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Antonio Sk&#225;rmeta


Los d&#237;as del arco iris


A Roberto Parada Ritchie


Erano i giorni dell'arcobaleno, finito l'inverno tornava il sereno.

NICOLA DI BARI







Cap&#237;tulo 1

El mi&#233;rcoles tomaron preso al profesor Santos.

Nada de raro en estos tiempos. S&#243;lo que el profesor Santos es mi padre.

Los mi&#233;rcoles a primera hora tenemos filosof&#237;a, despu&#233;s gimnasia y luego dos sesiones de &#225;lgebra.

Casi siempre vamos juntos al colegio. El prepara el caf&#233; y yo fr&#237;o los huevos y pongo el pan en el tostador. Pap&#225; toma su caf&#233; cargado y sin az&#250;car. Yo le pongo mitad leche, y aunque tampoco le echo az&#250;car, doy vuelta a la cucharilla en la taza como si le hubiera puesto.

Este mes el tiempo est&#225; malo. Hace fr&#237;o, cae una llovizna y la gente se envuelve las narices con sus bufandas. Pap&#225; tiene un impermeable claro, color beige, como los de los detectives en las pel&#237;culas.

Yo me pongo sobre el uniforme una chaqueta de cuero negro. Las gotas resbalan en la piel y no alcanzan a mojarme. Al colegio son cinco cuadras. En cuanto salimos del ascensor, pap&#225; enciende su primer cigarrillo y se lo va fumando lentamente hasta la misma puerta del liceo.

El tabaco le alcanza justo hasta ese punto, y entonces lo tira al suelo y me hace un gesto teatral para que yo aplaste la colilla con el zapato. Despu&#233;s pasa a la sala de profesores a buscar el libro de clases y cuando entra a nuestro curso pregunta en qu&#233; est&#225;bamos la &#250;ltima vez.

La &#250;ltima vez est&#225;bamos en Plat&#243;n y el Mito de la Caverna.

Seg&#250;n Plat&#243;n, los hombres vivimos como zombis mirando contra la pared de una caverna las cosas que pasan, que no son nada m&#225;s que las sombras de cosas reales proyectadas por un fuego contra el fondo. Esos hombres, que nunca han visto las cosas de verdad, creen que las sombras son cosas reales. Pero si salieran de la caverna y vieran las cosas bajo la luz del mismo sol se dar&#237;an cuenta de que han vivido en un mundo de apariencias y lo que ten&#237;an por cierto es un p&#225;lido reflejo de la realidad.

El profesor Santos pasa lista antes de volver a Plat&#243;n y si alg&#250;n alumno falta pone un punto rojo al lado de su nombre. Aunque sabe muy bien que fuimos juntos al colegio, cuando llega a la letra S, despu&#233;s de Salas dice Santos, y yo tengo que contestar Presente. Mi padre alega que la casualidad de que me haya tocado filosof&#237;a con &#233;l no me exime de ninguna de mis responsabilidades, incluso esa cosa tan absurda de contestar la lista. Dice que si no estudio, por muy hijo suyo que sea, igual me va a rajar.

A m&#237; me gusta la filosof&#237;a, aunque no quisiera ser profesor como el papi porque hay que levantarse temprano, fumar cigarrillos negros y adem&#225;s ganar poca plata.

Antes de iniciar la clase, mi padre se limpia las solapas por si le hubiera ca&#237;do un poco de ceniza. Y luego lanza su frase favorita: &#191;Por qu&#233; hay Ser y no m&#225;s bien la Nada? -Y agrega-: &#201;sta es la pregunta del mill&#243;n de d&#243;lares. Y &#233;sta es en el fondo la &#250;nica y gran pregunta de la filosof&#237;a.La pregunta que a m&#237; me aflige en estos d&#237;as es que, si hay Ser, tiene que tener un sentido que haya Ser, porque si no hubiera un sentido dar&#237;a lo mismo que no hubiera Ser.

Mi polola Patricia Bettini dice que el sentido del Ser es estar siendo no m&#225;s, es decir, sin finalidad de ning&#250;n tipo. Y me pide que no me complique tanto y que sea espont&#225;neo. Ella es como hippy.

Justo el martes en la noche, antes de que agarraran preso al pap&#225;, yo le plante&#233; el pensamiento de Patricia Bettini y el pap&#225; se indign&#243;. Le ech&#243; dos veces sal a la sopa y luego la apart&#243; y dijo que no la tomar&#237;a porque estaba demasiado salada.

Yo encend&#237; la televisi&#243;n, pero la primera imagen era de Pinochet besando a una anciana y la apagu&#233; antes de que el papi la viera.

Aprovech&#243; para decirme que no tuviera tanta confianza en la Patricia Bettini porque, si ella piensa que el Ser es lo que el Ser va siendo no m&#225;s, se le escapa algo que a ninguna chica inteligente se le puede olvidar, y es que los hombres tienen conciencia, los hombres son el Ser y simult&#225;neamente piensan el Ser, y por lo tanto con su pensamiento le pueden dar un sentido y una direcci&#243;n al Ser. En buenas cuentas establecer valores absolutos, aspirar a esos valores. El bien es el bien. La justicia es la justicia, y no puede haber justicia en la medida de lo posible.

Seg&#250;n el papi lo que importa es la &#233;tica: qu&#233; hacer con el Ser.



Cap&#237;tulo 2

El jueves por la tarde Adri&#225;n Bettini recibi&#243; una carta. No la tra&#237;a el cartero del barrio sino dos funcionarios j&#243;venes con insignias de polic&#237;as bajo la solapa que tocaron brevemente el timbre y le sonrieron a la empleada cuando pidieron entregarle la carta personalmente al due&#241;o de la casa. El joven Nico Santos, invitado en la ocasi&#243;n a tomar t&#233;, vio la escena desde el comedor, y luego se detuvo en la mirada que Patricia Bettini le dirigi&#243; cuando su padre, con tranco informal y resignado, avanz&#243; hasta la puerta vestido con una deste&#241;ida casaca de lana.

Tras firmar y anotar el n&#250;mero de su c&#233;lula de identidad en el cuaderno que los despreocupados j&#243;venes le extendieron para que certificara la recepci&#243;n del documento, rasg&#243; el sobre y se introdujo en el contenido.

Como adivinando que su hija y Nico le preguntar&#237;an de qu&#233; trataba la misiva, se adelant&#243; a ellos y les dijo que era una citaci&#243;n del ministro del Interior para asistir ma&#241;ana, a las diez, al edificio de la sede de gobierno del general Pinochet.

Patricia Bettini no pudo evitar un sobresalto. Su padre hab&#237;a estado dos veces en la c&#225;rcel y, en una ocasi&#243;n, matones no identificados lo hab&#237;an raptado y agredido hasta dejarlo inconsciente.

El hombre pidi&#243; a su esposa Magdalena que se les uniera a la mesa del t&#233; y tras agitar largamente la cucharilla en su taza confes&#243; que dudaba entre presentarse al d&#237;a siguiente a la cita con el dictador o hacer ya mismo de prisa una maleta con un poco de ropa y esconderse por algunos d&#237;as en casas de amigos.

Patricia Bettini le recomend&#243; que se escondiera.

Su esposa le recomend&#243; que acudiera a la cita. Era mejor enfrentar las cosas que pasar una vida escondido.

Nico Santos le puso una porci&#243;n de palta molida a su tostada y la expandi&#243; con el cuchillo por la superficie. Era tal el silencio que ese &#237;nfimo movimiento sobre el pan le pareci&#243; estridente



Cap&#237;tulo 3

Y entonces pasa eso que el mi&#233;rcoles est&#225;bamos en el Mito de la Caverna cuando entraron dos hombres de pelo corto y bien afeitados y le dijeron al papi que los acompa&#241;ara.

Mi pap&#225; mir&#243; la silla donde hab&#237;a dejado el impermeable, y uno de los hombres le dijo que lo llevara consigo. Mi pap&#225; lo tom&#243; y no me mir&#243;.

Es decir, no s&#233; c&#243;mo explicarlo pero me mir&#243; sin mirarme.

Y era raro, porque cuando los dos hombres se llevaron al pap&#225;, todos los muchachos de la clase estaban mir&#225;ndome.

Y seguro que pensaban que yo ten&#237;a miedo. O cre&#237;an que yo tendr&#237;a que haber saltado sobre los hombres y atacarlos e impedir que se llevaran a mi padre.

Pero con el profesor Santos hab&#237;amos previsto esta situaci&#243;n.

Incluso le hab&#237;amos puesto el nombre de un silogismo. La llam&#225;bamos situaci&#243;n Baroco: si agarraban preso al pap&#225; delante de testigos quer&#237;a decir que no lo pod&#237;an hacer desaparecer como con otra gente, que la meten en un saco con piedras y la tiran desde un helic&#243;ptero al mar. En el curso somos treinta y cinco alumnos y todos vimos con nuestros propios ojos c&#243;mo se llevaron al pap&#225;. &#201;l dice que esa situaci&#243;n es &#243;ptima, porque seguro que no lo van a matar. En este caso, est&#225; protegido por los testigos.

Seg&#250;n el plan Baroco, cuando agarren preso al pap&#225;, yo tengo que hacer dos llamadas por tel&#233;fono a unos n&#250;meros que me s&#233; de memoria, pero no conozco el nombre de las personas. Despu&#233;s tengo que llevar una vida absolutamente normal, venir a casa, jugar a f&#250;tbol, ir al cine con Patricia Bettini, no faltar a clases, y a fin de mes ir a Tesorer&#237;a a buscar el cheque del sueldo.

As&#237; que, cuando se llevaron al profesor Santos, yo me puse a hacer c&#237;rculos en una hoja del cuaderno mientras sent&#237;a crecer la telara&#241;a de un silencio a mi alrededor. Seguro que mis compa&#241;eros pensaban que yo era un cobarde y que por puro instinto tendr&#237;a que haber saltado y defendido a mi viejo.

Pero es que pap&#225; me ha dicho cien veces que &#233;l no le teme a nada, salvo que me pase algo a m&#237;.

Y aqu&#237; todos saben que un chico de diecisiete a&#241;os desapareci&#243; hace meses y a&#250;n no vuelve.

Tengo que tragarme esas miradas porque no les puedo explicar a los compa&#241;eros del curso que estoy aplicando el silogismo Baroco.

Si a mi pap&#225; lo hubieran hecho desaparecer sin testigos, entonces estar&#237;amos enfrentando el silogismo B&#225;rbaro, y yo acaso me hubiera muerto de pena.

Despu&#233;s que se llevaron al profesor Santos vino el inspector Riquelme y nos hizo un ejercicio de comprensi&#243;n de texto.

Y cuando al fin lleg&#243; el recreo, yo me fui al ba&#241;o. No quer&#237;a hablar con nadie. No quer&#237;a que nadie me hablara.



Cap&#237;tulo 4

El se&#241;or Bettini desenterr&#243; de un ba&#250;l una corbata y se la anud&#243; sin alegr&#237;a frente al espejo. Mand&#243; con un taxi a su hija Patricia al colegio y le pidi&#243; a su mujer que lo acompa&#241;ara hasta la entrada del palacio de gobierno. Al llegar le dio un beso y tras descender del auto le entreg&#243; las llaves del veh&#237;culo por si acaso.

Faltando cinco para las diez, Adri&#225;n Bettini entr&#243; a la central de operaciones de la dictadura.

Las secretarias en el lobby vest&#237;an uniformes de color fucsia, hablaban suave, eran amables y ol&#237;an bien.

Lo fueron llevando de una oficina a otra, de un ascensor a otro, de un funcionario a otro, hasta que lo hicieron entrar a una oficina de muelles, sillones de cuero y sigilosas alfombras.

Detr&#225;s del escritorio (detr&#225;s del escritorio, se dijo Bettini como si le estuviera contando a alguien la situaci&#243;n que acaso nunca pudiera contar) estaba sentado el ministro del Interior en persona.

Estuvo a punto de sufrir un colapso. El doctor Fern&#225;ndez era considerado el hombre m&#225;s duro del r&#233;gimen. S&#243;lo el general Pinochet lo superaba en esa materia. Supo, aun en su estricta mudez, que si tuviera que hablar en ese mismo instante, la voz le saldr&#237;a ronca.

El ministro del Interior le sonri&#243;.

Le agradezco que haya venido, don Adri&#225;n. Quiero informarle que dentro de dos meses el gobierno realizar&#225; un plebiscito. &#191;Por qu&#233; sonr&#237;e?

El hombre trat&#243; de corregir la mueca de su labio. Apret&#243; sus manos en los bolsillos de la chaqueta al contestar:

&#191;Un plebiscito como el de 1980, ministro?

El plebiscito del 80 no fue fraudulento. Pinochet lo gan&#243; con el setenta por ciento de los votos. Pero comprendo muy bien que ante una cifra tan contundente usted, como izquierdista, recurra a los lugares comunes de la demagogia y nos acuse de fraude.

Bettini se frot&#243; la solapa como si tuviera una mancha de ceniza. Estar discutiendo con el ministro del Interior le comenzaba a dar un inesperado aplomo. Si en cualquier momento lo iban a matar o torturar, daba lo mismo lo que dijera. Una suerte de veloz dignidad suicida ocup&#243; su boca antes que su pensamiento.

Perdone si le di esa impresi&#243;n, ministro. Es que la gente piensa mal cuando en un plebiscito no hay partidos legales que tengan representantes en las mesas de sufragio, cuando los votos s&#243;lo los cuentan los funcionarios del gobierno, cuando no hay tribunal calificador de elecciones, y cuando no se permite una prensa independiente del gobierno para publicar la opci&#243;n contraria a la de ustedes. Pero, aparte de estos detallitos, el plebiscito que gan&#243; Pinochet debe de haber sido limpio.

El ministro se balance&#243; en su sill&#243;n giratorio y sonri&#243; con una dentadura perfecta que lo hac&#237;a parecer m&#225;s joven.

Ahora todo ser&#225; a pedir de boca. Queremos que el plebiscito del 5 de octubre sea irreprochable e insospechable. Se admitir&#225; a opositores en las mesas de votaci&#243;n, se contar&#225; con equipos de nuestros enemigos pol&#237;ticos en los centros computacionales, no rechazaremos a los observadores extranjeros, y a partir de ma&#241;ana se levantar&#225; el estado de sitio en todo el pa&#237;s.

&#161;Qu&#233; bien! &#191;Y qu&#233; se va a votar?

S&#237; o No.

&#191;S&#237; o No?

S&#237; significa que usted quiere que Pinochet siga otros ocho a&#241;os como presidente. No, que usted quiere que Pinochet se vaya y que haya elecciones presidenciales entre varios candidatos dentro de un a&#241;o.

&#161;Elecciones!

Y eso no es todo. Como queremos legitimar democr&#225;ticamente a Pinochet ante todo el mundo, vamos a permitir que un d&#237;a la oposici&#243;n haga propaganda por el No a Pinochet en nuestra televisi&#243;n.

&#161;En la televisi&#243;n!

El ministro le extendi&#243; un vaso de agua mineral burbujeante.

No le tengo champagne para que celebre. Pero s&#237;rvase esta ag&#252;ita.

Bettini ten&#237;a la boca tan seca que antes de tragar un sorbo hizo un discreto buche con el agua en la boca.

Bien, ministro. Lo felicito por estos arrebatos democr&#225;ticos. &#191;Le puedo preguntar ahora por qu&#233; me cit&#243;?

El funcionario se levant&#243; con gesto solemne y enigm&#225;tico y estuvo acariciando un rato las borlas que adornaban los cortinajes de su ventanal.

S&#233; que usted es un convencido enemigo de nuestro r&#233;gimen -le dijo d&#225;ndole la espalda-. S&#233; tambi&#233;n que, en una ocasi&#243;n, personal de mi dependencia lo ha amedrentado.

Amedrentado. &#161;Qu&#233; notable eufemismo, se&#241;or Fern&#225;ndez!

El ministro le dio ahora la cara y agit&#243; un dedo frente a su nariz.

Para su conocimiento, le informo que a esos funcionarios les llam&#233; severamente la atenci&#243;n.

Mi clav&#237;cula quebrada se lo agradece. &#191;Y ahora me podr&#237;a decir qu&#233; quiere de m&#237;?

Fern&#225;ndez junt&#243; las palmas de las manos y puso los dedos por encima de la quijada.

Hace unos quince a&#241;os yo era empresario de Coca-Cola y usted gan&#243; mi admiraci&#243;n como publicista cuando hizo una campa&#241;a de la competencia para un nuevo refresco, Margot, que ten&#237;a un sabor raro, un gusto amargo. Era muy dif&#237;cil introducir en el mercado una bebida de sabor amargo porque todo el mundo estaba acostumbrado a refrescos dulces. &#191;Recuerda?

Me acuerdo, se&#241;or ministro.

&#191;Recuerda cu&#225;l fue el lema de esa exitosa campa&#241;a?

S&#237;. Margot, amarguito como la vida.

&#161;Genial, Bettini, genial!

No me diga que me mand&#243; a llamar para felicitarme por un slogan de hace quince a&#241;os.

El ministro refreg&#243; el pu&#241;o derecho en la palma de su otra mano.

No. Pero ahora tengo un producto que vender que le resulta amargo a la poblaci&#243;n: otros ocho a&#241;os de Pinochet.

Bettini dud&#243; entre sonre&#237;r o dejar el rostro imp&#225;vido.

Ministro, &#191;qu&#233; me est&#225; proponiendo?

Como supongo que la oposici&#243;n lo designar&#225; director creativo de la campa&#241;a para el No a Pinochet, le propongo que sea usted el jefe de la publicidad de nuestra campa&#241;a por el S&#237;.

&#191;S&#237; a Pinochet?

S&#237; a Pinochet. Hubiera esperado cualquier reacci&#243;n suya a semejante propuesta menos una sonrisa. Cr&#233;ame que me siento aliviado. &#191;Por qu&#233; sonr&#237;e?

El padre de Patricia Bettini apret&#243; con tres dedos el tabique de su nariz como si quisiera calmar una neuralgia.

&#161;Qu&#233; vueltas tiene la vida! Cuando Pinochet dio el golpe y lo nombr&#243; a usted ministro me echaron del trabajo, me metieron preso y me torturaron. Y, ahora, la misma persona que me meti&#243; preso y me dej&#243; cesante me ofrece trabajo.

No se me escapa el toque parad&#243;jico de la situaci&#243;n. Pero usted es el mejor publicista del pa&#237;s y para esta campa&#241;a quiero s&#243;lo lo mejor. &#161;Un profesional! Usted le podr&#225; criticar a nuestro gobierno todo lo que quiera pero no puede negar que tenemos un brillante equipo de profesionales. &#161;La econom&#237;a florece!

Para los ricos.

Pero pronto llegar&#225; el momento en que la riqueza ser&#225; tanta que se derramar&#225; hacia los pobres.

Ah&#237; tiene el lema que necesita para la campa&#241;a del S&#237; a Pinochet: Cuando los ricos se harten tirar&#225;n las sobras del banquete a los pobres.-Conf&#237;o en que a usted se le ocurrir&#225; algo mucho mejor, Bettini. &#191;Qu&#233; me dice?

&#191;Qu&#233; le digo? Le digo que dicen que nada de lo que sucede en este pa&#237;s escapa a su conocimiento.

Oh, s&#237;. He o&#237;do esa exageraci&#243;n.

Dicen que no se mueve una hoja sin que usted lo sepa.

Es una fama que a veces me complace y otras me complica.

Bettini llen&#243; el vaso con agua mineral, trag&#243; un sorbo y luego se limpi&#243; los labios con el dorso de una mano.

Mi hija Patricia est&#225; muy preocupada porque sus hombres arrestaron al profesor de filosof&#237;a de su pololo.

Ya veo.

Es un hombre mayor, experto en filosof&#237;a griega. No es un peligro para nadie. Un hombre viejo.

&#191;Tan viejo que vend&#237;a calugas en el circo romano?

El ministro se golpe&#243; los muslos celebrando su salida con una carcajada y en seguida abri&#243; un archivador de color verde.

Ya no es joven.

Perdone mi broma, Bettini. Mucha gente se preocupa sin motivo. A veces mis hombres hacen un par de preguntas de rutina y los detenidos vuelven a casa tan campantes.

Ministro, hay m&#225;s de tres mil desaparecidos.

&#201;sa es una exageraci&#243;n de las estad&#237;sticas. El pa&#237;s ya super&#243; la emergencia. &#191;No le estoy contando que haremos un plebiscito ciento por ciento democr&#225;tico? Su hija no tiene por qu&#233; preocuparse.

Bettini se puso de pie y palp&#243; el nudo de la corbata para ocultar el salto de su nuez de Ad&#225;n cuando trag&#243; abruptamente la saliva agolpada en su lengua.

Santos -dijo, ronco.

&#191;Perd&#243;n?

Santos. El profesor de filosof&#237;a se llama Rodrigo Santos.

El ministro puso sus manos sobre el archivador para alisar una p&#225;gina e hizo rodar la punta de su bol&#237;grafo trazando un c&#237;rculo.

&#191;Colegio?

Instituto Nacional.

&#161;Upa! El primer foco de luz de la naci&#243;n.

&#191;Ministro?

El primer foco de luz de la naci&#243;n. Eso dice la letra del himno del instituto. &#191;Lugar de los hechos?

La sala de clases.

&#191;Testigos del procedimiento?

M&#225;s de treinta alumnos. Estaban en plena clase.

El funcionario suspir&#243; con un s&#250;bito aire de fatiga.

&#191;Aspecto de los oficiales?

Pelo corto, j&#243;venes, impermeables

Como en las pel&#237;culas. &#191;D&#237;a?

El mi&#233;rcoles. Mi&#233;rcoles reci&#233;n pasado a primera hora.

Cerr&#243; el expediente de un manotazo y levantando la barbilla dej&#243; que un silencio cargado de intenciones se prolongara antes de hablar.

&#191;Y qu&#233; me dice de lo nuestro, Bettini?

Lo nuestro, pens&#243; el publicista. De modo que ten&#237;a algo en com&#250;n con el ministro del Interior. Lo nuestro.

&#191;Cu&#225;nto tiempo me da para pensarlo?

T&#243;mese un par de d&#237;as.

Lo llamo el lunes, entonces.

No, no se preocupe. Vendr&#225; personalmente. Mandar&#233; un par de muchachos para que me lo traigan aqu&#237; mismo.

Hasta el lunes, doctor Fern&#225;ndez.

El ministro se levant&#243; y le extendi&#243; efusivamente la mano para despedirse.

Filosof&#237;a. Algo me acuerdo de mis a&#241;os de colegio. S&#243;lo s&#233; que nada s&#233;. &#191;De qui&#233;n era eso?

S&#243;crates.

&#191;Y la otra cuesti&#243;n del r&#237;o?

Her&#225;clito. Nunca nos ba&#241;amos dos veces en el mismo r&#237;o.

Adi&#243;s, Bettini.



Cap&#237;tulo 5

Llam&#233; al primer n&#250;mero y no contest&#243; nadie. &#201;ste era el tel&#233;fono en que siempre deb&#237;a contestar alguien. Si no hab&#237;a nadie es que la persona que deb&#237;a contestar hab&#237;a ca&#237;do presa.

Entonces marqu&#233; el segundo n&#250;mero.

Contestaron y, seg&#250;n el silogismo Baroco, no pregunt&#233; con qui&#233;n hablaba ni dije mi nombre. S&#243;lo cont&#233; que hab&#237;an tomado preso al profesor Santos. El hombre al otro lado de la l&#237;nea dijo que &#233;l se har&#237;a cargo.

Pregunt&#243; si hab&#237;a testigos.

Claro que hab&#237;a testigos. En el curso somos treinta y cinco y yo soy el 31 en la lista. Por la S. La S de Santos. Estamos bien, entonces, dijo el hombre, y repiti&#243; que &#233;l se iba a ocupar.

Yo s&#233; perfectamente lo que es ocuparse de alguien en este caso. El hombre va a ir donde los curas y uno de los curas hablar&#225; con el cardenal y el cardenal hablar&#225; con el ministro del Interior y el ministro del Interior le va a decir al cardenal no se preocupe que yo me preocupar&#233;. Seg&#250;n el plan Baroco yo no tengo que hacer nada porque, si me voy a meter a la polic&#237;a, me pueden agarrar a m&#237; y ah&#237; s&#237; mi viejo se vuelve loco.

Entonces el mi&#233;rcoles me voy a la casa y veo los dos platos para el almuerzo puestos en la ma&#241;ana sobre la mesa con el mantel de cuadros azules y blancos. Al lado del vaso de pap&#225; hay una botella chica de vino tinto llena hasta la mitad, y junto a mi servicio est&#225; el jugo de manzanas.

Me siento a la mesa y no tengo ganas de ir a la cocina a calentar las papas rellenas que quedaron de anoche. Me quedo ah&#237; media hora sin saber qu&#233; hacer, y sin pensar en nada. Cada vez que quiero empezar a pensar tomo el tenedor y golpeo el plato vac&#237;o.

Finalmente voy al dormitorio y me tiendo en la cama a leer la revista deportiva Don Bal&#243;n. Le va mal a mi equipo favorito, la Universidad de Chile. Es que, cuando tiene un jugador bueno, lo venden para afuera, para Espa&#241;a o Italia, y el equipo se desarticula.

Hace fr&#237;o y no est&#225; enchufada la estufa el&#233;ctrica. Pap&#225; dice que gasta demasiada energ&#237;a y que el sueldo no le alcanza para mantenerla encendida todo el invierno. Me cubro con la frazada.



Cap&#237;tulo 6

&#191;Entonces?

Mi respuesta es no.

Mire que el honorario es alt&#237;simo.

Por pura curiosidad, &#191;cu&#225;nto es el honorario?

El monto lo fija usted mismo. Sin l&#237;mites.

Bettini recorri&#243; con la vista la pared detr&#225;s del escritorio. Hab&#237;a una foto en colores del dictador y ning&#250;n otro cuadro que compitiera con su presencia.

En verdad es la mejor oferta que he recibido en mi vida. Me da una rabia negra rechazarla, sobre todo cuando sigo cesante.

&#161;Una estrella como usted a&#250;n cesante!

Las empresas de publicidad tienen una lista negra de profesionales emitida por su ministerio a las cuales se recomienda no darme trabajo.

&#161;Dios m&#237;o! &#191;Y de qu&#233; vive usted, Bettini?

Mi mujer trabaja y yo me hago unos pocos pesos componiendo jingles con seud&#243;nimo.

El ministro movi&#243; largamente el cuello con una suerte de solidaria sorpresa e indignaci&#243;n. Puso un dedo sobre el labio inferior y lo golpe&#243; varias veces.

Bien, Bettini. &#191;Qu&#233; me dice?

Lo he pensado mucho. Gracias, ministro, pero no.

&#191;Por razones morales?

Por razones morales, se&#241;or.

Se puso de pie y estir&#243; los bordes de su chaqueta.

Pero su conducta ahora no tiene nada de moral. No es &#233;tico rechazar una oferta por discrepancias pol&#237;ticas con alguien. Imag&#237;nese un m&#233;dico que reh&#250;sa atender a un enfermo porque es su enemigo pol&#237;tico. &#191;Dir&#237;a que su conducta es &#233;tica?

Si el enfermo es Pinochet, francamente s&#237;, se&#241;or.

El ministro camin&#243; hacia la ventana y corri&#243; un poco la cortina. El gris&#225;ceo smog de Santiago estaba all&#237;, puntual y tenaz.

Le habl&#243; al publicista en tono cortante y d&#225;ndole la espalda.

Bettini, lamento no contar con sus servicios. Va a ser una campa&#241;a dif&#237;cil. Gracias por haber venido.

Se mantuvo en el ventanal sin darse vuelta. Pero Bettini permaneci&#243; inm&#243;vil hasta que el ministro se vio obligado a girar.

&#191;Algo m&#225;s?

S&#237;, se&#241;or. Yo vine confiadamente aqu&#237; porque usted me mand&#243; a buscar. Me gustar&#237;a mucho poder salir igual que como entr&#233;. No s&#233; si me entiende

El ministro extendi&#243; una sonrisa a la cual agreg&#243; una ruidosa carcajada-Se lo garantizo.

Gracias.

No hay por qu&#233;.

Los pasos hacia la salida sobre la muelle alfombra lo hund&#237;an y demoraban. El alivio que sinti&#243; al tomar la manilla de la puerta fue bruscamente interrumpido.

&#191;Bettini?

&#191;Se&#241;or?

Si por lo menos quiere darme un alegr&#243;n, no acepte dirigir la campa&#241;a del No.

Est&#225; bien, se&#241;or Fern&#225;ndez.

Adi&#243;s, Bettini.



Cap&#237;tulo 7

Tocan el timbre. Seg&#250;n el plan Baroco, no puede ser mi padre pues &#233;l tiene llave de la casa. Si son los polic&#237;as, entonces, o vienen a llevarme a m&#237; o quieren registrar el escritorio del pap&#225;. Me levanto de un brinco y veo lo que tiene sobre la mesa. Es un documento dirigido al ministro de Educaci&#243;n, se&#241;or Guzm&#225;n, pidiendo que nuestro liceo, donde &#233;l ense&#241;a y yo estudio, dej&#233; de estar a cargo de un oficial del ej&#233;rcito. Que la presencia de ese oficial en el colegio m&#225;s antiguo del pa&#237;s es una ofensa contra la dignidad de los maestros y contra la libertad de expresi&#243;n. El manifiesto dice arriba los abajo firmantes, pero la v&#237;nica firma que aparece es la del profesor Santos. Hago con ese documento una bola de papel y la arrojo por la ventana.

Insisten con el timbre y me pongo el abrigo. Si me van a llevar es mejor ir abrigado. Soy muy friolento. En los recreos siempre busco las paredes soleadas y me encojo de hombros como si as&#237; pudiera acumular calor. Cuando abro, la persona que est&#225; con su dedo a&#250;n presionando el timbre es Patricia Bettini. Salta sobre m&#237; y me abraza. Me dice:

Mi pobrecito amor.

Luego me pregunta si he almorzado. Le digo que me cargan las papas rellenas. Ella va hasta la cocina y prepara una omelette con aceite, huevos, queso y tomate. La divide en dos. Yo le pongo a mi porci&#243;n sal y unto en ella un trozo de marraqueta. Ella no le pone sal porque dice que engorda. Est&#225; llena de teor&#237;as para llevar una vida sana, desprecia la sal y la mantequilla, y es fan&#225;tica del teatro de Ionesco. Actu&#243; en La cantante calva haciendo la se&#241;ora Smith. Bueno, todos en La cantante calva se llaman Smith. Pero ahora, cuando salga del colegio, no va a estudiar teatro sino arquitectura.

Tenemos que encontrar a tu padre -me dice.

&#191;C&#243;mo?

Preguntando en todas partes.

Yo hice lo que ten&#237;a que hacer.

Y le cuento todo lo del silogismo Baroco. Ella escucha con atenci&#243;n y niega moviendo la cabeza.

En estos casos los que pueden hacer algo no son la gente buena, porque todos tienen miedo. Hay que tratar de que los otros hagan algo.

&#191;Los malos?

Nadie es ciento por ciento bueno ni totalmente malo.

Mi pap&#225; piensa que t&#250; no tienes principios. Y que una persona &#233;tica debe tener principios.

Tengo principios. Mi principio es que quiero a tu pap&#225; y te quiero a ti.

&#201;sos no son principios, son sentimientos.

Bueno, entonces mis principios son mis sentimientos.

Patricia Bettini no responde, saca de su cartera una cassette y la coloca en el Sony. Se trata de Billy Joel y el tema es Just the way you are. Es en ingl&#233;s, y va as&#237;:


Mira, no cambies por complacerme,

no creas que por serme tan familiar

ya no me gusta mirarte.

No te abandonar&#237;a

en tiempos dif&#237;ciles,

jam&#225;s lo har&#237;a,

me diste los a&#241;os buenos,

tomo tambi&#233;n los a&#241;os perros

porque me gustas tal cual eres.



Cap&#237;tulo 8

La esposa de Adri&#225;n Bettini no apag&#243; las luces de alarma del coche ni acept&#243; mover el auto del espacio reservado para las autoridades hasta que su marido no volviera de la cita con el ministro del Interior. Se lo dijo altiva y con excelente dicci&#243;n al capit&#225;n que se lo pidi&#243; con exagerados modales corteses y, mientras &#233;ste consultaba por celular al gabinete de Fern&#225;ndez, hizo girar el anillo nupcial en su dedo &#237;ndice hasta sentir que el metal ard&#237;a en sus yemas. Cuando el uniformado se retiraba vio venir a Adri&#225;n y puso de inmediato en marcha el motor como si se tratara de huir tras el asalto de un banco.

&#191;C&#243;mo te fue? -le pregunt&#243; al bordear la plaza Italia, mirando por el retrovisor para ver si los segu&#237;an.

Ya lo ves, estoy vivo.

&#191;Insisti&#243; en que trabajaras por el S&#237; a Pinochet?

Exactamente.

Aunque no hab&#237;a luz roja en el sem&#225;foro, Magdalena detuvo el coche ignorando los bocinazos de los autos que protestaban a sus espaldas.

&#191;Y?

Bettini sonri&#243;. Busc&#243; su registro m&#225;s grave para imitar el vozarr&#243;n de Fern&#225;ndez.

Su conducta ahora no es &#233;tica.

&#191;De d&#243;nde sac&#243; que t&#250; podr&#237;as trabajar para ellos?

Alg&#250;n computador les inform&#243; de que yo ser&#237;a el mejor publicista del pa&#237;s.

Claro que lo eres.

Pese a que hay unanimidad entre el computador y mi esposa nadie me da trabajo. &#191;Quieres que yo maneje?

Los bocinazos arreciaban y Magdalena hizo partir el coche con un brusco salto.

&#191;Qu&#233; le dijiste finalmente?

No, gracias.

&#191;De buenas maneras?

Del modo m&#225;s cordial.

&#191;Y &#233;l qu&#233; te dijo?

Bettini, por lo menos me dar&#237;a un alegr&#243;n si no acepta dirigir la campa&#241;a por el "No".Ahora fue Magdalena quien sostuvo una eterna sonrisa en sus labios.

En cuanto anunciaron por la radio que habr&#225; un plebiscito, don Patricio llam&#243; para ofrecerte dirigir la campa&#241;a del No.

&#161;Dios m&#237;o!

Tienes que aceptar. Estar&#237;a muy orgullosa si lo hicieras.

Magda, si lo acepto no le voy a dar un alegr&#243;n al ministro del Interior y t&#250; sabes lo que significa eso.

Si eres el jefe de publicidad del No, tu propia visibilidad te protege. No pueden escenificar un plebiscito democr&#225;tico y matar al jefe de la campa&#241;a de la oposici&#243;n.

Bettini se frot&#243; con fuerza los p&#225;rpados. Todo era tan contundentemente cotidiano y real y sin embargo a&#250;n ten&#237;a un resto de esperanza de que fuera un mal sue&#241;o.

Admito que es bueno tu argumento. Pero, aun as&#237;, habr&#237;a otra raz&#243;n para no aceptar.

Dime.

Pinochet ha bombardeado al pa&#237;s con publicidad durante quince a&#241;os y a m&#237; me dan s&#243;lo quince minutos en televisi&#243;n. Es como la batalla de David contra Goliat.

