




Javier Mar&#237;as


Tu rostro ma&#241;ana: 2 Baile y sue&#241;o


 2004, Javier Mar&#237;as


Para Carmen L&#243;pez M,

que ojal&#225; a&#250;n me quiera

seguir oyendo


And for Sir Peter Russell,

to whom this book is still indebted

for his very long shadow,

and the author,

for his far-reaching friendship





III Baile

Ojal&#225; nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ning&#250;n consejo ni favor ni pr&#233;stamo, ni el de la atenci&#243;n siquiera, ojal&#225; no nos pidieran los otros que los escuch&#225;ramos, sus problemas m&#237;seros y sus penosos conflictos tan id&#233;nticos a los nuestros, sus incomprensibles dudas y sus meras historias tantas veces intercambiables y ya siempre escritas (no es muy amplia la gama de lo que puede intentar contarse), o lo que antiguamente se llamaban cuitas, qui&#233;n no las tiene o si no se las busca, 'la infelicidad se inventa', cito a menudo para mis adentros, y es una cita cierta cuando son desdichas que no vienen de fuera y que no son desdichas inevitables objetivamente, no una cat&#225;strofe, no un accidente, una muerte, una ruina, un despido, una plaga, una hambruna, o la persecuci&#243;n sa&#241;uda de quien no ha hecho nada, de ellas est&#225; llena la Historia y tambi&#233;n la nuestra, quiero decir estos tiempos inacabados nuestros (y hasta hay despidos y ruinas y muertes que s&#237; son buscados o merecidos o que s&#237; se inventan). Ojal&#225; nadie se nos acercara a decirnos 'Por favor', u 'Oye', son las palabras primeras que preceden a las peticiones, a casi todas ellas: 'Oye, &#191;t&#250; sabes?', 'Oye, &#191;t&#250; podr&#237;as decirme?', 'Oye, &#191;t&#250; tienes?', 'Oye, es que quiero pedirte: una recomendaci&#243;n, un dato, un parecer, una mano, dinero, una intercesi&#243;n, o consuelo, una gracia, que me guardes este secreto o que cambies por m&#237; y seas otro, o que por m&#237; traiciones y mientas o calles y as&#237; me salves'. La gente pide y pide lo que se le ocurre, todo, lo razonable y lo disparatado, lo justo y lo m&#225;s abusivo y lo imaginario -la luna, se dijo siempre, y tantos la prometieron en todas partes, porque sigue siendo imaginaria-; piden los pr&#243;ximos y los desconocidos, los que est&#225;n en apuros y quienes m&#225;s bien los causan, los menesterosos y los sobrados, que en eso no se distinguen: nadie parece nunca acumular bastante, nadie se contenta nunca ni se para nadie, como si a todos se les dijera: 'T&#250; pide, pide por esa boca, t&#250; pide siempre'. Cuando lo cierto es que a nadie se le dice eso.

Y uno entonces va y oye, oye las m&#225;s de las veces, tantas temeroso y tantas tambi&#233;n halagado, nada es tan lisonjero en principio como estar en situaci&#243;n de conceder o negar algo, nada -eso tambi&#233;n llega muy pronto- tan pegajoso y desagradable: saber, pensar que uno puede decir 'S&#237;' o 'No' o 'Ya veremos'; y 'Tal vez', 'Voy a mirarlo', 'Te dar&#233; ma&#241;ana una respuesta o 'Esto otro querr&#233; a cambio', seg&#250;n tenga el d&#237;a y a su absoluto arbitrio, seg&#250;n est&#233; inactivo, dadivoso, aburrido, o lleve por el contrario una prisa enorme y le falten paciencia y tiempo, seg&#250;n su humor o que quiera poner a otro en deuda o mantenerlo a la espera en vilo o desee uno comprometerse, porque al conceder o negar -en ambos casos, o es ya s&#243;lo por prestar o&#237;do-, queda envuelto con el suplicante, y se enreda o anuda acaso.

Si uno da una limosna un d&#237;a a un mendigo del vecindario, a la ma&#241;ana siguiente ser&#225; m&#225;s dif&#237;cil neg&#225;rsela, porque &#233;l la esperar&#225; (nada ha cambiado, sigue siendo igual de pobre, yo no soy a&#250;n menos rico, y por qu&#233; hoy no si ayer s&#237;) y en cierto sentido uno habr&#225; contra&#237;do una obligaci&#243;n con &#233;l: si lo ha ayudado a llegar a esa nueva jornada, tiene la responsabilidad de que &#233;sta no se le vuelva en contra, de que no sea la de su sufrimiento &#250;ltimo o su condena o su muerte, y ha de tenderle un puente para que la atraviese, y as&#237; un d&#237;a tras otro quiz&#225; indefinidamente, no es tan rara ni gratuita esa ley de algunos pueblos elementales -o son m&#225;s bien l&#243;gicos- seg&#250;n la cual quien le salvaba la vida a alguien se convert&#237;a en el guardi&#225;n o responsable perpetuo de esa vida y de ese alguien (a menos que se diera un d&#237;a la estricta correspondencia y as&#237; quedaran en paz y pudieran separarse entonces), como si se facultara al salvado para decirle a su salvador: 'Si estoy aqu&#237; todav&#237;a es porque t&#250; as&#237; lo has querido; es como si me hubieras hecho nacer de nuevo, luego tienes que protegerme y cuidarme y salvaguardarme, porque de no ser por ti me encontrar&#237;a ya fuera de todo mal y de todo alcance, o ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido'.

Y si por el contrario niega uno el primer d&#237;a la limosna a su pordiosero vecino, tendr&#225; la impresi&#243;n al segundo de estar en deuda, y quiz&#225; esa sensaci&#243;n va a ir en aumento al tercero y al cuarto y quinto, pues si el mendigo ha franqueado y vencido esas fechas sin ayuda m&#237;a, &#191;c&#243;mo no reconocerle el m&#233;rito y agradecerle lo que ya me he ahorrado? Y cada ma&#241;ana que pasa -cada noche a la que &#233;l sobrevive-, m&#225;s arraigar&#225; en nosotros la idea de que nos toca contribuir y es nuestro turno. (Pero esto s&#243;lo ata&#241;e a quienes se fijan en los harapientos, y la mayor&#237;a los pasa por alto, pone la mirada opaca y s&#243;lo los ve como hatillos.)

As&#237; que oye uno al mendigo que lo aborda en la calle y ya est&#225; envuelto; y oye al forastero o al extraviado que le pregunta por una direcci&#243;n y a veces acaba uno por acompa&#241;arlo, si lleva su misma senda y entonces los dos unen sus pasos y se convierten el uno del otro en el insistente ser paralelo que sin embargo ninguno ve como de mal ag&#252;ero ni como molestia u obst&#225;culo, porque caminan juntos voluntariamente aunque no se conozcan ni tal vez se hablen durante ese trecho, mientras avanzan (y es el forastero o extraviado el que puede ser conducido siempre a otro lugar, a una encerrona, a una celada, al descampado, a una trampa); y oye al desconocido que se presenta a la puerta persuadiendo o vendiendo o evangelizando, tratando de convencernos siempre y siempre contando r&#225;pido, y por abrirle ya est&#225; enredado; y oye al amigo al tel&#233;fono con voz apremiante, o fuera de s&#237;, o melifluo -no, es m&#225;s bien fuera de quicio-, implorante o exigente o amenazador de pronto, y ya con eso est&#225; anudado; y oye a su mujer y a sus hijos que casi s&#243;lo le hablan as&#237; o s&#243;lo as&#237; saben ya hablarle desde la difuminaci&#243;n y la mayor distancia, quiero decir pidiendo, y entonces ha de tirar de navaja o filo para cortar ese v&#237;nculo que acabar&#225; apret&#225;ndole: tambi&#233;n a ellos los ha hecho nacer, a los hijos que no est&#225;n fuera de todo mal ni de todo alcance y que jam&#225;s van a estarlo, y tambi&#233;n se los hizo nacer uno a su madre, que es a&#250;n como ellos mismos porque ya es inimaginable sin ni&#241;os -forman un n&#250;cleo, y jam&#225;s se excluyen- y &#233;stos son inconcebibles sin esa figura que les es a&#250;n necesaria, tanto que &#233;l debe proteg&#233;rsela sin remedio, cuid&#225;rsela y salvaguardarla -sigue vi&#233;ndolo como tarea suya-, aunque Luisa no se d&#233; cuenta del todo o no con plena conciencia, y est&#233; muy lejos en el espacio, y en el tiempo se me vaya alejando fecha a fecha y cada d&#237;a que pasa. O se me nuble cada noche que franqueo y atravieso y salvo, y sigo sin verla, no la veo.


Luisa no se enred&#243; ni anud&#243;, pero s&#237; qued&#243; envuelta una vez por una petici&#243;n y una limosna y tambi&#233;n me envolvi&#243; a m&#237; un poco en ellas, fue antes de que nos separ&#225;ramos y yo me fuera a Inglaterra, cuando a&#250;n no preve&#237;amos todo el alejamiento ni nuestras espaldas tan vueltas o no yo al menos, uno s&#243;lo sabe m&#225;s tarde cu&#225;ndo ha perdido la confianza o cu&#225;ndo perdieron otros la que ten&#237;an en uno -si es que eso llega a saberse, y yo no lo creo, en el fondo-; quiero decir que s&#243;lo luego, cuando el presente es ya pasado y muy variable y dudoso y por eso puede contarse (y mil veces puede contarse, sin que ni dos coincidan), nos damos cuenta de que tambi&#233;n nos la d&#225;bamos cuando el presente era a&#250;n presente y no estaba expuesto a su negaci&#243;n ni a su turbiedad o penumbra, o si no no podr&#237;amos ponerle a &#233;ste fechas y la verdad es que se las ponemos, oh s&#237;, solemos fecharlo luego todo con tanta precisi&#243;n que da espanto: 'Hubo un d&#237;a en que', decimos o recordamos como en las novelas (que van a lo se&#241;alado siempre: se lo indica su desenlace, lo dicta; pero no todas lo conocen), en ocasiones a solas y a veces en compa&#241;&#237;a, dos recapitulando en voz alta: 'Fueron aquellas palabras que dejaste caer como si nada en tu cumplea&#241;os las que me pusieron en guardia, o las que empezaron a retraerme'. 'Tu reacci&#243;n fue decepcionante, y hube de preguntarme si no me hab&#237;a equivocado contigo; pero eso era haberme equivocado durante demasiados a&#241;os, luego quiz&#225; hab&#237;as cambiado.' 'No aguant&#233; aquellos reproches, tan insistentes e injustos que pens&#233; si no eran s&#243;lo un pretexto tuyo, el modo mejor de enfriarme; y en verdad me qued&#233; helado.' S&#237;, solemos saber cu&#225;ndo algo se tuerce o se rompe o cansa. Pero esperamos siempre que se enderece o se suelde o nos recupere -por s&#237; solo a veces, como por arte de magia- y que ese saber no se confirme; o si notamos que la cosa es a&#250;n m&#225;s simple, que algo de nosotros fastidia o desagrada o repugna, nos hacemos voluntariosos prop&#243;sitos para enmendarnos. Son te&#243;ricos e incr&#233;dulos, sin embargo, esos prop&#243;sitos. En realidad sabemos que no seremos capaces, o que ya nada depende de lo que hagamos, ni de que nos abstengamos. Es la misma sensaci&#243;n que los antiguos ten&#237;an cuando a sus labios o a su pensamiento acud&#237;a esa expresi&#243;n que nuestro tiempo ha olvidado, o m&#225;s bien ha rechazado, y se lo reconoc&#237;an: 'La suerte est&#225; echada'. Y aunque la frase est&#233; casi abolida, esa sensaci&#243;n persiste, y nosotros todav&#237;a la conocemos. 'Ya no hay vuelta de hoja', eso s&#237; me lo digo yo a veces.

A la puerta de un hipermercado o supermercado o pseudomercado en el que Luisa compraba, hab&#237;a apostada algunos d&#237;as una joven muy joven que adem&#225;s era extranjera y madre y ambas cosas por partida doble: pues ten&#237;a dos ni&#241;os, uno de meses en un mal cochecito y otro mayor pero muy peque&#241;o, de entre dos y tres a&#241;os (eso le calculaba Luisa, lo hab&#237;a visto vestir a&#250;n pa&#241;ales bajo sus pantalones cortos), que guardaba el cochecito como un soldado, min&#250;sculo pretoriano sin armas; y no s&#243;lo era rumana o bosnia la joven, o tal vez h&#250;ngara -aunque eso m&#225;s improbable, muchos menos en Espa&#241;a-, sino que sobre todo parec&#237;a gitana. No contar&#237;a m&#225;s de veinte a&#241;os, y los d&#237;as que all&#237; mendigaba (no eran todos, o no siempre coincid&#237;a Luisa con ella), estaba siempre con sus dos cr&#237;os, no tanto para inspirar m&#225;s l&#225;stima cuanto -interpretaba Luisa- porque no deb&#237;a de tener d&#243;nde ni con qui&#233;n dejarlos. Eran parte de ella, tanto como sus brazos. Eran su prolongaci&#243;n, la joven era con ellos como el perro era sin pata, seg&#250;n la visi&#243;n de Alan Marriott cuando decidi&#243; asociar en su imaginaci&#243;n el suyo a aquella otra chica gitana, y juntos se le representaron como pareja espantosa.

La rumana pasaba horas de pie a la puerta del hipermercado, alg&#250;n rato se sentaba en los escalones de entrada y mec&#237;a desde all&#237; el cochecito sobre la acera, el ni&#241;o mayor de vig&#237;a. Si Luisa se fij&#243; no fue meramente por el tableau vivant, por el cuadro, bastante eficaz en cualquier caso, pero tambi&#233;n muy reiterado pese a que hoy est&#233; prohibida la presencia de ni&#241;os en los limosneos. No es Luisa de las que se apiadan de todo el mundo, como yo tampoco. O tal vez s&#237;, pero no hasta el punto de echar mano al bolso, o yo al bolsillo, cada vez que nos cruzamos con un indigente, no dar&#237;amos abasto en Madrid, no se gana lo bastante para tama&#241;o dispendio, nuestras desaprensivas autoridades zafias trasladan sin cesar a la ciudad m&#225;s grande, y sueltan sin m&#225;s por sus calles, a oleadas de indocumentados que desconocen lengua, territorio y costumbres -gente reci&#233;n colada por Andaluc&#237;a o por las Canarias, o por Catalu&#241;a y las Baleares si proceden del Este, a la que ni siquiera sabr&#237;an a qu&#233; pa&#237;ses mandar de vuelta-, y que all&#225; se las compongan sin papeles y sin dinero, la cantidad de pobres siempre en aumento, y adem&#225;s pobres desconcertados, desorientados, extraviados, errantes, ininteligibles, sin nombre. As&#237; que Luisa no repar&#243; en el grupo en tanto que grupo lastimoso en s&#237; mismo, como hay tantos, sino que los individualiz&#243;, le llamaron la atenci&#243;n la joven bosnia y su centinela ni&#241;o, quiero decir que los vio a ellos, no le parecieron indistinguibles ni intercambiables como objetos de compasi&#243;n, vio a las personas m&#225;s all&#225; de su condici&#243;n y su funci&#243;n y sus necesidades, &#233;stas s&#237; tan extendidas y compartidas. No vio a una madre pobre con unos ni&#241;os, sino a aquella madre concreta con aquellos ni&#241;os concretos, con el mayor sobre todo.

'Tiene una carita tan despierta y tan viva', me dijo de &#233;l. 'Y lo que me da m&#225;s pena es su disposici&#243;n a ayudar, a cuidar de su hermano, a ser de alguna utilidad. Ese ni&#241;o no quiere ser una carga, aunque no tenga m&#225;s remedio que serlo, apenas puede valerse a&#250;n solo para ninguna cosa. Tan peque&#241;o como es, quiere participar, quiere colaborar, se lo ve tan cari&#241;oso con el beb&#233; y tan atento a lo que pueda ocurrir y a lo que va ocurriendo. Pasa all&#237; muchas horas, sin nada con lo que entretenerse, sube y baja los escalones, se columpia un poco de la barandilla, intenta mecer &#233;l el cochecito pero para eso no tiene fuerzas. Esas son sus mayores diversiones. Pero no se aleja mucho de la madre nunca, no por falta de esp&#237;ritu aventurero (se lo ve tan despierto), sino como si tuviera conciencia de que eso supondr&#237;a a&#241;adirle una preocupaci&#243;n a ella, y se ve que procura facilitarle las cosas lo m&#225;s que puede, o lo m&#225;s que sabe, y no sabe mucho. Y a veces les hace caricias en las mejillas, a la joven o al hermanito. Mira en todas direcciones, hacia todos lados, est&#225; muy alerta, estoy segura de que a sus ojos tan vivos no se les escapa la aparici&#243;n de un transe&#250;nte, y a algunos debe de recordarlos de una vez para otra, a m&#237; ya probablemente. Me da pena esa actitud tan responsable, tan afanosa y participativa, esa enorme voluntad de ser &#250;til. A&#250;n no le toca.' Hizo una pausa y luego a&#241;adi&#243;: 'F&#237;jate qu&#233; absurdo. Hace nada no exist&#237;a y ahora est&#225; lleno de preocupaciones que ni siquiera comprende. Quiz&#225; por eso tampoco le pesen, se lo ve alegre, y lo quiere mucho su madre. Pero debe de ser injusto, adem&#225;s de absurdo'. Se qued&#243; pensativa unos segundos, acarici&#225;ndose las rodillas con ambas manos, se hab&#237;a sentado en el borde del sof&#225; a mi derecha, acababa de volver de la calle y a&#250;n no se hab&#237;a quitado la gabardina, en el suelo las bolsas con lo que hab&#237;a comprado, no hab&#237;a ido derecha a la cocina. Sus rodillas me gustaron siempre, con o sin medias, y por suerte me eran visibles en casi todo momento, sol&#237;a vestir con falda. Despu&#233;s dijo: 'Me recuerda un poco a Guillermo, cuando era as&#237; de peque&#241;o. Tambi&#233;n en &#233;l me daba l&#225;stima eso, no es s&#243;lo porque estos sean pobres. Verlo tan impaciente por incorporarse al mundo, o a las responsabilidades y a las tareas, tan deseoso de enterarse de todo y de echar una mano, tan consciente de mis esfuerzos y de mis dificultades. Y tambi&#233;n de los tuyos aunque te viera menos, a&#250;n m&#225;s intuitivamente, te acuerdas. O m&#225;s deductivamente'.

No me lo preguntaba, me lo recordaba tan s&#243;lo, o afirmaba mi recuerdo. Yo segu&#237;a aord&#225;ndome incluso en Londres, cuando no ve&#237;a al ni&#241;o, y empezaba a temer por &#233;l, era muy paciente y protector con su hermana y a menudo compart&#237;a de m&#225;s y ced&#237;a, como quien sabe que lo noble y recto es que cedan siempre los fuertes ante los d&#233;biles no tir&#225;nicos o no abusivos, un principio hoy anticuado, porque hoy suelen ser desalmados los fuertes y desp&#243;ticos los d&#233;biles; era tambi&#233;n protector con su madre y no sab&#237;a si hasta conmigo mismo, ahora que me sent&#237;a desterrado y solitario y lejano, hu&#233;rfano seg&#250;n su criterio o su entendimiento, sufren mucho en la vida quienes hacen de escudo, y los vigilantes, con su ojo y su o&#237;do siempre despiertos. Y los que quieren jugar limpio a ultranza, incluso cuando combaten y est&#225; en peligro su supervivencia o la de sus seres queridos imprescindibles, sin los cuales tampoco se vive, o ya no enteramente.

'Y todav&#237;a no ha cambiado', le dije a Luisa. 'Desear&#237;a que no lo hiciera, pero tambi&#233;n a veces que s&#237;. Lleva las de perder, tal como va el mundo. Cre&#237; que aprender&#237;a a guardarse m&#225;s en cuanto fuera al colegio y probase all&#237; la amenaza, pero ya van a&#241;os y no parece. A veces me pregunto si no estar&#233; siendo mal padre por no adiestrarlo, por no ense&#241;arle lo que le conviene: tretas, argucias, intimidaciones, cautelas, quejas; y m&#225;s ego&#237;smo. Uno deber&#237;a preparar a sus hijos, pienso. Pero no es f&#225;cil inculcarles lo conveniente, si eso a uno no le gusta. Y &#233;l es mejor que yo, por ahora.'

'Quiz&#225; fuera labor bald&#237;a en su caso, eso adem&#225;s', contest&#243; Luisa. Y se levant&#243; como con prisa. 'Voy a bajar a la calle antes de que se vayan', dijo. Por algo no se hab&#237;a quitado la gabardina ni hab&#237;a vaciado las bolsas, sab&#237;a que a&#250;n no estaba de vuelta. 'A esa chica suelo echarle unas monedas al entrar, tiene una caja, hoy tambi&#233;n se las he echado. Pero al salir me ha pedido una cosa, es la primera vez que me ha pedido algo, quiero decir con palabras, en un espa&#241;ol escaso y raro, no es un acento reconocible y mezcl&#243; alguna expresi&#243;n italiana. Me pidi&#243; que le comprara toallitas para ni&#241;os, de esas empapadas, muy c&#243;modas para limpiarlos, que salen en tiras de un bote, bueno. Le dije que no, que se las comprara ella, que ya le hab&#237;a dado dinero antes. Y me contest&#243;: "No, dinero no, el dinero no". Me he quedado d&#225;ndole vueltas y creo que acabo de entenderlo. Ella recaudar&#225; para su marido, o para unos hermanos, o un padre, no s&#233;, para sus hombres. Todo lo que sea dinero no se atrever&#225; a tocarlo sin permiso de ellos, no podr&#225; decidir por su cuenta un solo gasto, deber&#225; entreg&#225;rselo y luego ellos cubrir&#225;n necesidades como les parezca, quiz&#225; atendiendo primero a lo suyo. Esas toallitas las juzgar&#225;n superfluas, un lujo, no le dar&#225;n para eso y que se aguante. Pero yo s&#233; bien que no lo son, esos ni&#241;os se pasan horas all&#237;, y estar&#225;n muy escocidos si ella no puede limpiarlos a tiempo. As&#237; que casi voy a compr&#225;rselas. No hab&#237;a ca&#237;do antes, ella no dispone de lo que gana, ni un c&#233;ntimo, por eso me ha pedido la cosa misma y el dinero no le val&#237;a. En seguida vuelvo.'

Cuando regres&#243; al cabo de un rato se quit&#243; la gabardina. Yo hab&#237;a vaciado las bolsas, en el entretanto, cada cosa ya en su sitio.

'&#191;Has llegado a tiempo?', le pregunt&#233;. Me hab&#237;a creado curiosidad suficiente.

'S&#237;, deben de estarse hasta la hora del cierre. He entrado, le he comprado un bote y se lo he dado. No sabes qu&#233; cara de alegr&#237;a y de agradecimiento. Es muy agradecida siempre esa chica, muy sonriente, cuando le doy monedas. Pero esta vez era distinto, era algo para ella, para su uso y para los ni&#241;os, no era parte de la recaudaci&#243;n com&#250;n, el dinero es todo igual y mezclado no se distingue. Y el nifiito mayor se ha puesto tambi&#233;n muy contento, al verla a ella contenta. Con una cara celebratoria, aunque la raz&#243;n no pudiera entenderla. Qu&#233; gracioso es, qu&#233; vivo, est&#225; al tanto de todo. Si no le va demasiado mal, ser&#225; un gran optimista. Ojal&#225; tenga algo de suerte.'

Yo sab&#237;a que Luisa ya estaba envuelta por aquella petici&#243;n, atendida tard&#237;amente y con deliberaci&#243;n por tanto. No enredada ni anudada, pero s&#237; envuelta. Cada vez que volviera al supermercado y viera a la joven h&#250;ngara y a su peque&#241;o optimista, pensar&#237;a que se le habr&#237;an ya acabado las toallitas del bote, mientras que a&#250;n no se acababa la suciedad de sus ni&#241;os -larga larga-. Y si no la encontraba, entonces se preguntar&#237;a por ella, por ellos, sin tanto como preocuparse ni indagar, eso a&#250;n menos (no es Luisa una exhibicionista, ni siquiera ante s&#237; misma, ni se mete en las vidas ajenas). Pero yo lo sab&#237;a porque a partir de entonces yo mismo me pregunt&#233; a veces por ellos, sin haberlos visto nunca, y esperaba a que mi mujer me contara, si hab&#237;a algo que contarse al respecto, alg&#250;n otro d&#237;a.

Unas semanas m&#225;s tarde, con la gente comprando &#225;vidamente por la Navidad muy pr&#243;xima, me cont&#243; que la madre rumana hab&#237;a vuelto a pedirle algo con palabras. 'Hola, carina , as&#237; la hab&#237;a saludado la joven, lo cual nos hizo suponer que antes de llegar a Espa&#241;a habr&#237;a errado por Italia, de donde quiz&#225; la habr&#237;an expulsado sin contemplaciones sus brutales autoridades xen&#243;fobas pseudo-lombardas, a&#250;n m&#225;s lerdas y soeces que las pseudomadrile&#241;as despreciativas nuestras. 'Si no quieres me dices no, pero yo te pido una cosa', hab&#237;a sido el educado pre&#225;mbulo, la cortes&#237;a consiste en parte en la formulaci&#243;n de obviedades, que nunca est&#225;n de sobra a su servicio. 'El ni&#241;o quiere una torta. Yo no puedo comprarla. &#191;T&#250; puedes compr&#225;rtela? &#191;Si quieres? Est&#225; ah&#237;, derral&#225;ngolo', y se&#241;al&#243; hacia la vuelta de una esquina, donde Luisa situ&#243; al instante una pasteler&#237;a fina y cara en la que tambi&#233;n compraba. 'Si no quieres no', hab&#237;a insistido, como si fuera bien consciente de que tan s&#243;lo era un capricho. Que val&#237;a la pena pedir, sin embargo, pues era del hijo.

'Esta vez el ni&#241;o s&#237; que lo entend&#237;a todo', cont&#243; Luisa. 'Era la transmisi&#243;n de un deseo suyo, y lo reconoc&#237;a. Bueno: su cara de estar en vilo no me dej&#243; ni dudarlo, el pobre conten&#237;a el aliento a la espera de mi S&#237; o mi No, con los ojos muy abiertos.' ('Igual que un reo su veredicto', pens&#233; sin interrumpirla; 'eso s&#237;, un reo optimista.') 'Como no sab&#237;a qu&#233; era exactamente para ella "una torta", y adem&#225;s parec&#237;an tenerla muy localizada y querer esa y no cualquiera, nos tuvimos que encaminar los cuatro hacia la pasteler&#237;a, para que me la se&#241;alaran. Entr&#233; yo delante para que los de la tienda vieran que el grupo iba conmigo, y aun as&#237; los muchos clientes se apartaron instintivamente con asco, nos abrieron un pasillo como para evitarse un contagio, creo que ella no se dio cuenta, o estar&#225; acostumbrada y eso ya no le hace mella, pero a m&#237; s&#237; me la hizo. Fue el ni&#241;o quien me se&#241;al&#243; la tarta tras una vitrina, muy excitado, una bavaroise de cumplea&#241;os, no muy grande, y asinti&#243; la chica. Le dije entonces que se volvieran ya los tres a sus escalones, aquello estaba atestado y nosotros en medio con el cochecito y todo, mientras yo aguardaba turno y me la envolv&#237;an y la pagaba. Que yo se la llevar&#237;a luego. Entre unas cosas y otras tard&#233; un cuarto de hora o por ah&#237;, y me ech&#233; a re&#237;r cuando al doblar la calle paquete en mano, vi al ni&#241;ito con una cara de expectaci&#243;n tremenda y la mirada fija en la esquina, estoy segura de que no le habr&#237;a quitado ojo un segundo desde que hubieran regresado a su puesto, pendiente de mi aparici&#243;n con el tesoro: como si llevara corriendo mentalmente todo aquel rato, de pura impaciencia, pura ansia. Se apart&#243; por una vez de la madre y corri&#243; a mi encuentro, aunque ella le grit&#243;: "&#161;No, Emil, no! &#161;Emil, ven!". Correteaba en torno a m&#237;, como un perrillo.' Luisa se qued&#243; recordando, con una sonrisa, divertida por el reciente recuerdo. Luego a&#241;adi&#243;: 'Y eso es todo'.

'Y al haberla complacido, &#191;no te pedir&#225; ya cosas siempre?', le pregunt&#233;.

'No, no la veo aprovechada. He coincidido varias veces con ella desde las toallitas, y hasta hoy no hab&#237;a vuelto a pedirme nada, as&#237; expresamente. Un d&#237;a vi a sus hombres, rondaban por all&#237;, supongo que el marido ser&#237;a uno de ellos, aunque ninguno se distingui&#243; en su actitud hacia ella ni hacia los ni&#241;os. Lo mismo eran todos hermanos, o primos, o t&#237;os suyos, parentela, cuatro o cinco en concili&#225;bulo r&#225;pido, all&#237; en la vecindad de la chica pero excluy&#233;ndola, y en seguida se fueron.'

'Har&#225;n mafia, har&#225;n inspecciones, velar&#225;n por que otros mendigos no le quiten el puesto. Muchos pagan por ocupar un buen sitio, como un alquiler, hasta en el pedir hay gran competencia. Y no es nada malo, el lugar de esa joven, sin protecci&#243;n no lo conservar&#237;a. &#191;C&#243;mo eran los hombres?'

'Mala pinta. De ellos tambi&#233;n yo me habr&#237;a apartado, me temo, como para evitarme un contagio. Malcarados. Irritables. Mandones. Fulleros. Sucios. Eso s&#237;, todos con m&#243;viles y con sortijas. Y alg&#250;n chaleco.'

'S&#237;', pens&#233;, 'la reacci&#243;n de esos clientes de la pasteler&#237;a: es verdad que le ha hecho mella, no va a olvidarla, la tendr&#225; muy presente la pr&#243;xima vez que entre all&#237; sola o con nuestros ni&#241;os acomodados y no mendicantes: la ha sentido en su carne. Est&#225; envuelta. Pero no es grave ni llegar&#225; a serlo. Tambi&#233;n yo lo estoy, seguramente.'

En lo que a m&#237; respectaba, lo comprob&#233; en mi tiempo de Londres. Porque incluso all&#237;, alejado de Luisa y de los ni&#241;os nuestros, me acordaba de tarde en tarde de la joven bosnia y de los dos suyos, el peque&#241;o responsable optimista ap&#225;trida y su hermano del cochecito viejo, a los que nunca hab&#237;a visto ni o&#237;do m&#225;s que en relatos. Y cuando ven&#237;an a mi memoria, lo que m&#225;s me preguntaba no era c&#243;mo les ir&#237;a ni si habr&#237;an tenido algo de suerte, sino -quiz&#225; extra&#241;amente, o quiz&#225; no tanto- si seguir&#237;an todav&#237;a en el mundo, como si s&#243;lo en caso afirmativo valiera la pena dedicarles un ef&#237;mero pensamiento flotante, sin contenidos concretos. Y no era as&#237;, sin embargo: aunque hubieran salido del mundo por un mal azar o un muy mal paso, por injusticia o por accidente o por asesinato, estaban ya entre mis cuentos o&#237;dos e incorporados, eran una imagen m&#225;s acumulada m&#237;a y es infinita nuestra capacidad de asumirlas (todas se suman y casi ninguna se resta), las reales y las fantaseadas como lo acaecido y lo falso, avanzamos expuestos siempre a nuevas historias y a un mill&#243;n m&#225;s de episodios, y al recuerdo de seres que jam&#225;s han existido ni pisado la tierra ni cruzado el mundo, o que s&#237; pasaron pero estaban ya medio a salvo en su dichosa insignificancia, o en su bienaventurada condici&#243;n no memorable. El ni&#241;o Emil le hab&#237;a hecho pensar a Luisa en nuestro ni&#241;o Guillermo pret&#233;rito, el de sus dos o tres a&#241;os, y ahora ese hijo nuestro ya crecido me hac&#237;a o nos hac&#237;a a su vez acordarnos -los hijos en la cabeza siempre- del peque&#241;o h&#250;ngaro insignificante, cuando tal vez &#233;ste habr&#237;a proseguido camino y marchado a otro pa&#237;s en su nomadismo impuesto o ni siquiera permanecer&#237;a ya m&#225;s en el tiempo, expulsado de &#233;l tempranamente por un mal azar o un mal encuentro, no es raro que les ocurra eso a los que tienen prisa por incorporarse al mundo y a sus tareas y a sus beneficios y a sus pesares.

As&#237; que a veces me despertaba en mitad de la noche o eso cre&#237;a, ba&#241;ado en sudor a veces y agitado siempre, y me preguntaba todav&#237;a en el sue&#241;o o todav&#237;a saliendo de &#233;l con torpeza y tardanza: '&#191;Est&#225;n a&#250;n en el mundo? &#191;Siguen en el mundo mis hijos? &#191;Qu&#233; es de ellos esta noche lejana, en este instante de mi remoto espacio, qu&#233; les sucede ahora mismo? Yo no puedo saberlo, no puedo ir a sus cuartos para ver que a&#250;n respiran o gimen, &#191;ha sonado el tel&#233;fono para avisarme del mal o fue tan s&#243;lo el timbrazo de mi sue&#241;o turbio? Para avisarme de que ya no est&#225;n, expulsados del tiempo, qu&#233; ha pasado, &#191;y c&#243;mo s&#233; que no est&#225; marcando mi n&#250;mero Luisa en este momento para contarme esta tragedia que he presentido? O no le saldr&#237;a la voz entre sus sollozos y yo le dir&#237;a "C&#225;lmate c&#225;lmate, y cu&#233;ntame qu&#233; ha pasado, que tendr&#225; todo arreglo". Pero nunca se calmar&#237;a ni podr&#237;a explic&#225;rmelo porque hay cosas que no tienen explicaci&#243;n ni arreglo, y penas que jam&#225;s se calman'. Y cuando me sosegaba yo poco a poco -la nuca h&#250;meda persistente- y comprend&#237;a que era todo distancia y aprensi&#243;n y sue&#241;o y la maldici&#243;n de no ver -no ve nunca la nuca, ni ven los desterrados ojos-, entonces me formulaba por asociaci&#243;n la otra pregunta, la ociosa, la soportable: '&#191;Siguen en el mundo esos ni&#241;os rumanos de los escalones, sigue esa madre gitana joven del supermercado? Yo no voy a saberlo y en realidad no me ata&#241;e. No lo sabr&#233; desde luego esta noche y ma&#241;ana se me olvidar&#225; pregunt&#225;rselo a Luisa si es que ella me llama o yo la llamo (no nos toca), porque ya no me preocupar&#225; tanto de d&#237;a si se sabe o no qu&#233; se hizo de ellos, no aqu&#237; tan lejos en Londres, es donde estoy, ya me acuerdo, ya caigo, esta ventana y su cielo, este silbido curvo del viento, este activo rumor de los &#225;rboles que nunca es desganado ni l&#225;nguido como el del r&#237;o, soy yo quien march&#243; a otro pa&#237;s, no ese ni&#241;ito (&#233;l quiz&#225; siga en mis calles), dentro de pocas horas ir&#233; al trabajo de esta ciudad en el que Tupra me aguarda, siempre quiere m&#225;s Bertram Tupra, es el que espera insaciable, &#233;l no ve l&#237;mite en nadie y cada vez m&#225;s nos pide, a m&#237;, a Mulryan, y a P&#233;rez Nuix, y a Rendel, y a cualesquiera otros rostros que ma&#241;ana vengan para estar a su lado, incluidos los nuestros cuando sean irreconocibles, de tan traidores o tan gastados'.

Pedir, pedir, casi nadie se priva y casi todos lo intentan y qui&#233;n no prueba: Puede que me sea negado -es el razonamiento de toda cabeza, aun de la que no razona-, pero si no lo pido no lo obtendr&#233;, eso es seguro; y por pedir qu&#233; pierdo, si logro hacerlo sin esperanza. 'Tambi&#233;n yo estoy aqu&#237; por una petici&#243;n, en origen, en parte', pensaba en mi duermevela de Londres, 'fue Luisa quien me pidi&#243; que me fuese, que despejara el campo y abandonara la casa y se lo facilitase, y dejara paso a quien se lo abriese, y as&#237; ver&#237;amos m&#225;s claro ambos, sin condicionarnos. La complac&#237;, obedec&#237;, le hice caso: sal&#237; y anduve, me alej&#233; y segu&#237; andando, hasta aqu&#237; llegu&#233; y a&#250;n no regreso. Ni siquiera s&#233; si ya he parado en mi marcha. Quiz&#225; no vuelva, quiz&#225; nunca vuelva sin otra petici&#243;n por medio, que podr&#237;a ser esta: "Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado, no hab&#237;a sabido verte. Ven. Ven conmigo. Regresa. Y qu&#233;date aqu&#237; para siempre". Pero ha pasado otra noche, y todav&#237;a no la oigo.'


Tambi&#233;n la joven P&#233;rez Nuix iba a pedir, tras tanto dudar si hacerlo. Algo quer&#237;a, algo quiz&#225; inmerecido puesto que me hab&#237;a seguido sin decidirse a abordarme durante demasiado trecho, bajo aquella lluvia nocturna tan afianzada y adem&#225;s tirando de un perro empapado y desprotegido, o siendo por &#233;l arrastrada. No me lo pregunt&#233;: lo supe al reconocer su voz por el telefonillo y al abrirle el portal desde arriba para que subiera a hablarme, eso hab&#237;a anunciado, 'S&#233; que es algo tarde, pero tendr&#237;a que hablar contigo, ser&#225; breve, un momentito' (lo hab&#237;a dicho en mi lengua y me hab&#237;a llamado 'Jaime': lo mismo que Luisa, de haber ella venido). Y lo supe mientras la o&#237;a ascender de uno en uno y sin prisa los escalones con su pointer mojado y o&#237;a a &#233;ste sacudirse el agua, por fin a cubierto y por fin con sentido (sin que se la renovara ya m&#225;s el incomprensible cielo insistente): se deten&#237;a en los falsos rellanos o recodos m&#237;nimos de mi escalera sin &#225;ngulos o curvada siempre, vestida con su moqueta como casi todas las escaleras inglesas que as&#237; absorben el agua que all&#237; nos sacudimos todos, tantos d&#237;as de lluvia y son a&#250;n m&#225;s las noches; y tambi&#233;n o&#237; a P&#233;rez Nuix golpear el aire con su paraguas cerrado, no le ocultar&#237;a ya m&#225;s la cara, y quiz&#225; aprovech&#243; cada breve pausa y estremecimiento del animal para mir&#225;rsela en un espejito un segundo -ojos, ment&#243;n, cutis o labios- y recomponerse un poco el pelo, que se humedece siempre pese a cualquier cobijo (todav&#237;a no hab&#237;a visto si se lo cubr&#237;a adem&#225;s con sombrero o pa&#241;uelo o gorro o con ladeada y empalagosa boina, quiz&#225; no le hab&#237;a visto la cabeza nunca fuera de la oficina y de nuestro edificio sin nombre). Y lo hab&#237;a sabido asimismo cuando ignoraba que ella era ella o qui&#233;n era, cuando era s&#243;lo una mujer forastera o mercenaria o extraviada o exc&#233;ntrica, o desvalida o ciega, en las calles vac&#237;as, con gabardina y botas y un agradable muslo que entrevi un instante (o era esto &#250;ltimo s&#243;lo imaginaci&#243;n m&#237;a, el incorregible desider&#225;tum de toda una vida, arraigado desde la adolescencia y que no se cansa ni se retira m&#225;s tarde, seg&#250;n voy viendo), al agacharse para acariciar al perro y cuchichearle. 'Que sea ella quien se me acerque', hab&#237;a pensado al pararme en seco y girar el cuello y mirarla, 'si quer&#237;a algo de m&#237; o si ven&#237;a sigui&#233;ndome. All&#225; ella. No ser&#225; para nada, para no hablarme, si lo hac&#237;a o si lo est&#225; a&#250;n haciendo.' Y para algo hab&#237;a sido, en efecto, quer&#237;a hablar conmigo y pedirme.

Mir&#233; el reloj, mir&#233; a mi alrededor por si ten&#237;a el piso en excesivo desorden pese a que nunca lo ha habido en mis sitios (pero por eso mismo comprobamos los ordenados el orden, cada vez que viene alguien a vernos). Era algo tarde para Inglaterra, s&#237;, no para Espa&#241;a, all&#237; mucha gente se encaminar&#237;a a sus cenas o estar&#237;a dudando entre restaurantes, en Madrid se iniciaban veladas y Nuix era medio espa&#241;ola o no tanto, tal vez Luisa sal&#237;a ahora mismo para noche larga con su posible cortejador juerguista que no querr&#237;a saber de mis ni&#241;os ni pasar nunca de la entrada (ni tampoco -bendito fuese-, tampoco ocupar mi puesto). All&#225; ella, me hab&#237;a dicho bajo las interminables lanzas de agua, y all&#225; ella, volv&#237; a decirme mientras manten&#237;a mi puerta abierta a la espera de su llegada, jadeaba un poco seg&#250;n sub&#237;a y paraba, hab&#237;a caminado bastante, era ella y no s&#243;lo el perro, los distingu&#237;a, me hab&#237;a pasado a m&#237; un rato antes, al ascender a mi vez y aun arriba -dos minutos hasta recuperar el fuelle-, yo hab&#237;a andado much&#237;simo por las plazas y las calles vac&#237;as, y ante los monumentos. All&#225; ella, piensa uno equivocada o incompletamente, o all&#225; &#233;l, cuando alguien se dispone a pedirnos algo. All&#225; yo tambi&#233;n, deber&#237;amos acordarnos de a&#241;adir este pensamiento, o ser&#225; incluirlo. All&#225; yo sin duda, una vez que haya salido la petici&#243;n de sus labios, o de su garganta, y una vez que yo la haya o&#237;do. Que la hayamos o&#237;do ambos, y as&#237; sepa el que pide que su mensaje ya cruz&#243; el aire y no puede ignorarse, porque en el aire lleg&#243; a destino.


Habl&#243; sin parar y llen&#243; el aire la joven P&#233;rez Nuix al principio -una forma de aplazar lo que uno ha venido a decir, lo significativo-, mientras se quitaba la gabardina y me tend&#237;a el paraguas como si en un acto de rendici&#243;n fuera su sable, y me consultaba qu&#233; hacer con el perro, que a&#250;n desped&#237;a gotas en sus sacudidas.

&#191;Lo llevo a la cocina? -me pregunt&#243;-.

Va a moj&#225;rtelo todo, si no.

Mir&#233; al pobre pointer de semblante conforme, no ten&#237;a pinta de poner nunca objeciones.

No, d&#233;jalo. Merece consideraci&#243;n. Estar&#225; mejor con nosotros. La moqueta lo ayudar&#225; a secarse, est&#225; ya muy batallada. -Me di cuenta en seguida de que esa era una expresi&#243;n extra&#241;a, ni propiamente espa&#241;ola ni adaptaci&#243;n de una inglesa, quiz&#225; ambas lenguas empezaban no a confund&#237;rseme sino a bailarme, por hablar la segunda casi todo el rato y pensar en la primera cuando estaba a solas. Quiz&#225; iba perdiendo mi instalaci&#243;n en una y en otra, al no ser biling&#252;e como P&#233;rez Nuix, desde la infancia. A&#241;ad&#237;-: Quiero decir muy sufrida. -Sin estar tampoco seguro de que eso fuera lo justo, mi madre empleaba este &#250;ltimo t&#233;rmino en un sentido distinto, y hac&#237;a con &#233;l referencia m&#225;s bien al color de las telas y no a su desgaste. Hablaba buena lengua mi madre, mucho mejor que la contaminada m&#237;a.

Y apenas si dije m&#225;s mientras mi visitante se disculpaba, perdona que aparezca a estas horas, perdona sin avisarte, perdona que est&#233; empapada y que adem&#225;s traiga un perro todav&#237;a m&#225;s mojado, tocaba ya sacarlo sin falta, no te importa prestarme una toalla un momento, es para m&#237;, no para el perro, descuida, no te importa si me quito un segundo las botas, son impermeables pero con esta lluvia nada se salva, tengo los pies helados. Dijo eso entre mucho m&#225;s en cascada, pero no se las quit&#243;, sin embargo -un resto de discreci&#243;n, acaso-, s&#243;lo se baj&#243; las cremalleras de ambas y al rato volvi&#243; a sub&#237;rselas, en realidad jug&#243; un poco con ellas abajo y arriba, nada m&#225;s dos veces en mi presencia, sentada siempre, le insist&#237; en que tomara asiento mientras yo dejaba en la cocina sus prendas ya prescindibles junto a las m&#237;as ya secas, yo hab&#237;a permanecido tiempo mirando por la ventana, ella a&#250;n tard&#243; en decidirse despu&#233;s de ver d&#243;nde viv&#237;a, me refiero a llamar al timbre y darse a conocer sin su nombre. Aunque me costaba imaginar que no hubiera sabido las se&#241;as antes, trabajando en lo que trabaj&#225;bamos y con ficheros a mano, podr&#237;a haberme esperado ante mi portal sin necesidad de seguirme durante largo trecho bajo la noche antip&#225;tica, o a&#250;n m&#225;s c&#243;modo para ella, en el vest&#237;bulo del hotel de enfrente, desde all&#237; me habr&#237;a visto llegar o habr&#237;a reparado en mis luces (pero de d&#237;a o de noche hay alguna encendida siempre, por horas que yo est&#233; ausente), y habr&#237;a atravesado la plaza entonces sin ni siquiera mojarse apenas. Le ofrec&#237; algo, caliente, alcoh&#243;lico, agua, de momento no quiso nada, encendi&#243; un cigarrillo, en esa oficina fum&#225;bamos todos salvo Mulryan que se quitaba, sin hacer caso de las ordenanzas, ella segu&#237;a hablando r&#225;pido y mucho para no ir a lo sustancial o a lo &#250;nico que me deb&#237;a, qu&#233; noche, es como si la lluvia se hubiera apoderado del mundo, no, no dijo eso pero s&#237; algo semejante con el mismo trivial sentido, si uno finge que nada hay de extraordinario en su extraordinario comportamiento, &#233;ste puede acabar no pareci&#233;ndolo, funciona eso tan tonto con la mayor&#237;a adormilada o pasiva y nada m&#225;s &#250;til que las confianzas tomadas y no atajadas, pero ni ella ni yo ni Tupra ni Wheeler pertenec&#237;amos a la mayor&#237;a, sino que &#233;ramos de los que no sueltan la presa ni se deslumhran ni pierden nunca del todo el hilo ni sus prop&#243;sitos, tan s&#243;lo en parte, o en apariencia. No cruz&#243; las piernas hasta un poco m&#225;s tarde, como si la indecisi&#243;n de sus cremalleras s&#243;lo fuera posible con las extremidades en paralelo y formando &#225;ngulo recto, a ellas no les aplic&#243; la toalla que le prest&#233; al instante (llevaba medias sombreadas, no oscuras ni transparentes, le vi un punto suelto, acabar&#237;a en carrera pronto aunque fueran de invierno), se la llev&#243; a la cara, a las manos, al cuello, a la nuca, no esta vez a los costados ni a las axilas ni al pecho, nada de eso era visible. El muslo era aquel mismo que yo hab&#237;a entrevisto antes al abr&#237;rsele los faldones de la gabardina, en la calle, a distancia, s&#243;lo que ahora eran los dos que yo capt&#233; como un todo seg&#250;n costumbre, buen pretexto el de mirar al perro tendido a sus pies, a&#250;n mejor el de inclinarme para palmearlo, me acord&#233; de De la Garza durante la cena fr&#237;a de Wheeler, enaniz&#225;ndose en un pouf muy bajo para inspeccionarle los desinhibidos suyos a Beryl Tupra bajo su falda corta (o nunca peor dicho, bajo: m&#225;s bien fuera de ella, o no eran muslos lo que &#233;l acechaba). La de P&#233;rez Nuix no lo era tanto ni mucho menos, aunque algo o bastante le remitiera al sentarse; y yo no llegar&#237;a desde luego a esos trucos pueriles, en principio espiar no es mi estilo, al menos no con intenciones y ah&#237; las habr&#237;a habido -un resto de discreci&#243;n m&#237;a, acaso.

Qu&#233; noche, es como si la lluvia se hubiera apoderado del mundo -volvi&#243; a decir, o su m&#225;s prosaico equivalente, y eso significaba que se le hab&#237;an terminado todo pre&#225;mbulo y las maniobras de diversi&#243;n y el dilatorio manejo de las cremalleras (quedaron subidas, aunque no hasta su tope) y de la toalla, la ten&#237;a a&#250;n cogida, la estrujaba sobre el sof&#225; como quien conserva un pa&#241;uelo usado del que puede necesitar de nuevo en cualquier instante, nunca se sabe si resta alguno, con los estornudos. Mostraba bastante las piernas y deb&#237;a de ser consciente de cu&#225;nto, pero en su actitud nada indicaba -no era patente- que lo supiera, y a uno ha de caberle un resquicio de duda siempre en lo que no es del todo manifiesto, por claro que crea verlo. 'Es muy lista en eso', pens&#233;. 'Lo es tanto que no puede no darse cuenta de lo que ense&#241;a, pero a la vez su naturalidad absoluta -no es imp&#250;dica, ni exhibicionista- niega toda conciencia, m&#225;s a&#250;n toda importancia, como aquella ma&#241;ana en su despacho en que no se cubri&#243; el torso durante tantos segundos -o no fueron muchos, s&#243;lo duraron- y yo saqu&#233; en limpio que a m&#237; no me descartaba: no m&#225;s que eso, no me hice planes, no creo ser engre&#237;do en ese campo, y todav&#237;a med&#237;a un abismo entre el deseo y el no rechazo, entre la afirmaci&#243;n y la inc&#243;gnita, entre la voluntariedad y la pura ausencia de planteamiento, entre un "S&#237;" y un "Puede", entre un "Ya" y un "Veremos" o es menos que esto, es un "En fin" o un "Ah bueno" o es ni siquiera pensarlo, un limbo, un hueco, un vac&#237;o, no me lo planteo ni se me ocurre ni tan siquiera ha cruzado mi mente. Pero en este trabajo voy aprendiendo a temer cuanto pasa por el pensamiento e incluso lo que el pensamiento a&#250;n ignora, porque veo casi siempre que todo estaba ya ah&#237;, en alg&#250;n sitio, antes de llegar a &#233;l, o de atravesarlo. Aprendo a temer, por tanto, no s&#243;lo lo que se concibe, la idea, sino lo que la antecede o le es previo y no es visi&#243;n y no es conciencia. Y as&#237; todos sois vuestro propio dolor y la fiebre o pod&#233;is serlo, y entonces Entonces qui&#233;n sabe si ser&#225; un "S&#237;" alg&#250;n d&#237;a, cualquier cosa y con cualquier persona que no haya sido excluida: seg&#250;n la amenaza o el desamparo o la inseguridad o el favor o el da&#241;o, o los intereses o las revelaciones, uno hace a veces descubrimientos tard&#237;os, a veces despu&#233;s de un sorprendente y dilatado sue&#241;o semilascivo o de unas cuantas palabras lisonjeras despiertas, o ni siquiera hace falta ser uno mismo el objeto del apasionamiento, todo es a&#250;n m&#225;s traicionero: alguien por fin se explica y capta nuestra atenci&#243;n y al verlo as&#237; hablar con vehemencia y sentido empezamos a preguntarnos por esa boca de la que surgen las reflexiones o los argumentos o el cuento, y a considerar besarla, qui&#233;n no ha experimentado la sensualidad de la inteligencia, hasta los tontos est&#225;n expuestos, y no pocos se rinden a ella sin saber nombrarla ni reconocerla, inesperadamente. Y otras veces nos damos cuenta de que ya no podemos privarnos de quien nos pareci&#243; m&#225;s prescindible, o de que estamos dispuestos a dar todos los pasos por llegar a alguien en cuya direcci&#243;n no dimos uno solo durante media vida, porque &#233;l o ella se hab&#237;an encargado siempre de recorrer la distancia y por eso estaban tan a mano a diario. Hasta que de pronto un d&#237;a se cansan de ese trayecto o el despecho los vence o les fallan las fuerzas o se est&#225;n muriendo, y entonces nos entra el p&#225;nico y salimos corriendo en su busca con el alma en vilo y sin disimulo ni comedimiento, repentinos esclavos de quienes lo fueron nuestros sin que nos pregunt&#225;ramos nunca por sus dem&#225;s deseos o creyendo que serlo era el &#250;nico que conoc&#237;an o del que estaban al tanto. "Nunca me tuvisteis en lo que yo os he tenido, ni aspiraba a ello; me manten&#237;ais lejos, sin que os preocupara nada si jam&#225;s hab&#237;amos de volver a vernos, y no os lo reprocho en modo alguno; pero lamentar&#233;is mi marcha y lamentar&#233;is mi muerte, porque gusta y contenta saberse amado". Cito eso a veces o lo reelaboro para mis adentros, pregunt&#225;ndome de qui&#233;n lamentar&#233; la marcha, imprevistamente, o qui&#233;n lamentar&#225; mi muerte, para su sorpresa; lo cito mal o muy libremente, la carta de adi&#243;s de una anciana ciega a un hombre extranjero, superficial, todav&#237;a joven y apuesto, hace m&#225;s de doscientos a&#241;os.'

'Ella no me descarta, no es m&#225;s que eso', pens&#233;. 'Sus piernas se muestran sin preocuparse y al hacerlo no me excluyen, nada m&#225;s, eso es todo, soy yo quien se fija y lo tiene en cuenta. En realidad no es nada.'

Y entonces aprovech&#233; su repetici&#243;n de la frase y el inmediato silencio, porque ella tuvo conciencia de repetirse, y se desconcert&#243; por eso. Le tocaba decirlo a ella, a qu&#233; hab&#237;a venido, pero al callarse en seco me oblig&#243; a m&#237; a record&#225;rselo:

De qu&#233; ten&#237;as que hablarme. De qu&#233; quieres hablarme.

Ella lo hab&#237;a demorado tan s&#243;lo, quiz&#225; es lo necesario para que se produzca una transacci&#243;n de cualquier clase, rara vez se puede ir al grano desde el primer&#237;simo instante sin resultar ofensivo ni parecer un ma&#241;oso o un multimillonario intemperante y despreciativo, y aun aqu&#233;llos tienen sus ceremoniales como los antiguos reyes seg&#250;n destac&#243; y subray&#243; uno famoso y cavilante de Shakespeare, los ten&#237;an al menos los de la vieja escuela, fueran o no italianos, los de ahora mucho m&#225;s prescinden, por lo que yo s&#233; e incluso he visto, all&#237; en Londres. Lo hab&#237;a demorado pero en ning&#250;n caso iba a rehuirlo, no iba a echarse atr&#225;s tras tant&#237;simos pasos, se hab&#237;a presentado en mi casa sin anunciarse y de noche, pese a haberme tenido a tiro unas horas antes y a que me ver&#237;a en el trabajo de nuevo unas cuantas m&#225;s tarde, luego sus seguras dudas se habr&#237;an quedado en la calle, bajo la lluvia, para siempre desterradas desde que llam&#243; por fin a mi timbre y pronunci&#243; uno de mis nombres, Jaime. Tampoco parec&#237;a poder admitir algo as&#237; su car&#225;cter: s&#237; la vacilaci&#243;n, y larga -o era ponderaci&#243;n, o el lento acostumbramiento a lo que se ve inminente o a la decisi&#243;n tomada, o es la condensaci&#243;n de un hecho para que en verdad llegue a serlo, cuando est&#225; ya a punto pero a&#250;n no es pasado ni hecho porque ni siquiera es presente hasta su estallido-; no el retroceso. Ten&#237;a que hab&#233;rselo pensado mucho, caminando junto a su perro y divisando mi espalda a distancia, y tambi&#233;n antes, aquella misma ma&#241;ana en nuestro edificio sin nombre o qui&#233;n sab&#237;a desde hac&#237;a cu&#225;ntas, m&#225;s las tardes acaso, y las noches correspondientes.

Sonri&#243; acogedoramente como sol&#237;a, tambi&#233;n como si mi pregunta en dos tiempos verbales la liberase un poco de la carga. Not&#233; c&#243;mo hac&#237;a el breve acopio de energ&#237;a anterior a la primera frase, siempre que se me dirig&#237;a: parec&#237;a que la construyera mentalmente y la estructurara y memorizara completa antes de darle v&#237;a, y que tomara impulso o carrerilla para ya no poder pararse una vez iniciada ni tampoco enmendarla, y as&#237; nunca ser v&#237;ctima de prematuros arrepentimientos sobre la marcha. No vi sin embargo que esta vez la acechara rubor alguno, quiz&#225; ya lo hab&#237;a sufrido asimismo en la calle, a solas, y all&#237; lo hab&#237;a abandonado. Su sonrisa era de una diversi&#243;n m&#225;s bien t&#237;mida, como si se burlara de s&#237; misma un poco al verse en la circunstancia de tener que explicarse o justificarse ante un compa&#241;ero con el que coincid&#237;a a diario y ya hab&#237;a coincidido aquel d&#237;a con toda naturalidad en el sitio neutral de siempre, donde nunca deb&#237;an buscarse para encontrarse, a diferencia de ahora, la joven P&#233;rez Nuix me buscaba, me requer&#237;a, me hab&#237;a seguido por la ciudad en diluvio con sus habitantes ocultos. Lo &#250;nico claro era, as&#237;, que ese lugar com&#250;n no val&#237;a para hablar de lo que fuera a hablarme, tal vez ser&#237;a el peor de todos, el menos indicado, el desaconsejable, demasiados o&#237;dos y alg&#250;n ojo sensible. Su sonrisa conten&#237;a, s&#237;, un elemento de guasa, probablemente hacia s&#237; misma; no hab&#237;a coqueteo en ella, si acaso voluntad de agradar y de apaciguamiento; dec&#237;a: 'Vale, ya voy a soltarlo, ya te lo suelto, no te impacientes, descuida, no te har&#233; perder m&#225;s el tiempo. Soy pesada, lo s&#233;, o me lo estoy haciendo, pero es s&#243;lo parte de la escenificaci&#243;n, t&#250; lo adviertes, t&#250; lo ves, ya te das cuenta, t&#250; no eres tonto, s&#243;lo nuevo'.

Te quiero pedir un favor -dijo-. Grande para m&#237;, para ti no tanto.

Ah, es pedir', pens&#233;. 'No proponer ni ofrecer, en ella habr&#237;a sido posible pero no ha ocurrido. No es desahogarse, ni confesarse, ni tan siquiera contarme, aunque toda petici&#243;n encierra alg&#250;n cuento. Si la dejo continuar ya estar&#233; envuelto; quiz&#225; enredado y tal vez me anude, luego. Siempre es as&#237;, aunque le niegue el favor y a nada me preste, siempre alg&#250;n lazo. &#191;C&#243;mo sabe que para m&#237; no tanto? Eso nunca se sabe, ni ella ni yo, hasta despu&#233;s de hecho el favor y pasado el tiempo y echadas las cuentas o acabado el tiempo. Pero s&#243;lo con esa frase ya me ha envuelto, me ha inyectado al vuelo un sentimiento de obligaci&#243;n o deuda, cuando obligaciones no tengo ni me recuerdo con ella deudas. Quiz&#225; debiera contestarle sin m&#225;s: "Qu&#233; te hace creerte en condiciones de pedirme un favor, cualquiera, ninguno. Porque no lo est&#225;s, como en realidad no lo est&#225; nadie ante nadie, si bien se piensa, hasta la devoluci&#243;n de un millar de favores recibidos es voluntaria, no hay ley que la exija, o no es una escrita". Pero nunca nos atrevemos a contestar eso, ni siquiera al desconocido que se nos acerca y adem&#225;s no nos gusta o nos da mala espina. Parece rid&#237;culo, pero las m&#225;s de las veces no hay escapatoria en primera instancia, y con la joven P&#233;rez Nuix yo no la tengo: es una compa&#241;era; ha venido hasta casa en una noche de perros; es medio compatriota; la he dejado entrar; me habla en mi lengua; me ense&#241;a sin deliberaci&#243;n los muslos y son agradables; me est&#225; sonriendo; y yo soy aqu&#237; m&#225;s extranjero que ella. S&#237;, soy nuevo.'

Eso es mucho saber, lo que al otro va a costarle -dije, trat&#233; de rebelarme al menos contra aquella asunci&#243;n, contra aquella parte. Trat&#233; de disuadirla sutil y educadamente, con esa respuesta. Demasiada educaci&#243;n, demasiada sutileza para quien quiere algo con fuerza y ya ha empezado a pedirlo. Tambi&#233;n me rondaban la curiosidad (a&#250;n no mucha, la m&#237;nima, la que no puede evitarse; pero con esa basta) y quiz&#225; el halago, descubrirse uno capaz de ayudar a alguien o de concederle algo, no digamos de salvarlo, eso suele preludiar complicaciones si no disgustos, vestidos todos de satisfacciones simples. Por ese halago sentido estuve a punto de a&#241;adir 'T&#250; dir&#225;s'. Pero me contuve: habr&#237;a supuesto la anulaci&#243;n inmediata de mi tentativa de disuasi&#243;n tan leve, o de rebeli&#243;n tan apocada. Ya que me iba a rendir, que fuera no sin acoso, aunque se gastaran en &#233;l s&#243;lo salvas. Munici&#243;n no iba a hacer falta.

Es verdad, disculpa. -Era cauta, ya lo sab&#237;a, no iba a discutirme nada antes de solicitar lo que fuese, ni a llevarme la contraria ni a indisponerse conmigo, no antes; quiz&#225; despu&#233;s, si yo me mostraba reacio o me cerraba en banda, para convencerme, o para asustarme-. Tienes raz&#243;n, es una suposici&#243;n sin base. Para m&#237; es un favor grande, y eso me hace pensar que al otro no ha de costarle mucho, por contraste. Aparte de que tambi&#233;n lo crea, que no va a costarte. Pero quiz&#225; no deber&#237;a ped&#237;rtelo, bien mirado. Es verdad que no se sabe. -Y al decir esto se irgui&#243; en el sof&#225; e irgui&#243; el cuello al modo del animal alerta, no m&#225;s que eso, como quien amaga con empezar a considerar la muy vaga posibilidad de pensar tal vez en acaso ir a marcharse. Oh no, no iba a irse, ni por asomo, no as&#237;, en modo alguno, hab&#237;a hecho ya suficiente esfuerzo, hab&#237;a rumiado, me hab&#237;a dedicado indecisi&#243;n y tiempo. S&#243;lo se ir&#237;a con un 'S&#237;' o con un 'No'. O tambi&#233;n se contentar&#237;a, seguramente, con un 'Ver&#233; qu&#233; puedo hacer, ver&#233; de hacerlo', o 'Esto otro querr&#233; a cambio', se puede siempre prometer y faltar luego a la palabra, es tan frecuente. Pero no le valdr&#237;a un 'Depende'.

No, no; no es eso. T&#250; dir&#225;s. Adelante, dime. -No tard&#233; m&#225;s en anular mi intento, no tard&#233; m&#225;s en rendirme. La educaci&#243;n es un veneno, nos pierde. Tampoco quer&#237;a acostarme a las tantas y sin nada en limpio. Acarici&#233; al perro, se lo ve&#237;a cansado, el peso del agua contra su andar casi a&#233;reo, tis tis tis, iba estando m&#225;s seco. No deb&#237;a de ser muy joven. Se estaba adormilando. Le di unas palmadas en el lomo, irgui&#243; el cuello como su due&#241;a, un segundo, al notar mi mano amistosa; se dej&#243; hacer con algo de se&#241;oritismo, baj&#243; en seguida la cabeza sin prestar m&#225;s atenci&#243;n, yo era de paso. &#201;l no estaba para mojarse tanto.

Pasado ma&#241;ana o al otro, creo, o como tarde la semana que viene -se arranc&#243; P&#233;rez Nuix entonces, ten&#237;a por fin luz verde y no iba a desaprovecharla-, te tocar&#225; interpretar a alguien que yo conozco, en persona seguramente y quiz&#225; tambi&#233;n en v&#237;deos. Quiero pedirte que no lo perjudiques, que no hagas que Bertie lo descarte, as&#237;, que Tupra lo aparte o que d&#233; un mal informe final de conjunto por desconfianza o por exceso de confianza. No tendr&#237;a por qu&#233;, ese conocido m&#237;o no es tipo que enga&#241;e, yo lo s&#233;, yo lo conozco. Pero Bertie es arbitrario a veces, o cuando ve algo muy claro puede obrar en el sentido contrario al de esa claridad, precisamente porque lo ve tan claro. Quiero decir, no s&#233;, en fin. -Se percat&#243; de que le faltaba claridad a su frase. Lo que P&#233;rez Nuix no sab&#237;a a&#250;n, me di cuenta, era en qu&#233; orden exponer, contar, persuadir, pedirme, pese a tanto preparativo. Casi todo el mundo lo ignora, ese orden; y falla. Hasta los que escriben. Pero ella sigui&#243;, no era cuesti&#243;n de empezar de nuevo-. Yo he visto c&#243;mo alguien le causaba una impresi&#243;n tan rematadamente mala que decid&#237;a favorecerlo en primera instancia y darle una oportunidad incre&#237;ble; y a la inversa, c&#243;mo alguien le parec&#237;a tan recomendable que desechaba su trato y su concurso para cualquier asunto, tambi&#233;n en primera instancia. No le gusta lo n&#237;tido, ni lo demasiado liso, lo que aparentemente es sin mezcla, porque est&#225; seguro de que siempre la hay y de que si no es perceptible se debe a un ocultamiento muy h&#225;bil o a una moment&#225;nea pereza de nuestra perspicacia. As&#237; que cuando no se le ofrecen dudas, &#233;l se las crea. Cuando somos nosotros quienes carecemos de ellas, Rendel, Mulryan, t&#250;, yo, los externos, Jane Treves, Branshaw, cualquiera, &#233;l las aporta. Nos las expone, nos las inventa. Recela tanto de lo indudable que modifica su veredicto por eso, en contra de su propia certeza, no digamos de las nuestras. Es infrecuente, porque casi nunca se da un convencimiento pleno ni &#233;l pondr&#237;a la mano en el fuego por un ser humano, Tupra sabe bien que no hay nadie de una pieza, o que nadie persevera indefinidamente en qui&#233;n es, ni en qui&#233;n fue, ni siquiera en quien aspira a ser y a&#250;n no ha sido un solo d&#237;a. 'That's the way ofthe world', ya sabes; dice eso y contin&#250;a, nada espera y nada le extra&#241;a. -'Es el estilo del mundo', s&#237;, se lo hab&#237;a o&#237;do ya un par de veces-. Pero cuando cree poder afirmar convencido, entonces niega o suspende la afirmaci&#243;n, eso que a nosotros no nos permite. Para eso est&#225; s&#243;lo &#233;l, para introducir la objeci&#243;n, la sospecha, para contradecirnos y contradecirse, y corregir cuanto haga falta. Raro es el caso de una certidumbre suya, pero se ha dado de tarde en tarde: y si alguien le parece muy de fiar o muy &#237;ntegro, tanto que no cabe dudarlo, lo m&#225;s probable es que en la pr&#225;ctica lo trate como a un rufi&#225;n al acecho, y que desaconseje confiar en &#233;l a quien le haya solicitado el informe. Y al rev&#233;s, lo mismo: si a un sujeto lo encuentra desleal sin remedio, casi por vocaci&#243;n, dij&#233;ramos, es posible que entonces sugiera contar con &#233;l una vez al menos, probarlo. Eso s&#237;, advirti&#233;ndoselo al cliente: una vez y no m&#225;s hasta ver, en negocio de poca monta y sin mucho riesgo.

La joven P&#233;rez Nuix hab&#237;a iniciado su petici&#243;n pero al instante la hab&#237;a dejado flotando inconcreta, sin concluirla ni centrarse en ella, luego segu&#237;a aplaz&#225;ndola o dosific&#225;ndola o prepar&#225;ndome para ella, no ser&#237;a 'un momentito' el hablar conmigo, seg&#250;n su anuncio desde la calle. O era s&#243;lo eso otro, que desconoc&#237;a el orden del planteamiento y las frases se le agolpaban, y se desviaba y se bifurcaba por tanto, y a m&#237; me surg&#237;an entonces preguntas preliminares aisladas relativas a lo que ella iba diciendo, me llamaron la atenci&#243;n varias cosas soltadas sin la voluntad de soltarlas o sin conciencia de mis ignorancias. La conversaci&#243;n ser&#237;a a&#250;n menos breve, si me paraba en ellas.

&#191;Jane Treves, Branshaw? -Fue mi interrogaci&#243;n primera. Me par&#233; en esos nombres, no supe pasar de largo.

S&#237;, t, r, e, v, e, s -contest&#243; la joven, quiz&#225; creyendo por mi peque&#241;a pausa que yo no los hab&#237;a pillado bien, de hecho deletre&#243; en ingl&#233;s de manera autom&#225;tica, en espa&#241;ol no se acostumbra tanto: 'ti, ar, i, vi, i, es', as&#237; a nuestro o&#237;do (y en efecto yo lo hab&#237;a entendido como Trevis o Travis escrito). Biogr&#225;ficamente ella era bastante m&#225;s que medio inglesa. Hablaba mi lengua con tanta facilidad como yo o s&#243;lo un poco m&#225;s lento, y contaba con buen vocabulario incluso libresco, pero de vez en cuando se le colaba algo raro (aquel 'as&#237;', aquel 'dij&#233;ramos') o incurr&#237;a en un anglicismo o la arrastraba la entonaci&#243;n de la isla; su c o z era m&#225;s suave de lo habitual, como la de los catalanes en su castellano, tambi&#233;n su g o j; su sonido t no llegaba a salirle alveolar del todo ni su k plosivo como a los ingleses, por suerte, eso habr&#237;a hecho su dicci&#243;n en espa&#241;ol muy afectada, casi irritante en quien tan bien lo dominaba. Sin embargo era el otro apellido, Branshaw, el que me hac&#237;a gracia, aunque no iba a ponerme a indagar sobre &#233;l ni a explicarle por qu&#233;, no era el momento, con el hablar hay que andar siempre en guardia, se torna infinito al menor descuido, como una flecha imparable pero que jam&#225;s alcanzara un blanco, y siguiera volando hasta el fin de los tiempos sin aminorar su marcha. As&#237; que no insist&#237;, no me par&#233; m&#225;s ah&#237;, todo eso hay que evitarlo, abrir y abrir m&#225;s asuntos o par&#233;ntesis que nunca se cierran, cada uno con sus mil incisos enlazados dentro-. Gente a la que recurre Bertie, informantes ocasionales, de fuera, m&#225;s o menos especializados en territorios, en ambientes. Ya, a&#250;n no has coincidido con ellos -a&#241;adi&#243; como si cayera en la cuenta y dando as&#237; la cuesti&#243;n por zanjada, no quer&#237;a detenerse en eso, yo tampoco. Se le escapaba llamar Bertie a Tupra; se enmendaba pero reca&#237;a, as&#237; lo ten&#237;a registrado en su mente sin duda, as&#237; le ven&#237;a a su pensamiento, pese a que en el trabajo se dirig&#237;a a &#233;l como Bertram, en mi presencia al menos, con confianza pero m&#225;s formalmente, habr&#237;a equivalido en mi lengua a un tuteo respetuoso. A m&#237; todav&#237;a no me hab&#237;a dado &#233;l permiso ni para llegar a eso, vendr&#237;a m&#225;s tarde, a instancias suyas, no m&#237;as.

&#191;Qu&#233; quieres decir, a quien le haya solicitado el informe? -Esa fue mi segunda y preliminar pregunta-. &#191;Qu&#233; quieres decir, al cliente? Cre&#237;a que no hab&#237;a m&#225;s que uno, siempre el mismo; aunque con diferentes rostros, no s&#233;, la Armada, el Ej&#233;rcito, tal o cual Ministerio o tal Embajada, o Scotland Yard, o la judicatura, o el Parlamento, no s&#233;, el Banco de Inglaterra o incluso Buckingham. Quiero decir el Gobierno. -Iba a haber dicho 'los Servicios Secretos, el MI6, el MI5', pero todo eso en mis labios se me anticip&#243; rid&#237;culo, as&#237; que lo sorte&#233; y lo sustitu&#237; sobre la marcha-. O la Corona, en fin, El Estado.

Me pareci&#243; que la joven P&#233;rez Nuix tampoco deseaba entretenerse en eso, hab&#237;a soltado su parrafada primera sin contar con el efecto lateral de mis curiosidades. Quiz&#225; formulaba su petici&#243;n por etapas calculadamente -tal vez me acostumbraba de antemano a ella: que me hiciera a la idea en varias fases, lo fundamental de esa petici&#243;n ya estaba claro; o era la &#237;ndole-, pero no querr&#237;a que se le extraviara entre inesperadas cuestiones de procedimiento y proleg&#243;menos y explicaciones largas.

Bueno, es as&#237; por lo general, tengo entendido, pero hay excepciones. S&#243;lo de vez en cuando sabemos para qui&#233;n informamos exactamente, a qui&#233;n sirve lo que interpretamos. Lo que dictaminamos. Quiero decir nosotros, Tupra imagino que lo sabr&#225; o lo deducir&#225; casi siempre. O puede que ni siquiera tanto, algunos encargos le llegan por intermediarios de intermediarios, seguro, y &#233;l no hace preguntas si no est&#225; en condiciones de hacerlas sin crear suspicacias ni ocasionarse perjuicio. Y eso lo distingue bien, cu&#225;ndo; lleva la vida entera midi&#233;ndolo. Pero se lo oler&#225;, supongo, de qui&#233;nes vienen cada vez los encargos. &#201;l ve a trav&#233;s de las paredes. Rastrea los or&#237;genes. Es muy listo.

&#191;Significa eso que a veces trabajamos para particulares? Por as&#237; decirlo.

La joven P&#233;rez Nuix hizo con los labios un gesto que era mitad de fastidio leve y mitad de paciencia que se impon&#237;a a s&#237; misma, como si encajara sin resistencia el contratiempo de tener que detenerse en aquello a la postre, velis nolis o sin duda nolis, muy en contra de su preferencia. Yo ten&#237;a la ventaja de dirigir la charla, de abreviarla o demorarla o desviarla o interrumpirla mientras su solicitud no estuviera completa, o a&#250;n m&#225;s lejos, mientras no hubiera sido aceptada ni rechazada. S&#237;, durante el eterno o eternizado 'Veremos'; s&#237;, hasta el 'S&#237;' o el 'No' ya pronunciados, a ella le estar&#237;a casi vedado contrariarme en nada. Ese es uno de los poderes ef&#237;meros del que concede o niega, la compensaci&#243;n m&#225;s inmediata por verse envuelto, la cual sin embargo suele pasar factura a su vez m&#225;s tarde. Y por eso a menudo, para que el dominio dure, la respuesta o decisi&#243;n son retrasadas, e incluso a veces no llegan. Descruz&#243; las piernas y volvi&#243; a cruzarlas en sentido contrario, vi inici&#225;rsele la carrera en las medias a la altura de un muslo, ella tardar&#237;a bastante m&#225;s rato en descubr&#237;rsela, pens&#233; (no miraban sus ojos donde los m&#237;os), y para entonces su magnitud quiz&#225; la hiciera sonrojarse. Pero yo no iba a advertirla ahora, habr&#237;a sido una impertinencia o eso me pareci&#243; en primera instancia. Ten&#237;a grato color en principio, el muy poco de muslo que le qued&#243; ya al descubierto.

&#191;Importa eso mucho? -pregunt&#243;; no a la defensiva, sino como si nunca antes se lo hubiera planteado y se lo preguntara por tanto tambi&#233;n a s&#237; misma-. Trabajamos para Tupra siempre, &#191;no? En todo caso. El nos contrata, &#233;l nos paga. Es a &#233;l a quien rendimos cuentas y a quien prestamos servicio directamente, confiando en que har&#225; de &#233;l el uso que m&#225;s convenga, o bueno, eso lo doy por descontado, supongo. O quiz&#225; es que considero que no me incumbe, no s&#233;. Al empleado de una f&#225;brica de veh&#237;culos no le incumbe lo que acabe resultando de los tornillos que pone o del motor que construye junto con sus compa&#241;eros, por decir algo: si ser&#225; una ambulancia o un tanque, ni a qu&#233; manos vaya a parar luego el tanque, si es un tanque.

No me parece que sean cosas equiparables -dije y no dije m&#225;s. Prefer&#237;a que ella siguiera argumentando, era yo quien conduc&#237;a como sol&#237;a conducir Peter Wheeler cuando &#233;l y yo convers&#225;bamos, o Tupra cuando me azuzaba, o me interrogaba, o me forzaba a ver m&#225;s y entonces me sonsacaba.

Bueno, c&#243;mo me quieres que diga. -S&#237;, a veces hab&#237;a algo extra&#241;o o medio ingl&#233;s en sus giros, casi nunca mera incorrecci&#243;n, sin embargo-. Ir m&#225;s all&#225; ser&#237;a como si un novelista se preocupara no por el editor a quien entrega su novela para que la divulgue lo m&#225;s que pueda, sino por los compradores posibles de lo que &#233;ste publica bajo su sello. No habr&#237;a forma de seleccionarlos, ni de controlarlos, ni de conocerlos, y sobre todo no ser&#237;an de su incumbencia, del novelista. &#201;l mete en su libro historias, tramas, ideas. Malas ideas, tentaciones si quieres. Pero lo que de ellas surja, lo que desencadenen, eso ya no es asunto ni responsabilidad suya, &#191;no? -Se detuvo un instante-. &#191;O seg&#250;n t&#250; s&#237; lo ser&#237;a?

Parec&#237;a sincera -o es aut&#233;ntica-, quiero decir que parec&#237;a estar pensando lo que dec&#237;a al tiempo que lo formulaba, con algo de inseguridad, de vacilaci&#243;n, con algo del acontecer en ello, tambi&#233;n de esfuerzo (el esfuerzo de pensar de veras, no m&#225;s que ese, pero ese es cada vez m&#225;s infrecuente en el mundo, como si el mundo entero recurriera ya casi siempre a unos cuantos recitados al alcance de cualquiera, hasta de los m&#225;s iletrados, una especie de infici&#243;n del aire).

Tampoco estoy seguro de que esa comparaci&#243;n sea acertada -le contest&#233;, y ahora s&#237; la acompa&#241;&#233; un poco en su esfuerzo-, porque nuestros informes no son p&#250;blicos sino m&#225;s o menos secretos, entiendo; no est&#225;n en todo caso a la vista de cualquiera ni se venden en los comercios; y adem&#225;s hablan de gente, de personas reales que nadie ha inventado ni puede por tanto hacer desaparecer ni cortar en seco al cap&#237;tulo siguiente, y para las que no s&#233; si lo que decimos tiene mucha o poca trascendencia, si les causa gran da&#241;o o les trae gran beneficio, si les impide o les permite algo crucial, si posibilita o echa a perder sus planes, que para ellas ser&#225;n importantes, quiz&#225; vitales. Si les soluciona o les arruina el futuro, el inmediato al menos (pero del inmediato depende el lejano, as&#237; que acaba dependiendo tambi&#233;n todo el resto). Y bueno, no es lo mismo informar a la Corona, al Estado, que a un particular cualquiera, yo creo.

Ah lo crees -dijo ella. No con iron&#237;a (a&#250;n no podr&#237;a hab&#233;rsela permitido), quiz&#225; s&#237; con sorpresa-. &#191;Y en qu&#233; ves la diferencia?

Ah s&#237;, en qu&#233; la ve&#237;a. Su pregunta me hizo sentirme de pronto ingenuo, absurdamente m&#225;s joven que ella o m&#225;s inexperto (era m&#225;s nuevo, me hab&#237;a dicho), y se me convirti&#243; en algo dif&#237;cil de contestar sin parecer demasiado idiota, un pardillo. Pero no me quedaba sino intentarlo; yo la hab&#237;a propiciado, no pod&#237;a retirar mi observaci&#243;n vencida a las primeras de cambio, no pod&#237;a conceder sin m&#225;s: 'Tienes raz&#243;n', decirle. 'No hay diferencia ni yo puedo verla.'

Al menos en la teor&#237;a -dije protegi&#233;ndome al m&#225;ximo-, el Estado vela por el inter&#233;s com&#250;n, por el del conjunto de los ciudadanos, no ha de tener otro que ese. Al menos en la teor&#237;a -insist&#237;: cre&#237;a poco en lo que dec&#237;a, seg&#250;n lo iba diciendo, y por eso me sal&#237;a lento; no se le pasar&#237;a a ella por alto-, es s&#243;lo un intermediario, un int&#233;rprete. Y sus componentes, circunstanciales siempre, no est&#225;n sujetos a pasiones propias, individuales, privadas, ni por lo tanto a bajas ni a elevadas. C&#243;mo decir: son representantes, una parte del todo, nada m&#225;s que eso, y sustituibles, intercambiables. Han sido elegidos all&#237; donde suelen serlo, y lo son en nuestros pa&#237;ses, dentro de lo que cabe. Se supone que obran por el bien general. Tal como lo entiendan ellos, claro. Y pueden equivocarse, cierto, y aun fingir equivocarse para disfrazar de error su provecho particular y ego&#237;sta. Eso ocurre desde luego en la pr&#225;ctica y qui&#233;n sabe cu&#225;nto. Quiz&#225; sin pausa y en todos los sitios, desde las cloacas hasta Palacio. Pero hay que presuponerles la buena fe, la te&#243;rica, o si no no podr&#237;amos vivir en paz nunca. No la hay sin el sobreentendido de que nuestros Gobiernos son leg&#237;timos, incluso rectos, porque lo son nuestros Estados. (O sin esa ilusi&#243;n, si prefieres.) As&#237; que uno les presta servicio desde esa buena fe te&#243;rica, que tambi&#233;n lo alcanza o lo envuelve o lo ampara a uno en su misi&#243;n, en sus funciones, o en su mera aquiescencia. Y en cambio no servir&#237;a a un particular cualquiera sin antes saber bien qui&#233;n es, qu&#233; pretende, qu&#233; se propone, si es un criminal o un hombre justo. Y a qu&#233; fines contribuir&#225; nuestro esfuerzo.

T&#250; lo has dicho. En la teor&#237;a -me concedi&#243; la joven P&#233;rez Nuix, y descruz&#243; las piernas y encendi&#243; un cigarrillo, uno de los m&#237;os, lo cogi&#243; sin ped&#237;rmelo como si en eso fuera espa&#241;ola sin mezcla. No eran Rameses II, s&#243;lo Karelias del Peloponeso, nada baratos pero tampoco preciosos y el tabaco no lo regateo nunca. La carrera le avanz&#243; un poco m&#225;s con ese movimiento, pero ella sigui&#243; sin v&#233;rsela ni notarla. (O quiz&#225; no hac&#237;a caso.) (O quiz&#225; me la estaba ofreciendo: una desnudez m&#237;nima, insignificante, pero en progreso; no, no lo cre&#237;a, esto &#250;ltimo.)-. Mira, en todos los a&#241;os que llevo aqu&#237; no he visto a nadie que no sea un particular cualquiera. -Aquel 'aqu&#237;' lo hube de entender como 'en esto'; por lo que yo sab&#237;a, ella llevaba la vida m&#225;s o menos entera en el pa&#237;s de su madre-. Ni siquiera en el Ej&#233;rcito, donde m&#225;s hay que acatar las &#243;rdenes y menos hay que tomar decisiones, una maquinaria, dicen. No lo es, nada lo es. Da lo mismo el cargo que las personas ocupen, o a qui&#233;n representen, que tengan altas responsabilidades o sean unos mandados totales, que hayan sido elegidas o nombradas a dedo, de d&#243;nde les venga su autoridad poca o mucha, que su sentido del Estado sea grande o sea nulo, su lealtad da lo mismo, o su venalidad, su afici&#243;n al chaqueteo. Da lo mismo que todo el dinero que pase por sus manos pertenezca al erario y que no haya suyo un maldito penique. Da lo mismo, manejar&#225;n como propias las cantidades m&#225;s fabulosas, no digamos las despreciables. No quiero decir que se las queden, no todos, o no necesariamente; sino que las distribuir&#225;n a su antojo y a su conveniencia y luego buscar&#225;n las razones para ese reparto, nunca antes. &#191;Sabes? Siempre hay razones a posteriori, claro que lo sabes, para cualquier acci&#243;n, hasta la m&#225;s gratuita o la m&#225;s infame, siempre se encuentran, a veces ridiculas e inveros&#237;miles, mal fundamentadas y que no enga&#241;an a nadie o s&#243;lo al que se las inventa. Pero en todo caso se da con ellas. Y otras veces son buenas y convincentes, impecables, en realidad es m&#225;s f&#225;cil encontrarlas para los hechos que para los planes y las intenciones, los prop&#243;sitos, las decisiones. Lo ya sucedido es un punto de partida muy fuerte, muy consistente: es irreversible, y eso ya es una gran pauta, una gu&#237;a. Es algo a lo que atenerse. O m&#225;s: a lo que ce&#241;irse, porque ata y obliga, y as&#237; resulta que tiene uno en el bote la mitad del trabajo. Cuesta mucho menos explicar con razones lo ya pasado (o lo que es igual, averigu&#225;rselas; o tanto da, prest&#225;rselas) que justificar de antemano lo que quiere uno que pase, lo que va a procurarse. Todo el que est&#225; en pol&#237;tica lo sabe de sobra, y en la diplomacia. Lo mismo que los wetgamblers, o los criminales cuando deciden eliminar a alguien y lo eliminan, y ya se ocupar&#225;n m&#225;s tarde de las consideraciones previas y de examinar pros y contras al afrontarlos como consecuencias; pero el eliminado est&#225; eliminado, ves, y eso no hay quien lo mueva, y casi siempre hay provecho, o m&#225;s que perjuicio. Y lo saben tambi&#233;n cuantos ocupan un cargo, aunque sea el &#250;ltimo polic&#237;a del &#250;ltimo pueblo del shire m&#225;s remoto. -'La palabra "condado" no le ha salido en nuestra lengua', pens&#233;, 'en la que hoy poco se usa.' Porque sin duda era tambi&#233;n suya, la lengua. Y asimismo hab&#237;a dicho en ingl&#233;s 'wet gamblers', nunca hab&#237;a o&#237;do yo esa expresi&#243;n ni la comprend&#237;a, quiz&#225; sin equivalente real en espa&#241;ol puesto que ella ni siquiera hab&#237;a intentado hall&#225;rselo: 'jugadores h&#250;medos', literalmente; o 'tah&#250;res mojados', me acudi&#243; al instante una anacr&#243;nica imagen de chalecos en el Mississippi-. Y todos son particulares, te lo aseguro, debajo de los uniformes y fuera de sus despachos, esto es que tambi&#233;n dentro, cuando est&#225;n a solas. -Me acord&#233; de Rosa Klebb, la despiadada asesina de SMERSH en Desde Rusia con amor, que seg&#250;n esta novela podr&#237;a haber matado a Andr&#233;s Nin; de su descripci&#243;n le&#237;da en casa de Wheeler, aquella noche de improvisado y febril estudio junto al r&#237;o de la continuidad en calma: 'Por las ma&#241;anas le costar&#237;a arrancarse de su tibia y emporcada cama. Sus h&#225;bitos privados ser&#237;an desaseados, incluso sucios. No resultar&#237;a agradable asomarse al lado &#237;ntimo de su vida, cuando se relajara, ya sin el uniforme'. Y a&#250;n hubo tiempo para que me cruzara esto por el pensamiento: 'Casi nadie es grato as&#237;, cuando se arranca o se hunde en su tibia cama, cuando se relaja o se abandona o baja la guardia; pero yo s&#233; bien que s&#237; lo es Luisa, y esta joven lo parece; o tal vez sea que ellas dos nunca la bajen, carrera y todo que va agrand&#225;ndose'-. En mayor o menor grado todos se dejan llevar por sus impulsos, se orientan, se gu&#237;an: por sus simpat&#237;as y sus antipat&#237;as, por sus miedos, sus ambiciones, sus c&#225;lculos y sus man&#237;as; por sus favoritismos y sus rencores, biogr&#225;ficos o sociales. As&#237; que yo no veo esa diferencia, Jaime. Pero mira, tanto mejor para m&#237; que t&#250; la veas, te importar&#225; menos hacerme el favor que te he pedido. Porque este encargo procede de particulares, no del Estado, eso lo s&#233;. Quiero decir que viene de particulares particulares.

Me qued&#233; callado un momento, los dos nos quedamos. Ten&#237;a presente que la joven Nuix segu&#237;a sin pedirme a&#250;n el favor, no estrictamente, no del todo, no completo. Y por tanto no me hab&#237;a discutido ni llevado la contraria en ning&#250;n momento, se hab&#237;a limitado a exponer el punto de vista de su experiencia, que parec&#237;a mucho m&#225;s larga que su juventud, a qu&#233; edad habr&#237;a empezado, a cu&#225;l habr&#237;a dejado atr&#225;s esa juventud que conservaba tan s&#243;lo cuando permanec&#237;a en silencio o cuando re&#237;a, no desde luego cuando argumentaba o discurseaba, tampoco cuando en el edificio sin nombre interpretaba a las personas con tanto discernimiento, a m&#237; ya me tendr&#237;a desentra&#241;ado, me habr&#237;a dado la vuelta. A menos que tambi&#233;n a veces me viera como un enigma, lo mismo que quien hubiera escrito mi informe, el que me concern&#237;a. O que, al igual que yo a m&#237; mismo, seg&#250;n aquel texto, me considerara 'un caso perdido' con el que no se hab&#237;an de malgastar reflexiones ('Sabe que no se comprende y que no va a hacerlo', su redactor hab&#237;a dictaminado respecto a m&#237;. 'Y as&#237;, no se dedica a intentarlo').

Me pregunt&#233; hasta qu&#233; punto no hablar&#237;a ahora Tupra por ella, algunos de sus razonamientos me sonaban a &#233;l, o m&#225;s bien (no era que se los hubiera o&#237;do) a su manera de estar en el mundo, como si &#233;l pudiera hab&#233;rselos insuflado calladamente con su cercan&#237;a de a&#241;os, o su intimidad acaso. 'As&#237; que yo no veo esa diferencia, Jaime', hab&#237;a dicho, por ejemplo, sin duda para no indisponerme, en lugar de 'No estoy de acuerdo contigo, Jaime', o 'Te equivocas, Jaime', o 'No lo has pensado bien, vuelve a intentarlo', o 'No tienes la menor idea'. Yo ten&#237;a varias preguntas rond&#225;ndome, pero si ced&#237;a a todas no acabar&#237;amos nunca, 'Qu&#233; sabes t&#250; de los criminales', y 'Qui&#233;nes son los wet gamblers, y 'Sobre qui&#233;n he de mentir o callar, para complacerte', y 'A&#250;n no me has pedido el favor, todav&#237;a ignoro en qu&#233; consiste, exactamente' y 'Cu&#225;ntos a&#241;os llevas aqu&#237;, a qu&#233; edad empezaste, qui&#233;n fuiste o c&#243;mo eras, antes de esto', y 'Qu&#233; particulares particulares son esos, y c&#243;mo es que esta vez sabes tanto sobre este encargo, su origen, su procedencia'. En realidad pod&#237;a preguntarlo todo, una cosa tras otra, dirig&#237;a la conversaci&#243;n, ese era m&#237; privilegio. Ya no podr&#237;a ser 'un momentito', el que ella hab&#237;a anunciado, en seguida todo se alarga o se enreda o todo tiende a adherirse, es como si cada acci&#243;n llevara su prolongaci&#243;n consigo y cada frase dejara en el aire un hilo de pegamento colgando, que nunca puede cortarse sin que se pringue algo m&#225;s al hacerlo. A menudo me extra&#241;o de que para todo haya respuesta o pueda siempre intentarse, no s&#243;lo para las preguntas y las inc&#243;gnitas, tambi&#233;n para las afirmaciones y los saberes, lo irrefutable y la ciencia cierta, y para los titubeos y las miradas y hasta para los gestos. Todo insiste y contin&#250;a solo, aunque opte uno por retirarse. Aquello no iba a ser un momentito en modo alguno, nada es breve sin cercenarlo. Pero de m&#237; depend&#237;a ahora, seguramente, que se convirtiese en una noche entera con su amanecer incluido, o en la embriagada locuacidad de un doble insomnio.

A&#250;n no me has pedido el favor del todo, todav&#237;a ignoro en qu&#233; consiste, exactamente. Y qu&#233; particulares son esos, qu&#233; particulares particulares. -Y al repetir en voz alta esa expresi&#243;n de la joven, no pude evitar acordarme de Wheeler y su recitado sobre los monarcas y los individuos privados: '&#161;Qu&#233; infinito sosiego de coraz&#243;n deben los reyes perderse, que los hombres particulares disfrutan! &#191;Y qu&#233; tienen los reyes que no tengan tambi&#233;n los particulares, salvo el ceremonial, salvo la general ceremonia?'. Le hab&#237;an brotado aquellas citas sin esfuerzo de memoria, y en cambio yo a&#250;n desconoc&#237;a su procedencia.

Fueron as&#237; dos preguntas las que hice entonces, aplazando el resto. Pero al aplazar nunca se sabe si ya est&#225; uno renunciando, porque en cualquier instante -es decir, siempre- puede no haber m&#225;s ma&#241;ana ni m&#225;s despu&#233;s ni m&#225;s m&#225;s tarde, s&#237;, eso es posible en cualquier instante. Pero oh no, no es cierto: siempre hay m&#225;s por venir, siempre queda, un poco m&#225;s, un minuto, la lanza, un segundo, la fiebre, y otro segundo, el sue&#241;o -la lanza, la fiebre, mi dolor y la palabra, el veneno, el sue&#241;o-, y tambi&#233;n el interminable tiempo que ni siquiera vacila ni aminora el paso tras nuestro acabamiento, y sigue a&#241;adiendo y hablando, murmurando e indagando y difamando y contando aunque ya no oigamos ni respondamos, y hayamos callado. Callar, callar. Es la gran aspiraci&#243;n que nadie cumple. Nadie, ni aun despu&#233;s de muerto. Es como si nada hubiera dejado de resonar jam&#225;s desde los comienzos, ni siquiera cuanto ya no podemos reconocer ni rastrear los vivos, que quiz&#225; viven, vivimos, alertados e inquietos por innumerables voces cuya procedencia ignoramos, de tan remotas y sofocadas, o ser&#225; ya cavadas tan hondo. Quiz&#225; sean los d&#233;biles ecos de las existencias no anotadas, cuyo grito hierve en su pensamiento impaciente, desde ayer o desde hace siglos: 'Nacimos en tal lugar', exclaman en su infinita espera; 'y en tal otro morimos.' 'We diedat such a place.' Y tambi&#233;n cosas peores.


&#205;bamos a veces los cuatro o los cinco juntos, y hasta pod&#237;amos ser seis o siete en alguna ocasi&#243;n, cuando Tupra convocaba tambi&#233;n a Jane Treves o a Branshaw o a ambos, con los que s&#237; coincid&#237; ya m&#225;s tarde, o incluso a alg&#250;n otro informante o gu&#237;a espor&#225;dico externo, seg&#250;n el ambiente o el territorio. Eran rachas, yo creo, durante las cuales Tupra se sent&#237;a festivo y multitudinario y deseoso de acompa&#241;amiento, no tanto de compa&#241;&#237;a cuanto de acompa&#241;amiento, de escolta o s&#233;quito o quiz&#225; de manada, como si quisiera probar un sentimiento de pertenencia, experimentar de manera tangible y ruidosa la sensaci&#243;n de formar con nosotros un equipo o un grupo o un cuerpo, y poder decir eso a menudo, 'nosotros'. Varias noches y d&#237;as mi sensaci&#243;n al respecto fue la de constituir m&#225;s bien una banda, o una cuadrilla algo taurina. Yo intu&#237;a que esa inclinaci&#243;n gregaria se correspond&#237;a con temporadas en las que &#233;l hu&#237;a de Beryl o Beryl de &#233;l, si es que era ella. Pero tanto daba qui&#233;n fuese: en las que ninguna mujer concreta se dejaba acaparar bastante ni por consiguiente lo distra&#237;a en sus ratos m&#225;s libres o m&#225;s sociales o diplom&#225;ticos o preparatorios de sus terrenos y evoluciones, o bien en las que &#233;l andaba esquivando la amenazadora excesiva concreci&#243;n de alguna.

