse.

Durante los siguientes d&#237;as me esforc&#233; por calibrar las posibilidades. Tal vez Tanguay se mantuviera escondido, aguardando el momento oportuno. O quiz&#225;s hubiera muerto o se hubiera largado, como suelen hacer los asesinos en serie. Cuando intuyen peligro, recogen sus cosas y se mudan. Algunos jam&#225;s son capturados. No. Me negaba a aceptar tal cosa.

El domingo no sal&#237; de casa. Birdie y yo nos aislamos protectoramente del mundo exterior. No me vest&#237; y evit&#233; la radio y la televisi&#243;n. No pod&#237;a resistir ver la foto de Gabby ni o&#237;r las detalladas descripciones de la v&#237;ctima y del sospechoso. Tan s&#243;lo hice tres llamadas. Primero a Katy, luego a mi t&#237;a de Chicago para felicitarla por su octogesimocuarto cumplea&#241;os. Todo un r&#233;cord.

Sab&#237;a que Katy estaba en Charlotte pero deseaba tranquilizarme. Como era de esperar, no obtuve respuesta. Maldije la distancia. No. Bendita fuese: no deseaba que mi hija se encontrara en ning&#250;n lugar pr&#243;ximo a un monstruo en cuyo poder se hallaba su foto. Nunca sabr&#237;a lo que yo hab&#237;a descubierto.

La &#250;ltima llamada fue para la madre de Gabby. Estaba sometida a sedantes y no pudo responder al tel&#233;fono. Habl&#233; con el se&#241;or Macaulay: suponiendo que les entregasen los restos, el funeral se celebrar&#237;a el jueves.

Me pas&#233; un rato sollozando, oscilante el cuerpo como un metr&#243;nomo. Los demonios que circulaban por mi sangre me atormentaban exigiendo alcohol. Placer-dolor, un principio tan sencillo. Alim&#233;ntanos, at&#250;rdenos, lib&#233;ranos.

Pero no lo hice. Hubiera sido muy f&#225;cil; pero, si yo renunciaba en aquella partida, perder&#237;a mi carrera, mis amigos y mi autorrespeto. &#161;Diablos, igual pod&#237;a dejar que Saint Jacques/Tanguay acabara conmigo!

No ceder&#237;a. Ni a la botella ni al man&#237;aco. Se lo deb&#237;a a Gabby, me lo deb&#237;a a m&#237; misma y a mi hija. De modo que permanec&#237; sobria y aguard&#233;, echando much&#237;simo de menos poder charlar con Gabby. Y me aseguraba con frecuencia de que la brigada de vigilancia siguiera en su sitio.


El lunes Ryan llam&#243; sobre las once y media para comunicarme que LaManche hab&#237;a concluido la autopsia. La causa de la muerte hab&#237;a sido estrangulaci&#243;n. Aunque el cuerpo estaba descompuesto hab&#237;an descubierto un surco muy profundo en el cuello de Gabby, por encima y debajo del cual la piel aparec&#237;a desgarrada en una serie de estr&#237;as y ara&#241;azos. Las venas de la garganta mostraban cientos de peque&#241;as hemorragias.

A Ryan se le encog&#237;a la voz. Imagin&#233; a Gabby esforz&#225;ndose desesperadamente por respirar, por vivir. &#161;Basta! Gracias a Dios que la hab&#237;amos encontrado tan r&#225;pidamente. No hubiera podido enfrentarme al horror de tenerla en mi mesa de autopsias. El dolor de perderla ya era insoportable.

Ten&#237;a rota la hioides. Y lo que quiera que &#233;l utilizara ten&#237;a lazos o eslabones, pues le dej&#243; huellas espirales en la piel.

&#191;Hab&#237;a sido violada?

No se ha podido averiguar por causa de la descomposici&#243;n. Tampoco aparecen rastros de esperma.

&#191;En qu&#233; momento se produjo la muerte?

LaManche le concede un m&#237;nimo de cinco d&#237;as. Nos consta que el m&#225;ximo son diez.

Un abanico muy amplio.

Teniendo en cuenta el calor y el somero enterramiento, cree que el cuerpo deber&#237;a hallarse en peor estado.

&#161;Oh Dios, acaso no hab&#237;a muerto el mismo d&#237;a en que desapareci&#243;!

&#191;Han registrado su apartamento?

Nadie la vio, pero estuvo all&#237;.

&#191;Qu&#233; hay de Tanguay?

&#191;Est&#225; preparada para esto? El tipo es profesor. Ejerce en una peque&#241;a escuela en la parte occidental de la isla.

Distingu&#237; crujir unos papeles.

La escuela se llama Saint Isidor's, y est&#225; all&#237; desde 1991. Tiene veintiocho a&#241;os, es soltero y en el formulario de solicitud hizo constar que carec&#237;a de parientes pr&#243;ximos. Lo estamos investigando. Vive en Seguin desde el 91. La casera cree que antes estuvo en alg&#250;n lugar de Estados Unidos.

&#191;Se han encontrado huellas?

Much&#237;simas. Las tomamos todas, pero sin &#233;xito. Esta ma&#241;ana las hemos enviado al sur.

&#191;Y en el interior del guante?

Por lo menos dos identificables y una palma borrosa.

Se me represent&#243; una imagen de Gabby. La bolsa de pl&#225;stico. Otro guante. Anot&#233; una sola palabra: guante.

&#191;Se gradu&#243;?

En Bishops. Bertrand se encuentra ahora en Lennoxville; Claudel trata de conseguir algo en Saint Isidor's, aunque con escaso &#233;xito. El conserje es casi centenario y no hay nadie m&#225;s por all&#237;. Durante el verano permanece cerrado.

&#191;Ha aparecido alg&#250;n nombre en el apartamento?

Ninguno: ni fotos ni agendas ni cartas. El tipo deb&#237;a de vivir en un vac&#237;o social.

Se produjo un prolongado silencio mientras reflexion&#225;bamos sobre ello.

Ello explicar&#237;a algunas de sus ins&#243;litas aficiones -dijo Ryan de pronto.

&#191;Los animales?

Eso, y la colecci&#243;n de cuchillos.

&#191;Cuchillos?

El tipo ten&#237;a m&#225;s navajas que un cirujano ortopeda. Principalmente instrumentos quir&#250;rgicos. Cuchillos, navajas de afeitar, escalpelos. Los guardaba debajo de la cama junto con una caja de guantes quir&#250;rgicos. Muy original.

Un solitario con fetichismo por las hojas blancas. Extraordinario.

Y la habitual galer&#237;a porno. Muy hojeada.

&#191;Qu&#233; m&#225;s?

Tambi&#233;n tiene coche. -Nuevo crujir de papeles-. Un Ford Probe de 1987 que no ha aparecido en el vecindario. Lo est&#225;n buscando. Esta ma&#241;ana hemos conseguido la foto del carn&#233; de conducir y tambi&#233;n la hemos remitido.

&#191;Y?

Usted misma podr&#225; comprobarlo, pero creo que la abuela ten&#237;a raz&#243;n: es muy corriente. O tal vez la reproducci&#243;n en fax le hace poca justicia.

&#191;Podr&#237;a tratarse de Saint Jacques?

Quiz&#225;. O de Perico de los Palotes. O del tipo que vende perros calientes en la calle Saint Paul. Excluiremos a Tom Selleck porque lleva bigote.

Es usted muy pesimista, Ryan.

A ese tipo ni siquiera le han puesto una multa. Es un muchacho realmente excelente.

Desde luego. Un tipo excelente que colecciona cuchillos y pornograf&#237;a y trincha mam&#237;feros peque&#241;os.

Se produjo una pausa.

&#191;Qu&#233; clase de animales?

A&#250;n no estamos seguros. Est&#225;n interrogando a un tipo de la universidad.

Contempl&#233; la palabra que hab&#237;a escrito y tragu&#233; saliva.

&#191;Se han descubierto huellas dentro del guante que encontramos junto a Gabby?

Me resultaba dif&#237;cil pronunciar su nombre.

No.

Sab&#237;amos que no las habr&#237;a.

S&#237;.

En el fondo se distingu&#237;an los sonidos propios de la brigada.

Quiero entregarle una copia de la foto del permiso de conducci&#243;n para que tenga alguna idea de cu&#225;l es su aspecto por si se lo encontrase de cerca de modo personal. Aunque creo que es mejor que no se aleje de casa hasta que cacemos a ese gusano.

Ir&#233; ah&#237;. Si identificaci&#243;n ha concluido con los guantes deseo someterlos a biolog&#237;a y luego a Lacroix.

Pienso que deber&#237;a

No sea machista, Ryan.

Distingu&#237; un profundo suspiro desde el otro extremo de la l&#237;nea.

&#191;Me oculta algo?

Est&#225; usted informada de todo cuanto sabemos, Brennan.

Estar&#233; ah&#237; dentro de media hora.


Antes de media hora hab&#237;a llegado al laboratorio. Hab&#237;an concluido el reconocimiento y enviado los guantes al departamento de biolog&#237;a.

Consult&#233; mi reloj: era la una menos veinte. Llam&#233; al departamento de identificaci&#243;n del cuartel general del CUM para preguntar si pod&#237;a ver las fotos tomadas en el apartamento de Saint Jacques de la rue Berger. Era hora de almorzar. El oficinista entregar&#237;a el mensaje.

A la una me dirig&#237; a la secci&#243;n de biolog&#237;a. Una mujer con los cabellos ahuecados y rostro regordete de &#225;ngel navide&#241;o agitaba un frasco de cristal. En el mostrador, a su espalda, se encontraban dos guantes de l&#225;tex.

Bonjour, Francoise.

&#161;Ah! Esperaba poder verla hoy. -Sus ojos ser&#225;ficos expresaron preocupaci&#243;n-. Lo siento. No s&#233; qu&#233; decirle.

Merci. Se lo agradezco. -Se&#241;al&#233; los guantes-. &#191;Ha encontrado algo?

&#201;ste est&#225; limpio: sin sangre.

Me indicaba el guante de Gabby.

Comenzaba a trabajar con el hallado en la cocina. &#191;Quiere verlo?

Gracias.

He cogido raspaduras de esas manchas marrones y rehidratado la muestra con soluci&#243;n salina.

Examin&#243; el l&#237;quido y deposit&#243; el frasco en una bandeja de probetas. Luego extrajo una pipeta de cristal con un saliente largo y hueco, lo sostuvo sobre una llama para sellarlo y suprimi&#243; la punta.

Primero comprobar&#233; si se trata de sangre humana.

Sac&#243; del refrigerador una botellita cuyo sello quebr&#243; e insert&#243; la punta delgada y tubular de una pipeta nueva. Como un mosquito que chupara la sangre, el antisuero se remont&#243; por el peque&#241;o conducto. La mujer cerr&#243; el extremo opuesto con el pulgar.

A continuaci&#243;n insert&#243; el largo pitorro de la pipeta en aquella sellada a fuego, solt&#243; el pulgar y dej&#243; gotear el antisuero.

La sangre conoce sus propias prote&#237;nas o ant&#237;genos -coment&#243; sin interrumpir su trabajo-. Si reconoce agentes extra&#241;os, ant&#237;genos que no corresponden, trata de destruirlos con anticuerpos. Algunos anticuerpos destruyen los ant&#237;genos extra&#241;os; otros, los agrupan. En este caso se trata de una reacci&#243;n aglutinadora.

El antisuero se crea en un animal, por lo general un conejo o pollo, al inocularle sangre de otra especie. La sangre del animal reconoce a los invasores y crea anticuerpos para protegerse. Al inyectar sangre humana a un animal se fabrica antisuero humano; si se inyecta sangre de cabra, se produce antisuero de cabra; la sangre de caballo origina antisuero de caballo.

El antisuero humano crea una reacci&#243;n aglutinadora al mezclarse con la sangre humana. F&#237;jese. Si &#233;sta fuese sangre humana, se formar&#237;a un precipitado visible en el tubo de ensayo, en el mismo lugar donde se encuentren la soluci&#243;n de muestra y el antisuero. Compararemos con la soluci&#243;n salina para controlar.

Tir&#243; la pipeta en un recipiente de desechos biol&#243;gicos y recogi&#243; el frasco que conten&#237;a la soluci&#243;n con la muestra de Tanguay. Utiliz&#243; otra pipeta para absorber la muestra por el tubo, la solt&#243; en el antisuero y deposit&#243; la pipeta en un soporte.

&#191;Cu&#225;nto tiempo tardar&#225;? -le pregunt&#233;.

Seg&#250;n la potencia del antisuero, de tres a quince minutos. &#201;ste es bastante bueno; no creo que tarde m&#225;s de cinco o seis minutos.

Lo comprobamos transcurridos cinco minutos. Francoise sosten&#237;a las pipetas bajo una l&#225;mpara con una cartulina negra colocada como fondo. Lo reintentamos tras diez minutos; luego a los quince: nada.

No aparec&#237;a ninguna franja blanca entre el antisuero y la soluci&#243;n de muestra. La mezcla permanec&#237;a tan clara como la soluci&#243;n salina de control.

Bien, no es humana. Veremos si es animal.

Fue al refrigerador y regres&#243; con una bandeja de botellitas.

&#191;Puede descubrir la especie exacta? -me interes&#233;.

No; por lo general, s&#243;lo la familia: b&#243;vidos, c&#233;rvidos, c&#225;nidos

Observ&#233; la bandeja. Junto a cada botellita figuraba el nombre de un animal: cabra, rata, caballo. Record&#233; las garras descubiertas en la cocina de Tanguay.

Probaremos si se trata de un perro.

No result&#243;.

&#191;Y si fuese algo parecido a una ardilla o una taltuza?

La mujer medit&#243; unos momentos y por fin se decidi&#243; por un frasco.

Tal vez una rata.

Antes de cuatro minutos se hab&#237;a formado una especie de helado en el tubo, amarillo por encima, m&#225;s claro en la parte inferior y con una capa nebulosa blanca en medio.

Voil&#225; -dijo Francoise-. Procede de un animal: un animal peque&#241;o, mam&#237;fero, como un roedor; un topo o algo por el estilo. Eso es todo cuanto puedo definir. Ignoro si le ser&#225; &#250;til.

S&#237; -repuse-. Me sirve. &#191;Puedo utilizar su tel&#233;fono?

Bien s&#251;r.

Marqu&#233; el n&#250;mero de una extensi&#243;n situada en el vest&#237;bulo.

Aqu&#237; Lacroix.

Me identifiqu&#233; y le expliqu&#233; lo que deseaba.

Desde luego. Conc&#233;dame veinte minutos. Estoy acabando una prueba.

Firm&#233; por los guantes, regres&#233; a mi despacho y dediqu&#233; la siguiente hora a comprobar y firmar informes. Luego me dirig&#237; al pasillo ocupado por biolog&#237;a y entr&#233; por una puerta que anunciaba Incendies et explosifs. Incendios y explosivos.

Un hombre con bata de laboratorio se encontraba frente a una enorme m&#225;quina con una etiqueta que la identificaba como un difract&#243;metro de rayos equis. El hombre no pronunci&#243; palabra ni yo dije nada hasta que hubo retirado una diapositiva con una manchita blanca que coloc&#243; en una bandeja. Luego me mir&#243; con tanta dulzura como un cervatillo de Disney, con los p&#225;rpados entornados y las pesta&#241;as curvadas cual p&#233;talos de margarita.

Bonjour, monsieur Lacroix. Comment &#231;a va?

Bien, bien. &#191;Los trae consigo?

Le mostr&#233; dos bolsas de pl&#225;stico.

Comencemos cuanto antes.

Me condujo a una habitaci&#243;n peque&#241;a con un aparato del tama&#241;o de una fotocopiadora, dos monitores y una impresora. De la pared pend&#237;a un gr&#225;fico peri&#243;dico de los elementos.

Lacroix deposit&#243; las bolsas que conten&#237;an las pruebas sobre un mostrador y extrajo de ellas los guantes quir&#250;rgicos. Con grandes precauciones sostuvo cada uno de ellos, los inspeccion&#243; y los deposit&#243; sobre la bolsa correspondiente. Los guantes que cubr&#237;an sus manos parec&#237;an id&#233;nticos a los que se hallaban sobre el mostrador.

Primero buscaremos las caracter&#237;sticas m&#225;s generalizadas, los detalles de fabricaci&#243;n: peso, densidad, color, c&#243;mo se han rematado los bordes.

A medida que hablaba los volv&#237;a a uno y otro lado y los examinaba.

Parecen muy similares. Observe que tienen la misma t&#233;cnica de acabado.

Me fij&#233; en ello. El pu&#241;o de cada guante conclu&#237;a con un borde que se enrollaba en s&#237; mismo hacia afuera.

&#191;No son todos as&#237;?

No. Algunos se enrollan hacia adentro, y otros, hacia afuera. &#201;stos son hacia afuera. Bien. Ahora veremos qu&#233; hay en ellos.

Se llev&#243; el guante de Gabby a la m&#225;quina, levant&#243; la tapa y lo coloc&#243; en una bandeja interior.

Cuando se trata de muestras muy peque&#241;as utilizo estos peque&#241;os sujetadores.

Se&#241;al&#243; una bandeja de tubitos de pl&#225;stico.

Extiendo un recuadrado de pel&#237;cula de polipropileno sobre el soporte, y luego utilizo leng&#252;etas prensadoras que formen un punto pegajoso para sujetar el fragmento. Pero en este caso no es necesario. Nos limitaremos a meter el guante entero.

Lacroix conect&#243; un interruptor, y el aparato entr&#243; en funcionamiento. Se ilumin&#243; una caja situada en un poste de la esquina y aparecieron las palabras Rayos Equis en blanco contra un fondo rojo. Al mismo tiempo se ilumin&#243; un panel de botones que indicaban la situaci&#243;n en que se encontraba la m&#225;quina. Rojo: rayos equis; blanco: en marcha; anaranjado: obturador abierto.

Lacroix pas&#243; unos momentos ajustando los diales y a continuaci&#243;n cerr&#243; la tapa y se instal&#243; en una silla frente a los monitores.

S'il vous pla&#238;t -me invit&#243;, se&#241;al&#225;ndome otra silla.

En el primer monitor apareci&#243; un paisaje desierto, un fondo granulado de anticlinales y sinclinales, con sombras y cantos rodados diseminados por doquier y por encima una serie de c&#237;rculos conc&#233;ntricos, los dos menores y m&#225;s centrales configurados como balones de f&#250;tbol. Dos l&#237;neas confusas se cruzaban en &#225;ngulos rectos y formaban una cruz directamente sobre los c&#237;rculos de ojo de buey.

Lacroix ajust&#243; la imagen manipulando un pulsor de mando. Los cantos rodados entraron y salieron de los c&#237;rculos.

&#201;ste es el guante que estamos examinando aumentado ochenta veces. Trato de escoger una localizaci&#243;n adecuada. Cada serie muestra una zona de unas trescientas mieras, aproximadamente la zona interior del c&#237;rculo moteado. De modo que puede dirigir los rayos equis a la zona m&#225;s conveniente de la muestra.

Se desvi&#243; de las ret&#237;culas unos momentos y se instal&#243; en una zona libre de cantos rodados.

Aqu&#237; est&#225;. &#201;ste ser&#225; adecuado.

Conect&#243; un interruptor y la m&#225;quina entr&#243; en funcionamiento.

Ahora estamos creando un vac&#237;o. Esto costar&#225; unos minutos. Luego el esc&#225;ner es muy r&#225;pido.

Y eso determinar&#225; qu&#233; existe en el guante.

Oui. Es un sistema de an&#225;lisis por rayos equis. La micro-fluorescencia de los rayos equis puede determinar los elementos que se hallan presentes en una muestra.

El zumbido de la m&#225;quina se interrumpi&#243; y comenz&#243; a formarse un esquema en el monitor de la derecha. Por el fondo de la pantalla comenzaron a brotar una serie de diminutos mont&#237;culos rojos que a continuaci&#243;n se remontaron contra un fondo de viva intensidad azulada separados por una tenue franja amarilla en el centro de cada uno. En la esquina inferior, a la izquierda, se ve&#237;a la imagen de un teclado y cada una de las teclas estaba marcada con la abreviatura de un elemento.

Lacroix tecle&#243; unas &#243;rdenes, y en la pantalla aparecieron letras. Algunos mont&#237;culos siguieron siendo peque&#241;os; otros se remontaron hasta formar altas cumbres como los gigantescos castillos de termitas que hab&#237;a visto en Australia.

C'est &#231;a. Eso es.

Lacroix se&#241;al&#243; una columna del extremo derecho que se levantaba desde el fondo hasta lo alto de la pantalla, donde se truncaba su parte superior. Un pico m&#225;s reducido a su derecha se remontaba hasta un cuarto de su altura. Ambos estaban marcados con las letras Zn.

Zinc. Es un elemento est&#225;ndar que aparece en todos estos guantes.

Se&#241;al&#243; un par de picos en el extremo izquierdo, uno bajo, el otro que se levantaba a tres cuartos de distancia hacia lo alto de la pantalla.

Este punto m&#225;s bajo es magnesio. Mg. El alto, marcado con Si, es silicio.

M&#225;s lejos, a la derecha, un doble pico mostraba la letra S.

Azufre.

Un pico con Ca se remontaba hasta la mitad de la pantalla.

Una pizca de calcio.

M&#225;s all&#225; del calcio aparec&#237;a un hueco y luego una serie de mont&#237;culos bajos, estribaciones del pin&#225;culo del zinc: Fe.

Un poco de hierro.

Se recost&#243; en su silla y resumi&#243;.

Un combinado bastante corriente. Mucho zinc, con silicio y calcio son los restantes y m&#225;s importantes componentes. Imprimir&#233; &#233;stos y luego probaremos otro punto.

Hicimos diez pruebas y todas mostraron igual combinaci&#243;n de elementos.

Ahora examinaremos el otro guante.

Repetimos el sistema con el guante hallado en la cocina de Tanguay.

Los picos que revelaban la presencia de zinc y azufre eran similares, pero &#233;ste conten&#237;a m&#225;s calcio y no contaba con hierro, silicio ni magnesio. Una peque&#241;a punta indicaba la presencia de potasio. Sucedi&#243; de igual modo en cada serie.

&#191;Qu&#233; significa eso? -pregunt&#233;, aunque ya cre&#237;a conocer la respuesta.

Cada fabricante utiliza una f&#243;rmula algo distinta para el l&#225;tex. Incluso se producen variaciones entre ejemplares de la misma empresa, pero ello dentro de unos l&#237;mites.

&#191;De modo que esos guantes no son de la misma pareja?

Ni siquiera proceden del mismo fabricante.

Se levant&#243; para retirar el guante. Yo centraba mis pensamientos en nuestro hallazgo.

&#191;Facilitar&#237;a m&#225;s informaci&#243;n la difracci&#243;n de rayos equis?

