




Donna Leon


Vestido para la muerte


Comisario Guido Brunetti 3


T&#237;tulo original: Dressed for Death

Traducci&#243;n del ingl&#233;s: Ana Maria de la Fuente

 Copyright by Donna Leon, 1994

		En memoria de Arleen Auger,
		un sol extinto
		Ah forse adesso
		Sul morir mio delusa
		Priva d'ogni speranza e di consiglio
		Lagrime di dolor versa dal cigio.


Ah, quiz&#225; en este momento,

enga&#241;ada por mi muerte,

privada de toda esperanza y de consuelo,

l&#225;grimas de dolor sus ojos vierten.

Mozart, Lucio Sila





1

El zapato era rojo, rojo como las cabinas telef&#243;nicas de Londres o como los coches de bomberos de Nueva York, aunque &#233;stos no fueron los s&#237;miles que se le ocurrieron al hombre que vio el zapato. &#201;l pens&#243; en el rojo del Ferrari Testarossa del calendario que colgaba de la pared del cuarto en el que se cambiaban los matarifes y que ten&#237;a una rubia desnuda recostada en el cap&#243;, muy amartelada con el faro izquierdo. El zapato estaba ca&#237;do de lado, y la punta rozaba uno de los charcos de petr&#243;leo que salpicaban los campos entre los que se levantaba el matadero, envenen&#225;ndolos con su maldici&#243;n.

A&#241;os atr&#225;s, cuando se autoriz&#243; la construcci&#243;n del matadero, Marghera a&#250;n no se hab&#237;a convertido en una de las zonas industriales m&#225;s florecientes (aunque quiz&#225; no sea &#233;ste el calificativo m&#225;s apropiado) de Italia, a&#250;n no hab&#237;a refiner&#237;as de petr&#243;leo, ni f&#225;bricas de productos qu&#237;micos instaladas en las hect&#225;reas de tierras pantanosas que se extienden al borde de la laguna, frente a Venecia, la Perla del Adri&#225;tico. La nave de cemento del matadero, achaparrada y s&#243;rdida, estaba rodeada de una alta cerca de tela met&#225;lica, colocada, quiz&#225;, tiempo atr&#225;s, cuando todav&#237;a se llevaba a sacrificar el ganado en reba&#241;os, por caminos polvorientos, y su finalidad era la de impedir que los animales se desperdigaran antes de ser conducidos a su destino, a gritos y golpes, por las rampas. Ahora llegaban en camiones que paraban delante de rampas cerradas por un muro a cada lado, y no hab&#237;a escapatoria posible. Desde luego, no habr&#237;an puesto la cerca para mantener alejados a los intrusos, porque &#191;qui&#233;n iba a querer acercarse a este edificio? Seguramente, por eso no se reparaban los boquetes que con los a&#241;os se hab&#237;an abierto en la tela met&#225;lica, por los que de noche entraban perros vagabundos, aullando ansiosos, atra&#237;dos por lo que hab&#237;a all&#237; dentro.

Los terrenos que rodeaban el matadero estaban despejados. Las f&#225;bricas se manten&#237;an a distancia de la vieja nave de cemento, como si observaran un tab&#250; tan poderoso como la misma sangre. Los edificios permanec&#237;an alejados, pero sus emanaciones, sus desperdicios, los fluidos venenosos que se vert&#237;an en la tierra no entend&#237;an de tab&#250;es, y a&#241;o tras a&#241;o iban acerc&#225;ndose al matadero. Un lodo negro ba&#241;aba los tallos de la hierba del pantano y una pel&#237;cula irisada cubr&#237;a los charcos, que, por seca que fuera la estaci&#243;n, nunca desaparec&#237;an. En el exterior, la naturaleza hab&#237;a sido envenenada, pero lo que horrorizaba a la gente era lo que se hac&#237;a en el interior de esa nave.

El zapato, el zapato rojo estaba ca&#237;do de lado a unos cien metros de la fachada posterior del matadero, al lado de la cerca, por el exterior, a la izquierda de unos matorrales que parec&#237;an prosperar gracias al veneno que se filtraba hasta sus ra&#237;ces. A las once y media de una calurosa ma&#241;ana de agosto, un hombre fornido, con un delantal de cuero empapado en sangre, abri&#243; la puerta met&#225;lica de la fachada posterior del matadero y sali&#243; al sol, que ca&#237;a como plomo derretido. A su espalda, en el aire t&#243;rrido, flotaban efluvios pestilentes y quejidos. El sol quemaba, pero por lo menos all&#237; fuera no era tan fuerte el hedor de los excrementos, y los mugidos y balidos que sonaban a su espalda quedaban un poco amortiguados por el zumbido del tr&#225;fico, que discurr&#237;a a un kil&#243;metro de distancia, transportando el aluvi&#243;n de turistas que se precipitaba hacia Venecia durante el ferragosto.

El hombre se enjug&#243; la sangre de la mano en el delantal -tuvo que agacharse para encontrar un trozo seco en una punta- y sac&#243; un paquete de Nazionale del bolsillo de la camisa. Con un encendedor de pl&#225;stico, encendi&#243; un cigarrillo e inhal&#243; &#225;vidamente, sorbiendo el olor y el acre sabor del tabaco barato. Un aullido ronco lleg&#243; hasta &#233;l por la puerta que ten&#237;a a la espalda, lo que le hizo apartarse del edificio. Fue hacia la cerca, en busca de la sombra de las hojas raqu&#237;ticas de una acacia que, a fuerza de tes&#243;n y sufrimientos, hab&#237;a alcanzado una altura de cuatro metros.

De espaldas al edificio, el hombre contempl&#243; el bosque de chimeneas que se extend&#237;a hacia Mestre. Las que no escup&#237;an llamas exhalaban nubes grises y verdosas. Una brisa suave, muy ligera para sentirla en la cara, tra&#237;a el humo hacia &#233;l. Dio otra calada al cigarrillo y mir&#243; al suelo. Al andar por estos campos ten&#237;as que vigilar d&#243;nde pon&#237;as el pie. Y entonces vio el zapato, ca&#237;do al otro lado de la cerca.

Ese zapato era de tela, no de piel. &#191;Seda? &#191;Raso? Bettino Cola no entend&#237;a de estas cosas, pero sab&#237;a que su mujer ten&#237;a unos zapatos de ese mismo material, que le hab&#237;an costado m&#225;s de cien mil liras. Cincuenta corderos o veinte terneras ten&#237;a &#233;l que sacrificar para ganar ese dinero, y ella lo gastaba en unos zapatos, para pon&#233;rselos una sola vez y luego dejarlos en un rinc&#243;n del armario y no volver ni a mirarlos.

No hab&#237;a en aquel paisaje abominable nada digno de atenci&#243;n, por lo que el hombre se qued&#243; mirando el zapato mientras fumaba. Se fue un poco hacia la izquierda, para verlo desde otro &#225;ngulo. Aunque estaba muy cerca de un gran charco de petr&#243;leo, parec&#237;a descansar en terreno seco. Cola dio otro paso hacia la izquierda, un paso que lo situ&#243; bajo los rigores del sol, y explor&#243; el terreno alrededor del zapato, buscando la pareja. Entre la hierba, distingui&#243; una forma ovalada, que parec&#237;a una suela, como si tambi&#233;n el compa&#241;ero estuviera ca&#237;do.

Bettino tir&#243; el cigarrillo y lo aplast&#243; con el pie en la tierra blanda, camin&#243; unos pasos junto a la valla, se agach&#243; y sali&#243; por un gran agujero, con precauci&#243;n, para no ara&#241;arse con los oxidados alambres. Una vez fuera, se irgui&#243; y retrocedi&#243; hasta donde estaba el zapato, mejor dicho, el par de zapatos, que quiz&#225; fueran aprovechables.

Roba di puttana -musit&#243; entre dientes, al ver el tac&#243;n del primer zapato, m&#225;s alto que el paquete de cigarrillos que llevaba en el bolsillo. S&#243;lo una puta se pondr&#237;a algo as&#237;. Se agach&#243; a recoger el primer zapato, procurando no tocarlo por fuera, para no mancharlo. Tal como &#233;l esperaba, estaba limpio, no hab&#237;a ca&#237;do en el charco. Dio unos pasos hacia la derecha, volvi&#243; a agacharse y asi&#243; con dos dedos el tac&#243;n del otro zapato, pero no consigui&#243; levantarlo; seguramente estaba enredado entre los tallos. Apoy&#243; una rodilla en tierra, con cuidado, y dio un tir&#243;n. El zapato cedi&#243;, pero cuando Bettino Cola vio que se hab&#237;a desprendido de un pie, dio un salto atr&#225;s y dej&#243; caer el primer zapato en el negro charco del que se hab&#237;a salvado hasta aquel momento.



2

La polic&#237;a lleg&#243; veinte minutos despu&#233;s: dos coches patrulla azul y blanco de la Squadra Mobile de Mestre. Para entonces, los terrenos de la parte trasera del edificio estaban llenos de trabajadores del matadero que hab&#237;an salido al sol, movidos por la curiosidad acerca de esa otra clase de sacrificio. Cola, al ver el pie y la pierna a la que estaba unido, hab&#237;a corrido con paso inseguro al despacho del encargado, para decirle que al otro lado de la cerca hab&#237;a una mujer muerta.

Cola era un hombre trabajador y formal, por lo que el encargado llam&#243; a la polic&#237;a inmediatamente, sin salir a comprobar si le dec&#237;a la verdad. Otros que hab&#237;an visto entrar a Cola se acercaron a preguntar qu&#233; ocurr&#237;a, y el encargado, con un gru&#241;ido, les orden&#243; volver al trabajo; los camiones refrigerados esperaban en los andenes de carga, y no se pod&#237;a estar todo el d&#237;a de charla porque le hubieran cortado el cuello a una puta.

Esto era una mera suposici&#243;n, ya que Cola s&#243;lo le hab&#237;a hablado del zapato y del pie, pero todos los trabajadores de las f&#225;bricas sab&#237;an lo que ocurr&#237;a en aquellos descampados. Si la hab&#237;an matado all&#237;, probablemente ser&#237;a una de aquellas desgraciadas pintarrajeadas que al anochecer se apostaban junto a la carretera que un&#237;a el pol&#237;gono industrial con Mestre. A la salida del trabajo, antes de volver a casa, &#191;por qu&#233; no parar al lado de la carretera y acercarse hasta una manta extendida entre unos arbustos? Era s&#243;lo un momento, ellas no te exig&#237;an nada, s&#243;lo diez mil liras, y ahora hab&#237;a muchas rubias de la Europa oriental, cada vez m&#225;s, y eran tan pobres que no pod&#237;an obligarte a que te pusieras eso, como hac&#237;an las italianas de via Cappuccina, porque, a ver, &#191;desde cu&#225;ndo una puta ha de poder decirle a uno lo que tiene que hacer y lo que tiene que ponerse? Seguramente, &#233;sta lo intent&#243;, se excedi&#243; y el hombre la despach&#243;. Quedaban muchas, y todos los meses llegaban m&#225;s por la frontera.

Los coches de la polic&#237;a pararon y de cada uno se ape&#243; un agente uniformado. Fueron hacia el edificio, pero no llegaron hasta la puerta, porque el encargado les sali&#243; al encuentro. Detr&#225;s de &#233;l ven&#237;a Cola, que se sent&#237;a importante, porque era el centro de la atenci&#243;n general, aunque tambi&#233;n estaba un poco mareado desde que hab&#237;a visto el pie.

&#191;Ha llamado usted? -pregunt&#243; el primer polic&#237;a. Ten&#237;a la cara redonda y reluciente de sudor y miraba fijamente al encargado a trav&#233;s de unas gafas de sol.

S&#237; -respondi&#243; el hombre-. En el campo que est&#225; detr&#225;s del edificio hay una mujer muerta.

&#191;La ha visto usted?

No -respondi&#243; el encargado, apart&#225;ndose a un lado y haciendo una se&#241;a a Cola para que se acercase-. La ha encontrado &#233;l.

A un movimiento de cabeza del primer polic&#237;a, el agente del segundo coche sac&#243; una libreta azul del bolsillo de la chaqueta, la abri&#243;, quit&#243; el capuch&#243;n al bol&#237;grafo y apoy&#243; &#233;ste sobre el papel.

&#191;C&#243;mo se llama? -pregunt&#243; el primer polic&#237;a, enfocando ahora al matarife con los cristales oscuros que le proteg&#237;an los ojos.

Cola, Bettino.

&#191;Direcci&#243;n?

&#191;Qu&#233; tiene que ver su direcci&#243;n? -terci&#243; el encargado-. Ah&#237; detr&#225;s hay una mujer muerta.

El primer polic&#237;a se volvi&#243; hacia &#233;l y baj&#243; la cabeza un poco, lo justo para mirarlo por encima de las gafas.

Esa mujer no se mover&#225; de donde est&#225;. -Y dirigi&#233;ndose otra vez a Cola, repiti&#243;-: &#191;Direcci&#243;n?

Castello, tres mil cuatrocientos cincuenta y tres.

&#191;Cu&#225;nto hace que trabaja aqu&#237;? -pregunt&#243; el polic&#237;a se&#241;alando con un movimiento de la cabeza el edificio que estaba detr&#225;s de Cola.

Quince a&#241;os.

&#191;A qu&#233; hora ha llegado esta ma&#241;ana?

A las siete y media. Como todos los d&#237;as.

&#191;Qu&#233; hac&#237;a ah&#237; fuera? -Su manera de preguntar y la forma en que el otro anotaba las respuestas daban a Cola la impresi&#243;n de que sospechaban de &#233;l.

He salido a fumar un cigarrillo.

&#191;Mediados de agosto, y sale a fumar un cigarrillo al sol? -pregunt&#243; el primer polic&#237;a, como si aquello le pareciera un desvar&#237;o. O una mentira.

Era mi tiempo de descanso -dijo Cola con creciente irritaci&#243;n-. Siempre salgo al aire libre. Para alejarme del olor.

Al o&#237;r esta palabra, los polic&#237;as lo percibieron y miraron hacia el edificio. El de la libreta no pudo por menos de contraer los orificios nasales tratando de cerrarlos a lo que llegaba hasta ellos.

&#191;D&#243;nde est&#225; la mujer?

Al otro lado de la cerca. Est&#225; entre unos matorrales, por eso al principio no la he visto.

&#191;Por qu&#233; se ha acercado?

He visto un zapato.

&#191;C&#243;mo dice?

He visto un zapato. En el suelo, y luego el otro. He pensado que a lo mejor mi mujer pod&#237;a aprovecharlos. -Era mentira; hab&#237;a pensado en venderlos, pero no quer&#237;a decirlo a la polic&#237;a. Una mentir&#225; sin importancia, inocente, pero era s&#243;lo la primera de muchas mentiras que la polic&#237;a tendr&#237;a que o&#237;r acerca del zapato y de la persona que lo hab&#237;a usado.

&#191;Y despu&#233;s? -le azuz&#243; el primer polic&#237;a, al ver que Cola callaba.

Despu&#233;s he vuelto aqu&#237;.

No, quiero decir antes de eso -dijo el primer polic&#237;a moviendo la cabeza con impaciencia-. Cuando ha visto el zapato. Cuando la ha visto a ella. &#191;Qu&#233; ha hecho?

Cola se puso a hablar deprisa, con el deseo de acabar cuanto antes.

He recogido del suelo un zapato, luego he visto el otro. Estaba entre la hierba. He tirado de &#233;l. Pensaba que estaba aprisionado. He vuelto a tirar y se ha desprendido. -Trag&#243; saliva, dos veces-. Lo ten&#237;a ella puesto. Por eso no sal&#237;a.

&#191;Se ha quedado mucho rato?

Ahora fue Cola quien pens&#243; que el otro desvariaba.

No, no, no. He venido corriendo y se lo he dicho a Banditelli, y &#233;l les ha llamado.

El encargado asinti&#243;, corroborando las palabras de su subordinado.

&#191;Ha estado dando vueltas por ese sitio? -pregunt&#243; a Cola el primer polic&#237;a.

&#191;Dando vueltas?

&#191;Se ha quedado cerca de ella? &#191;Ha fumado? &#191;Ha tirado algo al suelo?

Cola movi&#243; la cabeza negativamente con vehemencia.

El segundo polic&#237;a oje&#243; su libreta y el primero dijo:

Le he hecho una pregunta.

No. No he tirado nada. Cuando la he visto, he dejado caer el zapato y he vuelto al edificio.

&#191;La ha tocado? -pregunt&#243; el primero.

Cola lo mir&#243; abriendo mucho los ojos, con asombro.

Est&#225; muerta. Claro que no la he tocado.

Le ha tocado el pie -dijo el segundo polic&#237;a mirando sus anotaciones.

No le he tocado el pie -insisti&#243; Cola, aunque ya no lo recordaba-. He tocado el zapato, y se lo he sacado del pie. -No pudo reprimir la pregunta-: &#191;Por qu&#233; iba a querer tocarla?

Ninguno de los polic&#237;as respondi&#243;. El primero hizo una se&#241;a con la cabeza al segundo, que cerr&#243; la libreta.

Bien. Ll&#233;venos a donde est&#225; el cad&#225;ver.

Cola mantuvo los pies quietos, como si hubiera echado ra&#237;ces y movi&#243; la cabeza de derecha a izquierda. El sol hab&#237;a secado la sangre del delantal y varias moscas zumbaban alrededor de &#233;l. Sin mirar a los polic&#237;as, dijo:

Est&#225; ah&#237; detr&#225;s, al otro lado del agujero grande de la cerca.

Quiero que usted nos lleve a donde est&#225; -dijo el primer polic&#237;a.

Ya les he dicho d&#243;nde est&#225; -respondi&#243; Cola secamente alzando la voz.

Los polic&#237;as se miraron de un modo que daba a entender que la negativa de Cola pod&#237;a ser significativa y valdr&#237;a la pena recordarla. Pero, sin decir nada, dieron media vuelta, se alejaron de Cola y del encargado y desaparecieron por la esquina del edificio.

Era mediod&#237;a y el sol ca&#237;a a plomo sobre las gorras de plato de los polic&#237;as. Debajo, el sudor les empapaba el pelo y les resbalaba por la nuca. Cuando llegaron a la parte de atr&#225;s del edificio vieron el agujero de la cerca y fueron hacia &#233;l. A su espalda, sobre el fondo de los chillidos de muerte que escapaban de la nave, se o&#237;an voces humanas, y los agentes se volvieron. En la puerta trasera del matadero se api&#241;aban unos cinco o seis hombres, con unos delantales tan ensangrentados como el de Cola. Los polic&#237;as ya estaban acostumbrados a esta curiosidad y siguieron andando hacia el agujero de la cerca. Por all&#237; salieron, agachados, uno tras otro, y se encaminaron hacia el matorral.

Los agentes se pararon a pocos metros de las matas.

Pronto distinguieron la planta del pie que asomaba a ras del suelo. Delante estaban los zapatos.

Los dos hombres se acercaron al pie, andando despacio, mirando al suelo tanto para sortear los siniestros charcos negros como para no pisar cualquier huella. El primer polic&#237;a se arrodill&#243; al lado de los zapatos y apart&#243; las matas. El cad&#225;ver estaba boca arriba, con la parte exterior de los tobillos descansando en el suelo. El polic&#237;a extendi&#243; el brazo y dej&#243; al descubierto una pantorrilla depilada. Se quit&#243; las gafas de sol y, entornando los ojos, sigui&#243; con la mirada las piernas, largas y musculosas, pasando por unas rodillas huesudas hasta llegar a unas bragas de encaje rojo que dejaba al descubierto la falda que estaba subida, tapando la cara. El hombre se qued&#243; inm&#243;vil un momento.

Cazzo -exclam&#243;, soltando las matas.

&#191;Qu&#233; ocurre? -pregunt&#243; su compa&#241;ero.

Es un hombre.



3

Normalmente, la noticia de que un travesti hab&#237;a aparecido en Marghera con la cara destrozada hubiera causado sensaci&#243;n, incluso entre el personal de la questura de Venecia, que estaba de vuelta de todo, en especial, si el hallazgo se produc&#237;a durante el largo per&#237;odo festivo del ferragosto, en que la delincuencia sol&#237;a disminuir o no pasaba de peque&#241;os atracos y robos de pisos. Pero ese d&#237;a hubiera hecho falta mucho m&#225;s morbo para desplazar la espectacular noticia que hab&#237;a corrido como un reguero de p&#243;lvora por los pasillos de la questura: durante aquel fin de semana, Mar&#237;a Lucrezia Patta, esposa del vicequestore Giuseppe Patta, hab&#237;a abandonado a su marido, tras veintisiete a&#241;os de matrimonio, para instalarse en Mil&#225;n -y, al llegar a este punto, cada narrador de la noticia hac&#237;a una pausa, para que el oyente pudiera prepararse para el bombazo-, en casa de Tito Burrasca, pionero y gran animador de la industria italiana del cine porno.

La noticia hab&#237;a llegado a la questura aquella ma&#241;ana por boca de una de las secretarias del Ufficio Stranieri, que ten&#237;a un t&#237;o que viv&#237;a en un peque&#241;o apartamento situado encima del piso de los Patta y que aseguraba haber pasado casualmente por delante de la puerta del matrimonio en el momento en que la bronca llegaba a su punto culminante. Dec&#237;a el t&#237;o que Patta hab&#237;a pronunciado a gritos el nombre de Burrasca varias veces, amenazando con mandarlo arrestar si se atrev&#237;a a venir a Venecia; la signora Patta hab&#237;a respondido al fuego amenazando no s&#243;lo con irse a vivir con Burrasca sino con protagonizar su pr&#243;xima pel&#237;cula. El t&#237;o hab&#237;a vuelto sobre sus pasos y pasado la media hora siguiente tratando de abrir la puerta de su apartamento, mientras los Patta segu&#237;an intercambiando amenazas y recriminaciones. La refriega no hab&#237;a cesado hasta la llegada de una lancha taxi al extremo de la calle y la marcha de la signora Patta, seguida de sus seis maletas, que le hab&#237;a bajado el taxista, y de los denuestos de Patta, que la ac&#250;stica de la escalera hab&#237;a hecho subir hasta los o&#237;dos del t&#237;o.

La noticia lleg&#243; a la questura a las ocho de la ma&#241;ana del lunes y Patta la sigui&#243; a las once. A la una treinta, se recibi&#243; la llamada que informaba del hallazgo del travesti, pero entonces la mayor&#237;a del personal se hab&#237;a ido a almorzar, comida durante la cual los funcionarios se entregaron a las m&#225;s jugosas conjeturas acerca de la futura carrera cinematogr&#225;fica de la signora Patta. En una de las mesas se ofreci&#243; un premio de cien mil liras a la primera persona que se atreviera a preguntar a Patta por la salud de su se&#241;ora esposa, ofrecimiento que revelaba la popularidad de que gozaba el vicequestore entre sus subordinados.

Guido Brunetti se enter&#243; del asesinato del travesti por el mismo vicequestore Patta, que lo llam&#243; a su despacho a las dos y media.

Acabo de recibir una llamada de Mestre -dijo Patta, despu&#233;s de invitar a Brunetti a tomar asiento.

&#191;De Mestre, se&#241;or? -pregunt&#243; Brunetti.

S&#237;, esa ciudad que est&#225; al extremo del Ponte della Libert&#224; -dijo Patta &#225;speramente-. Supongo que habr&#225; o&#237;do hablar de ella.

Brunetti, recordando lo que le hab&#237;an contado de Patta aquella ma&#241;ana, decidi&#243; hacer caso omiso del sarcasmo.

&#191;Y qu&#233; quer&#237;an los de Mestre?

Tienen un caso de asesinato y no disponen de nadie para investigarlo.

&#161;Si tienen m&#225;s personal que nosotros! -dijo Brunetti, que nunca estaba seguro de lo que Patta sab&#237;a acerca del funcionamiento de las fuerzas de polic&#237;a en una y otra ciudad.

Eso ya lo s&#233;, Brunetti. Pero tienen a dos comisarios de vacaciones, otro se ha roto una pierna este fin de semana en un accidente de carretera. Queda uno, una mujer -Patta dio un resoplido de indignaci&#243;n ante la circunstancia-, que el s&#225;bado empieza su permiso de maternidad y no se reincorporar&#225; hasta &#250;ltimos de febrero.

&#191;Y los que est&#225;n de vacaciones? &#191;No pueden pedirles que vuelvan?

Uno est&#225; en el Brasil y el otro, no se sabe d&#243;nde.

Brunetti fue a decir que un comisario ten&#237;a la obligaci&#243;n de estar siempre localizable, a dondequiera que fuera de vacaciones, pero al ver la expresi&#243;n de Patta opt&#243; por preguntar:

&#191;Qu&#233; le han dicho de ese asesinato?

Es un chapero. Un travesti. Le machacaron la cabeza y lo dejaron en un campo de Marghera. -Antes de que Brunetti pudiera hacer alguna objeci&#243;n, Patta dijo-: S&#237;, ya s&#233;. El campo est&#225; en Marghera, pero el matadero que es el propietario del terreno est&#225; en el t&#233;rmino de Mestre s&#243;lo por unos metros, de modo que el caso corresponde a Mestre.

Brunetti no ten&#237;a ning&#250;n deseo de perder el tiempo hablando de derechos de propiedad ni t&#233;rminos municipales, y s&#243;lo pregunt&#243;:

&#191;C&#243;mo saben que era un chapero?

No s&#233; c&#243;mo saben que era un chapero, Brunetti -respondi&#243; Patta levantando la voz un par de octavas-. S&#243;lo le digo lo que me han comunicado. Un chapero vestido de mujer, con la cabeza abierta y la cara destrozada.

&#191;Cu&#225;ndo lo han encontrado?

Patta no ten&#237;a costumbre de tomar notas y no se hab&#237;a molestado en poner por escrito dato alguno. Los hechos no le interesaban, &#191;qu&#233; pod&#237;a importar un chapero m&#225;s o menos?, pero le irritaba que sus hombres les hicieran el trabajo a los de Mestre. Eso significaba que, si el caso se resolv&#237;a, el &#233;xito se lo anotar&#237;a Mestre. Pero, al recordar los &#250;ltimos acontecimientos de su vida privada, se dijo que, en un caso de esta &#237;ndole, no ser&#237;a de lamentar que Mestre se llevara la gloria y la publicidad.

Su questore me llam&#243; esta ma&#241;ana para preguntarme si pod&#237;amos ocuparnos del caso. &#191;Qu&#233; est&#225;n haciendo ustedes tres?

Mariani est&#225; de vacaciones y Rossi sigue con los papeles del caso Bortolozzi -respondi&#243; Brunetti.

&#191;Y usted?

Yo empiezo mis vacaciones este fin de semana, vicequestore.

Las vacaciones pueden esperar -dijo Patta, descartando con la mayor naturalidad minucias tales como reservas de hotel y billetes de avi&#243;n-. Adem&#225;s, tiene que ser un caso muy f&#225;cil. Busque al proxeneta y consiga una lista de los clientes. Ha de ser uno de ellos.

&#191;Tienen proxenetas, se&#241;or?

&#191;Las putas? Claro que los tienen.

&#191;Los chaperos? &#191;Los travestis? Eso, suponiendo que fuera un chapero.

&#191;C&#243;mo quiere que yo lo sepa, Brunetti? -pregunt&#243; Patta con suspicacia y en un tono m&#225;s desabrido de lo habitual, con lo que hizo que Brunetti volviera a recordar la primera noticia de aquella ma&#241;ana y cambiara de tema r&#225;pidamente.

&#191;Cu&#225;ndo se ha recibido el aviso? -pregunt&#243;.

Hace un par de horas. &#191;Por qu&#233;?

Me pregunto si ya habr&#225;n levantado el cad&#225;ver.

Con el calor que hace

Desde luego, el calor -convino Brunetti-. &#191;Adonde lo habr&#225;n llevado?

No tengo ni idea. A alg&#250;n hospital. Probablemente a Umberto Primo, que me parece que es donde hacen las autopsias. &#191;Por qu&#233;?

Me gustar&#237;a echar un vistazo -dijo Brunetti-. Y tambi&#233;n al lugar de los hechos.

Patta no era hombre que se interesara por los detalles.

Ya que se trata de un caso de Mestre, utilice a sus conductores, no a los nuestros.

&#191;Algo m&#225;s, vicequestore?

No. Estoy seguro de que ser&#225; un caso f&#225;cil. Lo habr&#225; solventado antes del fin de semana y podr&#225; irse de vacaciones.

Era propio de Patta no preguntar adonde pensaba ir Brunetti ni qu&#233; reservas pod&#237;a verse obligado a anular. Meros detalles.

Al salir del despacho de Patta, Brunetti observ&#243; que, mientras &#233;l estaba con el vicequestore, en el peque&#241;o antedespacho hab&#237;an aparecido varios muebles. A un lado hab&#237;a un gran escritorio de madera y, debajo de la ventana, una mesa peque&#241;a. Sin hacer caso de las novedades baj&#243; a la oficina general en la que trabajaban los agentes de uniforme. El sargento Vianello levant&#243; la mirada de los papeles que ten&#237;a encima de la mesa y sonri&#243; a Brunetti.

Antes de que me pregunte, comisario, le dir&#233; que s&#237;, es verdad. Tito Burrasca.

Al o&#237;r la confirmaci&#243;n, Brunetti se sinti&#243; tan asombrado como horas antes, cuando le dieron la primicia. En Italia, Burrasca era una especie de mito. Hab&#237;a empezado a hacer pel&#237;culas en los a&#241;os sesenta, unas pel&#237;culas de cr&#237;menes y terror tan anacr&#243;nicas que, inopinadamente, se convirtieron en parodias del g&#233;nero. Burrasca, que no por hacer mal cine era tonto, comprendi&#243; que hab&#237;a encontrado un fil&#243;n y correspondi&#243; a los pl&#225;cemes del p&#250;blico con m&#225;s extravagancias: vampiros con reloj de pulsera, como si los actores hubieran olvidado quit&#225;rselos, tel&#233;fonos que daban la noticia de la evasi&#243;n de Dr&#225;cula y actores con un registro de expresiones tan amplio como el de un sem&#225;foro. Al poco tiempo, Burrasca se hab&#237;a convertido en figura de culto, y llenaba los cines de un p&#250;blico ansioso de detectar gazapos.

En los a&#241;os setenta, Burrasca dedic&#243; su elenco a la realizaci&#243;n de pel&#237;culas pornogr&#225;ficas, que no exig&#237;an una gran variedad de matices interpretativos ni grandes desembolsos en vestuario y, por lo que a trama argumental se refiere, &#233;sta no pod&#237;a tener secretos para una mente creativa: simplemente, bastaba con hacer peque&#241;os retoques en las viejas pel&#237;culas de terror, convirtiendo a demonios, vampiros y hombres lobo en violadores y man&#237;acos sexuales, y los cines segu&#237;an llen&#225;ndose, aunque ahora eran cines m&#225;s peque&#241;os, y el p&#250;blico ya no se interesaba por el anacronismo.

En los a&#241;os ochenta surgieron en Italia docenas de canales de televisi&#243;n privados, a los que Burrasca obsequi&#243; con sus &#250;ltimas creaciones, un poco suavizadas por deferencia a la supuesta sensibilidad de los telespectadores. Y entonces Burrasca descubri&#243; el v&#237;deo y se hizo un hueco en la vida cotidiana de Italia, era motivo de comentarios jocosos en tertulias televisivas y protagonista de las caricaturas de la prensa diaria. Tanto &#233;xito hizo que Burrasca se fuera a vivir a M&#243;naco y se convirtiera en ciudadano del principado, donde imperaba un r&#233;gimen fiscal razonable. El apartamento de doce habitaciones que conservaba en Mil&#225;n, seg&#250;n declaraba el cineasta al fisco italiano, serv&#237;a &#250;nicamente para relaciones p&#250;blicas. Y ahora, al parecer, servir&#237;a tambi&#233;n para sus relaciones con Maria Lucrezia Patta.

S&#237;, se&#241;or; Tito Burrasca -repiti&#243; el sargento Vianello, haciendo un esfuerzo que Brunetti no pod&#237;a ni imaginar, para reprimir la sonrisa-. Quiz&#225; sea una suerte para usted pasar unos d&#237;as en Mestre.

Brunetti no pudo por menos de preguntar:

&#191;Nadie sab&#237;a algo de esto?

No, se&#241;or -Vianello sacudi&#243; la cabeza-. Nadie. Ni idea.

&#191;Tampoco el t&#237;o de Anita? -pregunt&#243; Brunetti, revelando con ello que tambi&#233;n las categor&#237;as superiores estaban enteradas de la fuente de la informaci&#243;n.

Vianello fue a contestar, pero en aquel momento son&#243; un zumbido en su mesa. Levant&#243; el tel&#233;fono, puls&#243; un bot&#243;n y dijo:

&#191;S&#237;, vicequestore? -Escuch&#243; un momento-. Por supuesto, vicequestore. -Colg&#243;. Brunetti le miraba interrogativamente-. Quiere que llame a Inmigraci&#243;n y pregunte cu&#225;nto tiempo puede permanecer Burrasca en el pa&#237;s habiendo cambiado de nacionalidad.

Supongo que, en el fondo, habr&#237;a que tener l&#225;stima del pobre hombre -dijo Brunetti sacudiendo la cabeza.

Vianello levant&#243; la cabeza como movido por un resorte. No pod&#237;a, o no quer&#237;a, disimular su asombro.

&#191;L&#225;stima? &#191;De &#233;l? -Con evidente esfuerzo, renunci&#243; a decir m&#225;s y volvi&#243; a concentrarse en la carpeta que ten&#237;a en la mesa.

Brunetti volvi&#243; a su despacho. Desde all&#237; llam&#243; a la questura de Mestre, se identific&#243; y pidi&#243; que le pusieran con la persona encargada del caso del travesti asesinado. A los pocos minutos hablaba con un tal sargento Gallo, que le explic&#243; que &#233;l llevaba el caso hasta que &#233;ste fuera confiado a alguien de rango superior. Brunetti se identific&#243;, dijo que &#233;l era esa persona y pidi&#243; a Gallo que enviara un coche a piazzale Roma a recogerlo dentro de media hora.

Cuando Brunetti sali&#243; del sombr&#237;o portal de la questura, el sol le cay&#243; en la cabeza como un mazazo. Cegado por la luz y el reverbero del canal, se llev&#243; la mano al bolsillo del pecho y sac&#243; unas gafas. Antes de dar cinco pasos, ya sent&#237;a c&#243;mo el sudor le empapaba la camisa y le resbalaba por la espalda. Fue hacia la izquierda, decidiendo en aquel instante subir hasta San Zaccaria y tomar el 82, aunque para ello tuviera que ir bajo el sol durante un buen trecho. Las calles que iban a Rialto estaban protegidas del sol por casas altas, pero por aquel itinerario tardar&#237;a el doble en llegar, y hab&#237;a que evitar a toda costa estar en el exterior un minuto m&#225;s de lo indispensable.

Al salir a Riva degli Schiavoni mir&#243; a la izquierda y vio que el vaporetto estaba amarrado al embarcadero y que de &#233;l sal&#237;a gente. Entonces se le plante&#243; una de esas disyuntivas peculiares de Venecia: correr para tratar de subir al barco o dejarlo marchar y pasar diez minutos soportando el calor y el balanceo del embarcadero, hasta que llegara el siguiente. Corri&#243;. Al pisar las tablas de la pasarela tuvo que tomar otra decisi&#243;n: pararse un momento a marcar el billete en la m&#225;quina amarilla de la entrada, exponi&#233;ndose a perder el barco, o embarcar directamente y pagar las quinientas liras de suplemento por no haber marcado. Pero entonces record&#243; que estaba en misi&#243;n oficial y pod&#237;a viajar por cuenta de la ciudad.

La carrera, aunque corta, le hab&#237;a ba&#241;ado en sudor la cara y el pecho, y decidi&#243; quedarse en cubierta, para recibir la poca brisa creada por la mesurada marcha del barco por el Gran Canal. Mir&#243; en derredor y vio a turistas semidesnudos, hombres y mujeres en ba&#241;ador, shorts y camiseta de tirantes, y durante un momento los envidi&#243;, aunque no se le escapaba que, con semejante indumentaria, &#233;l no ser&#237;a capaz de presentarse m&#225;s que en una playa.

Cuando se le sec&#243; el sudor, se esfum&#243; la envidia, y Brunetti volvi&#243; a sentir la irritaci&#243;n que habitualmente le produc&#237;a ver a la gente vestida de aquel modo. Si sus cuerpos fueran perfectos y las prendas de vestir, de buen gusto, quiz&#225; le molestaran menos. Pero la ropa descuidada y el abandono de muchos de aquellos cuerpos le hac&#237;a suspirar por el obligado decoro en el vestir de las sociedades isl&#225;micas. &#201;l no era lo que Paola llamaba un esnob de la belleza pero afirmaba que hab&#237;a que procurar presentar el mejor aspecto posible. Desvi&#243; la atenci&#243;n de los pasajeros del barco a los palazzi que bordeaban el canal y sinti&#243; que su irritaci&#243;n se desvanec&#237;a. Muchos de ellos tambi&#233;n estaban abandonados, pero una cosa era el deterioro de los siglos y otra la desidia y la ordinariez. La ciudad hab&#237;a envejecido, pero Brunetti amaba el gesto doliente que el tiempo le imprim&#237;a.

Aunque el comisario no hab&#237;a puntualizado en qu&#233; lugar deb&#237;a esperarle el coche, se encamin&#243; a la oficina de carabinieri de piazzale Roma y vio, estacionado en la puerta, con el motor en marcha, uno de los coches patrulla azul y blanco de la Squadra Mobile de Mestre. Dio unos golpecitos en el cristal del conductor. El joven que estaba sentado al volante baj&#243; el cristal, y una oleada de aire fr&#237;o lami&#243; la pechera de la camisa de Brunetti.

&#191;Comisario? -pregunt&#243; el joven que, al observar el gesto de asentimiento de Brunetti, se ape&#243; diciendo-: Me env&#237;a el sargento Gallo.

Y abri&#243; la puerta trasera. Brunetti subi&#243; al coche y, durante un momento, apoy&#243; la cabeza en el respaldo. Se le enfri&#243; el sudor del pecho y la espalda, y no hubiera podido decir si la sensaci&#243;n era grata o molesta.

&#191;Adonde desea ir, se&#241;or? -pregunt&#243; el joven agente al poner el coche en marcha.

De vacaciones. El s&#225;bado, respondi&#243; Brunetti, pero s&#243;lo mentalmente, hablando consigo mismo. Y con Patta.

Ll&#233;veme al lugar en el que lo han encontrado -dijo al conductor.

Al otro lado de la carretera elevada que une Venecia con la tierra firme, el joven gir&#243; en direcci&#243;n a Marghera. La laguna desapareci&#243; de su vista y al poco circulaban por una v&#237;a recta y muy transitada, con sem&#225;foros en cada cruce. Hab&#237;a que ir despacio.

&#191;Ha estado usted all&#237; esta ma&#241;ana?

El joven volvi&#243; la cabeza r&#225;pidamente para mirar a Brunetti y luego fij&#243; de nuevo la atenci&#243;n en el tr&#225;fico. El cuello de su camisa estaba limpio y planchado. Quiz&#225; se pasaba todo el d&#237;a en el coche, con aire acondicionado.

No, se&#241;or; han ido Buffo y Rubelli.

El informe dice que era un chapero. &#191;Alguien lo ha identificado?

No lo s&#233;, se&#241;or. Pero parece una suposici&#243;n l&#243;gica, &#191;no?

&#191;Por qu&#233;?

Es una zona de putas. Y de las baratas. Siempre hay una docena de ellas al lado de la carretera, entre las f&#225;bricas, por si alguien quiere echar un polvo r&#225;pido a la salida del trabajo.

&#191;Hombres tambi&#233;n?

&#191;C&#243;mo dice, se&#241;or? &#191;Qui&#233;n m&#225;s que un hombre va a utilizar los servicios de una prostituta?

Pregunto si tambi&#233;n es zona de chaperos. &#191;Estar&#237;an en un sitio en el que pudiera verse a sus clientes parar el coche camino de casa para hacer esa clase de tratos? No me parece que a muchos hombres les hiciera gracia que sus conocidos se enteraran.

El conductor se qued&#243; pensativo.

&#191;D&#243;nde suelen trabajar? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;Qui&#233;nes? -pregunt&#243; el joven. No quer&#237;a cometer otro desliz.

Los chaperos.

Generalmente, en via Cappuccina, se&#241;or. Algunos, en la estaci&#243;n del ferrocarril, pero en verano procuramos impedirlo, por el turismo.

&#191;&#201;ste era un habitual?

No sabr&#237;a decirle, se&#241;or.

El coche torci&#243; hacia la izquierda, cort&#243; por una carretera estrecha, gir&#243; a la derecha y sali&#243; a una autov&#237;a con edificios bajos a cada lado. Brunetti mir&#243; el reloj. Casi las cinco.

Los edificios se espaciaban cada vez m&#225;s entre terrenos cubiertos de maleza y alg&#250;n que otro arbusto. Hab&#237;a coches abandonados aqu&#237; y all&#225; con los cristales destrozados y los asientos hechos jirones y tirados en el suelo. En tiempos, estos edificios hab&#237;an estado vallados, pero ahora la mayor&#237;a de las cercas colgaban, fl&#225;cidas y desgarradas, de los postes que parec&#237;an haber olvidado su funci&#243;n de sostenerlas.

Hab&#237;a mujeres al lado de la carretera. Dos estaban debajo de una sombrilla de playa que hab&#237;an clavado en la tierra.

&#191;Saben esas mujeres lo que ha pasado hoy aqu&#237;? -pregunt&#243; Brunetti.

Estoy seguro de que s&#237;. Esas noticias circulan con rapidez.

&#191;Y a pesar de todo no se van? -Brunetti no pod&#237;a disimular la sorpresa.

Tienen que vivir, &#191;no, se&#241;or? Adem&#225;s, si el muerto era un hombre, para ellas no hay peligro, o eso imaginar&#225;n. -El conductor fren&#243; y detuvo el coche al borde de la carretera-. Ya hemos llegado.

Brunetti abri&#243; la puerta del coche y sali&#243;. Un calor h&#250;medo lo envolvi&#243;. Vio ante s&#237; un edificio largo y bajo con cuatro rampas de cemento que sub&#237;an hasta unas puertas met&#225;licas dobles. Al pie de una de las rampas hab&#237;a un coche patrulla azul y blanco. No se ve&#237;a nombre en el edificio, ni se&#241;al que lo identificara. Para identificarlo bastaba el olor.

Creo que est&#225; detr&#225;s, comisario -dijo el conductor.

Brunetti se dispuso a rodear el edificio, en direcci&#243;n a los campos que se extend&#237;an detr&#225;s. All&#237; vio otra cerca desmayada, una acacia que sobreviv&#237;a de milagro y, a su sombra, a un polic&#237;a sentado en una silla, dando cabezadas.

Scarpa -grit&#243; el conductor, antes de que Brunetti pudiera decir algo-. Ha venido un comisario.

El polic&#237;a irgui&#243; bruscamente la cabeza, despert&#243; al instante y se levant&#243; de un salto. Mir&#243; a Brunetti y salud&#243; militarmente.

Buenas tardes, se&#241;or.

Brunetti observ&#243; que la chaqueta del hombre estaba colgada del respaldo de la silla y que su camisa, empapada en sudor y pegada al cuerpo, ya no parec&#237;a blanca sino rosada.

&#191;Cu&#225;nto tiempo lleva aqu&#237; fuera, agente Scarpa? -pregunt&#243; Brunetti acerc&#225;ndose al hombre.

Desde que se han marchado los del laboratorio, se&#241;or.

&#191;Cu&#225;nto hace de eso?

Eran poco m&#225;s de las tres.

&#191;Por qu&#233; sigue aqu&#237; fuera?

El sargento me dijo que me quedara aqu&#237; hasta que viniera un equipo para interrogar a los trabajadores.

&#191;Y qu&#233; hace aqu&#237; con este sol?

El hombre respondi&#243; sin evasivas:

No soportaba el olor de ah&#237; dentro. He tenido que salir a vomitar y ya no he podido volver a entrar. He tratado de quedarme de pie, pero, como no hay m&#225;s que este poco de sombra, al cabo de una hora he ido a buscar una silla.

Instintivamente, mientras el polic&#237;a hablaba, Brunetti y el conductor tambi&#233;n hab&#237;an buscado la sombra.

&#191;Sabe si ya ha venido el equipo a hacer el interrogatorio? -pregunt&#243; Brunetti.

S&#237;, se&#241;or. Han llegado hace una hora.

&#191;Y qu&#233; hace usted aqu&#237; fuera todav&#237;a? -pregunt&#243; Brunetti.

El agente lanz&#243; a Brunetti una mirada inexpresiva.

He preguntado al sargento si pod&#237;a regresar a la ciudad, pero &#233;l quer&#237;a que ayudara en los interrogatorios. Yo le he dicho que no pod&#237;a, a menos que los trabajadores salieran a hablar conmigo. No le ha gustado, pero yo no pod&#237;a entrar ah&#237;.

Una ligera brisa hizo patente a Brunetti la raz&#243;n de esta imposibilidad.

&#191;Y por qu&#233; est&#225; aqu&#237; fuera? &#191;Por qu&#233; no est&#225; en el coche?

El sargento me dijo que esperase aqu&#237;. -El hombre hablaba con gesto imp&#225;vido-. Le he preguntado si pod&#237;a ir al coche, que tiene aire acondicionado, y &#233;l me ha dicho que, si no ayudaba en el interrogatorio, deb&#237;a permanecer aqu&#237; fuera. -Como si hubiera adivinado la pregunta que Brunetti le har&#237;a a continuaci&#243;n, agreg&#243;-: El siguiente autob&#250;s no pasa hasta las siete y cuarto, para recoger a la gente a la salida del trabajo.

Brunetti tom&#243; nota mentalmente y pregunt&#243;:

&#191;D&#243;nde lo han encontrado?

El polic&#237;a se volvi&#243; y se&#241;al&#243; los matorrales del otro lado de la cerca.

Estaba ah&#237;.

&#191;Qui&#233;n lo ha encontrado?

Un trabajador que hab&#237;a salido a fumar un cigarrillo. Ha visto un zapato rojo, seg&#250;n creo. Y se ha acercado a inspeccionar.

&#191;Estaba usted aqu&#237; cuando han venido los del laboratorio?

S&#237;, se&#241;or. Han examinado el terreno, han hecho fotos y han recogido todo lo que han encontrado en el suelo en un radio de cien metros de las matas.

&#191;Hab&#237;a huellas de pisadas?

Creo que s&#237;, se&#241;or, pero no estoy seguro. El hombre que lo encontr&#243; dej&#243; las suyas, pero me parece que han encontrado m&#225;s. -Hizo una pausa, se enjug&#243; el sudor de la frente y agreg&#243;-: Y los primeros polic&#237;as tambi&#233;n han dejado las suyas.

&#191;Su sargento?

S&#237;, se&#241;or.

Brunetti lanz&#243; una r&#225;pida mirada a la hierba alta y luego mir&#243; la camisa del polic&#237;a, empapada en sudor.

Suba a nuestro coche, agente Scarpa. Tiene aire acondicionado. -Y al conductor-: Vaya con &#233;l. Esp&#233;renme all&#237;.

Muchas gracias, comisario -dijo el polic&#237;a, y descolg&#243; la chaqueta del respaldo de la silla.

D&#233;jelo -dijo Brunetti al ver que el hombre iba a pon&#233;rsela.

Gracias -repiti&#243; el polic&#237;a, que se agach&#243; y agarr&#243; la silla.

Los dos hombres fueron hacia el edificio. El polic&#237;a dej&#243; la silla en la plataforma de cemento que hab&#237;a frente a la puerta trasera del edificio y se reuni&#243; con el conductor. Los dos agentes desaparecieron por la esquina y Brunetti fue hacia el agujero de la cerca.

Agach&#225;ndose, cruz&#243; al otro lado y se acerc&#243; a los matorrales. Por todas partes hab&#237;a se&#241;ales del paso del equipo del laboratorio: orificios en el suelo, donde hab&#237;an clavado las varillas para medir distancias, tierra levantada por zapatos que giraban sobre s&#237; mismos y, cerca de las matas, unas ramitas cortadas, apiladas cuidadosamente. Sin duda hab&#237;an tenido que recortar el arbusto al sacar el cuerpo, para que no lo ara&#241;aran las afiladas hojas.

Brunetti oy&#243; a su espalda un portazo y una voz de hombre que gritaba:

Eh, usted, &#191;qu&#233; est&#225; haciendo ah&#237;? &#161;Ap&#225;rtese ahora mismo!

Brunetti dio media vuelta y, tal como esperaba, vio a un hombre con uniforme de polic&#237;a que se acercaba andando deprisa, procedente de la puerta trasera del edificio. Como Brunetti lo miraba pero no se apartaba del matorral, el polic&#237;a desenfund&#243; el rev&#243;lver y grit&#243;:

Levante las manos y ac&#233;rquese a la valla.

Brunetti dio media vuelta y se dirigi&#243; hacia el polic&#237;a andando como si pisara un terreno pedregoso, con los brazos extendidos hacia los lados para mantener el equilibrio.

Que las levante he dicho -gru&#241;&#243; el polic&#237;a cuando Brunetti lleg&#243; a la cerca.

El polic&#237;a ten&#237;a un arma en la mano, por lo que Brunetti no trat&#243; de hacerle comprender que ya llevaba las manos levantadas, aunque no por encima de la cabeza. S&#243;lo dijo:

Buenas tardes, sargento. Soy el comisario Brunetti de Venecia. &#191;Ha tomado declaraci&#243;n a los de ah&#237; dentro?

El hombre ten&#237;a unos ojos muy peque&#241;os en los que no brillaba una gran inteligencia, aunque s&#237; la suficiente como para que Brunetti advirtiera que se daba cuenta del dilema que se le planteaba: o pedir a un comisario de polic&#237;a que se identificara o dejar marchar a un impostor.

Perd&#243;n, comisario, pero me daba el sol en los ojos y no lo he reconocido -dijo el sargento, a pesar de que ten&#237;a el sol sobre el hombro izquierdo. Pero hubiera podido salvarse con esto, gan&#225;ndose el respeto de Brunetti, mal que a &#233;ste le pesara, de no haber remachado-: Es muy desagradable salir al sol tan bruscamente desde un sitio oscuro. Adem&#225;s, no esperaba a nadie m&#225;s.

En la placa que llevaba en el pecho se le&#237;a el apellido: Buffo.

Parece ser que Mestre va a estar sin comisarios durante un par de semanas, y me env&#237;an a m&#237; para que lleve la investigaci&#243;n.

Brunetti se agach&#243; y pas&#243; por el agujero de la valla. Cuando enderez&#243; el cuerpo, el rev&#243;lver de Buffo estaba enfundado y la funda, abrochada.

Brunetti empez&#243; a andar hacia la puerta trasera del matadero. Buffo iba a su lado.

&#191;Qu&#233; informaci&#243;n le ha dado esa gente?

Nada m&#225;s de lo que ya hab&#237;a averiguado esta ma&#241;ana, cuando nos llamaron. Un matarife, Bettino Cola, encontr&#243; el cad&#225;ver poco despu&#233;s de las once. Hab&#237;a salido a fumar un cigarrillo y fue hasta la cerca porque dec&#237;a que hab&#237;a visto unos zapatos en el suelo.

&#191;Y no hab&#237;a tales zapatos? -pegunt&#243; Brunetti.

S&#237;, se&#241;or. All&#237; estaban cuando llegamos nosotros.

Cualquiera que le oyese pod&#237;a pensar que Cola hab&#237;a puesto los zapatos all&#237; para alejar las sospechas de s&#237;. Brunetti detestaba a los polic&#237;as duros tanto como cualquier simple ciudadano o cualquier criminal.

El que llam&#243; dijo que hab&#237;a una puta en un campo. Yo me person&#233; e hice la inspecci&#243;n ocular. Pero era un hombre -concluy&#243; Buffo, y escupi&#243;.

Seg&#250;n mis informes, se trata de un homosexual que ejerc&#237;a la prostituci&#243;n -dijo Brunetti con voz &#225;tona-. &#191;Ha sido identificado?

No, se&#241;or, todav&#237;a no. Hemos pedido que le hagan fotos en el dep&#243;sito, pero est&#225; muy desfigurado. Despu&#233;s, un dibujante har&#225; un esbozo del aspecto que deb&#237;a de tener antes. Lo haremos circular por ah&#237; y antes o despu&#233;s alguien lo reconocer&#225;. Son muy conocidos estos chicos -dijo Buffo con una sonrisa que ten&#237;a mucho de mueca y prosigui&#243;-: Si era de por aqu&#237;, no tardaremos en tener una identificaci&#243;n.

&#191;Y si no lo era? -pregunt&#243; Brunetti.

Entonces nos costar&#225; m&#225;s tiempo, imagino. O quiz&#225; no lleguemos a saber qui&#233;n era. En cualquier caso, no se habr&#225; perdido mucho.

&#191;Y eso por qu&#233;, sargento Buffo? -pregunt&#243; Brunetti suavemente, pero Buffo s&#243;lo capt&#243; las palabras, no la entonaci&#243;n.

&#191;Y qu&#233; falta hacen? Son todos unos degenerados. Est&#225;n llenos de sida y no tienen escr&#250;pulos en contagi&#225;rselo a trabajadores decentes. -Volvi&#243; a escupir.

Brunetti se par&#243; y se volvi&#243; de cara al sargento.

Tal como yo lo veo, sargento Buffo, estos trabajadores decentes que tanto le preocupan se contagian del sida porque pagan a esos degenerados para darles por el culo. Que no se nos olvide. Y que tampoco se nos olvide que ese hombre, quienquiera que fuera, ha sido asesinado y nuestro deber es encontrar al asesino. Aunque sea un trabajador decente.

Dicho esto, Brunetti abri&#243; la puerta y entr&#243; en el matadero. Prefer&#237;a la inmundicia de dentro a la de fuera.



4

Dentro, Brunetti averigu&#243; poco m&#225;s; Cola repiti&#243; su declaraci&#243;n, y el encargado la corrobor&#243;. Buffo, hoscamente, le dijo que ninguno de los hombres que trabajaban en el matadero hab&#237;a visto nada extra&#241;o, ni aquella ma&#241;ana ni el d&#237;a anterior. Las putas hab&#237;an llegado a integrarse en el paisaje de tal modo que ya nadie se fijaba en ellas ni en lo que hac&#237;an. Ninguno de los hombres recordaba haberlas visto en el campo que hab&#237;a detr&#225;s del matadero, lo que no era de extra&#241;ar, con aquel olor. De todos modos, si alguna hubiera rondado por all&#237;, nadie le hubiera prestado atenci&#243;n.

Una vez informado de todo ello, Brunetti volvi&#243; al coche y dijo al conductor que lo llevara a la questura de Mestre. El agente Scarpa, que ya se hab&#237;a puesto la chaqueta, baj&#243; del coche y subi&#243; al del sargento Buffo. Cuando los dos coches circulaban hacia Mestre, Brunetti baj&#243; a medias el cristal, para que entrase un poco de aire, aunque fuera caliente, para diluir el olor a matadero que le impregnaba la ropa. Al igual que la mayor&#237;a de italianos, Brunetti se burlaba de la dieta vegetariana, que tachaba de una de tantas man&#237;as de personas sobrealimentadas, pero hoy la idea le parec&#237;a perfectamente razonable.

En la questura, su conductor lo llev&#243; al primer piso y le present&#243; al sargento Gallo, un hombre cadav&#233;rico, de ojos hundidos, que daba la impresi&#243;n de que, con los a&#241;os, la misi&#243;n de perseguir al criminal le hab&#237;a consumido las carnes.

Cuando Brunetti se hubo sentado a un lado del escritorio de Gallo, el sargento le dijo que pod&#237;a a&#241;adir muy poco a lo que Brunetti ya sab&#237;a, aparte del informe preliminar verbal del forense: muerte a consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza y en la cara, acaecida entre doce y dieciocho horas antes de que se encontrara el cuerpo. El calor hac&#237;a dif&#237;cil precisarlo. Por las part&#237;culas de &#243;xido halladas en algunas de las heridas y por la forma de &#233;stas, el forense supon&#237;a que el arma del crimen era un objeto de metal, probablemente un trozo de tubo, un cuerpo cil&#237;ndrico, desde luego. El laboratorio no enviar&#237;a los resultados de los an&#225;lisis de sangre y del contenido del est&#243;mago hasta el mi&#233;rcoles por la ma&#241;ana como m&#237;nimo, por lo que a&#250;n no se sab&#237;a si la v&#237;ctima se encontraba bajo los efectos de drogas o alcohol en el momento de la muerte. Puesto que muchas de las prostitutas de la ciudad y casi todos los travestis eran drogadictos, ello parec&#237;a probable, aunque, al parecer, no se hab&#237;an encontrado en el cuerpo indicios de que se inyectara. El est&#243;mago estaba vac&#237;o, pero se observaban se&#241;ales de que hab&#237;a comido por lo menos seis horas antes de la muerte.

&#191;Qu&#233; hay de la ropa? -pregunt&#243; el comisario.

Vestido rojo, de fibra sint&#233;tica, barato. Zapatos rojos, reci&#233;n estrenados, del n&#250;mero cuarenta y uno. Los har&#233; examinar, para ver si damos con el fabricante.

&#191;Tenemos fotos? -pregunt&#243; Brunetti.

No estar&#225;n listas hasta ma&#241;ana por la ma&#241;ana, pero a juzgar por los informes de los agentes que lo trajeron, quiz&#225; prefiera no verlas.

&#191;Tan mal estaba? -pregunt&#243; Brunetti.

El que lo hizo deb&#237;a de odiarlo mucho o estar fuera de s&#237;. No le queda nariz.

&#191;Mandar&#225; hacer un dibujo?

S&#237;, se&#241;or, pero ser&#225; pura especulaci&#243;n. El dibujante no podr&#225; guiarse m&#225;s que por la forma de la cara y el color de los ojos. Y el pelo. -Gallo hizo una pausa y agreg&#243;-: Pelo muy fino, con una calva de tama&#241;o m&#225;s que regular, por lo que supongo que deb&#237;a de llevar peluca, cuando, bueno, cuando trabajaba.

&#191;Han encontrado la peluca? -pregunt&#243; Brunetti.

No, se&#241;or. Y parece que lo mataron en otro sitio y luego lo trasladaron.

&#191;Pisadas?

S&#237;, se&#241;or. Los del equipo t&#233;cnico dicen que encontraron una serie que iba hacia las matas y otra serie que volv&#237;a.

&#191;M&#225;s hondas las que iban?

S&#237;, se&#241;or.

As&#237; que lo llevaron hasta all&#237; y lo tiraron entre la maleza. &#191;De d&#243;nde proced&#237;an las huellas?

Hay una carretera estrecha que discurre por el borde del campo que hay detr&#225;s del matadero. Parece que ven&#237;an de all&#237;.

&#191;Algo en la carretera?

Nada. Hace semanas que no llueve, por lo que un coche y hasta un cami&#243;n hubiera podido parar all&#237; sin dejar se&#241;ales. S&#243;lo tenemos las pisadas. De hombre. N&#250;mero cuarenta y tres.

Era el de Brunetti.

&#191;Tienen una lista de travestis?

S&#243;lo de los que han tenido alg&#250;n percance.

&#191;Qu&#233; clase de percances suelen tener?

Lo de siempre. Drogas. Reyertas entre ellos. De vez en cuando, uno se pelea con alg&#250;n cliente. Generalmente, por dinero. Pero ninguno ha estado involucrado en nada serio.

Y las peleas, &#191;son violentas?

Nada comparable a esto. Ni mucho menos.

&#191;Cu&#225;ntos puede haber?

Tenemos fichados a unos treinta, pero supongo que son s&#243;lo una peque&#241;a parte. Muchos son de Pordenone o de Padua. Parece que all&#237; marcha muy bien el negocio.

La primera era la ciudad importante m&#225;s pr&#243;xima a instalaciones militares norteamericanas e italianas. Esto hac&#237;a de Pordenone un lugar propicio. Pero, &#191;Padua? &#191;La universidad? Mucho ten&#237;an que haber cambiado las cosas desde que Brunetti se hab&#237;a licenciado en derecho.

Me gustar&#237;a mirar esas fichas esta noche. &#191;Puede pedir que me hagan fotocopias?

Ya est&#225;n hechas -dijo Gallo entreg&#225;ndole una gruesa carpeta azul que ten&#237;a encima de la mesa.

Al tomar la carpeta de manos del sargento, Brunetti descubri&#243; que incluso all&#237;, en Mestre, a menos de veinte kil&#243;metros de su casa, con toda probabilidad lo tratar&#237;an como a un forastero, de modo que busc&#243; un com&#250;n denominador que le permitiera encajar en una unidad operativa, dejar de ser el comisario que viene de fuera.

Pero usted es veneciano, &#191;verdad, sargento? -Gallo asinti&#243; y Brunetti agreg&#243;-: &#191;Castello?

Gallo volvi&#243; a mover la cabeza afirmativamente pero ahora con una sonrisa, como si supiera que su acento lo delatar&#237;a dondequiera que fuese.

&#191;Y qu&#233; hace aqu&#237;, en Mestre? -pregunt&#243; Brunetti.

Ya sabe lo que ocurre, comisario. Me cans&#233; de buscar apartamento en Venecia. Mi mujer y yo estuvimos dos a&#241;os buscando, pero es imposible. Nadie quiere alquilar a un veneciano, tienen miedo de que no te marches nunca. Y, si quieres comprar cinco millones el metro cuadrado. &#191;Qui&#233;n puede pagar eso? As&#237; que nos vinimos aqu&#237;.

Parece que le pesa, sargento.

Gallo se encogi&#243; de hombros. Su caso no era &#250;nico. Muchos venecianos ten&#237;an que abandonar la ciudad a causa de los astron&#243;micos alquileres y los precios de las viviendas.

Siempre es duro tener que marcharse de casa, comisario -dijo, pero a Brunetti le pareci&#243; que ahora su voz ya ten&#237;a un acento m&#225;s c&#225;lido.

Volviendo al caso que les ocupaba, Brunetti pregunt&#243;, golpeando la carpeta con el &#237;ndice:

&#191;Hay aqu&#237; alguien en quien ellos tengan confianza?

Ten&#237;amos a un agente, Benvenuti, pero se retir&#243; el a&#241;o pasado.

&#191;Nadie m&#225;s?

No, se&#241;or. -Gallo se qued&#243; en suspenso, como si no acabara de decidirse a decir lo que pensaba-. Me parece que muchos de los agentes j&#243;venes en fin, me parece que no se toman en serio a esos chicos.

&#191;Qu&#233; le hace decir eso, sargento Gallo?

Si alguno hace una denuncia, porque un cliente le ha golpeado, no porque no le haya pagado, que eso es algo sobre lo que la polic&#237;a no tiene control, bien, ning&#250;n agente quiere ser enviado a investigar, aunque tengamos el nombre del que lo ha hecho. Y, si van a interrogarlo, generalmente la cosa no pasa de ah&#237;.

Esa misma impresi&#243;n, incluso m&#225;s acentuada, me dio el sargento Buffo -dijo Brunetti.

Al o&#237;r el nombre, Gallo apret&#243; los labios, pero no hizo ning&#250;n comentario.

&#191;Y qu&#233; hay de las mujeres? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;Las prostitutas?

S&#237;. &#191;Hay mucho contacto entre ellas y los travestis?

Nunca ha habido problemas, que yo sepa, pero no tengo idea de c&#243;mo se llevan entre ellos. No creo que exista competencia por la clientela, si es eso lo que quiere decir.

Brunetti no estaba seguro de lo que hab&#237;a querido decir, y comprendi&#243; que sus preguntas no tendr&#237;an un objetivo claro hasta que leyera las fichas de la carpeta azul o hasta que alguien pudiera identificar al muerto. Mientras tanto, no podr&#237;a hablarse de m&#243;vil ni tratar de comprender lo sucedido.

El comisario se levant&#243; y mir&#243; su reloj.

Me gustar&#237;a que su conductor fuera a recogerme ma&#241;ana por la ma&#241;ana a las ocho y media. Y, a ser posible, que el dibujante ya tuviera el boceto terminado. Tan pronto como puedan disponer de &#233;l, si es posible, esta misma noche, que por lo menos dos agentes empiecen a ense&#241;arlo a los travestis y les pregunten si saben qui&#233;n era o si tienen noticia de que ha desaparecido alguien de Pordenone o de Padua. Que pregunten a las prostitutas si tambi&#233;n los travestis trabajan en la zona en la que se encontr&#243; el cad&#225;ver o si alguna vez han visto a alguno por all&#237;. -Tom&#243; la carpeta-. Esta noche repasar&#233; las fichas.

Gallo hab&#237;a ido anotando las instrucciones de Brunetti y ahora se levant&#243; y fue con &#233;l hasta la puerta.

Hasta ma&#241;ana, comisario. -Volvi&#243; al escritorio y alarg&#243; la mano hacia el tel&#233;fono-. Abajo encontrar&#225; al conductor que le llevar&#225; a piazzale Roma.

Mientras el coche de la polic&#237;a iba por el paso elevado camino de Venecia, Brunetti miraba hacia la derecha, a las nubes de humo gris, blanco, verde y amarillo que brotaba del bosque de chimeneas de Marghera. En todo lo que alcanzaba la mirada se extend&#237;a sobre el vasto pol&#237;gono industrial una capa de humo que los rayos del sol poniente convert&#237;an en una radiante visi&#243;n del siglo pr&#243;ximo. Deprimido por la idea, volvi&#243; la mirada hacia Murano y la lejana torre de la bas&#237;lica de Torcello, donde, seg&#250;n algunos historiadores, empez&#243; a germinar la idea de Venecia hac&#237;a m&#225;s de mil a&#241;os, cuando los habitantes de la costa se desplazaron hacia las marismas huyendo de los hunos invasores.

El conductor hizo un r&#225;pido viraje para sortear una enorme autocaravana con matr&#237;cula alemana que les hab&#237;a cortado el paso al salir del aparcamiento de Tronchetto, lo que hizo volver al presente a Brunetti. Otra vez los hunos, y ahora no hab&#237;a adonde escapar.

Desde piazzale Roma, Brunetti fue a su casa andando, sin fijarse por d&#243;nde iba ni con qui&#233;n se cruzaba. No pod&#237;a dejar de pensar en aquel s&#243;rdido descampado, en las moscas que zumbaban en torno al matorral donde hab&#237;a estado el cad&#225;ver. Ma&#241;ana ir&#237;a a verlo, hablar&#237;a con el forense y tratar&#237;a de descubrir qu&#233; secretos pod&#237;a revelar aquel cuerpo desfigurado.

Lleg&#243; a casa poco antes de las ocho, no tan tarde como para que pudiera suponerse que no hab&#237;a tenido una jornada normal. Cuando abri&#243; la puerta, Paola estaba en la cocina, pero no hab&#237;a en la casa sonidos ni ruidos de cocina. Avanz&#243; por el pasillo, empujado por la curiosidad y asom&#243; la cabeza por la puerta. Ella estaba delante de la encimera, cortando tomates en rodajas.

Ciao, Guido -dijo mir&#225;ndolo con una sonrisa.

&#201;l arroj&#243; la carpeta azul sobre la encimera, se acerc&#243; a Paola y le dio un beso en la nuca.

&#191;Con este calor? -pregunt&#243; ella, pero se apoyaba en &#233;l al decirlo.

&#201;l le lami&#243; suavemente el cuello.

Tengo falta de sal -dijo, volviendo a lamer.

En la farmacia venden pastillas de sal. Probablemente son m&#225;s higi&#233;nicas -dijo ella inclin&#225;ndose hacia adelante, pero s&#243;lo para tomar otro tomate rojo del fregadero, que cort&#243; en gruesas rodajas y agreg&#243; a los que ya ten&#237;a dispuestos en c&#237;rculo en una fuente de cer&#225;mica.

&#201;l sac&#243; una botella de agua mineral del frigor&#237;fico y una copa del armario alto. Llen&#243; la copa, bebi&#243;, volvi&#243; a llenarla y a beber, tap&#243; la botella y volvi&#243; a meterla en el frigor&#237;fico.

Del estante de abajo extrajo una botella de prosecco. Arranc&#243; la l&#225;mina de esta&#241;o y, lentamente, empuj&#243; el corcho con los pulgares, imprimi&#233;ndole un suave movimiento de vaiv&#233;n. Cuando salt&#243; el tap&#243;n, &#233;l inclin&#243; r&#225;pidamente la botella, para impedir que se derramara la espuma.

&#191;Por qu&#233; cuando nos casamos, t&#250; ya sab&#237;as lo que hay que hacer para que el champ&#225;n no se salga y yo, no? -pregunt&#243; mientras se serv&#237;a el vino espumoso.

Mario me lo ense&#241;&#243; -dijo Paola, y &#233;l supo inmediatamente que, de la veintena de Marios que conoc&#237;an, su mujer se refer&#237;a a su primo, el comerciante en vinos.

&#191;Quieres?

S&#243;lo un sorbo del tuyo. No me gusta beber con este calor; se me sube a la cabeza. -&#201;l la abraz&#243; por detr&#225;s y le arrim&#243; la copa a los labios. Ella tom&#243; un trago-. Basta -dijo. Entonces bebi&#243; &#233;l.

Est&#225; bueno -murmur&#243;-. &#191;Y los ni&#241;os?

Chiara, en la terraza, leyendo. -&#191;Alguna vez hac&#237;a Chiara algo que no fuera leer? &#191;Aparte de resolver problemas de matem&#225;ticas y pedir un ordenador?

&#191;Y Raffi? -Seguro que estaba con Sara, pero Brunetti siempre preguntaba.

Con Sara. Cena en su casa y despu&#233;s piensan ir al cine. -Paola ri&#243;, divertida por la fervorosa devoci&#243;n de Raffi por Sara Paganuzzi, y aliviada de que su hijo se hubiera prendado de la vecinita que viv&#237;a dos pisos m&#225;s abajo-. Espero que pueda separarse de ella estas dos semanas que vamos a estar fuera -prosigui&#243; la madre, aunque estaba segura de que la posibilidad de pasar dos semanas en las monta&#241;as de Bolzano y escapar del calor asfixiante de la ciudad bastaba para inducir hasta al mismo Raffi a renunciar transitoriamente a las delicias de un amor reci&#233;n estrenado. Adem&#225;s, los padres hab&#237;an dado permiso a Sara para que pasara un fin de semana de aquellas vacaciones con la familia de Raffaele. Y Paola, que no ten&#237;a que volver a dar clase en la universidad hasta dentro de dos meses, ve&#237;a ante s&#237; d&#237;as y d&#237;as de lectura intensiva.

Brunetti no dijo nada y se sirvi&#243; otra media copa de espumoso.

Caprese? -pregunt&#243; se&#241;alando con un movimiento de la cabeza la corona de tomate en rodajas que su mujer dispon&#237;a en la fuente.

Oh, superdetective -dijo Paola alargando la mano hacia otro tomate. Ve una fuente de rodajas de tomate, colocadas de manera que puedan intercalarse entre ella lonchas de mozzarella, ve un ramo de albahaca fresca en un vaso situado a la izquierda de su bella esposa, al lado del plato del queso e, instant&#225;neamente, deduce: insalatacaprese para cenar. No es de extra&#241;ar que la sagacidad de este hombre tenga atemorizada a la poblaci&#243;n criminal de la ciudad. Se volvi&#243; a mirarlo sonriendo, para tratar de adivinar por su expresi&#243;n si esta vez hab&#237;a ido demasiado lejos. Al ver que quiz&#225; era as&#237;, le tom&#243; la copa de la mano y bebi&#243; otro sorbo-. &#191;Qu&#233; pasa? -pregunt&#243; al devolverle la copa.

Me han asignado un caso en Mestre. -Atajando la interrupci&#243;n que preve&#237;a, explic&#243;-: Tienen a dos comisarios de vacaciones, a otro en el hospital con una pierna rota y la otra empieza el permiso de maternidad.

As&#237; que Patta te ha cedido a Mestre.

No hab&#237;a nadie m&#225;s.

Guido, siempre hay alguien m&#225;s. Si me apuras, est&#225; el mismo Patta. No le har&#237;a ning&#250;n da&#241;o hacer algo m&#225;s que estar sentado en su despacho, firmar papeles y sobar a las secretarias.

A Brunetti le resultaba dif&#237;cil imaginar a alguna de las secretarias consintiendo que Patta la sobara, pero se reserv&#243; la opini&#243;n.

&#191;Qu&#233; dices? -le inst&#243; ella, al ver que callaba.

Patta tiene problemas -dijo Brunetti.