Eran s&#243;lo intuiciones. Tupra no sol&#237;a hablar mucho de sus aspectos personales, o no a las claras ni narrativamente (era muy raro que &#233;l impusiera un relato, casi ni una an&#233;cdota completa; y en cambio estaba m&#225;s que dispuesto a escucharlos), lo hac&#237;a s&#243;lo con vaguedades y sobreentendidos y a base de frases sueltas que, sin su deliberaci&#243;n aparente, alud&#237;an a experiencias pasadas suyas de las que gustaba extraer leyes y deducciones, o m&#225;s bien inducciones y reglas de comportamiento y car&#225;cter probables, si es que no seguros y ciertos a sus ojos absorbentes y apreciativos que de un solo vistazo abarcaban la totalidad de un recinto o de un local lleno de gente, un restaurante, una discoteca, un casino, unos billares, un elegante sal&#243;n de fiesta, un vest&#237;bulo de gran hotel, una recepci&#243;n real, una &#243;pera, un pub, una cancha de boxeo, un hip&#243;dromo, y si no fuera una exageraci&#243;n flagrante, dir&#237;a que hasta un estadio de f&#250;tbol, Stamford Bridge, el del Chelsea. Algo tan reducido como el escenario de una cena fr&#237;a no es que lo abarcaran sus ojos p&#225;lidos, es que lo penetraban y desmenuzaban y vaciaban en un instante (conmigo incluido), eso resultaba para &#233;l un juego de ni&#241;os.

Eran intuiciones, suposiciones, imaginaciones m&#237;as; por su parte &#233;l desprend&#237;a fragmentos y soltaba fogonazos aislados de su vida anterior en forma de sentencias y adagios, o de aforismos involuntarios a veces, o casi le sal&#237;an originales proverbios. As&#237; que uno iba atando cabos, que sin embargo siempre se le aparec&#237;an a la postre sueltos, por bien que los hubiera asido y perfecto que fuera el nudo que con ellos hubiera hecho, como si en su caso las zonas de sombra crecieran cada vez que uno lograba discernir el ascua de cualquier deslavazado periodo o insignificante episodio de su existencia, o como si cada m&#237;nimo alumbramiento sirviera para mejor apreciar la vastedad de lo que permanec&#237;a a oscuras, o en turbiedad, o en difuminaci&#243;n, o aun deforme, de la misma manera que sus pesta&#241;as tan largas y envidiadas por las mujeres enturbiaban o difuminaban siempre la intenci&#243;n &#250;ltima de sus contemplaciones, casi flotantes de tan sostenidas, y el verdadero sentido de sus miradas, que eran n&#237;tidas y halagadoras y c&#225;lidas, s&#237;, pero dif&#237;cilmente descifrables. No era extra&#241;o que recel&#225;ramos un poco los hombres de aquellos ojos tan acogedores, pero tambi&#233;n tan decorados.

Pod&#237;amos estar asistiendo a una actuaci&#243;n, por ejemplo, de una cantante mel&#243;dica en uno de los relucientes pero anticuados clubs nocturnos a los que a veces le gustaba arrastrarnos para apaciguar los aturdimientos previos y darnos una transici&#243;n de sosiego antes de mandarnos ya a casa, todos sentados -o los que aguant&#225;ramos, los m&#225;s noct&#225;mbulos, o los que &#233;l retuviera m&#225;s a su lado- a una mesa cercana a la pista o al escenario. Y con las tupidas pesta&#241;as apuntando hacia la artista, Tupra murmuraba de pronto: 'Las mujeres que cantan en p&#250;blico est&#225;n muy expuestas y siempre son v&#237;ctimas de quienes las gu&#237;an; esta se derrumbar&#237;a ah&#237; mismo, como un saco, si el hombre que cada noche le conduce los pasos y la sube a esa tarima le diera la espalda y se le alejara, no digamos si se le pusiera en contra. Bastar&#237;a un soplo suyo maligno para que ella se cayera al suelo y no quisiera ya levantarse'. Durante unos segundos yo dudaba si hablaba con saber concreto, si acaso estaba enterado de la dependencia suicida de aquella mujer respecto a alguien de rostro o nombre por &#233;l conocidos (saco de harina, saco de carne, en ellos se clavan la bayoneta y la lanza, en uno hay dolor y sue&#241;o y en el otro nada). Y si me atrev&#237;a a un tanteo ('&#191;Los conoce, Mr Tupra, a esa mujer, a ese hombre?' O quiz&#225; ya hab&#237;amos pasado a Bertram), entonces dejaba claro que no era ese el caso o no por fuerza, y que se limitaba a aplicar al d&#237;a las ense&#241;anzas de su pasado: 'No hace falta que los conozca en persona', respond&#237;a sin apartar las pesta&#241;as de la cantante, esto es, manteni&#233;ndome el perfil sin volverse, y con tono de ligera l&#225;stima o s&#243;lo te&#243;rica; 'yo s&#233; bien c&#243;mo son, &#233;l y ella, los he visto por docenas, desde Bethnal Green hasta El Cairo, en todas partes'.

Eso me daba una idea, o varias; las m&#225;s incontestables, que hab&#237;a pisado Bethnal Green y no poco, ese barrio deprimido del Este, y que hab&#237;a estado en Egipto, no probablemente de turista. Tambi&#233;n era inevitable pensar si habr&#237;a sido alguna vez representante de una mujer art&#237;stica y se estar&#237;a refiriendo a s&#237; mismo y a una antigua pupila sumisa. Pero eso lo descartaba en seguida, no me parec&#237;a el tipo de hombre protector ni vigilante ni exactamente dominante, quiero decir con responsabilidades estables, y todas esas actitudes implican tenerlas. 'Habr&#225; asistido a ese drama, a ese esquema', pensaba, 'aunque sea nada m&#225;s dos veces: en Bethnal Green y en El Cairo.' Yo intu&#237;a o sab&#237;a (intu&#237;a al principio y despu&#233;s sab&#237;a) que si le preguntaba directamente o intentaba que se centrara en un suceso determinado, &#233;l no har&#237;a caso y lo rehuir&#237;a, no tanto por resultar misterioso cuanto porque rememorar lo aburr&#237;a, sin duda no comprend&#237;a a esas personas que disfrutan contando lo que han vivido y ya conocen de sobra, desenlace incluido, y menos a&#250;n a esos escritores narcisistas de diarios que no acaban de zafarse nunca de sus jornadas vencidas, y las reiteran con fiorituras.

As&#237; que no trataba de sonsacarlo ni de arrancarle ulteriores explicaciones a sus dict&#225;menes, era in&#250;til, si ven&#237;an ven&#237;an solas y acaso varias noches m&#225;s tarde, y a lo sumo me permit&#237;a gastarle una broma leve: '&#191;Y las que bailan en p&#250;blico, Bertram? &#191;Est&#225;n igualmente expuestas?'. Tupra ten&#237;a humor, o al menos aceptaba el m&#237;o. Me miraba de reojo r&#225;pido, se mord&#237;a el interior de un carrillo para no dejar escapar media sonrisa, y tend&#237;a a seguirme la chanza, o eso me parec&#237;a, porque nada era en &#233;l transparente, ni seguro, ni descontado: 'No, Jack, las bailarinas lo est&#225;n mucho menos, ten en cuenta que moverse protege, lo arriesgado es estarse quieto, te hace m&#225;s vulnerable. Eso a menudo lo ignoran quienes huyen o se esconden, dejan que el miedo se aproveche de ellos, en vez de aprovecharse ellos del miedo'. Ten&#237;a la habilidad de empalmar sentencias de forma que la segunda se desviaba de la primera, la tercera de la segunda y as&#237; hasta que se cansaba de todas o prefer&#237;a el silencio un rato. Con &#233;l era dif&#237;cil, por tanto, ahondar en ning&#250;n asunto, a menos que hiciera &#233;l las preguntas y fuese quien buscara un fondo. '&#191;C&#243;mo se aprovecha uno del miedo?', ca&#237;a yo en la tentaci&#243;n de su desv&#237;o. 'Entiendo que se refiere al miedo propio.' A lo que &#233;l contestaba: 'El miedo es la mayor fuerza que existe, si uno logra acomodarse a &#233;l, instalarse, convivir con &#233;l con buen temple, y no pierde las energ&#237;as luchando por ahuyentarlo. En esa lucha nunca se gana del todo; en los momentos de aparente victoria se est&#225; ya anticipando su vuelta, se vive bajo amenaza, y entonces se sufre par&#225;lisis y es el miedo el que se aprovecha. Si uno lo consiente, en cambio (es decir, si uno se adapta, si se acostumbra a que est&#233; ah&#237; presente), posee una fuerza incomparable con ninguna otra y puede aprovecharse de &#233;l, puede usarlo. Sus posibilidades son infinitas, mayores que las del odio, la ambici&#243;n, la incondicionalidad, el amor, el af&#225;n de venganza; son desconocidas. Una persona con el miedo asentado, activo pero incorporado a su vida normal, un miedo diario, es capaz de proezas en verdad sobrehumanas. Eso lo saben las madres con hijos peque&#241;os, la mayor&#237;a. Y lo sabe cualquiera que haya estado en una guerra. Pero t&#250; no has estado en ninguna, &#191;verdad, Jack?, has tenido esa suerte. Eso significa que tu formaci&#243;n ser&#225; siempre incompleta. Habr&#237;a que mandar a las madres a las batallas con sus ni&#241;os cerca, a la vista, a mano; llevan el miedo puesto, es permanente; no habr&#237;a combatientes mejores que ellas'. Si yo le preguntaba en qu&#233; guerras hab&#237;a &#233;l estado o participado, era seguro que nada me dir&#237;a, no las mencionar&#237;a; y si le ped&#237;a que me ampliase sus consideraciones sobre la perfecta formaci&#243;n de un hombre o sobre la fiereza de las madres con cr&#237;os, lo m&#225;s probable era que diera por concluida la charla. Llegaba siempre un momento en que sus desv&#237;os no alcanzaban senda, sino tan s&#243;lo maleza o arena o ci&#233;naga. Incluso pod&#237;a llevarse entonces el &#237;ndice a los labios, y a continuaci&#243;n dirigirlo hacia la cantante con gesto de impl&#237;cito reproche a mi ch&#225;chara, como pidiendo para su arte el respeto que &#233;l le hab&#237;a negado minutos antes, al hablar primero, aunque hubiera sido en un murmullo, y ojo no le hubiera quitado.

Al principio de cada racha sociable (le duraban dos o tres semanas), nos convocaba a cenas o a veladas de itinerante farra con pretextos laborales. 'Quiero que me acompa&#241;&#233;is todos a una reuni&#243;n importante', dec&#237;a, o a su modo semiautoritario nos ordenaba. 'Me interesa que demos una impresi&#243;n de n&#250;cleo compacto, casi intimidatoria, sab&#233;is, ante una gente con la que debo entenderme.' 'Os ruego que est&#233;is atentos a estos comensales de hoy, haced que se sientan c&#243;modos y se distraigan, pero no dej&#233;is de observarlos, porque os preguntar&#233; acerca de ellos m&#225;s tarde, ser&#225; mejor para nosotros cuantas m&#225;s opiniones tenga.' No sol&#237;a explicar m&#225;s apenas, ni en qu&#233; consist&#237;a el inter&#233;s o el asunto ni qui&#233;nes eran exactamente los individuos con que nos mezclaba, la mayor&#237;a brit&#225;nicos con algunos extranjeros sueltos de tarde en tarde, o no tan espaciados si cuento a los americanos y si vuelvo a pensarlo. A veces, sin embargo, resultaba patente qu&#233; o qui&#233;nes eran, bien por el desarrollo de las conversaciones, bien por tratarse de personajes famosos, tanto como Dick Dearlove o casi. Tupra ten&#237;a relaciones incre&#237;blemente variadas para ser un solo hombre, si es que lo era en efecto, porque yo lo o&#237; llamar por diferentes nombres o m&#225;s bien apellidos seg&#250;n el sitio y la compa&#241;&#237;a y las circunstancias. Al ver que mi sorpresa pod&#237;a resultar delatora la primera vez que el maitre de un buen restaurante se dirigi&#243; a &#233;l ante m&#237; como 'Mr Dundas', opt&#243; por avisarnos o avisarme antes, cada vez que no fuera a ser &#233;l mismo &#237;ntegramente. 'Aqu&#237; soy Mr Dundas', nos advert&#237;a. 'Hoy soy Mr Reresby, tenedlo en cuenta.' 'Se me recuerda m&#225;s como Mr Ure, en esta zona.' Este &#250;ltimo hube de pedirle que me lo deletreara, con su pronunciaci&#243;n no fui capaz de pillarlo, es decir, de imaginarlo escrito, en sus labios son&#243; como 'Iuah', imposible para m&#237; adivinar su ortograf&#237;a. Todos eran apellidos llamativos, tirando a anticuados, raros (quiz&#225; vagamente aristocr&#225;ticos o aproximadamente escoceses a mis o&#237;dos), como si Tupra, ya que renunciaba al suyo, no estuviera dispuesto a prescindir adem&#225;s de la originalidad nominal que lo acompa&#241;aba desde su nacimiento, si es que aquel Tupra finland&#233;s, ruso, checo, turco o armenio era tan antiguo en su vida como cre&#237;a Wheeler. Deb&#237;a de desagradarle sobremanera la idea de llamarse, aunque fuera un rato, algo confundible o indiferente, que es lo que buscar&#237;a la mayor&#237;a, en principio, al usar un nombre falso: no s&#233;, Gray, Green, Grant o Graham, por excluir los Brown, Smith y Jones tan gastados.

Por lo general permit&#237;a que nos comport&#225;ramos con naturalidad social, y s&#243;lo en ocasiones especiales nos indicaba algo m&#225;s preciso que mostrarnos estudiosos y mantenernos bien despiertos, por ejemplo nos encomendaba realizar un determinado sondeo o sonsacamiento; pero entonces no sol&#237;a llevarnos a los cuatro o m&#225;s juntos, sino s&#243;lo a los m&#225;s apropiados para cada trabajo, o incluso nada m&#225;s que a uno, a m&#237;, a P&#233;rez Nuix, a Mulryan o a Rendel, yo fui a solas con &#233;l unas cuantas veces y hasta en un par de viajes al extranjero, pero supongo que eso nos ca&#237;a a todos de vez en cuando. S&#237; pod&#237;a pedirnos que estuvi&#233;ramos sol&#237;citos, o que halag&#225;ramos o casi cortej&#225;ramos a una persona concreta, nos designaba a Rendel o a m&#237; para esas tareas de coba cuando eran mujeres las que planteaban problemas de aburrimiento y queja (esposas de lastre o amantes de aire, con ellas Mulryan no daba buen rendimiento), a P&#233;rez Nuix o a Jane Treves si hab&#237;a que alegrarle el humor y la vista a uno de esos varones que se deprimen y aun se enfurru&#241;an cuando no hay presencias femeninas en torno a una mesa o en una pista de baile (quiero decir presencias ante las que ellos puedan contonearse con conocimiento previo y tuteo, o el equivalente ingl&#233;s de esto &#250;ltimo).

Una vez me toc&#243; atender y lisonjear a una se&#241;ora italiana que se desped&#237;a de la juventud con excesiva parsimonia y bastante aspaviento y multitud de caprichos menores, o si los ten&#237;a tambi&#233;n mayores no me cumpli&#243; a m&#237;, por suerte, asistir a ellos ni neg&#225;rselos o satisfac&#233;rselos. Era la mujer de un compatriota (suyo) llamado Manoia, con el que Tupra se dedic&#243; a hablar de pol&#237;tica y de finanzas en la medida en que pude enterarme de lo que se dec&#237;an. La verdad es que mi curiosidad era tan escasa que casi nunca lograba interesarme por los asuntos que mi transitorio jefe se trajera entre manos; as&#237;, rara vez prestaba atenci&#243;n motu proprio, y aun descubr&#237;a a menudo, cuando &#233;l me la reclamaba, que sus posibles intrigas, encargos, exploraciones o trueques me tra&#237;an sin cuidado. Quiz&#225; porque tampoco estaba jam&#225;s muy al tanto, y es dif&#237;cil involucrarse en lo demasiado troceado y borroso y fuera de nuestra influencia. (Notaba que la joven P&#233;rez Nuix s&#237; segu&#237;a mucho m&#225;s los procedimientos y sus meandros, y que lo procuraba; a Mulryan no le quedaba m&#225;s remedio que hacerlo, era quien llevaba -seg&#250;n mi impresi&#243;n, c&#243;mo decirlo- la agenda y las cuentas y el inventario de lo irresuelto, de lo a&#250;n no domado o no ultimado; en cuanto a Rendel, pronunciarse era aventurado, tend&#237;a a permanecer mucho rato en silencio o bien, en cuanto beb&#237;a o quiz&#225; fumaba -el olor de mi tabaco no era el &#250;nico de nuestro despacho-, le daba por soltar parrafadas y encadenar no pocas bromas con grandes risas para celebrarlas, hasta que volv&#237;a a su mutismo de nuevo, ambas fases nimbadas por una especie de humareda o c&#250;mulo desazonantes.) Si algo capt&#233; aquella noche fue porque el ingl&#233;s hablado por el marido italiano era bastante m&#225;s pastoso de lo que &#233;l se pensaba, y Tupra me requer&#237;a (una veloz agitaci&#243;n de dos dedos, o sus cejas como tiznones solicitando auxilio) para que le lanzara un cable y les tradujera unas frases o alguna palabra clave cuando ambos se hac&#237;an un sostenido enredo y corr&#237;an ya grave riesgo de entender lo contrario de lo que rec&#237;procamente se propon&#237;an o se conced&#237;an, o con que transig&#237;an.

El apellido Manoia me parec&#237;a meridional, m&#225;s por intuici&#243;n que por conocimiento, lo mismo que la pronunciaci&#243;n italiana del individuo (convert&#237;a consonantes sordas en sonoras, de modo que lo que uno le o&#237;a era, de hecho, 'ho gabido' en lugar de 'ho capito'), pero su pinta era m&#225;s de mafioso romano -quiero decir vaticano- que siciliano o calabr&#233;s o napolitano. Las grandes gafas de violador o de funcionario aplicado, o de ambos tipos que no se excluyen, se las sub&#237;a constantemente con el pulgar aunque no se le resbalasen, y la mirada le resultaba casi invisible por culpa de los extensos reflejos y de la incesante movilidad de sus ojos mates (caf&#233; con leche, su color aproximado), como si tuviera dificultades para fijarlos m&#225;s all&#225; de unos segundos, o aversi&#243;n a que se los escrutaran. Hablaba en voz baja pero sin duda potente, ser&#237;a hiriente cuando la alzara y quiz&#225; por eso la atenuaba, con una mano sobre la otra pero sin apoyar los codos sobre la mesa ni siquiera uno, es decir que las aguantaba en el aire con obligada incomodidad al cabo de unos minutos, o puede que se tratara de una peque&#241;a mortificaci&#243;n voluntaria, recordatoria, de cat&#243;lico integ&#233;rrimo o tal vez negr&#233;rrimo, del ala m&#225;s tenebrosa y del Cristo legionaria. Parec&#237;a manso y anodino en primera instancia, excepto por una barbilla demasiado larga (a prognato no llegaba) que a buen seguro lo habr&#237;a llevado a incubar rencores de los m&#225;s tenaces -esto es, sin destinatario- durante la adolescencia o incluso la infancia, a poco ensimismada o tediosa que hubiera tenido &#233;sta; y en su forma de encoger ese ment&#243;n invasivo, mordi&#233;ndose la mucosa bucal m&#225;s a diente, uno pod&#237;a notar una mezcla de inveterada verg&#252;enza jam&#225;s ahuyentada y de disposici&#243;n general para la represalia, que deb&#237;a de ejercer, no s&#233;, a la menor provocaci&#243;n o pretexto y aun sin necesidad de ellos, como acostumbran los justicieros o los que lo son muy subjetivos. Un hombre irascible, aunque seguramente no tendr&#237;a esa fama sino la de ponderado, porque la c&#243;lera no la dejar&#237;a salir casi nunca y ser&#237;a &#233;l el &#250;nico que se la conociera y se la ventilara, si es que vale este verbo para algo que se producir&#237;a tan s&#243;lo en su interior muy caldeado. Las pocas veces en que le aflorara la ira deb&#237;an de ser temibles, no para presenciarlas.

A su mujer le habr&#237;a tocado en alguna oportunidad posiblemente, pero sin ser ella el objeto, eso seguro, o de otro modo no se habr&#237;a mostrado tan caprichosa ni tan desenvuelta, se deb&#237;a de saber con plenaria indulgencia por adelantado, o total bula. Se la ve&#237;a tan llena de inseguridades nuevas pese a todo ello -cada edad pilla por sorpresa siempre, por dentro todas tardan en cumplirse much&#237;simo; o ser&#225; en alcanzarnos- que casi costaba no ser afectuoso con ella por encima de la considerable paliza que daba, a m&#237; en especial, su entretenedor o juguete asignado para la velada. Sin duda la quer&#237;a el marido, y eso le servir&#237;a de ayuda, pero para ciertos imparables avances o retrocesos no hay ayuda en el mundo que baste. Yo le hab&#237;a dado charla insustancial durante toda nuestra cena en Vong, muy cerca del Hotel Berkeley, o ella a m&#237; es m&#225;s exacto: era mujer nada t&#237;mida y habladora, en eso no hab&#237;a yo de esforzarme; pero de vez en cuando se deten&#237;a, cruzaba los brazos bajo su escote navigatorio para realzarlo -quiero decir que luc&#237;a blusa con cuello barco; o m&#225;s bien era nave vikinga o canoa, en su concreto caso-, se me quedaba mirando con sonrisa amigable y a continuaci&#243;n daba paso, con aspaviento no exento de gracia -digamos la imitaci&#243;n de un reproche con causa-, a uno de sus antojos preferidos o m&#225;s persistentes: Mi dica qualcosa di tenero, va, su, signor Deza', me ped&#237;a sin transici&#243;n ni pre&#225;mbulo, y eso que en el restaurante ex&#243;tico a&#250;n no hab&#237;amos bailado ni me tuteaba. (O me llamaba m&#225;s bien 'Detsa', sonaba as&#237; como lo pronunciaba.) 'Su, signor Deza, non sia cos&#237; serioso, cos&#237; antip&#225;tico, cos&#237; scontroso, cos&#237; noioso, mi dica qualcosa di carino', el ataque de mimosidad le duraba un rato. Y as&#237; me pon&#237;a en el brete de idear algo tierno o bonito para solt&#225;rselo, sin tampoco incurrir en atrevimiento ni ofensa, como Tupra me hab&#237;a encarecido evitar al describ&#237;rmela y perorar sobre ella el d&#237;a antes en su despacho, con su ojo retrospectivo para las se&#241;oras, tambi&#233;n certero temiblemente. De Manoia no me hab&#237;a contado apenas, o s&#243;lo de refil&#243;n, un rasgo clave; pero s&#237; de su querida mujer Flavia, porque &#233;l, Reresby -Tupra llev&#243; aquella noche ese nombre, quiz&#225; era el habitual para Italia, o para el Vaticano-, no iba a estar muy disponible para procurarle la distracci&#243;n y el contento.

'Compl&#225;cela al m&#225;ximo, Jack, en lo que se le ocurra', me hab&#237;a indicado. 'Pero cuidado con confundirte. Por lo que yo s&#233; y he visto, ella no querr&#237;a nada m&#225;s que halagos. Los necesita a mansalva, en esta &#233;poca de su vida, pero con una dosis de ellos generosa y h&#225;bil le basta para irse a dormir m&#225;s satisfecha y tranquila de lo que se habr&#225; despertado, me refiero a cada noche y a cada ma&#241;ana; porque tras cada triunfo nocturno amanecer&#225; con la misma angustia diurna, pensando: "Anoche todav&#237;a s&#237;, pero, &#191;y hoy? Soy una jornada m&#225;s vieja". Y si hubieras de acompa&#241;arla dos veladas seguidas (no est&#225; previsto, descuida), te tocar&#237;a empezar de nuevo, los m&#233;ritos y la labor desde cero, est&#225; inmersa en un periodo insaciable, no acumulativo, ya sabes, sin memoria de lo cosechado. Pero insaciable s&#243;lo de eso, enti&#233;ndelo bien, de galanter&#237;as y cumplidos sin fin, de afianzamiento, no de ir m&#225;s lejos. Ni aunque te lo parezca, y cristalino' (bueno, 'crystal-clear' fue lo que dijo). 'Ni aunque te lo est&#233; pidiendo con miradas y gestos, con roces y exhibiciones y hasta con palabras. Ah&#237; no debes ceder ni equivocarte. Es un matrimonio s&#237;, digamos cat&#243;lico, seguramente muy observante en ese aspecto y luego basta, no en ning&#250;n otro, jurar&#237;a que pueden saltarse todos los dem&#225;s preceptos, algunos s&#233; que se los saltan. Manoia la quiere contenta y lo que &#233;l quiera es importante, al menos ma&#241;ana me importa mucho. Pero ser&#237;a capaz, yo creo, de meterle una cuchillada a cualquiera que se sobrepasase, incluso verbalmente. Con toda su apariencia tibia. As&#237; que lleva ojo y mide bien, te lo ruego, sus fronteras con el mal gusto, no vayamos a crearnos complicaciones de la manera m&#225;s tonta. Las suyas, no las tuyas. Podr&#237;as enga&#241;arte con ella, entiendes. Pues bien, no te enga&#241;es. C&#243;lmala de atenciones, pero en la duda m&#225;s vale que te quedes corto, eso tiene siempre arreglo y en cambio no lo contrario. Por eso prefiero llevarte a ti y no a Rendel, aunque &#233;l sea m&#225;s adecuado para una se&#241;ora tan festiva y bromista como Mrs Manoia. &#201;l a veces no sabe frenarse.'

Para m&#237; ten&#237;a siempre algo de sorprendente la manera en que Tupra se refer&#237;a a las personas que trataba, estudiaba, interpretaba o investigaba, quiz&#225; nunca se limitaba a lo primero con nadie. Pese a ser tant&#237;simas y a sucederse r&#225;pido, para &#233;l eran todas alguien, no deb&#237;an de parecerle nunca intercambiables ni simples, nunca tipos. Aunque no fuera a volver a verlas (o jam&#225;s las hubiera visto en carne y hueso, si s&#243;lo manej&#225;bamos v&#237;deos), aunque se hiciera y nos transmitiera una opini&#243;n pobre de ellas, no las reduc&#237;a a esquemas ni las daba por consabidas, como si tuviera muy presente que ni siquiera entre las vulgaridades hay dos iguales. De Flavia Manoia otro hombre habr&#237;a tal vez resumido: 'La t&#237;pica menop&#225;usica reacia, agu&#225;ntale las pesadeces y hazle creer que a&#250;n tumba a hombres y a ti el primero, con eso nos la habremos ganado. Tampoco su credulidad te va a costar malabarismos, porque seguro que los tumbaba a docenas, hace unos a&#241;os. M&#237;rale bien las piernas, que las conserva y las ense&#241;a con todo merecimiento, y te har&#225;s bastante idea. Tambi&#233;n el culo tiene un meneo', habr&#237;a quiz&#225; apostillado ese hombre con muy difusas fronteras para el mal gusto.

Tupra, en cambio -o ya era Reresby cuando &#237;bamos en el Aston Martin que sacaba en las noches de jactancia o coba, camino del restaurante-, lleg&#243; a adentrarse en disquisiciones complejas sobre la se&#241;ora, o que iban m&#225;s all&#225; de ella y su insignificante caso (en labios del reflexivo Reresby dejaba de parecerlo tanto). Era al o&#237;rle esta clase de sutilezas cuando percib&#237;a en &#233;l la antigua huella de Toby Rylands, de quien hab&#237;a sido disc&#237;pulo seg&#250;n Peter Wheeler, y entonces volv&#237;a a aparec&#233;rseme el v&#237;nculo de car&#225;cter entre los tres, o era de capacidad, o era el don compartido que tambi&#233;n a m&#237; me atribu&#237;an (en lo dem&#225;s Tupra era tan distinto): 'Ten en cuenta que lo que en el fondo le da m&#225;s pavor a Mrs Manoia', coment&#243; ante un sem&#225;foro en rojo, 'no es su deterioro personal cercano, f&#237;sico, contra el que mal que bien va luchando, sino la intuici&#243;n angustiosa de que su mundo va a desaparecer, y ya languidece. Alguna de su gente de siempre ha muerto en los &#250;ltimos a&#241;os, de manera extempor&#225;nea unos cuantos, una mala racha; otra se ha retirado; a otra quieren retirarla sin m&#225;s espera, a la fuerza. Ya no le es f&#225;cil encontrar compa&#241;&#237;a para salir todas las noches de farra, y fiestas con anfitriones, en regla, en ning&#250;n sitio las hay a diario y menos que en ninguno en Roma, hoy convertida en bostezo eterno por ese Berlusconi con su mala sombra, vaya cenizo' (bueno, dijo 'maladroitness', palabra literaria y que no significa lo mismo, pero valga esa sombra; y 'whata killjoy', a&#241;adi&#243;, es bastante aproximado eso; nunca lo hab&#237;a o&#237;do pero deduje el sentido, tambi&#233;n cabr&#237;a 'aguafiestas'). 'Quiero decir compa&#241;&#237;a de la tradicional, de la antigua. Hay meritorios m&#225;s j&#243;venes que les siguen la pauta, quieren caerle a Manoia en gracia, &#233;l no piensa hacerse por ahora a un lado, en su terreno.' Reconoc&#237; aqu&#237; m&#225;s bien la escuela de Sir Peter Wheeler: del mismo modo que &#233;ste hab&#237;a tardado siglos en aclararme qu&#233; era de Tupra 'lo suyo', este otro me mencionaba con naturalidad un 'terreno', para acerca de &#233;l no soltar prenda. La verdad es que tampoco me importaba nada. 'Pero entre esos aprendices la se&#241;ora est&#225; un poco perdida, y se siente veterana. Es lo peor que puede pasarle a nadie que haya sido joven durante demasiado tiempo, bien porque se asomara muy pronto a la vida adulta, bien por exagerados pactos con el diablo (es s&#243;lo por usar la expresi&#243;n cl&#225;sica, esos pactos son azarosos). Luego, al no tener hijos, ella contin&#250;a siendo la ni&#241;a de la casa, y eso malacostumbra mucho, se paga caro el contraste en cuanto se sale a la calle y se dan tres pasos, y en cualquier discoteca se encuentra uno compitiendo con estupor, de repente, por el t&#237;tulo de m&#225;s viejo; muy da&#241;ino para el alma, ese trasiego. Mejor frecuentar casinos.'

Me extra&#241;&#243; no percibir iron&#237;a en su empleo de la palabra 'alma', eso no significaba que no la hubiera. Arranc&#243; el coche de nuevo, pero sigui&#243; hablando. Con &#233;l era casi imposible discernir cu&#225;ndo sab&#237;a de cierto, con datos, y cu&#225;ndo estaba ofreciendo una interpretaci&#243;n depurada de lo que ve&#237;a; si aqu&#237; estaba al tanto de las circunstancias exactas de los Manoia o s&#243;lo las conjeturaba -en su caso era decidirlas- a partir de las otras veces en que hubiera coincidido con ellos (quiz&#225; una sola, qui&#233;n sab&#237;a): '&#191;Te imaginas un mundo en el que ya no conoces a casi nadie, y lo que es m&#225;s denigrante, en el que nadie te conoce a ti, o s&#243;lo de referencias? Eso es lo que ella empieza a vislumbrar, claro que sin dec&#237;rselo a&#250;n, sin formul&#225;rselo, puede que sin la menor conciencia de que sobre todo es eso lo que la va amargando y atemorizando un poco m&#225;s cada d&#237;a. Pero yo ya he visto en ella, en algunos instantes, la misma mirada de precariedad y desconcierto que se instala en los ojos de los ancianos cuando se rezagan, duran m&#225;s de la cuenta, sobreviven a casi todos sus coet&#225;neos y aun a alg&#250;n descendiente, le ocurre hasta a Peter Wheeler, y eso que &#233;l es afortunado, ha ido haciendo sus recambios, privilegio de los que son admirados por quienes van a sustituirlos y los sustituyen, o de los grandes maestros. Pero, &#191;qu&#233; puede esperar una se&#241;ora simp&#225;tica, y s&#237;, que fue muy guapa y a&#250;n lo es si quieres, dada a los festejos y a las celebraciones, su mayor m&#233;rito haber alegrado la vida a su alrededor, superficialmente?' Nunca me acostumbr&#233; a ocupar en los autom&#243;viles el sitio del conductor y no tener ante m&#237; un volante, all&#237; en Inglaterra. Nunca logr&#233; estar seguro de lo intencionado o casual -lo significativo u ocioso- de cada frase que pronunciaba Tupra: siempre le flotaba a uno la duda de si las deb&#237;a escuchar con normalidad o anot&#225;ndolas, con la retentiva al m&#225;ximo, reparando en ellas sin desde&#241;ar una palabra ni tomar una sola s&#237;laba a beneficio de inventario. Me inclinaba por esto &#250;ltimo a veces y la fatiga era tremenda, una tensi&#243;n constante. 'Claro que eso no es poco si se ha estado cerca de vidas desagradables', a&#241;adi&#243; Tupra o Reresby, y empez&#243; a buscar con la mirada d&#243;nde estacionar, instintivamente, hasta que en seguida cay&#243; o fingi&#243; caer en la cuenta: 'Nos aparcar&#225;n el coche los del restaurante'.

Qu&#233; puede esperar casi nadie, a la hora de hacer relevos o de tener recambios', pens&#233; mientras sal&#237;amos los dos del Aston Martin y Tupra le daba al portero las llaves junto con instrucciones largas y minuciosas o m&#225;s bien mani&#225;ticas. 'Los admirados como los no admirados o los despreciados, los maestros como los secuaces, Tupra o yo o esa alegre se&#241;ora, qu&#233; aspiraciones nos caben', me dije sin prestarle atenci&#243;n a &#233;l ahora, no hablaba para mis o&#237;dos. 'Uno se conforma con lo que le va llegando y hasta bendice que le llegue a&#250;n algo o sobre todo alguien, por rebajadas versiones que sean de lo suprimido o interrumpido o de los a&#241;orados; es dif&#237;cil, cuesta mucho suplir a las figuras perdidas de nuestra vida, y se va eligiendo poco o nada, se precisa un esfuerzo de convencimiento para cubrir las vacantes, y qu&#233; mal nos resignamos a que se reduzca el elenco sin el cual no nos soportamos ni apenas nos sostenemos, y aun as&#237; se reduce siempre si no morimos o si no muy r&#225;pido, no hace falta llegar a viejo ni tan siquiera a maduro, basta con tener a la espalda alg&#250;n muerto querido o alg&#250;n querido que dej&#243; de serlo para convertirse en odiado u omitido nuestro, en nuestro aborrecido o borrado m&#225;ximo, o con serlo nosotros de alguien que nos puso la proa o nos expuls&#243; de su tiempo, nos apart&#243; de su lado y de pronto neg&#243; conocernos, un encogimiento de hombros al vernos ma&#241;ana el rostro o al o&#237;r nuestro nombre que susurraban anteayer muy suavemente sus labios. Sin dec&#237;rnoslo, sin formul&#225;rnoslo, percibimos esa dificultad enorme del reemplazamiento, as&#237; que a la vez nos prestamos todos a ocupar vicariamente los lugares vac&#237;os que otros van asign&#225;ndonos, porque comprendemos y participamos de ese mecanismo o movimiento sustitutorio universal continuo de la resignaci&#243;n y la mengua, o del capricho a veces, y que al ser de todos es el nuestro; y as&#237; aceptamos ser remedos, y vivir cada vez m&#225;s rodeados de ellos. Qui&#233;n sabe qui&#233;n nos sustituye y a qui&#233;n sustituimos nosotros, s&#243;lo sabemos que sustituimos y se nos sustituye siempre, en todas las ocasiones y en todas las circunstancias y en cualquier desempe&#241;o y en todas partes, en el amor, la amistad, en el empleo y en la influencia, en la dominaci&#243;n, y en el odio que tambi&#233;n ma&#241;ana se cansar&#225; de nosotros, o pasado ma&#241;ana o al otro o al otro. S&#243;lo sois y s&#243;lo somos como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para. No sois ni somos como la gota o mancha de sangre, con su cerco que se resiste a desaparecer y se aferra a la loza o al suelo tan furiosamente para hacer m&#225;s dif&#237;cil su negaci&#243;n o su difuminaci&#243;n o su olvido; es su manera insuficiente, ingenua, de decir "Yo he sido", o "Soy a&#250;n, luego es seguro que he sido". No, no sois ni somos como la sangre ninguno, y adem&#225;s ella tambi&#233;n acaba por perder su batalla o su pulso o su desaf&#237;o, y al final no deja rastro. Es s&#243;lo que cost&#243; m&#225;s tiempo eliminarlo, y que la voluntad de aniquilaci&#243;n hubo de empe&#241;arse en ello.'


As&#237; que en la discoteca, cuando la se&#241;ora Manoia hab&#237;a bebido moderadamente durante la cena y moderadamente mientras contemplaba con tentaci&#243;n y un pie r&#237;tmico los alocados y masivos bailes -pero dos moderaciones pueden sumar un exceso-, y ya me llamaba Jacopo o Giacomo es-dr&#250;julamente en su lengua y por supuesto me daba del t&#250; y exig&#237;a que se lo diera yo a ella, seg&#250;n dice el italiano para tutearse, aprovech&#243; una tregua o cambio de registro en la m&#250;sica de una de las dos pistas para empe&#241;arse en bailar unos lentos, o tal vez s&#243;lo semilentos, primero con su marido, que se quit&#243; las gafas para echarles vaho y pasarles gamuza y le devolvi&#243; una mirada miope declinatoria, luego con Tupra, que se disculp&#243; con una mano abierta mediante la cual le indicaba sus inconclusos deberes de hospitalidad y negocio hacia el c&#243;nyuge remiso a la danza (demasiado ruido para que nadie se hablara m&#225;s que al o&#237;do y a voces, o si no s&#243;lo por se&#241;as), y por &#250;ltimo conmigo, a quien no cupo sino satisfacerla. Me llam&#243; la atenci&#243;n que, pese al previsible resultado de sus tanteos y a haberla atendido yo sobre todo a lo largo de la velada, y profesarme para entonces ella tanta simpat&#237;a como le iba tomando yo afecto -ambas cosas tan transitorias que a la ma&#241;ana siguiente podr&#237;amos ni recordarlas, uno y otro sin mala conciencia-, observara las jerarqu&#237;as al solicitar pareja, eso denotaba un sentido del respeto arraigado y fuerte.

Y tal vez fue eso, habernos dado la oportunidad a los tres varones en el adecuado orden, lo que la hizo considerarse con venia para enlazarse con su partenaire obligado de cualquier manera tempestuosa y aun puede que poco p&#250;dica, quiero decir que se apret&#243; contra m&#237; con furia, casi con da&#241;o. No es que estuviera en su &#225;nimo hac&#233;rmelo, sino que no controlaba su verdadero volumen enteramente, pienso (del mismo modo que los mochileros no son conscientes de lo que abultan, pues por mucho que lo procuren no logran sentir como parte del cuerpo su idolatrado fardo o lapa a la espalda), ni pod&#237;a hacerse idea del impacto que sufri&#243; mi pecho por culpa de los dos suyos, dur&#237;simos como le&#241;os y puntiagudos como estacas -su busto era madera por fuerza, o acaso granito compacto-. Aquella mujer hab&#237;a exagerado, hab&#237;a olvidado todo l&#237;mite en su fervor por fortificarlos y apuntalarlos, seguramente en tantas etapas que su memoria se enga&#241;aba respecto a cu&#225;ndo la &#250;ltima y en total cu&#225;ntas. A la vista eran gustosos, sin duda los beneficiaba el escote en canoa o en g&#243;ndola, pero bien mirado era imposible que la zona sobresaliente transmitiese sensaci&#243;n na-vigatoria alguna. Qu&#233; se habr&#237;a metido, incrustado, puesto, propulsado a chorro, inyectado o edificado mi jovial se&#241;ora Manoia, m&#225;rmol, una ciudadela, hierro, panteones, antracita, acero, era como si me hubiera clavado dos estalactitas gruesas, o dos planchas picudas aunque sin parte plana, proas de quilla punzante como la de ese utensilio dom&#233;stico pero todas redondeadas. Me pareci&#243; la degeneraci&#243;n de un desvar&#237;o contempor&#225;neo, y tambi&#233;n un cierto abuso; comprend&#237; que su marido evitara la acometida contra tales baluartes, y Tupra, supuse, con su ojo m&#225;s raudo y mejor que el m&#237;o, habr&#237;a calibrado de un vistazo los riesgos de esa colisi&#243;n de frentes (me refiero al del var&#243;n con aquellas pir&#225;mides horizontales o quiz&#225; carbunclos gigantes, pues la blusa o camiseta de barco era de color vino tinto un poco aguado, y las neur&#243;ticas luces de la discoteca la hac&#237;an desprender fulgores, y aun irisaciones). Era sin embargo dif&#237;cil indignarse con Flavia Manoia, o desairarla con conciencia de poder incurrir en ello: demasiado cari&#241;osa, festiva y desamparada, a la vez las tres cosas y una sola habr&#237;a bastado para impedirme un rechazo brusco, o incluso un alejamiento disimulado. As&#237; que aguant&#233; la presi&#243;n de aquellos conos como astas, confiando en que fuera ella quien pusiera pronto distancia, aire, aunque el verbo confiar es inadecuado, pues lo cierto es que desesperaba. Reresby habr&#237;a tenido raz&#243;n, como casi siempre, al encomendar sus piernas, si hubiera llegado a hacerlo; y a la se&#241;ora hab&#237;a que reconocerle que sab&#237;a elegir el corto o largo de falda perfecto para su complexi&#243;n y estatura, tres dedos sobre la rodilla; si uno la ve&#237;a de lejos, con su &#225;gil sensualidad danzante, su robusto busto r&#237;gido, sus pantorrillas y demimuslos bien formados y algo rocosos, as&#237; como su culo que valdr&#237;a un meneo seg&#250;n un hombre al que impacientara el buen gusto, pod&#237;a dar la impresi&#243;n que cada noche ella buscaba, y obligar a su marido -vi con leve inquietud en seguida- a volverse a colocar las gafas, ya limpias, para vigilar de reojo sus pasos y sus abrazos. El diablo no siempre exige exageraciones o no a todos se las admite, y pacta sin duda con gradaci&#243;n infinita en lo relativo a las apariencias, quiz&#225; afine mucho con las distancias: a veces salva un cuerpo o una cara de lejos y en la penumbra, para condenarlos y hundirlos alumbrados y de cerca (no suele consentir en lo inverso). No era este el caso exactamente -los rasgos de la se&#241;ora Manoia me hab&#237;an parecido en el Vong muy gratos, aunque no tentadores, tampoco eso-, pero su imagen en movimiento exaltado y con individuo en los brazos resultaba m&#225;s atrayente que en reposo y engullendo, o bien chupando cangrejos: lo bastante, en todo caso, paraque alguien acodado a una barra, a unos cuantos metros o yardas, se irguiera para otear y olfatear la pista, y m&#225;s a&#250;n, empezara a agitar ambas manos en se&#241;al de saludo histri&#243;nico al reconocer al individuo que ella estrujaba con fanatismo pr&#225;ctico, conocido com&#250;nmente como pareja de baile.

No lo reconoc&#237; yo a &#233;l al principio. La se&#241;ora Manoia me hac&#237;a dar tantas vueltas -m&#225;s que un semilento ejecut&#243; un semirr&#225;pido, y yo a su son y a sus &#243;rdenes- que no lograba fijar la vista en ning&#250;n sitio m&#225;s que d&#233;cimas de segundo, peor que en el tiovivo. Hasta el punto de que lo tom&#233; por un negro, por culpa de la mala visibilidad y de mi trote precipitado y porque vest&#237;a una chaqueta muy clara, de poderosas hombreras y varias tallas m&#225;s grande de la que le correspond&#237;a, y s&#243;lo he visto atreverse con semejante clase de prenda, holgada pero con apresto, muy recta, a algunos miembros de esa raza, sobre todo a nuevos ricos fornidos m&#225;s o menos del espect&#225;culo: atletas, boxeadores, celebridades de televisi&#243;n, raperos de la rama dandy. Durante unos instantes cre&#237; que ser&#237;a uno de &#233;stos, porque en su oreja izquierda brillaba un pendiente, me pareci&#243; de aro, un poco largo y en exceso oscilante para la moda preferida entonces entre la modernidad ultranocturna y no s&#233; si ahora (salgo menos), como si se lo hubiera prestado una z&#237;ngara o se lo hubiera arrebatado a un pirata de los que ya no existen desde hace doscientos a&#241;os, al menos en Occidente. Por fortuna no se tocaba con sombrero de ala estrecha ni ancha, tampoco con pa&#241;uelo anudado haci&#233;ndole cola en la nuca al estilo bucanero, bandanas los llaman ahora (pod&#237;a haberle dado por conjuntarse), llevaba el pelo hacia atr&#225;s, untado, planchado o m&#225;s bien tirante, tanto que en segunda y confusa instancia tem&#237; que se lo sometiera con algo peor todav&#237;a, a saber, una redecilla negra como las de nuestros majos goyescos, o es acaso a los toreros de &#233;poca a quienes he visto lucirlas sin aver-gonzamiento en los grabados y cuadros, de Goya tambi&#233;n m&#225;s que de nadie. Si digo por fortuna no es s&#243;lo porque me parezcan pat&#233;ticos o sin m&#225;s grandes farsantes cuantos hoy se cubren la cabeza, no digamos ya si es bajo techo (van con &#237;nfulas de originalidad biogr&#225;fico-art&#237;stica m&#225;s a&#250;n que indumentaria, los varones como las mujeres, pero m&#225;s afectados aqu&#233;llos y sin perd&#243;n posible, aunque son de bofetada las que llevan beret o fina boina, sea recta o ladeada), sino porque al darme al fin cuenta de qui&#233;n era el pollo negro o no negro, o el cuervo o buitre de barra (fue un momento que me concedi&#243; de fijeza mi peonza vaticana: se abstuvo de girar unos diez segundos y pude mirar sin mareo a la figura que manoteaba en el aire), pens&#233; que con sombrero de m&#250;sico o pa&#241;uelo filibustero no lo habr&#237;a soportado; no la visi&#243;n desde luego, y menos su compa&#241;&#237;a ante testigos que me conoc&#237;an, intolerable que nadie me hubiera asociado al sujeto, ni siquiera como compatriota: me habr&#237;a negado a m&#237; mismo con tal de mantenerlo a distancia, me habr&#237;a improvisado otro nombre (Ure o Dundas sin ir m&#225;s lejos, esa noche estaban libres), me habr&#237;a fingido desconocido y por supuesto brit&#225;nico o canadiense a ultranza, le habr&#237;a dicho con fuerte acento de imitaci&#243;n: 'M&#237; no comprender. No Spanisti. Y ante su probable y barbarista insistencia habr&#237;a eliminado resquicios: 'No Spanglish either, hombre'.

As&#237; que al reconocerlo, y no ver sobre su cabeza tocado temible alguno (algo era algo), me limit&#233; a sentir incredulidad en mi pecho m&#225;rtir, es decir que alcanc&#233; a pensar esto, en medio de mi agudizado baile: 'Santo cielo, no puede ser. El agregado De la Garza pulula por las discotecas de Londres vestido de rapero negro dandy, o quiz&#225; es de apoderado negro de boxeador tambi&#233;n negro. Tal vez, incluso, a estas horas, &#233;l mismo se crea un negro'. Y acert&#233; a a&#241;adirme: 'Gran capullo; y adem&#225;s blanco'. All&#237; estaba un hombre al que impacientaba el buen gusto, o en quien el malo era tan invasivo que arrasaba toda frontera, las n&#237;tidas como las difusas; y a&#250;n m&#225;s, un tipo dispuesto a hallarle inter&#233;s lascivo a casi cualquier ser femenino -o era inter&#233;s m&#225;s bien puerco, cercano al meramente evacuatorio-, si en casa de Sir Peter Wheeler hab&#237;a sido capaz de encontr&#225;rselo, y nada escaso, a la prevenerable viuda reverenda o Deana Wadman, con su escote esforzado y mullido y su collar p&#233;treo precioso de gajos. (Quiero decir a cualquier ser femenino humano, no me gustar&#237;a insinuar cosas que ignoro, y sin indicios.) Flavia Manoia, de edad tal vez parecida pero con notables m&#225;s garbo y rastro (rastro de su belleza, se entiende), pod&#237;a en verdad trastornarlo a dos copitas que llevara &#233;l encima o que planeara agregarse en los minutos pr&#243;ximos. La memoria asociativa instant&#225;nea me hizo buscar con la mirada, il&#243;gicamente, al prevetusto Lord Rymer, la mal&#233;fica y famosa Frasca de Oxford con la que De la Garza hab&#237;a compartido tantos brindis en la cena fr&#237;a y que incitaba infaliblemente a beber a espuerras a quien se le pusiera a tiro de recipiente (o bien de flask, que es lo mismo). Pero su celebridad y sus movimientos dificultosos hab&#237;an quedado confinados a territorio estrictamente oxoniense desde su jubilaci&#243;n en la C&#225;mara y el consiguiente abandono de sus legendarias intrigas en las ciudades de Estrasburgo, Bruselas, Ginebra y por supuesto Londres (quiz&#225; &#233;l no era par vitalicio, pero se rumore&#243; que la creciente sabidur&#237;a et&#237;lica de sus intervenciones ante los Lores -una sabidur&#237;a insatisfecha siempre- acab&#243; por aconsejarle una prematura renuncia a su esca&#241;o); y con su silueta abombada y sus pies tan deficientes no se habr&#237;a aventurado nunca en el mundo de las discotecas brutales, ni aun llevado por De la Garza y otro en la sillita de la reina.

Confi&#233; en que Rafita estuviera acompa&#241;ado de ese otro o de varios, de alguien en todo caso, y as&#237; lo cre&#237; con mediano alivio (pero de nuevo algo era algo) cuando vi que tambi&#233;n lanzaba saludos, o m&#225;s bien hac&#237;a desde&#241;osos gestos de imponer espera y paciencia a un grupo de cuatro o cinco personas sentadas a una mesa no alejada de la de Tupra y Manoia, personas espa&#241;olas todas a buen seguro, o en su mayor&#237;a, por lo grit&#243;n de sus voces y lo exhibicionista de sus carcajadas (y adem&#225;s una fing&#237;a -un maromo- seguir la m&#250;sica idi&#243;tica con muy grande sentimiento, tanto que se le pon&#237;a incongruente cara de o&#237;r flamenco pur&#237;simo y padeciente, el cual no sonar&#237;a all&#237; por los siglos ni en versi&#243;n adulterada y rumbosa: era local exclusivo de estr&#233;pito y aturdimiento, lo m&#225;s idi&#243;ticamente chic de la temporada entre las juventudes no extremas y s&#237; bastante adineradas, quiz&#225; elegido por Tupra para agradar as&#237; a Flavia Manoia, o para que a &#233;l no pudiera escucharlo m&#225;s o&#237;do que el arrimado a sus labios).

Joder, joder, Deza, &#191;d&#243;nde te has agenciado a esta titi, t&#237;o? -Esas fueron las primeras y repugnantes y aun deprimentes palabras del gran capullo Rafita cuando ya no pudo aguantarse e invadi&#243; la pista balance&#225;ndose en un terrible remedo -en efecto- de los andares de un negro achulado, la pieza semilenta a&#250;n inconclusa y por lo tanto tambi&#233;n nuestro semirr&#225;pido baile-. Anda, pres&#233;ntame, anda cabr&#243;n, no me seas ego&#237;sta. &#191;Est&#225; contigo o la acabas de levantar aqu&#237; mismo? -Deb&#237;a de tomar por inglesa a la se&#241;ora Manoia y se sent&#237;a otra vez impune en su lengua, seguro que se pasaba su majadera vida en Londres con tal perpetuo sentimiento, un d&#237;a le har&#237;a meter bien la pata hasta el fondo y lo convertir&#237;an en pur&#233; o picadillo. Yo continuaba girando y &#233;l giraba tras de m&#237; (quiero decir a mi espalda), habl&#225;ndole a mi cogote con enorme desparpajo, sin que eso le supusiera extra&#241;eza ni incomodidad siquiera: record&#233; su especialidad en entrometerse en las conversaciones ajenas hasta dinamitarlas, nada ten&#237;a de particular que se inmiscuyera igualmente en las danzas y las pulverizara-. Me juego una primera de Lorca a que se la has levantado aqu&#237; a alg&#250;n imb&#233;cil. Es que donde nosotros pongamos pica, ya se sabe.

Me irrit&#243; ya tant&#237;simo con aquellas peque&#241;as frases -el t&#233;rmino m&#225;s pueril que canalla aunque &#233;l lo creyera esto &#250;ltimo; la apuesta pedante de bibli&#243;filo sobrevenido; el engreimiento infundado de su vulgaridad patri&#243;tica (aquel 'nosotros' significaba por fuerza 'los espa&#241;oles')- que pese a haber decidido a la postre responderle en ingl&#233;s turbio por lo que dir&#233; en seguida, y no moverme de Ure o Dundas con la entereza de un prisionero de guerra, no pude contenerme y me apa&#241;&#233; para soltarle con grito r&#225;pido, ladeando un poco la cabeza, que no el torso cautivo:

T&#250; no tienes una primera edici&#243;n de Lorca ni robada, Garza Ladra. -Sin duda no pill&#243; la alusi&#243;n oper&#237;stica insultante, pero me daba lo mismo, ya s&#243;lo hac&#233;rsela me compensaba. No la recogi&#243; en todo caso hasta luego, y bien est&#243;lidamente; primero le brot&#243; una vena redicha y pleiteadora.

Te equivocas, t&#237;o listo -dijo, y alz&#243; un dedo absurdo enjoyado: deb&#237;a de ponerse el atuendo discotequero con todos los complementos cuando sal&#237;a de farra en serio, o acaso era de aspirante a negro; pero lo que no se explicaba en tal contexto (y es lo que he dicho que en seguida dir&#237;a, lo que me resolvi&#243; a hacerme el loco aunque al instante incumpliera el prop&#243;sito) era la redecilla de luto goyesca que efectiva e imposiblemente De la Garza llevaba puesta para aplastarse mejor el pelo o por alguna raz&#243;n cretinoide, mi visi&#243;n confusa de segunda instancia result&#243; ser la acertada. Ahora en cambio no daba cr&#233;dito, pese a ser mi visi&#243;n hiriente de tan meridiana. Ni siquiera se correspond&#237;a aquel cestillo con una melenita o coleta que lo rellenara, su contenido era el vac&#237;o; ya que osaba coronarse conprenda tan extempor&#225;nea, elegida por un entendimiento malsano, pod&#237;a haberse alquilado un postizo al menos, con el que conferirle sentido y peso y justificarla un poco, dentro de lo retorcido abominable. (Es un decir, sentido; tambi&#233;n otro, justificarla; y otro m&#225;s, entendimiento.) Pens&#233; que lo mismo le hab&#237;a regalado o vendido alg&#250;n Lorca primigenio el antiguo Director de la Biblioteca Nacional de Espa&#241;a, amigo suyo seg&#250;n sab&#237;a y que al parecer hab&#237;a utilizado largamente su cargo -ahora aprovechaba otro m&#225;s alto- para arrancarles irrisorios precios a los libreros anticuarios finos, aduciendo que adquir&#237;a el volumen costoso y raro de turno con destino a esa instituci&#243;n p&#250;blica, por lo dem&#225;s frecuentemente vedada a los ciudadanos (apelando en cada marchante, en suma, a su lado m&#225;s patri&#243;tico que viene a ser el m&#225;s primo), cuando lo cierto es que iban todos derechos, sin escala oficial alguna, a la colecci&#243;n particular de su casa, siempre en desproporcionado aumento.

No quise averiguar en el acto por qu&#233; era yo t&#237;o listo y me equivocaba. Not&#233; que la se&#241;ora Manoia empezaba a mosquearse. Era del todo an&#243;malo que en mitad de un baile, su baile, un tipo rid&#237;culo y quiz&#225; ya algo beodo se uniera malamente a nuestros movimientos por detr&#225;s de su pareja y se dedicara a hostigar a &#233;sta en la nuca, a voz en cuello; m&#225;s descort&#233;s todav&#237;a, me di cuenta, que yo le contestara al irregular sujeto, aunque fuera una sola y desabrida frase, en vez de pararle los pies literalmente y ponerlo en fuga hasta su barra, o aun m&#225;s all&#225; si me empleaba. Con todo, dud&#233; si el mosqueo era debido a mi desatenci&#243;n moment&#225;nea, a la intrusi&#243;n pura y simple e ins&#243;lita de De la Garza, o a no haber yo sugerido un alto inmediato que posibilitara el conocimiento formal de ambos. Me pareci&#243; que alguna curiosidad le inspiraba aquel Rafita noct&#225;mbulo con su ininteligible atav&#237;o, pero era dif&#237;cil decirlo, pod&#237;a ser perplejidad a secas: ella deb&#237;a de estar viendo ante s&#237;, mientras bailaba, dos semblantes yuxtapuestos, lo cual no la ayudar&#237;a a hincarse m&#225;s acoplada en mi pecho ni a concentrarse y disfrutar de sus pasos; vi que adem&#225;s los ojos se le iban sin querer hacia arriba a mi espalda, se le distra&#237;an comprensiblemente por culpa del accesorio taurino o majo dieciochesco, sin duda no discern&#237;a con claridad qu&#233; era aquello ni su improbable significado, o herm&#233;tico simbolismo. O tal vez hab&#237;a captado desde el primer instante que, por mucha red de la compra con que se adornara el cabello, y pendiente de adivinadora con que se lastrara la oreja, aquel segundo espa&#241;ol era para ella segura fuente de halagos, a lo mejor inagotable. Me vino a m&#237; la idea en todo caso, y en un rapto mental de irresponsabilidad y ego&#237;smo, pens&#233; que no nos vendr&#237;a mal incorporar al agregado un breve rato, surtir&#237;a a la se&#241;ora de admiraciones y cumplidos varios (aunque indescifrables) y hasta podr&#237;a apechar (nunca mejor dicho) con las estacas o le&#241;os si insist&#237;a ella en m&#225;s bailes. (Yo estaba siendo en mis alabanzas m&#225;s parco de lo encomendado, me tem&#237;a; no por excesiva prudencia ni porque me costara lisonjear a una mujer tan espiritosa y receptiva, en el fondo tan contentadiza aunque ning&#250;n contento llegara a durarle y necesitara de alimentaci&#243;n constante, sino porque las frases carine o tenere me aburren y empalagan muy pronto por su naturaleza monocorde, las lea en novela o las oiga en pel&#237;cula, las pronuncie yo en la vida o en ella me las dediquen.) Fuera como fuese, bast&#243; que Flavia Manoia dijera cuatro palabras para convencerme a m&#237; mismo de que la escena era insostenible tal como transcurr&#237;a, y de que tocaba proceder a las presentaciones sin m&#225;s tardanza. Y acab&#233; de cerciorarme de ello al observar de refil&#243;n que Manoia, a quien Tupra susurraba al o&#237;do largos argumentos o proposiciones, hab&#237;a lanzado a la pista un par de miradas interrogativas, si es que no inquisitoriales, desde que De la Garza nos acosaba, para &#233;l un desconocido completo con pinta de molestoso, y era f&#225;cil que se la encontrara asimismo de depravado.

Mah -dijo primero Flavia, y eso es siempre de ambig&#252;edad notable en el idioma italiano, puede indicar conformidad, contrariedad, leve inter&#233;s, leve fastidio, desentendimiento, duda, o anuncia s&#243;lo un punto y aparte y que se pasa a otra cosa. Y a&#241;adi&#243; luego-: Chi sarebbe, lui? -Esto me fue suficiente para interrumpir el baile y descolgarme de la empalizada con mucha suavidad y tiento, pero a&#250;n me hizo otra pregunta antes de que yo enunciara los nombres-: E cosa vuol dire, titi? -No pod&#237;a haber entendido apenas nada de lo soltado por aquel bald&#243;n de la Pen&#237;nsula (aunque en realidad hoy hay tantos que casi constituyen norma, y no bald&#243;n en consecuencia), pero quiz&#225; hab&#237;a intuido que ese t&#233;rmino pegadizo iba por ella; que se le hab&#237;a aplicado, y en tono m&#225;s bien fragoroso.

Rafael de la Garza, de la Embajada espa&#241;ola en Londres. La se&#241;ora Flavia Manoia, una maravillosa amiga italiana. -Utilic&#233; esta lengua para presentarlos, aprovech&#233; para insertar un elogio; luego a&#241;ad&#237; en castellano, es decir, s&#243;lo para Rafita y a fin de prevenirlo en salud, o de contenerlo (un empe&#241;o quiz&#225; iluso)-: Ah&#237; est&#225; su marido, es aquel, un hombre muy influyente en el Vaticano. -Confiaba en impresionarlo-. En aquella mesa con el se&#241;or Reresby, te acordar&#225;s del se&#241;or Reresby, &#191;no? En la cena de Sir Peter, &#191;s&#237;? -De lo que estaba seguro era de que no se acordar&#237;a de que el apellido de Tupra era Tupra, all&#237; en casa de Wheeler.

Ah, pero c&#243;mo es joven, estevuestro Embajador -contest&#243; ella siempre en su lengua, mientras le apresaban la mano-. Y c&#243;mo es tambi&#233;n moderno, muy audaz su estilo, &#191;cierto? Eh, c&#243;mo se ve que el vuestro es un pa&#237;s renovado en todo. De verdad en todo. -Y a&#250;n insisti&#243; en lo de titi, se le hab&#237;a antojado saberlo-. Pero dime lo que significa 'titi', anda, dime.

De la Garza me habl&#243; al mismo tiempo (cada uno me voce&#243; a un o&#237;do y cada uno en su lengua), sosteniendo demasiado rato la mano de la se&#241;ora entre las dos suyas, esto es, secuestr&#225;ndosela durante toda la serie de denuestos y obscenidades que la visi&#243;n y rememoraci&#243;n de Reresby hicieron brotar de su boca nada m&#225;s &#233;l divisarlo, y que no fui capaz de seguir enteramente, pero de la que capt&#233; estos cuantos vocablos, incompletas frases y conceptos: 'cabr&#243;n', 'caracolillos', 't&#237;a larga', 't&#237;a puta', 'ense&#241;&#225;ndome las bragas', 'se largaron', 'una morsa', 'le restregaba los flotadores', 'sof&#225; pringoso', 'a ver si se las arrancaste t&#250;', 'disimulo', 'z&#237;ngaro de mierda', 't&#237;a v&#237;bora', 'no me jodas', y una interrogaci&#243;n por &#250;ltimo, '&#191;te la desbragaste viva?'. Despu&#233;s de esta r&#225;pida sarta se refiri&#243; un momentito al presente:

&#191;Qui&#233;n has dicho antes que ladra? &#191;La maciza esta? Joder qu&#233; bastiones. -Su vocabulario era a menudo escolar y anticuado, cuando aspiraba a ser m&#225;s rudo. Hab&#237;a percibido, con todo, cierta dificultad de asalto. No se habr&#237;a planteado, en cambio, la cuesti&#243;n de su artificialidad evidente (obra del hombre), &#233;l no hac&#237;a distinciones ni se perd&#237;a en detalles nimios. Luego adopt&#243; un tono untuoso, un instante, para dirigirse y adular a Flavia-: Es un grand&#237;simo placer, se&#241;ora, y mi admiraci&#243;n es a&#250;n m&#225;s grande. -Esto s&#237; fue comprendido, crys-tal-clear para cualquier italiano.

En todo caso segu&#237;a igual de malhablado o incluso hab&#237;a ido a peor (las noches de disipaci&#243;n son propicias, y m&#225;s las de caza ardua), aunque lo de desbragarse a una t&#237;a viva yo jam&#225;s lo hab&#237;a o&#237;do (raro ese reflexivo). Era llamativamente grosero como eufemismo, pero no dejaba de serlo sin duda -un eufemismo-, as&#237; que posiblemente hab&#237;a que agradec&#233;rselo, dentro de todo. Menos mal que nadie le entender&#237;a las expresiones brutales zafias, de los que ven&#237;an conmigo.

Ya estaba medio arrepentido de mi flaqueza ego&#237;sta (ten&#237;a que habernos negado, a &#233;l o a m&#237; o a ambos, 't&#250; no me has visto nunca, no s&#233; qui&#233;n eres, no me conoces, t&#250; no has hablado conmigo ni te he dicho nada, para m&#237; no tienes rostro ni voz ni aliento ni nombre, como yo para ti no tengo ni siquiera nuca o espalda') cuando Tupra me hizo una se&#241;al para que acudiera a su mesa, le estaba explicando tanta historia a Manoia que por fuerza iba a necesitarme de int&#233;rprete en cualquier momento, se ve&#237;a venir eso, para que los sacara de alg&#250;n atasco. Dud&#233; si llevarme a la se&#241;ora conmigo y por lo tanto a Rafita, quien no se nos despegar&#237;a ahora tan pronto, su propensi&#243;n era adhesiva. Pero eso podr&#237;a irritar mucho a Tupra, pens&#233;, que le plantara al soez experto en bellas letras (que adem&#225;s &#233;l ya conoc&#237;a) en medio de sus tratative (y encima con alhajas y una red de pesca colg&#225;ndole); as&#237; que opt&#233; por dejar a Flavia al cuidado provisional de De la Garza -algo intranquilizante siempre-, lo vi muy dispuesto a ilustrarla con sus agudezas cultas, o a embrutecerla con bailes m&#225;s primitivos que el m&#237;o y que no ser&#237;an mal acogidos. Antes de ausentarme le susurr&#233; o grit&#233; a ella al o&#237;do, no fuera a guardarme agravio por una respuesta no dada:

'Titi' significa 'beldad'.

&#191;Ah s&#237;? &#191;Y c&#243;mo es eso? &#191;De d&#243;nde viene? Tan extra&#241;o.

Bueno, es un t&#233;rmino popular, simp&#225;tico, de Madrid, carcelario. -Esto &#250;ltimo lo improvis&#233;, no s&#233; por qu&#233;; por adornarlo-. &#201;l te considera una gran belleza, como todos cuantos, como cada uno. -Bueno, esto fue as&#237; en italiano, de lo m&#225;s verbatim-. Eso es lo que te ha llamado.

&#191;Pero el Embajador no habr&#225; estado en la c&#225;rcel? -pregunt&#243; con sobresalto. No hubo en su voz tanto esc&#225;ndalo (no deb&#237;a de faltarle costumbre de ver pasar por la trena a amigos y conocidos suyos) cuanto absurdas piedad y alarma por los antecedentes del mamarracho majo y su posible pasada desgracia (yo le habr&#237;a aplicado mazmorra durante largas temporadas, con o sin causa). Ser&#237;a por su juventud, supuse, el miramiento.

No, no. Dir&#237;a de no, no lo creo. El origen de la palabra es carcelario, pero las palabras salen, viajan, vuelan, se expanden; ellas son libres, &#191;cierto?, no hay rejas ni muros que las contengan, eh. Tremenda su fuerza.

Temibile-apunt&#243; De la Garza, que hab&#237;a pegado el o&#237;do y habr&#237;a entendido inconexos vocablos sueltos de mi italiano espa&#241;olizante (el suyo fue deducido, a buen seguro no lo hablaba; quiero decir su adjetivo &#250;nico aportado). Era un as en eso, en terciar sin venir a cuento ni saber qu&#233; se trataba ni ser jam&#225;s invitado, y aun siendo repelido a veces, a las claras y de plano.

No hace falta, quindi -prosegu&#237;-, ir a prisi&#243;n para conocerlas, las que all&#237; nacen o se inventan. Y &#233;l no es el Embajador, ves, por cierto; est&#225; s&#243;lo en el equipo de &#233;ste. Pero estoy convencido de que llegar&#225; a serlo con el tiempo. Y pienso que ascender&#225; a&#250;n m&#225;s alto si persevera en su ser presente, el cual parece irrenunciable: lo har&#225;n Secretario de Estado, anzi Ministro. -En espa&#241;ol no hay equivalente exacto para estas dos, 'anzi' y 'quindi'.

&#191;Ministro? &#191;Y de qu&#233; cosa, Ministro?

Beh. De la Cultura, lo m&#225;s probable; es su materia, es un experto en todo. -Me sali&#243; eso espont&#225;neamente: tambi&#233;n 'beh' es ambiguo en italiano, quiz&#225; no quise quedarme atr&#225;s en el manejo de las interjecciones vern&#225;culas indefinibles. Y a&#241;ad&#237; separ&#225;ndome un poco de ella, con intenci&#243;n de facilitarle a De la Garza la escucha y de que esto me lo entendiera m&#225;s o menos conexo-: Nadie como &#233;l conoce la literatura universal fant&#225;stica, incluida la medieval, y la paleocristiana. Sabe un huevo. -Esto &#250;ltimo lo dije con literalidad inadmisible, cit&#225;ndolo a &#233;l en la cena de Wheeler. 'Un uovo', solt&#233; sin inhibirme nada, a sabiendas de que esa expresi&#243;n no se emplea ni por tanto se comprende-. Y eso, adem&#225;s de meritorio y &#250;til, es tremendamente chic, lo sab&#237;as?

Temiblemente chic -acot&#243; Rafita, sin haberse enterado de mucho pese a mi vocalizaci&#243;n muy clara. Ten&#237;a un poco gorda la lengua, no demasiado, podr&#237;a pas&#225;rsele pronto si espaciaba las copas o la lascivia se la rescataba; esta vez no intent&#243; siquiera el italiano adivinado. Miraba a la se&#241;ora Manoia con fija y vidriosa lujuria, quiero decir que estaba a punto de quedarse tan s&#243;lo en estupefacci&#243;n ante los menhires.

&#191;De veras? Addirittura. -Esto tampoco tiene equivalente exacto en mi idioma.

Ahora, si me dispensas, querid&#237;sima y admirad&#237;sima Flavia -al menos esparc&#237;a superlativos, m&#225;s frecuentes en la lengua de ella-, te dejo unos minutos en la mejor y m&#225;s chic compa&#241;&#237;a. Me reclaman, nuestros amigos.


All&#237; la dej&#233;, pero a los pies de los caballos zainos y en la boca pseudonegra del lobo y ante el foso fosco de los cocodrilos, confiando en que su marido y Tupra no me retuvieran mucho, me sent&#237;a responsable de la noche de la se&#241;ora, de su bienestar y contento, quer&#237;a que sus diez pulseras continuaran tintineando. Mientras me dirig&#237;a hacia ellos, vi que De la Garza elud&#237;a de momento el baile y optaba por incorporarla a su mesa no muy lejos de la nuestra, a la de sus amistades ruidosas de mayor&#237;a espa&#241;ola, y eso me tranquiliz&#243; en parte, quedaban a nuestra vista y &#233;l no podr&#237;a requebrarla all&#237; tanto como a solas en la danza (hab&#237;a en el grupo un par de mujeres, y muchas de mis compatriotas toleran mal la competencia, aunque sea imaginaria y no la haya ni en sombra porque casi ni pueda darse: ser&#237;an ambas veinte a&#241;os m&#225;s j&#243;venes que mi se&#241;ora Manoia, la cual se las habr&#237;a zampado, empero, de hab&#233;rselas tropezado sin esos dos decenios de diferencia a cuestas. 'Luisa no es as&#237;", me cruz&#243; el pensamiento; 'no suele rivalizar con nadie, y si alguien viene a med&#237;rsele, entonces ella se aparta. Quiz&#225; por estar segura, o porque ser como es ya le basta. Quiz&#225; yo no soy distinto'). Me fij&#233; en que el maromo fingidor mel&#243;mano bat&#237;a ahora palmas muy quedas junto a su propio o&#237;do, las manos ahuecadas y cautas, los ojos cerrados con fuerza, conciencia plena de su pose intensa y hasta un doliente tarareo en los labios (deb&#237;a de ser el de un cante harto jodido por tremendamente jondo, se le pon&#237;a una expresi&#243;n atormentada ext&#225;tica como de m&#225;rtir voluntarioso), absorto en m&#250;sicas que no se prestaban nada a tales simas de desgarro, acaso llevaba otra en su mente con incre&#237;bles concentraci&#243;n y constancia, o tal vez la escuchaba en efecto -sordo a las de la discoteca por tanto- mediante auriculares diminutos ocultos como los que usar&#237;a en sus correteos mi vecino bailar&#237;n de enfrente. Su cara quiso sonarme, muy campesina pese al barroco peinado de bucles que trataba de desvair&#237;a o aun de desmentirla, el pelo furiosamente te&#241;ido de color negro demente; me dio que era un escritor fundamental muy c&#233;lebre, pod&#237;a haber perorado en el Instituto Cervantes aquella tarde, tra&#237;do ex profeso desde la Pen&#237;nsula por De la Garza, y yo me lo habr&#237;a perdido, lecci&#243;n magistral o recitado de embrujo, qu&#233; gran fallo el m&#237;o. Me pareci&#243; un anormal completo, y &#233;l no se enter&#243; desde luego de la llegada de Flavia a su mesa, enfrascado como estaba en las palmas de su quej&#237;o; los dem&#225;s ni se levantaron cuando Rafita hizo las presentaciones, con la sola excepci&#243;n de un hombre que quiz&#225; s&#237; era brit&#225;nico, por su aspecto y por conservar ciertos modales, tardan all&#237; un poco m&#225;s en verlos todos prescindibles. El agregado, con adem&#225;n desp&#243;tico, mand&#243; a la compa&#241;&#237;a correrse para hacerles sitio a ellos, vi a los dos tomar asiento con bastantes apreturas (se rozar&#237;an las piernas, a la se&#241;ora Manoia se le qued&#243; la falda algo subida -algo de m&#225;s, se entiende-, tal vez eso exaltase a su chichisbeo) antes de hacer yo lo mismo sin estrecheces en una silla a la izquierda de Reresby, &#233;l prefer&#237;a tener a la gente a ese lado si era posible, o&#237;a mejor con ese o&#237;do o ve&#237;a mejor con el ojo diestro, me figuraba.

En seguida me pregunt&#243; c&#243;mo se dec&#237;an en italiano cuatro o cinco palabras que previsoramente hab&#237;a anotado en el posavasos y en las que se habr&#237;a encallado el ingl&#233;s de Manoia, pobre de vocabulario. Una de ellas fue 'vows extra&#241;amente, o 'to take the vows 'm&#225;s en concreto; otra fue 'toad stool', igual de rara en otra gama; una tercera fue 'nipples', que no ayudaba a inferir nada. Era normal que Manoia las desconociese, no tanto que Tupra no hubiera recurrido a alternativas o aproximaciones para hac&#233;rselas entender, incluso a se&#241;as en el &#250;ltimo caso (quiz&#225;, pese al apellido, era demasiado ingl&#233;s para eso). Por suerte yo las hab&#237;a le&#237;do u o&#237;do antes y pude buscarles equivalentes ('pronunciare i voti', ah&#237; me orient&#233; por el castellano; 'funghi, piuttosto quelli velenosi, aqu&#237; la explicaci&#243;n me hizo falta; 'capezzoli', aventur&#233;: la recordaba esdr&#250;jula pero no estaba seguro). Tambi&#233;n por suerte, mi curiosidad no se despertaba. Confi&#233;, sin embargo, en que los pezones, capezzoli o nipples no fueran en ning&#250;n caso los de la se&#241;ora Manoia, cualquier referencia a ellos me habr&#237;a resultado violenta (aunque hubiera sido s&#243;lo m&#233;dica, o digamos patol&#243;gica) tras haber sido ensartado como por dos saetas y a&#250;n resentir su punzadura en mi pecho. Me dispon&#237;a a volver ya con ella, una vez cumplida mi tarea de diccionario andante; pero Tupra me detuvo con un gesto, me mostr&#243; el env&#233;s de la mano como advirti&#233;ndome: 'Espera, que todav&#237;a podemos necesitarte'. Manoia aprovech&#243; la pausa de estas consultas (no reaccion&#243; m&#225;s que a la tercera, y sobriamente: 'Ah, gabezzoli', repiti&#243; con su pronunciaci&#243;n no romana sino m&#225;s sure&#241;a) para alzar su barbilla azulada y larga y mirar con las gafas bien puestas, sujetadas por el pulgar, hacia la mesa que hab&#237;a acogido a su mujer con tanto y tan espa&#241;ol descuido.

Qui&#233;nes son -me pregunt&#243; en su lengua, en tono desde&#241;oso y desconfiado, o era casi disgustado.

Espa&#241;oles; escritores, diplom&#225;ticos -contest&#233; d&#225;ndome cuenta de que no ten&#237;a ni idea e ignoraba todos sus nombres, en la punta de la lengua (pero sin salirme) el del c&#233;lebre y fundamental autor palmero-. Ese joven es de mi Embajada, el se&#241;or Reresby tambi&#233;n lo conoce. -Y me volv&#237; en ingl&#233;s hacia Tupra, para m&#225;s involucrarlo y hacerlo compartir responsabilidades, preventivamente-. Te acuerdas del joven De la Garza, &#191;verdad? Estaba en aquella cena de Oxford, es hijo de Don Pablo de la Garza, que ayud&#243; aqu&#237; bastante durante la Guerra y luego fue muchos a&#241;os Embajador de Espa&#241;a en pa&#237;ses africanos. -Se me ocurri&#243; absurdamente que esta informaci&#243;n gentilicia los tranquilizar&#237;a-. Buen muchacho, muy atento. -Y esto &#250;ltimo se lo repet&#237; en italiano a Manoia, por ver si as&#237; me lo cre&#237;a {'Un bravo ragazzo, molto premuroso'), mientras en espa&#241;ol pensaba sin poder remediarlo: 'Un gran mel&#243;n, un mameluco y un plasta'.

Pese a los reflejos de sus lentes, le vi un momento la huidiza mirada gracias a que la mantuvo quieta un poco m&#225;s de lo habitual, sobre Rafita y su panda. Percib&#237; en ella burla, causticidad, tambi&#233;n algo de encono, como si hubiera reconocido en ellos a una clase de gente a la que se la ten&#237;a jurada desde muy antiguo. S&#237;, parec&#237;a un hombre capaz de sentir furia hasta con provocaciones menores, pero si saltaba con ella ser&#237;a seguramente sin que nada lo anunciara, sin que apenas pudiera preverse, a&#250;n menos impedirse. Una c&#243;lera tibia; controlada por &#233;l, y dosificada; podr&#237;a pararla, incluso una vez desencadenada; para los dem&#225;s desconcertante. Eso era. Eso encerraba. Pero Tupra ten&#237;a raz&#243;n sin duda, en que tambi&#233;n pod&#237;a sacarla.

Y qu&#233; es lo que lleva en la cabeza, &#191;una mantilla? -pregunt&#243; Manoia, ahora con abierto desprecio.- &#191;Ser&#225; que piensa ir a misa al alba?

Bueno, ya sabe que hoy los j&#243;venes se adornan con cosas raras cuando salen de noche, les gusta ser originales, distinguirse. -En verdad era un sarcasmo que yo me viera obligado a justificar la majeza y defender la majader&#237;a-. Es una prenda arcaica, pero muy espa&#241;ola; eso es, taurina; del Setecientos, creo, o quiz&#225; de antes. -Mir&#233; a Rafita con rencor. A distancia me record&#243; al autorretrato que hay en el Louvre de Luis Mel&#233;ndez, aunque en degradado y vicioso; y lo que el pintor lleva en el pelo no es comparable: un pa&#241;uelo anudado si no me equivoco, a modo de corona de laurel o buscando ese efecto. Hablaba animadamente y a voces, pontificaba o contaba chistes (una de dos), la se&#241;ora Manoia no deb&#237;a de cazar ni media, pero &#233;l se dirig&#237;a tambi&#233;n a los otros, sobre todo a una joven rubi&#225;cea con permanente cara de asco, esa expresi&#243;n se da mucho entre las espa&#241;olas de adinerado linaje, carentes de atractivo y desdibujadas por norma, entre nosotros suele hacer falta est&#243;mago para dar un braguetazo aut&#243;ctono. Supuse que Rafita estaba destinado a eso; no tendr&#237;a prisa, sin embargo: todav&#237;a era afanoso, inexperto, coleccionista, a&#250;n querr&#237;a pasar por muchas camas temibles, ocupadas por femeninas e incontinentes sosias del inolvidable actor Robert Morley o por aparentes y disolutas gemelas de Peter Lorre, a las que habr&#237;a deseado en la nocturna rendici&#243;n borracha para asustarse de s&#237; mismo y de ellas en la matinal saciedad resacosa-. Y en suma -a&#241;ad&#237;, ya harto de pa&#241;os calientes-, es un buen chico, pero un poco mameluco. -Se me hab&#237;a quedado la palabra rondando; prob&#233; a ver si exist&#237;a tal cual en italiano, con las lenguas hermanas todo es posible y nunca se sabe.

Un po'?Eh. Mammalucco totale. Eh. Ques to si vede, eh -me corrigi&#243; Manoia y yo estuve de acuerdo, lo era total y cabal e integral. Aunque en realidad lo que sali&#243; de sus labios fue 'Mammaluggo dodale', no parec&#237;a capaz de enmendar sus abreviadas vocales confusas ni sus consonantes invariablemente sonoras, me pregunt&#233; si tambi&#233;n hablar&#237;a as&#237; de arrastrado con los delicados miembros de la curia romana, se me hab&#237;a metido en la cabeza que aquel era un matrimonio de s&#250;bditos vaticanos, tendr&#237;a que haber algunos que no fueran cardenales ni obispos ni capellanes, ni monaguillos ni sobrinos del Papa-. Y adem&#225;s, no es tan joven para estas imbecilidades -dijo, pasando ahora a su ingl&#233;s mal masticado, por no dejar fuera a Reresby de nuestros comentarios-. Ese buf&#243;n ya habr&#225; cumplido los treinta, &#191;no, Reresby?

Treinta y uno -respondi&#243; Tupra como si supiera el dato. Y a&#241;adi&#243;, para desvincularse o zafarse de lo que yo hab&#237;a insinuado-: Nunca he hablado con &#233;l, lo conozco s&#243;lo de vista, en aquella ocasi&#243;n de Oxford. Se pone nervioso con las mujeres, de eso s&#237; me he dado cuenta. -No estuve seguro de si me advert&#237;a a m&#237; con esta observaci&#243;n, para que anduviera listo, o al se&#241;or marido para que rescatara sin m&#225;s a Flavia y no la expusiera a posibles puerilidades tard&#237;as, mal se resuelven cuando la noche ya va en retirada.

Y a continuaci&#243;n Tupra volvi&#243; a reclamar la atenci&#243;n de Manoia. Acerc&#243; de nuevo sus labios carnosos al o&#237;do de &#233;ste y sigui&#243; explic&#225;ndole, o convenci&#233;ndolo, o solicit&#225;ndole, o instig&#225;ndolo. Yo no me dediqu&#233; a escuchar, me qued&#233; con un ojo de guardia sobre la mesa espa&#241;ola, con el otro les echaba a ellos vistazos por si me requer&#237;an, me llegaban retazos de su conversaci&#243;n de tanto en tanto, cuando la m&#250;sica amainaba un poco o bien uno u otro elevaban la voz m&#225;s de la cuenta, palabras sueltas y alg&#250;n nombre propio. No me cab&#237;a duda de que Tupra le acabar&#237;a sacando a Manoia lo que fuera que de &#233;l quisiese, un compromiso, una ayuda, una alianza, un secreto, una compra, una venta, un privilegio, un plan, una delaci&#243;n, o cualquier trabajo limpio o sucio. Siempre lo vi como al ser m&#225;s persuasivo del mundo y adem&#225;s lo experiment&#233; en carne propia, y eso contribuye sobremanera al arraigo de nuestras convicciones. Pero m&#225;s all&#225; de mis impresiones parciales, era seguro que aquella vehemencia suya postergada, aquella halagadora y permanente alerta, la sensaci&#243;n de hombre acogedor y despierto que transmit&#237;a a sus interlocutores cuando ello le conven&#237;a, y de que ninguna palabra de &#233;stos era jam&#225;s deso&#237;da ni desperdiciada ni por lo tanto gastada o pronunciada en vano; su extra&#241;a tensi&#243;n en reserva, que nunca obstaculizaba el trato (con &#233;l se estaba muy c&#243;modo, bien a gusto si se conced&#237;a) pero que asomaba siempre por debajo de sus vanidades leves y sus iron&#237;as taciturnas y suaves, m&#225;s como promesa de intensidad y significancia que como amenaza alguna de conflictos o turbulencias; era seguro que toda esa efervescencia suya, guardada en una rec&#225;mara en interminable espera, o subterr&#225;nea o cautiva, consegu&#237;a contagiar hasta a los m&#225;s reacios y suspicaces, y lograba que &#233;stos, si no de su parte, s&#237; se pusieran en su posici&#243;n, o en su perspectiva, o quiz&#225; a su altura solamente, que no era otra que la del hombre. Esa es la adecuada y la que no se esquiva.

As&#237; que all&#237; estaba, murmurando en medio del estruendo, gan&#225;ndose minuto a minuto la oreja de su invitado, &#233;l s&#237; como un Yago o lago argumentador y di&#225;fano y cuya buena ley quedara a salvo hasta que el tel&#243;n bajara y aun m&#225;s tarde, en el eco de sus parlamentos al volver a casa (la buena ley y la mala fe pueden ir juntas y ser compatibles, la primera amparar los recursos y la segunda el prop&#243;sito, o los medios y el fin, si se prefieren t&#233;rminos m&#225;s pol&#237;ticos); era como si no necesitara mucho de subterfugios y ardides ni tan siquiera de enga&#241;os simples, de la instilaci&#243;n subrepticia de los venenos y g&#233;rmenes para desviar o conducir voluntades y arrancar juramentos, entregas, renuncias, casi incondicionalidades. Tupra no tendr&#237;a que pensar, decirse, proponerse nunca las muy feas palabras del abanderado del Moro: 'Verter&#233; esta pestilencia en su o&#237;do', porque &#233;l convenc&#237;a con el convencimiento, y rara vez urdir&#237;a nada sobre bases falsas o embustes, o eso a m&#237; me parec&#237;a: que sus razonamientos razonaban, y sus entusiasmos entusiasmaban, y sus disuasiones en verdad disuad&#237;an, y que nada m&#225;s le hac&#237;a falta, o tan s&#243;lo su silencio a veces, que sin duda silenciaba a aquellos ante quienes lo guardara. Pero quiz&#225; s&#237; tendr&#237;a que pensar o decirse a menudo, en cambio, otras palabras inquietantes de Yago: 'Yo no soy lo que soy'. Para m&#237; era dif&#237;cil saber qu&#233; era, pese a mi don supuesto que con &#233;l compart&#237;a, o a mi maldici&#243;n segura que acaso era s&#243;lo m&#237;a. Y tampoco resultaba f&#225;cil saber qu&#233; no era.

'The Sismi', ese fue uno de los nombres que en m&#225;s de una ocasi&#243;n sali&#243; de su boca o de la de Manoia, y cuando era &#233;ste el que lo dec&#237;a, en aquel contexto de predominante lengua inglesa sonaba como 'the sea's me, esto es, 'el mar soy yo', algo demasiado improbable hasta para nombre de barco y aun de purasangre (aunque me acord&#233; de m&#237; mismo en mi noche febril de lecturas en casa de Wheeler junto al r&#237;o Cherwell, cuando pens&#233; ya al acostarme: 'Yo soy el r&#237;o'), por lo que supuse que se tratar&#237;a m&#225;s bien de unas siglas, las de alguna organizaci&#243;n o instituci&#243;n u orden, o facci&#243;n vaticana o fratr&#237;a (como la 'ndrangheta o la Camorra, meridionales). Tambi&#233;n capt&#233; cinco apellidos o al menos esos retuve, por reiterados en aquel rato de charla y por mi excelente memoria para archivar cuantos mis ojos ven y mis o&#237;dos oyen: Pollari, Martini, Letta, Saltamerenda, Navarro, sobre todo los tres primeros. (Casi hac&#237;an juego con aquel falso italiano y semifalso brit&#225;nico, Incompara, del que la joven P&#233;rez Nuix me hab&#237;a hablado la noche de su visita lluviosa y al que quer&#237;a que protegi&#233;ramos o benefici&#225;ramos, interesadamente y sin que se notara.) Me propuse buscarlos m&#225;s tarde en un Whos Who in Italy reciente, por combatir un poco la habitual inconstancia o desidia de mis curiosidades y por la risa que me provocaba el cuarto, aunque en esos cat&#225;logos aparecen s&#243;lo las personas de cierto m&#233;rito p&#250;blico, como Sir Peter Wheeler en el del Reino Unido, y no hab&#237;a motivo para imaginar que esos individuos fueran otra cosa que oscuros particulares, como Tupra o como yo mismo; pero qui&#233;n sab&#237;a. (Acaso era m&#225;s probable que figuraran en el viejo fichero del edificio sin nombre; y a lo mejor tambi&#233;n Manoia, con su se&#241;ora y todo.)

Yo estaba cada vez m&#225;s preocupado, con De la Garza suelto a la caza verbal de Flavia (confiaba en que a la t&#225;ctil o digital no se atreviese), o por Flavia sin escudo alguno contra los dardos que pod&#237;a escupirle aquel gran bruto ordinario, a la vez que amanerado: de momento ella re&#237;a (buena o mala se&#241;al seg&#250;n el ojo que viese), yo procuraba no perderlos de vista m&#225;s all&#225; de unos segundos, cu&#225;ndo deb&#237;a atender y mirar por fuerza a mis compa&#241;eros de mesa. Tupra no se hab&#237;a equivocado al impedirme que los abandonara en seguida, porque en efecto se precis&#243; mi concurso de nuevo, ahora a instancias de Manoia para que lo ayudara en ingl&#233;s con algunas palabras o frases, recuerdo que me pregunt&#243; por 'invaghirsi', por 'sfregio', por 'bazza', con esas tres me vi en apuros. La primera la desconoc&#237;a, as&#237; que, tras ganar tiempo fingiendo asegurarme de que no hab&#237;a dicho 'invanirsi', la traduje intuitivamente de dos maneras distintas, como 'to inebr&#237;ate' y 'to swoon' o 'faint', esto es, como 'embriagarse' y 'desmayarse' o 'desvanecerse' (alguna culpa tendr&#237;a la proximidad fon&#233;tica de nuestro 'vah&#237;do'), que, si no desde luego sin&#243;nimas, s&#237; pod&#237;an ser consecutivas, o en ese orden no excluirse. No cre&#237; en todo caso que mi infidelidad fuera importante ni diera pie a equ&#237;vocos graves, a aquel se&#241;or le gustaba rebuscar vocablos, me di cuenta (hasta regionales), o quiz&#225; quer&#237;a someterme a prueba con el fin de perjudicarme. La segunda tambi&#233;n la ignoraba, un desastre, y adem&#225;s no me fue f&#225;cil asociarla con nada; Manoia se impacient&#243; ante mis vacilaciones, me apremi&#243; con malos modos ('Uno sfregio! Sfregio, dai! Uno sfregio!') al tiempo que se pasaba por la mejilla la u&#241;a de un pulgar de arriba abajo; pero como no me pegaba que significara 'cicatriz' tal palabra, al existir cicatrice en italiano, opt&#233; insensatamente por algo intermedio entre el sonido y el gesto, es decir por la espa&#241;ola 'estrago', que en ingl&#233;s convert&#237; en 'damage, havoc. M&#225;s adelante, cuando consult&#233; un diccionario, me pregunt&#233; si aquel sfregio concreto hab&#237;a amenazado Manoia con traz&#225;rselo en el rostro a alg&#250;n pr&#243;jimo ma&#241;ana, y entonces mi traducci&#243;n no habr&#237;a sido del todo disparatada, o si formaba parte de la descripci&#243;n de alg&#250;n ma&#241;oso o monse&#241;or, por ejemplo, y en ese caso me habr&#237;a lucido, dado que el t&#233;rmino se correspond&#237;a con 'costur&#243;n' o 'chirlo', m&#225;s o menos. En cuanto al tercero, me puso en el mayor aprieto de todos, precisamente por conocerlo con dos sentidos dispares, lo hab&#237;a le&#237;do u o&#237;do durante una estancia ya lejana, en la Toscana, y mi buena memoria lo guardaba. Me qued&#233; una vez m&#225;s dudando, parado, porque una de sus acepciones era la de 'barbilla alargada' o 'ment&#243;n saliente', justo lo que Manoia no pod&#237;a disimular en su cara y lo que seguramente habr&#237;a hecho de &#233;l en su tierra un bazzone desde la infancia -un barbill&#243;n, c&#243;mo decirlo, un barbilludo-: ese aumentativo de chifla yo lo hab&#237;a o&#237;do a su vez en alguna pel&#237;cula vieja de Alberto Sordi (al que desde luego recordaba en un papel de dentone), o del gran Tot&#242; m&#225;s probablemente, ya que a este extraordinario c&#243;mico, bien mirado, jam&#225;s debi&#243; de ganarle a bazzone nadie. El otro significado, relacionado etimol&#243;gicamente con nuestra 'baza' de los juegos de naipes, era el de 'golpe de suerte' y tambi&#233;n el de 'ganga'. Como yo no estaba por la conversaci&#243;n y &#233;sta era adem&#225;s poco audible en conjunto, cuando Manoia me interpel&#243; ('Come si dice, bazza?', o fue m&#225;s bien 'Gome si disce?, el sonido ch lo convert&#237;a en sh aquel acento suyo irrenunciable), no ten&#237;a la menor idea del asunto de que trataban: ignoraba si &#233;l segu&#237;a describiendo a alg&#250;n sicario o prelado -grato de ver quien fuese, bella figura con costurones en las mejillas y mand&#237;bula elefanti&#225;sica-, o si invocaba a la fortuna para sus proyectos comunes, o si s&#243;lo convenc&#237;a a Reresby de que el precio de su servicio o su pacto constitu&#237;a una verdadera ganga. Si su 'bazza' se refer&#237;a a esto &#250;ltimo y yo lo traduc&#237;a discretamente como 'ment&#243;n agudo', aun as&#237; corr&#237;a el riesgo de que Manoia creyera que alud&#237;a sin venir a cuento a su m&#225;s llamativo rasgo en son de escarnio, y ya desde el primer instante hab&#237;a notado que el tama&#241;o de su quijada no habr&#237;a sido algo ajeno a la configuraci&#243;n de su car&#225;cter, suspicaz como m&#237;nimo y vengativo no como m&#225;ximo, pues a&#250;n se le adivinaban peores potencialidades. Si la cosa era a la inversa, mi traducci&#243;n carecer&#237;a de todo sentido pero no lo ofender&#237;a, a menos que atribuyera mi evitaci&#243;n de la palabra correcta a la presencia sobre la mesa de aquella barbilla suya que al fin y al cabo no llegaba nunca a progn&#225;tica, ni aun bajo las luces de colores cambiantes que all&#237; se la distorsionaban y lo asemejaban un poco a Fagin, el personaje de Dickens. Quiz&#225; me exced&#237;a en mis miramientos, dud&#233; demasiado, y eso lo llev&#243; a impacientarse de nuevo y en mayor medida:

Ma gosa suscede, eh. Non gabisci bene l'idaliano? -Me hab&#237;a tuteado desde el principio sin plantearse otra posibilidad, y me hab&#237;a llamado Jack por las buenas, siguiendo el uso de Tupra como si tuviera conmigo la misma confianza que &#233;l, o se la hubiera heredado instant&#225;neamente (prerrogativas de los iguales, o de los que ordenan). Ahora su tono fue de represalia impl&#237;cita, quiero decir que son&#243; a exigencia de las que no se incumplen sin escarmiento-. Bazza, bazza, gome si disce in inglese bazza, eh? Non lo sai?

As&#237; que sin m&#225;s demora me decid&#237; por 'bargain', dentro de todo me parec&#237;a m&#225;s propio que se hablara de costes en una charla de pol&#237;tica o de finanzas, o de prebendas o aun de indulgencias.

A bargain -dije. Y por si acaso a&#241;ad&#237; lo de la suerte-: Or a stroke ofluck.