Con lo que hemos hecho, la microfluorescencia de rayos equis, se revelan los elementos presentes en un objeto. La difracci&#243;n por rayos equis puede describir la real mezcla de elementos, la estructura qu&#237;mica. Por ejemplo, con microfluorescencia podemos saber si algo contiene sodio y cloruro; con la difracci&#243;n averiguamos si est&#225; confeccionado de cristales de sodio-cloruro.

Para simplificar, en el difract&#243;metro de rayos equis se hace girar una muestra y se la somete a rayos equis, que rebotan en los cristales y cuya pauta de difracci&#243;n indica la estructura de tales cristales.

La &#250;nica limitaci&#243;n en la difracci&#243;n consiste en que s&#243;lo puede realizarse con materiales que cuenten con estructura cristalina, aproximadamente el ochenta por ciento de todo cuanto llega. Por desdicha el l&#225;tex no es de estructura cristalina y la difracci&#243;n probablemente no a&#241;adir&#225; gran cosa. En definitiva, esos guantes proceden de diferentes fabricantes.

&#191;Y si s&#243;lo han salido de distintas cajas? Sin duda deben de variar los lotes individuales de l&#225;tex.

Guard&#243; silencio unos momentos.

Aguarde -dijo-. Voy a mostrarle algo.

Desapareci&#243; en el laboratorio principal y lo o&#237; hablar con el t&#233;cnico. A continuaci&#243;n regres&#243; con un mont&#243;n de impresos, cada uno compuesto por siete u ocho p&#225;ginas, que mostraban la familiar sucesi&#243;n de agujas. Despleg&#243; cada serie y observamos las variaciones de las pautas.

Cada uno de ellos muestra una secuencia de pruebas realizadas en guantes de un solo fabricante pero extra&#237;dos de distintas cajas. Existe variaci&#243;n, pero las diferencias nunca son tan grandes como las de los guantes que acabamos de analizar. Examin&#233; varias series. El tama&#241;o de los picos variaba, pero los componentes aparec&#237;an con regularidad, de modo coherente.

Ahora, f&#237;jese en esto.

Despleg&#243; otra serie de impresos. De nuevo surg&#237;an algunas diferencias, pero en general la mezcla era la misma.

De pronto algo llam&#243; mi atenci&#243;n: la configuraci&#243;n parec&#237;a familiar. Observ&#233; los s&#237;mbolos: Zn, Fe, Ca, S, Si, Mg. Gran contenido en zinc, silicona y calcio. Rastros de otros elementos. Deposit&#233; el impreso del guante de Gabby sobre aquella serie: la pauta era casi id&#233;ntica.

&#191;Ser&#225;n estos guantes del mismo fabricante, se&#241;or Lacroix?

S&#237;, s&#237;, &#233;sa es mi idea. Y probablemente proceden de la misma caja. Lo recuerdo muy bien.

&#191;De qu&#233; caso se trata?

El coraz&#243;n me lat&#237;a tumultuosamente.

Lleg&#243; hace pocas semanas.

Hoje&#243; hasta la primera hoja de la serie. Numero d'&#233;v&#233;nement: 327468.

Puedo sacarlo en la pantalla del ordenador.

H&#225;galo, por favor.

La pantalla se llen&#243; de datos en unos segundos. Los revis&#233;. Numero d'&#233;v&#233;nement: 327468. N&#250;mero del LML: 29427. Agencia solicitante: CUM. Investigadores: L. Claudel y M. Charbonneau. Lugar de localizaci&#243;n: 1422 de la rue Berger. Fecha de recuperaci&#243;n: 24 de junio de 1994.

Un viejo guante de caucho. Tal vez al tipo le preocupaban sus u&#241;as, hab&#237;a dicho Claudel. Y yo hab&#237;a pensado que se refer&#237;a a un guante para limpieza dom&#233;stica. &#161;Saint Jacques ten&#237;a un guante quir&#250;rgico que coincid&#237;a con el hallado en la tumba de Gabby!

Le di las gracias al se&#241;or Lacroix, recog&#237; los impresos y me march&#233;. Devolv&#237; los guantes al departamento mientras en mi mente se debat&#237;an las &#250;ltimas informaciones recibidas. El guante de la cocina de Tanguay no coincid&#237;a con el enterrado junto al cad&#225;ver de Gabby. Las manchas externas correspond&#237;an a sangre animal. El guante encontrado con Gabby estaba limpio, sin sangre ni huellas. Saint Jacques ten&#237;a un guante quir&#250;rgico que coincid&#237;a con el hallado junto a Gabby. &#191;Estar&#237;a Bertrand en lo cierto? &#191;Ser&#237;an Tanguay y Saint Jacques la misma persona?

Sobre mi mesa me aguardaba una nota de color rosado. Hab&#237;a llamado identificaci&#243;n del CUM. Las fotos del piso de Berger se hab&#237;an archivado en un CD Rom. Pod&#237;a verlas all&#237; o revisarlas afuera. Llam&#233; para solicitar lo &#250;ltimo y les indiqu&#233; que acudir&#237;a en breve.

Me dirig&#237; al cuartel general del CUM maldiciendo el embotellamiento de la hora punta y los turistas que atestaban la zona del puerto antiguo. Dej&#233; el coche aparcado en doble fila, sub&#237; disparada la escalera y acud&#237; directamente al despacho del sargento que se encontraba en la tercera planta. De modo sorprendente ten&#237;a en su poder el disquete. Firm&#233; por su recepci&#243;n, regres&#233; precipitadamente al coche y lo met&#237; en mi cartera.

Durante el camino de regreso estuve vigilando hacia atr&#225;s, temerosa de que me siguieran Tanguay o Saint Jacques. No pod&#237;a detenerme.





Cap&#237;tulo 37

Llegu&#233; a casa sobre las cinco y media y me instal&#233; entre el silencio del apartamento, calculando qu&#233; m&#225;s pod&#237;a hacer. Nada. Ryan ten&#237;a raz&#243;n: Tanguay pod&#237;a estar afuera, en espera de una oportunidad para atacarme. No pensaba facilitarle las cosas.

Pero ten&#237;a que comer y mantenerme ocupada.

Al salir a la puerta principal escudri&#241;&#233; la calle. All&#237; estaban, en la izquierda, junto al puesto de pizzas. Salud&#233; con una inclinaci&#243;n de cabeza a los dos guardias uniformados y se&#241;al&#233; en direcci&#243;n a Ste. Catherine. Los vi conferenciar y uno de ellos se dispuso a acompa&#241;arme.

Mi calle cruza con Ste. Catherine no lejos de Le Faubourg. Mientras me dirig&#237;a al mercado sent&#237; la molestia de verme seguida por un polic&#237;a. No importaba. El d&#237;a era magn&#237;fico. En el laboratorio no hab&#237;a reparado en ello. El calor se hab&#237;a impuesto e inmensas nubes blancas flotaban en un cielo de un azul deslumbrante, proyectando islas de sombras sobre el entorno y los transe&#250;ntes. Se estaba a gusto al aire libre.

En La Plantation palp&#233; los aguacates, examin&#233; el color de las bananas y escog&#237; br&#233;coles, coles de Bruselas y patatas con la concentraci&#243;n de una neurocirujana. Compr&#233; una barra de pan en la panader&#237;a, una mousse de chocolate en la pasteler&#237;a, escog&#237; chuletas de cerdo, filetes de ternera y una tourti&#233;re en la carnicer&#237;a.

C'est tout?

No. &#161;Qu&#233; diablos! D&#233;me un bistec muy grueso.

Y se&#241;al&#233; con pulgar e &#237;ndice una medida aproximada del grosor deseado.

Mientras ve&#237;a al hombre descolgar la sierra de su soporte, volv&#237; a experimentar una &#237;ntima desaz&#243;n. Trat&#233; de concretar de forma definitiva aquella sensaci&#243;n aunque sin m&#225;s &#233;xito que en ocasiones anteriores. &#191;Se trataba de la sierra? Algo muy evidente. Cualquiera puede adquirir una sierra de carnicero. La SQ hab&#237;a seguido aquella pista hasta un punto muerto tras ponerse en contacto con todos los recursos de la provincia. Al parecer se hab&#237;an vendido a miles.

&#191;Qu&#233; era entonces? Hab&#237;a llegado a la conclusi&#243;n de que tratar de extraer una idea del subconsciente s&#243;lo sirve para sumergirla a&#250;n m&#225;s en &#233;l. Si la dejaba a la deriva por fin emerger&#237;a a la superficie. Abon&#233; el importe de mis compras y regres&#233; a casa dando un breve rodeo por la hamburgueser&#237;a de la calle Ste. Catherine.

Me encontr&#233; con lo &#250;ltimo que hubiera imaginado. Alguien hab&#237;a llamado. Durante unos minutos permanec&#237; sentada al borde del sof&#225; asiendo mis paquetes y con la mirada fija en la lucecita del indicador. Hab&#237;a un mensaje. &#191;Ser&#237;a Tanguay? &#191;Me hablar&#237;a o tan s&#243;lo distinguir&#237;a su presencia en el otro extremo de la l&#237;nea y a continuaci&#243;n colgar&#237;a el aparato?

Te comportas de un modo hist&#233;rico, Brennan. Posiblemente ser&#225; Ryan.

Me enjugu&#233; la palma de la mano y puls&#233; el bot&#243;n. No era Tanguay sino algo mucho peor.

&#161;Hola, mam&#225;! &#191;Qu&#233; tal est&#225;s? &#161;Eh! &#191;Te encuentras ah&#237;? &#161;Descuelga el aparato!

Se distingu&#237;a un sonido que recordaba el tr&#225;fico, como si llamara desde una cabina p&#250;blica.

Me temo que no. Bien tampoco puedo hablar mucho. Estoy en la calle. De nuevo en la calle

Imitaba a un presentador televisivo.

Estupendo, &#191;verdad? El caso es que voy a visitarte, mam&#225;. Ten&#237;as raz&#243;n: Max es un cabeza de chorlito. No lo necesito para nada

Se oy&#243; una voz de fondo.

Por favor, d&#233;jeme un momento -dijo Katy a quienquiera que fuese-. Escucha, tengo la oportunidad de visitar Nueva York, la Gran Manzana. He podido viajar gratis y aqu&#237; estoy. De todos modos pueden llevarme a Montreal, por lo que ir&#233; ah&#237;. Hasta pronto.

Clic.

&#161;No! &#161;No vengas, Katy! &#161;No! -grit&#233; en el vac&#237;o.

O&#237; rebobinarse la cinta. &#161;Jes&#250;s, qu&#233; pesadilla! Gabby est&#225; muerta. Un psic&#243;pata deja una foto de Katy y m&#237;a en su tumba. Y ahora Katy se dirige hacia aqu&#237;. El pulso me lat&#237;a en las sienes, mis pensamientos se atropellaban. Ten&#237;a que detenerla pero &#191;c&#243;mo? Ni siquiera sab&#237;a d&#243;nde se encontraba. Pete.

Mientras marcaba su n&#250;mero se me represent&#243; una escena del pasado. Katy con tres a&#241;os en el parque. Yo hablaba con otra madre sin apartar los ojos de la ni&#241;a, que llenaba recipientes de pl&#225;stico con arena. De pronto tir&#243; la pala y corri&#243; hacia los columpios. Vacil&#243; un momento viendo oscilar al poni met&#225;lico hacia atr&#225;s y corri&#243; hacia &#233;l con expresi&#243;n euf&#243;rica entre el aire primaveral y la visi&#243;n de las crines y las bridas de colores agit&#225;ndose en los aires. Sab&#237;a que iba a golpearla, pero no pod&#237;a detenerla. Y el hecho se repet&#237;a.

No obtuve respuesta por la l&#237;nea directa de Pete. Intent&#233; el n&#250;mero de su centralita. Una secretaria me dijo que se hallaba ausente, como de costumbre tomando unas declaraciones. Dej&#233; un mensaje.

Fij&#233; la mirada en el contestador autom&#225;tico. Cerr&#233; los ojos y respir&#233; varias veces a fondo para regular los latidos de mi coraz&#243;n. Sent&#237;a la nuca r&#237;gida, como oprimida por un torno, y un intenso calor.

Eso no suceder&#225; -exclam&#233;.

Abr&#237; los ojos y vi que Birdie me miraba desde el otro extremo de la habitaci&#243;n.

No suceder&#225; -le repet&#237;. &#201;l me mir&#243; con fijeza, sin pesta&#241;ear-. Puedo hacer algo.

El animal arque&#243; la espalda, fij&#243; las patas en el suelo formando un tenso y peque&#241;o rect&#225;ngulo, curv&#243; la cola y se sent&#243; sin apartar los ojos de mi rostro.

Har&#233; algo. No voy a sentarme y esperar a que ese canalla ataque a mi hija.

Llev&#233; los comestibles a la cocina y los guard&#233; en el refrigerador. Luego busqu&#233; mi ordenador port&#225;til, entr&#233; en el sistema y saqu&#233; la hoja de c&#225;lculo en pantalla. &#191;Cu&#225;nto tiempo hac&#237;a que la hab&#237;a empezado? Comprob&#233; las fechas que hab&#237;a anotado. El cad&#225;ver de Isabelle Gagnon se hab&#237;a encontrado el 2 de junio: hac&#237;a siete semanas que parec&#237;an siete a&#241;os.

Fui al estudio y saqu&#233; mis archivadores. Tal vez, despu&#233;s de todo, no se perdiera el esfuerzo dedicado a fotocopiar.

Pas&#233; dos horas examinando las fotograf&#237;as, nombres, fechas y literalmente cada palabra de todas las entrevistas e informes policiales que pose&#237;a. Y repet&#237; la acci&#243;n. Revis&#233; una y otra vez las palabras confiando en encontrar alguna nimiedad que me hubiera pasado por alto. En la tercera ocasi&#243;n lo consegu&#237;.

Le&#237;a la entrevista que Ryan hab&#237;a efectuado al padre de Grace Damas cuando repar&#233; en ello. Como un estornudo que se estuviera formando, cosquilleante pero que se negara a estallar, el mensaje irrumpi&#243; por fin en mi mente consciente.

Una carnicer&#237;a. Grace Damas hab&#237;a trabajado en una carnicer&#237;a.

El asesino hab&#237;a utilizado una sierra de cocinero y ten&#237;a conocimientos anat&#243;micos. Tanguay diseccionaba animales. Tal vez existiera un v&#237;nculo. Busqu&#233; el nombre del establecimiento pero no logr&#233; encontrarlo.

Marqu&#233; el n&#250;mero que figuraba en el archivo y me respondi&#243; una voz masculina.

&#191;El se&#241;or Damas?

Al aparato.

Ten&#237;a un fuerte acento ingl&#233;s.

Soy la doctora Brennan. Trabajo en la investigaci&#243;n sobre la muerte de su esposa. Me gustar&#237;a formularle algunas preguntas.

Usted dir&#225;.

&#191;Trabajaba fuera de casa su esposa en la &#233;poca en que desapareci&#243;?

Tras una pausa recib&#237; una respuesta afirmativa.

En el fondo se distingu&#237;a el sonido de un televisor.

&#191;Puede indicarme d&#243;nde, por favor?

En Le Bon Croissant, una panader&#237;a de Fairmont. Trabajaba media jornada. Nunca estuvo ocupada todo el d&#237;a por causa de los ni&#241;os y de sus obligaciones dom&#233;sticas.

Medit&#233; sobre ello. No me solucionaba gran cosa.

&#191;Cu&#225;nto tiempo estuvo all&#237;, se&#241;or Damas? -inquir&#237; disimulando mi decepci&#243;n.

Creo que s&#243;lo unos meses. Grace nunca duraba gran cosa en sus empleos.

&#191;D&#243;nde trabaj&#243; anteriormente? -insist&#237;.

En una carnicer&#237;a.

&#191;Cu&#225;l? -inquir&#237; conteniendo la respiraci&#243;n.

La Boucherie Sainte Dominique. Pertenece a un miembro de nuestra parroquia. Se halla en St. Dominique, m&#225;s all&#225; de St. Laurent. &#191;La conoce?

S&#237;. Se me represent&#243; la lluvia en su escaparate.

&#191;Cu&#225;ndo trabaj&#243; all&#237;? -prosegu&#237; procurando expresarme con calma.

Me parece que casi un a&#241;o. La mayor parte del 91, seg&#250;n creo. Puedo comprobarlo. &#191;Le parece importante? Nunca me hab&#237;an interrogado sobre esas fechas.

No estoy segura, se&#241;or Damas. &#191;Le habl&#243; su mujer alguna vez de alguien llamado Tanguay?

&#191;C&#243;mo? -inquiri&#243; con dureza.

Tanguay.

La voz de un presentador promet&#237;a regresar tras la pausa comercial. Me lat&#237;an las sienes con fuerza y se me resecaba la garganta.

No.

Su vehemencia me sorprendi&#243;.

Gracias, ha sido usted muy amable. Le informar&#233; si surge alguna novedad.

Colgu&#233; y telefone&#233; a Ryan. Me informaron que estar&#237;a ausente todo el d&#237;a. Trat&#233; de localizarlo en su casa, mas tampoco obtuve respuesta. Sab&#237;a lo que ten&#237;a que hacer. Efectu&#233; otra llamada, cog&#237; una llave y sal&#237; de casa.


La Boucherie Saint Dominique estaba m&#225;s animada que la primera vez que hab&#237;a reparado en ella. En sus escaparates aparec&#237;an los mismos letreros, pero aquella noche el establecimiento estaba iluminado y abierto, aunque no se ve&#237;a gran movimiento. Una anciana se mov&#237;a lentamente ante el escaparate acristalado, con rostro fl&#225;cido bajo la luz fluorescente. Observ&#233; c&#243;mo se inclinaba y se&#241;alaba un conejo. El r&#237;gido y peque&#241;o cad&#225;ver me record&#243; la macabra colecci&#243;n de Tanguay y a Alma.

Aguard&#233; a que la mujer se marchara y me aproxim&#233; al hombre que se hallaba ante el mostrador. Ten&#237;a un rostro rectangular, con rasgos angulosos. Por contraste, los brazos que asomaban de su camiseta se ve&#237;an sorprendentemente delgados aunque fibrosos. Oscuras manchas cubr&#237;an su blanco delantal como p&#233;talos secos en un mantel de hilo.

Bonjour.

Bonjour.

&#191;Poco movimiento hoy?

Como todas las noches.

Su acento ingl&#233;s era tan intenso como el de Damas.

Distingu&#237; sonido de utensilios en la trastienda.

Trabajo en la investigaci&#243;n sobre el asesinato de Grace Damas. -Exhib&#237; un instante mi tarjeta de identificaci&#243;n-. Me gustar&#237;a formularle algunas preguntas.

El hombre me mir&#243; con fijeza. En el interior se abri&#243; y cerr&#243; un grifo.

&#191;Es usted el propietario?

Se&#241;al de asentimiento.

&#191;Su nombre?

Plevritis.

Grace Damas trabaj&#243; aqu&#237; alg&#250;n tiempo, &#191;no es cierto, se&#241;or Plevritis?

&#191;Qui&#233;n?

Grace Damas, era miembro de su parroquia de Saint Demetrius.

Cruz&#243; los nervudos brazos sobre el pecho e hizo una se&#241;al de asentimiento.

&#191;Cu&#225;ndo fue eso? -pregunt&#233;.

Hace unos tres o cuatro a&#241;os, no lo recuerdo exactamente. Vienen y se van.

&#191;Se march&#243;?

Sin previo aviso.

&#191;Por qu&#233;?

&#191;Qu&#233; diablos s&#233;? Por entonces todos hac&#237;an lo mismo.

&#191;Parec&#237;a desdichada, disgustada, nerviosa?

&#191;Me cree Sigmund Freud?

&#191;Ten&#237;a amigos aqu&#237;, alguien con quien tuviera alguna intimidad en particular?

Me dirigi&#243; una mirada fulminante y una sonrisa despectiva.

&#191;Intimidad? -inquiri&#243; con voz sibilina.

Le devolv&#237; la mirada con expresi&#243;n severa.

La sonrisa desapareci&#243; de su rostro y pase&#243; los ojos por el recinto.

Aqu&#237; s&#243;lo estamos mi hermano y yo. No hay nadie con quien intimar.

Acentu&#243; la palabra como un adolescente que contara un chiste obsceno.

&#191;Ten&#237;a visitantes especiales, alguien que pudiera molestarla?

Ver&#225;, yo le di un trabajo, le dije lo que ten&#237;a que hacer y se atuvo a ello. No investigaba su vida social.

Pens&#233; que quiz&#225; pod&#237;a haber advertido

Grace era buena trabajadora. Me enoj&#233; much&#237;simo cuando me dej&#243;. Todos se largaban al mismo tiempo y me dejaban colgado, por lo que estaba muy irritado, lo reconozco. Pero no le guardo rencor. Despu&#233;s, cuando me enter&#233; en la iglesia de que hab&#237;a desaparecido, cre&#237; que se habr&#237;a marchado. No parec&#237;a l&#243;gico en ella, pero su marido a veces era muy pesado. Lamento que la asesinaran, pero en realidad apenas la recuerdo.

&#191;Qu&#233; quiere decir con pesado?

Mostr&#243; un aire inexpresivo, como una compuerta que se cierra. Baj&#243; los ojos y rasc&#243; con la u&#241;a algo que estaba en el mostrador.

Tendr&#225; que hablar con Nikos de eso. Son asuntos de familia.

Comprend&#237; lo que quer&#237;a decir Ryan. &#191;Y ahora qu&#233;? Habr&#237;a que recurrir a elementos visuales. Saqu&#233; del bolso la foto de Saint Jacques.

&#191;Ha visto alguna vez a este individuo?

Plevritis se adelant&#243; para cogerla.

&#191;Qui&#233;n es?

Un vecino de usted.

Examin&#243; el rostro.

Realmente no es una foto extraordinaria.

Fue tomada por una c&#225;mara de v&#237;deo.

Tambi&#233;n la pel&#237;cula de Zapruder, pero por lo menos se ve&#237;a algo.

Me pregunt&#233; a qu&#233; se referir&#237;a, pero no hice comentario alguno. Entonces advert&#237; una sombra en su rostro, un sutil entornar de p&#225;rpados.

&#191;Qu&#233; sucede?

Ver&#225; -comenz&#243; sin dejar de mirar la foto.

&#191;S&#237;?

El tipo me recuerda a otro granuja que tambi&#233;n me dej&#243; colgado. Pero tal vez porque me ha hecho recordarlo con sus preguntas. &#161;Diablos, no puedo asegurarlo!

Tir&#243; la foto sobre el mostrador, hacia m&#237;.

Tengo que cerrar.

&#191;De qui&#233;n se trataba?

Ver&#225;, es una foto espantosa. Se parece a much&#237;simos tipos con cabellos malos. No significa nada.