&#191;Entonces es verdad? Todo el d&#237;a he estado deseando llamarte para pregunt&#225;rtelo. &#191;Tito Burrasca? -Brunetti asinti&#243; y ella levant&#243; la cabeza y emiti&#243; un sonido bronco que podr&#237;a describirse como risotada-. Tito Burrasca -repiti&#243;, se volvi&#243; hacia el fregadero y sac&#243; otro tomate-. Tito Burrasca.

Vamos, Paola, no tiene gracia.

Ella se revolvi&#243; sin soltar el cuchillo.

&#191;C&#243;mo que no tiene gracia? Patta es un gilipollas fatuo, hip&#243;crita y santurr&#243;n, y no se me ocurre nadie que lo tenga m&#225;s merecido.

Brunetti se encogi&#243; de hombros y se sirvi&#243; m&#225;s espumoso. Mientras su mujer despotricara contra Patta se olvidar&#237;a de Mestre, aunque comprend&#237;a que la distracci&#243;n ser&#237;a s&#243;lo moment&#225;nea.

Es que no me lo puedo creer -dijo ella girando sobre s&#237; misma, como si hablara con el &#250;ltimo tomate que quedaba en el fregadero-. Te amarga la vida durante a&#241;os, te complica el trabajo, y ahora t&#250; lo defiendes.

No lo defiendo, Paola.

Pues lo parece -dijo ella, dirigi&#233;ndose ahora a la bola de mozzarella que ten&#237;a en la mano izquierda.

S&#243;lo digo que nadie se merece una cosa as&#237;. Burrasca es un cerdo.

&#191;Y Patta, no?

&#191;Llamo a Chiara? -pregunt&#243; &#233;l, al ver que la ensalada casi estaba preparada.

No hasta que me digas cu&#225;nto tiempo te ocupar&#225; lo de Mestre.

Ni idea.

&#191;De qu&#233; se trata?

Un asesinato. Un travesti ha aparecido muerto en un descampado. Alguien le aplast&#243; la cara, probablemente con un trozo de tubo, y lo llev&#243; all&#237;.

Brunetti se preguntaba si antes de la cena las otras familias tendr&#237;an conversaciones tan edificantes.

&#191;Por qu&#233; en la cara? -pregunt&#243; ella, yendo directamente a la inc&#243;gnita que le hab&#237;a intrigado durante toda la tarde.

&#191;Por rabia?

Hum -hizo ella mientras cortaba la mozzarella y la intercalaba entre las rodajas de tomate-. Y &#191;por qu&#233; lo habr&#225;n llevado a un descampado?

Porque el asesino quer&#237;a que encontraran el cuerpo lejos de donde lo hab&#237;a matado.

&#191;Est&#225;s seguro de que no lo mataron all&#237;?

Parece que no. Hab&#237;a pisadas que iban hasta el cuerpo y otras, menos profundas, que se alejaban de &#233;l.

&#191;Un travesti, dices?

Eso es todo lo que s&#233;. Ignoro la edad, pero todos parecen estar seguros de que era un chapero.

&#191;T&#250; no lo crees?

No tengo razones para no creerlo. Pero tampoco las tengo para creerlo.

Ella arranc&#243; varias hojas de albahaca, las lav&#243; al chorro del grifo y las cort&#243; finamente. Espolvore&#243; con ellas tomate y mozzarella, ech&#243; sal y lo roci&#243; todo generosamente con aceite de oliva.

He pensado que podr&#237;amos cenar en la terraza -dijo-. Supongo que Chiara habr&#225; puesto la mesa. &#191;Quieres comprobarlo? -&#201;l dio media vuelta para salir de la cocina, llev&#225;ndose la botella y la copa. Al observarlo, Paola dej&#243; el cuchillo en el fregadero y dijo-: El caso no estar&#225; resuelto antes del fin de semana, &#191;verdad?

&#201;l mene&#243; la cabeza.

No es probable.

&#191;Qu&#233; quieres que haga?

Las reservas del hotel est&#225;n hechas, los ni&#241;os est&#225;n ilusionados. Lo est&#225;n esperando desde que acab&#243; el colegio.

&#191;Qu&#233; quieres que haga? -repiti&#243; ella. Una vez, hac&#237;a unos ocho a&#241;os, &#233;l hab&#237;a conseguido rehuir una pregunta de su mujer. Hasta el d&#237;a siguiente.

Quiero que t&#250; y los ni&#241;os vay&#225;is a la monta&#241;a. Si termino pronto, me reunir&#233; con vosotros. De todos modos, intentar&#233; ir el fin de semana.

Preferir&#237;a tenerte all&#237;, Guido. No quiero pasar las vacaciones sola.

Tendr&#225;s a los ni&#241;os.

Paola no se dign&#243; otorgar una r&#233;plica racional. Tom&#243; la fuente de la ensalada y fue hacia &#233;l.

Vamos a ver si Chiara ha puesto la mesa.



5

Aquella noche, antes de acostarse, Brunetti repas&#243; los expedientes y en ellos encontr&#243; el reflejo de un mundo que quiz&#225; sab&#237;a que exist&#237;a pero del que no conoc&#237;a aspectos ni detalles concretos. Que &#233;l supiera, en Venecia no hab&#237;a travestis que se dedicaran a la prostituci&#243;n. Pero hab&#237;a, por lo menos, un transexual, y Brunetti sab&#237;a de su existencia s&#243;lo porque en una ocasi&#243;n tuvo que firmar un certificado en el que se hac&#237;a constar que Emilio Mercato no ten&#237;a antecedentes penales, requisito exigido para que en la carta d'identit&#224; pudieran hacerse las modificaciones correspondientes a los cambios que ya se hab&#237;an efectuado en el cuerpo del interesado, sustituyendo Emilio por Emilia y hembra por var&#243;n. &#201;l no conceb&#237;a qu&#233; instintos o pasiones pod&#237;an impulsar a una persona a dar ese paso irreversible, pero recordaba que se hab&#237;a sentido impresionado y conmovido por una emoci&#243;n que hab&#237;a preferido no analizar, por aquella sustituci&#243;n de una sola letra en un documento oficial: Emilio, Emilia.

Los hombres de los expedientes no se dejaban arrastrar por tales cavilaciones y se conformaban con transformar s&#243;lo su aspecto: cara, ropa, maquillaje, porte y gesto. Algunas de las fotos de las fichas daban testimonio de la habilidad con que se hab&#237;a operado la metamorfosis. De la mitad, Brunetti nunca hubiera dicho que fueran hombres, a pesar de que le constaba que lo eran. La suavidad del cutis y la delicadeza del corte de cara no ten&#237;an nada de masculino; incluso frente a las violentas luces y el objetivo inclemente de la c&#225;mara de la polic&#237;a, muchos parec&#237;an mujeres hermosas, y Brunetti buscaba en vano una sombra de barba, un ment&#243;n acusado, algo que denotara su condici&#243;n de hombres.

Sentada en la cama a su lado, Paola repasaba las hojas que &#233;l le iba pasando, fotos, declaraciones, el informe de un arresto por venta de droga y le devolv&#237;a los papeles sin comentarios.

&#191;Qu&#233; piensas? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;De qu&#233;?

De esto. -&#201;l levant&#243; el expediente que ten&#237;a en la mano-. &#191;No te parecen extra&#241;os estos hombres?

Ella le mir&#243; largamente y, seg&#250;n intuy&#243; &#233;l, con aversi&#243;n.

M&#225;s extra&#241;os me parecen los hombres que los utilizan.

&#191;Por qu&#233;?

Se&#241;alando la carpeta, Paola dijo:

Estos hombres, por lo menos, no se enga&#241;an sobre lo que hacen. Sus clientes, s&#237;.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Vamos, Guido. Pi&#233;nsalo. Estos hombres cobran por follar o por dejarse follar, seg&#250;n las preferencias del que paga. Pero, para conseguir clientes, tienen que vestirse de mujer. Pi&#233;nsalo un momento. Piensa en la hipocres&#237;a, en la necesidad de enga&#241;arse a s&#237; mismos. As&#237;, al d&#237;a siguiente pueden decirse: Gesu Bambino, no sospechaba que fuera un hombre hasta que ya era tarde, o En fin, aunque el otro fuera un hombre, yo fui el que la meti&#243;. As&#237; quedan como hombres, como machos, y no tienen que reconocer que prefieren acostarse con hombres, para no tener que dudar de su virilidad. -Le mir&#243; fijamente-. A veces, Guido, tengo la impresi&#243;n de que hay muchas cosas en las que no te molestas en pensar.

Lo cual, traducido libremente, sol&#237;a significar que &#233;l no ve&#237;a las cosas lo mismo que ella. Pero esta vez Paola ten&#237;a raz&#243;n; &#233;l nunca hab&#237;a pensado en eso. Tan pronto como Brunetti hab&#237;a descubierto a la mujer, hab&#237;a quedado cautivado, y no conceb&#237;a una atracci&#243;n sexual que no partiera de ella. Al crecer, dio por descontado que a todos los hombres les ocurr&#237;a poco m&#225;s o menos lo mismo; cuando descubri&#243; que no era as&#237;, estaba tan &#237;ntimamente convencido de d&#243;nde se hallaba su placer que no pudo aceptar la posible alternativa m&#225;s que en un plano puramente te&#243;rico.

Entonces record&#243; algo que Paola le hab&#237;a dicho cuando empezaban a salir, algo en lo que &#233;l no se hab&#237;a fijado: que los italianos se tocaban mucho los genitales, manose&#225;ndolos, casi acarici&#225;ndolos. &#201;l, al o&#237;rlo, se ri&#243; con incredulidad y desd&#233;n, pero a partir del d&#237;a siguiente empez&#243; a fijarse y, antes de una semana reconoc&#237;a que ella ten&#237;a raz&#243;n. Al cabo de otra semana, estaba impresionado, casi abrumado, por la frecuencia con que, yendo por la calle, observaba que los hombres bajaban la mano para darse una palmadita inquisitiva y tranquilizadora, como si temieran que pudieran hab&#233;rseles ca&#237;do. Un d&#237;a, mientras paseaban, Paola se par&#243; bruscamente y le pregunt&#243; en qu&#233; pensaba y, al darse cuenta de que ella era la &#250;nica persona del mundo a la que podr&#237;a decir sin vacilar qu&#233; pensaba en aquel momento, acab&#243; por descubrir, si otras mil cosas no se lo hab&#237;an hecho comprender ya, que ella era la mujer con la que quer&#237;a casarse, con la que ten&#237;a que casarse, con la que iba a casarse.

Amar a una mujer, desear a una mujer le parec&#237;a entonces algo absolutamente natural, y ahora segu&#237;a pareci&#233;ndoselo. Pero los hombres de aquella carpeta, por razones que &#233;l pod&#237;a conocer pero que nunca llegar&#237;a a comprender, se hab&#237;an apartado de las mujeres y buscaban el f&#237;sico de otros hombres. Lo hac&#237;an por dinero, por droga o, sin duda, a veces, tambi&#233;n por amor. &#191;En qu&#233; terrible abrazo de odio hab&#237;a encontrado uno de ellos aquel violento final. &#191;Y por qu&#233; raz&#243;n?

Paola dorm&#237;a pl&#225;cidamente a su lado: una forma de curvas suaves que hac&#237;a las delicias de su coraz&#243;n. Dej&#243; la carpeta en la mesa de al lado de la cama, apag&#243; la luz, rode&#243; con el brazo el hombro de Paola y le dio un beso en la nuca. A&#250;n estaba salada. Se durmi&#243; enseguida.

Cuando Brunetti lleg&#243; a la questura de Mestre a la ma&#241;ana siguiente encontr&#243; al sargento Gallo en su despacho, con otra carpeta azul en la mano. Brunetti se sent&#243;, el polic&#237;a le pas&#243; la carpeta y Brunetti vio por primera vez la cara del hombre asesinado. En la parte de arriba estaba el retrato hecho por el dibujante y, debajo, las fotos de la cara destrozada que hab&#237;an servido al artista para su reconstrucci&#243;n.

Imposible calcular el n&#250;mero de golpes que hab&#237;a recibido. Tal como Gallo hab&#237;a dicho la noche antes, la nariz hab&#237;a desaparecido, literalmente incrustada en la cabeza por un golpe brutal. Un p&#243;mulo estaba hundido y en su lugar hab&#237;a un profundo surco. Las fotos de la parte posterior de la cabeza mostraban una violencia similar, pero &#233;stos eran golpes que, m&#225;s que desfigurar, mataban.

Brunetti cerr&#243; la carpeta y la devolvi&#243; a Gallo.

&#191;Han hecho copias del retrato?

S&#237;, se&#241;or, tenemos un buen mont&#243;n, pero no nos han entregado el retrato hasta hace media hora, y los hombres a&#250;n no lo han sacado a la calle.

&#191;Y las huellas dactilares?

Sacamos una serie y las enviamos a Roma y a la Interpol de Ginebra; pero ya sabe usted c&#243;mo es esa gente.

Brunetti sab&#237;a que Roma pod&#237;a tardar varias semanas en analizar unas huellas. Generalmente, la Interpol era un poco m&#225;s r&#225;pida.

Brunetti golpe&#243; la carpeta con el &#237;ndice.

La cara est&#225; muy machacada, &#191;verdad?

Gallo asinti&#243;, pero no dijo nada. En el pasado hab&#237;a tratado con el vicequestore Patta, aunque s&#243;lo por tel&#233;fono, y desconfiaba de todo el que viniera de Venecia.

Casi como si hubieran querido dejarlo irreconocible -prosigui&#243; Brunetti.

Gallo le lanz&#243; una r&#225;pida mirada frunciendo sus espesas cejas y volvi&#243; a mover la cabeza afirmativamente.

&#191;Usted conoce a alguien en Roma que pudiera acelerar la investigaci&#243;n? -pregunt&#243; Brunetti.

S&#237;, se&#241;or, ya he intentado hablar con &#233;l, pero est&#225; de vacaciones. &#191;Y usted?

Brunetti movi&#243; la cabeza negativamente.

Al que yo conoc&#237;a lo trasladaron a Bruselas. Trabaja para la Interpol.

Pues habr&#225; que esperar, imagino -dijo Gallo, dando a entender por el tono que no le gustaba la perspectiva.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

&#191;El muerto?

S&#237;.

En el dep&#243;sito del Umberto Primo. &#191;Por qu&#233;?

Me gustar&#237;a verlo.

Si a Gallo le pareci&#243; sorprendente esta petici&#243;n, no lo demostr&#243;.

El conductor lo llevar&#225;.

&#191;Est&#225; lejos?

No, unos minutos -respondi&#243; Gallo-. Quiz&#225;, con el tr&#225;fico de primera hora de la ma&#241;ana, un poco m&#225;s.

Brunetti se pregunt&#243; si aquella gente ir&#237;a andando a alguna parte, pero entonces record&#243; el calor tropical que envolv&#237;a toda la zona del V&#233;neto como un sudario. Quiz&#225; fuera conveniente ir en coche climatizado de uno a otro edificio climatizado, pero dudaba mucho de que &#233;l llegara a acostumbrarse al sistema. Reserv&#225;ndose el comentario, baj&#243; y dijo a su conductor -ahora ya le parec&#237;a su conductor y el coche, su coche- que lo llevara al Hospital Umberto Primo, el mayor de los muchos hospitales de Mestre.

En el dep&#243;sito encontr&#243; al empleado sentado ante un escritorio bajo, con un ejemplar del Gazzettino abierto ante s&#237;. Brunetti le mostr&#243; su carnet de polic&#237;a y dijo que quer&#237;a ver al hombre asesinado que hab&#237;a sido encontrado la v&#237;spera en un descampado.

El empleado, un hombre bajo, con un abdomen voluminoso y piernas arqueadas, dobl&#243; el peri&#243;dico y se levant&#243;.

Ah, &#233;se. Est&#225; al otro lado, comisario. No ha venido a verlo nadie m&#225;s que el dibujante, y s&#243;lo quer&#237;a mirarle el pelo y los ojos. No hab&#237;an salido bien en las fotos; demasiado flash. Le ech&#243; un vistazo y le levant&#243; un p&#225;rpado para ver el color de los ojos. Yo dir&#237;a que le impresion&#243; ver c&#243;mo estaba, pero, &#161;caray!, hubiera tenido que verlo antes de la autopsia, con todo ese maquillaje mezclado con la sangre. Lo que cost&#243; limpiarlo. Parec&#237;a un payaso. Ten&#237;a pintura de ojos por toda la cara, bueno, por lo que quedaba de ella. Lo que cuesta limpiarla. Las mujeres deben de tardar un siglo en quit&#225;rsela, &#191;no cree?

Mientra hablaba, el hombre preced&#237;a a Brunetti por la fr&#237;a sala, y de vez en cuando se paraba y se volv&#237;a a mirarlo. Por fin se detuvo delante de una de las puertas met&#225;licas que formaban las paredes, se agach&#243;, hizo girar una empu&#241;adura met&#225;lica y extrajo la gaveta baja en la que descansaba el cad&#225;ver.

&#191;Le va bien as&#237;, comisario, o quiere que lo levante? Es s&#243;lo un momento.

No hace falta, ah&#237; est&#225; bien -dijo Brunetti mirando hacia abajo.

Sin esperar la orden, el empleado levant&#243; el extremo de la s&#225;bana que cubr&#237;a la cara y mir&#243; a Brunetti, inquiriendo si deb&#237;a seguir destapando. Brunetti asinti&#243;, y el hombre retir&#243; la s&#225;bana y la dobl&#243; r&#225;pidamente formando un pulcro rect&#225;ngulo.

Aunque Brunetti hab&#237;a visto las fotos, no estaba preparado para lo que apareci&#243; ante sus ojos. El forense s&#243;lo practicaba la exploraci&#243;n, no se preocupaba de la restauraci&#243;n; si aparec&#237;a la familia, que pagaran ellos a alguien, si quer&#237;an, para que se encargara de eso.

No se hab&#237;a intentado recomponer la nariz, y Brunetti contemplaba una superficie c&#243;ncava, con cuatro muescas, como una cara modelada en arcilla por un ni&#241;o torpe que le hubiera hecho un agujero por nariz. Sin la nariz, era imposible reconocer en la cara una expresi&#243;n humana.

El comisario examin&#243; el cuerpo, en busca de un indicio de edad o condici&#243;n f&#237;sica. Brunetti se oy&#243; a s&#237; mismo dar un ligero respingo de sorpresa al advertir que aquel cuerpo se parec&#237;a al suyo de un modo inquietante: la misma complexi&#243;n, un poco de grasa en la cintura y la cicatriz de una operaci&#243;n de apendicitis en la infancia. La &#250;nica diferencia era la tersura de la piel. Se inclin&#243; para mirar el pecho, brutalmente seccionado por la larga incisi&#243;n de la autopsia. En lugar del vello grueso y canoso que crec&#237;a en su propio pecho, observ&#243; un fino rastrojo.

&#191;El forense le afeit&#243; el pecho antes de la autopsia? -pregunt&#243; Brunetti.

No, se&#241;or. No era cirug&#237;a cardiaca sino una autopsia lo que hab&#237;a que hacer.

Pues tiene el pecho afeitado.

Y las piernas.

Brunetti lo comprob&#243;.

&#191;Hizo el forense alguna observaci&#243;n al respecto?

Mientras trabajaba, no, se&#241;or. Quiz&#225; pusiera algo en el informe. &#191;Es suficiente?

Brunetti asinti&#243; y dio un paso atr&#225;s. El empleado desdobl&#243; la s&#225;bana sacudi&#233;ndola como si fuera un mantel y la dej&#243; caer sobre el cuerpo perfectamente centrada. Desliz&#243; la gaveta hacia el interior, cerr&#243; la puerta y dio la vuelta a la empu&#241;adura.

Cuando volv&#237;an al escritorio, el empleado dijo:

Quienquiera que fuese, no se merec&#237;a eso. Dicen que hac&#237;a la calle vestido de mujer. No creo que ese infeliz consiguiera enga&#241;ar a nadie. Desde luego, no ten&#237;a ni la m&#225;s remota idea de c&#243;mo hay que maquillarse. Por lo menos, por lo que pude ver cuando lo trajeron.

Durante un momento, a Brunetti le pareci&#243; que aquel hombre hablaba con sarcasmo, pero enseguida, por el tono de su voz, comprendi&#243; que lo dec&#237;a en serio.

&#191;Usted es el que va a tratar de averiguar qui&#233;n lo mat&#243;?

As&#237; es.

Espero que lo consiga. Yo, supongo, podr&#237;a llegar a comprender que alguien quiera matar a una persona, pero no de ese modo. -Se par&#243; y levant&#243; la cabeza para mirar a Brunetti inquisitivamente-. &#191;Lo comprende usted, comisario?

No; no lo comprendo.

Lo dicho, comisario, deseo que pesque al que lo hizo. Fuera lo que fuere, nadie merece morir de ese modo.



6

&#191;Lo ha visto? -pregunt&#243; Gallo cuando Brunetti volvi&#243; a la questura.

S&#237;.

No es un cuadro agradable.

&#191;Usted tambi&#233;n lo ha visto?

Procuro verlos a todos -dijo Gallo con voz opaca-. Me motiva a encontrar al culpable.

&#191;Qu&#233; opina, sargento? -pregunt&#243; Brunetti sent&#225;ndose en la silla situada a un lado del escritorio del polic&#237;a y dejando sobre &#233;l la carpeta azul, como si quisiera utilizarla como s&#237;mbolo tangible del asesinato.

Gallo estuvo casi un minuto pensando la respuesta.

Pienso que quien lo hizo pudo estar impulsado por una c&#243;lera irracional. -Brunetti asinti&#243;-. O, como sugiri&#243; usted, dottore, por la intenci&#243;n de ocultar la identidad de la v&#237;ctima. -Al cabo de un segundo, Gallo rectific&#243;, al recordar quiz&#225; lo que hab&#237;a visto en el dep&#243;sito-. O de falsearla.

Eso, en nuestro mundo, es casi imposible, &#191;no le parece, sargento?

&#191;Imposible?

Hoy en d&#237;a, a menos que una persona sea totalmente extra&#241;a a un lugar, que no tenga familia ni amigos, su desaparici&#243;n es descubierta al cabo de pocos d&#237;as, en la mayor&#237;a de los casos, al cabo de unas horas. Ya no es posible desaparecer sin que alguien denuncie la desaparici&#243;n.

Entonces, una reacci&#243;n de c&#243;lera parece la explicaci&#243;n m&#225;s plausible -dijo Gallo-. Quiz&#225; dijo o hizo algo que enfureci&#243; a un cliente. No s&#233; mucho acerca de los hombres de las fichas que le dej&#233; ayer, no soy psic&#243;logo ni nada parecido, por lo que no s&#233; qu&#233; es lo que rige sus impulsos, pero tengo la impresi&#243;n de que los hombres que en fin, los hombres que pagan son mucho m&#225;s inestables que los que cobran. As&#237; pues, &#191;c&#243;lera?

&#191;Y lo de llevarlo a una parte de la ciudad frecuentada por prostitutas? -pregunt&#243; Brunetti-. Eso indica deliberaci&#243;n m&#225;s que c&#243;lera.

Gallo respondi&#243; r&#225;pidamente al apunte de este nuevo comisario.

Bien, quiz&#225; despu&#233;s de desahogar la rabia recapacit&#243;. Quiz&#225; lo mat&#243; en su casa o en un sitio en el que uno de los dos era conocido y por eso tuvo que llev&#225;rselo. Y si es de la clase de hombres, me refiero al asesino, si es de la clase de hombres que frecuentan a los travestis, sabr&#237;a d&#243;nde act&#250;an las prostitutas. Quiz&#225; le pareciera que &#233;se era el sitio m&#225;s conveniente, para que se sospechara de otros posibles clientes.

S&#237; -convino Brunetti lentamente, y Gallo esper&#243; el pero que, por el tono del comisario, parec&#237;a inevitable-. Pero eso implica que el asesino no distingu&#237;a entre prostitutas y chaperos.

&#191;A qu&#233; se refiere, comisario?

A que para &#233;l eran lo mismo los hombres que las mujeres o, por lo menos, que imaginaba que trabajaban en el mismo sitio. Por lo que pude apreciar ayer, me parece que la zona del matadero s&#243;lo la frecuentan mujeres. -Gallo pareci&#243; reflexionar sobre esto, y Brunetti termin&#243;, tante&#225;ndole-: Claro que &#233;sta es su ciudad y usted la conocer&#225; mejor que yo, que soy forastero.

Gallo sonri&#243; ligeramente, tom&#225;ndolo como un cumplido y asinti&#243;.

Por regla general, en esos descampados de entre las f&#225;bricas s&#243;lo act&#250;an mujeres. Pero cada d&#237;a que pasa nos llegan m&#225;s hombres, muchos de ellos, eslavos o norteafricanos, por lo que quiz&#225; hayan empezado a invadir nuevo territorio.

&#191;Ha o&#237;do alg&#250;n rumor?

Personalmente, no, se&#241;or. Pero mi trabajo no tiene mucho que ver con las prostitutas, a menos que haya violencia.

&#191;Y eso ocurre con frecuencia?

Gallo mene&#243; la cabeza.

Generalmente, las mujeres no presentan denuncias porque piensan que, quienquiera que sea el responsable de la violencia, ir&#225;n ellas a la c&#225;rcel. Muchas est&#225;n en el pa&#237;s ilegalmente, y, si tienen dificultades, no acuden a nosotros por temor a ser deportadas. Y son muchos los hombres que disfrutan maltrat&#225;ndolas. Supongo que con el tiempo aprenden a detectarlos, u otras chicas les avisan y tratan de evitarlos.

Supongo que los hombres pueden protegerse mejor. En las fichas habr&#225; visto lo corpulentos que son algunos. Guapos, s&#237;, pero no dejan de ser hombres y no est&#225;n tan indefensos.

&#191;Tiene ya el informe de la autopsia? -pregunt&#243; Brunetti.

Gallo le entreg&#243; varias hojas de papel.

Lleg&#243; mientras usted estaba en el hospital.

Brunetti empez&#243; a leer r&#225;pidamente el informe, familiarizado con la jerga y los t&#233;rminos t&#233;cnicos. No se observaban marcas de pinchazos, por lo que la v&#237;ctima no consum&#237;a drogas por v&#237;a intravenosa. Estatura, peso, condici&#243;n f&#237;sica, todo lo que Brunetti hab&#237;a observado all&#237; se cuantificaba con exactitud. Se mencionaba el maquillaje, pero s&#243;lo para indicar que se hab&#237;an observado considerables restos de barra de labios y de eyeliner. No hab&#237;a huellas de actividad sexual, ni activa ni pasiva. Las manos suger&#237;an una ocupaci&#243;n sedentaria, las u&#241;as estaban cortadas al ras y no hab&#237;a callosidad en las palmas. La situaci&#243;n de las magulladuras indicaba que lo hab&#237;an matado en otro lugar y transportado al lugar en el que fue hallado, pero el intenso calor al que hab&#237;a estado expuesto hac&#237;a imposible determinar el tiempo transcurrido entre la muerte y el descubrimiento del cad&#225;ver; la estimaci&#243;n m&#225;s aproximada lo situaba entre doce y veinte horas.

Brunetti mir&#243; a Gallo y pregunt&#243;:

&#191;Lo ha le&#237;do?

S&#237;, se&#241;or.

&#191;Qu&#233; opina?

A&#250;n sigue abierta la opci&#243;n entre c&#243;lera y premeditaci&#243;n, supongo.

Pero ante todo hay que averiguar qui&#233;n era -dijo Brunetti-. &#191;Cu&#225;ntos hombres trabajan en esto?

Scarpa.

&#191;El que ayer estaba al sol?

El apagado S&#237;, se&#241;or de Gallo indic&#243; a Brunetti que el sargento hab&#237;a sido informado del incidente, y su acento daba a entender que no le hab&#237;a gustado.

Es el &#250;nico agente asignado al caso. La muerte de una persona que se dedica a la prostituci&#243;n no tiene prioridad, y mucho menos, durante el verano, en que estamos escasos de personal.

&#191;Nadie m&#225;s?

Fui asignado yo provisionalmente, porque estaba de guardia cuando se recibi&#243; la llamada, y envi&#233; la Squadra Mobile. La vicequestore de Mestre sugiri&#243; que se encomendara el caso al sargento Buffo, ya que &#233;l respondi&#243; a la llamada.

Entiendo -dijo Brunetti con aire pensativo-. &#191;Hay alternativa?

&#191;Una alternativa al sargento Buffo, quiere decir?

S&#237;.

Podr&#237;a usted solicitar que, puesto que su primer contacto ha sido conmigo y hemos debatido el caso largamente -Gallo hizo una pausa, como si deseara alargar m&#225;s a&#250;n el debate, y prosigui&#243;-: Ahorrar&#237;a tiempo que yo siguiera asignado al caso.

&#191;C&#243;mo se llama la vicequestore?

Nasci.

&#191;Se dejar&#225; quiero decir, ser&#225; f&#225;cil convencerla?

Estoy seguro de que, si es un comisario quien lo solicita, estar&#225; de acuerdo. M&#225;xime si ha venido usted a ayudarnos. -Bien. Que extiendan la solicitud y la firmar&#233; antes del almuerzo. -Gallo movi&#243; la cabeza de arriba abajo, escribi&#243; unas palabras en un papel, mir&#243; a Brunetti y volvi&#243; a mover la cabeza-. Y ordene que empiecen a trabajar con la ropa y los zapatos.

Gallo asinti&#243; por tercera vez e hizo otra anotaci&#243;n.

Brunetti abri&#243; la carpeta azul que hab&#237;a estado leyendo la v&#237;spera y se&#241;al&#243; la lista de nombres y direcciones sujeta a la parte interior de la cartulina.

Me parece que lo mejor que podemos hacer es preguntar a estos hombres por la v&#237;ctima, si saben qui&#233;n era, si lo reconocen o saben de alguien que pudiera conocerlo. El forense dice que deb&#237;a de tener poco m&#225;s de cuarenta a&#241;os. Ninguno de los hombres de la carpeta es tan viejo, muy pocos llegan ni a los treinta, de modo que si era de por aqu&#237;, habr&#225; llamado la atenci&#243;n por la edad.

&#191;Qu&#233; procedimiento desea seguir, comisario?

Creo que deber&#237;amos dividir la lista en tres partes, para que usted, Scarpa y yo podamos ir ense&#241;&#225;ndola y preguntando por ah&#237;.

No son gente muy dada a hablar con la polic&#237;a, comisario.

Entonces propongo que llevemos tambi&#233;n una de las fotos de c&#243;mo estaba cuando lo encontraron. Creo que si convencemos a esos hombres de que a ellos puede ocurrirles algo parecido se animar&#225;n a hablar.

Dir&#233; a Scarpa que suba -dijo Gallo alargando la mano hacia el tel&#233;fono.



7

Aunque no era m&#225;s que media ma&#241;ana -probablemente, media noche para los hombres de la lista-, decidieron hablar con ellos sin demora. Brunetti pidi&#243; a los otros dos, que conoc&#237;an Mestre mejor que &#233;l, que dividieran la lista por zonas, a fin de trazar rutas que no les obligaran a ir una y otra vez de un extremo al otro de la ciudad.

Cuando tuvo su parte de la lista, Brunetti baj&#243; a reunirse con su conductor. No estaba seguro de que fuera conveniente presentarse a interrogar a aquellos hombres en un coche patrulla azul y blanco, con un polic&#237;a uniformado al volante, pero en cuanto pis&#243; la calle comprendi&#243; que la supervivencia estaba antes que la conveniencia.

El calor lo envolvi&#243; y sinti&#243; en los ojos el alfilerazo del aire caliente. No circulaba ni un soplo de brisa; la luz del d&#237;a se extend&#237;a sobre la ciudad como una manta sucia. Los coches cruzaban por delante de la questura haciendo sonar el claxon con un balido de vana protesta contra el sem&#225;foro inoportuno o el peat&#243;n imprudente y levantando nubes de polvo en las que giraban paquetes de cigarrillos. Brunetti, al ver, o&#237;r y respirar aquello, se sinti&#243; como si alguien se le hubiera acercado por detr&#225;s y le aprisionara el pecho con los brazos. &#191;C&#243;mo pod&#237;an los seres humanos vivir as&#237;?

Se refugi&#243; en la fresca c&#225;psula del coche de la polic&#237;a y sali&#243; de ella un cuarto de hora despu&#233;s, delante de un edificio de apartamentos de ocho plantas situado en el extremo oeste de la ciudad. Al levantar la mirada, vio ropa puesta a secar en unos alambres tendidos entre este edificio y el de enfrente. Aqu&#237; soplaba una ligera brisa y las hileras multicolores de s&#225;banas, toallas y ropa interior se ondulaban perezosamente. Por un momento, se sinti&#243; menos agobiado.

El portiere, en su garita, clasificaba los sobres que el cartero acababa de dejarle para los vecinos del inmueble. Era un anciano de barbita rala y gafas de leer con montura de plata colocadas en la punta de la nariz, por encima de las cuales mir&#243; a Brunetti al darle los buenos d&#237;as. La humedad intensificaba el olor agrio de la porter&#237;a, y el ventilador que estaba en el suelo no hac&#237;a sino esparcir el olor a trav&#233;s de las piernas del anciano.

Brunetti correspondi&#243; al saludo y pregunt&#243; al hombre d&#243;nde pod&#237;a encontrar a Giovanni Feltrinelli.

Al o&#237;r el nombre, el portiere empuj&#243; la silla hacia atr&#225;s y se levant&#243;:

Cu&#225;ntas veces tendr&#233; que decirle que no me los traiga a ustedes a esta casa. Eso pueden hacerlo en el coche, o en el campo, como los otros animales, pero aqu&#237; nada de guarradas, o llamar&#233; a la polic&#237;a. -Mientras hablaba, extend&#237;a la mano derecha hacia el tel&#233;fono de pared que ten&#237;a a su espalda y sus ojos llameantes recorr&#237;an a Brunetti de arriba abajo con una repugnancia que no intentaba disimular.

Yo soy la polic&#237;a -dijo Brunetti suavemente, sacando el carnet de la cartera y tendi&#233;ndolo al viejo.

El hombre lo tom&#243; bruscamente, como dando a entender que tambi&#233;n &#233;l sab&#237;a d&#243;nde falsificaban estos documentos, y se subi&#243; las gafas para leerlo.

Parece aut&#233;ntico -admiti&#243; al fin, devolvi&#233;ndolo a Brunetti. Sac&#243; un sucio pa&#241;uelo del bolsillo, se quit&#243; las gafas y se puso a frotar los cristales cuidadosamente, primero uno y despu&#233;s el otro, como si hubiera pasado la vida dedicado a esta operaci&#243;n. Se los puso, ajustando bien cada patilla a la oreja, guard&#243; el pa&#241;uelo y pregunt&#243; a Brunetti, con voz distinta-: &#191;Qu&#233; es lo que ha hecho ahora?

Nada. Necesitamos interrogarle acerca de otra persona.

&#191;Alguno de sus amigotes maricones? -pregunt&#243; el hombre, volviendo a su tono agresivo.

Brunetti hizo como si no le hubiera o&#237;do.

Deseamos hablar con el signor Feltrinelli. Quiz&#225; pueda darnos cierta informaci&#243;n.

&#191;Signor Feltrinelli? Signor? -pregunt&#243; el viejo convirtiendo el tratamiento en insulto-. &#191;Se refiere a Nino el Guapo, Nino el Mamaditas?

Brunetti respir&#243; con fatiga. &#191;Por qu&#233; la gente no se esforzaba por ser un poco m&#225;s discriminatoria al elegir al objeto de su odio, un poco m&#225;s selectiva? Quiz&#225;, incluso, un poco m&#225;s inteligente. &#191;Por qu&#233; no odiar a los democratacristianos? &#191;O a los socialistas? &#191;O a los que odiaban a los homosexuales?

&#191;Podr&#237;a darme el n&#250;mero del apartamento del signor Feltrinelli?

El viejo volvi&#243; a sentarse y reanud&#243; la clasificaci&#243;n del correo.

Quinta planta. El nombre est&#225; en la puerta.

Brunetti dio media vuelta y se alej&#243; sin m&#225;s. Le pareci&#243; o&#237;r murmurar al viejo: Signor!, pero quiz&#225; era s&#243;lo un gru&#241;ido de mal humor. Al otro lado del vest&#237;bulo de m&#225;rmol, puls&#243; el bot&#243;n del ascensor y esper&#243;. Pasaron varios minutos, y el ascensor no acud&#237;a, pero Brunetti se abstuvo de volver a la garita a preguntar al portiere si funcionaba, y subi&#243; andando hasta la quinta planta. Cuando lleg&#243; arriba, tuvo que aflojarse el nudo de la corbata y despegar el pantal&#243;n de los muslos h&#250;medos. Sac&#243; el pa&#241;uelo y se enjug&#243; la cara.

Como hab&#237;a dicho el viejo, el nombre estaba en la puerta: Giovanni Feltrinelli-Architetto.

Mir&#243; el reloj: las 11:35. Puls&#243; el timbre. Al momento, oy&#243; unos pasos r&#225;pidos acercarse a la puerta. La abri&#243; un joven que ten&#237;a un ligero parecido con la foto de la polic&#237;a que Brunetti hab&#237;a estudiado la noche antes: pelo rubio y corto, ment&#243;n delicado y femenino y ojos grandes y oscuros.

&#191;S&#237;? -dijo mirando a Brunetti con una amistosa sonrisa de interrogaci&#243;n.

&#191;El signor Giovanni Feltrinelli? -pregunt&#243; Brunetti ense&#241;ando el carnet.

El joven casi no mir&#243; la cartulina, pero pareci&#243; reconocerla inmediatamente, y el reconocimiento le borr&#243; la sonrisa.

S&#237;. &#191;Qu&#233; desea? -Su voz era ahora tan fr&#237;a como la expresi&#243;n de su cara.

Me gustar&#237;a hablar con usted, signor Feltrinelli. &#191;Puedo pasar?

&#191;Por qu&#233; se molesta en preguntar? -dijo Feltrinelli con resignaci&#243;n, dando un paso atr&#225;s y abriendo la puerta del todo.

Permesso -dijo Brunetti entrando en el apartamento.

Quiz&#225; la placa de la puerta no ment&#237;a; el interior estaba decorado con gusto y armon&#237;a. Paredes blancas, parqu&#233; de espiga, varios kilims de colores que el paso del tiempo hab&#237;a desva&#237;do y dos tapices, que Brunetti pens&#243; que pod&#237;an ser persas. El sof&#225;, bajo y largo, arrimado a la pared frontal, estaba tapizado de lo que parec&#237;a raso beige. Delante, hab&#237;a una larga mesa de vidrio, con una fuente de cer&#225;mica en un extremo. Una de las paredes estaba cubierta por una librer&#237;a y otra, por l&#225;minas de proyectos arquitect&#243;nicos enmarcadas y fotograf&#237;as de edificios terminados, todos ellos, bajos, espaciosos y rodeados de terreno &#225;rido. En el rinc&#243;n del fondo hab&#237;a una mesa de dibujo, con el tablero inclinado hacia la habitaci&#243;n, cubierto de grandes hojas de papel vegetal. En un cenicero, colocado en precaria estabilidad sobre la inclinada superficie, ard&#237;a un cigarrillo.

La disposici&#243;n de la habitaci&#243;n conduc&#237;a la mirada hacia la sencilla fuente de cer&#225;mica colocada en el centro. Brunetti comprend&#237;a que el efecto era intencionado, pero no ve&#237;a c&#243;mo se hab&#237;a logrado.

Signor Feltrinelli -empez&#243;-, deseo rogarle que, si le es posible, nos ayude en una investigaci&#243;n.

Feltrinelli no dijo nada.

Me gustar&#237;a que mirase el retrato de un hombre y me dijera si lo conoce o sabe qui&#233;n es.

Feltrinelli se acerc&#243; a la mesa de dibujo, tom&#243; el cigarrillo, le dio una &#225;vida calada y lo aplast&#243; en el cenicero con adem&#225;n nervioso.

Yo no doy nombres -dijo.

&#191;C&#243;mo? -pregunt&#243; Brunetti, que le hab&#237;a entendido pero no quer&#237;a demostrarlo.

No doy los nombres de mis clientes. Puede usted ense&#241;arme todos los retratos que quiera, pero no reconocer&#233; a ninguno, ni s&#233; sus nombres.

No le pregunto por sus clientes, signor Feltrinelli -dijo Brunetti-. Ni me interesa qui&#233;nes sean. Sospechamos que usted podr&#237;a saber algo de este hombre, y le agradecer&#233; que mire este dibujo y nos diga si lo reconoce.

Feltrinelli se apart&#243; de la mesa y fue a situarse al lado de una ventana peque&#241;a de la pared de la izquierda, y Brunetti descubri&#243; entonces por qu&#233; el mobiliario de la habitaci&#243;n estaba colocado de aquel modo: la finalidad era desviar la atenci&#243;n de la ventana y de la fea pared de ladrillo que se levantaba a dos metros de ella.

&#191;Y si me niego? -pregunt&#243; Feltrinelli.

&#191;Si se niega a reconocerle?

No. Si me niego a mirar el retrato.

No hab&#237;a aire acondicionado ni ventilador, y la habitaci&#243;n ol&#237;a a cigarrillo barato, un olor que Brunetti sent&#237;a que le impregnaba la ropa h&#250;meda y el pelo.

Signor Feltrinelli, le pido que cumpla con el deber c&#237;vico de ayudar a la polic&#237;a en la investigaci&#243;n de un asesinato. Por el momento, s&#243;lo queremos identificar a este hombre. Mientras no lo consigamos, no podremos empezar la investigaci&#243;n.

&#191;Es el que encontraron ayer en el descampado?

S&#237;.

&#191;Y piensan que pueda ser uno de nosotros?

No era necesario que Feltrinelli explicara qui&#233;nes eran nosotros.

S&#237;.

&#191;Por qu&#233;?

No es necesario que usted sepa eso.

&#191;Pero piensan que es un travesti?

S&#237;.

&#191;Y chapero?

Quiz&#225; -respondi&#243; Brunetti.

Feltrinelli se apart&#243; de la ventana y cruz&#243; la habitaci&#243;n hacia Brunetti.

D&#233;jeme ver el retrato -dijo extendiendo la mano.

Brunetti abri&#243; la carpeta y sac&#243; una fotocopia del dibujo. Observ&#243; que ten&#237;a la palma de la mano h&#250;meda y te&#241;ida del azul intenso de la carpeta. Entreg&#243; el dibujo a Feltrinelli, que lo mir&#243; un momento con atenci&#243;n, luego, con la mano libre, cubri&#243; el nacimiento del pelo, sigui&#243; mirando y, finalmente, devolvi&#243; la hoja a Brunetti al tiempo que mov&#237;a la cabeza de derecha a izquierda.

No; no lo he visto nunca.

Brunetti le crey&#243;. Guard&#243; el dibujo en la carpeta.

&#191;Sabe de alguien que pudiera ayudarnos a averiguar qui&#233;n era este hombre?

Supongo que preguntar&#225;n a todos los que tenemos antecedentes- dijo Feltrinelli, en actitud menos beligerante.

S&#237;. No tenemos forma de abordar a otras personas.

Supongo que se refiere a aquellos de nosotros que a&#250;n no han sido arrestados -dijo Feltrinelli, y pregunt&#243;-: &#191;Tiene otro ejemplar del dibujo?

Brunetti sac&#243; el papel de la carpeta y se lo dio. Luego le entreg&#243; tambi&#233;n una tarjeta.

Puede llamar a la questura de Mestre. Pregunte por m&#237; o por el sargento Gallo.

&#191;C&#243;mo lo mataron?

Lo dice el peri&#243;dico de la ma&#241;ana.

No leo peri&#243;dicos.

Lo mataron a golpes.

&#191;En el descampado?

Eso no puedo dec&#237;rselo.

Feltrinelli se apart&#243;, dej&#243; el retrato encima de la mesa de dibujo y encendi&#243; otro cigarrillo.

Est&#225; bien -dijo regresando junto a Brunetti-. Ya tengo el retrato. Lo ense&#241;ar&#233; por ah&#237; y, si descubro algo, les llamar&#233;.

&#191;Es usted arquitecto, signor Feltrinelli?

S&#237;. Es decir, tengo la laurea d'architettura. Pero estoy sin trabajo.

Se&#241;alando con el ment&#243;n el papel vegetal del tablero, Brunetti pregunt&#243;:

Pero est&#225; trabajando en un proyecto, &#191;no?

S&#243;lo para distraerme, comisario. Me despidieron.

Lo siento.

Feltrinelli hundi&#243; las manos en los bolsillos y alz&#243; la cara hacia Brunetti. Con voz perfectamente serena, dijo:

Estaba en Egipto, trabajando para el gobierno en unos proyectos de viviendas sociales. Un d&#237;a, se orden&#243; que todos los extranjeros deb&#237;an someterse anualmente a an&#225;lisis de sangre, para saber si eran portadores del sida. El a&#241;o pasado di seropositivo, y fui despedido y deportado.

Brunetti no dijo nada, y Feltrinelli prosigui&#243;:

Cuando llegu&#233; a Italia, busqu&#233; trabajo, pero, como usted debe de saber, aqu&#237; los arquitectos abundan tanto como las uvas en tiempo de vendimia. As&#237; pues -se interrumpi&#243;, como buscando la manera de expresarlo-, decid&#237; cambiar de profesi&#243;n.

&#191;Se refiere a la prostituci&#243;n?

En efecto.

&#191;Y no le preocupa el riesgo?

&#191;El riesgo? -pregunt&#243; Feltrinelli y casi repiti&#243; la sonrisa que hab&#237;a dedicado a Brunetti cuando le abri&#243; la puerta. Brunetti no dijo nada-. &#191;El riesgo de pillar el sida? -pregunt&#243; innecesariamente.

S&#237;.

Para m&#237; ese riesgo ya no existe -dijo Feltrinelli dando la espalda a Brunetti. Volvi&#243; a la mesa de dibujo y tom&#243; el cigarrillo-, Por favor, cierre la puerta al salir, comisario.

Y Feltrinelli se sent&#243; e inclin&#243; sobre el tablero.



8

Brunetti sali&#243; al sol y al ruido de la calle, y entr&#243; en un bar que estaba a la derecha del portal. Pidi&#243; un vaso de agua mineral y luego otro. Cuando casi hab&#237;a terminado el segundo verti&#243; el resto del agua en el pa&#241;uelo y frot&#243; in&#250;tilmente el tinte azul de la palma de la mano.

&#191;Era un acto criminal que un portador del sida practicara el sexo? &#191;Sin tomar precauciones? Hac&#237;a tanto tiempo que la polic&#237;a hab&#237;a dejado de tratar la prostituci&#243;n como delito que a Brunetti le resultaba dif&#237;cil considerarlo as&#237;. Pero sin duda, todo individuo seropositivo, que, consciente de su estado, practicara el acto sexual sin tomar precauciones comet&#237;a un delito, aunque era posible que en esto la ley fuera a remolque de la realidad y que tal proceder no se considerara ilegal. Al advertir la perversi&#243;n moral a que pod&#237;a dar lugar este vac&#237;o legal, el comisario pidi&#243; un tercer vaso de agua y busc&#243; el siguiente nombre de la lista.

Francesco Crespo viv&#237;a a s&#243;lo cuatro bocacalles de Feltrinelli, pero era como si estuviera en otro planeta. Su apartamento se hallaba situado en un edificio esbelto, un alto prisma de vidrio que cuando fue construido, hac&#237;a diez a&#241;os, debi&#243; de figurar en la vanguardia del dise&#241;o urbano. Pero Italia es un pa&#237;s en el que las ideas nuevas en dise&#241;o no suelen prevalecer m&#225;s tiempo del que se tarda en plasmarlas en la realidad, y para entonces los amantes de la novedad ya las han abandonado para ir en busca de nuevas tendencias, al igual que las almas que, en las puertas del Inferno del Dante, est&#225;n condenadas a dar vueltas y vueltas durante toda la eternidad, buscando una bandera que no pueden identificar ni nombrar.

Durante la d&#233;cada transcurrida desde la construcci&#243;n del edificio hab&#237;a cambiado la moda, y lo que fuera paradigma de modernidad ahora parec&#237;a una caja de spaghettini. El cristal reluc&#237;a, y la franja ajardinada que lo separaba de la calle estaba cuidada con primor, pero no por ello desentonaba menos con los otros edificios, m&#225;s bajos y modestos, entre los que hab&#237;a sido erigido con tan injustificada confianza.

Brunetti ten&#237;a el n&#250;mero del apartamento, y un ascensor con aire acondicionado lo subi&#243; velozmente a la s&#233;ptima planta. Cuando se abri&#243; la puerta, Brunetti sali&#243; a un corredor de m&#225;rmol, tambi&#233;n refrigerado. Se dirigi&#243; hacia la derecha y toc&#243; el timbre del apartamento D.

Oy&#243; ruido en el interior, pero nadie abri&#243; la puerta. Volvi&#243; a llamar. No se repiti&#243; el ruido, y la puerta segu&#237;a cerrada. Llam&#243; de nuevo, esta vez sin levantar el dedo del pulsador. A trav&#233;s de la puerta se o&#237;a el agudo quejido del timbre, al que se uni&#243; una voz que gritaba:

Basta. Vengo.

El comisario retir&#243; el dedo y, al cabo de un instante, la puerta se abri&#243; bruscamente y apareci&#243; en el vano un hombre alto y corpulento, vestido con pantal&#243;n de hilo y lo que parec&#237;a un jersey de cachemir de cuello vuelto. Brunetti mir&#243; al hombre y vio unos ojos furibundos y una nariz fracturada varias veces, pero al momento acapar&#243; su atenci&#243;n el cuello del jersey. Agosto, la gente se desmayaba de calor en la calle y este hombre llevaba un jersey de cachemir de cuello vuelto. Mirando otra vez a la cara del hombre pregunt&#243;:

&#191;Signor Crespo?

&#191;De parte de qui&#233;n? -pregunt&#243; el hombre sin esforzarse por disimular la c&#243;lera ni la amenaza.

El comisario Guido Brunetti -respondi&#243; el visitante, mostrando una vez m&#225;s su carnet. Al igual que Feltrinelli, el hombre apenas tuvo que mirar la cartulina para reconocerla. De pronto, dio un paso hacia Brunetti, quiz&#225; con el prop&#243;sito de hacerle retroceder hacia el descansillo por la fuerza de su sola presencia, pero Brunetti no se movi&#243; y el otro retrocedi&#243;.

No est&#225; en casa.

Se oy&#243; en una habitaci&#243;n contigua el golpe sordo de un objeto pesado que ca&#237;a al suelo.

Ahora fue Brunetti quien avanz&#243;, obligando al otro a apartarse de la puerta. Brunetti sigui&#243; andando hasta un regio sill&#243;n de piel situado al lado de una mesa que sosten&#237;a un jarr&#243;n de cristal con un gran ramo de gladiolos. El comisario se sent&#243; en el sill&#243;n, puso una pierna encima de la otra y dijo:

Entonces esperar&#233; a que regrese el signor Crespo. -Sonri&#243;-. Si no tiene inconveniente, signor

El hombre cerr&#243; violentamente la puerta de la escalera, dio media vuelta hacia la que estaba al otro extremo de la habitaci&#243;n y dijo:

Voy a avisarle.

El hombre desapareci&#243; en la otra habitaci&#243;n, cerrando la puerta. Su voz, grave e irritada, son&#243; a trav&#233;s de la madera. Brunetti oy&#243; entonces otra voz, un tenor que respond&#237;a al bajo. Y luego una tercera voz, tambi&#233;n de tenor, aunque una octava m&#225;s aguda que la anterior. La conversaci&#243;n que se manten&#237;a al otro lado de la puerta dur&#243; varios minutos, durante los cuales Brunetti se dedic&#243; a inspeccionar la habitaci&#243;n. Todo lo que all&#237; hab&#237;a era nuevo y visiblemente caro, pero Brunetti no se hubiera quedado con nada, ni siquiera con el sof&#225; de piel gris perla, ni la esbelta mesa de caoba que estaba a su lado.

La puerta se abri&#243; y sali&#243; el hombre corpulento, seguido de otro diez a&#241;os m&#225;s joven y por lo menos tres tallas m&#225;s peque&#241;o.

Es &#233;l -dijo el del jersey se&#241;alando a Brunetti.

El joven llevaba pantal&#243;n de algod&#243;n azul p&#225;lido y camisa de seda blanca con el cuello desabrochado. Cruz&#243; la habitaci&#243;n hacia Brunetti, que se levant&#243; y pregunt&#243;:

&#191;El signor Francesco Crespo?

El otro se hab&#237;a parado delante de Brunetti, y entonces pareci&#243; que la presencia de un hombre de la edad y el aspecto de Brunetti le estimulaba el instinto, o la deformaci&#243;n profesional, porque dio un pasito m&#225;s, y se llev&#243; la mano al pecho, con los dedos abiertos en adem&#225;n delicado.

S&#237;, &#191;qu&#233; desea?

Era la m&#225;s aguda de las dos voces de tenor que Brunetti hab&#237;a o&#237;do a trav&#233;s de la puerta, aunque Crespo trataba de imprimirle un tono grave, para hacerla m&#225;s interesante o m&#225;s seductora.

Crespo era un poco m&#225;s bajo que Brunetti y deb&#237;a de pesar diez kilos menos. Por casualidad o por designio, la tapicer&#237;a del sof&#225; ten&#237;a el mismo tono gris p&#225;lido que sus ojos, que destacaban en la cara bronceada. Si, en una mujer, sus facciones hubieran resultado s&#243;lo bonitas, en &#233;l, por el trazo m&#225;s anguloso de la cara del var&#243;n, eran francamente bellas.

Ahora fue Brunetti quien dio un paso atr&#225;s. Oy&#243; que el hombre del jersey re&#237;a entre dientes, y se volvi&#243; a tomar la carpeta que hab&#237;a dejado en la mesa.

Signor Crespo, me gustar&#237;a que mirara un retrato y me dijera si conoce a la persona representada.

Estar&#233; encantado de mirar todo lo que usted quiera ense&#241;arme -dijo Crespo recalcando el usted y desplazando la mano hacia la abertura de la camisa, para acariciarse la garganta.

Brunetti abri&#243; la carpeta y le entreg&#243; el retrato que el dibujante hab&#237;a hecho del muerto. Crespo baj&#243; la mirada al papel durante menos de un segundo, mir&#243; a Brunetti, sonri&#243; y dijo:

No tengo ni idea de qui&#233;n pueda ser.

Tendi&#243; el retrato a Brunetti, pero &#233;ste se neg&#243; a tomarlo.

Me gustar&#237;a que lo mirase mejor, signor Crespo.

Ya le ha dicho que no lo conoce -dijo el otro hombre, que se manten&#237;a a distancia.

Brunetti hizo como si no le hubiera o&#237;do.

Fue muerto a golpes, y necesitamos averiguar qui&#233;n era. Le agradecer&#233; que vuelva a mirarlo, signor Crespo.

Crespo cerr&#243; los ojos un momento y levant&#243; la mano, para colocar un rizo rebelde detr&#225;s de la oreja.

Si insiste -dijo volviendo a mirar el retrato. Inclin&#243; la cabeza y esta vez contempl&#243; la cara. Brunetti no pod&#237;a verle los ojos, pero observ&#243; que su mano se apartaba bruscamente de la oreja e iba de nuevo a la garganta, pero ahora sin coqueter&#237;a.

Un segundo despu&#233;s, mir&#243; a Brunetti y le dijo sonriendo con dulzura:

No lo he visto nunca, comisario.

&#191;Est&#225; satisfecho? -pregunt&#243; el otro dando un paso hacia la puerta.

Brunetti tom&#243; el retrato que Crespo le tend&#237;a y volvi&#243; a guardarlo en la carpeta.

Es s&#243;lo una reconstrucci&#243;n libre de su aspecto, hecha por el artista, signor Crespo. Ahora, si me lo permite, le ense&#241;ar&#233; una foto. -Brunetti esboz&#243; su sonrisa m&#225;s seductora, y la mano de Crespo vol&#243; con un aleteo de golondrina hacia la suave hendidura que separaba sus clav&#237;culas.

Adelante, comisario. Lo que usted quiera. Lo que quiera.

Brunetti sonri&#243;, extrajo la &#250;ltima foto del peque&#241;o mont&#243;n que hab&#237;a en la carpeta y la contempl&#243; un momento. Lo mismo dar&#237;a una que otra. Se volvi&#243; hacia Crespo, que nuevamente hab&#237;a acortado la distancia que los separaba.

Es posible que fuera muerto por un hombre que pagaba por sus servicios. Eso significa que ese hombre puede ser una amenaza para las personas que sean como la v&#237;ctima.

Tendi&#243; la foto a Crespo.

&#201;ste la tom&#243;, haciendo de manera que sus dedos rozaran los de Brunetti. Sostuvo la foto en el aire entre los dos, mientras dedicaba al comisario una larga sonrisa e inclin&#243; su cara risue&#241;a sobre el papel. Su mano fue r&#225;pidamente de la garganta a la boca que se abr&#237;a, y sus ojos, dilatados de horror, buscaron los del polic&#237;a. Apart&#243; la foto de s&#237;, aplast&#225;ndola contra el pecho de Brunetti y retrocedi&#243; como si temiera contaminarse. La foto cay&#243; al suelo.

A m&#237; no pueden hacerme eso. A m&#237; no me ocurrir&#225; eso -dijo sin dejar de retroceder. Su voz sub&#237;a de tono a cada palabra y se mantuvo un instante al borde de la histeria antes de caer en ella-. No; eso a m&#237; no puede ocurrirme. A m&#237; no me ocurrir&#225; nada. -Ahora lanzaba un desaf&#237;o estridente al mundo en que viv&#237;a-. A m&#237; no, a m&#237; no -gritaba, mientras se alejaba de Brunetti.

Choc&#243; con la mesa del centro de la habitaci&#243;n, sinti&#243; p&#225;nico al encontrar aquel obst&#225;culo que le imped&#237;a escapar de la foto y del hombre que se la hab&#237;a ense&#241;ado, agit&#243; el brazo y un jarr&#243;n id&#233;ntico al que estaba cerca de Brunetti se estrell&#243; contra el suelo.

Se abri&#243; la puerta y otro hombre entr&#243; r&#225;pidamente en la habitaci&#243;n.

&#191;Qu&#233; gritos son &#233;sos? -dijo- &#191;Qu&#233; ocurre aqu&#237;?

El hombre mir&#243; a Brunetti y ambos se reconocieron al instante. Giancarlo Santomauro era no s&#243;lo uno de los abogados m&#225;s conocidos de Venecia, que con frecuencia actuaba de asesor jur&#237;dico del patriarca desinteresadamente, sino tambi&#233;n presidente y alma de la Lega della Moralit&#224;, asociaci&#243;n de cristianos laicos dedicada a preservar y perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales.

Brunetti se limit&#243; a saludarle con un leve movimiento de cabeza. Si por casualidad aquellos hombres ignoraban la identidad del cliente de Crespo, ser&#237;a preferible que siguieran ignor&#225;ndola.

&#191;Qu&#233; hace usted aqu&#237;? -pregunt&#243; Santomauro hoscamente. Se volvi&#243; hacia el mayor de los otros dos, ahora al lado de Crespo, que hab&#237;a acabado sentado en el sof&#225;, sollozando con la cara entre las manos-. &#191;No puede hacer que se calle? -grit&#243;.

Brunetti vio c&#243;mo el hombre se inclinaba sobre Crespo, le dec&#237;a algo, le agarraba por los hombros y lo sacud&#237;a hasta hacer que le bamboleara la cabeza. Crespo dej&#243; de llorar, pero no apart&#243; las manos de la cara-. &#191;Qu&#233; hace usted en este apartamento, comisario? Soy el representante legal del signor Crespo y no voy a consentir que la polic&#237;a siga hostig&#225;ndolo.

Brunetti no contest&#243; sino que sigui&#243; observando a los del sof&#225;. El m&#225;s corpulento se hab&#237;a sentado y rodeado con un brazo los hombros de Crespo que, poco a poco, qued&#243; en silencio.

Le he hecho una pregunta, comisario -dijo Santomauro.

He venido a preguntar al signor Crespo si pod&#237;a ayudarnos a identificar a la v&#237;ctima de un asesinato. S&#243;lo le he ense&#241;ado una foto, y ya ha visto su reacci&#243;n. Yo dir&#237;a que muy intensa ante la muerte de un hombre al que asegura no reconocer, &#191;no le parece?

El hombre del jersey de cuello vuelto mir&#243; a Brunetti al o&#237;r esto, pero fue Santomauro quien respondi&#243;:

Si el signor Crespo ha dicho que no lo conoce, ya tiene usted su respuesta y puede marcharse.

Desde luego -dijo Brunetti, quien se puso la carpeta bajo el brazo izquierdo y dio un paso hacia la puerta. Entonces mir&#243; atr&#225;s y, en tono desenfadado y coloquial, observ&#243;-: Ha olvidado atarse los cordones de los zapatos, avvocato.

Instintivamente, Santomauro se mir&#243; los pies y vio que sus zapatos estaban perfectamente atados. Lanz&#243; a Brunetti una mirada corrosiva, pero no dijo nada.

Brunetti se par&#243; delante del sof&#225; y dijo a Crespo:

Me llamo Brunetti. Si recuerda algo, ll&#225;meme a la questura de Mestre.

Santomauro fue a hablar, pero se contuvo, y Brunetti sali&#243; del apartamento.



9

El resto del d&#237;a no fue m&#225;s productivo para Brunetti ni para los otros dos polic&#237;as que visitaban a los componentes de la lista. Cuando, a &#250;ltima hora de la tarde, se reunieron en la questura, Gallo inform&#243; de que tres de los hombres que le hab&#237;an tocado en suerte hab&#237;an negado conocer a la v&#237;ctima, y agreg&#243; que parec&#237;an decir la verdad. Otros no estaban en casa y uno hab&#237;a dicho que la cara le resultaba familiar, pero no hab&#237;a podido precisar por qu&#233;. Los resultados obtenidos por Scarpa eran similares: todos los hombres con los que hab&#237;a hablado estaban seguros de no haber visto nunca al muerto.

Acordaron tratar de terminar la ronda al d&#237;a siguiente. Brunetti pidi&#243; a Gallo que confeccionara otra lista, con los nombres de las prostitutas que trabajaban en la zona industrial y en via Cappuccina. El comisario no ten&#237;a mucha confianza en que estas mujeres pudieran serles de ayuda, pero no descartaba la posibilidad de que alguna se hubiera fijado en la competencia y reconociera al hombre.

Mientras sub&#237;a la escalera de su casa, Brunetti fantaseaba acerca de lo que pod&#237;a ocurrir cuando abriera la puerta. Unos duendes pod&#237;an haber pasado por all&#237; y dotado al apartamento de aire acondicionado, mientras otros instalaban una de esas duchas que hab&#237;a visto s&#243;lo en folletos de balnearios y en las series de televisi&#243;n norteamericanas, y veinte cabezales le rociar&#237;an el cuerpo con fin&#237;simos chorros de agua perfumada. Cuando saliera de la ducha se envolver&#237;a en una s&#225;bana de ba&#241;o tama&#241;o imperial. Y tambi&#233;n habr&#237;a un bar, quiz&#225; de esos que suelen instalarse al extremo de una piscina, y un camarero con chaquetilla blanca le ofrecer&#237;a una bebida en un vaso alto y fr&#237;o, quiz&#225; con una flor de hibisco flotando. Satisfechas sus necesidades f&#237;sicas m&#225;s perentorias, sigui&#243; con la ciencia ficci&#243;n e imagin&#243; a dos hijos responsables y obedientes y una esposa sumisa que, en el momento en que &#233;l abriera la puerta, le dir&#237;a que el caso estaba resuelto y que a la ma&#241;ana siguiente podr&#237;an irse todos de vacaciones.

Brunetti comprob&#243; que, como de costumbre, la realidad poco ten&#237;a que ver con la fantas&#237;a. Su familia se hab&#237;a retirado a la terraza, donde hab&#237;a empezado a refrescar. Chiara, que estaba leyendo, levant&#243; la cara para recibir su beso, dijo: Ciao, pap&#224; y volvi&#243; a zambullirse en el libro. Raffi apart&#243; el n&#250;mero de agosto de Gente Uomo, repiti&#243; el saludo de Chiara y sigui&#243; leyendo el art&#237;culo que hablaba de lo imprescindible que era el lino. Paola, al ver el estado en que llegaba su marido, se levant&#243;, lo abraz&#243; y lo bes&#243; en los labios.

Guido, mientras te duchas te preparar&#233; algo de beber.

Hacia la izquierda empez&#243; a repicar una campana. Raffi pas&#243; una hoja y Brunetti se afloj&#243; el nudo de la corbata.

Ponle dentro un hibisco -dijo yendo a ducharse.

Veinte minutos despu&#233;s, sentado en la terraza, con un holgado pantal&#243;n de algod&#243;n, camisa de hilo y los pies descalzos apoyados en la barandilla, le contaba a Paola los sucesos del d&#237;a. Los chicos hab&#237;an desaparecido; seguramente, a cumplir, obedientes, alguna tarea asignada por la madre.

&#191;Santomauro? -dijo Paola-. &#191;Giancarlo Santomauro?

El mismo.

Qu&#233; fuerte -dijo ella con aut&#233;ntico placer en la voz-. Ojal&#225; no hubiera tenido que prometer no comentar con nadie lo que me cuentas. Es incre&#237;ble. -Y repiti&#243; el nombre.

T&#250; no dices nada de esto a nadie, &#191;verdad, Paola? -pregunt&#243; &#233;l, sabiendo que hac&#237;a mal en preguntar.

Ella fue a responderle con una destemplada negativa, pero luego se inclin&#243; y le puso una mano en la rodilla.

No, Guido. Nunca he dicho ni dir&#233; nada.

Siento hab&#233;rtelo preguntado -dijo &#233;l bajando la mirada, y tom&#243; un sorbo de su Campari con soda.

&#191;Conoces a su mujer? -pregunt&#243; ella, desviando la conversaci&#243;n.

Me la presentaron en un concierto hace a&#241;os, si mal no recuerdo. Pero no creo que la reconociera. &#191;C&#243;mo es?

Paola bebi&#243; un trago y dej&#243; el vaso en la barandilla, algo que m&#225;s de una vez hab&#237;a prohibido hacer a sus hijos.

Ver&#225;s -empez&#243;, buscando las palabras m&#225;s &#225;cidas-. Si yo fuera el signor, no, el avvocato Santomauro y tuviera que elegir entre una esposa alta, huesuda, impecablemente vestida, con el peinado, y seguramente el genio de una Margaret Thatcher, y un muchacho joven, cualquiera que fuera su f&#237;sico, peinado y car&#225;cter, no te quepa duda de que no me faltar&#237;a tiempo para abrir los brazos al chico.

&#191;De qu&#233; la conoces? -pregunto Brunetti, haciendo caso omiso de la ret&#243;rica, como de costumbre, para centrarse en lo esencial.

Es cliente de Biba -dijo ella, refiri&#233;ndose a una amiga que ten&#237;a una joyer&#237;a-. La he visto en la tienda alguna vez y tambi&#233;n coincid&#237; con los dos en casa de mis padres, en una de esas cenas a las que t&#250; no vas.

Brunetti pens&#243; que esta observaci&#243;n era la r&#233;plica a la pregunta con que &#233;l parec&#237;a poner en duda su discreci&#243;n, y la dej&#243; pasar sin hacer comentarios.

&#191;Qu&#233; impresi&#243;n dan los dos juntos?

Ella es la que habla, mientras &#233;l te mira muy tieso, como si no hubiera en diez kil&#243;metros a la redonda algo o alguien que pudiera merecer su aprobaci&#243;n. Siempre me han parecido dos santurrones hip&#243;critas y engre&#237;dos. No tuve m&#225;s que o&#237;rla hablar durante cinco minutos para darme cuenta. Parece un personaje menor de una novela de Dickens, una de esas arp&#237;as beatas. Como la &#250;nica que hablaba era ella, a &#233;l lo juzgu&#233; por instinto, pero me alegra saber que no me equivocaba.

Paola -advirti&#243; &#233;l-. No tengo motivos para pensar que &#233;l estuviera en casa de Crespo m&#225;s que en su calidad de abogado.

&#191;Y para eso ten&#237;a que quitarse los zapatos? -dijo ella con un bufido de incredulidad-. Guido, haz el favor, vuelve a este siglo. El avvocato Santomauro estaba all&#237; por un motivo que nada tiene que ver con su profesi&#243;n, a no ser que haya ideado para el signor Crespo una forma de pago muy original por sus servicios.

Paola, seg&#250;n hab&#237;a podido comprobar Guido durante m&#225;s de dos d&#233;cadas, era propensa a pasarse. Al cabo de tanto tiempo, &#233;l a&#250;n no sab&#237;a si considerarlo un vicio o una virtud, pero indiscutiblemente era parte irrenunciable de su car&#225;cter. Hasta se le pon&#237;a una mirada especial, de audacia, cuando iba a pasarse, y ahora ten&#237;a esa mirada. &#201;l no sab&#237;a c&#243;mo, pero pod&#237;a estar seguro de que se pasar&#237;a.

&#191;Crees que habr&#225; agenciado el mismo sistema de pago para el patriarca?

Durante aquellas d&#233;cadas, &#233;l tambi&#233;n hab&#237;a comprobado que la &#250;nica forma de contrarrestar esta inclinaci&#243;n de su esposa era la de hacer caso omiso.

Como te dec&#237;a -prosigui&#243; &#233;l-, el que estuviera en el apartamento no demuestra nada.

Ojal&#225; tengas raz&#243;n, o tendr&#237;a que pensar mal cada vez que lo viera salir del Palacio Patriarcal o de la Bas&#237;lica.

&#201;l se limit&#243; a lanzarle otra mirada.

De acuerdo, Guido, hab&#237;a ido al apartamento para un asunto profesional, un asunto jur&#237;dico. -Dej&#243; transcurrir unos momentos y agreg&#243;, en un tono de voz totalmente distinto, para darle a entender que ahora iba a comportarse y hablaba en serio-: Pero dices que Crespo reconoci&#243; al hombre del retrato.

En principio, yo dir&#237;a que s&#237;, pero cuando me mir&#243;, ya hab&#237;a tenido tiempo para disimular la sorpresa, y su expresi&#243;n era normal.

Entonces, el hombre del retrato podr&#237;a ser cualquiera. Tanto un chapero como un cliente. &#191;No se te ha ocurrido pensar, Guido, que pudiera ser un cliente al que le gustaba vestirse de mujer para, en fin, para salir con esos hombres?

Brunetti sab&#237;a que, en el supermercado del sexo que era la sociedad moderna, aquel hombre, por su edad, ten&#237;a que ser comprador m&#225;s que vendedor.

Eso quiere decir que tendr&#237;amos que tratar de identificar no a un chapero sino a un cliente.

Paola removi&#243; el l&#237;quido de su vaso y lo apur&#243;.

&#201;sa ser&#237;a una lista m&#225;s larga. Y, por lo que acabas de decirme acerca del avvocato del Patriarcato, una lista mucho m&#225;s interesante.

&#191;Es otra de tus teor&#237;as, Paola, la de que la ciudad est&#225; llena de hombres felizmente casados que est&#225;n ansiosos de liarse con un travesti?

Por el amor de Dios, Guido, &#191;de qu&#233; habl&#225;is los hombres cuando os reun&#237;s? &#191;De f&#250;tbol? &#191;De pol&#237;tica? &#191;Es que nunca chismorre&#225;is?

&#191;Sobre qu&#233;? &#191;Los chicos de via Cappuccina?

Dej&#243; el vaso con m&#225;s energ&#237;a de la necesaria y se rasc&#243; el tobillo, donde acababa de picarle uno de los primeros mosquitos de la noche.

Es porque no tienes amigos gays -dijo ella con ecuanimidad.

Tenemos muchos amigos gays -replic&#243; &#233;l, consciente de que s&#243;lo en una discusi&#243;n con Paola pod&#237;a sentirse impulsado a hacer esta afirmaci&#243;n para atribuirse una virtud.

Claro que los tenemos, pero t&#250; no hablas con ellos, Guido, no hablas con ellos.

&#191;Y qu&#233; quieres que haga, intercambiar recetas de cocina o divulgar mis secretos de belleza?

Ella fue a responder, pero desisti&#243;, lo mir&#243; largamente y luego dijo con voz neutra:

No s&#233; si esa observaci&#243;n es m&#225;s ofensiva que est&#250;pida o viceversa.

&#201;l se rasc&#243; el tobillo, reflexion&#243; y dijo:

Yo dir&#237;a que m&#225;s est&#250;pida, pero tambi&#233;n bastante ofensiva. -Ella lo mir&#243; con suspicacia-. Lo siento -agreg&#243; &#233;l, y Paola sonri&#243;-. De acuerdo, dime todo lo que deber&#237;a saber sobre esto -y volvi&#243; a rascarse.