Pero no me gust&#243; nada la segunda irritaci&#243;n de aquel hombre. No es que me sintiera agraviado ni maltratado. O s&#237;, pero eso daba lo mismo, yo no era lo que era (I am not what I am', citaba para mis adentros a veces; 'no del todo', me dec&#237;a, 'no exactamente') cuando sal&#237;a por ah&#237; con Reresby o con Ure o Dundas, ni siquiera cuando era a Tupra a quien acompa&#241;aba, solo o con los dem&#225;s; en cierto sentido interpretaba un papel de subalterno o subordinado -lo que en el fondo era, circunstancialmente, mientras no me desligara de mis actividades a sueldo y conservara mi innombrado puesto- o de escolta y ac&#243;lito -lo que no era nunca en modo alguno-, y as&#237; no acusaba como desaires propios los que aquel personaje m&#237;o pudiera sufrir en ocasiones, porque los recib&#237;a -c&#243;mo expresarlo- en nombre del grupo entero y como mera parte de &#233;l, la m&#225;s advenediza y tard&#237;a e insignificante; y el grupo entero me parec&#237;a a su vez ficticio, o dedicado a las ficciones, tal vez eso sea m&#225;s exacto. Y que casi todo discurriera en idioma ajeno acentuaba el car&#225;cter impostado, irreal, fingido, de los dichos y de los hechos: en otra lengua es inevitable tener la vaga sensaci&#243;n de estar siempre actuando o aun de estar traduciendo (no importa cuan bien se conozca), como si las palabras que uno pronuncia y oye pertenecieran a alg&#250;n ausente, todas a un solo autor que las inventara y dictara y las tuviera ya repartidas, y entonces nada de lo que se le dice a uno acaba de hacerle mella. Cu&#225;nto m&#225;s dif&#237;cil resulta, en cambio, soportar los reproches y las humillaciones y ofensas que nos llegan en la nuestra de siempre, son m&#225;s reales. (Quiz&#225; son esos agravios los &#250;nicos en verdad reales, y por eso los de P&#233;rez Nuix posibles conven&#237;a abortarlos; impedir que nacieran, y que me escocieran, y que yo pudiera guardarlos. Como los de Luisa que a&#250;n resonaban, tal vez porque ya casi nada los disipaba ni los cubr&#237;a, y ella estaba cada vez m&#225;s taciturna conmigo, cuando nos llam&#225;bamos.)

Aquella noche terminar&#237;a, eso adem&#225;s, y era lo m&#225;s probable que no volviera a ver nunca a Manoia, as&#237; que no me costaba nada que mi yo de aquella velada o de cualquier otra al servicio de Tupra -digamos Jack en efecto- quedara en mal lugar moment&#225;neo, y seguramente vicario. Mi yo de antes y de despu&#233;s no era Jack, sino Jacques o Jacobo o Jaime; &#233;ste era m&#225;s estricto y soberbio y tambi&#233;n m&#225;s justiciero, mientras que para aqu&#233;l era irremediable ver todos los acontecimientos a que asist&#237;a o en que tomaba parte un poco en vano o en falso, como si a Jacques no le ata&#241;eran o no le pasaran, y estuviera a resguardo de ellos. Si no me gust&#243; en absoluto la reacci&#243;n de Manoia fue porque me alarm&#243; lo bastante para sentirme concernido de pronto, en tanto que Jack al menos, chevalier servant negligente o incluso ya fracasado. Vi claro que sus malos modos ten&#237;an que deberse a otra causa que a mi lentitud o a mis titubeos (o a mi incompetencia, si no hab&#237;a acertado con la fortuna y la ganga). Estaban relacionados sin duda con la se&#241;ora Manoia, y en aquel mismo instante volv&#237; la vista de nuevo hacia la mesa de los espa&#241;oles, tras haberla apartado no m&#225;s de veinte segundos, y De la Garza y Flavia ya no estaban.

Mir&#233; alrededor con nerviosismo, se me hab&#237;a escapado el momento en que se hab&#237;an levantado, all&#237; segu&#237;an todos los otros, incluidos el escritor coplero (ahora m&#225;s ajetreado en sus palmas, parec&#237;a directamente un lolailo) y la deslucida heredera (invariable su expresi&#243;n de v&#237;ctima de pest&#237;feros efluvios let&#225;rgicos), luego no se hab&#237;a producido un desplazamiento del grupo, ni siquiera de unos cuantos, hacia zonas m&#225;s divertidas, se hab&#237;an ausentado tan s&#243;lo mi se&#241;ora y el agregado. La discoteca era grande, y en mi campo visual no cab&#237;a m&#225;s que una mediana parte, pod&#237;an haberse acercado a alguna de las muchas barras, o haberse ido a bailar a la pista m&#225;s fren&#233;tica y alejada; pero tambi&#233;n pod&#237;an haberse hecho sombras en un recoveco oscuro o -me negaba a imaginarlo- haber abandonado el local juntos, con sobrenatural urgencia y sin despedirse. 'No, eso no es posible', pens&#233; a&#250;n no asustado en serio; 'Tupra dijo que ella s&#243;lo quer&#237;a cumplidos y galanter&#237;as, y que no dar&#237;a un paso envenenado por dispuesta que pareciese a recorrer de ese modo una senda entera, y &#233;l no suele equivocarse. Esta noche, no obstante, es cierto, la se&#241;ora ha bebido moderadamente unas cuantas veces, y lo que lleve De la Garza en l&#237;quido es mejor no calcularlo. Y no hay quien no d&#233; pasos de esos alg&#250;n d&#237;a de su existencia, en compa&#241;&#237;a de un idiota o de un criminal o un adefesio, nadie fuera de peligro. Pero Rafita. Con su redecilla. Con su enorme chaqueta clara. Con su aro de cantante cubana o de bailarina puertorrique&#241;a. Como si fuera Rita Moreno en West Side Story. Con su fallido aire negroide. Tanto envenenamiento equivaldr&#237;a a un suicidio, y nadie desaprovecha el suyo torpede&#225;ndolo con tan mal gusto.' La aprensi&#243;n, sin embargo, me creci&#243; tal recordar haber visto en mi vida inefables emparejamientos, as&#237; como haber sido informado fidedignamente de aberrantes coyundas coyunturales ('one night stands', en ingl&#233;s las llaman, un t&#233;rmino teatral en origen, vendr&#237;a a ser 'funciones &#250;nicas', denota un poco de narcisismo y otro poco de exhibicionismo, seg&#250;n mi criterio).

Notaron mi desaz&#243;n en seguida, tanto Reresby como Manoia. Este mir&#243; r&#225;pidamente hacia el vac&#237;o dejado por la pareja desaparecida, no se inmut&#243; ni se toc&#243; las gafas, pero yo lo sent&#237; entenebrecerse de golpe, alz&#243; las manos como acostumbraba, en aquella suspensi&#243;n inc&#243;moda de reminiscencias piadosas escenificadas, una sobre otra en el aire sin apoyar los codos ni los antebrazos; las encontr&#233; amenazadoras, huesudas, r&#237;gidas -sus dedos eran amarillentas teclas de piano-, como si hicieran acopio de fuerza o quiz&#225; de calma; como si se prepararan, o se contuvieran, o mutuamente se sujetaran. En Tupra, en cambio, nunca se advert&#237;an religiosidad o piedad, ni siquiera como vestigio en un adem&#225;n o una postura inconscientes, ni siquiera en la forma cruel que con frecuencia adopta la primera. No hab&#237;a en &#233;l escenificaciones, ni disimulo apenas, jam&#225;s se trataba de eso: si resultaba a menudo opaco e indescifrable, no era por sus fingimientos inexistentes, sino porque uno no acababa nunca de conocer sus c&#243;digos. (Confiaba en que a &#233;l le ocurriera otro tanto conmigo, o no mucho menos: m&#225;s me val&#237;a.) Tupra aguantaba demasiado bien el silencio, el suyo, el que depend&#237;a s&#243;lo de &#233;l, el voluntario, y quien calla queriendo hace estragos en los impacientes y en los locuaces, y en sus adversarios. Por eso lo que m&#225;s me preocup&#243; de todo fue que ahora hablara sin esperar y que disimulara un poco, al hacerlo (poco y mal, y un solo instante). Se meti&#243; un pulgar vuelto hacia atr&#225;s en el bolsillo pectoral exterior del chaleco, para aparentar desenfado: aunque no era un gesto a &#233;l ajeno y se parec&#237;a a otro de Wheeler, quiz&#225; lo hab&#237;a imitado de &#233;ste, en realidad lo m&#225;s habitual era en ambos que se lo llevaran bajo la axila, como si el pulgar fuera una fusta, y que apoyaran sobre &#233;l todo el peso del t&#243;rax, o esa impresi&#243;n diera. Y entonces, de medio lado, me dijo en un murmullo veloz (y para m&#237; estaba claro que si me habl&#243; de este modo, con celeridad y entre dientes, fue para escamotearle las frases a su invitado):

Mira antes de nada si est&#225;n en los lavabos, Jack, el de damas o el de caballeros, mira en ambos, te lo ruego. Y tambi&#233;n en el de los tullidos, suele ser el m&#225;s vac&#237;o. Encu&#233;ntrala, haz el favor, y tr&#225;etela aqu&#237; de vuelta. -Emple&#243; aquellas f&#243;rmulas de cortes&#237;a que en &#233;l yo ya sab&#237;a temibles, un mal presagio, sol&#237;an ser el preludio de alg&#250;n cabreo o disgusto si uno no rectificaba o cumpl&#237;a. Constitu&#237;an una de sus escasas se&#241;ales interpretables, para m&#237; lo eran al menos-. No te entretengas ni esperes. Tr&#225;etela. -Creo que fue eso lo que dijo en ingl&#233;s, Don 't linger or delay o tal vez no y fue otra cosa, tal vez 'laiter' o 'dally es improbable. De lo que estoy seguro es de que no sali&#243; de sus labios la expresi&#243;n 'Date prisa'. &#201;l ten&#237;a tanta conciencia de lo f&#225;cil y de lo dificultoso en las lenguas como yo pueda tenerla, y esas eran palabras demasiado reconocibles, 'Date prisa'. &#201;l sab&#237;a que Manoia podr&#237;a haberlas entendido siempre, aun masculladas y en medio del ruido, o con la boca oculta y negra.


Oh s&#237;, uno no es nunca lo que es -no del todo, no exactamente- cuando est&#225; solo y vive en el extranjero y habla sin cesar una lengua que no es la propia o la del principio. Por mucho que se prolongue el tiempo de ausencia, y su t&#233;rmino no se vislumbre porque no fue fijado desde el comienzo o se ha diluido y no est&#225; ya previsto, y adem&#225;s no haya razones para pensar que alg&#250;n d&#237;a pueda haber o divisarse ese t&#233;rmino y el consiguiente regreso (el regreso al antes que no habr&#225; esperado), y as&#237; la palabra 'ausencia' pierda sentido y arraigo y fuerza cada hora que pasa y que se pasa lejos -y entonces tambi&#233;n los pierde esta misma otra palabra, 'lejos'-, ese tiempo de nuestra ausencia se nos va acumulando como un extra&#241;o par&#233;ntesis que en el fondo no cuenta ni nos alberga m&#225;s que como conmutables fantasmas sin huella, y del que por tanto tampoco hemos de rendir cuentas a nadie, ni siquiera a nosotros mismos (o al menos no detalladas, nunca completas). Uno se siente hasta cierto punto irresponsable de lo que haga o presencie, como si todo perteneciera a una existencia provisional, paralela, ajena o prestada, ficticia o casi so&#241;ada -o quiz&#225; es te&#243;rica como mi vida entera, seg&#250;n el informe sin firma del viejo fichero que me concern&#237;a-; como si todo pudiera ser relegado a la esfera de lo imaginado tan s&#243;lo y jam&#225;s ocurrido, y desde luego de lo involuntario; todo echado a la bolsa de las figuraciones y de las sospechas e hip&#243;tesis, y aun a la de los meros y desatinados sue&#241;os, acerca de los cuales ha habido un ins&#243;lito y casi permanente y universal consenso a lo largo de todos los siglos de que hay memoria, conjeturada o hist&#243;rica, fabulada o cierta: no dependen de la intenci&#243;n del que sue&#241;a, y &#233;ste nunca es culpable de su contenido.

'Qu&#233; le voy a hacer, yo no los elijo y adem&#225;s no puedo evitarlos', se dice uno tras cada sue&#241;o turbio que el hombre despierto siente luego como indebido o il&#237;cito y que m&#225;s valdr&#237;a no haber tenido, o al menos no recordarlo. 'No, yo no quer&#237;a que apareciera ese deseo an&#243;malo o ese remordimiento infundado', piensa uno, 'esa tentaci&#243;n o ese p&#225;nico, esa amenaza ignorada o esa maldici&#243;n sorprendente, esa aversi&#243;n o esa a&#241;oranza que ahora pesan todas las noches como plomo sobre mi alma, esa asquerosidad o esa violencia que yo mismo causo, esos rostros ya muertos y para siempre configurados que pactaron conmigo no tener m&#225;s ma&#241;ana (s&#237;, ese es nuestro pacto con los que se callan) y que ahora vienen a susurrarme palabras temibles e inesperadas y qui&#233;n sabe si a&#250;n impropias de ellos o ya no tanto, mientras yo estoy dormido y he abandonado la guardia: he dejado sobre la hierba mi escudo y mi lanza.' La idea que surgi&#243; de lo on&#237;rico queda a menudo descartada o invalidada por eso mismo, por su procedencia titubeante y oscura, por su nublado origen en la humareda, pero no siempre desaparece al retornar la conciencia, sino que &#233;sta la recoge y aun la nutre a veces, y as&#237; convive tambi&#233;n con lo que no engendr&#243; ella; lo admite en su seno entonces y en &#233;l lo cr&#237;a y le da figura e incluso nombre, y lo incorpora a su mundo controlado y diurno aunque sea rebaj&#225;ndolo de categor&#237;a, atribuy&#233;ndole un car&#225;cter venial y mir&#225;ndolo con paternalismo, como si a todo sue&#241;o superviviente en la luz hubiera de acompa&#241;arlo por fuerza el comentario ir&#243;nico de Sir Peter Wheeler cuando se retir&#243; por fin, escaleras arriba y hacia la izquierda, la noche de s&#225;bado de su cena fr&#237;a: 'Qu&#233; tonter&#237;a', dijo; y a&#241;adi&#243;, repitiendo en tono de burla mis anteriores palabras: 'Una gran idea'. Pero con toda esa condescendencia hacia las tonter&#237;as, yo he aprendido a temer no s&#243;lo cuanto pasa por el pensamiento, sino lo que el pensamiento a&#250;n ignora, porque he visto casi siempre que todo estaba ya ah&#237;, en alg&#250;n sitio, antes de llegar a &#233;l, o de atravesarlo. He aprendido a temer, por tanto, no s&#243;lo lo que se concibe, la idea, sino lo que la antecede o le es previo.

De forma parecida a la de los simulacros y ensue&#241;os se percibe y se vive ese tiempo entre par&#233;ntesis de nuestra ausencia, y cuanto en &#233;l va envuelto: nuestras haza&#241;as o cr&#237;menes y todos los actos propios y ajenos; no s&#243;lo los que cometemos o padecemos, tambi&#233;n los que presenciamos o provocamos, sin querer o queriendo; y en &#233;l nada es nunca demasiado serio, eso creemos. Qu&#233; gran acierto el del gran dramaturgo que acu&#241;&#243; falsa moneda, el del poeta esp&#237;a y blasfemo Marlowe del que poco se sabe en su muerte oscura, que fue violenta y es legendaria y se ha reconstruido numerosas veces con exactitud imposible, luego m&#225;s bien se ha imaginado, con la vista vuelta hacia la negra espalda: fue a morir apu&#241;alado en una taberna sin haber cumplido los treinta, a manos de un tal Ingram Frizer seg&#250;n se ha averiguado tard&#237;amente, que fue m&#225;s r&#225;pido o sa&#241;udo o h&#225;bil con el cuchillo un 30 de mayo de hace m&#225;s de cuatrocientos a&#241;os, en Deptford, cerca del r&#237;o T&#225;mesis, que es como se conoce al Isis en todo lugar y tiempo menos a su paso por Oxford, esa ciudad extranjera que hace siglos pareci&#243; o fue la m&#237;a y en la que as&#237; es llamado, r&#237;o Isis, luego lo es tambi&#233;n por mi memoria, r&#237;o Isis. Qu&#233; gran acierto, el del gran poeta traicionero y de mano larga que no rehuy&#243; pendencia y que hab&#237;a viajado fuera y sab&#237;a por experiencia de qu&#233; se hablaba, cuando hizo decir a alg&#250;n personaje de sus tragedias: 'Thou hast committed fornication: but that was in another country, and besides, the wench is dead'. O bien, lo mismo (y aqu&#237; no hay duda de que 'country' no es 'patria'): 'Has incurrido en fornicaci&#243;n: pero eso fue en otro pa&#237;s, y adem&#225;s, la moza ha muerto'.

Oh s&#237;, lo ocurrido en otro pa&#237;s se aten&#250;a siempre y se difumina al instante de regresar uno al propio, si es que no al mismo instante de suceder los hechos, como si a causa de nuestra transitoriedad m&#225;s aguda perdiera gravedad y trazo, o no hubiera llegado a ocurrir del todo ni a caer y pesar sobre el mundo ni a dibujarse, o s&#243;lo en las humaredas tortuosas del sue&#241;o, de las que luego es tan f&#225;cil salir y desentenderse ('Oh no, yo no quer&#237;a, yo fui ajeno'). Y si adem&#225;s han muerto los involucrados, entonces lo acontecido resulta a&#250;n m&#225;s leve y menos punzante, m&#225;s fantasmal y m&#225;s pret&#233;rito, casi tanto como lo le&#237;do en novelas o lo contemplado en pel&#237;culas, y a veces uno no logra distinguirlo de ello enteramente, o de lo vivido en las pesadillas que nos aplastan, o bajo el dolor y la fiebre que traen delirios. A no ser que uno matara a esos muertos o fuera el causante de su expulsi&#243;n de la tierra y de su definitivo silencio, indirecto o directo, sin querer o queriendo, aunque esa expresi&#243;n de 'causante indirecto', que se emplea tanto, no s&#233; si tiene el menor sentido o es s&#243;lo una admitida contradicci&#243;n en los t&#233;rminos.

Pero luego est&#225; lo que dijo Wheeler sobre los sue&#241;os, y que ir&#237;a en contra de todo esto: las risas y voces que escuchamos en ellos, tan intensas y vividas como las que o&#237;mos despiertos y a menudo m&#225;s, porque se prolongan o se reiteran y pueden durar toda una noche sin disminuir su presencia ni fatigarse; sin rivales en la vigilia y ya &#250;nicas si adem&#225;s son de personas que han muerto y que s&#243;lo vuelven a hablarnos y a tomar rostro y cuerpo durante nuestro sue&#241;o, como aquella segunda mujer del poeta ciego y viudo John Milton; esas risas y voces y sus nuevas palabras nunca proferidas antes, nunca en vida, 'no cabe duda', dijo Wheeler, 'de que est&#225;n en nosotros y no fuera en ning&#250;n sitio Est&#225;n en nuestros sue&#241;os, esos muertos; somos nosotros quienes los so&#241;amos, los trae nuestra conciencia dormida y nadie m&#225;s puede o&#237;rlos'. Y todav&#237;a a&#241;adi&#243;: 'El hecho m&#225;s se asemeja a una encarnaci&#243;n, a una suplantaci&#243;n, a una personificaci&#243;n por nuestra parte, que a supuestas visitas o advertencias de la ultratumba'. ('Se asemeja a una usurpaci&#243;n sin trabas y en la que no hay riesgo', pens&#233; yo m&#225;s adelante, 'una vez que esos muertos han dejado su sitio libre y han abandonado el campo.') Y entonces, si &#233;l tuviera raz&#243;n, pens&#233; en la discoteca idi&#243;ticamente chic mientras ocurr&#237;a lo que ocurri&#243; muy pronto. Si &#233;l tuviera raz&#243;n, entonces no importan apenas la voluntad o su falta, ni si algo es causado sin querer o queriendo, ni lo sucedido y lo no sucedido, lo s&#243;lo pensado o lo s&#243;lo temido o ambicionado, las meras cavilaciones y los meros anhelos que m&#225;s nos permitimos cuanto m&#225;s son imposibles, con la tranquilidad que justamente nos brinda su imposibilidad segura; da lo mismo que se quede todoen aprensi&#243;n o sospecha, en instigaciones o persuasiones fallidas o est&#233;riles y jam&#225;s cumplidas, en fracasadas palabras de Yago que qui&#233;n no prueba o probar&#225; en su boca a lo largo de una vida entera, buscando su provecho o su supervivencia o el da&#241;o y la calamidad de otros: 'todo eso est&#225; en nosotros, y no fuera en ning&#250;n sitio'.

Y as&#237; llegamos a un dominio en el que lo de menos es que las cosas sean o no sean de hecho, porque siempre podr&#225;n contarse, al igual que se acaban por relatar todos los sue&#241;os mal que bien, o a trompicones, aun los m&#225;s enrevesados y absurdos -por contarse mentalmente al menos, o no son sintaxis siempre-; y en esa medida cuanto pasa por el pensamiento ya ha sido; y cuanto lo precede o le es previo, eso tambi&#233;n ha sido. De qu&#233; sirve entonces la atenuaci&#243;n y nebulosidad de lo que ocurre y hacemos fuera o muy lejos, en otra ciudad, en otro pa&#237;s, en la existencia imprevista que no parece pertenecemos, en la vida te&#243;rica o entre par&#233;ntesis que tenemos la sensaci&#243;n de llevar y que hasta cierto punto nos anima a pensar sin pensarlo, subterr&#225;neamente, que nada de lo que contiene ese tiempo es irreversible y que todo tiene cancelaci&#243;n, vuelta, remedio; que no ha pasado m&#225;s que a medias y sin nuestro consentimiento pleno. De qu&#233; sirve, si hasta lo que para un juez no ha pasado -el asesinato, si nos limitamos a planearlo; la traici&#243;n, si no hizo m&#225;s que tentarnos; la calumnia o la delaci&#243;n o la insidia, si s&#243;lo nos las figuramos con sus aniquiladores efectos sin ponerlas en circulaci&#243;n ni darles curso: 'No ha lugar, aqu&#237; no hay causa', dir&#237;a el juez que viera esto-, s&#237; ha pasado para nosotros y nos sentimos part&#237;cipes o responsables de ello. M&#225;s a&#250;n si se dedica uno a apostar y prever frivolamente, a mirar y escuchar e interpretar y fijarse, a retener y observar y seleccionar, a sonsacar, asociar, aderezar, traducir, a contar y dar ideas y a convencer de ellas, a responder y satisfacer la agobiante exigencia que jam&#225;s se sacia, 'Qu&#233; m&#225;s, qu&#233; m&#225;s ves, qu&#233; m&#225;s has visto', aunque no haya ning&#250;n m&#225;s a veces y uno deba forzar sus visiones o quiz&#225; fragu&#225;rselas con su invenci&#243;n y el recuerdo, es decir, con la infalible mezcla que puede condenar o salvar a la gente y que nos obliga a emitir prejuicios, o acaso son preveredictos. M&#225;s a&#250;n si uno es como yo o como Tupra, como P&#233;rez Nuix o Mulryan o Rendel, como Sir Peter Wheeler y como fue Toby Rylands, si posee uno ese don que no es nada del otro mundo y que adem&#225;s s&#243;lo otros ver&#225;n en uno, o le ense&#241;ar&#225;n a uno a asumir que tiene, y as&#237; con ello tambi&#233;n a cre&#233;rselo.


Me di prisa aunque Tupra no me mandara d&#225;rmela, no con esas palabras. Me levant&#233; y apart&#233; mi silla un poco a un lado, por parecer muy resuelto. Juzgu&#233; que no hac&#237;a falta que me excusara, al fin y al cabo Manoia no me echar&#237;a de menos, no me hac&#237;a mucho caso ni andaba contento con mi trabajo; quiz&#225; s&#237; me lo hiciera ahora, y con sus gafas bien caladas, sujetas, siguiera mis pasos hasta el l&#237;mite de su campo visual, se oler&#237;a o comprender&#237;a o sabr&#237;a que iba en busca de su mujer y a traerla, hubiera o no entendido a Reresby; esta andanza m&#237;a le interesar&#237;a, y a&#250;n m&#225;s su resultado, y hasta sentir&#237;a inquietud e impaciencia y se preguntar&#237;a por m&#237; si yo tardaba en volver del paseo: if ldid linger pese a la recomendaci&#243;n de Tupra -o no, fue una orden-, si en contra de sus instrucciones me entreten&#237;a o me demoraba, si hac&#237;a el tonto o si fallaba. Todo eso pod&#237;a pasar si no los encontraba pronto, si se hab&#237;an metido en alg&#250;n reservado para m&#237; invisible y que De la Garza conociera por haberlo ya probado otra noche con alguna desesperada hormonal de &#250;ltimas sobras -tanto como habitaci&#243;n oscura para gatear a tientas en el anonimato no cre&#237;a que all&#237; hubiera-, o si en efecto se hab&#237;an largado del local visto y no visto -pero eso era impensable-, sin parar en el guardarropa siquiera -pero eso era inimaginable, un abrigo de mourmanski, Flavia nunca lo abandonar&#237;a-, yo tendr&#237;a que salir a la calle entonces y otear a ambos lados y aceras y echar a correr tras ellos, si es que los divisaba -no quer&#237;a ni figurarme lo que nos supondr&#237;a perderlos, o haberlos ya perdido.

Me levant&#233; con una sensaci&#243;n de peso sobrevenida, la traen varias combinaciones, la de sobresalto y prisa, la de hast&#237;o ante la represalia fr&#237;a que nos es forzoso llevar a cabo, la de mansedumbre invencible en una situaci&#243;n de amenaza. En verdad no tem&#237;a que hubiera ocurrido nada de aquello, me parec&#237;a inveros&#237;mil que la se&#241;ora Manoia pudiera haberse enturbiado con De la Garza, y adem&#225;s temerariamente, con su marido a dos pasos negociando con extranjeros. De Rafita s&#237; cab&#237;a esperarlo, cualquier proposici&#243;n grosera o avance fatuo, los cinco dedos, las dos manos, casi cualquier atropello. La &#250;nica posibilidad de que se hubieran encaminado a un lavabo juntos se daba para m&#237; en la modalidad maternal compasiva, esto es, que el agregado se hubiera sentido a morir sin aviso y hubiera necesitado ir a desagregarse de golpe cuanto hab&#237;a ingerido, por la misma v&#237;a oral de su agregaci&#243;n o entrada (la se&#241;ora Manoia aguant&#225;ndole con una mano la sacudida frente, vigilando que la redecilla no se le hiciera soga y lo ahorcase, entre tanta convulsi&#243;n y arcada). No, no cre&#237;a en ning&#250;n giro ni sucedido grave, no con el pensamiento fiable; y sin embargo sent&#237; el peso en los muslos, el apretado nudo en la nuca, la carga sobre los hombros, como si previera (pero no hubo presciencia, no fue eso) que algo iba a acabar torci&#233;ndose a ra&#237;z de aquel episodio y que adem&#225;s iba a afearnos quiz&#225; para siempre o si no para largo, y me di cuenta inmediata de que el origen del presentimiento era m&#225;s Tupra con su disimulo, con su hablar furtivo pero demasiado pronto para su tendencia contraria y remisa; que Manoia o De la Garza o Flavia, o que el grupo de espa&#241;oles alborotadores con su saetista profundo, o que la circunstancia en s&#237;, que a&#250;n no encerraba ninguna afrenta ni anomal&#237;a grande. O que yo mismo, desde luego, aunque la sensaci&#243;n fuera s&#243;lo m&#237;a, seguramente, en aquel momento de ponerme en pie para iniciar la b&#250;squeda. El malestar, la ominosidad, la punzada del alfiler y el presagio de una malandanza, el contenido aliento -o acaso era la respiraci&#243;n sigilosa de quien se apresta a asestar un golpe, o era tan s&#243;lo plomo sobre mi alma despierta-, todo ello emanaba de Tupra, era como si &#233;l hubiera atravesado una frontera o trazado una raya s&#250;bita para cruzarla al instante, no tanto en su mente cuanto en su &#225;nimo, y hubiera decidido ya un castigo, independientemente de lo que aconteciera a partir de entonces.

Quiz&#225; era de los que no avisaban, o no a veces, de los que tomaban resoluciones en la distancia y sin que sus motivos fueran apenas identificables, o sin que los actos establecieran con ellos un v&#237;nculo de causa a efecto, y todav&#237;a menos las pruebas de la comisi&#243;n de tales actos. No las necesitaba, en esas arbitrarias o fundamentadas veces -qui&#233;n pod&#237;a decirlo- en que no mandaba la menor advertencia ni aviso antes de soltar el sablazo, ni siquiera necesitaba en ellas las acciones cumplidas, los acontecimientos, los hechos. Tal vez le bastaba con lo que sab&#237;a que se dar&#237;a si en el mundo no hubiera coacciones ni impedimentos, con lo que &#233;l ve&#237;a como capacidades seguras de las personas, que si no llegaban a desplegarse con toda su fuerza era s&#243;lo porque alguien -&#233;l, por ejemplo- las disuad&#237;a o se lo imped&#237;a, pero no por falta de ganas ni de cuajo en ellas, se lo daba por descontado, todo eso. Quiz&#225; le bastaba convencerse de lo que en cada caso habr&#237;a si no lo frenaban &#233;l u otro centinela -la autoridad o las leyes, el instinto, la luna, el miedo, los invisibles vig&#237;as-, para adoptar medidas escarmentadoras si esas eran las recomendables, las que tocaban seg&#250;n su criterio. 'Es el estilo del mundo', dec&#237;a ante tantas cosas y situaciones arduas descritas o relatadas o sucedidas o previsibles, durante nuestras sesiones de interpretaci&#243;n e informes (las decisiones eran s&#243;lo suyas y ven&#237;an m&#225;s tarde): lo dec&#237;a ante las traiciones y las lealtades, las zozobras y la aceleraci&#243;n del pulso, los vuelcos y el v&#233;rtigo y las dudas y los tormentos, ante el rasgu&#241;o y el dolor y la fiebre y la herida incurable, ante las aflicciones y los infinitos pasos que todos damos creyendo que la voluntad los gu&#237;a, o al menos que interviene en ellos. Todo le parec&#237;a normal y aun rutinario a veces, sab&#237;a demasiado bien que la tierra est&#225; infestada de fervores y afectos y de inquinas y malevolencias, y que a menudo los individuos no pueden evitar unos ni otras y adem&#225;s no quieren hacerlo, porque son mecha y p&#225;bulo de su combusti&#243;n, tambi&#233;n su raz&#243;n y su lumbre. Y que no precisan de motivo ni meta para nada de ello, de finalidad ni causa, de agradecimiento ni agravio o no siempre, o que, como dijo Wheeler, 'llevan sus probabilidades en el interior de sus venas, y s&#243;lo es cuesti&#243;n de tiempo, de tentaciones y circunstancias que por fin las conduzcan a su cumplimiento'. Y probablemente esa disposici&#243;n suya tan dr&#225;stica -o era s&#243;lo pr&#225;ctica, consecuencia de sus visiones n&#237;tidas, convencidas, firmes- era para Tupra un rasgo m&#225;s de ese estilo del mundo en el que palabras como desconfianza, amistad, enemistad, confianza, no eran m&#225;s que pre-tenciosidad y adorno y quiz&#225; innecesario tormento, al menos en lo que a &#233;l concern&#237;a; esa actitud irreflexiva, resuelta (o era de una reflexi&#243;n tan s&#243;lo, la primera), tambi&#233;n formaba parte de ese estilo inmutable a trav&#233;s de los tiempos y de cualquier espacio, y no hab&#237;a por qu&#233; cuestionarla, como tampoco hay que hacerlo con la vigilia y el sue&#241;o, o el o&#237;do y la vista, o la respiraci&#243;n y el habla, o con cuanto se sabe que 'as&#237; es y as&#237; ser&#225; siempre'.

No se trataba sin embargo de una actitud preventiva, no exacta o exclusivamente, sino m&#225;s bien punitiva o recompensadora seg&#250;n los casos y los sujetos, que &#233;l ya ve&#237;a y juzgaba en seco y sin necesidad de ponerse en mojado, por utilizar las expresiones de Don Quijote al anunciarle a Sancho las locuras que har&#237;a por causa de Dulcinea sin que ella le diera quebrantos ni celos, luego cu&#225;ntas m&#225;s si se los daba. O bien los entend&#237;a, los casos, con la p&#225;gina sin a&#250;n escribirse, y quiz&#225; por eso para siempre en blanco. 'La vida no es contable', hab&#237;a dicho asimismo Wheeler, 'y resulta extraordinario que los hombres lleven todos los siglos de que tenemos conocimiento dedicados a ello Es una empresa fallida', hab&#237;a a&#241;adido, 'y que quiz&#225; nos haga menos favor que da&#241;o. A veces pienso que m&#225;s valdr&#237;a abandonar la costumbre y dejar que las cosas s&#243;lo pasen. Y luego ya se est&#233;n quietas.' Pero la p&#225;gina en blanco es la mejor de todas, la m&#225;s cre&#237;ble eternamente y la que m&#225;s cuenta porque nunca se acaba, y en la que todo cabe, eternamente, hasta sus desmentidos; y lo que ella no diga o diga, por tanto (porque al no decir ya dice algo, en un mundo de infinitos decires simult&#225;neos, superpuestos, contradictorios, constantes, y agotadores e inagotables), podr&#225; ser cre&#237;do en cualquier tiempo, y no s&#243;lo en su tiempo &#250;nico para ser cre&#237;do, que a veces es nada, un d&#237;a o unas horas fatales, y otras veces es muy largo, un siglo o varios, y entonces nada es fatal porque ya no hay quien averig&#252;e si la creencia es verdadera o falsa, y adem&#225;s no le importa a nadie, cuando todo est&#225; nivelado. As&#237;, ni al abandonar la costumbre, como dijo Wheeler, ni al renunciar a contar y no contar nunca nada, nos libramos de contar algo. Ni dejando la p&#225;gina en blanco. Y ocurre entonces que las cosas, aunque no se cuenten ni tan siquiera pasen, jam&#225;s logran estarse quietas. 'Es hprrible, pens&#233;. 'No hay manera. Aunque ni siquiera se cuenten. Y aunque ni siquiera pasen.'

As&#237; que me levant&#233; y apart&#233; mi silla un poco a un lado y, sin disculparme con Manoia ni hacerle un gesto ni decirle nada, me encamin&#233; con andar ligero hacia los lavabos, eso era lo primero de todo, me hab&#237;a indicado Tupra. No estaban cerca y hube de recorrer un buen trecho en su busca, miraba a derecha e izquierda y tambi&#233;n al frente, por si mis ojos captaban durante el trayecto a la pareja evadida y as&#237; cumpl&#237;a mi encargo sin m&#225;s tardanza, aunque iba demasiado de prisa y atareado -el andar se me dificult&#243; en seguida- para ver entre la muchedumbre que deb&#237;a ir sorteando y que me cerraba el paso, a esa hora la discoteca ya estaba muy llena, de gente chic y no tanto, la noche mezcla cuanto m&#225;s avanza, y de hecho nuestra zona -que abarcaba a los espa&#241;oles y la pista semirr&#225;pida- era con diferencia la menos abarrotada, la m&#250;sica semilenta atraer&#237;a a pocos (luego no durar&#237;a), y en cambio se ve&#237;an masas danzantes en el otro escenario o pista o como llamen a &#233;stas ahora, aquella s&#237; era fren&#233;tica, vi de refil&#243;n a esas masas sudando prietas, a unos metros de m&#237; o eran yardas, las borde&#233; y no hice incursi&#243;n en ellas, me habr&#237;a llevado forcejeo y rato y lo urgente eran los lavabos, Tupra sab&#237;a que all&#237; estaban los mayores riesgos para dos que se escabullen, es as&#237; desde la adolescencia, cuando se fuma a escondidas en el colegio.

Hab&#237;a un poco de cola ante el de se&#241;oras, eso no es raro, no s&#233; si es que van m&#225;s despacio porque toman asiento y cada una, cada vez, limpia el que va a ocupar bien a fondo; hab&#237;a dos o tres mujeres aguardando a la puerta y ante el de caballeros no hab&#237;a nadie, luego entr&#233; en &#233;ste primero para echar un vistazo, m&#225;s bien para inspeccionarlo hasta el menor recodo, no quer&#237;a fallarle al se&#241;or Reresby en esto, 'Bring her back. Don't linger or delay esas &#243;rdenes claras resonaban en mi cabeza. Vi a tres tipos de pie, dos orinando con seriedad o con cara de malas pulgas, el uno al lado del otro aunque no parec&#237;an amigos ni desde luego se hablaban, era extra&#241;o que se hubieran juntado cuando hab&#237;a otros seis puestos libres, uno tiende a poner distancia en menesteres tales; el tercero frente al espejo, pein&#225;ndose y tarareando. De los seis retretes, dos estaban ocupados, pero ambos mostraban (me inclin&#233; bastante, por la perspectiva escasa) sus correspondientes pares de perneras convertidas en sendos fuelles, asomaban bajo las portezuelas truncas, no estoy seguro de por qu&#233; motivo no llegan casi nunca hasta el suelo ni tampoco hasta el techo, las de esas cabi&#241;as p&#250;blicas, como si fueran las de saloons del Oeste, o bueno, por suerte no son de vaiv&#233;n ni tan cortas (no son chalecos sino gabardinas). Me miraron con suspicacia los orinantes, giraron el cuello como sincronizados y se les acentu&#243; el gesto hosco, fui abriendo las dem&#225;s portezuelas para comprobar que estaban vac&#237;os los gabinetes, si alguien se sube a la taza sus pies ya no se ven por el hueco de abajo y el sitio parece desocupado, aunque dos personas a la vez encima traer&#237;an peligro de hundimiento probable, m&#225;s a&#250;n si una de las dos llevaba fieros postizos de roble o injertos de plomo l&#237;quido o lo que fueran. El peinador no se volvi&#243;, en cambio, se hac&#237;a la raya con agua y con extremado esmero y no dejaba de canturrear muy contento y ajeno a todo ('Nann&#225; naranniaro nannara nanniaro', as&#237; sonaba), era 'The Bard of Armagh', una canci&#243;n irlandesa, o 'The Streets of Laredo' se prefiere, que es del Oeste (son la misma melod&#237;a con distinta letra y acompa&#241;amiento), la reconoc&#237; en seguida, la he o&#237;do cien veces en pel&#237;culas y en algunos discos, y aquel local no era tan abusivo como para tener altavoces en los cuartos de ba&#241;o, as&#237; que la m&#250;sica de las pistas era apenas un eco lejano tras la doble puerta de los lavabos ingleses, y as&#237; se me meti&#243; en la cabeza al instante la bien audible balada o quiz&#225; es una nana, me sab&#237;a m&#225;s o menos las palabras de la versi&#243;n vaquera, mucho m&#225;s conocida que la irlandesa, 'I spied a young cowboy all wrapped in white Unen, all wrapped in white Unen as cold as the clay' ('Divis&#233; o espi&#233; a un joven vaquero todo envuelto en hilo blanco, todo envuelto en hilo blanco tan fr&#237;o como la arcilla'), es la historia atisbada de un muerto que habla (o en realidad negada, es la no historia) y cuya muerte violenta &#233;l quiere que se oculte a su madre, a su hermana, a su novia, es decir, la mala vida que lo condujo a esa muerte, 'For I'm a poor cowboy and I know I've done wrong', ese fue uno de los versos que acudieron a mi memoria, sueltos y salteados, sin orden, 'Porque soy un pobre vaquero y s&#233; que he hecho da&#241;o', dice el verso; o 'que he hecho mal', si se quiere. Y a lo mejor no es un muerto sino un moribundo, queda ambiguo y confuso en la taciturna letra o quiz&#225; dependa de las variantes y de los int&#233;rpretes. Pero no lo creo. En mi recuerdo el pobre vaquero hablaba ya muerto.

Sal&#237; del lavabo de caballeros antes que los tres o cinco que all&#237; estaban, fui r&#225;pido. A&#250;n hab&#237;a una mujer esperando a entrar en el de las damas, mucho trasiego, as&#237; que pas&#233; al de los discapacitados -estampada en su puerta la extravagante imagen de un garfio, tal vez una silla de ruedas habr&#237;a resultado demasiado prosaica y s&#243;rdida para aquel sitio ufano-, o al de los tullidos, como lo hab&#237;a llamado Tupra -estuve a punto de convertirme en uno al resbalar en la rampa, son criminales para los a&#250;n enteros-, no por falta de respeto seguramente, sino porque debi&#243; de parecerle que la palabra inglesa correspondiente ser&#237;a m&#225;s dif&#237;cil que la conociera Manoia. En efecto era mucho m&#225;s amplio, en verdad espacioso, y estaba extra&#241;amente vac&#237;o. No es que me extra&#241;ara que no hubiera en &#233;l minusv&#225;lidos: ese lavabo era toda una deferencia, un rasgo de consideraci&#243;n o una mera medida hip&#243;crita, o acaso obligaban las normativas para discotecas con la demagogia insistente de nuestra &#233;poca. Pero lo normal es que en esos locales no abunden las sillas de ruedas ni las muletas ni tan siquiera los garfios. Lo que encontraba ins&#243;lito, sobre todo con mirada espa&#241;ola que nunca me ha abandonado, era que el resto de la gente no se colara all&#237; con toda sans-fagon y holgura e hiciera uso de las instalaciones tan c&#243;modas como si le estuvieran tambi&#233;n destinadas, m&#225;s a&#250;n si hab&#237;a aglomeraci&#243;n en otro. En mi pa&#237;s nadie habr&#237;a hecho el menor caso de la vi&#241;eta en la puerta: ni se habr&#237;a visto (pero es que nadie; pueblo incivilizado). No comprend&#237; la funci&#243;n de unas barras de metal cilindricas que sal&#237;an aqu&#237; y all&#225; de las paredes, quiz&#225; eran apoyos para quienes caminaran con fragilidad o a duras penas, las toqu&#233;, eran cuatro, compactas, no huecas, fr&#237;as, una estaba fija y las otras pod&#237;an moverse lateralmente a derecha e izquierda, por tanto quitarse de en medio y dejarse pegadas a los elegantes azulejos falsos, no eran toalleros porque toallas no hab&#237;a, tampoco dispon&#237;a de tiempo para especular al respecto ni para colgarme de ellas con el est&#243;mago encima (creo que asombrosamente los cronistas deportivos llaman a esa postura 'rodillo ventral'), como si fueran barras de ejercicios gimn&#225;sticos, para probar cu&#225;nto resist&#237;an de peso: no estaban altas, al nivel del hombro. Todav&#237;a no hab&#237;a encontrado a De la Garza ni a Flavia, todos estos pasos los di con celeridad, pero mi prisa aumentaba a cada segundo que transcurr&#237;a sin a&#250;n avistarlos. Mir&#233; bien, mir&#233; el lujoso sitio de los inv&#225;lidos hasta el &#250;ltimo rinc&#243;n por si acaso, y sal&#237; de all&#237;, tocaba armarse de decisi&#243;n y descaro y aventurarse en el de se&#241;oras sin m&#225;s remedio, no pod&#237;a arriesgarme a que el azaroso d&#250;o se hubiera refugiado en &#233;l para incurrir en vicio ('No ser&#225; posible') y yo no lo averiguara por falta de atrevimiento. 'But please not one word of all this shall you mention, when others should ask for my story to hear', dec&#237;an otros dos versos de la canci&#243;n recordada de golpe, instalada en mi mente ahora pese al estruendo ambiente y aunque fuera a trozos, 'Pero ni una palabra de todo esto mencionar&#225;s, por favor, cuando otros te pidan escuchar mi historia'. Confiaba en no ver nada que me desagradase ver, en no descubrir historias que se me pidiese o&#237;r; confiaba en que no hubiera nada que yo pudiera o debiera contar despu&#233;s.

A&#250;n hab&#237;a una mujer, distinta de la anterior, a la espera de entrar en el concurrido lavabo reservado a ellas y no s&#233; si a los travestidos (hab&#237;a visto por all&#237; a un par, ignoro d&#243;nde los mandan ir, en los lugares p&#250;blicos). Pas&#233; a su lado con tanta presteza y resoluci&#243;n que s&#243;lo pudo reparar en mi quebrantamiento cuando ya la primera puerta se cerraba a mi espalda. 'Hey, you', llegu&#233; a o&#237;r que intentaba exclamar, pero demasiado tarde y sin convicci&#243;n, la segunda palabra casi abortada como si se le hubiera ido la electricidad -luego no fue exclamaci&#243;n-, no me seguir&#237;a dentro, ella no. Hench&#237; el pecho, tom&#233; aliento, ensanch&#233; los hombros y abr&#237; la segunda puerta con el mismo desparpajo (una actuaci&#243;n), la que ya daba al cuarto de ba&#241;o, una visi&#243;n repentina de un mont&#243;n de damas ante los espejos o cerca de ellos aguardando turno o aprovechando un hueco entre dos cabelleras para recomponerse a distancia; se hizo un semisilencio, hubo un movimiento de caras vueltas en mi direcci&#243;n, distingu&#237; alg&#250;n ojo perplejo, alguno divertido, alguno asustado y hasta alguno de apreciaci&#243;n. Murmur&#233; varias veces con seguridad el absurdo vocablo 'Seguridad. Seguridad', y cada vez me estiraba o levantaba una de las solapas de la chaqueta, como si en ella llevara una insignia que no llevaba: pero da lo mismo, lo que cuenta es el gesto o el se&#241;alamiento aunque nada haya que se&#241;alar, como cuando uno apunta con el &#237;ndice al cielo y todo el mundo mira hacia arriba, al azul y a las nubes, tan vac&#237;os y en calma como el instante anterior; ni siquiera sab&#237;a si la repetida palabra, 'Security' enrealidad, era en ingl&#233;s plausible o una tonter&#237;a a&#250;n mayor que en espa&#241;ol, si eso ser&#237;a lo que dir&#237;an un polic&#237;a o un mat&#243;n brit&#225;nicos en persecuci&#243;n de alguien o en tareas de registro urgente.

Pase&#233; la mirada veloz, rostros agraciados en general, si Rafita y la se&#241;ora Manoia se hab&#237;an introducido all&#237; eran unos insensatos si no unos imb&#233;ciles (bueno, &#233;l lo era del todo pero aun as&#237; no tanto: meterse en un lavabo atestado, teniendo cerca y desierto el de los mutilados); pero ya que estaba dentro ten&#237;a que cerciorarme, as&#237; que me acerqu&#233; a las cabinas con paso firme de inspector o de esbirro (cumplir &#243;rdenes, hacer algo por encargo de otro y no por inter&#233;s ni iniciativa propios, eso ayuda y exime de responsabilidades al &#225;nimo, prestar servicio, eso infunde desenvoltura y desconsideraci&#243;n y hasta puede que crueldad); eran ocho, ocupadas todas como era de prever por la permanente cola en el exterior. Ech&#233; una ojeada panor&#225;mica bajo las portezuelas cojas, dos pantalones arrugados y seis faldas, o m&#225;s bien no -las faldas estar&#237;an subidas y no asomaban-, sino seis pares de piernas con las medias y las bragas ca&#237;das (alg&#250;n tanga hab&#237;a y una de las mujeres no vest&#237;a medias, cosa rara en Inglaterra incluso en verano, ser&#237;a una extranjera seguro. 'Cu&#225;nta lata cada vez', pens&#233;; 'cu&#225;nta peque&#241;a complicaci&#243;n, nosotros lo tenemos m&#225;s c&#243;modo'), ninguno de los ocho en postura irregular, quiero decir ning&#250;n par de piernas, todos parec&#237;an estar a lo mismo normal, en fin, a lo esperable y a lo regular. Fue un instante, el barrido del ojo, a lo sumo dos, pero no pude evitar recordar la imaginada imagen de un cuento que mi madre me contaba de ni&#241;o: una de las siete pruebas que deb&#237;a superar el h&#233;roe para rescatar a su amada -campesina o princesa raptada, cautiva en un castillo, no s&#233;- consist&#237;a en reconocerla por sus piernas precisamente, el resto del cuerpo y la cara ocultos detr&#225;s de un largo biombo corrido o de la correspondiente puerta asimismo truncada, al igual que los de seis o trece o veinte mujeres m&#225;s puestas en fila, una rueda de reconocimiento como las de las comisar&#237;as s&#243;lo que con fines liberadores y no acusatorios y nada m&#225;s que de piernas, no en posici&#243;n sedente como las de los retretes sino bien erguidas, al h&#233;roe le resultaban visibles s&#243;lo los seis, trece o veinte pares de pantorrillas y muslos, ten&#237;a que adivinar cu&#225;les pertenec&#237;an a su pastorcilla o a su damisela; si no me equivoco hab&#237;a alg&#250;n truco o detalle -no una cicatriz, demasiado pobre hasta para la imaginaci&#243;n de un ni&#241;o- que le permit&#237;an acertar y salvar la prueba, aunque s&#243;lo para pasar a otra m&#225;s ardua. Ya no estaba mi madre en el mundo para preguntarle cu&#225;l era la clave del reconocimiento, y seguro que mi padre no recordar&#237;a ese cuento, puede que &#233;l nunca lo oyera ni lo pidiera al no ser hijo sino marido, tal vez mi hermana o mis dos hermanos, sin embargo era improbable, yo ten&#237;a por lo general mejor memoria para las cosas de nuestra infancia, y si la m&#237;a fallaba 'Nunca lo sabr&#233;, pero tampoco importa, la mayor&#237;a de la gente no se da cuenta de que no importa nada no saberlo todo, aun as&#237; demasiado es sabido siempre, tanto que olvidamos gran parte sin querer o queriendo, en todo caso sin preocuparnos ni lamentarlo, aunque averiguarlo en su d&#237;a nos costara l&#225;grimas y sudor y denuedo y sangre.'


All&#237; ten&#237;a yo ante m&#237; aquella fila, no me pareci&#243; que estuvieran las de Flavia entre las diecis&#233;is piernas, m&#225;s j&#243;venes, casi todos los pies muy bien calzados -eso lo apreci&#233;: iban de fiesta-, me llamaron la atenci&#243;n los elegantes zapatos de tac&#243;n alto de quien no usaba medias o se las hab&#237;a quitado antes de tomar asiento y lo mismo las bragas -nada le colgaba de los tobillos, estaban limpios-, claro que fue un golpe de vista muy breve, las mujeres de la zona de espejos no protestaban ni se largaban de all&#237; escopetadas, notaba m&#225;s expectaci&#243;n o curiosidad a mi espalda que indignaci&#243;n o alarma, nuestros gobernantes aprovechados han metido tanto miedo a la gente que &#233;sta se ha vuelto d&#243;cil en poco tiempo, sobre todo ante quien esgrime la aterradora y dominante palabra que lo justifica todo, 'Seguridad. Seguridad': hasta los abusos ir&#243;nicos y las humillaciones que fingen no serlo, no s&#233;: las funcionales.

Quiz&#225; no lo pens&#233; entonces sino m&#225;s tarde, cuando mucho m&#225;s tarde me acost&#233; por fin aquella noche o era ya ma&#241;ana, pero el germen de estos pensamientos s&#237; surgi&#243; entonces, en esa situaci&#243;n del lavabo de damas apremiante y disparatada, a veces los concebimos como rel&#225;mpagos y los aplazamos porque en el momento nos va mal mirarlos, para luego recuperarlos y desarrollarlos con ociosidad y falsa calma; y sin embargo puede decirse que el fogonazo es ya el pensamiento, concentrado o medio ignorado (o quiz&#225; es la presciencia de una presciencia). 'Yo habr&#237;a reconocido las piernas de Luisa entre diecis&#233;is, veintiuna, aunque ahora haga mucho que no las veo y parezcan difuminarse a ratos y aun empiecen a confundirse con otras presentes que ser&#225;n pasajeras y s&#237; olvidadas', pens&#233;. 'Tal vez tambi&#233;n sabr&#237;a se&#241;alar las de Clare Bayes, mi antigua amante de Oxford, pero estas s&#237; que hace siglos que no se me muestran y podr&#237;an haber cambiado, tener cicatrices o estar coja una de ellas como la de Alan Marriott o haberse hinchado o incluso ser ya s&#243;lo una, como eran tres las del perro al que la gitana Jane no le hab&#237;a cortado la cuarta -eso tengo que record&#225;rmelo siempre, que no fue ella, porque en el primer latido de mi memoria es eso lo que siempre creo y lo que me asalta, me ha quedado m&#225;s viva la hip&#243;tesis, la historia inventada con su horrible conjunci&#243;n de ideas y su pareja espantosa, que la verdadera con su estaci&#243;n de tren y sus hinchas borrachos del Oxford United-, la joven florista de aquellos tiempos en que Clare Bayes me visitaba con su bolsa llena de peregrinas compras, sus fragmentos de eternidad exigidos o su tiempo expansivo impuesto y con algo de utilitarismo, ahora ya puedo dec&#237;rmelo sin que me duelan la palabra ni el hecho, eso fue en otro pa&#237;s y de la moza qui&#233;n sabe, qui&#233;n sab&#237;a (pero el pa&#237;s vuelve a ser este), un accidente de coche basta y lo puede sufrir cualquiera, la amputaci&#243;n viene luego y entonces ella tendr&#237;a que ir al lavabo espacioso y desierto. Pero es dif&#237;cil imaginar a Clare Bayes sin pierna, porque eran tan conspicuas ambas, con los pies calzados a la italiana o con ellos descalzos, en los interiores privados ella se descalzaba siempre, dos puntapi&#233;s al aire y los zapatos volaban, y luego hab&#237;a que rastrearlos', pens&#233; eso ante los gabinetes cerrados con sus ocho pares de zapatos brillantes asomando bajo las portezuelas, y tambi&#233;n antes de dormirme con tant&#237;simo malestar como me llev&#233; a la cama, deb&#237; de recuperar la escena del lavabo de las mujeres y rememorar el cuento tan envuelto en nieblas que contaba mi madre, para alejar de mi mente cuanto hab&#237;a sucedido m&#225;s tarde y aplacar la punzada del alfiler en mi pecho. Y a&#250;n alcanc&#233; a pensar a continuaci&#243;n, con tan s&#243;lo un hilacho de conciencia despierta: 'No reconocer&#237;a en cambio las piernas de P&#233;rez Nuix, no todav&#237;a, si es que tiene esa palabra alg&#250;n fin o sentido, "todav&#237;a"'.

Lo que dije entonces fue innecesario, era evidente que all&#237; tampoco estaban los desaparecidos, y deb&#237;a apresurarme a buscarlos en otras zonas, segu&#237;a sin creer que se hubieran marchado pero no pod&#237;a arriesgarme a enojar a Tupra y a Manoia menos, 'No te entretengas ni esperes', esa hab&#237;a sido la recomendaci&#243;n o instrucci&#243;n, y el encargo fue Tr&#225;etela'. Pero s&#237; me entretuve un poco, muy poco. Supongo que aquella visi&#243;n de las ocho puertas y las diecis&#233;is piernas me tent&#243; demasiado para abandonarla nada m&#225;s descubrirla, sin demorarme en ella ni los segundos precisos para fijarla y retenerla al menos, como quien memoriza un tel&#233;fono que le es vital o se aprende unos cuantos versos ('Extra&#241;o no seguir deseando los deseos. Extra&#241;o ver todo aquello que nos concern&#237;a como flotando suelto en el espacio. Y penosa la tarea de estar muerto' O bien aquellos: 'And indeed there Hill be timeto wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?". Time to turn back and descend the stair, with a bald spot in the middle of my hair'; y un poco m&#225;s tarde viene la pregunta que nadie se hace antes de obrar ni antes de hablar: 'Do I dare disturb the universe?', porque todo el mundo se atreve a ello, a turbar el universo y a molestarlo, con sus r&#225;pidas y peque&#241;as lenguas y con sus mezquinos pasos, 'So how should I presume?'). Quiz&#225; me atrajo por la reminiscencia infantil -algo significa que una imagen relatada tan s&#243;lo y jam&#225;s vista permanezca en nosotros la vida entera-, o acaso intervino un elemento prosaico de segregaciones y humores, seg&#250;n el vocabulario de Sir Peter Wheeler tras elogiar yode Beryl el olor infrecuente y sexuado y los magn&#237;ficos muslos que tanto hab&#237;a exhibido para exasperaci&#243;n y delirio del agregado maldito que se me hab&#237;a escabullido ahora con quien aquella noche hab&#237;an puesto a mi descuidado cuidado.

As&#237; que dije innecesariamente, en parte por vicio menor o venial y en parte por irresistible af&#225;n de improvisada broma, alzando la voz como si fuera una autoridad de alg&#250;n tipo, policial o funcio-narial o laica, y dirigi&#233;ndome a las ocho usuarias de los gabinetes, sus pies ten&#237;an algo de composici&#243;n coreogr&#225;fica, de pausa moment&#225;nea en medio de un medido baile, y nada m&#225;s o&#237;rse mi voz masculina y all&#237; incongruente vi el movimiento instintivo y simult&#225;neo de siete pares de piernas que se juntaron o se cerraron, quiero decir cada par por su cuenta, s&#243;lo no cambiaron de postura las dos que estaban desnudas y con los tobillos desembarazados de toda prenda, su due&#241;a ser&#237;a por fuerza extranjera y tal vez compatriota m&#237;a, la depilaci&#243;n era perfecta. Hab&#237;a un cierto olor no penetrante de segregaciones y humores en aquel espacio (no, no era a orina, curiosamente, por suerte), sin duda sexuado y para m&#237; infrecuente, mezclado con el de las colonias y perfumes varios de las mujeres a menudo m&#225;s aseadas que los varones aunque no siempre (y entonces son tan haraganas y sucias como la agente de SMERSH Rosa Klebb, menos mal que era ficticia y as&#237; el pobre Nin no la habr&#237;a podido tener en la realidad de amante), y el conjunto no me era en absoluto desagradable. As&#237; que dije esto, maldita la falta que hac&#237;a para mis prop&#243;sitos, reconozco que fue por juego y por gusto:

Disculpen la intrusi&#243;n, mis queridas se&#241;oras -llamarlas en seguida 'my dear ladies' mepareci&#243; que las tranquilizar&#237;a, dentro del sobresalto-, pero andamos buscando a un carterista muy habilidoso para detenerlo. -'A very skilful pickpocket esa fue la locura que dije, adem&#225;s me son&#243; anticuada nada m&#225;s soltarla, como de los a&#241;os treinta o incluso de Dickens (un pickpocket), pero hablar de un man&#237;aco o de un terrorista (no digamos de una bomba oculta) habr&#237;a sembrado el p&#225;nico y quiz&#225; las mujeres habr&#237;an salido precipitadamente, sin subirse como es debido las medias o los pantalones y manch&#225;ndose con alguna gota, no quer&#237;a ponerlas en situaci&#243;n desairada ni hacerlas ruborizar ante testigos, aunque fu&#233;ramos yo y ellas mismas-. Supongo que no es as&#237; -a&#241;ad&#237; con tanta circunspecci&#243;n y neutralidad como fui capaz de imitar, cu&#225;nto ayudan las pel&#237;culas a los que decidimos aprender de ellas desde la primera tiniebla-, pero les ruego que me confirmen que en efecto no hay ning&#250;n hombre escondido ah&#237; dentro, en las cabinas. Ver&#225;n, desde aqu&#237; se ven dos pantalones, y no todas las piernas son -No segu&#237; por ah&#237;, me temo que iba a decir algo as&#237; como 'inequ&#237;vocas'-. Si son tan amables de responderme, una por una, se lo agradecer&#233; enormemente y me marchar&#233; en seguida.

Me imagino que un verdadero polic&#237;a se habr&#237;a esperado hasta que salieran, para cerciorarse, pero claro est&#225;, yo no lo era ni andaba tras ning&#250;n pickpocket. O&#237; una risa involuntaria o fueron dos a mi espalda, en la zona de los espejos, la mayor&#237;a de las mujeres ven m&#225;s f&#225;cilmente la gracia a las cosas que pueden tenerla, sobre todo si es cuesti&#243;n de mirarlas con ligereza o como si ya hubieran pasado y s&#243;lo cupiera contarlas sin m&#225;s consecuencias (sin m&#225;s sobre lo acaecido, porque casi siempre las trae nuevas el cuento). Tras un par de segundos de desconcierto probable, las voces femeninas fueron contestando desde el otro lado de sus portezuelas, unas con mayor sumisi&#243;n que otras y nada m&#225;s que una irritada; pero si la gente se deja hoy registrar por las buenas en cualquier aeropuerto u oficina p&#250;blica, y se descalza y aun se desviste obediente a la orden de un aduanero torvo, no es extra&#241;o que admita importunaciones e interrupciones e impertinentes preguntas hasta en medio de sus ocupaciones &#237;ntimas. 'No', 'Por supuesto que no', '&#191;Est&#225; usted loco? L&#225;rguese', 'Aqu&#237; no hay nadie, se&#241;or', fueron las respuestas, y s&#243;lo una se apart&#243; de las negaciones simples: la mujer sin visibles medias ni bragas, la que no hab&#237;a juntado m&#225;s las piernas al o&#237;rse mi voz de hombre, abri&#243; lentamente su portezuela hacia fuera con un leve chirrido, y me contest&#243;, mir&#225;ndome desde su asiento:

You come and see. -Eso dijo, 'Venga usted a verlo'. O 'Ven t&#250; a verlo' (aunque en ingl&#233;s no se distingan, debi&#243; de ser m&#225;s bien esto &#250;ltimo, en su mente).

La frase era demasiado breve y carente de aristas para notarle o no ning&#250;n acento, quiz&#225; el sonido k de 'come' nofue aspirado y fue por tanto extranjero a Inglaterra y aun a la Commonwealth y a las dem&#225;s antiguas colonias, pero no me pude fijar mucho, no estaba por las precisiones fon&#233;ticas, la visi&#243;n me turb&#243;, por eso fue tan breve como la frase o casi, yo mismo volv&#237; a cerrarle la puerta raudo, no tanto como abr&#237; aquella ma&#241;ana la del despacho de P&#233;rez Nuix y Mulryan para encontrarla a ella sec&#225;ndose desnudo el torso, no con br&#237;o, no de una r&#225;faga, m&#225;s bien se pareci&#243; al modo en que se la cerr&#233; a mi compa&#241;era unos segundos m&#225;s tarde, de un solo movimiento resuelto pero mirando y aun memorizando la imagen, dur&#243; doce segundos que cont&#233; en el recuerdo, la del lavabo de damas no lleg&#243; ni siquiera a eso, yo creo, empuj&#233; la portezuela muy pronto a la vez que balbuceaba, seguramente no con la voz sino s&#243;lo con el pensamiento: Ican see well enough, thank you very much indeed'; y era cierto, bien pod&#237;a verlo, que estaba all&#237; sola y sentada, no hab&#237;a tenido el remilgo de tantas mujeres que evitan posarse del todo en la tabla y orinan cernidas por as&#237; decirlo -a poca distancia pero en el aire-, en los lugares p&#250;blicos les da asco o grima ese contacto, ignoran qui&#233;n las habr&#225; precedido y en el mundo hay todo tipo de gente desaseada y haragana y sucia y tambi&#233;n la hay ponzo&#241;osa, en cualquier ambiente por muy chic que sea, por doquier hay contagios y mucho pringue. Aquella mujer no era precavida, sobre todo teniendo en cuenta que no deb&#237;a de usar ropa interior: no era que las bragas hubieran quedado a la altura de unas ligas o apenas bajadas, sino que no las hab&#237;a, eso comprob&#233; o descubr&#237; al ofrecerse la figura entera a mi vista m&#225;s elevada, los muslos tan desembarazados de prendas como los tobillos, la falda estrecha subida hasta arriba, hasta las ingles y las caderas y arrugada por tanto (tampoco habr&#237;a demasiada tela, a buen seguro ser&#237;a tirando a corta), una falda de tubo blanca, los zapatos de tac&#243;n fino pero potente eran del mismo color, veraniegos y como de los a&#241;os cincuenta, la d&#233;cada de mejor gusto general femenino, muy bonitos aunque inesperados en Londres y fuera de la estaci&#243;n que m&#225;s los tolerar&#237;a como le pasaba a la falda, le vi el bulto o la mancha amarilla bajo la que sost&#233;n no hab&#237;a, una blusa de escote redondeado y mangas casi imaginarias -mangas como mu&#241;ones, por la parte exterior le cubr&#237;an el arranque de los brazos tan s&#243;lo y poco m&#225;s que las axilas por la interior, eso deduje-, lo turbador eran los muslos robustos, fuertes y tan al descubierto -tanto-, no gruesos sino compactos y densos, como si la carne llenara toda la superficie hasta el borde del estallido, sin nada de grasa superflua pero sin desaprovechar un mil&#237;metro de la piel ce&#241;ida como envoltorio tirante, se iban ensanchando debidamente en su crecimiento o camino hacia las caderas e ingles y hacia el pico oscuro que se me mostr&#243; (lo distingu&#237;, cre&#237; verlo), me parecieron caderas vagamente centroamericanas o quiz&#225; es que tambi&#233;n remit&#237;an a esos a&#241;os cincuenta en que se apreci&#243; lo muy curvo, o bien fue que la melena rizada y los enormes pendientes -eran aros, de ampl&#237;sima circunferencia- le confer&#237;an un aire tropical que no ten&#237;a por qu&#233; ser aut&#233;ntico pese al color de su desnudez dorada -nunca brit&#225;nico, ni de la Commonwealth casi entera-, pod&#237;a tratarse de una mera opci&#243;n, del disfraz escogido para una noche de discoteca eterna, lo mismo que De la Garza cre&#237;a haberse vestido de rapero negro y a la postre iba de torero ucr&#243;nico o de goyesco absurdo.

Mi mirada fue fugaz pero no velada, no fue inglesa ni de nuestra &#233;poca como en apariencia lo hab&#237;a sido aquella ma&#241;ana ante P&#233;rez Nuix con toalla, ella estaba sin ropa de cintura para arriba y aquella joven lo estaba -para m&#237; era joven, treinta y cinco, ese fue el c&#225;lculo- de cintura para abajo, tuve la sensaci&#243;n moment&#225;nea de concluir un rompecabezas pero con un encaje algo cubista, como si se completaran la una a la otra con no cabal armon&#237;a (eran tan distintas), y adem&#225;s se completaran s&#243;lo en sus mitades desnudas, no en las vestidas. As&#237; que mi mirar no dur&#243; nada, pero durante esa nada fue el que s&#237; mira, no fing&#237; que ella estuviera de pie y con la falda bajada, y sin que yo supiera por tanto si debajo llevaba o no nada. Me mir&#243; a su vez, al decir su frase. No con desaf&#237;o, no con coqueter&#237;a ni con salacidad desde luego, no con reproche ni con sarcasmo, sino con expresi&#243;n bromista y claro est&#225; que sin pudor alguno, como si no le importara dejarse ver en aquella postura de poco garbo a cambio de hacer una breve gracia y desconcertarme y turbarme (por a&#241;adidura esto &#250;ltimo, no era f&#225;cil que lo hubiera previsto sin ni siquiera conocer mi cara, pod&#237;a haber sido un osado y haber respondido con dos pasos al frente), ella debi&#243; de captar m&#225;s que nadie el lado c&#243;mico est&#250;pido de mi exposici&#243;n o pregunta, dirigida simult&#225;neamente nada menos que a ocho mujeres guarecidas u ocultas, sin duda con el respingo incr&#233;dulo interrumpieron su funci&#243;n todas ellas, estaba seguro de que en el instante de sonar mi voz dej&#243; de caer todo l&#237;quido en el interior de las ocho tazas, una retenci&#243;n colectiva refleja, una obturaci&#243;n, un p&#225;rpado, un mismo m&#250;sculo represor contra&#237;do, y a eso, por suerte, no se habr&#237;a podido sustraer tampoco la mujer que s&#237; hab&#237;a aguantado con las piernas entreabiertas imperturbables en el primer momento y en los que siguieron -uno, dos, tres, cuatro; y cinco, eso duraron el chirrido de la portezuela y sus cuatro palabras provocadoras, 'Ven t&#250; a verlo'-, y tambi&#233;n en los que vinieron luego -cinco, seis, siete, ocho; y nueve; o diez, eso debieron de durar mi pasmo, mi fotogr&#225;fica memorizaci&#243;n de la imagen, mi agradecida respuesta y mi movimiento resuelto para cerrar la puerta-; y en esos diez segundos tambi&#233;n me dio tiempo a ver lo m&#225;s turbador de todo, una gota de sangre ca&#237;da en el suelo del gabinete, o bueno, eran dos, pero la otra, m&#225;s chica, le manchaba el zapato izquierdo como una lenteja, no ser&#237;a grave, parec&#237;an de charol aunque blancos, de tan brillantes y lisos, o de porcelana, ser&#237;a muy sencillo quitar esa diminuta mancha de superficie tan pulimentada, si se daba ella cuenta de que la llevaba.

Pens&#233; de inmediato lo que habr&#237;a pensado casi cualquier hombre, solemos ignorarlo todo sobre las menstruaciones -hemos visto su huella s&#243;lo en alguna colcha o en alguna s&#225;bana, yo al menos he procurado ignorarlo-, hasta si puede caer una gota al suelo o m&#225;s que eso inadvertidamente, en el caso de estar una mujer de pie con falda, sin bragas, y sin tener a mano compresas ni suced&#225;neos, algodones, kleenex, alg&#250;n papel absorbente o quiz&#225; secante como para la tinta -no, eso es impensable, idiota, eran r&#237;gidos y de color rosado, no he vuelto a verlos desde la infancia, desde los tiempos en que mi madre nos contaba el cuento-, no sab&#237;a una palabra de tales cuestiones pese a haber estado casado durante muchos a&#241;os que ahora parec&#237;an menos al haber terminado, de la misma forma que jam&#225;s hab&#237;a visto a Luisa sentada orinando como se me hab&#237;a mostrado la desconocida, hay cosas que la convivencia no trae nunca, o es que la educaci&#243;n, la que yo tuve al menos, la que tuvo Luisa, impone l&#237;mites naturales y t&#225;citos a las confianzas, y rehuye las dejadeces siempre, e impide acabar siendo indiferente y perezoso testigo de lo que no debe uno serlo.

Taambi&#233;n Comendador, mi antiguo amigo del colegio tan torcido luego, hab&#237;a pensado en menstruaciones sobrevenidas cuando vio la sangre de aquella muchacha, sobre la madera y las s&#225;banas y en su camiseta larga, la pasajera novia del camello Cuesta a la que crey&#243; muerta tras su tambaleo y su tropez&#243;n y su golpe de frente contra una pared muy seco, hab&#237;a sonado como le&#241;a partida y en seguida le descubri&#243; una brecha cuando qued&#243; inconsciente, o para &#233;l difunta. Y m&#225;s tarde hab&#237;a dudado de haber visto nada y hasta admiti&#243; la posibilidad de haber tomado por sangre lo que tal vez era s&#243;lo cognac o vino o incluso una veta oscura del entarimado. Yo ten&#237;a ahora una desaz&#243;n o problema en ciernes por culpa de aquel hombre tan af&#237;n a Comendador que me parec&#237;a &#233;l mismo en algunos instantes, Incompara su nombre, algo hab&#237;a adem&#225;s en esos dos apellidos que me hac&#237;a remitirlos el uno al otro, o que en mi sentido particular de la lengua me los asociaba: Incompara, Comendador; Comendador, Incompara, no s&#233;, como si fueran del mismo calibre o equiparables, recomendables ambos y comparables (para ir por el mundo con aplomo y br&#237;o y pisando fuerte, para eso recomendables).

Pero lo que me vino a la memoria como una r&#225;faga fue la otra mancha de sangre, la que vieron mis ojos, la de la escalera en casa de Wheeler que yo hab&#237;a limpiado a conciencia en mitad de la noche all&#237; pasada, madrugada del domingo de hecho pero para m&#237; noche del s&#225;bado, puesto que la jornada se me eterniz&#243; con libros y a&#250;n no me hab&#237;a acostado, me fui a la cama tan tarde o temprano que ya intu&#237; la claridad del cielo, sosegado o arrullado por el rumor del r&#237;o. Continuaba sin saber de qui&#233;n o de qu&#233; hab&#237;a salido, aquella sangre, al d&#237;a siguiente les hab&#237;a preguntado por fin a Peter y a la se&#241;ora Berry durante el almuerzo, sin &#233;xito: su respuesta tan decepcionante que empec&#233; a dudar de la existencia de la gruesa gota cuyo cerco se me hab&#237;a resistido de noche, reacio a desaparecer y borrarse (y esa incertidumbre futura ya la hab&#237;a yo previsto, hasta cierto punto: de cuanto cesa y no persiste puede uno dudar siempre, luego de todo, porque nada es nunca presente interminablemente, o lo son s&#243;lo los astros y las estaciones y yo quiero decir: nada humano); as&#237; que me pas&#243; un poco lo mismo que a Comendador en su d&#237;a, que desconfi&#243; de la realidad de las varias manchas que en su p&#225;nico hab&#237;a visto en aquel piso. Pero yo no sent&#237;a p&#225;nico cuando descubr&#237; la m&#237;a, en lo alto del primer tramo de la escalera de Wheeler, aunque s&#237; hab&#237;a bebido y andaba algo febril de palabras y aun de la vigilia tan larga, con mis muchas lecturas nocturnas encadenadas y los recuerdos de mi padre entremezclados, m&#225;s los suyos que los m&#237;os: 'colaborador asiduo del diario moscovita Pravda; enlace, acompa&#241;ante voluntario, int&#233;rprete y gu&#237;a en Espa&#241;a del bandido De&#225;n de Canterbury; conocedor de la entera trama de la propaganda roja a lo largo de la contienda', de todo eso hab&#237;a sido acusado, ideas de su mejor amigo cuyo rostro &#233;l no supo ver, el del ma&#241;ana que lleg&#243; muy pronto, casi hoy mismo. Pero ahora eran tambi&#233;n recuerdos m&#237;os, a veces tenemos algunos que solamente son de o&#237;das, o heredados. Como las piernas de mi princesa de cuento entre otros seis o trece o veinte pares.

Deb&#237;a salir ya de aquel lavabo inadecuado y lleno o que no me correspond&#237;a, fuera se estar&#237;a formando m&#225;s cola, llevaba all&#237; un par de minutos durante los que no hab&#237;a entrado ni salido nadie, las mujeres de dentro entretenidas, las que hab&#237;a a mi espalda, en la zona de espejos, re&#237;an ya abiertamente la mayor&#237;a tras escuchar mi cruce de frases con la caribe&#241;a sedente -cubana, puertorrique&#241;a, nicarag&#252;ense, o m&#225;s sure&#241;a, colombiana o venezolana o hasta brasile&#241;a; o espa&#241;ola, tambi&#233;n eso era posible-. No fui capaz de no advert&#237;rselo, a una joven de tan poderosos muslos que ya entonces supe que se me representar&#237;an m&#225;s tarde, incluso en otras noches o d&#237;as. Ten&#237;a ojos muy rasgados, eso me dio tiempo a verlo, no el color, s&#237; las aletas de la nariz algo anchas, o eran unas fosas nasales demasiado aireadas o ambas cosas, me hizo el efecto de una de esas bellezas con cara de exhalaci&#243;n involuntaria, abundan hoy mucho en todas las razas, quiz&#225; sea uno de los modelos de nariz m&#225;s solicitados por quienes se la operan, casi nadie anda contento con la suma de sus facciones. As&#237; que le dijea trav&#233;s de la portezuela ya de nuevo cerrada, de hecho con mi mano izquierda sujetando a&#250;n el pomo para que no se abriera otra vez sola (el pestillo por su lado, por dentro, y no la hab&#237;a o&#237;do volver a echarlo), o no insistiera ella en abr&#237;rmela, qui&#233;n sab&#237;a:

Se le ha manchado de rojo uno de sus zapatos blancos, se&#241;ora. Por si no se ha dado cuenta.

Pod&#237;a haberme contestado que no era grave ni asunto m&#237;o, en el mismo tono que Wheeler (o en uno m&#225;s desabrido) cuando le advert&#237; sobre sus calcetines bajados aquel s&#225;bado ya muy tarde, justo antes de que se diera la vuelta y acabara de subir los pelda&#241;os del primer tramo de su escalera, para por fin retirarse. Pero la mujer se limit&#243; a responder 'Thank you', y tampoco pude notarle ah&#237; acento. 'De rojo', dije. No me atrev&#237; a decir 'de sangre'. Aunque estaba seguro de que aquella gota y la del suelo eran sangre, reci&#233;n vertida, reci&#233;n ca&#237;da.


Sal&#237; de all&#237; con tanta decisi&#243;n como hab&#237;a entrado, murmurando 'No luck. No luck', 'No ha habido suerte', como si me diera una explicaci&#243;n a m&#237; mismo o me presentara excusas, ni siquiera mir&#233; a las mujeres de dentro ni a las de fuera cuando pas&#233; a su lado (&#233;stas eran otra vez tres o cuatro), hab&#237;a que dar con Flavia y conducirla de vuelta a la mesa de su marido, no es que mi cabeza no estuviera en eso ni que hubiera perdido la encomienda de vista, pero unas cuantas cosas se me hab&#237;an mezclado ahora con ella, versos e im&#225;genes y heredados recuerdos adem&#225;s de un cuento, ninguno llegaba a hervirme porque ninguno era apremiante, pero por all&#237; se me quedaron flotando todos, quiz&#225; tambi&#233;n a la espera de ser recogidos m&#225;s tarde por el pensamiento ocioso -es decir, por el m&#225;s activo- al t&#233;rmino de la jornada, cuando por fin me acostara.

La canci&#243;n de Laredo y de Armagh me segu&#237;a rondando pese a la m&#250;sica de la discoteca alt&#237;sima, volvi&#243; a ser abrumadora en cuanto franque&#233; las dos puertas y me encontr&#233; en la sala, poco rato ausente y la muchedumbre crecida, el local encaminado hacia su apogeo. Pero si reaparece una melod&#237;a conocida antigua y se nos aloja, no hay manera de echarla sin la mediaci&#243;n de algo externo y de otro car&#225;cter (tal vez un susto, como con el hipo), 'And when Sergeant Death's cold arms shall embrace me', eso era de la versi&#243;n irlandesa de Armagh, 'Y cuando me abracen los fr&#237;os brazos del Sargento Muerte', en ingl&#233;s a&#250;n pervive la idea de la muerte como figura o ser masculino aunque los nombres comunes carezcan de g&#233;nero gramatical con la excepci&#243;n de 'barco' -eso creo-, pero no siempre fue as&#237; o no para todos, el emparentado alem&#225;n s&#237; conserva los g&#233;neros y en &#233;l no cabe duda de que es el muerte y de que se trata de un hombre cuando se lo representa, as&#237; sucede en el tema cl&#225;sico de la Muerte y la Doncella, tantas veces en la pintura o en los grabados se lo ve, es un caballero con yelmo y armadura y lanza, o quiz&#225; es con espada o con ambas armas, Sir Death fue llamado en m&#225;s de una obra medieval inglesa, y tambi&#233;n se lo ha visto disfrazado de m&#233;dico con su bata blanca en alg&#250;n dibujo de la &#233;poca nazi, acechando con su linterna en la frente y con predilecci&#243;n por las j&#243;venes semidesnudas como P&#233;rez Nuix aquel d&#237;a y la mujer con la falda subida en el lavabo de damas aquella noche, al igual que sus antecesores f&#233;rreos de la Edad Media y el Renacimiento que persegu&#237;an doncellas a trav&#233;s de los bosques y de los campos, se les desgarraban las ropas en su huida vana a las pobres desesperadas, seg&#250;n la fantas&#237;a de las estampas. Mientras que para nosotros latinos, con nuestras palabras con g&#233;nero casi obligado, se trata de un ser femenino y adem&#225;s anciano, esa vieja decr&#233;pita con la guada&#241;a de tantos cuadros y de tantos textos, y quiz&#225; por eso son sus v&#237;ctimas varones en ellos con m&#225;s frecuencia que las de su sexo, aunque nos visite o nos cace a todos o nos siegue literalmente con su herramienta r&#250;stica, tiene sentido que sea anciana, empez&#243; a trabajar a destajo hace mucho y no ha parado ni una sola hora de la noche o el d&#237;a desde que se estren&#243; con aquel primer muerto desconocido y remoto que todav&#237;a aguarda a que se acabe el mundo y no haya en &#233;l ya nadie, para por fin ser juzgado y relatar su historia y exponer su caso, 'cuando todas esas piernas y brazos y cabezas segadas en la batalla se junten el &#250;ltimo d&#237;a y griten todas "Morimos en tal lugar"'. Y tambi&#233;n tiene sentido que en la imaginaci&#243;n germ&#225;nica sea un caballero en su plenitud, un guerrero brioso y fuerte y capacitado para arrancar vidas sin tregua, un profesional experto con sus fr&#237;os brazos de disciplinado sargento, porque cualquier otro ser no dar&#237;a abasto a tan infinita tarea en aquellos antiguos tiempos: y muchos siglos m&#225;s tarde ese fue el problema de los dirigentes nazis, que buscaron c&#243;mo ir m&#225;s r&#225;pido y con menos gasto y no tanta fatiga en sus labores de exterminaci&#243;n masiva, y as&#237; recurrieron a la inteligencia de hombres de bata blanca, a f&#237;sicos y a qu&#237;micos y a bi&#243;logos y tambi&#233;n a los m&#233;dicos con su linterna en la frente, matar no es tan f&#225;cil y lleva su tiempo. Y desde luego cansa y aun exten&#250;a.

'We died at such a place', eso me hab&#237;a citado Wheeler en su lengua de Shakespeare, y era de suponer que en ese Juicio Final previsto por la fe firme de entonces, con la historia entera del mundo contada a la vez y en detalle por cuantos la integraron y compusieron, desde el Emperador poderoso que dej&#243; m&#225;s duradero rastro hasta el reci&#233;n nacido que sali&#243; de la tierra con su primer llanto sin llegar a cruzarla ni a poner pie en ella y no dej&#243; en la memoria de ning&#250;n vivo ni su rostro del todo configurado, era de suponer que en ese &#250;ltimo d&#237;a, con todo su espacio y su tiempo convertidos en un gallinero y una algarab&#237;a, como le suger&#237; yo a Wheeler -quiz&#225; ya perteneciera a la eternidad ese d&#237;a, y as&#237; s&#243;lo tuviera lugar, pero no transcurso-, tambi&#233;n habr&#237;an de encontrarse y juntarse y volverse a ver las caras los condenados con sus condenadores y los delatados con sus delatores, los perseguidos con sus perseguidores y los torturados con sus torturadores, los mutilados con sus mutiladores, los asesinados con sus asesinos y las v&#237;ctimas con sus verdugos y con quienes los instigaron o les dieron la orden que fue cumplida, todos ante el Juez al que no se miente (juez blando o col&#233;rico, implacable o piadoso, eso qui&#233;n lo sabe). Y habr&#237;an de intentar ponerse en aprietos unos a otros alegando la justicia de sus respectivas causas y con ella sus inocencias o la atenuaci&#243;n de sus culpas, era a eso a lo que emplazaban a Enrique V (ahora ya sab&#237;a qu&#233; rey de Shakespeare era ese) aquellos soldados con los que en el campamento se mezcl&#243; embozado y de inc&#243;gnito antes del alba de la batalla, seg&#250;n rememor&#243; y cont&#243; Wheeler, todos ya sobre las armas; y hab&#237;a venido a decir uno de ellos: 'Arduas cuentas habr&#225; de rendir el rey en el d&#237;a &#250;ltimo, si no es buena causa la de su guerra'.

De modo que todos esos muertos se cruzar&#237;an entre s&#237; reproches, acusaciones, cargos: 'T&#250; me mataste sin que te hubiera hecho nada'. 'Mor&#237; por tu causa y por tus ligeras palabras.' 'A m&#237; me sacrificaste por aniquilar a otro que fue tu enemigo, de m&#237; no sab&#237;as ni la existencia pero no te import&#243; cortarla, para ti fui s&#243;lo un n&#250;mero tras un bombardeo o ni siquiera, una mera unidad de ese n&#250;mero que qued&#243; consignado en vuestros archivos secretos bajo siete llaves.' 'Yo mor&#237; por mi propia mano porque no pude vivir con aquello, con las muertes por m&#237; causadas; creed que me cost&#243; gran esfuerzo y gran miedo, e indecibles remordimientos anticipados, por el otro da&#241;o que hac&#237;a al matarme; pero no fui capaz de seguir ya m&#225;s d&#237;as como si aquello no hubiera pasado, y los muertos no fueran m&#237;os.' 'A m&#237; me pegasteis un tiro en la cuneta de una carretera que jam&#225;s hab&#237;a visto aunque no pod&#237;a estar lejos, no tardamos en llegar a ella desde la cheka de la calle Fomento de la que me sacasteis de noche y en la que me hab&#237;ais metido por la ma&#241;ana tras detenerme en la calle, por llevar corbata, dijisteis, y un carnet juvenil que no os gustaba, "Ah&#237; hay mucha Falange", eso dijisteis, y que yo me hab&#237;a sacado atolondradamente en imitaci&#243;n de mi hermano el mayor, que andaba entonces escondido, yo ten&#237;a diecisiete a&#241;os y ni siquiera sab&#237;a bien su significado, no me dejasteis averiguarlo, ni volver nunca m&#225;s a mis historietas gr&#225;ficas por las que viv&#237;a y me apasionaba, de pol&#237;tica yo no entend&#237;a', dir&#237;a mi t&#237;o Alfonso al encontrarse de nuevo con los milicianos olvidadizos que lo mataron: apenas lo recordar&#237;an, a&#250;n menos que a la amiga que lo acompa&#241;aba y que sufri&#243; igual destino, tiro en la sien o quiz&#225; en la nuca, o quiz&#225; en el o&#237;do. 'Os ensa&#241;asteis y sent&#237; tanto dolor como no hab&#233;is imaginado nunca en todos los a&#241;os de vuestra vida ni en los de vuestra muerte a la infinita espera de este &#250;ltimo d&#237;a, y me acusabais en falso con conciencia plena de vuestra falsedad absoluta, y me exig&#237;ais nombres y que confesara traiciones jam&#225;s cometidas, a sabiendas de que no podr&#237;a', dir&#237;a Nin a los dos o tres hombres -antiguos camaradas todos: Orlov seguro, tal vez Bielov, tal vez Contreras- que lo interrogaron exasperados y lo torturaron en Alcal&#225; de Henares, y seg&#250;n una sombr&#237;a fuente lo desollaron vivo. 'Me disparasteis con balas envenenadas y adem&#225;s no les untasteis la cantidad suficiente para que me mataran r&#225;pido, de aquella toxina botul&#237;nica que os trajeron de Am&#233;rica y que me fue corroyendo durante siete d&#237;as sin darme la muerte nunca ni acabar con el suplicio y la furia, y si hubierais tenido mejor punter&#237;a ni siquiera habr&#237;a hecho falta esperar a su efecto y yo me habr&#237;a ahorrado el largo y deslucido per&#237;odo de mi ser moribundo', dir&#237;a el nazi Heydrich a los dos resistentes o estudiantes checos que lo ametrallaron a bordo de su coche en Praga y le lanzaron granadas, guiados y pertrechados por el Special Operations Executive ingl&#233;s, el SOE, cuyo jefe Spooner plane&#243; el atentado. 'S&#237;, cometisteis un grav&#237;simo crimen fr&#237;volo, al no afinar vuestra punter&#237;a y al no aseguraros de que el nazi saldr&#237;a al instante hecho pedazos, porque cada noche de su agon&#237;a cogieron a cien de nosotros y nos fusilaron, y fue una sanguinaria semana lo que a&#250;n le dur&#243; el aliento', dir&#237;an a esos mismos resistentes y a los responsables del SOE los setecientos rehenes ejecutados hasta que el aguante y la ira de Heydrich por fin fueron vencidos por el perezoso veneno. 'Morimos el 10 de junio de 1942 en Lidice, no dejasteis un alma viva en toda la aldea, nos matasteis a todos sin hacer distinciones de edad ni de sexo, a los hombres all&#237; mismo y a las mujeres nos llevasteis al campo de Ravensbr&#252;ck a morir m&#225;s despacio, s&#243;lo porque tuvimos la mala suerte de que donde viv&#237;amos aterrizaran con sus paraca&#237;das los agentes que dirigieron la muerte lenta del Protector del Reich en nuestras invadidas tierras de Bohemia y Moravia, no os bast&#243; con odiarnos mucho y castigar a unos pocos por su colaboraci&#243;n probable, qu&#233; p&#233;rdida de tiempo para vosotros averiguar o discernir nada, sino que odiasteis nuestra cuna entera y la arrasasteis para que no existiera ni quedara memoria de ella, y nos asesinasteis a todos para que no hubiera tampoco nadie que recordara lo inexistente', dir&#237;an a los ocupantes nazis los ciento noventa y nueve varones y las ciento ochenta y cuatro mujeres de aquel pueblo checo que padecieron las represalias por el llegado fin de Heydrich, hasta el &#250;ltimo anciano y el pen&#250;ltimo ni&#241;o, pues hubo tres de &#233;stos, de corta edad y 'aspecto ario', que se juzgaron 'germanizables' y se salvaron por eso, no debieron de salvar en cambio el uso de la memoria. 'T&#250; me rajaste para no dejarme escribir m&#225;s ning&#250;n verso desde mis veintinueve a&#241;os, me has robado mi edad viril, pens&#233; al caer sobre la madera salpicada de vino que se empap&#243; de mi sangre; pero me confi&#233;, fuiste m&#225;s r&#225;pido, yo habr&#237;a hecho contigo lo mismo, tu vida tan valiosa como la m&#237;a entonces aunque t&#250; no escribieras nada, y otra cosa es que otros hombres que vinieron luego te hayan detestado ego&#237;stamente porque truncaras mi arte y los privaras de disfrutarlo extenso; pero yo, que soy tu muerto, no tengo queja, ni de qu&#233; culparte', dir&#237;a el dramaturgo y poeta Marlowe a su apu&#241;alador Ingram Frizer en la taberna de Deptford, si es que es ese su definitivo nombre, a lo largo de los siglos desconocido o cambiante. 'T&#250; hiciste que dos esbirros me sumergieran cabeza abajo y me ahogaran en una tinaja de tu nauseabundo vino, pobre de m&#237;, pobre Clarence, sujetado por las piernas, que quedaron fuera e intentaron patalear ridiculamente hasta la embriaguez &#250;ltima de mis pulmones, traicionado y humillado y muerto por la negra astucia opaca de tu lengua infatigable y deforme', dir&#237;a George, Duque de Clarence, a su rey de Inglaterra asesino que tambi&#233;n fue rey de Shakespeare.

Oh s&#237;, en ese d&#237;a postrero con todos los tiempos juntos, quiz&#225; suspendido e inm&#243;vil, resonar&#237;an una y otra vez estas frases hasta provocar arcadas en todos los muertos, incluidos los que asesinaron (pero ninguno concibi&#243; jam&#225;s el resultado de la suma entera, y cuando las cosas acaban tienen su n&#250;mero), y aun en el Juez al que no se miente, que se ver&#237;a quiz&#225; tentado de olvidar su promesa y sus planes y cancelar para siempre la asamblea pestilente eterna: 'Mor&#237; en tal lugar y en tal fecha y de tal manera, y t&#250; me mataste o me pusiste en la trayectoria de la bala, la bomba, la granada o la antorcha, de la piedra, la flecha, la espada o la lanza, me mandaste salir al encuentro de la bayoneta, el alfanje, el machete o el hacha, de la navaja, el mazo, el mosquet&#243;n o el sable, t&#250; me mataste o t&#250; fuiste la causa. Caiga todo ahora como plomo sobre tu alma, y siente la punzada del alfiler en tu pecho'. Y los acusados responder&#237;an siempre: 'Fue necesario, defend&#237;a a mi Dios, a mi Rey, mi patria, mi cultura, mi raza; mi bandera, mi leyenda, mi lengua, mi clase, mi espacio; mi honor, a los m&#237;os, mi caja fuerte, mi monedero y mis calcetines. Y en resumen, tuve miedo'. (Aquello era tambi&#233;n un verso, y me lo repet&#237; m&#225;s tarde en voz alta, cuando ya estaba acostado: 'Andin short, Iwas a/raid'; varias veces, porque aquella noche me lo aplicaba o lo suscrib&#237;a: 'And in short, I was afraid'.) O bien recurrir&#237;an a esto: 'Fue necesario y evit&#233; as&#237; un mal mayor, o eso cre&#237;a'. Porque ante ese juez harto y con n&#225;useas no podr&#237;an aducir: 'Oh no, yo no quer&#237;a, yo fui ajeno, ocurri&#243; sin mi voluntad, como en las humaredas tortuosas del sue&#241;o, eso fue cosa de mi vida te&#243;rica o entre par&#233;ntesis, de la que en realidad no cuenta, no pas&#243; m&#225;s que a medias y sin mi consentimiento pleno: "No ha lugar, aqu&#237; no hay causa", dir&#237;a el juez que viera esto'. No, no podr&#237;an aducirlo ante ese juez que ahora iba a verlo, y aun as&#237; algunos lo har&#237;an: son inconfundibles, yo los conozco en mi tiempo. Son siempre tantos.

Qu&#233; reconfortante ten&#237;a que ser esta esperanza remota o compensaci&#243;n aplazada o dilatada justicia, esta perspectiva, esta visi&#243;n, esta idea, para los humanos de la fe firme durante los muchos siglos en que la dieron por cierta y la prefiguraron y acariciaron, como si formara parte del conocimiento com&#250;n a todos, iletrados y doctos, acaudalados y menesterosos, y m&#225;s que una promesa o desider&#225;tum fuera casi una presciencia. Qu&#233; apaciguadora la idea, sobre todo para los sojuzgados definitivamente, para los que se sab&#237;an destinados a sufrir en vida -en su entera vida mansa sin rev&#233;s ni vuelta- injusticias y abusos y humillaciones impunes, sin reparaci&#243;n posible para sus agravios ni concebible castigo para sus ofensores, m&#225;s poderosos o m&#225;s crueles, o s&#243;lo m&#225;s decididos. 'Yo no lo ver&#233; aqu&#237;', pensar&#237;an aqu&#233;llos mordi&#233;ndose el labio inferior o la lengua hasta hacerse da&#241;o, para aflojar entonces la dentellada, 'no en este mundo tan descompensado y terco, no en su orden inerte que no puedo alterar y que me perjudica tanto, no en esa armon&#237;a desequilibrada que lo gobierna y que ya cava mi tumba para expulsarme pronto; pero s&#237; en el otro, cuando acabe el tiempo y nos reunamos todos, convidados sin excepci&#243;n al gran baile de la aflicci&#243;n y el contento, y me d&#233; a m&#237; la raz&#243;n y me premie el Juez al que no se miente porque ya est&#225; al tanto de lo sucedido, ha viajado por todas partes y lo ha visto y o&#237;do todo, hasta lo m&#225;s nimio e insignificante en el conjunto del mundo o de una sola existencia; lo que hoy me ha ocurrido, esa afrenta odiosa que olvidar&#233; yo mismo si a&#250;n vivo unos cuantos a&#241;os y no se repite, o bien se repite tanto que confundir&#233; las veces y me acostumbrar&#233; a ella por mi conveniencia de no verla m&#225;s como un crimen, no la olvidar&#225; ese juez que lo recuerda todo con su abarcador registro o infinito archivo de la historia del tiempo, desde la primera hora hasta el d&#237;a &#250;ltimo.' Qu&#233; enorme consuelo para la soledad absoluta creer que &#233;ramos vistos y aun espiados en todo instante a lo largo de nuestros escasos y malvados d&#237;as, con perspicacia y atenci&#243;n sobrehumanas y con la sobrenatural anotaci&#243;n o memoria de cada fastidioso detalle y pensamiento vacuo: as&#237; ten&#237;a que ser si es que as&#237; era, ninguna mente humana habr&#237;a soportado eso, saberlo y recordarlo todo de cada persona de cada &#233;poca, saberlo permanentemente sin echar jam&#225;s en saco roto un solo dato de nadie, por prescindible que fuera y aunque no sumara ni restara nada: una verdadera condena, una maldici&#243;n, un tormento o aun el mism&#237;simo celestial infierno, quiz&#225; estar&#237;a arrepentido de su omnisciencia el juez con tanto acontecimiento, resentido con los demasiados sucesos aburridos, pueriles, idiotas y bien sup&#233;rfluos, o se habr&#237;a hecho bebedor para hacerse olvidadizo (copita y adentro, copita y adentro, de vez en cuando), o mejor opi&#243;mano (una ocasional pipa tumbado, para vaciarse de conocimientos).

'Hay muchos individuos que sienten su vida como materia de un minucioso relato', le hab&#237;a dicho yo a Tupra al interpretarle a Dick Dearlove, 'andan instalados en ella pendientes de su hipot&#233;tico o futuro cuento. No se lo plantean mucho, es s&#243;lo una manera de vivir las cosas, una manera acompa&#241;ada, digamos, como si siempre hubiera espectadores o testigos fijos de sus actividades y pasividades, aun de sus pisadas m&#225;s f&#250;tiles y de los momentos muertos. Esa enso&#241;aci&#243;n narcisista de tantos contempor&#225;neos, llamada a veces "conciencia", tal vez no sea sino un suced&#225;neo de la antigua idea o vago sentido de la omnipresencia de Dios, que con su ojo vigilaba y estaba atento a cada segundo de la vida de cada uno, era muy halagador en el fondo, y un alivio pese a las contrapartidas, es decir, al elemento impl&#237;cito de amenaza y castigo y a la aterradora creencia de que nunca era nada ocultable del todo a todos y para siempre; sea como sea, tres o cuatro generaciones de duda o incredulidad dominantes no bastan para que el hombre acepte que su trabajosa y no solicitada existencia transcurre sin que nadie asista ni la contemple ni se asome jam&#225;s a ella; sin que nadie la juzgue ni la desapruebe.'