&#191;Adri&#225;n?

&#191;Qu&#233;?

&#191;Qui&#233;n gan&#243;?

&#191;Qui&#233;n gan&#243; qu&#233;?

La batalla de David y Goliat.

Bettini se derrumb&#243; sobre el asiento cubri&#233;ndose los o&#237;dos con ambas manos. Desde hac&#237;a un a&#241;o Magdalena hab&#237;a adquirido el h&#225;bito de frenar el coche cada vez que cre&#237;a decir algo importante. No sab&#237;a ahora qu&#233; lo ten&#237;a m&#225;s enloquecido. Si sus palabras o los bocinazos.



Cap&#237;tulo 9

Ahora es lunes. El cielo est&#225; cargado de nubes grises y negras, pero no llueve. Santiago le pesa en el cuello a la gente y todos caminan r&#225;pido y con la cabeza gacha. Casi no pude dormir anoche y ahora mientras camino a clase voy bostezando diez veces por minuto. A primera hora tenemos historia y a la segunda filosof&#237;a.

De modo que podr&#233; dormir derrumbado sobre el pupitre. Cuando llego a la puerta del colegio vuelvo a acordarme de pap&#225; y me pregunto si tendr&#225; tabaco negro y si lo dejar&#225;n fumar. Veo un pucho tirado sobre la baldosa y lo muelo con la suela del zapato.

A la hora de filosof&#237;a entramos a clases sin formarnos en el pasillo. Un par de compa&#241;eros me golpean en el hombro y me enrollo la bufanda azul en el cuello. Hace un fr&#237;o de lobos. Para evitar conversar con mi compa&#241;ero de banco, saco mi estuche y comienzo a afilar un l&#225;piz con el sacapuntas met&#225;lico.

Entonces entra el profesor de filosof&#237;a.

No es el se&#241;or Santos. Se trata de un hombre joven de cejas tupidas y nariz respingada que lleva anteojos redondos como los de John Lennon y un blazer azul lustroso. Es muy delgado y casi para demostrar que tiene sin embargo fuerza deja caer con un golpe el libro de clases sobre el pupitre. Luego lo abre, carraspea y comienza a pasar lista.

Al decir cada nombre y o&#237;r la palabra Presente, levanta la vista y hace un gesto asintiendo como si conociera a los alumnos de antes. Cuando llama Santos tambi&#233;n me pongo de pie, pero no hace el gesto de asentimiento sino que mantiene la vista fija sobre el libro de clases. Luego vuelve a mirar al 32, Tironi, al 33, V&#225;squez, al 34, Wacquez, y al 35, Zabaleta.

Toma un pedazo de tiza desde el dep&#243;sito en el pizarr&#243;n, lo tira al aire y lo recoge en la mano sin mirarlo. Ese gesto lo hace aparecer a&#250;n m&#225;s joven. Luego dice:

Me llamo Javier Valdivieso. Como el champagne Valdivieso. He visto las anotaciones del profesor Santos y s&#233; que ya pasaron los presocr&#225;ticos y Plat&#243;n. De modo que hoy comenzaremos con Arist&#243;teles. La &#233;tica de Arist&#243;teles. Anoten: Ninguna de las virtudes &#233;ticas se produce en nosotros por naturaleza ya que ninguna cosa natural se modifica por costumbre. Por ejemplo, la piedra que por naturaleza cae hacia abajo si la soltamos. Y no se podr&#237;a acostumbrar a la piedra a moverse hacia arriba: aun tir&#225;ndola diez mil veces a lo alto, las diez mil veces terminar&#237;a cayendo hacia abajo.

En cambio, las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino porque el hombre tiene aptitud natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. As&#237;, practicando la justicia nos hacemos justos, y nuestra actuaci&#243;n en los peligros y la costumbre de sentir coraje o tener miedo es lo que nos hace a unos cobardes y a otros valientes.

El mi&#233;rcoles haremos una prueba sobre Plat&#243;n y el Mito de la Caverna -dice.



Cap&#237;tulo 10

Antes de que metiera la llave en el cilindro, Magdalena le abri&#243; desde adentro la puerta. Le impuso un en&#233;rgico beso en la mejilla y le hizo un gesto con el cuello de que mirara hacia el living room.

El l&#237;der de la oposici&#243;n, don Patricio, le estaba sonriendo con esa mueca que parec&#237;a cortada con la misma tijera de Jack Nicholson.

&#191;Caf&#233;, senador?

Gracias.

&#191;Az&#250;car, senador?

Est&#225; bien as&#237;. Y no me llame senador, se lo ruego. Desde que estas bestias cerraron el Parlamento s&#243;lo me queda la nostalgia de ese t&#237;tulo.

&#191;Y qu&#233; lo trae por ac&#225;, don Patricio?

Algo grande, que puede llegar a ser grandioso.

Cu&#233;nteme.

Pinochet est&#225; a punto de autorizar que para el plebiscito del 5 de octubre la oposici&#243;n pueda hacer quince minutos de campa&#241;a para votar contra &#233;l en la televisi&#243;n.

Verdaderamente incre&#237;ble.

La elecci&#243;n es dentro de treinta d&#237;as y nuestra emisi&#243;n debe comenzar la pr&#243;xima semana.

No hay tiempo para nada.

Bettini se palp&#243; el bolsillo de la camisa y estuvo a punto de sacar un cigarrillo pero de pronto le pareci&#243; ofensivo fumar ante tan gran personaje. Mantuvo el paquete entre las manos, acariciando la cubierta de celof&#225;n.

Esa es la estrategia del dictador. Golpear r&#225;pido, as&#237; el enemigo no alcanza a reaccionar.

Para darle trascendencia a sus palabras, se puso de pie.

Amigo Bettini, en nombre de los diecis&#233;is partidos concertados para votar contra Pinochet, le vengo a proponer que sea el jefe de la campa&#241;a del No.

Adri&#225;n Bettini tambi&#233;n se puso de pie y le hizo un gesto amable a su hija y esposa para que abandonaran el living. Ley&#243; en los labios de Magdalena lo que dec&#237;a bajo su sonrisa: An&#237;mate.Una vez a solas con don Patricio, le espet&#243; sin diplomacia:

&#191;Cu&#225;nto es el honorario?

El honorario es ad hon&#243;rem.

&#191;Qu&#233; dicen las encuestas?

Las nuestras, que podr&#237;a ganar el No.

&#191;Las de ellos?

Que gana el S&#237;.

&#191;Y usted qu&#233; cree?

No s&#233;. Pero le puedo asegurar que nuestras encuestas no est&#225;n maquilladas para autocomplacernos. En Chile hay descontento e ira contra Pinochet y ese descontento es mayoritario. Pero el problema es que este plebiscito lo decidir&#225;n los que hoy est&#225;n indecisos.

&#191;Hay indecisos en Chile despu&#233;s de quince a&#241;os de terrorismo?

Pinochet tiene a medio mundo convencido de que, si pierde, Chile se ir&#225; al carajo. Tiene arrastre entre las personas que no tienen un buen recuerdo del derrocado gobierno socialista.

Usted fue enemigo de ese r&#233;gimen socialista, y fue uno de los democratacristianos que promovieron el desorden que alent&#243; al golpe militar.

No es hora de reproches. Ahora usted y yo estamos en el mismo equipo: &#161;contra Pinochet!

Bettini se dej&#243; caer en el sof&#225; y se mantuvo mirando sombr&#237;o el caf&#233;, que a&#250;n no hab&#237;a probado. A su vez, don Patricio se sent&#243; comedidamente y torci&#243; el cuello, estudi&#225;ndolo con un gesto expectante.

Me alegra o&#237;rlo. Pero ah&#237; veo el gran problema por el cual no puedo aceptar hacerme cargo de la publicidad del No.

Expl&#237;quese.

Porque el frente que apoya al No est&#225; compuesto por &#161;diecis&#233;is partidos! Es un conglomerado tan amplio que no se puede pensar que tenga identidad. Y la publicidad necesita definir con claridad un producto. El &#233;xito no se logra con vaguedades. Son tantos los partidos detr&#225;s del No que ni siquiera yo los conozco. &#191;Y usted?

Son diecis&#233;is, m&#225;s los comunistas, que apoyan pero no est&#225;n en el bloque.

A ver, enum&#233;relos.

Bueno, estamos nosotros, democratacristianos, los socialistas, los socialdem&#243;cratas, los liberales, los &#191;No podr&#237;a ahora decir etc&#233;tera?

&#191;Y usted quiere que de esa masa abigarrada de tendencias tan diferentes yo saque un concepto publicitario claro?

Si no supi&#233;ramos que es el mejor, no habr&#237;amos acudido a usted.

El publicista se levant&#243; v&#237;ctima de una s&#250;bita comez&#243;n que lo hizo rascarse el cuello. Corri&#243; la cortina y mir&#243; la cumbre nevada de la cordillera de los Andes.

&#161;Qu&#233; curioso pa&#237;s que es Chile! A pesar de que soy el mejor publicista, estoy cesante en un pa&#237;s en que todo es publicidad. Por buen publicista, me amenazan, me meten preso, me torturan, me tiran de vuelta a la calle marcado a fuego. Cuando me ofrecen un trabajo que no puedo aceptar, es el mejor sueldo del mundo. Cuando me ofrecen una campa&#241;a que deber&#237;a aceptar, el sueldo es ad hon&#243;rem.

El senador avanz&#243; hasta la ventana y puso sobre su hombro una mano fraternal.

Su cuadro privado calza muy bien con el cuadro p&#250;blico. Una feroz dictadura que agarr&#243; el poder a ca&#241;onazos, bombardeos a&#233;reos, torturas, prisi&#243;n, terror, exilio, decide perpetuarse en el poder no por las armas, sino con el gesto versallesco de someter la continuidad del r&#233;gimen a un plebiscito. Y como coronaci&#243;n de la iron&#237;a nos ofrece a los opositores quince minutos en la televisi&#243;n por primera vez en quince a&#241;os de censura total para que convenzamos al pueblo de que vote contra el dictador.

Se van a legitimar internacionalmente como una democracia.

Y la &#250;nica manera de evitar eso es que les salga el tiro por la culata. Es decir, se&#241;or Bettini, que usted haga que gane el No. &#191;Qu&#233; me dice?

El publicista cerr&#243; los ojos y se frot&#243; fuertemente los p&#225;rpados como si quisiera borrar una pesadilla.

Querido senador, no tengo ning&#250;n optimismo de que gane el No. No creo que este pa&#237;s envenenado ideol&#243;gicamente y aterrorizado se atreva a votar contra el S&#237;, y no tengo ni la m&#225;s m&#237;nima idea en mi cabeza de cu&#225;l podr&#237;a ser el lema de la campa&#241;a.

Don Patricio le palmoteo afectuosamente una vez m&#225;s y, levantando sus pobladas cejas, sonri&#243;.

Me parece un valioso capital para comenzar. &#191;Acepta?

Por encima del hombro de don Patricio, Bettini vio estupefacto que su esposa levantaba el dedo pulgar aprobatorio asom&#225;ndolo por la puerta entreabierta.

Senador, he aqu&#237; la traducci&#243;n chilena para la palabra japonesa haraquiri: &#161;s&#237;!

El pol&#237;tico lo abraz&#243; y calz&#225;ndose el sombrero sali&#243; corriendo de la casa acaso temiendo que Bettini se arrepintiera.

Desde la ventana el publicista lo vio subir al coche, y tambi&#233;n pudo observar c&#243;mo, una vez que hubo arrancado, un auto part&#237;a detr&#225;s de &#233;l.

Decidi&#243; no alarmarse. Mientras no apareciera p&#250;blicamente con su campa&#241;a, no le dar&#237;a un disgusto al ministro del Interior. En cuanto a la seguridad de don Patricio, al menos hasta el plebiscito deber&#237;a estar a salvo. Si Pinochet se quer&#237;a ahora legitimar como un dem&#243;crata, no pod&#237;a mandar matar al jefe de la oposici&#243;n. Buen argumento el de Magdalena. Pero para un pa&#237;s racional, no uno donde impera la arbitrariedad.

Ahora s&#237; se permiti&#243; encender un cigarrillo y exhal&#243; la primera bocanada sentado frente al piano. No se le ocurri&#243; una canci&#243;n para promover el No, pero no pudo evitar que sus dedos golpearan las teclas en un ir&#243;nico ritmo circense. Improvis&#243;, como el buen Garrick riendo para no llorar, unas rimas:


Soy el Superman de la publicidad.

Un d&#237;a estoy aqu&#237;, otro d&#237;a estoy all&#225;.

Por las noches vendo c&#225;rcel, por la ma&#241;ana libertad.

Hoy me muero de risa, ma&#241;ana me matar&#225;n.


Soy el Superman de la publicidad.

Me dan palos porque no llueve

y palos si hago llover de verdad.

Todos me golpean aunque digan que me quieren.


Magdalena entr&#243; al estudio y se apoy&#243; en la cola del piano.

&#191;Y?

Adri&#225;n se limpi&#243; la ceniza que le hab&#237;a ca&#237;do sobre la solapa y, aspirando profundamente el cigarrillo, cerr&#243; la tapa negra.

David y Goliat -dijo.



Cap&#237;tulo 11

A la salida del colegio me quedo en la esquina sin ganas de volver a casa. Si pap&#225; no est&#225; soy muy poco virtuoso. No lavo los platos de la cena y la vajilla sucia se acumula en la cocina.

Repaso en la memoria el n&#250;mero de tel&#233;fono del hombre que hablar&#237;a con el cura. Quiz&#225; ya tendr&#237;a informaci&#243;n. Pero no deb&#237;a llamarlo desde la casa. Me quedo esperando que se desocupara el tel&#233;fono p&#250;blico frente al paradero del bus. Froto la moneda de cien pesos en la palma de la mano hasta que el metal se calienta.

En eso estoy cuando se me acerca el profesor Valdivieso.

&#191;Un caf&#233;, Santos?

&#191;Para qu&#233;?

Para el fr&#237;o, digo.

Caminamos hasta la confiter&#237;a Indian&#225;polis y nos apoyamos en el mes&#243;n mirando las nalgas de la dependienta envuelta en una minifalda dos tallas m&#225;s chica que la que le corresponde. Cuando traen el caf&#233; humeante, el profesor pone las manos en la taza para entibiarlas, y yo le echo az&#250;car en una cantidad que causar&#237;a el reproche de Patricia Bettini.

Santos -dice entonces-, &#233;sta no es una situaci&#243;n c&#243;moda para m&#237;. No es mi culpa que me haya tocado justo usted en el curso donde su pap&#225; hac&#237;a clases.

Tampoco es culpa de mi pap&#225;.

Acept&#233; el puesto no por complicar la vida de su padre, sino porque la vida debe seguir adelante. Nuestros ni&#241;os tienen que tener educaci&#243;n, pase lo que pase.

Una educaci&#243;n &#233;tica -digo.

A m&#237; no me interesa qu&#233; ideas pol&#237;ticas haya tenido su padre.

Bueno, nada muy especial. Su idea fundamental es luchar contra Pinochet.

&#191;Ve usted? No puede ser que su padre mezcle una situaci&#243;n pol&#237;tica como la que vive el pa&#237;s con la filosof&#237;a de Plat&#243;n, que vivi&#243; m&#225;s de dos mil a&#241;os antes.

No s&#233; de qu&#233; me est&#225; hablando, profesor Valdivieso.

Toma un sorbo de caf&#233; y la espuma de leche le ensucia el bozo y se limpia con la manga. Veo que el tel&#233;fono p&#250;blico del local acaba de desocuparse y aprieto la moneda dentro del bolsillo.

El saca de su chaqueta un papel doblado y lo estira sobre el metal del mes&#243;n. Es un texto manuscrito. Lo lee en voz alta, pero acerc&#225;ndose a m&#237; en tono confidencial:

As&#237; se puede decir que los chilenos en la dictadura de Pinochet somos como los prisioneros de la caverna de Plat&#243;n. Mirando s&#243;lo sombras de la realidad, enga&#241;ados por una televisi&#243;n envilecida, mientras que los hombres luminosos son encerrados en calabozos oscuros.

&#191;De d&#243;nde sac&#243; eso, maestro?

Son los apuntes de clase de uno de sus compa&#241;eros de curso, Santos. El joven se lo entreg&#243; al rector.

Doy con tanta fuerza vueltas la cucharilla dentro del caf&#233; que el l&#237;quido se desborda sobre el plato. Detr&#225;s de la cajera hay un peque&#241;o estante con cigarrillos de todas las marcas. Ah&#237; est&#225; tambi&#233;n el tabaco negro que fuma mi padre.

Si s&#243;lo supiera d&#243;nde est&#225; le llevar&#237;a una cajetilla.

Espero, Santos, que no me guarde rencor por haber ocupado el puesto de su padre.

No, de ning&#250;n modo, se&#241;or Valdivieso.

Usted sabe que &#233;ste es el mejor colegio de Chile y que para un profesor joven entrar en &#233;l es un motivo de orgullo y un hito en su carrera profesional.

No se preocupe.

Es que hubiera preferido haber entrado en otras condiciones. Por ejemplo, ganando un concurso de oposiciones y no haber sido designado por el dedo del se&#241;or rector.

Me llevo el pocillo a la boca y soplo el l&#237;quido. Est&#225; demasiado caliente a&#250;n. Lo pongo sobre el mes&#243;n y devuelvo a la taza el caf&#233; que se ha derramado sobre el platillo.

Si usted no hubiera aceptado -digo-, cualquier otro habr&#237;a tomado el trabajo.

Ah&#237; est&#225; el problema, Santos. Antes que a m&#237; les ofrecieron el puesto al profesor Hughes y a la licenciada Ram&#237;rez. &#191;Por qu&#233; sonr&#237;e, joven?

Muy buena su clase de Arist&#243;teles, profesor Valdivieso. Mi padre es un gran hincha de la &#201;tica a Nic&#243;maco. Por eso me dice Nico. Nic&#243;maco hubiera sido como mucho.

El hombre se saca los espejuelos John Lennon y se frota los p&#225;rpados.

Por cierto -dice-, ver&#233; de compensar de alguna manera el da&#241;o que le hago.

No, maestro. Le ruego que no se preocupe. Yo estoy bien. Estoy la raja.

Pero cuando llamo finalmente por tel&#233;fono no quedo bien, ni la raja.

Los curas no saben en qu&#233; calabozo han metido al profesor Santos.



Cap&#237;tulo 12

En la tarde, Adri&#225;n Bettini fue a dar al centro de Santiago. En esa mescolanza que fund&#237;a a empleados de banco, personal de tiendas, ejecutivos bancarios, secretarias sobremaquilladas, minifaldas cortas que provocaban en los hombres miradas largas, cre&#237;a sentir la verdad de una comunidad destruida por la violencia.

Del centro, cada vino volv&#237;a a su barrio, rico, de clase media, o a una poblaci&#243;n de construcciones precarias. En el contacto f&#237;sico que les daba el centro se disolv&#237;a ese pa&#237;s tajantemente dividido. No habr&#237;a otra entretenci&#243;n para todos ellos en la noche que ver televisi&#243;n. All&#237;, si el dictador no cambiaba de juicio, en poco tiempo deber&#237;a aparecer su programa de quince minutos convocando a esa masa derrotada, envuelta en abrigos gastados y chalinas hilachudas, para que votaran contra Pinochet. El silencio con que beb&#237;an sus caf&#233;s express en el Hait&#237; y la mirada perdida con que resbalaban por las caderas de las mozas eran un buen indicio de apat&#237;a.

En la portada del diario de La Segunda destacaba el titular: Plebiscito el 5 de octubre. Debajo de las letras verdes con el logo del diario saltaban las letras rojas. Pero nadie compraba el peri&#243;dico. S&#243;lo &#233;l, que se detuvo en un subt&#237;tulo marcado con negritas: Autorizada campa&#241;a del "No" en TV.Antes sol&#237;a encontrar amigos del campo publicitario en ese caf&#233;. O periodistas. Ahora la mayor&#237;a hab&#237;a abandonado el pa&#237;s y los amenos contertulios de otro tiempo discut&#237;an s&#243;lo asuntos de f&#250;tbol o los vaivenes del tipo de cambio. Estos ser&#237;an algunos de los destinatarios de su campa&#241;a. M&#225;s que inescrutables, sus rostros parec&#237;an tallados en la anonimia. No era miedo, sino la simple vida cotidiana exhausta de esperanzas. Se tomaban el caf&#233; en un ritual lento s&#243;lo para demorar la vuelta a la oficina, donde enfrentar&#237;an las pantallas de los ordenadores con cifras y productos ajenos. Eso. Eran ajenos. Ya no les concern&#237;a su propia vida.

Volvi&#243; a casa muy tarde y sobre la mesa del escritorio estaba el mensaje de Magdalena: Calienta el guiso en el microondas, una botella de vino tinto sin abrir y una marraqueta algo dura. Se sirvi&#243; un vaso de vino y sin golpear entr&#243; a la pieza de Patricia.

En la penumbra percibi&#243; a su hija durmiendo con un brazo rodeando la almohada. Encendi&#243; la tenue luz del velador y estuvo un minuto contempl&#225;ndola. &#191;Qui&#233;n le podr&#237;a ense&#241;ar c&#243;mo hacerla feliz? Lament&#243; los a&#241;os tan arduos en que tratando de sobrevivir sin trabajo hab&#237;a tenido que aceptar labores ocasionales que no le permit&#237;an darle ni tiempo ni dinero a su peque&#241;a. Apenas con trabajosos cr&#233;ditos pagaba las mensualidades de la Scuola Italiana.

Le habl&#243; con voz suave:

Patricia, despierta.

La muchacha se sent&#243; abruptamente en el lecho.

&#191;Pasa algo, pap&#225;?

Perdona, hija. Pero tengo que preguntarte algo importante.

Dime.

&#191;Qu&#233; vas a votar en el plebiscito?

&#191;Y para esta tonter&#237;a me despierta, pap&#225;?

Por favor, cont&#233;stame. &#191;Qu&#233; vas a votar en el plebiscito?

&#161;No!

&#161;Qu&#233; alivio! Al menos una persona que va a votar No.

No me has comprendido, pap&#225;. No es que vaya a votar No. Lo que pasa es que no voy a votar.

Bettini trag&#243; saliva. Dese&#243; tener a mano un vaso de agua.

&#191;Por qu&#233; no?

Eso ya lo hemos discutido mil veces en el colegio. Ahora quiero dormir.

Es muy importante que me lo digas ahora.

&#191;Por qu&#233;?

Porque acabo de aceptar hacer la campa&#241;a de publicidad del No.

&#161;Est&#225;s loco, pap&#225;!

En eso estamos de acuerdo. Ahora dime por qu&#233; no vas a votar. Necesito profesionalmente esa informaci&#243;n.

Porque Pinochet va a cometerfraude. Ning&#250;n dictador organiza un plebiscito para perderlo. Porque los pol&#237;ticos que est&#225;n detr&#225;s del No son una bolsa de gatos sin un concepto claro de c&#243;mo conducir el pa&#237;s en caso de que ganaran. Porque estoy convencida de que este pa&#237;s no tiene salida. No creo que poniendo papelitos en una urna se derroque a un dictador que tom&#243; el poder disparando balas.

&#191;Qu&#233; piensan los otros estudiantes?

Los de los cursos inferiores que a&#250;n no cumplen dieciocho no votan. En mi curso, lo mismo que yo.

&#191;Todos piensan lo mismo?

No. Hay los loquitos de siempre que piensan que tiene sentido votar No.

Como yo.

Como t&#250;, pap&#225;.

&#191;Qu&#233; vas a hacer, entonces?

&#191;C&#243;mo que qu&#233; voy a hacer? &#191;Qu&#233; voy a hacer para qu&#233;?

Para que termine la dictadura. Para acabar con Pinochet.

Nada.

&#161;Patricia!

&#191;Por qu&#233; se escandaliza, pap&#225;? En vez de perder el tiempo haciendo politiquer&#237;a, voy a sacarme buenas notas, postular&#233; a una beca, y me voy a ir lo m&#225;s lejos posible de este pa&#237;s. Que se queden con &#233;l Pinochet y sus lameculos.

Bettini acerc&#243; su rostro a la luz del velador y Patricia pudo ver su expresi&#243;n at&#243;nita.

&#191;De modo que no tienes &#225;nimo para luchar?

&#191;Por qu&#233;? &#191;Para qu&#233;, pap&#225;? Toma tu mismo caso. Est&#225;s sin trabajo desde hace a&#241;os. Todo el mundo habla maravillas de ti, pero como se habla maravillas de alguien que ya est&#225; muerto. &#161;De Napole&#243;n, por ejemplo! Los tiempos cambiaron, pap&#225;. Hay nuevas reglas del juego. Tu actitud moralista me parece muy simp&#225;tica pero la encuentro totalmente ingenua.

La chica alz&#243; una mano y acarici&#243; un p&#243;mulo del hombre.

Comprendo.

&#191;Te hiero con lo que digo, pap&#225;?

No, no.

Bettini se despeg&#243; lento del borde de la cama.

El techo parec&#237;a haberle ca&#237;do sobre los hombros.

No se vaya triste, pap&#225;. Yo a usted lo quiero.

Lo s&#233;, mi amor.

Y a las personas que uno quiere hay que decirles la verdad.

Estoy de acuerdo.

En el momento en que Bettini se aprestaba para abrir la puerta y salir, la muchacha salt&#243; de la cama y lo abraz&#243; muy estrecho.

&#191;Pap&#225;?

&#191;Patricia?

Si t&#250; diriges la campa&#241;a del No, entonces voy a votar No.



Cap&#237;tulo 13

Patricia Bettini es medio hippy pero no quiere acostarse conmigo antes que terminemos la secundaria. Ella ve el fin del colegio como una liberaci&#243;n. Se imagina todas las cosas buenas de la vida juntas: la universidad, el sexo y, por supuesto, el fin de Pinochet.

Es como cuando los cat&#243;licos hacen una manda. Se le ha puesto en la cabeza que, si se aguanta estos seis meses, tendr&#225; un gran puntaje en la prueba de aptitud, entrar&#225; a Arquitectura y Pinochet ser&#225; derrocado.

El martes quedamos de vernos y no apareci&#243;. En la tarde del mismo d&#237;a llamo por tel&#233;fono y la voz me dice: Lo siento, muchacho, no tenemos noticias de tu padre. El mi&#233;rcoles a primera hora, igual que la semana pasada, hay llovizna. Por la Alameda pasan los buses hacia el Barrio Alto, donde van los obreros, las empleadas dom&#233;sticas, los jardineros, a trabajar en las casas de los ricos. Los tubos de escape levantan el humo de la combusti&#243;n hacia arriba y se mezclan con el gris del aire estancado.

Nadie parece estar haciendo algo para cambiar las cosas. Igual que yo, est&#225;n paralizados.

En verdad, obedezco a pap&#225;. El es profesor de filosof&#237;a y, si &#233;l ha dicho que estamos en el silogismo Baroco, le creo. Tengo un breve sue&#241;o mientras miro la acera en la puerta del colegio a ver si encuentro un pucho encendido que apagar. Sue&#241;o despierto que entro a la sala, que llego levemente atrasado, que el profesor Santos est&#225; pasando lista, y que cuando pronuncia mi apellido le digo Presente.

Estoy un poco tarde pero alcanzo a recibir la hoja con las preguntas que reparte el profesor Valdivieso. Quiere que le expliquemos partiendo del Mito de la Caverna de Plat&#243;n c&#243;mo se asciende desde el mundo de las sombras hasta la claridad de las ideas.

Mis compa&#241;eros trabajan en silencio y llenan r&#225;pidamente la primera p&#225;gina.

Oigo cada vez el chasquido del papel cuando dan vuelta la hoja del examen para escribir por el reverso. Conozco el Mito de la Caverna al rev&#233;s y al derecho y con pap&#225; hemos le&#237;do a veces los di&#225;logos de Plat&#243;n, donde &#233;l hace de S&#243;crates y yo de su interlocutor, pero en vez de contestar me quedo pensando en Patricia Bettini, en el impermeable de pap&#225; que recogi&#243; de la silla el d&#237;a que se lo llevaron, y en la letra de la canci&#243;n de Billy Joel, Just the way you are.

Cuando faltan cinco minutos para que termine la hora, creo que he logrado recordar completa la primera estrofa de la canci&#243;n de Billy Joel y la escribo en espa&#241;ol sobre la hoja de examen mientras la voy cantando en ingl&#233;s:


Mira, no cambies

por complacerme,

no creas que por serme tan familiar

ya no me gusta mirarte.

No te abandonar&#237;a

en tiempos dif&#237;ciles,

jam&#225;s lo har&#237;a,

me diste los a&#241;os buenos,

tomo tambi&#233;n los a&#241;os perros

porque me gustas tal cual como eres.


No contesto absolutamente nada del Mito de la Caverna.

&#191;Qu&#233; tal, Santos? -me pregunta Valdivieso cuando le entrego la prueba.

Aqu&#237; estamos -digo, y salgo al patio entre los otros compa&#241;eros.



Cap&#237;tulo 14

Bettini abandon&#243; el local decidido a presentarle la renuncia a Olwyn. Por todas partes la suma de factores le daba el mismo producto: des&#225;nimo en la poblaci&#243;n, h&#225;bito a la dictadura, desesperanza confundida con tedio, actos heroicos y aislados de la resistencia pulverizados por el r&#233;gimen, ninguna idea luminosa para iniciar la campa&#241;a y la voz del doctor Fern&#225;ndez sonando en su cabeza como un campanazo agrio: Si quiere darme un alegr&#243;n, no acepte dirigir la publicidad del "No".Al entrar al gabinete de Olwyn decidi&#243; evitar la formalidad de un saludo para no arrepentirse.

No se me ocurre nada -fue lo &#250;nico que dijo.

&#191;C&#243;mo as&#237;, hombre?

&#201;ste es un pa&#237;s arrasado an&#237;micamente por Pinochet. La gente est&#225; resignada. Renuncio.

Tiene que crear una campa&#241;a que les d&#233; &#225;nimo.

&#161;&#193;nimo! Todo lo ven de color gris.

Dise&#241;e una estrategia que les haga ver el futuro le otro color. Ahora no puedo perder el tiempo con usted. Yo tengo que sudar la gota gorda para mantener cohesionados a los diecis&#233;is partidos que nos apoyan, conseguir que no se desmigaje el queque, y usted me viene con desmayitos metaf&#237;sicos.

Bettini se dej&#243; caer abatido en el viejo sof&#225; de cuero.

Me siento tan solo, se&#241;or.

Pero &#191;por qu&#233;? &#161;El pueblo chileno y diecis&#233;is partidos de oposici&#243;n est&#225;n a su lado!

Preferir&#237;a que el partido de oposici&#243;n fuera uno solo con una clara identidad y no esta bolsa de gatos de los diecis&#233;is.

Olwyn peg&#243; un pu&#241;etazo en la mesa. Parec&#237;a haber perdido su paciencia.

&#161;Bolsa de gatos! &#191;De d&#243;nde sac&#243; esa expresi&#243;n, Bettini?

De mi hija, se&#241;or. De mi hija.

&#191;De su propia hija?

De mi propia hija, se&#241;or.

A m&#225;s tardar el s&#225;bado necesito el s&#237;mbolo del No, la canci&#243;n del No, el afiche del No.

S&#237;, se&#241;or.

&#191;Qu&#233; va a hacer ahora?

Tomarme un whiskey.

&#161;Pero si usted es un genio! &#191;No se le ha ocurrido nada de nada?

Tonter&#237;as blandengues. Cosas del tipo Democracia o Pinochet.

Es para ponerse a bostezar.

En cambio se me ocurre una muy buena para la campa&#241;a a favor de Pinochet: Yo o el caos. Tiene toda la precisi&#243;n que nosotros no logramos. Adem&#225;s la gente no quiere libertad. Quiere consumir. Miran embobados las propagandas comerciales y se endeudan para comprar todo. Pinochet les dice que si &#233;l pierde, los estantes estar&#225;n vac&#237;os.

Olwyn le clav&#243; la vista mientras se frotaba las manos como un sacerdote.

&#191;Se sentir&#237;a m&#225;s c&#243;modo trabajando para el S&#237;?



Cap&#237;tulo 15

En el estudio de la productora de cine Filmo Centro se convocaron los voluntarios que quer&#237;an dar su testimonio de c&#243;mo estaban sufriendo la dictadura: madres con hijos desaparecidos, mujeres violadas, adolescentes torturados, obreros con ri&#241;ones molidos a golpes, ancianos sordos, cesantes sin hogar, estudiantes expulsados de la universidad, pianistas con las mu&#241;ecas fracturadas, pezones mordidos por perros, oficinistas con la mirada perdida, ni&#241;os con hambre. Una mujer de cincuenta a&#241;os se le acerc&#243; a Bettini acompa&#241;ada de un guitarrista.

Quiero que presente en su programa mi cueca.

Una cueca est&#225; bien -dijo el publicista-. Es algo alegre.

Este joven es mi hijo, Daniel. Es guitarrista.

Hola, Daniel.

Es una cueca dedicada a mi marido. Detenido desaparecido.

&#191;Con qui&#233;n la va a bailar?

Con &#233;l, caballero. Con mi marido.

Del pecho extrajo un pa&#241;uelo blanco y lo agit&#243; finamente entre el &#237;ndice y el pulgar de la mano derecha. El muchacho hizo los rasguidos introductorios y con voz aguda introdujo el primer verso: Mi vida en un tiempo, yo fui dichosaEl hecho de que la mujer reaccionara a los pasos de baile de su desaparecido con una dignidad sin &#233;nfasis hac&#237;a su danza tanto m&#225;s demoledora. Bettini se excus&#243; con un gesto vago y fue hasta el ba&#241;o.

Ech&#243; a correr el agua sobre su nuca sin importarle chorrearse la camisa. Y se frot&#243; el rostro bajo el chorro como si quisiera pulverizar su palidez.

As&#237;, de esa manera, tambi&#233;n sus l&#225;grimas se disolvieron en el lavatorio.



Cap&#237;tulo 16

Despu&#233;s del primer whiskey hubo un segundo y suaviz&#243; el tercero agreg&#225;ndole cubos de hielo hasta que el vaso se rebals&#243;. Entre sorbos, distrajo los dedos sobre las teclas del piano en arpegios que m&#225;s bien dispersaron su imaginaci&#243;n antes que concentrarla. Sent&#237;a tal aversi&#243;n hacia la apat&#237;a pol&#237;tica de los chilenos que se pregunt&#243; si el suicidio del presidente Allende hab&#237;a tenido sentido en un pa&#237;s tan pusil&#225;nime. &#191;Qu&#233; quedaba de ese nervio de los a&#241;os setenta? Toneladas de escepticismo, lastre gris que imped&#237;a volar.

En la televisi&#243;n no hab&#237;a sino programas de concursos, estelares de musas revenidas, boleros de afeminadas lentejuelas, noticias con voces engoladas sobre el nuevo asfalto en una calle de &#209;u&#241;oa.

Y publicidad.