Lo que trato de decir es que algunos de los gays que conozco dicen que muchos hombres de aqu&#237;, casados, padres de familia, m&#233;dicos, abogados y tambi&#233;n sacerdotes, desean tener relaciones sexuales con ellos. Supongo que en esa afirmaci&#243;n hay un mucho de exageraci&#243;n y no poca vanidad, pero tambi&#233;n una parte de verdad. -Cuando &#233;l cre&#237;a que Paola ya hab&#237;a terminado de hablar, ella a&#241;adi&#243;-: Siendo polic&#237;a, probablemente habr&#225;s o&#237;do hablar de eso, pero imagino que la mayor&#237;a de los hombres no querr&#237;an admitirlo.

No parec&#237;a incluirle a &#233;l en este grupo, pero no pod&#237;a estar seguro.

&#191;Cu&#225;l es tu fuente de informaci&#243;n en la materia? -pregunt&#243;.

Ettore y Basilio -dijo ella, nombrando a dos colegas de la universidad-. Y lo mismo dicen algunos amigos de Raffi.

&#191;Qu&#233;?

Dos amigos de Raffi del liceo. No pongas esa cara, Guido. Tienen diecisiete a&#241;os.

&#191;Tienen diecisiete a&#241;os y qu&#233; m&#225;s?

Son gays, Guido. Gays.

&#191;Son muy amigos? -pregunt&#243; sin poder contenerse.

Paola se levant&#243; bruscamente.

Voy a poner el agua para la pasta. Me parece que es preferible esperar hasta despu&#233;s de la cena para continuar la conversaci&#243;n. Eso te dar&#225; tiempo para recapacitar sobre algunas cosas que has dicho y algunas ideas preconcebidas que pareces tener.

Recogi&#243; su propio vaso, le quit&#243; el otro de la mano a &#233;l y entr&#243; en la casa, dej&#225;ndolo solo para que recapacitara sobre sus ideas preconcebidas.

La cena fue m&#225;s apacible de lo que Guido esperaba, vista la brusquedad con que Paola hab&#237;a ido a prepararla. Hab&#237;a hecho una salsa de at&#250;n fresco, tomates y pimientos, que estaba seguro de no haber probado nunca en casa, para acompa&#241;ar los gruesos espaguetis Martelli, que eran los que &#233;l prefer&#237;a. Despu&#233;s tomaron ensalada, un trozo de pecorino que los padres de la amiga de Raffi hab&#237;an tra&#237;do de Cerde&#241;a y melocotones frescos. Respondiendo a sus m&#225;s halag&#252;e&#241;as fantas&#237;as, sus hijos se brindaron a fregar los cacharros, sin duda, preparando el asalto a la cartera paterna antes de marchar a la monta&#241;a de vacaciones.

&#201;l se retir&#243; a la terraza, con un vasito de vodka helado en la mano, y volvi&#243; a sentarse. Encima y alrededor de &#233;l, murci&#233;lagos surcaban el cielo nocturno con su vuelo irregular. A Brunetti le gustaban los murci&#233;lagos; se comen los mosquitos. Al cabo de unos minutos, Paola se reuni&#243; con &#233;l. &#201;l le ofreci&#243; el vaso y ella bebi&#243; un sorbo.

&#191;Es de la botella del congelador? -pregunt&#243;.

&#201;l asinti&#243;.

&#191;C&#243;mo la conseguiste?

Supongo que podr&#237;as considerarla un soborno.

&#191;De qui&#233;n?

Donzelli. Me pidi&#243; que combinara el calendario de las vacaciones para que &#233;l pudiera ir a Rusia, o a la antigua, de vacaciones. Y al regresar me trajo la botella.

Todav&#237;a es Rusia.

&#191;S&#237;?

Antigua Uni&#243;n Sovi&#233;tica, pero lo de Rusia no ha cambiado.

Ah, gracias.

Ella asinti&#243;.

&#191;Crees que comen algo m&#225;s? -pregunt&#243; &#233;l.

&#191;Qui&#233;nes? -pregunt&#243; Paola, desconcertada por una vez.

Los murci&#233;lagos.

No lo s&#233;. Preg&#250;ntaselo a Chiara. Generalmente, ella sabe estas cosas.

He pensado en lo que te he dicho antes de la cena -dijo &#233;l, y tom&#243; un sorbo de su vaso. Esperaba una respuesta &#225;spera pero ella se limit&#243; a decir:

&#191;S&#237;?

Creo que podr&#237;as tener raz&#243;n.

&#191;En qu&#233;?

En que quiz&#225; fuera un cliente y no un chapero. Vi el cuerpo. No me pareci&#243; un cuerpo que alguien pudiera pagar por utilizar.

&#191;C&#243;mo era?

&#201;l dio otro sorbo.

Te sonar&#225; extra&#241;o, pero al verlo pens&#233; que se parec&#237;a mucho a m&#237;. La misma estatura, la misma complexi&#243;n, probablemente la misma edad. Fue algo extra&#241;o, Paola, verlo all&#237; tendido, muerto.

S&#237;, debi&#243; de serlo -dijo ella, sin m&#225;s comentario.

&#191;Esos chicos son muy amigos de Raffi?

Uno, s&#237;. Le ayuda con los deberes de gram&#225;tica.

Bien.

&#191;Bien qu&#233;, que le ayude con los deberes?

No, bien que sea amigo de Raffi, o que Raffi sea amigo suyo.

Ella solt&#243; una carcajada y sacudi&#243; la cabeza.

Nunca llegar&#233; a entenderte, Guido. Nunca. -Le puso una mano en la nuca e, inclin&#225;ndose hacia adelante, le quit&#243; el vaso de la mano. Dio otro sorbo y le devolvi&#243; el vaso-. &#191;Crees que, cuando hayas terminado el vodka, podr&#225;s considerar la posibilidad de permitirme pagar para usar tu cuerpo?



10

Los dos d&#237;as siguientes no trajeron novedades, s&#243;lo m&#225;s calor. Cuatro de los hombres de la lista de Brunetti segu&#237;an sin aparecer por los domicilios indicados y los vecinos no sab&#237;an d&#243;nde estaban ni cu&#225;ndo regresar&#237;an. Dos no sab&#237;an nada. Gallo y Scarpa no hab&#237;an tenido mejor suerte, a pesar de que uno de los hombres de la lista de Scarpa dijo que el hombre del retrato le resultaba vagamente familiar, pero no estaba seguro de por qu&#233; ni d&#243;nde pod&#237;a haberlo visto.

Mientras almorzaban en la trattoria pr&#243;xima a la questura, los tres polic&#237;as hablaban de lo que sab&#237;an y lo que ignoraban.

La verdad es que ese hombre no ten&#237;a mucha habilidad para afeitarse las piernas -dijo Gallo, cuando el tema parec&#237;a agotado.

Brunetti trat&#243; de adivinar si el sargento hac&#237;a un comentario gratuito o llevaba alguna intenci&#243;n.

&#191;Por qu&#233; lo dice? -pregunt&#243; Brunetti, buscando con la mirada al camarero, para pedir la cuenta.

El cad&#225;ver tiene peque&#241;os cortes en las piernas. Da la impresi&#243;n de que ese hombre no estaba acostumbrado a afeit&#225;rselas.

&#191;Lo est&#225; alguno de nosotros? -pregunt&#243; Brunetti, y aclar&#243;-: Al decir nosotros, me refiero a los hombres en general.

Scarpa sonri&#243; al interior de su copa.

Yo seguramente me rebanar&#237;a una rodilla. No me explico c&#243;mo lo hacen -dijo, moviendo la cabeza ante otro de los enigmas de las mujeres.

Los interrumpi&#243; el camarero, que tra&#237;a la cuenta. El sargento Gallo la tom&#243; adelant&#225;ndose a Brunetti, sac&#243; el billetero y dej&#243; varios billetes encima. Antes de que Brunetti pudiera protestar, explic&#243;:

Nos han comunicado que es usted invitado de la ciudad.

Brunetti se pregunt&#243; qu&#233; pensar&#237;a Patta si se enterara de esto, como no fuera que era una gentileza inmerecida.

Hemos agotado los nombres de la lista -dijo Brunetti-. Creo que ahora se impone preguntar a los dem&#225;s.

&#191;Habr&#225; que detenerlos, comisario? -pregunt&#243; Gallo.

Brunetti movi&#243; la cabeza negativamente. No ser&#237;a el mejor modo de inducirlos a colaborar.

No; lo mejor ser&#225; ir a hablar con ellos.

Entonces intervino Scarpa:

De la mayor&#237;a no tenemos ni nombre ni direcci&#243;n.

Entonces tendr&#233; que ir a visitarlos a su lugar de trabajo.

Via Cappuccina es una calle ancha y arbolada que arranca varias bocacalles a la derecha de la estaci&#243;n del ferrocarril de Mestre y llega hasta el centro comercial de la ciudad. Tiene tiendas, peque&#241;os almacenes, oficinas y bloques de apartamentos: durante el d&#237;a, es una calle normal de una peque&#241;a ciudad italiana normal, y hay ni&#241;os que juegan en sus peque&#241;as zonas ajardinadas. Con ellos est&#225;n las madres, para advertirles del peligro de los coches, y tambi&#233;n para protegerlos de ciertos elementos que gravitan hacia v&#237;a Cappuccina. A las doce y media, las tiendas cierran sus puertas, y la calle se adormece durante un par de horas. El tr&#225;fico mengua, los ni&#241;os se van a casa a comer y descansar, lo mismo que los oficinistas y los empleados de las tiendas. Por la tarde hay menos ni&#241;os en la calle, pero el tr&#225;fico y el bullicio vuelven a via Cappuccina cuando se reanuda el trabajo.

Entre las siete y media y las ocho de la tarde, en las tiendas, oficinas y almacenes, due&#241;os y empleados bajan las puertas met&#225;licas, echan el cerrojo y se van a cenar, dejando via Cappuccina a los que trabajan en sus aceras cuando ellos no est&#225;n.

A &#250;ltima hora de la tarde sigue habiendo tr&#225;fico en via Cappuccina, pero ya nadie parece tener prisa. Los coches circulan despacio, a pesar de que no falta sitio donde aparcar, porque no es un hueco para dejar el coche lo que buscan los conductores. Italia es un pa&#237;s rico, y la mayor&#237;a de los coches tienen aire acondicionado, y si es tan lenta la circulaci&#243;n es porque, para ofrecer o pedir precio, hay que bajar el cristal, lo que alarga la transacci&#243;n.

Algunos coches son nuevos y lujosos: BMW, Mercedes, alg&#250;n que otro Ferrari, aunque en via Cappuccina &#233;stos son la excepci&#243;n. La mayor&#237;a son turismos familiares, s&#243;lidos y bien cuidados, el coche que los d&#237;as laborables por la ma&#241;ana lleva a los ni&#241;os al colegio y, el domingo, a toda la familia a misa y a casa de los abuelos a comer. Sus conductores son, por lo general, hombres que se sienten m&#225;s c&#243;modos con chaqueta y corbata que con otro tipo de vestimenta, ciudadanos qu&#233; han prosperado gracias al auge econ&#243;mico del que disfruta Italia desde hace d&#233;cadas.

&#218;ltimamente y cada vez con mayor frecuencia, se da el caso de que el m&#233;dico que ha asistido a un parto en una selecta cl&#237;nica de Italia, de las utilizadas por personas que pueden permitirse pagar la asistencia sanitaria privada, tiene que comunicar a la nueva madre que, tanto ella como su reci&#233;n nacido, son portadores del virus del sida. La mayor&#237;a de estas mujeres reaccionan con la consiguiente consternaci&#243;n y tambi&#233;n con estupefacci&#243;n, porque ellas siempre han respetado el juramento del matrimonio, y se creen v&#237;ctimas de un tr&#225;gico descuido en el tratamiento m&#233;dico que han recibido. Pero quiz&#225; la explicaci&#243;n est&#233; en via Cappuccina, en los tratos que se cierran entre los conductores de esos sobrios turismos familiares y los hombres y mujeres que pueblan las aceras.

Brunetti torci&#243; por v&#237;a Cappuccina a las once y media de la noche. Ven&#237;a andando de la estaci&#243;n, adonde hab&#237;a llegado minutos antes. Aquella noche cen&#243; en casa, durmi&#243; una hora y se visti&#243; de modo que no pareciera un polic&#237;a. Scarpa hab&#237;a mandado hacer copias a tama&#241;o reducido del dibujo y las fotos del muerto, y Brunetti llevaba varias de ellas en el bolsillo interior de su chaqueta de hilo azul.

Detr&#225;s de &#233;l, hacia la derecha, se o&#237;a el lejano zumbido del tr&#225;fico que discurr&#237;a por la tangenziale de la autostrada. Era tal el bochorno, estaba tan cargada la atm&#243;sfera que Brunetti ten&#237;a la impresi&#243;n de que los gases de todos los tubos de escape se concentraban all&#237; abajo. Cruz&#243; una calle, otra y luego otra, y empez&#243; a ver los coches que circulaban lentamente, con los cristales subidos y a los conductores que se manten&#237;an con la cara vuelta hacia la acera, inspeccionando el otro tr&#225;fico.

Brunetti observ&#243; que &#233;l no era el &#250;nico peat&#243;n, pero s&#237; uno de los pocos que llevaban corbata y parec&#237;a ser el &#250;nico que no estaba parado.

Ciao, bello.

Cosa vuoi, amore?

Ti faccio tutto che vuoi, caro.

Las ofertas part&#237;an de casi cada figura junto a la que pasaba, eran ofertas de placer, de dicha, de &#233;xtasis. Las voces suger&#237;an delicias inefables, promet&#237;an la realizaci&#243;n de cualquier fantas&#237;a. Se par&#243; debajo de una farola e inmediatamente se acerc&#243; a &#233;l una rubia alta, con minifalda blanca y poco m&#225;s.

Cincuenta mil -dijo. Sonre&#237;a ense&#241;ando los dientes, como si creyera que ello pod&#237;a servir de incentivo.

Busco a un hombre -dijo Brunetti.

La mujer dio media vuelta sin decir palabra y se acerc&#243; al bordillo. Se inclin&#243; hacia un Audi y grit&#243; el mismo precio. El coche sigui&#243; su marcha. Brunetti se qued&#243; donde estaba, y ella se acerc&#243; de nuevo.

Cuarenta -dijo.

Busco a un hombre.

Los hombres cuestan m&#225;s, y no te har&#225;n nada que no pueda hacer yo, bello. -Volvi&#243; a ense&#241;arle los dientes.

Quiero que miren un retrato -dijo Brunetti.

Gesu Bambino -murmur&#243; ella por lo bajo-, uno de &#233;sos. -En voz m&#225;s alta-: Eso te costar&#225; un extra. Con ellos. Conmigo est&#225; todo incluido en el precio.

Quiero que miren el retrato de un hombre y me digan si lo reconocen.

&#191;Polic&#237;a? -pregunt&#243; ella.

&#201;l asinti&#243;.

Deb&#237; figur&#225;rmelo. Los chicos est&#225;n m&#225;s arriba, al otro lado de piazzale Leonardo da Vinci.

Gracias -dijo Brunetti y se fue calle arriba. Al llegar a la primera bocacalle, se volvi&#243; y vio a la rubia subir a un Volvo azul oscuro.

Minutos despu&#233;s, el comisario llegaba a la plaza. Cruz&#243; sin dificultades por entre los lentos coches hacia un grupo de figuras que se apoyaban en un muro bajo del otro lado.

Al acercarse oy&#243; voces, voces de tenor que hac&#237;an las mismas ofertas y promet&#237;an los mismos placeres. La de felicidad que pod&#237;a conseguirse aqu&#237;.

Se acerc&#243; al grupo y vio pr&#225;cticamente lo mismo que antes: bocas agrandadas por el l&#225;piz rojo, abiertas en sonrisas que pretend&#237;an ser invitadoras; nubes de pelo te&#241;ido y pantorrillas, muslos y pechos que parec&#237;an tan aut&#233;nticos como los que hab&#237;a visto hasta entonces.

Dos de las figuras acudieron, como mariposas a la llama de su billetero.

Lo que t&#250; quieras, ricura. Nada de gomas. Al natural

Tengo el coche en la esquina, caro. Di qu&#233; quieres y te lo hago.

Del grupo de figuras apoyadas en el murete que cerraba un lado de la plaza, una voz dijo al &#250;ltimo que hab&#237;a hablado:

Preg&#250;ntale si os quiere a las dos, Paolina. -Y, directamente a Brunetti-: Las dos juntas son fabulosas, amore; te har&#225;n un s&#225;ndwich que nunca olvidar&#225;s.

Esto provoc&#243; una carcajada general, una carcajada ronca, nada femenina.

Brunetti se dirigi&#243; al llamado Paolina:

Me gustar&#237;a que mirase el retrato de un hombre y me dijera si lo reconoce.

Paolina volvi&#243; al grupo y dijo:

Es de la pasma, ni&#241;as. Y quiere que mire fotos.

Se alz&#243; un coro de gritos:

Dile que es mejor lo aut&#233;ntico que las fotos guarras, Paolina.

Los polis no distinguen la diferencia.

&#191;Un poli? C&#243;brale el doble.

Brunetti esper&#243; a que agotaran el repertorio de comentarios y pregunt&#243;:

&#191;Querr&#225; mirar el retrato?

&#191;Qu&#233; gano con ello? -pregunt&#243; Paolina, y su compa&#241;ero se ri&#243; de su descaro.

Es un retrato del hombre que encontramos el lunes en el descampado. -Antes de que Paolina pudiera fingir ignorancia, Brunetti a&#241;adi&#243;-: Estoy seguro de que todos ustedes saben lo que le ocurri&#243;. Para encontrar al que lo mat&#243;, tenemos que identificarlo. Creo que comprender&#225;n la importancia que tiene eso.

Brunetti observ&#243; que Paolina y su acompa&#241;ante vest&#237;an de modo casi id&#233;ntico: top tubular muy ce&#241;ido y minifalda que dejaba al descubierto piernas suaves y bien musculadas. Los dos calzaban zapatos puntiagudos de tac&#243;n alto que no les permitir&#237;an huir de un posible atacante.

El amigo de Paolina, que luc&#237;a una peluca amarillo jacinto hasta los hombros, dijo:

De acuerdo, a ver esa foto.

Y extendi&#243; la mano. Los zapatos les disfrazaban los pies, pero nada pod&#237;a disimular la envergadura de la mano.

Brunetti sac&#243; el dibujo del bolsillo y se lo ense&#241;&#243;.

Gracias, signore -dijo Brunetti.

El hombre lo mir&#243; desconcertado, como si le hablara en chino. Los dos hombres se inclinaron sobre el papel, hablando en lo que a Brunetti le son&#243; a dialecto sardo.

El de la peluca amarilla devolvi&#243; el dibujo a Brunetti.

No lo conozco. &#191;Es el &#250;nico retrato que tiene?

S&#237; -respondi&#243; Brunetti-. &#191;Har&#237;an el favor de preguntar a sus amigos si lo reconocen?

Se&#241;al&#243; con la barbilla al grupo que se manten&#237;a pegado a la pared, gritando alguna que otra frase a los coches que pasaban, pero sin apartar la mirada de Brunetti y los otros dos.

Claro, &#191;por qu&#233; no? -dijo el amigo de Paolina, y se fue hacia el grupo. Paolina se fue tras &#233;l, quiz&#225; porque le pon&#237;a nervioso quedarse a solas con un polic&#237;a.

Fueron hacia el grupo, que ahora se separ&#243; de la pared para ir a su encuentro. El que llevaba el retrato tropez&#243; y tuvo que agarrarse al hombro de Paolina para no caer. Solt&#243; un taco de lo m&#225;s vulgar. El llamativo grupo de hombres se api&#241;&#243; en torno a ellos, y Brunetti los observ&#243; mientras se pasaban el retrato. Un chico alto y delgado, con peluca roja, dio el dibujo a su vecino pero enseguida se lo quit&#243; para volver a mirarlo. Atrajo hacia s&#237; a otro, se&#241;al&#243; el dibujo y le dijo algo en voz baja. El otro movi&#243; la cabeza negativamente y el pelirrojo volvi&#243; a golpear el dibujo con el dedo. El otro sigui&#243; sin mostrarse de acuerdo y el pelirrojo lo despidi&#243; agitando una mano con impaciencia. El dibujo sigui&#243; circulando y el amigo de Paolina se acerc&#243; a Brunetti con el pelirrojo.

Buona sera -dijo Brunetti cuando el pelirrojo se par&#243; delante de &#233;l. Extendi&#243; la mano y dijo-: Guido Brunetti.

Los dos hombres se quedaron quietos, como si sus altos tacones estuvieran clavados en el suelo. El amigo de Paolina se mir&#243; la falda y nerviosamente se frot&#243; la parte delantera con la palma de la mano. El pelirrojo se llev&#243; la mano a la boca un momento y luego la tendi&#243; a Brunetti.

Roberto Canale -dijo-. Encantado de conocerle. -Su apret&#243;n era en&#233;rgico y c&#225;lido.

Brunetti tendi&#243; la mano al otro, que mir&#243; nerviosamente hacia el grupo y, al no o&#237;r nada, se la estrech&#243;.

Paolo Mazza.

Brunetti mir&#243; al pelirrojo.

&#191;Ha reconocido al hombre de la foto, signor Canale?

El de la peluca roja se qued&#243; mirando hacia un lado hasta que Mazza dijo:

Es a ti, Roberta, &#191;ya no te acuerdas de tu apellido?

Pues claro que me acuerdo -dijo el otro mirando a Mazza, furioso. Y a Brunetti-: S&#237;, he reconocido al hombre, pero no sabr&#237;a decirle qui&#233;n es. Ni siquiera de qu&#233; lo conozco. Se parece a alguien conocido. -Al darse cuenta de lo confusas que eran sus palabras, Canale explic&#243;-: &#191;Sabe? Es como cuando vas por la calle y ves al dependiente de la charcuter&#237;a sin el delantal; lo conoces, pero no recuerdas de qu&#233;. Su cara te resulta familiar, pero fuera de la tienda no lo identificas. Pues lo mismo me pasa con el hombre del dibujo. S&#233; que lo conozco, que lo he visto, pero no lo sit&#250;o.

&#191;No podr&#237;a situarlo aqu&#237;? -pregunt&#243; Brunetti. Canale lo mir&#243; inexpresivamente, y el comisario puntualiz&#243;-: Quiero decir aqu&#237;, en via Cappuccina. &#191;Podr&#237;a imaginarlo aqu&#237;?

No, no. De ninguna manera. Eso es lo curioso. Donde lo haya visto no tiene nada que ver con todo esto. -Agitaba las manos como si buscara la respuesta en el aire-. Ser&#237;a como ver aqu&#237; a uno de mis profesores. O al m&#233;dico. No pega con esto. Es una impresi&#243;n, pero es muy fuerte. -Entonces, como buscando comprensi&#243;n, pregunt&#243;-: &#191;Entiende lo que le quiero decir?

Perfectamente. Un d&#237;a, un hombre me par&#243; en una calle de Roma, para saludarme. Yo lo conoc&#237;a pero no sab&#237;a de qu&#233;. -Brunetti sonri&#243;, arriesg&#225;ndose-. Lo hab&#237;a arrestado dos a&#241;os antes. Pero en N&#225;poles.

Brunetti vio que, afortunadamente, los dos hombres se re&#237;an. Canale dijo:

&#191;Puedo quedarme con el dibujo? Quiz&#225;, mir&#225;ndolo de vez en cuando, me venga a la cabeza de repente.

Desde luego. Le agradezco mucho su inter&#233;s.

Ahora fue Mazza el que se aventur&#243; a preguntar:

&#191;Estaba muy horrible? Quiero decir, cuando lo encontraron. -Se oprim&#237;a las manos delante del pecho.

Brunetti asinti&#243;.

&#191;Es que no les basta con jodernos? -se lament&#243; Canale-. &#191;Por qu&#233; quieren matarnos?

Aunque la pregunta estaba dirigida a unos poderes que estaban muy por encima de aquellos para los que trabajaba Brunetti, &#233;ste respondi&#243;:

No tengo ni la m&#225;s remota idea.



11

Al d&#237;a siguiente, viernes, Brunetti decidi&#243; ir la questura de Venecia, a repasar el correo acumulado. Adem&#225;s, seg&#250;n confes&#243; a Paola aquella ma&#241;ana mientras tomaban el caf&#233;, quer&#237;a enterarse de si hab&#237;a novedades en il caso Patta.

Nada en Gente ni en Oggi -le inform&#243; ella, nombrando las revistas de chismorreo m&#225;s populares, y agreg&#243;-: Aunque no estoy segura de que alguna de las dos considere a la signora Patta digna de su atenci&#243;n.

Procura que ella no te oiga -dijo Brunetti riendo.

Si tengo suerte, la signora Patta nunca me oir&#225; decir nada. -M&#225;s suavemente, pregunt&#243;-: &#191;Qu&#233; crees que har&#225; Patta?

Brunetti apur&#243; el caf&#233; y dej&#243; la taza antes de contestar:

Me parece que no puede hacer mucho, aparte de esperar a que Burrasca se canse de ella o ella de Burrasca y vuelva a casa.

&#191;C&#243;mo es ese Burrasca? -Paola no perdi&#243; el tiempo preguntando si la polic&#237;a ten&#237;a un dossier sobre Burrasca. En Italia, tan pronto como una persona hac&#237;a dinero en cantidad, alguien ten&#237;a un dossier sobre ella.

Por lo que he o&#237;do, es un cerdo. Se mueve en esos c&#237;rculos de Mil&#225;n en los que priman la coca&#237;na, los coches de muchos caballos y las chicas de poco seso.

Pues ahora tiene por lo menos la mitad de una de esas cosas -dijo Paola.

&#191;A qu&#233; te refieres?

La signora Patta. Ya no es una chica, pero tiene poco seso.

&#191;Tan bien la conoces? -Brunetti nunca estaba seguro de qu&#233; ni a qui&#233;n conoc&#237;a Paola.

No. Es una simple deducci&#243;n del hecho de que se casara con Patta. Debe de ser muy dif&#237;cil aguantar a un pollino tan fatuo.

T&#250; me aguantas a m&#237; -repuso Brunetti con una sonrisa, buscando un cumplido.

Ella lo mir&#243;, imp&#225;vida.

T&#250; no eres fatuo, Guido. Puedes ser dif&#237;cil y, a veces, hasta insoportable, pero fatuo, no.

No se dispensaban cumplidos.

&#201;l se levant&#243;, pensando que quiz&#225; ya fuera hora de ir a la questura.

Cuando lleg&#243; a su despacho revis&#243; los papeles que le esperaban encima de la mesa. Se decepcion&#243; al no encontrar nada relacionado con el muerto de Mestre. Lo interrumpi&#243; un golpe en la puerta.

Avanti -grit&#243;, pensando que tal vez fuera Vianello que le tra&#237;a algo de Mestre.

En lugar del sargento, entr&#243; una joven de cabello oscuro con un fajo de carpetas. Sonri&#243; desde la puerta y se acerc&#243; al escritorio, hojeando los documentos.

&#191;El comisario Brunetti? -pregunt&#243;.

S&#237;.

Ella sac&#243; unos papeles de una de las carpetas y los puso encima de la mesa.

Abajo me han dicho que esto le interesar&#237;a, dottore.

Muchas gracias, signorina -dijo &#233;l, acerc&#225;ndose los papeles.

Ella no se mov&#237;a; seguramente, por timidez no se atrev&#237;a a presentarse y esperaba a que &#233;l le preguntara qui&#233;n era. Brunetti levant&#243; la mirada y vio unos grandes ojos casta&#241;os en una cara redonda y atractiva y una explosi&#243;n rojo vivo en los labios.

&#191;Y usted es? -pregunt&#243; &#233;l con una sonrisa.

Elettra Zorzi, comisario. Desde la semana pasada, secretaria del vicequestore Patta.

As&#237; que para ella eran los muebles que hab&#237;a visto en el antedespacho de Patta. Hac&#237;a varios meses que &#233;ste refunfu&#241;aba que no daba abasto a tanto papeleo. Y, con perseverancia de cerdo buscador de trufas, hab&#237;a hozado en el presupuesto hasta encontrar fondos para una secretaria.

Encantado de conocerla, signorina Zorzi.

El nombre le era familiar.

Tengo entendido que tambi&#233;n voy a trabajar para usted, comisario -dijo ella sonriendo.

Conociendo a Patta, no hab&#237;a que hacerse ilusiones. No obstante, dijo:

Espl&#233;ndido. -Y mir&#243; los papeles que ella le hab&#237;a tra&#237;do.

La oy&#243; alejarse y levant&#243; la cabeza para verla marchar. Una falda ni corta ni larga y unas bonitas, muy bonitas, piernas. Al llegar a la puerta, ella se volvi&#243; y al ver que &#233;l la observaba sonri&#243; de nuevo. &#201;l baj&#243; la mirada a los papeles. &#191;Qui&#233;n pod&#237;a poner a una criatura el nombre de Elettra? &#191;Y cu&#225;nto har&#237;a de eso? &#191;Veinticinco a&#241;os? Zorzi; &#233;l conoc&#237;a a muchos Zorzi, pero ninguno capaz de bautizar a una hija con el nombre de Elettra. La puerta se cerr&#243; y &#233;l se concentr&#243; en los papeles, pero &#233;stos no ten&#237;an mucho inter&#233;s, era como si en Venecia el crimen estuviera de vacaciones.

Cuando Brunetti baj&#243; a ver a Patta, tuvo que pararse en el antedespacho, at&#243;nito. Durante muchos a&#241;os, en aquel espacio no hubo m&#225;s que un parag&#252;ero de loza desportillada y un escritorio cubierto de n&#250;meros atrasados del tipo de revistas que suele haber en la sala de espera de un dentista. Las revistas hab&#237;an desaparecido y en su lugar hab&#237;a un ordenador conectado a una impresora colocada en una mesa met&#225;lica baja, a la izquierda del escritorio. Delante de la ventana, en lugar del parag&#252;ero, hab&#237;a otra mesita, &#233;sta de madera, con un jarr&#243;n de cristal que conten&#237;a un enorme ramo de gladiolos naranja y amarillos.

O Patta hab&#237;a decidido consultar a un decorador o la nueva secretaria opinaba que la opulencia que Patta consideraba adecuada para su despacho deb&#237;a salpicar la zona de trabajo de sus subordinados. En aquel momento, como al conjuro del pensamiento de Brunetti, entr&#243; en el despacho la nueva secretaria.

Esto queda muy bien -dijo &#233;l abarcando el antedespacho con un adem&#225;n.

Ella cruz&#243; por su lado, dej&#243; una brazada de carpetas en el escritorio y se volvi&#243; a mirarlo.

Me alegro de que le guste, comisario. Era imposible trabajar aqu&#237; tal como estaba esto. Esas revistas -agreg&#243; con un ligero estremecimiento.

Son bonitas las flores. &#191;Son para celebrar su llegada?

Oh, no -respondi&#243; ella con naturalidad-. He pasado un pedido permanente a Fantin para que traigan flores frescas todos los lunes y jueves. -Fantin, el florista m&#225;s caro de la ciudad. Dos veces por semana. &#191;Cien ramos al a&#241;o? Ella interrumpi&#243; sus c&#225;lculos explicando-: Como tengo que encargarme tambi&#233;n de confeccionar la cuenta de gastos del vicequestore, decid&#237; incluir las flores como una partida necesaria.

&#191;Y Fantin tambi&#233;n traer&#225; flores para el despacho del vicequestore?

&#161;Ni hablar! -Su sorpresa parec&#237;a aut&#233;ntica-. Estoy segura de que el vicequestore puede pagarlas de su bolsillo. No estar&#237;a bien gastar el dinero del contribuyente de ese modo. -Dio la vuelta al escritorio y encendi&#243; el ordenador-. &#191;Deseaba usted algo, comisario? -pregunt&#243;, dando por zanjada la cuesti&#243;n de las flores.

Nada, de momento, signorina -dijo &#233;l mientras la muchacha se inclinaba sobre el teclado.

Brunetti llam&#243; a la puerta del despacho y se le invit&#243; a entrar. Patta estaba sentado detr&#225;s del escritorio, como siempre, pero esto era lo &#250;nico que segu&#237;a como de costumbre. La mesa, habitualmente limpia de cuanto pudiera asociarse con el trabajo, estaba cubierta de carpetas e informes y a un lado hab&#237;a hasta un arrugado diario. No era el consabido L'Osservatore Romano que le&#237;a Patta, descubri&#243; Brunetti, sino el sensacionalista La Nuova, un diario cuya gran tirada parec&#237;a confirmar la creencia de que si, por un lado, hay en el mundo mucha gente que comete bellaquer&#237;as, hay, por otro, mucha m&#225;s gente que quiere que se las cuenten. Hasta el aire acondicionado parec&#237;a haber dejado de funcionar en este despacho, uno de los pocos que dispon&#237;an de &#233;l.

Si&#233;ntese, Brunetti -orden&#243; el vicequestore.

Siguiendo la direcci&#243;n de la mirada de Brunetti, Patta repar&#243; en los papeles esparcidos por la mesa, los amonton&#243; de cualquier manera, los apart&#243; hacia un lado y dej&#243; la mano encima, como olvidada.

&#191;C&#243;mo marcha lo de Mestre? -pregunt&#243; por fin a Brunetti.

Todav&#237;a no hemos identificado a la v&#237;ctima. Hemos ense&#241;ado su retrato a muchos de los travestis que all&#237; trabajan, pero ninguno lo ha reconocido. -Patta no dijo nada-. Dos de los interrogados por m&#237; dijeron que la cara les resultaba familiar, pero ninguno pudo concretar m&#225;s, lo que podr&#237;a significar cualquier cosa. O nada. Creo que otro de los hombres interrogados lo reconoci&#243;, pero lo neg&#243; categ&#243;ricamente. Me gustar&#237;a volver a hablar con &#233;l, pero podr&#237;a haber dificultades.

&#191;Santomauro? -pregunt&#243; Patta, que, con esta pregunta, consigui&#243; sorprender a Brunetti por primera vez en todos los a&#241;os que llevaban trabajando juntos.

&#191;C&#243;mo se ha enterado de lo de Santomauro? -le espet&#243; Brunetti, y agreg&#243;, para suavizar la brusquedad-: Se&#241;or.

Me ha llamado tres veces -dijo Patta, y agreg&#243; en voz baja, pero procurando que Brunetti lo oyera-: El muy hijo de puta.

La ins&#243;lita pero deliberada indiscreci&#243;n de Patta puso en guardia a Brunetti, que mentalmente empez&#243; una minuciosa b&#250;squeda de los hilos que pod&#237;an relacionar a los dos hombres. Santomauro era un c&#233;lebre abogado y su clientela estaba formada por empresarios y pol&#237;ticos de toda la regi&#243;n del V&#233;neto. Normalmente, eso bastar&#237;a para que Patta se desviviera por lisonjearle. Entonces record&#243; que la Lega della Moralit&#224; de la Santa Madre Iglesia y de Santomauro estaba bajo el patrocinio y direcci&#243;n de la fugada Maria Lucrezia Patta. &#191;Qu&#233; sermones sobre el matrimonio, su sagrado v&#237;nculo y obligaciones no habr&#237;a largado Santomauro por tel&#233;fono al vicequestore?.

Efectivamente -dijo Brunetti, decidi&#233;ndose a reconocer la mitad de lo que sab&#237;a-, es el abogado de Crespo. -Si Patta estaba dispuesto a creer que un comisario de polic&#237;a no encontraba nada de particular en la circunstancia de que un abogado de la categor&#237;a de Giancarlo Santomauro representara a un travesti, no ser&#237;a &#233;l quien le abriera los ojos-. &#191;Qu&#233; le ha dicho?

Que usted hab&#237;a acosado y aterrorizado a su cliente, que hab&#237;a utilizado una brutalidad innecesaria, literalmente, para tratar de obligarle a dar informaci&#243;n. -Patta se frot&#243; un lado de la mand&#237;bula, y Brunetti observ&#243; que, al parecer, su superior no se hab&#237;a afeitado aquella ma&#241;ana-. Yo, naturalmente, le he dicho que no estaba dispuesto a escuchar estas cr&#237;ticas sobre un comisario de polic&#237;a y que, si lo deseaba, pod&#237;a presentar una denuncia oficialmente. -Por regla general, ante una queja semejante, de un hombre de la importancia de Santomauro, Patta hubiera prometido una sanci&#243;n inmediata para el funcionario, cuando no su degradaci&#243;n y traslado a Palermo durante tres a&#241;os. Y, por regla general, Patta hubiera cumplido su promesa antes de pedir m&#225;s detalles. Patta prosigui&#243;, en su papel de defensor del principio de la igualdad de todos ante la ley-: No pienso tolerar una injerencia civil en el funcionamiento de los organismos del Estado.

Lo cual, seg&#250;n Brunetti, traducido libremente, significaba que Patta ten&#237;a una cuenta pendiente con Santomauro y apoyar&#237;a al comisario, mal que al otro le pesara.

&#191;Entonces, cree que podr&#237;a volver a interrogar a Crespo?

Por furioso que estuviera con Santomauro, hubiera sido mucho pedir que Patta venciera un h&#225;bito de d&#233;cadas y ordenara expresamente a un polic&#237;a un acto que contrariaba a un hombre con influencias pol&#237;ticas.

Haga usted lo que considere necesario, Brunetti.

&#191;Desea algo m&#225;s, se&#241;or?

Patta no contest&#243;, y Brunetti se puso en pie.

Otra cosa, comisario -dijo Patta antes de que Brunetti diera media vuelta para marcharse.

&#191;S&#237;, se&#241;or?

Usted tiene amigos en el mundo de la prensa, &#191;verdad? -Por todos los santos, &#191;ir&#237;a Patta a pedirle ayuda? Brunetti fij&#243; la mirada en un punto situado encima de la cabeza de su superior y asinti&#243; vagamente-. Le agradecer&#237;a que se pusiera en contacto con ellos. -Brunetti carraspe&#243; y se mir&#243; las puntas de los pies-. En estos momentos, me encuentro en una situaci&#243;n embarazosa, Brunetti, y preferir&#237;a que esto no fuera m&#225;s all&#225; de lo que ya ha ido.

Patta no dijo m&#225;s.

Har&#233; cuanto pueda, se&#241;or -dijo Brunetti sin convicci&#243;n, pensando en sus amigos del mundo de la prensa, dos especialistas en econom&#237;a y un editorialista pol&#237;tico.

Bien -dijo Patta y, al cabo de un momento a&#241;adi&#243;-: He pedido a la nueva secretaria que recoja informaci&#243;n sobre sus impuestos. -No hac&#237;a falta que Patta puntualizara de qui&#233;n eran los impuestos-. Le he dicho que le entregue a usted todo lo que encuentre.

Brunetti qued&#243; tan sorprendido que no pudo sino mover la cabeza de arriba abajo.

Patta se inclin&#243; sobre sus papeles, lo que Brunetti interpret&#243; como una despedida y sali&#243; del despacho. La signorina Elettra no estaba en su escritorio, y Brunetti le dej&#243; una nota: &#191;Podr&#237;a ver qu&#233; encuentra en el ordenador acerca de los asuntos del avvocato Giancarlo Santomauro?

Brunetti subi&#243; a su despacho, sintiendo el calor que parec&#237;a extenderse por todos los rincones e intersticios de la casa, a pesar de los gruesos muros y los suelos de m&#225;rmol, trayendo consigo una densa humedad que hac&#237;a que los papeles se rizaran y se pegaran a la mano. Se acerc&#243; a una de las ventanas, que estaban abiertas, pero que lo &#250;nico que se consegu&#237;a era dejar entrar m&#225;s calor y humedad en el despacho. La marea estaba en su nivel m&#225;s bajo, y el olor a podrido, que siempre acechaba bajo la superficie, ahora afloraba y llegaba hasta aqu&#237;, cerca de la gran extensi&#243;n de agua que se abr&#237;a frente a San Marco. De pie delante de la ventana, mientras sent&#237;a c&#243;mo el sudor le traspasaba la camisa y el pantal&#243;n y asomaba junto al cintur&#243;n, pensaba en las monta&#241;as de Bolzano y en los gruesos edredones bajo los que dorm&#237;an en las noches de agosto.

Fue a la mesa, llam&#243; a la oficina general y pidi&#243; al agente que contest&#243; que dijera a Vianello que subiera. Minutos despu&#233;s, el sargento de m&#225;s edad entraba en el despacho. Generalmente, por estas fechas, Vianello ten&#237;a la piel del marr&#243;n rojizo del bresaola, el filete de buey curado al aire que tanto gustaba a Chiara, pero este a&#241;o segu&#237;a con su palidez invernal. Al igual que la mayor&#237;a de los italianos de su edad y formaci&#243;n, Vianello siempre se hab&#237;a cre&#237;do a salvo de las probabilidades estad&#237;sticas. Por culpa del tabaco se mor&#237;an los otros; por comer cosas grasas, el colesterol les sub&#237;a a los otros, y s&#243;lo los otros sufr&#237;an los infartos. Desde hac&#237;a muchos a&#241;os, todos los lunes le&#237;a la secci&#243;n de Salud del Corriere della Sera, pese a estar convencido de que aquellos percances los sufr&#237;an los otros por su mal proceder.

Pero aquella primavera hab&#237;an extirpado al sargento Vianello cinco melanomas precancer&#237;genos de la espalda y los hombros, y los m&#233;dicos le hab&#237;an recomendado que no tomara el sol. Al igual que Saulo camino de Damasco, Vianello se hab&#237;a convertido y, al igual que san Pablo, hab&#237;a tratado de propagar su evangelio particular. Pero Vianello no contaba con uno de los rasgos m&#225;s caracter&#237;sticos de la idiosincrasia italiana: la omnisciencia. Todas las personas con las que hablaba sab&#237;an m&#225;s que &#233;l acerca del tema, m&#225;s acerca de la capa de ozono y m&#225;s acerca de los fluorocarbonos y sus efectos en la atm&#243;sfera. Por otra parte, todos y cada uno sab&#237;an que toda esta ch&#225;chara acerca del peligro del sol no era sino otra bidonata, otro cuento, otro camelo, aunque nadie estaba seguro de la finalidad del enga&#241;o.

Cuando Vianello, animado de fervor paulino, ilustraba sus argumentos con las cicatrices de su espalda, le dec&#237;an que su caso particular no demostraba absolutamente nada, que las estad&#237;sticas eran enga&#241;osas y que, adem&#225;s, a ellos no pod&#237;a ocurrirles nada. Y Vianello hab&#237;a descubierto entonces esta curiosa peculiaridad de los italianos: para ellos no existe m&#225;s verdad que la experiencia personal, y todas las pruebas que desmientan sus convicciones pueden descartarse. Y Vianello, a diferencia de san Pablo, hab&#237;a renunciado a su misi&#243;n y se hab&#237;a comprado un tubo de crema de protecci&#243;n solar 30 que se aplicaba en la cara en invierno y en verano.

&#191;S&#237;, dottore? -dijo al entrar.

Vianello hab&#237;a dejado la chaqueta y la corbata en la oficina de abajo y llevaba una camisa blanca de manga corta y el pantal&#243;n azul marino del uniforme. Hab&#237;a perdido peso desde el nacimiento de su tercer hijo, ocurrido el a&#241;o anterior, y dec&#237;a que quer&#237;a adelgazar a&#250;n m&#225;s, para estar en mejor forma. Un hombre que frisaba los cincuenta, con un hijo tan peque&#241;o, ten&#237;a que cuidarse. Con aquel bochorno y con la imagen de los edredones grabada en la mente, lo &#250;ltimo en lo que Brunetti quer&#237;a pensar ahora era en la salud, ya fuera la suya o la de Vianello.

Si&#233;ntese, Vianello.

El sargento ocup&#243; su asiento de costumbre y Brunetti se instal&#243; detr&#225;s del escritorio.

&#191;Qu&#233; puede decirme acerca de esa Lega della Moralit&#224;? -pregunt&#243; Brunetti.

Vianello le mir&#243; entornando los ojos con gesto inquisitivo pero, en vista de que no llegaba m&#225;s informaci&#243;n, sopes&#243; la pregunta y respondi&#243;:

No s&#233; gran cosa de ellos. Tengo entendido que se re&#250;nen en una iglesia &#191;Santi Apostoli? No; &#233;sos son los catecumeni, los de las guitarras y todos esos. La liga se re&#250;ne en casas particulares, creo, o en la sala de actos de alg&#250;n centro parroquial. Que yo sepa, no representan una tendencia pol&#237;tica. No estoy seguro de lo que hacen, pero, a juzgar por el nombre, da la impresi&#243;n de que deben de felicitarse de lo buenos que son ellos y lo malos que son los dem&#225;s. -Hablaba en un tono displicente, indicativo del desd&#233;n que le inspiraba semejante estupidez.

&#191;Conoce a alg&#250;n miembro de esa asociaci&#243;n, Vianello?

&#191;Yo, comisario? No, se&#241;or, ni ganas. -Sonre&#237;a al decirlo, hasta que advirti&#243; la expresi&#243;n de Brunetti-. Ah, lo dice en serio. A ver, deme un minuto para pensarlo. -Pens&#243; durante el minuto solicitado abraz&#225;ndose una rodilla con las manos enlazadas y mirando al techo-. Hay una persona, una mujer que trabaja en el banco. Nadia la conoce mejor que yo. Es decir, la trata m&#225;s que yo, ya que ella es quien suele ir al banco. Pero recuerdo que un d&#237;a coment&#243; que le parec&#237;a extra&#241;o que una persona tan agradable tuviera algo que ver con esa gente.

&#191;Por qu&#233; dir&#237;a eso? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;El qu&#233;?

&#191;Por qu&#233; supuso que no eran buena gente?

Porque el nombre ya lo dice todo, comisario: Lega della Moralit&#224;, como si la hubieran inventado ellos. Hablando con franqueza, deben de ser un hatajo de basibanchi. -Con esta palabra del m&#225;s puro veneciano, que designa despectivamente a los que se arrodillan en la iglesia inclin&#225;ndose hasta besar el banco, Vianello daba prueba de la plasticidad de su dialecto y de su propia sensatez.

&#191;Sabe desde cu&#225;ndo pertenece a la liga o c&#243;mo se uni&#243; a ella?

No, se&#241;or, pero puedo pedir a Nadia que trate de averiguarlo. &#191;Por qu&#233;?

Brunetti le inform&#243; sucintamente de la presencia de Santomauro en el apartamento de Crespo y de sus subsiguientes llamadas telef&#243;nicas a Patta.

Eso es muy interesante, &#191;verdad, comisario?

&#191;Usted lo conoce?

&#191;A Santomauro? -pregunt&#243; Vianello innecesariamente. No ser&#237;a a Crespo, desde luego.

Brunetti asinti&#243;.

Era el abogado de mi primo, antes de hacerse tan famoso. Y tan caro.

&#191;Qu&#233; dec&#237;a de &#233;l su primo?

No mucho. Era un buen abogado, pero siempre estaba d&#225;ndole vueltas a la ley, para llevarla por donde a &#233;l le conven&#237;a.

Un tipo muy frecuente en Italia, pens&#243; Brunetti, donde hay leyes escritas para casi todo pero casi ninguna est&#225; clara.

&#191;Algo m&#225;s? -pregunt&#243; Brunetti.

Vianello mene&#243; la cabeza.

No recuerdo m&#225;s. Hace a&#241;os de eso. -Antes de que Brunetti se lo pidiera, Vianello dijo-: Llamar&#233; a mi primo y se lo preguntar&#233;. Quiz&#225; conozca a otras personas para las que haya trabajado Santomauro.

Brunetti se inclin&#243; en se&#241;al de agradecimiento.

Tambi&#233;n me gustar&#237;a ver qu&#233; podemos encontrar acerca de esa liga d&#243;nde se re&#250;nen, cu&#225;ntos son, qui&#233;nes son y qu&#233; es lo que hacen.

Ahora que lo pensaba detenidamente, a Brunetti le parec&#237;a curioso que una organizaci&#243;n que era lo bastante famosa como para haberse convertido en blanco de comentarios humor&#237;sticos de casi toda la sociedad pudiera haber revelado tan poco acerca de s&#237; misma. Todo el mundo sab&#237;a que la liga exist&#237;a, pero, si Brunetti ten&#237;a que guiarse por su experiencia, nadie ten&#237;a una idea clara de cu&#225;les eran sus actividades.

Vianello hac&#237;a anotaciones en su libreta.

&#191;Quiere que pregunte tambi&#233;n por la signora Santomauro?

S&#237;; me interesa todo lo que pueda averiguar.

Creo que es de Verona. Hija de un banquero. -Mir&#243; a Brunetti-. &#191;Algo m&#225;s?

S&#237;; Francesco Crespo, ese travesti de Mestre. Pregunte si alguien de aqu&#237; lo conoce o ha o&#237;do hablar de &#233;l.

&#191;Qu&#233; tiene Mestre contra &#233;l?

S&#243;lo que fue arrestado dos veces por venta de droga. Los de Antivicio lo tienen en la lista, pero ahora vive en un bonito apartamento de viale Ronconi, lo que supongo que significa que ha prosperado y dejado atr&#225;s via Cappuccina y los parques p&#250;blicos. Y vea si Gallo ya tiene los nombres de los fabricantes del vestido y los zapatos.

Ver&#233; lo que hay -dijo Vianello, sin dejar de escribir-. &#191;Algo m&#225;s, comisario?

S&#237;; est&#233; atento a cualquier denuncia de desaparici&#243;n de un hombre de unos cuarenta a&#241;os cuya descripci&#243;n coincida con la del muerto. Est&#225; en la carpeta. Quiz&#225; la nueva secretaria pueda encontrar algo en el ordenador.

&#191;En qu&#233; regi&#243;n, comisario? -pregunt&#243; Vianello, con la punta del bol&#237;grafo apoyada en el papel.

El que el sargento no mostrara extra&#241;eza indic&#243; a Brunetti que se hab&#237;an acostumbrado a contar con la nueva secretaria.

Si es posible, que busque en todo el pa&#237;s. Tambi&#233;n turistas desaparecidos.

&#191;No cree que fuera un chapero?

Brunetti record&#243; el cuerpo desnudo, tan terriblemente parecido al suyo.

No era un cuerpo que invitara a pagar para utilizarlo.



12

El s&#225;bado por la ma&#241;ana, Brunetti acompa&#241;&#243; a su familia a la estaci&#243;n del ferrocarril, pero el grupito que subi&#243; al vaporetto n&#250;mero 1 en la parada de San Silvestro parec&#237;a deca&#237;do. Paola estaba enfadada porque Brunetti no dejaba lo que ella hab&#237;a dado en llamar su travesti para ir a Bolzano, por lo menos, el primer fin de semana de las vacaciones; Brunetti estaba molesto porque ella no lo comprend&#237;a; Raffaele estaba triste por tener que dejar atr&#225;s los encantos virginales de Sara Pagnuzzi, aunque era un consuelo pensar que se reunir&#237;an dentro de una semana y que, adem&#225;s, para entonces ya habr&#237;a setas en el bosque. Chiara, como de costumbre, era totalmente altruista en su contrariedad, y estaba pesarosa porque su padre no iba con ellos a pesar de ser quien m&#225;s necesitaba las vacaciones por lo mucho que trabajaba.

El c&#243;digo de la etiqueta familiar exig&#237;a que cada cual cargara con su propio equipaje, pero como Brunetti iba s&#243;lo hasta Mestre y ten&#237;a las manos libres, Paola le hizo acarrear su gran maleta, mientras ella llevaba &#250;nicamente su bolso de mano y la edici&#243;n completa de las Cartas de Henry James, un tomo tan voluminoso que hizo pensar a Brunetti que, aunque &#233;l hubiera podido acompa&#241;arlos, su mujer tampoco hubiera tenido mucho tiempo que dedicarle. Al llevar Brunetti la maleta de Paola, se produjo una especie de efecto domin&#243;, y Chiara meti&#243; varios libros suyos en la maleta de su madre, con lo que en la suya qued&#243; espacio para el par de botas de monta&#241;a de repuesto de Raffi que, a su vez, tuvo que hacer un hueco para La fuente sagrada, que su madre pensaba poder terminar por fin este a&#241;o.

Se instalaron todos en un compartimiento del tren de las 8:35, el cual dejar&#237;a a Brunetti en Mestre en diez minutos y a ellos, en Bolzano antes del almuerzo. Nadie tuvo mucho que decir durante el corto trayecto sobre la laguna; Paola se cercior&#243; de que su marido ten&#237;a en la cartera el n&#250;mero de tel&#233;fono del hotel; Raffaele le record&#243; que &#233;ste era el tren que tomar&#237;a Sara dentro de una semana; y Brunetti se pregunt&#243; si tambi&#233;n tendr&#237;a que llevarle la maleta a ella.

En Mestre, Brunetti bes&#243; a sus hijos, y Paola fue con &#233;l hasta la plataforma.

A ver si puedes subir el pr&#243;ximo fin de semana, Guido. O, mejor a&#250;n, ojal&#225; resuelvas el caso y puedas venir antes.

&#201;l le sonri&#243;, pero no quiso decirle que no era probable que esto sucediera; al fin y al cabo, a&#250;n no sab&#237;an ni qui&#233;n era el muerto. Dio a su mujer un beso en cada mejilla, se ape&#243; del tren y retrocedi&#243; hasta el compartimiento donde se hab&#237;an quedado sus hijos. Chiara ya estaba comiendo un melocot&#243;n. Desde el and&#233;n, a trav&#233;s del cristal de la ventanilla, vio a Paola entrar en el compartimiento y, casi sin mirar a su hija, sacar un pa&#241;uelo y d&#225;rselo. El tren empez&#243; a moverse en el momento en que Chiara se enjugaba los labios y al volver la cara, vio a su padre. Se le ilumin&#243; el semblante y, con media barbilla todav&#237;a reluciente de zumo de melocot&#243;n, se acerc&#243; a la ventanilla de un salto.

Ciao, pap&#224;, ciao, ciao -grit&#243; por encima del zumbido de la locomotora. Se puso de pie en el asiento y sac&#243; el brazo y agit&#243; el pa&#241;uelo de Paola.

&#201;l, desde el and&#233;n, agit&#243; la mano hasta que perdi&#243; de vista la cari&#241;osa banderita blanca.

En la questura de Mestre, al entrar en el despacho de Gallo, el sargento lo recibi&#243; en la puerta.

Viene alguien a ver el cad&#225;ver -le dijo sin pre&#225;mbulos.

&#191;Qui&#233;n? &#191;Por qu&#233;?

Esta ma&#241;ana sus hombres han recibido una llamada. De una tal -el sargento mir&#243; un papel que ten&#237;a en la mano- signora Mascari. Su marido es el director de la sucursal de la Banca di Verana en Venecia. Falta de su casa desde el s&#225;bado.

De eso hace una semana -dijo Brunetti-. &#191;Por qu&#233; ha tardado tanto en notar su falta?

&#201;l ten&#237;a que hacer un viaje de trabajo. A Mesina. Se march&#243; el domingo por la tarde, y su esposa no ha vuelto a saber de &#233;l.

&#191;Y ha dejado pasar una semana antes de llamarnos?

Yo no he hablado con ella -dijo Gallo, casi como si Brunetti le hubiera acusado de negligencia.

&#191;Qui&#233;n ha atendido la llamada?

No lo s&#233;. No tengo m&#225;s que un papel que he encontrado encima de la mesa, en el que se me informa de que la signora Mascari ir&#225; esta ma&#241;ana a Umberto Primo a mirar el cad&#225;ver y que calculaba llegar a eso de las nueve y media.

Los dos hombres se miraron; Gallo se levant&#243; la bocamanga y mir&#243; el reloj de pulsera.

S&#237; -dijo Brunetti-. Vamos.

Sigui&#243; una serie de peripecias dignas del m&#225;s absurdo celuloide rancio. El coche se atasc&#243; en el tr&#225;fico de primeras horas de la ma&#241;ana, y el conductor decidi&#243; desviarse para acceder al hospital por la entrada posterior, lo que los meti&#243; en un atasco a&#250;n mayor, con el resultado de que llegaron al hospital despu&#233;s de que la signora Mascari hubiera no s&#243;lo identificado el cad&#225;ver como el de su marido, Leonardo, sino vuelto a subir al taxi que la hab&#237;a tra&#237;do de Venecia, para hacerse llevar a la questura de Mestre, donde, seg&#250;n le dijeron, la polic&#237;a responder&#237;a a sus preguntas.

Por consiguiente, cuando Brunetti y Gallo volvieron a la questura, la signora Mascari llevaba esper&#225;ndolos m&#225;s de un cuarto de hora. Estaba sentada, muy erguida y sola, en un banco de madera del pasillo, frente al despacho de Gallo. Era una mujer cuyo porte e indumentaria suger&#237;an no ya que la juventud hab&#237;a pasado sino que nunca hab&#237;a existido. Llevaba un traje chaqueta de seda salvaje azul noche, de corte sobrio, con la falda un poco m&#225;s larga de lo normal. El color de la tela ofrec&#237;a un fuerte contraste con la palidez de su cara.

La mujer levant&#243; la mirada al acercarse los dos polic&#237;as, y Brunetti observ&#243; que su pelo ten&#237;a aquel tinte caoba tan popular entre las mujeres de la edad de Paola. Iba poco maquillada, y se le ve&#237;an arruguitas en torno a la boca y los ojos, aunque Brunetti no hubiera podido asegurar si se deb&#237;an a la edad o al sufrimiento. Ella se levant&#243; y avanz&#243; un paso. Brunetti se par&#243; y extendi&#243; la mano.

Signora Mascari, comisario Brunetti, de la polic&#237;a de Venecia.

Ella apenas hizo m&#225;s que rozarle la mano un momento. El comisario vio que ten&#237;a los ojos brillantes, aunque no sab&#237;a si era brillo de l&#225;grimas o reflejo de los cristales de las gafas.

Mi m&#225;s sincero p&#233;same, signora Mascari. Comprendo lo terrible y doloroso que ha de ser este trance. -Ella no se daba por enterada de sus palabras-. &#191;Desea que llamemos a alguien para que venga a hacerle compa&#241;&#237;a?

Ahora la mujer movi&#243; la cabeza negativamente.

Expl&#237;queme qu&#233; pas&#243; -dijo.

Entremos en el despacho del sargento Gallo -dijo Brunetti extendiendo el brazo para abrir la puerta.

Se hizo a un lado para que pasara ella y volvi&#243; la cabeza hacia Gallo, que levant&#243; las cejas con gesto de interrogaci&#243;n; Brunetti asinti&#243;, y el sargento entr&#243; con ellos. Brunetti acerc&#243; una silla a la signora Mascari, que se sent&#243; y lo mir&#243;.

&#191;Desea tomar algo, signora, un vaso de agua, un t&#233;?

No. Nada. D&#237;game qu&#233; ha pasado.

Pausadamente, el sargento Gallo se sent&#243; detr&#225;s de su escritorio y Brunetti, en una silla, no lejos de la signora Mascari.

El cad&#225;ver de su marido fue hallado en Mestre el lunes por la ma&#241;ana. En el hospital le habr&#225;n dicho que la causa de la muerte fue un golpe en la cabeza.

Tambi&#233;n ten&#237;a golpes en la cara -interrumpi&#243; ella. Despu&#233;s de decir esto, desvi&#243; la mirada y la baj&#243; a las manos.

&#191;Sabe de alguien que quisiera causar da&#241;o a su marido, signora? &#191;Alguien que le hubiera amenazado o discutido con &#233;l?

Ella movi&#243; la cabeza en una negativa inmediata.

Leonardo no ten&#237;a enemigos -dijo.

Por lo que Brunetti hab&#237;a podido observar, nadie llega a director de banco sin hacerse enemigos, pero se reserv&#243; el comentario.

&#191;Su marido le habl&#243; de alg&#250;n contratiempo que hubiera tenido en el banco? &#191;Un empleado al que hubiera tenido que despedir? &#191;Alguien a quien se le hubiera denegado un pr&#233;stamo y le hiciera responsable a &#233;l?

No. -Ella volvi&#243; a mover la cabeza-. Nada de eso. Nunca ha tenido problemas.

&#191;Y con la familia de usted, signora? &#191;Tampoco hab&#237;a tenido diferencias?

Pero, &#191;qu&#233; es esto? -inquiri&#243; ella-. &#191;Por qu&#233; me hace estas preguntas?

Signora -empez&#243; a decir Brunetti con un adem&#225;n que &#233;l pretend&#237;a apaciguador-, la forma en que mataron a su marido, la violencia empleada, parece indicar que quienquiera que lo hiciera ten&#237;a razones para odiarlo, y mucho. Por eso, antes de ponernos a buscar al asesino, hemos de tener una idea de por qu&#233; hizo lo que hizo. Y estas preguntas son necesarias, aunque me consta que son dolorosas.

Es que no puedo decirles nada. Leonardo no ten&#237;a enemigos.

Despu&#233;s de repetir esto, la mujer mir&#243; a Gallo, como para ponerlo por testigo, o pedirle que la ayudara a convencer a Brunetti de que deb&#237;a creerla.

Cuando el domingo su marido sali&#243; de casa, &#191;iba a Mesina? -pregunt&#243; Brunetti. Ella asinti&#243;-. &#191;Sabe a qu&#233; iba, signora?

Dijo que eran asuntos del banco y que regresar&#237;a el viernes. Ayer.

&#191;No le dijo el motivo del viaje?

No; ni esta vez ni las otras. Sol&#237;a decir que su trabajo no era interesante, y casi nunca me hablaba de &#233;l.

&#191;Tuvo noticias suyas despu&#233;s de que se fuera?

No. Sali&#243; para el aeropuerto el domingo por la tarde. Iba a Roma, donde ten&#237;a que cambiar de avi&#243;n.

&#191;La llam&#243; por tel&#233;fono? &#191;La llam&#243; desde Roma o desde Mesina?

No; no acostumbraba llamar. Cuando sal&#237;a de viaje, iba a donde tuviera que ir y luego regresaba a casa. O me llamaba desde el despacho si se iba directamente a trabajar.

&#191;Eso era normal?

&#191;Era normal qu&#233;?

Que durante sus viajes no se pusiera en contacto con usted.

Ya se lo he dicho. -Su voz se hizo ahora un poco &#225;spera-. Hac&#237;a varios viajes al a&#241;o, seis o siete, por asuntos del banco. A veces, me enviaba una postal o me tra&#237;a un regalo, pero nunca llamaba.

&#191;Cu&#225;ndo empez&#243; a alarmarse, signora?.

Anoche. Pens&#233; que, por la tarde, a la vuelta del viaje, habr&#237;a ido al despacho y que despu&#233;s vendr&#237;a a casa. A eso de las siete, al ver que no ven&#237;a, llam&#233; al banco, pero ya estaba cerrado. Llam&#233; a dos de los hombres que trabajaban con &#233;l, pero no los encontr&#233;. -Aqu&#237; se interrumpi&#243;, aspir&#243; profundamente y prosigui&#243;-: Quer&#237;a creer que hab&#237;a entendido mal el d&#237;a o la hora de su regreso, pero esta ma&#241;ana ya no pod&#237;a m&#225;s y he llamado al banco, a uno de sus colaboradores, que ha hablado con Mesina y luego me ha llamado.

La mujer enmudeci&#243;.

&#191;Qu&#233; le ha dicho, signora?

Ella se oprimi&#243; los labios con el nudillo del &#237;ndice, quiz&#225; para evitar que las palabras salieran, pero hab&#237;a visto el cad&#225;ver en el dep&#243;sito, por lo que de nada serv&#237;a tratar de enga&#241;arse.

Me ha dicho que Leonardo no hab&#237;a ido a Mesina. Entonces he llamado a la polic&#237;a. Los he llamado a ustedes. Y me han dicho cuando les he dado la descripci&#243;n de Leonardo me han dicho que viniera. Y he venido.

Su voz era cada vez m&#225;s forzada y cuando acab&#243; de hablar, la mujer se oprim&#237;a las manos en el regazo, con desesperaci&#243;n.

Signora, &#191;de verdad no desea que llamemos a alguien para que la acompa&#241;e? Quiz&#225; no deber&#237;a estar sola en este momento -dijo Brunetti.

No. No quiero ver a nadie. -Se levant&#243; bruscamente-. No es preciso que siga aqu&#237;, &#191;verdad? &#191;Puedo marcharme?

Por supuesto. Ha sido usted muy amable al contestar estas preguntas.

Ella hizo como si no lo hubiera o&#237;do.

Brunetti hizo una se&#241;a a Gallo mientras segu&#237;a a la signora Mascari a la puerta.

Un coche la llevar&#225; a Venecia.

No quiero que me vean llegar en un coche de la polic&#237;a -dijo ella.

Ser&#225; un coche sin distintivos y el conductor ir&#225; de paisano.

Ella no contest&#243; y, probablemente, el que no protestara significaba que aceptaba que la llevaran hasta piazzale Roma.

Brunetti abri&#243; la puerta y la acompa&#241;&#243; hasta la escalera del extremo del pasillo. Observ&#243; que la mano derecha, con la que ella atenazaba el bolso, parec&#237;a agarrotada y la izquierda estaba hundida en el bolsillo de la chaqueta.

Brunetti sali&#243; con la mujer a la escalinata exterior de la questura, al calor que hab&#237;a olvidado. Un coche azul marino esperaba en la calle, con el motor en marcha. Brunetti, inclin&#225;ndose, abri&#243; la puerta y sostuvo a la mujer por un brazo mientras ella sub&#237;a al coche. Una vez dentro, ella volvi&#243; la cara hacia el otro lado y se qued&#243; mirando fijamente por la ventanilla, a pesar de que no se ve&#237;an m&#225;s que coches y fachadas grises de edificios de oficinas. Brunetti cerr&#243; la puerta con suavidad y dijo al conductor que llevara a la signora Mascari a piazzale Roma.

Cuando el coche desapareci&#243; entre el tr&#225;fico, Brunetti volvi&#243; al despacho de Gallo.

Bien, &#191;qu&#233; le parece?

Cuesta creer que una persona no tenga enemigos.

Y m&#225;s si es banquero -termin&#243; Brunetti.

&#191;Entonces?

Ir&#233; a Venecia, a ver si mi gente puede decirme algo. Ahora que tenemos el nombre, por lo menos sabemos por d&#243;nde empezar a buscar.

&#191;Buscar qu&#233;? -pregunt&#243; Gallo.

La respuesta de Brunetti fue inmediata.

En primer lugar, hay que hacer lo que tendr&#237;amos que haber hecho desde el principio, averiguar de d&#243;nde han salido los zapatos y la ropa que llevaba.

Gallo lo interpret&#243; como un reproche y contest&#243; con no menos rapidez:

Todav&#237;a no se sabe nada del vestido, pero ya tenemos el nombre del fabricante de los zapatos y esta tarde dispondremos de la lista de las zapater&#237;as que los venden.

Brunetti no hab&#237;a querido criticar a la gente de Mestre, pero no hizo nada por corregir la impresi&#243;n. Nada se perd&#237;a con motivar a Gallo y a sus hombres a averiguar la procedencia del vestido y el calzado de Mascari, porque sin duda aquellos zapatos y aquel vestido no eran la indumentaria que un banquero de mediana edad se pondr&#237;a para ir a trabajar.



13

Si Brunetti pens&#243; que iba a encontrar a mucha gente trabajando un s&#225;bado de agosto por la ma&#241;ana, pronto tuvo que desenga&#241;arse. Aparte de los guardias de la entrada principal y de una mujer que limpiaba la escalera, en la questura no hab&#237;a nadie, las oficinas estaban desiertas, y el comisario se resign&#243; a esperar hasta el lunes por la ma&#241;ana. Durante un momento, pens&#243; en tomar un tren para Bolzano, pero comprendi&#243; que no llegar&#237;a antes de la hora de la cena y que al d&#237;a siguiente por la ma&#241;ana ya estar&#237;a deseando volver a la ciudad.

Fue a su despacho y abri&#243; las ventanas, aunque sab&#237;a que no conseguir&#237;a nada con ello. Entr&#243; humedad y hasta un poco m&#225;s de calor. No hab&#237;a papeles nuevos en el escritorio; la signorina Elettra no le hab&#237;a dejado informe alguno.

Sac&#243; la gu&#237;a telef&#243;nica del caj&#243;n de abajo de la mesa. Busc&#243; en la L, pero no encontr&#243; el n&#250;mero de la Lega della Moralit&#224;, lo cual no le sorprendi&#243;. En la S, vio Santomauro, Giancarlo, avv. y una direcci&#243;n de San Marco. Por el mismo m&#233;todo, descubri&#243; que el difunto Leonardo Mascari viv&#237;a en Castello. Esto le intrig&#243;: Castello era el sestiere m&#225;s popular de la ciudad, una zona habitada sobre todo por s&#243;lidas familias trabajadoras, donde los ni&#241;os no hablaban m&#225;s que el dialecto hasta que empezaban la escuela primaria. Quiz&#225; los Mascari proced&#237;an de all&#237;. O quiz&#225; hab&#237;an conseguido una casa o un apartamento en condiciones ventajosas. En Venecia hab&#237;a escasez de viviendas, y las que se hallaban en venta o en alquiler ten&#237;an unos precios tan exorbitantes que hasta un barrio como Castello ya empezaba a ponerse de moda. Gastando el dinero suficiente en la restauraci&#243;n, se consegu&#237;a cierta distinci&#243;n, aunque &#233;sta no se transmitiera al quartiere y quedara limitada a la propia casa.

Repas&#243; los bancos en las p&#225;ginas amarillas, y descubri&#243; que el Banco de Verona estaba en campo San Bartolomeo, al pie de Rialto, zona en la que abundaban las oficinas bancadas; esto le sorprendi&#243;, porque no recordaba haberlo visto. Por curiosidad, marc&#243; el n&#250;mero. A la tercera se&#241;al, una voz de hombre contest&#243;:

&#191;S&#237;? -como si estuviera esperando una llamada.

&#191;Banco de Verona? -pregunt&#243; Brunetti.

Un breve silencio y el hombre dijo:

Lo siento, n&#250;mero equivocado.

Perdone -dijo Brunetti.

El otro colg&#243; sin decir m&#225;s.

Era proverbial el caprichoso funcionamiento del SIP, el servicio telef&#243;nico nacional, y a nadie sorprend&#237;a que le contestara un n&#250;mero equivocado, pero Brunetti estaba seguro de que, en este caso, ni hab&#237;a fallado el servicio ni &#233;l hab&#237;a marcado mal. Volvi&#243; a marcar, y esta vez el tel&#233;fono son&#243; hasta doce veces sin que contestaran. Brunetti colg&#243;, volvi&#243; a mirar la gu&#237;a y anot&#243; la direcci&#243;n. Luego busc&#243; la farmacia Mortelli. Ambas direcciones distaban s&#243;lo unos n&#250;meros una de otra. Arroj&#243; la gu&#237;a al caj&#243;n y cerr&#243; &#233;ste con el pie. Luego cerr&#243; las ventanas, baj&#243; la escalera y abandon&#243; la questura.

Diez minutos despu&#233;s, Brunetti sal&#237;a del sottoportico de la calle della Bissa a campo San Bartolomeo. Levant&#243; la mirada hacia la estatua de bronce de Goldoni, que no era quiz&#225; su comedi&#243;grafo preferido pero s&#237; el que m&#225;s le hac&#237;a re&#237;r, especialmente cuando las obras eran representadas en el dialecto veneciano original, como sol&#237;an serlo en esta ciudad, en la que &#233;l situaba a sus personajes y que, en testimonio de su cari&#241;o, le hab&#237;a levantado este monumento. Goldoni parece caminar airoso, actitud muy adecuada para este lugar, concurrido de presurosos viandantes que cruzan el puente de Rialto para ir al mercado de frutas y verduras o camino de San Marco o el Cannaregio. Quien viva cerca del coraz&#243;n de la ciudad tiene que pasar por San Bartolomeo por lo menos una vez al d&#237;a.

Cuando lleg&#243; Brunetti, el campo era un hervidero de gente que se dirig&#237;a al mercado a hacer las compras de &#250;ltima hora o regresaba del trabajo, terminada por fin la semana laboral. El comisario avanz&#243; por el extremo oriental del campo, mirando con aparente indiferencia los n&#250;meros pintados encima de las puertas. Tal como imaginaba, el n&#250;mero que buscaba estaba dos puertas m&#225;s all&#225; de la farmacia. Se par&#243; delante de la placa de los timbres, situada a un lado de la puerta, y ley&#243; los nombres que hab&#237;a al lado de cada timbre, y que eran el del Banco de Verona y otros tres, probablemente, de inquilinos particulares.