&#191;A qui&#233;n se refer&#237;a cuando dijo que lo dej&#243; colgado? &#191;Cu&#225;ndo fue eso?

Por eso me enfad&#233; tanto con Grace. El tipo que tuve antes que ella se march&#243; sin tan siquiera despedirse; luego Grace tambi&#233;n se larg&#243;, poco despu&#233;s de ese otro individuo. Grace y &#233;l trabajaban a media jornada, pero eran la &#250;nica ayuda con que yo contaba. Mi hermano se encontraba en Estados Unidos, y aquel a&#241;o estaba yo solo para llevar la tienda.

&#191;De qui&#233;n se trataba?

Era un tal Fortier. D&#233;jeme pensar. Leo, Leo Fortier. Lo recuerdo porque tengo un primo tambi&#233;n llamado Leo.

&#191;Trabajaba aqu&#237; al mismo tiempo que Grace?

S&#237;, lo contrat&#233; para sustituir al tipo que se march&#243; antes de que Grace comenzase. Imagin&#233; que si dos personas a tiempo parcial se repart&#237;an las horas, en caso de que me fallara uno de ellos s&#243;lo me quedar&#237;a colgado medio d&#237;a. Y de pronto se fueron los dos. Tabemac! &#161;Fue un desastre! Fortier trabaj&#243; aqu&#237; un a&#241;o o a&#241;o y medio y de pronto dej&#243; de venir: ni siquiera me devolvi&#243; las llaves. Tuve que recomenzar desde cero. Espero no volver a pasar por algo parecido.

&#191;Qu&#233; puede decirme de &#233;l?

Muy f&#225;cil: nada. Vio mi anuncio al pasar por la calle y se ofreci&#243; para trabajar a tiempo parcial. Coincid&#237;a con mis necesidades: abrir temprano, venir a &#250;ltima hora a cerrar y limpiar. Y ten&#237;a experiencia en cortar carne. Result&#243; realmente bueno, la verdad. De d&#237;a ten&#237;a otro empleo. Me pareci&#243; conforme, muy tranquilo. Hac&#237;a su trabajo sin rechistar. &#161;Diablos, ni siquiera llegu&#233; a enterarme de d&#243;nde viv&#237;a!

&#191;C&#243;mo se llevaban Grace y &#233;l?

&#191;C&#243;mo voy a saberlo? &#201;l se hab&#237;a ido cuando ella llegaba y luego ven&#237;a cuando ella hab&#237;a concluido. Ni siquiera estoy seguro de que llegaran a conocerse.

&#191;Y cree que el tipo de la foto se parece a Fortier?

A &#233;l y a cualquiera con mal pelo y un aire similar.

&#191;Sabe d&#243;nde se encuentra ahora Fortier?

Neg&#243; con la cabeza.

&#191;Conoce a alguien llamado Saint Jacques?

Tampoco.

&#191;Y Tanguay?

Parece un bronceador para maricas.

La cabeza me martilleaba y me escoc&#237;a la garganta. Le dej&#233; mi tarjeta por si recordaba algo.





Cap&#237;tulo 38

Cuando llegu&#233; a casa encontr&#233; a Ryan en mi puerta echando chispas.

Por lo visto ni yo ni nadie logramos hacernos entender por usted. Es como esos danzarines rituales ind&#237;genas, que se creen inmunes a las balas.

Estaba sofocado y advert&#237; que le lat&#237;a una venita en las sienes. Me pareci&#243; poco oportuno hacer comentarios en aquel momento.

&#191;De qui&#233;n era ese coche?

De una vecina.

&#191;Le resulta divertido todo esto, Brennan?

No respond&#237;. Mi dolor de cabeza se hab&#237;a extendido hacia atr&#225;s y me abarcaba todo el cr&#225;neo, y una tos seca me hac&#237;a comprender que mi sistema inmunitario se estaba debilitando.

&#191;Hay alguien en el planeta capaz de hacerse comprender por usted?

&#191;Quiere entrar a tomar un caf&#233;?

&#191;Acaso cree que puede largarse con viento fresco y dejar a la gente con un palmo de narices? Esos muchachos se pasan la vida ah&#237; para protegerla, Brennan. &#191;Por qu&#233; diablos no llam&#243; ni me dej&#243; un aviso?

Lo hice.

&#191;No pod&#237;a esperar diez minutos?

No sab&#237;a d&#243;nde estaba ni cu&#225;nto tardar&#237;a en regresar y no pensaba estar ausente mucho tiempo. &#161;Diablos, no he tardado tanto!

Podr&#237;a haber dejado un mensaje.

Si hubiera sabido que iba a exaltarse tanto le hubiera dejado Guerra y paz.

Sab&#237;a que era injusta con &#233;l.

&#191;Exaltarme tanto? -Manten&#237;a una frialdad controlada-. Perm&#237;tame que pase revista a la situaci&#243;n. Cinco, tal vez siete mujeres han sido brutalmente asesinadas y mutiladas en esta ciudad. La v&#237;ctima m&#225;s reciente se descubri&#243; hace tres semanas.

Pasaba recuento con los dedos.

Una de ellas apareci&#243; de modo parcial en su jard&#237;n. Un tipo chiflado tiene una foto de usted en su colecci&#243;n privada y ha desaparecido. Un solitario que colecciona cuchillos y pornograf&#237;a, frecuenta prostitutas y le gusta hacer picadillo a animalitos marca el tel&#233;fono de su apartamento y ha estado acechando a su mejor amiga, que ahora ha muerto y que fue enterrada con una foto de usted y de su hija. Un solitario que tambi&#233;n ha desaparecido.

Una pareja que pasaba por la acera, desvi&#243; la mirada y apresur&#243; los pasos, inc&#243;modos al suponer que presenciaban una disputa de enamorados.

Entre, Ryan. Le preparar&#233; un caf&#233;.

Ten&#237;a la voz ronca y comenzaba a dolerme la garganta.

Alz&#243; la mano exasperado, con los dedos extendidos, y la dej&#243; caer a su costado. Yo le devolv&#237; las llaves a mi vecina, le di las gracias por dejarme su coche y abr&#237; para que Ryan y yo entr&#225;semos en el apartamento.

&#191;Descafeinado o fuerte?

Antes de que pudiera responder son&#243; su busca y nos sobresalt&#243;.

Mejor descafeinado -dije-. Ya sabe d&#243;nde est&#225; el tel&#233;fono.

Entre el ruido de las tazas escuch&#233; con disimulo.

Aqu&#237; Ryan. -Pausa-. S&#237;. -Nueva pausa-. Ninguna tonter&#237;a. -Pausa m&#225;s prolongada-. &#191;Cu&#225;ndo? -Otra pausa-. Bien, gracias. Ir&#233; en seguida.

Vino a la puerta de la cocina y se detuvo all&#237; con el rostro tenso. Mi temperatura, presi&#243;n sangu&#237;nea y pulso comenzaron a acelerarse. Tranquil&#237;zate. Serv&#237; dos tazas de caf&#233; procurando que no me temblase la mano y aguard&#233; a que &#233;l hablara.

Lo tienen.

Se me inmoviliz&#243; la mano y suspend&#237; la jarra en el aire.

&#191;A Tanguay?

Asinti&#243;. Devolv&#237; la jarra al fog&#243;n. Saqu&#233; la leche, serv&#237; con cuidado un chorrillo en mi taza y se la ofrec&#237; a Ryan. Con sumo cuidado. &#201;l asinti&#243;. Devolv&#237; el paquete al refrigerador, con todo cuidado. Sorb&#237; un trago. De acuerdo. Habla ya.

Cu&#233;ntemelo.

Sent&#233;monos.

Fuimos al sal&#243;n.

Lo han arrestado hace unas dos horas cuando circulaba hacia el este por la 417. Una brigada de la SQ distingui&#243; la matr&#237;cula y lo hizo parar.

&#191;Se trata de Tanguay?

Es Tanguay. Las huellas coinciden.

&#191;Se dirig&#237;a a Montreal?

Al parecer.

&#191;De qu&#233; lo acusan?

De momento por descubrirlo en posesi&#243;n de bebidas alcoh&#243;licas cuando circulaba. Jerk tuvo la precauci&#243;n de llevar consigo una botella de Jim Beam y dejarla en el asiento posterior. Tambi&#233;n le han confiscado algunas revistas pornogr&#225;ficas. &#201;l cree que la denuncia se basa en eso, pero se lo har&#225;n sudar un poco.

&#191;D&#243;nde estaba?

Alega que en una caba&#241;a del Gatineau heredada de pap&#225;. Seg&#250;n dice, pescando. Los de investigaci&#243;n han enviado un equipo para registrar la casa.

&#191;D&#243;nde se encuentra ahora?

En Parthenais.

&#191;Ir&#225; usted all&#237;?

S&#237;.

Aspir&#243; a fondo, preparado para la discusi&#243;n. Pero yo no deseaba ver a Tanguay.

Bien.

Ten&#237;a la boca seca y por mi cuerpo se difund&#237;a una gran languidez. &#191;Tranquilidad? Hac&#237;a mucho que no experimentaba una sensaci&#243;n semejante.

Katy viene -dije con una risa nerviosa-. Por eso por eso sal&#237; esta noche.

&#191;Su hija?

Asent&#237;.

Mal momento.

Cre&#237; que podr&#237;a encontrar algo. Yo no importa.

Permanecimos unos segundos en silencio.

Me alegro de que todo haya concluido.

Ryan ya no estaba enojado. Se levant&#243;.

&#191;Quiere que pase por aqu&#237; cuando haya hablado con &#233;l? Acaso sea tarde.

Aunque me sent&#237;a muy mal no era probable que conciliase el sue&#241;o hasta enterarme del resultado. &#191;Qui&#233;n ser&#237;a Tanguay? &#191;Qu&#233; encontrar&#237;an en su caba&#241;a? &#191;Habr&#237;a muerto Gabby en ella? &#191;Isabelle Gagnon? &#191;Grace Damas? &#191;O las habr&#237;a llevado all&#237;, una vez asesinadas, simplemente para descuartizarlas y empaquetarlas?

S&#237;, por favor.

Cuando se hubo marchado comprend&#237; que hab&#237;a olvidado hablarle de los guantes. Intent&#233; de nuevo localizar a Pete. Aunque Tanguay hubiera sido arrestado, a&#250;n me sent&#237;a inc&#243;moda. No quer&#237;a en modo alguno que Katy se encontrara pr&#243;xima a Montreal. Tal vez me fuera al sur.

En aquella ocasi&#243;n lo encontr&#233;. Katy se hab&#237;a marchado hac&#237;a algunos d&#237;as. Hab&#237;a dicho a su padre que el viaje era idea m&#237;a. Cierto. Y que hab&#237;a aprobado sus planes. Aunque no del todo. &#201;l no conoc&#237;a exactamente su itinerario. Muy caracter&#237;stico de Pete. Viajaba con compa&#241;eros de la universidad en direcci&#243;n a Washington para hospedarse con unos padres, luego a Nueva York para visitar la casa de otra amiga y despu&#233;s se propon&#237;a llegar hasta Montreal. Le hab&#237;a parecido muy bien. Estaba seguro de que llamar&#237;a.

Comenc&#233; a hablarle de Gabby y de lo que me hab&#237;a sucedido, pero no pude. A&#250;n no me era posible. No importaba: ya hab&#237;a concluido todo. Como de costumbre ten&#237;a que apresurarse para preparar unas declaraciones de primera hora de la ma&#241;ana y lamentaba no poder seguir hablando conmigo. &#191;Acaso era algo nuevo?

Me sent&#237;a demasiado enferma y cansada hasta para tomar un ba&#241;o. Durante unas horas estuve sentada envuelta en una colcha, entre escalofr&#237;os, contemplando la chimenea vac&#237;a y deseando que alguien me sirviera una sopa, me acariciara la frente y me dijera que no tardar&#237;a en curar. Me adormil&#233; y despert&#233; entre fragmentos de sue&#241;o mientras microsc&#243;picos seres se multiplicaban en mi riego sangu&#237;neo.

Ryan apareci&#243; a la una y cuarto.

&#161;Tiene un aspecto horrible, Brennan! -exclam&#243;.

Gracias -repuse al tiempo que me envolv&#237;a en mi colcha-. Creo que me he constipado.

&#191;Por qu&#233; no hablamos ma&#241;ana?

De ning&#250;n modo.

Me mir&#243; de un modo extra&#241;o y luego me sigui&#243;, tir&#243; su chaqueta en el sof&#225; y se sent&#243;.

Se llama Jean Pierre Tanguay, veintiocho a&#241;os, un tipo muy hogare&#241;o. Creci&#243; en Shawinigan y es soltero, sin hijos. Tiene una hermana que vive en Arkansas. Su madre falleci&#243; cuando &#233;l ten&#237;a nueve a&#241;os. Encontr&#243; gran hostilidad. Su padre, que era yesero, cri&#243; con dificultades a los dos ni&#241;os. El viejo muri&#243; en un accidente automovil&#237;stico cuando Tanguay estaba en la universidad. Al parecer fue muy duro para &#233;l. Sali&#243; de la escuela, permaneci&#243; un tiempo con su hermana y luego estuvo vagabundeando por los Estados Unidos. &#191;Est&#225; preparada para esto? Mientras se encontraba en el sur recibi&#243; la llamada divina. Deseaba ser jesu&#237;ta o algo por el estilo, pero suspendi&#243; el examen. Al parecer no lo creyeron bastante religioso. De todos modos reapareci&#243; en Quebec en 1988 y consigui&#243; reincorporarse a Bishops. Un a&#241;o y medio despu&#233;s lograba graduarse.

De modo que ha estado por la zona desde 1988, &#191;no es eso?

S&#237;.

Eso lo situar&#237;a aqu&#237; por el tiempo en que fueron asesinadas Pitre y Gautier.

Ryan asinti&#243;.

Y ha seguido aqu&#237; desde entonces.

Tuve que tragar saliva para poder hablar.

&#191;Qu&#233; dice acerca de los animales?

Alega dar clases de biolog&#237;a. Lo hemos comprobado. Dice estar preparando una colecci&#243;n de consulta para sus clases. Hierve los cad&#225;veres y monta los esqueletos.

Eso explicar&#237;a los textos anat&#243;micos.

Quiz&#225;.

&#191;D&#243;nde los obtiene?

De los accidentes de carretera.

&#161;Oh, Dios, Bertrand ten&#237;a raz&#243;n!

Lo imaginaba merodeando por las noches, recogiendo los cad&#225;veres y llev&#225;ndoselos a casa en bolsas de pl&#225;stico.

&#191;Ha trabajado en una carnicer&#237;a?

No dijo nada de ello. &#191;Por qu&#233;?

&#191;Qu&#233; descubri&#243; Claudel de la gente con la que trabaja?

Nada que desconozcamos. Es muy reservado, da clases y nadie lo conoce realmente bien. Y no les entusiasma que los molesten por las noches.

Parece el personaje descrito por la abuelita.

Su hermana dice que siempre ha sido antisocial. No recuerda que tuviera amigos. Pero ella es nueve a&#241;os mayor y apenas se acuerda de su &#233;poca infantil. Nos dio alguna informaci&#243;n interesante.

&#191;S&#237;?

Tanguay es impotente -a&#241;adi&#243; Ryan con una sonrisa.

&#191;La hermana inform&#243; de ello voluntariamente?

Crey&#243; que eso explicar&#237;a sus tendencias antisociales. Lo considera inofensivo, que s&#243;lo padece de escasa autoestima. La mujer est&#225; muy imbuida de la literatura de autoayuda; conoce todo el argot.

No respond&#237;. Mentalmente revisaba las l&#237;neas de dos informes de autopsia.

Eso tiene sentido. Adkins y Morisette-Champoux no mostraron se&#241;ales de esperma.

Bingo.

&#191;C&#243;mo se volvi&#243; impotente?

Una combinaci&#243;n congenita y traum&#225;tica. Naci&#243; con un solo test&#237;culo, que perdi&#243; despu&#233;s en un accidente deportivo. Por desdichada coincidencia otro jugador llevaba un bol&#237;grafo, que se clav&#243; en el &#250;nico test&#237;culo de Tanguay, y adi&#243;s espermatog&#233;nesis.

&#191;Y por ello se volvi&#243; ermita&#241;o?

Tal vez ella tenga raz&#243;n.

Eso explicar&#237;a su falta de atractivo con las mujeres.

Record&#233; los comentarios de Jewel y de Julie.

Y todo lo dem&#225;s.

&#191;No es extra&#241;o que se dedicara a la ense&#241;anza? -reflexion&#243; Ryan-. &#191;Por qu&#233; trabajar en un ambiente en el que uno debe relacionarse con tanta gente? Si realmente se sent&#237;a incapaz podr&#237;a haber escogido algo menos comprometido, m&#225;s privado, como inform&#225;tica o trabajo de laboratorio.

No soy psic&#243;loga, pero considero que la ense&#241;anza podr&#237;a ser perfecta. No hay que comunicarse con iguales, con adultos, sino con criaturas. Uno es el que est&#225; al frente, el que posee el poder. La clase es un peque&#241;o reino, y los muchachos tienen que hacer lo que uno dice. En modo alguno van a ridiculizarnos o juzgarnos a posteriori.

Por lo menos en la cara de uno.

Podr&#237;a ser el perfecto equilibrio para &#233;l. Satisfar&#237;a su necesidad de poder y control de d&#237;a, y estimular&#237;a sus fantas&#237;as sexuales nocturnas. Y ser&#237;a el mejor escenario para el caso -a&#241;ad&#237;-. Piense en las oportunidades de voyeurismo o incluso de contacto f&#237;sico que tiene con esos j&#243;venes.

S&#237;.

Guardamos silencio un rato mientras Ryan escudri&#241;aba la habitaci&#243;n como hiciera en el apartamento de Tanguay. Parec&#237;a agotado.

Creo que la brigada de vigilancia ya no es necesaria -le dije.

S&#237; -repuso al tiempo que se levantaba.

Lo acompa&#241;&#233; a la puerta.

&#191;Cu&#225;l es su opini&#243;n sobre &#233;l, Ryan?

No respondi&#243; en seguida, pero lo hizo cuidadosamente.

Pretende ser tan inocente como Anita la huerfanita, pero est&#225; muy nervioso: oculta algo. Ma&#241;ana sabremos qu&#233; se esconde en aquella caba&#241;a. Lo utilizaremos para acusarlo de todo y cantar&#225; de plano.

Cuando se march&#243; me tom&#233; una fuerte dosis de un medicamento para resfriados y por primera vez desde hac&#237;a semanas dorm&#237; profundamente. No recuerdo si so&#241;&#233;.


Al d&#237;a siguiente me encontraba mejor pero no lo suficiente para ir al laboratorio. Tal vez pretend&#237;a aislarme; el caso es que me qued&#233; en casa. S&#243;lo deseaba ver a Birdie.

Estuve revisando la tesis de un alumno y respond&#237; correspondencia que hab&#237;a dejado a un lado durante semanas. Ryan me llam&#243; sobre la una, cuando vaciaba la secadora. Por su tono comprend&#237; que las cosas no iban bien.

Los especialistas han revuelto la caba&#241;a de arriba abajo sin encontrar nada sugerible de que el tipo juegue solitarios. Ni cuchillos ni armas ni pel&#237;culas porno. Ninguno de los recuerdos de la v&#237;ctima de Dobzhanksy: joyas, ropas, cr&#225;neos ni partes de cuerpo. S&#243;lo una ardilla muerta en el refrigerador. Eso es todo. Por lo dem&#225;s, cero.

&#191;Huellas de excavaci&#243;n?

Nada.

&#191;Hay un cobertizo o s&#243;tano de herramientas donde pudiera guardar hachas o armas blancas desechadas?

Rastrillos, azadas, cajas de madera, una vieja sierra mec&#225;nica de cinta continua, un carrito con la rueda rota. Material corriente de jardiner&#237;a. Y suficientes ara&#241;as para poblar un peque&#241;o planeta. Al parecer Gilbert tendr&#225; que ser sometido a terapia.

&#191;Hab&#237;a alg&#250;n espacio para introducirse a gatas?

No me escucha, Brennan.

&#191;Qu&#233; resultado dio el Luminol? -insist&#237; deprimida.

Limpio.

&#191;Recortes de peri&#243;dicos?

No.

&#191;Hay algo que vincule ese lugar a la habitaci&#243;n que registramos en la rue Berger?

No.

&#191;A Saint Jacques'?

No.

&#191;A Gabby?

No.

&#191;A cualquiera de las v&#237;ctimas?

No respondi&#243;.

&#191;Qu&#233; cree usted que hace &#233;l ah&#237;?

Pescar y pensar en el test&#237;culo que ha perdido.

&#191;Qu&#233; haremos ahora?

Bertrand y yo mantendremos una larga conversaci&#243;n con el se&#241;or Tanguay. Ser&#225; el momento de dejar caer algunos nombres y caldear el ambiente. A&#250;n espero que se d&#233; por vencido.

&#191;Lo cree posible?

Tal vez. Quiz&#225; no sea tan mala la idea de Bertrand. Acaso Tanguay sea una de esas personalidades divididas: por una parte el profesor de biolog&#237;a con una existencia clara, que pesca y recoge muestras para sus alumnos y, por otra, que sienta un odio incontrolable contra las mujeres y se sienta sexualmente inadecuado, por lo que lo pone a cien acecharlas y asesinarlas salvajemente. Tal vez mantenga diferenciadas ambas personalidades hasta el extremo de reservar un lugar aislado para que el acechador disfrute con sus fantas&#237;as y admire sus recuerdos. &#161;Diablos, tal vez Tanguay ni siquiera sepa que est&#225; loco!

No est&#225; mal. El doctor Jekyll y mister Hyde.

&#191;C&#243;mo?

No tiene importancia. Una antigua comedia.

Acto seguido le expliqu&#233; lo que hab&#237;a descubierto con Lacroix.

&#191;Por qu&#233; no me lo dijo antes?

Es usted algo dif&#237;cil de localizar, Ryan.

De modo que el asunto de la rue Berger est&#225; definitivamente vinculado.

&#191;Por qu&#233; cree que no hab&#237;a huellas all&#237;?

&#161;Diablos, Brennan, no lo s&#233;! Tal vez Tanguay es m&#225;s resbaladizo que el hielo. Si le sirve de consuelo, Claudel ya ha hecho confesar a ese tipo.

&#191;Qu&#233;?

&#201;l mismo se lo dir&#225;. Ver&#225;, tengo que ir all&#237;.

Estaremos en contacto.

Conclu&#237; mis cartas y decid&#237; llevarlas al correo. Comprob&#233; el refrigerador. Mis costillas de cerdo y mis bist&#233;s de ternera no me serv&#237;an para Katy. Sonre&#237; al recordar cuando me hab&#237;a anunciado que no volver&#237;a a comer carne. &#161;Mi fan&#225;tica vegetariana de catorce a&#241;os! Cre&#237; que durar&#237;a tres meses, pero de ello hac&#237;a ya cinco a&#241;os.