V&#233;rtigo de propaganda, departamentos, brassi&#232;res, jeans, l&#225;pices labiales, leche achocolatada, perfumes, cr&#233;ditos bancarios, colchones, supermercados, anteojos, vinos en cajas de cart&#243;n, pasajes a Canc&#250;n, universidades privadas. Los spots publicitarios eran tanto mejores que las telenovelas y los cantantes de moda.

No le extra&#241;aba: todos sus amigos cineastas, hoy cesantes, hac&#237;an cameos con un nombre falso en las empresas de publicidad. La gente estaba acostumbrada a este lenguaje. Es lo que convendr&#237;a para su producto No. Presentarlo apetecible como un helado de fresa, como un champagne franc&#233;s, como una vacaci&#243;n en Punta del Este, como un traje de Falabella, como un crujiente pollo a la spiedo.

Se lo dijo a Magdalena cuando se sentaron a cenar. Mientras lo o&#237;a, la mujer arranc&#243; migas de la marraqueta y comenz&#243; a hacer pelotitas con ellas. Hasta que no contuvo m&#225;s el silencio y limpiando de un palmotazo el mantel enfrent&#243; a su marido.

El No a la dictadura no es un producto. Es una profunda decisi&#243;n moral y pol&#237;tica. Tienes que convencer a la gente que es su dignidad la que est&#225; en juego. T&#250; siempre mantuviste tu &#233;tica. No te prostituyas ahora.

Bettini tambi&#233;n elev&#243; la voz.

S&#233; que el No no es un producto. Pero para convencer a la gente, Pinochet ha hecho publicidad en la televisi&#243;n durante quince a&#241;os. A m&#237; s&#243;lo me dan quince minutos para seducir a los indecisos a que voten contra &#233;l. Tengo que excitar a los chilenos a que compren algo que hoy no hay en el mercado.

&#191;Qu&#233;?

&#161;Alegr&#237;a! Partamos por un dibujo, una simple idea que sea el afiche de la campa&#241;a.

Despleg&#243; la cartulina blanca sobre el mantel y sujet&#243; con cuchillos sus bordes.

Vamos por parte -propuso la mujer-. Esa simple idea, &#191;qu&#233; debe expresar?

Debe ser un dibujo que de un solo golpe visual nos diga que hay diecis&#233;is partidos que difieren esencialmente entre ellos pero que se han unido para triunfar.

Magdalena marc&#243; en la cartulina un trazo con el plum&#243;n negro.

Una mano. &#191;Qu&#233; te parece? Son cinco dedos, pero una sola mano. Da la idea de unidad y diversidad.

Hum. A esa mano le faltan dedos.

La mujer trabaj&#243; sobre la imagen inicial.

Entonces dos manos que se estrechan. &#161;Diez dedos!

Todos los dedos son del mismo color.

Magdalena derram&#243; tinta china sobre el cart&#243;n.

Una mano blanca y una mano negra.

&#191;Qui&#233;n la va a mirar? Este es el &#250;nico pa&#237;s de Am&#233;rica Latina donde no hay negros.

Mira esto: una mano que aprieta una acuarela.

No est&#225; mal. Pero una mano que aprieta es un pu&#241;o. Un pu&#241;o les puede gustar a los socialistas y a los comunistas pero no a los democratacristianos y a los liberales.

Olvid&#233;monos de las manos. &#191;Qu&#233; texto va con la imagen?

No.

&#191;Nada m&#225;s?

El No es m&#225;s fuerte solo que mal acompa&#241;ado. Todos tienen que tener una raz&#243;n para votar No y el afiche tiene que ser lo bastante amplio.

Le falta contenido, Adri&#225;n. No m&#225;s tortura, No m&#225;s miseria, No m&#225;s desaparecidos, No m&#225;s exilio.

Nooooo me cantes el mismo tango triste que hemos bailado todos estos a&#241;os. Lo nuevo tiene que ser la alegr&#237;a. La promesa de algo distinto.

Fr&#237;volo y banal.

Mi clav&#237;cula quebrada te agradece esos elogios.

No tienes principios.

Pero tengo finales. Y mi final es que debo hacer que gane el No, y con tu ayuda pat&#233;tica, militante y melanc&#243;lica no voy a llegar muy lejos.

Pero &#191;qu&#233; es lo que te falta?

Alegr&#237;a. Luz al final del t&#250;nel.

&#191;C&#243;mo hacer de una palabra negativa algo positivo? Los del S&#237; la tienen f&#225;cil. &#161;S&#237; a la vida!, &#161;S&#237; a Chile!.

Necesito una pausa. Necesito una tregua. Necesito un milagro.

El timbre son&#243; cantarino como una campanilla de trineo navide&#241;o. Ambos se dieron vuelta al mismo tiempo hacia el reloj sobre la muralla, y luego se quedaron mirando con la pregunta colg&#225;ndoles de las mand&#237;bulas.

Cuando la campana volvi&#243; a sonar, Magdalena se ech&#243; el pelo atr&#225;s, lo at&#243; con un el&#225;stico y fue hacia la puerta.

Yo abro -dijo.



Cap&#237;tulo 17

Los chicos del movimiento Pro FESES, que quieren unir a los estudiantes secundarios de todo Santiago, piensan que el hecho de que pap&#225; est&#233; desaparecido es un excelente pretexto para tomarse el colegio y me citan a una reuni&#243;n en la biblioteca.

Yo sigo las instrucciones del viejo y les digo que no me meto en pol&#237;tica. Seg&#250;n Patricia Bettini esto no es meterse en pol&#237;tica porque se trata del pap&#225; de uno, del profesor de uno.

Pero no el tuyo, le digo envolvi&#233;ndome en la bufanda.

Aunque en seguida me arrepiento porque a su pap&#225; hace algunos a&#241;os lo agarraron y le quebraron la clav&#237;cula.

Los principios del movimiento secundario me los s&#233; de memoria: desestabilizar a la dictadura provocando des&#243;rdenes para crear la sensaci&#243;n de que el pa&#237;s es ingobernable, y unir a todos los que est&#225;n contra Pinochet tengan o no partidos pol&#237;ticos, aunque s&#243;lo quieran l&#237;os, just for the fun of it.

Aqu&#237; a todos nos ha dado por decir algunas frases en ingl&#233;s. Las aprendemos en las canciones, o con nuestro maestro Rafael Paredes, que el pr&#243;ximo mes parte a Portugal porque lo han contratado para hacer una pel&#237;cula. Mi viejo piensa que es un momento muy oportuno para que se vaya a Portugal, a Grecia o a cualquier parte, porque sabe con certeza que la polic&#237;a anda detr&#225;s de &#233;l y de toda su familia.

Mi viejo y el profe de ingl&#233;s son &#237;ntimos. S&#243;lo que tienen una disputa interminable. No se ponen de acuerdo sobre qui&#233;n es el m&#225;s grande hombre de la historia. Mi papi vota por Arist&#243;teles -en quien nace y termina todo, asegura- y Paredes por Shakespeare. En el fundillo de mi coraz&#243;n yo estoy m&#225;s cerca de mi profesor Paredes, pero c&#243;mo voy a enfrentarme con el papi.

Claro que los dos son puntudos.

Mi viejo se nota menos. Es m&#225;s reposado. Paredes proyecta su presencia como cantante de &#243;pera.

Si el profe de ingl&#233;s pasara a la clandestinidad, no tardar&#237;an en agarrarlo, pues mide casi dos metros y tiene un vozarr&#243;n que retumba en los viejos muros del colegio cuando entra a la sala. En las ma&#241;anas hace clases, y en las noches act&#250;a en un grupo de teatro. Siempre le dan papeles de rey, de comendador, o de ministro, porque es as&#237; como impresionante. Cuando llega al aula arroja el libraco de clases sobre la mesa y lanza frases de Shakespeare que debemos memorizar e interpretar en una hoja que llevamos al d&#237;a siguiente.

La &#250;ltima fue: Stars, hide your fires! Let not light see my black and deep desires. Tenemos que estrujarnos el cerebro para ver qu&#233; quiso decir Shakespeare con eso. Lo que pasa es que Macbeth est&#225; tentado de ser rey y el camino m&#225;s directo es asesinar al rey mismo. A la Pinochet, digamos. Pero le cuesta su poco decidirse. Aunque su vieja le echa carb&#243;n. La vieja es todav&#237;a m&#225;s mala que Macbeth.

El profesor Paredes llama a William Shakespeare t&#237;o Bill.

En el fondo &#233;sta va a ser la &#250;ltima frase que entrar&#225; en la prueba de ingl&#233;s despu&#233;s del estreno de La cueva de Salamanca, y promete que las corregir&#225; con piedad si actuamos bien.

Tras la prueba se despide hasta octubre siempre y cuando lo dejen volver a Chile porque la pel&#237;cula que va a hacer en Europa es puntuda.

Una pel&#237;cula puntuda es una que no les va a gustar a los milicos.

El clima sigue malo. La llovizna se nos impregna en los p&#243;mulos y los gases de los autom&#243;viles nos hacen toser. En la esquina nos parapetamos bajo el techo del paradero de buses a fumar un cigarrillo con pocas ganas de volver en seguida a casa.

Al lado nuestro hay un chico de pelo largo e impermeable azul que nos llama la atenci&#243;n cuando mira en direcci&#243;n contraria a la que vienen los buses. De pronto saca del bols&#243;n un mont&#243;n de hojas y nos pasa una a cada uno del grupo. Despu&#233;s se sube a la primera micro que arranca y desde la pisadera nos gui&#241;a un ojo.

La hoja celeste se titula Acci&#243;n y contiene instrucciones para que nos tomemos el liceo en protesta por los profesores que han despedido. Yo creo que a todos nos da verg&#252;enza tirar el papel a la acera y terminamos meti&#233;ndolo en la mochila.



Cap&#237;tulo18

El hombrecito que hac&#237;a sonar el timbre de la casa con el alboroto de una maquinista de tren pose&#237;a una cabellera hirsuta que lo elevaba diez cent&#237;metros por encima de su frente y un par de lentes gruesos enmarcaban los vidrios de sus anteojos. El bigote le ca&#237;a desordenado sobre sus labios, y parec&#237;a que ning&#250;n pelo rimaba con otro. Su atuendo no le iba a la zaga: un traje negro pulido por los a&#241;os destellaba por aqu&#237; y all&#225; contrastando con algunas manchas de vino o ketchup, asunto que Magdalena de Bettini no supo determinar a primera vista.

&#191;Se&#241;or? -inquiri&#243; tentativamente la mujer ante el aspecto sorprendente del sujeto.

&#191;Es la casa de Adri&#225;n Bettini?

Efectivamente.

&#191;Del gran publicista Adri&#225;n Bettini?

Eso dicen algunos.

El hombrecito se inclin&#243; con una reverencia anticuada.

Necesito hablar con &#233;l.

&#191;De qu&#233; se trata? -dijo Magdalena tratando de juntar un poco m&#225;s la puerta para impedir que el hombre empinado en la punta de sus pies localizara a su marido al fondo del living.

Confidencial.

Soy su esposa. Puede hablarme con toda confianza.

Confidencial, se&#241;ora, confidencial.

Pero si al menos pudiera decirme de parte de qui&#233;n viene

El hombre carraspe&#243; limpi&#225;ndose al mismo tiempo la frente con un pa&#241;uelo gris. O un pa&#241;uelo que alguna vez hab&#237;a sido blanco. Otro tema dif&#237;cil de discernir para Magdalena.

Vengo de parte del joven Nico Santos. Mi contrase&#241;a es Nic&#243;maco. Para abundar en detalles: la &#233;tica de Arist&#243;teles. &#191;Puedo pasar ahora?

La mujer ampli&#243; la abertura de la puerta y el hombrecito se filtr&#243; con la velocidad de un lagarto. En segundos estuvo frente a Bettini, quien replic&#243; con una sobria inclinaci&#243;n de cuello a la versallesca inclinaci&#243;n de su visita.

Mister Bettini, I guess?-dijo con una sonrisa que le elev&#243; hasta la nariz su poblado mostacho.

Yes-exclam&#243; el publicista.

Mucho gusto en conocerlo, caballero. Me llamo Ra&#250;l Alarc&#243;n, pero mis amigos me dicen Florcita Motuda. Mido un metro cincuenta y ocho cent&#237;metros y soy poeta y compositor.

&#191;En qu&#233; puedo servirlo?

Me manda Nico Santos. Nic&#243;maco, suegro.

D&#237;game.

El Nico me dijo ayer en el colegio que usted va a encarar la publicidad del No con alegr&#237;a. Que usted nos va a decir que cuando gane el No la alegr&#237;a volver&#225; a este pa&#237;s.

Bettini intercambi&#243; una mirada con su esposa y pudo ver c&#243;mo &#233;sta se llevaba un dedo a la sien indicando que al sorpresivo hu&#233;sped le faltaba un tornillo.

&#201;sa es mi intenci&#243;n. Pero hasta el momento no he llegado muy lejos. Ni siquiera tengo la canci&#243;n para la campa&#241;a.

Por eso es que Nico, Nic&#243;maco, me mand&#243; a verlo. Yo tengo la canci&#243;n del No que usted necesita para la campa&#241;a.

&#191;La compuso usted?

Oh, no. La compuso Johann Strauss. Pero la letra es m&#237;a.

C&#225;ntela, por favor.

Alarc&#243;n movi&#243; su cabeza en distintas direcciones como picoteando el sal&#243;n con su mirada.

&#191;Piano habemus?

Habemus-repuso Bettini sintiendo que una s&#250;bita palidez le te&#241;&#237;a el rostro.

Lo condujo hasta el estudio, levant&#243; la tapa del Baby Orand y le indic&#243; al visitante el sill&#237;n giratorio. Antes de sentarse, el hombrecito limpi&#243; la felpa del pisito con la manga de su chaqueta. Hizo desfilar los dedos en un par de escalas y aspir&#243; profundo antes de golpear nuevamente las teclas con un acorde atronador.

El pr&#243;ximo minuto fue una briosa interpretaci&#243;n de El Danubio azul. Luego se detuvo abruptamente y le clav&#243; al due&#241;o de casa una mirada desafiante.

&#191;Cacha la melod&#237;a?

A pesar de la creciente palidez, Bettini no pudo dejar de sonre&#237;r ante el coloquial cacha, en principio impropio en ese personaje que le parec&#237;a arrancado de una p&#225;gina de la picaresca espa&#241;ola del Siglo de Oro.

La cacho -dijo cauteloso-. Se trata de El Danubio azul de Strauss.

&#191;Usted cree que habr&#225; en este pa&#237;s alg&#250;n individuo o individua que no sea capaz de entonar esta canci&#243;n?

Francamente, lo dudo. Es un tema muy oreja.

Alarc&#243;n se golpe&#243; alegremente los muslos.

Oreja. Efectivamente, un tema muy oreja.

Ahora estoy curioso por saber ad&#243;nde nos lleva todo esto.

Los ojos del hombrecito despidieron chispas.

As&#237; que est&#225; metido el huevoncito, &#191;ah?

Si Bettini no hab&#237;a dado cr&#233;dito a sus ojos al ver a Florcita Motuda en su atuendo intemporal, ahora no dio cr&#233;dito a sus o&#237;dos tras o&#237;r esta verdadera antolog&#237;a de argot chileno. Pero la curiosidad lo azuzaba m&#225;s que el espanto.

Estoy metido, Alarc&#243;n. Supermetido.

Y ahora, c&#225;chese la ondita. -Carraspe&#243; y se humedeci&#243; los labios-. Perd&#243;n por la voz, caballero.

Adelante.

Tras una breve y florida introducci&#243;n al piano, Ra&#250;l Alarc&#243;n, alias el Chiquitito, tambi&#233;n llamado por sus amigos Florcita Motuda, emiti&#243; el siguiente texto sobre el inmortal El Danubio azul de Strauss:


Se empieza a escuchar el No, el No 

en todo el pa&#237;s, No, no, 

cantan los de all&#225;, No, no,

tambi&#233;n los de ac&#225;, No, no,

canta la mujer, No, no, 

y la juventud, No, no, 

el No significa libertad, 

todos juntos por el No.


Por la vida: No. 

Por el hambre: No. 

Y el exilio: No. 

A la violencia: No. 

Al suicidio: No. 

Todos juntos bailaremos 

este No.


No, no. 

No, no. 

No, nooo. 

No, no, no. 

No, no. 

No, nooo. 

No, no. 

No, no. 

No, no.

Todos juntos bailaremos este No.


No, no. 

No, no


&#191;Me permite que lo interrumpa un momento, se&#241;or Alarc&#243;n?

Por supuesto, se&#241;or Bettini.

Tengo que hacer un llamado exactamente a esta hora.

Comprendo.

Vuelvo en seguida.

Bettini marc&#243; los d&#237;gitos del tel&#233;fono de Nico Santos como si lo estuviera apu&#241;alando.

&#191;Nico?

&#161;Don Adri&#225;n!

Est&#225; aqu&#237;, en mi casa, Alarc&#243;n.

&#191;El Chiquitito?

Bettini mir&#243; al personaje, quien le hizo una simp&#225;tica morisqueta con la mano.

El Chiquitito, s&#237;.

&#191;Y qu&#233; le parece?

Me parece que si me vuelves a mandar a un loco como &#233;ste no te dejo entrar m&#225;s a mi casa. Adem&#225;s, le proh&#237;bo a Patricia que vuelva a verte.

Pero &#191;qu&#233; le pasa, don Adri&#225;n?

&#161;Me pasa que creo que en este pa&#237;s no cabe un gramo m&#225;s de locura y t&#250; me metes en mi propia casa al rey de los locos!

&#191;Y?

&#191;Y qu&#233;?

No quer&#237;a alegr&#237;a, don Adri&#225;n. Ah&#237; la tiene, pues. No, no, no, no, no, nooo &#161;Yo lo encuentro genial!

Bettini cancel&#243; la comunicaci&#243;n poniendo l&#250;gubre el fono en la horqueta. Con la cabeza gacha camin&#243; hacia Alarc&#243;n, que lo aguardaba expectante.

&#191;Y qu&#233; le pareci&#243; mi Vals del No, se&#241;or Bettini?

El publicista dej&#243; caer las silabas como piedras de su boca:

Genial, se&#241;or Alarc&#243;n. Genial.

Gracias, pero yo s&#243;lo me atribuyo la mitad de la obra. La otra mitad se debe al talento de Strauss.

Alarc&#243;n y Strauss.

Una dupla ganadora.

Usted y Strauss se entienden a la perfecci&#243;n.

Como gemelos.

Como u&#241;a y mugre, como culo y calz&#243;n.

Exactamente.

Bettini lo agarr&#243; del cuello y sin dificultad consigui&#243; levantarlo del piso. En vilo lo llev&#243; hasta la puerta de salida y all&#237; le aplic&#243; el empuj&#243;n final.

&#161;Fuera!

Reci&#233;n entonces se dio cuenta de que, llave en mano, Patricia Bettini acababa de presenciar la inusual escena.



Cap&#237;tulo19

A la hora de gimnasia estamos saltando sobre un caballete para luego dar una vuelta de carnero sobre la colchoneta y volver corriendo a la fila de alumnos a empezar todo de nuevo.

Vestimos camisetas blancas y pantalones cortos y el ejercicio no alcanza para combatir el fr&#237;o. Nos frotamos los muslos y los antebrazos. El profesor sopla con un pito de &#225;rbitro cada vez que quiere que cambiemos el ritmo de nuestros saltos y piruetas. Debe sentirse bien dentro de su buzo azul. A su lado hay un chico de nuestra misma edad a quien lo hace observar Lodo lo que hacemos. Despu&#233;s de un rato me pide que le deje un espacio delante m&#237;o en la fila.

Es un alumno nuevo -me explica-. Un chileno que vuelve de Argentina.

Est&#225; calent&#225;ndose las palmas de las manos soplando su aliento entre ellas.

&#191;De d&#243;nde vienes? -le pregunto.

De Buenos Aires. Mi viejo estaba exiliado y le permitieron volver. Le sacaron la L del pasaporte.

&#191;C&#243;mo te llamas?

H&#233;ctor Barrios.

&#191;Y c&#243;mo te dicen? &#191;Tito?

No. Chileno.

Bueno, b&#250;scate otro apodo porque ac&#225; en Chile todos son chilenos.

Corremos juntos hasta el caballete, pero antes de saltar se paraliza y mira angustiado al profesor.

&#191;Qu&#233; le pas&#243;, Barrios?

No s&#233;, maestro -dice con un acento totalmente argentino-, es que al llegar al coso lo vi tan alto que no cre&#237; que pudiera saltarlo, no cre&#237;.

El coso est&#225; perfectamente dise&#241;ado para un joven de dieciocho a&#241;os. Vuelva a ponerse en la fila y s&#225;ltelo.

Lo acompa&#241;o de vuelta al punto de partida.

Una vez salt&#233; uno de &#233;sos y me torc&#237; la mu&#241;eca -dice.

Est&#225; bien. Olv&#237;date. Yo le explico al viejo.

Gracias. &#191;C&#243;mo te llam&#225;s?

Nic&#243;maco. Pero me dicen Nico.

En Buenos Aires ten&#237;a un compa&#241;ero de curso que se llamaba Heliog&#225;balo.

&#191;C&#243;mo le dec&#237;an?

Gabo.

Como Garc&#237;a M&#225;rquez.

Justo.

Tomo impulso, corro y en forma limpia atravieso toda la barra de cuero y ruedo suave por la colchoneta. Despu&#233;s voy hacia el maestro.

&#191;Qu&#233; le pasa al Che?

La mu&#241;eca, profe. Se la fractur&#243; un horror.

&#191;En Argentina?

Pobre -asiento.

&#161;No me digas!

Le hizo se&#241;a de que viniera.

De &#233;sta te excuso, Che. Todo sea por el abrazo de San Mart&#237;n y O'Higgins.

Barrios me golpe&#243; el pecho con un dedo.

Ya sab&#237;a que me iban a decir Che en Chile.



Cap&#237;tulo 20

Patricia vio c&#243;mo el hombrecito sin siquiera sacudirse el polvo de la chaqueta se levantaba de la acera y se alejaba como un perro con la cola entre las piernas.

&#161;Dios m&#237;o! &#191;Qu&#233; has hecho, pap&#225;?

Bettini entr&#243; a la casa d&#225;ndole la espalda a la hija mientras le hablaba.

Estoy tratando de componer la canci&#243;n para la publicidad del No y se me mete en la casa ese loco que me canta No, no, no, no con la m&#250;sica de El Danubio azul.

&#191;Echaste al Chiquitito?

&#161;Chiquitito, pero con una locura inversamente proporcional a su tama&#241;o!

Pero, papi. &#201;l cant&#243; ese vals ayer en la Scuola Italiana. Es pegajoso. Hoy todos los estudiantes de mi curso lo estaban cantando.

Bettini se detuvo bruscamente.

&#191;Los estudiantes indecisos?

Todo el mundo. Ese vals es genial, pap&#225;.

Entraron al estudio y el publicista limpi&#243; con la manga de su chaleco las teclas como si quisiera borrar las huellas de Alarc&#243;n.

Genial. Lo mismo me dijo hace un rato tu pololo Nico Santos.

&#161;Pero si es verdad! Tambi&#233;n fue al instituto y se lo toc&#243; a los alumnos de all&#225;. Va cant&#225;ndolo de liceo en liceo, de universidad en universidad. Los mismos estudiantes lo esconden cuando llegan los pacos.

No ser&#237;a necesario. Es tan chico que basta con que le pongan un uniforme y pasa como alumno.

Se sent&#243; al piano y enfatizando con el pedal despleg&#243; la melod&#237;a emblem&#225;tica de los a&#241;os de Allende: El pueblo unido jam&#225;s ser&#225; vencido.

Tengo que conseguir un acorde que armonice a los liberales, a los democratacristianos, a los socialistas, a los socialdem&#243;cratas, a los radicales, a los cristianos de izquierda, a los verdes, a los humanistas, a los socialistas renovados, a los comunistas, a los centristas &#161;Qu&#233; cacofon&#237;a!

Patricia estuvo a su lado hasta que su padre cerr&#243; suavemente la tapa del piano, poni&#233;ndole punto final a su derrota.

Pap&#225;, no seas tan retro. Si quieres animar a la gente a votar No con alegr&#237;a, tienes que componer algo realmente alegre.

Eso es lo que intento, pero no me sale nada.

&#161;Un tema en buena onda!

&#191;Un rock?

&#161;Un rock! Algo liviano, como las cosas de los Beatles. &#161;Tienes que lograr que la gente sienta que es rico decir que no! &#161;Rico decir que no!

Patricia imit&#243; el movimiento juvenil del cuello con el que Paul McCartney llevaba el ritmo sacudiendo su melena hongo.

She loves you, yeah, yeah, yeah

S&#243;lo que en mi caso tendr&#237;a que ser She loves you, no, no, no. &#191;Qu&#233; mierda hago con este maldito No?

Algo juvenil, coqueto, gracioso. Algo con un gritito al final: No, oh, ohBettini se frot&#243; los p&#225;rpados queriendo borrar las visiones de esta pesadilla.

&#191;No, oh, oh?

Eso es. No, oh, oh-Adi&#243;s, Patricia.

&#191;Te vas?

No. &#161;Te vas t&#250;!



Cap&#237;tulo 21

En mi departamento est&#225; Laura Y&#225;&#241;ez. Es la amiga &#237;ntima de Patricia Bettini y al mismo tiempo todo lo contrario de ella. Si la Pati es buena alumna y tiene labios delgados y pechos peque&#241;os y el cabello casta&#241;o, liso, y le cae en una cola de caballo que ordena con un prendedor artesanal, Laura es morena, de rizos alborotados y destellantes de gel. Tiene en pleno invierno la tez cobriza como si siempre acabara de llegar de la playa, su bols&#243;n est&#225; lleno de calcoman&#237;as de los &#237;dolos pop que salen en la televisi&#243;n, sus labios son carnales y acentuados por un rouge violento con que los impregna en cuanto sale del colegio. El pecho le desborda la blusa del uniforme, y ella voluntariamente desabotona lo suficiente para que veamos la vertiginosa curva superior de sus tersos senos. Tiene una sonrisa f&#225;cil que le desgrana la boca en una dentadura perfecta y pasa todo el tiempo moviendo las caderas como si oyera alguna m&#250;sica tropical.

De su vida en el colegio tiene un solo comentario: Soy una leona en una jaula. Este lema se traduce en su libreta de notas, donde los n&#250;meros rojos parecen un festival de guindas al fin del semestre.

Le preparo una taza de t&#233; y no me pregunto qu&#233; trae a Laura Y&#225;&#241;ez sin Patricia Bettini a mi casa, porque prefiero no saberlo. Su aporte al tecito es un paquete de galletas Trit&#243;n, de esas redondas, gusto a chocolate, rellenas de crema blanca. Despu&#233;s del primer sorbo dice que vino a pedirme un favor.

Ha llegado a la conclusi&#243;n que aunque se quemara las pesta&#241;as estudiando d&#237;a y noche nunca remontar&#237;a en el segundo semestre las notas rojas, y por lo tanto tendr&#237;a que repetir el curso.

Imag&#237;nate -me dice- el efecto que eso tendr&#237;a sobre mi &#225;nimo. Todas mis compa&#241;eras se van a la universidad, o se ponen de novias para casarse, y yo me quedo otra vez en la jaula pero con las pendejitas del curso inferior, que no las trago. Y eso en el mejor de los casos, porque mis padres ya me han amenazado que no les queda plata para seguir pagando la Scuola Italiana. Est&#225;n hartos de sacrificio. Si repito curso, amenazan con mandarme a alguna escuela t&#233;cnica o al Instituto de Gastronom&#237;a para terminar de cocinera en un hotel.

En conclusi&#243;n -masca con melancol&#237;a la punta de una galleta Trit&#243;n-, he decidido abandonar el colegio ya y entrar a trabajar y ganar mi dinero para comprar las cosas que me gustan.

El t&#233; me sabe amargo sin az&#250;car, pero lo bebo en silencio.

S&#233; cu&#225;les son las cosas que le gustan a Laura: los tipos mayores, ser la reina de la discoth&#232;que bailando salsa, las poleras dos tallas menores para que la tela le hinche sus senos palpables, los jeans cincelados sobre la curvas duras de sus nalgas, y ver las teleseries so&#241;ando que alg&#250;n d&#237;a seduce a un productor que la descubre y la mete a trabajar en una y se hace popular y millonaria.

En cambio Arist&#243;teles y Shakespeare le valen callampa. Lo &#250;nico que le gusta de Hamlet es cuando Ofelia le pregunta qu&#233; est&#225; leyendo y el pr&#237;ncipe le contesta palabras, palabras, palabras. Para Laura toda la cultura universal est&#225; expresada en palabras, y &#233;stas son un cheque sin fondo. Seg&#250;n ella todo el mundo se llena la boca con la democracia, pero dice que mire lo que pasa en Chile. Su filosof&#237;a: vivir intensamente hoy, porque de todas maneras de repente te matan.

Conclusi&#243;n, que quiere dejar ya mismo el colegio y entrar a trabajar.

Me queda mirando como si le hubiera encendido la mecha a una bomba y esperara que estalle.

Yo no digo nada porque estoy pensando en lo que veo, y lo que veo en mi mente en una pantalla tama&#241;o cinemascope es lo que le espera a Laura si abandona el colegio.

Para no hablar me echo media galleta a la boca y la masco haci&#233;ndola crujir. Ella alza las cejas y me pregunta qu&#233; me parece. S&#233; muy bien lo que me parece pero tambi&#233;n s&#233; muy bien que yo no soy nadie para andar opinando de nada y en el fondo lo que me irrita ahora es saber por qu&#233; Laura viene a m&#237; con este cuento y por qu&#233; no se lo ech&#243;, por ejemplo, a Patricia Bettini.

Entonces quieres saber mi opini&#243;n -le digo.

En verdad, no, Santos. Ya estoy decidida.

Saca de su bols&#243;n un estuche de maquillaje y se mira la comisura de los labios en el peque&#241;o espejo ovalado, y luego pasa la punta de la lengua por la zona donde tiene una peque&#241;a herida que seguramente le arde.

&#191;Le contaste esto a Patricia?

Por supuesto que no.

Es tu amiga &#237;ntima.

Es mi amiga &#237;ntima. Pero tambi&#233;n es muy cartucha.

Me levanto de la silla y abro la ventana que da a la terraza.

Son poco m&#225;s de las seis pero ya oscurece en Santiago. Los neum&#225;ticos de los buses chirr&#237;an sobre el pavimento mojado y los pitos de los carabineros no consiguen que la congesti&#243;n se alivie. Los conductores tocan la bocina como si eso los ayudara en algo.

Pongo m&#225;s t&#233; en las tazas. &#191;Cu&#225;ndo volver&#225; pap&#225;?

Necesito tu ayuda, Santos.

&#191;Cu&#225;l?

He encontrado un trabajo muy cerca de aqu&#237;.

&#191;D&#243;nde?

Atravesando la calle.

&#191;Y?

No les puedo contar a mis padres que no voy m&#225;s al colegio. Saldr&#233; de casa en uniforme pero necesito que me prestes tu pieza para cambiarme de ropa. Ponerme algo sexy. No me toma m&#225;s de cinco minutos.

Mira, Laura, lo mejor es que no abandones el colegio. Yo te puedo ayudar con ingl&#233;s y filosof&#237;a. Patricia, con matem&#225;ticas.

&#191;Y qu&#237;mica, y f&#237;sica, e historia, y artes pl&#225;sticas?

Prefiero no ayudarte con lo de la ropa.

Por favor, Santos. Son cinco minutos. S&#243;lo los martes y jueves.

No.

Eres mi amigo &#237;ntimo.

Patricia Bettini es tu amiga &#237;ntima. Yo, no.

&#191;Por qu&#233; no quieres ayudarme?

Porque no, no m&#225;s. Simplemente no me tinca ayudarte.

Laura Y&#225;&#241;ez se pone de pie y me perfora con la mirada.

Eres un moralista, Santos.

Me parece rara esa palabra tan compleja en la boca de Laura Y&#225;&#241;ez.

Porque lo que realmente quiere decirme es que soy un cag&#243;n.

O como dir&#237;a mi viejo, No eres &#233;tico, Nic&#243;maco.

Haz lo que quieras. Puedes usar el departamento. Aqu&#237; tienes las llaves de mi viejo.



Cap&#237;tulo 22

Manipulando acordes, llenando ceniceros con cigarros a medio consumir, sorbiendo whiskeys a veces straight y otras on the rocks, Bettini se desparram&#243; sobre el teclado -mitad ebrio, mitad exhausto- y le sobrevino un sue&#241;o. Las im&#225;genes ten&#237;an la grandiosidad y precisi&#243;n de una pantalla de cinemascope.

Sobre el escenario del Teatro Municipal un coro de alrededor de cien hombres y mujeres vestidos de gala -ellos, smokings, ellas, trajes largos de seda- espera la llegada del director mientras la orquesta afina cuerdas y bronces siguiendo las instrucciones del primer viol&#237;n. A este inquieto bullicio se agregan las animadas conversaciones del p&#250;blico ubicado en los sillones de felpa roja, y el campanilleo de las pulseras de las damas que miran hacia los palcos, donde posan con indiferencia algunas figuras de la socialit&#233; chilena.

Bettini se ve a s&#237; mismo en el sue&#241;o entre los bastidores y cree entender que su funci&#243;n all&#237; es dar la se&#241;al de entrada para que el director de la orquesta y coro suban al escenario a ocupar su podio. Nota el nerviosismo de la audiencia en las toses y chasquidos de abanico con que las damas evitan que la transpiraci&#243;n les desconfigure sus maquillajes.

La afinaci&#243;n de los instrumentos llega poco a poco a su fin hasta que todo desemboca en un expectante silencio. El primer viol&#237;n se ha sentado y dirige la vista hacia los bastidores asintiendo con su barbilla. Un funcionario del Municipal, provisto de una tablilla donde hay anotaciones t&#233;cnicas, se acerca a Bettini y, toc&#225;ndolo en el codo, le dice:

Su turno, maestro.

En una r&#225;faga de fatal iluminaci&#243;n, Bettini entiende que est&#225; vestido con un impecable traje de levita, pechera inmaculadamente blanca y almidonada, y que eso que sostiene en la mano es una batuta. Recuerda entonces que desde que tuviera su di&#225;logo con el ministro del Interior no hab&#237;a sentido su garganta tan seca. Los pies le parecen esculpidos en plomo y no atina a moverse hasta que el ujier le sonr&#237;e amable pero tambi&#233;n compulsivamente profesional.

El hombre a su lado comete una impertinencia: empuja suavemente a Bettini hacia el proscenio y al verlo entrar los m&#250;sicos se ponen de pie y el p&#250;blico le tributa una ovaci&#243;n.

Con la plena certidumbre de que la batuta que aprieta en su mano derecha es un pu&#241;al que no sabr&#225; usar, siente cierto alivio al dilatar su inminente cataclismo haci&#233;ndole exageradas reverencias al p&#250;blico que lo aplaude. La ovaci&#243;n se diluye hasta extenuarse, pero no tarda en irrumpir un aplauso total y masivo de esos miles de espectadores que han vuelto simult&#225;neamente sus caras hacia el costado izquierdo del escenario. La mirada de Bettini tambi&#233;n acata ese rumbo, y cree estar so&#241;ando una pesadilla dentro de su pesadilla cuando descubre que el personaje que entra a ocupar el puesto de solista a los pies de su tarima es el se&#241;or Ra&#250;l Alarc&#243;n, es decir, el Chiquitito, o sea, Florcita Motuda.