Brunetti llam&#243; al timbre situado encima del banco. Nadie contest&#243;. Lo mismo ocurri&#243; con el segundo. Iba a pulsar el &#250;ltimo bot&#243;n cuando a su espalda una voz de mujer le pregunt&#243; en el m&#225;s puro veneciano:

&#191;Qu&#233; desea? &#191;Busca a alguien de esta casa?

Brunetti se volvi&#243; y se encontr&#243; frente a una viejecita que sosten&#237;a, apoyado en una pierna, un gran carro de la compra. Recordando el nombre que hab&#237;a visto al lado del primer timbre, &#233;l dijo, contestando en el mismo dialecto:

S&#237;, vengo a ver a los Montini. Han de renovar la p&#243;liza del seguro y vengo a preguntar si desean hacer alguna modificaci&#243;n.

No est&#225;n -dijo la mujer buscando las llaves en un bolso enorme-. Se han ido a la monta&#241;a. Lo mismo que los Gaspari, pero ellos est&#225;n en Jesolo.

Abandonando su intento de encontrar las llaves por la vista o el tacto, agit&#243; el bolso, para localizarlas por el o&#237;do. El sistema dio resultado y la mujer sac&#243; un manojo de llaves que abultaba tanto como su mano.

Mire, aqu&#237; est&#225;n -dijo poniendo las llaves delante de los ojos de Brunetti-. Me las dejan para que entre a regar las plantas y vigile la casa. -Miraba fijamente a Brunetti, con unos ojos azul p&#225;lido en una cara redonda, surcada por una red de finas arruguitas-. &#191;Tiene usted hijos, signore?

S&#237; -respondi&#243; &#233;l inmediatamente.

&#191;C&#243;mo se llaman y cu&#225;ntos a&#241;os tienen?

Raffaele, diecis&#233;is y Chiara, trece, signora.

Muy bien -dijo la anciana como si &#233;l acabara de aprobar un examen-. Es usted joven y fuerte. &#191;Podr&#237;a subirme este carro al tercer piso? Si no, voy a tener que hacer por lo menos tres viajes para subirlo todo. Mi hijo y su familia vienen ma&#241;ana a comer, y he tenido que comprar mucho.

Encantado de ayudarla, signora -dijo &#233;l agach&#225;ndose para levantar el carro, que pesaba por lo menos quince kilos-. &#191;Son muchos de familia?

Mi hijo, mi nuera y sus hijos. Dos de ellos traen a mis biznietos, por lo que seremos pues diez personas.

La mujer abri&#243; la puerta de la calle y la sostuvo para que entraran Brunetti y el carro. Luego puls&#243; el interruptor de la luz y empez&#243; a subir las escaleras delante del comisario.

No se va usted a creer lo que me han cobrado por los melocotones. Mediados de agosto y todav&#237;a a tres mil liras el kilo. Pero los he comprado de todos modos; a Marco le gusta tomarlos con vino tinto. Antes del almuerzo los corta y los deja en remojo, para el postre. Y de pescado yo quer&#237;a un rombo, pero estaba muy caro. Como a todos les gusta el bosega hervido, eso he comprado, aunque a diez mil liras el kilo. Tres pescados, casi cuarenta mil liras. -Se par&#243; en el primer rellano, frente a la puerta del Banco de Verona y mir&#243; a Brunetti-. Cuando yo era joven, el bosega lo d&#225;bamos al gato, y ahora tengo que pagarlo a diez mil liras el kilo.

Dio media vuelta y sigui&#243; subiendo.

Lo lleva agarrado del asa, supongo.

S&#237;, signora.

Bien, es que hay un kilo de higos encima de todo, y no quiero que se aplasten.

Est&#225;n perfectamente, signora.

He comprado prosciutto en Casa del Parmigiana para comerlo con los higos. Conozco a Giuliano desde que era ni&#241;o. Tiene el mejor prosciutto de Venecia, &#191;verdad?

Mi esposa siempre lo compra all&#237;.

Cuesta lira di dio, pero vale la pena.

Desde luego.

Llegaron arriba. La mujer llevaba las llaves en la mano, por lo que no tuvo que volver a buscar. Abri&#243; la &#250;nica cerradura y empuj&#243; la puerta, haciendo pasar a Brunetti a un gran apartamento con cuatro altas ventanas, ahora cerradas hasta con las persianas, que daban al campo.

La mujer lo llev&#243; por la sala, una habitaci&#243;n que a &#233;l se le antoj&#243; familiar, con sus grandes butacas, el sof&#225; de crin vegetal de los que ara&#241;an, altas c&#243;modas marr&#243;n oscuro con bomboneras de plata encima, entre un surtido de fotos en marco tambi&#233;n de plata y suelo de mosaico veneciano que reluc&#237;a incluso con tan poca luz. Hubiera podido ser la casa de sus abuelos.

Id&#233;ntica impresi&#243;n le produjo la cocina: fregadero de piedra, una gran caldera de agua caliente en un rinc&#243;n y una mesa de m&#225;rmol. Inmediatamente, imagin&#243; a la mujer extendiendo la pasta con el rodillo o planchando la ropa en aquella superficie.

D&#233;jelo usted ah&#237;, al lado de la puerta -dijo ella-. &#191;Quiere un vaso de algo?

Le agradecer&#237;a un poco de agua, signora.

Tal como &#233;l esperaba, la mujer baj&#243; una bandejita de plata de un armario alto, coloc&#243; un tapetito de encaje en el centro y una copa de cristal de Murano encima. Sac&#243; de la nevera una botella de agua mineral y llen&#243; el vaso.

Grazie infinite -dijo &#233;l antes de beber. Dej&#243; la copa cuidadosamente en el centro del tapetito y rehus&#243; su ofrecimiento de m&#225;s agua-. &#191;Quiere que la ayude a sacar las cosas, signora?.

No, yo s&#233; d&#243;nde est&#225; cada cosa y d&#243;nde tengo que ponerlo. Ha sido muy amable joven. &#191;C&#243;mo se llama?

Brunetti, Guido.

&#191;Y hace seguros?

S&#237;, signora.

Bien, muchas gracias -dijo ella dejando la copa en el fregadero e inclin&#225;ndose sobre el carrito.

Brunetti, consciente de su verdadera profesi&#243;n, le pregunt&#243;:

Signora, &#191;suele dejar entrar en su casa a los desconocidos?

No; no soy tan tonta. No dejo entrar a cualquiera -respondi&#243; ella-. Antes siempre procuro enterarme de si tienen hijos. Y, desde luego, han de ser venecianos.

Desde luego. Si bien se miraba, probablemente, su sistema era mejor que un detector de mentiras o un control de seguridad.

Gracias por el agua, signora. No se moleste en acompa&#241;arme, yo cerrar&#233; la puerta.

Gracias -dijo ella buscando los higos en el carrito.

El comisario baj&#243; los dos primeros tramos y se par&#243; en el rellano de encima del Banco de Verona. No se o&#237;a nada m&#225;s que alguna que otra voz que sub&#237;a del campo. Mir&#243; el reloj a la luz que entraba por las peque&#241;as ventanas de la escalera. Poco m&#225;s de la una. Permaneci&#243; all&#237; durante otros diez minutos sin o&#237;r m&#225;s que sonidos aislados del campo.

Baj&#243; las escaleras despacio y se qued&#243; delante de la puerta del banco. Sinti&#233;ndose bastante rid&#237;culo, agach&#243; la cabeza y arrim&#243; el ojo a la ranura horizontal de la cerradura de la porta blindata. Al otro lado distingui&#243; un ligero resplandor, como si hubieran olvidado apagar una luz cuando cerraron las persianas el viernes por la tarde. O como si alguien estuviera trabajando este s&#225;bado por la tarde.

Volvi&#243; a subir y se apoy&#243; en la pared. Al cabo de unos diez minutos sac&#243; el pa&#241;uelo y lo extendi&#243; sobre el segundo pelda&#241;o del siguiente tramo, se levant&#243; el pantal&#243;n y se sent&#243;. Inclinando el cuerpo hacia adelante, apoy&#243; los codos en las rodillas y el ment&#243;n en los pu&#241;os. Al cabo de lo que le pareci&#243; mucho rato, se levant&#243;, acerc&#243; el pa&#241;uelo a la pared y volvi&#243; a sentarse, ahora, apoyado en la pared. No circulaba ni un soplo de aire, no hab&#237;a comido nada en todo el d&#237;a y el calor le asfixiaba. Mir&#243; el reloj, eran poco m&#225;s de las dos. Decidi&#243; quedarse hasta las tres y ni un minuto m&#225;s.

A las cuatro menos veinte, todav&#237;a en su puesto y ahora con el prop&#243;sito de marcharse a las cuatro, oy&#243; un golpe seco en el piso de abajo. Se puso de pie y subi&#243; al segundo escal&#243;n. Oy&#243; que debajo de &#233;l se abr&#237;a una puerta, y se qued&#243; quieto. La puerta se cerr&#243;, una llave gir&#243; en la cerradura y en la escalera sonaron pasos. Brunetti asom&#243; la cabeza y vio alejarse una figura. A aquella luz, s&#243;lo distingui&#243; a un hombre alto con traje oscuro y una cartera en la mano, pelo negro y, en la nuca, la fina franja de una camisa blanca. El hombre se puso de perfil al empezar a bajar el siguiente tramo, pero en aquella penumbra no se distingu&#237;an sus facciones. Brunetti bajaba silenciosamente tras &#233;l. Al pasar por la puerta del banco mir&#243; por el ojo de la cerradura, y vio que dentro estaba oscuro.

Abajo, se abri&#243; y se cerr&#243; la puerta de la calle, y Brunetti baj&#243; corriendo las escaleras restantes. Se par&#243; en la puerta, la abri&#243; r&#225;pidamente y sali&#243; al campo. El sol lo deslumbr&#243; un momento y se cubri&#243; los ojos con la mano. Cuando la retir&#243;, recorri&#243; el campo con la mirada, pero s&#243;lo se ve&#237;a a gente con ropa deportiva de colores pastel o camisa blanca. Fue hasta la esquina de la calle della Bissa, y no vio en ella a ning&#250;n hombre con traje oscuro. Cruz&#243; corriendo el campo y mir&#243; por la estrecha calle que conduc&#237;a al primer puente. Tampoco all&#237; se ve&#237;a al hombre. Hab&#237;a por lo menos otras cinco calli que part&#237;an del campo, y Brunetti comprendi&#243; que, si las inspeccionaba todas, pod&#237;a perder al hombre. Decidi&#243; mirar directamente en el embarcadero de Rialto, por si tomaba un barco. Sorteando a unos y empujando a otros, corri&#243; hasta el borde del agua y subi&#243; hacia el embarcadero del 82. Lleg&#243; en el momento en que sal&#237;a un barco en direcci&#243;n a San Marcuola y la estaci&#243;n del ferrocarril.

Abri&#233;ndose paso entre un grupo de turistas japoneses, lleg&#243; al borde del canal. Cuando el barco pas&#243; frente a &#233;l, mir&#243; a los pasajeros que lo llenaban, tanto a los que iban de pie en la cubierta como a los que viajaban sentados dentro. Casi todos los hombres iban en mangas de camisa. Por fin, en el lado opuesto de la cubierta, descubri&#243; a una figura con traje oscuro y camisa blanca. El hombre acababa de encender un cigarrillo y se volvi&#243; para arrojar el f&#243;sforo al canal. La espalda parec&#237;a la misma, pero Brunetti comprend&#237;a que no pod&#237;a tener la certeza absoluta. Cuando el hombre se volvi&#243;, Brunetti mir&#243; fijamente su perfil, tratando de grabarlo en la memoria, hasta que lo perdi&#243; de vista, cuando el barco pas&#243; bajo el puente de Rialto.



14

Brunetti hizo lo que hace todo hombre sensato que se siente deca&#237;do: se fue a casa y llam&#243; a su mujer. En la habitaci&#243;n de Paola, Chiara contest&#243; al tel&#233;fono.

Oh, ciao, pap&#224;, c&#243;mo me hubiera gustado que estuvieras en el tren. Hemos estado parados m&#225;s de dos horas a la entrada de Vicenza. Nadie sab&#237;a por qu&#233;, hasta que el revisor nos ha dicho que una mujer se hab&#237;a arrojado a la v&#237;a entre Vicenza y Verona, y que por eso hab&#237;a que esperar. Supongo que tendr&#237;an que limpiarlo, &#191;verdad? Cuando por fin hemos arrancado, he estado mirando por la ventanilla hasta Verona, pero no he visto nada. &#191;Crees que eso se limpia tan pronto?

Supongo, cara. &#191;Est&#225; tu madre?

S&#237;, pap&#225;. Pero quiz&#225; el cisco estaba en el otro lado de la v&#237;a, &#191;no?

Quiz&#225;. Chiara, &#191;me dejas hablar con tu mamma?

Claro que s&#237;, est&#225; aqu&#237;. &#191;Por qu&#233; crees t&#250; que una persona se tira debajo de un tren?

A lo mejor porque no le dejan hablar con quien ella quiere.

Oh, pap&#225;, qu&#233; tonto. Ahora se pone.

&#191;Tonto? &#191;Tonto? &#201;l cre&#237;a estar hablando completamente en serio.

Ciao, Guido -dijo Paola-. &#191;Has o&#237;do? Tenemos una hija muy truculenta.

&#191;Cu&#225;ndo hab&#233;is llegado?

Hace media hora. Hemos tenido que comer en el tren. Un asco. &#191;Qu&#233; has hecho t&#250;? &#191;Has encontrado la insalata di calamari?

No; acabo de llegar.

&#191;De Mestre? &#191;Has comido?

No; ten&#237;a cosas que hacer.

Est&#225; bien, hay insalata di calamari en el frigor&#237;fico. C&#243;metela hoy o ma&#241;ana, porque no aguantar&#225; mucho con este calor. -Se oy&#243; al fondo la voz de Chiara, y Paola pregunt&#243;-: &#191;Vendr&#225;s ma&#241;ana?

No puedo. Hemos identificado el cad&#225;ver.

&#191;Qui&#233;n era?

Mascari, Leonardo. Director de la Banca di Verona en Venecia. &#191;Lo conoc&#237;as?

No. &#191;Era veneciano?

Creo que s&#237;. Su mujer lo es.

Volvi&#243; a o&#237;rse la voz de Chiara, ahora con insistencia. Luego Paola dijo:

Perdona, Guido. Chiara se va de paseo y no encontraba el jersey.

Esta sola palabra hizo a Brunetti m&#225;s consciente del calor que permanec&#237;a estancado entre las paredes del apartamento, a pesar de estar abiertas todas las ventanas.

Paola, &#191;tienes el n&#250;mero de Padovani? No viene en la gu&#237;a. -Sab&#237;a que ella no le preguntar&#237;a por qu&#233; quer&#237;a el n&#250;mero, y explic&#243;-: Me parece la &#250;nica persona que podr&#237;a contestar unas preguntas sobre el mundo gay de esta ciudad.

Lleva a&#241;os viviendo en Roma, Guido.

Ya lo s&#233;, Paola, pero viene cada dos o tres meses, para hacer sus rese&#241;as de las exposiciones de arte, y su familia a&#250;n vive aqu&#237;.

Bien, quiz&#225; s&#237; -dijo ella, consiguiendo dar la impresi&#243;n de que no la convenc&#237;a-. Un segundo, voy a buscar la agenda. -Tard&#243; el tiempo suficiente como para convencer a Guido de que la agenda estaba en otra habitaci&#243;n y hasta, quiz&#225;, en otro edificio. Por fin volvi&#243;-: Guido, es el cinco veintid&#243;s, cuarenta y cuatro, cero cuatro. Creo que a&#250;n est&#225; a nombre del antiguo propietario de la casa. Si hablas con &#233;l, sal&#250;dale de mi parte.

De acuerdo. &#191;D&#243;nde est&#225; Raffi?

Oh, en cuanto dejamos las maletas, ha desaparecido. No espero verlo antes de la cena.

Dale un beso de mi parte. Te llamar&#233; durante la semana.

Con mutuas promesas de llamadas y otra recomendaci&#243;n sobre la insalata di calamari, se despidieron, y Brunetti pens&#243; que era muy extra&#241;o que un hombre estuviera una semana fuera de casa sin llamar a su mujer. Quiz&#225; si no ten&#237;an hijos era diferente, aunque le parec&#237;a que no.

Marc&#243; el n&#250;mero de Padovani y, como ven&#237;a ocurriendo en Italia cada vez con m&#225;s frecuencia, un voz grabada le dijo que el professore Padovani no pod&#237;a atenderle en este momento y que lo llamar&#237;a lo antes posible. Brunetti dej&#243; un mensaje en el que rogaba al professore Padovani que lo llamara, y colg&#243;.

Fue a la cocina y sac&#243; del frigor&#237;fico la famosa insalata. Retir&#243; la l&#225;mina de pl&#225;stico que la cubr&#237;a y tom&#243; con los dedos un trozo de calamar. Mientras masticaba, extrajo del frigor&#237;fico una botella de soave y se sirvi&#243; una copa. Con el vino en una mano y la insalata en la otra, sali&#243; a la terraza y dej&#243; ambas cosas en la mesita de cristal. Entonces se acord&#243; del pan y volvi&#243; a la cocina en busca de un panino. Una vez all&#237;, se sinti&#243; civilizado, y sac&#243; un tenedor del caj&#243;n de arriba.

De vuelta en la terraza, parti&#243; pan, puso un trozo de calamar encima y se lo meti&#243; en la boca. Desde luego, los bancos tambi&#233;n tienen cosas que hacer el s&#225;bado: el dinero no descansa, y quien estuviera trabajando durante el fin de semana no querr&#237;a perder tiempo hablando por tel&#233;fono, dir&#237;a que se hab&#237;an equivocado de n&#250;mero y no volver&#237;a a contestar. Para no interrumpir el trabajo.

La ensalada ten&#237;a demasiado apio para su gusto, y apart&#243; con el tenedor varios dados hacia el borde del bol. Se sirvi&#243; m&#225;s vino y se puso a pensar en la Biblia. Si mal no recordaba, en el Evangelio seg&#250;n san Marcos, hab&#237;a un pasaje que relataba la desaparici&#243;n de Jes&#250;s durante el regreso a Nazareth, del primer viaje que hizo con sus padres a Jerusal&#233;n. Mar&#237;a cre&#237;a que iba con Jos&#233; y los dem&#225;s hombres y este santo var&#243;n pensaba que Jes&#250;s hac&#237;a el viaje con su madre y las mujeres. No descubrieron su desaparici&#243;n hasta que la caravana acamp&#243; para pasar la noche, y result&#243; que Jes&#250;s hab&#237;a vuelto a Jerusal&#233;n y estaba ense&#241;ando en el Templo. El Banco de Verona cre&#237;a que Mascari estaba en Mesina y la oficina de Mesina deb&#237;a de creer que estaba en otro sitio, o hubieran preguntado por &#233;l.

Brunetti entr&#243; en la sala y vio un cuaderno de Chiara encima de la mesa, entre un pu&#241;ado de bol&#237;grafos y l&#225;pices. Abri&#243; la libreta, vio que estaba por estrenar y, como le gust&#243; el dibujo de Mickey Mouse que ten&#237;a en la tapa, se la llev&#243; a la terraza, junto con un bol&#237;grafo.

Empez&#243; a escribir la lista de lo que hab&#237;a que hacer el lunes por la ma&#241;ana. Llamar al Banco de Verona, para averiguar adonde ten&#237;a que ir Mascari y luego ponerse en contacto con el otro banco para descubrir qu&#233; excusa se les hab&#237;a dado para explicar su no comparecencia. Indagar por qu&#233; no se hab&#237;a progresado en la investigaci&#243;n de la procedencia de los zapatos y el vestido. Empezar a escarbar en el pasado de Mascari, tanto personal como financiero. Y repasar el informe de la autopsia, por si se mencionaba el afeitado de las piernas. Tambi&#233;n, enterarse de qu&#233; hab&#237;a podido descubrir Vianello acerca de la liga y del avvocato Santomauro.

Oy&#243; sonar el tel&#233;fono y, con la esperanza de que fuera Paola, aun comprendiendo que no pod&#237;a ser ella, entr&#243; para contestar.

Ciao, Guido. Damiano. He encontrado tu mensaje.

Professore? -pregunt&#243; Brunetti.

Bah, eso -respondi&#243; el periodista, con indolencia-. Me sonaba bien, y estoy prob&#225;ndolo en el contestador esta semana. &#191;Qu&#233;? &#191;No te gusta?

Claro que me gusta -respondi&#243; Brunetti sin pensar-. Suena muy bien. Pero, &#191;de qu&#233; eres profesor?

En el extremo de la l&#237;nea de Padovani se instal&#243; un largo silencio.

Hace tiempo, en los a&#241;os setenta, di clases de pintura en un colegio de ni&#241;as. &#191;Te parece que eso cuenta?

Supongo -admiti&#243; Brunetti.

Bien, de todos modos, quiz&#225; ya sea hora de cambiar el mensaje. &#191;C&#243;mo crees que sonar&#237;a commendatore?. &#191;Commendatore Padovani? Me gusta, s&#237;. &#191;Cambio el mensaje y vuelves a llamar?

No, Damiano, no te molestes. Yo quer&#237;a hablar de otra cosa.

Me alegro. Tardo una eternidad en cambiar el mensaje, con tantos botones. La primera vez me arm&#233; un l&#237;o y quedaron grabados todos los tacos que solt&#233; a la m&#225;quina. Pas&#243; una semana y, como no hab&#237;a tenido ning&#250;n mensaje, pens&#233; que quiz&#225; el chisme no funcionaba y llam&#233; a mi n&#250;mero desde una cabina. Qu&#233; esc&#225;ndalo, menudo lenguaje ten&#237;a la m&#225;quina. Vine corriendo y cambi&#233; el mensaje inmediatamente. Pero todav&#237;a no me aclaro. &#191;Seguro que no quieres volver a llamarme dentro de veinte minutos?

No, Damiano, mejor otro d&#237;a. &#191;Est&#225;s libre ahora?

Para ti, Guido, como dijo un poeta ingl&#233;s en un contexto completamente diferente, estoy franco como el camino y libre como el viento.

Brunetti comprendi&#243; que Padovani esperaba que le preguntara qui&#233;n era el poeta, pero se abstuvo.

Se trata de algo que puede requerir mucho tiempo. &#191;Quieres que cenemos juntos?

&#191;Y Paola?

Se ha ido a las monta&#241;as con los ni&#241;os.

Padovani guard&#243; silencio, y Brunetti comprendi&#243; que su interlocutor empezaba a hacer especulaciones acerca de esta separaci&#243;n.

Se me ha presentado un caso de asesinato, y hace meses que hab&#237;amos reservado el hotel, as&#237; que Paola y los ni&#241;os se han ido a Bolzano. Si resuelvo el caso pronto, me reunir&#233; con ellos. Por eso te llamo. Quiz&#225; puedas ayudarme.

&#191;En un caso de asesinato? Oh, qu&#233; emoci&#243;n. Desde lo del sida, apenas tengo contacto con la clase criminal.

&#191;Ah, s&#237;? -dijo Brunetti, sin saber muy bien qu&#233; responder a eso-. &#191;Cenamos por ah&#237;? Donde t&#250; digas.

Padovani reflexion&#243; un momento y dijo:

Guido, ma&#241;ana regreso a Roma y tengo la casa llena de comida. &#191;Por qu&#233; no vienes y me ayudas a terminarla? Nada complicado, pasta y lo que encuentre por ah&#237;.

Magn&#237;fico. Dime d&#243;nde vives.

En Dorsoduro. &#191;Conoces el ramo Dietro gl'Incurabili?

Era un peque&#241;o campo con una fuente, situado detr&#225;s del Zattere.

S&#237;.

De espaldas a la fuente, mirando al peque&#241;o canal, la primera puerta de la derecha.

Con estas indicaciones, un veneciano encontrar&#237;a la casa m&#225;s f&#225;cilmente que con el nombre de la calle y el n&#250;mero.

Bien. &#191;A qu&#233; hora?

A las ocho.

&#191;Qu&#233; quieres que lleve?

Absolutamente nada. Si trajeras algo tendr&#237;amos que com&#233;rnoslo y con lo que tengo en casa podr&#237;a alimentar a un equipo de f&#250;tbol. Nada. Por favor.

De acuerdo. Hasta las ocho. Y gracias, Damiano.

Encantado. &#191;Sobre qu&#233; quieres preguntar? &#191;O deber&#237;a decir sobre qui&#233;n? Si me adelantas algo, podr&#237;a empezar a hacer memoria. O incluso alguna llamada telef&#243;nica.

Sobre dos hombres. Leonardo Mascari

No lo conozco -ataj&#243; Padovani.

 y Giancarlo Santomauro.

Padovani silb&#243;.

As&#237; que por fin os hab&#233;is topado con el insigne avvocato, &#191;eh?

Hasta las ocho.

C&#243;mo te gusta tener en vilo a la gente -dijo Padovani entre risas, y colg&#243;.

A las ocho en punto, Brunetti, duchado y afeitado y con una botella de Barbera debajo del brazo, toc&#243; el timbre de la casa situada a la derecha de la fuente del ramo Dietro gl'Incurabili. La fachada de la casa, que ten&#237;a un solo timbre y, por consiguiente, representaba el mayor de los lujos -un edificio aislado, propiedad de una sola persona-, estaba cubierta de jazmines que ascend&#237;an de dos tiestos de barro cocido situados a cada lado de la entrada. Padovani abri&#243; la puerta casi al momento y tendi&#243; la mano a Brunetti. Su apret&#243;n era en&#233;rgico y cordial. Sin soltar a su visitante, lo atrajo al interior.

Qu&#237;tate del calor. Debo de estar loco para volver a Roma con esta temperatura, pero all&#237; por lo menos tengo un apartamento climatizado.

Solt&#243; la mano de Brunetti y retrocedi&#243; un paso. Como suelen hacer dos personas que llevan mucho tiempo sin verse, se examinaban el uno al otro con disimulo, para descubrir posibles cambios. &#191;M&#225;s grueso, m&#225;s delgado, m&#225;s canoso, m&#225;s viejo?

Brunetti, despu&#233;s de convencerse de que Padovani conservaba el aspecto del gorila que, desde luego, no era, mir&#243; en derredor. Se encontraba en un espacio cuadrado, de dos pisos de altura, cubierto por un tejado con claraboyas. Una escalera de madera ascend&#237;a a una galer&#237;a situada a media altura, que recorr&#237;a las cuatro paredes del cuadril&#225;tero, abierta en tres lados y cerrada en el cuarto, que deb&#237;a de contener el dormitorio.

&#191;Qu&#233; era esto? &#191;Una carpinter&#237;a de ribera? -pregunt&#243; Brunetti, recordando el peque&#241;o canal que discurr&#237;a frente a la puerta. Ser&#237;a f&#225;cil izar hasta aqu&#237; las barcas que trajeran a reparar.

Premio. Cuando lo compr&#233;, aqu&#237; dentro a&#250;n se trabajaba, y el tejado ten&#237;a unos boquetes del tama&#241;o de sand&#237;as.

&#191;Cu&#225;nto hace que lo tienes? -pregunt&#243; Brunetti mientras hac&#237;a un c&#225;lculo aproximado del trabajo y el dinero invertidos en el local, para darle el aspecto que ahora ten&#237;a.

Ocho a&#241;os.

Has hecho muchas cosas. Y es una suerte no tener vecinos. -Brunetti le tendi&#243; la botella envuelta en papel de seda.

Te dije que no trajeras nada.

Esto no se estropea -dijo Brunetti con una sonrisa.

Gracias, pero no ten&#237;as que traerlo -insisti&#243; Padovani, aunque sab&#237;a que era tan inconcebible que un invitado se presentara con las manos vac&#237;as como que un anfitri&#243;n le sirviera ortigas-. Est&#225;s en tu casa, ponte c&#243;modo mientras yo doy los &#250;ltimos toques a la cena -dijo Padovani, yendo hacia una puerta de vidrios de colores detr&#225;s de la que se adivinaba la cocina-. He puesto hielo en la cubitera, por si te apetece beber algo.

Desapareci&#243; por la puerta, y Brunetti oy&#243; los sonidos dom&#233;sticos de tintineo de cacharros y agua que corr&#237;a. Al bajar la mirada vio que el suelo era de parqu&#233; de roble oscuro y que delante de la chimenea hab&#237;a una zona chamuscada que formaba un semic&#237;rculo, y le irrit&#243; ser incapaz de decidir si aprobaba que la comodidad primara sobre la seguridad o le molestaba que se destrozara una superficie tan bella. Sobre una larga viga empotrada en el yeso encima de la chimenea, a modo de repisa, danzaba un colorista desfile de figuritas de cer&#225;mica de la Commedia dell'Arte. Dos de las paredes estaban cubiertas de cuadros, que parec&#237;an haber sido colgados all&#237; al azar, sin seguir un orden de estilos ni escuelas, para que se disputaran la mirada del observador. Lo re&#241;ido de la competencia era prueba del gusto con que hab&#237;an sido escogidos. Vio un Guttoso, pintor que nunca le hab&#237;a gustado, y un Morandi, a quien admiraba. Tres Ferruzzis daban alegre testimonio de las bellezas de la ciudad. Un poco a la izquierda de la chimenea, una Madonna, claramente florentina y, con toda probabilidad, del siglo xv, contemplaba con arrobo a otro Ni&#241;o muy poco agraciado. Una de las aficiones secretas que Paola y Brunetti cultivaban desde hac&#237;a d&#233;cadas era la b&#250;squeda del Ni&#241;o Jes&#250;s m&#225;s fe&#250;cho de todo el arte occidental. En este momento, ostentaba el t&#237;tulo un Jesusito especialmente bilioso de la sala 13 de la Pinacoteca di Siena. Aunque este que ahora ten&#237;a delante tampoco era un querube, no pod&#237;a competir con el de Siena. En una de las paredes hab&#237;a un largo estante de madera tallada que en tiempos debi&#243; de formar parte de un armario y ahora serv&#237;a de soporte a una hilera de cuencos de cer&#225;mica de colores vivos cuyos sim&#233;tricos dibujos y volutas caligr&#225;ficas denotaban claramente su procedencia isl&#225;mica.

Se abri&#243; la puerta y entr&#243; Padovani.

&#191;No quieres un trago?

No; si acaso, un poco de vino. No me gusta beber con este calor.

Comprendo. Hac&#237;a tres a&#241;os que no ven&#237;a a Venecia en verano, y hab&#237;a olvidado lo que es esto. Hay noches, cuando baja la marea y estoy al otro lado del canal, en las que me dan ganas de vomitar, del olor.

&#191;Es que hasta aqu&#237; no llega? -pregunt&#243; Brunetti.

No; el canale de la Giudecca debe de ser m&#225;s hondo, o m&#225;s r&#225;pido, o no s&#233; por qu&#233;, lo cierto es que aqu&#237; no se nota el olor. Por lo menos, de momento. Como contin&#250;en dragando los canales para que puedan pasar los buques cisterna, sabe Dios lo que ser&#225; de la laguna.

Mientras hablaba, Padovani se acerc&#243; a la larga mesa de madera puesta para dos y sirvi&#243; dos copas de dolcetto de una botella que ya estaba abierta.

Hay gente que piensa que una gran inundaci&#243;n o un desastre natural acabar&#225; con la ciudad. Yo creo que el fin ser&#225; mucho m&#225;s sencillo -dijo Padovani volviendo junto a Brunetti y d&#225;ndole una de las copas.

&#191;Y cu&#225;l ser&#225;? -pregunt&#243; Brunetti saboreando el vino con agrado.

Yo creo que hemos matado los mares y que es s&#243;lo cuesti&#243;n de tiempo que empiecen a oler mal. Y como la laguna no es m&#225;s que un colgajo del Adri&#225;tico que, a su vez, es un colgajo del Mediterr&#225;neo que en fin, ya me entiendes. Creo que el agua, sencillamente, morir&#225; y entonces nos veremos obligados a abandonar la ciudad o a rellenar los canales, y en este caso ya no tendr&#225; ning&#250;n sentido seguir viviendo aqu&#237;.

Era una teor&#237;a nueva y, desde luego, no menos siniestra que muchas de las que hab&#237;a o&#237;do y muchas de las que &#233;l mismo cre&#237;a a medias. Todo el mundo hablaba a todas horas de la inminente destrucci&#243;n de la ciudad y, no obstante, el precio de los apartamentos se duplicaba en poco tiempo y los alquileres segu&#237;an subiendo por encima de las posibilidades del ciudadano medio. Los venecianos no hab&#237;an dejado de comprar y vender casas durante las varias Cruzadas, pestes y ocupaciones de ej&#233;rcitos enemigos, por lo que se pod&#237;a apostar a que seguir&#237;an comprando y vendiendo durante cualquier hecatombe ecol&#243;gica que pudiera depararles el futuro.

Todo est&#225; preparado -dijo Padovani, sent&#225;ndose en una de las mullidas butacas-. No queda m&#225;s que echar la pasta. &#191;Por qu&#233; no me das una idea de lo que quieres, para que tenga algo en qu&#233; pensar mientras remuevo la olla?

Brunetti se instal&#243; en el sof&#225;, frente a su anfitri&#243;n. Tom&#243; otro sorbo de vino y, eligiendo bien las palabras, dijo:

Tengo razones para creer que Santomauro est&#225; involucrado con un travesti que vive y, aparentemente, trabaja en Mestre.

&#191;Involucrado c&#243;mo? -pregunt&#243; Padovani con voz incolora.

Sexualmente -dijo Brunetti con sencillez-. Pero &#233;l asegura ser su abogado.

Lo uno no excluye necesariamente lo otro.

No, desde luego. Pero desde que lo encontr&#233; en compa&#241;&#237;a de este joven ha tratado de impedirme que lo investigue.

&#191;Que investigues a qui&#233;n?

Al joven.

Ya -dijo Padovani, tomando un sorbo de vino-. &#191;Algo m&#225;s?

El otro nombre que te di, Leonardo Mascari, es el del hombre que apareci&#243; el lunes en las afueras de Mestre.

&#191;El travesti?

Eso parece.

&#191;Y qu&#233; relaci&#243;n hay?

El joven, el cliente de Santomauro, neg&#243; conocer a Mascari. Pero lo conoc&#237;a.

&#191;C&#243;mo lo sabes?

En esto tendr&#225;s que fiarte de mi instinto, Damiano. Lo s&#233;. He visto muchas veces esa reacci&#243;n como para no darme cuenta. Reconoci&#243; al hombre de la foto y quiso disimular.

&#191;C&#243;mo se llama el joven? -pregunt&#243; Padovani.

Eso no puedo decirlo.

Se hizo el silencio.

Guido -dijo Padovani al fin inclin&#225;ndose hacia adelante-. Conozco a varios de esos chicos de Mestre. Antes conoc&#237;a a muchos m&#225;s. Si he de actuar de asesor gay en este asunto -lo dijo sin iron&#237;a ni amargura-, tengo que saber el nombre. Puedes estar seguro de que no he de contar a nadie lo que me digas, pero no puedo atar cabos si no s&#233; el nombre. -Brunetti no dec&#237;a nada-. Guido, has llamado t&#250;, no yo. -Se levant&#243;-. Voy a echar la pasta. &#191;Quince minutos?

Mientras esperaba que Padovani volviera de la cocina, Brunetti miraba los libros que llenaban una de las paredes. Sac&#243; uno de arqueolog&#237;a china, se lo llev&#243; al sof&#225; y estuvo hoje&#225;ndolo hasta que oy&#243; abrirse la puerta y vio a Padovani entrar en la habitaci&#243;n.

A tavola, tutti a tavola. Mangiamo -grit&#243; el anfitri&#243;n. Brunetti dej&#243; el libro y fue hacia la mesa-. T&#250; ah&#237;, a la izquierda. -Dej&#243; el bol y empez&#243; a amontonar pasta en el plato que Brunetti ten&#237;a delante.

Brunetti, con la mirada baja, esper&#243; a que Padovani se sirviera a su vez y empez&#243; a comer. Tomate, cebolla, dados de pancetta y un poco de pepperoncino aderezaban generosamente los penne rigate, su pasta seca preferida.

Est&#225; bueno -dijo Brunetti con sinceridad-. Me gusta el pepperoncino.

Me alegro; nunca s&#233; si la gente lo encontrar&#225; demasiado picante.

No; est&#225; en su punto -dictamin&#243; Brunetti, y sigui&#243; comiendo. Cuando Padovani le serv&#237;a la segunda raci&#243;n, dijo-: Se llama Francesco Crespo.

Deb&#237; figur&#225;rmelo -dijo Padovani con un suspiro de cansancio. Luego, con mucho m&#225;s inter&#233;s, pregunt&#243;-: &#191;Seguro que no tiene demasiado pepperoncino?

Brunetti neg&#243; con la cabeza, termin&#243; lo que ten&#237;a en el plato y luego lo protegi&#243; con las manos, al ver que Padovani hac&#237;a adem&#225;n de agarrar otra vez el cuchar&#243;n.

Anda, hombre, que casi no hay nada m&#225;s -insisti&#243; Padovani.

No, Damiano, en serio.

All&#225; t&#250;, pero que Paola no me eche la culpa, si te mueres de hambre mientras est&#225; fuera.

Puso los dos platos dentro de la fuente y los llev&#243; a la cocina.

A&#250;n har&#237;a otros dos viajes antes de volver a sentarse. En el primero sac&#243; un peque&#241;o asado de pechuga de pavo picada envuelta en pancetta y rodeada de patatas y, en el segundo, un plato de pimientos asados ba&#241;ados en aceite de oliva y una gran ensalada variada.

No hay nada m&#225;s -dijo sent&#225;ndose, y Brunetti supuso que su amigo pretend&#237;a que lo interpretara como una disculpa.

Brunetti se sirvi&#243; asado y patatas y empez&#243; a comer.

Padovani llen&#243; las copas y se sirvi&#243; pavo a su vez.

Crespo, si mal no recuerdo, procede de Mantua. Har&#225; unos cuatro a&#241;os fue a Padua a estudiar farmacia. Pero pronto descubri&#243; que, si segu&#237;a sus inclinaciones naturales, la vida pod&#237;a ser mucho m&#225;s interesante, y se hizo chapero, y entonces comprendi&#243; que era preferible buscarse a un hombre mayor que lo mantuviera. Lo de siempre: apartamento, coche, dinero para ropa y, a cambio, lo &#250;nico que &#233;l ten&#237;a que hacer era estar disponible cuando el que pagaba las facturas pod&#237;a escapar del banco, de la reuni&#243;n del consejo o de la esposa. Creo que entonces ten&#237;a s&#243;lo dieciocho a&#241;os. Y era muy guapo. -Padovani se qued&#243; con el tenedor en el aire-. Me recordaba al Baco de Caravaggio: bello pero avispado y casi perverso.

Padovani ofreci&#243; los pimientos a Brunetti y luego se sirvi&#243;.

Lo &#250;ltimo que he sabido de &#233;l de primera mano es que estaba liado con un contable de Treviso. Pero Franco no era capaz de ser fiel, y el contable lo ech&#243; a patadas. Le dio una paliza, seg&#250;n creo, y lo ech&#243;. No s&#233; cu&#225;ndo empez&#243; con lo del travestismo, esto nunca me ha interesado ni lo m&#225;s m&#237;nimo. Y es que no lo entiendo. Si lo que quieres es una mujer, b&#250;scate a una mujer.

Quiz&#225; sea la forma de enga&#241;arse a uno mismo, de simular que se cree estar con una mujer -apunt&#243; Brunetti, utilizando la teor&#237;a de Paola, que ahora le parec&#237;a l&#243;gica.

Quiz&#225;. Pero es triste, &#191;no? -Padovani apart&#243; el plato hacia un lado y se apoy&#243; en el respaldo de la silla-. Quiero decir que continuamente estamos enga&#241;&#225;ndonos a nosotros mismos sobre si amamos a una persona, o por qu&#233; la amamos, o por qu&#233; mentimos. Pero por lo menos con nosotros mismos tendr&#237;amos que ser francos acerca de con qui&#233;n queremos acostarnos. Es lo menos que se puede pedir. -Se acerc&#243; la ensalada, la espolvore&#243; de sal, la roci&#243; generosamente de aceite y le agreg&#243; un buen chorro de vinagre. Brunetti le dio su plato y recibi&#243; a cambio otro limpio para la ensalada. Padovani le present&#243; la ensaladera.

S&#237;rvete. No hay postre. S&#243;lo fruta.

Me alegro que no hayas tenido que molestarte -dijo Brunetti, y Padovani se ech&#243; a re&#237;r.

En realidad, lo ten&#237;a casi todo en casa. Menos la fruta.

Brunetti se sirvi&#243; una peque&#241;a raci&#243;n de ensalada; Padovani tom&#243; a&#250;n menos.

&#191;Qu&#233; m&#225;s sabes de Crespo? -pregunt&#243; Brunetti.

Me dijeron que se vest&#237;a de mujer y se hac&#237;a llamar Francesca. Pero no sab&#237;a que hubiera acabado en via Cappuccina. &#191;O era en los parques p&#250;blicos de Mestre?

Los dos sitios -dijo Brunetti-, pero no s&#233; si puede decirse que haya acabado all&#237;. Vive en un buen barrio, y en la puerta estaba su nombre.

Cualquiera puede poner el nombre en una puerta. Eso depende de quien pague el alquiler -dijo Padovani que, al parecer, era m&#225;s ducho en la materia.

Sin duda tienes raz&#243;n.

No s&#233; mucho de &#233;l, pero no es mala persona o, por lo menos, no lo era cuando lo conoc&#237;. S&#243;lo un poco embustero e impresionable. Estas cosas no cambian, por lo que, si le conviene, te mentir&#225;.

Lo mismo que la mayor&#237;a de las personas con las que yo trato.

Padovani sonri&#243; y agreg&#243;:

Lo mismo que la mayor&#237;a de las personas con las que tratamos todos, toda la vida.

Brunetti no pudo por menos de echarse a re&#237;r ante esta triste verdad.

Traer&#233; la fruta -dijo Padovani, apilando los platos para llev&#225;rselos.

Volvi&#243; enseguida, con un bol de cer&#225;mica azul celeste que conten&#237;a seis melocotones perfectos. Dio a Brunetti un plato de postre y dej&#243; la fruta delante de &#233;l. Brunetti tom&#243; un melocot&#243;n y empez&#243; a pelarlo con el cuchillo y el tenedor.

&#191;Qu&#233; sabes de Santomauro? -pregunt&#243;, mientras pelaba, atento a la operaci&#243;n.

&#191;Te refieres al presidente, o comoquiera que se auto-defina, de la Lega della Moralit&#224;? -pregunt&#243; Padovani ahuecando la voz al pronunciar las &#250;ltimas palabras.

S&#237;.

S&#233; de &#233;l lo suficiente como para decirte que, en ciertos ambientes, el anuncio de la creaci&#243;n de la Liga y su finalidad se recibieron con un regocijo parecido al que antes nos produc&#237;a ver a Rock Hudson atentar contra la virtud de Doris Day o, ahora, las actuaciones m&#225;s beligerantes de algunos actores, tanto nuestros como norteamericanos.

&#191;Quieres decir que es de dominio p&#250;blico?

Lo es y no lo es. Para la mayor&#237;a de nosotros, lo es, pero nosotros, a diferencia de los pol&#237;ticos, a&#250;n acatamos las reglas de la caballerosidad y no andamos por ah&#237; contando chismes unos de otros. Si lo hici&#233;ramos, no iba a quedar t&#237;tere con cabeza en el gobierno, ni tampoco en el Vaticano.

Brunetti se alegr&#243; de ver surgir por fin al aut&#233;ntico Padovani o, por lo menos, al desenfadado conversador que &#233;l consideraba el aut&#233;ntico Padovani.

Pero, &#191;y la Liga? &#191;C&#243;mo pudo Santomauro situarse al frente de una asociaci&#243;n como &#233;sa?

Excelente pregunta. Pero, si repasamos la historia de la Liga, ver&#225;s que en la &#233;poca de su fundaci&#243;n, Santomauro no era m&#225;s que la &#233;minence grise de la organizaci&#243;n. No creo que su nombre se asociara con ella, por lo menos oficialmente, hasta hace dos a&#241;os, y &#233;l no alcanz&#243; la preeminencia hasta hace un a&#241;o, en que fue elegido camarero, rector o como se llame al jefe. Grand priore? Un t&#237;tulo rimbombante, en todo caso.

Pero, &#191;por qu&#233; nadie dijo nada entonces?

Supongo que porque la mayor&#237;a de nosotros preferimos tomar a broma la Liga, lo cual me parece un grave error.

Hab&#237;a en su voz una nota de seriedad ins&#243;lita.

&#191;Por qu&#233; lo dices?

Porque creo que los grupos como la Liga configuran la tendencia pol&#237;tica del futuro; grupos que tienden a la fragmentaci&#243;n, al desmembramiento. F&#237;jate en lo que est&#225; ocurriendo en la Europa oriental y en Yugoslavia. Y en nuestra propia Italia, a la que las ligas pol&#237;ticas quieren desmenuzar en peque&#241;as unidades independientes.

&#191;No es posible que exageres, Damiano?

Desde luego. La Lega della Moralit&#224; tambi&#233;n podr&#237;a ser un pu&#241;ado de inofensivas viejecitas que quieren reunirse para rememorar con nostalgia los viejos tiempos. Pero &#191;qui&#233;n sabe cu&#225;ntos miembros la componen? &#191;Cu&#225;les son sus objetivos?

En Italia, las sospechas acerca de posibles conspiraciones se maman con la leche materna, y no hay italiano que est&#233; exento del impulso de ver una conspiraci&#243;n en todo. Por consiguiente, cualquier grupo remiso a definirse resulta sospechoso, como les ocurri&#243; a los jesuitas y les ocurre a los Testigos de Jehov&#225;. Y sigue ocurri&#233;ndoles a los jesuitas, a&#241;adi&#243; Brunetti. La conspiraci&#243;n engendra el secreto, desde luego, pero Brunetti no estaba dispuesto a aceptar la proposici&#243;n inversa, de que el secreto indefectiblemente alimentara la conspiraci&#243;n.

&#191;T&#250; qu&#233; dices? -inquiri&#243; Padovani.

&#191;Qu&#233; digo de qu&#233;?

De la Liga.

Es muy poco lo que puedo decir -reconoci&#243; Brunetti-. Pero, si tuviera que sospechar de ellos, no mirar&#237;a sus objetivos; mirar&#237;a sus finanzas.

Una de las pocas reglas que Brunetti hab&#237;a podido comprobar durante sus veinte a&#241;os de trabajo policial era la de que ni los principios &#233;ticos ni los ideales pol&#237;ticos mueven a la gente con tanta fuerza como el af&#225;n de lucro.

No creo que Santomauro pueda interesarse por algo tan prosaico como el dinero.

Dami, el dinero interesa a todo el mundo, y motiva a la mayor&#237;a.

Dejando aparte motivos y objetivos, puedes estar seguro de que, si a Santomauro le interesa dirigirlo, no puede ser bueno. Es poco, pero cierto.

&#191;Qu&#233; sabes de su vida privada? -pregunt&#243; Brunetti, pensando que privada sonaba mejor que sexual, que era lo que quer&#237;a decir.

Lo &#250;nico que s&#233; es lo que se sugiere e insin&#250;a en observaciones y comentarios. Ya sabes lo que son estas cosas. -Brunetti asinti&#243;. Lo sab&#237;a, efectivamente-. Lo &#250;nico que s&#233; y que, repito, no lo s&#233; realmente, aunque me consta, es que le gustan los chicos, cuanto m&#225;s j&#243;venes, mejor. Si indagas en su pasado, ver&#225;s que sol&#237;a ir a Bangkok por lo menos una vez al a&#241;o. Sin la inefable signora Santomauro, por descontado. Pero desde hace varios a&#241;os ha dejado de ir. No tengo la explicaci&#243;n, pero s&#233; que esas aficiones no se pierden f&#225;cilmente, no se borran de la noche a la ma&#241;ana, y que para satisfacerlas no hay suced&#225;neo que valga.

&#191;Aqu&#237; tambi&#233;n se encuentra de eso?

&#191;Por qu&#233; hablar de ciertas cosas le resultaba tan f&#225;cil con Paola y tan dif&#237;cil con otras personas?

Bastante, aunque no tanto como en Roma o en Mil&#225;n.

Brunetti hab&#237;a le&#237;do informes de la polic&#237;a sobre la cuesti&#243;n.

&#191;Pel&#237;culas?

Pel&#237;culas y lo que no son pel&#237;culas, para los que pueden pagar. Iba a decir: y est&#225;n dispuestos a correr el riesgo, pero en realidad hoy ya no puede hablarse de riesgo.

Brunetti mir&#243; su plato y vio el melocot&#243;n, pelado pero entero. Ya no le apetec&#237;a.

Damiano, al decir chicos, &#191;a qu&#233; edad te refieres?

Padovani sonri&#243; repentinamente.

Guido, tengo la curiosa impresi&#243;n de que te violenta hablar de esto. -Brunetti no contest&#243;-. Chicos de doce a&#241;os, incluso de diez.

Oh. -Una pausa larga, y Brunetti pregunt&#243;-: &#191;Est&#225;s seguro de lo de Santomauro?

Estoy seguro de que es lo que se dice de &#233;l, y no es probable que sea mentira. Pero no tengo pruebas, ni testigos, nadie que estuviera dispuesto a jurarlo.

Padovani se levant&#243; y se acerc&#243; a un aparador bajo con varias botellas agrupadas a un extremo.

Grappa?

Encantado.

Tengo una muy buena con sabor a pera. &#191;Quieres probarla?

S&#237;.

Brunetti se reuni&#243; con &#233;l en el extremo de la habitaci&#243;n, tom&#243; el vasito que se le ofrec&#237;a y se sent&#243; en el sof&#225;. Padovani volvi&#243; a su butaca de antes, llev&#225;ndose la botella.

Brunetti bebi&#243;. No era pera sino n&#233;ctar.

Es muy tenue.

&#191;La grappa?. -pregunt&#243; Padovani, realmente perplejo.

No, no; me refiero a la relaci&#243;n entre Crespo y Santomauro. Si lo que le gusta a Santomauro son los ni&#241;os, Crespo podr&#237;a ser su cliente y nada m&#225;s.

Perfectamente posible -dijo Padovani con una voz que suger&#237;a que pensaba todo lo contrario.

&#191;Conoces a alguien que pudiera darte m&#225;s informaci&#243;n sobre cualquiera de ellos? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;Santomauro y Crespo?

S&#237;. Y tambi&#233;n sobre Leonardo Mascari, si existe alguna relaci&#243;n.

Padovani mir&#243; su reloj.

Ya es tarde para llamar a mis conocidos. -Brunetti mir&#243; el reloj a su vez y vio que no eran m&#225;s que las diez y cuarto. &#191;Monjas? Padovani, observando su gesto, se ech&#243; a re&#237;r-. Guido, me refiero a que a esta hora ya estar&#225;n todos fuera de casa. Pero ma&#241;ana los llamar&#233; desde Roma, a ver qu&#233; saben o qu&#233; pueden averiguar.

Preferir&#237;a que ninguno de los dos se enterase de que se indaga sobre ellos.

Era una forma de hablar cort&#233;s pero tambi&#233;n r&#237;gida y forzada.

La operaci&#243;n ser&#225; discreta, Guido. Todo el que conozca a Santomauro estar&#225; encantado de revelar cuanto sepa de &#233;l, tanto por experiencia propia como de o&#237;das, y puedes estar seguro de que nada de esto llegar&#225; a sus o&#237;dos. La sola idea de que pueda estar envuelto en algo feo llenar&#225; de regocijo a las personas en las que estoy pensando.

Eso es lo malo, Damiano. No quiero comentarios, y mucho menos, que se diga que pueda estar mezclado en algo feo.

Comprendi&#243; que hab&#237;a utilizado un tono muy severo, y sonri&#243; extendiendo el vasito para pedir m&#225;s grappa.

Entonces se esfum&#243; la loca y apareci&#243; el periodista.

De acuerdo, Guido. Nada de chismorreos. Har&#233; varias llamadas y quiz&#225; el martes o mi&#233;rcoles ya sepa algo. -Padovani se sirvi&#243; otro vasito de grappa y tom&#243; un sorbo-. T&#250; deber&#237;as investigar la Liga, Guido, por lo menos, a los socios.

A ti te preocupa, &#191;verdad?

Me preocupa cualquier grupo que act&#250;e desde una pretendida superioridad sobre otras personas.

&#191;Como la polic&#237;a, por ejemplo? -sonri&#243; Brunetti, tratando de animar a su interlocutor.

No, como la polic&#237;a, no, Guido. Nadie os cree superiores, y tengo la impresi&#243;n de que la mayor&#237;a de vuestros hombres tampoco se lo cree. -Apur&#243; el vaso, pero no se sirvi&#243; m&#225;s licor. Dej&#243; el vaso y la botella en el suelo, al lado de la butaca-. Esa gente me hace pensar en Savonarola -dijo-. &#201;l quer&#237;a un mundo mejor, pero para conseguirlo s&#243;lo se le ocurri&#243; destruir todo aquello que no le gustaba. Me parece que, en el fondo, todos los fan&#225;ticos son iguales, incluidos los ecologistas y las feministas. Empiezan por desear un mundo mejor y acaban tratando de conseguirlo eliminando del mundo todo aquello que no casa con su idea del mundo. Lo mismo que Savonarola, todos acabar&#225;n en la hoguera.

&#191;Y entonces qu&#233;? -pregunt&#243; Brunetti.

Pues supongo que los dem&#225;s conseguiremos salir adelante, a trancas y barrancas.

No pod&#237;a decirse que esto fuera una gran afirmaci&#243;n filos&#243;fica, pero a Brunetti le pareci&#243; una nota lo bastante optimista como para que sirviera de cierre a la velada. Se levant&#243;, dijo a su anfitri&#243;n las frases de rigor y se fue a casa, a su cama vac&#237;a.



15

Otra de las razones por las que Brunetti no se hab&#237;a decidido a ir a las monta&#241;as era que aqu&#233;l era el domingo de la visita a su madre; &#233;l y su hermano Sergio se alternaban para ir a verla los fines de semana, o se cambiaban el turno si era necesario. Pero Sergio y su familia se hab&#237;an ido de vacaciones a Cerde&#241;a, y Brunetti no pod&#237;a pedirle que fuera en su lugar. A pesar de que daba lo mismo que fueran o no, uno u otro segu&#237;an visit&#225;ndola cada fin de semana. La madre estaba en Mira, a unos diez kil&#243;metros de Venecia, por lo que hab&#237;a que tomar un autob&#250;s y luego un taxi o caminar un buen trecho hasta la casa di riposo.

Aquella noche, con aquella visita en perspectiva, los recuerdos le imped&#237;an conciliar el sue&#241;o, adem&#225;s del calor y los mosquitos, a los que no hab&#237;a manera de mantener a raya. Despert&#243; a eso de las ocho, ante la misma disyuntiva que se le planteaba domingo s&#237; y domingo no: ir a Mira antes o despu&#233;s de comer. No ten&#237;a m&#225;s importancia la hora que la visita en s&#237;, y hoy el &#250;nico factor que pod&#237;a influir en su decisi&#243;n era el calor. Por la tarde ser&#237;a m&#225;s infernal todav&#237;a, y opt&#243; por no demorar la marcha.

Sali&#243; de casa antes de las nueve, fue andando hasta piazzale Roma y tuvo la suerte de llegar pocos minutos antes de que saliera el autob&#250;s de Mira. Como fue de los &#250;ltimos en subir, tuvo que hacer el viaje de pie y dejarse zarandear por el autob&#250;s mientras cruzaban el puente y entraban en la intrincada red de pasos elevados que conduc&#237;an el tr&#225;fico por encima o por los lados de Mestre.

En el autob&#250;s hab&#237;a caras conocidas; a veces, algunos pasajeros compart&#237;an el taxi desde la terminal de Mira o, si hac&#237;a buen tiempo, iban andando en grupo hasta el sanatorio, sin hablar casi nunca de algo que no fuera el tiempo. En la estaci&#243;n de autobuses se apearon seis personas, dos de las cuales eran mujeres a las que &#233;l conoc&#237;a de otros viajes, y los tres acordaron r&#225;pidamente compartir el taxi. Como el veh&#237;culo no ten&#237;a aire acondicionado, el tiempo les dio motivo de conversaci&#243;n para rato, y todos se alegraron de la distracci&#243;n.

Al llegar a la casa di riposo, cada uno sac&#243; cinco mil liras. El coche no ten&#237;a tax&#237;metro; pero todo el que hac&#237;a aquel trayecto conoc&#237;a la tarifa.

Brunetti y las dos mujeres entraron juntos, todav&#237;a manifestando la esperanza de que pronto cambiara el viento o que viniera lluvia, comentando que hac&#237;a muchos a&#241;os que no era tan riguroso el verano y preguntando qu&#233; pasar&#237;a con las cosechas si no llov&#237;a pronto.

&#201;l conoc&#237;a el camino, ten&#237;a que subir al tercer piso. Las dos mujeres se quedaron en el segundo, donde estaban los hombres, aunque se fueron en direcciones distintas. En lo alto de la escalera, vio a suor' Immacolata, su monja favorita.

Buon giorno, dottore -dijo ella con una sonrisa acerc&#225;ndose por el pasillo.

Buon giorno, hermana -respondi&#243;-. La veo muy fresca, como si no sintiera el calor.

Ella sonri&#243;, como siempre que &#233;l bromeaba sobre la temperatura.

Ah, ustedes, los del norte, no saben lo que es el calor. Esto no es nada, apenas un soplo de primavera.

Suor' Immacolata era de un pueblo de las monta&#241;as de Sicilia y su comunidad la hab&#237;a destinado aqu&#237; hac&#237;a dos a&#241;os. En medio de la angustia, la demencia y el sufrimiento que eran su pan de cada d&#237;a, lo que peor soportaba ella era el fr&#237;o, pero sus quejas eran siempre ir&#243;nicas y displicentes, dando a entender que era absurdo hablar de aquella peque&#241;a mortificaci&#243;n, frente a tanto dolor verdadero. Al verla sonre&#237;r, &#233;l volvi&#243; a reparar en lo bonita que era, con sus ojos casta&#241;os almendrados, sus labios suaves y su nariz fina y elegante. &#201;sta era una de las cosas que Brunetti no comprend&#237;a. &#201;l se consideraba un hombre realista y sensual, y en la vocaci&#243;n religiosa s&#243;lo pod&#237;a ver el renunciamiento, no el amor que la inspiraba.

&#191;C&#243;mo est&#225;?

Ha pasado buena semana, dottore.

Brunetti sab&#237;a que la semana s&#243;lo pod&#237;a haber sido buena por omisi&#243;n: su madre no hab&#237;a atacado a nadie, no hab&#237;a roto nada ni se hab&#237;a hecho da&#241;o a s&#237; misma.

&#191;Come?

S&#237;, dottore. El mi&#233;rcoles hasta almorz&#243; con las otras se&#241;oras.

&#201;l esperaba que ahora le contara el desastre que ello hab&#237;a provocado, pero suor' Immacolata no dijo m&#225;s.

&#191;Puedo entrar a verla? -pregunt&#243;.

Desde luego &#191;Quiere que entre con usted?

Qu&#233; delicia, el tacto de la mujer, qu&#233; dulce su caridad.

Gracias, hermana. Quiz&#225; ella se sienta m&#225;s c&#243;moda si la ve a usted conmigo, por lo menos, al entrar.

S&#237;, eso podr&#237;a mitigar la sorpresa. Una vez se acostumbra a cada persona, todo va bien. Y una vez intuye qui&#233;n es usted, dottore, est&#225; contenta.

Era mentira, Brunetti lo sab&#237;a y suor' Immacolata tambi&#233;n. Su religi&#243;n le dec&#237;a que mentir es pecado y, no obstante, cada semana, ella dec&#237;a esta mentira a Brunetti o a su hermano. Despu&#233;s, de rodillas, ped&#237;a perd&#243;n por un pecado que no pod&#237;a evitar y que sab&#237;a que volver&#237;a a cometer. En invierno, al acostarse, despu&#233;s de las oraciones, abr&#237;a la ventana de su celda y quitaba de la cama la &#250;nica manta con la que se le permit&#237;a abrigarse. Pero semana tras semana reincid&#237;a en la mentira.

La hermana dio media vuelta y lo llev&#243; por el camino que tan bien conoc&#237;a &#233;l, hacia la habitaci&#243;n 308. A la derecha del pasillo, arrimadas a la pared, hab&#237;a tres mujeres en silla de ruedas. Dos golpeaban r&#237;tmicamente los brazos de la silla musitando incoherencias y la tercera se balanceaba de un lado al otro, como un metr&#243;nomo humano. Al pasar &#233;l, la que siempre ol&#237;a a orina, extendi&#243; el brazo tratando de agarrarlo.

&#191;Eres Giulio? &#191;Eres Giulio? -pregunt&#243;.

No, signora Antonia -dijo suor' Immacolata inclin&#225;ndose a acariciar el corto cabello blanco de la anciana-. Giulio ya estuvo aqu&#237;, &#191;no se acuerda? Le trajo este precioso animalito -dijo tomando un osito de felpa con se&#241;ales de haber sido mordido y poni&#233;ndoselo en las manos.

La anciana la mir&#243; con desconcierto en unos ojos de los que s&#243;lo la muerte podr&#237;a borrar la confusi&#243;n y pregunt&#243;:

&#191;Giulio?

Eso es. Giulio le trajo el orsetto, &#191;verdad que es bonito? -dijo sosteniendo el mu&#241;eco.

La anciana lo tom&#243; y mir&#243; a Brunetti.

&#191;Eres Giulio?

Suor' Immacolata se lo llev&#243; del brazo diciendo:

Su madre tom&#243; la comuni&#243;n esta semana. Eso pareci&#243; ayudarla mucho.

Estoy seguro de ello -dijo Brunetti.

Le parec&#237;a que, cada vez que ven&#237;a a esta casa, hac&#237;a lo que suele hacer el que sabe que va a experimentar una brusca impresi&#243;n f&#237;sica, un pinchazo o una ducha de agua fr&#237;a: tensar los m&#250;sculos y concentrarse por completo en resistir el dolor, excluyendo cualquier otra sensaci&#243;n. S&#243;lo que, en lugar de tensar los m&#250;sculos del cuerpo, a &#233;l le parec&#237;a estar tensando los del alma.

Se pararon delante de la puerta de la habitaci&#243;n de su madre, y entonces llegaron los recuerdos, golpeando como furias: comidas alegres, risas, canciones, con la clara voz de soprano de la madre dominando a las dem&#225;s; su madre, prorrumpiendo en un llanto hist&#233;rico cuando &#233;l le dijo que se casaba con Paola, y luego, la misma noche, entrando en su cuarto a darle la pulsera de oro, el &#250;nico regalo que le quedaba de su marido, y diciendo que se la diera Paola, que siempre hab&#237;a sido para la esposa del primog&#233;nito.

Con un esfuerzo, Brunetti ahuyent&#243; los recuerdos y s&#243;lo vio la puerta blanca y el h&#225;bito blanco de suor' Immacolata que abr&#237;a la puerta y entraba delante de &#233;l dej&#225;ndola abierta.

Signora -dijo la monja-, signora, su hijo ha venido a verla. -Cruz&#243; la habitaci&#243;n y se inclin&#243; hacia la anciana encorvada que estaba al lado de la ventana-. Qu&#233; alegr&#237;a, &#191;verdad? Ha venido su hijo.

Brunetti se hab&#237;a quedado en la puerta. Suor' Immacolata le hizo una se&#241;a con la cabeza y entr&#243;, absteni&#233;ndose de cerrar, como era lo obligado.

Buenos d&#237;as, dottore -dijo la monja recalcando las s&#237;labas-. Me alegro de que haya podido venir a ver a su madre. &#191;Verdad que tiene buen aspecto?

&#201;l dio unos pasos y se detuvo, manteniendo las manos apartadas del cuerpo.

Buen di', mamma -dijo-. Soy Guido. Vengo a verte. &#191;C&#243;mo est&#225;s, mamma? -Le sonre&#237;a.

La anciana, sin apartar la mirada de Brunetti, asi&#243; el brazo de la monja oblig&#225;ndola a agacharse y le cuchiche&#243; al o&#237;do.

Oh, no, signora. No diga eso. Es un hombre bueno. Es su hijo, Guido. Ha venido a ver c&#243;mo est&#225;.

Acariciaba la mano de la anciana y ahora se arrodill&#243; para estar m&#225;s cerca. La anciana mir&#243; a la monja, dijo varias palabras m&#225;s y levant&#243; los ojos hacia Brunetti, que no se hab&#237;a movido.

Es el hombre que mat&#243; a mi ni&#241;o -grit&#243; de repente-. Lo conozco. Lo conozco. El que mat&#243; a mi ni&#241;o. -Mov&#237;a el cuerpo de un lado al otro, y empez&#243; a chillar-: Socorro, socorro, ha vuelto y matar&#225; a mis ni&#241;os.

Suor' Immacolata abrazaba a la anciana y le hablaba al o&#237;do, pero no pod&#237;a calmar el miedo ni el furor de la mujer que, de un fuerte empuj&#243;n, la tir&#243; al suelo.

La monja se alz&#243; r&#225;pidamente sobre las rodillas y mirando a Brunetti sacudi&#243; la cabeza se&#241;alando la puerta. Brunetti, con las manos bien visibles ante s&#237;, sali&#243; de la habitaci&#243;n andando lentamente hacia atr&#225;s y cerr&#243; la puerta. Desde fuera, o&#237;a los gritos furiosos de su madre y el grave contrapunto de la voz suave y un poco grave de la joven que, con su arrullo, fue apaciguando a la anciana hasta que, poco a poco, cesaron los gritos. En el pasillo no hab&#237;a ventanas, y Brunetti no pod&#237;a mirar sino la puerta.

Al cabo de unos diez minutos, suor' Immacolata sali&#243; de la habitaci&#243;n y se par&#243; a su lado.

Lo siento, dottore. Cre&#237; que esta semana estaba mejor. Ha estado muy tranquila desde que tom&#243; la comuni&#243;n.

No se apure, hermana. Esto no se puede prever. &#191;Le ha hecho da&#241;o?

Oh, no, estoy bien. No sab&#237;a lo que hac&#237;a, pobrecita.

&#191;Le hace falta algo?

No, no, tiene todo lo que necesita.

A Brunetti le parec&#237;a que su madre no ten&#237;a nada de lo que necesitaba, o quiz&#225; que ya no necesitaba ni volver&#237;a a necesitar nada.

Es usted muy buena, hermana.

Es bueno el Se&#241;or, dottore. Nosotras s&#243;lo hacemos su obra.

Brunetti no supo qu&#233; decir. Estrech&#243; la mano de la monja, la retuvo varios segundos y la envolvi&#243; con su otra mano.

Gracias, hermana.

Que Dios le bendiga y le d&#233; fuerzas, dottore.



16

Hab&#237;a transcurrido una semana, y el asunto de Maria Lucrezia Patta ya no era el sol en torno al cual giraba la questura de Venecia. Aquel fin de semana hab&#237;an dimitido otros dos ministros del gobierno entre vehementes protestas de que su decisi&#243;n en modo alguno obedec&#237;a a la circunstancia de haber sido relacionados con los m&#225;s recientes esc&#225;ndalos de soborno y corrupci&#243;n. Habitualmente, el personal de la questura, al igual que toda Italia, hubiera bostezado al leerlo y buscado la p&#225;gina de deportes, pero como uno de los dimisionarios era el ministro de Justicia, el caso ten&#237;a un inter&#233;s especial para el Cuerpo, aunque s&#243;lo fuera porque daba p&#225;bulo a especular sobre qu&#233; otras cabezas rodar&#237;an a no tardar por las escaleras del Quirinale.

A pesar de que era uno de los mayores esc&#225;ndalos que se hab&#237;an producido en d&#233;cadas -&#191;y cu&#225;ndo hab&#237;a sido peque&#241;o un esc&#225;ndalo?-, la opini&#243;n popular era que pronto estar&#237;a todo insabbiata, sepultado en la arena, tapado, junto con todos los esc&#225;ndalos del pasado. Cuando un italiano la emprende con el tema no hay quien lo pare, y te da una lista de todos los casos que han sido enterrados para siempre: Ustica, PG2, la muerte del papa Juan Pablo I, Sindona Maria Lucrezia Patta, por sonada que hubiera sido su marcha de la ciudad, no pod&#237;a competir con cuestiones de tanto fuste, por lo que las aguas hab&#237;an vuelto a su cauce, y la &#250;nica novedad era que el travesti hallado en Mestre hac&#237;a una semana hab&#237;a resultado ser el director de la Banca di Verona, &#191;y qui&#233;n iba a esperar algo as&#237; de un director de banco, por Dios?

Una de las empleadas de la oficina de pasaportes que estaba unas puertas m&#225;s arriba de la questura hab&#237;a o&#237;do decir esta ma&#241;ana en el bar que el tal Mascari era muy conocido en Mestre y que lo que hac&#237;a durante sus viajes de negocios hab&#237;a sido un secreto a voces durante muchos a&#241;os. En otro bar se comentaba que su matrimonio era una tapadera, para disimular, ya que trabajaba en un banco. Alguien dijo entonces que seguramente se habr&#237;a buscado una esposa de su misma talla, para ponerse su ropa: &#191;por qu&#233; iba a casarse con ella si no? Una verdulera de Rialto sab&#237;a de buena tinta que Mascari hab&#237;a sido as&#237; desde que iba al colegio.

A &#250;ltima hora de la ma&#241;ana, la opini&#243;n p&#250;blica tuvo que tomarse un respiro, pero por la tarde era de dominio p&#250;blico no s&#243;lo que Mascari hab&#237;a muerto a causa de la mala vida que llevaba pese a los consejos de los pocos amigos que conoc&#237;an su vicio secreto, sino que su esposa se negaba a reclamar el cuerpo y a darle cristiana sepultura.

Brunetti ten&#237;a una cita con la viuda a las once, y acudi&#243; a ella ignorante de los rumores que circulaban por la ciudad. Llam&#243; a la Banca di Verona y le informaron de que, hac&#237;a una semana, su oficina en Mesina hab&#237;a recibido una llamada telef&#243;nica de un hombre que dijo ser Mascari, que les avis&#243; de que ten&#237;a que aplazar la visita dos semanas o quiz&#225; un mes. No; no se hab&#237;an preocupado de confirmar la llamada, ya que no hab&#237;a razones para dudar de su autenticidad.

El apartamento de Mascari estaba en el tercer piso de un edificio pr&#243;ximo a via Garibaldi, la arteria principal de Castello. Cuando la viuda le abri&#243; la puerta, &#233;l comprob&#243; que ten&#237;a el mismo aspecto que dos d&#237;as antes, salvo que ahora vest&#237;a de negro y ten&#237;a las ojeras m&#225;s pronunciadas.

Pase, por favor -dijo la mujer, dando un paso atr&#225;s. &#201;l, despu&#233;s del preceptivo con permiso, entr&#243; en el apartamento y tuvo la extra&#241;a sensaci&#243;n de que ya hab&#237;a estado all&#237; otra vez. Cuando mir&#243; m&#225;s atentamente, descubri&#243; que ello se deb&#237;a a que este apartamento era casi igual al de la anciana de campo San Bartolomeo, la t&#237;pica casa que ha sido habitada por varias generaciones de la misma familia. En la pared del fondo, una gran c&#243;moda, id&#233;ntica a la de la anciana y, en el tresillo y las butacas, una tapicer&#237;a similar de pana verde. Tambi&#233;n estas ventanas ten&#237;an las persianas cerradas, por el calor o las miradas curiosas.

&#191;Quiere beber algo? -pregunt&#243; ella, por formulismo, evidentemente.

No, signora, muchas gracias. S&#243;lo deseo pedirle un poco de su tiempo. Debo hacerle varias preguntas.

S&#237;, comprendo -dijo ella retrocediendo a la habitaci&#243;n. Se sent&#243; en una de las mullidas butacas y Brunetti en la otra. La mujer retir&#243; un hilo del brazo de la butaca, hizo con &#233;l una bolita y la guard&#243; cuidadosamente en el bolsillo de la chaqueta.

No s&#233; si habr&#225; o&#237;do los rumores que rodean la muerte de su marido, signora.

S&#233; que lo encontraron vestido de mujer -dijo ella con voz ahogada.

Si sabe eso, comprender&#225; que debo hacerle ciertas preguntas.

Ella asinti&#243; mir&#225;ndose las manos.

&#201;l pod&#237;a preguntar con brutalidad o con rodeos, y opt&#243; por los rodeos.

&#191;Tiene o ha tenido alguna vez razones para creer que su marido incurriera en pr&#225;cticas semejantes?