Hice una lista mental: humus, tabouli, queso, zumos de frutas. A Katy no le gustaban las gaseosas. &#191;De d&#243;nde habr&#237;a sacado semejante hija?

El escozor de garganta hab&#237;a retornado y volv&#237;a a sentir calor, por lo que decid&#237; pasar por el gimnasio. Pens&#233; que el ejercicio y el sudor acabar&#237;an con aquellos microbios. Uno de ambos bandos resultar&#237;a victorioso.

El ejercicio result&#243; mala idea. Al cabo de diez minutos en la cinta andadora me temblaban las piernas y ten&#237;a el rostro cubierto de transpiraci&#243;n. Tuve que dejarlo.

El vapor de la sauna produjo resultados diversos. Me alivi&#243; la garganta y aliger&#243; las franjas que me ce&#241;&#237;an la frente y los huesos faciales. Pero mientras permanec&#237;a all&#237; sentada rodeada de vapor dej&#233; divagar la mente. Tanguay. Revis&#233; cuanto Ryan me hab&#237;a dicho, la teor&#237;a de Bertrand, la predicci&#243;n de J. S. y cuanto yo ya sab&#237;a. Hab&#237;a algo en Tanguay que me inquietaba. A medida que mis pensamientos se aceleraban advert&#237; que crec&#237;a mi tensi&#243;n. Los guantes: &#191;por qu&#233; anteriormente hab&#237;a olvidado su conexi&#243;n?

&#191;La incapacidad f&#237;sica de Tanguay lo induc&#237;a realmente a ejecutar fantas&#237;as sexuales con finales violentos? &#191;Era un hombre con la necesidad desesperada de dominar? &#191;Constitu&#237;a para &#233;l la muerte el acto definitivo de dominio? &#191;Puedo observarte, o herirte e incluso matarte? &#191;Realizaba asimismo sus fantas&#237;as con animales? &#191;Con Julie? &#191;Por qu&#233; entonces matar? &#191;Conten&#237;a la violencia y luego, de pronto, sucumb&#237;a a la necesidad de llevarla a cabo? &#191;Era Tanguay el fruto del abandono materno, de su deformidad, de un cromosoma err&#243;neo o de algo m&#225;s?

&#191;Y por qu&#233; Gabby? Ella no encajaba en el cuadro. La conoc&#237;a: era una de las pocas personas que le habr&#237;an hablado. Sent&#237; una oleada de angustia.

S&#237;, desde luego que ella encajaba en el cuadro. Un cuadro que me inclu&#237;a. Yo encontr&#233; a Grace Damas, identifiqu&#233; a Isabelle Gagnon: me interfer&#237;a, desafiaba su autoridad, su virilidad. Al matar a Gabby desahogaba su ira contra m&#237; y restablec&#237;a su sensaci&#243;n de dominio. &#191;Y qu&#233; suceder&#237;a a continuaci&#243;n? &#191;Significaba que se propon&#237;a atacar a mi hija?

Un profesor asesino. Un hombre a quien le gusta pescar, mutilar. Mi mente segu&#237;a divagando. Cerr&#233; los ojos y sent&#237; el calor atrapado bajo los p&#225;rpados. Vivos colores iban y ven&#237;an como peces de colores en una pecera.

Profesor. Biolog&#237;a. Pesca.

De nuevo la desaz&#243;n. &#161;Vamos, adelante! &#191;Qu&#233;? Un profesor, un profesor. &#161;Eso es! Profesor desde 1991. En Saint Isidors. &#161;S&#237;! s&#237;! Lo sabemos. &#191;Y qu&#233;? Mi cabeza estaba demasiado obtusa para pensar. Lo dejar&#237;a para m&#225;s tarde.

Hab&#237;a olvidado por completo el CD-Rom. Cog&#237; mi toalla dispuesta a marcharme. Tal vez all&#237; encontrara algo.





Cap&#237;tulo 39

Transpiraba intensamente y me sent&#237;a muy d&#233;bil, pero consegu&#237; regresar en coche. &#161;Hab&#237;a sido una majadera! Los microbios hab&#237;an vencido. Reduce la velocidad. No querr&#225;s que te detengan. Ve a casa y b&#250;scalo. Algo saldr&#225; de all&#237;.

Pas&#233; Sherbrooke con toda rapidez, rode&#233; la manzana y me introduje en la entrada. La alarma de la puerta del garaje segu&#237;a sonando. &#161;Maldici&#243;n! &#191;Por qu&#233; no pod&#237;a Winston repararla? Aparqu&#233; el veh&#237;culo y corr&#237; a mi apartamento a comprobar las fechas.

Ante mi puerta se encontraba una bolsa de viaje.

&#161;Mierda! Y ahora &#191;qu&#233;?

Examin&#233; la mochila. Era de cuero negro fabricada por Coach, cara. Un regalo de Max para Katy. Y estaba delante de mi puerta.

El coraz&#243;n se me paraliz&#243; en el pecho.

&#161;Katy!

Abr&#237; la puerta y la llam&#233; sin obtener respuesta. Puls&#233; el c&#243;digo de seguridad y lo intent&#233; de nuevo. Silencio.

Corr&#237; de habitaci&#243;n en habitaci&#243;n en busca de mi hija, aunque intuyendo que no encontrar&#237;a ni rastro. &#191;Se habr&#237;a acordado de traer su llave? De ser as&#237; no hubiera dejado su mochila en el pasillo. Hab&#237;a llegado y, al no encontrarme, hab&#237;a dejado la mochila y se hab&#237;a ido a cualquier lugar.

Me qued&#233; en el dormitorio temblorosa, v&#237;ctima del virus y del temor. Piensa, Brennan. &#161;Piensa! Lo intent&#233;, mas no era f&#225;cil.

Habr&#237;a llegado y no habr&#237;a podido entrar. Entonces se habr&#237;a marchado a tomar caf&#233;, ver escaparates o en busca de un tel&#233;fono. Sin duda llamar&#237;a dentro de unos minutos.

Pero, si no ten&#237;a llave, &#191;c&#243;mo habr&#237;a pasado por la puerta exterior para cruzar el pasillo y llegar hasta casa? &#161;Por el garaje! Deb&#237;a de haber cruzado la puerta de peatones que daba acceso al garaje, la &#250;nica que no tiene cerrojo.

&#161;El tel&#233;fono!

Corr&#237; al sal&#243;n. No hab&#237;a mensajes. &#191;Ser&#237;a cosa de Tanguay? &#191;La tendr&#237;a en su poder?

Era imposible. Estaba entre rejas.

El profesor est&#225; encerrado, pero no es el &#250;nico. El profesor no es el &#250;nico. &#191;O s&#237; lo es? &#191;Era &#233;l el inquilino del piso de la rue Berger? &#191;Fue quien enterr&#243; el guante con la foto de Katy en la tumba de Gabby?

El terror me provoc&#243; una oleada de n&#225;useas que se remont&#243; por mi es&#243;fago. Tragu&#233; saliva y mi resentida garganta protest&#243; airada.

Comprueba los hechos, Brennan. Acaso fuesen d&#237;as festivos.

Puse mi ordenador en marcha con manos temblorosas y puls&#233; las teclas con dedos inseguros. La hoja de c&#225;lculo inund&#243; la pantalla. Fechas, cronolog&#237;as.

Francine Morisette-Champoux fue asesinada en enero. Falleci&#243; entre las diez de la ma&#241;ana y mediod&#237;a. Era jueves.

Isabelle Gagnon desapareci&#243; en abril, entre la una y las cuatro de la tarde. Era viernes.

Chantale Trottier desapareci&#243; una tarde de octubre. Fue vista por &#250;ltima vez en la escuela del centro de la ciudad, a quil&#243;metros de la isla occidental.

Murieron o desaparecieron entre semana, de d&#237;a, en horario escolar. Trottier acaso hubiera sido raptada al salir de clase. Las otras dos, no.

As&#237; el tel&#233;fono.

Ryan no estaba.

Colgu&#233; bruscamente el aparato. La cabeza me pesaba como si fuera de plomo y mis pensamientos se suced&#237;an en c&#225;mara lenta.

Intent&#233; otro n&#250;mero.

Aqu&#237; Claudel.

Soy la doctora Brennan, se&#241;or Claudel.

No respondi&#243;.

&#191;D&#243;nde est&#225; Saint Isidor's?

Dud&#243; unos instantes y cre&#237; que no iba a contestarme.

En Beaconsfield.

Es decir a una media hora del centro.

Siempre que no haya tr&#225;fico.

&#191;Conoce usted el horario escolar?

&#191;De qu&#233; se trata?

&#191;Puede responderme?

Me hallaba en el l&#237;mite de mis fuerzas y a punto de estallar. Debi&#243; de comprenderlo por mi voz.

Puedo enterarme.

Averig&#252;e tambi&#233;n si Tanguay falt&#243; alg&#250;n d&#237;a, si se excus&#243; alegando que estaba enfermo o tom&#243; alg&#250;n permiso especial, sobre todo en las fechas en que Morisette-Champoux y Gagnon fueron asesinadas. Llevar&#225;n un registro. Habr&#237;an necesitado un sustituto a menos que la escuela no estuviese en funcionamiento por las razones que fuera.

Ma&#241;ana

&#161;No! &#161;Tiene que ser ahora!

Estaba al borde de la histeria, apretaba los pies en el extremo de la barra y me conten&#237;a para saltar.

Me pareci&#243; ver c&#243;mo se le tensaban los m&#250;sculos del rostro. &#161;Adelante, Claudel! &#161;Cuelga! &#161;Te cortar&#233; la cabeza!

Volver&#233; a llamarla.

Me sent&#233; en el borde del lecho mirando sin ver las motas de polvo que revoloteaban en un rayo de sol.

Ten&#237;a que moverme.

Fui al cuarto de ba&#241;o y me moj&#233; el rostro con agua fr&#237;a, luego saqu&#233; un estuche de pl&#225;stico de mi cartera y volv&#237; al ordenador. En la caja figuraba una etiqueta con la direcci&#243;n de la rue Berger y la fecha 24 de junio de 1994. Levant&#233; la tapa, saqu&#233; un disquete CD-Rom y lo introduje en la unidad de disco.

Abr&#237; un programa para visionar la imagen que hizo aparecer una hilera de iconos. Escog&#237; &#193;lbum y luego Open y apareci&#243; un solo nombre en la ventanilla: Berger.abm. Puls&#233; dos veces el rat&#243;n, y la pantalla se llen&#243; con tres hileras de im&#225;genes, cada una de las cuales mostraba seis fotos del apartamento de Saint Jacques. Una nota al pie informaba que el &#225;lbum conten&#237;a ciento veinte fotos.

Puls&#233; para ampliar al m&#225;ximo la primera imagen. Correspond&#237;a a la rue Berger. En la segunda y tercera aparec&#237;a la calle desde distintos &#225;ngulos. En la siguiente, el edificio de apartamentos por delante y por detr&#225;s. Luego el pasillo que conduc&#237;a al piso de Saint Jacques. Las perspectivas del interior del apartamento comenzaban con la imagen duod&#233;cima.

Me desplac&#233; por las fotos examinando todos los detalles. La cabeza me estallaba. Los m&#250;sculos del hombro y la espalda eran como cables de alta tensi&#243;n. Volv&#237;a a sentirme all&#237;: el calor sofocante, el miedo, los olores a suciedad y corrupci&#243;n.

Investigu&#233; imagen tras imagen. &#191;Para qu&#233;? No estaba segura. Todo se encontraba all&#237;: las fotos de revistas Hustler, los peri&#243;dicos, el mapa de la ciudad, el descansillo de la escalera, el sucio aseo, el mostrador grasiento, la taza del Burger King, el cuenco de los espaguetis.

Me detuve y observ&#233; m&#225;s detenidamente aquella foto. Archivo 102. Un cuenco mugriento de pl&#225;stico, blancos anillos de grasa coagul&#225;ndose en rojos residuos. Una mosca con las patas delanteras agarradas como si estuviera rezando. Un pedazo anaranjado surgiendo de la salsa y la pasta.

Parpade&#233; y me aproxim&#233; a la pantalla. &#191;Pod&#237;a ser cierto lo que estaba viendo? Discurr&#237;a a lo largo del fragmento anaranjado. El coraz&#243;n me lati&#243; con fuerza. Me parec&#237;a imposible un hallazgo tan afortunado.

Ampli&#233; la imagen y apareci&#243; una l&#237;nea punteada. A continuaci&#243;n arrastr&#233; el cursor y la l&#237;nea se convirti&#243; en un rect&#225;ngulo cuyos bordes formaban una hilera de puntos giratorios. Situ&#233; el rect&#225;ngulo directamente sobre el bulto anaranjado y enfoqu&#233; la imagen ampli&#225;ndola cada vez m&#225;s, doble, triple ocho veces mayor que su tama&#241;o actual. Observ&#233; c&#243;mo la tenue par&#225;bola que hab&#237;a detectado se convert&#237;a en un reguero arqueado de puntos y guiones.

Dej&#233; de enfocar y examin&#233; todo el arco.

&#161;Cielos!

Vali&#233;ndome del control de imagen manipul&#233; el contraste y el brillo, modifiqu&#233; el matiz y la saturaci&#243;n y trat&#233; de invertir el color, cambiando cada elemento de la imagen digital por su complemento. Utilic&#233; el mando para destacar los bordes, agudizando el diminuto reguero contra el fondo anaranjado.

Me recost&#233; en el asiento y mir&#233; con fijeza. All&#237; estaba. Aspir&#233; profundamente. &#161;Cielos, era realmente lo que imaginaba! Busqu&#233; el tel&#233;fono con manos temblorosas. Un mensaje grabado me inform&#243; que Bergeron segu&#237;a de vacaciones. Estaba sola.

Revis&#233; cuidadosamente todas las posibilidades. Hab&#237;a visto varias veces c&#243;mo lo hac&#237;a. Pod&#237;a intentarlo. Ten&#237;a que saber. Busqu&#233; otro n&#250;mero.

Aqu&#237; el centro de detenci&#243;n Parthenais.

Soy Tempe Brennan. &#191;Se encuentra ah&#237; Andrew Ryan? Debe de hallarse con un prisionero llamado Tanguay.

Un instant. Gardez la ligne.

Se oyeron unas voces en el fondo. &#161;Vamos, vamos!

Il nest pas ici.

&#161;Maldici&#243;n! Consult&#233; mi reloj.

&#191;Est&#225; Jean Bertrand?

Oui. Un instant.

M&#225;s voces. Estr&#233;pito.

Bertrand al aparato.

Me identifiqu&#233; y le expliqu&#233; lo que hab&#237;a descubierto.

&#161;Vaya! &#191;Qu&#233; dice Bergeron?

Est&#225; de vacaciones hasta el lunes.

&#161;Magn&#237;fico! Es como uno de sus falsos inicios, &#191;no es cierto? &#191;Qu&#233; desea que haga?

Busque un pedazo de poliestireno corriente y h&#225;gaselo morder a Tanguay. No es necesario que se lo meta demasiado en la boca. S&#243;lo necesito los dientes. Que lo muerda profundamente a fin de obtener marcas bien definidas de los dientes, un arco en cada lado de la placa. Luego deseo que lleve el poliestireno a Marc Dallair, de fotograf&#237;a. Est&#225; en la parte de atr&#225;s, despu&#233;s de bal&#237;stica, &#191;comprendido?

S&#237;, s&#237;. &#191;C&#243;mo consigo que Tanguay acceda a hacer eso?

Es su problema. Imagine cualquier cosa. Si alega inocencia estar&#225; encantado.

&#191;D&#243;nde se supone que encontrar&#233; poliestireno a las cinco menos veinte de la tarde?

C&#243;mprese un condenado Big Mac, Bertrand. Yo qu&#233; s&#233;. Haga lo que sea, pero cons&#237;galo. Tengo que encontrar a Dallair antes de que se marche. &#161;Mu&#233;vase!

Dallair esperaba un ascensor cuando recibi&#243; mi llamada. La atendi&#243; en el mostrador de la recepci&#243;n.

Necesito un favor.

Oui.

Antes de una hora Jean Bertrand le llevar&#225; unas muestras de mordiscos a su despacho. Necesito un esc&#225;ner de la imagen en un archivo de formato gr&#225;fico y que me la env&#237;e electr&#243;nicamente lo antes posible. &#191;Puede hacerlo?

Se produjo una pausa prolongada. Imagin&#233; mentalmente c&#243;mo observaba el reloj del ascensor.

&#191;Tiene esto algo que ver con Tanguay?

S&#237;.

De acuerdo. Aguardar&#233;.

Enfoque la luz en el poliestireno del modo m&#225;s paralelo posible para destacar las marcas todo lo posible. Y aseg&#250;rese de incluir una escala, una regla o lo que sea. Y, por favor, procure que la imagen est&#233; exactamente individualizada.

No habr&#225; problemas. Creo tener una regla angular en alg&#250;n lugar.

Perfecto.

Le facilit&#233; mi direcci&#243;n por correo electr&#243;nico y le ped&#237; que me avisara cuando me enviase el archivo.

Entonces aguard&#233;. Los segundos transcurr&#237;an con lentitud glacial sin que sonara el tel&#233;fono con noticias de Katy. Los d&#237;gitos del reloj brillaban con su luz verde. Los o&#237;a cambiar mientras el tiempo transcurr&#237;a: clic, clic, clic, mientras giraban los n&#250;meros.

Cog&#237; el aparato en cuanto son&#243; el timbre.

Aqu&#237; Dallair.

S&#237;.

Tragu&#233; saliva entre un dolor insoportable.

Le he enviado el archivo hace unos cinco minutos. Se llama Tang.tif. Est&#225; comprimido, por lo que tendr&#225; que descodificarlo. Me quedar&#233; aqu&#237; hasta que lo haya reproducido para asegurarme de que no hay problemas. Env&#237;eme respuesta. Y buena suerte.

Le di las gracias y colgu&#233;. De nuevo ante el ordenador me situ&#233; en mi correo de McGill. Inmediatamente apareci&#243; el anuncio de un mensaje recibido. Hice caso omiso de los restantes correos y di paso al archivo enviado por Dallair, que reconvert&#237; en su formato gr&#225;fico. En la pantalla apareci&#243; una impresi&#243;n dental, las piezas claramente visibles contra un fondo blanco. A izquierda y derecha de la impresi&#243;n se ve&#237;a una regla angular. Acus&#233; recibo a Dallair y sal&#237; del programa.

De nuevo en el programa de im&#225;genes hice aparecer el archivo Tang.tif. La impresi&#243;n de Tanguay llen&#243; la pantalla. Recuper&#233; la imagen del mordisco en el queso de la rue Berger y situ&#233; ambas im&#225;genes, una junto a otra.

A continuaci&#243;n las convert&#237; a la escala RGB para maximizar la cantidad de informaci&#243;n que en ellas aparec&#237;a. Ajust&#233; el tono, el brillo, el contraste y la saturaci&#243;n. Por fin, utilizando el control de imagen, aguc&#233; los bordes de la impresi&#243;n en poliestireno como hab&#237;a hecho con las del queso.

Para el tipo de comparaci&#243;n que me propon&#237;a intentar ambas im&#225;genes ten&#237;an que estar en la misma escala. Busqu&#233; un comp&#225;s de aguja y comprob&#233; la regla de la foto de Tanguay. La distancia entre los cuadrados era exactamente de un mil&#237;metro. Bien. La imagen se correspond&#237;a de modo rec&#237;proco.

En la foto de la rue Berger no hab&#237;a regla. &#191;Qu&#233; hacer?

Utilizar cualquier otra cosa. Retornar a la imagen completa. Ten&#237;a que haber un medio para poder medirlo.

Lo hab&#237;a. La taza del Burger King estaba junto al cuenco adyacente al queso, y su logotipo rojo y amarillo aparec&#237;a claro y evidente. Perfecto.

Corr&#237; a la cocina. &#161;Ojal&#225; se encontrara all&#237;! Abr&#237; de par en par las puertas del armario y revolv&#237; entre la basura que estaba bajo el fregadero.

&#161;All&#237; estaba! Lav&#233; los posos de caf&#233; y llev&#233; la taza junto al ordenador. Me temblaban las manos mientras extend&#237;a el comp&#225;s. El brazo derecho del logotipo B med&#237;a exactamente cuatro mil&#237;metros de anchura.

Escog&#237; la funci&#243;n de nuevo calibrado en el control de imagen y puls&#233; el borde de la B de la taza de la rue Berger. Arrastr&#233; el cursor hasta el extremo m&#225;s alejado y puls&#233; de nuevo. Tras haber escogido mis puntos de calibrado, orden&#233; al programa que modificara de nuevo toda la imagen de modo que B midiera exactamente cuatro mil&#237;metros a lo anch&#243; en aquella posici&#243;n. La imagen cambi&#243; al instante de dimensi&#243;n.

Ambas im&#225;genes se correspond&#237;an ahora totalmente. Las observ&#233; una junto a otra en la pantalla del ordenador. La impresi&#243;n producida por Tanguay mostraba un arco dental completo, con ocho dientes a cada lado de la l&#237;nea central.

En el queso s&#243;lo aparec&#237;an cinco dientes. Bertrand no se equivocaba: era como un falso inicio. Los dientes se hab&#237;an clavado, resbalado o retirado y luego mordido un pedazo detr&#225;s de la marca que yo ten&#237;a ante los ojos.

Observ&#233; las huellas de la dentadura. Estaba segura de que exist&#237;a un arco superior. Distingu&#237; dos largas depresiones a cada lado de la l&#237;nea central, probablemente los incisivos centrales. Junto a ellos hab&#237;a dos surcos orientados de modo similar, pero algo m&#225;s cortos. M&#225;s all&#225;, en la parte izquierda de la arcada, se ve&#237;a una melladura, peque&#241;a y circular, probablemente efectuada por el canino. No aparec&#237;an huellas de otros dientes.

Me enjugu&#233; las palmas mojadas a ambos lados de la camisa, ergu&#237; la espalda y aspir&#233; profundamente.

Bien. Cambiar&#237;a la posici&#243;n.

Escog&#237; la funci&#243;n Effect, puls&#233; Rotate y lentamente manipul&#233; la impresi&#243;n dental de Tanguay con la esperanza de lograr la misma orientaci&#243;n que ten&#237;a la marca del queso. Mediante sucesivas pulsaciones hice girar los incisivos centrales siguiendo el sentido del reloj. Hacia adelante, luego atr&#225;s, luego adelante de nuevo, escasos grados cada vez; mi torpeza y nerviosismo prolongaban el proceso. Fue una sesi&#243;n extensa pero por fin me vi recompensada. Los dientes de Tanguay se encontraban en el mismo &#225;ngulo y posici&#243;n que los que aparec&#237;an en el queso.