El peque&#241;&#237;simo sujeto no parece ser v&#237;ctima de los terrores de Bettini y le tiende alegremente la mano. El maestro se la estrecha y, sin saber qui&#233;n, cu&#225;ndo, c&#243;mo ni por qu&#233; escribi&#243; este gui&#243;n para &#233;l, levanta ambos brazos y con un en&#233;rgico golpe de su mu&#241;eca arranca de la orquesta los compases iniciales del Vals del No, opus 1 de Strauss y Motuda.

Ignora todo de todo pero agita la batuta como si se tratara de la Quinta de Beethoven. Y, tras un largo suspenso, con un gesto de la barbilla le indica a Ra&#250;l Alarc&#243;n que asuma su rol de solista, y el se&#241;or Alarc&#243;n, pecho henchido, orgulloso, autosatisfecho, acomete los primeros versos de su coautor&#237;a con Strauss:


Se empieza a escuchar el No, el No 

en todo el pa&#237;s, No, no, no, no


Y en menos tiempo del esperado una marejada de sopranos, contraltos, bar&#237;tonos, bajos, tenores abundan estruendosos en el delicado estribillo:


No, no, no, no, no, no.

No, no, no, no, no, no


La lujuriosa l&#225;mpara de l&#225;grimas del Municipal tintinea con las vibraciones y devuelve en un carrousel m&#225;gico el destello de las joyas de las damas en la platea.

Y Bettini siente que la batuta empieza a naufragar en el sudor de sus manos, en la caldera de transpiraci&#243;n que le empapa el cuello almidonado, en las gruesas gotas que le nublan la vista.

Pero ya falta tan poco.

Apenas un impulso. Nada m&#225;s que ese vibrato de los bar&#237;tonos cerrando solemne ese No que originar&#225; el estallido de agudos de las sopranos, y ya es por fin -finalmente, por fin- el final, y los aplausos arrecian, y Bettini sabe que debe darse vuelta y saludar, pero se lo impide ahora un efecto arrebatador: las potentes voces del coro han logrado perforar el techo del Municipal, y por all&#237;, desde un cielo impecablemente turquesa, desciende un arco&#237;ris de infinitos colores que lo obliga a arrodillarse en &#233;xtasis para orar a ese Dios instant&#225;neamente creado all&#237; mismo.

Siente que lo abrazan, que lo sacuden.

Abre los ojos, y tras la cortina multicolor de la &#250;ltima escena de su sue&#241;o, surge su esposa acompa&#241;ada de Olwyn, quien lo apunta con un dedo compulsivo:

&#161;Bettini! Aqu&#237; est&#225;n conmigo el sastre que va a fabricar las camisetas del No, el artista que va a confeccionar las banderas del No, el gr&#225;fico que va a imprimir el afiche del No, y el cineasta que va a filmar la imagen del No para nuestro espacio en televisi&#243;n. &#161;Bettini! &#191;Me tiene el s&#237;mbolo de la campa&#241;a?

El publicista estira el brazo hasta la tecla negra m&#225;s aguda del teclado, la aprieta y con el pedal mantiene su vibraci&#243;n en el aire.

Un arco&#237;ris -susurra.

&#191;Bettini?

Un arco&#237;ris. El s&#237;mbolo de la campa&#241;a del No es un arco&#237;ris.

Olwyn extiende su muda perplejidad al equipo de realizadores y culmina su angustia clavando la vista en Magdalena. La mujer levanta los hombros y Olwyn apunta demostrativamente al vaso de whiskey a medio vaciar en el borde del piano.

&#191;Un arco&#237;ris, Bettini?

Un arco&#237;ris, senador.

Don Adri&#225;n, esto es una campa&#241;a pol&#237;tica y no un carnaval. Es cierto que la bandera norteamericana tiene unas estrellitas muy c&#243;micas, pero &#161;un arco&#237;ris! Jam&#225;s visto.

Pues bien, ahora lo va a ver.

Me lo recomendaron como el mejor publicista del pa&#237;s. No me deje en la estacada.

De pronto Adri&#225;n parece salir de su trance. Lo siente en el ritmo de su nueva respuesta. Ese staccato con el que acostumbraba a deslumbrar en sus a&#241;os de gloria a los clientes cuyas cuentas apetec&#237;a.

Escuche, senador. El arco&#237;ris re&#250;ne las condiciones que queremos. Tiene todos los colores y es una sola cosa. Representa a todos los partidos del No y ninguno pierde su individualidad. Es algo hermoso que surge tras la tempestad, y con todos esos colores tiene lo que usted quer&#237;a, se&#241;or Olwyn: &#161;alegr&#237;a!

El dirigente pol&#237;tico tiene un intenso momento de duda en que no sabe si entregarse al desmayo que lo amenaza o a esa t&#237;mida esperanza que le empieza a dibujar una sonrisa en los labios. Chasquea los dedos y se dirige a su equipo:

&#161;Se&#241;ores: el s&#237;mbolo de la campa&#241;a del No es el arco&#237;ris! &#161;P&#243;nganlo en las camisetas, en los sombreros, en las banderas, en los afiches, en las avenidas, en los muros, en el cielo!

Luego, con m&#225;s voluntarismo que fe, se abalanza sobre el publicista envolvi&#233;ndolo en un abrazo.

&#191;Le cost&#243; mucho llegar a esa idea genial, Bettini?

El hombre mira con cierta melancol&#237;a el vaso de whiskey y acercando sus labios al rostro del ex senador le susurra en el o&#237;do:

Nocte dieque incubando.

&#191;Qu&#233; es eso, hombre?

Lat&#237;n. Colegio de curas, senador.

&#191;Y qu&#233; significa?

Pensando en ello noche y d&#237;a.



Cap&#237;tulo 23

El profesor Paredes llega reci&#233;n a clases con el impermeable mojado. Lleva una bolsa de papel que condene mortadela, pan y una botella de agua mineral. No ha almorzado. Dice que llega tarde porque en un colegio privado de provincia hay un profesor de ingl&#233;s que est&#225; con quimioterapia y &#233;l ha aceptado reemplazarlo para que al colega no le quiten el sueldo. Los dos metros que mide Paredes est&#225;n llenos de solidaridad. El lunes tiene que pasarse la mitad del d&#237;a viajando en micro para llegar y volver de Rancagua. Parte de su propio salario se le va a ir en pasajes, pero mientras tramita un petitorio de subsidio para el colega con c&#225;ncer en el Colegio de Profesores, evita que su familia se muera de hambre. Lo que no cuenta es lo que todo el mundo sabe: que el presidente del Colegio de Profesores est&#225; preso.

El profesor Rafael Paredes apura las cosas. Le ha llegado ya el pasaje para partir a la filmaci&#243;n de Portugal y no quiere dejar a medio camino la obra que ensayamos con el grupo de teatro del colegio. De modo que la pr&#243;xima semana al mediod&#237;a habr&#225; gran- estreno-gran, lo que nos convierte a los actores en h&#233;roes: los chicos tendr&#225;n permiso para no ir a sus clases y asistir a la funci&#243;n. Nada nos gusta m&#225;s en el instituto que capear clases. Los pendejos no entienden ni p&#237;o de teatro, pero con tal de librarse de f&#237;sica o qu&#237;mica, seguro que repletar&#225;n el sal&#243;n de actos.

Se trata del entrem&#233;s de Cervantes La cueva de Salamanca. Es una historia c&#243;mica donde un marido se despide de la mujer para asistir en otra ciudad a la boda de su hermana. En cuanto el hombre parte, la due&#241;a de casa y su criada se preparan para una org&#237;a con sus amantes, que son el barbero y el sacrist&#225;n de la aldea.

Bueno, yo hago el sacrist&#225;n.

La vestuarista me ha tra&#237;do una t&#250;nica morada y algunos medallones que me cuelgan del cuello. Cuando estamos en lo mejor del come y agarre con la criada y la se&#241;ora, el marido vuelve y un alojado que ha llegado a la casa, el estudiante de Salamanca, le hace creer al marido enga&#241;ado que tanto el barbero como yo somos dos apariciones. El cornudo se da por satisfecho con la magia de Salamanca y todos terminamos brindando tan amigos. Al estreno vendr&#225; el rector, todo el cuerpo de profesores y el teniente Bruna, encargado de nuestro colegio. &#201;l es un gran partidario de que los alumnos tomemos parte en actividades teatrales y literarias extracurriculares pues as&#237; los alumnos se mantienen lejos de los des&#243;rdenes pol&#237;ticos.

Lo que el teniente Bruna no sabe es que, cuando el portero se retira y nos deja las llaves, La cueva de Salamanca baja del escenario y aparecen dos actores profesionales que est&#225;n ensayando con el profesor Paredes una obra muy puntuda de Tato Pavlovsky que se llama El se&#241;or Gal&#237;ndez. &#201;sta s&#237; es otra cosa. Se trata de dos torturadores que mientras esperan a sus nuevas v&#237;ctimas pol&#237;ticas torturan a dos putas que les manda su jefe, el se&#241;or Gal&#237;ndez.

La obra de Pavlovsky la trajo el Che Barrios disimulada dentro de La isla del tesoro de Stevenson.

Por cosas como &#233;stas es que mi viejo piensa que es urgente que su colega Paredes se tome las vacaciones en Portugal, porque aunque El se&#241;or Gal&#237;ndez se presentar&#225; clandestinamente en salas improvisadas, hay soplones en todos lados que en alg&#250;n momento pueden delatarlo.

Hay varios actores que est&#225;n amenazados de muerte. La semana pasada fue el cumplea&#241;os del popular Julio Junger y un mensajero le llev&#243; de regalo una corona f&#250;nebre. Junger y el profe Paredes actuaron juntos hace algunos a&#241;os en una obra de Harold Pinter que se llamaba El cuidador.

Yo estoy a salvo haciendo el p&#237;caro sacrist&#225;n. Aunque nunca se sabe, porque la semana pasada el Ministerio de Educaci&#243;n prohibi&#243; una obra de Plauto escrita hace dos mil a&#241;os por considerarla blasfema. Claro que la obra se llamaba El soldado fanfarr&#243;n. Parece que Pinochet se dio por aludido.

Me gustar&#237;a m&#225;s estar actuando en El se&#241;or Gal&#237;ndez que en La cueva de Salamanca, pero mi viejo se muere tres veces si se entera. Adem&#225;s en esa obra participan dos actores cap&#237;simos a los que no dejan actuar en las telenovelas de la televisi&#243;n. Aqu&#237; la TV entera es de Pinochet. Si aparece uno que no es partidario de Pinochet, lo muestran esposado y dicen que es terrorista.

La Patricia Bettini en cuanto termine el colegio se quiere ir de Chile. Dice que este pa&#237;s no tiene remedio. Yo tambi&#233;n me ir&#237;a, pero no puedo dejar a mi viejo solo.

No tiene quien lo cuide. Lo echo mucho de menos.

Da la impresi&#243;n que nada se mueve y que Chile se va a podrir con Pinochet. Hace un par de meses le hicieron una emboscada y le dispararon al auto en que viajaba. Claro que no le dieron. Las balas se estrellaron contra el vidrio blindado. En la noche Pinochet apareci&#243; en la televisi&#243;n y mostr&#243; c&#243;mo las balas hab&#237;an da&#241;ado el vidrio y dijo que era un milagro que estuviera vivo, y la prueba es que el impacto de las balas hab&#237;a dibujado en el vidrio el rostro de la Virgen Mar&#237;a. Nada de raro que ahora pida que el papa lo canonice.

Los disparos esos pusieron muy nerviosos a los milicos. Inmediatamente salieron a las calles a matar gente en represalia. No creo que mi pap&#225; tenga nada que ver con eso. Es un pacifista. Dice que la violencia s&#243;lo trae m&#225;s violencia. Pero yo no s&#233;. Todo lo que he estudiado en el colegio dice que el mundo avanza con actos de violencia: la rebeli&#243;n de los esclavos, la Revoluci&#243;n francesa, la guerra mundial contra los nazis. Pero Chile es tan chico.

A qui&#233;n le importa lo que nos pase.

Si Patricia Bettini huye de Chile se me van a quitar las ganas de vivir. Ella estudia en la Scuola Italiana y yo en el Nacional. Tenemos en com&#250;n al profesor Paredes: &#233;l ense&#241;a ingl&#233;s en los dos colegios y dirige teatro en las dos partes. Aqu&#237;, Cervantes (entre par&#233;ntesis, Pavlovsky), y all&#225; Ionesco.

Conmigo hace Cervantes, con Patricia Bettini, Ionesco.

Ella tiene un abuelo verdaderamente italiano en Florencia. Ning&#250;n problema en entender las pel&#237;culas italianas. Las mira sin leer los subt&#237;tulos.

Canta las canciones de Modugno y se sabe un poema de Leopardi: Fratelli, a un tempo stesso, amore e morte ingener&#242; la sorte (Hermanos siempre unidos, al amor y la muerte los uni&#243; el destino).

Se me pone la carne de gallina porque tantas veces pasa eso. Con el profesor Paredes estudiamos Romeo y Julieta y es exactamente lo mismo.

En verdad es mejor que Patricia se vaya a Italia. Quiere hacer algo por mi padre. Qui&#233;n sabe en qu&#233; l&#237;o se puede meter ac&#225;. Pero yo me corto las venas si se va.

Nic&#243;maco en Verona.



Cap&#237;tulo 24

El elenco de espont&#225;neos que aporta Magdalena en su rol de productora de la campa&#241;a televisiva del No incluye las siguientes especies que Adri&#225;n Bettini -no habituado a&#250;n a los trajines de la excentricidad que ha inaugurado el angelorum Alarc&#243;n- observa con pavor.

Un barbudo estudiante universitario se presenta ante &#233;l y le pide que le haga una pregunta.

&#191;Cu&#225;l pregunta?

Preg&#250;nteme qu&#233; le dir&#237;a yo a un dictador.

Bien -dice Bettini-. Se&#241;or, &#191;qu&#233; le dir&#237;a usted a un dictador?

El muchacho mira a derecha, mira a izquierda, mira al frente y saca entonces una enorme lengua sobre la.que tiene dibujada el arco&#237;ris y encima del arco&#237;ris la s&#237;laba No. Espera ansioso la reacci&#243;n del publicista.

Est&#225; bien -dice Bettini, queriendo decir otra cosa.

Queriendo decir en verdad que ha entrado en un tobog&#225;n de delirios, como si Chile entero hubiera consumido una droga irreductible a cualquier terapia.

Si me permite una sugerencia -agrega el joven barbudo-, le recomiendo que cuando yo saque la lengua con el No usted ponga como sonido el rugido de un le&#243;n.

Est&#225; bien -dice Bettini, tratando de entender por qu&#233; todo est&#225; mal.

Y entonces Magdalena hace entrar al segundo candidato a aparecer en la franja televisiva del No.

Se trata de un bombero.

Con chaqueta de bombero.

Con casco de bombero.

Saluda a Bettini con un golpecito en su frente y solemnemente le espeta:

Los bomberos de Chile estamos con el No.

Incapaz de pensar algo m&#225;s sofisticado, le pregunta en qu&#233; sentido un bombero puede ayudar a la publicidad del No. El hombre saca desde su espalda un vaso de agua, lo levanta como brindando y su boca promulga la imitaci&#243;n de la sirena de un carro bomba: No, no, no, no, no, no, no, noooooooooooooo.

Cuando termina, sonr&#237;e y bebe un sorbo del agua que tiene en la mano.

Bettini no ha tomado una gota de alcohol durante todo el d&#237;a, pero sospecha que est&#225; ebrio. Camina hacia la pared del fondo, donde descubre al novio de su hija Patricia, el instigador Nico Santos, tratando de memorizar las l&#237;neas de un libro.

&#191;T&#250; tambi&#233;n eres voluntario para aparecer en la TV del No?

No, don Adri&#225;n. Yo estoy preparando mi prueba de Shakespeare con el profesor Paredes.

&#191;Y qu&#233; lees?

Macbeth.

&#191;Sabes alguna parte?

S&#233;.

A ver.

El joven, en vez de pararse a declamar, se tiende sobre una colchoneta azul y, apoyando su ment&#243;n en la mano izquierda, deja que fluya el parlamento de Macbeth:

Se derram&#243; mucha sangre en los tiempos antiguos antes que la ley humana dulcificase los Estados.

Entonces se comet&#237;an cr&#237;menes demasiado terribles para ser contados.

Hubo un tiempo en que los hombres mor&#237;an con el cerebro machacado, y eso era el fin.

Pero ahora los muertos se alzan con veinte heridas mortales en el cr&#225;neo y nos expulsan de nuestros tronos.

Esto es m&#225;s extra&#241;o que el crimen en s&#237; mismo.Conf&#237;o en que ahora el profesor Paredes me ponga un, siete -dice Nico Santos disimulando con un cantito su bostezo-. &#191;Qu&#233; se qued&#243; pensando, don Adri&#225;n?

Bettini se frota los ojos y aprieta fuerte con dos dedos el tabique de su nariz.

En la realidad. &#191;D&#243;nde est&#225; la realidad, Nico? &#191;En Shakespeare o en esos locos all&#225; en el set?

El joven Santos se levanta mirando hacia el fondo del estudio, desde donde surge un grupo de muchachas con mallas de bailarina cargando un arco&#237;ris de cart&#243;n piedra.



Cap&#237;tulo 25

Anoche fuimos a un concierto de Los Prisioneros. Bueno, concierto propiamente, no. Tocata. Cuando un grupo de rock se presenta, le llaman al acto tocata. Claro que &#233;ste fue tocata y fuga porque en cuanto salimos del galp&#243;n en Matucana, estaban los pacos con varios furgones en las puertas.

Al principio no agarraban a nadie, pero no falt&#243; el descriteriado que les grit&#243;: &#161;Qu&#233; hacen aqu&#237;, pacos, chucha e' su mare!, y los pacos sacaron las lumas y comenzaron a golpearnos en la cabeza, y nos tuvimos que desbandar corriendo. Y hab&#237;a que correr bastante porque los due&#241;os de los bares al ver llegar a la polic&#237;a bajaron las cortinas met&#225;licas y uno no encontraba d&#243;nde esconderse.

Las letras de Los Prisioneros son puntudas, pero el pa&#237;s no es tan puntudo como las letras de ellos. Eso es lo rico que tiene el rock. Parece que las canciones estuvieran m&#225;s vivas que las personas. La bater&#237;a y las guitarras dan la impresi&#243;n que nos electrizaran las venas. Dan ganas de salir de la tocata e ir a tirar piedras a La Moneda. Pero la verdad es que al d&#237;a siguiente todos andamos con la cabeza gacha, somnolientos y tratando de leer a &#250;ltima hora el texto de historia antes del control de lectura.

Y los profesores hacen las clases sin ganas mirando a cada rato el reloj a ver cu&#225;nto falta para que suene la campana. Es que les pagan p&#233;simo. En Chile desprecian a los profes. No lo sabr&#233; yo de mi propio viejo.

Esta canci&#243;n de Los Prisioneros es mi favorita:

		Sangre latina necesita el planeta, 
		roja, furiosa y adolescente. 
		Adi&#243;s, barreras, adi&#243;s, setenta. 
		Ya viene la fuerza, la voz de los ochenta.

Patricia Bettini en cambio escucha los discos de su viejo. Onda Beatles y todo el resto. Se sabe temas de Joan Baez y Bob Dylan y dice que una cosa es cantar que viene la fuerza de los ochenta y otra que alguna vez venga. No cree que con el rock se derrote a Pinochet. Sin embargo su himno nacional es Imagine de John Lennon, que es de lo m&#225;s pacifista. Piensa que no hay c&#243;mo sacar a Pinochet y que terminando el colegio se va a Florencia.

Tiemblo entero porque los ta&#241;os tienen gran pinta, se visten como pr&#237;ncipes, van a peluquer&#237;as de mill&#243;n de d&#243;lares el corte, y juegan f&#250;tbol como los dioses. En cuanto a m&#237;, me dice que si la quiero mejor que vaya aprendiendo italiano.

Suena parecido al espa&#241;ol, pero todo es bastante enga&#241;oso. Por ejemplo, una persecuci&#243;n, no es una persecuzione o algo parecido, sino un seguimento. Me ha pasado un par de libros y lo que entiendo y me gusta lo subrayo. Por ejemplo esto de Dante est&#225; la raja: Libert&#224; va cercando, eh '&#233; si cara, come sa chi per lei vita rifiuta. (Va buscando la libertad tan querida, que por ella hasta desprecia la vida.)

El profesor Santos me lava con agua y jab&#243;n la boca si me la oye decir. &#201;l es el &#250;nico que puede ser h&#233;roe en esta casa. No quiere que me meta en nada de nada. As&#237; que tambi&#233;n me aprend&#237; el verso de una canzonetta con la que el otro d&#237;a dej&#233; a Patricia Bettini marcando ocupado: Tu sei per me la pi&#249; bella del mondo.Al salir de clases me estaba esperando. No m&#225;s verme se me tir&#243; a los brazos y me pidi&#243; que la abrazara fuerte, lo m&#225;s fuerte que pudiera, que quer&#237;a morirse. Yo dej&#233; caer la mochila y la apret&#233; detr&#225;s del carrito que vende hotdogs porque todos nos estaban mirando. No paraba de temblar y las mejillas le ard&#237;an. La llev&#233; hasta el Indian&#225;polis y la met&#237; en el ba&#241;o de mujeres y le moj&#233; la cara con agua helada.

Se hab&#237;a venido corriendo desde el colegio.

Cuando lleg&#243; en la ma&#241;ana, un helic&#243;ptero andaba sobrevolando Apoquindo y antes de entrar a clases vio un par de autos sin patente estacionados cerca de la esquina.

No me llama la atenci&#243;n que eso le hubiera llamado la atenci&#243;n porque son cosas a las que uno aprende a prestarles atenci&#243;n en Chile sin propon&#233;rselo.

Justo cuando va entrando al colegio se encuentra con el profesor Paredes, a quien siempre saluda con un beso, cuando desde un auto salen tres tipos de la polic&#237;a que lo agarran y lo arrastran para meterlo al coche. El rector del colegio comienza a luchar con los tipos pero &#233;stos lo golpean, lo arrojan al suelo, raptan al profesor Paredes y huyen con &#233;l en el auto.

Desde entonces no ha dejado de temblar.

Vinieron los carabineros y les cont&#243; todo lo que hab&#237;a visto y les habl&#243; de los autos sin patente, mientras el rector estaba sangrando en el suelo. Y al poco tiempo lleg&#243; en un coche diplom&#225;tico el c&#243;nsul de Italia. Se baj&#243; corriendo del auto y les pidi&#243; a todos los alumnos que entraran a la escuela.

Dante.

La libertad.

No s&#233; c&#243;mo pero yo que la abrazo para que deje de temblar estoy temblando tambi&#233;n.



Cap&#237;tulo 26

Funci&#243;n uno.

Bettini convenci&#243; al embajador de Argentina de que invitara a los jefes de la oposici&#243;n chilena a un homenaje al maestro del cine Armando Bo y su primera actriz, Isabel Sarli. Se mandaron contadas invitaciones para una proyecci&#243;n de Carne, a la que seguir&#237;a una degustaci&#243;n de pinots mendocinos y la presentaci&#243;n de un nuevo cabernet sauvignon de un empresario chileno con vi&#241;as en Pirque a quien los banqueros llamaban cari&#241;osamente el Dem&#243;crata Vial.

Bettini quer&#237;a la presencia de los dirigentes pol&#237;ticos de los partidos concertados contra Pinochet para santificar de una vez por todas la franja televisiva que tantas angustias le hab&#237;a provocado. La presencia de estos ma&#241;osos l&#237;deres le dar&#237;a un aire ejecutivo a la reuni&#243;n en la cual en verdad se proyectar&#237;an las primeras im&#225;genes de la campa&#241;a del No en vez de la er&#243;tica historia de la Sarli, inocente criatura quien en el film no se puede explicar qu&#233; en ella despierta la lujuria y el salvajismo de los hombres.

El embajador de Argentina, en vez de decir &#200; arri vato Zampano, como anunciaba la Massina a Anthony Quinn en La strada, salud&#243; a sus comensales con un c&#243;mplice &#200; arrivato il "No".

Olwyn no quiso asistir a la primicia de la campa&#241;a del No, pues se sab&#237;a muy vigilado y trataba de moverse en el mayor de los secretos. Ir a la embajada podr&#237;a concluir en una imprudencia que les revelara los misterios de las im&#225;genes del No a sus rivales. Tampoco llegaron los jefes de los partidos, sino representantes de segunda fila.

La ausencia de Olwyn condujo a Bettini a presagiar un desastre. Si el hombre que le hab&#237;a pedido alegr&#237;a no hac&#237;a acto de presencia, &#191;c&#243;mo podr&#237;a &#233;l explicar a los aguerridos y sufridos militantes de izquierda que le tomar&#237;an examen, por ejemplo, el Vals del No de Florcita Motuda?

&#191;Entender&#237;an su estrategia de envolver la cicuta en celof&#225;n de caramelo?

Prefer&#237;a ver los quince minutos de la campa&#241;a junto con ellos por si se le hubiera escapado alg&#250;n detalle; asegurarse de que unas tonter&#237;as de im&#225;genes sueltas no pusieran en peligro la emisi&#243;n del film en la televisi&#243;n.

Era necesario ser prudente. Denunciar, pero no provocar. Incluso hasta halagar a Pinochet por su arrojo de querer democratizarse internacionalmente. Ante cualquier impertinencia arriesgada que sin querer hubiese construido iba a reaccionar a tiempo, aun antes que los censores, y su prestigio estrat&#233;gico quedar&#237;a inc&#243;lume.

De all&#237; que le hab&#237;a sugerido al embajador que enviara una invitaci&#243;n a Olwyn para ver el film de la Sarli. Impecable, pens&#243;. Los esp&#237;as del ministro del Interior informar&#237;an que Olwyn hab&#237;a ido a un acto cultural en la sede del pa&#237;s hermano. Lo que no sospech&#243; es que el diplom&#225;tico dispusiera efectivamente de un video de Carne.

Es usted un perfeccionista, embajador. Seguro que cuando va a un bautizo exige que le muestren un beb&#233;, y si asiste a un funeral se enoja si no le tienen un cad&#225;ver.

Bettini en persona ubic&#243; a los adustos emisarios de Olwyn en los sillones m&#225;s muelles de una improvisada primera l&#237;nea. El embajador les encendi&#243; tiparillos holandeses, Patricia les acomod&#243; banquitos que les permitiesen estirar las piernas, y Ra&#250;l Alarc&#243;n, alias Florcita Motuda, se esmer&#243; en una reverencia al pasar por su lado.

El Che Barrios hizo la conexi&#243;n a los parlantes y luego Bettini le extendi&#243; la mano y le indic&#243; que se sentara su lado. Quer&#237;a tener el privilegio de ver su propio trabajo con el improvisado y juvenil t&#233;cnico al alcance en caso de que hubiera necesidad de interrumpir la proyecci&#243;n.

El embajador anunci&#243; unas palabras introductorias al film de Isabel Sarli. Dijo que esperaba ser gratamente sorprendido por tan distinguidos artistas. Ten&#237;a que comunicar a los distinguidos amigos presentes que el ministro del Interior lo hab&#237;a llamado el lunes para asegurarles a los diplom&#225;ticos acreditados en Chile que pod&#237;an tener la total confianza -y comunicarlo as&#237; a sus respectivos pa&#237;ses- de que fuera cual fuera el resultado del plebiscito le recomendar&#237;a al general Pinochet respetar el veredicto de las urnas.

Ahora bien -expuso el embajador, pidiendo de antemano disculpa por la vulgaridad de la expresi&#243;n que citar&#237;a textualmente con una sonrisa de perfecta dentadura-, tambi&#233;n me dijo cuando ustedes pierdan, reconozcan que cagaron.

El embajador transandino termin&#243; sus palabras de saludo a este acto ecum&#233;nico -otra sonrisa ante el hallazgo del adjetivo-, donde los l&#237;deres de la oposici&#243;n ver&#237;an los quince minutos de la campa&#241;a de Isabel Sarli que iba a debutar en la pantalla de los canales de televisi&#243;n dentro de pocos d&#237;as en presencia de sus propios creadores.

Si bien la Constituci&#243;n del 80 obliga a Pinochet a este plebiscito, tambi&#233;n es cierto que los militares tienen la potestad de meterse las constituciones por donde ustedes saben cu&#225;ndo se les para el que ustedes saben tambi&#233;n. No veamos las cosas tan en blanco y negro siempre, &#191;viste? El general cumple, &#191;viste?

Apunt&#243; con su tabaco a Bettini y lo mantuvo en esa postura ampliando su discurso a la concurrencia.

A decir verdad, ahora me temo algo genial, pues todos conocemos el talentoso curriculum de este publicista. Un hombre que es amarguito como la vida y a quien en su momento el mismo ministro del Interior le pidi&#243; que hiciera la campa&#241;a por el S&#237;. &#201;l, que se define a s&#237; mismo como un David entre Goliats, ha optado, pese a los riesgos que esto conlleva, por ser adversario del presidente. Es su leg&#237;timo derecho. Y ahora me muero de curiosidad por saber qu&#233; ha inventado para derrocar del coraz&#243;n de los chilenos al general.

El embajador tom&#243; en una mano el video de Carne y en la otra la cinta del No, e inclin&#225;ndose sobre los delegados de los partidos pregunt&#243; si pod&#237;a entonces prescindir de la Sarli, a pesar de las dos poderosas razones que ella tendr&#237;a para ocupar la pantalla.

Todos rieron de buena gana y el joven estudiante chileno, reci&#233;n repatriado de Argentina, H&#233;ctor Barrios, apret&#243; el bot&#243;n play. El embajador atenu&#243; la luz y se inici&#243; la proyecci&#243;n de los quince minutos de la campa&#241;a del No.



Cap&#237;tulo 27

Funci&#243;n dos.

El joven Nico Santos no pudo asistir al estreno privado de la campa&#241;a del No, pues casi a la misma hora, en el aula magna de su colegio, tendr&#237;a lugar la primera presentaci&#243;n del entrem&#233;s La cueva de Salamanca.

Invitados especiales, en primera fila: el rector y el militar a cargo del colegio, el teniente Bruna, que alentaba las actividades culturales como un ant&#237;doto contra la protesta pol&#237;tica a la que eran propensos los alumnos.

Ya maquillado para su rol de sacrist&#225;n sibarita y lujurioso, Nico se asom&#243; al proscenio filtr&#225;ndose por un hueco de la cortina. Agradeci&#243; con una reverencia ballet&#243;mana los aplausos y abucheos que le dedicaron sus compa&#241;eros en la platea y, pidiendo un minuto de tiempo al modo de los entrenadores de basketball, se aclar&#243; la garganta y supo que violar&#237;a el pacto con su padre de no meterse en l&#237;os. Sufr&#237;a con su ausencia, pero al menos lo consolaba que no se enterar&#237;a del inminente desatino en que estaba a punto de incurrir. Si el profesor Santos se hallara en el p&#250;blico, de seguro intuir&#237;a lo que Nico se aprestaba a decir y llevar&#237;a un r&#237;gido dedo a los labios conmin&#225;ndolo a callar.

Ustedes se preguntar&#225;n, respetable p&#250;blico, qu&#233; hago aqu&#237; vestido de sacrist&#225;n

&#161;S&#237;! -rugieron los estudiantes.

Soy un personaje de la obra de Cervantes La cueva de Salamanca.

&#161;Mala cueva, no m&#225;s! -le grit&#243; un guas&#243;n desde la &#250;ltima fila.

La risotada se extendi&#243; por todo el auditorio. Y Nico decidi&#243;, contemporizador, unirse al alboroto, sin perder de vista su objetivo siguiente.

Espero que se diviertan con esta obrita de Cervantes. Cachan Cervantes, &#191;cierto?

El teniente Bruna asinti&#243; satisfecho.

Don Quijote-dijo el militar en voz alta.

Del autor de Don Quijote de la Mancha -asinti&#243; Nico Santos d&#225;ndole cr&#233;dito con una sonrisa al teniente por su preciosa informaci&#243;n-. Es una obra breve que espero les guste. El estreno lo ten&#237;amos pensado para la pr&#243;xima semana, pero considerando las angustiosas circunstancias que envuelven al profesor Paredes, director de esta obra, hemos adelantado el estreno como un modo de llamar la atenci&#243;n de ustedes, compa&#241;eros, y de las autoridades del colegio, sobre el rapto del profesor, quien hoy es un -trag&#243; saliva-detenido desaparecido.

Los maestros que escoltaban al rector y al teniente en la fila de honor perdieron simult&#225;neamente la sonrisa. La expresi&#243;n detenido desaparecido era tab&#250;. A lo m&#225;s pod&#237;a decirse desaparecido. Y casi siempre agregar, como en los noticiarios, en confusas circunstancias.

Nico Santos hab&#237;a prendido la mecha de una bomba, y los alumnos miraron hacia la puerta de salida con ganas de no estar ah&#237;.

El rector hizo chasquear los dedos y le indic&#243; a Nico que abrieran el tel&#243;n.

Que comience el show -dijo tan jovialmente como pudo.

Pero Nico Santos segu&#237;a febril en el proscenio, pose&#237;do de una repentina insensatez que le nublaba el cerebro y le aceleraba la lengua.

En especial me dirijo a usted, teniente Bruna, para pedirle que con su alto rango e influencia en el ej&#233;rcito act&#250;e para que nos devuelvan a nuestro querido profesor de ingl&#233;s y director de esta pieza.

Se har&#225; todo lo posible -asever&#243; Bruna con una seca sacudida del ment&#243;n.

Por diez segundos las miradas de Santos y el teniente se mantuvieron mutuamente cautivas en el silencio que abrum&#243; a la sala. Hasta que la bella adolescente del Liceo 1 de ni&#241;as que hac&#237;a de esposa, ataviada de tal manera que el volumen de sus senos no escapara a la l&#250;brica concurrencia juvenil, irrumpi&#243; en escena acariciando al marido. Al mismo tiempo lloraba l&#225;grimas falsas cuya hipocres&#237;a acentuaba con un dedo que las persegu&#237;a mientras rodaban por su mejilla.

En cuanto el marido y futuro cornudo sale de la escena, hace el gesto procaz con el dedo &#237;ndice hacia arriba y le grita:

All&#225; dar&#225;s, rayo, en casa de esa puta de Ana D&#237;az. Vayas y no vuelvas; la ida del humo.Entre bambalinas, Nico Santos observa que en primera fila el teniente Bruna mueve impaciente el pie de su pierna derecha cruzada sobre la izquierda, y levanta la falda de su t&#250;nica p&#250;rpura de sacrist&#225;n para secarse el sudor de la frente.



Cap&#237;tulo 28

La frase favorita de Bettini era de Albert Camus: Todo lo que s&#233; sobre la vida lo he aprendido jugando al f&#250;tbol de arquero. Especialmente que la pelota nunca llega donde uno la espera.El hombre de rostro agrio elegido all&#237; mismo por los representantes de los partidos portavoz de todos autoriz&#243; que el embajador le pusiera un cubo m&#225;s de hielo a su whiskey y luego alz&#243; el vaso a la altura de sus labios.