No s&#233; a qu&#233; se refiere -dijo ella, aunque lo que &#233;l quer&#237;a decir no pod&#237;a estar m&#225;s claro.

Me refiero al travestismo.

&#191;Por qu&#233; no decir que era un travesti, sencillamente?

Eso es imposible.

Brunetti no dijo nada, s&#243;lo esper&#243; a que ella siguiera hablando. Pero ella s&#243;lo repiti&#243;, imperturbable:

Eso es imposible.

&#191;Su marido recib&#237;a llamadas telef&#243;nicas extra&#241;as?

No s&#233; qu&#233; quiere decir.

&#191;Recibi&#243; su marido alguna llamada despu&#233;s de la cual pareciera preocupado o deca&#237;do? &#191;O una carta? &#191;Estaba tenso &#250;ltimamente?

En absoluto.

Si me permite volver sobre mi primera pregunta, &#191;dio su marido alg&#250;n indicio de tener esa orientaci&#243;n?

&#191;Hacia los hombres? -dijo ella con voz &#225;spera de incredulidad y de algo m&#225;s. &#191;Repugnancia?

S&#237;.

No, nunca. Es horroroso, execrable. No le consiento que diga eso de mi marido. Leonardo era un hombre.

Brunetti observ&#243; que apretaba los pu&#241;os.

Le ruego que tenga paciencia conmigo, signora. S&#243;lo trato de entender las cosas y por eso tengo que hacerle estas preguntas acerca de su marido. Ello no significa que yo sospeche de &#233;l.

&#191;Por qu&#233; pregunta entonces? -pregunt&#243; ella con voz destemplada.

Para que podamos descubrir la verdad acerca de la muerte de su marido, signora.

No contestar&#233; esas preguntas. Es una indecencia.

&#201;l deseaba decirle que el asesinato tambi&#233;n es una indecencia, pero se limit&#243; a preguntar:

Durante las &#250;ltimas semanas, &#191;parec&#237;a diferente su marido?

Como era de esperar, ella dijo:

No s&#233; a qu&#233; se refiere.

Por ejemplo, &#191;dijo algo acerca del viaje a Mesina? &#191;Parec&#237;a complacido o reacio a hacer el viaje?

No; parec&#237;a como siempre.

&#191;Y c&#243;mo estaba siempre?

Ten&#237;a que ir. Era su trabajo y ten&#237;a que hacerlo.

&#191;Le dijo algo del viaje?

No; s&#243;lo que ten&#237;a que irse.

&#191;Y durante estos viajes nunca la llamaba por tel&#233;fono?

No.

&#191;Por qu&#233;, signora?

Ella pareci&#243; comprender que &#233;l no pensaba desistir, y contest&#243;:

El banco no autorizaba a Leonardo a cargar las llamadas particulares a su cuenta de gastos. A veces llamaba a un amigo al despacho y le ped&#237;a que me llamara de su parte, pero no siempre.

Comprendo -dijo Brunetti. Director de banco, y no pod&#237;a pagar de su bolsillo una llamada a su mujer.

&#191;Tuvieron hijos usted y su marido, signora?

No -respondi&#243; ella r&#225;pidamente.

Brunetti abandon&#243; esta v&#237;a y pregunt&#243;:

&#191;Ten&#237;a su marido alguien de confianza en el banco? Antes se ha referido usted a un amigo. &#191;Podr&#237;a darme su nombre?

&#191;Por qu&#233; quiere hablar con &#233;l?

Quiz&#225; su marido le dijera algo, o quiz&#225; dejara traslucir lo que sent&#237;a acerca del viaje a Mesina. Me gustar&#237;a hablar con el amigo de su marido, para averiguar si observ&#243; algo raro en su conducta.

Estoy segura de que no.

De todos modos, deseo hablar con &#233;l y le agradecer&#233; que me d&#233; su nombre, signora.

Marco Ravanello. Pero no podr&#225; decirle nada. A mi marido no le pasaba nada raro. -Lanz&#243; a Brunetti una mirada llameante y repiti&#243;-: Mi marido no ten&#237;a nada raro.

No la molesto m&#225;s, signora -dijo Brunetti levant&#225;ndose y yendo hacia la puerta-. &#191;Ya se han hecho los preparativos para el funeral?

S&#237;; la misa es ma&#241;ana. A las diez.

No dijo d&#243;nde, ni Brunetti pregunt&#243;. Era una informaci&#243;n f&#225;cil de conseguir, y ten&#237;a intenci&#243;n de asistir.

El comisario se par&#243; en la puerta.

Muchas gracias por todo, signora. Le ruego que acepte mi p&#233;same y tenga la seguridad de que haremos cuanto est&#233; en nuestra mano para encontrar al culpable de la muerte de su marido.

&#191;Por qu&#233; suena mejor muerte que asesinato?

Mi marido no era de &#233;sos. Ya lo ver&#225;. &#201;l era un hombre.

Brunetti no le dio la mano sino que se limit&#243; a inclinar la cabeza antes de abrir la puerta para marcharse. Mientras bajaba la escalera, pensaba en la &#250;ltima escena de La casa de Bernarda Alba, en que la madre, desde el centro del escenario, grita al p&#250;blico y al mundo que su hija ha muerto virgen, que ha muerto virgen. Para Brunetti s&#243;lo ten&#237;a importancia la muerte en s&#237;; todo lo dem&#225;s era accesorio.

Al llegar a la questura, pidi&#243; a Vianello que subiera a su despacho. Como estaba dos pisos m&#225;s arriba, all&#237; podr&#237;a captarse m&#225;s f&#225;cilmente cualquier asomo de brisa. Cuando llegaron arriba, Brunetti abri&#243; las ventanas, se quit&#243; la chaqueta y pregunt&#243; al sargento:

Vamos a ver, &#191;ha podido averiguar algo sobre la Liga?

Nadia dice que tendr&#237;amos que ponerla en n&#243;mina por esto, dottore -dijo Vianello sent&#225;ndose-. Este fin de semana se ha pasado dos horas al tel&#233;fono hablando con sus amigas. Muy interesante, esta Lega della Moralit&#224;.

Vianello ten&#237;a que contarlo a su manera, Brunetti lo sab&#237;a, pero, para suavizar el proceso, dijo:

Ma&#241;ana por la ma&#241;ana me acercar&#233; a Rialto a comprarle unas flores. &#191;Cree que ser&#225; suficiente?

Ella preferir&#237;a tenerme en casa el s&#225;bado -dijo Vianello.

&#191;Qu&#233; servicio tiene?

En principio, debo estar en el barco que ha de traer del aeropuerto al ministro del Medio Ambiente. Pero todo el mundo sabe que el ministro no vendr&#225; a Venecia, que anular&#225; el viaje en el &#250;ltimo minuto. &#191;Imagina que va a venir en pleno agosto, con la ciudad apestando a algas podridas, para hablar de proyectos medioambientales? -Vianello ri&#243; burlonamente; su inter&#233;s por el nuevo partido Verde era otra de las consecuencias de sus recientes experiencias m&#233;dicas-. As&#237; que me gustar&#237;a no tener que perder la ma&#241;ana en el aeropuerto para que luego resulte que &#233;l no viene.

Su razonamiento parec&#237;a a Brunetti completamente l&#243;gico. El ministro, en palabras de Vianello, no se atrever&#237;a a presentarse en Venecia en el mes en que la mitad de las playas de la costa adri&#225;tica estaban cerradas a los ba&#241;istas a causa de la contaminaci&#243;n, una ciudad en la que se acababa de saber que el pescado que constitu&#237;a la base de la alimentaci&#243;n de su poblaci&#243;n conten&#237;a unos &#237;ndices peligrosos de mercurio y otros metales pesados.

Ver&#233; lo que puedo hacer -dijo Brunetti.

Satisfecho con la perspectiva de conseguir algo m&#225;s que unas flores, que sab&#237;a que Brunetti no dejar&#237;a de comprar, Vianello sac&#243; la libretita y empez&#243; a leer el informe redactado con los datos recogidos por su esposa.

La Liga se fund&#243; har&#225; unos ocho a&#241;os, nadie sabe exactamente por qui&#233;n ni para qu&#233;. Puesto que se supone que se dedica a las buenas obras, tales como llevar juguetes a los orfanatos y comidas a domicilio a los ancianos, siempre ha tenido buena reputaci&#243;n. Con los a&#241;os, el municipio y algunas de las iglesias le han cedido la administraci&#243;n de apartamentos vacantes que alquila a bajo precio o cede gratuitamente a ancianos o disminuidos. -Vianello interrumpi&#243; un momento la lectura y explic&#243;-: Como todos sus empleados son voluntarios, se le concedi&#243; el t&#237;tulo de instituci&#243;n ben&#233;fica.

Lo cual significa -apostill&#243; Brunetti- que no est&#225; obligada a pagar impuestos y que el Gobierno la har&#225; objeto de la cortes&#237;a habitual de no inspeccionar sus cuentas o, si acaso, s&#243;lo someramente.

Somos dos corazones que laten al un&#237;sono, dottore. -Brunetti ya sab&#237;a que Vianello hab&#237;a cambiado de filiaci&#243;n pol&#237;tica, pero &#191;tambi&#233;n de ret&#243;rica?-. Lo m&#225;s curioso, dottore, es que Nadia no ha podido hablar con alguien que perteneciera a la Liga. Porque resulta que ni siquiera la mujer del banco es miembro. Muchos dec&#237;an que conoc&#237;an a alguien que cre&#237;an que era miembro y luego resultaba que no estaban seguros. Habl&#243; con dos de estos presuntos miembros y dijeron que no lo eran.

&#191;Y las obras ben&#233;ficas? -pregunt&#243; Brunetti.

Tambi&#233;n muy vagas. Llam&#243; a los hospitales, y ninguno hab&#237;a tenido contacto con la Liga. Yo pregunt&#233; en la agencia de asistencia a los ancianos, y nadie hab&#237;a o&#237;do decir que la Liga hiciera algo por los viejos.

&#191;Y los orfanatos?

Nadia habl&#243; con la madre superiora de la orden que regenta los tres m&#225;s importantes. Dijo que hab&#237;a o&#237;do hablar de la Liga, pero nunca hab&#237;a recibido ayuda.

&#191;Y la mujer del banco? &#191;Por qu&#233; pensaba Nadia que era miembro?

Porque vive en un apartamento administrado por la Liga. Pero ni ha sido miembro ni, seg&#250;n dice, conoce a ninguno. Nadia sigue buscando.

Si Nadia esperaba retribuci&#243;n por todo este tiempo, probablemente Vianello acabar&#237;a pidi&#233;ndole el resto del mes de permiso.

&#191;Y Santomauro? -pregunt&#243; Brunetti.

Al parecer, todo el mundo sabe que es el jefe, pero no c&#243;mo ha llegado a serlo. Y, lo que es a&#250;n m&#225;s interesante, nadie tiene idea de qu&#233; significa ser el jefe.

&#191;No celebran reuniones?

Se dice que s&#237;. En salas parroquiales o en casas particulares. Pero Nadia tampoco pudo encontrar a alguien que hubiera asistido a alguna.

&#191;Ha preguntado a los del departamento de Finanzas?

No; pens&#233; que lo har&#237;a Elettra.

&#191;C&#243;mo, Elettra? &#191;Qu&#233; era esto, la familiaridad del converso?

Yo ped&#237; a la signorina Elettra que viera qu&#233; informaci&#243;n pod&#237;a encontrar en el ordenador, pero esta ma&#241;ana a&#250;n no la he visto.

Me parece que est&#225; abajo, en el archivo -dijo Vianello.

&#191;Qu&#233; hay de la vida profesional de Santomauro?

&#201;xitos y s&#243;lo &#233;xitos. Representa a dos de las inmobiliarias m&#225;s importantes de la ciudad, a dos concejales y por lo menos a tres bancos.

&#191;Es uno de ellos la Banca di Verona?

Vianello mir&#243; la libreta y volvi&#243; una p&#225;gina.

S&#237;. &#191;C&#243;mo lo ha sabido?

No lo sab&#237;a, pero es donde trabajaba Mascari.

Dos y dos, cuatro, &#191;verdad? -dijo Vianello.

&#191;Relaciones pol&#237;ticas? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;Con dos concejales entre sus clientes? -dijo Vianello, respondiendo con otra pregunta.

&#191;Y la esposa?

Al parecer, nadie sabe mucho de ella, pero todo el mundo est&#225; convencido de que es la que manda en la familia.

&#191;Hay m&#225;s familia?

Dos hijos. Uno, arquitecto y el otro, m&#233;dico.

La familia italiana perfecta -observ&#243; Brunetti, y pregunt&#243;-: &#191;Y de Crespo? &#191;Qu&#233; se sabe?

&#191;Ha visto su ficha de Mestre?

S&#237;. Lo de costumbre. Drogas. Intento de extorsi&#243;n a un cliente. Nada de violencia. Ninguna sorpresa. &#191;Ha descubierto usted algo m&#225;s?

No mucho m&#225;s -respondi&#243; Vianello-. Le han atacado dos veces, pero las dos veces dijo que no sab&#237;a qui&#233;n hab&#237;a sido. Rectifico: la segunda vez. -Vianello pas&#243; varias p&#225;ginas de la libreta-. Aqu&#237; est&#225;. Dijo que hab&#237;a sido asaltado por unos ladrones.

&#191;Asaltado?

Es lo que pon&#237;a el informe. Lo copi&#233; palabra por palabra.

El signor Crespo debe de leer muchas novelas.

Demasiadas, dir&#237;a yo.

&#191;Ha encontrado algo m&#225;s? &#191;A nombre de qui&#233;n est&#225; extendido el contrato del apartamento?

No, se&#241;or. Lo comprobar&#233;.

Y diga a la signorina Elettra que mire si encuentra algo acerca de las finanzas de la Liga, o de Santomauro, Crespo o Mascari. Declaraci&#243;n de impuestos, extractos bancarios, pr&#233;stamos. Esta informaci&#243;n tiene que estar disponible.

Ella sabr&#225; c&#243;mo conseguirla -dijo Vianello tomando notas-. &#191;Desea algo m&#225;s, comisario?

Nada m&#225;s. Tan pronto como sepa algo, comun&#237;quemelo. O si Nadia encuentra a alg&#250;n miembro.

S&#237;, se&#241;or -dijo Vianello poni&#233;ndose en pie-. Esto es lo mejor que pod&#237;a ocurrir.

&#191;A qu&#233; se refiere?

Nadia empieza a interesarse por mi trabajo. Ya sabe c&#243;mo ha estado durante estos &#250;ltimos a&#241;os, siempre gru&#241;endo cuando yo sal&#237;a tarde o ten&#237;a que trabajar el fin de semana. Pero, nada m&#225;s probarlo, se ha lanzado como un sabueso. Tendr&#237;a usted que o&#237;rla hablar por tel&#233;fono, c&#243;mo sonsaca a la gente. L&#225;stima que en el Cuerpo no tengamos eventuales.



17

Brunetti calcul&#243; que, si se daba prisa, podr&#237;a llegar a la Banca di Verona antes de que cerrara, siempre y cuando una oficina que actuaba desde un primer piso y que no parec&#237;a tener un lugar para desarrollar las funciones p&#250;blicas propias de un banco tuviera un horario regular. Lleg&#243; a las doce y veinte y, al encontrar cerrada la puerta de la calle, apret&#243; el bot&#243;n situado junto a la sencilla placa de lat&#243;n que ten&#237;a grabado el nombre del banco. La puerta se abri&#243; con un chasquido, y Brunetti se encontr&#243; en el peque&#241;o zagu&#225;n en el que hab&#237;a estado el s&#225;bado con la anciana.

En lo alto de la escalera, Brunetti vio que la puerta del banco estaba cerrada, por lo que tuvo que pulsar otro timbre. Al cabo de un momento oy&#243; acercarse unos pasos, se abri&#243; la puerta y apareci&#243; un joven alto y rubio que, evidentemente, no era el hombre al que hab&#237;a visto salir el s&#225;bado por la tarde.

El comisario sac&#243; del bolsillo su carnet y lo mostr&#243; al joven.

Buon giorno. Comisario Brunetti, de la questura de Venecia. Deseo hablar con el signor Ravanello.

Un momento, por favor -dijo el joven, y cerr&#243; la puerta r&#225;pidamente, antes de que Brunetti pudiera imped&#237;rselo. Pas&#243; un minuto largo, la puerta volvi&#243; a abrirse, y el comisario se encontr&#243; frente a otro hombre, ni rubio ni alto, pero tampoco el que &#233;l hab&#237;a visto en la escalera.

&#191;S&#237;? -pregunt&#243; a Brunetti, como si el anterior hubiera sido un espejismo.

Deseo hablar con el signor Ravanello.

&#191;De parte de qui&#233;n?

Ya se lo he dicho a su compa&#241;ero. Comisario Guido Brunetti.

Ah, s&#237;, un momento.

Esta vez, Brunetti estaba preparado, ya ten&#237;a el pie levantado, para interponerlo en el umbral a la primera se&#241;al de que el hombre fuera a cerrar la puerta. Hab&#237;a aprendido el truco en las novelas de intriga y nunca hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de ponerlo en pr&#225;ctica

Tampoco ahora pudo probarlo. El hombre acab&#243; de abrir la puerta y dijo:

Por favor, comisario, pase. El signor Ravanello lo recibir&#225; con mucho gusto.

Parec&#237;a una suposici&#243;n un tanto temeraria, pero no ser&#237;a Brunetti quien le negara el derecho a opinar.

Las oficinas parec&#237;an ocupar la misma superficie que el apartamento de la anciana. El hombre lo llev&#243; por un despacho que correspond&#237;a a la sala de estar, tambi&#233;n con cuatro ventanas que daban al campo. Hab&#237;a tres hombres con traje oscuro sentados ante sendos escritorios, pero ninguno de ellos se molest&#243; en apartar la mirada de la pantalla de su ordenador cuando Brunetti cruz&#243; el despacho. Su acompa&#241;ante se par&#243; delante de una puerta que, en casa de la anciana, era la de la cocina. Llam&#243; y entr&#243; sin esperar respuesta.

El despacho ten&#237;a las mismas dimensiones que la cocina, pero aqu&#237;, en el lugar del fregadero, hab&#237;a cuatro archivadores y, en el de la mesa de m&#225;rmol, un gran escritorio de roble, detr&#225;s del cual estaba sentado un hombre alto, de pelo negro, complexi&#243;n mediana, camisa blanca y traje oscuro. Brunetti no tuvo necesidad de verlo de espaldas para reconocer en &#233;l al hombre que hab&#237;a salido del banco el s&#225;bado por la tarde y al que luego hab&#237;a visto en el vaporetto.

En el vaporetto estaba lejos y llevaba gafas oscuras, pero no cab&#237;a duda de que era &#233;l. Ten&#237;a la boca peque&#241;a, los ojos hundidos, las cejas muy pobladas y una nariz larga, de patricio, que atra&#237;a al centro de la cara la mirada del observador que, en un primer momento, no se fijaba en el cabello, muy espeso y rizado.

Signor Ravanello, soy el comisario Guido Brunetti.

Ravanello se levant&#243; y le tendi&#243; la mano.

Ah, s&#237;, sin duda viene usted por este terrible asunto de Mascari. -Volvi&#233;ndose hacia el otro hombre, dijo-: Gracias, Aldo. -El empleado sali&#243; del despacho y cerr&#243; la puerta-. Por favor, si&#233;ntese -le invit&#243; Ravanello, y rode&#243; la mesa para situar una de las dos sillas que hab&#237;a al otro lado frente a la suya. Cuando Brunetti se hubo sentado, Ravanello volvi&#243; a ocupar su lugar-. Esto es terrible, es terrible. He hablado con la direcci&#243;n del banco en Verona. Ninguno de nosotros tiene ni idea de lo que se puede hacer al respecto.

&#191;Para reemplazar a Mascari? Porque &#233;l era el director de la sucursal, &#191;verdad?

S&#237;, en efecto. Pero no, la dificultad no est&#225; en sustituirle. Esto ya est&#225; decidido.

Ravanello hizo una pausa antes de decir cu&#225;l era la causa de la preocupaci&#243;n del banco, pero Brunetti aprovech&#243; la interrupci&#243;n para preguntar:

&#191;Qui&#233;n va a sustituirle?

Ravanello levant&#243; la mirada, sorprendido por la pregunta.

Yo le sustituyo, ya que era su subdirector. Pero, como le digo, no es esto lo que preocupa al banco.

Que Brunetti supiera -y la experiencia no hab&#237;a demostrado que estuviera equivocado-, lo &#250;nico que preocupaba a un banco era cu&#225;nto dinero ganaba o perd&#237;a. Con una sonrisa de curiosidad, pregunt&#243;:

&#191;Y qu&#233; es, signor Ravanello?

El esc&#225;ndalo. Este espantoso esc&#225;ndalo. Usted debe de saber que una persona que ocupa un cargo de responsabilidad en un banco ha de ser prudente. La discreci&#243;n es imprescindible.

Brunetti sab&#237;a que si un empleado de banca era visto en una sala de juego o firmaba un cheque sin fondos pod&#237;a ser despedido; pero no le parec&#237;a que esto fuera una servidumbre excesiva para una persona a quien la gente confiaba su dinero.

&#191;A qu&#233; esc&#225;ndalo se refiere?

Siendo comisario de polic&#237;a, debe de saber las circunstancias en las que fue hallado el cad&#225;ver de Leonardo.

Brunetti asinti&#243;.

Por desgracia, eso ha pasado a ser de dominio p&#250;blico, tanto aqu&#237; como en Verona. Hemos recibido numerosas llamadas de nuestros clientes, personas que hab&#237;an tratado con Leonardo durante muchos a&#241;os. Tres de ellos han retirado sus fondos del banco. Dos ten&#237;an cuentas considerables, lo que supone una fuerte p&#233;rdida para el banco. Y hoy es s&#243;lo el primer d&#237;a.

&#191;Cree que esas decisiones son consecuencia de las circunstancias en que fue hallado el cad&#225;ver del signor Mascari?

Eso me parece obvio. Yo dir&#237;a que no puede estar m&#225;s claro -dijo Ravanello, pero parec&#237;a m&#225;s preocupado que indignado.

&#191;Cree que habr&#225; m&#225;s cancelaciones de cuentas por esta causa?

Quiz&#225;. O quiz&#225; no. Estos casos representan p&#233;rdidas reales que podemos atribuir directamente a la muerte de Leonardo. Pero nos preocupan mucho m&#225;s las p&#233;rdidas potenciales.

&#191;Por ejemplo?

Las personas que opten por no trabajar con nosotros. Personas que, al enterarse de esto, decidan confiar su cuenta a otro banco.

Brunetti reflexion&#243; y repar&#243; una vez m&#225;s en que los banqueros siempre evitaban utilizar la palabra dinero, y pens&#243; en la amplia variedad de palabras que hab&#237;an inventado para sustituir esa voz m&#225;s vulgar: fondos, inversiones, l&#237;quido, activo. Por regla general, los eufemismos se utilizaban para cosas m&#225;s elementales, como la muerte y las funciones corporales. &#191;Significaba esto que hab&#237;a algo intr&#237;nsecamente s&#243;rdido en el dinero y que el lenguaje de los banqueros trataba de enmascarar o negar su inmundicia? Volvi&#243; a mirar a Ravanello.

&#191;Tiene idea de la cantidad que eso pueda suponer?

No -dijo Ravanello, moviendo la cabeza, como si hablaran de la muerte o de una grave enfermedad-. Imposible calcularlo.

Y lo que llama usted p&#233;rdidas reales, &#191;a cu&#225;nto ascienden?

La expresi&#243;n de Ravanello reflej&#243; ahora cautela.

&#191;Podr&#237;a decirme para qu&#233; necesita esa informaci&#243;n, comisario?

No es que yo necesite esa informaci&#243;n en concreto, signor Ravanello. A&#250;n nos encontramos en la fase inicial de esta investigaci&#243;n y deseo reunir la mayor cantidad de informaci&#243;n posible, del mayor n&#250;mero de fuentes posible. No estoy seguro de qu&#233; informaci&#243;n resultar&#225; importante, y eso no podremos determinarlo hasta que sepamos todo lo que haya que saber acerca del signor Mascari.

Comprendo -dijo Ravanello. Extendi&#243; el brazo y se acerc&#243; una carpeta-. Tengo aqu&#237; esas cifras, comisario. Precisamente estaba estudi&#225;ndolas. -Abri&#243; la carpeta y recorri&#243; con el dedo una columna de nombres y n&#250;meros extra&#237;da de un ordenador-. La cuant&#237;a de las dos cuentas principales rescindidas; la tercera es insignificante, es de unos ocho mil millones de liras.

Y eso, &#191;porque estaba vestido de mujer? -dijo Brunetti, exagerando intencionadamente su reacci&#243;n.

Ravanello apenas pudo disimular el desagrado que le produc&#237;a esta frivolidad.

No, comisario, no es porque estuviera vestido de mujer. Es porque esa conducta sugiere una gran irresponsabilidad, y nuestros inversores, quiz&#225; justificadamente, temen que esa irresponsabilidad marcara tanto su vida privada como su actividad profesional.

&#191;Y los clientes retiran sus fondos porque temen que haya arruinado al banco para comprarse medias y ropa interior de encaje?

No veo la necesidad de bromear sobre eso, comisario -dijo Ravanello con una voz que deb&#237;a de haber puesto de rodillas a innumerables acreedores.

S&#243;lo trato de sugerir que me parece una reacci&#243;n exagerada frente a la muerte de ese hombre.

Es muy comprometedora.

&#191;Para qui&#233;n?

Para el banco, por supuesto. Pero mucho m&#225;s para el propio Leonardo.

Signor Ravanello, por muy comprometedora que parezca la muerte del signor Mascari, a&#250;n no tenemos constancia de las circunstancias en que se produjo.

&#191;Es que no se le encontr&#243; vestido de mujer?

Signor Ravanello, si yo le visto a usted de mono, ello no significa que sea usted un mono.

&#191;Qu&#233; quiere decir con eso? -pregunt&#243; Ravanello, ya sin disimular la irritaci&#243;n.

Quiero decir lo que he dicho, ni m&#225;s ni menos: el que el signor Mascari estuviera vestido de mujer en el momento de su muerte no significa necesariamente que fuera un travesti En realidad, no significa que hubiera en su vida ni la menor irregularidad.

Eso no puedo creerlo -dijo Ravanello.

Por lo visto, sus inversores tampoco.

No puedo creerlo por otras razones, comisario -dijo Ravanello, que mir&#243; la carpeta, la cerr&#243; y la apart&#243; a un lado de la mesa.

&#191;S&#237;?

Es dif&#237;cil hablar de esto -dijo el hombre, como si hablara con la carpeta, que ahora traslad&#243; al otro lado del escritorio.

En vista de que no dec&#237;a m&#225;s, Brunetti inst&#243;, con voz m&#225;s suave:

Siga, signor Ravanello.

Yo era amigo de Leonardo. Quiz&#225; su &#250;nico amigo. -Levant&#243; la cara y luego volvi&#243; a mirarse las manos-. Yo sab&#237;a lo que hac&#237;a -dijo a media voz.

&#191;Qu&#233; sab&#237;a, signor Ravanello?

Que se disfrazaba. Y que iba con chicos.

Se sonroj&#243; al decirlo, pero sigui&#243; mir&#225;ndose las manos.

&#191;C&#243;mo se enter&#243;?

Leonardo me lo dijo. -Hizo una pausa y aspir&#243; profundamente-. Hemos trabajado juntos durante diez a&#241;os. Nuestras familias se conocen. Leonardo era padrino de mi hijo. No creo que tuviera otros amigos, lo que se dice amigos.

Ravanello dej&#243; de hablar, como si fuera esto lo &#250;nico que pod&#237;a decir.

Brunetti esper&#243; un momento antes de preguntar:

&#191;C&#243;mo se lo dijo? &#191;Y qu&#233; le dijo exactamente?

Era domingo, est&#225;bamos aqu&#237;, trabajando, solos &#233;l y yo. Los ordenadores hab&#237;an estado bloqueados el viernes y el s&#225;bado y no hab&#237;amos podido empezar a trabajar con ellos hasta el domingo. Est&#225;bamos sentados en las terminales del despacho general, y &#233;l, sencillamente, se volvi&#243; hacia m&#237; y me lo dijo.

&#191;Qu&#233; le dijo?

Fue muy extra&#241;o, comisario. Se me qued&#243; mirando. Al ver que hab&#237;a dejado de trabajar, pens&#233; que quer&#237;a decirme algo, preguntar algo acerca de la transacci&#243;n que estaba pasando. -Ravanello hizo una pausa, rememorando la escena. Me dijo-: &#191;Sabes, Marco? A m&#237; me gustan los chicos. Y sigui&#243; trabajando, como si acabara de darme el n&#250;mero de una operaci&#243;n o la cotizaci&#243;n de unas acciones. Fue muy extra&#241;o.

Brunetti dej&#243; que se hiciera un silencio antes de preguntar:

&#191;Dio alguna explicaci&#243;n a estas palabras o agreg&#243; algo?

S&#237;; aquella tarde, cuando terminamos el trabajo, le pregunt&#233; qu&#233; hab&#237;a querido decir, y me lo explic&#243;.

&#191;Qu&#233; dijo?

Que le gustaban los chicos, no las mujeres.

&#191;Los chicos o los hombres?

Ragazzi. Los chicos.

&#191;Le habl&#243; de travestismo?

Aquel d&#237;a, no. Pero me habl&#243; al cabo de un mes. &#237;bamos en el tren, a la central de Verona, y en el and&#233;n de la estaci&#243;n de Padua hab&#237;a un grupo de ellos. Entonces me lo dijo.

&#191;C&#243;mo reaccion&#243; usted?

Me qued&#233; helado, como puede figurarse. Nunca hubiera podido sospechar eso de Leonardo.

&#191;Usted le advirti&#243;?

&#191;De qu&#233;?

Del peligro que supon&#237;a para su posici&#243;n en el banco.

Naturalmente. Le dije que, si alguien se enteraba, su carrera estaba acabada.

&#191;Por qu&#233;? Estoy seguro de que hay homosexuales que trabajan en bancos.

No es eso. Era lo de vestirse de mujer y de ir con chaperos.

&#191;Le dijo &#233;l eso?

S&#237;. Me dijo que recurr&#237;a a ellos y que a veces &#233;l tambi&#233;n lo hac&#237;a.

&#191;Hac&#237;a qu&#233;?

Dedicarse a la prostituci&#243;n. Por dinero. Le dije que eso pod&#237;a destruirlo. -Ravanello hizo una pausa y agreg&#243;-: Y lo ha destruido.

Signor Ravanello, &#191;por qu&#233; no hab&#237;a contado esto a la polic&#237;a?

Acabo de cont&#225;rselo, comisario. Se lo he contado todo.

S&#237;; porque he venido a preguntar. Usted no nos ha llamado.

No vi la raz&#243;n para destruir su reputaci&#243;n -dijo Ravanello al fin.

Por lo que me ha dicho acerca de la reacci&#243;n de sus clientes, no parece quedar mucho por destruir.

No me pareci&#243; importante. -Al observar el gesto de Brunetti, dijo-: Ver&#225;, todo el mundo parec&#237;a estar enterado. No vi raz&#243;n para traicionar su confianza.

Sospecho que a&#250;n hay algo que no me ha dicho, signor Ravanello.

El hombre sostuvo la mirada de Brunetti s&#243;lo un momento.

Tambi&#233;n quer&#237;a proteger al banco. Quer&#237;a averiguar si Leonardo si Leonardo hab&#237;a cometido alguna irregularidad.

&#191;As&#237; llaman los banqueros al desfalco?

Una vez m&#225;s, Ravanello manifest&#243; con un rictus de los labios la opini&#243;n que le merec&#237;an las expresiones de Brunetti.

Quer&#237;a estar seguro de que el banco no hab&#237;a sido afectado por sus indiscreciones.

&#191;Y eso quiere decir?

Est&#225; bien, comisario -dijo Ravanello inclin&#225;ndose hacia adelante y hablando con impaciencia-. Quer&#237;a estar seguro de que sus cuentas estaban en orden, de que no faltaba nada de los fondos que &#233;l manejaba.

Habr&#225; tenido una ma&#241;ana muy atareada.

No; estuve aqu&#237; el fin de semana. He pasado casi todo el s&#225;bado y el domingo delante del ordenador, revisando sus archivos de los tres &#250;ltimos a&#241;os. No he tenido tiempo para comprobar m&#225;s.

&#191;Y qu&#233; ha encontrado?

Absolutamente nada. Todo est&#225; en perfecto orden. Por muy irregular que fuera la conducta de Leonardo en su vida privada, en su trabajo era irreprochable.

&#191;Y si no hubiera sido as&#237;?

Entonces les hubiera llamado.

Ya. &#191;Puede darnos copia de esos archivos?

Desde luego -accedi&#243; Ravanello, sorprendiendo a Brunetti por la rapidez de su asentimiento. La experiencia le hab&#237;a ense&#241;ado que los bancos son m&#225;s reacios a dar informaci&#243;n que a dar dinero. Generalmente, para conseguirla hac&#237;a falta un mandamiento judicial. Qu&#233; detalle tan agradable y complaciente el del signor Ravanello.

Muchas gracias, signor Ravanello. Uno de nuestros especialistas en contabilidad vendr&#225; a recoger esos datos, quiz&#225; ma&#241;ana.

Los tendr&#233; preparados.

Tambi&#233;n le agradecer&#237;a que tratara de recordar si hay algo m&#225;s que el signor Mascari le hubiera revelado acerca de su otra vida, su vida secreta.

As&#237; lo har&#233;. Pero creo que se lo he dicho todo.

Bien, quiz&#225; la impresi&#243;n del momento le impida recordar otras cosas, detalles. Le quedar&#237;a muy agradecido si anotara todo cuanto consiga recordar. Me pondr&#233; en contacto con usted dentro de un par de d&#237;as.

Est&#225; bien -repiti&#243; Ravanello, m&#225;s amable, al percibir que la entrevista tocaba a su fin.

Creo que eso es todo por hoy -dijo Brunetti poni&#233;ndose en pie-. Le agradezco su tiempo y su sinceridad, signor Ravanello. S&#233; lo dif&#237;cil que ha de ser para usted este trance. Ha perdido no s&#243;lo a un colega sino a un amigo.

En efecto -convino Ravanello.

Una vez m&#225;s -dijo Brunetti extendiendo la mano-, quiero darle las gracias por su tiempo y su colaboraci&#243;n. -Hizo una pausa y agreg&#243;-: Y por su honradez.

Ravanello levant&#243; r&#225;pidamente la mirada al o&#237;rlo, pero dijo:

A su disposici&#243;n, comisario.

Rode&#243; la mesa y precedi&#243; a Brunetti hasta la puerta. Sali&#243; del despacho con Brunetti y lo acompa&#241;&#243; a la entrada de las oficinas. All&#237; volvieron a estrecharse la mano, y Brunetti sali&#243; a la escalera por la que hab&#237;a seguido a Ravanello el s&#225;bado por la tarde.



18

Ya que estaba cerca de Rialto, hubiera podido ir a comer a casa, pero no quer&#237;a cocinar ni arriesgarse con el resto de la insalata di calamari que, al cuarto d&#237;a, ya no le ofrec&#237;a garant&#237;as. De modo que baj&#243; hasta Corte dei Milion y almorz&#243; satisfactoriamente en la peque&#241;a trattoria que parece acurrucarse en un rinc&#243;n del peque&#241;o campo.

A eso de las tres, regres&#243; a su despacho, y pens&#243; que ser&#237;a preferible bajar a hablar con Patta a esperar a que &#233;ste lo llamara. En el peque&#241;o antedespacho encontr&#243; a la signorina Elettra al lado de la mesita auxiliar, echando agua de una botella de pl&#225;stico en un gran jarro de cristal que conten&#237;a seis altos lirios de agua blancos, aunque no tanto como la blusa de algod&#243;n que ella llevaba con la falda de su traje chaqueta color p&#250;rpura. Al ver a Brunetti, sonri&#243; y dijo:

Es asombrosa la cantidad de agua que llegan a beber.

Brunetti, que no encontr&#243; nada que responder a esto, se content&#243; con devolverle la sonrisa y preguntar:

&#191;Est&#225;?

S&#237;. Acaba de volver de almorzar. Tiene una visita a las cuatro y media, por lo que, si tiene que hablar con &#233;l, m&#225;s vale que entre ahora.

&#191;Sabe de qu&#233; visita se trata?

Comisario, &#191;pretende que le haga una confidencia sobre la vida privada del vicequestore?. -pregunt&#243; ella, en tono escandalizado, y prosigui&#243;-: No me considero autorizada a revelar que la visita que espera es la de su abogado particular.

Ah, &#191;s&#237;? -dijo Brunetti, observando que los zapatos ten&#237;an el mismo tono p&#250;rpura que la falda. Hac&#237;a menos de una semana que ella trabajaba para Patta-. Entonces entrar&#233; ahora. -Se hizo un poco hacia un lado, llam&#243; a la puerta de Patta con los nudillos, esper&#243; el Avanti que respond&#237;a a su llamada y entr&#243;.

Puesto que aquel hombre estaba sentado al escritorio del despacho de Patta, ten&#237;a que ser el vicequestore Giuseppe Patta, pero se le parec&#237;a tanto como un retrato robot a la persona que pretende representar. Habitualmente, a estas alturas del verano, Patta ten&#237;a la piel de un color caoba claro, y ahora estaba descolorido, una palidez extra&#241;a se le hab&#237;a comido el bronceado. La robusta mand&#237;bula, que Brunetti no pod&#237;a mirar sin recordar las fotos de Mussolini que hab&#237;a visto en los libros de historia, hab&#237;a perdido pugnacidad, como si se hubiera ablandado y en cuesti&#243;n de d&#237;as fuera a quedar completamente fl&#225;cida. El nudo de la corbata estaba bien hecho, pero el cuello de la chaqueta necesitaba un cepillado. Hab&#237;a desaparecido el alfiler de la corbata, lo mismo que la flor de la solapa, lo que daba la extra&#241;a impresi&#243;n de que el vicequestore hab&#237;a venido al despacho a medio vestir.

Ah, Brunetti -dijo al ver entrar a su subordinado-. Si&#233;ntese. Si&#233;ntese, por favor.

En los cinco a&#241;os largos que Brunetti llevaba trabajando para Patta, &#233;sta era la primera vez que o&#237;a al vicequestore utilizar la f&#243;rmula de por favor como no fuera para reforzar un imperativo, apretando los dientes.

Brunetti obedeci&#243; y aguard&#243; nuevos prodigios.

Quer&#237;a darle las gracias por su gesti&#243;n -empez&#243; diciendo Patta, mirando a Brunetti durante un segundo y desviando la mirada, como si siguiera el vuelo de un p&#225;jaro que cruzara el despacho por detr&#225;s de Brunetti.

Como no estaba Paola, no hab&#237;a en casa ning&#250;n ejemplar de Gente ni Oggi, por lo que Brunetti no pod&#237;a estar seguro de que no se hubieran publicado m&#225;s chismes acerca de la signora Patta y Tito Burrasca, pero supuso que &#233;sta era la causa de la gratitud de Patta. Si Patta quer&#237;a atribuirlo a las supuestas relaciones de Brunetti con el mundo de la prensa antes que a la relativa intrascendencia de la conducta de su esposa, no ser&#237;a Brunetti quien le desenga&#241;ara.

No hay de qu&#233; darlas, se&#241;or -dijo con total veracidad.

Patta movi&#243; la cabeza de arriba abajo.

&#191;Y qu&#233; hay de ese asunto de Mestre?

Brunetti le hizo un breve resumen de lo averiguado hasta el momento, que termin&#243; con el informe de su visita a Ravanello de aquella ma&#241;ana y la manifestaci&#243;n de &#233;ste de que conoc&#237;a las inclinaciones y los gustos de Mascari.

Entonces parece claro que el asesino tiene que ser uno de sus, digamos, amiguitos -dijo Patta, demostrando su infalible instinto por la obviedad.

Eso, suponiendo que los hombres de nuestra edad puedan resultar sexualmente atractivos para otros hombres.

No s&#233; a qu&#233; se refiere, comisario -dijo Patta, recuperando un tono con el que Brunetti estaba m&#225;s familiarizado.

Todos suponemos que Mascari era un travesti o un chapero y que lo mataron por eso. Sin embargo, las &#250;nicas pruebas que tenemos son la circunstancia de que estaba vestido de mujer y las palabras del hombre que ha ocupado su puesto.

Un hombre que es director de banco, Brunetti -dijo Patta con su habitual deferencia hacia tales t&#237;tulos.

Cargo que ha de agradecer a la desaparici&#243;n del otro.

Los altos empleados de banca no se matan entre s&#237;, Brunetti -dijo Patta con la aplastante seguridad que lo caracterizaba.

Brunetti advirti&#243; el peligro cuando ya era tarde. Si Patta descubr&#237;a las ventajas de atribuir la muerte de Mascari a un violento episodio de su turbulenta vida privada, se sentir&#237;a justificado para dejar que fuera la polic&#237;a de Mestre la que buscara al responsable y retirar a Brunetti del caso.

Sin duda tiene usted raz&#243;n, se&#241;or -concedi&#243; Brunetti-, pero no creo que podamos arriesgarnos a dar a la prensa la impresi&#243;n de que no hemos explorado a fondo todas y cada una de las posibilidades.

Patta reaccion&#243; a esta alusi&#243;n a los medios de comunicaci&#243;n como el toro a un buen capotazo.

&#191;Qu&#233; sugiere entonces?

Creo que, por supuesto, deber&#237;amos concentrarnos en examinar el mundo de los travestis de Mestre, pero me parece que por lo menos hay que dar la impresi&#243;n de que se investiga la posible implicaci&#243;n del banco en los hechos, por remota que usted y yo la consideremos.

Casi con regia dignidad, Patta dijo:

No imagine que no lo comprendo, comisario. Si quiere investigar la hipot&#233;tica relaci&#243;n entre la muerte de ese hombre y el banco, no ser&#233; yo quien se lo impida, pero recuerde usted con qui&#233;n est&#225; tratando y disp&#233;nseles el respeto que su posici&#243;n merece.

Por supuesto.

Entonces adelante, pero no haga nada sin antes consultarme.

S&#237;, se&#241;or. &#191;Desea algo m&#225;s?

Nada m&#225;s.

Brunetti se levant&#243;, acerc&#243; la silla al escritorio y sali&#243; del despacho sin otra palabra. La signorina Elettra estaba hojeando una carpeta.

Signorina, &#191;ha conseguido ya esos informes financieros?

&#191;Sobre cu&#225;l de los dos? -pregunt&#243; ella con una sonrisita.

&#191;Eh? -hizo Brunetti, desconcertado.

&#191;El avvocato Santomauro o el signor Burrasca? -Brunetti estaba tan absorto en el caso de la muerte de Mascari que hab&#237;a olvidado que se hab&#237;a encargado a la signorina Elettra que tambi&#233;n buscara informaci&#243;n sobre el director de cine.

Ah, lo hab&#237;a olvidado -reconoci&#243; Brunetti. El que ella hubiera mencionado a Burrasca indicaba que quer&#237;a hablar de &#233;l-. &#191;Qu&#233; ha encontrado sobre &#233;l?

La mujer dej&#243; la carpeta a un lado de la mesa y mir&#243; a Brunetti como si su pregunta la sorprendiera.

Que su apartamento de Mil&#225;n est&#225; en venta, que con sus tres &#250;ltimas pel&#237;culas ha perdido dinero y que los acreedores se han quedado con su casa de M&#243;naco. -Sonri&#243;-. &#191;Desea algo m&#225;s?

Brunetti asinti&#243;. &#191;C&#243;mo diantre lo hab&#237;a conseguido?

Se han presentado cargos criminales contra &#233;l en Estados Unidos, donde es ilegal utilizar a ni&#241;os en pel&#237;culas pornogr&#225;ficas. Y todas las copias de su &#250;ltima pel&#237;cula han sido confiscadas por la polic&#237;a de M&#243;naco, aunque no he podido descubrir por qu&#233;.

&#191;Y los impuestos? &#191;Son copias de sus declaraciones lo que estaba mirando?

Oh, no -respondi&#243; ella en tono de reprobaci&#243;n-. Ya sabe lo dif&#237;cil que es conseguir informaci&#243;n de la oficina de Impuestos. -Hizo una pausa y agreg&#243;, como &#233;l esperaba-: A no ser que conozcas a alguien. No la tendr&#233; hasta ma&#241;ana.

&#191;Y entonces la pasar&#225; al vicequestore?

La signorina Elettra le obsequi&#243; con una mirada severa.

No, comisario; esperar&#233; por lo menos varios d&#237;as antes de d&#225;rsela.

&#191;Habla en serio?

Yo, cuando se trata del vicequestore, no bromeo.

Pero, &#191;por qu&#233; hacerle esperar?

&#191;Y por qu&#233; no?

A Brunetti le hubiera gustado saber qu&#233; c&#250;mulo de peque&#241;as ruindades hab&#237;a descargado Patta sobre la cabeza de esta mujer durante una semana, para hacerse acreedor a semejante represalia.

&#191;Y de Santomauro, qu&#233; ha encontrado?

Ah, el del avvocato es un caso totalmente distinto. Sus finanzas no podr&#237;an estar mejor. Tiene una cartera de acciones y bonos por valor de m&#225;s de quinientos millones de liras, que es por lo menos el doble de lo que normalmente declarar&#237;a un hombre de su posici&#243;n.

&#191;Y los impuestos?

Eso es lo m&#225;s extra&#241;o. Parece que lo declara todo. No hay pruebas de fraude.

Da la impresi&#243;n de que usted no lo cree.

Por favor, comisario -dijo ella con otra mirada de reproche, aunque &#233;sta no tan severa como la anterior-. No creer&#225; que alguien pone la verdad en su declaraci&#243;n de la renta. Y esto es lo curioso. Si declara todo lo que gana, a la fuerza ha de tener otra fuente de ingresos frente a la cual sus ganancias oficiales sean tan insignificantes que hacen que no merezca la pena defraudar.

Brunetti reflexion&#243;. Con las leyes tributarias existentes, no cab&#237;a otra explicaci&#243;n.

&#191;Su ordenador le da alg&#250;n indicio de la procedencia de ese dinero?

No; pero me dice que es presidente de la Lega della Moralit&#224;. Por lo tanto, lo l&#243;gico es buscar ah&#237;.

&#191;Podr&#237;an ustedes -empez&#243; a decir hablando en plural y se&#241;alando a la pantalla con el ment&#243;n- indagar en la Liga?

En eso estaba, comisario. Pero hasta el momento la liga se muestra tan escurridiza como las declaraciones del signor Burrasca.

Estoy seguro de que conseguir&#225; usted solventar todas las dificultades, signorina.

Ella inclin&#243; la cabeza, aceptando el cumplido como justo.

&#201;l decidi&#243; preguntar:

&#191;C&#243;mo es que se mueve con tanta seguridad por la red inform&#225;tica?

&#191;Cu&#225;l de ellas? -pregunt&#243; ella levantando la mirada.

La financiera.

Es que la utilizaba en mi anterior empleo -dijo ella, volviendo a fijar la atenci&#243;n en la pantalla.

&#191;Y d&#243;nde era eso, si me permite la pregunta? -dijo &#233;l, pensando en una agencia de seguros o, quiz&#225;, el despacho de un contable.

En la Banca d'Italia -respondi&#243; ella dirigi&#233;ndose tanto a la pantalla como a Brunetti.

&#201;l alz&#243; las cejas. Ella levant&#243; la mirada y, al ver su expresi&#243;n, explic&#243;:

Era secretaria del presidente.

No hab&#237;a que ser empleado del sector para calcular la p&#233;rdida salarial que el cambio supon&#237;a. Por otra parte, para la mayor&#237;a de los italianos, un empleo en un banco representaba la seguridad absoluta: la gente pasaba a&#241;os esperando ser admitida en un banco cualquiera, y no digamos en la Banca d'Italia, indiscutiblemente la mejor de estas instituciones. &#191;Y hab&#237;a dejado ese empleo por un trabajo de secretaria en la polic&#237;a? Incomprensible, incluso con flores de Fantin dos veces a la semana. Adem&#225;s, no trabajaba simplemente para la polic&#237;a, sino para Patta. Parec&#237;a un solemne disparate.

Comprendo -dijo &#233;l, aunque no era as&#237;-. Espero que se sienta a gusto entre nosotros.

Estoy segura de ello, comisario -dijo la signorina Elettra-. &#191;Desea alguna otra informaci&#243;n?

De momento, no, gracias -dijo Brunetti, y la dej&#243; para volver a su despacho.

Por la l&#237;nea directa marc&#243; el n&#250;mero del hotel de Bolzano y pidi&#243; por la signora Brunetti. La signora Brunetti, le dijeron, hab&#237;a salido a dar un paseo y no regresar&#237;a hasta la hora de cenar. No dej&#243; mensaje, s&#243;lo se identific&#243; y colg&#243;.

El tel&#233;fono son&#243; casi inmediatamente. Era Padovani, que le llamaba desde Roma, excus&#225;ndose por no haber podido averiguar nada nuevo acerca de Santomauro. Hab&#237;a llamado a varias personas, tanto en Roma como en Venecia, pero todas estaban fuera, de vacaciones, y s&#243;lo hab&#237;a podido dejar una serie de mensajes en contestadores, rogando a sus amigos que le llamasen, pero sin explicar por qu&#233; deseaba hablar con ellos. Brunetti le dio las gracias y le pidi&#243; que le llamara si descubr&#237;a algo nuevo.

Despu&#233;s de colgar, Brunetti revolvi&#243; entre los papeles que ten&#237;a encima de la mesa hasta encontrar el que buscaba: el informe de la autopsia de Mascari, y volvi&#243; a leerlo atentamente. En la p&#225;gina cuatro estaba lo que le interesaba. Peque&#241;os ara&#241;azos y cortes en las piernas, sin efusi&#243;n de sangre. Ara&#241;azos producidos sin duda por las afiladas hojas de la Aqu&#237; el forense, alardeando de sus conocimientos de bot&#225;nica, daba el nombre latino de la hierba entre la que se hallaba escondido el cad&#225;ver de Mascari.

Los muertos no sangran; no hay presi&#243;n que haga brotar la sangre. &#201;ste era uno de los principios de medicina forense que hab&#237;a aprendido Brunetti. Si los ara&#241;azos hab&#237;an sido causados por la -repiti&#243; en voz alta las sonoras s&#237;labas del nombre latino-, no habr&#237;an sangrado, porque Mascari estaba muerto cuando su cuerpo fue ara&#241;ado por esas hojas. Pero los cortes tampoco hubieran sangrado, si le hab&#237;an afeitado las piernas despu&#233;s de muerto.

Brunetti nunca se hab&#237;a afeitado nada m&#225;s que la cara, pero durante muchos a&#241;os hab&#237;a visto a Paola pasarse la maquinilla por las pantorrillas, los tobillos y las rodillas, y hab&#237;a perdido la cuenta de las veces que la hab&#237;a o&#237;do renegar en voz baja en el cuarto de ba&#241;o y visto salir con un trocito de papel higi&#233;nico pegado a la piel. Paola se hab&#237;a afeitado las piernas peri&#243;dicamente desde que &#233;l la conoc&#237;a, y a&#250;n se cortaba. No parec&#237;a probable que Mascari se hubiera afeitado las piernas sin que su esposa lo notara, aunque no la llamara por tel&#233;fono cuando estaba de viaje.

Volvi&#243; a mirar el informe de la autopsia: No se observan indicios de que los cortes de las piernas hayan sangrado. No; a pesar del vestido rojo y los zapatos rojos, a pesar del maquillaje y de la ropa interior, el signor Mascari no se hab&#237;a afeitado las piernas. Y eso significaba que ten&#237;a que hab&#233;rselas afeitado otra persona, una vez muerto.



19

Brunetti estaba sentado ante la mesa de su despacho, con la esperanza de que, al atardecer, se levantara un poco de aire que mitigara el calor, pero su esperanza result&#243; tan vana como sus esfuerzos por descubrir una relaci&#243;n entre los incoherentes datos que hab&#237;a conseguido reunir. Le parec&#237;a evidente que lo del travestismo era un montaje post mortem que ten&#237;a por objeto desviar la atenci&#243;n del verdadero m&#243;vil del asesinato de Mascari. Esto quer&#237;a decir que Ravanello, la &#250;nica persona que hab&#237;a o&#237;do la confesi&#243;n de Mascari, ment&#237;a y, probablemente, sab&#237;a algo del asesinato. Pero, si bien a Brunetti no le costaba ning&#250;n trabajo creer que los altos empleados de banca pueden matar, no llegaba a convencerse de que utilizaran este procedimiento para acelerar su ascenso.

Ravanello no s&#243;lo no hab&#237;a tenido inconveniente en reconocer que aquel fin de semana hab&#237;a estado en la oficina sino que, en realidad, lo hab&#237;a manifestado espont&#225;neamente. Y, una vez identificado Mascari, su reacci&#243;n parec&#237;a l&#243;gica, era lo que har&#237;a un buen amigo. Y lo que har&#237;a tambi&#233;n un buen empleado.

Sin embargo, &#191;por qu&#233; no se hab&#237;a identificado por tel&#233;fono el s&#225;bado? &#191;Por qu&#233; ocultar, ni que fuera a un desconocido, que &#233;l estaba en el banco aquella tarde?

Son&#243; el tel&#233;fono y, todav&#237;a absorto en estos pensamientos y embotado por el calor, dio su nombre:

Brunetti.

Tengo que hablar con usted -dijo una voz masculina-. Personalmente.

&#191;Qui&#233;n es? -pregunt&#243; Brunetti con calma.

Prefiero no decirlo -respondi&#243; la voz.

En tal caso, yo prefiero no hablar -dijo Brunetti, y colg&#243;.

Esta reacci&#243;n sol&#237;a desconcertar a la gente de tal modo que invariablemente no pod&#237;an resistir el impulso de volver a llamar. A los pocos minutos, el tel&#233;fono volvi&#243; a sonar y Brunetti contest&#243; lo mismo que antes.

Es muy importante -dijo la voz.

Tambi&#233;n lo es para m&#237; saber con qui&#233;n hablo -respondi&#243; Brunetti con indiferencia.

Hablamos la semana pasada.

La semana pasada habl&#233; con mucha gente, signor Crespo, pero son muy pocas las personas que me han llamado para decirme que quieren verme.

Crespo tard&#243; en responder, y cuando Brunetti ya empezaba a temer que ahora fuera el otro el que colgara, el joven dijo:

Quiero verle y hablar con usted.

Ya estamos hablando, signor Crespo.

No; quiero darle algo, fotos y papeles.

&#191;Qu&#233; clase de papeles y de fotos?

Lo sabr&#225; cuando los vea.

&#191;De qu&#233; se trata, signor Crespo?

De Mascari. La polic&#237;a est&#225; equivocada respecto a &#233;l.

Brunetti opinaba lo mismo que Crespo, pero decidi&#243; reservarse esta opini&#243;n.

&#191;En qu&#233; estamos equivocados?

Se lo dir&#233; cuando nos veamos.

Brunetti le not&#243; en la voz que estaba perdiendo el valor o el impulso que le hab&#237;a hecho llamarle.

&#191;D&#243;nde quiere que nos veamos?

&#191;Conoce Mestre?

Bastante bien.

Adem&#225;s, siempre podr&#237;a preguntar a Gallo o a Vianello.

&#191;Conoce el aparcamiento que hay a la entrada del t&#250;nel que va a la estaci&#243;n?

Era uno de los pocos sitios pr&#243;ximos a Venecia en los que a&#250;n se pod&#237;a aparcar gratis. Dejabas el coche en el aparcamiento o en la calle arbolada que conduc&#237;a al t&#250;nel, cruzabas &#233;ste y sal&#237;as al and&#233;n de los trenes de Venecia. Diez minutos de tren y te ahorrabas tener que hacer cola y pagar en Tronchetto.

Lo conozco.

Lo espero all&#237; esta noche.

&#191;A qu&#233; hora?

Tarde. Antes tengo cosas que hacer, y no s&#233; cu&#225;ndo terminar&#233;.

&#191;A qu&#233; hora?

Estar&#233; all&#237; a la una de la madrugada.

&#191;Estar&#225; d&#243;nde?

Al salir del t&#250;nel, la primera calle a la derecha. Estar&#233; aparcado a la derecha, en un Panda azul claro.

&#191;Por qu&#233; me ha preguntado si conoc&#237;a el aparcamiento?

Por nada. S&#243;lo quer&#237;a saber si conoc&#237;a el sitio. No quiero esperar en el aparcamiento. Demasiada luz.

De acuerdo, signor Crespo, all&#237; nos veremos.

Bien -dijo Crespo, y colg&#243; sin dar tiempo a Brunetti a decir m&#225;s.

Vaya, se preguntaba Brunetti, &#191;qui&#233;n habr&#237;a inducido al signor Crespo a hacer esta llamada? Ni por un momento pens&#243; que Crespo le hubiera llamado espont&#225;neamente; de una persona como Crespo nunca partir&#237;a semejante iniciativa. Pero ello no mermaba su curiosidad por averiguar a qu&#233; obedec&#237;a la llamada. Lo m&#225;s probable era que alguien quisiera hacerle llegar una amenaza, o quiz&#225; algo m&#225;s fuerte, y para ello, &#191;qu&#233; mejor medio que atraerlo a una calle apartada a la una de la madrugada?

Llam&#243; a la questura de Mestre y pregunt&#243; por el sargento Gallo, y le dijeron que el sargento hab&#237;a sido enviado a Mil&#225;n, donde permanecer&#237;a varios d&#237;as, para declarar en un juicio. &#191;Deseaba hablar con el sargento Buffo, que sustitu&#237;a al sargento Gallo? Brunetti dijo que no y colg&#243;.

Llam&#243; a Vianello a su despacho. Cuando entr&#243; el sargento, Brunetti le pidi&#243; que se sentara y le inform&#243; de la llamada de Crespo y de la suya a Gallo.

&#191;Usted qu&#233; opina? -pregunt&#243; Brunetti.

Yo dir&#237;a que, en fin, alguien quiere sacarlo de Venecia y atraerlo a un lugar en el que no est&#233; bien protegido. Y, si ha de tener protecci&#243;n, tendr&#225;n que d&#225;rsela nuestros hombres.

&#191;Qu&#233; medios cree que utilizar&#237;an?

Alguien que dispare desde un coche estacionado. Pero se imaginar&#225;n que tendremos all&#237; a nuestra gente. Tambi&#233;n podr&#237;an utilizar un coche o una moto en marcha, para atropellado o dispararle.

&#191;Y una bomba? -pregunt&#243; Brunetti con un involuntario escalofr&#237;o, al pensar en los destrozos que produc&#237;an las bombas utilizadas contra pol&#237;ticos y jueces.

No; no creo que sea usted lo bastante importante -dijo Vianello.

Triste consuelo, pero consuelo al fin.

Gracias. Supongo que lo intentar&#225;n desde alg&#250;n coche o moto en marcha.

&#191;Y qu&#233; dispone usted, comisario?

Quiero agentes, por lo menos, en dos casas, uno a cada extremo de la calle. Y alguien en la parte trasera de un coche, entre los asientos, pero tendr&#237;a que ser un voluntario. Un coche cerrado, con este calor, ser&#225; un infierno. Tres personas en total. No creo poder asignar a nadie m&#225;s.

Yo no quepo entre los asientos de un coche, y no me seduce quedarme quieto en una casa, vigilando. Lo que me gustar&#237;a es aparcar a la vuelta de la esquina, si consigo convencer a una de las agentes para que me haga compa&#241;&#237;a y nos arrullemos un rato.

Quiz&#225; la signorina Elettra se ofrezca voluntaria -ri&#243; Brunetti.

La voz de Vianello ten&#237;a una sequedad ins&#243;lita al decir:

No bromeo, comisario. Conozco esa calle; mi t&#237;a de Treviso siempre deja el coche all&#237; cuando viene a vernos, y al regreso yo la acompa&#241;o. He visto all&#237; a muchas parejas en coches, por lo que una m&#225;s no llamar&#225; la atenci&#243;n.

Brunetti fue a preguntar qu&#233; pensar&#237;a Nadia de esto, pero reflexion&#243; y opt&#243; por callar.

De acuerdo, pero tiene que ser una voluntaria. No me gusta hacer intervenir a una mujer en una misi&#243;n peligrosa. -Antes de que Vianello pudiera hacer alguna objeci&#243;n, Brunetti agreg&#243;-: Aunque sea agente de polic&#237;a.

&#191;Hab&#237;a mirado al techo Vianello al o&#237;rlo? A Brunetti le parec&#237;a que s&#237;, pero no hizo ning&#250;n comentario.

&#191;Algo m&#225;s, sargento?

&#191;Le ha dicho que est&#233; all&#237; a la una?

S&#237;.

No hay trenes a esa hora. Tendr&#225; que ir en autob&#250;s y cruzar la estaci&#243;n y el t&#250;nel a pie.

&#191;Y c&#243;mo regreso a Venecia?

Eso depende de lo que ocurra, supongo.

S&#237;, naturalmente.

Ver&#233; si encuentro a alguien que quiera meterse entre los asientos del coche -dijo Vianello.

&#191;Qui&#233;nes tienen el turno de noche esta semana?

Riverre y Alvise.

Ah -hizo Brunetti tan s&#243;lo, pero la exclamaci&#243;n no pod&#237;a ser m&#225;s elocuente.

Son los que est&#225;n en la lista.

Pues vale m&#225;s que los sit&#250;e en las casas. -Ninguno de los dos quer&#237;a decir que, si los pon&#237;an en la parte trasera de un coche, era probable que tanto Riverre como Alvise se quedaran dormidos. Naturalmente, tambi&#233;n en la casa pod&#237;an dormirse, pero all&#237; quiz&#225; la curiosidad de los due&#241;os contribuyera a mantenerlos despiertos.

&#191;Y los otros? &#191;Cree que podr&#225; conseguir voluntarios?

No habr&#225; dificultades -le asegur&#243; Vianello-. Gallo no tendr&#225; inconveniente, y tambi&#233;n hablar&#233; con Maria Nardi. Quiz&#225; ella quiera venir. Su marido estar&#225; en Mil&#225;n una semana, haciendo un cursillo. Adem&#225;s, son horas extras, &#191;verdad?

Brunetti asinti&#243; y dijo:

Pero d&#237;gales que puede haber peligro.

&#191;Peligro? &#191;En Mestre? -ri&#243; Vianello descartando la idea, y a&#241;adi&#243;-: &#191;Quiere llevar radio?

No creo que haga falta, si puedo contar con ustedes cuatro.

Por lo menos, con dos -puntualiz&#243; Vianello, ahorr&#225;ndole la violencia de tener que hablar mal de sus subalternos.

Si vamos a tener que estar de pie toda la noche, vale m&#225;s que ahora nos vayamos un rato a casa -dijo Brunetti mirando el reloj.

Hasta la noche, comisario -dijo Vianello poni&#233;ndose de pie.

Como hab&#237;a dicho Vianello, a la hora en que Brunetti ten&#237;a que estar en la estaci&#243;n de Mestre no circulaban trenes, por lo que el comisario tuvo que tomar el autob&#250;s de la l&#237;nea 1. Cuando el veh&#237;culo se detuvo en la parada situada frente a la estaci&#243;n, &#233;l fue el &#250;nico pasajero que se ape&#243;.

Subi&#243; la escalinata de la estaci&#243;n, luego baj&#243; al paso subterr&#225;neo para cruzar las v&#237;as y sali&#243; a una calle tranquila, bordeada de &#225;rboles. A su espalda quedaba el aparcamiento, bien iluminado y lleno de los coches que all&#237; pasaban la noche. En la calle que ten&#237;a delante hab&#237;a coches aparcados a uno y otro lado, a la luz difusa de las escasas farolas que se filtraba a trav&#233;s de los &#225;rboles. Brunetti permaneci&#243; en el lado derecho de la calle, en el que hab&#237;a menos &#225;rboles y m&#225;s luz. Fue hasta la primera bocacalle, se par&#243; y mir&#243; a derecha e izquierda. Unos cuatro coches m&#225;s abajo, al otro lado de la calle, vio una pareja que se abrazaba con ansia, pero la cabeza de la mujer le tapaba la cara del hombre, y no hubiera podido decir si era Vianello o alg&#250;n otro padre de familia que hurtaba una hora a sus obligaciones.

Brunetti mir&#243; calle abajo, examinando las casas de uno y otro lado. A media manzana, por la ventana de una planta baja, se filtraba el leve resplandor gris&#225;ceo de un televisor. Todas las dem&#225;s estaban oscuras. Riverre y Alvise estar&#237;an en dos de estas ventanas, pero no deseaba mirar en direcci&#243;n a ellos; tem&#237;a que pudieran tomarlo como una se&#241;al y salir corriendo en su ayuda.

Torci&#243; por la primera bocacalle, buscando en el lado derecho un Panda azul claro. Fue hasta el final de la calle, sin ver ning&#250;n coche que se ajustara a esta descripci&#243;n, dio media vuelta y retrocedi&#243;. Nada. Observ&#243; que en la esquina hab&#237;a un gran contenedor de desperdicios, y cruz&#243; al otro lado, pensando una vez m&#225;s en las fotograf&#237;as de los restos del coche del juez Falcone. Un coche entr&#243; en la calle desde la rotonda, aminor&#243; la marcha, yendo hacia Brunetti, que retrocedi&#243; buscando la protecci&#243;n de los coches aparcados, pero el reci&#233;n llegado pas&#243; y entr&#243; en el aparcamiento. El conductor sali&#243;, cerr&#243; la puerta y desapareci&#243; por el t&#250;nel de la estaci&#243;n.

Diez minutos despu&#233;s, Brunetti volvi&#243; a bajar por la misma calle. Ahora miraba al interior de cada coche. En uno hab&#237;a una manta en el suelo entre los asientos y, sintiendo el calor que hac&#237;a al aire libre, compadeci&#243; a quienquiera que estuviera debajo.

Al cabo de media hora, Brunetti comprendi&#243; que Crespo no se presentar&#237;a. Volvi&#243; a la calle transversal, gir&#243; a la izquierda y baj&#243; hasta el coche en el que segu&#237;a arrull&#225;ndose la pareja. Brunetti dio unos golpecitos con los nudillos en el cap&#243; y Vianello solt&#243; a la sofocada agente Maria Nardi y baj&#243; del coche.

Nada -dijo Brunetti mirando su reloj-. Son casi las dos.

Qu&#233; se le va a hacer -suspir&#243; Vianello-. Regresemos. -Se agach&#243; para decir a la mujer-: Llame a Riverre y Alvise. Nos volvemos. Que nos sigan.

&#191;Y el que est&#225; en el coche? -pregunt&#243; Brunetti.

Ha venido con Riverre y Alvise. Se ir&#225;n juntos.

Dentro del coche, la agente Nardi dec&#237;a por radio a los otros dos agentes que nadie hab&#237;a acudido a la cita y que regresaban todos a Venecia. Mir&#243; a Vianello:

Ya est&#225;, sargento. Ahora salen.

Dicho esto, la mujer sali&#243; del coche y abri&#243; la puerta trasera.

No; qu&#233;dese ah&#237; -dijo Brunetti-. Yo ir&#233; detr&#225;s.

No importa, comisario -dijo ella con una sonrisa t&#237;mida, y agreg&#243;-: Adem&#225;s, me gustar&#237;a alejarme un poco del sargento.

Subi&#243; al coche y cerr&#243; la puerta.

Brunetti y Vianello se miraron por encima del coche. Vianello esboz&#243; una sonrisa t&#237;mida. Entraron en el coche. Vianello hizo girar la llave del contacto. El motor arranc&#243; y se oy&#243; un agudo zumbido.

&#191;Qu&#233; es eso? -pregunt&#243; Brunetti. Para &#233;l, como para la mayor&#237;a de venecianos, los coches eran objetos extra&#241;os.

El cintur&#243;n de seguridad -dijo Vianello tirando de la cinta y abroch&#225;ndola al lado de la palanca del cambio.

Brunetti no hizo nada. Segu&#237;a oy&#233;ndose el zumbido.

&#191;No puede parar eso, Vianello?

Se parar&#225; solo, en cuanto usted se ponga el cintur&#243;n.

Brunetti rezong&#243; entre dientes que no le gustaba que una m&#225;quina le dijera lo que ten&#237;a que hacer, pero se abroch&#243; el cintur&#243;n, y luego murmur&#243; que estaba seguro de que esto deb&#237;a de ser otra de las chorradas ecol&#243;gicas de Vianello. Haciendo como si no le oyera, el sargento meti&#243; la primera y apart&#243; el coche del bordillo. Al llegar al extremo de la calle esperaron unos minutos hasta que el otro coche se uni&#243; a ellos. El agente Riverre iba sentado al volante, Alvise, a su lado y, al volverse a hacerles una se&#241;a, Brunetti vio otro bulto detr&#225;s, con la cabeza apoyada en el respaldo.

A esa hora apenas circulaban coches, y no tardaron en llegar a la carretera que conduc&#237;a a Ponte della Libert&#224;.

&#191;Qu&#233; cree que ha podido ocurrir? -pregunt&#243; Vianello.

Cre&#237; que era una encerrona o que alguien pretend&#237;a intimidarme, pero quiz&#225; me equivocaba y Crespo realmente quer&#237;a verme.

&#191;Y ahora qu&#233; har&#225;?

Ma&#241;ana ir&#233; a verlo, para enterarme de por qu&#233; no se ha presentado.

Entraron en el puente. Al frente se ve&#237;an las luces de la ciudad y a cada lado se extend&#237;a un agua negra y lisa, moteada a la izquierda por puntos luminosos de las lejanas islas de Murano y Burano. Vianello aceler&#243;, deseoso de llegar al garaje y, luego, a casa. Todos estaban cansados y defraudados. El segundo coche, que les segu&#237;a de cerca, se desvi&#243; de pronto al carril central y Riverre aceler&#243; y los adelant&#243;. Alvise asom&#243; la cabeza por la ventanilla y salud&#243; con la mano alegremente.

Al verlos, la agente Nardi se inclin&#243; hacia adelante y puso la mano en el hombro de Vianello.

Sargento -dijo y se interrumpi&#243; levantando la mirada hacia el retrovisor en el que de pronto hab&#237;an aparecido unos faros deslumbrantes. La agente Nardi le clav&#243; los dedos en el hombro y s&#243;lo pudo decir-: &#161;Cuidado! -antes de que el coche que les segu&#237;a se desviara al carril central, se situara a su lado y golpeara deliberadamente el guardabarros delantero izquierdo de su coche. La fuerza del impacto los lanz&#243; hacia la derecha haci&#233;ndoles chocar contra la barandilla del puente.

Vianello hizo girar el volante hacia la izquierda, pero su reacci&#243;n fue lenta, las ruedas traseras derraparon y el coche se desplaz&#243; al carril central. Otro coche que ven&#237;a detr&#225;s a toda velocidad hizo un quiebro y pas&#243; por el espacio que quedaba a la derecha, entre ellos y la barandilla. Entonces chocaron con la barandilla de la izquierda y el coche gir&#243; sobre s&#237; mismo y qued&#243; en el carril central, de cara a Mestre.

Atontado, sin saber si le dol&#237;a algo, Brunetti mir&#243; a trav&#233;s del destrozado parabrisas y s&#243;lo vio la refracci&#243;n de potentes faros que se acercaban y pasaban a su derecha, primero un par y luego otro. Se volvi&#243; hacia su izquierda y vio a Vianello inclinado hacia adelante, con el cuerpo sujeto por el cintur&#243;n. Brunetti solt&#243; el suyo, se volvi&#243; y agarr&#243; del hombro a Vianello.

Lorenzo, &#191;est&#225; bien?

El sargento abri&#243; los ojos y mir&#243; a Brunetti.

Creo que s&#237;.

Brunetti solt&#243; el otro cintur&#243;n. Vianello sigui&#243; erguido.

Fuera de aqu&#237; -dijo Brunetti tirando de la palanca de la puerta-. Salgamos antes de que uno de esos locos nos embista.

Se&#241;alaba por lo que quedaba del parabrisas las luces que ven&#237;an de Mestre.

Llamar&#233; a Riverre -dijo Vianello inclin&#225;ndose hacia la radio.

No; han pasado otros coches. Ya habr&#225;n avisado a los carabinieri de piazzale Roma.

Como confirmando sus palabras, empez&#243; a o&#237;rse una sirena en el extremo del puente y a lo lejos parpadearon las luces azules del coche de los carabinieri que se acercaba r&#225;pidamente circulando en direcci&#243;n contraria.

Brunetti se ape&#243; y abri&#243; la puerta trasera. La subagente Maria Nardi yac&#237;a en el asiento posterior, con el cuello doblado en un &#225;ngulo inveros&#237;mil.