Quiz&#225; ni el hombre m&#225;s ateo pueda encajar eso a&#250;n f&#225;cilmente, sin hacerse racional violencia. Y quiz&#225; la repugnancia u horror narrativo que le hab&#237;a mencionado a Tupra -qui&#233;n sabe si no lo sentimos todos en alguna medida, no s&#243;lo los Dearlove del mundo- proced&#237;a tambi&#233;n de los viejos tiempos de la fe firme, cuando una vida entera de virtudes y de hacer el bien y de cumplir preceptos pod&#237;a irse al traste por un solo pecado grave cometido a &#250;ltima hora -mortal se llamaba, no se andaba con rodeos el recordatorio-, sin margen para el arrepentimiento ni para ser perdonado, el prop&#243;sito de enmienda ya apenas cre&#237;ble por el escaso tiempo restante de quien se lo hiciera, los ancianos deb&#237;an de recorrer en ascuas sus trechos finales, procurando no caer en tentaciones intempestivas, o lo que es lo mismo, tratando de evitarse cualquier error o borr&#243;n narrativo que los marcara en el desenlace y los condenara en el juicio. Parec&#237;a un sistema injusto; no s&#233; si divino pero desde luego poco humano, dependiente en exceso de la sucesi&#243;n o el orden de las palabras, obras, omisiones y pensamientos, no pude dejar de acordarme de una de las razones que mi padre me hab&#237;a dado para no haber intentado nada contra su delator Del Real, ning&#250;n ajuste de cuentas o resarcimiento tard&#237;o, cuando por fin le habr&#237;a sido posible buscarlos tras la muerte del tirano, el ahora remoto Franco al que el traidor prest&#243; un servicio temprano que le fue correspondido con prebendas universitarias y con la protecci&#243;n asegurada de sus leyes b&#225;rbaras, en lo referente a ese servicio, durante treinta y seis a&#241;os y medio. Treinta y seis a&#241;os inmune, de 1939 a 1975 y de aquel mayo a este noviembre: unos cuantos m&#225;s de los que tuvo Marlowe, el doble de los vividos por mi t&#237;o Alfonso 'Le habr&#237;a dado una especie de justificaci&#243;n a posteriori, un falso asidero, un motivo anacr&#243;nico para su acci&#243;n', hab&#237;a dicho mi padre al preguntarle yo por su mal amigo. 'Ten en cuenta que en el conjunto de una vida lo cronol&#243;gico va perdiendo importancia, no se distingue tanto lo que vino antes de lo que vino luego, ni los actos de sus consecuencias, ni las decisiones de lo que desencadenan. El habr&#237;a podido pensar que al fin y al cabo yo le hab&#237;a hecho algo, qu&#233; m&#225;s daba cu&#225;ndo, y haberse ido a la tumba m&#225;s conforme consigo mismo. Y no fue as&#237;, no ha sido as&#237;. Yo nunca lo perjudiqu&#233;, nunca le hice ni le hab&#237;a hecho nada, ni antes ni despu&#233;s ni desde luego entonces'


S&#237;, mi padre y Wheeler eran ya muy viejos y quiz&#225; ambos recorr&#237;an en ascuas sus pen&#250;ltimos trechos, no por pavor religioso sino por aprensi&#243;n biogr&#225;fica; o quiz&#225; no tanto, y apenas si tem&#237;an tiznarse. Mi padre parec&#237;a bastante conforme consigo mismo y sereno en su presente, con alguna amiga de supervivencia y con sus hijos y nietos que lo visitaban y lo conduc&#237;an a hablar del pasado personal o colectivo, y ese es el gran alivio (yo iba faltando &#250;ltimamente, desde mi nueva marcha a Inglaterra y mi deliberado aturdimiento para no pensar mucho en el m&#237;o, que todav&#237;a no me resultaba alivio; &#233;l no me dec&#237;a nada, pero cuando nos llam&#225;bamos o nos escrib&#237;amos -esto &#250;ltimo, para complacerlo: 'No me gusta el buz&#243;n siempre vac&#237;o, o s&#243;lo con propaganda y dem&#225;s porquer&#237;as'-, yo notaba que me echaba de menos, un poco acaso); no deb&#237;a de prever cambios sensibles, ni ning&#250;n episodio mal&#233;fico que arruinara a la postre su historia ya trazada en esencia en tiempos mucho m&#225;s dif&#237;ciles que los actuales y ya contada a s&#237; mismo, si no con orgullo s&#237; desde luego sin repugnancia ni casi embellecimientos, eso supon&#237;a; y tampoco era probable que la estropease a ojos ajenos, ni siquiera a los exigentes ojos de un hijo, ni que defraudase mi confianza por tanto, a menos que hiciera yo un d&#237;a alg&#250;n mal descubrimiento, y dejara de ocultarse algo oculto. (Yo s&#237; estaba en condiciones de defraudar la suya y la de cualquiera, inconvenientes de tener la vida tan s&#243;lo a medias; y sin duda habr&#237;a ya defraudado unas cuantas, la de Luisa y la de mis hijos seguro.)

En lo que respectaba a Wheeler, tal vez &#233;l s&#237; ten&#237;a m&#225;s riesgo, por ser un falso anciano y porque tras su venerable y amansado aspecto a&#250;n se escond&#237;an maquinaciones en&#233;rgicas, casi acrob&#225;ticas, y tras sus abstra&#237;das divagaciones una mente observadora, anal&#237;tica, anticipadora, interpretativa; y que sin cesar juzgaba; &#233;l parec&#237;a dispuesto a intervenir no s&#243;lo en su tiempo menguante y a la vez sobrante, a no dejarlo ya m&#225;s en poder del azar y a dictarle lo m&#225;s posible sus contenidos finales, sino a tener todav&#237;a participaci&#243;n e influencia en alg&#250;n que otro asunto menor del mundo, aunque fuera s&#243;lo por interpuestos amigos, a trav&#233;s de m&#237; o a trav&#233;s de Tupra, o de alguien que no conoci&#233;ramos ni yo ni Tupra, qui&#233;n sab&#237;a cu&#225;ntos m&#225;s se acercaban a visitarlo en su casa junto al r&#237;o, o simplemente le telefoneaban, o hablaban con la se&#241;ora Berry como intermediaria, o incluso quiz&#225; le escrib&#237;an cartas. &#201;l me hab&#237;a puesto en contacto con Tupra y con cuanto de &#233;ste ven&#237;a, eso para empezar, aquel habr&#237;a sido un movimiento espont&#225;neo suyo, una intervenci&#243;n en mi vida y una mano prestada a Bertram, un ofrecimiento en todo caso, nadie m&#225;s que &#233;l pod&#237;a haberme ofrecido al grupo y al edificio sin nombre a los que ahora pertenec&#237;a sin apenas darme cuenta de la pertenencia, algo m&#225;s me la di aquella noche a su t&#233;rmino. Wheeler no renunciaba a tramar, a encauzar, a manipular y a escenificar, y en ese sentido no s&#243;lo se expon&#237;a a&#250;n a tiznarse con el ascua o la brasa, sino a quemarse. No parec&#237;a temerlo, como tampoco mi padre, pero cada uno con su temeridad distinta o incluso opuesta: pod&#237;a ser que Juan Deza se considerase ya pintado y en regla y listo, y Peter Wheeler sin remedio y garabateado en cambio, desde su mismo nombre sustituido y tachado, as&#237; lo ve&#237;a yo con mi percepci&#243;n imperfecta; habr&#237;a sido aventurado, excesivo, injusto, decir que el primero se sent&#237;a a salvo y el segundo condenado, aunque fuera en el plano narrativo s&#243;lo, y no en el moral en modo alguno. No s&#233;, tal vez Wheeler sab&#237;a aplicarse a s&#237; mismo su convencimiento de que los individuos llevan sus probabilidades en el interior de sus venas, y de que s&#243;lo es cuesti&#243;n de tiempo, de tentaciones y circunstancias que por fin las conduzcan a su cumplimiento; y conoc&#237;a bien las suyas, puede que de antemano pero ya tambi&#233;n por experiencia; y sab&#237;a que &#233;l hab&#237;a dispuesto de las tres cosas en abundancia, sobre todo de tiempo: para ser persuasivo y encerrar m&#225;s peligro y volverse m&#225;s ruin que sus enemigos, y desarrollar una capacidad de fabulaci&#243;n superior o m&#225;s mort&#237;fera que la de ellos; para aprovecharse de la mayor&#237;a de la gente, que es tonta y frivola y cr&#233;dula y en la que es f&#225;cil prender un f&#243;sforo que d&#233; lugar a un incendio, y que &#233;ste a su vez se propague como la peor de las epidemias; para hacer caer a otros en la odiosa y destructiva desgracia de la que jam&#225;s se sale, y as&#237; convertir a esos sentenciados en bajas, en no personas, en talados &#225;rboles de los que reba&#241;ar le&#241;a podrida; tiempo para esparcir brotes de c&#243;lera, y de malaria, y peste, y poner muchas veces en marcha el proceso de la negaci&#243;n de todo, de qui&#233;n eres y de qui&#233;n has sido, de lo que haces y lo que has hecho, de lo que pretendes y pretendiste, de tus motivos y tus intenciones, de tus profesiones de fe, tus ideas, tus mayores lealtades, tus causas Le constaba que todo pod&#237;a ser deformado, torcido, anulado, borrado. Y ten&#237;a conciencia de que al final de cualquier vida m&#225;s o menos larga, por mon&#243;tona que hubiera sido, y anodina, y gris, y sin vuelcos, siempre habr&#237;a demasiados recuerdos y demasiadas contradicciones, demasiadas renuncias y omisiones y cambios, mucha marcha atr&#225;s, mucho arriar banderas, y tambi&#233;n demasiadas deslealtades, o quiz&#225; eran todas trapos blancos, rendiciones. 'Y no es f&#225;cil ordenar todo eso', hab&#237;a dicho, 'ni siquiera para cont&#225;rselo a uno mismo. Demasiada acumulaci&#243;n Mi memoria est&#225; tan llena que a veces no lo soporto. Quisiera perderla m&#225;s, quisiera vaciarla un poco. O no, eso no es cierto Lo que quisiera es que no se me hubiera llenado tanto.' Y despu&#233;s hab&#237;a a&#241;adido lo que yo bien recordaba (desde entonces me volv&#237;a como un eco de tarde en tarde, o no tan tarde): 'La vida no es contable, y resulta extraordinario tanto empe&#241;o en relatarla A veces pienso que m&#225;s valdr&#237;a abandonar la costumbre y dejar que las cosas s&#243;lo pasen. Y luego ya se est&#233;n quietas'.

S&#237;, tal vez Wheeler se habr&#237;a abstenido de tomar la palabra en el famoso &#250;ltimo d&#237;a: habr&#237;a desde&#241;ado exponer su caso, y abrumar al cansado juez con sus razones argumentadas y la enumeraci&#243;n de sus hechos notables o con su completa historia desde el nacimiento, y solicitar o esperar justicia o la ultrajante misericordia, de haber &#233;l vivido y muerto en los tiempos en que ese d&#237;a a&#250;n ten&#237;a vigencia para la mayor&#237;a de los humanos. Quiz&#225; habr&#237;a preferido acogerse a la f&#243;rmula Miranda de los detenidos en Am&#233;rica (me fue una vez recitada, imperfectamente), quiero decir crearla avant la lettre y claro que sin ese nombre en medio de aquel gran baile, de modo que su beneficio o perjuicio no habr&#237;an trascendido a los vivos en ning&#250;n caso (no quedar&#237;a en realidad ya ning&#250;n vivo, en esa jornada, ca&#237; en la cuenta, y ser&#237;a todo apr&#232;s la lettre). Puede que Wheeler hubiera guardado silencio y as&#237; le hubiera ahorrado a ese juez un trago o dos, media cachimba, dej&#225;ndole la tarea en cambio de la ordenaci&#243;n y el recuento, al fin y al cabo lo hab&#237;a visto ya todo y lo hab&#237;a o&#237;do, a &#233;l no hac&#237;a falta contarle con inevitables verg&#252;enza y esfuerzo, ser&#237;a tirar el tiempo aunque all&#237; ya no lo hubiera o s&#243;lo ese tiempo absurdo que s&#237; tendr&#237;a comienzo pero carecer&#237;a de t&#233;rmino. Y de haber sido interrogado, o si el juez lo hubiera instado a defenderse o a alegar algo -'&#191;Qu&#233; tienes que decir a esto, Peter Rylands y Peter Wheeler, de Christchurch en la Nueva Zelanda?'-, ni siquiera habr&#237;a respondido 'Nada', sino que habr&#237;a sostenido el silencio, rehuyendo la careless talk hasta el &#250;ltimo instante, tambi&#233;n esa y aun en medio de tanta, porque aquel ser&#237;a el d&#237;a supremo de la charla indiscreta y la conversaci&#243;n imprudente, de la locuacidad y la verborrea y las cantadas de plano, el instituido para los reproches y las justificaciones m&#225;ximas, las acusaciones y los descargos, las excusas, las apelaciones, los ment&#237;s furiosos y los testimonios sesgados, para alg&#250;n perjurio iluso y los m&#250;ltiples chivatazos ('Oh no, yo no quer&#237;a, yo fui ajeno', 'A m&#237; que me registren', 'Yo no he sido', 'A m&#237; me obligaron con amenazas', 'A m&#237; me pusieron una pistola en la sien, tuve que hacerlo', 'La culpa fue de &#233;l, fue de ella, fue de ellos, fue de todos excepto m&#237;a'); el d&#237;a m&#225;s indicado para quitarse de encima los infinitos muertos y ech&#225;rselos a los otros siempre. S&#237;, quiz&#225; Wheeler habr&#237;a renunciado a participar en ese guirigay del mundo, y a jugar ninguna baza en la descompensada partida: 'Calla, calla y no digas nada, ni siquiera para salvarte. Guarda la lengua, esc&#243;ndela, tr&#225;gala aunque te ahogue, como si te la hubiera comido el gato. Calla, y entonces s&#225;lvate'.

Eso hab&#237;a hecho Sir Peter Wheeler, callar de entrada, cuando por fin les hab&#237;a preguntado a &#233;l y a la se&#241;ora Berry, durante el almuerzo de aquel domingo o m&#225;s bien a los postres, poco antes de levantarme para irme yendo hacia la estaci&#243;n y regresar ya a Londres, por la mancha de sangre de su escalera en lo alto.

'Antes de que se me olvide', les hab&#237;a dicho aprovechando una pausa, de las que preludian o acercan las despedidas, 'anoche limpi&#233; una mancha de sangre en lo alto de la escalera, al final del primer tramo, cuando sub&#237; a mi habitaci&#243;n.' Y se&#241;al&#233; hacia los primeros pelda&#241;os con el pulgar vuelto. En realidad hab&#237;a sido al bajar con From Russia with Love como un tesoro, el ejemplar dedicado a Wheeler por el antiguo Comandante Fleming de la Divisi&#243;n de Inteligencia Naval (' who may know better. Salud!'), pero eso daba lo mismo y prefer&#237;a que Peter no me tuviera por chafardero, como dicen en el castellano de Catalu&#241;a. 'No s&#233; de qu&#233; era, pero no era peque&#241;a, &#191;ustedes tienen idea?'

Fue la se&#241;ora Berry quien contest&#243;, cuanto m&#225;s rara una pregunta m&#225;s exige una respuesta inmediata, aunque &#233;sta s&#243;lo consista en repetir palabras.

'&#191;Una mancha de sangre?', dijo, y se le enarcaron por s&#237; solas las cejas, sin aparente orden previa. Y al instante a&#241;adi&#243; con leve enojo: 'C&#243;mo es posible que yo no la viera, al subir a mi cuarto, si adem&#225;s no era peque&#241;a', y as&#237; pareci&#243; desviar en seguida el asunto hacia una posible negligencia suya. '&#191;En lo alto de la escalera, dice usted, Jack? Qu&#233; extra&#241;o.' Y mir&#243; con aversi&#243;n hacia los pelda&#241;os bajos que yo hab&#237;a se&#241;alado, como si a&#250;n pudiera ser visible aquello de lo que la enteraba -pero tambi&#233;n la enteraba de haberlo borrado-, y en el sitio inadecuado. 'Cu&#225;nto lo lamento, Jack, que tuviera que molestarse.'

Me fij&#233; en Wheeler, que hab&#237;a abierto los ojos mucho y la boca un poco, un gesto de suficiente sorpresa como para asociarlo a esa expresi&#243;n, 'quedarse sin habla'. O era m&#225;s bien una cara de no comprender del todo, como si la ocasional lentitud de sus a&#241;os estuviera procesando mi pregunta o noticia con desconcierto y aun dificultades; como si estuviera pensando: '&#191;He o&#237;do bien, ha dicho sangre? &#191;Le habr&#225; fallado la pronunciaci&#243;n o s&#237; lo ha dicho, mancha de sangre? Aunque sea extranjero a &#233;l no suele fallarle, salvo en palabras caprichosas o poco frecuentes que quiz&#225; nunca ha o&#237;do y s&#243;lo ha visto escritas, pero en esos casos es consciente de su inseguridad, y vacila y pregunta antes de soltarlas. Habr&#233; sido yo, que me he despistado y no he entendido'. Parec&#237;a pensar algo as&#237; pero no pod&#237;a pensarlo, porque la se&#241;ora Berry hab&#237;a repetido en el acto 'A bloodstain?', y sobre su pronunciaci&#243;n no hab&#237;a dudas.

'No se apure, Mrs Berry, no fue molestia, todav&#237;a no ten&#237;a sue&#241;o', le contest&#233;. 'S&#243;lo que no me explico de d&#243;nde pudo salir. Cre&#237; que era m&#237;a, que me hab&#237;a hecho alg&#250;n corte inadvertidamente, pero me palp&#233; entero y no. &#191;As&#237; que no tienen idea?', insist&#237; con la voz algo retra&#237;da.

La se&#241;ora Berry mir&#243; a Wheeler con perplejidad, como si con los ojos le preguntara ella tambi&#233;n a &#233;l, o se me ocurri&#243; que acaso era de consulta, la mirada, o hasta de preocupaci&#243;n por m&#237;, que aseguraba haber quitado en mitad de la noche una mancha improbable y rara. Pero Peter segu&#237;a callado, muy abiertos sus ojos met&#225;licos o minerales (como calcedonias a aquella luz del d&#237;a) y sus labios a&#250;n separados (pero ya no tanto como para decir boquiabierto).

'No realmente', respondi&#243; ella. 'Quiz&#225; se cort&#243; alg&#250;n invitado que subi&#243; al cuarto de ba&#241;o del primer piso, vi a varios subir a lo largo de la velada &#191;D&#243;nde fue, exactamente?'

Me puse en pie y ella tambi&#233;n ('Se lo ense&#241;o'), la conduje hasta la escalera, sub&#237; el primer tramo a zancadas y ella conmigo, detr&#225;s, sin saltarse escalones.

'Aqu&#237;', dije, y se&#241;al&#233; el lugar aproximado. No pod&#237;a ser el exacto porque la memoria espacial es imprecisa si no se ha establecido una referencia invariable y all&#237; no quedaba rastro, ni siquiera de mis frotamientos, se ve&#237;a todo uniforme, liso, hab&#237;a limpiado a conciencia y con gran esmero, habr&#237;a sido yo un buen criado en otra vida, o una cumplidora fregona, no s&#233; si ilustre. 'Ocupaba m&#225;s o menos esto', a&#241;ad&#237;, 'pulgada y media, quiz&#225; dos, de di&#225;metro. Y no hab&#237;a reguero, eso es curioso, s&#243;lo la mancha. Como una huella aislada.'

La se&#241;ora Berry se inclin&#243; para mirar m&#225;s de cerca el suelo. Yo ya estaba agachado y daba golpecitos sobre la tarima con los cinco dedos en posici&#243;n de garra, como si llamara as&#237; a la madera, pero nada hab&#237;a que invocar y nada brotar&#237;a de ella. 'Lo sab&#237;a', pens&#233; fugazmente, 'ten&#237;a que haber dejado algo de cerco, no en balde se resisti&#243; a borrarse.' Peter hab&#237;a abandonado tambi&#233;n la mesa, con m&#225;s parsimonia, y nos hab&#237;a seguido hasta el pie de la escalera, &#233;l no sub&#237;a. Estaba all&#237; con las manos apoyadas en su bast&#243;n como si &#233;ste fuera una espada hincada en la tierra en temporal descanso, mirando hacia arriba, mir&#225;ndonos con esa mirada que a menudo se les pone a los viejos aunque est&#233;n acompa&#241;ados y hablando animadamente, son ojos mates de dilatado iris que alcanzan muy lejos en direcci&#243;n al pasado, como si en verdad vieran sus due&#241;os f&#237;sicamente con ellos, quiero decir ver los recuerdos, a veces la tienen hasta los viejos ya ciegos como el poeta Milton en su sue&#241;o, y no es una mirada ausente sino concentrada, s&#243;lo que en algo a muy larga distancia. Y adem&#225;s Wheeler no estaba hablando.

'&#191;Tanto? No se ve nada', dijo la se&#241;ora Berry. En efecto, la madera pulida, brillante, encerada, como si nunca hubiera sufrido. '&#191;Con qu&#233; la limpi&#243;, esa mancha?'

'Cog&#237; algod&#243;n y alcohol del cuarto de ba&#241;o de abajo. Lo hice poco a poco, con cuidado. No quer&#237;a ensuciarle ning&#250;n pa&#241;o, ni que quedara marca.'

'Lo consigui&#243; usted, Jack, desde luego', observ&#243; la se&#241;ora Berry con aprobaci&#243;n y mirando fijamente el vac&#237;o suelo, pero me pareci&#243; percibir un leve dejo de iron&#237;a en la frase. Empezaba a no creerme, era posible. '&#191;Est&#225; seguro de que era sangre, Jack? &#191;No pudo ser licor o vino, se le derram&#243; a alguien? &#191;O el jugo del roast beef, una rodaja resbal&#243; de alg&#250;n plato? Me temo que Lord Rymer no fue el &#250;nico titubeante a lo largo de la velada. La carne estaba tr&#232;s saignante, y adem&#225;s algunos se sirvieron salsa. &#191;No pudo confundir el jugo, la salsa? Eso explicar&#237;a que no hubiera reguero, cae un trozo de carne y s&#243;lo deja su mancha. No gotea.' Pens&#233; entonces: 'Cree que estaba borracho, y que fueron imaginaciones; aunque es verdad que un filete crudo cae a plomo, plaf; pero no eran filetes, sino rodajas'. Y al instante record&#233; que ni siquiera pod&#237;a recuperar los algodones ensangrentados para mostr&#225;rselos, los hab&#237;a arrojado al retrete, no a la basura, y hab&#237;a tirado de la cadena, naturalmente; tambi&#233;n habr&#237;a sido raro que me hubiera empe&#241;ado hasta el punto de ir a rebuscar en el cubo, mejor que no pudiera hacer eso, me habr&#237;an tomado por un insensato, un obsesivo.

'No la prob&#233;, si se refiere a eso, Mrs Berry', dije, y debi&#243; de haber decepci&#243;n en mi tono, u orgullo herido. 'Pero conozco la sangre, cr&#233;ame. S&#233; distinguirla.'

'Bueno, es muy extra&#241;o, entonces.' As&#237; respondi&#243; la se&#241;ora Berry, como dando por terminados la inspecci&#243;n y el caso entero; son&#243; como si me hubiera dicho: 'No insista, Jack, &#191;qu&#233; m&#225;s quiere que hagamos? Yo no s&#233; nada y no lo he visto, y tampoco Peter. Y es improbable que a m&#237; se me escape una mancha as&#237;, m&#225;s a&#250;n en el camino que conduce a mi cuarto. &#191;No lo entiende, lo dif&#237;cil que es eso?'.

Separ&#233; los dedos de la tarima, me incorpor&#233;, me volv&#237; m&#225;s hacia Wheeler, lo mir&#233; desde la altura. No hab&#237;a pronunciado una sola palabra, pero no me pareci&#243; que esta vez se tratara de un nuevo atasco oral como los que hab&#237;a padecido un rato antes en el jard&#237;n, tras los raseados del helic&#243;ptero, y la noche anterior, cuando nos quedamos solos y el muy necio vocablo 'coj&#237;n' no le sal&#237;a. No me pareci&#243; que tuviera una presciencia de nada, su mirada anciana no miraba ahora hacia lo venidero incierto y por lo tanto vac&#237;o y liso como la madera, era seguro, sino que en su asombro alcanzaba lejos, m&#225;s all&#225; de nuestras cabezas en cuya direcci&#243;n iba su vista pero a las que no enfocaba o no del todo, y los ojos tan abiertos le confer&#237;an una contradictoria expresi&#243;n, casi de ni&#241;o que descubre o ve algo por vez primera, algo que no lo asusta ni le repele ni tampoco lo atrae, sino que le produce pasmo, o alg&#250;n saber intuitivo, o bien una especie de encantamiento. Miraba algo que era rugoso, con dibujo o figura a diferencia del suelo, pero no me qued&#243; muy claro que su trazo fuera distinguible y firme ni que perteneciera al pasado. Era como si contemplara el limbo, el envidiable lugar, el &#250;nico libre de juicios y c&#243;mputos en aquel &#250;ltimo d&#237;a, seg&#250;n las antiguas especulaciones, y al que el juez se retirar&#237;a a ratos para estar tranquilo y tomarse un respiro de las atrocidades y las perfecciones, de las disculpas estrafalarias y las desmedidas aspiraciones, y quiz&#225; alg&#250;n piscolabis con el que reponer fuerzas y aguante para las sesiones interminables, y aun darle a su divina petaca un chupito, un viaje con el que entonarse, antes de volver a la gran sala de baile para all&#237; seguir oyendo m&#225;s millones y millones de embrolladas y confusas y miserables y descabelladas historias.

'A usted tampoco se le ocurre nada, Peter.' Ahora le habl&#233; s&#243;lo a &#233;l, directamente, fue confirmaci&#243;n m&#225;s que pregunta, pero tambi&#233;n, me di cuenta, una tentativa de hacerle expresar algo verbal sobre aquella sangre o no sangre que yo hab&#237;a visto o no visto, algo con su propia voz y no a trav&#233;s de la se&#241;ora Berry, que se hab&#237;a adue&#241;ado de las conjeturas y de las respuestas. En realidad no hab&#237;a nada an&#243;malo en ello, era lo l&#243;gico, el mantenimiento de la casa corr&#237;a a su cargo, como su pulcritud o limpieza y sus desperfectos y manchas. En ingl&#233;s era la housekeeper, literalmente la que conservaba o guardaba la casa.

'No.' La negativa de Wheeler vino en el acto, no es que estuviera ido, o que no prestara atenci&#243;n a lo que se hablaba. Su mirada iba viajando, pero no estaba perdida. 'Es muy extra&#241;o, en efecto', repiti&#243;, aunque &#233;l no le dio a la frase la entonaci&#243;n concluyente de su ama de llaves. 'That's very odd indeed', eso fue lo que dijo en su lengua, como si fuera una convenci&#243;n tan s&#243;lo, una manera m&#225;s o menos aceptable y para m&#237; no ofensiva de dejar la cuesti&#243;n suspendida en el aire, o de enviarla sin m&#225;s al limbo, donde nada ha lugar ni hay ning&#250;n caso, porque de lo de all&#237; no se ocupa nadie. Desclav&#243; su espada, la sostuvo un momento en alto con ambas manos como para asestar un mandoble, y a continuaci&#243;n dio media vuelta para regresar a la mesa y acabar el postre. Para m&#237; fue la se&#241;al de que ah&#237; deb&#237;a pararme, abandonar, resignarme. Descend&#237; el tramo de la escalera, dej&#233; pasar a la se&#241;ora Berry, fuimos tras &#233;l, s&#243;lo a&#241;ad&#237; una cosa m&#225;s al respecto:

'Tuve que utilizar mucho algod&#243;n, para sacar la mancha. No les quedar&#225; ya demasiado, convendr&#225; que lo repongan pronto. Y con el alcohol lo mismo.' Eso les dije. Me pareci&#243; justo advertirles. Y no fueran a creer que hasta eso eran figuraciones, o que tambi&#233;n me lo hab&#237;a inventado.


Ahora ve&#237;a otra posibilidad, se me ocurr&#237;a otra ahora, al salir del lavabo de damas o m&#225;s bien fue luego, esa misma noche pero horas m&#225;s tarde, cuando trataba de conciliar el sue&#241;o y no acababa de conseguirlo, a lo sumo una duermevela pensante durante la que estuve pensando cuanto se me hab&#237;a alumbrado y yo hab&#237;a aplazado en el curso de los sucesos. Debi&#243; de ser m&#225;s entonces, porque llevaba prisa y la vista aguzada hacia lo exterior tan s&#243;lo cuando sal&#237; del lavabo, donde sin embargo me surgi&#243; la ocurrencia sin duda, esa idea nunca habr&#237;a cruzado la cabeza de Wheeler ni la de la se&#241;ora Berry, de hecho no pas&#243; por la m&#237;a hasta aquel momento, tras haber visto sentada en la tabla a la mujer de los abundantes muslos, no, eso hace concebir gordura y no la hab&#237;a, c&#243;mo decir, era imponencia, era formidabilidad, era presencia. Era llamada. 'Una mujer no lleva bragas', pens&#233;; 'aunque s&#237; lleve medias, pueden ser de esas que se venden ahora, que llegan hasta la mitad del muslo como las de antes y se sujetan con un el&#225;stico que hace las veces y la imitaci&#243;n sin gracia de las antiguas ligas, usaba de esas aquella inminente heredera consorte que se qued&#243; una noche a desayunar en casa y cuyo tel&#233;fono m&#243;vil parec&#237;a una obsesi&#243;n o un objetivo b&#233;lico para su a&#250;n premarido pero ya postcornudo, o al menos las us&#243; esa vez &#250;nica en que la vi quit&#225;rselas o se las quit&#233; yo mismo, de la vicisitud ya mal me acuerdo.' Rememor&#233; y pens&#233; eso echado en la cama, poco interesado en rememorarlo, fue del todo involuntario. 'Una mujer no lleva bragas en la cena fr&#237;a de Wheeler, algunas tienen a gala prescindir de esa prenda para sentirse muy dr&#225;sticas y radicales, o lo hacen ocasional y provocativamente para arriesgarse a ser vistas si visten falda mediana o corta y va a haber muchos testigos (una reuni&#243;n, un banquete, un estreno, una clase si son estudiantes, y el profesor var&#243;n siempre est&#225; enfrente), o para incordiar a un marido al que de camino a la fiesta informan del detalle &#237;ntimo y que se inquieta por ello, o para que brote un deseo fugaz y primario donde no lo hab&#237;a ni quiz&#225; iba a haberlo -una vislumbre, un rel&#225;mpago- y as&#237; pueda luego hacerse persistente y elaborado -una condensaci&#243;n, un crecimiento-, no pocas aprendieron esto de aquella pel&#237;cula c&#233;lebre con la actriz Sharon Stone y el cara de bruja hijo de Douglas.

Esa mujer sube al cuarto de ba&#241;o del primer piso, est&#225; ocupado el de abajo, o acaso sube en busca de una habitaci&#243;n vac&#237;a en la que ya espera alguien o a la que acudir&#225; ese alguien al cabo de un minuto o no llega, un encuentro acordado pero afanoso y r&#225;pido, lo que se llama gr&#225;fica y vulgarmente en mi lengua un mete y saca y en ingl&#233;s un quicky (en verdad muy vulgarmente: no importa, el pensamiento es m&#225;s vulgar que el habla, o lo es en los que tendemos a evitar la vulgaridad verbal para que as&#237; tenga sentido cuando incurramos en ella), en esos lances viene de perlas la ausencia previa de bragas, aunque tampoco sean &#233;stas un impedimento, basta apartarlas con un par de dedos y con delicadeza -cuidado con pellizcar nada-, a la altura apropiada. Sube esa mujer con falda, suenan sus tacones altos sobre la tarima o no suenan sobre la parte alfombrada, y tiene la mala suerte -o es peor para el anfitri&#243;n, seg&#250;n se mire, o para un invitado con mejor ojo que el resto- de que justo entonces, al llegar arriba y detenerse un instante buscando con la mirada la puerta adecuada o la convenida, le hace acto de aparici&#243;n la regla -sin duda ya presentida, pero no tanto o no lo bastante- en forma de gota que cae al suelo al no haber tela ninguna para frenarla; pero la cosa es a&#250;n incipiente y es s&#243;lo una gota, la primera, una sola, no ha lugar a reguero porque no es un flujo y no contin&#250;a inmediatamente, y as&#237; ella puede no darse cuenta del advenimiento hasta un poco despu&#233;s, cuando ya ha entrado en el cuarto de ba&#241;o y puede ponerle provisional remedio o cuando el hombre que la esperaba nota esa humedad distinta o m&#225;s c&#225;lida y ya se ha manchado, la mancha sobre la madera queda all&#237; inadvertida y por eso no se limpia hasta bien entrada la noche, cuando yo subo a buscar un libro y al bajar ya con &#233;l la descubro, la veo, y pienso que no debo dejarla ah&#237; una vez que s&#233; que existe: me toca a m&#237;, toca quitarla o si no podr&#237;a resbalarse Wheeler con ella por la ma&#241;ana -aunque para entonces se habr&#225; secado-, y a su edad no podemos permitir que se caiga, m&#225;s vale ahorrarle cualquier riesgo y salvarlo.'

Mi antiguo compa&#241;ero Comendador hab&#237;a pensado en la posibilidad menstruosa con m&#225;s rapidez que yo, pero &#233;l ten&#237;a una joven delante cuando vio la sangre, y tambi&#233;n observ&#243; gotas rojas min&#250;sculas en su camiseta y otra m&#225;s grande en su s&#225;bana, lo tuvo m&#225;s f&#225;cil para ocurr&#237;rsele, y adem&#225;s nunca sabr&#237;amos, &#233;l seguro y yo muy probablemente, si esa era la explicaci&#243;n acertada para nuestras respectivas manchas, s&#237; lo ser&#237;a para las de la mujer del gabinete -baldosa y zapato blanco- que se hab&#237;a conducido con tanto cuajo. Pero qui&#233;n sab&#237;a.

De pronto me encontr&#233; haciendo memoria de qu&#233; mujeres llevaban falda en la cena de Wheeler (fue tambi&#233;n medio involuntario, o quiz&#225; es que cualquier recuento atrae siempre al parcial sue&#241;o): desde luego Beryl y muy llamativa, que adem&#225;s bien pod&#237;a haber prescindido de la prenda &#237;ntima a tenor de la avidez con que De la Garza trataba de poner la vista, sent&#225;ndose en un pouf muy bajo, a ras o casi de sus patas largas (muslos como toboganes por los que deslizarse, hab&#237;a dicho el muy loco); y tambi&#233;n le pegaba haber querido incomodar a Tupra con ese rasgo de descaro (no se lo habr&#237;a comunicado hasta ya cerca de Oxford, en el autom&#243;vil), o haber pretendido reseducirlo, pese a su desd&#233;n aparente, de un modo elemental y tosco, sin rozarse apenas y a relativa distancia, sin esfuerzo personal, psicol&#243;gico, sentimental, biogr&#225;fico, nada m&#225;s que animalesco, que viene a ser sin esfuerzo alguno. Llevaba falda la se&#241;ora Fahy, esposa del historiador irland&#233;s sopor&#237;fero Profesor Fahy, as&#237; como la alcaldesa laborista y aciaga (por matrimonio) de las desdichadas poblaciones de Eynsham o Ewelme o Bruern o Rycote, o quiz&#225; de aquella con peor fama en el Oxfordshire desde la lejana &#233;poca del poeta Marlowe, Hog's Norton; pero ambas damas hab&#237;an sobrepasado con creces el tiempo concedido a los regulares advenimientos, al igual que la propia se&#241;ora Berry, que era claramente m&#225;s joven que Wheeler pero no tanto como cuatro decenios ni siquiera tres ni dos y medio, de hecho me dio instant&#225;nea verg&#252;enza pensar en ella o en ellas (sobre todo en ella, la conoc&#237;a y la respetaba desde hac&#237;a siglos, a&#250;n al servicio de Toby Rylands) en semejante circunstancia a sus a&#241;os, quiero decir en sociedad y sin bragas, la idea me suscit&#243; gran rechazo, m&#225;s que nada por irreverente, y un poco de compasi&#243;n hipot&#233;tica, me afe&#233; mis cavilaciones. En cuanto a la Deana de York que hab&#237;a provocado delirios zafios en De la Garza ('Joder joder, esta t&#237;a est&#225; pistonuda', hab&#237;a dicho el anormal completo), resultaba aventurado pronunciarse sobre el actual influjo de la luna en su cuerpo, la viudez difumina la edad y enga&#241;a bastante, hace mayores a las muy j&#243;venes y rejuvenece a las ya talludas; asimismo vest&#237;a falda, y yo habr&#237;a dicho que anticuadas enaguas y a&#250;n m&#225;s anticuada faja, y por tanto no cre&#237;a que la inaccesible dowager de un cl&#233;rigo renunciase nunca a ropas m&#225;s fundamentales (quiz&#225; ni siquiera en su cama a solas, no digamos en casa ajena y en compa&#241;&#237;a nutrida). Alguna hab&#237;a con pantalones, pero esa no fue Harriet Buckley, la Doctora en Medicina reci&#233;n divorciada y que seg&#250;n Tupra pod&#237;a estar m&#225;s dispuesta aquella noche a hacer averiguaciones sobre el terreno que Beryl y que la se&#241;ora Wadman (este nombre s&#243;lo supuesto); yo no hab&#237;a estado atento ni hab&#237;a hablado con ella m&#225;s all&#225; de las presentaciones, pero no le faltaba a esa Doctora cierto atractivo b&#225;sico, y en realidad fue un milagro que no hiciera estallar su falda, no por gorda ella sino por estrecha y ce&#241;ida y ajustada la falda (en verdad se necesitan estas redundancias para dar idea de cu&#225;nto), y en toda la cena no se quit&#243; unas gafas que le confer&#237;an un aire distra&#237;damente vicioso, como de secretaria pimpante en una comedia norteamericana de los a&#241;os cincuenta (luego secretaria fantaseada); la Doctora desbragada me pareci&#243; una idea aceptable o al menos no me caus&#243; dentera ni muy mala conciencia (s&#243;lo una pizca), como tampoco Beryl a pelo ni una jovencita que pulul&#243; por all&#237; aburrida a lo largo de la velada y que nunca supe qui&#233;n era, seguramente la hija estudiante de alguno de los convidados, pod&#237;a serlo de la propia Buckley: en todo caso me la hab&#237;a figurado caprichosa y atrevida de lejos, y le hab&#237;a notado en la boca un aviso de indecencia (incisivos separados; labios que jam&#225;s lograban estar del todo cerrados ni ocultar, en consecuencia, aquellos dientes procaces); no cre&#237; que fuera abusivo imaginarla aligerada, quiero decir bajo la falda.

Una de las tres habr&#237;a subido al primer piso en un momento desafortunado, habr&#237;a perdido o soltado su gota sin percatarse de ello, lo mismo que la centroamericana que me hab&#237;a contestado 'Gracias', eso indicaba que la de su zapato no la hab&#237;a descubierto antes de que yo se la se&#241;alara. Era improbable, sin embargo, una conjunci&#243;n de esos factores durante la fiesta de Wheeler, y ni siquiera sab&#237;a si algo como la desprevenci&#243;n y la consiguiente mancha en el suelo era t&#233;cnicamente posible (t&#233;cnica o fisiol&#243;gicamente, por decirlo de alg&#250;n modo). Me di cuenta de que en Londres no contaba con ninguna amiga ni amante estable a quien preguntarle al respecto, nadie con quien tuviera suficiente confianza, en Madrid s&#237;, en mi vida normal le habr&#237;a consultado a Luisa en primer lugar, tambi&#233;n estaba mi hermana, y viejas amigas y antiguas novias, old flames como Beryl de Tupra o lo era Tupra de Beryl, ella m&#225;s indiferente a su pasado. 'Mi vida normal': no acababa de hacerme a la idea de que ya no lo era, hab&#237;a sido expulsado de ella o mi tumba estaba all&#237; bien hundida, cavada hasta lo m&#225;s hondo; a&#250;n conservaba la sensaci&#243;n enga&#241;osa de que aquel otro pa&#237;s era un par&#233;ntesis, de que aquella segunda estancia inglesa era vida no vivida del todo, esa que no cuenta mucho y de la que apenas si se responde, o s&#243;lo al celebrarse el gran baile cada vez m&#225;s inveros&#237;mil -seguramente hoy abolido, cancelado hasta nuevo aviso o m&#225;s bien nueva creencia-, del tiempo que ya no es tiempo o est&#225; helado y sin transcurso. ('Cuan largo me lo fi&#225;is', exclam&#225;bamos los espa&#241;oles ir&#243;nicos ante perspectivas tales, parafraseando a Don Juan en el verso de un contempor&#225;neo de Marlowe; ahora se dice menos pero todav&#237;a es posible o&#237;rlo, cuando el tiempo no es temible y parece que no llegar&#225; lo anunciado, de tan lejos.) Quiz&#225; aquel periodo m&#237;o resultara provisional a la postre, pero nada es nunca provisional ni es periodo mientras no concluye y se cierra, y mientras eso no ocurre el par&#233;ntesis se convierte en la frase principal, dominante, y al leer uno se olvida hasta de que se abri&#243; su signo.

Dos d&#237;as despu&#233;s llam&#233; a Luisa pese a lo extempor&#225;neo de la consulta, y aun lo extravagante. Con una hermana da m&#225;s apuro referirse a estos asuntos: aunque ellas sean la primera novia, lo son cuando a&#250;n no hay sangre, esposa ni&#241;a solamente. Llam&#233; a Luisa y la encontr&#233; en casa, no hubo lugar a mi nerviosismo; son&#243; un poco sorprendida (no era jueves ni domingo), pero no incomodada. Me interes&#233; por los ni&#241;os rutinariamente, por su salud y la de ella, y en seguida me justifiqu&#233;: 'Te llamo para hacerte una consulta', dije. 'Dime', contest&#243; bien dispuesta. As&#237; que le pregunt&#233;, tras un pre&#225;mbulo y dos disculpas, si era posible que a una mujer sin ropa interior inferior, a la que pillara desprevenida la regla, le cayera una gota de sangre al suelo, estando de pie o caminando ('S&#237;, no s&#233;, o subiendo una escalera', remat&#233; sin necesidad, para completar el absurdo cuadro). Hubo un breve silencio durante el cual tem&#237; que me colgara sin m&#225;s o me sugiriera buscar mi juicio en paradero desconocido, pero lo que vino luego fue una carcajada amigable, conoc&#237;a bien esa risa, la divertida, la bienhumorada, la inevitable en ella cuando algo le hac&#237;a verdadera gracia. En ese momento vi con claridad su cara, y qu&#233; simp&#225;tica era esa cara (la vi con los ojos de la mente, all&#237; en Londres, o bien con los de la memoria, a trav&#233;s de mi ventana).

'Pero qu&#233; pregunta es esa', dijo a&#250;n entre risas. '&#191;Est&#225;s escribiendo una novela o qu&#233;, un anuncio de compresas? &#191;O es que ahora te tratas con descuidadas? Espero que no, porque habr&#237;a que serlo bastante, para que le pasara a uno eso que dices.' Y se o&#237;a su jovial sonido.

Me dio tiempo a pensar que, si estaba contenta, tal vez era por o&#237;r mi voz fuera de horarios, o porque ya se le delineaba del todo la figura que me sustituir&#237;a -el adulador piadoso que se desliza dentro, el irresponsable juerguista que se queda fuera, el suspicaz dominante que la acaba encerrando; yo prefer&#237;a al segundo, hipot&#233;ticamente, pese a su cabeza a p&#225;jaros; pero no iba a requerirse mi opini&#243;n, eso seguro-. Nunca le preguntaba al respecto, como tampoco me interrogaba ella a m&#237; por mis andanzas, s&#243;lo una vez me hab&#237;a dicho: 'Espero que no est&#233;s muy solo, ah&#237; en Londres', y eso no era una pregunta, exactamente. 'Nada m&#225;s que lo esperable', hab&#237;a contestado yo en seguida, sin decir ni s&#237; ni no, y en todo caso desdramatizando. Y me dio tiempo a pensar que si hablaba as&#237; de 'descuidadas', pod&#237;a significar que ten&#237;a curiosidad por saber si me trataba con mujeres en situaciones tan &#237;ntimas como para que anduvieran en mi presencia sin bragas (claro que eso era posible siempre con mi total ignorancia del escamoteo). Y eso pod&#237;a significar a su vez que el hecho no le era indiferente y que acaso le escociera un poco, o bien que le diera lo mismo y por eso me las mencionara de modo tan desenfadado, tal vez incit&#225;ndome a frecuentarlas, o a reclutarlas y que no faltaran. Ya no ten&#237;a la menor idea de c&#243;mo me consideraba ahora, si sent&#237;a por m&#237; mero afecto apaciguado o a&#250;n le cab&#237;an borrascas, de qu&#233; lugar me adjudicaba, si segu&#237;a esperando a que se disipara mi olor del todo y me convirtiera en fantasma (en uno bien avenido, o de los que no se malquistan ni abusan y conceden espaciar sus rondas) o si ya estaba completo el proceso y mis s&#225;banas rasgadas para hacer tiras o pa&#241;os. En realidad casi nunca sabemos nada de lo que nos ata&#241;e directamente, por mucho que interpretemos y conjeturemos y yo lo hac&#237;a sin pausa, quiz&#225; estaba malgastando mis d&#237;as en el edificio sin nombre, cre&#237;a contribuir all&#237; en algo y sin querer estafaba: quiz&#225; trabajaba en vacuo. Y adem&#225;s, luego, en resumen, hab&#237;a tenido miedo, miedo de Tupra y miedo a fallarle, y desconfianza de m&#237; mismo, tambi&#233;n eso (lo hab&#237;a descubierto todo s&#243;lo un par de noches antes, la noche de los Manoia). Me pagaban por hacer apuestas sobre el comportamiento futuro de las personas y sus probabilidades, y ni siquiera ve&#237;a el rostro -el de hoy, el de ma&#241;ana; s&#243;lo ve&#237;a el de ayer, con ojo mental y tuerto- de quien mejor conoc&#237;a, hab&#237;a vivido bastantes a&#241;os con Luisa y en mis hijos dispon&#237;a de m&#225;s datos complementarios, ella se prolongaba en ellos y los hijos son transparentes mientras a&#250;n son los ni&#241;os nuestros, despu&#233;s se acorazan o huyen o se envuelven en sus nieblas. Ahora ignoraba hasta cu&#225;l ser&#237;a su peinado, el de Luisa (y tanto dice de las mujeres c&#243;mo llevan o se recortan el pelo), y ni a m&#237; mismo me ve&#237;a; pero esto &#250;ltimo importaba menos, pues a fin de cuentas era cierto lo que apuntaba aquel texto relativo a mi nombre que hab&#237;a le&#237;do medio a escondidas en el fichero: eso nunca me hab&#237;a interesado ni preocupado nada. Un enigma poco digno, una p&#233;rdida de tiempo.

No pude evitar unirme a su risa, ni lo quise, sino al contrario: la hab&#237;a echado de menos y aprovech&#233; la ocasi&#243;n, ella me la hab&#237;a retirado hac&#237;a mucho, pero antiguamente nos la contagi&#225;bamos, o ni siquiera eso, sol&#237;a brotarnos casi al tiempo, la suya conmigo pertenec&#237;a a las que no se fuerzan ni van precedidas de una decisi&#243;n ni un c&#225;lculo, tambi&#233;n la m&#237;a con ella, aunque esta vez fui con retraso, estaba desacostumbrado y no hab&#237;a sabido ver de antemano, por mi cuenta, el lado c&#243;mico de mi consulta, supongo que andaba demasiado metido en m&#237; mismo, en particular aquellos d&#237;as que siguieron a la noche del miedo nuevo y la no tan nueva desconfianza; pero a ella le hab&#237;a hecho gracia inmediata o casi, tras unos segundos de estupefacci&#243;n, de no dar cr&#233;dito a mi llamada para hacer esa pregunta ('Che vanto ridere insieme', sol&#237;a exclamar una vieja y no ef&#237;mera llama de Italia, de mi pasado ya remoto, a ella deb&#237;a en gran parte mi conocimiento del italiano. No s&#233; c&#243;mo se dir&#237;a eso en mi lengua: 'Qu&#233; gloria re&#237;rnos juntos', o quiz&#225; 'Qu&#233; alarde').

'Ser&#225;s boba', le dije, 'mira que eres boba', y mientras lo dec&#237;a re&#237;mos juntos, y sent&#237; algo parecido a un vanto. 'Pues no, todav&#237;a no me he idiotizado tanto como para dedicarme a la publicidad o ponerme a escribir novelas como todo el mundo. Aunque en fin, todo podr&#237;a andarse, yo ya no descarto ninguna mamarrachada en la vida. Pero qu&#233; boba eres, pasan los a&#241;os y es incre&#237;ble lo boba que sigues siendo.'

'Ah, pues ya me dir&#225;s a qu&#233; viene esa pregunta tan natural, tan normal. Bueno, a m&#237; me la hacen mis colegas a diario.' Y a&#250;n segu&#237;a o segu&#237;amos riendo con gusto, nada como la leve tomadura de pelo mutua, la que jam&#225;s ofende sino que da contento, para demostrarse el afecto, quiero decir el preliminar cuando est&#225;bamos juntos y al cabo de tres frases o cuatro pod&#237;amos tocarnos, besarnos, o abrazarnos tumbados y muy despiertos. Pero ahora no habr&#237;amos querido, de habernos visto con los ojos f&#237;sicos. 'Qu&#233; pasa, &#191;alguien te ha puesto el suelo perdido? No me lo creo.'

Par&#233; yo de re&#237;r por fin, un momento.

'No, no es mi suelo. Fue el de Wheeler. Pero ser&#237;a largo de contar ahora. Dime, &#191;es posible o no, que pase eso?'

'&#191;El de Peter? &#191;A sus a&#241;os? Voy a tener que rega&#241;arlo. Yo comprendo todas las tentaciones, pero no creo que le convenga nada de eso. &#191;C&#243;mo es que no se lo impide la se&#241;ora Berry, c&#243;mo es que no ahuyenta a esas sucias?' Y a&#250;n solt&#243; otra carcajada, sin duda ten&#237;a alegre el &#225;nimo. Eso me gustaba y no me gustaba, pod&#237;a ser por m&#237; o por alg&#250;n otro individuo que quiz&#225; acababa de irse, o estaba a punto de llegar, o estaba ella a punto de salir a encontrarlo, o estaba &#233;l ya all&#237; en mi casa, oyendo la conversaci&#243;n y aguardando a que terminara impaciente, oyendo s&#243;lo su parte, no la m&#237;a pero s&#237; la de Luisa. No lo cre&#237;a, esto &#250;ltimo, ella sonaba como si no hubiera testigos y nada la condicionara ni la amenazara. Pero qui&#233;n sab&#237;a, no se sabe nunca, pod&#237;a tratarse de un extranjero que no entendiera la lengua, uno habla como si no hubiera testigos cuando est&#225; seguro de que no le entienden, o incluso lo hace a prop&#243;sito para enamorar o atraer o eso espera engre&#237;do, para mostrarse tal cual es supuestamente, para que el contemplador admire c&#243;mo es uno con los dem&#225;s, cuan simp&#225;tico y risue&#241;o, hay una pizca de fingimiento y otra de exhibicionismo en ello, yo lo he hecho, en &#233;pocas de debilidad desde luego, me empezaba a parecer esta una de ellas. Y aquella no era mi casa. Estos pensamientos embrionarios hicieron amainar mi risa y me permitieron insistir, no en tono serio pero s&#237; de premura:

'Bien, los pondr&#233; sobre aviso a ambos, de que vas a re&#241;irlos y se la cargar&#225;n contigo. Pero dime, &#191;eso es posible, lo de la gota de sangre, lo de la mancha?'

Ella me conoc&#237;a bien, seguramente era a quien mejor conoc&#237;a, comprendi&#243; que ya tocaba responder a la estrafalaria consulta o bien dejarla caer, perderse, eso era f&#225;cil, nuestra confianza no era la de anta&#241;o y no me deb&#237;a nada, ni siquiera respuestas de cortes&#237;a. Al menos yo no la sent&#237;a a ella en deuda, y en esto es el sentimiento lo que importa y manda (sentirse acreedor, deudor), mucho m&#225;s que los hechos y los dineros, o que los favores y da&#241;os.

'S&#237;, podr&#237;a ocurrir. Pero ser&#237;a escasa cantidad, supongo, una gota peque&#241;a; habr&#237;a de ser muy incipiente la cosa, para pillar a la mujer desprevenida.'

'&#191;De un par de pulgadas, o una y media, algo as&#237;? La mancha. &#191;Podr&#237;a ser?'

Eso le provoc&#243; de nuevo un poco de risa. Aunque ya no era como la de antes, como la com&#250;n; era un resto, con menos br&#237;o.

'&#191;Pulgadas?', dijo divertida. '&#191;C&#243;mo pulgadas? Te recuerdo que aqu&#237; no tenemos de eso, ni lo entendemos, eh, no exageres la anglificaci&#243;n. Y ademas qu&#233;, &#191;cogiste la cinta m&#233;trica? &#191;O fue a ojo? Todo esto qu&#233; es, &#191;te has hecho detective, has entrado en Scotland Yard? Pero qu&#233; te ha dado.' Ahora su voz denot&#243; extra&#241;eza. En Espa&#241;a nadie se acuerda de que el nombre es New Scotland Yard, desde hace tiempo.

'Perdona, quer&#237;a decir cent&#237;metros, cuatro o cinco. De di&#225;metro. Uno se acostumbra aqu&#237;, a estas medidas inglesas.'

'Ya ya. Pues no lo s&#233;, Jaime. Yo no suelo ir con cinta m&#233;trica, y adem&#225;s, a m&#237; nunca me ha pasado algo as&#237;. Sigo siendo precavida y sigo llevando ropa interior inferior, como la has llamado. Eso no te lo hab&#237;a o&#237;do antes, por cierto: muy logrado.' Y a&#250;n le sali&#243; un amago de risa sincera. Fue s&#243;lo un amago, como si la expresi&#243;n le hubiera hecho gracia de veras, pero le diera ya pereza celebr&#225;rmela.

'&#191;Y podr&#237;a la mujer no darse cuenta?'

'S&#237;, podr&#237;a. Aunque no tardar&#237;a mucho en d&#225;rsela, si es alguien normal y no est&#225; ida, claro. O borracha, o algo. Pero inicialmente s&#237; podr&#237;a no darse cuenta, supongo. Dime de qu&#233; va todo esto, anda, si no es de anuncios de compresas ni de una novela. Empiezas a darme grima.'

'Y entonces dejar&#237;a sin limpiar la mancha, &#191;no?', pregunt&#233;. 'Si ella no la ve, ah&#237; se queda.' Y aqu&#237; afirm&#233;.

La risa se hab&#237;a deshecho, sustra&#237;do, acabado. Yo hab&#237;a hecho una pregunta de m&#225;s, tal vez dos pero sobre todo una, lo hab&#237;a sabido antes de hacerla, esa &#250;ltima. Pero cuesta mucho no intentar cerciorarse de la posibilidad de algo, y m&#225;s cuesta cuanto m&#225;s remota.

'No s&#233;, t&#250; sabr&#225;s de qui&#233;n me hablas. Muy descuidada. Pero ahora en serio, &#191;a qu&#233; viene esto, qu&#233; ha pasado?' No hubo enfado en su tono, ni creo que tampoco celos, no soy tan ingenuo. Pero s&#237; leve aspereza, quiz&#225; se hab&#237;a cansado del juego al que no jugaba.

'Espera, que todav&#237;a he de hacerte otra consulta, a lo mejor est&#225;s m&#225;s enterada que yo de estas cosas, que no tengo ni idea. &#191;T&#250; has o&#237;do hablar de un producto de belleza, un injerto artificial o no s&#233;, dicen que es una inyecci&#243;n, eso cuesta creerlo, lo llaman bottox?

Quer&#237;a averiguarlo aunque fuera algo anecd&#243;tico, pero es que as&#237; adem&#225;s evit&#233; contestarle, al final ella hab&#237;a preguntado un poco en serio ('Ahora en serio', hab&#237;a dicho, y lo parec&#237;a) y yo no iba a contarle, no s&#243;lo porque fuera largo y cosa m&#237;a, sino porque el relato le resultar&#237;a decepcionante y sobre todo ya no estar&#237;a intrigada, tras conocerlo. La hab&#237;a notado algo intrigada. No tanto como preocupada, eso habr&#237;a sido a&#250;n mejor, para volver yo a su mente de vez en cuando, durante unos d&#237;as. S&#237;, se le hab&#237;an despertado la curiosidad y la impaciencia, yo no la hab&#237;a llamado con esa intenci&#243;n pero me hab&#237;a encontrado con ello. Y s&#237;, de pronto hab&#237;a querido participar de mis cosas, como en los viejos tiempos. Hab&#237;a sido breve, s&#243;lo un minuto (ah, siempre hay m&#225;s por venir, siempre queda, un minuto, la lanza, un segundo, la fiebre, y otro segundo, el sue&#241;o, y un poco m&#225;s, para el baile -la lanza, la fiebre, mi dolor y la palabra, el sue&#241;o, y todav&#237;a un poco m&#225;s, para el &#250;ltimo baile-), hab&#237;a deseado compartir mis pesquisas o mis andanzas sin ni siquiera saber cu&#225;les eran, como antiguamente. Pobre de m&#237; o del que era entonces, lo sent&#237; como un triunfo aunque fuera tan breve. O m&#225;s bien como una gloria, un regalo, un alarde, un vanto. Lo que era seguro es que ella volver&#237;a a mi mente durante unos d&#237;as, tras aquella charla, y no de vez en cuando sino todo el rato. Pero yo no pod&#237;a regresar a casa ni pensar en ello, luego ser&#237;an pocos esos d&#237;as, por necesidad y por suerte. Durar&#237;an hasta que se extraviara otra vez lo que se me volvi&#243; a hacer presente, que Luisa a&#250;n no iba a decirme: 'Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado, aqu&#237; tienes tu almohada que ya est&#225; sin huella, no hab&#237;a sabido verte. Ven. Ven conmigo. Aqu&#237; no hay nadie, regresa, ya se fue mi fantasma, puedes ocupar su sitio y ahuyentar su carne. Se ha convertido en nada y su tiempo no avanza. Lo que fue ya no ha sido. As&#237; que entonces, supongo, qu&#233;date aqu&#237; para siempre'. S&#237;, tambi&#233;n pasar&#237;a esa noche, y ella a&#250;n no lo habr&#237;a dicho.


Fue a De la Garza a quien le o&#237; la palabra bottox mientras esper&#225;bamos a Tupra en el amplio cuarto de ba&#241;o de los discapacitados, al que &#233;ste me orden&#243; volver con el agregado, llev&#225;rmelo all&#237; y aguardar su venida, en cuanto &#233;l hubiera restituido la se&#241;ora al marido, llevarme a Rafita a aquel espacio vac&#237;o y all&#237; retenerlo o entretenerlo hasta que Tupra se nos uniera, prefer&#237;a ser &#233;l quien se encargase ahora, estaba claro, debi&#243; de juzgarme atontado y lento y nada pr&#225;ctico en las emergencias, quiz&#225; tambi&#233;n con escaso arrojo. Yo no hab&#237;a empleado, creo, m&#225;s de cinco minutos en entrar y salir de los tres lavabos uno tras otro, pero sin duda le parecieron m&#225;s de la cuenta a quien ten&#237;a por norma ser intransigente con las contrariedades.

Una vez fuera del de las damas me acerqu&#233; a la pista de baile m&#225;s fren&#233;tica y concurrida y entonces vi venir a Tupra o a Reresby en mi direcci&#243;n desde su mesa, abri&#233;ndose paso con agilidad entre los noct&#225;mbulos -sab&#237;a ser escurridizo y as&#237; no pringarse con sus perfumados sudores-, habr&#237;a dejado solo a Manoia y no le habr&#237;a gustado tener que hacerlo y que interrumpir por tanto sus persuasiones o sus propuestas, llevaba la mirada alerta, tanto como yo la m&#237;a, al avistarnos simult&#225;neamente percib&#237; en la suya un chispazo de reconvenci&#243;n e incomprensi&#243;n mezcladas ('C&#243;mo es que no te los traes ya contigo, a&#250;n no has dado con ellos, te he pedido que aligeraras', me dijo con sus pupilas casi tan p&#225;lidas como sus iris a veces, o fue con sus pesta&#241;as tan lustrosas y densas que se tornaban lo predominante cuando le daba menos luz que sombra); pero no hab&#237;a tiempo para espaciarse en eso, de modo que al instante aunamos ojos para ser cuatro buscando, y fueron los suyos los primeros en divisarlos, me los se&#241;al&#243; con un dedo irritado, a Flavia y a De la Garza, como quien alza el ca&#241;&#243;n de un arma.

Estaban en medio de la pista r&#225;pida bailando muy locamente, pidiendo sendos exorcistas y espantando a alguna gente que sin duda los ve&#237;a como elementos extra&#241;os (a ella por edad, a &#233;l por peligro), aquel baile no admit&#237;a el agarrado cl&#225;sico ni tampoco el aproximado, as&#237; que De la Garza no estaba sometido al tormento de los conos enhiestos o picahielos horizontales que ya hab&#237;amos probado ambos, sino que de hecho era &#233;l -y eso fue lo que nos provoc&#243; gran alarma y nos impeli&#243; a intervenir sin m&#225;s dilaci&#243;n ni contemplaciones- quien ahora azotaba a la se&#241;ora Manoia, casi literalmente o sin casi, y lo m&#225;s sorprendente era que ella no parec&#237;a dolerse de los zurriagazos involuntarios -eso cre&#237;, no s&#233; si Tupra- que aquel capullo may&#250;sculo le propinaba en su danza, hac&#237;a falta ser un capullo de nivel m&#225;ximo para ponerse a bailar de aquella forma salvaje, a poca distancia, dando vueltas a lo Travolta, ofreci&#233;ndole a su pareja tanta nuca como cara, sin haber previsto que la redecilla vac&#237;a, sin coleta ni melena llen&#225;ndola ni peso alguno para contenerla o frenarla, con tanto movimiento veloz y brusco pod&#237;a convertirse en un l&#225;tigo, una correa, una tralla descontrolada; de haberle puesto en la punta alg&#250;n adorno met&#225;lico, habr&#237;a sido directamente como las boleadoras de un gaucho o el knut de un cruel cosaco, por suerte no la hab&#237;a rematado con herretes ni bolitas ni cascabeles ni p&#250;as ni nada, eso habr&#237;a hecho picadillo a Flavia; aun as&#237; me estremec&#237;, porque semejante ocurrencia habr&#237;a cabido de sobra en su despoblado cerebro, y habr&#237;a sido muy propia de un chorras de su calibre: disfrazado de rapero negro y de torero napole&#243;nico, de pintor majo Mel&#233;ndez en su autorretrato del Louvre y de adivinadora z&#237;ngara con su aro preceptivo tintineando y bail&#225;ndole (todo a la vez, un ser confuso). 'Es que le dar&#237;a de tortas y no acabar&#237;a', ese fue mi pensamiento &#250;nico, breve y simple, de aquel instante. Cada vez que giraba, su redecilla maldita fustigaba lo que de Flavia quedara a su altura y a su alcance, por fortuna las m&#225;s de las veces el flagelo le pasaba a ella por encima del pelo o quiz&#225; eran postizos varios, al ser De la Garza m&#225;s alto; pero a&#250;n nos dio tiempo a ver c&#243;mo en un par de ocasiones, al agacharse el agregado un poco en sus febriles remolineos, la redecilla le cruzaba el rostro a la se&#241;ora Manoia, de oreja a oreja. S&#243;lo la visi&#243;n ya escoc&#237;a, por eso era tan incomprensible que ella no pareciera enterarse, por muchas capas de maquillaje que le pudieran amortiguar los trallazos: me record&#243; fugazmente a esos boxeadores con enorme capacidad de encaje, esos que ni pesta&#241;ean al recibir la primera tunda -una verdadera lluvia de golpes-, aunque todo suele ser cuesti&#243;n de que les castiguen -y por fin les abran- un p&#243;mulo o una ceja.

No esperamos a que terminase la fiera pieza de m&#250;sica. Invadimos la pista en seguida y, agarr&#225;ndolos por los hombros con firmeza y tiento (Tupra se fue por Flavia y yo me fui por el capullo, no hizo falta que lo habl&#225;ramos), los paramos a los dos en seco. Vimos sus caras de gran desconcierto, y tambi&#233;n vimos -al estar ya encima de ellos- que la se&#241;ora Manoia llevaba en la mejilla una marca, una erosi&#243;n de la soga, un ara&#241;azo del l&#225;tigo, no le hab&#237;a brotado sangre pero resultaba apreciable, como si fuese una raspadura, me record&#243; a la huella que les queda largo tiempo en el cuello a los ahorcados de los westerns (a los ahorcados frustrados; y bueno, tampoco tanto, lo de ella se ir&#237;a pronto), no iba a gustarle eso a Manoia cuando lo descubriera, vi en una mueca de Tupra que &#233;l estaba pensando lo mismo y o&#237; el chasquido de su lengua, ella ni se hab&#237;a dado cuenta, ser&#237;a por la exaltaci&#243;n de la danza, no acababa de explic&#225;rmelo.

La acompa&#241;o al lavabo, a ver si eso tiene remedio o puede disimularse -me dijo se&#241;alando la marca. Y a ella, inmediatamente-: Te has hecho un poco de da&#241;o en la cara, Flavia. -Y se pas&#243; el dedo por su propia mejilla-. Vamos al cuarto de ba&#241;o, yo te espero fuera. L&#225;vate ese rasgu&#241;o, anda, y quiz&#225; puedas maquill&#225;rtelo, &#191;s&#237;? Se va a preocupar Arturo, si no. Te quiere ya all&#237;, que vuelvas. &#191;Duele? -Ella se llev&#243; la mano a la cara y neg&#243; con la cabeza, estaba como pensativa o era s&#243;lo aturdida. Y a continuaci&#243;n Tupra se dirigi&#243; a m&#237; de nuevo para darme esta orden, hablaba r&#225;pido pero con calma-: A &#233;l ll&#233;vatelo al de los tullidos y esperadme all&#237; los dos, no tardar&#233; mucho. A ver si adecentamos esa herida un poco, no parece que haya corte, y se la devuelvo al marido un momento. Ret&#233;n a este mam&#243;n mientras tanto, ser&#225;n cinco minutos, no m&#225;s, pon siete. R&#233;tenlo all&#237; hasta que yo llegue. A este tarado hay que neutralizarlo, hay que anularlo.

Lo llam&#243; primero 'cunt' yluego 'mor&#243;n', la primera palabra la conoc&#237;a por entonces s&#243;lo en su sentido de 'cono', el sexo femenino nombrado a lo bruto o s&#243;lo con el pensamiento, la otra acepci&#243;n la infer&#237; aquella noche y la confirm&#233; m&#225;s tarde en el diccionario, uno de slang desde luego. No era muy distinto de lo que lo llamaba yo mentalmente, 'capullo', y es probable que 'cunt' tenga un valor parecido a eso y que 'mam&#243;n' sea m&#225;s inexacto, no s&#233; si m&#225;s agresivo. Pero no es lo mismo lo que piensa uno y hasta lo que dice, que lo que oye proferir a otros; el insulto que uno piensa y aun lanza, sabe en qu&#233; medida va en serio y que &#233;sta no suele ser grande, conoce la funci&#243;n de desahogo que cumple, y las m&#225;s de las veces no se preocupa ni le da importancia porque es consciente de que tiene poca; controla uno a voluntad la vehemencia, que en t&#233;rminos generales puede ser bastante artificial si es que no falsa: una exageraci&#243;n ret&#243;rica, una representaci&#243;n ante uno mismo o ante los dem&#225;s, una especie de bravata. En cambio el insulto vertido ajeno resulta siempre inquietante, tanto si nos va dirigido como si se dedica a terceros, porque es dif&#237;cil calibrar con qu&#233; verdadero fondo se corresponde -fondo de la persona que injuria-, con qu&#233; c&#243;lera o qu&#233; inquina, con cu&#225;nta posibilidad real de violencia. Por eso no me hizo gracia o&#237;rle a Tupra esos vocablos, y tambi&#233;n, es seguro, porque en &#233;l me eran inauditos y no nos gusta descubrir en otros incluso lo que nosotros tenemos o son nuestras potencialidades m&#225;s feas, lo que en nosotros parece aceptable (qu&#233; remedio), queremos creer que hay hombres y mujeres mejores, querr&#237;amos que los hubiera sin tacha y que adem&#225;s fueran amigos, o al menos tenerlos cerca y nunca enfrente, nunca en contra. Claro que tampoco es frecuente que de mi boca salga 'capullo', sin ir a buscar m&#225;s ejemplos, y sin embargo lo hab&#237;a pensado esa noche un mont&#243;n de veces, al igual que durante la cena de Wheeler y despu&#233;s, con &#233;l a solas. Pero no lo hab&#237;a dicho, cre&#237;a, no en su presencia, pues tampoco es lo mismo pensar algo y guard&#225;rselo, pensarlo con fuerza y callarlo, que soltarlo ante testigos o solt&#225;rselo al destinatario, aunque s&#243;lo sea porque uno permite entonces que se le atribuyan las pronunciadas palabras, y que sean ya para siempre tenidas como propias de uno o veros&#237;miles en sus labios ('Yo te he o&#237;do, lo dijiste, aquel d&#237;a recurriste a esos t&#233;rminos'). Y eso ya es dar muchos datos, destapar demasiadas cartas.

Vi la orden tan irrealizable que se lo pregunt&#233; a Tupra a las claras:

&#191;C&#243;mo que me lo lleveall&#237;? &#191;Con qu&#233; pretexto? &#191;Y para qu&#233;, qu&#233; quieres?

Dile que vas a mam&#225;rsela. -Se hab&#237;a impacientado Reresby, pero fue un segundo: mi mirada de extrafieza tuvo que ser tan intensa (traslucir&#237;a el mosqueo, indisimulable, inmediato) que debi&#243; de parecerle de intolerancia, o incluso de so&#241;ada amenaza. As&#237; que a&#241;adi&#243; al instante, ahogando su anterior frase grosera (quiz&#225; era s&#243;lo Reresby el malhablado, no Tupra ni Ure ni Dundas, y acaso cada noche era quien era, a todos los efectos y consecuencias)-: Dile que si quiere una raya, superior, de primera. Seguro que me espera all&#237; con la nariz hecha agua. Seguro que no objeta nada.

&#191;C&#243;mo sabes? -le pregunt&#233;. Luego pens&#233; que con Tupra era una pregunta ociosa, o de redundante respuesta. &#201;l se dedicaba principalmente a saber, o esa era mi idea, y adem&#225;s de antemano, a conocer rostros futuros; y a diferencia de lo que ocurr&#237;a conmigo y con Mulryan y Rendel, tal vez con Jane Treves y Branshaw ocasionalmente (con P&#233;rez Nuix era m&#225;s dudoso), a &#233;l no hac&#237;a falta guiarlo ni indicarle la senda de cada saber pertinente. Era &#233;l quien nos conduc&#237;a, quien decid&#237;a qu&#233; aspectos de las personas nos interesaban o concern&#237;an y nos interrogaba sobre el campo acotado, por ejemplo si el cantante Dick Dearlove era capaz de matar y en qu&#233; circunstancias, o si un hombre an&#243;nimo ten&#237;a intenciones de devolver un cr&#233;dito, tantas cosas distintas y tantas veces. Nunca me hab&#237;a preguntado si yo cre&#237;a que De la Garza pod&#237;a darle a la coca o al pegamento o al opio, de hecho no ten&#237;a recuerdo de que nunca hubiera preguntado por &#233;l, nada. As&#237; que s&#243;lo ahora, por tanto, me par&#233; a pensarlo. Bien mirado, no era improbable que le diera a todo: demasiado ansioso, demasiado ufano y atolondrado, y tambi&#233;n muy excitable.

T&#250; d&#237;selo y ver&#225;s -me contest&#243; Tupra mientras le ofrec&#237;a delicadamente su brazo a la se&#241;ora Manoia y arrancaban los dos hacia el lavabo de damas. Se encontrar&#237;an con cola, sin lugar a dudas-. Dentro de siete minutos m&#225;s o menos. Me reunir&#233; con vosotros. Entretenlo hasta entonces. -Y con su dedo como un ca&#241;&#243;n corto se&#241;al&#243; la puerta del pintado garfio, imposible no acordarse de Peter Pan nada m&#225;s verlo.

Se lo dije a Rafita, que al igual que Flavia se hab&#237;a quedado moment&#225;neamente estupefacto. Eso lo hizo recobrarse, reactivarse; se mostr&#243; interesado, o m&#225;s bien algo afanoso.

Vale, vamos -contest&#243; en seguida, y hacia all&#225; nos fuimos y franqueamos el garfio. Una vez en el lavabo de los mutilados, que segu&#237;a desierto como poco antes, no ocult&#243; cierta impaciencia ante la perspectiva, deb&#237;a de pensar que as&#237; la ebriedad se le mitigar&#237;a, hab&#237;a entrado en una fase de peque&#241;o mareo, por fortuna no grave, no vomitar&#237;a, pero los pies se le enredaron un poco en el breve trayecto con mucho obst&#225;culo humano, lo achaqu&#233; tambi&#233;n en parte a efectos de su demenciado baile y desde luego el jadeo, despu&#233;s me di cuenta de que se le hab&#237;an soltado los cordones de los zapatos, ambos, se pod&#237;a haber dado una buena to&#241;a y quedar frito en la pista, all&#237; lo habr&#237;an rematado las hordas y nos habr&#237;amos ahorrado unas cuantas vainas-. No la tienes t&#250;, t&#250; no la tienes. -Quiso constatar el hecho.

No, la tiene el se&#241;or Reresby -le respond&#237;, y entonces se me ocurri&#243; que &#233;ste bien pod&#237;a tenerla de veras o en absoluto; para alguien como &#233;l no ser&#237;a complicado disponer de ella, ofrecerla puede ser muy &#250;til en nuestros tiempos y &#233;l sab&#237;a moverse en cualquier territorio-. No tardar&#225;, ha dicho. Iba a ver si le curaba un poco el jabeque que le has pintado a nuestra titi con esas cuerdas absurdas que te salen de la coronilla, esa canasta. -A aquellas alturas ya no me importaba ponerlo verde, y adem&#225;s en el extranjero se adquiere confianza con los compatriotas muy r&#225;pidamente y sin base, para mal y aun para fatal por norma, pero tiene la ventaja de que se puede ir al grano cuando hace falta. De la Garza me estaba causando demasiados problemas y todos evitables, lo peor era eso. Me adapt&#233; de antemano a su habitual jerga impostada (yo nunca dir&#237;a por mi cuenta 'jabeque'), eso equival&#237;a a recorrer de golpe un gran trecho, de la confianza-. A qui&#233;n se le ocurre ponerse esa ridiculez, y luego azotar con ella a tu pareja de baile, ya veremos c&#243;mo se lo toma el marido cuando le vea el fustazo en plena cara. -'Uno sfregio', me acord&#233; de sus consultas de pronto, horrorizado; 'se la vamos a devolver con una especie de sfregio, si comprend&#237; bien su gesto, se pas&#243; la u&#241;a del pulgar por la mejilla; tiene tela la cosa, le va a sentar como un tiro, aunque a&#250;n peor habr&#237;a sido el ara&#241;azo en la bazza en lugar de en la guancia, Manoia lo podr&#237;a haber juzgado una alusi&#243;n, una burla, una revancha m&#237;a por sus malos modos, aunque el ment&#243;n de la pobre Flavia no sea protuberante ni por lo tanto bazza, propiamente'-. Eres un imprudente del cop&#243;n, De la Garza. Te he dicho que ese tipo tiene mucha influencia en el Vaticano, y bueno, en toda Italia, incluida Sicilia. -Yo mismo me qued&#233; sorprendido de utilizar esa expresi&#243;n ('del cop&#243;n'), en m&#237; absolutamente desusada, debi&#243; de ser por asociaci&#243;n de ideas con el Vaticano, que estar&#225; perdido de copones, supongo, uno al menos en cada estancia-. Y adem&#225;s le he visto muy malas pulgas, muy mala hostia -deb&#237; de seguir asociando, tambi&#233;n desliz&#225;ndome hacia el habla a la vez zafia y redicha de aquella peste de ga&#241;&#225;n perfumado-, conf&#237;o en que Reresby sepa explic&#225;rselo, que no fue intencionado, que ni te diste cuenta. No lo fue, &#191;verdad, Rafita?, no fue a prop&#243;sito. -Nunca antes lo hab&#237;a llamado a &#233;l as&#237; directamente, me parec&#237;a; de hecho cre&#237;a haberle o&#237;do el diminutivo a Peter ya despu&#233;s de que el agregado hubiera abandonado su casa aquella noche sin mojar y de vac&#237;o, para conducir y estrellarse en la carretera junto con el alcalde y la alcaldesa de Thame o Bicester o Bloxham o Wrox-ton (pero no hab&#237;a habido suerte).

Claro que no ha sido aposta, qu&#233; te crees, &#191;que me quiero quedar sin mojar al final, que me quiero estropear el polvo? Espero que no me lo hay&#225;is jodido ya vosotros, me hab&#233;is cortado la inspiraci&#243;n y la faena al carajo, sois la leche merengada. Estaba que me sal&#237;a. -Eso dijo, 'joder el polvo', y la met&#225;fora taurina, y 'merengada', lograba te&#241;ir casi siempre su ordinariez de &#241;o&#241;er&#237;a, la nefasta mezcla espa&#241;ola tan extendida y con nuestros escritores a la cabeza, incluidos muchos j&#243;venes deprimentemente anticuados, malolientes de puro rancios, las tradiciones abyectas resultan f&#225;ciles de seguir, se hacen tenaces. En lo segundo no pod&#237;a acompa&#241;arlo, adaptarme: no estaba al alcance de mis concesiones, aquella cursiler&#237;a suya.

Pero qu&#233; polvo ni qu&#233; polvo, est&#225;s obsesionado con mojar, De la Garza. Olv&#237;date de eso. A ti todo te da lo mismo, &#191;no? Podr&#237;a ser tu t&#237;a, y est&#225; aqu&#237; con su marido de guardia, te lo he advertido. Por qu&#233; no te vas de putas un rato, anda, tu sueldo te dar&#225; para eso. A ella es que ni, vamos, ni se le ha pasado por la cabeza. Y encima vas y le sueltas unos zurriagazos, no creo que quiera ni despedirse.

Bah -contest&#243; con displicencia-, ha sido sin querer, y ya me voy a quitar la peineta esta, para el baile no funciona, es un poco incordio. -Se acarici&#243; la redecilla con toda la mano de arriba abajo, como si escurriera una bayeta-. Y ni lo habr&#225; notado, hombre, con la cara inflada a bottox como la lleva. Y qu&#233; dices, t&#237;o, la ten&#237;a ya entregada. S&#243;lo me faltaba cuadrarla y hala: estocada hasta la empu&#241;adura, hasta las corvas. Tocar pelo y a tomar por saco. -Insinu&#243; la postura de entrar a matar con la espada. Empezaba con sus incongruencias en ristra, se&#241;al de que se recuperaba. Me pregunt&#233; qu&#233; creer&#237;a que significaba 'corvas', pero a &#233;l no iba a pregunt&#225;rselo.

&#191;Bottox?-Fue entonces cuando o&#237; el neologismo por vez primera-. &#191;Qu&#233; es eso? &#191;Y qu&#233; palabra es? Bottox. -La dije de nuevo para acostumbrarme, uno suele hacerlo con las que no conoce. De la Garza hab&#237;a llamado peineta a sus cuerdecillas colgantes, en su vida deb&#237;a de haber visto una de aqu&#233;llas. Entre eso y sus enigm&#225;ticas corvas no era esperable que me ofreciera una etimolog&#237;a. Insist&#237;a en la comparaci&#243;n taurina, con adem&#225;n y todo, eso s&#237; que era propio de nuestros particulares fascistas en el sentido coloquial del t&#233;rmino, o en el anal&#243;gico. No el gesto en s&#237;, desde luego (hasta yo soy capaz de imitarlo, lo mismo que el de una ver&#243;nica o un derechazo; todo a solas, bien entendido), sino la engre&#237;da asociaci&#243;n (digamos) de las labores de seducci&#243;n de mujeres con la lidia de un toro bravo ante espectadores. Quiz&#225; a la postre s&#237; era el suyo un esp&#237;ritu fascista, por analog&#237;a.

Ah no sabes. -Y lo dijo en un tono pueril de perdonavidas, como si mi ignorancia fuera la prueba de su mundanidad superior (no se la discut&#237;a, patanes mundanos los hay a millares y van en aumento) y de su permanente instalaci&#243;n en lo chic que le importaba tanto (por m&#237; pod&#237;a morar en ese terreno hasta el mism&#237;simo &#250;ltimo d&#237;a, yo no pensaba disput&#225;rselo, ni tan siquiera hollarlo)-. Ah no sabes -repiti&#243;. Estaba encantado de poder aleccionarme en algo, es un decir-. Se lo inyectan a lo bestia las t&#237;as con pasta, y bueno, ya tambi&#233;n algunos t&#237;os. Tu amigo seguramente, sin ir m&#225;s lejos, me pega que se lo meta en los p&#243;mulos, en la barbilla, en la frente, y en las sienes, contra las patas de gallo. Ese Reresby tiene la piel muy compacta y sin arrugas, se debe clavar la hipod&#233;rmica cada pocos meses, la italiana dejar&#225; pasar s&#243;lo semanas, qu&#233; s&#233; yo. Si se lo permiten.

Era verdad que Tupra ten&#237;a una piel inquietantemente lustrosa y tersa para sus a&#241;os probables, de un bonito color acervezado o incluso a veces amelocotonado, pero nunca me hab&#237;a parecido que fuera gracias a ning&#250;n artificio ni tratamiento, o bien es que no sol&#237;a ocurr&#237;rseme que los varones recurrieran a eso, no a&#250;n por aquel entonces. Qui&#233;n sab&#237;a, sin embargo. Me estaba quedando anticuado en algunos aspectos: yo ignoraba la existencia de aquel bottox y sin duda de otros productos, era s&#243;lo un ejemplo. Bueno, todav&#237;a segu&#237;a ignor&#225;ndola, Rafita no era el m&#225;s indicado para explicar bien nada.

&#191;La hipod&#233;rmica? &#191;Se lo inyectan, quieres decir inyecciones en toda regla, con aguja y todo? Qu&#233; es, &#191;una cosa l&#237;quida, claro? Contra las arrugas. -Lo &#250;ltimo fue una afirmaci&#243;n, tambi&#233;n a modo de acostumbramiento. Me resultaba inconcebible, que nadie se hiciera clavar una aguja en la frente o en la barbilla (lo de las sienes no era cre&#237;ble) sin verse obligado a ello por imperiosos motivos, y adem&#225;s, aquella palabra Si de algo tengo sentido es de las lenguas y las etimolog&#237;as, supongo que me acostumbr&#233; a estar alerta y a deducirlas cuando ense&#241;aba en Oxford y los estudiantes (por lo general malintencionados, chinchosos) me las preguntaban constantemente de los vocablos m&#225;s peregrinos, ten&#237;a que improvisar a menudo, invent&#225;rmelas sobre la marcha, c&#243;mo puede uno saber en mitad de una clase de d&#243;nde vienen 'papirotazo' o 'moflete', o c&#243;mo se originaron 'coscorr&#243;n', 'esgrima' o 'vericueto'. Ahora no pude evitar la sospecha de que bottox fuera una contracci&#243;n (tranquilizadora y de camuflaje, adem&#225;s de c&#243;moda y pr&#225;ctica) de 'botulin toxin' en ingl&#233;s, es decir, de la toxina botul&#237;nica tan peligrosa y temida y que, seg&#250;n me hab&#237;a contado Wheeler, el SOE hab&#237;a tra&#237;do ex profeso de Am&#233;rica en plena Guerra para impregnar con ella y emponzo&#241;ar las balas que le dispararon a Heydrich en el atentado de 1942 en Praga, y que fue lo que a la postre le caus&#243; la muerte a la que tanto se resist&#237;a, su voluntad no se le iba. 'Es demasiada coincidencia para que no sea eso. Bottox', pens&#233;. 'Y si lo es, qu&#233; locura, inocularse veneno para no envejecer, o bueno, para aparentarlo, habr&#225; de ser en cantidades muy medidas, m&#237;nimas. Pero qu&#233; f&#225;cil ser&#237;a que se le fuera la mano al practicante, en la dosis. Y qu&#233; antigua ya esa palabra, "practicante", era normal en mi infancia'-. &#191;Bottox no significar&#225; la toxina botul&#237;nica, espero? -le pregunt&#233; a De la Garza. Al ver su cara de brutalidad ignorante ya supe que no ten&#237;a ni idea, pero no esperaba tanta memez como la que encerr&#243; su respuesta, as&#237; que dud&#233; si era fingida o si es que le hab&#237;a aumentado con la semiborrachera y el reciente zarandeo de la m&#250;sica bestia. No era tan cabestro, pese a todo, como para sufrir tal confusi&#243;n indeliberadamente.

Esto no tiene nada que ver con la bulimia, t&#237;o -me contest&#243; el muy mendrugo-. Ni con la bulimia ni con la anorexia. -Hab&#237;a apoyado una mano en una de las extra&#241;as barras cil&#237;ndricas del lavabo espacioso y limpio; en la &#250;nica fija, de hecho, para su suerte: sin duda le ven&#237;a bien para no vencerse mientras aguardaba su prometida raya.

No bul&#237;mica, hombre. Botul&#237;nica. Del botulismo, ya sabes. -Segu&#237;a mir&#225;ndome con expresi&#243;n muy ignara-. El botulismo, esa enfermedad que se coge al comer alimentos en mal estado, o conservas mal envasadas, &#191;no has o&#237;do hablar de eso? -Me sab&#237;a esa etimolog&#237;a, as&#237; que se la solt&#233;, no digo que no fuera por devolverle su anterior tono de aleccionamiento-: Carne, o pescado, no s&#233; si tambi&#233;n fruta; pero pasaba sobre todo con los embutidos, y de ah&#237; el nombre: 'botulus' significa en lat&#237;n 'embutido'.

No s&#233; de qu&#233; me hablas, ni puta idea, lo que es no me lo preguntes, ni de d&#243;nde lo sacan. Pero no me pega que en esto entren ni salgan los chorizos ni las butifarras, oye. Esto va de una sustancia que se la inyectan y creo que les paraliza los nervios y entonces apenas si hacen gestos, se les van las arrugas mientras les dura el efecto y no les sale ninguna nueva, bueno, ah&#237; donde se lo pinchen, claro. Pero vamos, es as&#237;, yo conozco a varias: &#191;que una t&#237;a tiene la frente hecha un pergamino? Pues inyecci&#243;n al canto y a presumir de lisa como si fuera de m&#225;rmol, una estatua. &#191;Que tiene como un acorde&#243;n las mejillas? Pues les suelta unas dosis de paral&#237;s y a exhibirlas bien frescas y tersas. Lo &#250;nico malo es que, al qued&#225;rseles paralizados los nervios, se les insensibiliza toda la zona, por eso la italiana ni se habr&#225; enterado de que le daba con esto -se toc&#243; la redecilla como si fuera una crin-, y tambi&#233;n se les queda una expresi&#243;n rara, como de piradas. No pueden mover bien nada, as&#237; que se las ve muy lozanas y prietas pero tambi&#233;n muy tiesas, a lo mu&#241;econa, con cara un poco de bobas y locas. No s&#233; si te has fijado en esta actriz, la exmujer del otro que est&#225; con la nuestra, joder, se me ha ido c&#243;mo se llama, esa con cara de alta, a m&#237; me da que esos ojos tan fijos que se le han puesto son por el bottox, y como puntiagudos, &#191;no? &#191;No la ves como grillada de cara? Se lo debe meter en los p&#243;mulos y en las patas de gallo, a litros, es como si no pudiera ni cerrar los ojos, lo mismo duerme con ellos abiertos. Y como esta Flavia, joder. Seg&#250;n el &#225;ngulo parece un duende.

All&#237; estaba de pie d&#225;ndome una charla absurda, sobreponi&#233;ndose a su leve mareo sin gran esfuerzo, con su aspecto pretendidamente fantasioso y moderno pero en realidad s&#243;lo irrisorio, todo &#233;l era un chafarrin&#243;n, una figura de farsa, hab&#237;a anunciado que se iba a quitar la peineta y a&#250;n no hab&#237;a hecho ni amago, y su r&#237;gida chaqueta gigante, los cordones de los zapatos sueltos. No pude evitar sonre&#237;rme, y me cruz&#243; un hilo de l&#225;stima. De la Garza era inaguantable desde cualquier punto de vista, lo que se llama un plasta, y de los que averg&#252;enzan; pero no era antip&#225;tico, como no suelen serlo los de su estilo, he visto a muchos desde la infancia, son risue&#241;os y aun cari&#241;osos formalmente, resultan desconsiderados y obscenos porque van siempre a lo suyo y se les nota incluso en la adulaci&#243;n o en el servilismo; pero en el fondo no soportan caer mal a nadie, ni a quienes ellos detestan, aspiran a ser queridos hasta por quienes da&#241;an y en general creen lograrlo, no tienen capacidad ninguna para darse cuenta de que fastidian, para percatarse de que est&#225;n de sobra, son engre&#237;dos y eso no lo conciben, viven en una ufan&#237;a permanente de s&#237; mismos, no pillar&#225;n una indirecta nunca ni casi tampoco las m&#225;s rudas directas, y as&#237; se hace trabajoso ahuyentarlos. Y luego, lo del acorde&#243;n, y los puntiagudos ojos de la diva del cine, y las facciones de duende de la se&#241;ora Manoia (era cierto que, siendo muy gratas, se aparec&#237;an en alg&#250;n momento picudas, hier&#225;ticas), todo eso me hizo algo de gracia, tambi&#233;n me llev&#243; a pensar que en su sandez hab&#237;a fallas, en la pr&#225;ctica es dif&#237;cil encontrar a una persona que carezca totalmente de aciertos, sobre todo verbales -o digamos de singularidades-, a la gente se le ocurren siempre im&#225;genes o expresiones o comparaciones chuscas, en el mejor sentido o en el m&#225;s apreciable, que hacen sonre&#237;r o re&#237;r aunque sea por lo equivocadas, o por lo groseras, o por lo inconvenientes, pocas cosas tan c&#243;micas como los patinazos y las meteduras de pata, qu&#233; m&#225;s da si son con uno. Quiz&#225; por eso todo el mundo habla tanto y cuesta tanto guardar silencio, porque en casi cualquier habla acaba por asomar algo de gracia, no es s&#243;lo callar lo que salva, a veces es lo contrario y de hecho esa es la general creencia, una estela de Las mil y una noches, su heredada idea entre los hombres de que nunca hay que perder la palabra ni que terminar el cuento, rajar sin fin y no parar nunca, pero ni siquiera para contar historias ni para persuadir con razones o con ciza&#241;as, a menudo nada de eso hace falta, puede ser suficiente con entretener el o&#237;do ajeno como si se vertiera en &#233;l m&#250;sica o se lo arrullara, y as&#237; evitar que se nos marche. Y eso puede bastar, para salvarse.


De pronto me apeteci&#243; o&#237;rle m&#225;s, a De la Garza, m&#225;s chachara y m&#225;s disparates y m&#225;s s&#237;miles chuscos (tal vez yo echaba en falta mi lengua m&#225;s de lo que me reconoc&#237;a), pese a que su lado patriotero le surg&#237;a siempre como un estigma, sin &#233;l propon&#233;rselo necesariamente: 'con la nuestra', hab&#237;a dicho, ese temible sentido de la pertenencia. Pens&#233; si me estar&#237;a pasando con &#233;l (salvando largas distancias) algo semejante a lo que le pasaba a Tupra conmigo: yo lo divert&#237;a, se sent&#237;a a gusto en nuestras sesiones de conjetura y examen, en nuestras conversaciones o tan s&#243;lo oy&#233;ndome ('Qu&#233; m&#225;s', me reclamaba. 'Qu&#233; m&#225;s se te ocurre. Dime lo que piensas y qu&#233; m&#225;s has visto'), acaso le sonaba agradable el acento canadiense que me hab&#237;a atribuido la noche que nos conocimos, ode la Columbia Brit&#225;nica m&#225;sprecisamente, &#233;l hab&#237;a estado en todas partes. Es todo cuesti&#243;n de verle de repente a alguien la gracia, incluso a quien lo saca a uno de quicio, eso es posible y tambi&#233;n peligroso, verle al ser m&#225;s detestado una pizca de impensada gracia (la soluci&#243;n de la mayor&#237;a -la precauci&#243;n mejor dicho- es no admitir ni el mero atisbo, y fingirse ciego). Tupra me la ve&#237;a sin duda, y casi desde el principio; era inesperado y m&#225;s extra&#241;o que yo le descubriera alguna a Rafita al cabo de dos encuentros y de tanto chincharme, luego a&#250;n pod&#237;a ser un espejismo que no me durara nada.

En cuanto al bottox, s&#237; deb&#237;a de ser lo que yo hab&#237;a inferido, porque la toxina botul&#237;nica produc&#237;a en efecto par&#225;lisis muscular, atacaba el sistema nervioso, uno acababa por no poder hablar ni tragar (ah, una enfermedad para suprimir el habla), m&#225;s tarde ni respirar y mor&#237;a as&#237;, por asfixia, eso recordaba de las advertencias familiares durante mi infancia, cuando a&#250;n se tem&#237;a cualquier abolladura en una lata, o que al abrirlas se escaparan gases, o el m&#225;s m&#237;nimo olor impropio que desprendieran cerradas, las conservas no eran ya novedad en modo alguno pero tampoco estaban tan extendidas y las abuelas desconfiaban, las madres ya no o s&#243;lo un poco, por el ascendiente; en toda mi vida hab&#237;a sabido de nadie aquejado de botulismo en Espa&#241;a (o acaso en atrasad&#237;simas zonas rurales), pero se me hab&#237;a quedado una frase de la aprensi&#243;n reinante, jam&#225;s se borra lo que impresiona de ni&#241;o, una frase de mi abuela materna, creo, lo que al ni&#241;o impresiona lo recuerda ya siempre el adulto que lo sustituye, hasta el &#250;ltimo d&#237;a, y era de esas amenazas que uno toma entonces al pie de la letra, aterrado por la instantaneidad atribuida al veneno, deslumhrado por el prestigio de lo fulminante y extremo, que permite fantasear sin l&#237;mites y en las dos trincheras, como v&#237;ctima y como asesino: 'Bajo ning&#250;n concepto deb&#233;is siquiera probar el contenido de una lata o una conserva dudosas, y lo son la mayor&#237;a', habr&#237;amos o&#237;do los cuatro prevenir a las criadas; 'porque si est&#225; malo, esa toxina es tan fuerte que a veces puede ser mortal el simple contacto con la punta de la lengua'.