De nuevo en el men&#250; Edit y en la funci&#243;n Stitch escog&#237; el queso como imagen activa y la impresi&#243;n de Tanguay como imagen flotante. Fij&#233; el nivel de transparencia al treinta por ciento y las marcas del mordisco de Tanguay se oscurecieron. Puls&#233; en un punto que se encontraba directamente entre los dientes delanteros de Tanguay y de nuevo en el hueco correspondiente de la arcada del queso definiendo un punto concreto en cada imagen. Ya satisfecha, activ&#233; la funci&#243;n Place, y las im&#225;genes del mordisco de Tanguay se superpusieron sobre el efectuado en el queso. Demasiado opaco. Las huellas del queso se anularon totalmente.

Sub&#237; el nivel de transparencia al setenta y cinco por ciento y observ&#233; c&#243;mo los puntos y sombras del poliestireno se dilu&#237;an hasta adquirir una transparencia fantasmal. Ahora ten&#237;a una clara visi&#243;n de los dientes y huecos del queso a trav&#233;s de la impresi&#243;n realizada por Tanguay. &#161;Gran Dios!

Comprend&#237; al instante que los mordiscos no hab&#237;an sido realizados por la misma persona. Ninguna manipulaci&#243;n manual ni el excesivo afinado de las im&#225;genes pod&#237;a alterar tal impresi&#243;n. La boca que hab&#237;a mordido el poliestireno no hab&#237;a dejado las marcas en el queso.

El arco dental de Tanguay era demasiado estrecho, la curva frontal mucho m&#225;s densa que la marcada en el queso. La imagen compuesta mostraba una forma de herradura que cubr&#237;a un semic&#237;rculo parcial.

M&#225;s sorprendente a&#250;n: quien hubiera comido queso en el piso de la rue Berger ten&#237;a una separaci&#243;n irregular a la derecha del hueco normal de la l&#237;nea central, y el diente adyacente se ladeaba en un &#225;ngulo de treinta grados, lo que le daba a la hilera dental el aspecto de un cerco de estacas. El comedor de queso ten&#237;a un incisivo central muy estropeado y un lateral bruscamente girado.

La dentadura de Tanguay era igualada y continua. Su mordisco no mostraba ninguno de aquellos rasgos. No era &#233;l quien hab&#237;a mordido el queso. O Tanguay hab&#237;a tenido un invitado en la rue Berger o aquel apartamento nada ten&#237;a que ver con &#233;l.





Cap&#237;tulo 40

Quien hubiera utilizado el piso de la rue Berger era el asesino de Gabby. Los guantes coincid&#237;an. Exist&#237;an muchas posibilidades de que Tanguay no fuese aquella persona: no era &#233;l quien hab&#237;a mordido el queso. Saint Jacques no era Tanguay.

&#191;Qui&#233;n diablos eres? -pregunt&#233; con voz ronca. Mi temor por Katy resurgi&#243; con plena intensidad. &#191;Por qu&#233; no habr&#237;a llamado?

Intent&#233; localizar a Ryan en su casa sin hallar respuesta. Prob&#233; con Bertrand. Estaba ausente. Prob&#233; en la sala del destacamento de fuerzas. No hab&#237;a nadie.

Fui al patio y escudri&#241;&#233; por la verja la pizzeria de la acera de enfrente. La calle estaba vac&#237;a: hab&#237;an retirado el equipo de vigilancia. Estaba sola.

Revis&#233; mis opciones. &#191;Qu&#233; pod&#237;a hacer? Poca cosa. No pod&#237;a irme. Ten&#237;a que estar en casa por si Katy regresaba. Cuando Katy regresara.

Consult&#233; el reloj: eran las siete y diez de la tarde. Los archivos. De nuevo me concentr&#233; en ellos. &#191;Qu&#233; otra cosa pod&#237;a hacer dentro de aquellas paredes? Mi refugio se hab&#237;a convertido en mi prisi&#243;n.

Me mud&#233; de ropa y fui a la cocina. Aunque me flotaba la cabeza, no tom&#233; ninguna medicina. Me sent&#237;a bastante embotada sin tomar sedantes. Arrasar&#237;a los g&#233;rmenes con vitamina C. Cog&#237; un envase de extracto de naranjas del congelador y busqu&#233; el abridor. &#161;Maldici&#243;n! &#191;D&#243;nde estar&#237;a? Como estaba impaciente y no quer&#237;a perder tiempo cog&#237; un cuchillo de cocina y cort&#233; el pedazo de cart&#243;n del envase para retirar la pesta&#241;a met&#225;lica del recipiente de cart&#243;n. Jarro, agua, agitar. Puedes hacerlo. Ya recoger&#225;s los restos despu&#233;s.

Al cabo de unos momentos estaba instalada en el sof&#225;, bien arropada con mi colcha, con los pa&#241;uelos de papel y el zumo a mi alcance. Ejercitaba las cejas para reprimir mi nerviosismo.

Damas. Me sumerg&#237; en el expediente, repasando nombres, lugares y fechas visitados anteriormente. El monasterio St. Bernard. Nikos Damas. El padre Poirier.

Bertrand hab&#237;a hecho efectuar un seguimiento de Poirier. Lo rele&#237; con enorme esfuerzo de concentraci&#243;n. El buen padre hab&#237;a dejado el hotel. Revis&#233; la entrevista original, buscando otros nombres para perseguirlos como claves en una caza de carro&#241;eros. A continuaci&#243;n insist&#237; con las fechas.

&#191;Qui&#233;n era el conserje? Un tal Roy, Emile Roy. Busqu&#233; su declaraci&#243;n.

No estaba all&#237;. Revis&#233; todo el contenido del legajo sin encontrar nada. Sin duda alguien habr&#237;a hablado con &#233;l. No recordaba haber visto el informe. &#191;Por qu&#233; no figuraba en el archivo?

Permanec&#237; pensativa unos momentos percibiendo tan s&#243;lo el sonido de mi respiraci&#243;n. Experimentaba de nuevo la sensaci&#243;n de una idea preconcebida, como un aura que presagiara una migra&#241;a. La intuici&#243;n de que pasaba algo por alto era m&#225;s intensa que nunca, pero aquel hecho esquivo no lograba centrarse.

Volv&#237; a examinar las declaraciones de Poirier: Roy cuida del edificio y los jardines, enciende la calefacci&#243;n, retira la nieve con palas.

&#191;Retira la nieve con palas a los ochenta a&#241;os? &#191;Por qu&#233; no? George Burns pod&#237;a hacerlo. Im&#225;genes del pasado desfilaron por mi mente. Pens&#233; en la aparici&#243;n que hab&#237;a tenido a solas en el coche: los huesos de Grace Damas detr&#225;s de m&#237; en el bosque empapado por la lluvia.

Pens&#233; en el otro sue&#241;o de aquella noche: las ratas, Pete, la cabeza de Isabelle Gagnon, su tumba, el sacerdote. &#191;Qu&#233; hab&#237;a dicho? S&#243;lo aquellos que trabajaban para la iglesia pod&#237;an cruzar sus verjas.

&#191;Ser&#237;a realmente as&#237;? &#191;Era as&#237; como &#233;l hab&#237;a entrado en los jardines del monasterio y en el Gran Seminario? &#191;Ser&#237;a nuestro asesino alguien que trabajaba para la iglesia?

&#161;Roy!

Muy acertado, Brennan: un asesino en serie octogenario.

&#191;Deber&#237;a esperar noticias de Ryan? &#191;D&#243;nde diablos se encontrar&#237;a? Busqu&#233; la gu&#237;a telef&#243;nica con manos temblorosas. Si lograba encontrar el n&#250;mero del conserje, lo llamar&#237;a.

Aparec&#237;a un tal E. Roy inscrito en St. Lambert.

Oui -contest&#243; una voz. Deb&#237;a andarme con cuidado. Ser precavida.

&#191;Monsieur Emile Roy?

Oui. Oui.

Le expliqu&#233; qui&#233;n era y por qu&#233; lo llamaba. Le ped&#237; que me informara acerca de sus obligaciones en el monasterio. Permaneci&#243; largo rato en silencio. Lo o&#237; resoplar, expeler el aliento como a trav&#233;s de un fuelle.

No deseo perder mi trabajo. Cuido perfectamente de mis obligaciones -dijo por fin.

S&#237;. &#191;Se encarga usted solo de todo ello?

Advert&#237; que conten&#237;a el aliento como si se le hubiera atascado un guijarro en la garganta.

De vez en cuando preciso cierta ayuda. A ellos no les cuesta nada. Lo pago yo mismo, de mis honorarios.

Casi lloriqueaba.

&#191;Qui&#233;n lo ayuda, monsieur Roy?

Mi sobrino. Es un buen muchacho. Se ocupa principalmente de la nieve. Pensaba dec&#237;rselo al padre, pero

&#191;C&#243;mo se llama su sobrino?

Leo. &#191;No se hallar&#225; en dificultades, &#191;verdad? Es un buen muchacho.

Sent&#237; humedecerse la palma que sosten&#237;a el tel&#233;fono.

&#191;Leo qu&#233;?

Fortier. Leo Fortier. Es nieto de mi hermana.

La voz sonaba m&#225;s d&#233;bil. Yo sudaba copiosamente. Expres&#233; los formulismos necesarios y colgu&#233;, mentalmente agitada, con el coraz&#243;n acelerado.

Tranquil&#237;zate, puede ser una coincidencia. Ser conserje y ayudante de carnicero a tiempo parcial no convierte a uno en asesino. Piensa.

Observ&#233; el reloj y me dirig&#237; al tel&#233;fono. &#161;Vamos! &#161;Ojal&#225; la encontrase!

La mujer descolg&#243; el aparato al cuarto timbrazo.

Aqu&#237; Lucie Dumont.

&#161;La hab&#237;a encontrado!

&#161;No puedo creer que siga ah&#237;, Lucie!

He tenido dificultades con el archivo de un programa. Iba a marcharme.

Necesito algo urgentemente, Lucie. Es de suma importancia. Usted es la &#250;nica que puede facilit&#225;rmelo.

&#191;De qu&#233; se trata?

Quiero que compruebe unos datos acerca de una persona. Haga todo lo posible por conseguir cuanto afecte a ese tipo. &#191;Lo har&#225;?

Es tarde e iba a

Es cr&#237;tico, Lucie. Mi hija acaso se halle en peligro. &#161;Lo necesito realmente!

No intent&#233; disimular mi desesperaci&#243;n.

Puedo conectarme con los archivos de la SQ y comprobar si aparece all&#237;. Estoy autorizada para ello. &#191;Qu&#233; desea saber?

Todo.

&#191;Qu&#233; puede darme?

S&#243;lo un nombre.

&#191;Algo m&#225;s?

No.

&#191;De qui&#233;n se trata?

Leo Fortier.

La llamar&#233; en seguida. &#191;D&#243;nde est&#225;?

Le di mi n&#250;mero telef&#243;nico y colgu&#233;.

Pase&#233; de un lado a otro de mi apartamento, enloquecida de temor por Katy. &#191;Se tratar&#237;a de Fortier? &#191;Habr&#237;a centrado en m&#237; su ira psic&#243;pata por haberlo frustrado? &#191;Habr&#237;a matado a mi amiga para vengarse? &#191;Planeaba hacer lo mismo conmigo? &#191;Con mi hija? &#191;C&#243;mo se hab&#237;a enterado de su existencia? &#191;Habr&#237;a robado a Gabby la foto en que aparec&#237;amos Katy y yo?

Un fr&#237;o y paralizante terror se infiltr&#243; en mi alma y me inspir&#243; los peores pensamientos de mi vida. Imagin&#233; los &#250;ltimos momentos de Gabby, imagin&#233; lo que deb&#237;a de haber sentido. El sonido del tel&#233;fono interrumpi&#243; el curso de mis pensamientos.

&#161;D&#237;game!

Soy Lucie Dumont.

S&#237;.

El coraz&#243;n me lat&#237;a con tanta fuerza que pens&#233; que lo oir&#237;a.

&#191;Sabe qu&#233; edad tiene el tal Leo Fortier?

Hum treinta, cuarenta.

Me he encontrado con dos, uno nacido el 9 de febrero de 1962, de modo que tendr&#225; unos treinta y dos a&#241;os; el otro naci&#243; el 21 de abril del 16 por lo que tendr&#225; unos sesenta y ocho.

Es el de treinta y dos -respond&#237;.

As&#237; lo hab&#237;a pensado, por lo que he examinado su historial. Es un elemento de cuidado. Muy joven ya compareci&#243; ante los tribunales. No por delitos graves, sino por una serie de infracciones menores y problemas psiqui&#225;tricos.

&#191;Qu&#233; clase de problemas?

Fue acusado de voyeurismo a los trece a&#241;os.

Se distingu&#237;an sus dedos en el teclado.

Vandalismo, novillos. Se produjo un incidente cuando ten&#237;a quince a&#241;os. Rapt&#243; a una muchacha y la retuvo durante dieciocho horas. No hubo cargos. &#191;Quiere saberlo todo?

&#191;Aparecen casos m&#225;s recientes?

De nuevo el tecleo. La imaginaba inclinada en el monitor, con las gafas de color rosado reflejadas en la verde pantalla.

La anotaci&#243;n m&#225;s reciente corresponde a 1988. Fue arrestado por agresi&#243;n, al parecer a un pariente, pues la v&#237;ctima tiene el mismo apellido. No fue a prisi&#243;n. Pas&#243; seis meses en Pinel.

&#191;Cu&#225;ndo sali&#243;?

&#191;Desea la fecha exacta?

&#191;Puede conseguirla?

Al parecer el 12 de noviembre de 1988.

Constance Pitre hab&#237;a fallecido en diciembre de 1988. Hac&#237;a mucho calor en la habitaci&#243;n, y ten&#237;a el cuerpo impregnado en sudor.

&#191;Figura en el expediente el nombre del psiquiatra que lo atendi&#243; en Pinel?

Aparece una referencia a un tal doctor M. C. LaPerri&#233;re. No dice de qui&#233;n se trata.

&#191;Consta ah&#237; su n&#250;mero?

Me lo facilit&#243;.

&#191;D&#243;nde se encuentra ahora Fortier?

El archivo concluye en 1988. &#191;Desea saber la direcci&#243;n?

S&#237;.

Mientras marcaba el n&#250;mero facilitado me hallaba al borde del llanto. O&#237; sonar el timbre en el extremo norte de la isla de Montreal. Tranquil&#237;zate, Brennan. Trat&#233; de pensar qu&#233; dir&#237;a.

L'h&#243;pital Pinel. Puis-je vous aider? -respondi&#243; una voz femenina.

Con el doctor LaPerri&#233;re, s'il vous pla&#238;t.

&#161;Por favor, no me diga que no trabaja ah&#237;!

Un instant, s'il vous pla&#238;t.

&#161;S&#237;, segu&#237;a en plantilla! Me hicieron aguardar y luego repetir el ritual con una segunda voz femenina.

Qui est sur la ligue, s'il vous pla&#238;t?

La doctora Brennan.

Una sensaci&#243;n de vac&#237;o en el ambiente.

Aqu&#237; la doctora LaPerri&#233;re -respondi&#243; otra voz femenina, en esta ocasi&#243;n cansada e impaciente.

Soy la doctora Temperance Brennan -le dije, esforz&#225;ndome por reprimir el temblor de mi voz-, antrop&#243;loga forense del Laboratorio de Medicina Legal y estoy implicada en la investigaci&#243;n de una serie de cr&#237;menes que se han producido durante los &#250;ltimos a&#241;os en la zona de Montreal. Tenemos razones para creer que pueda hallarse implicado uno de sus antiguos pacientes.

&#191;Y bien?

Su voz sonaba cansada.

Le expliqu&#233; la formaci&#243;n del destacamento de fuerzas y le ped&#237; que me hablara de Leo Fortier.

Doctora Brennan, &#191;es as&#237;? Sabe que no puedo comentar el expediente de un paciente en una conversaci&#243;n telef&#243;nica. Sin autorizaci&#243;n judicial eso representar&#237;a quebrantar la confidencialidad.

Tranquil&#237;zate. Sab&#237;as que iba a responderte eso.

Desde luego. Y esa autorizaci&#243;n llegar&#225;, pero nos hallamos en una situaci&#243;n apremiante, doctora, y no podemos demorar esta conversaci&#243;n con usted. En estos momentos la autorizaci&#243;n no es realmente necesaria. Las mujeres mueren, doctora LaPerri&#233;re, son brutalmente asesinadas y desfiguradas. Ese individuo act&#250;a con extrema violencia. Mutila a sus v&#237;ctimas. Pensamos que se trata de alguien que experimenta profunda aversi&#243;n a las mujeres y que est&#225; dotado de bastante inteligencia para planear y llevar a cabo tales asesinatos. Y tememos que no tardar&#225; en actuar de nuevo.

Tragu&#233; saliva con la boca reseca por el temor.

Leo Fortier es un sospechoso y necesitamos saber si, a su parecer, existe algo en su historial que sugiera su adecuaci&#243;n a este perfil. El papeleo para preparar su historial llegar&#225;; pero, si usted recuerda datos de ese paciente, la informaci&#243;n que ahora nos facilite contribuir&#225; a que detengamos al asesino antes de que vuelva a actuar.

Me hab&#237;a cubierto con otra manta, en esta ocasi&#243;n de fr&#237;a calma. No pod&#237;a permitir que trascendiera el temor que sent&#237;a.

Sencillamente, no puedo

Mi manta se deslizaba.

Tengo una hija, doctora LaPerri&#233;re. &#191;Es usted madre?

&#191;C&#243;mo?

La sensaci&#243;n de afrenta rivalizaba con el cansancio.

Chantale Trottier ten&#237;a s&#243;lo diecis&#233;is a&#241;os cuando la asesin&#243; a golpes y luego la descuartiz&#243; y la abandon&#243; en un vertedero.

&#161;Jes&#250;s!

Aunque no conoc&#237;a a Marie Claude LaPerri&#233;re, su voz me hac&#237;a evocar una escena vivida, con un gris met&#225;lico, verde institucional y sucia piedra.

Pod&#237;a imaginarla: de mediana edad, con la desilusi&#243;n profundamente grabada en el rostro. Trabajaba para un sistema en el que hab&#237;a perdido la fe hac&#237;a tiempo, un sistema incapaz de comprender ni mucho menos controlar la crueldad de una sociedad enloquecida hasta el l&#237;mite. Las v&#237;ctimas de pandillas; los adolescentes de mirada vac&#237;a y mu&#241;ecas desangradas; los beb&#233;s escaldados y quemados con cigarrillos; los fetos flotando en tazas de retretes; los viejos fallecidos de inanici&#243;n en medio de sus propios excrementos; las mujeres con rostros golpeados y miradas implorantes En otros tiempos cre&#237;a poder solucionar las cosas: la experiencia la hab&#237;a convencido de lo contrario.

Pero hab&#237;a prestado juramento. &#191;A qui&#233;n? &#191;Por qu&#233;? El dilema le resultaba ahora tan familiar como antes lo hab&#237;a sido su idealismo. La o&#237;a respirar profundamente.

Leo Fortier ingres&#243; en 1988 por un per&#237;odo de seis meses. Durante ese tiempo yo lo asist&#237; como psiquiatra.

&#191;Lo recuerda?

S&#237;.

Aguard&#233; entre los latidos de mi coraz&#243;n. Advert&#237; que encend&#237;a un pitillo y respiraba con intensidad.

Leo Fortier vino a Pinel por haber golpeado a su abuela con una l&#225;mpara. -Se expresaba con brevedad y cautela-. A la anciana tuvieron que aplicarle m&#225;s de cien puntos y se neg&#243; a formular cargos contra su nieto. Cuando concluy&#243; el per&#237;odo de ingreso voluntario de Fortier, le recomend&#233; que prosiguiera el tratamiento. Pero se neg&#243;.

Hizo una pausa para escoger las palabras adecuadas.

Leo Fortier vio morir a su madre y en presencia de su abuela. La anciana lo cri&#243; engendrando en &#233;l una autoimagen en extremo negativa que result&#243; en su incapacidad para establecer relaciones sociales adecuadas.

La abuela de Leo lo castigaba en exceso, pero lo proteg&#237;a de las consecuencias de sus actos fuera de casa. Cuando el muchacho fue adolescente, sus actividades suger&#237;an que sufr&#237;a una grave deformaci&#243;n cognitiva junto con una abrumadora necesidad de control. Hab&#237;a desarrollado una sensaci&#243;n excesiva de derecho y exhib&#237;a una intensa ira narcisista al verse frustrado.

La necesidad de control de Leo, su amor y odio reprimidos hacia su abuela y su creciente aislamiento social lo indujeron a pasar cada vez m&#225;s tiempo en su propio mundo de fantas&#237;a. Asimismo desarroll&#243; todos los mecanismos cl&#225;sicos de defensa. Negaci&#243;n, represi&#243;n, proyecci&#243;n. Emocional y socialmente era en extremo inmaduro.

&#191;Lo cree capaz del comportamiento que he descrito?

Me sorprend&#237;a lo firme que sonaba mi voz. En mi interior estaba agitada, aterrada por mi hija.

Durante el tiempo que trabaj&#233; con Leo sus fantas&#237;as eran fijas y definitivamente negativas. Muchas de ellas implicaban comportamientos sexuales violentos.

Hizo una pausa y la o&#237; respirar de nuevo.

A mi parecer, Leo Fortier es un hombre muy peligroso.

&#191;Sabe d&#243;nde vive ahora?

En esta ocasi&#243;n me temblaba la voz.

No he tenido contacto con &#233;l desde que se march&#243;.

Me dispon&#237;a a despedirme cuando se me ocurri&#243; otra pregunta.

&#191;C&#243;mo muri&#243; la madre de Leo?

En manos de un abortista -respondi&#243;.

Cuando colgu&#233; el aparato mis pensamientos se atropellaban. Ten&#237;a un nombre: Leo Fortier. Leo Fortier hab&#237;a trabajado con Grace Damas, ten&#237;a acceso a las propiedades eclesi&#225;sticas y era en extremo peligroso. &#191;Y bien?

Distingu&#237; un suave rumor y advert&#237; que la habitaci&#243;n se hab&#237;a vuelto morada. Abr&#237; las puertas ventanas y mir&#233; al exterior. Densas nubes cubr&#237;an la ciudad y proyectaban una prematura oscuridad. El viento hab&#237;a mudado de direcci&#243;n y en el ambiente flotaba intenso el olor a lluvia. El cipr&#233;s se balanceaba de un lado para otro y las hojas ca&#237;an por el suelo.