20

El efecto fue tan deprimente como es de suponer. Ninguno de los dos hab&#237;a visto al coche que los embest&#237;a, no sab&#237;an ni el color ni el tama&#241;o, aunque, por la violencia del impacto, ten&#237;a que ser grande y potente. No hab&#237;a otro coche lo bastante cerca como para que alguien viera lo ocurrido y, si lo vio, no lo denunci&#243;. Era evidente que, despu&#233;s de golpearlos, su atacante hab&#237;a seguido hacia piazzale Roma, dado la vuelta r&#225;pidamente y regresado al continente, incluso antes de que se avisara a los carabinieri.

All&#237; mismo se certific&#243; la defunci&#243;n de la agente Nardi, cuyos restos fueron trasladados al hospedale civile, donde la autopsia confirmar&#237;a lo que era claramente visible por la posici&#243;n de la cabeza.

Ten&#237;a veintitr&#233;s a&#241;os -dijo Vianello sin mirar a Brunetti-. Se cas&#243; hace seis meses. Su marido est&#225; fuera, haciendo un cursillo de inform&#225;tica. En el coche me dec&#237;a c&#243;mo deseaba que Franco volviera a casa y lo mucho que lo echaba de menos. Durante la hora que hemos estado esperando no sab&#237;a hablar m&#225;s que de &#233;l. Era una criatura.

Brunetti no supo qu&#233; decir.

Deb&#237; obligarla a ponerse el cintur&#243;n. A&#250;n vivir&#237;a.

Basta, Lorenzo -dijo Brunetti con voz &#225;spera, pero no de c&#243;lera. Estaban en la questura, en el despacho de Vianello, esperando a que pasaran a m&#225;quina sus informes del incidente, para firmarlos antes de marcharse a casa-. Podr&#237;amos seguir as&#237; toda la noche. Yo no deb&#237; acudir a la cita de Crespo. Deb&#237; comprender que era demasiado f&#225;cil, deb&#237; desconfiar, cuando en Mestre no ocurr&#237;a nada. No faltar&#237;a sino lamentarnos de no haber llevado un coche blindado.

Vianello estaba sentado a un lado de su escritorio, mirando por encima del hombro de Brunetti. Ten&#237;a un bulto en el lado derecho de la frente, que empezaba a amoratarse.

Lo hecho, hecho est&#225;, y ella ha muerto -dijo con voz incolora.

Brunetti se inclin&#243; hacia adelante y le oprimi&#243; el brazo.

No la hemos matado nosotros, Lorenzo. Han sido los de ese otro coche. No podemos hacer nada m&#225;s que tratar de encontrarlos.

Pero eso no va a ayudar a Maria -dijo Vianello con amargura.

En este mundo, ya nada puede ayudar a Maria Nardi, Lorenzo. Los dos lo sabemos. Pero quiero encontrar a los hombres que iban en ese coche y a quienquiera que los haya enviado.

Vianello asinti&#243;, pero no ten&#237;a nada que decir a esto.

&#191;Y qui&#233;n se lo dir&#225; al marido?

&#191;D&#243;nde est&#225;?

En el hotel Imperio de Mil&#225;n.

Yo lo llamar&#233; por la ma&#241;ana -dijo Brunetti-. De nada servir&#237;a llamar ahora, como no fuera para adelantarle el sufrimiento.

Un agente de uniforme entr&#243; en el despacho con los originales de sus informes y dos fotocopias de cada uno. Los dos hombres leyeron atentamente el texto, firmaron el original y las copias y los devolvieron al agente. Cuando &#233;ste se fue, Brunetti se puso en pie y dijo:

Creo que ya es hora de irse a casa, Lorenzo. Son m&#225;s de las cuatro. &#191;Ha llamado a Nadia?

Vianello asinti&#243;. La hab&#237;a llamado desde la questura hac&#237;a una hora.

&#201;ste era el &#250;nico empleo que hab&#237;a podido conseguir.

Su padre era polic&#237;a, y alguien la recomend&#243; para que le dieran la plaza. &#191;Sabe lo que ella quer&#237;a ser en realidad, comisario?

No quiero hablar de esto, Lorenzo.

&#191;Sabe lo que quer&#237;a ser ella?

Lorenzo -dijo Brunetti en voz baja, en tono de advertencia.

Quer&#237;a ser maestra de escuela primaria, pero sab&#237;a que no encontrar&#237;a trabajo y por eso entr&#243; en la polic&#237;a.

Mientras hablaban, bajaban lentamente la escalera y ahora cruzaban el vest&#237;bulo en direcci&#243;n a la puerta doble. El agente de guardia, al ver a Brunetti, salud&#243;. Los dos hombres salieron a la calle. Del otro lado del canal, de los &#225;rboles de campo San Lorenzo, les lleg&#243; la algarab&#237;a casi ensordecedora de los p&#225;jaros que present&#237;an el amanecer. Ya no era noche cerrada, pero la luz era apenas una insinuaci&#243;n que, en lo que antes fuera oscuridad impenetrable, suger&#237;a un mundo de posibilidades infinitas.

Se pararon al borde del canal, de cara a los &#225;rboles, atra&#237;da la mirada por lo que percib&#237;a el o&#237;do. Los dos ten&#237;an las manos en los bolsillos y sent&#237;an el repentino enfriamiento del aire que precede al amanecer.

Esto no ten&#237;a que ocurrir -dijo Vianello, que dio media vuelta y se alej&#243; con un-: Arrivederci, comisario.

Brunetti ech&#243; a andar en sentido opuesto, hacia Rialto y las calles que lo llevar&#237;an a su casa. La hab&#237;an matado como a una mosca, alargaron la mano para aplastarlo a &#233;l y la hab&#237;an destruido a ella. Una joven que se inclinaba hacia adelante para decir algo a un amigo, poni&#233;ndole una mano en el hombro con adem&#225;n cordial y confiado. &#191;Qu&#233; quer&#237;a decir? &#191;Una frase jocosa? &#191;Que bromeaba cuando se neg&#243; a quedarse a su lado? &#191;O algo sobre Franco, unas palabras de a&#241;oranza? Nadie lo sabr&#237;a. Un pensamiento fugaz que hab&#237;a muerto con ella.

Llamar&#237;a a Franco, pero todav&#237;a no. Que durmiera antes del gran dolor. Brunetti sab&#237;a que ahora no podr&#237;a hablar al joven de la &#250;ltima hora de Maria, en el coche, con Vianello; ahora, no. Se lo dir&#237;a m&#225;s adelante, cuando el joven pudiera o&#237;rlo, despu&#233;s del gran dolor.

Cuando lleg&#243; a Rialto, mir&#243; hacia la izquierda y vio acercarse un vaporetto a la parada, y esto le decidi&#243;. Corri&#243; y tom&#243; el barco que lo dej&#243; en la estaci&#243;n antes de la salida del primer tren que cruzaba la carretera elevada. Sab&#237;a que Gallo no estar&#237;a hoy en la questura, por lo que en la estaci&#243;n de Mestre tom&#243; un taxi y se hizo llevar directamente a casa de Crespo.

La luz del d&#237;a hab&#237;a llegado sin que &#233;l lo advirtiera, y con ella volv&#237;a el calor, que quiz&#225; se dejaba sentir a&#250;n m&#225;s en esta ciudad de piedra, cemento, asfalto y casas altas. Brunetti casi se alegraba de la creciente mortificaci&#243;n del calor y la humedad, que lo distra&#237;a del recuerdo de lo que hab&#237;a visto aquella noche y de lo que empezaba a temer que encontrar&#237;a en el domicilio de Crespo.

El ascensor estaba climatizado, lo mismo que la &#250;ltima vez, lo que ya resultaba necesario incluso a hora tan temprana. Oprimi&#243; el bot&#243;n y la cabina, r&#225;pida y silenciosa, subi&#243; hasta la s&#233;ptima planta. Llam&#243; al timbre de Crespo, pero esta vez nadie contest&#243; desde dentro. Volvi&#243; a llamar, insisti&#243;, dejando el dedo en el pulsador. Ni pasos, ni voces, ni se&#241;ales de vida.

Sac&#243; la cartera y extrajo una fina placa de metal. Vianello hab&#237;a pasado toda una tarde ense&#241;&#225;ndole a hacer esto y, aunque en aquella ocasi&#243;n el comisario no se mostr&#243; un alumno muy h&#225;bil, ahora tard&#243; menos de diez segundos en abrir la puerta de Crespo. Cruz&#243; el umbral gritando:

Signor Crespo. La puerta estaba abierta. &#191;Est&#225; en casa?

No estar&#237;a de m&#225;s ser precavido.

No hab&#237;a nadie en la sala. La cocina resplandec&#237;a de tan limpia. Encontr&#243; a Crespo en el dormitorio, en la cama, con un pijama de seda amarilla. Ten&#237;a un cable telef&#243;nico atado al cuello y la cara hinchada, convertida en una horrible parodia de s&#237; misma.

Brunetti no se entretuvo en examinar la habitaci&#243;n sino que fue al apartamento de al lado y estuvo llamando a la puerta hasta que un hombre adormilado y furioso la abri&#243; gritando. Cuando lleg&#243; el equipo del laboratorio de la questura de Mestre, Brunetti ya hab&#237;a tenido tiempo para llamar al marido de Maria Nardi a Mil&#225;n y comunicarle lo sucedido. A diferencia del vecino de al lado, Nardi no grit&#243;, y Brunetti no hubiera podido decir si esto era mejor o peor.

Fue a la questura de Mestre, puso al corriente de lo ocurrido a Gallo, que acababa de regresar, y le encarg&#243; del examen del cad&#225;ver y el apartamento de Crespo, diciendo que aquella ma&#241;ana &#233;l ten&#237;a que estar en Venecia. No dijo a Gallo que regresaba para asistir al funeral de Mascari; demasiada muerte flotaba ya en el aire.

Aunque ven&#237;a de un escenario de muerte violenta, para presentarse en un acto que era consecuencia de otra muerte violenta, no pudo reprimir un suspiro al ver los campanarios y las fachadas color pastel que aparecieron ante sus ojos cuando el coche de la polic&#237;a cruzaba la carretera elevada. &#201;l sab&#237;a que la belleza no cambia nada, y quiz&#225; el consuelo que ofrec&#237;a fuera s&#243;lo ilusorio, pero aun as&#237; agradec&#237;a la ilusi&#243;n.

El funeral fue deprimente; palabras huecas, pronunciadas por personas que estaban muy escandalizadas por las circunstancias de la muerte de Mascari como para tratar siquiera de fingir sinceridad. La viuda se mantuvo r&#237;gida y con los ojos secos y sali&#243; de la iglesia inmediatamente detr&#225;s del f&#233;retro, muda y sola.

Los peri&#243;dicos, como era de prever, enloquecieron al olfatear la muerte de Crespo. La primera noticia apareci&#243; en La Notte de aquella misma tarde, un peri&#243;dico muy aficionado a los titulares rojos y al empleo del presente de indicativo. Describ&#237;a a Francesco Crespo como travesti cortesano. Daba su biograf&#237;a y hac&#237;a resaltar que hab&#237;a bailado en una discoteca gay de Vicenza, a pesar de que su trabajo all&#237; dur&#243; menos de una semana. El autor del art&#237;culo establec&#237;a la inevitable asociaci&#243;n con el asesinato de Leonardo Mascari, ocurrido menos de una semana antes, y suger&#237;a que la similitud de las v&#237;ctimas apuntaba a una persona que sintiera un especial odio hacia los travestis. El periodista no consideraba necesario explicar la causa.

Los peri&#243;dicos de la ma&#241;ana recog&#237;an la idea. El Gazzettino hac&#237;a referencia a las m&#225;s de diez prostitutas que hab&#237;an sido asesinadas en la provincia de Pordenone durante los &#250;ltimos a&#241;os y trataba de asociar estos cr&#237;menes con los asesinatos de los dos travestis. Il Manifesto dedicaba al caso dos columnas de la p&#225;gina cuatro, y el periodista aprovechaba la ocasi&#243;n para tildar a Crespo de otro de los par&#225;sitos que pululan por el cuerpo putrefacto de la sociedad burguesa italiana.

En su magistral tratamiento del crimen, II Corriere della Sera se desviaba r&#225;pidamente del asesinato de un chapero relativamente insignificante para referirse al de un conocido banquero veneciano. El art&#237;culo alud&#237;a a fuentes locales que informaban de que, en ciertos &#225;mbitos, era conocida la doble vida de Mascari. Su muerte, por lo tanto, era el resultado inevitable de la espiral de vicio en la que su debilidad hab&#237;a transformado su vida.

Brunetti, interesado por la alusi&#243;n a las fuentes, llam&#243; a la oficina en Roma del peri&#243;dico y pidi&#243; que le pusieran con el autor del art&#237;culo. &#201;ste, al enterarse de que Brunetti era un comisario de polic&#237;a que quer&#237;a saber a qui&#233;n se refer&#237;a en su art&#237;culo, dijo que no pod&#237;a revelar sus fuentes de informaci&#243;n, que la confianza que debe existir entre un periodista, sus lectores y sus informadores ha de ser total y absoluta. Adem&#225;s, revelar sus fuentes ser&#237;a faltar a los m&#225;s altos principios de su profesi&#243;n. Brunetti tard&#243; por lo menos tres minutos en comprender que el hombre hablaba en serio; que realmente cre&#237;a lo que dec&#237;a.

&#191;Cu&#225;nto hace que trabaja para el peri&#243;dico? -le interrumpi&#243; Brunetti.

Sorprendido al ver cortada tan bruscamente la exposici&#243;n de sus conceptos, objetivos e ideales, el reportero respondi&#243; tras una pausa:

Cuatro meses. &#191;Por qu&#233;?

&#191;Puede ponerme con la centralita o tengo que volver a marcar? -pregunt&#243; Brunetti.

Puedo pasarle. &#191;Por qu&#233;?

Me gustar&#237;a hablar con su redactor jefe.

La voz del hombre perdi&#243; firmeza y adquiri&#243; una nota de recelo, al percibir este primer indicio de lo insidiosos que eran los poderes del Estado.

Debo advertirle, comisario, que cualquier intento de desmentir o cuestionar los hechos que he revelado en mi informaci&#243;n ser&#225; expuesto a mis lectores. No s&#233; si se habr&#225; percatado de que en este pa&#237;s nace una nueva era y que la necesidad de informaci&#243;n del p&#250;blico no puede seguir siendo

Brunetti oprimi&#243; el bot&#243;n del aparato y, cuando volvi&#243; a o&#237;r la se&#241;al, marc&#243; de nuevo el n&#250;mero de la centralita del peri&#243;dico. No quer&#237;a que la questura tuviera que pagar por tanta tonter&#237;a y, menos, siendo conferencia.

Cuando por fin le pusieron con el redactor jefe de la secci&#243;n local, &#233;ste result&#243; ser Giulio Testa, un hombre al que Brunetti hab&#237;a tratado cuando ambos sufr&#237;an exilio en N&#225;poles.

Giulio, soy Guido Brunetti.

Ciao, Guido, me enter&#233; de que hab&#237;as vuelto a Venecia.

S&#237;. Por eso te llamo. Uno de tus redactores -Brunetti ley&#243; la firma-, Lino Cavaliere, publica esta ma&#241;ana un art&#237;culo sobre el travesti que fue asesinado en Mestre.

S&#237;. Anoche lo repas&#233; muy por encima. &#191;Qu&#233; ocurre?

Habla de fuentes locales, seg&#250;n las cuales algunas personas de esta ciudad sab&#237;an que Mascari, la otra v&#237;ctima, que fue asesinado hace una semana, llevaba una doble vida. -Brunetti hizo una pausa y repiti&#243;-: Doble vida. Bonita frase, Giulio. Doble vida.

El muy imb&#233;cil, &#191;eso ha escrito?

Aqu&#237; lo tengo, Giulio. Fuentes locales. Doble vida.

A &#233;se me lo cargo -grit&#243; Testa al tel&#233;fono y repiti&#243; la frase entre dientes.

&#191;Quieres decir con eso que no hay tales fuentes locales?

No; recibi&#243; una llamada telef&#243;nica an&#243;nima de un hombre que dec&#237;a haber sido cliente, o comoquiera que se diga, de Mascari.

&#191;Qu&#233; dijo?

Que conoc&#237;a a Mascari desde hac&#237;a a&#241;os y que le hab&#237;a advertido acerca de algunas de las cosas que hac&#237;a y de los clientes que ten&#237;a. Dijo que all&#237; esto era un secreto a voces.

Giulio, Mascari ten&#237;a casi cincuenta a&#241;os.

Lo mato. Cr&#233;eme, Guido, yo no sab&#237;a nada de esto. Le dije que no lo utilizara. A ese mequetrefe lo mato.

&#191;C&#243;mo se puede ser tan est&#250;pido? -pregunt&#243; Brunetti, aunque sab&#237;a que las razones de la estupidez humana eran legi&#243;n.

Es un cretino. No tiene remedio -dijo Testa con acento de cansancio, como si todos los d&#237;as tuviera nuevas pruebas del hecho.

Entonces, &#191;qu&#233; hace en tu peri&#243;dico? A&#250;n se os considera el mejor del pa&#237;s.

La frase era un prodigio de expresividad: dejaba adivinar el escepticismo de Brunetti al respecto, pero de un modo subliminal.

Est&#225; casado con la hija del due&#241;o de la tienda de muebles que inserta todas las semanas un anuncio a doble p&#225;gina. No tuvimos m&#225;s remedio. Estaba en Deportes, pero un d&#237;a se le ocurri&#243; mencionar su sorpresa al enterarse de que el f&#250;tbol americano es distinto del europeo. Y me lo endosaron a m&#237;. -Testa call&#243; y los dos hombres quedaron pensativos. Brunetti sent&#237;a un extra&#241;o consuelo al enterarse de que &#233;l no era el &#250;nico que ten&#237;a que pechar con elementos como Riverre y Alvise. Testa, que no parec&#237;a encontrar algo que lo reconfortara, agreg&#243; l&#250;gubremente-: Estoy intentando hacer que lo trasladen a la secci&#243;n de Pol&#237;tica.

El destino ideal, Giulio. Suerte -dijo Brunetti, dio las gracias por la informaci&#243;n y colg&#243;.

Aunque &#233;l ya esperaba algo as&#237;, no dejaba de sorprenderle la evidente torpeza del intento. S&#243;lo gracias a la suerte, la fuente local hab&#237;a podido encontrar a un periodista lo bastante cr&#233;dulo como para repetir el rumor acerca de Mascari sin preocuparse de comprobar si ten&#237;a fundamento. Y s&#243;lo una persona muy audaz -o que estuviera muy asustada- pod&#237;a tratar de colocar la historia, como si con ello pudiera impedir que se descubriera el elaborado intento de atribuir a Mascari aquella falsa personalidad.

Los resultados de la investigaci&#243;n del asesinato de Crespo eran, hasta el momento, tan poco satisfactorios como la informaci&#243;n aparecida en la prensa. En el edificio, nadie conoc&#237;a la profesi&#243;n de Crespo; unos pensaban que era camarero de un bar y otros, portero de noche de un hotel de Venecia. Nadie hab&#237;a visto algo sospechoso durante los d&#237;as anteriores al asesinato, ni recordaba que en el edificio hubieran ocurrido hechos extra&#241;os. S&#237;, el signor Crespo recib&#237;a muchas visitas, pero era una persona afable y cordial, y era l&#243;gico que viniera a verle gente, &#191;no?

El examen forense hab&#237;a sido un poco m&#225;s expl&#237;cito: muerte por estrangulamiento. El asesino le hab&#237;a atacado por la espalda, probablemente por sorpresa. No hab&#237;a se&#241;ales de actividad sexual reciente, nada en las u&#241;as y, en la casa, huellas dactilares suficientes como para tener ocupados a los peritos durante varios d&#237;as.

Hab&#237;a llamado a Bolzano dos veces, pero la primera, el tel&#233;fono del hotel comunicaba y la segunda, Paola no estaba en la habitaci&#243;n. Descolg&#243; el tel&#233;fono con intenci&#243;n de volver a llamar, pero en aquel momento son&#243; un golpecito en la puerta.

Avanti -grit&#243; el comisario, y entr&#243; la signorina Elettra con una carpeta en la mano, que dej&#243; encima de la mesa.

Dottore, me parece que abajo hay alguien que desea verlo. -La secretaria repar&#243; en su sorpresa porque ella se hubiera molestado en venir a dec&#237;rselo, m&#225;s a&#250;n, porque estuviera enterada de la circunstancia, y se apresur&#243; a explicar-: Yo hab&#237;a ido a llevar unos papeles a Anita, y le o&#237; hablar con el guardia.

&#191;Qu&#233; aspecto tiene?

Ella sonri&#243;.

Joven. Muy bien vestido. -Esto, en boca de la signorina Elettra, que llevaba un conjunto de seda malva que parec&#237;a fabricada por unos gusanos superdotados, era un gran elogio, indudablemente-. Y muy guapo -agreg&#243; con una sonrisa que revelaba su pesar porque el joven quisiera hablar con Brunetti y no con ella.

&#191;Podr&#237;a usted bajar a buscarlo? -pregunt&#243; Brunetti, movido tanto por el af&#225;n de acelerar el momento de ver aquella maravilla como por el deseo de proporcionar a la signorina Elettra la excusa de hablar con el visitante.

Ella transform&#243; su sonrisa de tristeza en la que reservaba para los simples mortales y se fue a cumplir el encargo. Al cabo de unos minutos volvi&#243; a llamar a la puerta y entr&#243; diciendo:

Comisario, este caballero desea hablar con usted.

La segu&#237;a un joven, y la signorina Elettra se hizo a un lado para dejarlo acercarse a la mesa de Brunetti, que se levant&#243; y le dio la mano.

El joven la estrech&#243; con un apret&#243;n firme. Ten&#237;a una mano ancha y carnosa.

Si&#233;ntese, por favor -dijo Brunetti y, a la secretaria-: Muchas gracias, signorina.

Ella mir&#243; a Brunetti con una sonrisa vaga y luego al joven de un modo parecido a como Parsifal debi&#243; de mirar el Santo Grial en el momento en que desaparec&#237;a.

Si desea alguna cosa, comisario, ll&#225;meme.

Lanz&#243; una &#250;ltima mirada al visitante y sali&#243; del despacho cerrando la puerta con suavidad.

Brunetti mir&#243; al joven sentado al otro lado de la mesa. El pelo, oscuro, rizado y corto, le enmarcaba la frente y rozaba las orejas. La nariz era fina y los ojos, casta&#241;os y separados, parec&#237;an casi negros, por el contraste con la palidez de la cara. Llevaba traje gris oscuro y corbata azul, pulcramente anudada. Sostuvo la mirada de Brunetti un momento y sonri&#243; ense&#241;ando una dentadura perfecta.

&#191;No me reconoce, dottore?

No; lo siento.

Habl&#243; usted conmigo hace una semana, pero en circunstancias muy distintas.

De pronto, Brunetti record&#243; la peluca roja y los zapatos de tac&#243;n alto.

Signor Canale, no lo hab&#237;a reconocido. Le ruego que me perdone.

Canale volvi&#243; a sonre&#237;r.

En realidad, me alegro de que no me haya reconocido. Ello quiere decir que mi yo profesional es una persona diferente.

Brunetti no estaba seguro de qu&#233; quer&#237;a decir con esto, por lo que opt&#243; por no hacer comentarios y pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; desea, signor Canale?

&#191;Recuerda que cuando me ense&#241;&#243; aquel dibujo le dije que el hombre me resultaba familiar?

Brunetti asinti&#243;. &#191;Este joven no le&#237;a los peri&#243;dicos? Mascari hab&#237;a sido identificado hac&#237;a d&#237;as.

Cuando le&#237; la noticia en los peri&#243;dicos y vi su foto, record&#233; d&#243;nde lo hab&#237;a visto. El retrato que me ense&#241;&#243; usted no era muy bueno.

No lo era -convino Brunetti, sin explicar la magnitud del da&#241;o que hab&#237;a impedido hacer una reconstrucci&#243;n m&#225;s fiel de la cara de Mascari-. &#191;D&#243;nde lo vio?

Se me acerc&#243; har&#225; unas dos semanas. -Al observar la sorpresa de Brunetti, Canale explic&#243;-: No se trataba de lo que imagina, comisario. No se interesaba por mi trabajo. Es decir, no se interesaba por m&#237; profesionalmente sino personalmente.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Ver&#225;, yo estaba en la calle. Acababa de apearme de un coche, el coche de un cliente, &#191;comprende? A&#250;n no me hab&#237;a reunido con las chicas, bueno, con los chicos, cuando &#233;l se me acerc&#243; y me pregunt&#243; si era Roberto Canale, de viale Canova treinta y cinco.

En un primer momento pens&#233; que era polic&#237;a. Ten&#237;a toda la pinta. -Brunetti prefiri&#243; no preguntar, pero Canale se lo explic&#243; de todos modos-. Ya sabe: chaqueta y corbata y cara seria, para evitar malas interpretaciones. Bien, &#233;l me pregunt&#243; eso y yo le contest&#233; que s&#237;. Todav&#237;a pensaba que era polic&#237;a. En realidad, no me dijo que no lo fuera, sino que me dej&#243; seguir pensando que lo era.

&#191;Qu&#233; m&#225;s deseaba saber, signor Canale?

Me pregunt&#243; por mi apartamento.

&#191;Su apartamento?

S&#237;; quer&#237;a saber qui&#233;n pagaba el alquiler. Le dije que lo pagaba yo, y entonces me pregunt&#243; c&#243;mo lo pagaba. Le contest&#233; que depositaba el dinero en un banco, en la cuenta corriente del propietario, pero entonces me dijo que no mintiera, que &#233;l sab&#237;a lo que ocurr&#237;a, y tuve que dec&#237;rselo.

&#191;Qu&#233; es eso de que &#233;l sab&#237;a lo que ocurr&#237;a?

C&#243;mo pago el alquiler.

&#191;Y c&#243;mo lo paga?

Me encuentro con un hombre en un bar y le doy el dinero.

&#191;Cu&#225;nto?

Mill&#243;n y medio. En efectivo.

&#191;Qui&#233;n es ese hombre?

Eso mismo me pregunt&#243; &#233;l. Le dije que era un hombre al que veo todos los meses en un bar. &#201;l me llama durante la &#250;ltima semana del mes, me dice d&#243;nde tengo que reunirme con &#233;l, yo acudo, le doy el mill&#243;n y medio y listos.

&#191;Sin recibo? -pregunt&#243; Brunetti.

Canale se ri&#243; de buena gana.

Por supuesto. Es dinero contante y sonante.

Y, por consiguiente, eso lo sab&#237;an los dos, no constaba como ingresos. Y no pagaba impuestos. Era un fraude bastante corriente: probablemente, muchos arrendatarios hac&#237;an algo similar.

Pero, adem&#225;s, pago otro alquiler -dijo Canale.

&#191;S&#237;?

Ciento diez mil liras.

&#191;A qui&#233;n?

Lo deposito en una cuenta bancaria, y el recibo que me dan no lleva nombre, de modo que no s&#233; de qui&#233;n es la cuenta.

&#191;Qu&#233; banco? -pregunt&#243; Brunetti, aunque cre&#237;a saberlo.

Banca di Verona. Est&#225; en

Ya s&#233; d&#243;nde est&#225; -cort&#243; Brunetti-. &#191;Es grande el apartamento?

Cuatro habitaciones.

Un mill&#243;n y medio parece un alquiler muy alto.

S&#237;; pero incluye ciertas cosas -dijo Canale, y se revolvi&#243; en la silla.

&#191;Por ejemplo?

Pues que no se me molestar&#225;.

&#191;No se le molestar&#225; en sus actividades? -pregunt&#243; Brunetti.

S&#237;. A nosotros nos es dif&#237;cil encontrar vivienda. En cuanto la gente se entera de lo que somos y lo que hacemos, quieren que nos marchemos de la casa. Me aseguraron que all&#237; no me ocurrir&#237;a esto. Y no me ha ocurrido. Los vecinos est&#225;n convencidos de que estoy en el ferrocarril y por eso trabajo de noche.

&#191;Por qu&#233; lo creen as&#237;?

No lo s&#233;. Ya parec&#237;an tener esa idea cuando fui a vivir all&#237;.

&#191;Cu&#225;nto hace de eso?

Dos a&#241;os.

&#191;Y siempre ha pagado el alquiler de este modo?

S&#237;; desde el primer d&#237;a.

&#191;C&#243;mo encontr&#243; el apartamento?

Me habl&#243; de &#233;l una de las chicas.

Brunetti se permiti&#243; una leve sonrisa.

&#191;Una persona a la que usted llama chica o a la que se lo llamar&#237;a yo, signor Canale?

Una persona a la que yo llamo chica.

&#191;Su nombre? -pregunt&#243; Brunetti.

Su nombre no le servir&#237;a de nada. Muri&#243; hace un a&#241;o. Sobredosis.

&#191;Otros de sus amigos colegas utilizan una modalidad similar?

Algunos, los m&#225;s afortunados.

Brunetti reflexion&#243; sobre el sistema y sus posibles consecuencias,

&#191;D&#243;nde se cambia, signor Canale?

&#191;Me cambio?

Me refiero a d&#243;nde se pone su -Brunetti busc&#243; la definici&#243;n-su ropa de trabajo. Los vecinos lo consideran un empleado del ferrocarril.

Oh, en un coche o detr&#225;s de un arbusto. Con el tiempo adquieres pr&#225;ctica y no te lleva ni un minuto.

&#191;Le cont&#243; esto al signor Mascari? -pregunt&#243; Brunetti.

Una parte. &#201;l quer&#237;a saber lo del alquiler. Y las direcciones de los otros.

&#191;Se las dio?

S&#237;. Como le he dicho, cre&#237; que era polic&#237;a, y se las di.

&#191;Le pidi&#243; algo m&#225;s?

No; s&#243;lo las direcciones. -Canale hizo una pausa y agreg&#243;-: S&#237;, me pregunt&#243; una cosa m&#225;s, pero me parece que fue para dar a entender que se interesaba por m&#237;. Como ser humano, quiero decir.

&#191;Qu&#233; le pregunt&#243;?

Me pregunt&#243; si a&#250;n viv&#237;an mis padres.

&#191;Y qu&#233; le contest&#243;?

La verdad. Los dos han muerto. Murieron hace a&#241;os.

&#191;D&#243;nde?

En Cerde&#241;a. Yo soy de all&#237;.

&#191;Le pregunt&#243; algo m&#225;s?

No, nada m&#225;s.

&#191;Cu&#225;l fue su reacci&#243;n ante lo que usted le dijo?

No entiendo qu&#233; quiere decir.

&#191;Le pareci&#243; que le sorprend&#237;a lo que usted le dijo? &#191;Que le enfurec&#237;a? &#191;Que era lo que esperaba o&#237;r?

Canale medit&#243; la respuesta.

Al principio, pareci&#243; sorprenderse un poco, pero sigui&#243; haciendo preguntas sin parar. Como si se hubiera preparado una lista.

&#191;Le hizo alg&#250;n comentario?

No; me dio las gracias por la informaci&#243;n. Esto me sorprendi&#243;, porque cre&#237; que era un polic&#237;a y generalmente los polic&#237;as no son muy -Busc&#243; la expresi&#243;n menos dura-no nos tratan muy bien.

&#191;Cu&#225;ndo record&#243; qui&#233;n era &#233;l?

Ya se lo he dicho, cuando vi su foto en el peri&#243;dico. Un director de banco, era director de banco. &#191;Cree que por eso estaba tan interesado en los alquileres?

Es posible. Una posibilidad que comprobaremos, signor Canale.

Bien. Ojal&#225; encuentren al que lo hizo. No se merec&#237;a eso. Era un hombre muy amable. Me trat&#243; con educaci&#243;n. Lo mismo que usted.

Gracias. Me gustar&#237;a que mis colegas hicieran otro tanto.

Eso estar&#237;a bien -dijo Canale con una sonrisa seductora.

&#191;Podr&#237;a darme la lista de los nombres y direcciones que le dio a &#233;l? Y, a ser posible, las fechas en que sus amigos se instalaron en los apartamentos.

Desde luego -dijo el joven, y Brunetti le acerc&#243; un papel y un bol&#237;grafo. Mientras su visitante escrib&#237;a, Brunetti observ&#243; la robusta mano que sosten&#237;a el bol&#237;grafo como si fuera un objeto extra&#241;o. La lista era corta. Cuando acab&#243; de escribir, Canale dej&#243; el bol&#237;grafo en la mesa y se levant&#243;.

Brunetti se puso en pie a su vez, rode&#243; la mesa y fue con Canale hasta la puerta. Una vez all&#237;, pregunt&#243;:

&#191;Y de Crespo, sab&#237;a algo?

No; nunca he trabajado con &#233;l.

&#191;Tiene idea de lo que puede haberle ocurrido?

Muy est&#250;pido tendr&#237;a que ser para pensar que su muerte no tiene que ver con la del otro.

Esto era tan evidente que Brunetti ni se molest&#243; en asentir.

En realidad, puestos a hacer conjeturas, yo dir&#237;a que lo mataron por haber hablado con usted. -Al ver la expresi&#243;n de Brunetti, explic&#243;-: No me refer&#237;a a usted personalmente, sino a la polic&#237;a. Creo que sab&#237;a algo sobre el otro asesinato y por eso lo eliminaron.

&#191;Y, a pesar de todo, usted ha venido a verme?

Ver&#225;, &#233;l me habl&#243; como si yo fuera una persona normal. Y usted tambi&#233;n, comisario. Me habl&#243; como si fuera un hombre como los dem&#225;s, &#191;no? -Cuando Brunetti asinti&#243;, Canale dijo-: Ten&#237;a que venir a dec&#237;rselo, comisario, ten&#237;a que venir.

Los dos hombres volvieron a estrecharse la mano y Canale se alej&#243; por el pasillo. Brunetti lo sigui&#243; con la mirada hasta que su oscura cabeza desapareci&#243; por la escalera. Ten&#237;a raz&#243;n la signorina Elettra: era un hombre muy guapo.



21

Brunetti volvi&#243; a su despacho y marc&#243; el n&#250;mero de la signorina Elettra.

&#191;Tendr&#237;a la bondad de subir a mi despacho, signorina?. -pregunt&#243;-. Y traiga toda la informaci&#243;n que haya podido reunir acerca de los hombres que le indiqu&#233;.

Ella dijo que estar&#237;a encantada de subir, y a &#233;l no le cab&#237;a la menor duda de que era verdad. No obstante, Brunetti estaba preparado para observar su desencanto cuando ella, despu&#233;s de llamar a la puerta, entr&#243; y descubri&#243; que el joven ya se hab&#237;a marchado.

Mi visitante se ha ido -dijo Brunetti en respuesta a su impl&#237;cita pregunta.

La signorina Elettra reaccion&#243; de inmediato.

Ah, &#191;s&#237;? -dijo con voz &#225;tona de indiferencia, y le entreg&#243; dos carpetas-. La primera es del avvocato Santomauro. -Pero, antes de que &#233;l pudiera abrirla, explic&#243;-: No hay absolutamente nada de particular. Natural de Venecia. Licenciado en derecho por Ca'Foscari. Siempre ha trabajado aqu&#237;. Es miembro de todas las organizaciones profesionales. Contrajo matrimonio en San Zaccaria. Encontrar&#225; declaraciones de impuestos, solicitudes de pasaporte y hasta el permiso para cambiar el tejado de su casa.

Brunetti hoje&#243; la carpeta y encontr&#243; exactamente lo que dec&#237;a la mujer y nada m&#225;s. Volvi&#243; su atenci&#243;n a la segunda carpeta, bastante m&#225;s gruesa.

La otra carpeta es de la Lega della Moralit&#224; -dijo, y Brunetti se pregunt&#243; si todo el mundo que pronunciaba este nombre le imprim&#237;a el mismo acento de sarcasmo o si tal vez eso distingu&#237;a &#250;nicamente a la clase de personas con las que &#233;l trataba habitualmente-. Aqu&#237; hay cosas m&#225;s interesantes. Cuando la repase ver&#225; a qu&#233; me refiero. &#191;Desea algo m&#225;s?

No, signorina, muchas gracias.

La mujer se fue y &#233;l abri&#243; la carpeta y empez&#243; a leer. La Lega della Moralit&#224; hab&#237;a sido constituida hac&#237;a nueve a&#241;os como instituci&#243;n ben&#233;fica, con objeto, seg&#250;n su acta fundacional, de promover la mejora de las condiciones de vida de los menos favorecidos, a fin de que, mitigadas sus preocupaciones materiales, pudieran dedicar sus pensamientos y afanes a la vida espiritual. Tales preocupaciones materiales deb&#237;an mitigarse mediante viviendas subvencionadas propiedad de diversas parroquias de Mestre, Marghera y Venecia, cuya administraci&#243;n se hab&#237;a encomendado a la Liga, la cual asignaba los apartamentos, a cambio de una renta m&#237;nima, a los feligreses de tales parroquias que cumpl&#237;an los requisitos fijados de com&#250;n acuerdo por las parroquias y la Liga. Entre tales requisitos figuraba el de la regular asistencia a la iglesia, el certificado de bautismo de todos los hijos y una carta del p&#225;rroco en la que se hiciera constar que eran personas de recta moral y se encontraban en situaci&#243;n de penuria econ&#243;mica.

Los estatutos de la Liga atribu&#237;an la facultad de elegir a los beneficiados al consejo directivo de la misma Liga, cuyos miembros, a fin de eliminar toda posibilidad de favoritismo de la autoridad eclesi&#225;stica, deb&#237;an ser laicos. Tambi&#233;n ellos deb&#237;an ser personas de intachable moralidad y haber conseguido cierta preeminencia en la comunidad. Del actual consejo de seis miembros, dos eran de car&#225;cter honorario. De los otros cuatro, uno viv&#237;a en Roma, otro, en Par&#237;s y un tercero en el monasterio de la isla de San Francesco del Deserto. Por consiguiente, el &#250;nico miembro activo del consejo residente en Venecia era el avvocato Giancarlo Santomauro.

En el acta fundacional se hac&#237;a constar el traspaso de cincuenta y dos apartamentos a la administraci&#243;n de la Liga. Al cabo de tres a&#241;os, el sistema hab&#237;a resultado tan satisfactorio, a juzgar por las cartas y declaraciones de los arrendatarios y los miembros de las parroquias que los hab&#237;an entrevistado, que se ampli&#243; a otras seis parroquias, con lo que cuarenta y tres apartamentos m&#225;s pasaron a ser administrados por la Liga. Lo mismo sucedi&#243; tres a&#241;os despu&#233;s, y sesenta y siete apartamentos, la mayor&#237;a situados en el centro hist&#243;rico de Venecia y la zona comercial de Mestre, se sumaron a ellos.

Dado que los estatutos por los que se reg&#237;a la Liga y que le otorgaban el control de los apartamentos que administraba deb&#237;an ser refrendados cada tres a&#241;os, Brunetti calcul&#243; que el proceso deb&#237;a repetirse el a&#241;o en curso. Volvi&#243; atr&#225;s y ley&#243; los dos primeros informes de las comisiones consultivas. Mir&#243; las firmas: el avvocato Giancarlo Santomauro figuraba en ambas y hab&#237;a firmado los informes, el &#250;ltimo en calidad de presidente -cargo totalmente honorario- de la Lega della Moralit&#224;.

Acompa&#241;aba al informe una lista de las direcciones de los ciento sesenta y dos apartamentos actualmente administrados por la Liga, con indicaci&#243;n de superficie y n&#250;mero de habitaciones de cada uno. Brunetti acerc&#243; el papel que le hab&#237;a dejado Canale y busc&#243; las direcciones. Las cuatro estaban en las listas. Brunetti se preciaba de ser hombre de miras amplias y estar relativamente exento de prejuicios, a pesar de lo cual no cre&#237;a que se pudiera considerar a cinco travestis que se prostitu&#237;an como personas de los m&#225;s altos principios morales ni aunque habitaran apartamentos que se adjudicaban con la finalidad de ayudar a los inquilinos a dedicar sus pensamientos y afanes a la vida espiritual.

De la lista de direcciones volvi&#243; a pasar al informe. Tal como sospechaba, todos los arrendatarios de los apartamentos de la Liga deb&#237;an pagar el alquiler, que era puramente nominal, a una cuenta de la oficina en Venecia de la Banca di Verona, la cual gestionaba tambi&#233;n los donativos que la Liga destinaba a ayudas a viudas y hu&#233;rfanos, y que se hac&#237;an con los fondos de los m&#237;nimos alquileres recaudados. Hasta Brunetti se sorprendi&#243; de que se permitieran una f&#243;rmula de una ret&#243;rica tan rancia como ayudas a viudas y hu&#233;rfanos, y descubri&#243; que esta modalidad concreta de beneficencia no se hab&#237;a practicado hasta que el avvocato Santomauro fue nombrado presidente. Casi parec&#237;a que, al haber alcanzado esta posici&#243;n, se sintiera facultado para actuar con entera libertad.

Al llegar a este punto, Brunetti interrumpi&#243; la lectura, se levant&#243; y se acerc&#243; a la ventana del despacho. Hac&#237;a ya un par de meses que hab&#237;an quitado los andamios de la fachada de ladrillo de San Lorenzo, pero la iglesia permanec&#237;a cerrada. Mientras la contemplaba, se dijo que &#233;l estaba cometiendo el mismo error contra el que preven&#237;a a otros polic&#237;as: daba por descontada la culpabilidad de un sospechoso antes de tener ni la m&#225;s peque&#241;a prueba que lo asociara al crimen. Pero, del mismo modo que sab&#237;a que &#233;l no volver&#237;a a ver abierta aquella iglesia, estaba seguro de que Santomauro era responsable de los asesinatos de Mascari y de Crespo y de la muerte de Maria Nardi. &#201;l y, probablemente, Ravanello. Ciento sesenta y dos apartamentos. &#191;Cu&#225;ntos de ellos pod&#237;an haberse alquilado a personas como Canale, dispuestas a pagar el alquiler en efectivo y sin hacer preguntas? &#191;La mitad? Aunque s&#243;lo fuera una tercera parte, ello les reportar&#237;a m&#225;s de setenta millones de liras al mes, casi mil millones al a&#241;o. Pens&#243; en las viudas y hu&#233;rfanos y se pregunt&#243; si Santomauro no habr&#237;a llegado hasta el extremo de incluirlos tambi&#233;n a ellos en el plan, y los m&#237;nimos alquileres que entraban en las arcas de la Liga se volatilizaban, distribuidos entre viudas y hu&#233;rfanos imaginarios.

Volvi&#243; a la mesa y hoje&#243; el informe hasta que encontr&#243; la referencia a los pagos efectuados a las personas consideradas dignas de la ayuda de la Liga. En efecto, los pagos se hac&#237;an a trav&#233;s de la Banca di Verona. Se qued&#243; de pie, con las manos apoyadas en la mesa y la cabeza inclinada sobre los papeles, y se dijo que una cosa es la certeza y otra, pruebas. Pero ten&#237;a la certeza.

Ravanello hab&#237;a prometido enviarle copia de las cuentas que Mascari gestionaba en el banco, seguramente extractos de las inversiones que supervisaba y de los pr&#233;stamos que aprobaba. Desde luego, si Ravanello no ten&#237;a inconveniente en proporcionarle estos datos, lo que Brunetti buscaba no estar&#237;a reflejado en ellos. Para tener acceso a los archivos completos del banco y de la Liga, Brunetti necesitar&#237;a una orden judicial, y &#233;sta s&#243;lo podr&#237;a conseguirla una autoridad superior.

A trav&#233;s de la puerta son&#243; el Avanti de Patta, y Brunetti entr&#243; en el despacho de su superior. Patta levant&#243; la mirada y, al ver qui&#233;n era, volvi&#243; a bajarla a los papeles que ten&#237;a delante. Brunetti observ&#243; con sorpresa que Patta parec&#237;a estar ley&#233;ndolos, en lugar de utilizarlos como pretexto para simular que trabajaba.

Buon giorno, vicequestore -dijo Brunetti al acercarse a la mesa.

Patta volvi&#243; a levantar la mirada y se&#241;al&#243; la silla situada frente a &#233;l. Cuando Brunetti se hubo sentado, Patta pregunt&#243; se&#241;alando con el &#237;ndice los papeles que ten&#237;a ante s&#237;:

&#191;Esto debo agradec&#233;rselo a usted?

Brunetti no ten&#237;a ni idea de lo que conten&#237;an aquellos papeles, y no quer&#237;a comprometerse con una afirmaci&#243;n antes de analizar el tono del vicequestore. Normalmente, el sarcasmo de Patta era grueso, y ahora no hab&#237;a en su voz ni asomo de &#233;l. Pero, por otra parte, Brunetti no hab&#237;a tenido ocasi&#243;n de familiarizarse con la gratitud de Patta, es m&#225;s, s&#243;lo pod&#237;a especular acerca de ella como el te&#243;logo, acerca de la existencia de los &#225;ngeles de la guarda, por lo que no estaba seguro de que el tono de Patta estuviera impregnado de este sentimiento.

&#191;Se trata de la informaci&#243;n que le ha dado la signorina Elettra? -se aventur&#243; Brunetti, tratando de ganar tiempo.

S&#237; -dijo Patta acarici&#225;ndolos como se acaricia la cabeza de un perro querido.

Esto fue suficiente para Brunetti.

La signorina Elettra ha hecho todo el trabajo, yo s&#243;lo le indiqu&#233; un par de sitios en los que pod&#237;a mirar -dijo bajando los ojos con falsa modestia, para dar a entender que no osar&#237;a esperar elogios por hacer algo tan natural como ser &#250;til al vicequestore Patta.

Lo arrestar&#225;n esta noche -dijo Patta con regodeo.

&#191;Qui&#233;nes lo arrestar&#225;n?

Los de Delitos Monetarios. Minti&#243; en su solicitud de la ciudadan&#237;a monegasca y, por lo tanto, no es v&#225;lida. Ello quiere decir que sigue siendo s&#250;bdito italiano y hace siete a&#241;os que no paga impuestos. Lo crucificar&#225;n. Lo colgar&#225;n cabeza abajo.

Al pensar en las evasiones de impuestos que hab&#237;an perpetrado impunemente ex ministros y actuales ministros del gobierno, Brunetti dud&#243; que los sue&#241;os de Patta pudieran hacerse realidad, pero no le pareci&#243; oportuno manifestarlo. No sab&#237;a c&#243;mo hacer la pregunta inmediata, y la formul&#243; con toda la delicadeza de que era capaz:

&#191;Estar&#225; solo cuando lo arresten?

Eso es lo malo -dijo Patta mir&#225;ndolo fijamente-. El arresto es secreto. Ir&#225;n a las ocho de la noche. Si yo lo s&#233; es porque me ha avisado un amigo que tengo en Delitos Monetarios. -La preocupaci&#243;n ensombreci&#243; el semblante de Patta-. Si la llamo, ella se lo dir&#225; y &#233;l huir&#225; de Mil&#225;n. Pero, si no digo nada, estar&#225; all&#237; cuando lo arresten.

Y entonces, no hac&#237;a falta que lo dijera, no habr&#237;a manera de evitar que su nombre apareciera en los peri&#243;dicos. Y el de Patta. Brunetti observaba la cara de Patta, fascinado por las emociones que reflejaba, la pugna entre el deseo de venganza y el amor propio.

Tal como esperaba Brunetti, gan&#243; el amor propio.

No se me ocurre la manera de hacerla salir de all&#237; sin advertirle a &#233;l.

Quiz&#225;, eso siempre que a usted le parezca bien, quiz&#225; su abogado podr&#237;a llamarla por tel&#233;fono para pedirle que fuera a verle a su despacho de Mil&#225;n. Esto la obligar&#237;a a salir de de donde ahora se encuentra antes de que llegara la polic&#237;a.

&#191;Por qu&#233; hab&#237;a de querer verla mi abogado?

Quiz&#225; podr&#237;a decirle que est&#225; usted dispuesto a discutir las condiciones. Eso bastar&#237;a para que no la encontraran all&#237;.

Ella detesta a mi abogado.

&#191;Estar&#237;a dispuesta a hablar con usted, se&#241;or? &#191;Si le dijera que va a Mil&#225;n para tener una entrevista?

Ella -empez&#243; a decir Patta, pero entonces ech&#243; el sill&#243;n hacia atr&#225;s y se levant&#243; dejando la frase sin terminar. Se acerc&#243; a la ventana e inspeccion&#243; a su vez, en silencio, la fachada de San Lorenzo.

Estuvo un minuto entero sin decir nada, y Brunetti adivin&#243; el peligro del momento. Si ahora Patta se volv&#237;a y, cediendo a la emoci&#243;n, confesaba que quer&#237;a a su mujer y que deseaba que volviera, nunca le perdonar&#237;a que hubiera sido testigo de su debilidad y ser&#237;a implacable en su venganza.

Con voz serena y firme, como si ya hubiera dejado de pensar en Patta y sus problemas personales, Brunetti dijo:

Yo he bajado para hablarle del caso Mascari. Debo informarle de varias cosas.

Patta levant&#243; y baj&#243; los hombros con un profundo suspiro, gir&#243; sobre s&#237; mismo y volvi&#243; a la mesa.

&#191;Qu&#233; ha sucedido?

R&#225;pidamente, con voz desapasionada, interesado s&#243;lo en este asunto, Brunetti le habl&#243; del dossier de la Liga, de los apartamentos que administraba, uno de los cuales hab&#237;a habitado Crespo y de las sumas que mensualmente se distribu&#237;an entre los necesitados.

&#191;Mill&#243;n y medio al mes? -dijo Patta cuando Brunetti acab&#243; de relatarle la visita de Canale-. &#191;Qu&#233; alquiler percibe la Liga te&#243;ricamente?

Por el apartamento de Canale, ciento diez mil liras al mes. Y ninguno de los que est&#225;n en la lista paga m&#225;s de doscientas mil. Es decir, seg&#250;n los libros de la Liga, no se cobra m&#225;s por ninguno de los apartamentos.

&#191;C&#243;mo son esos apartamentos?

El de Crespo tiene cuatro habitaciones y el edificio es moderno. Es el &#250;nico que he visto, pero, por las direcciones que figuran en la lista, por lo menos las de Venecia y por el n&#250;mero de habitaciones, yo dir&#237;a que muchos han de ser apartamentos muy apetecibles.

&#191;Tiene idea de cu&#225;ntos son como el de Canale y cu&#225;ntos inquilinos pagan el alquiler en efectivo?

No, se&#241;or. Ahora necesito hablar con la gente que vive all&#237;, para averiguar a cu&#225;ntos afecta este asunto. Tengo que ver las cuentas de la Liga en el banco. Y necesito la lista de las viudas y hu&#233;rfanos que supuestamente reciben dinero todos los meses.

Eso significa una orden judicial, &#191;eh? -dijo Patta, en un tono que recuperaba su innata cautela.

No hab&#237;a inconveniente en proceder contra personas como Canale o Crespo, y a nadie importaba c&#243;mo se hiciera. Pero un banco un banco era muy distinto.

Supongo que all&#237; encontraremos el enlace con Santomauro y que la investigaci&#243;n de la muerte de Mascari nos conducir&#225; a &#233;l.

Cab&#237;a en lo posible que Patta quisiera desahogarse con Santomauro, cuya esposa no hab&#237;a dado motivo de esc&#225;ndalo.

Es posible -dijo Patta, titubeando.

A la primera se&#241;al de debilidad de un argumento verdadero, Brunetti no vacilaba en recurrir a uno falso.

Quiz&#225; las cuentas del banco est&#233;n en regla y el banco no tenga nada que ver con el caso, quiz&#225; todo sea un chanchullo de Santomauro. Una vez descartemos la posibilidad de irregularidades en el banco podremos actuar contra Santomauro con libertad.

Patta no necesitaba m&#225;s para dejarse convencer.

Est&#225; bien. Pedir&#233; al juez de instrucci&#243;n una orden para examinar las cuentas del banco.

Y la documentaci&#243;n de la Liga -aventur&#243; Brunetti, que iba a mencionar otra vez a Santomauro pero, despu&#233;s de pensarlo, desisti&#243;.

De acuerdo -accedi&#243; Patta, pero con una voz que dejaba bien claro que Brunetti no iba a conseguir m&#225;s.

Muchas gracias, se&#241;or -dijo Brunetti poni&#233;ndose en pie-. Pondremos manos a la obra inmediatamente. Enviar&#233; a los hombres a hablar con la gente de la lista.

Est&#225; bien -dijo Patta, que, perdido ya todo inter&#233;s en el asunto, se inclin&#243; otra vez sobre los papeles que ten&#237;a encima de la mesa, los alis&#243; con adem&#225;n afectuoso y, levantando la mirada, pareci&#243; sorprenderse de ver all&#237; a Brunetti-. &#191;Algo m&#225;s, comisario?

No, se&#241;or, nada m&#225;s -dijo Brunetti. Cuando cerraba la puerta, vio a Patta alargar la mano hacia el tel&#233;fono.

Al llegar a su despacho, llam&#243; a Bolzano y pregunt&#243; por la signora Brunetti.

Despu&#233;s de varios chasquidos y silencios, le lleg&#243; la voz de Paola.

Ciao, Guido. Come stai? Te llam&#233; a casa el lunes por la noche. &#191;Por qu&#233; no has llamado antes?

Mucho trabajo, Paola. &#191;Has le&#237;do los peri&#243;dicos?

Guido, ya sabes que estoy de vacaciones. He le&#237;do al maestro. La fuente sagrada es una maravilla. No pasa nada, absolutamente nada.

Paola, no he llamado para hablar de Henry James.

Ella hab&#237;a o&#237;do antes palabras como &#233;stas, pero nunca en este tono.

&#191;Qu&#233; te pasa, Guido?

&#201;l record&#243; que su mujer nunca le&#237;a los peri&#243;dicos cuando estaba de vacaciones, y le pes&#243; no haberse esforzado m&#225;s por llamarla antes.

Hemos tenido contratiempos -dijo, procurando restar importancia a sus palabras.

Ella, inquieta, pregunt&#243; r&#225;pidamente:

&#191;Qu&#233; contratiempos?

Un accidente.

Con voz m&#225;s suave, ella dijo:

Cuenta, Guido.

Cuando volv&#237;amos de Mestre, alguien trat&#243; de tirarnos del puente.

&#191;Tiraros?

Vianello estaba conmigo. -Hizo una pausa y agreg&#243;-: Y Maria Nardi.

&#191;La chica de Canareggio? &#191;La nueva?

S&#237;.

&#191;Qu&#233; pas&#243;?

Nos embistieron con su coche y chocamos contra la barandilla de protecci&#243;n. Ella no se hab&#237;a puesto el cintur&#243;n de seguridad, fue proyectada contra la puerta y se desnuc&#243;.

Pobre muchacha -murmur&#243; Paola-. &#191;T&#250; est&#225;s bien, Guido?

Magullado, lo mismo que Vianello, pero estamos bien. -Busc&#243; un tono m&#225;s ligero-: Ning&#250;n hueso roto.

No me refiero a los huesos -dijo sin levantar la voz, pero hablando con rapidez, por impaciencia o por inquietud-. Te pregunto si est&#225;s bien t&#250;.

Creo que s&#237;. Pero Vianello se siente culpable. Conduc&#237;a &#233;l.

S&#237;; muy propio de &#233;l sentirse culpable. Tenlo ocupado, Guido. -Una pausa y a&#241;adi&#243;-: &#191;Quieres que regrese?

No, Paola, si casi acab&#225;is de llegar. S&#243;lo quer&#237;a que supieras que estoy bien. Por si lo le&#237;as en el peri&#243;dico. O por si alguien te preguntaba.

Se o&#237;a hablar a s&#237; mismo, se o&#237;a tratar de culparla a ella por no haberle llamado, por no leer los peri&#243;dicos.

&#191;Se lo digo a los ni&#241;os?

Quiz&#225; sea preferible que se lo digas a que lo lean o lo oigan comentar. Pero procura quitarle importancia, si es posible.

Lo intentar&#233;, Guido. &#191;Cu&#225;ndo es el funeral?

Moment&#225;neamente, no supo a qu&#233; funeral se refer&#237;a, si al de Mascari, al de Crespo o al de Mar&#237;a Nardi. No; s&#243;lo pod&#237;a ser el de la muchacha.

Me parece que el viernes por la ma&#241;ana.

&#191;Ir&#233;is todos?

Tantos como podamos. Llevaba poco tiempo en la polic&#237;a, pero ten&#237;a muchos amigos.

&#191;Qui&#233;n fue? -pregunt&#243; ella, simplemente.

No lo s&#233;. El coche hab&#237;a desaparecido antes de que pudi&#233;ramos darnos cuenta de lo que ocurr&#237;a. Pero yo hab&#237;a ido a Mestre a ver a una persona, un travesti, por lo que quienquiera que haya sido sab&#237;a d&#243;nde estaba. Ten&#237;a que ser muy f&#225;cil seguirnos. S&#243;lo hay un camino de vuelta.

&#191;Y el travesti? &#191;Pudiste hablar con &#233;l?

Llegu&#233; tarde. Ya lo hab&#237;an matado.

&#191;La misma mano? -pregunt&#243; ella en el lenguaje telegr&#225;fico que hab&#237;an desarrollado a lo largo de dos d&#233;cadas.

S&#237;. Tiene que serlo.

&#191;Y el primero? El que apareci&#243; en el descampado.

Todo est&#225; relacionado.

La oy&#243; decir algo a otra persona, luego su voz volvi&#243; a acercarse.

Guido, aqu&#237; est&#225; Chiara, que quiere hablar contigo.

Ciao, pap&#224;, &#191;c&#243;mo est&#225;s? &#191;Me echas de menos?

Estoy estupendamente, cielo, y os echo mucho de menos a todos.

&#191;A m&#237; m&#225;s que a nadie?

A todos lo mismo.

Eso es imposible. No puedes echar de menos a Raffi, que nunca est&#225; en casa. Y mam&#225; no hace m&#225;s que leer todo el d&#237;a, as&#237; que &#191;qui&#233;n va a echarla de menos? Eso quiere decir que tienes que acordarte de m&#237; m&#225;s que de nadie, &#191;no?

Quiz&#225; tengas raz&#243;n, cielo.

&#191;Lo ves? Lo sab&#237;a. S&#243;lo hay que pensarlo un poco, &#191;no?

S&#237;, y me alegro de que me lo hayas recordado.

Se o&#237;an ruidos en el otro extremo del hilo, y Chiara dijo:

Pap&#225;, tengo que pasarte a mam&#225;. &#191;Le dir&#225;s que venga a pasear conmigo? Se pasa todo el d&#237;a sentada en la terraza leyendo. &#161;Me gustar&#237;a saber qu&#233; vacaciones son &#233;stas!

Con esta queja, se fue y se oy&#243; la voz de Paola.

Guido, si quieres, regresamos hoy mismo.

Oy&#243; el aullido de protesta de Chiara, y contest&#243;:

No, Paola; no es necesario. Procurar&#233; ir este fin de semana.

Ella ya hab&#237;a o&#237;do promesas parecidas, y no le pidi&#243; que fuera m&#225;s concreto.

&#191;Puedes contarme algo m&#225;s, Guido?

No, Paola; te lo dir&#233; cuando nos veamos.

&#191;Aqu&#237;?

As&#237; lo espero. Si no, te llamar&#233;. Mejor dicho, te llamar&#233; en cualquier caso, tanto si voy como si no. &#191;De acuerdo?

De acuerdo, Guido. Y, por Dios, ten cuidado.

Lo tendr&#233;, Paola. Y t&#250; tambi&#233;n.

&#191;Cuidado? &#191;Cuidado de qu&#233;, en medio del para&#237;so?

Cuidado de no terminar el libro, como te ocurri&#243; en Cortina. -Los dos rieron al recordarlo. Aquella vez, ella se hab&#237;a llevado La copa dorada, pero lo termin&#243; a la primera semana y se qued&#243; sin lectura, es decir, sin ocupaci&#243;n para los siete d&#237;as restantes, aparte de caminar por las monta&#241;as, nadar, tumbarse al sol y charlar con su marido. Y lo pas&#243; francamente mal.

Oh, no hay cuidado. Estoy deseando terminarlo para poder volver a empezar.

Durante un momento, Brunetti pens&#243; en la posibilidad de que si no le ascend&#237;an a vicequestore podr&#237;a deberse a que era del dominio p&#250;blico que estaba casado con una loca. No; seguramente, no.

Con mutuas exhortaciones a la cautela, se despidieron.



22

Brunetti llam&#243; a la signorina Elettra, pero ella no se encontraba en su puesto, y el tel&#233;fono estuvo sonando sin que nadie contestara. Marc&#243; despu&#233;s la extensi&#243;n de Vianello y pidi&#243; al sargento que subiera a su despacho. Vianello se present&#243; al cabo de un minuto, con el mismo aire sombr&#237;o que ten&#237;a la antev&#237;spera por la ma&#241;ana, al separarse de Brunetti delante de la questura.

Buon di, dottore -dijo sent&#225;ndose en su lugar habitual, la silla situada frente a la mesa de Brunetti.

Buenos d&#237;as, Vianello. -Para evitar volver sobre su conversaci&#243;n de la otra ma&#241;ana, Brunetti pregunt&#243;-: &#191;Cu&#225;ntos hombres tenemos disponibles hoy?

Vianello pens&#243; un momento y respondi&#243;:

Cuatro, contando a Riverre y Alvise.

Brunetti tampoco quer&#237;a hablar de ellos, por lo que dijo, pasando a Vianello la primera lista que hab&#237;a sacado de la carpeta de la Liga.

Estas personas tienen alquilados apartamentos a la Lega della Moralit&#224;. Le agradecer&#233; que divida las direcciones correspondientes a Venecia entre esos cuatro hombres.

Vianello, mientras recorr&#237;a con la mirada los nombres y direcciones de la lista, pregunt&#243;:

&#191;Con qu&#233; objeto, comisario?

Quiero saber a qui&#233;n pagan el alquiler y c&#243;mo. -Vianello le dedic&#243; una mirada cargada de curiosidad, y Brunetti le explic&#243; lo que le hab&#237;a dicho Canale, de que pagaba el alquiler en efectivo, lo mismo que sus amigos-. Me gustar&#237;a saber cu&#225;ntas de las personas de esta lista pagan el alquiler de esta forma y cu&#225;nto pagan. Y, lo que es m&#225;s importante, si alguna de ellas conoce a la persona o personas a las que dan el dinero.

&#191;As&#237; que era esto? -pregunt&#243; Vianello, comprendiendo inmediatamente. Hoje&#243; la lista-. &#191;Cu&#225;ntos son? Dir&#237;a que bastantes m&#225;s de cien.

Ciento sesenta y dos.

Vianello silb&#243;.

&#191;Y dice que Canale pagaba un mill&#243;n y medio al mes?

S&#237;.

Brunetti observ&#243; a Vianello mientras &#233;ste hac&#237;a el mismo c&#225;lculo que hab&#237;a hecho &#233;l al ver la lista.

Aunque no afecte m&#225;s que a una tercera parte, pueden recaudar m&#225;s de quinientos millones al a&#241;o, &#191;verdad?

Vianello sacudi&#243; la cabeza, y tampoco esta vez Brunetti pudo adivinar si su reacci&#243;n era de asombro o de admiraci&#243;n ante la magnitud del negocio.

&#191;Conoce a alguien de esa lista? -pregunt&#243; Brunetti.

Est&#225; el due&#241;o del bar que hay en la esquina de la calle de mi madre. Es su nombre, pero de la direcci&#243;n no estoy seguro.

Si fuera &#233;l, quiz&#225; podr&#237;a hablarle en confianza.

&#191;Quiere decir sin ir de uniforme? -pregunt&#243; Vianello con una sonrisa que recordaba a la de antes.

O enviar a Nadia -brome&#243; Brunetti.

Pero apenas lo dijo comprendi&#243; que pod&#237;a ser buena idea. El que fueran polic&#237;as uniformados quienes interrogaban a personas que pod&#237;an estar ocupando un apartamento ilegalmente ten&#237;a que influir en las respuestas. Brunetti estaba seguro de que las cuentas cuadrar&#237;an todas, de que existir&#237;an los comprobantes que acreditaran que el importe de los alquileres hab&#237;a sido ingresado mensualmente en la cuenta pertinente, y no dudaba de que encontrar&#237;an los recibos correspondientes. En Italia nunca faltaban pruebas documentales; a menudo, lo ilusorio era la realidad que pretend&#237;an reflejar.

As&#237; lo comprendi&#243; tambi&#233;n Vianello, que dijo:

Me parece que habr&#237;a que hacerlo de un modo m&#225;s indirecto.

&#191;Quiere decir preguntar a los vecinos?

S&#237;, se&#241;or. Nadie va a confesar que est&#225; implicado en algo as&#237;. Podr&#237;a costarles el apartamento, y mentir&#225;n.

Vianello mentir&#237;a para salvar su apartamento y, despu&#233;s de reflexionar, Brunetti comprendi&#243; que &#233;l tambi&#233;n. Lo mismo que cualquier veneciano.

S&#237;; vale m&#225;s preguntar a los vecinos. Env&#237;e a agentes femeninos.

La sonrisa de Vianello era beat&#237;fica.

Y ll&#233;vese tambi&#233;n esta otra lista, que ser&#225; m&#225;s f&#225;cil de comprobar. Son personas que reciben cantidades mensuales de la Liga. Trate de averiguar cu&#225;ntas de ellas viven en las direcciones que se indican y cu&#225;ntas est&#225;n necesitadas de ayuda.

Si yo fuera aficionado a las apuestas -dijo Vianello, que lo era-, apostar&#237;a diez mil liras a que la mayor&#237;a no viven en estas direcciones. -Hizo una pausa, pellizc&#243; las hojas y agreg&#243;-: Y a&#250;n har&#237;a otra apuesta, a que la mayor&#237;a no necesitan ayuda.

No se admiten apuestas, Vianello.

Era un decir. &#191;Qu&#233; hay de Santomauro?

Por lo que ha podido averiguar la signorina Elettra, est&#225; limpio.

Nadie est&#225; limpio -sentenci&#243; Vianello.

Entonces es precavido.

Eso est&#225; mejor.

Otra cosa. Gallo habl&#243; con el fabricante de los zapatos que llevaba Mascari y le dio la lista de las zapater&#237;as que los venden. Mande a alguien, a ver si alg&#250;n vendedor recuerda qui&#233;n compr&#243; un par del cuarenta y uno. Es un n&#250;mero muy grande para unos zapatos de mujer, por lo que es f&#225;cil que se fijara en el cliente.

&#191;Y el vestido? -pregunt&#243; Vianello.

Brunetti hab&#237;a recibido el informe hac&#237;a dos d&#237;as, y el resultado de la investigaci&#243;n era el que se tem&#237;a.

Es un vestido barato de los que se venden en los mercados callejeros, rojo, de fibra sint&#233;tica. No habr&#225; costado m&#225;s de cuarenta mil liras. Le hab&#237;an arrancado las etiquetas. Gallo est&#225; tratando de encontrar el taller de confecci&#243;n.

&#191;Tiene alguna posibilidad?

Brunetti se encogi&#243; de hombros.

Tengo m&#225;s confianza en los zapatos. Por lo menos, tenemos el fabricante y las zapater&#237;as.

Vianello asinti&#243;.

&#191;Desea algo m&#225;s, comisario?

S&#237;. Diga a Delitos Monetarios que necesitaremos a uno de sus agentes, mejor dicho, a uno de sus mejores especialistas, para que examine los papeles que traigan de la Banca di Verona y de la Liga.

Vianello lo mir&#243;, sorprendido.

&#191;Ha conseguido que Patta pida un mandamiento judicial? &#191;Para hacer que un banco nos d&#233; papeles?

En efecto -dijo Brunetti esforz&#225;ndose por no sonre&#237;r ni ufanarse.

Este asunto ha debido de afectarlo m&#225;s de lo que yo imaginaba. Un mandamiento judicial -Vianello sacud&#237;a la cabeza, admirado.

&#191;Podr&#237;a decir a la signorina Elettra que haga el favor de subir?

Por supuesto -dijo Vianello poni&#233;ndose de pie. Levant&#243; las listas-. Repartir&#233; estos nombres y pondr&#233; a la gente a trabajar. -Fue hacia la puerta, pero, antes de salir, hizo la misma pregunta que Brunetti hab&#237;a estado haci&#233;ndose toda la ma&#241;ana-: &#191;C&#243;mo han podido arriesgarse de este modo? Bastaba una persona, una sola fuga, para que todo el tejemaneje se descubriera.

No tengo ni idea. Por lo menos, una idea plausible.

Para s&#237;, se dec&#237;a que tal vez esto no fuera sino una de tantas manifestaciones de una especie de locura colectiva, un v&#233;rtigo de audacia que renegaba de toda raz&#243;n. Durante los &#250;ltimos a&#241;os hab&#237;an convulsionado al pa&#237;s arrestos y acusaciones de corrupci&#243;n a todos los niveles, desde el de industriales y constructores hasta el de ministros del gobierno. Se hab&#237;an pagado sobornos de miles de millones, decenas, centenares de miles de millones de liras, y los italianos hab&#237;an llegado a creer que, en pol&#237;tica, la corrupci&#243;n era la norma. Por ello, el proceder de los dirigentes de la Lega della Moralit&#224; pod&#237;a considerarse completamente normal en un pa&#237;s de venalidad rampante.

Brunetti ahuyent&#243; estas cavilaciones y, al mirar a la puerta, vio que Vianello se hab&#237;a ido. Por la puerta que Vianello hab&#237;a dejado abierta no tard&#243; en aparecer la signorina Elettra.

&#191;Me ha llamado, comisario?

S&#237;, signorina -dijo &#233;l se&#241;alando la silla situada al lado de la mesa-. Vianello acaba de bajar con las listas que usted me facilit&#243;. Parece ser que algunas de las personas que aparecen en una de ellas pagan alquileres mucho m&#225;s altos que los declarados por la Liga, y ahora me gustar&#237;a saber si las personas de la otra lista reciben realmente el dinero que la Liga dice pagarles.

Mientras &#233;l hablaba, la signorina Elettra escrib&#237;a r&#225;pidamente en el bloc.

Me gustar&#237;a pedirle, si no est&#225; trabajando en otra cosa por cierto, &#191;qu&#233; es lo que la ha tenido tan ocupada durante toda la semana abajo, en el archivo? -pregunt&#243;.

&#191;Qu&#233;? -dijo ella levant&#225;ndose a medias. El bloc cay&#243; al suelo y se agach&#243; a recogerlo-. Perd&#243;n, comisario -dijo cuando volvi&#243; a tenerlo abierto en el regazo-. &#191;En el archivo? Miraba si hab&#237;a algo sobre el avvocato Santomauro o, quiz&#225;, el signor Mascari.

&#191;Y ha tenido suerte?

Por desgracia, no. Ninguno de los dos ha tenido problemas con la polic&#237;a. Absolutamente nada.

En esta casa, nadie tiene ni la m&#225;s remota idea de c&#243;mo est&#225;n archivadas las cosas ah&#237; abajo, signorina, pero le agradecer&#233; que vea si puede encontrar algo sobre las personas de esas listas.

&#191;De las dos, dottore?

Las hab&#237;a hecho ella, por lo que sab&#237;a que conten&#237;an m&#225;s de doscientos nombres.

Quiz&#225; deber&#237;amos empezar por la segunda, la de los que reciben dinero. La lista indica nombres y direcciones, y en el Ayuntamiento podr&#225; comprobar cu&#225;ntos est&#225;n empadronados aqu&#237;. -La ley que obligaba a todos los ciudadanos a inscribirse en el padr&#243;n de la ciudad y notificar a las autoridades cualquier cambio de domicilio era una reliquia del pasado, pero facilitaba mucho la labor de seguir los movimientos de toda persona por la que se interesara la polic&#237;a-. Compruebe si algunas de esas personas tienen antecedentes, aqu&#237; o en otras ciudades. Incluso en otros pa&#237;ses, aunque no s&#233; qu&#233; podr&#225; encontrar. -La signorina Elettra tomaba nota y mov&#237;a la cabeza de arriba abajo, como dando a entender que esto era juego de ni&#241;os-. Una vez Vianello haya podido averiguar qui&#233;nes pagan alquileres extra, me gustar&#237;a que tome nota de los nombres y los investigue. -Ella levant&#243; la cabeza segundos despu&#233;s de que &#233;l acabara de hablar-. &#191;Cree que podr&#225; hacerlo, signorina? No s&#233; qu&#233; ha sido de los archivos antiguos desde que empezamos a utilizar los ordenadores.

La mayor&#237;a de las viejas carpetas siguen abajo -dijo ella-. Est&#225;n un poco revueltas, pero a&#250;n es posible encontrar algo.

&#191;Cree que podr&#225;?