Uno se imaginaba algo tan normal y tan nimio como una cuchara cuyo borde o punta se lleva a la lengua la mujer que revuelve el guiso, para comprobar si le falta sal o si est&#225; a&#250;n tibio o ya caliente, y lo hace con toda tranquilidad, mientras canturrea o tararea o aun silba (aunque silbaban s&#243;lo los hombres por aquel entonces, o bien chicas tan j&#243;venes que todav&#237;a eran casi ni&#241;as), quiz&#225; sin mirar hacia la cazuela o la olla sino a la vez que curiosea por la ventana y echa una ojeada al patio en el que otras se&#241;oras u otras criadas sacuden alfombras colgadas de los alf&#233;izares o ponen pinzas a la ropa h&#250;meda (siempre una al menos entre los dientes), o se las ve m&#225;s adentro quitando el polvo con perezoso plumero o subidas a un taburete desenroscando la bombilla del techo, que se ha fundido. Al o&#237;r la advertencia, tambi&#233;n dirigida a nosotros para el futuro ('As&#237; que ni rozarlo nunca, el contenido sospechoso, por si acaso. Hasta que haya hervido'), uno se imaginaba esa cuchara impregnada tocando la lengua o los labios y al instante a la mujer fulminada como por un rayo o un disparo, tirada en el suelo de la cocina sin vida mientras su guiso segu&#237;a haci&#233;ndose, y tem&#237;a por su madre entonces cuando era ella quien cocinaba, porque al o&#237;r la palabra 'mortal' no se le ocurr&#237;a a uno pensar en algo aplazado o lento, imperceptible en el acto y cuyos efectos aparec&#237;an m&#225;s tarde, sino en una especie de descarga el&#233;ctrica espectacular, matadora, un fogonazo, los ni&#241;os s&#243;lo conciben lo inmediato o lo muy r&#225;pido, si algo es fatal lo es ahora mismo y jam&#225;s a largo ni a medio plazo, como lo es el zarpazo de un tigre o la estocada de un mosquetero en la frente o la flecha de un moro en nuestro coraz&#243;n, jug&#225;bamos a esas ficciones, los peligros son inminentes o en realidad no son peligros, 'Cuan largo me lo fi&#225;is', esa es la divisa del ni&#241;o para cuanto no llega en seguida o no sucede hoy ni en la mera prolongaci&#243;n de hoy que es ma&#241;ana; claro que en &#233;l no hay iron&#237;a, ni adopta el lema esas palabras, sino las m&#225;s infantiles de 'Para eso a&#250;n falta mucho', las m&#225;s de las veces como reiterada pregunta ante cualquier espera o demora: '&#191;A&#250;n falta mucho para llegar?', '&#191;A&#250;n falta mucho para el verano?', '&#191;Para Reyes?', '&#191;Para mi cumplea&#241;os?', '&#191;Para que la pel&#237;cula empiece?', '&#191;Y para ma&#241;ana?', seguida a los cinco minutos de la impaciencia que niega o consume el tiempo, '&#191;Ya es ma&#241;ana?'. 'No, hijo, a&#250;n no es ma&#241;ana, a&#250;n es hoy, que tarda en irse.' '&#191;Y para que regrese a casa y a Madrid con los ni&#241;os, a&#250;n falta mucho para volver con Luisa?' O la que se acent&#250;a en la edad adulta y nos va insistiendo sin formularse nunca tan n&#237;tidamente: 'Y para mi muerte, &#191;cu&#225;nto a&#250;n falta?'.

Por eso le pregunt&#233; a ella, cuando la llam&#233; a los dos d&#237;as de aquella noche de los Manoia y Reresby y De la Garza; antes de que me colgara irritada le inquir&#237; acerca del bottox por si ella sab&#237;a, Luisa ten&#237;a montones de amigas y conocidas y algunas eran t&#237;as con pasta, seg&#250;n la expresi&#243;n del agregado, me parec&#237;a incre&#237;ble y sarc&#225;stico que al cabo del tiempo pudiera existir una soluci&#243;n o una medida de aquella toxina que fue tan temida y con la que se untaban las peores balas, las destinadas a los poqu&#237;simos verdugos nazis a los que intent&#243; tumbarse, que se utilizara ahora en beneficio de los pudientes y para su capricho y lujo, para retrasar sus arrugas o eliminarlas durante unos meses, con la misma base de par&#225;lisis muscular o anestesiados o da&#241;ados nervios -lo que quisiera que fuese o ambas cosas o consecuencia una de otra-, la misma base que anta&#241;o tra&#237;a v&#233;rtigos e inmovilidad creciente y falta de coordinaci&#243;n y visi&#243;n doble, y perturbaciones intestinales graves y luego afasia y luego asfixia, y la paralizaci&#243;n de todo y mataba. S&#237;, todo es rid&#237;culo y subjetivo y parcial hasta extremos insoportables, porque todo encierra su contrario, se depende excesivamente del momento y el lugar y la virulencia y la dosis, seg&#250;n cu&#225;les sean &#233;stas hay enfermedad o hay vacuna, o hay muerte o embellecimiento, al igual que todo amor lleva en su seno su hartazgo y su saciedad todo deseo y su empacho todo anhelo, y as&#237; las mismas personas en las mismas posici&#243;n y sitio se aman y no se aguantan en diferentes periodos, hoy, ma&#241;ana; y lo que en ellas era afianzada costumbre se vuelve paulatinamente o de pronto -tanto da, eso es lo de menos- inaceptable e improcedente, y el tacto o roce tan descontado entre ambas se convierte en osad&#237;a u ofensa, lo que gustaba y hac&#237;a gracia del otro se detesta y estomaga ahora y se maldice y revienta, y las palabras ayer ansiadas envenenar&#237;an hoy el aire y provocar&#237;an n&#225;useas y no quieren m&#225;s o&#237;rse bajo ning&#250;n concepto, y las dichas un millar de veces se intenta que ya no cuenten (borrar, suprimir, cancelar, y haber callado ya antes, a eso es a lo que aspira el mundo, lo sepa o no, est&#233; o no al tanto). Y hasta para llamar a casa hay que encontrar un motivo, para presentarlo o adelantarlo.

'&#191;T&#250; has o&#237;do hablar de un producto de belleza, un injerto artificial o no s&#233;, dicen que es una inyecci&#243;n, eso cuesta creerlo, lo llaman bottox? Con esa pregunta de pen&#250;ltimo instante trat&#233; adem&#225;s de distraer o abortar su incipiente aspereza, su seriedad repentina despu&#233;s de sus risas, su mosqueo por mis otras o demasiadas preguntas sobre la ausencia de bragas y una mancha de sangre que quiz&#225; yo hab&#237;a so&#241;ado, o a la que tras borrarla entera, a conciencia, del todo, incluido su adherido y resistente cerco, ya pod&#237;a por fin dec&#237;rsele lo que a tant&#237;simos hechos y objetos y a tant&#237;simos muertos, o ni siquiera se molesta nadie en decirles esto: 'Puesto que de ti no hay rastro, no tuviste lugar, no has ocurrido. No cruzaste el mundo ni pisaste la tierra, no exististe. Ya no te veo, luego nunca te he visto. Puesto que ya no eres, nunca has sido'. Era posible que eso mismo me dijera a m&#237; Luisa con su pensamiento, cuando estuviera a solas, o dormida; aunque hablara conmigo de vez en cuando, y hubiera el permanente rastro de nuestros dos hijos, y yo a&#250;n no me hubiera muerto. Solamente estaba 'in another country', expulsado del tiempo de ella que envuelve y arrebata a los ni&#241;os y es ya muy otro que el m&#237;o, fuera del suyo que avanza ahora sin incorporarme, sin dejarme ser part&#237;cipe ni tan siquiera testigo, mientras yo no s&#233; bien qu&#233; hacer con el m&#237;o, que avanza igualmente sin incorporarme o al que a&#250;n no he sabido subirme (quiz&#225; ya nunca me ponga al d&#237;a), y en el que sin embargo transcurre esta vida paralela o te&#243;rica en Inglaterra que no contar&#225; mucho cuando termine y se cierre como los par&#233;ntesis, y a la que entonces tambi&#233;n podr&#225; decirse: 'Ya no avanzas. Te has convertido en pintura helada o en memoria helada o en un sue&#241;o acabado, y ya ni siquiera te veo desde la adversa distancia. Ya no eres, luego nunca has sido'.

Luisa no me contest&#243; en seguida, se qued&#243; callada, como si hubiera visto mi segunda consulta como lo que s&#243;lo era en muy m&#237;nimo grado (una maniobra de diversi&#243;n, un recurso para evitar responder a su pregunta en serio), o como si le pareciera tan impropia de m&#237; como la primera y contribuyera por tanto a su perplejidad o a su intriga.

'&#191;El bottox? Si", repiti&#243; la palabra al cabo de unos segundos. '&#191;Pero a qu&#233; te est&#225;s dedicando, Jaime? Bragas, menstruaciones, ahora esto. No ir&#225;s a cambiarte de sexo, espero. No s&#233; yo c&#243;mo se lo tomar&#237;an los ni&#241;os, pero me parece que les dar&#237;a miedo. A m&#237; me lo da, desde luego.'

'Muy graciosa', le dije, y algo de gracia s&#237; me hab&#237;a hecho, o quiz&#225; celebraba que el humor le hubiera vuelto, cuando Luisa gastaba bromas significaba que se sent&#237;a amistosa, y adem&#225;s las suyas no eran agresivas, a lo sumo &#225;cidas como esta, y las soltaba siempre con amabilidad o con reconocible afecto, risue&#241;amente y sin buscar el da&#241;o. La hab&#237;a divertido su propia salida idiota, porque la o&#237; re&#237;r de nuevo y no pudo resistirse a proseguir un poco la guasa.

'&#191;C&#243;mo habr&#237;amos de llamarte, imag&#237;nate? Ser&#237;a un poco confuso todo. Pi&#233;nsatelo bien, por favor, Jaime, antes de dar el paso; irreversible, supongo. Piensa en los inconvenientes, y en las situaciones embarazosas. Acu&#233;rdate de aquel tesorero de un college del que nos cont&#243; una vez Wheeler. Era muy formal, y sus colegas no sab&#237;an de pronto si tratarlo de "se&#241;or" o "se&#241;ora", y los de m&#225;s confianza se pasaron meses llamando Arthur a una matrona con faldas, segu&#237;an viendo la misma cara de Arthur de siempre, s&#243;lo que con los labios pintados en sustituci&#243;n del bigote y enmarcada por una melenita corta y desarreglada, se la cuidaba fatal por lo visto, dec&#237;an que no ten&#237;a costumbre.' Al o&#237;rla rememorar el relato se me cruz&#243; una vez m&#225;s la imagen de Rosa Klebb, la desaseada, haragana y 'aterradora mujer de SMERSH', disc&#237;pula del implacable Beria e infiltrada por &#233;ste en el POUM como mano derecha y amante de Nin, del que tambi&#233;n pudo ser la asesina, seg&#250;n Fleming todo ello; o fue m&#225;s bien la de Lotte Lenya en su interpretaci&#243;n del papel: intentando patear a Connery con pinchos envenenados, qui&#233;n sab&#237;a si con la misma toxina. O no, habr&#237;a de ser otra m&#225;s rauda, si aspiraba a matarlo con sus zapatos mort&#237;feros, a puntapi&#233;s. 'Lo que no debe de ser nada f&#225;cil es que se te suavicen los rasgos, por hormonado que vayas, &#191;no?, y extirpado. No s&#233;, t&#250; ver&#225;s, pero t&#250; adem&#225;s eres de complexi&#243;n atl&#233;tica y tienes la barba bastante cerrada, ser&#237;as una mujer imponente, temible, no se te colar&#237;a ni una se&#241;ora en el mercado.' Y volvi&#243; a re&#237;r, ya a carcajadas.

Tuve que morderme el labio para no acompa&#241;arla, pese a que me dio un poco de grima mi descripci&#243;n como mujer; y aun as&#237; se me escap&#243; alg&#250;n sonido delator.

'S&#237;, me acuerdo del bursarVesey, alcanc&#233; a decir cuando me contuve del todo. 'De hecho lo conoc&#237;a de vista de mi &#233;poca de Oxford. Como Arthur, desde luego, no como Guinevere. Tengo que preguntarle a Peter qu&#233; se ha hecho de &#233;l, o de ella. Debe ser ya bastante anciano, y no es lo mismo la ancianidad como hombre que como mujer. Vosotras volv&#233;is a llevar ventaja a partir de cierta edad.' Y cuando Luisa se hubo aplacado, volv&#237; a mi consulta: 'Entonces s&#237; sabes del bottox. &#191;Es verdad lo que me han contado, lo de las inyecciones?'. Me era tan conocido aquello: era lo habitual, que ella se desviara de las cuestiones cuando charlaba conmigo e intercalaba sus bromas. Y a diferencia de m&#237; o de Wheeler, y tambi&#233;n de Tupra, no sol&#237;a volver por s&#237; sola.

'S&#237;, he o&#237;do hablar de ello, a m&#225;s de una. Al parecer hab&#237;a hasta reuniones para inyect&#225;rselo, cuando apareci&#243; y a&#250;n no lo ofrec&#237;an aqu&#237; las cl&#237;nicas de belleza, o lo que sean. Los centros est&#233;ticos o como se llamen.'

'&#191;Reuniones?' Ahora fui yo quien repiti&#243; una palabra, la que me result&#243; m&#225;s desconcertante.

'S&#237;, no s&#233;, se lo o&#237; contar una vez a Mar&#237;a Olmo. Una cosa de se&#241;oras ricas, m&#225;s o menos; se reun&#237;an a merendar o lo que fuese, aparec&#237;a un practicante contratado entre todas y se lo iba inyectando a cada una seg&#250;n sus necesidades. Bueno, a las que quisieran, claro, y hubieran contribuido, supongo, a comprar la partida, que era lo caro. El practicante lo deb&#237;a de aportar la anfitriona.' Pens&#233;: 'S&#243;lo le llevo unos a&#241;os, por eso para ella es tambi&#233;n natural la palabra "practicante". Pero tendr&#237;a que ser uno especializado', eso supuse; no quise interrumpirla para pregunt&#225;rselo. 'Era el gran aliciente, se corri&#243; que los resultados eran espectaculares, aunque no s&#233; si luego no les pareci&#243; para tanto. Ahora creo que ya lo tienen muchos centros de aqu&#237;, pero al principio, har&#225; un a&#241;o o m&#225;s, lo tra&#237;an de no s&#233; d&#243;nde, de fuera, como un encargo. Ahora me imagino que cada una se lo har&#225; aplicar ya por su cuenta.'

'De Am&#233;rica', murmur&#233;, pensando en Heydrich y en el Coronel Spooner del SOE, el organizador de su atentado. 'Lo traer&#237;an de Am&#233;rica.'

'Pues no, me suena m&#225;s bien que era de ah&#237;, de Inglaterra; o de Alemania.' Ella no ten&#237;a por qu&#233; saber en qu&#233; pensaba yo, ni hab&#237;a estado presente cuando Wheeler me hab&#237;a hablado de Lidice y del odio espacial, el odio al lugar que tambi&#233;n hab&#237;an padecido Madrid y Londres durante a&#241;os de bombardeos y asedio; y el de Madrid a&#250;n perdura, la detestan y han detestado todos sus gobernantes sin falta. Ella no estaba ya nunca presente, all&#237; donde yo lo estaba. Antes s&#237;, muchas veces; por eso conoc&#237;amos ambos la historia del transexual tesorero.

'&#191;Y eso por qu&#233;? &#191;No estaba autorizado, como la melatonina? Era la melatonina, &#191;no?, lo que no se permiti&#243; en Europa. &#191;Estaba prohibido, o algo?'

'No que yo sepa. Simplemente debi&#243; de tardar en llegar un poco. En cuanto la gente se entera de que hay algo nuevo, se pone muy impaciente, y luego adem&#225;s presume de adelantada cuando se hace con ello. Bueno, ya sabes, esa clase de bobos que pierden los nervios si no van todos los a&#241;os a Nueva York y lo cuentan, cada vez hay m&#225;s de esos catetos, yo ya no soporto un relato m&#225;s de esa ciudad. Y bueno, si oyen que all&#237; o en Londres andan inyect&#225;ndose en plan caballo un producto nuevo y rejuvenecedor, pues corren todos a comprarse ya las agujas, por lo menos eso.'

'&#191;Pero realmente se ponen inyecciones en la frente, y en los p&#243;mulos, y en la barbilla, en las sienes?' Eso en s&#237; me impresionaba, la aguja clav&#225;ndose en tales zonas y el l&#237;quido penetrando lento, pero m&#225;s a&#250;n -es decir, me espantaba- si el bottox era en efecto lo que yo tem&#237;a. Y as&#237;, mi tono hubo de ser de estupefacci&#243;n y esc&#225;ndalo, porque not&#233; que Luisa me lo rebajaba a prop&#243;sito, con su respuesta, aunque sin &#225;nimo de aleccionarme, eso no entraba en su estilo.

'Pues s&#237;, y en otros sitios peores, tengo entendido. En los p&#225;rpados, y en las ojeras, seguramente en los labios y desde luego encima de ellos, esas arruguitas verticales son la gran pesadilla de no pocas amigas, junto con el cuello. Y s&#237;, tambi&#233;n a m&#237; me parece un poco espeluznante, pero debo de estar m&#225;s acostumbrada que t&#250; a todos estos injertos e inoculaciones. Y a las carnicer&#237;as varias. Cada vez s&#233; de m&#225;s mujeres que van a sus sesiones peri&#243;dicas de corte y confecci&#243;n como quien se pasa por la peluquer&#237;a. Y no creas, hay bastantes hombres ya aficionados, y no s&#243;lo solteros presumidos y divorciados hundidos, ya s&#233; de m&#225;s de un marido. Bueno, si he de fiarme de lo que me cuentan, y uno no debe.' Dijo esto con tanta soltura que me llev&#243; a pensar: 'Ni se le pasa por la cabeza incluirme entre los divorciados hundidos, menos mal, no le inspiro l&#225;stima o a&#250;n no, y a m&#237; tampoco me gusta jugar a la baja, como hacen tantos novios y maridos. Claro que divorciados no lo estamos todav&#237;a. Pero todo se andar&#225;, supongo, cuando lo quiera ella'. No ve&#237;a f&#225;cil que partiera de m&#237; esa iniciativa. Nunca se sabe. No la hice part&#237;cipe de mis pensamientos. 'Pero vamos. Mira a ese caricato de Berlusconi, a estas alturas debe de ser todo &#233;l de l&#225;tex, &#191;t&#250; lo has visto?, parece un ninot debarraca. Quiz&#225; &#233;l s&#237; deber&#237;a cambiar de sexo, a ver si as&#237; mejoraba algo, o se rehumanizaba, una abuela.' Y volvi&#243; a re&#237;rse, y yo sab&#237;a que iba a hacerlo desde que la palabra 'caricato' le acudi&#243; a la lengua: nos conoc&#237;amos demasiado para dejar de conocernos. Ahora corr&#237;a el peligro de irse por aquellas ramas y seguir, por ejemplo, imagin&#225;ndose a otros pol&#237;ticos convertidos en se&#241;oronas; as&#237; que la reconduje:

'&#191;Y exactamente qu&#233; es, el bottox? &#191;T&#250; lo sabes?'

'Me lo dijeron en su momento, pero no prest&#233; mucha atenci&#243;n. Una toxina, creo; o una antitoxina; la verdad es que no me acuerdo nada.'

'&#191;La toxina botul&#237;nica? &#191;Puede ser? La del botulismo. No s&#233; si sabes que eso se utilizaba como veneno antiguamente.' Y le mencion&#233; mi etimolog&#237;a intuida.

No pareci&#243; alterarse. A trav&#233;s de sus conocidas, y de alguna amiga insegura, s&#237; deb&#237;a de estar en verdad acostumbrada a los m&#225;s sanguinarios y ponzo&#241;osos remedios contra el envejecimiento.

'No me acuerdo. Puede ser. Tampoco me extra&#241;ar&#237;a, la mitad de esos especialistas est&#233;ticos son unos irresponsables, si es que no unos criminales. Mar&#237;a me cont&#243; que dej&#243; de ir a uno que la adelgazaba a lo bestia cuando un d&#237;a entraron juntos en una farmacia, &#233;l dijo haberse olvidado el recetario en casa y para convencer a la farmac&#233;utica de que era m&#233;dico no se le ocurri&#243; otra cosa que regresar un momento al coche y traerle un fonendoscopio que llevaba en el asiento de atr&#225;s, por all&#237; suelto. Te imaginas, "Mire, tengo un fonendo, soy m&#233;dico", y se lo agitaba en la cara. Mar&#237;a dedujo que ni colegiado ni titulado ni nada de nada, por mucha cl&#237;nica que tuviera montada, se qued&#243; de hielo. As&#237; que bueno, me lo creo todo.'

'&#191;T&#250; podr&#237;as averigu&#225;rmelo, si es eso, la toxina botul&#237;nica?'

'Supongo. Mar&#237;a lo sabr&#225; seguro, o Isabel U&#241;a, tambi&#233;n anda con historias de estas, puedo preguntarles. Pero, &#191;qu&#233; te traes t&#250; con el bottox? &#191;Est&#225;s pensando en pon&#233;rtelo como un Berlusconi, o es tu amiga descuidada? A ti no te hace ninguna falta, a&#250;n no tienes ni media arruga, una cosa intolerable, lo tuyo.' No hab&#237;a perdido de vista mi primera consulta sobre la sangre ca&#237;da, a&#250;n pensaba que alguien pod&#237;a haberme manchado el suelo, alguien ocasional o no tanto. La perspectiva de que Luisa fuera a hacerme una peque&#241;a averiguaci&#243;n me alegr&#243; el &#225;nimo ingenuo. Era algo en com&#250;n al cabo de mucho tiempo, algo nuevo (no los ni&#241;os ni el dinero ni asuntos pr&#225;cticos), aunque se tratase de una minucia. Y habr&#237;amos de volver a llamarnos pronto por eso, ella a m&#237; o yo a ella, para que me diera la informaci&#243;n conseguida. Nos quedaba una cuesti&#243;n pendiente, y ahora eso era novedoso.

'Gracias, t&#250; tambi&#233;n est&#225;s muy tersa', le contest&#233; con no m&#225;s humor que galanter&#237;a, y a&#241;ad&#237;: 'No, es por pura curiosidad. Me han hablado aqu&#237; de ello, y me gustar&#237;a saber si es la misma sustancia que en su d&#237;a mat&#243; a un dirigente nazi importante, en el 42, Wheeler me habl&#243; del caso. &#191;Qu&#233; efecto causa, eso lo sabes? El proceso'.

'Creo que paraliza los m&#250;sculos de la zona inyectada y as&#237; la alisa y le da turgencia, no me preguntes por qu&#233; ni c&#243;mo. Por lo visto se quedan un poco inexpresivas las que se lo ponen, aunque yo no se lo he notado ni a Mar&#237;a ni a Isabel, que son las que conozco que lo han probado. Claro que a lo mejor no coincidi&#243; que las viera cuando estaban bajo su efecto, creo que dura unos meses y se lo renuevan tras una pausa, que tienden a ir acortando. Bueno, un poco r&#237;gidas s&#237; que las he visto, ahora que caigo, y como m&#225;s tirantes, m&#225;s compactas No s&#233;, esta obsesi&#243;n', y son&#243; m&#225;s pensativa; 'ya no es s&#243;lo la gente rica, ni s&#243;lo mujeres, ya te he dicho. Acabaremos todos en eso. T&#250; no sabes lo que se hace la gente hoy en d&#237;a, lo que se mete y se saca, lo que se pincha y se raja y a lo que se somete. Se te pondr&#237;an los pelos de punta, si conocieras el detalle. Pero ya lo ver&#225;s, acabaremos todos en eso, y a&#250;n nos reprobar&#225;n, a los que no nos prestemos, "C&#243;mo es que vas as&#237;", nos dir&#225;n, "con esa carne fl&#225;ccida, y esospliegues, y esas bolsas; con esos surcos, o con esas grasas, o esos pellejos, c&#243;mo vas tan descuidada". Ya hay quienes lo comparan con ir al dentista, "&#191;Acaso no nos arreglamos un diente mellado, que hace tan feo, y nos colocamos fundas? Pues lo mismo el resto". Como si envejecer fuera un defecto, o una lacra consentida, una negligencia. Como si se pudiera elegir, y uno fuera culpable de su envejecimiento. O bien pobre, claro, sin medios para disimularlo. Parecer viejo acabar&#225; denotando eso, que uno es un paria, ya lo ver&#225;s. Ser&#225; otra separaci&#243;n, otra diferencia, por si no hubiera bastantes. Ser&#225; como si anduviera uno con las ropas ra&#237;das. Ojal&#225; no lleguemos a ver eso.'

Y entonces se qued&#243; callada, como si estuviera considerando de pronto su propio caso. Nunca le hab&#237;a visto la menor veleidad o tentaci&#243;n al respecto: o&#237;a contar a sus conocidas y amigas m&#225;s angustiadas por el paso del tiempo, re&#237;a con benevolencia ante sus extravagancias y experimentos, le daban lo mismo, o los daba por bien empleados si ellas se pon&#237;an as&#237; contentas con su supuesto mejor aspecto, aunque fuera tan de prestado y tan falso, o tan comprado; tan monstruoso a veces. Aquello nunca hab&#237;a ido con ella. Pero Luisa ya no era tan joven, y nunca hab&#237;a mencionado mi falta de arrugas -cosa de mi familia; estaba a la altura de Tupra- como un reproche comparativo, ni siquiera en el tono de broma en que lo hab&#237;a hecho ahora. 'Tal vez se empieza a preocupar, por efecto o influjo de los dem&#225;s', pens&#233;. 'No tendr&#237;a motivos reales, no la &#250;ltima vez que yo la he visto; aunque mi criterio le servir&#237;a de poco si se ha inventado motivos (de eso nadie est&#225; a salvo) o alguien se los ha instilado (tampoco de eso se est&#225; a salvo), piensa que yo la miro con ojos demasiado buenos.'

'&#191;No estar&#225;s pensando t&#250; en recurrir a esas cosas?', le pregunt&#233;. 'A ti s&#237; que no te hacen falta.'

Ri&#243; un momento, as&#237; sali&#243; de su breve silencio cavilatorio.

'Si no me hacen falta hoy, ser&#225; ma&#241;ana, ni siquiera pasado ma&#241;ana', dijo. 'Pero en todo caso no podr&#237;a permit&#237;rmelas, ser&#233; de los parias y de los ra&#237;dos.' Y volvi&#243; a re&#237;rse, decir esto le hab&#237;a hecho gracia. 'Aunque est&#225;s mandando mucho dinero desde que tienes ese trabajo del que no cuentas nada', a&#241;adi&#243;. 'Quiero darte las gracias, Deza, ahora mismo estamos ya a un paso del lujo. No hace falta tanto.' Era como si quisiera hacerse perdonar, por aceptarlo; por eso me llam&#243; Deza y no Jaime, no quer&#237;a sacarme nada ni estaba de mal humor por mi causa.

'Ya me las das tras cada transferencia. Es lo justo, tienes a los ni&#241;os, yo estoy ganando bien ahora y tampoco tengo muchos gastos. Ya lo reducir&#233;, si me aumentan.'

'Ya, pero podr&#237;as ahorrar. Preguntan que cu&#225;ndo vienes.'

'No s&#233; si ser&#225; muy pronto. He de acompa&#241;ar a mi jefe en un viaje, pero a&#250;n no sabemos cu&#225;ndo, si dentro de una semana o de un mes o m&#225;s tarde, hasta entonces estoy atado. A ver si despu&#233;s puedo, alg&#250;n fin de semana con bank holiday.' As&#237; llaman en Inglaterra a los festivos, los hacen caer todos en lunes, Navidad y A&#241;o Nuevo aparte. 'Pero ya ahorro, me alcanza. Y me compro buenos libros de viejo, mejores y m&#225;s caros que nunca.'

'Pues conserva ese trabajo. A ver si alguna vez me cuentas algo, de eso que haces.' No cre&#237;a que le interesara de veras, era una forma de mostrarse amable. No hab&#237;a manifestado curiosidad al respecto, en otras conversaciones. O es que eran siempre m&#225;s cortas.

'Apenas hay qu&#233; contar', dije, y aqu&#237; ment&#237;, sobre todo pensando en dos noches antes. 'Traducir de diplomacia y negocios es rutinario, aunque haya gente interesante por medio, de vez en cuando. Pero no lo conservar&#233; si me canso, ya lo sabes.'

Aguard&#243; un par de segundos y respondi&#243;:

'S&#237;, ya lo s&#233;. Y a m&#237; me parece bien eso, tambi&#233;n lo sabes.'

La vi sonre&#237;r al decirlo, con los ojos de la mente despiertos. Estaba en otra ciudad, en otro pa&#237;s. Pero yo la vi muy bien desde Londres.


Le di las gracias, las buenas noches, nos despedimos, colgu&#233;. Pero no con el pensamiento. Alc&#233; la vista, me levant&#233; del sill&#243;n, me acerqu&#233; a la ventana de guillotina y la sub&#237; de golpe para airear la habitaci&#243;n, hab&#237;a estado fumando mientras hablaba. No llov&#237;a, no hac&#237;a ning&#250;n fr&#237;o o eso me pareci&#243; en el primer instante, podr&#237;a haber sido una noche de primavera temprana de no ser porque no era muy tarde, ni siquiera para Inglaterra, y sin embargo hab&#237;a ya anochecido unas cuantas horas antes, fuera se ve&#237;a la p&#225;lida oscuridad de la Square o plaza, apenas alumbrada por esas farolas blancas que imitan la siempre ahorrativa iluminaci&#243;n de la luna, y las luces encendidas del hotel elegante, algo m&#225;s lejos, y de las habitadas casas que albergan familias o bien hombres y mujeres solos, cada uno encerrado en su protector recuadro amarillo, lo mismo que yo para quien me observara. Tambi&#233;n me pareci&#243; o&#237;r una m&#250;sica muy d&#233;bil, tanto que cualquier movimiento m&#237;o la tapaba o la ahogaba, as&#237; que me estuve quieto -otro cigarrillo en la mano- y trat&#233; de escucharla e identificarla sin &#233;xito, llegaba tan tenuemente que no distingu&#237;a su clase ni tan siquiera su ritmo. Mir&#233; entonces, como de costumbre, por encima y m&#225;s all&#225; de los &#225;rboles y de la estatua y la plaza y hasta el otro extremo, en busca de mi vecino despreocupado y danzante.

All&#237; estaba como casi siempre, y la noche deb&#237;a de ser en efecto tibia, porque tambi&#233;n &#233;l manten&#237;a abiertos dos de sus ventanales, dos de cuatro, y era probable que la m&#250;sica procediera de su sal&#243;n alargado y desprovisto de muebles, como una pista libre de obst&#225;culos; al no ser tarde habr&#237;a prescindido por una vez de sus auriculares o su artilugio inal&#225;mbrico, y esta vez la pieza no sonar&#237;a en su cabeza tan s&#243;lo -y en los deductivos o&#237;dos de mi mente, al contemplarlo en su baile-, sino en toda la casa y fuera, hasta morir como sombra o hilo ra&#237;do en donde yo me encontraba, ante mi ventana. No estaba solo sino con sus dos parejas ya por m&#237; registradas, las dos mujeres que en alguna ocasi&#243;n hab&#237;a visto, por separado si mal no recordaba: la blanca con pantalones prietos que no se hab&#237;a quedado a dormir, que yo supiera (se hab&#237;a montado en una bicicleta y se hab&#237;a alejado en la noche con pedaleo brioso), y la negra o mulata de la falda con vuelo ligero que no pareci&#243; salir luego a la calle. Ahora ambas llevaban faldas bastante breves y estrechas (a mitad del muslo, m&#225;s o menos, quiz&#225; no muy c&#243;modas para la danza), y ninguno de los tres todav&#237;a bailaba, no propiamente, m&#225;s bien era como si dirimieran o decidieran los pasos exactos que iban a dar, seguramente al un&#237;sono de aquella m&#250;sica que casi no me alcanzaba, y que as&#237; nunca reconocer&#237;a.

'Las ha juntado', pens&#233;; 'tal vez se est&#225; profesionalizando y quiere ensayar con ellas lo que llaman una "routine" en Am&#233;rica, es decir, los movimientos y pasos ya no improvisados sino acordados y coordinados, qu&#233; man&#237;a de arruinar vocablos la de ese pa&#237;s y esta &#233;poca, todo es cada vez m&#225;s usurpado, impreciso, m&#225;s oblicuo e impostado y con frecuencia incomprensible, las palabras como los usos y como las reacciones; pero puede que s&#243;lo una de ellas sea amante suya y no tenga nada de raro que se re&#250;nan para bailar a tr&#237;o, o incluso que ninguna lo sea, y en cambio si ambas lo fueran s&#237; ser&#237;a algo extra&#241;o, supongo, pese a la artificial lenidad de estos tiempos en los que seg&#250;n muchas personas nada tiene nunca demasiada importancia, ni siquiera las acciones violentas, que se perdonan tan f&#225;cilmente o ante las que jam&#225;s faltan imb&#233;ciles con autoridad moral imb&#233;cil -o es frailuna-, dispuestos a indagar con infinita paciencia en sus nada misteriosas causas y que en todo caso las comprenden, como si estuvieran por encima de ellas (en la punta de la lengua les baila, los tienta permanentemente la vieja frase de los curas, por laicos que se pretendan: "Pero, &#191;por qu&#233; eres as&#237;, hijo m&#237;o?"), hasta que los baja de la atalaya alguien que les da de hostias a ellos y entonces ya no comprenden, yo mismo, yo podr&#237;a ser violento en algunas circunstancias aparte de por defenderme, pero s&#233; que por causas ruines y siempre sin ning&#250;n misterio, por frustraci&#243;n o por envidia o revancha o por el trastorno del mezquino miedo, as&#237; que es preferible evitarlas, sin m&#225;s, las circunstancias: yo no podr&#237;a reunirme con un novio o amante de Luisa para una impensable actividad de los tres juntos, no de momento, qui&#233;n sabe si dentro de varios a&#241;os, cuando ya ni un cent&#237;metro de piel me escociera y si &#233;l adem&#225;s fuera un gran tipo, lo cual dudo; ni ella tampoco, yo creo, con una novia o amante m&#237;a que alguna vez existir&#225; sin remedio, y eso que ella y yo no somos eso ni actualmente somos nada, qu&#233; seremos o ya vamos siendo, quiz&#225; tan s&#243;lo pasado, el uno del otro un pasado tan extenso y duradero que nos pareci&#243; no ir nunca a serlo. Ella no debe de estar muy distra&#237;da estos d&#237;as, aunque se la oyera contenta al principio y tambi&#233;n al final de la charla, si puede preocuparla un poco su edad futura inmediata', pens&#233;. '"Si no me hacen falta hoy, ser&#225; ma&#241;ana, ni siquiera pasado ma&#241;ana", ha dicho de los venenosos mejunjes y de los pl&#225;sticos sanguinolentos, y eso no es muy distinto de lo que pensar&#225; Flavia Manoia al despertar cada ma&#241;ana del &#250;ltimo sue&#241;o angustioso, ya diurno, seg&#250;n Reresby o Tupra, que me la describi&#243; de antemano, como al marido, condicionando ya as&#237; h&#225;bilmente mi posterior percepci&#243;n de ambos: "Anoche todav&#237;a s&#237;, pero, &#191;y hoy? Soy una jornada m&#225;s vieja", piensa la se&#241;ora Manoia al abrir los desmaquillados ojos, y entonces, durante unos minutos, le da pereza someterse a otra prueba y quiere volver a cerrarlos. C&#243;mo me cuesta imaginarme a Luisa con semejantes aprensiones, estoy acostumbrado a que sea joven. O en realidad no me cuesta tanto, si no me enga&#241;o: tampoco a m&#237; me son desconocidas, supongo. Esa clase de temor no es s&#243;lo de las mujeres, sino probablemente de todos despu&#233;s de un rev&#233;s tard&#237;o o a partir del primer fuerte cansancio, yo mismo creo sentirlo a diario, ese temor o su aviso, m&#225;s a&#250;n en este tiempo extranjero en el que ando desparejado y un poco solo aqu&#237; en Londres, no mucho como cree Wheeler, s&#243;lo un poco y s&#243;lo a ratos; pero ellas se lo reconocen, lo afrontan sin ennoblecerlo ni buscarle trascendencia, mientras que los hombres, la mayor&#237;a, nos lo formulamos con deliberada crudeza que por lo tanto es algo falsa, nuestro pensamiento m&#225;s definitivo y m&#225;s triste, pero a cambio logramos no vernos fr&#237;volos ni asustados por la soledad -que es lo accesorio- ni por la p&#233;rdida del enamoramiento -que es lo sustancial, pero tambi&#233;n lo insignificante-. As&#237; que m&#225;s bien nos preguntamos, para no ruborizarnos: "Y para mi muerte, &#191;cu&#225;nto a&#250;n falta?".'

Aguc&#233; el o&#237;do porque me pareci&#243; que la m&#250;sica llegaba ahora m&#225;s clara, habr&#237;an subido el volumen, y al mirar de nuevo mirando -ya no absorto-, vi que hab&#237;an dado por fin comienzo los tres a su discutido baile. Era elegante, no brincaban ni correteaban sino que avanzaban a pasos cortos y no s&#233; si decir sinuosos y en efecto sincronizados, los mismos al mismo tiempo, el movimiento era de pies y caderas, y de la cabeza que afirmaba el ritmo, los brazos acompa&#241;ando s&#243;lo leve y escasamente, un poco doblados y un poco extendidos a la altura de los costados, como si cada par de sus manos sostuviera un peri&#243;dico abierto. Iban desplaz&#225;ndose por la tarima, y con celeridad, el tr&#237;o, pero la impresi&#243;n que daban con sus pasos ce&#241;idos era de mantener su posici&#243;n cada uno, como si sus respectivas porciones o adjudicados tramos de suelo se movieran con ellos, y cada uno pisara siempre las mismas tablas; me dije -o es que lo o&#237;a ya m&#225;s, en la distancia- que ten&#237;an que estar bailando a alg&#250;n son de Henry Mancini, pod&#237;a ser el c&#233;lebre Peter Gunn, nadie se acuerda ya de que ese tema naci&#243; para una serie de televisi&#243;n antigua de detectives, no s&#233; si se vio nunca en Espa&#241;a, creo que era a&#250;n de los cincuenta (es decir, casi prehist&#243;rica) y desde luego en blanco y negro, pero en todo caso su m&#250;sica no ha envejecido y ha pasado a convertirse en un cl&#225;sico del baile moderno elegante, si se tiene noci&#243;n del elegante modo de interpretarlo, y aquellos tres s&#237; la ten&#237;an. O pod&#237;a ser, si no, el arranque de la banda sonora de Sed de mal, o Touch of Evil eningl&#233;s, una pel&#237;cula de Orson Welles de esos mismos a&#241;os en la que hac&#237;a de mexicano nada menos que Charlton Heston, era asombroso que se lo creyera uno por mucho bigote que luciera del primer plano al &#250;ltimo, y se lo cre&#237;a. Pero esa m&#250;sica es menos famosa, as&#237; que me decid&#237; por Gunn. Hay piezas fundamentales que viajan conmigo si soy previsor (no lo fui al irme de Madrid, sal&#237; con poco) o que no tardo en volver a comprarme si me quedo en un pa&#237;s cierto tiempo, y entre ellas son fijas tres o cuatro de Mancini porque alegran cualquier d&#237;a t&#233;trico casi infaliblemente, de modo que busqu&#233; y saqu&#233; el disco, program&#233; en repetici&#243;n el primer corte como deb&#237;an de haber hecho los tres de enfrente (dura apenas dos minutos y ellos lo bailaban largo), y lo puse a sonar en mi casa, al igual que otras melod&#237;as otras veces cuando cre&#237;a adivinar lo que mi bailar&#237;n danzaba, en parte por mi diversi&#243;n, en parte por evitarle el rid&#237;culo asegurado de agitarse y moverse y dar saltos absurdos ante un espectador que no oye lo que los provoca, no oye nada, aunque a &#233;l sin duda le diera lo mismo o ignorara que lo ten&#237;a. Pero uno debe mostrar a&#250;n m&#225;s respeto del convencional, hacia quien no puede solicitarlo.

'Esa preocupaci&#243;n de Luisa tal vez signifique', pens&#233;, 'que no ha salido mucho &#250;ltimamente ni ha recibido visitas estimulantes; que no est&#225; entretenida, y esoa su vez -puede ser-, que no me ha sustituido a&#250;n del todo, de lo contrario contar&#237;a con alguna distracci&#243;n o peque&#241;a ilusi&#243;n m&#225;s o menos cotidiana, aunque s&#243;lo consistiese en un rato de conversaci&#243;n telef&#243;nica con alguien concreto al t&#233;rmino de la jornada, si verse no les fuera f&#225;cil por cualquier motivo, qu&#233; s&#233; yo, la mujer o los ni&#241;os de &#233;l, los ni&#241;os nuestros. Ya me doy cuenta de que esta es una deducci&#243;n sin base, infundada. Pero tal vez s&#237; signifique, eso al menos, que a&#250;n nadie ha entrado en su vida hasta el punto de introducirse tambi&#233;n en la casa, quiero decir no a diario o no con la suficiente frecuencia como para que ella ya lo espere, o para que no se sorprenda si &#233;l se presenta sin m&#225;s aviso que llamar desde abajo y decir "Luisa, soy yo, estoy aqu&#237;, &#225;breme", como si "yo" fuera su inequ&#237;voco nombre, y para que adem&#225;s ella se alegre si &#233;l decide aparecer as&#237;, al llegar la noche o al caer la tarde. No, no debe de haber entrado todav&#237;a el hombre adulador, sibilino, aplicado y aun esforzado al principio, el que quiere ayudar con la cena y bajar la basura y acostar a los ni&#241;os para tornarse -c&#243;mo decir- dom&#233;stico, y as&#237; irse instalando y quedarse, limit&#225;ndose a ocupar un hueco y procurando no alterar nada de lo que all&#237; ha encontrado dispuesto. Ni el irresponsable y festivo, el inquieto al que en cambio aterra pasar y abandonar el rellano, adentrarse y conocer a mis hijos y aun verlos atravesar fugazmente en pijama desde el quicio de la puerta en el que se apoya mientras espera a que Luisa acabe con sus instrucciones a la canguro y salga de una vez para la farra, el que m&#225;s bien aspira a sacarla de all&#237; poco a poco, noche a noche a desgajarla o por la costumbre a arrancarla, para que as&#237; pueda seguirlo a &#233;l sin ataduras y en todo, y a todas partes. Ni ha entrado tampoco el apasionado falso, el oculto tirano d&#233;bil que ir&#225; m&#225;s bien a separarla de todo lo externo con sus dramatizaciones y sus malas artes, a encerrarla y a confinarla a &#233;l, s&#243;lo a &#233;l como final horizonte, el que juega a la baja para poseer y dominar luego a la alta, el que se justifica siempre en su sentimiento tan fuerte o en su sufrimiento intenso y en eso es como casi todo el mundo, creen tantas personas que sentir muy vivamente y no digamos padecer, y atormentarse, las hace ya buenas y merecedoras y les otorga derechos, y que han de ser compensadas por ello incesante e indefinidamente, hasta por quienes no inspiraron su sentimiento ni causaron su sufrimiento ni tuvieron que ver en uno ni en otro, para esas personas la tierra entera les est&#225; siempre en deuda, y nunca se paran a pensar que el sentimiento se elige o que en &#233;l se consiente, eso como m&#237;nimo, y que casi nunca viene impuesto, o el destino no se mezcla; que uno es tan responsable de &#233;l como lo es de sus enamoramientos, en contra de la general creencia que declara y repite la vieja falacia a trav&#233;s de los siglos incansablemente: "Es m&#225;s fuerte que yo, no est&#225; en mi mano evitarlo"; y que exclamar "Es que yo te quiero tanto" como explicaci&#243;n de los actos, como coartada o disculpa, deber&#237;a ser contestado sin falta con la frase que pocos se atreven a soltar aunque sea la justa cuando el querer no es correspondido y quiz&#225; tambi&#233;n cuando lo es, "Y a m&#237; qu&#233; me cuentas, eso es s&#243;lo asunto tuyo". Y que adem&#225;s a veces -s&#237;, eso es cierto- hasta la desdicha se inventa. No, nadie est&#225; obligado a ocuparse del amor que otro le tiene ni a&#250;n menos de su abatimiento o despecho, y sin embargo reclamamos atenci&#243;n, comprensi&#243;n, piedad y aun impunidad por algo que s&#243;lo incumbe al que lo experimenta, "Hay que entenderlo", decimos, "lo est&#225; pasando muy mal y por eso maltrata a todos"; o tambi&#233;n "Le han hecho da&#241;o, est&#225; en guerra con la vida porque est&#225; destrozado, y en verdad &#233;l no pod&#237;a vivir sin ella", como si no querer a alguien o dejar de hacerlo fuera algo contra ese alguien, contra el que s&#237; quiere o contin&#250;a haci&#233;ndolo, una maquinaci&#243;n o una represalia, una decisi&#243;n para perjudicarlo, cuando justamente jam&#225;s es eso. As&#237; que yo no puedo quejarme, y a&#250;n menos debo: cuando Luisa me quiso a su lado me benefici&#233; de una gracia que se me renovaba a diario, lo mismo que yo le renovaba a ella otra de valor parecido; y si una ma&#241;ana no me fue m&#225;s confirmada, no era cuesti&#243;n de echarlo en cara ni de verlo como hostilidad voluntaria ni como malquerencia, nada de eso estaba en el &#225;nimo, era esp&#237;ritu de rendici&#243;n m&#225;s bien, y una gran pesadumbre. Ni tampoco de apelar a esas despreciables figuras contempor&#225;neas con las que las entrometidas leyes amparan a los millones de aprovechados que hoy recorren y pueblan todos los senderos y campos: los derechos adquiridos, el tiempo empleado, los acariciados proyectos, la fuerza de la instalaci&#243;n o costumbre, el nivel de vida alcanzado, el futuro con que cont&#225;bamos y el amor invertido, todo se hace mensurable. Y desde luego los hijos habidos y los contratos firmados. O los no firmados, sino s&#243;lo verbales. O los ni siquiera verbales, sino s&#243;lo impl&#237;citos, los abusivos contratos impl&#237;citos que seg&#250;n nuestro pusil&#225;nime mundo prepara y redacta a nuestras espaldas el mero paso del tiempo y adem&#225;s los rubrica por su cuenta y arbitrio, como si el tiempo pudiera ser nunca acumulativo y no empezara a contar desde cero con cada amanecer, y aun a cada instante'

De repente me sent&#237; ligero, quiz&#225; por primera vez desde que dos noches antes me hab&#237;a levantado de la mesa de Manoia y Tupra en la discoteca para cumplir la encomienda de &#233;ste y emprender la b&#250;squeda de De la Garza y Flavia, me hab&#237;a puesto en pie y hab&#237;a apartado mi silla con una sensaci&#243;n instant&#225;nea de peso sobrevenido, de malestar y ominosidad, la punzada del alfiler en el pecho y el presagio de una malandanza, todo ello emanando de Tupra mucho m&#225;s que de m&#237; mismo, como si &#233;l me hubiera transferido con su sola orden la respiraci&#243;n contenida o falso ahogo de quien se apresta a asestar un golpe, o hubiera arrojado plomo sobre mi alma despierta y la hubiera sumido as&#237; en el sue&#241;o, desde entonces no me hab&#237;a abandonado esa gravedad presentida y despu&#233;s sentida, esa carga, o incluso se me hab&#237;a ido incrementando hora tras hora, hasta el punto de preguntarme sin pausa, durante aquellas cuarenta y ocho transcurridas tan lentamente (o ni llegaban a tantas), si deb&#237;a renunciar y marcharme, descabalgarme, salirme de aquel trabajo en el fondo tan atractivo y c&#243;modo en el edificio sin nombre y para el grupo sin nombre que m&#225;s de sesenta a&#241;os antes hab&#237;an creado Sir Stewart Menzies o Ve-Ve Vivian o Cowgill o Hollis, o aun el c&#233;lebre traidor Kim Philby o hasta el mism&#237;simo y leal Winston Churchill, poco deb&#237;a de quedar ya de ellos y del metal o la intenci&#243;n o el temple con que lo concibieron (no, es la enga&#241;osa palabra 'mettle' la que en el intruso ingl&#233;s ronda mi mente); o tal vez s&#237; pervivieran ese metal y ese temple sin haberse degradado, y sencillamente ocurriera que el grupo ya fuera en su fundaci&#243;n tan dr&#225;stico e inclemente como desde anteayer parec&#237;a o yo intu&#237;a que era desde hac&#237;a s&#243;lo dos noches: acaso era que tambi&#233;n todos ellos, el grupo original completo, incluidos en &#233;l Peter Wheeler y su hermano menor Toby Rylands, llevaban sus probabilidades en el interior de sus venas y era s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo, de tentaciones y circunstancias que las condujeran por fin a su cumplimiento. Tal vez esas circunstancias y tentaciones, tal vez ese indeseado tiempo, hab&#237;an llegado ahora, hac&#237;a poco y cuando la mayor&#237;a viv&#237;a ya s&#243;lo en sus disc&#237;pulos y herederos (Tupra lo era de Rylands), en los recientes a&#241;os huecos de la disgregaci&#243;n y la abulia, o la compaginaci&#243;n y el desconcierto, que hab&#237;an tra&#237;do a los particulares particulares, a&#241;os de orfandad y recreo, como los hab&#237;a llamado la joven P&#233;rez Nuix al relat&#225;rmelos y describ&#237;rmelos la noche de lluvia eterna en que me visit&#243; con su perro, tras haberme seguido oculta durante demasiado rato. Llegaban cuando yo estaba por medio, eso era todo. O perseveraban. Un puro azar, culpa de nadie; m&#237;a no, eso seguro, en modo alguno. Quiz&#225; cuanto hab&#237;a ocurrido, cuanto yo hab&#237;a visto y o&#237;do, en la discoteca, en casa de Tupra m&#225;s tarde, en la realidad y en pantalla, no era a&#250;n motivo para sustraerse, ni para largarse.

Comprend&#237; que me sent&#237;a ligero gracias a la m&#250;sica en parte, ese Peter Gunn que para todo sirve y nunca falla, y al instante me percat&#233; de que era tambi&#233;n -o m&#225;s a&#250;n- gracias al baile en que me hab&#237;a deslizado sin propon&#233;rmelo, sin duda en imitaci&#243;n instintiva, maquinal, casi inconsciente, de los tres individuos despreocupados del otro extremo de la plaza: los pies se mueven solos a veces, o como dice mi lengua con exactitud metaf&#243;rica, cobran vida, se le van a uno, sin que uno se d&#233; apenas cuenta. Me hab&#237;a puesto a bailar, era incre&#237;ble, yo mismo, a solas en casa como si ya no fuera yo sino mi vecino &#225;gil y atl&#233;tico de huesudas facciones y esmerado bigote, un caso claro de contagio visual y auditivo, de m&#237;mesis, favorecido adem&#225;s por mis musara&#241;as. Me descubr&#237; (es un decir) avanzando por mi sal&#243;n, m&#225;sexiguo que el de enfrente y con muebles, a pasos cortos y r&#225;pidos y no s&#233; si sinuosos, con movimiento loco de pies y caderas y de mi cabeza que afirmaba el ritmo, mis brazos acompa&#241;ando s&#243;lo leve y escasamente, un poco doblados y un poco extendidos a la altura de los costados, y entre mis manos un peri&#243;dico abierto que por supuesto no le&#237;a, lo hab&#237;a cogido como elemento de equilibrio en mi baile, eso supuse. Y entonces me entr&#243; verg&#252;enza, porque al volver a mirar de veras a los bailarines originales, al mirar mirando y ya no absorto en mis pensamientos, hube de deducir que ellos habr&#237;an o&#237;do a su vez mi m&#250;sica en alguna m&#237;nima pausa de la suya -abierta mi ventana como dos de sus ventanales-, y me habr&#237;an localizado sin dificultad, al rastrear su procedencia; y, claro est&#225;, les divert&#237;a verme (el alguacil alguacilado, el cazador cazado, el esp&#237;a espiado, el danzar&#237;n danzado); porque ahora no s&#243;lo bail&#225;bamos absurda y descompensa-damente los cuatro seg&#250;n su coreograf&#237;a, sino que hab&#237;a habido otro contagio, y este era de m&#237; hacia ellos: les deb&#237;a de haber parecido ingeniosa o imaginativa mi idea, as&#237; que los tres sosten&#237;an entre sus manos sendos peri&#243;dicos desplegados, era como si bailaran con sus p&#225;ginas, cada uno un agarrado.

Me par&#233; en seguida, not&#233; que el rostro se me acaloraba, no lo ver&#237;an por suerte, gracias a la distancia, de momento no utilizaban prism&#225;ticos como yo s&#237; hac&#237;a de vez en cuando, al espiar su sal&#243;n danzante. Ellos se pararon tambi&#233;n en el acto, se asomar&#243;n a sus ventanales y me hicieron se&#241;as, me saludaron agitando los brazos, de hecho me hicieron gestos inconfundibles de que me trasladara y me uniera, de que fuera a su piso y no bailara ya a solas, sino all&#237; en un jovial cuarteto. Eso me dio a&#250;n m&#225;s verg&#252;enza: solt&#233; mi guillotina de golpe, retroced&#237;, apagu&#233; la luz, baj&#233; el volumen de mi m&#250;sica. Me hice invisible, inaudible. De ahora en adelante ya no podr&#237;a observarlos con la misma tranquilidad, o m&#225;s bien observarlo a &#233;l, que las m&#225;s de las veces estaba solo, eso era un inconveniente. Pero tambi&#233;n me hizo sonre&#237;r aquello, y le vi una ventaja: pens&#233; que si alg&#250;n d&#237;a o noche me eran tan desolados que ni siquiera las piezas de Mancini infalibles y otras que me producen el mismo efecto lograban levantarme el &#225;nimo, ten&#237;a abierta la posibilidad de intentar buscar compa&#241;&#237;a y baile al otro lado de la Square o plaza, en aquella casa desenfadada y alegre cuyo ocupante se resist&#237;a adem&#225;s a mis deducciones y conjeturas, inhib&#237;a mis facultades interpretativas o se sustra&#237;a a ellas, algo tan infrecuente que le confer&#237;a leve misterio. Esa perspectiva de una visita hipot&#233;tica, ese asidero posible o futuro me llev&#243; a sentirme a&#250;n m&#225;s ligero. Cog&#237; mis prism&#225;ticos del hip&#243;dromo y mir&#233; desde atr&#225;s, desde dentro, a resguardo de los ojos de ellos, se me antoj&#243; que hab&#237;an cambiado de acompa&#241;amiento por c&#243;mo se mov&#237;an ahora (hab&#237;an vuelto a lo suyo, tras mi eclipse y mi espantada), as&#237; que quit&#233; la pieza de mi tocadiscos y fui a sustituirla por una de Sed de mal llamada 'Backgroundfor Murder', nada sombr&#237;a pese a lo que significa el t&#237;tulo, 'Fondo para asesinato'. Pero me equivoqu&#233; al programarla a oscuras o a la sola luz ahorrativa de las farolas lunares, y en su lugar empez&#243; a sonar otra imprevista y totalmente distinta, ya no era jazz sino una pianola, 'Tanas Theme' su nombre, lo vi luego en la contraportada del disco, una m&#250;sica que yo mal recordaba en esa banda sonora y en esa pel&#237;cula (la pel&#237;cula m&#225;s olvidada, deb&#237;a comprarme un reproductor de DVD sin tardanza, apenas ve&#237;a cine all&#237; en Londres), aunque poco a poco, a trav&#233;s de las notas tan parecidas a las de un organillo, se me fue abriendo paso en la niebla la figura de una Marlene Dietrich con el pelo negro, madura, vestida de echadora de cartas o algo por el estilo, interpretando asimismo un papel -a&#250;n m&#225;s inveros&#237;milmente, pero tambi&#233;n uno se lo cre&#237;a- de mexicana o no s&#233;, quiz&#225; de z&#237;ngara ap&#225;trida en la ciudad fronteriza, la tal Tana del tema.

Era una m&#250;sica melanc&#243;lica y poco bailable a solas, m&#250;sica de despedida, y nada ten&#237;a que ver -de hecho era incongruente- con las zancadas y saltos que daban mis vecinos ahora all&#225; a lo lejos, aunque yo los viera de cerca con mis cristales. Dej&#233; sonar la melod&#237;a, sin embargo, me qued&#233; escuch&#225;ndola, los organillos me traen a la memoria siempre mi tiempo de infancia, eran frecuentes en Madrid en aquel tiempo, hoy a&#250;n se ve alguno pero ya no es lo mismo, no son parte natural del paisaje sino un reclamo para turistas, ahora son intencionados; y al o&#237;r ese organillo que qued&#243; programado por accidente en mi tocadiscos, y que se repet&#237;a con su parsimonia una y otra vez, tranquilamente (como si fuera una pianola de veras, cuyo teclado se mueve solo y parece tocado por dedos fantasmas), se me fueron representando im&#225;genes de mis calles de entonces, la de Genova y la de Covarrubias y la de Miguel &#193;ngel, la imagen de cuatro ni&#241;os caminando por esas calles con una criada vieja o con mi joven madre viva (ambas tambi&#233;n ya fantasmas), mis hermanos y yo, los tres chicos y la ni&#241;a, ella cogida de mi mano, a mi lado, ella la m&#225;s peque&#241;a y yo el siguiente desde abajo, sin duda eso nos hab&#237;a unido. 'Parece raro que se trate de la misma vida', pens&#233;.

'Parece raro que yo sea el mismo, aquel ni&#241;o con sus tres hermanos y este hombre aqu&#237; sentado en penumbra, con hijos propios lejanos a los que ya no ve nunca, un poco solo aqu&#237; en Londres.' '&#191;C&#243;mo puedo yo ser el mismo?', se hab&#237;a preguntado Wheeler en el jard&#237;n de su casa a la vera del r&#237;o, justo antes del almuerzo, aquel domingo. &#191;C&#243;mo aquel anciano -se dijo, me dijo- pod&#237;a ser el que estuvo casado con una chica muy joven que se qued&#243; para siempre en eso, porque as&#237; de joven hab&#237;a muerto? Peter hab&#237;a preferido dejar para otro d&#237;a el relato ('C&#243;mo muri&#243; su mujer, de qu&#233; muri&#243;', fue m&#237; pregunta), seguramente para uno que jam&#225;s llegar&#237;a o no en la tierra sino en el Juicio con suerte, si por fin se celebraba: era evidente que le costaba hablar de ello, o no quer&#237;a. Yo a&#250;n s&#237; me reconoc&#237;a, en cambio, en el que se cas&#243; con Luisa, al regreso de la estancia inglesa que ahora hab&#237;a de llamar primera estancia, la boda no fue mucho m&#225;s tarde. Hab&#237;an pasado a&#241;os, pero no tant&#237;simos, y a diferencia de lo que le hab&#237;a ocurrido a Wheeler con su mujer Val o Valerie, Luisa s&#237; me hab&#237;a acompa&#241;ado casi todos los d&#237;as en mi lento envejecimiento, al menos as&#237; hab&#237;a sido hasta mi expulsi&#243;n y destierro. Comprend&#237; que mi ligereza de aquella noche se deb&#237;a tambi&#233;n, m&#225;s que a la m&#250;sica o al impremeditado baile, al conjunto de mi conversaci&#243;n con ella y sobre todo a la parte &#250;ltima, con aquella sospecha m&#237;a optimista, sin fundamento acaso, de que a&#250;n nadie hab&#237;a entrado en su vida, no del todo, ni por tanto se hab&#237;a introducido en mi casa para apoyar la cabeza en mi almohada y ocupar todos mis sitios.

'Quiz&#225; deba conservarlo un tiempo m&#225;s, este empleo, pese a todo, pese a P&#233;rez Nuix, pese a Tupra', pens&#233; cuando empec&#233; a adormecerme, sentado en mi sill&#243;n de nuevo, los prism&#225;ticos sobre los muslos, vestido, casi a oscuras, apaciguado por el organillo o pianola que tocaba su melod&#237;a en adioses interminables (adi&#243;s, gracias; adi&#243;s, donaires; adi&#243;s risas y adi&#243;s agravios), convencido de que por fin tendr&#237;a una noche sin insomnio ni sobresaltos, sin las pesadillas que nos aplastan ni tanto plomo sobre mi alma. 'Ella me lo ha aconsejado, que lo conserve, aunque de este trabajo ella no sabe nada, en verdad nada de nada. No ha sido por lo mensurable, eso no iba en serio, de hecho le mando m&#225;s de lo necesario, eso ha dicho, su honradez es la acostumbrada, no ha cambiado por verse sola. Pero est&#225; bien que est&#233;n a un paso del lujo, tambi&#233;n ha dicho eso, a m&#237; me gusta hacerlo posible, aunque habr&#225; exagerado, y es gracias a este trabajo del que a&#250;n hay por venir, siempre queda, un poco mis y por qu&#233; no seguir, un minuto, la lanza, un segundo, la fiebre, y otro segundo, el sue&#241;o (pero luego siempre vienen el dolor y la espada, y se har&#225;n d&#237;as y semanas y meses y tal vez a&#241;os). Lo que ocurri&#243; anteanoche, lo que vi y o&#237; entonces, empieza ya a enturbi&#225;rseme esta otra noche y se difuminar&#225; sin duda con el transcurrir de los d&#237;as y el caso omiso, nuestra capacidad para omitir es enorme, como la de negaci&#243;n provisional y transitorio olvido, y acabar&#225; quiz&#225; siendo como la mancha de sangre en lo alto de la escalera, que ya no puedo jurar haber visto porque al limpiarla del todo di paso a la duda, por contradictorio que sea esto: si s&#233; que la borr&#233;, c&#243;mo puedo dudar de ella; y sin embargo as&#237; sucede, uno borra o tacha y ya no es, lo borrado o tachado; y al no ser, c&#243;mo estar seguro de que alguna vez fue o nunca ha sido; cuando algo desaparece sin cerco ni rastro, o se pierde alguien sin dejar su cad&#225;ver, entonces cabe dudar de su absoluta existencia, aun de la pasada y atestiguada. Cabe dudar por tanto de la de mi t&#237;o Alfonso, del que s&#243;lo hall&#243; mi madre su foto de muerto que yo guardo ahora, pero no su cuerpo. Cabe dudar de la de Andr&#233;s Nin por tanto, que no se sabe d&#243;nde yace enterrado ni si fue enterrado (acaso en un jardincillo interior del palacio de El Pardo, y all&#237; se conmovieron sus huesos durante treinta y seis a&#241;os, al notar unas pisadas enemigas ociosas sobre su tumba an&#243;nima o m&#225;s bien ignorada). Cabe dudar de la de Valerie Wheeler, que para m&#237; a&#250;n no tiene muerte ni vida si nadie me las ha contado, es s&#243;lo un nombre y podr&#237;a serlo inventado y quiz&#225; mejor que as&#237; fuera (y quiz&#225; por eso su viudo eterno me hab&#237;a hecho la advertencia: "En realidad no deber&#237;a uno contar nunca nada"). Lo que ocurri&#243;, en lo que particip&#233; anteanoche en este pa&#237;s que para m&#237; volver&#225; a ser "el otro" alg&#250;n d&#237;a, se har&#225; cada vez m&#225;s brumoso, irreal, sobre todo si no se repite ni yo lo cuento ni insisto, llegar&#225; entoncesa ser recordado como un mal sue&#241;o a lo sumo, y tras todos los sue&#241;os siempre puede decirse: "Oh no, yo no quise, no era mi intenci&#243;n, no tuve parte y fui ajeno, yo no eleg&#237;, qu&#233; voy a hacerle, si aparecieron esa asquerosidad o esa violencia que yo mismo causo, o que no he impedido". Eso piensa el iluso y esopensamos todos y qui&#233;n no lo ha hecho, de vez en cuando. Pero mientras dura la ilusi&#243;n ya nos vale, y no es cuesti&#243;n de cercenarla antes de hora, sino mejor darle entero su tiempo, para ser cre&#237;da.'

De pronto -o no fue as&#237;, sino que tard&#233; en darme cuenta- vi que estaban apagadas las luces de enfrente, las de los bailarines, sus ventanales cerrados. Hab&#237;an puesto fin a la sesi&#243;n en alg&#250;n momento, mientras yo cabeceaba o me adormilaba al son del 'Tema de Tana', esa pianola no parar&#237;a hasta que yo la obligara con mi mando a distancia, o no acabar&#237;a nunca de despedirse (adi&#243;s, regocijados amigos; que yo me voy muriendo; no os ver&#233; m&#225;s, ni me ver&#233;is vosotros; y adi&#243;s ardor, adi&#243;s recuerdos). No hab&#237;a estado atento a la calle, no me hab&#237;a acercado a la ventana de nuevo para vigilar qui&#233;n sal&#237;a, cu&#225;l de las dos mujeres, si una o ambas o si ninguna, cab&#237;a asomarse ahora y buscar una bici all&#237; estacionada, pero que no la hubiera carecer&#237;a de significado, su due&#241;a pod&#237;a no haberla sacado esa noche, haber venido en autob&#250;s, metro o taxi, lo que se da una vez no tiene por qu&#233; repetirse, aunque tengamos la propensi&#243;n idiota a creer lo contrario, sobre todo si lo que se da nos complace; como tampoco significar&#237;a nada que s&#237; la hubiera, una bici, pod&#237;a ser de cualquier persona. En realidad no me importaba en absoluto, no iba a asomarme a otear la plaza, s&#243;lo me importaba un poco qui&#233;n sal&#237;a o no de mi casa, es decir de la de Luisa y los ni&#241;os en el Madrid lejano, o qui&#233;n entraba o no en ella, y se quedaba; y eso me era imposible verlo, los ojos de la mente no serv&#237;an, no dan para tanto. 'No es asunto m&#237;o, debo hacerme de una vez a la idea', pens&#233;. 'Como no lo es tampoco en qu&#233; emplee Luisa mi innecesario dinero, el que le env&#237;o de sobra sin que me lo pida, ella sabe lo que supone pedir, para las dos partes de las peticiones, as&#237; que ahora que no estamos juntos prefiere aguardar y evit&#225;rselo: como si cae en la tentaci&#243;n de sus conocidas y amigas y decide no correr el riesgo de acabar siendo una paria o una descuidada, no esperar a ma&#241;ana ni a pasado ma&#241;ana para hacerse un tratamiento de lo que quiera si quiere, someterse a sajaduras e implantes o inflarse a grimosas inyecciones de bottox como la se&#241;ora Manoia si eso la contenta, aunque no la veo por esa senda, no a&#250;n, no a la que yo dej&#233; atr&#225;s y he conocido, todav&#237;a no ser&#225; muy distinta, para traicionarse el rostro; en todo caso yo deber&#237;a conservar este empleo, seguir ganando lo que gano ahora y a&#250;n m&#225;s, para sufrag&#225;rselo o para cubrirles cualquier otra necesidad o emergencia m&#225;s serias, aunque a m&#237; ya no me toque intentar protegerla ni intentar contentarla, pero c&#243;mo se quita uno esa tendencia, o es costumbre; c&#243;mo se anula eso, en el pensamiento.'

Suprim&#237; con el bot&#243;n del mando el organillo o pianola, ya era hora, me hab&#237;a excedido, me hab&#237;a expuesto demasiado a las evocaciones, sin aburrirme de o&#237;r lo mismo. Pens&#233; que si me quedaba dormido del todo as&#237;, en el sill&#243;n, vestido, me despertar&#237;a en mitad de la noche oprimido por los sue&#241;os plomizos, anquilosado, sinti&#233;ndome sucio, con fr&#237;o. Pero no tuve la decisi&#243;n suficiente para levantarme y trasladarme a la alcoba y tenderme, por lo menos eso. Y pens&#233; ya sin m&#250;sica, en completo silencio, ahora s&#237; se hab&#237;a hecho tarde, no para Madrid sino para Londres y era all&#237; donde estaba, un habitante m&#225;s de aquella isla grande que era patria para algunos como Bertram Tupra y para m&#237; no lo era, s&#243;lo ese otro pa&#237;s en el que no hay persianas ni apenas cortinas ni contraventanas, y as&#237; se cuela la luna en todas sus habitaciones si est&#225; despejado el cielo, o las farolas lunares si est&#225; cubierto, como si all&#237; hubiera que mantener siempre un ojo abierto al adormecerse: 'Debo hacerme a la idea de que a m&#237; no me toca nada y de que adem&#225;s no soy nada, en aquella casa, en aquellas s&#225;banas que ya no existen porque se rasgaron para hacer tiras o pa&#241;os antes de que estuvieran viejas y adelgazadas, en aquella almohada. S&#243;lo soy una sombra, un vestigio, o ni siquiera. Un susurro af&#225;sico, un olor disipado y fiebre bajada, un rasgu&#241;o sin costra, que se desprendi&#243; hace tiempo. Soy como la tierra bajo la hierba o a&#250;n m&#225;s all&#225;, como la invisible tierra bajo la tierra ya hundida, un muerto por el que no hubo duelo porque no dej&#243; atr&#225;s su cad&#225;ver, un fantasma cuya carne se va ahuyentando y s&#243;lo un nombre para los que vengan luego, que no sabr&#225;n si es inventado. Ser&#233; el cerco de una mancha que se resiste a irse en vano, porque se rasca y se frota sobre la madera a conciencia, y se la limpia a fondo; o como el rastro de sangre que se borra con mucho esfuerzo pero por fin desaparece y se pierde, y as&#237; ya nunca hubo rastro ni la sangre fue vertida. Soy como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para. Nada m&#225;s. O bueno, s&#237;: "D&#233;jalo convertirse en nada, y que lo que fue no haya sido". Ser&#233; eso, lo que fue que ya no ha sido. Es decir, ser&#233; tiempo, lo que jam&#225;s se ha visto, y lo que nunca puede ver nadie'.



IV Sue&#241;o

'Aparte de eso, a m&#237; me parece que es el tiempo la &#250;nica dimensi&#243;n en que pueden hablarse y comunicarse los vivos y los muertos, la &#250;nica que tienen en com&#250;n', esa era la cita exacta, como comprob&#233; en Madrid m&#225;s adelante, que de manera aproximada yo hab&#237;a musitado ante Wheeler en su jard&#237;n junto al r&#237;o, justo despu&#233;s de que &#233;l hubiera dicho: 'El hablar, la lengua, es lo que comparten todos, hasta las v&#237;ctimas con sus verdugos, los amos con sus esclavos y los hombres con sus dioses. Los &#250;nicos que no lo comparten, Jacobo, son los vivos con los muertos'. Nunca la he comprendido bien, esa cita, y Wheeler, que acaso habr&#237;a podido con su saber m&#225;s largo, no me la escuch&#243; o no me quiso hacer caso, o tom&#243; por m&#237;as y desde&#241;&#243; esas frases que no eran m&#237;as sino de otro m&#225;s respetable, eran de un muerto cuando habl&#243; de vivo, las hab&#237;a escrito en 1967 y hab&#237;a muerto en 1993, pero ahora estaba tan muerto como el poeta Marlowe, aunque &#233;ste le llevara una ventaja en la muerte de justo cuatrocientos a&#241;os, lo apu&#241;alaron en 1593, a aquel hijo de zapatero nacido en Canterbury (la ciudad del De&#225;n bandido Hewlett Johnson por cuya extravagante e indirecta causa pudieron fusilar a mi padre mucho antes de mi nacimiento), y que hab&#237;a estudiado en Bene't's College, de Cambridge, en ese precisamente, llamado despu&#233;s Corpus Christi. Tal vez no hablar m&#225;s iguala, tal vez el callar definitivo nivela en seguida y asemeja y une con fuerte y desconocido v&#237;nculo a los ya silenciosos de todos los tiempos, al primero y al &#250;ltimo que al instante ya ser&#225; pen&#250;ltimo, y el tiempo entero se comprime y no se divide ni se distingue ni se distancia porque deja de tener sentido una vez que se acaba -una vez acabado para cada uno el suyo-, por mucho que los que se quedan lo sigan contando, el propio y tambi&#233;n el del abandono de los que se fueron, como si alg&#250;n d&#237;a pudieran &#233;stos remediar su marcha y no estar ya m&#225;s ausentes. 'Hace veintis&#233;is a&#241;os que muri&#243; mi madre', decimos, o 'Va a hacer uno que muri&#243; tu hijo'.

Hablaba m&#225;s o menos de eso quien escribi&#243; esas l&#237;neas cuando las escribi&#243;, era un compatriota m&#237;o, o m&#225;s a&#250;n, un hombre de mi ciudad odiada por tantos y que adem&#225;s vivi&#243; su asedio, un madrile&#241;o. Visitaba en un viaje a Lisboa el cementerio frondoso de Os Prazeres, con sus avenidas formadas por hileras de min&#250;sculos panteones, un mundo reducido y fe&#233;rico de raras casitas bajas y grises, puntiagudas y ornamentales, calladas, pulcras y arcanas -habitadas y deshabitadas-, y se iba fijando en los saloncillos escuetos que a trav&#233;s de una puerta cristalera pueden verse parcialmente en el interior de muchos de esos sepulcros, con 'unas sillas, o dos peque&#241;os sillones tapizados frente a un velador cubierto por un mant&#243;n de encaje donde hay un libro abierto, de lecturas piadosas, la fotograf&#237;a del difunto en un marco de plata, un b&#250;caro con unas flores inmarchitables y, en ocasiones, un cenicero'. En uno de esos saloncitos, 'que quieren ser acogedores', el viajero vio un par de zapatos, unos calcetines y un poco de ropa sucia asomando por debajo de uno de los ata&#250;des; en otro, unos vasos; y en otro, cre&#237;a, un juego de naipes. 'A mi parecer', escribi&#243; mi paisano al respecto, 'semejante d&#233;cor no tiene otro objeto que infundir un car&#225;cter familiar, habitual y confortable a la visita a los muertos, para que &#233;sta no sea muy distinta de la que se hace a los vivos.' Es decir, no vio tal costumbre emparentada con la de los antiguos egipcios, que procuraban que no le faltara al difunto, en su eterno aislamiento decretado y sellado, nada de lo que hubiera disfrutado y apreciado en vida -al difunto importante al menos-, sino que la asociaba, 'm&#225;s que al deseo de hacer grata y casera la permanencia del muerto en la estancia, a la necesidad del vivo de sentirse c&#225;lidamente acogido en aquel lugar'. Y a&#241;ad&#237;a, no pudiendo dejar de ver la grave iron&#237;a: 'Se imagina uno que all&#237; son los vivos los que buscan la compa&#241;&#237;a de los muertos, que, como suger&#237;a Comte, no s&#243;lo son los m&#225;s, sino tambi&#233;n los m&#225;s influyentes y animados'.

Pero lo que estremeci&#243; a ese viajero fue la 'composici&#243;n perfecta' que en una de aquellas c&#225;maras sepulcrales observ&#243; 'con cierta indiscreci&#243;n': adem&#225;s de la peque&#241;a alfombra, los dos silloncitos y el velador con la fotograf&#237;a de familia, el crucifijo y unas flores artificiales, descubri&#243; 'un reloj despertador, de aquellos que se ve&#237;an en las cocinas del tiempo de nuestros padres, redondo, con su campana en casquete esf&#233;rico y dos peque&#241;as bolas por patas'. Todos, &#233;l y sus acompa&#241;antes, aplicaron naturalmente el o&#237;do a la puerta para percibir 'un tictac tan descomunal que era respecto al tic-tac normal lo que el grito es a la voz'. Y fueron esa visi&#243;n y ese comp&#225;s sonoro los que desencadenaron su reflexi&#243;n que culminaba en la cita que yo nunca he comprendido bien y por eso recuerdo y me da que pensar. '&#191;Era', se preguntaba, 'que, como los enterrados vivos de Edgar Poe, trataba de hacer saber al mundo de los vivos el macabro olvido que lo dej&#243; all&#237;? &#191;O era que para hacer llegar la medida del tiempo a aquellos sordos que lo rodeaban, necesitaba ese timbre exagerado?' Y a continuaci&#243;n entraba en la materia fundamental, en la verdadera cuesti&#243;n suscitada por aquel anticuado reloj, en apariencia el m&#225;s in&#250;til y superfluo despertador: '&#191;Y qu&#233; med&#237;a, a la postre? Me pregunto yo', se preguntaba el hombre de mi ciudad; s&#237;, era esa la interrogaci&#243;n principal, 'si ser&#237;a el tiempo que llevaban muertos; o era -la cuenta hacia abajo, como ahora se lleva- el tiempo que faltaba para el juicio final. Si eran las horas de soledad, &#191;contaba las ya pasadas o las que quedaban por pasar? Jam&#225;s reloj alguno -y tan humilde- me pareci&#243; mejor situado, mayor motivo de meditaci&#243;n. Pens&#233;, con cierta sorpresa, que un culto que ha puesto tal acento sobre ese tiempo precario de la espera, no se ha preocupado -hasta aquel que coloc&#243; ese reloj- de conceder al alma el alivio que supone la medida de su congoja; pues si el alma espera la resurrecci&#243;n de la carne, &#191;qu&#233; mejor que el reloj para proporcionarle el c&#243;mputo no tanto del tiempo que todav&#237;a ha de esperar, sino del que ha esperado ya?'. Y era aqu&#237; donde se insertaban o aparec&#237;an las enigm&#225;ticas frases: 'Aparte de eso, a m&#237; me parece que es el tiempo la &#250;nica dimensi&#243;n', ya las he dicho, en su literalidad. Les segu&#237;a a&#250;n algo m&#225;s, pero no serv&#237;a para elucidarlas y en realidad eso no importa mucho, tampoco a Shakespeare se lo comprende a menudo o no cabalmente, y sin embargo abre diez senderos o bocacalles por los que adentrarse y llegar muy lejos cada vez que da met&#225;fora oscura o ambig&#252;edad deslumbrante (los abre si uno sigue mirando y pensando m&#225;s all&#225; de lo necesario, como nos recomendaba mi padre, y se insiste a s&#237; mismo y se dice 'Y qu&#233; m&#225;s', all&#237; donde dir&#237;a uno que ya no puede haber nada); 'en ese sentido', apostillaba el viajero, 'ese inquietante reloj despertador es el &#250;nico deus ex machina que permite la celebraci&#243;n del misterio, en ese saloncito confortable y atufado, del di&#225;logo entre el vivo y el muerto'. Y no hab&#237;a ya m&#225;s comentarios, o bueno, s&#237;: como es preceptivo tras estas incursiones en el tiempo fantasma o en el tiempo muerto, el viajero volv&#237;a un momento al vivo antes de despedir su texto y recordaba c&#243;mo, 'ya saliendo', le hab&#237;a hecho estas dos preguntas a uno de sus acompa&#241;antes (alguien con nombre de personaje de Edgar Poe, por cierto, un tal Valdemar, nada menos): '&#191;Y si suena por las noches? &#191;Y si se rebullen los que all&#237; duermen?'.

Cab&#237;a ahora hac&#233;rselas tambi&#233;n respecto a &#233;l, mi paisano, muerto veintis&#233;is a&#241;os m&#225;s tarde de aquella visita o de aquel escrito, aunque &#233;l no estuviera enterrado en el reducido mundo frondoso de Los Placeres, sino en el cementerio limpio de nuestra ciudad natal, seg&#250;n ten&#237;a entendido, llamado de La Almudena, donde tambi&#233;n est&#225; mi madre desde hace veintis&#233;is a&#241;os distintos, es decir, suyos, de ella. Y cab&#237;a tambi&#233;n preguntarse sobre todos ellos: &#191;y si en vez de permanecer silenciosos hablan entre s&#237; durante la espera, y el fuerte y desconocido v&#237;nculo que los nivela y asemeja y une no es el del definitivo callar sino el del contarse indefinidamente, a lo largo de ese inacabable tiempo que el tozudo reloj mide y mide con su descomunal tic-tac, y sin que suene nunca su exagerado timbre? Tiempo de sobra para relatarse unos a otros cuanto cada sue&#241;o particular recuerda -m&#225;s que cada conciencia-, cuanto hicieron y les sucedi&#243; y dijeron, una vez y otra hasta saberse de memoria todos la historia de los dem&#225;s, esto es, cada uno la de todos y todos la de cada uno. Tiempo suficiente para que cada hombre que pis&#243; la tierra desde su origen y cada mujer que cruz&#243; el mundo hagan conocer al resto su cuento entero, de principio a fin, y el fin consiste en lo que los llev&#243; a la tumba o los expuls&#243; de los vivos, para sumarlos a esta otra compa&#241;&#237;a m&#225;s nutrida e influyente, m&#225;s animada y tal vez m&#225;s dicharachera y bromista, sin duda m&#225;s ociosa y ligera, con menos ansias y responsabilidades. Tiempo, incluso, para aportar datos e inventar historias sobre seres que jam&#225;s han existido y referir hechos que nunca han acontecido, ficciones y fabulaciones y juegos con los que entretener tanta espera, sin caer en las repeticiones. Y as&#237; estar&#237;amos otra vez como de costumbre, sin saber qu&#233; es cierto, o m&#225;s bien qu&#233; ha sucedido.

Y cabr&#237;a preguntarse, entonces, c&#243;mo hablar&#237;an entre s&#237; los muertos de muerte violenta con los muertos que los hubieran matado o con los que hubieran dado la orden de quitarlos de en medio -acaso nunca se habr&#237;an visto-, una vez nivelados todos y asemejados, aunque s&#243;lo en eso y en realidad eso no es nada, el haber muerto, luego tambi&#233;n los difuntos se distinguir&#237;an, nunca menos que los vivos. Y cabr&#237;a preguntarse qu&#233; versi&#243;n contar&#237;an, no ya al Juez que a&#250;n no aparece y al que no se miente, y que quiz&#225; se retrasa tanto porque no lo hay ni lo hubo y ni siquiera va a haberlo, no lo traer&#225; la sugesti&#243;n colectiva, ni la insistencia (o puede ser que no se atreva a enfrentarse con tan inmensa multitud quejosa, si es que no agraviada o a&#250;n peor -burlona-, y as&#237; se aplace a s&#237; mismo hasta ma&#241;ana, siempre ma&#241;ana, ese mal trago al que se comprometi&#243; por soberbia, y lo rehuya infinitamente con invencibles temor o pereza); sino qu&#233; versi&#243;n el uno al otro y los dos al resto, sacrificado y verdugo o instigador y v&#237;ctima, a sabiendas de que el tiempo de ahora, si as&#237; pudiera llam&#225;rselo y hace rato que lo vengo haciendo, ser&#237;a demasiado largo, largo insoportablemente, para que lo que no fue como fue, fuera cre&#237;do.


Me dio tiempo a contestarle s&#243;lo una frase o dos, me dio tiempo a sonre&#237;rme y a que me cruzara un hilo de l&#225;stima, tambi&#233;n a que sus comentarios sobre el hieratismo y agudizaci&#243;n de los rasgos que el bottox provocaba en algunas caras, de divas o terrenales, me hicieran algo de gracia y me llevaran a pensar que hab&#237;a inesperadas fallas en la sandez global de De la Garza; e incluso a que me apeteciera de pronto o&#237;rle un poco m&#225;s, m&#225;s ch&#225;chara y m&#225;s disparates y m&#225;s s&#237;miles chuscos, y aun a preguntarme r&#225;pidamente si me estar&#237;a pasando con &#233;l (salvando largas distancias) algo semejante a lo que le pasaba a Tupra conmigo: yo lo divert&#237;a, se sent&#237;a a gusto en nuestras sesiones de conjetura y examen, en nuestras conversaciones o tan s&#243;lo oy&#233;ndome ('Qu&#233; m&#225;s', me reclamaba. 'Qu&#233; m&#225;s se te ocurre. Dime lo que piensas y qu&#233; m&#225;s has visto').

Todo eso no dur&#243; nada, o es que fue simult&#225;neo y por eso me dio tiempo a todo, o bien lo recuper&#233; y recapitul&#233; m&#225;s tarde, en la pausa de la duermevela o en la persistencia de mi desasosiego, ya en la cama, una vez acabada aquella noche tan extensa y err&#243;nea y desagradable. De la Garza me hab&#237;a ilustrado a su modo sobre aquel producto antes venenoso y posiblemente ahora inocuo, y hab&#237;a soltado algunas impertinencias c&#243;micas sobre sus usuarias o adictas de expresi&#243;n alucinada, lo &#250;ltimo que hab&#237;a dicho era esto: '&#191;No la ves como grillada de cara?', refiri&#233;ndose a quien hab&#237;a llamado 'la ex-mujer del otro que est&#225; con la nuestra', yo le hab&#237;a entendido perfectamente, inconveniente o ventaja del compatriotismo, una mujer alta que adem&#225;s tiene cara de alta, eso ya s&#237; es m&#225;s problema, tener ese tipo de cara, siendo alta o siendo baja. 'Se lo debe meter en los p&#243;mulos y en las patas de gallo, a litros, es como si no pudiera ni cerrar los ojos, lo mismo duerme con ellos abiertos. Y como esta Flavia, joder. Seg&#250;n el &#225;ngulo parece un duende.' All&#237; estaba, hecho un carnaval y con los cordones sueltos que encima eran largos, ser&#237;a f&#225;cil que se le mojaran en un cuarto de ba&#241;o aunque aquel se utilizara poco, siempre h&#250;medos sus suelos. Era milagroso que todav&#237;a no hubiera sufrido un siniestro, sobre todo durante su &#250;ltimo y como pose&#237;do baile, el que le hab&#237;amos interrumpido para salvar a la se&#241;ora Manoia de sus castigos pseudocapilares; y para salvarlo tambi&#233;n a &#233;l de algo peor, seg&#250;n dijo Tupra m&#225;s tarde, en su casa.

Tal vez los duendes duerman con los ojos abiertos, todos ellos. -S&#243;lo se me ocurri&#243; contestarle eso, como preparaci&#243;n de la broma o pulla; la risa me amenazaba, y no quer&#237;a que &#233;l pudiera tom&#225;rsela como un indulto ni un homenaje (tan engre&#237;do el agregado), as&#237; que le busqu&#233;, le improvis&#233; otro cauce-: T&#250; deber&#237;as saberlo, con tu huevo de conocimientos sobre la literatura fant&#225;stica universal, incluida la medieval, Rafael. -Y fing&#237; re&#237;rme por mi salida, en realidad me re&#237;a por sus observaciones salvajes. Sin embargo introduje otro elemento en seguida, para disipar el posible efecto hiriente de mi sarcasmo (luego fueron m&#225;s bien cuatro o cinco las frases que me dio tiempo a decirle)-: Ojo, se te han desatado los cordones. -Y se&#241;al&#233; hacia sus pies con el &#237;ndice.

De la Garza mir&#243; hacia abajo sin cambiar de postura; ahora que se hab&#237;a repuesto del mareo, o del frenes&#237; o el v&#233;rtigo, deb&#237;a de parecerle aproximadamente chic permanecer as&#237;, medio apoyado y medio agarrado a una extra&#241;a barra met&#225;lica cil&#237;ndrica, aunque fuese en un espacio prosaico y sin espectadores (a m&#237; no pod&#237;a considerarme impresionable). Se mir&#243; los zapatos de lejos, con un inexplicable gesto de conmiseraci&#243;n, como si no fueran los suyos sino los de otro -los m&#237;os-, y a continuaci&#243;n no hizo el inmediato movimiento esperable, de agacharse para at&#225;rselos. Ten&#237;a capacidad para sorprender, como todos los imb&#233;ciles may&#250;sculos, y por supuesto para irritar de nuevo en un solo segundo, y borrar de golpe mi risa abierta, mi sonrisa interior, mi condescendencia incipiente y mi delgado hilo de l&#225;stima.

Anda, &#225;tamelos t&#250;, que todav&#237;a estoy un poco borracho para ponerme en cuclillas, a ver si viene de una puta vez tu puto amigo con su puto chalequito y la puta raya que me hab&#233;is prometido. Y casi que me hagas doble nudo, venga, por si acaso. Qu&#233; te cuesta.

Quiz&#225; lo peor fue el estrambote, aquel 'Qu&#233; te cuesta'. Su puerilidad me sac&#243; de quicio, su se&#241;oritismo. La mera idea de que yo pudiera tirarme al suelo de un cuarto de ba&#241;o, por limpio que estuviera o lujoso que fuera, y anudarle los cordones a un inmenso capullo, artificialmente malhablado y que me met&#237;a en l&#237;os sin la menor ganancia (cuatro veces 'puto' o 'puta' son demasiadas en la misma frase, y sonar&#225;n falsas siempre); s&#243;lo que se le ocurriera, y lo sugiriera como algo natural, sin verle pegas ni el cariz ins&#243;lito, algo factible; que lo expresara adem&#225;s como antojo o casi como una orden, y ya me hab&#237;an dado en aquel local chic e idiota unas cuantas, quien me pagaba y pod&#237;a d&#225;rmelas, o no pod&#237;a, o hasta cierto punto; y encima sin estar &#233;l impedido ni tullido ni nada, s&#243;lo que en aquel momento le daba bronca agacharse Hay personas que no tienen l&#237;mite y sorprenden siempre, por avisado que vaya uno, son personas imposibles. No s&#233; qu&#233; le habr&#237;a respondido o qu&#233; habr&#237;a hecho o le habr&#237;a hecho, no lo s&#233; porque a tanto no me dio tiempo; aunque tal vez, pasados los segundos de estupefacci&#243;n iniciales, qui&#233;n sabe, me habr&#237;a re&#237;do m&#225;s todav&#237;a, por su desfachatez descabellada. Pero no me dio tiempo porque entr&#243; Tupra entonces, o Reresby aquella noche. Creo que cuando entr&#243; yo hab&#237;a vuelto a pensar, como mucho, el pensamiento &#250;nico y breve y simple que ya me hab&#237;a llenado la mente al descubrir a la flagelante nuca en medio de la pista r&#225;pida: 'Es que le dar&#237;a de tortas y no acabar&#237;a', deb&#237; de llegar a pensar eso cuando se abri&#243; la puerta.

Habr&#237;an pasado los siete minutos anunciados por Tupra o tal vez diez o quiz&#225; doce, eran varias las cosas de las que se habr&#237;a encargado, recomponer y adecentar a Flavia, conducirla hasta su marido, explicarle algo a &#233;l acaso, disculparse de nuevo por volver a ausentarse y dejarlos solos a ambos, a m&#237; me ten&#237;a en otra zona ocupado, a lo mejor se quedaba &#233;l ahora con el agregado -pero en qu&#233; hablar&#237;an- y me enviaba a m&#237; a la mesa a atenderlos. Vi en seguida, sin embargo -su figura apareci&#243; entera, como si dij&#233;ramos a la vez frente y espalda-, que tra&#237;a su abrigo, no puesto sino echado sobre los hombros como un italiano o un espa&#241;ol fantoche o acaso un eslavo pudiente, y que llevaba otro colgando del brazo, eran dos los abrigos, el suyo claro y otro oscuro, se me ocurri&#243; que &#233;ste era el m&#237;o y as&#237; pens&#233; que nos &#237;bamos, que se hab&#237;a encargado tambi&#233;n de recogerlos antes de acudir a nuestra improvisada y absurda cita en aquel lavabo de inv&#225;lidos, para no entretenernos luego en el guardarropa, a la salida ('Don't linger or delay', quiz&#225; esa era la divisa de Reresby).

&#191;Nos vamos? -le pregunt&#233;.

No me contest&#243; inmediatamente, no tard&#243; tampoco. Le vi sacar algo de un bolsillo y atrancar la puerta con ello, un papel muy doblado, una cufia de madera, un cart&#243;n, no distingu&#237; lo que era en primera instancia, lo hizo en un am&#233;n, como si hubiera trabado mil puertas desde la infancia. Nadie podr&#237;a abrir aquella mientras &#233;l no la liberara, vi c&#243;mo lo comprobaba empujando y tirando con fuerza, fueron dos movimientos seguidos y r&#225;pidos, not&#233; una firmeza y seguridad especiales en cada uno de los que hac&#237;a, y hasta econom&#237;a, en todos ellos.

No, todav&#237;a no se va nadie -dijo entonces.

Parec&#237;a distra&#237;do, o m&#225;s bien a&#250;n ocupado, su actitud era de trabajo. Dej&#243; el abrigo oscuro tumbado sobre una de las barras met&#225;licas, una baja a la altura de nuestras caderas, y el suyo, en cambio, lo colg&#243; de pie de otra m&#225;s alta, se lo quit&#243; de encima como si fuera una capa, aunque la prenda carec&#237;a de vuelo, me pareci&#243; algo pesada y tiesa, como las muy sucias de los mendigos y las almidonadas. Pero ya nadie pone almid&#243;n, y a un abrigo menos. El suyo, adem&#225;s, era manifiestamente caro, flamante, de esosque subrayan la respetabilidad de su due&#241;o y quiz&#225; en exceso la subrayan, casi como para recelar de ella.

Ya era hora -se atrevi&#243; De la Garza a quejarse. Y a&#241;adi&#243; con su espantoso acento en la lengua de Tupra, dirigi&#233;ndose a &#233;l por tanto (era una provocaci&#243;n, era incendiario que se hubiera fijado en el chaleco de &#233;ste y lo escarneciera, dado c&#243;mo iba &#233;l de extremado, quiero decir de afrentoso al ojo)-: It was high time, you know. -En su boca resultaban reconocibles s&#243;lo las frases hechas, precisamente de tan cocidas y hechas, y era de los que a&#241;ad&#237;an 'you know' a todo, eso delata mucho a los que de verdad no saben; por lo dem&#225;s, bien yo estaba enterado, era incapaz de conversar en ingl&#233;s, aquel mastuerzo, se perd&#237;a a la primera subordinada o&#237;da si no antes, y a &#233;l nadie pod&#237;a entenderle que no fuera compatriota suyo, serlo era mi desgracia y no s&#243;lo en ese aspecto. Era como si ya se hubiera olvidado de por qu&#233; estaba all&#237; en realidad, de que lo hab&#237;amos separado de Flavia para evitar que le dejara la cara como un santo sudario, de que estaba en deuda con nosotros y nos hab&#237;a ofendido, por as&#237; decir, en tanto que acompa&#241;antes y guardianes de ella, yo se la hab&#237;a presentado. Es la suerte de los ufanos, jam&#225;s se sienten responsables ni padecen mala conciencia porque son del todo inconscientes e irresponsables, los desconcierta y no se explican cualquier castigo o desaire aunque se los hayan buscado con inquebrantable ah&#237;nco, ellos nunca est&#225;n en falta, y a menudo convencen a los dem&#225;s, como por contagio, de ese convencimiento espont&#225;neo suyo y acaban as&#237; libr&#225;ndose. No estaba seguro de que fuera a pasar eso esta vez. Pens&#233; que a Tupra le sentar&#237;a mal aquel tono exigente, a De la Garza se le hab&#237;a ofrecido una raya, ni siquiera directamente sino por persona interpuesta (por compatriota y por casi int&#233;rprete), y en su feliz mentalidad de fatuo eso era suficiente para permitirse reclamarla siete minutos despu&#233;s, o diez o doce, era como pedir cuentas respecto de un favor o un regalo.

La sensaci&#243;n de peso que me hab&#237;a sobrevenido al levantarme de la mesa y encaminarme hacia los lavabos me aument&#243; en aquel instante; no la hab&#237;a perdido desde entonces, pero ahora se me acentu&#243;, se me hizo m&#225;s oprimente, la traen varias combinaciones, la de sobresalto y prisa, la de hast&#237;o ante la represalia fr&#237;a que nos es forzoso llevar a cabo, la de mansedumbre invencible en una situaci&#243;n de amenaza. Esta tercera mezcla no pod&#237;a darse a&#250;n en Rafita, &#233;l no sent&#237;a amenaza. En m&#237; se daba ahora, en cambio, m&#225;s la segunda que la primera, ya no hab&#237;a sobresalto ni prisa como al ponerme en pie y apartar la silla para ir en su busca y la de Flavia, sino un presentimiento (no llegaba a presciencia) de represalia ya cernida, a duras penas evitable, como si la flecha estuviera en el arco y &#233;ste, aunque con hast&#237;o, se hubiera tensado al m&#225;ximo, bostezante el brazo. Todo aquello segu&#237;a emanando de Tupra pese a ser yo quien lo soportara: el malestar, la ominosidad, la punzada del alfiler y el presagio de una malandanza. S&#237;, Reresby ten&#237;a que ser de los que no avisaban o s&#243;lo cuando ya era in&#250;til, c&#243;mo decir, cuando la advertencia es s&#243;lo parte de la acci&#243;n punitiva que ya se cumple.

Te va a compensar la espera -dijo con afabilidad, a&#250;n no mandaba recado, no verbal al menos. No s&#233; si le entendi&#243; el agregado, pero tanto daba, porque al mismo tiempo Tupra se meti&#243; dos dedos en el bolsillo pectoral de su criticable chaleco y sac&#243; una papelina bien doblada. Con esos mismos dedos, coraz&#243;n e &#237;ndice, se la alcanz&#243; a De la Garza; o no, &#233;l no dio un paso, y tampoco extendi&#243; el brazo, as&#237; que se la mostr&#243; solamente, manteni&#233;ndola en alto as&#237; pinzada, como un adulto que le retiene un segundo a un cr&#237;o el premio que &#233;ste ha ganado, para que fuera el diplom&#225;tico sin diplomacia quien se acercara a cogerla; y Reresby lo invit&#243; a hacerlo-: Help yourself- a&#241;adi&#243;, y esto lo entiende cualquier negado que haya pisado Inglaterra, 'S&#237;rvete'-. No abuses. Tiene que durar toda la noche. -A&#250;n sonaba distra&#237;do, como quien cumple tr&#225;mites o anda todav&#237;a en preparativos. Y aunque el ingl&#233;s no lo indica, entend&#237; que lo tuteaba.