Creo que Olwyn se equivoc&#243;, Bettini. Usted ya no es el mejor. Fue el mejor.

&#191;Tan mala le pareci&#243; la campa&#241;a?

Inofensiva como un ag&#252;ita de menta. Ese pretendidamente ir&#243;nico desfile de los comandantes con el valsecito de Strauss de fondo hasta hace simp&#225;ticos a los militares.

&#191;De modo que no la va a aprobar?

&#161;Un valsecito de Strauss! Ya no tenemos tiempo de cambiar nada. Estamos jodidos.

Un valsecito de Strauss -repiti&#243; Bettini pas&#225;ndose el vaso con whiskey por la frente para calmar el ardor.

Yo esperaba que ardiera Troya: que atacara a Pinochet con el tema de los detenidos desaparecidos, los derechos humanos, las torturas, el exilio, la cesant&#237;a Y usted nos sale con un chistecito aqu&#237;, otro chistecito all&#225; &#161;Y el valsecito de Strauss! D&#237;game, Bettini

&#191;Se&#241;or?

 Cifuentes &#191;En qu&#233; momento perdi&#243; la br&#250;jula?

Realmente no s&#233;. Tantos a&#241;os sin trabajo

Pinochet puede ganar el plebiscito porque tiene huevos. Usted, al parecer, s&#243;lo canciones.

El publicista murmur&#243; algo tan bajo que Cifuentes se inclin&#243; para poder o&#237;rlo.

&#191;Qu&#233; dijo, Bettini?

Canciones y clav&#237;culas rotas.

No diga pavadas, hombre.

El embajador abraz&#243; a ambos y los llev&#243; hacia el balc&#243;n. Por la avenida Vicu&#241;a Mackenna el tr&#225;nsito avanzaba con dificultades.

&#161;Qu&#233; desastre! -exclam&#243; el embajador-. Parece que los sem&#225;foros de esta calle s&#243;lo tuvieran luces rojas.



Cap&#237;tulo 29

Arranco la hoja del calendario. El mes que comienza est&#225; lleno de feriados. Las Fiestas Patrias, el D&#237;a del Golpe, el D&#237;a del Ej&#233;rcito. En la radio dicen que en el mes de la patria va a haber una amnist&#237;a para los presos. Acaso suelten a mi viejo.

Falta poco para el plebiscito.

El padre de Patricia cambia de oficina cada tres d&#237;as. Trata de evitar que allanen los locales donde est&#225; la cinta grabada de la campa&#241;a contra Pinochet. Quiere mantener en secreto las im&#225;genes para que los publicistas del S&#237; no alcancen a reaccionar.

Estamos en clase de dibujo. Reci&#233;n la profesora nos explic&#243; los girasoles amarillos de Van Gogh. Dice que los colores provocan sensaciones, estados de &#225;nimo. El azul es el m&#225;s triste de todos. Es un color fr&#237;o, como el verde. Los otros son c&#225;lidos. Estamos en silencio con nuestras acuarelas pintando algo que convoque una emoci&#243;n. A la vuelta de la p&#225;gina tenemos que escribir qu&#233; es lo que pretend&#237;amos con el dibujo. Esp&#237;o el trabajo del Che. Se trata de la cordillera, pero en vez de nieve en las cumbres ha puesto &#225;ngeles que sacuden sus alas. No s&#233; qu&#233; pretende.

Yo no tengo d&#243;nde perderme. Atr&#225;s anot&#233; Alegr&#237;a y adelante estoy pintando un arco&#237;ris.

Entra el inspector Pavez. Tenemos instrucciones de levantarnos cada vez que llega una visita. Pero el inspector nos se&#241;ala con las manos que permanezcamos sentados. Algo en la direcci&#243;n de su mirada me hace intuir que no debo sentarme. Y as&#237; no m&#225;s es, pues dice con su voz ronca:

Santos.

S&#233; lo que est&#225;n pensando todos los compa&#241;eros del curso. S&#233; que recuerdan el d&#237;a en que se llevaron a mi padre. Y s&#233; que saben que ahora me van a llevar a m&#237;. Ten&#237;a raz&#243;n el papi. No deb&#237; haberme metido en l&#237;os. Fui un est&#250;pido al decir mi discursito delante del teniente Bruna. El inspector tiene cara grave. Una seriedad funeraria. Ahora temo que hayan encontrado a mi padre. Temo que lo hayan encontrado muerto y es lo que me va a decir el rector, y por eso la cara de Pavez con la mand&#237;bula apretada.

Los chicos se han sentado, menos el Che.

Te acompa&#241;o -me dice.

Me ha pasado la mano por el hombro y me aprieta el brazo. Siento la garganta &#225;spera. Miro nuestros dibujos sobre la mesa y dudo si guardar mis &#250;tiles en la mochila antes de salir. Todo es tan horriblemente lento: yo no quiero partir y al parecer el inspector Pavez quiere demorar el minuto en que me lleve a la rector&#237;a.

&#191;De qu&#233; se trata, inspector? -dice muy suave la profesora de dibujo.

El hombre no contesta y da un manotazo en el aire conmin&#225;ndome a que me apure. Opto por dejar todo como est&#225;.

&#191;Por qu&#233; cambiaste la nieve por los &#225;ngeles, Che? -le digo desprendi&#233;ndome de su abrazo.

Nos hacen falta los locos.

Hace pasar de una hojeada las p&#225;ginas de su cuaderno de croquis y en la mayor parte de las p&#225;ginas tiene un &#225;ngel. A veces volando, o acostado, o sentado en la cuneta, o llevando una gallina en las manos.



Cap&#237;tulo 30

Mientras sub&#237;a al auto llevando de vuelta el video que ser&#237;a la primera emisi&#243;n de la campa&#241;a del No, Bettini dud&#243; que pudiera coordinar bien los movimientos. Las copas de m&#225;s no eran nada comparadas con el sismo que recorr&#237;a su cuerpo. De modo que los comisarios pol&#237;ticos encontraban que su campa&#241;a era inofensiva, un simp&#225;tico comentario a pie de p&#225;gina, una mosquita muerta, un deslavado tecito de anciana.

Todas las noches de insomnio y furia contra el piano para parir alegr&#237;a no hab&#237;an conducido sino a sonrisas ir&#243;nicas de los hombres que lo hab&#237;an contratado.

Si el enemigu&#237;simo ministro del Interior logr&#243; que le quebraran la clav&#237;cula, sus propios clientes le hab&#237;an quebrado el alma.

Sinti&#243; en su est&#243;mago el sollozo. Los ojos hinchados. La llovizna era el fiel perro acompa&#241;ante de los mendigos. Se tuvo piedad. Se abraz&#243; a su autocompasi&#243;n.

Este No, que ser&#237;a su reencuentro con la creaci&#243;n, comenzaba a ser una carta de despedida. Su padre le hab&#237;a ense&#241;ado a no poner demasiadas esperanzas en nada, a no hacer depender la vida actual del eventual resultado de alguna empresa. Piensa siempre que vas a perder. Una filosof&#237;a del todo alejada a la que practicaban su esposa Magdalena y sus amigas: consejos para mejorar la digesti&#243;n, autoayuda, budismo en la vida cotidiana, zen para aqu&#237;, zen para all&#225;. Si tienes malos pensamientos, convocar&#225;s los malos hechos. Si piensas positivo, la felicidad vendr&#225; hacia ti moviendo la colita. Hab&#237;a cre&#237;do en el fucking No como en el &#225;ngel de la guarda cuando era ni&#241;o. Delegado en &#233;l su protecci&#243;n, sus anhelos. Hab&#237;a ido contra la sensatez y su certeza de que David no iba a vencer esta vez a Goliat. Que la poes&#237;a no ten&#237;a ni la fuerza del pulm&#243;n de un canario para vulnerar al ogro.

El pensar po&#233;tico de Magdalena era puro wishful thinking. La marejada de la dictadura hab&#237;a arrojado sobre los roquer&#237;os y las playas nada m&#225;s que detritos de naufragios: Ra&#250;l Alarc&#243;n y su partner Strauss, Olwyn, convencido por su buena fe de que podr&#237;a llegar a ser el rey de la libertad, y su sue&#241;o -ese arco&#237;ris desprendido del cielo- era la premonici&#243;n de un cataclismo y no un himno de victoria.

Puso la llave en el partidor del coche y sinti&#243; que el gas del tubo de escape entraba al cub&#237;culo por alguno de los varios orificios de su anciana carrocer&#237;a. El olor de Santiago estaba all&#237;, un animalejo impreciso duplic&#225;ndose en la llovizna alentado por los faros de los coches, que avanzaban con dificultad en la hora del taco, mordiendo los neum&#225;ticos recauchados hasta la ignominia.

Ya llegar&#237;a la primavera, pero no la de los poetas. La maldita primavera de la canci&#243;n en la radio.

La primavera de septiembre de los militares que hab&#237;an dado el golpe un martes 11 y que ahora -cuando viniera el plebiscito de octubre- ver&#237;an limpiarse m&#225;gicamente las manchas rojas de sus uniformes. Pinochet ganar&#237;a con comodidad y seguir&#237;a flagelando al pa&#237;s inc&#243;lume, muerto de la risa. Sus almirantes levantar&#237;an una vez m&#225;s burbujeantes champa&#241;as.

Y el pueblo apuntar&#237;a el dedo hacia &#233;l.

Adri&#225;n Bettini hab&#237;a tomado, como en el poema de Frost, el camino menos transitado, y &#233;ste s&#237; desemboc&#243; en la originalidad, pero tambi&#233;n en el abismo.

&#161;Su campa&#241;a por el No y por la alegr&#237;a no calentaba a nadie!

Aliviado, el ministro del Interior iba a autorizar su emisi&#243;n por la TV gracias al inofensivo coro del futuro premio Nobel Ra&#250;l Alarc&#243;n. Ese valsecito hab&#237;a aguado la mecha explosiva que la gente esperaba se encendiera en ese breve escaparate de quince minutos. &#161;Inocente humor en un pa&#237;s que hab&#237;a derramado sangre tratando de conseguir la libertad!

Inofensivo.

Al llegar a la esquina se llev&#243; instintivamente la mano "a la nariz para cubrir su estornudo. Bast&#243; ese segundo para que su auto se estrellara contra el veh&#237;culo de adelante. No hab&#237;a sido gran cosa, apenas una herida m&#225;s en el viejo Fiat, un rasgu&#241;o m&#225;s en la vida, en nada comparable con el aboll&#243;n mayor en su alma.

De la resignaci&#243;n fatalista salt&#243; al p&#225;nico al descubrir que el veh&#237;culo que hab&#237;a estrellado era un furg&#243;n de carabineros.

En una r&#225;faga de lucidez ocult&#243; la cinta U-Matic con la campa&#241;a del No bajo el asiento del conductor y resignadamente accion&#243; la manilla que abr&#237;a su ventana.

Los bocinazos de los choferes impacientes por este nuevo atasco se amplificaron a trav&#233;s de la ventana abierta. Le hac&#237;an chirriar los nervios, justo en este momento en que necesitaba calma, cordura, sagacidad. Temple. Buen &#225;nimo.

All&#237; estaba ahora el carabinero y su caracter&#237;stico exceso de formalidad orden&#225;ndole agrio:

Sus documentos.

Al hundir la mano en la chaqueta apareci&#243; junto a su billetera la invitaci&#243;n al acto cultural de la embajada argentina. Sinti&#243; que hab&#237;a all&#237; la posibilidad de un refugio, una breve estratagema para amortiguar el golpe que vendr&#237;a.

Le extendi&#243; la invitaci&#243;n con el escudo transandino. Tras mirarla con desgano, el polic&#237;a se la devolvi&#243; indiferente.

Sus documentos, se&#241;or.

S&#237;, s&#237;, mi teniente -dijo Bettini hurgando en su billetera. Mientras lo hac&#237;a, como exhibiendo un absurdo salvoconducto, agreg&#243;-: Sepa usted que vengo de una recepci&#243;n en la embajada argentina. Aqu&#237; no m&#225;s. A dos cuadras. En Vicu&#241;a Mackenna. Una recepci&#243;n del se&#241;or embajador.

El uniformado tom&#243; los documentos protegi&#233;ndolos de la llovizna con la mano izquierda.

&#191;Su nombre es Adri&#225;n Bettini?

S&#237;, mi teniente. Vengo de una recepci&#243;n en la embajada argentina. La embajada de la hermana Rep&#250;blica Argentina.

Apague el motor y b&#225;jese.

Con mucho gusto. No s&#233; c&#243;mo sucedi&#243; este lamentable accidente. El asfalto mojado

El asfalto est&#225; mojado para todos. S&#243;lo usted choca.

S&#237;, mi oficial. Es que yo ven&#237;a de una recepci&#243;n en la embajada argentina

&#191;Consumi&#243; alcohol?

Absurdamente trat&#243; ahora de cubrir su aliento. Tambi&#233;n absurdamente contest&#243;:

No creo.

Va a tener que acompa&#241;arme a la comisar&#237;a, caballero.

Su colega desvi&#243; el tr&#225;fico hacia un costado y le indic&#243; a Bettini que estacionara el auto sobre la vereda.

Va pa'dentro. Conducir bajo el efecto del alcohol y da&#241;o a veh&#237;culo fiscal de las Fuerzas Armadas y de Orden.

Una vez que hubo puesto el auto al borde de un pl&#225;tano oriental, Bettini se baj&#243; del veh&#237;culo y, tras cerrarlo, quiso guardarse las llaves en el bolsillo. El carabinero le sujet&#243; la mu&#241;eca.

Con las llaves me quedo yo.

Es que

&#191;Es que, qu&#233;? &#191;Cree que los carabineros le van a robar su auto?

No pod&#237;a decir que qu&#233;.

All&#237; estaba la campa&#241;a del No, que en pocos d&#237;as iba a presentarse ante todo Chile. Para su humillaci&#243;n. Para su funeral. Su apocalipsis.

&#191;Para qu&#233; decir nada?

Vengo de una recepci&#243;n en la embajada argentina



Cap&#237;tulo 31

El inspector me deposita ante la secretaria del rector como un bulto del que se quiere desprender r&#225;pido. Sin despedirse, abandona la oficina. La puerta queda abierta y puedo o&#237;r que sube corriendo la escalera hasta el segundo piso. La secretaria acciona el conmutador y se comunica con el rector. Dice nada m&#225;s que una palabra:

Santos.

Me indica con un gesto que pase.

Entro a ese recinto que me trae s&#243;lo malos recuerdos. Dos veces estuve all&#237;. Me suspend&#237;an de clases por mala conducta y era la autoridad m&#225;s alta del colegio quien lo comunicaba: Vuelva con su apoderado. La otra hab&#237;a sido por malas notas en qu&#237;mica.

&#193;cido sulf&#250;rico. Escriba la f&#243;rmula, Santos, cien veces en su cuaderno. &#161;Agua, maestro! &#161;HO! Deme un respiro, profesor Guzm&#225;n. No lo expulso s&#243;lo porque es hijo del profesor Santos.

Nunca m&#225;s, rector.

Estudiar&#233;. Lo prometo.

Hoy el sal&#243;n me parece a&#250;n m&#225;s oscuro y fr&#237;o que en esas ocasiones. La estufa a parafina est&#225; apagada. Las cortinas caen espesas. Los &#243;leos con los rostros de los pr&#243;ceres que estudiaron en nuestro liceo se ven todav&#237;a m&#225;s antiguos. Colores fr&#237;os. Mucho negro, y marr&#243;n, y azul, y verde.

El rector est&#225; sentado tras su escritorio y parece dibujar algo sobre un papel. Probablemente est&#233; llenando la p&#225;gina con c&#237;rculos de distintos tama&#241;os. Es lo mismo que yo hago a veces. Como cuando uno est&#225; ah&#237;, esperando alguna cosa.

Y en el sill&#243;n de cuero, ancho, muelle y de piel gastada, rasgu&#241;ada por un gato, veo al teniente Bruna. Tiene el quepis muy precisamente colocado sobre sus rodillas juntas. Con disciplina.

Nadie habla.

No me saludan.

Ni yo digo nada.

Hace fr&#237;o afuera -comenta el rector.

Como para comprobarlo va hasta la ventana y levanta un poco la cortina. La breve luz que se filtra por un par de segundos pasa hecha una r&#225;faga por delante del rostro del militar, que mira absorto la punta de sus botines. Todav&#237;a hay un silencio que yo soporto frot&#225;ndome los muslos.

S&#237;, hace fr&#237;o -repite una eternidad despu&#233;s el teniente-. &#191;Trajo su abrigo, Santos?

Me van a llevar, pienso. Las l&#225;grimas se me agolpan en los ojos. Por m&#237;. M&#225;s que por m&#237;, por mi pap&#225;. Las l&#225;grimas no caen.

Santos -dice el teniente a&#250;n con la vista baja-.

La vida es dif&#237;cil para todos. Para un militar. Para un maestro. Tambi&#233;n para un alumno. &#191;Comprende?

Comprendo, pero no s&#233; qu&#233; me quiere decir. &#191;Me quiere decir que me van a llevar? Tengo mi chaqueta de cuero colgada en un gancho del aula. La chaqueta de cuero negro. Por ella resbalan las gotas de lluvia. Me gusta c&#243;mo me veo con ella. Me gusta cuando jugando con la Patricia Bettini me golpea el lomo y suena chas.

Ahora oigo la punta del bol&#237;grafo del rector rayando la p&#225;gina. Estamos los tres ah&#237; bailando un silencio. Como cuando alguien se muere y piden un minuto de silencio. Pasa un bus con el escape roto y luego se aleja y ah&#237; est&#225; el silencio otra vez. Hinchado.

Yo -dice el teniente Bruna.

Y se interrumpe.

Da un feroz salto hacia m&#237; y me abraza. Luego me aparta y me muestra la cara. Est&#225; triste. El teniente Bruna est&#225; trist&#237;simo. Me tiemblan las rodillas. Quiero preguntar qu&#233; pasa pero no hay sonidos en mi garganta.

Mi pap&#225;, pienso.

El militar se limpia las narices y recobra su postura. Abre la puerta y le pide a la secretaria que vaya a mi sala de clases y me baje la chaqueta.

Una negra. De cuero -le agrego.

Negra. De cuero -completa &#233;l tambi&#233;n.

Afuera hay un jeep con el motor andando. El chofer es un soldado en uniforme de combate. De esos que se metamorfosean con el color del desierto. Igual que en las pel&#237;culas.

Subo el cierre met&#225;lico. El fr&#237;o se me concentra en la barbilla. E\ jeep es descapotado. Ma&#241;ana tengo prueba de historia. No alcanzo a estudiar. El promedio de notas de la secundaria est&#225; flojito. Me defiendo con ingl&#233;s, filosof&#237;a y castellano. La profesora de dibujo me tiene buena barra.

En el sem&#225;foro de la esquina, el jeep frena. No puede ser. Ah&#237; van cruzando la calle juntas Patricia Bettini y Laura Y&#225;&#241;ez. Van abrazadas. Como contentas. Como que no saben nada de lo que me est&#225; pasando. Me pregunto si Santiago ha sido siempre as&#237; de triste. No las llamo. Por ning&#250;n motivo las llamo. Se mueren si me ven en este jeep militar.

Y el teniente Bruna se refriega un poco la cara. El hielo ataca fuerte.

Subimos por Recoleta, agarramos el Salto y desembocamos en un barrio con sitios eriazos.

El jeep llega a una zona acordonada por un cami&#243;n de militares. Tambi&#233;n hay dos fot&#243;grafos con las credenciales envueltas en pl&#225;stico colgando sobre sus pechos. Y un cura que toma caf&#233; desde un vaso de pl&#225;stico. Y la gente est&#225; apoyada en las paredes de sus casas, o sentadas en el escal&#243;n de la entrada. A lo lejos giran las h&#233;lices de un helic&#243;ptero. Los militares rasos levantan las cintas de pl&#225;stico blanco y rojo cuando ven que viene el teniente Bruna.

&#201;l no los saluda. Ellos le indican a algunos metros de distancia un poste de alumbrado. Puro cemento fr&#237;o. Alto. La luz est&#225; apagada. Hay muchas nubes blancas, con alg&#250;n jir&#243;n de turbulencia negra de vez en cuando.

Hemos llegado hasta el farol. Con un gesto rudo, un funcionario policial de civil que lleva una especie de escarapela en la solapa le indica a Bruna la gruesa lona tendida en el suelo que cubre algo. El teniente le ordena con un adem&#225;n de la barbilla que la levante. El agente obedece desplegando la lona en toda su extensi&#243;n. Es el cuerpo de un hombre.

El profesor Paredes.

Sus ojos est&#225;n cerrados y alrededor de su cuello tiene una o m&#225;s s&#225;banas manchadas de sangre.

Degollado -le dice el hombre de la escarapela al teniente Bruna.

Me resulta imposible decir algo. No puedo respirar. Se suelta un chorro entre mis piernas. Me doblo sobre el vientre y caigo de rodillas.

El teniente Bruna me pasa la mano por el pelo.

Hice lo que pude, muchacho -le oigo decir-. T&#250; me lo pediste y Dios sabe que hice todo lo que pude.



Cap&#237;tulo 32

Sinti&#243; familiaridad con el repertorio de los retenidos. Un borracho a lo largo del banco de madera, un estudiante sangrando producto de un lumazo, la vendedora callejera de mercader&#237;as sin licencia, el dirigente sindical esposado.

Dos horas sin que ning&#250;n funcionario iniciara alg&#250;n procedimiento. De vez en cuando alg&#250;n oficial se asomaba, le echaba una mirada al grupo y desaparec&#237;a en alg&#250;n cuarto trasero. Siempre la prisi&#243;n era as&#237;. La sensaci&#243;n de un tiempo infinito, improductivo. Una antesala a lo incierto. Ese intermedio que se hincha con la desolaci&#243;n. La humillante espera. Tiempo para imaginarse a los seres queridos inquietos por tu ausencia. El uniformado de guardia tecleando en una vieja m&#225;quina Remington alg&#250;n informe que meses m&#225;s tarde acaso leer&#237;a un juez local.

La &#250;ltima vez que lo hab&#237;an apresado quer&#237;an darle un buen escarmiento. Hab&#237;a intervenido en una protesta callejera contra el alza de las tarifas de la locomoci&#243;n para rescatar a una joven arrastrada hacia el furg&#243;n policial por unos agentes de civil. Sin estar org&#225;nicamente ligado a ese acto, sigui&#243; el impulso de su coraz&#243;n, y en el interrogatorio no supo dar nombres de contactos, ni la direcci&#243;n de los revoltosos del movimiento porque simplemente los ignoraba.

A veces su maldito coraz&#243;n le hac&#237;a ir imprudentemente m&#225;s r&#225;pido que la cabeza.

En otra ocasi&#243;n se le disparaba la lengua con las verdades ardiendo en la punta. Las dec&#237;a aun sabiendo que tendr&#237;a consecuencias. En todas esas ocasiones hab&#237;a sido &#233;l, solamente su propio cuerpo el que estaba en juego. Pero ahora todo pod&#237;a desembocar en una cat&#225;strofe que implicar&#237;a a mucha gente: si las im&#225;genes de la campa&#241;a del No llegaran a las manos del ministro del Interior, no s&#243;lo pondr&#237;a en riesgo a las personas que hab&#237;an prestado sus rostros para cantar y re&#241;ir contra el dictador, sino que denunciar&#237;a el car&#225;cter de su campa&#241;a a sus rivales del S&#237; a Pinochet: les dar&#237;a tiempo para dise&#241;ar un ant&#237;doto y crear una estrategia que anulara las improbables virtudes comunicacionales que su ingenua obra pudiera tener.

Se sinti&#243; un traidor por haber bebido alcohol en la embajada sabiendo que portaba la cinta U-Matic en el auto.

Explicable, porque estaba nervioso, irritado, inseguro. Por primera vez iba a mostrar su obra magna a los dirigentes pol&#237;ticos del No y tem&#237;a su veredicto. Tan brutalmente fuera de training. &#191;En qu&#233; maldita hora hab&#237;a sucumbido contra todo an&#225;lisis o l&#243;gica a la vanidad de asumir la tentaci&#243;n de &#161;salvar a Chile! Corrigi&#243; ese pensamiento pat&#233;tico. A Chile no lo hab&#237;an salvado los m&#225;rtires de los movimientos de resistencia, ni los militantes disciplinados, ni los cientos de miles de amantes de la libertad que aqu&#237; y all&#225; se enfrentaban a la represi&#243;n, y &#233;l, el sumo pont&#237;fice de los necios, hab&#237;a aceptado dirigir esa campa&#241;a que en vez de llevarlo a la gloria lo conducir&#237;a al infierno.

Carente de ideas se hab&#237;a entregado a los delirios de un microente: el tal Ra&#250;l Alarc&#243;n, con su Vals del No.

Ahora su desastroso video pod&#237;a caer en manos del enemigo.

Y el factor mala suerte. Choc&#243;. &#161;Pero choc&#243; contra un furg&#243;n de carabineros! Con un poquito de mala voluntad, revisando su ficha de arrestos e invocando su incendiario Vals del No en el video, los carabineros lo podr&#237;an entregar a los agentes de inteligencia, que le aplicar&#237;an la Ley Antiterrorista.

La otra clav&#237;cula.

Acaso el f&#233;mur.

Y eso, con suerte.

Desde la calle entr&#243; un oficial de rango superior que hizo sonar las llaves de su auto como casta&#241;uelas.

&#161;Bettini! -llam&#243;.

El publicista se levant&#243; con el coraz&#243;n encogido. Esas llaves, el ruido de esas malditas llaves unidas en un llavero artesanal que le hab&#237;a regalado su hija Patricia hac&#237;a algunas Navidades era probablemente la campanilla en el ring que preludiaba el asalto y el knock out que le sobrevendr&#237;a.

Soy yo, capit&#225;n -se oy&#243; decir entre ronco y servil.

El uniformado se dio vuelta hacia un carabinero raso, tan joven que podr&#237;a haber sido de la misma edad de Nico Santos, el pololo de su hija.

Rev&#237;salo.

El carabinero se acerc&#243;, lo fue hurgueteando y puso en una bandeja de pl&#225;stico negra todo el contenido de los bolsillos de la chaqueta y pantalones de Bettini. Con los brazos en alto, el publicista fue viendo uno a uno los objetos: la billetera, su adorado Montblanc, un pa&#241;uelo sin uso, monedas de cien pesos, una peineta a la que le faltaban varios dientes, algunos caramelos de menta, otros de lim&#243;n y unas hojas dobladas en cuatro.

Bettini no supo identificar esos papeles. &#191;Qu&#233; era?

Cuando el polic&#237;a puso la bandeja delante del capit&#225;n, fueron justamente esas hojas las que le llamaron la atenci&#243;n. Las despleg&#243;, ley&#243; la primera al parecer salt&#225;ndose las l&#237;neas, y tras alisar el resto contra la sarga de su uniforme dirigi&#243; a Bettini una mirada cargada de intenciones.

As&#237; que nos cay&#243; un pez gordo.

&#191;Perd&#243;n, capit&#225;n?

El uniformado marc&#243; con lentitud y deleite un n&#250;mero en el tel&#233;fono y mientras esperaba la respuesta apart&#243; el auricular de su o&#237;do para compartir la espera con todos los presentes. Cuando le respondieron, sin dejar de observar a su detenido, dijo con expresi&#243;n satisfecha:

Aqu&#237; el capit&#225;n Carrasco. Necesito hablar urgente con el ministro Fern&#225;ndez. Mi clave es R-S-C-H Carrasco Santiago.

Ampli&#243; la sonrisa mientras ojeaba la segunda hoja del manojo de papeles.

Doctor Fern&#225;ndez, perdone la hora pero creo que tengo algo entre manos que le puede interesar.

&#191;De qu&#233; se trata, Carrasco?

Detuvimos por una infracci&#243;n de tr&#225;nsito a cierto ciudadanillo -mir&#243; a Bettini, que se secaba la transpiraci&#243;n con la manga de la chaqueta- que est&#225; aqu&#237; frente a m&#237; muy nerviosito. F&#237;jese que al hacer el control de rutina descubrimos unas hojitas que pueden ser muy interesantes para usted, por eso me tom&#233; la libertad de llamarlo.

Bien hecho. &#191;Es algo que concierne al Ministerio del Interior?

&#191;Le leo lo que tengo aqu&#237;, se&#241;or ministro?

Por favor.

El capit&#225;n carraspe&#243; y sin especial &#233;nfasis despach&#243; mon&#243;tono las l&#237;neas del documento:


Es tan rico decir que no 

cuando todo el pueblo te lo pidi&#243;, 

es tan rico decir que no 

cuando lo tienes en tu coraz&#243;n.

Con el arco&#237;ris en los confines 

hasta los delfines van a bailar. 

El No tiene emoci&#243;n, 

le pone color 

a la insurrecci&#243;n. 

Por eso, mi amor, sin vacilaci&#243;n, 

vamos a decir que no, oh, oh.

Tantas veces que busqu&#233; en la vida 

una palabra sentida para la libertad,

tantas veces vi la herida 

de mi gente hundida en la adversidad. 

Nunca cre&#237; que el destino 

tendr&#237;a el ritmo de una canci&#243;n, 

pero hoy no tengo dudas, 

es agua pura de mi convicci&#243;n. 

Por eso, mi amor, sin vacilaci&#243;n, 

vamos a decir que no.


No, preciosa joya, 

ola de mi mar, 

nube de mi cielo, 

fuego que canta, 

no, mi bello amante 

de ojos encendidos, 

nieve de mi sue&#241;o, 

cordillera de mi vino, 

no me digas nada m&#225;s, 

que sobran los vocablos. 

S&#243;lo di la palabra No 

y estamos juntos al otro lado.


El capit&#225;n Carrasco se qued&#243; moviendo r&#237;tmicamente la quijada como contagiado por la rima del texto. Bettini supo que la palidez de su rostro era reemplazada ahora por un hachazo de rubor. O&#237;r su escrito para esa canci&#243;n que se emitir&#237;a justo el &#250;ltimo d&#237;a de la campa&#241;a fue lo mismo que escuchar una sentencia de fusilamiento. Le pareci&#243; horrorosa cada imagen de esas estrofas que no m&#225;s unas horas antes -antes de todos los desastres- le parec&#237;an luminosas, l&#237;neas que interpretar&#237;an a los chilenos de todas las edades, a los amantes del mar y de las monta&#241;as, a los apol&#237;ticos y a los indecisos. &#191;Por qu&#233; hab&#237;a sucumbido a ese descriterio adolescente de su hija cuando intent&#243; convencerlo de que hab&#237;a que cantar es tan rico decir que no, a &#233;l, que nunca en su vida hab&#237;a usado como todos los j&#243;venes chilenos ni siquiera la infaltable muletilla &#191;cach&#225;i? para preguntar si los hab&#237;an comprendido?

&#191;Cach&#225;i?

No, Adri&#225;n Bettini, santo padre de los ingenuos, se dijo. &#161;No hab&#237;a cachado nada! Si o&#237;r la letra de su canci&#243;n en boca de un polic&#237;a diestro en dar &#243;rdenes pero lerdo en la pronunciaci&#243;n de met&#225;foras lo hab&#237;a sepultado ya en la m&#225;s profunda humillaci&#243;n, no imagin&#243; que el infierno tiene siempre otro subsuelo, otro circulito, compa&#241;ero Dante, bajo el cual se puede seguir descendiendo infinitamente.

Carrasco era ahora tan amable de subir a&#250;n m&#225;s el volumen del amplificador para que pudiera o&#237;r en vivo y en directo el comentario a sus versitos del propio ministro del Interior. El que vino precedido por una risa despreocupada.

Eh verdad, muy interesante el material, Carrasco.

&#191;Desde el punto de vista policial o po&#233;tico, ministro?

Desde ambos. D&#237;game, capit&#225;n, &#191;c&#243;mo se llama el Neruda que me tiene entre rejas?

El uniformado tap&#243; la bocina de su tel&#233;fono y levantando la barbilla se dirigi&#243; al publicista.

&#191;C&#243;mo es que te llamabai, huev&#243;n?

Bettini, Adri&#225;n Bettini.

Dice que se llama Adri&#225;n Bettini.

Al otro lado de la l&#237;nea hubo un silencio y luego explot&#243; una alegre carcajada.

&#161;No me diga que me tiene al mism&#237;simo Adri&#225;n Bettini!

&#191;Qui&#233;n es, se&#241;or ministro?

El jefe de la campa&#241;a del No a Pinochet.

&#191;Es peligroso?

&#161;Qu&#233; va! Con esos versitos no calienta a nadie.

Aunque aqu&#237; en el panfleto habla de la insurrecci&#243;n. &#191;Lo apuro un poco?

No, hombre. Por ning&#250;n motivo. No me lo toque ni con el p&#233;talo de una rosa. Estamos en democracia. Bettini puede escribir las tonter&#237;as que quiera.

&#161;Pero contra mi general!

Aunque sea contra nuestro general. &#161;La democracia, capit&#225;n! Una simple exageraci&#243;n de las estad&#237;sticas. Los votos de los pelotudos valen igual que los votos nuestros.

&#191;Y entonces?

Devu&#233;lvale sus papelitos y que se vaya.

&#191;Y qu&#233; hacemos con su auto? Le peg&#243; tremendo top&#243;n al furg&#243;n de la comisar&#237;a.

M&#225;ndelo a arreglar al taller del grupo m&#243;vil en la calle Carmen. Tienen un desabollador que hace maravillas.

&#191;Y la cuenta?

Env&#237;ela al ministerio, Carrasco. D&#237;gale a Bettini que es una atenci&#243;n de la casa.

&#191;En serio, ministro?

En serio, hombre.

&#161;As&#237; que dejo que se vaya! &#191;As&#237; como as&#237;?

As&#237; como as&#237;. Ahora, si le nace, dese un gusto y p&#233;guele una patada en el culo.

Cuando colg&#243;, Carrasco se rasc&#243; pensativo la sien izquierda. Hizo sonar una vez m&#225;s las llaves del coche y se las tir&#243; a Bettini, quien las cogi&#243; de un zarpazo.

Podi' irte, poeta.

&#191;Me puedo llevar el auto?

Ll&#233;vate tu cagada de auto, huev&#243;n.

Gracias, capit&#225;n.

Avanz&#243; hasta la puerta y el carabinero joven lo salud&#243; llev&#225;ndose un par de dedos al quepis.

&#161;Oiga! -le grit&#243; de pronto Carrasco-. Esa cuesti&#243;n que escribi&#243; de que el No es su bello amante, usted es marica, &#191;cierto?

Bettini baj&#243; el cuello y lo hundi&#243; entre los hombros. No contest&#243; nada. Por un segundo pens&#243; que no hubiera sido tan malo que el capit&#225;n Carrasco realmente le pegara una patada en el culo.

Se la merec&#237;a con creces.



Cap&#237;tulo 33

Esta noche se emitir&#225; el primer cap&#237;tulo de la campa&#241;a del No.

Esta ma&#241;ana son los funerales del profesor Paredes.