Hac&#237;a menos de dos semanas que ella hab&#237;a empezado a trabajar en la questura, y a Brunetti ya le parec&#237;a que llevaba all&#237; varios a&#241;os.

Desde luego. Hoy dispongo de mucho tiempo libre -dijo ella, dando pie a Brunetti para que sacara el otro tema.

Brunetti aprovech&#243; la ocasi&#243;n para preguntar:

&#191;Qu&#233; novedades hay?

Esta noche cenan juntos. En Mil&#225;n. &#201;l se va esta tarde en el coche.

&#191;Usted qu&#233; cree que pasar&#225;? -pregunt&#243; Brunetti a pesar de que sab&#237;a que no deb&#237;a preguntar.

Cuando arresten a Burrasca, ella tomar&#225; el primer avi&#243;n. O quiz&#225; &#233;l se ofrezca a acompa&#241;arla a casa de Burrasca despu&#233;s de la cena a &#233;l le encantar&#237;a, imagino, llegar con ella y ver en la calle los coches de la polic&#237;a. Probablemente, volver&#237;a con &#233;l esta misma noche.

&#191;Por qu&#233; querr&#225; &#233;l que vuelva? -pregunt&#243; Brunetti al fin.

La signorina Elettra lo mir&#243;, sorprendida de que fuera tan obtuso.

&#201;l la quiere, comisario. Debe usted comprenderlo.



23

Habitualmente, el calor quitaba a Brunetti el apetito, pero esta noche, por primera vez desde que hab&#237;a cenado con Padovani, ten&#237;a hambre. Camino de casa, par&#243; en Rialto, sorprendido al encontrar algunos puestos de fruta y verdura abiertos despu&#233;s de las ocho. Compr&#243; un kilo de tomates pera muy maduros, y la vendedora le dijo que los llevara con cuidado y no pusiera nada encima. En otro puesto compr&#243; un kilo de higos y oy&#243; la misma recomendaci&#243;n. Afortunadamente, cada consejo estaba acompa&#241;ado de una bolsa de pl&#225;stico, y Brunetti lleg&#243; a casa con una bolsa en cada mano y la mercanc&#237;a en perfecto estado.

Abri&#243; todas las ventanas del apartamento, se puso un pantal&#243;n de algod&#243;n holgado y una camiseta de manga corta, y se fue a la cocina. Pic&#243; cebollas, escald&#243; los tomates para pelarlos con facilidad y sali&#243; a la terraza a buscar unas hojas de albahaca. Con movimientos mec&#225;nicos, sin prestar atenci&#243;n a lo que hac&#237;a, prepar&#243; una sencilla salsa y puso agua para cocer la pasta. Cuando el agua ya salada empez&#243; a hervir a borbotones, ech&#243; medio paquete de penne rigatte y los removi&#243; con una cuchara.

Mientras cocinaba, pensaba en las personas que hab&#237;an intervenido en los sucesos de los diez &#250;ltimos d&#237;as, aunque sin buscar una cohesi&#243;n entre aquella pl&#233;yade de nombres y caras. Cuando estuvo hervida la pasta, la escurri&#243;, la volc&#243; en una fuente honda y le ech&#243; la salsa por encima. La revolvi&#243; con un cuchar&#243;n y la sac&#243; a la terraza, donde ya ten&#237;a un tenedor, una copa y una botella de Cabernet. Comi&#243; directamente de la fuente. La terraza era alta y nadie pod&#237;a verlo, como no estuviera en lo alto del campanario de San Polo. Se comi&#243; toda la pasta, reba&#241;&#243; la salsa con un trozo de pan, llev&#243; la fuente a la cocina y sali&#243; con un plato de higos reci&#233;n lavados.

Antes de emprenderla con ellos, volvi&#243; a entrar a buscar los Anales de la Roma imperial de T&#225;cito. Brunetti busc&#243; el punto en que hab&#237;a terminado la lectura, el relato de la mir&#237;ada de horrores del reinado de Tiberio, emperador al que T&#225;cito parec&#237;a tener especial antipat&#237;a. Aquellos romanos asesinaban, traicionaban, deshonraban y se deshonraban. C&#243;mo se parec&#237;an a nosotros, se dijo. Prosigui&#243; la lectura, sin descubrir algo que le hiciera cambiar de opini&#243;n, hasta que los mosquitos empezaron a atacar y le obligaron a entrar en casa. Sigui&#243; leyendo en el sof&#225; hasta mucho despu&#233;s de la medianoche, sin que se le ocurriera pensar que este cat&#225;logo de cr&#237;menes y atropellos cometidos hac&#237;a dos mil a&#241;os serv&#237;a para distraerlo de los que se comet&#237;an ahora alrededor de &#233;l. Durmi&#243; profundamente y sin so&#241;ar, y se despert&#243; fresco, como si creyera que la fiera y rigurosa moralidad de T&#225;cito le ayudar&#237;a a acometer la tarea del d&#237;a.

Al llegar a la questura descubri&#243; con sorpresa que, antes de salir para Mil&#225;n, Patta hab&#237;a encontrado tiempo para solicitar al juez de instrucci&#243;n un mandamiento que les permitir&#237;a llevarse los archivos de la Lega della Moralit&#224; y de la Banca di Verona. Y, adem&#225;s, la orden hab&#237;a sido entregada aquella ma&#241;ana a ambas instituciones, cuyos responsables hab&#237;an prometido cumplirlas. Ambas instituciones hab&#237;an manifestado que necesitar&#237;an tiempo para preparar los documentos solicitados, sin que ninguna concretara cu&#225;nto.

Las once, y Patta no hab&#237;a llegado. La mayor&#237;a de los funcionarios que trabajaban en la questura hab&#237;an comprado el peri&#243;dico aquella ma&#241;ana, pero en ninguno se mencionaba el arresto de Burrasca. Esto no sorprendi&#243; a Brunetti ni al resto del personal, pero contribuy&#243; a aumentar el inter&#233;s y, ni que decir tiene, las especulaciones acerca del resultado del viaje que la v&#237;spera hab&#237;a hecho a Mil&#225;n el vicequestore. Brunetti, situ&#225;ndose en un plano m&#225;s elevado, se limit&#243; a llamar a la Guardia di Finanza, para preguntar si hab&#237;a sido atendida su solicitud de personal especializado para revisar las cuentas de la Liga. Con sorpresa, descubri&#243; que Luca Benedetti, el juez de instrucci&#243;n, ya hab&#237;a llamado para pedir que los papeles fueran examinados por los de Finanza tan pronto como se recibieran.

Cuando, poco antes de la hora del almuerzo, Vianello entr&#243; en su despacho, Brunetti pens&#243; que ven&#237;a a decirle que los papeles no hab&#237;an llegado o, lo que era m&#225;s probable, que el banco y la Liga hab&#237;an descubierto un obst&#225;culo burocr&#225;tico que retrasar&#237;a la entrega quiz&#225; indefinidamente.

Buon giorno, comisario.

&#191;Qu&#233; hay, sargento? -pregunt&#243; Brunetti levantando la mirada de los papeles que ten&#237;a en la mesa.

Unas personas desean hablar con usted.

&#191;Qui&#233;nes son? -pregunt&#243; Brunetti dejando el bol&#237;grafo sobre el papel que ten&#237;a delante.

El professore Luigi Ratti y su esposa -dijo Vianello sin m&#225;s explicaciones que un escueto de Mil&#225;n.

&#191;Y puedo preguntar qui&#233;nes son el professore y su esposa?

Son, desde hace dos a&#241;os, los inquilinos de uno de los apartamentos que administra la Liga.

Siga, Vianello -dijo Brunetti, interesado.

El apartamento del profesor estaba en mi lista, por lo que esta ma&#241;ana he ido a hablar con &#233;l. Cuando le he preguntado c&#243;mo consigui&#243; el apartamento, me ha dicho que las decisiones de la Liga eran privadas. Tambi&#233;n le he preguntado c&#243;mo paga el alquiler y me ha respondido que ingresa mensualmente doscientas veinte mil liras en la cuenta de la Liga en la Banca di Verona. Cuando le he pedido que me dejara ver los recibos, ha dicho que no conserva ninguno.

&#191;No? -pregunt&#243; Brunetti, m&#225;s interesado a&#250;n.

Como nunca se sab&#237;a si a un organismo oficial iba a darle por dudar de que se hubiera pagado una factura, liquidado un impuesto o presentado un documento, en Italia nadie tiraba documentos y, menos, los comprobantes de que se hab&#237;a hecho un pago. Brunetti y Paola ten&#237;an dos cajones llenos de recibos que se remontaban a una d&#233;cada, m&#225;s tres cajas repletas de documentos en el trastero. La persona que dec&#237;a que hab&#237;a tirado un recibo del alquiler, o estaba loca o ment&#237;a.

&#191;D&#243;nde est&#225; situado el apartamento del profesor?

En el Zattere, con vistas a la Giudecca -dijo Vianello, mencionando una de las zonas m&#225;s codiciadas de la ciudad. Y agreg&#243;-: Calculo que tiene seis habitaciones, aunque no he pasado del recibidor.

&#191;Doscientas veinte mil liras? -pregunt&#243; Brunetti, pensando que era lo que hab&#237;a pagado Raffi por unos Timberland hac&#237;a un mes.

S&#237;, se&#241;or.

Haga el favor de decir al profesor y su esposa que pasen, sargento. A prop&#243;sito, &#191;de qu&#233; es profesor el profesor?

Yo dir&#237;a que de nada.

Entiendo -dijo Brunetti, poniendo el capuch&#243;n al bol&#237;grafo.

Vianello se acerc&#243; a la puerta, la abri&#243; y retrocedi&#243; para dejar paso al profesor y a la signora Ratti.

El profesor Ratti deb&#237;a de tener m&#225;s de cincuenta a&#241;os, pero procuraba disimularlo lo mejor que pod&#237;a. A ello le ayudaban los cuidados de un peluquero que le cortaba el pelo tan corto que el gris casi se confund&#237;a con el rubio. Un traje de Gianni Versace de seda gris t&#243;rtola acentuaba su aire juvenil, al igual que la camisa de seda color burdeos con el cuello desabrochado. Los zapatos, que llevaba sin calcetines, eran del mismo tono que la camisa y estaban fabricados con un cuero trenzado que no pod&#237;a proceder m&#225;s que de Bottega V&#233;neta. Alguien deb&#237;a de haberle puesto en guardia contra un incipiente doble ment&#243;n, porque llevaba un foulard de seda blanca anudado bajo la barbilla y levantaba la cabeza, como si tratara de compensar el defecto de unas lentes bifocales malogradas por un &#243;ptico incompetente.

Si el profesor se manten&#237;a a la defensiva frente a la edad, su esposa hac&#237;a una guerra sin cuartel. Su cabello guardaba un curioso parecido con la camisa del marido, y su cara ten&#237;a la tersura que s&#243;lo proporcionan una juventud pimpante o el bistur&#237; de un buen cirujano. Era delgada como una esp&#225;tula y vest&#237;a un conjunto de hilo blanco, con la chaqueta abierta para mostrar una blusa de seda verde esmeralda. Brunetti, al verlos no pudo menos que preguntarse c&#243;mo pod&#237;an tener un aspecto tan pulcro y tan fresco, con aquel calor. Lo m&#225;s fr&#237;o de su persona eran los ojos.

&#191;Quer&#237;a hablar conmigo, professore?. -pregunt&#243; Brunetti levant&#225;ndose pero sin extender la mano,

En efecto -dijo Ratti indicando a su mujer que se sentara en la silla que estaba frente a la mesa de Brunetti y acercando otra de la pared, sin pedir permiso. Cuando los dos estuvieron instalados, prosigui&#243;-: He venido para decirle lo mucho que me desagrada que la polic&#237;a invada la intimidad de mi hogar. M&#225;s a&#250;n, deseo formular una queja por las insinuaciones que se me han hecho-. Ratti, como tantos milaneses, se com&#237;a las erres, con lo que produc&#237;a un sonido que Brunetti asociaba inconscientemente al de ciertas actrices de las m&#225;s exuberantes.

&#191;Y qu&#233; insinuaciones son &#233;sas, professore? -pregunt&#243; Brunetti, volviendo a sentarse e indicando a Vianello con una se&#241;a que se quedara donde estaba, al lado de la puerta.

Que existen irregularidades en el arriendo de mi apartamento.

Brunetti mir&#243; a Vianello y vio que el sargento alzaba la mirada al techo. No s&#243;lo acento milan&#233;s sino tambi&#233;n un lenguaje relamido.

&#191;Qu&#233; le hace pensar que se haya hecho tal insinuaci&#243;n? -pregunt&#243; Brunetti.

Bien, &#191;por qu&#233; si no iba su polic&#237;a a irrumpir en mi apartamento exigiendo que le ense&#241;e los recibos del alquiler?

Mientras el profesor hablaba, su esposa examinaba el despacho.

&#191;Irrumpir, professore?-pregunt&#243; Brunetti en tono afable-. &#191;Exigir? -Y a Vianello-: Sargento, &#191;c&#243;mo entr&#243; en la propiedad que el profesor tiene en arriendo?

Me abrieron la puerta.

&#191;Y qu&#233; dijo usted a la persona que le abri&#243; la puerta?

Que deseaba hablar con el professore Ratti.

Comprendo -dijo Brunetti y se volvi&#243; de nuevo hacia Ratti-. &#191;Y c&#243;mo se le formul&#243; la exigencia, professore?

Su sargento me pidi&#243; que le ense&#241;ara los recibos del alquiler. Como si yo fuera a guardar eso.

&#191;Usted no acostumbra guardar recibos, professore?

Ratti agit&#243; una mano y su esposa lanz&#243; a Brunetti una mirada de estudiada sorpresa, dando a entender que consideraba una p&#233;rdida de tiempo guardar comprobantes de sumas tan peque&#241;as.

&#191;Y qu&#233; har&#237;a si un d&#237;a el propietario del apartamento dijera que no hab&#237;a pagado el alquiler? &#191;Qu&#233; pruebas podr&#237;a presentar usted? -pregunt&#243; Brunetti.

Ahora el adem&#225;n de Ratti indicaba que hab&#237;a que descartar semejante posibilidad, mientras la mirada de la esposa daba a entender que nadie podr&#237;a pensar siquiera en dudar de la palabra de su marido.

&#191;Puede decirme c&#243;mo paga el alquiler, professore?

No creo que eso sea asunto de la polic&#237;a -dijo Ratti, combativo-. No estoy acostumbrado a que se me trate de este modo.

&#191;De qu&#233; modo, professore? -pregunt&#243; Brunetti con aut&#233;ntica curiosidad.

Como se trata a un sospechoso.

&#191;Le han tratado como a un sospechoso antes de ahora otros polic&#237;as, para que est&#233; familiarizado con ese trato?

Ratti se levant&#243; a medias mirando a su mujer.

No tengo por qu&#233; aguantar esto. Tengo un amigo que es concejal de la ciudad.

La mujer hizo un ligero adem&#225;n y &#233;l volvi&#243; a sentarse lentamente.

&#191;Podr&#237;a decirme c&#243;mo paga el alquiler, professore Ratti?

Ratti lo mir&#243; de frente.

Lo ingreso en la Banca di Verona.

&#191;En San Bartolomeo?

S&#237;.

&#191;Y a cu&#225;nto asciende el alquiler, professore?

No es nada -dijo el profesor con displicencia.

&#191;Son doscientas veinte mil liras?

S&#237;.

Brunetti asinti&#243;.

Y el apartamento, &#191;cu&#225;ntos metros cuadrados tiene?

Ahora intervino la signora Ratti, como si ya no pudiera seguir soportando tanta idiotez.

No tenemos ni idea. Lo suficiente para nuestras necesidades.

Brunetti se acerc&#243; la lista de los apartamentos administrados por la Liga, busc&#243; la tercera p&#225;gina y desliz&#243; el &#237;ndice por la columna de nombres hasta llegar al de Ratti.

Me parece que son trescientos doce metros cuadrados -dijo-. Repartidos entre seis habitaciones. S&#237;, imagino que eso ser&#225; suficiente para las necesidades de cualquiera.

La signora Ratti salt&#243;:

&#191;Qu&#233; quiere decir?

Brunetti la mir&#243; fr&#237;amente.

Lo que he dicho, signora, ni m&#225;s ni menos. Que seis habitaciones han de ser suficientes para dos personas, porque son dos, &#191;verdad?

Y la criada.

Tres -concedi&#243; Brunetti-. Pero siguen siendo suficientes. -Desvi&#243; la mirada hacia el marido, con la cara impasible-. &#191;C&#243;mo consigui&#243; un apartamento de la Liga, professore?

Muy sencillo -empez&#243; a decir Ratti, pero a Brunetti le pareci&#243; que estaba nervioso y trataba de disimularlo dando &#233;nfasis a sus palabras-. Lo solicit&#233; por el procedimiento habitual y me fue concedido.

&#191;A qui&#233;n lo solicit&#243;?

A la Lega della Moralit&#224;, por supuesto.

&#191;Y c&#243;mo sab&#237;a que la Liga alquilaba apartamentos?

Es de dominio p&#250;blico en la ciudad, &#191;no, comisario?

Si a&#250;n no lo es, no tardar&#225; en serlo, professore.

Los Ratti no contestaron a esto, pero la signora Ratti mir&#243; r&#225;pidamente a su marido y despu&#233;s a Brunetti.

&#191;Recuerdan si alguien en particular les habl&#243; de los apartamentos?

Los dos respondieron instant&#225;neamente.

No.

Brunetti se permiti&#243; una sonrisa levemente sard&#243;nica.

Parecen muy seguros. -Hizo un garabato en la lista al lado de sus nombres-. &#191;Les hicieron una entrevista antes de concederles el apartamento?

No -dijo Ratti-, rellenamos el formulario y lo enviamos. Luego nos dijeron que hab&#237;amos sido seleccionados.

&#191;Se lo comunicaron por carta o por tel&#233;fono?

Hace tanto tiempo que ya no lo recuerdo -dijo Ratti, mir&#243; a su mujer buscando confirmaci&#243;n y ella movi&#243; la cabeza negativamente.

&#191;Y hace dos a&#241;os que tienen el apartamento?

Ratti asinti&#243;.

&#191;Y no guarda ning&#250;n recibo del alquiler?

Esta vez tambi&#233;n toc&#243; a la mujer negar con la cabeza.

D&#237;game, professore, &#191;cu&#225;nto tiempo pasa al a&#241;o en el apartamento?

&#201;l reflexion&#243; un momento.

Venimos para el Carnevale.

Su esposa remach&#243; la frase con un firme:

Desde luego.

El marido prosigui&#243;:

Tambi&#233;n venimos en septiembre y, a veces, en Navidad.

La esposa intervino para agregar:

Y alg&#250;n que otro fin de semana durante el resto del a&#241;o, desde luego.

Desde luego -repiti&#243; Brunetti-. &#191;Y la criada?

Viene de Mil&#225;n con nosotros.

Desde luego -convino Brunetti, agregando otro garabato a la lista.

&#191;Podr&#237;a decirme, professore, si conoce los fines de la Liga, sus objetivos?

S&#233; que pretende defender y fomentar la moralidad -respondi&#243; el profesor en un tono que indicaba que, en su opini&#243;n, por mucho que se hiciera con este prop&#243;sito, siempre ser&#237;a poco.

S&#237;, claro -dijo Brunetti-. Pero, aparte de eso, &#191;sabe la finalidad que persigue mediante el alquiler de apartamentos?

Ahora fue Ratti el que mir&#243; a su mujer.

Creo que su finalidad es la de conceder los apartamentos a las personas que, seg&#250;n su criterio, re&#250;nan las condiciones exigidas.

Y sabiendo eso, professore -prosigui&#243; Brunetti-, &#191;no le pareci&#243; extra&#241;o que la Liga, una organizaci&#243;n veneciana, diera uno de los apartamentos que administra a una persona de Mil&#225;n, y una persona, adem&#225;s, que s&#243;lo lo utilizar&#237;a unos meses al a&#241;o? -Como Ratti no respondiera, Brunetti insisti&#243;-: Porque usted debe de saber lo dif&#237;cil que es encontrar un apartamento en esta ciudad, &#191;no?

La signora Ratti decidi&#243; contestar en lugar de su marido:

Cre&#237;mos que desear&#237;an conceder el apartamento a quienes supieran apreciarlo y conservarlo.

&#191;Quiere usted decir con eso que pueden ustedes cuidar un apartamento grande y apetecible mejor que la familia de un carpintero de Canareggio, por ejemplo?

Creo que eso es evidente -respondi&#243; ella.

&#191;Y qui&#233;n paga las reparaciones, si me permite la pregunta?

La signora Ratti contest&#243; con una sonrisa:

Hasta ahora no ha habido reparaciones.

Pero en el contrato, si les dieron un contrato, tiene que haber una cl&#225;usula que determine qui&#233;n tiene que hacerse cargo de las reparaciones.

Ellos -dijo Ratti.

&#191;La Liga?

S&#237;.

&#191;El mantenimiento no corre por cuenta de los arrendatarios?

No.

&#191;Y ustedes lo habitan -Brunetti se interrumpi&#243; y mir&#243; el papel, como si el n&#250;mero estuviera escrito en &#233;l- unos dos meses al a&#241;o? -En vista de que Ratti no contestaba, insisti&#243;-: &#191;Estoy en lo cierto, professore?

S&#237; -respondi&#243; el interpelado a rega&#241;adientes.

Imitando deliberadamente con el adem&#225;n al sacerdote que ense&#241;aba el catecismo en su escuela primaria, Brunetti junt&#243; las manos y entrelaz&#243; los dedos al pie de la hoja de papel que ten&#237;a encima de la mesa y dijo:

Creo que ha llegado el momento de empezar a elegir, professore.

No s&#233; qu&#233; quiere decir.

A ver si consigo explicarme. La primera elecci&#243;n consiste entre repetir esta conversaci&#243;n, con mis preguntas y sus respuestas, ante una grabadora o un taqu&#237;grafo. En uno u otro caso tendr&#233; que pedir a ambos que me firmen una copia de la declaraci&#243;n, puesto que han dicho lo mismo. -Brunetti hizo una pausa, para dejar que la idea calara-. O tambi&#233;n podr&#237;an, y es la opci&#243;n que me parece m&#225;s acertada, empezar a decir la verdad.

Los dos fingieron sorpresa y la signora Ratti, adem&#225;s, indignaci&#243;n.

En cualquier caso, lo menos que puede ocurrirles es que pierdan el apartamento, aunque quiz&#225; eso tarde alg&#250;n tiempo en llegar. Pero lo perder&#225;n, seguro.

Le pareci&#243; interesante que ninguno preguntara de qu&#233; estaba hablando.

Est&#225; claro que muchos de estos apartamentos han sido alquilados ilegalmente y que alguna persona relacionada con la Liga lleva varios a&#241;os cobrando alquileres fraudulentamente. -Cuando el professore Ratti fue a protestar, Brunetti levant&#243; una mano, la baj&#243; y volvi&#243; a enlazarla con la otra-. Si s&#243;lo se tratara de un caso de fraude, quiz&#225; les conviniera seguir sosteniendo que no saben nada de esto. Pero, por desgracia, es algo mucho m&#225;s grave que un caso de fraude.

Hizo una pausa. Por Dios que les har&#237;a cantar.

&#191;De qu&#233; se trata? -pregunt&#243; Ratti hablando con m&#225;s suavidad de la que hab&#237;a empleado hasta ahora.

Asesinato. Tres asesinatos, uno de ellos, el de una agente de la polic&#237;a. Se lo digo para que comprendan que no tenemos intenci&#243;n de abandonar la investigaci&#243;n. Han matado a una de nuestras agentes, y vamos a descubrir qui&#233;n ha sido. Y a castigarlo.

Se interrumpi&#243;, para dar efectividad a sus palabras.

Si se empe&#241;an en mantener esa historia sobre el apartamento, antes o despu&#233;s se ver&#225;n implicados en un caso de asesinato.

Nosotros no sabemos nada de un asesinato -dijo la signora Ratti con voz chillona.

Ahora, ya lo saben, signora. Quienquiera que est&#233; detr&#225;s del plan de alquiler de los apartamentos es el responsable de los tres asesinatos. Si se niegan a ayudarnos a descubrir qui&#233;n les alquil&#243; su apartamento y qui&#233;n les cobra el alquiler todos los meses, estar&#225;n entorpeciendo una investigaci&#243;n de asesinato. La pena por este delito, ni que decir tiene, es mucho m&#225;s severa que por encubrimiento de fraude. Y a t&#237;tulo puramente personal quiero agregar que pienso hacer cuanto de m&#237; dependa para asegurarme de que les es impuesta, si siguen neg&#225;ndose a colaborar con nosotros.

Ratti se levant&#243;.

Deseo hablar con mi esposa. En privado.

No -dijo Brunetti levantando la voz por primera vez.

Tengo derecho.

Tiene derecho a hablar con su abogado, signor Ratti, y se lo conceder&#233; con mucho gusto. Pero usted y su esposa decidir&#225;n esa otra cuesti&#243;n ahora, delante de m&#237;.

Se estaba excediendo en sus atribuciones, pero confiaba en que los Ratti no lo supieran.

Estuvieron mir&#225;ndose un rato, y Brunetti empezaba a desesperar. Pero al fin ella inclin&#243; su cabeza color burdeos y ambos se relajaron en las sillas.

De acuerdo -dijo Ratti-, pero deseo que quede claro que no sabemos nada de ese asesinato.

Asesinatos -rectific&#243; Brunetti, y vio que el plural impresionaba a Ratti.

Hace tres a&#241;os -empez&#243; a contar Ratti-, un amigo de Mil&#225;n nos dijo que conoc&#237;a a alguien que seguramente podr&#237;a ayudarnos a encontrar un apartamento en Venecia. Llev&#225;bamos seis meses buscando, pero era dif&#237;cil encontrar algo, especialmente a distancia. -Brunetti se preguntaba si iba a tener que escuchar una retah&#237;la de lamentaciones. Ratti, adivinando quiz&#225; su impaciencia, prosigui&#243;-: Nos dio un n&#250;mero de tel&#233;fono de Venecia. Llamamos, explicamos lo que dese&#225;bamos y la persona que estaba al otro extremo del hilo nos pregunt&#243; qu&#233; clase de apartamento nos conven&#237;a y cu&#225;nto est&#225;bamos dispuestos a pagar.

Ratti hizo una pausa. &#191;O punto final?

&#191;S&#237;? -inst&#243; Brunetti con la misma entonaci&#243;n que ten&#237;a el cura cuando los ni&#241;os se encallaban al recitar la lecci&#243;n de catecismo.

Le expliqu&#233; lo que quer&#237;a y &#233;l me dijo que me llamar&#237;a al cabo de unos d&#237;as. As&#237; lo hizo, y dijo que, si ven&#237;amos a Venecia aquel fin de semana, podr&#237;a ense&#241;arnos tres apartamentos. Vinimos y nos ense&#241;&#243; este apartamento y otros dos.

&#191;El que los acompa&#241;&#243; era el mismo que les hab&#237;a atendido por tel&#233;fono?

No s&#233; si era el mismo que contest&#243; la primera vez pero era el mismo que nos llam&#243;.

&#191;Saben qui&#233;n es?

Es el que nos cobra el alquiler, pero no s&#233; c&#243;mo se llama.

&#191;Y c&#243;mo se hace el pago?

&#201;l nos llama la &#250;ltima semana del mes y nos dice d&#243;nde nos encontraremos. Por lo general, en un bar o, si es en verano, en las afueras.

&#191;D&#243;nde, aqu&#237;, en Venecia, o en Mil&#225;n?

&#201;l siempre parece saber d&#243;nde estamos -terci&#243; la mujer-. Nos llama a Venecia si estamos aqu&#237; y a Mil&#225;n si estamos all&#237;.

&#191;Y qu&#233; hacen entonces?

Ahora respondi&#243; Ratti.

Acudo a la cita y le doy el dinero.

&#191;Cu&#225;nto?

Dos millones y medio de liras.

&#191;Cada mes?

S&#237;, aunque a veces le pago varios meses por adelantado.

&#191;Sabe qui&#233;n es ese hombre? -pregunt&#243; Brunetti.

No, pero lo he visto varias veces por la calle, aqu&#237;, en Venecia.

Brunetti se dijo que ya habr&#237;a tiempo para pedir una descripci&#243;n.

&#191;Y la Liga? &#191;C&#243;mo intervienen ellos en la transacci&#243;n?

Cuando dijimos al hombre que est&#225;bamos interesados en el apartamento, &#233;l dijo un precio, pero nosotros le obligamos a rebajarlo hasta los dos millones y medio -dijo Ratti sin disimular su autocomplacencia.

&#191;Y la Liga? -insisti&#243; Brunetti.

&#201;l nos dijo que recibir&#237;amos los formularios de solicitud de la Liga, que los rellen&#225;ramos y los devolvi&#233;ramos y que dos semanas despu&#233;s podr&#237;amos instalarnos.

Aqu&#237; intervino otra vez la signora Ratti.

Tambi&#233;n nos dijo que no cont&#225;ramos c&#243;mo hab&#237;amos conseguido el apartamento.

&#191;Alguien se lo ha preguntado?

Algunos amigos de Mil&#225;n -respondi&#243; ella-. Pero les dijimos que lo hab&#237;amos encontrado por medio de una agencia.

&#191;Y a la persona que les dio el n&#250;mero de tel&#233;fono?

Lo mismo, que hab&#237;amos utilizado una agencia.

&#191;Saben c&#243;mo conoc&#237;a el n&#250;mero de tel&#233;fono esa persona?

Nos dijo que se lo hab&#237;an dado en una fiesta.

&#191;Recuerdan el mes y el a&#241;o en que hicieron la primera llamada?

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#243; Ratti con suspicacia.

Me gustar&#237;a hacerme una idea de cu&#225;ndo empez&#243; esto -minti&#243; Brunetti, pensando en mandar comprobar sus llamadas a Venecia en aquellas fechas.

Con tono de escepticismo, Ratti contest&#243;:

En marzo, hace dos a&#241;os. A &#250;ltimos del mes. Nos instalamos a primeros de mayo.

Ya -dijo Brunetti-. Desde entonces, &#191;han tenido alg&#250;n trato con la Liga?

No, ninguno -dijo Ratti.

&#191;Y los recibos?

Ratti se revolvi&#243;, inc&#243;modo.

El banco nos env&#237;a uno cada mes.

&#191;De cu&#225;nto?

De doscientas veinte mil.

&#191;Por qu&#233; no quiso ense&#241;&#225;rselo al sargento Vianello?

Una vez m&#225;s, la mujer se adelant&#243; a contestar por &#233;l:

No quer&#237;amos vernos mezclados en nada.

&#191;Mascari? -pregunt&#243; Brunetti bruscamente.

Ratti parec&#237;a ahora m&#225;s nervioso.

&#191;Qu&#233; quiere decir?

&#191;No les llam&#243; la atenci&#243;n que el director del banco que les enviaba los recibos del alquiler fuera asesinado?

No, &#191;por qu&#233;? -dijo Ratti, poniendo c&#243;lera en su voz-. Le&#237; c&#243;mo hab&#237;a muerto. Supuse que lo mat&#243; alg&#250;n compinche.

&#191;Alguien se ha puesto en contacto con ustedes &#250;ltimamente en relaci&#243;n con el apartamento?

No, nadie.

Si reciben una llamada o una visita del hombre al que pagan el alquiler, deber&#225;n comunic&#225;rnoslo inmediatamente.

Desde luego, comisario -dijo Ratti, otra vez en su papel de ciudadano intachable.

De pronto, Brunetti se sinti&#243; harto de sus posturas y su ropa de dise&#241;o y dijo:

Por favor, vayan con el sargento Vianello y h&#225;ganle una descripci&#243;n lo m&#225;s detallada posible del hombre al que pagan el alquiler. -Y a Vianello-: Si se parece a alg&#250;n conocido, ens&#233;&#241;eles fotograf&#237;as.

Vianello asinti&#243; y abri&#243; la puerta. Los Ratti se pusieron de pie y ninguno de los dos alarg&#243; la mano a Brunetti. El profesor tom&#243; del brazo a su esposa durante el corto trayecto hasta la puerta y, una vez all&#237;, se hizo atr&#225;s para cederle el paso. Vianello mir&#243; a Brunetti permiti&#233;ndose una sonrisa apenas perceptible, sali&#243; detr&#225;s de la pareja y cerr&#243; la puerta.



24

Su conversaci&#243;n de aquella noche con Paola fue corta. Ella pregunt&#243; si hab&#237;a novedades y reiter&#243; la sugerencia de volver, que pod&#237;a dejar a los chicos solos en el hotel, pero Brunetti dijo que ni pensarlo, que hac&#237;a mucho calor.

Pas&#243; el resto de la velada en compa&#241;&#237;a del emperador Ner&#243;n, del que T&#225;cito dice que estaba corrompido por todas las concupiscencias, naturales y antinaturales. No se acost&#243; sino despu&#233;s de leer la descripci&#243;n del incendio de Roma, que T&#225;cito parece atribuir a que Ner&#243;n hab&#237;a contra&#237;do matrimonio con un hombre y durante la ceremonia hab&#237;a escandalizado incluso a los miembros de su disoluta corte por llevar el velo nupcial. En todas partes, travestis.

A la ma&#241;ana siguiente, Brunetti, ignorando que en el Corriere aparec&#237;a la noticia del arresto de Burrasca, que por cierto no mencionaba a la signora Patta, fue al funeral de Maria Nardi. Familiares, amigos y polic&#237;as de la ciudad llenaban la Chiesa dei Jesuiti. All&#237; estaba el sargento Scarpa, de Mestre, quien explic&#243; que el sargento Gallo no hab&#237;a podido asistir porque el juicio lo reten&#237;a en Mil&#225;n, donde deber&#237;a permanecer otros tres d&#237;as. Hasta hab&#237;a acudido el vicequestore, muy f&#250;nebre con su traje azul marino. Aunque comprend&#237;a que era una idea sentimental y pol&#237;ticamente incorrecta, Brunetti no pudo por menos de pensar que cuando el que ca&#237;a en acto de servicio era una mujer resultaba m&#225;s terrible. Terminada la misa, se qued&#243; en la escalinata de la iglesia mientras seis polic&#237;as uniformados sacaban el f&#233;retro. Cuando apareci&#243; el marido de Maria Nardi, sollozando entrecortadamente y tambale&#225;ndose de dolor, Brunetti desvi&#243; la mirada hacia la izquierda, donde, al otro lado de la laguna, se ve&#237;a Murano. All&#237; estaba mentalmente cuando Vianello se acerc&#243; y le toc&#243; el brazo.

&#191;Comisario?

Entonces regres&#243;.

&#191;S&#237;, Vianello?

Esa gente ha hecho una identificaci&#243;n.

&#191;Cu&#225;ndo? &#191;Por qu&#233; no me lo han dicho?

No lo he sabido hasta esta ma&#241;ana. Ayer tarde miraron fotograf&#237;as, pero dijeron que no estaban seguros. A m&#237; me parece que s&#237;, pero antes quer&#237;an hablar con el abogado. De todos modos, esta ma&#241;ana a las nueve han vuelto y han identificado a Piero Malfatti.

Brunetti emiti&#243; un silbido silencioso. Malfatti era un viejo conocido de la polic&#237;a, hab&#237;a sido acusado de delitos violentos, entre otros, violaci&#243;n y tentativa de asesinato; pero, antes de que compareciera a juicio, las acusaciones se volatilizaban; los testigos cambiaban de parecer o dec&#237;an que se hab&#237;an equivocado al identificarlo. Hab&#237;a sido encarcelado dos veces, una por proxenetismo y otra por intento de extorsi&#243;n al due&#241;o de un bar, establecimiento que hab&#237;a ardido mientras Malfatti estaba en la c&#225;rcel, cumpliendo una condena de dos a&#241;os.

&#191;Lo han identificado positivamente?

Los dos estaban bastante seguros.

&#191;Sabemos su paradero?

La &#250;ltima direcci&#243;n es la de un apartamento de Mestre, pero hace un a&#241;o que no vive all&#237;.

&#191;Amigos? &#191;Mujeres?

Estamos investigando.

&#191;Y qu&#233; sabemos de la familia?

No lo hab&#237;a pensado. Tiene que estar en la ficha.

Mire qu&#233; parientes tiene. Si se trata de alguien pr&#243;ximo, madre o hermanos, pongan a un agente en un apartamento cercano por si se presenta. No -dijo entonces, recordando lo poco que sab&#237;a del historial de Malfatti-; mejor pongan a dos.

S&#237;, se&#241;or. &#191;Algo m&#225;s?

&#191;Los papeles del banco y de la Liga?

Esperamos que nos los env&#237;en hoy.

Los quiero cuanto antes. Aunque tengan que llev&#225;rselos por la fuerza. Quiero todos los papeles relacionados con los pagos en efectivo por los apartamentos, y quiero que interroguen a todos los del banco, que les pregunten si Mascari les dijo algo de la Liga. Cuando quiera que haya sido. Aunque tengan que pedir al juez que vaya con ustedes.

S&#237;, se&#241;or.

Cuando vayan al banco, traten de averiguar qui&#233;n es el encargado de supervisar las cuentas de la Liga.

&#191;Ravanello? -pregunt&#243; Vianello.

Probablemente.

Veremos lo que podemos encontrar. &#191;Y Santomauro, comisario?

Hoy hablar&#233; con &#233;l.

&#191;Ser&#225;? -Vianello se interrumpi&#243; antes de preguntar si le parec&#237;a prudente y dijo-: &#191;Ser&#225; posible, sin estar citado?

Creo que el avvocato Santomauro estar&#225; muy interesado en hablar conmigo, sargento.

Y lo estaba. El bufete del avvocato se encontraba en campo San Luca, en el primer piso de un edificio situado a menos de veinte metros de tres bancos. Qu&#233; pr&#225;ctico, pens&#243; Brunetti, mientras la secretaria de Santomauro lo conduc&#237;a al despacho del abogado, tras s&#243;lo unos minutos de espera.

Santomauro estaba sentado detr&#225;s de su escritorio. A su espalda ten&#237;a una gran ventana que daba al campo y que se hallaba herm&#233;ticamente cerrada, porque la habitaci&#243;n estaba refrigerada, demasiado, casi hac&#237;a fr&#237;o all&#237; dentro, y la sensaci&#243;n se acentuaba cuando se ve&#237;a a la gente transitar por el campo con los hombros, las piernas, la espalda y los brazos al aire, mientras aqu&#237; se agradec&#237;a la chaqueta y la corbata.

Santomauro levant&#243; la cabeza cuando Brunetti entr&#243; en el despacho, pero no se molest&#243; en sonre&#237;r ni en levantarse. Vest&#237;a traje gris cl&#225;sico, corbata oscura y camisa blanca, impecable. Ten&#237;a unos ojos azules, separados, que miraban al mundo de frente, y la cara descolorida, con una palidez invernal: no hay vacaciones para los que laboran en las vi&#241;as de la ley.

Si&#233;ntese, comisario -dijo-. &#191;Para qu&#233; deseaba verme? -Extendi&#243; el brazo y movi&#243; un marco de plata ligeramente hacia la derecha, para ver mejor a Brunetti y para que Brunetti pudiera ver mejor la foto, en la que aparec&#237;an una mujer de la edad de Santomauro y dos j&#243;venes que se parec&#237;an a Santomauro.

Por varias razones, avvocato Santomauro -respondi&#243; Brunetti sent&#225;ndose frente a &#233;l-. Para empezar, deseo hacerle unas preguntas sobre la Lega della Moralit&#224;.

Para eso tendr&#225; que hablar con mi secretaria, comisario. Mi relaci&#243;n con la Liga es de &#237;ndole casi enteramente ceremonial.

No s&#233; si he comprendido eso, avvocato.

La Liga necesita una figura representativa, alguien que act&#250;e de presidente. Pero estoy seguro de que usted ya habr&#225; averiguado que los miembros del consejo no intervenimos en la gesti&#243;n diaria de los asuntos de la Liga. Quien hace todo el trabajo es el director del banco que maneja las cuentas.

&#191;Cu&#225;l es entonces su funci&#243;n concreta?

Como le dec&#237;a -explic&#243; Santomauro con una leve sonrisa-, soy s&#243;lo una figura representativa. Tengo una cierta una cierta &#191;podr&#237;amos llamarlo relevancia? en la comunidad y por ello se me ofreci&#243; la presidencia, pero es un cargo meramente honor&#237;fico.

&#191;Qui&#233;n se lo ofreci&#243;?

La direcci&#243;n del banco que gestiona las cuentas de la Liga.

Si el director del banco se encarga de los asuntos de la Liga, &#191;cu&#225;les son sus funciones, avvocato?

Hablo en nombre de la Liga cuando la prensa formula alguna pregunta o se solicita la opini&#243;n de la Liga sobre alg&#250;n caso.

Comprendo. &#191;Y qu&#233; m&#225;s?

Dos veces al a&#241;o me re&#250;no con el empleado del banco encargado de la cuenta de la Liga, para hablar de la situaci&#243;n financiera de &#233;sta.

&#191;Y cu&#225;l es esa situaci&#243;n, si me permite la pregunta?

Santomauro apoy&#243; las palmas de las manos en la mesa delante de s&#237;.

Como usted sabe, somos una instituci&#243;n sin &#225;nimo de lucro, por lo que, en el aspecto econ&#243;mico, nos damos por satisfechos simplemente con mantenernos a flote.

&#191;Y eso qu&#233; significa? &#191;En el aspecto econ&#243;mico?

La voz de Santomauro se hizo a&#250;n m&#225;s sosegada, su paciencia a&#250;n m&#225;s audible.

Que recaudamos suficiente dinero para poder seguir favoreciendo con nuestras donaciones a las personas seleccionadas para beneficiarse de ellas.

&#191;Y qui&#233;n selecciona a esas personas?

El empleado del banco, por supuesto.

&#191;Y qui&#233;n decide la adjudicaci&#243;n de esos apartamentos que administra la Liga?

La misma persona -dijo Santomauro permiti&#233;ndose una ligera sonrisa y agreg&#243;-: El consejo se limita a aprobar formalmente sus recomendaciones.

Usted, en su calidad de presidente, &#191;tiene alguna influencia en esto, alg&#250;n poder de decisi&#243;n?

Creo que podr&#237;a tenerlo, en el caso de que deseara ejercerlo. Pero, como le dec&#237;a, comisario, nuestros cargos son meramente honor&#237;ficos.

&#191;Qu&#233; significa eso, avvocato?

Antes de contestar, Santomauro apoy&#243; la yema de un dedo en la mesa para recoger una mota de polvo, llev&#243; la mano a un lado de la mesa y la agit&#243; para desprenderse de la mota.

Como le dec&#237;a, mi cargo es s&#243;lo representativo. No me parecer&#237;a correcto que, conociendo a tanta gente de la ciudad como conozco, tratara de escoger a los beneficiarios de la Liga. Y, si puedo tomarme la libertad de hablar en su nombre, estoy seguro de que lo mismo opinan mis compa&#241;eros de consejo.

Ya -dijo Brunetti sin esforzarse por disimular su escepticismo.

&#191;Le resulta dif&#237;cil de creer, comisario?

Ser&#237;a una imprudencia por mi parte decirle qu&#233; es lo que me resulta dif&#237;cil de creer, avvocato -dijo Brunetti. Y pregunt&#243;-: &#191;Y el signar Crespo? &#191;Se ocupa usted de sus bienes?

Hac&#237;a a&#241;os que Brunetti no ve&#237;a a una persona fruncir los labios, y esto precisamente hizo Santomauro antes de contestar:

Yo era el abogado del signor Crespo y, por lo tanto, me ocupo de sus bienes, por supuesto.

&#191;Son muy cuantiosos?

&#201;sa es informaci&#243;n confidencial, comisario, como usted debe de saber, siendo licenciado en derecho.

Y supongo que la &#237;ndole de su relaci&#243;n con el signor Crespo, cualquiera que sea, tambi&#233;n ser&#225; confidencial.

Veo que recuerda el c&#243;digo, comisario -dijo Santomauro con una sonrisa.

&#191;Podr&#237;a decirme si ya se han entregado a la polic&#237;a las cuentas de la Liga?

Habla de la polic&#237;a como si no formara parte de ella, comisario.

Las cuentas, signor Santomauro, &#191;d&#243;nde est&#225;n?

Pues en manos de sus colegas, comisario. Esta ma&#241;ana he pedido a mi secretaria que sacara copias de todo.

Queremos los originales.

Desde luego, les he dado los originales, comisario -dijo Santomauro dispensando otra peque&#241;a sonrisa-. Me he tomado la libertad de sacar copias para m&#237;, por si se extrav&#237;a algo mientras est&#225;n en su poder.

Muy precavido, avvocato -dijo Brunetti, pero &#233;l no sonri&#243;-. No le entretengo m&#225;s. Imagino lo precioso que ha de ser el tiempo de una persona de su relevancia social. S&#243;lo una pregunta m&#225;s. &#191;Puede decirme qui&#233;n es el empleado del banco que gestiona las cuentas de la Liga? Me gustar&#237;a hablar con &#233;l.

La sonrisa de Santomauro floreci&#243;.

Me temo que eso ser&#225; imposible, comisario. Las cuentas de la Liga siempre fueron gestionadas por el difunto Leonardo Mascari.



25

Brunetti volvi&#243; a su despacho admirado de la habilidad con que Santomauro hab&#237;a sugerido la culpabilidad de Mascari. El caso se apoyaba en unos presupuestos muy fr&#225;giles: si ahora se descubr&#237;a alguna irregularidad en los documentos del banco, se podr&#237;a alegar que de ellos se encargaba Mascari; los empleados del banco no sabr&#237;an, o podr&#237;an ser inducidos a no recordar, si alguna otra persona hab&#237;a llevado las cuentas de la Liga, y los asesinatos de Mascari y Crespo nunca ser&#237;an aclarados.

En la questura, Brunetti fue informado de que los papeles de la Banca di Verona y la Liga hab&#237;an sido entregados a los agentes que hab&#237;an ido a recogerlos y que tres hombres de la Guardia di Finanza ya hab&#237;an empezado a repasarlos, en busca de alg&#250;n indicio de qui&#233;n supervisaba las cuentas en las que se ingresaban los alquileres y con cargo a las cuales se extend&#237;an los cheques de los donativos de la Liga.

Brunetti comprendi&#243; que nada adelantar&#237;a qued&#225;ndose a su lado mientras trabajaban, y como no pod&#237;a reprimir el deseo de, por lo menos, pasar por delante del despacho en el que se les hab&#237;a instalado, para huir de la tentaci&#243;n sali&#243; a almorzar y eligi&#243; un restaurante del Ghetto, a pesar de que, para ir y volver, tendr&#237;a que andar mucho, a la hora de m&#225;s calor. Eran m&#225;s de las tres cuando volvi&#243;, con la chaqueta empapada y los zapatos aprisionando unos pies que le ard&#237;an.

A los pocos minutos, Vianello entr&#243; en su despacho y dijo sin pre&#225;mbulos:

He comprobado la lista de los que reciben cheques de la Liga.

Brunetti conoc&#237;a el tono.

&#191;Y qu&#233; ha encontrado?

Que la madre de Malfatti ha vuelto a casarse y tomado el apellido del nuevo marido.

&#191;Y qu&#233; m&#225;s?

Que recibe cheques a nombre del primer marido y del segundo. Lo que es m&#225;s, el segundo tambi&#233;n cobra, y dos primos, y parece que cada uno recibe cheques con dos nombres distintos.

&#191;A cu&#225;nto asciende todo lo que percibe la familia Malfatti?

Los cheques son de unas quinientas mil liras al mes, lo que nos da un total de casi tres millones. -Vianello pregunt&#243;, casi involuntariamente-: &#191;C&#243;mo no se les ocurri&#243; pensar que pod&#237;an descubrirlos?

Brunetti, considerando que la respuesta era obvia, pregunt&#243; a su vez:

&#191;Y qu&#233; han averiguado de los zapatos?

Hasta ahora, nada. &#191;Ha hablado con Gallo?

Sigue en Mil&#225;n, pero estoy seguro de que, si hubieran encontrado algo, Scarpa me hubiera llamado. &#191;Qu&#233; hacen los de Delitos Monetarios?

Vianello se encogi&#243; de hombros.

Est&#225;n con eso desde esta ma&#241;ana.

&#191;Saben lo que tienen que buscar? -pregunt&#243; Brunetti sin poder reprimir un deje de impaciencia.

Alg&#250;n indicio sobre qui&#233;n lo manejaba todo, supongo.

&#191;Podr&#237;a bajar a preguntarles si han encontrado algo? Si Ravanello est&#225; implicado, quiero proceder contra &#233;l lo antes posible.

S&#237;, se&#241;or -dijo Vianello y sali&#243; del despacho.

Mientras esperaba el regreso del sargento, Brunetti se subi&#243; las mangas de la camisa, m&#225;s para tener las manos ocupadas que por la esperanza de que ello le aliviara el calor.

Volvi&#243; a entrar Vianello, y tra&#237;a la respuesta escrita en la cara.

He hablado con su capit&#225;n. Dice que, por lo que han podido averiguar hasta ahora, el responsable era Mascari.

&#191;Qu&#233; diablos significa eso? -pregunt&#243; Brunetti con sequedad.

Es lo que me han dicho ellos -respondi&#243; Vianello, hablando despacio, con voz sosegada. Y, despu&#233;s de una larga pausa, agreg&#243;-: Se&#241;or. -Permanecieron un momento en silencio-. Quiz&#225; si hablara usted con ellos directamente podr&#237;a hacerse una idea m&#225;s clara de lo que eso significa.

Brunetti desvi&#243; la mirada y se baj&#243; las mangas.

Bajemos los dos, Vianello.

Era lo m&#225;s parecido a una disculpa que estaba dispuesto a ofrecer, pero Vianello pareci&#243; darse por satisfecho. Con el calor que hac&#237;a en el despacho, probablemente era lo m&#225;s que iba a conseguir.

Una vez abajo, Brunetti entr&#243; en el despacho en el que trabajaban los tres hombres uniformados de gris de la Guardia di Finanza. Estaban sentados a una larga mesa cubierta de carpetas y papeles. En la mesa hab&#237;a dos calculadoras de bolsillo y un ordenador port&#225;til, y delante de cada uno de estos aparatos estaba sentado un funcionario. Como concesi&#243;n al calor, se hab&#237;an quitado la chaqueta de lana, pero a&#250;n llevaban la corbata.

El que estaba delante del ordenador levant&#243; la cabeza al entrar Brunetti, mir&#243; un momento por encima de las gafas y sigui&#243; tecleando. Mir&#243; la pantalla, consult&#243; uno de los papeles que ten&#237;a al lado del teclado, puls&#243; varias teclas y volvi&#243; a mirar la pantalla. Tom&#243; la hoja de encima del mont&#243;n que ten&#237;a a la derecha del ordenador, la pas&#243; a la izquierda de cara abajo y empez&#243; a leer n&#250;meros de la hoja siguiente.

&#191;Qui&#233;n est&#225; al mando? -pregunt&#243; Brunetti.

Un hombre bajito y pelirrojo levant&#243; la mirada de una de las dos calculadoras y dijo:

Un servidor. &#191;El comisario Brunetti?

El mismo -respondi&#243; Brunetti acerc&#225;ndose al hombre con la mano extendida.

Capit&#225;n De Luca. -Y, en tono m&#225;s familiar, mientras le estrechaba la mano, agreg&#243;-: Beniamino. -Agit&#243; la mano sobre los papeles-. &#191;Quer&#237;a usted saber qui&#233;n se encargaba de todo esto en el banco?

S&#237;.

En este momento, parece que lo llevaba todo un tal Mascari. Su clave figura en todas las transacciones y en muchos de los documentos que tenemos aqu&#237; se ve lo que parecen sus iniciales.

&#191;Podr&#237;a ser una falsificaci&#243;n?

&#191;Qu&#233; quiere decir, comisario?

Si alguien ha podido modificar esos documentos para dar la impresi&#243;n de que los manejaba Mascari.

De Luca reflexion&#243; un rato y respondi&#243;:

Creo que s&#237;. Si esa persona dispuso de un d&#237;a o dos, pudo hacerlo. -Permaneci&#243; abstra&#237;do, como si estuviera plante&#225;ndose mentalmente una f&#243;rmula algebraica-. S&#237;; pudo hacerlo cualquiera que conociera sus claves.

En un banco, &#191;en qu&#233; medida son secretos esos c&#243;digos de acceso?

Yo dir&#237;a que de secretos no tienen nada. Siempre hay empleados que tienen que consultar las cuentas de otros, y han de utilizar su c&#243;digo. Yo dir&#237;a que eso ser&#237;a muy f&#225;cil.

&#191;Y la contrase&#241;a de los recibos?

M&#225;s f&#225;cil de falsificar que una firma -dijo De Luca.

&#191;Hay forma de demostrar que ha intervenido otra persona?

De Luca volvi&#243; a meditar largamente antes de contestar.

Por lo que a las entradas en el ordenador se refiere, no la hay. Quiz&#225; se pudiera intentar con la contrase&#241;a, pero la mayor&#237;a de la gente hace un garabato dif&#237;cilmente identificable, a veces, por el propio interesado.

&#191;Se podr&#237;a denunciar que esas cuentas han sido falseadas?

La mirada de De Luca fue tan clara como su respuesta:

Comisario, ning&#250;n juez admitir&#237;a esa denuncia.

&#191;As&#237; que Mascari llevaba esas cuentas?

De Luca titube&#243;.

Yo no dir&#237;a tanto. Lo parece, pero es posible que las cuentas est&#233;n ama&#241;adas.

&#191;Y lo dem&#225;s? &#191;El proceso de selecci&#243;n para la adjudicaci&#243;n de los apartamentos?

Oh, es evidente que para la elecci&#243;n de los arrendatarios de los apartamentos no reg&#237;an consideraciones de car&#225;cter humanitario, y que muchos de los subsidios no se conced&#237;an a personas necesitadas.

&#191;C&#243;mo lo sabe?

En el primer caso, las solicitudes est&#225;n todas aqu&#237;, clasificadas en dos grupos: las concedidas y las denegadas. -De Luca hizo una pausa-. No; estoy exagerando. Algunos apartamentos, buen n&#250;mero de ellos, fueron adjudicados a personas que parecen realmente necesitadas, pero casi una cuarta parte de las solicitudes procede de personas que ni siquiera resid&#237;an en Venecia.

&#191;Y fueron atendidas? -pregunt&#243; Brunetti.

S&#237;. Y eso que sus hombres a&#250;n no han comprobado toda la lista de inquilinos.

Brunetti mir&#243; a Vianello y el sargento explic&#243;:

Han comprobado la mitad de la lista aproximadamente, y parece que muchos de los apartamentos est&#225;n alquilados a personas j&#243;venes que viven solas. Y que trabajan de noche.

Brunetti asinti&#243;.

Vianello, cuando disponga del informe completo de las personas de las dos listas, p&#225;semelo.

Tardaremos por lo menos otros dos d&#237;as, comisario.

Lamentablemente, ya no hay prisa.

Brunetti dio las gracias a De Luca y volvi&#243; a su despacho.

Era perfecto, pens&#243;, no dejaba nada que desear. Ravanello hab&#237;a aprovechado bien el fin de semana, y ahora los apuntes indicaban que Mascari manejaba las cuentas de la Liga. &#191;Qu&#233; explicaci&#243;n m&#225;s l&#243;gica pod&#237;a darse de la malversaci&#243;n de tantos millones de la Liga, que la de que era cosa de Mascari y sus travestis? &#191;Qui&#233;n sab&#237;a lo que hac&#237;a mientras viajaba por asuntos del banco, qu&#233; org&#237;as no habr&#237;a montado, qu&#233; caudales no habr&#237;a derrochado aquel hombre que no llamaba por tel&#233;fono a su mujer para ahorrarse la conferencia? Brunetti estaba seguro de que Malfatti estaba lejos de Venecia y tardar&#237;a en reaparecer, y no le cab&#237;a la menor duda de que en Malfatti se reconocer&#237;a al hombre que cobraba los alquileres y que exig&#237;a que una parte de los cheques de beneficencia fueran para &#233;l antes que para nadie m&#225;s. &#191;Y Ravanello? Quedar&#237;a como el amigo &#237;ntimo que, por una lealtad mal entendida, no hab&#237;a revelado el secreto culpable de Mascari, ignorante de las tropel&#237;as fiscales que hab&#237;a cometido su amigo para pagarse sus vicios. &#191;Santomauro? Sin duda, en un primer momento, tendr&#237;a que soportar el rid&#237;culo cuando se supiera c&#243;mo se hab&#237;a dejado timar por el banquero Mascari, pero con el tiempo la opini&#243;n p&#250;blica volver&#237;a a ver en &#233;l al ciudadano altruista cuya instintiva buena fe hab&#237;a sido traicionada por la duplicidad a la que Mascari se hab&#237;a dejado arrastrar por su orientaci&#243;n antinatural. Perfecto, absolutamente perfecto, sin la menor fisura en la que Brunetti pudiera introducir la verdad.



26

Aquella noche, ni el elevado ni el edificante empe&#241;o de T&#225;cito procur&#243; consuelo a Brunetti, ni el violento final de Mesalina y Agripina sirvi&#243; para vindicar la justicia. Despu&#233;s de leer el escalofriante relato de su m&#225;s que merecida muerte, &#233;l se dijo que el mal engendrado por aquellas malvadas subsist&#237;a mucho despu&#233;s de su desaparici&#243;n. Por fin, pasadas las dos, dej&#243; la lectura y pas&#243; el resto de la noche en un sue&#241;o inquieto, turbado por el recuerdo de Mascari, un hombre &#237;ntegro, vilmente eliminado, que hab&#237;a sufrido una muerte a&#250;n m&#225;s s&#243;rdida que la de Mesalina o Agripina. Tambi&#233;n aqu&#237; sobrevivir&#237;a el mal.

La ma&#241;ana era asfixiante, como si sobre la ciudad pesara una maldici&#243;n que la condenaba a un calor opresivo que aturd&#237;a, mientras las brisas que la hab&#237;an abandonado jugaban en otros lares. Al atravesar el mercado de Rialto camino de su trabajo, Brunetti observ&#243; que muchos de los puestos no hab&#237;an abierto, dejando en las ordenadas hileras unos huecos que hac&#237;an pensar en la sonrisa de un borracho desdentado. Era in&#250;til tratar de vender hortalizas en el ferragosto: los venecianos hu&#237;an de la ciudad y los turistas s&#243;lo compraban panini y acqua minerale.

Lleg&#243; temprano a la questura, no quer&#237;a andar por la ciudad despu&#233;s de las nueve, porque el calor era a&#250;n m&#225;s intenso y las calles estaban a&#250;n m&#225;s llenas de turistas. No quer&#237;a pensar en ellos. Hoy, no.

Estaba contrariado. No le satisfac&#237;a ni siquiera la idea de que a partir de ahora se habr&#237;an terminado los trapicheos de la Liga, ni la esperanza de que De Luca y sus hombres a&#250;n pod&#237;an encontrar alg&#250;n cabo suelto que condujera hasta Santomauro y Ravanello. Tampoco confiaba en localizar la procedencia del vestido y los zapatos que llevaba Mascari. Hab&#237;a transcurrido demasiado tiempo.

Brunetti estaba sumido en estos l&#250;gubres pensamientos cuando Vianello entr&#243; en su despacho sin llamar y grit&#243;:

&#161;Hemos encontrado a Malfatti!

&#191;D&#243;nde? -pregunt&#243; Brunetti, yendo hacia &#233;l impulsado por una repentina energ&#237;a.

En San Barnaba, en casa de Luciana Vespa, su amiguita.

&#191;C&#243;mo?

Nos ha llamado su primo. Est&#225; en la lista. Cobra de la Liga desde hace un a&#241;o.

&#191;Han hecho un trato? -pregunt&#243; Brunetti, indiferente a la ilegalidad del procedimiento.

No, se&#241;or. Ni se ha atrevido a pedirlo. Nos ha dicho que quer&#237;a colaborar.

El resoplido de Vianello indicaba la confianza que esta afirmaci&#243;n le merec&#237;a.

&#191;Qu&#233; ha dicho?

Que Malfatti est&#225; all&#237; desde hace tres d&#237;as.

&#191;Est&#225; ella en la lista?

Vianello movi&#243; negativamente la cabeza.

No; s&#243;lo la esposa. Tenemos a un hombre en el apartamento de al lado desde hace dos d&#237;as, pero &#233;l no se ha presentado por su casa.

Mientras hablaban, bajaban las escaleras, hacia la oficina en la que trabajaba la secci&#243;n uniformada.

&#191;Han pedido una lancha? -pregunt&#243; Brunetti.

Est&#225; fuera. &#191;A cu&#225;ntos hombres quiere llevar?

Brunetti no hab&#237;a intervenido en ninguno de los m&#250;ltiples arrestos de Malfatti, pero hab&#237;a le&#237;do los informes.

Tres. Armados. Y con chalecos.

Diez minutos despu&#233;s, &#233;l, Vianello y los tres agentes, estos &#250;ltimos bien pertrechados y ya sudando con los gruesos chalecos blindados que llevaban encima del uniforme, embarcaron en la lancha azul y blanca de la polic&#237;a que, con el motor en marcha, aguardaba delante de la questura. Los tres agentes entraron en la cabina y Brunetti y Vianello se quedaron en la cubierta, tratando de captar la brisa de la marcha. El piloto los sac&#243; al bacino de San Marcos, vir&#243; a la derecha y puso proa a la entrada del Gran Canal. A uno y otro lado desfilaban esplendores, mientras Brunetti y Vianello conversaban con las cabezas juntas, tratando de dominar con la voz el rumor del viento y el zumbido del motor. Decidieron que Brunetti subir&#237;a al apartamento y tratar&#237;a de establecer contacto con Malfatti. Como no sab&#237;an nada de la mujer, ignoraban cu&#225;l pod&#237;a ser su relaci&#243;n con Malfatti, por lo que su principal preocupaci&#243;n deb&#237;a ser su seguridad.

Ahora empezaba a pesar a Brunetti haber tra&#237;do a los hombres. Cuatro polic&#237;as, tres de ellos armados hasta los dientes, apostados en las inmediaciones de un edificio, forzosamente atraer&#237;an a una nube de curiosos, y ello no dejar&#237;a de llamar la atenci&#243;n de los ocupantes del apartamento.

La lancha se detuvo en la parada del vaporetto de Ca'Rezzonico, y los cinco hombres desembarcaron ante la sorpresa de los que esperaban el barco n&#250;mero 1. Bajaron en fila india por la estrecha calle que conduc&#237;a a campo San Barnaba y salieron a la plazoleta. Aunque el sol no estaba todav&#237;a en el cenit, las losas del pavimento desped&#237;an un calor que abrasaba.

El edificio que buscaban estaba al otro lado del campo, en el &#225;ngulo derecho y su puerta se encontraba justo enfrente de una de las dos enormes barcas que vend&#237;an frutas y verduras en el dique del canal que discurr&#237;a por el lado del campo. A la derecha de la puerta hab&#237;a un restaurante que todav&#237;a no hab&#237;a abierto y, m&#225;s all&#225;, una librer&#237;a.

Todos ustedes -dijo Brunetti, consciente de las miradas y comentarios que la presencia de la polic&#237;a y las metralletas suscitaban entre la concurrencia- entren en la librer&#237;a. Vianello, usted aguarde en la puerta.

Pesadamente, dando la impresi&#243;n de que eran demasiado grandes para aquella puerta, los hombres entraron en la librer&#237;a. La due&#241;a asom&#243; la cabeza, vio a Vianello y a Brunetti y volvi&#243; a entrar sin decir nada.

En una tira de papel pegada con cinta adhesiva al lado de uno de los timbres se le&#237;a Vespa. Brunetti llam&#243; al timbre situado encima. Al cabo de un momento, una voz de mujer dijo por el interfono:

&#191;S&#237;?

Posta, signora. Un certificado. Tiene que firmar.

La puerta cruji&#243; y Brunetti dijo a Vianello:

Ver&#233; qu&#233; puedo averiguar sobre &#233;l. Qu&#233;dese aqu&#237; abajo y mantenga a los hombres fuera de la calle.

Al ver a las tres viejas que los rodeaban a &#233;l y a Vianello, con el carrito de la compra situado al lado, lament&#243; a&#250;n m&#225;s haber tra&#237;do a los otros agentes.

Empuj&#243; la puerta y entr&#243; en el zagu&#225;n, donde lo salud&#243; la trepidaci&#243;n sorda de rock a todo volumen que proven&#237;a de uno de los pisos. Si la posici&#243;n de los timbres correspond&#237;a a la de los apartamentos, la signorina Vespa viv&#237;a en el primer piso y la mujer que le hab&#237;a abierto, en el segundo. Brunetti subi&#243; las escaleras r&#225;pidamente y cruz&#243; ante la puerta del apartamento Vespa, del que escapaba la estrepitosa percusi&#243;n.

En lo alto del siguiente tramo de escaleras, en la puerta de un apartamento, estaba una mujer joven, con un ni&#241;o apoyado en la cadera. Al ver a Brunetti, dio un paso atr&#225;s y busc&#243; la puerta con la mano.

Un momento, signora -dijo el comisario, par&#225;ndose en la escalera, para no asustarla-. Polic&#237;a.

La mirada que ahora dirigi&#243; la mujer por la escalera abajo, hacia la m&#250;sica que retumbaba a espaldas de Brunetti, indic&#243; al comisario que su llegada no la sorprend&#237;a.

Es por &#233;l, &#191;verdad? -pregunt&#243; ella se&#241;alando con el ment&#243;n las estridencias que ascend&#237;an por la escalera.

&#191;Se refiere al amigo de la signorina Vespa?

S&#237;, &#233;se -dijo la mujer, escupiendo las s&#237;labas con un encono que hizo que Brunetti se preguntara qu&#233; tropel&#237;as habr&#237;a cometido Malfatti desde que estaba en el edificio.

&#191;Cu&#225;nto tiempo lleva aqu&#237;? -pregunt&#243;.

No lo s&#233; -dijo ella dando otro paso atr&#225;s hacia el apartamento-. Todo el d&#237;a, desde por la ma&#241;ana, tiene esa m&#250;sica. Y no puedo ni ir a quejarme.

&#191;Por qu&#233; no?

Ella se subi&#243; al ni&#241;o un poco m&#225;s arriba de la cadera, como para recordar al hombre que ten&#237;a delante que era madre.

La &#250;ltima vez me dijo verdaderas barbaridades.

&#191;Y no podr&#237;a hablar con la signorina Vespa?

La forma en que ella se encogi&#243; de hombros indicaba la nula utilidad de la signorina Vespa.

&#191;No est&#225; con &#233;l?

No s&#233; qui&#233;n est&#225; con &#233;l, ni me importa. S&#243;lo quiero que pare la m&#250;sica, para que el ni&#241;o pueda dormir.

Como a una se&#241;al, el ni&#241;o, que estaba dormido, abri&#243; los ojos, hizo un puchero y volvi&#243; a dormirse.

La m&#250;sica dio la idea a Brunetti, eso y el que la mujer ya se hubiera quejado a Malfatti.

Signora, entre en su casa -dijo-. Ahora dar&#233; un portazo y bajar&#233; a hablar con &#233;l. Quiero que se quede ah&#237; dentro, lo m&#225;s lejos posible de la puerta y que no salga hasta que uno de mis hombres venga a avisarle.

Ella asinti&#243; y se meti&#243; en el apartamento. Brunetti se inclin&#243; hacia adelante, tir&#243; del picaporte y cerr&#243; la puerta con un golpe seco, que reson&#243; en la escalera como un disparo.

Dio media vuelta y baj&#243; la escalera golpeando cada pelda&#241;o con tanta fuerza que sus pisadas ahogaron moment&#225;neamente el estruendo de la m&#250;sica.

Basta con quella m&#250;sica -vocifer&#243;, como un hombre que hubiera perdido la paciencia-. Basta de m&#250;sica -repiti&#243;. Cuando lleg&#243; al rellano inferior golpe&#243; la puerta detr&#225;s de la que sonaba la m&#250;sica, gritando con todas sus fuerzas-: Baje esa condenada m&#250;sica de una vez. Mi ni&#241;o no puede dormir. B&#225;jela o llamar&#233; a la polic&#237;a.

Despu&#233;s de cada frase golpeaba la puerta con el pu&#241;o o con el pie.

Llevaba un minuto gritando y golpeando cuando el volumen de la m&#250;sica baj&#243; de pronto, aunque segu&#237;a oy&#233;ndose a trav&#233;s de la puerta. &#201;l gritaba con todas sus fuerzas, como si hubiera perdido el control de los nervios.

Paren esa m&#250;sica. P&#225;renla ya, o entrar&#233; y la parar&#233; yo.

Oy&#243; unos pasos r&#225;pidos que se acercaban y se prepar&#243;. La puerta se abri&#243; bruscamente y llen&#243; el vano un hombre fornido que ten&#237;a una barra met&#225;lica en la mano. Brunetti reconoci&#243; al instante a Malfatti, por las fotos de la polic&#237;a.

Con la barra hacia abajo, Malfatti dio un paso hacia adelante y se situ&#243; en el mismo umbral.

&#191;Qui&#233;n diablos? -empez&#243; a decir, pero no pudo seguir, porque Brunetti se abalanz&#243; sobre &#233;l y le agarr&#243; con una mano el antebrazo derecho y con la otra la pechera de la camisa, gir&#243; sobre s&#237; mismo y empuj&#243; con todas sus fuerzas. Malfatti, desprevenido, perdi&#243; el equilibrio. Estuvo unos instantes al borde de la escalera, tratando de recuperar su posici&#243;n, pero cay&#243; rodando. Mientras ca&#237;a, solt&#243; la barra de hierro, se cubri&#243; la cabeza con los brazos e hizo una bola con su cuerpo.

Brunetti corr&#237;a tras &#233;l por la escalera abajo, llamando a gritos a Vianello, hasta que pis&#243; la barra de hierro, resbal&#243; y fue proyectado contra la pared. Al levantar la cabeza vio a Vianello abrir la pesada puerta de la calle, pero Malfatti ya estaba de pie y detr&#225;s de la puerta. Antes de que Brunetti pudiera gritar una advertencia, Malfatti dio un puntapi&#233; a la puerta, que golpe&#243; a Vianello en la cara y le hizo soltar la pistola y caer hacia la estrecha calle. Entonces Malfatti abri&#243; la puerta y desapareci&#243; por el soleado exterior.

Brunetti se puso en pie y acab&#243; de bajar la escalera tan aprisa como pod&#237;a, mientras sacaba la pistola, pero cuando lleg&#243; a la calle, Malfatti hab&#237;a desaparecido y Vianello yac&#237;a contra el murete del canal, con la camisa manchada de la sangre que le chorreaba de la nariz. Cuando Brunetti se inclinaba sobre &#233;l, los otros tres agentes salieron de la librer&#237;a con las metralletas preparadas, pero sin nadie a quien apuntar con ellas.



27

Vianello no ten&#237;a rota la nariz, pero estaba atontado. Con ayuda de Brunetti, se puso en pie y estuvo un momento tambale&#225;ndose, mientras se limpiaba la nariz con la mano.

Acud&#237;a gente, las viejas preguntaban qu&#233; ocurr&#237;a y las verduleras relataban a las clientes reci&#233;n llegadas lo que hab&#237;an visto. Brunetti dio media vuelta y casi tropez&#243; con un carrito met&#225;lico lleno de hortalizas. Furioso, lo apart&#243; de un puntapi&#233; y se acerc&#243; a dos hombres que trabajaban en el barco m&#225;s pr&#243;ximo. Como estaban delante de la puerta, ten&#237;an que haberlo visto todo.

&#191;Por d&#243;nde se ha ido?

Los dos hombres se&#241;alaron hacia la parte baja del campo, pero luego uno indic&#243; la direcci&#243;n del puente de la Accademia y el otro, la del puente de Rialto.

Brunetti llam&#243; con una se&#241;a a uno de los agentes, que se acerc&#243; para ayudarle a llevar a Vianello a la lancha. El sargento se desasi&#243; bruscamente y dijo que pod&#237;a andar solo. Desde la cubierta de la embarcaci&#243;n, Brunetti dio por radio a la questura la descripci&#243;n de Malfatti y orden&#243; que se repartieran copias de su fotograf&#237;a a todos los agentes y se radiara su descripci&#243;n a todas las patrullas.

Cuando los agentes hubieron embarcado, el piloto hizo retroceder la lancha hasta el Gran Canal, donde vir&#243; hacia la questura. Vianello baj&#243; a la cabina y se sent&#243; con la cabeza hacia atr&#225;s, para detener la hemorragia. Brunetti lo sigui&#243;.

&#191;Quiere que lo llevemos al hospital?