De pronto acudi&#243; a mi mente uno de mis primeros casos: Nellie Adams, desaparecida hac&#237;a cinco a&#241;os. Me hab&#237;a enterado por las noticias. El d&#237;a que denunciaron su desaparici&#243;n se hab&#237;a producido una violenta tormenta. Aquella noche, entre la seguridad de mi lecho, hab&#237;a pensado en ella. &#191;Se encontrar&#237;a afuera, sola y aterrada entre la tormenta? Seis semanas despu&#233;s identifiqu&#233; su cad&#225;ver por un cr&#225;neo y varios fragmentos de costillas.

&#191;Por favor, Katy! &#161;Regresa cuanto antes!

&#161;Basta ya! &#161;Llamar&#237;a a Ryan!

La luz de un rel&#225;mpago se reflej&#243; en la pared. Pas&#233; el cerrojo en las puertas y fui en busca de una l&#225;mpara. Nada. El temporizador, Brennan: est&#225; preparado para las ocho. A&#250;n es demasiado temprano.

Pas&#233; la mano bajo el sof&#225; y puls&#233; el bot&#243;n del temporizador sin resultado alguno. Prob&#233; el interruptor de la pared. Tampoco result&#243;. Tante&#233; mi camino a lo largo de la pared y rode&#233; la esquina para entrar en la cocina. Las luces no respondieron. Con creciente alarma anduve a trompicones por el vest&#237;bulo hasta el dormitorio. El reloj estaba a oscuras: no hab&#237;a luz. Permanec&#237; inm&#243;vil unos momentos tratando de encontrar una explicaci&#243;n. &#191;Se habr&#237;an declarado en huelga los empleados de la compa&#241;&#237;a el&#233;ctrica? &#191;Habr&#237;a derribado el viento ramas contra alg&#250;n cable de alta tensi&#243;n?

Advert&#237; que el apartamento estaba ins&#243;litamente silencioso y cerr&#233; los ojos para escuchar mejor. Una mezcla de sonidos llen&#243; el vac&#237;o de los aparatos desconectados. La tormenta arreciaba en el exterior. Se o&#237;an los latidos de mi coraz&#243;n. Y, de pronto, advert&#237; algo m&#225;s. Un tenue clic. &#191;Una puerta que se cerraba? &#191;Birdie? &#191;D&#243;nde estar&#237;a? &#191;En la otra habitaci&#243;n?

Fui hacia la ventana del dormitorio. Hasta all&#237; llegaba la luz de las farolas callejeras y de los apartamentos de Maisonneuve. Regres&#233; hasta las puertas del patio por el vest&#237;bulo y distingu&#237; las luces de las ventanas de mis vecinos brillando a trav&#233;s de la lluvia. &#161;S&#243;lo yo estaba a oscuras! &#161;S&#243;lo yo me hab&#237;a quedado sin luz! Luego record&#233; que el timbre de alarma no hab&#237;a sonado cuando hab&#237;a abierto las puertas ventanas. &#161;Carec&#237;a de sistema de seguridad!

Corr&#237; hacia el tel&#233;fono.

No hab&#237;a l&#237;nea.





Cap&#237;tulo 41

Colgu&#233; el aparato y me deslic&#233; entre la oscuridad que me rodeaba. Aunque no tropec&#233; con ninguna forma amenazadora, advert&#237;a una presencia desconocida. Temblorosa y luego tensa, revis&#233; mentalmente mis opciones como si examinara una baraja de naipes.

Me dije que deb&#237;a tranquilizarme. Pod&#237;a salir al jard&#237;n por las puertas ventanas.

Pero la verja del jard&#237;n estaba cerrada y la llave se encontraba en la cocina. Record&#233; la verja. &#191;Podr&#237;a escalarla? De no ser as&#237;, por lo menos estar&#237;a afuera y alguien podr&#237;a o&#237;rme si gritaba. &#191;Me oir&#237;a realmente alguien? La tormenta arreciaba en el exterior.

Aguc&#233; el o&#237;do para percibir los menores sonidos, con el coraz&#243;n golpeando contra mis costillas como una polilla contra una persiana. Mi mente flu&#237;a en miles de direcciones. Record&#233; a Margaret Adkins, a Pitre, entre otras, degolladas y con las miradas fijas en el vac&#237;o.

&#161;Entra en acci&#243;n, Brennan! &#161;Haz algo! &#161;No aguardes a convertirte en su v&#237;ctima! Mis temores por Katy me dificultaban un l&#243;gico razonamiento. &#191;Y si yo me marchaba y &#233;l aguardaba a que ella llegase? No, me dije, &#233;l no aguardar&#225; a nadie. Necesita dominar la situaci&#243;n. Desaparecer&#225; y tramar&#225; una segunda ocasi&#243;n.

Tragu&#233; saliva y estuve a punto de gritar con la garganta abrasada por el dolor y el miedo. Decid&#237; correr, abrir de golpe las puertas ventanas y huir entre la lluvia y la libertad. Con el cuerpo r&#237;gido, m&#250;sculos y tendones tensos, salt&#233; hacia la puerta. Con cinco pasos rode&#233; el sof&#225; y me encontr&#233; all&#237; con la mano en el pomo y levantando el cerrojo con la otra. Sent&#237; el fr&#237;o contacto del metal en los dedos.

De pronto una mano enorme me abofete&#243; y me ech&#243; hacia atr&#225;s hasta oprimir mi cr&#225;neo contra un cuerpo tan s&#243;lido como hormig&#243;n. La dura palma cubr&#237;a mi boca, aplast&#225;ndome los labios y retorciendo mi mand&#237;bula hasta casi desencajarla, y percib&#237; un intenso y familiar olor. La mano ten&#237;a un contacto liso, resbaladizo e innatural. Observ&#233; de reojo un resplandor met&#225;lico y sent&#237; algo fr&#237;o en mi sien derecha. El terror que sent&#237;a era como un ruido enloquecedor que dominaba mi mente y borraba cuanto existiera m&#225;s all&#225; de mi cuerpo y el suyo.

Bien, doctora Brennan, creo que esta noche tenemos una cita.

Se expresaba en ingl&#233;s pero con acento franc&#233;s. Con voz suave y baja, como cuando se recita la letra de una canci&#243;n de amor.

Me retorc&#237;, contraje el cuerpo y agit&#233; las manos, pero me aferraba como un torno. Manote&#233; con desesperaci&#243;n y ara&#241;&#233; el aire.

&#161;No, no! &#161;No luche! Esta noche estar&#225; conmigo. No habr&#225; nadie m&#225;s en el mundo.

Sent&#237;a su calor en mi nuca mientras oprim&#237;a mi espalda contra su cuerpo. Al igual que su mano, su cuerpo parec&#237;a extra&#241;amente liso y compacto. Me invadi&#243; el p&#225;nico y me sent&#237; indefensa.

No pod&#237;a pensar ni hablar. No sab&#237;a si rogar, luchar o intentar razonar con &#233;l. El hombre manten&#237;a inm&#243;vil mi cabeza y me aplastaba los labios contra los dientes con su mano. Sent&#237; en la boca el sabor de la sangre.

&#191;No tiene nada que decir? Bien, hablaremos luego.

Mientras hablaba hizo algo extra&#241;o con los labios, los humedeci&#243; y luego los aplast&#243; contra los dientes.

Le he tra&#237;do algo. -Sent&#237; retorcerse su cuerpo al tiempo que apartaba la mano de mi boca-. Un regalo.

Percib&#237; un sonido met&#225;lico deslizante y luego ech&#243; adelante mi cabeza y me pas&#243; algo fr&#237;o por el rostro y en el cuello. Sin darme tiempo a reaccionar, tir&#243; bruscamente del brazo y me vi arrastrada a un lugar inimaginable, un lugar de luces cegadoras donde me sent&#237;a asfixiada. En aquel momento s&#243;lo pude limitarme a calibrar mi dolor seg&#250;n los movimientos que &#233;l hac&#237;a.

El hombre me solt&#243; y luego tir&#243; una vez m&#225;s con fuerza de la cadena aplast&#225;ndome la laringe y retorciendo mi mand&#237;bula y v&#233;rtebras con un dolor insoportable.

Mientras me debat&#237;a y pugnaba por conseguir aire, &#233;l me hizo girar en redondo, me asi&#243; las manos y rode&#243; mis mu&#241;ecas con otra cadena que tens&#243; con brusquedad asi&#233;ndola a la que llevaba en el cuello; luego dio un tir&#243;n y sostuvo ambas por encima de su cabeza. Sent&#237; arder mis pulmones y la falta de aire en el cerebro. Me esforc&#233; por mantener el conocimiento, y las l&#225;grimas se deslizaron por mi rostro.

&#161;Ah!, &#191;acaso le duele? Lo siento.

Baj&#243; la cadena, y di unas boqueadas para que llegara el aire a mi torturada garganta.

Parece un pez enorme colgado y que tratara de respirar.

En aquellos momentos me hallaba frente a &#233;l, con su cara casi pegada a la m&#237;a, pero por causa del dolor apenas lo distingu&#237;a. Pod&#237;a haber sido el rostro de cualquiera, incluso el de un animal. Las comisuras de su boca se estremec&#237;an como animadas por una chanza interior. Dibuj&#243; mis labios con la punta de un cuchillo.

Ten&#237;a la boca tan seca que cuando trat&#233; de hablar se me peg&#243; la lengua. Tragu&#233; saliva.

Yo

&#161;C&#225;llese! &#161;Cierre su sucia boca! S&#233; lo que quiere, s&#233; lo que piensa de m&#237;, s&#233; lo que piensan todos de m&#237;. Me creen una especie de monstruo gen&#233;tico al que habr&#237;a que exterminar. Pues bien, tengo tantos derechos como cualquiera y domino la situaci&#243;n.

Apretaba el cuchillo con tanta fuerza que le temblaba la mano. Su rostro ten&#237;a una palidez fantasmal entre la penumbra del vest&#237;bulo, y sus nudillos abultaban blancos y redondos. &#161;Llevaba guantes quir&#250;rgicos! Aqu&#233;l era el olor que yo hab&#237;a percibido. La hoja se hundi&#243; en mi mejilla y sent&#237; descender un c&#225;lido reguero por mi barbilla. Me sent&#237;a totalmente perdida.

Antes de que acabe con usted se arrancar&#225; las bragas de tanto desearme. Pero eso ser&#225; despu&#233;s, doctora Brennan. De momento, hablar&#225; cuando yo se lo diga.

Respiraba con fuerza, y las aletas de su nariz eran blancas. Su mano izquierda jugueteaba con la cadena envolviendo y soltando los eslabones en su palma.

Ahora, d&#237;game. -De nuevo se expresaba con calma-. &#191;En qu&#233; est&#225; pensando?

Su mirada era dura y fr&#237;a como un mam&#237;fero del Mesozoico.

&#191;Me cree loco?

Contuve la lengua. La lluvia golpeaba la ventana a su espalda.

Tir&#243; de la cadena acercando mi rostro al suyo. Su aliento resbal&#243; sobre mi piel sudorosa.

&#191;Le preocupa su hija?

&#191;Qu&#233; sabe de ella? -logr&#233; articular con dificultades.

Lo s&#233; todo de usted, doctora Brennan.

De nuevo hablaba en tono bajo y almibarado, y parec&#237;a como si algo obsceno serpenteara en mi o&#237;do. Tragu&#233; saliva entre mis dolores, con la necesidad de hablar, pero con el deseo de no provocarlo. Su talante oscilaba como una hamaca en un hurac&#225;n.

&#191;Sabe d&#243;nde se encuentra?

Tal vez.

Levant&#243; de nuevo la cadena, en esta ocasi&#243;n lentamente, oblig&#225;ndome a extender por completo la barbilla; luego pas&#243; el cuchillo por mi garganta en lento movimiento de rev&#233;s.

Estall&#243; un rel&#225;mpago que lo sobresalt&#243;.

&#191;Est&#225; bastante tenso? -inquiri&#243;.

Por favor -profer&#237; dificultosamente.

Afloj&#243; la cadena y me dej&#243; bajar la barbilla, lo que aprovech&#233; para tragar saliva y aspirar profundamente. Sent&#237;a arder la garganta y ten&#237;a la nuca magullada e hinchada. Levant&#233; las manos para frot&#225;rmela, y &#233;l tir&#243; de nuevo de la cadena que las sosten&#237;a. Volvi&#243; a exhibir otra mueca de roedor.

&#191;No tiene nada que decir?

Me mir&#243; con sus ojos muy negros y de pupilas dilatadas. Sus p&#225;rpados inferiores se estremec&#237;an al igual que sus labios.

Estaba aterrada. Me preguntaba qu&#233; habr&#237;an hecho las otras. Qu&#233; hab&#237;a hecho Gabby.

Levant&#243; la cadena sobre mi cabeza y comenz&#243; a tensarla como una criatura que torturase a un cachorro. Un ni&#241;o homicida. Record&#233; a Alma. Record&#233; las marcas en la carne de Gabby. &#191;Qu&#233; hab&#237;a dicho J. S.? &#191;C&#243;mo pod&#237;a utilizarlo?

Por favor, me gustar&#237;a hablar con usted. &#191;Por qu&#233; no vamos a alg&#250;n lugar donde podamos tomar una copa y?

&#161;Puta!

Dio un brusco tir&#243;n, y la cadena se tens&#243; salvajemente. Por mi cabeza y mi nuca irradiaron llamaradas. Alc&#233; las manos de modo reflejo, pero estaban fr&#237;as e inutilizadas.

La gran doctora Brennan no bebe, &#191;no es cierto? Todos lo saben.

Entre mis l&#225;grimas vi que parpadeaba nervioso. Estaba llegando al l&#237;mite. &#161;Que Dios me ayudase!

Es como las otras. Me cree un imb&#233;cil, &#191;verdad?

Mi cerebro exped&#237;a dos mensajes: &#161;Esc&#225;pate! &#161;Busca a Katy!

Me sostuvo mientras el viento gem&#237;a y la lluvia azotaba las ventanas. A lo lejos distingu&#237; el sonido de una bocina. El olor de su transpiraci&#243;n se mezclaba con la m&#237;a. Fijaba sus ojos en mi rostro con insana frialdad. El coraz&#243;n me lat&#237;a salvajemente.

De pronto un leve sonido interrumpi&#243; el silencio del dormitorio y provoc&#243; en &#233;l un leve parpadeo y una pausa moment&#225;nea. Birdie apareci&#243; en la puerta y profiri&#243; un sonido ambiguo, mezcla de chillido y gru&#241;ido. Fortier desvi&#243; su mirada hacia aquella sombra blanca, ocasi&#243;n que aprovech&#233;.

Le propin&#233; una patada en la entrepierna concentrando en aquel impacto todo mi odio y mi terror. Mi espinilla choc&#243; con fuerza en sus ingles, lo que le provoc&#243; un chillido y lo oblig&#243; a encorvarse. Le arrebat&#233; las cadenas de las manos, di media vuelta y hui por el pasillo a impulsos del terror y la desesperaci&#243;n. Sent&#237;a como si avanzara en c&#225;mara lenta.

El hombre se recuper&#243; r&#225;pidamente, y su grito de dolor se convirti&#243; en un rugido de ira.

&#161;Puta! -vocifer&#243;.

Me hab&#237;a precipitado por el angosto pasillo y avanzaba a trompicones sobre las cadenas que arrastraba.

&#161;Puedes considerarte muerta, bruja!

Lo o&#237;a detr&#225;s de m&#237;, tambalearse por la oscuridad, jadear como un animal desesperado.

&#161;Est&#225;s en mi poder! &#161;No escapar&#225;s!

Vacil&#233; al llegar a la esquina mientras retorc&#237;a las manos pugnando por soltar las cadenas que ce&#241;&#237;an mis mu&#241;ecas. La sangre lat&#237;a en mis o&#237;dos. Era como un robot, gobernada por mi sistema nervioso simp&#225;tico.

&#161;Puta!

Estaba frente a m&#237; bloqueando la puerta de la casa y oblig&#225;ndome a desviarme por la cocina. Un pensamiento se perfil&#243; con claridad en mi mente: &#161;ten&#237;a que llegar a las puertas ventanas!

Hab&#237;a logrado liberar una mano de la cadena.

&#161;Est&#225;s en mi poder, puta!

Avanc&#233; dos pasos en la cocina cuando la oleada de dolor me sacudi&#243; de nuevo y cre&#237; que me hab&#237;a fracturado el cuello. Mi brazo izquierdo se levant&#243; en el aire y la cabeza fue impulsada hacia atr&#225;s. Hab&#237;a conseguido apoderarse de la cadena que colgaba de mi cuello. Sent&#237; una oleada de n&#225;useas y, una sensaci&#243;n de asfixia al faltarme de nuevo el aire.

Con la mano libre intent&#233; liberar mi garganta; pero, cuanto m&#225;s me esforzaba, m&#225;s la tensaba &#233;l. Aunque me retorc&#237; y tir&#233; s&#243;lo consegu&#237; que el metal se me hundiera m&#225;s en la carne.

Lentamente enroll&#243; la cadena atray&#233;ndome hacia &#233;l. Distingu&#237;a el olor que desped&#237;a, sent&#237;a temblar su cuerpo por la agitaci&#243;n de la cadena. Poco a poco fue acortando el trecho. Comenc&#233; a sentirme mareada y cre&#237; que iba a desmayarme.

&#161;Lo pagar&#225;s caro, bruja! -sise&#243;.

Me hormigueaban el rostro y las puntas de los dedos por la falta de ox&#237;geno y sent&#237;a un intenso zumbido en los o&#237;dos. La habitaci&#243;n comenz&#243; a ondular a mi alrededor, se form&#243; una serie de puntos en el centro de mi campo de visi&#243;n que se fundieron y luego se extendieron como un negro c&#250;mulo. A trav&#233;s de la creciente nube vi levantarse hacia m&#237; el embaldosado como en c&#225;mara lenta y sent&#237; que me sumerg&#237;a en el vac&#237;o arrastrando a mi par&#225;sita carga.

Mientras nos precipit&#225;bamos hacia adelante, me golpe&#233; contra una esquina del mostrador y mi cabeza choc&#243; con un armario que estaba en lo alto. Al hombre se le hab&#237;a soltado la cadena, pero me empuj&#243; con fuerza por detr&#225;s.

Abri&#243; las piernas y acopl&#243; su cuerpo al m&#237;o apret&#225;ndome contra el mostrador. El borde del lavavajillas se me clavaba dolorosamente en la parte izquierda de la pelvis, pero pod&#237;a respirar.

&#201;l jadeaba y todas sus fibras corp&#243;reas estaban en tensi&#243;n, como un tirachinas a punto a disparar. Con un giro de mu&#241;eca recuper&#243; la cadena y me oblig&#243; a doblar la cabeza formando un arco hacia atr&#225;s. Luego coloc&#243; la punta del cuchillo bajo el &#225;ngulo de mi cuello formado por la mand&#237;bula. Not&#233; el fr&#237;o acero en la car&#243;tida y sent&#237; su aliento en mi mejilla izquierda.

Me mantuvo en aquella posici&#243;n durante una eternidad, la cabeza hacia atr&#225;s, las manos hacia arriba e in&#250;tiles como un cad&#225;ver que pendiera de un gancho. Me parec&#237;a estar vi&#233;ndome a m&#237; misma al otro lado de un abismo, espectadora horrorizada pero incapaz de actuar.

Consegu&#237; apoyar la diestra en el mostrador y trat&#233; de empujar para levantarme y aflojar la cadena, y entonces tropec&#233; con unos objetos que estaban sobre &#233;l: el contenedor del zumo de naranja y el cuchillo.

As&#237; el arma en silencio, gem&#237; y trat&#233; de sollozar, de distraer su atenci&#243;n.

&#161;C&#225;llate, bruja! Ahora vamos a seguir un juego. Te gusta jugar, &#191;no es cierto?

Volv&#237; cuidadosamente el cuchillo con sonoros gorgoteos para cubrir el menor sonido.

Me temblaba la mano, vacilaba.

Entonces volv&#237; a ver mentalmente a aquellas mujeres, lo que hab&#237;a hecho con ellas. Sent&#237; su terror y comprend&#237; su desesperaci&#243;n final.

&#161;Ten&#237;a que hacerlo!

La adrenalina se extendi&#243; por mi pecho y mis miembros como lava que se remontara de las entra&#241;as de una monta&#241;a. Si ten&#237;a que morir, no ser&#237;a como rata en un agujero. Lo har&#237;a cargando contra el enemigo, disparando contra &#233;l. Mi mente se centr&#243; de nuevo y me convert&#237; en activa participante de mi propio sino. As&#237; el cuchillo con la hoja hacia arriba y calcul&#233; el &#225;ngulo apropiado. Luego impuls&#233; el arma sobre mi hombro izquierdo con todas las fuerzas que me inspiraron el terror, la desesperaci&#243;n y la venganza.

La punta choc&#243; con un hueso, resbal&#243; ligeramente y por fin se hundi&#243; en una masa blanda. Su primer grito no pudo compararse con el que surgi&#243; despu&#233;s de su garganta. Mientras se precipitaba hacia atr&#225;s dej&#243; caer la mano izquierda y la diestra cruz&#243; ante mi garganta. El extremo de la cadena resbal&#243; hasta el suelo liberando su letal presi&#243;n.

Sent&#237; un sordo dolor en la garganta y luego una sensaci&#243;n mojada. No importaba. S&#243;lo deseaba poder respirar. Aspir&#233; con avidez esforz&#225;ndome por desprenderme de los eslabones que a&#250;n me ce&#241;&#237;an y notando que estaban impregnados en mi propia sangre.

Detr&#225;s de m&#237; son&#243; otro grito espantoso, primitivo, como el lamento mortal de un animal salvaje. Me volv&#237; a mirar, jadeando y sin dejar de apoyarme en el mostrador.

El hombre hab&#237;a retrocedido tambale&#225;ndose hacia atr&#225;s por la cocina con una mano en el rostro y la otra extendida en un intento de mantener el equilibro. Horribles sonidos surg&#237;an de su boca abierta mientras chocaba contra la pared de enfrente y se deslizaba lentamente hasta el suelo. La mano extendida dej&#243; un negro reguero en el yeso. Por un momento cabece&#243; y luego profiri&#243; un tenue gemido. Dej&#243; caer las manos e inclin&#243; la barbilla con la mirada fija en el suelo.

Permanec&#237; como petrificada en repentina inmovilidad, distinguiendo &#250;nicamente el sonido de mi respiraci&#243;n entrecortada y de sus apagados gemidos. Entre el dolor que sent&#237;a comenc&#233; a distinguir cuanto me rodeaba. El fregadero, el horno, el refrigerador mortalmente silencioso. Advert&#237; que algo resbalaba bajo mis pies.

Contempl&#233; el bulto inerte en el suelo de la cocina con las piernas extendidas hacia adelante, la barbilla apoyada en el pecho y la espalda recostada en la pared. Entre la penumbra distingu&#237; un negro reguero que descend&#237;a por su pecho hacia su mano izquierda.