Camino al cementerio algunas personas se acercan a poner flores sobre el ata&#250;d. Una delegaci&#243;n de la Scuola Italiana llega en un bus amarillo. Las chicas y j&#243;venes visten uniformes.

Atr&#225;s del grupo, cargando una corona de crisantemos, va Patricia Bettini.

La prensa ha informado en la ma&#241;ana del asesinato en los titulares.

Por primera vez este mes hay sol.

El profesor de filosof&#237;a Valdivieso hace una semblanza del profesor Paredes. Evoca sus logros pedag&#243;gicos y teatrales.

Hizo Fuenteovejuna, Perib&#225;&#241;ez, La vida es sue&#241;o, Madre Coraje y Macbeth. Dirigi&#243; La muerte de un vendedor y El cuidador de Pinter.

No cuenta que iba a presentar El se&#241;or Gal&#237;ndez de Pavlovsky.

Dice que don Rafael Paredes ha muerto en tr&#225;gicas circunstancias.

No dice que lo han degollado los agentes de la CNI.

Justo hoy ten&#237;amos la prueba de Shakespeare.

Tengo las Obras completas subrayada por todas partes.

El coro del colegio canta Duerme en paz.

Que la tierra te cubra con amor.

Patricia mantiene la cabeza gacha. No debiera haber venido. Me duele todo lo que a ella le duele. Todo me duele dos veces. Tambi&#233;n veo a la viuda del profesor. Do&#241;a Mar&#237;a est&#225; muy p&#225;lida. Se ve que el maquillaje que le pusieron se ha embadurnado con las l&#225;grimas. Mira hacia el sol mientras Valdivieso habla.

Tengo que ser duro y no puedo.

Miro al sol junto con do&#241;a Mar&#237;a. Eligieron a Valdivieso para el responso porque todos los maestros viejos est&#225;n pulverizados. Hechos mierda.

Extra&#241;o a pap&#225;. La se&#241;ora Mar&#237;a tiene el cuerpo del profesor Paredes y yo lo &#250;nico que tengo es la ausencia de mi padre. No es lo &#250;nico. Tambi&#233;n tengo esperanza.

&#191;Lo volver&#233; a ver con su tabaco negro y la ceniza cay&#233;ndole en las solapas?

Me sorbo las narices. Mi padre no es un detenido desaparecido.

No puede haberse equivocado. El silogismo Baroco. Hab&#237;a testigos. M&#225;s de treinta chicos en el curso.

L&#243;gica. Mi papi es un astro para la l&#243;gica. No pueden negar que lo detuvieron. Tienen que devolv&#233;rmelo.

Mis llamadas de tel&#233;fono no han servido de nada. Los hombres al otro lado de la l&#237;nea me dicen que tenga paciencia. Que est&#225;n haciendo gestiones. Hay uno que se llama Samuel, aunque me explica que no es su nombre real. Samuel dice que el caso de mi pap&#225; es prioridad n&#250;mero uno. Que est&#225; haciendo todo lo que se puede. El teniente Bruna tambi&#233;n hizo todo lo posible por el profesor Paredes.

Estoy autorizado para hablar en nombre de los alumnos. De los actores de La cueva de Salamanca.

Los cuatro protagonistas de El se&#241;or Gal&#237;ndez abandonaron sus casas.

No vamos a volver a dar el entrem&#233;s de Cervantes. No hay ambiente. Cuando estrenamos ten&#237;amos esperanza de que don Rafael apareciera. Ahora tenemos certezas. Y rabia. Y desgano.

Esta noche es la campa&#241;a del No en la tele. Ir&#233; a verla a la casa del se&#241;or Bettini. Van a cocinar spaghetti alla puttanesca. Al modo florentino. Es decir, con harta aceituna y aceite de oliva. Ahora no puedo llorar. No debo ser m&#225;s d&#233;bil que la viuda. No puedo quebrarme delante de Patricia Bettini, que sostiene la corona de crisantemos sin alzar la vista.

Valdivieso termina su discurso. Dobla las p&#225;ginas. Las mete en la chaqueta y me hace un gesto con la mano izquierda para que me acerque al podio. Llevo Shakespeare en una mano y en la otra una goma de borrar que aprieto y suelto, que aprieto y suelto. Miro al p&#250;blico. Hay m&#225;s de cien personas. Son casi todos adultos. Cinco profesores.

Algunos compa&#241;eros de estudio. Los pocos que fueron autorizados por sus padres a venir. La delegaci&#243;n de la Scuola Italiana son siete j&#243;venes. Traen a un hombre flaco y alto que ya he visto antes en la casa de Patricia. Es el c&#243;nsul. El se&#241;or c&#243;nsul Magliochetti.

Todos ahora tienen un amigo diplom&#225;tico.

Por si acaso.

El resto, no tengo idea. Parientes, me imagino.

Deb&#237; haber tra&#237;do una botellita de agua. Hace rato que estoy carraspeando.

Patricia levanta la cabeza. Sus ojos caf&#233;. Su pelo casta&#241;o. Imagine de John Lennon. Mataron a John Lennon. El chico que lo mat&#243; andaba con El cazador oculto de Salinger. Hay s&#243;lo una foto de Salinger. No quer&#237;a ver a nadie.

El profesor Paredes me ense&#241;&#243; una t&#233;cnica de oratoria. Antes que nada plantarse delante del p&#250;blico. Con autoridad. Aunque seas un pendejo chico tienes que verte gigantesco.

Respira hondo, ret&#233;n el aire y l&#225;rgalo lentamente. Trata de mantener aire en el abdomen. Que no te falte en la mitad de una palabra. Y, antes de decir cualquier cosa, t&#243;mate todo el tiempo del mundo para mirar a tu p&#250;blico. No una mirada como el aleteo r&#225;pido de un pajarraco asustado. Mira al p&#250;blico como un todo, pero tambi&#233;n a cada uno. M&#237;ralos a los ojos. No te apures ni te dilates. Ah&#243;rrate pr&#243;logos y lugares comunes. Si dices ser&#233; breve ya est&#225;s alargando innecesariamente tu texto. Un discurso est&#225; hecho de palabras y de silencios. Esos silencios -dijo el profesor Paredes- son elocuentes. A veces hay que decir palabras s&#243;lo para o&#237;r el silencio. Hay maneras y maneras de callar.

A veces hay que decir palabras s&#243;lo para o&#237;r el silencio -digo ahora en voz alta-. Hay maneras y maneras de callar. Hay maneras de decir callando. A veces la &#250;nica manera de decirlo es callar lo que todos entendemos que debi&#243; haberse dicho.

Querido profesor Paredes: hoy nos tocaba la prueba sobre Shakespeare. Hamlet, Julio C&#233;sary Macbeth. Yo subray&#233; todos los parlamentos del t&#237;o Bill que m&#225;s me llamaron la atenci&#243;n. Podr&#237;a haberme sacado un siete. Les leer&#233; s&#243;lo uno:

 I have neither wit, nor words, nor worth, action, nor utterance, nor the power of speech, to stir men's blood: I only speak right on; I tell you that which you yourselves do know. Show you sweet Caesar's wounds, poor poor dumb mouths, and bid them speak for me: but were, I Brutus, and Brutus Antony, there luere an Antony would ruffle, up your spirits and put a tongue in very wound of Caesar that should move the stones of Rome to rise and mutiny.

Perdonen que no lo traduzca, pero no quiero ir preso.

No puedo creer lo que he dicho.

No ten&#237;a pensado el final.

Me aceler&#233; leyendo el discurso de Marco Antonio: Pondr&#237;a una lengua en cada herida de C&#233;sar que llamar&#237;a hasta a las piedras de Roma al mot&#237;n y a la insurrecci&#243;n.El teniente Bruna no vino, &#191;pero cu&#225;ntos de los que est&#225;n ah&#237; con cara de deudos son agentes? Mirar al p&#250;blico. A todos y uno a uno. No saben que estoy temblando. Pendejo. Gigante.

Cierro el libro y me alejo del micr&#243;fono. Silencios y silencios. Distintas clases de silencio. Una &#250;ltima mirada. A Patricia Bettini. Al c&#243;nsul de Italia. Hacia el fondo.

Un anciano levanta con las dos manos una bandera roja sobre la cabeza. El Che saca otra atada a una vara y la mueve. La profesora de dibujo alza la suya. Cinco o seis adultos desconocidos levantan banderas y las hacen flamear en la brisa. El rector no se da cuenta. El rector hace como que no se da cuenta. El teniente Bruna se excus&#243; de venir por decencia. Ahora hay otro tipo de silencio. El silencio que permite sentir el golpeteo de las banderas rojas contra el aire.

S&#243;lo una bandera es distinta a todas las otras: la que eleva ahora Patricia Bettini. Una bandera blanca con el dibujo de un arco&#237;ris.



Cap&#237;tulo 34

Demasiado tarde para todo. Las cartas est&#225;n echadas, amigo Bettini. Vamos a presentar lo que tenga. Saldremos a pelear con lo puesto. Lo hecho, hecho est&#225;, aunque sea una payas&#225;, le espet&#243; Olwyn con una sonrisa desganada.

Atendiendo a las disposiciones legales vigentes corresponde esta noche emitir por todas las televisoras del pa&#237;s las im&#225;genes de las campa&#241;as de las opciones S&#237; y No. Les deseamos una tranquila y agradable cena y un feliz retorno a nuestras pantallas.

La entrada: tomates con aceite de oliva y queso mozzarella. Molto italiano, Adri&#225;n. Vino tinto cabernet. Segundo: spaghetti alla puttanesca. Le lleva aceituna negra, dientes de ajo, salsa de tomate al vino tinto salpicado de alcaparras, cebolla, y los tallarines al dente. No tan blandos que se peguen ni tan duros que no se impregnen de la salsa.

Pancito hecho en casa: en forma de bollos, tibios y crujientes. Frente a cada plato un pote peque&#241;o con mantequilla.

Los comensales son cuatro. Hay champagne extra dry Valdivieso. Est&#225; heladito, pero nadie abre la botella. De ese grupo no sale ni un m&#237;nimo dedal de alegr&#237;a. Qu&#233; va a brotar de esta melanc&#243;lica simiente, piensa Magdalena con la mejor de sus sonrisas. Tambi&#233;n sonr&#237;e su esposo Adri&#225;n y Patricia se acaricia una y otra vez el pelo, acompa&#241;ando un pensamiento que no la lleva a ninguna parte.

Nadie quiere preguntarle al otro en qu&#233; est&#225;s pensando.

En pocos minutos se repartir&#225;n las cartas. La suerte est&#225; echada, Adri&#225;n Bettini. Lo que pari&#243; su inspiraci&#243;n estar&#225; disponible para todo Chile. No saque cuentas demasiado negativas. Piense que la gente que votar&#225; por el No es mucha. Casi la mitad del pa&#237;s. Esos est&#225;n convencidos. Haga lo que haga usted o la campa&#241;a del S&#237;, no los van a mover de sus posiciones. Pero lo suyo son los que tienen temor a que los filmen dentro de las urnas, a que los apu&#241;alen sobre sus votos, los indecisos que temen el caos y el desorden si se retiran los militares. Por eso, Adri&#225;n Bettini, usted tiene que animarlos primero a ir a votar y luego a votar No. No les revuelva el pasado. El pasado les pesa a todos. Denos futuro, un aire transparente. H&#225;galos ver c&#243;mo ser&#225; Chile sin el dictador encima. Sin terror a desaparecer. Un pa&#237;s sin degollados.

En vez de eso -piensa Bettini pas&#225;ndole con una amable sonrisa a Nico Santos el aceite de oliva-, les he faltado el respeto a todos. He banalizado con el Vals del No la trascendencia del momento hist&#243;rico. &#191;Por qu&#233; lo hice?Nico le agradece el aceite con una sonrisa encantadora. Herido de muerte. Y Bettini sonr&#237;e tambi&#233;n.

Est&#225;s triste, Nico.

Estoy, don Adri&#225;n.

&#191;Por qu&#233; sonr&#237;es, entonces?

&#191;Yo? Debe de ser por Shakespeare.

Patricia unta el pan con mantequilla. Se imagina la cadena de contactos que podr&#237;an causar cortocircuito: Shakespeare, Marco Antonio en el cementerio, teatro, El se&#241;or Gal&#237;ndez, el pu&#241;al, el profesor Paredes, su padre. El padre de Nico, Rodrigo Santos.

S&#237;rvete vino. &#191;Shakespeare?

Hay un personaje en Romeo y Julieta, don Adri&#225;n, que se llama Mercuccio. Es el &#237;ntimo amigo de Romeo. Y un d&#237;a est&#225;n paseando los dos por el mercado de Verona y aparece Tibaldo, el hermano de Julieta, un camote que se la pasa provocando a los Montesco. Le dicen el Gato porque se jacta de tener varias vidas.

No me acuerdo de esa parte. Me acuerdo de la luna: No jures por la luna.-Tibaldo comienza a insultar a Romeo y lo desaf&#237;a a que desenvaine su espada. Pero, claro, el pobre Romeo est&#225; raja de amor por Julieta y no se va a empezar a matar con el hermano de su amor. Y, claro, le dice, oye, perdona, pero yo tengo razones para quererte que t&#250; ni te imaginas. Qu&#233; va a saber el otro que Romeo anda pololeando con su hermana. Y cuando Tibaldo oye esto de que te quiero, hermanito

S&#237;rvete vino.

Magdalena llena las copas pero ninguno toca la suya.

 cuando Tibaldo oye esto medio soft de que tengo razones para quererte le comienza a sacar pica a Romeo trat&#225;ndolo de hueco, de mariconcito, de cag&#243;n, &#191;comprende?, y pucha Mercuccio ve esto y le echa la foca, y desenvaina delante de Romeo y desaf&#237;a a Tibaldo a que pelee con &#233;l

Ahora me acuerdo de esa parte -dice Adri&#225;n mirando de reojo la cuenta regresiva para la publicidad de las campa&#241;as que marca el reloj electr&#243;nico del Canal 13, agradecido de dispersarse por un rato en la Verona medieval.

Y ah&#237; queda la media zorra. Porque para evitar que el hermano de su mina y su mejor amigo se maten sujeta a Mercuccio del brazo. Y, claro, Tibaldo aprovecha la ocasi&#243;n que el otro est&#225; indefenso y le clava la espada en el coraz&#243;n. Y el pobre Mercuccio cae sangrando al suelo y Tibaldo y sus patoteros se pegan el raje.

Tiene que haberse sentido el &#250;ltimo Romeo -comenta Bettini distante.

P&#233;simo. Y entonces se agacha sobre Mercuccio, que est&#225; boqueando sangre, y le pregunta, y le pregunta &#191;c&#243;mo est&#225;s? &#191;Y sabe lo que le contesta Mercuccio?

Dime.

Bettini se pone de espalda al televisor para no ver avanzar el minutero fat&#237;dico.

Mercuccio le contesta: La herida no es tan honda como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, pero alcanza. Pregunta por m&#237; ma&#241;ana, y te dir&#225;n que estoy tieso.-&#191;Y por eso sonre&#237;as?

Por eso, don Adri&#225;n. Imag&#237;nese. El loco est&#225; a punto de morirse y se echa esa tremenda talla. P'tas que es gallo el loco.

Te acordaste de eso.

Y cuando usted dijo Cuando usted dijo

Nico se cubre la cara con la servilleta. Las l&#225;grimas han explotado de repente.

Patricia mira a Magdalena, Magdalena a Adri&#225;n. Adri&#225;n toma del vaso de vino.

Fucking Shakespeare, piensa.



Cap&#237;tulo 35

Si le hubieran preguntado sobre la cena, Bettini no habr&#237;a sabido qu&#233; responder. Ni supo qu&#233; comi&#243;. No era s&#243;lo su suerte de revenido publicista la que estaba en juego, sino la de todo el pa&#237;s. Hab&#237;a una peque&#241;a rendija en la caverna a trav&#233;s de la cual podr&#237;a entrar luz. Y tem&#237;a haber dilapidado ese ariete. Si el pa&#237;s entero estaba estremecido por la violencia, &#191;de d&#243;nde la alegr&#237;a podr&#237;a obtener sus cr&#233;ditos para verse cre&#237;ble?

Y hab&#237;a hecho la campa&#241;a para la televisi&#243;n sin responder la pregunta. En verdad, auspiciar la alegr&#237;a de esa manera tan desembozada, con un vals de Strauss y una colecci&#243;n de delirantes que dec&#237;an No en multicolor, sin haberle dado lugar ni siquiera a una l&#225;grima en sus im&#225;genes, a sabiendas que en ese mismo momento Chile estaba llorando, hab&#237;a sido un desatino.

Se hab&#237;a entregado a una ficci&#243;n irresponsable. La salida desesperada. Intentar el salto al abismo sin red. Le explic&#243; a Olwyn que Pinochet hab&#237;a tenido el total control de los medios durante quince a&#241;os para imponer en las pantallas de televisi&#243;n sus &#243;rdenes. A &#233;l le daban quince minutos, quince minutitos, un pu&#241;ado de segundos para fracturar de una vez el s&#243;lido panzer de la dictadura.

No pod&#237;a entrar en sutilezas. Eran quince minutos contra quince a&#241;os. Y de esos quince minutos casi cinco estaban entregados al desenfreno del Vals del No.

La servilleta del joven Nico a la hora del postre parec&#237;a el velamen de un velero n&#225;ufrago. No quiso consolarlo. &#201;l mismo se hubiera deseado un consuelo. La impaciencia lo demoli&#243;. En la pantalla corr&#237;an las im&#225;genes de la campa&#241;a del S&#237;: grupos terroristas de encapuchados y bombas en las manos agarraban a pedradas las ventanas de los coches: era la alegr&#237;a del No, que ven&#237;a. El caos, la violaci&#243;n de adolescentes, ni&#241;os masacrados por una aplanadora roja. As&#237; como &#233;l jugaba las cartas de la alegr&#237;a en el cambio, los publicistas de Pinochet escenificaban el infierno del libertinaje.

No quiso esperar los pocos minutos que faltaban. Ver correr sus im&#225;genes junto a su familia le iba a producir con certeza verg&#252;enza ajena. Arrebat&#243; la servilleta de Nico y le tir&#243; la suya. Puso el pa&#241;o mojado en un bolsillo de su chaqueta y le anunci&#243; al grupo que saldr&#237;a a dar una vuelta.

&#191;Qu&#233; va a hacer? -se levant&#243; Patricia.

Lo que les digo. Una vuelta.

Pero, papi. Es tu momento estelar. Todo Chile en este instante est&#225; pegado a las pantallas.

&#201;se es el problema, mi amor: todos ver&#225;n que su emperador est&#225; desnudo. No tengo &#225;nimo para un nuevo haraquiri.

Pap&#225;, &#191;qu&#233; es lo que realmente vas a hacer?

&#161;Dar una vuelta!

Magdalena se abalanz&#243; sobre &#233;l y le conmin&#243; a que le sostuviera la mirada.

Patricia tiene raz&#243;n. &#191;D&#243;nde vas?

Estruj&#243; la servilleta mojada de Nico en su bolsillo.

No me tirar&#233; al Mapocho. A esta altura del a&#241;o las aguas no son tan caudalosas.

&#191;Y entonces?

Una vuelta, mujeres. Una simple y atl&#233;tica vuelta para respirar aire fresco.

Nico se levant&#243; avergonzado y fue hacia el toilette.

Permiso.

Bettini lo indic&#243; con un pesta&#241;eo.

Mejor preoc&#250;pense de &#233;l. En este momento no tiene ni un perro que le ladre.

Le nac&#237;a cerrar la puerta con estruendo pero opt&#243; por la suavidad. La junt&#243; como despidi&#233;ndose con un beso.

Era una noche fresca. Se abroch&#243; el bot&#243;n superior de la camisa y mir&#243; la luna fraccionada entre las ramas de los &#225;rboles. Siempre hab&#237;a sido &#209;u&#241;oa su barrio. Ten&#237;a la costumbre &#237;ntima de sentir y admirar los viejos empedrados. Los a&#241;osos &#225;rboles crec&#237;an sin Dios ni ley inhibiendo con su altura a los podadores. Se respiraba algo logradamente familiar en esa zona de clase media. Su calle estaba a mucha distancia del supermercado, los mails y los paraderos de buses de las l&#237;neas principales.

Hab&#237;a un almac&#233;n en la esquina, donde el due&#241;o a&#250;n pagaba algo por los envases de vidrio de las botellas vac&#237;as. Y a los chicos que iban a comprar pan o aceite por encargo de las madres les daba la yapa: un chicle, un caramelo.

El quiosquero le guardaba los peri&#243;dicos el d&#237;a domingo cuando permanec&#237;a hasta la hora del almuerzo en cama, e incluso si no iba a buscarlos le tocaba un alegre timbrazo y le pasaba El Mercurio con una sonrisa.

En el chino de Manuel Montt ten&#237;a cr&#233;dito y si le faltaba dinero para invitar a Magdalena y Patricia a una cena, el anciano Tin-Lung, muerto de risa, se lo anotaba en un libraco con la foto del calendario de Marilyn Monroe. Todo estaba igual que en su infancia, salvo por dos detalles.

Las antenas de televisi&#243;n en cada ventana, disparadas hacia las nubes.

Y el cine Italia.

Lo hab&#237;an despojado de su proyectora de treinta y cinco mil&#237;metros en un remate por quiebra. El espacio lo administraban algunos evang&#233;licos de terno marr&#243;n, cuello y corbata, pelos engominados aun en el verano lacerante. Sus mujeres flaqu&#237;simas, de rostro cetrino. Algunas llevaban calcetines que les trepaban hasta las rodillas. A&#250;n era posible distinguir entre el empedrado los rieles de los tranv&#237;as que hab&#237;an dejado de pasar hac&#237;a d&#233;cadas. Su barrio fue el escenario de besos fugaces a la chica m&#225;s guapa de la avenida Antonio Varas, y cuando cumpli&#243; catorce, la rubia con rulos alborotados de la peluquer&#237;a unisex le permiti&#243; de todo cuando el viernes por la noche hab&#237;a cerrado la puerta tras el &#250;ltimo cliente. Despu&#233;s, limpi&#225;ndole el sorprendido sexo en una toalla h&#250;meda, le hab&#237;a dicho al o&#237;do: Happy birthday.&#201;se era su Santiago. La plenitud de la democracia y las manifestaciones callejeras. De estudiante supo gritar junto a miles Allende, Allende, el pueblo te defiende.

Frente a la Escuela de Suboficiales de Carabineros, en Antonio Varas, vio pasar los tanques golpistas hacia La Moneda. Hab&#237;a sido despertado por los vuelos rasantes de los cazas que iban a bombardear el palacio.

La misma semana cuando se obsesion&#243; por un disco de Bob Dylan: Don't think twice, it's all right.

&#191;As&#237; que era &#233;se su estilo? Cada episodio de la historia le ven&#237;a adjunto a la emoci&#243;n de una melod&#237;a, a las l&#237;neas de un poema. Claro que una cosa no ten&#237;a nada que ver con la otra. Una era realidad y la otra fantas&#237;a. Sue&#241;os. Espuma que se deshace. Nube- cillas.

A pesar de que su tranco era en&#233;rgico y sostenido, pudo percibir que su esfuerzo resultaba in&#250;til: a medida que serpenteaba por las calles laterales con el aroma de los jazmines primaverales derram&#225;ndose metro a metro, desde las ventanas de cada una de esas casas y departamentos se proyectaba hacia la calle el Vals del No.

Paradoja: hab&#237;a huido de una emisi&#243;n y ahora lo abrumaban con ella cientos de televisores.

En la oscuridad vegetal de los arbustos los pantallazos de los televisores se proyectaban como chisporroteos fantasmag&#243;ricos. Se sinti&#243; un condenado a muerte en marcha al pat&#237;bulo a quien le propinan un &#250;ltimo martirio: la m&#250;sica incidental de su vida infame a todo volumen.

&#161;Dios m&#237;o! &#161;Diosito, diosecito m&#237;o! -se dijo empezando a correr rumbo a ninguna parte-. &#161;Lo est&#225; mirando todo Santiago!No tard&#243; en brotar en su rostro la transpiraci&#243;n, que vino a adjuntarse a la palidez. A pesar de que sinti&#243; su coraz&#243;n bombeando demasiado exigido no afloj&#243; la marcha. Su coraz&#243;n le estaba indicando el camino correcto. Su deseado fin. As&#237; como en las noches de A&#241;o Nuevo los fuegos artificiales surcaban el espacio, &#233;l ten&#237;a ahora su propia fanfarria: los pantallazos de todos los hogares de Chile que estaban mirando sus quince minutos de fama, su absurdo y rid&#237;culo trino libertario.

No era necesario tirarse al Mapocho, despe&#241;arse de la terraza de un edificio, colgarse de un &#225;rbol, tirarse bajo la rueda de un bus.

Todo pod&#237;a ser infinitamente m&#225;s pulcro: seguir corriendo as&#237; y as&#237; hasta que el coraz&#243;n le estallara como una granada.

De pronto la m&#250;sica se detuvo, se&#241;al de que la emisi&#243;n del No hab&#237;a llegado a su fin.

Ahora era la hora del suplicio.

En ese mismo momento los habitantes de su patria, los boteros a las fauces del oc&#233;ano, los estudiantes rebeldes, los hijos y nietos de los fusilados y desaparecidos, las madres y las novias estar&#237;an perplejos mir&#225;ndose los unos a los otros pregunt&#225;ndose: &#191;Qu&#233; es esto?

&#161;No!: &#161;Qu&#233; chuchas es esto!

El deseado fin.

Su propio apocalipsis.

La c&#250;spide ignominiosa de su carrera.

No daba m&#225;s. Se detuvo jadeando en la plaza frente a un surtidor de agua y dej&#243; que las gotas saltaran a su rostro a mezclarse con el sudor.

De s&#250;bito tuvo la impresi&#243;n de que todo ese l&#237;quido que le empa&#241;aba los lentes le produc&#237;a una alucinaci&#243;n.

All&#225;, al otro extremo de la plaza, ocurr&#237;a algo impreciso.

Era un ser que giraba vertiginosamente.

O dos.

A medida que la aparici&#243;n se acercaba iba tomando m&#225;s y m&#225;s la forma de una realidad. Hasta que se hicieron n&#237;tidos. Rotundamente verdaderos.

Una pareja de j&#243;venes giraba incesante haciendo las piruetas de un vals sin m&#250;sica: como bailando el recuerdo de un vals en la noche estrellada. Al desplazarse ocupaban generosos las baldosas de la plaza solitaria y cuando estuvieron tan cerca de &#233;l que alcanzaron a rozarlo la mujer danzarina le grit&#243;:

&#161;Vamos a ganar, se&#241;or! &#161;Vamos a ganar!

Bettini se sac&#243; los lentes, los limpi&#243; con el fald&#243;n de su camisa, y ahora, viendo a la alucinaci&#243;n real con total y brutal precisi&#243;n, les dijo:

No jodan, que estoy al borde del infarto.



Cap&#237;tulo 36

Viajo en metro hasta el centro.

Laura Y&#225;&#241;ez quiere verme. No puede decir nada por tel&#233;fono. Personalmente.

He hecho muchas veces este trayecto, mas hoy hay algo extra&#241;o en la atm&#243;sfera. Aunque hace calor y vamos apretados, nadie parece fastidiarse con la aglomeraci&#243;n. Se saludan. Se apartan para dejar un espacio y permitir entrar a un nuevo pasajero.

Se ven frescos. Hay algo p&#237;caro en las miradas. Conversan. No veo a nadie que est&#233; con la mirada clavada en sus zapatos. Un grupo de mujeres que visten el uniforme de un supermercado van sonriendo aunque no se hablan.

En la portada del diario m&#225;s popular que lee ese caballero jubilado hay dos fotos inmensas.

En una aparece Pinochet sonriendo y en la otra Florcita Motuda con una franja presidencial sobre el pecho.

El t&#237;tulo dice: duelo de titanes.

Faltan pocos d&#237;as para el plebiscito y por lo que oigo mientras me desplazo en los vagones nadie habla de otra cosa. Como en un tictac sin pausa oigo s&#237;-no, no-s&#237;, s&#237;-s&#237;, no-no-no por todas partes.

Es raro este Santiago de hoy.

Todos se ven tan saludables. &#191;Tomaron jugo de fruta? &#191;Se han frotado en la ducha con algas de mar? &#161;Y las carcajadas! Un liceano color&#237;n de ojos verdes cuenta la escena de la noche anterior cuando el bombero con un vaso de agua imitaba la sirena de su carro bomba ululando No, no, no, no, no, no, no, no, no, no. Y los adultos a su alrededor le dedican una mirada divertida. Y un anciano le palmotea el hombro. Y el pelirrojo le dice si quiere lo hago de nuevo. Y hay m&#225;s carcajadas. Parece otro pa&#237;s. Dicen que los brasileros son as&#237; de alegres. A pesar de voc&#234; amanh&#228; h&#225; de ser outro dia. Estoy contento por el se&#241;or Bettini. Por Patricia Bettini. Por la se&#241;ora Magdalena. Cuando volvi&#243; a casa el tel&#233;fono estuvo sonando hasta las tres de la ma&#241;ana. Felicitaciones. Bettini les daba entrevistas a los diarios extranjeros. Llam&#243; un se&#241;or Chierici del Corriere della Sera. Larga distancia. Y otro espa&#241;ol de El Pa&#237;s. Quer&#237;an pron&#243;sticos y an&#225;lisis para el d&#237;a del plebiscito. Est&#225; que arde el calendario. &#191;Cu&#225;nto falta hasta el 5 de octubre?

Cuando el tren llega a una estaci&#243;n, algunos pasajeros salen y los que entran parecen venir cargados con bater&#237;as frescas. Como cuando el entrenador saca en el segundo tiempo al centrodelantero fatigado y entra el reemplazante haciendo carreritas cortas para calentar el cuerpo. Me parece que hasta el metro va m&#225;s r&#225;pido. Es lo que mi viejo detesta. Los subjetivismos que no dejan apreciar la realidad objetiva. Le cargan los sofistas. Buenos para hablar y dorar la perdiz. Pero en el fondo ch&#225;chara. Arist&#243;teles, sin embargo, &#233;se s&#237; va al grano. Nico Santos. Por Nic&#243;maco.

Siento que soy el &#250;nico en este vag&#243;n que me estoy yendo pa' dentro. Como que la tristeza de la ausencia de pap&#225; me tira para abajo. Estoy fuera del ritmo de la ciudad. Va a haber elecciones libres pero mi viejo est&#225; preso. Preso y desaparecido.

El tal Samuel sigue haciendo lo posible. Patricia Bettini insiste en que hay que hablar con la gente mala. Los buenos no pueden hacer nada. Quiz&#225; ahora sea un buen momento.

Ahora que la gente se ve m&#225;s animosa.

Claro -pienso-. Pero &#191;c&#243;mo estar&#225; Pinochet? Furia. Seguramente granate. Parece que le sali&#243; el tiro por la culata. La se&#241;ora de verde que carga esa bolsa de verduras del supermercado est&#225; tarareando el Vals del No. A lo mejor esto es un sue&#241;o y ahora va a entrar un comando de milicos y nos van a disparar a todos.

No fui a la escuela. Me preocupa que el texto que dije en el cementerio me traiga consecuencias. El teniente Bruna no estaba, por decencia, pero los soplones que hab&#237;a all&#237; a lo mejor me est&#225;n esperando en la puerta del instituto.

O sentados en mi misma aula.

Con el pelo corto.

D&#237;a de sol.

Tienen una chapa de Investigaciones que muestran abri&#233;ndose la solapa. Son detectives. Pero lo que me contaron es que los detectives despu&#233;s les entregan los presos a los de la polic&#237;a pol&#237;tica.

Y all&#237; cuesta seguirles la pista.

La &#250;ltima vez que habl&#233; con Samuel me dijo que no me descorazone. Que puede haber buenas noticias. Pero tambi&#233;n malas, le grit&#233; al tel&#233;fono. Se qued&#243; callado medio minuto. Tambi&#233;n malas, muchacho, me dijo. Le ped&#237; perd&#243;n.

Me bajo en la Alameda con el cerro Santa Luc&#237;a y voy caminando hacia el Parque Forestal. All&#237; vive Laura Y&#225;&#241;ez. Me cita porque quiere decirme algo. No s&#233; de qu&#233; se trata.

Pero me dijo que era urgente.

Me viene bien desaparecer de mi departamento y ausentarme del colegio.

La Laura Y&#225;&#241;ez es tremenda de guapa. En el colegio les dicen a ese tipo de mujeres morenazas. Ella misma me dijo una vez: quiero ser la morenaza de Chile. Su amistad con Patricia proviene de su gusto por el teatro. Mi polola siempre busca obritas intelectuales, con filo pol&#237;tico. Se muere de la risa con Beckett o Ionesco. El teatro del absurdo. Laura se vuelve loquita por John Travolta. Se sabe todos los pasos de baile de Saturday night fever, pero nunca ha encontrado un muchacho de su edad que le pueda hacer el peso. A ella y a Travolta. Por eso anda con fulanos mayores.

Desde la Scuola Italiana algunas veces Laura y Patricia van juntas al cine. Son tan diferentes. Mi adorada Bettini quiere irse a Italia para visitar los museos de Florencia y tratar de conocer personalmente a Fellini. Raya la papa por Amarcord. La Laura, no. Ella quiere salir alg&#250;n d&#237;a en la portada de Vanidades o Fotogramas.

Le gustar&#237;a hacer de mujer fatal en una teleserie. Pero lo curioso es que es m&#225;s buena que el pan. Si fuera millonaria repartir&#237;a todo entre los amigos.

Es la superamiga, pero con ese cuerpo todos quieren tir&#225;rsela.

Los locos no quieren ser solamente amigos de ella. Por eso vino a m&#237;. Porque sabe que estoy neutralizado por mi amor a Patricia Bettini. Sabe que no le puedo hacer una mariconada a su mejor amiga.

Finalmente le prest&#233; el departamento para que se cambiara de ropa. No le pregunt&#233; m&#225;s. Ya bastante jodido estoy yo para ponerme a joder a los otros.

Y ahora toda misteriosa me dice que quiere verme. Dice que me agradece el departamento pero que ya no lo necesita. Va a devolverme las llaves. Que ahora tiene uno propio en Mosqueto, cerca del palacio de Bellas Artes. Ven un d&#237;a con Patricia. A ella le gustan los cuadros. Sus padres no deben enterarse. Que la Patricia Bettini se calle. Porque en una de &#233;sas lo cuenta en el colegio y sus apoderados se enteran y literalmente la matan. Pero ya en diciembre va a tener que contarles la verdad. Hace un mes que no va a clase.

Toco el timbre. Departamento 3A. Tercer piso. Ascensor peque&#241;ito. Edificio moderno. Caben dos personas. Schindler. Carga no debe exceder los 150 kilos.

Si

No quiero ni pensarlo.

Es que Si me buscan para meterme preso por el discurso en el cementerio, podr&#237;a esconderme en el departamento de Laura Y&#225;&#241;ez.

Por reciprocidad.

&#191;Querr&#225; ella?

No, no va a pasar nada.

Dije todo lo del t&#237;o Bill en ingl&#233;s.

Ingl&#233;s, mi &#250;nico siete, la nota m&#225;xima.