'As&#237; que era verdad, s&#237; que lleva', pens&#233; sin ninguna extra&#241;eza: no ten&#237;a nada de particular, en efecto, que un hombre como &#233;l dispusiera con facilidad de uno o dos gramos y aun de m&#225;s, incluso pod&#237;an provenir de la polic&#237;a, un decomiso; y ni siquiera ten&#237;an que ser para consumo propio, su posesi&#243;n s&#243;lo con vistas a lo que ahora hab&#237;a hecho, utilizar la sustancia como se&#241;uelo o como gratificaci&#243;n simb&#243;lica, ofrecerla para conseguir algo a cambio. 'Comendador la empleaba en su d&#237;a como un buen cebo para cazar t&#237;as', record&#233; de improviso, 'se sub&#237;an a su coche o se iban con &#233;l a su casa y en uno u otro sitio acababa tir&#225;ndoselas, con frecuencia, no siempre, aunque ellas no lo tuvieran previsto en primera instancia, al montarse en el autom&#243;vil. Ese era su l&#233;xico, y siendo tan distintos coincide en parte con el de este imb&#233;cil, tambi&#233;n fue el m&#237;o a veces en otros tiempos m&#225;s j&#243;venes y subjetivos y a&#250;n puede serlo en ocasiones sueltas -ning&#250;n habla se olvida, soy capaz de recuperar cuantas conozco-, cuando una mujer se presta a ser t&#237;a o s&#243;lo est&#225; dispuesta a ser eso y a que se la tire uno sin ambages previos ni posterior y s&#250;bito afecto, o ella a uno, da lo mismo, rara es la que no ha conocido una noche en su vida en la que s&#243;lo le apeteciera interpretar el papel de cruda carne embrutecida, de saqueadora o de despojo, ese matiz es indiferente, hasta Luisa vivi&#243; en su juventud m&#225;s de una, aunque yo ignore el detalle, y hoy podr&#237;a volver a probarlas como lo he hecho yo aqu&#237; algunas veces, qui&#233;n sabe si Luisa esta misma noche, sin ir m&#225;s lejos; y P&#233;rez Nuix debe admitirlas, no est&#225; en edad de haberles puesto todav&#237;a t&#233;rmino, es decir fin temporal o aparente, porque nada es descartado nunca definitivamente. Con su se&#241;uelo Tupra ha conseguido que yo me traiga a este cunt a un lavabo de minusv&#225;lidos, y que lo haya aguantado aqu&#237; diez o doce minutos sin que rechistara, ya tiene m&#233;rito. As&#237; que de momento ha logrado lo que m&#225;s le urg&#237;a, neutralizarlo, que no complique m&#225;s las cosas con la se&#241;ora Manoia y que su Arturo no se preocupe ni sobre todo se encolerice, lo principal es sin duda eso.' Pero ahora le ofrec&#237;a la papelina, me pregunt&#233; qu&#233; m&#225;s le interesaba sacar a cambio, para entreg&#225;rsela, quiz&#225; iba a sobornarlo con ella (le dir&#237;a despu&#233;s: 'Anda, qu&#233;datela') para que desapareciera del todo, para que de aquel lavabo se fuera derecho a la calle sin hacer escalas, pero eso no ser&#237;a posible, tendr&#237;a que recoger o avisar a sus jaraneros amigos, a menos que ya se hubieran largado sin esperarlo, al verlo tan desaforado. Reresby tambi&#233;n hab&#237;a dicho: 'A este mor&#243;n hay que anularlo', lo cual significaba, sensu stricto, convertirlo en nada, y algo parecido a aniquilarlo.

De la Garza se la cogi&#243; de la mano, la papelina bien doblada, tal vez sin estrenar a&#250;n, se ve&#237;a abultada. Ni siquiera dijo 'Thank you s&#243;lo comprob&#243; con el canto de su enjoyado pu&#241;o que la puerta estaba cerrada, esto es, bien atrancada, y entonces se dispuso a prepararse la raya al lado de los varios grifos, sobre la parte plana de m&#225;rmol negro que circundaba la loza c&#243;ncava. Pero cambi&#243; de opini&#243;n nada m&#225;s sacar su cartera (quiz&#225; no se fiaba de la cu&#241;a de Tupra a pesar de todo, no acababa de verla como candado seguro), y se meti&#243; en uno de los gabinetes con ella y con la papelina en la mano; claro est&#225; que no cerr&#243; la portezuela, eso lo habr&#237;amos visto como un agravio, o como posible intenci&#243;n de abusar, al servirse. En mi primera visita acelerada no me hab&#237;a fijado mucho -casi mera inspecci&#243;n ocular en busca de los fugitivos-, y hab&#237;a pasado por alto las tres o cuatro barras que hab&#237;a a la altura de nuestras caderas adem&#225;s de las m&#225;s altas, a la de nuestros hombros; sobre una de aqu&#233;llas reposaba mi abrigo, si es que era el m&#237;o; tampoco hab&#237;a reparado en lo amplios que eran esos gabinetes, s&#243;lo dos pero casi como salitas, todo all&#237; era espacioso, sin duda para facilitarles los movimientos a los discapacitados y permitir a las sillas de ruedas todo tipo de virajes (hasta en seco); igualmente generosa era la iluminaci&#243;n, magn&#237;fica, a buen seguro para evitarles tropiezos, todo estaba impoluto y nuevo, reluciente y hasta acogedor, sin uno solo de los elementos s&#243;rdidos frecuentes en los lavabos p&#250;blicos. En verdad era admirable que lo respetaran los capacitados brit&#225;nicos, que no lo invadieran con total desahogo y lo enfangaran y pusieran perdido, seg&#250;n es norma entre los varones y optativo entre las mujeres. Bueno, ahora est&#225;bamos all&#237; tres a&#250;n capacitados, no s&#243;lo haciendo uso indebido y semidelictivo sino impidiendo la entrada a cualquier leg&#237;timo minusv&#225;lido que pudiera necesitarlo, era una coincidencia improbable; pero dos de los tres intrusos &#233;ramos espa&#241;oles, y con nosotros ya se sabe, o con la mayor&#237;a: basta con que se nos prohiba algo para que nos precipitemos a contravenir las &#243;rdenes, y aun las indicaciones y los ruegos. La idea original, sin embargo, hab&#237;a sido del ingl&#233;s del tr&#237;o, la de reunimos all&#237; o profanar aquel sitio, por mucho que su apellido fuera finland&#233;s o checo, turco o ruso; era un ingl&#233;s cabal y quiz&#225; patriota, y adem&#225;s respond&#237;a por Reresby en aquel lugar, aquella noche. La verdad es que me costaba acordarme, cuando llevaba cambiado el nombre: yo pensaba siempre en Tupra y era eso lo que me ven&#237;a a la lengua, ni siquiera Bertram o Bertie despu&#233;s de que me invitara a tratarlo con esa mayor confianza, e insistiera.

De la Garza baj&#243; la tapa superior del retrete y puso la papelina y la cartera sobre la cisterna a la espalda de aqu&#233;l, pero se detuvo en seguida, cay&#243; en la cuenta de que era blanca, de modo que las traslad&#243; a la tapa, que era de baquelita o algo similar, azul oscuro, pulida y lisa, y se arrodill&#243; delante, casi apoyando las nalgas sobre los talones ('Ah, no le importa ahora a estemacaco', pens&#233; con resquemor; 'hace un momento no quer&#237;a ni agacharse para atarse los cordones y pretend&#237;a que yo le hiciera nudos, y ahora se hinca de rodillas para prepararse y meterse una raya, ojal&#225; se los pise luego y se estrelle; con su cuello har&#237;a un nudo'). Se ech&#243; hacia atr&#225;s su redecilla para que no lo importunara, con un golpe de nuca, como si fuera una melena, le qued&#243; colgando a un lado; sac&#243; de su cartera una tarjeta, vi que era una platinum, deb&#237;a de disponer de buen dinero en sus cuentas habitualmente, o administrar&#237;a fondos de la Embajada, partidas, esa Visa no se la conceden a todo el mundo. Abri&#243; la papelina con cuidado y no mucha soltura, ser&#237;a un consumidor ocasional; con una punta de la tarjeta espolvore&#243; una peque&#241;a cantidad de coca directamente sobre la tapa, al no haber nada a mano que le pudiera hacer de patena o bandeja, el polvo blanco se distingu&#237;a con toda nitidez sobre ella, a diferencia de lo que habr&#237;a ocurrido sobre la loza de la cisterna. Con el pl&#225;stico r&#237;gido lo fue alineando hasta formar una raya, no abus&#243;, incluso devolvi&#243; un poco de lo ya sacado a su envoltorio, que a continuaci&#243;n apart&#243; como con repentino sentido de la propiedad ajena, doblado pero sin cerrar del todo. La Visa no la manejaba con demasiada destreza, reagrupaba y perfilaba la l&#237;nea, yo lo observaba perplejo desde el umbral del gabinete y Tupra se qued&#243; fuera, a mi espalda o eso supuse, a &#233;l no lo miraba, s&#243;lo a Rafita de hinojos (aunque no fuera ducho la operaci&#243;n era breve, o sol&#237;a serlo). No me pareci&#243; muy gruesa ni muy larga, la raya, comparada con las que les hab&#237;a visto a Comendador y a su c&#237;rculo en tiempos, y bueno, tambi&#233;n a otras personas menos nocturnas en diferentes fiestas y en alg&#250;n otro lavabo (sobre todo a finales de los ochenta y en los noventa esto &#250;ltimo, pero no s&#243;lo), incluyendo a un ministro, a un potentado, al presidente de un club de f&#250;tbol, a un juez de severa fama y hasta a sus respectivas y muy ataviadas mujeres de variables crianza, nociones y edad, tanto en Inglaterra como en Espa&#241;a, as&#237; como a un par de actrices y a un par de obispos (por separado: uno cat&#243;lico y otro anglicano, pero ambos de inc&#243;gnito), a una multimillonaria del Opus Dei o de los Legionarios de Cristo, no recuerdo, y m&#225;s recientemente a Dick Dearlove al t&#233;rmino de su cena-cum-celebridades y a algunas de esas celebridades-ad-cena; y en los Estados Unidos, en una ocasi&#243;n, a un jefe del Pent&#225;gono, aunque esto no puedo contarlo, quiero decir qui&#233;n ni d&#243;nde ni las circunstancias; pero fue un mero azar que yo estuviera delante, y adem&#225;s eso acaeci&#243; m&#225;s tarde y entonces a&#250;n no lo hab&#237;a visto (creo que lo que me libr&#243; de una detenci&#243;n all&#237; fue haber contemplado eso, o lo que la invalid&#243; al instante, m&#225;s a&#250;n que el recitado incompleto de la f&#243;rmula Miranda por parte del detective que nos hizo esposar a m&#237; y a ese jefe y a dos mujeres y a otros dos individuos, 'Tiene derecho a guardar silencio': lo cierto es que de no haberlo guardado pod&#237;a haber puesto en un buen aprieto a aquel alt&#237;simo cargo con tanta tropa a su mando).

De la Garza se palp&#243; los pantalones y la chaqueta gigante (los faldones barriendo el suelo) y me mir&#243; sin enfocarme ni volver la cabeza del todo; tem&#237; que fuera a pedirme un billete, era capaz, o a Tupra. 'Si te vas a meter un billete en la nariz, que sea uno tuyo, capullo', me adelant&#233; a pensar con involuntaria rima. Pero por fin se ech&#243; mano a un bolsillo y sac&#243; uno de cinco libras que enroll&#243; r&#225;pidamente -m&#225;s diestro en eso-, para improvisarse el canuto por el que inhalar el polvillo reminiscente de talco. 'Eso es', pens&#233;, 'aqu&#237; huele un poco a talco. Qu&#233; limpios los discapacitados', aunque cada vez m&#225;s dudaba de que en aquella discoteca hubiera entrado ninguno en mucho tiempo, quiz&#225; estaba por estrenar aquel cuarto de ba&#241;o, una mejora reciente. 'O bien no es coca, sino talco, lo que Tupra le ha endilgado', se me ocurri&#243; tambi&#233;n pensar esto. Vi a De la Garza inclinar la cabeza y estirar el cuello hacia adelante, iba ya a esnifar su raya, o por la fosa nasal izquierda la mitad de ella, se tapaba con el &#237;ndice la derecha. 'Parece un condenado antiguo a muerte', pens&#233;, 'que ofrece su nuca vencida, su cuello desnudo al hacha o a la guillotina, la tapa del retrete como toc&#243;n o tajo, y si la tuviera abierta la taza har&#237;a de cesto para que la cabeza cayera dentro lo mismo que un v&#243;mito, en el agua azul, y no rodara.'


Entonces o&#237; la voz de Tupra que me dec&#237;a con autoridad:

Ap&#225;rtate, Jack. -Y a la vez me cogi&#243; por el hombro, con fuerza pero sin brusquedad, y me sac&#243; de all&#237;, me quit&#243; de en medio, quiero decir del umbral del gabinete que casi era como un saloncito, tal vez ten&#237;a el mismo tama&#241;o que los de los panteones min&#250;sculos en el cementerio de Os Prazeres, someramente decorados y pretendidamente acogedores, habitados y deshabitados. 'Stand clear, Jack', fueron sus palabras, o quiz&#225; 'Clear off o 'Step aside', o 'Out of my way, Jack', resulta dif&#237;cil recordar con exactitud lo que luego queda en nada por lo mucho m&#225;s que viene luego, en todo caso lo capt&#233;, cualquiera que fuera la frase, ese fue el sentido y adem&#225;s la acompa&#241;aba el gesto de la mano firme sobre el hombro que se dej&#243; arrastrar, con buena voluntad pod&#237;a entenderse 'Hazte a un lado', con mala 'Fuera de aqu&#237;, Jack, qu&#237;tate de en medio, no te metas ni se te ocurra impedirlo', pero el tono fue m&#225;s de lo primero, fue suave para ser una orden que no admit&#237;a desobediencia ni remoloneo, ninguna dilaci&#243;n en su cumplimiento ni resistencia o cuestionamiento o protesta ni tan siquiera la manifestaci&#243;n del espanto, porque es imposible objetar u oponerse a quien lleva una espada en la mano y la levanta para abatirla, asestar un golpe, dar un tajo, sin que uno haya visto aparecer el arma ni sepa de d&#243;nde ha salido, un filo primitivo, un mango medieval, un pu&#241;o hom&#233;rico, una punta arcaica, el arma blanca m&#225;s innecesaria o m&#225;s re&#241;ida con estos tiempos, m&#225;s a&#250;n que una flecha y m&#225;s que una lanza, un anacronismo, una gratuidad, una extravagancia, una incongruencia tan extrema que provoca p&#225;nico s&#243;lo verla, no ya miedo cerval sino at&#225;vico, como si uno recuperara al instante la noci&#243;n de que es la espada lo que m&#225;s ha matado a lo largo de casi todos los siglos -lo que ha matado de cerca y vi&#233;ndosele la cara al muerto, sin que el asesino o el justiciero o el justo se desprendan ni se separen de ella mientras hacen su estrago y la clavan y cortan y despedazan, todo con el mismo hierro que nunca arrojan sino que conservan y empu&#241;an con cada vez m&#225;s fuerza mientras atraviesan, mutilan, ensartan y hasta desmembran, nunca saco de harina sino siempre saco de carne que cede y se abre bajo esta piel nuestra que no resiste nada, no sirve y todo la hiere, hasta una u&#241;a la rasga, un cuchillo la raja y la desgarra una lanza, y una espada la rompe con el mero roce de su paso en el aire-; de que es lo m&#225;s peligroso y tenaz y temible, porque a diferencia de lo arrojadizo puede repetir el golpe y coser a sablazos y no acabarlos, uno y otro y otro y cada uno peor, m&#225;s sa&#241;udo, no es una flecha o una lanza que alcanzan y a las que no tienen por qu&#233; seguir otras que tambi&#233;n acierten y se hinquen en el mismo cuerpo, pueden ser una y basta, y quiz&#225; hagan una sola brecha o un solo destrozo que puedan curarse si no van untadas con ning&#250;n mal veneno, mientras que la espada entra y sale y entra y taja con insistencia, es capaz de matar al sano y rematar al herido y descuartizar al muerto indefinidamente, hasta la extenuaci&#243;n o ca&#237;da del que la sostenga, que jam&#225;s va a soltarla ni va a perderla, si no es a su vez muerto o se le arranca el brazo; y por eso el gesto de desenvainarla ya obligaba y no era en vano, m&#225;s val&#237;a dejarlo a medias como amenaza o duda o adem&#225;n de alerta o recado visual de estar en guardia, porque una vez la hoja entera en el aire, una vez la punta desembarazada y mirando, eso era ya anuncio seguro de la irremediable sangre.

No hab&#237;a visto desenvainar a Tupra si es que hab&#237;a all&#237; alguna vaina, de pronto ten&#237;a en la mano ya desnudo el acero como por ensalmo, una hoja no muy larga, bestial y afilad&#237;sima en todo caso, bastante menos de un metro sin lugar a dudas, un mango no medieval aunque todos lo parezcan en primera instancia excepto los que son de cazoleta o 'a tazza', quiz&#225; era m&#225;s bien renacentista, me pareci&#243; una espada lansquenete entonces y m&#225;s tarde, al recordarla en mi duermevela o mi insomnio una vez de vuelta en casa, no es que sea experto yo en esas armas, pero en mis d&#237;as docentes hube de traducir en Oxford, entre tanto pasaje presuntuoso y rancio de nulas aplicaciones pr&#225;cticas, uno de Sir Richard Francis Burton -para los libreros de viejo nada m&#225;s 'Captain Burton'-, sobre los diferentes tipos de espada, un pasaje adem&#225;s ilustrado, y se me quedaron ese nombre y la correspondiente imagen as&#237; como algunos otros ('a la Papenheim', por ejemplo), aquella de los lansquenetes era conocida asimismo con un sobrenombre alem&#225;n, 'Katzbalger 'o algo por el estilo, algo que significaba 'destripagatos', modesto cometido ese y con escaso riesgo, o directamente ventajoso y bajo, al fin y al cabo los lansquenetes eran mercenarios germanos de infanter&#237;a, de los que mi pa&#237;s no se priv&#243; sin embargo en los imperiales tercios, acaso la traducci&#243;n absurda hab&#237;a sido del espa&#241;ol al ingl&#233;s y no a la inversa, El cerco de Vienapor Carlos V, de qu&#233; si no me sonaba ese t&#237;tulo del infinito Lope de Vega, de qu&#233; si no me sab&#237;a de memoria yo estos versos (aunque tal vez, no era imposible, de hab&#233;rselos o&#237;do recitar a mi padre, tan aficionado a eso, tanto como Wheeler o m&#225;s, eran casi coet&#225;neos): 'Voyme, espa&#241;ol rayo y fuego y victorioso te dejo. Ya os dejo, campos amenos, de Espa&#241;a me voy temblando; que estos hombres, de ira llenos, son como rayos sin truenos que despedazan callando'. Muy patri&#243;tico y presumido y muy logrado el pasaje, en boca de un invasor que huye, no era el caso en aquel cerco para desbaratar y poner fin a otro, el de los otomanos a Viena al mando de Solim&#225;n el Magn&#237;fico, all&#237; debieron de hervir las 'destripagatos' en manos de los lansquenetes a sueldo, m&#225;s desalmados que furibundos, aparecen en grabados de Durero y Altdorfer, y en ellos se ven asimismo sus armas, esa espada no larga portada en horizontal, unos setenta cent&#237;metros cruzados por encima del vientre, o llevan picas a veces, no muy distintas de las de Breda en Vel&#225;zquez, s&#243;lo habr&#237;a faltado que Tupra hubiera blandido tambi&#233;n una de &#233;stas para infundirnos m&#225;s pavor, desde luego a m&#237; pero sobre todo a su v&#237;ctima, De la Garza contra quien levant&#243; la espada, Reresby la sosten&#237;a con una mano cuando me apart&#243; para pasar y me ech&#243; a un lado, pero la empu&#241;&#243; con ambas para alzarla y soltar el tajo. Vi c&#243;mo se le sub&#237;a el chaleco arrastrado por sus dos brazos en alto, tom&#243; todo el impulso posible, se le vio la camisa a rayas fin&#237;simas, elegantes, p&#225;lidas, sobre el cintur&#243;n, por debajo.

'Lo va a matar', pens&#233;, 'le va a cortar la cabeza, el cuello, no, no puede ser, no va a hacerlo, s&#237;, va a decapitarlo aqu&#237; mismo, a separarle la cabeza del tronco y yo ya no puedo evitarlo porque la hoja va a bajar y es de dos filos, no cabe que le d&#233; s&#243;lo un golpe con el canto, aunque fuera fuerte, para asustarlo, para escarmentarlo, porque no hay tal canto sino doble filo que va a segar en todo caso, De la Garza estar&#225; muerto en seguida y ahora habremos de esperar tiempo infinito hasta volver a verlo entero, de una pieza, hasta el d&#237;a en que por decoro se juntar&#225;n las dos partes en que ya va a convertirse, para acudir a Juicio aseado y no como un monstruo de feria, con la cabeza sobre los hombros y no bajo el brazo como si fuera un bal&#243;n o un globo terr&#225;queo, y all&#237; gritar: "Mor&#237; en Inglaterra, en un cuarto de ba&#241;o p&#250;blico, en un lavabo para minusv&#225;lidos de la vieja ciudad de Londres. Me mat&#243; este hombre con una espada y de m&#237; hizo dos trozos, y este otro estuvo presente, lo vio, no movi&#243; un dedo. Fue en otro pa&#237;s y el que me mat&#243; estaba en el suyo, pero para m&#237; era un extranjero porque eso era &#233;l a mi tierra; en cambio el que asisti&#243; y no hizo nada hablaba mi lengua y ambos &#233;ramos de esa misma tierra, m&#225;s al sur, no tan lejana, aunque hubiera mar por medio. A&#250;n ignoro por qu&#233; fui asesinado, nada grave hab&#237;a hecho, ni para ellos constitu&#237;a peligro. Ten&#237;a media vida o m&#225;s por delante, probablemente habr&#237;a llegado a ministro, o a embajador en Washington por lo menos. No lo vi venir, me qued&#233; sin vida, me qued&#233; sin nada. Fueron como un rayo sin trueno: el uno despedaz&#243;, y el otro anduvo callando". Pero quiz&#225; De la Garza no pueda hablar de esa manera ni siquiera el &#250;ltimo d&#237;a, en &#233;l cada hombre y cada mujer seguir&#225;n siendo los que fueron siempre, el bruto no se har&#225; delicado ni el lac&#243;nico elocuente, el malo no se har&#225; bueno ni el salvaje civilizado, el cruel compasivo ni leal el traicionero. As&#237; que lo m&#225;s probable es que Rafita haga la denuncia a su modo pretencioso y zafio, y chille al Juez esta queja: "La palm&#233; en Inglaterra con una violencia de cojones, oye, vino este t&#237;o y me reban&#243; el pescuezo sobre la tapa de un retrete p&#250;blico para lisiados, &#191;puedes cre&#233;rtelo? Un hijo de la gran puta y de la Gran Breta&#241;a, un cacho cabr&#243;n de cuidado. Fui un pardillo de la hostia, ni me lo ol&#237;, vaya mierda, iba bien bebido y bailado y m&#225;s mareado, ipecacuana no me hac&#237;a falta, estaba a lo m&#237;o y ni me enteraba, pero juro que yo no le hab&#237;a hecho nada, le dio por ah&#237; en plan psic&#243;pata, en plan enigma inexplicable, sac&#243; no s&#233; de d&#243;nde una espada y el muy bestia me guillotin&#243; de un tajo, se debi&#243; de creer Conan el B&#225;rbaro de pronto, o El Cid, o Gladiator, yo qu&#233; s&#233;, el muy grillado, un t&#237;o con chalequito, hay que joderse, encima eso, de repente va y tira de estoque y su fantas&#237;a me cuesta el cuello, la gran putada de mi vida, menuda gracia, como que la vida se me termin&#243; all&#237; mismo. Y el otro ah&#237; mirando como una estatua con cara de pasmo, un t&#237;o de Madrid, no te jode, un paisano, uno del foro, y ni siquiera intent&#243; pararle el brazo, bueno, los dos, porque el muy cabr&#243;n agarr&#243; la tizona con ambas manos para atizarme con toda su fuerza, toma literatura medieval y universal, y casi mejor as&#237;, no te creas, un corte limpio, imag&#237;nate que se me hubiera quedado la cosa a medias, colgando, y yo a&#250;n medio vivo vi&#233;ndolo y d&#225;ndome cuenta de que me mataban por nada. Mor&#237; en Londres, all&#237; mor&#237; en noche de farra, sin llegar a corr&#233;rmela entera, no me dio tiempo a apurarla, me tendieron una trampa. Lo &#250;ltimo que hice fue arrodillarme, fue la leche, nada menos. Y luego se me acab&#243; ya todo". S&#237;, no hay nada que hacer', pens&#233;, 'va a matarlo. Lo m&#225;s r&#225;pido de todo es la voz, ya s&#243;lo puedo gritarle.'

&#161;Tupra!

Grit&#233; su nombre, a m&#225;s no me daba tiempo, ni siquiera a a&#241;adir '&#161;Qu&#233; haces!', o '&#161;Est&#225;s loco!', o '&#161;Detente!' como en las novelas antiguas y en los tebeos, o cualquiera de esas exclamaciones in&#250;tiles ante lo que no es inminente sino que en realidad ha comenzado, ya est&#225; en marcha y es flecha volando. De la Garza lade&#243; la cabeza una fracci&#243;n de segundo -rodar&#237;a como globo terr&#225;queo-, de la misma manera en que lo hab&#237;a hecho poco antes, cuando hab&#237;a estado a punto de pedirme un billete para met&#233;rselo por la nariz enrollado, es decir, sin volver del todo la vista, sin enfocar, sin poder ver m&#225;s que una r&#225;faga turbia de lo que ten&#237;a encima o lo sobrevolaba, pero sin duda s&#237; vio cernirse el acero, de refil&#243;n, de reojo, reconociendo la hoja y el filo y sin reconocerse su reconocimiento, sin dar cr&#233;dito y a la vez d&#225;ndolo, porque el peligro real de muerte se percibe siempre y en &#233;l se cree inmediatamente, aunque al final se quede s&#243;lo en susto de muerte. Como cuando se prolonga en el sue&#241;o una situaci&#243;n de amenaza con riesgo de aniquilaci&#243;n, o una duradera secuencia de persecuci&#243;n y alcance y m&#225;s persecuci&#243;n y alcance, y la conciencia dormida sucumbe al p&#225;nico y al fatalismo y a la vez comprende que algo no va del todo y que la fatalidad no es tan segura, porque el sue&#241;o a&#250;n contin&#250;a sin cesaci&#243;n ni vac&#237;o ni resolverse, y no acaba de caer el golpe que hace ya rato inici&#243; su ca&#237;da: it delays and lingers and dallies and loiters, el golpe, el sablazo, el sue&#241;o, se entretiene y espera y todo es plomo sobre mi alma, se congela y gana tiempo mientras la conciencia pugna por despertarse y salvarnos, por disipar la mala visi&#243;n o quebrarla, y ahuyentar o zanjar el impedido llanto que ansia brotar pero no alcanza.

Le vi la expresi&#243;n de muerto, de quien se da por muerto y se sabe muerto; pero al estar a&#250;n vivo la imagen fue de infinito miedo y de forcejeo, esto &#250;ltimo s&#243;lo mental, quiz&#225; un deseo; de pueril e indisimulado espanto, la boca debi&#243; de sec&#225;rsele instant&#225;neamente, tanto como la palidez le cubri&#243; el rostro como si le hubieran dado un brochazo raudo de pintura blanca sucia o cenicienta o de color enfermo, o le hubieran arrojado harina o acaso talco, fue algo parecido a las nubes veloces cuando ensombrecen los campos y recorre a los reba&#241;os un escalofr&#237;o, o como la mano que extiende la plaga o la que cierra los p&#225;rpados de los difuntos. El labio superior se le levant&#243;, casi se le dobl&#243;, fue un rictus, le dej&#243; al descubierto la enc&#237;a seca y en ella se le enganch&#243; la parte interior del labio al faltar toda saliva, ya no podr&#237;a volver a bajarlo, as&#237; contra&#237;do hasta el fin de los tiempos en una cara atormentada separada del cuerpo, s&#237; baj&#243; la cabeza nada m&#225;s avistar la r&#225;faga turbia de metal en alto, encima de &#233;l y de m&#237;, all&#237; arriba, un doble filo, dos manos, un mango, la aplast&#243; contra la tapa como si quisiera que cediera &#233;sta y desapareciera, y encogi&#243; el cuello instintivamente, hundi&#243; la cabeza entre los hombros como con un espasmo, ese gesto debieron de hacerlo sin querer o queriendo todos los guillotinados de doscientos a&#241;os y los que padecieron el hacha a lo largo de los cien siglos, aun los culpables conformes y los resignados en su inocencia, ese gesto han debido de hacerlo hasta las gallinas y los pavos.

Descendi&#243; la espada a gran velocidad, con gran fuerza, bastar&#237;a aquel tajo para cortar limpiamente y aun llegar a la tapa y astillarla o rajarla, pero Tupra detuvo en seco la hoja en el aire, a un cent&#237;metro o dos de la nuca, la carne, los cart&#237;lagos y la sangre, ten&#237;a control sobre su impulso, sab&#237;a medirlo, quiso frenarlo. 'No lo ha hecho, no ha decapitado', llegu&#233; a pensar con alivio y sin tantas palabras, pero no me dur&#243; un instante, porque en seguida la alz&#243; de nuevo cumpliendo con lo propio y temible de las armas que no se sueltan ni arrojan y que tambi&#233;n son de repetici&#243;n por tanto, luego pueden abatirse una vez y otra, pueden amagar primero y segar despu&#233;s o atravesar sin remedio, un fallo o un arrepentimiento brusco no equivalen a un respiro, a un moment&#225;neo indulto ni a una ef&#237;mera tregua, como s&#237; lo ser&#237;an la lanza lanzada que yerra el blanco o la flecha que se desv&#237;a y se pierde camino al cielo o bien cae plana al suelo, se necesitan unos segundos para sacar otra del carcaj y colocarla en el arco y recuperar el pulso para mejor apuntar y volver a tensar la vara curva sin que se resienta el m&#250;sculo, durante esa m&#237;nima pausa uno puede ponerse a cubierto o empezar a correr zigzagueando, en la esperanza de que apenas le queden ya venablos al nervioso arquero que nos ha ojeado, tres, dos, uno, ninguno. Cada movimiento de Tupra segu&#237;a siendo o era resuelto, no improvisado, deb&#237;a de haberlos conocido o calculado todos antes de entrar en aquel lavabo, incluso en el momento de ordenarme en la pista que me llevara all&#237; al agregado y que esper&#225;ramos los dos su venida con la prometida raya, hab&#237;a sido cumplidor en eso, la hab&#237;a tra&#237;do, si es que no era talco el polvillo ahora esparcido, volado por la cabeza esquiva de De la Garza, ilusamente, pues no ten&#237;a d&#243;nde huir, d&#243;nde esconderse. Pero si Reresby conoc&#237;a sus pasos yo no, y menos a&#250;n De la Garza, as&#237; que no supe c&#243;mo interpretar la media sonrisa -o no lleg&#243;, fue s&#243;lo un cuarto, o ni siquiera, y nada m&#225;s que su expresi&#243;n burlona- que cre&#237; ver en sus labios carnosos un poco africanos o m&#225;s bien hind&#250;es o eran eslavos, cuando detuvo la espada y volvi&#243; a levantarla y as&#237; volvi&#243; a parecer que iba a matarlo, a&#250;n m&#225;s que la primera vez me pareci&#243; que iba a hacerlo, porque cuando una oportunidad se ha gastado queda una menos para salvarse, y las posibilidades se han reducido. Eso es todo, y no al contrario.

Tupra, don't!-Esta vez s&#237; me dio tiempo a a&#241;adir una s&#237;laba, habr&#237;an sido cuatro en mi lengua, '&#161;No lo hagas!', o habr&#237;a bastado con decir '&#161;Tupra, no!', lo vi capaz y lo vi incapaz, ambas cosas, lo cual significaba, pens&#233; mucho m&#225;s tarde en la cama, que en esta ocasi&#243;n no iba a hacerlo pero que s&#237; pose&#237;a la frialdad para hacerlo -o era la crueldad, o era s&#243;lo el metal, o el temple, el car&#225;cter, o la indiferencia, o era algo consustancial a 'lo suyo'- y que quiz&#225; lo hab&#237;a hecho ya con anterioridad, en su juventud y en el pasado lejano, o en su edad adulta y hac&#237;a nada, acaso hac&#237;a meses, semanas o d&#237;as y yo sin saberlo ni imagin&#225;rmelo; posiblemente en otros pa&#237;ses y rindiendo siempre servicio al suyo aunque fuera antes que nada tras el beneficio propio; en sitios remotos en los que un tajo es necesario a veces para sofocar o avivar incendios may&#250;sculos y taponar o abrir grandes boquetes, para remediar o provocar desaguisados preb&#233;licos y calmar o azuzar insurrectos, enga&#241;&#225;ndolos invariablemente. Y qu&#233; era un tajo al lado de esparcir brotes de c&#243;lera, y de malaria, y peste, como hab&#237;a hecho Wheeler tiempo atr&#225;s o eso dec&#237;a, o al lado de una sola insidia que prende y contagia, que se convierte en imparable fuego y calcinaci&#243;n de todo o en epidemia y eliminaci&#243;n de cuantos est&#225;n en medio o tan s&#243;lo cerca y aun en las lindes, de cuantos no pueden irse ni refugiarse, no hay d&#243;nde huir tantas veces ni d&#243;nde esconderse, y ni siquiera hay ala propia para meter debajo la cabeza.

De la Garza hab&#237;a recurrido a ambas, los dos brazos sobre la nuca in&#250;tiles como un paraguas bajo la tempestad marina, y hab&#237;a cerrado los ojos, los ten&#237;a apretados y le temblaban o palpitaban -quiz&#225; le corr&#237;an enloquecidas las pupilas bajo los p&#225;rpados-, deb&#237;a de haberse dado cuenta de la situaci&#243;n aunque no mirara, la espada hab&#237;a descendido brutalmente pero se hab&#237;a parado antes de alcanzar su cuello y ahora volv&#237;a a su posici&#243;n en alto, acaso para rectificar un mil&#237;metro y asegurar la trayectoria, buscarle perpendicularidad a la hoja o apuntar con m&#225;s tino, la amenaza no s&#243;lo permanec&#237;a sino que era a&#250;n mayor (aunque de haberse cumplido a la primera no habr&#237;a habido ya m&#225;s, ni m&#225;s de nada). De la Garza prefiri&#243; no mirar de nuevo hacia ning&#250;n lado, ni siquiera sin enfocar, ni con el rabillo del ojo, ya no quiso ver otra r&#225;faga turbia ni m&#225;s del mundo, su &#250;ltima imagen era un retrete con la tapa bajada y se parecen todos, su cartera encima y su Visa cortante, se supo a&#250;n m&#225;s muerto y por m&#225;s muerto a&#250;n se dio, hab&#237;a dispuesto de unos segundos de conciencia o vida para asustarse m&#225;s y comprender que de verdad le ocurr&#237;a lo que le estaba ocurriendo, que hasta all&#237; hab&#237;a llegado, inesperada e insensatamente, sin causa alguna que &#233;l conociera para tama&#241;a exageraci&#243;n, para aquel alto, o era t&#233;rmino. Pens&#233; que si le hubieran dado unos instantes m&#225;s habr&#237;a sido capaz de dormirse de golpe, all&#237; con la cabeza apoyada, aplastada contra la baquelita aunque como almohada fuera disuasoria y plana, es la &#250;nica forma de escapar del dolor y descansar de la desesperaci&#243;n a veces, una modalidad de narcolepsia, as&#237; lo llaman, pero qui&#233;n no conoce ese sue&#241;o s&#250;bito y extempor&#225;neo, impropio, qui&#233;n no se ha dormido o no ha querido dormirse en medio del miedo o en mitad del llanto, lo mismo que cuando se sienta uno en el sill&#243;n del dentista, o camino del quir&#243;fano trata de anticiparse a la cuidadosa labor del anestesista, el irresistible sue&#241;o como negaci&#243;n &#250;ltima y fuga, so&#241;ar lo que pasa lo convertir&#225; en ficticio.

Tupra sacudi&#243; la espada con tanto br&#237;o que son&#243; como un latigazo en el aire, y esta segunda vez hizo lo mismo con su gran dominio, la detuvo en seco sin que la hoja llegara a entrar en contacto con cuerpo alguno animado ni inanimado, con materia ni carne ni con piel ni objeto, todo sigui&#243; intacto, la cabeza, la tabla, la loza, el cuello, todav&#237;a no cort&#243; ni parti&#243;, no despedaz&#243; ni seg&#243;, no raj&#243; nada. Entonces mantuvo el filo un momento muy cerca del cogote encogido, como si quisiera que De la Garza notara bien su presencia -soplo de acero- y aun se familiarizara con ella antes del golpe definitivo, de la misma manera que al cabo de un rato notamos a nuestra espalda una respiraci&#243;n agitada o unos ojos intensos que nos quieren mal o bien, poco importa eso si son voraces como sierras o hachas o penetrantes como navajas. Como si quisiera que se diera cuenta de que estaba vivo e iba a estar muerto al siguiente instante, en cualquiera de ellos -uno, dos, tres y cuatro; pero a&#250;n no; luego cinco-, y el agregado debi&#243; de pensar, si es que a&#250;n pensaba y no so&#241;aba en el sue&#241;o hundido: 'Que no lo haga, por favor, que dude y siga dudando pero que decida no hacerlo, que levante esa arma absurda y ya no vuelva a bajarla, qu&#233; se creer&#225;, un sarraceno, un vikingo, un mau-mau, un bucanero, que me la aparte, que se la enfunde y la guarde, qu&#233; sentido tiene, y que Deza haga algo, de una puta vez que haga algo, que se la quite, que lo tumbe o que lo convenza, no puede dejar que pase esto, no pasar&#225;, no va a pasarme, a m&#237; no, sigo pensando luego no ha pasado, no transcurre ya el tiempo pero yo sigo pensando, as&#237; que no todo mi tiempo se me ha parado'.

Algo muy parecido debi&#243; de recorrer mi mente, quiz&#225; tambi&#233;n suplicante y adormecida -num-bed-, quiz&#225; por la incredulidad, o entorpecida, aunque yo s&#243;lo fuera testigo o c&#243;mplice involuntario -pero de qu&#233;: a&#250;n de nada- y no estuviera mi cuello en jaque. Intentar arrebatarle una espada a quien amenaza con ella s&#243;lo se le ocurrir&#237;a a un insensato, pod&#237;a volverse contra m&#237; el doble filo, la lansquenete o 'destripagatos', y ser mi cabeza la que corriera peligro y aun acabara rodando por aquel cuarto de ba&#241;o, si bien no hab&#237;a en Tupra el menor signo de enajenaci&#243;n o desquiciamiento, era el mismo de siempre, atento a la maniobra, sereno, alerta, algo met&#243;dico, levemente burl&#243;n, incluso levemente simp&#225;tico en el acto posible de matar a alguien, que es el acto peor e indeciblemente antip&#225;tico. Era improbable que me soltara a m&#237; un tajo, yo iba con &#233;l, trabajaba con &#233;l, hab&#237;amos venido juntos y nos ir&#237;amos juntos, era hombre leal, all&#237; estaba mi abrigo, &#233;l hab&#237;a ido a recog&#233;rmelo y me lo hab&#237;a tra&#237;do, por qu&#233; no se dejaba de truculencias y nos larg&#225;bamos de una vez de aquel sitio infecto, yo no quer&#237;a ver sangre ni a De la Garza descabezado, sin pescuezo, como un pollo, qu&#233; har&#237;amos con el cad&#225;ver y qu&#233; dir&#237;an en la Embajada, se abrir&#237;a una investigaci&#243;n en Espa&#241;a, al fin y al cabo era un diplom&#225;tico pese al indescriptible aspecto, y New Scotland Yard abrir&#237;a la suya, hab&#237;amos sido vistos con &#233;l en la pista, sobre todo yo, y la se&#241;ora Ma-noia. Lo supe con seguridad entonces: Tupra no lo matar&#237;a, porque no iba a meterla a ella en semejante l&#237;o. A menos que no quedara cad&#225;ver, porque nos lo llev&#225;ramos. C&#243;mo.

Are you mad or what? Don't do it! -Esta vez s&#237; me dio tiempo a decir algo m&#225;s, no gran cosa, a decirle eso, '&#191;Te has vuelto loco? &#161;No lo hagas!', el tipo de frases superfluas, ineficaces, pobres, que acuden a nuestra lengua ante lo brutal inesperado, mero contrapunto oral a lo que prescinde ya de todo verbo y es s&#243;lo acci&#243;n violenta, apu&#241;alamiento, paliza, homicidio, asesinato o suicidio, son frases supersticiosas, son comointerjecciones, a m&#237; me salieron esas pese a no apreciar en Tupra rasgo alguno de locura, &#233;l sab&#237;a bien lo que hac&#237;a y no hac&#237;a, en su actitud no vi c&#243;lera ni tan siquiera enfado, a lo sumo fastidio, impaciencia, hartazgo, sin duda reproche aplazado: de esto &#250;ltimo me tocar&#237;a a m&#237; parte, era seguro, yo hab&#237;a sido el nexo con De la Garza aquella noche; a m&#237; me lo hab&#237;a endosado Wheeler, pero eso pertenec&#237;a a otro d&#237;a y s&#243;lo lo de hoy cuenta siempre. M&#225;s bien se trataba de la aplicaci&#243;n de un escarmiento, o el cobro de una deuda, un castigo que ejecutaba o iba a ejecutar en tibio con aquella espada intempestiva, segu&#237;a sin saber de d&#243;nde hab&#237;a salido ni por qu&#233; recurr&#237;a &#233;l a un arma tan desusada y poco pr&#225;ctica -ocupa mucho, casi un engorro-, desconcertante en nuestros d&#237;as. Lo primero lo supe en seguida; lo segundo no hasta m&#225;s tarde, cuando estuvimos ya fuera.

Levant&#243; la lansquenete, la alej&#243; de la nuca rozada, ese era un momento malo y bueno, pod&#237;a preludiar el descenso final, el mort&#237;fero, ser la nueva toma de impulso para el golpeo y la decapitaci&#243;n ya amagados, o bien significar la renuncia, la retirada y la cancelaci&#243;n del susto, la decisi&#243;n de no hacer uso y de dejar toda cabeza unida todav&#237;a a su tronco. Apoy&#243; la parte plana sobre su hombro derecho, como si fuera el fusil de un centinela o de un soldado en el desfile. Fue un gesto de ponderaci&#243;n, meditativo. Mir&#243; hacia abajo verticalmente, hacia De la Garza arrodillado, que no se mov&#237;a m&#225;s all&#225; de unos estremecimientos involuntarios y desagradables como espasmos, deb&#237;a de contener el aliento con el coraz&#243;n desenfrenado, no querr&#237;a hacer nada para inclinar la balanza, no decir, no mirar, no existir, como esosinsectos que se quedan quietos ante el peligro, creyendo poder desaparecer de la vista y aun del olfato, mudar de color abruptamente y confundirse con la piedra o la hoja sobre las que los enemigos los pillaron posados. Entonces Tupra baj&#243; la mano izquierda, cogi&#243; la redecilla de De la Garza y estir&#243; de ella con fuerza, en mala hora se la hab&#237;a puesto. &#201;ste not&#243; el tir&#243;n y apret&#243; m&#225;s los ojos como si quisiera salt&#225;rselos y encogi&#243; a&#250;n m&#225;s el cuello, pero carec&#237;a de caparaz&#243;n, no le era posible esconderlo.

&#191;Que no haga qu&#233;, Jack? -Eso me dijo Reresby sin mirarme, a&#250;n miraba al bulto a sus pies, a su merced, de rodillas ante un retrete-. &#191;Qui&#233;n te ha dicho lo que yo voy a hacer, no voy a hacer? Yo no te lo he anunciado, Jack. Dime, &#191;qu&#233; es exactamente lo que no quieres que haga? -Y a continuaci&#243;n s&#237; alz&#243; los ojos. Me mir&#243; de frente como sol&#237;a mirarlo todo, enfocando con nitidez y a la altura adecuada, que es la del hombre. Y despu&#233;s baj&#243; la espada.


Le cort&#243; la redecilla de un tajo, habr&#237;an bastado una cuchilla, unas tijeras, una navaja suiza para hacer eso, menos filo del que necesitaba un torero para cortarse la coleta cuando se retiraba en la plaza, aunque habr&#237;a resultado m&#225;s lento y no habr&#237;a causado impresi&#243;n al amenazado ni al testigo, ni habr&#237;a sonado como son&#243; el sablazo, no fue como antes, como l&#225;tigo o fusta en el aire, sino como un leve cachete plano o una tenue palma clara o hasta un escupitajo sobre baldosa lanzado, en todo caso fue audible, lo bastante para que De la Garza se llevara autom&#225;ticamente las manos a los o&#237;dos en otro movimiento de protecci&#243;n imaginaria, no debi&#243; de pensar que si pod&#237;a hacer ese gesto es que estaba vivo, sin duda tard&#243; un poco m&#225;s de la cuenta en decirse que hab&#237;a sobrevivido tambi&#233;n a la tercera aproximaci&#243;n, paso o ronda de la tremenda hoja, que &#233;sta no le hab&#237;a cercenado ni abierto ninguna parte del cuerpo, o quiz&#225; es que no se fiaba -y hac&#237;a bien, si as&#237; era- y a&#250;n aguardaba el siguiente golpe, y el otro, y uno m&#225;s, del arma que se retiene y no se arroja; desde luego el segundo lo esper&#233; yo unos segundos, menos que &#233;l, porque vi lo que &#233;l no vio todav&#237;a: el m&#237;nimo tiempo que tard&#243; Tupra en alejarse unos pasos, quedarse con la mano libre y volver sobre ellos, De la Garza permaneci&#243; de piedra, como una extra&#241;a estatua implorante y angustiada, o m&#225;s bien rendida, resignada al sacrificio, espantada, con los ojos cerrados y los o&#237;dos tapados, y as&#237; me record&#243; a Peter Wheeler -pero s&#243;lo en eso- cuando &#233;ste se cubri&#243; de igual modo contra el estruendo del helic&#243;ptero que le pareci&#243; un Sikorsky H-5 y contra los vientos que levantaba, aquella ma&#241;ana de domingo en su jard&#237;n junto al r&#237;o, aquel d&#237;a en que me habl&#243; m&#225;s de Tupra y de su grupo sin nombre al que &#233;l hab&#237;a pertenecido y yo pertenec&#237;a ahora, por esa pertenencia t&#225;cita estaba yo all&#237; aquella noche, en el cuarto de ba&#241;o luminoso y limpio, formando parte del terror de un hombre. El que esa noche era Reresby se apart&#243;, en una mano su espada y en la otra la redecilla cobrada como un escu&#225;lido trofeo, mucho menos que una cabellera, mero andrajo sudado; sali&#243; del gabinete gui&#241;&#225;ndome un ojo -pero no fue un gui&#241;o tranquilizador, lo entend&#237; como si anunciara: 'Hasta aqu&#237; el pre&#225;mbulo'- y se acerc&#243; a su abrigo colgado, ya no tan r&#237;gido en su ca&#237;da, y entonces deduje que por la parte del forro, en la espalda, ten&#237;a un bolsillo interior muy largo y dentro de &#233;l una vaina, porque por all&#237; meti&#243; la lansquenete y su deslizamiento son&#243; met&#225;lico, y de no haber habido funda la punta habr&#237;a rajado el fondo de ese bolsillo estrecho y tan largo, setenta cent&#237;metros por lo menos para la hoja de la Katzbalger y acaso el mango asomaba para facilitar su saque, no pude verlo a las claras, pero por fuerza no cab&#237;a otra deducci&#243;n posible. Respir&#233; muy hondo -o fue m&#225;s que eso- al ver desaparecer aquel hierro mortal, de momento. Que lo hubiera envainado no significaba necesariamente que no recurriera a &#233;l de nuevo -segu&#237;a all&#237; a mano-, y pod&#237;a obedecer a una precauci&#243;n muy propia de Tupra, no dejar un arma as&#237; al alcance del enemigo, inadecuada esta palabra, el pobre agregado fantoche no combat&#237;a, ni siquiera se resist&#237;a; pero si Reresby se hubiera limitado a cruzar la espada sobre la cisterna o a depositarla en el suelo, nadie le habr&#237;a garantizado que en un arranque de desesperaci&#243;n y p&#225;nico De la Garza no se hubiera tirado a ella y la hubiera empu&#241;ado, y entonces qu&#233;, las tornas vueltas, dos filos, f&#225;cil de manejar, poco pesada, siempre hay peligro en el ser m&#225;s insignificante y d&#233;bil, en el m&#225;s cobarde y en el m&#225;s vencido, y a ninguno puede subestim&#225;rselo nunca ni darle oportunidad de rehacerse ni de sobreponerse, de sacar fuerzas de flaqueza ni de hacer acopio de valor suicida, esa era una ense&#241;anza de Tupra y por eso entendi&#243; bien un d&#237;a -le gust&#243;, la anot&#243; mentalmente- esa expresi&#243;n espa&#241;ola que nos define tanto y que yo le descubr&#237; y traduje: 'Quedarse uno tuerto por dejar al otro ciego', tem&#237;a esa actitud como a la peste. Fue de agradecer que no se le ocurriera pedirme a m&#237; que se la sostuviera, la 'destripagatos', no me habr&#237;a hecho gracia encontr&#225;rmela en la mano, esto es, empu&#241;arla, aunque la habr&#237;a cogido y blandido, claro est&#225;, ya puestos. O quiz&#225; es que no se fiaba tampoco del uso que yo pudiera darle, de que en un giro de los acontecimientos no acabara volvi&#233;ndola contra quien no deb&#237;a, nunca supe del todo si cont&#233; con su confianza, eso en realidad nunca se sabe, con respecto a nadie. Ni nadie deber&#237;a ganarse la nuestra, enteramente.

As&#237; que volvi&#243; sobre sus pasos hasta la cabina, con unos guantes puestos que sac&#243; del abrigo, de los bolsillos convencionales -guantes negros, de piel, normales, buenos-, y pas&#243; otra vez a mi lado con la redecilla o despojo en la mano y la derecha libre, su aire segu&#237;a siendo resuelto y pragm&#225;tico y desapasionado, como si lo que tocaba en cada momento estuviera programado y adem&#225;s perteneciera a un programa ya probado. Tambi&#233;n ahora me gui&#241;&#243; el ojo, y no fue tranquilizador tampoco, eran gui&#241;os que no implicaban sonrisa sino mero anuncio o aviso rayanos en &#243;rdenes o instrucciones, esta vez lo entend&#237; como 'Vamos a ello, no ser&#225; largo y estaremos listos'; y por eso me sali&#243; decirle:

Tupra, ya basta, d&#233;jalo estar, qu&#233; vas a hacer ahora, est&#225; medio muerto del susto. -Pero mi tono fue de menor alarma que cuando hab&#237;a gritado su nombre y apenas m&#225;s, porque mi alarma era tambi&#233;n mucho menor, una vez quitado de en medio el filo; tan grande era de hecho mi alivio, y tanto me hab&#237;an remitido de golpe la angustia y el horror y el peso, que casi cualquier cosa que viniera ahora se me antojaba leve, bienvenida, poca. Qu&#233; s&#233; yo, unas bofetadas, unos pu&#241;etazos, hasta alguna patada (en la boca incluida): en comparaci&#243;n con mis certidumbres de hac&#237;a un instante casi me parec&#237;an regalos del cielo, y a decir verdad no me ve&#237;a muy dispuesto a impedirlos; o s&#243;lo con la voz, supongo. Era eso, s&#237;: me sent&#237;a agradecido de que fuera a pegarle, como me imaginaba que har&#237;a, por las enfundadas manos. Nada m&#225;s que a pegarle. No a cortarlo en dos ni a hacerlo trizas ni a desmembrarlo, qu&#233; enorme suerte, qu&#233; alegr&#237;a.

Ser&#225; un minuto. Y recuerda qui&#233;n soy, ya van tres veces.

No comprend&#237; el sentido de esta &#250;ltima frase y adem&#225;s no me dio tiempo a pens&#225;rmelo, ni tampoco a reflexionar sobre mi preocupante sentimiento de gratitud y mi an&#243;mala sensaci&#243;n de menos carga si es que no fue de cuasi criminal ligereza, porque en seguida Tupra se aplic&#243; a la tarea: con diligencia recogi&#243; la papelina de la tapa del retrete, le ajust&#243; la pesta&#241;a y la devolvi&#243; al bolsillo de su chaleco -de su variada colecci&#243;n no olvidar&#233; aquel concreto, color verde sand&#237;a intenso-; luego pill&#243; la Visa con los mismos dos dedos, la guard&#243; en la cartera de De la Garza de donde hab&#237;a salido y se llev&#243; &#233;sta a otro bolsillo, de su chaqueta, junto con el billete hecho canuto. Lo que quedaba de raya, coca&#237;na o talco, lo barri&#243; de un manotazo, vol&#243; el polvillo, cay&#243; al suelo, Rafita ni siquiera hab&#237;a llegado a aspirarla, nunca disfrut&#243; aquella sustancia, tras prepar&#225;rsela. A continuaci&#243;n Tupra le ech&#243; la redecilla al cuello y tir&#243; hacia atr&#225;s, y al instante se puso en cuarentena mi alivio -'Lo va a estrangular, lo va a ahorcar', pens&#233;, 'no, no puede ser, no va a hacerlo'-, antes de darme cuenta de que no era ese el prop&#243;sito -no se la enroll&#243;, no apret&#243; ni le dio vuelta-, sino obligarlo a alzar la cabeza, el agregado continuaba tan pegado a la tapa que le faltaba poco para abrazar la taza; y se habr&#237;a abrazado, yo creo, de no haber preferido mantener las manos sobre los o&#237;dos, hab&#237;a elegido no ver ni o&#237;r nada en la ilusa esperanza de no enterarse as&#237; mucho de lo que le hac&#237;an, cuando el sentido del tacto iba a informarle, el dolor y el da&#241;o se lo dir&#237;an.

Una vez que lo separ&#243; lo bastante, Tupra abri&#243; las dos tapas del retrete y con mucha violencia le hundi&#243; la cabeza en el interior de la taza, el impulso fue tan fuerte que hasta los pies fueron levantados del suelo, vi agitarse en el aire los cordones sueltos de De la Garza, ni &#233;l ni yo hab&#237;amos llegado a anudarlos. No tem&#237;, inicialmente, que el agua depositada en el fondo pudiera ahogarlo, porque el tobog&#225;n se estrechaba como es la norma y no cabr&#237;a all&#237; entera su ancha cara de crecida luna, que sin embargo se daba brutales golpes contra la loza -y se le quedaba algo atorada- cada vez que Tupra volv&#237;a a empuj&#225;rsela tras retir&#225;rsela un poco, y adem&#225;s &#233;ste tir&#243; de la cadena tres o cuatro veces seguidas, el chorro del agua azul era tan potente y tan prolongado que de nuevo me invadi&#243; brevemente la suprema alarma -'Lo va a ahogar, le inundar&#225; los pulmones', pens&#233;, 'no, no puede ser, no va a hacerlo'-, y se me ocurri&#243; que en todo caso bastaban dos dedos de l&#237;quido, un charco, para sumergir boca y nariz y as&#237; conseguir que alguien ya nunca m&#225;s respirara; y que la moment&#225;nea subida del nivel del agua, con cada descarga, le traer&#237;a a Rafita una segura sensaci&#243;n de ahogo, o de atragantamiento al menos; y eso que era el lavabo de los discapacitados: con suerte no habr&#237;a resto de olores f&#233;tidos, con a&#250;n mayor suerte no se habr&#237;a estrenado.

'No quiero ver a Tupra como a Sir Deatb, el Caballero Muerte', pens&#233;, 'con sus fr&#237;os brazos de disciplinado sargento, brioso y atareado siempre; pero as&#237; empiezo ya a verlo, por la insistencia de sus capacidades y por el variado despliegue de sus amenazas, decapitaci&#243;n, estrangulamiento, ahogamiento, ya van tres, cu&#225;ntas m&#225;s quedan, con cu&#225;l va a quedarse a la postre si con alguna se queda, cu&#225;l escoger&#225; para culminar su obra o su quehacer de experto, cu&#225;l ser&#225; ya cumplimiento y hecho y ya no amago ni tentativa.' No lo hund&#237;a en el agua durante mucho rato, a De la Garza, luego tampoco parec&#237;a ser esa la forma definitiva, aunque en cualquier momento pod&#237;a cambiar de idea y tan s&#243;lo le har&#237;a falta dejar pasar los segundos, unos cuantos m&#225;s, unos pocos, esos que tan de prisa transcurren habitualmente que ni reparamos en ellos habitualmente, sobras del tiempo, s&#243;lo hab&#237;a que dejarlos pasar con la cara de mi compatriota pegada al agua -nariz y boca, eso bastaba-, y as&#237; vida o muerte a menudo dependen de los desde&#241;ables segundos que se desperdician o de cent&#237;metros tan escasos que muchas veces se regalan, o se conceden al rival de balde -los que renunci&#243; a recorrer la espada-. 'Dos esbirros me sumergieron cabeza abajo y me ahogaron en una tinaja de tu nauseabundo vino, pobre de m&#237;, pobre Clarence, agarrado por las piernas, que quedaron fuera e intentaron patalear ridiculamente hasta la borrachera &#250;ltima de mi garganta, traicionado y humillado y muerto por la infatigable astucia de tu lengua negra y deforme.' Pero aquello no era vino en barril estancado sino agua azulada que ca&#237;a a chorros, y &#233;l no era George, Duque de Clarence, sino el tarado idiota de De la Garza, y no &#233;ramos nosotros dos esbirros y a&#250;n menos de rey asesino. O quiz&#225; yo s&#237; lo era de Tupra o Reresby, recib&#237;a peque&#241;as &#243;rdenes del primero a diario, y las del segundo, aquella noche, eran m&#225;s grandes y de una &#237;ndole no prevista, distinta de la consentida por la remuneraci&#243;n de mi trabajo, me hab&#237;an sacado de mis cometidos o hab&#237;an forzado mi compromiso, bien que nunca escritos ni estipulados, nunca muy claros. O acaso s&#237; &#233;ramos esbirros ambos aunque yo lo ignorara, del Estado, de la Corona, del MI6, del Ej&#233;rcito, del Foreign Office, del Home Office o de la Armada, pod&#237;a yo estar al servicio de un pa&#237;s extranjero sin darme del todo cuenta, en mi sue&#241;o de extranjer&#237;a, y tal vez de una manera en la que jam&#225;s habr&#237;a aceptado estarlo al del m&#237;o. O pod&#237;amos ser esbirros de Arturo Manoia (seg&#250;n P&#233;rez Nuix nuestros patronos eran variables, en aquellos d&#237;as), y estar all&#237; machacando a Rafita por exigencia suya y para resarcirlo, no sab&#237;a c&#243;mo se hab&#237;a tomado el retorno de su mujer a la mesa con la mejilla cruzada por el sfregio o chirlo, ella hab&#237;a salido a divertirse y bailar y regresaba con una marca, seguro que eso a Manoia no le habr&#237;a hecho ninguna gracia. No cab&#237;a confiar en el maquillaje.

De pronto son&#243; una musiquilla ratonil, raqu&#237;tica, como de tel&#233;fono port&#225;til al que est&#225;n llamando, tard&#233; un poco en reconocer -no era sencillo- los acordes m&#225;s sobados de un famoso y espa&#241;ol&#237;simo pasodoble, deb&#237;a de ser el archimanido 'Suspiros de Espa&#241;a' al que tanto recurren en mi pa&#237;s los novelistas y los cineastas para crear cierta emoci&#243;n de mala ley y barata (los izquierdistas de letrero en la frente lo aprecian tanto como los criptofascistas), una cosa inaguantable, ten&#237;a que ser esa melod&#237;a la que hubiera elegido para su m&#243;vil la pedanter&#237;a racial de De la Garza, pobre De la Garza, hac&#237;a nada yo hab&#237;a pensado 'Es que le dar&#237;a de tortas y no acabar&#237;a', lo hab&#237;a pensado en la pista y tambi&#233;n luego, con lo de los cordones, y acaso alguna otra vez antes; pero eso era un decir, una forma de hablar figurada, en realidad es muy rara la vez en que uno quiere decir literalmente lo que est&#225; diciendo y aun lo que est&#225; pensando (si es un pensamiento lo bastante formulado), casi todas nuestras frases son de hecho metaf&#243;ricas en s&#237; mismas, el lenguaje s&#243;lo es aproximaci&#243;n, tentativa, rodeo, hasta el que usan los m&#225;s brutos y los m&#225;s iletrados, o puede que el m&#225;s metaf&#243;rico justamente sea el de ellos, quiz&#225; s&#243;lo se salven el t&#233;cnico y el cient&#237;fico, y aun as&#237; no siempre (los ge&#243;logos son muy coloristas, por ejemplo). Ahora yo ve&#237;a c&#243;mo le daban de golpes -no de tortas, Tupra todav&#237;a no lohab&#237;a agredido ni una vez con sus manos directamente, ni siquiera con los guantes ya puestos, se le estaban mojando, a la basura ir&#237;an- y estaba muy asustado y conmocionado, no s&#243;lo por desconocer hasta d&#243;nde le har&#237;a da&#241;o, si se convertir&#237;a del todo ante mi vista en Sir Death o en el Sargento Muerte o si se quedar&#237;a nada m&#225;s en Sir Blow, no era poco, en el Caballero Golpe, o en Sir Wound, el Herida, o en Sir Thrashing-en todo caso ya era SirPunishment, el Caballero Castigo-, ninguno era agradable de descubrir en un allegado, y lo era a&#250;n menos contemplar sus actos; sino porque la infinita costumbre de ver violencia en las pantallas, y de que cada pu&#241;etazo y cada patada en ellas suenen como truenos sin rayos o estallidos de dinamita o edificios al desplomarse, nos ha llevado a creer en un car&#225;cter algo venial de la violencia, cuando su naturaleza no es venial nunca, y asistir a ella en la realidad, percibir sus emanaciones de cerca, notarla f&#237;sicamente, palpitante, al lado, oler el inmediato sudor de quien se agita y hace esfuerzo y de quien se encoge y tiene miedo, o&#237;r el crujido de un hueso al desencajarse y el chasquido de un p&#243;mulo roto y el jir&#243;n de la carne al rasgarse, ver trozos y desprendimientos y que nos salpique la sangre, todo eso no es que horrorice, es que pone malo a cualquiera, literalmente enfermo, excepto a los s&#225;dicos y a los habituados, a los que conviven con eso a diario o cada poco tiempo, y, claro est&#225;, a los encargados de ejercerla profesionalmente. Hube de suponer que Tupra pertenecer&#237;a a estos &#250;ltimos, lo hab&#237;a visto tan decidido y ducho, sus movimientos casi rutinarios.

De ello me hab&#237;a hablado una vez mi padre, en una de nuestras conversaciones sobre el pasado o m&#225;s bien sobre el que era suyo y no m&#237;o, el tiempo de la Guerra Civil y del posterior apisonamiento de las personas durante el primer franquismo, el primero que fue tan largo, fue eterno porque tampoco se supo cu&#225;ndo hab&#237;a acabado y adem&#225;s volv&#237;a de tanto en tanto.

'Vuestra generaci&#243;n y las siguientes', me hab&#237;a dicho en esa segunda persona del plural a la que recurr&#237;a a menudo, ten&#237;a bien presente que sus hijos &#233;ramos cuatro, y cuando hablaba con uno era c&#243;mo si se dirigiera a todos las m&#225;s de las veces, o como si confiara en que el interlocutor de turno fuera a transmitir m&#225;s tarde sus palabras a los otros, 'hab&#233;is tenido la suerte de vivir poca violencia real, de que eso haya estado ausente de vuestra existencia diaria, de que si os hab&#233;is encontrado alguna haya sido la excepci&#243;n y no demasiado grave, unos palos en una manifestaci&#243;n o una reyerta en un bar, que siempre tiende a impedirse y no se le da v&#237;a libre ni suele generalizarse; tal vez un asalto, un atraco. Por fortuna, y ojal&#225; os dure eso siempre, no hab&#233;is estado en situaciones en las que no hab&#237;a m&#225;s remedio que contar con ella. Quiero decir que era segura, que uno sab&#237;a que aparecer&#237;a en alg&#250;n momento del d&#237;a y si no de la noche, y que si a lo largo de una jornada por casualidad no la hab&#237;a o uno no se topaba de frente con ella y lo alcanzaba s&#243;lo de o&#237;das -de eso s&#237; que no se libraba nadie, de los relatos y los rumores-, pod&#237;a tener la certeza de que era un regalo que al d&#237;a siguiente no se repetir&#237;a, porque el c&#225;lculo de probabilidades no daba para tanto azar ben&#233;volo. La amenaza era permanente y tambi&#233;n lo era la alerta. Mi habitaci&#243;n qued&#243; destruida una tarde, cay&#243; un ob&#250;s, le dio de lleno, un gran boquete en la pared y el interior arrasado. Yo estaba fuera, hab&#237;a estado all&#237; un rato antes e iba a regresar al poco. Pero pod&#237;a haberme ca&#237;do igual en otro sitio, andando por la calle o yendo en tranv&#237;a, en un caf&#233;, en las dependencias, mientras esperaba a vuestra madre en su portal, en la radio o en un cine. Durante los primeros meses de la Guerra uno ve&#237;a detenciones por doquier, a empellones y a culatazos a veces, o cacer&#237;as en las casas, sacaban y se llevaban a las familias enteras y a quienes estuvieran all&#237; de visita, pod&#237;a uno cruzarse con una persecuci&#243;n o un tiroteo en la esquina menos pensada, y o&#237;a de noche las descargas de los fusilamientos en las afueras, los llamados paseos, o disparos secos y aislados, de los pacos en las azoteas al atardecer o muy de ma&#241;ana, sobre todo los primeros d&#237;as (los francotiradores, ya sabes), o si sonaban de madrugada eran tiros a quemarropa en la sien o en la nuca, junto a las cunetas o no siempre all&#237;, a veceshasta lo ve&#237;a uno si ten&#237;a muy mala pata, ve&#237;a saltar los sesos de alguien arrodillado, no es metaf&#243;rico, o salir masa encef&#225;lica. Lo mejor era seguir, no mirar, alejarse r&#225;pido, no pod&#237;a uno hacer nada, despu&#233;s de verlo, y si lo ve&#237;a s&#243;lo de reojo pod&#237;a darse con un canto en los dientes. Hab&#237;a verdugos que empezaban al anochecer, les daba pereza alejarse si no ten&#237;an coche disponible o andaban cortos de combustible, as&#237; que se met&#237;an en un callej&#243;n con escaso tr&#225;nsito y all&#237; liquidaban, se impacientaban y no eran capaces de esperar a que la ciudad medio durmiese, porque del todo ya nunca volvi&#243; a dormir, durante tres largos a&#241;os de asedio, hambre y fr&#237;o ni tampoco despu&#233;s, a partir del 39 la polic&#237;a de Franco irrump&#237;a en plena noche en las casas, en los mismos a&#241;os en que la Gestapo lo hac&#237;a en el resto de Europa, eran primos hermanos. M&#225;s organizados, muchos fusilamientos los llevaban a cabo directamente en los cementerios, despu&#233;s del cierre o los cerraban al efecto; as&#237; que en algunas zonas se siguieron oyendo descargas en mitad de la noche durante bastante tiempo, tiempo de paz proclamada. No hab&#237;a mucha paz todav&#237;a, o s&#243;lo para los de ese bando, ellos s&#237; dorm&#237;an tranquilos. Nunca me explicar&#233; c&#243;mo pod&#237;an estarlo tanto, con toda aquella matanza. Es m&#225;s. Hab&#237;a algunos decentes, pero la mayor&#237;a estaban ufanos.'

Recuerdo que mi padre hab&#237;a hecho una pausa entonces, o que era pausa lo supe luego. Se hab&#237;a quedado callado, yo me pregunt&#233; si se habr&#237;a olvidado de lo que quer&#237;a hablarme o decirme, no lo cre&#237;a, &#233;l tambi&#233;n sol&#237;a retomar el hilo, o bastaba que yo tirara de &#233;l un poco para que regresara al tejido. Se qued&#243; mirando al frente en el cual no ve&#237;a nada, sus ojos azules y limpios se dirig&#237;an hacia aquella &#233;poca, y &#233;sta s&#237; la discern&#237;an con nitidez sin duda, como si tuvieran la capacidad de observarla con unos prism&#225;ticos sobrenaturales, era una mirada muy semejante a la que le hab&#237;a visto a Peter Wheeler en ocasiones, o en concreto cuando sub&#237; el primer tramo de su escalera para se&#241;alarles a &#233;l y a la se&#241;ora Berry d&#243;nde hab&#237;a encontrado la mancha de sangre nocturna que me hab&#237;a afanado en lavar y para la que ni &#233;l ni ella tuvieron explicaci&#243;n alguna. Era esa mirada que a menudo se les pone a los viejos aunque est&#233;n acompa&#241;ados y hablando animadamente, son ojos mates de dilatado iris que alcanzan muy lejos en direcci&#243;n al pasado, como si en verdad vieran sus due&#241;os f&#237;sicamente con ellos, quiero decir ver los recuerdos. No es una mirada ausente ni ida, sino intensa y concentrada, s&#243;lo que en algo a muy larga distancia. Tambi&#233;n la hab&#237;a advertido en los ojos de dos colores del hermano que conserv&#243; el apellido, Toby Rylands. Quiero decir cada ojo de uno distinto, uno de color aceite y el otro de ceniza p&#225;lida. Uno agudo y casi cruel, de &#225;guila o gato, y el otro de perro o caballo, meditativo y recto. Pero cuando miraban as&#237; se igualaban, por encima de los colores.

'A m&#237; me toc&#243; ver lo de aqu&#237;, lo de Madrid', continu&#243; mi padre, 'y a&#250;n o&#237; m&#225;s de lo que vi, mucho m&#225;s. No s&#233; qu&#233; es peor, si escuchar el relato o presenciar el hecho. Quiz&#225; lo segundo resulta m&#225;s insoportable y espanta m&#225;s en el instante, pero tambi&#233;n es m&#225;s f&#225;cil borrarlo, o enturbiarlo y enga&#241;arse luego al respecto, convencerse de que no se vio lo que s&#237; lleg&#243; a verse. Pensar que uno anticip&#243; con la vista lo que temi&#243; que ocurriera y que al final no sucedi&#243;. El relato es en cambio cosa cerrada e inconfundible, y si es escrito puede volverse a &#233;l y comprobarse; y si es oral pueden volver a cont&#225;rselo a uno, y aunque as&#237; no sea: las palabras son m&#225;s inequ&#237;vocas que los actos, al menos las que uno oye, respecto a los que ve. A veces &#233;stos s&#243;lo son vislumbrados, es como una r&#225;faga de visi&#243;n, no dura nada, un fogonazo que adem&#225;s ciega los ojos, y eso es posible manipularlo despu&#233;s con la memoria, adecentarlo, que en cambio no nos permite demasiada tergiversaci&#243;n de lo o&#237;do, de lo relatado. Claro que relato es mucho decir, y mucho llamarlo, para lo que por ejemplo me alcanz&#243; una ma&#241;ana en el tranv&#237;a, un par de frases dichas al desgaire, a las pocas semanas de estallar la Guerra, las de m&#225;s furia asesina y un descontrol absoluto, mucha gente cedi&#243; e iba llena de ira, y si ten&#237;a armas hac&#237;a lo que quer&#237;a, y aprovechaba el pretexto pol&#237;tico para ajustar cuentas personales y tomar venganzas exageradas. Bueno, ya lo sabes. Lo mismo en las dos zonas: en la nuestra se le puso algo de coto a eso m&#225;s tarde, aunque no el suficiente; en la otra, apenas ninguno durante los tres a&#241;os, ni tampoco luego, con el enemigo ya vencido. Pero tanto me impresion&#243; aquella violencia que me fue referida -en principio no a m&#237; sino a cualquiera que estuviera a tiro, eso es lo tremendo-, que de lo que me acuerdo perfectamente es de por d&#243;nde pasaba el tranv&#237;a en aquel momento, en el momento en que lleg&#243; a mis o&#237;dos. Torc&#237;amos desde Alcal&#225; para entrar en Vel&#225;z-quez, y una mujer que iba sentada en la fila de delante se&#241;al&#243; con el dedo hacia una casa, un piso alto, y le dijo a la otra con la que viajaba: "Mira, ah&#237; viv&#237;an unos ricos que nos los llevamos a todos y les dimos el paseo. Y a un cr&#237;o peque&#241;o que ten&#237;an, lo saqu&#233; de la cuna, lo agarr&#233; por los pies, di unas cuantas vueltas y lo estamp&#233; all&#237; mismo contra la pared. Ni uno dejamos, a la mierda la familia entera". Era una mujer con aspecto algo bruto, pero no m&#225;s que el de tantas otras mil veces vistas en el mercado, en la iglesia o en un sal&#243;n, pobres o adineradas, mal o bien vestidas, sucias o limpias, en todos los ambientes y clases se dan bestiajas, yo las he visto igual de bestias comulgando en misa de doce en San Ferm&#237;n de los Navarros, con abrigos de pieles y joyas caras. Aquella mujer coment&#243; su salvajada con el mismo tono en que pod&#237;a haber dicho: "Mira, ah&#237; serv&#237; una temporada, pero a los pocos meses me largu&#233; sin aviso porque eran inaguantables. Los dej&#233; plantados, con un palmo de narices". Con toda naturalidad. Sin darle excesiva importancia. Con la absoluta sensaci&#243;n de impunidad que hubo en aquellos d&#237;as, le tra&#237;a sin cuidado qui&#233;n la oyera. Con orgullo incluso. Con jactancia al menos. Por supuesto con enorme desprecio hacia sus v&#237;ctimas. Y esperar una nota de remordimiento habr&#237;a sido del todo iluso, claro, de eso no hab&#237;a ni asomo. Me qued&#233; helado y asqueado y me baj&#233; en cuanto pude, para no seguir vi&#233;ndola ni correr el riesgo de o&#237;rle contar m&#225;s haza&#241;as, una o dos paradas antes de la que me conven&#237;a. No dije nada, en aquellos d&#237;as era imposible si quer&#237;a uno salvar el cuello, a uno pod&#237;an detenerlo por cualquier cosa y darle el paseo, aunque fuera republicano; o como a tu t&#237;o Alfonso, que no era nada, un muchacho, y a la chica que iba con &#233;l cuando lo cogieron, que todav&#237;a era menos nada. La mir&#233; de reojo antes de bajarme, una mujer com&#250;n, de facciones bastas pero no feas, joven, aunque no tanto como para suponerle la frecuente inconsciencia de los pocos a&#241;os, tal vez ten&#237;a ya hijos o los tuvo luego. Si sobrevivi&#243; a la Guerra y no fue represaliada (y no lo ser&#237;a por eso que yo o&#237; que hizo, seguro; si acaso, si se signific&#243; en otras cosas m&#225;s rastreables y reconstruibles al t&#233;rmino de la Guerra o si alguien bien situado entonces le tuvo ojeriza y la denunci&#243; sin m&#225;s, o intuitivamente; porque todo lo atroz primero se qued&#243; en el limbo), lo m&#225;s probable es que haya llevado una existencia normal y que no le haya dedicado mucho pensamiento a aquello. Ser&#225; una se&#241;ora como tantas otras, quiz&#225; risue&#241;a, cordial, simp&#225;tica, con nietos por los que se desvivir&#225;, y hasta es posible que haya sido una fervorosa franquista durante toda la dictadura, y que nada de eso le haya creado el menor conflicto. Mucha gente con barbaridades y cr&#237;menes inhumanos a sus espaldas ha vivido as&#237; largos a&#241;os, tranquilamente; aqu&#237;, y en Alemania, en Italia, en Francia, ya sabes que de pronto nadie hab&#237;a sido nazi, ni fascista, ni colaboracionista, y cada uno que lo hab&#237;a sido se convenc&#237;a a conciencia de no haberlo sido, y adem&#225;s se lo explicaba: "Ah no, lo m&#237;o fue diferente", suele ser la frase clave. O bien: "Fue la &#233;poca, quien no la haya vivido no puede entenderlo". Casi nunca es dif&#237;cil salvarse ante la propia conciencia si es eso lo que uno quiere a toda costa, o lo que necesita, y a&#250;n menos si esa conciencia es compartida, si es parte de una mayor, colectiva o incluso masiva, lo cual facilita decirse: "No fui &#250;nico, no fui un monstruo, no fui distinto, no me destaqu&#233;; porque hab&#237;a que sobrevivir y casi todos hicieron lo mismo, o lo habr&#237;an hecho de haber ya nacido". Y a los que son religiosos, precisamente, puede serles m&#225;s f&#225;cil que a nadie, no digamos a los cat&#243;licos, ah&#237; est&#225;n los curas para limpiarlos en su territorio sublime, en el m&#225;s &#237;ntimo, y los de aqu&#237;, no te quepa duda, estuvieron m&#225;s dispuestos que nunca a absolver, a relativizar y justificar cualquier canallada o ensa&#241;amiento de sus protectores y camaradas, ten en cuenta que ellos tambi&#233;n fueron beligerantes, y los alentaron. Y en fin, todo eso ayuda, pero ni siquiera hace falta. Las personas tienen una capacidad incre&#237;ble para olvidar voluntariamente lo por ellas infligido, para borrar su pasado sangriento no ya ante los otros -ah&#237; la capacidad es infinita, ilimitada-, sino ante s&#237; mismas. Para persuadirse de que las cosas fueron distintas de como fueron, de que ellas no hicieron lo que claro que hicieron, o de que no tuvo lugar lo que s&#237; lo tuvo, y con su imprescindible concurso. La mayor&#237;a somos maestros en el arte de adornar nuestras biograf&#237;as, o de suavizarlas, y en verdad asombra lo sencillo que resulta desterrar pensamientos y sepultar recuerdos, y ver lo pasado s&#243;rdido o criminal como un mero sue&#241;o de cuya intensa realidad nos zafamos a medida que avanza el d&#237;a, es decir, a medida que nuestra vida sigue. Y yo, sin embargo, al cabo de tant&#237;simos a&#241;os, cada vez que paso por la esquina de Alcal&#225; con Vel&#225;zquez no puedo evitar mirar hacia arriba, un cuarto piso, hacia aquella casa que la mujer se&#241;al&#243; con el dedo una ma&#241;ana de 1936 desde el tranv&#237;a, y acordarme de aquel ni&#241;o peque&#241;o muerto, aunque para m&#237; no tenga rostro ni nombre y nunca haya sabido de &#233;l m&#225;s que eso, un par de frases siniestras que el azar trajo a mi o&#237;do.'


Mi padre volvi&#243; a quedarse en silencio, y ahora tuve algo que decir durante su pausa. El azul de sus ojos parec&#237;a intensificado. Dije, de hecho, lo que ya ven&#237;a pensando, desde hac&#237;a poco:

'Puede que a partir de ahora yo tambi&#233;n mire hacia esas casas, aunque no sepa exactamente de cu&#225;l se trata, cuando pase por esa esquina. Ahora que te he o&#237;do el relato'.

Hizo un adem&#225;n con la mano en el aire, o m&#225;s bien con tres dedos, &#237;ndice y coraz&#243;n y el pulgar acompa&#241;&#225;ndolos por mimetismo con leve retraso, como si yo hubiera tocado una cuesti&#243;n ya muy vieja, hac&#237;a tiempo debatida y zanjada. Casi como si la alejara o la desechara, por irremediable.

'S&#237;, ya lo s&#233;, quiz&#225; no se deber&#237;a contar nunca nada', me contest&#243;. 'Quiero decir nada malo. Cuando empezasteis a nacer, vuestra madre y yo nos lo planteamos: &#191;c&#243;mo &#237;bamos a contaros lo que hab&#237;a pasado aqu&#237; mismo, donde viv&#237;ais, tan s&#243;lo quince, veinte a&#241;os antes de que vinierais al mundo, o incluso m&#225;s en el caso de tu hermana? Aquello no nos parec&#237;a contable a unos ni&#241;os, menos a&#250;n explicable, esto no lo era ni para nosotros mismos, que hab&#237;amos asistido a ello desde el principio hasta el fin. Para nuestra capacidad de olvido no era mucho tiempo, y adem&#225;s todo permaneci&#243; en carne viva m&#225;s de la cuenta, ya se encargaba el r&#233;gimen de que as&#237; fuera. No se hizo limpieza mental, nunca, ni nada por aplacar los &#225;nimos, su falta de generosidad fue constante y, como todo lo dem&#225;s, totalitaria, porque se dio en todos los &#243;rdenes y en todos los &#225;mbitos de la vida, hasta en lo intangible. Yo le dej&#233; la decisi&#243;n a ella, a vuestra madre, que estaba m&#225;s que yo con vosotros; siempre fuisteis m&#225;s suyos que m&#237;os, y por eso me da tanta l&#225;stima que haya acabado conoci&#233;ndoos mucho menos que yo, durante menos a&#241;os y con edades solamente juveniles, c&#243;mo decir, m&#225;s inacabados de lo que lo est&#225;is ahora, aunque todav&#237;a lo est&#233;is bastante y t&#250; el que m&#225;s, no es por nada. Y a vuestros hijos, que ni siquiera los viera. A m&#237; me pareci&#243; siempre bien su criterio. Ella cre&#237;a que no deb&#237;ais sentiros nunca amenazados, preocupados personalmente, temerosos por vosotros mismos, por que os pasara algo terrible. Inseguros de vuestra cotidianidad y de vuestro paso. Deb&#237;ais sentiros en conjunto protegidos y a salvo. Pero tampoco juzgaba prudente ni favorable que ignorarais lo que es el mundo, lo que puede llegar a ser o lo que ha sido. Pensaba que si sab&#237;ais poco a poco, sin truculencias ni detalles feos e innecesarios, y sin sentiros por ello directamente en peligro, estar&#237;ais prevenidos y mejor preparados y contar&#237;ais con m&#225;s recursos. Y tambi&#233;n depend&#237;a, claro, de lo que preguntarais. Siempre tuvo mucha aversi&#243;n a mentiros. Quiero decir cabalmente, a deciros que no era verdad lo que s&#237; lo era. Pod&#237;a atenuarla o disfrazarla un poco, la verdad, pero no neg&#225;rosla. No s&#233; yo ahora, hay esa tendencia a encerrar a los ni&#241;os en una burbuja de felicidad entontecedora y sosiego falso, a no ponerlos en contacto ni siquiera con lo inquietante, y a evitar que conozcan el miedo y hasta que sepan de su existencia, creo que circulan por ah&#237;, que hay quienes les dan a leer o les leen versiones censuradas, ama&#241;adas o edulcoradas de los cuentos cl&#225;sicos de Grimm y de Perrault y Andersen, desprovistas de lo tenebroso y cruel, de lo amenazador y siniestro, a lo mejor hasta de los disgustos y los enga&#241;os. Una estupidez descomunal desde mi punto de vista. Padres &#241;o&#241;os. Educadores irresponsables. Yo eso lo considerar&#237;a un delito, por desamparo y por omisi&#243;n de ayuda. Porque a los ni&#241;os los protege mucho percibir el miedo ajeno, y as&#237; concebirlo con serenidad, desde su seguridad de fondo; experimentarlo vicariamente, a trav&#233;s de otros, sobre todo por personajes de ficci&#243;n interpuestos, como un contagio de corta duraci&#243;n, y adem&#225;s s&#243;lo prestado, y no tanto como fingido. Imaginarse algo es empezar a resistirlo, y eso es tambi&#233;n aplicable a lo ya sucedido: uno resiste mejor las desgracias si despu&#233;s logra imaginarlas, despu&#233;s de haberlas sufrido. Y claro, el recurso m&#225;s com&#250;n de la gente para eso es relatarlas. En fin. No es que yo crea que todo puede ni debe contarse, ni mucho menos. Pero tampoco es admisible falsear en exceso el mundo y lanzar a &#233;l idiotas y p&#225;nfilos a los que jam&#225;s se ha contrariado ni se ha permitido la menor zozobra. A lo largo de mi vida yo he procurado medir lo que pod&#237;a contarse, antes de contar algo. A qui&#233;n, c&#243;mo y cu&#225;ndo. Hay que pararse a pensar en qu&#233; fase o momento de su vida est&#225; el que escucha, y tener presente que lo que uno le cuente lo sabr&#225; ya para siempre. Lo incorporar&#225; a su conocimiento como yo incorpor&#233; aquella matanza concreta de la que me enter&#233; en un tranv&#237;a, y eso que era una m&#225;s de tantas. Pero no me he deshecho de ese conocimiento, ya ves, como tampoco me deshice nunca de otro relato de la Guerra que, por ejemplo, mira, no se me ocurri&#243; contarle a vuestra madre entonces, aunque ella estuviera curada de espantos y el d&#237;a que lo escuch&#233; yo volviera muy revuelto a casa. Pero para qu&#233;, pens&#233;, para qu&#233; angustiarla con algo m&#225;s, ahora que la Guerra ha terminado, ya se me pasar&#225;, ya lo olvidar&#233; yo solo sin compartir ni trasladarle la carga. Y se me pas&#243; poco a poco, porque casi todo se pasa. Pero no se me ha olvidado, eso era mucho esperar, c&#243;mo pod&#237;a. El regalo me lo hizo un notorio escritor falangista que luego dej&#243; de ser lo segundo, como casi todos, y en los &#250;ltimos a&#241;os de Franco, y no digamos despu&#233;s de su muerte, a&#250;n tuvo suficiente cuajo para d&#225;rselas de izquierdista veterano, qu&#233; te parece, y la gente se lo tragaba. Gente no ignorante, gente de prensa y de pol&#237;tica. As&#237; siempre fue celebrado, bajo los dos colores, con la superficialidad &#233;tica caracter&#237;stica de Espa&#241;a.'

Se detuvo un instante, pero esta vez no recordaba con particular intensidad ni viveza, sino que pensaba, o vacilaba, o incluso se mord&#237;a la lengua. Se hab&#237;a frenado.

'No puede parecerme nada', aprovech&#233; para decirle, 'si no s&#233; de qui&#233;n se trata ni me cuentas la historia. &#191;Qu&#233; relato fue ese? &#191;Qui&#233;n era?'

'Acabas de reprocharme que te haya contado lo de aquel tranv&#237;a', me contest&#243;, y cre&#237; notarlo una pizca ofendido. 'No s&#233; si debo seguir hablando.' Y son&#243; como si me pidiera permiso. Son&#243; extra&#241;o.

'No exactamente. No era ning&#250;n reproche, qu&#233; absurdo. Eso ser&#237;a como reprochar a los historiadores que escriban lo que averiguan o lo que conocen de primera mano. Nos pasamos la vida ampliando el cat&#225;logo de horrores habidos, no cesan de descubrirse, de salir a la superficie. Que yo te lo oiga contar a ti no me puede hacer el mismo efecto que te hizo a ti o&#237;rselo a aquella mujer. Lo contaba quien lo hab&#237;a hecho, y con alardeo. Y entonces acababa de suceder. A&#250;n estaba sucediendo, aqu&#237; y en todas partes, es muy distinto. No te preocupes. Puedes contarme cualquier cosa, ninguna ser&#225; peor que muchas de las que leo, o que las que vemos en la televisi&#243;n todos los d&#237;as. No te me conviertas t&#250; ahora de repente en padre &#241;o&#241;o, a estas alturas. S&#243;lo faltar&#237;a eso. Y adem&#225;s, tendr&#237;a que denunciarte. Acusarte de desamparo y, c&#243;mo has dicho, de omisi&#243;n de ayuda.'

Se ri&#243; un poco, le hizo gracia que desarmara sus improvisados reparos con sus propios argumentos y t&#233;rminos, acababa de utilizarlos. Pero no pudo dejar de dedicarme un plural, antes de proseguir: incluirnos a los cuatro hermanos era tambi&#233;n una manera de moderar la reprensi&#243;n a uno solo.

'Mira que sois majaderos a veces', dijo. Y luego ya volvi&#243; a singularizarme. 'Bueno. No te voy a decir qui&#233;n fue, su nombre. No puedo estar seguro de que si lo sabes t&#250; vayas a call&#225;rtelo, como he hecho yo siempre. Desde tu punto de vista no tendr&#237;as por qu&#233;. No te sentir&#237;as obligado, ni aunque yo te lo pidiera, y prefiero no arriesgarme, Jacobo. No es por consideraci&#243;n hacia &#233;l, porque lo &#250;nico que le he tenido ha sido desprecio y rencor desde que le o&#237; contar aquello. O bueno, m&#225;s que eso: asco, y una tremenda aversi&#243;n. Ansias de venganza supongo que no, m&#225;s que nada por lo mucho que consumen las ansias de lo que no puede cumplirse, yo era un represaliado y &#233;l un vencedor con influencias, imag&#237;nate. Pero mira que durante cincuenta a&#241;os no par&#243; de publicar libros, y de recibir premios y ser jaleado y salir en la prensa y en la televisi&#243;n, y yo creo que durante la mitad de ellos o m&#225;s no le le&#237; ni una l&#237;nea, y pas&#233; r&#225;pidamente la p&#225;gina de cualquier peri&#243;dico en la que apareciera una entrevista con &#233;l, o una rese&#241;a de una obra suya, no pod&#237;a soportar ver su cara ni su nombre impreso. M&#225;s tarde s&#237;: me entr&#243; la curiosidad de ver de qu&#233; era capaz, hasta d&#243;nde pod&#237;a llegar en la biograf&#237;a-ficci&#243;n que empez&#243; a fabricarse p&#250;blicamente, sin el menor sonrojo. Y, sobre todo, sucedi&#243; que por azar, por trabajo, conoc&#237; a su mujer y la trat&#233;. Ella era una persona buen&#237;sima, y muy alegre, que sin lugar a dudas ignoraba los aspectos m&#225;s repulsivos de su marido, o los hechos m&#225;s repulsivos de su actuaci&#243;n en la Guerra. Era bastante m&#225;s joven que &#233;l, diez o doce a&#241;os, debieron de casarse hacia 1950, &#233;l ya un poco tard&#237;amente para la &#233;poca, con los treinta y cinco cumplidos o m&#225;s. Y ella no s&#243;lo era buen&#237;sima, y alegre, y competente, sino que en una ocasi&#243;n se port&#243; muy bien con nosotros, y con vuestra madre en particular. No viene al caso. Pero yo le guardo una enorme gratitud, y mi consideraci&#243;n ha sido siempre hacia ella, no hacia &#233;l.'

'&#191;Vive a&#250;n? &#191;Viven a&#250;n?', le pregunt&#233;.

'No. &#201;l muri&#243; hace unos a&#241;os, y ella lo sigui&#243; no mucho despu&#233;s.'

'&#191;Y entonces?' Lo que quer&#237;a decir era '&#191;A qu&#233; viene entonces mantener la consideraci&#243;n y el silencio?', y mi padre lo entendi&#243;.

'Andan por ah&#237; las hijas, eran dos ni&#241;as muy monas, muy graciosas, las vi una vez o dos. Y tambi&#233;n eran las hijas de ella, lo son, no s&#243;lo del hombre importante. Bueno, importante mientras vivi&#243; y pudo defender su sitio, y bien que se vali&#243; de todos los medios. Pero han pasado muy pocos a&#241;os y ya apenas si se habla de &#233;l, y su recuerdo menguar&#225; todav&#237;a m&#225;s, una figura inflada. Pero yo no les dar&#237;a un disgusto as&#237; a las hijas de ella, a las que quer&#237;a casi tanto como al marido infame, se desviv&#237;a por ellas y sobre todo por &#233;l, uno de esos amores fijos que no disminuyen ni se ven cuestionados, ni por el tiempo ni por las infidelidades, est&#225;n por encima de eso (infidelidades veniales, &#233;l tambi&#233;n la quer&#237;a mucho a su modo ego&#237;sta y frivolo y no habr&#237;a podido estar sin ella; hasta en eso tuvo suerte, en morirse antes). No, yo nunca les traer&#237;a tal verg&#252;enza a sus ni&#241;as. Y aunque no hubieran existido. Tampoco se la traer&#237;a p&#243;stumamente a alguien tan afectuoso y compasivo. Me parece que para vuestra generaci&#243;n y las m&#225;s nuevas no importa mucho el buen o el mal nombre de los muertos, pero para nosotros s&#237;. Por lo dem&#225;s, seguramente alguien acabar&#225; divulg&#225;ndolo un d&#237;a, al tratarse de un personaje p&#250;blico, y vete a saber, a lo mejor a todo el mundo le trae sin cuidado entonces y no se ve como ignominia, ni como mancha siquiera, y sus apologistas lo pasan por alto como si fuera algo anecd&#243;tico: este pa&#237;s no es s&#243;lo superficial, es arbitrario y muy parcial, y cuando otorga a alguien bula rara vez se la retira. Pero no ser&#233; yo quien lo cuente, ni se sabr&#225; por una imprudencia m&#237;a contigo, no ser&#225; por descuido m&#237;o ni a trav&#233;s de m&#237;. Aunque la mayor&#237;a ya habr&#225;n muerto, cuando yose lo o&#237; relatar est&#225;bamos presentes cinco, y seguro que no fue esa la &#250;nica vez que lo solt&#243; tan ancho, as&#237; que la historia la conocer&#225;n unos cuantos (lo mismo quedamos ya pocos vivos). Pero no me extra&#241;ar&#237;a nada que s&#237; hubiera sido la &#250;ltima, esa vez, y que a partir de aquel aperitivo procurara call&#225;rsela, y hasta iniciara el proceso de la minuciosa ocultaci&#243;n posterior. Es muy probable.'

'&#191;Aperitivo? Qu&#233; fue lo que cont&#243;', le pregunt&#233; sin subrayar el tono interrogativo. Me di cuenta de que ya iba queriendo saberlo, pese a que por lo general no sonsacaba a mi padre as&#237; tuviera curiosidades, le dejaba en paz los recuerdos si &#233;l no los convocaba por su cuenta y su voluntad. Y tambi&#233;n pese a haberle mentido un poco y haberme mentido de paso otro poco a m&#237;, moment&#225;neamente: no era verdad que &#233;l pudiera contarme cualquier cosa, quiero decir sin consecuencias para mi &#225;nimo o mi pesadumbre, ni que lo ingrato que relataran sus labios fuera m&#225;s soportable o menos malo de saber que las peores atrocidades le&#237;das en los libros de Historia o que las contempor&#225;neas vistas en televisi&#243;n. Lo que &#233;l contaba no s&#243;lo era tan real y ver&#237;dico como el cerco de Viena en 1529 o la espantosa ca&#237;da de Constantinopla ante los turcos infieles en 1453; como la matanza en Gall&#237;poli de los compatriotas de Wheeler y las tres batallas o carnicer&#237;as de Ypres durante la Primera Guerra Mundial; como el arrasamiento de la aldea de Lidice y los bombardeos de Hamburgo y Coventry y Colonia y Londres durante la Segunda; sino que adem&#225;s hab&#237;a ocurrido aqu&#237;, en las mismas ciudades y calles pac&#237;ficas, alegres, hoy pr&#243;speras, 'campos amenos' en los que yo hab&#237;a pasado la mayor parte de mi vida y mi infancia casi entera; y no s&#243;lo hab&#237;a ocurrido aqu&#237; -lo mismo que los fusilamientos del 3 de mayo de 1808, en lo que los ingleses llaman la Guerra Peninsular, o que el sitio de Numancia entre el a&#241;o 154 y el 133 antes de Cristo, o que tantos ensa&#241;amientos m&#225;s-, sino que eran cosas que le hab&#237;an sucedido a &#233;l, que hab&#237;an visto sus ojos azules y volv&#237;an ahora a ver (ahora mates y de dilatado iris), o que hab&#237;an o&#237;do sus indefensos o&#237;dos y volv&#237;an ahora a o&#237;r (el est&#243;mago revuelto, el pecho oprimido como en los turbios y agitados sue&#241;os, plomo sobre su alma todo ello). Lo que me hac&#237;a sus experiencias malas m&#225;s arduas de conocer que casi cualquier desventura o crueldad pasadas, o incluso actuales pero lejanas, era que lo hab&#237;an afectado personalmente y hab&#237;an entristecido su biograf&#237;a, la de alguien tan cercano y que adem&#225;s yo ten&#237;a a&#250;n delante, a&#250;n vivo, a&#250;n en presencia, qui&#233;n sab&#237;a por cu&#225;nto m&#225;s tiempo, con la cabeza bien clara a&#250;n. No, no se recibe, no se encaja igual la informaci&#243;n de primera mano de un desconocido -un cronista, un testigo, un locutor, un historiador- que la de quien uno lleva tratando desde que naci&#243;. Uno ve los mismos ojos que vieron, y que descubrieron en un fichero, con desolaci&#243;n, la foto de un muerto joven con un disparo en el o&#237;do o en la sien; y oye la misma voz que hubo de advert&#237;rselo a la hermana del muerto, o que hubo de callar con horror o con pena o con sofocada c&#243;lera cuando los correspondientes o&#237;dos oyeron involuntariamente, en un tranv&#237;a o en un caf&#233;, lo que habr&#237;an preferido no o&#237;r jam&#225;s ('Calla, calla y no digas nada. Guarda la lengua, esc&#243;ndela, mu&#233;rdela, tr&#225;gala aunque te queme, como si te la hubiera comido el gato. Calla, y entonces s&#225;lvate').