El estallido de un rel&#225;mpago ilumin&#243; mi obra por un instante como la luz de un soldador.

El cuerpo se ve&#237;a brillante, cubierto por una membrana lisa de color azul. Llevaba un gorro azulgrana que le aplastaba los cabellos y convert&#237;a su cabeza en un &#243;valo sin rasgos distintivos.

La empu&#241;adura del cuchillo surg&#237;a de su ojo izquierdo como un bander&#237;n en un campo de golf. La sangre se le deslizaba por el rostro y garganta y oscurec&#237;a el tejido que le cubr&#237;a el pecho. Hab&#237;a dejado de gemir.

Sent&#237; n&#225;useas y reaparecieron ante mi campo visual una sucesi&#243;n de manchas flotantes. Las rodillas se me doblaban mientras trataba de apoyarme en el mostrador.

Para respirar mejor me llev&#233; las manos a la garganta a fin de quitarme la cadena, y sent&#237; una humedad c&#225;lida y resbaladiza. Me mir&#233; la mano y advert&#237; que estaba cubierta de sangre.

Fui hacia la puerta pensando en Katy y en conseguir ayuda, cuando un repentino sonido me dej&#243; como petrificada. &#161;Era la cadena met&#225;lica que arrastraba por el suelo! La habitaci&#243;n se volvi&#243; blanca y luego negra.

Demasiado exhausta para correr, me volv&#237;. Una oscura silueta avanzaba hacia m&#237; en silencio.

O&#237; mi propia voz y luego vi miles de manchas y una negra nube que lo cubri&#243; todo.


En la distancia sonaban sirenas. Se o&#237;an voces. Sent&#237;a opresi&#243;n en la garganta.

Abr&#237; los ojos y me encontr&#233; con luz y movimiento. Alguien se inclinaba sobre m&#237;, oprim&#237;a algo en mi cuello.

&#191;Qu&#233;? &#191;Qui&#233;n? Est&#225;bamos en el sal&#243;n de mi casa. Record&#233; con p&#225;nico lo sucedido y me esforc&#233; por incorporarme.

Attention, attention. Elle se l&#232;ve.

Unas manos me inmovilizaron suavemente.

Luego o&#237; una voz familiar, inesperada y fuera de contexto.

No se mueva: ha perdido mucha sangre. Est&#225; en camino una ambulancia.

Era Claudel.

&#191;D&#243;nde?

Est&#225; usted a salvo. Lo tenemos en nuestro poder.

Lo que queda de &#233;l -dijo Charbonneau

&#191;Y Katy?

Permanezca tendida. Tiene una herida en la garganta y en la parte derecha del cuello y ha perdido mucha sangre. Queremos contener la hemorragia.

&#191;D&#243;nde est&#225; mi hija?

Sus rostros flotaban sobre m&#237;. Destell&#243; un rel&#225;mpago que proyect&#243; su blanca luz sobre ellos entre la iluminaci&#243;n amarilla.

&#191;Y Katy?

El coraz&#243;n me lat&#237;a con fuerza. No pod&#237;a respirar.

Est&#225; perfectamente, con ganas de verla. Se halla en compa&#241;&#237;a de amigos.

Tabernac! -exclam&#243; Claudel apart&#225;ndose del sof&#225;-. O&#249; est cette ambulance?

Sali&#243; al vest&#237;bulo, contempl&#243; algo que se encontraba en el suelo de la cocina y luego me mir&#243; con extra&#241;a expresi&#243;n.

El ulular de una sirena se aproximaba, llenaba la callejuela. Luego lleg&#243; otra. Tras las puertas ventanas distingu&#237; sus intermitentes luces azulgranas.

Tranquil&#237;cese -dijo Charbonneau-. Ya est&#225; aqu&#237;. Cuidaremos de que su hija est&#233; debidamente atendida. Todo ha concluido.





Cap&#237;tulo 42

A&#250;n subsiste un espacio vac&#237;o en el registro de mi memoria. Existen los dos d&#237;as siguientes, pero confusos y no sincronizados, un incoherente collage de im&#225;genes y sensaciones que van y vienen, aunque sin pautas racionales.

Un reloj con n&#250;meros siempre diferentes. Dolor. Manos que tiraban, tanteaban, me levantaban los p&#225;rpados. Voces. Una ventana iluminada, otra oscura.

Rostros: Claudel en chillona fluorescencia; la silueta de Jewel Tambeaux recort&#225;ndose contra un sol al rojo vivo; Ryan a la luz de la l&#225;mpara amarilla pasando p&#225;ginas lentamente; Charbonneau dormitando y con un televisor azul destellando sobre su rostro.

Me suministraron sedantes para inmovilizar a un ej&#233;rcito, por lo que me resulta dif&#237;cil distinguir los sue&#241;os de la realidad. Sue&#241;os y recuerdos se revuelven y confunden vertiginosamente como un cicl&#243;n que gira en torno a su ojo. Por mucho que me esfuerce en reconstruir lo sucedido aquellos d&#237;as no logro ordenar las im&#225;genes.

El viernes recobr&#233; la coherencia.

Al abrir los ojos me salud&#243; la brillante luz del sol, vi a una enfermera que preparaba un suero por v&#237;a intravenosa y comprend&#237; d&#243;nde me encontraba. A mi derecha alguien produc&#237;a suaves sonidos. Volv&#237; la cabeza, y me inund&#243; una oleada de dolor. Un sordo latido en el cuello me hizo comprender que no era aconsejable realizar movimientos.

Ryan estaba sentado en una silla haciendo anotaciones en una agenda de bolsillo.

&#191;Vivir&#233;? -le pregunt&#233; con voz confusa.

Mon Dieu! -repuso sonriente.

Tragu&#233; saliva y repet&#237; la pregunta. Ten&#237;a los labios entumecidos e hinchados.

La enfermera me cogi&#243; la mano y me tom&#243; el pulso mientras consultaba su reloj.

Eso dicen -repuso Ryan.

Guard&#243; la agenda en el bolsillo de su camisa, se levant&#243; y se acerc&#243; al lecho.

Conmoci&#243;n, desgarro en la zona derecha del cuello y en la zona de la garganta, con importante p&#233;rdida de sangre. Treinta y siete puntos aplicados por un experto en cirug&#237;a pl&#225;stica. Pron&#243;stico: vivir&#225;.

La enfermera le dirigi&#243; una mirada de desaprobaci&#243;n.

Diez minutos -le dijo.

Y se march&#243;.

Un repentino recuerdo dispar&#243; el temor entre las capas de drogas.

&#191;Y Katy?

Tranquila. En breve estar&#225; aqu&#237;. Vino antes, pero usted se hallaba inconsciente.

Lo mir&#233; inquisitiva.

Apareci&#243; con una amiga poco antes de que se la llevase la ambulancia. Se trata de una compa&#241;era de McGill. Aquella tarde hab&#237;a pasado por su casa sin llave, pero consigui&#243; cruzar la puerta exterior. Al parecer sus vecinos no son muy estrictos con la seguridad.

Se meti&#243; el pulgar en el cintur&#243;n.

Pero no logr&#243; entrar en el piso. La llam&#243; al despacho sin &#233;xito. Por lo tanto dej&#243; la mochila como se&#241;al de que estaba en la ciudad y se puso de nuevo en contacto con su amiga.

Se propon&#237;a regresar a la hora de cenar, pero estall&#243; la tormenta y las muchachas se refugiaron en Hurleys' y tomaron unas bebidas. Intent&#243; llamar, mas no consigui&#243; establecer contacto. Cuando lleg&#243;, estuvo a punto de sufrir un infarto, pero logr&#233; tranquilizarla. Una agente especializada permanece en estrecho contacto con ella y la mantiene al corriente de la situaci&#243;n. Varias personas le han ofrecido su casa, pero ha preferido seguir con su amiga. Acude aqu&#237; cada d&#237;a y est&#225; ansiosa por verla.

No pude contener unas l&#225;grimas de alivio. Ryan me ofreci&#243; amablemente un pa&#241;uelo. Me resultaba extra&#241;a mi mano sobre la manta verde del hospital, como si perteneciera a otra persona. En la mu&#241;eca llevaba una pulsera de pl&#225;stico. Distingu&#237; motas de sangre bajo las u&#241;as.

Nuevos retazos de recuerdos acudieron a mi memoria. El rel&#225;mpago: la empu&#241;adura de un cuchillo.

&#191;Y Fortier?

M&#225;s tarde hablaremos de ello.

No, ahora.

Se intensificaba el dolor de cuello. Sab&#237;a que no podr&#237;a seguir conversando mucho rato: Florence Nightingale no tardar&#237;a en regresar.

Aunque perdi&#243; mucha sangre, los avances de la medicina salvaron a ese canalla. Seg&#250;n tengo entendido la hoja atraves&#243; la &#243;rbita pero luego se desvi&#243; por el etmoides sin penetrar en el cr&#225;neo. Perder&#225; un ojo, pero tendr&#225; senos m&#225;s grandes.

Es usted un provocador, Ryan.

Entr&#243; en su edificio por la puerta mal asegurada del garaje y luego forz&#243; su cerradura. Como no hab&#237;a nadie en la casa desarticul&#243; el sistema de seguridad, desconect&#243; la electricidad y, por &#250;ltimo, el tel&#233;fono. Luego aguard&#243;. Probablemente estaba all&#237; cuando Katy llam&#243; y dej&#243; su mochila.

Otro car&#225;mbano de temor. Una mano demoledora, un collar asfixiante.

&#191;D&#243;nde se encuentra ahora?

Aqu&#237;.

Intent&#233; incorporarme y sent&#237; que se me revolv&#237;a el est&#243;mago. Ryan me empuj&#243; con suavidad contra la almohada.

Se halla sometido a intensa vigilancia, Tempe. No ir&#225; a ninguna parte.

&#191;Y qu&#233; hay de Saint Jacques? -inquir&#237; con voz temblorosa.

M&#225;s tarde.

Me quedaban cientos de preguntas que formularle, pero era demasiado tarde. Volv&#237;a a sumirme en el vac&#237;o donde hab&#237;a permanecido los dos &#250;ltimos d&#237;as. La enfermera regres&#243; y dirigi&#243; a Ryan una fulminante mirada. No lo vi marcharse.


La siguiente vez que despert&#233; Ryan y Claudel charlaban quedamente junto a la ventana. Hab&#237;a oscurecido. Acababa de so&#241;ar con Jewel y Julie.

&#191;Ha estado aqu&#237; Jewel Tambeaux?

Se volvieron hacia m&#237;.

Vino el jueves -dijo Ryan.

&#191;Y Fortier?

Ha superado el estado cr&#237;tico.

&#191;Ha hablado?

S&#237;.

&#191;Es &#233;l Saint Jacques?

S&#237;.

&#191;Y qu&#233; ha declarado?

Tal vez esto deber&#237;a aguardar hasta que recobre usted las fuerzas.

Cu&#233;ntemelo.

Cambiaron una mirada y se aproximaron. Claudel se aclar&#243; la garganta

Se llama Leo Fortier, tiene treinta y dos a&#241;os, vive cerca de la isla con su esposa y dos hijos. Cambia constantemente de trabajo: no tiene empleo fijo. Grace Damas y &#233;l tuvieron una aventura en 1991. La conoci&#243; en una carnicer&#237;a donde ambos trabajaban.

La Boucherie Sainte Dominique.

Oui

Claudel me dirigi&#243; una extra&#241;a mirada.

Las cosas comenzaron a ir mal. Ella lo amenazaba con cont&#225;rselo a su mujer y comenz&#243; a apremiarlo para que le diera dinero. &#201;l la cit&#243; en la tienda para entreg&#225;rselo fuera de horas. Entonces la mat&#243; y la descuartiz&#243;.

Muy arriesgado.

El propietario estaba fuera de la ciudad y el establecimiento cerrado durante quince d&#237;as. All&#237; ten&#237;a todo el equipo necesario. Pues bien, la descuartiz&#243;, condujo sus restos a Saint Lambert y los enterr&#243; en los jardines del monasterio del que, al parecer, se encarga su t&#237;o. O el anciano le dio la llave o la consigui&#243; &#233;l por sus medios.

Emile Roy.

Oui.

De nuevo la mirada.

Eso no es todo -intervino Ryan-. Utiliz&#243; el monasterio para desembarazarse de Trottier y Gagnon. Las condujo all&#237;, las mat&#243; y las descuartiz&#243; en el s&#243;tano. Despu&#233;s lo limpi&#243; todo para que Roy no sospechase. Pero esta ma&#241;ana, cuando Gilbert y los chicos han tirado Luminol en el s&#243;tano, ha brillado tanto como la Orange Bowl.

De igual modo tuvo acceso al Gran Seminario -coment&#233;.

S&#237;. Dice que se le ocurri&#243; la idea cuando segu&#237;a a Chantale Trottier. El piso de su padre se encuentra al volver la esquina. Roy tiene todas las llaves de la iglesia colgadas de un tabl&#243;n, claramente marcadas. Fortier se limit&#243; a coger la que deseaba.

&#161;Ah! Y Gilbert tiene una sierra de cocinero para usted. Dice que resplandece -intervino Ryan.

Debi&#243; de advertir alguna expresi&#243;n especial en mi rostro.

Cuando se encuentre mejor.

Estoy impaciente.

Trataba de esforzarme, pero mi dolorido cerebro volv&#237;a a resentirse.

En aquel momento entr&#243; la enfermera.

Es asunto policial -dijo Claudel.

Ella cruz&#243; los brazos y neg&#243; con la cabeza.

Merde!

Los oblig&#243; a salir inmediatamente, pero regres&#243; al momento acompa&#241;ada de Katy. Mi hija cruz&#243; la habitaci&#243;n sin decir palabra y asi&#243; mis manos con fuerza, los ojos llenos de l&#225;grimas.

Te quiero, mam&#225; -me dijo con dulzura.

Por unos momentos me limit&#233; a mirarla sintiendo bullir mil emociones en mi interior. Amor, gratitud, indefensi&#243;n. Acarici&#233; a aquella criatura como si fuera el &#250;nico ser de la tierra. Deseaba desesperadamente su felicidad, su seguridad, y me sent&#237;a completamente incapaz de asegur&#225;rselos. Advert&#237; que tambi&#233;n yo estaba llorando.

Y yo tambi&#233;n te quiero, peque&#241;a.

Aproxim&#243; una silla y se sent&#243; junto al lecho sin soltarme las manos. La luz fluorescente formaba un halo dorado en torno a su cabeza.

Estoy en casa de M&#243;nica -dijo tras aclararse la garganta-. Ella ir&#225; a McGill a los cursos de verano y vivir&#225; en casa. Su familia cuida muy bien de m&#237;.

Hizo una pausa sin saber qu&#233; deb&#237;a decir.

Tengo a Birdie conmigo.

Mir&#243; hacia la ventana y luego de nuevo a m&#237;.

Una mujer polic&#237;a habla conmigo dos veces al d&#237;a y me traer&#225; aqu&#237; siempre que quiera. -Se inclin&#243; hacia adelante y apoy&#243; los antebrazos en la cama-. Has estado mucho tiempo dormida.

Propongo portarme mejor.

Pap&#225; llama cada d&#237;a para asegurarse de que estoy bien y pregunta por ti -a&#241;adi&#243; con nerviosa sonrisa.

Sensaci&#243;n de culpabilidad y p&#233;rdida se sumaron a las emociones que bull&#237;an en m&#237;.

Dile que estoy bien.

La enfermera regres&#243; silenciosa y se qued&#243; junto a Katy, que comprendi&#243; la se&#241;al.

Volver&#233; ma&#241;ana -prometi&#243;.


Por la ma&#241;ana recib&#237; m&#225;s informaci&#243;n sobre Fortier.

Desde hace a&#241;os es un delincuente sexual. Sus antecedentes se remontan a 1979. Mantuvo un d&#237;a y medio encerrada a una muchacha cuando ten&#237;a quince a&#241;os, pero fue un incidente sin consecuencias. Su abuela logr&#243; impedir que se presentara a los tribunales y no figuran datos de que fuese arrestado. Sol&#237;a escoger a una mujer, seguirla, conservar datos acerca de sus actividades. Finalmente fue detenido por agresi&#243;n en 1988

A su abuela.

Otra extra&#241;a mirada de Claudel. Advert&#237; que su corbata de seda era de id&#233;ntico color malva que su camisa.

Oui. En aquella ocasi&#243;n un psiquiatra designado por el tribunal lo calific&#243; de paranoico y compulsivo.

Se volvi&#243; hacia Ryan y a&#241;adi&#243;:

&#191;Qu&#233; m&#225;s indicaba aquel tipo? Ira terrible, potencial de violencia, en especial contra las mujeres.

Cumpli&#243; seis meses de condena y lo soltaron. T&#237;pico.

En esta ocasi&#243;n Claudel se limit&#243; a mirarme. Apret&#243; el entrecejo con los dedos y prosigui&#243;:

Salvo en el caso de la muchacha y de la abuela, en realidad hasta aquel punto Fortier s&#243;lo hab&#237;a hecho mucho ruido. Pero al asesinar a Grace Damas descubri&#243; un placer especial que lo hizo pasar a hechos mayores. Fue en aquel momento cuando alquil&#243; su primer escondrijo. El de la rue Berger fue el &#250;ltimo.

No quer&#237;a compartir su afici&#243;n con su mujer -dijo Ryan.

&#191;De d&#243;nde obten&#237;a el dinero para el alquiler si s&#243;lo trabajaba media jornada?

Su mujer trabaja. Probablemente se lo sacaba cont&#225;ndole alguna mentira. O quiz&#225; ten&#237;a otra afici&#243;n que a&#250;n desconozcamos. Seguro que no tardaremos en descubrirla.

Claudel reanud&#243; su exposici&#243;n con expresi&#243;n ausente.

Un a&#241;o despu&#233;s comenz&#243; a perseguir en serio, de manera sistem&#225;tica. Usted no se equivocaba en cuanto al metro. Se aficion&#243; al n&#250;mero seis. Comenz&#243; viajando seis paradas y luego segu&#237;a a una mujer que se adecuara a su prototipo. Su primera elecci&#243;n recay&#243; en Francine Morisette-Champoux. Nuestro hombre coge el metro en Berri-UQAM, se apea en Georges Vanier y la sigue hasta casa. La acosa durante varias semanas y por fin se decide a actuar.

Record&#233; las palabras de la mujer y sent&#237; una oleada de ira. Deseaba sentirse segura, intocable en su hogar: la habitual fantas&#237;a femenina. La voz de Claudel me devolvi&#243; a la realidad.

Pero el acecho continuado es demasiado arriesgado, algo incontrolado para &#233;l, por lo que se le ocurre la idea de utilizar los anuncios de ventas de fincas inmobiliarias al ver uno en casa de Morisette-Champoux. Es el acceso perfecto.

&#191;Y Trottier? -Me sent&#237;a enferma.

En esa ocasi&#243;n utiliz&#243; la l&#237;nea verde, se ape&#243; en su sexta parada y sali&#243; en Atwater. Estuvo dando vueltas hasta que localiz&#243; un letrero. El piso de su padre. Observa, se toma su tiempo, ve entrar y salir a Chantale. Dice que distingui&#243; el letrero del Sacre Coeur en su uniforme y que incluso fue a la escuela algunos d&#237;as. Luego se produjo la emboscada.

Por entonces tambi&#233;n hab&#237;a encontrado un lugar m&#225;s seguro donde asesinar -intervino Ryan.

El monasterio: perfecto. &#191;C&#243;mo accedi&#243; Chantale a seguirlo?

Un d&#237;a aguarda hasta que sabe que est&#225; sola, llama a la puerta y le dice que desea ver la casa. Se presenta como un comprador potencial. Pero ella no lo deja entrar. Al cabo de unos d&#237;as la aborda cuando sale de la escuela. &#161;Qu&#233; coincidencia! Pretende haberse citado con su padre y no haber encontrado a nadie en la casa. Chantale sabe cu&#225;nto desea vender el viejo, por lo que accede a ir con &#233;l. El resto ya lo sabemos.

El tubo fluorescente que ten&#237;a sobre mi cabeza emit&#237;a un suave zumbido. Claudel prosigui&#243;:

Fortier no desea arriesgarse a enterrar otro cad&#225;ver en los jardines del monasterio, por lo que la conduce hasta St. Jerome. Pero tampoco le agrada aquel lugar: es demasiado largo el trayecto en coche. &#191;Y si alguien lo detiene? Ha visto el seminario y recuerda la llave. En la siguiente ocasi&#243;n lo har&#225; mejor aun.

Gagnon.

Curva de aprendizaje.

Voil&#225;.

En aquel momento apareci&#243; la enfermera, una versi&#243;n m&#225;s joven y dulce de mi cuidadora diaria. Ley&#243; mi gr&#225;fico, me toc&#243; la cabeza y me tom&#243; el pulso. Por vez primera advert&#237; que me hab&#237;an quitado el suero intravenoso del brazo.

&#191;Se cansa?

Estoy perfectamente.

Si es necesario le administraremos otro calmante.

Veremos si es necesario -respond&#237;.

Se march&#243; con una sonrisa.

&#191;Y qu&#233; hay acerca de Adkins?

Cuando habla de ella se muestra muy agitado -dijo Ryan-. Se cierra en banda. Es como si estuviera orgulloso de las dem&#225;s, pero que sus sentimientos difirieran en cuanto a ella.

Por el pasillo pas&#243; un carrito de medicina, con sus ruedas de caucho desliz&#225;ndose en silencio sobre el embaldosado.

&#191;Acaso Adkins no se ce&#241;&#237;a al prototipo?

Una voz mec&#225;nica inst&#243; a alguien a marcar el 237.

&#191;Por qu&#233; tan complicado?

Las puertas del ascensor se abrieron y el montacargas se cerr&#243;.

Piense en ello -dije-. &#201;l tiene su escondrijo en la rue Berger. El sistema funciona. Encuentra a sus v&#237;ctimas en el metro y en los letreros en venta, y luego las sigue hasta que llega el momento. Tambi&#233;n cuenta con un lugar seguro donde sacrificarlas y otro no menos seguro donde ocultar los cad&#225;veres. Tal vez todo funciona demasiado bien. Tal vez ya no existe emoci&#243;n, por lo que tiene que aumentar los riesgos. Y decide volver a introducirse en los hogares de las v&#237;ctimas como hab&#237;a hecho con Morisette-Champoux.

Record&#233; las fotos. El descompuesto ch&#225;ndal. El rojo charco de sangre que rodeaba el cad&#225;ver.

Pero se vuelve chapucero. Sabemos que llam&#243; previamente para concertar una entrevista con Margaret Adkins. No contaba con que el marido telefoneara durante la visita. Tiene que matarla r&#225;pidamente, despedazarla en seguida, mutilarla con algo que tenga a mano. Se marcha, escapa, pero ha tenido que precipitarse: no ha dominado la situaci&#243;n.