Porque me gusta el rock y don Rafael me ten&#237;a buena barra. Le gustaba que estuviera en el grupo de teatro. Me lo mataron. As&#237; 110 m&#225;s. El teniente Bruna hizo todo lo posible.

&#191;Qu&#233; crestas es entonces hacer todo lo posible?

Traigo en la mochila el &#250;ltimo n&#250;mero de Caras. Es el tipo de revista que le gusta a Laura. Satinada, con hartos avisos comerciales, mucha vida social y p&#225;ginas de moda a todo color.

&#161;Viniste, loco! -me dice, d&#225;ndome un besote en la mejilla izquierda y tir&#225;ndome hacia dentro.

&#191;Por qu&#233; tanto misterio?

Ya te cuento. &#191;C&#243;mo est&#225; Patricia?

Digo: Bien. Patricia est&#225; bien.Aunque no s&#233; c&#243;mo est&#225;. No se lo he preguntado a ella. Mataron a su profesor Paredes y su padre ha tenido un &#233;xito de locos con la campa&#241;a del No. Debe de estar p&#233;simo de mal y a lo mejor un poquito bien. Todo el mundo comenta la campa&#241;a del No. Telefonazos de felicitaciones hasta las tres de la ma&#241;ana. Recalentamos la tallarinata puttanesca y abrimos otro vino tinto. Don Adri&#225;n me pas&#243; plata para un taxi. El metro ya no corr&#237;a.

&#191;Y t&#250;?

No s&#233;, loco. Pero te llam&#233; porque amor con amor se paga.

&#191;De d&#243;nde sacaste eso?

Qu&#233; s&#233; yo. Lo dec&#237;a mi abuela.

&#191;De qu&#233; se trata? Toma. Te traje la &#250;ltima Caras.

&#161;Con la Michelle Pfeiffer en la portada! Super woman. &#191;Cierto?

Es rica.

Tu tipo, &#191;te cach&#233;?

No s&#233;, Laura. No s&#233; cu&#225;l es mi tipo. Acabo de cumplir los dieciocho. No s&#233; cu&#225;l es mi tipo y no entiendo nada de nada.

Pero como la Patricia Bettini

&#191;Qu&#233;? &#191;Qu&#233; pasa con Patricia?

Es que ella es tan

&#191;Tan qu&#233;?

Elegante. En cambio, yo

Eres diferente, Laura. Ninguna es mejor que la otra. Son nada m&#225;s que diferentes.

&#191;Te gusto?

Te encuentro la raja.

Tengo Coca-Cola, Bilz, Pap y cerveza. Cerveza Escudo, no m&#225;s.

Coca.

&#191;Con hielo?

Tres cubitos.

Va a la cocina y trae una Coca familiar. Ya tiene listo un platillo con dados de queso y aceitunas verdes. Es mediod&#237;a, pero parece un cocktail vespertino.

Si&#233;ntate, que te vai a caer muerto.

Dime -le digo, obedeci&#233;ndole.

Ella se acomoda en la punta de un sof&#225; de mimbre con respaldos acolchonados de color caf&#233;. Muy se&#241;orita, junta las rodillas evitando exponer sus muslos mates y tersos.

Se trata de tu papi, Nico.

Aj&#225;, por eso quer&#237;a que viniera. Nada de tel&#233;fono. No quiero o&#237;rlo. Quiero morirme de antemano. Morirme ya.

&#191;Sabes algo?

Laura mira las paredes de su living y la puerta que conduce al dormitorio y la otra hacia el peque&#241;o balc&#243;n. Hay una reproducci&#243;n de un cuadro con bailarinas de Degas y una foto enorme de Travolta con un traje de raso blanco muy ajustado y el chaleco de mangas cortas abierto en el pecho.

Nico S&#233; c&#243;mo llegar a &#233;l.

&#191;Est&#225; vivo? Al profesor Paredes

Ya s&#233;.

Hay algo que la retiene. Quiere y no quiere dec&#237;rmelo. &#191;Para qu&#233; me trajo?

Por favor.

Sacude la brillante mata de pelo azabache rizado y me mira fijo, contundente, a los ojos.

Lo que te voy a contar ahora habla p&#233;simo de m&#237;. Te lo cuento solamente a ti porque me echaste una mano.

Est&#225; bien. Dime.

Te encuentro muy pendejo, pero siempre me has llamado la atenci&#243;n. Lo hago por ti. Y por el profesor Paredes. Me puso un cinco. Por la primera estrofa de Annabel Lee. Poe. &#191;Te acuerdas? Su cinquito, me dijo.

No cacho.

Se pasa las manos por las narices y aspira como si tuviera un resfr&#237;o.

Este departamento me lo puso un gallo. &#191;Cachai?

Ya.

Un gallo casado.

Ya.

Un tira.

&#191;De la CNI?

No eri' na tan aturdi&#243; &#191;Me vai a echar un discursito moralista?

No s&#233;. No s&#233; qu&#233; hacer ni qu&#233; decir. No esperaba esto. Bebo medio vaso de Coca-Cola. Me queda un cubo de hielo en la boca y lo tiro de un lado a otro con la lengua.

No.

Creo que a trav&#233;s de &#233;l podemos llegar a tu papi.

&#191;Por qu&#233;?

Lo s&#233; no m&#225;s, Nico.

Me gustar&#237;a ser adulto. Entender m&#225;s de la vida. Le&#237;do m&#225;s libros. Conocer la psicolog&#237;a de la gente.

&#191;Qu&#233; tengo que hacer?

Laura se inclina hacia m&#237; y me toma las manos. Las levanta y las lleva a su boca. No las besa. Simplemente apoya sus labios en mis dedos.

&#191;Tenis algo de plata?

La miro. La miro con mi alma entera volcada en mi estupor.

&#191;De d&#243;nde, Laura? Ni siquiera he ido a cobrar el sueldo de septiembre de mi papi porque tengo terror de que me agarren.

&#191;Tenis de d&#243;nde sacar algunos pesos? &#191;Vender algo?

&#191;Qu&#233;?

No s&#233;. Un auto.

No tenemos auto. Caminamos. O el metro.

Un televisor.

Todos tienen televisor. &#191;Qu&#233; me van a dar por un televisor?

Laura aparta mis dedos. Los besa uno a uno. Despu&#233;s pesta&#241;ea tres, cuatro veces. No me mira.

Te comprendo, Nico, te comprendo.

Luego va hasta un armario de madera y saca una botella de ron Bacardi blanco. Le echa un chorro a mi Coca-Cola y se pone un poquito en su propio vaso.

Entonces no me queda m&#225;s que ver cu&#225;nto me quiere este detective concha e'su madre.



Cap&#237;tulo 37

Ra&#250;l Alarc&#243;n, Florcita Motuda, llam&#243; por tel&#233;fono a Adri&#225;n Bettini agradeci&#233;ndole efusivamente haberlo puesto en la campa&#241;a. Soy el hombre m&#225;s popular de Chile -le dijo-. La gente me besa en las calles. El chofer del taxi no me quiso cobrar: "Si usted tiene el valor de enfrentar a Pinochet, &#191;por qu&#233; yo no? Voy a votar 'No'. Y a todos los que suban a mi taxi los voy a convencer de que voten 'No'. Grande, Florcita."

Gracias, don Adri&#225;n.

Nada que agradecer, repuso Bettini mirando a trav&#233;s de la ventana un auto gris sin patente estacion&#225;ndose frente a su casa. El chofer baj&#243; la ventanilla, y su acompa&#241;ante -cuyo rostro no alcanzaba a ver- le encendi&#243; un cigarrillo. El conductor entreabri&#243; la puerta y accion&#243; el mecanismo del asiento hacia atr&#225;s. Se puso c&#243;modo y expuls&#243; una bocada de humo por la ventana.

Nada que agradecer, se&#241;or Alarc&#243;n. Soy yo quien tengo que agradecerle a usted.

&#161;A m&#237;! Si yo soy una insignificancia. Una pobre florcita motuda.

La gente piensa que usted es un h&#233;roe. Le espera un gran futuro, amigo.

El acompa&#241;ante del hombre del coche gris descendi&#243; y cruzando la calle fue hacia la puerta de la casa de Bettini y mir&#243; el n&#250;mero. Luego lo compar&#243; con el que ten&#237;a escrito en una libreta y levant&#243; el pulgar indic&#225;ndole al chofer que estaba okey.

Un gran futuro, amigo -repiti&#243;.

Le hizo se&#241;as a Magdalena que se asomara al balconcito y mirara el coche.

Tap&#243; la bocina del tel&#233;fono al susurrarle: Anda a comprar algo al almac&#233;n y &#233;chale una buena mirada a la cara del que maneja.

&#191;Usted cree, don Adri&#225;n, que vamos a ganar el plebiscito?

El plebiscito, s&#237; -dijo Bettini, tir&#225;ndole a su esposa un beso-. Otra cosa es que acepten el resultado.

No les queda otra. Toda la prensa extranjera est&#225; aqu&#237; y los corresponsales me dijeron que se van a quedar hasta el d&#237;a de la votaci&#243;n.

El acompa&#241;ante del conductor miraba ahora a Magdalena atravesar la calle camino al almac&#233;n. Le indic&#243; al otro que estuviera atento llev&#225;ndose un dedo a la parte inferior del ojo.

D&#237;game, se&#241;or Alarc&#243;n

A sus &#243;rdenes, don Adri&#225;n.

&#191;Usted no tiene por casualidad alg&#250;n amigo con una casita fuera de Santiago? &#191;En el campo, en la costa?

Fern&#225;ndez, en Papudo. &#191;Por qu&#233;?

Est&#225; tan bonito el tiempo y lo he visto un poco paliducho. &#191;Por qu&#233; no se va algunos d&#237;as a la playa a tomar sol?

Al otro lado de la l&#237;nea hubo un largo silencio. Despu&#233;s Alarc&#243;n carraspe&#243;.

&#191;Le pasa algo, se&#241;or Bettini?

No, nada. Nada.

Perdone que le pregunte pero &#191;usted tiene miedo?

No, hombre, no -contest&#243; buscando en su agenda el n&#250;mero del c&#243;nsul de Italia.

Porque lo que es yo

&#191;Cagado de miedo?

Tanto como cagado, cagado, no. Pero su resto. No quer&#237;a molestarlo. Era s&#243;lo para agradecerle haber cre&#237;do en m&#237;

Bettini sonri&#243; con amargura. Omiti&#243; lo que realmente ten&#237;a que informarle: No cre&#237; en usted. Dud&#233; todo el tiempo de usted. Hasta anoche estuve convencido de que usted era un completo desatino.-&#161;Grande su vals, Florcita!

Yo hice muy poco. El grande es Strauss.

Cu&#237;dese. &#191;Est&#225; todo bien por su casa?

Perfecto. &#191;Sabe? La gente me ama.

Se lo merece.

Bettini cort&#243; y de inmediato llam&#243; a la embajada italiana:

Florcita Motuda cort&#243; y volvi&#243; a mirar con preocupaci&#243;n ese auto negro que se hab&#237;a estacionado un poco m&#225;s arriba de su departamento, cerca de la plaza.



Cap&#237;tulo 38

D&#237;as antes de la votaci&#243;n los soci&#243;logos publicaron sus encuestas.

El sesenta y cinco por ciento de los indecisos hab&#237;an ahora optado por votar No.

Sumado a la gran mayor&#237;a que votar&#237;a No a como diera lugar, las encuestas aseguraban que la opci&#243;n contra Pinochet ganar&#237;a el plebiscito.

El equipo comandado por el ministro del Interior no mostr&#243; ninguna reacci&#243;n ni flexibilidad frente a la ola de popularidad del No. En los abundantes programas que emitieron aprovechando el monopolio de la televisi&#243;n que ten&#237;a el gobierno nunca les hablaron a los indecisos, sino a sus m&#225;s fervientes partidarios.

Pinochet sigui&#243; crey&#233;ndoles al ministro Fern&#225;ndez y sus asesores, que le extend&#237;an s&#243;lo encuestas favorables. La campa&#241;a del No era inofensiva, y los soci&#243;logos, que daban por ganadores a sus enemigos, mi general, son una banda de delincuentes cesantes.

Uno de esos delincuentes cesantes escribi&#243;: Los dioses ciegan a aquellos a quienes quieren perder.

En la casa de Bettini el &#225;nimo comenz&#243; a subir casi tanto como en todas las provincias chilenas. En un pa&#237;s donde la entretenci&#243;n principal era ver TV, la aparici&#243;n del No en los medios rompi&#243; la soledad que marcaba la vida de cada persona o grupo familiar. Se matiz&#243; la rutina de desesperanza.

Por primera vez -le explicaron los soci&#243;logos a Bettini- la gente sinti&#243; que la televisi&#243;n les estaba hablando a ellos, no pasando por sobre ellos. Esos quince minutos eran un big bang de im&#225;genes estelares que no se extinguieron tras la emisi&#243;n: segu&#237;an generando nuevos astros, choques de energ&#237;a por todas partes, la mueca grave se hab&#237;a distendido, el rictus amargo hab&#237;a dado paso a sonrisas.

Hasta ese momento lo que no aparec&#237;a en la pantalla parec&#237;a no ser real. La gente sent&#237;a que los seres ficticios y banales de las teleseries eran m&#225;s reales que ellos mismos. Ellos ten&#237;an s&#243;lo silencios. No ten&#237;an autorizaci&#243;n para vivir, s&#243;lo para ser testigos de vidas irreales.

La pincelada de democracia que arriesg&#243; Pinochet hab&#237;a roto el dique. Aquello que parec&#237;a un simple e inofensivo jueguito hab&#237;a detonado en su sencilla eficacia las ansias de futuro y de alegr&#237;a. Bettini comenzaba a creerlo lentamente. S&#243;lo que su &#233;xito se hac&#237;a m&#225;s y m&#225;s peligroso. De los films norteamericanos hab&#237;a heredado una expresi&#243;n que repet&#237;a cuando estaba entre amigos de confianza: fucking. Ahora hablaba con una semisonrisa de su fucking success. Los d&#237;as que faltaban para la votaci&#243;n apenas dorm&#237;a entre pesta&#241;eada y pesta&#241;eada. Hab&#237;a una sobrecarga de adrenalina alrededor que no permit&#237;a un solo suspiro de calma.

Los rumores de que los militares ten&#237;an conocimiento de un eventual desenlace desfavorable a Pinochet despertaron temores de que mandaran al diablo la comedia democr&#225;tica y que desconocieran el resultado. O que a trav&#233;s de fabricados actos de terrorismo suspendieran el plebiscito.

Los partidos del No llamaban a marcar No, sin odio, sin violencia, sin miedo.

El d&#237;a 5 de octubre, Bettini lleg&#243; acompa&#241;ado de Magdalena y Patricia hasta su local de votaci&#243;n cerca de plaza Ega&#241;a. Hizo la larga fila de votantes bajo un alegre sol compr&#225;ndoles botellitas de agua mineral a los vendedores ambulantes. A medida que se acercaba a su mesa sinti&#243; que su coraz&#243;n se aceleraba. Lo hac&#237;a feliz esta apariencia de rutina. Se hab&#237;a imaginado todo m&#225;s solemne y complejo. Y nada. All&#237; estaba &#233;l. Uno entre cientos en su &#209;u&#241;oa. Uno entre cientos de miles en Santiago. Uno entre millones en Chile. &#191;D&#243;nde estar&#237;a votando Florcita Motuda? As&#237; como el cantante estaba feliz con el reconocimiento popular, &#233;l estaba agradecido de su anonimato.

Si el No ganara, en verdad ya no le pedir&#237;a nada m&#225;s a la vida. Acaso arrendar una casa en la playa, llevar sus casetes favoritas, sus libros de historia griega (Hum, los dioses ciegan a los que quieren perder).

Si el No ganara

No, en verdad no pod&#237;a ni siquiera concebir un m&#225;s all&#225; del No. Raro que &#233;ste fuera s&#243;lo una etapa para algo mayor. Esta insignificancia, su arco&#237;ris, su pu&#241;ado de im&#225;genes, el vals de Alarc&#243;n, eran en el fondo todo.

Era su coronaci&#243;n de la vida.

Que otro haga futuro. El -levant&#243; un pu&#241;o y lo sostuvo en alto cuando lo salud&#243; un conocido desde la fila del frente-, &#233;l s&#243;lo quer&#237;a ahora disfrutar del presente.

De la eternidad de ese momento actual.

S&#243;lo faltaba que el No ganara.


A la medianoche se asom&#243; a la ventana antes de que el subsecretario del Interior diera a conocer los resultados. Los comandantes de las Fuerzas Armadas hab&#237;an palpado el clima en el pa&#237;s y ya no pod&#237;an desconocer ni adulterar los votos.

Hay tal cantidad de gente celebrando en las calles que ser&#237;a una barbaridad correrles bala, comunic&#243; el ministro del Interior a palacio.

El subsecretario Cardemil anunci&#243; que hab&#237;a ganado el No. Cincuenta y tres por ciento de los votos.

Los periodistas, oscilando entre el &#233;xtasis y la incredulidad, buscaron al ministro del Interior y no lo encontraron.

Finalmente Pinochet accedi&#243; a conversar con ellos. Vestido de civil y maquillado en tonos rozagantes emiti&#243; su veredicto ante decenas de camar&#243;grafos nacionales y de la prensa mundial: Los jud&#237;os tambi&#233;n hicieron un d&#237;a un plebiscito. Tuvieron que elegir entre Cristo y Barrab&#225;s. Y eligieron a Barrab&#225;s.

Se retir&#243; sonriendo: No more questions.

En la casa de Bettini, a las copas de vino tinto y blanco sucedi&#243; una botella de champagne, y a la botella de champagne y los llamados telef&#243;nicos, un cambio de turno en el equipo de hombres del auto gris, que segu&#237;a en la misma posici&#243;n desde el d&#237;a que lo hab&#237;an estacionado.

Era una presencia puntual y permanente. De una quietud maciza. A veces estaba vac&#237;o. A ratos entraban en &#233;l dos hombres, a veces los mismos del primer d&#237;a, a veces otros, prend&#237;an la radio, o&#237;an m&#250;sica rock, cambiaban a cumbias, incluso un d&#237;a pusieron fuerte a Mozart: la Peque&#241;a serenata nocturna.

El auto no se mov&#237;a. El auto segu&#237;a ah&#237;. Siempre ah&#237;. Sin patente.

Los dos hombres tra&#237;an bolsas de papel desde el mercado de Irarr&#225;zabal, pelaban naranjas y tiraban las c&#225;scaras sobre el empedrado.

Uno fumaba, el otro no.

En los turnos de noche no fumaba ninguno de los dos.

En la ma&#241;ana iba un motorista a llevarles un termo de caf&#233; con leche y s&#225;ndwiches.

A las cinco de la ma&#241;ana, Patricia Bettini les llev&#243; los cables de la prensa extranjera. Se los hab&#237;a conseguido el c&#243;nsul italiano, que apareci&#243; junto a ella, los dientes cincelados en pasta dental, el pelo a&#250;n h&#250;medo por la ducha tempranera, una condecoraci&#243;n en la solapa, queso parmesano y jam&#243;n de Parma.

Le cedi&#243; el honor a Patricia Bettini de que leyera el cable de Le Monde. La muchacha capt&#243; el texto de un par de pesta&#241;adas y lo tradujo mentalmente al espa&#241;ol.

La familia y los amigos se hab&#237;an tirado sobre la alfombra y sillones como guerreros exhaustos.

Le Monde: Hay pocos antecedentes para juzgar lo que ocurri&#243; y lo que sigue pasando en Chile. El m&#225;s autoritario y represivo r&#233;gimen de toda la historia de la naci&#243;n se ha transformado en un magma de indecisi&#243;n, impotencia y shock.

Patricia mir&#243; al padre y, ech&#225;ndose para atr&#225;s el pelo casta&#241;o que le ca&#237;a sobre un ojo, le dijo solemne:

Papi, quiero que ahora te pongas de pie.

Adri&#225;n obedeci&#243; con un manotazo en el aire, suponiendo alguna broma. Pero Patricia estaba seria. Nunca la hab&#237;a visto tan grave. As&#237; de digna. Parec&#237;a que hubiera crecido en pocas horas. Como si la trasnochada, los vinos, el cansancio, la excitaci&#243;n, la hubieran hecho m&#225;s mujer, proyect&#225;ndola muy por encima de sus dieciocho a&#241;os.

Esto es El Pa&#237;s, de Espa&#241;a, viejo: Quince minutos bastaron para acabar con quince a&#241;os.

Bettini calcul&#243; que en las &#250;ltimas semanas no hab&#237;a noche en que no se autopronosticara un infarto. No ahora, please, le orden&#243; a su fucking coraz&#243;n. Trag&#243; saliva y sin sonre&#237;r le dijo al p&#250;blico:

&#161;El Pa&#237;s, de Espa&#241;a! Se non &#232; vero, &#232; ben trovato.



Cap&#237;tulo 39

Se&#241;or Fern&#225;ndez. &#161;Qu&#233; honor, ministro!

Ex ministro, Bettini. Acabo de presentar mi renuncia y estoy juntando mis papeles para irme a casa.

Las vueltas de la vida, doctor Fern&#225;ndez.

Pero no crea que esto es el fin de la historia. Usted logr&#243; que diecis&#233;is gatos y perros se pusieran de acuerdo por una vez para apoyar a un solo candidato. A Mister No. Pero ahora que van a tener que ponerse de acuerdo para designar a un solo candidato presidencial se van a sacar los ojos entre ustedes.

En esta campa&#241;a aprendimos a unirnos

&#191;Unirse? Ustedes est&#225;n pegados con cinta scotch y escupito, Bettini. El verdadero ganador de este plebiscito es Pinochet, porque el cuarenta y tanto por ciento de los votos que recibi&#243; son de &#233;l solito. En cambio, el cincuenta y pico por ciento de ustedes van a tener que dividirlo entre diecis&#233;is partidos. Con ese cuarenta por ciento mi general puede hacer lo que se le d&#233; la gana.

&#191;Un golpe de Estado como el que dio en 1973 contra Allende?

&#191;Por qu&#233; no?

No creo, se&#241;or ministro

&#161;Ex!

No creo, se&#241;or ex ministro. Esta vez no cuenta con las Fuerzas Armadas ni el apoyo de Estados Unidos. Ni con algo m&#225;s que s&#237; ten&#237;a en el 73.

&#191;Qu&#233;, Bettini?

&#161;Alguien a quien derrocar! &#191;O Pinochet va a ser tan amable de derrocarse a s&#237; mismo?

Mi general ser&#225; recordado como un gran dem&#243;crata. Cu&#233;nteme de alg&#250;n otro dictador que organice un plebiscito y que cuando lo pierde se va para la casa No se duerma sobre sus laureles, mi amigo. Este paisito hay que gobernarlo con autoridad, y no con canciones bobas como Es tan rico decir que no.

&#191;Cu&#225;l es el prop&#243;sito de su llamada, se&#241;or ex ministro?

&#161;Qu&#233; cosa! Hablando leseras se me hab&#237;a olvidado. Mire, Bettini: as&#243;mese a la ventana y podr&#225; ver que en la calle hay un auto gris, sin patente

S&#237;, lo veo.

Bueno, son mis boys.

S&#237;, se ve que son sus boys.

&#191;Cu&#225;ntos son?

Tres, cuatro Asistencia completa. D&#237;a de gala.

&#191;Qu&#233; hacen?

Est&#225;n todos fuera del coche. Uno fumando y los otros tomando agua en vasos de pl&#225;stico. Hace un calor de rompe y raja.

Bien, por favor, vaya hacia ellos y d&#237;gales que se retiren. D&#237;gales que ha habido cambio de planes.

A decir verdad, no tengo el menor deseo de dejar mi casa ahora.

No tenga miedo, Bettini. D&#237;gales lo siguiente: El Coco les ordena que escampen.

El Coco les ordena que escampen.

Ecco. Y todo solucionado.

Le agradezco su generosidad. &#191;Le puedo preguntar por qu&#233; lo hace?

Cuando la cena termina hay que lavar los platos. Hoy por ti, ma&#241;ana por m&#237;. Nos estamos viendo, Bettini.


El corte de la comunicaci&#243;n fue casi una pedrada. Por el contrario, &#233;l puso el fono en la horqueta exageradamente lento. En un trance. Conjurando algo.

Estaba solo en la casa. Frente al espejo del vest&#237;bulo, se meti&#243; bajo los pantalones la vieja polera de los Rolling Stones con el dibujo de la lengua roja fuera. Humedeci&#233;ndose los labios, se amarr&#243; las zapatillas de basketbally demor&#243; una eternidad en pasar los cordones por los orificios de arriba.

El Coco les ordena que escampen -murmur&#243; bajito-. &#191;Hasta cu&#225;ndo va a durar esta pesadilla?

Abri&#243; la puerta de casa de par en par y una bofetada de sol cay&#243; sobre su rostro encegueci&#233;ndolo un segundo. Se puso la palma de la mano derecha como visera sobre las cejas y dirigi&#243; la mirada hacia los hombres del auto al otro lado de la calle.

El &#250;nico que fumaba tir&#243; el cigarrillo sobre el asfalto y lo moli&#243; con el pie.

Otro puso el vaso de pl&#225;stico del cual beb&#237;a sobre el chasis.

El tercero arroj&#243; el suyo sobre el empedrado y luego masaje&#243; su pu&#241;o derecho en la concavidad de la palma de la mano izquierda.

El &#250;ltimo sigui&#243; bebiendo, casi indiferente.

Fuera. Fuera de aqu&#237; -susurr&#243; Bettini avanzando hacia ellos.

Y cuando los tuvo al alcance de la mano extendi&#243; en&#233;rgico el brazo hacia el horizonte.

&#161;Fuera!



Cap&#237;tulo 40

En la esquina el tel&#233;fono est&#225; desocupado y tengo la moneda en la mano pero no llamo. Camino hasta nuestro departamento pensando que me har&#233; un tomate relleno con at&#250;n. En el almac&#233;n compro un pan y una manzana. Me gustan las verdes porque son &#225;cidas.

En el ascensor est&#225; escrito con plum&#243;n negro: &#161;Ganamos, mi&#233;chica!, y al otro lado alguien ray&#243; con una navaja el nombre Nora. Me dispongo a abrir la puerta del departamento cuando &#233;sta se abre desde adentro. Ah&#237; est&#225;, en el umbral, Patricia Bettini. Viste el uniforme de su colegio privado, es decir, blusa celeste, corbata azul y falda cuadriculada con medias blancas que le suben hasta los muslos. Es raro, pero cada vez que algo me sorprende me hago el que no estoy sorprendido. Encuentro cool ser as&#237;. Y hay razones para estar extra&#241;ado: jam&#225;s mi amiga ha tenido la llave del departamento.

Pero s&#237; Laura Y&#225;&#241;ez.

Y es Laura Y&#225;&#241;ez quien ahora sale de la cocina y envuelve con un brazo los hombros de Patricia Bettini.

Me gui&#241;a un ojo.

Mientras muevo el llavero en la mano pasan dos cosas: la boca de Patricia Bettini se extiende en una sonrisa que no oculta la imperfecci&#243;n de su diente central, que es levemente m&#225;s grande que los otros, y el profesor Santos aparece tras ella sosteniendo un cigarrillo entre los labios.

No.

Lo he contado mal. Primero aparece una bocanada de humo y reci&#233;n despu&#233;s aparece el profesor Santos con el cigarrillo entre los labios.

Nos abrazamos en silencio y quiz&#225; yo me demoro mucho m&#225;s en soltarlo que &#233;l a m&#237;. Entonces pienso que quiere mirarme y me aparto un poco y el viejo me pregunta c&#243;mo estoy y yo tengo la manzana verde en una mano y la llave en la otra y le digo lo mismo que le dije a Valdivieso: Aqu&#237; estamos.En el comedor hay cuatro puestos y est&#225; servida la entrada: jam&#243;n relleno con palta montado sobre una lechuga. Pap&#225; extiende una mano para apagar el cigarrillo en el cenicero y advierto que su piel est&#225; llena de quemaduras. Cuando se da cuenta de que me doy cuenta tapa esa mano con la otra y se refriega ambas con entusiasmo como prepar&#225;ndose para un banquete. Pero yo le retiro con decisi&#243;n una mano y miro detenidamente sus llagas.

Es que en la c&#225;rcel no ten&#237;an ceniceros y los chicos apagaban los cigarrillos en cualquier parte -sonr&#237;e-. Pero nunca nada muy grave. Todo dentro del silogismo Baroco.

&#191;Y t&#250;?

Yo, genial, pap&#225;.

&#191;No te metiste en ning&#250;n l&#237;o?

Cero problemas.

Es el &#250;ltimo d&#237;a del mes. &#191;Fuiste a buscar el cheque?

Se me pas&#243;.

Es que es muy interesante saber si hay cheque o no. Tengo la esperanza de que no hayan alcanzado a pararlo.

Despu&#233;s del almuerzo voy.

Est&#225; bien.

Patricia Bettini va a la cocina a buscar la botella de vino tinto y mi padre se limpia una mota de tabaco que ten&#237;a pegada al labio.

Ella me sac&#243; -me susurra pap&#225; confidencialmente, indicando con la barbilla a Laura Y&#225;&#241;ez.

&#191;C&#243;mo?

Preg&#250;ntale t&#250;.

&#191;C&#243;mo lo sacaste? -le digo sin mirarla, y ocultando mi sonrisa, mientras lleno la copa del papi.

Ella se frota la frente con el corcho de la botella.

Patricia golpea en la mesa.

Habl&#243; con gente, Santos.

Con gente mala, me imagino.

D&#233;jala tranquila, Nico -interviene mi padre-. No vivimos en el mundo de las ideas plat&#243;nicas. En la realidad el Bien va mezclado con el Mal.

Pero en distintas proporciones.

En distintas proporciones, hijo. &#191;No est&#225;s contento de verme?

Claro que s&#237;, pap&#225;.

&#191;Y entonces?

Est&#225; todo bien, pap&#225;.

Comamos, pues.


En la tarde voy a Tesorer&#237;a. Hago diez minutos de cola y efectivamente hay un cheque para el profesor Rodrigo Santos. Lo retiro, lo guardo en la billetera, compro la revista Don Bal&#243;n y veo que en el centro trae un p&#243;ster con dos de mis &#237;dolos: Rossi y Platini.

Al d&#237;a siguiente tengo clase de filosof&#237;a.

El profesor Valdivieso devuelve los ex&#225;menes corregidos con tinta verde y para la calificaci&#243;n usa un enorme n&#250;mero rojo. Mi canci&#243;n de Billy Joel obtiene la nota m&#225;s alta: un siete.

Al volver a casa justamente pap&#225; me pregunta por el nuevo profesor de filosof&#237;a y yo le cuento que es un tipo buena gente. Le digo que me ha puesto un siete en la prueba sobre el Mito de la Caverna. Al papi le baja el profesionalismo y pide que le muestre la prueba. Se la extiendo y, cuando la toma, deja el cigarrillo en el borde del cenicero. Aprovecho para aspirar una pitada y lo vuelvo a su lugar.

&#191;Qu&#233; es esto, Nico? -pregunta, p&#225;lido, tras leer la canci&#243;n de Billy Joel y ver el resto de la hoja vac&#237;a.

Yo no s&#233; si re&#237;r o llorar.

Justicia en la medida de lo posible, papi -respondo, arrancando de la revista deportiva el p&#243;ster de Rossi con Platini.



Cap&#237;tulo 41

Ella lo quiere as&#237; y yo no voy a negarme.

Me dice que no me lo tome a mal pero que se har&#225; cargo de los gastos.

Escribi&#243; una carta para don Adri&#225;n y la clav&#243; con alfileres en su almohada.

No es que sea una tonta rom&#225;ntica como las de las revistas satinadas, pero dice que Santiago est&#225; herido por el smog.

Los buses a Valpara&#237;so parten cerca de la Estaci&#243;n Central.

No pude dormir en toda la noche y me aflige llegar trasnochado a encontrarla en la garita.

Meto en la mochila un traje de ba&#241;o y dos manzanas.

No hay toallas limpias. Si vamos a la playa me agarro una del hotel.

En el vag&#243;n del metro veo al Che bostezando. Me le acerco y le digo que hoy faltar&#233; a clases. Si preguntan por m&#237;, que le diga al inspector que estoy resfriado.

Quiere saber por qu&#233; no voy al colegio.

Me sale una sonrisa contagiosa porque me la copia instant&#225;neamente.

Tengo un arsenal de frases aprendidas de pap&#225; para estas ocasiones. Le digo una: Menos pregunta Dios y perdona.

Quiere saber si se trata de una mina.

No se trata de una mina, Che. Se trata de Patricia Bettini. Me la llevo a Valpara&#237;so.

Digo Me la llevo a Valpara&#237;so pero es ella la que ha organizado todo. Pidi&#243; a la se&#241;ora Magdalena que le adelantara la mesada y vendi&#243; todos los libros de estudio en una librer&#237;a de viejo. Es la ventaja de no tener hermanos menores, Nico. Esos libros ya no le sirven a nadie en casa. Quiero desintoxicarme de todo, de &#225;lgebra, de qu&#237;mica, de historia, de f&#237;sica.

De virginidad.

Lo dijo as&#237;, como si fuera una materia dif&#237;cil. No me dijo: Quiero desintoxicarme de mi virginidad. Dijo: Quiero desintoxicarme de Virginidad.

Algunas veces estuvimos a punto de quebrar el marcador, como dice en la radio el locutor deportivo Julito Mart&#237;nez. Los dos hemos le&#237;do novelas y poes&#237;as que llaman al amor libre y nos hemos tocado por todas partes.

Pero siempre encontraba una excusa. Ella plantea las cosas as&#237;: El amor es una expansi&#243;n de un sentimiento de felicidad. Mientras una no es feliz, no debe hacer el amor.Esto lo discutimos de lo m&#225;s tranquilos cuando estamos lejos de una cama. Pero a solas en mi departamento o, incluso, en su cuarto con los padres ausentes, hemos llegado al borde del desenlace.

Y despu&#233;s, claro, estaba el tema de mi tristeza.

Ahora me muestra un poema que ha subrayado: La gente tiene derecho a ser feliz aunque no tenga permiso.Todo lo que nos ha ocurrido nos ha cambiado mucho. Es como si hubi&#233;ramos madurado a golpes.

Ella tiene ganas de vivir m&#225;s r&#225;pido.

Yo quiero acariciar y que me acaricien.

Queremos soltar amarras. Me lo dijo sirvi&#233;ndome un vasito de grapa. Un licor as&#237; como el pisco o el aguardiente. Pero, claro, que es de Italia. La botella parece una escultura de vidrio. En la etiqueta dec&#237;a grappa morbida.

Quema.

El Che me recomienda que pase a una farmacia a comprar sombreros. No s&#233; si quiero. Es decir, quiero saber c&#243;mo es ella, quiero sentirla. Y el sombrero A lo mejor estoy pensando como un pendejo. Har&#233; lo que Patricia Bettini decida.

En la terminal anuncian por los parlantes el pr&#243;ximo bus a Valpara&#237;so para dentro de diez minutos. El chofer lee La Cuarta con las piernas extendidas sobre el manubrio. El aire de un peque&#241;o ventilador hace temblar las hojas de su peri&#243;dico. Me asomo al interior del veh&#237;culo pero no encuentro a Patricia.