'Yo hab&#237;a ido una ma&#241;ana a la editorial de G&#243;mez-Antig&#252;edad', me contest&#243; esa voz, 'a ver si me daban alguna traducci&#243;n para hacer, aunque no las pudiera firmar con mi nombre, u otras tareas an&#243;nimas y espor&#225;dicas, informes sobre libros extranjeros y cosas as&#237;. Se ocupaba ya sobre todo el hijo, Pepito, al que yo conoc&#237;a levemente del Crucero y de la Facultad, y que fue uno de los raros vencedores que se port&#243; con gran decencia y generosidad, ya lo sabes: nos ech&#243; una mano a algunos represaliados que &#233;l juzgaba de val&#237;a, y adem&#225;s durante los primeros a&#241;os, cuando m&#225;s dif&#237;cil ten&#237;amos trabajar en nada, hasta el 45 fue todo muy duro y apenas m&#225;s suave hasta el 53. Vuestra madre y yo nos hab&#237;amos podido casar gracias a sus clases de franc&#233;s, a una peque&#241;a ayuda de su madrina, que ten&#237;a dinero y lo hab&#237;a logrado conservar mal que bien, y a los encargos que la Revista de Occidente me hac&#237;a de vez en cuando; pero para salir adelante hab&#237;a que buscar m&#225;s cosas, y sin cesar, porque las tres cuartas partes de lo que intentaba sol&#237;an no resultar. O m&#225;s. Antig&#252;edad me recibi&#243;, el hijo, y le expuse mi caso.' ('Cada vez que pedimos estamos expuestos, vendidos', pens&#233;, 'a merced casi absoluta del que concede o niega.') 'Pese a nuestras diferencias pol&#237;ticas, le parec&#237;a injusto lo que se hab&#237;a hecho conmigo, y me dio un par de obras para traducir, una del alem&#225;n, Schnitzler, y otra del franc&#233;s, Hazard, me acuerdo bien. Entonces eso era para m&#237; como si me hubiera tocado la loter&#237;a. Poder hacer algo remunerado, aunque fuera escasamente. Uno cog&#237;a lo que hubiera, con entusiasmo, siempre os he dicho que no hay trabajo malo mientras no haya otro mejor. Estuvo muy cordial, y para celebrar la colaboraci&#243;n me propuso bajar a tomar algo a lo que antiguamente fue el Caf&#233; Roma, en Serrano, &#233;l ten&#237;a la editorial muy cerca, en Ayala.'

'Recuerdo bien el Caf&#233; Roma', le dije, 'por lo menos dur&#243; hasta mi primer a&#241;o de Universidad.'

'Puede ser', contest&#243;, sin querer detenerse ya m&#225;s. Pens&#233; que m&#225;s val&#237;a que no lo interrumpiera otra vez, hab&#237;a empezado a contar algo que le costaba contar, era mejor que no volviera a pens&#225;rselo, o a dudar, como hab&#237;a hecho con mi madre en su d&#237;a, aquel d&#237;a en que &#233;l lo oy&#243;, y se lo decidi&#243; guardar. 'Nada m&#225;s entrar, lo llamaron de una mesa, unos conocidos o amigos suyos, y nos invitaron a acompa&#241;arlos. No s&#233; si me conoc&#237;an a m&#237;, quiero decir si mi nombre les dec&#237;a algo cuando les fui presentado, pero yo s&#237; sab&#237;a qui&#233;nes eran dos de ellos, los otros dos no. Uno era el escritor en cuesti&#243;n, a&#250;n flamante falangista, y el otro un mon&#225;rquico de los de la infinita paciencia y la ninguna prisa, esto es, tan franquista en aquel momento como el que m&#225;s. Ambos con sus respectivos carguitos, ya. El escritor, en realidad, s&#243;lo empezaba a sonar entonces como tal: hab&#237;a publicado un libro de poes&#237;a anticuada o quiz&#225; ya dos, muy jaleados por razones obvias, m&#225;s tarde dej&#243; el verso y se dedic&#243; a la novela, que fue con lo que hizo carrera; escribi&#243; algo de teatro pedestre y un ensayo pedestre tambi&#233;n. Estos dos parec&#237;an haberse reencontrado al cabo de mucho tiempo con los otros, y todav&#237;a entonces la gente andaba cont&#225;ndose lo que hab&#237;a sido de ella durante la Guerra, lo que hab&#237;a sufrido o lo que hab&#237;a hecho sufrir. Y este fue el caso. Se intercambiaban experiencias, historias, alguna proeza, alguna penalidad, alguna barbaridad. G&#243;mez-Antig&#252;edad participaba un poco, yo no. Y, en medio de todo ello, el escritor mencion&#243; un nombre para m&#237; bien conocido y bastante apreciado, el de un antiguo compa&#241;ero de la Universidad. No hab&#237;a sido amigu&#237;simo, era de un curso inferior al m&#237;o, pero hab&#237;a tenido buen trato con &#233;l, ocasional, y adem&#225;s era un hombre que ca&#237;a bien: Emilio Mares, andaluz, muy simp&#225;tico, ingenioso, era presumido con gracia y fr&#237;volo con deliberaci&#243;n, se las daba de anarquista pero sin ninguna solemnidad, incluso en sus peroratas hab&#237;a siempre algo de guasa, y adem&#225;s iba como un pincel, de punta en blanco, el tipo de anarquista cl&#225;sico de novela desde luego no lo daba; un hombre muy grato, permanentemente de buen humor. El inicio de la Guerra lo hab&#237;a pillado en su tierra, para el 18 de julio muchos estudiantes que no eran de Madrid ya se hab&#237;an ido a sus lugares de origen a pasar el verano con sus familias, &#233;l era de un pueblo de M&#225;laga o de Granada, no estoy seguro, en el que su padre era alcalde creo que socialista: de Grazalema, o de Casares, o Manilva, por ah&#237;. Nos hab&#237;an llegado noticias, en plena Guerra, de que lo hab&#237;an matado en M&#225;laga los nacionales, supusimos que en la ciudad, que hab&#237;a ca&#237;do en febrero del 37 con la intervenci&#243;n decisiva de los Camisas Negras italianos, m&#225;s de diez mil. Imaginamos que habr&#237;a sido fusilado sin m&#225;s. All&#237; la represi&#243;n fue particularmente feroz, la venganza, porque la ciudad se hab&#237;a resistido durante siete meses y la gente hab&#237;a hecho mucho el bestia, paseos en abundancia, pillaje indiscriminado, quema de iglesias, ajustes personales, como al principio aqu&#237;. Luego se cont&#243; que los nacionales, una vez tomada la ciudad, el Duque de Sevilla al frente, corrigieran y aumentaron, y que en el plazo de la primera semana pasaron por las armas a unos cuatro mil. Quiz&#225; no fueran tantos, pero es lo mismo: se hartaron de dar caf&#233;, ya sabes que ese era el eufemismo de Franco y los suyos para ordenar las ejecuciones, "Dadles caf&#233;", dec&#237;an, y los detenidos al pared&#243;n. En M&#225;laga los llevaban a la playa, a muchos. Tan salvaje fue la cosa que los italianos protestaron, se sintieron salpicados por la sangr&#237;a suelta, hasta el punto de que el embajador, Cantalupo, habl&#243; con Franco y se person&#243; all&#237; para frenar la situaci&#243;n. En alg&#250;n sitio le&#237; que se qued&#243; at&#243;nito al ver la furia desatada, y c&#243;mo hasta las se&#241;oronas ricas, bien cat&#243;licas ellas, se dedicaban a profanar las tumbas de republicanos, en fin.' Mi padre se detuvo y se pas&#243; la mano por la frente o casi se la estruj&#243;, con cuatro dedos, como si quisiera arrancarse algo de all&#237;, quiz&#225; im&#225;genes, quiz&#225; relatos. Ten&#237;a ochenta y tantos a&#241;os. Pero fue una pausa muy breve y en seguida volvi&#243;: 'No recuerdo exactamente c&#243;mo se lleg&#243; a aquel episodio, all&#237; en el antiguo Roma, en la conversaci&#243;n. Pero s&#237; tengo grabado lo que se refiri&#243; a Mares. Creo que uno de ellos coment&#243; en tono ofendido que muchos republicanos, al rendirse o ser detenidos, "encima se pon&#237;an muy dignos", algo as&#237; dijo. Y m&#225;s o menos entonces, espoleado por la menci&#243;n de esa osad&#237;a, el escritor se anim&#243; a contar la lecci&#243;n que le hab&#237;an dado a uno. Cont&#243; que una vez, en Ronda (Ronda hab&#237;a ca&#237;do mucho antes que M&#225;laga, en septiembre u octubre del 36), llevaron a tres presos a las afueras para fusilarlos con la primera luz, y, como era costumbre, les ordenaron cavar (era costumbre en ambos bandos, y me temo que en los de cualquier guerra tambi&#233;n). Uno de ellos, "un lechuguino que se llamaba Emilio Mares", esas fueron sus palabras, "hijo de un alcalde rojo de por all&#237;", se neg&#243;, y les dijo a sus verdugos: "A m&#237; me podr&#233;is matar y me vais a matar. Pero a m&#237; no me tore&#225;is". No estaba dispuesto a hacerles parte del trabajo, vamos. La salida me cas&#243; con el personaje que yo conoc&#237;a, aunque claro, ese d&#237;a sin su buen humor: un desplante postrero, no deb&#237;a de quererse ver con una pala en la mano en el momento final, sacando tierra, sudando y manch&#225;ndose. "Fijaos si se nos puso chulo el t&#237;o", prosigui&#243; el escritor; "como si pudiera imponer condiciones. Ya se ve&#237;a que, por muy rojo que fuera, era un ni&#241;o de pap&#225;, iba de veinticinco alfileres, el se&#241;orito. Y encima inst&#243; a sus dos compa&#241;eros a negarse tambi&#233;n. No le hicieron caso, por suerte para ellos. Estaban demasiado asustados y cavaron. &#201;l debi&#243; de creer que en todo caso les disparar&#237;amos luego sin m&#225;s a los tres, delante de la fosa abierta. Uno de nuestra partida, que era de la provincia y le ten&#237;a ya echado el ojo desde tiempo atr&#225;s, le dio un culatazo en la cara que lo tir&#243; al suelo, y le volvi&#243; a ordenar que cavase. Y el t&#237;o sigui&#243; neg&#225;ndose, y repiti&#243; que a &#233;l lo mat&#225;bamos, y a golpes si nos ven&#237;a en gana, pero que torearlo, no. Como que me llamo Emilio Mares, a m&#237; no me tore&#225;is, insisti&#243;. Se plant&#243; en ese plan, con el nombre por delante y todo, no s&#233; qui&#233;n se cre&#237;a. Pues mirad. Nada m&#225;s os digo que en mala hora se le ocurri&#243; emplear esa expresi&#243;n, porque, &#191;sab&#233;is lo que hicimos?" Y el escritor esper&#243; un poco, como para crear expectativa y buscar un mayor efecto, como si en verdad necesitara o&#237;rnos decir "No, &#191;qu&#233;?", aunque tampoco aguard&#243; lo bastante, porque la pregunta era s&#243;lo ret&#243;rica, teatral. Entonces baj&#243; el &#237;ndice con energ&#237;a sin llegar a tocar la mesa, como si puntualizara o subrayara, como si presumiera de la respuesta, y a la vez que hac&#237;a ese gesto se la dio y nos la dio: "Lo toreamos", dijo con jactancia. Satisfecho de la lecci&#243;n. Me acuerdo de que se hizo un silencio inmediato, de estupor, de incomprensi&#243;n. Yo creo que ninguno acabamos de entenderlo bien, o no en el primer&#237;simo instante, porque hasta aquel momento la palabra "torear", claro est&#225;, hab&#237;a aparecido tan s&#243;lo en su sentido figurado de "burlarse"; y porque era inconcebible tambi&#233;n. Con desconcierto y algo ya de aprensi&#243;n, fue Antig&#252;edad quien le pregunt&#243;: "&#191;Qu&#233; quieres decir, que lo toreasteis?". "Eso. Que le tomamos la palabra y lo toreamos, literalmente. Lo lidiamos", contest&#243; el escritor. "La idea fue del malague&#241;o que le ten&#237;a ya ganas de antes. Conque no, &#191;eh?, le dijo. T&#250; te vas a enterar. Y cogi&#243; la camioneta, se volvi&#243; para la ciudad y en menos de media hora estaba de regreso en el campo con todos los trastos. All&#237; mismo lo banderilleamos, lo picamos un poquito desde el techo de la camioneta haci&#233;ndole pasadas lentas, y luego fue su paisano el que se encarg&#243; del estoque. Un tipo atravesado, muy cabr&#243;n, y se vio que ten&#237;a algo de pr&#225;ctica, le entr&#243; muy bien a matar, la primera hasta el fondo, cruzada en el coraz&#243;n. Yo le puse s&#243;lo un par de banderillas cortas, en lo alto de la espalda. Vaya si se enter&#243;, el tal Emilio Mares. A los otros dos los tuvimos de p&#250;blico y los obligamos a gritar oles. No los fusilamos hasta rematar la faena, en premio por haber cavado. As&#237; pudieron ver de lo que se hab&#237;an librado. El malague&#241;o se empe&#241;&#243; en cobrarse una oreja. Un poco pasado de rosca, pero tampoco se lo &#237;bamos a impedir los dem&#225;s." Eso fue lo que cont&#243; durante el aperitivo el famoso y celebrado escritor', a&#241;adi&#243; mi padre, y su voz son&#243; abatida nada m&#225;s acabar la rememoraci&#243;n; 'aunque cuando de verdad fue famoso ya s&#237; que no lo volvi&#243; a contar. Tuvo exequias solemnes cuando muri&#243;. Creo que hasta un ministro muy democr&#225;tico ayud&#243; a llevar el ata&#250;d'.


Ahora s&#237; se qued&#243; callado m&#225;s rato, con la mirada anciana de recordar, como si en verdad hubiera vuelto al desaparecido Caf&#233; Roma de la calle Serrano, o all&#237; a Ronda donde no hab&#237;a estado, quiero decir no en septiembre del 36, cuando debieron de torear y descabellar a su amigo. Fue el 16 de ese mes, lo comprob&#233; m&#225;s tarde, cuando cay&#243; esa ciudad 'heroica y fant&#225;stica' con su enorme precipicio o tajo, cay&#243; a manos del General Varela de los sempiternos guantes blancos -o quiz&#225; era Coronel entonces: dorm&#237;a con sus medallas puestas, se contaba-, un hombre mucho m&#225;s sanguinario que el jefe de los Camisas Negras, el italiano Coronel Roatta que avanz&#243; sobre M&#225;laga y se apod&#243; 'Mancini', como mi m&#250;sico protector, siguiendo la pauta de perder o renunciar al nombre de tantos que pasaron por aquella Guerra; pero no menos, en todo caso, que quien se adue&#241;&#243; y mand&#243; en M&#225;laga una vez tomada, Duque de Sevilla su inoportuno t&#237;tulo: ay estos espa&#241;oles que despedazan siempre, silenciosos unos y locuaces otros; ay 'estos hombres, de ira llenos', tantos son y tantas veces.

All&#237; en Ronda se hab&#237;a demorado el poeta Rilke un par de meses de veinticuatro a&#241;os antes, a finales del 12, a comienzos del 13, cuando ni siquiera Wheeler hab&#237;a llegado a&#250;n al mundo, en las ant&#237;podas y como Peter Rylands. Y hay de &#233;l, del poeta, una estatua muy negra de cuerpo entero en el jard&#237;n de un hotel desde cuya balconada en alto se ven muy anchos campos amenos, tal vez fue en uno de ellos donde tuvo lugar aquella breve corrida de un hombre uno: aunque improbable, no ser&#237;a imposible, porque al alba no habr&#237;a nadie asomado a contemplar los campos, o estar&#237;a ocupado el recinto por las victoriosas tropas que no objetar&#237;an a la faena, si la divis&#243; alg&#250;n centinela: tal vez hab&#237;a entre ellas requet&#233;s carlistas a los que Varela hab&#237;a adiestrado de pueblo en pueblo en Navarra, con disfraz de cura y sobrenombre chusco, 'T&#237;o Pepe'; y sin duda legionarios y moros, grotesca como 'cruzada' aquella -su t&#233;rmino predilecto- de voluntarios cat&#243;licos fan&#225;ticos y mercenarios musulmanes aniquilando juntos, y arrasando el pa&#237;s laico. Ese hotel es el Reina Victoria si no me confundo, que 'el diablo ha sugerido construir aqu&#237; a los ingleses', as&#237; dijo Rilke, y tambi&#233;n se visita la habitaci&#243;n en que se aloj&#243;, una especie de muse&#237;to o pante&#243;n min&#250;sculo, decorado con un retrato y unos pocos muebles, algunos libros viejos, unas notas manuscritas suyas en la lengua alemana de que se val&#237;a, quiz&#225; un busto (hace a&#241;os que la vi, no estoy seguro). Puede que all&#237; empezara a concebir estos versos, o mejor ser&#225; decir estos fragmentos, que son de los que yo me acuerdo: 'Ciertamente es extra&#241;o no poder habitar m&#225;s la tierra, dejar para siempre de practicar unas costumbres apenas aprendidas; no ser m&#225;s lo que se era, y tener que desprenderse aun del propio nombre. Extra&#241;o no seguir deseando los deseos. Extra&#241;o ver todo aquello que nos concern&#237;a como flotando suelto en el espacio. Y penosa la tarea de estar muerto'. Qui&#233;n sabe si Emilio Mar&#233;s no pens&#243; eso, aun sin las palabras.

'Y qu&#233; pas&#243;, qu&#233; hiciste, c&#243;mo reaccionaste', le pregunt&#233; a mi padre, no s&#243;lo para sacarlo de su silencio, y de su largo viaje. Me intrigaba saber qu&#233; pudo hacer o decir, si es que algo. Por menos de nada lo habr&#237;an detenido y devuelto a la c&#225;rcel en aquellos a&#241;os, y f&#225;cilmente con suerte mucho peor, lo excepcional fue la que tuvo, y en el 39, nada menos, cuando casi no la hab&#237;a para ning&#250;n vencido.

Con cierto esfuerzo regres&#243; de lo lejos. Un suspiro. La mano en la frente, con la alianza que nunca se hab&#237;a quitado. Un carraspeo. Luego enfoc&#243; la vista. Me mir&#243; y me contest&#243;. Lentamente al principio, como con repentina cautela, acaso la misma que hubo de llevar entonces, en el Caf&#233; Roma.

'Bueno', dijo. 'Desde que o&#237; el nombre de Mar&#233;s me tem&#237; lo peor, y me puse a&#250;n m&#225;s en guardia. Ya no me gustaba lo m&#225;s m&#237;nimo el derrotero por el que iba la charla. Pero no hice nada mientras fue contando. Ni se me pas&#243; por la cabeza interrumpirlo. Sent&#237;a n&#225;useas y c&#243;lera seg&#250;n escuchaba, las dos cosas mezcladas, m&#225;s que con alternancia. Habr&#237;a querido no estar all&#237;, no enterarme de lo que le hab&#237;an hecho entre varios a aquel compa&#241;ero de Facultad que yo estimaba. Lo sab&#237;a muerto sin m&#225;s, eso ya era suficiente, lo bastante malo, pero no era tan amigo como para no irme olvidando y luego acordando y luego olvidando. Y en cambio me di cuenta de que no pod&#237;a quedarme a medias de aquel relato de espanto, una vez comenzado. Deb&#237; de ponerme muy p&#225;lido o muy colorado, no lo s&#233;, sent&#237; fr&#237;o y acaloramiento, tambi&#233;n mezclados. Fuera el color que fuese, eso no le llamar&#237;a la atenci&#243;n a nadie, no me hac&#237;a sospechoso, no me delataba, porque los dem&#225;s presentes estaban demudados, blancos, pese a ser los cuatro del bando franquista y haber asistido, sin duda, cada uno a sus bestialidades, o incluso haberlas cometido.' Se detuvo un segundo, mir&#243; a su alrededor -est&#225;bamos en el sal&#243;n de su casa, a finales del siglo XX o era ya el XXI, a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana: se iba resituando-, y prosigui&#243; m&#225;s suelto: 'Yo creo que el escritor calcul&#243; mal. Se puso a contar casi ufano, con alarde, pero a medida que fue avanzando, y aunque tard&#243; poco en soltarla, debi&#243; de notar que su historia no ca&#237;a bien del todo, que era excesiva, que nos sobrepasaba a todos. Si en el fragor y el encono de la Guerra pod&#237;a haberle hecho gracia a alguno (es un decir), ahora ya no. Estaba de m&#225;s relatar tal episodio en torno a una mesa, una ma&#241;ana de Madrid soleada, delante de unas aceitunas y unas ca&#241;as. El silencio que se hab&#237;a hecho cuando dijo "Lo toreamos" y baj&#243; el dedo como una banderilla o una pica o la espada, se qued&#243; ya instalado hasta el final del cuento, y permaneci&#243; a su conclusi&#243;n, inalterable. Y como lleg&#243; a resultar violento, y el escritor era all&#237; el de m&#225;s influencias probablemente, uno de los que yo no conoc&#237;a antes ni de nombre, el m&#225;s obsequioso, lo rompi&#243; con un chiste de p&#233;simo gusto que no fue capaz de guardarse, o quiz&#225; es que, hombre corto, no se le ocurri&#243; nada mejor para llenar el vac&#237;o y jalear la an&#233;cdota: "&#191;Y c&#243;mo es que no se adjudic&#243; las dos y el rabo? Ya puestos", le pregunt&#243;, refiri&#233;ndose al malague&#241;o y a la oreja que se hab&#237;a cobrado. Y el escritor volvi&#243; a calcular mal, o el ambiente helado que hab&#237;a dejado su historia lo hizo sentirse, no s&#233;, inc&#243;modo, en falso, y eso lleva casi siempre a empeorar las situaciones con cualquier movimiento para arreglarlas, lo mejor es quedarse quieto y callado. Sonri&#243; como si se le hubiera abierto el cielo. Quiz&#225; se aferr&#243;, quiz&#225; pens&#243; todav&#237;a que el efecto de su historieta hab&#237;a sido el que &#233;l esperaba, s&#243;lo que un poco retardado por lo impresionante de la lecci&#243;n, o lo consideraba una haza&#241;a. No era muy inteligente, s&#243;lo h&#225;bil. Y vanidoso hasta la suela de los zapatos, como suelen serlo cuantos se saben valorados por encima de su talento, por motivos esp&#250;reos o por sus empellones y su insistencia. No toleran no quedar bien, o por encima como el aceite, y en ellos es todo tan fr&#225;gil y falso que los descompone cualquier tibieza, o el m&#225;s m&#237;nimo reparo. As&#237; que respondi&#243;, a mitad de camino entre el melindre y la chanza: "Bueno, tampoco quer&#237;a cargar las tintas. Pero no os dir&#233; que al final no lo cortara todo. De cuidado, aquel camarada. Y menudo se puso, saludando con su boina roja en plan montera, y exhibiendo los tres trofeos". Yo no s&#233; si esto &#250;ltimo era verdad o si, azuzado por la pregunta del otro, lo improvis&#243; para adornarse; a lo mejor crey&#243; que se hab&#237;a quedado corto y que a eso se deb&#237;a la frialdad de su p&#250;blico. Pero me daba lo mismo; o casi era peor si se lo hab&#237;a inventado sobre la marcha, para halagarnos seg&#250;n su criterio o para m&#225;s estremecernos. No aguant&#233;. Ya no aguantaba antes. Pero me cruz&#243; una imprecisa imagen de Mar&#233;s mutilado despu&#233;s de torturado y muerto, del hombre tan grato que yo conoc&#237;a. Tan graciosamente presumido, convertido en un despojo animal, m&#225;s que humano. Me levant&#233; y, dirigi&#233;ndome a G&#243;mez-Antig&#252;edad solamente, murmur&#233;: "Tengo que marcharme, ya voy tarde. Me paso por la barra, yopago esta ronda". Y me acerqu&#233; a la barra a pedir esa cuenta. Si hac&#237;a esa escala antes de largarme era menos llamativo y cortante que si hubiera cogido la puerta directamente. Me ven&#237;a fatal pagar nada, imag&#237;nate, y era un sitio para m&#237; muy caro, ni siquiera estaba seguro de que me fuera a llegar con lo que llevaba encima; e invitar a aquellos cuatro no sabes lo que me repugnaba. Pero lo daba por bien empleado si as&#237; pod&#237;a perderlos de vista inmediatamente, no o&#237;r m&#225;s sus esforzadas risas de escarnio ni la voz de aquel chulo asesino; y salir de all&#237;, claro, sin contratiempos graves. S&#243;lo habr&#237;a faltado que me hubieran detenido aquel d&#237;a, con mis antecedentes. No qued&#233; lejos a espaldas de ellos, mientras aguardaba de pie en la barra a que me atendieran el barman o alg&#250;n camarero, y o&#237; al escritor decirle a Antig&#252;edad: "&#191;Y a este qu&#233; le ha dado, si puede saberse? Deza has dicho, &#191;no? De d&#243;nde sale. Y qu&#233; mosca le ha picado". Mala cosa, que te tomen el nombre, que se fijen en &#233;l y lo retengan, lo mismo las autoridades que los criminales, ya no te digo si las autoridades son criminales. Pens&#233; que no iba a lograrlo, que el escritor no me dejar&#237;a marchar en paz, que querr&#237;a aclarar qu&#233; me pasaba, y yo ya no me contendr&#237;a entonces, era seguro. Si me ped&#237;a cuentas era capaz de tir&#225;rmele al cuello sin mediar m&#225;s palabra, en el instante. Mal habr&#237;a &#233;l salido, pero yo mucho peor. No me habr&#237;a librado de una buena paliza en un calabozo aquella noche, y a saber luego si no me habr&#237;an instruido otro proceso, por lo que se les hubiera antojado. Por suerte la respuesta de Antig&#252;edad fue r&#225;pida, y esa es otra que le agradec&#237; hasta su muerte: "Le habr&#225; dado lo que me ha dado a m&#237;, joder, me has puesto malo", le dijo. No era hombre de tacos, pero seg&#250;n con qui&#233;n, conviene saber recurrir a ellos. Una cuesti&#243;n de autoridad, a veces. Y con esa autoridad lo ri&#241;&#243;, casi lo abronc&#243;: "&#191;T&#250; te crees que esa barbaridad puede contarse as&#237; como as&#237;? &#191;T&#250; te crees que tiene gracia? A ver si mides, hombre, a ver si mides. Ya va siendo hora de que todos dejemos de hacernos mala sangre con todo". Aunque el escritor estuviera mejor situado en el r&#233;gimen, Antig&#252;edad era de una familia pudiente y de derechas de toda la vida, hab&#237;a acabado la Guerra con el rango de capit&#225;n y estaba fuera de toda sospecha; y adem&#225;s ser&#237;a due&#241;o de una editorial un d&#237;a y ya cortaba bastante el bacalao en ella, y eso un escritor que empieza lo tendr&#225; siempre en cuenta, porque no sabe si podr&#225; necesitarlo. As&#237; que encaj&#243; la rega&#241;ina, pese a su soberbia. "Bueno, no te pongas as&#237;, Pepito, no es para tanto. Todos tenemos historias un poco bestias. Pero a lo mejor es verdad que esta ya no es para tiempo de paz, te lo reconozco", le dijo. Y Antig&#252;edad amain&#243; en seguida. Le dio una palmada paternalista en el hombro y le contest&#243;: "Nada, hombre. Hala, nos vemos otro d&#237;a con calma. A m&#225;s ver, se&#241;ores". Se despidi&#243; de los otros as&#237;, en grupo, sin estrecharles la mano, y se vino a mi lado, justo cuando ya me llegaba el camarero que nos hab&#237;a servido. "Trae eso ac&#225;, Deza, la invitaci&#243;n era m&#237;a", y le arrebat&#243; la nota antes de que pudiera entreg&#225;rmela. Yo ya estaba contando el dinero en la mano con gran angustia, me tem&#237;a que no iba a alcanzarme. Salimos juntos, &#233;l todav&#237;a se volvi&#243; desde la puerta y dijo adi&#243;s con el brazo a aquellos cuatro. Luego, ya en la calle, se disculp&#243; conmigo, aunque &#233;l no hubiera tenido culpa alguna. "Vaya, no sabes c&#243;mo lo lamento, Deza, no ten&#237;a la menor idea", me dijo. "T&#250; ten&#237;as trato con Mar&#233;s, &#191;verdad? Yo lo conoc&#237;a s&#243;lo de vista." Fue de los pocos que hizo por atemperar las cosas, entre los vencedores, de los pocos que no sigui&#243; a rajatabla las consignas de Franco, de vejaci&#243;n constante y tenaz castigo de los derrotados. Y no sabes lo que me ha alegrado haber podido corresponderle en vida con alg&#250;n favor no desde&#241;able: en los a&#241;os ochenta consegu&#237; evitar que fuera a la c&#225;rcel, por un asunto de contabilidades y sociedades, un trasvase il&#237;cito de fondos, bueno, no viene al caso. Y habr&#237;a preferido que no se hubiera metido en apuros, desde luego, pero para m&#237; fue una bendici&#243;n estar en disposici&#243;n de echarle un cable, y de tirar fuerte de &#233;l hasta sacarlo. Cuando en tiempos muy malos alguien te ayuda, y sin tener por qu&#233;, o apenas (vosotros ni los hab&#233;is conocido, tiempos muy malos), eso nunca se olvida. Si uno es una persona decente, claro, y no se toma esa ayuda como una especie de rebajamiento propio, o como un agravio con testigo.'

Se me ocurri&#243; que al decir esta &#250;ltima frase se estaba acordando de Del Real, el amigo traidor cuyo venidero rostro, el del 39, &#233;l no hab&#237;a sabido prever en todos los dem&#225;s a&#241;os treinta.

'&#191;Y alguna vez coincidiste con el escritor luego, en persona?' le pregunt&#233;.

'Muy tard&#237;amente, treinta y tantos o cuarenta a&#241;os despu&#233;s, en un par de actos p&#250;blicos a los que ambos est&#225;bamos invitados. La primera vez iba con su mujer, as&#237; que le di la mano para que ella no padeciera ni se inquietara, y hablamos los tres, nada, cuatro frases sociales. La segunda vez estaba solo, o bueno, con uno de sus habituales s&#233;quitos, ese hombre no daba un paso desacompa&#241;ado. Me vio, y me rehuy&#243;, y rehuy&#243; mi mirada. No que yo lo buscara, me librase el cielo. Pero por si acaso. Eso lo nota uno. El siempre supo qui&#233;n era yo. Quiero decir, no s&#243;lo a qu&#233; me dedicaba, o que manten&#237;a con su mujer una educada relaci&#243;n de gran estima rec&#237;proca. Sino que se qued&#243; con mi nombre ya aquella ma&#241;ana, en el caf&#233;, y desde entonces ten&#237;a presente que yo hab&#237;a o&#237;do su cuento. Tuvo que arrepentirse un mont&#243;n de veces de haberse ido de la lengua durante aquel aperitivo, de su autocomplacencia. Por eso creo que quiz&#225; fue la &#250;ltima vez que lo revel&#243; a nadie. Su repulsiva contribuci&#243;n a la lidia. La reacci&#243;n de Antig&#252;edad, sobre todo, debi&#243; de servirle de aviso. Y el silencio que se hizo. As&#237; que no te extra&#241;ar&#225; que yo no se lo contase a vuestra madre, aunque ganas no me faltaron, m&#225;s que nada por compartir el abatimiento con que regres&#233; a casa aquel d&#237;a, ya te digo, cuando de hecho hab&#237;a conseguido dos traducciones. Ella tambi&#233;n hab&#237;a tratado a Mar&#233;s en la Universidad y le ten&#237;a mucha simpat&#237;a, como casi todo el mundo, era uno de esos hombres que iluminan una reuni&#243;n, y la hacen m&#225;s optimista y valedera. Para qu&#233; traerle m&#225;s desolaci&#243;n, para qu&#233; sobrecogerla con algo nuevo que no pod&#237;a cambiarse y contra lo que no habr&#237;a alivio ni desde luego resarcimiento. Y encima a ella le gustaban los toros, bastante m&#225;s de lo que sab&#233;is vosotros, hab&#237;a heredado la afici&#243;n de su padre pero prefer&#237;a no transmit&#237;rosla mucho. M&#225;s de una tarde os dec&#237;amos que &#237;bamos al teatro o al cine y en realidad &#237;bamos a la plaza.' Y a mi padre se le escap&#243; una divertida y breve risa, al recordar y confesar aquel peque&#241;o e inocuo enga&#241;o a los hijos. 'No era cuesti&#243;n de arruin&#225;rselos, y eso es lo que habr&#237;a pasado, probablemente. A m&#237; mismo, que los disfrutaba menos, que me eran m&#225;s indiferentes, me cost&#243; tiempo y esfuerzo que la muerte de Mar&#233;s contada no me los viciase, de arriba abajo: al principio me acordaba de &#233;l en cada corrida y se me oscurec&#237;a todo, se me deslizaba su sombra en cada tercio. No s&#233;. De la misma manera que en esa esquina de Alcal&#225; con Vel&#225;zquez siempre pienso en aquel ni&#241;ito que la miliciana estrell&#243; contra la pared de su cuarto, seg&#250;n ella dijo.' Mi padre se hab&#237;a fatigado, se lo not&#233; al iniciar una nueva pausa; cerr&#243; los ojos como si le dolieran de haber mirado tan lejos, durante demasiado rato. Pero a&#250;n no era la hora del almuerzo, mir&#233; el reloj, faltaban unos veinte minutos para que entrase a avisarnos la mujer que le cocinaba o apareciese mi hermana, hab&#237;a anunciado que se pasar&#237;a para acompa&#241;arnos si acababa unas gestiones a tiempo. Y &#233;l no hab&#237;a vuelto a&#250;n al tejido, as&#237; que al poco decidi&#243; continuar hablando, aunque sin abrir los ojos inmediatamente. 'Vi muchas cosas, vimos cosas tal vez peores', dijo utilizando un plural ambiguo, o altern&#225;ndolo con el singular inequ&#237;voco. 'Muchos muertos simult&#225;neos, conocidos y desconocidos juntos, de golpe en los bombardeos, y entonces no le da tiempo a uno a concentrarse en ninguno de ellos ni siquiera un segundo, suele predominar una sensaci&#243;n de absoluto acabamiento, de rendici&#243;n general, de exterminio que se cumple, es la que se tiene entonces, y se le mezclan los impulsos contrarios de sobrevivir a toda costa, saltar por encima de los cad&#225;veres, buscar refugio, ponerse a salvo, y de quedarse con ellos, quiero decir unirse a ellos, acostarse a su lado, formar parte del mont&#243;n inerte y terminar de una vez: hay casi envidia. Es extra&#241;o, pero aun en medio del estruendo y los derrumbes y el caos, en medio de las propias carreras para auxiliar a un herido o intentar uno cubrirse, se los distingue en el acto como ya inservibles. No da&#241;inos para nadie, y tambi&#233;n ya descansados y apaciguados, es visto y no visto. Bueno, lo m&#225;s probable era que si uno segu&#237;a el segundo impulso obtuviera sin propon&#233;rselo el efecto del primero, porque la siguiente bomba no ca&#237;a nunca donde las anteriores: los sitiadores no despilfarraban, puede que no hubiera lugar tan seguro como tumbado junto a los ya muertos. Pero f&#237;jate, mira. Te he contado ahora dos cosas que yo no vi, que no vimos, sino que me fueron relatadas o m&#225;s bien capt&#233; sin querer, en ninguno de los dos casos las palabras me iban dirigidas, no personalmente, o no a m&#237; exclusivamente; y sin embargo se me han quedado en la memoria tanto como lo que vimos o quiz&#225; m&#225;s, es m&#225;s f&#225;cil que uno se prohiba la evocaci&#243;n de una imagen insoportable que la de la narraci&#243;n de unos hechos por aborrecibles que sean, justamente porque toda narraci&#243;n aparenta ser m&#225;s tolerable. Y lo es, en un sentido: lo que uno ve est&#225; ocurriendo; lo que escucha ya ha ocurrido; sea lo que sea, sabe que ha terminado, o si no nadie podr&#237;a contarlo. Yo creo que mi recuerdo tan afilado de esas dos historias, de esos cr&#237;menes, se debe a que se las o&#237; contar a quienes los hab&#237;an cometido. No a un testigo, ni tampoco a una v&#237;ctima que hubiera sobrevivido, cuyo tono habr&#237;a sido de reproche y queja justificados, pero por eso mismo de veracidad m&#225;s dudosa, siempre cabe sospechar de exageraci&#243;n en la descripci&#243;n de un sufrimiento, porque quien lo ha padecido tiende a presentarlo como una virtud o un m&#233;rito, un sacrificio noble, cuando a veces no hay nada de eso y es tan s&#243;lo mala suerte. En ambos relatores hubo ostentaci&#243;n y ninguna vacilaci&#243;n. No s&#233;, s&#237;, hubo alardeo. Pero para m&#237; era como si se acusaran y adem&#225;s sin estar obligados, el escritor falangista y la mujer del tranv&#237;a. O as&#237; lo registraron mis o&#237;dos, que no se divirtieron, ni admiraron las crueldades narradas, sino que se horrorizaron y se asquearon; y las conden&#243; mi juicio, pasivamente.' ('Con la lengua callando', pens&#233;.) 'Eso te da una idea de c&#243;mo se vivi&#243; la violencia por parte de muchos; de c&#243;mo la gente m&#225;s superficial y m&#225;s simple -no necesariamente la m&#225;s primitiva ni la m&#225;s inculta- se habit&#250;a a ella y entonces no le ve l&#237;mite o no se lo pone; y te da una idea de cu&#225;nta hab&#237;a. Tanta, y tan descontada, como para que pudieran airearla con toda tranquilidad, con chuler&#237;a, quienes la ejerc&#237;an m&#225;s brutal y gratuitamente, con m&#225;s insensatez y m&#225;s odio de balde. Ya me dir&#225;s qu&#233; necesidad hab&#237;a de desparramarle los sesos a un ni&#241;o de pecho; qu&#233; necesidad hab&#237;a de banderillear y picar a un condenado, y despu&#233;s mutilarlo. Pero tambi&#233;n los hubo que no nos acostumbramos nunca, uno no se acostumbra a eso si no le pierde la perspectiva, si no entra en la holgazaner&#237;a del "Qu&#233; m&#225;s da, ya puestos", como le dijo aquel tipo al escritor cuando le pregunt&#243; por el rabo y la otra oreja. Si lo concreto no se le hace abstracto, que es lo que hoy les pasa a tantos, empezando por los terroristas y siguiendo por los gobernantes: ellos no se dan cuenta de la parte concreta de lo que ponen en marcha, ni por supuesto quieren d&#225;rsela. No s&#233;. La mayor&#237;a de la gente de estas sociedades nuestras ha visto demasiada violencia, ficticia o real, en las pantallas. Y se confunde, la toma por un mal menor, por no gran cosa. Pero es que ninguna es verdadera ah&#237;, en la imagen plana, por terrible que sea lo que a uno lleguen a mostrarle. Ni siquiera la de las noticias. "S&#237;, qu&#233; horror, eso ha pasado en la realidad", se piensa; "pero no es aqu&#237;, no es en mi cuarto." Si fuera en nuestros salones, qu&#233; distinto ser&#237;a: notarlo, respirarlo, olerlo, siempre hay olor, huele siempre. Qu&#233; estremecimiento y qu&#233; p&#225;nico. A la gente le ser&#237;a insoportable, sentir&#237;a el miedo encima, el propio o el ajeno, el efecto y la conmoci&#243;n son parecidos, y adem&#225;s nada se contagia tanto. La gente huir&#237;a, para ponerse a resguardo. Mira. Basta con que alguien le d&#233; un empuj&#243;n violento a otro en un bar, o en la calle, en el metro, con que dos automovilistas broncos se zarandeen o se enganchen, para que quienes se encuentren cerca tiemblen de la impresi&#243;n y la incertidumbre, para que se tensen y se les dispare una alarma, a menudo incontrolable, tanto f&#237;sica como mental, a la mayor&#237;a le ocurre. No digamos si se produce un tumulto. Y si t&#250; das un pu&#241;etazo con todas tus ganas, es probable que hagas bastante da&#241;o, pero tambi&#233;n que se te quede la mano hecha cisco y se te inflame durante unos d&#237;as. Con un solo pu&#241;etazo. No es broma.' ('As&#237; es', pens&#233;, pero no se lo dije para no preocuparlo; 'a m&#237; me sucedi&#243; una vez, luego casi ni pod&#237;a moverla.') 'Quien ha vivido la violencia a diario durante una &#233;poca de su vida no jugar&#225; nunca con ella, ni se la tomar&#225; a la ligera. La administrar&#225;, no ya con cuidado, con cautela extrema, sino con taca&#241;er&#237;a, con enorme avaricia. No se la permitir&#225;, siempre que pueda ahorr&#225;rsela, y eso casi siempre es posible. Aunque tambi&#233;n la aguantar&#225; mejor, si vuelve.' Volvi&#243; a abrir entonces los ojos claros, mi padre, y se los vi otra vez serenos, se le hab&#237;an ido afligiendo con los recuerdos. 'Excepto en la ficci&#243;n, eso es distinto, aunque deber&#237;a saberse mejor de lo que se suele. La exageraci&#243;n es divertida, incluso, la de las pel&#237;culas es como contemplar acrobacias, o fuegos de artificio, a m&#237; hasta me da hilaridad, esos cuerpos despedidos, esos salpicones de sangre, se nota tanto que llevan muelles, y unas bolsas con l&#237;quido que las pinchan y estallan. Los muertos de verdad por bala no saltan, sino que se desploman y se paran. Y esa violencia s&#237; es inocua, o deber&#237;a serlo si la perspicacia general de la gente no hubiera disminuido tanto. Para alguien tan antiguo como yo, es asombroso lo tonto que se ha vuelto el mundo. Inexplicable. Qu&#233; &#233;poca de declive, no os pod&#233;is hacer idea. No ya intelectual, sino simplemente del discernimiento. En fin. Todo eso no es apenas distinto de las palizas del Quijote, o de las de aquellos Tom y Jerry que os gustaban de ni&#241;os, uno sabe en el fondo que ah&#237; nadie sale maltrecho de veras, que todos se levantan despu&#233;s ilesos y se van a cenar juntos, amigablemente. Bah. Tampoco hay que ponerse puritano con eso, ni melindroso, como hacen esos mismos que reducen a azucarillos los cuentos cl&#225;sicos. Y en cambio con la violencia real, con esa en cambio Ni un desliz deber&#237;a tenerse. Pero mira si han variado las cosas, y las actitudes: cuando se le declar&#243; la Guerra a Hitler, y quiz&#225; no ha habido ocasi&#243;n en que se hiciera m&#225;s necesaria y justificable una guerra, el propio Churchill escribi&#243; al respecto que el mero hecho de haberse llegado a aquel punto y a aquel fracaso convert&#237;a a los responsables, por honrosos que fueran sus motivos, en culpables ante la Historia. Se estaba refiriendo al Gobierno de su pa&#237;s y al de Francia, entiendes, y por extensi&#243;n a s&#237; mismo, aunque &#233;l bien habr&#237;a querido que esa culpa y ese fracaso los hubieran alcanzado antes, cuando la situaci&#243;n no les era tan adversa ni habr&#237;a sido tan cruento y grave librar esa posible guerra. "En esta amarga historia de juicios err&#243;neos efectuados por personas capaces y bienintencionadas", as&#237; dijo. Y ahora, ya ves, los mismos que se escandalizan por los batacazos de Tom y Jerry y de sus descendientes desatan guerras innecesarias, interesadas, sin ning&#250;n motivo honroso, evitando otros recursos si es que no torpede&#225;ndolos. Y a diferencia de Churchill, ni siquiera se averg&#252;enzan de ellas. Ni siquiera las deploran. Ni por supuesto se disculpan, hoy no existe eso en el mundo En nuestro pa&#237;s fueron ya los franquistas, los que crearon esa escuela. Jam&#225;s se ha disculpado ni uno, y tambi&#233;n ellos desencadenaron una guerra innecesaria. La peor posible. Eso s&#237;, con la colaboraci&#243;n inmediata de muchos de sus contrincantes Qu&#233; exageraci&#243;n fue todo' Ahora not&#233; que mi padre pensaba en voz alta, m&#225;s que hablarme, y seguramente eran pensamientos que ven&#237;a teniendo desde 1936 y qui&#233;n sab&#237;a si a diario, de la misma o parecida manera en que no hay d&#237;a o noche en que no se le representen a uno en alg&#250;n instante la idea o la imagen de los muertos m&#225;s pr&#243;ximos, por mucho que pase el tiempo desde que se despidi&#243; uno de ellos, o ellos de uno: 'Adi&#243;s, gracias; adi&#243;s, donaires; adi&#243;s, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida'. Y en el pensamiento que a continuaci&#243;n le vino utiliz&#243; una palabra que m&#225;s tarde le o&#237; emplear tambi&#233;n a Wheeler, al referirse a las guerras, aunque &#233;ste la hab&#237;a dicho en ingl&#233;s, y era 'waste', si no me enga&#241;o. 'Y qu&#233; incre&#237;ble desperdicio No s&#233;. Se recuerda y no se cree. A veces me parece mentira haber vivido todo eso. Uno no ve el porqu&#233;, sobre todo, al cabo de los a&#241;os cuesta a&#250;n m&#225;s verlo. Nada de lo grave parece nunca tan grave, al cabo del tiempo. No como para iniciar una guerra, desde luego, fig&#250;rate, resultan siempre desproporcionadas, cuando se las mira retrospectivamente Ni para que nadie mate a nadie.' (Y entonces hasta nuestros juicios tan conmiserativos y agudos ser&#225;n a su vez tildados de bald&#237;os y de ingenuos, para qu&#233; hizo esto, dir&#225;n de ti, para qu&#233; tanta zozobra y la aceleraci&#243;n de su pulso, para qu&#233; aquel movimiento, y aquel vuelco; y de m&#237; dir&#225;n: por qu&#233; habl&#243; o call&#243; y guard&#243; tantas ausencias, para qu&#233; aquel v&#233;rtigo, tantas las dudas y tal tormento, para qu&#233; dio aquellos y tantos pasos. Y de los dos dir&#225;n: por qu&#233; se enfrentaron y para qu&#233; tanto esfuerzo, para qu&#233; guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qu&#233; no supieron verse o seguirse viendo, y a qu&#233; tanto sue&#241;o y aquel rasgu&#241;o, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, el baile, y tantas las dudas, y tal tormento.)


Aquella musiquilla rala me hizo apartarme instant&#225;neamente de los versos ap&#243;crifos de 'The Streets of Laredo' queme rondaban, esa melod&#237;a no se me hab&#237;a ido del todo en ning&#250;n momento pese a mis sustos y alarmas, y ahora, al ver a De la Garza tragando agua azulada, se me hab&#237;a cruzado una tercera versi&#243;n, yo creo: a las baladas se les ponen cuantas letras se quiera y yo hab&#237;a escuchado la de Laredo y Armagh convertida en 'Doc Holliday' por el capricho de alg&#250;n cantante olvidado, el cual hac&#237;a contar su historia, con esa m&#250;sica, a quien acompa&#241;&#243; a Wyatt Earp en el O K Corral, en el famoso duelo o m&#225;s bien batalla campal entre bandas, el tah&#250;r tuberculoso y alcoh&#243;lico licenciado en Medicina (o era en Odontolog&#237;a, como Dick Dearlove) y buen conocedor de Shakespeare, o as&#237; al menos lo presentaron en la mejor pel&#237;cula que sobre ellos yo he visto, sobre Earp y Holliday en la ciudad de Tombstone, que no en Laredo ni desde luego en esa desconocida Armagh de Irlanda: 'But here I am now alone and forsaken, with death in my lungs I am dying today', y eso mismo pod&#237;a estarse diciendo Rafael de la Garza con sus propias palabras siempre m&#225;s chuscas y zafias, aunque &#233;l no mor&#237;a por la enfermedad de la tos y el pa&#241;uelo en la boca y los esputos sanguinolentos, sino por inundaci&#243;n o encharcamiento, 'Pero aqu&#237; estoy ahora solo y abandonado, con la muerte en mis pulmones me estoy hoy muriendo'.

El pasodoble ratonero molest&#243; a Reresby o incluso lo irrit&#243;, y no me extra&#241;&#243; lo m&#225;s m&#237;nimo porque tambi&#233;n a m&#237; me sac&#243; de quicio.

What's this shit?-dijo, a la vez que yo pensaba: '&#191;Otra vez esto?'.

El sonido insistente hizo que interrumpiera sus golpes y las inmersiones de De la Garza en la taza. Entonces lo cache&#243; r&#225;pidamente y con malos modos en busca del port&#225;til impertinente, y cuando se lo encontr&#243; en un bolsillo de la chaqueta rapera lo cogi&#243;, lo mir&#243; con perplejidad e ira y lo estamp&#243; contra una pared con todas sus fuerzas, el aparato salt&#243; hecho pedazos y la espa&#241;olada ces&#243; al instante. 'Al menos ya no va a ahogarlo', pens&#233;, 'por ahora', y adem&#225;s me di cuenta de que cuanto no fuera la espada yo lo ve&#237;a como menos peligroso, menos mortal, tal vez era s&#243;lo que para un estrangulamiento o un ahogamiento se necesita algo de tiempo, aunque sea poco, y ese tiempo da tiempo a intervenir a otro que tendr&#237;a que ser yo, pero c&#243;mo, nadie m&#225;s hab&#237;a en aquel lugar y tampoco intentaba entrar nadie, y se habr&#237;an encontrado todos con la puerta atrancada y habr&#237;an supuesto que no estaba en uso aquel lavabo; mientras que para la decapitaci&#243;n o el tajo no se requiere ning&#250;n lapso de tiempo, y si Tupra no hubiera frenado a la primera la hoja, la cabeza del agregado estar&#237;a ya cercenada y ca&#237;da al suelo, y &#233;l ser&#237;a dos partes, o no ser&#237;a. As&#237; que yo vigilaba con aprensi&#243;n lo que hac&#237;a Reresby pero tambi&#233;n echaba ojeadas a su abrigo colgado, sab&#237;a ahora que all&#237; se guardaba el arma temible de los lansquenetes y que pod&#237;a volver por ella en cualquier arrebato o enconamiento, desenvainarla de nuevo y blandir&#237;a.

A continuaci&#243;n Tupra agarr&#243; a Rafita por las solapas o m&#225;s bien por la pechera e hizo con &#233;l casi lo mismo que con su telefonillo, quiero decir que lo lanz&#243; contra una pared, y vi c&#243;mo una de las extra&#241;as barras cil&#237;ndricas que sobresal&#237;an se le clavaba en la espalda. Por suerte eran romas, pero aun as&#237; hubo de dolerle sobremanera, en el impulso de Tupra no hubo reservas. Tras darse contra ella De la Garza se desplom&#243;, con un aullido muy derrotado y sin aire. La camisa se le hab&#237;a salido de los pantalones y entonces descubr&#237; con estupor -fue tambi&#233;n con verg&#252;enza, o era casi pena- que el diplom&#225;tico llevaba en el ombligo incrustada una joya, como un peque&#241;o brillante o acaso una perla, seguramente baratijas, imitaciones, falsos. 'Santo cielo', pens&#233;, 'quiere sentirse modern&#237;simo a toda costa y no le han bastado el pendiente de z&#237;ngara y la redecilla, &#191;llevar&#225; puesto eso siempre, hasta en la Embajada, o s&#243;lo cuando se disfrace para salir de farra?' Tupra volvi&#243; a cogerlo y lo levant&#243;, agarrado siempre de la pechera, lo arrastr&#243; hacia atr&#225;s y lo lanz&#243; otra vez contra la barra met&#225;lica de los tullidos, era la fija, tuve la sensaci&#243;n de que se le hincaba ahora en los om&#243;platos. De la Garza era un t&#237;tere, un saco, estaba todo mojado y manchado de azul, con brechas en la barbilla y la frente y un corte en un p&#243;mulo, uno sfregio, la ropa toda descompuesta y con varios rotos, y sus gritos eran muy d&#233;biles, apenas el incontenible gemido cada vez que su espalda chocaba contra aquella barra, porque Reresby sigui&#243; con lo mismo, muy sostenida y r&#225;pidamente: lo levantaba, lo alejaba un poco de la pared y lo arrojaba contra el ariete, deb&#237;a de estarle rompiendo costillas si es que no le produc&#237;a lesiones internas de mayor consecuencia, retumbaba entera la caja tor&#225;cica del agregado y su interior cruj&#237;a, y a cada impacto era como si el aliento se le secase. Reresby lo hizo en total cinco veces, como si las contara, con paciencia y disciplina, como quien se lo tiene trazado. De la Garza no se defendi&#243; en ning&#250;n momento (ni ya pod&#237;a encogerse, ni taparse los o&#237;dos), no s&#233;, supongo que uno nota cu&#225;ndo no puede hacerlo, cu&#225;ndo la fuerza y la determinaci&#243;n del otro -o el n&#250;mero, si son varios otros; o las armas, si est&#225; uno inerme- son tan superiores que s&#243;lo cabe esperar que se canse o que decida acabar del todo, tambi&#233;n Rafita pensar&#237;a en la espada con temor y algo de esperanza durante las arremetidas, durante su paliza, como quiz&#225; Emilio Mar&#233;s en los campos de Ronda una vez que vio ven&#237;rsele encima primero las banderillas y la pica luego: 'Lo est&#225;n haciendo. Lo est&#225;n haciendo en serio estos hijos de puta, malas bestias', debi&#243; de pensar entonces. 'Me est&#225;n toreando como si fuera un toro, lo mejor ser&#225; que me entren a matar cuanto antes y que no fallen, que no tengan que darme puntilla con lo que se les ocurra, porque son capaces de utilizar un clavo.'

Cuando Tupra termin&#243; se volvi&#243; hacia m&#237; y me dijo:

Jack, trad&#250;cele esto, quiero que se entere bien y que le quede claro. -Y antes de empezar a&#241;adi&#243;-: &#191;Tienes un peine?

De la Garza estaba por fin en el suelo, parec&#237;a inmovilizado y ya no lo levantar&#237;a a la fuerza Sir Blow o Sir Punishment o Sir Thrashing, al menos no era el Caballero Muerte, ante mis ojos. Reresby se mir&#243; en el espejo mientras hablaba, se remeti&#243; un poco la camisa, se ahuec&#243; la chaqueta, se estir&#243; el chaleco, por lo dem&#225;s su aspecto era el habitual, ni siquiera estaba muy despeinado. Se enderez&#243; la corbata, se ajust&#243; el nudo, todo ya sin sus empapados guantes, que dej&#243; con asco junto al lavabo. Con ellos puestos, no le hab&#237;a dado ni una vez con el pu&#241;o ni con la mano abierta -con el pie tampoco-, todos los golpes hab&#237;an sido en realidad por objeto interpuesto, la taza del retrete, la barra cilindrica y hasta la redecilla y las descargas de agua, &#233;l deb&#237;a de estar al cabo de la calle respecto a lo que mi padre me hab&#237;a dicho a m&#237; tiempo antes, que en el golpe directo tambi&#233;n puede hacerse cisco el que lo propina. En Espa&#241;a se ha sabido siempre de estas comodidades para la violencia: en 1808 (es un ejemplo), durante la Guerra Peninsular o de la Independencia, las tropas de Filanghieri, Gobernador de La Coru&#241;a e italiano de nacimiento para mayor sospecha (no era un 'espa&#241;ol rayo y fuego'), consideraron a &#233;ste traidor a la causa por demorarse un poco en proclamar la de la Independencia (he lingered, tan s&#243;lo por prudencia estrat&#233;gica, adujo, pero ya era tarde); as&#237; que hincaron sus bayonetas en el suelo, con la punta hacia arriba (ocurri&#243; al parecer en Villafranca del Bierzo, donde no s&#233; por qu&#233; estaban), y arrojaron a su Capit&#225;n General sobre ellas unas cuantas veces, hasta que alg&#250;n &#243;rgano vital fue por fin atravesado y careci&#243; de sentido la insistencia, ahorr&#225;ndose as&#237; los amotinados el esfuerzo de clav&#225;rselas con su propio &#237;mpetu y dejando que fuera el premuerto Filanghieri el que se ensartara en ellas. Por lo visto no fue la primera ocasi&#243;n en que se recurri&#243; a este m&#233;todo de ganduler&#237;a, quiz&#225; inaugurado por los cartagineses, con lanzas, contra el general romano Atilio R&#233;gulo en el siglo III antes de Cristo; y un viajero ingl&#233;s por Espa&#241;a se&#241;al&#243; que asesinar a los abusivos, desp&#243;ticos, incompetentes y p&#233;simos generales y jefes que por lo regular han asumido el mando en nuestra Pen&#237;nsula a lo largo de la Historia (buenos vasallos, malos se&#241;ores siempre) era 'una inveterada treta ib&#233;rica'. Asimismo observ&#243; que 'Socorros de Espa&#241;a tarde o nunca' (en auxilio de Filanghieri acudi&#243; quien habr&#237;a de sucederlo, pero ya mucho despu&#233;s de que aqu&#233;l hubiera sido probado como fakir hasta la saciedad, sin &#233;xito), de lo cual me acord&#233; cuando me inclin&#233; sobre De la Garza para interesarme inoperante y vagamente por su maltrecho estado, no hab&#237;a mucho que hacer entonces, machacado ya el fatuo, y semiinconsciente y tirado, qui&#233;n sab&#237;a si no tullido para una larga temporada, esperaba que no para siempre o tendr&#237;a que acostumbrarse a frecuentar lavabos de aquellos. De modo que me pregunt&#233; si en los or&#237;genes del apellido Tupra no estar&#237;an, remotamente, antiguos y holgazanes compatriotas m&#237;os.

&#191;Un peine? -le contest&#233;, algo mosqueado. Recordaba el comentario de Wheeler respecto a los latinos, en su jard&#237;n, junto al r&#237;o, tras las gracias del helic&#243;ptero. Fama de presumidos-. &#191;Qu&#233; te hace pensar que yo pueda llevar un peine?

Los latinos sol&#233;is llevarlo, &#191;no? Mira a ver si &#233;l tiene uno. -E hizo un gesto con la cabeza hacia el ca&#237;do.

Me dio no s&#233; qu&#233;, me pareci&#243; abusivo que Reresby se aprovechara encima del peine que De la Garza llevar&#237;a sin duda, si no lo hab&#237;a perdido en la descompensada refriega o en el sulfurado baile de antes. Me dio verg&#252;enza ponerme a registrar al apaleado, al tan f&#225;cilmente derrotado. As&#237; que saqu&#233; el m&#237;o, pese a darle la raz&#243;n con ello.

Muy listo -le dije a Tupra, y se lo alcanc&#233;. Por lo visto era una idea extendida, la de nuestros peines, en la isla grande.

Pero no me importaba mucho corrobor&#225;rsela: de pronto me sent&#237;a extraordinariamente aliviado, porque aquello hab&#237;a terminado y De la Garza segu&#237;a vivo y yo lo hab&#237;a visto muerto. Muert&#237;simo, separado, convertido en cabeza y tronco, en dos partes. El peligro mayor ya era pasado, eso parec&#237;a, aunque fuera muy reciente era pasado, es fant&#225;stico y tambi&#233;n irritante c&#243;mo la cesaci&#243;n trae una especie de falsa anulaci&#243;n moment&#225;nea de lo ocurrido. 'Puesto que ya no la est&#225; zurrando, es casi como si no la hubiera zurrado', pensamos en nuestra desmesurada adoraci&#243;n del presente, que va en loco y permanente aumento. 'Puesto que ya no arde, es casi como si no hubiera ardido. Puesto que ya no bombardean, es casi como si no hubieran bombardeado. S&#237;, ah&#237; est&#225;n los muertos y los mutilados, y las casas quemadas y destruidas, pero eso ya est&#225;, ya ha sucedido, ya es antes y no hay quien lo cambie ni lo deshaga, y ahora al menos no est&#225;n matando ni mutilando ni destruyendo, no mientras yo estoy aqu&#237; con mi quehacer, y respiro.' Esos pensamientos pasan por nuestras cabezas cada vez que hay una de estas guerras actuales m&#225;s o menos televisadas, y por las que siente tanto desprecio la gente antigua que estuvo en otras no frivolas, como mi padre o Wheeler: la del Golfo, la de Kosovo, la de Afganist&#225;n, la de Irak de los deshonrosos motivos y los intereses esp&#250;reos y la falta de necesidad absoluta salvo un engreimiento sin l&#237;mites de sus impulsores. Mientras hay combates y las bombas vuelan sobre militares y civiles, se apodera de nosotros una angustia enorme, vemos las noticias a diario con el coraz&#243;n encogido; esa fase suele ser breve hoy en d&#237;a, a veces s&#243;lo unas semanas o pocos meses en todo caso, y no nos da tiempo a acostumbrarnos ni por lo tanto a insensibilizarnos suficientemente, a aceptar que as&#237; es cualquier guerra alevosa o recta y que tambi&#233;n se puede vivir con eso cotidianamente, sin darle tanta importancia ni desesperarse por los dem&#225;s a cada instante, sobre todo por los desconocidos lejanos; ni siquiera por uno mismo y por sus conocidos cercanos, si a uno le llega su turno le ha llegado, eso es todo, una vez suelta la matanza. Si una bala lleva tu nombre, como dijo Diderot antes que nadie, si no me equivoco. Hoy no nos da tiempo a instalarnos en el estado de guerra, que hace inconcebible el de paz y a la inversa, seg&#250;n hab&#237;a observado Wheeler ('La gente no es consciente de hasta qu&#233; punto lo uno niega lo otro', hab&#237;a dicho, 'lo suprime, lo repele, lo excluye de nuestra memoria y lo ahuyenta de nuestra imaginaci&#243;n y nuestro pensamiento'), y as&#237; el grado de excepcionalidad se mantiene muy alto por la propia y corta duraci&#243;n del horror visto en pantalla, de modo que cuando termina esa fase nos viene un extra&#241;o convencimiento de que todo ha concluido y hasta cierto punto se ha borrado. 'Al menos ya no est&#225; pasando', pensamos, y aun lo suspiramos; y ese 'al menos' implica una injusticia notable: lo ocurrido pierde gravedad y fuerza tan s&#243;lo porque ya no est&#225; ocurriendo, y entonces casi nos desentendemos de los heridos y los muertos, que nos oprim&#237;an y afectaban tanto mientras se produc&#237;an. Ahora ya son pasado, luego que alguien se ocupe, reconstruya, cure, entierre, adopte, preferiblemente los mismos que los han causado, que as&#237; aparecen tambi&#233;n como reparadores, en el colmo del absurdo y la patra&#241;a. Es un s&#237;ntoma m&#225;s de la infantilizaci&#243;n del mundo, lo que las madres dec&#237;an a los ni&#241;os para calmarlos era eso: 'Ya pas&#243;, ya est&#225;, ya pas&#243;', despu&#233;s de una pesadilla o un susto o alg&#250;n mal trago, de pillarse los dedos o de cualquier da&#241;o, casi como si declararan: 'Lo que ya no es, no ha sido', aunque persistiera el dolor y luego se formara una costra picante o los dedos se amorataran e hincharan y a veces quedara una cicatriz para que el adulto la acariciara y se siguiera acordando de aquel da&#241;o y aquel d&#237;a.

Sentir alivio por haber asistido a una paliza a alguien acobardado y desprevenido, medio ebrio, y no haber osado o sabido impedirla; por haber cre&#237;do que mi compa&#241;ero iba a cortar de un tajo un cuello, que iba a estrangular con una red y a ahogar con agua de cisterna, no resultaba sensato ni desde luego noble. Y sin embargo as&#237; era, Tupra hab&#237;a parado y yo estaba contento, era mucho m&#225;s decisivo el peso que me hab&#237;a quitado que el que me hab&#237;a puesto, y &#233;ste no era escaso, en modo alguno. De la Garza ya no se encontraba en peligro, ese era mi principal pensamiento grotesco, porque el peligro lo hab&#237;a alcanzado ya brutalmente. No hasta la muerte, cierto, pero parec&#237;a rid&#237;culo conformarse con eso, con verlo a&#250;n vivo, y aun alegrarse, cuando lo &#250;ltimo que habr&#237;a previsto al conducirlo a aquel lavabo era que saliera de &#233;l tan malherido, con varios huesos quebrados a buen seguro, como m&#237;nimo. Si es que sal&#237;a, porque mientras Reresby se recolocaba y cre&#237;a domar su pelo oscuro, voluminoso y rizado como no suelen hallarse en su reino (excepto en Gales), con las sienes como caracolillos y probablemente tintadas (cuatro pasadas o retoques del peine, no le qued&#243; muy distinto tras utilizarlo), de nuevo me orden&#243; traducir y me solt&#243; lo siguiente:

Jack, trad&#250;cele -volvi&#243; a decirme-, no quiero que sufra malentendidos, porque los sufrir&#237;a &#233;l y no nosotros, d&#233;jaselo bien claro, d&#237;selo, dile ya esto que he dicho. -Y as&#237; lo hice, se lo comuniqu&#233; a De la Garza en mi lengua, lo de los malentendidos; ten&#237;a los ojos entrecerrados y la mirada abultada, pero sin duda era capaz de o&#237;rme-. Dile que t&#250; y yo vamos a salir ahora de aqu&#237; tranquilamente y que &#233;l se quedar&#225; ah&#237; tirado media hora m&#225;s, donde est&#225;, sin moverse, cuarenta minutos para mayor margen, tengo todav&#237;a asuntos que despachar ah&#237; fuera. Que no se le ocurra salir, ni tan siquiera levantarse. Que no grite ni pida auxilio. Que permanezca ah&#237; durante ese tiempo, le ir&#225; bien el fr&#237;o del suelo y no le ir&#225; mal estarse un rato tumbado e inm&#243;vil, hasta que le vuelva el aire. D&#237;selo. -Y as&#237; lo hice, incluido lo del frescor del suelo-. Ah&#237; tiene su abrigo -prosigui&#243; Reresby, y se&#241;al&#243; el segundo que hab&#237;a tra&#237;do, el oscuro, el que hab&#237;a dejado colgado sobre una barra baja, y entonces comprend&#237; hasta qu&#233; punto lo hab&#237;a previsto todo mi transitorio jefe: no era el m&#237;o sino el de Rafita el que se hab&#237;a molestado en retirar del guardarropa antes de venir al lavabo, tendr&#237;a mano en aquel local chic idi&#243;tico o capacidad de enga&#241;o, se lo habr&#237;an buscado y entregado sin hacerle preguntas y aun con una reverencia-. Con &#233;l puesto, nadie se percatar&#225; de su estado, del de sus ropas, no llamar&#225; la atenci&#243;n. Si le cuesta andar, lo tomar&#225;n por mamado. Que se lo finja, si es que no lo est&#225; ya a medias. Cuando salga, que salga directo a la calle sin detenerse en la sala por ning&#250;n motivo, que se vaya a casa. Que no vuelva por aqu&#237; nunca. Anda, trad&#250;cele. -Y volv&#237; a hacerlo, fui yo quien dijo 'mamado' en espa&#241;ol, Tupra hab&#237;a dicho 'sloshed'-. Que no se le ocurra acudir a la polic&#237;a, ni organizar un esc&#225;ndalo en su Embajada, ni elevar una queja a trav&#233;s de ella, del tipo que sea: ya sabe lo que puede pasarle. Que no te llame a ti a pedirte cuentas, que te deje en paz, que te olvide. Que se haga a la idea de que no hay de qu&#233; pedirlas, no existen razones para denuncias ni para protestas. Que no lo cuente, que se calle. Ni como aventura. Y que lo recuerde. -'Calla, calla y no digas nada, ni siquiera para salvarte. Calla, y entonces s&#225;lvate', pens&#233; una vez m&#225;s, y le di las instrucciones a De la Garza. Pero Tupra todav&#237;a a&#241;adi&#243; unas cuantas, iban r&#225;pidas, como si recitara una lista o fueran las consecuencias sabidas de un plan cumplido, las secuelas de un tratamiento-: Dile que tendr&#225; dos costillas rotas, tres, a lo sumo cuatro. Aunque le duelan mucho, se le curar&#225;n, se le acabar&#225;n soldando. Y si se descubre algo m&#225;s grave, que d&#233; siempre gracias a su buena suerte. Pod&#237;a haberse quedado sin cabeza, ha estado a punto. Y como no la ha perdido, dile que est&#225; a&#250;n a tiempo, otro d&#237;a, cualquiera de estos, sabemos d&#243;nde encontrarlo. Que no olvide eso, dile que la espada estar&#225; ah&#237; siempre. Si ha de ir a un hospital, que cuente lo que tantos borrachos y tantos deudores, que la puerta del garaje se le abati&#243; encima de golpe. Que se moje el pelo antes de salir, que se lo aclare, aunque ese tono azulado tampoco iba a extra&#241;arle aqu&#237; a nadie. Vaya, de hecho se le ve menos exc&#233;ntrico y menos rid&#237;culo que con la malla que llevaba puesta. Dile esto, d&#237;selo y v&#225;monos ya. Aseg&#250;rate de que lo ha cogido todo. Y toma tu peine, gracias.

Me lo devolvi&#243;. El, a diferencia de Wheeler, no hab&#237;a tenido la precauci&#243;n de mirarlo al trasluz para comprobar si estaba limpio, cuando se lo hab&#237;a alcanzado. Yo s&#237; lo hice, en cambio, cuando regres&#243; a mi mano, no hab&#237;a pelos. Le traduje la &#250;ltima retah&#237;la al agregado, pero omit&#237; lo de la espada; quiero decir que mencion&#233; la cabeza y su siempre posible p&#233;rdida, tal vez s&#243;lo aplazada; pero no la espada. No se le puede pedir a alguien que lo traduzca todo sin ponerlo en cuesti&#243;n ni juzgarlo ni repudiarlo, cualquier locura, cualquier imprecaci&#243;n o calumnia, cualquier obscenidad o salvajada. Aunque no sea uno mismo quien hable o diga, aunque sea un mero transmisor o reproductor de palabras y frases ajenas, lo cierto es que uno las hace bastante suyas al convertirlas en comprensibles y repetirlas, en mucha mayor medida de la imaginable en principio. Las oye, las entiende, a veces tiene opini&#243;n sobre ellas; les encuentra un equivalente inmediato, les da nueva forma y las suelta. Es como si las suscribiera. Nada de lo sucedido en aquel cuarto de ba&#241;o me hab&#237;a gustado. Nada de lo que hab&#237;a hecho Tupra. Mi pasividad tampoco, o mi desconcierto, o era cobard&#237;a, o hab&#237;a sido prudencia, quiz&#225; hab&#237;a evitado calamidades mayores. A&#250;n menos gracia me hab&#237;a hecho aquel improcedente plural de Reresby, 'sabemos d&#243;nde encontrarlo', me inquiet&#243; y molest&#243; que me incluyera en eso, conoci&#233;ndome poco y sin mi consentimiento. Lo que no se me pod&#237;a pedir era que adem&#225;s fuese activo y amenazara con el arma que da m&#225;s miedo, un miedo at&#225;vico, la que m&#225;s ha matado a lo largo de casi todos los siglos, de cerca y vi&#233;ndosele la cara al muerto. Y a la que yo hab&#237;a temido tanto mientras estuvo desenvainada y en alto.

Termin&#233;, y a&#241;ad&#237; por mi cuenta en mi lengua:

De la Garza, ser&#225; mejor que hagas todo lo que &#233;l dice, &#191;te ha quedado claro? De verdad. He cre&#237;do que no sal&#237;as vivo. Yo tampoco lo conozco a &#233;l tanto. Espero que puedas recuperarte. Suerte.

De la Garza asinti&#243;, apenas un movimiento de la barbilla, los ojos desviados y turbios, no quer&#237;a ni mirarnos. Adem&#225;s de dolorido, segu&#237;a muerto de miedo, yo creo, no se le ir&#237;a hasta que desapareci&#233;ramos de su vista, y aun as&#237; le quedar&#237;a para siempre un resto. Obedecer&#237;a seguro, no se atrever&#237;a ni a indagar, a buscarme, a llamarme. Tal vez ni siquiera a telefonear a Wheeler para lamentarse, su mentor te&#243;rico en Inglaterra. Ni a su padre en Espa&#241;a, el viejo amigo de Peter. Se llamaba Don Pablo y era mucho mejor que el hijo, me acordaba.

Tupra descolg&#243; su abrigo claro tan respetable y tan r&#237;gido y se lo ech&#243; sobre los hombros, ya no hab&#237;a diferencia entre el que sal&#237;a y el que hab&#237;a entrado. Cogi&#243; los guantes mojados y se los meti&#243; en un bolsillo de aquella prenda, despu&#233;s de escurrirlos y envolverlos en sendas tiras de papel toalla. Desatranc&#243; la puerta y me la sostuvo abierta.

Vamos, Jack -dijo.

No le dedic&#243; una mirada al ca&#237;do. Era eso, un ca&#237;do, ya no era asunto suyo, &#233;l hab&#237;a hecho su trabajo. Esa impresi&#243;n me dio, de que as&#237; lo ve&#237;a, probablemente sin animadversi&#243;n ni l&#225;stima. As&#237; deb&#237;a de ver &#233;l todas las cosas: se hac&#237;an cuando tocaba, uno se ocupaba, les pon&#237;a remedio, las desactivaba, les prend&#237;a fuego o las equilibraba ('Don 't linger or delay); despu&#233;s se olvidaban, eran pasado y siempre hab&#237;a algo m&#225;s esperando, ya lo hab&#237;a dicho, todav&#237;a ten&#237;a asuntos que despachar all&#237; fuera y necesitaba treinta o cuarenta minutos, con tanta interrupci&#243;n no habr&#237;a cerrado los tratos o los sobornos, los chantajes o los pactos con el se&#241;or Manoia. O no lo habr&#237;a convencido ni persuadido, o no le habr&#237;a dado ocasi&#243;n suficiente para que fuera Manoia quien lo persuadiese o convenciese a &#233;l, de lo que fuese. Tampoco le dio un puntapi&#233; de despedida o r&#250;brica, al pasar junto a su bulto, a De la Garza. Tupra era Sir Punishment sin lugar a dudas, pero quiz&#225; no Sir Cruelty. O acaso era que nunca, nunca, golpeaba directamente, con ninguna parte de su cuerpo. S&#243;lo el fald&#243;n del abrigo, en su vuelo como de capote torero, roz&#243; la cara al salir del ca&#237;do.

Antes de franquear la segunda puerta, la que ya daba acceso a la discoteca, todav&#237;a me vino a la memoria un verso de 'The Streets of Laredo', con su melod&#237;a insistente que no abandonaba. Ese verso me result&#243; inoportuno, porque no pod&#237;a asegurar que no lo suscribiese un poco en aquel instante, como lo que uno traduce o repite en un juramento, o que no fuese Tupra quien lo pudiera hacer suyo aquella noche, tras mi insatisfactorio comportamiento a sus ojos, de principio a fin: 'We all loved our comrade although he'd done wrong, dec&#237;a, o lo que es lo mismo: 'Todos quer&#237;amos a nuestro camarada aunque hubiera hecho mal'. Claro que tambi&#233;n pod&#237;a traducirse:' aunque hubiera hecho da&#241;o', y quiz&#225; esa era la versi&#243;n m&#225;s justa.


Reresby conoc&#237;a sus tiempos, fueron treinta y cinco minutos los que hubimos de pasar en la mesa antes de marcharnos de la discoteca los cuatro, el se&#241;or y la se&#241;ora Manoia, &#233;l y yo. Al matrimonio lo hab&#237;amos dejado solo mucho menos rato, toda la operaci&#243;n del lavabo no habr&#237;a durado ni diez, quiero decir la violenta intervenci&#243;n de Tupra, y hasta entonces &#233;l hab&#237;a estado sol&#237;cito acompa&#241;ando a Flavia, al cuarto de ba&#241;o de las mujeres primero y de regreso a la mesa luego: no se hab&#237;a desentendido de ella ni por lo tanto de &#233;l, no pod&#237;an tener mucha queja por nuestra ausencia. Manoia, as&#237;, no me pareci&#243; especialmente impacientado ni malhumorado, o bien lo habr&#237;a enfurecido tanto lo sfregio en el rostro de su mujer que despu&#233;s de eso no le hab&#237;a cabido sino un descenso en la fiebre, aplacarse por comparaci&#243;n, mientras nosotros le aplic&#225;bamos el castigo al capullo (ahora me inclu&#237; yo en el plural), quiz&#225; en su nombre y quiz&#225; por su orden.

Tupra, en todo caso, ya no devolvi&#243; al guardarropa su abrigo, tom&#243; asiento con &#233;l echado como una capa, dej&#225;ndolo caer recto a su espalda, obligado por la rigidez del arma, parec&#237;a acostumbrado (debi&#243; de ensuci&#225;rsele el borde, que tocaba el suelo). Me pregunt&#233; si Manoia tendr&#237;a idea de lo que mi jefe llevaba oculto, quiz&#225; no le habr&#237;a hecho gracia. Tampoco era descartable que la espada no la hubiera tra&#237;do desde el principio consigo, que no lo acompa&#241;ara siempre, que se la hubieran proporcionado en el guardarropa junto con la prenda, al pedirla; que a una se&#241;al suya se la hubieran metido en el largo bolsillo-funda, que la tuviera en dep&#243;sito en aquel local, por as&#237; decir, y se la pasaran cuando le hiciera falta. Seguramente era un cliente asiduo, privilegiado, y deb&#237;a de serlo de todos los sitios a los que &#237;bamos, as&#237; se lo trataba al menos, como a alguien muy conocido, adulado, respetado y hasta un poco temido, se llamara Reresby en unos, Ure en otros o Dundas en los restantes. Pero no en todos ellos le guardar&#237;an o entregar&#237;an armas. Armas largas blancas.

Durante aquellos treinta y cinco minutos se enfrasc&#243; en la conversaci&#243;n con Manoia, despu&#233;s de hacerle, al llegar, un gesto que me atrev&#237; a entender como 'Ya est&#225; listo' o 'Puede darse por resarcido' o 'Se acab&#243; ya el incordio, siento que lo haya habido'. Les o&#237; repetir algunos nombres de antes, sueltos: Pollari, Letta, Saltamerenda, Valls, 'the Sismi', ignoraba qu&#233; era esto. A m&#237; no me mir&#243; siquiera Manoia, se habr&#237;a formado una opini&#243;n p&#233;sima y preferir&#237;a evitar todo contacto, hasta el visual, conmigo. Me toc&#243; volver a distraer a Flavia, como si nada hubiera ocurrido; pero ella estaba moh&#237;na, con pocas ganas de hablar, casi deprimida, echaba vistazos imprecisos a su alrededor, con tedio, s&#243;lo para pasar el rato, segu&#237;a el ritmo de la m&#250;sica con un pie, perezosa y discretamente, se hab&#237;a maquillado bien la mejilla pero aun as&#237; se la ve&#237;a arrasada y se le notaba la marca, se hab&#237;a despeinado en el baile y en su caso no ser&#237;a bastante un peine propio o ajeno para recomponer como era debido los muy probables postizos dispuestos complejamente. Le hab&#237;an ca&#237;do unos a&#241;os encima, incluso pod&#237;a haber soltado algunas l&#225;grimas artificiales, pueriles, eso acent&#250;a al instante la edad de quienes la tergiversan o esconden (las l&#225;grimas que son fingidas, no en cambio las verdaderas). S&#243;lo al cabo de un rato, cuando su marido le cuchicheaba a Tupra largamente al o&#237;do, me pregunt&#243; en italiano:

&#191;Su amigo? -De repente hab&#237;a vuelto al usted, un indicio m&#225;s de su des&#225;nimo.

Le mir&#233; de reojo los pezones pungentes o brutali capezzoli, a qui&#233;n se le ocurr&#237;a armarse de piolets semejantes. Hab&#237;an tenido la culpa indirecta de casi todo, por supuesto de mi negligencia.

Se ha marchado -le contest&#233;-. Se aburr&#237;a. Y se le hac&#237;a tarde, &#233;l madruga siempre. -Me temo que lo segundo lo dije a mala idea, en aquellos momentos estaba muy descontento y no aguantaba a la se&#241;ora.

Busqu&#233; entonces con la vista al grupo de espa&#241;oles alborotadores con el que De la Garza hab&#237;a venido; no los o&#237;a, luego fue l&#243;gico que tampoco los viera, su mesa estaba vac&#237;a. Ellos s&#237; que se habr&#237;an marchado o desperdigado, sin esperarlo a &#233;l ni ir en su busca, lo habr&#237;an dado por ya copulante o casi, no hab&#237;a que preocuparse de ellos, de que fueran a rescatar a su amigo y le impidieran cumplir las &#243;rdenes terminantes de Reresby y sus plazos.

Fueron los suficientes minutos de tiempo contemplativo o muerto para que yo acabara de encabronarme, retrospectivamente. &#191;C&#243;mo hab&#237;a sido posible?, me preguntaba, y a cada segundo me parec&#237;a m&#225;s un sue&#241;o est&#250;pido y desazonante, de los que no se marchan y s&#237; se entretienen y esperan. &#191;Por qu&#233; Tupra no se hab&#237;a contentado con darle esquinazo a De la Garza, con habernos largado sin m&#225;s los cuatro, cuidando de que &#233;l no se nos pegara? &#191;Qu&#233; importancia ten&#237;a continuar all&#237; la charla, en el lugar pijo ruidoso, en vez de en cualquier otro sitio, sin tropiezos ni intromisiones? La ciudad estaba llena de ellos, a aquella misma zona de Knightsbridge no le faltaban, y en todos Tupra estar&#237;a en casa; no ve&#237;a la necesidad de la tunda, y a&#250;n menos de la espada. &#191;Y por qu&#233; no le hab&#237;a sujetado yo el brazo? (Cuando cre&#237; que iba a abatirla sobre la palpitante carne.) La respuesta a esto &#250;ltimo me acudi&#243; en seguida, y adem&#225;s era muy sencilla: porque me pod&#237;a haber cortado a m&#237; el cuello, o haberme rajado en vertical un hombro hasta alcanzarme un pulm&#243;n. De un solo mandoble. ('And in short, I was afraid.' 'Y en resumen, tuve miedo.') Y a tenor de esta respuesta y de lo que hab&#237;a visto, me interrogu&#233; sobre Tupra como si fuera Tupra quien me interrogara en una de nuestras sesiones de interpretaci&#243;n de vidas en el edificio sin nombre, y &#233;l bien pod&#237;a haberme hecho preguntas como estas -casi imposibles de contestar en principio, hasta que se lanzaba uno-, al d&#237;a siguiente de cualquier reuni&#243;n o salida, de cualquier encuentro o vigilancia, sobre cualquier persona con la que hubi&#233;ramos hablado, o aun tan s&#243;lo estado, o a la que s&#243;lo hubi&#233;ramos observado y o&#237;do:

'&#191;T&#250; crees que ese hombre puede matar, o que es un fanfarr&#243;n nada m&#225;s, de los que amaga y no se atreve a dar? &#191;Por qu&#233; crees que detuvo la espada?'

Y yo pod&#237;a haber contestado:

'Quiz&#225; hay que preguntarse por qu&#233; la sac&#243;, antes que nada. Era aparatosa e innecesaria, y al final no la utiliz&#243; siquiera, s&#243;lo para cortarle la redecilla y darle un susto de muerte a la v&#237;ctima, y al testigo tambi&#233;n, desde luego. Cabr&#237;a dudar de si la esgrimi&#243; sobre todo para que yo la viera y me alarmara y me impresionara, como as&#237; ocurri&#243;. No lo s&#233;. Para que yo creyera que &#233;l era capaz de matar efectivamente, sin pens&#225;rselo dos veces, de la manera m&#225;s bestia y por casi nada. Pero quiz&#225; tambi&#233;n la detuvo luego para que yo creyera lo contrario, que no era capaz pese a tenerlo todo a favor para hacerlo, c&#243;mo decir, pese a estar ya en marcha. O tal vez quiso probarme, ver mi reacci&#243;n ante algo as&#237;, comprobar si lo secundar&#237;a, o si me lavar&#237;a las manos, o si me enfrentar&#237;a a &#233;l ante la salvajada. Bueno, esto &#250;ltimo ya lo sabe. Sabe que no, si no llevo arma. Lo cual no es demasiado saber: m&#225;s &#250;til le habr&#237;a sido enterarse, teniendo yo una entre las manos'.

'Y entonces, &#191;qu&#233; es lo que crees, definitivamente? No me has contestado, Jack, y si te pregunto es porque me interesa que me contestes; que te equivoques o aciertes da lo mismo, porque las m&#225;s de las veces nunca vamos a averiguarlo. &#191;Crees que puede matar, ese Reresby, o que jam&#225;s ir&#237;a de veras? No pienses s&#243;lo en esta oportunidad, piensa en el hombre en conjunto.'

'S&#237;, ya lo creo que puede', habr&#237;a dicho. 'Todo el mundo puede, pero unos m&#225;s y la mayor&#237;a menos, y en esta cuesti&#243;n eso es menos infinitamente: infinitamente menos.' Y habr&#237;a a&#241;adido, para mis adentros: 'Puede Comendador, lo s&#233; desde siempre, puede Wheeler y puedo yo, lo s&#233; desde mucho m&#225;s tarde; no puede Luisa, y P&#233;rez Nuix lo ignoro, se me escapa, y s&#237; pueden Manoia y Rendel, no Mulryan ni De la Garza ni Flavia, o quiz&#225; s&#237; el segundo, sin querer, por p&#225;nico y por la espalda; tampoco podr&#237;an Beryl ni Lord Rymer la Frasca -a &#233;ste no lo altera embriagarse, si acaso lo alterar&#237;a estar sobrio y eso no se recuerda-, y en cambio s&#237; la se&#241;ora Berry, al igual que Dick Dearlove pero por horrores distintos de los de &#233;ste, no s&#233; cu&#225;les, no por el horror narrativo ni por el biogr&#225;fico, que se ciernen sobre los divos. No pueden mi padre ni mi hermana ni mis hermanos, ni habr&#237;a podido mi madre, tampoco Cromer-Blake ni Toby Rylands, o Toby s&#243;lo en la batalla y ah&#237; lo hizo, seguramente. No Alan Marriott con su perro tr&#237;pode y s&#237; Clare Bayes, mi antigua y pegajosa amante de Oxford. No podr&#225; mi hijo y tal vez s&#237; la ni&#241;a, dentro de lo que cabe prever, que a&#250;n es muy poco. Sin duda puede Incompara, aunque yo haya venido a sostener lo contrario'. Y todav&#237;a habr&#237;a pensado: 'Si bien lo miro, lo s&#233; de casi todas las personas que he conocido, o me acerco a ello, y tambi&#233;n creo saber qui&#233;nes vendr&#237;an a matarme a m&#237;, a darme el paseo, como fueron por Emilio Mar&#233;s y por tantos otros: si pudieran, si estallara otra Guerra Civil en Espa&#241;a, si encontraran la confusi&#243;n y el pretexto, y el disfraz para su crimen. Mejor estar en Inglaterra'. Y luego habr&#237;a seguido interpretando a Reresby: 'El lo habr&#225; hecho, probablemente. Alguna vez con sus manos y muchas m&#225;s con sus intrigas, con subrepci&#243;n, con difamaciones, veneno, con sobreentendidos y lac&#243;nicas &#243;rdenes o condenatorios silencios. Seguro que ha esparcido brotes de c&#243;lera, y de malaria, y peste, y luego se ha hecho el sorprendido o el resabido, seg&#250;n los casos y su conveniencia, seg&#250;n haya querido dejarse o quitarse la m&#225;scara. Quit&#225;rsela para infundir miedo, dej&#225;rsela para infundir confianza. Ambas cosas traen beneficios grandes, no fallan'.

'Con &#233;l hay que llevar mucho cuidado, entonces', habr&#237;a dicho Tupra de Reresby. '&#201;l s&#237; encierra peligro, y por supuesto hay que temerlo.'

Esa era casi la conclusi&#243;n del vago informe que sobre m&#237; hab&#237;a le&#237;do en el viejo fichero del edificio sin nombre, qui&#233;n sab&#237;a por qui&#233;n redactado, por alguien que hab&#237;a aludido a personas concretas, sin que yo supiera cu&#225;les (o bien era a arquetipos), y con un destinatario: 'Puede que no le importe gran cosa lo que le suceda a nadie', rezaba aquel texto en ingl&#233;s que se me hab&#237;a dedicado. 'Las cosas ocurren y &#233;l toma nota, sin sentirse ata&#241;ido las m&#225;s de las veces, menos a&#250;n involucrado. Quiz&#225; por eso percibe tantas. Tantas no se le escapan, que casi da miedo imaginar lo que sabe, cu&#225;nto ve y cu&#225;nto sabe. De m&#237;, de ti, de ella. Sabe m&#225;s de nosotros que nosotros mismos' Y m&#225;s adelante a&#241;ad&#237;a: 'No hace uso de su saber, es muy raro. Pero lo tiene, y si un d&#237;a s&#237; hiciera uso, habr&#237;a que temerlo entonces. Yo creo que no perdona'. Y terminaba, insistiendo un poco en este punto: 'Sabe que no se comprende y que no va a hacerlo. Y as&#237;, no se dedica a intentarlo. Creo que no encierra peligro. Pero s&#237; que hay que temerlo'.

Pod&#237;a ser verdad lo primero, que rara vez me desviviera por lo que pasaba a mi alrededor (acaso por eso no le hab&#237;a sujetado el brazo a Reresby, con la lansquenete en alto). Lo segundo era exagerado desde mi punto de vista: por mucho que yo creyera saber no sab&#237;a tanto, la diferencia es siempre enorme entre esas dos cosas que se confunden continuamente, creer saber y saber de cierto. Y qui&#233;n era 'yo', qui&#233;n era 't&#250;', qui&#233;n era 'ella' en aquel informe. &#191;'Yo' era Tupra? &#191;'T&#250;' era P&#233;rez Nuix, o ella era 'ella'? De pronto se me ocurri&#243; que 'yo', el que all&#237; escrib&#237;a, el que cavilaba, el que me hab&#237;a observado, ten&#237;a que conocerme de m&#225;s tiempo y con profundidad mayor que mis compa&#241;eros (aunque esa ocurrencia supuso un moment&#225;neo olvido de a qu&#233; se dedicaban ellos, o nos dedic&#225;bamos, con gran arbitrariedad y audacia). &#191;Era Wheeler, era la se&#241;ora Berry, era el propio Toby Rylands, que lo hab&#237;a redactado o dictado y dejado listo hac&#237;a a&#241;os, solamente por si acaso, cuando yo viv&#237;a a&#250;n en Oxford y ni siquiera estaba casado y no era previsible que regresara a Inglaterra una vez cumplido mi contrato universitario? &#191;Tanto in&#250;til acumulaban? &#191;Pod&#237;a haberse adelantado tanto? Y entonces, &#191;'t&#250;' era su hermano, era Wheeler, al que apenas hab&#237;a tratado durante mi estancia? &#191;Y qui&#233;n pod&#237;a ser 'ella' sino Clare Bayes, que fue mi &#250;nica 'ella' de aquellos tiempos? 'Sabe m&#225;s de nosotros que nosotros mismos.' Quiz&#225; esa era una manera de referirse a la Congregaci&#243;n, as&#237; se llama a s&#237; mismo el conjunto de los dons o profesores de la Universidad, siguiendo la fuerte tradici&#243;n clerical del lugar, y los dos hermanos eran miembros. Peter me hab&#237;a dicho que era Toby quien primero le hab&#237;a hablado de m&#237; y de mi don supuesto: 'De hecho, t&#250; y yo llegamos a conocernos por eso, &#233;l despert&#243; mi curiosidad. Que t&#250; pod&#237;as ser como nosotros acaso'. Ah&#237; tambi&#233;n hab&#237;a otro 'nosotros', y &#233;ste no era oxoniense, sino que alud&#237;a a lo que ambos eran o hab&#237;an sido, int&#233;rpretes de personas o traductores de vidas. 'Eso me lo hab&#237;a adelantado, y me lo confirm&#243; despu&#233;s en alguna ocasi&#243;n en que surgi&#243; hablar del viejo grupo.' Esas hab&#237;an sido sus palabras mientras yo desayunaba, y luego hab&#237;a sido a&#250;n m&#225;s expl&#237;cito: 'Toby me dijo que siempre admiraba el don especial que ten&#237;as para captar los rasgos caracter&#237;sticos y aun esenciales de tus amigos y conocidos, a menudo inadvertidos, ignorados por ellos mismos'.

Luego todo pod&#237;a ser, todo pod&#237;a, hasta que aquella fuera la voz de Rylands desde la ultratumba, informando sobre m&#237; a Wheeler o al mism&#237;simo Tupra, antiguo disc&#237;pulo suyo de lo que fuera, al fin y al cabo, eso no deb&#237;a olvidarlo. (Uno nunca sabe hasta qu&#233; punto y de qu&#233; modo es observado por quienes lo rodean, por los m&#225;s pr&#243;ximos y los m&#225;s leales, que aparentaron renunciar a la objetividad hace mucho y darlo a uno por descontado, o por consabido, o por inviolable, o por innegociable, o concedernos toda la gracia; no sabemos los juicios que en silencio se siguen haciendo y que por fuerza ser&#225;n cambiantes, nuestras mujeres y nuestros maridos, nuestros padres y nuestros hijos, nuestros mejores amigos: a ellos los consideramos seguros y a salvo durante tiempo indefinido, como si fueran a permanecer as&#237; siempre, cuando no cabe duda de que sus rostros var&#237;an y para ellos los nuestros, de que podemos quererlos y acabar odi&#225;ndolos, de que pueden estar incondicionalmente de nuestra parte hasta que un d&#237;a nos ponen la proa y empiezan a buscar s&#243;lo arruinarnos, perdernos, hundirnos y que suframos. Y aun expulsarnos de la tierra y del tiempo, es decir, aniquilarnos.)

En cuanto a lo tercero, que yo no encerrara peligro pero s&#237; debiera ser temido, y que adem&#225;s no perdonara (aunque eso se expresaba s&#243;lo como creencia), me parec&#237;a a&#250;n m&#225;s exagerado. Claro que no estoy seguro de que nadie sepa si ha de ser o no temido, a menos que lo procure a conciencia, que se lo trabaje, para dominar voluntades y marcar pautas o llevar voces cantantes, como parte de un plan o una estrategia, o como una forma bastante extendida de andar por el mundo, si bien lo pienso. De no ser as&#237;, c&#243;mo explicarlo, uno no se percibe como temible porque nunca se teme a s&#237; mismo. Y entre los que se afanan por ello, por ser temibles y temidos, lo consiguen de verdad s&#243;lo unos cuantos. Tupra y Wheeler, cada uno a su modo, eran dos buenos ejemplos del logro; y si entre ambos hab&#237;a nexos, y si los hab&#237;a a su vez entre cada uno y el maestro o amigo o el hermano muerto; si entre los tres hab&#237;a semejanzas y v&#237;nculos de car&#225;cter, o no eran de eso, sino de capacidad, la de aquel don compartido del que yo participaba asimismo seg&#250;n su sagaz criterio, entonces no era imposible que tambi&#233;n yo, s&#243;lo que sin propon&#233;rmelo, debiera ser en efecto temido, y aquel escrito estuviera en lo cierto. Con Tupra no hab&#237;a sido sincero ya en una oportunidad, en la interpretaci&#243;n de Incompara: hab&#237;a accedido a la petici&#243;n de P&#233;rez Nuix, y as&#237; hab&#237;a callado u omitido o mentido. Y tal vez s&#243;lo eso me convert&#237;a ya en temible, o lo que es lo mismo, en no fiable, o lo que se le asemeja mucho, en traicionero. (Pedir, pedir, es la maldici&#243;n m&#225;s frecuente despu&#233;s de contar; ojal&#225; no nos pidieran nunca, y s&#243;lo se nos dieran &#243;rdenes.)