La estatua, el seno mutilado.

Ryan asinti&#243;.

Tiene sentido -prosegu&#237;-. El asesinato s&#243;lo es el acto final en su fantas&#237;a de control. Puedo matarte o dejarte vivir. Puedo ocultar tu cuerpo o exhibirlo. Puedo privarte de tu g&#233;nero mutilando tus senos o tu vagina. Puedo dejarte indefensa cort&#225;ndote las manos. Pero de pronto llama el marido y hace tambalearse toda su fantasiosa satisfacci&#243;n.

Lo obliga a actuar con precipitaci&#243;n -intervino Ryan.

Hasta Adkins nunca hab&#237;a utilizado objetos robados. Tal vez us&#243; su tarjeta de cr&#233;dito despu&#233;s para reafirmar su control.

O acaso se encontrara con problemas financieros, necesitaba hacer alg&#250;n gasto extraordinario y carec&#237;a de poder adquisitivo -dijo Claudel.

Es extra&#241;o. No se reserva nada acerca de las otras, pero se convierte en un pozo cerrado cuando se refiere a Adkins -observ&#243; Ryan.

Permanecimos un rato en silencio.

&#191;Y Pitre y Gautier? -inquir&#237; evitando lo que realmente ten&#237;a que saber.

Pretende que no ha tenido nada que ver.

Ryan y Claudel intercambiaban palabras que yo no escuchaba. Un escalofr&#237;o recorri&#243; mi cuerpo, una pregunta que se iba conformando. Se fundi&#243;, persisti&#243; su fuego y luego se desliz&#243; por lo labios transform&#225;ndose en palabras.

&#191;Y Gabby?

Claudel baj&#243; los ojos.

Ryan se aclar&#243; la garganta.

Ha tenido usted un

&#191;Y Gabby? -repet&#237; con los ojos henchidos de l&#225;grimas.

Ryan asinti&#243;.

&#191;Por qu&#233;?

Nadie respondi&#243;.

Fue por m&#237;, &#191;verdad? -Me esforzaba por mantener tranquila la voz.

Ese condenado est&#225; loco -dijo Ryan-. Est&#225; obsesionado por el control. Apenas mencion&#243; su infancia, pero se expres&#243; con tanta rabia acerca de su abuela que nos rechinaban los dientes al salir de la habitaci&#243;n. Le atribuye todos sus problemas. Insiste en que arruin&#243; su vida. Seg&#250;n tenemos entendido era muy dominante y fan&#225;ticamente religiosa. Los sentimientos de impotencia de Leo probablemente proceden de lo que sucediera entre ellos.

Significa que era un verdadero perdedor con las mujeres y culpa de ello a la anciana -a&#241;adi&#243; Claudel.

&#191;Qu&#233; tiene eso que ver con Gabby?

Ryan parec&#237;a reacio a continuar.

Al principio consegu&#237;a una sensaci&#243;n de control mirando. Pod&#237;a observar a sus v&#237;ctimas, seguirlas, enterarse de cuanto les concern&#237;a, y ellas ni siquiera eran conscientes de su presencia. Ten&#237;a sus agendas y recortes y elaboraba mentalmente un espect&#225;culo fant&#225;stico. Por a&#241;adidura, no exist&#237;a ning&#250;n riesgo de rechazo. Pero m&#225;s adelante ello no le bast&#243;. Mat&#243; a Damas, descubri&#243; que disfrutaba con ello y decidi&#243; ir m&#225;s adelante. Y comenz&#243; a secuestrar y asesinar a sus v&#237;ctimas. El control definitivo: vida y muerte. Domina la situaci&#243;n y es imparable.

Fij&#233; mis ojos en sus azules iris.

Entonces aparece usted y desentierra a Isabelle Gagnon.

Soy una amenaza -dije previendo lo que seguir&#237;a.

Su perfecto modus operandi est&#225; en peligro, se siente amenazado. Y la causa es la doctora Brennan. Usted puede derrumbar el fant&#225;stico mundo del que es supremo actor.

Revis&#233; mentalmente los acontecimientos de las &#250;ltimas seis semanas.

Desenterr&#233; e identifiqu&#233; a Isabelle Gagnon a comienzos de junio. Tres semanas despu&#233;s Fortier mat&#243; a Margaret Adkins, y al d&#237;a siguiente nos introdujimos en la rue Berger. Tres d&#237;as m&#225;s tarde encontr&#233; el esqueleto de Grace Damas.

Eso es.

Y ello lo enfurece.

Exactamente. La caza es su sistema de exteriorizar su ira hacia las mujeres

O su odio hacia la abuela -intervino Claudel.

Tal vez. De todos modos entiende que usted lo obstaculiza.

Y soy una mujer.

Ryan busc&#243; un cigarrillo pero renunci&#243; al recordar d&#243;nde estaba.

Y asimismo comete un error. Adkins fue un caso chapucero. Utilizar su tarjeta le cost&#243; muy caro.

Por lo que necesita inculpar a alguien -acot&#233;.

El tipo no puede admitir que lo est&#225;n acorralando. Y en modo alguno aceptar&#225; que una mujer lo pueda descubrir.

&#191;Pero por qu&#233; Gabby? &#191;Por qu&#233; no yo?

&#191;Qui&#233;n sabe? &#191;Oportunidad? &#191;Coincidencia? Quiz&#225;s ella apareci&#243; antes que usted.

No lo creo -respond&#237;-. Es evidente que me estaba acechando desde hac&#237;a alg&#250;n tiempo. &#191;Acaso no puso el cr&#225;neo en mi jard&#237;n?

Se&#241;ales de asentimiento.

Podr&#237;a haber esperado y luego capturarme como hizo con las dem&#225;s.

Es un jodido enfermo -dijo Claudel.

Gabby no era como las dem&#225;s, no fue la muerte de una desconocida escogida al azar. Fortier sab&#237;a d&#243;nde viv&#237;a yo, sab&#237;a que se alojaba conmigo.

Hablaba m&#225;s para m&#237; que con Ryan o Claudel. Un aneurisma emocional formado durante las &#250;ltimas seis semanas y controlado por una fuerte voluntad amenazaba con estallar.

Lo hizo adrede. El maldito psic&#243;pata deseaba hac&#233;rmelo saber. Era un mensaje, como el cr&#225;neo.

Elevaba mi tono de voz sin poder evitarlo. Record&#233; el sobre en mi puerta, un &#243;valo de ladrillos, el rostro hinchado de Gabby con sus peque&#241;os &#237;dolos de plata. Una foto de mi hija.

El peque&#241;o mundo de mi globo emocional estall&#243;, y semanas de dolor reprimido y tensiones se precipitaron por el pinchazo.

&#161;No, no! -grit&#233;, ara&#241;ada la garganta por el dolor-. &#161;Maldito hijo de perra!

Ryan cruz&#243; unas breves palabras con Claudel, not&#233; que me sujetaba los brazos, y apareci&#243; la enfermera, que me inyect&#243; algo. A continuaci&#243;n perd&#237; el sentido.





Cap&#237;tulo 43

Ryan acudi&#243; a visitarme a casa el mi&#233;rcoles. La tierra hab&#237;a girado siete veces desde aquella noche pasada en el infierno y hab&#237;a tenido tiempo de elaborar una versi&#243;n oficial para m&#237; misma. Pero hab&#237;a agujeros que deseaba llenar.

&#191;Ha sido ya acusado Fortier?

El lunes. Cinco cargos de primer grado.

&#191;Cinco?

Pitre y Gautier probablemente no est&#225;n relacionados.

D&#237;game algo. &#191;C&#243;mo sab&#237;a Claudel que Fortier aparecer&#237;a aqu&#237;?

En realidad no lo sab&#237;a. Por sus preguntas acerca de la escuela comprendi&#243; que Tanguay no pod&#237;a ser el culpable. Comprob&#243;, descubri&#243; que los alumnos entran a las ocho y salen a las tres y cuarto, y que Tanguay no hab&#237;a dejado de asistir a ninguna de su clases. No hab&#237;a faltado un solo d&#237;a desde que comenz&#243; ni hab&#237;an sido fiestas escolares los d&#237;as que usted le hizo comprobar. Asimismo se enter&#243; de lo sucedido con el guante.

Comprendi&#243; que usted se hallaba en peligro y se apresur&#243; a venir a su casa para vigilar hasta que llegara una brigada a montar guardia. Lleg&#243; en el mismo instante en que se apagaba la luz. Intent&#243; telefonear y comprob&#243; que tambi&#233;n estaba interrumpida la l&#237;nea; salt&#243; por la verja del jard&#237;n y encontr&#243; que las puertas ventanas no ten&#237;an pasado el cerrojo. Ustedes dos estaban demasiado ocupados con su danza para o&#237;rlo. Hubiera roto el cristal, pero usted deb&#237;a de haber abierto el pestillo cuando trat&#243; de huir.

Claudel: de nuevo mi rescatador.

&#191;Ha aparecido algo nuevo?

Encontraron una bolsa deportiva en el coche de Fortier con tres cadenas para el cuello, unos cuchillos de caza, una caja de guantes quir&#250;rgicos y un traje de calle.

Yo hac&#237;a mi equipaje mientras &#233;l hablaba apoyado en los pies de mi cama.

Su equipo.

S&#237;. Estoy seguro de que el guante de la rue Berger y el de Gabby coincidir&#225;n con la caja que llevaba en su coche.

Lo imagin&#233; aquella noche, vestido como Spiderman, las manos enguantadas con los nudillos blancos en la oscuridad.

Siempre vest&#237;a el traje de ciclista y llevaba los guantes puestos cuando sal&#237;a a actuar. Incluso en Berger. Por ello siempre nos qued&#225;bamos con las manos vac&#237;as: sin cabellos, sin fibras, sin pruebas.

Ni rastro de esperma.

&#161;Ah, s&#237;! &#161;Tambi&#233;n llevaba una caja de condones!

Perfecto.

Fui al armario en busca de mis viejas zapatillas de lona y las met&#237; en la bolsa.

&#191;Por qu&#233; lo hac&#237;a?

Dudo que lleguemos a saberlo. Al parecer su abuela lo oblig&#243; a purificarse centenares de veces.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Era una persona dura y fan&#225;tica.

&#191;Acerca de qu&#233;?

Del sexo y de Dios. Y no necesariamente en tal orden.

&#191;Por ejemplo?

Somet&#237;a a Leo a un enema y lo arrastraba a la iglesia cada ma&#241;ana para limpiar su cuerpo y su alma.

Misa diaria y protocolo de limpieza.

Una vecina recuerda una ocasi&#243;n en que el ni&#241;o jugaba por el suelo con el perro de la casa. La vieja casi sufri&#243; un ataque porque el Schnauzer tuvo una erecci&#243;n. Dos d&#237;as despu&#233;s el animal apareci&#243; muerto por ingesti&#243;n de veneno de ratas.

&#191;Se enter&#243; Fortier?

No habla de ello. S&#243;lo alude a una ocasi&#243;n en que ten&#237;a siete a&#241;os y ella lo descubri&#243; masturb&#225;ndose. La abuela le at&#243; las mu&#241;ecas a las de ella y lo llev&#243; a rastras durante tres d&#237;as. Se pone fren&#233;tico cuando se mencionan las manos.

Hice una pausa mientras doblaba un su&#233;ter.

Manos.

S&#237;.

Y eso no es todo. Tambi&#233;n hab&#237;a un t&#237;o, un sacerdote que se hab&#237;a visto obligado a jubilarse anticipadamente. El hombre andaba por la casa con bata y es probable que abusara del ni&#241;o. Es otro t&#243;pico sobre el que no pronuncia palabra. Estamos haciendo averiguaciones.

&#191;D&#243;nde se encuentra ahora la abuela?

Falleci&#243;. Poco antes de que &#233;l asesinara a Damas.

&#191;C&#243;mo?

Qui&#233;n sabe.

Comenc&#233; a escoger los trajes de ba&#241;o, pero renunci&#233; y los met&#237; todos en la bolsa.

&#191;Qu&#233; hay de Tanguay?

Ryan sacudi&#243; la cabeza y suspir&#243; profundamente.

Al parecer se trata de otro ciudadano con graves dificultades para enfrentarse al sexo.

Dej&#233; de escoger calcetines y lo mir&#233;.

Es como un pastel de frutas, pero probablemente inofensivo.

&#191;Qu&#233; quiere decir? -pregunt&#233;.

Era profesor de biolog&#237;a. Recog&#237;a a los animales accidentados, herv&#237;a sus cad&#225;veres y montaba los esqueletos. Preparaba una colecci&#243;n para su clase.

&#191;Y las garras?

Las secaba para formar una colecci&#243;n de garras de vertebrados.

&#191;Mat&#243; a Alma?

Alega haberla encontrado muerta en la calle cerca de UQAM y hab&#233;rsela llevado a su casa, para su colecci&#243;n. Acababa de descuartizarla, cuando ley&#243; el art&#237;culo de la Gazette. Entonces se asust&#243;, la meti&#243; en una bolsa y la abandon&#243; en la estaci&#243;n del autob&#250;s. Probablemente nunca sabremos c&#243;mo consigui&#243; salir el animal del laboratorio.

Tanguay es el cliente de Julie, &#191;verdad?

El mismo. Se excita contratando una prostituta para que vista el camis&#243;n de mam&#225;. Y

Se interrumpi&#243; vacilante.

&#191;Qu&#233;?

&#191;Est&#225; preparada para esto? Tanguay era tambi&#233;n el hombre de los maniqu&#237;es.

&#161;No! &#191;El asaltante de los dormitorios?

Eso es. Por ello se le pusieron los test&#237;culos por corbata cuando comenzamos a interrogarlo. Cre&#237;a que lo acus&#225;bamos de ello. El pobre imb&#233;cil acab&#243; confes&#225;ndolo por s&#237; solo. Al parecer cuando no pod&#237;a arregl&#225;rselas en la calle utilizaba el plan B.

Irrumpir en una casa y atizar a un pijama relleno.

Sin duda algo mejor que jugar a bolos.

A&#250;n hab&#237;a algo que me segu&#237;a molestando.

&#191;Y las llamadas telef&#243;nicas?

Plan C. Telefonear a una mujer y colgar le estimulaba los genitales. Caracter&#237;stica t&#237;pica de los voyeurs. Ten&#237;a una lista de n&#250;meros.

&#191;Han podido descubrir c&#243;mo consigui&#243; el m&#237;o?

Probablemente se lo cogi&#243; a Gabby: la asediaba a ella.

&#191;Y el dibujo que encontr&#233; en mi papelera?

Obra de Tanguay. Es aficionado al arte aborigen. Era una copia de algo que hab&#237;a visto en un libro. Se lo entreg&#243; a Gabby. Quer&#237;a pedirle que no lo excluyera del proyecto.

Mir&#233; a Ryan.

Muy ir&#243;nico. Ella cre&#237;a que ten&#237;a un perseguidor y en realidad eran dos.

Sent&#237; que se me llenaban los ojos de l&#225;grimas. Se formaba la cicatriz sentimental, pero a&#250;n en estado embri&#243;nico. Me costar&#237;a bastante tiempo poder pensar en ella.

Ryan se levant&#243; y se estir&#243;.

&#191;D&#243;nde est&#225; Katy? -pregunt&#243; cambiando de tema.

Ha ido a comprar loci&#243;n solar.

Tir&#233; de los cordones de la bolsa y la dej&#233; caer en el suelo.

&#191;C&#243;mo lo lleva?

Al parecer, bien. Me cuida como una enfermera particular.

Me rasqu&#233; de modo inconsciente los puntos del cuello.

Pero acaso la preocupe m&#225;s de lo que deja entrever. Sabe que existe violencia, pero la que aparece en las noticias televisivas, en el sur de Los &#193;ngeles, en Tel Aviv y en Sarajevo. Son cosas que suceden siempre a otras personas. Pete y yo le hemos ocultado intencionadamente mis actividades. Ahora son algo real, &#237;ntimo y personal. Ha trastornado su mundo, pero lo superar&#225;.

&#191;Y usted?

Estoy muy bien, de verdad.

Permanecimos en silencio y nos examinamos mutuamente. Luego &#233;l cogi&#243; su chaqueta y se la ech&#243; en el brazo.

&#191;Se van a la playa?

No resultaba muy convincente su afectada indiferencia.

A todas cuantas podamos encontrar. Lo hemos apodado La gran b&#250;squeda de la arena y el surf. Primero Ogonquit, luego una vuelta por la costa. Cabo Cod, Rehobeth, Cabo May, playas de Virginia. Nuestro &#250;nico prop&#243;sito definido es estar en Nags Head el 15.

Pete lo hab&#237;a dispuesto as&#237;: se propon&#237;a encontrarse all&#237;.

Ryan me puso la mano en el hombro. Sus ojos expresaban algo m&#225;s que un inter&#233;s profesional.

&#191;Volver&#225; con nosotros?

Me lo hab&#237;a estado preguntando a m&#237; misma toda la semana. &#191;Lo har&#237;a? &#191;Volver a qu&#233;? &#191;Al trabajo? &#191;Podr&#237;a volver a pasar por todo aquello de nuevo y encontrarme con otro psic&#243;pata retorcido? &#191;Regresar a Quebec? &#191;Soportar&#237;a que Claudel me hiciera picadillo y me sometiera a alguna junta disciplinaria? &#191;Y qu&#233; suced&#237;a con mi matrimonio? Aquello no ten&#237;a nada que ver con Quebec. &#191;Qu&#233; har&#237;a con Pete? &#191;Qu&#233; sentir&#237;a al verlo?

Tan s&#243;lo hab&#237;a tomado una decisi&#243;n: no pensar en ello de momento. Me hab&#237;a prometido dejar a un lado el incierto porvenir y disfrutar despreocupadamente de mi tiempo libre con Katy.

Desde luego -respond&#237;-. Tendr&#233; que concluir mis informes y luego declarar.

S&#237;.

Se produjo un tenso silencio. Ambos sab&#237;amos que no era aqu&#233;lla la respuesta esperada.

Ryan se aclar&#243; la garganta y sac&#243; algo del bolsillo de su chaqueta.

Claudel me pidi&#243; que le entregara esto.

Me tend&#237;a un sobre marr&#243;n con las siglas del CUM en la esquina superior izquierda.

Estupendo.

Me lo met&#237; en el bolsillo y lo acompa&#241;&#233; a la puerta. Lo ver&#237;a m&#225;s tarde.

Ryan.

El hombre se volvi&#243;.

&#191;Puede usted hacer esto d&#237;a tras d&#237;a, a&#241;o tras a&#241;o y no perder la fe en la especie humana?

No respondi&#243; en seguida. Pareci&#243; centrarse en un punto del espacio que hab&#237;a entre nosotros; luego fij&#243; su mirada en la m&#237;a.

De vez en cuando la especie humana engendra depredadores que se alimentan de aquellos que los rodean. Pero no pertenecen a la especie: son mutaciones de ella. A mi parecer, esos monstruos no tienen derecho a respirar el ox&#237;geno de la atm&#243;sfera. Pero est&#225;n ah&#237;, por lo que contribuyo a enjaularlos y a meterlos donde no puedan da&#241;ar a los otros. Consigo que la vida sea m&#225;s segura para la gente que se levanta, acude al trabajo cada d&#237;a, cr&#237;a a sus hijos, cultiva sus tomates o cuida sus peces tropicales y ve los partidos de f&#250;tbol los domingos. &#201;sa es la especie humana.

Lo vi marcharse y de nuevo admir&#233; el modo en que llenaba su pantal&#243;n. Y tambi&#233;n su cerebro. Tal vez, me dije sonriente. Tal vez Dios lo quisiera.


Al anochecer Katy y yo salimos a tomar un helado y luego subimos a la monta&#241;a. Sentada en mi punto de observaci&#243;n preferido distingu&#237;a todo el valle. Recortado por el San Lorenzo como una negra l&#237;nea en la distancia, el rutilante panorama de Montreal se extend&#237;a desde sus m&#225;rgenes.

Desde mi observatorio, como un pasajero en la Monta&#241;a Rusa, contemplaba el paisaje. Pero el trayecto por fin hab&#237;a acabado. Tal vez me encontraba all&#237; para despedirme.

Acab&#233; mi helado y, al meter la servilleta en el bolsillo, me encontr&#233; con el sobre de Claudel.

&#161;Diablos!, &#191;por qu&#233; no leerlo?

Lo abr&#237; y apareci&#243; una nota manuscrita. Para mi sorpresa, no era la queja oficial que esperaba. El mensaje estaba escrito en ingl&#233;s.


Doctora Brennan:

Usted ten&#237;a raz&#243;n: nadie debe morir en el anonimato. Gracias a usted, as&#237; ha sucedido con esas mujeres. Gracias a usted ha concluido la carrera criminal de Leo Fortier.

Constituimos la &#250;ltima l&#237;nea de defensa contra ellos, contra los proxenetas, los violadores, los asesinos a sangre fr&#237;a. Me sentir&#233; muy honrado si volvemos a trabajar juntos.

Luc Claudel.


Arriba en la monta&#241;a, la cruz brillaba suavemente enviando su mensaje por el valle. &#191;Qu&#233; era lo que dec&#237;a Kojak? Alguien te quiere, peque&#241;a.

Ryan y Claudel lo hab&#237;an comprendido: &#233;ramos el &#250;ltimo baluarte.

Contempl&#233; la ciudad a mis pies. Qu&#233;date: alguien te quiere.

&#193; la prochaine -dije en la noche veraniega.

&#191;Qu&#233; quiere decir? -se interes&#243; Katy.

Hasta la pr&#243;xima vez.

Mi hija pareci&#243; sorprendida.

V&#225;monos a la playa.






RESE&#209;A BIBLIOGR&#193;FICA

Kathy Reichs

Kathy Reichs naci&#243; en Chicago y se doctor&#243; en Northwestern. Trabaja como antrop&#243;loga forense en Carolina del Norte y en el Laboratorio de Ciencias Jur&#237;dicas y Medicina legal de Quebec. Forma parte asimismo de la direcci&#243;n de la Academia Americana de Ciencias Forenses y es profesora de Antropolog&#237;a de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte.

En la actualidad divide su tiempo entre las ciudades de Charlotte y Montreal, y figura como testigo experta en numerosos juicios por asesinato. Su experiencia y versatilidad en el campo de la medicina forense, se ha visto reflejado en su obra literaria de la mano de su &#225;lter ego, la doctora Temperance Brennan. Su primera novela, Testigos del silencio, obtuvo varios premios (entre ellos el Ellis Award canadiense a la Mejor Primera Novela) y un extraordinario &#233;xito de ventas y cr&#237;ticas. La relaci&#243;n con el personaje de la doctora Brenna se ha demostrado fruct&#237;fera, con otras novelas ya publicadas.



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