Me uno a los otros pasajeros que se despiden de los familiares en la plataforma de partida. Un cargador de maletas mete en la bodega del bus un ba&#250;l antiguo. En la frente lleva una cincha con el dibujo del arco&#237;ris.

Temo que Patricia se haya arrepentido. Para una chica la decisi&#243;n de hacer el amor es cosa casi de tragedia griega. O al menos de telenovela. Son tantas las cosas que les meten en la casa y en la escuela, que andan por la vida en punta de pies tratando de no quebrar huevos.

En el fondo tienen raz&#243;n. El amor en ellas deja huellas. Bueno, hasta cicatrices. Por eso es extra&#241;o que Patricia Bettini se haya decidido a estar conmigo. A&#250;n faltan dos meses para terminar la secundaria. Y despu&#233;s Pinochet tiene que llamar a elecciones libres. Va a tardar. Cosa de un a&#241;o, me imagino. Me dijo: Quiero estar contigo &#237;ntimamente.Pero no en Santiago.

Es que Santiago es la escuela, la iglesia, la cesant&#237;a de don Adri&#225;n, los autos sin patente frente a la casa, las bombas lacrim&#243;genas, la ausencia del profesor Paredes.

Que comprenda.

Est&#225; bien. Para m&#237; amarla no es cosa de geograf&#237;a. Aunque soy el tipo menos rom&#225;ntico de la tierra tambi&#233;n me gusta un espacio donde la vista no est&#233; chocando todo el tiempo con edificios y antenas de televisi&#243;n.

Ando con ganas de mar.

Mar y amar. Valpara&#237;so.

Pero mi cosa es el centro de Santiago. Me gusta con furia que no hayan derribado la iglesia colonial y que los urbanistas hayan tenido que hacer una curva en la Alameda para respetarla.

As&#237; hay que tratar a una dama, dijo el profesor Santos.

Cuando anunciaron que la derribar&#237;an, mi viejo y yo salimos a protestar con los curas franciscanos a las calles.

El papi pronunci&#243; un discurso junto a la fuente de la p&#233;rgola de las flores.

Dijo que la iglesia era el m&#237;nimo y dulce Francisco de As&#237;s y el gobierno de Pinochet era el lobo.

El lobo de Gubbia, dijo.

No s&#233; de d&#243;nde se le ocurren esas cosas.

Es p&#233;simo para quedarse callado.

Pero a m&#237; me proh&#237;be hasta los suspiros.

Vinieron los pacos y primero tiraron agua. Uno se acostumbra al agua. Lo &#250;nico que puede pasar es que el chorro muy violento te tire contra una pared y te rompas la cabeza. Lo mejor es tirarse al suelo.

que te mojen. Que te dejen empapado como un perro.

El profesor Paredes dec&#237;a, agach&#225;ndose bajo el chorro: Relax and enjoy it.Las bombas lacrim&#243;genas ya es distinto. Te revienta una en la cara y te puedes quedar ciego.

Pero mi vida entera se la he dado al centro. Dieciocho a&#241;os. Calle Lastarria. Villavicencio. Las fuentes de sodas con las camareras maquilladas igual que bailarinas de cabaret.

El chofer ahora se asoma en la pisadera del bus y nos grita que partir&#225;n dentro de tres minutos.

Aprieto en el bolsillo las monedas de cien pesos y trato de ver si hay un tel&#233;fono cerca.

Y justo en ese momento Patricia Bettini aparece.

Y a medida que se acerca corriendo mi coraz&#243;n se pone a latir m&#225;s fuerte que nunca.

Se hace m&#225;s peque&#241;a y delgada dentro de mi abrazo. El pelo casta&#241;o le cae suelto en los hombros y no hay ni rastro de la disciplina escolar de prendedores, horquillas y pinches con los que evita que el pelo le inunde la cara.

Hoy no viste el uniforme del colegio.

Trae en cambio una polera roja ce&#241;ida, directamente una talla m&#225;s peque&#241;a que las que usa.

Los senos irrumpen en la tela y la parte superior est&#225; expuesta.

Sus labios pintados de un rojo furioso combinan de maravilla con la polera. Es una boca que grita b&#233;same, mu&#233;rdeme. Trago saliva. Raspo con los breves pelos que me han brotado en la quijada su mejilla. Aspiro profundamente el olor de su piel. Me marea el toque como de fruta tropical de su gel.

&#191;Est&#225;s listo? -pregunta.

Quiere saber si estoy listo. Ya hace d&#237;as que emprend&#237; el vuelo. Vivo en el pa&#237;s del No y s&#233; en cada uno de mis nervios que nunca m&#225;s me lo volver&#225;n a quitar. Lo siento en el pulso de mis mu&#241;ecas, en mis sienes, que laten albor otadas.

En mi erecci&#243;n.

&#161;P'tas que es er&#243;tica, la democracia!

Estoy listo -digo para ahorrarme todo lo indecible.

Me pone el pasaje en el bolsillo de la camisa blanca y luego me toca la frente con dos dedos como un m&#233;dico que controla si uno tiene fiebre.

Entonces, Nic&#243;maco Santos, &#161;a Valpara&#237;so los boletos!



Cap&#237;tulo 42

Patricia Bettini le muestra a Nico Santos la agenda forrada en cart&#243;n azul donde su padre fue anotando sus observaciones para la campa&#241;a del No.


Un caballo galopa en la pradera, es el caballo de la libertad.

Se mueven los limpiaparabrisas de un taxi, es el No de la libertad.

Un coraz&#243;n late de s&#237;stole a di&#225;stole, es el ritmo de la libertad.

Una anciana compra una bolsita de t&#233; en el almac&#233;n de don An&#237;bal, es el t&#233; de la libertad.

Un carabinero golpea en el cr&#225;neo a un estudiante, es la hora de la libertad.

Canci&#243;n:

No lo quiero, pap&#225;, no lo quiero, mam&#225;, no lo quiero ni en ingl&#233;s, ni en mapudung&#250;n, ni en tango, ni en bolero, ni en foxtrot, ni en cumbia ni chachach&#225;, no lo quiero a &#233;l, yo no lo quiero, mi amor, lo que yo quiero es la libertad.

Christopher Reeves est&#225; en Chile. Grabarlo: vino a proteger a los actores amenazados de muerte. Que diga algo. Algo as&#237;: OK, folks, you're right, remember that the vote is secret and that Chile be a free country depends on you.

Grande Superman, en ingl&#233;s la libertad.

Filmar a Jane Fonda, no s&#233; d&#243;nde la pueden pillar, la o&#237; decir en la radio: During all these years the pain of Chile has been our pain, now the future of Chile is in your hands.

Meter a la Jane con la canci&#243;n de las botas: These boots are made for walking, and they will walk all over you, walk boots, walk over Pinochet, walk, walk, walk hacia la libertad.

Y usar alguna cueca: Tiquitiquit&#237;, tiquitiquit&#225;, di que no y se enciende la libertad.

Y no se olviden de Violeta: me dio el abecedario, con &#233;l las palabras que pienso y declaro, me dio la N, me dio la O, me dio el No, me dio medio a medio el No de la libertad.

Le quebraron las manos, le rompieron el f&#233;mur, le metieron setenta y dos balas, le perforaron el vientre, duele la libertad (sin decir de qui&#233;n hablamos, la gente sabe, es mejor que la gente se active sola).

La polic&#237;a no lo deja bajar del avi&#243;n a Serrat, se encierra en el ba&#241;o, graba con un periodista una casete, para la libertad (poner ese disco).

La pareja de j&#243;venes esp&#237;a hacia una esquina, juntan monedas y billetes de poco monto, quieren pagar una pieza en el motel, el amor barato de la libertad.

Yo, Bettini, le pido a la muerte que se aguante un poco, que deje pasar septiembre, que me conceda un &#250;ltimo deseo, que nada m&#225;s espere el 5 de octubre, que espere la libertad.

La chica vestida de negro atraviesa la avenida Apoquindo en plena primavera y sus caderas oscilan siguiendo el ritmo de la libertad.

Sobre la cabeza del barbudo rey, una corona de cart&#243;n piedra se enchueca, va a llegar la libertad.

Esa mano que se alza y se despide de alguien dice No, quiere libertad.

El carpintero raja con el serrucho la madera, salta el aserr&#237;n de la libertad.

La enamorada deshoja una margarita, me quiere mucho, poquito, nada, la libertad.

El Silabario Matte: pap&#225; ama a mam&#225;, el ni&#241;o come la papa, la ni&#241;a ama la libertad.

Qu&#233; p&#225;jaro o &#225;ngel le gana a volar m&#225;s alto a la libertad.

El Pac&#237;fico eleva catedrales azules hacia las nubes, olas que suben y suben hacia la libertad.

No me digas menos, no me digas m&#225;s, dime la palabra justa, libertad.

A ver esas palmas, chiquillos, marcando el ritmo, as&#237;, clip, clap, una vez m&#225;s, clip, clap, clip, clap, la libertad.


Nico deja la libreta de Bettini sobre el velador de la pieza del motel.

Pero ella quiere que &#233;l lea una vez m&#225;s (usa esta palabra) la profec&#237;a: La pareja de j&#243;venes esp&#237;a hacia una esquina, juntan monedas y billetes de poco monto, quieren pagar una pieza en el motel, el amor barato de la libertad.

Patricia le pide que la ayude con el brassi&#232;re.

Nico acierta a desprenderlo como si tuviera experiencia.

Est&#225; frente a la espalda de la mujer que ama. La piel se extiende p&#225;lida y por primera vez se acerca a tocar con sus labios un lunar sobre el om&#243;plato. El om&#243;plato. Anatom&#237;a.

Ella gira su cuerpo. Ahora est&#225;n los senos frente a la boca.

Ella parece haber surgido de esa nube alborotada suspendida m&#225;s all&#225; del ventanal.

Ella est&#225; seria.

El sonr&#237;e.

Entre los dos juntaron los quince mil pesos. La pieza por tres horas. No se queden dormidos, j&#243;venes, que si no tengo que cobrarles otros diez mil extra. Dos cubalibres incluidos.La libertad, piensa.

Y trepa con la lengua por su cuello, y llega hasta la boca de Patricia Bettini, y le hunde la lengua entre los dientes.

Ella cierra los ojos.

Tiene que haber un modo de hacerlo bien.

Un modo de hacerlo con clase.

Como lo han visto en las pel&#237;culas.

Como lo so&#241;aron tantas veces en s&#225;banas mojadas.

Tiene que brotar el gemido lento, tiene que henchirse el seno, abultarse erudito el miembro, tiene que humedecerse, empaparse el vientre, su lengua tiene que saber encontrar el punto perfecto, asediarlo con la destreza de un torero, el diminuto punto electrizado del planeta.

Tiene que tener calma, todo esto es demasiado abrupto, las manos aprietan y rasgu&#241;an, saltan de un lugar al otro como conejos asustados.

Habr&#237;a que tener treinta a&#241;os, experiencia de piel, doctorados en senos para darle placer a la amada Patricia Bettini, p&#225;lida y caliente bajo la tenue luz del d&#237;a que se filtra entre la cortina de tela estampada con flores, margaritas, girasoles, rododendros, en la sombra agobiante de ese hotel castigado por un sol insolente que parece querer incendiar el puerto.

Patricia apoya la espalda sobre el verde respaldo acolchado de la cama, despliega las rodillas, con el dedo del medio y el &#237;ndice de la mano derecha avanza sobre su vientre.

Se acaricia el punto, el instante, la copa de champagne burbujeante. Y la otra mano va a la nuca de Nico Santos.

Y la otra mano conduce suave pero decidida la cabeza de Nico a su vientre, lo doblega, y el joven estudiante acata ese rumbo, roza los cabellos lisos casta&#241;os, en la ruta aspira hondamente el olor de esas secreciones que se expanden triunfales.

Certero, va con la punta de su lengua al m&#237;nimo tigre oculto en esa verdura abrupta, m&#225;s oscura que lo que profetizaban sus sue&#241;os, de un tono m&#225;s salvaje que el pl&#225;cido casta&#241;o italian&#237;simo de su cabellera, como rizada por una s&#250;bita electricidad.

Y si hasta el momento no hab&#237;a habido palabras, ni siquiera monos&#237;labos, s&#243;lo la saliva en la piel, el roce de las nalgas en las s&#225;banas, ahora Nico Santos oye una palabra.

Patricia Bettini susurra s&#237;, repite s&#237;, dice una y otra vez s&#237; y s&#237;, y tambi&#233;n as&#237; y as&#237;, y sus dedos aprietan el&#233;ctricos el cr&#225;neo de Nico Santos, y ya no dice nada m&#225;s, y ya no dice m&#225;s s&#237;, ya no dice s&#237;, s&#237;, as&#237;, as&#237;, y calla ferozmente, concentradamente calla, y brutalmente aprieta la mand&#237;bula, y lo que Nico no puede ver, lo que a&#250;n no sabe es que Patricia Bettini est&#225; llorando.



Cap&#237;tulo 43

Patricia corre la cortina estampada del motel en lo alto del cerro y luego abre la peque&#241;a ventana. Apoya la frente sobre el marco de madera, ladea el cuello y entrega la vista a la distancia. Entran con m&#225;s fuerza los sonidos del puerto: gr&#250;as que depositan cajas de madera gigantes sobre las cubiertas de los barcos, bocinazos, sirenas de ambulancias, las radios del vecindario con los hits de la semana.

Ven.

Camino hasta su lado. No cambia la postura. Sin mirarme, coge mi brazo y lo pone rodeando sus hombros. Besa mi mano. Es muy extra&#241;o, porque est&#225; al mismo tiempo lejos, dispersa por el mar hacia el horizonte, y tambi&#233;n muy aqu&#237;. Es un cuerpo dividido. Bello, tierno, tibio.

Mira -dice ariscando un poco la nariz y apuntando hacia los cerros de Valpara&#237;so-. Si quieres conocerme mejor, as&#237; soy yo.

&#191;Qu&#233; quieres decir?

Los cerros y todo eso.

As&#237; eres t&#250;.

Es una manera de decir, tonto. Yo -se golpea suave el coraz&#243;n, como marcando sus latidos-, yo soy esto. Es decir, si alguien me pintara y yo fuese un paisaje, ser&#237;a de muchos colores

Mira ahora aqu&#237;. &#191;Qu&#233; ves?

Surtido.

Techos, tejas, muros amarillos, verdes, violetas, azules, granates, terracota, chimeneas, gaviotas, pel&#237;canos, escaleras, pelda&#241;os, cables al alcance de la mano, ascensores que parecen casitas trepando por los rieles, los perros vagabundos, los volantines, y todo se sostiene apilado como si alguien lo hubiera puesto as&#237; al lote, dej&#225;ndolo todo para m&#225;s tarde.

As&#237; que as&#237; eres t&#250;. Te has dejado para m&#225;s tarde.

Es decir, las cosas que me han pasado en la vida tienen alg&#250;n significado. Est&#225;n ah&#237; con la emoci&#243;n que viv&#237;, i cach&#225;i?

Una de las cosas que m&#225;s me gustan de ti es que casi nunca dices cach&#225;i. Es curioso, porque yo te veo

Me detengo. Beso su hombro desnudo, aspiro profundamente el olor de su cuello. Recorrer su piel ayuda a que encuentre la palabra exacta

&#191;C&#243;mo me ves?

Arm&#243;nica, bronceada. Elegante, Patricia Bettini. Esto de que te ves a ti misma como un carnaval me sorprende.

Se da vuelta hacia m&#237; y con dos dedos recorre suave mis p&#225;rpados.

Quiz&#225; -dice sonriendo con los ojos, pero no con los labios- es el trauma post virginidad perdida. &#191;Sabes qu&#233; es lo que me da la armon&#237;a?

Eso lo discut&#237; con tu viejo.

&#161;&#191;T&#250; hablas de m&#237; con mi padre?! &#191;Qu&#233; te dice?

Que eso es the Italian touch. El toquecito italiano. Es decir, alboroto interno, pero expresi&#243;n clara.

Arm&#243;nica.

Claro, como si te hubieras pasado en limpio.

&#191;Y Laura Y&#225;&#241;ez?

Laura Y&#225;&#241;ez es un borrador. &#191;Viste los cuadernos de caligraf&#237;a de los ni&#241;os desordenados?

Letra chueca, borrones. &#161;Salv&#243; a tu padre, Nico!

La adoro por eso. Pero no s&#233; si ella se podr&#225; salvar a s&#237; misma.

Patricia est&#225; s&#250;bitamente seria. Casi grave. Me indica con la barbilla que vuelva a mirar la rada.

Todo concluye en el mar.

No comprendo.

Es decir, siempre est&#225;s ah&#237; y al mismo tiempo ah&#237; est&#225; el infinito. Si tienes cerca el mar pones todo lo chiquitito de todos tus d&#237;as en el infinito.

Exagero mi bostezo.

Debieras conversar estos temas con el profesor Santos. Mi viejo es fan de Arist&#243;teles y de Anaximandro.

No lo cacho.

Anaximandro es el m&#225;s antiguo de los fil&#243;sofos. Se conserva de &#233;l v&#237;nicamente un peque&#241;o fragmento de su obra.

&#191;De qu&#233; habla?

Me lo s&#233; de memoria. De donde viene a las cosas su ser hacia all&#225; necesariamente han de volver, seg&#250;n el orden del tiempo. El loco se hizo famoso con ese cachito de filosof&#237;a.

Patricia va hacia el velador y levanta su vaso de cubalibre medio vac&#237;o. Lo prueba. Hace una mueca. Est&#225; tibio.

&#191;Pido hielo?

D&#233;jalo. Es hora de que volvamos a Santiago. Mi viejo debe de estar busc&#225;ndome para matarme. Le dej&#233; una nota clavada con alfileres en su almohada.

Justo dice eso y suena la sirena de un coche polic&#237;a muy cerca del motel.

Ah&#237; est&#225; -sonr&#237;e.

&#191;Qu&#233; mensaje le dejaste?

Uno que lamentablemente va a saber captar. Tres palabras: Virginidad, Valpara&#237;so, Libertad.

Despliega sus labios delgados en una sonrisa que me desarma. &#161;Dios, c&#243;mo la amo! &#161;C&#243;mo comienzo a desearla nuevamente!

&#191;Te gusto?

Niego con la cabeza.

&#191;Ni un poco?

Asiento. No me gusta ni un poco. Frunzo despectivo los labios.

&#191;Me encuentras fea?

Asiento entusiasta. La encuentro ho-rro-ro-sa.

Patricia Bettini corre del todo la cortina. Expone sus senos a Valpara&#237;so y con toda la fuerza de sus pulmones le dedica una canzonetta.


E che m'importa a me 

se non sono bella 

se ho un amante mio 

che fa il pittore 

che mi dipinger&#224; 

come una stella

e che m'importa a me 

se non sono bella.


Volvamos a Santiago -digo.

&#191;Te dio miedo?

Un poco. No creo que don Adri&#225;n te mate, porque es italiano y sentimental y le dar&#237;a mucha pena cometer un magnicidio, pero no tendr&#237;a por qu&#233; tener escr&#250;pulos conmigo. De entre todos los que conozco, en este momento debo de ser yo el candidato a cad&#225;ver number one en su lista.

Despliega sus brazos en un feroz bostezo al que acompa&#241;a con la profunda exhalaci&#243;n de un Ahhhhh. Cuando termina, levanta un dedo did&#225;ctico, como el de una maestra rural.

Yo entonces creo que todos volveremos al mar. Lo digo por Anaximandro.

No me importa que la cubata est&#233; tibia. La bebo de un envi&#243;n.

El No nos tiene vueltos locos -digo cerrando la ventana, pero no puedo dejar de volver a echarle una &#250;ltima mirada al mar-.  se sale de s&#237; mismo a cada rato, dice que s&#237;, que no, que no, que no, que no, dice que s&#237; en azul, en espuma, en galope, dice que no, que no.

&#191;De Neruda?

Del gran Neruda. O, como dir&#237;a tu viejo, del fucking Neruda.



Cap&#237;tulo 44

El profesor Santos nunca ha visto a su hijo Nico con corbata. Van a ir juntos caminando hasta la ceremonia de graduaci&#243;n. Antes de salir del departamento revisa si tiene la cajetilla de tabaco negro en el bolsillo interior de la chaqueta y el encendedor met&#225;lico Ronson, que ha sobrevivido a las distracciones y a los a&#241;os, y que carga todos los s&#225;bados con gas en un local de tabaco y confecci&#243;n de llaves del paseo Ahumada.

Luego palpa el nudo de la corbata verde con lunares azules que Nico ha conseguido prestada de su amigo el Che.

El acto tiene lugar en la tarde, pero ni el padre ni el hijo cambian la rutina de las ma&#241;anas. Salen del departamento, y antes de abandonar el ascensor, el profesor de filosof&#237;a enciende su tabaco, toma del brazo a Nico y se va fumando las dos cuadras que lo separan del port&#243;n de entrada del Instituto Nacional.

Una vez all&#237; va a tener lugar un procedimiento que ejecutan de forma mec&#225;nica, pero que hoy cobra una alegre relevancia especial: Nico Santos regresa de la escuela secundaria con un promedio de notas m&#225;s que aceptable.

Ha logrado sobrevivir a las turbulencias de la dictadura, se ha callado bien calladita la boca obedeciendo, m&#225;s que los consejos del padre, sus &#243;rdenes tajantes. S&#243;lo ha hablado unas pocas veces: a veces mal, a veces regular, y a veces bien, pero en este &#250;ltimo caso ha tenido la prudencia de hacerlo en ingl&#233;s: To be or not to be. El profesor Santos agradece a su difunta esposa que el chico haya optado por el be. El not to be habr&#237;a terminado por aniquilarlo.

Entonces, con un gesto histri&#243;nico, que a Nico le recuerda la iron&#237;a del profesor Paredes, arroja el canuto del tabaco sobre el empedrado y le hace una reverencia al joven dici&#233;ndole que el pr&#237;ncipe puede pulverizar el resto con la suela de su zapato.

Nico Santos obedece con un placer desbordante. Es una tonter&#237;a que cumple jubiloso. Saca su propia cuenta:

Gan&#243; el No.

Su padre est&#225; vivo. Si un d&#237;a se muere ser&#225; por el maldito tabaco negro, pero no por el hielo de un calabozo.

Y adem&#225;s su esperma sali&#243; disparada hacia el vientre de la mujer amada con un big bang. Su experiencia personal le indica que el mundo que se cre&#243; fue para vivir el amor con Patricia Bettini.

Hoy est&#225; invitada a la ceremonia de graduaci&#243;n. Bettini ya ha conseguido clientes tras su triunfo con la campa&#241;a. La distribuidora de un coche franc&#233;s le ha entregado la cartera. Al fin y al cabo Le Monde se inclin&#243; ante su genio. Oh, la, la. Le compr&#243; a su hija un vestido de fin&#237;simo raso repujado, abierto como un tajo mineral entre los muslos, incrustaciones de mostacillas y la firma alborotada de Armani.

Pag&#243; lo que no tiene, pero admite que el genio de Pinochet puso en circulaci&#243;n la tarjeta de cr&#233;dito: la &#250;nica manera de tener lo que no puedes tener. Despu&#233;s de &#233;l, el diluvio.

Aunque Adri&#225;n le ha puesto a Patricia una condici&#243;n que la chica acepta con humildad: cuando sea su propia graduaci&#243;n dentro de tres d&#237;as en la Scuola Italiana, debe usar el mismo traje. Que ni sue&#241;e con d&#225;rsela de vedette internacional cambiando lujuriosa de ajuar cada dos horas.

En el umbral del sal&#243;n de actos hay una corona de rosas blancas, follaje de plantas verdes y algunos claveles rojos. Encima, una cartulina negra adherida al muro con cinta scotch donde alguien escribi&#243; con letras amarillas: No olvidamos a nuestros m&#225;rtires.Hay cinco nombres: dos alumnos y tres maestros. Uno de ellos, don Rafael Paredes.

La gente que entra al acto hace como que no ve la cartulina. Desde que el No gan&#243;, el teniente Bruna decidi&#243; no volver al colegio. Mand&#243; a los soldados del jeep a retirar sus cosas.

El coro del colegio interpreta su himno. La mayor&#237;a de los alumnos y apoderados lo cantan de pie: Que vibre, compa&#241;eros, el himno institutano, el canto del m&#225;s grande colegio nacional.Nico Santos es uno m&#225;s de los cincuenta y cinco muchachos que egresan. El rector les ir&#225; entregando uno a uno un diploma y cincuenta y cinco veces el p&#250;blico aplaudir&#225; y el rector se sacar&#225; una foto con cada alumno. Despu&#233;s los fot&#243;grafos las vender&#225;n a los familiares a la salida del colegio.

Los chicos se ven raros con traje y corbata. Todos tienen demasiado pelo alborotado para esa formalidad. La mayor&#237;a se rasca el cuello con el dedo &#237;ndice, otros se han aflojado el nudo de la corbata. Nico Santos y el Che parecen comentar en la segunda fila las alternativas de un partido de f&#250;tbol.

El profesor Santos y sus invitados especiales, Adri&#225;n, Magdalena y Patricia Bettini, han sido ubicados en la tercera fila. Al borde de los bancos hay un cartelito impreso que reza: Cuerpo docente.El profesor Santos es un cuerpo docente.

El profesor Paredes era un cuerpo docente.

Hay una tarjeta en un espacio de la segunda fila f&#225;cil de leer porque nadie lo ocupa. Sobre el respaldo dice: Se&#241;ora Mar&#237;a, viuda de Paredes.Pues cupo al instituto la espl&#233;ndida fortuna de ser el primer foco de luz de la naci&#243;n, canta el profesor Santos sin quitar la mirada de Nico, que se seca la transpiraci&#243;n con el dorso de una mano sobre las tarimas del escenario donde hace unas semanas, virgen a&#250;n, actu&#243; en La cueva de Salamanca.

En cambio Bettini ignora la letra del himno. M&#225;s a&#250;n, su atenci&#243;n ahora es capturada por ese hombre que dificultosamente se abre paso entre las rodillas que obstaculizan su marcha por la fila y con decisi&#243;n avanza hacia su lado, indic&#225;ndole que se corra un poco para dejarle espacio. Cuando llega junto a &#233;l, se sienta con un suspiro satisfecho y sin mirarlo le extiende la mano.

Es el ministro Fern&#225;ndez.

&#191;Qu&#233; tal, Bettini? -pregunta, subi&#233;ndose un trecho la tela de los pantalones a la altura de las rodillas.

Ministro, &#191;qu&#233; hace aqu&#237;?

El hombre apunta a un chico de tez oscura y p&#243;mulos afilados que le hace se&#241;as desde la tarima.

Fern&#225;ndez le responde moviendo con simpat&#237;a los dedos de la derecha, sin alzar la mano m&#225;s arriba del cuello.

Se grad&#250;a mi nieto, Luis Federico Fern&#225;ndez. Mi regal&#243;n. Quiere ser ingeniero. &#191;Y usted? &#191;Qu&#233; hace aqu&#237;?

Bettini no sabe qu&#233; responder. De repente acierta con una imprecisi&#243;n:

Mi yerno, es decir

Comprendo, el pololo de su hija, es decir, exactamente el pololo de su hija. Es decir, Nicol&#225;s Santos

No, Nico Santos, &#191;c&#243;mo sabe el apellido?

&#191;No recuerda, Bettini? El profesor de filosof&#237;a: Rodrigo Santos. &#191;Anduvo todo bien?

Bien, ministro.

&#161;Ex ministro, no se olvide! &#191;Y c&#243;mo va la vida?

Bueno, estoy vivo. Me imagino que gracias a usted.

&#161;Hombre! C&#243;mo le gustan las exageraciones.

Mand&#233; a sus hombres a la misma mierda.

&#161;Uy, Dios! &#161;Qu&#233; heroico!

Ni tanto as&#237;, doctor Fern&#225;ndez. Los obreros de la construcci&#243;n frente a mi casa estaban mir&#225;ndonos.

No deja de ser, de todos modos.

Ambos aplaudieron el final del himno y redoblaron la ovaci&#243;n cuando el rector avanz&#243; a la palestra para su discurso de bienvenida.

&#191;Y en qu&#233; anda, ministro?

Se viene la democracia, hombre. Estoy pensando en un puesto donde pueda ejercer mi vocaci&#243;n de servicio p&#250;blico.

&#191;Senador?

Me encantar&#237;a. Soy muy bueno gestando proyectos, leyes, todo eso. &#191;Cu&#225;l de esos chicos all&#225; arriba es su yerno?

El peluc&#243;n de la izquierda con una corbata verde y azul.

S&#237;, ya lo veo. &#191;Qu&#233; va a estudiar?

Si no es para actor, escritor. &#191;Y su nieto?

Ingeniero. Igual que su padre. &#191;Sabe que mi hijo Basti vot&#243; que no en el plebiscito?

&#191;Su propio hijo?

El doctor Fern&#225;ndez se golpe&#243; alegre las rodillas con los pu&#241;os.

Mi propio hijo. La democracia es una maravilla, &#191;no cree?

&#191;A pesar de ser una exageraci&#243;n de las estad&#237;sticas?

A pesar de eso. Es una cosa tan tierna. Imag&#237;nese: aqu&#237; estamos usted y yo, felices de la vida, juntos viendo el futuro de la patria. Yo al lado de mi nieto regal&#243;n y usted acompa&#241;ando al joven Santos. Entre par&#233;ntesis, no puedo creer que nos haya ganado con un vals tan huev&#243;n.

&#191;Un vals tan huev&#243;n, ministro?

&#161;Un vals requeterrecontra huev&#243;n, Bettini! &#161;Para qu&#233; vamos a decir una cosa por otra!

&#191;Usted conoce la revista Actuel de Francia, doctor Fern&#225;ndez?

&#191;C&#243;mo se le ocurre? Je ne parle pas fran&#231;ais.

Acaban de hacer una edici&#243;n con las canciones que cambiaron el curso de la historia en los &#250;ltimos cincuenta a&#241;os.

&#161;No me diga que pusieron su huevon&#237;simo Vals del No!

Efectivamente, es la canci&#243;n de 1988, ministro.

Y en otros a&#241;os, &#191;qui&#233;nes fueron los ganadores?

Jim Morrison, The Beatles, The Rolling Stones.

&#191;Y qu&#233; est&#225; componiendo ahora?

Se acabaron las canciones, ministro. El pr&#243;ximo paso es ganar las elecciones con Olwyn y luego meter preso a Pinochet.

Fern&#225;ndez solt&#243; una risa tan estent&#243;rea que llam&#243; la atenci&#243;n de la gente alrededor y hasta el rector le destin&#243; una mirada cargada de reproche.

Hum. La cagu&#233;, parece. &#191;Meter preso a Pinochet? -dijo en voz baja-. Eso no lo van a lograr, Bettini.

Lo vamos a lograr, doctor Fern&#225;ndez.

No, no, no. Es tan rico decir que no

S&#237;, s&#237;, s&#237;. Lo vamos a lograr.

No, no, no. A mi general no me lo tocan ni con el p&#233;talo de una dama.

Vino el turno de Nico Santos para recibir el diploma de graduaci&#243;n. Patricia Bettini se levant&#243; a aplaudir y el p&#250;blico alrededor tuvo ocasi&#243;n de admirar su vestido Armani. Adri&#225;n Bettini se puso de pie y grit&#243; Bravo, y el profesor Santos se rasc&#243; la cabeza con un cigarro sin encender entre los labios.

El ex ministro Fern&#225;ndez se levant&#243; tambi&#233;n y aplaudi&#243; a Nico junto a Bettini.

Vamos a volver al poder, Bettini -le susurr&#243; al o&#237;do-. Esta vez paso a paso, pasito a pasito, votito a votito.

Son las veleidades de la democracia. Lo que a nosotros nos cost&#243; sangre, sudor y l&#225;grimas conseguir ustedes lo van a poder disfrutar sin que se les mueva un pelo de la cabeza. Alg&#250;n d&#237;a la exageraci&#243;n de las estad&#237;sticas hablar&#225; a favor de ustedes. Es la regla del juego. Aplausos, ministro. Lo que importa es que no anden matando gente.

No se quede en el pasado, hombre. La emergencia ya fue largamente superada. &#191;Se acuerda cuando el pueblo le pidi&#243; al ej&#233;rcito que interviniera para imponer el orden? &#191;Cu&#225;ndo pidieron a gritos un Pinochet?

&#191;Usted estudi&#243; en el Instituto, doctor Fern&#225;ndez?

A mucha honra. Pertenezco a la directiva del centro de alumnos.

&#191;Qui&#233;n fue su profesor de castellano?

Don Clemente Canales Toro.

Entonces tiene que haber estudiado con &#233;l al Arcipreste de Hita.

Algo recuerdo.

Un autor medieval. &#191;Se acuerda? Don Clemente Canales versific&#243; &#233;l mismo El libro de buen amor en espa&#241;ol moderno.

Claro que s&#237;. Muy entretenido. El Elogio a la mujer chiquita, &#191;cierto?

Bravo. &#191;Y no se acuerda por casualidad de la f&#225;bula de las ranas que estaban insatisfechas y quer&#237;an que el dios J&#250;piter les mandara otro rey?

No me acuerdo.

Y J&#250;piter les manda de rey a una cig&#252;e&#241;a que se come las ranas de a dos con un solo picotazo.

Hum. &#191;Ad&#243;nde va con este cuento?

A lo siguiente. Las ranas que sobreviven vuelven donde J&#250;piter y se quejan: El rey que vos nos diste por nuestras voces vanas danos malas noches y muy malas ma&#241;anas. &#191;Quiere que le explique la f&#225;bula?

El doctor Fern&#225;ndez se limpi&#243; con la palma de la mano derecha unas pelusas adheridas a la solapa de su chaqueta.

No hace falta, Bettini. Como usted dice, la democracia es una exageraci&#243;n de las estad&#237;sticas.

Es usted quien dice eso.

Cierto. Es que la vida es como el juego de la viroca: al que le toca le toca. Ahora es el turno de ustedes. Lo importante es que si ustedes ganan el gobierno hagan algo para superar esto tan antip&#225;tico de que la gente quede estigmatizada entre los que votaron S&#237; y los que votaron No. Hay que ser moderno y sentarse en las diferencias.

Usted si&#233;ntese en lo que quiera y donde quiera. Yo, no. La pugna entre el S&#237; y el No va a permanecer mucho tiempo, porque es un asunto de vida o muerte. Se deja vivir a los que piensan distinto o se los mata. Yo no me voy a olvidar nunca de lo que pas&#243;.

Qu&#233; curioso; en cambio, yo ya me olvid&#233;.

Es usted muy moderno, ex ministro.

El hombre comenz&#243; a aplaudir con energ&#237;a. Unas bellas azafatas convocaban ahora a su nieto a recibir el diploma de manos del rector.

Bettini se limpi&#243; las palmas de las manos en los muslos, luego las subi&#243; y se uni&#243; al ex ministro en sus aplausos.

As&#237; que la f&#225;bula de las ranas, Bettini.

La f&#225;bula de las ranas -repiti&#243; Adri&#225;n Bettini aplaudiendo cari&#241;osamente.



Antonio Sk&#225;rmeta



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