S&#243;lo ha sido un golpe -dijo Vianello-. Enseguida dejar&#225; de sangrar. -Se limpi&#243; con el pa&#241;uelo-. &#191;Qu&#233; ha pasado?

He aporreado en la puerta quej&#225;ndome del ruido y, cuando ha abierto, lo he agarrado y lo he tirado por la escalera. -Vianello lo mir&#243; con sorpresa-. Es lo &#250;nico que se me ha ocurrido -explic&#243; Brunetti-. Pero no contaba con que se recuperara tan pronto.

&#191;Qu&#233; cree que har&#225; ahora? -pregunt&#243; Vianello.

Tratar&#225; de ponerse en contacto con Ravanello y Santomauro, imagino.

&#191;Quiere que les avisemos?

No -respondi&#243; Brunetti r&#225;pidamente-. Pero quiero saber d&#243;nde est&#225;n y qu&#233; hacen. Hay que vigilarlos.

La lancha entr&#243; en el canal que conduc&#237;a a la questura, y Brunetti volvi&#243; a subir a cubierta. Cuando se acercaron al peque&#241;o muelle, Brunetti salt&#243; a tierra y esper&#243; a Vianello. Entraron juntos. Los agentes de guardia no dijeron nada al ver la camisa ensangrentada del sargento, pero cuando sus compa&#241;eros desembarcaron se acercaron a preguntar qu&#233; hab&#237;a ocurrido.

En el segundo rellano, los dos hombres se separaron, Vianello sigui&#243; hasta el servicio que estaba al final del pasillo y Brunetti subi&#243; a su despacho. Llam&#243; a la Banca di Verona y, dando un nombre falso, pidi&#243; que le pusieran con el signar Ravanello. Cuando el empleado le pregunt&#243; cu&#225;l era el motivo de la llamada, Brunetti explic&#243; que ten&#237;a que dar el precio de un ordenador en el que el banco estaba interesado. El hombre le dijo que el signor Ravanello no ir&#237;a al banco aquella ma&#241;ana, pero que lo encontrar&#237;a en su casa y, a instancias de Brunetti, le dio el n&#250;mero. El comisario lo marc&#243; y comunicaba.

Busc&#243; el n&#250;mero del despacho de Santomauro, marc&#243; y, dando el mismo nombre falso, pregunt&#243; por el avvocato. La secretaria le dijo que en este momento estaba con un cliente y no pod&#237;a pasarle la comunicaci&#243;n. Brunetti dijo que volver&#237;a a llamar y colg&#243;.

Marc&#243; otra vez el n&#250;mero de Ravanello, que segu&#237;a comunicando. Sac&#243; la gu&#237;a telef&#243;nica del caj&#243;n de abajo y busc&#243; la direcci&#243;n de Ravanello. Estaba pr&#243;xima a campo San Stefano, no lejos del despacho de Santomauro. Pens&#243; que, para ir hasta all&#237;, Malfatti seguramente utilizar&#237;a el traghetto, la g&#243;ndola p&#250;blica que hac&#237;a la traves&#237;a del Gran Canal entre Ca'Rezzonico y campo San Samuele.

Volvi&#243; a marcar. El n&#250;mero segu&#237;a comunicando. Llam&#243; a la central y pidi&#243; que comprobaran la l&#237;nea. Al cabo de menos de un minuto le dijeron que la l&#237;nea estaba abierta pero no en contacto con otro n&#250;mero, lo que significaba que el tel&#233;fono estaba descolgado o averiado. Incluso antes de colgar, Brunetti estaba ya pensando en el medio m&#225;s r&#225;pido de llegar: lo mejor ser&#237;a utilizar la lancha. Baj&#243; al despacho de Vianello. El sargento, que llevaba una camisa limpia, levant&#243; la cabeza al o&#237;rlo entrar.

El tel&#233;fono de Ravanello est&#225; descolgado.

Vianello ya estaba camino de la puerta antes de que Brunetti pudiera decir m&#225;s.

Juntos bajaron la escalera y salieron al calor sofocante. El piloto estaba limpiando la cubierta con la manguera, pero al verlos salir corriendo arroj&#243; la manguera a la acera y salt&#243; al tim&#243;n.

Campo San Stefano -grit&#243; Brunetti-. Ponga la sirena.

Con su aullido bitonal, la lancha se apart&#243; del muelle y nuevamente sali&#243; al bacino. Las lanchas y los vaporetti reduc&#237;an la marcha para cederle el paso, s&#243;lo las elegantes g&#243;ndolas negras hac&#237;an caso omiso de la se&#241;al: la ley dispone que las lentas g&#243;ndolas tienen preferencia de paso sobre todas las dem&#225;s embarcaciones.

Iban en silencio. Brunetti baj&#243; a la cabina y consult&#243; una gu&#237;a para averiguar por d&#243;nde quedaba la direcci&#243;n. Estaba en lo cierto: el apartamento se hallaba frente a la iglesia que daba su nombre al campo.

Cuando se acercaban al puente de la Accademia, Brunetti subi&#243; a cubierta y dijo al piloto que desconectara la sirena. No ten&#237;a idea de qu&#233; encontrar&#237;an en San Stefano, pero no quer&#237;a avisar de su llegada. El piloto hizo enmudecer la sirena y, metiendo la lancha por Rio del Orso, se acerc&#243; al embarcadero de la izquierda. Brunetti y Vianello saltaron a tierra y se dirigieron r&#225;pidamente hacia el campo. Let&#225;rgicas parejas tomaban refrescos color pastel en la terraza de un caf&#233;; todos los que caminaban por el campo se mov&#237;an como si acarrearan el yugo palpable del calor.

Enseguida encontraron la puerta, entre un restaurante y una tienda de papeles pintados. El timbre de Ravanello estaba arriba y a la derecha de dos hileras de nombres. Brunetti puls&#243; el de debajo y, al no obtener contestaci&#243;n, el de m&#225;s abajo. Una voz pregunt&#243; qui&#233;n era y al decir &#233;l Polizia la puerta de la calle se abri&#243; inmediatamente.

&#201;l y Vianello entraron en el edificio y, arriba, una voz aguda y quejumbrosa pregunt&#243;:

&#191;C&#243;mo han llegado tan pronto?

Brunetti empez&#243; a subir la escalera y Vianello le segu&#237;a de cerca. En el primer piso, una mujer de pelo gris, poco m&#225;s alta que la barandilla sobre la que se inclinaba volvi&#243; a preguntar:

&#191;C&#243;mo han llegado tan pronto?

Haciendo caso omiso de la pregunta, Brunetti pregunt&#243;:

&#191;Qu&#233; ocurre, signora?.

Ella se apart&#243; de la barandilla y levant&#243; el &#237;ndice se&#241;alando hacia lo alto.

Ah&#237; arriba. He o&#237;do gritos en casa del signor Ravanello y he visto a alguien bajar corriendo la escalera. No me he atrevido a subir.

Brunetti y Vianello corrieron escaleras arriba, subiendo los pelda&#241;os de dos en dos, con la pistola en la mano. En el &#250;ltimo piso ba&#241;aba el amplio descansillo la luz que sal&#237;a por una puerta abierta. Brunetti se agach&#243; y se situ&#243; al otro lado de la puerta, aunque su movimiento fue muy r&#225;pido como para que pudiera ver algo en el interior.

Mir&#243; atr&#225;s, hacia Vianello, que movi&#243; la cabeza de arriba abajo. Juntos irrumpieron en el apartamento, con el cuerpo doblado. Nada m&#225;s cruzar el umbral se separaron, uno hacia cada lado, para ofrecer dos blancos distintos.

Pero Ravanello no disparar&#237;a contra ellos; les bast&#243; una mirada para comprenderlo. Su cuerpo yac&#237;a atravesado sobre un sill&#243;n ca&#237;do durante la lucha que se habr&#237;a librado en esta habitaci&#243;n. Estaba de lado, con la cara vuelta hacia la puerta y los ojos muy abiertos, pero perdida para siempre toda curiosidad hacia estos hombres que entraban en su casa de improviso.

Ni un momento pens&#243; Brunetti que Ravanello pudiera estar a&#250;n con vida; la postura del cuerpo y la palidez de la cara no dejaban lugar a dudas. Hab&#237;a muy poca sangre, esto fue lo primero que observ&#243; Brunetti. Al parecer, Ravanello hab&#237;a sido apu&#241;alado dos veces, porque ten&#237;a dos manchas rojas en la chaqueta, y hab&#237;a sangre en el suelo, debajo del brazo, pero no la suficiente como para indicar que hab&#237;a muerto desangrado.

Oh, Dio -oy&#243; jadear a la anciana a su espalda, se volvi&#243; y la vio en la puerta, mirando a Ravanello y oprimi&#233;ndose los labios con el pu&#241;o.

Brunetti dio dos pasos hacia la derecha, interponi&#233;ndose entre ella y el cad&#225;ver. La mujer lo miro hoscamente. &#191;Era posible que estuviera molesta con &#233;l porque le imped&#237;a ver al muerto?

&#191;C&#243;mo era esa persona, signora? -pregunt&#243;.

Ella desvi&#243; la mirada hacia la izquierda, pero segu&#237;a sin poder ver.

&#191;C&#243;mo era, signora?

A su espalda o&#237;a moverse a Vianello, que iba a otra habitaci&#243;n, marcaba un n&#250;mero y, con voz suave y serena, informaba a la questura de lo sucedido y solicitaba la presencia de los funcionarios necesarios.

Brunetti avanz&#243; hacia la mujer y, tal como &#233;l esperaba, ella retrocedi&#243; hacia la escalera.

&#191;Podr&#237;a decirme exactamente qu&#233; es lo que ha visto, signora?

Un hombre no muy alto que bajaba la escalera corriendo. Llevaba camisa blanca de manga corta.

&#191;Lo reconocer&#237;a si volviera a verlo?

S&#237;.

Brunetti tambi&#233;n.

A su espalda, Vianello sali&#243; del apartamento dejando abierta la puerta.

Ya vienen.

Qu&#233;dese aqu&#237; -dijo Brunetti yendo hacia la escalera.

&#191;Santomauro? -pregunt&#243; Vianello.

Brunetti agit&#243; la mano en se&#241;al de que le hab&#237;a o&#237;do y baj&#243; las escaleras corriendo. En la calle, gir&#243; hacia la izquierda y se dirigi&#243; r&#225;pidamente hacia campo San Angelo, despu&#233;s campo San Luca y el bufete del abogado.

Brunetti ten&#237;a la impresi&#243;n de que pretend&#237;a avanzar contra una fuerte marea, mientras se mov&#237;a por entre la muchedumbre que, a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana, se agolpaba delante de los escaparates, se paraba a charlar en mitad de la calle o remoloneaba frente a una tienda, para aprovechar el respiro moment&#225;neo del aire refrigerado que escapaba del interior. Abri&#233;ndose paso con los codos y la voz, corr&#237;a por la estrecha calle de la Mandorla, indiferente a las miradas de indignaci&#243;n y a las sarc&#225;sticas observaciones que su paso suscitaba.

Sali&#243; a la explanada de campo Manin y, a pesar de que estaba sudando por todos los poros, se mantuvo al trote, dobl&#243; por la ribera y sali&#243; a campo San Luca, muy concurrido a aquella hora del aperitivo.

La puerta de la calle estaba entornada, Brunetti entr&#243; y subi&#243; las escaleras de dos en dos. Arriba, la puerta del despacho estaba cerrada y la luz que escapaba por debajo iluminaba d&#233;bilmente la escalera. Sac&#243; la pistola, empuj&#243; la puerta y entr&#243; bruscamente saltando hacia un lado al tiempo que se agachaba, tal como hab&#237;a hecho al entrar en el despacho de Ravanello.

La secretaria lanz&#243; un grito y, como un personaje de historieta, se llev&#243; las manos a la boca, dio un salto hacia atr&#225;s, tir&#243; la silla y cay&#243; de espaldas.

Segundos despu&#233;s se abri&#243; la puerta del despacho de Santomauro y el abogado sali&#243; en tromba. Le bast&#243; una ojeada para hacerse cargo de la situaci&#243;n al ver a la secretaria, que trataba de esconderse debajo de la mesa y no pod&#237;a porque su hombro chocaba con el tablero de la mesa, y a Brunetti que se pon&#237;a de pie y guardaba la pistola.

Tranquil&#237;cese, Louisa -dijo arrodill&#225;ndose al lado de la mujer-. No pasa nada, no es nada.

Ella estaba consternada, no pod&#237;a hablar, ni pensar. Sollozando, se volvi&#243; hacia su jefe con las manos extendidas. &#201;l le rode&#243; los hombros con un brazo y ella apoy&#243; la cara en su pecho, hiposa. Santomauro le daba golpecitos en la espalda, habl&#225;ndole con suavidad. Poco a poco, la mujer se calm&#243; y al fin se incorpor&#243;.

Scusi, avvocato -fue lo primero que dijo, y sus palabras pusieron punto final al incidente.

Ya en silencio, Santomauro la ayud&#243; a ponerse de pie y la acompa&#241;&#243; hasta una puerta del fondo. Cuando la mujer hubo salido, &#233;l mir&#243; a Brunetti.

&#191;Y bien? -dijo con voz tranquila, pero no por ello menos amenazadora.

Ravanello ha sido asesinado -dijo Brunetti-. Pens&#233; que usted ser&#237;a el siguiente y he venido para tratar de impedirlo.

Si la noticia sorprendi&#243; a Santomauro, &#233;l no lo dej&#243; traslucir.

&#191;Por qu&#233;? -pregunt&#243;. Como Brunetti no contestara, repiti&#243; la pregunta-: &#191;Por qu&#233; ten&#237;a que ser yo el siguiente?

Brunetti no contest&#243;.

Le he hecho una pregunta, comisario. &#191;Por qu&#233; ten&#237;a que ser yo el siguiente? &#191;Por qu&#233; tendr&#237;a que estar en peligro? -En vista del silencio de Brunetti, Santomauro prosigui&#243;-: &#191;Cree que estoy complicado en esto? &#191;Por eso ha venido, jugando a los indios y los vaqueros y aterrorizando a mi secretaria?

Ten&#237;a razones para creer que &#233;l vendr&#237;a -explic&#243; Brunetti.

&#191;Qui&#233;n? -pregunt&#243; el abogado.

No puedo dec&#237;rselo.

Santomauro se agach&#243;, enderez&#243; la silla de la secretaria y la puso detr&#225;s de la mesa. Al fin mir&#243; a Brunetti y dijo:

M&#225;rchese. Fuera de mi despacho. Pienso quejarme al Ministerio del Interior. Y enviar&#233; copia a su superior. No tolero que me traten como a un criminal ni que asusten a mi secretaria con sus m&#233;todos de la Gestapo.

Brunetti hab&#237;a visto suficiente c&#243;lera en su vida y en su carrera como para comprender que aquello iba en serio. Sin decir nada, sali&#243; del despacho y baj&#243; a campo San Luca. Le adelantaba, caminando deprisa, la gente que iba a comer a casa.



28

Brunetti tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad para regresar a la questura. Estaba cerca de su casa, y ahora no quer&#237;a sino darse una ducha y pensar en algo que no fuera las ineludibles consecuencias de lo que acababa de ocurrir. Hab&#237;a irrumpido en el despacho de uno de los hombres m&#225;s poderosos de la ciudad, aterrorizado a su secretaria y puesto claramente de manifiesto, con la explicaci&#243;n de su conducta, que lo consideraba implicado con Malfatti en hechos delictivos y en la manipulaci&#243;n de las cuentas de la Liga. Todos los m&#233;ritos que, aunque err&#243;neamente, Patta le hab&#237;a atribuido durante las &#250;ltimas semanas, se desvanecer&#237;an por efecto de la protesta de un hombre de la influencia de Santomauro.

Y ahora, muerto Ravanello, se esfumaba toda esperanza de poder acusar a Santomauro, porque la &#250;nica persona que pod&#237;a implicar a Santomauro era Malfatti, y su culpabilidad en la muerte de Ravanello invalidar&#237;a toda acusaci&#243;n que pudiera hacer contra Santomauro. Ser&#237;a la palabra de Malfatti contra la de Santomauro, y no hab&#237;a que ser un lince para ver cu&#225;l pesar&#237;a m&#225;s.

Cuando Brunetti lleg&#243; a la questura observ&#243; mucha agitaci&#243;n. Tres agentes uniformados deliberaban en el vest&#237;bulo, y los que hac&#237;an cola en Ufficio Stranieri intercambiaban comentarios en una confusi&#243;n de lenguas.

Ya lo han tra&#237;do, comisario -dijo uno de los agentes al ver a Brunetti.

&#191;A qui&#233;n? -pregunt&#243; &#233;l, tratando de no hacerse ilusiones.

A Malfatti.

&#191;C&#243;mo?

Los hombres que esperaban en casa de la madre. Ha aparecido por all&#237; hace media hora y lo han arrestado antes de que ella pudiera abrir la puerta.

&#191;Ha habido dificultades?

Uno de los hombres que estaba all&#237; dice que al verlos ha tratado de salir corriendo, pero cuando ha visto que eran cuatro se ha entregado.

&#191;Cuatro?

S&#237;, se&#241;or. Vianello llam&#243; para pedirnos m&#225;s hombres. Llegaban en el momento en que ha aparecido Malfatti. No han tenido ni que entrar, lo han encontrado en la puerta.

&#191;D&#243;nde est&#225;?

Vianello lo ha llevado a un calabozo.

Voy a verlo.

Cuando Brunetti entr&#243; en el calabozo, Malfatti reconoci&#243; en &#233;l al hombre que lo hab&#237;a arrojado escaleras abajo, pero no lo salud&#243; con especial hostilidad.

Brunetti se acerc&#243; una silla de la pared y se sent&#243; frente a Malfatti, que estaba sentado en el catre, con las piernas extendidas y la espalda apoyada en la pared. Era un hombre bajo y robusto, de pelo casta&#241;o y espeso, y facciones regulares que se olvidaban f&#225;cilmente. M&#225;s parec&#237;a un oficinista que un asesino.

&#191;Y bien? -empez&#243; Brunetti.

&#191;Bien qu&#233;?

La voz de Malfatti era indiferente.

&#191;Prefiere la v&#237;a f&#225;cil o la v&#237;a dif&#237;cil? -pregunt&#243; Brunetti tan imperturbable como los polic&#237;as de la televisi&#243;n.

&#191;Cu&#225;l es la v&#237;a dif&#237;cil?

Que me diga que no sabe nada de esto.

&#191;Nada de qu&#233;? -pregunt&#243; Malfatti.

Brunetti apret&#243; los labios, levant&#243; la mirada a la ventana y luego la baj&#243; a Malfatti.

&#191;Cu&#225;l es la v&#237;a f&#225;cil? -pregunt&#243; Malfatti al cabo de un rato.

Que me cuente lo que ocurri&#243;. -Antes de que Malfatti pudiera hablar, explic&#243;-: No me refiero al asunto de los alquileres. Eso ahora no importa y, de todos modos, ya se sabr&#225;. Me refiero a los asesinatos. Los cuatro.

Malfatti se revolvi&#243; ligeramente en el colch&#243;n, y Brunetti tuvo la impresi&#243;n de que iba a burlarse de su representaci&#243;n, pero no dijo nada.

&#201;l es un hombre respetado -prosigui&#243; Brunetti, sin molestarse en explicar a qui&#233;n se refer&#237;a-. Al final todo se reducir&#225; a elegir entre su palabra y la de &#233;l, a menos que pueda usted darnos algo que lo relacione con los asesinatos. -Aqu&#237; hizo una pausa, pero Malfatti no dijo nada-. Usted tiene una ficha muy larga -prosigui&#243; Brunetti-. Intento de asesinato y, ahora, asesinato. -Antes de que Malfatti pudiera decir palabra, Brunetti prosigui&#243;, en tono amigable-: No habr&#225; ninguna dificultad para demostrar que usted ha matado a Ravanello. -En respuesta a la mirada de sorpresa de Malfatti, explic&#243;-: La vieja lo ha visto.

Malfatti desvi&#243; la mirada.

Y los jueces odian a la gente que mata a polic&#237;as, sobre todo a mujeres polic&#237;a. De modo que la condena es segura. Los jueces me pedir&#225;n parecer -prosigui&#243;, y aqu&#237; hizo una pausa, para asegurarse la atenci&#243;n de Malfatti-. Y entonces yo les sugerir&#233; Porto Azzurro. -Todos los delincuentes conoc&#237;an el nombre de esta c&#225;rcel, la peor de Italia, de la que nadie hab&#237;a escapado, y ni siquiera un criminal tan curtido como Malfatti pudo disimular la impresi&#243;n. Brunetti esper&#243; y, en vista de que Malfatti no dec&#237;a nada, agreg&#243;-: Dicen que no se sabe qu&#233; es m&#225;s grande, si los gatos o las ratas.

Volvi&#243; a esperar.

&#191;Y si hablo? -pregunt&#243; Malfatti al fin.

Entonces recomendar&#233; a los jueces que lo tomen en consideraci&#243;n.

&#191;Y nada m&#225;s?

Nada m&#225;s.

Tambi&#233;n Brunetti odiaba a los que mataban a polic&#237;as.

Malfatti tard&#243; s&#243;lo un momento en decidirse.

Va bene -dijo-. Pero que conste en el informe que me he ofrecido a colaborar, quiero que pongan que, tan pronto como me arrestaron, me ofrec&#237; a cont&#225;rselo todo.

Brunetti se levant&#243;.

Voy a llamar para que le tomen declaraci&#243;n -dijo acerc&#225;ndose a la puerta del calabozo. Desde all&#237; hizo una se&#241;a a un joven que estaba sentado a un escritorio a un extremo del pasillo y &#233;ste acudi&#243; al calabozo con una grabadora y un bloc.

Cuando estuvieron preparados, Brunetti dijo:

Nombre, fecha de nacimiento y domicilio actual.

Malfatti, Pietro. Veintiocho de septiembre de mil novecientos sesenta y dos. Castello, dos mil trescientos diecis&#233;is.

Estuvo hablando una hora sin que su voz denotara en ning&#250;n momento m&#225;s emoci&#243;n que al contestar a este primer requerimiento, a pesar del creciente horror del relato.

La idea pudo haber partido de Ravanello o de Santomauro, Malfatti no lo hab&#237;a preguntado porque no le interesaba. Hab&#237;an conseguido su nombre de los hombres de via Cappuccina y se hab&#237;an puesto en contacto con &#233;l para preguntarle si estar&#237;a dispuesto a hacer los cobros mensuales a cambio de un porcentaje de los beneficios. &#201;l no hab&#237;a titubeado en aceptar la oferta, su &#250;nica duda se refer&#237;a al porcentaje. Hab&#237;an accedido a darle el doce, pero Malfatti hab&#237;a tenido que regatear casi una hora para hacerles subir a tanto.

Fue el af&#225;n de aumentar sus ganancias lo que movi&#243; a Malfatti a sugerir que una parte de los ingresos leg&#237;timos de la Liga se pagara mediante cheque a las personas cuyos nombres proporcionar&#237;a &#233;l. Brunetti cort&#243; la grotesca autocomplacencia con que Malfatti relataba su jugada preguntando:

&#191;Cu&#225;ndo se enter&#243; de esto Mascari?

Hace tres semanas. Habl&#243; con Ravanello, le dijo que las cuentas no cuadraban. Pensaba que era cosa de Santomauro. Est&#250;pido -escupi&#243; Malfatti con desprecio-. Hubiera podido sacarles una tercera parte.

Miraba a Brunetti y al escribiente solicitando que compartieran su desd&#233;n.

&#191;Y entonces? -pregunt&#243; Brunetti, reserv&#225;ndose el desprecio.

Santomauro y Ravanello vinieron a mi casa una semana antes de que ocurriera aquello. Quer&#237;an que los librara de &#233;l, pero yo los conozco y les dije que no lo har&#237;a a menos que ellos me ayudaran. No soy idiota. -Nuevamente, busc&#243; la aprobaci&#243;n de los otros dos hombres-. Ya saben lo que es esa gente. Les haces un trabajo y te quedas atrapado. La &#250;nica manera de estar seguro es hacer que se ensucien las manos.

&#191;Eso les dijo? -pregunt&#243; Brunetti.

En cierto modo. Les dije que lo har&#237;a pero que tendr&#237;an que ayudarme a prepararlo.

&#191;Y c&#243;mo lo prepararon?

Hicieron que Crespo llamara a Mascari por tel&#233;fono y le dijera que se hab&#237;a enterado de que estaba buscando informaci&#243;n sobre los apartamentos que alquilaba la Liga y que &#233;l viv&#237;a en uno. Cuando Mascari le dijo que sal&#237;a para Sicilia aquella tarde (nosotros ya lo sab&#237;amos), Crespo contest&#243; que ten&#237;a m&#225;s informaci&#243;n y que pod&#237;a pasar por su casa camino del aeropuerto.

&#191;Y qu&#233; dijo entonces Mascari?

Que ir&#237;a.

&#191;Estaba Crespo?

Oh, no -dijo Malfatti con un resoplido de desd&#233;n-. Era un hijo de puta muy delicado. No quer&#237;a tener nada que ver. Aquel d&#237;a se fue m&#225;s temprano a hacer la calle. Nosotros nos quedamos esperando a Mascari. Lleg&#243; sobre las siete.

&#191;Qu&#233; ocurri&#243;?

Yo lo recib&#237;. Probablemente, pens&#243; que yo era Crespo, no ten&#237;a por qu&#233; pensar otra cosa. Le ped&#237; que se sentara y le ofrec&#237; una copa, &#233;l dijo que no, que hab&#237;a de tomar un avi&#243;n y ten&#237;a prisa. Volv&#237; a preguntar si quer&#237;a beber algo y cuando contest&#243; que no dije que yo s&#237; quer&#237;a un trago y me fui a la mesita de las bebidas que estaba a su espalda. Y entonces lo hice.

&#191;Qu&#233; hizo?

Golpearlo.

&#191;Con qu&#233;?

Con una barra de hierro. La misma que ten&#237;a hoy. Va muy bien.

&#191;Cu&#225;ntas veces lo golpe&#243;?

S&#243;lo una. No quer&#237;a manchar de sangre los muebles de Crespo. Tampoco quer&#237;a matarlo. Quer&#237;a que lo mataran ellos.

&#191;Y lo mataron?

No lo s&#233;. Bueno, no s&#233; cu&#225;l de ellos. Estaban en el dormitorio. Los llam&#233; y lo llevamos al cuarto de ba&#241;o. A&#250;n viv&#237;a. Le o&#237; quejarse.

&#191;Por qu&#233; al cuarto de ba&#241;o?

La mirada de Malfatti indicaba que empezaba a sospechar que hab&#237;a sobrevalorado la inteligencia de Brunetti.

Por la sangre. -Sigui&#243; una larga pausa y, en vista de que Brunetti no dec&#237;a nada, Malfatti prosigui&#243;-: Lo pusimos en el suelo y yo fui en busca de la barra. Santomauro hab&#237;a dicho que ten&#237;amos que desfigurarlo, lo hab&#237;amos planeado todo como un puzzle, dijo que ten&#237;a que estar irreconocible, para dar tiempo a cambiar las cuentas del banco o lo que fuera. Lo cierto es que no hac&#237;a m&#225;s que decir que hab&#237;a que desfigurarlo, de modo que le di la barra y le dije que lo hiciera &#233;l. Entonces sal&#237; a la sala y me fum&#233; un cigarrillo. Cuando volv&#237; a entrar, ya estaba hecho.

&#191;Estaba muerto?

Malfatti se encogi&#243; de hombros.

&#191;Lo mataron Ravanello y Santomauro?

Yo ya hab&#237;a hecho mi parte.

&#191;Y luego?

Lo desnudamos y le afeitamos las piernas. Fue un co&#241;azo.

Lo imagino -se permiti&#243; Brunetti-. &#191;Y despu&#233;s?

Lo maquillamos. -Malfatti reflexion&#243;-. No; lo maquillaron antes de darle en la cara. Uno de ellos dijo que ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil. Luego volvimos a ponerle su ropa y lo sacamos como si estuviera borracho. Pero no hubi&#233;ramos tenido que preocuparnos, porque nadie nos vio. Ravanello y yo lo bajamos al coche de Santomauro y lo llevamos al descampado. Yo sab&#237;a lo que hay por all&#237; y me pareci&#243; un buen sitio para dejarlo.

&#191;D&#243;nde le cambiaron de ropa?

En el campo, en Marghera. Lo sacamos del coche y lo desnudamos. Luego le pusimos el vestido rojo y lo dem&#225;s, y yo lo llev&#233; al otro extremo del campo, y lo dej&#233; entre unas matas, para que tardasen m&#225;s en encontrarlo. -Malfatti call&#243;, buscando en la memoria-. Se le cay&#243; un zapato, y Ravanello me lo meti&#243; en el bolsillo. Yo lo tir&#233; a su lado. Fue idea de Ravanello, creo, lo de los zapatos.

&#191;Qu&#233; hicieron con su ropa?

De vuelta a casa de Crespo, par&#233; el coche y la ech&#233; en un contenedor. No hab&#237;a que preocuparse, no estaba manchada de sangre. Tuvimos mucho cuidado. Le hab&#237;amos envuelto la cabeza en una bolsa de pl&#225;stico.

El agente tosi&#243;, volviendo la cabeza, para que la tos no quedara registrada en la cinta.

&#191;Y despu&#233;s? -pregunt&#243; Brunetti.

Volvimos al apartamento. Santomauro lo hab&#237;a limpiado. Y no supe nada m&#225;s de ellos hasta la noche en que fue usted a Mestre.

&#191;De qui&#233;n fue la idea?

M&#237;a, no. Ravanello me llam&#243; y me explic&#243; el plan. Creo que pensaban que, si nos deshac&#237;amos de usted, se abandonar&#237;a la investigaci&#243;n. -Aqu&#237; Malfatti suspir&#243;-. Trat&#233; de hacerles comprender que las cosas no funcionan as&#237;, que matarlo a usted no servir&#237;a de nada, pero no me hicieron caso. Se empe&#241;aron en que les ayudara.

&#191;Y usted accedi&#243;?

Malfatti asinti&#243;.

Tiene que responder de viva voz, signor Malfatti, para que quede grabado -explic&#243; Brunetti fr&#237;amente.

S&#237;; yo acced&#237;.

&#191;Qu&#233; le indujo a cambiar de parecer?

Pagaban bien.

Como estaba presente el agente, Brunetti se abstuvo de preguntar cu&#225;nto val&#237;a su vida. Ya se descubrir&#237;a con el tiempo.

&#191;Conduc&#237;a usted el coche que trat&#243; de tirarnos del puente?

S&#237;. -Malfatti hizo una pausa larga y agreg&#243;-: Mire, de haber sabido que con ustedes iba una mujer, no creo que lo hubiera hecho. Trae mala suerte matar a una mujer. Era la primera. -Entonces cay&#243; en la cuenta y levant&#243; la cabeza-. &#191;Lo ve? Me ha tra&#237;do mala suerte.

Peor suerte la de la mujer, signor Malfatti -respondi&#243; Brunetti, pero antes de que el otro pudiera reaccionar, pregunt&#243;-: &#191;Y Crespo? &#191;Lo mat&#243; usted?

No; no tuve nada que ver con eso. Yo estaba en el coche con Ravanello. Dejamos a Santomauro con Crespo. Cuando subimos, ya estaba hecho.

&#191;Qu&#233; les dijo Santomauro?

Nada. De eso nada. S&#243;lo nos dijo que hab&#237;a ocurrido y, a m&#237;, que me mantuviera fuera de la circulaci&#243;n, mejor a&#250;n, que me marchara de Venecia. Iba a hacerlo, pero me parece que ya no podr&#233;.

&#191;Y Ravanello?

He ido a su casa esta ma&#241;ana, despu&#233;s de que usted viniera a la m&#237;a.

Malfatti call&#243;, y Brunetti se pregunt&#243; qu&#233; mentira estar&#237;a preparando.

&#191;Qu&#233; ha ocurrido esta ma&#241;ana? -azuz&#243; Brunetti.

Le he dicho que la polic&#237;a me buscaba y que necesitaba dinero para marcharme de la ciudad. Pero le ha entrado p&#225;nico. Ha empezado a gritar que yo lo hab&#237;a estropeado todo. Y entonces ha sacado la navaja.

Brunetti hab&#237;a visto la navaja. No parec&#237;a propio de un alto empleado de banca llevar en el bolsillo una navaja autom&#225;tica, pero no dijo nada.

Me amenaz&#243;. Estaba fuera de s&#237;. Quise quit&#225;rsela de la mano, se resisti&#243;, forcejeamos y creo que cay&#243; encima de ella.

En efecto -pens&#243; Brunetti-. Dos veces. En el pecho.

&#191;Y luego?

Luego he ido a casa de mi madre. All&#237; me han encontrado sus hombres.

Malfatti call&#243;. S&#243;lo se o&#237;a el ligero zumbido de la grabadora.

&#191;Y el dinero? -pregunt&#243; Brunetti.

&#191;Qu&#233;? -dijo Malfatti, sorprendido por este brusco cambio de rumbo.

El dinero. El dinero de todos esos alquileres.

El m&#237;o lo gastaba. Me lo gastaba cada mes. Pero no era nada comparado con lo que sacaban ellos.

&#191;Cu&#225;nto sacaba usted?

De nueve a diez millones.

&#191;Sabe lo que hac&#237;an ellos?

Malfatti reflexion&#243;, como si nunca se le hubiera ocurrido pensarlo.

Supongo que Santomauro deb&#237;a de gastarse buena parte del suyo en chicos. Ravanello, no s&#233;. Parec&#237;a una de esas personas que hacen inversiones.

El tono de Malfatti convirti&#243; esta pr&#225;ctica en una obscenidad.

&#191;Tiene algo m&#225;s que decir sobre esto o sobre su implicaci&#243;n con esos hombres?

S&#243;lo que la idea de matar a Mascari fue suya, no m&#237;a. Yo s&#243;lo les ayud&#233;, pero la idea fue suya. Yo no ten&#237;a mucho que perder si se descubr&#237;a lo de los alquileres, de modo que no ten&#237;a por qu&#233; matarlo.

Estaba claro que, de haber cre&#237;do que ten&#237;a algo que perder, no hubiera vacilado en matar a Mascari, pero Brunetti no dijo nada.

Eso es todo -dijo Malfatti.

Brunetti se levant&#243; e hizo una se&#241;a al agente para que le siguiera.

Lo har&#233; pasar a m&#225;quina para que pueda firmarlo.

No hay prisa -dijo Malfatti riendo-. No pienso ir a ninguna parte.



29

Una hora despu&#233;s, Brunetti baj&#243; tres ejemplares de la declaraci&#243;n mecanografiada a Malfatti, que firm&#243; sin leer.

&#191;No quiere saber lo que firma? -pregunt&#243; Brunetti.

No importa -dijo Malfatti, sin levantarse del catre. Se&#241;al&#243; el papel con la pluma que Brunetti le hab&#237;a dado-. Adem&#225;s, nadie se lo va a creer.

Lo mismo pensaba Brunetti, por lo que no discuti&#243;.

&#191;Y ahora qu&#233; pasar&#225;? -pregunt&#243; Malfatti.

Habr&#225; una vista previa dentro de unos d&#237;as y el magistrado decidir&#225; si se le concede la libertad bajo fianza.

&#191;Le preguntar&#225; su opini&#243;n?

Probablemente.

&#191;Y?

Me pronunciar&#233; en contra.

Malfatti pas&#243; los dedos a lo largo de la pluma, la hizo girar y la devolvi&#243; a Brunetti.

&#191;Avisar&#225;n a mi madre?

Me encargar&#233; de que la llamen.

Malfatti se encogi&#243; de hombros d&#225;ndose por enterado, apoy&#243; la cabeza en la almohada y cerr&#243; los ojos.

Brunetti sali&#243; de la celda y subi&#243; los dos pisos hasta el antedespacho de la signorina Elettra. Hoy vest&#237;a de un rojo que rara vez se ve fuera de los l&#237;mites del Vaticano, y que a Brunetti le pareci&#243; excesivamente chill&#243;n y que desentonaba con su estado de &#225;nimo. Ella sonri&#243; y eso mitig&#243; un poco su mal humor.

&#191;Est&#225;? -pregunt&#243; Brunetti.

Lleg&#243; hace una hora, pero est&#225; hablando por tel&#233;fono y me ha dicho que no le interrumpiera por nada.

Brunetti lo prefer&#237;a; no quer&#237;a estar con Patta mientras le&#237;a la confesi&#243;n de Malfatti. Puso un ejemplar encima del escritorio.

&#191;Ser&#225; tan amable de darle esto cuando acabe de hablar?

&#191;Malfatti? -pregunt&#243; ella, mirando los papeles con franca curiosidad.

S&#237;.

&#191;D&#243;nde estar&#225; usted?

De pronto, al o&#237;r la pregunta, Brunetti se dio cuenta de que hab&#237;a perdido la noci&#243;n del tiempo. Mir&#243; el reloj, vio que eran las cinco, pero la hora no significaba nada. No ten&#237;a hambre, s&#243;lo sed y estaba deprimido y exhausto. Al pensar en c&#243;mo reaccionar&#237;a Patta sinti&#243; que le aumentaba la sed.

Ir&#233; a beber algo y luego estar&#233; en mi despacho.

Dio media vuelta y se fue; no importaba si ella le&#237;a la confesi&#243;n o no; en aquel momento no sent&#237;a m&#225;s que la sed, el calor y la rugosidad de la piel, por la sal que hab&#237;a dejado en ella el sudor evaporado a lo largo del d&#237;a. Se llev&#243; el dorso de la mano a los labios y casi palade&#243; con fruici&#243;n su sabor amargo.

Una hora despu&#233;s, iba al despacho de Patta, llamado por su jefe. Detr&#225;s de la mesa encontr&#243; al antiguo Patta, que parec&#237;a haber rejuvenecido cinco a&#241;os y engordado cinco kilos en una noche.

Si&#233;ntese, Brunetti -dijo Patta, que golpe&#243; la mesa con el canto de las seis hojas, apil&#225;ndolas con cuidado-. Acabo de leer esto. -Mir&#243; a Brunetti y dej&#243; los papeles en la mesa-. Yo le creo.

Brunetti procur&#243; no exteriorizar emoci&#243;n. La esposa de Patta ten&#237;a cierta relaci&#243;n con la Liga y Santomauro era una figura de importancia pol&#237;tica en una ciudad en la que Patta aspiraba a conquistar poder. Brunetti comprend&#237;a que la conversaci&#243;n que iba a mantener con Patta no girar&#237;a en torno a la justicia ni la ley. No dijo nada.

Pero dudo que alguien m&#225;s lo crea -prosigui&#243; Patta, empezando a marcar el rumbo a Brunetti. Cuando comprendi&#243; que su subordinado no iba a hacer comentarios, agreg&#243;-: He recibido numerosas llamadas esta tarde.

Era superfluo preguntar si una hab&#237;a sido de Santomauro, y Brunetti no pregunt&#243;.

No s&#243;lo me ha llamado el avvocato Santomauro sino que tambi&#233;n he mantenido largas conversaciones con dos concejales, amigos y compa&#241;eros pol&#237;ticos del avvocato. -Patta se arrellan&#243; en el sill&#243;n y puso una pierna encima de la otra. Brunetti vio la reluciente puntera de un zapato y la franja de un fino calcet&#237;n azul. Mir&#243; a Patta a la cara-. Lo dicho, nadie va a creer a este hombre.

&#191;Aunque diga la verdad? -pregunt&#243; Brunetti al fin.

Aunque diga la verdad. En esta ciudad nadie va a creer que Santomauro sea capaz de cometer los actos de los que este hombre le acusa.

Usted no parece tener dificultad en creerlo, vicequestore.

A m&#237; no puede consider&#225;rseme un testigo imparcial en lo que ata&#241;e al signor Santomauro -dijo Patta, dejando caer delante de Brunetti, con la misma naturalidad con que hab&#237;a puesto los papeles en la mesa, el primer indicio de poseer un autoconocimiento insospechado.

&#191;Qu&#233; le ha dicho Santomauro? -pregunt&#243; Brunetti, a pesar de que ya lo sab&#237;a.

Estoy seguro de que usted ya se lo imagina -dijo Patta, sorprendiendo a Brunetti por segunda vez en menos de un minuto-. Que Malfatti pretende repartir la culpa para rehuir su responsabilidad. Que el examen de las cuentas del banco nos demostrar&#225; que todo fue cosa de Ravanello. Que no hay ni la menor prueba de que &#233;l, Santomauro, estuviera involucrado ni en la duplicidad de los alquileres ni en la muerte de Mascari.

&#191;Ha dicho algo de las otras muertes?

&#191;Crespo?

S&#237;, y Maria Nardi.

Ni palabra. Y nada lo relaciona con la de Ravanello.

Tenemos la declaraci&#243;n de la mujer que vio a Malfatti bajar la escalera de casa de Ravanello.

Ya. -Patta descruz&#243; las piernas y se inclin&#243; hacia adelante. Puso la mano derecha encima de la confesi&#243;n de Malfatti-. Esto no tiene ning&#250;n valor -dijo, tal como Brunetti esperaba-. Puede tratar de utilizarlo en el juicio, pero dudo de que los jueces le crean. M&#225;s le valdr&#237;a presentarlo como instrumento en manos de Ravanello.

Probablemente, ten&#237;a raz&#243;n. No exist&#237;a el juez que pudiera ver en Malfatti al cerebro de la operaci&#243;n. Pero el juez capaz de atribuir a Santomauro alg&#250;n papel en ella, no s&#243;lo no exist&#237;a sino que ni se conceb&#237;a.

&#191;Entonces no va usted a hacer nada? -pregunt&#243; Brunetti, se&#241;alando los papeles de encima de la mesa con un movimiento del ment&#243;n.

Nada, a no ser que a usted se le ocurra algo que hacer -dijo Patta, y Brunetti trat&#243; en vano de detectar sarcasmo en su voz.

No.

No podemos tocarlo -dijo Patta-. Lo conozco. Es precavido, no se habr&#225; dejado ver por las personas que est&#225;n metidas en esto.

&#191;Y los chicos de via Cappuccina?

Patta apret&#243; los labios con repugnancia.

Sus relaciones con esas criaturas son puramente circunstanciales. El juez no aceptar&#237;a pruebas a ese respecto. Su conducta, por execrable que sea, es cuesti&#243;n personal.

Brunetti examinaba las posibilidades: si pod&#237;a conseguir que un n&#250;mero suficiente de los travestis que ten&#237;an alquilados apartamentos a la Liga declararan que Santomauro hab&#237;a utilizado sus servicios, o si consegu&#237;a encontrar al hombre que estaba en el apartamento de Crespo cuando fue a verlo, o si exist&#237;an pruebas de que Santomauro hab&#237;a entrevistado a alguno de los inquilinos que pagaban doble alquiler

No hay pruebas, Brunetti -dijo Patta, cortando sus especulaciones-. S&#243;lo tenemos la palabra de un asesino confeso. -Patta golpe&#243; los papeles-. Habla de los asesinatos como el que habla de salir a comprar un paquete de cigarrillos. Cuando acuse a Santomauro no le creer&#225; nadie. Nadie.

De pronto, Brunetti se sinti&#243; exhausto. Le lloraban los ojos y ten&#237;a que hacer un gran esfuerzo para mantenerlos abiertos. Roz&#243; el derecho con la yema del dedo, como para quitarse una mota, cerr&#243; los dos unos segundos y se frot&#243; los p&#225;rpados. Cuando abri&#243; los ojos vio que Patta lo miraba de un modo extra&#241;o.

Me parece que deber&#237;a irse a casa, Brunetti. No se puede hacer nada m&#225;s en este asunto.

Brunetti se puso en pie, asinti&#243; y sali&#243;. Se fue a casa directamente, sin pasar por su propio despacho. Al entrar en el apartamento descolg&#243; el tel&#233;fono, tom&#243; una ducha larga y caliente, comi&#243; un kilo de melocotones y se meti&#243; en la cama.



30

Brunetti durmi&#243; doce horas seguidas, profundamente y sin so&#241;ar, y despert&#243; fresco y despejado. Las s&#225;banas estaban empapadas, aunque &#233;l no se hab&#237;a dado cuenta de que sudaba. En la cocina, mientras llenaba la cafetera, vio que tres de los melocotones que hab&#237;a dejado en el frutero la noche antes estaban cubiertos de pelusa verde. Los ech&#243; al cubo de la basura que ten&#237;a debajo del fregadero, se lav&#243; las manos y puso el caf&#233; en el fog&#243;n.

Cada vez que sus pensamientos derivaban hacia Santomauro o la confesi&#243;n de Malfatti, &#233;l los ahuyentaba y se esforzaba por concentrarse en el pr&#243;ximo fin de semana, que estaba decidido a pasar en las monta&#241;as, con Paola. Se pregunt&#243; por qu&#233; no le habr&#237;a llamado la v&#237;spera por la noche, y sinti&#243; que le invad&#237;a la autocompasi&#243;n: &#233;l, ahog&#225;ndose en este calor maloliente y ella, retozando en las monta&#241;as como una cordera. Pero entonces record&#243; que hab&#237;a descolgado el tel&#233;fono y tuvo una punzada de remordimiento. La echaba de menos. Los echaba de menos a todos. Se reunir&#237;a con ellos lo antes posible.

Animado por este prop&#243;sito, fue a la questura, donde ley&#243; la informaci&#243;n del arresto de Malfatti, que aparec&#237;a en los peri&#243;dicos, todos los cuales citaban al vicequestore Giuseppe Patta como fuente de informaci&#243;n, quien, se informaba, hab&#237;a supervisado el arresto y obtenido la confesi&#243;n de Malfatti. Los peri&#243;dicos atribu&#237;an la responsabilidad del &#250;ltimo esc&#225;ndalo de la Banca di Verona a Ravanello, su reci&#233;n nombrado director y no dejaban lugar a duda de que &#233;l hab&#237;a sido responsable del asesinato de su antecesor antes de ser &#233;l mismo v&#237;ctima de Malfatti, su malvado c&#243;mplice. A Santomauro lo mencionaba &#250;nicamente el Corriere della Sera, citando sus protestas de indignaci&#243;n y su pesar por el abuso de que hab&#237;an sido objeto los altruistas fines y los nobles principios de la organizaci&#243;n a la que &#233;l se honraba en servir.

Brunetti llam&#243; a Paola y, aunque sab&#237;a que la respuesta ser&#237;a no, le pregunt&#243; si hab&#237;a le&#237;do los peri&#243;dicos. Cuando su esposa le pregunt&#243; qu&#233; hubiera tenido que leer, &#233;l le dijo tan s&#243;lo que el caso estaba aclarado y que ya se lo contar&#237;a al llegar. Tal como esperaba, ella le pidi&#243; que le dijera algo m&#225;s, y &#233;l respondi&#243; que eso pod&#237;a esperar. Ella no insisti&#243; y &#233;l se sinti&#243; molesto por su falta de perseverancia. Al fin y al cabo, este caso hab&#237;a estado a punto de costarle la vida.

Brunetti pas&#243; el resto de la ma&#241;ana preparando un informe de cinco p&#225;ginas, en el que manifestaba su convencimiento de que Malfatti dec&#237;a la verdad en su confesi&#243;n y hac&#237;a un relato pormenorizado y razonado de todo lo sucedido, desde el descubrimiento del cad&#225;ver de Mascari hasta el arresto de Malfatti. Despu&#233;s del almuerzo, ley&#243; dos veces el informe, y tuvo que reconocer que todo se basaba en meras sospechas, que no ten&#237;a ninguna prueba tangible que asociara a Santomauro con los delitos y que nadie creer&#237;a que un hombre como Santomauro, que contemplaba el mundo desde las emp&#237;reas alturas de los principios morales de la Liga, pudiera estar mezclado en unos hechos violentos, provocados por la vil codicia y la lascivia. A pesar de todo, lo pas&#243; a m&#225;quina, utilizando la Olivetti Standard que ten&#237;a en una mesita en un rinc&#243;n del despacho. Al contemplar las p&#225;ginas moteadas con las pintas blancas del l&#237;quido corrector, se pregunt&#243; si no ir&#237;a siendo hora de solicitar un ordenador, y se puso a pensar en d&#243;nde lo colocar&#237;a y en si le conceder&#237;an una impresora o tendr&#237;a que imprimir sus escritos en la oficina general, idea que no le seduc&#237;a.

Mientras sopesaba los pros y los contras del ordenador, Vianello llam&#243; a la puerta y entr&#243; seguido de un hombre bajo, muy bronceado, con un traje de algod&#243;n arrugado.

Comisario -empez&#243; el sargento en el tono formal que adoptaba cuando se dirig&#237;a a Brunetti en presencia de extra&#241;os-, permita que le presente a Luciano Gravi.

Brunetti se acerc&#243; a Gravi y extendi&#243; la mano.

Mucho gusto, signor Gravi. &#191;En qu&#233; puedo servirle?

Condujo al hombre hasta su mesa y se&#241;al&#243; la silla situada frente a ella. Gravi pase&#243; la mirada por el despacho y se sent&#243;. Vianello se sent&#243; al lado del visitante y esper&#243; a que &#233;ste hablara. En vista de que el hombre no dec&#237;a nada, empez&#243; &#233;l.

Comisario, el signor Gravi tiene una zapater&#237;a en Chioggia.

Brunetti mir&#243; al hombre con inter&#233;s. Una zapater&#237;a.

Vianello mir&#243; a Gravi y con la mano lo invit&#243; a hablar.

Acabo de volver de vacaciones -dijo Gravi dirigi&#233;ndose a Vianello, pero cuando &#233;ste mir&#243; hacia Brunetti, tambi&#233;n &#233;l se volvi&#243; hacia el comisario-. He estado en Puglia dos semanas. No vale la pena abrir durante el ferragosto. Nadie compra zapatos. Demasiado calor. As&#237; que todos los a&#241;os cerramos la tienda tres semanas y mi mujer y yo nos vamos de vacaciones.

&#191;Y acaban de regresar?

Bien, regresamos hace dos d&#237;as, pero no fui a la tienda hasta ayer. Y entonces encontr&#233; la postal.

&#191;Una postal, signor Gravi? -pregunt&#243; Brunetti.

De la dependienta de la tienda. Est&#225; en Noruega, con su novio, de vacaciones. Creo que &#233;l trabaja para ustedes, Giorgio Miotti. -Brunetti asinti&#243;; conoc&#237;a a Miotti-. Bueno, pues, como le dec&#237;a, est&#225;n en Noruega, y ella me escribi&#243; que la polic&#237;a estaba interesada en un par de zapatos rojos. -Se volvi&#243; otra vez hacia Vianello-. No s&#233; de qu&#233; estar&#237;an hablando, para que ella pensara en eso, pero al pie de la postal escrib&#237;a que Giorgio dec&#237;a que ustedes buscaban a alguien que hubiera comprado un par de zapatos de mujer de raso rojo, de n&#250;mero grande.

Brunetti se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiraci&#243;n y tuvo que hacer un esfuerzo para relajarse y exhalar el aire.

&#191;Y vendi&#243; usted esos zapatos, signor Gravi?

S&#237;; vend&#237; un par har&#225; cosa de un mes. A un hombre. -Se interrumpi&#243;, esperando que los polic&#237;as expresaran su extra&#241;eza ante la circunstancia de que un hombre comprara unos zapatos semejantes.

&#191;Un hombre? -pregunt&#243; Brunetti, complaciente.

S&#237;; dijo que los quer&#237;a para carnaval. Pero a&#250;n faltan muchos meses para carnaval. Me pareci&#243; extra&#241;o, pero me alegr&#233; de venderlos porque uno ten&#237;a el raso un poco roto, en el tac&#243;n. Me parece que el izquierdo. De todos modos, estaban de oferta, y &#233;l se los qued&#243;. Cincuenta y nueve mil liras, antes estaban a ciento veinte. Una ganga.

Estoy seguro de ello, signor Gravi -convino Brunetti-. &#191;Reconocer&#237;a los zapatos si volviera a verlos?

Creo que s&#237;. Escrib&#237; el precio en la suela. Quiz&#225; a&#250;n est&#233;.

Mirando a Vianello, Brunetti dijo:

Sargento, &#191;har&#237;a el favor de traerme del laboratorio aquellos zapatos? Me gustar&#237;a ense&#241;&#225;rselos al signor Gravi.

Vianello asinti&#243; y sali&#243; del despacho. Mientras el sargento estaba fuera, Gravi habl&#243; de sus vacaciones y de lo limpia que se puede encontrar el agua del Adri&#225;tico si se baja hacia el sur lo suficiente. Brunetti escuchaba, sonriendo cuando le parec&#237;a necesario y reprimiendo el deseo de pedir a Gravi que le describiera al hombre que hab&#237;a comprado los zapatos hasta despu&#233;s de que su visitante los hubiera identificado.

A los pocos minutos, Vianello estaba de vuelta y tra&#237;a los zapatos en una bolsa de pl&#225;stico transparente. Dio la bolsa a Gravi, que no trat&#243; de abrirla sino que dio la vuelta primero a un zapato y luego al otro, para examinar las suelas. Acerc&#225;ndoselos a la cara, sonri&#243; y tendi&#243; la bolsa a Brunetti.

Mire, ah&#237; est&#225;. El precio. Lo escrib&#237; en l&#225;piz, para que el comprador pudiera borrarlo, si quer&#237;a. Pero a&#250;n se ve.

Se&#241;alaba unas tenues marcas de l&#225;piz en la suela.

Por fin, Brunetti se permiti&#243; la pregunta:

&#191;Podr&#237;a describir al hombre que compr&#243; estos zapatos, signor Gravi?

Gravi vacil&#243; pero s&#243;lo un momento, antes de preguntar con voz respetuosa ante la autoridad:

&#191;Podr&#237;a decirme, comisario, por qu&#233; est&#225; interesado en ese hombre?

Creemos que puede darnos informaci&#243;n importante acerca de una investigaci&#243;n en curso -respondi&#243; Brunetti sin decir nada.

Comprendo -dijo Gravi, que, al igual que todos los italianos, estaba acostumbrado a no entender nada de lo que dec&#237;an las autoridades-. M&#225;s joven que usted, dir&#237;a yo, aunque no mucho. Pelo oscuro. Sin bigote. -Quiz&#225; al o&#237;rse a s&#237; mismo, Gravi se dio cuenta de lo vaga que era su descripci&#243;n-. Yo dir&#237;a un hombre corriente, vestido con chaqueta. Ni alto ni bajo.

&#191;Tendr&#237;a la bondad de mirar unas fotos, signor Gravi? -pregunt&#243; Brunetti-. Quiz&#225; ello nos permita reconocer al hombre.

Gravi sonri&#243; ampliamente, satisfecho de que todo fuera tan parecido a los telefilmes.

Desde luego.

Brunetti hizo una se&#241;a a Vianello, que baj&#243; a buscar dos carpetas de fotos de la polic&#237;a, entre las que estaba la de Malfatti.

Gravi tom&#243; la primera carpeta de manos de Vianello y la abri&#243; encima de la mesa. Una a una, iba pasando las fotos y apil&#225;ndolas boca abajo despu&#233;s de mirarlas. Bajo la atenta mirada de Vianello y Brunetti, puso la foto de Malfatti con las otras y sigui&#243; mirando. Al terminar, levant&#243; la cabeza.

No est&#225;, ni &#233;l ni nadie que se le parezca.

&#191;No podr&#237;a hacer una descripci&#243;n un poco m&#225;s precisa de su aspecto?

Ya se lo he dicho, comisario, un hombre con chaqueta. &#201;stos -dijo se&#241;alando el mont&#243;n de fotograf&#237;as-, bueno, todos tienen cara de criminales. -Vianello lanz&#243; una r&#225;pida mirada a Brunetti. Hab&#237;a fotos de varios polic&#237;as mezcladas con las otras, entre ellos el agente Alvise-. Como le digo, llevaba traje y corbata -repiti&#243; Gravi-. Parec&#237;a uno de nosotros. En fin, un hombre que va todos los d&#237;as a trabajar al despacho. Y hablaba como una persona educada, no como un criminal.

La ingenuidad pol&#237;tica que denotaba el comentario hizo dudar a Brunetti de que el signor Gravi fuera un italiano aut&#233;ntico. Mir&#243; a Vianello moviendo la cabeza de arriba abajo, y el sargento entreg&#243; a Gravi la otra carpeta.

Mientras los dos polic&#237;as lo observaban, Gravi examin&#243; un mont&#243;n de fotos menor que el anterior. Al ver la de Ravanello, mir&#243; a Brunetti:

Es el director del banco al que mataron ayer, &#191;verdad? -pregunt&#243; se&#241;alando la foto.

&#191;Y no es el hombre que compr&#243; los zapatos, signor Gravi? -pregunt&#243; Brunetti.

No, claro que no -respondi&#243; Gravi-. De haberlo sido, se lo hubiera dicho nada m&#225;s entrar. -Volvi&#243; a mirar la foto, un retrato de estudio que hab&#237;a aparecido en un folleto del banco en el que figuraban todos los altos empleados-. No es el hombre, pero es el tipo.

&#191;El tipo, signor Gravi?

S&#237;, hombre con traje y corbata, y zapatos relucientes. Camisa blanca y bien planchada, y un buen corte de pelo. Un banquero.

Durante un instante, Brunetti tuvo siete a&#241;os y estaba arrodillado al lado de su madre al pie del altar mayor de Santa Maria Formosa, su parroquia. Su madre miraba al altar, se santiguaba y dec&#237;a en una voz en la que palpitaba una s&#250;plica fervorosa: Santa Mar&#237;a, Madre de Dios, por el amor de tu Hijo, que dio su vida por todos nosotros, miserables pecadores, conc&#233;deme esta gracia y nunca m&#225;s en mi vida te pedir&#233; nada m&#225;s. Era una promesa que &#233;l oir&#237;a infinidad de veces durante su ni&#241;ez, porque, al igual que todos los venecianos, la signora Brunetti confiaba en la intercesi&#243;n de las personas influyentes. No era la primera vez en su vida que Brunetti lamentaba su falta de fe, pero no por ello dej&#243; de suplicar al cielo que Gravi fuera capaz de reconocer al hombre que le hab&#237;a comprado los zapatos si lo ve&#237;a.

Mir&#243; a Gravi.

Lamentablemente, no tengo la foto del otro hombre que pudo haber comprado los zapatos, pero, si me acompa&#241;a a verlo personalmente, quiz&#225; pueda ayudarnos.

&#191;Quiere decir intervenir realmente en la investigaci&#243;n? -El entusiasmo de Gravi era infantil.

S&#237;, si no tiene inconveniente.

Encantado de ayudarlos, comisario.

Brunetti se levant&#243; y Gravi se puso en pie de un salto. Mientras caminaban hacia el centro de la ciudad, Brunetti explic&#243; a Gravi lo que deseaba que hiciera. Gravi no hizo preguntas, contento de hacer lo que le ordenaran, como buen ciudadano que ayuda a la polic&#237;a en su investigaci&#243;n de un grave delito.

Cuando llegaron a campo San Luca, Brunetti se&#241;al&#243; el portal y sugiri&#243; al signor Gravi que bebiera algo en Rosa Salva y subiera al cabo de cinco minutos.

Brunetti subi&#243; la ya familiar escalera y llam&#243; a la puerta del despacho.

Avanti -grit&#243; la secretaria, y &#233;l entr&#243;.

Cuando ella levant&#243; la mirada del ordenador y vio qui&#233;n era, no pudo reprimir un sobresalto que la hizo levantarse a medias de la silla.

Perdone, signorina -dijo Brunetti extendiendo las manos en lo que &#233;l esperaba que fuera un adem&#225;n tranquilizador-. Tengo que hablar con el avvocato Santomauro. Asunto oficial.

Ella parec&#237;a no o&#237;rlo y lo miraba con la boca abierta en una O cada vez m&#225;s amplia. Brunetti no hubiera podido decir si de sorpresa o temor. Lentamente, ella extendi&#243; el brazo y oprimi&#243; un bot&#243;n mientras acababa de ponerse en pie, parapetada detr&#225;s de la mesa, sin levantar el dedo del pulsador y mirando a Brunetti en silencio.

Al cabo de unos segundos, la puerta se abri&#243; hacia dentro y Santomauro sali&#243; al antedespacho. Vio a su secretaria, tan callada y quieta como la mujer de Lot, y entonces vio a Brunetti en la puerta.

Su furor fue inmediato y fulminante.

&#191;Qu&#233; hace usted aqu&#237;? Ya dije al vicequestore que lo mantuviera alejado de m&#237;. Fuera, fuera de mi despacho. -Al o&#237;r su voz, la secretaria retrocedi&#243; y se qued&#243; apoyada en la pared-. M&#225;rchese -casi grit&#243; Santomauro-. No estoy dispuesto a tolerar este acoso. Har&#233; que le -Se interrumpi&#243; al ver entrar a otro hombre detr&#225;s de Brunetti, un desconocido bajito con un traje de algod&#243;n barato-. Vuelvan los dos a la questura de donde han venido -grit&#243; Santomauro.

&#191;Reconoce a este hombre, signor Gravi?

S&#237;.

Santomauro se qued&#243; paralizado, aunque segu&#237;a sin reconocer al hombre del traje arrugado.

&#191;Puede decirme qui&#233;n es, signor Gravi?

Es el hombre al que vend&#237; los zapatos.

Brunetti desvi&#243; la mirada de Gravi y mir&#243; a trav&#233;s de la habitaci&#243;n a Santomauro, que ahora parec&#237;a haber reconocido al hombre del traje arrugado.

&#191;Qu&#233; zapatos, signor Gravi?

Unos zapatos de se&#241;ora rojos, del n&#250;mero cuarenta y tres.



31

Santomauro se vino abajo. Brunetti hab&#237;a observado el fen&#243;meno con suficiente frecuencia como para reconocerlo. La entrada de Gravi, cuando Santomauro se cre&#237;a a salvo de todo peligro, ya que la polic&#237;a no hab&#237;a emprendido ninguna acci&#243;n a consecuencia de la acusaci&#243;n contenida en la confesi&#243;n de Malfatti, era tan inesperada que Santomauro no tuvo tiempo ni presencia de &#225;nimo para inventar una explicaci&#243;n de la compra de los zapatos.

Al principio, tambi&#233;n grit&#243; a Gravi y lo ech&#243; del despacho, pero cuando el hombrecillo insisti&#243; en que reconocer&#237;a a Santomauro en cualquier sitio, el avvocato se apoy&#243; pesadamente de lado en el escritorio de su secretaria, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si de este modo pudiera protegerse de la silenciosa mirada de Brunetti y de la perplejidad de los otros dos.

Es &#233;l, comisario. Estoy seguro.

&#191;Bien, avvocato Santomauro? -pregunt&#243; Brunetti, indicando a Gravi con un adem&#225;n que guardara silencio.

Fue Ravanello -dijo Santomauro con voz aguda, tensa y casi llorosa-. La idea fue suya. Lo de los apartamentos y los alquileres. Vino a propon&#233;rmelo, yo no quer&#237;a, pero &#233;l me amenaz&#243;. Sab&#237;a lo de los chicos y me amenaz&#243; con dec&#237;rselo a mi mujer y a mis hijos. Y entonces Mascari descubri&#243; lo de los alquileres.

&#191;C&#243;mo?

No lo s&#233;. Por apuntes del banco. Algo que encontrar&#237;a en el ordenador. Ravanello me lo dijo. La idea de eliminarlo fue suya.

Dos de las personas que estaban en la habitaci&#243;n no sab&#237;an de qu&#233; hablaba, pero ninguna dec&#237;a nada, estupefactas como estaban por el terror de Santomauro.

Yo no quer&#237;a hacer nada. Pero Ravanello dijo que no hab&#237;a m&#225;s remedio. Que ten&#237;amos que hacerlo.

Su voz hab&#237;a ido suaviz&#225;ndose. Ahora call&#243; y mir&#243; a Brunetti.

&#191;Ten&#237;an que hacer qu&#233;, signor Santomauro?

Santomauro mir&#243; fijamente a Brunetti y sacudi&#243; la cabeza, como para despejarla despu&#233;s de un fuerte golpe. Luego volvi&#243; a moverla, pero ahora en clara se&#241;al negativa. Brunetti tambi&#233;n conoc&#237;a estos s&#237;ntomas.

Signor Santomauro, le arresto por el asesinato de Leonardo Mascari.

Al o&#237;r este nombre, tanto Gravi como la secretaria miraron a Santomauro como si lo vieran por primera vez. Brunetti se inclin&#243; sobre el escritorio de la secretaria y llam&#243; por tel&#233;fono a la questura para pedir que enviaran a tres hombres a recoger a un sospechoso y acompa&#241;arlo a la questura para ser interrogado.

Brunetti y Vianello interrogaron a Santomauro durante dos horas, y poco a poco fue perfil&#225;ndose la historia. Era posible que Santomauro dijera la verdad acerca de los detalles del plan para aprovecharse de los apartamentos de la Liga, pero no acerca de qui&#233;n hab&#237;a partido la idea. Se reafirmaba en que Ravanello era el autor del plan, que lo ten&#237;a todo perfectamente previsto y tambi&#233;n que Ravanello hab&#237;a buscado la ayuda de Malfatti. Todo era idea de Ravanello: el plan original, la necesidad de liquidar al &#237;ntegro Mascari, el intento de arrojar el coche de Brunetti a la laguna. Iniciativas de Ravanello, consumido por la codicia.

&#191;Y Santomauro? &#201;l se presentaba a s&#237; mismo como un hombre d&#233;bil, preso de los designios de quien pod&#237;a destruir su reputaci&#243;n, su familia, su vida. Insist&#237;a en que &#233;l no hab&#237;a intervenido en el asesinato de Mascari, que &#233;l no sab&#237;a lo que iba a suceder aquella noche fat&#237;dica en el apartamento de Crespo. Cuando le recordaron la compra de los zapatos, al principio aleg&#243; que los hab&#237;a comprado para pon&#233;rselos en carnaval, pero cuando le dijeron que hab&#237;an sido identificados como los que llevaba Mascari, dijo que Ravanello le hab&#237;a ordenado comprarlos, no sab&#237;a con qu&#233; fin.

S&#237;, &#233;l se embolsaba su parte de los alquileres de los apartamentos de la Liga, pero no para lucrarse sino s&#243;lo para proteger su buen nombre. S&#237;, estaba en el apartamento de Crespo la noche en que Mascari fue asesinado, pero fue Malfatti quien lo mat&#243;; &#233;l y Ravanello no hab&#237;an tenido m&#225;s remedio que ayudarlo a deshacerse del cad&#225;ver. &#191;El plan? De Ravanello. De Malfatti. Del asesinato de Crespo &#233;l no sab&#237;a nada, habr&#237;a sido alg&#250;n cliente peligroso que Crespo hab&#237;a llevado a su casa.

Santomauro se esforzaba por ofrecer la imagen de un hombre como tantos otros, incapaz de vencer sus pasiones y dominado por el miedo. &#191;Qui&#233;n no hab&#237;a de sentir compasi&#243;n por un ser semejante?

As&#237; estuvo dos horas, manteniendo su inocente complicidad en esos cr&#237;menes, insistiendo en que su &#250;nico m&#243;vil era el deseo de proteger a su familia, de evitarles el esc&#225;ndalo y la verg&#252;enza de que se conociera su vida secreta. Mientras escuchaba, Brunetti se daba cuenta de que Santomauro estaba cada vez m&#225;s convencido de la verdad de lo que dec&#237;a. Al fin, asqueado por aquel hombre y sus simulaciones, el comisario decidi&#243; dar por terminado el interrogatorio.

A &#250;ltima hora de la tarde, Santomauro estaba con su abogado y, a la ma&#241;ana siguiente, sali&#243; en libertad bajo fianza, mientras Malfatti, asesino confeso, permanec&#237;a en la c&#225;rcel. Santomauro dimiti&#243; de la presidencia de la Lega della Moralit&#224; aquel mismo d&#237;a, y los restantes miembros del consejo acordaron realizar una minuciosa investigaci&#243;n de su mala gesti&#243;n y su conducta irregular. Y es que, cavilaba Brunetti, en ciertos medios de la sociedad, se llama conducta irregular a la sodom&#237;a y mala gesti&#243;n, al asesinato.

Aquella tarde, Brunetti fue a via Garibaldi y llam&#243; a la puerta del apartamento de Mascari. La viuda pregunt&#243; qui&#233;n era y &#233;l dio su nombre y grado.

El apartamento segu&#237;a igual. Las persianas segu&#237;an cerradas, para impedir que entrara el sol, pero parec&#237;a que lo que imped&#237;an era que saliera el calor. La signora Mascari estaba m&#225;s delgada y ensimismada.

Es muy amable al recibirme, signora -empez&#243; Brunetti, cuando estuvieron sentados frente a frente-. He venido a decirle que el nombre de su esposo queda limpio de toda sospecha. &#201;l no estaba involucrado en ning&#250;n delito y fue la v&#237;ctima inocente de un crimen abyecto.

Eso ya lo sab&#237;a, comisario. Lo supe desde el principio.

Lamento mucho que, durante un minuto siquiera, se sospechara de su esposo.

No fue culpa suya, comisario. Y yo nunca sospech&#233;.

A pesar de todo, lo siento. Pero los responsables de su muerte han sido descubiertos.

S&#237;, lo s&#233;. Lo he le&#237;do en los peri&#243;dicos -dijo ella, y agreg&#243; tras una pausa-: Pero eso no cambia nada.

Ser&#225;n castigados, signora. Esto puedo promet&#233;rselo.

Desgraciadamente, no servir&#225; de nada ni a m&#237; ni a Leonardo. -Cuando Brunetti fue a protestar, ella lo ataj&#243;-: Comisario, los peri&#243;dicos pueden publicar lo que quieran acerca de lo que ocurri&#243; realmente, pero lo &#250;nico que la gente recordar&#225; de Leonardo es la noticia que apareci&#243; cuando descubrieron su cad&#225;ver: que estaba vestido de mujer. Que era un travesti que se prostitu&#237;a.

Pero eso ha sido desmentido, signora.

Cuando se arroja lodo, comisario, nunca se limpia del todo. A la gente le gusta pensar mal de sus semejantes; cuanto mayor es el crimen, mayor el placer. Dentro de unos a&#241;os, cuando se pronuncie el nombre de Leonardo, recordar&#225;n el vestido rojo y pensar&#225;n todo lo mal que quieran.

Brunetti comprendi&#243; que ten&#237;a raz&#243;n.

Lo siento, signora.

No pod&#237;a decir m&#225;s.

Ella se inclin&#243; y le toc&#243; el dorso de la mano.

Nadie debe disculparse por lo que es propio de la naturaleza humana, comisario. Pero le agradezco su comprensi&#243;n. -Retir&#243; la mano-. &#191;Desea algo m&#225;s?

Brunetti, que sab&#237;a captar una indirecta, dijo que no hab&#237;a nada m&#225;s y se despidi&#243; dejando a la mujer en la casa en penumbra.


Aquella noche barri&#243; la ciudad una fuerte tormenta que levant&#243; tejas, arroj&#243; tiestos de geranios al suelo y arranc&#243; &#225;rboles de los parques p&#250;blicos. Estuvo lloviendo torrencialmente durante tres horas, las alcantarillas se desbordaron y las aguas arrastraron bolsas de basura a los canales. Despu&#233;s de la lluvia, una brusca ca&#237;da de la temperatura lleg&#243; hasta los dormitorios, obligando a los durmientes a arrimarse a la pareja en busca de calor. Brunetti se levant&#243; despu&#233;s de las diez, hizo caf&#233; y se dio una larga ducha, agradeciendo el agua caliente por primera vez en meses. Estaba en la terraza, vestido, con el pelo h&#250;medo y una segunda taza de caf&#233; en la mano cuando oy&#243; ruido a su espalda en el interior del apartamento. Se volvi&#243; con la taza en los labios, y vio a Paola. Y luego a Chiara, y a Raffaele.

Ciao, pap&#224; -grit&#243; Chiara, con j&#250;bilo, corriendo hacia &#233;l.

&#191;Qu&#233; ha pasado? -pregunt&#243; &#233;l abraz&#225;ndola, pero viendo s&#243;lo a la madre.

Chiara se ech&#243; hacia atr&#225;s y le sonri&#243; ampliamente.

M&#237;rame la cara, pap&#225;.

&#201;l as&#237; lo hizo, y nunca hab&#237;a visto una cara m&#225;s bonita. Observ&#243; que parec&#237;a haber tomado el sol.

Oh, pap&#225;, &#191;no lo ves?

&#191;No veo qu&#233;, cielo?

Tengo el sarampi&#243;n y nos han echado del hotel.

Aquella noche, aunque persist&#237;a la fresca temperatura de un oto&#241;o incipiente, Brunetti no necesit&#243; manta.



Donna Leon



***