'Ya lo creo', habr&#237;a vuelto a contestarle a Tupra, acerca de Reresby. 'Aunque no intimide al principio ni inste a ponerse en guardia, sino que m&#225;s bien invite a apartar el escudo y quitarse el yelmo para mejor dejarse captar por &#233;l, por su c&#225;lida y envolvente atenci&#243;n, por ese ojo suyo que sondea el pasado y acaba por enaltecer al mirado; aunque de entrada resulte cordial, risue&#241;o, abiertamente simp&#225;tico para ser insular, con una vanidad blanda e ingenua que no s&#243;lo no molesta, sino que hace que se lo mire con ligera iron&#237;a y con instintivo y tambi&#233;n leve afecto, aun as&#237; encierra un infinito peligro y hay que temerlo infinitamente, ya lo creo. Seguramente es hombre que tolera muy mal que no se haga lo que &#233;l juzga justo, preciso, conveniente o bueno. Sobre todo, pudi&#233;ndose hacer.'

Y Tupra me habr&#237;a hecho entonces la pregunta m&#225;s dif&#237;cil de responder:

'&#191;Crees que habr&#237;a podido matarte a ti, Jack, ah&#237; en el cuarto de ba&#241;o de los lisiados, si le hubieras sujetado el brazo, si hubieras intentado impedirle que decapitara al fantoche? T&#250; cre&#237;ste que lo iba a matar y te parec&#237;a mal, muy mal. Aunque detestaras al individuo te causaba espanto. &#191;Por qu&#233; no lo frenaste? &#191;Fue porque pensaste que en vez de a uno era capaz de matar a dos y que saldr&#237;ais todos perdiendo a&#250;n m&#225;s? &#191;Dos muertos en lugar de uno, y uno de ellos t&#250;? Quiero decir, &#191;lo crees capaz de matarte a ti, no un amigo pero s&#237; alguien a su cargo, un empleado, un contratado, un compa&#241;ero, un colega, un asociado de su mismo bando? Dime qu&#233; piensas, d&#237;melo ya, di lo que sea. Ten el valor para ver. Ten la irresponsabilidad de ver. Sobre algo as&#237; uno cree saber'.

Y yo habr&#237;a vuelto a la tentaci&#243;n habitual del principio, de las primeras sesiones en que me interrogaban acerca de gentes famosas o desconocidas escrutadas en v&#237;deo o en carne y hueso desde el falso vag&#243;n de tren o frente a frente, y a menudo me preguntaban cosas demasiado espec&#237;ficas sobre aspectos de las personas que suelen ser impenetrables a primera vista e incluso tambi&#233;n a la &#250;ltima, aun de las m&#225;s allegadas, uno puede pasarse la vida al lado de alguien y verlo morir en sus brazos, y a la hora de su muerte ignorar todav&#237;a de qu&#233; es capaz y de qu&#233; no, y no estar seguro siquiera de sus verdaderos anhelos, ni enterado de si los cumpli&#243; con razonable contento o bien rabi&#243; durante la existencia entera, y esto &#250;ltimo es lo m&#225;s frecuente a no ser que carezca uno de ellos, lo cual rara vez se da, siempre se cuela uno modesto. (S&#237;, uno puede estar convencido, pero no saber de cierto.)

As&#237; que habr&#237;a querido contestar 'No lo s&#233;', las tres palabras que nunca interesaban ni casi eran aceptables en el edificio sin nombre, en el nuevo grupo heredero y degradado del viejo, eso lo fui comprobando cada vez m&#225;s, que no ca&#237;an en gracia sino en el desd&#233;n y el vac&#237;o. No s&#243;lo para Tupra no eran aceptables: tampoco lo resultaban para P&#233;rez Nuix, Mulryan y Rendel, ni probablemente para Branshaw y Jane Treves, que aunque fueran colaboradores tan s&#243;lo espor&#225;dicos no deb&#237;an de admit&#237;rselas ni a sus soplones y confidentes de m&#225;s bajo rango. El 'Quiz&#225;' estaba consentido -qu&#233; remedio-, pero causaba mala impresi&#243;n, era escasamente apreciado y a la postre se pasaba por encima de &#233;l como si uno no hubiera aportado ni avanzado nada, produc&#237;a el mismo efecto de un voto en blanco o una abstenci&#243;n, c&#243;mo decir: la actitud con que se recib&#237;a no ten&#237;a casi nunca un correlato verbal, pero equival&#237;a a mascullar: 'Vaya, hombre, qu&#233; &#250;til. Pasemos, pues, a otra cosa'; y a veces se frunc&#237;a el ce&#241;o o se torc&#237;a con fastidio el gesto. A aquellas alturas de mi atrevimiento inducido y de mi trabajada o desarrollada penetraci&#243;n, habr&#237;a sido inveros&#237;mil que hubiera respondido as&#237; a la pregunta final sobre Reresby en su inacabable noche: 'Quiz&#225;. Es improbable. No es descartable. Qui&#233;n sabe. No lo s&#233;'. As&#237; que me habr&#237;a tocado arriesgar y, tras meditarlo un instante, por fin habr&#237;a emitido mi dictamen o apuesta m&#225;s sinceros, es decir, m&#225;s cre&#237;dos por m&#237; de verdad o, como le gusta repetir a la gente, de coraz&#243;n:

'Creo que no le habr&#237;a sido f&#225;cil, que le habr&#237;a costado hacerlo, que habr&#237;a procurado ahorr&#225;rnoslo, esto es, que me habr&#237;a dado una oportunidad o dos antes de descargar el golpe, la oportunidad de desistir. Tal vez una herida, un corte, un aviso o dos. Pero s&#237;, tambi&#233;n creo que habr&#237;a podido matarme si hubiera visto que yo me empe&#241;aba y que iba en serio, o que cab&#237;a que consiguiera frustrarle la ejecuci&#243;n ya decidida. Por pesado, por insistente, habr&#237;a podido matarme a m&#237; tambi&#233;n. Lo &#250;nico es que, por lo que se ha visto, no ten&#237;a a&#250;n decidida esa ejecuci&#243;n'.

'&#191;Quieres decir que lo habr&#237;as descompuesto, que le habr&#237;as hecho perder el control, que se le habr&#237;a ido la mano tan gravemente en un arrebato de impaciencia, soberbia, ira?', acaso habr&#237;a querido Tupra averiguar, ofendido acaso por tal posibilidad.

'No, no es eso', habr&#237;a reconocido yo. 'Habr&#237;a sido por lo que he dicho antes, porque tolera muy mal que no se haga lo que seg&#250;n &#233;l es debido, pudi&#233;ndose hacer. Lo que &#233;l ya ha resuelto con causa, con sus propias o asumidas causas, que a veces le surgen tras larga reflexi&#243;n o maquinaci&#243;n y otras veces muy r&#225;pidamente, un fulgor, como si sus ojos abarcadores en seguida miraran a la altura adecuada, y supieran de un solo vistazo lo que ha de venir. De uno solo, enfocando con nitidez, sin vuelta atr&#225;s. No s&#233; c&#243;mo explicarlo: podr&#237;a haberme matado por disciplina, eso de lo que ha prescindido el mundo; por determinaci&#243;n, por af&#225;n pr&#225;ctico, por un plan; por la costumbre de salvar obst&#225;culos y haberme convertido yo en uno imprevisto, gratuito, superfluo, no trazado: desde su punto de vista sin raz&#243;n de ser.' Pero luego habr&#237;a sido incapaz de no expresar una duda postrera, porque era una duda real, y habr&#237;a a&#241;adido: 'O quiz&#225; no, quiz&#225; no habr&#237;a podido, pese a todo eso, por una sola raz&#243;n: quiz&#225; yo le caiga demasiado bien, y todav&#237;a no se ha cansado de que sea as&#237;'.

Cuando nos levantamos y fuimos por los abrigos, los del matrimonio y el m&#237;o, Tupra quiso pasar de nuevo un momento por el lavabo de los inv&#225;lidos. No me lo dijo, pero lo vi. Me hizo una indicaci&#243;n de que siguiera yo con Flavia hasta el guardarropa, me entregaron las fichas para que los fuera pidiendo, y vi c&#243;mo &#233;l y Manoia se desviaban hacia all&#237;, atravesaban la primera puerta, supuse que la segunda tambi&#233;n, pero de cierto ya no supe m&#225;s. No ten&#237;a esp&#237;ritu para alarmarme otra vez, s&#243;lo para irme enconando: lo que hab&#237;a sucedido ya era bastante, y que De la Garza no hubiera muerto -me di cuenta- apenas lo hac&#237;a mejor. Yo lo hab&#237;a visto as&#237;, con expresi&#243;n de muerto, de quien se da por muerto y se sabe muerto. Tres o cuatro, cinco veces, pod&#237;a haberle estallado el coraz&#243;n. 'Lo mismo va Reresby y lo mata ahora', pens&#233; sin creerlo, 'a&#250;n lleva la espada a la espalda. O acaso va a cerciorarse s&#243;lo de su obediencia. O tal vez quiera mostrarle su obra a Manoia, darse o darle la satisfacci&#243;n. O puede que sea este &#250;ltimo el que haya exigido contemplar la labor y darle o no la aprobaci&#243;n, el "Basta cos&#237;" oel "Non mi basta". O a lo mejor ese siciliano, napolitano o calabr&#233;s no va a comprobar, sino a rematar &#233;l en persona, &#233;l mismo'. Tardaron muy poco, casi fue entrar y salir, a&#250;n ten&#237;amos los abrigos cruzados sobre el mostrador, la se&#241;ora y yo, cuando ellos nos alcanzaron. Deb&#237;a de haberse tratado de la cuarta o la tercera posibilidad, de rendir cuentas o de presumir; de la segunda no cre&#237;a, Tupra sabr&#237;a tan bien como yo que De la Garza no se habr&#237;a movido una pulgada, de su sitio en el suelo. Nadie pag&#243; nada en aquel local idi&#243;tico, o al menos yo no lo hice ni tampoco lo vi hacer. Reresby tendr&#237;a cr&#233;dito, o lo invitar&#237;an siempre, o ser&#237;a socio con participaci&#243;n. O qui&#233;n sab&#237;a si no se habr&#237;a encargado De la Garza a nuestras espaldas, antes de su &#250;ltimo e interrumpido baile, para conquistar a la se&#241;ora tambi&#233;n con un gesto. Pero eso no le pegaba, ni lo habr&#237;a valido ella para aquel capullo.

Montamos los cuatro en el Aston Martin de las noches de coba o jactancia, esta era de las primeras; un poquito estrechos, pero no &#237;bamos a despedir a la pareja en un taxi, nosotros &#233;ramos los anfitriones, y adem&#225;s era un trayecto muy corto. Los acercamos hasta su hotel, el opulento Ritz nada menos, cerca de la librer&#237;a Hatchard's de Piccadilly, que yo visitaba tanto siguiendo los pasos de los insignes pret&#233;ritos, Byron y Wellington, Wilde y Thackeray, y Shaw y Chesterton; y no lejos de Heywood Hill, a la que iba m&#225;s cuando viv&#237;a en Oxford, ni de las tiendas de Davidovich y Fox en St James's Street, donde Tupra comprar&#237;a probablemente sus Rameses II y yo me hac&#237;a a veces con mis no tan preciosos cigarrillos Karelias, del Peloponeso.

Al decirle adi&#243;s a Flavia tuve el presentimiento -o fue presciencia- de que, si a&#250;n estaba decepcionada o desconcertada por el incidente y la sustracci&#243;n del gal&#225;n, al cabo de un rato, ya a oscuras, callados el marido y ella en sus respectivas camas o en su cama doble, se acordar&#237;a sobre todo de lo que la hab&#237;a halagado durante la velada y se dormir&#237;a m&#225;s tranquila y satisfecha de lo que se habr&#237;a despertado aquella ma&#241;ana; y de que por tanto a&#250;n podr&#237;a amanecer a la siguiente pensando: 'Anoche todav&#237;a s&#237;, pero, &#191;y hoy?'. As&#237; que al menos en aquel solo aspecto yo hab&#237;a cumplido con mi encomienda y le hab&#237;a brindado, indirecta y aparatosamente -la mejor manera: cu&#225;nto le habr&#237;a gustado saberse causa de una violencia-, una pr&#243;rroga m&#225;s. Una m&#225;s antes del d&#237;a en que el primer pensamiento fuese: 'Anoche ya no, &#191;y entonces hoy?'. Le dio un beso a Tupra y otro a m&#237; y se fue para dentro, sin reparar en el uniformado que le abri&#243; y sostuvo la puerta y sin esperar a que su marido acabara de despedirse a su vez. &#201;l no la rega&#241;ar&#237;a por eso, y ella deb&#237;a de estar deseando mirarse su sfregio en un espejo de aumento y con mejor luz, y empezar a convocar pronto en silencio los instantes m&#225;s gratos de la noche larga, cuando todav&#237;a estaba de tan buen humor como para solicitarme con fingido reproche: 'Su, va, signor Deza, non sia cos&#237; antip&#225;tico. Mi dica qualcosa di carino, qualcosa di tenero. Una parolina e sar&#242; contenta. Anzi, mi far&#224; felice'.

En cuanto a Manoia, le estrech&#243; la mano a Reresby con lo que en hombre tan anodino, vaticano y manso ser&#237;a efusividad -pero falso manso-, y supuse que al final habr&#237;an acordado lo que quisiera que fuese a su conveniencia mutua, o se habr&#237;an arrancado el uno al otro lo que el otro al uno se pidieran o se propusieran o se impusieran bajo inexpresa extorsi&#243;n.

Ha sido un gran gran gran placer, Mr Reresby -le dijo en su pastoso ingl&#233;s: no encontrar&#237;a otra forma de traducir 'grandissimo'-. Una noche algo accidentada, pero no por eso menos placer. Sea bueno y t&#233;ngame al tanto. -Y a continuaci&#243;n estuvo fr&#237;o conmigo: de hecho me dej&#243; colgando la mano que le hab&#237;a tendido y se limit&#243; a inclinar la cabeza con sequedad, como un diplom&#225;tico a la antigua usanza (e inclinarla ya ser&#237;a mucho decir). Ni siquiera me mir&#243;, o bien yo no logr&#233; ver sus ojos mates y zigzagueantes bajo sus extensas gafas que lo reflejaban todo. Se las subi&#243; una &#250;ltima vez sin que se le hubieran bajado, con el pulgar, y me dijo-: Buona notte.

Luego se ech&#243; una carrerita ridicula para alcanzar a su mujer, sin duda le costaba separarse de ella. Ah&#237; me pareci&#243; m&#225;s un funcionario aplicado que un violador, menos de la Mafia o la Camorra o la indrangheta y m&#225;s del Opus o los Legionarios, o quiz&#225; del Sismi, fuera lo que fuese aquello. Pero a Flavia ya no se la ve&#237;a por el vest&#237;bulo, desde la calle, desde Piccadilly. Estar&#237;a ya en el ascensor, camino de su habitaci&#243;n, para encerrarse un rato a solas en el cuarto de ba&#241;o y aplazar as&#237; los reproches sin testigos de su marido. A &#233;l le tendr&#237;a advertido que no le hablase a trav&#233;s de esa puerta, y en ese tipo de cosas seguro que la obedec&#237;a &#233;l.

Ni siquiera hab&#237;a a&#241;adido: 'E grazie'. Tampoco deb&#237;a de tener por qu&#233;, &#233;l no estaba al corriente de mi creciente c&#243;lera ni de mi conturbaci&#243;n. Incluso pod&#237;a ser que creyera que yo me hab&#237;a encargado de propinar la paliza cuyo resultado debi&#243; de satisfacerlo, cuando se asom&#243; al lavabo para supervisar. Puede que me tomara solamente por un secuaz, un esbirro, un mamporrero, un mat&#243;n. Y la verdad es que en aquellos momentos s&#237; me sent&#237;a un secuaz y un esbirro, y hasta un mamporrero tambi&#233;n: le hab&#237;a puesto su v&#237;ctima a Tupra donde &#233;l la quer&#237;a. Pero no un thug ni un hitman ni un goon, no un mat&#243;n, porque yo a&#250;n no le hab&#237;a tocado un pelo a nadie, ni se lo pensaba tocar. As&#237; como esperaba que nadie me lo tocara a m&#237;, con espada o sin ella, ni con peine o sin &#233;l.


Cu&#225;nto adivinaba o sab&#237;a yo de &#233;l y cu&#225;nto &#233;l de m&#237;, supon&#237;a, uno no puede descifrar a voluntad, impunemente, agazapado o invisible como el espectador en casa o el fantasma ya logrado, a quien a su vez lo estudia y descifra a uno, observar a quien lo observa con id&#233;nticas facultades y con las mismas o parecidas armas que acaso ser&#225;n mejores, o tal vez se produzca entonces una est&#233;ril neutralizaci&#243;n rec&#237;proca, una impenetrabilidad, un bloqueo, una anulaci&#243;n y una ceguera -quietud y disuasi&#243;n de guerra fr&#237;a-, la mutua desactivaci&#243;n de las maldiciones o dones, ambas paralizadas e in&#250;tiles cuando enfrente hay otra mente que las padece tambi&#233;n o goza de ellas, si es que Wheeler y &#233;l acertaban y no ment&#237;an y yo estaba efectivamente a la altura de sus predicciones. A&#250;n lo dudaba tanto que en realidad no lo cre&#237;a, pese a haberme persuadido el primero, invocando la autoridad de Rylands que ya nada iba a desmentirle, de que alguna s&#237; pose&#237;a, y pese a haberme envalentonado en el edificio sin nombre un poco m&#225;s cada d&#237;a de nuestra tuerta tarea, azuzado por la fe de los otros o por sus exigencias: 'Dime qu&#233; m&#225;s, no te detengas, qu&#233; m&#225;s ves, lo que sea, dilo ya sin demora, don't delay or linger, lo pen&#250;ltimo que nos interesa es que te reserves, que dudes, que te guardes las espaldas, no pagamos por tu prudencia ni para eso te contratamos, y lo &#250;ltimo que ya queremos es que no sepas ni nos digas nada. Todo tiene su tiempo para ser cre&#237;do, recu&#233;rdalo, luego no calles nunca, ni siquiera para salvarte, aqu&#237; no hay lugar para eso ni hay aqu&#237; gato alguno para comernos la lengua a nadie, a ninguno de los cinco, y tampoco cabe trag&#225;rsela. Ni aunque quisieras ahogarte'. O bien: 'No has hecho m&#225;s que empezar, sigue. Vamos, corre, date prisa, sigue pensando. Lo interesante y dif&#237;cil es seguir: seguir pensando y seguir mirando cuando uno tiene la sensaci&#243;n de que ya no hay nada m&#225;s que pensar ni nada m&#225;s que mirar, que continuar es perder el tiempo. Lo importante est&#225; siempre ah&#237;, en el tiempo perdido, all&#237; donde uno dir&#237;a que ya no puede haber nada. As&#237; que dime qu&#233; m&#225;s, qu&#233; m&#225;s se te ocurre y qu&#233; m&#225;s ofreces y qu&#233; m&#225;s tienes, sigue pensando, corre, no te pares, vamos, sigue'. Era lo que nos dec&#237;a mi padre desde muy j&#243;venes, cuando discut&#237;amos.

Y esa posible situaci&#243;n de empate o de tablas y de renuncia, de ausencia de duelo, de abstenerse entre pares, pod&#237;a darse no s&#243;lo con Tupra y por supuesto con Wheeler, sino con los otros tres, con la joven P&#233;rez Nuix y Mulryan y Rendel, y qui&#233;n sab&#237;a si hasta con Branshaw y Jane Treves, llegado el caso. Y qui&#233;n si con la se&#241;ora Berry.

Cuando hubo desaparecido Manoia (qu&#233; trote), Tupra me mir&#243; muy serio, casi ominoso en la acera, ante las luces del Ritz Hotel, Ritz Restaurant, Ritz Club. Luego me sonri&#243; abiertamente y me dijo:

&#191;Quieres que te acerque? Es Dorset Square o una plaza cercana, &#191;no? Por esa zona.

Sab&#237;a eso, por ejemplo, que &#233;l se sab&#237;a mis se&#241;as con exactitud y que disimulaba con lo aproximativo, se conocer&#237;a de memoria hasta el piso y el n&#250;mero y letra de mi apartamento, como de todos sus colaboradores. Tambi&#233;n supe que quer&#237;a llevarme, por alg&#250;n motivo m&#225;s all&#225; de la deferencia. Querr&#237;a hablar, comentar un poco las vicisitudes. O querr&#237;a hacerme advertencias. O darme consejos y acaso instrucciones para otras veces, tras mi bautismo de fuego, como testigo y con arma blanca. No cre&#237;a que su prop&#243;sito fuera darme explicaciones ni disculparse, limar asperezas a lo sumo. Pero algo quer&#237;a. Supuse, por tanto, que acabar&#237;a acerc&#225;ndome en su Aston Martin, velis nolis. Y que si yo declinaba el ofrecimiento, me insistir&#237;a. Y que si yo rehusaba, se empe&#241;ar&#237;a.

No hace falta, coger&#233; un taxi -respond&#237;, y debi&#243; notar que la indignaci&#243;n me segu&#237;a.

Est&#225;bamos los dos ante el Ritz, de pie en la acera, bajo el soportal o arcada; la puerta delantera del coche la hab&#237;a &#233;l dejado abierta mientras nos desped&#237;amos r&#225;pidamente del matrimonio cat&#243;lico, la izquierda, la del copiloto, es decir, por la que yo me hab&#237;a bajado. El uniformado se apoyaba sobre un pie y otro, como si los tuviera fr&#237;os. Nos vigilaba apremiante, all&#237; no se pod&#237;a estacionar, desde luego, ni pararse apenas.

Vamos, vamos, no me cuesta nada, con todo esto me he desvelado. Ser&#225;n diez minutos, qu&#233; menos, te lo has ganado. Vamos, sube, aqu&#237; estamos molestando.

Habr&#237;a pillado un taxi y no habr&#237;a habido vuelta de hoja, pero no pasaba ninguno en aquel instante, y la parada del hotel deb&#237;a de estar situada en una bocacalle, no quedaba a la vista, o bien era all&#237; mismo y se encontraba desierta. Pero adem&#225;s sab&#237;a a&#250;n mejor, ahora, que &#233;l ten&#237;a inter&#233;s, o es m&#225;s, intenci&#243;n de acercarme.

No me gustaba la perspectiva. Prefer&#237;a dejarlo de ver ya aquella noche y no correr el riesgo de encararme con &#233;l y reprocharle y pedirle cuentas, y ve&#237;a imposible no hacerlo si dispon&#237;amos de un trayecto a solas. A la ma&#241;ana siguiente -entrar&#237;amos tarde, esa era la norma cuando trasnoch&#225;bamos por trabajo, y los horarios en general eran flexibles- me sentir&#237;a m&#225;s calmado y m&#225;s conforme, cre&#237;a. Y aunque &#233;l supiera perfectamente d&#243;nde viv&#237;a, no me hac&#237;a del todo gracia que se aproximara a mi territorio, no yo sabi&#233;ndolo y en mi compa&#241;&#237;a. Cuando alguien lo deposita a uno o lo sigue o lo ronda o lo esp&#237;a, y lo ve entrar en su portal al caer la noche o al caer la tarde, ha visto ya mucho m&#225;s de lo que parece y de lo que deber&#237;a: lo ha visto -c&#243;mo decir- de retirada, probablemente cansado y aun a punto de abandonarse tras la larga jornada de fingimiento y esfuerzo, y de falsa alerta; y adem&#225;s ha asistido a algo que repetimos todos los d&#237;as, tal vez a lo m&#225;s cotidiano externo. La gente se deja acompa&#241;ar o llevar sin problemas, o lo agradece y lo espera, como las mujeres con gran frecuencia; pero es como si a partir de entonces ese alguien supiera d&#243;nde hallarnos -lo supiera con sus propios ojos y guardara imagen, es distinto de saberlo a secas-, y a qu&#233; hora aproximada. (De hecho es lo primero que averiguan y observan los ladrones y los secuestradores, los violadores y los asesinos, los esp&#237;as y los polic&#237;as, cu&#225;ndo vuelve uno, cu&#225;ndo est&#225; en casa o en ella no hay nadie, seg&#250;n sus fines y les convenga que est&#233; uno all&#237; o no haya rastro.) S&#237;, importa mucho ser visto en los propios dominios o en sus alrededores, no digamos ascendiendo los cuatro o cinco escalones que separan la calle de nuestra puerta en Londres, abriendo &#233;sta con nuestra llave, entrando, cerr&#225;ndola con la lentitud involuntaria del fatigado gesto. Al cabo de un par de minutos se identificar&#225;n nuestras luces y nuestros balcones, desde la acera, o desde los &#225;rboles y la estatua -o era all&#237; ventana-; y entonces ya puede imagin&#225;rsenos mejor en nuestros interiores, o adivin&#225;rsenos, conocer el tipo de iluminaci&#243;n que nos gusta, y hasta se nos puede divisar la figura si nos acercamos a los cristales, o contemplarla en nuestro marco &#237;ntimo si nos asomamos a fumar un cigarrillo o a admirar el crep&#250;sculo, a recoger la brisa o a regar las plantas, o a mirar qui&#233;n llama al timbre una noche de lluvia tras habernos seguido durante mucho rato, ella y yo con paraguas y ella con un perro blanco, tis tis tis, hac&#237;a el perro, al caminar casi volando. Y alguien desde la plaza, a distancia, o sobre todo desde las casas de enfrente, la del bailar&#237;n ufano, pod&#237;a habernos visto a los dos mientras habl&#225;bamos, mientras la joven P&#233;rez Nuix me ped&#237;a un favor molesto, nada f&#225;cil, y me explicaba por qu&#233; ahora no siempre nuestros clientes eran del Estado, no siempre el Ej&#233;rcito, la Armada, un Ministerio o una Embajada, New Scodand Yard o la judicatura, el Parlamento, el Banco de Inglaterra, los Servicios Secretos, el MI6, el MI5 o incluso Buckingham, la Corona; y tambi&#233;n mientras contestaba a mis numerosas preguntas, a veces sin que tuviera que hac&#233;rselas y a veces tras escuch&#225;rmelas, 'Qu&#233; sabes t&#250; de los criminales', y 'Qui&#233;nes son los wet gamblers', y 'Sobre qui&#233;n he de mentir o callar, para complacerte', y 'A&#250;n no me has pedido el favor, todav&#237;a ignoro en qu&#233; consiste, exactamente', y 'Cu&#225;ntos a&#241;os llevas aqu&#237;, a qu&#233; edad empezaste, qui&#233;n fuiste o c&#243;mo eras, antes de esto', y 'Qu&#233; particulares particulares son esos, y c&#243;mo es que esta vez sabes tanto sobre este encargo, su origen, su procedencia'. Ya no pod&#237;a ser y no fue 'un momentito', el que ella hab&#237;a anunciado tras decir 'Soy yo', desde la calle. (En seguida todo se alarga o se enreda o todo tiende a adherirse, es como si cada acci&#243;n llevara su prolongaci&#243;n consigo y cada frase dejara en el aire un hilo de pegamento colgando, que nunca puede cortarse sin que se pringue algo m&#225;s al hacerlo. Todo insiste y contin&#250;a solo, aunque opte uno por retirarse.)

Y cada vez que he tra&#237;do a una mujer a mi casa, cuando era soltero o en aquel tiempo de Londres (quiero decir tra&#237;do para pasar la noche o no tanto, para pasar por mi cama), he temido que reapareciera por el lugar ya visitado por ella, sin ser invitada ni solicitada: por eso, por el mero hecho de haberlo pisado y haberme visto all&#237; dentro, c&#243;mo vivo, y guardar la imagen. Y a menudo lo he temido con causa. Y si alguna ha vuelto a ese territorio por mi voluntad y con permiso m&#237;o, o incluso por mi llamamiento y anhelo, entonces hay una habitaci&#243;n a la que no debe pasar, ni siquiera para acompa&#241;arnos mientras vamos por un refresco o preparamos un piscolabis, si no deseamos que se nos instale, si a tanto no estamos dispuestos; y esa habitaci&#243;n no es la alcoba, que es indiferente hasta para pernoctar en ella, ni tampoco el cuarto de ba&#241;o, los de los hombres solos apenas son imaginativos; sino la cocina, porque si una mujer entra en ella a seguir conversando durante nuestro traj&#237;n o a ayudarnos sin que se lo pidamos ni sugiramos; si nos sigue hasta all&#237; por su iniciativa, o casi instintivamente como los patos, lo m&#225;s probable es que se quiera quedar sine die a nuestro lado -all&#237; prueba o huele un instante de convivencia-, aunque ella a&#250;n no lo sepa, y sea la primera vez que viene, y aun lo negara sinceramente si alguien se lo pronosticase. Tal vez esa era una de las ense&#241;anzas triviales de mi don o de mi maldici&#243;n, si los ten&#237;a.

Tupra no era mujer ni iba a quedarse, ni siquiera iba a subir a mi casa, s&#243;lo a llegar a la plaza y dejarme ante mi portal, en su veloz Aston Martin. Y aun as&#237; no me agradaba la idea, porque pod&#237;a figur&#225;rmelo bien luego, u otra noche, otro atardecer, otro d&#237;a o al amanecer, espiando desde los &#225;rboles o desde la estatua, vigilando mi ventana, o acechando desde el hotel de enfrente, atento a mis luces y a mi guillotina y a la posible mujer que hubiera venido a verme, no necesariamente a pasar por mi cama. Esperando a su salida. No en balde me hab&#237;a parecido desde el principio un tipo que transitaba m&#225;s por las calles que sobre moquetas, menos bregado en las oficinas que fuera de ellas.

Abr&#237; la portezuela entornada del coche y me sub&#237;, sin contestarle nada. &#201;l lo rode&#243; y entr&#243; por su lado. Le dije mis se&#241;as exactas, con retint&#237;n, supongo, como si &#233;l fuera un taxista, eso fue todo. Yo sab&#237;a que no iba a contenerme durante aquellos minutos a solas que nos aguardaban, pero no estaba seguro de c&#243;mo empezar, quiz&#225; no me conven&#237;a precipitarme en exceso, pese a mi cabreo, soltando la primera recriminaci&#243;n que me viniera a la lengua, y que acaso fuese secundaria, un detalle en comparaci&#243;n, con lo grave. A&#250;n no hab&#237;a decidido abandonar el trabajo, eso deb&#237;a pens&#225;rmelo con mayor distancia, y encajar la idea de volver a verme en la BBC Radio, con sus aburrimientos mal pagados. Esper&#233; unos segundos largos, el autom&#243;vil ya en marcha y acelerando, a ver si &#233;l dec&#237;a algo y as&#237; me daba una entrada. 'No lo har&#225;', pens&#233;, 'sabe aguantar los silencios, los que &#233;l establece.' El inter&#233;s era suyo, en acercarme, pero quiz&#225; no era para aleccionarme, ni para re&#241;irme (por m&#237; se nos hab&#237;a pegado De la Garza), ni para puntualizarme nada, sino para o&#237;r mi desahogo todav&#237;a en caliente, 'en mojado' como Don Quijote dec&#237;a, y as&#237; medir mi capacidad de enfado. Al poco el silencio se hizo ya propio de dos personas que no quieren hablarse.

Esa zona en la que vives no es nada barata -murmur&#243; &#233;l entonces; de modo que el silencio, infer&#237;, era ajeno a su decisi&#243;n y a su voluntad, y esos los soportaba menos: su vehemencia o su tensi&#243;n permanentes le exig&#237;an llenar todo el tiempo de contenidos palpables, audibles, reconocibles o computables. Todo el coche, ahora sin las interferencias o rivalidad fragante de Flavia, ol&#237;a a su b&#225;lsamo afier-shave, era como si &#233;ste se le quedara impregnado o &#233;l renovara continuamente su aplicaci&#243;n a escondidas. No le hab&#237;a visto hacerlo ante el espejo de los tullidos. Baj&#233; un poco mi ventanilla.

No, no es barata, m&#225;s bien cara -respond&#237; casi sin querer-. Pero prefiero gastar en eso, huyo de la sordidez como de la peste. -De pronto ca&#237; en que desde hac&#237;a un rato Tupra no llevaba su abrigo, puesto ni echado ni tampoco al brazo, no me hab&#237;a dado cuenta de cu&#225;ndo se lo hab&#237;a quitado ni de d&#243;nde lo hab&#237;a metido, habr&#237;a sido al salir de la discoteca, o habr&#237;a efectuado un cambiazo r&#225;pido en el guardarropa, del que no me hab&#237;a percatado. Volv&#237; la cabeza para ver si estaba extendido sobre la repisa de atr&#225;s, m&#225;s all&#225; de los asientos traseros. Pero no lo vi, luego d&#243;nde estaba, la maldita espada-. Y esa espada -le dije.

Tupra -ya no ser&#237;a Reresby, aunque la noche no hubiera acabado- sac&#243; un cigarrillo, lo alumbr&#243; con el encendedor del coche, se le iluminaron un momento las mejillas lisas y acervezadas, era como si estuviera reci&#233;n afeitado. Esta vez no me ofreci&#243; uno de sus preciosos egipcios. Yo saqu&#233; uno de mis peloponesios para subrayarlo, no lo encend&#237; al instante.

Qu&#233;. Est&#225; en el maletero.

Quiero decir a qu&#233; ven&#237;a esa espada. C&#243;mo es que la llevas. Ha sido una brutalidad, es una salvajada, he cre&#237;do que le ibas a cortar de verdad la cabeza, casi me muero yo, est&#225;s loco, qu&#233; es esto, d&#243;nde estamos, eres un animal, y qu&#233; falta hac&#237;a

Por fin me hab&#237;a salido en borbot&#243;n, me hab&#237;a lanzado, a pesar de que su respuesta ('Qu&#233;. Est&#225; en el maletero') hab&#237;a sido dicha en el mismo tono concluyente o conclusivo en que una vez me hab&#237;a contestado en su despacho ('S&#237;, lo he visto') al preguntarle yo si se hab&#237;a enterado del golpe de Estado contra Ch&#225;vez en Venezuela (y hab&#237;a a&#241;adido: '&#191;Algo m&#225;s, Jack?'). El m&#237;o no era a&#250;n de furia, pero si hubiera seguido con la retah&#237;la inconexa ese tono habr&#237;a ido en aumento, uno se calienta o se moja a s&#237; mismo, las m&#225;s de las veces lo hace uno con la mente solo, sobre todo si se produce una pausa, una condensaci&#243;n, una espera obligada entre los hechos y el estallido. Tupra no pareci&#243; sentirse afectado, no todav&#237;a -ni siquiera incomodado o levemente alterado-, por el arranque de mis exabruptos, y me cort&#243; el torrente, iniciado apenas, con una frase serena y lateral de la que entend&#237; s&#243;lo parte. No entender es lo que m&#225;s frena, y querer entender urge m&#225;s, y puede m&#225;s que cualquier cosa.

Eso lo aprend&#237; de los Kray. -'The Krays', dijo en ingl&#233;s, con ese plural innecesario en espa&#241;ol para los apellidos o las familias cuando se los nombra colectivamente (el plural ya lo indica el art&#237;culo, 'los Manoia'), y que cada vez m&#225;s idiotas nacionales nuestros trasladan a nuestra lengua con mim&#233;tico desconocimiento: acabar&#225;n diciendo 'los L&#243;peces' o 'los Santist&#233;banes' o 'los Mercaderes'. Pero yo no comprend&#237; la palabra entonces, ni me la represent&#233; con may&#250;scula ni sab&#237;a que era un apellido, y menos a&#250;n c&#243;mo se escrib&#237;a (&#191;crase, craze, kreys, crays, crease, creys, o hasta krais? A la mayor&#237;a de los espa&#241;oles nos cuesta distinguir los diferentes tipos de s). Por eso par&#233; la cascada en seco, a la vez que &#233;l par&#243; ante un sem&#225;foro.

&#191;De los qu&#233;?

Ser&#225; de los qui&#233;nes -me contest&#243;-. Los hermanos Kray, k, r, a, y. -Y lo deletre&#243; en el acto, seg&#250;n la costumbre en su idioma-. No tienes por qu&#233; haber o&#237;do hablar de ellos, eran dos gemelos, Ronnie y Reggie, dos gangsters pioneros de los a&#241;os cincuenta y sesenta, empezaron en el East End, gente salida de Bethnal Green o por ah&#237;; les comieron el terreno a los italianos y a los malteses, prosperaron, se expandieron, hasta que acabaron en prisi&#243;n a finales de los sesenta, uno muri&#243; ya entre rejas y el otro creo que a&#250;n cumple condena, debe de ser ya bastante viejo y seguramente no salga nunca. Fueron de los m&#225;s violentos y temidos, col&#233;ricos, con escaso control de su crueldad, algo s&#225;dicos, y al principio de su carrera utilizaron espadas. Claro que ellos lo hicieron por necesidad, no ten&#237;an dinero para armas m&#225;s caras, en sus primeros escarmientos e intimidaciones. Causaban terror, con sus sables, a sus v&#237;ctimas las dejaban marcadas de oreja a oreja de un solo tajo, o a lo largo de la espalda entera y aun m&#225;s abajo. Les hac&#237;an una segunda raja, vaya, y a una mujer se cuenta que le dejaron cuatro. Hay un libro o dos sobre ellos, y hubo una pel&#237;cula, cre&#237;a que t&#250; ibas al cine. A lo mejor no se exhibi&#243; en Espa&#241;a, demasiado local para otros pa&#237;ses, peque&#241;a historia de Londres. Pero esa s&#237; la vi yo, y en una escena o dos se los ve&#237;a con sus espadas, provocando el p&#225;nico. Recuerdo una, en unos billares. No estaba mal, bastante documentada, y los actores tambi&#233;n eran gemelos. Cine biogr&#225;fico, lo llaman. -Jam&#225;s hab&#237;a o&#237;do yo ese t&#233;rmino. 'Biopic' s&#237;, pero 'biographical cinema' nunca, y fue eso lo que &#233;l dijo.

Ya me hab&#237;a desactivado, moment&#225;neamente al menos. As&#237; sol&#237;a proceder cuando hablaba, iba de una frase a otra y con cada una se iba m&#225;s desviando de lo que hab&#237;a dado pie a la primera, del origen de la charla o de su disquisici&#243;n, si era esto. El origen en esta ocasi&#243;n era mi enfado, mi resentimiento porque me hubiera involucrado en sus bestialidades o me hubiera hecho contemplarlas, en las pel&#237;culas y en las novelas se mata a cualquiera por nada y all&#237; nadie pesta&#241;ea, ni el autor ni los personajes ni los espectadores ni los lectores, siempre parece tan f&#225;cil, y tan com&#250;n, tan frecuente. Pero no lo es en la vida real, no es f&#225;cil ni com&#250;n ni frecuente, no en la que llevamos la mayor&#237;a inmensa de las personas -pero inmensa-, y en ella causa un malestar y una turbaci&#243;n y un pesar descomunales, inimaginables para quien no se ha visto antes en una. (S&#237;, se queda uno temblando, como ya creo haber dicho, y se queda mucho rato. Y luego se queda abatido, y eso le dura a&#250;n m&#225;s tiempo.) Por fortuna nosotros no hab&#237;amos matado a nadie en contra de lo previsible tras la aparici&#243;n de aquella arma, eso cre&#237;a (ser&#237;a yo quien llamase un d&#237;a a De la Garza, a espaldas de Tupra -m&#225;s val&#237;a-, para cerciorarme de que segu&#237;a con vida el capullo, de que no la hab&#237;a palmado luego por alguna lesi&#243;n interna). A la postre hab&#237;an sido tan s&#243;lo unos golpes y unas sacudidas y una ahogadilla, esto es, algo menor, balad&#237; en una pel&#237;cula o en una de esas novelas mim&#233;ticas de las americanas m&#225;s lerdas, sobre psic&#243;patas revientacuerpos o asesinos en serie anal&#237;ticos, casi aritm&#233;ticos, hay montones de ellas, tambi&#233;n en la imitativa Espa&#241;a. Y sin embargo esa nimiedad de las ficciones a m&#237; me hab&#237;a dejado con sensaci&#243;n de fiebre y con n&#225;useas y con pasajeros sudores, duraban poco pero no se iban del todo, y cada vez que se deten&#237;a el coche ante un sem&#225;foro en rojo y no entraba aire por la ventanilla, me volv&#237;an, y me empapaban entero en cuesti&#243;n de segundos. Eso durante el trayecto. En efecto era breve, y m&#225;s de noche, nos acerc&#225;bamos ya a mi plaza.

Me hab&#237;a quedado callado tras sus explicaciones sobre los gemelos Kray, entre desconcertado, a&#250;n m&#225;s malhumorado y curioso, y hube de retroceder mentalmente para recuperar si no el origen de aquello, s&#237; al menos sus aleda&#241;os: la espada.

&#191;Qu&#233; quieres decir con que lo aprendiste de ellos? &#191;Te refieres a lo de la espada? &#191;Y lo aprendiste de qu&#233;, de los libros, de la pel&#237;cula, o es que los conociste?

Tupra habr&#237;a nacido hacia 1950, un poco despu&#233;s o un poco antes. Pod&#237;a haberlos tratado como aprendiz, como alev&#237;n, como ac&#243;lito, con anterioridad a su encarcelamiento, hay &#225;mbitos en los que se empieza muy joven, casi ni&#241;o. En alguna otra ocasi&#243;n hab&#237;a mencionado Bethnal Green, el barrio m&#225;s tirado de Londres en la &#233;poca victoriana, y su miseria hab&#237;a sido mucho m&#225;s larga que el largu&#237;simo reinado. All&#237; hubo durante d&#233;cadas un manicomio, el Bethnal House Lunatic Asylum, y el distrito nombrado Jago -como me llamaba a m&#237; Tupra a veces, ir&#243;nicamente-, en torno a Old Nichol Street, era notorio por su extremada pobreza y sus continuos cr&#237;menes. Si proced&#237;a de un sitio as&#237; -pero tambi&#233;n hab&#237;a estudiado en Oxford, quiz&#225; gracias a sus dotes-, eso pod&#237;a explicar que se desenvolviera tan bien en los bajos fondos como en las superficies m&#225;s altas: lo segundo se aprende, y est&#225; al alcance de cualquier vivo; en cambio no hay ense&#241;anza que valga para lo primero, m&#225;s que sumergirse. Por edad era posible. Pero Tupra no me contest&#243; directamente, la verdad es que no acostumbraba.

La pel&#237;cula debe de haberla en DVD o en v&#237;deo. Pero era bastante sombr&#237;a, y algo s&#243;rdida. As&#237; que si huyes de eso como de la peste, ser&#225; mejor que no la veas -dijo como si no hubiera o&#237;do mis preguntas o las encontrara superfluas; y adem&#225;s le not&#233; un poco de burla, al tomarme al pie de la letra mi aversi&#243;n por las sordideces-. En ella hac&#237;a un peque&#241;o papel un actor que conozco bien, un viejo amigo, y una noche, cuando la rodaban, lo ayud&#233; a ensayar su escena. Yo creo que luego fui a verla por eso, cogi&#243; mucho de mi estilo. Compart&#237;a calabozo con los gemelos, durante su servicio militar, a&#250;n muy j&#243;venes; los observaba, y les daba la lecci&#243;n resumida de lo que tendr&#237;an que hacer cuando salieran y se reincorporaran a la vida civil. Es la lecci&#243;n m&#225;s condensada para conseguir algo. En realidad siempre, lo que sea. 'S&#233; c&#243;mo os llam&#225;is, Kray', les dec&#237;a. -Y esta vez Tupra pronunci&#243; el nombre a lo cockney o a lo poco instruido, esto es, como si fuera la palabra 'Cry', 'Grito' o 'Llanto' seg&#250;n los casos. Como si representara &#233;l el papel, moment&#225;nea, vicariamente: le hab&#237;a asomado su vanidad ingenua de nuevo, blanda. Acab&#225;bamos de desembocar en mi recoleta Square, en mi plaza silenciosa y tranquila desde que la noche ca&#237;a; hab&#237;a aparcado frente a los &#225;rboles y hab&#237;a apagado el motor al instante, pero no iba a dejarme bajar inmediatamente, todav&#237;a me estaba hablando. Y a&#250;n no se hab&#237;a manifestado la causa de su empe&#241;o en llevarme-. 'Y me digo a m&#237; mismo, George, me digo' -prosigui&#243; el mon&#243;logo, era como si lo tuviera memorizado desde aquella noche de ensayo con su amigo actor, har&#237;a a&#241;os-, 'estos chicos son especiales, estos chicos son algo nuevo. Lo ten&#233;is. Hab&#233;is dado con ello. Y yo puedo verlo.' -Esa u otras parecidas frases eran la divisa de nuestro trabajo, 'Yo puedo verlo, puedo ver tu rostro ma&#241;ana'-. 'Y ten&#233;is que aprender a usarlo. Mirad, hay gente ah&#237; fuera, much&#237;sima gente, a la que no le gusta que le hagan da&#241;o. Ni a ella, ni a sus propiedades. Y mirad, esa gente, a la que no le gusta ser da&#241;ada, pagan a personas, para que &#233;stas no le hagan da&#241;o. Sab&#233;is de lo que estoy hablando, &#191;verdad? Claro que s&#237;. Bien, cuando salg&#225;is de aqu&#237;, muchachos, mantened los ojos bien abiertos, acechad a la gente a la que no le gusta que le hagan da&#241;o. Porque hasta a m&#237; me hac&#233;is cagarme de miedo, muchachos. Maravilloso.' -'Cos you scare the shit out me, boys. Wonderful', as&#237; lo dijo en ingl&#233;s Tupra, esto &#250;ltimo, con su falsa dicci&#243;n que acaso era la verdadera suya, all&#237; dentro de su coche quieto tan raudo, a la luz lunar de las farolas, sentado a mi derecha, con las manos todav&#237;a sobre el volante inm&#243;vil, apret&#225;ndolo o estrangul&#225;ndolo, ya no llevaba los guantes, los ten&#237;a en el abrigo junto con la espada, sucios y mojados y envueltos en papel toalla-. Esa es la cosa, Jack. El miedo -a&#241;adi&#243;, y esas siete palabras (o en su lengua fueron menos) a&#250;n sonaron como si pertenecieran al papel que imitaba, o que hab&#237;a usurpado, o que tal vez le hab&#237;an robado, o que cre&#237;a haber interpretado &#233;l de todas formas, por amigo interpuesto. Pero no sonaba como su estilo precisamente, no el habitual del Bertram Tupra que yo conoc&#237;a, sino como la recreaci&#243;n de un actor shakespeariano, en todo caso s&#237; sombr&#237;o, no s&#233; si s&#243;rdido, m&#225;s bien siniestro, agorero, no fue extra&#241;o que con mi sudor de ida y vuelta y mi sensaci&#243;n de fiebre me viniera un escalofr&#237;o.


El malestar se me iba pasando, con todo, desde que &#233;l hab&#237;a detenido el autom&#243;vil. Ve&#237;a mis luces del apartamento encendidas, a menudo dejaba as&#237; algunas si es que no todas, parecer&#237;a que estuviera en casa siempre, excepto cuando dorm&#237;a o las apagaba a prop&#243;sito a veces -al o&#237;r m&#250;sica-, para alguien que me espiase desde enfrente o desde la calle.

Esas luces de ah&#237;, &#191;son las tuyas? -me pregunt&#243; Tupra al mirar hacia donde yo miraba, hubo de invadir mi espacio un momento y acercar su rostro a mi ventanilla abierta, le gustaba controlarlo todo, o lo que ve&#237;a lo curioseaba con sus ojos siempre insaciables, azules o grises seg&#250;n qu&#233; los iluminara.

S&#237;, no me agrada encontrarme la casa a oscuras, cuando regreso tarde.

No ser&#225; que te espera alguien arriba, &#191;verdad? Y yo aqu&#237; entreteni&#233;ndote m&#225;s rato.

No, no me espera nadie, Bertram. Sabes que vivo solo.

Pod&#237;a ser una visita, alguien habitual, que tuviera llave. &#191;Quiz&#225; una novia inglesa? &#191;O ser&#237;a siempre espa&#241;ola?

Nadie tiene mis llaves, Bertram, y esta noche era muy mala para citas tard&#237;as. Cuando salimos contigo, nunca sabemos a qu&#233; hora volvemos. Hoy no es demasiado tarde, pero s&#243;lo con que De la Garza hubiera luchado, o hubiera echado a correr, o hubi&#233;ramos tenido que pasar por comisar&#237;a por armar bronca en sitio p&#250;blico o por tu original posesi&#243;n de armas, ya nos habr&#237;amos ido a las tantas, o a ma&#241;ana por la ma&#241;ana.

Tal vez mi leve pero recobrado tono de reproche lo llev&#243; a acordarse, y entonces &#233;l me hizo el suyo, su reproche, para machacar y anular el m&#237;o o porque me lo ten&#237;a guardado, y para eso, para solt&#225;rmelo, hab&#237;a querido acercarme a casa. Seguramente era esto &#250;ltimo, &#233;l no sol&#237;a pasar por alto los fallos, ni sus descontentos.

No habr&#237;a podido echar a correr. Tampoco habr&#237;a luchado nunca, t&#250; lo sabes -me puntualiz&#243;-. Pero ah, mira, ahora que me llamas Bertram, esto quer&#237;a decirte. -Y se le endureci&#243; la cara, deb&#237;a de haberlo fastidiado de veras-. Tres veces, tres veces si no han sido cuatro, me has llamado Tupra esta noche, delante de ese imb&#233;cil tuyo. &#191;C&#243;mo se te ha ocurrido, Jack? &#191;No tienes cabeza? -Y hasta se atrevi&#243; a darme un golpecito en la frente con la parte m&#225;s mullida, inferior, de su palma, como si fuera un profesor de gimnasia-. Si soy Reresby esta noche, Jack, esta noche no tengo otro nombre, eso estaba claro, a ning&#250;n efecto. Lo sab&#233;is todos de sobra, que eso es inamovible en cualquier circunstancia, a menos que yo os avise de un cambio. &#191;C&#243;mo has podido tener ese descuido? Ese cretino ha o&#237;do mi nombre. Pod&#237;an haberlo o&#237;do otros. Con &#233;l no pasar&#225; nada, no ser&#225; grave, le dar&#225; lo mismo un nombre que otro, y lo &#250;ltimo que desear&#225; ser&#225; acordarse de m&#237;, de mi cara o de c&#243;mo me llamo. Querr&#225; olvidar la pesadilla entera, ese no va a ser vengativo. Pero imag&#237;nate que se te hubiera escapado delante de Manoia, para quien soy siempre Reresby, desde que me conoce. Son a&#241;os, Jack, &#191;no lo entiendes? No puedes tir&#225;rmelos a la basura en un instante, por perder los papeles y ponerte hist&#233;rico y anticipar lo que voy o no a hacer, hasta que me veas hacerlo t&#250; no puedes saberlo, y a veces tampoco aunque me veas, &#191;entiendes? No lo habr&#233; hecho, de todas formas. Aparte de que no sea asunto tuyo, lo que yo haga. Pronto vas a viajar conmigo, Jack, me vas a acompa&#241;ar fuera, y habr&#225; m&#225;s desplazamientos seguramente, si contin&#250;as con nosotros y seguimos colaborando. Me veas en lo que me veas, no vuelvas a meterte nunca. No quiero ni pensarlo: con Manoia habr&#237;an sido a&#241;os de confianza muy lenta, jam&#225;s segura, siempre a prueba, tirados por la borda as&#237;, en un instante. &#191;O c&#243;mo crees que reacciona alguien cuando oye llamar a un negociador o a un socio por otro nombre del que &#233;l conoce?

Ten&#237;a raz&#243;n en parte, incluso en buena medida: hab&#237;a sido un fallo. Pero hab&#237;a sido cuando hab&#237;a sido, cada vez que hab&#237;a cre&#237;do que iba a matar al cretino, no era una circunstancia cualquiera. Pero en vez de defenderme inmediatamente, aprovech&#233; para intentar una averiguaci&#243;n (tres eran muchas veces):

As&#237; que os conoc&#233;is de antiguo y aun as&#237; te cree Reresby -dije-. No sab&#237;a, tampoco me lo dejaste tan claro. &#191;Qu&#233; es el Sismi, si puedo preguntarlo?

Tupra se ri&#243;, esta vez &#233;l solo, seco, casi me son&#243; sarc&#225;stico; o peor, condescendiente.

No s&#243;lo puedes -me contest&#243;-, sino que ni siquiera te har&#237;a falta. Probablemente venga hasta en los diccionarios, de italiano-ingl&#233;s, de italiano-espa&#241;ol en tu caso. El Servicio de Inteligencia de all&#237;. Servicio para la Seguridad y la Informaci&#243;n Militares o algo as&#237;, son siglas, en italiano dan SISMI, s, i, s, m, i, no tiene ning&#250;n misterio. Estabas m&#225;s atento de lo que me ha parecido.

Ah. &#191;Debo deducir que Manoia pertenece a ellos? Un siervo de Berlusconi, entonces. Qu&#233; desgracia la de los funcionarios y militares de ese pa&#237;s, vasallos todos de un mamarracho. Se le adivinan las lentejuelas y la chaqueta de raso rojo, aunque no las lleve puestas. No, no estaba atento, pero esa palabra no la conoc&#237;a, en ninguna lengua.

No me sigui&#243; la broma, pero no ser&#237;a por respeto a ese Primer Ministro, yo sab&#237;a que tambi&#233;n opinaba que era un mamarracho con chaqueta de raso y lentejuelas impl&#237;citas.

Eso ser&#237;a demasiado deducir, Jack. As&#237; que no lo preguntes tampoco. Hablar de la CIA o del MI6 o el MI5 no supone pertenecer a ellos, &#191;verdad? Es m&#225;s, rara vez los nombran quienes est&#225;n en ellos, como tienen prohibida la palabra 'Mafia' muchos ma&#241;osos, no toleran ni o&#237;rsela a otros, a civiles. Tampoco se te ha contratado para que deduzcas ni para que preguntes, as&#237; que puedes ahorrarte esas tareas, las haces gratis. O guard&#225;rtelas para ti, si es que te tientan. Pero a m&#237; no me fastidies, no me marees.

Esta vez se me hizo antip&#225;tico, impertinente. 'But don't piss me off, don't pester me', algo por el estilo dijo, y le sali&#243; con gran desprecio. A m&#237; no me costaba nada recuperar el cabreo, de hecho el de fondo no se me iba a pasar en mucho tiempo y nunca se me iba a olvidar el mal trago, el sentimiento de miserabilidad y abuso que me hab&#237;a infundido, de impotencia y de chuler&#237;a y aun de fascismo anal&#243;gico. Si es que era anal&#243;gico: me hab&#237;a hecho acordarme de la cuadrilla de requet&#233;s o de falangistas que hab&#237;a toreado a un hombre en un campo de Ronda, en el remoto octubre o septiembre del 36. Me toc&#243; las narices y le devolv&#237; la moneda.

Me ibas a dar una explicaci&#243;n -le dije-. De lo de la maldita espada. Los Kray y todo eso. &#191;Qu&#233; es lo que aprendiste tan importante, a ser como El Zorro? &#191;D'Artagnan, Gladiator, Conan el B&#225;rbaro, Espartaco? &#191;El Pr&#237;ncipe Valiente, los Siete Samurais, Aragorn, Scaramouche? &#191;O Darth Vader? &#191;Cu&#225;l es el modelo?

Volvi&#243; a apoyar las manos sobre el volante trabado. Lade&#243; la cabeza hacia m&#237;, hacia su izquierda, con la poca luz -y era toda lunar- los ojos se le ve&#237;an negros y opacos, como nunca se le apreciaban; o era efecto de la dominancia de sus pesta&#241;as, largas y demasiado tupidas para no ser envidiadas por casi cualquier mujer y receladas por casi cualquier var&#243;n. Yo soy var&#243;n, pero tampoco las tengo cortas ni ralas. Se ri&#243; un poco, con m&#225;s ganas ahora, mi salida le hab&#237;a hecho gracia. Una vez m&#225;s yo le hac&#237;a gracia, es el mejor salvoconducto para librarse de casi cualquier cosa (no de las inquinas ni de las venganzas, pero s&#237; de las represalias y las amenazas col&#233;ricas, y eso es mucho).

S&#237;, r&#237;ete ahora, Iago -me dijo, me llamaba as&#237; cuando quer&#237;a picarme, en tono de zumba. Y a continuaci&#243;n se puso m&#225;s serio-. R&#237;ete, pero hace una hora, cuando ten&#237;a la espada en la mano, estabas tan aterrorizado como ese Garza -lo pronunci&#243; a la inglesa, le sali&#243; 'Gaatsa'-. Y si yo me bajara ahora del coche, fuera al maletero y la cogiera de nuevo, te volver&#237;as a morir de miedo aqu&#237; mismo; y si te la levantara saldr&#237;as corriendo hasta tu puerta y maldiciendo la existencia de las llaves, que hay que sacar de un bolsillo e introducir en una ranura, no es f&#225;cil acertar cuando la vida depende de eso y est&#225; uno desesperado y sin aire. Uno nunca llega a tiempo. Yo te habr&#237;a alcanzado, antes de lograr abrirla. O de poder cerrarla dej&#225;ndome fuera a m&#237; con mi espada, la hoja habr&#237;a cabido por la rendija y te habr&#237;a impedido el portazo. Hasta los sue&#241;os saben eso, que a uno suele alcanz&#225;rselo, y lo saben desde la Il&#237;ada. -Se detuvo un momento y mir&#243; hacia mi portal, lo se&#241;al&#243; con el dedo como si ambos pudi&#233;ramos ver, desdoblados, la escena hipot&#233;tica que describ&#237;a, un hombre corriendo hasta all&#237; como loco, salvando los escalones de un salto e intentando introducir una llave, completamente desencajado; y tras &#233;l otro con una 'destripagatos' de doble filo en la mano, con una lansquenete empu&#241;ada y en alto. S&#237; sent&#237; un estremecimiento, procur&#233; disimularlo. Me desconcert&#243; su menci&#243;n de la Il&#237;ada-. Es el miedo, Jack. El miedo. Una vez te dije que es la mayor fuerza que existe si uno logra acomodarse a &#233;l, instalarse, convivir con &#233;l con buen temple. Entonces puede sacarle uno provecho y utilizarlo en su beneficio, y llevar a cabo proezas que ni en el sue&#241;o m&#225;s fatuo, combatir con gran coraje, o resistirse, y hasta vencer a uno m&#225;s fuerte. Las madres en primera l&#237;nea con sus ni&#241;os bien cerca, ser&#237;an los mejores guerreros en las batallas, os lo tengo dicho. Por eso hay que ser cuidadoso con el miedo que uno mete, porque se le puede volver en contra. El que uno mete ha de ser tan terrible que no haya lugar a asentarlo, a incorporarlo, a adaptarse ni a consentirlo, que no pueda haber una estabilizaci&#243;n ni una pausa para convivir con &#233;l, ni un segundo, para encajarlo y hacerle sitio, y as&#237; cejar un instante en el agotador esfuerzo por ahuyentarlo. Eso es lo que paraliza y desgasta, y consume toda energ&#237;a, la incomprensi&#243;n, la incredulidad, la negaci&#243;n, la lucha. Y si la lucha ya no es esa (que es bald&#237;a), entonces las fuerzas vuelven aumentadas. Nadie piensa que va a morir, ni en la situaci&#243;n m&#225;s adversa, ni en la m&#225;s negra de las circunstancias, ni ante la irrefutable inminencia. As&#237;, el miedo que uno mete o infunde no debe ser conocido, ni casi ser imaginable. Si es un miedo convencional, previsible, o c&#243;mo decirlo, trillado, el que lo padece ser&#225; capaz de entenderlo, de ganar tiempo y con &#233;l costumbre, y quiz&#225; despu&#233;s de acometerlo. No se le pasar&#225;, no va a perderlo, no es eso: ese miedo seguir&#225; activo, acuci&#225;ndolo y atorment&#225;ndolo, pero podr&#225; asumirlo parcialmente, podr&#225; resituarse y discurrir algo; y se discurre a toda velocidad bajo su dominio, la imaginaci&#243;n se agudiza y aparecen soluciones, irrealizables o no, abocadas o no al fracaso, pero en todo caso se vislumbran, la mente se pone alerta y con ella todo el resto. Uno salta una tapia que parec&#237;a infranqueable en cualquier otro momento, o huye durante horas corriendo cuando antes habr&#237;a dicho que no contaba con fuelle ni para cazar a la carrera el autob&#250;s que se marcha. O empieza a hablar, a interesar, a contar y a argumentar, a entretener al que lo amenaza y ver si as&#237; lo disuade, cuando toda la vida uno ha sido negado para la elocuencia y no es capaz de lograr ni que el camarero de un bar lo atienda. La gente con miedo se transforma, si se le da tiempo a que prevalezca en ella no ya el mero instinto, sino el ingenio raudo de la supervivencia.

Y Tupra se call&#243;, ya no era Reresby indudablemente, par&#243; su disertaci&#243;n, deb&#237;a de tener bien estudiado el miedo, y bien probado, y bien vivido, y eso ser&#237;a por el mucho uso de &#233;l que habr&#237;a hecho en su vida, aqu&#237; y all&#225;, qui&#233;n sab&#237;a, en sus misiones y correr&#237;as de campo o sobre el terreno, en todas partes hay insurrectos y m&#225;s si se est&#225; al servicio de un viejo Imperio ya en ruinas y adem&#225;s en retirada, que ya deja s&#243;lo destacamentos muy recios para hacer acopio y traspasar poderes y organizar salidas no del todo deshonrosas, los venideros negocios y las salidas tard&#237;as. Se me cruz&#243; el pensamiento siniestro de que pudiera haber torturado y visto ah&#237; tanto p&#225;nico, como Orlov y Bielov y Contreras a Andreu Nin en su d&#237;a (el primero en realidad Nikolski y el tercero en realidad Vidali, y luego Sormenti en Am&#233;rica: tambi&#233;n Tupra ten&#237;a sus alias), en un s&#243;tano o cuartel o casa o prisi&#243;n u hotel de Alcal&#225; de Henares, all&#237; en la colonia rusa donde hab&#237;a nacido Cervantes; un informante sombr&#237;o y no especificado suger&#237;a que lo hab&#237;an desollado vivo, aquellos tres camaradas; pero me daba tanto miedo esa versi&#243;n o idea que la rechazaba de plano sin m&#225;s motivo que ese, mi incredulidad o lucha contra ese miedo, lo mismo que rechac&#233; en seguida el pensamiento siniestro sobre Tupra mi camarada, al fin y al cabo era alguien a quien ve&#237;a casi todos los d&#237;as, los laborables al menos, durante aquel tiempo m&#237;o de Londres.

Se qued&#243; en silencio de golpe, como sin resuello verbal m&#225;s que respiratorio, las manos sobre el volante siempre, como si fuera un ni&#241;o que juega con un coche de mentira o con el de su padre inmovilizado, apagado. La mirada se le hab&#237;a perdido, los ojos sin direcci&#243;n precisa, seguramente sin ver lo que vieran, mi portal, mi plaza, los &#225;rboles, las oficinas, el hotel, las farolas, la estatua, o la escena que acababa de fabular, en la que me alcanzaba dispuesto a matarme -era extra&#241;o ver divagar aquellos ojos, normalmente tan aprehensores y tan poco ociosos-, o las luces tambi&#233;n encendidas de mi bailar&#237;n vecino, no sab&#237;a Tupra de su existencia, ni que era mi entretenimiento cuando estaba solo en casa, cansado o abatido o nost&#225;lgico, y a veces mi apaciguamiento, el bailar&#237;n desenfadado y contento con sus dos mujeres, y alguna extra de tarde en tarde. La Square estaba vac&#237;a casi todo el rato, tan s&#243;lo pasaban alg&#250;n autom&#243;vil o alg&#250;n transe&#250;nte sueltos, separados por minutos; y al ser un lugar algo recoleto, un semioasis, los pasos de &#233;stos resonaban sobre la acera excesivamente. Alguno se daba cuenta y entonces los reprim&#237;a, trataba de amortiguarlos, como si de pronto a&#241;orara una alfombra bajo sus pies indiscretos. Los coches no, en todas partes son desconsiderados. Ni aminoraban la marcha. Tampoco lo hab&#237;amos hecho nosotros con el Aston Martin, al entrar en la plaza.

&#191;Y entonces? -dije yo, que no soltaba las presas si me atra&#237;a lo que contaban, al igual que Wheeler y que el propio Tupra-. El aprendizaje, la espada. -Dej&#233; de lado el tono zahiriente, o era de burla amigable.

El sali&#243; de su vagaroso estado al instante, encendi&#243; otro Rameses II y ahora s&#237; me tendi&#243; el fara&#243;nico paquete abierto de color rojo predominante, lo hizo maquinalmente, yo creo que sin darse cuenta de que no hab&#237;a sido as&#237; poco antes. Hab&#237;amos apagado los anteriores con cuidado en el cenicero, no se arrojan por la ventanilla en Londres los f&#243;sforos ni las colillas. Volvi&#243; a hablar con el mismo vigor y convencimiento. Sin duda hab&#237;a estudiado y calibrado sus m&#233;todos, hab&#237;a pensado en ellos o los hab&#237;an pensado por &#233;l unos expertos y &#233;l los hab&#237;a adoptado tras escuchar las explicaciones y con conocimiento de causa, casi nada era casual ni un capricho o una extravagancia, por lo que dijo entonces (y por una vez result&#243; que no se hab&#237;a desviado tanto, de frase en frase):

Justamente. Si yo le saco a un individuo una pistola o una navaja, es seguro que se asustar&#225;, pero ser&#225; un susto convencional, o trillado, como te he dicho, quiz&#225; esa es la palabra. Porque eso es lo habitual hoy en d&#237;a y desde hace ya un par de siglos, de hecho va para antiguo. Si nos atracan o nos secuestran, si nos amenazan para que cantemos o quieren obligarnos a algo o se disponen a escarmentarnos, en casi todos los casos ser&#225; a punta de pistola o cuchillo: eso es lo que la gente se agencia y adem&#225;s es lo c&#243;modo y pr&#225;ctico, lo que cabe en un bolsillo y podemos sacar r&#225;pidamente con tan s&#243;lo una mano, y lo que suponemos que el otro lleva cuando presentimos un mal encuentro. Es lo probable si nos cruzamos con una panda de gamberros del f&#250;tbol o de cabezas rapadas y nos da tiempo a barajar la posibilidad de cambiarnos de acera, casi siempre es demasiado tarde, si nos han echado el ojo no suele valer la pena o hasta empeora las perspectivas. Tambi&#233;n si alguien nos sigue con intenci&#243;n sospechosa: la mujer que se huele que van por ella a violarla teme y se hace a la idea de una punta de navaja sobre su pecho o garganta; el hombre en cuya casa entran ladrones espera ver contra su sien o su nuca el ca&#241;&#243;n de una pistola, es lo normal y lo previsible y, por as&#237; decir, se hace a esa idea. Hacerse a la idea no es mucho, pero es algo, porque sin querer uno ya est&#225; pensando en las maneras de escapar a eso o de limitar su da&#241;o, aunque resulten fantasiosas dadas las circunstancias; pero lleva adelantado terreno y sobre todo no se aterroriza ni se sorprende tanto, o s&#243;lo en la medida de ser uno el que se ve en tal aprieto, cuando siempre ha cre&#237;do que a &#233;l no iba a tocarle, o que ni siquiera entraba en el sorteo, el optimismo de la gente es infinito mientras ante cualquier desgracia ajena, aun cercana, le quepa a&#241;adir para s&#237;, tras todos los p&#233;sames y lamentaciones: 'Ah, pero no soy yo, no ha sido a m&#237;'. Ahora hay unas bandas, lo habr&#225;s le&#237;do en la prensa, la mayor&#237;a son de individuos del Este, albaneses, rusos, ucranios, kosovares, polacos, que irrumpen en las casas con metralletas y por las bravas, revientan la puerta y tiran al suelo a sus habitantes y para empezar les dan culatazos, todo mucho m&#225;s a lo bestia; y a veces se pasan de la raya y matan. Son procedimientos de la antigua KGB, o de la a&#250;n m&#225;s antigua NKVD, que a su vez no eran distintos de los de la Gestapo, ambos. -'Por ignorar los manejos de Orlov y sus muchachos de la NKVD', me pas&#243; por la memoria esa cita, le&#237;da en casa de Wheeler, durante mi larga noche de estudio sobre la misteriosa desaparici&#243;n de Nin-. Eso ya da m&#225;s miedo, quiero decir que da uno m&#225;s inesperado, y que esa violencia se percibe en seguida como desproporcionada para reducir y robar a una familia corriente, pac&#237;fica, que no va a oponer resistencia; y entonces pasa a temerse cualquier otra desproporci&#243;n posible. Creo que en Espa&#241;a hacen lo mismo, adem&#225;s de esos eslavos ingratos, los colombianos y los peruanos, aqu&#237; no hay a&#250;n demasiados de esos, vuestra lengua hace mucho por ellos, los tienta, en tu pa&#237;s tienen eso resuelto y para qu&#233; van a moverse. Eso nos salva a nosotros de ellos por ahora, bastante. Nos llegan &#225;rabes y chinos, rastas y pakis, son otra historia. Pero el miedo que provoca una metralleta, con todo, no acaba de ser terrible, o lo que yo llamo terrible, es decir, miedo que anula y que lo abarca todo, sin dejar espacio para ocuparse de nada m&#225;s que de eso, del miedo propio que lo invade a uno entero. Porque es dif&#237;cil que se utilice, esa arma. No lo har&#225;n si pueden ahorr&#225;rselo. Es ruidosa y aparatosa, vibra y su retroceso sacude y cansa, de tan fuerte, y tampoco se oculta con facilidad si se ha de salir huyendo. Su funci&#243;n es, al final, m&#225;s de intimidaci&#243;n que de verdadero uso, y eso la v&#237;ctima lo sabe o lo intuye desde el primer instante, y se reconforta, se recompone pensando que s&#243;lo si las cosas se ponen fatal para los asaltantes, disparar&#225;n &#233;stos con ella. -Tupra volvi&#243; a hacer un alto, muy breve esta vez, como si quisiera poner punto y aparte nada m&#225;s, ni siquiera cambiar de cap&#237;tulo-. En cambio, una espada -a&#241;adi&#243; muy pronto-. R&#237;ete ahora, b&#250;rlate por su extravagancia, por su anacronismo, hasta por su herrumbre. T&#250; no viste tu cara cuando la descubriste en mis manos. Viste la del macaco, con eso deber&#237;a bastarte. -Bueno, la verdad es que dijo 'monkey', 'mono' a secas, ser&#237;a imposible o&#237;r 'macaque' comoinsulto, en boca inglesa-. Seguramente es el arma que m&#225;s miedo da, justamente por su incongruencia en estos tiempos en que casi nadie lucha acercand&#243;se, o s&#243;lo como deporte curioso. Se tiran bombas y proyectiles desde distancias inimaginables, es como si cayeran solas del cielo, te lo aseguro, ni siquiera se ven aviones muchas veces, ni se los oye, o van sin piloto o eso es lo que les parece a las poblaciones que est&#225;n abajo. Se sufre el espantoso estrago, pero rara vez se ve ya a quien lo causa, esa es la tendencia desde que se invent&#243; la ballesta, que Ricardo Coraz&#243;n de Le&#243;n y otros consideraron deshonrosa, por ventajosa en exceso y con riesgo escaso para el ballestero, mucho m&#225;s que el arco, porque al menos &#233;ste requer&#237;a un mayor grado de destreza y esfuerzo y no se val&#237;a de un mecanismo, y alcanzaba, por as&#237; decir, lo que alcanzaba el brazo de un hombre, nunca m&#225;s lejos ni m&#225;s veloz ni preciso. Todo va hacia la ocultaci&#243;n del que mata, hacia su anonimato desde hace siglos, y todo hacia la deshonra; y eso hace que una espada parezca ir m&#225;s en serio que cualquier otra arma. -'In earnest, fue lo que dijo-. Parece imposible empu&#241;arla en vano, no s&#233; yo si te das cuenta: parece imposible hacer algo distinto de usarla, y de usarla inmediatamente. Y era cierto que yo me hab&#237;a preguntado por ella al v&#233;rsela ya en la mano -o quiz&#225; fue m&#225;s tarde, cuando por fin volv&#237; a casa del todo (no entonces, no en aquel viaje o parada) y me cost&#243; tanto dormirme (luego pudo formularlo &#233;l por m&#237;, hab&#233;rmelo expresado en el coche y ser mi pensamiento s&#243;lo un eco de sus palabras)-, y lo hab&#237;a hecho en estos t&#233;rminos: 'De d&#243;nde ha salido, un filo primitivo, un mango medieval, un pu&#241;o hom&#233;rico, una punta arcaica, el arma blanca m&#225;s innecesaria y m&#225;s re&#241;ida con estos tiempos, m&#225;s a&#250;n que una flecha y m&#225;s que una lanza, un anacronismo, una gratuidad, una extravagancia, una incongruencia tan extrema que provoca p&#225;nico s&#243;lo verla, no ya miedo cerval sino at&#225;vico, como si uno recuperara al instante la noci&#243;n de que es la espada lo que m&#225;s ha matado a lo largo de casi todos los siglos, lo que ha matado de cerca y vi&#233;ndosele la cara al muerto'. Tupra hab&#237;a aludido a Homero y ahora hablaba del segundo rey Plantagenet y el primero de los Ricardos, nacido en la mism&#237;sima Oxford pero de quien mucho se duda que conociera el ingl&#233;s o ni siquiera lo chapurreara, y que a lo largo de su decenio reinante no permaneci&#243; m&#225;s que unos meses en el pa&#237;s de esa lengua -todo sumado-, inmerso el resto del tiempo en la Tercera Cruzada o en sus guerras familiares en Francia, donde fue muerto cuando sitiaba Ch&#226;lus, el a&#241;o 1199, por una saeta de ballesta precisamente -a modo de inri-, seg&#250;n refresqu&#233; en un par de libros m&#225;s adelante: un brit&#225;nico forastero m&#225;s, todav&#237;a otro ingl&#233;s postizo y tambi&#233;n otro con sus alias: no s&#243;lo 'Coeur de Lion' tan conocido, sino asimismo 'Yea and Nay, antiguas formas de 'S&#237; y No' y comprensiblemente m&#225;s postergado; pues Ricardo S&#237; y No suena algo chusco aunque as&#237; fuera &#233;l llamado, por sus bruscos y continuos cambios de parecer y de planes, hasta en medio de las batallas (debi&#243; de ser exasperante, aquel monarca sa&#241;udo). Fue inevitable que estas referencias cultas de Tupra me sorprendieran un poco, en su conversaci&#243;n habitual no sol&#237;a haberlas, no hist&#243;ricas ni literarias, si bien tal vez se deb&#237;a a que normalmente no nos hac&#237;an falta: habl&#225;bamos de otras personas, casi todas eran presentes y ninguna era ficticia, aunque s&#237; desconocidas para m&#237; en su mayor&#237;a. Quiz&#225; era que conoc&#237;a bien la historia entera de las armas, por motivos profesionales. O que hab&#237;a sido estudiante de Oxford, al fin y al cabo, y disc&#237;pulo de Toby Rylands, profesor egregio y em&#233;rito de Lengua y Literatura Inglesas, con m&#225;s formaci&#243;n de la que aparentaba. Pero siempre me cab&#237;a la duda de si la tutor&#237;a de Rylands se hab&#237;a dado m&#225;s en el grupo sin nombre, que adiestraba con la pr&#225;ctica, que en la Universidad de renombre a la que hab&#237;amos pertenecido todos. Hasta yo mismo durante dos ya lejanos a&#241;os de los que apenas quedaba rastro, tal como hab&#237;a previsto con seguridad entonces, cuando a&#250;n viv&#237;a all&#237;, consciente de estar de paso y de que no iba a perdurar huella m&#237;a. Ahora, en aquel otro tiempo de Londres, pensaba lo mismo a veces, y aumentado, pese a no tener nunca muy claro si iba a regresar o adonde ir&#237;a, si me marchaba: 'Cuando salga de aqu&#237;, cuando vuelva a Espa&#241;a, mi vida de estos d&#237;as reales -y algunos transcurren lentos- pasar&#225; a ser un 'S&#237; y No' o como un sue&#241;o sin importancia, y nada de esto tendr&#225; ninguna, ni los sucesos m&#225;s graves, ni esa tentaci&#243;n o ese p&#225;nico, ni esa asquerosidad o esa violencia que yo mismo causo, ni el plomo sobre mi alma. Y habr&#225; llegado antes un d&#237;a en que les habr&#233; dicho a estos d&#237;as un adi&#243;s quiz&#225; parecido a la despedida escrita de Cervantes que quise recordarle a Wheeler, sin atreverme del todo a ello, en su jard&#237;n junto al r&#237;o. Algo menos alegre sin duda, pero s&#237; m&#225;s aliviado. Por ejemplo: "Adi&#243;s risas y adi&#243;s agravios. No os ver&#233; m&#225;s, ni me ver&#233;is vosotros. Y adi&#243;s ardor, adi&#243;s recuerdos"'.


&#191;Qu&#233; estudios hiciste en Oxford, Bertram? -le pregunt&#233; de pronto, aunque lo m&#225;s seguro es que no fuera el momento, sobre todo cuando hab&#237;a habido tantos otros (y habr&#237;a) en nuestras sesiones y di&#225;logos y pausas de vacilaci&#243;n o matiz y tiempos muertos, para interesarme por eso. La verdad es que lo ignoraba porque nunca lo hab&#237;a hecho antes, interesarme hasta preguntarle, y eso que es uno de los primeros temas a que se recurre en Inglaterra con vistas a romper el hielo entre desconocidos y aun entre colegas. As&#237; era cuando coincid&#237;a con alg&#250;n don oxoniense fuera de las actividades docentes o administrativas, tomando un caf&#233; en la Senior Common Room de la Tayloriana, entre clase y clase, o entre conferencia y seminario; as&#237; como en las infernales high tables o alzadas mesas de los treinta y nueve colleges (elevadas cenas, y adem&#225;s eternas), en las que uno pod&#237;a verse sentado, inm&#243;vil durante varias horas, al lado de un economista joven que s&#243;lo fuera capaz de hablarle sobre un raro impuesto ingl&#233;s a la sidra, vigente entre 1760 y 1767, y del que hab&#237;a versado su tesis (es un ejemplo real, de mi antigua experiencia, Halliwell se llamaba aquel festival de hombre), y eso gracias a haber yo avanzado con cortes&#237;a la frase inaugural y condenatoria a un tiempo: 'What is your field?', literalmente '&#191;Cu&#225;l es su campo?' y en realidad '&#191;Cu&#225;l es su especialidad?' o '&#191;A qu&#233; se dedica?', o all&#237; pod&#237;a tambi&#233;n ser '&#191;Qu&#233; es lo que ense&#241;a?'. Cualquier variante era inoportuna para interrumpir a Tupra en medio de un discurso sobre la espada.

Si a&#250;n recuerdo hasta a aquel Halliwell, obeso y bermejo y con un bigotito militar pero ralo, c&#243;mo no voy a recordar a todos los otros de aquel periodo, al viejo portero Will de ojos limpios y claros que deambulaba a trav&#233;s del tiempo, y a Alec Dewar el Matarife, el Destripador, el Inquisidor o el Martillo -the Butcher, the Ripper, the Inquisitor o the Hammer-, abnegado profesor dickensiano bajo su aspecto fiero y sus apodos injustos; al beodo Lord Rymer reaparecido ahora y con su sobrenombre justo -the Flask, la Frasca-, y al chismoso eslavista Rook, hombre de cabeza gruesa y cuerpo tenue -un cabez&#243;n, en suma- que presum&#237;a de una amistad con Nabokov y llevaba mil a&#241;os traduciendo Anna Karenina como se deb&#237;a, sin resultados visibles; al matrimonio Alabaster, que sol&#237;a espiarme en vilo por el circuito televisivo de su librer&#237;a anticuar&#237;a cuando yo bajaba a su s&#243;tano a husmear entre el polvo, y al jefe de mi departamento Aidan Kavanagh, al que alguna vez vi con chaleco, como a mi jefe Tupra siempre, s&#243;lo que sin camisa debajo o con una extra&#241;a sin mangas; a la chica gorda llamada Muriel -pero al final no era gorda- con la que pas&#233; una noche y basta, y que me dijo vivir entre el r&#237;o Evenlode y el r&#237;o Windrush, en la vecindad de lo que fue una vez bosque, Wychwood Forest; a la florista gitana Jane con sus botas altas, y a Alan Marriott con su perro d&#243;cil de tres patas, que me hab&#237;a visitado con su due&#241;o una ma&#241;ana, como muchos a&#241;os m&#225;s tarde el pointer blanco de P&#233;rez Nuix con la suya, una noche entrada; a mi mejor amigo Cromer-Blake, mi gu&#237;a en la ciudad y quien all&#237; me hab&#237;a hecho las veces de figura paterna y materna, alternativamente sano y enfermo durante mi estancia y muerto cuatro meses despu&#233;s de mi marcha (todav&#237;a yo guardo sus diarios), y a la autoridad Toby Rylands tan parecido a Wheeler pero a&#250;n sin el parentesco, y que quiz&#225; me hab&#237;a metido ya en esto mediante un informe escrito entonces, y archivado por si acaso; a la joven de pies r&#237;tmicos y bien calzados, y de tobillos perfeccionados, a la que no os&#233; hablar con la conmoci&#243;n suficiente, la que sent&#237; en su presencia, en un trayecto tard&#237;o desde la estaci&#243;n de Didcot, y a Clare Bayes, mi amante. Toda esa gente estuvo en mis d&#237;as antes que la propia Luisa, a la que tan s&#243;lo conoc&#237; a mi vuelta. Si yo no hab&#237;a dejado all&#237; huella, en Oxford, s&#237; hab&#237;a quedado en m&#237; la de aquel tiempo. Como quedar&#237;a probablemente la de este otro periodo de mi soledad londinense, por mucho que pasara un d&#237;a a parecerme una enso&#241;aci&#243;n no vivida, rebajada de sus consecuencias, y yo pudiera decir de todo ello los versos de Milton modificados, cada ma&#241;ana: 'Despert&#233;, se deshizo ese tiempo, y el d&#237;a devolvi&#243; mi d&#237;a'.

No, no era del todo cierto que no contara lo de ahora, cuando trabajaba en un pa&#237;s extranjero y un edificio sin nombre para no sab&#237;a qui&#233;n, o s&#243;lo a veces, seg&#250;n me hab&#237;a explicado la joven P&#233;rez Nuix en mi casa. Y a la vez que le pregunt&#233; eso a Tupra en el coche, qu&#233; estudios hab&#237;a hecho en Oxford, ech&#233; un vistazo hacia arriba, hacia mi ventana encendida tras de la cual ya iba ansiando encontrarme: habr&#237;a ofrecido el mismo aspecto mientras ella dudaba en la calle si llamar o no a mi timbre, y tambi&#233;n luego, mientras estuvo all&#237; dentro en la noche de lluvia sostenida y fuerte, aposentada, hablando y aun disertando, y pidi&#233;ndome el mal favor que al final le conced&#237;, a los pocos d&#237;as, y que ahora me hac&#237;a sentirme en callada deuda con Tupra -o era deuda secreta y atormentada- y me frenaba en mi enfado o casi ira, no pod&#237;a asumir lo que Reresby hab&#237;a hecho y no hecho -lo que yo hab&#237;a cre&#237;do que har&#237;a- en aquel reluciente lavabo para los tullidos, era su t&#233;rmino, en el que quiz&#225; hab&#237;a dejado uno m&#225;s, qui&#233;n sab&#237;a, y hab&#237;a estado a punto de dejar un cad&#225;ver ante mi vista, un decapitado en mi presencia.

Opt&#233; por historia medieval, dentro de Historia Moderna -me contest&#243; con la expresi&#243;n conocida, 'I read medieval history'-. Pero nunca me he dedicado a ello, esto es, profesionalmente. &#191;Por qu&#233; lo preguntas?

Me dio tiempo a pensar, sin tanta formulaci&#243;n como la que sigue ahora: 'Qu&#233; l&#225;stima no haberlo sabido. En vez de vapulearlo, pod&#237;a haber hecho buenas migas y hasta pareja con De la Garza, como gran conocedor que es &#233;ste de la literatura medieval chic fant&#225;stica. Al menos algo m&#225;s de merced le habr&#237;a tenido'.

Ah, entonces es una a&#241;oranza, lo de la espada. Una fantas&#237;a de juventud, puede ser eso -dije en cambio.

No le sent&#243; bien mi iron&#237;a en principio, torci&#243; el gesto y o&#237; un chasquido de impaciencia, la lengua contra los dientes: despu&#233;s de mi triple fallo con su apellido no deb&#237;a de considerarme en situaci&#243;n de hacerle reproches ni chanzas.

Puede ser, esa Historia me gust&#243; siempre, tanto como la Historia Militar que estudi&#233; m&#225;s tarde -me contest&#243; con calma, al fin y al cabo era hombre capaz de verle la gracia a lo que pod&#237;a tenerla-. Pero no desde&#241;es nunca las ideas imaginativas, Jack, a ellas se llega s&#243;lo despu&#233;s de mucho pensamiento, de mucha reflexi&#243;n y mucho estudio, y de notable atrevimiento. No est&#225;n al alcance de cualquiera. S&#243;lo de los que vemos y aun as&#237; seguimos mirando. -'Ese es un don hoy rar&#237;simo, cada vez m&#225;s infrecuente', me hab&#237;a explicado Wheeler a la mesa del desayuno, 'el de ver a la gente a trav&#233;s de ella misma y directamente, sin mediaciones ni escr&#250;pulos, sin buena voluntad ni tampoco mala, sin esforzarse.'-. Como t&#250; y yo, como Patricia y Peter. -Y &#233;ste hab&#237;a a&#241;adido: 'Es en eso en lo que t&#250; pod&#237;as ser como nosotros, Jacobo, seg&#250;n Toby, y yo estoy ahora de acuerdo. Los dos ve&#237;amos as&#237;, nosotros. Ve&#237;amos. Con ello prestamos servicio. Y yo sigo todav&#237;a viendo'. As&#237; se refiri&#243; Tupra a la joven P&#233;rez Nuix, por su nombre de pila, la verdad es que as&#237; sol&#237;a &#233;l llamarla, o bien Pat, por el diminutivo, lo mismo que a Wheeler se le escapaba decir Val a veces, cuando rememoraba a su esposa Valerie, de cuya muerte temprana hab&#237;a preferido a&#250;n no contarme ('Si te parece, si no tienes inconveniente', hab&#237;a casi susurrado, como si me pidiera un favor, el de permitir que callara). Esos casos no ten&#237;an el mismo valor que cuando Tupra o la se&#241;ora Berry me llamaban a m&#237; Jack, eso era por comodidad y aproximaci&#243;n fon&#233;tica a mi verdadero nombre Jacques, m&#225;s que Jacobo y que Jaime, aunque ya nadie lo usara. Y a continuaci&#243;n prosigui&#243; o concluy&#243; lo que hab&#237;a venido ilustrando-: Ese miedo at&#225;vico es tan tremendo, Jack, que si alguien contempor&#225;neo ve hoy cernirse sobre su cabeza una espada, o que una espada apunta a su pecho, en el momento en que desaparezca &#233;sta de escena y vuelva de nuevo a su funda, dar&#225; tales gracias al cielo que cuanto le caiga a partir de entonces lo dar&#225; por bueno y lo encajar&#225; sin resistencia; no s&#243;lo sin defenderse, sino con inmenso alivio. Casi con agradecimiento, porque ya se habr&#225; rendido antes del primer golpe, al haberse dado por muerto. Y har&#225; cualquier cosa que uno quiera: traicionar&#225;, delatar&#225;, confesar&#225; la verdad o inventar&#225; una mentira, deshar&#225; lo hecho y se retractar&#225; de lo dicho, renegar&#225; de sus hijos, pedir&#225; perd&#243;n, pagar&#225; lo que sea, se dejar&#225; maltratar o aceptar&#225; sin rechistar el castigo. Sin oposici&#243;n y sin regateo. Porque ya te digo que esa arma s&#243;lo es hoy concebible para ser utilizada, no para amenazar sin m&#225;s, ni para mantener quieto a alguien, ni para amagar con ella. Para eso valen una pistola y hasta una navaja, nadie se molestar&#237;a en cargar con algo tan inc&#243;modo, con semejante engorro, si no fuera a hacer uso de ello, o eso es lo que va a creer siempre el que se la ve ya encima. Por eso los Kray daban tanto miedo, desde sus inicios, cuando sin embargo carec&#237;an de aut&#233;ntico poder y fuerza para darlo tanto y no eran m&#225;s que unos principiantes, unos advenedizos: porque aparec&#237;an con sus sables en cualquier sitio, y los empleaban. Daban tajos, daban sablazos, ya lo creo que los daban, en pleno Londres. Y ese p&#225;nico se sigui&#243; sucediendo y se qued&#243; ya para siempre, una leyenda, el que ellos causaban con su violencia arcaica de tiempos m&#225;s b&#225;rbaros. Recon&#243;celo, Jack, hasta t&#250; mismo recuperaste el aire cuando quit&#233; de en medio la espada. Y todo lo que vino despu&#233;s te pareci&#243; bienvenido, &#191;fue as&#237; o no fue as&#237;, Jack? Recon&#243;celo.

Ten&#237;a que reconocerlo, pero no lo hice para sus o&#237;dos. Que adem&#225;s se jactara me result&#243; insufrible.

&#191;Y de qu&#233; se trataba esta vez, Bertram? -le pregunt&#233; en cambio-. T&#250; al final no la has utilizado, maldita sea, s&#243;lo has amagado por suerte, y no s&#233; de qu&#233; te ha servido, ni desenvainarla y aterrorizarnos con ella ni lo que ha venido luego, el resto. No he visto que a De la Garza aprovecharas para interrogarlo, ni que quisieras sacarle nada, ni que le exigieras disculpas, ni que lo obligaras a deshacer nada hecho ni a soltar dinero. &#191;Qu&#233; buscabas, si puede saberse? &#191;Asustarme a m&#237;? Ha sido gratuito e innecesario. Ha sido un descomunal abuso. No hac&#237;a falta una lansquenete de doble filo. Ni medio ahogarlo en un retrete. Ni machacarlo contra esa barra. A menos que se tratara de algo sin m&#225;s finalidad que el castigo, por haberte entorpecido. Ese hombre es un gran capullo, de acuerdo -me vino a la lengua ahora 'asshole', como equivalente-, pero es inofensivo. No se puede ir por ah&#237; pegando a la gente, no se puede ir mat&#225;ndola. Y menos si me involucras a m&#237; en ello.

Tupra volvi&#243; a invadir con sus rizos mi lado del coche, un momento, para mirar de nuevo por la ventanilla hacia donde yo hab&#237;a mirado de nuevo, quiz&#225; quiso comprobar que no se hab&#237;a dibujado de pronto ninguna figura en mi ventana encendida.

Yo no hago eso -me dijo-. Y veo que entiendes de espadas. S&#237;, es una lansquenete o Katzbalger, aut&#233;ntica -a&#241;adi&#243; con pedanter&#237;a y un punto de orgullo-. Pero dime seg&#250;n t&#250;: &#191;por qu&#233; no se puede?

Me desconcert&#243; aquella salida, hasta el extremo de no saber en el instante a qu&#233; se estaba refiriendo, pese a acabar yo de decir qu&#233; era lo que no se pod&#237;a.

&#191;Por qu&#233; no se puede qu&#233;?

Por qu&#233; no se puede ir por ah&#237; pegando, matando. Es lo que has dicho.

&#191;C&#243;mo que por qu&#233;? &#191;Qu&#233; quieres decir, por qu&#233;?

Mi desconcierto iba en aumento, y para las cosas m&#225;s obvias no se tiene contestaci&#243;n, a veces. Las damos por descontadas de tan obvias, supongo, y uno deja de pensar en ellas, m&#225;s a&#250;n de cuestion&#225;rselas, y as&#237; pasan d&#233;cadas literalmente sin que les dediquemos un pensamiento, ni el m&#225;s m&#237;sero y distra&#237;do. Por qu&#233; no se puede ir por ah&#237; matando, era esa tonter&#237;a lo que me preguntaba Tupra. Seg&#250;n yo. Y yo ahora no ten&#237;a respuesta para la tonter&#237;a, o s&#243;lo tontas y pueriles, heredadas y nunca alcanzadas: porque no est&#225; bien, porque la moral lo condena, porque la ley lo proh&#237;be, porque se puede ir a la c&#225;rcel, o al pat&#237;bulo en otros sitios, porque no se debe hacer a nadie lo que no quiero que a m&#237; me haga nadie, porque es un crimen, porque es pecado, porque es malo. Era seguro que &#233;l me estaba preguntando m&#225;s all&#225; de todo eso. No me contest&#243; en seguida. Vio que no sab&#237;a responderle, o no con prontitud al menos. Sac&#243; otro Rameses II, ahora volvi&#243; a no ofrecerme, lo considerar&#237;a un despilfarro, dos tan cercanos; se lo llev&#243; a los labios, no lo encendi&#243; a&#250;n, y en cambio hizo girar la llave y puso el motor en marcha. No cre&#237; ni durante un segundo que fuera para invitarme a bajar, para despedirme por fin y ya marcharse. El tampoco soltaba las presas, ni dial&#233;cticas ni de ninguna clase.

Espero que efectivamente nadie te aguarde arriba, lo espero por ella -dijo entonces, y levant&#243; el &#237;ndice hacia el techo y luego mir&#243; el reloj; yo mir&#233; el m&#237;o en adem&#225;n casi reflejo, mim&#233;tico: no, no era muy tarde a pesar de todo, ni siquiera para Londres, y en Madrid cualquier noche habr&#237;a estado tan s&#243;lo mediada, las fiestas en su apogeo-; porque todav&#237;a no va a ser hora de subir a verla. No es demasiado tarde, pese a todo, y ma&#241;ana puedes no ir a trabajar, si quieres. Pero conviene que hablemos un poco m&#225;s de todo esto, veo que te lo has tomado muy mal, demasiado, te explicar&#233; por qu&#233; s&#237; hac&#237;a falta. Vamos a ir a mi casa un rato, no nos llevar&#225; m&#225;s de una hora, hora y media. Quiero ense&#241;arte all&#237; unos v&#237;deos, los tengo all&#237;, no en el despacho, no son para que los vea cualquiera. Tambi&#233;n te contar&#233; un par de episodios, alguno de historia medieval, precisamente. Te contar&#233; de Constantinopla, por ejemplo. Quiz&#225; tambi&#233;n algo de T&#225;nger, no tan antiguo, aunque ya de hace unos siglos. Y mientras llegamos, vete pensando algo m&#225;s lo que has dicho. Para explicarme por qu&#233; no se puede.

Me hab&#237;a quedado callado, tras no encontrar respuesta a su pregunta tonta. O a lo mejor no era tan tonta y ninguna respuesta era f&#225;cil. No me pareci&#243; que pudiera negarme. Y adem&#225;s no ten&#237;a sentido, despu&#233;s de cuanto ya llev&#225;bamos recorrido, aquella noche.

S&#233; lo que ocurri&#243; en Constantinopla, en 1453 -dije a falta de palabras. Hac&#237;a much&#237;simos a&#241;os, antes de vivir en Oxford, hab&#237;a le&#237;do un maravilloso libro de Sir Steven Runciman, que no era de Oxford sino de Cambridge: The Fall of Constantinople 1453, sobre esa ca&#237;da de Constantinopla. Tampoco era verdad que supiera a&#250;n lo ocurrido, no lo recordaba, uno lee y aprende y se olvida luego, si no sigue leyendo, si no sigue pensando.

Ya -contest&#243; Tupra, o I see', fue lo que dijo-. Pero te contar&#233; tambi&#233;n de un poco antes.

Arranc&#243;, dio la vuelta a la plaza para salir de ella en direcci&#243;n al norte. No sab&#237;a d&#243;nde viv&#237;a, pens&#233;: 'Quiz&#225; en Hampstead'. Volv&#237; a mirar hacia mis luces con la cabeza vuelta, tambi&#233;n hacia las del bailar&#237;n confiado. Tupra mir&#243; de reojo mis dos miradas. Segu&#237;a todo encendido, los ventanales danzantes, mi silenciosa ventana. La m&#237;a ten&#237;a que seguirlo por fuerza, y as&#237; seguir&#237;a hasta que yo volviera, con Tupra nunca se sab&#237;a a qu&#233; hora se regresaba. Y por mucho que &#233;l se empe&#241;ara, por suerte, no hab&#237;a nadie en la casa, esper&#225;ndome, que pudiera apagar nada en mi ausencia, mientras yo no estaba. Nadie ten&#237;a mis llaves, y all&#237; nunca me esperaba nadie.

Julio de 2004

(Fin del Segundo Volumen de Tu rostro ma&#241;ana)



Javier Mar&#237;as



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